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Hugo Blumenthal © 2007

Noche sin Fortuna, de Andrés Caicedo


Por Hugo Blumenthal

Andrés Caicedo tiene el inconveniente de haberse convertido en mito. Si algo bueno tiene el mito es
promover su lectura y hacer que las editoriales quieran publicarlo; aunque por lo mismo se lo lee
mal -desde una ficción que Andrés ayudaría a crear, pero que contiene, como un virus, el
malentendido de sus amigos respecto a su obra- y se lo publica condescendientemente, más por su
eficacia en ventas que por una convicción en su mérito literario. El mito además tiene el
inconveniente de ser demasiado reciente (veinte años) y demasiado cercano a nosotros (con
epicentro en Cali); lo cual hace casi imposible hablar de él aquí y ahora. Su obra no es como la de
Cortazar, por poner un ejemplo, difícilmente mitificable más allá o por fuera de la obra misma. Su
obra, la de Caicedo, parece condenada -terrible destino- a no ser leída más que por y a través del
mito que del autor se ha fabricado.
Aquí pretendo distanciarme de ciertas lecturas míticas que pretenden reintegrarlo a aquella
literatura contra la cual su práctica escritural se rebelaba. La firma “Andrés Caicedo” va a designar
para mí su escritura más que su persona o su mito. Y si en algún momento hablo de Andrés Caicedo
como sujeto, va a ser más como ficción recreada por él mismo (en sus cartas y en las notas finales
de Noche sin fortuna), ficción que pasa, inevitablemente, por mí (lectura). Por tanto el psicoanálisis
se va a aplicar es a un sujeto ficticio en base a una ficción que por otra parte invita a ello en el
desarrollo de un Edipo marcadamente psicoanalítico. No se va a tratar de psicoanalizar al sujeto que
pudo haber sido Andrés Caicedo, cosa por lo demás imposible sin su consentimiento.
Así, pues, Andrés Caicedo no me interesa como ser real (no pretendo escribir la “verdad” de su
vida, o su biografía), ni como mito. Me interesa como índice de una productividad, o de un trabajo
susceptible de provocar nuevas firmas. Propongo la base de un trabajo sobre su escritura, la que no
hay que ir a buscar fuera de sus textos: una actividad teórica que permita leer a Andrés Caicedo
(“sus” textos) menospreciando su carácter de expresividad y representación (error de lectura
extendido por sus amigos). Para ello me centro en temas que marcan profundamente su obra tales
como la soledad y el erotismo (en sentido amplio, pues Andrés no escribió propiamente lo que se
conoce como literatura erótica), y me apoyo básicamente en su novela póstuma, inconclusa, Noche
sin fortuna.
Parto de que una lectura de Andrés Caicedo apenas está por hacerse, de que las lecturas insinuadas
han estado infectadas por el prejuicio del mito y de que el problema con su lectura es que: aquellos
que le dan algún valor para intentar hacerla no cuentan con el aparato teórico necesario para
producir una lectura más allá del gusto que les despertó, y los que poseen ese aparato creen indigno
ocuparse de Andrés Caicedo en serio como no sea para desenmascarar el pretendido engaño que él
es (sin tener en cuenta que la sensación de engaño viene gracias a las extravagantes promesas del
mito). Mi posición -creo que intermedia- no es tampoco envidiable: como joven quizá sobrevaloro
la obra que analizo, y quizá también distorciono muy a mi gusto la poca teoría que manejo; pero...
aquel que se crea absolutamente objetivo que lance la primera piedra. Yo apenas lanzo, de
momento, mis palabras.

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Hugo Blumenthal © 2007

EN UNA NOCHE SIN FORTUNA...

En el útero
Solano Patiño, joven entre 16 y 18 años, narrador protagonista de Noche sin fortuna, aun no ha
podido cortar el cordón umbilical que lo une a su madre. Al comienzo de la novela, se encuentra
dentro de la casa de sus padres (el útero), temiendo salir al exterior, para enfrentarse al mundo con
su propia vida arrancada de la protección y seguridad que, cuando niño, le había proporcionado tan
generosamente la madre. Protección que también puede leerse como la que otorga a sus “hijos” una
clase económicamente privilegiada, de la cual muchos protagonistas de la obra de Andrés Caicedo
intentan escapar. 1 Pero Solano hacia el final aún recordará con nostalgia sus sueños de un paraíso
perdido: el “mundo materno”, donde: “[…] mientras más estrecho fuera el abrazo de mi madre
habitábamos un mundo comprimido y cómodo, en donde ella no dejaba acequias, ni abismos, ni
quebradas donde yo pudiera caerme o cosas así […]” (P. 300). 2
Ese miedo primigenio e irracional de Solano hacia el exterior o hacia todo lo que se encuentre
fuera de los límites de la madre debe mantenerse secreto, la madre no debe saberlo, y para ello se
verá impulsado a enfrentar ese miedo, saliendo a la noche; de lo contrario, cree que su madre se
burlaría y lo querría menos. La causa u origen de ese temor a todo, podemos encontrarlo en los
padres, que “[…] los sábados no salían casi nunca, y cuando recibían visitas se ponían bravos, les
hacían mala cara y la visita tenía que irse rápido […]”, lo que Solano veía y se grababa en la
memoria (P. 215); padres asociales que básicamente se bastan a sí mismos, y de los cuales Solano
toma fácil ejemplo, cuando niño, mientras pertenece a aquella unión idílica, de la que, a medida que
crece, queda excluido. Ejemplo que va a cortarle al principio todo deseo por conocer el mundo
nocturno (pues Solano sale en el día, va al colegio) y que luego, una vez se muestra como inevitable
su salida, se convierte en temor. Al fin y al cabo, Solano “no pensaba sino en crecer para
demostrarles cómo gozaba cada una de sus palabras […]” (P. 301), y nunca pensó que crecer le
haría diferente a sus padres, que dejarían de preocuparse por él, que dejaría de ser el centro de su
atención, la cual él anhela con fuerza por ser todo su punto de referencia y valor en el mundo.3
Solano idolatra angustiosamente a sus padres, porque no se siente digno de ellos, no posee su
belleza ni su seguridad en el mundo; y no desea separarse de ellos. Su “natural” temor a la noche va
a ir entonces acompañado de un desesperado anhelo de volver a ser uno con sus padres (en especial
con la madre, la que más lo ha cuidado y mimado). Solano ya no vive pues en el útero materno, ni
descansa en los brazos de la madre, sino que ya ésta le toma de las manos para enseñarle a caminar
por sí mismo, porque -piensa Solano- quiere abandonarlo para ir a querer a alguien más: el padre.
Empiezan a aparecer dentro de su discurso veladas recriminaciones contra la madre, a la que
aparentemente ya no le importa el amor que él siente por ella.4 El objeto amado, la madre, asume
entonces, a los ojos de Solano, el papel de verdugo.

1 Cf. “El tiempo de la ciénaga”, en Angelitos empantanados o historias para jovencitos. Destinitos fatales. P. 199.
2 A no ser que se indique lo contrario, todas las citas son tomadas de Andrés Caicedo, “Noche sin fortuna”.
Destinitos fatales. Santafé de Bogotá: Oveja Negra, 1988. Pp. 209-326.
3 Así, cuando María del Pilar le cuenta del interés de sus padres por él, no puede dejar de exclamar, emocionado:

“¡pero qué fue lo que les dijeron de mí!... yo estaba bailando, de la felicidad...” (P. 257), cuando hasta entonces había
estado tan aburrido en aquella fiesta de Angelita.
4 “¿Por qué no te vas rápido? me dijo ella, aunque no era para dormir, porque no tenía sueño.”; y “Es su primera

fiesta, está que se muere de miedo, dijo ella y allí en medio se comenzó a reír […] yo casi me enloquezco” (P. 217).
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El mito psicoanalítico de Edipo


Sea como fuere la relación de Andrés Caicedo con su madre, no puede ignorarse que un complejo
de Edipo se hace patente a través de toda su obra, encarnada una y otra vez por diversos personajes.
Y se hace patente por medio de las tres protofantasías básicas del complejo de Edipo, a saber: la
protofantasía de castración, o el temor a una retaliación paterna si se pudiera cumplir el deseo de
acostarse con la madre; la protofantasía de la escena originaria ligada el deseo de separar a los
padres, cuya feliz unión parece menoscabar la importancia del sujeto para la madre; y la
protofantasía de seducción, el deseo de tener una relación con un adulto, y que apunta a los padres
como objetos sexuales.5 La primera prácticamente no se da en Noche sin fortuna (y a decir verdad
en ninguna otra obra de Caicedo que yo recuerde); sin embargo las otras dos sí son muy marcadas,
tanto como para hacer casi superflua la primera en la intuición de un complejo de Edipo. La
protofantasía de la escena originaria, que aleja al sujeto de la madre, como vemos, aparece en las
veladas recriminaciones que Solano le hace a su madre (además que en ocasiones el “discurso” del
narrador parece dirigido única y exclusivamente a ella)6, y la protofantasía de seducción del adulto
es aquella que Antígona va a protagonizar con el deseo de Solano, referido a la madre.
¿Tenía Andrés Caicedo un complejo de Edipo mal desarrollado? No lo sabemos. Sus referencias al
tema son más bien vagas o de segunda mano, apenas retomando lo que sus amigos dicen o
comentan de él. Lo que sí es claro es su interés por el tema. Tal complejo Andrés tuvo que haberlo
sentido, como todo niño, y -bien llevado o no- ampliarlo, magnificar su experiencia de forma
consciente, sin mayores motivos -conscientes- para ello que su “simple” deseo.7 Pero que tal deseo
fuera inocente ya es otra cosa, pues cierto conocimiento del psicoanálisis parece influirlo.8 Tal
influencia, si no le llegó directamente (no sé si había leído a Freud), pudo llegarle mediada por los
beats, herederos del psicoanálisis, y partidarios de un ethos de exposición personal.9

“Si no me abres me corto las venas.”


Solano se pregunta adónde fueron a parar aquellos “[…] días mejores en los que […] [aún] no tenía
responsabilidades que no pudiera cumplir […]” (P. 313), y cuál es la causa de su cambio: “A qué se
debe todo esto, que ya no oigo que nadie diga de mí: tiene la luz en la cara […]” (P. 230). Se ve
obligado a reconocer que ya no es un niño y que ha adquirido ciertas responsabilidades, que ya no
todo se le va a dar gratuito sino que él mismo tendrá que buscarlo, trabajar por ello. Pero ese paso a
la madurez se le antoja demasiado brusco, imposible de salvar porque no se le ha preparado para
ello. Por eso no ve ninguna posibilidad de cumplir con el futuro que se espera de él, sin la “ayuda”
de su madre, sin su protección (que por otra parte le niega, junto a todo riesgo, todo futuro, pues es
instalarlo de una vez en el paraíso, en el fin de la historia).

5 Oscar Masotta. Lecciones de introducción al psicoanálisis. Pp. 33-34.


6 Cf. Noche sin fortuna. P. 261.
7 Andrés Caicedo hablando de Cali: “Esta es una ciudad muy chévere, con mitos que uno inventa de ligereza (!) y

que pueden no ser muy validos […]” Carta a Carlos Mayolo. Cali, 13 de enero de 1972. El Malpensante. No. 1. P. 42.
8 Aunque para entonces trabajaba en una critica a Edipo Rey, el Edipo que retoma en su obra se encuentra más

cercano al psicoanálisis que a la tragedia griega.


9 Recordemos que los beats “[…] atribuían a la eliminación de la coraza del yo un atractivo deontológico. Combatían

las pulsiones interiores, atacaban las limitaciones e instancias internas e intentaban abolir la nociva solución de
continuidad entre lo interior y lo exterior, el yo y el poder, la experiencia y la expresión, el ser y el actuar.”
Catherine R. Stimpson. “La generación beat y las vicisitudes de la liberación de los homosexuales.” en AA.VV.
Homosexualidad: Literatura y política. Pp. 255-256.
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En un desesperado intento por retornar a la protección del útero, de reconciliarse con la madre,
Solano piensa en amenazarla con su suicidio, el cual llevaría a cabo como venganza: “[…] ella no
me entiende, no sabe nada de lo que me pasa... no me quiere, me voy a cortar las venas y no voy a
dejar ninguna nota, para que cuando me encuentre le quede la duda de si fue o no fue por ella” (P.
218). Finalmente opta por otro ejercicio de autodestrucción: salir a la noche, a exhibirse en toda su
podredumbre (“[…] yo podría salir, exhibirme en destrucción. Mi mamá […] [n]unca me ha creído
en serio. Ya verá” (P. 260)) y a enfrentar su destino, como medio para que le llegue el mensaje a la
madre: “¡Mira lo que tú me haces!”. Amenazas para que la madre recapacite, para que vuelva a
tomarlo en sus brazos, para que lo cuide y lo alivie de todas sus angustias; pues al parecer no hay
otra forma. “¿Cómo decirle a ella que me ayude? Contarle todo lo que sé, a todo lo que aspiro...
Cada vez que me suceda algo feo voy a correr a contárselo […]” (P. 230). Tal solución sabe que es
imposible, porque ella ya no lo comprende, no puede comprenderlo, quizá ni quiera hacer el
esfuerzo; solución no menos fantástica que “[…] tirarme pero no de golpe ni de caída sino de deseo
loco de juntármele, para ver si con mi cara junto a su barriga ella podía sentir algo de lo que me
pasaba” (P. 219). No, tiene que ser un remedio más radical aquel que pueda ayudarlo a realizar su
fantasía de protección maternal reflejada en esa maestra Perenceja con la que Solano no ha
estudiado.10
Lo que busca entonces Solano no es acostarse con su madre, sino su amor sin falta. El incesto
como relación sexual, como coito deseado, nunca atraviesa el pensamiento de Solano en su relación
con ella. La prohibición o interdicto que pesa sobre la madre es demasiado fuerte, para que Solano
llegue a concebir su transgresión. Por el contrario, la diviniza a un grado tan extremo que obliga a su
deseo a una especie de expiación, en la noche, sin dejar por ello de ser una incitación (platónica por
su divinidad) como la zanahoria colgada de una caña, que el burro siempre cree alcanzar un paso
más allá. Por ello ese amor a la madre tampoco podría satisfacerse gracias a una relación sexual,
como podemos comprobar cuando Solano presume de “corretear a mamá, con cara de atarván,” y al
poco rato lo embargan una angustia y una vergüenza y un dolor por ella (P. 261). Por eso Solano se
ve obligado a huir de ella: “Mi madre no me volvería a ver nunca más […] No se ha debido portar
así conmigo, no me ha debido dar celos ni ha debido ser tan joven y bonita; así uno sufre mucho” (P.
314).

Salir a la noche bajo la sombra de mamá


Solano reconoce la imposibilidad de acceder a la madre, no sin pesar pero necesariamente, 11 y la
abandona sin haber logrado aun una identificación con el padre, por medio del cual pudiera luego
realizar su deseo en otras mujeres. Abandona como solución un conflicto de Edipo sin resolver.
Solano decide alejarse de la madre (“[…] yo me fui de ella […] Salí a la noche” (P. 220)) pero sin
renunciar realmente a ella, en lo simbólico, pues seguirá llevándola en su pensamiento, deseándola,
incapaz de “reconocerla” y satisfacer su deseo en otras mujeres.
Recordemos que:
la prohibición del incesto […] es causa estructurante del cuerpo erógeno […] de un
conflicto de base que se construye sobre el filo de una transgresión […] [puesto que] el
hombre debe darse sus objetos sexuales sobre el modelo del objeto primordial, la

10“[…] ella allí con toda la clase, todos los días, ella era capaz de protegerlos, pollitos” (P. 225).
11“[…] mi mamá no cuenta en esto, mejor la olvido, le mando una carta explicándole mis razones poderosas” (P.
220).
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madre, pero para eso debe poder transgredir lo que encuentre del modelo en la mujer. 12

Aquí el Edipo parece funcionar en cuanto ha logrado definir un “corte” en la relación entre Solano y
la madre que le hace ver la necesidad de escapar a la noche para evitar la fijación sin esperanzas en
la madre; pero el “modelo” se mantiene intacto, no es en realidad ningún modelo sino el objeto de
deseo en sí. El padre apenas ha ejercido algún papel en el “corte” que lleva a cabo Solano, por tanto
no asegura aquella separación y la escisión parece más bien improbable, imaginaria, ficticia. Como
no es quien tajantemente prohíbe la madre al hijo, sino que más bien se la ha hurta, con la
complicidad de ella misma, el padre, por tanto, tiene pocas posibilidades de convertirse en modelo a
emular por el hijo. Así, Solano no logra ubicarse en el lugar del padre, aunque lo parezca en su
también aparente búsqueda de la madre en otras mujeres. Es el tercer momento del Edipo el que
entonces no va a cumplirse, y que por tanto dejará el Edipo irresoluto (o mal resuelto). El padre no
va a reaparecer como padre permisivo, como condición necesaria de acceso a las mujeres bajo el
modelo de la madre, porque, en primer lugar, nunca fue realmente quien le negó la madre a Solano;
y por tanto no podrá aparecer como “mediador” (ni fundador) del deseo del hijo. Es decir que el
padre no se ofrece como polo de las identificaciones sexuales de Solano y por tanto tampoco de sus
ideales sociales, por lo cual Solano se va a ver impedido de entrar en la ronda “natural” (social) del
deseo. 13
Decimos que la búsqueda de la madre en otras mujeres (“[…] me gustaría que alguien me mirara
tan fuerte como mi mamá […]” (P. 220)) no es más que aparente porque en realidad Solano no la
está buscando allí afuera, en la noche, pues él sabe dónde está realmente ella, la única; pero no
puede evitar soñar con la posibilidad de una mujer parecida a ella.14 Lo que sucede es que no puede
evitar comparar con su madre a todas las mujeres que se le atraviesan, para detrimento de ellas;
pareciendo en sus diferencias todas ellas putas, libidinosas, hipócritas, y superficiales, ya que
comprenderlas íntegramente como mujeres parece estar por fuera de toda posibilidad al no haber
logrado aun reconocer en su madre a una mujer.15
El conflicto queda pues sin resolver. Conflicto que Andrés Caicedo no ignoraba, aunque afirmara
no poder comprender cuál era el germen y el sentido y los objetivos de la relación con su madre.16
Kerouac estaba ahí de ejemplo. Y Burroughs y Ginsberg reconocían que
[…] reducir a las mujeres a dos funciones primarias (una erótica y otra maternal)
entraña el riesgo de verse enredado en un drama edípico que solamente deja al hijo dos
opciones: permanecer a la sombra de su madre biológica, que le mima y cocina para él,
o intentar huir de esas sombra sin conseguirlo […] [pues] nunca será capaz de conciliar
la sensualidad y la ternura.17
¿Cómo podría no haber visto algo tan claro, evidente? Por eso su personaje, Solano, va a estar
condenado a huir con la sombra de su madre sobre su consciencia, existiendo en la medida -apenas-
de que su madre piense y se acuerde de él. Al fin y al cabo, como dice Solano, “[…] para qué un

12 Oscar Masotta. Op. cit. Pp. 99 y 101.


13 Ibíd. P. 119.
14 “Si las manos de las peladas en la fiesta son así de suaves como las de ella, yo soy el hombre más feliz del mundo

[…] ella me quiere” (P. 217), ergo, “una mujer como ella también me querrá” (como ella), parece ser la lógica del
deseo de Solano.
15 Recuérdese además la famosa advertencia: “Nunca esperes que lograrás comprensión con el sexo opuesto. No hay

nada más disímil ni menos dado a la reconciliación.” Andrés Caicedo. ¡Que viva la música! P. 188.
16 Andrés Caicedo en carta a Carlos Mayolo. Cali, 13 de enero de 1972. El Malpensante. No. 1. P. 40.

17 Stimpson. Op. cit. Pp. 262-263.

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nombre que no dejará nada a la posteridad, menos, tal vez, el recuerdo que tenga de él su pobre
mamá […]”(P. 314).

La diferencia excluyente de Solano Patiño


Fuera del útero materno Solano podrá buscar mejor la causa de su malestar, de su podredumbre, de
lo que lo “aleja” de la madre, un motivo del por qué ella ya no lo quiere como antes. Allí afuera, en
la calle, a la vista de todos, se hace patente entonces su singularidad, de la que no cabe estar
orgulloso sencillamente por la felicidad que a él le falta y que los otros parecen poseer por derecho
propio. Los demás no parecen compartir la angustia de Solano, sus madres parecen quererlos y un
radiante futuro pertenecerles. Solano termina desvalorizándose, presa de un sentimiento de
inferioridad. Sin embargo dicha valoración negativa de sí no puede ser objetiva, ya que se encuentra
precedida por una falta de valor esencial que es el que la madre le ha hurtado junto con su atención.
Se trata de un círculo vicioso, empezado a trazar desde el lugar de la madre. Se entiende entonces
aquel: “[…] será que los aburro [a los padres] […] porque no soy lindo ni chistoso, no me la paso
echando cuentos todo el día como Daniel, que le gusta a todas las peladas” (P. 218), ya que ninguno
de los atributos que ve Solano en Daniel es un criterio de valor para él, no más que, en tanto se le
contraponen, por el presumible efecto positivo de aquellos en sus padres (los de Solano). Y para
empeorar la situación, los pocos atributos que Solano una vez tuvo, y que le hicieron valer ante sus
padres, los está perdiendo.18
En lo social, Solano reconoce que es una completa nulidad, prácticamente no existe dentro de la
sociedad, y no ve manera de integrarse a ella, que se le aparece como un muro compacto que no le
deja ningún espacio por donde pueda ingresar y acoplarse. Tal imagen de la sociedad podemos verla
en los bailadores de la fiesta de Angelita, de los cuales Solano dice, en su primera impresión, que:
“[…] formaban un grupo tan uniforme, y tan distante y tan completo que eran a mí como un
horizonte” (P. 262) (subrayado del autor). Solano al fin y al cabo no ha decidido aún su posición en
el mundo, y cree que los demás ya tienen su lugar de seguridad afortunada.19 Así pues, Solano
parece sobrar en la sociedad, debería quedarse con su madre, pero ella ya no lo quiere más, y él no
desea quedarse sólo, morir en soledad, así que tendrá que buscar otra forma de “perderse” en
comunidad, en un nuevo útero que en última instancia bien podría ser la muerte.

El nuevo útero: Antígona, el mar y la muerte


Antígona aparece en la noche de Solano como la encarnación de sus más oscuros deseos:
materialización de esa fantasía de seducción de una persona mayor (por medio de la cual pretende
seducir -¿inconscientemente?- a la madre)20 y posibilidad de pérdida erótica, transgresora del
interdicto materno, en el ofrecimiento de un nuevo útero, dentro del cual el protagonista

18 “Estoy cambiando de voz. Ahora me van a sacar del coro del colegio, y quedo anulado, nadie me conoce de
nada” (P. 219).
19 “[…] quiero decidir mi posición en el mundo, ver para qué es que sirvo. En eso me diferencio de mis amigos: que

ellos ya saben […]” (P. 232); declaración tan parecida a la de Andrés Caicedo: “[…] por lo general la gente que
trabaja conmigo está más definida, no importa que también recuerden su infancia y digan que fue lo único que vale
la pena, lo único donde uno estaba seguro […]” Carta a Carlos Mayolo. Cali, 13 de enero de 1972. El Malpensante.
No. 1. P. 41.
20 “[…] yo necesito es saber si ella pensaría en mí después […] [cuando] ya me había encontrado con Antígona

[…] a ver si un día de estos voy a visitarla” (P. 220).


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experimentará la muerte, y lo sagrado (su salvación). Como indica su nombre (“[…] no recuerdo
ninguna intención satírica, ni que el nombre me haya parecido raro. Me pareció tremendo, poderoso
[…]” (P. 287)), en relación con la tragedia griega, ella viene a enterrar a sus hermanos, a darles
digna sepultura (muerte), ya que se encuentran en un estado de descomposición (muertos en “vida”,
perdidos con una soledad sin esperanzas) a la vista de todos; viene a traerles la paz a sus almas
ayudándoles a cruzar el río Leteo y entrar al Hades. Ella es el camino, el único posible, deseable,
para una generación dentro de la que se contaba Andrés Caicedo, de jóvenes sin futuro.21
Pero Antígona es un camino que no puede verse o explicarse desde el lugar de la razón. ¿Cómo
“explicarla” entonces? Ella es un enigma y como tal sólo puede ser planteada gracias a la ficción (y
por tanto a la literatura), mas nunca aclarada del todo, explicada o respondida. Hacerlo sería
matarla, tal como se mata a un fantasma a punto de tiros. Escenifiquemos por un momento su
“muerte”, en manos de la razón común: esta señora, que se hace llamar Antígona, va por las calles
de Cali, en un pequeño automóvil blanco (no tiene ni siquiera el dinero para comprarse un carro
digno de su nombre), seduciendo jovencitos para luego asesinarlos en una mezcla de perversiones
sexuales y canibalismo. Indudablemente loca, pero -y esto es lo importante- dentro de la ficción de
su locura representa la salvación para sus víctimas. En virtud de qué es lo que trataré de mostrar
aquí.
Solano de entrada no puede definirla sólo como mujer, sino que le adjudica a Antígona su aura de
misterio, la trata como una criatura de la noche, fantástica pero no imposible, mujer fatal, Persefone
encarnada, femineidad condensada y terrible, imagen no-fálica, como el mar, como la luna; ser más
allá del tiempo (que es masculino), lo suyo es el espacio. Según palabras de Solano: “Yo supe que
antes de asomarme ya me sentía […] allí no más […] desafiaba al tiempo, con su mirada me
llegaron las orillas del río Pance y uno de los señoritos cabalgando al lado de su esclavo amado, y
supe qué pasaba en este mismo lugar en la primera mitad del siglo XIX” (P. 284). Antígona es la
posibilidad de acceder a una dulce esclavitud, que promete ocupar el trono de una nueva mujer-
madre-reina, que cuidará y salvará del triste destino de morir en soledad a sus hijitos-súbditos-
amantes. Es decir, Antígona aparece ante Solano como una nueva madre a la que no cubre la
prohibición del incesto. Solano va a encontrarle el parecido con su madre, y su travesía con
Antígona tendrá para él la casa materna como punto de referencia, alrededor de la cual girarán.22 Y
reina, por lo dominante, ya que será la que conduzca a Solano en su noche; Antígona es quién ahora
va a detentar el poder que antes tuvo la madre sobre Solano.
Como diría Solano, Antígona es la muerte pero no la muerte a secas sino la muerte en la forma de
ella (P. 310), en forma de salvación, de alivio del sufrimiento (así, Danielito, ante la visión de
Antígona, era como si su visión lo agotara, y lo aliviara un poco en su sufrimiento (P. 294); ser
devorado por Antígona era, además, poner fin a todo mal (P. 309)). Antígona es, por demás, la
esperanza de la perdida de la soledad en una comunidad perfecta, donde no existe diferencia
excluyente entre los seres y son innecesarias las palabras (“Todo lo que él dice, dijo Antígona, es
porque yo lo pienso” (P. 290)). En ese sentido, ella está profundamente ligada al sueño del mar, a la
apoteósica imagen que del mar tiene Solano (y en general todos los personajes creados por Andrés

21 “Ellos se reflejaban todos los días en el resto de la inmunda humanidad y estaban seguros de llegarla a redimir
algún día, pero no pudieron […]” Los imbéciles están de testigo. Teatro. P. 109. Confróntese también la angustiosa
ironía de Andrés Caicedo sobre su papel en su generación: “[…] yo soy el único verdadero profeta de mi
generación, vivo angustiado a toda hora y tratando de encontrar en el mundo el verdadero camino, un oficio que
valga la pena […] y, maldita sea, nunca lo encuentro.” Ibíd. P. 102.
22 “[…] tenía bluyines como los de mi madre […] [y] estaba yo tan cerca de mi casa.” (P. 292), “[…] todo el tiempo

bordeando mi casa.” (P. 296).


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Caicedo).
Mucho antes de aparecer ante Solano, Antígona irá referenciada al mar, por Danielito que le dice:
“Tengo una amiga que conoce muy bien ese libro [Moby Dick] […] Una amiga que conoce mucho
el mar […]” (P. 244), y el primer pensamiento que tendrá Solano en relación a ella irá ligado al mar
(“[…] verla en ese carro me hizo pensar en una salida al mar en las horas en que duermo […]” (P.
285)), hasta terminar considerándola, sin más, como tal, como cuando dice: “Pobre Río [Cali],
intimidado con ese mar [Antígona] al lado […]” (P. 303). Ella es un mar, o el mar, lo representa ante
Solano, haciéndole cambiar de espacio (“La cordillera occidental mudada de sitio, en el este […]
nos encontrábamos en el mar” (P. 293)), y dándole una visión más amplia, haciéndole cambiar
también de forma de pensar, cuando en realidad -Solano lo reconoce por momentos, en destellos de
conciencia- lo que ve “no es agua, no es mar, estaba pensando era en base a mar: todo mi discurso
no vale […]” (P. 295). Ese mar -en términos de Melville- es la posibilidad de escapar de una
monotonía opresiva, para arrojarse en la aventura y en el peligro, tal como lo retoma Andrés
Caicedo en su obra El mar:
Cada vez, en fin, que me siento tan dominado por la hipocondría […] reconozco que ha
llegado el momento de hacerme a la mar lo antes posible. El mar es mi substituto para
la pistola y la bala. Yo, sencillamente, tomo un barco. 23
El mar, además, como lo muestra Bataille, es una excelente metáfora de la continuidad perdida que
todo ser anhela, es la soledad ahogada en comunidad (comunicación). Al fin y al cabo,
somos seres discontinuos, individuos que morimos aisladamente en una aventura
ininteligible, pero tenemos la nostalgia de la continuidad perdida […] [Por tanto]
cualquiera puede sufrir por no estar en el mundo a la manera de una ola perdida en la
multiplicidad de las olas […] Esa nostalgia gobierna, en todos los hombres, todas las
formas de erotismo. 24

El deseo de mar de Solano se comprende entonces como “nostalgia” de lograr una continuidad
perdida, la continuidad que en un principio tuvo con su madre. Y aunque dude (“Pensé como un
relámpago en mi madre. Aún tenía tiempo. Atravesaría esto que no puede ser profundo como mar,
que tiene que ser laguna […]”) y crea aún poder escapar para ir a contarle todo a sus padres (“[…]
los despertaría, les diría qué horrible misterio, que estuve a punto de develar y que no lo habría
resistido”), no puede más que recapacitar al instante, sabe que esa comunicación no existe con
ellos, que ellos no lo entenderían (“¿Pero cómo explicar la sal en mis pantalones?”), así que
finalmente no le queda más que entregarse a esta nueva experiencia (“Oh, dejadme soñar ahora;
sabía que corría el peligro” (P. 295)).
Así, pues, esa nostalgia o deseo de mar está profundamente ligada al erotismo, ya que “el erotismo
abre a la muerte. La muerte abre a la negación de la duración individual”,25 tal como promete
simbólicamente el mar. El erotismo no será pues ajeno a las relaciones entre Antígona y Solano;
como podemos ver inicialmente con ciertos pensamientos de Solano: así, Antígona le olía a pescado
y al ella confesar su excitación, Solano se pregunta: ““¿Cómo así?” […] Excitación de qué. Como
decir, “¿emocionarse?”. Como decir, “¿sexo?”. “¿Ganas?”” (P. 295).
Pero, si bien “[…] el fundamento de la efusión sexual es la negación del aislamiento del yo, que
sólo conoce éxtasis excediéndose, trascendiéndose en el acto amoroso, en donde se pierde la

23 Teatro. P. 53.
24 El erotismo. P. 28.
25 Ibíd. P. 39.

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soledad del ser”,26 también hay que reconocer que en ese impulso anida un exceso que puede llegar
a poner en juego la vida del que se entrega a él.27 Peligro que Solano le intuye a Antígona, en el que
también radica gran parte de su encanto (como el de Moby Dick, que es en parte un peligro real
como “imaginario”, por la enajenación a la que conduce a todo aquel que se lanza en su búsqueda.
Recordemos que Antígona también es vista como una ballena en su canibalismo: “[…] me voltió a
ver con carne blanca y pelos negros en la boca y me alejó con una especie de resoplido de ballena o
de tigre y tiburón” (P. 310)).
Ese peligro del exceso sexual se transmuta en canibalismo, forma radical de tomar conciencia de
la carne y forma también de limpieza, de limpiar de aquello que nos ata a este mundo y que en
Solano y otros de su clase se encuentra en descomposición, en proceso de perdida, anhelante de
rápido fin en comunión. Así, Antígona, ángel exterminador, va a ser la única en probar las delicias
de la carne en su trabajo de limpieza (“de Mariátegui se nos dice que […] no dejó una sola sobra, un
sólo desperdicio, operación limpísima” (P. 310)). Sus víctimas irán a ella, y harán cola para que se
ocupe de ellos, para que les dé su muerte, la muerte con su forma, pues de lo contrario no les
quedaría más que morir por descomposición en soledad.28 Y es que pudiendo escoger entre morir
“naturalmente”, solo, por descomposición (“La vida es siempre un producto de la descomposición
de la vida”),29 y la muerte que promete Antígona...
Por otra parte, una explicación del aparente desdoblamiento de Antígona en el momento en que
come puede encontrarse en el interdicto que pesa sobre la carne humana. En la transgresión del
interdicto que prohíbe comerla, la carne hace comulgar con lo sagrado, entrar en un instante de
continuidad o de comunicación profunda con el “objeto” (ser) comido. Quizá eso mismo es lo que
señala la carne humana a su deseo (tanto como el interdicto mismo). Si como ser fantástico (o no-
humano) no participa del interdicto, es el interdicto, su transgresión y sus “consecuencias” lo que la
hacen posible, menos fantástica de lo que a simple vista puede creerse (el canibalismo es una
realidad). Por eso, cuando “vuelve en sí” se encuentra sumida en una carnicería que -de creerle a
Solano- la avergüenza: el interdicto vuelve entonces a pesar sobre ella y le muestra su posible
animalidad, por la probable transgresión de la que ha sido protagonista momentos antes (no tiene
más que indicios), lo que no puede más que asquearla y avergonzarla. La analogía entre canibalismo
y sexualidad que da Solano para describirla no podría ser más precisa:
Antígona me esperaba, parada, respirando inquieta y seguro asqueada al encontrarse
dormida encima de sus... ¿de sus qué? Imaginé que sería igual al muchacho que
despierta luego de masturbarse muchos días seguidos y abre el ojo encharcado en su
propia vergüenza […] (P. 311).

La transgresión inevitablemente alcanza, aunque en menor medida, a sus víctimas y a los testigos.
De ahí el efecto que se desprende, para Solano, de lo que ha sido testigo esa noche y de la seguridad
de ser la próxima víctima: “[…] el amor aullaba, el mar cambiado de lugar de una noche a otra
[…] la noche esta primogénita que ha traído mi estado último, mi independencia de las normas” (P.
307).

26 Georges Bataille. La literatura y el mal. P. 22.


27 Ibíd. P. 96.
28 “[…] fui hacia ella corriendo y me le arrodillé, pidiendo, por Dios, mi turno […] sintiendo ya lo que iba a ser mi

despertar a solas en mi casa y mi muerte mañanera por descomposición. ¿Sería esa mi suerte, morir sólo?” (P. 311).
29 Georges Bataille. El erotismo. P. 78.

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Al final de una noche sin fortuna, lux aeterna


“Para qué, con toda esta zozobra, seguir mañaneando. No hay nada peor que el
despertar en el que uno no advierte ninguna posibilidad mejor para el nuevo día. Si la
noche durara siempre. O si uno no se levantara nunca […]” (P. 313).
Solano ya no desea seguir viviendo, no quiere durar más, ya no comparte el principio de la moral
clásica, que asociaba la felicidad y el bien a la vida. Ahora, su principio está más cercano al de la
soberanía, “[…] al ser cuya belleza procede de la indiferencia ante la duración, e incluso de la
atracción por la muerte.”30 La muerte lo atrae como un útero que le ofrece tranquilidad a su alma
en pena, paraíso a donde no van a seguirlo sus angustias porque ya no podrá ser poco gracioso o
encantador, feo o bonito, porque sencillamente no será más. Eso es lo que quiere Solano y no lo
que ya le negaron. Quiere retirarse, exiliarse del mundo, ahogarse en la noche. Agradece a
Antígona que le de una muerte dichosa, afortunada; y que lo haya salvado del mundo al mismo
tiempo que ponía al abrigo del contagio de su podredumbre a los que quedaban y a los que
estaban por venir, porque de eso se trata el papel de Antígona, la enterradora, como tan bien
señala Bataille.31 Muere por nosotros, pero más humilde que un cristo, puesto que muere en
soledad. Sabía -o creía saber- que no servía para este mundo y se retiró. No dejó obra. Apenas un
testimonio. Su muerte no le hará famoso. ¿Para qué ya la fama? Simplemente quedará “como
uno más entre los suicidas de la ciudad,” como decía de su primo, cuando la realidad fue otra.
¿Suicidio? Sí. Pero no como se imagina. No tan simple (nunca lo es, y estos menos que ningún
otro). Allí está Antígona. De ella es la noche y la muerte. De nadie más. “[…] estábamos en
plena noche y ésta, de seguro, no era la suya [de Danielito]. Ni la mía ni la de nadie, excepto [de]
Antígona, quien tenía la cara como de estar descendiendo por el pozo que conduce al centro de la
tierra, en donde también hay mar” (P. 315); “[…] mi noche se perfila gloriosa, acechante” (P.
313), y “[…] ahora nos vamos yo y mi amor a tierras más prometedoras.” (P. 314).
Sólo luz y dicha esperan tras esa noche sin fortuna de Solano. Este llegará a casa de Antígona y allí
ella se lo comerá todo y le dará una muerte rápida. Sólo entonces Solano podrá parar de contar
(porque ahora más que nunca participa). La voz será entonces para la madre de Danielito en una
mañana de primavera (que no podría escribirse en Cali), encargada de “la descripción de la
dicha” (Pp. 318-319). Descripción de la que Andrés Caicedo no pudo dejar más que un esbozo:
Vivíamos entre guayabos y olor de lecheros, despertados por el primer gallo y el
mugido de las vacas que llamaban [a] mamá, acostados por el frío y arrullados por el
deseo de calor de cada uno de nuestros cuerpos. Así quisiera situar a Danielito y a su
madre, en días de eterno veraneo. Eso es parte del capítulo que me espera, también, el
día, apenas salga de la noche sin fortuna (P. 324).
Esbozo del origen, o de la fuente de la dicha: la madre. Vuelta al útero materno. El feto más allá de
júpiter dará a luz, con fortuna, al hijo de la dicha.

Hugo Blumenthal
Cali, 1997

30Georges Bataille. La literatura y el mal. P. 133.


31“El muerto es un peligro para los que se quedan: si deben enterrarlo, es menos para ponerlo al abrigo, que para
ponerse al abrigo de ese “contagio”.” El erotismo. P. 68.
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