Sie sind auf Seite 1von 84

ROBERT SILVERBERG

EL HOMBRE
ANTES DE ADÁN

EDITORIAL DIANA
MÉXICO
Título original: BEFORE ADAM
Traductor: René Cárdenas Barrios
1a. Edición, diciembre de 1965

DERECHOS RESERVADOS
©
COPYRIGHT © 1964 BY RORERT SILVERBERG
EDICION ORIGINAL EN INGLÉS POR:
MACRAE SMITH COMPANY

ISBN 968-13-0761-5

EDITORIAL DIANA, S.A.


Calles, de Tlacoquemécatl y Roberto Gayol, México 12. D. F
Impreso en México — Printed in México
COMENTARIOS A LA EDICION WEB – BIBLIOTECA IRC

Digitalizar un libro de divulgación científica escrito en 1964 parecería una pérdida de tiempo.
La sola fecha de la edición original es prueba suficiente de que el contenido del texto, de alguna
manera, ha de estar obsoleto. Y más en el campo de la paleoantropología, que en los últimos
cuarenta años ha visto una explosión de descubrimientos, nuevas metodologías y nuevas
interpretaciones.

Unas explicaciones previas son entonces obligadas.

En primer lugar, el autor, conocido ampliamente por su obra de ciencia ficción, ha logrado en
este libro una exposición de lectura muy agradable de la historia del hombre buscando a sus
antepasados. De hecho, esta narrativa particular del siglo XX es considerada hoy día como una
especie de subgénero literario, con claras analogías respecto a la narrativa popular de corte
heroico.

En segundo lugar, la actualización de este texto con lo sucedido a partir de 1964 y conservando
el estilo informal pero respetuoso de la ciencia, no es tarea difícil: existe suficiente bibliografía
al respecto, incluidos ciertos escritos un tanto desafortunados que son más un culto a los
descubridores de fósiles que una exposición mesurada para el público inteligente.

En las próximas semanas subiré al grupo un “compilado” con las actualizaciones que encuentro
más importantes: los descubrimientos de Richard Leakey, Don Johansson y Tim White, Aguirre
y colaboradores, entre otros; el debate acerca de los métodos basados en biología molecular y un
panorama de conjunto, correspondiente al último capítulo del texto de Silverberg.

Por último, un comentario sobre el material grafico. Se acostumbra digitalizar los libros
respetando incluso el diseño gráfico original. En este caso la digitalización ha respetado en su
totalidad el texto original, corrigiendo algunos errores muy notorios de impresión. Pero las
gráficas se han reemplazado en su totalidad. Las originales eran plumillas de pésima calidad, de
manera que se han sustituido una a una por equivalentes fotográficos hallados en la web. Y en
muy contados casos se han introducido algunas gráficas adicionales de textos más modernos
respetando el espíritu y estilo del libro. Así la versión digital y su posterior actualización podrán
ser no solo una lectura agradale sino también un referencia útil para los interesados en el tema.

Las fuentes del material gráfico nuevo son:

a. www.modernhumanorigins.com, página muy recomendable para los interesados.


b. Página web de la Institución Smithsoniana sobre los orígenes de la humanidad.
c. John Reader. Eslabones Perdidos. Fondo Educativo Interamericano. 1982.
d. Michael H. Day. El Hombre Fósil. Editorial Bruguera. 1980.

Feliz lectura.
1
"...A LAS NUEVE DE LA MAÑANA"

¿Qué antigüedad tiene el mundo?


¿Cuándo apareció la humanidad por primera vez?
Hoy creemos tener algunas respuestas bastante aproximadas a esas preguntas. Al
escribir estas palabras, el criterio general entre los hombres de ciencia es que la
juventud del mundo no es menor de dos mil millones de años y tal vez tenga cuatro o
cinco mil millones. En cuanto al hombre, se piensa que él, o una criatura bastante
parecida a él, apareció sobre la tierra hace entre uno y dos millones de años.
Éstas son cifras nada más que aproximadas, con bastante margen para el error. Pero
no son adivinanzas. Son resultados de análisis, estudios, razonamientos cuidadosos y
esfuerzos tenaces. Las cifras han sido revisadas muchas veces en el último siglo y
medio y serán revisadas otra y otra vez. Los hombres que las presentaron las ofrecieron
humildemente, sabiendo que no habían llegado a verdades completas, sino a apro-
ximaciones.
Era mucho más sencillo en los días de nuestros antepasados de hace cinco
generaciones. Ellos sabían qué antigüedad tenia el mundo y cuándo apareció el hombre
por primera vez. Tenían pruebas firmes que no podían ser refutadas... en las páginas de
la santa Biblia.
El mejor símbolo de aquellos días inocentes es James Ussher, arzobispo de Armagh,
en Irlanda. Vivió de 1581 a 1656 y su nombre sobrevive porque fue quien reveló su
edad al mundo. El arzobispo Ussher se sentó a estudiar la Biblia y sumó
meticulosamente hasta el menor fragmento de información cronológica. Sumó los seis
días de la creación y el día de descanso, los ciento treinta años de la vida de Adán, antes
que engendrara a su tercer hijo Set, los ciento cinco años antes que Set engendrara a su
hijo Enós, y así hasta la época de Cristo.
En 1650, Ussher publicó sus descubrimientos en un libro llamado Anales del Antiguo
y del Nuevo Testamento. El mundo, declaró, fue creado en el año 4004 A. C. Pocos años
después, un colega suyo, el Dr. John Lightfoot, vicecanciller de la Universidad de Cam-
bridge, llevó los cálculos del buen arzobispo a un alto grado de refinamiento. El Dr.
I.ightfoot computó que "cielo y tierra, centro y circunferencia, fueron creados juntos, en
el mismo instante, con nubes llenas de agua", y que en el sexto día de la Creación "el
hombre fue creado por la Trinidad el veintitrés de octubre del 4004 A. C. a las nueve de
la mañana".
Ussher y Lightfoot no fueron los primeros que intentaron calcular la edad del mundo.
Doce siglos antes, los cristianos primitivos habían establecido, empleando los mismos
métodos, que el mundo fue creado aproximadamente seis mil años antes de Cristo. El
erudito inglés Bede, del siglo VIII, redujo esa cifra en mil años. En el siglo XVI, el
reformador protestante Martín Lutero declaró: "Sabemos, por la autoridad de Moisés,
que el mundo no existía hace más de seis mil años." Philip Melanchthon,
contemporáneo de Lutero, fijó la fecha de la creación en 3963 A. C.
No obstante, el aserto de Ussher borró a todos los otros. Se concedió generalmente
que la fecha de la creación fue en el año 4004 A. C. Nadie se atrevió a poner en duda la
erudición teológica del arzobispo. Según un historiador, "Su veredicto fue recibido por
muchos como definitivo; sus fechas fueron insertadas en las márgenes de la versión
autorizada de la Biblia inglesa y, en efecto, pronto fueron consideradas tan inspiradas
como el mismo texto sagrado". Dudar de ellas significaba poner en duda toda la
urdimbre de la religión. Era un acto subversivo, pura herejía, argumentar que el mundo
era más antiguo.
Puede parecemos divertido o grotesco que nuestros antepasados hayan aceptado con
tanta solemnidad la cronología del arzobispo Ussher. Y sin embargo la aceptaron, y
hasta el principio del siglo XIX nadie la ponía en duda en voz alta. Era confortante y
alentador saber la edad del mundo, incluso hasta el día en que Dios creó a Adán. No nos
gusta la incertidumbre. Nos agradan los hechos precisos y concretos.
Suponiendo que el mundo tuviera menos de seis mil años, el curso de la historia del
mundo habría sido un tanto vertiginoso. El mundo nace el 4004 A. C; en 2349 (fecha de
Ussher), un gran diluvio lo ha arrasado todo, excepto a la familia de Noé. Después, en
sucesión rápida, vienen Egipto, Persia, Grecia y Roma, y luego, finalmente, Cristo y la
iniciación de una nueva era.
¿Pudo haber sucedido con tanta rapidez? ¿Fue suficiente un periodo de seis mil años
para todo el lapso del desarrollo del hombre? "¡Sí!" respondió el arzobispo Ussher, y
toda Europa estuvo de acuerdo con él.
Pero había ciertas pruebas perturbadoras que argumentaban una antigüedad mayor.
Los hombres cavaban sin cesar en el suelo buscando riqueza o sentando los cimientos
para sus casas. Aparecían constantemente reliquias curiosas, que parecían ser huesos de
muertos. Y algunas de ellas eran huesos extraños en verdad.
Los hombres las llamaron fósiles, de la palabra latina fossilis, que significa
"desenterrado". Entre los fósiles había conchas marinas sacadas lejos del mar, los
huesos gigantescos de criaturas enormes y desconocidas y, lo que era más familiar,
huesos humanos reconocibles de los desaparecidos. Uno de los primeros hombres que
vieron los fósiles como lo que eran fue Leonardo de Vinci. Mientras cavaba canales en
el norte de Italia en el siglo XV, Leonardo encontró las conchas fosilizadas de grandes
criaturas semejantes a caracoles. Explicó su presencia tan lejos del mar diciendo que esa
parte de Italia había estado cubierta en un tiempo por el mar; la tierra se elevó, dejando
a las criaturas marinas estancadas al retirarse las aguas. El légamo que las rodeaba se
endureció, convirtiéndose en piedra y preservando las conchas. A través de los años,
éstas degeneraron, dejando moldes huecos en la matriz de piedra. Aun más tarde, entró
lodo fresco en los moldes, el cual se endureció a su vez, convirtiéndose en una imagen
"fósil" de la concha original.
Leonardo descubrió en verdad uno de los procesos por los cuales llegaron hasta
nosotros los fósiles, el de los moldes naturales, y también interpretó sabiamente la
elevación de la tierra desde el mar. No obstante, otros descubridores de fósiles
adoptaron hacia ellos una actitud menos científica.
Algunos dijeron que eran "modelos de las obras rechazadas por Dios", "diseños de
creaciones futuras". Otros ofrecieron la sugestión de que el demonio había puesto los
fósiles en la tierra para tentar al hombre hacia una curiosidad impía. Una teoría opuesta
sostenía que Dios los puso allí para desorientar al hombre y recordarle así su propia
insignificancia. Algunos doctos declararon que lo que parecían ser huesos y conchas no
eran, en absoluto, restos de seres vivientes, sino caprichos de la naturaleza, productos de
una extravagante vis plastica o fuerza moldeadora. La vis plastica imitaba
caprichosamente las formas de huesos y conchas, se dijo. Los eruditos hablaron de "una
fuerza creadora de piedras", una "cualidad formativa", un "jugo lapidífico", "materia
crasa puesta en fermentación por el calor"... mucho ruido que no significaba nada.
Algunos de los fósiles tenían forma extraña y tamaño enorme. No parecían de ningún
ser viviente que hubiera visto jamás ningún hombre. La Biblia ofrecía una explicación
en el capítulo sexto del Génesis: "En aquellos días, había gigantes en la tierra". Los
grandes huesos eran los restos de los hombres gigantescos de hacía mucho tiempo...
digamos, los que florecieron alrededor del 3500 A. C, en la escala de tiempo de Ussher.
En tal forma, cinco huesos enormes encontrados en 1613 fueron identificados como
los de un antiguo gigante, y un erudito los llamó las reliquias del rey bárbaro
Teotoboco, un enemigo de Roma que se suponía que medía 7.62 m. Un diente hallado
en Nueva Inglaterra en 1712 pesaba cerca de dos kilos y cuarto y fue identificado como
el de un hombre gigantesco de años anteriores. (Pertenecía realmente a un mamut, una
especie de elefante ahora extinguido, igual que la mayoría de los huesos "de gigante"
encontrados en Europa).
En 1718, el francés Henrion calculó, utilizando estos fósiles gigantescos como guía,
que Adán medía 38.25 m de altura, pero que Moisés no tenía más que 3.96 de estatura.
El encogimiento hubiera continuado hasta que todos tuviéramos las dimensiones de
motas de polvo, argumentó Henrion, sólo que Cristo intervino para salvarnos.
A pesar del caudal de fósiles extraños hallados en el suelo, nadie admitía una
antigüedad del mundo mayor de seis mil años. El concepto de evolución, del cambio
gradual de las especies en miles de generaciones, no había sido establecido. El mundo
tenía únicamente unos cuantos cientos de generaciones de antigüedad y Dios creó todas
las formas de vida durante la primera semana. Ninguna nueva especie apareció desde
entonces y ninguna desapareció. O cuando menos eso se creía, incluso ante las pruebas
fósiles.
También fueron descubiertos en el suelo ciertos objetos rudimentarios de piedra, que
tenían un aspecto muy semejante a herramientas: rudas hachas, armas cortantes y puntas
de lanza, fueron encontrados en gran profusión en muchas partes de Europa. Algunos
hombres se preguntaron: ¿Podrían ser reliquias de un tiempo antes de que el hombre
tuviera los metales, cuando hacía sus instrumentos de rocas desbastadas?
Eso era imposible. La Biblia, la autoridad final, decía claramente que Tubalcaín,
descendiente de Adán en octava generación, fue "instructor de todos los artífices en
cobre y hierro". Así que, no más de cinco generaciones después de la creación, los
hombres ya eran hábiles en el uso de los metales, según la Biblia. ¿Podrían ser estos
toscos "instrumentos" de piedra reliquias del breve periodo de antes que el hombre
aprendiera a emplear los metales? Muy improbable.
Tenía que pensarse una explicación diferente.
Al principio de la Edad Media, la Iglesia enseñaba que las reliquias de piedra eran
armas que habían caído a la tierra durante la "guerra en el cielo" entre Dios y Satán, y
llegaron a ser conocidas por un tiempo como "hachas del cielo". Después se ofreció una
explicación más científica: las "hachas del cielo" fueron llamadas ceraunia o "piedras
de rayo", y se sugirió que fueron formadas por los rayos al tocar la tierra. Opiniones
difusas apoyaron esta teoría. Ulises Aldrovando, uno de los zoólogos más grandes del
Renacimiento, opinó que las piedras de rayo "se deben a cierta exhalación de rayos y
relámpagos con materia metálica, principalmente en las nubes negras, que se coagula
por la humedad esparcida en torno y conglutinada en una masa (como harina con agua)
y después endurecida por el calor, como un ladrillo".
Unas cuantas voces protestaron contra esta necedad. A fines del siglo XVI, Michael
Mercati, físico del papa Clemente VIII, escribió: "La mayoría de las personas creen que
las ceraunia son producidas por los rayos. Los que estudian historia consideran que
fueron arrancadas de pedernal muy duro por un golpe violento, en los días anteriores al
empleo del hierro para las locuras de la guerra, pues los hombres primitivos sólo tenían
astillas de pedernal por cuchillos".
Y en 1723, Armand Jussieu dio una conferencia en la Academia Francesa sobre "El
origen y los usos de las piedras de rayo", diciendo a los sabios reunidos: "Al mirar las
formas de estas piezas... y sobre todo las que son como cuñas o cabezas de flecha, que
hasta ahora han sido tomadas por piedras de rayo y por algo misterioso, ahora
difícilmente podemos vacilar en reconocerlas como instrumentos".
Otros estuvieron de acuerdo. En la mitad del siglo XVIII estaba principiando a tomar
forma una nueva imagen de la historia primitiva del hombre. Parecía que antes de la
edad de los metales hubo una era, tal vez bastante larga, en la que los hombres vivieron
existencias bárbaras y salvajes y utilizaron instrumentos hechos de piedra. Si eso era
cierto, la fecha del arzobispo Ussher de 4004 A. C. tenía que ser falsa. El hombre debió
de necesitar muchos miles de años para desarrollarse desde la época de los objetos de
piedra.
Era una idea atrevida. Desafiaba a toda autoridad aceptada. Fue recibida con
desprecio por los custodios de las ideas antiguas.
Para ellos, el mundo no era todavía más viejo de lo que decía la Biblia, que era...
poco menos de seis mil años. Estaban dispuestos a aceptar que las piedras de rayo quizá
eran instrumentos. Pero insistían en que mil años, poco más o menos, de 4004 a 3,000
A. C, fueron suficientes para producir todas las piedras de rayo encontradas. En cuanto
a los huesos fósiles de extraños seres gigantescos, eran simplemente reliquias del
diluvio de Noé, que tuvo lugar en 2349 A. C. Los gigantes no habían podido abordar el
arca y desaparecieron. Así era de sencillo.
Una autoridad como Linneo, el gran clasificador de especies del siglo XVIII, cargó su
peso del lado conservador. Ni siquiera aceptaba el origen animal de los fósiles. Insistía
en que no eran otra cosa que piedras de forma extraña. Amontonó todos los fósiles
conocidos en el Regnum Lapideum, el reino mineral, y únicamente les concedió una
página en su gran libro. El Sistema de la Naturaleza.
Linneo murió en 1778, casi cuarenta años después de haber desterrado los fósiles al
reino mineral. Antes de morir comenzó a tener otras ideas. Llegaron a él pruebas de que
no todo era como él decía. Él enseñaba que Dios creó todas las especies de criaturas de
un golpe, al principio de los tiempos. Ninguna especie cambió desde la creación y
ninguna desapareció. Entonces, alguien le mostró una flor, la Peloria, que era obvio que
había cambiado de forma muy recientemente. Hoy llamaríamos a se cambio una
mutación, pero Linneo solamente pudo llamarlo una "monstruosidad". Aún así,
amenazaba a todo su sistema. Si las criaturas podían cambiar de forma, su elaborada
clasificación de la naturaleza estaba condenada. No existía ninguna estabilidad ni
sentido alguno.
Linneo murió preocupado, temeroso de haber desperdiciado su trabajo. Hoy sabemos
que su sistema era justo básicamente, pero que no tomó en cuenta el cambio evolutivo.
No todas las criaturas aparecieron al mismo tiempo. En los últimos años de su vida.
Linneo llegó a creer que "La vida se originó en un solo punto inicial, a partir del cual
empezó a extenderse la creación de modo gradual".
Las "piedras de rayo" eran reliquias de una época pasada, antigua en grado
inimaginable. Los fósiles no eran extravagancias de piedra, sino restos de seres de un
pasado envuelto en la bruma. Las especies no eran inmutables, sino que alteraban su
aspecto con las generaciones. El mismo hombre había sufrido alteración en miles de
años.
Hoy tomamos estas afirmaciones por ciertas. Las aceptamos tan fácilmente como
aceptaron nuestros tatarabuelos las enseñanzas del arzobispo Ussher. "Por supuesto,"
decimos, "el mundo es muy viejo. Claro está, se han extinguido muchos seres extraños.
Cierto, hubo en un tiempo hombres primitivos que casi eran hombres, pero eran muy
diferentes a los hombres de hoy".
¡Por supuesto!
Pero detrás de cada una de esas declaraciones hay una cadena de razonamientos
forjada por muchos hombres. La cadena se prolonga hacia atrás durante más de dos
siglos. La historia del redescubrimiento de los antepasados de Adán es una de las
aventuras más notables de la mente humana. Hombres curiosos, de inteligencia
investigadora, inquisitiva, lograron desgarrar la máscara de ignorancia que cubría los
orígenes del hombre.
Actualmente no tenemos todas las respuestas. Quedan por resolver muchos misterios.
Quizá el logro más importante de toda la empresa ha sitio la comprensión de que no
sabemos la historia completa. Nuestros antepasados confiaban en que sabían la verdad y
cerraban los ojos a cualquier cosa que no se adaptara al cuadro. Nosotros somos más
humildes, más dispuestos a la deliberación y a la duda. Y con cada año que pasa
penetramos más profundamente en lo desconocido.
En 1740, Linneo consideró que los fósiles no eran otra cosa que piedras. Ciento
veinticinco años después fue publicado en Inglaterra un libro que se convirtió en un
éxito editorial inmediato, Tiempos Prehistóricos, de sir John Lubbock. Comenzaba con
esta campanuda sentencia: "La aparición del hombre en Europa data de un periodo tan
remoto que ni la historia ni la tradición pueden arrojar ninguna luz sobre su origen o
modo de vida".
En poco más de un siglo se produjo una revolución en el pensamiento humano. Los
viejos ídolos se quebraron y se dejaron en el montón de los desperdicios, como basura
intelectual desechada. Ésta es la historia de cómo ocurrió eso.
2
CATACLISMOS Y PIEDRAS DE RAYO

El primer eslabón de la cadena de testimonios de la antigüedad del hombre fue


forjado en 1715 por un farmacéutico de Londres apellidado Conyers. Desenterró
algunos huesos fosilizados en Gray's Inn Lane y halló un hacha de piedra sobre lo que
parecían ser huesos de elefante. Conyers juzgó que en alguna época, en el pasado
remoto, los habitantes de la Gran Bretaña empleaban instrumentos de piedra... y
cazaban elefantes.
Su conclusión lógica fue objeto de risa, ¿Elefantes en Gran Bretaña? Se sabía que en
los tiempos del emperador Claudio, los romanos invadieron las Islas Británicas,
llevando con ellos elefantes como "tanques" vivientes. Obviamente, algún nativo
británico acosado había matado a un elefante de los romanas con un hacha de piedra,
alrededor de dieciséis siglos antes de la época de Conyers, y eso era todo.
Conyers volvió a hundirse en la oscuridad. Pero antes sentó una idea: que quizá, hacía
mucho tiempo, hombres con extrañas armas de piedra habían combatido contra
animales ahora desaparecidos. La idea recibió un fuerte apoyo dos generaciones más
tarde, cuando un sacerdote alemán llamado Johann Friedrich Esper exploró una caverna,
cerca de la ciudad bávara de Bayreuth.
Esper era un buen cristiano y no tenía ningún deseo de agitar pensamientos heréticos.
Pero también era un hombre estudioso y lleno de curiosidad, ansioso de penetrar en los
misterios del mundo. Al cavar bajo un grueso saliente rocoso de la cueva, halló una
capa de arcilla y descubrió huesos de un animal enorme, que identificó correctamente
como un oso. Pero era un oso gigantesco, de un tipo que ya no se veía en la tierra... el
extinto "oso de las cavernas" de Europa Occidental. Esper meditó en su hallazgo y llegó
a la conclusión de que el oso gigantesco debía de ser un animal antediluviano... esto es,
que vivió antes del diluvio de Noé y que fue extinguido completamente por la
catástrofe.
Magnífico. Sin embargo, Esper continuó cavando y encontró en el mismo nivel algo
que era inconfundiblemente una mandíbula humana. Igual que Conyers en 1715, Esper
descubrió pruebas de que seres humanos vivieron al mismo tiempo que animales extin-
tos, antediluvianos.
Fue un descubrimiento inquietante, subversivo. Algunas personas comenzaban a
argumentar que hubo varios diluvios en la historia del mundo, no sólo el mencionado en
la Biblia. Los seres antediluvianos desaparecidos, decían los argumentos, fueron
producto de una creación anterior. Antes de crear a Adán, Dios limpió la pizarra con un
diluvio.
Ahora, Esper había descubierto lo que parecían las pruebas de esta teoría herética, no
bíblica. Su preocupación fue evidente cuando publicó la relación de sus hallazgos en
1774. Escribió, refiriéndose a los huesos humanos: "¿Pertenecieron a un druida, a un
antediluviano o a un hombre mortal de tiempos más recientes?" No respondió a su
propia pregunta. "No me atrevo a presumir, sin ninguna razón suficiente, que estos
miembros humanos sean de la misma edad que las otras petrificaciones animales. Deben
haberse reunido allí con ellas por casualidad".
Deben haberse reunido allí por casualidad. Esper no pudo aceptar la conclusión más
obvia de su propio descubrimiento. Tuvo que acudir al elemento de la "casualidad" para
explicar la presencia de huesos humanos que se hallaban junto con los restos de un oso
"antediluviano".
Un cuarto de siglo después, hubo otro más atrevido. Fue un caballero inglés llamado
John Frere, quien había efectuado algunas excavaciones arqueológicas en Hoxne,
Suffolk, Inglaterra. A una profundidad de cuatro metros, en una capa de grava que se
extendía debajo de arcilla y arena, Frere encontró en 1790 "piedras de rayo": hachas de
pedernal. Siete años después, Frere dio parte de su descubrimiento en una carta a la
Sociedad Inglesa de Anticuarios. Las hachas, decía, "si no son particularmente objetos
de curiosidad en sí mismas, pienso que deben ser consideradas bajo esa luz, por la
situación en que fueron halladas".
Su opinión fue que las hachas eran "armas de guerra, fabricadas y empleadas por
gente que no poseía el uso de los metales". Frere informó que cerca de las hachas yacían
"algunos huesos extraordinarios, particularmente una mandíbula de dimensiones
enormes, de algún animal desconocido, con los dientes aún en ella". Y añadió con
palabras famosas: "La situación en que fueron descubiertas estas armas pueden
tentarnos a referirlas a un período en verdad remoto; incluso más allá del mundo
actual".
Una vez más, habían sido encontradas armas en relación estrecha con huesos de
animales extinguidos hace mucho, y Frere no vaciló en sacar las conclusiones obvias y
hablar de un periodo "más allá del mundo actual". No obstante, su recompensa fue al
principio el desprecio y luego la oscuridad. Publicó un ensayo relativo a sus hallazgos
en la revista Archaelogia en 1800, pero nadie tomó en serio sus conclusiones.
En otras partes de Europa, otros repetían la experiencia de Conyers, Esper y Frere. En
1828, el director de un museo francés, llamado Tournal, descubrió huesos humanos y de
animales extintos en la Gruta de Bize, en Narbona. En Bélgica, un doctor apellidado
Schmerling encontró en cuevas varios cráneos humanos, muchos instrumentos de
pedernal y los huesos de seres extinguidos, como el mamut lanudo y el rinoceronte
europeo, y declaró: "No puede haber duda de que los huesos humanos fueron enterrados
al mismo tiempo y por la misma causa que las otras especies desaparecidas". Un
sacerdote católico romano, el padre J. MacEnery, halló en 1824 herramientas de pe-
dernal y los huesos de animales extinguidos, en la Caverna de Kent, en Devon,
Inglaterra. Una capa intacta de estalagmita cubría las reliquias, lo cual parecía probar
que todo era de la misma edad.
El padre MacEnery dio parte de su descubrimiento a William Buckland, teólogo
inglés, deán de Westminster. El mismo Buckland había hecho un hallazgo en una cueva,
en la Caverna de Goat's Hole, cerca de Paviland, en Gales, donde encontró el esqueleto
de un hombre joven. Pensó que pertenecía a una muchacha y dio a los huesos teñidos de
rojo el nombre de la Dama Roja de Paviland. Aunque se descubrieron instrumentos de
pedernal con la Dama Roja, Buckland insistió en que "ella" databa nada más que de la
época de Cristo, y que no podía ser tan antigua como los huesos de animales
extinguidos con los que fue hallada.
Buckland expresó la misma opinión respecto al descubrimiento del padre MacEnery.
Eliminó el hecho del piso de estalagmita, diciendo que los instrumentos de pedernal
resbalaron en alguna forma hasta el nivel más bajo y antiguo de animales desaparecidos.
¡Buckland insistió en que el hombre, simplemente, no podía ser tan antiguo como los
seres antediluvianos de las cavernas!
Sin embargo, los testimonios iban aumentando. Y mientras los hombres que
exploraban las cuevas de Europa Occidental encontraban una y otra vez huesos
humanos e instrumentos de pedernal, mezclados con los huesos de bestias extinguidas
hacía tanto tiempo, como el oso de las cavernas, el rinoceronte europeo y el mamut
lanudo, otros hombres discutían acaloradamente nuevas teorías del desarrollo de la
tierra misma, que prometían destrozar para siempre la esmerada fórmula del arzobispo
Ussher.
Los primeros rumores de subversión llegaron de Francia. Los franceses siempre
habían sido un pueblo escéptico, aficionado a los razonamientos, muy dados a discutir
los dogmas aceptados. Uno de los más impertinentes de estos escépticos franceses del
siglo XVIII, era Georges Louis Leclerc (1707-1788), más conocido como el conde
Buffon.
Buffon era un individuo acaudalado, afable, que frecuentaba los salones de los
grandes, hablaba de igual a igual con príncipes y cardenales y era admirado y adorado
por la aristocracia francesa. "Tiene el cuerpo de un atleta y el alma de un sabio", dijo
el casi siempre satírico Voltaire en elogio de Buffon. Era director del Jardín du Roi, el
zoológico y museo del rey francés.
Buffon era demasiado racionalista para tragarse los cálculos del arzobispo Ussher.
Fue claro para él que el mundo era mucho más viejo de lo que decía Ussher. En el libro
sorprendente, la Teoría de la Tierra, Buffon eliminó a Ussher, las doctrinas antifósiles
de Linneo y muchas cosas más.
Escribió: "Hace larguísimo tiempo, la tierra era un fragmento salido del sol, que se
congeló de modo gradual en el frío del espacio. Mientras esta esquirla del sol no se
hubo enfriado hasta cierto grado, no apareció la vida sobre ella. Pues la vida no es la
salamandra de las leyendas, que vive sobre el fuego. Existe en una etapa intermedia
entre el calor del sol y el frío del hielo. Su supremacía en nuestro planeta no durará
mucho".
¿Cuál era la edad del mundo? Buffon tenía una cifra propia, no basada en los estudios
de las Escrituras, sino en experimentos de laboratorio. Calentó dos esferas de metal y
observó cuánto tiempo tardaban en enfriarse. Luego convirtió estas cifras para aplicarlas
a esferas de las dimensiones de la tierra. Calculó que harían falta 168,123 años para que
una esfera al rojo blanco del tamaño de la tierra perdiera su calor. Computó que "la
tierra tenía 74,832 años de antigüedad y que se había enfriado lo suficiente para permitir
la vicia hacía exactamente 40,062 años. Restaban 93,291 para que el último calor se
disipara y la vida terrenal pereciera.
Ahora sabemos que las cifras de Buffon estaban muy equivocadas. Pero proviniendo
de un hombre de su importancia y autoridad, tuvieron un impacto tremendo en su época.
¡Había multiplicado la edad del mundo de un golpe, por un factor de cerca de treinta!
Las "piedras de rayo", dijo Buffon, eran obra de las razas primitivas de hombres. Los
fósiles eran restos de formas de vida desaparecidas. Incluso insinuó una teoría de la
evolución, escribiendo: "Puede suponerse que todos los animales provienen de una sola
forma de vida, que en el curso del tiempo produjo el resto por un proceso de
perfeccionamiento y degeneración".
Ni el poderoso Buffon pudo lograr el derrumbamiento de los ídolos a mediados del
siglo XVIII. Los profesores de teología de la Sorbona, la gran universidad parisiense, se
levantaron encolerizados contra él. Fue atacado furiosamente y amenazado con la
pérdida de su puesto en el Jardín du Roi.
Para salvarse, Buffon se vio obligado a retirar lo dicho. Emitió esta declaración:
"Declaro que no tuve intención de contradecir los textos de las Escrituras; que creo con
la mayor firmeza todo lo relatado allí respecto a la creación, tanto en el orden del
tiempo como en los hechos. Abandono todo lo publicado en mi libro relativo a la
formación de la tierra y, en general, todo lo que pueda ser contrario a la narración de
Moisés".
Buffon nunca volvió a hablar enérgicamente sobre el tema del pasado. Durante el
resto de su larga vida, mientras las corrientes de la revolución se arremolinaban a través
de Francia, Buffon se dedicó al estudio de los animales vivientes, produciendo volumen
tras volumen de su gran obra, la Historia Natural. Murió en 1788. a la edad de 81 años.
Un año después Francia fue lanzada a una revolución que destruyó sangrientamente las
antiguas formas de pensar y a los desposados con ellas.
Antes de retirar sus palabras, Buffon escribió respecto a siete "Épocas de la
Naturaleza". La idea de edades sucesivas de la vida había sido expresada también en
1770 por un naturalista suizo llamado Charles Bonnet. Éste propuso la idea de que los
fósiles eran los restos de especies extintas destruidas por un cataclismo universal. El
diluvio de Noé no era sino el más reciente de muchos de esos cataclismos. Después de
cada uno de ellos, sugirió Bonnet, sobrevivían unas cuantas formas de vida, pero la
mayoría fueron eliminadas.
Un agrimensor inglés, William Smith, construyó sobre los cimientos de Bonnet y
Buffon. En 1791, Smith observó que las rocas estaban dispuestas en capas definidas o
estratos. Cada estrato tenía su propio aspecto distintivo y sus propios fósiles especiales,
que nunca aparecían en otros niveles. Los estratos de aspecto similar, en muy distantes
zonas, tenían fósiles semejantes. De manera que un determinado fósil podía ser la clave
de la identidad de un estrato.
Fue el principio del conocimiento de la estructura de la tierra. Cuanto más profundo
era el estrato, éste era más antiguo y más viejos eran los fósiles que contenía. Se
desarrolló una especie de cronología relativa. Fue posible determinar que un fósil dado
era más antiguo o más reciente que otro... aunque nadie tenía ninguna idea real de cuál
era la edad real de uno u otro, en años.
Mientras Stnith, apodado "Estratos" Smith. trabajaba afanosamente para determinar la
sucesión de niveles, el gran geólogo y naturalista Georges Cuvier (1769-1832) estaba
desarrollando al mismo tiempo una teoría para explicar cómo se formaron los diferentes
estratos.
Cuvier era un hombre frágil, diminuto, cuya cabeza, asombrosamente grande, se
hallaba coronada por una mata aún más sorprendente de cabellos rojos ondulados.
Había llegado a París a la edad de veinticuatro años, para estudiar. Buffon había muerto
seis años antes, y desde la revolución, el Jardín du Roi era llamando Jardín des Plantes.
El jardín estaba entonces bajo la dirección de Jean Baptiste Lamarck, una figura
importante en la historia de la ciencia, a quien volveremos a encontrar.
Lamarck había enunciado su teoría de la evolución. Cuvier estuvo en desacuerdo con
ella. Prefirió creer que las especies eran inmutables, invariables. No evolucionaban para
convertirse en otras especies. Solamente desaparecían cuando les llegaba su día. Fue
muy natural que Cuvier y su superior tuvieran frecuentes altercados por sus teorías.
El brillante Cuvier ganó rápidamente una amplia reputación. Sus conocimientos de
anatomía y sobre estructura del esqueleto eran tan profundos que fue llamado "El Papa
de los Huesos". Saltó por encima de Lamarck para alcanzar la aclamación internacional
y el poder político. El gobierno lo cargó de títulos: Inspector de Educación, Consejero
de Estado, Canciller de la Universidad de París y muchos más.
La reputación de Cuvier como naturalista estaba basada en lo que llamaba la ley de
correlación. Esta sostenía que todos los órganos de un animal tienen una consistencia en
relación con la forma de vida del mismo. Los animales con garras también tienen dien-
tes agudos, adaptados para rasgar la carne. Los animales con cuernos y pezuñas están
hechos para las dietas vegetarianas. Insistía en que podía reconstruir el cuerpo entero de
un animal basándose en una sola característica conocida, y probó repetidamente que
podía hacerlo.
La ley de correlación de Cuvier produjo una broma célebre. Uno de sus estudiantes se
acopló unos cuernos en la cabeza, calzó zapatos hechos como pezuñas hendidas e
irrumpió una noche en la casa de Cuvier intentando asustarlo.
— ¡Despierta, hombre de los cataclismos! —rugió el estudiante—. ¡Soy el diablo!
¡Vengo a devorarte!
Cuvier abrió los ojos y contempló al intruso.
—¿Devorarme? Dudo que puedas hacerlo. Tienes cuernos y pezuñas. Según la ley de
correlación, únicamente comes plantas.
Y después le volvió la espalda y siguió durmiendo.
La referencia a Cuvier como "hombre de los cataclismos", señala otra de sus hipótesis
científicas principales. Cuvier propuso a principio del siglo XIX su teoría de los
cataclismos, adaptando la idea de los diluvios de Bonnet.
Cuvier estudió todos los fósiles conocidos de animales extintos. Su museo en Francia
tenía centenares de especímenes originales y reproducciones en yeso. Los fósiles, decía,
eran "las medallas acuñadas por la creación", y los arreglaba meticulosamente, identifi-
cándolos con ayuda de su ley de correlación.
Fue manifiesto para Cuvier que muchas formas de vida se habían extinguido desde el
principio del mundo. No obstante, a diferencia de su predecesor Buffon, aceptaba el
libro del Génesis en su valor literal. La tierra, decía, tenía solamente unos cuantos miles
de años de edad.
¿Cómo murieron tantos y tan variados seres en tan poco tiempo?
Por los cataclismos, decía Cuvier. Grandes diluvios u otros trastornos naturales
limpiaron una y otra vez la pizarra de la vida. Cada estrato geológico era el registro de
una sola era en la historia de la vida. El diluvio de Noé no fue más que la más reciente
de estas catástrofes. Cuvier no decía cuántos cataclismos habían ocurrido en total, pero
uno de sus discípulos, d'Orbigny, elaboró un esquema formal de ¡veintisiete actos
sucesivos de creación y cataclismos!
En cuanto al hombre, decía Cuvier, era producto de tiempos muy recientes. Fue
creado después del diluvio. No existía tal hombre antediluviano. (!La misma Biblia
declaraba que Adán fue antediluviano y que muchas generaciones lo precedieron antes
de la época del diluvio, pero eso no importaba!) "No hay tal hombre fósil", insistía
Cuvier.

Mamut Lanudo (esqueleto)

Rechazaba los testimonios que había en el sentido contrario. Los huesos que habían
sido presentados como de hombres antediluvianos, los identificó, acertadamente, como
de reptiles o mamutes. Los instrumentos que declaraba Frere haber hallado eran
simples; astillas accidentales de pedernal, que se mezclaron de algún modo con huesos
de mamut. El hombre, repetía una y otra vez, fue creado después de la última catástrofe.
Todos los animales desaparecidos eran de una fecha y nunca habían coincidido con el
ser humano.
Cerca del fin de su vida, Cuvier, como Linneo antes que él, experimentó algunas
dudas respecto a su teoría. Admitió con vacilaciones la posibilidad de que el hombre
pudiera haber vivido antes del último gran trastorno del globo. "Puede haber habitado
en ciertas regiones circunscritas", escribió Cuvier, "desde las cuales repobló la tierra
después de estos terribles acontecimientos; tal vez hasta los lugares en que habitó fueron
tragados completamente, y sus huesos sepultados en la profundidades de los mares
actuales, excepto un pequeño número de individuos que sobrevivieron".
Los descubrimientos de Schmerling y Tournal, de MacEnery y Buckland y de
muchos otros, parecían contradecir la idea de Cuvier del hombre como producto de
tiempos muy recientes. La teoría de las cataclismos o "catastrofismo", como era
conocida, alcanzó una gran celebridad a pesar de esos descubrimientos. En muchos
aspectos, era una teoría cómoda, que permitía que la gente aceptara en cierta medida las
pruebas fósiles, mientras seguía aferrándose a las enseñanzas del Génesis.
Sin embargo, mientras Cuvier predicaba el catastrofismo en Francia, una teoría
diferente se estaba creando al otro lado del Canal, en Inglaterra. En 1830. cuando
todavía le quedaban a Cuvier dos años de vida, un geólogo llamado Charles Lyell
produjo el primer volumen de un libro que iba a demoler completamente a Cuvier y a
sus cataclismos.
Para comprender a Lyell tenemos que retroceder cerca de cincuenta años. En 1785, el
geólogo escocés James Hutton había publicado un libro titulado Teoría de la Tierra: o
una investigación de las leyes observables en la composición, disolución y restauración
de la Tierra sobre el globo.
Hutton observó con atención el mundo natural. Vio en las montañas, corrientes que
iban ahondando las cañadas a través de las rocas; vio los ríos que perezosamente
arrastraban aluviones al océano; observó la acción del viento y de la lluvia que
cambiaban el aspecto de la faz de la tierra. Le pareció que éstos eran procesos
infinitamente lentos, que necesitaban milenios y milenios para efectuar sus cambios.
Hutton sabía de los volcanes y habló de cataclismos ígneos... feroces... levantamiento
furioso del fondo del mar, grandes convulsiones en las cuales la lava brotaba de las
entrañas de la tierra. Estos acontecimientos también habían dado forma al mundo. Pero
Hutton sostenía que la clave de la geología era el cambio lento, gradual. Se negaba a
tomar la salida fácil, adoptada después por Cuvier, de conjurar diluvios y otras catás-
trofes para explicar el aspecto del mundo. Cuvier necesitó de los cataclismos para
explicar el aspecto del mundo. Cuvier necesitó los cataclismos para explicar los muchos
cambios en la geología y en el vida animal que, al parecer, habían tenido lugar en sólo
seis mil años. Hutton argüyó, descartando la cronología de Ussher, una alteración lenta,
constante, ordenada, de la naturaleza, bajo la acción de los elementos. "No son
empleados procesos que no sean naturales del globo," escribió. "No debe ser admitida
ninguna acción, excepto aquellas cuyos principios conocemos".
La ley de uniformitarismo, de Hutton proporcionaba una manera de calcular la edad
de la tierra. Consideraba que los diferentes procesos geológicos habían ocurrido a la
misma velocidad todo el tiempo. Podía formarse una idea del tiempo necesario para
crear las características geológicas actuales, midiendo la velocidad de los cambios
geológicos de nuestros días.
Esto es, supongamos que usted midiera la velocidad con que los ríos llevan aluviones
al océano y forman una capa de sedimento. Entonces, si una excavación descubría un
nivel de sedimento solidificado bajo la superficie, podía decir cuánto tiempo tardó en
formarse, dividiendo su espesor por la velocidad anual de depósito de sedimentos
similares. El método, tal como lo propuso Hutton, no era más que aproximado. Pero
indicó claramente una edad de la tierra de muchos miles de años.
Hutton murió en 1797 sin haber hecho variar muchas opiniones. Los treinta años
siguientes, Cuvier y sus cataclismos dominaron la escena. Sin embargo, las ideas de
Hutton maduraron en la mente de Charles Lyell, nacido el mismo año en que murió
aquél.
Lyell, también escocés, ponderó el testimonio de las rocas, como había hecho Hutton
antes que él. Como a Hutton, le pareció ridicula la idea de un almodrote de cataclismos,
cayendo uno tras otro en el periodo de seis milenios. Los testimonios de fósiles, tal
como fueron expuestos por "Estratos" Smith y por el mismo Cuvier, argüían una edad
mucho mayor para la tierra. Las pruebas geológicas, las montañas y los ríos apoyaban el
argumento.
Hutton se había adelantado a su tiempo. No pudo apoyar su teoría con las pruebas
sólidas desenterradas por trabajadores posteriores. Pero Lyell pudo utilizar ese material.
Además, Hutton fue un escritor desmañanado y torpe, y su libro era difícil de leer. Lyell
ecribió clara y vigorosamente. Así, él y no Hutton, se convirtió en el gran expolíente del
"uniformitarismo" y el destructor del catastrofismo.
La obra en tres volúmenes de Lyell, Principios de geología, comenzó a aparecer en
1830. Atrajo una atención instantánea. Lyell expuso las opiniones de Hutton,
amplificadas y modificadas. Declaró que las fuerzas de la naturaleza operaban más o
menos uniformemente a través del tiempo; que aunque tal vez hubo grandes diluvios y
otros cataclismos, no fueron éstos los principales trasmutadores de la superficie de la
tierra; que los estratos que había identificado Smith fueron depositados en una forma
ordenada, por la acción de los ríos, el viento y la lluvia, en un prolongado periodo de
tiempo.
Lyell tuvo sarcasmos hirientes para los catastrofistas. "Hallamos que el hábito de
permitirse conjeturas, respetando causas irregulares y extraordiarias, aún está en toda su
fuerza. Oímos de revoluciones repentinas y violentas del globo, de elevaciones instantá-
neas de cadenas de montañas, de paroxismos de energía volcánica... También se nos
habla de cataclismos generales y de una sucesión de diluvios, de alternación de periodos
de reposo y desorden, de la refrigeración del globo, de la aniquilación súbita de razas
completas de animales o plantas y de otros hipótesis, en las cuales vemos revivir el
antiguo espíritu de especulación y un deseo manifiesto de cortar el nudo gordiano en
lugar de desatarlo pacientemente".
En párrafos serenos, bien documentados, Lyell afirmó que el mundo tenía un millón
de años de edad y que el mismo hombre tenia una gran antigüedad. Ochenta años antes,
Buffon había tenido que arrastrarse v pedir perdón por sostener opiniones menos
extremadas. Pero ahora el mundo estaba cambiando de opiniones rápidamente. El libro
de Lyell fue una catástrofe para los catastrofistas.
En 1833, el año en que apareció el tercer volumen de Lyell, Tournal, el director del
museo francés que había encontrado huesos humanos fósiles en cuevas, mezclados con
los de seres desaparecidos, lanzó un atrevido llamamiento para un nuevo estudio de los
orígenes humanos, basado en las ideas anticatastrofistas de Lyell respecto a la edad de
la tierra:
"Entonces no debemos esperar el descubrimiento de la historia primitiva de la especie
humana examinando las viejas crónicas o estudiando las escrituras misteriosas de los
pueblos más antiguos. Solamente la geología puede reconstruir la secuencia del tiempo;
pero esta ciencia es nueva todavía... ofrece un inmenso campo de observación y promete
proporcionar un suplemento a nuestros breves anales. Aquí, más que en ninguna otra
parte, es necesario aplicar la duda filosófica, no adoptar nada a la ligera, no rechazar
nada si no es después de un examen severo e imparcial".
El libro de Lyell tenía un gran atractivo lógico. Proponía una explicación racional y
aceptable para la geología. El catastrofismo carecía de ella. Después de todo, no había
ocurrido una catástrofe, en la escala descrita por Cuvier, en miles de años. Se requería
que cualquiera que creyera en la escala de tiempo del arzobispo Ussher, pensara que
hubo cataclismo tras cataclismo en los primeros dos mil años siguientes a la creación, y
ninguno en los últimos cuatro mil años. Un argumento así tenía poco sentido.
Aún más destructor de la idea de los catastrofistas fue el pormenor creciente de los
fósiles encontrados. Ahora podía verse que muchos seres, ciertos cangrejos y caracoles
e incluso la cucaracha común, sobrevivieron prácticamente inmutables a través de
estrato tras estrato. ¿Por qué no fueron destruidos estos seres por los repetidos
cataclismos? ¿Los volvió a crear Dios después de cada diluvio, de cada erupción
volcánica? Los antecedentes fósiles mostraban un reino de vida continuo e
ininterrumpido. No hubo cuatro, ocho o veintisiete actos separados de la creación, como
pensaban Cuvier y sus discípulos. Ciertas especies habían desaparecido a través de los
años, pero otras subsistieron.
A la mitad del decenio de 1830, únicamente los obstinados eran los que intentaban
defender el catastrofismo. La obra de Hutton, Smith y Lyell dio por resultado una nueva
imagen de la historia del mundo. Fue posible asignar nombres a los nuevos estratos, de-
notando diferentes condiciones geológicas en edades pasadas.
Fueron señalados cuatro grandes periodos geológicos y se les dieron los nombres de
primario, secundario, terciario y cuaternario, incluyéndose este último la época
geológica actual. Estas eras fueron sub-divididas en períodos, designados de acuerdo
con la formación geológica particular en que fueron encontradas por primera vez las
rocas y fósiles "clave" o "tipo" del periodo. Por ejemplo, en 1831, un geólogo llamado
Adam Sedwick estudió una gruesa formación de arcillas esquistosas y piedra arenisca
en Cales y estableció que era la formación clave de un periodo que denominó cámbrico,
de acuerdo con el nombre romano de Gales, Cambria. Una formación en Devon dio su
nombre al periodo devónico. Otras formaciones proporcionaron nombres para el
silúrico, el ordovícico y otros.
El sistema estructural básico desarrollado a mediados del siglo XIX, aún está en uso.
Ha habido algunas modificaciones, por supuesto. El primario es llamado ahora Era
paleozoica, o "era de la vida antigua". Antes de ella han sido colocadas las proteozoica y
la arqueozoica, durante las cuales aparecieron las primeras formas de vida. El
secundario, la edad en que los dinosaurios gigantescos atronaron todo el mundo, es
llamado ahora la Era mesozoica o "era de a vida media". El término terciario todavía
está en uso, pero ahora es empleado en modo intercambiable con Era cenozoica o "era
de la vida reciente".
En cuanto al cuaternario, su nombre ha sido conservado también, pero fue dividido en
dos eras. La primera, o cuaternaria propiamente dicha, es llamada ahora, por lo general,
pleistoceno, refiriéndose a un periodo de alrededor de un millón de años durante los
cuales gran parte de la tierra estuvo cubierta por grandes capas de hielo. La retirada final
de los hielos, en tiempos relativamente recientes, se considera que marca el fin del
pleistoceno y el principio del holoceno o periodo "reciente". Toda la historia registrada
del hombre ha tenido lugar durante el holoceno.
Este sistema está aún siendo modificado en cosas pequeñas. Por ejemplo, hasta 1948,
el pleistoceno estaba dividido en dos etapas, la superior y la inferior, en tanto que una
época anterior, llamada villafranquense, era considerada como parte del plioceno. En
ese año, un Congreso Geológico Internacional redefinió el sistema y apartó el
villafranquense del plioceno, haciéndolo la primera etapa del pleistoceno. Lo que había
sido el pleistoceno inferior o "primitivo", se convirtió ahora en el pleistoceno medio. Tal
vez más adelante serán necesarios reajustes delicados, con la adición de nuevos
testimonios fósiles. Sin embargo, por el momento, la escala de tiempo utilizada por la
mayor parte de los geólogos es semejante a la de la página 35.
El desarrollo de este sistema elaborado de eras, períodos y etapas, trajo cierto orden al
estudio del pasado de la tierra. Por supuesto, no dijo a nadie qué edad tenía la tierra en
realidad sino meramente señaló la sucesión de edades geológicas. Un hombre de ciencia
del siglo XIX podría estimar el tiempo del silúrico en, digamos, 3,500 años; tal vez otro
lo calculara en 350,000 o 35,000,000. La determinación de las duraciones reales de las
diferentes épocas ha sido una cuestión compleja y discutida y, las cifras dadas en
nuestra tabla representan la opinión de los científicos alrededor de 1960. Como
veremos, se han desarrollado nuevos métodos de fechar la tierra y puede haber
reservadas algunas sorpresas para los hombres de ciencia en los años próximos. Se llegó
a las cifras actuales, incidentalmente, por medio de la medición de la decadencia
radiactiva. Por ejemplo, se descubrió a principios de este siglo que el uranio degenera en
plomo a una velocidad constante y mensurable. En mil millones de años, 12% de una
cantidad determinada de uranio 238 degenera en plomo 206. Otros elementos
radiactivos también proporcionan "relojes"; el isótopo U-235 degenera en plomo 207
(63% en mil millones de años) y el torio 232 degenera en plomo 208 (5% en mil
millones de años). Los hombres de ciencia han determinado, analizando las
proporciones de estos diferentes elementos radiactivos en muestras de rocas, que la edad
de la tierra es de entre tres mil y cinco mil millones de años, y han formulado tablas de
tiempo para las eras y periodos geológicos individuales.
El trabajo de los geólogos en los decenios de 1830 y 1840, aplicó duros golpes contra
las viejas ideas de Ussher sobre la edad de la tierra. Pero la antigüedad del hombre en sí
continuó siendo un misterio. Incluso Lyell pensaba todavía que el hombre era un recién
llegado a la escena. Habiendo hecho su mejor esfuerzo para demoler las nociones
bíblicas de la historia geológica, Lyell vaciló para abandonar la idea de que Dios había
creado a la humanidad unos miles de años antes.
Sin embargo, cerebros diligentes estaban trabajando para completar la cadena de
pruebas que establecieran la idea de la antigüedad del hombre.
En Dinamarca, un soltero de edad madura llamado Christian Jurgensen Thomsen se
encontraba ordenando laboriosamente "piedras de rayo" en el Museo Nacional de
Copenhague y sacando algunas conclusiones. Thomsen, nacido en 1788, era el mayor
de los seis hijos de un acaudalado mercader y naviero. Como se esperaba que sucediera
a su padre al frente de la compañía de la familia, Thomsen recibió una instrucción sólida
en teneduría de libros, balance de cuentas y facturación. Pero fue tentado por intereses
menos mercantiles cuando aún era adolescente. Comenzó a coleccionar monedas y se
convirtió rápidamente en uno de los numismáticos más conocedores de Dinamarca.
El interés de Thomsen en las monedas lo puso en contacto con un grupo de
estudiosos daneses que deseaban formar un museo en Copenhague. Ya habían reunido
una colección enorme de antigüedades no sólo monedas, sino también vastas cantidades
de viejos cacharros, espadas, hachas de pedernal y otras reliquias de un pasado
polvoriento. Los sabios estaban demasiado ocupados para hacer el trabajo de clasifi-
cación, y en 1816 aceptaron con gusto el ofrecimiento del joven Thomsen de poner en
orden la colección... sin sueldo.
Durante los tres años siguientes, Thomsen trabajó un día a la semana en la colección,
caóticamente confusa. Sin el obstáculo de ninguna educación científica formal, empleó
su adiestramiento comercial e inventó su propio sistema de clasificación. Su primer
paso fue dividir los objetos de la colección en grupos: los de piedra aquí, los metálicos
allá, los de cerámica más allá. Luego subdividió cada grupo según su función:
herramientas, armas, recipientes, etcétera. Cuando el museo estaba preparado para ser
abierto al público, en 1819, Thomsen había llegado a un concepto definido de la historia
primitiva del hombre. Era una idea notablemente sencilla. Según decía en un folleto
escrito en 1836, Guía de las antigüedades escandinavas, el hombre pasó primero por
"la Edad de la Piedra", o el periodo en que las armas y los instrumentos eran hechos de
piedra, madera, hueso y materiales similares, y en el que los metales eran conocidos
muy poco o nada en absoluto". Después, vino "la Edad del Bronce, en el cual las armas
e instrumentos cortantes fueron hechos de cobre o de bronce y cuando el hierro y la
plata eran muy conocidos o desconocidos del todo". Y luego "la Edad del Hierro", el
tercero y último período de los tiempos paganos, en que el hierro fue empleado en los
objetos para los cuales es particularmente apropiado, así que tomó el lugar del bronce
para esas cosas".
Thomsen no dijo que las tres edades se habían desarrollado en una escala simultánea
en todo el mundo. Egipto llegó a la Edad del Hierro mientras el norte de Europa estaba
aún en la Edad de la Piedra. Hoy, aún existen pueblos de la Edad de la Piedra en luga-
res remotos como Nueva Guinea, en tanto que nosotros hemos entrado en la que podría
ser llamada la Edad Atómica o la Época del Espacio. Trataba de establecer que hay una
sucesión, una progresión, de la piedra al hierro, pasando por el bronce, en alguna época
de toda sociedad humana.
La clasificación es el primer paso hacia la comprensión. El trabajo de toda la vida de
Thomsen proporcionó los cimientos para la identificación clara de las edades relativas
de muchos utensilios de piedra y de metal encontrados en el suelo. Pronto se hizo
evidente que la Edad de la Piedra tenía que ser subdividida; parecía haber existido una
época anterior, de rudimentarios instrumentos de piedra tosca, y después una de
utensilios de piedra pulimentada. En 1865, el año de la muerte de Thomsen, sir John
Lubbock había acuñado las palabras "paleolítica" (piedra antigua) y "neolítica" (nueva
piedra), para distinguir la era de la piedra quebrada de la de la pulimentada. Ahora
podían ser identificadas cuatro etapas del desarrollo primitivo del hombre. Una quinta,
la mesolítica, la transición, fue agregada después entre la paleolítica y la neolítica.
Mientras Christian Jurgensen Thomsen trabajaba en Copenhague para clasificar
utensilios de piedra, un oficial francés de aduanas estaba aumentando activamente las
existencias conocidas. Era Jacques Boucher de Crèvecoeur de Perthes, más conocido
como Boucher de Perthes, uno de los hombres más vigorosos y tenaces que jamás haya
hundido una pala en la tierra.
Boucher de Perthes nació en 1788, el mismo año que vio la muerte de Buffon y el
nacimiento de Thomsen. Su padre era noble de nacimiento y tenía el puesto de director
de aduanas en Saint-Valéry-sur-Somme. Su madre hacía ascender su genealogía hasta
Juana de Arco.
El frenesí de la Revolución Francesa no dañó la fortuna de la familia. Gracias tal vez
a la prosapia de su esposa, el señor Boucher de Perthes no perdió ni la cabeza ni su
cargo. Mientras continuaba como director de aduanas, también ayudó a organizar un
club local científico y literario en medio de la ferocidad revolucionaria, y el joven
Jacques se "acostumbró desde la niñez a oír hablar de fósiles".
Durante el régimen de Napoleón, Jacques se unió a su padre en el servicio público.
Antes de los veinticinco años viajó por toda Europa en misiones políticas encomendadas
por Napoleón, mientras también probaba su pluma con algún éxito escribiendo come-
dias y tragedias.
La caída de Napoleón acabó con los viajes de Boucher de Perthes. Se estableció en
París por un tiempo, y en 1825, al retirarse su padre, tomó el puesto de director de
aduanas en la población de Abbeville, en el norte de Francia. Era un trabajo tedioso y él
estaba acostumbrado a la agitación. Para matar el tiempo, leyó intensamente obras de
varios campos científicos y produjo una obra filosófica de cinco volúmenes sobre el
principio de la vida, que fue recibida por el público con un entusiasmo mucho menor
que sus obras de teatro.
Mientras estudiaba geología en Abbeville en 1832, Boucher de Perthes hizo un
descubrimiento que iba a ocuparlo el resto de su vida. Al examinar una capa geológica
que los hombres de ciencia convenían en que databa de "antes del diluvio", Boucher de
Perthes descubrió trozos de pedernal que mostraban señales de haber sido quebrados por
manos humanas para darles formas útiles. ¿Caprichos de la naturaleza?, se preguntó.
¿Rotura accidental?
Cavó hasta descubrir un objeto de pedernal con forma de pera, redondeado en un
extremo y aguzado en el otro, un hacha de mano, marcadamente similar a las que
descubrió Frere en Inglaterra hacía más de treinta años. Era indudable que le habían
dado forma manos humanas. Con agitación creciente, Boucher de Perthes continuó
explorando los lechos de grava a lo largo del valle del río Somme, en las cercanías de
Abbeville, cavando en lo que era llamado entonces estrato "diluvial" o de la era del
diluvio. Halló más hachas... y con ellas, los huesos de mamutes, rinocerontes, bisontes,
leones de las cavernas y otras bestias extintas de la era "antediluviana".
En 1838, Boucher de Perthes puso sus testimonios de la antigüedad del hombre ante
la sociedad científica de Abbeville. Les mostró puñales, puntas de lanza, leznas,
raspadores y hachas, e insistió en que los había hallado en las capas diluviales y aún
más abajo, en las terciarias. Fue recibido con escepticismo cortés en su ciudad natal y
con escepticismo rudo cuando llevó sus descubrimientos ante la Academia de Ciencias
de París. ¿El hombre en el terciario? ¡Inconcebible! ¿El hombre en el "diluvium"?
¡Imposible!
Boucher de Perthes insistió. Pronto descubrió que estaba equivocado respecto a la
edad terciaria de sus hallazgos, en su celo al excavar, había mezclado los estratos. Pero
no retiraría su afirmación de que halló reliquias humanas en la grava diluvial. En 1839
publicó el primero de cinco volúmenes titulados Sobre la creación, exponiendo su
punto de vista. "Es un soñador, un visionario", declararon sus críticos. Hicieron llover
sobre él comentarios sarcásticos al aparecer volumen tras volumen del libro de Boucher
de Perthes.
Aislado ante estos ataques, Boucher continuó excavando con obstinación. Desarrolló
algunas ideas políticas que eran tan extrañas como sus conceptos científicos. Pensaba,
por ejemplo, que las mujeres debían tener derecho de voto y que el nivel de vida de las
clases trabajadoras debía ser elevado por la legislación pública. Interrumpió sus
excavaciones el tiempo suficiente para lanzar su candidatura con ese tipo de plataforma
para un escaño parlamentario, y fue derrotado duramente.
En 1847 apareció otro libro de Boucher de Perthes: Antigüedades celtas y
antediluvianas. Ahora tenía cerca de sesenta años, pero aún no perdía nada de su celo
ardiente. Aseguró que el hombre tenía una gran antigüedad y que su lugar de nacimiento
había sido Francia, en realidad Abbeville.
Fue una idea que agitó a los patriotas franceses y atrajo la atención popular hacia
Boucher de Perthes. Sin embargo, los hombres de ciencia se impresionaron menos.
Leyeron su libro y lo encontraron lleno de cosas absurdas. En realidad, Boucher de
Perthes se había dejado arrastrar por su entusiasmo. Declaraba haber descubierto
inscripciones y dibujos en algunos de sus pedernales. Sacaba conclusiones
descabelladas respecto al lenguaje y la religión del hombre primitivo, basadas sólo en
las hachas y puntas de lanza de pedernal. Era imposible tomarlo en serio. "Emplearon
contra mi", escribió, "un arma más potente que las objeciones, la crítica, la sátira o aun
la persecución... el arma del desdén. No discutían mis datos; ni siquiera se tomaban el
trabajo de negarlos. Los desconocían".

Instrumentos chelenses.
Arriba: La Micoque, Les Eyzies, Dordogne, Francia.
Abajo: East Anglia y Swanscombre, Inglaterra.
Fuente: Fuente: Museo Logan.

Uno de los adversarios más violentos de Boucher de Perthes era cierto doctor
Rigollot de Amiens, quien durante un decenio se había reído con desprecio del
excéntrico funcionario de aduanas. En 1854, Rigollot decidió aplastar completamente a
Boucher de Perthes, conduciendo sus propias investigaciones en el sitio de Abbeville.
Cavó allí y en otros dos lugares, Saint-Acheul y Saint Rocheles Amiens. Y Rigollot hizo
un descubrimiento desalentador. ¡Boucher de Perthes decía la verdad! ¡Sus hachas y
raspadores de pedernal aparecían en realidad en los estratos "diluviales"!
Convertido sobre el terreno por las pruebas de sus propias excavaciones, el aturdido
Rigollot publicó la noticia de su derrota. Este paso honrado y valeroso llevó nueva
atención a las declaraciones de Boucher de Perthes. Otros hombres de ciencia franceses,
puestos en evidencia después de haberse burlado durante años del funcionario de
aduanas, hallaron imposible retractarse. Continuaron mofándose. "A la simple mención
de las palabras hacha y diluvio", comentaba Boucher de Perthes, "observo una sonrisa
en la cara de las personas con quienes hablo".
Sin embargo, su trabajo recibió más simpatía en Inglaterra. Un maestro de escuela
llamado William Pengelly había hecho un descubrimiento importante en 1858: una
caverna en Devon, sobre cuyo suelo "se extendía una capa de estalagmitas de siete y
medio a veinte centímetros de espesor, y había en y sobre ella vestigios de león, hiena,
oso, mamut, rinoceronte y reno". Debajo de esa capa, Pangelly halló instrumentos de
pedernal.
El descubrimiento había agitado profundamente a los hombres de ciencia ingleses.
Lyell, que dudó en un tiempo de la antigüedad del hombre, empezó a admitir la
posibilidad de la existencia humana en la época de los seres antediluvianos. Otro
geólogo escocés, Hugh Falconer, tomó la misma decisión y cruzó el canal para ver en
persona el trabajo de Boucher de Perthes. Llevó con él al geólogo Joseph Prestwich y al
anticuario John Evans, cuyo hijo descubriría más tarde el fabuloso palacio de Minos en
Creta.
Evans partió con escepticismo hacia Francia. "Pensar que encontraron hachas y
puntas de flecha de pedernal en Abbeville, junto con huesos de elefantes, doce metros
bajo la superficie, en un lecho de aluvión. En esta caverna de huesos de Devon que está
siendo excavada ahora... dicen que han descubierto cabezas de flecha de pedernal entre
los huesos, e informan lo mismo respecto a una cueva en Sicilia. Es difícil que lo crea.
Mis antiguos británicos serian bastante modernos si el hombre es llevado en Inglaterra a
los días en que los elefantes, los rinocerontes, los hipopótamos y los tigres también eran
habitantes del país".
En Francia, Boucher de Perthes mostró con gusto sus descubrimientos a los tres
visitantes ingleses. Aquí había hachas de pedernal; allá estaban los huesos de mamut y
de rinoceronte. Después, el francés llevó a sus huéspedes a las mismas excavaciones
de grava.
Evans escribió: "En efecto, el filo de un hacha era visible en un lecho ele grava
completamente intacto, a más de once metros de la superficie. Llevamos un fotógrafo
con nosotros para que tomara una vista de eso y corroborara así nuestro testimonio".
El 26 de mayo de 1859, casi todas las luminarias científicas de Inglaterra asistieron a
una reunión de la Sociedad Real para oír a Prestwich apoyar las afirmaciones de
Boucher. Una semana después, Evans habló ante la Sociedad de Anticuarios de
Londres, respaldando también a Boucher de Perthes, y comentó: "Creo que fui creído,
en general". En agosto, Lyell fue en persona a Abbeville y volvió convencido. En una
reunión histórica de la Asociación Británica para el Progreso de la Ciencia, Lyell arrojó
todo el peso de su vasto prestigio tras los descubrimientos de Boucher de Perthes. Poco
después, la Academia Francesa de Ciencias se rindió y admitió que Boucher de Perthes
había demostrado realmente la antigüedad antediluviana del hombre.
Fue un brillante momento de triunfo para el anciano de barba blanca. ¡Después de
años de martirio y burlas, Boucher de Perthes al fin se vio vindicado! Sus años de labor
destruyeron para siempre la idea de Ussher-Lightfoot de la creación del hombre "el
veintitrés de octubre del 4004 a las nueve de la mañana". Un sacerdote francés, el abate
Le Hir, pronunció el epitafio de Ussher al declarar: "No existe tal cronología bíblica. Es
incumbencia de la ciencia el establecer la fecha en que apareció el primer hombre sobre
la tierra".
Faltaba un eslabón, y entonces la cadena de pruebas estaría completa. Habían sido
encontrados fósiles de bestias antiguas, desaparecidas hacía mucho tiempo, como el
mamut y el elefante, en todas partes de Europa Occidental. ¿Dónde estaban los del
hombre antiguo?
El viejo Boucher de Perthes intentó forjar ese eslabón ... pero el final fue una
falsificación. Regresó a sus excavaciones y ofreció una recompensa de 200 francos ai
primer trabajador que descubriera restos de esqueletos humanos en los estratos
diluviales. Era una recompensa, en verdad generosa, que equivalía a cuatro meses de
salarios.
En 1863, un trabajador llegó sonriendo hasta Boucher, de Perthes, entonces de 75
años de edad, para reclamar la recompensa. ¡Había hallado un diente humano! Cinco
días después fue descubierta una mandíbula completa.
El viejo excavador anunció gozosamente el hallazgo tan esperado del hombre fósil.
Una vez más, viajaron arqueólogos británicos a Francia para confirmar la autenticidad
de un descubrimiento de Boucher de Perthes.
Pero esta vez no hubo confirmación. Los ingleses estudiaron la mandíbula y
demostraron que era falsa. Era una mandíbula reciente, robada de algún cementerio
cercano y puesta en los lechos de grava para cobrar la tentadora recompensa. Todavía
peor, la investigación continuó para probar que los hombres de Boucher de Perthes
estuvieron "sembrando" el sitio con hachas de piedra falsas desde 1860.
Fue un golpe demoledor para el anciano. Nadie sugirió que fuera responsable en
alguna forma del engaño, ni arrojó sospechas sobre sus hallazgos anteriores. Eran
indiscutibles y estaban más allá de cualquier ataque. Pero Boucher de Perthes ya no
pudo confiar en sus trabajadores, y él era demasiado viejo para cavar en persona. Se
retiró para siempre de la arqueología. He aquí las palabras de John Evans: "Estableció,
fuera de duda, que en un periodo de antigüedad remota, más allá de ninguna en que se
hayan encontrado rastros hasta ahora, esta porción de tierra estuvo poblada por el
hombre". Boucher murió cinco años después, a la edad de ochenta años, con la serena
convicción de haber ganado la inmortalidad en los anales de la ciencia.
¿Y el hombre fósil?
El viejo Boucher de Perthes no lo sabía, pero ya había sido hallado... no en Francia,
sino en Alemania.
3
EL VALLE DE NEANDER

Corría el año 1676, y un joven teólogo alemán, llamado Joachim Neumann estaba en
apuros. Había sido rector de la escuela de latín en la ciudad de Dusseldorf, pero sus
ideas un tanto originales respecto al ritual religioso, particularmente sobre la santa co-
munión, provocaron su suspensión del cargo.
Durante ese período de ocio, Neumann ocupó su tiempo paseando por el valle del
Düssel, la pequeña corriente que da su nombre a Düsseldorf. A unos dieciséis
kilómetros de la ciudad, el angosto valle se ensancha para convertirse en un agradable
cañón bordeado por elevados riscos de piedra caliza, y allí se detenía Neumann,
pasando un día apacible en el tranquilo lugar. Fue movido a componer allí poemas,
himnos a los que ponía música. Con el tiempo, volvió a su Bremen nativa y publicó dos
volúmenes de estos himnos antes de su muerte, en 1680, cuando sólo tenía treinta años
de edad.
Los himnos eran de una notable belleza, tanta que aún son cantados en Alemania en
nuestros días. Los habitantes de Düsseldorf, recordando al joven maestro que moró tan
breve tiempo entre ellos, honró su memoria dando su nombre al valle en que había
pasado tantas horas felices y donde compuso sus himnos. Como Neumann prefería
emplear la forma griega de su nombre, Neander, siguiendo la costumbre de su época, el
pueblo de Düsseldorf lo llamó "valle de Neander" en alemán Neanderthal.
Durante el siglo y medio siguiente, la paz de Neanderthal fue perturbada
frecuentemente por el sonido de mazos y picos y el rugido de las explosiones. Los riscos
de piedra caliza eran fuentes abundantes de cal, y en 1856, solamente dos cavernas del
frente de un risco no habían sido minadas. Eran llamadas las grutas de Feldhof y estaban
a dieciocho metros sobre el suelo del valle. Era difícil llegar a ellas hasta el verano de
ese año, cuando los canteros volaron parte del risco, ampliando las entradas de las
grutas.
Dos trabajadores entraron en una de las cuevas. Medía alrededor de cuatro metros y
medio de profundidad y su piso estaba cubierto, con un espesor de cerca de un metro y
medio, por una capa de cieno, mezclado con fragmentos de una piedra semejante al
pedernal llamada horsteno. Al sacar este fango para llegar al valioso suelo de piedra
caliza, los trabajadores encontraron un cráneo humano enterrado en el lodo, cerca de la
entrada de la caverna, y después otros huesos más adentro. Barrieron la mayoría de
estos huesos hacia el valle.
Sin embargo, el cráneo y algunos otros huesos fueron guardados. Los trabajadores se
los dieron a Johann Karl Fuhlrott, un profesor de ciencias en la escuela secundaria de la
cercana población de Elberfeld. El aspecto del cráneo sorprendió a Fuhlrott. Parecía de
un ser humano, pero era extrañamente brutal, largo y angosto, con frente retraída, en la
que sobresalía una protuberancia enorme sobre las cejas. Los fémures que acompañaban
al cráneo eran tan gruesos y pesados que casi no parecían completamente humanos.
Fuhlrott llevó los huesos al profesor Hermann Schaafhausen, de Bonn. La opinión de
Schaafhausen fue que "la forma extraordinaria del cráneo se debía a una conformación
natural que no se sabía hasta entonces que existiera, incluso en las razas más bárbaras",
y agregó que su creencia era que los restos podían provenir de un periodo muy primitivo
de la existencia del hombre "en el cual todavía existían los últimos animales del
diluvio".
El mundo científico supo por primera vez de lo que pronto sería llamado hombre de
Neanderthal, en una reunión de la Sociedad Médica y de Historia Natural del Bajo Rin,
efectuada en Bonn el 4 de febrero de 1857. Schaafhausen mostró una reproducción en
yeso del cráneo y leyó una comunicación en que lo describía. Un año después, publicó
su disertación y denominó a los huesos "el recuerdo más antiguo de los habitantes
primitivos de Europa".

Cráneo de la gruta de Feldhof.


Hallado en 1856.
Fuente: modernhumanorigins.com

Hoy, un descubrimiento tan significativo merecería titulares internacionales. Las


noticias viajaban más lentamente en el siglo pasado. Tres años transcurrieron hasta que
el estudio de Schaafhausen fue traducido a otro idioma. Los hombres de ciencia de fuera
de Alemania no tuvieron noticia, en absoluto, del cráneo de Neanderthal durante esos
tres años.
Aun en Alemania, no hubo ninguna prisa en general para apoyar la opinión de
Schaafhausen. Rudolf Virchow, quien no sólo era un hombre eminente en medicina,
sino un arqueólogo muy respetado, examinó el cráneo y negó su importancia. Según
Virchow, el aspecto extraño del hombre de Neanderthal era resultado de un ataque de
raquitismo en su juventud, que le torció las piernas y le deformó la pelvis. Virchow
declaró que había triunfado sobre este obstáculo, convirtiéndose en un luchador
esforzado. La frente plana y las enormes protuberancias sobre las cejas se debían a
repetidas fracturas del cráneo sufridas en combate. Al final, en la última parte de su
vida, el hombre de Neanderthal padeció artritis.
Raquitismo, golpes en la cabeza... ¡el famoso Virchow explicó así todas las
peculiaridades del hombre de Neanderthal! Otros expertos se unieron a su opinión. Un
antropólogo llamado Pruner-Bey anunció que el hombre de la caverna había sido "un
celta poderosamente organizado, un poco semejante al irlandés moderno de baja
organización mental". El profesor Mayer, de Bonn, sugirió que el esqueleto era de uno
de los cosacos rusos que invadieron Alemania en 1814. Otra autoridad no estuvo de
acuerdo. "El cráneo está tan deformado que el hombre debió de estar enfermo. Tenía
agua en el cerebro, era imbécil y sin duda vivía en los bosques, así como si fuese una
bestia".
Todos coincidieron en una cosa: los huesos de la gruta no eran extraordinariamente
viejos, ni eran los de algún hombre primitivo diferente a los seres de nuestros días.
Solamente Schaafhausen continuó insistiendo en que los huesos pertenecían a un
miembro de "una raza bárbara y salvaje". Encabezados por Virchow, la comunidad
científica relegó los huesos a la oscuridad de la cual habían surgido. Para fines de 1858,
ya nadie los discutía en serio.
El año siguiente fue explosivo en lo referente a la comprensión del pasado del
hombre... un annus mirabilis, un año de milagros. Fue en el verano de 1859 cuando el
maestro de escuela de Devon, William Pengelly, descubrió huesos humanos y los de
animales desaparecidos, bajo una capa intacta de estalagmita, en Windmill Hill. En ese
mismo verano, Falconer, Prestwich, Evans y Lyell viajaron a Francia para ver a
Boucher de Perthes, confirmando la idea de la existencia del hombre antes del diluvio.
Y fue en ese mismo año, en noviembre de 1859, cuando se pusieron a la venta en las
librerías británicas 1,250 ejemplares de un libro llamado El origen de las especies, que
se vendieron en un solo día.
El autor era Charles Darwin. El libro produjo tal vez la controversia más grande en la
historia científica.
Para comprender a Darwin y su teoría de la evolución, tenemos que retroceder en el
tiempo una vez más. Regresar, en realidad, más de dos mil años, a los filósofos griegos.
Esos astutos griegos de la antigüedad entendieron que nada es permanente en el mundo.
Todo está sometido a cambio en el mundo, incluyendo a las cosas vivientes. Heráclito y
Anaximandro enseñaron que las especies vivientes podían alterarse. Aristóteles había
observado a los delfines y las ballenas, seres marinos que respiran aire, y especuló
respecto al cambio de una especie de criatura a otra. El filósofo romano Lucrecio
escribió: "Muchas razas de cosas vivientes deben de haber muerto sin poder engendrar y
continuar su especie".
Cambio y extinción... los antiguos entendieron estos patrones bastante bien. Pero la
llegada del cristianismo había visto suprimir los conocimientos antiguos. Entonces, la
Biblia era la única autoridad que podía ser consultada. Y la Biblia era bastante espe-
cífica respecto al tema de la creación. En el Génesis, Dios es mostrado creando "Hierba
verde, hierba que dé simiente y árbol de fruto que dé fruto según su especie", y luego
produciendo "grandes ballenas y toda cosa viva que se mueve... según su especie, y toda
ave alada según su especie", y luego "ganado y todo animal que se arrastra y toda bestia
según su especie", y finalmente creó Dios "al hombre a su imagen y semejanza".
La frase "según su especie" repetida con tanta frecuencia, indicaba con claridad que
nunca podría haber cambio en las especies. Cada tipo de criatura engendraría a sus hijos
"según su especie" para siempre y hasta la eternidad. Las únicas especies que siempre
habitarían la tierra eran las creadas durante esa primera semana. Los animales que
recibió Noé en su arca sobrevivieron al diluvio; los dejados atrás, si hubo algunos,
perecieron.
Nadie puso seriamente en duda esta forma de pensar durante cientos de años. Como
hemos visto, los testimonios fósiles de animales curiosos y desconocidos, eran
considerados como los restos de seres que perdieron el arca. Con el paso del tiempo,
ésta empezó a parecer un tanto abarrotada, pues hacia el año de 1700 habían sido ya.
identificadas más de 10,000 especies de plantas y animales, y un siglo más tarde, esa
cifra era siete veces más elevada. Hoy conocemos más de un millón de especies
distintas de plantas y animales.
Unos cuantos pensadores profundos se opusieron públicamente a la interpretación
literal del Génesis. En el siglo XVIII, el filósofo alemán Immanuel Kant escribió un
libro llamado Antropología, en el cual señaló la semejanza entre el hombre y los monos
y estableció una teoría de la evolución en estas palabras: "Es posible que un chimpancé
o un orangután se conviertan en alguna fecha futura en un ser humano, perfeccionando
sus órganos. Las alteraciones radicales, en condiciones naturales, pueden forzar al mono
a andar erecto, a acostumbrar sus manos a la utilización de herramientas y a aprender a
hablar".
Otro, pensador alemán, Arthur Schopenhauer, expresó el mismo concepto, en un libro
publicado en 1851, en la forma siguiente: "Debemos imaginar que los primeros seres
humanos nacieron en Asia de orangutanes y en África de chimpancés y no nacidos tam-
poco como monos sino como seres humanos completos". Y el conde Buffon, antes que
los teólogos lo hicieran callar, también había relacionado al hombre con los monos,
sugiriendo que los antepasados del ser humano fueron simios que vivieron en los
árboles y que el hombre era, como dijo ingeniosamente, "un mono bajado al mundo".
Dichas expresiones heréticas fueron rebatidas por hombres como Cuvier, de la
escuela no evolucionista. Cuvier intentó explicar con su teoría de los cataclismos, los
testimonios fósiles de cambios y extinciones. Insistió en que ninguna especie podía
cambiar jamás, sino que subsistía como Dios la había creado hasta que Dios la destruía
por medio de una catástrofe natural. (En una forma un tanto misteriosa, Cuvier y sus
seguidores descartaron el orden de las cosas descrito en la Biblia, haciendo aparecer a
Adán después del diluvio y negando la existencia de seres humanos antediluvianos.
Aparte de eso, Cuvier intentó sostener las enseñanzas del Génesis).
Las ideas evolutivas de Buffon fueron desarrolladas y expuestas más completamente
en la generación siguiente a su muerte. El desarrollador y expositor fue un francés
curioso, conmovedor, apellidado Lamarck, que ni en su tiempo ni en el nuestro ha
recibido el crédito debido a su importancia.
Jean Baptiste Pierre Antoine de Monet de Lamarck, nacido en el norte de Francia en
1744, fue el décimo primero y último hijo de una familia noble, pero atacada por la
pobreza. Su padre eligió una carrera eclesiástica para él, pero poco después de la muerte
del anciano, el muchacho de diecisiete años de edad huyó del seminario e ingresó en el
ejército. Intervino en la Guerra de los Siete Años entre Francia y Alemania, y durante
algún tiempo, pensó que podría tener éxito en la carrera militar. Pero los ascensos
saltaron por encima de él. Después de lastimarse el cuello en un combate, renunció al
ejército y se encaminó hacia París.
Estudió medicina, música y ciencias, mientras se sostenía como empleado en un
banco y escribiendo bodrios literarios. Por alguna razón, se desvió hacia la botánica en
1768, y después de diez años de estudios produjo su primer libro, La flora de Francia.
Esto atrajo hacia él la atención de Buffon y se concedió al miserablemente pobre
Lamarck un puesto en el Jardín du Roi. Buffon lo ayudó además contratándolo como
preceptor de su propio hijo.
Buffon murió. La revolución barrió Francia. Una víctima del terror fue el joven
Buffon, quien se vio envuelto en política y fue enviado a la guillotina en 1794, gritando
"¡Ciudadanos, soy el hijo de Buffon!"
Muchos de los principales científicos de Francia huyeron del país. Otros perecieron
durante la revolución. Lamarck permaneció en su puesto en el Jardín du Roi... y hasta
persuadió a una chusma sublevada para que no destruyera las preciosas colecciones.
Con los reyes pasados de moda en Francia, el Jardín du Roi se convirtió en el Jardín des
Plantes, y en 1794 se otorgó a Lamarck el título de profesor en zoología en el Jardín.
(Geoffroy Saint-Hilaire, de 22 años, que era en realidad un especialista en mineralogía,
recibió el mismo título. Se dividieron entre ellos el reino animal, aceptando Lamarck
estudiar animales sin columna vertebral y Saint-Hilaire los vertebrados).
Lamarck tenía entonces cincuenta años de edad. Se había casado cuatro veces y tenía
la casa llena de niños y otro hijo en camino. Aún era pobre de solemnidad. Y estaba
comenzando a tener dificultades con sus ojos.
Se lanzó con entusiasmo a su nuevo campo de estudios, casi estropeándose la vista
completamente al mirar por el microscopio hora tras hora. Intentaba clasificar todos los
animales invertebrados. El trabajo le llevó siete años. En 1801, Lamarck publicó el
primer volumen de su Sistema de animales sin columna vertebral, una obra precursora y
todavía valiosa en su campo. Durante esos años, Lamarck invirtió también algún tiempo
instruyendo al joven Georges Cuvier, quien también había llegado al jardín a trabajar y
a estudiar. Cuvier, un firme creyente en las enseñanzas de la Biblia, pronto fue una
figura más importante que Lamarck en la zoología francesa. Lamarck carecía de las
dotes de su discípulo para ganar amigos e influir en la gente.
El otro zoólogo del jardín, Geoffroy Saint-Hilaire, había ido a Egipto con la fuerza
invasora de Napoleón, mientras Lamarck aún estaba ocupado con los invertebrados.
Saint-Hilaire buscó y encontró muchos nuevos fósiles en los desiertos egipcios y en el
légamo del Nilo. Nuevas especies de elefantes, extrañas vacas marinas y tipos hasta
entonces desconocidos de rinocerontes salieron a la luz. Muchos de ellos eran seme-
jantes a animales africanos vivientes, pero eran ligeramente diferentes, como si fuera
formas de transición. Saint-Hilaire pensó que tal vez las especies cambiaban con el paso
de las generaciones. Cuando regresó a Francia, discutió sus ideas con Lamarck.
Éste, mientras andaba entreteniéndose con insectos y gusanos, estuvo desarrollando
algunas ideas propias. Estableció la que llamó una "cadena de la vida", principiando con
los animales más simples, los pólipos y las medusas, y subiendo en complejidad a través
de los gusanos, los insectos y los crustáceos, hasta los peces, los reptiles, las aves y,
finalmente los mamíferos. Se le ocurrió que era muy probable que la vida hubiera
empezado con organismos muy sencillos, que en quién sabe cuántos millones de años se
habían alterado en forma gradual y convertido en el ser magníficamente intrincado
conocido como hombre. Los descubrimientos de Saint-Hilaire en Egipto daban fuerza
a su teoría evolutiva.
En 1802, Lamarck publicó su teoría en un pequeño libro, llamado Investigación sobre
la organización de los cuerpos vivientes. Hablaba de su cadena de vida, del desarrollo
de lo simple a lo complejo. Las especies cambiaban, argumentó Lamarck. De hecho,
atacaba todo el concepto de "especies".
Porque, en realidad, ¿qué era una especie?
La palabra es latina y significa "apariencia externa". Era empleada para describir un
tipo de criatura. Un perro pertenecía a una especie, un gato a otra, un elefante a otra
más, y un hombre, por supuesto, a su propia especie.
Al ponderar los clasificadores, principiando con Aristóteles, el problema de la
clasificación (conocido como "taxonomía"), empezaron a tropezar con algunos
problemas difíciles. Había diferentes variedades de animales, semejantes unas a otras de
un modo general, pero diferentes en pequeños detalles. Por ejemplo, el elefante. Existía
el elefante africano, con grandes orejas y dos proyecciones como dedos al extremo de su
probóscide. Y el elefante indio, con orejas pequeñas, una proyección al extremo de su
probóscide y un par de protuberancias en el cráneo, de las que carecía la especie
africana. ¿Eran ambos de la misma especie? Además, estaban los hombres. Existían en
varios tonos: rosados, morenos, negros, amarillos. ¿Eran todos de la misma especie?
Los gatos, los perros, los peces, todos mostraban la misma variedad dentro de un grupo
general.
En 1660, un inglés llamado John Wray efectuó la primera clasificación moderna de
animales. Su sistema, aunque era un mejoramiento sobre el caos que había existido
antes, no llegaba suficientemente lejos. Quedaba a Linneo, en el siglo siguiente, hacer el
trabajo metódico.
Linneo comenzó con dos reinos de cosas vivientes, el reino animal y el reino vegetal.
Dividió estos en grandes grupos llamados phyla, palabra griega que significa "tribu".
Todos los mamíferos entraban en un phylum, todos los peces en otro, todas las aves en
un tercero, y así hasta terminar.
Los phyla los dividió en clases, éstas en órdenes y los ordenes en genera (géneros), el
plural de la palabra genus, que significa "raza" o "forma". Por último, cada genus lo
dividió en un número de especies.
El sistema de taxonomía de Linneo se llama nomenclatura binomial, que significa
simplemente que dio dos nombres a cada ser que clasificó, uno relativo al genus y el
otro a la especie. Así, la familia del perro se convirtió en el genus canis, que incluye
especies tales como el canis familiaris (perro doméstico), el canis lupus (lobo gris
europeo) y el canis occidentalis (lobo norteamericano de los bosques). Los diferentes
tipos de perros domésticos, spaniel, terrier, dachshund y todos los demás, estaban
incluidos dentro de la especie canis familiaris, independientemente de las razas o castas.
Así sucedió también con los hombres. Todos los hombres entraron en el genus homo. Y
nada más que una especie de hombre viviente fue reconocida, el homo sapiens. Sapiens
significa "sabio". Esta especie incluyó a las varias razas de la humanidad, los hombres
amarillos y los morenos, los rosados, a los que llamamos "blancos", y los negros.
Pero los elefantes entraron en especies diferentes. Se dio al elefante africano el
nombre científico de elephas africanus, y al animal correspondiente de orejas pequeñas,
de la India, se le llamó elephas maximus. En realidad, algunos taxonomistas de nuestros
días piensan que deben estar en géneros diferentes, lo mismo que en especies distintas,
llamando al elefante africano loxodonta africanus.
¿Qué determinó la división en especies?
La regla más simple, la de la procreación. Si dos animales podían acoplarse y
producir descendencia, eran de la misma especie, sin importar cuán diferentes
parecieran. Así, todos los hombres eran de la misma especie, ya que la procreación es
posible entre cualesquiera de las razas humanas. Los gatos siameses y los de Angora
pertenecían a la misma especie, ya que podían procrear entre ellos. Los leopardos,
aunque parecían gatos grandes, eran especies diferentes del mismo genus, felis. Los
tigres también eran de especie distinta. En cuanto a los dos tipos de elefantes, tuvieron
que clasificarse en especies diferentes, ya que no podían procrear entre ellos, en
absoluto.
Esto era pulcro y ameno. Todas las clases de gatos domésticos podían procrear entre
sí y todas las clases de perros podían procrear entre sí, pero éstos no podían hacerlo con
lobos, ni los gastos domésticos con leones, ni los perros con los gatos.
El sistema vaciló un poco cuando se descubrió que ciertos animales que eran
considerados generalmente como de especies diferentes, a pesar de todo podían
acoplarse. En cautividad, leones y tigres podían llegar a producir híbridos. Los perros y
los lobos, aunque no se acoplaban en libertad, lo hacían cuando el hombre los obligaba,
y nacían hijos. El ganado y los bisontes eran cruzados para producir híbridos.
Estas excepciones aplicaron un golpe a la antigua idea de las especies, aisladas
reproductivamente unas de otras. Sin embargo, había que reconocer que estos híbridos
no naturales, provocados por el hombre, eran estériles por lo común, y en consecuencia,
sin significado genético. Aun cuando los híbridos fueran capaces de reproducirse no
tenían relación con el concepto, ya que habían nacido sólo por intervención del hombre.
Así que aún es posible aferrarse a la definición rudimentaria de especie como un grupo
de seres vivientes que procrean entre sí bajo circunstancias naturales y producen hijos
similares a ellos mismos. Por supuesto, la definición de "grupo" y "similar" ha
conducido a dificultades de comprensión. Una especie contiene una amplia gama de
variaciones. Cada especie es una población que tiene campo para las diferencias; el
pequinés y el gran danés, por distintos que puedan parecer, tienen suficientes
características en común para poder ser puestas en la misma población genética o
especie. Naturalmente, hay cierta nebulosidad en hacer esos agrupamientos arbitrarios.
La división en especies es un sistema de clasificación hecho por el hombre, que
involucra muchísimos casos limítrofes debatibles.
La imprecisión del concepto también preocupó a Lamarck. Escribió en 1802 que
en un tiempo era bastante fácil definir una especie como un tipo de animal que no se
reproducía, excepto con los de su propio tipo. Pero observó: "Cuanto más avanzamos en
el conocimiento de los diferentes cuerpos organizados, que cubren casi todos los lugares
de la superficie del globo, más aumenta nuestra confusión para determinar qué es lo que
puede ser considerado como especie... Nos vemos obligados a tomar determinaciones
arbitrarias, lo cual nos conduce algunas veces a aferrarnos a las diferencias más leves,
entre las variedades, para formar con ellas el carácter de las que llamamos especies, y
algunas veces una persona designa como variedades de las mismas a individuos un poco
distintos, que otros consideran como constituyentes de una especie particular".
Lejos de eso, decía Lamarck la línea divisoria entre una especie y la siguiente no
estaba definida. Más bien, cada una de ellas tendía a fluir en la siguiente
imperceptiblemente, para desesperación de quienes intentaban establecer límites claros
y precisos. Y, esto era el meollo de la idea, las especies podían cambiar bajo la
influencia del medio. Y así lo expresó diciendo: "A medida que pasa el tiempo, las
diferencias continuas de situación de los individuos... dan origen entre ellos a
diferencias que son, hasta cierto grado, esenciales para su ser, de tal modo que al final
de muchas generaciones sucesivas, estos individuos que pertenecían originalmente a
otras especies, son transformados al final en una especie nueva, distinta de la otra".
Lamarck dio muchos ejemplos de esta transformación. Un ave, decía, impulsada por
el hambre a buscar su presa en el agua, tenderá a extender los dedos de sus patas cuando
desea moverse en la superficie de la misma. Con el tiempo, la piel que conecta a los
dedos se extiende. Generaciones posteriores de esa ave nacerán con membranas entre
los dedos de las patas, como resultado de este proceso de estiramiento: como en el caso
de los patos y los gansos.
Por otra parte, las aves acostumbradas a pararse en los árboles, desarrollarán uñas
más largas y afiladas con el tiempo, para poder sujetarse a las ramas. Y los aves de
las playas, como las garzas, tenderán a crear patas largas, como zancos, que les
permitan correr a través de la resaca sin tener que nadar.
El largo cuello de la jirafa era resultado del mismo proceso de adaptación.
"Sabemos", dijo Lamarck, "que éste, el más alto de los mamíferos, que vive en
localidades áridas, está obligado a ramonear el follaje de los árboles. Ha resultado de
este hábito, mantenido durante un prolongado período de tiempo, que en todos los
individuos de la raza las patas anteriores se han hecho más largas que las posteriores, y
que el cuello es tan largo que levanta la cabeza a una altura de casi seis metros".
La esencia de la idea de Lamarck era que el medio causa cambios en el organismo y
que éstos son heredados por los descendientes del mismo. Nadie había enunciado antes
una teoría evolutiva tan clara, apoyada por tantos ejemplos de la naturaleza.
Ganó pocos amigos. El poderoso Cuvier la llamó la "nueva locura" de Lamarck. La
burla de Cuvier destruyó la reputación científica de Lamarck. Pocos estudiantes acudían
a escuchar sus lecciones. Nadie leía sus libros. Lamarck prosiguió sus investigaciones,
obstaculizado por la pobreza, la enfermedad y una ceguera creciente. Murió en 1829, a
la edad de 85 años, viejo, ciego y olvidado por el mundo. Al final, las únicas que lo
apoyaban eran sus dos fieles hijas.
Aún ahora, Lamarck es conocido principalmente como el hombre que creó una teoría
incorrecta de la evolución, Su idea de la evolución de características hereditarias fue
abatida en 1887 por August Weismann, un profesor alemán de zoología. Weismann
seleccionó una docena de ratones sanos, siete hembras y cinco machos, y les cortó la
cola. En poco más de un año habían nacido 333 ratones... todos con colas normales.
Weismann escogió quince ratones de esta segunda generación y les cortó la cola. En
total, 1,592 ratones en veintidós generaciones sacrificaron sus colas para probar que
Lamarck estaba equivocado. Las características adquiridas no se transmitían... cuando
menos en la forma que dijo Lamarck.
Y así, Lamarck es más conocido por su deducción equivocada, que por su muy
importante teoría precursora. Los laureles fueron recibidos por otro gran hombre, que
ni siquiera parecía haber tenido noticia de Lamarck.
Charles Darwin nació el mismo día en que vino al mundo Abraham Lincoln, el 12 de
febrero de 1809. Su abuelo, Erasmo Darwin, había sido un médico y naturalista
excéntrico, cuyas propias especulaciones sobre una teoría de la evolución aparecieron
en 1798 en forma de poema vasto e incomprensible. El padre de Charles, Roberto
Waring Darwin, también fue médico, y Charles estaba destinado a la misma profesión.
Con gran contrariedad de Roben Darwin, el joven Charles no tenía vocación médica.
Sus estudios de medicina en la Universidad de Edimburgo lo aburrían y le hacían
enfermar, alternativamente. La vista de una operación quirúrgica le producía temblores
y repugnancia. Y cuando más, era un estudiante apático. Durante toda su niñez, sus
profesores lo habían considerado torpe. Sólo parecía interesado en su colección de
insectos, conchas, plantas y piedras. Después de su breve carrera como estudiante de
medicina, Charles se halló enrolado en Cambridge para estudiar clerecía. Siguió con
tibieza sus estudios teológicos durante tres años, mientras pasaba la mayoría de su
tiempo coleccionando escarabajos y flores silvestres. Se interesó gradualmente en la
geología y abandonó en seguida la idea de una carrera eclesiástica. Su padre, aburrido
de Charles, empezó a temer que se "convertiría en un vago".
Darwin se graduó en 1831. Pasó unos cuantos meses estudiando geología en el campo
inglés en compañía de su profesor, Adam Sedwick. Entonces surgió una invitación
repentina y sorprendente para un viaje alrededor del mundo a bordo del H.M.S. Beagle.
El Beagle estaba a las órdenes del gobierno inglés para llevar a cabo una serie de
observaciones científicas en un período de cinco años, y se necesitaba un joven como él,
con conocimientos científicos, para servir como naturalista de la expedición.
El puesto no tenía asignado ningún salario, pero los Darwin eran una familia
acomodada y el joven Darwin era independiente económicamente. Lo excitó la
perspectiva de proseguir sus estudios de historia natural en todas las partes del globo,
aunque su padre calificó la idea con amargura como un "plan descabellado". Por último,
el doctor Darwin cedió. Charles zarpó en el Beagle en la última semana de 1831.
Fue un viaje magnífico. El bergantín de 242 toneladas cruzó el Atlántico hasta Brasil,
viró hacia el Sur hasta Patagonia, rodeó el Cabo de Hornos, costeó a lo largo de Chile
hasta las Islas Galápagos y viró hacia el Oeste, en dirección a los atolones de coral del
Pacífico. Con los ojos muy abiertos, el joven Charles lo observaba todo. Vio extrañas
formas de vida, sacó ciertas conclusiones respecto a ellas y ponderó esas conclusiones.
Por ejemplo, en las aisladas Islas Galápagos, descubrió docenas de especies de aves que
no eran encontradas en ninguna otra parte. Eran similares a los pájaros hallados en tierra
firme sudamericana, y sin embargo ligeramente diferentes. ¿Qué fuerza de cambio actuó
en las Galápagos para crear esas nuevas especies?
El germen de la teoría de Darwin había sido sembrado. Regresó a Inglaterra en 1837,
tomó esposa poco después y se retiró a una casa de campo fuera de Londres para
arreglar las notas de su viaje e intentar la interpretación de sus descubrimientos. Publicó
su primer libro en 1840, un diario del viaje del Beagle, todavía un clásico vivo e
interesante de viajes y naturalismo. Luego volvió a retirarse de la atención pública para
resolver el problema de por qué varían las especies.
Tímido, raro, acosado por dolores de cabeza y mala salud, Darwin vivió una vida de
ermitaño. Aún era joven, pero estaba convencido de que podía morir en cualquier
momento, así que dedicó todas sus energías a la investigación científica. (Se sorprendió
él mismo de vivir setenta y tres años). La herencia de su padre lo mantuvo libre de
preocupaciones económicas. Leyó, escribió, estudió flores y pasó ocho años estudiando
el ciclo de vida del escaramujo. Se dejó crecer una barba enorme, y los sirvientes lo
veían divertidos, mientras su figura alta, enjuta, cubierta con una manta, se movía por la
gran casa en forma desmañada, absorto en sí mismo.
Ya en 1844, Darwin había elaborado un boceto de sus ideas relativas a la evolución.
En lugar de acudir corriendo a un editor, continuo trabajando, ampliando y modificando
sus conclusiones. Amigos interesados en la ciencia llegaban de Londres, y él discutía
sus ideas con ellos. Su boceto de 230 páginas de 1844 creció y creció. Tal vez nunca
habría publicado su libro histórico si no es por una experiencia ruda que lo impulsó
finalmente a la acción.
Un día de junio de 1858 le llegó a Darwin una carta remitida desde Ternate, en el
Archipiélago Malayo. Fue escrita cuatro meses antes por un joven naturalista, Alfred
Russel Wallace, quien estaba viajando a través de Asia, estudiando la flora y la fauna,
como hizo Darwin un cuarto de siglo antes. Wallace llegó a algunas conclusiones
respecto al origen de las especies y escribió una breve disertación, que tituló Sobre la
tendencia de las variedades a apartarse indefinidamente del tipo original.
¡En pocas páginas, Wallace exponía con términos claros y sencillos la esencia de la
teoría en que había estado trabajando Darwin más de veinte años!
"Nunca vi una coincidencia más notable", escribió el asombrado Darwin a su amigo
Lyell. "Hasta sus términos están como títulos de mis capítulos. Así que mi originalidad,
hasta donde pueda llegar, será aplastada".
Lyell, que fue uno de los que estuvo apremiando a Darwin durante años para que
hiciera su publicación, salvó la situación. Organizó una reunión de la Sociedad
Linneana, el 1de julio de 1858, en la que fue leído el ensayo de Wallace, junto con el
boceto de Darwin de 1844, y una carta que había escrito el mismo Darwin en 1857
delineando sus ideas. Fue la primera exposición pública de la teoría de Darwin, y sólo
por eso tuvo importancia histórica. La reunión sirvió también como una demostración
clara de que Darwin y Wallace llegaron a la misma teoría de un modo totalmente
independiente uno del otro.
La exposición de Wallace fue publicada un mes después. Al comprender que al fin
tenía que entregar sus descubrimientos al mundo, Darwin comenzó a escribir de manera
febril, y en trece meses y diez días produjo el volumen que había estado empollando
durante más de dos decenios, El origen de las especies.
Darwin ofreció cuatro explicaciones principales para las variaciones en las especies.
Llamo a la primera y más importante "selección natural". Escribió: "Cómo nacen
muchos más individuos de cada especie de los que es posible que sobrevivan; y cómo,
en consecuencia, hay una lucha frecuente y continuada por la existencia, se sigue que
cualquier ser, si varía, aunque sea ligeramente, en provecho de sí mismo, bajo las
condiciones complejas y algunas veces variables de la vida, tendrá una mejor
posibilidad de vivir, y por lo tanto será seleccionado naturalmente". En otras palabras,
los individuos mejor dotados para sobrevivir, sobrevivirían y dejarían descendientes.
Los que fueran demasiado débiles, demasiado impotentes, morirían sin perpetuarse.
¿Cómo surgieron estas variaciones? Algunas veces de modo espontáneo, a través de
un proceso que Darwin no intentó comprender (la ciencia de la genética todavía tiene
por resolver el problema en la actualidad); algunas veces por circunstancias especiales,
que podrían influir en el sistema reproductivo de un individuo, y otras por la herencia de
los resultados del uso y de la falta de uso de los órganos.
Esto último era la teoría de Lamarck, por supuesto. Pero Darwin y Lamarck se
aproximaron al problema desde extremos opuestos. Lamarck dijo que un órgano
cambiaba porque los seres lo ejercitaban voluntaria y continuamente en una forma
determinada. Darwin invirtió el proceso: el órgano cambiaba primero, y si el cambio
resultaba útil, los animales beneficiados por él sobrevivirían, y los que carecían de él,
no. Utilizo el mismo ejemplo de la jirafa de Lamarck. Supongamos, dijo, que un grupo
de animales con cuello corto encontraran necesario alimentarse de ramas altas. Se
esforzarían y se estirarían y tal vez lograrían comer lo suficiente para permanecer con
vida... pero todo el estiramiento del mundo no produciría una jirafa de cuello largo.
¡Entonces nació de manera espontánea una jirafa con cuello largo! Mejor dotada para
alimentarse que sus hermanos y hermanas, comió, creció fuerte y sana y se desarrolló.
Se acopló con muchos de sus compañeros de cuello corto y parte de la prole nació con
cuello largo. Una y otra vez, por un proceso de selección natural, las jirafas de cuello
largo superarían a sus compañeras de cuello corto en salud, vigor y número de
descendientes. Con el tiempo, la mayoría de las jirafas de la comunidad tendrían cuello
largo. La especie de cuello corto, obstaculizada por la imposibilidad para alcanzar su
comida, moriría. Pero el cambio no se habría producido por el deseo de las jirafas de
tener el cuello largo, sino por un cambio espontáneo (nosotros llamamos a dichos
cambios mutaciones) que se estableció permanentemente por su elevado valor de
supervivencia.
Por supuesto, no todas las mutaciones son benéficas. Supongamos que una jirafa
naciera sin patas. No podría alimentarse y perecería pronto, sin dejar descendencia.
Entonces, como dijo Darwin, "las variaciones favorables tenderían a ser conservadas,
las desfavorables a ser destruidas. El resultado sería la formación de una nueva especie".
El libro fue una bomba. La controversia que encendió en 1860 fue violenta y siguió
teniendo ecos hasta nuestros tiempos, como veremos después.
¿Cuál fue el efecto de la teoría evolucionista de Darwin, aplicada a la historia del
hombre?
Darwin no había dicho mucho respecto a los antepasados del hombre en El origen de
las especies. "También se arrojará luz sobre el origen de la humanidad y su historia",
prometió en su libro, pero la promesa no fue cumplida. Ésa fue la única sentencia del
libro que mencionaba el origen del hombre.
La verdad era que Darwin aún no se decidía respecto al tema. Incluso el respaldo de
Lyell a Boucher de Perthes no lo había impresionado. "Me avergüenza pensar", escribió
Darwin más tarde, "que llegué a la conclusión de que todo eran desechos". Mantuvo su
silencio sobre el tema de la evolución del hombre durante doce años, hasta que, en La
descendencia del hombre, eslabonó al fin a la humanidad con su esquema.
Sin embargo, mucho antes de 1871, algunos seguidores de Darwin habían dado el
salto. Utilizando las ideas de Darwin, aseguraban que el hombre estaba estrechamente
relacionado con los monos... que con toda seguridad éramos primos del chimpancé y del
orangután.
Esto causó un escándalo más violento que el mismo libo de Darwin. Muchos ignaros
adoptaron la opinión distorsionada de que Darwin y otros asociados a él, como Lyell y
Thomas Henry Huxley, decían que "el nombre descendía de los monos". Esto con
dificultad podía ser verdad. El mismo Darwin escribiría un día: "No debemos caer en el
error de suponer que el primitivo progenitor de toda la familia de los simios (los
monos), incluyendo al hombre, fue idéntico o incluso muy parecido a ningún mono o
cuadrumano existente".
Todo lo que intentaban decir Darwin, Huxley y los otros, era que el hombre y los
monos tenían un antepasado común, "alguna forma lentamente organizada". El hombre
evolucionó en una forma, el chimpancé en otra, el gorila en otra. No obstante, el hombre
y los monos pertenecían a la misma familia general, la de los primates.
Fue un golpe para el prestigio de los humanos ser agrupados de esta manera con los
cuadrumanos. Muchos clasificadores habían dividido la naturaleza en un reino vegetal,
un reino animal y un reino humano, este último con una sola especie, el homo sapiens.
Como comentó Darwin burlonamente: "Si el hombre no hubiera sido su propio
clasificador, nunca habría pensado en fundar un orden separado para recibirse él
mismo".
Hoy, que ya no atacamos el tema con pasión, aceptamos que los monos y los
cuadrumanos son, en verdad, nuestros parientes cercanos. Nuestra sangre tiene la misma
composición química que la sangre de los monos. Nuestro esqueleto tiene precisamente
el mismo número de huesos que los esqueletos de los monos y los gorilas. Las
similitudes entre el hombre y los otros primates son más numerosas que las diferencias.
Como observó el antropólogo Earnest A. Hooton hace alrededor de cuarenta años: "El
cuadrumano afirma su parentesco con nosotros; el mono antropoide los proclama desde
las copas de los árboles. El hombre muestra su origen primate en todos los caracteres
corporales, y si es un ser racional debe admitir esta relación, evidente por sí misma".

PERFILES DE CRÁNEOS: (de izquierda a derecha) gorila,


orangután, chimpancé y gibón

Hace un siglo, la relación no era evidente por sí misma. Si un hombre había


evolucionado desde una forma simiesca más primitiva, como estaban diciendo los
seguidores de Darwin, ¿dónde se hallaban las pruebas fósiles? ¿Dónde se encontraba el
"eslabón perdido" que mostraría al hombre en el proceso de su evolución?
Entonces fue cuando un inglés llamado George Busk desempolvó el informe de
Schaafhausen sobre el extraño cráneo de Neanderthal.
Busk, geólogo, tradujo la exposición de Schaafhausen y la hizo publicar en La
Revista de Historia Natural de abril de 1861. Ese mismo mes habló ante un grupo de
científicos ingleses, exhibiendo una reproducción en yeso del cráneo de Neanderthal y
también el cráneo de un chimpancé. Dijo que "no tenía duda de la antigüedad enorme"
de los huesos de Neanderthal y llamó la atención hacia el modo en que la forma del
cráneo se aproximaba "a la de algunos de los monos más elevados".
Ni Darwin ni su popularizador principal, Huxley, asistieron a la conferencia de Busk.
Pero Lyell lo hizo y procuró que la reproducción en yeso del cráneo de Neanderthal
llegara a Huxley. Éste informó en 1863 que el cráneo era de una variedad primitiva
de hombre "diferente al homo sapiens, pero no distinto por completo anatómicamente".
Aunque admitió que era el cráneo humano más simiesco hallado hasta entonces, añadió
con cautela que "de ninguna manera pueden ser considerados los huesos de
Neanderthal como los restos de un ser humano intermedio entre los hombres y los
monos". Esa opinión causó alguna sorpresa entre los evolucionistas, pero, como
veremos, resultó una deducción prudente.
Como muchos expertos, especialmente en Alemania, estaban insistiendo todavía en
que el cráneo de Neanderthal no era más que el de un idiota deformado, lo que se
necesitaba era más prueba esquelética... otros cráneos que mostraran el mismo aspecto
extraño. Al año, Busk había presentado un cráneo fosilizado encontrado en Gibraltar en
1848. Nadie supo entonces qué hacer con él en aquella fecha y fue ocultado a la vista.
Dieciséis años después, Busk lo halló y mostró también tenía las características del de
Neanderthal: la frente inclinada, los ojos enormes, con grandes salientes sobre las cejas,
los huesos gruesos. Basándose en los dos cráneos, un ayudante de Lyell bautizó en 1864
a la nueva especie de hombre como homo neanderthalensis.

Calota encontrada en Spy, Bélgica. 1886


Cráneo de Gibraltar. Hallado en Forbes Quarry en 1848. Fuente: Athena Review
Fuente: modernhumanorigins.com

Las pruebas aumentaron. En 1866, un distinguido geólogo belga apellidado Dupont


encontró una mandíbula peculiar, cerca de la población de Dinant, que yacía entre
huesos de mamut, rinoceronte y reno. Era curiosamente carente de mentón y muy
gruesa, primitiva en extremo y de aspecto simiesco. El antropólogo E. T. Hamy llegó a
la conclusión apresurada de que la mandíbula pertenecía a la misma especie de hombre
que el de los cráneos de Neanderthal y Gibraltar, que habían sido hallados sin la
mandíbula inferior. Pero no había prueba de la relación.
La prueba apareció veinte años después, en 1886. Dos geólogos descubrieron en la
caverna de Spy, cerca de la población de Namur, Bélgica, cinco capas separadas de
vestigios. Cavando cuidadosamente, encontraron los huesos de mamutes y rinocerontes,
cuchillos e instrumentos rudimentarios de piedra, y después, en la segunda capa a partir
del fondo, los restos de tres esqueletos, uno junto a otro, como dormidos.
Eran esqueletos de Neanderthal. Los geólogos hallaron dos cráneos dos mandíbulas
inferiores, algunos restos esqueléticos de una cara y un número de huesos de las piernas,
bien conservados. Ya no podía haber duda de que un ser de aspecto extrañamente brutal,
pero sin duda humana, vagó en un tiempo por Europa, un hombre sin mentón, con frente
enorme e inclinada y arcos superciliares prominentes. El hallazgo de Spy fue manejado
con tal precisión científica, que a nadie le fue posible atacarlo... es decir, excepto el
famoso doctor Rudolf Virchow, quien, había estado cerca de treinta años negando al
hombre de Neanderthal y ahora no podía desdecirse.
Virchow bajó con su escepticismo a la tumba en 1902. La procesión de hombres de
Neanderthal continuó a una velocidad creciente. En 1899, un profesor de la Universidad
de Zagreb, en la que ahora es Yugoslavia, describió un descubrimiento que hizo en la
población croata de Krapina: ¡porciones de una docena de cráneos de Neanderthal,
catorce fragmentos de mandíbula y ciento cuarenta y cuatro dientes aislados! Un
hallazgo todavía más espectacular se hizo el 3 de agosto de 1908 en la aldea de La-
Chapelle-aux-Saints, en el departamento de Dordoña, Francia. Tres sacerdotes entraron
allí en una cueva. Puede parecer extraño encontrar a miembros del clero dedicados a
tales investigaciones, en vista de la naturaleza antibíblica de toda la idea de la
antigüedad del hombre. Pero los clérigos, en particular los de Francia, había estado
tomando una parte activa en la paleontología desde el decenio de 1860, pasando por
alto deliberadamente las contradicciones entre su trabajo científico y las enseñanzas
bíblicas. Como dijo uno de esos clérigos paleontólogos en el decenio de 1870: "Sólo
puedo contestar a los que me preguntan cómo intento reconciliar mis descubrimientos
con la historia bíblica, que tomo mi posición a base de los hechos, sin tratar de
explicarlos".
Estos tres sacerdotes arqueólogos, dos apellidados Bouyssonie y el otro Bardon,
cavaron a través de depósitos recientes hasta una capa de alrededor de treinta
centímetros de espesor, que contenía los huesos familiares de animales: rinoceronte
lanudo, bisonte, reno y otros. En el fondo de la trinchera yacía el esqueleto de un
hombre que, al parecer, había sido sepultado allí deliberadamente. Sus características
eran del de Neanderthal.
Los clérigos reconocieron la importancia de su descubrimiento y apelaron a la más
insigne autoridad francesa de ese tiempo sobre el hombre antiguo, Marcellin Boule, del
Instituto de Paleontología Humana de París. (Paleontología, una palabra acuñada en
1838, significa "el estudio de seres extintos"). Boule y los tres sacerdotes armaron
laboriosamente el esqueleto, que estaba un tanto aplastado y maltratado. Era el
esqueleto de Neanderthal más completo encontrado hasta entonces, e incluía el cráneo y
la mandíbula inferior, veintiún vértebras, veinte costillas, una clavícula, dos huesos de
los brazos casi completos, varios huesos de las piernas y los pies, incluyendo ambas
rótulas, un calcáneo y parte de un hueso de un dedo de los pies.
Como era el primer esqueleto de Neanderthal casi completo que se hallaba, Boule
cometió ciertos errores al armarlo. Al reconstruirlo, le pareció que la cabeza del hombre
de Neanderthal debía colgar hacia adelante como la de un mono, en lugar de estar sen-
tada erecta sobre su columna vertebral, como la nuestra. Poco después, otras pruebas
óseas mostraron al mundo que el hombre de Neanderthal mantenía la cabeza tan erguida
como el homo sapiens, pero el error de Boule, en 1908, había creado desgraciadamente
ideas desorientadoras que han resultado difíciles de erradicar. Los presuntos "retratos"
del hombre de Neanderthal, pintados con base en los descubrimientos de Boule, todavía
están siendo reproducidos en artículos de revistas populares y en algunos libros,
manteniendo vivo el error.

Cráneo de La Chapelle-aux-Saints. Hallado en 1908. Fuente: modernhumanorigins.com

En todo caso, pronto hubo un esqueleto de Neanderthal aún mejor, para estudiarlo.
Un traficante en antigüedades suizo, Otto Hauser, hizo el descubrimiento en la cueva de
Le Moustier, también en el departamento de Dordoña.
Hauser, un hombre cojo, enfermizo, había querido ser un arqueólogo serio.
Financiado por la riqueza de su familia, condujo excavaciones en Suiza en el decenio de
1890, antes de los veinticinco años. Su trabajo fue recibido con hostilidad por los
hombres más viejos en la profesión, quienes criticaron la manera desorganizada con que
estaba destrozando el suelo este aficionado.
Amargado, Hauser partió hacia Francia y compró grandes extensiones de tierra en el
departamento de Dordoña, que por entonces se sabía que se hallaba lleno de restos del
hombre antiguo. Empezó a cavar por todas partes... y para cubrir sus gastos, principió a
vender algunas de las hachas y huesos que descubría. Poco a poco, Hauser hizo la
transición de arqueólogo a comerciante. "No tiene adiestramiento científico ni
escrúpulos", declaró un arqueólogo profesional enfurecido. "Hauser sólo está
explotando los sitios de los descubrimientos en interés del tráfico".
En marzo de 1908, este hombre tan odiado encontró un hueso humano en una capa de
la gruta de Le Moustier, que se había creído, ahora pensamos que correctamente, que
tenía cuando menos 250,000 años de edad. De ordinario, Hauser hubiera comenzado a
excavar en seguida. Pero decidió hacerlo de manera adecuada, teniendo en cuenta el
desprecio vertido sobre él durante quince años. Apostó un guardia en la caverna,
interrumpió todo trabajo y envió invitaciones a los arqueólogos principales de Europa
para que asistieran al descubrimiento.
De los seiscientos notables a quienes invitó Hauser, únicamente aceptaron nueve ...
todos alemanes. El 10 de agosto de 1908, no había expertos franceses presentes en la
escena. Todos estaban ocupados en la cercana Chapelle-aux-Saints, donde trabajaban
Boule y los tres clérigos. ¡Resultó que los franceses se sintieron enfadados y coléricos
cuando Hauser, bajo la vigilancia atenta de los nueve expertos alemanes, procedió a
exhumar un esqueleto aún más perfecto que el de Chapelle-aux-Saints!

Cráneo de Le Moustier. Hallado en 1906. Fuente: Institución Smithsoniana.

Era el esqueleto bien conservado de un muchacho tipo Neanderthal de unos 15 años.


Sin embargo, no tenía 250,000 años de antigüedad. Al parecer, fue sepultado
deliberadamente en los niveles antiguos del fondo de la caverna, y en realidad no tenía
más de alrededor de 100,000 años... una antigüedad todavía respetable.
Hauser no comprendió esto. Insistió en que había encontrado el esqueleto de un tipo
de hombre mucho más antiguo que el hombre de Neanderthal y, con el respaldo de los
hombres de ciencia alemanes, le dio un nuevo nombre científico, homo mousteriensis
hauseri, "Hombre de Hauser de Le Moustier". El nombre fue descartado pronto. El
hombre de Hauser era homo neanderthalensis, un espécimen adolescente, en tanto que
el de Chapelle-aux-Saints era el de un viejo tullido por la artritis. Pero el nombre
"mousteriense" o "musteriense" aún lo utilizan los arqueólogos de la actualidad para
describir la cultura del hombre de Neanderthal. El tipo de hachas y utensilios hallados
en asociación con huesos de Neanderthal se llama musteriense en honor de la cueva que
excavó Hauser.
El siguiente movimiento de Hauser, después de anunciar su descubrimiento, fue
típico de él. Vendió el esqueleto. El comprador fue el Museo Etnológico de Berlín, que
pagó 125,000 francos oro, el equivalente entonces de 25,000 dólares.
Hauser nunca volvió a hacer un descubrimiento importante. Cuando estalló la primera
guerra mundial, en 1914, tuvo que abandonar Francia. Muchos países europeos dictaron
leyes que impedían la clase de excavaciones lucrativas en que se especializaba Hauser.
En algunas ocasiones, durante los últimos años de su vida, Hauser visitó Berlín con su
esposa y fue al Museo Etnológico para ver el esqueleto de Le Moustier. Allí ponía
reverentemente un ramo de flores sobre la vitrina de exhibición, como adornando una
tumba.
La historia tiene una secuela desagradable. El muchacho de Le Moustier, cuyos
huesos reposaron a salvo en tierra durante mil siglos, duraron menos de cuatro decenios
al cuidado del homo sapiens. Durante la segunda guerra mundial, una bomba cayó sobre
el Museo Etnológico de Berlín y el esqueleto de 25,000 dólares de Le Moustier ardió
hasta convertirse en cenizas. ¡Todo sea por el progreso, la evolución y la prolongada
ascensión del hombre desde las cavernas!
Otros esqueletos tipo Neanderthal salieron a la luz poco después, sobre todo en
Francia y particularmente en la Dordoña. Cuevas en La Farrassie, La Quina, Bañolas en
España y Rapashuta en Hungría, produjeron huesos tipo Neanderthal. En 1924
fueron hallados restos tipo Neanderthal en Kiik-Koba, en la Crimea rusa. La isla de
Jersey, en el Canal inglés, ha rendido fragmentos de tres hombres tipo Neanderthal.
Italia, Rumania, Checoslovaquia... Europa ha dado su contribución en casi todas las
partes del continente, Hasta ahora se han recuperado cerca de cien esqueletos, o parte de
esqueletos tipo Neanderthal, en más de cuarenta sitios diferentes. La mayoría de ellos
han sido descubiertos en Europa occidental.
También se han encontrado hombres tipo Neanderthal en Asia. Descubrimientos
importantes se hicieron en Palestina entre 1925 y 1933; éstos serán tratados en detalle
más adelante, porque arrojaron alguna luz sobre las relaciones entre el hombre de
Neanderthal y el homo sapiens moderno. En 1949 y 1954, arqueólogos turcos hallaron
dientes de tipo Neanderthal en Asia Menor. Y entre 1953 y 1960, el arqueólogo norte-
americano Ralph Solecki descubrió siete esqueletos tipo Neanderthal, seis adultos y un
infante, en la gruta de Shanidar, en el norte de Irak.

Cráneo de Shanidar 1. Fuente: Institución Smithsoniana.

Sabemos, por su extensión geográfica, que el hombre de Neanderthal vivió en gran


parte de Europa y el Cercano Oriente, concentrándose particularmente en Europa
occidental. Tenemos sus esqueletos, sus utensilios e incluso, en Italia, también existen
las huellas de sus pisadas. (Fueron encontradas en 1950 en una caverna del norte de
Italia, llamada Tam della Básura, "Cueva de la Bruja", donde pueden verse dos docenas
de huellas de pies planos de hombre tipo Neanderthal en suelo arcilloso, bajo una repisa
de roca.)
¿Qué sabemos hoy del hombre de Neanderthal, poco más de un siglo después del
primer anuncio de Schaafhausen, del descubrimiento del cráneo "bárbaro"?
Tenemos una buena idea del aspecto de éste, que no era hombre del todo. Era bajo y
rechoncho, de no mucho más de 1.52 de altura, en promedio, con un pecho combado y
pies planos. Su frente se inclinaba hacia atrás, sus arcos superciliares eran enormes y no
tenía mentón. Su nariz era ancha y de puente bajo y la boca le sobresalía hacia adelante
como un hocico. Tenía las piernas arqueadas; pudo haber andado arrastrando los pies,
con las rodillas dobladas o flexionadas permanentemente, aunque estudios recientes han
arrojado alguna duda sobre esta idea.
Todo esto es el testimonio que dan los huesos. El hombre de Neanderthal no nos dejó
retratos de él mismo, ni cuerpos completos e incorruptos, por supuesto. No sabemos
cuán peludo era, pero sabemos que se vestía con pieles de animales; así que es probable
que no haya tenido una piel simiesca, gruesa y peluda, sobre todo el cuerpo. No
sabemos ni nunca sabremos cuál era el color de su piel. Lo más probable es que haya
sido de algún tono rosado o moreno, más que de un original azul, verde o con lunares...
pero nunca lo sabremos.
Tenía un cerebro grande. El cerebro de un esqueleto se mide por capacidades
craneales... es decir, por el volumen que tiene en centímetros cúbicos la cavi-ded del
cráneo. Entre el homo sapiens moderno, la capacidad craneal común es de alrededor de
1,400 o 1,500 centímetros cúbicos. Algunos hombres tienen capacidades para el cerebro
de 1,100 a 1,200 centímetros cúbicos; ¡el cráneo de Cuvier, por otra parte, poseía una
capacidad de 1,830, y el del novelista ruso Turguenev de 2,012!
La capacidad media del cerebro del hombre de Neanderthal era de alrededor de 1,600
centímetros cúbicos en los cráneos masculinos y unos 1,350 en los femeninos. O sea,
más elevada que la cifra común del homo sapiens. ¿Significa esto que el cavernario de
gran cerebro de hace mucho tiempo era más inteligente que el hombre moderno?
En absoluto. Los chimpancés tienen cerebro más pequeño que los gorilas, pero son
más inteligentes que éstos. Los elefantes tienen cerebro más grande que los monos o los
hombres, pero aun así no muestran mayor inteligencia. Algunos ejemplares notable-
mente inteligentes del homo sapiens han tenido cerebros de menos de 1,300 centímetros
cúbicos, y muchos idiotas han poseído capacidades craneales de 1,800 centímetros
cúbicos o más.
Así que el gran cerebro del hombre de Neanderthal no prueba nada. Cierto, era un ser
inteligente, pero no era necesariamente más hábil que el homo sapiens. No es
forzosamente el tamaño del cerebro lo que cuenta. En el aspecto anatómico, el hombre
de Neanderthal, con su frente inclinada, puede haber sido imbécil. Ahora estamos
bastante seguros de que los centros de inteligencia elevada están colocados al frente del
cerebro. Nuestros cráneos se abultan hacia adelante, para hacer espacio a nuestros
lóbulos cerebrales frontales. El cráneo del hombre de Neanderthal se inclinaba hacia
atrás; tenía muy poco cerebro al frente, pero en verdad poseía mucho atrás, donde se
cree que tienen lugar los procesos de pensamiento menos intelectuales.
Era diferente a nosotros, pero no enormemente diferente. En realidad, la escuela
moderna de antropólogos favorece la idea de mudarlo a nuestra especie y abolir el
nombre de homo neanderthalensis, haciéndolo un tipo primitivo de nuestra propia
especie. Nosotros seríamos llamados homo sapiens sapiens.
Por supuesto, un hombre de Neanderthal vestido por completo y bien afeitado, podría
andar entre nosotros sin atraer a una multitud. Parecería un tanto rechoncho y tal vez
con cara bastante extraña. Pero sólo desnudándolo hasta los huesos podríamos llegar a
las verdaderas diferencias.
Los esqueletos muestran que los huesos de las piernas y los brazos, los omoplatos y
algunos huesos de los tobillos son muy distintos en forma a los del homo sapiens. Sus
huesos son pesados, gruesos y de articulaciones grandes, con señales de que sus
músculos estaban extraordinariamente bien desarrollados. Las órbitas de sus ojos son
más grandes que las nuestras y, por supuesto, tienen esos arcos superciliares promi-
nentes. Su nariz era enorme, en gran pico saliente, y la distancia entre ella y los dientes
superiores era mayor que en nosotros. Sus dientes diferían de los nuestros en muchas
cosas menores, su mandíbula tiene una forma distinta a la nuestra y sólo tiene un
redondeamiento en donde sobresale en nosotros el mentón. Su cabeza es grande en
proporción con su cuerpo bajo, requiriendo grandes músculos para sostenerla. Y hay
otras diferencias. Es, muy ciertamente, una variedad distinta de ser humano. Sin
embargo, como veremos, hay buenas razones para darle la bienvenida a nuestra especie.
¿Qué clase de vida llevaba? Tan sólo podemos hacer deducciones con nuestras
pruebas limitadas. Tal vez poseía alguna clase de lenguaje, aunque puede haberse
limitado a unas cuantas docenas de gruñidos. No podemos decir nada más, por su
cráneo y sus mandíbulas, sobre si era capaz realmente de hablar, pero parece probable.
Puede haber sido un bárbaro, pero tenía algunas costumbres civilizadas. Entre los
animales salvajes y muchas tribus humanas primitivas, con frecuencia se da muerte a los
viejos y a los enfermos, por conveniencia general, pero sabemos que los hombres de
Neanderthal los cuidaban algunas veces. El hombre de la Chapelle-aux-Saints estaba
tullido por la artritis y sólo le quedaban dos dientes. Alguien lo había cuidado, buscando
comida que pudiera masticar y llevándosela, y finalmente le proporcionó una sepultura
decente. Uno de los hombres de Shanidar nació con el brazo derecho anquilosado, que
le fue amputado durante su vida por un cirujano primitivo. Vivió muchos años después
de la operación, muriendo cuando el techo de su cueva se desplomó sobre él. Un hom-
bre de Neanderthal de La Ferrasie estaba tan artrítico que no debió de poder masticar los
alimentos; alguien debió de atenderlo. Éstos no son actos de salvajes.
El hombre de Neanderthal puede haber tenido alguna clase de religión. Sepultaba a
sus muertos, lo que no hacen los monos. Eso indicaba el sentido de una vida posterior o,
cuando menos, de la importancia de preservar la paz de los muertos. También enterraba
objetos con sus muertos. En una cueva alemana que había sido habitada por hombres de
Neanderthal, fueron hallados diez cráneos de osos en nichos en las paredes, lo mismo
que en una rudimentaria caja de piedra, y más huesos de oso en una plataforma de
piedra. ¿Era sagrado el oso para el hombre de Neanderthal? La caverna de Montespan,
en los Pirineos, contenía la estatua de un oso, quizá de Neanderthal, quizá posterior.
Existen muchos indicios de un culto al oso entre los habitantes primitivos de Europa.
¿Cuándo vivió el hombre de Neanderthal y por qué desapareció?
Dejemos la segunda parte de esa pregunta para su consideración en un capítulo
posterior. En cuanto a la época en que el hombre de Neanderthal ocupó la tierra,
podemos ofrecer algunas deducciones, respaldadas con una cantidad adecuada de
pruebas sólidas.
Los fósiles de Neanderthal auténticos más antiguos que han sido descubiertos, tienen
de 150,000 a 200,000 años de edad. Datan de un periodo conocido como "tercer
interglacial". Ciertos tipos semejantes al de Neanderthal, como veremos, son aún más
viejos, datando de hace más de 250,000 años.
Durante el pleistoceno, Europa y Norteamérica estuvieron cubiertas una y otra vez
por capas de hielo, grandes glaciares que se deslizaban con lentitud sobre la tierra. El
cómo han elaborado los hombres de ciencia nuestro conocimiento de la Edad Glacial, es
una historia en sí mismo; sólo podemos decir aquí que la creencia actual es que hubo
cuatro períodos glaciales separados, en un espacio de entre 600,000 y 1.000,000 de
años, separado cada uno del siguiente por un periodo interglacial. El primero y segundo
periodos glaciales y el primero interglacial duraron cada uno entre 50,000 y 100,000
años, al parecer. El segundo interglacial tuvo quizá alrededor de 200,000 años de
duración y fue seguido por el tercer glacial relativamente breve (de 60,000 a 100,000
años).
Después llegó el tercer interglacial, de la misma duración poco más o menos, en el
cual empiezan a aparecer los fósiles de Neanderthal; y luego el cuarto glacial, que duró
100,000 años o más y terminó tal vez no hace más de 10,000 años, Es posible que en la
actualidad estemos viviendo en el quinto interglacial y que las masas de hielo
desciendan a destruir nuestra civilización dentro de unas cuantas decenas de millares de
años.
El período de expansión más grande del hombre de Neanderthal se produjo durante el
cuarto glacial. Europa era entonces un continente nevera, barrido por vientos enconados,
atormentado por un frío casi ártico, donde vagaban bestias lanudas, como los mamutes y
rinocerontes desaparecidos. Los animales de clima tibio habían huido todos al África y
Asia, donde prevalecían lluvias intensas y clima benigno en los trópicos.
El hombre de Neanderthal parece haber resistido muy bien el frío. Se protegía de él
en cavernas, se envolvía en las pieles de bestias lanudas y soportó la baja temperatura
durante cientos de generaciones. Estaba bien equipado físicamente para resistir el frío,
era de cuerpo grueso y duro y de gran fuerza y resistencia físicas. Un antropólogo
importante, Carleton S. Coon, ha argumentado que incluso la gran nariz del hombre de
Neanderthal era una adaptación para el clima helado. En El origen de las razas (1962),
Coon escribe: "Investigaciones militares recientes han demostrado que en climas muy
fríos, no son tanto los pulmones, sino el cerebro, lo que está en peligro de ser congelado
por el aire inhalado. Los pulmones están muy lejos de la nariz. En las poblaciones
árticas, los cuellos son cortos generalmente, los cráneos anchos y bajos y la distancia de
la nariz a los pulmones más corta que en muchos pueblos tropicales de cuello largo".
La nariz, observa Coon, "sirve al propósito, entre otros, de calentar y humedecer el aire
inhalado, en su camino hacia los pulmones". Según Coon, la gran nariz del hombre de
Neanderthal era una especie de radiador interconstruido, que protegió su cerebro y sus
pulmones de un enfriamiento funesto durante Edad del Hielo. Según el criterio
darwiniano, los hombres de Neanderthal que carecían de tan útil equipo nasal murieron
jóvenes, sin dejar descendencia, y sólo fue preservada la característica de la nariz larga.
Debe hacerse notar que esta teoría no ha ganado todavía una aceptación científica
universal.
La fecha de la llegada a escena del hombre de Neanderthal está en duda. La época de
su partida es menos oscura, gracias a un adelanto científico reciente, el fechado con
carbono-14.
El carbono-14 es un elemento radiactivo. Todo ser viviente lo absorbe en una
proporción constante en su vida. Al morir, la absorción de C-14 se interrumpe y la
cantidad acumulada en el cuerpo empieza a degenerar en carbono no radiactivo. El
carbono-14 tiene una "vida media" de alrededor de 5,700 años, lo cual significa que si el
cuerpo de un ser contenía 28 gramos de C-14 al morir, después de 5,700 años quedarían
14 gramos; después de 11,400 años, 7 gramos; después de 17,100, 3.5; y así
sucesivamente, hasta que sólo restara una cantidad insignificante de C-14.
Desde 1947, un grupo de hombres de ciencia, encabezado por el doctor Willard F.
Libby, han estado perfeccionando un método complejo e ingenioso para fechar
sustancias orgánicas, midiendo la cantidad de carbono-14 que contienen. Los primeros
intentos no siempre fueron exactos, pero en la actualidad esta técnica es considerada
como el mejor método de fechar el pasado reciente. No puede ser utilizado con objetos
de más de 50,000 años, ya que no resta C-14 suficiente para ser medido. Libby recibió
el Premio Nóbel de Química de 1960 por su trabajo de fechado con carbono-14.
Una cueva ocupada por hombres de Neanderthal, en Israel, proporcionó una fecha
de C-14 de alrededor de 30,000 años, en muestras de carbón vegetal quemado. (El
hombre de Neanderthal conocía el uso del fuego, como prueban dichos restos). Una
gruta belga con instrumentos musterienses de piedra, también contenía una capa de
turba, cuya edad de carbono radiactivo era de 36,000 años. Los esqueletos de la cueva
de Shanidar fueron fechados en alrededor de 46,000 años.

Utensilios Musterienses.
Arriba: Hachas de mano de Combe-Capelle, Dordogne, Francia
Abajo: Hacha de mano y chopper de Bergerac, Dordogne, Francia
Fuente: Museo Logan.

Las pruebas indican que aún había hombres de Neanderthal en Europa y en el


Cercano Oriente hasta 30,000 años A. C, y tal vez hasta 20,000 años A. C. Por entonces,
nuestro propio antepasado, el Homo sapiens, estaba firmemente atrincherado en Europa.
Con el fin del cuarto periodo glacial, el hombre de Neanderthal desaparece de los
registros arqueológicos, quizá exterminado por el Homo sapiens.
Tal vez. Regresaremos más tarde sobre el destino del hombre de Neanderthal.
Hoy no hay hombres de Neanderthal vivos en ninguna parte del mundo, ni los ha
habido en muchos años. Eso parece cierto. Pero pueden haber "sobrevivido" en una
forma diferente.
Las tradiciones de muchas tierras, particularmente del norte de Europa, abundan en
cuentos de nomos, ogros y enanos. Son descritos hombres pequeños, feos y peludos,
que viven en cuevas o bajo tierra. Son seres brutales, desagradables, cuyo único deleite
parece ser el hacer la guerra a la raza humana y producir cuanto daño les sea posible.
¿Dónde se originó este mito de nomos y ogros? ¿Podría ser que los hombres horribles
de los cuentos de Grimm y Andersen, y los nibelungos de los mitos alemanes, fueran
sobrevivientes de Neanderthal en épocas históricas? ¿Sobrevivieron grupos aislados de
ellos aquí y allá en Europa hasta hace nada más que unos cuantos miles de años,
subsistiendo el recuerdo de ellos de generación en generación, en cuentos relatados para
asustar a los niños?
¡Quizá!
4
MANDÍBULAS DE JAVA

El hombre de Neanderthal parecía ser el "eslabón perdido" entre el hombre moderno


y el antepasado simiesco primitivo que postuló Darwin. Cuando menos, así pensaba el
público en general en el decenio de 1880, cuando estaban haciéndose los primeros
grandes descubrimientos de Neanderthal.
Los hombres de ciencia no pensaban así. El hombre de Neanderthal era primitivo y
simiesco, en muchos sentidos, pero vivió en época demasiado reciente para ser nuestro
antepasado. Podía ser un primo, relacionado con nosotros un poco más estrechamente
que nuestros otros primos, los chimpancés y los orangutanes, pero no podía ser nuestro
predecesor en el árbol de la familia humana. Thomas Henry Huxley lo vio así desde
1863, y otros llegaron a aceptarlo.
¿Dónde estaban entonces los fósiles de hombres verdaderamente primitivos, los
antepasados de quienes decía Darwin que evolucionamos?
Las cavernas de Europa occidental habían, rendido un buena cosecha de fósiles
humanos, pero todos eran del tipo de Neanderthal o del Homo sapiens. Si hubo algún
tipo anterior de humano, no parecía haber habitado en cuevas. Los excavadores tendrían
que buscar en otras partes.
El encontrar un fósil siempre es cuestión de suerte. Cuando los hombres o las bestias
vivían en grutas, ellas le proporcionaban protección después de la muerte, y los
esqueletos fosilizados llegaban a nuestra época bastante intactos. La práctica de los
entierros humanos también aseguraba un buen suministro de fósiles. Pero las
posibilidades de conservación son escasas cuando una criatura muere a la intemperie.
Por lo general, los animales voraces devoran el cuerpo, roen los huesos y dejan el
esqueleto esparcido. El deterioro natural se encarga del resto, Idealmente, una criatura
muerta debe estar protegida contra el deterioro, para fosilizarse. En miles de años, la
materia orgánica de los huesos puede ser remplazada, molécula a molécula, por una
sustancia mineral, como óxido de hierro, carbón, sílice o magnesita, produciendo un
fósil idéntico en estructura al original, pero mucho más resistente.
Una buena manera de fosilizarse es ser atrapado en un agujero de agua cenagosa.
Nuestros descubrimientos fósiles más grandes han provenido de antiguos pantanos,
donde animales tan voluminosos como rinocerontes y elefantes se atascaron en el fango
y desaparecieron de la vista, a salvo de los colmillos demoledores, hasta que fueron
exhumados miles o millones de años después. Las famosas minas de brea de La Brea,
en Los Ángeles, ilustran esa situación. Allí, cientos de bestias se aventuraron a los
llanos de alquitrán pegajoso y no pudieron liberarse. En los climas secos, como el de
Egipto, los animales muertos han sido cubiertos por las arenas en movimiento, antes que
los animales carnívoros pudieran hallarlos, y así han sido preservados, para que
pudieran descubrirlos después los paleontólogos.
Nuestros antepasados parecen haber sido demasiado hábiles para dejarse atrapar en
pozos o minas de brea. Y nuestros antepasados más remotos tendían a vivir en áreas
tropicales, donde las lluvias intensas provocaban la descomposición rápida de los
huesos de animales. Por estas razones y muchas otras, los restos fosilizados de los
primates antiguos siempre han sido mucho más difíciles de hallar que los caballos o los
elefantes primitivos, por ejemplo.
El descubrimiento del hombre más antiguo era un reto formidable. Pero había
personas dispuestas a contestar a él.
Una de ellas era un cirujano holandés aventurero llamado Eugen Dubois, nacido en
1858, el año en que Schaafhausen anunció el hombre de Neanderthal a un mundo
indiferente. Dubois se interesó en el problema de los antepasados del hombre cuando
todavía estaba en la escuela de medicina. En 1886, mientras se ganaba la vida dando
lecciones de anatomía en Amsterdam, comenzó a especular respecto al lugar de
nacimiento del hombre. Le pareció probable que el hombre hubiera nacido en un lugar
poblado por los monos antropoides, o semejantes al hombre. A la luz del pensamiento
actual, no podemos considerar muy lógica esa actitud, pero Dubois estaba influido por
la idea de que, en alguna forma, el hombre había "descendido" de los monos. El lugar de
nacimiento del hombre, argumentaba, estaba en África, "donde existen gorilas y
chimpancés", o, en su defecto, en el sur de Asia, "donde hay orangutanes". Y se propuso
buscar los restos fósiles en uno u otro de esos lugares.
La mejor manera de que un estudioso, joven y sin un centavo, llegue a una parte
lejana del mundo, es que consiga un viaje patrocinado por el gobierno. Eso fue lo que
hizo Dubois. En 1887 se enganchó como "oficial de sanidad de segunda clase" en el
ejército colonial holandés. Los holandeses tenían colonias en el sudeste de Asia, pero no
en África, y por eso Eugen Dubois hizo su trabajo en la isla de Java.
Java es una isla grande, de más de 125,000 kilómetros cuadrados, en lo que eran
entonces las Indias Orientales Holandesas y ahora es la República de Indonesia. El
estrecho de la Sonda la separa de la isla indonesa de Sumatra, todavía más grande.
Dubois llegó a Sumatra en 1887. Había logrado interesar al gobierno holandés en la
idea de encontrar fósiles, y fue comisionado para buscarlos. Sumatra parecía un lugar
mucho más adecuado que Java para buscar. No sólo era Sumatra de una extensión triple,
sino también mucho más antigua que Java. Los geólogos ya habían establecido que Java
era una isla relativamente joven, que surgió del mar por la acción volcánica hace poco
más de un millón de años. Sin embargo, Sumatra tenía una gran antigüedad, habiendo
sido en un tiempo una península unida a la tierra firme de Asia suroriental mucho
tiempo antes de que emergiera Java.
Por otra parte, Java tenía una población densa y Sumatra estaba despoblada,
comparativamente. Pero Dubois principio con Sumatra. Hurgó durante dos años en las
grutas de Sumatra, esperando descubrir en Asia algunos vestigios correspondientes a los
descubrimientos de Neanderthal en cuevas de Europa. No obtuvo resultados.
En 1889 le llegó la noticia del hallazgo de un cráneo fósil en Wadjak, en la costa
meridional de la vecina Java. El cráneo fue enviado a Dubois para su examen. Era de
Homo sapiens; no existía motivo para entusiasmarse. Pero sin duda era bastante
antiguo, de forma un tanto primitiva. Dubois decidió que Java podría resultar más
fructífera en fósiles humanos que Sumatra, donde aún no encontraba otra cosa que
huesos de orangután.
Arregló su traslado y se radicó en Java. En 1890 halló otro cráneo de Homo sapiens
en Wadjak, también viejo y primitivo, con arcos superciliares prominentes y mentón
débil y una enorme mandíbula inferior de gruesos huesos. Dubois no lo consideró
notable. En realidad, no se molestó en informar al mundo científico respecto a los
cráneos de Wadjak durante cerca de treinta años.
Lo que buscaba era un hombre mono.
El hombre mono aún no hallado ya tenía un nombre. El evolucionista alemán Ernst
Haeckel había escrito un libro insistiendo en que dicho "eslabón perdido" tenía que
existir y lo llamó Pithecanthropus alalus, que significa "Hombre mono sin lenguaje"
!Dubois no solamente sabía lo que estaba buscando; incluso ya estaba enterado del
nombre científico que iba a llevar!
El sitio de Wadjak no produjo el Pithecanthropus. Dubois oyó hablar de una
población llamada Trinil, a cierta distancia tierra adentro, donde habían sido exhumados
mamíferos fósiles de la Era Terciaria. Como pensaba que este hombre mono debía de
haber sido terciario, fue a echar un vistazo.
El 24 de noviembre de 1890, Dubois halló un diente de aspecto extraño y el
fragmento erosionado de una mandíbula inferior. ¿Pithecanthropus? Tal vez, pero los
restos eran insuficientes para decir a Dubois algo definitivo. Siguió cavando a lo largo
de la extensión de cuarenta kilómetros, entre la población de Trinil y el sitio llamado
Kedung-Brebus al sudeste, donde había encontrado la mandíbula.
Pasó cerca de un año. En septiembre de 1891, Dubois estaba trabajando cerca de la
misma Trinil. Ésta es una pequeña aldea a orillas del río Solo. Cerca de la aldea se
levanta el volcán activo de Gunung Gelunggung, de más de 3,000 metros de altura.
Geológicamente, el área que rodea Trinil está compuesta de productos volcánicos: capas
de arena, cenizas y piedras volcánicas apomazadas llamadas lapilli, lo mismo que la
suave roca volcánica llamada toba. En algunos lugares, los depósitos volcánicos tienen
más de 300 metros de espesor. Contienen fósiles de muchas clases: elefantes,
rinocerontes, tapires, hipopótamos, varios monos, extintos y vivientes, y otros más. El
río Solo serpentea por los suaves lechos volcánicos cortando cada vez con más fuerza
erosiva y denudando los estratos más profundos.
Ese día de septiembre de 1891, Dubois estaba trabajando en la capa que contenía
lapilli. Muy arriba, el Genung Gelunggung (¡el nombre mismo suena como una
erupción volcánica!) emitía pacíficamente nubecillas de humo, mientras el médico
holandés rondaba entre la piedra pómez que había vomitado el volcán una vez. En una
cueva, a orillas del Solo, Dubois encontró un diente.
Era un molar de la mandíbula superior derecha, tal vez de un mono, quizá de un
hombre o de algo intermedio. Dubois reunió a sus trabajadores malayos y los puso a
trabajar levantando las capas de la orilla del río como las de una cebolla. Un mes
después, hizo un segundo descubrimiento... ¡a sólo un metro de donde había hallado el
diente!
Era una bóveda craneal, de color pardo oscuro y muy corroída por las aguas ácidas
del río. Únicamente fue encontrada la tapa del cráneo, poco hondo y de alrededor de
diecisiete centímetros de longitud. Tenía gruesas arcadas superciliares. Dubois nunca
había visto una bóveda craneana como ésa, con una mezcla de características simiescas
y humanas.
Hizo a un lado la excitación que pudiera haber sentido y siguió cavando. Los
hombres de ciencia de Europa, a miles de kilómetros de distancia, no tenían la menor
sospecha de lo que estaba sucediendo en Java. Dubois no enviaba cartas a casa, no
escribía artículos para revistas científicas.
La llegada de la temporada de lluvias obligó a suspender el trabajo de Dubois. Pero al
año siguiente se hallaba de regreso en Trinil, cavando en la orilla del río. En agosto de
1892 descubrió un fémur fosilizado a unos trece metros río arriba y en el mismo estrato
que la bóveda craneana. Era un hueso extraño, obviamente muy antiguo, quizá tan viejo
como el diente, la bóveda craneal y la mandíbula erosionada que descubrió antes.
Pronto encontró otro diente, cerca de allí. Pero ¿pertenecían todos los vestigios fósiles a
la misma criatura?
El pensamiento de Dubois en este punto era confuso y desorientador. Cambiaba de
una opinión a otra cada día. El fémur era humano indudablemente, en su opinión, ya que
por su forma había pertenecido a una criatura que andaba erguida, a la manera de los
hombres, y no inclinada hacia adelante, como hacen los monos. No obstante, la bóveda
craneal indicaba una capacidad de entre 800 y 1,000 centímetros cúbicos, que era mayor
que la de un mono (la capacidad craneal de un chimpancé es de alrededor de 400
centímetros cúbicos y la de un gorila de 500 centímetros cúbicos, poco más o menos),
pero mucho más reducida que el promedio del homo sapiens o el hombre de
Neanderthal. Dubois estaba seguro al principio de que la bóveda craneal y el fémur
pertenecían a un individuo.

Cráneo de Pithecanthropus. Hallado por Dubois en Trinil, Java, 1891.


Fuente: Institución Smithsoniana.

Su primera idea fue que había hallado un mono extraño. Lo llamó Anthropopithecus
erectus, "mono semejante a un hombre, que anda erguido". Pero luego, confundido por
el problema, reconsideró la bóveda craneal. El cerebro de esta criatura de Trinil fue
mayor que el de ningún mono conocido y menor que el de cualquier hombre conocido.
¿Por qué llamarlo mono? Dubois cedió a la evidencia. Había encontrado la criatura
hipotética que llamó Haeckel Pithecanthropus. Pero en vista de el fémur sorprendente,
Dubois alteró el nombre de Haeckel para la especie, de alalus, "sin lenguaje", a
"erectus", que anda erguido.
El informe de Dubois salió finalmente hacia Europa en 1894. Comunicó en 1891 y
1892 al célebre Haeckel sus descubrimientos de una bóveda craneal, un fémur, un
fragmento de mandíbula y varios dientes pertenecientes a un hombre simiesco del
plioceno, al que llamó Pithecanthropus erectus.
El ensayo de Dubois titulado "una forma humana de transición, de Java", provocó una
enconada controversia inmediata. El punto difícil era el eslabonamiento de una bóveda
craneal primitiva con un fémur casi humano. El fémur del Pithecanthropus era mucho
más similar a los nuestros que el del hombre de Neanderthal. Sin embargo, el
Pithecanthropus fue encontrado en estratos mucho más antiguos. (Dubois pensaba que
eran pliocenos o terciarios, pero ahora sabemos que eran pleistocenos bajos o medios...
todavía, cuando menos, del doble de antigüedad que los descubrimientos más viejos de
Neanderthal). La teoría de la evolución no había previsto los retrocesos. ¿Había andado
erecto el hombre en el plioceno y a principios del pleistoceno y luego desarrollado las
rodillas flexionadas del hombre de Neanderthal en el pleistoceno medio, únicamente
para regresar a la postura erguida en nuestra propia era? El aceptar al Pithecanthropus
significaba llevar al hombre de Neanderthal a una rama evolutiva propia.
Los antropólogos del decenio de 1890 no estaban dispuestos a hacerlo. Se habían
acostumbrado en forma gradual a la idea del ser de Neanderthal como el predecesor
inmediato del hombre. El descubrimiento de Dubois perturbaba esa teoría, bonita, pero
incorrecta. Un grupo de hombres de ciencia declaró escépticamente que el cráneo era de
alguna clase de mono y el fémur de un nativo javanés, y eso era todo. Otros aseguraban
que el cráneo y el fémur pertenecían al mismo individuo, sí, pero eran los huesos de un
mono. Unos pocos, encabezados por Haeckel, respaldaron la idea de Dubois de un
hombre erguido, semejante a los monos. Pero nada podía asegurarse sin una inspección
de los huesos.
El año 1896 la Holanda nativa de Dubois iba a ser anfitriona de un congreso
zoológico internacional en Leyden. Dubois metió en una caja sus huesos de
Pithecanthropus y viajó a casa para asistir a él. Ante un salón abarrotado de grandes
científicos de Europa, el médico de cuarenta y ocho años desempaquetó y exhibió la
bóveda craneal, el fémur y los dos dientes fósiles. Dijo que eran vestigios del hombre
del plioceno... ¡el Pithecanthropus erectus!
Estalló una discusión acalorada. Algunos hombres de ciencia objetaron,
acertadamente, como resultó, el fechado de Dubois en el plioceno. Otros disputaron por
su enlazamiento del cráneo con el fémur. Uno de los que se levantaron para atacar fue el
doctor Virchow, el obstinado oponente de la antigüedad del hombre de Neanderthal.
Virchow dijo que el cráneo era de un mono. El muslo, añadió, era humano y muy
reciente. Se mofó de los argumentos de que los huesos eran del mismo color, mostraban
el mismo grado de mineralización y habían sido hallados en los mismos estratos. ¿No
fueron descubiertos en puntos ampliamente separados de la orilla del río?
Dubois tuvo una contestación: "Creo que el Pithecanthropus erectus y los animales
asociados perecieron en una catástrofe volcánica", dijo. Prosiguió trazando un cuadro de
una erupción del Gunung Gelunggung que acabó con la vida en torno de él, sepultando
al Pithecanthropus bajo lapilli volcánico, de manera muy semejante a como fue
enterrada en un tiempo la ciudad romana de Pompeya. Creía que el río Solo, al cortar a
través del material volcánico, expuso después los huesos del hombre mono y los
esparció sobre una extensión de quince metros en la orilla.
El congreso terminó con los hombres de ciencia en desacuerdo. Todos, excepto
Virchow, parecían sentir que Dubois había encontrado algo importante, pero su
importancia real era cuestión de controversia. Dubois, obsequiado con el espectáculo de
tal desacuerdo de científicos, se sintió contrariado y entristecido. Esperaba ser recibido
como un héroe de la ciencia por haber proporcionado el eslabón vital entre el hombre y
su pasado simiesco. En lugar de eso, se convirtió meramente en objeto de disputa y fue
sometido a algunos ataques enconados.
Era demasiado. Renunció a su puesto en el ejército y tomó un nombramiento como
profesor de geología en la Universidad de Amsterdam. Se mantuvo en comunicación
con sus ayudantes en Trinil hasta 1900, y año tras año fueron enviadas cajas de fósiles
de Java a Dubois. Él no los enseñó a nadie. Los guardó en su caja fuerte en el Museo
Teyler, de Haarlem. Dubois vivía ahora con sus dos viejas hermanas solteras. Las
hermanas, ambas piadosas, se horrorizaron al saber que su hermano menor intentaba
rebatir las enseñanzas bíblicas. Ellas eran todavía de la escuela de pensamiento de la
creación en 4004 A. C, y ante su desaprobación, Dubois se retiró gradualmente por
completo del mundo de la ciencia, sin publicar nada ni decir nada de la antigüedad del
hombre.
Pero Java había probado ser un sitio donde podían ser encontrados fósiles
importantes. Aunque Dubois abandonó el campo, otros estaban ansiosos de tomar su
puesto. En 1906, Emil Selenka, profesor de zoología de la Universidad de Munich,
planeó una expedición, pero murió antes de partir. Al año siguiente, su esposa realizó el
plan yendo a Java. Ella, un geólogo alemán y un ingeniero de minas holandés cavaron
en Trinil, donde había descubierto Dubois el Pithecanthropus. Removieron 7,500 metros
cúbicos de tierra, cavaron hasta una profundidad de doce metros y no encontraron restos
humanos, salvo un diente humano, identificado después como de Homo sapiens.
Hallaron restos fósiles importantes de otros mamíferos, mientras el geólogo de la
expedición determinó con éxito que las capas volcánicas de Trinil no eran terciarias,
como pensaba Dubois, sino cuaternarias. Lo hizo comparando las impresiones de
plantas fósiles de Trinil con otras de formaciones similares de la India, ya identificadas
como cuaternarias.
Otros excavadores tuvieron una falta de éxito similar. El descubrimiento de Dubois
era el único de su clase. Y se negaba a mostrar a nadie las reliquias de Pithecanthropus.
Hasta 1921, el respetado paleontólogo Marcellin Boule estaba insistiendo aún en que el
Pithecanthropus era en realidad un gibón.
En 1918 llegaron noticias de Australia de que había sido encontrado un cráneo fósil...
el cráneo de Talgai, hallado en 1884, pero sin haber sido reportado científicamente
durante más de treinta años. Era de Homo sapiens, pero de una clase primitiva, con
frente baja, pequeña capacidad craneal y grandes dientes de aspecto arcaico. Era el
primer cráneo fósil descubierto hasta entonces en Australia, y se dio amplia publicidad a
la noticia.
El anuncio llegó hasta Dubois y lo persuadió a romper un silencio de más de dos
decenios. Asombró al mundo revelando que había encontrado no sólo un cráneo de
Pithecanthropus, sino además otros dos... ¡los cráneos de Wadjak, muy similares al
hallado en Australia! Hizo saber que estos cráneos fueron descubiertos en 1889 y 1890
y que no consideró importante decir nada en los años siguientes.
Aún se negaba a mostrar los huesos a nadie. Esperó tres años, y en 1921 dio una
disertación científica describiendo los cráneos de Wadjak. Los cráneos permanecieron
en la caja fuerte. Los hombres de ciencia se horrorizaron. Si Dubois había ocultado un
par de descubrimientos importantes durante casi treinta años, ¿qué más había en esas
cajas? No tenía derecho a ocultar pruebas científicas. Como dijo Henry Fairfield
Osborn, del Museo Norteamericano de Historia Natural, era como si un astrónomo
descubriera un nuevo planeta y se negara a que otro lo mirase.
Tal vez Dubois se sintió un poco avergonzado. En 1923, permitió al fin que otro
hombre viera los preciosos huesos que había atesorado durante tanto tiempo.
El afortunado fue el antropólogo Ales Hrdlička, de la Institución Smithsoniana. Hizo
el viaje a Holanda para ver a Dubois y a los huesos del Pithecanthropus y de Wadjak.
"Fue la primera vez que los preciosos especímenes fueron mostrados a un nombre de
ciencia, después de su prolongado encierro", escribió Hrdlička más tarde. "Encontramos
que el profesor Dubois era un hombre corpulento, de gran corazón, que nos recibió con
sencillez cordial. Hizo llevar, de las cajas fuertes en que eran guardados, todos los
especímenes que tenía en su poder, y nos los enseñó personalmente y luego me permitió
manejarlos a mi satisfacción".
El aislamiento científico de Dubois terminó. Mostró los restos del Pithecanthropus en
otra reunión internacional y permitió que se sacara un modelo en yeso del cráneo. Con
las nuevas técnicas disponibles entonces, fue posible probar que el cráneo y el muslo
tenían realmente la misma edad y databan de principios del pleistoceno. El
Pithecanthropus fue aceptado como lo que Dubois dijo en 1896 que era: algo más que
un mono, pero menos que el Homo sapiens.
Aún no había otros especímenes de Pithecanthropus en existencia. En diciembre de
1926 llegó a Java la noticia del descubrimiento de otro cráneo de Pithecanthropus en
Trinil, hecho por el doctor C. E. J. Heberlein; pero un examen más minucioso mostró
que el "cráneo" era simplemente la articulación de la parte superior de la pata de un
elefante. Sin embargo, en 1927, Dubois abrió a un segundo antropólogo, Hans Weinert,
su cofre de tesoros de huesos antiguos, y mostró cuatro fémures más de Pithecanthropus
que había tenido todo el tiempo. (En 1935 mostró el quinto.) Pero al mismo tiempo, el
envejecido Dubois realizó una de las retractaciones más sorprendentes en la historia
científica. ¡Determinó que, después de todo, el Pithecanthropus fue un mono! Insistió en
que su hallazgo histórico no era más que una especie extinguida de gibón grande y dijo
que ni él ni el Pithecanthropus merecían una fracción de la publicidad recibida.
Dubois continuó su curiosa labor de zapa contra su propia fama hasta su muerte, en
1940. Mientras se atacaba de un modo que habría hecho sonreír al viejo Virchow, otro
paleontólogo estaba exhumando pruebas nuevas y concluyentes del suelo javanés.
Era G. H. R. von Koenigswald, de origen alemán, quien había iniciado su carrera de
paleontología cuando aún era un chico de la escuela. Su padre, un danés que vivía en
Berlín, pero que tenía nacionalidad brasileña, coleccionaba reliquias de los indios
americanos, máscaras, hachas de piedra, incluso cráneos, y el joven von Koenigswald
estaba ansioso por ir a los trópicos y reunir una colección propia, que arrojara alguna luz
sobre la historia primitiva del hombre.
La oportunidad llegó en 1930, cuando tenía 28 años. Obtuvo un nombramiento como
paleontólogo del Servicio de Reconocimiento Geológico de Java, y pronto se halló
trabajando en el antiguo sitio de Dubois en Trinil, a orillas del río Solo.
Miles de huesos salieron del lugar entre 1931 y 1933. Von Koenigswald y otro
paleontólogo apellidado Haar, exhumaron los fragmentos de once cráneos diferentes de
un tipo desconocido hasta entonces, distintos tanto del Pithecanthropus de Dubois como
del hombre de Wadjak, semejante al sapiens. A primera vista, estos nuevos cráneos
(Koenigswald los apodó hombre de Solo), parecían casi de Neanderthal. Tenían las
mismas paredes gruesas, la misma frente huidiza, los mismos poderosos arcos
superciliares. Únicamente habían sobrevivido las bóvedas craneales; las partes faciales
del esqueleto se hallaban destruidas.
Koenigswald pensó en realidad que el hombre de Solo era una especie de variedad de
Neanderthal de Asia sudoriental, y en 1934 acuñó el nombre científico de Homo
neanderthalensis soloensis, "Hombre de Solo tipo Neanderthal". Pero un estudio más
detenido reveló ciertas diferencias mayores entre los hombres de Neanderthal y de Solo.
Las capacidades cerebrales de los once cráneos variaban de 1,035 a 1,255 centímetros
cúbicos, muy por abajo del promedio del hombre de Neanderthal, aunque mayor que la
del Pithecantro-pus. Los cráneos de Solo tenían extraños crestones óseos encontrados en
el Pithecanthropus, pero no en el hombre de Neanderthal. El perfil general era más
semejante al de Pithecanthropus que al del hombre de Neanderthal.
Después de más de treinta años, los antropólogos todavía no están seguros de dónde
deben clasificar al hombre de Solo. Muchos piensan que es simplemente una forma
avanzada y evolucionada de Pithecanthropus, con un cerebro más grande, y lo llaman
Pithecanthropus soloensis. Otros consideran que está tan adelantado sobre el
Pithecanthropus, que pertenece al genus de verdaderos hombres, como Homo soloensis.
Otros más lo juzgan como lo hizo en un principio von Koenigswald, como una variedad
local de hombre de Neanderthal. Tal vez un descubrimiento posterior que proporcione
la mandíbula y los dientes del hombre de Solo, ayudará a resolver el problema de su
lugar en la escala evolutiva. Como está, únicamente podemos decir que es más
avanzado que el Pithecanthropus y más primitivo que el Homo sapiens.
El hombre de Solo fue un hallazgo importante e interesante. Pero von Koenigswald
había llegado a Java en busca de un tesoro más antiguo, el Pithecanthropus. Y su
atención fue desviada de Trinil al cercano sitio de Sangiran.
Hay sesenta y cinco kilómetros de Trinil a Sangiran, pasando el volcán dormido de
Merapi y bajando por el río Solo. De tiempo en tiempo, las lluvias intensas sacaban
huesos fosilizados del cieno de Sangiran, huesos de elefantes, de "tigres" dientes de sa-
ble, y de rinocerontes. Von Koenigswald sospechó que podría hallar fósiles humanos
allí, quizá aun de un segundo Pithecanthropus.
Pero el mundo estaba sumido en las profundidades de la gran depresión. Los fondos
eran escasos. Los trabajos de von Koenigswald en Trinil agotaron el dinero dedicado
por la administración colonial holandesa a las investigaciones paleontológicas en Java.
No había más dinero para financiar una nueva excavación en Sangiran.
Von Koenigswald solicitó un donativo para investigación al Instituto Carnegie de
Washington "¡Si alguna vez se descubre otro Pithecanthropus, será aquí!" escribió. En
1937, von Koenigswald fue a los Estados Unidos para asistir a una conferencia sobre el
hombre primitivo, en Filadelfia, y en el mismo viaje logró obtener su donación
Carnegie. Con el apoyo financiero norteamericano, volvió a Java a buscar el
Pitheeanthropus.
La búsqueda tuvo éxito. Halló primero una mandíbula inferior con cuatro dientes
intactos. No tenía mentón y era muy grande, semejante al fragmento de mandíbula de
Pithecanthropus de Dubois, de 1890. Después, en septiembre de 1937, hizo otro
descubrimiento inpresionante... un gran fragmento de cráneo humano. Von
Koenigswald se apresuró a ir al sitio donde lo encontraron los trabajadores. Escribió: "A
la mañana siguiente, estaba en el punto donde había sido hallado el cráneo. Era una
pendiente desnuda, en la orilla de la corriente del Tjemoro. Antes que nada, anuncié las
recompensas que daría. Mis ayudantes nativos iban a recibir un centavo por cada diente
y diez por cada fragmento de cráneo que descubrieran. Entonces hice que cada metro de
la colina fuera registrado cuidadosamente, hasta muy avanzada la tarde".

Cráneo de Pithecanthropus. Hallado por von Koenigswald en Sangiran en 1937


Fuente: Institución Smithsoniana

Durante todo el día, los trabajadores se acercaron a Koenigswald, para entregarle


fragmentos de cráneo. Le llevaron cuarenta pequeños pedazos en total, cobrando la
recompensa por cada uno. "Había subestimado la habilidad para los negocios de mis
compiladores morenos", escribió von Koenigswald tristemente. "A mi espalda,
quebraron en pedazos los fragmentos más grandes, para aumentar las ventas".
Von Koenigswald volvió a unir los pedazos, como las piezas de un rompecabezas.
Cuando terminó, treinta de los fragmentos de cráneo se combinaron para formar la
bóveda craneal de un Pithecanthropus que, como dijo un antropólogo, se parecía a la
bóveda craneal del de Trinil de Dubois "tanto como se parecen dos huevos entre sí". Sin
embargo, la nueva bóveda craneal estaba más completa y aumentaba las pruebas de que
el Pithecanthropus, aunque simiesco y primitivo, merecía el nombre de hombre.
Se le envió una fotografía del nuevo cráneo al octogenario Dubois, quien por
entonces se encontraba firmemente convencido de que el Pithecanthropus no era más
que un mono. No se impresionó y calificó el nuevo descubrimiento, con aspereza, como
"una especie de engaño".
En 1938, von Koenigswald encontró un fragmento pequeño del cráneo de un
Pithecanthropus joven, a ochocientos metros de su sitio de 1937. Dientes de
Pithecanthropus aparecieron esparcidos en varios lugares. 1939 vio el hallazgo en Trinil
de dos fragmentos del cráneo de otros Pithecanthropus más.
Mientras tanto, en 1936, un geólogo que trabajaba para el Reconocimiento
Geológico, había descubierto el cráneo de un infante Pithecanthropus en Modjokerto,
una aldea en las montañas a buena distancia de Trinil. Este cráneo apareció en un estrato
más antiguo que cualquiera de los otros niveles productores de Pithecanthropus. Databa
de muy temprano en el pleistoceno.
Al final de 1939 fue encontrado un segundo fósil humano en Modjokerto y fue
enviado a Koenigswald. Era un maxilar superior embebido en roca. Cuando von
Koenigswald desprendió la roca, se asombró al descubrir que era mucho más abultado
que cualquiera de los otros restos de Pithecanthropus, y los dientes, aunque de igual
forma que los humanos, eran extraordinariamente grandes. Poco después apareció la
mayor parte del resto del cráneo. También tenía una característica sorprendente: parecía
un cráneo de Pithecanthropus, pero era mucho más grueso.

Pithecanthropus IV. Hallado por von Koenigswald en Sangiran en 1939.


A la izquierda: Fragmento de cráneo. Fuente: sati.archaeology.nsc.ru
A la derecha: Fragmentos de mandíbula. Fuente: von Koenigswald.

De pronto, la situación del Pithecanthropus se había hecho bastante complicada. En


lugar de una sola bóveda craneana, unos cuantos dientes., un fragmento de mandíbula y
algunos fémures, ahora existían fragmentos de un número de diferentes esqueletos de
Pithecanthropus, algunos bastante diferentes de los otros. Hacia el final de 1939, von
Koenigswald intentó clasificar sus diferentes descubrimientos.
Llamó a la bóveda craneal de Trinil de Dubois Pithecanthropus I. La de Sangiran,
hallada en 1937, fue designada Pithecanthropus II. El fragmento de 1938, de un joven,
fue llamado Pithecanthropus III, y el cráneo extraordinariamente macizo encontrado en
1939 fue denominado Pithecanthropus IV.
Los Pithecanthropus I, II, III parecían pertenecer a la misma especie, a la que llamó
Dubois Pithecanthropus erectus. Pero el Pithecanthropus IV no coincidía. Al principio,
Koenigswald pensó que el I, el II y el III eran cráneos femeninos y el IV de un hombre.
Pero algún tiempo más tarde, después de llevar el cráneo del IV a Pekín, a mostrarlo al
anatomopaleontólogo Franz Weindereich, von Koenigswald decidió colocarlo en una
especie particular, el Pithecanthropus robustus. Esta especie de Pithecanthropus era un
hombre mono más primitivo y vigoroso que el erectus.
En cuanto al cráneo infantil hallado en Modjokerto en 1936, parecía entrar en una
clase propia. Recibió el nombre de "hombre de Modjokerto", pero eso fue solamente
provisional, hasta que pudiera asignársele una clasificación más definida. Hoy se
considera que el niño de Modjokerto es un Pithecanthropus IV infante... es decir, un
Pithecanthropus robustus. Los dos gruesos fragmentos de cráneo descubiertos en San-
giran en 1939, también son asignados ahora a esta especie.
En 1941, von Koenigswald agregó otra mandíbula más al montón creciente de
hallazgos javaneses. Y éste fue el más extraño de todos. Era una mandíbula grande,
gruesa, semejante a los varios tipos de Pithecanthropus, pero más grande todavía que el
robustus, con dientes muy grandes. Parecía pertenecer a una criatura con las líneas
generales del Pithecanthropus, pero considerablemente más grueso. Von Koenigswald
le dio una designación de especie y genus particular, Meganthropus paleojavanicus, que
significa "hombre gigante de la antigua Java". Otra mandíbula de Meganthropus
apareció en 1952 en Sangiran, mientras que una parte del maxilar superior de una
especie relacionada con él, se encontró en África en 1939.

A la izquierda: Fragmento de mandíbula de Meganthropus encontrada en Sangiran.


Fuente: von Koenigswald.
A la derecha: Reconstrucción.

Von Koenigswald y Franz Weidenreich han sacado de este barullo de fragmentos


óseos, dos teorías muy opuestas del curso de la evolución en Java. Weidenreich, a quien
hallaremos otra vez en el capítulo siguiente, sorprendió en 1944 al mundo científico,
anunciando que el hombre primitivo de Java había sido un gigante, el Meganthropus.
Weidenreich no podía decir cuan grande era, ya que la única prueba esquelética era una
mandíbula. Pero lo más probable era que fuese cuando menos tan corpulento como un
gorila. A través de cientos de miles de años, el Meganthropus evolucionó gradualmente
a una forma más pequeña, de aspecto más humano, el Pithecanthropus robustas. Una
época después, el robustus estaba convertido en el Pithecantnropus erectus, todavía más
delicado, pero con cerebro más grande. El paso de más siglos vio que el erectus se hacía
aún más humano y que evolucionaba a la forma de hombre tipo de Solo y finalmente al
hombre de Wadjak, cuyo cráneo es muy semejante al de los aborígenes primitivos de
Australia de nuestros días.

Cráneo Ngandong 6. Hallazgos de Ter Haar y von Koenigswald en Ngandong entre 1931 y 1936.
Fuente: Institución Smithsoniana

Cráneo Wadjak I. Hallado por el equipo de Dubois en Wadjak en 1888.


Fuente: Institución Smithsoniana

Von Koenigswald no aceptó la idea del Meganthropus como antepasado del


Pithecanthropus. Más bien, decía, la forma gigante fue un vástago evolutivo, una rama
lateral de la línea principal del Pithecanthropus. No era el antepasado de nadie. El resto
de la cadena, del robustus, a través del erectus, al hombre de Solo y luego al de Wadjak,
es aceptado generalmente ahora.
Toda la teoría se puede derrumbar mañana, por supuesto. Estamos tratando con una
muestra microscópicamente pequeña y prehistórica de la población de Java. ¿Y si
ninguno de los especímenes hallados fuera típico? ¿Qué idea del hombre del siglo xx se
formarían los paleontólogos del futuro si no sobrevivieran más esqueletos de nuestros
tiempos, que los de los gigantes y los enanos de circo? Sólo el descubrimiento de
pruebas mucho mayores nos dará una idea del curso de la evolución del hombre en Java.
Las teorías basadas en dos docenas de dientes, algunas mandíbulas y media docena de
bóvedas craneales rotas, deben de tener, por necesidad, débiles cimientos.
Sabemos esto: que hace entre 300,000 y 1.000,000 de años, la Isla de Java y quizá
gran parte de Asia sudoriental estaban pobladas por seres primitivos, hu-manoides.
Durante ese prolongado periodo aparecieron formas diferentes, algunas con dientes más
grandes y cráneos más gruesos que otras. Después de muchos cientos de miles de
años, apareció un nuevo tipo, al que llamamos el hombre de Solo. Tal vez cien mil años
más tarde, estaba en la escena el Homo sapiens en la persona del hombre de Wadjak.
No tenemos derecho a suponer que el Pithecanthropus robustus evolucionó a erectus,
que se convirtió en el hombre de Solo, el cual se transformó en el hombre de Wadjak.
Parece haber sucedido de ese modo, ciertamente, con base en lo que ya sabemos. Pero la
historia verdadera puede haber sido muy diferente.
En todo caso, hubo hombres en Java hace mucho tiempo.
¿Por qué hombres? ¿Por qué no llamar mono al Pithecanthropus? ¿Cuál es la línea
limítrofe, después de todo, entre los hombres y los simios?
Es una pregunta delicada y difícil, y estaremos ponderándola una y otra vez en las
páginas siguientes. Este es un lugar tan bueno como cualquiera para comenzar a
emprender la definición de hombre.
Todos estamos de acuerdo en que nosotros, el Homo sapiens, somos hombres.
¿Cuáles son las características, y cuáles los denominadores comunes que nos definen?
Somos mamíferos. Somos primates. Andamos erectos y llevamos la cabeza erguida.
Nuestras caras son lisas. Tenemos manos con pulgares oponibles, que pueden sujetar
cosas. Somos inteligentes. Hacemos instrumentos. Ejercemos cierto dominio sobre el
mundo que nos rodea. Tenemos lenguajes hablados, con los que podemos comunicarnos
unos con otros. Hemos dominado el uso del fuego.
Todas esta cosas ayudan a definir la humanidad. Otras cosas no. Construimos
ciudades, conducimos automóviles, vestimos ropa, tenemos lenguajes escritos y
podemos fisionar el átomo. Todas estas cosas son realizadas por la humanidad, pero hay
muchos seres incuestionablemente humanos que no visten ropa, viven a la intemperie,
no tienen conocimientos de la escritura o de los automóviles o de la energía atómica. Y
sin embargo, son hombres. Llenan la descripción anatómica y utilizan instrumentos,
fuego y lenguajes hablados, sin importar cuán primitivos puedan ser en otros sentidos.
Así es que tenemos alguna idea de lo que es el hombre, especie Homoo sapiens.
Ahora, ¿por qué un mono no es un hombre?
Hay numerosas clases de simios: gorilas, chimpancés, gibones, cinocéfalos,
orangutanes y otros. Se parecen a nosotros en muchas cosas y, algunas veces el parecido
puede ser desconcertante. Los taxonomistas clasifican a los monos y los hombres juntos
como hominoides, de la palabra latina "homo", hombre y el sufijo "eidos", semejante.
Sin embargo, los simios no son hombres. Los hominoides se dividen además en
póngidos, los monos fósiles y vivientes, y homínidos, los hombres fósiles y vivientes.
Algunas veces también se llama a los monos antropoides, como término que significa
"semejante al hombre". Lo que estamos intentando es trazar el límite entre los póngidos
y los homínidos.
Los grandes monos, o póngidos, comparten muchas de nuestras características
anatómicas. Como dijimos antes, tenemos el mismo número de huesos que los gorilas y
los chimpancés, la misma química sanguínea y aun la misma estructura de cerebro. Las
diferencias anatómicas principales entre los póngidos y los homínidos residen en los
dientes, la postura y las dimensiones del cerebro.
Veamos primero los dientes. Las mandíbulas humanas son redondeadas,
semicirculares. El arco dental de un mono tiene lados rectos, con los dientes laterales en
dos hileras paralelas. La misma forma de los dientes es distinta en los dos grupos.
Postura. Nuestra postura normal es erecta. Un mono también puede permanecer más o
menos erguido, pero lo hace con dificultad, con el cuerpo flexionado hacia delante por
la cintura y los nudillos tocando el suelo para apoyarse. Los brazos de un mono, a ese
propósito, son mucho más largos que los de un hombre. Inténtese tocar el suelo con los
nudillos sin doblar las rodillas. Un gorila puede hacerlo.
Los monos, con sus piernas cortas y sus brazos largos, están adaptados idealmente
para trepar hasta las copas de los árboles y no mucho para andar en el suelo. Nosotros
nos erguimos y miramos hacia delante, y no somos muy buenos para trepar a los
árboles.
Dimensiones del cerebro. El cerebro póngido más grande conocido tiene un volumen
de alrededor de 650 cm3 solamente. El cerebro adulto del Homo sapiens más pequeño es
el doble, poco más o menos, del más grande de un mono. Esa es una gran diferencia.
Nuestro cerebro no sólo es mayor, sino también mejor, lo cual no es pura jactancia. Los
simios tienen algunos rasgos de habilidad, pero no leen ni escriben, no construyen
ciudades, no tienen más lenguaje que unos cuantos gruñidos básicos que comunican
hambre o temor. (Tampoco se ven envueltos en accidentes automovilísticos, ni se
amenazan unos a otros con bombas de hidrógeno, pero eso es otro cantar).
Los monos utilizan instrumentos, hasta cierto grado. Lo demostraron en 1921 una
serie de famosos experimentos llevados a cabo por el sicólogo prusiano Wolfgang
Kóhler. De 1912 a 1920 Kohler llevó a siete chimpancés a una isla apartada y estudió su
comportamiento. Los observó amontonando cajas para alcanzar plátanos que colgaban
fuera de su alcance e incluso ayudándose unos a otros en una forma inteligente. Un
chimpancé llamado Sultán fue lo bastante hábil para encajar una vara en otra más
pequeña, para hacer una pértiga bastante larga con la cual poder alcanzar un racimo de
plátanos. De acuerdo con cualquier definición, Sultán estaba manufacturando un
utensilio. Sin embargo, Kohler admitió que los chimpancés se encontraban
obstaculizados por una baja inteligencia. "El tiempo en que viven los chimpancés es
limitado en el pasado y el futuro", escribió. Carentes de lenguaje y de capacidad para
pensar en términos abstractos, los chimpancés nunca alcanzarán un alto grado de
cultura. Ni siquiera podrían aproximarse a los adelantos de los seres humanos más
salvajes. Y no obstante, los chimpancés son los más inteligentes de los póngidos.
En 1778, Benjamín Franklin llamó al hombre "el animal que hace instrumentos". En
1833, Thomas Carlyle escribió que "Sin instrumentos, él no es nada". Sin embargo, el
Sultán de Kóhler podía elaborar instrumentos simples, igual que pueden hacerlo otros
chimpancés. Pero los chimpancés no son hombres. Fracasan en las otras pruebas. No
marchan erectos, no tienen lenguaje, ni conocimiento del fuego, ni dominio verdadero
del medio. Su empleo de utensilios es accidental o casual... no del todo necesario para
su existencia; distinto también en esto a nosotros.
Bien, ¿Qué es un hombre, entonces?
En este punto, podemos ofrecer una definición a prueba y que suena un tanto a necia.
Un hombre es un animal que se parece más a nosotros que a un mono, que marcha
erguido, que usa las manos para hacer instrumentos, que puede comunicarse con sus
prójimos por medio del lenguaje hablado. Quizá debíamos eliminar las dos últimas
cláusulas, ya que los monos saben algo respecto a los instrumentos y pueden comunicar
cuando menos algunos mensajes simples unos a otros. Lo cual nos deja sólo con, el
hombre es un animal que se parece más a nosotros que a un mono y que marcha
erguido. Es difícil fijar la línea divisoria de otro modo. Un gran antropólogo, sir Arthur
Keith, sentenció arbitrariamente que cualquier hominoide con un cerebro menor de 750
centímetros cúbicos era un mono, y mayor de ese volumen era un hombre. Pero
supongamos que un mono con una capacidad cerebral de 749 centímetros cúbicos fuera
puesto junto a un homínido con una de 751 centímetros cúbicos. Resultaría cómico
pensar en tales términos de límites claros y precisos.
Tenemos una buena idea de lo que es un hombre y de lo que no es. Pero estaremos
considerando una y otra vez el problema de los casos limítrofes. Todos están de acuerdo
en que el de Neanderthal era un hombre, sin lugar a dudas. Andaba más o menos erecto,
estaba más próximo a nosotros, anatómicamente, que al mono y quizá tenía un lenguaje.
Pero, ¿y el Pithecanthropus?
No tenemos ningún esqueleto completo del Pithecanthropus, sólo un acopio de
bóvedas craneanas, mandíbulas y fémures. Los fémures nos indican que anandaba
erguido. Anótese un punto en favor del Pithecanthropus como hombre. Los fémures de
Pithecanthropus que tenemos, que corresponden con seguridad a los cráneos del mismo,
son muy humanos en verdad, y como ha observado un experto, el fémur original de
Dubois, a no ser por su antigüedad, "pudo haber sido el de un aborigen australiano o de
un papú recientemente fallecido, de una estatura de 1.68 m".
La marcha erecta es vital en el proceso de evolución del hombre. Como los hombres
no necesitan sus miembros superiores para ayudarse a marchar, las manos quedan libres
para la manufactura y utilización de instrumentos, para llevar armas y para otros
propósitos importantes. El hombre es el único animal que no necesita los miembros
anteriores para ambular... con la excepción de animales como el canguro, cuyos
miembros superiores son tan pequeños que resultan inútiles.
En cuanto a los dientes del Pithecanthropus, son mayores que los de cualquier Homo
sapiens y están dispuestos en una forma un tanto simiesca. Los molares del primero al
tercero son más grandes, lo cual es un patrón simiesco que no ocurre en nuestros
maxilares. Algunos de nuestros dientes tienen dos raíces, en tanto que los
correspondientes en el Pithecanthropus y los monos tienen tres. Y el paladar del
Pithecanthropus tenía más bien forma de U, con los lados paralelos reminiscentes del
patrón usual de los póngidos.
A pesar de estos puntos, los dientes del Pithecanthropus son mucho más semejantes a
los nuestros que los de cualquier mono. Los simios tienen caninos largos, que usan para
tareas tales como pelar fruta (los grandes monos son vegetarianos) y únicamente pueden
masticar con un movimiento vertical, en tanto que nuestros maxilares están articulados
de manera que permite la trituración de los dientes inferiores contra los superiores, de
un lado a otro y de adelante a atrás. Por nuestros caninos cortos, no estamos equipados
bien para rasgar la corteza dura de un fruto, a menos que utilicemos ambas manos, y lo
mismo pasa con los dientes. Un mono necesita las manos para sostenerse; las nuestras
están libres para ayudarnos a comer. Entonces, la postura erecta está en relación con
nuestros dientes más pequeños. Y nuestra habilidad para masticar cosas tales como
carne, tendones y piel, nos proporciona otra ventaja sobre los simios, quienes están
limitados a comer alimentos vegetales relativamente fáciles de masticar. Un proceso de
adaptación evolutiva dio por resultado el Homo sapiens, con dientes pequeños, una
región mandibular aplanada (las mandíbulas de los monos sobresalen hacia delante) y
manos muy útiles. Desde 1871, Dar-win estaba sugiriendo otro punto: que el empleo de
instrumentos por el hombre, para suavizar y preparar los alimentos, quitó parte de la
carga a nuestros dientes y nos permitió evolucionar a la dentadura pequeña, arreglada
igualmente, que tenemos.
El tercer punto anatómico por considerar al dividir los póngidos de los homínidos es
el tamaño del cerebro. Las bóvedas craneales de Pithecanthropus que han sido halladas
hasta ahora, varían en volumen entre 800 y 900 centímetros cúbicos. O sea, mucho ma-
yor que el de cualquier mono, que es la mitad más grande. Pero también es más de 300
centímetros cúbicos menor que la capacidad craneal adulta normal más pequeña del
Homo sapiens. Por supuesto, lo bueno que sería el cerebro del Pithecanthropus está
abierto a debate interminable. Pero parecería, con base en la prueba esquelética, que era
mucho más hábil que cualquier chimpancé. Incluso algunos anatomistas reputados están
bastante seguros de que el Pithecanthropus podía hablar. Parece probable que el
Pithecanthropus, con su cerebro de 900 centímetros cúbicos, era bastante inteligente
para merecer rango humano.
Postura, dientes, cerebro, reúnen las calificaciones anatómicas mínimas. El
Pithecanthropus era un hombre ... pero no un Homo sapiens.
No tenemos idea de su cultura. No ha surgido a la luz ninguna prueba de que el
Pithecanthropus empleara el fuego. No han sido hallados nunca instrumentos cerca de
los huesos de Pithecanthropus. En 1933 fueron descubiertas un número de hachas de
mano en un nivel del pleistoceno en Java. Tampoco hay ningún eslabón entre estos
hallazgos y el Pithecanthropus. Sobre la base de las pruebas encontradas en China, que
veremos en seguida, parece probable que estas hachas e instrumentos cortantes hayan
sido hechos por el Pithecanthropus.
Por último, ¿qué aspecto tenía?
Podemos aventurar una opinión... basada, recuérdese, sólo en fémures y fragmentos
de cráneo. No tenemos los restos de las regiones de la nariz y la mejilla del
Pithecanthropus.
Era de estatura media. 1.65 poco más o menos, y probablemente de cuerpo esbelto.
Andaba erecto. Su cara tenía un aspecto semisimiesco, con su gran mandíbula colgante,
la frente huidiza, los arcos superciliares salientes. La forma del cráneo era extraña, con
arrugas óseas y ángulos extraños. La cabeza era pequeña en proporción a su cuerpo. El
hombre de Neanderthal podría andar entre nosotros, vestido con su traje, sin llamar la
atención. Sin embargo, el Pithecanthropus suscitaría miradas curiosas y codazos
burlones. Este cazador de la floresta, de hace medio millón de años, con su cráneo largo
y con protuberancias, y sus grandes dientes simiescos, no podría pasar sin ser notado en
el mundo del Homo sapiens. No era uno de nosotros.
Pero era un hombre.
5
HUESOS DE DRAGÓN

La tradición médica china es antigua y maravillosa. Médicos chinos que aún ejercen
su profesión en el siglo veinte, hacen uso de remedios y técnicas que datan de dos y tres
mil años. De las muchas drogas chinas en existencia en las boticas de Shanghai, Pekín y
Tientsín, quizá la más útil, según la tradición china, son los huesos de dragón
pulverizados.
Una farmacopea china del siglo XVIII nos dice cuan útil es esta droga. "Los huesos
de dragón son efectivos en las enfermedades del corazón, los riñones, los intestinos y el
hígado. Aumentan la vitalidad. En casos de afecciones nerviosas, esta medicina se reco-
mienda especialmente a personas que sufren timidez y circunspección excesiva. Los
huesos de dragón también son útiles para los que están afectados de alta presión
sanguínea, y en casos de pesadilla, epilepsia, fiebre, tisis, úlceras y dificultad para
respirar..."
¡Huesos de dragón! ¿Qué eran?
Provenían de la tierra amarilla del norte de China y eran los huesos fósiles de
mamíferos desaparecidos: hienas, elefantes, rinocerontes, "tigres" dientes de sable y
antílopes, entre otros. Eran particularmente famosos los dientes de Hipparion, un
antiguo caballo con tres dedos. Otros dientes con gran demanda eran los de pandas
gigantes, puerco espines, tapires y osos. Durante siglos y siglos, ciertas familias chinas
se han ganado la vida exhumando huesos fósiles de los amarillos loess sueltos; los
llevaban a las grandes ciudades y se los compraban los drogueros, quienes se dedicaban
a pulverizarlos y vendían el polvo como medicina.
El primer europeo que descubrió este extraño comercio con huesos de dragones, fue
un médico alemán, K. A. Haberer. Cuando visitaba China en 1900, un inspector de
aduanas alemán de allí le habló a Haberer de esa práctica. Haberer visitó una botica en
Tientsín y la encontró llena de huesos esperando a ser molidos. Se horrorizó al oír que
solamente el año anterior se habían desenterrado en China más de veinte toneladas de
huesos de dragón, que fueron vendidos como medicina.
Haberer saqueó las droguerías de China, comprando todos los huesos de dragón que
pudo permitirse. En 1903 regresó a Alemania cargado de cajas y cajas de huesos
salvados del mortero. Entre ellos estaba un curioso diente que Haberer sospechó que
podía ser de alguna forma antigua extinta de hombre.
Haberer entregó el diente a un profesor de Munich, Max Schlosser, quien expresó la
opinión de que era de un mono desaparecido. (Schlosser se equivocó; muchos años
después, el diente fue identificado como perteneciente al Homo sapiens). Justo o
equivocado, el descubrimiento probó que fósiles interesantes estaban siendo molidos
por toneladas en China cada año. Comenzó una nueva investigación... una pesquisa que
condujo últimamente al descubrimiento de una forma de hombre tan antigua como el
Pithecanthropus.

La revolución china de 1911 derribó al último emperador de su trono. El nuevo


gobierno invitó a científicos europeos a ir a China y ayudar al gigantesco país a ponerse
al nivel del mundo occidental. Uno de los tantos personajes que acudieron, fue un
geólogo sueco, Gunnar Andersson, quien llegó a Pekín en 1914 como consejero de
minas del gobierno chino.
Andersson había oído hablar de la colección de Haberer y formó una propia. Sin
embargo, en lugar de ir a las droguerías, acudió a la fuente de suministro... la tierra
misma. Los nativos chinos resintieron amargamente el hecho de que este extranjero
estuviera exhumando huesos antiguos, perturbando así a los feng-shui, los espíritus que
guardaban todas las tumbas. Pusieron toda clase de obstáculos en el camino del
paleontólogo, incluso tendiéndose en los sitios de excavación para obstruir el trabajo.
Andersson contestaba sacando su cámara. Los chinos, temerosos de ser fotografiados,
huían. Pero pronto descubrieron que la cámara no robaba necesariamente el alma de un
hombre, y volvieron a hostigar otra vez al sueco.
A pesar de estos dolores de cabeza, Andersson formó una colección impresionante de
fósiles y la envió a Suecia. En 1918 supo de un lugar cerca de Pekín, llamado Chou-
kou-san o Colina del Hueso de Pollo, donde habían sido descubiertos muchos huesos
fósiles. La exploró brevemente y halló unos cuantos huesos de animales que parecían
haber sido abiertos con algún instrumento. Informó a Suecia que el sitio podría resultar
provechoso.
Fue organizada una expedición, encabezada por el paleontólogo, australiano de
nacimiento, Otto Zdansky. En 1921, Zdansky y Andersson excavaron en la Colina del
Hueso de Pollo y encontraron dos dientes humanos muy semejantes al que había
comprado Haberer en una droguería china muchos años antes. Era la primera prueba del
hombre primitivo en China.
Zdansky no era muy emprendedor que digamos. En vez de seguir más allá de su
descubrimiento, regresó a Suecia, donde dio clases en Upsala y llevó con él los dos
dientes humanos, junto con los restos fósiles de veinte diferentes mamíferos extintos.
Por ese tiempo llegó a la escena una expedición norteamericana. Era la expedición Roy
Chapman Andrews, enviada por el Museo Norteamericano de Historia Natural para
exhumar huesos de dinosaurio en el desierto de Gobi. Cuando estaba en Pekín, Andrews
visitó la Colina del Hueso de Pollo y habló con Andersson. Supo que otro monte
cercano, Chou-kou-tien o Colina del Hueso del Dragón, era una fuente de fósiles aún
más prometedora. Andrews llevó de regreso a los Estados Unidos la noticia de los sitios
chinos de fósiles.
Otro hombre de ciencia occidental en la escena fue el Dr. Davidson Black, profesor
de anatomía en el Colegio de la Unión Médica de Pekín, cuya afición era el estudio del
hombre antiguo. Black, nacido en Canadá en 1884, se graduó en medicina y en biología
y después fue a Europa a estudiar con G. Elliot Smith, un famoso anatomista británico
que tenía un interés profundo en la arqueología y la paleontología. Smith estaba
trabajando entonces en el recién descubierto cráneo de Piltdown, que será examinado
algunos capítulos más adelante. Black, contagiado por el entusiasmo de Smith, resolvió
ayudar a resolver parte del misterio del origen del hombre.
El creía que la humanidad se había originado en Asia. Como Dubois antes que él,
Black se ingenió para obtener un puesto médico que lo llevara cerca de los lugares
donde quería investigar. Reunió una pequeña suma de dinero y condujo algunas
excavaciones en Siam, sin mucha suerte.
Entonces conoció a Andersson, oyó hablar de los dientes que había encontrado
Zdansky en 1921 en la Colina del Hueso de Pollo y se le habló de las mayores
posibilidades de la Colina del Hueso del Dragón. Black se entusiasmó en seguida.
¡Tendría que organizarse una expedición! ¡Fósiles humanos valiosos debían de estar
escondidos en la Colina del Hueso del Dragón!
Un grupo de excavación se formó en 1927, con Black como antorcha. La Fundación
Rockefeller de los Estados Unidos aportó la mayor parte del dinero para el trabajo, con
otras donaciones de Suecia y de la misma China. Se convino que cualquier espécimen
descubierto sería retenido por el Servicio Geológico de China, pero que los
paleontólogos europeos conducirían las obras, ya que en aquel tiempo China no tenía a
nadie capaz de hacerlo.
Un geólogo sueco, Birger Bohlin, se hizo cargo del trabajo. La primera pala se
hundió en tierra el 16 de abril de 1927. La Colina del Hueso del Dragón, a cuarenta
kilómetros al sudoeste de Pekín, es una de las montañas occidentales bajas, pero
escabrosas, que forman un arco amplio en torno de la capital china. La Colina del Hueso
del Dragón, una altura polvorienta, con cima redonda que se levanta sobre terrazas
polvorientas planas, había sido recortada en parte en operaciones de extracción de
piedra caliza y estaba muy erosionada desde hacía siglos, de modo que lo que en un
tiempo fue una gruta en ella, era ya una gran hendidura de cuarenta y cinco metros de
ancho y de ciento cincuenta metros, poco más o menos, de profundidad.
Los paleontólogos trabajaron durante seis meses en las peores condiciones posibles.
China se hallaba en las primeras etapas de la guerra civil que la atormentaría durante
veinte años, y los señores de la guerra rivales batallaban por todas partes. Un odio ge-
neral hacia los extranjeros inundaba China, y ya habían ocurrido varios incidentes
sangrientos. El grupo de extranjeros ocupados en extraer huesos ancestrales de la Colina
del Hueso del Dragón no podía esperar una seguridad ininterrumpida.
Pero siguieron cavando, taladrando y volando con explosivos, cuando la tierra y la
roca endurecidas se negaban a ceder a la pala. Extrajeron ochenta y cinco metros
cúbicos de tierra y encontraron gran abundancia de fósiles de mamíferos, pero ni rastro
de huesos humanos. Caja tras caja de fósiles, todavía embebidos en pedazos de piedra
solidificada durante siglos en torno de ellos, fueron a Pekín para su estudio posterior.
Existía una buena razón para sospechar que aparecerían fósiles humanos. Bohlin
había descubierto una capa de casi treinta y cinco metros de espesor, que contenía
vestigios de carbón vegetal, algunos instrumentos humanos y los huesos calcinados de
tipos desaparecidos de elefante, rinoceronte y un roedor gigantesco, parecido al castor.
¡Indudablemente, los hombres habían asado y comido carne en ese punto, hacía mucho
tiempol Pero, ¿dónde estaban los fósiles humanos? Pasaron seis meses; el invierno se
aproximaba; la situación política se hacía menos estable cada día. Se convino en que el
trabajo de la temporada terminaría el 19 de octubre, aunque no se hubieran encontrado
fósiles humanos.
Tres días antes del límite, Birger Bohlin descubrió un diente.
Era un molar inferior, casi sin desgastar y mucho más grande que el diente
correspondiente en un hombre moderno. Se halló cerca de la capa de carbón. Parecía ser
de alguna clase de ser humano, aunque el esmalte estaba muy arrugado, como en los
chimpancés.
Bohlin cerró los trabajos y se apresuró a ir a Pekín para mostrar el precioso diente a
Davidson Black. Cuando se acercaba a las murallas de la ciudad, fue detenido por las
tropas de un señor de la guerra merodeador, que lo desnudaron y le robaron todas las
cosas de valor que llevaba. Por supuesto, le dejaron el diente. ¿Cómo podría ser valioso
un diente?
Llegó a Pekín y se lo mostró a Black. Los dos hombres lo estudiaron durante toda la
noche, comparándolo con dientes de chinos modernos, de chimpancés, de Neanderthal y
Pithecanthropus, representados en reproducciones que tenía Black. Era diferente a todos
esos. Black decidió que era el diente de un niño de ocho años, de un genus, hasta
entonces desconocido, de homínido extinto. Con la sola prueba del diente, dio al genus
un nombre científico, Sinan-thropus pekinensis, "hombre chino de Pekín", y el 2 de
diciembre de 1927 describió el descubrimiento en una reunión del Servicio Geológico
de China.
El diente había sido encontrado entre los restos calcinados de animales que vivieron
en el pleistoceno medio, durante el tiempo intermedio entre los períodos glaciales
segundo y tercero. Quienquiera que hubiese encendido fuego con carbón, fue
contemporáneo del Pithecanthropus.
A principios de 1928, Davidson Black llevó el precioso diente a Europa y a los
Estados Unidos para mostrarlo a los paleontólogos. Para protegerlo, hizo que un orfebre
chino manufacturara un estuche pequeño e ingenioso que colgó de la cadena de su reloj.
Las autoridades se impresionaron con el diente, aunque dudaron de que Black hubiera
actuado sabiamente al denominar a todo un nuevo genus con la sola base de una prueba
tan débil.
Ese verano aparecieron más pruebas. Un paleontólogo chino, el doctor Weng Chung
Pei, efectuó el descubrimiento. Pei, adiestrado por occidentales, era hábil y moderno, un
producto de la nueva China. Se hizo cargo del trabajo cuando Birger Bohlin salió para
otra expedición, y pronto halló más dientes, algunos huesos de cráneo, parte de la
mandíbula de un adulto, con tres dientes en su sitio todavía y un fragmento de la
mandíbula de un niño. Aún no eran suficientes para presentar una imagen clara de este
hombre de la China antigua que empleaba el fuego, pero provocaron atención mundial.
Famosos paleontólogos de muchas tierras llegaron a Pekín para observar el trabajo.
Ocho naciones en total se unieron a la operación. Entre los presentes estaban el famoso
y porfiado sacerdote paleontólogo francés Teilhard de Chardin y el norteamericano Roy
Chapman Andrews.
El verano de 1929 no produjo más restos humanos, pero sí una multitud de fósiles
animales; más de quinientas cajas salieron hacia Pekín. La lluvia intensa había hecho
lento el trabajo, y al terminar noviembre, un frío intenso descendió sobre la Colina del
Hueso del Dragón, entorpeciendo las manos de los excavadores, haciendo una agonía
del trabajo cuidadoso y preciso. Algunos miembros de la expedición querían que se
suspendiera el trabajo durante el invierno, pero Pei insistió en que continuaran unos días
más.
Su sitio era la "cueva", en realidad una hendidura que partía la colina. Alrededor de
una docena de estratos separados fueron identificados allí, con grandes acumulaciones
de huesos de animales, separadas por capas de residuos arenosos endurecidos hasta con-
vertirse en roca. Parecía probable que la hendidura hubiese sido una especie de tiradero
durante miles de años. Los habitantes de la colina arrojaban a ella huesos roídos. La
presencia de muchos fósiles de hiena, esa bestia carroñera, apoyaba la idea del tiradero.
Pei cavó hacia abajo a través de los estratos, abriéndose paso a través de la arena, la
roca y la arcilla roja que se habían hecho argamasa. Una tarde se hizo bajar a la ranura
por medio de una cuerda para examinar el sitio. Apartó los despojos de las excavaciones
más recientes. ¡Allí, embebido en parte en la piedra caliza y cubierto por arena suelta,
estaba el brillante cráneo amarillo de un Sinanthropus!
Era el 1 de diciembre de 1929. Pei telegrafió la noticia a Black a Pekín, y al día
siguiente cortó cuidadosamente el bloque de piedra caliza que sostenía el cráneo en el
piso de la caverna. Lo envolvió todo en papel y tela para protegerlo y cubrió la tela con
yeso, como una defensa final contra .todo daño. El yeso tardó cuatro días para secarse
adecuadamente. El 6 de diciembre, Pei llevó el cráneo a Pekín, donde lo recibieron con
exclamaciones Black, Andrews, Teilhard de Chardin y el resto de la galaxia
internacional de paleontólogos. Era mucho más perfecto que el único cráneo conocido
de Pithecanthropus, que no era más que una bóveda craneal. Al Sinanthropus de Pei
sólo le faltaba la cara. El cráneo y la mandíbula se encontraban allí.
Cuando fue realizado el arduo trabajo de librarlo de su matriz de roca, fue posible
analizar el nuevo cráneo en detalle. Era muy semejante a la bóveda craneal de Trinil de
Dubois, pero la capacidad craneal, 1,000 centímetros cúbicos, era una décima parte
mayor que la del Pithecanthropus. La frente era baja e inclinada, las paredes del cráneo
gruesas, pero no tanto como en el Pithecanthropus. Black sugirió que el Sinanthropus
era "un tipo más generalizado y progresivo" que el Pithecanthropus.
Un segundo cráneo de Sinanthropus fue exhumado por Pei en 1930. Éste poseía una
mayor capacidad craneal y una frente más elevada que el primero, pero ambos eran de
la misma era general. Por entonces, el Servicio Geológico de China había comprado
toda la Colina del Hueso del Dragón, para eliminar el riesgo de que siguieran
extrayendo más piedra caliza y pudieran dañar los fósiles que contenía. La presencia de
cráneos de Sinanthropus en medio de las señales del empleo del fuego, hacía a este sitio
aún más importante que los de Pithecanthropus en Java.

Reconstrucción de Weidenrich del cráneo de Sinathropus.


Fuente: Institución Smithsoniana.

El trabajo continuó a paso cada vez más acelerado. Black proyectaba lo que tenía que
hacerse; Pei lo ejecutaba. El delgado y carilargo Black se esforzaba, inmisericorde,
trabajando a menudo toda la noche sin dormir y sirviendo de guía al día siguiente a
"turistas" científicos que deseaban visitar la Colina del Hueso del Dragón. En una
ocasión, mientras subía la colina, sufrió un ataque cardíaco y otro más un poco después.
Permaneció obstinado en el trabajo, hasta que otro ataque le quitó la vida en 1934.
Tenía solamente cincuenta años.
La muerte de Davidson Black aturdió a los investigadores de la Colina del Hueso del
Dragón. Durante siete años, él había sido el espíritu guía de la obra, el que mantuvo las
cosas en marcha durante los prolongados y desalentadores meses de ningún progreso
visible. Pasó más de un año antes que fuera elegido su sucesor. Éste, como Black,
combinaba una carrera de médico y anatomista con la paleontología.
El nuevo director de investigaciones en la Colina del Hueso del Dragón era un
hombre rechoncho, calvo, de sesenta y dos años de edad, alemán de nacimiento,
llamado Franz Weidenreich. Sus primeros estudios fueron sobre la anatomía de los
sistemas circulatorio y linfático del cuerpo humano. En 1914 había llegado a estudiar la
anatomía de los monos, en un intento por comprender los cambios provocados por la
posición erecta humana. Prosiguió con el desarrollo de la pelvis, la cadera y el pie, y
ganó reputación internacional por su trabajo. Era profesor de antropología de la
Universidad de Francfort en 1928.
Weidenreich era judío. Cuando los nazis subieron al poder en Alemania en 1933, su
posición se hizo difícil. Fue obligado a renunciar a su puesto universitario y poco
después huyó del país, uniéndose a las filas de miles de brillantes hombres de ciencia
deportados torpemente por Alemania en el período de Hitler. Aceptó un puesto en la
Universidad de Chicago, y estaba dando clases allí cuando la Fundación Rockefeller lo
invitó a suceder a Davidson Black en Pekín.
El vivaz y dinámico Weidenreich aceptó con gusto. Pronto se hizo una figura familiar
en Pekín y sus alrededores, trepando colinas con el vigor de un hombre de la mitad de
su edad, con el sol brillando en su cráneo resplandeciente. Se lanzó con toda su enorme
energía al estudio del Sinanthropus y publicó una serie de estudios voluminosos y
eruditos del material óseo existente.
En 1935, éste ascendía a tres cráneo de varios grados de integridad, una docena de
fragmentos de mandíbulas inferiores, alrededor de cincuenta dientes esparcidos, una
clavícula, dos huesos fragmentarios de las piernas y cuatro huesos de los dedos de los
pies. Weidenreich declaró que éstas eran las reliquias de diez niños, dos adolescentes y
una docena de adultos de uno y otro sexo.
No tenía duda de que el Sinanthropus había sido humano, pues andaba erguido y,
como observó Weidenreich, "los monos, como el hombre, tienen dos manos y dos pies,
pero solamente el hombre ha adquirido una postura erecta y la facultad de utilizar los
pies exclusivamente como instrumentos locomotores. Los monos se ponen de pie y
andan a gatas".
Los dientes del Sinanthropus tenían la forma de los humanos, no eran dientes como
colmillos de mono. El arco dental tenía más bien la forma humana redondeada que el
diseño de lados paralelos de los póngidos. La mandíbula misma, aunque era más maciza
que la nuestra, era más ligera que la de un simio. El cerebro de 1,000 centímetros
cúbicos de un Sinanthropus era el doble de las dimensiones del de un cerebro común de
mono.
Por supuesto, señaló Weidenreich, el tamaño del cerebro no contaba la historia
completa de la inteligencia de una criatura. El mono capuchino, observó, tiene un
cerebro más grande que el del Homo sapiens, en proporción con el peso de su cuerpo.
La verdadera prueba no eran las dimensiones del cerebro de un animal, sino el empleo
que hacía de él.
La Colina del Hueso del Dragón parecía mostrar que el Sinanthropus había sido
inteligente. Fueron hallados allí miles de instrumentos hechos de láminas quebradas de
cuarzo y horsteno. Algunos huesos de animales mostraban señales de haber sido
convertidos en utensilios. Los restos de hogares cubiertos con pedazos de carbón,
indicaban el empleo del fuego en el sitio. Huesos de animales calcinados condujeron a
la conclusión de que se asaba la carne. Algunos de los huesos fueron quebrados para
extraerles la médula.
Sin embargo... los hogares y los instrumentos, ¿pertenecieron en realidad al
Sinanthropus?
El gran paleontólogo francés Breuil, que visitó el sitio, lo consideró así y afirmó: "El
Sinanthropus encendía fuego y lo hacía frecuentemente, usaba utensilios de hueso y
trabajaba la piedra... Poseía una mente ingeniosa capaz de inventar, y manos que eran
bastante hábiles y con dominio suficiente de los dedos para hacer instrumentos y
armas". Weidenreich estuvo de acuerdo.
Otros no estaban tan seguros. Pei y Teilhard de Chardin fueron más cautos cuando
escribieron: "Todos los hechos positivos averiguados hasta ahora tienden a darnos la
convicción de que el Sinanthropus fue el homínido que encendió los fuegos y dispuso
las piedras en la cueva de Chou-kou-tien."
Pero el autorizado paleontólogo francés Marcellin Boule pensaba de manera
diferente. Notó que los restos óseos hallados en la Colina del Hueso del Dragón
consistían casi enteramente en cráneos. Y éstos habían sido quebrados en la base.
Weidenreich explicó esto diciendo que el Sinanthropus era caníbal y mataba a los de su
propia especie, les extraía los sesos por agujeros en la base del cráneo, los asaba y
dejaba los restos en la cueva como trofeos. Boule estaba dispuesto a aceptar la idea del
canibalismo en la cueva. Pero se preguntaba "si no es demasiado atrevido considerar al
Sinanthropus el monarca de Chou-kou-tien". Sugirió que el hombre verdadero, el Homo
sapiens, se daba festines de Sinanthropus en la cueva, lo mismo que de elefantes y
rinocerontes. No pensaba que un homínido con un cerebro de 1,000 centímetros cúbicos
pudiera haber dominado el fuego o elaborado los instrumentos encontrados allí.
La teoría de Boule tiene algunos seguidores. Pero crea más problemas de los que
resuelve, y la mayor parte de las autoridades de ahora la rechazan. ¿Dónde están los
huesos del Homo sapiens que hacía presa del Sinanthropus? Esqueletos primitivos de
Homo sapiens primitivo fueron hallados en la Colina del Hueso del Dragón en 1933,
siete de los cuales habían sufrido una muerte violenta, víctimas de un golpe con una
clava, pero estaban en un estrato de decenas de miles de años más reciente que los
restos del Sinanthropus. Argumentar que el Homo sapiens vagó por China en el
pleistoceno inferior o medio, alimentándose de hombres tan primitivos como el
Sinanthropus, es una posición original y atrevida que, hasta ahora, no ha tenido el
menor apoyo en los hechos.
La mayor parte de los expertos de nuestros días están de acuerdo en que el
Sinanthropus encendió los fuegos en la Colina del Hueso del Dragón, hacía sus
utensilios y devoraba a sus congéneres. Como dice el más definitivo de los estudios
recientes de hombres fósiles, El origen de las razas, de Carleton Coon, publicado en
1962:
"El Sinanthropus poseía el fuego. Sus instrumentos eran bastante buenos para trabajar
las pieles rudimentariamente. Debió ser bastante hábil para conseguir no helarse durante
los meses de invierno . . . uno se pregunta cuánto tiempo habría vivido en China, antes
del periodo del asiento de Chou-kou-tien."

Bajo la dirección de Weidenreich, fueron descubiertos en la Colina del Hueso del


Dragón los huesos de catorce Sinanthropus entre 1936 y 1939. Fueron recuperados
suficientes huesos de piernas para probar concluyentemente que el Sinanthropus anduvo
erguido. Dos cráneos tenían los huesos faciales de que carecían los anteriores, así que
Weidenreich pudo determinar una nariz ancha y aplastada y pómulos demasiado
prominentes. Uno de los cráneos tenía una capacidad de 1,225 centímetros cúbicos, que
está dentro de la escala del Homo sapiens. El estudio de la cavidad craneal condujo a un
anatomista a declarar convencido que el Sinanthropus empleaba de preferencia la mano
derecha (porque el lado izquierdo de su cerebro se hallaba más desarrollado) y que
había podido comunicarse por medio de lenguaje inteligente. Es muy debatible si en
realidad es posible determinar tales habilidades sobre la base de testimonios óseos. En
todo caso, el cráneo debió de ser inferior al del hombre de Neanderthal en habilidad
general.
Las pruebas de las mandíbulas inferiores indicaron una estructura ósea pesada y la
ausencia de mentón, dos características primitivas. Los dientes eran diferentes a los
nuestros. Weidenreich pensaba que en lo relativo a ellos, el Sinanthropus mostraba una
mezcla de características humanas y simiescas.
El Sinanthropus no parecía sorprendentemente distinto al hombre mono de Java. Era
más bajo que el Pithecanthropus (los huesos de las piernas encontrados en la Colina del
Hueso del Dragón indicaban una estatura media de sólo 1.52 m.), su cerebro era un poco
mayor. Pero el Pithecanthropus y el Sinanthropus tenían cráneos de forma similar, con
frente inclinada, arcos superciliares abultados, paredes gruesas y occipucios (la parte
posterior de la cabeza) prominentes.
Basándose en un solo diente, Davidson Black había creado un nuevo genus,
Sinanthropus. A medida que aparecían más pruebas, comenzaban a aumentar las
similitudes entre los hombres monos de Java y de China. Desde 1929, Marcellin Boule
sugirió que los dos debían ser clasificados como miembros de una especie. Señaló que
el establecimiento de nuevos géneros es una cuestión seria y no debía hacerse a la
ligera. El único propósito de la investigación científica es traer orden al estudio de las
cosas vivientes. El introducir géneros falsos, únicamente oscurece la situación y
promueve confusión.
Así que Boule propuso un nombre diferente para el Sinanthropus para remplazar el de
Sinanthropus pekinensis de Black. Ofreció la designación Pithecanthropus pekinensis,
"hombre mono de Pekín", para realzar su relación estrecha con el tipo de Java. Ahora
muchas autoridades europeas utilizan esta designación. El mismo Weidenreich la
aprobó en 1943.

Las sombras de la guerra oscurecían al mundo asiático. La fuerza creciente del Japón
presentaba una amenaza desde 1931, cuando las tropas japonesas invadieron Manchuria.
El área en torno a Pekín se convirtió en un campo de batalla chino-japonés en 1937. Los
paleontólogos de la Colina del Hueso del Dragón, que se habían acostumbrado al silbido
de las balas durante las escaramuzas interminables de la guerra civil china, ahora
encontraron un conflicto diferente y todavía más sangriento, que caía sobre ellos.
Siguieron trabajando. Weidenreich, expulsado de su patria nativa por la persecución
nazi, no querría que los japoneses lo echaran de la Colina del Hueso del Dragón. En
1939 tenía quince cráneos de Sinanthropus y otros huesos de alrededor de cuarenta y
cinco individuos.
Durante este tiempo, Weidenreich se mantuvo en comunicación con su amigo von
Koenigswald, que estaba trabajando en Java. En 1939, von Koenigswald había ido a
Pekín para mostrar a Weidenreich la extraña mandíbula que después fue llamada
Pithecanthropus robustus. Pocos años antes, en otra visita, Koenigswald enseñó a
Weidenreich algo aún más extraño: tres dientes enormes.
También eran "dientes de dragón". Von Koenigswald compró el primero de ellos en
1935, en una botica de Hong Kong. Era enorme, mayor que el diente correspondiente de
cualquier gorila, y de dimensiones dobles de las del mismo molar en el Homo sapiens.
Era el diente de primate más grande conocido ... pero, ¿de qué dase de criatura
provenía?
Von Koenigswald buscó en las droguerías de chinos en Java, y aun en el Barrio
Chino de Nueva York. Surgió otro par de dientes, todavía más grandes, del doble del
tamaño del diente de gorila correspondiente, y seis veces mayor que los del hombre.
Basándose en esos tres dientes, Koenigswald sugirió la existencia de un mono
gigantesco extinto, que llamó en honor de Davidson Black Gigantopithecus blacki,
"mono gigante de Black". Dedujo que ese Gigantopithecus había sido contemporáneo
aproximadamente del Sinanthropus y el Pithecanthropus.
En 1941, como vimos en el capítulo anterior, von Koenigswald halló la mandíbula de
un hombre mono gigantesco en Java. Después de una conferencia con Weidenreich, lo
llamó Meganthropus paleojavanicus. Weidenreich recordó ahora los gigantescos
dientes de mono encontrados en droguerías pocos años antes.
Ya había indicado que el Pithecanthropus y el Sinan thropus eran en realidad especies
del mismo genus. Fue fácil llegar a la conclusión de que los grandes dientes de las
droguerías representaban la forma china del Meganthropus de Java de Koenigswald.

Mandíbula de Gigatopithecus
comparada con Homo sapiens.
Fuente:
Russell Ciochon.

Weidenreich sugirió que el Gigantopithecus fuera rebautizado como Gigantanthropus


o Giganthropus, que significa "hombre gigante". Escribió: "El gigante de la tienda del
droguero de Hong Rong y el de Java central están en la misma línea evolutiva; cuanto
más primitivas son las formas, son más gigantescas sus dimensiones".
En la famosa reunión en Nueva York el 9 de mayo de 1944, Weidenreich hizo
pública su teoría de los antepasados gigantescos del hombre. Argumentó que el
Meganthropus en Java y el Giganthropus en China, habían cedido el paso, a través de la
evolución, a las formas de Pithecanthropus, más pequeñas. ¡Los hombres gigantescos,
dijo, pudieron haber medido hasta 2.45 o 2.75 m de altura! (Por otra parte, admitió,
como sólo tenían como prueba sus dientes y sus mandíbulas, simplemente pueden haber
tenido dientes muy grandes. Pero se habría necesitado un cuerpo voluminoso, de 225 o
275 kilos, para acompañar a esos dientes y esa mandíbula).
Fue una teoría sorprendente. Todos se preguntaron qué pensaría de ella von
Koenigswald. Después de todo, él y no Weidenreich era el descubridor de la mandíbula
del Meganthropus y de los dientes de Gigantopithecus/Giganthropus.
Sin embargo, von Koenigswald no dio su opinión. Von Koenigswald había
desaparecido.

La guerra llegó a Asia el 7 de diciembre de 1941. Lo que era simplemente una guerra
entre China y Japón, tomó nuevas dimensiones al caer las bombas sobre la armada de
los Estados Unidos en Pearl Harbor, y una horda de tropas japonesas cayó sobre el
mundo del Pacífico. En menos de tres meses, los defensores norteamericanos, británicos
y holandeses fueron expulsados de Java, y los japoneses ocuparon la isla. Von
Koenigswald todavía estaba allí, aún trabajando. Su destino, como el de todos los otros
europeos capturados por los japoneses, era desconocido.
Weidenreich había ido de visita a los Estados Unidos a fines de 1941 y aún se hallaba
allí el 7 de diciembre. Así que evitó la captura por los japoneses, que pronto se
encontraron a las puertas de Pekín.
Desde 1937, la colección estaba guardada en el Colegio de la Unión Médica de Pekín.
Las incertidumbres de 1941 hicieron que el doctor Wong Wen-hao, director del Servicio
Geológico, temiera por la seguridad de las reliquias inapreciables que habían sido
descubiertas tan trabajosamente durante los doce años anteriores. Pidió al doctor Henry
S. Houghton, presidente de la escuela de medicina, que dispusiera que los restos del
hombre de Pekín fueran puestos a salvo.
El doctor Houghton los llevó al coronel William W. Ashurst, comandante de
infantería de marina en la embajada norteamericana en Pekín. Los huesos fueron
guardados en frascos de vidrio. El coronel Ashurst los metió en una de sus gavetas,
junto con importantes documentos de la embajada. Antes del amanecer del 5 de
diciembre, la gaveta fue puesta a bordo de un tren, con destino al puerto chino de Chin-
wang-tao, donde la transferirían al trasatlántico norteamericano Presidente Harrison,
para ser llevada a los Estados Unidos.
Los sucesos a partir de ese punto son tan misteriosos como el mismo hombre de
Pekín. Una historia dice que los japoneses interceptaron el tren antes que llegara a Chin-
wang-tao y removieron todo lo que llevaba a bordo, hasta la gaveta con huesos. Otra
versión sostiene que las reliquias llegaron realmente a bordo del Harrison el 7 de
diciembre. Pero al día siguiente, el trasatlántico encalló en una barra de arena, cerca de
Shanghai, y fue capturado por los japoneses; se dice que así cambiaron de manos los
huesos del Sinanthropus. Nunca se volvieron a ver.
¿Qué sucedió?
La versión norteamericana insiste en que los japoneses se apoderaron de los huesos
en Chin-wang-tao o a bordo del Harrison. Quizá simplemente los dejaron caer al mar, o
tal vez los vendieron a los chinos como "huesos de dragón", para ser molidos y
utilizados como medicina. Una historia diferente sugería que los huesos fueron llevados
a Tokio como botín de guerra científico, pero una búsqueda de posguerra en los museos
y universidades de Tokio no pudo descubrirlos y los mismos hombres de ciencia
japoneses no saben que se hayan recibido.
Los chinos tienen su propia versión amarga que contar. En el verano de 1951, el
doctor Pei, que encontró el primer cráneo de Sinanthropus en 1929, hizo una acusación
colérica en el sentido de que los huesos habían sido embarcados secretamente para los
Estados Unidos, a pesar de todo, y estaban escondidos allí. Resultó un útil tema
antinorteamericano para la prensa china comunista, y en 1952, otro paleontólogo chino
dijo que los restos perdidos se encontraban en el Museo Norteamericano de Historia
Natural, en Nueva York.
Sin embargo, lo que tenía el museo eran las reproducciones de los originales, hechas
por Weidenreich antes de la guerra... modelos excelentes, por los cuales la ciencia está
agradecida ahora, pues son lo único que queda de los especímenes por los cuales Pei,
Black y Weidenreich y los demás pasaron tantos años cavando en la Colina del Hueso
del Dragón. Ninguna otra cosa sobrevive de esos descubrimientos originales del hombre
de Pekín, excepto el primer diente que encontró Birger Bohlin en 1927, que está en
Suecia.
Desde 1949, los chinos han estado haciendo nuevas excavaciones en cuatro sitios
separados en Chou-kou-tien. Fueron encontrados algunos huesos de las piernas y un
número de dientes de Sinanthropus, y luego, el 31 de agosto de 1959, una mandíbula de
Sinanthropus completa. Un diente y algunos huesos faciales fueron descubiertos en
1957 en China central, el primer Sinanthropus hallado en un sitio diferente a la Colina
del Hueso del Dragón. Y hay toda clase de razones para pensar que se informará con el
tiempo de otros descubrimientos del Pithecanthropus pekinensis, aunque por el
aislamiento político actual de China del resto del mundo, suele ser difícil para los
hombres de ciencia saber lo que está sucediendo allí.
Los huesos del hombre de Pekín nunca reaparecieron. Por fortuna, von Koenigswald
sí. Avanzada la guerra, llegó la noticia a los Estados Unidos de que von Koenigswald y
su familia estaban en un campo de concentración japonés. Después llegó el rumor de
que la ciudad donde se hallaban prisioneros había sido bombardeada.

Arcos dentales. Arriba. Izq. a derecha: Procónsul (reconstrucción), Chimpancé, Gorila. Abajo. Izq. a derecha: Pekín-
Java (reconstrucción), Neandertal (Le Moustier) , Homo sapiens moderno.
Fuente: Australian Museum, Glendale anthropology department, modernhumanorigins.com

Tan pronto como terminó la guerra, Weidenreich intentó comunicarse con von
Koenigswald y descubrió que él, su esposa y su hija se encontraban a salvo. En 1946,
von Koenigswald estaba en los Estados Unidos. Relató que fue hecho prisionero por los
japoneses, pero durante el primer mes de ocupación se le permitió que prosiguiera su
trabajo. Empleó el tiempo en sustituir los huesos y dientes auténticos de
Pithecanthropus y Meganthropus por reproducciones en yeso. Gran parte del
inapreciable material fue así escondido a salvo de los japoneses. Los famosos dientes
gigantes estuvieron guardados en botellas de leche durante la guerra. Los japoneses no
dañaron los epecímenes que cayeron en sus manos. Uno, un cráneo del hombre de Solo,
fue enviado como presente de cumpleaños al emperador Hiroito, pero siendo él mismo
un hombre de ciencia, devolvió el trofeo a von Koenigswald, después de la derrota de
Japón.
Durante dos años, von Koenigswald trabajó en colaboración de Weidnreich en el
Museo Norteamericano de Historia Natural. Sin embargo, estaba cortésmente en
desacuerdo con el anciano respecto a los gigantes. No podía aceptar la tesis de
Weidenreich de que el Gigantopithecus (o Giganthropus, como lo llamaba Weidenreich)
era antepasado del Pithecanthropus. Preferiría pensar que las formas gigantes china y
javanesa eran vastagos evolutivos.
El apreciado y muy respetado Weidenreich murió en 1947, un mes después de haber
cumplido 74 años. Poco después, von Koenigswald se fue a Holanda como profesor de
paleontología y geología histórica en la Universidad Estatal de Utrecht.
La investigación que comenzó con dientes de dragón en 1900, ha terminado
arrojando nueva luz sobre el ayer del hombre. Ahora sabemos que, hace alrededor de
500,000 años, dos formas similares de hombre primitivo habitaron China y Java, y muy
probablemente muchas otras partes de Asia sudoriental. También sabemos que al mismo
tiempo, o tal vez un poco antes, esa región fue habitada por seres gigantescos,
terroríficos, que pueden haber sido nada más que una especie de supergorilas, o como
pensaba Franz Weidenreich, eran los seres humanos más grandes que se han conocido.
Hoy, se opina que los grandes dientes de la droguería de Hong Kong eran los de un
mono gigantesco. Entre 1956 y 1958, paleontólogos chinos encontraron tres mandíbulas
de Gigantopithecus y un número de dientes enormes. La prueba muestra a un mono gi-
gantesco que, sin embargo, era carnívoro, a diferencia de los grandes simios de hoy. Un
estudio hecho en 1960 informaba que el Gigantopithecus era probablemente menos
parecido a un hombre que un chimpancé, y de las dimensiones de un gorila muy grande
con una mandíbula enorme. Tampoco estaba en el principal camino evolutivo del
hombre. Era el último representante de una rama separada de grandes monos.
Quizá el Pithecanthropus pekinensis, el hombre mono chino que sabemos que era
dado al canibalismo, también disfrutaba cazando a su primo voluminoso e imbécil, el
Gigantopithecus blacki. Muy posiblemente, los hombres mono libraron una sangrienta
guerra de exterminio contra los grandes monos y mataron al último de ellos. Y después,
tal vez una especie más hábil y ágil conocida como Homo sapiens llegó y aplicó el
mismo tratamiento a los hombres mono.
¿Sucedió así?
Una cueva olvidada en algún lugar de China puede darnos algún día la contestación a
esa pregunta.
6
CRÁNEOS DE TODAS PARTES

Edward Burnett Tylor fue uno de los precursores de la antropología, la ciencia del
estudio del hombre, Tylor, quien vivió en 1832 a 1917, ganó su reputación en 1865 con
un importante libro llamado Investigaciones en la historia primitiva de la Humanidad.
Su Cultura primitiva (1871) y su Antropología. (1881), son clásicos que todavía hoy se
leen en muchos colegios. En 1910, Tylor se entregó a uno de los típicos pronósticos
erróneos de la historia antropológica. Escribió: "La existencia del hombre en épocas
geológicas remotas no puede ser puesta en duda, pero... no se han encontrado huesos,
con excepción de los del muy discutido Pithecanthropus, que pueda decirse que salvan
definidamente la laguna entre el hombre y la creación inferior. Parece que, en este
sentido, la antropología ha llegado al límite de todos sus descubrimientos".

Esa opinión fue en cierto modo como la atribuida a un funcionario del gobierno de
los Estados Unidos en el decenio de 1840. Quería cerrar la Oficina de Patentes porque,
decía, todo lo concebible ya estaba inventado. Cuando Tylor sugirió que se había
llegado al "límite", se encontraban descubiertas cuando mucho una décima parte de los
testimonios fósiles que tenemos ahora. El hombre de Neanderthal se hallaba bastante
bien revelado, y el Pithecanthropus fue encontrado y luego ocultado por Eugen Dubois.
Los grandes hallazgos de China, África y Asia no habían llegado todavía.
Cuando escribió Tylor, había salido a la luz otro vestigio del hombre antiguo, pero su
importancia aún no era comprendida completamente. Volvámonos a él.... y luego a la
asombrosa variedad de cráneos de todas partes, que han rebatido año tras año la des-
dichada idea de Tylor de que la antropología había "llegado al límite de sus
descubrimientos".

La ciudad de Heidelberg es una de las más románticas de Alemania. Es una ciudad


universitaria, donde los estudiantes han cantado durante siglos canciones licenciosas,
han consumido cantidades enormes de cerveza y se han acuchillado salvajemente en las
famosas sociedades de duelistas.
A diez kilómetros de la colorida Heidelberg está la prosaica aldea de Mauer, conocida
sobre todo por sus minas de arena y arcilla de calidad comercial. Mauer está situada
sobre el río Elzenz, un tributario del Neckar, que pasa por Heidelberg. En el milenio
pasado, el río cambió su curso muchas veces, dejando atrás gruesos depósitos de arena
como recuerdos de su antiguo lecho.
Un caballero apellidado Rosch poseía muchas tierras en Mauer; las trabajaba para
extraer arena y arcilla y por la grava que yacía debajo de estos estratos. Como el lecho
dé un río es un buen lugar para hallar fósiles, el profesor Otto Schoetensack, de la
Universidad de Heidelberg, había llegado a un acuerdo con Herr Rosch: los huesos
interesantes que encon-traran los trabajadores serían entregados a la universidad.
Durante veinte años, los trabajadores de Herr Rosch mantuvieron los ojos atentos al
descubrimiento de huesos en la arena y la grava, y caja tras caja de huesos hallados en
las minas de Mauei fueron enviadas a la universidad. Herr Rosch suministró a la ins-
titución no menos de treinta y cinco especies de caracoles y diversos moluscos fósiles,
junto con los restos de hipopótamos, bisontes, leones de las cavernas, hienas, cerdos
panteras y otros habitantes familiares de la antigua Germania.
No fueron encontrados restos humanos en las minas en todo este tiempo. Casi nadie
esperaba descubrirlos tampoco, pues los estratos de Mauer eran extremadamente
antiguos. Los depósitos de grava más viejos eran del terciario avanzado. Los más
recientes databan del primer interglacial del cuaternario. Los hombres fósiles europeos
más viejos conocidos, los de Neanderthal, habían sido situados no más allá del tercer
interglacial, varios cientos de miles de años más jóvenes que los estratos de Mauer, en
Heidelberg.
No obstante, Otto Schoetensack vigilaba la mina de arena desde hacía veinte años,
con la esperanza de que pudiera producir señales de ocupación humana, como escribió:
"Busqué en vano residuos de carbón o rastros de quemaduras en los huesos de
mamíferos. Las astillas de hueso, que en casa separaba cuidadosamente de la capa de
arena endurecida y convertida en argamasa por el carbonato de cal, esperando probar
que habían sido trabajadas; todas resultaron ser fragmentos formados de manera natural.
Me quedaba la esperanza de que pudiera encontrarse una reliquia humana entre los
numerosos restos de mamíferos.
El 21 de octubre de 1907, dos de los trabajadores de Herr Rosch satisficieron el deseo
del profesor Schoetensack. Eran mineros veteranos que conocían bien los fósiles y quizá
estaban tan ansiosos como el mismo Schoetensack por descubrir un hueso humano
antiguo. Cuando trabajaban a veinticuatro metros de profundidad en una capa de
cascajo, hallaron una piedra grande y la levantaron. Debajo yacía un hueso fósil... una
mandíbula que, por su forma general y el aspecto de los dientes que contenía aún,
parecía humana. Al extraerla de la grava que la rodeaba, se rompió en dos, pero la
sacaron a salvo a la superficie. Fue enviado un telegrama a Schoetensack, quien tomó el
siguiente tren a Mauer. Según sus propias palabras, "la mandíbula estaba partida en dos,
pero las mitades todavía se encontraban unidas cuando la pala del trabajador llegó a ella
en la mina de arena. Sólo se separaron cuando fue sacada. Los caninos y molares se
hallaban incrustados firmemente en costras gruesas, solidificadas con arena bastante
gruesa, como en el caso de los huesos de animales sacados de las minas de Mauer. Los
dientes se habían roto por el peso de la piedra que estuvo sobre la mandíbula, pero, por
fortuna, aún estaban en posición".
La mandíbula planteó enseguida un enigma. Era de grandes dimensiones, mucho
mayores que las de cualquiera de Homo sapiens o de Neanderthal. El ramus-(ramal),
que es la parte de la mandíbula que asciende hacia el oído, tenía sesenta milímetros de
anchura; ¡el ramus promedio del Homo sapiens no tiene más que alrededor de cuarenta
milímetros de anchura! Los de la mandíbula de Mauer tenían sesenta y seis milímetros
de altura, dando al hueso una curiosa forma cuadrada. Las paredes del hueso eran
extremadamente gruesas. No había rastro de mentón, que es una marca única del Homo
sapiens. Por ésta y otras razones estructurales, la mandíbula bien podía haber
pertenecido a algún pesado mono extinto.
Pero apareció con dientes completos. Y los dientes eran claramente humanos... en
realidad, más que los del muy posterior hombre de Neanderthal. Eran dientes pequeños,
dispuestos en el arco característico del Homo sapiens, en lugar de la U de lados
paralelos de las mandíbulas de mono. Los caninos eran de dimensiones moderadas,
mientras que entre los monos, estos dientes son colmillos prominentes, empleados como
armas defensivas. La disposición de los molares, el número de raíces, la forma de las
coronas... todo era muy similar al plan dental moderno.
El viejo Cuvier, con su ley de correlación, no habría sabido qué pensar de la
mandíbula de Mauer. Si no hubieran sido hallados más que los dientes, se hubiese
pensado que pertenecían al Homo sapiens. Si hubiera sido descubierta solamente la
mandíbula, habría sido clasificada como de mono. ¿Cómo podría armonizarse esto con
la idea de Cuvier de que todas las partes de una criatura debían mostrar la consistencia
adecuada a la forma de vida de la misma?
No correspondería en absoluto. Indicaría la existencia de una forma de transición, ni
mono ni Homo sapiens, y Cuvier no creía en los intermediarios. Un hombre era un
hombre, un mono era un mono, y no podía haber mezcla de características.
No obstante, Cuvier tenía más de ochenta años de haber muerto y no podía negarse la
autenticidad de la mandíbula de Mauer. Como no cabía en ninguna cotegoría conocida
de hombres fósiles, siendo en algunos sentidos tan primitivo como el Pithecanthropus y
en otros más avanzado que el hombre de Neanderthal, Schoetensack dio nombre a una
especie particular para él: Homo heidelbergensis, "hombre de Heidelberg".

Mandíbula de Mauer. Hallada en 1907.


Fuente: Izq. modernhumanorigins.com. Der: Institución Smithsoniana.

Desde el descubrimiento original, en 1907, no ha salido a luz otra cosa de


Heidelberg... ni cráneo ni esqueleto. Sólo tenemos la mandíbula enigmática, con sus
dientes extrañamente modernos. La búsqueda del resto del hombre de Heidelberg ha
continuado, sin éxito.
Una historia extraña, que salió de Alemania en 1958, insinúa que el cráneo buscado
durante tanto tiempo, en realidad puede haber sido encontrado y perdido otra vez.
Parece que durante la Segunda Guerra Mundial, los cadáveres de las víctimas de los
campos de concentración fueron sepultados en Mauer. Después de la guerra, se dio a
unos trabajadores la tarea de exhumar esos cuerpos, para reinhumarlos en tumbas
consagradas. Estaban trabajando en el mismo nivel en que había sido descubierta la
mandíbula de Mauer cuando, dice el rumor, hallaron un cráneo de aspecto extraño, sin
el esqueleto. Era una señal de trabajo descuidado sacar solo parte del esqueleto, pero el
resto no pudo ser encontrado. Así que los trabajadores trituraron el cráneo, para destruir
la prueba de haber "perdido" uno de los cuerpos. Pocos años después, un científico local
descubrió las esquirlas y determinó que el cráneo probablemente había sido el de un
hombre de Heidelberg.
Sacar conclusiones elaboradas a base de lo que tenemos del hombre de Heidelberg,
una mandíbula y dientes, es un trabajo incierto. Pero los escasos restos nos dicen
mucho.
Los dientes pequeños, de aspecto moderno, nos indican que el hombre de Heidelberg
debió de andar erecto. Un ser que necesitara andar a gatas, no podría haberse defendido
muy bien con esos dientes de aspecto tan civilizado, ni haber comido bien. Y las
dimensiones de la mandíbula, simiescas como son, nos llevan a deducir que el hombre
de Heidelberg tenía un gran cráneo y, por lo tanto, probablemente un cerebro de 1,000
centímetros cúbicos, cuando menos.
Dientes, postura, cerebro. El propietario de la mandíbula de Mauer llena los
requisitos básicos.
No hemos encontrado ningún instrumento en los estratos de Mauer. La forma de la
mandíbula de Mauer indica que el hombre de Heidelberg no podía mover la lengua tan
libremente como nosotros, así que es probable que no haya tenido un lenguaje muy
intrincado, si es que poseía alguno. La civilización de Europa hace 500,000 años,
cuando el hombre de Heidelberg vagaba por los ríos de los valles de lo que es
conocido ahora como Alemania, no pudo haber sido de nivel muy elevado.
Los expertos no han podido acomodar al hombre de Heidelberg en la corriente
general de evolución. Una corriente de pensamiento sostiene que era una especie de
Pithecanthropus. Vivió poco más o menos por la misma época que el Pithecanthropus
robustus, y su mandíbula es similar a la de éste. Pero los dientes, semejantes a los del
sapiens, argumentan contra esto. Otro grupo lo pone en la línea ancestral del hombre de
Neanderthal. Esto también es posible, basándose en la mandíbula, ya que la del hombre
de Neanderthal parece un punto intermedio entre la mandíbula de Mauer y la moderna.
Pero esos dientes inconsistentes también destruyen el argumento, ya que los dientes del
hombre de Heidelberg son más semejantes a los nuestros que los del de Neanderthal.
Otras autoridades ponen al hombre de Heidelberg en línea ancestral directa con el
Homo sapiens. Examinaremos otra vez esta teoría en el capítulo final. Por último, un
bando representado por Carleton S. Coon cree que el hombre de Heidelberg no está
relacionado con ninguna de las formas posteriores de humanidad y "por lo tanto, está en
la base de una línea propia".

El hombre de Hidelberg es muy antiguo, el hombre fósil más viejo hallado hasta
ahora en Europa, y la mezcla de mandíbula ruda y dientes modernos deja en nosotros la
inseguridad de si debemos llamarlo un Pithecanthropus europeo, un pre-Neanderthal o
un pre-Homo sapiens. Un cráneo descubierto en África en 1921, causa confusión por
razones opuestas: es un cráneo muy primitivo que no es muy viejo.
Como el hombre de Heidelberg, este fósil fue encontrado como resultado de una
operación de minería. El lugar fue Broken Hill, en Rhodesia septentrional, de donde se
sacaban plomo y cinc en 1921. Broken Hill ya había sido demolida en parte por el
trabajo de minería; la colina era tan rica en mineral, que los mineros simplemente
arrancaban pedruscos y los arrojaban a los fundidores. En 1907 fueron encontrados en
las minas huesos fósiles de animales, pero los fundieron junto con el mineral. Catorce
años después aparecieron restos humanos.
Un minero suizo los halló dieciocho metros bajo la superficie. Los primeros doce
metros comprendían una capa de mineral de cinc; bajo ella se encontraba el estrato de
mineral de plomo, y fue en este nivel donde se descubrió un cráneo, carente de la
mandíbula inferior. Cerca estaba un hueso de la pierna, y otros huesos humanos fueron
hallados a una distancia mayor. Cerca de los restos se encontraban herramientas hechas
de pedazos de láminas de pedernal y también los huesos de animales que todavía existen
en Rhodesia, y los restos de dos especies, un rinoceronte y un gato montes, que se
habían extinguido recientemente.
El testimonio de los animales asociados y el hecho de que los mismos despojos
humanos estuvieran frescos y no hubieran perdido su materia orgánica, condujo a los
paleontólogos a establecer que el sitio de Broken Hill era bastante reciente, de acuerdo
con la escala paleontológica de tiempo. Según esas pruebas, el hombre de Rhodesia
parecía tener entre 25,000 y 50,000 años de antigüedad.
Pero el cráneo mismo contradecía esa creencia.

Cráneo de Broken Hill, Rhodesia. Hallado en 1921.


Fuente: modernhumanorigins.com

Definitivamente, era primitivo. Las paredes del cráneo eran extremadamente gruesas
y la capacidad craneal era nada más que de alrededor de 1,300 centímetros cúbicos. No
tenía mandíbula, pero los dientes superiores que subsistían eran grandes y de aspecto
antiguo. El cráneo era largo en extremo, comparado con su anchura, otra característica
arcaica. Los arcos superciliares eran muy prominentes... mucho más que en el hombre
de Neanderthal. Eran aún más grandes que los hallados en los gorilas. La frente
retrocedía. La cara, demasiado larga, se parecía mucho a la del hombre de Neanderthal
descubierto en La Chapelle-aux-Saints, con el mismo aspecto saliente, de hocico. Los
pómulos eran grandes.
Los arcos superciliares prominentes parecían poner al cráneo de Broken Hill en el
mismo nivel evolutivo que el Pithecanthropus. El aspecto general de la cara era similar
al del hombre de Neanderthal. Pero los huesos de la pierna encontrados cerca del cráneo
eran muy semejantes a los del Homo sapiens moderno. El hombre de Rhodesia ilustró el
peligro de pensar en los hombres fósiles en términos de tipos claramente definidos.
Dentro de la amplia escala de formas humanas, varias de las características que se
suponía que definían a los varios tipos de fósiles, podrían hallarse en un solo individuo.
Esos huesos de las piernas indicaban una postura erguida. Se parecían en casi todos los
aspectos importantes a los huesos de los habitantes negros de Rhodesia de nuestros días.
Por supuesto, existían algunas dudas respecto a si los huesos de las piernas, semejantes
a los del sapiens, pertenecían al mismo individuo del cráneo extrañamente primitivo. No
habían sido descubiertos cerca, en el tiro de la mina. Pero análisis químicos llevados a
cabo en 1947, parecieron indicar que los huesos se correspondían. El mismo análisis
sugirió una fecha reciente para los restos de Broken Hill... de 20,000 a 50,000 años de
antigüedad.
Ahora, el enigma consiste en qué estaba haciendo en África hace 50,000 años un
hombre con cráneo primitivo y piernas con aspecto extrañamente moderno. Como es tan
inadaptado, se ha dado al hombre de Rhodesia un nombre especial, Homo rhodesiensis.
El pensamiento reciente pone en duda el mérito de una designación especial. En muchos
sentidos, parece una forma avanzada de Pithecanthropus, pero éste vivió cientos de
miles de años antes. En otras cosas, parece un hombre de Neanderthal, pero éste andaba
arrastrando los pies, con las rodillas flexionadas, y el hombre de Rhodesia lo hacía
erecto por completo. Y en algunos aspectos, se parece al africano moderno... excepto en
esos arcos superciliares prominentes.
El hombre de Rhodesia ha sido comparado con otro enigma, el del hombre de Solo,
de Java. El hombre de Solo también tenía algunas características que recordaban al
Pithecanthropus, otras similares al de Neanderthal y otras más bien modernas. Sin em-
bargo, era de un tiempo anterior al de Rhodesia. Tal vez el hombre de Solo y el de
Rhodesia son formas de transición, el hombre en camino de convertirse en lo que es
ahora.
Como el hombre de Rhodesia no fue encontrado en un estrato identificable
geológicamente, no tenemos una idea clara de su edad, salvo que es mucho más reciente
que el Pithecanthropus, el de Heidelberg e incluso que muchos de los esqueletos de
Neanderthal. Puede haber vivido hace unos 20,000 años, en una época en que seres
humanos muy semejantes a nosotros mismos vivían en Europa.
Puede haber vivido en tiempos aún más recientes. El cráneo del hombre de Rhodesia
tiene dos pequeños agujeros. Una autoridad de Berlín insiste positivamente en que
fueron hechos por el paso de una bala moderna a través del cráneo del hombre de
Rhodesia. Otros prefieren pensar que fueron los dientes de una hiena los que hicieron
los agujeros hace bastante tiempo.
¿El hombre de Rhodesia abatido por un cazador errabundo, o sirviendo como blanco
para algún soldado aburrido, hace sesenta o setenta años? Es una idea sorprendente, y
probablemente poco realista. Es más probable que su fin haya llegado hace miles de
años.
Aun así, la mezcla misteriosa de características primitivas modernas nos lleva a
pensar que el hombre de Rhodesia fue uno de los últimos de su raza... como dice un
antropólogo: "Un superviviente de aspecto cansado, de una raza antigua y vigorosa de
hombres muy primitivos."

Durante mucho tiempo, el espécimen de Broken Hill fue el único de su clase. Pero en
el año de 1953 salió a la luz un cráneo que puede representar una etapa anterior en el
desarrollo de la especie que hasta la fecha aún le seguimos llamando hombre de
Rhodesia.
El hallazgo fue hecho en Sudáfrica, a unos ciento cuarenta y cinco kilómetros al norte
de Capetown y a veinticuatro al este de la Bahía de Saldanha. Allí, en un lugar llamado
Elandsfontein Farms, se descubrió que una profunda formación de dunas contenía
muchos huesos fósiles, incluyendo los de un cerdo gigante, una jirafa extinta y una
antigua forma de elefante.
En junio de 1953, un hombre llamado Keith Jolly notó algunos fragmentos de lo que
parecía ser un cráneo humano en los depósitos de fósiles de Elandsfontein Farm.
Recogió dos docenas de pedazos en total. que estaban esparcidos en un área amplia. Un
paleontólogo de Sudáfrica, Ronald Singer, se unió a la búsqueda y, junto con Jolly,
encontró un fragmento de la mandíbula inferior y hachas de piedra e instrumentos.
Se requirió un trabajo laborioso para volver a juntar los veinticuatro fragmentos de
cráneo de Saldanha. Cuando terminó la tarea, Singer y Jolly tenían una bóveda craneal
casi completa, extremadamente gruesa, con frente aplastada y enormes arcos
superciliares. Se halló que la capacidad craneal era de alrededor de 1,200 centímetros
cúbicos.
La bóveda craneal tenía una semejanza notable con el cráneo del hombre de
Rhodesia. Sólo en la parte muy posterior de la cabeza, había siquiera una pequeña
diferencia entre ambos. Parece seguro que el cráneo de Saldanha es de la misma especie
que el del hombre de Rhodesia.
En cuanto a la mandíbula fragmentaria de Saldanha, tenía forma más similar a la del
hombre de Heideiberg, pero no era tan gruesa. La relación no parece particularmente
cercana.

Cráneo de Saldanha. Hallado en 1953.


Fuente: National Geographic.

La edad del hombre de Saldanha es incierta. Singer piensa que puede ser de 100,000
años o aun mayor. Otra autoridad ha comparado los instrumentos encontrados en el sitio
de Saldanha con los descubiertos en todas las otras partes de África, en asociación con
restos a los que pudo darse la edad de carbono 14 de 40,000 años. La creencia general
es que Singer tiene razón... que el hombre de Saldanha es bastante antiguo y que el
hombre de Rhodesia representa a uno de sus descendientes remotos, quien vivió hace
solamente unas cuantas decenas de miles de años.
Un tercer miembro, tal vez de la misma familia de hombres, surgió a la atención
pública en 1953. Ludwig Kohl Larsen halló el primer testimonio de este tipo en
Tanganyka septentrional, en las playas del lago Eyasi. Encontró doscientos fragmentos
de cráneo humano semienterrados en una formación de tierra arenisca que de
ordinario está cubierta por el lago, pero que había sido dejada desnuda por la sequía ese
verano. Los huesos estaban muy mineralizados y se hallaban acompañados por huesos
igualmente fragmentarios de animales antiguos y desaparecidos del pleistoceno medio,
tales como el Hipparion, el caballo de tres dedos.
El antropólogo Hans Weinert unió los fragmentos, que pertenecían a tres individuos
diferentes. Solamente uno de los cráneos se encontraba lo bastante completo para dar
una idea suficiente de la forma que había tenido la cabeza del hombre de Eyasi. Los
arcos superciliares también eran extraordinariamente pronunciados, y la frente huidiza.
La capacidad craneal era de alrededor de 1,100 centímetros cúbicos hasta donde pudo
determinarse sólo con un cráneo parcial. Parecía que el hombre de Eyasi no andaba
erguido por completo; el foramen magnum, que es el lugar donde entra la columna
vertebral en el cráneo, se hallaba inclinado hacia atrás, indicando que llevaba la cabeza
inclinada hacia adelante, de una manera un tanto simiesca.
Kohl-Larsen regresó al lago Eyasi en 1938 y descubrió unos cuantos dientes y
fragmentos de mandíbula que tal vez pertenecían al mismo individuo. Weinert, quien
estudió estas reliquias, opinó que el hombre de Eyasi era un genus separado, en el
mismo nivel evolutivo aproximado del Pithecanthropus y cercanamente relacionado con
él. Lo llamó Africanthropus njarensis. (Njara es otro nombre del lago Eyasi). Otros
antropólogos y paleontólogos que vieron los huesos del hombre de Eyasi no aceptaron
la idea de un genus separado. Weidenreich pensó que el hombre de Eyasi era sólo una
forma anterior y primitiva del hombre de Rhodesia. Hoy, la mayoría de las autoridades
trazan una cauta línea de descendencia, quizá de 500,000 años, del hombre de Eyasi al
de Saldanha, y al de Rhodesia.
Es triste decir que las pruebas de Eyasi, como los huesos del hombre de Pekín y el
esqueleto de Neanderthal de Le Moustier, fueron víctimas de la Segunda Guerra
Mundial. Los únicos fragmentos existentes del hombre de Eyasi fueron destruidos
durante el bombardeo de la ciudad alemana de Kiel.
Otro hombre misterioso del África, no cabe muy cómodamente en el esquema de
clasificación de nadie. Es el hombre de Ternifine, que lleva el nombre científico de
Atlanthropus mauritanicus.
El paleontólogo francés Camille Arambourg halló al hombre de Ternifine en un
cascajal de Argelia. El sitio está en una pequeña aldea de Ternifine, en medio del
desierto africano, calcinado por el sol ardiente durante el día y barrido durante la noche
por silibantes vientos. El cascajal de Ternifine fue explotado desde 1872 para la
construcción de la no lejana ciudad moderna de Palikao. Muchos animales fósiles
habían sido descubiertos en la mina durante años.
Arambourg empezó a trabajar allí en 1951. Introdujo un taladro de prueba en las
capas profundas del cascajal y halló que estaba inundado por el agua de un manantial
subterráneo... y que esos niveles profundos contenían ricos depósitos de fósiles e ins-
trumentos. En realidad, el cascajal era el fondo de un antiguo lago, desecado mucho
tiempo antes. Del fondo del lago no quedaba más que la arena y la grava que fueron en
un tiempo su piso, y los huesos de las criaturas que se habían ahogado en él durante
miles de años.
Fue necesario bombear constantemente para mantener seco el sitio de la excavación.
Arambourg recobró fósiles tales como los de un mono con cara de perro, extinto, un
cerdo verrugoso y un "tigre" dientes de sable. (En realidad no era tigre, sino una clase
diferente de gran felino.) También salieron a la superficie cuchillos y hachas
rudimentarios, hechos de piedra caliza y piedra arenisca.
El 6 de junio de 1954 fue descubierta la mandíbula de un homínido, completa y con
un número de dientes. Alrededor de una semana después, fue encontrada una segunda
mandíbula. Al año siguiente, Arambourg halló una tercera mandíbula y un pequeño
fragmento de cráneo. Todos estos restos provenían de una capa extremadamente
antigua, que contenía animales fósiles que databan de la primera parte del pleistoceno
medio. Así, el hombre de Ternifine era uno de los fósiles humanos más viejos
descubiertos. Es probable que haya florecido durante el segundo período glacial o tal
vez durante el segundo interglacial que lo siguió. Para ser más precisos, vivió en el
segundo pluvial o el segundo interpluvial. África padeció lluvias intensas mientras
Europa estaba cubierta por el hielo, así que lo llamado glacial en Europa, se llama
pluvial en las tierras tropicales, de la palabra latina pluvia, "lluvia".
Por lo tanto, el hombre de Ternifine no era tan viejo como el de Heidelberg, quien
vivió en el primer interglacial. Pero fue aproximadamente un contemporáneo del
Pithecanthropus y de su primo chino, el Sinanthropus, e incluso puede haber sido un
poco anterior a esos hombres mono asiáticos.
Los restos de Ternifine son demasiado fragmentarios para darnos mucha información
relativa al hombre de Ternifine. Las mandíbulas carecen de mentón y son voluminosas,
algo así como la de Heidelberg. No obstante, los dientes son mucho más primitivos que
los del hombre de Heidelberg, grandes y con corona baja. Parecen más del tipo del
Pithecanthropus. El fragmento solitario de cráneo que tenemos parece indicar una frente
baja. La disposición de las arterias, indicada por las líneas de la superficie interna del
fragmento de cráneo, es similar a la del Pithecanthropus.

Reconstrucción de mandíbulas de Ternifini. Halladas en 1954.


Fuente: Michael H. Day

Entonces, el hombre de Ternifine parece ser una especie de Pithecanthropus africano.


Pero aunque proviene de un nivel anterior, parece ser un poco más avanzado en varias
características anatómicas menores que los hombres de Java y China. Por eso, su descu-
brimiento lo puso en un genus separado, el "hombre atlántico".
¿Es en realidad tan diferente al Pithecanthropus? Entonces, ¿por qué apareció éste,
una forma más primitiva, algunos miles de años después? Quizá la explicación está en
el hecho de que el Pithecanthropus era sobreviviente de una forma mucho más antigua,
cuyos huesos no han sido hallados. O posiblemente los sistemas de fechaje que
empleamos para los fósiles asiáticos y africanos aún son inexactos... algo que todos
estamos dispuestos a admitir.
Una opinión diferente del hombre de Ternifine fue expresada en 1959 por L. S. B.
Leakey, el gran paleontólogo nacido en África, cuyos descubrimientos de años recientes
han estado modificando nuestro concepto del pasado del hombre y serán examinados en
el lugar apropiado de este libro. Leakey duda de una relación del hombre de Ternifine
con el Pithecanthro-pus. Aunque reconoce que los testimonios que se tienen hasta ahora
son demasiado fragmentarios para cualquier opinión realmente concluyente, Leakey
cree que "es dudoso que exista hasta ahora alguna prueba adecuada para justificar el
eslabonamiento del Atlanthropus con el genus Pithecanthropus, salvo la de que ambos
son de la edad del pleistoceno medio".
Leakey piensa que el Pithecanthropus fue una rama lateral especializada en la
humanidad. Ésta es la opinión antropológica más extendida en la actualidad sobre el
tema. Pero él cree que en lugar de ser clasifi-cable con los hombres mono javaneses y
chinos, hay "cuando menos una probabilidad igual" de que el hombre de Ternifine
pertenezca a la línea principal de evolución que proviene de un antepasado primitivo
desconocido del Horno sapiens.
Todavía rodean bastantes incertidumbres al hombre de Ternifine, pero parece claro
que por el tiempo en que el Pithecanthropus habitaba en Java y el Sinanthropus estaba
guisando a sus hermanos en China, moraba en Noráfrica un familiar bastante cercano.
En toda esta discusión, hemos dicho poco respecto al hombre de Neanderthal. Ese
cazador rechoncho y sin mentón* parece estar en un callejón sin salida evolutivo propio.
El Homo sapiens no evolucionó del hombre de Neanderthal, eso es bastante seguro.
Pero, ¿de dónde evolucionó el hombre de Neanderthal? ¿Dónde están sus antepasados?
El problema consiste en que ei hombre de Neanderthal ha evolucionado muy
recientemente... digamos, hace entre 150,000 y 30,000 años. Sin embargo, los
especímenes conocidos de este tipo muestran ciertas características primitivas,
simiescas, las rodillas flexionadas, los arcos superciliares prominentes, que no presentan
especímenes fósiles mucho más antiguos. El Pithecanthropus, dos veces más viejo que
el espécimen de Neanderthal más viejo que se conoce, tenía piernas más semejantes a
las del sapiens que a las del de Neanderthal. El hombre de Heidelberg, que es aún más
antiguo que el Pithecanthropus, tenía clientes más parecidos a los del sapiens que el de
Neanderthal. Y otros tipos más antiguos, como veremos, tenían frentes más llanas.
Es una situación perturbadora. Pero la solución está emergiendo de los antecedentes
fósiles... una contestación bastante sorprendente, que contradice algunas de nuestras
primeras ideas relativas a la evolución del hombre.
El primer indicio provino de la población alemana de Ehringsdorf. De donde se
extraía desde hacía muchos años, una especie de piedra caliza blanca llamada travertino.
Una mandíbula inferior fue hallada el 8 de mayo de 1914, a doce metros de
profundidad, en un nivel identificado como tercero interglacial, de hace 150,000 años,
según la cuenta actual. Dos años después fue descubierta en el mismo nivel otra mandí-
bula, esta vez de un niño.

*
La reconstrucción corriente del hombre de Neanderthal con las rodillas flexionadas, ha estado bajo
intensos ataques científicos en los últimos tiempos. Ahora se argumenta que los esqueletos de
Neanderthal conocidos fueron armados inexactamente por sus descubridores, o bien estaban deformados
por enfermedades, y que las piernas normales del hombre de Neanderthal eran tan rectas como las
nuestras.
Cráneo de Ehringsdorf. Reconstrucción.
Fuente: Ancestors. California State University at
Sacramento.

Por ironía, el hijo de Rudolf Virchow (el que negó la antigüedad del hombre y del
Pithecanthropus) se había hecho antropólogo. Hans Virchow estudió las dos mandíbulas
de Ehringsdorf y los instrumentos musterienses (tipo Neanderthal) encontrados con
ellas. Le pareció que eran mandíbulas de Neanderthal, pero con ciertas diferencias
menores respecto a las características "clásicas" de Neanderthal.
En 1925 fue hallado un cráneo en la misma mina. Estaba gravemente estropeado, al
parecer por un acto de asesinato. Weidenreich, quien restauró los fragmentos, opinó que
pertenecía a una mujer de entre quince y veinte años. Arthur Keith dedujo que era el
cráneo de un adolescente. También fue considerado como vestigio de Neanderthal. Pero
tenía algunos aspectos curiosos, distintos al de Neanderthal. Los arcos superciliares eran
prominentes, como en el Neanderthal común, pero la frente estaba bien desarrollada, la
bóveda craneal era elevada, había el principio de un mentón, y la estructura de la man-
díbula era notablemente moderna.
En concreto, los restos de Ehringsdorf parecen casi de sapiens en muchos aspectos,
aunque, en un sentido básico, eran de Neanderthal. Y su fechado, 150,000 años, los
hacía más antiguos que los clásicos, más bien primitivos, de Neanderthal, encontrados
por toda Europa.
Un descubrimiento no menos perturbador se hizo en Italia pocos años después. Los
trabajadores del cascajal de Saccopastore, al noreste de Roma, habían hallado un cráneo
humano, a seis metros de profundidad, en un lecho de arena y grava de antigüedad
considerable. En 1935, los paleontólogos franceses Blanc y Breuil encontraron un
segundo cráneo en el mismo cascajal, pero a una profundidad de tres metros.
El primer cráneo de Saccopastore fue identificado como de una mujer joven. Estaba
bien conservado, pero carecía de maxilar inferior. El cráneo de 1935, de un hombre
maduro, carecía de bóveda craneal, pero la mitad derecha de la cara y la base del cráneo
se hallaban intactas. Ambas eran de tipo Neanderthal, con diferencias.
Cráneo de Saccopastore. Hallado en 1929.
Fuente: modernhumanorigins.com

La posición del foramen magnum, la abertura del cráneo, era más de sapiens, que de
Neanderthal. Los arcos superciliares no eran particularmente grandes. Los dientes eran
pequeños y de aspecto moderno. Por otra parte, la capacidad craneal era baja, de 1,200
centímetros cúbicos para la mujer y alrededor de 1,300 para el hombre. Las frentes
estaban aplanadas, la bóveda craneal era baja, y los pómulos grandes.
Como el hombre de Ehringsdorf, el de Saccopastore databa del tercer interglacial,
hace alrededor de 150,000 años. Por lo tanto, era más antiguo que los Neanderthal
clásicos de Chapelle-aux-Saints, Le Moustier y el mismo Neanderthal. Tenía muchas
características primitivas, pero también otras modernas. Era al mismo tiempo más
arcaico y más moderno que la mayor parte de los de Neanderthal conocidos.
Estaba formándose un cuadro. Un descubrimiento de 1933 se sumó al diseño.
Se hizo en Steinheim, treinta y dos kilómetros al norte de la ciudad alemana de
Stuttgart. Una vezmás, el lecho de grava formado por un antiguo río, fue el origen de un
fósil humano importante, y otra vez hicieron los mineros el hallazgo.
Se descubrió allí un cráneo el 24 de julio de 1933, en un cascajal que databa de la
primera parte del segundo interglacial, hace alrededor de 250,000 años. Por lo tanto, era
100,000 años más viejo que los cráneos de Ehringsdorf y Saccopastore, y 200,000 más
antiguo que la mayoría de los cráneos clásicos de tipo Neanderthal.
El cráneo de Steinheim también parecía de Neanderthal. Tenía una bóveda craneal
baja, grandes órbitas oculares y enormes arcos superciliares. A primera vista, parecía
que el cráneo de Steinheim sería el Neanderthal clásico más viejo encontrado jamás.
Pero un examen más detenido planteó algunos problemas. La región occipital, la
parte posterior de la cabeza, estaba redondeada suavemente, como en el Homo sapiens,
en lugar de ser abultada y colgante, como en el de Neanderthal. La boca era plana, en
tanto que en el Neanderthal auténtico sobresalía hacia delante, en una especie de hocico.
Los dientes también eran bastante modernos.
Cráneo de Steinheim. Hallado en 1933.
Fuente: modernhumanorigins.com

Steinheim, Saccopastore, Ehringsdorf. ¡Eran tres Neanderthal muy antiguos, que no


presentaban la gama completa de características "primitivas" conocidas, de hombres de
Neanderthal posteriores! ¿Cuál era la explicación?
La única solución lógica, como la vemos hoy, es que los hombres de Neanderthal
posteriores o "clásicos" que vivieron durante el cuarto glacial se hallaban recorriendo un
callejón cerrado evolutivo. Estaban apartándose del sendero principal de la evolución
humana.
Grandes arcos superciliares, carencia de mentón, grandes dientes y una postura
encorvada, son todas características simiescas. La humanidad ha estado evolucionando,
apartándose de esas características, durante los que pueden haber sido un millón de
años. Desde hace medio millón de años, el hombre de Heidelberg tenía dientes
bastante semejantes a los del sapiens. El hombre de Steinheim (que parece que era
mujer) también tenía dientes y boca como los nuestros, hace 250,000 años. El hombre
de Ehringsdorf había evolucionado, apartándose de los arcos superciliares prominentes,
y estaba comenzando a desarrollar un mentón hace 150,000 años.
Entontes llegó la última Edad del Hielo y encontramos a Europa poblada por hombres
de Neanderthal sin mentón, con dientes grandes y arcos superciliares voluminosos.
Parece un paso hacia atrás de la evolución. Sólo podemos deducir que los hombres de
Neanderthal se adaptaron al clima helado, y que en el proceso de adaptación, su
esqueleto se hizo cada vez más tosco, desarrollando características perdidas miles de
años antes por la rama principal de la humanidad.
Así que los hombres de Neanderthal "generalizados" o "progresivos", que vivieron
hace de 150,000 a 250,000 años, en realidad estaban muy estrechamente relacionados
en muchos sentidos con la rama principal. ¡Los hombres de Neanderthal "clásicos" de la
última Edad del Hielo eran más primitivos en muchas características que sus
antepasados remotos! Se apartaron al callejón sin salida evolutivo de los arcos su-
perciliares prominentes y los mentones débiles, y después a la extinción.
Hay otra explicación posible, que es que los hombres de Neanderthal fueron el tipo
"clásico" todo el tiempo, datando de dos o trescientos mil años más. En los tiempos del
de Steinheim, los de Neanderthal "clásicos" se encontraron con nuestros propios ante-
pasados, un grupo primitivo de Homo sapiens, y se acoplaron con ellos. Este
cruzamiento produjo a los hombres de Neanderthal "progresivos", con su mezcla de
características de Neanderthal y de sapiens. Entonces, la llegada de la tercera Edad
Glacial ahuyentó de Europa al Homo sapiens, amante del calor, y la rama principal de
Neanderthal perdió gradualmente-sus características híbridas y volvió a su forma "clá-
sica" anterior.
Es una idea interesante. Pero dejemos el análisis detallado de ella para otra sección.
El problema del linaje más lejano del hombre de Neanderthal sigue siendo un enigma.
En algún punto, remoto, se apartaron, de la rama principal de la humanidad. Quizá el
hombre de Heidelberg fue un antepasado común, tanto del de Neanderthal como del
Homo sapiens, hace 500,000 años. El de Neanderthal fue en una dirección, con la
mandíbula brutal carente de mentón, y el Homo sapiens siguió otra, con sus dientes
delicados.
Si tuviéramos más testimonios óseos de la era situada entre el hombre de Heidelberg
y el de Steinheim, podríamos poseer una mejor solución al problema de la estirpe de
Neanderthal. Hay toda clase de razones para esperar que esas pruebas surgirán a la luz,
ya que la exploración y las excavaciones continúan. A diferencia de Edward Burnett
Tylor en 1910, no tenemos motivos para creer que la ciencia del estudio del hombre ha
"llegado al límite de sus descubrimientos".