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Nicola Berry y el petrificante problema con la princesa Petronella

Nicola Berry y el petrificante problema con la princesa Petronella

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Nicola Berry y el petrificante problema con la princesa Petronella

Länge:
347 Seiten
2 Stunden
Herausgeber:
Freigegeben:
Dec 14, 2015
ISBN:
9789877475470
Format:
Buch

Beschreibung

¿Y si el planeta Tierra dependiera solo de ti?
¿Y si solo tuvieras un día para evitar lo peor?
A Nicola Berry le quedan algunas horas para salvar al mundo.
Acompañada solo de sus dos mejores amigos, su molesto
hermano mayor, su enemiga íntima y una niña extraterrestre inusualmente alta, Nicola no está segura de poder cumplir con su misión. ¿Cuál es? Convencer a la temible princesa de Globagascar de no llevar a cabo su siniestro plan: convertir a la Tierra en un gran basurero.
Este es el primer libro de la serie NICOLA BERRY, escrita
por la exitosa Liane Moriarty.
Herausgeber:
Freigegeben:
Dec 14, 2015
ISBN:
9789877475470
Format:
Buch

Über den Autor

Liane Moriarty is the number-one New York Times bestselling author of Big Little Lies, The Husband's Secret, and What Alice Forgot, as well as The Hypnotist's Love Story, Three Wishes, The Last Anniversary, and the Nicola Berry series for children. Liane lives in Sydney, Australia, with her husband and two children. www.lianemoriarty.com.au


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Para Nicola

Prólogo

Bajo la luz de dos lunas turquesas y un deslumbrante cielo estrellado, una familia descansaba en la piscina de su jardín.

El hijo dormía sobre la superficie del agua con el pulgar en la boca.

La hija flotaba sobre su estómago, mientras leía un libro y deslizaba una mano hacia atrás y adelante por la burbujeante agua rosa.

Los padres se mecían erguidos en el agua y tomaban sorbos de té de arándanos en sus enormes tazas, al tiempo que miraban las noticias de la noche en una pantalla grande al otro lado de la piscina. Fruncían el ceño y chasqueaban la lengua, mientras veían a una princesa pelirroja con un vestido bastante sucio negar frenéticamente con la cabeza ante la cámara.

–No cambiará de parecer –aseguró la madre.

–Es una mocosa malcriada –afirmó el padre.

–Espero que no estén hablando de mí –comentó la hija sin levantar la vista de su libro de detectives.

–¡Claro que no! Estamos hablando de la princesa –aclaró el padre–. ¡Quiere destruir todo un planeta!

–¿Cuál?

–La Tierra –respondió la madre.

La hija se levantó a toda prisa, olvidándose del libro.

–¡La Tierra! ¿Ese dulce y pequeño planeta en donde pasaron su luna de miel? ¡No puede hacer eso!

–Me temo que sí –dijo el padre con tristeza.

–¡Debemos hacer algo! –exclamó la hija.

–No podemos –agregó el padre.

–Sí podemos –afirmó la madre–. Y es nuestro deber.

1

Escuela Primaria Honeyville,

Honeyville, Sídney, Australia, Tierra

Nicola Berry estaba sentada tan quieta como una estatua. Incluso cuando el ventilador al frente del aula giraba en su dirección, y todo su cabello volaba hacia atrás como si estuviera sacando la cabeza por la ventanilla de un automóvil, no pestañaba ni un poco.

Estaba probando algo nuevo.

Telepatía.

El sujeto de prueba era la Srta. Zucchini, la maestra, quien escribía con la furia acostumbrada en la pizarra mientras gritaba algo sobre océanos y mares. Nicola no comprendía por qué la Srta. Zucchini estaba tan alterada por los océanos y mares. Se suponía que la tendrían que hacer sentir más relajada y fresca.

Su verdadero nombre era Srta. Zukker pero todo el mundo la llamaba en secreto Srta. Zucchini. Le quedaba bien, dado que casi siempre tenía una expresión de asco en su rostro que te hacía pensar que tan solo un minuto atrás la habían obligado a comer un plato de puré de zucchinis. Todos los días de su vida estaba de mal humor: porque no le gustaban los niños y además, tenía una alergia bastante importante a la tiza o el gis. También odiaba el calor, por lo que se ponía particularmente irritable los días de mucha humedad como ese.

Una vez, Nicola le había escrito una carta anónima:

Querida Srta. Zukker:

Le escribo para proponerle otras profesiones que la puedan hacer sentir más feliz y menos estresada. Aquí le enumero algunos trabajos posibles e interesantes:

1. Carcelera (en una prisión con aire acondicionado)

2. Entrenadora de perros (pero de los gruñones a los que hay que gritarles)

3. ¡Cualquier otro trabajo en un país con nieve, sin tiza ni niños!

Atentamente,

Una estudiante muy preocupada

El papá de Nicola dijo que sin lugar a dudas debía enviársela y luego soltó una carcajada tan estruendosa que se ahogó con su porción de pizza de jamón y piña, y tuvieron que golpearlo en la espalda. La mamá dijo que creía que la Srta. Zucchini podría ofenderse y pensar que Nicola insinuaba que no era una buena maestra. Nicola respondió que sí, que de hecho eso era lo que quería decir. Luego su mamá le contó una larga historia sobre una horrible maestra que ella había tenido en la escuela, quien resultó ser una persona muy amorosa, y quien le dio la receta del pastel de merengue de limón o algo así. Nicola sabía que la Srta. Zucchini en verdad tenía un corazón oscuro y malvado, pero no quería hacer sentir mal a su mamá, por lo que se resignó a darle una palmada en el hombro y agregó:

–Gracias, mamá, eso fue muy interesante y útil.

El día anterior, el hermano mayor de Nicola, Sean, le había dicho que siempre que él no quería que su maestra lo llamara para responder una pregunta en clase, simplemente usaba telepatía. Afirmó que era cien por ciento verdad y que estaba dispuesto a pasar por el detector de mentiras si ella quisiera. Nicola le aclaró que no tenía un detector de mentiras cerca, y Sean le dijo que ese era su problema e hizo una voltereta en el aire (en ese momento, estaban en la cama elástica del jardín trasero).

Nicola estaba bastante segura de que su hermano le mentía, pero valía la pena intentarlo. Si Sean podía hacer telepatía, ella también.

–¿CUÁL ES EL NOMBRE DE ESTE MAR? –gritó la Srta. Zucchini como si todos estuviéramos sentados a miles de kilómetros de distancia en lugar de justo frente a ella. Golpeó la tiza sobre un mapa que había garabateado en la pizarra.

Algunos levantaron la mano, pero los ignoró. No le gustaba cuando alguien sabía la respuesta porque significaba que no podía gritar. Sus ojos rosados y codiciosos se dispararon por toda el aula en busca de una persona que no la supiera. Su alergia a la tiza hacía que su piel se viera rojiza y arrugada, y cada vez que golpeaba la pequeña barra contra la palma de su mano, algunos restos de piel muerta caían al suelo. De solo verla, a Nicola le daba picazón.

–¡CADA UNO DE USTEDES DEBERÍA SABER EL NOMBRE DE ESTE MAR!

Los tímpanos de Nicola palpitaban.

–LO DIJE HACE SOLO CINCO MINUTOS. ¡SI NO LO SABEN, ENTONCES NO ESTABAN PRESTANDO ATENCIÓN!

Nicola no sabía el nombre del mar. Ninguno aparecía sobre la punta de su lengua. Lo único que sentía allí era un gustito a fresa congelada por el helado que había comido durante el almuerzo.

Si existía un momento en el que iba a necesitar la telepatía, era ese.

Con todas sus fuerzas, intentó apuntar sus pensamientos directo a las oscuras y retorcidas profundidades de la mente de la Srta. Zucchini: No me elija. No me elija. No me elija. Elija a Greta Gretch. Elija a Greta Gretch. Elija a Greta Gretch.

Greta Gretch era la peor enemiga de Nicola.

Además, Greta sacudía su mano con tanto frenesí que parecía una persona a punto de ahogarse, por lo que la Srta. Zucchini aparentaba no verla.

Nicola notó que la maestra miraba con suspicacia a Tyler Brown. Tyler era uno de sus mejores amigos y un niño muy inteligente. Nicola suponía que él sabía la respuesta y no levantaba la mano a propósito. El niño miraba a la Srta. Zucchini con una mirada cándida detrás de sus gafas redondas y se rascaba la frente como si estuviera intentando recordar el nombre del mar. A la maestra le encantaría que contestara mal, pero ¿se arriesgaría? ¿Qué tal si Tyler la estaba engañando?

No me elija, no me elija. ¡Elija a Tyler! No diga Nicola Berry. No diga Nicola Berry. Diga Tyler Brown. No diga…

¡NICOLA BERRY!

Nicola estaba tan asustada que casi se le escapa el corazón por la boca. No podía creerlo. Se había convencido de que la telepatía estaba funcionando. Aprendió que no podía confiar en la más mínima palabra de su hermano.

–¡Al frente, jovencita! –la maestra estaba segura de que, a juzgar por la expresión de Nicola, había encontrado a la ganadora (en otras palabras, a la perdedora). Y blandió la tiza–. Escriba el nombre del mar justo allí. Si ha prestado atención, será sencillo.

Nicola echó una mirada hacia el otro extremo del aula y vio a su otra mejor amiga, Katie Hobbs. Su rostro lucía desesperado, como si Nicola hubiera sido enviada a pelear una peligrosa batalla. El corazón de su amiga era tan tierno como un malvavisco.

Entonces Nicola volvió a mirar a Tyler, quien se encontraba desplomado sobre su pupitre, como si estuviera listo para una siesta. Mmm. ¡Él no era tan sensible! Nicola se levantó con lentitud de su silla. Sus brazos y piernas pesaban tanto que parecían estirarse como plastilina.

–Ah querida, pobrecita, lo siento mucho. ¡Requiere un esfuerzo enorme caminar hacia el frente! –se burló la Srta. Zucchini.

Nicola miró a Tyler y notó que se desparramaba aún más en su asiento mientras inclinaba su cabeza hacia atrás y presionaba su cuello con ambas manos. ¿Qué estaba haciendo? ¿Se estaba burlando de ella? Nicola le dijo me encargaré de ti más tarde con la mirada, pero después se dio cuenta de que ponía los ojos en blanco con exageración. ¿Estaba intentando decirle algo? Él cerró los ojos y sacó la lengua hacia un lado de su boca como si estuviera haciéndose el muerto.

Muerto.

¡MUERTO!

¡Claro! Una parte de su cerebro debió haber prestado atención después de todo. ¡La respuesta era mar Muerto!

Por lo que sabía, el mar Muerto tenía el agua más salada del mundo. Era tan salada que flotar allí era increíble. La gente deambulaba alegremente como corchos y uno podía recostarse sobre el agua con la misma facilidad con que se recostaba sobre un colchón inflable. Nicola recordó haber pensado que esa era una de las cosas más interesantes que la maestra había dicho jamás y que le gustaría intentar nadar en el mar Muerto.

Sonrió para hacerle saber a Tyler que había entendido el mensaje y se acercó a la Srta. Zucchini para tomar la tiza de su mano.

De pronto, notó que el rostro de la maestra se había incendiado con un tono púrpura profundo y triunfante.

–¡TYLER BROWN! ¿ACABA DE DARLE LA RESPUESTA A NICOLA BERRY? ¿LOS ACABO DE ATRAPAR A AMBOS... HACIENDO TRAMPA?

Nicola vio a su amigo parpadear con rapidez y a Katie llevarse los dedos a la boca. Sus propias rodillas comenzaron a temblar.

Y allí fue cuando ocurrió.

Hubo un fuerte golpe en la puerta del salón.

¡TOC, TOC! ¡TOC, TOC!

Todo el mundo volteó y de pronto el aire comenzó a sentirse diferente, como ese momento mágico justo después de haber encendido las luces del árbol de Navidad.

Algo fantástico, inesperado e inusual estaba a punto de ocurrir. Nicola estaba segura de ello.

2

Un hombre llamaba a la puerta, pero no era alguien aburrido como el Sr. Nix, el director de la escuela, con sus orejas peludas, que venía a dar una larga clase sobre responsabilidad y espíritu comunitario, y a levantar las cáscaras de naranja del suelo del patio de juegos.

No, este hombre lucía bastante… interesante.

No era su ropa lo que era interesante. Solo llevaba un traje y una corbata habitual. Su rostro tampoco era tan inusual. Tenía uno común; como el padre de alguien. (Aunque sí tenía uno de esos bigotes extra grandes y rasposos que podría provocar un horrendo ataque de risas si lo mirabas por mucho tiempo).

Lo que hacía más interesante a este hombre era su increíble estatura. Era tan alto que tuvo que agacharse casi desde la cintura para que su cabeza pasara por la puerta.

–¡Siéntese, Nicola! –bufó la maestra, como si ella ya no estuviera en su lugar. Nicola prácticamente había regresado bailando a su asiento. Notó que Tyler estaba sentado muy rígido y alerta, mientras que los ojos de Katie estaban abiertos como platos.

–¿Puedo ayudarlo? –preguntó la Srta. Zucchini.

–Ah, lo dudo mucho –la voz del hombre era tan suave como un helado de caramelo.

–Bueno, no me avisaron de alguna visita hoy. ¿Quién es usted? ¿Qué quiere?

–Mi nombre es Georgio Gorgioskio y he viajado desde el otro extremo de la galaxia en una importante misión secreta que no es de su incumbencia. Ahora, si me disculpa, me arrodillaré. Los techos en este planeta son deplorablemente bajos, ¿no le parece?

Al decir eso, el hombre se acomodó en el suelo y giró con bastante gracia sobre sus rodillas en dirección a la clase. Algunos de sus cabellos rozaban las bombillas de luz. Se inclinó con un gesto amable.

–Me temo, ehm, señorita, que debo pedirle con todo respeto que salga –le dijo Georgio Gorgioskio a la maestra–. Mis asuntos solo les conciernen a sus estudiantes. Por favor, lárguese.

Hubo una serie de suaves ¡Ah! de alivio y otros ¿Ah? de confusión en el salón.

A Nicola el rostro de la Srta. Zucchini le recordó una cacerola hirviendo a punto de estallar.

–No sé quién es usted o de dónde viene –vociferó. Algunas pequeñas gotas de saliva salieron despedidas de su boca en todas direcciones, como agua de un bebedero a toda potencia–. ¡Pero definitivamente no me iré de aquí! ¡Es mi aula! No tiene derecho a darme órdenes, usted… ¡palo de escoba!

Hasta ese entonces, Georgio había mantenido una expresión cortés, pero al oír que lo llamaba palo de escoba su rostro cambió.

–¡No vuelva a llamarme nunca más palo de escoba, señora cara de zucchini! –extendió uno de sus largos brazos, sujetó a la maestra y la empujó fuera del salón como una muñeca de trapo.

La clase entera se revolvió. Los niños malos en la parte trasera golpearon sus puños contra sus pupitres y se chocaron los cinco al grito de ¡Hurra, Georgio!. Incluso los estudiantes buenos del frente aplaudieron y gritaron con educación.

–¡Gracias! ¿Por qué? ¡Gracias! –el sujeto lucía bastante conmovido e hizo una pequeña reverencia–. Ahora, por favor, necesito de su atención.

En un instante, la clase entera quedó tranquila. Era el tipo de tranquilidad que la Srta. Zucchini solo experimentaba en sueños.

Georgio levantó la barbilla. Sus ojos celestes resplandecieron cuando

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