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Luis

de

la

C orte ,

A malio

B ianco

y

J.M anuel

S abucedo

(eds.)

Psicología y derechos humanos

Prólogo de Federico Mayor Zaragoza

Icaria § Antrazyt

Diseño de la colección: Josep Bagá Fotografía de la cubierta: Juan Carlos Tomassi

Coordinación técnica: Icaria editorial

© Luis de la

C orte, Am alio Blanco, José M anuel Sabucedo; José Joel Vázquez

O rtega, Concepción Fernández V illanueva, M auricio Gaborit, Anayra Santori,

Leonor G im eno, Juan C arlos Revilla, Florentino M oreno M artín, Elizabeth Lira, M anuel M uñoz, Sonia Panadero, Bert Klandermans» José G uillerm o Fouce, M* Angeles Espinosa, Esperanza O chaíca, Carlos M artín Beristain,

N ora Sveaass, Am paro C aballero González, Jesús M aría de M iguel Calvo

© de esta edición:

Icaria editorial, s.a. Ausiás M arc, 16, 3o 2a 08010 Barcelona www. icariaeditorial.com ISBN : 84-7426-691-2 Depósito legal: B -1.621-2004

Impreso en Rom anyá/Valls, s. a. Verdaguer, 1, Capeliades (Barcelona)

Todos los libros de esca colección están impresos en papel ecológico. Printed in Spain. Impreso en España. Prohibida la reproducción total o parcial.

ÍNDICE

Prólogo, Federico M ayor Zaragoza

11

Introducción, Psicología y derechos humanos en el siglo XXI,

Luis de la Corte Ibáñez, Amalio Blanco y

José M anuel Sabucedo

13

CONDICIONES

1. Valores, identidades y derechos morales en la

11,

modernidad tardía. Luis de la Corte Ibáñez

25

Relaciones interpersonales y derechos humanos:

la desigualdad y los límites de la dignidad,

Concepción Fernández Villanueva

69

III. Cotidianeidad y poder en la construcción de la subjetividad femenina en Centroamérica»

M auricio Gabority Anayra Santoni

95

IV. Derechos humanos y la psicología social de la xenofobia

y el racismo, Leonor G im enoy Juan Carlos Revilla

115

V.

Psicología de la guerra: causas y efectos,

Florentino M oreno, Luis de la Corte y

]os¿ M anuel Sabucedo

145

VI.

Dimensiones psicosociales del terrorismo, Luis d e la Corte,

Flomtino M oreno y José M anuel Sabucedo

189

V il.

Consecuencias psicosociales de la represión política en,

América Latina. Elizabeth Lira

221

VIII.

Personas sin hogar y derechos humanos en las sociedades desarrolladas: los límites de la exclusión.

M anuel M uñoz y Sonia Panadero

2 4 7

LA PROMOCIÓN DE LOS DERECHOS HUMANOS:

DIMENSIONES Y PROCESOS PSICOSOCIALES

IX.

Movimientos sociales y democracia, José M anuel Sabucedo,

Bert Klandermansy Concepción Fernández

2 77

X.

Dilemas de la reconciliación política, Elizabeth Lira

2 9 7

XI.

Voluntariado y psicología, José Guillermo Fouce

323

XII.

Necesidades y derechos de la infancia y la adolescencia,

M aÁngeles Espinosay Esperanza Ochaíta

3 5 7

ESTRATEGIAS Y PROPUESTAS DE INTERVENCIÓN PSICOSOCIAL PARA LA REPARACIÓN, PREVENCIÓN Y PROMOCIÓN DE LOS DERECHOS HUMANOS

XIII. Salud mental y derechos humanos: una perspecciva crítica de la ayuda hum anitaria y la cooperación,

Carlos M artín Beristain

38 5

XIV. Reconstruyendo vidas en el exilio: el trabajo psicosocial con

refugiados, Nora Sveaass

413

XV.

Psicología social y educación para la convivencia,

Amparo Caballero González

4 3 9

XVI. Dimensiones psicosociales del desarrollo local,

Jesús M aría d e M iguel Calvo

%

4 59

Declaración Universal de los Derechos Humanos

495

PRÓLOGO

Federico Mayor Zaragoza1

Por un lado, espreciso intentar cam biar e l alma de los individuos para poder cam biar sus sociedades. Por el otrot hay que intentar cam biar las sociedades para dar una oportunidad al alma de las personas.

M artín Luther King Jr.

La consagración de los derechos humanos en la Declaración Universal de 1945 y en los diversos instrumentos jurídicos adoptados en la segunda mitad del siglo XX constituyen, a mi juicio, uno de los acon­ tecimientos positivos más importantes de la historia reciente de la humanidad. El respeto de los derechos humanos garantiza la inte­ gridad física, psíquica y emocional del individuo, pero también la solidez de la estructura social y de un modelo de convivencia viable. Y es que dichos derechos fundamentales trascienden la esfera pura­ mente personal, siendo una cuestión de índole colectiva que es preciso estudiar a la luz de la sociología, el derecho, la política y, también, la psicología. Una estructura social como la que está vigente desde hace siglos, construida sobre la cultura de la opresión, la fuerza y la im posi­ ción, vulnera los aspectos fundamentales de la dignidad de las perso­ nas, incluso cuando no llegan a producirse situaciones de conflicto abierto. La violencia enraizada en el sistema social hace que se desarro­ lle una «ética de la violencia» y que los individuos adopten estrategias que perpetúen estas conductas, justificando agresiones — más o me­ nos soterradas— basadas en aspectos como el género, la raza o la edad de las personas. Por eso es necesario — es vital— lograr la transi­ ción de esa cultura de violencia e imposición a una cultura de paz y no violencia.

1.

Presidente de la Fundación C u ltu ra de Paz, ex director general de la UNESCO.

Los estudios psicológicos pueden desempeñar un doble e impor­ tante papel en la protección y en la restauración de los derechos hu­ manos. Primero, a escala individual, mejorando las condiciones de vida del individuo, su capacidad de autopercepción, ayudándole a desarrollar su «soberanía personal», a elaborar sus propias respuestas y a no actuar al dictado de instancias ajenas, dando a los aspectos afectivos, y no sólo a los intelectuales la importancia que merecen, cimentando así uno de los pilares fundamentales para el desarrollo integral del individuo. Pero, también, en el plano colectivo, «arman­ do» al individuo y a la sociedad para reaccionar de forma constructiva ante las situaciones de violencia estructural e identificando los nuevos retos que la m odificación profunda de las estructuras sociales y culturales — consecuencia de la mundialización— plantean a la so­ ciedad y, m uy especialmente, la diversidad de culturas, de códigos ¿ticos y, en definitiva» de formas de interpretar la realidad en contacto directo y continuado. La salud mental incide sobre la salud física del individuo, pero también sobre la salud social. Cualquier atentado contra la dignidad rebaja al hombre al privarle de una parte de su esencia humana. Los profesionales de la psicología han avanzado notablemente en los últi­ mos años y están capacitados para dar una mejor respuesta a las con­ secuencias de las distintas formas de agresión directa — tortura, vio­ lencia física y psicológica—y de privación de derechos individuales y colectivos. Esta obra que el lector tiene entre sus manos es, sin duda, una contribución de gran calidad a este importante y necesario come­ tido.

Federico M ayor Zaragoza

INTRODUCCIÓN:

PSICOLOGÍA Y DERECHOS HUMANOS EN EL SIGLO XXI

Luis de la Corte Ibáñez,2Amalio Blanco3yJoséManueI Sabucedo4

El tema de nuestro tiempo

Hace más de un siglo, el gran filósofo español José Ortega y Gasset se atrevió a vaticinar que el gran reto de nuestro tiempo, aquél que debería suceder a la llamada era moderna, consistiría en «ordenar el mundo desde el punto de vista de la vida», elevando ésta a la categoría de «principio» y convirtiéndola en fuente de «derecho» (Ortega, 1988, p. 101). Ortega argumentó entonces que, antes de alcanzar este mo­ mento histórico, los seres humanos habían tratado de «ordenar» el mundo desde dos perspectivas morales distintas. La primera de ellas dependía estrechamente de alguna de las múltiples confesiones reli­ giosas abrazadas por el hombre a lo largo de todos los tiempos y lugares. La ortodoxia de esas religiones primigenias incitaba a hom­ bres y mujeres a concebir sus vidas terrenas como un mero tránsito hacia alguna forma de existencia ultraterrena, cuyos premios bien merecían el sacrificio de ciertos impulsos vitales o de la propia vida, cuando no la resignación humana ante toda clase de sufrimientos o carencias. La evolución de las civilizaciones, sobre todo de la occidental, y la recobrada admiración renacentista por los asuntos humanos transfor­ mó luego los anteriores sistemas morales hegemónicos, sustituyendo

2. Universidad Autónoma de Madrid.

M adrid.

4. Universidad de Santiago de Compostela.

3. Universidad Autónoma de

uno u otro sentido, el término «cultura» remitiría así a ciertas ideas que, como dijo Ortega, casi siempre acababan transformándose en

((ideales» o valores sustantivos a cuya realización se aplicaría el hombre con'tanta entrega y abnegación como las que durante la época antigua

y medieval dedicó a la defensa de sus principios religiosos (no en vano esos ideales fueron concebidos por muchos y durante mucho tiempo

como auténticos designios divinos). Para reconocer lá relevancia vital _

e histórica de este sentido ideal de la moral, no hay más que pensar en

el fervor con que ha vivido el hombre moderno cualquiera de las grandes revoluciones y movimientos políticos e intelectuales de su época, incluidos los vinculados a los ideales románticos de la nación,

el pueblo o la raza. Sin el influjo ejercido por estos dos sistemas morales previos es ■

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cubierto las ventajas que se derivan de someter nuestras mentes y nuest ros cuerpos a alguna clase de disciplina. ÍSTo vamos a repasar esas «ganancias», pues lo que ahora nos interesa son precisamente sus con­ secuencias menos positivas. Desde hace tiempo se sospecha que quizá haya sido esta costumbre dé poner la vida al ciego y sumiso servicio de unos u otros principios trascendentes a ella misma lo que explique algunas de las peores tragedias humanitarias de todas las épocas. To­ dos esos objetos culturales de los que hablamos, la religión, la tradi­ ción, la raza o el pueblo, la ideología, incluso la razón (generalmente, científico-técnica, pero también la racionalidad económica), han puesto

a los seres humanos al borde del abismo, ayer y hoy, en la medida en

que se han convertido en principios rectores de sus vidas, revelándo­

nos entonces la dimensión más"trágica de la condición humana: su

capacidad para gestar en sí misma y en el mundo circundante ciertas actitudes y formas de actuación evidentemente «inhumanas»,- como las que remiten a la experiencia de las guerras de religión y las prácticas inquisitoriales medievales, a los totalitarismos modernos o a otras atrocidades diversas cometidas en nombre de alguna que otra abstrac­ ción (sobre esto, v. Trias, 2000). Es de la constatación ininterrumpida de esta posibilidad a lo largo de todos los tiempos de donde nace y

renace, una y ocra vez, una auténtica pero insegura e intermitente «conciencia humanitaria» que exige la elevación de la vida al más alto rango ético y la consiguiente subordinación de cualquier otro valor moral o creación humana a las propias exigencias vitales. La exhortación orteguiana a «ordenar el mundo desde el punto de vista de la vida», haciendo de ella un «principio» y un «derecho», toma un sentido más preciso si la relacionamos con un acontecimiento moralmente decisivo que tuvo lugar hace ya más de cincuenta años en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Fue entonces cuando los integrantes de este organismo, conmovidos por los horrores desatados en todo el mundo a consecuencia de la segunda guerra m undial, de­ cidieron elaborar la más sólida propuesta jamás conocida sobre un código ético universal que pudiera regir el futuro de la vida en el planeta Tierra. Así, el 10 de diciembre de 1948 los representantes de

las Naciones Unidas suscribirían la célebre D eclaración Universalde los Derechos Humanos>cuyo preámbulo afirmaba sin ambages que el des­ conocimiento y el menosprecio de la igual dignidad de todos los seres humanos habían sido la causa primera de los más execrables actos de barbarie cometidos contra la hum anidad a lo largo de la historia. En consecuencia, indicaba también ese preámbulo, sólo mediante la acep­ tación del valor intrínseco de toda vida humana (pues esto, y no otra cosa significa la palabra «dignidad») podría garantizarse un futuro de justicia, libertad y paz mundial. Además, la declaración de 1948 concretaría una serie de derechos fundamentales que debían identificarse como bases o garantías para promover lo que cabría llam ar una «vida digna» (de ser vivida). Entre esos derechos dispuestos en 30 artículos se incluirían los conocidos derechos civiles y políticos o derechos basados en la libertad (derecho

a la vida, a la seguridad y la intim idad personal, a la libertad de pen­

samiento, expresión y asociación, a un trato jurídico imparcia!, dere­ cho de participación política, derecho a la propiedad, etc.) y los deno­ minados derechos económicos, sociales y culturales, orientados a una

igualación suficiente de las oportunidades y las condiciones de vida de las personas (derecho al trabajo, a recibir una retribución justa, a la vivienda, a la educación y la asistencia sanitaria, al acceso a la cultura, etc.). Por últim o, años más tarde, los expertos com enzarían a ha­ blar de una tercera dim ensión de los derechos hum anos o derechos basados en la solidaridad, sobre todo con las generaciones futuras, teniendo en cuenta los posibles daños que el hombre pueda causar a través de la guerra y de la devastación ecológica del planeta (derechos

a vivir en una sociedad en paz y en un medio ambiente sin deterioros

irreparables), aunque estos últim os derechos todavía no han sido formalmente recogidos en ninguna declaración internacional.5 Esto último demuestra que la propuesta ético-política de los derechos hu­ manos no nació en 1948 sino que fue surgiendo a través de un proceso histórico aún en marcha, que algunos nos atreveríamos a definir como la historia del descubrimiento de aquellas necesidades e intereses que son comunes a toda la hum anidad y a su especie y cuya insatisfacción siempre ha generado y podría seguir fomentando sufrimiento, frustra­ ción, odio y violencia a lo largo de todos los tiempos. En la actualidad vivimos el momento de máximo reconocimiento de los derechos humanos, lo cual se demuestra en su amplio reflejo en la mayoría de las constituciones del mundo, en la proliferación de pactos y convenios internacionalmente suscritos en las últimas déca­ das en torno a tales derechos y en la irrupción pública de tantos nuevos y diversos movimientos sociales y organizaciones comprometidas con la búsqueda de reconocimiento jurídico y político universal de otros tantos derechos específicos (v. De Sousa, 1998). Todos los debates morales y políticos del tiempo presente remiten antes o después, pero más pronto que tarde, a la noción de los derechos humanos y asumen, al menos de forma retórica, la intrínseca dignidad de la vida humana. Los derechos humanos, en suma, se van convirtiendo en una auténtica religión civil en expansión m undial, por razones m uy diversas, entre las que no conviene olvidar las siguientes: (1) la creciente preocupa­ ción acerca de ciertas características propias de nuestra condición hu­ mana, tales como una enorme capacidad de hum illar a nuestros con­ géneres y, por tanto, una mayor evidencia respecto a nuestra vulnerabilidad ante el mal; (2) la conciencia también progresiva del nexo objetivo que une a las personas y los grupos sociales en todo el mundo y que remite a la nueva dimensión global de las actividades económicas y políticas; y (3) el gran incremento de información dis­ ponible sobre toda suerte de acontecimientos, hechos y problemas sociales y humanos (v. De Sebastián, 2000).

5.

Sobre la historia de esta y otras declaraciones sobre los derechos humanos

pueden verse los trabajos de Cassese (1993) y Oraá y Gómez Isa (1997). Sobre la evolución del pensamiento moraJ en línea con la formulación de estas declaraciones y sus principios, véase el trabajo de Luis de Sebastián, De la esclavitud a los (Urechos humanes (De Sebastián, 2000).

^ .E n consecuencia, se.tiende a menospreciar ios avances rcanza- en este terreno. De tocias formas, y con la perspectiva que nos

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Ikeden los cambios acontecidos alo largo de mas de cincuenta años ¡lele la fecha de aprobación de la Declaración Universal de los De­ jao s Humanos, hoy podemos afirmar que el p rogfeo en m ateria de

|s derechos resulta tan innegable y fructífero como insuficiente y l^eptible de posibles regresiones. Esta im p resió n agridulce se refleja,

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| ejemplo, en los datos incluidos en el In form e sobre D esa n o lio

b ñ d ñ o q b t c i á í año elabora el «Program are Naciones Unidas para ¡¡Desarrollo» y que precisamente en el año 2 0 0 0 se dedicó a analizar feólución de los derechos humanos a lo largo del siglo XX (PNTJD, jjjjO). Según .dicho análisis, durante el siglo XX se han constatado portantes avances hum anitarios en ámbitos tan diversos como la

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|s; como el género, la religión, la ideología política, la edad o el í e n étnico), el desarrollo económico, la esperanza m edia de vida, la

- toldad personal y la paz entre las naciones, la extensión de la demo-

Ipía y el Estado de derecho, la educación obligatoria, la asistencia

lita ria o el acceso a un puesto de trabajo digno. No obstante, y wÉkiéndonos exclusivamente a los datos referentes al último decenio,

iP^bartínciasen materias de derechos humanos siguen siendo sangran- gljji.-y abismales, según nos lo indican las siguientes referencias:

Entre los años 1997 y 2000, 150 gobiernos estatales fueron

denunciados por haber ejercido la tortura. Todos los años dos millones de jóvenes mujeres sufren m utila­ ciones sexuales. En todo el mundo, como promedio, una de cada tres mujeres ha sufrido violencia en una relación intim a.

Cada año, alrededor de 1,2 millones de mujeres y ninas meno- res de 18 años son víctim as de trata para la prostitución.

Fuentes: PNUD (2000); Mayor Zaragoza (2Q01);http://luw,org (Human Rights http:/'/ amnistia.orfi; (Amnistía Internacional).

♦ Durante los años noventa se ha llegado a registrar hasta 55 conflictos armados que tuvieron lugar al mismo tiempo (ac­ tualmente se libran 40 guerras distintas en todo el mundo). Unos cinco millones de personas murieron durante los noventa en conflictos intraestatales. Unos 330.000 niños actuaron como soldados en el último decenio del s. XX. Hacia 1998 había en el mundo unos 10 millones de refugiados y cinco millones de personas desplazadas internamente. Anualmente, el mundo gasta entre 700 y 880 billones de dó­ lares en armamento. Entre los años 1991 y 2001 se registraron 27.808 víctimas mortales por atentados terroristas en todo el mundo, incluidas más de 3.000 muertes producidas en un sólo día como conse­ cuencia de los atentados del 11 de septiembre del año 2001. Unos 40 países no cuentan con un sistema electoral pluripar- tidista. 1.200 millones de personas son pobres y están obligados a vivir con menos de un dólar diario. Más de 800 millones de personas sufren hambre y desnutri­ ción. Más de 1.000 millones de habitantes de países en desarrollo carecen de acceso a agua potable. A finales de 1999 casi 34 millones de personas estaban conta­ giadas por el VIH. Aproximadamente 100 millones de niños viven o trabajan en la calle. Unos 90 millones de niños y niñas no asisten a la escuela pri­ maria. En la actualidad se estima que 250 millones de personas son objeto de discriminación racial y viven en condiciones de opre­ sión (segregación racial, esclavitud). Según informes policiales, cada año se cometen cientos de delitos de odio contra los inmigrantes y las minorías étnicas que viven en países desarrollados. En todos los países del mundo las mujeres aún perciben retri­ buciones laborales inferiores a las de los hombres.

*

*

*

¿Por qué no se cumplen los derechos humanos incluso allí donde están reconocidos jurídicamente? La respuesta a esta pregunta no es sencilla porque las propias realidades en las que se trata de instaurar esos derechos tampoco lo son. Por ello mismo, el problema de los derechos humanos sólo podrá ser comprendido y resuelto mediante el recurso a las ciencias sociales y a través del estudio de las causas y los procesos que en cada situación concreta inducen a determinadas personas» gru­ pos o instituciones a vulnerar o promover esos derechos. Por ejemplo, hace ya tiempo que la relación entre los derechos humanos y diversos factores de carácter político, económico» social y cultural son objeto de investigación continuada por parte de juristas» sociólogos» econo­ mistas» politólogos o antropólogos. A partir de esos esfuerzos y de las evidencia empíricas generadas partir de ellos, el actual enfoque pro­ puesto por instituciones como las propias Naciones Unidas y sus or­ ganismos más representativos (PNUD» UNESCO, etc.) postula una co­ rrelación fuerte entre los derechos humanos, por un lado, y ciertas condiciones sociales objetivas tales como un nivel aceptable de desa­ rrollo, un sistema democrático consolidado y un contexto social exen­ to de conflictos armados (v. M ayor Zaragoza, 2000). En este mismo sentido, el informe del año 2000 elaborado por el PNUD indicaba que entre las nuevas amenazas a los derechos humanos a comienzos del siglo XX] debían destacarse especialmente tres: (1) los conflictos que seguirán teniendo lugar en los próximos años al interior de diversas fronteras nacionales; (2) las transiciones económicas y políticas que actualmente están desarrollándose en muchas partes del mundo y cuyo fracaso podría tener consecuencias fatales en términos de dife­ rentes derechos humanos; y (3) el progresivo incremento de la des­ igualdad económica y la marginalización, a escala mundial, de los países y la gente pobre. Las anteriores condiciones sociales objetivas que impulsan los ac­ tuales retrocesos y avances en materia de derechos humanos incluyen también una importantísima dimensión subjetiva, es decir, psicológi­ ca o psicosocial, cuyo análisis y estudio puede resultar igualmente esclarecedor, aunque la mayoría de los informes sobre el tema todavía no la tengan demasiado en cuenta. Aquí reside, desde luego, la razón de este libro, que va dirigido a los propios expertos — psicólogos o no— que trabajan en ese campo, así como a cualquier otra audiencia interesada en él. Como ciencia bien afianzada tanto en el ámbito académico como el profesional, la psicología aporta hoy un amplio número de conoci­ mientos y realiza un conjunto muy diverso de servicios a personas,

instituciones y sociedades en buena parte del mundo; aunque no todas esas vertientes teóricas y aplicadas sean igualmente conocidas por parte del público común. Este es el caso de la investigación y la intervención en el complejo ámbito de los derechos humanos. El propósito de este texto es el de ofrecer una muestra mínimamente representativa de lo que la psicología puede aportar, por un lado, a la comprensión de los procesos y factores psicosociales que median en diversas formas de vulneración y promoción de los derechos humanos y, por otro, a la intervención directa en favor de la dignidad humana, ya sea a través del análisis crítico, la prevención, el diseño de estrategias de interven­ ción sobre problemas concretos, la atención a las víctimas, la difusión cultural de los derechos humanos, etc. Los autores que participan en este libro, y con los que ha sido una gran suerte colaborar, proceden de diversos ámbitos y perspectivas teóricas y también ideológicas, diferentes contextos sociales y distin­ tos países, lo cual creemos que enriquece aun más el propio texto. Como psicólogos, estamos convencidos de que el ejercicio de nuestra profesión ha de justificarse ante el mundo y ha de servir al propósito de la reproducción y el desarrollo de la vida humana. Éstas son, de hecho, las razones últimas por las que decidimos iniciar este hermoso proyecto editorial. También nos gustaría pensar que este libro nuestro pudiera servir para que en el futuro otros colegas intensifiquen su interés acerca de la problemática de los derechos humanos y se im pli­ quen en nuevas líneas de trabajo a este respecto. Nuestro mundo presente y sus m últiples víctim as, las reales y las posibles, merecen — reclaman— ese esfuerzo. Agradecemos a Federico M ayor Zaragoza, a Ana Isabel Prera y

a la Fundación C ultura de Paz su generoso apoyo a este proyecto editorial.

Bibliografía

CASSESE, A. (1993), Los derechos humanos en el mundo contem poráneo,

Barcelona, Ariel.

DE SEBASTIAN, L. (2000), De la esclavitud a los derechos humanos,

Barcelona, Ariel. DE SOUSA, B. (1998), La globalización ¿leí derecho, Bogotá, ILSA.

GLOVER, J. (2001), H umanidad e inhumanidad. Una historia moral

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LA VULNERACIÓN DE LOS DERECHOS HUMANOS:

CONDICIONES PSICOSOCIALES

I. VALORES, IDENTIDADES Y DERECHOS MORALES EN LA MODERNIDAD TARDÍA

Luis de la Corte Ibáñez

Las tres dimensiones de los derechos humanos

¿Cómo es posible que allí donde los derechos humanos están recono­ cidos jurídica y políticamente se vulneren de forma reiterada? ¿Cómo se explica que aún en nuestros días haya personas» grupos, institucio­ nes o comunidades que se opongan abiertamente a tales derechos en nombre de alguna religión, tradición cultural o ideología política? Obviamente, ninguna de estas preguntas tiene una respuesta sencilla o única desde la psicología (aunque buena parre de los capítulos de este libro se ocupen del asunto), ni desde cualquier otra perspectiva inte­ lectual. El problema de los derechos humanos afecta a tres dimensiones constitutivas: la jurídica, la política y la moral (Savater, 1998). Desde luego, su aplicación requiere un reconocimiento jurídico positivo, materia en la que se han hecho los mayores avances. En segundo lugar, y como se viene destacando desde las Naciones Unidas, el estricto cumplimiento de los derechos humanos resulta inviable sin una polí­ tica encaminada a realizar ciertos objetivos prioritarios, como los de la expansión y consolidación de la democracia, la erradicación de la pobreza o la supresión de los conflictos armados a lo largo y ancho del planeta. Finalmente, todos los posibles avances en materia de derechos humanos requieren estas condiciones previas, vinculadas a la dimen­ sión moral del fenómeno que aquí tratamos. Precisamente éste será el tema del presente capítulo. Además de prefigurar un cierto sistema jurídico o una serie de objetivos políticos inevitablemente vagos e imprecisos, los derechos

Tabla 1. Valores m ínim os de una ética conforme a los derechos humanos

Libertad

• Autonom ía mo­ ral: capacidad para elegir el pro­ pio estilo de vida

• Autonomía polí­ tica: capacidad de participar activa­ mente en la comu­ nidad política

Igualdad

• Eliminación de la dominación

• Derecho vida digna

• Igualdad de opor­ tunidades • Autoestima perso­ nal

a

una

Solidaridad

• Ayuda al débil • Desarrollo personal en provecho del con­ junto social

(adaptado de Cortina» 1996)

humanos constituyen una propuesta ética basada en un determinado

conjunto de valores morales. T al vez por

reputado como Ronald Dworkin (1977) prefiera describir los dere­ chos humanos como los «derechos morales» que preceden y dan legitim idad a los derechos positivos. Según se suele explicar en los libros de texto sobre educación moral (ver cuadro l ; Cortina» 1996), la base de esta propuesta ética conincidiría con el supuesto sobre la igual dignidad de todas las personas. De ella se derivarían también aquellos tres mismos principios o valores mediante los que los revo­ lucionarios franceses resumieron su D eclaración d e los derechos del hom bre y el ciudadano de 1789: libertad» igualdad y fraternidad (hoy más conocida como «solidaridad»). Este capítulo tiene dos objetivos: argumentar la importancia de esta dimensión moral o axiológica de los derechos humanos y exami­ nar algunos de los principales obstáculos que actualmente dificultan o imposibilitan la transformación de esa «moral pensada» en una au­ téntica «moral vivida»,7 es decir, en un marco interpretativo y un código de conducta que determine de forma cotidiana la interacción entre personas, grupos y sociedades.

eso» un filósofo moral tan

7. La aludida distinción entre la «moral pensada» y la «moral vivida» proviene de

Aranguren (1994).

Derechos y deberes: ias condiciones psicosociales del com­ portamiento digno

Para reconocer la enorme importancia que tiene la dimensión moral

de los derechos humanos hay que preguntarse por las condiciones que pueden garantizar su propio cumplimiento o fomentar su promoción.

Tam bién, sobre esta misma

chos humanos entrañan unos deberes correlativos (v. Küng, 1999; PNUD, 2000). En un informe elaborado en el año 2000 por el Fondo de Naciones Unidas para el Desarrollo se dice: «Cuando un derecho ha sido violado o insuficientemente protegido siempre hay alguien o alguna institución que ha dejado de cum plir un deber» (PNUD, 2000, p. 21). M uy oportunamente, este mismo texto recoge la clásica distin­ ción kantiana entre «deberes perfectos e imperfectos» para aplicarla a nuestra cuestión. Los «deberes perfectos» son aquellos que obtienen reconocimiento jurídico positivo y especifican con claridad la forma en que dichos deberes han de cumplirse y quiénes son los responsables directos de tales obligaciones. Al contrario, la satisfacción de los «de­ beres imperfectos» queda abierta a interpretación y no resulta garan­ tizada mediante el derecho positivo; aunque puedan y suelan ser con­ templados en constituciones nacionales, tratados y pactos como compromisos y objetivos a perseguir en un futuro más o menos próxi­ mo. Precisamente este es el motivo por el que también algunos filóso­ fos, entre ellos el ya mencionado Dworkin, han definido estos deberes como «deberes morales» (Dworkin, 1977; Peces Barba, 1987). La distinción entre deberes perfectos e imperfectos permite preci­ sar mejor cuáles puedan ser las condiciones o factores que podrían garantizar la plena implantación de los derechos humanos en un con­ texto social determinado, sobre todo si logramos traducirla a términos psicosociales. Veamos cómo es esto posible y en qué medida puede resultar esclarecedor. Los estudios sobre comportamiento normativo8 realizados en el ámbito de la psicología social indican tres grandes variables explicati­

vas de la acción ajustada a norma (v. Tyler, 1991; C ialdinú 1999; Oceja y Jiménez, 2001). Las personas cumplimos una norma social

cuestión debemos recordar que los dere­

8. Partim os del supuesto de que el concepto de norm a puede y suele ser em pleado

com o sinónim o de) concepto de deber (v. W righe, 1970; Laporta, 1998). Asim ism o, la clásica distinción entre norm as form ales y norm as inform ales sería tam bién equiva­ lente en m uchos casos a la de deberes perfectos e imperfectos.

cuando anticipamos que su infracción podría acarrearnos alguna san* ción formal (por ejemplo, una penalización por no declarar a Hacien­ da), cuando tratamos de evitar que otras personas o grupos nos criti­ quen o recriminen (como cuando preferimos tirar el cigarrillo al entrar en un ascensor lleno de gente, aunque quisiéramos fumar) o cuando la norma en cuestión nos parece justa y congruente con nuestros pro­ pios principios morales (por ejemplo, la norma moral de no matar). Por supuesto, podemos encontrar muchos casos* como el del último ejemplo, en el que el cumplimiento de una norma o un deber se vea facilitado por la presencia de los tres tipos de factores recién aludidos:

posibilidad de recibir una sanción, influencia o presión social para no infringir la norma y reconocimiento de la legitimidad de la norma. No obstante, ahora sólo nos interesa pensar en las condiciones mínimas en las que podríamos predecir que cierta clase de normas vinculadas a los derechos humanos se cumpliesen, al menos en la mayoría de los casos. Si aplicamos estas ideas a nuestro tema, veremos que podría esta­ blecerse una cierta correspondencia entre las tres condiciones predictoras del comportamiento normativo y las tres dimensiones de los derechos humanos. Esto es especialmente evidente en el caso de las normas cuyo incumplimiento acarrea alguna sanción formal. Por supuesto, esa cíase de normas reciben toda su fuerza de su reconoci­ miento jurídico previo, como es el caso de los llamados «deberes per­ fectos», que están vinculados a la lista de los derechos humanos. Igual­ mente clara parece la conexión entre la legitim idad percibida respecto a un deber correlativo a derecho y la dimensión moral del derecho mismo, pues tal legitim idad sólo existe para aquellas personas o grupos humanos que, con independencia de toda coacción formal o informal, atribuyen un valor intrínseco a tales derechos, considerándolos bue­ nos por sí mismos y no sólo por sus consecuencias. Por últim o, la dimensión política de los derechos humanos puede ser vinculada a aquella tercera condición que frecuentemente promueve la acción conforme a norma (sobre todo, normas informales): la influencia social. ¿Cómo defienden y promueven los derechos humanos ciertos movi­ mientos sociales, organizaciones no gubernamentales o incluso, m u­ chas veces, los propios estados u otras instituciones, si no es a través de la influencia social? ¿Qué medio, si no éste, emplean los ciudadanos cuando exigen a sus propios gobiernos, o a otros, el respeto a los derechos humanos, en uno u otro sentido? Así como existe un vínculo que entrelaza las tres dimensiones de los derechos humanos (jurídica, política y moral), las tres posibles con­ diciones psicosociales que facilitan el cum plim iento de aquéllos

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Política

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M oral

Ign formal, influencia social norm ativa y legitim idad percibida) Jan igualm ente conectadas entre sí. Primeramente, y en relación denom inados «deberes perfectos», la protección jurídica de cier- grechos tiene como condiciones previas; primero, la percepción gtcimidad respecto a esos derechos-por parte de un.: cierto grupo traerías o de un amplio sector so cial;^ . en segundo lugar, el folio de determ inadas accioiie-s orientadas a influir sobre aquéllas |p¿rsonas, grupos a instituciones que estén capacitados para otor- |form alidad;kgal. Por otro lado, la legitim idad atribuida a esos p ío s y los procesos de influencia social normativa orientados a su tjlim iento resultan particularm ente importantes para el caso de |)rrespondientes «deberes imperfectos», los cuales, por definición, ;¿ed en ser garantizados mediante recurso a sanciones formales (ver á 2). Por último, hay que reparar en el hecho de qué cualquier 'ceso de influencia social orientado a promover el cum plim iento de

una norma presupone la identificación con aquélla por parte de las personas que se implicarán en ese proceso. Dicho de otro modo, para que exista la posibilidad de que una mayoría o una m inoría social presione a otros individuos o grupos con el fin de que estos últimos no infrinjan los derechos humanos* antes es necesario que los primeros asuman tales derechos como valores morales propios. Todos estos argumentos anteriores tratan de demostrar la enorme trascendencia de la dimensión moral de los derechos humanos (v. Pérez Luño, 1984; Dworkin, 1977; Muguerza, 1998). Como hemos visto, tal identificación constituye un requisito indispensable para im pulsar su reconocim iento jurídico y estim ular su promoción política. No obstante, esta dimensión moral resulta crucial por otras razones que las de su posible influencia sobre los ám bitos jurídico y político. Ciertamente» los órganos judiciales de cada Estado o algún organism o jurídico de índole internacional (como el deseable pero aún inoperante Tribunal Penal Internacional) pueden o podrían tener capacidad para velar por el cumplimiento de los derechos civiles o políticos de las personas. No obstante, resulta dudoso que la función dísuasoria de tales instituciones haga completamente imposible la vulneración de esos derechos mientras estos no sean moralmente asu­ midos por todos los ciudadanos del mundo. El problema es aún más agudo en el caso de los derechos sociales y económicos, pues aunque en esta materia puedan reconocerse importantes avances, así como amplias diferencias entre unos países y otros, es un hecho incontesta­ ble que aún no ha existido Estado o sistema político alguno que haya solucionado de forma definitiva problemas tales como el desempleo, la pobreza o la desigualdad de oportunidades y de servicios sociales. Por todas estas razones, los derechos hum anos no sólo rem iten a ciertos deberes jurídicam ente reconocibles o a determinadas respon­ sabilidades claramente exigibles a los actores e instituciones políticas convencionales, sino que también tratan de especificar una serie de obligaciones o deberes imperfectos que puedan demandarse (moral­ mente) a todas las personas, grupos e instituciones que estén en con­ diciones de promoverlos o protegerlos. Lo que nos devuelve al tema de los valores y nos introduce en el problema de la identidad.

¡^recursos en beneficio de ios demás y solidarizarnos con sus lemas: Como se ha dicho en otro momento, los avances realiza- ' ',n este sentido a lo largo del pasado siglo XX son tan innegables ¿Í8 6 insuficientes. Para explicar por qué los derechos humanos aún no han sido pie­ lènte asumidos por muchas personas, grupos e instituciones en Ì el mundo, antes debemos preguntarnos cuáles puedan ser los fjírales elementos psicológicos ;que definan una auténtica «con- p¥hum^i'fáfia», entendiendo por tal aquella forma de concien- íUtái que se correspondiese con el propio ideario de los derechos E os .9 Dichas bases psicológicas hacen referencia a dos tipos de

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I Snidò. En primer lugar, asumir una perspectiva moral basada en gechos humanos implica un compromiso intenso con los mis-

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tal y como ya planteamos anteriormente. Es de ¡í|r que dichos principios Condicionarán los procesos de razona- ló y argumentación moral, la toma dé decisiones y el'diseño de iípios proyectos de vida de las personas que los sostengan.10 En

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f Obviamente, el sentido en que aquí empico la palabra «humanitario/a» es más

m fio que ei que se le viene concediendo en los últimos años por su referencia a cierta |deintervcnciones altruistas de .emergencia «que tienen como finalidad aliviar los oS. que causan las guerras ii otras-calamidades en las personas que las padcccn». ;b¡en, si esta es la tercera acepción que corresponde al termino, en el Diccionario Rjbal Academia Española, la primera y la segunda resultan mucho más adecuados Sificado al que pretendo aludir: «Humanitario/a: que mira o se refiere al bien del ¡Énimauoff (f. DRAE, 2001)., I Como es bien sabido, el psicólogo Lawrence Kohlberg y .otros, como su ||gsor en el estudio del desarrollo moral, Jean Piaget, han defendido que la apíi- lfr-al razonamiento moral de ciertos principios éticos universales como los que

^ J l e i i a los derechos humanos sería consecuencia del propio desarrollo intelectual Ijkrsónas a lo largo de su ciclo vital. No obstante, es conveniente recordar que ||ígUnos crfdcos desu teoría como el propio Kohlberg (1984; v. también Goüzálvcz, |f:'no han dejado dé señalar qiic eí ascenso hasta la denominada «moralidad gíivenrionzl», basadaeuprincipiosumversales,no es niraucho menos independiente ;|$eriencia personal de los sujetos y del contexto sociocultural al que pertenecen.

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segundo lugar, pero no menos importante, es innegable que una con­

ciencia hum anitaria conlleva una perspectiva que, más que destacar las diferencias entre las personas, resalta las semejanzas entre ellas y fo­ menta la capacidad de identificarse con el «otro» (con todos los otros, supuestamente con independencia de factores tales como el género» la

raza, la cultura o la clase social

nos tales como el altruismo y la conducta prosocial destacan la impor­ tancia de estos dos ingredientes de la conciencia hum anitaria que acabamos de mencionar, o sea: 1) el compromiso personal con valores

universales y 2) la capacidad de percibir a cualquiera otras personas

).

Las investigaciones sobre fenóme­

como seres semejantes y próximos a

chos de los individuos que muestran una gran disponibilidad a ayudar

a los demás o a implicarse en actividades prosociales (por ejemplo,

colaborando con una ONG) se identifican más fácilmente con ciertos valores de tipo universal como la igualdad» la responsabilidad social o la cooperación (Staub, 1975) y mantienen una concepción altamente positiva de las personas en general (Morales, 1994), lo que contrasta con los valores (vida confortable, ambición, maquiavelismo) y la imagen (negativa) de los demás que sostienen quienes manifiestan una orien­ tación menos altruista. Cabe tomar igualmente en cuenta la estrecha relación que algunas investigaciones muestran entre la comisión de

ciertos actos que vulneran los derechos fundamentales de las personas

y la escasa o nula capacidad empática que demuestran sus autores (por

ejemplo, violadores, torturadores, delincuentes especialmente agresi­ vos, maridos que maltratan a sus esposas, etc. Ver un resumen en Goleman, 1996). He definido los contenidos de una supuesta conciencia humanita­ ria a partir de dos tipos de fenómenos psicológicos: valores y procesos de identificación y autoidentificación de las personas. Lo cierto es que diversos filósofos morales y científicos sociales coinciden en reconocer que ambos fenómenos guardan una relación estrecha (por ejem ­ plo, v. Taylor» 1996). M i siguiente tesis es que lo que llamo conciencia humanitaria conforma una cierta identidad característica. Creo que ésta es una manera interesante y fructífera de analizar algunos de los principales obstáculos sociales y psicológicos que frenan la difusión de esa conciencia hum anitaria o que operan en sentido contrario a la difusión moral de los derechos humanos en nuestro mundo presente. Pero antes de ver esos problemas» terminemos de definir el fenómeno subjetivo e intersubjetivo de la identidad. Como ha indicado elfilósofoysociólogoJürgenH aberm as(1989), hablamos de identidad cada vez que intentamos responder a dos de las

uno mismo. Así, parece que m u­

preguntas más importantes que una persona o grupo de personas pueden plantearse a sí mismas: ¿quiénes somos? y ¿quiénes queremos ser? En síntesis» estas preguntas nos enfrentan con el problema gené­

rico del «sentido», es decir, del significado y dirección que procuramos

y conseguimos dar a nuestras vidas. Por eso mismo, como diría el

psicoanalista Eric Erikson (1968), una crisis de identidad es, sobre

todo, un problema relativo a la ausencia o pérdida de sentido en términos existenciales. Para prevenir o resolver dicho problema, los seres humanos intentan responder a esas preguntas («¿quiénes somos?», «¿quiénes queremos ser?»), una y otra vez, a lo largo de toda la existen­ cia, atribuyéndose para ello una serie de características o atributos que los definan, formándose lo que los psicólogos llaman su propio «auto- concepto» y tratando de descubrir y definir también todo aquello que para ellos resulte bueno o valioso y que merezca la pena alcanzar, realizar o conservar. Con gran agudeza, y refiriéndose a este vínculo entre la identidad personal y el mundo de los valores y los fines, el filósofo moral Charles Taylor advierte que las personas tienden a describirse a sí mismas tratando de ubicarse dentro de un cierto «es­ pacio moral». Dicho de otro modo, «saber quién eres es estar orientado en el espacio moral, un espacio en el que se plantean cuestiones acerca del bien o el mal; acerca de lo que merece la pena hacer y lo que no, de lo que tiene significado e importancia y lo que es banal y secunda­ rio» (Taylor, 1996, p. 44). Podríamos suponer entonces que la con­ ciencia hum anitaria (es decir, los valores que la definen así como la potencial capacidad que ella misma comprende para identificarse con otras personas) correspondería con cierta forma de situarse en ese «espacio moral». Dando por supuesta esta dimensión moral de la identidad indivi­ dual, lo que desde las ciencia sociales hay que recordar es que tal experiencia psicológica está determinada a su vez por la natural inser­ ción de las personas en uno u otro contexto social y cultural y por sus relaciones con diferentes individuos y grupos, los cuales configuran el marco de referencia del que proviene la mayoría de sus intuiciones morales. Los psicólogos, sociólogos y antropólogos que trabajaron en la línea del «interaccionismo simbólico» (Stryker, 1983 o de la llamada escuela de «Cultura y personalidad» (Esteva, 1973) han dado pruebas notables sobre la verosimilitud de esta relación entre el sentido de la identidad personal y los valores morales asumidos a través de la inte­ racción social y de diversos procesos de socialización. En este sentido,

y como siempre recuerdan los llamados filósofos morales «comunita-

ristas», ninguna ética es realmente posible y efectiva fuera del ethos o

la moralidad de las comunidades a las que los individuos pertenecen.11

En segundo lugar, y como también ha sido puesto de manifiesto por

la

psicología social (v. Torregrosa, 1983, p. 223;T ajfel, 1984; Berger

y

Luckman, 1969; M arkus, K itayam a y H elm an, 1996; Bar-Tal,

2001), parece igualmente evidente que la «identidad moral» de las personas no suele ser independiente de su «identidad social», es decir, de su ubicación en un cierto «espacio social» ocupado por otros mu­ chos individuos y grupos humanos. Como consecuencia de ello, los seres humanos tienden a definirse a sí mismos, no sólo como indivi­ duos particulares, sino como miembros de determinados grupos (hom­ bres, mujeres, españoles, indios, empresarios, obreros, europeos, ára­ bes, católicos, musulmanes, García, Pérez, etc., v. Turner, 1991). Por últim o, sabemos que la identificación con ciertos grupos socia­ les constituye la base para la reproducción de los valores vigentes al interior de aquéllos y, recíprocamente, dichos valores suelen afectar, para bien o para mal, el modo en que las personas se definen a sí mismas y a los demás. Dicho toto esto, volvamos ahora al argumento principal que pretendíamos desarrollar.

Identidades problemáticas

El modo en que habitualmente se construyen las experiencias subje­ tivas de identidad (experiencias que conceden sentido, significado y dirección a la vida de las personas), siempre mediadas por algunas influencias sociales y culturales, puede plantear serias dificultades a la conformación de una verdadera conciencia humanitaria. En los últi­ mos tiempos, diversas investigaciones y análisis han comenzado a advertir sobre la proliferación a través de diversos contextos sociocul- turales de ciertos sistemas de valores que favorecen el ¡nacionalismo moral y exaltan las diferencias entre las personas, antes que sus seme~ janzas. Tales valores e identidades (esta es la hipótesis que desarrollaré durante el resto del capítulo) ponen serias trabas a la expansión de una conciencia humanitaria y pueden dar lugar a la aparición de diversas pautas de comportamiento, de relación entre las personas y los grupos

11. Es importan ce señalar, para evitar

confusiones, que en general los filósofos

comúni(aristas no dicen que las tradiciones im pidan por completo la evolución del pensamiento moral sino que, en codo caso, son ellas las que establecen el marco cultural de referencia a partir del cual puede iniciarse cualquier discusión ética (v. Cortina, 1998), argumento difícilmente rebatible.

y a determinados estilos de vida que, o bien son indecentes, es decir,

humillantes para quienes los protagonizan o para otros,12o bien difi­ cultan enormemente la puesta en práctica de las acciones solidarias

necesarias para crear las condiciones sociales de posibilidad que garan­ ticen una vida digna a todos los miembros de la especie humana. Puestos a contextualizar el fenómeno de la identidad y sus dimen­ siones axiológica y social respecto a nuestra propia época, creo que es momento de advertir que, aun siendo evidente el carácter eminente­ mente subjetivo de este fenómeno, conviene no «psicologizar» en exceso nuestro punto de vista. Los códigos culturales y las redes sociales que prefiguran el modo en que las personas se definen a sí mismas y dan sentido a sus vidas dependen en buena medida de las condiciones sociales objetivas en medio de las cuales brotan tales identidades. De hecho, sólo atendiendo a la interacción entre ambos planos, objetivo

y subjetivo, podemos llegar a explicarnos los principales problemas

morales que hoy plantea la cuestión de la identidad. Así, por ejemplo, los análisis llevados a cabo en los últimos años por diversos científicos sociales indican que los cambios políticos, tecnológicos y económicos

acaecidos durante las últimas décadas del siglo XX son correlativos a la aparición de dos nuevas formas de identidad, unas de carácter «in~ dividualista» y otras de índole «comunal» y/o «tradicionalista» (v. Castells» 1998)13. Estas son las identidades problemáticas que vamos

a estudiar a continuación. Las indicaciones anteriores concuerdan con las evidencias proce­ dentes de la mayoría de las investigaciones recientes que han sido realizadas en los ámbitos de la psicología social de los valores y la

12. Tomo esta acepción del termino «decente» del excelente trabajo de Avihsai M argalit (1997) Lasociedad decente. En él M argalit define el comportamiento «decen­

te» por contraposición a aquellas otras acciones que im plican un trato «hum illante» a las personas, por tanto, un crato que no reconoce la intrínseca dignidad de todos los seres humanos. 13. De forma resumida, los citados cambios sociales podrían definirse por referen­ cia a los siguientes fenómenos; 1) Políticos: declive de las ideologías políticas fuertes y antagónicas, fin de la

guerra fría, debilitam iento de los Estados-nación, desarrollo de nuevas alianzas tituciones políticas transnacionales.

e ins­

2)

Tecnológicos: desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y la co­

municación e influencia creciente de los medios de comunicación audiovisuales y de

internet. 3) Económicos: m undializad ón de la economía, incremento de las desigualdades en términos de renta y riqueza.

del propio comportamiento a las personas establecidas por elidios ‘ grupos. Los valores individualistas fomentan la autonomía, la inde- ‘ pendencia de criterios y el hedonismo. Los colectivistas favorecen la conformidad y generan una mayor dependencia respecto al grupo y la 'tradición. Siendo en paite causa y en parte efecto de estos rasgos anteriores, cada uno de estos tipos de valores afectan también a la identidad de las personas. Parece que los entornos sociales y los marcos culturales de referencia donde proliferan los valores individualistas (errprincipio y, sobre todo, las sociedades y la cultura occidentales) promueven un tipo de identidad «egocéntrica», en tanto que las socie­ dades, culturas y subcultoras colectivistas (las cuales, sin embargo, no son privativas del mundo no occidental) fomentan una identidad- «sociocéntrica» (tomo los términos de Shweder, Mahapatra y Miiler,

J^-O ^eg^n-les^am s-disp^b-k^aqüe& s-persoítas-qut-panitipair

de una perspectiva individualista seperciben a sí mismas como hom­ bres o mujeres diferentes o muy diferentes de los demás. Por su parte, quienes asumen una identidad sociocéntrica también se interpretan a sí mismos como personas diferentes; aunque esta vez el referente de comparación no sean los otro.s individuos por separado sino ios grupos ajenos, los «exogrupos», en tanto que al mismo tiempo se autodefmen como muy semejantes a los miembros de sus propios grupos o comu­ nidades de referencia. La dimensión individualismo-colectivismo parece enormemente útil para realizar comparaciones entre culturas y subcuituras, así como para constatar y comparar los criterios morales que orientan la vida de las personas (Morales y otros, 1997)- En términos generales, y según plantea Schwartz (1994), los valores individualistas y colectivistas están integrados en la mayoría de las concepciones morales existentes; aunque casi siempre con predominio de unos sobre otros,:pues ambos reflejan necesidades orgánicas y motivaciones sociales de carácter universal. Sin embargo, nuestras alusiones a ambos tipos de valores sólo será empleada, aquí para referirnos a determinadas manifestacio­ nes actuales extremas de las identidades egocéntricas y sociocéntricas que se derivan de aquéllos.

pj& qntai, corno lo fueron las primevas declaraciones de derechos |j||sirvieron de referencia.14 Por .muchas resonancias suyas que “^encontrar en tradiciones culturales diferentes y en épocas no jhás> el estrecho vínculo que la noción ’de derechos humanos p ee con la cultura occidental y la época .moderna es difícilmente 'B;ble (lo cual no significa negar de entrada la posibilidad de "4pijbÍliz3r los' principios inherentes a los derechos humanos con itbtras tradiciones culturales) .15Además, las implicaciones de ese Joxultural e histórico no son en ningún modo irrelevantes, La emidad ha aportado los dos ideales y criterios básicos que dan |M o y coherencia a la idea de los derechos humanos; humanismo

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:■Así, el B ill ofRights inglés de 1.689, la declaración de! Buen Pueblo de Virginia, íi la Declaración de la Asamblea Nacional francesa de 1789, la Constitución

lo r ie s de Cádiz — 1812— la Declaración de Derechos d el Pueblo Trabajador de

S i Soviética — 1919— . Conviene subrayar, no obstante, que k Declaración da en 1948 en la Asamblea General délas Naciones Unidas del 10 de diciembre

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pió su punto de inflexión histórico a partir del cual la noción de derechos los comeiuó a adquirir su verdadera difusión universal y universalista.

• Precisamente esta cuestión parece dividir a los filósofos morales coraunitaris-

|ró enfoque, como hemos indicado más arriba, procura destacar la fuerte depen- ggue.los contextos socioculturales ejercen sobre cualquier perspectiva ética. Así, ¡münjtaristas están divididos entre quienes niegan la posibilidad de consensuar a. ^universal unos principios fin im o s de justicia y aquellos otros que, por el con- |;creea factible dicho consenso. En este último caso, las razones para ser oprimis- 9vendrfa_n del hecho de la coincidencia a través de las diferentes culturas y con­ des,religiosas respecto a ciertos valores, normas y conceptos morales, más o menos ajenies a los que se reflejan en las declaraciones de los derechos humanos, según n.autores como Michael 'Walzer (1984) o el teólogo Hans Küng (1990; 1999). ^sentido muy parecido, y durante los últimos anos el filósofo John Rawls viene hiendo desde supropia posición «liberal» (en principio opuesta a la de los comu­ nas) la posibilidad de fundar ios principios de una «teoría de la justicia» y del

{Vho de gentes» sobre la base.de un «consenso por superposición» de las distintas ||jciones morales existentes en ulna sociedad (v. Rawls, 1998a, 1998b.; Vallespín,

y racionalismo.16 El humanismo fundamenta la idea de la igual digni­

dad de codos los seres humanos» así como otros valores asociados (tolerancia, solidaridad, etc.), y alimenta el sentimiento de fraternidad que es correlativo a aquel supuesto y sobre cuya importancia ya hemos dicho alguna palabra. El racionalismo, aplicado a las cuestiones mo­ rales, jurídicas y políticas, inspira el universalismo consustancial a la perspectiva de los derechos humanos, pues funda la esperanza de or­ ganizar la vida social por referencia a ciertos principios o leyes que no proviniesen de una u otra tradición cultural o religiosa sino de ciertas razones potencialmente válidas para todos los hombres (el pen­ samiento moderno, como explica Anthony Giddens, es «antitradicio- nalista» y enfatiza la «reflexividad», es decir» exige y promueve la jus­ tificación y la crítica de los productos de la tradición y se opone a su mera asimilación irreflexiva; Giddens, 1990). ¿Por qué era importante recordar el carácter «moderno» de la no- ción de los derechos humanos? Dicho en pocas palabras, porque las mismas identidades egocéntricas y sociocéntricas de las que venimos hablando, y cuyos riesgos en relación a los derechos humanos van a ser descritos a continuación» se oponen a algún que otro aspecto funda­ mental de la cultura moderna, siendo expresión ellas mismas de la propia crisis en la que» según numerosos análisis (por ejemplo, v. Touraine, 1995), ha entrado el ideal de la modernidad y las formas de vida y organización política por él inspiradas. En efecto» podría decirse que en la actualidad muchas personas» grupos o comunidades no se definen a sí mismas según los parámetros modernos, no se consideran modernas, pues han perdido la fe en las promesas modernas de pro­ greso, veracidad, moralidad, belleza o simplemente interpretan el discurso moderno y sus apelaciones a la razón y a principios éticos universales como un discurso de dominación.17 En otros casos» que sólo afectan a ciertos contextos sociales y perspectivas culturales donde predominan los valores colectivistas, podría hablarse incluso de deter­ minados grupos o comunidades que, en realidad» nunca llegaron a

16. Sigo aq uí, casi literal menee, el m agnífico análisis realizado por Stephen T o u lm in

(2001a), cu ya tesis principal, en efecto, es la de que la cultura m oderna atravesó dos etapas: una, la hum anista y otra, posterior a ésta, la racionalista.

17. Esta clase de sospechas son las que han servido a algunos partidarios del

liam ado «m ulticulturalism o» para criticar el universalism o inherente a la noción de los derechos hum anos com o una herram ienta de dom inación cultural y política de la que vienen haciendo uso los países occidentales desde hace varias décadas (sobre el debate del m ulciculturalism o puede verse De Lucas, 1994).

asumir los criterios y el estilo de vida modernos. Como consecuencia de todo ello, las nuevas y viejas identidades que corresponden a esos sujetos, grupos y sociedades fomentan estilos de vida, modos de organización social y política y concepciones morales resueltamente «antimodernas». Repitiendo mi principal argumento, lo que ambas identidades antimodernas tendrían en común son dos facetas suyas:

1. La inspiración de una actitud antirreflexiva o antirracionalista,

rechazo a justificar racionalmente los criterios y

normas morales (por ejemplo, los propios derechos humanos) que

orientan y dan sentido a la vida de las personas, bien porque se haya perdido la confianza en poder hacerlo (como piensan los filósofos posmodernos que proponen prescindir de la idea de una razón universal), bien porque se considere que los contenidos morales sólo pueden justificarse por referencia a una tradición o unas creen­ cias religiosas que, asimismo, han sido asumidas de forma esencia- lista o dogmática.

2. La exaltación de las diferencias entre las personas o entre los

la cual im plica un

grupos humanos y categorías sociales (diferencias de género, rasgos físicos, nacionalidad, confesión religiosa, clase social, cultura o ideología, etc.), lo cual actúa en sentido contrario al esfuerzo hu­ manista por subrayar lo que es común a todos los miembros de la especie humana (v. Savater, 1998).

Veamos los contenidos y consecuencias concretas que se derivan de estas identidades antimodernas.

Individualismo posmoral

Existe un amplio acuerdo en reconocer que el individualismo, es decir, la afirmación e incluso la exaltación de la autonomía moral de las personas, ha constituido uno de los rasgos más característicos de la cultura política occidental y moderna y un supuesto subyacente a la mayoría de las declaraciones sobre los derechos humanos. No obstan­ te, este hábito mental que logró transformar en virtud lo que antes del Renacimiento se consideraba vicio —el amor al individuo, el amor propio— (v. Gracia, 1989), y que ha promovido de forma paulatina la obligación de subordinar las morales y la política tradicionales a la libertad y el bienestar de los ciudadanos, ha ido evolucionado con el paso de los siglos, adquiriendo muchos rostros diferentes. Paradóji­ camente, uno de esos rostros entraña severas contradicciones respecto

a los ideales modernos del hum anism o y la racionalidad. En este

sentido, los filósofos morales y los científicos sociales de ayer y hoy han llegado a dos conclusiones respecto a esa misma evolución del indivi­ dualismo en las sociedades occidentales, conclusiones con apoyo en múltiples investigaciones empíricas (Schwartz, 1994; Morales y otros, 1997). Primera, que es necesario distinguir al menos entre dos tipos

de individualismo, o sea, dos concepciones morales que hacen del individuo y de sus intereses y preferencias su principal referente: un «individualismo responsable», ligado a reglas y principios morales de pretensiones universales (principios racionales, por tanto) que favore­ cen la convivencia y que no entra en contradicción con actitudes solidarias y de cooperación y ayuda; y un «individualismo irresponsa­ ble», egoísta y cínico que, al menos desde los análisis de Toqueville y Durkheim, es asociado al posible declive de todas las formas de soli­ daridad social y al consiguiente riesgo de desestructuración social o anomía (v. Lipovetski, 1994; Gil V illa, 2001). La segunda conclusión es la de que, si bien se tiende a suponer que lo que se denomina individualismo irresponsable es siempre un hecho social posterior a la aparición del otro individualism o positivo, se considera también que ambas formas de individualismo tienen un mismo origen: el pro­ ceso de modernización y complejización progresiva de las sociedades occidentales, basado en la adopción de una economía de mercado, la industrialización, la urbanización, la progresiva secularización y des- tradicionalización de la cultura, el liberalismo político y la democra­ cia, etc. De aquí puede deducirse fácilmente que, en tanto en cuanto haya estados, fuerzas políticas y otros actores sociales que sigan inte­ resados en realizar o completar la modernización de sus sociedades o del mundo en su conjunto, el ascenso de un cierto individualismo irresponsable constituirá un riesgo cada vez más digno de considera­ ción. Las anteriores conclusiones nos obligan a preguntarnos si actual­ mente existe un proceso de modernización que avance de manera imparable, modificando valores, actitudes y formas de vida y anulan­ do el valor de las tradiciones a través de las distintas sociedades y culturas, como quisieron ver sus más entusiastas ideólogos de los años sesenta y setenta (v. Solé, 1976). Haciendo un mínimo inciso pode­ mos afirmar a este respecto que, si bien existen pruebas elocuentes de que ciertos acontecimientos y procesos sociales objetivos de las últi­ mas décadas (muchos de ellos resumidos en el complejo fenómeno de la denominada «globalización») han servido para alterar instituciones, planteamientos políticos y estilos de vida, casi siempre en sentido

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Ip o sib ie perversión del individualism o reflexivo > soaalm ente

lo ab le al que apelaba el ideal moderno en un individualism o

In sab le 7 socialmente desestructurante (ya detallaremos luego

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rectos más negativos) podría verse estim ulada por dos tendencias fes-características délas propiasseeiedades occidentales: el avance. ^épticisnio moral e intelectual 7 su propia transformación en Ifedes de consumo». Repasemos brevem ente estos dos aigum en-

W m e r o d e ellos debe recordarnos, sin duda, k tesis w ebenana

% ndo desencantado», sólo que W eber no pudo tener en cuenta

% historia del siglo XX, historia de guerras crueles, matanzas,

ls científicos que degeneran en tecnologías de destrucción hu- ffccológica, sistemas políticos que prom eten la em ancipación de ía n id a d pero generan m iseria 7 terror, etc. A la vista de todo lo | r, 7 tam bién partiendo de una posición epistem ológica que

|n crisis la propia noción de verdad, la cual pasa entonces a fse como su propósito irrealizable o como una m era estrategia te r c e r el poder, el denominado m ovim iento filosófico posmo- Idefien de que el nuestro es un tiem po de recelo ante la idea del Jso (una constante del pensamiento moderno) y ante todos los J e s relatos» que intentaron sostenerla (ideologías políticas ma-

ffistas como;el marxismo, religiones como el cristianism o, prome-

U n o la de la propia modernización a través de la ciencia 7 el

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a aquellas personas y segmentos de población que actualm ente habitan

S ascells denom ina el «espacio atempera!» de los nuevos flujos y redes globales,

^ a q u e lla s cuyos recursos económicos les perm iten o cuyas profesiones les obll-

^¿b ilitar los vínculos que unen a la m ayoría de la gente a su cultura y a sus países

os físicos originarios (v. Castells, 2001).

so aal. Mis perspectivas morales están afectadas por la sospecña de que los estados ño son capaces de solucionar los problemas de justicia, paz y prosperidad, de que ios políticos sucumben fácilmente-a la corrup­ ción y por la certeza de que los discursos de aquéllos están más con­ dicionados por la necesidad de desacreditar a sus rivales que por ob­ jetivos claros y precisos (v, Castells, 1998). Las religiones no parecen evolucionar al ritmo de las mentalidades, pues süs postulados son dudosos para una civilización cuyo referente intelectual básico es el de la ciencia, al tiempo que siguen promoviendo conflictos} predican: el sacrificio pero no el placer y tratan de lim itar en muchos casos la autonom ía moral de las personas. M ás en general, el escepticismo m oral es resultado de la pérdida de este y otros marcos tradicionales de referencia para orientar la propia conducta, pues la destradiciona- lÍT-arinn irme es consecuencia evidente de la modernidad) no sólo pone en tela de juicio nuestras creencias religiosas sino que atenta contra otros conceptos que habitualm ente habían sostenido el orden social moderno (que todavía lo sostienen, pese a todo, con fragilidad): la nación, la clase, la cultura, la fam ilia tradicional, etc. En este sentido, cuando hablo de lo «posmóderno» me estoy refiriendo fundam ental­ m ente a un conjunto de críticas sobre los diferentes aspectos de la modernidad (entre los que vuelvo a destacar en el plano intelectual las nociones de progreso, verdad-y razón; v. Lyon, 1999 o Gil Villa,

2001).

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La evolución de la economía de mercado es el segundo factor antes

mencionado que indudablem ente incide en la consolidación del indi­

a corromperlo. Es un lugar que las sociedades capitalis­

tas han fomentado la exportación de la lógica mercantil’ a todos' los ámbitos de la vida y de las relaciones humanas, más allá de los inter­ cambios económicos. Las propias ciencias sociales han favorecido la interpretación de los móviles del comportamiento humano en térmi­ nos de una racionalidad económica, una noción estrecha de lo racional definida según el criterio.de la maximización de los beneficios y la m inim izaciónde los costos personales de cada acción (v. Gracia, 1989).

vidualism o y que tam bién puede ayudar com ún, aunque no por ello una falsedad,

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pienestar y el disfrute del ocio. Por tanto, del puritanismo se ha § ia l hedonismo que los medios de comunicación y los especia-

& marketing ayudan a promover, con el fin de dar salida a una

¡¡¿¿ion que no deja de crecer (v. Aranguren, 1994). loablem ente se ha exagerado respecto a la expansión del escep-

o.moral e intelectual en nuestro tiempo, así como sobre el influ-

t -sociedad del consumo sobre la5 formas de vida y las actitudes

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el efecto de estas dos realidades no parece irre-

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a juzgar por los estudios sobre la conformación de la identidad

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e los individuos occidentales. Ahí están las investigaciones de

Mi Sennet (1977) y Christopher Lasch (1980) sobre el «narcisis- os famosos trabajos llevados a cabo por Robert Bellah (Bellah y §1:989) acerca de las costumbres de los ciudadanos corrientes ^|aericanps o las especulaciones de GtD^sTipovetsía. (195b) so-

||iícrepdsculo dei deber», trabajos de investigación social todos jp it se han convertido en lecturas de referencia de los actuales fes sobre filosofía moral. En todos esos análisis, y en otros muchos

j podemos mencionar, el.diagnóstico sobre las actitudes y valo­ e orientan la vida de la mayoría o de un número importante de itan tes de las sociedades occidentales es convergente. La lógica ^tointerés fomenta el repliegue a la vida íntima, como por otra

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jy a había vaticinado Alexis de Toqueville a finales del siglo XIX, Ip to al deseo y al propio cuerpo. Como apimta Ulrich Beck la vida es concebida por muchas personas como radicalmente fee de la de los otros individuos y vivirla a fondo, con indepen­ da de convenciones y pautas tradicionales, es lo que más se desea. y

(a parte, Alain Touraine (1995) describe esta

tendencia en térmi-

r distancia miento reflexivo del yo respecto a sus papeles sociales,

|| :en último término no significa sino la intensificación de las fídícaciones modernas de la subjetividad. Sin embargo, ya hemos fgj.padq que lo que aquí nos preocupay lo que inquieta ala mayoría |í'analistas es uno de los'caminos que siguen esas reivindicaciones, fpividualism o posmoderno poderosamente afectado, por el escep­

ticismo moral y el hedonismo de nuestro tiempo. En estos casos, lo que se anticipa con inquietud es la disociación definitiva entre las prefe­ rencias personales y cualquier otro criterio moral que no acabe remi­ tiendo a los propios intereses individuales. Esta es la postura más acorde con lo que Lipovetski (1994) llam a un «individualism o posm oral» y con el innegable declive de los «valores sacrificiales», dos rasgos que casan perfectamente tanto con las sospechas y el escepticis­ mo moral posmodernos como con los principios del neoliberalismo económico, santificado res del interés individual por encima de cual­ quier bien público.19

Los riesgos humanitarios del individualism o posmoral

El tipo de individualismo que acabamos de describir puede generar dos efectos sociales opuestos, como son la desviación y la conformidad social, los cuales a su vez pueden resultar negativos desde el punto de vista de los derechos humanos. La desviación social, es decir, el incum­ plimiento frecuente o sistemático de la legalidad vigente en una socie­ dad, puede afectar a los derechos hum anos en la m edida en que las leyes y normas establecidas traten de proteger tales derechos. Por el contrario, la conformidad con las normas y el orden establecidos puede implicar, en ocasiones, la reproducción de un sistema social que, en cierto modo, vulnere la dignidad humana o no garantice la satisfacción de ciertas necesidades y derechos fundamentales de las personas.

Desviación social

Si el individualismo posmoderno im plica el divorcio definitivo entre la moral personal y el bien social o el interés público (Touraine, 1995), es evidente que el cumplimiento de las normas y los valores sociales que hacen posible la vida en común se torna incierto. Como ya hemos recordado más arriba, esta inquietud sería compartida por algunos autores clásicos, por ejemplo, el ya mencionado Durkheim o incluso el propio Freud, quien destacó el necesario efecto represivo que las normas sociales ejercen sobre los deseos y pulsiones egoístas del indi­ viduo. No obstante, el hedonismo liberado y explotado por el actual

19. No es casual que algún crítico haya definido al posmodernismo como la «lógica cultural del capitalismo tardío» (Jameson, 1991).

sistema económico y la influencia de una cultura posmoderna que racionaliza el rechazo a las morales del deber podrían incrementar el riesgo de la desviación social en varios sentidos o, cuando menos, en dos formas concretas: las del fraude y la corrupción, por un lado, la de la delincuencia profesional, por otro. Refiriéndonos al fraude y la corrupción, actividades que pueden dañar gravemente los sistemas de solidaridad que procuran compensar o paliar las desigualdades sociales existentes, hay pruebas sobradas de que tales «desviaciones» suelen verse favorecidas por el predom i­ nio de la lógica del interés individual sobre otro tipo de consideracio­ nes morales referentes al interés general. £1 individualista tenderá a interpretar las normas y valores inherentes a la moral pública como meras convenciones que carecerán de todo valor más allá del de su utilidad para la consecución de sus propios fines (v. Cortina, 1999). En consecuencia, la observación de tales convenciones se convierte en una cuestión de pura fachada, de mantenimiento de las formas y apariencias. Desde tal perspectiva, cualquier acto transgresor de la moral pública que pudiera cometerse con plena impunidad y que proporcionase algún valioso beneficio personal sería prácticamente irresistible. El economista M ancur Olson (1992) analizó este tipo de comportamiento fraudulento formulando el denominado «dilema del gorrón» y demostrando que, desde la lógica del interés exclusivamente personal, la opción más racional de actuación es, en efecto, la del gorrón que evita los costos vinculados al cumplimiento de ciertas normas y a la participación en determinadas acciones orientadas al interés general (por ejemplo, el pago de impuestos), al tiempo que se aprovecha de los beneficios colectivos que se derivan de unas y otras. Naturalmente, el mayor riesgo que entraña este tipo de actitudes y comportamientos es que, en caso de extenderse, la cooperación social y las ventajas obtenidas a partir de élla acabarían por desaparecer, lo que perjudicaría por igual a todos los miembros de la sociedad. En una sociedad en la que se sabe que gran parte de sus miembros incumplen las normas de la moral pública y evitan cualquier sacrificio que no les genere alguna generosa contraprestación personal, la motivación y las razones para cooperar y ser solidarios se vuelven escasas. El otro efecto de desviación social al que el individualismo posmoral podría ser más proclive fue estudiado por Robert Merton (1970), el cual intentó redefinir el concepto de anomía. En su opinión, aquélla debía ser definida no como un vacío regulativo sino como la con­ secuencia de ciertas contradicciones normativas que con tanta frecuencia se ponen de m anifiesto en las sociedades capitalistas

favorecidas. Esta falta de adecuación entre los objetivos personales socialmente inculcados y los medios aportados por la sociedad para alcanzar aquéllos desembocaría en muchas ocasiones, 'según Merton, en la frustración, el inconformismo y la desviación social. De aquí se deducía igualmente que la delincuencia, incluida la que implica o

consiste

entre las clases sociales más bajas, cuyos miembros podrían acabar, optando por emplear medios socialmente ilegítimos para cumplir las metas que la sociedad habría inculcado en ellos. En realidad, las inves­ tigaciones criminológicas posteriores no han hecho sino confirmar estas sospechas. En relación al narcisismo característico de nuestro tiempo y dé las sociedades desarrolladas, elpsiquiatraLuis Rojas Marcos (1995) ha advertido de su efecto reforzante sobre estas relaciones

en el ejercicio de la violencia ^0 sería mucha más frecuente

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ción permanente de todos los deseos artificialmente estimulados por la publicidad y los medios de comunicación queda fuera del alcance de muchos ciudadanos, tanto más en aquellas sociedades donde las desigualdades sociales y económicas son'patentes y agudas (v. también Gil Villa, 2001). Ensente mismo sentido, los expertos indican, por ejemplo, que en algunos ambientes que se caracterizan por su empobrecimiento y por su desorganización social prolifera con frecuencia una valoración socialmente positiva del delito, el cual llega a ser concebido como un medio útil e incluso legítimo para superar las propias carencias. Además, esa actitud favorable al delito suele coexis­ tir con una concepción dárwinista de la vida social, entendida como competición agresiva entre sus miembros (v. Sobral, 1996). Por añadir un solo dato, más parece que las diferencias entre ricos y pobres, y en términos de nivel de ingresos y.según indicadores de salud física cons­ tituyan uno de los predictores más fiables de la tasa de homicidios en

20. Merron apeló a la famosa hipótesis iniriaJmente planteada por los psicólogos

Dollard y Míller sobre la relación enere frustración y agresión; v. Merton, 1957.

las comparaciones entre países y ciudades (Hsieh y Pugh, 1993; Smith

y Zahn, 1999).21

Conformismo social

De lo anterior podría inferirse que el conformismo tiene poco que ver con el individualismo. El individualista tiende ciertamente al incon­ formismo respecto a los valores tradicionales y las convenciones mo­ rales, pues trata de ser independiente y de diseñar y ejecutar su propio plan de vida. No obstante, la prioridad que el individualista concede

a los intereses individuales sobre los colectivos y, sobre todo, su propia manera de interpretar la realidad social como un mundo de personas independientes le vuelven conformista en un sentido más amplio del que corresponde a la definición habitual del termino» el cual suele emplearse para indicar una alta disposición al cumplimiento de las normas solciales. También puede hablarse de conformismo o confor­ midad con el orden social establecido. Esta otra dimensión del confor­ mismo, que incluye a la anterior pero remite también a una actitud genérica de resignación, pasividad o indiferencia ante la vida social, se traduce en fenómenos tales como el descenso de la participación política

y la disminución de los movimientos sociales reivindicativos o la in-

solidaridad ante los problemas ajenos. Diferentes estudios dan prue­ bas sobradas de la realidad de estas tendencias. Su relación con el individualismo imperante parece igualmente plausible (Bejar, 1995). Así, por ejemplo, el individualismo genera conformismo e insolidari- dad en la medida en que implica una determinada concepción de la justicia y ciertos sesgos sobre los juicios morales precisamente deriva­ dos de aquélla y de un énfasis excesivo en la idea de la responsabilidad individual. Expliquemos esto tratando de poner en relación ciertas evidencias empíricas que proceden de diversas líneas de estudio. La importancia de las intuiciones o conceptos naturales que las personas tienen sobre la idea de justicia radica en que son las percep­ ciones de injusticia las que activan la «motivación de justicia» (el concepto proviene del psicólogo Melvin Lerner, 1980) que subyace a cualquier reivindicación individual o colectiva (por ejemplo, ante los

21. Las cifras sobre los Estados Unidos son especialmente ilustrativas. Este país»

el más rico del mundo, aunque también el que arroja mayores índices de desigualdad entre los países ricos, registra una tasa de homicidios cinco veces superior al de otras naciones del mundo desarrollado (G illtgan, 2001).

tribunales de justicia o ante los gobernantes) y a todo movimiento o

proceso de «cambio social». En buena medida» las nociones de justicia

y de derecho son intercambiables puesto que los derechos, ya sean

morales o positivos* constituyen siempre un intento de especificar lo que es justo o justificable con relación a las condiciones de vida de las personas y a lo que éstas se merecen por el hecho de ser ciudadanos (derechos civiles y/o positivos) o por ser simplemente miembros de la especie humana (derechos humanos). No obstante, aunque existan estas y otras especificaciones formales (por ejemplo, las reglas morales propias de las religiones o los códigos deontológicos profesionales), los estudios sobre la motivación y las percepciones de justicia sugieren que la mayoría de los juicios morales cotidianos sobre la realidad social remiten a una noción mucho más simplificada de justicia sobre la cual lo siguiente que cabe decires que presenta diferencias considerables en función de los marcos culturales de referencia y los sistemas de valores de las personas. Algunas investigaciones sobre la dimensión individua* lismo-colectivismo sugieren que la concepción de justicia de los indi­ vidualistas remite a un concepto de equidad (proporcionalidad o equilibrio entre lo que cada individuo aporta a la sociedad y lo que

recibe de ella)» en tanto que los colectivistas realizan sus juicios sobre

la justicia basándose en un criterio de igualdad en la distribución de

los recursos sociales o de asignación de éstos en función de las necesi­ dades particulares de cada indiyiduo (Páez y otros, 1997).22 Probablemente, la idea de los derechos humanos implicaría los tres criterios de justicia (equidad, igualdad y necesidad) a los que acaba* mos de hacer referencia. Por ejemplo, tales derechos podrían ser inter­ pretados como un catálogo de necesidades mínimas que, en principio, deberían quedar cubiertas para todas las personas (Savater, 1988). Asimismo, el criterio de equidad también subyace a principios inclui­ dos en las declaraciones sobre los derechos humanos, por ejemplo, el principio de igualdad ante la ley (ver artículo 7 de la declaración de 1948). No obstante, la primacía del criterio de equidad en la pers­ pectiva de los individuos y las culturas individualistas parece ir asocia­ da, como ya adelantábamos hace un momento, a ciertas distorsiones

22. Esta afirmación sólo resulta válida en el caso en que las percepciones de

justicia/injusticia sean referidas a miembros del endogrupo. Por el contrario, cuando los colectivistas juzgan sobre situaciones que afectan a personas ajenas a lo que consi­ deran sus grupos aplican un crirerio de equidad, como generalmente hacen los indívi- dualistas (Páez y otros, 1997).

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¡S fc manera de ser, antes que de cualquier otra clase de factores ft|por ejemplo, de índole social, política o histórica (Deschamps l|is., 1994). Algunos análisis recientes sobre el individualismo J|$e en las sociedades occidentales, como el realisado por Beck J|foisten precisamente en su peligrosa tendencia a convertir las ||¡M é s (por ejemplo, el paro estructural u otros'problemas tales B á m e n to de ía delincuencia, el consumo generalizado y auto- ílf e p ’de drogas, la proliferación, de ciertas'enfermedades) en ^ - d is p o s ic io n e s psicológicas, lo cual sirve para ocultar los tó etm n in an tes sociales de esos problemas, así como las res-

: * 'blicas a ese respecto. Por otra parte, esta propensión

-d^índek^sposidaoaL y^ico lágka-SQ breia^ase^

S ó n cep ció n similar o parecida a la del «mundo justo» no es ¿ !& s, por ejemplo, ya fueron empleadas en otros momentos por íjbientfficos sociales y políticos para explicar a partir de factores JfÓ g u n o s datos negativos sobre el desarrollo intelectual de ios ¿ t é s pertenecientes a minorías étnicas o a las clases sociales más «JJecidas y oponerse así a la implementación de medidas de Ilin ació n positiva o apoyo adicional a esos estudiantes (v.

||Íti y otros, 1966).23 Jlgerspectiva moral vinculada a la creencia del mundo justo y, M é licam e n te , al tipo de individualismo que venimos desen- Jlflfom enta la conformidad con el orden social establecido de l l f e formas, las. cuales pueden ser descritas poniéndolas en

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IjftÉ u s o algunos autores defensores de la perspectiva y el modelo de Estado I p W é n a veces referencias poco matizadas a la importancia1de la herencia B í t r á determinar la inteligencia de las personas y vincular este-hecho a cues- el estatus social y profesional adulto para argumentar, en suma, una 1és¿¿ptica.ante los intentos sociales de influir sobre ambos factores —inteligen-

:;tacus profesional— (v. schw ara, 1998, cap. 2).

a través de sus investigaciones sobre identidad social (v. Paez y otros, | 1997), el estatus suele afectar a la autoestima d élas personas. Así, | quienes ocupan una posición media o elevada en la estructura social | (estatusmedio o alto) generalmente disfrutan de una autoestima mas ^ positiva que quienes ocupan una posición inferior. No obstante, todas ^

aspiran en-principio -a obtener, una definición positiva de t

sí mismas,;lo cual impulsa a quienes tienen un bajo, estatus a buscar | alguna-manera de superar los-efectos negativos que dicha posición ■

social ejerce sobre su autoestima. Básicamente, se distinguen dos tipos de estrategias posibles para solucionar este problema:.la «movilidad social» o el intento de obtener una posición social más elevada (por ejemplo, ascendiendo a nivel profesional, adquiriendo una formación educativa superior,.cambiando de,lugar,de residencia, etc.) y el «cam-

-bi^acrdal^v^^deétr, trata&do-áe-p-i:8¥eea^una-K-an&f&HH-^€Í:&n^dg--l-a—

las personas

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sociedad en su conjunto,.para lo cual es preciso implicarse en alguna clase de acción colectiva que aglutine al grupo de personas que com­ parten un mismo nivel (bajo) de estatus. Es indudable que, al contra­ rio queda de cambio social, la estrategia de movilidad social beneficia la reproducción de las desigualdades establecidas, por tanto, la confor­ midad con el orden social establecido. La elección de una estrategia u otra está influida por factores objetivos y subjetivos. Respecto a los factores objetivos, es bien sabido que no todas las sociedades ofrecen las mismas posibilidades de ascender en la escala social por. méritos propios (por ejemplo, las sociedades cuya estructura social responde a un .sistema de castas, desconocen o no reconocen suficientemente el principio meritocratico, estableciendo así las diferencias de estatus en base a la herencia y el origen social de sus ciudadanos o súbditos). Desde el punto de vísta de k subjetividad, la estrategia de movilidad social suele ser la preferida por aquellas personas que: ( 1) están con­ vencidas de que tienen posibilidades reales de mejorar por sí mismas su estatus social, impresión tanto más probable en aquellos sujetos que interpretan la realidad en términos de la creencia en el mundo justo o alguna parecida; (2) se definen a sí mismas como personas únicas e independientes, tal y como corresponde a quienes participan de los

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|es la actitud contraria, el inconformismo social, no sólo se í§ia a través de la acción reivindicativa y desde abajo, sino Mjor.medio de la acción solidaria o de las políticas de compen­ d ia s desigualdades que puedan ser emprendidas o activadas ipes ocupan una posición social elevada (vinculada al control íós económicos o al poder político). También la psicología jgumentos en este sentido. Por ejemplo, y volviendo al tema leión entre estatus social y autoestima, cabe considerar que, ■ tenté, quien disfruta de un alto estatus y u.e ¿as ventajas aso- Jto, y al mismo tiempo es consciente de las desigualdades que §|an a su sociedad, puede sentirse obligado a buscar una jus- ^ d e tales ventajas. Una vez más hay que reconocer que la iltenun mundo justo también resulta muy adecuada para resól- .É K A ^.s^D g4^4l^d^n-& s-£sm dios demu.esr.iaiL_que.el

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¡gnoscitivo que tal creencia promueve, el denominado «error Itital de athbución», es decir, la tendencia a subestima! las ■xtcrnas que pueden afectar a las acciones humanas y explicar |$nvital de las personas, se da con mucha más frecuencia entre |'que ocupan una posición ventajosa en la estructura social 3inps y Beauvois, 1994). Asimismo, los estudiosas del altruis- | é :nducta proso'cíal han encontrado pruebas empíricas de que |encia típicamente individualista y occidental a explicar los ías y las condiciones de vida de las personas por referencia íte a causas personales o internas reduce notablemente el sen- Íl|'!reSponsabilidad social o de la obligación moral a prestar f e personas m e n o s favorecidas. En palabras deWeiner(1980), |feuye a la víctima la responsabilidad de su problema, en vez de fcimstancias, la posibilidad de ayudarla se ve drásticamente

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anteriores ya dimos algún otro dato vinculado-a los

i p b r e altruismo que refuerza la vieja tesis de que el individua- ||$bre todo ciertas/orinas concretas suyas, fomenta la insolida- iJiárece-bastante comprobado que una de las condiciones que

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«ayudantes» para «ponerse en el iugar» de la persona que necesita

ayuda, es decir, identificarse con ella o reconocerse en ella,24 tanto en un sentido cognoscitivo, como planteaban las teorías de Piaget y Kohlberg sobre razonamiento moral, como en términos afectivos (es la hipótesis de la «empatia»; v. Batson, 1999). De hecho, esta capaci­ dad se da por sentada cuando se habla o reflexiona sobre la concien­ cia y los llam ados sentimientos humanitarios que ya sabemos que se vinculan a un compromiso efectivo con los derechos humanos. No es descabellado suponer que tal operación mental o estado emocional podría ser más difícil de experimentar para aquellas personas que, siempre pendientes de sus propios asuntos, rara vez hacen el esfuerzo de ponerse en la piel o en la perspectiva de los demás. Finalmente, incluso en muchos casos en los que la adhesión a valores individualis­ tas no impide esta identificación cognitiva o afectiva con las personas

o grupos que sufren o que necesitan recibir ayuda, la primacía de los

intereses personales sobre los ajenos puede impedir la acción proso- cial. Glover (2001) señala los casos extremos de ciertas situaciones políticas, como las que se dieron en la persecución a los judíos en la Alemania nazi o a los «reaccionarios» en la China de M ao, en las que la previsión de los posibles «costos» que hubieran acarreado la ayuda a algunas víctimas de tales humillaciones disuadió a muchas personas de ejercer esa labor de auxilio, aun reconociendo éstas haber sentido compasión por aquellas víctimas e indignación por el trato degradante al que se las sometía. Los intereses individuales primaron, como en tantas ocasiones, sobre las necesidades ajenas.

*

*

*

Acabo de pasar revista a algunas de las potenciales o reales consecuen­ cias nocivas del individualismo, por lo que concierne a los derechos humanos. La insolidaridad y el conformismo con el orden social y/o

o el orden internacional han sido las más destacadas. De forma deli­

berada, he procurado hacer hincapié en las manifestaciones más extre­ mas y peligrosas del individualismo. Como siempre sucede en materia de valores, los valores del individualismo son ambivalentes; fomentan

24. No está de más recordar que algunos filósofos morales, como Emmanuel Levínas (1987), han asegurado que el principio de la moral radica en esta posibilidad de identificarse con el otro, de responsabilizarse de él (para una argumentación de esta idea en términos científico sociales puede verse Bauman, 1993).

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u íis; Bellah y otros, 1989, Lipovetski, 1996, 2003). Como ¡| t t Ulricli Beck (2001 ), lo que nos preocupa no es el indivi- l| f)la afirmación del individuo, sino el áesgo de la atomiza- ¡g b íén , como dice Alipio Sánchez Vidal (1999), la «erosión p lila d », es decir, el ¿stanciamiento o k despreocupación

^ o t r o » . Pero para que el individualismos vuelva egoísta, |ta y tramposo e impida que ios individuos reconozcan sus

íjidades sociales y el nexo objetivo que une a todos los seres |(inás aun a los. miembros de una o otra sociedad) ha sido | u combinación con ciertas dosis de nihilismQmei^egún Rentado más arriba, o de un economicismo ingenuo o chu­ los casos, que volvía a insistir en la ilusión o en la mentira [rindo donde el egoísmo y la ley de k selva/mercado traerían

f e a prosperidad y k felicidad con las que los seres humanos“

lim o s de soñar (v. Camps, 1999). El individualismo que

(M fcmado posínoderno no es ni el único ni probablemente el

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||[os problemas morales vinculado al fenómeno de la identi- Ocasiones, los derechos humanos resultan mucho más vulné­ rete a la «lógica comunal» que ante la «lógica del Ínteres». Por siguiente y último apartado volveremos a ocuparnos de las *¿s colectivistas, si bien he de advertir que la exposición del j|;mucho más breve pues éste también será objeto de análisis " [pitillos del presente texto, como los dedicados al racismo o

política.

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illtidades comunales

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¡| íció n sociocéntrica que toma la experiencia de la identidad ®^ta q u e d a vinculada a valores de tipo colectivista (v. Tnandis

J p 2) también puede promover actitudes y comportamientos

llánitaiios. En, apoyo de esta afirmación cabe advertir, por | i™ p ;quela mayor parte de las violaciones de los derechos huma- .ISpjffigSe vienen produciendo en el mundo durante ios últimos cuez

o integrista no puede ser subestim ado si tom am os en cuenta la historia j

reciente. ¿Qué puede decir ia psicología a propósito de esto?

Los .m anuales de psicología social suelen asociar los procesos de j identificación social, incluso los que pueden provocarse de m anetal artificial en el contexto de un laboratorio, con la form ación de «este­ reotipos» (creencias sim plificadas .y devaluadoras soDre los atributos | psicológicos y com portam entales de los m iem bros de los grupos a los; cu e no se pertenece) y «prejuicios» (actitudes negativas h acia dichas! personas). Por ejem plo, la fam osa y fhtiysóH da teoría de la-identidad .social, form ulada por H en ri T ajfel (1 9 8 4 ), propone que la activación de tales creencias y experiencias afectivas (las cuales a su vez sirven para promover o «justificar» diversas form as de discrim inación social) podría ser una.sim ple consecuencia de la necesidad que todas las personas

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-n.eTLem urde^o-btene-F-)^£8-ns& F^H ^uiiar-ideatid-a¿-positLva (T ajf e lJ J ^ M :.

T urner, 1991). A partir de los supuestos previos y de las evidencias em píricas que los apoyan, autores como el propio T ajfel y otros m uchos parecen sugerir la existencia de u n a predisposición in n ata y universal de los seres humanos al etnocentrism o y al conflicto intergrupal (v. R odrí­ guez, 1996). N o obstante, esta afirm ación resulta en m uchos casos incongruente con la propia realidad social. Sabem os que h ay identi­ dades sociales que, adem ás de prom over la solidaridad entre los m iem ­ bros del «endogrupo » ,26 no aten tan co n tra la d ign id ad de ningún «exo grupo» (un a crítica a este respecto puede verse en B illig, 1987). El

-S en tim ien to

patriótico

no'siem pre im plica el desprecio o la discri­

m inación del extranjero, de la m ism a m anera que la adhesión a

25 Para un análisis crítico sobra las tesis de H untington puede verse Bejar '(2001).

materia

26 Conviene recordar aquí que la m ayoría de los avances históricos en

de derechos hum anos han sido consecuencia de otros tantos m ovim ientos sociale:

reivindicarivos a los que subyacía cierra conciencia de identidad colectiva. Por ponei algún caso reciente, pensemos en la im portancia que, para el m ovim iento social por lo; derechos civiles en los Estados U nidos, tuvo la identidad com parada de los ciudadano:

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H uertas «identidades comunales». i_,on L,asreus u ^ o ;, na- finales» a aquellas identidades que orientan a quienes las f c bienala preservación de ciertas1formas de vidapremoder- |jj¡&.en la homogeneidad étnica, intelectual y moral de-todos lijo s , bien a la restitución o implantación de algún «paraíso ,jp|e contornos igualmente uniformes. Los argumentos y evi- Empíricas disponibles para explicar la actual proliferación de id e n tid a d e s en sus formas más radicalizadas son de natura- [fteá:,- si bien podría hablarse de dos tipos de cansas, unas de Éstorico-cultural, otras de orden coyuntural-objetivo. Entre las se suele incluir factores varios qtie remiten a una misma ¡^ co m u n itaria victimista, a su vez fruto posible de un pasado, jSggijaado, de humillaciones y agravios de tes que un grupo '& nhiern por narte de otro. En segundo lugar, llamo causas

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|5 & s y.objetivas aquéllas que tienen que ver con ciertas con- ^fíracterísticas deí contexto social en él que tales identidades Ifphtre otras, y por referencia a las sociedades contemporáneas, Jlfe a d o r e s senálan la siguientes:

de la política de bloques j declive las ideologías de clase. :;^ ^ ^ Ío b a liz a c ió n económica, crisis del Estado-nación y forma- Ifón de nuevas alianzas políticas internacionales. |jpsmtegración de antiguos estados multiétnícos. |¡§cuelas de los procesos de descolonización. Itecaso de políticas económicas desarrollistas en los países sub- „ ^ a rro lla d o s y con tradiciones culturales o religiosas intensas,

^ ^ ten sificació n de los flujos migratorios hacia los países desa-

^ ^ ¿Iv in d icació n intelectual de las diferencias culturales.

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J ^ t r e las referencias consultadas a este respecto pueden destacarse las siguien- (1994), Gracia de’fcorazar y Lorenzo Espinosa (1996), Fisas, (1998),

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|fí:998, 2000); Gíddens y Hutton (2001).

Ahora bien, conviene señalar, que la relación entre codas las ante­ riores posibles condiciones coyunturales e históricas y el nuevo auge de las identidades comunales parece estar mediada por una variable interm edia de índole puram ente psicológica: la del miedo o temor que las mencionadas coordenadas sociales despiertan en determinados grupos afectados. M ás concretamente, miedo ante la posibilidad an­ ticipada de su propia desintegración como tales grupos o de la extin­ ción de sus señas de identidad comunitaria» cultural o religiosa (Del Aguila, 2000; Hewstone, Rubín y W illis, 2001). Todo esto coincide con lo que ya sabemos, tanto por experiencia social e histórica como por lo que la propia psicología de las relaciones intergrupales ha dado de sí. Tales evidencias demuestran que cuando la gente cree que su grupo o comunidad están amenazados suele reaccionar a través de dos tendencias complementarias (v. Sm ithyM ackie, 1997): (1) exaltando los símbolos y valores del endogrupo, atrincherándose en su propia identidad comunitaria (llamemos a esta reacción «respuesta etnocén- trica»); y (2) devaluando la identidad del exogrupo o exogrupos per* cibidos como amenazantes (lo que podríamos definir como «respuesta de deslegitimación»). A partir de aquí las consecuencias pueden y suelen ser funestas y, en cierta manera, semejantes a las que propiciaba el individualismo radical antes descrito; recuérdese: irracionalismo moral y erosión de la alteridad. Cerraremos este capítulo examinando estas dimensiones de las identidades comunales y sus posibles conse­ cuencias negativas en materia de derechos humanos.

Convencionalismo moral

«Irracionalismo» es una expresión que he venido empleando en estas páginas para designar una cierta actitud intelectual basada en el recha­ zo a justificar las propias creencias, opiniones y normas ante quienes de antemano no participan de éstas. Evidentemente, hoy sabemos que la justificación definitiva de una idea o un valor resulta imposible y, por tanto, la racionalidad (mejor aun, la «razonabilidad») tiene bas­ tante más que ver con la disposición permanente a poner a prueba aquello que se piensa como verdadero o como bueno, que con la plena y absoluta confianza en la verdad o bondad definitivas de las propias ideas o valores.28En consecuencia, entiendo como racionalismo moral

28.

Sobre las vicisitudes del concepto de razón y sobre la noción de racionalidad

o razonabilidad que subyace a estas reflexiones (véase Toulm in, 2001b).

]|i^ pconvencionalismos morales no podemos dejar de evocar

¡ptC oblberg, (1984) el autor más reconocido

fgfibie psicología moral, Kohlberg definió el convenciona- fe'com o un nivel intermedio de razonamiento y desarrollo fjfncia moral, entre el inicial egoísmo, moral tan caiacterís- ÍÉ k ic ia y el ínás perfecto y definitivo nivel «posconvencio- d ifícilm en te llegarían las personas que participan de una

por sus inves-

feamunaí intensa, según podemos añadir aquí. Ese nivel

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1 ser'a e[ propio de una perspectiva moral capaz de

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ello fiiera-necesario, entre las normas y rales socia- ¿fcjado, y ciertos principios morales universales por otro. §§unbién ha descrito el paso del nivel convencional al pos- i S a l en términos de derechos, identificando aquél con la |§J& entre derechos positivos y derechos morales y deíimen- fc^posconvencional por la capacidad de dheienciar entre si

|fenencionesdel Derecho. fjb lo g ía moral de Kohlberg. ha sido criticada con poderosos jjp|s teóricos y empíricos. Es indudable que las evoluciones lÉrimer estadio moral al último no se producen en todos los | f y grupos. Desde eípunto de vista de una psicología sensible §¡|lidad cultural, como la que aquí se defiende, resulta obvio locación de las personas adultas en cualquiera de los tres ^ p uesto s por Kohlberg no es principalmente una función de |j|ad cognitiva para razonar en términos morales, a partir de Jlip ip o de argumentos (egoístas o prudenciales,.convcnciona" l|§|)nyencíonales). De hecho, he indicado antes cómo diveisas la to n e s muestran que los individuos en cuyas propias conccp- fjÉüraies priman ios valores individualistas tenderán muy pto- JflhLc a argumentar adoptando criterios de interés individual. jf||ntrario, aquellos otros que den prioridad a valorar de tipo « S | t a difícilmente' reflexionarán sobre cuestiones morales ¿ & e l posconvencional, pues la identificación intensa con las |§¿íjrLorales del grupo es un atributo característico de esas

Asumiendo con Kohlberg, y también con Habermas (.199 1), la iden-j tiflcación entre un nivel posconvencional de razonamiento y una; perspectiva moral congruenteconla noción de los derechos huma-1 nos,’algunas délas implicaciones negativas del convencionalismo moralJ parecen bastante evidentes. Por ser breves podemos resumirlas endos:|S el conformismo moral y la intolerancia cultural:

Como señala Gozálvez al analizar a Kohlberg, la superación' delj nivel convencional de razonamiento moral supone el ejercicio de una| «m&ialidad'activa», es decir, reflexiva. Por contraste, el convención; lismo moral implica una actitud-pasiva respecto a los valores, normasja y hábitos prescritos por la tradición cultural o religiosa, los cuales son|j| asumidos como indudablemente buenos y como imprescindibles para^ ^ preservar al grupo o la comunidad que los sostiene. De entrada, £al|j||

po^ició-iv&t-nQcéntrica-lievaría^-qülenes-lQ&^iiofesan a.considerEr

levantes o incluso moralmente perversos todos aquellos derechos vin-gg| culados a la libertad de conciencia y de expresión. En, este sentido, el jg| convencionalismo atenta contra uno de los tres principios éticos que|¡|

fundan los derechos humanos, el principio de autonomía moral. Por||| consiguiente, en este nivel las vías de perfeccionamiento de la moral gjp

vigente quedan cerradas puesto que ésta se considera originalmente impecable, como por otra parte resulta congruente con el dogmatismo g|| cultural o religioso que suele caracterizar las comentadas perspectivas|g

comunales. Sin autonomía moral se anula el «derecho a la disidencia», jg|

aspecto esencial en ía defensa teórica y práctica de los derechos huma- |g nos (v.- Muguerza, 1998), sin el cual los mismos sujetos que participan f j de una moralidad convencional quedan indefensos ante las posibles ^gf1 prescripciones humillantes que pudiera incluir su cultura o su reli- gión, por ejemplo, 1a ablación del clítoris, el derecho a abusar de la esposa, las prácticas sacrificiales o el respeto a un sistemade ordena | ción social basado en la segregación racial o étnica (verbigracia, me- dianre la observación de un sistema de castas). Acabo de insinuar que, al tomar las normas y valores comunitarias como-fuente de perfección moral, se tiende también a interpretar | como éticamente perverso lo que resulta contrario a las convenciones I

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^JJIipilCa CU supucaiu uv» ia H J J . V A 1 . W 1 . 1 U . O . W

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la d o y que,.sin embargo, intenta justificarse mediante el ar- ¡p ie la incompatibilidad cultural (ver sobre esto el capítulo ¡g il racismo). En otras ocasiones o contextos, este mismo |Be incompatibilidad cultural (o también religiosa) puede

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p ic lu s o un criterio relevante para ciertos gobiernos estatales

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p e .orientación etnonacionalista o integristass dispuestos, a

¡lo institucionalizar la discriminación de aquellos ciudadanos Ifstidpen-ddas convenciones sociales o la confesión religiosa ¡§,Los ejemplos que hay que mencionar son numerosos, pero ¡¡íte el lector tendrá presentes los casos recientes que hacen m ¡|k las políticas genocidas que dieron lugar a las últimas gue- ¡f.antigua Yugoslavia o la toma del poder político de varios ||es por parte de grupos integristas islámicos como los tahr A fganistán, no precisamente destacóles porsu talante hu-

ilicio nes excluyentes

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i |jmos más arriba, la respuesta etnocéntrica suele-acompañarse

jl|dencia a deslegitimar al exogmpo (respuesta de deslegitima-

§É aquí la principal clave para comprender los efectos degra- ||:.'las identidades comunales. La tendencia a devaluar al exo- m Ifjiede concretarse en la aparición de ciertas «creencias

J la d o r a ^ (Bar-Tal, 2001), generalmente presentes en toda

Jffonflictos intergrupales donde se cometen cualquier tipo de

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h u m illa c io n e s de un grupo sobre otro. Bar-Tal define esas ?||:kom.o .estereotipos extremadamente negativos que devalúan

Jp m b ro s de algún exogrupo hasta el punto de provocar su gn .m o ral)). (Gpotow, 1990), es decir, hasta privarlos de la

j Í ‘¿:de los criterios morales convencionales, negándoles incluso

m condición humana. Los ejemplos sobre esta clase de creen-

jltrecerán en diversos capítulos de este libro. Las consecuencias

seguirse de este proceso de exclusión moral son variadas

pero siempre humillantes. De forma breve podemos señalar las más destacables. En aquellas sociedades que se organizan políticamente en torno a una identidad comunal y que institucionalizan ciertas creencias deslegitimadoras sobre algún grupo ajeno a las señas de identidad oficiales o vigentes, al proceso de exclusión moral le sigue alguna forma de «exclusión social». La expresión anterior suele servir para designar la marginación de algún grupo respecto a las posibilidades laborales, económicas» políticas o culturales a las que tienen acceso el resto de los miembros de una sociedad (v. Giménez, 1998). Bar-Tal cita en este sentido el caso del apartheid en Sudáfrica, pero podríamos poner otros muchos; pensemos, por ejemplo, en el hecho de que aún hoy en el mundo existen países donde la esclavitud es una realidad que afecta, sobre todo, a los miembros de alguna minoría étnica o religiosa. Añadida a esta primera función excluyente vuelve a tener crédito la vieja hipótesis del «chivo expiatorio», según la cual los estereotipos, más aun las creencias deslegitimadoras, sirven a menudo para dar una explicación rápida (y evidentemente distorsionada) a ciertos proble­ mas sociales (paro, delincuencia, cambios de costumbres, crisis polí­ ticas, etc.), atribuyendo su origen a las características o las acciones de algún exogrupo o minoría (como la ideología nazi explicó la crisis de la Alemania de entreguerras por referencia a la «avaricia» de los judíos; Morales y M oya, 1996). En segundo lugar, las creencias deslegitimadoras sobre un exogru­ po también favorecen la «inhibición moral» respecto a él, pues sirven para reprimir una posible respuesta afectiva o conductual solidaria respecto a los miembros del grupo deslegitimado, en el caso en que éstos pudieran ser objeto de alguna injustkía o trato denigrante (situa­ ciones que, de afectar al endogrupo, provocarían indignación y mo­ verían a la compasión). Esta afirmación resulta congruente con otro tipo de evidencia empírica extraída de las investigaciones sobre altruis­ mo y conducta prosocial. Algunos trabajos realizados en ese campo indican que la gente reacciona más rápida e intensamente ante las injusticias sufridas por otra persona cuando existe alguna razón para identificarse con ella. Ya hemos insistido en que uno de los pilares de la conciencia humanitaria debe ser un cierto sentido de (a humanidad compartida; cuando esta intuición moral desaparece (tal vez por agra­ vios infringidos sobre uno mismo o sobre su grupo), o cuando nunca existió (acaso por razones vinculadas al etnocentrismo o a la socializa­ ción en el odio o el temor al «otro»), se desvanece también toda espe­ ranza humanitaria.

|¿ los conflictos armados producíaos a iu ihi ^

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sobre todo a los conflictos, de identidad y destacando a

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ia que en todos ellos tuvieron las campañas de ideologoa-

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s diferencias. Los discursos pronunciados por os lideres

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liradzic y Milósevic, al calor de los conflictos producidos en ¿Yugoslavia, anortan pruebas inestimables sobre la relación ia ln d ó n agresiva deja identidad comimal y la germinación Ilación de creencias deslegitimadoras. Glover destaca el eiec-

laü o por Milósevic

en uno de sus discursos soutt ^sovo

fSynestra tierra») o la insistencia de Karadzic en definir a los Sútto «vampiros» durante la guerra entre Serbia y Croacia,

fe, eí escritor Amin Malouf (2001) ha señalado con acierto la

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feii de lo que aquí llamamos identidades comunales a tians-

Í ^ 4 deftddade^a^siim>U-bajfl-CaBtliciones de amenaza rcal_

i d a a la integridad de una comunidad territorial, cultutai o iSobre ese telón de fondo no es difícil que quienes se sientan t o s se autodefinan de maneta esencialista y homogénea y que

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J a l o hadan así decidan que los otros constituyen la negación

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» R a f a e l Del Águila (2 0 0 1 )-, el bien común, su potencia- l& efensa se definen (entonces) en términos de eliminación de

propia identidad. «En este contexto —dice también el

pite, de "limpieza desangre", de umdadypoder increm ento Sosotros que sólo puede eludir considerarse criminal median- V ersión del enemigo en infrahumano: los judíos son anima:

o: íiffiili^iósnios son 'piojos', los tutsis son 'cerdos', envenenan elagua,

los impuros son como

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líiiñ o s pequeños, propagan la peste

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ficomo tales hay que tratarlos a ellos y a sus familias» (Del

ÉOOI, p. 228).

fen clu ir de una vez, quisiera evitar que k contundencia de los

lliem plos no hiciera perder de vista el hecho de que, previa-

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«afüffi^grontecimientos tan horribles, incluso antes

e.que iu lera

¡Rbietivas o subjetivas para que los grupos enfrentados íueion Jphor la r e i t e r a d a sensación de inseguridad, es el etnocentrismo flp u ció n comunal de la propia identidad (luego agravadas por

■a.determinados derechos morales a los que todos los seres humanos debieran tener acceso (v. Ignatieff, 2001).

*

*

*

J unto a sus condiciones jurídicas y políticas, la dimensión moral de los j derechos humanos constituye un aspecto sumamente relevante para J comprender las bases del comportamiento digno o conforme con tales derechos, así como ciertos factores subjetivos que favorecen su vulne­ ración. El mundo de los valores y la cultura y su relación con las J experiencias de la identidad personal y colectiva configuran un amplio g

.-.ampo de investigación sobre estas cuestiones. De forma tentativa,

campo de investigación sobre estas cuestiones, u c w iu u . icuwuva, — «

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propuesto una cierta definición de los atributos que, en términos j| ideales, corresponderían a una conciencia humanitaria, es decir, a perspectiva moraibasada en los p riirn p iü ráh raiiics a W r ta r e c W l humanos. También he analizado algunas de las tendencias morales y J Formas de identidad que parecen estar operando en disantos contextos | sociales de nuestro tiempo paxa frenar la expansión de los derechos ^ humanos. El argumento fundamental que se ha procurado entrelazar g , a lo largo de esos análisis, basados en tradiciones teóricas y evidencias

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empíricas de índole sociopsicológica, es que las lógicas identitarias g comunales y del autointerés fomentan el ¿nacionalismo moral y la| exaltación de las diferencias individuales y/o colectivas, lo que a su vez g implica no pocos riesgos humanitarios (en el sentido más amplio del |

término).

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