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Hugo Blumenthal © 2007

Tiburones y peces
Por Hugo Blumenthal

Una niña, con su infantil inocencia, pregunta si los tiburones se portarían mejor con los
pecesillos de ser todos personas. Pregunta a un hombre, el señor K., tan anónimo como un héroe
de Kafka, quien a partir de dicha posibilidad planteada por la niña responde con un irónico “Por
supuesto”, al que le sigue un mordaz desarrollo (¿lógico?) de aquella imagen. ¿Qué ocurría si los
tiburones fueran personas? “El caso contra las escuelas”, de Bertold Brecht, es, básicamente, la
respuesta a aquella pregunta. Por tanto, K. parece encarnar la propia voz de Brecht, aunque es
apenas obvio que no son el mismo. Lo que sucede es que Brecht decidió “responder” a la
pregunta por el ser del hombre del momento, por medio de la literatura, de la metáfora que es
todo texto literario. Metáfora que se plantea inicialmente con la pregunta “¿y si...?” de un mundo
posible, con un referente preciso (el hombre) que hace la equivalencia (por lo que en últimas
podemos leer el texto como descripción de una realidad humana, no importa que sea bajo la
apariencia de tiburones “humanizados”).
El texto de Brecht posee esa belleza “convulsiva” (Breton) del relámpago (que ilumina y
estremece) de la mejor literatura; con esa universalidad de la imagen literaria (otros dirán
poética) que va más allá del simple mensaje de un significado representado, en el dialogo
histórico de un sujeto X con otro Y. La niña y el señor K. son “simplemente” dos personajes. No
se trata del Brecht mortal dirigiéndose a la época especifica en la cual vivió, a sus
contemporáneos, que quizás hoy día ya no existan. Se trata en realidad de un texto que nos
habla, a todos.
Otros posibles motivos, por los cuales “El caso contra las escuelas” debiera ser un texto
metafórico (no digamos literario, puesto que no es fácil justificar la literatura más allá de sí
misma), y no un simple panfleto, diatriba o ensayo, son la posible censura y/o la “inocencia” del
destinatario (léase “la hijita de la arrendadora”; es decir el lector). Porque lo que K. va a decir no
sería bien recibido por los “tiburones”, o los dueños del poder; y porque quizá de otra manera
tampoco sería comprendido por “inocentes niñas”, o los bien-pensantes y optimistas humanistas.
Pero, ¿qué es lo que dice el hombre, el texto? Entremos en materia.

La pregunta inicial nos muestra que: la niña presupone que los tiburones son malos con los
pecesillos y que los hombres, en cambio, son buenos entre sí. Inicialmente, K. acepta jugar con
estas premisas, para demostrar que los hombres no son tan buenos como parecen (en realidad no
tanto para demostrar sino para criticar una forma de ser del hombre), aunque a su nivel parezca
no hacer más que simples hipótesis de cómo se comportarían los tiburones si fueran hombres (lo
que es mucho decir y nada a la vez, pues en realidad tan sólo habla de una posibilidad
“imposible”; pero como quien dice “al que le caiga el guante...”).
¿Qué ocurriría entonces? Lo mismo que ha venido ocurriendo con el hombre desde hace
mucho tiempo. Los tiburones, los que detentan el poder, construyen “ciudades” (espacios
habitables como cárceles en su sentido más amplio) para los más débiles, los pecesillos,
protegiéndolos de otros peligros (para que no se les vayan a morir antes de tiempo) y hasta
brindándoles un cierto bienestar (porque “los peces alegres son mucho más sabrosos que los
tristes”). Y dentro de esas ciudades los tiburones pondrían, lógicamente, escuelas para que los
pecesillos aprendan a nadar hacia sus fauces. Es decir de donde saldrían programados para

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Hugo Blumenthal © 2007

cumplir con los deseos de los más poderosos, para ser devorados por un sistema en el cual
estaban inmersos desde su nacimiento, y que ni ayudaron a construir ni obedece a sus deseos.
Luego K. pasa a hacer la crítica de ciertos saberes que se inflingen en la escuela, como la
educación moral y religiosa, que promueve el sacrificio en esta vida, a cambio de un bello futuro
a posteriori (“A los pecesillos se les haría creer que este futuro sería garantizado si es
obediente”) para mantener el status quo; garantizando que los más débiles obedezcan sin chistar
y hasta con alegría a los más fuertes, promoviendo la delación de todo compañero que no actúe
igual (instaurando el ya clásico sistema policial al interior de los mismos oprimidos).
Asimismo K. crítica el arte, como la pintura, cuya función no sería revelar a las personas la
posibilidad de su verdadero lugar dentro de la sociedad, sino enmascararles esa realidad,
falseándola; igual que el teatro encargado de proporcionar modelos del “esclavo ideal” de una
forma digna de imitar.
Se trata, en fin, de un crítica a la cultura (incluyendo a la religión) como saber promovido por
la escuela para que las cosas sigan igual, para que unos hombres continúen explotando a otros y
los explotados se resignen a su destino, o para que un sistema social se perpetúe sin más. No en
vano concluye el señor K. con la tristemente irónica declaración de que si los tiburones fueran
personas, en el mar no habría más que cultura. Pues de eso se trata todo lo anteriormente
señalado.

De entrada el título plantea una crítica a la escuela como promotora del mejoramiento social.
Aunque hay que aclarar que el modelo presentado, criticado, es el de una total dependencia de la
escuela a la sociedad (es decir a los tiburones que la han creado pensando en su propio beneficio,
no en el beneficio de los educandos), modelo que no siempre se da.
El texto no deja entrever una solución para ese sistema de cosas, pero parece que propugnara
por un papel revolucionario de la escuela dentro de la sociedad. Papel que consistiría en
concientizar a los “pecesillos” para luchar contra el aparato social establecido por los
“tiburones”. Lo cual parece proponer Brecht un tanto utópicamente porque la escuela
necesariamente se inscribe dentro de un sistema social y ningún sistema va a permitir y mucho
menos financiar una institución para formar una cultura contra ella misma.
Desde nuestro punto de vista, debe pensarse una interrelación de la escuela y la sociedad, de
manera que la función de la escuela sea crear sujetos aptos para enfrentar esas condiciones que
operan “afuera” (en el mundo de los tiburones) sin transformarlo en objeto de consumo para ese
medio, ayudando a crearle y reforzarle su autonomía, base para cualquier transformación social.
Sería algo así como hacerlo un poco tiburón para enfrentar a los tiburones, desenvolverse en su
medio, no para que termine como todo un verdadero tiburón, alimentándose de los pecesillos.
Aunque aquí cabría la pregunta de hasta qué punto esto es posible, inicialmente, en un sistema
social fuertemente polarizado entre tiburones y pecesillos (¿como el colombiano?).

Hugo Blumenthal
Cali, 1998