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MI DESILUSIÓN EN RUSIA

CAPÍTULO I: DEPORTACIÓN A RUSIA

EMMA GOLDMAN

Traducción del original completo de 32 capítulos en inglés My Disillusionment in Russia disponible en www.marxists.org bajo la licencia

Creative Commons «Reconocimiento-CompartirIgual 2.0» («Attribution- ShareAlike 2.0»)

Para cualquier sugerencia, observación… puede enviar un correo a:

rsecorreo2@hotmail.com

Nota sobre las transliteraciones:

Al tener el ruso ciertos sonidos que no existen en castellano, se adaptarán las siguientes grafías para representar con precisión y claridad el sonido ruso en los nombres nativos (se ha preferido mostrar la pronunciación antes que el aspecto visual de la palabra):

Ш (sh) ->sh; З (z inglesa) ->s’; В (v inglesa) ->v’; Ж (j francesa) ->y;

Ъ (signo duro) -> ·

En la noche del 21 de Diciembre de 1919, junto con otros doscientos cuarenta y ocho prisioneros políticos, fui deportada de América. Aunque era conocido por lo general que íbamos a ser deportados, pocos realmente creían que los Estados Unidos rechazarían completamente su pasado como asilo para refugiados políticos, algunos de los cuales han vivido y trabajado en América durante más de treinta años.

En mi caso, la decisión de eliminarme se conoció primero cuando, en 1909, las autoridades Federales se esforzaron en privar el derecho a votar al hombre cuyo nombre me dio la ciudadanía estadounidense. El que Washington esperase hasta 1917 se debió a que faltaba el momento psicológico para la apoteosis. A lo mejor debí haber impugnado el caso en aquel momento. Con la opinión pública de entonces, el tribunal probablemente no habría apoyado los procedimientos fraudulentos que me privaron de la ciudadanía. Pero entonces, no parecía creíble que América se rebajase a los métodos zaristas de deportación.

Nuestra propaganda contra la guerra añadió leña a la histeria a causa de ésta en 1917, y de esta forma proporcionó a las autoridades Federales la deseada oportunidad de completar la conspiración comenzada contra mí en Rochester, Nueva York, en 1909.

Fue el 5 de Diciembre de 1919, mientras estaba en Chicago dando una conferencia, cuando se me informó por telégrafo que la orden para mi deportación era definitiva. La cuestión de mi ciudadanía fue llevada al tribunal, pero el resultado fue por supuesto adverso. Tenía la intención de llevar el caso a un tribunal superior, pero finalmente decidí no darle más vueltas al asunto: la Rusia soviética me estaba engatusando.

El secretismo de las autoridades respecto a nuestra deportación fue ridículo. Hasta el último momento nos mantuvieron en la ignorancia de la fecha de ésta. Hasta que, inesperadamente, a altas horas de la madrugada del 21 de Diciembre, desaparecimos. La escena montada para esta actuación fue lo más estremecedor. Eran las 6 en punto del domingo, día 21 de Diciembre, cuando bajo un convoy militar subimos al Buford.

Durante 28 días fuimos prisioneros. Guardias en la entrada de nuestro camarote día y noche; guardias en la cubierta del barco durante la hora diaria en la que se nos permitía respirar aire puro. Nuestros camaradas masculinos estaban hacinados en cuartuchos oscuros y húmedos, horriblemente alimentados; todos nosotros estábamos en la más completa ignorancia de la dirección que íbamos a tomar. Aún así estábamos animados: Rusia, la nueva y libre Rusia, estaba antes que los EEUU.

Durante toda mi vida la heroica lucha de Rusia por la libertad fue un faro para mí. El entusiasmo de sus hombres y mujeres mártires, que ningún fuerte ni kátorga 1 podía suprimir, fue mi inspiración durante mis peores momentos. Cuando las noticias de la Revolución de Febrero corrieron como la pólvora por todo el mundo, deseaba

apresurarme a la tierra que hizo el milagro y liberó a su pueblo del viejo yugo del zarismo. Pero América me retuvo. El pensamiento de 30 años de lucha por mis ideales, de mis amigos y colaboradores, me hizo imposible abandonar. Iré a Rusia más adelante, pensé.

Entonces, se produjo la entrada de América en la guerra y la necesidad de permanecer fiel al pueblo americano que fue arrastrado al huracán contra su voluntad. Después de todo, tenía una gran deuda; debía mi crecimiento y desarrollo a lo que era lo mejor en América: a sus luchadores por la libertad, a los hijos e hijas de la futura revolución. Sería fiel a ellos. Pero los frenéticos militaristas pronto pusieron fin a mi trabajo.

Al fin estaba unida a Rusia y todo lo demás prácticamente se borró de mi memoria. Contemplaría con mis propios ojos matushka Rossiya 2 , la tierra liberada de jefes políticos y económicos; el dubinushka ruso, como era llamado el campesino, criado del polvo; el trabajador ruso, el Sansón moderno, que con un giro de su poderoso brazo tiró abajo los pilares de la sociedad decadente. Los 28 días en nuestra prisión flotante pasaron en una especie de trance. Apenas era consciente de lo que pasaba a mí alrededor.

Finalmente llegamos a Finlandia, a través de la cual fuimos forzados a viajar en coches cerrados. En la frontera rusa fuimos encontrados por el comité del Gobierno Soviético, encabezado por Sorin. Habían venido para saludar a los primeros refugiados políticos provenientes de América, por el bien de la opinión.

Era un día frío, con la tierra como una hoja blanca, pero la primavera estaba en nuestros corazones. Pronto íbamos a contemplar a la Rusia revolucionaria. Preferí estar sola cuando toqué la tierra sagrada: mi exaltación era demasiado grande, y temí no poder controlar mi emoción. Cuando llegué a Beloóstrov 3 la primera y entusiasmada recepción que encariñaron a los refugiados se había terminado, pero el lugar todavía estaba recargado con sentimientos intensos. Podía sentir el sobrecogimiento y humildad nuestros que, tratados como delincuentes en los Estados Unidos, fueron recibidos como hermanos y camaradas y saludados por los soldados rojos, liberadores de Rusia.

Desde Beloóstrov fuimos conducidos a otro pueblo donde habían preparado otra recepción: un recibidor en penumbra lleno hasta arriba, una tribuna iluminada con velas de sebo, una bandera roja enorme y en la tribuna, un grupo de mujeres vestidas con unos atuendos negros de monja. Estaba inmóvil como un sueño en el silencio absoluto. De repente una voz resonó. Me golpeó los oídos como el metal, y no parecía inspirada, pero hablaba del gran sufrimiento del pueblo ruso y de los enemigos de la Revolución. Otros se dirigieron a la audiencia, pero fui retenida por las mujeres de negro, con sus caras cadavéricas en la luz amarilla. ¿Eran realmente monjas? ¿Había penetrado la Revolución incluso los muros de la superstición? ¿Se

había introducido el Amanecer Rojo en la cerrada vida de estas ascéticas? Todo parecía extraño, fascinante.

De alguna manera, me encontré en la tribuna. Sólo pude soltar que yo, como mis camaradas, no había venido a Rusia a enseñar; había venido a aprender, a tomar sustento y esperanza de ella, para dar mi vida en el altar de la Revolución.

Después del mitin fuimos escoltados al tren que estaba esperando con destino a Petrogrado 4 ; las monjas de la capucha negra estaban entonando La Internacional y toda la audiencia se unía a ellas. Yo estaba en el coche con nuestro anfitrión, S’orin, que había vivido en América y hablaba el inglés con fluidez. Habló con entusiasmo sobre el Gobierno Soviético y sus maravillosos logros. Su discurso era iluminador, pero hubo una frase discordante que me llamó la atención. Hablando sobre la organización política del Partido, señaló: «Tammany Hall 5 no tiene ni punto de comparación con nosotros, y en cuanto al Boss Murphy 6 , le podemos enseñar un par de cosas.» Pensaba que el hombre estaba bromeando. ¿Qué relación podía haber entre Tammany Hall, el Boss Murphy y el Gobierno Soviético?

Le pregunté sobre nuestros camaradas que se liberaron de América con las primeras noticias de la Revolución. S’orin me informó que muchos habían muerto en el frente, otros estaban trabajando con el Gobierno Soviético. ¿Y Shatov? William Shatov, un brillante orador y gran organizador, era una figura bien conocida en América, frecuentemente asociada a nosotros en nuestro trabajo. ¿Por qué no vino Shatov a saludarnos?«Shatov tenía que irse a Siberia, donde va a ocupar el puesto de Ministro de Ferrocarriles», dijo S’orin.

En Petrogrado nuestro grupo recibió de nuevo una ovación. A continuación los deportados fueron llevados al famoso Palacio Táuride, donde iban a recibir sustento y alojamiento para la noche. S’orin pidió a Alexander Berkman y a mí que aceptásemos su hospitalidad. Nos metimos en un coche a nuestra espera. La ciudad estaba oscura y desierta, ni un alma se veía en ninguna parte. No habíamos ido muy lejos cuando el coche se paró, y una luz eléctrica nos deslumbró. Era la milicia pidiendo el pasaporte. Petrogrado había repelido el ataque de Yudénich 7 y todavía estaba bajo ley marcial. Este proceso se repitió con frecuencia a lo largo de la ruta. Poco antes de llegar a nuestro destino, pasamos junto a un edificio bien iluminado. «Es la comisaría-nos explicó S’orin-pero tenemos pocos prisioneros ahí ahora. La pena de muerte está abolida y recientemente hemos proclamado una amnistía general a los presos políticos.»

En ese momento el automóvil se paró. «La Primera Casa de los Sóviets;-dijo S’orin- el hogar de los miembros más activos del Partido». S’orin y su esposa ocupaban dos habitaciones, amuebladas con simplicidad pero acogedoras. Se sirvió té y refrigerios, y nuestros anfitriones nos entretuvieron con la absorbente historia de la maravillosa

defensa que los trabajadores de Petrogrado habían organizado contra las fuerzas de Yudénich. De cómo, heroicamente, hombres y mujeres, e incluso niños, corrieron a defender la Ciudad Roja. ¡Qué maravillosa autodisciplina y cooperación demostró poseer el proletariado! La tarde se pasó entre estos recuerdos, y cuando estaba a punto de retirarme a la habitación reservada para mí, una mujer joven vino a mí y se presentó como la cuñada de «Bill» Shatov. Nos saludo afectuosamente y nos pidió que subiésemos a ver a su hermana que vivía en el piso siguiente. Cuando llegamos a su apartamento, me encontré abrazada con el mismo y jovial Bill. ¡Qué extraño por parte de S’orin que me hubiese dicho que Shatov se había marchado a Siberia! ¿Qué significaba eso? Shatov nos explicó que se le había ordenado no encontrarse con nosotros en la frontera, para prevenir que nos diese nuestras primeras impresiones de la Rusia Soviética. Su partida se había retrasado y pudimos encontrarnos con él.

Pasamos mucho tiempo con Shatov antes de que se marchase de Petrogrado. Durante días enteros escuché su historia de la Revolución, con sus luces y sus sombras, y la tendencia de los Bolcheviques hacia la derecha. Shatov, a pesar de ello, insistió en la necesidad de todos los elementos revolucionarios de trabajar con el Gobierno Bolchevique. Los Comunistas han cometido muchos errores, por supuesto, pero lo que hicieron fue inevitable; impuesto contra ellos por la intervención Aliada y el bloqueo.

Pocos días después de nuestra llegada, S’orin nos pidió a Alexander Berkman y a mí que le acompañásemos al Smolni. Smolni, el antiguo internado para las hijas de la aristocracia, había sido el centro de los eventos de la Revolución. Casi cada piedra jugó su papel. Ahora era la residencia del Gobierno de Petrogrado. Encontré el lugar fuertemente vigilado y dando la impresión de ser una colmena de oficiales y empleados del Gobierno. El departamento de la Tercera Internacional era particularmente interesante; era el dominio de S’inóv’ief. Me impresionó mucho la magnitud de todo aquello.

Después de mostrarnos el edificio, S’orin nos invitó al comedor de éste. La comida consistió en una buena sopa, carne con patatas, pan y té. Una comida más bien buena en la hambrienta Rusia, pensé.

Nuestro grupo de deportados fue alojado en el Smolni. Estaba preocupada por mis compañeras de viaje: las dos chicas que compartieron mi camarote en el Buford. Deseaba llevarlas conmigo a la Primera Casa de los Sóviets. S’orin fue a por ellas. Llegaron muy excitadas y nos contaron que todo el grupo de deportados se había puesto bajo control militar. La noticia era sorprendente. Gente que había sido echada de América por sus opiniones políticas, ahora en la Rusia Revolucionaria de nuevo prisioneras tres días después de su llegada. ¿Qué había pasado?

Nos dirigimos a S’orin. Parecía avergonzado. «Algún error» dijo, e inmediatamente empezó a poner excusas. Parece que 4 criminales ordinarios se habían encontrado entre los políticos deportados por el Gobierno de los Estados Unidos, y por tanto se

encargó a una guardia al grupo. El procedimiento me pareció injusto y no procedente. Esa fue mi primera lección sobre los métodos de los Bolcheviques.