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John Wynberg © 1996

UN GESTO

“¿Quién puede imaginarse que la muerte le ofrece la más


noble de las amadas más que aquél que no tiene el valor o
la posibilidad de tener una viva?” Robert Musil. El
hombre sin atributos.

No me importa que los demás me perdonen. No espero nada de ellos. Menos de tus padres o de
cualquier afortunado de tener un lazo con vos. Tampoco busco tu perdón. Vos no podés
perdonar. Sólo te pido que escuchés mi voz, a punto de ahogarse en este papel. No quiero que
pensés en mí como un cualquiera que te ha violado. Sé que no lo podés negar, pero no me
aprovecho de ti ahora ni me aproveché entonces. Me tenías cautivo antes de conocerte -y no
estoy loco, ni soy ningún anormal. Eras lo que le pedía a la vida, una encarnación de mi sueño.
Entonces ¿cómo no iba a pensarte por entero mía? Las noches que pasé a tu lado, corriendo a
esconderme cuando alguien venía, siempre con tus manos y el calor de tu rostro en mis mejillas,
¿iba a pensarte extraña a mí e igual a como te imaginaban los demás? No creo que ningún otro
supiera lo que tenía, aunque tuvieran tu risa, tus palabras y tus más sencillos gestos, ya contenta
o enfadada... y casi todo lo que quizá nunca tuve. Pero yo te tenía a vos, la única, la verdadera, la
mia -que no tenías la culpa de no poder darme nada porque todo lo habías regalado a otros sin
darte cuenta. Pero antes te deseaba así, ausente, a que no existieras. Me bastaba tu presencia.
Una vez apreté tu cuello entre mis manos pero no pude liberarte de mi ausencia. Y es que nadie
podía estar tan junto a ti como yo. Tus padres se aburrieron de que no pudieras dar más que tu
presencia, lo que yo aun imploraba durante el día, mientras ayudaba a médicos que no querían
mi ayuda. Y sin aquel que sentía una soledad y un dolor iguales a los tuyos, y sin aquel que te
poseía tu presencia en su pensamiento, ¿quién eras? El niño que puse en tu panzita, no fue mi
intención, pero sí mi culpa, y él no tenía nada que ver. Y si fuera por eso, ¿cómo arrepentirme si
no podía sacar tu cuerpo de mi deseo, porque era lo único que me dabas? ¿Cuánto hubiera tenido
que esperarte? ¿Podía ser de otra forma? ¿Pudo haber sido de otra forma? No se pudo seguir
ocultando lo nuestro. Tus padres decidieron que lo tuvieras. Si me hubieran reconocido
derechos, yo no hubiera sabido qué hacer. Ahora parece lo mejor. Si te levantás, podés leerme y
verlo a él, y quizá no me odiés. Sería injusto que pasara de otra forma. De este gesto no puedo
más que esperar ese gesto tuyo. ¿Puedo hacer otra cosa más? Todo depende de ellos, y a ellos
me confío.

Reproducción integra de un texto encontrado dentro de la tapa posterior del libro Fahrenheit
451, de Ray Bradbury. El texto se hallaba escrito en tinta roja y letra ligeramente inclinada,
menuda, apretada y pareja, por ambos lados de un delicado papel azul de 13.8cm de ancho y
21.3cm de largo, sin fecha ni firma.

John Wynberg
Cali, Junio de 1996

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