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INTRODUCCION

Tras la caída del Imperio de occidente en el siglo V la decadencia, el empobrecimiento y el analfabetismo asolaron el territorio que hoy llamamos Europa. El libro queda relegado a los monasterios en manos de monjes que trabajaban para mayor gloria de Dios.

Los monasterios importantes destinaron una habitación para la confección de libros: el scriptorium (escritorio). Trabajaban a la luz del día, no utilizaban teas ni velas por el temor a posibles incendios. Hasta los siglos XI-

XII no aparecen las mesillas, por lo que escribían sobre las rodillas.

La palabra “manuscrito” viene del latin: “manus” (mano) y “scribere” (escribir), es decir un texto escrito a mano. Los términos de “miniatura” o “iluminado” son frecuentemente empleados para designar la decoración pintada en los libros. El término “miniatura” proviene del italiano “miniature” proveniente del verbo latino “miniare”, es decir “enlucido de minium”, un oxido

de plomo de color rojo utilizado para trazar las iníciales y los títulos llamados

“rubricas”. Una miniatura designa, en sentido amplio, la representación de una

escena o de un personaje en un espacio distinto al de la inicial.

El verbo latino “illuminare” (esclarecer, iluminar), es el origen de la

palabra española “iluminar”. Este término designa actualmente al conjunto de

los elementos decorativos y representaciones de imágenes ejecutadas en un

manuscrito para embellecerlo, sin embargo en el siglo XIII hacía referencia sobre todo al uso del dorado realizado con laminillas muy finas de oro llamadas “panes de oro”.

Hasta el siglo XIII, los manuscritos son copiados en los establecimientos

eclesiásticos, sobre todo en abadías y monasterios, donde se utilizan para celebrar el culto y alimentar la piedad y la meditación. La mayor parte de los libros de la Europa cristiana eran libros litúrgicos: misales, evangeliarios,

antifonarios, cantorales

necesarios para la celebración de los ritos

sagrados en iglesias y monasterios, son estos sin duda los mas copiados y los mas usados, por ser herramientas de trabajo de una clase social importantísima de la época como es el clero. Son por tanto ellos los

etc.,

encargados durante toda la Alta Edad Media europea de preservar y transmitir la cultura heredada de la Antigüedad, de ejecutar la labor de copia de libros y de enseñar a leer y a escribir.

A partir del siglo XIII, un artesanado y un mercado laicos se desarrollan con el impulso de la universidad y de las administraciones que ya en este siglo adquieren suficiente preponderancia, emergiendo un nuevo público amante de los libros, aunque restringido por factores culturales y económicos a, emperadores, nobles, altos funcionarios, aristócratas, coleccionistas ricos y estudiantes, aunque estos últimos no los poseían en propiedad si podían consultarlos en las bibliotecas de las universidades. Aumenta la población estudiantil y aparece la figura del maestro, que ya no es un monje, sino un miembro del clero secular. Se tocaban todas las disciplinas, pero se estudian en profundidad la dialéctica y la lógica para llegar a la verdad filosófica, la retórica para expresarse por escrito y la medicina y el derecho.

El deseo de saber se vio colmado por la traducción de la ciencia árabe llevada a cabo por la Escuela de Traductores de Toledo, ciudad con gran tradición cultural donde coincidían miembros de las tres religiones, musulmanes, judíos y cristianos.

Crecen los conocimientos y la metodología, y a su vez el número de profesores y alumnos, dando lugar, ya en el XIII, a la aparición de las universidades. Las primeras en Francia son la de París, Montpellier y Toulouse; en Inglaterra, las de Oxford y Cambridge, y en España la de Valladolid, y la de Salamanca.

Aparecen los talleres laicos con escribanos profesionales que competían con las escritorias monásticas. El ascenso de universidades y escuelas catedralicias crea una nueva necesidad de libros: manuales para uso escolar y educacional, entre los que podemos mencionar los tratados de moral, novelas de caballería, vidas de santos y sobre todo los libros de horas dedicados a la devoción privada de los aristócratas que se hacen muy populares sobre todo en el siglo XV.

Durante los siglos XIV y XV se hicieron versiones de estos libros de horas para todos los gustos y bolsillos, rivalizando en riqueza y magnificencia. Al núcleo de la liturgia se añadieron un calendario con las fiestas mayores y los santos de cada día, que variaban según las regiones; además extractos de los Evangelios, los Salmos Penitenciales, el Oficio de Difuntos, etc.

Cuando el Libro de Horas era hecho para un rey o un noble importante solía llevar un retrato del mecenas en oración ante la Virgen o su santo patrón. Se inicia el libro con el calendario para fijar las grandes fiestas litúrgicas y los santos importantes, más los propios de cada región o país; a veces hay miniaturas alusivas a los trabajos agrícolas propios de cada mes o estación y en los ejemplos más notables están también los signos zodiacales, de manera semejante a los programas de las catedrales o monasterios románicos.

En su forma originaria, un libro de horas debía contener un texto agrupado para cada hora litúrgica del día, este es el origen del nombre dado a este tipo de manuscrito. Pero, sin embargo a lo largo del tiempo se fue enriqueciendo con otras añadiduras útiles, como calendarios (tanto seculares como religiosos).

Generalmente lo que se suele denominar como libro de horas es un breviario, el libro contiene además de una liturgia recitada en los monasterios; los libros de horas fueron compuestos para aquellas personas de la nobleza que deseaban incorporar los elementos de la vida monástica en su vida cotidiana. Los textos incluidos se centran tanto en la recitación como en el canto de un número dado de salmos atendiendo a las horas canonícas o Liturgia de Horas, es decir el conjunto de ocasiones pertinente a cada parte del día. Y que eran los siguientes: Maitines (medianoche) Laudes (las 3) Prima. Primera hora después de salir el sol, aproximadamente las 6 de la mañana. Tercia. Tercera hora después de salir el sol (las 9) Sexta (las 12) Nona (las 15) Vísperas (las 18) Completas (las 21). Estos intervalos de duración denominados a veces como tiempo de Dios consistían en dividir el recorrido diurno del Sol en aproximadamente 8 partes de 3 horas cada una, marcadas por las campanadas de las iglesias o los monasterios.

Hasta el siglo XIII los manuscritos están escritos en latín, la obra literaria escrita en vulgar (o lengua vernácula de la nación de que se trate), es en España favorecida por la Iglesia, a través de la creación de manifestaciones literarias de contenido religioso, el llamado Mester de Clerecía, creador de una poesía narrativa de carácter culto, entre los siglos XIII y XV. En Francia se crea un género literario, el cancionero cortés, que se extiende a todo el occidente europeo, también en Francia se originan los libros de caballerias, relatos de ficción con pretensiones históricas para distracción de la clase cortesana.

Resumiendo esta breve introducción histórica, podríamos decir, que el códice o manuscrito, nace y muere a causa de dos revoluciones técnicas:

nace a finales del siglo IV principios del V d. C. cuando se abandona el volumen o rollo de papiro y se comienza a utilizar el libro como objeto de forma rectangular consistente en varias hojas apiladas y cosidas, y muere con la invención de la imprenta en el siglo XV, cuando los libros dejan de copiarse a mano.

La confección de un manuscrito era un trabajo realizado en varias etapas. Hasta aproximadamente el siglo XIV, el texto es escrito sobre una piel animal (becerro, carnero o cabra) llamado pergamino o vitela, la persona encargada de trabajar las pieles hasta su preparación final era el maestro percaminarius, una vez extraídas del animal, se sumergían en grandes tinas de madera llenas e agua con cal, donde permanecían varios días, a continuación se limpiaba la grasa y la cara del pelo se afeitaba, se volvían a colocar en remojo hasta eliminar toda la cal, y se ponían a secar extendiéndolas en bastidores de madera mediante cuerdas y clavijas, se raspaban varias veces hasta dejarlas completamente lisas. Una vez terminado el proceso que aquí hemos simplificado en extremo. El pergamino se cortaba a medida de las necesidades del libro que se fuera a crear.

El papel invención china transmitida por los árabes aparece en España en el siglo XII. Se comienzan a realizar manuscritos en papel a partir de finales de mediados del siglo XII, aunque por su mayor perdurabilidad se continúa en gran medida usando el pergamino hasta finales del siglo XV y comienzos del XVI. Hay que tener en cuenta que el papel medieval se fabricaba utilizando como materia prima trapos, y no a base de pulpa de madera como actualmente, con lo que resultaba un papel mucho mas fuerte y resistente que el actual.

Las tintas utilizadas eran básicamente para el texto, las de color negro y rojo. La primera se obtenía mezclando una solución de acido tánico, sulfato de hierro y goma arábiga como amalgamante. El acido tánico se obtenía de las excrecencias de los troncos de roble producto de los nidos de avispas, a estas protuberancias se les denominaba “agallas” y contienen una cantidad apreciable de acido tánico y gálico. El sulfato se obtenía a través de tierras ferrosas o bien como reacción del vitriolo (acido sulfúrico), sobre clavos viejos oxidados. La goma arábiga se obtiene de la sabia de acacia. Por último para conseguir la tinta roja se utilizaba el sulfuro de mercurio o “minio”, albayalde o

blanco de huevo para dar el tono preciso y de nuevo goma arábiga como ligante. Una vez mas hacer mención a que hemos simplificado mucho. Existían otras formulas para obtener las tintas mencionadas y el proceso conllevaba diversas manipulaciones complejas, y técnicas bastante precisas. Muestra de todo ello es, que actualmente se leen perfectamente manuscritos con una antigüedad de mas de seis siglos, lo que evidencia la calidad y perdurabilidad de las tintas empleadas. Igual consideración es válida para el pergamino o papel que se utilizaba.

Sobre cada página, se trazan líneas verticales y horizontales para guiar la escritura: el escriba realiza su copia lentamente con una pluma de ave o una caña afilada llamada cálamo que talla con un cuchillo. El texto es escrito con tinta negra, las “rubricas” o títulos con tinta roja.

En los espacios reservados por el copista al comienzo de los textos, el iluminador pinta las « miniaturas » y las « iníciales ornamentadas » o « historiadas » y, en los márgenes, puede realizar ornamentos, pequeñas escenas o “bufonadas”.

Los escribas se preocupaban de guardar la proporción entre la altura y anchura de su trabajo, también de respetar la mancha de tinta o caja y de distribuir los márgenes. Terminada la copia final del texto, el copista ponía la suscripción, que constaba del explícito título, la datación, día, mes y año y el nombre del soberano reinante.

Al fin los cuadernos son cosidos en conjunto, las tapas de madera son fijadas sobre los nervios de la costura y el conjunto es protegido por una cubierta de piel de cerda, de cabra, de carnero o incluso de ciervo. La encuadernación es a veces decorada, especialmente por “estampado” en frio de pequeños hierros yuxtapuestos. Los libros preciosos de culto pueden tener encuadernaciones que incluyen marfiles y orfebrería.

La iluminación de manuscritos fue una de las formas artísticas mas importantes hasta el siglo XVI, a principios de la Edad Media la mayoría de los ejecutores de las miniaturas eran monjes que trabajaban conjuntamente con los copistas, posteriormente artistas profesionales con sus propios talleres y ayudantes se encargaban de la iluminación de libros, los iluminadores pertenecían a los gremios de pintores. Generalmente varios iluminadores compartían la decoración de un libro, las diferentes fases que requería una misma miniatura eran llevadas a cabo por distintas personas del mismo taller

entre los que se distribuía el trabajo, atendiendo al grado de complejidad del mismo, así había ayudantes para la mezcla de colores, diseño y dibujo de las figuras, creación de filigranas y ornamentos, acabado del lustre de las

todo ello supervisado y dirigido por un maestro responsable

de la composición general y del buen acabado del trabajo.

Para terminar esta pequeña introducción al tema que nos ocupa, mencionaremos las llamadas letras capitulares sin las que no se concibe un manuscrito iluminado. Durante toda la Edad Media el empleo de letras Capitulares ricamente ornamentadas fue constante. Se utilizaba no solo como ornamento sino para destacar los principios de los párrafos ayudando a localizar un pasaje concreto. Tengamos en cuenta que en los ritos religiosos, en monasterios, abadías y catedrales con mala iluminación, debía ser difícil localizar el párrafo correspondiente a un salmo concreto, es evidente que las iníciales coloreadas, iluminadas y de mayor tamaño que el texto en sí, harían más fácil esta tarea.

miniaturas

etc,

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