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Amazonas de la libertad: Mujeres liberales contra Fernando VII

Amazonas de la libertad: Mujeres liberales contra Fernando VII

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Amazonas de la libertad: Mujeres liberales contra Fernando VII

Länge:
588 Seiten
9 Stunden
Freigegeben:
Nov 1, 2015
ISBN:
9788415963493
Format:
Buch

Beschreibung

"Durante la Década Ominosa, Fernando VII no tuvo mayor enemigo que la mujer patriota". Esta afirmación, perteneciente a la obra costumbrista Los españoles pintados por sí mismos (1843), expresa un amplio estado de opinión sobre el protagonismo que tuvieron las mujeres en la lucha contra la monarquía absoluta. Eran tiempos en que patriota era sinónimo de liberal y en que Mariana Pineda figuraba por derecho propio, desde su ejecución en 1831, en el panteón de héroes y mártires del liberalismo español.
Amazonas de la libertad —título tomado de una expresión de la época— reconstruye la evolución del liberalismo femenino en España desde sus orígenes en la Guerra de la Independencia hasta su participación activa en las conspiraciones contra Fernando VII. Milicianas liberales, conspiradoras, exiliadas, presas políticas, aventureras..., la amplitud y la diversidad de su compromiso con la revolución cobran luz propia tras una larga investigación en una veintena de archivos europeos, de los que procede buena parte de los datos reunidos sobre esas miles de españolas tachadas de liberalas por el absolutismo de la época.
Este libro pretende iluminar la parte menos conocida de la historia del liberalismo español devolviendo la voz a sus principales protagonistas femeninas.
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Nov 1, 2015
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9788415963493
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Diario de Sesiones de Cortes

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Hartley Library, Universidad de Southampton, Southampton

MNV

Milicia Nacional Voluntaria

ms.

manuscrito

NA

National Archives, Kew, Londres

WP

Wellington Papers

«Me aseguran que el Consejo de Ministros, con Calomarde a la cabeza, ya había advertido al rey de la nueva táctica de los liberales, que consiste en alistar a muchas mujeres en su ejército invisible. Estos escuadrones de amazonas provocaron tal pánico a Fernando, que decidió dar un escarmiento, sin pensar que con su terror daba la medida tanto de su propia debilidad como de la fuerza de sus enemigos».

Carta del Marqués de Custine a Jules Janin, Granada, 23 de julio de 1831 (L’Espagne sous Ferdinand VII, Bruselas, 1838, vol. IV, pp. 200-201).

«Ese rey tantas veces perjuro,

Ese rey sin palabra ni honor,

Sanguinario, déspota, ambicioso,

Es indigno del trono español.

Caiga el trono de este rey perjuro,

Con su sangre lavad la nación.

No tengáis compasión, que es un crimen

Con Fernando tener compasión».

Poema incluido entre los papeles de María del Carmen Sardi (1828) conservados en la Hartley Library, Universidad de Southampton.

PRÓLOGO

Éste no es un libro de historia de género, sino de historia de las mujeres, que es algo bien distinto, y, en última instancia, una historia del liberalismo español desde una perspectiva poco usual, como es la participación femenina en la revolución liberal. La sensación de que en la historia de las primeras liberales españolas estaba casi todo por hacer nos decidió a dar a nuestro proyecto un carácter radicalmente empírico, de forma que nuestra aproximación al fenómeno del liberalismo femenino se asentara sobre las bases de una sólida documentación de archivo. Tal es la principal diferencia entre nuestro libro y la historia de género hoy en día al uso, caracterizada por una extraña aversión a las fuentes directas y una visión militante del pasado que a menudo actúa como un lastre para conseguir los fines que se propone. Sólo así se explica la enorme desproporción que existe entre la influencia que ha alcanzado la historia de género como poder fáctico de la historiografía actual y el valor más bien limitado de sus aportaciones al conocimiento de la historia de las mujeres.

Si Mariano José de Larra se preguntó en uno de sus artículos «quién es el público y dónde se encuentra», nuestra investigación debía empezar por dar respuesta a una pregunta similar: quiénes eran las mujeres liberales en la España de Fernando VII y dónde se encontraban. La búsqueda de información por una veintena de archivos españoles y extranjeros y el trabajo con fuentes secundarias de gran valor, como la prensa de la época, nos han permitido reunir datos sobre 1.454 mujeres liberales de la época identificadas en la mayoría de los casos con su nombre y apellido, o en su defecto con el apellido de sus maridos. Aproximadamente la mitad de ellas son exiliadas de la Década Ominosa (1823-1833) que dejaron algún rastro documental, sobre todo en los archivos ingleses y franceses. La importancia de esas 1.454 españolas vinculadas al liberalismo se entiende mejor si se tiene en cuenta que en la última obra publicada sobre el exilio español en Inglaterra, el libro de Christiana Brennecke Von Cádiz nach London (1820-1833), editado en 2010, aparecen tan sólo tres exiliadas. La cifra alcanzada a lo largo de nuestra investigación dobla, asimismo, con creces las seiscientas «mujeres patriotas» que componen el libro de Charles E. Claghorn, modélico en su género, Women Patriots of the American Revolution: A Biographical Dictionnary (Londres, 1991).

Sin perjuicio de que nuestro censo de mujeres liberales se convierta algún día en un diccionario de exiliadas, represaliadas y conspiradoras de la España de Fernando VII, en su estado actual, como compendio del material biográfico reunido sobre esos casi 1.500 nombres, ha resultado de enorme utilidad para la elaboración del libro que el lector tiene en sus manos: una historia del liberalismo femenino en España desde 1808 hasta la muerte de Fernando VII en 1833, en la que trazamos una biografía colectiva de las primeras liberales españolas a la luz de las vicisitudes históricas del proceso revolucionario iniciado en 1808. No fue un proceso rectilíneo y ascendente, sino sincopado y lleno de altibajos, con un arranque explosivo en la Guerra de la Independencia, digno de una película de Cecil B. de Mille —«una película», solía decir, «debe empezar con un terremoto y a partir de ahí ir a más»—, seguido de un frenazo en seco en 1814, provocado por el regreso de Fernando VII y el restablecimiento de la monarquía absoluta, una fuerte aceleración en 1820 tras el pronunciamiento de Riego y un nuevo parón en 1823 con el comienzo de la llamada Década Ominosa.

En realidad, la segunda restauración absolutista, lejos de suponer una involución en el desarrollo del liberalismo femenino en España, tuvo efectos decisivos para la incorporación de la mujer a la experiencia revolucionaria, tanto por su nutrida presencia en el exilio como por su valiosa aportación a las conspiraciones liberales contra la monarquía absoluta, en las que mostró una excelente adaptación a las duras condiciones de la lucha clandestina, sin duda favorecida por su familiaridad con el mundo doméstico y su dominio de ciertas pautas de conducta que resultaban especialmente útiles en la clandestinidad. A ello se añadieron los problemas de toda índole que la represión del liberalismo femenino planteaba al régimen absolutista, empezando por el hecho de que perseguir a las mujeres por delitos de conspiración suponía reconocer tácitamente su capacidad política. Como dirá en 1825 el juez que procesó a dos presuntas conspiradoras liberales, su pertenencia al sexo débil les concedía al menos el beneficio de la duda, pues «como mujeres tienen en su favor alguna presunción de no ser creíble que se mezclasen en sucesos de tal naturaleza». No todas las autoridades actuaron con los mismos escrúpulos al enfrentarse a un fenómeno ciertamente incómodo, y de ahí el elevado número de víctimas femeninas que provocó la represión absolutista. De ahí también la ordenanza aprobada en 1824 por la Superintendencia General de Policía instando a la elaboración de una relación nominativa de los partidarios del sistema constitucional que permanecían en España, «sea el que se quiera su sexo, profesión y edad». La cuantificación de las mujeres liberales y su distribución provincial, según el censo policial fruto de esta ordenanza, constituyen un material de primera magnitud para el estudio del liberalismo femenino en los últimos años del reinado de Fernando VII.

La monarquía absoluta adoptó, como se ve, una actitud contradictoria ante un fenómeno que le producía una evidente incomodidad: necesitaba conocer su alcance e impedir su proliferación, pero, al cabo, se trataba de mujeres, y algunas de muy alta cuna, como las hermanas de Soto y Urquijo, incansables en sus reclamaciones a cuenta de sus derechos de pensionistas del Estado, que perdieron en 1824 por tener «tacha» de liberales. En todo caso, las dudas y, en ocasiones, la ambigüedad de las instituciones absolutistas terminaron en 1831, cuando, a raíz del caso protagonizado por Mariana Pineda, el gobierno de Fernando VII decidió dar, literalmente, un «escarmiento» que acabara con esos «escuadrones de amazonas» que, según el gobierno, había creado el liberalismo en el interior de España para derrocar al régimen.

Hemos titulado este libro Amazonas de la libertad, utilizando una expresión que encontramos ya en la Revolución francesa y, en España, en el Trienio Liberal (1820-1823). El lector verá que entre ellas hay un poco de todo: grandes damas del liberalismo que promovieron veladas y tertulias políticas; conspiradoras de la Década Ominosa; esposas de militares constitucionales que partieron al exilio en 1823; víctimas de la represión absolutista que acabaron encarceladas o desterradas; protagonistas de algunos sonados episodios de la revolución liberal, como el motín de febrero de 1823 a favor de la inhabilitación de Fernando VII; mujeres de la plebe que declaraban ser negras —es decir, liberales— y tenerlo «a mucha honra»; aventureras que se movían como pez en el agua en el mundo del exilio; viudas dispuestas a sacrificarse por la causa; «ninfas» y «doncellas» que nunca faltaban en los festejos revolucionarios del Trienio; milicianas de la compañía de «ciudadanas voluntarias» creada en Barcelona en 1823; autoras de cartas, manifiestos y artículos de prensa de un subido tono político; señoras de la aristocracia imbuidas de un sentido de la independencia personal que chocaba con el viejo orden moral del Antiguo Régimen; mujeres cultísimas, y analfabetas integrales. Todo cabe, pues, en este amplio muestrario del liberalismo femenino que se va desplegando a lo largo del libro, aunque en ocasiones focalicemos nuestro estudio en algunas figuras particularmente representativas —y en la mayoría de los casos totalmente desconocidas—, como Rosa Zamora, encarcelada en Granada en 1824 por su implicación en una intentona liberal; Vicenta Oliete, presidenta de la Junta Patriótica de Señoras en el Madrid del Trienio y posteriormente agente doble del gobierno de Fernando VII, o María del Carmen Sardi, cuya sorprendente peripecia política se puede seguir con cierto detalle a lo largo de veinte años, con un inesperado colofón en la vida de su hija, Manuela [Velasco] Sardi, conocida como «La Patriota» cuando, con apenas diez años, tuvo que refugiarse con su madre en Gibraltar.

El libro dedica un amplio espacio al estudio de la mujer liberal en la Década Ominosa, en parte por ser la etapa menos conocida de la historia del primer liberalismo femenino en España y en parte también porque tal era el marco cronológico de la investigación que ha dado lugar a esta obra: el proyecto titulado El liberalismo femenino en la España de Fernando VII: mujeres, clandestinidad y exilio (1823-1833), que financió el antiguo Ministerio de Ciencia e Innovación (proyecto Har2009-08927). Sobre la eficiencia de los organismos de los que ha dependido su realización habría mucho que decir. En todo caso, como director del proyecto quiero agradecer la ayuda prestada por el Servicio de Investigación de la Universidad Complutense de Madrid, cuya amabilidad y profesionalidad han sido más la excepción que la regla en la procelosa experiencia burocrática que comporta dirigir un proyecto de esta naturaleza. Quiero agradecer asimismo al Rectorado de la UCM la concesión de un permiso sabático para el curso 2011-2012 que me permitió volcarme en la finalización del proyecto y en darle forma de libro.

A lo largo de la investigación hemos difundido parte de sus resultados, todavía provisionales, en seminarios, publicaciones y revistas que acogieron generosamente nuestro trabajo y nos permitieron calibrar la marcha del proyecto según la respuesta de nuestros colegas. Entre las revistas en las que vieron la luz avances de nuestra investigación se encuentran Spagna Contemporanea (Turín), Historia Constitucional (Oviedo) y Claves de Razón Práctica. Presentamos charlas y conferencias sobre aspectos específicos del proyecto en los siguientes centros e instituciones académicas: el Seminario Martínez Marina de Historia Constitucional (Universidad de Oviedo), la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (Sevilla), la Fundación José Ortega y Gasset-Gregorio Marañón (Madrid y Toledo), el Seminario de Historia Intelectual de la Universidad del País Vasco, el Centre de Recherche sur l’Espagne Contemporaine de la Universidad de París III-Sorbonne Nouvelle, el ciclo sobre la Constitución de 1812 organizado por Caixa Fórum (Madrid y Barcelona), los Cursos de Verano de la Universidad de Burgos y el Real Colegio Complutense en Harvard University. Quiero agradecer a los responsables de estos centros, cursos y seminarios —Antonio Morales Moya, José Varela Ortega, Javier Fernández Sebastián, Joaquín Varela Suanzes-Carpegna, Marie-Angèle Orobon, Ignacio Fernández de Mata, Marie Franco, Ángel Sáenz Badillos, Josep Maria Fradera— su amabilidad al darnos la oportunidad de tratar el tema de nuestra investigación desde distintos ángulos, ya fuera la geografía del liberalismo femenino en la Década Ominosa, el exilio liberal, el papel de la mujer en la conspiración contra Fernando VII o la importancia de la figura femenina en la simbología revolucionaria. Agradezco asimismo al profesor David Bell su invitación a participar con una ponencia en el Modern Europe Workshop de la Universidad de Princeton, que me dio ocasión de consultar en la Public Library de Nueva York la colección del Mercurio de Nueva York, periódico en español publicado en esta ciudad entre 1828 y 1833 que contiene interesantes noticias sobre el final del reinado de Fernando VII. Una estancia en el Centre d’Histoire de Sciences Po de París como profesor visitante me permitió terminar el vaciado de la documentación policial conservada en la serie F7 de los Archives Nationales relativa a exiliados españoles, tarea ímproba, pero fecunda y gratísima, que requirió interminables sesiones de trabajo a lo largo de varias estancias en la capital francesa. Conste mi gratitud a los profesores Marc Lazar y Jean-François Sirinelli, director del Centre d’Histoire de Sciences Po, por su invitación.

Nuestro agradecimiento se extiende a otras muchas personas que nos han proporcionado datos y sugerencias o que nos han facilitado la consulta de fuentes de primera mano del mayor interés para nuestro tema de estudio. He aquí sus nombres: Dolores de Aguilera, Jean-René Aymes, Begoña Candina, Julen Erostegui, María Antonia Fernández Jiménez, Javier Fernández Sebastián, Ignacio Fernández Sarasola, Lara Campos Pérez, Antonio López Vega, Marie-Angèle Orobon, Marie-Linda Ortega, Karen Robson, Jordi Roca Vernet y Octavio Ruiz-Manjón. Mención aparte merece nuestro amigo Gregorio Marañón Bertrán de Lis, que nos permitió consultar en condiciones privilegiadas la prolija e interesantísima información recogida por sus abuelos, el doctor Gregorio Marañón y su esposa, Dolores Moya, sobre los exilios españoles en Francia y, en particular, sobre los refugiados liberales de los años 1823-1833.

En todos los centros de documentación visitados a lo largo de estos años, ya sean archivos, bibliotecas o hemerotecas, dentro y fuera de España, hemos recibido una inestimable ayuda por parte de sus responsables y empleados. Más allá de nuestro agradecimiento general a todos ellos, no queremos dejar de señalar al Archivo Histórico Nacional de Madrid por la amabilidad en el trato dispensado y la eficiencia y profesionalidad en el servicio prestado. Al final, las cosas suelen ser más sencillas de lo que a veces se pretende, y el buen o mal funcionamiento de una institución depende fundamentalmente de la calidad del trabajo realizado por sus responsables y funcionarios. El excelente servicio que presta el AHN, como tantos otros archivos españoles, es fruto en gran medida del compromiso de sus profesionales con el trabajo bien hecho. Ni más ni menos.

Por último, agradecemos muy especialmente a Marcial Pons Historia y a su Consejo Editorial su generosidad al publicar este libro y a Carlos Pascual su confianza en nuestro proyecto y su impagable ayuda para llevarlo a cabo.

Juan Francisco FUENTES

Director del proyecto Har2009-08927

CAPÍTULO 1

DE AMAZONAS A CIUDADANAS

La mujer en las revoluciones liberales y en las guerras de independencia

«En todas las revoluciones políticas han figurado mucho las mujeres»¹. Esta aseveración se encuentra en un artículo publicado en 1810 por la Gaceta de Madrid, portavoz en aquel momento del gobierno intruso de José Bonaparte. Es muy posible que el autor, que firma escuetamente «M.», fuera José Marchena, posteriormente conocido como el abate Marchena, antiguo prófugo de la Inquisición española que se refugió en la Francia revolucionaria y regresó en 1808 como funcionario del gobierno bonapartista. Su buen conocimiento de las experiencias revolucionarias del siglo XVIII le permitió dar una respuesta global a la pregunta que planteaba al principio de su artículo: «¿Por qué en la insurrección española las mujeres han mostrado tanto interés, y aun excedido, a los hombres en el empeño de sostenerla?».

Lo que en el artículo se califica de insurrección española no era otra cosa que el levantamiento antifrancés de 1808 y la guerra subsiguiente, entonces en pleno apogeo, en la que, como señala el propio autor, las mujeres se habían mostrado tan beligerantes como los hombres y, en ocasiones, según algunos contemporáneos, más valientes y despiadadas que ellos. Francisco de Goya —también afrancesado, como el autor del artículo de la Gaceta— lo supo ver en algunos de sus grabados de la época, como el titulado Y son fieras, que muestra a un grupo de mujeres acometiendo ciegamente a varios soldados franceses, una de ellas con un hijo pequeño en un brazo y una lanza en el otro. Pero su comportamiento en la Guerra de la Independencia española no era un caso aislado. Al contrario: la historia reciente mostraba multitud de ejemplos sobre la participación femenina en las grandes convulsiones del mundo moderno. La razón que apunta «M.» anticipa, por lo demás, una interpretación del fenómeno típicamente romántica, según la cual, puesto que las revoluciones traen inevitablemente consigo un estallido de pasiones contradictorias, la mujer se encuentra en ellas en su elemento natural. No sólo puede dar rienda suelta a su naturaleza apasionada, sino que, actuando en calidad de madre o de esposa, se convierte en eficaz transmisora de un coraje contagioso en nombre de palabras, como patria o independencia, que enardecen su irracional entusiasmo. En el caso español, a ello se añade un fanatismo religioso fácilmente manipulable, que ha llevado a «las preciosas hijas del Ebro y del Betis» y a las «respetables matronas castellanas» a identificar a José Bonaparte con los enemigos de su religión. Craso error, afirma «M.», porque las reformas del sabio gobierno de José I tendrán como resultado la erradicación de la hipocresía y el libertinaje, restituyendo así la pureza de la institución matrimonial para gloria de las «virtuosas españolas», que verán de esta forma dignificada su función de madres y esposas.

Más allá de su intención propagandística, el texto anterior aborda un fenómeno que llamó poderosamente la atención de los contemporáneos tras medio siglo de guerras y revoluciones a uno y otro lado del Atlántico y que, ya en pleno romanticismo, inspiró al escritor Jules Michelet su libro Les femmes de la Révolution (1854). En realidad, aunque en las llamadas revoluciones atlánticas del siglo XVIII y principios del XIX —incluida la Guerra de la Independencia española— resulte difícil y hasta poco aconsejable separar la dimensión bélica de la genuinamente política o social, la mujer suele asociarse a la guerra en mayor medida que a la revolución, tal vez con excepción de la Revolución francesa. De ahí la imagen acuñada para representar su protagonismo en las grandes crisis de finales del siglo XVIII: la amazona que resurge de su pasado mítico para encarnar una realidad moderna, constituida por ese amplio elenco de heroínas que han tomado las armas —«las armas que nos son propias», dirá en 1808 la española Frasquita Larrea—², contra un poder tiránico, sea una monarquía absoluta, un imperio colonial o un ejército invasor.

Entre algunas de estas modernas amazonas se observan curiosas semejanzas, pese a la distancia temporal, geográfica y cultural que las separa. En la independencia americana, Molly Pitcher —la aguadora que hizo de improvisada artillera en la batalla de Monmouth en 1778— guarda un asombroso parecido con las principales heroínas de nuestra Guerra de la Independencia: María Bellido en Bailén y Agustina de Aragón en Zaragoza; con la primera, por su condición de aguadora, y con la segunda por su arrojo y destreza en el manejo del cañón. El paralelismo entre Molly Pitcher y Agustina de Aragón salta a la vista cuando se compara la multitud de estampas y grabados en que aparecen junto a su cañón, con aire aguerrido, dispuestas a dar buena cuenta del enemigo o a morir en el intento. Tanta semejanza sólo se puede explicar por la influencia que una imagen ejerció sobre la otra. Ocurre, sin embargo, que, contra lo que haría suponer el orden cronológico de los personajes, fue la iconografía creada desde 1809 en torno a la heroína española la que contribuyó a dar forma unos años después a una figura clave de la mitología nacional norteamericana que hasta mediados del siglo XIX careció de imagen propia y cuya identidad real sigue siendo motivo de controversia³.

Hay también alguna lejana similitud entre Betsy Rolls, la mujer que en 1776, según la leyenda, confeccionó la primera bandera de Estados Unidos, y la española Mariana Pineda, ejecutada por el «detestable delito», según la justicia absolutista, de guardar en su casa una bandera revolucionaria a medio bordar que en 1831 debía servir de enseña a un levantamiento liberal. Sobre la veracidad de la historia de Betsy Rolls subsisten algunas dudas⁴, pero no sobre el trágico episodio que protagonizó la célebre viuda granadina. Tampoco las hay sobre el carácter imaginario de la Marianne francesa, la matrona que, empuñando la bandera tricolor, simboliza en Francia la idea de la patria republicana⁵. En todo caso, en la abundante mitología sobre las madres fundadoras de las naciones modernas importa poco saber dónde acaba la historia y dónde empieza la leyenda. Lo que cuenta es la fuerza emocional del relato construido en torno a ellas y su capacidad para encarnar un determinado ideal político, normalmente de tipo nacionalista, revolucionario o mixto, una opción esta última bastante común. De creer a un autor contemporáneo a Mariana Pineda, las circunstancias que la llevaron al cadalso tenían tal fuerza dramática que ella misma habría muerto sabiendo que, gracias a su trágico final, su leyenda sobreviviría a su persona. Al menos así se desprende de las palabras que ya entonces se pusieron en sus labios poco antes de morir: «El recuerdo de mi suplicio hará más por nuestra causa que todas las banderas del mundo»⁶.

Molly Pitcher, Betsy Rolls, Charlotte Corday, Madame Roland, Agustina de Aragón, María Bellido, María Malasaña, Mariana Pineda…, el imaginario de las guerras patrióticas y de las revoluciones modernas está poblado de figuras femeninas que simbolizan la fuerza de un ideal y el dramatismo de la lucha contra un poder opresor que amenaza lo más primario, ya sea el hogar, la familia o la patria. Cabría pensar que el impacto simbólico de ese puñado de mujeres ha llevado a exagerar la presencia femenina en los episodios que protagonizaron. Es dudoso que así sea, pese a que el uso de estereotipos culturales, como el de las amazonas, tienda ciertamente a fragmentar y multiplicar la realidad hasta hacerla irreconocible en términos históricos, difuminando las fronteras tanto entre la historia y la leyenda como entre las distintas tradiciones nacionales. La frecuente evocación de la imagen de las amazonas en las fuentes de la época demuestra hasta qué punto este mito clásico se utilizaba de similar manera en países y momentos distintos, y no sólo para caracterizar a la moderna mujer guerrera al estilo de Molly Pitcher o Agustina de Aragón. En febrero de 1792, el club de los jacobinos de París recibió en sesión a una joven revolucionaria, Théroigne de Méricourt, que había pedido permiso para contar su peripecia personal tras haber sido secuestrada por elementos contrarrevolucionarios y permanecer retenida ocho meses en el extranjero. La asamblea escuchó sobrecogida el relato de aquella a quien consideraba «una de las primeras amazonas de la libertad» y «mártir de la constitución». Terminada su exposición, se le rogó que asistiera al resto de la sesión sentada junto al presidente del club haciendo las veces de «presidenta de su sexo», una deferencia protocolaria con la que se quería corresponder a sus pasados padecimientos⁷.

Théroigne de Méricourt hizo mucho por popularizar el mito de las «amazonas de la libertad». Asistente asidua a las sesiones de la Asamblea Nacional, solía vestirse de esa guisa como forma de soslayar, según sus palabras, «la humillación de ser mujer». Sólo cabía una forma de emanciparse de esa triste condición, en opinión de esta humilde hija de campesinos, y era ganarse el derecho a llevar armas y formar legiones de «amazonas francesas», que participaran en la defensa de la patria y ejercieran una suerte de soberanía de facto⁸.

La cuestión se había planteado ya en la revolución americana en circunstancias que propiciaban un debate a fondo sobre las consecuencias políticas de la participación femenina en la lucha contra la dominación británica. Tanto su abnegado patriotismo como la lógica del individualismo posesivo que regía las instituciones de la joven república abrían un resquicio al reconocimiento de sus derechos como electoras, siempre y cuando cumplieran los mismos requisitos económicos que los hombres, una circunstancia que solía darse en el caso de las viudas. Así, en su condición de «free inhabitants» y aprovechando la ausencia de cualquier precepto constitucional que lo impidiera, las mujeres del Estado de New Jersey disfrutaron del derecho al sufragio desde fecha muy temprana y llegaron incluso a tener una destacada intervención, apoyando a la candidatura federalista, en las reñidas elecciones que tuvieron lugar en 1797 en el municipio de Elizabeth⁹. Tan sólo un año después, Judith Sargent Murray, autora del ensayo On the Equality of the Sexes (1790), anunció el comienzo de «una nueva era en la historia de la mujer»¹⁰. No parece que fuera así. En 1807, el poder legislativo de New Jersey limitaba el derecho de voto a los contribuyentes varones de raza blanca, poniendo fin de esta forma a la laguna legal que durante varios años había permitido votar a las mujeres¹¹. Da la sensación, por otro lado, de que las hijas y nietas de la generación de las madres fundadoras, aquellas que habían asistido a la lucha por la independencia y en muchos casos participado en ella, fueron perdiendo el entusiasmo por sus derechos políticos para adaptarse a un papel más tradicional, en línea con la mentalidad victoriana que se irá imponiendo a lo largo del siglo XIX¹².

En la vieja Europa, las cosas sucedieron de forma distinta, tal vez porque, frente al carácter voluntarista de la revolución americana y a su fuerte pulsión igualitaria, en Francia o en España la lucha contra el Antiguo Régimen se asentó sobre un proyecto político mucho más elaborado, dotado de un sólido componente historicista, que dejaba menos margen a la sorpresa o a la improvisación. En el caso de la Revolución francesa, la intervención femenina se produjo en sus distintas etapas y manifestaciones y hasta sus últimas consecuencias, entre ellas, la ejecución en la guillotina de algunas de las mujeres que asumieron un mayor protagonismo en el proceso revolucionario. Charlotte Corday, exnovicia provinciana convertida a un republicanismo platónico, fue ejecutada en julio de 1793 por el asesinato de Marat, y Olympe de Gouges, autora de la importantísima Déclaration des Droits de la Femme et de la Citoyenne (1791), subió al cadalso bajo el terror jacobino debido a sus simpatías por la Gironda y a su defensa del federalismo, doctrina que había sido proscrita por los seguidores de Robespierre. Su identificación con el republicanismo moderado llevó igualmente a Madame Roland —de soltera Manon Philipon— a caer en desgracia durante el Terror, para ser finalmente guillotinada en noviembre de 1793. Se la acusaba de dirigir la política exterior de la Revolución a través de su marido, el ministro girondino Jean-Marie Roland, que, habiendo huido del París revolucionario, se suicidó dos días después de conocer la muerte de su esposa. Antes de morir, Madame Roland escribió unas Memorias que acrecentaron su leyenda de mujer excepcional.

Otras destacadas figuras de la Francia revolucionaria estuvieron a punto de pagar con sus vidas su heterodoxia política o su notoriedad social. Sobre la holandesa Etta Palm d’Aelders, fundadora en París de la Sociedad Patriótica y Bienhechora de las Amigas de la Verdad, club revolucionario exclusivamente femenino, recayó la sospecha de trabajar para alguna potencia extranjera. De regreso a Holanda, tras la proclamación de la República Bátava en 1795, fue encarcelada como espía, pero logró salvar la vida. Figuras legendarias de la Francia republicana como la española Teresa Cabarrús, hija del exministro de Carlos III Francisco Cabarrús y esposa del jacobino Jean-Lambert Tallien, o Madame de Staël, hija del exministro de Luis XVI Jacques Necker, contribuyeron decisivamente a alimentar el mito de la mujer intrigante, capaz de sobrevivir a las turbulencias revolucionarias e influir incluso en el curso de los acontecimientos siguiendo misteriosos designios. Las grandes damas de la vida política fueron temidas a la vez por la revolución y por la contrarrevolución. Aunaban cultura, riqueza y astucia, y en su biografía se reconocía tanto el savoir faire de las viejas élites como el poderoso empuje de las clases sociales ascendentes. Recibían en sus salones, trataban con todo el mundo, tenían opiniones propias y las expresaban de palabra y a menudo por escrito. Sus adversarios de toda condición les atribuían un poder extraordinario, que usaban para intrigar. Se movían en las conspiraciones como pez en el agua, aunque, como en el caso de Madame Roland, en ocasiones pagaran un alto precio por su inteligencia y su osadía. De la misma forma que el motín era el medio natural de la mujer de la plebe cuando estallaba una crisis, a las grandes damas de la política moderna se las asocia con el mundo de los salones y con las conjuras de toda índole. La España de Fernando VII no fue en esto muy diferente.

La celebridad que alcanzaron las principales protagonistas de la Revolución francesa está en el origen de una idea, como se ha visto, firmemente instalada a principios del siglo XIX en amplios sectores de opinión: que las revoluciones modernas favorecen la irrupción de la mujer en la vida política, aunque no necesariamente en el bando revolucionario. Junto a aquellas que se hicieron rápidamente famosas, están las que, sin salir del más riguroso anonimato, desempeñaron un papel coral en los grandes acontecimientos. Así, en vísperas de la revolución, las mujeres participan activamente en la redacción de los cahiers de doléance dirigidos a los Estados Generales con las quejas de la población y sus propuestas para poner remedio a los males del país. Algunas de estas exposiciones, como las reunidas en las Remontrances, plaintes et doléances des dames françaises à l’occasion de l’assemblée des États Généraux (marzo de 1789), plantean abiertamente la paradoja de que las mujeres sean excluidas de los derechos naturales que la nación en su conjunto está en vías de ver reconocidos. El debate correrá en paralelo con la participación femenina en los momentos clave del proceso revolucionario desde el día mismo de la toma de la Bastilla. Apenas unos meses después, el 5 de octubre de 1789 una multitud de mujeres procedentes de las barriadas populares de París invadió el Hôtel de Ville de la capital en demanda de pan y, ante la falta de respuesta de las autoridades locales, se trasladó a Versalles, en número de unas 7.000, para continuar su protesta ante la familia real y la Asamblea Nacional. Su portavoz, una tendera llamada Louison Chabry, obtuvo del rey la promesa de que se tomarían las medidas necesarias para abastecer París. Pero lejos de regresar a la capital, ella y sus compañeras permanecieron en Versalles confraternizando con los guardias nacionales y manteniendo una actitud intimidatoria ante los representantes del viejo orden. Las amotinadas exigieron y finalmente consiguieron el regreso de la familia real a París, no sin derramamiento de sangre y alguna que otra cabeza cortada.

Los hechos del 5 y 6 de octubre de 1789 quedaron inmortalizados en varios grabados tanto franceses como ingleses puestos a la venta tan sólo unos días después. Uno de ellos, obra del caricaturista inglés Thomas Rowlandson, muestra a una abigarrada columna de mujeres, algunas montadas en un cañón, que con aire amenazante van pisando los talones a Luis XVI y su familia en su marcha titubeante, seguramente hacia París. El título del grabado, mitad en francés mitad en inglés, no deja lugar a dudas: «El rey esclavo o los súbditos convertidos en reyes: Patriotismo femenino»¹³. Esta última expresión, formulada en una época en que el patriotismo es el ismo revolucionario por excelencia, revela la existencia de una forma genuinamente femenina de entender y practicar la revolución, que permite a sus protagonistas imponer su soberana voluntad gracias a una mezcla explosiva de anarquía, fanatismo y violencia. No faltará quien vea en la determinación mostrada por las parisinas el 5 de octubre una lección que los hombres debían aprender: «Fueron las mujeres quienes nos devolvieron la libertad», leemos en el folleto Les héroïnes de Paris, sobre los sucesos de aquella jornada. Mientras tanto, las nuevas instituciones revolucionarias no dejaban de recibir representaciones de grupos de francesas en demanda de sus derechos políticos: «Las madres de familia pueden y deben ser ciudadanas», reclaman en marzo de 1790 unas vecinas de Bretaña en una exposición a la Asamblea Nacional¹⁴.

Aquellas que creían que «también nosotras somos ciudadanas»¹⁵ no estuvieron solas en sus reivindicaciones. En febrero de 1790, un maestro de escuela, Claude Dansart, fundó en París la Sociedad Fraternal de los Patriotas de uno y otro Sexo, que otorgaba a las mujeres los mismos derechos —entre ellos el de voto— que a los socios masculinos. En julio de ese mismo año, Condorcet se manifestó a favor de la concesión a la mujer de la plena ciudadanía al considerarla tan capaz como el hombre de ejercerla con responsabilidad, sin abandonar por ello sus obligaciones como madre y como esposa. La citada Olympe de Gouges sostenía en su Déclaration des Droits de la Femme et de la Citoyenne el carácter inalienable de los derechos naturales y universales de la persona con independencia de su sexo —«toda mujer nace y permanece libre e igual en sus derechos al hombre»— y denunciaba la ilegitimidad de una revolución que negara a la mujer los mismos derechos que a los hombres, incluido —afirmó premonitoriamente— el de subir al cadalso.

Hay en la Revolución francesa como un desdoblamiento entre un discurso político prefeminista favorable a los derechos de las mujeres y una intervención femenina en los sucesos revolucionarios continuadora de la tradición prepolítica del motín. El primero corresponde principalmente a las grandes damas de la revolución, inspiradas en los preceptos del republicanismo cívico y del iusnaturalismo ilustrado. De ahí y de su pertenencia a una élite liberal sospechosa de aristocratismo su proximidad a la Gironda y su persecución bajo el Terror. Por el contrario, la movilización social de las mujeres en motines y algaradas está mucho más próxima al movimiento sans-culotte, del que constituyen en ocasiones su vanguardia más radical y violenta. También en estos sectores hubo intentos de codificar e institucionalizar la participación femenina en la vida pública. Pauline Léon, activista revolucionaria conocida por su radicalismo, promoverá el derecho de las mujeres a portar armas mediante una petición suscrita por trescientas parisinas y participará en la jornada del 10 de agosto de 1792 en las filas del batallón de su distrito parisino. Meses después intervendrá en la fundación del Club de las Ciudadanas Republicanas y Revolucionarias, de signo jacobino, junto con la actriz Claire Lacombe, que había cobrado ya cierta celebridad al leer ante la Asamblea Legislativa una soflama revolucionaria vestida de amazona. Lacombe y Léon fueron las dos principales exponentes de un jacobinismo femenino dispuesto a elaborar un cierto cuerpo de doctrina sobre el papel de la mujer en la revolución.

Los clubes de mujeres, a semejanza de los masculinos, proliferaron por toda Francia hasta 1793. El de Dijon, denominado Las Amigas de la Constitución, llegó a contar con cuatrocientas socias pertenecientes a la burguesía y a las clases medias locales. La mayoría de los 56 clubes femeninos creados entre 1789 y 1793 tenían un carácter moderado en lo político y respondían al afán de difundir entre la población, sobre todo entre los más jóvenes, las virtudes cívicas y el amor a la nueva patria revolucionaria, a la que se rendía tributo en vistosos festejos y conmemoraciones. Además, promovían colectas para el ejército, cosían ropa para los soldados y se ocupaban de los heridos y enfermos. Pero la radicalización del proceso revolucionario hizo muy pronto inviable un asociacionismo femenino marcadamente mesocrático. El 30 de octubre de 1793, el gobierno jacobino prohibió de un plumazo todos los clubes femeninos creados desde el comienzo de la revolución, incluido, pese a sus simpatías robespierristas, el Club de las Ciudadanas Republicanas y Revolucionarias de París, clausurado manu militari al grito de «¡Viva la república! ¡Abajo las [mujeres] revolucionarias!»¹⁶.

El apogeo del Terror no favoreció, contra lo que podría parecer, el desarrollo de un espacio público femenino que permitiera a las mujeres participar con voz propia en el proceso revolucionario. Ocurrió más bien lo contrario, debido en parte a la fuerte carga simbólica de la figura de María Antonieta como encarnación de todos los males y peligros de la contrarrevolución y, por extensión, al estereotipo negativo, muy extendido entre los jacobinos, de la mujer políticamente comprometida como un espécimen típicamente aristocrático. Fue habitual, asimismo, atribuir a las mujeres de la Vendée una intervención decisiva en la rebelión realista, llegando a integrar incluso las filas del ejército sublevado, lo que demostraba la ambivalencia y los riesgos del mito de las amazonas. Cuando menos, las parisinas de los faubourgs conservaron su papel coral en los disturbios sociales y en la puesta en escena de la violencia revolucionaria, ya fuera en el recorrido de la carreta que transportaba hasta su destino a las víctimas de la guillotina o disfrutando junto al cadalso del espectáculo de las ejecuciones —las célebres tricoteuses—. De todas formas, las mujeres de las clases populares tampoco se vieron libres de la represión jacobina: de las 427 detenidas en París bajo el Terror de las que se conoce su extracción social, 159 pertenecían a la pequeña burguesía o a las clases bajas¹⁷.

La caída de Robespierre y la instauración del Directorio trajeron consigo una dualidad femenina esbozada ya en los inicios de la revolución: los desórdenes públicos relacionados con las crisis de subsistencias contaron siempre con una nutrida participación de las mujeres de la plebe, mientras la reapertura de los grandes salones de la capital devolvía el protagonismo a las damas de la buena sociedad, conocidas ahora como las merveilleuses, deseosas de resarcirse de los rigores del jacobinismo con un lujo desenfrenado. En ese ambiente triunfaban la española Teresa Cabarrús, encarcelada durante el Terror y motejada como Nuestra Señora de Termidor, y la célebre Madame de Staël, que evocaría en sus Considérations sur la Révolution française la influencia social ejercida por las féminas en el mundo promiscuo y frívolo de los salones dorados del París del Directorio. Nada que ver, claro está, con las que, armadas de hoces y picas, habían formado la «banda infernal», como la llama ella, que protagonizó la marcha sobre Versalles del 5 de octubre de 1789. Su libro sobre la Revolución francesa, aunque escrito en 1798, no vio la luz hasta veinte años después y para entonces, a pesar del triunfo de la restauración en 1814, muchas cosas habían cambiado para siempre en la vieja Europa.

El influjo de la revolución fuera de Francia se vio facilitado por la rápida circulación de los papeles impresos, de las imágenes y hasta de artículos mundanos como barajas de cartas o abanicos, ilustrados a menudo con escenas y alegorías revolucionarias. Periódicos, folletos y grabados, siempre atentos a lo más novedoso y pintoresco, reflejaban con profusión la participación femenina en los sucesos de Francia y fomentaban un cierto espíritu de emulación en los pueblos vecinos. En 1790, consta ya la aparición en Bélgica de panfletos reivindicativos de los derechos políticos de las mujeres. Uno de ellos lleva por título Réclamations des citoyennes de Bruxelles, tant démocrates qu’aristocrates, y plantea la necesidad de que se constituya un Parlamento compuesto por representantes de ambos sexos en igual número. En Lieja se publicó un folleto con idéntico contenido en nombre «des citoyennes de Liège, tant démocrates qu’aristocrates». Es interesante la idea de que las mujeres, por el hecho de serlo, comparten algo sustancial que va más allá de su origen social o de sus inclinaciones políticas y que debe mantenerlas unidas en la defensa de sus intereses. La «feliz revolución» contra la dominación extranjera contó, principalmente en Brabante, con la participación de algunas señoras de la nobleza local, como las duquesas de Ursel y Arenberg y la condesa Anne Thérèse Philippine d’Yve, autora de panfletos inspirados en las supuestas tradiciones democráticas del país y partidaria de la representación femenina en las instituciones que surgieran de la liberación de Bélgica. Completaba el «partido de las amazonas» Jeanne de Bellem, amante del líder revolucionario Henri Van der Noot, que huyó a Londres en 1788 y dejó a Jeanne en una situación muy comprometida, hasta que en diciembre de 1789 los dos amantes pudieron hacer su entrada triunfal en Bruselas una vez consumada la derrota de los austriacos. Si la influencia de la revolución americana fue patente durante la lucha contra el poder extranjero, tras la consecución de la independencia el papel de las mujeres en las celebraciones y ceremoniales públicos seguirá claramente el modelo francés¹⁸.

Las revoluciones del siglo XVIII crearon una experiencia acumulada que fue pasando de una a otra y, a la vez, modificándose con las aportaciones originales de cada país, según su propia tradición y sus circunstancias históricas. Lo mismo cabe decir del papel desempeñado por las mujeres, por ejemplo, en las revueltas holandesas de finales de siglo, la de los Patriotas en los años ochenta y la Bátava en 1795. Su estatus relativamente independiente, tanto en la vida económica como cultural, explica la importancia que el debate sobre sus derechos políticos alcanzó en Holanda desde principios de los años ochenta, cuando, bajo el seudónimo de Armida Amazone, vio la luz un ensayo titulado Sobre la tiranía masculina, referido a la institución matrimonial y vagamente inspirado en la revolución americana. Seis años después, en 1787, un artículo anónimo «Sobre la probabilidad de las amazonas» especulaba en torno a la verosimilitud de una república gobernada por las mujeres. La cuestión de sus derechos se planteará abiertamente a partir de la revolución Bátava de 1795, bajo el influjo de la experiencia revolucionaria francesa —recuérdese que Etta Palm d’Aelders regresa por esas fechas a su Holanda natal— y de la traducción al neerlandés de A Vindication of the Rights of Women de Mary Wollstonecraft. Hubo clubes femeninos, como el creado en Haarlem en 1795, y un amplio debate en la prensa sobre la capacidad de las mujeres para regir los destinos de un país, aunque no siempre resulta fácil distinguir las opiniones sinceramente favorables de aquellas que ocultan una intención satírica. La causa contrarrevolucionaria contó igualmente con un fuerte apoyo femenino, sobre todo entre las clases bajas. Tras el golpe de Estado de 1798 y la consiguiente restricción de las libertades, tan sólo la escritora Maria Aletta Hulshoff se mostró políticamente beligerante, lo que le acarreó una condena a dos años de cárcel en 1806. Nada más salir de la prisión fue nuevamente encarcelada por publicar un panfleto contra Napoleón, al que, según se llegó a decir, planeaba asesinar. Mujer de infinitos recursos, al cabo de un tiempo consiguió huir de la cárcel y escapar a Estados Unidos disfrazada de hombre. Allí desarrolló una intensa actividad como escritora y polemista política, hasta que en 1820 regresó a Holanda e inició un largo eclipse personal que terminó con su muerte en 1846¹⁹.

La Europa en guerra de principios del siglo XIX fue el mejor caldo de cultivo para el viejo mito de la mujer guerrera, alzada en armas por un impulso primario en defensa de su hogar y su tierra. Las supuestas amazonas proliferaban por el continente a medida que la guerra se generalizaba y que entre los pueblos afectados por los vaivenes del conflicto crecía un sentimiento nacionalista de rechazo al invasor. Así ocurrió en los territorios germánicos al paso del ejército napoleónico²⁰, pero también en Grecia durante la larga guerra contra la dominación otomana, concluida victoriosamente en 1830. Las mujeres tuvieron un papel activo en la lucha por la independencia griega, tomando las armas junto a los hombres y alcanzando fama internacional por sus proezas militares, como Laskarina Bouboulina, una viuda de mediana edad que amasó una considerable fortuna dedicándose al comercio naval en mares infestados de piratas. En 1816 ingresó en una sociedad secreta revolucionaria y empezó a acumular armas y pertrechos para un levantamiento armado que veía muy próximo. Cuando en 1821 estalló la revolución, Laskarina, que había diseñado su propia bandera, disponía ya de una flota armada y equipada por ella, servida por hombres resueltos a cumplir las órdenes de su capitana, a la que se describe al frente de su buque insignia, el Agamenón, con su pistola de plata al cinto, desafiando a las balas enemigas y arengando a los suyos para el combate²¹. Su asesinato tres años después no haría más que engrandecer su leyenda de madre fundadora de la independencia griega e intrépida amazona en el país que creó el mito de las mujeres guerreras.

Guerra y revolución en España

Todo empezó en la mañana del 2 de mayo de 1808, cuando las tropas francesas a las órdenes de Murat se disponían a escoltar a los miembros de la familia real española que aún no habían partido hacia Bayona al encuentro de Napoleón. El primer carruaje, con la infanta doña Luisa, salió de Palacio sin mayor contratiempo, tal vez porque la segunda hija de Carlos IV no gozaba precisamente del favor popular. Pero cuando la multitud advirtió la salida de un segundo carruaje con el infante Francisco de Paula, el hermano menor de Fernando VII, una mujer anónima, ya entrada en años, gritó desde el patio de armas «¡Que nos lo llevan!» y desde ese momento todo fue confusión y voces de «¡traición!» y «¡mueran los franceses!».

Las fuentes de la época coinciden en destacar el papel de las mujeres a partir de aquel momento crucial, primero en la propagación de la alarma ante lo que se interpretaba como el secuestro del infante don Francisco y a continuación en el levantamiento popular contra el ejército francés. El escritor aragonés José Mor de Fuentes contaría años después que fue su amiga la condesa de Giraldeli la que, en plena calle y en medio del tumulto, le informó de que los franceses querían llevarse al infante. Poco después una mujer desconocida, de unos treinta años, agitando un pañuelo blanco, se puso a gritar «¡armas, armas!, y todo el pueblo», añade Mor de Fuentes, «repitió la voz», mientras la señoras del vecindario empezaban a lanzar macetas, floreros y muebles a la calle para entorpecer los movimientos de la caballería francesa, que se había puesto en acción en cuanto estalló la revuelta.

En ella participaron algunas vecinas de Madrid que se acabaron convirtiendo en heroínas y mártires de la causa, como Manuela Malasaña, costurera, de diecisiete años, que perdió la vida junto a su padre, defendiendo, según una de las versiones de su muerte, el parque de artillería de Monteleón, y Clara del Rey,

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