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Roberto Martialay, S.J.

BAJAR DE LA CRUZ AL PUEBLO

©

Ediciones» fi a Mensajero

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índice

 

Biografía

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Destino

15

¿Cómo voy a ser marxista si soy zubiriano?

29

Mensaje

51

El Rector

83

Diseño de portada: María José Casanova

Últimos días

111

El autor

137

Bibliografía martirial salvadoreña

139

© Roberto Martialay

© 2009 Ediciones Mensajero, S.A.U.; Sancho de Azpeitia 2, bajo; 48014 Bilbao. E-mail: mensajero@mensajero.com Web: www.mensajero.com

ISBN: 978-84-271-3078-4 Depósito Legal: BI-2966-09 Impreso en Gestingraf

Printed in Spain

Sí quiero decirles que Ellacuría era una persona, si me permiten recordar la impresión que yo tuve, que hacía compatible al mismo tiempo un gran realismo con una enorme fuerza de esperanza, de idealismo, que lo hacía compatible hasta el asombro, que era capaz de ver las limitaciones de los interlocutores en un proceso tan difícil como la construcción de la paz.

PRESIDENTE FELIPE GONZÁLEZ

en la UCA, 12 de febrero de 1995

Biografía

1930

9 de noviembre. Nace en Portugalete, Vizcaya.

1934-1940

Realiza sus primeros estudios en Portugalete.

1940-1947

Cursa su secundaria en el colegio de los jesuítas delúdela, Navarra.

1947

14 de setiembre. Entra en el noviciado de la Com- pañía de Jesús en Loyola, con 17 años de edad.

1949

Es enviado a Santa Tecla, El Salvador, a termi- nar su noviciado.

1949

15 de setiembre. Pronuncia sus primeros votos.

1949-1951

Estudia Humanidades Clásicas en la Universi- dad Católica de Quito.

1952-1955

Estudia Filosofía en la misma Universidad Cató-

Estudia Teología en Innsbruck (Austria).

1955-1958

lica de Quito, obteniendo su licencia, civil y ecle- siástica, en 1955. Explica Filosofía en el Seminario San José de

1958-1962

San Salvador.

1961

26 dejulio. Es ordenado sacerdote en Innsbruck.

1962-1963

En 1962 comenzó sus estudios de doctorado en Filosofía en la Universidad Complutense, en Madrid. Hace el año de Tercera Probación en Dublín.

1965

2 de febrero. Hace su profesión solemne en la Compañía de Jesús en Portugalete.

1963-1966

Doctorado en Filosofía en la Universidad Com- plutense de Madrid.

1965

Estudios de doctorado en Teología en la Univer- sidad de Comillas.

1967

Regresa a San Salvador y comienza a enseñar Filosofía en la UCA.

1968

Lo nombran miembro de la Junta de Profesores.

1971-1974

Es Viceprovincial Delegado para la formación de los estudiantes jesuítas, quedando en 1975 res- ponsable del grupo de teólogos.

1972-1974

Consultor de la Provincia Centromericana.

1972

Jefe del Departamento de Filosofía.

1974

Funda el Centro de Reflexión Teológica y es su primer director.

1976

Desde este año es director de la Revista de Es- tudios Centroamericanos.

1979-198 9

Desde este año es rector de la UCA y vicerrec- tor de Proyección Social. Dio cursos, seminarios y conferencias en Ma- drid, Barcelona, Santander, Deusto, Santiago de Compostela, Sevilla, Fránkfurt, Berlín, San José de Costa Rica, Quito, Guatemala, México, Woodstock (Teological Center, EEUU), Washing- ton, etc. La amistad con el filósofo Zubiri le hizo herede- ro de su obra filosófica. Fundó la Cátedra de la Realidad Nacional para la promoción del diálogo público durante la gue- rra de El Salvador. Fue consultor de varios provinciales y autor de varios documentos internos de la Provincia Centroamericana, donde se planteó la opción por la liberación y la opción preferencial por los pobres. Figura de relieve en la vida pública salvadoreña. Autor de numerosos artículos y algunos libros, cuya edición de obras completas se lleva a cabo en la actualidad.

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1989

13 de noviembre. Regresa a El Salvador por in- vitación del Ministerio del Interior para mediar supuestamente con el FMLN.

1989

16 de noviembre. Cae acribillado por las balas del batallón Atlacatl, junto con sus compañeros de vivienda y comunidad universitaria.

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Destino

Si Martín Baró es el talento, Ellacuría es el genio. El más genial, y controversial, de los mártires de la UCA. Loyola 1948. El gigantesco edificio donado por Mariana de Austria a la Compañía no era excesivo para la Comuni- dad del Santuario, la Obra de Ejercicios Espirituales y el Noviciado, que alberga por entonces noventa novicios. Por cualquiera de sus solemnes corredores podía uno toparse con la doble fila de jóvenes ensotanados que, a paso rápido y en riguroso silencio, se dirigían a la basílica, a la huerta, al gimnasio o a la sala de pláticas, en cambio de distribución. El cambio se señalaba con un estridente y corto timbrazo, a cuyo son debía dejarse cualquier cosa comenzada, según la regla del Fundador. Ellacuría debía de ser ya persona muy profunda y, lo que dicen del fundador Ignacio de Loyola sus biógrafos, hombre de grandes propósitos y para grandes empresas vitales. Si así no fuera, no habría intimado, ya entonces, en forma casi llamativa con Miguel Elizondo, éste último en oficio de ayudante del maestro de novicios, que lo era Francisco Ibiricu. Estas dos personas, que llamaré para darme a entender la Ascética (Ibiricu) y la Mística (Elizon- do), eran tipos fuera de serie, que es difícil hallar juntos en la propia historia. Elizondo era persona de elegancia natural y sobrenatural, de maneras suaves en lo exterior pero de juicios muy firmes y gran claridad de propósito, como iluminado por dentro y emanando hacia el exterior de su figura, habitualmente sonriente pero capaz de con- vertirse en expresión cortante, si se daba lugar. Por ahí se entendía perfectamente con el hermano Ignacio y con

otros casos selectos, como Ignacio Eceizabarrena (en aquella tierra abundan los Ignacios), que fue el novicio perfecto, el San Juan Berchmans de Loyola, a quien imi- tó hasta en el morir de estudiante de Filosofía. Recuerdo la iluminación que Miguel tenía acerca de su destino a Centroamérica, como algo que recibía en total indiferencia respecto de cualquier otra posible misión. Y así lo decía. Era evidente para los novicios que Miguel sentía eso como una fuerza interior llena de sentido, de gestarse algo importante, propio del carisma de la Com- pañía. Algo que no era posible definir entonces y sólo la historia posterior fue aclarando. Y como digo esto, recuer- do el enfado de Elizondo cuando la despedida del grupo adoptó, a su modo de ver, cierto tono de elegía por parte de algunos novicios. -Eso no es de nuestro espíritu -aclaró-. Ustedes de- ben estar dispuestos a tomar con naturalidad estas sepa- raciones.

Sí, ése era Elizondo

Elizondo apareció con sus novicios a la puerta del so- lar de El Carmen en Santa Tecla, 20 minutos de bus de San Salvador. El predio, según cuentan las historias, fue adquisición de Don León, militar que en el siglo XIX visi- tó el Monte Carmelo de Palestina y se propuso levantar a costa del propio bolsillo iglesia y casa de ejercicios en la tierra natal. Los ocho novicios recorrieron las instalaciones hasta el último rincón antes de presentarse a probar las delicias del mango y del aguacate, que se dan en el jardín interior. Saludaron el frontón de pelota vasca, donde podrían de-

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rrochar energías, así fuese embutidos en sudorosas sota- nas según la preceptiva de la época. El oficio manual se concretaba en servicios domésticos,

, un novicio de aquéllos: «Aquí se estaba mucho mejor que allá». Ambiente física y psicológicamente más abierto. Lo demás era igual. En las amplias habitaciones, pen- sadas para la comunidad de padres, se hicieron sencillas divisorias de tela para albergar cuatro novicios en cada pieza, con esencial privacidad y el modesto menaje de ca- ma y carpeta de estudio. Quedaba fundado el noviciado de Santa Tecla.

La Compañía es «para discurrir» (= moverse) y hacer

vida donde se espera mayor servicio de Dios

nada de cilicios y rosantes. Recuerda

trapear corredores

Miguel Eli-

zondo advirtió a sus novicios que ahora este caserón, mo- desto y grato a la vez, era el lugar donde estaba la mayor gloria de Dios hasta el fin del noviciado. Ignacio lo enten- dió perfectamente y se aplicó el horario de distribución con la intensidad y totalidad que fue su característica.

Enseguida visitaron la capilla, donde el Señor tenía asig- nada habitación como Alguien más de la casa. Eso también era Compañía, del que los eligió para que estuvieran con Él antes de enviarlos al mundo.

Sus grandes maestros

El P. Ellacuría siempre reconoció que los fundamentos de su espiritualidad habían sido puestos por el P. Elizon- do; siempre lo admiró con un cariño especial. Fue su pri- mer gran maestro. El segundo lo encontró en Cotocollao, un pueblito pequeño, aislado y polvoriento, totalmente a las afueras de Quito, que los jóvenes humanistas llama-

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ban la arenosa Pilos. Allí se entusiasmó tanto con el pro- fesor Aurelio Espinosa Polit que a sus compañeros jesuí- tas recién llegados a Quito les pedía entregarse a él con confianza, pues la formación les vendría por el simple contacto. En 1963 el P. Ellacuría cuenta lo que más le impresionó de aquel gran humanista ecuatoriano: la combinación de trabajo intelectual serio y eficacia pública inmediata; el ha- ber preferido la educación a la erudición y las formas vita- les a los contenidos materiales; la creatividad de sus cla- ses, en las cuales no usaba esquemas hechos, mostrando el qué, el porqué y el hacerse de las cosas. Sus clases eran una experiencia de creatividad viva y hallazgo imprevisto.

El P. Ellacuría tenía todo esto

Lo dicen así sus compañeros de El Salvador, a quienes sigo el hilo en muchas partes de este escrito:

En sus clases, a Ignacio le gustaba insistir en que lo importante era aprender a pensar y buscar los datos ne- cesarios. Enseñaba a aprender de la realidad. Los libros sólo eran un instrumento útil que estaba a mano. Su método preferido era poner a sus alumnos en con- tacto directo con los grandes autores del pensamiento, aunque fueran incomprensibles. Para él lo importante era pasar por la experiencia filosófica directa, encarando los grandes textos de la filosofía. No le preocupaba cubrir los programas ni llenar de contenida a sus oyentes. Se burlaba de quienes acababan sus programas y de aquéllos a quienes se les terminaba la materia. Para él eso era inconcebible.

Al igual que el P. Espinosa, superaba el texto que le servía de punto de partida, y cuando se le advertía que se había salido del tema no lo admitía. Nada quedaba fuera y siempre hubo un más, que nunca tuvo tiempo de explicar. Terminaban los ciclos, pero sus clases que- daban como en suspenso porque no había podido ter- minar. Por esto valoraba mucho la capacidad intelectual de las personas. Era muy exigente y perfeccionista y nunca es- taba satisfecho. El P. Ellacuría gustaba de recordar cómo el P. Aurelio Espinosa le dijo al despedirse en Quito que fundara en San Salvador una gran biblioteca donde estuviera todo lo relacionado con el país, tal como lo había hecho él en la biblioteca Ecuatoriana. Por eso, en la biblioteca de la UCA quería que estuviera tod o lo relacionado con El Salvador. Así mismo en el Centro Universitario de Documenta- ción y Apoyo a la Investigación debían estar todos los do- cumentos producidos en el país o referidos a él. Hubiera querido completar ambos centros con una pinacoteca sal- vadoreña. Estando en Quito se encontró con otra gran persona- lidad, que le impactó mucho: el P. Ángel Martínez, uno de los poetas más importantes de Nicaragua, también jesuí- ta y navarro. Desde su primer encuentro, el P. Ellacuría supo descubrir y admirar el gran genio poético del P. Án- gel. Desde entonces se escribieron durante algunos años. El P. Ángel le mandó algunos de sus originales para que se los criticara. El P. Ellacuría guardaba con cariño esas cartas y los manuscritos del P. Ángel. Escribió dos artícu- los sobre su poesía; uno de ellos está escrito a mano e inédito; el segundo lo publicó en la revista Cultura del Mi-

nisterio de Educación de El Salvador en 1957 y es un gran artículo sobre el P. Ángel Martínez, «poeta esen- cial». Al hablar de este tema decía que le gustaría tener tiempo para profundizar en la dimensión estética de su realidad. Ignacio siguió estudios de Filosofía en la misma Univer- sidad Católica de Quito, obteniendo su licencia, civil y ecle- siástica, en 1955. Entonces lo enviaron a trabajar al semi- nario San José de la Montaña en San Salvador. Aquí enseñó Filosofía Escolástica, pero también comenzó a dar las co- rrientes modernas existenciales. Además de enseñar le tocaba cuidar a los seminaris- tas. Explicaba que el mayor problema era entretenerlos durante los fines de semana. Para que no se aburrie- ran, organizaban excursiones a pie al volcán, al lago Ilopango o a la piscina del Colegio Externado. Con or- gullo recordaba cómo logró establecer una pequeña bi- blioteca de clásicos para que los seminaristas no leye- ran sólo literatura barata. Como no había dinero para comprar libros, convenció a los seminaristas para aho- rrar unos cuantos centavos del dinero que les daban para comer los días de excursión. De esta manera pudo comprar los libros. De ese entonces son sus primeros artículos en ECA so- bre temas filosóficos de actualidad. Los padres mayores del Seminario lo oían con admiración y callaban.

Más bien tímido

Jon Cortina conserva recuerdos de aquella época:

Conocí a Ellacuría siendo yo novicio, cuando él era profesor en el Seminario de San Salvador, y una de las

cosas que le encantaba era venir a jugar fútbol con los novicios. Le gustaba muchísimo el fútbol. Solía decir que lo más importante era el fútbol, que le hubiese gustado también ser cantante. Y que des- pués venía la filosofía. Aunque toda su vida la dedicó a la filosofía y a la teología. Era un hombre más bien tímido e introvertido. No era hombre de bulla, de alharaca, aunque era jovial y festivo. Disfrutaba, por ejemplo, cuando en la comu- nidad se cantaba a coro. A veces nos reuníamos para hacerlo a tres o a cuatro voces. Canciones de cualquier lugar, de Ecuador, por donde todos hemos pasado, canciones vascas, locales centroamericanas; y en eso disfrutaba, cuando había una comunidad y un grupo cantando.

Los recuerdos de un seminarista

Carlos Alberto Cerdeño lo tuvo de maestro en esa época:

Recuerdo al P. Ellacuria, más que nada, por ciertas clases de Teología que dio en el Seminario. Él fue un elemento de cambio en nuestro pais. Orientaba en el campo de la política y la situación social de nuestro pueblo. Era asesor de miembros tanto de la derecha como de la izquierda. Porque era muy equilibrado en su pensamiento. Decía que había que transformar es- te país, y al decirlo en sentido político había gente que se oponía a eso. Pero entre esa misma gente de dere- cha había quienes buscaban consejo del P. Ellacuría. Y también decía que había que evitar la guerra y la vio- lencia, de modo que también asesoraba a gente de la izquierda. Era un hombre que iluminaba con su pen- samiento la realidad que estábamos viviendo en El Salvador.

Teología en Innsbruck

En 1958 Ignacio volvió a ser estudiante, esta vez en Innsbruck (Austria), donde estudió Teología hasta 1962. Le causó impacto su tercer gran maestro, el P. Karl Rahner. Decía que este teologado valía la pena sólo por oír a Rahner. Riéndose recordaba cómo tuvo que defender ante los superiores al equipo de fútbol del teologado, pues estan- do a punto de ganar un campeonato universitario, aqué- llos querían que dejara de jugar en público porque lo con- sideraban poco acorde con la vida religiosa. En su cuarto se reunían los estudiantes hispanohablantes, desconten- tos por las estructuras preconciliares del teologado. En 1962 comenzó sus estudios de doctorado en Filoso- fía en la Universidad Complutense, en Madrid. No estaba satisfecho con los profesores que tenía. Comenzó a bus- car y se encontró con su último gran maestro y amigo, Xavier Zubiri. Con él hizo su tesis doctoral sobre la inteli- gencia y se hicieron amigos. Desde entonces, Zubiri se acostumbró a discutir con él todas sus ideas. Zubiri ya no publicó nada ni dio conferencia alguna que antes no hu- biera discutido con el P. Ellacuría. En su archivo se han encontrado apuntes de estas conversaciones con Zubiri. Al morir éste en 1983, el P. Ellacuría quedó como herede- ro intelectual de su obra y como director del Seminario Xavier Zubiri, con sede en Madrid. Ellacuría nos da una forma de ser escolar que va por encima de toda atadura a las notas o a los textos. Él va al maestro, al mejor en la materia, para beber de él y dia- logar con su sabiduría. Hay una libertad de aprendizaje tan humana que recupera la antigua y olvidada relación maestro-discípulo, que hizo a los hombres sabios.

En la UCA

Terminados sus estudios de filosofía en 1967, regresó a San Salvador y empezó a enseñar Filosofía en la UCA, fundada hacía tres años. Al año siguiente lo nombraban miembro de la Junta de Directores. Su producción literaria fue desde el principio muy abundante. El libro más personal de la obra filosófica de

Ignacio Ellacuría es Filosofía de la realidad histórica (1990,

1991 ,

606 p.). Es la que le introduce con peso propio en la his- toria de la filosofía, lo cual no implica que sea iniciador de escuela, ya que avanza sobre el pensamiento de Zubiri.

Se nos dice que trabajaba en el libro desde los años 70, y la muerte lo halló inconcluso. Los dos capítulos que tenía en proyecto habrían prolongado el tema hasta una Filoso- fía de la Liberación. Es, pues, el condensado mental y la base de su pensamiento armonioso hacia la praxis libera- dora. Libro duro de leer, pero suculento al entendimiento. «La apertura y el carácter rectilíneo (del tiempo) apo-

yan la creatividad y la esperanza, mientras que la concep-

»

(p. 80). «La relatividad de Einstein no es sino la respecti-

ción contraria propende a la fatalidad y al fatalismo

UCA ed. , 606 p.; otra edición

del mismo : Trotta,

vidad del tiempo» (cita a Zubiri). «Son las cosas las que devoran el tiempo y no el tiempo el que devora las cosas»

(p. 86); «al pertenecer a su propia esencia constitutiva

(individual) el momento filético, la afirmación de sí mismo como individuo es la afirmación de todos los demás, con los que forma especie» (p. 187); «en cierto modo, pues, cada individuo lleva dentro de sí a los demás» (p. 194, ci-

tando a Zubiri); «en la versión a los otros, en la versión real y realizada a los otros, es como el hombre se va ha-

otro, como el que

ciendo individualmente» (p. 205); «

el

puede socorrer» (p. 211); «

bre de fuera

»

(p. 213), etc.

lo

humano le viene al hom-

«No es infrecuente que profesionales de clases me- dias, estudiosos, etc., no estén interesados en confrontar- se con la realidad tal cual es, para no quedar expuestos, indefensamente, a los cuestionamientos y exigencias de esa realidad. Algunos intelectuales suelen pensar que el acercamiento a la realidad concreta nada importante pue- de aportara su comprensión teórica de ella», observa Jon Sobrino. Sin duda, la filosofía de Ellacuría los levanta de este sopor. El P. Ellacuría fue un gran filósofo, pero quizás fue más teólogo que filósofo. De hecho hizo los cursos de doctora- do en Teología en la Universidad de Comillas en 1965, pe- ro nunca hizo la tesis. A veces decía que le gustarla escri- birla sobre Dios. Enseñó teología en cursos nocturnos y en los fines de semana en los llamados cursos de teología para segla- res, organizados por él mismo a principios de la década de 1970. A esos cursos asistían centenares de miem- bros de las comunidades de base, de profesionales y de estudiantes. Pensó y organizó la maestría en Teología, en cuyo programa siempre se reservó uno de los cursos más importantes. Vino el siguiente paso, organizar el profesorado en Ciencias Religiosas y Morales destinado a preparar profe- sores de Religión y a elevar el nivel de los cristianos com- prometidos. El primer escrito suyo que causó gran impacto en la conciencia nacional no fue uno de filosofía, sino de teolo- gía. El texto, Teología Política, publicado por el Secreta- riado Social del Arzobispado de San Salvador en 1973, pronto fue traducido al inglés (1976) y al chino. Su último

gran escrito fue también sobre teología, «Utopía y profe- tismo en América Latina» (Revista Latinoamericana de Teología, 1989, 17, p. 141). Probablemente éste es uno de sus textos teológicos más profundos. Decía que en América Latina era más urgente la teología que la filoso- fía porque era más eficaz. En su larga bibliografía predo- minan con mucho los artículos teológicos, y entre los li- bros publicados destaca Conversión de la Iglesia al Reino de Dios, que obtuvo numerosas ediciones y traducciones.

El P. Ignacio Ellacuría, de visita en la redacción de la revista Vida Nueva

Y sobre todo, en 1982 penetra en el mundo de la teo- logía internacional al frente de un libro de gran enverga- dura, Mysterium Liberationis, obra de colaboración que dirige junto con Jon Sobrino. Quiere ser, nada menos, al- go así como la alternativa a una teología europea, que

tras el Concilio se había decantado en el monumental Mysterium Salutís. Ello da idea de la pretensión de estos profesores de la UCA. Sus dos grandes volúmenes se ha- llan efectivamente en las bibliotecas de teología, traduci- dos a las principales lenguas modernas. En 1984 lanzó, junto con el mismo Jon Sobrino, la Re- vista Latinoamericana de Teología.

-P. Sobrino: ¿cómo está la edición de las obras de Ellacuría? -Nuestro principio es publicar todo lo «publicable» que han escrito los mártires. La producción de Ellacuría la hemos dividido en estas áreas: 1. Filosofía. Escribió muchos artículos, dependien- do de lo que le pedían. Un solo libro, que ya he mencio- nado, y tres volúmenes de artículos, de los que ha apa- recido uno. 2. Los artículos políticos. Tres volúmenes, que ya están publicados. Fueron los primeros, porque él mismo, declinando la guerra y entrando en nuevo perio- do, puso juntos los artículos de análisis político. XX Años de Historia de El Salvador. 3. Los teológicos. Van a ser tres volúmenes, que se están organizando. 4. Un volu- men más delgadito, con cinco o seis artículos suyos: es- critos de teorías sobre qué es una universidad. Al menos lo he propuesto como idea. La intención nuestra es publicar, cada año alrededor de noviembre, algo sobre los mártires. Ahora bien, Ellacuría lo último que diría es: «Imiten a esta universidad». i Ni ninguna otra! Toda universidad debe repensarse desde y para la realidad concreta. Pero él sí abrió nueva luz para entender lo que es el trabajo de una universidad:

como fuerza social que es. Y como fuerza social que usa como instrumento el saber. No son recetas, pero sí es ir a los presupuestos de lo que entendemos por universidad. -¿Fuentes para una futura historia de Ellacuría?

-Aparte sus papeles personales, conservados en lu- gar especial del Centro Monseñor Romero, está el Ar- chivo de la Curia Provincial de Centroamérica. La otra fuente para Ellacuría, en cuanto a archivos, serían las Actas de la Junta de Directores de la UCA. También pueden servir de guía los nombres que dá- bamos a la Universidad. Universidad para el desarrollo,

Universidad para el cambio social, Universidad de la op-

formas de ir reflejando el cambio

ción por los pobres

, de conciencia en una línea. Indudablemente en eso Ellacuría era el motor.

¿Cómo voy a ser marxista si soy zubiriano?

Comentario (adelantado) de doña Carmen de Zubiri

Decía Ignacio ante todas las teologías que andan por el mundo que Centroamérica y aun la América del Sur no están ni mucho menos en el siglo XX. Sin tener sentido histórico de cómo se va desarrollando ese magnífico Con- tinente uno no entiende a los sin voz ni tampoco a los con voz. Y para ayudar a vivir a las personas es necesario en- tenderlas: aprehender su razón y llevarlas suave, pacien- te, inteligentemente hacia el punto claro y admirable que marcó Jesús en persona. Estar siempre en ese recinto hu- mano mental brillante de amor y al cabo durísimo de al- canzar es lo que Ignacio había deseado pronto en su vida. Y por eso se dio a buscar a Quien más quería: Cris- to-Jesús, y a quien se entregó siendo no más sino ado- lescente. Creo que esta entrega suya la expresa mejor que nadie San Juan de la Cruz:

Y

ya le di de hecho

a

mí sin dejar cosa:

mi

alma se ha empleado

y

todo mi caudal en su servicio

{Cántico Espiritual. Estrofa 19)

Para leída, esta estrofa es una maravilla; vivida es la que lleva a inesperados mundos. Y durísimas vidas. Es la que da razón del por qué Jesús en realidad se dejó clavar en la cruz.

Muy bien sabía el recto r de la UCA por qué lo mata - rían a él. El cuándo lo ignoraba. Mientras llegaba ese cuándo nunca dejó de hacer lo debido en un área de máxima peligrosidad: El Salvador. Estoy segura de que cuantos han conocido a Ignacio recuerdan el tono con que pronunciaba ese nombre. Para él no era tan sólo un nombre geográfico: era la aceptación de vivir una vida tan dura como apasionan- te, la cual por sí mismo habia elegido. Yo no estoy hablando de los compañeros de Igna- cio, el stafí de la UCA; porque casi sólo conozco sus nombres. Pero todos ellos, y sus arzobispos y pro-

vinciales y sacerdotes, religiosos, religiosas

y tantas

, buenas gentes siempre sacrificadas nos han dejado una lección de cómo se muere. En cuanto a los vivien- tes actuales, tal como hicieron los masacrados, siguen poniéndonos ante el espejo cotidiano que nos acoge como vivos todavía, mientras no nos hundan o nos hundamos.

Xavier con Ignacio

por primera

vez

No es cosa extraña que una tarde bien hablada, con un fondo teológico-religioso, haya sido tiempo suficiente para que trabaran amistad. La edad parecía una gran distancia -3 1 años el joven, 63 el que nun- ca fue viejo: Xavier-. Ignacio lo consideró al pron- to entre profesor y amigo. Uno y otro sabían que ni Aristóteles ni Jesús cifran las edades en las que hay que reconocer que la amistad es lo más importante de la vida (Aristóteles, claro). Jesús un poco más tar- de con claridad señala que hay que dar la vida por los amigos: amigos son todos los demás hombres hu- manos. Estamos viendo día a día que no todos los hombres son humanos; triste cosa pero realidad in- discutible.

Xavier tuvo con Ignacio un diálogo continuo a pesar del Océano que los separaba -era como si la filosofía de Xavier tuviera el don de la ubicuidad. Este diálogo con la filosofía zubiriana lo inició Ignacio en Innsbruck sobre Naturaleza, Historia, Dios, no sé si con o sin Rahner. El hecho es que la filosofía de Xavier satisfizo siempre a Ignacio. Entre pa- réntesis: Ignacio decía que debía ser llamada Metafísica. Es importante señalar que tanto Xavier como Igna- cio eran universitarios natos. Xavier había dejado la universidad el año 42. Razones justas tenía para hacer- lo. Se sintió mucho mejor dando unos cursos de confe- rencias, y se sintió feliz cuando Juan Liado creó la So- ciedad de Estudios y Publicaciones. Una universidad privada entre nosotros es aún hoy cosa poco factible. Ignacio explicaba en su mes de Madrid - o meses- cuanto a su UCA atañía. No sólo estaba orgullosísimo de ella, mucho antes de ser elegido rector, por varias razo- nes justas. Una, decía: «Allá educamos en la fe univer- sitariamente». Otra, que se impartían cursos sobre la metafísica de Xavier en varios niveles. No tardaron mu- cho en aparecer tesinas y tesis, diré como se dice en los romances: al mismo asunto, aunque son romances y tesis todos diferentes. Ignacio era pedagogo nato, y sabía lo que la cabeza asimila al correr de los años. Lo cierto es que la UCA es un excelente centro docente, y no sólo en razón de los estudios zubirianos. He referido la amistad grata y fiel de los dos filósofos-teólogos. Ambos lo eran, y hay que añadir que a veces se vieron como se vieron. Sobre to- do, claro está, el rector. El cual desde hacía unos años ya discurrió decir a quien le consideraba -con intención poco buena- marxista, proclamándolo en público. A lo cual respondía Ignacio: «¿Cómo voy a serlo si soy zubi- riano?». Y se divertía mucho viendo la cara de quien le había querido insultar; lo cual tampoco, de ser verdad y no condición absurda, tenía por qué ser un insulto.

Años

antes

Cuando vino Ignacio a Madrid para licenciarse y doc- torarse en la Complutense -Filosofía y Letras- Xavier le

pidió que hiciera los índices que requería su libro Sobre la Esencia. Los hizo el año 63 (el libro había salido el 62) y fueron y siguen siendo oportunos. Creo que ésa fue la primera vez que habló en letra impresa del pen- samiento de Zubiri. Ignacio termina la introducción de este conjunto de índices diciendo que la razón primera

y última de ellos es servir de instrumento al pensa- miento de Zubiri.

Más adelante, 1969, en la dedicatoria del ejemplar de su libro Violencia y Cruz a Xavier, escribió: «A Xavier, a quien estas páginas, de tema tan distante a los suyos, deben tanto como todas las mías». En 1984 ya no está Xavier. Mi ejemplar de su libro Conversión de la Iglesia al reino de Dios tiene por dedi- catoria estas palabras: «Carmen, aquí tienes algunas prolongaciones un tanto heterodoxas de Xavier. Pero así quería él que fueran estas cosas». Muy antes de ser rector, Ignacio tenía a su cargo la formación en El Salvador de cristianos católicos. En- tonces él buscaba alcanzar el máximo sentido de la realidad presente y de su mejoramiento. Fue a Roma. Ya era Prepósito General de la Compañía de Jesús el P. Arrupe. Y muy bien se entendieron ambos entonces

y siempre. Admirable fue el P. Arrupe en activo; admi-

rable es ahora su comportamiento de doliente. Buscaba Ignacio Ellacuría, porque lo necesitaba, un replanteamiento de las verdades teológicas. Y así resu- me el P. Jon Sobrino, el más atristado de los supervi- vientes tras la masacre y el excelente teólogo de la UCA, lo que Ignacio ha hecho. Esto lo ha hecho insigne- mente Ignacio Ellacuría: que la teología tome en serio los signos de los tiempos, para que la teología sea ele-

var la realidad a concepto teológico; comprender la teo- logía como la teoría de una praxis histórica y eclesial El último libro de Ignacio, ya antes citado, Conver- sión de la Iglesia al reino de Dios para anunciarlo y rea- lizarlo en la historia, da la más clara y más serena, la

impresionante figura del pensar, del sentir y del realizar de Ignacio. Escrito en un tiempo en el que ya no nece- sitaba decirme: «No se lo digas a Xavier», porque Xa- vier ya no estaba. Las amenazas de muerte eran el pan de cada día para el Ellacu. En el libro está dicho con toda claridad que el Reino

Dios entre

los hombres no sólo debe ser creído, sino que ha de ser también obrado. El libro termina con este párrafo, que es en realidad un mandato. Lo específicantente cristia- no era para Ignacio luchar para erradicar el pecado y cargar con él. Cargar con el pecado es la peor de las cargas.

El hombre de Dios, Ignacio Ellacuría, murió como Jesús: tan ligado a Jesús había vivido. Sabía de ante- mano por qué lo matarían. Temple inolvidable el suyo. A sabiendas de que le perseguía muerte traidora, jamás dejó de hacer lo que tenía, debía y quería hacer. Y lo hizo siempre. El 11 de noviembre pasado (1989) nos despedimos en casa, a sabiendas de que era un adiós definitivo. Cinco días después llegó para él horrendo, brutal martirio-vejación-burla-crueldad salvaje. Cuando a otros compañeros, también como a él, les habían tirado, lanzado a golpes de hierro de bruces contra un suelo duro, y les hundieron las caras en tie- rra para torturarlos y matarlos seguidamente, Ignacio -se ha visto en su autopsia- levantó la cabeza y volvió su cara hacia su verdugo. Yo pienso que estaba perdo- nándole su martirio y muerte, pero no el que les co- rrespondió a sus compañeros de Jesús, y a las buenísi- mas mujeres.

no es cuestión de pura fe y de obediencia

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El verdugo que se ensañó con Ignacio ¿sería el que, realizada la masacre, se separó del batallón de la muer- te, corrió a refugiarse en el despacho de quien les había enviado a triturar personas y se atrevió a incriminarle por lo que le habían hecho hacer? Sin duda, uno de ellos debió darse cuenta de lo que significaba la cara del rector P. Ignacio Ellacuría, SJ. Con gritos indecentes proclamaron gozosos los auto- res de la muerte el destrozo inservible que era ya «Ella- curía», al parecer para ellos monstruo insoportable. Dios quiera que hasta los oídos de Ignacio no hayan llegado los llantos de la buena Elba y de su hija Celina, criaturas fieles, cuidadoras de «los Padres», por ellas venerados como Dios manda, y ellos merecían. Ignacio era un hombre nuevo, no superior, ni tam- poco inferior: era distinto. Recordaba a veces a los jó- venes humanistas del cuatrocientos florentino. Era todo finura, todo saber y conocer -también a las personas. Era hombre de sonrisa y simpatía, elegante en el ha- bla y en sus movimientos, con humor cervantino inteli- gente, siempre dispuesto a hacer algo por sus amigos o por quien le necesitaba en la ocasión. Y, también hay que decirlo: gentil y graciosamente nos hacía trabajar -a quienes trabajábamos para Xavier. Y llenándonos de elogios, sonriendo señalaba lo que debía ser mejorado. Era su modo de ayudar a que se hagan las cosas como es debido, sin para ello vejar a quien trabaja. Cuanto he dicho es verdad. Pero cuando era Ignacio impresionante fue siempre en la celebración de la Euca- ristía. Su profunda seriedad era una luz encendida. Sus manos hacían saber por sí mismas que estaban soste- niendo a Jesús. Y el tono de su voz era distinto y yo nunca oí que se repitiera fuera del altar. Acabada la Mi-

sa

pués de una clase, de una reunión

altar, Ignacio estaba totalmente agotado, y ni con su

-«tenemos Misa», decía cuando iba a celebrar des-

-

luego, al dejar el

amable sonrisa podía ocultar lo que acababa de vivir. Cuando al fin salía al mundo, por así decirlo, su silencio era tan elocuente como sus palabras de la consagra- ción. Como vasco de cartel, a veces entonaba oportu- nas frases del texto eucarístico, inesperadantente. Esto es todo, y no es nada lo que he intentado decir de una persona de tamaña valía. Verdad es que nunca he podido y ya nunca podré decirle todo el bien que le hi- zo a Xavier su amistad. A otras muchas personas pudo servirlas haciendo que alcanzasen vivir humanamente. (Transcrito de un borrador de Carmen de Zubiri, con la posible fidelidad debida a semejante testimonio.)

Ni dios ni el diablo

Preguntado el P. Ellacuría sobre el punto del marxismo en el Aula de Teología organizada por las Comunidades Cristia- nas de Base de Murcia (abril 1989) decía lo siguiente:

Nosotros nos encontramos con el marxismo en nu- merosos campos; uno de ellos es el de la interpretación de la sociedad y de la historia. Desde este punto de vis- ta ha sido un instrumento analítico útil, sobre todo pa- ra explicar las causas de la injusticia social, para dar una interpretación histórica de la pobreza, y no una in- terpretación puramente natural. Nos hemos encontrado con esto y hemos tratado de aprovecharnos, sin dog- matismos, como los de tantas otras corrientes. En la situación latinoamericana, este instrumento es particularmente útil, por cuanto estamos en una situa- ción más parecida a la que dio origen al análisis marxis- ta del siglo XIX que a la que se da actualmente en Eu- ropa. Por otro lado, nos encontramos con el marxismo en su praxis: es evidente que muchos movimientos re- volucionarios han surgido y utilizado líneas marxistas y

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leninistas de organización. Hay un encuentro con ellos en la línea de liberación de los oprimidos. Yo alguna vez he escrito que hay que desmitificar al marxismo, que ni es dios ni es el diablo, no es ningún ab-

soluto ni positivo ni negativo, sino que es una cosa que es-

ahí y que se puede contrastar en sus aspectos positivos

y

negativos. Más que confrontación, nosotros hemos in-

tentado hacer algo distinto de lo que se venía haciendo:

¿Qué puede dar el marxismo al cristianismo y qué puede dar el cristianismo al marxismo? Concretamente, en Lati- noamérica nos encontramos con un marxismo muy influi- do por el cristianismo, sobre todo en Nicaragua, a quien se puede considerar el primer país que ha hecho perestroika. Yo no creo que, por su propia dinámica, el capitalismo lleve a su fracaso económico, que es el que había subra- yado Marx; ya que ha demostrado una gran capacidad

de reacomodo, sobre todo mediatizando a la clase obre-

ra europea a través de beneficios y del consumo, cargan-

do este débito sobre las espaldas de la clase no obrera o pre-obrera del resto del mundo. Quizás, cuando ya no

hubiese a quien cargarle la carga última de la plusvalía, volviera la ola a esa orilla. El problema es si el capitalismo sabe rehacerse también desde el punto de vista humano

y social; yo, personalmente, creo que lleva a callejones

sin salida. De ahí que la Iglesia haya dicho que el capita-

lismo tiene tales defectos que, sin un profundo cambio, no es aceptable. Y este cambio no se está dando.

Ahora bien, Ellacuría cae ese año 89, el mismo en que cae el sistema marxista de la URSS modificando el curso de la historia contemporánea. Cuantos contaban con el triunfo verosímil del socialismo modificaron sus actitudes y énfasis, al alejarse esa posibi- lidad histórica. Nos preguntamos qué camino habría toma- do Ellacuría de haber vivido esta nueva realidad para afron- tarla. Pero esto llama a nuestra responsabilidad histórica.

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Ser conciencia crítica de la sociedad

Su presencia en la UCA como profesor y directivo se hi - zo sentir luego. Muy pronto concibió que la misión más im- portante de la universidad no era formar profesionales, sino ser conciencia crítica de la sociedad. En esos años de finales de la década de 1960 luchó para abandonar los esquemas desarrollistas y optar por la liberación. Quiso poner la estruc- tura universitaria al servicio de la liberación del pueblo salva- doreño. En un famoso discurso escrito por él y leído por el P. José María Gondra, quien representó a la UCA en Was- hington, al firmar el primer préstamo del BID en 1970, que- daron formalmente establecidos esos principios liberadores.

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El P. Ignacio Ellacuría, rector de la UCA, a la que dedicó sus mayores esfuerzos

37

Una de sus primeras batallas fue la estructura física de la universidad; debía estar de acuerdo con su misión. Se opuso a los planes de construir una universidad al estilo del Primer Mundo. Peleó para que los edificios de la UCA fueran funcionales, modestos, adecuados a la realidad del Tercer Mundo pero no por eso menos hermosos y có- modos. El actual campus de la UCA le debe mucho a él . Visitarlo hoy en día equivale a pasearse por un jardín pú- blico, donde salen al paso aquí o allí las varias instalacio- nes universitarias en perfecta armonía con la naturaleza exuberante que las envuelve. Una de esas instalaciones contiene el Centro Monseñor Romero, magníficamente atendido, en cuya capilla reposan los restos de nuestros compañeros. Seguramente Ellacuría, que consagró a la UCA sus mayores esfuerzos, no pensó que este lugar académico de servicio teológico a la Universidad se volvería el punto de peregrinaciones masivas que es actualmente. Allí se vuelven teólogos los campesinos de todo el país, que acu- den a visitar con todo cariño a los padres que dieron la vi- da por ellos, que unieron su causa a la de todos los po- bres. Nunca soñó Ellacuría que lograría esta simbiosis espontánea de teología y pueblo. Aquí la historia le des- bordó ampliamente.

Desde muy pronto un gran líder

Dentro de la Provincia Centroamericana, el P. Ellacuría

fue un gran líder. A su alrededor aglutinó a los

venes, potenció sus cualidades y dio cauce a sus inquie- tudes. Estando aún en Madrid, haciendo los cursos de doctorado, apoyó a los estudiantes de Teología de la Uni-

jesuítas jó -

versidad de Comillas, quienes se rebelaron contra las es- tructuras preconciliares de la facultad. Él apoyó la huelga estudiantil y ofreció clases de Teología alternativas. Mucho más importante fue el papel de Ellacuría como promotor de un cambio de rumbo de la Viceprovincia Centroamericana, reflexionado y decidido en los Ejercicios de diciembre del 69. Como de esto hemos hecho amplio eco a propósito de los Hechos de Juan Ramón, no es lugar de insistir. Pero pónganse ustedes a pensar que un joven profesor (recién cumplió 39), apenas «sacado del horno» (dos años de docencia en la UCA), se ponga de peso pe- sado en la titánica liza de dar la vuelta a la Viceprovincia (doscientos jesuítas, incluido un coro de personalidades de amplia trayectoria), y salga adelante en el empeño, como lo demuestran todos los procesos posteriores; y dí- ganme si vieron cosa parecida en otros escenarios. La fortaleza de sus planteamientos, la claridad del pen- samiento teológico verdaderamente personal, el pectus del profeta, todo esto denota que Ellacuría era ya una rea- lidad, no solamente madura sino prominente. Y retroacti- vamente nos permite valorar los quilates de aquellos años de formación en que había acumulado, por un lado, pode- rosas herramientas de razón o de criterio consistente, y por otro - y es lo que subrayo- una voluntad de misión lis- ta para las mayores apuestas. No dudo en señalar en esta importante coyuntura uno de los destellos del genio de Ellacuría.

Con los estudiantes

En 1970 y durante tres años, sus superiores le encarga- ron la dirección de la formación de los jóvenes jesuítas a

quienes les transmitió su pasión intelectual y su celo apos- tólico y deportivo. Insistió en que un jesuita debía estar bien formado para poder responder a los retos de la historia. Era exigente en la calidad y seriedad de los estudios. Promovió y apoyó nuevas experiencias comunitarias y apostólicas pa- ra los estudiantes, entre ellas la de Aguilares. Las experien- cias debían hacerse bien, con seriedad y profundidad. Y tra- jo todas las fases de la formación jesuítica a Centroamérica. Acusan a Ellacuría de cierto elitismo de la inteligencia. Jon Sobrino nos puede aclarar algún punto:

Le resultaba mucho más fácil trabar relación con

gente inteligente. A Ellacuría le podía alguien caer mal o

Era muy consecuente. Cuando fue rector de la UCA,

estaba atento al problema de los jornaleros trabajadores del jardín de la universidad; pero no por romanticismos

espirituales o abajamientos franciscanos, sino porque éste es un ser humano con el que estoy ahora, éstos

, Ellacuría dejó sin editar (y sólo se hizo postuma- mente) su filosofía de la Realidad Histórica. ¿Por qué? Porque se dedicaba a los problemas de la realidad. Y parte de esa realidad eran los problemas de los jardine- ros de la UCA. Si se queda en Madrid, Ellacuría podía haber sido un fi- lósofo ilustrísimo. Pero no. Eso lo hacía sin alarde, sin que- jarse. Sin decir siquiera: «Tenemos que seguir a Jesús y para eso sacrificar nuestra producción intelectual

no

son sus líos

como rector tengo que estar en eso.

«Ellacu»

Empieza para él una etapa primaveral, prontamente herida con los hielos de un invierno prematuro. Son los cortos años de su delegación como viceprovincial de Estu-

diantes. El recuerdo de sus jóvenes jesuítas nos da un «Ellacu» cercano y asequible, la parte menos conocida de su imagen real.

-¿Cómo era Ignacio Ellacuría? -La pregunta es pa- ra Javier Ibáñez. -Para mí era un gran señor. De la inteligencia no se puede hablar. Tenía un gran sentido de Compañía. A ni- vel jesuítico era bien asequible, bien cordial para noso- tros los jesuítas que vivíamos aquí. Le encantaba reci- birnos en su casa, lo que llamábamos la UCA II. Gran deportista desde su juventud, escaló los An- des, jugó fútbol y siempre siguió muy de cerca la liga española y a su equipo (el Athletic de Bilbao). En los mundiales de fútbol se escapaba de su oficina para ver los juegos. Los miércoles y sábados a mediodía jugaba religiosamente frontón con los padres Martín Baró, Montes y Amando. Ibáñez concreta:

-Más que fuerza tenía colocación. Dentro de lo que la edad podía dar de sí, jugaba bien a la pelota, que aquí se juega con pelota de tenis y paleta de madera. No le gustaba perder. Se enojaba sí perdía, igual que Montes. Lo contrario de Amando y Nacho, que ganaran

o

perdieran les daba lo mismo. Amando iba a divertirse

al

frontón, se metía con todo el mundo, bromeaba con

todos. Ellacu no. El frontón era para él un juego serio. Montes se divertía un poco más, pero tampoco le gus- taba perder.

Alguna vez jugamos fútbol, en una fiesta de San Ig- nacio. Los profesores nos retaron a los jóvenes y juga- ron Amando, Montes y Ellacu. Morenito no jugaba na- da. Nacho jugaba frontón, pero no fútbol; un poco por razón de la vista. Después del tercer año de Teología, nos pusimos de acuerdo con Kata, que estaba en Roma, y Remacha, que

estaba en Lovaina, dizque estudiando Teología (porque iba a estudiar plomero), y decidimos con el Provincial ve- nir a hacer el cuarto de Teología aquí en El Salvador. El encargado de escolares era Ellacu en ese tiempo. No pu- do con nosotros. El cuarto año medio lo hicimos por tuto- rías. Empezamos a trabajar en el colegio. Total, que ter- minamos sin hacer los exámenes de cuarto de Teología. -Entonces, no era tan imponente Ellacu -iNooo! Ellacu era todo un señor con las cosas bien claras, pero a nivel humano era muy tratable. El que no conociera muy bien a Ellacu se podía quedar con la imagen del señor rector, pero él era muy humano. Un día recibe a Luis de Sebastián, que se había ca- sado en España y andaba con su esposa por aquí, y me dice: «Mira, ¿les puedes enseñar el colegio?». -Con todo gusto. Cuando ya se despedía, le digo:

-Oye, Ellacu, tú que oyes todos los días radio y tie- nes el privilegio de poder oír los deportes de España, ¿cómo va el Alavés? Al día siguiente con el mensajero de la UCA me man - daba el fax con la clasificación del Alavés.

La charla con Marcelino Pérez, panameño relacionado de cerca con casi todos los mártires y muy especialmen- te con Rutilio Grande en su obra de Aguilares, no es me- nos elocuente:

Yo conocí a Ellacu en Madrid, adonde nos llevó de estudiantes de Teología, aún antes de ser nombrado oficialmente provincial de Estudiantes. Él pasaba allí seis meses con todo el trabajo de Zubi- ri. En Madrid estuvo con nosotros viviendo en el Colegio Mayor Guadalupe. Fuimos a Comillas, entonces en La Moncloa, y nos dio varias clases de Teología. Tuvimos pues nuestra experiencia y puedo decir que me mimó:

me enseñó Loyola, me paseó en su carro por todo el

Para mí fue un amigo. Cuando yo oigo de-

cir de Ellacu que era muy fuerte, que hería, eso era co- mo la parte externa de Ellacu, la cascara dura, pero

dentro tenía un corazón preferidos, como sus hijos.

Tenía -¿cómo diría yo?- sus

Pais Vasco

La experiencia de Aguilares

-Tú viviste la experiencia de Aguilares

Al hacerle esta evocación, Marcelino toma aliento y nos hace su presentación, verdaderamente importante:

-Soy panameño. Fui la primera vocación del colegio Javier para la Compañía. Entré motivado por el P. Arru- pe, que hacía su gira como provincial del Japón. Nos habló de misiones y yo me encandilé con la misión del Japón. El Provincial me dijo: No, irás al «oriente» de la Provincia Centroamericana. He tenido ocasión de trabajar con Amando López. Estuve con Moreno, en oficio de ayudante cuando él era maestro de novicios. De maestrillo estuve en el mismo colegio del P. Montes. Martín Baró y yo somos compa- ñeros de noviciado. Y con el P. Lolo estoy siguiendo la obra que él tenía en Fe y Alegría. En cuanto a Rutilio, trabajamos juntos en Aguilares. Diez minutos antes del asesinato de Rutilio íbamos él y yo en el mismo carro en el asiento de delante. Si no me asesinaron a mí con él fue por ser impaciente, porque me bajé del carro diez minutos antes y dije: «Me voy en el autobús». Y acribillaron al delegado de la Palabra Con Monseñor Romero también tuve relación. O sea que si hay una vinculación a esta tierra de mártires -Es la tuya. Habíanos algo de Aguilares.

-Estuve vinculado a todo el trabajo que se hacía en Aguilares en los años 70. Luego me sacaron el 77 y pa- sé 13 años fuera de El Salvador. Aguilares y la UCA eran como los dos ojos , de cara a la realidad -explica Marcelino Pérez-. En un primer mo- mento (te lo voy a decir, porque esto no se dice mucho) entre la UCA y Aguilares no había mucha sintonía. Pri- mero , porque los de la UCA se relacionaban con cierta gente que tenía haciendas en Aguilares. Por ahí podía veni r algún desgaste. Pero además, la UCA hacía unos análisis de la realidad; y en Aguilares los dirigentes po- líticos, con las organizaciones de maestros, estudiantes y campesinos, hacían su análisis también. Y a veces en- tre esos análisis había ciertas contradicciones. No hablo de Rutilio, ni del equipo parroquial. En ver- dad Rutilio era, hasta donde podía, factor de unidad; y es la muerte de Rutilio lo que producirá la total unifica- ción de los jesuítas a ese respecto. Acuérdate de que salieron también de la Compañía

jesuítas, que entraron a las organizaciones. Y algunos es- tudiantes muy valiosos: Toño Cardenal, primo de Rodol- fo, que fue el Comandante Jesús, hombre muy valioso y muy querido en todo Chalatenango; Alberto Enríquez, el

, al Bloque Popular. Y ellos también hacían análisis de cier- t o choque, ¿por qué?, porque los de la UCA habían sido profesores de estos muchachos. -El P. Ellacuría tenía en gran aprecio al P. Rutilio -Sí. Ellacu veía el impacto que tenía la obra que se ha- cía en Aguilares y en las otras parroquias y apreciaba mu- cho esto. Al fin el estudio siempre es una distancia. Ellacu no podía estar tan cerca de la gente como un párroco.

Choco Áspoli

que entraron de lleno a la Organización,

Fue Ellacuría en todo caso desde 1969 uno de los re- presentantes de la tendencia renovadora de la Provin-

cia. Su cargo de responsable de la formación lo llevó a Roma para defender sus planes y ahí se encontró con el P. Arrupe. Al comienzo discutieron, pero se hicieron amigos. De que Ellacu y Arrupe se entendieran no tenemos du- da. Pero a otros niveles había demasiada ropa tendida. La «conversión de la Provincia» no significaba que todos los respetables padres vieran por los ojos de Ellacuría en punto tan delicado como la formación de los estudiantes, futuro de la Compañía y a su vez «niña de los ojos» de cuantos se hacían planes con ellos en Centroamérica. Con toda su genialidad, Ellacuría no dejaba de ensayar, y pa- rece que no todos los jóvenes se tomaron tan a pecho el curso académico, como Ellacuría daba demasiado obvia- mente por sentado. Los genios no son siempre los más útiles pedagogos. Los informantes en Roma no eran uná- nimes y el ala crítica insistió en sus posiciones hasta el escándalo. La ruptura vino en una consulta de provincia en 1974, donde aquéllos pusieron el grito en el cielo. La cuerda se rompió del lado débil, que todavía era Ellacuría, y éste cesó en su delegación.

Uno se pregunta por qué un hombre ejemplo de pre- paración en la Compañía por su completa formación, y que será puesto para modelo y aun patrono en centros de estudio S.J., es apartado de la confianza del cargo de di- rector de los jóvenes. Aun de los astros fulgurantes se re- quiere cierta distancia para que sean bienhechores. A partir de entonces se alejó de los asuntos intrajesuí- ticos y se dedicó casi exclusivamente a la Universidad. Nada de esto impidió que acudiera en representa- ción de la Provincia Centroamericana a la Congregación General XXXIII, en Roma. Hay una e esas anécdotas que lo retratan con genio y figura. Recuerda el P. Artu-

ro Sosa, delegado a su vez por Venezuela, que en una de las sesiones se tocó el tema inevitable de la Teología de la Liberación, y nada menos que el decano de la Fa- cultad de Teología de Innsbruck se permitió opinar que la Teología de la Liberación no gozaba aún de autono- mía por falta de bibliografía. Esto necesitaba oír el futu- ro autor del Mysterium Liberationis para pedir la pala- bra, y sin pestañear enunció con perfecta dicción los títulos en alemán de unas quince obras científicas sobre Teología de la Liberación. «Lo que pasa es que usted es un ignorante», dijo antes de sentarse.

Creo que no hubo la menor reacción

Todos coinciden en que meterse con Ellacuría en públi- co era exponerse a ser arrasado por un bulldozer. Tal era su inteligencia, capacidad de improvisación y fuerza ora- toria. De estas cualidades fui testigo en una de las Sema- nas de Teología de Deusto, precisamente organizadas por su hermano Luis Ellacuría. Sucedió que faltó el ponente que tenía que dar la conferencia sobre Heidegger. ¿Quién podría suplir al especialista allí sobre la marcha ante tan escogido auditorio? Para Ignacio esto fue pan comido y, como quien toma a Heidegger por las solapas, le fue de- sentrañando sus posiciones filosóficas y refutándolas con el pensamiento propio, expresado en párrafos rotundos como quien lee sobre unas cuartillas. Ignoro si todos le si- guieron el pensamiento en la misma medida, pero a juz- gar por el cerrado aplauso, uno de los más sonoros y lar- gos de la Semana, creo que nadie quedó con ganas de ponerle algunas enmiendas.

En plena refriega

;

Si los jesuítas se sintieron unidos en la muerte de Ru- tilio Grande (12 de marzo 77), los ataques a la Compañía por medio de anuncios pagados en la prensa arreciaron; menudearon las expulsiones de la nación; y los asesina- tos de sacerdotes diocesanos (de ellos se relató especial- mente en los Hechos de Amando), pusieron a la Compa- ñía en comunión martirial con la Iglesia de El Salvador. Era el momento de responder de alguna manera, infor- mando a la opinión sobre los propósitos de los jesuítas, su trayectoria y su historia más reciente en el país. A este fin se mandó a los diarios matutinos de San Salvador una serie de seis artículos entre el 14 y el 27 de junio de 1977, donde sentimos los trazos de Ellacuría. Este mismo material fue luego editado en los talleres gráficos de la UCA con el título Los jesuítas ante el pue- blo salvadoreño. Gracias a este folleto podemos captar con precisión el momento vivido desde dentro. Un primer artículo razona la necesidad de salir a la prensa en vista de los ataques, con los que se vierten las más trasnocha- das afirmaciones sobre los jesuítas: «que somos siempre mentirosos, sectarios y falsos; que somos hábiles para manipular a la gente y las instituciones con vistas a lograr nuestros fines ocultos; que somos marxistas (lo que equi- vale a monstruos de los más terribles). Se nos acusa de incitar a la violencia desde pulpitos, cátedras, aulas esco- lares y organizaciones. Se nos hace responsables de em- pujar a otras personas a cometer acciones ilegales y de

que incluso hemos

, asesinado al P. Grande por convenir a nuestros fines». Una campaña que evidentemente busca el exterminio de los jesuítas. Pero debemos hablar «para defender con

promover el crimen y el terrorismo

nuestra débil voz a quienes se mantiene callados y son la razón de la Iglesia: los pobres de Jesucristo».

Una segunda entrega desarrolla el problema de las or- ganizaciones campesinas, FECCAS y UTC, cuyo origen se adscribe gratuitamente a los jesuítas. Pero «los jesuítas para nada intervinimos en la fundación de estas organiza- ciones: FECCAS fue fundada en 1964 cuando los jesuítas no tenían relación alguna con el campesinado. UTC ni si- quiera acertamos a saber la fecha en que fue fundada.

Sencillamente, los jesuítas hemos procurado partici-

par de la conversión de la Iglesia hacía el pobre» de acuerdo con los documentos de Juan XXIII y de la Confe- rencia Latinoamericana de Obispos en Medellín. Cita: «La justicia y, consiguientemente, la paz se conquistan por una acción dinámica de concientización y de organización de los sectores populares, capaz de urgir a los poderes públicos, muchas veces impotentes en sus proyectos so- ciales sin el apoyo popular» (Medellín, n°. 18). Se hace una puesta en claro de la situación real del campesinado.

La tercera se extiende en el tema de la violencia. Los jesuítas «hemos entendido que, si algún poder poseemos, debemos despojarnos de él y dedicarlo íntegramente a la construcción del Reino de Dios, de una sociedad que pue- da ser realmente sacramento, signo visible del rostro de

Dios: donde la justicia y la hermandad, no la fuerza y la

( )

explotación, fundamenten la convivencia en la paz.

(

)

No es cerrando los ojos o callando las voces de protesta como se resolverán los problemas sociales. La situación de El Salvador es objetivamente tan trágica, que no se puede ocultar con manifiestos, ni encubrir con sangre de campesinos o de curas tercermundistas». El único camino viable es el de la razón, el esfuerzo común y el sacrificio. Pero esto exige violencia: la violencia de la Cruz.

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La cuarta entrega resume la historia de los jesuítas y su presencia en El Salvador, incluyendo los propósitos de última hora. «Sí, los jesuítas hemos cambiado por fideli- dad a la palabra de Jesús » En la quinta se desarrolla la opción de la Congrega- ción General XXXII: el servicio de la fe y la promoción de la justicia. «Jesuíta es reconocerse pecador y, sin em- bargo, llamado a ser compañero de Jesús.» Se enume- ran las consecuencias de esta misión en las obras de los jesuítas en El Salvador: nueva formación al alumnado del Externado San José; obra de Fe y Alegría; proceso de la UCA como conciencia crítica y creadora de la reali - dad salvadoreña; parroquia de Aguilares; Centro de Re- flexión Teológica La última expresa una respuesta de los jesuítas a la sociedad salvadoreña y una esperanza de transformación en la equidad y en el amor. Más que ¡os conceptos vertidos en estas columnas de prensa, interesa a nuestro propósito lo que revelan acer- ca de las posiciones tomadas por la sociedad del capital y los jesuítas frente a frente. Y verificar la real conversión de los jesuítas centroamericanos a partir del gran Retiro del 69. Quienes leímos con interés el epistolario de Se- gundo Montes y el reflejo de unas relaciones amistosas y felices con las clases adineradas de San Salvador, no po- demos menos de notar el cambio y advertir el costo social de la nueva actitud tan sinceramente tomada de cara al mundo de los pobres. Ese costo es nada menos que una guerra mortal levantada por los seculares amos de El Sal- vador contra los jesuítas. Ellacuría era el más consciente de la apuesta.

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Mensaje

Creo llegado el momento de ir enunciando una de las tesis que fluyen por sí mismas de este libro. Los lectores saben que en la redacción de estas páginas no caímos en el género apologético. Nos encontramos sucesivamente con unas personas de carne y las fuimos conociendo -és- te que escribe las fue conociendo a través de sus papeles, de sus obras, de sus recuerdos, tal y como fueron. Supo- nemos que el más receloso de los lectores estará de vuel- ta de las estúpidas suposiciones de filocomunismo que re- cayeron sobre nuestros hermanos desde cualquier ángulo de opinión. Ahora podemos afirmar, como conocedores directos, que Amando, Segundo, Juan Ramón, los dos Ig- nacios y Lolo fueron todos ellos, con variantes y fisono- mías propias, personas santísimas, de recia y acrisolada virtud, comprometidos hasta el heroísmo en la causa de su vocación religiosa, fidelísimos a la Iglesia, con criterios verdaderamente evangélicos sacados de los Ejercicios de San Ignacio de Loyola y demostrados en circunstancias de extrema gravedad y propio peligro, que acreditan la virtud heroica propia de la santidad cristiana. Estamos di- ciendo que son santos de altar por el propio peso de sus vidas. Pero si alguno piensa que con estas palabras me propongo como objetivo lanzar a mis hermanos a la ca- nonización pública en la Iglesia (cosa que me encantaría, y presiento que vendrá antes o después), le digo que es- tá rotundamente equivocado y que no se nos ha pasado por la mente, ni a mí ni a ellos, ni ha formado parte de nuestro propósito. Creo incluso deber afirmar, en nombre de ellos y nuestro, que aborreceríamos cualquier beatifi-

cación que instalara sus imágenes en la hornacina del cul- to, si eso contribuyera a un tipo de evasión que alejara sus vidas de la causa que las motivó y ha sido expuesta incensantemente en estas páginas. ¿Qué estoy diciendo, entonces? Lo que estoy subra- yando con este necesario preámbulo es que los jesuítas, en concreto los de Centroamérica, fueron objeto de per- secución frontal por los poderes mundanos de la sociedad pudiente, porque abrazaron colectivamente, como institu- ción de la Compañía, la línea señalada inequívocamente en todos los documentos de la Iglesia y la Compañía re- ciente. Estoy diciendo que aquellos mismos hombres que demostraron una gran capacidad para llevarse bien con la sociedad del bienestar renunciaron a ello a conciencia de lo que esto significaba y lo hicieron colectivamente, repi- to, como provincia de la Compañía, de manera que nadie pudo llamarse a engaño sobre los propósitos de los jesuí- tas en su esfuerzo por conocer la realidad nacional y to- mar como suyo el reto de los pobres. Esto y nada más que esto llevó a los jesuítas a la cruz y a la persecución. Por esto se delimitaron los frentes y se estableció la ba- talla que Ignacio de Loyola escribe en sus Ejercicios entre los campos del bueno y del mal caudillo. Fue el infierno (para ponernos en los términos más tradicionales) el que se sintió removido en su tranquila posesión y utilizó todas sus trampas, sus brutalidades, sus métodos de confusión para sacar, si pudiera, a la Compañía de Jesús de Cen- troamérica, para liquidarla, desacreditarla y confundirla. Fue el dinero, falso dios de este mundo, el que no toleró que los jesuítas, educadores en colegios de postín, se pu- sieran como institución del lado de los humildes, los que no eran nada, los siempre masacrados y perjudicados y olvidados. Todos estos jesuítas hicieron las cosas más tra-

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dicionalmente jesuíticas: dar Ejercicios, abrir escuelas de barriada, ordenar bibliotecas religiosas, dirigir tesis uni- versitarias, gobernar colegios y seminarios, o ser sacados de ellos, emplearse en clases de Física o de Teología; pe- ro lo hicieron con una misión, colectivamente adoptada, de hacerlo por el Reino de Dios, o sea con una opción pre- ferencial por los pobres. Esto les hizo pobres con espíritu, según una de las for- mulaciones certeras de Ellacuría, y les dio la bienaven- turanza evangélica (la única que buscaron y poseen); la bienaventuranza que lleva consigo la persecución. Sobre ellos cae, personal y colectivamente, la palabra: ¡Dichosos ustedes cuando los aborrezcan y calumnien y digan toda suerte de mal contra ustedes, porque eso hicieron conmi- go y con todos los profetas, antes y después de Mí! ¿Por qué mataron a nuestros hermanos de El Salvador? Es una pregunta que se hace desde el primer instante Jon Sobri- no, ese compañero de comunidad martirial y fiel a ella, teólogo de profesión, dejado en vida para que brille en su lugar y no se tergiverse la causa de sus hermanos. Ése que yo llamo evangalista de estos Hechos, junto con el historiador, igualmente miembro de la comunidad de los mártires, Rodolfo Cardenal. Y ¿por qué se lo pregunta y lo contesta profesoral, teológicamente? Porque de esta res- puesta, correctamente dada, depende nada menos que la enseñanza histórica que nos traen los mártires de la UCA. Y aquí no conviene la menor evasión ni incorrección. Los jesuítas fueron perseguidos, fueron matados (como Jesús fue matado y no sólo murió, palabra repetitiva, una vez más, del genial Ellacuría) porque la sociedad que se confi- gura con este mundo no pudo soportarlos, porque contra- decían intrínsecamente sus intereses de egoísmo y de po- der desenfrenado. Por eso los mataron y los persiguieron,

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porque como Compañía en escuadrón (agmine facto, de- cía el clásico) presentaron el flanco en contra de los opre- sores y en defensa de la paz y la justicia. Posiblemente habrían soportado que uno que otro lo- co, de los que nunca faltan por la gracia de Dios, se hu- biera destacado en esas lides. Uno de ésos a quienes una cartita al superior mantiene a raya, dada la indubitable obediencia, y no pasa nada. Pero que la Provincia, que los jesuítas, como lo decía Ignacio en el Retiro, conocidos por sus instituciones externas más que por la peculiaridad del uno o del otro, hagan frente al poder y al dinero que ma- neja el poder, y al ejército que comanda el dinero y el po- der, eso sí pasa de la raya y viene la persecución en toda regla. A muerte. Esto se sembró en la reflexiva puesta en común de la Provincia con los Ejercicios de 1969, y se recogen ahora los primeros frutos. Ellacuría y Elizondo fueron los artífices de este invento, luego a ellos se debe, principalmente, el enderezamiento de la Provincia Centromericana hacía el Evangelio. A ellos y a todos los que con ellos hicieron cau- sa común movidos por un mismo espíritu, que arrastraron finalmente el colectivo de la Provincia. Graciosa y certeramente lo dijo Carmen Castro, una mujer todo sensatez y sin un pelo en la lengua, una de las personas que mejor han comulgado con la causa de los jesuítas de El Salvador: «Aquí los poderosos nunca obje- taron que se hicieran obras de misericordia con el pobre. La obra de Fe y Alegría, p. e., que llevaba el P. Lolo, la po- dían ver con buenos ojos. Pero que los pobres les discu- tieran a ellos su derecho a llevar el país a su capricho, co- mo lo habian hecho siempre, eso no estaban dispuestos a tolerarlo. Es decir, que ni el P. Lolo, ni el P. Juan Ramón, ni el Padre tal o cual con su virtud acrisolada, representan

objeción decisiva al antirreino, sino que son los jesuítas, concertados en todas sus obras para cambiar el signo de esta sociedad destructiva del Reino, los que representan sí un reto muy temible e insoportable de todo punto para sus organizadores». O como se lo oí decir, con mayor ingenuidad y un cier- to tono glorioso, a un joven abogado que se emplea en el Centro Monseñor Romero: «Los jesuítas fueron los únicos que lograron sentar a los militares en el banquillo de los acusados. Esto ha sido nuevo en El Salvador. Ha sido la obra de los mártires. No se llegó a todas las consecuen- cias, pero se dio un gran paso hacía la sociedad del mu- tuo respeto, que hasta cierto punto teníamos». Una pregunta obligada es ésta: ¿quiere la Compañía distinguirse por la marca evangélica de la persecución, sin provocarla en forma masoquista, claro está, sino por el mero posicíonamiento de sus filas en orden a la gran lu- cha de nuestro tiempo? La respuesta a esta pregunta es clave. No estamos diciendo que la reacción en todas par- tes sea unívoca con la de El Salvador de los años seten- ta. Esto es una simpleza. Lo que estamos diciendo es que este método de aplicación ignaciana es la oferta de una generación de jóvenes a raíz del Concilio, que se propu- sieron cambiar la sociedad injusta y su posición frente a ella, y lo consiguieron históricamente. El aval divino está dado en un grupo de mártires, que por su condición de comunidad universitaria tal vez sólo tenga parangón con el grupo de la Universidad de París, en toda la historia de la Compañía. Palabras mayores. ¿Está segura la Compañía de que quiere incorporar a sus filas una juventud dispuesta a cambiar el mundo, no menos que se lo proponía Ignacio de Loyola en su propia época? Si lo está con veracidad no puede desechar el tes-

timonio mayor de lo ocurrido en Centroaméríca con una provincia que se encuadra plenamente con una jerarquía

y con un pueblo martirial de pobres, al paso que se des-

marca de una jerarquía y una sociedad mundana de po- derosos. La pregunta accesoria es ésta: ¿está segura la Compañía de que el bajo éxito vocacional en grandes re- giones del mundo, pese a la perfecta organización y pues- ta al día de los objetivos espirituales y apostólicos, no tie- ne que ver con la falta de claridad pública acerca de un cuerpo colectivamente comprometido con el Evangelio con todas las consecuencias bien asumidas y meditadas? ¿No serían pieza determinante para este paso en firme unos Ejercicios Colectivos del tipo Ellacuría-Elizondo, que recuperen la credibilidad y el sentido vital de muchos jó- venes universitarios soñadores de las hazañas de Ignacio? Finalmente ¿no les parece a ustedes que estas pala- bras me las inspira Ignacio Ellacuría, celoso de quedar mal en no concederme esta pequeña parte y compañía en la suerte de los santos, apóstoles y mártires, o ser al- tavoz de la misma?

Ellos

m e enseñaron a pensar

Los lectores que siguieron la disertación tienen derecho

a una lectura más grata y ya me parece que están pre-

guntando: ¿quién es esa Carmen Castro tan famosa, no citada por primera vez en el libro? Pues óiganla y ríanse con ganas, mientras se enteran de paso de muchas cosas.

-Yo los conocí a ellos muy temprano, porque mis hi- jos se educaron en el Externado San José. En 1961 ó 62 puse mi hijo mayor en el colegio en kinder. Estaba de maestrillo el P. Martin Baró. El P. Rutilio Grande fue

prefecto de este niño en sexto grado. A través del cole- gio conocí a los que ya estaban en la UCA, al P. Ellacu- ría, al P. Montes ¡Si yo no pensaba! A mi me habían enseñado que así era el mundo, y que lo único que teníamos que ha- cer era ser buenas. Yo pasé treinta años pensando así, y mire que yo soy una cristiana bien poco tradicional. Yo tuve un nexo de amistad con gente muy rica de aquí, porque todos venimos de un mismo pueblo, de Santa Ana. Mi mamá es de una familia muy rica, se ca- só con un médico y nos dio todas las comodidades, sin decir que fuese millonaria. Papá pensó lo suficiente pa- ra mandarnos a aprender inglés a Estados Unidos. Pe- ro dijo: «Ustedes no se van a graduar, porque ustedes no necesitan trabajar». Eso nos hizo estar en ese mun- do y crecer con esas ideas. Veíamos como lo más nor- mal que la gente no tuviera zapatos y durmiera en la calle. Porque las madres de la Asunción, ignorantes también, nos decían: «Mire lo que dice el Señor, "Pobres tendréis siempre entre vosotros"». Lo que se ha inter- pretado indebidamente. Yo miraba siempre a través de esas visiones que nos daban, preguntaba a mi mamá y ella siempre subrayaba lo que las madres decían. Las madres para este tiempo ya han cambiado, por influjo del Vaticano II . Y en las gentes de mala volun-

veíamos que había una razón ahí Una razón que a

tad

mí me resultaba extraño que personas tan inteligentes como algunos padres no la veían. Para mí ha sido una gracia muy grande de Dios que yo haya visto las cosas como las veo. Y esa formación la recibí de ellos. -¿Y la familia del P. Lolo? -Igual que nosotros. El P. Lolo no opinaba exacta- mente como los padres de la UCA; sin embargo, por cariño al P. Lolo la familia, gente rica de Santa Ana co- mo nosotros, siempre le estuvo apoyando en las obras

que él hacía. Ese tipo de obras siempre ha tenido la

aprobación de la gente de dinero y de poder. Educar a

Lo que ha sido mal

visto es que esos niños pretendan escalar posiciones que nunca han estado a su alcance, y poner en peligro el poder que siempre ha estado en determinadas ma- nos y que no puede pasar a otras. La democracia en es- te país era una palabra hueca. Nunca antes habíamos tenido la oportunidad de construir una democracia par- ticipativa como la tenemos hoy. Es la primera oportuni- dad histórica que tenemos de construir algo diferente. Aunque poco, hemos logrado algo. Porque las cosas que antes la gente de poder hacía ya no las puede se- guir haciendo. Ya ve cómo está presa ahora gente de la más alta alcurnia, que engañaron a miles de personas que depositaron su dinero en esas financieras. Ahora están en la cárcel. Eso antes era imposible. La gente de poder hacía y deshacía. Yo creo que el ejemplo de mi papá, que atendía gra- tuitamente a la gente pobre, me ha ayudado a mí a en- tender muchas cosas. Me di cuenta de que nuestros privilegios se fundaban sobre la desposesión de otros. Pero había jesuítas que no querían pasar por esto, y al P. Ellacuría lo tenían como la encarnación del diablo. -¿Te comprometiste con los padres de alguna forma? -Mire, mis hijos estaban en la guerrilla. Pero en ese momento ni habían entrado. Lo que pasa es que aquí a la Universidad vino Monseñor Romero, en 1978. Un Monseñor Romero distinto del que yo conocí cuando el lío del Externado. Vino y dijo a nuestro rector de ese tiempo, el ingeniero Román Mayorga:

los niños pobres, darles un oficio

-Yo tengo la radio -dijo Monseñor-. Pero no tengo la gente para que me haga un programa bueno. Necesito un programa de noticias veraces. Y además con edito- rial y comentarios. -Bueno -le dijo Román-, yo le garantizo eso, y us- ted nos da la salida por la radio. -Y no tengan pena -dijo Monseñor-, porque todos los participantes van a ser anónimos, y yo voy a asumir la responsabilidad de ese programa. Entonces Mayorga le encargó al P. Ellacuría que or- ganizara eso. El P. Ellacuría organizó 25 catedráticos en todas las áreas de las carreras que se daban aquí, para que escribieran en respuesta a las cosas que decía la prensa. Para ampliar, aclarar o negar lo que decían los medios. Yo para entonces estaba en la Universidad, pero no de profesora, porque aún estaba estudiando. Llegó donde yo estaba y me dijo:

-Carmen, te vengo a proponer esto. Y me contó el proyecto. Le digo:

-Ay, padre, ¿me sobrestima? ¿Cómo va a creer que yo voy a escribir igual que escriben estos grandes cate-

dráticos?

-No te estoy pidiendo eso. Lo que yo te pido es que participes de otra forma. Locutora -me dijo-. O puedes

grabar el programa. O puedes llevar la cinta a la radio. -Siendo así, yo participo. -Piénsalo -me dijo-. Es peligroso. ¡Y vaya que fue peligroso! Yo fui locutora desde el principio del programa hasta que resultó que el Ejérci- to y la Guardia Nacional destruyeron la radio, la antena

-Mira, Román, los medios de comunicación aquí no es-

y

el transmisor con bombas. Entonces se nos reconoció

tán diciendo la verdad. La gente necesita que se le infor-

e

identificó a los que participaban escribiendo y a los

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me de lo que pasa Román dijo:

-Sí, es cierto.

para poder organizar la acción social.

que actuábamos de locutores. Así que la mayoría de esas personas tuvieron que salir al exilio. Eso fue una de las razones por la que me pusieron la bomba en la

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casa. Todo era porque yo tenía amigas, gente muy cer- cana que se metió públicamente en la guerrilla. En- tonces al tener yo esa posición, eso me dio una mala imagen y dijeron: «Ah, ésta es comunista, igual que to- dos». Me pusieron la bomba, me tumbaron la casa y me tuve que ir. -¿La radio era de la Universidad? -No. YSAX era radio del arzobispo. Nosotros estuvi- mos en el aire como año y medio (78-79). Y todos los editoriales y comentarios salieron publicados aquí en un libro -antes que se terminara la guerra, creo-, cuya edición se agotó y no lo han vuelto a sacar.

Iba mucho a Costa Rica

El P. Ellacuría se fue también al exilio. Quedó en Ni- caragua. Lo que pasa es que iba mucho a Costa Rica porque en Nicaragua estaban mandando los sandinis- tas, que instauraron un régimen socialista, y la gente de aquí de El Salvador no quería ir a Nicaragua, por- que al estamparle el sello de entrada en Nicaragua eso los predisponía contra las autoridades de aquí; porque decían: «El que va a Nicaragua es porque es igual que ellos». Entonces los padres no querían ir allí. Y el P. Ellacu- ría, que necesitaba reunirse con todos los que confor- maban las autoridades de esta Universidad, tenía que hacerlo en Costa Rica, para no poner en peligro su se- guridad y su vida.

Me decía: «Organízame una Junta de Directores am- pliada. Van a llegar 25 personas. Les das hospedajes, lu- gar de reuniones y transportes».

Yo orga-

nicé todo siempre. Entonces es que el Padre me tenía

confianza.

Y yo se la organizaba. Sin que me pagara

Cuando el exilio del 80

••' ; ¡

Yo salí a mediados del 80. Estando en Costa Rica instalada en un apartamentito minúsculo que tenía, re- cibí una llamada telefónica del P. Ellacuría:

-Carmen, estoy en Nicaragua (porque él primero salió para España y se estuvo con Zubiri como seis meses, y después regresó a Nicaragua para estar cerca de aquí), y tengo que ir a dar una conferencia en Costa Rica, y ade- más me han llamado para tener unas presentaciones en la televisión. Así es que yo te pido que me recibas en tu casa. -Padre -le dije-, yo no tengo espacio, fíjese que ten- go un apartamento minúsculo y no le puedo ofrecer sino un colchón en el suelo de la sala. Vayase para Lourdes, que ahí está su comunidad de Costa Rica. -Carmen, ¿tú sabías que ahí cierran la puerta con llave a las seis de la tarde, y yo tengo mis presentacio- nes en la Universidad y lo más temprano que puedo lle- gar es a las 9 de la noche? Los de Lourdes eran personas mayores y todos opues- tos al pensamiento del P. Ellacuría. -Pues véngase. Entonces llegó el padre. Y yo estaba pobrísima. -Yo le recibo con todo mi cariño, pero con muchas incomodidades. Yo le cocino, pero usted me lava los trastes -le dije. -¿Y tú crees que yo no lo hice cuando era novicio? Nos daban unas grandes ollas que teníamos que limpiar. En esa temporada se me empezó a caer aquella imagen alejada de nosotros y que hasta con temor le veíamos, cuando fue nuestro profesor en aquella Uni- versidad. Cuando yo me levantaba más temprano que él y lo miraba dormido sobre el colchón en el suelo, ahí tomó la dimensión humana. Y luego pasábamos plati- cando largas horas. Y por eso es que yo tuve confianza con él para decirle: «Yo no estoy de acuerdo con usted

en esto y en esto». Fui de las poquísimas personas que se atrevieron a decir tales cosas. Él imponía siempre su voluntad. Nunca, nunca le im- puso a él la voluntad nadie. Aquí en la Universidad él era la autoridad y él era la voluntad. Durante mucho tiempo él tenía un dicho que a mí me caía mal:

-Aquí la palabra clave es DOLICIDAD, decía. «¿Pues no es docilidad?», pensaba yo dentro de mí. Se lo dije muchas veces. Porque yo tuve mis enfren- tamientos con el P. Ellacuría.

Descontento de los salarios

-¿Recuerdas algún caso

?

-Sí. Por ejemplo, una vez, aquí había mucho des- contento por los salarios, que han sido siempre bastan- te bajos. Y entonces los padres han manejado las co- sas; pero no era porque nos estuvieran lavando el coco, sino que nosotros estamos convencidos, y yo la prime- ra lo estoy aún, de que la Universidad es una institución que ha jugado un papel importantísimo en el proceso de este país. Y que lo va a seguir teniendo, de otro mo- do, con otras dimensiones, ya no con aquellas dimen- siones espectaculares del tiempo del P. Ellacuría. Entonces, nosotros estamos aquí por mística, no por dinero. Pero todo tiene un límite, porque las necesida- des hay que cubrirlas. Y durante la época de la guerra había años en que el P. Ellacuría nos subía 25 colones, ése era todo el aumento que nos daba. De tal modo que yo me dije: «Se lo voy a devolver». Pero después me dio pena. «¿Qué me voy a pelear por eso? Mejor le voy a exponer mis puntos de vista». Enton- ces yo le fui a protestar: «¿Qué es eso?». Llegué para de- cirle que ese aumento no era suficiente, porque la infla- ción era muy alta y no alcanzaba. Y entonces me dijo:

-T ú y todos aquí en la UCA protestan porque quie - ren vivir el nivel de Miami. -Un momentito -le dije yo-. Usted está equivocado. -Mira, yo sé que las casas valen esto, los automóvi- les tanto -Le han dado datos equivocados -dije. Él me dijo:

- A mí me dan 30 colones al mes. Con eso me alcan- za y me sobra. -Mire, padre -le dije-, usted es el rey de la falacia -(Yo creo que nadie le ha dicho eso)-. No me venga con esas cosas. A usted le sobran los 30 colones, por- que tiene todas las necesidades cubiertas -Pero aun así, mira que yo ni necesito carro -Porque sobra en la Universidad quien lo vaya a traer y llevar. Siempre lo van a buscar los profesores de Filosofía. Además -le dije- doña Carmen de Zubiri le compra toda su ropa y usted es de las personas que mejor se viste en la Universidad. Mire, no me suba el sueldo, pero yo le voy a dar una lista de todo lo que necesito y la próxima vez que se vaya para Europa, se la va a entregar a doña Carmen, que me traiga mis co- sas a mí también. Yo creo que esas cosas nadie se las dijo.

No se ponga de modelo

Otra vez discutí con él sobre sus ocupaciones -Cuénteme qué hace en el día el P. Ellacuría. -Durante la mañana he hecho unos cuatro o cinco esquemas de artículos; ya en la tarde yo reviso mis no- tas de clase, doy mis clases, concedo entrevistas, cura de personas Entonces le dije:

-Mire, padre, un momentito. Antes de que me lo di- ga usted, se lo voy a decir yo: no se atreva a ponerse

de modelo ante nosotros. Porque usted, además de

que tiene una inteligencia privilegiada, se la ha cultiva- do en las mejores universidades del mundo, sin ningu- na pena en este mundo; porque usted nunca ha sabido lo que es tener un hijo enfermo, desvelarse toda la no-

che, esperar el autobús para ir a trabajar

ductividad va a tener uno después que no ha dormido en toda la noche?

Así como tuve confianza, también tuve momentos de gran distancia. Uno de esos momentos fue con res- pecto al P. Amando. Yo me peleé con el P. Amando, por- que no se quiso enfrentar con el P. Ellacuría en una cuestión que era bastante importante para mí. Ésa no la toco.

¿Qué pro-

El P. Amando sabía que yo tenía razón. Y lo que me

daba más dolor cuando lo mataron fue que en ese mo- mento yo estaba bastante distanciada de Amando, tan querido de todos por su bondad.

Con círculos de poder

Él era una persona difícil. A mí, por principio, no me

gusta andar en los círculos de poder. Tanto que el P. Mon- tes me vino a decir:

-¿Por qué tú ya no nos invitas a tu casa? -Porque ustedes se han hecho demasiado importan- tes -le dije-. No como antes. Así que les inviten los que les encanta andar con rectores y decanos.

Y me arrepentí, porque hubiera podido invitar al

P. Montes, que era tan bueno y lo quería yo tanto. Pero ya no lo volví a invitar, te cuento.

Y al P. Ellacuría lo mismo. Eso de que haya un mon- tón de gente entre las autoridades para ver qué logra, lo repelo totalmente. Y para que no hubiera ni el más leve pensamiento de que yo obraba por interés, no me

les acercaba. Así pasé los últimos años totalmente dis- tanciada de las autoridades. ¿Qué le estaba contando?

-No tienes muchos pelos en la lengua -Así es, y eso me ha traído problemas algunas ve- ces. Porque se le podía hablar al P. Ellacuría y decirle las cosas en privado, como se las dije yo. Pero en público jamás. Estábamos en un seminario de todos los profe- sores, y un hijo le dice:

-Yo no estoy de acuerdo con usted, por esto y por esto. ¡Aah! Era pecado mortal aquí en la UCA. -¿No se podía discrepar?

Nadie se le podía

enfrentar. Era una aplanadora. En privado, sí. -Eso es una dictadura. -Lo era. Bueno, una dictablanda, digo yo. Porque no teníamos pena de muerte, ni represión que pusiera en peligro nada -Pero parece una contradicción. Porque )a Univer- sidad estaba tratando de crear unas condiciones de diálogo -Nosotros tenemos un dicho que dice: «Candil de la calle, oscuridad en casa». Un poco así era la UCA. No- sotros con nuestros salarios pequeños sostuvimos la Universidad durante toda la guerra. ¡Por mística! Yo le decía al P. Ellacuría: -«Padre, que de mística no se co- me. Usted tiene que caer en la cuenta en eso». Ahí discrepábamos siempre. Él tenía gente muy cerca- na que le decía ¡amén! a todo. Es lo que a él le gustaba.

-No, no, con el P. Ellacuría, no

Me dio trabajo y me apoyó siempre

Pero yo creo que el Padre a mí me respetaba. Por- que quiso que yo me viniera para acá. Me dio trabajo y me apoyó siempre:

-Yo sé -m e dijo-, que vas a ser una buena profesora. Lástima que empezaste tan tarde tu carrera académica.

Yo empecé a estudiar mi carrera de 43 años. Y le dije:

-¿Qué quiere decir con eso de que empecé tarde

-Bueno, mira, a la edad a que has empezado, no puedes llegar muy lejos. No puedes llegar a tener un doctorado. Vas a tener una maestría -Pero yo he hecho cosas que usted no ha hecho -le dije. -¿Como qué? -Como tener hijos. -Bueno, yo tengo hijos intelectuales. -No es lo mismo. Así que nosotros siempre teníamos ese tipo de dis- cusiones. Un día estábamos hablando de un jesuíta que no había hecho su tesis. Y me dijo:

?

-Éste nunca la va a hacer. -¿Por qué? -le dije-. No diga eso. Yo lo conozco y sé Jo capaz que es. -iQué sabes tú! -Pero mire, padre, si yo hice mi tesis ¿no la va a ha- cer este señor? -Es que tú tienes agallas -me dijo. Fue un reconocimiento que me dio. Es la única vez que me ha dicho una cosa así.

Difícil tener confianza con Ellacuría

Personalmente era austero. De pocas cosas. Escru- puloso con el dinero. Cuando viajaba al exterior no se distraía en cosas ajenas al motivo principal de su viaje. Sigue Carmen Castro:

-Era muy difícil querer al P. Ellacuría, te cuento. Era bastante distanciante. Hubo gente muy cercana a él, hu- bo gente que lo quiso mucho, pero era difícil tener confian-

za. Cuando yo terminé mi tesis (porque yo me fui al exilio sin hacer la tesis) a mí me pasaron muchas cosas. Me ma- taron a mi hijo. Estuve en el exilio sin trabajo. Pero el P. Luis Achaerandio me mandó una carta diciendo: «Deci- de si haces la tesis, o te quedas fuera». Entonces, a pesar de todas las dificultades, tuve que hacer mi tesis. Cuando la vine a defender ya tenía 5 años de vivir en el exilio. Y cuando ya terminé el examen, en el 85, Ellacuría me dijo:

-Bueno, Carmen, ahora que tienes tu título, ya te puedo ofrecer trabajo. Quiero que regreses a la UCA, porque yo quiero recuperar a toda mi gente.

Hablaba con todos

El P. Ellacuría decía: «Yo hablo con todos. Vienen los militares, yo hablo con los militares. Vienen los de la oli- garquía, yo hablo con los de la oligarquía. Vienen los de la guerrilla,, yo hablo con los de la guerrilla». Y la visión del Padre sobre los asuntos era distinta de la que tenía la gue- rrilla. Él quería que se acabara la guerra por vía de diálo- go. La primera vez que se habló de diálogo aquí en la UCA nos cayó una bomba. Y el primero que habló de diálogo fue el P. Ellacuría. Ni siquiera negociación, él sólo dijo diá- logo. Hay que hablar. Y después que mencionó la palabra diálogo, Monseñor Rivera y Damas y otros sacerdotes ha- blaron también de diálogo. En ese momento esa palabra era subversión. Y nos echaron una bomba efecto de eso.

Nota al margen. Políticos independientes expresaron con posterioridad el mismo punto de vista: «Nunca creí que el conflicto salvadoreño pudiera resolverse por las ar- mas, nunca, ni de una parte ni de otra. Siempre pensé que la única salida del conflicto era el diálogo y la cons- trucción de la paz» (Felipe González de visita en la UCA).

De su pensamiento político

-El P. Ellacuría tenía como referentes a Nicaragua y Cuba como posible salida a lo de El Salvador. ¿No era en eso idealista? -Yo lo que creo es que en un primer momento pudo tener esa visión. Lo que sí tengo clarísimo es que él de- cía que lo primero que había que hacer para dar solu- ción a este país era arreglar la realidad. Porque decía:

«A mí me llaman subversivo - y se reía mucho-. ¡Si aquí la que es subversiva es la realidad! Una vez que uno la conoce, tiene que pensar en formas para solucio- nar los problemas. No se puede consentir cuando la gente tiene hambre, no tiene donde vivir, ni tiene acce- so ia nada! Ni a salud, ni a educación, ni a cultura». Previo a todos esos pensamientos de cuál era la sa- lida para este país, él lo que proponía es que le diéra- mos a la gente lo que era necesario. Si él tuvo en su pensamiento el referente de Cuba y de Nicaragua, que los tuvo que haber tenido, su pensamiento fue evolu- cionando con el tiempo. Porque el P. Ellacuría no estaría diciendo en este momento lo que dijo antes. ¿Por qué? Porque él analizaba la realidad a diario. Él leía la pren- sa, oía los noticieros de televisión y, sobre esa base, él iba construyendo. Y, de repente, cada cierto tiempo, sa- caba sus artículos, tan creativos y tan iluminadores, de por dónde teníamos que salir. Entonces, yo creo que si él tuvo en su pensamiento esa forma de organización, será como una utopía que podría realizarse, pero no en el tiempo presente. En lo que estaba y lo que creía, yo se lo oí muchas vaces, era tratar de crear una tercera vía. No la vía de la guerra ni la vía que tenían los oligar- cas de aprovecharse de las personas para tener el po- der y la riqueza que tenían, sino que se vieran unos y otros para tener una tercera vía en donde crear una cla- se media grande y, llegado el momento, esta clase me-

dia fuera un interlocutor válido a los interlocutores tra- dicionales de este país. Si la clase media, como tercera vía, tenía voz en las cosas de este país, las soluciones ya no irían por las vías tradicionales. Es lo que yo re- cuerdo del pensamiento del P. Ellacuría.

Todos fueron evolucionando

-El mismo P. Sobrino lo dice en un vídeo: «Cuando

nosotros vinimos aquí llegamos con la idea de convertir

a las personas que había en El Salvador en buenos cris-

Porque los de pri-

mera categoría éramos nosotros, los europeos. Cuando

vinimos aquí de novicios y fuimos a hacer las peregrina- ciones que nos mandaban, nos dimos cuenta de cómo vivía la gente. Poco a poco nos fuimos dando cuenta de

la estructura que había en este país. Vimos que esa es-

tructura tenía una raíz de injusticia, de pecado, que era

la que había que quitar. Y entonces ya nosotros vimos

que el objetivo con el que habíamos venido aquí ya no era válido. Teníamos que tener un objetivo nuevo que partiera de esta realidad».

Y así fue como a mí me formaron -concluye Carmen Castro-, porque yo tuve a todos ellos como formado- res. Fui de la generación privilegiada. -También los formaste un poquito -Nunca diría yo eso.

tianos. Pero de segunda categoría

La UCA fue su pasión

En las cosas de la Compañía de Jesús así como en las de la UCA y en sus análisis políticos siempre tuvo un cri- terio muy propio, de tal manera que su visión era abso- lutamente personal y original. Era tremendamente dia-

léctico. Por eso molestó por igual a los gobiernos de tur- no, a los militares, a la embajada norteamericana, a la oligarquía, y también al FMLN. Lo primero quizá no sor- prenda, pero lo segundo era igualmente cierto. Él no se- guía la línea de nadie, decía claramente lo que pensaba y no se plegaba más que ante los datos de la realidad. Só- lo abandonaba sus posiciones cuando los argumentos opuestos eran completamente evidentes. En sus plante- amientos nunca faltaba el dato. Estaba al tanto de los avances científicos, de las estadísticas salvadoreñas y de la humanidad. Para convencerlo había que sostener las afirmaciones con datos y si se tenían se le podía conven- cer fácilmente. Cuando discutía o estaba molesto, los án- gulos de su cara se afilaban, especialmente su nariz. La prioridad del dato lo llevó a fundar el Instituto Universi- tario de la Opinión Pública, junto con Ignacio Martín Ba- ró. Solamente se podía hablar en nombre del pueblo cuantificando su opinión. No precipitaba sus juicios, siempre esperaba el curso de las cosas antes de tomar una postura. Por ejemplo, se opuso a atacar de inmediato a los gobiernos de Duarte y Cristiani. Cuando Duarte no cumplió, lo atacó fuertemen- te, desenmascarando su fachada democrática. Con el go- bierno del presidente Cristiani le faltó tiempo.

ECA

La necesidad de proyectar eficazmente la Universidad en la sociedad lo llevó a buscar un órgano para difundir la verdad investigada en la UCA y para denunciar las injusti - cias. Entonces hizo que la UCA asumiera la dirección de la revista ECA: Estudios Centroamericanos. El primer núme-

ro de esta nueva época de ECA fue dedicado a analizar las causas y consecuencias de la guerra con Honduras. En es- ta edición se desenmascararon las causas verdaderas del conflicto al demostrar que la raíz del problema estaba en la injusta tenencia de la tierra. Repitió esta denuncia en el Congreso sobre Reforma Agraria organizado por la Asam- blea Nacional en 1970. A partir de esta edición, ECA ha sido el principal y más constante órgano de difusión del pensamiento crítico de la Universidad y la cátedra más importante del P. Ellacuría. La larga lista de editoriales, artículos, y comentarios polí- ticos, filosóficos, culturales, muestra su intensa actividad. Bajo su dirección, ECA se convirtió en la revista más auto- rizada sobre la realidad del país, la materia más impor- tante de la Universidad para él. Después promovió la pu- blicación de revistas especializadas y la editorial. Para todo esto la UCA estableció su propia imprenta . En el mo - mento de su muerte , la UCA tiene nueve revistas y una editorial , UCA Editores, reconocida como una de las más prestigiosas de Centroamérica. Con todo, no estaba satis- fecho. Uno de sus últimos proyectos era contar con una radio universitaria para aumentar la proyección de la UCA. Cuando Monseñor Romero fue arzobispo de San Salvador tuvo una pequeña experiencia con el noticiero de la YSAX, en el cual se leían los comentarios escritos por él y por otros colaboradores de la UCA. En 1974, siendo rector el ingeniero Román Mayorga, la Universidad optó claramente por la liberación, «el sentido último de la universidad y lo que es en su reali- dad total debe mensurarse desde el criterio de su inci- dencia en la realidad histórica, en la que se da y a la que sirve. Debe mensurarse, portante, desde un criterio po- lítico» correctamente entendido, escribió el P. Ellacuría

en la presentación del número de ECA dedicado a cele- brar los diez años de la UCA. La UCA fue su vida y su pasión. En buena medida hizo

de la UCA una universidad de renombre internacional. Fiel

a su vocación de buscar siempre el más, no se contentó

con algunos logros. Creía que la UCA ya había dado de sí

a nivel de licenciatura. Ahora quería dar otro paso más, el

de las maestrías y los doctorados. De esta forma pensaba elevar el nivel académico de la educación superior y del país. Desde la rectoría había comenzado a promover los programas de maestría. A las de Teología y Administra- ción de Empresas quería añadir las de Ingeniería, Cien- cias Políticas y Sociología, y el doctorado en Filosofía. En eso estaba trabajando cuando lo asesinaron.

El papel de la Universidad

Dice Jon Cortina:

-Él tenía verdadera obsesión por ser conciencia críti- ca en el país. Y ése era como el eje central de su activi-

dad y de su vida. Era un hombre duro. Él admiraba el trabajo, era un trabajador a todo dar. Y si él veía que la

, abierto. Si veía que la gente era un poco vividora, enton- ces era durísimo. Con él aquí, viviendo ya juntos de pro- fesores, jugamos en un equipo de fútbol en la UCA, y le molestaba perder. Cuando veía que íbamos ganando, gritaba y empujaba, te llamaba malo, si es que fallabas un balón; y lo mismo cuando jugábamos frontón. Mon- tes y yo hacíamos pareja contra Amando y Ellacuría.

él era entonces un hombre amplio,

gente trabajaba

-¿Qué es para ti la UCA

?

-Yo estoy en la UCA, pero también tengo una parro- quia en Chalatenango. Los jueve s me voy de la UCA pa-

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ra meterme en el campo. Son dos mundos aparte, se- ría muy hermoso poderlos traer y acercar. Yo he hecho intentos, pero dados los contenidos que yo doy en In - geniería, casi pura matemática, cuesta un poquito. Sin embargo siempre se hacen comentarios sobre el tipo de obra que se hace, el malgasto de dinero y cómo eso no repercute en las comunidades rurales.

Creo que la UCA tiene un papel importante dentro de

la

sociedad salvadoreña. En estos países no desarrollados

la

Facultad de Ingeniería puede tener un trabajo muy im-

portante, pues la ingeniería tiene que incidir fuertemente en el desarrollo. Otra cosa es si nosotros sabemos hacer-

la rendir adecuadamente dentro de la función que debe

tener, o si sabemos darle la función que debe tener o es- tamos pensando en una ingeniería del Primer Mundo. Y el problema es que si quieres sacar ingenieros, no te los van a recibir si tienen una formación inferior a la que puedan dar otras universidades. Muchos de ellos

quieren seguir estudios en otro lugar y necesitan un cu- rriculum apto para ser aceptados en otras universida- des de fuera del país. A través de trabajos sociales, se intenta llevar a los ingenieros al campo. Creo que cualquier tipo de forma- ción técnica, cuanto más elevada sea, les va a permitir hacer más cosas en los campos menos desarrollados. La realidad me va convenciendo, contra mis propios de- seos, de que un curriculum teórico fuerte, a niveles de países más desarrollados que el nuestro, puede permi- tir a nuestros alumnos tener conocimientos para poder luego pensar, diseñar y hacer, y aplicar metodologías a países más subdesarrollados. Lo que ocurre es que las empresas que contratan a estos ingenieros son gente de Primer Mundo, con méto- dos y materiales de Primer Mundo; lo cual incide en que

a los muchachos se les compra su inteligencia, se les

compra su conciencia y, aunque tal vez ellos no quieran

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ceder en un primer momento, acaban cediendo. Y eso

te lleva a veces a momentos de frustración; porque los muchachos que serían capaces de desarrollar técnicas

nuevas

-¿Cómo lo plantearía Ellacuría desde su teoría de la Realidad Nacional? -Se planteaba el problema, por supuesto, pero creo que nunca le encontró la solución. Él iba por la línea de una formación teórico-práctica fuerte, para poder des- pués aplicarla a las distintas situaciones del país. -La estructura física de esta Universidad hace esa síntesis -Se ha pretendido que sean lugares agradables y lim- pios, tanto para el estudiante como para el profesor; y que el trabajo de proyección social sea trabajo de la Uni- versidad entera, de anuncio de los valores y de denuncia de los antivalores del Reino. Lo que Ellacuría decía de que la Universidad tenía que ser conciencia crítica de la socie- dad salvadoreña, es una buena formulación; el punto es- tá en qué hacemos y cómo lo logramos. Considerando el número de los que trabajamos en la Universidad, es muy difícil tener contacto con la gente más pobre y marginada. Lo cual da lugar a crítica: «¿Có- mo hablan de los pobres, si no ven a los pobres?». Para muchos la experiencia de los pobres es una experiencia vicaria, porque no la han tenido directamente. -Estas imágenes de los mártires ¿han calado en el personal de la Universidad? -En algunos sí cala. En ese sentido, sí merece la pe- na que la Universidad exista.

se van.

Dimensión pública

Con la transformación agraria en 1976, la figura de Ellacuría comenzó a adquirir dimensión pública. A partir

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de ese momento, siempre estuvo presente en las grandes crisis del país con sus agudos y críticos análisis. La UCA apoyó el plan del gobierno del presidente Molina porque consideró que beneficiaría a las mayorías populares y ata- có a la oligarquía terrateniente. Cuando el presidente Mo- lina retrocedió y cedió ante la presión de aquélla, enton- ces el P. Ellacuría escribió un famoso editorial de ECA, «¡A sus órdenes, mi capital!» (1976, n. 337, p. 637-643). Es- te editorial le costó a la UCA el subsidio del Gobierno y cinco bombas. Ésa no fue la primera vez que la proyec- ción social de la UCA molestaba al gobierno de turno . An - tes hubo dos publicaciones, el estudio sobre la huelga de ANDES y el de las elecciones de 1972, que también le costaron el subsidio. Sin embargo, el presidente Molina fue quien le dio la nacionalización. El P. Ellacuría salió del país en 1976, como lo hacía to- dos los años para trabajar con Zubiri en Madrid. Estando fuera, ese año se inició la primera persecución religiosa con el asesinato del P. Rutilio Grande, el doce de marzo de 1977. En esos meses, la Unión Guerrera Blanca ordenó a todos los jesuítas salir del país, de lo contrario los asesi- naría a todos. Ninguno salió, pero el P. Ellacuría no pudo regresar hasta agosto de 1978. Un año después, la UCA y el mismo P. Ellacuría apoya- ron el golpe de Estado de 1979 y la primera Junta de Go- bierno. Después del fracaso de esta junta se desató la violencia. En marzo de 1980 cayó Mons. Romero. En una de las residencias universitarias y en la UCA estallaron va - rias bombas. La residencia universitaria fue dinamitada varias veces en menos de 48 horas. Finales de 1980, el P. Ellacuría salió del país bajo la protección de la embaja- da española porque le avisaron que en una reunión de co- mandantes se había discutido una lista de personalidades

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que serían asesinadas, y entre ellas estaba él. Estuvo va- rios meses en Madrid trabajando.

El pueblo crucificado, signo de los tiempos

Estando en Madrid en exilio, en 1981, el P. Ellacuría escribió:

Nuestro tiempo está lleno de signos a través de los cuales se hace presente el Dios que salva la historia. El problema está en discernirlos, en llegar a saber qué dice Dios a través de ellos y cómo debemos responder los hombres a esa voluntad de Dios apuntada a través de signos. Porque a esos signos nos referimos cuando ha- blamos de signos de los tiempos. Son signos tempora- les, históricos, de modo que a través de ellos, a través de su opaca transparencia, se nos hace presente el Dios histórico, el Dios que es Dios más de vivos que de muer- tos, más de las personas que de las cosas, más del acontecer histórico que del curso natural. Los muertos, las cosas y la naturaleza apenas tienen novedad, o su novedad es, en definitiva, una novedad lenta y ya pre- determinada. Constituyen, si se quiere, un signo perma- nente, un signo natural pero no un signo de los tiempos. Es en las cosas que pasan, es en la historia donde el Dios de los vivos y el Dios de lo nuevo se hace presente como señor que quiere ser de la historia.

Pero entre tantos signos como siempre se dan, unos llamativos y otros apenas perceptibles, hay en cada tiempo uno que es el principal, a cuya luz deben discer- nirse e interpretarse todos los demás. Ese signo es siempre el pueblo históricamente crucificado, que jun- ta a su permanencia la siempre distinta forma histórica de su crucifixión. Ese pueblo crucificado es la continua- ción histórica del siervo de Yahvé, al que el pecado del

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mundo sigue quitándole toda figura humana, al que los poderosos de ese mundo siguen despojando de todo, le siguen arrebatando hasta la vida, sobre todo la vida.

Con Monseñor Romero

En el despacho del P. Tojeira, sucesor de Ellacuría en el rectorado de la UCA, le hicimos la pregunta:

-Se dice que Ellacuría participó en algunas de las cartas pastorales o decisiones de Monseñor Romero. ¿Cómo fue? -Ellacuría era uno de los varios a los que Monseñor Romero escuchaba. Ahí ha habido mucha literatura de todo tipo, que he podido recoger oyendo a gente que estuvo cerca de Monseñor Romero. Monseñor mantuvo siempre una gran libertad personal. No estaba pegado a nadie ni a nada. Estaba apegado al Evangelio, a la pa- labra de Dios, a su propia intimidad con Cristo, y a su gran solidaridad y gran capacidad de ver en los que su- frían en este mundo el rostro de Jesús. Creo que en eso era un hombre profundamente ejemplar. Evidentemente hablaba con mucha gente, y uno de ellos -no con el que más, ciertamente- era Ellacuría. Si uno lee los escritos del diario de Monseñor Romero, aparece que, a nivel de clero, a los que llama en los momentos más tensos, por ejemplo, cuando los milita- res se acercan a él para hablar de un posible golpe de Estado por el Ejército, él a los que llama son al P. Estra- da y a Monseñor Urioste, que era entonces su vicario general. Tengo la impresión de que estas dos personas esta- ban afectivamente más próximas a Monseñor Romero, dentro del clero, que las demás que aparecen también en relación con Monseñor. Claro, todo el que habla de

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su relación con M.R. habla con una gran emoción y fuerza, de modo que al oírles da la impresión de que fueran amigos íntimos de Monseñor. Lo cual habla en bien de M.R., de quien habla todo el mundo como si fuera su mejor amigo. Pero viendo objetivamente los escritos de M.R., los que aparecen con más fuerza son éstos dos que te mencionaba. Ellacuría en algunas homilías, como hombre suma- mente inteligente, habrá tenido su influencia en aportar algunas ideas. No iba a todas las reuniones preparato- rias de las homilías, habiendo un grupo que se reunía habitualmente los sábados o los viernes para tratar el tema que debía desarrollarse en la homilía del domin- go. Ellacuría yo creo que habrá influido en la medida en que era un hombre cuya opinión pesaba y se escucha- ba ordinariamente con gusto. Y en alguna carta tam- bién, especialmente en la carta sobre el tema de las idolatrías, creo que es la última carta de M.R., en ésta sí creo que algunas de las ideas fueron apoyadas o apor- tadas por Ellacuría.

En esto Jon Sobrino llega a ser algo más concreto:

Lo importante, más que la lista que se puede hacer de gente o de jesuítas que trabajaban con Monseñor, es el presupuesto de que Mons. Romero contaba incondi- cionalmente con nosotros. Había varios tipos de reuniones. Cuando Mons. Ro- mero quería escribir alguna carta pastoral más explíci- tamente teológica, me decía su idea y yo procuraba ponerla por escrito, tratando de representar su mente. Él recogía aquello, cosa que conmigo se dio un par de veces. Más complejo era cuando quería escribir sobre la Iglesia en el país, sobre todo, en la tercera y la cuarta carta pastoral. La pobreza, la represión, la guerra, la

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política, la violencia, las asociaciones populares, todo. Solía juntar un grupo de quince hasta veinte personas, invitadas al desayuno. Allí gente que analizaba la vida política, no jesuítas, además de algún sacerdote dioce- sano, y luego jesuítas. Solíamos estar cuatro o cinco, dependiendo de las cosas. Y se hablaba entre todos. Monseñor decía: «¿Por qué no hacemos con esto la es- tructura de una Carta Pastoral?». Y eso normalmente lo hacían los jesuítas, por razón de más hábito y costumbre y cierta capacidad. Lo veía Monseñor, lo discutíamos todos, y luego pedía desarro- llar cada una de las partes a unos o a otros. Y al final decidía él. Pero no sólo en el sentido obvio de que a él le tocaba firmar, sino que cosas que no veía claras las preguntaba, explicitaba, ponía. Pero para mí lo más importante es el presupuesto de este trabajo en colaboración: entre todos, incluido

vamos a escribir un texto

, que haga el bien a la gente, que recoja los sentimientos de la gente y dé respuesta a sus preguntas. En la tercera carta pastoral, por ejemplo, se añadió un anexo de unas cien páginas, sobre la situación en

Y antes de la cuarta car-

que estamos: política, militar

ta se hizo una encuesta. No sé a quién se le ocurrió la idea, pero fue más o menos así:

-Monseñor, ¿y qué pensará la gente de esto si no contamos con ella? Hay que preguntar

encuesta.

Y así se hizo. A mí me tocó tabularla, en el sentido

de interpretar un poco. Eran preguntas como ésta a la gente: «¿Qué es para usted pecado? ¿Cuál es el mayor pecado del país?». Cosas muy reales, muy hondas, re-

Y otras de esta espe-

cie: «¿Qué piensa usted de la Conferencia Episcopal? ¿Qué piensa usted del Sr. Nuncio? ¿Qué piensa usted de su Arzobispo?».

Mons. Rivera, el auxiliar

-Ah, muy bien -dijo- , vamos a hacer una

ligiosas, en la línea de la justicia

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Pero no como en un alarde de democracia formal, si- no como lo obvio; como quien dice: «esto es de todos». Había con Monseñor, en su casa, otro tipo de reunio- nes, que eran más privadas y eso dependía de las co- yunturas. Por ejemplo, cuando el golpe de Estado de octubre del 79, Monseñor hablaría con diversa gente, y entre otros con un Ellacuría, con el P. Jerez, el provincial de entonces; gente que además de ser cristianos o re- ligiosos, tenían buen olfato político. También había reuniones de emergencia: que si han

matado a uno, posiblemente a un sacerdote

, ces Mons. Romero invitaba a cinco o seis a la hora de su desayuno y buscaba opiniones sobre lo que íbamos a hacer. Ellacuría fue importante, cómo no. Después de las últimas homilías, sobre todo la última que yo recuerde, Monseñor solía ir a una conferencia de prensa acompa- ñado de Ellacuría y no sé si de Montes.

y enton-

Dios pasó por El Salvador

-Ver que compatibiliza con algo tan concreto como el proceder de Monseñor Romero, aclara mucho a la fi- gura de Ellacuría. -Sí, sin duda. Yo creo que tenían algo en común, al-

go muy hondamente en común. Y es que lo último no eran ellos, sino la gente. Puede parecer una tontería, pero no es así. Pero sí creo que Ellacuría encontró en Monseñor Ro- mero algo de orden distinto. He citado muchas veces

una frase muy importante

A los tres o cuatro días de

la muerte de Romero tuvimos una Misa en la UCA, y él la dijo porque ya era rector, y ahí dijo la frase:

CON MONSEÑOR ROMERO, DIOS PASÓ POR EL SALVADOR.

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No es una frase estudiada

Para mí, en caliente y allí

«¿Qué digo yo de Romero? En él he visto yo a Dios».

Por eso le doy yo tanta importancia. Lo cual no qui-

Y en ese

sentido hondo, hondo, Ellacuría fue obviamente humil- de. A este nivel de la realidad. También a Arrupe le admiraba. Con Arrupe tuvimos muchos pleitos durante una tem- porada. Y Arrupe ideológicamente a veces tenía ideas muy distintas de las nuestras y las de él. Pero veía en Arrupe esa cosa honda de bondad total. Y eso no se dis- cute como se discuten otras cosas. Ellacuría cuando cap- taba eso no era adulador.

ta que hay que estudiar a Zubiri y a Marx

Había otras personas (no digo nombres, ya que an- dan por aquí) cuya bondad le impactó, le configuró. Era

Le captó la bondad

amigo, se mostraba más cercano

de ciertas gentes. Nunca llegó a expresarlo en forma

meliflua espiritualista. Pero uno lo veía.

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El Rector

Rosario de Guevara acompañó al P. Ellacuría como se- cretaria particular durante diez años, los últimos de la vi- da del mártir. Sus evocaciones son preciosas para com- pletar la figura del rector en el día a día de su trabajo.

-Venía muy temprano, antes de las siete de la ma- ñana. Era muy madrugador. -¿Tú tenías que estar para esa hora aquí? -Eso hubiera sido lo ideal, pero como yo vivía un po- quito lejos, él quería que estuviéramos acá a las 7.30. Pero en punto. Porque él exigía; así como él cumplía, exigía también. Era muy estricto, en cuanto a eso y en cuanto a mu - chas cosas más. Porque él decía que nosotros, en cuanto a jerarquía de puestos de la Universidad, estábamos arriba, y tenía- mos que ser ejemplo. Nos insistía mucho en el ejemplo que teníamos que dar a los demás. Quería que fuése- mos como él, y era un poco difícil cumplirlo. -Ejemplo ¿de qué? -De vida, de trabajo, de responsabilidad. -¿Qué tipo de cosas te encargaba? -Llegando por la mañana, el P. Ellacuría se intere- saba primero por conocer las noticias del mundo. Te- nía radiecito, que agarraba muchas ondas y ahí oía sus noticias, y luego le pasábamos los periódicos, pa- ra conocer, como decía, la realidad del país. Y también le pasábamos los télex, del teletipo que teníamos aquí instalado. Entonces no había todavía fax. Eso lo reco- gía mi compañero, que es el ordenanza, junto con la correspondencia y se lo pasaba tempranito. Él era un

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analista político y tenía que estar muy bien enterado de lo que estaba pasando. Cuando acababa de leer sus noticias, entraba su asistente. Con él yo entiendo que trataba cosas más propias de la Universidad, y también del país, porque él vivía muy preocupado por las cuestiones del país. Luego entraba yo y me añadía cosas de mecanogra- fía, «pásame esta cartita» o «méteme este documen-

to», lo que él había escrito en borrador en su propia má- quina. Fue una cosa que a mí me impresionó de él, cuando empecé a ser su secretaria. Porque yo, en la ex- periencia que había tenido anteriormente, trabajaba con

Pero el Padre escribía en su

jefes que escribían a mano

máquina, lo leía y en paz. Era como quien escribe un li - bro. Entonces este trabajo yo se lo hacía a limpio. Cuan- do escribía de sus cosas de filosofía, yo no le entendía; entonces a mí me molestaba que yo escribía cosas que no entendía, porque son cosas muy difíciles, muy pro-

fundas. Francamente, las escribía mecánicamente. Él buscaba todos los dias tiempo para escribir. Eso era sagrado, no se le tocaba; porque si no, se enojaba. Sí, se enfadaba muchísimo.

-¿Qué te decía?

-Sólo miraba y eso quería decir «¿Qué pasa?, estoy ocupado, estoy escribiendo». Ya sabíamos que en de- terminada hora se respetaba. Porque era de un carác- ter que se irritaba, pero se contenía, porque él era muy recto. No era una persona que empezara a gritar o le fuera a tratar mal a una, pero una ya entendía en su rostro que estaba enojado cuando algo le molestaba. Y se irritaba mucho cuando las cosas del país andaban peor; cuando había problemas más serios en el país, cosas de la guerrilla, de la guerra que pasamos aquí. Yo sentía que eso le afectaba en nuestro trato diario. -¿Llegó a utilizar la computadora? -Sí llegó a utilizarla.

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A media mañana se le servía su tecito o manzanilla. Seguidamente solía bajar, porque era muy, muy metó-

dico. Salía y, a pesar de la seriedad que todo el mundo

, nocer quién era él. Era muy, muy humano. Él vivía pendiente de noso- tros, preguntando: «¿Qué tal están los de casa? ¿Los

hijos? ¿Cómo estás económicamente?». Todo eso lo ha- cía a pesar de que era un hombre sumamente ocupado,

a pesar de que su pensamiento siempre estaba en el

país, porque yo sé que él pensaba mucho en los demás. Pero siempre pensaba también en los que tenía cerca. Era sumamente exigente con los escritos; se iba una coma y ardía Troya. Pero al mismo tiempo era muy bro- mista. Con nosotros bromeaba. Cuando había habido roces en el trabajo, salía y decía alguna bromita. Ahora que no está, yo comprendo qué era lo que él quería de nosotros. Y es que hasta que el tiempo pasa, no alcanzamos a comprender lo que las personas quie- ren de uno. Yo discutía mucho con él.

Tenía una gran virtud: él le daba a uno la oportuni- dad de ser uno mismo. Yo ahora lo comprendo. Cuando me decía: «Te casaste, te arruinaste», yo no

le entendía de momento. Ahora comprendo lo que me de-

cía: tienes que estudiar, tienes que formarte, tienes que

desarrollar tu inteligencia, así vas a poder dar más a los demás. Porque él así era, vivía en constante preparación. Pero yo discutía con él: «Es que usted no sabe, le de-

cía. Él no sabe los compromisos que yo tengo

yo tuve la dicha de estar cerca de él y co-

veía en él

», pensa-

ba entre mí. Ahora digo: «Dios mío, icón el P. Ellacuría yo discu- tía de esa manera!». Por eso digo que él le permitía a uno ser uno mismo. En cierta ocasión, discutíamos, y yo le dije: «Ay, Pa- dre, será que usted siempre tiene la razón».

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Porque yo quería darle mi punto de vista, y él me decía que no era así. Entonces me dijo:

-Ven para acá, siéntate. Mira, niña -me dijo-, ubíca- te. Aquí no estás en la empresa privada. Tú me has di- cho algunas cosas en que tienes razón y yo te las he aceptado. Y creo que es importante decir que me aceptaba co- mo yo era. Cuando había habido alguna discusión y yo salía bien enojada, todavía salía él y me decía:

-Está enojada la princesa. Son cosas bien interesantes para los que vivimos

con él y tuvimos la gran bendición de conocerlo tan de cerca; porque no todos tuvieron la oportunidad de te- ner esa relación con él y saber que era tan bromista, tan humano, que vivía pendiente de todo, a pesar de que llevaba en la cabeza tantas cosas. -Una secretaria, en tu caso, hacía un poquito la fun- ción de enderezarle las cosas. -Yo entiendo que sí, pero le voy a decir: yo trabajé antes en otra universidad y llevé una vida como más

Yo empecé de

secretaria del rector de la UCA de 23 años. Entre los 18

sometida. Mi carácter no lo podía sacar

do nosotros nos enfermábamos, como que uno tiene que ser de hierro y no se tiene que enfermar. Él se ayu- daba mentalmente y era lo que él nos decía a nosotros:

que hay que ayudarse mentalmente, pues. Hacia frontón, en Santa Tecla con el P. Amando, con el P. Montes, con el P. Nacho. Eso era sagrado. Todos los miércoles a las 11 de la mañana. Y algunas veces los sábados. A pesar de que él era muy riguroso con su tiempo, ese tiempo también era muy importante, a esa hora nunca poníamos a nadie. Él era muy orgulloso con su deporte. Se sentía muy orgulloso de que era muy fuerte. Y realmente sí lo era. Entiendo que en su tiempo fue futbolista. Eso nos con-

taba, y cuando eran los mundiales de fútbol, ahí sí rompía un poquito lo de las horas. Porque se iba a ver los parti- dos, caso muy raro en él, pues era un hombre de entre- ga. Pero eso a él le gustaba mucho y de perdidos al río.

-¿Has conservado papeles de

él

?

-Una tarjetita que nos mandó en una ocasión de Ro- ma. Por cierto, alguien comentó que se estaba haciendo viejo, porque ya nos estaba mandando tarjetas. Nunca mandaba tarjetas cuando salía. En esa ocasión mandó

y

los 23 años estuve en la Universidad de El Salvador,

una tarjetita para todas, y yo tuve la suerte de quedar-

no alcancé a ser lo que fui con él. Entonces digo que

yo, a la par de él, saqué ser más verdaderamente lo que yo era. -¿Celebraban sus cumpleaños, el de ustedes y el de él? -Celebrábamos los cumpleaños de todos. Nos reunía-

y

me con ella. Otra tarjetita me la dio en una ocasión y me puso di- nero. Es que a veces había mucho trabajo y yo sin de- cir nada me quedaba, pues no me gustaba quedar mal con él, porque sabía que la exigencia era grande. Y yo

mos en determinada hora aquí en el edificio, partíamos

pensaba que él no se daba cuenta

Pero cuando Cris-

un pastel, tomábamos gaseosa, aquí en la sala de juntas de directores. En los últimos tiempos luchamos un poqui- to con él porque ya no quería celebrar los cumpleaños. Su asistente decía que quizás el padre se estaba hacien- do viejo

tiani cumplió un año en el poder, suspendieron las acti- vidades, como se hace generalmente aquí. Mas él nos explicó que ese tiempo había que reponerlo el sábado. Como nosotros trabajábamos sábados alternos, el si- guiente sábado yo no vine, y el lunes me dijo:

Pero él no quería sentir que le iban cayendo los años. Porque era muy sano físicamente. Nos reprochaba cuan-

-¿Por qué no vino el sábado, si tenía que reponer el anterior?

86

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Yo dije que el día I o de junio era vacación, y dijo:

-Este sábado me van a venir todo el día. Entonces yo me molesté mucho. Hablé con él. Ya di- go que le daba a uno la oportunidad de decir las cosas que uno pensara. Dije:

-No es justo. Yo creo que no debemos reponer. -Pues va a reponer, y va a venir a la mañana y a la tarde.

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-Vaya, pues está bien. El sábado dijo:

-Salgo y llegaré tarde, porque voy a una conferencia. Allí le esperamos trabajando. A las tres y media de la tarde vino y nos dijo que nos agradecía la fidelidad de que le habíamos dado muestra. Yo no le contesté nada, y dijo:

-¿Quieren tomar algo? ¿Una repostería? -No -le dije-, yo no quiero nada (porque yo estaba enojada). -¿Estás enfadada? -No quiero nada, porque me acabo de tomar una pastilla. -Ah, ¿te duele la cabeza? -Sí, me ha dolido la cabeza. -Ah, pero te duele porque estás muy enfadada.

(con voz

muy conmovida). Fue para dentro, al momento salió y nos dijo: «¡Vaya, vayanse a su casa ya! Y aquí hay un so- brecito para cada uno», dijo. «No lo vayan a abrir aquí, lo abren en su casa.» Ahí iba la tarjetita. «Gracias, por dar más sin espe- rar recompensa.» -Pero eso significa que él se arrepintió -¡Eso! Pero es un gran gesto. Una persona que la gente veía así muy serio, como muy encumbrado, muy duro. Y no era así, pues. Ya en el trato diario, al estar con él uno se daba cuenta de cómo era él realmente.

¡Era lindo, sí, era lindo el padre! Así era

La civilización de la pobreza

En el Aula de Teología de las Comunidades Cristianas de Base en Murcia dejó dicho el rector que «la situación no sólo es mala y antihumana para el Tercer Mundo, sino que los países ricos, aunque están bien contentos con lo que han conseguido, están engañados. El mundo capita-

lista está drogado, vive en las nubes, no es consciente de lo que está haciendo, y todo eso de la democracia, las li- bertades, el bienestar, etc., no es más que ideología en-

de-

que no va a ninguna parte, a ningún sitio

donde sus hijos van a ser más felices, más libres, más humanos. Ésta es una acusación contra el orden históri- co social universal actual, y contra él hay que luchar» (Así en Voz y Labor, de Murcia, abril 1989).

Michael Campbell-Johnson, párroco de San Antonio Abad, dice acerca de este reto, cuya expresión fue una de las genialidades de Ellacuría:

llamada ayuda de los países del Primer Mundo a

los del Tercer Mundo es uno de los grandes mitos de nuestro tiempo, una mentira que es presentada de mil maneras para esconder la verdad de lo que realmente ocurre. La ayuda, en efecto, fluye en la dirección contra- ria, las naciones ricas siguen viviendo a costa de los po- bres y los explotan con total impunidad. La transferencia

total de recursos de los países pobres a los ricos, bien sea a través del pago de deudas o de la inequidad del comercio, es ciertamente el mayor escándalo de nuestro tiempo. Por eso a veces me pregunto si las instituciones de ayuda y las organizaciones no gubernamentales no sirven más que para tranquilizar la conciencia de gobier- nos endurecidos o de élites corruptas, cuya única preo- cupación es ordeñar la vaca hasta la última gota.

sarrollado

cubridora. El Tercer Mundo le está diciendo al mundo

la

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Ellacuría, asesinado hace ocho años, cuan-

do era rector de la universidad jesuíta de El Salvador, solía hablar de una civilización de la pobreza. Es nece- sario rebajar niveles de vida altos, argumentaba, pues- to que el planeta no tiene recursos para que todos sus habitantes vivan como europeos o norteamericanos.

Ellacuría hablaba de una pobreza que haga posible

el que todos tengan acceso a unos medios materiales y culturales que permitan tener una vida verdaderamen- t e humana. Esa pobreza es la que verdaderamente da espacio al espíritu, que ya no se verá ahogado por el ansia de tener más que el otro, por el ansia concupis- cente de tener toda suerte de superfluidades, cuando a la mayor parte de la humanidad le falta lo necesario Se vivirá así más fácilmente el espíritu evangélico, se- gún el cual no hace falta tener mucho para ser mucho, antes al contrario, hay un límite en el que tener se opo- ne al ser.

(Cuando preguntaron a Gandhi si la India inde- pendiente alcanzaría los niveles de vida de Inglaterra contestó: «A Inglaterra le hizo falta la mitad de los recursos del planeta para alcanzar su prosperidad. ¿Cuántos planetas cree usted que necesitaría un país como la India?».)

Ignacio

( )

Cristo fue totalmente tajante en este punto. La

riqueza es considerada como un obstáculo tanto para el desarrollo libre del individuo como para la construcción del Reino. Decía Ellacuría: «No puede negarse, sin anu- lar elementos esenciales del Evangelio, que la riqueza es un gran obstáculo de la libertad cristiana y que es la pobreza un gran apoyo de esa libertad. El tener-más como condición para ser-más es una tentación diabó- lica rechazada por Jesús al inicio de su misión apostóli- ca» (Carta a las Iglesias, 16-30 sep. 97).

( )

La tercera fuerza

A raíz de la ofensiva de enero de 1981 del FMLN, el P. Ellacuría comenzó a madurar su intuición de lo que lla- mó la tercera fuerza. Esta intuición se encuentra explica- da en el editorial de ECA de agosto de 1981. Según esta idea, madurada y repetida más tarde, ni el gobierno ni los partidos políticos, ni la Fuerza Armada ni el FMLN eran los mejores garantes de los intereses de las mayorías popu- lares, porque su prioridad era la toma del poder y los in- tereses partidistas. Por lo tanto, el conflicto armado debía resolverse según estos intereses. Desde entonces vio cla- ro que la vía militar no resolvería el problema de la injus- ticia estructural del país y comenzó a proponer audaz- mente que la única vía era el diálogo y la negociación. En los primeros años de la década, no fue fácil hablar de es- to porque fue interpretado como traición a la patria.

El P. Ignacio Ellacuría, orador de la Cátedra de la Realidad Nacional

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Pero el P. Ellacuría mantuvo hasta el final que la única salida estaba en la negociación. Al regresar a San Salva- dor, el lunes 13 de noviembre, se encontró con la ofensi- va del FMLN. Esto le molestó profundamente; más bien estaba enojado porque la ofensiva, en su opinión, traería más males que bienes. En octubre de 1985 dio otro paso en la vida pública. Pese a la mutua antipatía que existía entre él y el presi- dente Duarte, actuó como mediador, junto con Mons. Ri- vera, en el caso del secuestro de la hija de aquél. Los dos mediadores consiguieron la libertad de la hija del presi- dente a cambio de la libertad de 22 presos políticos y de la salida del país de 101 lisiados de guerra. En este mismo año de 1985 fundó la Cátedra Universi- taria de la Realidad Nacional como un foro abierto para discutir en la UCA los problemas más graves del país. En

ella hablaron políticos, sindicalistas, dirigentes populares

y eclesiásticos. Sin embargo, cuando hablaba él sobre la

situación del país y en particular sobre el diálogo, el audi-

torio resultaba pequeño. Varias veces repitió que comba- tieran sus ideas con otras ideas y no con bombas ni con

balas. En estas ocasiones el auditorio lo aplaudía. La radio

y la televisión llevaron su voz y su imagen fuera del ám-

bito universitario. Esta cátedra se convirtió en un aconte- cimiento al cual acudían periodistas, fotógrafos y hasta embajadores. Poco a poco se convirtió en una de las per- sonalidades que había que visitar obligadamente en El Salvador. Le llovieron las invitaciones a congresos y con- ferencias en el exterior. Lo entrevistaban las televisiones nacionales y extranjeras.

En esta cátedra explicó su pensamiento sobre la terce- ra fuerza en 1986. La tercera fuerza fue interpretada co- mo tercerismo, es decir, como una solución que negaba la

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alternativa revolucionaria y, por tanto, como fachada del reformismo capitalista. Pero el P. Ellacuría mantuvo que la causa fundamental del conflicto era la injusticia estructu- ral y que la solución económica por la que abogaría la ter- cera fuerza rompería con el esquema de explotación y opresión; sólo así se superaría realmente la lucha de cla- ses violenta.

Cátedra de la Realidad Nacional

La Dra. María Eugenia Arguello, subdirectora del Cen- tro de Pastoral Moseñor Romero, explica:

-El P. Ellacuría instituyó aqui en la UCA una cátedra muy importante, la Cátedra de la Realidad Nacional. Él decía que era bien importante conocer la realidad de su

país para trabajar por él y dijo que los estudiantes y los mismos profesores de la Universidad tenían obligación de conocer esta realidad. Y una de las cosas que se pide a los catedráticos de la UCA es que apliquen a la realidad del país la materia que ellos están dando. Tienen que ha- cer alguna alusión a esa realidad dentro de sus materias. Y esa Cátedra de la Realidad Nacional se impartía en el auditorio, con una asistencia numerosísima que cada día aumentaba más. En la cual se presentaban mo- mentos cruciales del país, ya sea de problemas políti- cos, de problemas laborales; se invitaba a los distintos partidos políticos para que presentaran su plataforma de gobierno antes de las elecciones. Cuando había pro- blemas laborales, se llamaba a los obreros, al Ministerio

del Trabajo, para que expusieran cada uno

nifestando cuál era la visión de los distintos grupos. Eso nos enseñó a todos muchísimo a ir conociendo un poco la verdad. Creo que esa Cátedra ha sido una cosa bien importante dentro de la Universidad.

Y ahí ma-

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Otra cosa en que él siempre insistía es que la Universi- dad tenía que apoyar al pueblo, pero siempre universita- riamente. Es decir, no es tomando las armas ni apoyando

a

los de un bando como la Universidad va a participar en

la

liberación de un pueblo en la vía de la justicia, sino uni-

versitariamente: conociendo la realidad y haciendo estu- dios de cómo poder mejorar esa realidad a favor del pue- blo. Y yo creo que eso es lo que le llevó a él a su entrega.

Cuando mataron al P. Ellacuría yo estaba recibiendo

un curso con él. Le pedí permiso para entrar de oyente

a su clase. Estaba dando XX años de historia de El Sal-

vador. Sumamente interesante. Sus clases eran brillan- tes. Uno no se aburría en esas clases. Era un pozo de conocimientos y de saber transmitirlo.

-L a radio actual de la UCA ¿puede ser un sucesor de

la Cátedra de la Realidad Nacional?

-Tanto como sucesor no. Es uno de los apoyos de la Universidad. Y fue una ilusión del P. Ellacuría, que no vio realizarse en vida.

Aquella Cátedra fue ideada y gestionada por el P. Ella- curía, aunque él no participaba en todas las sesiones. En alguna que otra estaba él de moderador. A veces eran di- ferentes personas o profesores de la Universidad los que participaban. Actualmente las circunstancias del país son diferen- tes. Antes no había los medios para publicar ciertas co- sas, había mucha restricción de prensa. Ahora los me- dios se han abierto un poco. Así que no es tan necesaria

la Cátedra como lo era en aquellos momentos. Cada co-

sa cambia de acuerdo con los tiempos.

El P. Tojeira, sucesor de Ellacuría en la rectoría de la UCA, coincide plenamente:

Yo creo que la Cátedra de la Realidad Nacional, cuan- do Ellacuría la inicia en este país durante la guerra -pues-

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to que fue una idea del tiempo de guerra- era el primer foro en el que se podía hablar libremente, en el que se escuchaban públicamente opiniones contrastadas dentro de este país. Aquí mataban a uno por criticar al Gobierno. Entonces la CRN es el prime r foro en el que se puede ha- blar y no te matan después, aunque hables críticamente contra el Gobierno. Ello ha prestado un gran servicio al país, como otros muchos que prestó Ellacuría al país en el proceso de crecimiento, la capacidad de diálogo, cre- cimiento en el debate político civilizado. Una vez que lle- ga la paz, la CRN pierde de alguna manera su función. Hoy en día hay foros en los que se habla libremente en todas partes. Las ONG organizan este tipo de foros, lla- man gente de opiniones divergentes, se discute, etc. Una cátedra en ese sentido perdió su relevancia y se ha ido dejando ; si bien la UCA sigue algunos temas , po- niendo la problemática encima del tapete, no tanto a través de cátedras sino por otros medios. Por ejemplo, el tema de la violencia es un tema al que el Gobierno y otros sectores se negaban a dar relevancia en el país, y han sido los estudios de la UCA y la insistencia en da r públicamente los resultados, los que han hecho que al fin se empiece a tratar con un poco más de preocupa- ción hacia el tema. Así que una Cátedra de la Realidad Nacional dejó de tener sentido en la actualidad, y no la tenemos en esa forma. El P. Ellacuría valoró la importancia del pensamiento como orientador de la sociedad y estaba convencido de su eficacia transformadora. Más aún, estaba convenci- do de que el trabajo intelectual tiene tantos riesgos co- mo cualquier otro, si se pone del lado de los intereses de los mayorías populares. La opción universitaria al servicio de los pobres esta- ba haciendo serios estragos en el P. Ellacuría. Llevaba tres años muy cansado. En sus últimos años casi no re- visaba lo que escribía, lo entregaba tal como salía de la

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máquina. Decía que si tuviera más tiempo lo haría me- jor. Su extraordinaria salud ya había comenzado a re- sentirse, teniendo que estar bajo control médico. Se volvió callado y serio. Cuando se le pedía que descansa- ra respondía que el pueblo no descansaba de la guerra ni de la crisis económica. Lo menos que podía hacer era seguir trabajando por su liberación y por su paz. No le importaba enfrentarse y no poder llegar al final, pues en ese caso también habría cumplido con su vocación. En los últimos meses repitió mucho que aunque hu- biese algunas turbulencias en la superficie, el proceso, en la profundidad de su curso, seguía avanzando incon- tenible hacia la paz justa y duradera. Su muerte ya for- ma parte de esas turbulencias superficiales; su vida, entregada cotidianamente hasta los límites de la salud, ya forma parte del curso profundo del proceso de la vi- da que avanza irreversiblemente hacia el futuro. En este contexto estaba planificando la celebración de los 25 años de la UCA. Quería hacer de esa celebra- ción un año para relanzar la actividad académica y de proyección social de la UCA.

En comunidad

La verdad es que sentimos insaciable curiosidad por conocer lo posible sobre la comunidad de los mártires Aquí una fuente imprescindible es Jon Sobrino, que perte- necía a ella y nos dice:

Una vez estuvieron once horas cateando nuestra casa, estando yo allá, dice Jon Sobrino. También en la casa, no sólo en la UCA, pusieron como cuatro veces bombas. Dieciséis bombas medianas, para no exage- rar. No todas estallaron. Era una cosa demencial en contra de nosotros.

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Era una comunidad a la que este tipo de universidad

Un

tema espontáneo era qué hacer con el saber: si vamos

a tomar un año sabático, si voy a escribir un libro muy

, munidad. A eso añade también una idea cristiana con un subrayado nuestro. Por ejemplo:

A San Ignacio ahora lo usamos para todo; a nosotros nos interesaba especialmente la meditación de la encar- nación. También lo del pecado: ¿qué he hecho por Cris- to?; ¿qué hago y qué voy a hacer por el pueblo que es-

tá crucificado? Luego lo del rey eternal, lo de las dos

Lo que quiero decir es

que ese ambiente ignaciano configuraba nuestra comu- nidad. Y sin eso, yo no hubiese entendido la comunidad.

Por castellanos y vascos o por vascos y castellanos, éramos muy parcos en explicitar. Y luego otras cosas, como lo que supuso Medellín

, De tal manera que

cuando apareció la Congregación General XXXII con el asunto de fe y justicia -dicho sin presunción- no nos decía nada nuevo; ya se había convertido para nosotros en tema evidente por el año 75: «Hacia eso vamos, va- mos a hacerlo mejor». Ése es el ambiente que se respiraba, el servicio a la gente; comentábamos mucho las cosas del país, sobre todo Ellacuría. Para las cosas más de alimentación del espíritu, solíamos tener un acto comunitario; algo co- mentábamos en él, pero no éramos muy dados a expli- citar si mi fe en Dios es de una manera o de otra. Precisamente por lo parcos que éramos, sí me im- presionó Ellacuría una vez que vino de uno de los exilios y, presidiendo la Eucaristía, habló del Padre Celestial. Un hombre hecho y derecho, que no es muy dado a lo melifluo, algo hondo debe sentir para hablar del Padre Celestial.

eso era lo que más caracterizaba la co-

fue configurando. Éramos todos gentes pensantes

interesante

banderas, como dos dinámicas

el Vaticano

II . Nos parecían lo obvio.

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También en positivo, un presupuesto de esa comuni- dad era que si un compañero podía ayudarme en algo, se contaba con que lo iba a hacer, y a la recíproca. Na- cho era una persona muy ocupada, igual que Ellacuría; pero yo, que estaba en Teología, si veía que es bueno dar un curso de Psicología de la Religión, iba donde Na- cho, y yo sabía que, si él podía, lo iba a dar. En ese sen- tido éramos buenos compañeros. Amando tenía, además, caracteriológicamente una gran bondad; ipero bueno!, los temperamentos eran distintos.

No se hacía sentir

El P. Rogelio Pedraz, director de la emisora YSAX del ar- zobispado desde sus inicios con Monseñor Romero, perte- neció durante años a la comunidad de la UCA, y su drama al frente de la radio lo expusimos en los Hechos de Aman- do. Con relación a Ellacuría le preguntamos algunas cosas:

-La convivencia era buena, dice. -En la vida comunitaria, Ellacuría era un hombre que no se hacía sentir. No molestaba. Yo viví con él durante años, separados por un tabique de madera de 8 cm. Era muy aficionado a escuchar radio: música y secciones de deporte de Radio Exterior de España. Siempre hacía to- do eso con un auricular, de modo que yo no le oía. Cuando se levantaba e iba a desayunar, saludaba con una venia de cabeza. No hablaba, sea por baja ten- sión, o por lo que fuera. Algunos le respondían: «Bue- nos días, Ellacu». Yo le respondía con otra venia. Era austero en el comer. Decía que no tenía gusto. Pero lo cierto es que disfrutaba el helado y repetía, si sobraba. Las relaciones interpersonales en la comunidad, diría que ni eran fáciles ni difíciles. Yo me retiré de allí un par de

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años antes de los sucesos finales, no por problemas de ninguna especie, sino porque prefería cortar el trabajo a las 6 de la tarde y no ir a casa a barajar los mismos temas de la jornada. O a seguir con ellos en los fines de semana. Asunto de pura higiene básica en mi propia tarea. Por decir otra anécdota de Ellacuría, el grupo de ellos, Martin Baró, Ellacuría, Montes, Amando López, los miércoles a las 11 de la mañana solían irse a Santa Te- cla a jugar frontón. Volvían y solían tomar una cerveza. Se bañaban y luego almorzaban en un segundo turno de mesa. Ellacuría era un deportista de primera, en na- tación, en fútbol, en correr, en frontón. Y le costaba per- der. Más si le ganaba Nacho. Y Amando se reía mucho de Ellacuría en asuntos del juego. Unos tres años antes del asesinato, venía los domin- gos a correr alrededor de la cancha de fútbol del Cole- gio Externado y luego bañarse. Pero él corría escuchan- do Radio-gaceta de los deportes con un radiecito, y recuerdo haberle dicho en alguna ocasión:

-Ellacu, yo no entiendo cómo un rector, intelectual como tú, es tan forofo y tan apasionado por el fútbol y el deporte. -Yo, el tiempo que me deja el deporte, lo dedico a estudiar y a escribir -fue su rápida respuesta. Las conversaciones eran interesantes. Un día argu- mentaba en serio sobre la no existencia del purgatorio. Realmente sus argumentos eran válidos. Yo le dije:

-Mira, Ellacu, yo no tengo argumentos en contra. Y ad- mito que no habrá purgatorio, pero tiene que haber limbo. Dice:

-Eso muchísimo menos. -Y entonces, cuando se muera zutano ¿dónde va a

ir? Obras buenas no ha hecho, malas tampoco

quedó un poco descolocado. -Será aniquilado -dijo acompañando con el gesto. Esa vez sí nos hizo reír.

-Y se

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Misa muy compartida

En la comunidad de Mediterráneo 50, teníamos por costumbre comunitaria los sábados o los domingos te- ner una Misa muy compartida, muy hablada. Era una Misa muy profunda en interpretaciones de las lecturas, que duraba cerca de las dos horas. Asistíamos con las biblias en la mano, y alguno incluso con estudios sobre la Biblia. En la casa de Cantábrico 16 o en una de las casas, se llevaba con método un encuentro que tenía lugar los primeros viernes de mes a las diez de la noche. Consta- ba de Misa, mesa y reunión, aunque el orden a veces era variable. Y ahí estaban invitados todos los jesuítas que trabajaban en la UCA, a tiempo completo o a tiem- po parcial. Era muy interesante, porque era el momento en que Ellacuría daba información a todos los jesuítas sobre planes, proyectos, sucesos habidos durante el mes, con quién había hablado y con quién no. Esto duró años:

con jesuítas de la UCA por lo menos los dos o tres últi - mos años antes de matarlos.

Aglutinador

-Él se informaba, se comunicaba, se reunía, sigue hablando Pedraz. En 1979, precisamente el 15 de octubre, hubo un golpe de Estado en que asume la Junta Cívico-militar. No sé el grado de implicación que tuvo la UCA. Menos del que algunos dicen. El hecho es que Ellacuría man- tenía buenas relaciones con Majano, uno de los golpis- tas. Personalmente recuerdo haberle llevado como diez o doce veces a casa de Majano. Lo dejaba allí, me volvía y pasaba de nuevo a recogerlo tras la plática.

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Un día, de regreso a casa, lo vi a él preocupado. De repente rompe el silencio:

-Claro, ahora yo sé quiénes me van a hacer pregun- tas que no puedo responder. Porque no puedo decir to- do lo que sé. Yo le respetaba, y lo comprendo. En ese aspecto era un gran líder. Era un aglutinador. Él conseguía gente, y el hecho es que él aglutin ó a gent e en la UCA a su alrededor. Con esa limitación que te cuento luego de los sumisos y los no sumisos.

El asunto era éste: Ellacuría era un líder indiscutible. Era un hombre «democrático» entre comillas. En los años que yo trabajé en la UCA, que fueron más de do- ce, me consta que en la Junta de Directores nunca se tomó una decisión sin el consenso. Esto es: no se puso asunto a votación; si había alguno que no estaba de

Él decía: «Yo procuro que los demás quieran

hacer lo que yo quiero hacer». -Como director responsable de la radio tuviste que re- chazar alguna que otra vez textos procedentes de la UCA. Eso le sentaría mal a Ellacuría, dado su temperamento. -Sí y no. Es verdad que de parte de los que vivían alrededor del Ellacuría, todo era veneremur cernui y era raro que alguien se atreviera a plantársele. Sin embar- go, en estas decisiones yo creo que ocurría al revés, que yo ganaba el respeto ante él. Siempre que no se discutiera con él en público, Ellacuría sabía aceptar las cosas habladas con él mano a mano.

acuerdo

, Que uno propusiera una idea más brillante que la de él no lo aceptaba. Pero tenía la capacidad de asimilar y luego proponerla como propia. Jon Sobrino, a quien preguntamos si no era soberbia en Ellacuría el celo por imponer sus convicciones, nos explícita algo más este punto:

tenía que asimilarlas.

Ellacuría no aceptaba ¡deas

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-Ellacuría dijo en una Misa: «Cuando de una per- sona dicen un defecto, es que por lo menos en eso no sobresale». Si dicen que yo soy soberbio, la humildad no es lo mío. Era un temperamento realmente fuerte que, unido a su inteligencia, podía ser soberbio. Pero tampoco es así de simple la cosa. La verdad es que, en argumentos y discusiones ra-

cionales, él tenía tal clarividencia que para él eso es así.

Tenía esa inteligencia. Le costaba aceptan

do alguien tenía una idea, le costaría tiempo el verla veía que aquello era razonable y ya. En otras cosas se equivocaba. Y era dado a criticar, unas veces con razón, otras no. De la única persona que no le oí un comentario crítico fue de Romero. Con Zubiri se podía discutir, o con Rah- ner, aunque le tenía gran admiración. Pero Romero iba más allá de nosotros, tenía una cosa que él no tenía, o en un grado superior, al nivel de fe en el misterio de Dios: la entrega, el olvido total de sí mismo. Romero fue más eximio. Cuando me pregunto qué pensaría Ellacuría de Dios, lo que más me hace pensar es que con Romero había otra cosa.

Sólo una vez le oí decir: «Quizás Monseñor Romero no debiera haber hecho esto». Fue con ocasión del en- tierro de un sacerdote que pertenecía a un grupo orga- nizado, y no se sabe exactamente si murió con un arma en la mano. Monseñor Romero no sabía si ir al entierro o no. Y resolvió Monseñor de este modo: «Me he pregun- tado qué haría su mamá. Su mamá iría, yo voy a ir». Ellacuría estaba emocionado, pero dijo: «Quizás a Monseñor Romero esto le va a hacer daño en Roma.

Es la única vez

que yo recuerdo haberle oído algo crítico en relación con Monseñor.

Bueno, cuan-

Le van a acusar de haber estado

».

Sumisos e insumisos

Pedraz: -Recuerdo haberle dicho en más de una ocasión a Ellacuría: «Mira, Ellacu, en la UCA habernos dos tipos de jesuítas, unos aquéllos para quienes la UCA es su vida , y tienen que someterse a lo que t ú quieres y como tú quieres, y otros que estamos bien en la UCA, pero podemos irnos a otra parte y mantenemos nuestra libertad». Ellos sí eran sumisos en buen número. Yo no tengo aspiraciones, pero me mantengo libre. Quien aspira a puestos se hipoteca. Más daño hizo el que algunos no tuvieran la valen- tía de decirle las cosas cara a cara, como lo hizo, en cambio, el P. Arrupe. Tuvimos una visita del P. Arrupe, siendo general,

acompañado del P. Asistente, un colombiano, y otros pa-

dres, Garrido, Sesma

tros con ese motivo. Recuerdo a Ellacuría reservando los puestos de la mesa, y el suyo junto al general: «Aquí no, aquí no

Yo quedé precisamente al otro lado de Arrupe. Nada más empezar a cenar, el P. Arrupe le preguntó a Ellacu- ría, así en vivo y en directo:

,

que vinieron a cenar con noso-

»

-Y usted ¿piensa perpetuarse en el rectorado de la Universidad? Ellacuría asentó el golpe y dijo: «No». -Y ¿qué candidatos hay?

Na-

cho». Mencionó en último lugar a este hombre super- dotadísimo, creo que en su rama de ciencia incluso más capaz que Ellacuría en la propia. El 15 de octubre del 88, llevando el P. Tojeira algu- nos meses de provincial resurgió el tema de la reelec- ción o no del P. Ellacuría como rector de la UCA. Tojeira le dijo:

Dice: «Bueno, pues

Ibisate, Montes, Estrada

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-Como provincial, tienes mi permiso para reelegirte

de rector; aunque preferiría que no lo hicieras. Me gus-

taría más que te dedicaras a

favor de la Provincia - y le puso a modo de ejemplo una idea brillante que tenía Ellacuría de crear una asociación de intelectuales cristianos-; lo que sí te digo ya es que con posterioridad a ésta no habrá nueva reelección de tu persona como rector.

Eso a Ellacuría le molestó mucho. Comenta Pedraz: «Yo nunca he dudado de que Ella- curía obedecería, de haberse presentado el conflicto de fado con el provincial. Pues Ellacu tenía unos recursos espirituales fuertes. No se le habría pasado por la cabe- za una cosa como salir de la Compañía».

escribir y a hacer algo en

¿Vendrá a la fiesta?

De la última y breve estancia de Ellacuría en España hay sin duda muchos recuerdos. A nosotros nos ha llega- do un testimonio muy personal, que cala en la actitud anímica de nuestro hermano en ese lapso crucial. Y es un sentimiento bien diferente del que podía dimanar en la recepción de premios y de homenajes. El recuerdo es de Jesús Erdozain, muy apreciado por Ellacuría durante su corta estancia en El Salvador por la libertad de espíritu con que se había enfrentado a Monseñor Álvarez, entre otras razones. De paso para España, Ellacuría venía de tener un contacto con la guerrilla, a cuyos dirigentes ha- bía tratado de inducir a diálogo, como era su tesis formal de los últimos años. Pero ahora no era el 85. Los jefes del FMLN estaban enérgicamente decididos a lanzar el ataque final y las palabras de Ellacuría fueron mal recibidas. No sólo no les convencieron sus argumentaciones, sino que

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trataron a Ellacuría de vendido al gobierno de Cristiani. Esto lo llevaba él como una espina en la carne y tuvo que desahogarlo. Dice Erdozain:

Encontré a un Ellacuría más bondadoso que nunca y como necesitando de consuelo. Me parecía hablar con un santo. Le dije: «No tengas pena. A todo el mundo le consta que lo tuyo ha sido abogar por la izquierda y buscar el acuerdo para el armisticio. Pero es ley de los pacificadores quedar mal con ambas partes». Creo que eso le ayudó profundamente. Ahora el dilema era cortar la visita para regresar ur- gentemente a El Salvador y enfrentar toda clase de in- cógnitas, atendiendo a la llamada del Ministerio del In- terior, o alejarse del fuego cruzado, puesto que ni unos ni otros a las veras le hacían caso: actuar como cobar- de, hablando en plata. Es lo que le aconsejaban mu- chos, incluso muchos hombres de Iglesia, naturalmen- te utilizando razones mucho más cautas: «Has hecho cuanto estaba en tu mano, descansa una larga tempo- rada, lo nuestro no es la decisión política». Temas que no faltan en los labios de los prudentes. Esto no iba con él. Él había dicho: «Ahora podría ser», refiriéndose al asesinato, como que las condiciones estaban dadas. Pe- ro «no están en vuestra mano los tiempos y los mo- mentos». ¿Acaso podía hurtar esta última baza, cierta- mente dudosa, que le brindaba una posibilidad final de mediación, y aunque fuera invitado por Cristiani? Nun- ca se lo habría perdonado a sí mismo.

¿Vendrá a la fiesta? Parece la pregunta que recoge este impasse de expectativa en los actores del drama salvado- reño. Ellacuría, es bueno recordarlo para interpretarlo has- ta el fondo, había explicado en sus mejores iluminaciones que Jesús no sólo no fue sorprendido por su muerte, sino

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que actuó de tal manera que tuvieron que matarlo. Si so- bre él pesaba ya una requisitoria de la autoridad y una sentencia previa de muerte, como nos consta por San Juan, eso no alteró la cita de Jesús con su pueblo en el es- cenario real. Y fue al encuentro de una muerte prevista. Esa lectura formaba parte vital de su mensaje desideo- logizador e historizador del Evangelio. De su Teología de la Liberación. Por tanto

Libremente parciales a favor de las mayorías

Del discurso de Ignacio Ellacuría, pronunciado el 6 de noviembre de 1989 en el Salón del Centro del Ayunta- miento de Barcelona, con motivo de la concesión del Pre- mio Internacional Alfonso Comín a la Universidad Cen- troamericana «José Simeón Cañas» y a su rector por la decisiva aportación cultural a El Salvador, a pesar de las difíciles circunstancias que atraviesa y especialmente por su compromiso con la justicia a favor de los oprimidos y desposeídos de Centroamérica y de todo el continente latinoamericano.

Entre otras posibles perspectivas quisiera elegir

en esta ocasión dos fundamentales: la del modelo o proyecto de sociedad universal o mundial que debe irse construyendo en medio de una práctica iluminada y la de la colaboración de los intelectuales universitarios a esa práctica transformadora.

Es claro que Alfonso Comín intentó su obra teó-

( )

( )

rica y práctica desde los pobres y oprimidos -y no sólo para los pobres y oprimidos- con una intención de uni- versalidad y solidaridad. Ésa es también la perspectiva al menos intencional de nuestra universidad, que desde hace veinticinco años trabaja desde la luz y en la luz

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que las mayorías del mundo derraman sobre todo él para enceguecer a unos, pero para iluminar a otros. Pues bien, desde esta perspectiva universal y solida- ria de las mayorías populares, el problema de un nuevo proyecto histórico que se va apuntando desde la nega- ción profética y desde la afirmación utópica apunta ha- cia un proceso de cambio revolucionario, consistente en

revertir el signo principal que configura la civilización del mundo.

El «comenzar de nuevo» no puede confundirse

con el «comenzar de nada». Pero menos puede confun- dirse con el «seguir en lo mismo o proseguir en lo mis- mo», porque lo alcanzado hasta ahora y lo previsto pa- ra el futuro por esta civilización del capital, valorado en términos universales, ha conducido y está conduciendo no sólo a la ampliación de la brecha entre ricos y po- bres, ya sean regiones, países o grupos humanos, lo cual implica que la distancia es cada vez mayor y que cada vez sea más grande el número de pobres -al cre- cimiento aritmético de los ricos corresponde un creci- miento geométrico de los pobres-; no sólo al endure- cimiento de los procesos de explotación y de opresión con formas, eso sí, más sofisticadas; no sólo al desglo- samiento ecológico progresivo de la totalidad del plane- ta; sino a la deshumanización palpable de quienes pre- fieren abandonar la dura tarea de ir haciendo su ser con el agitado y atosigante productivismo del tener, de la acumulación de la riqueza, del poder, del honor y de la

más cambiante gama de bienes. La fe cristiana es irre- conciliable con una civilización del capital, afirmación en la cual puede centrarse el núcleo teológico de la Labo- rem exercens de Juan Pablo II, y sospecho que también es irreconciliable con los postulados marxistas más allá de la negación de la acumulación privada del capital. El haberlo visto así hizo de Comín y de su pensamiento un preanuncio y un desafío teórico y práctico.

) (

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Lo que queda por hacer es mucho. Sólo utópica y esperanzadamente uno puede creer y tener ánimos para intentar con todos los pobres y oprimidos del mundo revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección. Pero esta gigantesca tarea, lo que en otra ocasión he llamado análisis coprohistórico, es de- cir, el estudio de las heces de nuestra civilización, pa- rece mostrar que esta civilización está gravemente enferma y que para evitar un desenlace fatídico y fa- tal, es necesario intentar cambiarla desde dentro de sí misma. Ayudar proféticamente y utópicamente a ali- mentar y provocar una conciencia colectiva de cam- bios sustanciales es ya de por sí un primer paso.

suele decirse que la universidad debe ser im-

parcial. Nosotros creemos que no. La universidad debe

( )

El P. Ignacio Ellacuría, recibiendo el premio Comín en la alcaldía de Barcelona

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pretender ser libre y objetiva, pero la objetividad y la libertad pueden exigir ser parciales. Y nosotros somos libremente parciales a favor de las mayorías populares porque son injustamente oprimidas y porque en ellas, negativa y positivamente, está la verdad de la reali- dad. Nuestra universidad, en tanto que universidad, tiene una confesada opción preferencia! por los pobres, de quienes aprende en su realidad y en su múltiple ex- presión integrante y apuntante. Se pone de parte de ellos para poder encontrar la verdad de lo que está pa- sando y la verdad que entre todos debemos buscar y construir. Hay buenas razones teóricas para pensar que tal pretensión está epistemológicamente bien fundada, pero, además, pensamos que no hay otra alternativa en América Latina, en el Tercer Mundo y en otras par- tes para las universidades y los intelectuales que se di- cen de inspiración cristiana. Y nuestra universidad lo es cuando se sitúa en esa opción preferencia! por los po- bres, que son cualitativamente el mayor desafío de la humanidad como humanismo. Desde esta opción, en el plano teologal, somos par- tidarios de poner en tensión a la fe con la justicia. La fe cristiana tiene como condición indispensable, aunque tal vez no suficiente, su enfrentamiento con la justicia; pe- ro a su vez, la justicia buscada queda profundamente iluminada desde lo que es la fe vivida en la opción pre- ferencia! por los pobres. Fe y justicia no son para noso- tros dos realidades autónomas, sino dos realidades mu- tuamente referidas o respectivas que forman o deben formar una única totalidad estructural, tal como repeti- damente se ha expresado en la Teología de la Libera- ción y en otros movimientos teológicos afines. Pensa- mos que muchas predicaciones y realizaciones de la fe han sido nefastas cuando se han hecho de espaldas a la justicia y a las mayorías populares oprimidas y empo-

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breadas. Pensamos también que muchas predicaciones y realizaciones de la justicia han sido también nefastas cuando se han hecho más de cara a la toma de poder que al beneficio de las mayorías populares y a algunos valores fundamentales del Reino de Dios, predicado utópicamente por Jesús. Recibo con gran gratitud este premio de la Funda- ción Comfn; pienso que, por el lugar en que se nos con- cede, de alguna manera responde también al espíritu mejor de Barcelona. Lo recibo con un gran agradeci- miento y también con una gran humildad, porque para nosotros es más un desafío que un premio (Tomado de Los Mártires de la UCA, p. 291ss).

Últimos días

No tuvo miedo. Decía que así como no tenía olfato, tampoco sentía miedo. Su razón le decía que no le podían hacer nada porque eso no le convenía al Gobierno ni a Es- tados Unidos. También pensó que estaba seguro con los cientos de miembros de la Fuerza Armada alrededor de la UCA. Pero todo eso le falló. El registro del lunes 13 de noviembre no lo interpretó como una amenaza grave, sino como una señal de segu- ridad. Cuando alguien se lo advirtió, respondió que no ha- bía que ser paranoico. Como ya habían visto que no había nada en la casa, ya no los molestarían más. Todavía le advirtió al oficial que dirigió el registro que «le costaría muy caro al Gobierno lo que estaban haciendo». De nuevo con Carmen Castro:

-El P. Ellacuría creyó que no le iba a pasar nada. Y que como no le iba a pasar nada a él, no les iba a pasar nada a los demás. Pero él se equivocó, porque el día que vino de España -que fue el lunes 13 de noviembre-, cuando él entr ó aquí no le dejaban entrar, ya que la UCA desde el domingo 12 estaba rodeada por el Ejército. Nosotras mis- mas, que trabajábamos aquí, no pudimos entrar. Tuvo que argumentar que era el rector y que vivía allí. Ese lu - nes estuve en la emergencia del hospital Rosales, llena de heridos, y me di cuenta de todo lo que había pasado. En la noche del lunes (el Padre entró a las 6 de la tarde, porque teníamos toque de queda), a las 8 vino un registro por parte del Ejército a la comunidad de la UCA. Pero era un registro muy distinto de otros regis-

111

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tros que habían tenido lugar antes en la Universidad, que se buscaba si había escondidas armas y literatura subversiva. Nunca se encontró nada, nunca pudieron justificar lo que se decía de que los padres eran los in- telectuales de la guerrilla, la materia gris de la guerra. Nunca pudieron probar nada de eso. Vinieron a hacer ese registro y, según cuentan los pa- dres, fue muy particular, porque no buscaron guerrilleros escondidos, no buscaron armas, lo que preguntaban era:

Era co-

«¿quién duerme aquí?, ¿quién duerme aquí

mo ubicarse en el plano de la casa. Después que se fueron, creo que fue el martes, tu- vieron una reunión los padres para ver qué hacer. Allí se impuso el P. Ellacuría con su teoría: «Estamos en un lu- gar rodeado por el Ejército desde hace unos días. Nos han hecho un registro y no han encontrado nada. ¿En qué mejor lugar podernos estar?». -Tiene su lógica.

-Pero es que aquí no funciona la lógica. En la gue- rra no se funciona con lógica. Por eso fue que el P. Car- denal dijo:

?».

-Yo no me quedo aquí, no puedo ni dormir Entonces el P. Ellacuría le dijo que se fuera, y fue el último que pudo salir. Se fue para Santa Tecla, y le dijo el P. Ellacuría:

-Allí nos vamos el miércoles cuando vayamos a ju - gar frontón. Y ya cuando intentaron ir a jugar el miércoles, no pu- dieron ir, la ciudad estaba rodeada y no se podía salir. Ellacuría se pensó que estaba muy cerca del presi- dente Cristiani, que le había encargado una investiga-

Y no era

lógico que los mataran. Pero ahí está el error, porque aquí no funcionaba la lógica.

Total es que tuvo esa equivocación. El miércoles después de la media noche vinieron aquí a sacarlos de

ción en torno a una federación de sindicatos

los cuartos, porque ya sabían quién vivía en cada cuarto. Del otro lado de los cuartos estaba la sala de la televisión, la biblioteca y unos cuartos que en el momento del registro estaban vacíos. Por eso fue que no encontraron al P. López y López. El día del registro el P. Lolo no estaba aquí. El día de la matanza de los padres sí estaba. Tenía cáncer terminal. Tomaba pas- tillas para el dolor y para dormir. Así que no oyó cuan- do sacaron a los padres. Oyó cuando los mataron y entonces salió de su cuarto. Y allí fue donde lo mata- ron a él.

Día final

-Aquella mañana, víspera del asesinato, antes de las siete, estuve en la casa de ellos y les pasé a calentar la leche para que desayunaran -recuerda Rogelio Pedraz, a quien conocemos de sus labores en la radio YSAX-. Yo no vivía en su casa, pero estuve con todos ellos, vi los destrozos que habían hecho cuando el registro y acom- pañé a Ellacuría al rectorado. Eran las 12 de la mañana cuando Armando y Moreno me preguntan:

-¿Por qué no te quedas aquí con nosotros? (por la UCA). Con frecuencia me quedaba tras las reuniones de los viernes a dormir con ellos, por no andar de noche en la carretera. Aquel día yo consideraba esa casa más segu- ra que la mía -Porque no tengo una muda de ropa -respondí. Entonces ellos fueron los que me llevaron hasta mi casa.

Relatando, refleja Pedraz la añoranza de no haber sido contado para el martirio, compartiendo tan de cerca la suerte de sus hermanos.

113

Y sigue con su relato Carmen Castro: se fueron a pa- sar la tarde en la casa del provincial, hasta que se hizo la hora.

«Ya nos tenemos que ir

Les ofrecieron quedarse, pero dijeron:

»

-No, que ellos quedan muy solos. Y se fueron para que los mataran. Ésta es una face- ta suya, que murieron por lealtad y fidelidad con sus hermanos. Porque Ellacuría no se quería ir. Al P. Montes una fa- milia que lo quiso como a un hijo -tanto que hicieron una casa en la playa y le hicieron cuarto para pasar los fines de semana si quería-, esta familia se lo quiso lle- var entonces. «Y si no quiere a la casa, lo llevamos a la embajada de España», le dijeron. Dijo:

-¿Cómo me voy a ir yo, si soy el superior, y Ellacu no se quiere ir? Así que también es otro que murió por fidelidad. Me contó esa familia que se dio cuenta entonces de que Ellacu había regresado, cosa que no sabíamos nosotros aún. Impuso su voluntad, como siempre, el P. Ellacuría

Uno de los más inmediatos testigos

En esa misma salita donde Amando y Juan Ramón se despidieron por fidelidad a sus amigos, tuvimos larga y grata conversación con el P. Ricardo Salazar-Simpson, uno de los más inmediatos testigos de los sucesos de aquéllos días, ya que pertenecía a la propia Comunidad Provincia l y, junt o co n los PP. Pedraz e Ibisate , estuv o du - rante la semana siguiente a las muertes atendiendo, reci- biendo y abriendo y cerrando los portones de entrada a la Universidad.

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-¿Nos puedes concretar puntos sobre todos estos hechos y sus antecedentes? -¡Cómo no! Aquel año la ciudad de San Salvador no había sufrido aún las consecuencias de un enfrenta-

miento militar directo. Siempre había sido, en cambio,

el escenario de una guerra verbal declarada entre di-

versos componentes, de la guerrila y partidos políticos afectos a ella y del Gobierno o el Ejército. Y aquel año 89 habían sucedido varios acontecimientos de algún modo desencadenantes de la maniobra militar que lue- go se verificó. La guerrilla venía durante mucho tiempo preparán- dose de diversos modos, habían llegado incluso a San Salvador algunos grupos que estaban en Honduras pro- cedentes de varios lugares, entre ellos Mesa Grande, gente humilde que había llegado al país, con la que la guerrilla contaba para acrecentar sus bases. Y por otra

parte, el Ejército había sufrido algún tipo de acción mi- litar, la más importante de ellas un cuarto ataque sufri- do por la Brigada del Paraíso, cercana a Chalatenango y donde había habido una gran cantidad de bajas del Ejército, cercana a las 200 personas. Naturalmente, todo aquello había exacerbado el en- frentamiento verbal y había hecho al Ejército concebir

la idea de resarcirse de alguna manera de todas estas

circunstancias contrarias. Entre las cosas fundamenta-

les en su mira, estaba llevar una acción contra los re- presentantes sindicales del pueblo trabajador, y contra los que suponían que de una u otra manera estaban apoyando a las fuerzas guerrilleras del país. Ellos siempre les habían achacado a los jesuítas es- tar precisamente en aquel bando. Pues fundamental- mente la acción de éstos era que las cosas no fuesen

a más, es decir, que los enfrentamientos de ambas

partes no se fuesen complicando en razón de los mis- mos acontecimientos.

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Una de las cosas que sucedió a finales de octubre, el 31 exactamente, fue un atentado que sufrió FENAS- TRAS, asociación de los trabajadores. Los militares colo- caron una bomba de alto poder destructivo, que explo- tó en una reunión de un gran número de representantes de los trabajadores y periodistas, y allí murieron 26 per- sonas. Le tocó al P. Ellacuría, quien había partido diez dias antes para España, estar en boca de todos, recla- mando un representante que hiciese valer los derechos de los trabajadores, de modo que esa acción no queda- se sin castigo. Él estaba en unas reuniones de la Universidad Ibe- roamericana de Postgrado en Madrid y a él le tocó recibir la noticia en España y tener que adelantar lo más posible su retorno al país; porque las fuerzas gubernamentales creían que una acción de esa índole, una acción de per- secución de los culpables del atentado, tenía que ser de alguna manera supervisada por alguien del calibre del P. Ellacuría. El P. Ellacuría recibió ese telegrama de parte del Ministro del Interior de El Salvador, reclamándole a nombre de Cristiani su presencia en el país para hacer frente a una comisión que investigase estos hechos de una importancia tremenda en aquellos momentos. Así se lo contó él a algunas personas del entorno en España. Pienso yo que aquello entraba ya dentro de unas ac- ciones pensadas de castigo a esas gentes que de algún modo habían apoyado continuamente a la guerrilla, y a los mismos jesuítas de la Universidad. Y querían tener al P. Ellacuría en El Salvador. Siempre lo tuvieron como una de las personas que realmente hablaba por boca de esos representantes sindicales, y poniendo sobre el tapete las reivindicaciones del pueblo trabajador, del pueblo más desasistido, y de alguna manera tenía que estar presente en esa comisión. El P. Ellacuría vino sin tener en cuenta que eso pudo haber sido una maniobra para tenerlo en el país. Anota

que el golpe de la guerrilla empezó el día 11 de noviem- bre, sábado. Ellacuría regresa el lunes 13, al filo de las 5 de la tarde. Concretamente fue a recogerle el P. Estrada. Durante su ausencia en España se había consumado el traslado de la casa donde él vivía a una casa interior de la UCA, donde él ya halló colocados sus libros, pues los ha- bían estado colocando mientras él estaba en España.

-¿Qué se había trasladado? -Se había trasladado toda la comunidad, que vivía en la calle Cantábrico, comunidad que salió de aquí, donde vivíamos juntos el P. Ellacuría, el P. Segundo Mon- tes, que era el P. Superior de esta casa, el P. Jon Sobri- no, el P. Cortina, el P. Rodolfo Cardenal, el P. Pedraz y yo. Formábamos parte de esta comunidad. El lunes 13 de noviembre fue el primer día que el P. Ellacuría durmi ó dentro del campus de la UCA (lo ma - taron del 15 al 16). El resto de la comunidad llevaba muy poco tiempo allí, y el año anterior habían vivido en la calle Cantábri- co, adonde habían partido de acá, de esta casa. Hasta muy breve tiempo antes de los hechos del asesinato no hubo comunidad de jesuítas dentro de la UCA. Incluso creo que no había conocimiento por parte de las fuerzas de inteligencia del país de que vivieran allí los jesuítas. De tal manera que fue como consecuencia de su lle- gada de Madrid aquí, cuando el lunes 13 el batallón Atlacatl, que había estado entrenándose durante unos días de la semana anterior, hizo su primera acción des- pués de ese entrenamiento, entrando a la UCA precisa- mente para hacer un reconocimiento del terreno y ver si efectivamente era allí donde vivían los jesuítas. Por-

que recibieron la noticia

gilando la UCA desde el sábado anterior, de que allí ha- bía entrado el rector, porque había dicho que él vivía allí dentro. Y entonces ese lunes 13, los militares informa-

de parte de los que

estaban vi -

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dos les envían a las 7.00 de la tard e a la UCA a unos números del batallón éste Atlacatl para que se cercioren de que el P. Ellacuría vive allí. Y allí encuentran al P. Ellacuría, y allí encuentran al P. Nacho Martín Baró, encuentran a una gente, que lleva- ba viviendo allí muy poco tiempo, a la que de alguna manera amenazan, pero no les hacen nada. Se pasean por la Universidad -que estaba vacía des- de el día sábado, pues se había puesto en las puertas un letrero de que se suspendían todas las clases- y rompen algunas cosas. -El ambiente era de gran alarma -El ambiente en la ciudad era de guerra. El día 11 mismo, el sábado, hubo un ataque a la casa presiden- cial, porque quisieron raptar, nada menos, al Presidente de la República. Fue el comienzo del ataque a la ciudad.

El Presidente, seguramente avisado por sus servi-

cios de inteligencia, salió a tiempo de la casa presiden- cial y los raptores se encontraron con que no estaba. Entonces empezaron los ataques en la ciudad. A raíz de esos ataques se constituyó el toque de queda ya desde el mismo domingo.

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Desde las seis de la tarde del 11 hasta las seis de la mañana del día siguiente nadie podía salir a la calle, porque sería disparado por fuerzas del ejército nacional. Entonces se vivía un ambiente de guerra y efectiva- mente el P. Ellacuría, que llegó el lunes en los límites de ese tiempo de queda, pudo entrar a la Universidad pre- cisamente para empezar a vivir.

Y cuando él estaba dentro, ya en toque de queda,

entró el batallón Atlacatl para verificar que los jesuítas estaban allí dentro. Cuando verificaron eso, hicieron al- gún destrozo, vamos, yo lo verifiqué al día siguiente: ha- bían roto algo en los laboratorios de Ingeniería Civil, y nada más. Se habían paseado por allí dentro. Bueno, los

que el

jesuítas estaban muy preocupados

;

yo creo

mismo P. Ellacuría pensaba que ese registro que habían

ido a hacer, no era un registro que iba a quedar así, no más. No era una mera rutina, sino que era una cosa que estaba señalando un peligro cierto y de cierto calibre. -En algún momento dice: «No nos volvamos para- noicos -Él quería dar a todo siempre un clima, no digo de normalidad, pero sí un clima no alarmante, para poder

él desarrollar una labor

ría era imposible hacerla en clima alarmante: porque era una labor fundamentalmente de llamara las partes

a razonar y a pensar, y eso en un clima alarmante no

puede hacerse. Entonces él intentaba dar a todo clima alarmante un toque de normalidad suficiente como pa- ra poder desatar un proceso de interlocución, de razo- namiento sobre el problema en sí mismo. -Alguna de las personas, a raíz de este hecho, se apartó de la comunidad -El P. Rodolfo Cardenal, aquel mismo martes, cons- ciente, porque vivió el cateo dentro de la Universidad, le

dijo al P. Ellacuría y a los otros que convivían allí: «Pues esto yo ya lo he vivido en otras ocasiones en Nicaragua

y yo me quito de en medio y me voy a Santa Tecla». -Fue la actitud sensata, después de todo -Actitud sensata de cierto conocedor del problema y

conocedor también de las consecuencias que el proble-

«bueno, quitémonos de en medio».

Porque ya en otras ocasiones en que habían sido ame-

nazados los jesuítas, y específicamente el P. Ellacuría, había actuado de esa forma. Y la verdad es que si te qui- tabas de en medio, pues pasaban los días y habitual- mente no pasaba nada. Se marchó a Santa Tecla; y es-

hasta el día del asesinato.

ta vez las cosas no pasaron

-Por el lado de los jesuítas está todo superclaro. Ahora vamos al asunto de las Fuerzas Armadas: ¿quién tomó la última decisión para entrar en la UCA?

La labor que hacía el P. Ellacu-

ma podía tener y

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-Ah, ya digo, todas estas maniobras, el trabajo del lunes, el registro, el asesinato mismo de FENASTRAS, dos semanas antes, día 31 de octubre, estaban apun- tando que esto era un tema muy meditado por parte de las fuerzas del Ejército y por parte del Gobierno. -¿Con asesoramiento americano, o cómo? -Ciertamente en todas las sesiones importantes del Estado Mayor del Ejército había un miembro de la em- bajada de los Estados Unidos, que era miembro de la CÍA; es decir, no pudo realizarse ninguna conversación de este tipo sin que estuviera en conocimiento de las fuerzas de inteligencia de los EEUU. -Sin que ello signifique que fuesen los Estados Unidos -Sin que ello suponga que ellos decidieran hacer es- to. Yo creo que esto fue una decisión del ejército salva- doreño, y no sólo que había algunos elementos, como el general Juan Bustillo, que deseaba quitarse de en medio al P. Ellacuría, a tiros si fuese preciso; sino que eso fue meditado por el mismo Jefe de Estado Mayor, que entonces era Rene Emilio Ponce, y por otros co- mandantes del ejército salvadoreño. Meditado y dicho de alguna manera, por palabras de otros que confesa- ron que había sido del mismo R.E. Ponce, y que se de- cidió realizar la acción una vez puesta en conocimiento del poder ejecutivo, el Presidente de la República, a la sazón Cristiani. Alfredo Cristiani tuvo que conocer pre- viamente esa acción.

-Es una afirmación muy tremenda

Cristiani

-Ciertamente es absolutamente inconcebible -con- tinúa Salazar-Simpson-, que Cristiani no la conociese, cuando él era informado de las acciones importantes, y

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aun otras de menos importancia, específicamente mili- tares. Esto lo llevaba a cabo todos los días. Era el pri- mero que las conocía, como es natural, puesto que el presidente de la República es el jefe supremo de las Fuerzas Armadas. Y eso no puede realizarse sin el co- nocimiento suyo. La decisión última yo supongo que fue del mismo Presidente. Otras fuerzas que pudieran haber interveni- do a favor de esta decisión, yo creo que todos ellos de alguna manera dejaron la decisión final y positiva de

hacerlo (y sin decir que esto les venía mal) a la Jefatu- ra del Estado Mayor. Y Rene Emilio Ponce así lo hace sa- ber en esa última reunión que se tiene, que es una reu- nión previa, de la tarde del mismo día miércoles, donde se dice que se esperaba al Presidente en el Estado Ma-

R.E. Ponce dice que cuando venga el

Presidente del Ejecutivo se le pedirá permiso para la realización de esta acción. Incluso hay unos que afirman que el general Bustillo contestó contra estas reservas del Jefe del Estado Ma- yor, diciendo que el Ejército era muy dueño de realizar esta acción por sí mismo y que no hacía falta permiso del Ejecutivo para nada. Pero pienso que el informe al Presidente tuvo lugar y se hizo, porque se tenía que ha- cer. El Jefe del Estado Mayor del Ejército tiene que infor- mar al Jefe Superior del Ejército de la acción que se va a hacer y pedirle permiso para su ejecución, aunque la iniciativa haya partido de los propios militares, como era lógico partiera de ellos tratándose de una acción militar. Esto no fue un acto de terrorismo, ni un acto hecho por unos comandos del Ejército funcionando de forma autónoma sin decírselo a nadie, no, esto fue una acción en toda regla del Ejército Salvadoreño, llevada a cabo por iniciativa del Ejército y operativamente por el Ejér- cito. Esto es evidente -Un terrorismo de Estado, digamos.

yor del Ejército

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-El mismo domingo y el lunes las emisoras del país fueron puestas en cadena con la emisora militar, que durante todo el día estuvo amenazando con nombres y apellidos a los jesuitas para asesinarlos. Cosa que des- de luego muchas cadenas de radio de El Salvador y ca- denas de televisión pudieron grabar perfectamente a la única emisora que había en el aire. Se estuvo de algu- na manera predicando al pueblo de El Salvador que los

culpables de toda la situación gravísima que se estaba viviendo eran los jesuitas, y que se les debía o expulsar

o matar. Por si alguno tuviese alguna idea en contra, para que la hiciese saber.

Fueron dos días en que todos los que estuvimos oyendo la radio en algún momento pudimos oír aque- llas barbaridades, una y otra vez repetidas durante ho- ras; nosotros las oímos durante minutos, visto que no tenían otra cosa que decir, pues era un llamado a que todo el mundo dijese su opinión sobre la expulsión o sobre el asesinato de los jesuitas. Las gentes que yo tu - ve ocasión de oír -gentes que, según la radio, camina- ban por la calle- se manifestaban claramente a favor de hacer una acción de matar a los jesuitas. Durante esos días sigue habiendo combates. Noso- tros el martes, cuando fuimos a las seis de la mañana

a hacer nuestro repaso de situación, verificamos que

aquella misma noche, en hora posterior a la visita del batallón Atlacatl, un comando guerrillero había tenido un encontronazo en la misma puerta de la UCA con las Fuerzas Armadas. Encontramos un low, una radio guerrillera, una can- tidad de material de guerra abandonado en la misma puerta. Se ve que, para escapar, el comando guerrillero

había puesto unas bombas en el portón de la UCA que está justo enfrente de la casa de los jesuitas, para abrirlo

y salir por la parte sur, sin enfrentarse con las Fuerzas Ar- madas, que habían acorralado allí a un grupo guerrillero.

-¿Cómo es posible que, en vista de estas cosas, el

P. Montes y otros que allí estaban no hicieran lo mismo

que hizo Rodolfo? -Pues vamos a ver. El P. Sobrino estaba fuera, en Fi-

lipinas. El P. Segundo Montes también era un padre que le daba a todo un ambiente de normalidad, optimista siempre y fervoroso, para que las cosas se arreglasen.

Y con una confianza de que lo que venía iba a ser mejor

que lo que se dejaba atrás. No era de los que quedaban

atrás al P. Ellacuría. Es decir, en todas las cosas siempre estaba al lado suyo y lo estaba apoyando. Él era el su- perior. Y realmente le apoyaba de forma permanente. Igual que también el P. Nacho Martín Baró, que era vi- cerrector de la Universidad y que también apoyaba las acciones del P. Ellacuría. Juan Ramón Moreno y el P. Amando López juzgaban más de fuera la situación. Y entonces ellos veían, yo creo con objetividad, la gravedad de los sucesos que estaban ocurriendo, y que podían desencadenar cual- quier barbaridad. Yo pienso que también lo veía el

P. Ellacuría, Segundo no tanto y Nacho no tanto

-A pesar de ser sociólogo y psicólogo -No lo veían tanto, y como habían pasado muchos momentos de peligro juntos, creían que era un peligro

pasajero, pero yo creo que el P. Moreno y el P. Amando

sí tenían en la cabeza que la situación era de una gra-

vedad extremada. Y, sin embargo, ellos decían: «Están muy solos, vamos a tener que apoyarles». Es más, el día que los matan estuvieron aquí a las

5.30 de la tarde, media hora antes del toque de queda.

Y vienen aquí porque todavía no se habían podido po-

ner en contacto desde el lunes con sus familias en Es- paña, para decirles que estaban sanos y salvos; que el registro del lunes había quedado en registro y a ellos no les había pasado nada. Estuvieron aquí sin poder

conectar.

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Dice Juan Ramón: «Vengo a cenar». Y le digo: «Oye, mira, quedan quince minutos, diez minutos para el to- que de queda. Quédense aquí durante toda la noche. Están intentando ponerse en contacto con España para ver si lo consiguen y mañana por la mañana a las 6, en cinco minutos, están en su despacho». Y el mismo Juan Ramón Moreno comenta: «No, nos vamos, que aquéllos (diciendolo por el P. Montes, Nacho Martin Baró, el P. Ellacuría y el P. Joaquín) se han queda- do muy solos». Esta casa está a veinte metros del jar- dín donde los matan. Si no hubiese unas casas delante, si esas casas en vez de tener dos pisos tienen uno, los de esta comunidad hubiesen visto directamente por en- cima del jardín cómo los asesinaban. Es que, efectivamente, esto está en la calle, pero aquello está en el cerco de la UCA. Y por dentro de la UCA no caminaba nadie. Y por la noche había comba- tes, por dentro y por fuera de la Universidad. Y enton- ces, el estar metidos en aquel berenjenal, sin el apoyo de nadie que viva en sus cercanías, era de una grave- dad grande. Entonces estos pobres se fueron allí, con la concien- cia de acompañar a aquéllos porque aquéllos estaban solos, y lo que no sabían es que iban a morir esa noche. Y al día siguiente yo llegué a las 6 de la mañana, y vi- no el que hacía de jardiner o de la UCA a contarnos lo que había pasado.

Testigos

-¿Hubo algún testigo de visu fuera de los soldados? -Los testigos más cercanos de todo aquello, que permanecen vivos, fueron los de las casas dando a la UCA. Entre ellos, un señor, que por todos los indicios parece ser que era de la CÍA, y que tiene incluso una

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terraza encima de su casa, dando a un extremo del jar- dín donde les mataron. Y algunas gentes en parecida posición, que aunque no tienen terraza, sí tienen algún ventanuco para ver lo que pasa allí. Incluso una señora que estaba en la radio, casa 16 de la calle Cantábrico, la señora de Cerna, que vio a los militares entrar en el jardín. Y que oyó al P. Nacho Mar- tín Baró hablar con ellos, cuando fue a abrirles la puerta -una puertecita metálica que da al jardín por la capillita de la UCA-. Salió el P. Nacho M. Baró de la casa, cami- nó por el jardín hasta esa puerta y les abrió. Fue cuando la Sra. Cerna vio a los militares y oyó hablar al P. Nacho. De todas maneras, algunos de ellos, antes de que les abrieran la puerta, habían saltado la tela metálica utilizando un tablón. Allí vi yo el tablón mucho tiempo. Es decir que entraron por varios puntos. Entraron tam- bién por la entrada principal del Centro Monseñor Ro- mero, y entraron también por la puerta que da a la ca- lle Albert Einstein del jardín Sur de ellos, donde los mataron. El jardinero, esposo de Elba, estaba en la casa, a cuatro metros de donde les matan a ellos. Oyó todo, absolutamente todo, metido debajo de la cama. Los po- licías dieron a la puerta todos los puntapiés que quisie- ron y él no abrió la boca. Y por eso salvó la vida. Y él es el principal testigo, si no de visión directa, pero cierta- mente lo escuchó. Lo vivió. Y luego los mismos vigilantes de la UCA, que vivie- ron y oyeron varias cosas a los militares. Se metieron en un cuarto que hay en la parte trasera del número 16 Cantábrico, pero ya en la UCA -u n cuarto que era para los vigilantes- y aguantaron a los militares también sin rechistar los puntapiés que les dieron en las puertas. Los militares ametrallaron unos coches que había allí, uno del P. Ibisate, superior de esta casa, y les hicieron varios orificios.

125

Allí se recogió inmensidad de casquillos de bala, unos 400, tanto de los M16 como de ametralladora. Porque los militares colocaron unas ametralladoras delante de la capilla del Centro Monseñor Romero, para ametrallar su fachada. Un tiro penetró por encima del altar justo de- bajo de la cruz, que existe en la capilla. Creo que aún está el orificio de bala en la pared. Cantidad de casquillos y algunas latas de comida mi- litar. Porque se tiraron varias horas en el lugar. Empeza- ron la acción a las diez de la noche; yo creo que a los padres los debieron de matar alrededor de la una y me- dia de la madrugada. Hubo dos señales aéreas para la acción militar: una señal inicial parece fue la pasada de dos reactores por encima de la casa de la UCA, donde ellos viven; y luego, para indicar el final de la operación, dos lanzamientos de bengala sobre el lugar, que estu- viero n dando luz sobre la UCA casi treint a minutos . Es una luz que baja en un paracaídas e iluminó el lugar con luz como de día. -Estas personas han comentado luego -Sí, sí. La señora Cerna fue muy importante. Hubo al- gunas informaciones que no han llegado a ningún sitio; otras han llegado muy de segunda mano de las personas que vivian allí. Pero la Sra. Cerna, que era la cuidadora del sitio donde está ahora la radio, a esta señora nosotros la trasladamos a los EEUU, y dijo de primera mano todo lo que había oído. Entonces era necesario, porque el Ejér- cito negaba su participación. Ello no impidió que el FBI le hiciera una encerrona con militares salvadoreños y la amedrentaran. Pero al final rehízo su testimonio.

Estados Unidos

-Entonces la intervención del embajador de EEUU con el P. Tojeira en la TV es una\caterva de mentiras.

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-Así es. El P. Tojeira no se deja engañar así como así. Vinieron a visitarle aquí varias veces, el Sr. Richard Chichester, representante de la CÍA en la Embajada de EEUU y otro agente de investigación del FBI, latinoame- ricano. Una vez yo los vi entrar en el n.° 9 de la casita de Río Lempa, donde tiene el despacho el P. Provincial, para hablar con él. Es decir, que ahí hubo varias conver- saciones del P. Provincial con ellos y en todas ellas le in- tentaron engañar y un poco quitar toda la participación que había habido tanto del Ejército como del Estado. La verdad sencilla y llana es que ciertamente el Jefe del Estado, por ser el Jefe Superior de las Fuerzas Arma- das, y la Jefatura Superior del Estado Mayor, como la que toma las decisiones de guerra, estuvieron siempre absolutamente detrás de todo lo que se hacía. -¿Qué labor les tocó a ustedes al estar los cuerpos tendidos? -Bueno, pues a nosotros nos quedó el dolor de có- mo los habían dejado. Me acuerdo que aquel día, a las pocas horas, eran las 8 y algo, ya estaba la policía riéndose dentro de la UCA, acordonando el lugar para la investigación de los hechos. Nosotros estábamos tapando los cadáveres, rezando sobre ellos, y había sido comunicado al arzobispo de El Salvador, Arturo Rivera, para que viniese a darles una última bendi- ción. Lo hizo y estuvo muy cerca de la Compañía de Jesús en aquellos momentos. Por supuesto que apo- yándola y señalando a los verdaderos factores de aquella masacre. A nosotros nos tocó hablar con la gente que pudi- mos y como pudimos, y de alguna manera mantener la marcha de la Universidad para poder reabrirla cuanto antes y poder seguir las labores universitarias; inten- tando que a las gentes se les pasara un poco el pánico de aquella situación vivida dentro de los muros de la Universidad. Les costó mucho a todos los trabajadores

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que estaban allí reunidos en la dirección de la UCA, por- que sintieron mucho el asesinato de los jesuítas.

Hasta aquí el P. Salazar-Simpson. Le hemos preguntado al P. Tojeira para completar tan detallado y veraz informe:

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-Cuando, a raíz de estas actividades tan importan- tes del P. Ellacuría, se toma la decisión de eliminarlo,

¿piensa usted en su fuero

no de los EEUU? -Yo creo honestamente que no. Yo creo que esta de- cisión se toma en algunos círculos de la ultraderecha del país, en un momento en que tienen conocimiento de que viene una ofensiva final de la guerrilla. Ellos piensan que la ofensiva de la guerrilla va a ser menos fuerte de lo que en realidad es, y empiezan a preparar posibilida- des de eliminar a la oposición, aprovechando el descon- cierto que pueda causar esa ofensiva, atribuyendo a la izquierda estos asesinatos dentro de un plan como para crear desconcierto en el país. Los nombres de ellos circulan, como otros de secto- res de izquierda. Pero la ofensiva sorprende al Ejército por su fuerza e incluso por su fecha -no esperaban que fuera precisa- mente ese día-, entonces se produce una reacción vis- ceral y empiezan a buscar opositores a quienes matar. Bueno, los únicos que se habían quedado en su casa, no se habían ido a una embajada, no habían huido, etc., eran Ellacuría y sus compañeros. A ellos encuen- tran y a ellos los matan. Yo creo que fue más un arran- que del momento, de la tensión, apoyado ciertamente en una especie de odio acumulado, hacia Ellacuría es- pecialmente, y a otros de los que colaboraban en su equipo con él.

interno que esa decisión vi -

¿Cristiani, amigo de Ellacuría?

Ellacuría tomó en serio la propuesta del presidente Cris- tiani de reanudar el diálogo sin condiciones. Así lo expre- só en un exhaustivo artículo de ECA (1989, 490-491, p. 683). En el editorial de esa edición escribió: «Se va conso- lidando en el gobierno la línea civilista de Cristiani, frente a la línea militarista de D'Abuisson y a la línea escuadronis- ta de cabeza clandestina» (p. 633). En privado también hablaba de las tres tendencias de ARENA, pero añadía, por primera vez desde que volvió a El Salvador en 1982, «ahora sí puede pasar», es decir, que lo podían matar. De que Ellacuría hablara con Cristiani a que Cristiani fuera su amigo hay una tremenda diferencia. José María Tojeira, rector de UCA, escribe:

El expresidente Cristiani en una de sus muchas en-

trevistas

no fue un acto institucional del ejército y que él era amigo del P. Ellacuría. No es malo que, frente a semejante aseveración, re- cordemos lo que podríamos llamar elementos de certeza:

El informe de la Comisión de la Verdad, cuyas reco- mendaciones tenían fuerza de tratado, asegura que el Jefe del Estado Mayor de la Fuerza Armada, dos vicemi- nistros de Defensa, el Jefe de la Fuerza Aérea y el Co- mandante de la Primera Brigada de Infantería dieron la orden de asesinar al P. Ellacuría y no dejar testigos. Sabiendo que la metodología de trabajo de la Comi- sión fue sumamente exigente con los elementos de prueba, no se puede decir hoy que el crimen no fuera institucional. Tanto el coronel Benavides, como los 12 oficiales de la Escuela Militar a los que comunicó la or- den antes de transmitírsela al comando de Atlacatl que la ejecutó, pensaron también que la orden era institu-

ha afirmado que el asesinato de los jesuítas

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cional, puesto que provenía de las máximas autorida- des en el ejército y en conformidad con la cadena insti- tucional de mando.

el Sr. Cristiani di -

ga a estas alturas que el crimen no era institucional es el afán de cubrirse las propias espaldas. En efecto, ya conociendo el Informe de la Comisión de la Verdad, el entonces presidente Cristiani se negó a dar la baja a los oficiales mencionados, como responsables del crimen, como correspondía en pura lógica civilista y ciudadana. Y no sólo eso, sino que además de prolongar la estadía en el ejército a los autores intelectuales del asesinato de los jesuítas, les concedió honores y distinciones en el móntente de su jubilación. Esto en pura lógica política se llama encubrimiento de asesinato.

Añadir que Ellacuría era su amigo no hace sino añadir niebla y confusión sabré el asunto. Efectivamente, Ellacu- ría pensó que en el Cristiani de entonces había talante éti- co y sintió simpatía por el entonces joven presidente. Pe- ro esto no quiere decir que sea ético llamar a Ellacuría amigo en la actualidad. Porque la amistad se demuestra tanto en la vida como en la muerte. Y la negativa del pro- pio Cristiani a investigar a fondo a sus propios mandos mi- litares, así como el encubrimiento posterior de los mismos, muestra que la amistad con Ellacuría está claramente su- peditada a intereses políticos que en este caso estaban re- ñidos con la verdad. Esto es lo que en términos sencillos se podría catalogar como una clara, directa y alevosa trai-

ción al amigo

Lo único que puede explicar que

{Carta a las Iglesias, 1-15 oct. 97).

Una pregunta final:

-P. Tojeira, ¿se puede hablar aquí de una auténtica persecución religiosa? -Yo estoy convencido de que sí, que hubo una ver- dadera persecución religiosa, que durante un tiempo, digamos a partir del 77, consiste sobre todo en el ase-

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sinato, y posteriormente en medidas de represión: no permitir a la Iglesia entrar en algunos lugares, expulsar a clero extranjero, poner dificultades para que entre gente de Iglesia, impedir delegaciones que vengan so- lidariamente de fuera a conocer la situación del pueblo salvadoreño. Yo sí creo que hubo una auténtica labor de amedrentamiento, amenazas a sectores religiosos que vivían su fe con cierta criticidad, siguiendo las enseñan- zas y compromisos iniciados por Medellín y Puebla. Hu- bo una auténtica persecución religiosa, en unos mo- mentos más sangrienta, en otros montentos más sorda, menos aparente, pero sí, hasta el 89-90, era una verda- dera persecución religiosa.

Con posterioridad a sus muertes

El día que los asesinan, hay en Madrid, calle Maldonado, una Misa, que preside el P. Valentín Menendez. De la Misa se fue al avión y, recuerda Pedraz, en llegando a casa me dice:

-Pedraz, he llorado como hacía tiempo que no llora- ba. Pero me siento contento, porque es más el bien que ha hecho la Compañía con estas muertes que el mal que los asesinos han producido a la Universidad.

El mismo Pedraz se suma al sentimiento:

Creo que esto ha hecho mucho bien a mucha gente y a este país. Sin este asesinato dudo que en 1991 se hubiera llegado a los acuerdos de paz. Y vale más lo que ha ganado este país que aquella sangre. Oportet hominem morí pro bono populi. Para mí todos ellos no merecen más que respeto.

Pensó e hizo pensar mucho Ellacuría en vida. Y ha he- cho pensar su muerte. De la disertación de Diego Gracia,

131

catedrático de la Complutense de Madrid y director de la Fundación Xavier Zubiri, tomo este epílogo.

«Se nos han esfumado las esperanzas

»

Lo cual no quiere decir que hayamos dejado de lu- char. In spe contra spem (esperanzados contra toda es- peranza), reza el mandato paulino. Esta esperanza la

puso Ignacio Ellacuría en la educación intelectual, moral

y política de los jóvenes, sobre todo de los menos favo-

recidos. Cuando ya no puede creerse en las grandes so- luciones políticas, queda como última salida la actitud socrática: educara los jóvenes en la verdad, la bondad

y la justicia. Éste fue también el método de Jesús, y por

tanto bien puede llamarse jesuítico. Alguien pensará que tales actitudes son, desde el punto de vista político, ab- solutamente «utópicas». Quizás por ello resultan tan irritantes para el Establishment, que acaba haciendo pa- gar a estos hombres su desafío con la muerte. Sócrates hubo de beber la cicuta. Jesús fue ejecutado. E Ignacio Ellacuría también . Ésa es la mejor demostración de que su reino no era de este mundo. Ignacio lo tuvo siempre muy claro. Su reino, el reino de la verdad, la justicia, el amor y la paz, era a la vez histórico y escatológico, y se identificaba con la utopía cristiana del Reino de Dios. Es- to es lo que él siempre entendió por Teología de la Libe- ración, no otra cosa. Quien pueda entender, entienda.

La más importante romería latinoamericana para sali- da de milenio se da cita en el Centro Monseñor Romero. Con María Eugenia Arguello, subdirectora del Centro de Pastoral:

-¿Qué es el Centro Monseñor Romero, qué activi-

132

dades

?

-Yo estoy en constante actividad con visitantes. El

CMR, a raíz del asesinato de los padres jesuítas en el 89, se ha convertido en un centro de peregrinación. Aquí viene muchísima gente de todas partes del mun-

do, de Australia, de Asia

también de diferentes partes del país. -Yo veo que éste es un centro muy completo, ¿cómo fue su desenvolvimiento? -Esto ha crecido bastante. Se puede decir que se nos ha duplicado el trabajo, el movimiento, los alumnos. En el CMR se lleva también todo lo que es la rama de Teología de la UCA. Aquí se llevan las carreras relacionadas con la Teología, la licenciatura en Teología, el profesorado en Teo- logía, y un profesorado que se va a dar clases fuera de la UCA los sábados en la Vicaría, para agentes de pastoral.

Últimamente están viniendo

-El caso de los mártires es ya un hecho universal -Sí. Y como dicen que nadie es profeta en su tie-

, -El homenaje a Monseñor Romero en Westminster -Es algo que nos llena de alegría.

-¿Han ido algunas personas de aquí

-Sí, Mons. Ricardo Urioste, María Julia Hernández, que es la encargada de la tutela legal del arzobispado, y dos amigas personales de Mons. Romero, Ana María y Coral. -El Centro Monseñor Romero está dentro del cam- pus de la Universidad -Lo que es el Centro Monseñor Romero no es pro- piedad de la Universidad, pero está unido a ella. La Universidad está catalogada como la mejor uni- versidad del país. Cuando Mons. Romero visitaba la Universidad, insistía en que siendo esta Universidad de inspiración cristiana, debía tener una capilla, y la capi- lla que tenemos se inauguró para el 5 o aniversario del asesinato de Mons. Romero. Por eso se conoce como capilla de Monseñor Romero, aunque está dedicada a Jesucristo Liberador.

es más conocido fuera que dentro del país.

rra

?

133

Es una universidad de inspiración cristiana, no es una universidad católica, como muchas veces lo dicen -¿De dónde proceden los dibujos de las torturas en la capilla? -Son hechos por Roberto Hueso, pintor muy conoci- do acá en El Salvador. Es arquitecto y fue catedrático en esta Universidad. Y él pintó esos dibujos en los años del 80 al 82, cuando la represión era más fuerte aquí en el país. Y ésa era la forma como aparecían los cadáveres en las calles y carreteras del país. Son unos dibujos muy fuertes. Pero eran nuestra realidad. Casualmente él donó 14 dibujos y son 14 los pasos del Via-Crucis. El

P. Ellacuría le llamaba el Via-Crucis del pueblo salvado- reño. Ha habido mucha gente que critica que estén esos dibujos ahí en la capilla, dicen que son muy obsce-

nos

-También el crucifijo sería obsceno -Hay otra pintura de pintor salvadoreño, Miguel An- tonio Bonilla, bastante crítico y satírico, por cuya espe- cialidad no gusta tanto en el país. A su pintura llaman el «feísmo», con dibujos un poco grotescos, pero dentro de esa pintura tenemos un Cristo resucitado, diferente a todos los otros Cristos que vemos. Un Cristo en que se ve que ha tenido los dedos pulgares atados, como apa- rece en esos dibujos. Y también acribillado a balazos y vendado, que es la forma como aparecían estos cristos salvadoreños. El pintor quiso representar que la muerte de Jesús era un poco la muerte de esta gente de acá.

Pero francamente es la realidad de nuestro país.

Flores sobre su tumba

Ignacio de Loyola se propuso salvar todo el mundo Ignacio Ellacuría se planteó revertir la historia. También en esta ambición comunes

134

*

*

*

«Lo característico de la labor intelectual de Ignacio Ellacuría es haber hecho de la filosofía un elemento cons- titutivo de una existencia dedicada a la liberación» (id. id. p. 16, citando a A. González).

* *

*

«Si algo me llamó poderosamente la atención desde el principio fue su pasión por el servicio. Su pregunta funda- mental fue siempre la de ¿qué tengo que hacer?, media- ción histórica del "buscar siempre la voluntad de Dios y cumplirla", tan típicamente ignaciana» (id. id.).

* *

*

«Su vida fue una vida des-centrada, un servicio en favor de otros y, cada vez más, un servicio también des- de los otros, tanto porque estos otros daban sentido a su vida, como porque le iluminaban sobre cómo servir» (id. id. p. 19).

# #

*

«A lo largo de su vida fue preguntándose qué significa- ba en concreto ese servicio al que se sentía llamado, y paulatinamente llegó a comprenderlo no como cualquier servicio, sino como un servicio específico: bajar de la cruz al pueblo crucificado» (id. id. p. 19).

# *

*

«A Ellacuría se le removieron las entrañas al ver todo un pueblo postrado, oprimido, engañado, burlado. Ante

135

eso reaccionó y no se quedó en el puro lamento y nunca

pactó con ese dolor, por aquello de que no hay otra solu-

ción

»

(id. id. p. 19).

* *

*

«Se rebeló contra algo tan vigente: la geocultura de la desesperanza y la teología de la inevitabilidad» (id. id. ci- tando a Gorostiaga en La mediación de los cambios socia- les y los cambios internacionales).

* *

*

Leer a Ellacuría con un propósito informativo/académi-

co o estético sin un afán imitativo en el aprendizaje, será

entrar por la puerta falsa. Es como conocer a Jesús sin ánimo de seguirle.

* # *

«Toda esta sangre martirial derramada en El Salva-

dor y en toda América Latina, lejos de mover al desáni- mo y a la desesperanza, infunde nuevo espíritu de lucha

y nueva esperanza» (Citado por Jon Sobrino en C.I. 16-29 nov. 94).

* *

*

«Sólo utópica y esperanzadoramente puede uno creer

y tener ánimos para intentar, con todos los pobres y opri- midos del mundo, revertir la historia, subvertirla y lanzar-

la en otra dirección» (Citado por González Faus en C.I.

16-30 nov. 94).

136

El autor

Con tanta ayuda vamos saliendo mal que bien de la misión imposible, y dulce, que nos tocó de escribir sobre Ellacuría y sobre tanto prohombre. Me vienen ganas de rubricar con aquello de: otras muchas cosas hizo Ellacu- ría, hicieron los mártires de la UCA, que no están escritas

Por si suena petulante, mejor recordar que

otros muchos han intentado a su manera reflejar esbozos

y resúmenes de lo que vieron y sintieron acerca de tales

personajes, de tal comunidad de mártires. Tendría que transcribir entero, por de pronto, el boceto intelectual de

Jon Sobrino: Ignacio Ellacuría, el hombre, el pensador, el cristiano (Ediciones EGA, Bilbao, 1994). Pero seguramen- te la noble pluma teológica de Sobrino está mucho más

al alcance de ustedes que la mía, y no necesita mi propa-

ganda. Tampoco he querido entrar a fondo en los pro- cesos de investigación sobre la autoría intelectual del crimen. Personas muy competentes ya hicieron sus dictá- menes y los publicaron. Me ahorré también la inmensa cantidad de adhesiones y homenajes post mortem, que

llenarían otro volumen. Mis páginas ofrecen, en cambio, un ramillete de vivencias, todavía palpitantes y cálidas, de amigos y amigas y compañeros, que me prestaron sus propias palabras, por ser en servicio de tan grandes ejemplos. Algunas posiblemente habrían caído en el olvi- do con el tiempo y se habrían perdido como pétalos de rosas marchitas. Si esta composición escrita contribuyó,

y espero que así sea, a dar un nuevo panorama de los

Hechos de la UCA, epopeya latinoamericana, les pido que

compartan su alegría conmigo.

en este libro

137

Estoy demasiado cierto de que los rostros que me to- có presentar y su conjunción en comunidad de vida y de sangre, son de las cosas que no acaban, porque son de aquéllas pocas que necesitamos para orientar las ru- tas de América, y del mundo, en el nuevo milenio.

138

Bibliografía martirial salvadoreña

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