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Hugo Blumenthal © 2007

Reflexiones sobre la escritura


por Hugo Blumenthal

Desde hace unos años la escritura se ha convertido para mí en una especie de religión particular –
comprendida la lectura en la escritura, ya que toda lectura es también una escritura (Mallarmé)–,
religión que deseo convertir en ciencia, buscando deshacerme del carácter místico (o mágico) que
aún reviste en gran parte nuestras relaciones con la escritura. Seguro de que la ignorancia no es una
virtud, cuando de escribir y leer se trata, busco entonces apropiarme de lo que en teoría de la
escritura ya ha sido planteado, para desenmascarar los medios de producción de la escritura,
convencido de que no todo está dicho (hecho), que nuevas “literaturas” y teorías son todavía
posibles (están por hacer).
En esta búsqueda (que es también búsqueda de mí mismo), la práctica de la escritura de ninguna
manera puede ir desligada de su teoría. Una teoría no tiene valor mas que acompañada de su
aplicación, de una práctica que implique una reelaboración incesante de la misma teoría (pues en
materia de escritura no hay verdades fijas que se puedan discernir fácilmente); y por medio de la
teoría incesantemente reelaborada, toda escritura habría de encontrarse también en constante
modificación (toda escritura es un fluir del que su “propietario” no puede saber de antemano a dónde
le llevará. Y si la escritura de un autor puede ser analizada como un todo coherente, no debe inducir
a pensar que su escritura sea uniforme). Relación –entre teoría y práctica– que debe ser pensada de
forma personal, ya que el más sencillo juicio sobre la obra de otro se encuentra mediado
irremediablemente por la concepción personal que cada cual tiene de la escritura (olvidando
generalmente que juzga sobre su lectura, no sobre la lectura).
Claro que no se trata de una búsqueda que fácilmente pueda conducir a una feliz y perfecta
relación entre teoría y práctica. De momento, al menos para mí, diferencias aparentemente
insalvables apenas permiten pensar que si algo se consigue es un cierto conocimiento de nuestros
límites, incluyendo además el saber generalmente denominado “útil”, y cierta experiencia (desde mi
temprana lectura de Nietzsche y mis primeros intentos de escribir, he cambiado bastante).
Sin embargo el placer que otorgan la lectura y la escritura parece suficiente para hacer
innecesario considerar un fin externo a los procesos mismos de escritura; no importa que no sea un
placer puro (por demás utópico) sino perverso, bastante ligado al sufrimiento, cual delicioso
martirio. Placer que se rebela contra las imposiciones exteriores –como las de las culturas oficiales
(academia, mercado capitalista, valoración por premios, ventas, novedad...)–, y que no entiende
razones. Por eso la gran literatura requiere que se asuma en cada cual por un interés personal, no por
una esclavitud–dependencia de la opinión pública.
El riesgo forma parte de toda escritura (lectura), y quien no se arriesga, a quien paraliza el miedo
a “equivocarse” con cosas que para otros puedan ser no–literatura (y hasta declaradamente malas),
se pierde del sentido de la aventura que es toda escritura.
Si como estudiante de literatura se adquiere un compromiso con la literatura establecida, con lo
que se considera “Literatura” (etiqueta y juicio que precede a la mayoría de lecturas), una obligación
de conocerla y revalorarla incesantemente en su lectura individual e histórica, ello no quiere decir
que se deba ahogar todo gusto y sensibilidad personal y poner en su lugar el justo valor del saber
(reconocido como saber). Tanto en lectura como en escritura se ha de defender la independencia de
cada ser (sobretodo ante nosotros mismos, contra el deseo de anularnos para ser iguales a “los
demás”), ya que la diferencia es lo que hace de toda persona en un ser irremplazable y le confiere

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Hugo Blumenthal © 2007

todo el valor de lo humano.


Pero en materia de escritura sucede que no siempre se dice lo que se cree que se está diciendo,
como se cree que se está diciendo. El texto posee una especie de punto ciego y siempre hay “algo”
que se le oculta (o escapa) a su autor, que apenas se puede hacer consciente por medio de otro lector.
Entonces, para escapar de la “mentira” autista de la escritura personal (supuesto “únicamente para
mí”) se hace imprescindible rasgar el duplo escritura–lectura y (que)darse en un texto que posibilite
multiplicidad de lecturas, en el que la propia lectura no sea prioridad indispensable.
Para efectuar o concebir siguiera la división es necesario la lectura del otro, que señala la
“cantidad” de escritura no hecha (y que la lectura del autor cree hecha), falta de texto que se ha
de suplir o exceso de lectura personal que se ha de restar. Lo cual no quiere decir aceptación total
de la lectura del otro, cederle la escritura (¡que cada quien escriba su propio texto!), pues él
tampoco puede ver (leer) ningún texto en toda su realidad textual. La lectura es una confluencia
de azares, accidentes para los que el texto sirve de excusa o de pre–texto, disponiendo una
partitura de significantes que nos permite, si mucho, leernos. De lector a lector ninguna lectura es
unívoca pero en la riqueza de sentido se halla el valor “real” de los textos, no en el sentido autista
que le atribuye un sólo lector (aunque sea su autor), sentido que puede no encontrarse ahí mas
que como su fantasma.
Por ello la importancia de un taller de escritura, que nos enfrente, no a los otros, sino, por su
intermedio, a nosotros mismos. El otro sirve entonces de espejo, permite a cualquier otro verse
desde una “exterioridad” que hace parte de sí pero que siempre se le escapa. El otro, “igual a
mí” (la humanidad nos hace equivalentes), soy yo como posible lector externo de mí mismo,
lectura que pude haber hecho (o sido) originalmente (antes de enfrentarme al otro), pero que de
reconocerme en él aún puedo incorporar, modificando mi escritura (o lectura), y modificándome
con ella.

Hugo Blumenthal
Cali, Marzo de 1997