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Alice's: La biografía de la doctora humanista Alice Roughton en el Cambridge del siglo XX

Alice's: La biografía de la doctora humanista Alice Roughton en el Cambridge del siglo XX

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Alice's: La biografía de la doctora humanista Alice Roughton en el Cambridge del siglo XX

Länge:
421 Seiten
5 Stunden
Freigegeben:
Apr 2, 2018
ISBN:
9788494237645
Format:
Buch

Beschreibung

El lector tiene en sus manos un libro que le despertará un universo de curiosidades alrededor de la personalidad fuerte y a la vez entrañable de la doctora Alice Roughton, y también de aquellos momentos de cambio social, político y científico que se produjo en la Europa de inicios del siglo XX, al tiempo que el autor se adentra en las raíces de la burguesía de Cambridge y nosotros nos convertimos en atentos seguidores.
Alice fue una mujer que luchó por una manera de vivir de acuerdo con sus ideales, en un contexto difícil de posguerra donde fueron muchos los que pasaron a ser refugiados. Por su casa, el 9 de Adams Road, desfiló una amalgama de personajes reconocibles con una celebridad que ha trascendido durante décadas, lo que hace del relato un proceso ameno más allá del seguimiento de una biografía.
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Apr 2, 2018
ISBN:
9788494237645
Format:
Buch

Über den Autor


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Alice's - Xavier Muñoz Puiggròs

PÓRTICO

Este libro es una visión biográfica de la doctora y humanista Alice Roughton (1905-1995), que vivió desde su casa de Cambridge los avatares del siglo XX. La doctora Roughton mantuvo un compromiso con sus semejantes sin alejarse de su casa, una mansión enorme situada en el 9 de Adams Road, punto de acogida e isla de libertad en un mundo injusto y turbulento. Desde su domicilio tuvo una actitud vital y altruista, y en él recibió a enfermos mentales, jóvenes estudiantes, artistas, amigos, homosexuales perseguidos y refugiados de los distintos éxodos de nuestro tiempo (judíos alemanes en 1939, húngaros en 1956 y chilenos en 1973). Ejerció la psiquiatría y la medicina general y muy pronto compaginó su actividad médica con otras, como el movimiento de médicos contra la guerra nuclear, o su lucha contra la especulación urbanística que destruyó los centros históricos de muchas ciudades inglesas de mediados del siglo XX.

Alice Roughton fue, además, mecenas de artistas e intelectuales: el músico catalán Robert Gerhard, el bailarín alemán Kurt Jooss y otros personajes desconocidos pero que conformaron el mundo del 9 de Adams Road. Se relacionaron con ella, entre otros, J. M. Keynes, Joan Robinson, Bertrand Russell, Stephen Hawking, el codescubridor del ADN, James Watson, además del compositor Benjamin Britten, que dio memorables conciertos en el 9 de Adams Road.

Al ser Alice Roughton una desconocida para el gran público, el libro se ha enfocado situando al personaje en la época y las circunstancias sociológicas en que vivió, hechos muy atrayentes para el público culto. Se ha situado al personaje principal del libro y a su familia en un contexto histórico, social y científico de enorme relevancia, como lo ha sido el Cambridge del siglo XX. El libro es, por tanto, la historia real de una familia centrada en un ámbito geográfico concreto, la ciudad universitaria de Cambridge, y que ha vivido muy de cerca los avances y la transformación del mundo, desde la segunda revolución industrial hasta la era de la informática y el ADN.

Gracias al hecho de conocer los orígenes familiares de Alice Roughton y la muerte de sus familiares en trágicas circunstancias, hemos podido entender mejor su comportamiento vital. Por ello no nos encontramos ante una biografía estricta, sino que se han ensanchado los horizontes dando a conocer un entorno enormemente interesante, el que acompañó la vida y los orígenes de Alice Roughton. Se ha aprovechado una historia para explicar otras y se han descrito personajes relevantes y hechos históricos cercanos a la protagonista, con la intención de lograr una lectura atractiva. Todo ello, sin olvidar el propósito unitario del discurso, que ha sido, siempre, razón del libro: ofrecer el testimonio vital de la doctora Roughton, conformando un retrato luminoso y seductor de la mujer humanista que fue.

Alice era miembro de una familia burguesa que, obviamente, le facilitó los medios materiales que contribuyeron a llevar a cabo su actividad humanitaria. En cierto modo ella agradecía esos antecedentes, porque le ayudaron a conformar una vida y una identidad propias, con unos medios culturales, económicos y sociales que le fueron favorables y, sobre todo, con una casa sin la que nada habría sido lo mismo. Ella representó, sin embargo, en el seno de su familia, la mudanza hacia el siglo XX, un punto de inflexión tras el que no hubo vuelta atrás. Era consciente de que pertenecía ideológicamente a los movimientos progresistas del nuevo siglo, pero mantuvo un orgullo disimulado e íntimo respecto a sus osados antepasados. Era psiquiatra, pacifista, humanista y de izquierdas; de acuerdo con este talante transformó la casa señorial de sus antepasados en un punto de encuentro colectivo. Y fue así como el 9 de Adams Road se convirtió en un refugio para los huidos de cualquier causa perdida.

En el libro he partido de mi aproximación personal a la doctora Roughton, a través de mi experiencia autobiográfica. Una vez introducido el contexto, me he recluido para dar protagonismo a la historia objeto de narración. Este mecanismo de acercamiento ha sido un recurso discursivo para introducir al lector en el universo de quien es la protagonista del libro.

La conducta ética de la doctora Alice Roughton me ha estimulado a escribir esta biografía, que llevará a los lectores a percibir hasta qué punto fue capaz, con su magnetismo y su apertura de mente, de acoger a las personas que acudían a ella y de seducirlas desde la simplicidad que da la grandeza. Y todo ello, a buen seguro, con un objetivo fundamental: ser coherente con lo que pensaba y tratar de hacer el mundo un poco más habitable.

Barcelona, 8 marzo de 2018, Día Internacional de la Mujer

PRIMERA PARTE

I

LA ALICE DEL 9 DE ADAMS ROAD

1. Cambridge. Verano de 1978

Cuando conocí a la doctora Alice Roughton, en el verano de 1978, ya hacía unos cuantos años que, sin prestarle atención alguna, había oído hablar de ella a mis padres, que la habían frecuentado desde mediados de los años sesenta, cuando habían ido a Cambridge a perfeccionar el inglés. Mi madre se entusiasmó tanto con este idioma que, en la década siguiente, la de los setenta, se licenció en filología inglesa en la Universidad de Barcelona

Fue casi por azar que fui a parar a casa de Alice Roughton durante algunos días de aquel verano del 78. Había hecho mi primer viaje a Inglaterra después de resistirme muchos años. Me rebelaba contra el apasionamiento de mis padres por la cultura anglófila, después de haber superado una inicial obsesión francófila. En aquel viaje aproveché para visitar a John Payne, amigo de la familia que había vivido unos años antes durante una larga temporada en Barcelona y que posteriormente escribió un interesante libro titulado Catalonia, Portrait of a Nation. John vivía con su familia en Letchworth, ciudad-jardín pionera en la planificación urbanística moderna. Después de quedarme dos días en casa de John y de haber visitado los alrededores, en especial la impactante casa de Bernard Shaw (Shaw’s Corner), donde el escritor se refugiaba, para escribir, en una cabaña giratoria que se encontraba al fondo del jardín, todo ello me hizo pensar que su flema inglesa debió de agotarse, y de manera sutil y amable me sugirió telefonear, él mismo, a la amiga de mis padres, la doctora Alice Roughton de Cambridge, de la que yo tenía vagas referencias, para que nos acogiese a mí y a mi pareja.

La doctora Roughton (nacida Hopkinson) asintió inmediatamente, ya que pocas horas después ya nos encontrábamos en un tren regional en dirección a Cambridge. De aquel primer viaje recuerdo pocas cosas; solamente tengo de él algunas impresiones. La casa del número 9 de Adams Road era un caserón revuelto, grandioso y aparentemente vacío. Apareció una anciana encantadora que hablaba un francés exquisito, único idioma extranjero en el que yo podía expresarme en aquella época. Por mucho rato creí que aquella viejecita culta y entrañable era la anfitriona. En realidad se trataba de la octogenaria Martha Cossa, judía de Budapest que cada verano realizaba una larga estancia en Cambridge para compartir las vacaciones con su hermano, Gábor Cossa. Alice no tardó, sin embargo, en aparecer, y me decepcionó. La había comparado con Martha, de quien, aunque acababa de conocerla, ya me sentía amigo. Alice se comportó, en aquel primer contacto, en perfecta consonancia con su propio carácter. Era una mujer aparentemente seria y algo distante, victoriana, decían algunos, pero de una hospitalidad natural. Me preguntó, en francés, si tenía por costumbre dormir con mi acompañante y ante la respuesta afirmativa nos llevó a una habitación del primer piso. Intercambiamos cuatro palabras y a continuación ella se retiró a su huerto.

Yo me quedé con mi amiga en la habitación sin saber cómo debíamos plantear nuestra integración en el ambiente de la casa. Por las señales acústicas que íbamos recibiendo, supusimos que estaba llena de gente; mayoritariamente —después lo constatamos— eran jóvenes italianos, hijos de amigos de

Alice, y algún germánico emparentado con la anfitriona. La integración, sin embargo, fue fácil, a pesar de las dificultades que enseguida se evidenciaron. Nosotros no estábamos advertidos de las bajas expectativas culinarias de la casa; por eso en la primera comida aceptamos, de buen grado, la sopa verdosa que nos ofrecieron. Es más, pedimos que nos llenasen el plato hasta sus límites antes de probar aquel alimento aparentemente delicioso. La realidad, sin embargo, llegó bruscamente con el primer sorbo. Se trataba de un líquido indigerible que producía un hedor imposible de asimilar. Por más mal gusto que nadie pudiese tener, era imposible imaginar que un homo sapiens del siglo XX pudiese aceptar y tolerar aquella clase de alimento. La decisión de mi pareja y la mía propia fueron claras: teníamos que dejar la sopa para otra especie de mamíferos. Lo que ocurrió es que inmediatamente aparecieron cuatro fanáticos que nos dijeron —eso sí, educadamente— que la norma de la casa era que uno podía abstenerse de comer o bien tomar una pequeña ración de lo que hubiese, pero que estaba absolutamente prohibido dejar comida en el plato. Reminiscencias de la guerra, pensé yo. El problema estaba servido. Yo era consciente de que no había más remedio que acabarse aquello, pero mi compañera no estaba dispuesta a tal sacrificio y se negó, con una rotundidad que me sorprendió, a cumplir aquella norma injusta e imperativa. El resultado fue que me vi obligado a comerme mi ración de sopa y, por si fuese poco, a repetir y acabarme la ración de mi amiga.

De aquella primera visita al 9 de Adams Road recuerdo también una camioneta, una antigua DKV repleta de gente, conducida por una italiana de Ancona morena y bella, Anna Lenci. Nos dirigió hacia un jardín lleno de manzanos situado en la población vecina de Grantchester, donde se podía disfrutar de una merienda bucólica. Alguien comentó sonriendo que, en aquel jardín, Newton, que era miembro del Trinity College de Cambridge, había formulado la teoría de la gravitación después de observar la caída de una manzana. El lugar se llamaba The Orchard y, según un tríptico que se podía obtener gratuitamente, había sido explotado desde el año 1897. En el papel informativo figuraba una larga lista de personajes que habían pasado por allí, entre los que destacaba el poeta Rupert Brooke, muerto en el transcurso de la Primera Guerra Mundial y que fue vecino de Grantchester, donde escribió su poema más conocido, «The Old Vicarage, Grantchester». De acuerdo con el folleto, el final de esta poesía de Brooke inmortaliza un afternoon tea en The Orchard con estas palabras:

«Stands the Church clock at ten to three? And is there honey still for tea?»

En The Orchard hay una barraquita de madera donde todavía hoy se pueden adquirir té y deliciosos pasteles con importantes dosis de nata y otras grasas lácteas. Una vez reunidas las provisiones, hay que perderse por el jardín lleno de manzanos, bajo los cuales unas formidables chaises longues y mesitas de madera permiten dejar la bandeja con la suculenta merienda inglesa, que en verano debe tomarse con cierta rapidez si uno no quiere ser territorio predilecto de unas abejas que «bucólicamente» rondan estos manjares dulces y azucarados.

De todo lo que me ocurrió en aquel primer viaje no podré olvidar nunca la impresión que me produjo la nieta de Alice, que padecía síndrome de Down. Era una chica joven, fuerte y sexualmente impulsiva —después, con el tiempo, esa fortaleza menguó radicalmente. Cathy —así se llamaba la muchacha— se lanzó literalmente a mis brazos, acto que prácticamente me cortó la respiración, sin que yo tuviese tiempo de reaccionar. Era la primera vez que tenía contacto con una persona con aquellas características y no sabía muy bien cómo debía comportarme. De hecho, no me atrevía a desembarazarme de ella por un miedo injustificado a herir sus sentimientos o los de sus familiares.

2. Vacaciones en el 9 de Adams Road

La primera estancia en casa de la doctora Roughton en Cambridge me marcó de tal manera, que gran parte de los subsiguientes veranos de las décadas de 1980 y 1990 la pasé en el 9 de Adams Road junto con mi familia. Fueron de los mejores momentos de mi vida y pude disfrutar de unas vacaciones familiares con Mariona y nuestras hijas, Clara y Anna, en un entorno idílico como es Cambridge en verano, y en un ambiente único y muy especial como era la vida en el 9 de Adams Road. Estábamos inseridos en el mundo de Alice Roughton, aunque fuese solamente en la epidermis. Evidentemente, Alice ya había entrado en la decadencia propia de la edad avanzada, pero todavía daba señales de lo que había sido. Y todavía podíamos beneficiarnos de su generosidad. Sin mucho diálogo —el inglés nos limitaba y su edad también— pude intuir una forma de ser y de hacer las cosas. Disfrutamos, lejos de cualquier dificultad, de las costumbres impuestas en la casa, que en un tiempo habían sido innovadoras y que ahora resultaban tradiciones que hacían funcionar automáticamente una original forma de vivir, peculiaridad que para cualquier recién llegado era, todavía entonces, plenamente impactante. Aun así, los veranos nunca fueron iguales. En torno al mes de mayo yo escribía a Alice preguntándole si podíamos quedarnos en su casa durante una quincena del mes de agosto. Ella siempre respondía con una postal reciclada, a la que pegaba un papel para escribir sobre él unas amables palabras con las que aceptaba nuestra demanda.

A veces, sin embargo, el viaje era improvisado, como en agosto de 1991, cuando cambiamos de planes al fracasar un viaje que teníamos previsto a la Toscana. La agencia de viajes nos encontró un billete last minute con destino a Luton, un aeropuerto reservado a compañías de bajo coste. Alice había aceptado nuestra llegada después de una llamada que le había hecho unas horas antes de salir de Barcelona. De aquel viaje conservo una imagen vívida gracias a unas notas de dietario que escribí entonces para dejar testimonio de lo que fue una de nuestras estancias en el 9 de Adams Road.

Llegamos a Cambridge alrededor de las siete de la tarde. Desde el autobús que habíamos cogido en el aeropuerto se veía poca circulación —como siempre pasa a esa hora del anochecer en la que todo el mundo está recluido en los colleges o bien en su casa, a punto de cenar. Solamente circulaban algunos taxis y diversos grupos de estudiantes italianos de summer courses que iban en bicicleta hacia los pubs, donde les esperaba la tan anhelada cerveza. Como había observado otras veces, el primer local emblemático de Cambridge que se distinguía, justo antes de llegar a la estación de autobuses, era el restaurante griego Varsity, donde Rajiv Ratna Gandhi, el futuro primer ministro de la India e hijo de Indira Gandhi, había conocido, allá por los años sesenta, a su futura esposa, la italiana Sonia.

Cuando entramos en casa de Alice todo el mundo había cenado ya, pero ella todavía estaba en la cocina conversando con dos hombres ingleses de unos sesenta años, que llevaban unas camisas de colores poco discretos. Uno de ellos era Peter Wright, quien había sido director del Sadler’s Wells Royal Ballet, que en 1990 se convirtió en el Birmingham Royal Ballet. A consecuencia de nuestra entrada la reunión quedó interrumpida momentáneamente. Como era costumbre suya, Alice se levantó y nos abrazó en silencio de manera enérgica a pesar de su avanzada edad. Nos ofreció, con la mejor de las intenciones, las sobras de la cena, que no tenían nada de exquisitas. Se trataba de un estofado hecho con una carne dura de ardilla y recalentado docenas de veces sin ningún éxito. Gracias a Dios, también nos ofreció un buen vaso de vino de la Toscana que alguien, conocedor de las «delicias culinarias» de Alice, le había regalado intencionadamente para hacer más soportables las terribles comidas que se servían en la casa. Nosotros todavía no teníamos conciencia de que era extremadamente peligroso llegar al 9 de Adams Road fuera de hora. Tenías que enfrentar el tema culinario en un cara a cara con Alice, que podía considerar como un desprecio el rechazo de su oferta alimentaria. Era todo mucho más cómodo con una cocina llena de gente, donde fácilmente podías escoger lo que te pareciese conveniente sin estar identificado singularmente ante un «rechazo». Una buena solución eran las patatas hervidas —que siempre estaban presentes en las comidas— con mantequilla y pimienta, y que me resolvieron muchas cenas.

Aquel primer día comimos algo por compromiso —lo mínimo posible— y tomamos rápidamente posesión del cuarto que Alice nos había indicado. Era la «habitación verde», donde precisamente yo había dormido en el año 1978, cuando estuve en la casa durante mi primera visita a Cambridge. Aquella había sido la habitación de Jack Roughton, el marido de Alice, hasta que murió. Salvo la lámpara china que estaba sobre la chimenea de la habitación, y que había desparecido, nada era diferente allí, ni tan solo el peculiar color verde claro de las paredes. El hambre continuaba mortificándonos en aquellas primeras horas de vacaciones y en el viaje no habíamos sido suficientemente previsores como para llenar de alimentos nuestros jóvenes estómagos. Se trataba, como ya habíamos hecho en otras ocasiones, de volver a la cocina con nocturnidad, aprovechando que Alice y sus amigos se habían retirado a dormir. Efectuadas las primeras comprobaciones, nos reincorporamos, pues, a la cocina con la intención de preparar una pizza improvisada siguiendo al pie de la letra la receta que el verano anterior nos había enseñado Valerio Tamburini, de Florencia. Todo era muy fácil en aquella cocina de carbón Aga del 9 de Adams Road. La fórmula de la pizza consistía en tomar una pequeña porción de la pasta de pan que, como todos los días del año, se había preparado después de cenar, con agua, harina, sal y levadura. Aquel pedazo de masa se estiraba sobre la larga mesa de madera de la cocina y después se introducía en el horno durante unos diez minutos. Una vez cocinada la pasta, Valerio ponía en ella tomate, sal y pimienta y, si tenía hambre, añadía un huevo, cosa que significaba unos minutos más de cocción. El resultado nunca decepcionaba. Se conseguía una mezcla formidable de pan con tomate catalán y pizza napolitana.

Al día siguiente, a la hora de desayunar, nos encontramos de nuevo a los dos ingleses sentados en el mismo sitio que la noche anterior, y todavía llevaban las mismas camisas de colorines del día antes. El reloj de la cocina, como siempre, iba quince minutos adelantado. Eso no me preocupaba en absoluto: estábamos de vacaciones. También había unos cuantos jóvenes que aprovechaban para hacer algún curso de inglés. Obviamente, no estaban en casa de Alice en el momento de nuestra llegada. La juventud del 9 de Adams Road aprovechaba las horas de después de cenar para ir al pub a tomar una cerveza antes de que sonase la campana de las once de la noche. A partir de aquel momento, la ley inglesa ya no permitía que se sirviesen más bebidas alcohólicas. El desayuno era la comida más exquisita de las que se servían en la cocina de Alice. Como siempre, había leche fresca, café, mantequilla de Nueva Zelanda y panecillos cocinados con la pasta que había quedado después de la furtiva pizza. También había mermelada hecha con las moras del jardín. Los dos ingleses me explicaron que aquella misma tarde tenía lugar en la casa el banquete de bodas de una amiga de Alice, que le había preguntado si podía organizarlo en la Oak Room. Todos los que nos alojábamos en la casa estábamos invitados a la fiesta de matrimonio en la gran sala de madera de roble, llena de libros y sofás, donde cada domingo al atardecer Alice ofrecía el Sunday evening.

Hacia las cuatro de la tarde la casa comenzó a llenarse de invitados. Los hombres venían, todos, ataviados con esmoquin de color gris. Las mujeres iban con vestidos largos de seda teñida de colores pastel y se cubrían la cabeza con grandes pamelas que topaban las unas con las otras. La elevada concentración de gente que había allí no dejaba espacio para que revoloteasen, con suficiente libertad, aquellos sombreros de alas generosas.

Con la llegada de los primeros invitados se me hizo evidente que debía dejar vía libre a mi curiosidad para no perderme ninguna de las oportunidades que el ambiente de la casa me ofrecía. Por eso me instalé en uno de los grandes sofás de la Oak Room. Me acomodé allí a la espera de acontecimientos. Pronto llegaron los novios, con padres y amigos. Alice se había puesto un vestido para la ocasión, circunstancia que me sorprendió enormemente. Pensé que eran cosas de la edad, rarezas que uno se permite con la madurez. Alice siempre había llevado en casa el mono de mecánico. Solo se ponía el vestido —confeccionado en los años cincuenta— cuando tenía que ir a Londres a alguna reunión importante, pero que lo llevase en casa era una novedad. Todavía estaba fresco el recuerdo de la fiesta que uno de los nietos de Alice dio en el 9 de Adams Road con los compañeros de promoción de su college de Cambridge. El chico había pedido a su abuela que por lo menos una vez recibiese a los invitados con una vestimenta más adecuada. Se trataba de no asustar a los jóvenes yuppies conservadores de Cambridge compañeros del nieto de la anfitriona. Alice no quiso decepcionar al nieto y apareció en el salón de la casa con el clásico mono, pero, eso sí, envuelta en una banda de seda natural, como si se tratase de un general en un día de gala. La indignación del nieto fue antológica. Aquel día de la boda me quedé sorprendido de ver que, para aquella ocasión, Alice se había vestido sin el habitual mono.

El acontecimiento comenzó con parlamentos del padre, de los padrinos y de los novios. Pero en realidad todo el mundo tenía mucha hambre y pocos deseos de seguir la tradición de los discursos tan bien descrita en la famosa película Cuatro bodas y un funeral, de Mike Newell. Yo observaba el ambiente y eso me relajaba. Actuaba como un perfecto voyeur. La fiesta era típicamente inglesa y al cabo de pocos minutos de soledad recibí la visita del primer curioso que, después de ofrecerme una copa de vino, se instaló a mi lado. Verificó mi nacionalidad y me preguntó cuál era mi relación con los novios y mi profesión. Le expliqué rápidamente que yo era amigo de Alice —la verdadera anfitriona— y que acababa de llegar de Barcelona para pasar unos días de vacaciones en la casa. El interlocutor me informó de que era médico y concejal del partido conservador en el Ayuntamiento de Cambridge, donde se cuidaba de las cuestiones medioambientales. El hombre, amigo del padre de la novia, era distante pero educado, y se esforzaba en hablar lentamente el inglés para facilitarme la comprensión. La conversación con el regidor duró, inexplicablemente, más de una hora. Aquello fue para mí una sorpresa. A los ingleses, en sus parties, no les gusta hablar más de diez minutos con el mismo interlocutor, salvo que les interese especialmente. Aprovechan cualquier excusa para escapar, aduciendo muchas veces la necesidad de ir a buscar más comida o bebida. Las parties no se hacen alrededor de una mesa, como es costumbre entre los latinos, sino que los invitados se instalan informalmente dentro de una sala (grande o pequeña, en función de los medios económicos del anfitrión), se sientan en el suelo, sobre las alfombras, en sofás, butacas y sillas, y muchas veces conversan de pie, comiendo como pueden. Aquel día, el banquete siguió las pautas descritas y acabó más relajadamente de lo que comenzó. El ambiente de la fiesta se había caldeado y las conversaciones eran cada vez menos formales y más amenas. El vino y la cerveza circulaban con alegría y la música ambiental sonaba cada vez más alta para poder superar el murmullo creciente de los invitados. La noche, que había vencido al día, penetraba en la gran estancia a través de la enorme portalada de vidrio que daba al jardín selvático.

3. Adolescencia tardía

En Cambridge, en casa de Alice, pasaban siempre muchas cosas. Esa era la razón de mi entusiasmo, desde un principio, por Adams Road. Pero no solo me interesaba la casa. Encontraba fascinante la paz y la tranquilidad de los colleges, de los caminos y las calles de Cambridge, los agradables recorridos en bicicleta a primera hora de la mañana. O, mejor todavía, al atardecer, de vuelta casa, por el Burrell’s Walk. Era un retorno silencioso, sin disonancia ambiental alguna, con un paisaje ordenado. Era imperativa la parada en el Garret Hostel Bridge, el puente que cruza el río Cam y a lo alto del cual se llega moviendo con potencia los pedales de la bicicleta. En caso contrario, la fuerza decae y el ascenso fracasa; entonces se ha de bajar de la bicicleta y hacer el recorrido a pie, arrastrando el vehículo. Desde el punto más alto del puentecito, el río y su entorno se anegan de melancolía: los sauces caen sobre el agua, las últimas barcas de paseo se alinean una junto a otra, los edificios góticos del Trinity y del St John’s College se ven al fondo. Después el camino desciende, aprovechando la pendiente del puente, y aparece la zona verdosa de los Back’s. Los prados circundan el camino y los árboles y arbustos (bien podados) delimitan el recorrido y se intercalan, de forma sincronizada, para ofrecer un equilibrio paisajístico que se empareja con el urbanismo y la arquitectura de la mayoría de las edificaciones que de forma aislada el ciclista va encontrando, como aparadores, en el camino de vuelta a casa.

Durante los veranos que pasé en Cambridge, la bicicleta constituyó uno de los elementos más enriquecedores de mis vacaciones familiares inglesas. Con el tiempo se convirtió en un ritual familiar ir a la tienda University Cycles, en el número 9 de Victoria Avenue. Lo primero que hacíamos, una vez instalados en el 9 de Adams Road, era ir a alquilar bicicletas. Normalmente íbamos al día siguiente de la llegada, por la mañana, después del clásico desayuno en la cocina de la casa, donde establecíamos los primeros contactos con los invitados de aquel verano, o bien renovábamos la relación con los que repetían estancia, como nosotros. Desayunados, iniciábamos la caminata larga y dura hasta la tienda del ciclista, donde año tras año nos recibía con una sonrisa entre socarrona y amable. Nos tomaba las medidas oportunas, hacía los arreglos técnicos correspondientes, instalaba las sillitas cuando mis hijas, Clara y Anna, todavía eran pequeñas y no podían circular autónomamente, y salíamos ufanos de la tienda, situada muy cerca de uno de los puentes que cruza el río Cam. Y no volvíamos a la tienda hasta dos o tres semanas después, en el último minuto de nuestras vacaciones inglesas. Con el tiempo, Robin Collins —así se llama el propietario de la tienda— dejó incluso de cobrarnos por el alquiler de las bicicletas. Le habíamos caído bien.

La sensación de pasear en bicicleta por Cambridge y sus alrededores ha sido y es una experiencia memorable. La velocidad moderada y la posibilidad efectiva de movilidad y cambio de paisaje en relativamente poco tiempo resultan de lo más complacientes. La visión de los jardines públicos y de un urbanismo respetuoso con el medio y con la tradición cultural y artística es, para el ciclista, un placer único. La contemplación de los paisajes de los alrededores de Cambridge fue un motivo de satisfacción: las excursiones en bicicleta a Fen Ditton, Grantchester, Coton o Madingley fueron tradicionales. Se repitieron año tras año. Circular en bicicleta por las calles de

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