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Hugo Blumenthal © 2007

Sobre un texto verdaderamente tallado a mano


por Hugo Blumenthal

Más que la historia de un crimen verdadero, “Ataúdes tallados a mano” es la historia de un


hombre. Es la historia cotidiana de un detective en una pequeña ciudad de Oeste norteamericano
en los años setentas, tratando de resolver un caso. El subtítulo (“Relato real de un crimen
americano”) parece aludir más a esta historia, a su historia, que al mismo caso investigado por el
detective. Si un crimen es relatado, en este magistral texto de Truman Capote, no es otro que
aquel que “la voluntad de Dios” perpetra contra ese hombre llamado Jake Pepper.
Y se trata de una historia real, como el subtítulo advierte. He ahí lo inquietante. No se trata de
una más de aquellas historias contadas por uno de esos escritores “que se agachan ante su
máquina de escribir y se masturban mentalmente”, como lo expresara el mismo Jake. No se trata
de una de esas historias a las que nos tienen tan acostumbrados el cine y la mala literatura, donde
los malos siempre pierden porque los buenos ganan. No se trata, en fin, de una de esas historias
ante las cuales podemos pasar tranquilamente la última página, seguros de que nada de ello ha
sucedido, que son puras imaginaciones. No es éste el caso. Se trata de una historia que ocurrió,
que por tanto puede volver a suceder bien sea en Estados Unidos o en cualquier otra parte del
mundo (en realidad la historia no tiene mayor carácter de Estados Unidos que el simple hecho de
que haya sido registrada allí). Y por ello resulta quizás más inquietante que las mejores historias
de Graham Greene y Eric Ambler, John leCarré o Friedrich Dürrenmatt (aunque la historia de
Jake es muy parecida a la del comisario Matthäi, relatada por Dürrenmatt en su novela “La
promesa” en 1958).
Para contar esta historia Truman Capote estuvo en estrecha relación con su protagonista. La
historia de los ataúdes y la de Jake Pepper (dos historias que en realidad son una, ya que Pepper
hace suya la de los ataúdes) comienza con la carta que Jake Pepper le escribe a Capote en 1972
(de antes se conocían porque otro detective los había presentado) sobre un caso que estaba
siguiendo, y que seguramente a él le podría interesar. No se equivocaba, pero entonces ignoraba
cuánto no llegaría a interesarles a ambos dicho caso.
A partir de ahí Capote se pone en contacto con Jake, y durante los tres años siguientes
“intercambiábamos llamadas telefónicas cada pocos meses”, hasta que un día, cuando el caso
parecía haber llegado a un punto muerto (sic), Capote le pide permiso a Jake para ir a mirar por
sí mismo.
Capote convive algunos días con Jake, y éste le presenta a Addie Mason y a Robert Hawley
Quinn, con lo que consigue algo de material de primera mano, sus propias impresiones. Después
Capote regresa a Nueva York (no tiene sentido quedarse, esperando a que algo ocurra, como sí
debe hacer Jake), pero sigue en contacto permanente (“Durante los meses siguientes llamé a
Jake por lo menos una vez a la semana, normalmente los domingos, cuando estaba en casa de
Addie, lo que me daba la oportunidad de hablar con los dos”). Luego parte para Europa, por lo
que inevitablemente pierde contacto con la historia de los ataúdes. Sin embargo aun entonces no
puede dejar de pensar en Jake. Y no más volver se informa sobre todo lo sucedido en su
ausencia. De 1975 a 1979 Capote sigue el asunto, de manera un tanto distanciada pues
prácticamente no sucede mayor cosa con el caso de los ataúdes, y Jake pasa a ser no
precisamente una persona con la cual sea agradable hablar todos los días. Pero la historia sigue
haciendo parte de su interés, como lo delatan luego las notas extraídas de sus cuadernos

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personales. El 2 de octubre de 1979 Jake invita a Capote a ir por última vez al pueblo (por “unos
informes en el tribunal que quiero robar para mis archivos”). Capote aprovecha esa ocasión para
entrevistarse con Quinn. Jake ya ha sido vencido.
Todo este recuento es sólo para mostrar que se trata de un total siete años, transcurridos entre
el conocimiento inicial de la historia y la posibilidad de escritura final. Son siete años durante los
cuales la historia de los ataúdes tallados a mano de Jake Pepper conviven con Truman Capote.
Por tanto, no se trataba de cubrir un suceso, como haría cualquier noticia, sino una historia, que
si todavía no se ha cumplido, terminado, no hay otra forma de escribirla que darle tiempo. Ello
es posible gracias a que Capote realiza su trabajo de inmersión, o éste trabajo, por su propia
cuenta y riesgo, por así decir. No hay ninguna propuesta o compromiso con revista o editorial
que lo obligue a escribir “antes de tiempo”.
Y aunque Capote aparentemente sólo se entrevista y convive con Jake una o dos veces (de
resto sólo están en contacto por teléfono y/o cartas), la relación que establece con él es sin
embargo más de amistad que la que podría pensarse simplemente entre un detective y un
periodista que puede dar a conocer la investigación realizada. Es decir, por ahí no hay problema
de que Capote no pueda acceder a la verdadera forma de pensar de Jake. Dicha amistad también
le permite a Capote acceder a una visión más cercana de las cosas, por ejemplo con Addie
Mason, Marylee y hasta con Quinn, entonces aparente “amigo” de Jake. Y por aquellas
amistades, fruto de esa inmersión de Capote en la historia que cubre, se verá afectado
emocionalmente. Rabia y miedo son sentimientos que desfilarán a través de él, en el transcurso
de la historia que sigue, ya no tanto desde la barrera. Así se sentirá respecto a Jake tras la muerte
de Addie (“Una oleada de vergüenza me sacudió [...] De manera irracional, le eché la culpa a
Jake [...] estaba enfadado con él por no haber presentado una solución sólida, abatido por el
hecho de que sus conjeturas no fuesen mejor que las mías.”), igual que cuando Jake parece
interesado por algo (que podría ayudarle a salir de su obsesión) diferente a lo que le define a los
ojos de Capote (“[...] sentí una oleada de indignación; y de celos [...] como si acabara de
enterarme de la traición de un amante. En verdad, no quiero que Jake se interese en otro caso
distinto del que a mí me interesa.”). Es decir, aunque Capote pretende ser objetivo (o exacto) no
por ello logra mantenerse desligado emocionalmente de lo que ocurre. Y la exactitud respecto a
lo acontecido lo obliga a poner por escrito (a dar testimonio de ello) la manera en que el
cubrimiento de la historia llegó a afectarlo.
La manera en que Capote estructura la presentación de esta historia es en apariencia sencilla:
una “entrevista” informal a Jake, que continua junto a Addie, y finalmente su encuentro con
mister Quinn, presunta transcripción de los encuentros, a través de los cuales va surgiendo la
historia completa (hasta el momento actual de las “entrevistas”); más una narración de un viaje a
Europa (por lo que perdió contacto, temporalmente, con el desarrollo de la historia) y
“entrevistas” posteriores por medio del teléfono con lo que se entera de lo sucedido en su
ausencia; más la transcripción de algunos apartes referentes al caso extraídos de sus cuadernos
personales, durante un período de casi cuatro años en los cuales sucede muy poco con la
historia; para volver hacia el final a la forma de “entrevista” a Quinn cuando Jake vuelve al
pueblo derrotado.
Estructura aparentemente lineal, pero que en realidad, por la forma que se desarrollan las
primeras “entrevistas”, vemos que se trata de una verdadera yuxtaposición de las diferentes
partes que componen la historia, presentadas de manera lineal sólo por la apariencia del
transcurrir de la entrevista en la se aborda de acuerdo a la lógica del entrevistado y el
entrevistador los diferentes puntos de la historia.

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Y por otra parte, Capote conocía algo de la historia antes de ir al pueblo a entrevistarse con
Jake. Y sin embargo, sólo menciona que unas conversaciones anteriores han tenido lugar. No
comienza con lo que sabía de la historia por las conversaciones sino que lo deja todo para ser
retomado con Jake, o su verdadero origen, y lazo que anudará todo el texto, la historia, que lo
llevará a Addie y Quinn.
Se trata, por tanto, de una estructura que podríamos denominar de “cronología ensamblada” a
través de las voces de sus personajes, con él mismo (Capote) como un director de orquesta que
va ejecutando con ellos una melodía que no conoce, que va descubriendo a través de ellos.
Por otra parte, dentro de esa estructura, Capote maneja un mecanismo de presentación, de una
aparente fiel transcripción de las palabras de los entrevistados. Sin embargo se trata de
“entrevistas” por lo general largas, en las cuales nunca hace su aparición una grabadora o una
libreta de apuntes. Y aunque es bien conocida su gran memoria para captar palabras y detalles,
resulta apenas impensable que dicha exactitud tenga que ver con una copia exacta de lo que en
realidad se dijo. Dicha exactitud funciona aquí más como sentido de la fidelidad, una búsqueda
del autor por poner en boca de sus personajes lo que seguramente dijeron, ni más ni menos.
Que Capote sea uno más de sus personajes y escriba algunos apartes en primera persona no
implica que “vea” la historia a partir una visión subjetiva porque al fin y al cabo Capote se
pretende objetivo, fiel a la realidad de lo ocurrido. Esto lo lleva al punto de presentarse en
tercera persona como uno más de los personajes en el momento en que escribe (“TC
(súbitamente temeroso de quedarse solo) [...]”). Es decir, aunque reconoce su presencia dentro
de la historia (sería falso e insostenible pretender que no estuvo allí y que no tuvo una cierta
posición que pudo haberle hecho ver de cierta manera, y luego influiría en lo que escribiría,
como si fuera un dios, omnisciente), no por ello se ve como un filtro necesariamente
distorcionante de la realidad sobre la cual pretende escribir ya que si es un filtro se pretende lo
más transparente posible.
Sobre la responsabilidad no hay mucho que decir. Jake sabe lo que es y seguramente hará
algún día Capote: escribir aquella historia. Quizá no lo supiera Addie, Juanita, Quinn, pero
Capote nunca escribe algo que pueda comprometerlos, de manera perjudicial, no más que la
sospecha, en un cierto momento, de la culpabilidad de Quinn, seguridad que al final cabría poner
en duda, ya que no es más que la sospecha de un grupo de hombres.
Por último, “Ataúdes tallados a mano” está lleno de lo que podríamos denominar realidades
simbólicas. Aparecen encontradas por los mismos personajes, como casualidades del destino, o
por la lente de Capote que ve –en imágenes– lo que sucede a su alrededor. De creer a Capote, en
el momento de las “entrevistas” o de la historia iban apareciendo las realidades simbólicas a su
alrededor (o en su interior). No se trata de una capa de pintura, posterior, en el momento de
ponerlo todo por escrito, para hacer más interesante el texto. Se trata por el contrario de algo que
estaba ahí, y que se podía tocar con la mano, que sólo había que tener la facultad de ver, que
estribaba en conocer la historia, y en tener la suficiente distancia frente a ella para ver lo que
sucedía a su alrededor.
Un ejemplo de estas realidades, encontradas por los personajes, es la comparación de Juanita
Quinn, que compara a Jake con una mosca, y a la familia Quinn con la araña (P. 136). El otro
tipo de realidad simbólica está en la facultad de Capote para ver en Quinn la imagen de un
fanático, como aquel que lo bautizara en su infancia.

Hugo Blumenthal
Cali, 1998

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