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NUEVOS MODELOS LOCALES DE DESARROLLO ECONÓMICO

¿ALTERNATIVAS ANTE DE LA CRISIS?

Oriol Estela Barnet


Economista
Julio de 2009

La crisis económica que sacude la práctica totalidad del planeta ha situado ante la opinión
pública varios interrogantes sobre la conveniencia de seguir haciendo caso omiso a las voces
que reclaman, desde hace ya tiempo, la introducción de cambios en profundidad en el
funcionamiento del sistema económico global. Ahora, incluso se ha llegado a hablar en algunos
momentos desde instancias oficiales de la necesidad de un cambio de modelo, a pesar de que
de se ha hecho de una manera genérica y poco apoyada en actuaciones concretas.

Parece evidente, vista la trayectoria económica global de las últimas décadas, con problemas de
una dimensión mucho más amplia que los que plantea esta crisis (desde el cambio climático a
los movimientos migratorios masivos, pasando por los problemas estructurales del mundo rural),
que este cambio es necesario y no puede limitarse sólo a algunos retoques que permitan
continuar en la misma dirección. La fuga hacia adelante no puede ser la solución esta vez.

Así, por ejemplo, los acuerdos de la segunda cumbre del G-20 apuntan entre otras cuestiones a
un tímido avance en aspectos como la regulación de los mercados financieros globales,
regulación que, también hace falta reconocerlo, seguramente no se hubiera planteado nunca sin
una crisis tan profunda y sin que salieran claramente a la luz (aunque ya fueran conocidos) los
excesos retributivos de muchos de los responsables del hundimiento de estos mercados. Es un
paso conveniente, pero mucho nos tememos que todavía insuficiente.

Las políticas emprendidas por los Estados para hacer frente a la crisis, siguiendo la misma
lógica, están claramente enfocadas a recuperar la situación anterior a la depresión a base de
retocar algunos aspectos del modelo para recuperar la vía del crecimiento: planes de rescate de
los bancos o de industrias en declive, intensificación de la obra pública para recuperar puestos
de trabajo en la construcción, apuesta por algunos “nuevos” sectores de actividad, etc.

Así, por ejemplo, si revisamos la “letra pequeña” de las declaraciones sobre como se debe
afrontar el cambio de modelo, podemos ver propuestas como la del gobierno japonés, que
espera, a la vez “crear cuatro millones de puestos de trabajo, incrementar en un 24% el PIB y
cambiar el modelo de crecimiento”. El barniz de sostenibilidad que se aplica a este plan es el del
enfoque hacia sectores como las energías renovables o los servicios de atención a la tercera
edad, pero parece claro que una propuesta así deja muchas dudas sobre su viabilidad y muchos

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más sobre su congruencia con los retos que se nos están planteando. No hace falta recurrir a los
planteamientos de los promotores del decrecimiento (planteamientos que, en cualquier caso, es
preciso analizar con interés) para entender que un ritmo de crecimiento del PIB como el deseado
por Japón, generalizado a escala global, es irrealizable, sean cuales sean los sectores sobre los
que se sustente y sean cuales sean los avances tecnológicos que se puedan lograr.

En este contexto, ¿qué es lo que se puede hacer desde lo local? Es bien sabido que el municipio
suele ser la primera instancia a la que acude la ciudadanía cuando se encuentra en dificultades.
Así lo demuestran las colas que se han vuelto a formar frente a los servicios locales de empleo;
servicios que, no lo olvidemos, nacieron con motivo de los estragos que provocó el paro masivo
en el transcurso de la crisis de los años 80, con la consiguiente presión ciudadana sobre los
ayuntamientos. Y estos mismos ayuntamientos han hecho un gran esfuerzo en los últimos años
para tratar de definir estrategias de desarrollo económico local, muchas veces de forma
coordinada a escala supramunicipal. Pero, también en este caso, el desconcierto es la tónica
general a la hora de buscar nuevas soluciones al viejo problema del paro.

En este artículo haremos un repaso a varias experiencias locales que, siguiendo caminos a
menudo similares, a menudo diversos, representan ya desde antes de la crisis enfoques
alternativos al modelo general imperante; un modelo que ya ha demostrado lo suficiente su
inviabilidad y su vulnerabilidad como para no tomarnos la molestia, desde lo local, de buscar
nuevas respuestas más próximas a la ciudadanía y al territorio, en un ejercicio de
responsabilidad que quizás sólo se pueda emprender seriamente desde esta escala territorial.
Unas nuevas respuestas que, como veremos, los hechos demuestran que son posibles.

Dinámicas globales... ¿dinámicas urbanas?

El doble proceso de globalización y de reinvención de lo local dentro de este contexto global ha


sido ya ampliamente analizado y teorizado, a pesar de ser un proceso en constante y rápida
evolución. Algunos de estos análisis apuntan a la emergencia de lo que se suele denominar
“desarrollo glocal”, es decir, la oportunidad económica de poner en valor los elementos
diferenciadores locales a escala global, y que se suele expresar con la frase “pensar local y
actuar global”; una formulación que, curiosamente, invierte una de las premisas fundamentales
de la sostenibilidad (“pensar global y actuar local”).

Efectivamente, nos encontramos en una dinámica en la que se habla tanto de un mundo “plano”
como de un mundo “puntiagudo”; de un mundo en el que desde cualquier lugar, gracias a las
TIC, se puede hacer casi cualquier cosa (haciendo prácticamente irrelevante nuestra ubicación),
pero en el que, en cambio, se observa una creciente concentración de la población y de la
actividad económica en espacios urbanos que, especialmente a los países del Sur, muestran

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ritmos de expansión sin precedentes. En cualquiera de los dos casos, la importancia de la
identidad local y de los recursos propios de un territorio es manifiesta: en un mundo plano,
porque serán esta identidad y estos recursos los que aportarán los únicos elementos
diferenciales y, por lo tanto, harán un lugar más o menos atractivo para instalarse en él; en un
mundo “puntiagudo”, porque ninguna ciudad podrá ser un foco de atracción si no es capaz de
mantener unos niveles aceptables de respeto ambiental y de cohesión social, teniendo en cuenta
su entorno, su historia, su cultura.

En todo caso, las ciudades, o mejor dicho, las aglomeraciones metropolitanas son reconocidas
como unos actores económicos de primer orden, como mínimo al mismo nivel que los Estados,
sino superiores. Y si esto es así, hace falta tener en cuenta que las tendencias siguen
empujando en esta dirección, y que desde los diferentes organismos internacionales se trabaja
para reforzarlas.

Este reconocimiento del importante papel que juegan las ciudades tiene bastante sentido, pero
contiene una doble trampa que se pone de manifiesto en el momento de pasar a la acción
política sobre el terreno. En primer lugar, la definición de aquello que se considera ciudad no es
universal, dado que existen muchas formas urbanas claramente diferentes entre sí y, además,
tampoco resulta inmediato establecer los límites donde termina la ciudad y donde empieza la
“no-ciudad”. En segundo lugar, porque en muchas de las delimitaciones que finalmente se
utilizan para designar espacios metropolitanos se acaban incorporando territorios que, a pesar
de estar cercados por el tejido urbano, no responden a las mismas características físicas ni
funcionales ni, a menudo, la gente que vive en ellos se siente realmente urbana.

El entorno metropolitano de Barcelona podría ser un ejemplo de esta situación. Existe un amplio
consenso académico e institucional al hablar de tres coronas metropolitanas; contamos con un
área metropolitana parcialmente institucionalizada y en vías de conversión en administración
local de carácter pleno; conocemos cuáles son los municipios que se considera que forman parte
de la Región Metropolitana... Pero esto no agota el debate sobre dos cuestiones fundamentales:
una, ya citada, la de los límites “reales”, si es que se pueden establecer, del hecho urbano-
metropolitano; la otra, qué estrategias de desarrollo, en sentido amplio, deben de adoptar el
espacio urbano y el no urbano y como se deben coordinar en el supuesto de que se considere
que tienen que ser diferentes.

Los límites

El debate sobre los límites reales de la metrópoli barcelonesa ha llenado ya muchas páginas en
las últimas décadas, y no es objeto de análisis en este artículo. Simplemente es preciso hacer
tres consideraciones:

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 Se trata de un debate verdaderamente relevante si se realiza con el fin de dotarse tanto de
un modelo de crecimiento urbano determinado como de una estrategia específica de
desarrollo económico, así como de cara a lograr una mejor gobernanza mediante un ente
que sea capaz de responder a las necesidades de servicios de este tipo de territorio. Este es
el debate que está en marcha (ciudad compacta frente a ciudad dispersa; área metropolitana
frente a “veguería”1 metropolitana) y lo que hace falta desear es que se resuelva con la
alternativa más adecuada para los retos globales a los que hay que hacer frente.

 Sea cual sea la delimitación que se elija, se debe tener muy en cuenta la gran importancia
del espacio rururbano, tanto del que quede dentro de lo que se considere metropolitano
como de aquel que actúe como frontera con el resto del territorio. Se trata de un espacio que
puede y debe jugar un papel capital no sólo en términos ambientales, sino también
económicos, sociales y culturales, como se pretende demostrar, por ejemplo, mediante el
proyecto denominado precisamente “Rururbal” que se llevará a cabo bajo la coordinación del
Consell Comarcal del Vallès Oriental.

 La metrópoli actúa, sin duda, como motor económico del conjunto del territorio. Pero para
mantener la competitividad urbana que exige el modelo actual esta metrópoli necesita cada
vez más aquello que le puede ofrecer el resto del territorio: recursos básicos (como el agua),
suelo para infraestructuras (AVE, redes de energía, etc.) y equipamientos (prisiones o
depuradoras, entre otros) que dan servicio fundamentalmente a la población urbana. No es
de recibo considerar que estamos en una “Cataluña ciudad” donde todo se encuentra
condicionado por las formas de vida y de producción urbanas y donde, por lo tanto, existen
unas servidumbres que hace falta atender de manera imprescindible pasando por encima de
todo; es preciso entender que los movimientos ciudadanos que se constituyen en defensa
del territorio no obedecen al surgimiento de una moda asociada a una supuesta “cultura del
no”, sino que suelen venir respaldados por planteamientos territoriales y humanos de calado.

Es precisamente por este motivo, evitar que frente a cada proyecto que surge en clave urbana
se produzca una reacción de oposición en el resto del territorio, que más allá incluso que un
debate sobre los límites hace falta resolver el debate sobre las estrategias.

1La veguería es una división administrativa contemplada en el nuevo Estatuto de Autonomía de Cataluña, fruto de la
agrupación de comarcas (división supramunicipal ya vigente, existiendo 41 en toda Cataluña) y que vendría a
sustituir a las provincias (división administrativa procedente de la legislación estatal). En las primeras formulaciones
se ha trabajado sobre la base de la división del territorio catalán en 7 veguerías (frente a las 4 provincias actuales).

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Las estrategias

Efectivamente, así como la estrategia del territorio metropolitano se encuentra definida e


impulsada en el correspondiente Plan Estratégico Metropolitano, para el resto de Cataluña no
existe ningún instrumento de un alcance similar. Es más, se hace continuamente patente la
carencia o la descoordinación de los instrumentos de planificación existentes en el territorio,
como por ejemplo sucede entre los planes estratégicos (en el terreno económico y, quizás en
menor medida, social), los planes territoriales-urbanísticos y las agendas 21 locales; pero
también entre éstos y los proyectos educativos de ciudad, los planes de inclusión social, los
planes estratégicos culturales, etc. Tenemos que acudir aquí al concepto de planificación
concurrente como fórmula necesaria para la integración de las estrategias contenidas en los
diferentes instrumentos de planificación.

Imaginemos, por ejemplo, que la veguería de la Cataluña Central2 fuera creada el mes próximo:
¿cuál sería su estrategia de desarrollo económico? ¿Se puede ni siquiera inferir un
posicionamiento común entre las estrategias actuales, cuando existen, de los territorios que la
conformarían? ¿Tendría que ser una estrategia radicalmente diferente de la que se dibuja para la
metrópoli? Preguntas todas ellas que se pueden hacer extensivas al conjunto de los espacios
rururbanos de todas las metrópolis del planeta.

La certeza que podemos tener en estos momentos es que, sin un ejercicio específico de
reflexión estratégica para estos territorios, un hecho como el apuntado en el párrafo anterior no
haría más que aumentar el grado en el que el territorio no metropolitano se convierte en
subsidiario del metropolitano. Hace falta defender, pues, la necesidad de trabajar para definir una
estrategia diferenciada, lógicamente complementaria de la metropolitana y mutuamente
enriquecedora, pero con rasgos propios específicos que respondan a las necesidades y a las
aspiraciones de la población que vive en cada lugar.

Una parte importante de estos rasgos propios los podemos encontrar en los planteamientos y los
valores de la actuación de la sociedad civil; en la ciudadanía que se organiza para defender o
recuperar determinados valores que con la urbanización física, económica y sociológica del
territorio se encuentran amenazados, de forma que cada vez más se habla del movimiento slow,
de downshifting, de cooperativas de consumo ecológico, de las redes de intercambio, de reciclar
y de compartir, de comunidades de autogestión financera, de los bancos del tiempo o de los
movimientos de reivindicación del caminar.

2En la división territorial prevista, la veguería de la Cataluña central abarcaría cinco comarcas, cuatro de ellas de la
actual provincia de Barcelona, que son las que se encuentran más allá de la tercera corona metropolitana.

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Estamos hablando de propuestas que, siendo “economía” (formas de satisfacer las necesidades
humanas utilizando recursos escasos) no se tienen de ningún modo en cuenta a la hora de
definir estrategias y políticas económicas, ni siquiera políticas de desarrollo económico local,
simplemente por el hecho de no encajar en el marco mental asociado al modelo económico
imperante. Encontramos, sin embargo, que sobre todo gracias al uso intensivo de las
herramientas de la web 2.0, se produce una extensión y diversificación progresiva de estos
movimientos y en algunos lugares se llegan a posicionar como alternativas reales a los modelos
y las formas de hacer habituales en economía, ante la parálisis, cuando no el desconocimiento,
de las administraciones locales al respeto.

Llegados a este punto se puede llamar la atención sobre una paradoja: estos movimientos, que
en gran medida significan volver a buscar el estilo de vida y de relaciones sociales propio del
mundo rural, o al menos de unas formas de hacer más ligadas al territorio, son iniciativas que
han surgido mayoritariamente en las ciudades. Volviendo, pues, al debate inicial sobre el “triunfo”
del mundo urbano, ¿no es esto una muestra de un “contraataque” en toda regla del maltratado
espíritu rural a la colonización física, económica y sociológica urbana? ¿No se abre una vía para
que, en lugar de hablar de la urbanización de todo el territorio, se empiece a intuir una incipiente
“ruralización” metropolitana?

Pues bien, siendo más prudentes, no se puede negar que podemos encontrar aquí bastantes
elementos para establecer las bases de una estrategia de desarrollo propia para entornos no
metropolitanos, rurales o rururbanos, a pesar de que también, como demuestran las
experiencias, sea aplicable a los urbanos. Una estrategia que parta lógicamente desde el
territorio, desde lo local, como han hecho ya varias comunidades en lugares diversos, sea con el
liderazgo de la administración pública local, sea con el liderazgo de la sociedad civil. A
continuación se presentan algunos ejemplos de estas experiencias.

Experiencias locales de modelos alternativos

“Sí, se puede hacer”; es una expresión de moda que podría ser aplicable también en este caso.
Es realmente posible que desde el mundo local se planteen estrategias que responden a los
discursos que hablan de sostenibilidad, de cooperación, de reciprocidad, de otra forma de
entender y de hacer la economía, y que se concretan y plasman de manera efectiva sobre el
territorio. Y tenemos los ejemplos. Aunque muchos de estos ejemplos parten de una visión
holística de los retos que deben afrontarse, suele siempre haber un elemento predominante o un
reto concreto de referencia que nos ha permitido organizar su presentación en los párrafos
siguientes.

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Así, por ejemplo, un primer grupo de experiencias tiene que ver con la reducción de la huella
ecológica y de las emisiones de CO2. Más allá de las experiencias altamente mediáticas y
todavía en desarrollo que representan los grandes proyectos de nuevas eco-ciudades en países
como Emiratos Árabes, China o el propio Reino Unido, en muchos barrios urbanos y en
pequeñas ciudades y pueblos podemos encontrar casos significativos de avance en esta
dirección.

Dos de los más conocidos son BedZED (Reino Unido) y Hammarby (Suecia), barrios de las
respectivas capitales que han utilizado técnicas y materiales de construcción de bajo impacto,
han sido dotados de sistemas de generación y aprovechamiento de energía eco-eficientes y de
circuitos de reciclaje de residuos y que se encuentran plenamente conectados a su entorno
mediante transporte público y otras fórmulas no generadoras de CO2. Los resultados han sido la
reducción a la mitad del consumo de agua o de más de un 80% en las necesidades de
calefacción a los hogares. El concepto BedZED ha sido trasladado también a los entornos
rurales, bajo el nombre de RuralZED.

Con respecto a las actuaciones en esta línea sobre ciudades y territorios previamente existentes,
podemos destacar un par de iniciativas interesantes. Cambieresti es un movimiento que agrupa
en estos momentos a unas 1.500 familias en el área de Venecia, con la implicación de su
ayuntamiento, y que están trabajando por la reducción voluntaria de su huella ecológica a partir
de la introducción de cambios en la forma de proveerse y utilizar la energía, pero también
modificando las formas de vida y de consumo a las que en general estaban habituadas.

Una iniciativa similar la representan, en el Reino Unido, las denominadas “ciudades en


transición” (Transition Towns). En este caso se trata de grupos que se organizan desde la
comunidad con el fin de concienciar tanto a las instituciones, principalmente los gobiernos
locales, como a la población en general sobre las siguientes cuestiones: ¿cómo puede una
comunidad responder a los retos, y a las oportunidades, del fin del petróleo y el cambio
climático? Para todos aquellos aspectos de la vida que esta comunidad necesita para sostenerse
y prosperar, ¿cómo podemos incrementar significativamente la resiliencia – resistencia a las
crisis – (para mitigar los efectos del fin del petróleo) y reducir drásticamente las emisiones de
carbono? Actualmente hay más de 160 comunidades participantes, principalmente en el Reino
Unido pero también a países como Estados Unidos, Australia o Chile.

Otro caso que se puede considerar dentro de este primer grupo, a pesar de que con
implicaciones bastante particulares, es el del municipio italiano de Cassinetta di Lugagnano
(1.700 habitantes), en el entorno de Milán, cerca de su aeropuerto (el proyecto de crecimiento
del cual afectaba a parte del término municipal). En este municipio fue elegido alcalde Domenico
Finiguerra, un candidato que presentaba la propuesta de realizar un plan de ordenación urbana

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de “crecimiento cero”, es decir, sin nuevos desarrollos y simplemente renovando y restaurando
aquello que ya estaba construido, concienciando a la ciudadanía que, incluso con las mejoras en
la gestión municipal propuestas, esta apuesta representaría un más que probable incremento de
sus impuestos3. Y ganó. Por cierto, esta iniciativa ha sido recientemente premiada por la red de
los “Municipios Virtuosos” (Comuni virtuosi) italianos, una red que reúne en estos momentos una
treintena de entes locales que se proponen intervenir en la defensa del medio ambiente y
mejorar la calidad de vida, sin quedarse en eslóganes y en el enunciado de principios y sí
demostrándolo de forma práctica en la gestión cotidiana.

La cuestión del consumo local también merece la atención de muchas iniciativas con enfoques
alternativos. En Italia, de nuevo, donde la fuerza del sentimiento local, el arraigo y el respeto por
el territorio son patentes (la Toscana sería un ejemplo paradigmático de ello), existen varias
iniciativas de interés. Una de las más significativas seria Symbola, una fundación que reúne
desde grandes empresas a pequeños municipios, desde la Federación Italiana de Parques
Naturales a pequeños productores artesanos de quesos; entidades y organizaciones todas ellas
unidas por la defensa de la calidad italiana que se basa, según sus postulados (reunidos bajo el
término Soft Economy), ni más ni menos que en el enraizamiento con el territorio. El objetivo de
esta fundación no es tanto (o sólo) promover el consumo de productos locales como posicionar
en el mercado global los productos italianos, hechos de manera respetuosa – en todos los
sentidos- con el territorio y la gente que en él vive.

Otras experiencias como la de las “Asociaciones por el mantenimiento de la agricultura


campesina” (Associations pour le maintien d’une agriculture paysanne) en Francia, dedicadas a
favorecer la agricultura de proximidad y biológica, estableciendo circuitos cortos de
comercialización en el territorio en los que la relación entre productor y consumidor es directa y
que compran a un precio equitativo y pagando por adelantado, realizan una tarea no sólo dirigida
a mejorar la calidad de la alimentación, sino que también, indirectamente, evitan el declive de
esta actividad incluso en espacios rururbanos, en los que la presión especulativa sobre las
explotaciones acabaría normalmente con el abandono de la actividad productiva.

Una acción más amplia en este ámbito es la que promueven los diversos movimientos en favor
de la localización, en oposición a la globalización. No se trata aquí de una cuestión de
proteccionismo de aquello que se produce localmente, sino de un ejercicio de subsidiariedad
económica, según el cual, lo que tiene sentido que se produzca y consuma localmente no tiene
que ser consumido del exterior, ni mucho menos del otro extremo del mundo. Es así como un

3 En Italia, el programa electoral que presentan las personas candidatas a la alcaldía pasa a ser, en el caso de
resultar elegidas, su programa de gobierno. De ahí la importancia de la claridad y concreción en compromisos de
este tipo de cara a dar por efectivo un determinado posicionamiento (en este caso, claramente alternativo) de la
población respecto a cuestiones como esta del crecimiento urbano.

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buen número de municipios y barrios ingleses han adoptado el programa Plugging the leaks
(“taponando las fugas”), promovido por la New Economics Foundation, que motiva a las
comunidades, en especial las que son más dependientes de recursos externos (subsidios,
pensiones, etc.) a analizar y reflexionar sobre la forma en la que su renta vuelve a abandonar la
comunidad debido al consumo de productos y servicios externos y, por lo tanto, deja de circular
dentro del propio territorio. De esta reflexión participativa surgen propuestas sobre cómo aplicar
la citada subsidiariedad en esa comunidad de una manera racional, con un énfasis específico en
el gasto de las administraciones locales.

La combinación de este tipo de reflexiones y prácticas con otras relacionadas con el intercambio
de bienes y de servicios, como podrían ser los bancos del tiempo, llevan a la constitución de
sistemas de intercambio locales (Systemes d’échanges locaux o Local exchange trade systems)
que en algunas ocasiones acaban, incluso, generando una moneda local propia, complementaria
a la moneda nacional, que facilita la circulación de una parte creciente de la renta por dentro del
territorio. Experiencias de este tipo se pueden encontrar, por ejemplo, en Ithaca, cerca de Nueva
York, en Totnes, Lewes y Brixton (Reino Unido) o en diferentes lugares del Japón, Alemania u
otros países. En Cataluña, una propuesta muy reciente es el ecoseny, una moneda local para la
bioregión del Montseny.

Podemos continuar con otras iniciativas que se orientan a cuestiones como el establecimiento de
mecanismos diversos de participación ciudadana que puedan actuar realmente como
instrumento para la mejora de la gobernanza, como la Red del Nuevo Municipio italiana (Rete
del nuovo municipio), asociación que propone alternativas de prosperidad local y buenas
prácticas participativas, desde la base, como son los presupuestos participativos. Una vez más
en Italia, la iniciativa del anterior alcalde de Roma, Walter Veltroni, de desarrollar la “Ciudad de la
otra economía” (Citta de l’altra economía) como un espacio para aglutinar, promover e integrar
proyectos de economía social en los ámbitos más diversos.

Y otras experiencias de carácter integral como la del municipio francés de Mouans-Sartoux, de


unos 10.000 habitantes, que ha conseguido frenar un declive que desde hace 30 años lo
conducía a la suburbialización con una decidida política municipal de gestión de los bienes
públicos comunes, el rechazo de la especulación inmobiliaria, la oposición a las grandes
superficies comerciales y el apoyo a los pequeños comercios y a los productores alimentarios
locales o la promoción del transporte no contaminante.

Para acabar con este repaso, en ningún caso exhaustivo, de experiencias es preciso citar
Cittaslow, la red de municipios “lentos” creada en Italia (¡dónde si no!) en 1999 y que
probablemente ha sido la iniciativa más exitosa, teniendo en cuenta su expansión a nivel
internacional, de entre las que proponen un modelo alternativo de desarrollo. Cittaslow se basa

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en la definición de un estilo de vida en el que, más que lentitud, se consiga eliminar la velocidad
o, mejor aún, la aceleración excesiva con la que se afrontan de manera individual o colectiva
determinados procesos vitales, llevando a cabo un conjunto de políticas de tipo urbanístico,
medioambiental, de promoción de los productos biológicos o de la calidad de l’hospitalidad.

Para ser miembro de la red es necesario contar con una población inferior a 50.000 habitantes,
cumplir (o comprometerse a cumplir en un período determinado de tiempo) un conjunto de 59
criterios agrupados en 6 grandes categorías (política medioambiental, política de
infraestructuras, tecnologías para la calidad urbana, valorización de las producciones autóctonas
y concienciación de la ciudadanía sobre los principios que se defienden) así como, lógicamente,
asumir estos principios4.

Cittaslow llegó inicialmente a España y a Cataluña de la mano de los municipios gerundenses de


Palafrugell, Pals y Begur, junto con el vizcaíno de Mungia. Pero han sido 34 municipios del
interior de la provincia de Barcelona los que han reinterpretado y adaptado a las particularidades
locales buena parte de las propuestas generales de Cittaslow y otras más específicas de dicho
territorio para configurar lo que han denominado “Territorios Serenos”. Esta denominación
responde al hecho de que en nuestra sociedad, donde el tiempo, el espacio y los recursos se
consumen deprisa, sucede que a más velocidad, más buscamos la pausa, la tranquilidad, la
serenidad. Y se considera que donde más y mejor se pueden garantizar, preservar y ofrecer
estos valores es en el mundo rural: “calma y moderación en tiempo de aceleración y desmesura
por un sentido y estilo de vida más humano y ambientalmente correcto”, como roza su manifiesto
fundacional.

Así, los Territorios Serenos apuestan por un modelo de desarrollo centrado en la gente que vive
en ellos, potenciando la participación y el dinamismo de los agentes y recursos propios y
haciendo de la “serenidad” un paradigma del estilo de vida que se persigue. La eliminación o la
reducción de las tensiones que en el territorio y en las personas pueden producirse a partir del
entorno construido, la actividad económica o las relaciones sociales (o, mejor dicho, su
deterioro), forman el eje central de las propuestas que, en un proceso también sereno,
dialogante, participativo, se van incorporando a la actuación de las administraciones locales
correspondientes y de las comunidades implicadas, sacando el máximo partido de aquello que
ya se tiene, conservando lo que merece ser conservado de acuerdo con estos preceptos y
avanzando firmemente en la consecución de objetivos que permitan que la gente que vive en el
territorio y aquella otra que lo visite, obtenga de él la mejor experiencia posible.

4Lo cual queda garantizado por el hecho de que el programa de Cittaslow pasa a ser el programa electoral de las
candidaturas que así lo deseen en las elecciones municipales italianas (ver nota anterior).

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Conclusiones: la movilización local como factor esencial contra la crisis

Los ejemplos presentados, junto con muchos otros que se pueden encontrar en cualquier parte
del mundo (por supuesto, también a través de la red), nos aportan tres grandes aprendizajes
sobre el potencial de lo local a la hora de plantear el desarrollo económico entendiéndolo como
la satisfacción de las necesidades y las aspiraciones de la población con relación a su territorio.
Estos aprendizajes son:

 En el actual contexto de crisis, si de algún lugar tienen que salir propuestas


innovadoras y, sobre todo, con capacidad de transformación real del modelo
económico, tal y cómo se reclama desde ámbitos muy diversos, es desde lo local.
Ninguna propuesta de salida de la crisis formulada desde los Estados, ni mucho menos
desde los organismos internacionales (admitiendo que su papel resulta fundamental, hoy
por hoy, en algunos ámbitos), será capaz de plantear unas bases tan radicalmente
asociadas a las necesidades reales de la gente como las que se puedan formular desde
los entes locales y las comunidades. Ninguna de ellas podrá nunca poner en valor los
recursos endógenos de maneras tan diversas, flexibles y eficientes como las que surjan
del propio territorio.

 La alianza entre la administración local, los agentes socioeconómicos y la


ciudadanía es imbatible, sean cuales sean las condiciones del entorno. Si los
intereses de la mayoría se encuentran alineados y existen los liderazgos precisos, una
comunidad local tendrá la capacidad para organizarse convenientemente para satisfacer
sus necesidades; más aún, obviamente, si tiene la visión y la habilidad de establecer las
alianzas pertinentes fuera del propio territorio. Los planteamientos alternativos, por
opuestos que sean a las tendencias imperantes (como lo serían muchos de los
presentados más arriba) se pueden aplicar a escala local si son compartidos por la
comunidad. Hace falta convencerse que “sí, se puede hacer”.

 Avanzar en la aplicación de alternativas exige situar al frente los valores del


territorio. Tenemos los recursos; limitados, es cierto, pero sus aplicaciones pueden ser
innumerables gracias al principal de todos ellos: el ingenio humano. Tenemos
instrumentos, y cada vez tendremos más y más variados, gracias también al conocimiento
y la creatividad humanas. Lo que hace falta, pues, es promover, mediante la educación,
que los recursos y los instrumentos sean utilizados de manera racional y solidaria, de
acuerdo con el sistema de valores sobre el que se ha forjado y se viene forjando cada
comunidad. La educación, en sentido amplio, es – como no puede ser de otra manera- la
clave de todo ello.

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Este artículo es, por lo tanto, un llamamiento a los entes locales, y muy particularmente a
aquellos que operan en territorios con dificultades y problemas estructurales, a construir o revisar
sus estrategias, a comprobar que existen alternativas ya en marcha y que no se debe tener
miedo ante las iniciativas de este tipo que surgen de la propia sociedad civil y que pueden
parecer ir contra-corriente; al contrario, es preciso conocerlas, analizarlas e integrarlas con
aquello que habitualmente ya se hace en el ámbito de la promoción económica local, porque,
como ya se ha dicho anteriormente, economía es todo aquello que ayuda a gestionar
racionalmente los recursos para satisfacer las necesidades humanas. La mejor alternativa a la
crisis es la combinación de localización y globalización, en las proporciones que resulten
adecuadas y, porque no, deseadas en cada territorio, y corresponde a los entes locales, codo
con codo con la ciudadanía, trabajar en esta línea para hacer realidad unas ciudades, unos
pueblos y unos territorios donde las personas y el entorno sean lo que realmente importa.

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