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John Wynberg © 1996

PRIMERA CENA

Nací con nueve años a cuestas, descontando los meses en el útero. Tres días antes –un sábado, lo
recuerdo perfectamente– mi padre y yo nos habíamos trasladado a una casa de dos pisos que
ocupaba un cuarto de cuadra, donde yo creía poder olvidar aburridores encierros en piezas de
cuatro paredes (sin ventanas), él disolver los recuerdos de la agonizante muerte de mi madre.
Desde entonces, desde el primer momento supe que sería libre, que nacería a un mundo nuevo.
A partir del lunes papá trabajaría sin descanso. El fin de semana lo pasé dichoso ante la
perspectiva de tener la casa a mi entera disposición. Planeé invitar a jugar en el día a los niños
que me visitaban en la habitación por la noche –los que papá ignoraba o fingía no ver– y dejar de
ser uno de aquellos angelitos que se cuelgan de los calzones de María.
Pero el lunes, apenas salió mi padre, encontré un armatoste de largos cabellos negros entre
canas. Dos trozos de carne flácida acentuaban un remoto parentesco femenino.
Con una voz gutural saliendo de la caverna de su boca dijo estar a cargo de mi cuidado.
Entonces salté de la cama, corrí escaleras abajo y, resbalando en el extraño liquido anaranjado
que cubría los peldaños, aferrándome a un mohoso pasamanos como a mi vida, alcancé la puerta
de la calle, cuya cerradura estrujé en vano. Pero como nada me siguió, permanecí el resto del día
cómodamente acurrucado contra el frío de la libertad, que sentía filtrándose bajo la puerta, y
aporreando de vez en cuando el obstáculo con gritos, puños y patadas, esperando el salvador
regreso de mi progenitor.

Anocheciendo, una luz de linterna vino a cegarme y ahogarme en una ola de temores. Al
principio no entendía los ruidos que la acompañaban, pues pasaba mucho tiempo en intervalos de
silencio, pero gradualmente los ruidos fueron convirtiéndose en palabras que no tenían más
intención que ampliar mi miedo.
Traté de ignorarlas, de no escuchar las burlas, puesto que adivinaba el engaño, para que
subiera, para hacerme su esclavo, pero todas iban encajando como en una verdad divina: papá no
volvería, y no tenía escapatoria: debía acatar sus ordenes si no quería morir de hambre o de otra
cosa.
Sin embargo logré superar la tentación de entregarme y sin atreverme a ningún movimiento
seguí en silencio hasta que luz murió. Escuché pasos que se alejaban y al rato subí de puntillas,
mis ojos intentando traspasar la oscuridad.
Por ningún lado había muebles. La sala estaba desierta. En el comedor apenas quedaba una
mesa arrinconada, bajo sus seis asientos en equilibrio. Las puertas de todas las habitaciones
estaban cerradas.
Convencido de encontrar una salida por el patio alcancé la cocina. Mis pies chocaron contra
cuchillos, tenedores y demás artículos culinarios –metálicos– desparramados sobre el piso. E
ignorando el ruido estridente, y el dolor de la piel herida por los filos y punzones, corrí como un
pequeño demonio, para atravesar aquella distancia infinita.

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John Wynberg © 1996

Adentrándome en las profundidades desconocidas, bajando al patio, una tabla de la escalera


crujió y cedió, y caí como el mismísimo diablo. Lo firme desapareció con fuerza ingravitando
mis intestinos y haciendo que la mierda se volviera entretenimiento para mi estómago.
De puro milagro la mano derecha alcanzó el próximo escalón –del que permanecí colgado
varios minutos, esperando la inminente caída hasta que, muerto del pánico e invocando la ayuda
de todos los diablos, regresé sobre las restantes tablas para terminar el descenso como si apenas
hubiera sido una inocente broma pesada.
El cielo negro–rojizo apenas permitía ver la tierra y, sin poder examinar el muro circundante,
tropezaba en los agujeros de aquella tierra prometida, blanda a mis pisadas, que crujía por las
hojas secas caídas del tentador árbol de naranjas. En eso encontré un pesebre (o tres láminas de
aluminio bien dispuestas) en un rincón del patio, para ocultarme de lluvia que comenzaba a caer.
El frío, indiferente, me siguió adentro por la amplia entrada.
La tormenta que se acercaba lenta e inflexible había hecho que nos quitaran la luz, ¡y desde
entonces no he vuelto a ver noche tan acogedora, tenebrosa y protectora! Con ella, ninguna
linternita era suficiente para enfrentarla.
Tiritando de frío y acostumbrándome a las tinieblas divisé entonces una “sombra” aterrorizada
en la cima de la escalera, apuntando un foco de luz a amplios círculos en la tierra, que gritaba sin
parar –y tan alto gritaba que quebraba el sentido a sus palabras (o quizá una sola, un nombre
repetido hasta el cansancio para trasferirme su miedo y hacerme subir corriendo a ocultarme bajo
su falda y poder sentir al fin algo caliente entre las piernas que le dé seguridad).
Permanecí más inmóvil que muerto, sin delatar mi escondrijo, disfrutando del espectáculo que
su temor me ofrecía. ¿Por qué insistía en buscarme? Podía irse a dormir tranquilamente, sin tener
por qué preocuparse, pues yo no saldría, no aquella noche, ni para incitarla a caer, sabiendo que
con su peso las probabilidades eran mejores.
La linterna volvió a la cocina con su haz de luz temblando escandalosamente. Y la lluvia se
adueñó finalmente del cielo, volviéndolo impenetrable. ¿Diluvio no anunciado? Divinas piedras
mortales reemplazaron gotas impotentes, arrasando con el naranjo en flor.
Dormir lo consideraba una debilidad. En las primeras horas de la madrugada aun seguía
contemplando –extasiado– las gotas de granizo derretido que pendían al filo de la entrada cuando
escuché un grito que –nacido con la fuerza que proporciona el terror– se extinguió rápidamente
en lejanos estertores agónicos. Cercado por los guijarros celestiales, tuve que satisfacerme con
mi imaginación. Guardé un minuto de silencio recordando al armatoste en el apogeo de su
miedo. Después reí, sin cohibirme el respeto a las desgracias ajenas.
No recuerdo espera o sueño alguno, sino que ya el sol brillaba resplandeciente y su agradable
calor me invadía cuando, saliendo del pesebre, el techo se me vino encima y me alcanzó en el
costado derecho. Atento a no resbalar, pensando que con tan sólo agradecer al que me había
acogido en su seno hubiera podido evitar aquel castigo, sorteé varios charcos y bajo los restos del
naranjo miré detenidamente entonces el patio. Como no habían visibles posibilidades de escapar,
me puse a examinar la herida (una pequeña y violada sonrisa casi vertical) y los cadáveres de las
flores del naranjo. Mi sangre caía en el agua estancada, tomando originales coloraciones con los
fetos de las frutas abortadas. Mareado por aquella visión, o por el hambre que rasgaba mis
entrañas, con las encías picándome –y un gusto amargo en la boca–, me dirigí a la escalera.

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John Wynberg © 1996

Subí, temeroso, apretándome al muro de ladrillos desnudos.


Salsas rojas, negras, amarillas, regadas por el suelo, las paredes y el techo ya entonces le
daban un aspecto pintoresco a la cocina. Sobre un fogón, en una olla esmaltada, un pedazo de
carne sobresalía, donando sangre, gota a gota, a un espeso charco cercado por baldosines
blancos.
Abrí un espacio, coloqué la olla entre mis pies.
El primer bocado fue revelador. No importaba que estuviera cruda. El sabor era lo de menos.
Lo maravilloso era la sensación de poder que regalaba. Por mis dedos se escurría la grasa como
un bálsamo.
Hacia el final el hueso me desconcertó, rompió el hechizo. No pude seguir. Tenía que buscar
al armatoste para tranquilizarme. El terror que me inspiraba era el precio al que estaba dispuesto
a pagar mi inocencia.
Atravesé el comedor y la sala sin hallar a nadie. Abrí las puertas entornadas de las
habitaciones. Sólo encontré cuartos vacíos hasta llegar al balcón, donde encontré su cuerpo
mutilado –en tantas partes que más parecía un rompecabezas, en un desorden desconcertante.
Sangre coagulada y revuelta en lagunas de orina daba la impresión de ser pegamento
desperdiciado en el intento de unir las piezas. Los ojos habían sido aplastados fuera de sus
órbitas, y de su rostro apenas quedaba una expresión: una sonrisa invertida y ahogada en los
pliegues de un mar de arrugas. En un rincón yacían oscuras bolsitas, azul y verde, quizás del
interior de su vientre.
Pensé en buscar testigos, pero era muy claro: el hambre me había cegado, y ante cualquiera yo
sería culpable. Asociarían el largo hueso con una de las partes de la señora del balcón. Aunque
me empecinara en que nada había tenido que ver, quizás hasta culpando a los otros niños, nadie
me creería.
Encerrado en mi cuarto, lloré hasta bien entrada la noche. Los niños regresaron y me
ofrecieron otro pedazo de la señora del balcón. Acepté por debilidad, ya que no podía soportar el
hambre. Entonces ellos, con voz chillona, empezaron a cantar: “Cubiertos y servilletas están de
más/buenos modales quedaron atrás...” Jugamos a las escondidas e hicimos una gran hoguera
con muebles astillados y colchones despedazados.
En dos días acabamos la carne, y con ella se acabó nuestra despreocupación. Me propusieron
ir a otra casa, a probar algo más joven –mas aun no me sentía listo para integrar sus filas
nómadas de la muerte. Antes prefería morir de solitaria indigencia. Aunque irremediablemente
terminé como ellos, con piel transparente, cuerpo curvo y los ojos color de suave candela;
obligado además a dejar la casa y a proveerme por mi cuenta.
Sin embargo no saber el nombre del armatoste guardián, del monstruo de la linterna, sigue
siendo hoy mi única aflicción. Aunque se diga que fue más importante la última cena, para mí
significa mucho aquella primera –y así un ritual pierde mucho sentido.

John Wynberg
1996

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