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Entre dos billonarios: La serie completa
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eBook204 Seiten3 Stunden

Entre dos billonarios: La serie completa

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Über dieses E-Book

Entre dos billonarios, la serie completa, finalmente juntos en un compendio.

PRIMERA PARTE: Sarah Palmer vive en su propia burbuja. La vida consiste en trabajar en la cafetería, charlar en línea con amigos y hacer todo lo posible para mantener la moral que le enseñaron en la escuela católica.

Su hermanastra Ethel es todo lo contrario.

Cuando Ethel culpa a Sarah de meterse a hurtadillas en una fiesta bajo el pretexto de ser strippers, el mundo entero de Sarah se pone patas arriba. Todo lo que creía saber de sí misma está cambiando y no sabe cómo detenerlo.

Lo que se suponía que iba a ser una noche de intrusión y diversión se convierte rápidamente en una inesperada aventura amorosa con un extraño guapo. Tristan Locke es perfecto. Demasiado perfecto. Y Sarah está a punto de aprender que si algo parece demasiado bueno para ser verdad, normalmente lo es.


SEGUNDA PARTE: Tristan Locke es perfecto. Perfectamente dañado. Un pasado estropeado en pérdidas le ha hecho temeroso de formar una relación con alguien. Hasta que conozca a Sarah Palmer.

Abandonando su educación religiosa, Sarah se lanza a una tensa relación con Tristan. Es difícil saber cuáles son sus intenciones; sin embargo, él se muestra muy sexy y al minuto siguiente, muy frío.

Afortunadamente para Sarah, ella es capaz de obtener información privilegiada sobre Tristan de su hermano Shawn. Sin embargo, puede que Shawn no sea el buen tipo por el que se está haciendo pasar.


TERCERA PARTE: Tristan Locke tiene secretos tan profundos que le han deformado toda su vida. Después de decir que mató a su prometida, hace lo que puede para alejar a Sarah. Shawn no va a dejar que eso suceda.

Averigüe lo que sucede cuando se revela la verdad y Sara se ve obligada a tomar la decisión final.

**Versión corregida**

SpracheEspañol
HerausgeberBadPress
Erscheinungsdatum19. Juli 2019
ISBN9781547551071
Entre dos billonarios: La serie completa
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Autor

Sky Corgan

Sky Corgan is a USA Today bestselling author. She lives in Texas where the sun is hot and the men are hotter. When she's not typing away at her next steamy romance novel, she enjoys hanging out with friends and planning vacations. You can get a FREE Sky Corgan book and stay up to date on her latest releases by signing up for her newsletter here: http://www.subscribepage.com/SkyCorgan

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    Buchvorschau

    Entre dos billonarios - Sky Corgan

    CAPÍTULO UNO

    ¡Eureka! ¡Lo encontré! Ethel irrumpe por la puerta de mi habitación. Una amplia sonrisa se extiende por su rostro, como si trajera las mejores noticias del mundo.

    Suelto un quejido, girando la silla del ordenador hacia ella. ¿No sabes llamar?

    Aparentemente, no. Es propensa a entrar en mi habitación cuando quiere, sin importar cuántas veces se lo diga. Uno pensaría que es la dueña del lugar. No lo es. Lo son nuestros padres. Pero, para ser honesta, ella estaba aquí primero. Mi mamá y yo nos mudamos hace unos años, cuando nuestros padres se casaron.

    - Bueno. Ethel se sienta en mi cama, poniéndose cómoda. Hay un tío rico que monta una fiesta este fin de semana. Me mira expectante, como si pensara que puedo leer su mente.

    - ¿Y? No puedo ocultar la molestia de mi voz. No es como si estuviera haciendo algo importante. Sólo estaba charlando por Internet con amigos. Es por principio. Podría haber estado desnuda, y entró como si nada.

    Ahí es donde voy a conocer a mi rico marido. Hace un extraño movimiento de cabeza, como si la respuesta fuera obvia.

    No puedo evitar reírme. Claro.

    - Sí, y tú te vienes conmigo.

    - ¿Eh? Esto es nuevo para mí. No me interesa, pero sé que no tengo más remedio que escucharla. Para eso ha venido aquí, para elaborar su taimado plan.

    - Sí. Tú y Lisa. Quizás todas acabemos con maridos ricos, grita entusiasmada, como si nos imaginara a todas con el Príncipe Azul en brazos. A veces me pregunto cómo sobrevive, viviendo en fantasías tan elaboradas. Su vida es una montaña rusa de esperanza irracional y decepción. Tal vez, si consiguiera un trabajo, no tendría que preocuparse por encontrar un marido rico para mantenerla.

    - Lo del marido rico es cosa tuya. Sonrío, girando mi silla para mirarla. Va a tardar en marcharse; me lo huelo.

    - Toda chica quiere un marido rico, suspira triste.

    - Si tú lo dices. No tiene sentido discutir con ella. Tendría que aguantar una charla detallando por qué casarme con alguien rico es lo mejor. Las respuestas son obvias, pero eso no es para mi. Quiero arreglármelas trabajando a tope, manteniéndome sola, sin tener que depender de un hombre.

    - De todas formas, te vienes, ¿verdad? Se reajusta en la cama, mirándome fijamente. Sus ojos oscuros son tan grandes que es difícil no dejarse atrapar por su entusiasmo.

    -No me apetece mucho, digo con indecisión.

    Nena, ni siquiera has escuchado mi plan. Me saca el dedo y echa la cabeza hacia atrás en un gesto exagerado. Qué diva.

    - Ilumíname, va. Cruzo los brazos sobre el pecho, esperando algo extravagante.

    - "Aparentemente, este tío hace fiestas cada pocos meses. La seguridad es mínima.

    - No parece la clase de fiesta que montaría alguien rico. ¿Estás segura de que no estás hablando de una fiesta en el gueto? Me burlo de ella.

    - ¿Podrías callarte y escucharme durante medio segundo? Su carácter es muy temperamental.

    Sé que no debo decir nada más, así que simplemente hago un gesto como si estuviera cerrando los labios, sonriendo todo el tiempo. Hay una delgada línea entre jugar con Ethel y pelear con ella. Aprendí eso hace mucho tiempo cuando nos mudamos juntos por primera vez. Esos días fueron horribles. Pero ahora puedo manejarla.

    - Total... Pone los ojos en blanco, dejando de lado su descontento. Desaparece tan rápido como aparece. Se me ocurrió que si fingíamos ser strippers, podríamos entrar del tirón.

    Arqueo una ceja, intentando no mostrar mi escepticismo. Yo. Finjir ser una stripper. Muy divertido. Soy la personificación de la inocencia. Como una colegiala católica inocente, en un sentido muy literal. De hecho, antes de que nuestros padres se conocieran, fui a una escuela católica sólo para chicas. No fue hasta que el padre de Ethel convenció a mi madre de que necesitaba aprender a sobrevivir a la población general que mi madre finalmente me cambió a una escuela pública normal. Era como un pez fuera del agua por aquel entonces, y honestamente no creo que nunca haya terminado de adaptarme socialmente. Tal vez por eso me siento tan incómoda todo el tiempo. En fin. No se puede cambiar ahora. Todo lo que sé es que me llevé muchos de los valores de la escuela católica conmigo. Sólo he besado a un chico en toda mi vida, y ni siquiera soñaría con tener sexo fuera del matrimonio. La idea de disfrazarte de stripper sólo para entrar en una estúpida fiesta me parece absurda.

    −  Vamos, Sarah, será divertido. Ethel se me acerca. "¿Nunca has querido ponerte sexy?

    - No. Nunca. Niego com la cabeza. Sexy da a los hombres la impresión equivocada. Sexy puede causar problemas.

    - Ugh. Eres una pringada. La frustración se apodera de la ira que una vez mostró. Sabe que esta es una batalla perdida. No me cederé.

    Tienes a Lisa. Id y divertíos. Depués me cuentas. Trato de calmarla con una sonrisa.

    Se levanta, con el cuerpo en tensión. Sabes qué, nunca vas a experimentar nada de lo que la vida te ofrece si no sales del  pequeño caparazón que has creado para ti misma. Presiona las yemas de los dedos, dibujando un caparazón invisible con sus manos.

    Estoy perfectamente a gusto en mi caparazón, quiero decirle, pero en vez de eso, simplemente respondo: Ya. No tiene sentido discutir.

    Una vena en su cuello sobresale. Tiene palabras crueles en la lengua. Espero a que me las escupa, pero afortunadamente, simplemente sacude la cabeza y se va, llevando consigo la tensión de la habitación. Suspiro, agradecida de que haya terminado. Qué cosa tan estúpida por la que discutir. Ya debería saber que somos tan diferentes como el día y la noche. Las cosas que a ella le interesan, a mí no, y eso incluye encontrar un hombre con quien vivir.

    Me siento en silencio por un momento, tratando de no dejar que la conversación me afecte. Es difícil. Puede que sólo sea mi hermanastra, pero quiero gustarle. Tal vez debería esforzarme más. Tiene que haber mejores formas de hacerlo.

    ***

    Es sábado por la noche, y estoy agotada por un largo día de trabajo en la cafetería. Ahorrar para pagar la universidad es difícil. Si hubiera sabido que iba a ser tan difícil, que iba a tardar tanto, habría pedido más becas. Habría, podría, debería. No sirve de nada pensar en el pasado. Yo solita me lo he buscado, pasando de las clases en un  intento de gustar a los niños en la escuela, para tratar de encajar. Querer encajar fue un error. Ahora estoy luchando, como ellos. Las lecciones aprendidas en la juventud siguen atormentándome como adulta. Ahora tengo que rectificar mis errores. Trato de no ser infeliz, pero a veces es difícil.

    Puedo oír pasos pesados caminando por el pasillo hacia mi habitación. Es Ethel. Ni siquiera necesito preguntarme quién será. Nadie camina tan fuerte en esta casa cuando están enfadados, excepto ella. Giro la silla de mi ordenador hacia la puerta antes de que tenga oportunidad de irrumpir sin avisar.

    - No te lo vas a creer, gruñe, dando un portazo tras de sí. No puedo evitar hacer una mueca de dolor. No tengo absolutamente nada que ver con esto, pero voy a tener que aguantarme.

    - Cuenta. Me acerco y doy unos golpecitos a mi cama, tratando de ser comprensiva.

    Por lo que saco, Lisa y ella deben haber discutido justo antes de que se suponía que se iban a la fiesta. Ethel está impresionante en un vestido corto rojo que resalta su piel de morena. Me encanta su piel. Es tan oscura, suave e impecable. Es una chica preciosa, y los hombres generalmente la persiguen, pero no quiere a nadie que no tenga dinero, no importa lo simpático que sea. Todavía no estoy completamente segura de por qué es así. No es como si hubiera crecido en el gueto. No es como si su padre nunca hubiera tenido dinero. Es dentista, y siempre la ha malcriado. Tal vez está acostumbrada. Quizá piensa que así deberían tratarla todos los hombres.

    - La zorra essa me há dejado tirada en el último puto minuto, gruñe, cayendo pesadamente sobre mi cama y cruzando los brazos sobre su pecho. Admiro su esmalte de uñas. Combina perfectamente con el vestido, al igual que su lápiz labial, tacones y pendientes. Nunca he visto a una stripper con un aspecto de clase tan alta.

    Lo siento, Ethel.

    Su voz se suaviza en simpatía, y aparta los ojos. Está enferma. Quería venir. Se preparó y todo. Pero luego empezó a vomitar.

    - Qué mal. Sé a dónde va a parar esto. Está tratando de ocultar su enojo y preparándose para empezar a hacer pucheros con la esperanza de que me vaya con ella. Ni de coña. Dijiste que el hombre ese hace una fiesta cada pocos meses. Ya habrán más ocasiones.

    - Más ocasiones, resopló. No creo poder aguantar unos meses más para salir de este agujero de mierda. Mira a mi alrededor como si fuera un basurero. A veces me pregunto si se da cuenta de lo bien que estamos. Probablemente no, si está actuando así de infantil.

    - Has esperado hasta ahora..., suspiro, tratando de no mostrar mi desaprobación por su actitud. Pero es difícil. A diferencia de ella, mi madre y yo luchamos durante varios años mientras ella y mi padre biológico estaban divorciados. Si no fuera por mi abuela que pagó la matrícula de la escuela católica, no habría podido ir.

    - Sarah, no lo entiendes, insiste Ethel. Lo di todo por la fiesta. Compré este vestido e incluso hice que nos hicieran tarjetas de visita.

    - ¿Tarjetas de visita? Alzo una ceja.

    - Sí. Hurgó en su bolso y sacó una billetera, la abrió y extrajo varias tarjetas de visita. Me las entrega, y miro la parte de delante en relieve. Muestra una foto de una niña colgada de un poste con las palabras Strippers A Vuestro Servicio.

    Frunzo el ceño al leer el nombre falso de la compañía. ¿Podrías haber elegido algo más guarro como encabezado?

    - Sí, podría, regresa el calor de su voz. Podría haber escogido Tetas en tu Cara o Zorras Desnudas.

    Pongo los ojos en blanco, devolviéndoselas. Bueno, siento que no puedas ir.

    Coge las tarjetas y las vuelve a poner en su billetera, tratando desesperadamente de moderar su frustración hacia mí. Todavía puedo ir, si me acompañas.

    - Creo que lo harías mejor como stripper solitaria. Es una sugerencia y una burla al mismo tiempo.

    - Las strippers no actuan solas, tonta. Ella me mira fijamente.

    - Podrían, por hombre ricos.

    - Creo que hay una regla para ello. Se rasca la cabeza. Seguridad en números y tal.

    - Ni idea. Ni me importa. No voy a ir. Doy la vuelta a la silla para mirar hacia mi ordenador, indicando que la conversación ha terminado.

    - ¿En serio te vas a quedar aquí sentada jugando al puto ordenador toda la noche? Señala la pantalla. Hay todo un mundo ahí fuera, Sarah, y lo estás dejando pasar.

    - No tengo nada más que discutir, mi voz es mesurada.

    Puedo sentir su mirada helada en mi espalda. La tensión en la habitación está creciendo, y estoy empezando a pensar que voy a afixiarme. Con algo de suerte, se irá pronto.

    - Por favor, Sarah, ruega.

    - No. Soy inquebrantable.

    - Tengo un vestido super bonito que puedes ponerte, su tono se calma, tratando de convencerme con amabilidad.

    - No me interesa.

    Te lo enseño. Se levanta y se va, igualando mi terquedad. Ahora, más que nunca, desearía que tubieramos pestillo. Su padre los quitó porque Ethel no paraba de cerrar la puerta y de escaparse de casa cuando éramos más jóvenes. Aunque ya somos adultas, no ha vuelto a poner cerraduras. Tal vez debería pedirlo, la próxima vez que lo piense. Así evitaría que irrumpiera en mi habitación todo el tiempo.

    Ethel regresa varios minutos después sosteniendo un vestido azul claro en una percha. Me doy la vuelta para verlo, y siento una pesadez en el pecho. Sabe que me encanta el vestido. Se lo he dicho cada vez que se lo he visto puesto. En secreto, siempre he querido probármelo, pero Ethel es una zorra cuando se trata de compartir ropa. El hecho de que me lo deje dice mucho de lo mucho que significa para ella ir a la fiesta.

    - Te quedará genial, enfatiza la palabra genial. Puedes ponerte esto también. Levanta un par de tacones iguales.

    Mierda. Esta es la única vez que se ofrecerá a dejarme probarme el vestido, y si me lo pongo, significa que estaré obligada a ir. Retroceder después conducirá directamente a una pelea que podría hacer saltar la casa por los aires, y paso.

    - No sé. Me muerdo el labio inferior.

    Sabe que me estoy derrumbando, e insiste más. Mira. Es lo suficiente largo como para ser modesto. Además, no es como si nos fuéramos a desnudar. Vamos a usar las tarjetas para entrar, y luego vamos a pasar el rato. Ni siquiera tienes que socializar si no quieres. Puedes encontrar un rincón para enfurruñarte hasta que sea nos vayamos. La comisura de su labio se convierte en una sonrisa burlona.

    - ¿Así que realmente no planeabas desnudarte? Pregunto, esperanzada.

    - Nena, haré lo que tenga que hacer. Lo que no quiere decir que tú tengas que hacerlo. Si alguien nos pide que nos desnudemos, puedes fingir que te pones mala. Yo me encargo de todo. Me hace un gesto de confianza. La idea de ver cómo se desnuda me revuelve el estómago. No sería capáz de hacerlo. Estoy segura.

    Miro el vestido con deseo. Es bonito, con una falda hasta la rodilla, mangas de capucha y bordado de encaje blanco en la parte superior. Para nada de stripper. Tengo muchas ganas de probármelo.

    - Vamos, Sarah. Sólo una noche. Puedes ayudar a tu hermana una una noche. Se fija en los ojos del cachorro.

    - Bien, suspiro, cediendo. ¿En qué me acabo de meter?

    Ella grita, encantada. ¡Sí! Oh, gracias. Gracias. Gracias. No te arrepentirás de esto. ¡Vamos pasar la mejor noche de todas las noches!

    Qué equivocada estaba.

    CAPÍTULO SEGUNDO

    Me siento como una muñequita enfrente del espejo de mi armario con Ethel toqueteando el vestido. Me queda como un guante. Un guante a medida. Lo emparejé con medias blancas, planché mi cabello y me maquillé en tonos neutros, a pesar de la insistencia de Ethel en ponernos ojos ahumados y lápiz labial de color rojo brillante.

    - Parece que te estás preparando para ir a la iglesia, se queja viendo mi reflejo.

    - Creo que me queda bien. Sonrío.

    - Si tú lo dices. Pone los ojos en blanco. Supongo que no tiene importancia, siempre y cuando vengas.

    - Agradece que vaya. Me doy la vuelta para recordárselo.

    - Lo sé, lo hago. Podrías quitarte las bragas de abuela que llevas siempre. Se supone que somos sexys.

    - ¿Qué más da? No nos vamos a desnudar. Le dirijo una mirada escéptica.

    - Bah. Sólo intentaba ponerte sexy. Vamos. Me agarra del brazo y prácticamente me saca del dormitorio.

    Cuando llegamos al final del pasillo, se pone un dedo manicurado sobre los labios y me hace callar antes de mirar a la vuelta de la esquina para ver si nuestros padres están en la sala viendo la televisión. ¡Oh! genial. ¿También nos escapamos? No tengo tiempo para objetar, se endereza y me mete en

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