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ANÁLISIS PRAGMÁTICO DE UN FRAGMENTO DE “ALICIA EN EL PAÍS DE

LAS MARAVILLAS” DE LEWIS CARROLL

El lenguaje entendido como praxis social, como actividad inherente a la


naturaleza del hombre, evidencia significados en cada una de sus
realizaciones. Las palabras como manifestaciones del mismo, adquieren
valores semánticos y pragmáticos a partir del contexto, los referentes, los
hablantes, los interlocutores y de la cultura en la que son proferidas.

Hablar una lengua es por tanto conocer y dominar aspectos sintácticos,


semánticos y pragmáticos que permitan expresar y referir una realidad que se
hace social en la medida que se interactúa con la otredad. En palabras de
Searle: “hablar una lengua es tomar parte en una forma de conducta (altamente
compleja) gobernada por reglas. Aprender y dominar una lengua es (inter alia)
haber aprendido y dominado tales reglas.” [Searle, 1969,22]

La normatividad lingüística en la enunciación de un acto de habla solamente se


presenta de una manera tangencial, puesto que al hablar se hace un uso
explicito de unas reglas interiorizadas por los hablantes de la gramática y de la
sintaxis de la lengua, y como resultado se tienen enunciaciones “correctas” o
válidas en la medida en que tal estructuración sea convencional. Los aspectos
relacionados con la significación y lo que “se dice con las palabras” son cosas
que los hablantes no ciñen a unas reglas específicas, sino que más bien
atienden a las intenciones de comunicación de los mismos, en las que la
normatividad no tiene cabida, ya que no existe el lenguaje ideal perfecto. Las
formas lógicas de las proposiciones no se pueden desligar de la ambigüedad
del lenguaje, ya que esta última es la esencia de la comunicación, del lenguaje
común, del que se habla en la cotidianidad y el que no puede ser sometido a
modelos simplistas que lo condicionen. Si fuera así este texto de análisis no
tendría sentido ni razón de ser.

Es pues el uso del lenguaje el que le da significado a las palabras, a las


acciones y a las intenciones de los hablantes en determinados contextos y
circunstancias, puesto que algunas enunciaciones no tienen sentido si se
expresan por fuera del contexto físico o situacional, o si se expresan de
manera insincera, o si no se tiene la autoridad para proferirlos, o si no se
atiende a las fórmulas de cortesía de la cultura, o si el interlocutor no comparte
los mismos referente del hablante, o sino se entienden las implicaturas del
mensaje, entre otros aspectos.

ANALISIS PRAGMÁTICO

A continuación se presenta un fragmento del texto “Alicia en el País de las


maravillas” de Lewis Carroll. Texto que aquí trasciende la naturaleza infantil de
cuento para convertirse en un discurso en el que la ironía, la hipocresía y la
presuntuosidad didáctica del mundo de los adultos se hacen ostensibles dando
paso a la trasversalidad de la pragmática del lenguaje.
“La mesa estaba puesta delante de la casa, bajo de un árbol, y la Liebre de
Marzo y el Sombrerero estaban tomando el té. Entre ellos había un Lirón,
profundamente dormido, sobre el cual apoyaban los codos, a modo de cojín, y
hablaban por encima de su cabeza. «Muy incómodo para el Lirón» – pensó
Alicia – «claro que, como está dormido, probablemente ni se entera.»

Aunque la mesa era grande, los tres se apretujaban en uno de los extremos.

-¡No hay sitio! ¡No hay sitio —, exclamaron al ver llegar a Alicia.

-¡Hay sitio de sobra! - dijo indignada Alicia, y se sentó en un gran sillón, en un


extremo de la mesa.

- Sírvete algo de vino - le invitó la Liebre de Marzo.

Alicia miró por toda la mesa, pero allí sólo había té.

- No veo ningún vino -observó.

- No lo hay - dijo la Liebre de Marzo.

- Pues entonces, tal ofrecimiento es una descortesía de su parte - dijo


indignada Alicia.

- También lo es de tu parte sentarte sin ser invitada - dijo la Liebre de Marzo.

- No sabía que la mesa era de su propiedad - dijo Alicia -: está servida para
más de tres personas.

- Tú necesitas un buen corte de pelo - dijo el Sombrerero. Había estado


examinando a Alicia con mucha curiosidad, y ésta fue su primera intervención.

- Y usted debería aprender a no hacer comentarios personales - dijo Alicia con


severidad - resulta muy grosero.

El Sombrerero, al oír esto, abrió de par en par los ojos, pero se limitó a decir:

- ¿En qué se parece un cuervo a un escritorio?

El texto alude a un encuentro en el que unos personajes comparten un


contexto común – una mesa- y su actitud frente a la llegada de otro. La Liebre
de Marzo, el Sombrerero y el Lirón bien pueden ser llamadas con nombres,
como Pedro, Juan y Gabriel, o con letras como A, B, y C y el otro, como Alicia,
que puede ser D.

La cortesía es el componente manifiesto en la totalidad del discurso, puesto


que lo que se describe de manera narrativa es la disposición de una mesa al
frente de una casa y el comportamiento que adoptan los personajes en ella,
bastante peculiar por cierto. Y luego, a manera de acto de habla se referencia
la llegada de un extraño a compartir tal contexto. Dicho lugar de reunión evoca
fórmulas de cortesía características de la sociedad Inglesa. En palabras de
Escandell referenciando a Leech, “la cortesía es un principio regulador de la
conducta que se sitúa a medio camino entre la distancia social y la intención
del emisor, haciendo posible el mantenimiento del equilibrio social entre los
interlocutores…” [Escandell, 1993: 76].

La distancia social entre los personajes se evidencia a partir del monologo que
en voz de D (Alicia) expresa el escritor, al describir el cómo están dispuestos A,
B y C en el contexto, y sobre quién se apoyan, que es C, lo que le suscita el
comentario inicial de A: «Muy incómodo para el Lirón» – pensó Alicia– «claro
que, como está dormido, probablemente ni se entera.»

Lo que denota esta aproximación es cierto menosprecio por alguien, dado que
es posible utilizarlo. En términos pragmáticos, sería establecer sobre él cierta
autoridad, similar a la que establece un amo con su siervo, y que se exhibe a
partir de un comportamiento no verbal como el descrito, y verbal a partir de la
enunciación que hace Alicia del Lirón dormido, en donde la ironía toma realce.

El que D piense algo para sí misma, permite decir que un monólogo es ya un


acto de habla, puesto que existe un hablante que es D y un interlocutor que es
el mismo, que se dice algo con un significado específico, y que a partir de allí
se puede inferir una realidad, la cual se referencia a través del lenguaje para sí
misma.

La expresión: “- ¡No hay sitio! ¡No hay sitio -, exclamaron al ver llegar a Alicia.”,
permite decir varias cosas de diversa naturaleza. Que se trata de un acto
locutivo, en el que se profiere algo mediante las cualidades articulatorias de la
lengua, aspecto que es subyacente a la naturaleza textual del cuento, dado que
el lector no escucha tal secuencia fonética, sino que la infiere del mismo. El
anunciar que no hay lugar en la mesa es un acto, atendiendo las
consideraciones de Austin, ilocutivo en el que se dice algo que se espera que el
interpretante comprenda, puesto que se su supone que comparte los mismos
referentes de quienes están profiriendo el acto de habla. Además, el contexto
situacional aterriza el mensaje sobre el referente «mesa» que es sobre el cual
gira el encuentro comunicativo, ya que “si no tuviéramos ningún tipo de
información previa a la que ligar lo nuevo que se nos dice, todo enunciado
resultaría ininterpretable” [Escandell citando a Van Der Auwera , 1993: 35].

Lo que A y B quieren decir ante la llegada de D es que no desean que ésta


comparta la mesa en la cual estos se encuentran (acto preformativo) lo que va
más allá de la misma enunciación, ya que si nos remitiéramos a un sentido
literal, lo narrado por el escritor no tendrá sentido cuando expresa: “Aunque la
mesa era grande, los tres se apretujaban en uno de los extremos.”. Lo que
quiere decir que el lenguaje no sólo denota sino que también connota, es
ambiguo. Y para que el proceso de comunicación tenga éxito no sólo basta
con que el oyente conozca y reconozca el significado lingüístico codificado, es
imprescindible que sea capaz de inferir cuál es el significado que el emisor le
quiso dar, y por lo tanto, el contenido que quiso transmitir.
En esta misma línea de análisis se hace evidente el primer juego del lenguaje,
en el momento en que D profiere: “-¡Hay sitio de sobra! -. Queriendo decir con
ello que responde al juego pero obedeciendo a sus intereses, y contrariando
así mismo las normas de cortesía clásicas en las que para compartir una mesa
se necesita ser invitado a ella. Con esta actitud D mantiene una imagen
negativa, según las consideraciones de Brown y Levinson, puesto que ella
desea tener la libertad para hacer su albedrío, sin sufrir las imposiciones de los
demás y de dominar cierto terreno, ya que no desea ser apreciada por los
otros, porque de lo contrario su respuesta hubiese sido más cortes, quizá más
displicente, utilizando marcas de identidad social como el “por favor” o algún
“chiste o broma” para distencionar el ambiente y obtener así la aceptación para
compartir dicho contexto físico.

El lenguaje aparte de transmitir significados conlleva a la realización de


acciones implícitas en él y en cada una de sus realizaciones. Dado es el caso
en el que después de enunciada la proposición, la acción de sentarse se
realiza, no importa que contrarié los intereses de A, B y C. Alicia se sienta en
uno de los extremos de la mesa, poniendo de manifiesto de nuevo la distancia
social entre ella y los interlocutores.

Sírvete algo de vino —le invitó la Liebre de Marzo. Se presenta ahora un acto
de habla que corresponde a una invitación, en donde A ofrece algo a D. El
contenido proposicional entonces se basa en un estado de cosas que permiten
inferir que quien invita está en capacidad de hacerlo, que el referente que
evoca existe y que es perceptible para el invitado.

Con la expresión a continuación se puede entender que la invitación es un acto


de habla insincero, puesto que A sabe de antemano que está ofreciendo algo
que no existe en el contexto en el que ambos están interactuando.

Alicia miró por toda la mesa, pero allí sólo había té.
-No veo ningún vino —observó.
-No lo hay —dijo la Liebre de Marzo.

“A” con lo mencionado contraría la máxima de cualidad de Grice que alude a


que lo que se dice debe ser verdadero y que no se debe decir algo que se crea
que es falso, como el invitar a tomar vino cuando en realidad no lo hay. Se trata
más bien de un caso de ironía en el que se juega con el lenguaje para trasmitir
un mensaje subyacente.

El hablante involucrado en una conversación con un objetivo predeterminado –


el no querer compartir la mesa-, hace preparativos y planea estrategias que le
ayuden a realizar sus verdaderas intenciones interaccionales, es decir, debe
poseer conocimientos específicos sobre su interlocutor para poder anticipar lo
que él dirá y prever su propia reacción. [Areiza y Velásquez, 2000: 26].

Resulta bastante notorio el hecho que después de la invitación se proceda a


negar lo que antes se estaba afirmando. Se podría pensar en una estrategia
de tipo encubierta en la que el emisor pretende, en cierto modo, enmascarar o
disimular su verdadera intención en el acto de habla, queriendo con ello evitar
que le sea atribuida la responsabilidad de haber realizado una descortesía.

Aspecto último que el interlocutor D reconoce inmediatamente, puesto que a


línea seguida le dice: - Pues entonces, tal ofrecimiento es una descortesía de
su parte - dijo indignada Alicia.

Los patrones de conducta que mantienen las relaciones sociales en equilibrio


son en este momento del discurso trastocados, ya que evidencian, a través del
lenguaje mismo, una reacción física de enojo ante una invitación insincera que
no conlleva a la consecución de una finalidad, como sería la de servirse vino.

El que A trate, deliberada y malintencionadamente de boicotear, la


conversación por medio de violaciones ocasionales, lo expone a la indignación
de D y a que su aporte no sea tenido en cuenta como algo significativo para el
acto de habla. Evento que viola otra de las máximas de Grice, que es la de
relación, en donde lo que se dice debe ser relevante para el encuentro
comunicativo.

Desde el punto de vista intencional A puede proferir enunciados que no estén


relacionados con el contexto, evidenciando con ellos que lo que desea es que
D no comparta la mesa, de tal manera que el hecho de invitar no sea el de
ofrecer algo sino el de hacerle entender al otro la inconformidad que le genera
su presencia. Lo perlocutivo del acto sería contrario a lo dicho en el mensaje.

Con lo anterior queda claro que “la lengua no es un instrumento rígido para
hacer oraciones gramaticales e interpretarlas, sino que es una semiosis
contínua de sentidos y prácticas en las cuales se identifica el ser dentro de su
propio contexto vital, mediante el cual se significa así mismo y se entra en
relaciones coagentivas con los demás. Coagentividad que para materializarse,
requiere de una identidad cultural en una de las parcelas pragmáticas, al
interior de las cual se comparte por lo menos una información contextual
definida en un transcurrir común” [Areiza y Velásquez, 2000: 14].

El lenguaje visto así, permite comprender que aparte del sistema gramatical,
las unidades semánticas y la estructura sintáctica, en el uso social del mismo
intervienen categorías y funcionalidades que dejan de lado dicho
estructuralismo para tornarse flexibles a los intereses e intenciones de los
hablantes, señalando con una expresión otra cosa diferente de la que ésta
significa. Confirmando así que la normatividad no tiene cabida en el uso social
del lenguaje. Dado que la información pragmática que comparten los hablantes
en determinados momentos es de dimensiones variables y que cada uno
construye una hipótesis o un imaginario particular de lo que desea de los
intercambios comunicativos, obedeciendo con ello a la caprichosa
funcionalidad de sus intenciones.

Efectivamente, toda actividad humana consciente y voluntaria se concibe


siempre como reflejo de una determinada actitud de un sujeto ante el entorno.
Por tanto, es legítimo tratar de descubrir qué actitud hay detrás de un
determinado acto, es decir, preguntarse cual es la intencionalidad de los actos
y las decisiones. [Escandell, 1993: 34]

LA INFERENCIA

Para que el proceso de comunicación tenga éxito no basta con que el oyente
conozca y reconozca el significado lingüístico codificado, es imprescindible que
sea capaz de inferir cuál es el significado que el emisor le quiso dar, y por lo
tanto, el contenido que quiso transmitir. Esto en apariencia no se cumple en el
acto anteriormente mencionado de la invitación puesto que D acepta el juego
del ofrecimiento y realiza las acciones performativas del mismo, o sea que no
comprendió la información implícita suministrada por A que viene a ser explícita
(explicatura) posteriormente, cuando le enfatiza a D el contenido proposicional
de lo que le quiso decir.

- También lo es de tu parte sentarte sin ser invitada - dijo la Liebre de Marzo.

Es evidente entonces que la inferencia tiene más sentido si se puede vincular o


aterrizar en un entorno y contexto específico puesto que así podrá enriquecer
las representaciones abstractas del interpretante, y no lo conducirá al error sino
más bien hacia la interpretación de la intencionalidad del hablante.

LA RELEVANCIA

En palabras de Escandell, La relevancia no es una característica intrínseca de


los enunciados, se trata más bien de una propiedad que surge de la relación
entre enunciado y contexto, esto es, entre el enunciado por su parte, y un
individuo con su particular conjunto de supuestos en una situación concreta,
por otra. De modo que lo que puede ser relevante para una persona, puede no
serlo para otra, o puede no serlo para el mismo en otras circunstancias. .
[Escandell, 1993: 142]

En el caso que nos compete, sería relevante que todos los aportes que se den
a la conversación apunten hacia una temática planteada, que es la relacionada
con el si es pertinente o no que D haya compartido la mesa sin invitación,
según lo manifestado por A. Con ironía y con ambigüedad el discurso lleva tal
dirección. Lo que se presume ahora como irrevalente es el aporte que da el
personaje del Sombrerero (C) frente a la polémica planteada entre los otros
cuando enuncia, tomando para sí la palabra:

“- Tú necesitas un buen corte de pelo - dijo el Sombrerero. Había estado


examinando a Alicia con mucha curiosidad, y ésta fue su primera intervención.

- Y usted debería aprender a no hacer comentarios personales - dijo Alicia con


severidad - resulta muy grosero.”

Es irrelevante puesto que es una información que no da lugar a efectos


contextuales de ningún tipo y lo que hace es boicotear la conversación sin
aportar información nueva a la misma, haciendo que sea imposible derivar
implicaciones interesantes en lo relacionado al tópico en discusión. Más bien
produce un giro o vuelco del discurso hacia otros parajes, como es el de la
apariencia de D, severamente reprendido por ella como comportamiento
descortés.

Esta objeción viola la máxima de relación de Grice, puesto que se espera que
los participantes de una conversación digan cosas que se relacionen con
aquello de lo que se está hablando y no lo contrarío, de allí que los otros
tiendan a omitir ese tipo de comentarios por no ser pertinentes y decidan
excluir de la misma, en un acuerdo tácito, al infractor.

Tal comentario de C hacia D contraría igualmente la máxima de simpatía de


Leech, en el sentido en que se refiere a ella con comentarios inapropiados en
una situación pública.

Pero si interpretáramos el comentario de C, no literalmente, entenderíamos


que lo que éste podría estar diciendo es algo como: “deberías ser más
educada”, ante la intromisión de D, acto que no sería irrelevante sino más bien
ofensivo o moralizante, pues apela a D de una manera directa.

Si el “corte de pelo nuevo” al que evoca C fuera lo que hemos dicho, podríamos
inferir como lectores que todo el fragmento hace alusión acerca de lo que
genera en los otros el auto invitarse a compartir una mesa. Esto por tanto,
permite abducir que entender la intención del autor nos da la intención del
mensaje comunicativo o del texto en sí.

Atendiendo las consideraciones de Grice, si lo enunciado por C fuera lo que


quiso decir realmente estaríamos ante el caso de un incumplimiento o violación
abierta de una de las máximas, que conllevaría a uno de los interlocutores a
intentar conciliar lo dicho por el infractor, reivindicando el principio de
cooperación, inclinándose a pensar que el emisor quería decir algo diferente
de lo que en realidad estaba diciendo y tácitamente se estaría adoptando una
actitud cortés.

C llama la atención sobre algo a D, en este caso se hace ostensible un juego


del lenguaje en el que éste último responde a las insinuaciones que se le hacen
de manera lacónica y autoritaria, poniendo por encima su voluntad mediante
recursos lexicales como el « usted debería aprender »,« resulta muy grosero ».

En este orden de ideas, si se entiende que el aporte de C es reprender a D, tal


como lo mencionábamos más arriba, parafraseando a Escandell, estaríamos
ante un acto de habla indirecto en donde el problema radica en el cómo le es
posible a C decir una cosa y querer decir esa cosa y algo más. Y puesto que el
significado consiste en parte en la intención de producir comprensión en el
oyente, una gran parte de ese problema es la de cómo le es posible a D
entender el acto de habla indirecto cuando la oración que oye y entiende
significa otra cosa diferente.

El comentario personal que ofende a D tendría lugar si se hiciese en otro


contexto, quizá más familiar, menos público y si fuese más horizontal, es decir,
si se diese entre iguales. Si se presentara por ejemplo, en una cafetería o los
hablantes compartieran intimidad y se estuviese hablando del “Look” o de
apariencia personal, el comentario tendría lugar y no sería ofensivo. Mientras
que en contexto situacional en el cual se presenta el texto da lugar a un vuelco
en el que la ironía y la ambigüedad toman realce.

La relación dialógica conversacional no es el resultado de la acción lingüística,


sino de la posición de un hablante en relación con el otro, en donde cada uno
de ellos juega un rol, lo que determina la calidad de la interacción. La
conversación, así vista, implica el manejo de un discurso lingüístico y el asumir
unas reglas pragmáticas y sociolingüísticas propias de la acción y la interacción
respectivamente. Reglas y normatividad que son necesarias tangencialmente
para determinar cuando es oportuno preguntar, opinar e invitar, bajo qué
condiciones, en qué contextos o situaciones, determinando intenciones y
planificando las reacciones del otro mediante la acción del lenguaje.

Lo verbal y lo no verbal se expresan en enunciados cargados de significatidad.


De una simple expresión se pueden inferir sentidos y actos preformativos o
simplemente acciones implícitas en las proposiciones. Así, con la exclamación
del “no hay sitio” se informa al interlocutor que en la mesa no hay espacio
suficiente para otra persona, que si tiene pensado compartir la mesa, no lo
haga, ya que se le está avisando algo, que se vaya a otro sitio porque los
presentes no desean de su compañía, que aún conociendo las implicaturas de
lo enunciado lo expresan sin ser del todo descorteses, ya que en algunos
lugares, y especialmente en Londres, se es bastante lacónico en asuntos como
los mencionados.

Lo no verbal se puede evidenciar en la manera como C “abrió los ojos” ante la


interpelación de D, como puede notarse a continuación:

El Sombrerero, al oír esto, abrió de par en par los ojos, pero se limitó a decir

- ¿En qué se parece un cuervo a un escritorio?

La gestualidad en este caso permite referenciar “asombro”, como expresión


arquetípica. Con dicha manifestación el oyente da por sentado que pudo
decodificar el mensaje precedente que lo llevó a reaccionar de tal manera.

Ante la indignación de D, al reprender a C por hacer comentarios fuera de


lugar, lo único que hace C es enunciar algo pero no mediante el lenguaje
articulado, sino a través de un código igualmente universal y semánticamente
equivalente. Así puede constatarse que lo dicho no siempre es de la misma
naturaleza, sino que se puede dar a entender algo con un solo gesto,
movimiento o silencio. Y de él es posible inferir significados. Claro está que si
se presentase el gesto de “abrir los ojos de par en par” en otro contexto
situacional como por ejemplo, acompañando el acto de preguntar, este
carecería de sentido práctico, puesto que las reacciones casi siempre son
esporádicas y muy pocas veces intencionales.
Lo último enunciado por C tiene que ver con el acto de preguntar, al proferir:

¿En qué se parece un cuervo a un escritorio?

Con esto se viola el principio de cooperación, puesto que la contribución a la


conversación no es la requerida para el intercambio comunicativo en el que C
está involucrado. Se podría esperar como más adecuada, en este momento,
una disculpa ante la actitud insolente que éste presentó anteriormente.

En este último acto de habla, se desconoce la intencionalidad del hablante, se


puede pensar que era distensionar el encuentro comunicativo con una
adivinanza, o distraerlo y sabotearlo con una pregunta que no viene al caso.

En esta línea de ideas, la participación de los hablantes en un acto de habla


implica una cognición social, entendida ésta como el complejo proceso mental
que involucra la comprensión del hablante oyente, no sólo a nivel del
enunciado dentro del acto de habla, sino a nivel paratextual. El hablante-
oyente, tiene que determinar la intención del acto de habla y hacer amplias
suposiciones sobre el hablante precedente y sobre lo que se espera del oyente.
[Areiza y Velásquez, 2000: 26].

En conclusión, y como se ha visto a lo largo de éste análisis, el lenguaje


permite referenciar mediante su uso el estado de las cosas, determinada
significación e intencionalidad, matizadas ambas, en las dinámicas pragmáticas
resultantes de los procesos comunicativos cotidianos.
BIBLIOGRAFÍA

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Análisis Pragmático del Refrán: Dimensión Argumentativa. En Didáctica
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Editorial Grijalbo.