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CON ESTA LLUVIA

Paisajes narrados, 46

Annemarie Schwarzenbach

Con esta lluvia

Traducción de Daniel Najmías

Posfacio de ROGER PERRET

editorial

Schwarzenbach Con esta lluvia Traducción de Daniel Najmías Posfacio de R OGER P ERRET editorial minúscula

minúscula

BARCELONA

Título original: Bei diesem Regen

© 1989 by Lenos Verlag, Basel

© del posfacio: 1989 Roger Perret

© de la traducción: 2011 Daniel Najmías

Revisión: Santiago Celaya y Marta Hernández Pibernat

© 2011 Editorial Minúscula, S.L. Sociedad unipersonal Av. República Argentina, 163 08023 Barcelona minuscula@editorialminuscula.com www.editorialminuscula.com

Primera edición: marzo de 2011

Diseño gráfico: Pepe Far Fotografía de la cubierta: © Harry Moore

Este libro se publica con una ayuda a la traducción de la Fundación Suiza para la Cultura Pro Helvetia.

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.

Preimpresión: Addenda, Pau Claris, 92, 08010 Barcelona Impresión: Winihard Gràfics S.L., Av. del Prat, 7, 08180 Moià

ISBN: 978-84-95587-76-3 Depósito legal: B-12.781-2011

Printed in Spain

La tierra prometida

Billy por fin se despertó. En la puerta del camarote vio a un joven con la chaqueta azul de camarero y recordó que le había dicho: «Pase.» Ahora estaba allí; llevaba en la mano una bandeja en la que había una tarta de Pascua y huevos de Pascua de todos los colores. —De parte del comisario —dijo el muchacho—. Le desea felices Pascuas. —Gracias —respondió Billy.

El muchacho dejó la bandeja sobre la silla que esta- ba junto a la cama de Billy y salió. Billy le pidió que volviese

a entrar. —Que me traigan café —dijo. La tarta parecía recién hecha y resultaba tan tenta- dora que le entraron ganas de comerse un trozo. Ya era tar- de, había dormido mucho. Mientras se tomaba el café y un trozo de tarta, poco

a poco fue recordando lo que había ocurrido antes de que-

darse dormida. Recordó que en la panadería del barco había visto las tartas, de masa fresca y blanca, y que el comisario había prometido enviarle una tarta de Pascua de los mari-

neros. Luego la condujo por la sala de máquinas, que pare- cía una tramoya gigantesca; mareada por el calor, bajó por una escalera al inmenso y profundo vientre del buque, has- ta que el estruendo de los émbolos y el calor la derribaron. Había caminado sobre unas planchas de metal aceitosas, pasando entre dos calderas sin tocar sus paredes ardientes. Al llegar al puente de mando, el comisario le explicó para qué servían esos instrumentos relucientes; después vio ante sí la ancha y lechosa vía de navegación que la luna ilumi- naba y pulía y que la quilla partía susurrante, levantando olas ligeras a ambos lados. Durante la cena el hombre que tenía al lado le había dicho que a la mañana siguiente se levantaría pronto para enseñarle Jaffa a su hija, una niña pequeña. Se llamaba doc- tor Levy y había sido profesor de química en Friburgo. Conocía muy bien Palestina, pero esta vez iba con su hija para quedarse. La pequeña no crecería en Alemania sino en Palestina, y todo lo que los nazis le habían hecho a su padre le afectaría tan poco como los pogromos de Besarabia. En Palestina tendría una infancia feliz Billy apartó deprisa la sábana y se vistió. Cuando salió a cubierta el caliente sol del mediodía ya quemaba, y la mayoría de los pasajeros estaban echados en las tumbo- nas; se protegían la cabeza con sombrillas, sombreros blan- cos y pañuelos. Al pasar frente a Tel Aviv soplaba un viento ligero. Ante la ciudad había una franja de arena blanca y tostada; las casas de Tel Aviv eran blancas, había calles blan- cas y anchas y edificios nuevos y altos de muchos pisos, y

desde el mar se veían las animadas calles. Billy estaba en la borda contemplando la nueva Palestina. Entonces se le acer- có el doctor Levy rodeando el puente de mando; llevaba a la pequeña de la mano y el viento le erizaba el cabello. —Buenos días —dijo el doctor—; la hemos busca- do por todas partes para enseñarle Jaffa. —Me he quedado dormida —respondió Billy, y diri- giéndose a la pequeña añadió—: ¡Tendrías que haberme despertado! —No tiene importancia. Dormir le hace bien —dijo el doctor Levy, y enseñó a Billy la pequeña ciudad portua- ria de Jaffa, surgida al amparo de una colina por la que sus casas turcas y mezquitas habían ido trepando. Parecía una pequeña ciudad portuaria italiana de la Edad Media. Des- pués, más allá de la playa, empezaba Tel Aviv. —Ese edificio rojo oscuro que ve allá al fondo, a la izquierda, es la sede del sindicato —dijo el doctor Levy—. Este Tel Aviv es bastante feo. Pero no tiene importancia. —No —contestó Billy. El doctor Levy bajó la vista y miró la coronilla de la pequeña. —Y ahora viajaremos todo el día a lo largo de la cos- ta de Palestina —dijo. Billy prestó atención cuando el doctor habló de los grupos de casas que podían verse desde el barco por encima de los altos peñascos de la orilla y de los nuevos naranjales que, tupidos, bien ordenados y de un verde oscuro, se dis- tinguían de los bosquecillos de los árabes, ralos y descui-

dados. Después comieron, y cuando terminaron los tres volvieron a cubierta y el barco siguió a lo largo de la costa

soleada, de un marrón dorado. Los peñascos se habían vuel- to más altos; detrás, en las sierras, se veían pueblos blancos fundados en tiempos de Herzl y Rothschild, y que ya no se correspondían con el ideal de los nuevos asentamientos comunitarios. A eso de las cuatro se acercaron a Haifa. La música empezó a sonar en el salón y los pasajeros se levantaron de las tumbonas y bajaron. Cuando el comisario se acercó desde el puente, el doc- tor Levy dijo que quería ver el puerto de Haifa con Judith

y se fue con la niña hacia la parte delantera del barco. Billy vio que el comisario se dirigía hacia ella y su memoria se puso otra vez en marcha. Era un hombre baji-

to de hombros altos. Casi tenía joroba, constató Billy. Tenía

el rostro pálido, los encendidos ojos enfermizos, y una boca

delgada, burlona, doliente. Se le veía especialmente can-

sado, hastiado incluso.

—¡Buenas tardes! —le dijo a Billy. —Ha sido muy amable de su parte enviarme la tarta de Pascua. —¿Ha dormido bien? —preguntó él. —Sí, gracias.

Te me quedaste dor-

mida —dijo el comisario sin mirarla. Billy no contestó nada. Ya estaban entrando en el puerto.

—Estabas tan cansada anoche

—Tengo que irme —dijo el comisario—. ¿Le va bien

a las seis? —De acuerdo —respondió ella, asintiendo con la cabeza.

El comisario se marchó y Billy empezó a bordear la cubierta para subir a la clase turista y luego se dirigió una vez más hacia la parte delantera, pasando junto a las ven- tanas abiertas del salón, que estaba vacío. Después volvió, pero habían acordonado la entrada a la clase turista, y detrás del cordón los emigrantes, con sus bolsos y sus mochilas, esperaban que les permitiesen desembarcar. Eran todos judíos, en su mayor parte jóvenes judíos de Alemania. Durante la travesía habían hecho una colecta para ocho pasajeros de la entrecubierta que viajaban sin comida ni alo- jamiento, cinco muchachos y tres muchachas que ahora, en la zona acordonada, esperaban con la cazadora puesta que los dejasen entrar en Palestina. Primero dejaron pasar a los pasajeros de primera clase. Salieron por la puerta del salón, les entregaron el pasapor- te y pasaron junto a los dos policías árabes antes de bajar por la escalerilla. El doctor Levy llegó con la niña de la mano. Estaba emocionado, radiante como todos los demás,

y se dio prisa en desembarcar, pero cuando vio que Billy

estaba en la borda, se acercó para despedirse. —Mucha suerte —dijo Billy. Lo siguió con la vista mientras él bajaba por la pre- caria escalerilla vigilando que la pequeña no tropezara. Así, atracado en el muelle, el barco parecía muy alto. Abajo

había muchísima gente que esperaba a que sus conocidos pasaran el control de pasaportes. Saludaban a los que esta- ban en la borda, la mayoría tenía la cara iluminada por una risa de alegría e intentaba gritar algo, pero el barco era de- masiado alto y arriba los pasajeros no entendían nada, ha- cían señas con los brazos, saludaban y reían a su vez. Había también quien lloraba. A los ocho pasajeros de la entrecu- bierta los recogieron un par de muchachos que se les pare- cían muchísimo y que también llevaban cazadora. Billy vio como corrían a encontrarse y se abrazaban y solo después se daban la mano. Los muchachos cogieron las mochilas de los recién llegados y se fueron todos juntos, pasando por entre los policías árabes y las largas filas de mozos de cuerda que esperaban en cuclillas. Eran casi las siete cuando todos los pasajeros tuvie- ron cada cual su pasaporte y desembarcaron. El comisario, vestido de paisano, salió por la puerta del camarote llevan- do en el brazo una gabardina doblada como si fuese una capa de oficial. —¿Vamos? —preguntó a Billy. Ella le dijo que sí con la cabeza y se adelantó; pasó junto a dos jóvenes oficiales del buque que al verla saluda- ron llevándose la mano a la gorra. —Oye, amigo —le comentó uno de ellos al comi- sario—, ¡no te olvides de que zarpamos esta noche! Junto a la puerta del camarote, Billy vio una pizarra negra con el nombre del barco, y debajo, escrito con tiza:

«Parte de Haifa hoy a medianoche.»

Los policías árabes pararon a Billy y el comisario se sacó el pasaporte del bolsillo. Al ver que era el de Billy, los policías la dejaron pasar. Billy percibió que los dos oficia- les los observaban y sintió sus miradas en la nuca. Franqueó junto al comisario, que era más bajo que ella, la barrera del edificio de aduanas, cruzó una vía de ferrocarril y caminó por un sendero ancho y arenoso. Ante ellos se extendía Hai- fa, una calle muy iluminada con cafés, un cine, una parada de taxis, y detrás, en la oscuridad, el monte Carmelo. —¿Cogemos un coche? —preguntó el comisario. Subieron, y él le dijo al chófer en alemán que los lle- vara a la oficina de Lloyd. —Ya estará cerrada —dijo el chófer. —Conozco esto —dijo el comisario—, tranquilo. Vaya primero allí. Billy esperó en el coche. La calle temblaba un poco ba- jo sus pies, pero ni de lejos con la fuerza de antes, cuando iban andando desde el barco hasta la ciudad. Y nadie la miraba. —¿Tiene una cerilla? —le preguntó al chófer—. ¿Fuma, quizá? —y le pasó la petaca de cuero. —Pruebe uno de los nuestros —le ofreció el chófer, y se sacó un paquete del bolsillo y encendió una cerilla—. Palestinos. —Gracias —dijo Billy—. Son excelentes. —No están mal. Y se pueden fumar todo el día. No cansan. —¿Hace mucho que vive en Palestina? —pregun- tó Billy.

—Seis meses. Es un país agradable, lo único moles- to es que se hablen tantos idiomas. Aquí hay que saber inglés, alemán, hebreo y árabe. Y yo solo sé inglés y alemán. —¿Qué hacía antes? —¿En Alemania, quiere decir? —Antes de venir aquí. —No tenía trabajo —dijo él—. Era un estudiante en paro, no tenía dinero para pagarme los estudios. Después los nazis cogieron a mi hermano y yo tuve que hacerme humo cuanto antes, porque éramos de esos judíos que les quitaban el pan y el trabajo a los alemanes honrados. —Coja otro cigarrillo —dijo Billy. —¿Sabe una cosa? —siguió el joven—, lo mejor del asunto es que aquí ya no hace falta seguir pensando en todo eso. Aquí los nazis no le interesan a nadie. —¿Se gana bien la vida? —Gano lo necesario. Nadie regala nada, pero no hay gente sin trabajo. Está bien para los jóvenes, pero los que vienen con familia e hijos a veces lo pasan mal. Alguien abrió la reja de entrada de la oficina de Lloyd e hizo salir al comisario. —Siento haberte hecho esperar —le dijo el comisa- rio a Billy. —No tiene importancia —respondió ella—. ¿Adón- de vamos? —Adonde tú quieras. —Al Carmelo. ¿Hay algún lugar donde comer en el Carmelo? —gritó Billy inclinándose hacia delante.

—Sí, claro —contestó el joven—, pero no se lo reco- miendo. Suban, disfruten de la vista, tomen algo y después coman en algún restaurante de la ciudad. —Bien —dijo el comisario—, subamos a ver la vis- ta de noche. Atravesaron la ciudad y subieron por una calle ancha y bonita en dirección al monte Carmelo. El comisario se acer- có a Billy y buscó su mano a tientas en la oscuridad. La tomó entre la suya y puso las dos manos entre las rodillas de Billy. —Me siento como si estuviéramos casados —comen- tó—. Me siento plenamente feliz a tu lado. —No —dijo Billy, sin inmutarse. El comisario retiró la mano. —No sé qué me pasa —dijo—. Me vuelve loco ver- te sentada en el coche, subir y sentarme a tu lado. —A lo mejor estás enamorado —dijo Billy. Él se inclinó hacia delante y volvió a cogerle la mano. Reflejados en la ventana, ella vio sus hombros altos y el rostro demacrado, con una boca prominente de gesto atormen- tado. Parecía infeliz. Billy dejó la mano de él sobre la suya. —Anoche sí estaba loco —dijo él—. Y tú, ¿no fuiste un poquito feliz? —Bueno —contestó Billy—, dejando de lado que dijiste que no me tocarías —Creí que no te darías cuenta. Pensé que te queda- rías dormida. —Me encanta que me tomen por imbécil —repli- có Billy.

El chófer detuvo el coche de repente. Los llevó por la acera hasta una terraza que colgaba sobre los viñedos, ne- gros como la noche, y les enseñó las luces de Haifa, las fa- rolas del puerto, la línea iluminada de la calle principal, las callejas más oscuras del barrio de los templarios, que se cor- taban en ángulo recto, y, totalmente apartada, un nuevo asentamiento comunitario. Se veía un faro, se veían las lámparas colgando de los mástiles de los barcos atracados frente al estrecho puerto, los faros de los coches que subían por el monte Carmelo siguiendo las curvas de la carretera. —Ahí detrás está el café —dijo el joven, y volvió al coche. Subieron hasta la casa y se sentaron en una sala dimi- nuta en cuyas paredes desnudas había un cartel de Spa- tenbräu y un calendario de una tienda de Stuttgart. La mujer que les sirvió el vermut era alemana; hablaba un sua- bo tosco que sonaba cordial. Su abuelo había venido de Wurtemberg con los templarios, y su padre, sus hermanos y ella habían nacido en Haifa. Abajo, en el barrio alemán, el padre tenía una casa de huéspedes. El terreno era de los templarios, e incluso una parte del Carmelo seguía siendo de la orden. —Pero las vides están enfermas —dijo la mujer. Les contó que vivía allí arriba totalmente sola y que atendía a los clientes que iban a pasear por el monte Car- melo al anochecer y querían beber algo antes de volver a la ciudad. Opinó que llevaba una vida tranquila y elo- gió la vista del mar más allá de los viñedos y la ciudad.

Les dijo que alguna vez subieran de día para disfrutar de la vista como era debido. —Claro —respondió Billy—, la próxima vez lo ten- dremos en cuenta.

—¿No quieren quedarse a pasar unos días en Haifa? —preguntó la dueña del café—. ¡Vale la pena, ahora en Haifa hay mucho que ver! —Sin duda valdría la pena, pero no tenemos tiempo. —El puerto que han construido los ingleses es sin embargo demasiado pequeño, porque la ciudad crece día

a día, casi por momentos. El comisario miró a Billy, pagaron y atravesaron la terraza para volver al coche. Bajaron deprisa y callados y se zambulleron en las calles iluminadas de la ciudad. El joven condujo despacio y fue diciéndoles los nombres de las calles

y enseñándoles los cafés y los cines. —¿Quieren comer en algún sitio donde haya música? —No —contestó Billy—, donde haya buen vino. El local se llamaba Kaffee Wien. El chófer preguntó si debía esperarlos, pero el comisario le pagó en el acto y lo despidió. El café estaba bastante lleno. Había periódi- cos alemanes en todas las mesas. La mayoría de los clien- tes cenaban, otros tomaban cerveza; unos muchachos be- bían un vaso de raki en la barra. —Bueno, primero el vino —dijo el comisario des- pués de encontrar una mesa agradable en una esquina. —¿Quieren tinto del país? —preguntó el camarero. Era vienés, y hablaba el pastoso alemán vienés con

una boca también pastosa y de labios gruesos. Toda su cara era así, redonda, pastosa, poco definida. Mientras apunta- ba el pedido en la libreta, miraba distraído a todas partes con sus ojos azules. —Traiga primero el vino —dijo el comisario, al pa- recer algo reanimado, y se inclinó contento por encima de la mesa. —¿Tienes hambre? —le preguntó Billy—. ¿Sabes? Ya no pareces un comisario. No llevas uniforme y me gustas. —¿Y qué parezco? —Un comisario no. Te pareces a Alberto, a un Alber- to cualquiera, y te pareces a mi amigo Alberto. —Bebamos —dijo Alberto—. Dios, ¡qué feliz me siento! —El tinto de Palestina era bueno, pero un punto dul- zón. Alberto se lo dijo al vienés cuando trajo la bandeja con los escalopes—. Tráiganos algo mejor —ordenó Alberto. El vienés se llevó la botella de vino dulzón y volvió con otra. En la etiqueta se leía «Chablis» y algo en caracte- res hebreos y árabes. —De imitación —dijo el camarero—, un buen vino de aquí. —Traiga vasos limpios —dijo Alberto. Billy había empezado a comer; él no comía, se limi- taba a servir el vino y a verla comer. —Es que no puedo —dijo el comisario—. Solo pue- do beber. Sé que es una mala costumbre. —¿Solo una costumbre? —preguntó Billy mientras masticaba.

—Se vuelve uno así —contestó él—, casi todos nos volvemos así. Cuando llegamos a un puerto, bajamos a tie- rra y vamos al primer local a beber. Conocemos el primer local del puerto de todas las ciudades. —¿Desde cuándo viajas en esta línea? —Desde hace un año. —¿Y antes? —Antes viajaba en la del Lejano Oriente, hasta Chi- na, pero era lo mismo. De China conozco un par de loca- les y algunas clases de alcohol. Muy buenos bares. —¡Y también en Haifa! —exclamó Billy. —No —dijo él—. Aquí es muy distinto porque estoy contigo. Me encanta Haifa. —A mí también —dijo Billy—, pero ahora come. Después nos tomaremos otra botella de este vino excelen- te y verás como Haifa nos encantará de verdad. —Te quiero —dijo Alberto. El camarero se acercó y se llevó los platos. —¿Qué es lo que te gusta de mí? —preguntó Billy. —No me ha resultado fácil quererte —explicó Alberto—. Cuando te vi me puse a temblar, pero estaba seguro de que a ti no te gustaría. —¿Qué es lo que no me gustaría? —Lo de ayer por la noche —contestó él—. Pensé

y

que no te gustaría porque tienes ese aspecto de chico porque nunca miras de verdad a la gente. —Vaya —respondió Billy. Alberto la observó, angustiado y suplicante.

—Una vez tuvimos una chica a bordo que se parecía a ti —dijo él. —¿También te enamoraste de ella? —Me enamoré perdidamente —le contó él—, y des-

pués me dijo que nunca había estado con un hombre. —Yo nunca había estado con un hombre —afir- mó Billy. Él la miró fijamente. —¿Sabía la chica qué es el amor? —preguntó Billy. Seguía mirándola y mirándola. —Alberto —dijo Billy—, te he preguntado algo. —Lo sabía —contestó él—, vaya si lo sabía. Le gus- taban las mujeres. Y lo terrible fue que nadie se dio cuenta. —El comisario miró fijamente a Billy—. Por favor —im- ploró—, ¡repite lo que has dicho antes! —No creo que fuese tan importante —dijo Billy—. Pero, en cuanto a lo que a ti te concierne, deberías cui- darte. Deberías beber menos y no dejarte llevar como todos los demás.

—murmuró él, resentido.

—Lo digo como lo pienso. Vosotros lo tenéis muy fácil. Podéis tener mujeres, conocer ciudades y quererlas cuando llegáis del mar y sabéis que al día siguiente tendréis que volver a dejarlas. ¡Ciudades a las que solo se quiere una noche! —Basta —dijo él. —Sí —afirmó ella—, ahora vayamos a despedirnos de esta ciudad. En el camarote comeremos huevos de Pascua.

—Lo dices de una manera

—He puesto champán a enfriar en la bañera —dijo Alberto, con una voz que rebosaba esperanza—. Y maña- na nos espera un día entero en Beirut. —Comeremos huevos de Pascua y tomaremos cham-

pán —comentó Billy—. Será una noche maravillosa. Bajaron andando por la calle que llevaba al puerto. De lejos vieron el barco atracado en el muelle, con las cu- biertas blancas y los camarotes iluminados.

—Y mañana

—Por favor, no te preocupes por eso —dijo Billy—,

—añadió Alberto.

mañana ya estaré camino de Damasco

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