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Apesta a Teen Spirit

Apesta a Teen Spirit

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Apesta a Teen Spirit

Länge:
218 Seiten
2 Stunden
Herausgeber:
Freigegeben:
Nov 8, 2016
ISBN:
9786072424173
Format:
Buch

Beschreibung

El novato Carlos de Artaño hace una terrible entrada a la Escuela Superior Versalles. Ahí, conoce a quienes serán sus leales compañeros en una banda de rock: la rebelde Atenea; Isaac Porto, el rey del grunge; y el brillante Kiyo Harami. Juntos enfrentarán al temible director Richelieu y a sus compinches, el matón Roque y la seductora Diciembre Winter, en la más peligrosa misión de su vida: sobrevivir a la prepa... sin terminar apestando. Un emocionante cover de Los tres mosqueteros con otra onda, como nunca la habías leído.
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Nov 8, 2016
ISBN:
9786072424173
Format:
Buch

Über den Autor


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Apesta a Teen Spirit - F. G. Haghenbeck

estacionado.

Uno

I Don't Like Mondays, 4:52, The Boomtown Rats

TAL como lo cantan The Boomtown Rats, a nadie le gustan los lunes y, para colmo, era el primer lunes de abril. Habría que admitir que, como mes, abril también apesta: es el más cruel. Y ese día había una revuelta tan aparatosa que aparentaba que los franceses hubieran decidido tener una segunda revolución. Así, ante el barullo, al ver huir a las muchachas con faldas de colegialas por el estacionamiento, varios alumnos se apresuraron a remangarse las chamarras y, respaldando su aplomo algo incierto con bates de beisbol, se dirigieron hacia la zona que bullía, haciendo crecer a cada minuto un grupo compacto, ruidoso y lleno de curiosidad.

En esos días, los pánicos eran frecuentes: el exceso de testosterona combinado con las altas temperaturas desencadenaba peleas o embarazos. Pocos días pasaban sin que se registrara en los archivos de la Escuela Superior Versalles algún acontecimiento de ese género: estaban las pandillas, que guerreaban entre sí, y el presidente del Comité de Estudiantes, el señorito Luis Sol, campeón goleador e hijo del alcalde, quien le declaraba la guerra al director de la escuela, el señor Juan Richelieu. Además de estas guerras sordas o públicas, secretas o patentes, estaban los Geeks, los Frikis, los Banda, los Góticos y los Nerds, quienes hacían la guerra a todo el mundo. Y los Fresas, que se armaban siempre contra los Metaleros, los Rapados y, con bastante frecuencia, contra los maestros; difícilmente contra el presidente del Comité de Estudiantes y nunca contra el director.

De ese hábito resultó que el susodicho primer lunes, ese que todos odian, los Deportistas, al oír el barullo y no ver el banderín rojo que cargaba el director para interrumpir zafarranchos, se precipitaron hacia la cafetería. Estando ahí pudieron ver y reconocer la causa de aquel jaleo.

¡Ah, verdad! ¿Pensaron que no podía hacer un cover de la primera parte de la novela de Alejandro Dumas en la época moderna? ¡Pues lo hice! Aplausos. ¿Ya entienden por qué soy el narrador? Terminado mi momento de egocentrismo desmedido, continuemos.

Un joven. Hagamos su retrato de un solo trazo, uno que nos dé una idea de lo que enfrentaremos de ahora en adelante, pensemos en Don Quijote a los dieciséis años… No olviden eso. Y seamos sinceros, con esa referencia del libro original nadie recuerda cómo era ese señor, por eso usaremos la nuestra: un juvenil Johnny Depp descortezado, sin tanto aplomo; un chico revestido con una sudadera Gap cuyo color azul, por el uso, había adquirido un matiz impreciso; los pómulos de las mejillas salientes, signos de astucia o de que solo había sido alimentado con hamburguesas; y los músculos torneados, indicador infalible de que hacía ejercicio en lugar de ver televisión. Llevaba una gorra con el escudo del santo patrono de los jóvenes: Batman. En resumen, un chavo bien, pero bien X. Sí, tan X que podría ser afiliado al grupo de Wolverine y sus X-Men.

Y porque nuestro joven tenía montura, y esa montura era tan notable que fue notada, se pudo ubicar el motivo del caos: su automóvil oxidado tenía deficientes los frenos, mismos que no le ayudaron a esquivar al que estaba estacionado. El accidente causó una sensación de malestar en el dueño del coche golpeado y esa sensación fue más penosa para Carlos de Artaño, sí, ese era su nombre; no le busquen más, será el héroe de esta novela.

El propietario del otro auto se quedó pasmado un largo rato, no tanto como si presenciara un partido de beisbol, pero sí mucho tiempo. Luego, se lanzó con puños y espíritu de bronca al frente. Ahora hagamos un receso para describir al afectado: medallista en las estatales de lucha grecorromana; porte elegante y vestimenta pulcra, llevando eternamente un suéter rojo del colegio con las letras Versalles al frente; casi perfecto, excepto por dos detalles que, al no ser muy exigentes, se perdonarían: uno, es tuerto, accidente ocurrido en las finales de lucha del año pasado cuando su contrincante le picó el ojo; el otro, ser un completo hijo de la fregada. Para tapar lo tuerto usaba un parche —no sientan pena por él, se lo merecía— y para tapar lo otro se volvió la mano derecha del director de la escuela, el señor Juan Richelieu.

Ya tenemos a nuestro antagonista… ¿Perdón? ¿Qué es un antagonista? Lo que se conoce como el villano, el malo de la historia, el quita risas, el que hará sufrir a nuestro héroe, o sea, el hijo de la fregada.

El chico del parche detuvo su ataque para ver el bote de basura con ruedas. Se quedó sorprendido. Lo mismo había hecho su dueño, Carlos de Artaño, cuando su padre se lo dio tras pedir un automóvil en su cumpleaños dieciséis. Este vino acompañado con una recomendación: Recuerda que en la escuela Versalles yo fui campeón de joven. Nunca dejes que se burlen de ti. Solo obedece al director y al joven Luis Sol, su papá es el alcalde y trabajo para él. No queremos que tu viejo se quede sin trabajo, ¿verdad?.

—Lo siento, amigo, tu coche estaba salido del cajón de estacionamiento —expuso Carlos al sorprendido afectado.

—¡Eres un tarado! —gritó enfadado el Tuerto, señalando el rasguño en su vehículo—. ¡¿Dónde tienes los ojos?! ¡¿En las nalgas?!

—En un mejor lugar que los tuyos, yo me hubiera estacionado mejor —soltó el recién llegado. No fue inteligente dicha respuesta, a veces es mejor quedarse callado. Hay gente colérica que puede ser agresiva y, sin duda, el Tuerto era de esos; su puño salió volando, cual ariete medieval, directo a la nariz de nuestro héroe, quien solo pudo escuchar su quejido y luego ver oscuridad. Cayó al asfalto de golpe, como si le hubieran aserrado de tajo los pies.

—¡¿Y quién es este tarado?! —cuestionó el Tuerto sobándose los nudillos. Dos de sus compinches que lo acompañaban (porque los malosos, por alguna extraña ecuación de la vida, siempre llevan dos compinches) revisaron al joven noqueado.

—Tiene una carta —señaló el compinche 1, con la misma chamarra que su líder, pero con el número 1 atrás, al igual que su compañero, con el número 2. Solo era una afortunada coincidencia, pues eran sus números en el equipo de futbol.

—¡Trae para acá, inútil! —le arrebató el Tuerto. La leyó rápidamente y, con una sonrisa de gato Silvestre comiéndose al canario Piolín, se la guardó en el bolsillo. Entre los tres gorilas cargaron al chico desvanecido y lo arrojaron al contenedor de basura ante gritos de apoyo de los testigos del incidente; los del bullying eran ellos, pero habrase visto qué buena porra se cargaban.

Pasaron varios minutos antes de que Carlos recuperara la conciencia. Lo hizo con ayuda de un Gatorade con color de orines de alienígena que le dio en la cara. Primero, fue el grito. Después, mucho después, recuperó la conciencia.

—Estás mojado… —escuchó una voz melodiosa, como la de una vocalista rubia con curvas peligrosas. Carlos abrió los ojos y se encontró con eso: una rubia con curvas, una muchacha baja, pero a la que sus padres lograron mejorar los genes, tan rubia que hacía daño a los rubios: la claridad de su cabello contrastaba con sus ojos rasgados, claros. Era una belleza exótica. En una mano llevaba la botella vacía desde la que vertió la bebida; en la otra, un cigarro. Portaba toques de rockera, gótica y rebelde, con una blusa blanca tipo uniforme abierta hasta el límite, a punto de parecer modelo de revista de caballeros, falda de cuero y botas rojas.

—¡Me arrojaste esa porquería! —chilló Carlos molesto, levantándose del basurero.

—¡Mira al guapo! Es inteligente, ya supo por qué está mojado —explicó sarcástica la beldad que amplió su rojísima boca de oreja a oreja. Era una sonrisa asesina; el rojo encendido provenía de una paleta de caramelo que pigmentaba su boca y le brindaba unos tres puntos más de seducción.

—¿Por qué lo hiciste?

—Necesitaba tirar las cenizas de mi cigarro al basurero y no quería quemarte, cariño —alargó su brazo y sacudió con elegancia los dedos. La ceniza cayó al basurero y le siguió el bote de Gatorade vacío. Le guiñó el ojo a Carlos, sacando la paleta roja de su boca para mandarle un beso. Se alejó sin decir más, bamboleándose tentadoramente. Era oficial, Carlos acababa de conocer a una comehombres con doctorado.

—No es buena para la salud, me lo dijo un doctor —comentaron a su lado. Carlos volteó intrigado al escuchar esa voz infantil. Se encontró con un chico diminuto en tamaño y edad. Resaltaban su chaleco tejido color pasto y los enormes frenos en los dientes que asemejaban el arnés de un caballo: eran tan grandes que opacaban los anteojos de montura plástica.

—Hola —saludó—. Ella es Diciembre Winter. Salió a fumar y a meterse en problemas. Nunca te le acerques, muerde.

—¿Dónde están todos? —preguntó Carlos, ya que ante sus ojos encontró la nada, el estacionamiento de su nueva preparatoria estaba completamente vacío. Volteó a ver al chico de lentes—. ¿Qué pasó?

—Sonó la campana y están en clases —respondió.

—¿Y el que me pegó? ¿El tuerto?

—Roque tiene entrenamiento.

—¿Y tú?

—¿Yo? Tengo clase de matemáticas, pero como siempre corrijo al profesor, me pidió que solo presentara el examen. Tengo un IQ más alto que el de Einstein.

—No, eso no… ¿Quién eres?

—Quinto, todos me dicen así. Me adelantaron a la preparatoria por ser un niño genio. Me llamo Ian Brian Deluca.

—¿Ian Brian?

—A mi papá le gusta el grupo Queen, me lo pusieron por Brian May. Lo de Ian es por mamá, pero no recuerdo quién era ese.

—Quinto me gusta —Carlos hizo un gesto aprobatorio y le estrechó la mano—. Soy Carlos de Artaño.

Los dos chicos caminaron por las escaleras rumbo al acceso de la reconocida Escuela Superior Versalles, instituto compactado en una zona arbolada, con múltiples campos de deportes y una emblemática construcción de tabique en la que resaltaba la gran torre de reloj del edificio central.

—¿No eres de por aquí, verdad? —preguntó el chico, acomodándose los lentes sobre su diminuta nariz.

—Estuve fuera de la ciudad. Mi papá recuperó el trabajo en su antigua compañía y ahora regreso a esta escuela.

—Tuviste valor para pelearte con Roque.

—¿Así se llama?

—A mí me gusta decirle gorila idiota, solo entre tú y yo, no quiero que me vuelvan a sumergir la cabeza en el escusado, pero sí, es Roque.

—Quinto —Carlos se detuvo y observó a su nuevo compañero—, ¿dónde está la oficina del director? Tengo una carta para él.

El chico alzó la mano para señalar la ventana ubicada exactamente al lado de la imponente torre con el reloj. Era la lumbrera más visible, la que poseía la mejor vista solo por su posición en el edificio. Asomado a ella, Carlos pudo ver al temido director de la escuela Versalles, don Juan Richelieu, y sintió cómo su profunda mirada se clavaba en él.

Dos

I'm a Looser, 3:55, Beck

COMO narrador, les puedo platicar muchas cosas, entre ellas, que estudié hace diez años en este tugurio, sufriendo todo lo que un estudiante de preparatoria sufre. No lo haré, porque es aburrido, solo les aseguro que las cosas no han cambiado desde entonces. Antes lo hacíamos con música disco, ropa de colores neón o peinado afro, y no, a nadie metieron a la cárcel por eso. Sin embargo, prácticamente era la misma situación: a la cabeza, quien dirigía la escuela, el señor Juan Richelieu, hombre astuto y ambicioso que buscaba el dominio absoluto del plantel, incluso por encima de su dueño que, por casualidad, era el alcalde de la ciudad: el señor Guillermo Sol. Ahora, su hijo Luis Sol estudiaba en el plantel y se había convertido en la persona más VIP, el más chipocludo del colegio, así que todo el trabajo del director era para beneficiar a ese puberto con exceso de gel en el pelo y un retorcido gusto por las camisas polo en colores pastel. El director sabía que, mientras el chico estuviera contento, lo mantendrían en el poder.

Además de ser presidente del Comité de Estudiantes, Luis Sol era, invariablemente, nombrado cada año Rey del Baile de Fin de Cursos. En realidad, no era un mal muchacho. Se le perdonaba que a los quince años su padre le hubiera regalado un BMW descapotable, que cargara un hermoso celular del tamaño de un tabique, que llevara en la muñeca un Rolex que costaba el salario de algún presidente asiático o que presumiera una dentadura perfecta de anuncio de Colgate, ¡vamos!, hasta se podía dejar pasar que fuera campeón goleador del equipo de la escuela, pero lo que no se le podía perdonar era que escuchara a Luis Miguel todo el tiempo. Eso sí era un pecado.

Desde luego, el director lo mangoneaba a su gusto. El chico hacía lo que le ordenaba esa sanguijuela con debilidad por vestir sacos claros que combinaban con la montura de carey de sus lentes. El joven Luis Sol repetía lo que Richelieu le decía. Solo existía una cosa que le disgustaba al director y que no había podido manipular en el joven: su novia, la más popular y bella chica de la escuela, Ana María. El juego de estira y afloja entre ellos, provocado por ella, mantenía un ambiente tenso en la escuela Versalles.

Debido a esa tensión, no permitía a mis alumnos que pelearan con los achichincles del director, pues buscaba cualquier pretexto para desmantelar los talleres de periodismo, literatura, cine o fotografía. Solo me mantenía en mi puesto de profesor de literatura por la amistad que llevaba con el alcalde, pero si por Richelieu fuera, ya me hubieran puesto de patitas en la calle.

—¿Quién demonios comenzó la pelea? —les pregunté molesto, restregándome la cara con las manos para ver si lograba que la realidad cambiara un poco.

Los tres idiotas con sobradas hormonas adolescentes, miembros del Taller de Creación Literaria, habían iniciado un zafarrancho en la cafetería digno de pasar a la posteridad; era gracioso a la distancia, pero esa gelatina arrojada al saco del director no lo era para mí.

—El Tuerto me agarró la nalga —respondió la chica ruda de la chamarra. Además de tener pecas y una belleza escondida, también tenía nombre: Atenea Posadas. En el fondo, comprendía su actitud rebelde, con un nombre así también iría por la vida enojado, rompiendo clavículas.

Ate era una chica problema, la hija mayor de un doctor exitoso y divorciado que invertía todo su tiempo en ser un doctor exitoso y divorciado, pero que olvidó que tenía bajo su cuidado a dos hijas: una era toda dulzura, ya saben, del tipo fresa light; la otra… bueno, la otra era Ate: ruda, peleonera, desmadrosa, baterista y mal hablada.

—Yo lo golpeé por faltarle el respeto a Ate —completó su compañero, el chico rubio grunge.

¿Recuerdan a Isaac Porto del primer capítulo? ¿El de melena perfecta tipo Doritos, camisa de franela a cuadros con aspiración a Kurt Cobain y pocas células cerebrales vivas por el alcohol, la fiesta y el rock? ¡Cabeza de Doritos! ¡Sí, ese mismo!

—¡Podía defenderme sola, Cabeza de Doritos! —gruñó Ate a su amigo.

—Si las matemáticas no mienten, cuatro idiotas contra una mujer está muy lejos de la idea de defenderte sin ayuda —explicó el samurái cibernético Kiyo Harami.

Me caía bien el Chino, hablaba poco, se le agradecía que llevara contador de palabras en una edad en la que todo lo que dices son pedazos de basura. Era un buen tipo el Harami, el único rescatable de los tres.

—¡Hubiera podido sola, Chino! —rezongó Ate.

—¡Basta, basta! La cosa está que arde. El director cree que el

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