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Banquete Banquete De De boda Emilia Pardo Emilia Pardo Bazán Bazán http://www.librodot.com Banquete de Boda

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Emilia Pardo

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Una noche de Carnaval, varios amigos que habían ido al baile y volvían aburridos como se suele volver de esas fiestas vacías y estruendosas, donde se busca lo imprevisto y lo romancesco y sólo se encuentra la chabacana vulgaridad y el más insoportable pato, resolvieron, viendo que era día clarísimo, no acostarse ya y desayunarse en el Retiro, con leche y bollos. La caminata les despejó la cabeza y les aplacó los nervios encalabrinados, devolviéndoles esa alegría espontánea que es la mejor prenda de la juventud. Sentados ante la mesa de hierro, respirando el aire puro y el olor vago y germinal de los primeros brotes de

plantas y árboles, hablaron del tedio de la vida solteril, y tres de los cuatro que allí se reunían manifestaron tendencias a doblar la cerviz bajo el santo suyo. El cuarto - el mayor en edad, Saturio Vargas - como oyó nombrar matrimonio, hizo un mohín de desagrado, o más bien de repugnancia, que celebraron sus compañeros con las bromas de cajón y con intencionadas preguntas. Entonces Saturio, entre sorbo y sorbo de rica leche, anunció que iba a contar la causa de la antipatía que le inspiraba sólo el nombre y la idea del lazo conyugal. Es una de las cosas -dijo- que no pueden justificarse con razones, y no pretendo que me

aprobéis, sino que allá, interiormente, me comprendáis

Hay impresiones más fuertes y

y la obedezco y la

... decisivas que todos los raciocinios del mundo; he sufrido una de éstas

... obedeceré hasta la última hora de mi vida. Esta de ciertos de que moriré con palma

...

de

soltero. Recibí la tal impresión cuando vivía en provincia, bajo el ala de mi madre. Tenía dieciocho años de edad, no sé si cumplidos, cuando una mañana me anunció mamá que al día siguiente se casaba una prima nuestra, a quien había traído su tutor de un convento de Compostela, donde era educanda, y que estábamos convidados a la ceremonia en la iglesia y a la comidas de bodas, en casa del novio, cierto notario ya maduro. Alegreme como chico a quien esperaba un día de asueto y jolgorio; madrugué, y me situé en la iglesia de modo que no perdiese detalle. Cuando llegó la novia, entre el run run del gentío que se apartaba para dejarla paso, y la vi de frente, me sorprendí de lo linda que era, y sobre todo de su aire candoroso y angelical, y de su mucha juventud - una niña más bien que una mujer -. No vestía de blanco; tal costumbre no existía en Marineda aún; llevaba un traje de seda negro, una mantilla de blonda española y en el pecho un ramito de azahar artificial; pero su cara de rosa y sus grandes y dulces ojos azules lucían más con clásico tocado español, que lucirían bajo el velo de Malinas. De pronto retrocedí como asustado: acababa de aparecer el novio, don Elías Bordoy, cincuentón, alto, fornido, grueso y calvo. Recuerdo que estuve a punto de gritar: « ¿Pero es este hipopótamo el que se lleva esa criatura tan preciosa?» El movimiento que hice fue marcadísimo; lo advirtió mi madre, y como estaba pegada a mí, me tiró de la manga y recuerdo que ¡la pobre! puso un dedo sobre los labios, sonriendo con malicia y gracia, como si me dijese: -¿Pero a ti que te importa? No te metas en lo que no te va ni te viene». Si hubiese podido responder en alta voz y dejar desbordarse mis sentimientos, le gritaría a mamá: «Pues sí me importa. Cuando se casa un hombre, idealmente se casan todos. El que es joven y hace versos a escondidas; el que siente y le hierven las ilusiones, se ha figurado mil veces esta ceremonia y el misterio que la acompaña, y lo ha revestido de todos los encantos de la belleza. El pudor, la pasión, la incertidumbre, la esperanza, la felicidad que se sueña, menor, sin embargo, que la realidad iluminan con tal aureola este momento supremo de la vida, que el espectador tiene derecho a silbar, si el espectáculo es vergonzoso y grotesco». Mientras pensaba así, la novia, con voz clarita y argentina, había articulado un sí redondo ... La hora señalada para la comida de bodas era la de las tres: don Elías vivía a la antigua española. Nos introdujeron en una sala anticuada, con sillería de marchito color, en que cuadros de santos se mezclaban con oleografías de pésimo gusto. Éramos, con los de la casa,

 

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quince o veinte personas las que debíamos disfrutar del banquete. La novia, ya sin mantilla, pero con su ramo de azahar en el pecho, charlaba con la hermana de don Elías, solterona avinagrada, que tenía una de esas bocazas negras que parecen un antro sepulcral. El novio se había retirado, apareciendo pocos minutos después despojado de la levita, con un macarrónico batín de franela verde, en zapatillas, y calada una especie de gorra grasienta, a pretexto de catarro y confianza; en realidad por no desmentir la añeja y groserísima costumbre de sentarse a la mesa cubierto. Figuraba entre los comensales uno de esos graciosos de oficio que no faltaban en ninguna

ciudad, y al ver al novio en tan extraño atavío, le soltó un ¡hurra! y le anunció que a los

postres bailarían una danza con mucho y remucho aquel

Al oír esta proposición miré a la

... novia con angustia. Cándida y sonrosada, inclinando la cabeza gentil, la novia sonreía. Una maritornes sucia, de arremangados brazos, anunció en voz destemplada que estaba «la comida lista»; y don Elías nos enseñó a empellones el camino del comedor. «Nada de cumplimientos - chillaba el cetáceo - ya saben ustedes que esa palabra significa cumplo y miento». Porque cedí el paso a una señora, me llamaron señorito almidonado. Sentámonos a la mesa en tropel, y aquel desorden hizo que me colocase enfrente de la novia y pudiese estudiar con afán su rostro; pero nada advertí en él, más que el sencillo regocijo de una chiquilla salida del convento y que se divierte con el barullo y la novedad de la situación. La comida era espantosa en su abundancia y en su pesadez: un pecado de gula colectivo. La hermana de don Elías, la de la bocaza sepulcral, sentada a mi lado, me hacía cucamonas aborrecibles, empezando por destapar un soperón ciclópeo, y echarme en el plato una cascada de tallarines humeantes y calientes como plomo derretido. El cocido le fue en zaga a la sopa:

cada fuente encerraba una montaña de chorizos, patatas y garbanzos, libras de tocino, una costilla salada, y obra de dos rabos de cerdo. Mis esfuerzos para abstenerse fueron inútiles: la terrible solterona, consagrada, según decía, «a cuidarme», notó que me faltaban garbanzos, que estaba privado de tocino, y que nadie más desprovisto de carne que yo, y remedió al punto estas faltas. Cuando uno es muchacho padece de raras aprensiones: cree que tiene que hacer el gusto a los demás, y no el propio. Obedecí a la harpía, y comprendiendo que me envenenaba, comí de aquellas porquerías grasientas. Era el tonel de las Danaides; cuanto más tragaba, más me ponía en el plato. Apenas me descuidaba veía venir por el aire una mano seca y rigurosa, y me llovía en el plato una media

morcilla o un torrezno gordo. Y lo que acrecentaba mi indignación hasta convertirla en furor, era ver a la novia, la del rostro angelical, la de los ojos de luz y zafiro, comer con excelente apetito, y escoger con refinada golosina los mejores bocados. Onzas de sangre daría yo porque apareciese desganada y meditabunda. ¡Desganada! ¡A buena parte! Recuerdo que al ofrecerla su marido un platazo de aceitunas, exclamó hecha unas castañuelas, de vivaracha: «

¡Ay, cómo me gustan! Y en el convento, espérate por ellas

...

».

Después de los innumerables principios, todavía trajeron un tostón o marranilla y un pavo

relleno, de inmensa pechuga, tersa como el parche de un tambor, un pavo que me pareció la cría de un elefante. Destaparon el champagne, de pésima calidad, pero suficiente para alborotar las cabezas, y por primera vez oí reír alto a la novia, con risa cristalina, impulsiva,

pueril, que a poco me arranca lágrimas

Sí; entre el calor, el vaho de la comida y el drama

... que se representaba en mi imaginación, declaro que estuve a pique de soltar el trapo allí mismo. El novio se había retirado a aflojarse los tirantes y volvía a la mesa hecho una fiera de puro feo, con el cogote rollizo, el rostro apoplético y los ojos inyectados. Era el instante en que las chanzas del gracioso de oficio adquirían subido color; en que las señoritas y señoras, sofocadas, se abanicaban con periódicos, y en que empezaban a desfilar con los postres los licores - noyó, naranja, kummel y «perfecto amor»-. De este último quiso el gracioso escanciase el novio una copa a la novia, y aprovechando la algazara formidable que armó esta

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ocurrencia, yo me levanté, me deslicé hasta la puerta sin ser visto, salvé la antesala, salté a la escalera, bajé disparado y me encontré en la calle, respirando por primera vez desde tantas horas ... Al otro día caí en cama. La recia indigestión paró en fiebre, y fiebre de septenarios, tifoidea, que me puso a dos dedos de la sepultura. Convaleciente ya, un día desahogué con mi madre los recuerdos de la fatal comida. ¿Qué pasaba? ¿La novia había perdido la razón? ¿Se había

escapado en bata del domicilio conyugal? -¡Qué bonito eres! - respondió mi madre -. La novia, muy contenta; y don Elías y su hermana, entusiasmados. Entre meterse monja por falta de recursos o vivir hecha una señorona en casa

de don Elías, que no se deja ahorcar, de fijo, por un par de millones

...

ya comprendes la

diferencia, hijo. No objeté nada. Mamá tenía razón. Me guardé mi desilusión, convertida, poco a poco, en horror profundo. Cada vez que pienso que pueden casarse conmigo como se casaron con don

Elías

...

juro concluir mi existencia entre un gato y un ama de llaves

...

¡Solo

...

solo!

...

Mejor

que mal acompañado. - Comprendo - exclamó uno de los que oían a Saturio Vargas -. Se te indigestó la boda manjar que se nos indigesta, ya no lo catamos.

...

y

La Rosa

Tiempo hacía que el infante don Dionís de Portugal estaba comprometido a tomar la roja cruz y emprender el viaje de Palestina al frente de sus tropas, como los demás caballeros, barones y príncipes cruzados de Francia, Alemania, Hungría e Inglaterra; pero no acababa de resolverse. No es que fuese don Dionís ningún cobarde follón, ni ningún mal creyente, ni que no le hubiese punzado, en su primera juventud, el ansia de gloria; es que el albedrío se le había enredado en una cabellera oscura, y sin albedrío no se va a Palestina, ni a ninguna parte. Los pertrechos y municiones de guerra los tenía prontos; los corceles piafaban ya en las cuadras del alcázar, y todas las mañanas don Dionís advertía a los capitanes que se hallasen preparados a salir antes de la puesta del sol. La orden definitiva de ponerse en marcha era la que no llegaba nunca. Los hombres de armas murmuraban en sus corrillos; los veteranos fruncían el ceño y mascullaban dichos crudos y frases injuriosas, y las mujeres del pueblo, al ver pasar al infante, rebozado en su amplio manto, apresurándose para llegar a la cita, se reían diciéndose bajito:

- Embrujado nos le ha la bellaca. Por fin se determinó el rey en persona a intervenir en el asunto. Llamando a su hermano, reprendió y afeó su conducta, y le dio a escoger entre partir al frente de la tropa aquella misma tarde o ser recluido en la torre más alta del alcázar. Don Dionís aplazó la respuesta hasta que el sol transpusiese; pero, agobiado de tristeza, hizo sus preparativos y en larga entrevista se despidió de la que así le tenía cautivo voluntario. Después, cabalgando su potro negro, metióse por las fragosidades de la sierra, hasta dar con la ermita donde moraba un anacoreta de avanzadísima edad, a quien los serranos tenían en concepto de santo. Hay horas, hay crisis morales - y el infante atravesaba una de ellas - en que se experimenta la necesidad de escuchar una voz que venga de otras regiones, las más distantes posible de la tormentosa en que nos agitamos. Dijérase que la propia conciencia encama, adquiere visible forma y habla por boca ajena con energía y gravedad. El infante, en aquel momento, hacía galopar a su potro hacia la cueva del solitario, a través de matorrales y riscos, ansiando

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respirar aire puro, ser bendecido, recibir estímulo para la santa empresa de la cruzada y dejar en fiel depósito algo que le importaba más que la vida ... A la puerta de su celda excavada en la roca, el ermitaño, sentado en una piedra, se dedicaba a alisar corcho. Su barba blanca relucía como plata a los destellos del Poniente. El estruendo del galope del caballo le movió a levantar la cabeza. Apeóse el infante, ató el potro, sudoroso, cubierto de espuma, a un tronco de árbol, y después se arrojó a los pies del solitario. No sabía por dónde empezar la narración de sus cuitas; al fin rompió a hablar, en dolorida y quebrantada voz. El solitario le escuchaba pacientemente, soltando a ratos alguna palabrilla de consuelo.

  • - Hijo mío - exclamó al fin, con llaneza cariñosa -: verdaderamente, no sé remediarte. No soy

un sabio astrólogo de los que se pasan la noche consultando los astros y el día ahondando los misterios de la cábala y la alquimia; no soy un teólogo profundo; no he aprendido más ciencia que la de vivir en estas soledades rezando y trabajando con mis manos, y los serranos que vienen a consultarme no adolecen de pasiones profundas y quintaesenciadas como las tuyas, ni fluctúan entre el honor y el amor. Son gentes sencillas, y sus disgustos suelen reducirse a que les falta del rebaño la cabra pelirroja. Poco alivio puedo dar a tu enfermedad, y sólo te

digo dos cosas: que siendo tú el primer caballero del reino, tu deber es ir, sin titubear, a donde

los caballeros vayan, y

que ninguna pasión vale lo que cuesta.

... Don Dionís se enjugó con un lienzo la sudorosa frente, arrancó de lo hondo de las entrañas un

suspiro, y tomando del arzón del caballo un envoltorio de rico paño de seda blanco bordado de aljófar, lo deslió y sacó dos cofrecillos arábigos de esmalte, de trabajo primoroso.

  • - Antes de cumplir mi deber partiendo, quiero confiarte este depósito, santo varón - declaró al

poner las arquillas en manos del eremita -. ¡Guárdamelo hasta mi vuelta! Empéñame tu palabra de que lo conservarás cuidadosamente en un sitio convenido y conocido de mí, a fin

de que si murieses antes de mi regreso, pueda yo recuperarlo. No quiero fiarme de los cortesanos: me serían desleales. En ti está cifrada mi última esperanza ...

  • - No guardo yo esos cofres sin saber lo que contienen. Pudieran encerrar algún maleficio,

alguna brujería satánica - contestó receloso el solitario. Don Dionís abrió el primer cofrecillo, que apareció atestado de monedas de oro, sartas de

perlas, joyeles de diamantes: un tesoro.

  • - Será custodiado, y lo encontrarás a tu vuelta intacto, ¡oh príncipe! - declaró el ermitaño,

apresurándose a ocultar el cofrecillo entre los rudos pliegues de su sayal -. ¿Ves aquella encina? Al pie de ella, donde cae al punto de mediodía la sombra de la rama mayor, enterraré tus riquezas, y como nadie puede sospechar que yo poseo nada, libre estoy de temer a

bandidos

...

Veamos el contenido del segundo cofre.

Resistíase el príncipe a abrirlo; al cabo, pálido, tembloroso, con emoción misteriosa y

profunda, hizo jugar una llavecita de oro, y en el fondo de la caja apareció una rosa bermeja, fresca y fragantísima.

  • - Ella misma - dijo el enamorado, cuyos ojos se humedecieron y cuyo corazón saltó en el

pecho con ímpetu mortal -, ella misma, con la divina sangre de sus venas, ha teñido esa rosa, que fue blanca, y me la ha dado en señal de inextinguible cariño. Quisiera llevármela conmigo, pero ¿si la perdiese en el desorden del combate? ¿Si caigo prisionero y me la quitan y la profanan? Guárdamela tú. No hay ahí, santo varón, más brujería ni más hechizo que el del

amor grande y terrible, y te prometo que ni conjuro ni artes mágicas tienen tal fuerza. Si te

acometen los malhechores, entrega lo que llamas tesoro, las monedas, las pedrerías

....

¡pero

que yo halle a mi vuelta esa rosa, empapada en la vida suya! Tres años habían corrido. El eremita alisaba corcho a la puerta de su cueva, mordiendo a ratos

un mendrugo de seco pan, cuando escuchó otra vez el tendido galope de un potro, y un

 

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caballero de rostro tostado por el sol, de frente atravesada por ancha cicatriz, se detuvo y echó pie a tierra.

  • - Bienvenido, infante. La paz sea contigo - exclamó el solitario -. Veo escritas en tu cara tus hazañas contra los perros infieles. Me figuro que vienes por tu depósito. Ahora mismo lo

desenterraré . Ha crecido sobre él la maleza, y ni imaginar habrán podido los salteadores que

ahí se oculta un tesoro ... -¡Ah! La rosa, la rosa es lo que anhelo recobrar - contestó don Dionís -. Cava presto, santo varón, y devuélveme la alegría. He padecido mucho: el calor del desierto ha requemado mi cerebro, el árido polvo ha abrasado y semicegado mis pupilas, la sed ha secado mis fauces, el hambre ha debilitado mi cabeza, el acero ha rasgado mis carnes, la fiebre ha consumido mi

cuerpo

...

;

pero así que vea la rosa, todo lo olvidaré, y sólo sentiré gozo de bienaventuranza.

-¿No estás gozoso por el deber cumplido? - interrogó el anacoreta.

  • - No - repuso el infante -. Soy tan miserable, que eso no me importa; ni aun lo recuerdo. ¡La

rosa! Dame tu azadón; ¡cavemos! De la tierra removida, lo primero que salió fue el cofre lleno de oro y joyas. Al alzar la tapa

brillaron resplandecientes los diamantes, y el oriente de las perlas mostró sus suaves cambiantes de aurora. Impaciente el infante, rechazó la arquilla, lanzándola contra el tronco del árbol. A dos azadonazos más, el segundo cofre apareció, y don Dionís, alzándolo piadosamente, lo abrió con transporte. En el fondo vio algo arrugado y negruzco, que, al darle el aire, se deshizo en ceniza. Y espantados los ojos, amarga con infinita amargura la boca, don Dionís separó las manos y dejó caer el cofre al suelo.

Caso

No es secreto de confesión - dijo el padre Morata -, que si lo fuese, callaría, aunque se hayan muerto ya todos los que intervinieron en la doliente historia. La protagonista me pidió consejo

y me hizo confidencia, enseñándome la llaga horrible de su corazón

y estos casos pueden

... referirse; sobre todo, a personas que ni por conjetura han de adivinar nombres.

Llamaré a aquella desventurada Artemisa, por una analogía de situación que acaso no exista,

sino en mi espíritu

Artemisa, pues, se casó, no muy joven, sino en la edad en que ya el

... dragón de las pasiones ronda a la mujer. Iba a cumplir los treinta, y era rica, libre y muy

inteligente, además de hermosa. Eligió a su gusto, y cuando emprendieron marido y mujer el viaje de novios, se podía afirmar que llevaban consigo todas las probabilidades de ventura que humanamente pueden sumarse. Regresaron, y yo, que les había dado la bendición nupcial porque el padre de Artemisa se contó entre mis mejores amigos, les visité por cortesía. Me enseñaron la casa, magníficamente alhajada, y el taller del marido, que era artista pintor y a quien nombraré Luis. Me parecieron enamorados y hasta extremosos en las recíprocas finezas, por lo cual - lo declaro paladinamente - temí por su porvenir, pues he notado, y es una de las observaciones que determinaron mi vocación al estado religioso, que donde entra el amor salen por otra puerta la paz y la escasa dicha que nos está permitido disfrutar en este mundo. Como he tenido allá antaño mis aficiones a leer versos, y hasta a componerlos, recuerdo lo que dice un poeta desconocido, Luis de Vivero, del traje que gastan los enamorados:

"Un jubón sin alegría, un sayo de desear y una capa de pesar

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que me traigo cada día " ...

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En efecto, me había parecido notar en la cara de Artemisa, a pesar de todas las vehemencias y derretimientos que caracterizaban su estado, cierta ansiedad, cierto falso regocijo nervioso, una inquietud, que no respondía a la idea de un contento sereno y sin nubes. Como pocos días después me invitase Artemisa a tomar, por la tarde, chocolate y un poco de almíbar, y estuviésemos solos, me contó su pena: eran celos, celos sin objeto, porque Luis no hacía nada que a celos diese motivo ...

  • - Creo que por lo mismo sufro más - añadió la esposa -. Si tuviese celos de algo determinado,

me curaría o me moriría o le mataría a él

...

en el confesionario.

Perdone usted, padre, no sé lo que digo

...

No estoy

  • - Allí no te permitiría hablar de ese modo; tendrías que ofrecer enmienda de tales propósitos si

eran verdaderos y no una afectación involuntaria de tu espíritu, como sucede a veces, respondí gravemente. -¡Qué más quisiera yo que arrepentirme de esto! - murmuró Artemisa -. Si es como una

maldición, padre. A sospechar que el amor, el más lícito, el más natural, tiene este

contrapeso ...

creo que me hago monja. Lucho y padezco lo que usted no se imagina para

vencer la locura y disfrutar el bien de amor sin miedo a que me lo roben, pero no lo consigo.

Y por temor a hacerme odiosa, por no parecer ridícula y antipática asegurando así la pérdida

que temo, disimulo, me violento, escondo mi alma a Luis

¿Le parece a usted poca

... amargura? ¿No poder ser franca, no poder decir la verdad a quien más se quiere? ¡Mi alma

está cerrada para su propio dueño! ¡Nuestras almas no se confunden la una con la otra!

  • - El alma no encuentra nunca su reposo en el amor humano

...

,

respondí a la queja de la

desgraciada mujer, cuyo rostro expresaba bien la sinceridad de su desesperada querella. Pasaron dos años sin que volviese Artemisa a hacerme confidencias, hasta que un día, por un párrafo de periódico, supe que se encontraba «delicado de salud» su esposo Luis. Me di prisa

a visitarles. La primera vez sólo hablé con Artemisa breves momentos, lo suficiente para saber que, en efecto, era cosa seria la enfermedad del joven artista. La segunda, el pintor dormía un sueño de modorra, y Artemisa me llevó a una habitación retirada, creo que su propio tocador, y allí, deshecha en lágrimas, retorciéndose las manos, me enteró del caso

psicológico ...

Confieso que al pronto una idea atroz cruzó por mi mente.

-¿Qué es eso, Artemisa? - pregunté con severidad terrible -. ¿Has sido capaz de hacer algo para que enferme tu marido ? ...

- No

...

- murmuró ella -. Nada hice

...

Pero no se alegre usted, no se alegre

...

Si es peor lo que

pasa.

-¿Peor

...

?

Estás trastornada con el sentimiento, hija mía

...

¿Peor que eso

...

?

mal, que no te dedicas a asistirle como es tu deber?

  • - Le cuido noche y día

...

¿No ve usted mis ojos, no ve usted mi cara?

¿Es que le cuidas

En efecto, pude observar que se encontraba demacradísima, con todo el aspecto de una

persona que ni descansa ni duerme y que consagra su tiempo a una tarea penosa.

  • - Entonces, ¿qué te sucede? Vamos a ver si sigue haciendo de las suyas la pícara imaginación.

-¡Ah! No, no es la imaginación

...

Eso creí yo al principio, y repetía: «Locura, fantasía, no es

verdad, yo no siento así duda puede caberme

Un día tras otro no he tenido más remedio que ver claro; ninguna

... Oiga usted bien - añadió temblando -. ¡El caso horroroso es que yo

...

con todo mi corazón

a cada momento

».

... yo deseo la muerte de Luis! -¡Delirio! -¡Realidad! La deseo con todas mis fuerzas

... Cuando le sirvo las pociones; cuando le enjugo el sudor; cuando le acaricio; cuando le sonrío

...

...

para decirle que está mejor, que tiene mejor cara

...

la idea dentro de mí se alza, crece, me

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domina. Al morir Luis, mueren mis celos, muere mi tortura, se afirma mi seguridad de que no

me hará traición. Mío sólo su recuerdo, mías sus cenizas, mío su retrato

...

Un culto ardiente,

pero dulce, tranquilo, a su memoria. La víbora que he llevado enroscada desde los primeros

días de nuestro casamiento, cesará de morderme

Y cuando viene el médico del cuerpo, al

?», el torpe no

... preguntarle con una ansiedad que él interpreta de otro modo, «¿hay esperanza

... sabe comprender con qué estremecimiento interior de gozo le veo mover la cabeza de un modo fatídico ... Y Artemisa sollozaba, se arrastraba por el suelo a mis pies ...

No sé que le dije; agoté los consuelos, las reprimendas, toda mi elocuencia de amigo y de

sacerdote ...

Fue inútil, porque ella, o no podía o no quería arrepentirse, y si estuviésemos en el

tribunal donde la misericordia del cielo baja a la tierra, yo no podría extender los dedos para

absolverla con palabras de perdón

Huí de la casa y de la mujer en cuyo espíritu había

...

Antes de salir la dije:

... penetrado Belial, el demonio de la pasión egoísta

  • - Tú no amas a ese hombre, tú no le has amado nunca, tú no sabes lo que es amor. -¡Ojalá ! ...

La interjección sonó como un gemido del infierno

¿Qué fue de Artemisa

Poco tardé en saber la muerte de Luis.

?

... No quise verla. Se ausentó de Madrid, se encerró en una finca que

... poseía allá en tierras de Levante, y dicen que llevó vida ejemplar, retirada y caritativa. Hizo

trasladar allí los restos de su marido

...

¡Dios haya perdonado a la infeliz!

Casualidad

Mi amigo Luis Cortada es hombre de humor, aficionado a faldas como ninguno. Aunque

guarda la reserva que el honor prescribe, sus dos o tres compinches de confianza conocemos sus principios y modo de entender tales cuestiones. «El amor - sostiene Luis - debe ser algo grato, regocijado y ameno; si causa penas, inquietudes y sofocos, hay que renegar de él y hacerse fraile.» Cuando le hablan de dramas pasionales se encoge de hombros, y declara desdeñosamente:

  • - Los que ustedes llaman enamorados no son sino locos, que tomaron esa postura en vez de

tomar otra. Podían buscar la cuadratura del círculo o el movimiento continuo; podían creerse el sha de Persia o el Kaiser; podían suponer que guardaban en una cueva millones en oro y

pedrería

Prefieren figurarse que en su alma existe un ideal sublime, que les eleva al quinto

... cielo, que nadie como ellos ha sentido, y por el cual deben sufrir, si es necesario, martirio,

muerte y deshonor. ¿Dónde cabe mayor insanía? Y lo más terrible es que esa clase de

dementes andan sueltos. No, conmigo eso no va. Adoro a las mujeres

...

,

pero soy muy justo y

las adoro a todas por igual, sin creer en la divinidad de ninguna. Hay que suponer que el sistema de Luis era el mejor, pues las mujeres se morían por él. No se sabe qué hechizo existía en aquel muchacho, ni muy guapo ni muy feo, de cara redonda y fino bigote castaño, de ojos alegres y frente muy blanca, en la cual el pelo señalaba cinco atrevidas puntas. Sin que él se alabase jamás de sus triunfos, nos constaban, y, en nuestra involuntaria y poco malévola envidia, los atribuíamos a aquella misma constante ecuanimidad y confianza en sí mismo, a la indiferencia con que pasaba de la rubia a la morena, sin concederles el tributo de un suspiro cuando se rompía el lazo. «Este chico -repetíamos- tiene música dentro.» Me llamó la atención ver que de pronto Luis perdía su jovialidad, andaba cabizbajo y mustio, y hasta, a veces, inquieto y hosco. Yo era, de los de la trinca, el más íntimo, el que le veía diariamente, o en su casa o en la mía, y no pude menos de preguntarle, atribuyendo el

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fenómeno al inevitable amor, que al fin, llegada la hora, le hubiese cogido en sus redes de oro y hierro. La hipótesis le sublevó.

  • - Te prohíbo - me dijo severamente- que dudes de mi cordura

...

Sólo que, entérate: eso de la

pasión y demás zarandajas tiene, entre otros encantos, el de que lo mismo puede dañar el

padecerlo como el hacerlo sentir

...

mutis.

Igual fastidia querer o ser querido

...

¿Te has enterado? Y

  • - Como tú eres tan listo para mudarte de casa, no creí que te dejases coger en ninguna ratonera ...

  • - Yo me entiendo

- repuso él, fruncido un ceño receloso sobre los ojos, que habían perdido

... su expresión regocijada. Pasaba esta conversación en mi despacho, donde Luis, nerviosamente, había encendido y tirado casi enteros hasta tres excelentes puros. En su visible estado de agitación, sacaba la petaca, la dejaba sobre la mesa, volvía a guardarla, se tentaba el bolsillo y, en suma, ejecutaba movimientos inconscientes, reveladores de distracción profunda. Momentos así son los que aprovechan los ladrones llamados descuideros para quitar el reloj o la cartera a sus víctimas. Tal pensamiento fue el que se me ocurrió cuando, minutos después de haberse marchado Luis, vi que sobre mi mesa-escritorio se había dejado no la petaca, sino la cartera misma, que era de igual cuero y tamaño, y, sin duda, en su trastorno, confundió con ella. Lo delicado - lo reconozco, señores - hubiese sido coger esa cartera y guardarla bajo llave sin

mirarla. Pero la conciencia y la delicadeza también tienen sus sofismas, y yo me di a mí mismo la excusa de que no me proponía otro fin, al ser indiscreto, sino tratar de saber lo que preocupaba a mi amigo, para venirle en ayuda. Y tomé y abrí la cartera, que contenía un fajillo de billetes, y, en el otro departamento, papeles doblados y un retrato de mujer. -¡Calle! - exclamé -. ¡La señora de Ramírez Madroño! Era, en efecto, la esposa del riquísimo industrial, rubia bastante bonita, aunque de una fisonomía a veces extraña, unos ojos que relumbraban o se apagaban como gusanos de luz, y una cara larga y descolorida, como efigie de marfil antiguo. ¡Vaya, conque también ella! ¡De fama tan limpia! ¡Y nosotros, que ni aun por coqueta la teníamos! ¡Este Luis! Nada, que llevaba dentro, no ya música, una orquesta entera ... No es fácil detenerse cuando ha empezado a despertarse la curiosidad. Mis ojos ávidos

recorrieron los billetitos en que la mano parecía haber dejado candentes surcos

...

, cuando, en

lo mejor de la exploración, pegué un salto en el sillón giratorio y solté una exclamación sin

forma, como se hace cuando se está solo

notan los efectos

Acababa de leer un párrafo: «Alma mía, ya se

,

y pronto desaparecerá.

... Todo obstáculo entre nosotros debe desaparecer

... Envíame otro paquetito como los anteriores » ... Tan horripilado me quedé, que ni aun advertí que habían llamado a la puerta, ni que un hombre se precipitaba en mi despacho. Era él, era Luis, descompuesto, con los ojos saltándosele, la respiración ahogada. Yo, a mi vez, me quedé aturdido. No podía dudar de que me hubiese visto leyendo. ¡Qué plancha! Pero, con asombro, noté que Luis, en vez de

...

conservar su actitud del primer momento, poco a poco iba modificándola, adoptando la de un hombre que se goza en la confusión de otro. Al cabo, mirándome cara a cara, soltó una franca risa y me echó al cuello los brazos, exclamando afectuosamente:

  • - No te apures, hijo, no te apures

En parte, me has hecho un favor con curiosear mi cartera.

... No me decidía a franquearme; así desahogaré contigo. Me has visto pensativo, cosa en mí bien rara, y ahora comprenderás por qué. He tenido la segunda desgracia: la primera, bueno, es enamorarse; la segunda ... -¡Sí, ya sé! - pude, por fin, articular -. La segunda desgracia es que se han enamorado de ti.

-¡Ajá! De eso se trata. He metido la mano en un cesto de flores y había en él la viborilla del

amor. ¡Condenado! El caso es que la señora

...

;

bueno, tú ya no ignoras cómo se llama.

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  • - No, no lo ignoro

...

Y de veras que me ha sorprendido. La tenía por

...

  • - Sí, sí, claro

Una señora intachable

hasta que llegó su cuarto de hora, con la fatalidad de

Se le ha metido en la

... que entonces pasase yo y no otro

... En fin, que está, ¡no sabes!, de atar

... cabeza que su punto de honra es adorarme y unirse a mí por toda la vida, para lo cual tiene

...

que ...

Se le atragantó el verbo, y yo vine en su ayuda, articulando:

  • - Que cometer un crimen

...

¡Atiza! ¡De tales entusiasmos líbrenos Dios!

... Líbrenos de cuanto sea

  • - Eso he dicho yo siempre: ¡líbrenos Dios! Ya sabes mis teorías

fuerte, hondo, trascendental

¡Si no tiene vuelta!

... Pero, en fin, ahora no se trata de eso.

... Vamos a lo urgente. Te explicaré cómo por un lado me ves reír y por otro me encuentras tan

...

cabizbajo. Respiró un instante. Luego se decidió:

  • - Todo cuanto te diga de la resolución de esa mujer sería poco

...

¡Si bregaría yo con ella!

Todas mis razones no la han podido disuadir. Y para evitar mayores males, ¿qué dirás que he

discurrido? Desde hace un mes le envío paquetitos de un veneno activísimo

...

De

lo

que

remedia las dispepsias y el flato que surte efecto! ... La risa de mi amigo se me pegó

...

¡Bicarbonato de sosa químicamente puro!

...

¡Y eso es lo

Celebramos con grandes carcajadas la farsa inocente.

... -¡Y figúrate que me dice que ya nota efectos! ...

Redoblamos las carcajadas. Sin embargo, de pronto me quedé serio y le cogí la mano:

-¡Aguarda, aguarda, Luisillo! Y si advierte que es inofensivo lo que la remites

...

,

sustituir

...

,

idear

...

otra cosa?

¿puede

...

Mi amigo se puso blanco de terror. Evidentemente la hipótesis no se le había ocurrido ni un

instante. Era quizá lo único en que no había pensado.

-¡Demonio! - fue lo que pronunció, al fin, dándose una palmada en la frente. Momentos después, ya hecha alianza ofensiva y defensiva, debatíamos el plan de campaña.

En primer término, Luis propuso el remedio de la cobardía: la fuga. Un viaje a París

...

,

Buenos Aires

,

al Polo Norte

... Yo aconsejé el de la semicobardía: el aplazamiento.

...

a

  • - Mándale otra dosis mayor de bicarbonato - propuse - y veremos lo que pasa. Probablemente,

ganar tiempo es ganarlo todo. Se avino a mi parecer Luis, y transcurrieron quince días en que nada nuevo ocurrió. Las cartas, sin embargo, denunciaban algo increíble: el creciente efecto de una droga tan inofensiva ... -¡Esto no puede ser! ¡Esa mujer está como una cesta de gatos! - declaró mi amigo, queriendo disimular la zozobra con la indignación -. ¿Qué diantre de efecto cabe? ¿Me lo quieres decir?

  • - Oye, Luis - resolví -: ése es un punto que importa averiguar. Es necesario que hoy mismo

nos enteremos de cuál es el estado de salud del señor Ramírez Madroño, muy señor nuestro. A la noche reúnete conmigo en la cervecería, que te prometo noticias. No sería prudente que tú mismo las indagases. Mi procedimiento fue de lo más sencillo. Por teléfono público pedí comunicación con la casa de Ramírez Madroño. Y la central dio por respuesta que estaba descolgado el teléfono a causa de la grave enfermedad del dueño de la casa. Y al entrar en la cervecería pedí un diario de la noche, y leí la noticia de que el señor Ramírez Madroño había muerto. Cuando comuniqué esta nueva a Luis casi sufrió un síncope. Le hice entrar en una farmacia, le froté las sienes con vinagre y, a la salida, le insulté:

-¡Cobarde! ¡Tonto! ¡Ánimo! ¡Vaya un simple! ¿Tú has dado a ese señor, anda y dime, ningún jarope malo? ¿Entonces? Se murió porque Dios lo ha dispuesto ...

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No conseguí que mi amigo se reanimase. Pasó la noche en una especie de delirio, acusándose de imaginarios crímenes. Al otro día le metí en el tren, arropado con una manta y temblando de fiebre, y me fui con él a Barcelona, donde embarcamos para Italia. Yo volví a Madrid tan pronto como pude estar seguro de que Luis había recobrado el uso de la razón y la salud de cuerpo. Convinimos en que el aire patrio le sería muy dañoso en bastantes meses. En efecto, tardó mucho en volver. Pude cerciorarme de que el fallecimiento de Ramírez Madroño no había causado ninguna extrañeza: tenía en el estómago una úlcera mortal. En cuanto a su esposa, tampoco sorprendió que, después de varios ataques de convulsiones histéricas, explicables por la pena, hubiese caído en una especie de atonía, y luego en una devoción estrecha y rigurosa, sin salir de la iglesia en toda la mañana. Era para mí evidente que jamás sospechó la piadosa burla de Luis. Al revés de otras, su arrepentimiento fue real, e imaginario su delito.

Champagne

Al destaparse la botella de dorado casco, se oscurecieron los ojos de la compañera momentánea de Raimundo Valdés, y aquella sombra de dolor o de recuerdo despertó la curiosidad del joven, que se propuso inquirir por qué una hembra que hacía profesión de jovialidad se permitía mostrar sentimientos tristes, lujo reservado solamente a las mujeres honradas, dueñas y señoras de su espíritu y su corazón.

Solicitó una confidencia y, sin duda, «la prójima» se encontraba en uno de esos instantes en que se necesita expansión, y se le dice al primero que llega lo que más hondamente puede afectarnos, pues sin dificultades ni remilgos contestó, pasándose las manos por los ojos:

  • - Me conmueve siempre ver abrir una botella de champagne, porque ese vino me costó muy

caro

...

el día de mi boda.

-

Pero ¿tú

te

has

insolencia.

casado alguna vez

...

ante un cura? - preguntó Raimundo con festiva

  • - Ojalá no - repuso ella con el acento de la verdad, con franqueza impetuosa -. Por haberme casado, ando como me ves.

  • - Vamos, ¿tu marido será algún tramposo, algún pillo?

  • - Nada de eso. Administra muy bien lo que tiene y posee miles de duros de miles.

...

Miles, sí, o cientos

  • - Chica, ¡cuántos duros! En ese caso

...

¿Te daba mala vida? ¿Tenía líos? ¿Te pegaba?

  • - Ni me dio mala vida, ni me pegó, ni tuvo líos, que yo sepa

¡Después sí que me han

... pegado! Lo que hay es que le faltó tiempo para darme vida mala ni buena, porque estuvimos

juntos, ya casados, un par de horas nada más. -¡Ah! - murmuró Valdés, presintiendo una aventura interesante.

  • - Verás lo que pasó, prenda. Mis padres fueron personas muy regulares pero sin un céntimo.

Papá tenía un empleíllo, y con el angustiado sueldo se las arreglaban. Murió mi madre; a mi

padre le quitaron el destino

...

;

y como no podía mantenernos el pico a mi hermano y a mí, y

era bastante guapo, se dejó camelar por una jamona muy rica y se casó con ella en segundas.

Al principio, mi madrastra se portó

,

vamos, bien; no nos miraba a los hijastros con malos

... ojos. Pero así que yo fui creciendo y haciéndome mujer, y que los hombres dieron en decirme

cosas en la calle, comprendí que en casa me cobraban ojeriza. Todo cuanto yo hacía era mal

hecho, y tenía siempre detrás al juez y al espía

...

:

la madrastra. Mi padre se puso muy

pensativo, y comprendí que le llegaba al alma que se me tratase mal. Y lo que resultó de estas

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trifulcas fue que se echaron a buscarme marido para zafarse de mí. Por casualidad lo

encontraron pronto. Sujeto acomodado, cuarentón, formal, recomendable, seriote

En fin; mi

... mismo padre se dio por contento y convino en que era una excelente proporción la que se me

presentaba. Así es que ellos en confianza trataron y arreglaron la boda, y un día,

encontrándome yo bien descuidada

...

,

¡a casarse!, y no vale replicar.

-¿Y qué efecto te hizo la noticia? Malo, ¿eh?

-

Detestable ....

porque yo tenía la tontuna de estar enamorada hasta los tuétanos, como se

enamora una chiquilla, pero chiquilla forrada de mujer

pobre como las ratas

,

de «uno» de Infantería, un teniente

... y se me había metido en la cabeza que aquel había de ser mi marido

.... apenas saliese a capitán. Las súplicas de mi padre; los consejos de las amigas; las órdenes y

hasta los pescozones de mi madrastra, que no me dejaba respirar, me aturdieron de tal manera, que no me atreví a resistir. Y vengan regalos, y desclávense cajones de vestidos enviados de Madrid, y cuélguese usted los faralaes blancos, y préndase el embelequito de la corona de azahar, y a la iglesia, y ahí te suelto la bendición, y en seguida gran comilona, los amigos de la familia y la parentela del novio que brindan y me ponen la cabeza como un bombo, a mí, que más ganas tenía de lloriquear que de probar bocado ...

  • - Hija, por ahora no encuentro mucho de particular en tu historia. Casarse así, rabiando y por máquina, es bastante frecuente.

  • - Aguarda, aguarda - advirtió amenazándome con la mano -. Ahora entra lo ridículo, la

peripecia

...

Pues, señor, yo en mi vida había probado el tal champagne

...

Me sirvieron la

primera copa para que contestase a los brindis, y después de vaciarla, me pareció que me

sentía con más ánimo, que se me aliviaba el malestar y la negra tristeza. Bebí la segunda, y el

buen efecto aumentó. La alegría se me derramaba por el cuerpo

...

Entonces me deslicé a

tomar tres, cuatro, cinco, quizá media docena ... Los convidados bromeaban celebrando la gracia de que bebiese así, y yo bebía buscando en la especie de vértigo que causa el champagne un olvido completo de lo que había de suceder y de lo que me estaba sucediendo ya. Sin embargo, me contuve antes de llegar a transtornarme por completo, y sólo podían notar en la mesa que reía muy alto, que me relucían los ojos y que estaba sofocadísima. Nos esperaba un coche, a mi marido y a mí, coche que nos había de llevar a una casa de campo de él, a pasar la primera semana después de la boda. Chiquillo, no sé si fue el

movimiento del coche o si fue el aire libre, o buenamente que estaba yo como una uva, pero lo cierto es que apenas me vi sola con el tal señor y él pretendió hacerme garatusas cariñosas, se me desató la lengua, se me arrebató la sangre, y le solté de pe a pa lo del teniente, y que sólo al teniente quería, y teniente va y teniente viene, y dale con que si me han casado contra

mi gusto, y toma con que ya me desquitaría y le mataría a palos

inspira el vino a los que no acostumbran

Barbaridades, cosas que

... Y mi esposo, más pálido que un muerto, mandó

... que volviese atrás el coche, y en el acto me devolvió a mi casa. Es decir, esto me lo dijeron

luego, porque yo, de puro borrachita, ¿sabes?

...

,

de nada me enteré.

-¿Y nunca más te quiso recibir tu marido?

  • - Nunca más. Parece que le espeté atrocidades tremendas. Ya ves: quien hablaba por mi boca

era el maldito espumoso ...

-¿Y

...

en tu casa? ¿Te admitieron contentos? -¡Quiá! Mi madrastra me insultaba

horriblemente, y mi padre lloraba por los rincones

...

Preferí tomar la puerta, ¡qué caramba!

-¿Y

...

el teniente?

-¡Sí, busca teniente! Al saber mi boda se había echado otra novia, y se casó con ella poco

después. -¿Sabes que has tenido mala sombra?

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  • - Mala por cierto

Pero creo que si todas las mujeres hablasen lo que piensan, como hice yo

... por culpa del champagne, más de cuatro y más de ocho se verían peor que esta individua.

-¿Y no te da tu marido alimento? La ley le obliga. ¡Bah! Eso ya me lo avisó un abogadito «que tuve»

¡El diablo que se meta a pleitear! ¿Voy a

... pedirle que me mantenga a ese, después del desengaño que le costé? Anda, ponme más

champaña ...

Ahora ya puedo beber lo que quiera. No se me escapará ningún secreto.

Clave

El famoso compositor y profesor de canto y música Alejandro Redlitz se entretenía en leer sin instrumento una de las últimas páginas de su amigo Ricardo Wagner, a tiempo que el criado le anunció que estaban allí una señora y una señorita muy linda, las dos pobremente vestidas, que pedían audiencia, insistiendo en conseguirla sin tardanza. Atusóse Redlitz las lacias greñas amarillas con resabios de fatuidad trasañeja, y dijo encogiéndose de hombros:

  • - Que pasen al salón.

A los pocos instantes hallábanse frente a frente el maestro y las damas, que damas parecían, a

pesar de lo humilde de su pergeño. La madre ocultaba los blancos cabellos y el rostro lleno de dignidad bajo un sombrero de desteñida pluma; la hija, con su trajecito gris de paño barato y su toca de paja abollada, sin más adorno que una flor mustia, no conseguía disimular una belleza sorprendente, un tipo moreno de esos que deslumbran como el sol. Redlitz se sintió interesado, conmovido, casi enamorado de pronto, y en vez de la tiesura y la frialdad con que suele acogerse a los que solicitan (no cabía dudar que madre e hija algo solicitaban), se deshizo en cortesías y amabilidades y se apresuró a ponerse a disposición de las dos señoras en cuanto pudiese y valiese. Tomó la palabra la hija, y expresándose en correcto francés, con suma modestia y gracia, dijo así:

  • - Somos españolas y muy pobres; lo poco que nos quedaba de nuestro patrimonio lo hemos

realizado para hacer el viaje a París, y consultar al célebre Redlitz sobre una cuestión vital.

Deseamos saber si yo poseo o no poseo una voz de esas que son la fortuna y la gloria. Muchos elogios ha obtenido mi voz, pero temo que no eran sinceros y que la amistad extravió el juicio de los que me alabaron. Yo sueño con la celebridad: la medianía me causa horror. Si mi voz

es una de tantas como se oyen en los salones y se aplauden por galantería

...

desengáñeme

usted, señor de Redlitz, y volveré a mi patria y me dedicaré a coser o entraré a servir.

El maestro se quedó perplejo cinco segundos; al fin, tomando de la mano a la artista en embrión, la guió al gabinete, donde tenía su magnífico Pleyel. Sentóse al piano y preludió el acompañamiento de una sencilla romanza italiana. A los primeros gorgoritos de la joven, Redlitz sintió un impulso de honradez que le aconsejaba la sinceridad, y estuvo para decir a la cantante que buscase otro camino. La voz era como hay muchas, fresquecilla, simpática y vulgar. Pero cuando Redlitz levantaba la cabeza e iba a abrir la boca, su mirada tropezó con el rostro de la señorita, animado y transfigurado por el canto, y de tal suerte agradó al maestro aquel rostro de expresión seductora, que temiendo que la muchacha se volviese a su país, prorrumpió en bravos, y con las más halagüeñas frases la aseguró que tenía un verdadero tesoro en su garganta, que rivalizaría con la Patti y la Nilson, y que sólo necesitaba para llegar a tan brillante resultado las lecciones que él, Redlitz, le daría diaria y gratuitamente. Confundiéronse las españolas en expresiones de gratitud, y el maestro, obligándolas a que tomasen asiento, las obsequió con vino del Rin, bizcochos y confituras de varias clases. Quedaron de acuerdo en la hora a que volverían al día siguiente para empezar las lecciones: el

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maestro las acompañó hasta la puerta, que abrió y cerró él mismo, y cuando desaparecieron en el caracol de la escalera los pliegues de las faldas, Redlitz volvió a sentarse al piano y recorrió las teclas, interpretando una soñadora melodía de Beethoven. Toda su incorregible sentimentalidad de austríaco renacía, turbándole el corazón, y los ojos color de café de la señorita española se le aparecían como dos faros en medio del árido Sahara de los cincuenta y pico años que ya contaba el ilustre maestro ...

Entre tanto, las dos mujeres, al salir a la calle, se miraban, se cogían las manos y se echaban a reír gozosamente. -¿Lo ves? - exclamó la madre -. ¡Bien sabía yo que tu voz es un portento!

  • - Pues mira - respondió la hija -, hasta hoy no lo creí; pero después, que me lo dice este hombre tan competente y tan famoso ...

-¡Lo que es si dudases ahora

...

chiquilla!

  • - No, ya no dudo. En Madrid sí dudaba. ¡Influye tanto la posición en los juicios de los amigos

entusiastas! Pero Redlitz, que me tiene por una pobre, por una muchachuela desconocida, que no me ha visto jamás, ¿por qué había de engañarme? Estoy convencida. ¡Qué alegría! No sé

lo que me pasa.

  • - Ya ves que la idea de disfrazarnos de pobres ha sido excelente.

-¡Divina! Este sombrero mío lo he de guardar en cristalera. Y la joven soltó una carcajada de júbilo. -¿Qué opinas? ¿Te convendrán las lecciones de Redlitz? - preguntó la madre. -¡Qué disparate! De humorada ya bastó. Esta noche misma nos volvemos a Madrid; también

hay allí buenos profesores de canto. Y llamando el primer coche alquilón que pasaba, las dos señoras se metieron en él, dando las señas de un hotel caro y céntrico. Al día siguiente, Redlitz, que había adornado su gabinete con flores raras y olorosas, esperó en balde a su nueva alumna. Lo mismo sucedió toda la semana. El maestro se acordó con desesperación de que no se había enterado de dónde paraban las españolas; pensó en una enfermedad, en una desgracia; apeló a la Policía, escribió

a España, puso en juego influencias

Nadie pudo darle razón de las dos extranjeras de

... humilde pergeño a quienes nunca volvió a ver. Y siempre fue un enigma para los admiradores del talento de Redlitz el por qué estuvo más de dos meses triste y preocupado, así como fue otro misterio para los admiradores de la hermosura de la marquesita de Polvareda verla empeñada en que tenía una voz admirable, cuando lo que tenía eran unos ojos de «date preso» y una cara y un talle de patente.

Cometaria

Lo decían los astrónomos desde todos los observatorios, academias y revistas: en aquella

fecha, cuando el cometa nos envolviese en su inmensa cauda luminosa, se acabaría el

mundo

...

;

es decir, nuestro planeta, la Tierra. O, para mayor exactitud, lo que se acabaría sería

la Humanidad. Todavía rectifico: se acabaría la vida; porque las ponzoñosas emanaciones del cianógeno, cuyo espectro habían revelado los telescopios en la cauda, no dejarían a un ser viviente en la superficie del globo terráqueo. Y la vida, extinguida así, no tenía la menor probabilidad de renacer; las misteriosas condiciones climatológicas en que hizo su aparición no se reproducirían: el fervor ardiente del período carbonífero ha sido sustituido dondequiera por la templanza infecunda ... Desde el primer momento, lo creí firmemente. La vida cesaba. No la mía: la de todos. Cerrando los ojos, a obscuras en mi habitación silenciosa, yo trataba de representarme el momento terrible. A un mismo tiempo, sin poder valernos los unos a los otros, caeríamos

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como enjambres de moscas; no se oiría ni la queja. Ante la catástrofe, se establecería la absoluta igualdad, vanamente soñada desde el origen de la especie. El rey, el millonario, el mendigo, a una misma hora exhalarían el suspiro postrero, entre idénticas ansias. Y cuando los cuerpos inertes de todo el género humano alfombrasen el suelo y el cometa empezase a alejarse, con su velocidad vertiginosa, ¿qué sucedería? ¿Qué aspecto presentaría la parte,

antes habitada, del globo? Mi fantasía se desataba. Se ofrecían a mi vista las espléndidas ciudades, convertidas repentinamente en vastos cementerios. Me paseaba por ellas, y el horror relampagueaba al través de mis vértebras y sacudía mis nervios con estremecimientos sombríos. Porque yo - era lo más espantoso -, yo no había sufrido la suerte común. Ignoro por qué milagro, por qué

extraño privilegio, me encontraba vivo

entre la infinita desolación de los cadáveres de la

... especie. Al alcance de mi mano, como irónica tentación, estaban las riquezas abandonadas, las maravillas de arte que acaso codicié: ningún ojo sino el mío para contemplar los cuadros de Velázquez, las estatuas de Fidias, las cinceladuras de Cellini; y allá en las secretas cajas de los abandonados bancos, ninguna mano sino la mía para hundirse en los montones de billetes y

centenes de oro

que ya nada valían, porque nadie me los exigiría a cambio de cosa alguna.

... A mi alrededor, la muerte: capas de difuntos, tendidos aquí y allí, en las diversas actitudes de

su breve agonía

Ni una voz, ni el eco de un paso. Hablé en alto, por si me respondían; grité:

... me contestó el eco de mi propio gritar. El sol brillaba sobre los cuerpos sin vida, sobre la urbe

trágicamente muda. Y empecé a correr enloquecido, buscando un ser que respondiese a mi llamamiento. Erizado el cabello, tembloroso el tronco, extraviado el mirar, registré calles y

plazas, templos y cafés, casas humildes cuya puerta forcé, y palacios cerrados por cuyas ventanas salté furioso. ¡Soledad, silencio! Y, al acercarse la noche, bajo un cobertizo humilde, en un barrio de miserables, descubrí al fin otro ser salvado de la hecatombe: una mozuela, balbuciente de terror, que casi no podía

articular palabra

No la miré, no quise ni saber cómo tenía el rostro. La eché los brazos al

... cuello, y nos besamos, deshechos en convulsivas lágrimas ... Y al estrecharla así, al comprender que en ella estaban mi porvenir y el porvenir de la Humanidad futura, que éramos la pareja, los únicos supervivientes, el Adán y la Eva, no en el

Paraíso, sino en páramo del dolor, no supe bien lo que sentía. Tal vez hubiese valido más que ni la niña hija del populacho, ni yo, el refinado intelectual, nos hubiésemos encontrado para perpetuar el sufrimiento. Tal vez era la fatalidad lo que salvaba nuestras existencias, en la

hora espantosa de la asfixia universal

Y, mientras la pobre chiquilla anhelaba, palpitante de

... miedo y de gozo, entre mis brazos, experimenté impulsos de ahogarla, de suprimir con ella a todos los venideros. La piedad, de pronto, me invadió, y por la piedad fue conservado el pícaro mundo.

Sor Aparición

En el convento de las Clarisas de S***, al través de la doble reja baja, vi a una monja postrada, adorando. Estaba de frente al altar mayor, pero tenía el rostro pegado al suelo, los brazos extendidos en cruz y guardaba inmovilidad absoluta. No parecía más viva que los yacentes bultos de una reina y una infanta, cuyos mausoleos de alabastro adornaban el coro. De pronto, la monja prosternada se incorporó, sin duda para respirar, y pude distinguir sus facciones. Se notaba que había debido de ser muy hermosa en sus juventudes, como se conoce que unos paredones derruidos fueron palacios espléndidos. Lo mismo podría contar la monja ochenta años que noventa. Su cara, de una amarillez sepulcral, su temblorosa cabeza, su boca

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consumida, sus cejas blancas, revelaban ese grado sumo de la senectud en que hasta es insensible el paso del tiempo. Lo singular de aquella cara espectral, que ya pertenecía al otro mundo, eran los ojos. Desafiando a la edad, conservaban, por caso extraño, su fuego, su intenso negror, y una violenta expresión apasionada y dramática. La mirada de tales ojos no podía olvidarse nunca. Semejantes ojos volcánicos serían inexplicables en monja que hubiese ingresado en el claustro ofreciendo a Dios un corazón inocente; delataban un pasado borrascoso; despedían la luz siniestra de algún terrible recuerdo. Sentí ardiente curiosidad, sin esperar que la suerte me deparase a alguien conocedor del secreto de la religiosa. Sirvióme la casualidad a medida del deseo. La misma noche, en la mesa redonda de la posada, trabé conversación con un caballero machucho, muy comunicativo y más que medianamente perspicaz, de esos que gozan cuando enteran a un forastero. Halagado por mi interés, me abrió

de par en par el archivo de su feliz memoria. Apenas nombré el convento de las Claras e indiqué la especial impresión que me causaba el mirar de la monja, mi guía exclamó:

-¡Ah! ¡Sor Aparición! Ya lo creo, ya lo creo

...

Tiene un «no sé qué» en los ojos

...

Lleva

escrita allí su historia. Donde usted la ve, los dos surcos de las mejillas que de cerca parecen canales, se los han abierto las lágrimas. ¡Llorar más de cuarenta años! Ya corre agua salada en

tantos días

El caso es que el agua no le ha apagado las brasas de la mirada

¡Pobre sor

... Aparición! Le puedo descubrir a usted el quid de su vida mejor que nadie, porque mi padre la

...

conoció moza y hasta creo que le hizo unas miajas el amor

¡Es que era una deidad!

... Sor Aparición se llamó en el siglo Irene. Sus padres eran gente hidalga, ricachos de pueblo;

tuvieron varios retoños, pero los perdieron, y concentraron en Irene el cariño y el mimo de hija única. El pueblo donde nació se llama A***. Y el Destino, que con las sábanas de la cuna empieza a tejer la cuerda que ha de ahorcarnos, hizo que en ese mismo pueblo viese la luz, algunos años antes que Irene, el famoso poeta ... Lancé una exclamación y pronuncié, adelantándome al narrador, el glorioso nombre del autor del Arcángel maldito, tal vez el más genuino representante de la fiebre romántica; nombre que lleva en sus sílabas un eco de arrogancia desdeñosa, de mofador desdén, de acerba ironía y de nostalgia desesperada y blasfemadora. Aquel nombre y el mirar de la religiosa se confundieron en mi imaginación, sin que todavía el uno me diese la clave del otro, pero anunciando ya, al aparecer unidos, un drama del corazón de esos que chorrean viva sangre. - El mismo - repitió mi interlocutor -, el ilustre Juan de Camargo orgullo del pueblecito de A***, que ni tiene aguas minerales, ni santo milagroso, ni catedral, ni lápidas romanas, ni nada notable que enseñar a los que lo visitan, pero repite, envanecido: «En esta casa de la plaza nació Camargo.»

- Vamos - interrumpí, ya comprendo; sor Aparición

digo, Irene, se enamoró de Camargo, él

.... la desdeñó, y ella, para olvidar, entró en el claustro ... -¡Chis!- exclamó el narrador, sonriendo -. ¡Espere usted, espere usted, que si no fuese más ! ...

De eso se ve todos los días; ni valdría la pena de contarlo. No; el caso de sor Aparición tiene miga. Paciencia, que ya llegaremos al fin. De niña, Irene había visto mil veces a Juan Camargo, sin hablarle nunca, porque él era ya mozo y muy huraño y retraído: ni con los demás chicos del pueblo se juntaba. Al romper Irene su capullo, Camargo, huérfano, ya estudiaba leyes en Salamanca, y sólo venía a casa de su tutor durante las vacaciones. Un verano, al entrar en A***, el estudiante levantó por casualidad los ojos hacia la ventana de Irene y reparó en la muchacha, que fijaba en él los

suyos ....

unos ojos de date preso, dos soles negros, porque ya ve usted lo que son todavía

ahora. Refrenó Camargo el caballejo de alquiler para recrearse en aquella soberana hermosura; Irene era un asombro de guapa. Pero la muchacha, encendida como una amapola, se quitó de la ventana, cerrándola de golpe. Aquella misma noche, Camargo, que ya

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empezaba a publicar versos en periodiquillos, escribió unos, preciosos, pintando el efecto que

le había producido la vista de Irene en el momento de llegar a su pueblo

Y envolviendo en

... los versos una piedra, al anochecer la disparo contra la ventana de Irene. Rompióse el vidrio, y la muchacha «recogió el papel y leyó los versos, no una vez, ciento, mil; los bebió, se empapó en ellos. Sin embargo, aquellos versos, que no figuran en la colección de las poesías

de Camargo, no eran declaraciones amorosas, sino algo raro, mezcla de queja e imprecación.

El poeta se dolía de que la pureza y la hermosura de la niña de la ventana no se hubiesen

hecho para él, que era un réprobo. Si él se acercase, marchitaría aquella azucena

...

Después

del episodio de los versos, Camargo no dio señales de acordarse de que existía Irene en el

mundo, y en octubre se dirigió a Madrid. Empezaba el período agitado de su vida, las aventuras políticas y la actividad literaria. Desde que Camargo se marchó, Irene se puso triste, llegando a enfermar de pasión de ánimo. Sus padres intentaron distraerla; la llevaron algún tiempo a Badajoz, le hicieron conocer

jóvenes, asistir a bailes; tuvo adoradores, oyó lisonjas

...

;

pero no mejoró de humor ni de salud.

No podía pensar sino en Camargo, a quien era aplicable lo que dice Byron de Larra: que los

que le veían no le veían en vano; que su recuerdo acudía siempre a la memoria; pues hombres tales lanzan un reto al desdén y al olvido. No creía la misma Irene hallarse enamorada, juzgábase solo víctima de un maleficio, emanado de aquellos versos tan sombríos, tan extraños. Lo cierto es que Irene tenía eso que ahora llaman obsesión, y a todas horas veía

«aparecerse» a Camargo, pálido, serio, el rizado pelo sombreando la pensativa frente

Los

... padres de Irene, al observar que su hija se moría minada por un padecimiento misterioso, decidieron llevarla a la corte, donde hay grandes médicos para consultar y también grandes distracciones. Cuando Irene llegó a Madrid, era célebre Camargo. Sus versos, fogosos, altaneros, de sentimiento fuerte y nervioso, hacían escuela; sus aventuras y genialidades se comentaban. Asociada con él una pandilla de perdidos, de bohemios desenfadados e ingeniosos, cada noche inventaban nuevas diabluras, ya turbaban el sueño de los honrados vecinos, ya realizaban las orgiásticas proezas a que aluden ciertas poesías blasfemas y obscenas, que algunos críticos aseguran que no son de Camargo en realidad. Con las borracheras y el libertinaje alternaban las sesiones en las logias masónicas y en los comités; Camargo se preparaba ya la senda de la emigración. No estaba enterada de todo esto la provinciana y

cándida familia de Irene; y como se encontrasen en la calle al poeta, le saludaron alegres, que al fin era «de allá». Camargo, sorprendido otra vez de la hermosura de la joven, notando que al verle se teñían de púrpura las descoloridas mejillas de una niña tan preciosa, los acompañó, y prometió visitar a sus convecinos. Quedaron lisonjeados los pobres lugareños, y creció su satisfacción al notar que de allí a pocos días, habiendo cumplido Camargo su promesa, Irene revivía. Desconocedores de la crónica, les parecía Camargo un yerno posible, y consintieron que menudeasen las visitas.

Veo en su cara de usted que cree adivinar el desenlace

¡No lo adivina! Irene, fascinada,

... trastornada, como si hubiese bebido zumo de hierbas, tardó, sin embargo, seis meses en acceder a una entrevista a solas, en la misma casa de Camargo. La honesta resistencia de la niña fue causa de que los perdidos amigotes del poeta se burlasen de él, y el orgullo, que es la raíz venenosa de ciertos romanticismos, como el de Byron y el de Camargo, inspiró a éste una apuesta, un desquite satánico, infernal. Pidió, rogó, se alejó, volvió, dio celos, fingió planes de suicidio, e hizo tanto, que Irene, atropellando por todo, consintió en acudir a la peligrosa cita. Gracias a un milagro de valor y de decoro salió de ella pura y sin mancha, y Camargo sufrió una chacota que le enloqueció de despecho.

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A la segunda cita se agotaron las fuerzas de Irene; se oscureció su razón y fue vencida. Y cuando confusa y trémula, yacía, cerrando los párpados, en brazos del infame, éste exhaló una estrepitosa carcajada, descorrió unas cortinas, e Irene vio que la devoraban los impuros ojos de ocho o diez hombres jóvenes, que también reían y palmoteaban irónicamente. Irene se incorporó, dio un salto, y sin cubrirse, con el pelo suelto y los hombros desnudos, se lanzó a la escalera y a la calle. Llegó a su morada seguida de una turba de pilluelos que le arrojaban barro y piedras. Jamás consintió decir de dónde venía ni qué le había sucedido. Mi padre lo averiguó porque casualmente era amigo de uno de los de la apuesta de Camargo. Irene sufrió una fiebre de septenarios en que estuvo desahuciada; así que convaleció, entró en este convento, lo más lejos posible de A***. Su penitencia ha espantado a las monjas: ayunos increíbles, mezclar el pan con ceniza, pasarse tres días sin beber; las noches de invierno, descalza y de rodillas, en oración; disciplinarse, llevar una argolla al cuello, una corona de espinas bajo la toca, un rallo a la cintura ... Lo que más edificó a sus compañeras que la tienen por santa fue el continuo llorar. Cuentan - pero serán consejas - que una vez llenó de llanto la escudilla del agua. ¡Y quién le dice a usted que de repente se le quedan los ojos secos, sin una lágrima, y brillando de ese modo que ha notado usted! Esto aconteció más de veinte años hace; las gentes piadosas creen que fue la señal del perdón de Dios. No obstante, sor Aparición, sin duda, no se cree perdonada, porque, hecha una momia, sigue ayunando y postrándose y usando el cilico de cerda ... - Es que hará penitencia por dos - respondí, admirada de que en este punto fallase la penetración de mi cronista -. ¿Piensa usted que sor Aparición no se acuerda del alma infeliz de Camargo?

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