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Popol Vuh

PRIMERA PARTE
CAPÍTULO I

Ésta es la relación de cómo todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio; todo inmóvil,
callado, y vacía la extensión del cielo.
Ésta es la primera relación, el primer discurso. No había todavía un hombre, ni un animal,
pájaros, peces, cangrejos, árboles, piedras, cuevas, barrancas, hierbas ni bosques: sólo el cielo
existía.

No se manifestaba la faz de la tierra. Sólo estaban el mar en calma y el cielo en toda su


extensión.
No había nada junto, que hiciera ruido, ni cosa alguna que se moviera, ni se agitara, ni hiciera
ruido en el cielo.
No había nada que estuviera en pie; sólo el agua en reposo, el mar apacible, solo y tranquilo.
No había nada dotado de existencia.

Solamente había inmovilidad y silencio en la oscuridad, en la noche. Sólo el Creador, el


Formador, Tepeu, Gucumatz, los Progenitores, estaban en el agua rodeados de claridad. Estaban
ocultos bajo plumas verdes y azules; por eso se les llama Gucumatz. De grandes sabios, de
grandes pensadores es su naturaleza. De esta manera existía el cielo y también el Corazón del
Cielo, que éste es el nombre de Dios. Así contaban.

Llegó aquí entonces la palabra, vinieron juntos Tepeu y Gucumatz, en la oscuridad, en la noche,
y hablaron entre sí Tepeu y Gucumatz. Hablaron, pues, consultando entre sí y meditando; se
pusieron de acuerdo, juntaron sus palabras y su pensamiento.
Entonces se manifestó con claridad, mientras meditaban, que cuando amaneciera debía aparecer
el hombres Entonces dispusieron la creación y crecimiento de los árboles y los bejucos y el
nacimiento de la vida y la creación del hombre. Se dispuso así en las tinieblas y en la noche por el
Corazón del Cielo, que se llama Huracán.

El primero se llama Caculhá Huracán. El segundo es Chipi-Caculhá. El tercero es Raxa


Caculhá. Y estos tres son el Corazón del Cielo.
Entonces vinieron juntos Tepeu y Gucumatz; entonces conferenciaron sobre la vida y la
claridad, cómo se hará para que aclare y amanezca, quién será el que produzca el alimento y el
sustento.

-¡Hágase así! ¡Que se llene el vacío! ¡Que esta agua se retire y desocupe [el espacio], que surja
la tierra y que se afirme! Así dijeron. ¡Que aclare, que amanezca en el cielo y en la tierra! No
habrá gloria ni grandeza en nuestra creación y formación hasta que exista la criatura humana, el
hombre formado. Así dijeron.

Luego la tierra fue creada por ellos. Así fue en verdad como se hizo la creación de la tierra: -
¡Tierra!, dijeron, y al instante fue hecha.
Como la neblina, como la nube y como una polvareda fue la creación, cuando surgieron del
agua las montañas; y al instante crecieron las montañas.
Solamente por un prodigio, sólo por arte mágica se realizó la formación de las montañas y los
valles; y al instante brotaron juntos los cipresales y pinares en la superficie.

Y así se llenó de alegría Gucumatz, diciendo

-¡Buena ha sido tu venida, Corazón del Cielo; tú, Huracán, y tú, Chipi Caculhá, Raxa Caculhá!

-Nuestra obra, nuestra creación será terminada, contestaron.


Primero se formaron la tierra, las montañas y los valles; se dividieron las corrientes de agua, los
arroyos se fueron corriendo libremente entre los cerros, y las aguas quedaron separadas cuando
aparecieron las altas montañas.

Así fue la creación de la tierra, cuando fue formada por el Corazón del Cielo, el Corazón de la
Tierra, que así son llamados los que primero la fecundaron, cuando el cielo estaba en suspenso y
la tierra se hallaba sumergida dentro del agua.

De esta manera se perfeccionó la obra, cuando la ejecutaron después de pensar y meditar sobre
su feliz terminación.

CAPÍTULO II

Luego hicieron a los animales pequeños del monte, los guardianes de todos los bosques, los
genios de la montaña, los venados, los pájaros, leones, tigres, serpientes, culebras, cantiles
[víboras], guardianes de los bejucos.
Y dijeron los Progenitores: -¿Sólo silencio e inmovilidad habrá bajo los árboles y los bejucos?
Conviene que en lo sucesivo haya quien los guarde.

Así dijeron cuando meditaron y hablaron en seguida. Al punto fueron creados los venados y las
aves. En seguida les repartieron sus moradas a los venados y a las aves. -Tú, venado, dormirás en
la vega de los ríos y en los barrancos. Aquí estarás entre la maleza, entre las hierbas; en el bosque
os multiplicaréis, en cuatro pies andaréis y os sostendréis. Y así como se dijo, así se hizo.

Luego designaron también su morada a los pájaros pequeños y a las aves mayores: -Vosotros,
pájaros, habitaréis sobre los árboles y los bejucos, allí haréis vuestros nidos, allí os multiplicaréis,
allí os sacudiréis en las ramas de los árboles y de los bejucos. Así les fue dicho a los venados y a
los pájaros para que hicieran lo que debían hacer, y todos tomaron sus habitaciones y sus nidos.

De esta manera los Progenitores les dieron sus habitaciones a los animales de la tierra.

Y estando terminada la creación de todos los cuadrúpedos y las aves, les fue dicho a los
cuadrúpedos y pájaros por el Creador y Formador y los Progenitores: -Hablad, gritad, gorjead,
llamad, hablad cada uno según vuestra especie, según la variedad de cada uno. Así les fue dicho a
los venados, los pájaros leones, tigres y serpientes.

Decid, pues, nuestros nombres, alabadnos a nosotros, vuestra madre, vuestro padre. ¡Invocad,
pues, a Huracán, Chipi Caculhá, Raxa Caculhá, el Corazón del Cielo, el Corazón de la Tierra, el
Creador, el Formador, los Progenitores; hablad, invocadnos, adoradnos!, les dijeron.
Pero no se pudo conseguir que hablaran como los hombres; sólo chillaban, cacareaban y
graznaban; no se manifestó la forma de su lenguaje, y cada uno gritaba de manera diferente.

Cuando el Creador y el Formador vieron que no era posible que hablaran, se dijeron entre sí:
-No ha sido posible que ellos digan nuestro nombre, el de nosotros, sus creadores y formadores.
Esto no está bien, dijeron entre sí los Progenitores.

Entonces se les dijo: -Seréis cambiados porque no se ha conseguido que habléis. Hemos
cambiado de parecer: vuestro alimento, vuestra pastura, vuestra habitación y vuestros nidos los
tendréis, serán los barrancos y los bosques, porque no se ha podido lograr que nos adoréis ni nos
invoquéis. Todavía hay quienes nos adoren, haremos otros [seres] que sean obedientes. Vosotros,
aceptad vuestro destino: vuestras carnes serán trituradas. Así será. Ésta será vuestra suerte. Así
dijeron cuando hicieron saber su voluntad a los animales pequeños y grandes que hay sobre la faz
de la tierra.

Luego quisieron probar suerte nuevamente, quisieron hacer otra tentativa y quisieron probar de
nuevo a que los adoraran.
Pero no pudieron entender su lenguaje entre ellos mismos, nada pudieron conseguir y nada
pudieron hacer. Por esta razón fueron inmoladas sus carnes y fueron condenados a ser comidos y
matados los animales que existen sobre la faz de la tierra.

Así, pues, hubo que hacer una nueva tentativa de crear y formar al hombre por el Creador, el
Formador y los Progenitores.

-¡A probar otra vez! Ya se acercan el amanecer y la aurora; ¡hagamos al que nos sustentará y
alimentará! ¿Cómo haremos para ser invocados, para ser recordados sobre la tierra? Ya hemos
probado con nuestras primeras obras, nuestras primeras criaturas; pero no se pudo lograr que
fuésemos alabados y venerados por ellos. Probemos ahora a hacer unos seres obedientes,
respetuosos, que nos sustenten y alimenten. Así dijeron.

Entonces fue la creación y la formación. De tierra, de lodo hicieron la carne [del hombre]. Pero
vieron que no estaba bien, porque se deshacía, estaba blando, no tenía movimiento, no tenía
fuerza, se caía, estaba aguado, no movía la cabeza, la cara se le iba para un lado, tenía velada la
vista, no podía ver hacia atrás. Al principio hablaba, pero no tenía entendimiento. Rápidamente se
humedeció dentro del agua y no se pudo sostener.

Y dijeron el Creador y el Formador. Bien se ve que no puede andar ni multiplicarse. Que se


haga una consulta acerca de esto, dijeron.
Entonces desbarataron y deshicieron su obra y su creación. Y en seguida dijeron: -¿Cómo
haremos para perfeccionar, para que salgan bien nuestros adoradores, nuestros invocadores?

Así dijeron cuando de nuevo consultaron entre sí: -Digámosles a Ixpiyacoc, Ixmucané,
Hunahpú-Vuch, Hunahpú-Utiú: ¡Probad suerte otra vez! ¡Probad a hacer la creación! Así dijeron
entre sí el Creador y el Formador cuando hablaron a Ixpiyacoc e Ixmucané.

En seguida les hablaron a aquellos adivinos, la abuela del día, la abuela del alba, que así eran
llamados por el Creador y el Formador, y cuyos nombres eran Ixpiyacoc e Ixmucané.

Y dijeron Huracán, Tepeu y Gucumatz cuando le hablaron al agorero, al formador, que son los
adivinos: -Hay que reunirse y encontrar los medios para que el hombre que formemos, el hombre
que vamos a crear nos sostenga y alimente, nos invoque y se acuerde de nosotros.

-Entrad, pues, en consulta, abuela, abuelo, nuestra abuela, nuestro abuelo, Ixpiyacoc, Ixmucané,
haced que aclare, que amanezca, que seamos invocados, que seamos adorados, que seamos
recordados por el hombre creado, por el hombre formado, por el hombre mortal, haced que así se
haga.

-Dad a conocer vuestra naturaleza, Hunahpú-Vuch, Hunahpú-Utiú, dos veces madre, dos veces
padre, Nim Ac, Nimá-Tziís, el Señor de la esmeralda, el joyero, el escultor, el tallador, el Señor
de los hermosos platos, el Señor de la verde jícara, el maestro de la resina, el maestro Toltecat, la
abuela del sol, la abuela del alba, que así seréis llamados por nuestras obras y nuestras criaturas.

-Echad la suerte con vuestros granos de maíz y de tzité. Hágase así y se sabrá y resultará si
labraremos o tallaremos su boca y sus ojos en madera. Así les fue dicho a los adivinos.

A continuación vino la adivinación, la echada de la suerte con el maíz y el tzité. -¡Suerte!


¡Criatura!, les dijeron entonces una vieja y un viejo. Y este viejo era el de las suertes del tzité, el
llamado Ixpiyacoc. Y la vieja era la adivina, la formadora, que se llamaba Chiracán Ixmucané.

Y comenzando la adivinación, dijeron así: -¡Juntaos, acoplaos! ¡Hablad, que os oigamos, decid,
declarad si conviene que se junte la madera y que sea labrada por el Creador y el Formador, y si
éste [el hombre de madera] es el que nos ha de sustentar y alimentar cuando aclare, cuando
amanezca!
Tú, maíz, tú, tzité ; tú, suerte; tú, criatura: ¡uníos, ayuntaos!, les dijeron al maíz, al tzité, a la
suerte, a la criatura. ¡Ven a sacrificar aquí, Corazón del Cielo, no castigues a Tepeu y Gucumatz !

Entonces hablaron y dijeron la verdad: -Buenos saldrán vuestros muñecos hechos de madera;
hablarán y conversarán sobre la faz de la tierra.

-¡Así sea!, contestaron, cuando hablaron.

Y al instante fueron hechos los muñecos labrados en madera. Se parecían al hombre, hablaban
como el hombre y poblaron la superficie de la tierra.
Existieron y se multiplicaron; tuvieron hijas, tuvieron hijos los muñecos de palo; pero no tenían
alma, ni entendimiento, no se acordaban de su Creador, de su Formador; caminaban sin rumbo y
andaban a gatas.

Ya no se acordaban del Corazón del Cielo y por eso cayeron en desgracia. Fue solamente un
ensayo, un intento de hacer hombres. Hablaban al principio, pero su cara estaba enjuta; sus pies y
sus manos no tenían consistencia; no tenían sangre, ni sustancia, ni humedad, ni gordura; sus
mejillas estaban secas, secos sus pies y sus manos, y amarillas sus carnes.

Por esta razón ya no pensaban en el Creador ni en el Formador, en los que les daban el ser y
cuidaban de ellos.

Éstos fueron los primeros hombres que en gran número existieron sobre la faz de la tierra.

CAPÍTULO III

En seguida fueron aniquilados, destruidos y deshechos los muñecos de palo, y recibieron la


muerte.

Una inundación fue producida por el Corazón del Cielo; un gran diluvio se formó, que cayó
sobre las cabezas de los muñecos de palo.
De tzité se hizo la carne del hombre, pero cuando la mujer fue labrada por el Creador y el
Formador, se hizo de espadaña la carne de la mujer. Estos materiales quisieron el Creador y el
Formador que entraran en su composición.

Pero no pensaban, no hablaban con su Creador y su Formador, que los habían hecho, que los
habían creado. Y por esta razón fueron muertos, fueron anegados. Una resina abundante vino del
cielo. El llamado Xecotcovach llegó y les vació los ojos; Camalotz vino a cortarles la cabeza; y
vino Cotzbalam y les devoró las carnes. El Tucumbalam llegó también y les quebró y magulló los
huesos y los nervios, les molió y desmoronó los huesos.

Y esto fue para castigarlos porque no habían pensado en su madre, ni en su padre, el Corazón
del Cielo, llamado Huracán. Y por este motivo se oscureció la faz de la tierra y comenzó una
lluvia negra, una lluvia de día, una lluvia de noche.

Llegaron entonces los animales pequeños, los animales grandes, y los palos y las piedras les
golpearon las caras. Y se pusieron todos a hablar; sus tinajas, sus comales, sus platos, sus ollas,
sus perros, sus piedras de moler, todos se levantaron y les golpearon las caras.

Mucho mal nos hacíais; nos comíais, y nosotros ahora os morderemos, les dijeron sus perros y
sus aves de corral.
Y las piedras de moler: -Éramos atormentadas por vosotros; cada día, cada día, de noche, al
amanecer, todo el tiempo hacían holi, holi huqui, huqui nuestras caras, a causa de vosotros. Éste
era el tributo que os pagábamos. Pero ahora que habéis dejado de ser hombres probaréis nuestras
fuerzas. Moleremos y reduciremos a polvo vuestras carnes, les dijeron sus piedras de moler.
Y he aquí que sus perros hablaron y les dijeron: -¿Por qué no nos dabais nuestra comida?
Apenas estábamos mirando y ya nos arrojabais de vuestro lado y nos echabais fuera. Siempre
teníais listo un palo para pegarnos mientras comíais.

Así era como nos tratabais. Nosotros no podíamos hablar. Quizás no os diéramos muerte ahora;
pero ¿por qué no reflexionabais, por qué no pensabais en vosotros mismos? Ahora nosotros os
destruiremos, ahora probaréis vosotros los dientes que hay en nuestra boca: os devoraremos,
dijeron los perros, y luego les destrozaron las caras.

Y a su vez sus comales, sus ollas les hablaron así: -Dolor y sufrimiento nos causabais. Nuestra
boca y nuestras caras estaban tiznadas, siempre estábamos puestos sobre el fuego y nos
quemabais como si no sintiéramos dolor. Ahora probaréis vosotros, os quemaremos, dijeron sus
ollas, y todos les destrozaron las caras. Las piedras del hogar, que estaban amontonadas, se
arrojaron directamente desde el fuego contra sus cabezas causándoles dolor.

Desesperados corrían de un lado para otro; querían subirse sobre las casas y las casas se caían y
los arrojaban al suelo; querían subirse sobre los árboles y los árboles los lanzaban a lo lejos;
querían entrar en las cavernas y las cavernas se cerraban ante ellos.

Así fue la ruina de los hombres que habían sido creados y formados, de los hombres hechos
para ser destruidos y aniquilados: a todos les fueron destrozadas las bocas y las caras.
Y dicen que la descendencia de aquéllos son los monos que existen ahora en los bosques; éstos
son la muestra de aquéllos, porque sólo de palo fue hecha su carne por el Creador y el Formador.

Y por esta razón el mono se parece al hombre, es la muestra de una generación de hombres
creados, de hombres formados que eran solamente muñecos y hechos solamente de madera.

CAPÍTULO IV

Había entonces muy poca claridad sobre la faz de la tierra. Aún no había sol. Sin embargo,
había un ser orgulloso de sí mismo que se llamaba Vucub-Caquix.
Existían ya el cielo y la tierra, pero estaba cubierta la faz del sol y de la luna.
Y decía (Vucub Caquix): -Verdaderamente, son una muestra clara de aquellos hombres que se
ahogaron y su naturaleza es como la de seres sobrenaturales.

-Yo seré grande ahora sobre todos los seres creados y formados. Yo soy el sol, soy la claridad,
la luna, exclamó. Grande es mi esplendor. Por mí caminarán y vencerán los hombres. Porque de
plata son mis ojos, resplandecientes como piedras preciosas, como esmeraldas; mis dientes brillan
como piedras finas, semejantes a la faz del cielo. Mi nariz brilla de lejos como la luna, mi trono
es de plata y la faz de la tierra se ilumina cuando salgo frente a mi trono.

Así, pues, yo soy el sol, yo soy la luna, para el linaje humano. Así será porque mi vista alcanza
muy lejos.

De esta manera hablaba Vucub Caquix. Pero en realidad, Vucub Caquix no era el sol; solamente
se vanagloriaba de sus plumas y riquezas. Pero su vista alcanzaba solamente el horizonte y no se
extendía sobre todo el mundo.
Aún no se le veía la cara al sol, ni a la luna, ni a las estrellas, y aún no había amanecido. Por
esta razón Vucub Caquix se envanecía como si él fuera el sol y la luna, porque aún no se había
manifestado ni se ostentaba la claridad del sol y de la luna. Su única ambición era engrandecerse
y dominar. Y fue entonces cuando ocurrió el diluvio a causa de los muñecos de palo.

Ahora contaremos cómo murió Vucub Caquix y fue vencido, y cómo fue hecho el hombre por
el Creador y Formador.

CAPÍTULO V
Éste es el principio de la derrota y de la ruina de la gloria de Vucub Caquix por los dos
muchachos, el primero de los cuales se llamaba Hunahpú y el segundo Ixbalanqué. Éstos eran
dioses verdaderamente. Como veían el mal que hacía el soberbio, y que quería hacerlo en
presencia del Corazón del Cielo, se dijeron los muchachos

-No está bien que esto sea así, cuando el hombre no vive todavía aquí sobre la tierra. Así, pues,
probaremos a tirarle con la cerbatana cuando esté comiendo; le tiraremos y le causaremos una
enfermedad, y entonces se acabarán sus riquezas, sus piedras verdes, sus metales preciosos, sus
esmeraldas, sus alhajas de que se enorgullece. Y así lo harán todos los hombres, porque no deben
envanecerse por el poder ni la riqueza.

-Así será, dijeron los muchachos, echándose cada uno su cerbatana al hombro.

Ahora bien, este Vucúb Caquix tenía dos hijos: el primero se llamaba Zipacná, el segundo era
Cabracán; y la madre de los dos se llamaba Chimalmat, la mujer de Vucub Caquix.
Zipacná jugaba a la pelota con los grandes montes: el Chigag, Hunahpú, Pecul, Yaxcanul,
Macamob y Huliznab. Éstos son los nombres de los montes que existían cuando amaneció y que
fueron creados en una sola noche por Zipacná.

Cabracán movía los montes y por él temblaban las montañas grandes y pequeñas.

De esta manera proclamaban su orgullo los hijos de Vucub-Caquix: -¡Oíd! ¡Yo soy el sol!, decía
Vucub Caquix. -¡Yo soy el que hizo la tierra!, decía Zipacná. -¡ Yo soy el que sacudo el cielo y
conmuevo toda la tierra!, decía Cabracán. Así era como los hijos de Vucub Caquix le disputaban a
su padre la grandeza. Y esto les parecía muy mal a los muchachos.

Aún no había sido creada nuestra primera madre, ni nuestro primer padre.

Por tanto, fue resuelta su muerte [de Vucub Caquix y de sus hijos] y su destrucción, por los dos
jóvenes.

CAPÍTULO VI

Contaremos ahora el tiro de cerbatana que dispararon los dos muchachos contra Vucub Caquix,
y la destrucción de cada uno de los que se habían ensoberbecido.

Vucub Caquix tenía un gran árbol de nance, cuya fruta era la comida de Vucub Caquix. Éste
venía cada día junto al nance y se subía a la cima del árbol. Hunahpú e Ixbalanqué habían visto
que ésa era su comida. Y habiéndose puesto en acecho de Vucub Caquix al pie del árbol,
escondidos entre las hojas, llegó Vucub Caquix directamente a su comida de nances.

En este momento fue herido por un tira de cerbatana de Hun-Hunahpú, que le dio precisamente
en la quijada, y dando gritos se vino derecho a tierra desde lo alto del árbol.

Hun Hunahpú corrió apresuradamente para apoderarse de él, pero Caquis le arrancó el brazo a
Hun Hunahpú y tirando de él lo dobló desde la punta hasta el hombro. Así le arrancó [el brazo]
Vucub Caquix a Hun Hunahpú. Ciertamente hicieron bien los muchachos no dejándose vencer
primero por Vucub Caquix.

Llevando el brazo de Hun Hunahpú se fue Vucub-Caquix para su casa, a donde llegó
sosteniéndose la quijada.

-¿Qué os ha sucedido, Señor? -dijo Chimalmat, la mujer de Vucub Caquix.

-¿Qué ha de ser, sino aquellos dos demonios que me tiraron con cerbatana y me desquiciaron la
quijada? A causa de ello se me menean los dientes y me duelen mucho. Pero yo he traído [su
brazo] para ponerlo sobre el fuego. Allí que se quede colgado y suspendido sobre el fuego, porque
de seguro vendrán a buscarlo esos demonios. Así habló Vucub-Caquix mientras colgaba el brazo
de Hun-Hunahpú.

Habiendo meditado Hun Hunahpú e Ixbalanqué, se fueron a hablar con un viejo que tenía los
cabellos completamente blancos y con una vieja, de verdad muy vieja y humilde, ambos doblados
ya como gentes muy ancianas. Llamábase el viejo Zaqui Nim-Ac y la vieja Zaqui Nimá Tziís.
Los muchachos les dijeron a la vieja y al viejo:

-Acompañadnos para ir a traer nuestro brazo a casa de Vucub-Caquix. Nosotros iremos detrás.
"Éstos que nos acompañan son nuestros nietos; su madre y su padre ya son muertos; por esta
razón ellos van a todas partes tras de nosotros, a donde nos dan limosna, pues lo único que
nosotros sabemos hacer es sacar el gusano de las muelas." Así les diréis.

De esta manera, Vucub Caquix nos verá como a muchachos y nosotros también estaremos allí
para aconsejaros, dijeron los dos jóvenes.

-Está bien -contestaron los viejos.

A continuación se pusieron en camino para el lugar donde se encontraba Vucub Caquix


recostado en su trono. Caminaban la vieja y el viejo seguidos de los dos muchachos, que iban
jugando tras ellos. Así llegaron al pie de la casa del Señor, quien estaba gritando a causa de las
muelas.
Al ver Vucub Caquix al viejo y a la vieja y a los que los acompañaban, les preguntó el Señor

-¿De dónde venís, abuelos?

-Andamos buscando de qué alimentarnos, respetable Señor, contestaron aquéllos.

-¿Y cuál es vuestra comida? ¿No son vuestros hijos éstos que os acompañan?

-¡Oh, no, Señor! Son nuestros nietos; pero les tenemos lástima, y lo que a nosotros nos dan lo
compartimos con ellos, Señor, contestaron la vieja y el viejo.

Mientras tanto, se moría el Señor del dolor de muelas y sólo con gran dificultad podía hablar.

-Yo os ruego encarecidamente que tengáis lástima de mí. ¿Qué podéis hacer? ¿Qué es lo que
sabéis curar?, les preguntó el Señor. Y los viejos contestaron

-¡Oh Señor, nosotros sólo sacamos el gusano de las muelas, curamos los ojos y ponemos los
huesos en su lugar.

-Está muy bien. Curadme los dientes, que verdaderamente me hacen sufrir día y noche, y a
causa de ellos y de mis ojos no tengo sosiego y no puedo dormir. Todo esto se debe a que dos
demonios me tiraron un bodocazo, y por eso no puedo comer. Así, pues, tened piedad de mí,
apretadme los dientes con vuestras manos.

-Muy bien, Señor. Un gusano es el que os hace sufrir. Bastará con sacar esos dientes y poneros
otros en su lugar.

-No está bien que me saquéis los dientes, porque sólo así soy Señor y todo mi ornamento son
mis dientes y mis ojos.

-Nosotros os pondremos otros en su lugar, hechos de hueso molido. Pero el hueso molido no
eran más que granos de maíz blanco.

-Está bien, sacadlos, venid a socorredme, replicó.


Sacáronle entonces los dientes a Vucub Caquix; y en su lugar le pusieron solamente granos de
maíz blanco, y estos granos de maíz le brillaban en la boca. Al instante decayeron sus facciones y
ya no parecía Señor. Luego acabaron de sacarle los dientes que le brillaban en la boca como
perlas. Y por último le curaron los ojos a Vucub Caquix reventándole las niñas de los ojos y
acabaron de quitarle todas sus riquezas.
Pero nada sentía ya. Sólo se quedó mirando mientras por consejo de Hunahpú e lxbalanqué
acababan de despojarlo de las cosas de que se enorgullecía.

Así murió Vucub Caquix. Luego recuperó su brazo Hunahpú. Y murió también Chimalmat, la
mujer de Vucub Caquix.
Así se perdieron las riquezas de Vucub Caquix. El médico se apoderó de todas las esmeraldas y
piedras preciosas que habían sido su orgullo aquí en la tierra.
La vieja y el viejo que estas cosas hicieron eran seres maravillosos. Y habiendo recuperado el
brazo, volvieron a ponerlo en su lugar y quedó bien otra vez.

Solamente para lograr la muerte de Vucub Caquix quisieron obrar de esta manera, porque les
pareció mal que se enorgulleciera.
Y en seguida se marcharon los dos muchachos, habiendo ejecutado así la orden del Corazón del
Cielo.

CAPÍTULO VII

He aquí ahora los hechos de Zipacná, el primer hijo de Vucub-Caquix.

-Yo soy el creador de las montañas, decía Zipacná.

Este Zipacná se estaba bañando a la orilla de un río cuando pasaron cuatrocientos muchachos,
que llevaban arrastrando un árbol para sostén de su casa. Los cuatrocientos caminaban después de
haber cortado un gran árbol para viga madre de su casa.

Llegó entonces Zipacná y dirigiéndose hacia donde estaban los cuatrocientos muchachos, les
dijo:

-¿Qué estáis haciendo, muchachos?

-Sólo es este palo, respondieron, que no lo podemos levantar y llevar en hombros.

-Yo lo llevaré. ¿A dónde ha de ir? ¿Para qué lo queréis?

-Para viga madre de nuestra casa.

-Está bien, contestó, y levantándolo se lo echó al hombro y lo llevó hacia la entrada de la casa
de los cuatrocientos muchachos.

-Ahora quédate con nosotros, muchacho, le dijeron. ¿Tienes madre o padre?

-No tengo, contestó.

-Entonces te ocuparemos mañana para preparar otro palo para sostén de nuestra casa.

-Bueno, contestó.

Los cuatrocientos muchachos conferenciaron en seguida y dijeron

-¿Cómo haremos con este muchacho para matarlo? Porque no está bien lo que ha hecho
levantando él solo el palo. Hagamos un gran hoyo y echémoslo para hacerlo caer en él. "Baja a
sacar y traer tierra del hoyo", le diremos, y cuando se haya agachado para bajar a la excavación le
dejaremos caer el palo grande y allí en el hoyo morirá.

Así dijeron los cuatrocientos muchachos y luego abrieron un gran hoyo muy profundo. En
seguida llamaron a Zipacná.

-Nosotros te queremos bien. Anda, ven a cavar la tierra porque nosotros ya no alcanzamos, le
dijeron.

-Está bien, contestó. En seguida bajó al hoyo. Y llamándolo mientras estaba cavando la tierra, le
dijeron: -¿Has bajado ya muy hondo?

-Sí, contestó, mientras comenzaba a abrir el hoyo, pero el hoyo que estaba haciendo era para
librarse del peligro. Él sabía que lo querían matar; por eso, al abrir el hoyo, hizo, hacia un lado,
una segunda excavación para librarse.

-¿Hasta dónde vas?, gritaron hacia abajo los cuatrocientos muchachos.

-Todavía estoy cavando; yo os llamaré allí arriba cuando esté terminada la excavación, dijo
Zipacná desde el fondo del hoyo. Pero no estaba cavando su sepultura, sino que estaba abriendo
otro hoyo para salvarse.

Por último los llamó Zipacná ; pero cuando llamó ya se había puesto en salvo dentro del hoyo.

-Venid a sacar y llevaros la tierra que he arrancado y está en el asiento del hoyo, porque en
verdad lo he ahondado mucho. ¿No oís mi llamada? Y sin embargo, vuestros gritos, vuestras
palabras, se repiten como un eco una y dos veces, y así oiga bien dónde estáis. Esto decía Zipacná
desde el hoyo donde estaba escondido, gritando desde el fondo.

Entonces los muchachos arrojaron violentamente su gran palo, que cayó en seguida con
estruendo al fondo del hoyo.

-¡Que nadie hable! Esperemos hasta oír sus gritos cuando muera, se dijeron entre sí, hablando
en secreto v cubriéndose cada uno la cara, mientras caía el palo con estrépito. [Zipacná] habló
entonces lanzando un grito, pero llamó una sola vez cuando cayó el palo en el fondo.

-¡Qué bien nos ha salido lo que le hicimos! Ya murió, dijeron los jóvenes. Si desgraciadamente
hubiera continuado lo que había comenzado a hacer, estaríamos perdidos, porque ya se había
metido entre nosotros, los cuatrocientos muchachos.

Y llenos de alegría dijeron: -Ahora vamos a fabricar nuestra chicha durante estos tres días.
Pasados estos tres días beberemos por la construcción de nuestra casa, nosotros los cuatrocientos
muchachos. Luego dijeron: Mañana veremos y pasado mañana veremos también si no vienen las
hormigas entre la tierra cuando hieda y se pudra. En seguida se tranquilizará nuestro corazón y
beberemos nuestra chicha, dijeron.

Zipacná escuchaba desde el hoyo todo lo que hablaban los muchachos. Y luego, al segundo día,
llegaron las hormigas en montón, yendo y viniendo y juntándose debajo del palo. Unas traían en
la boca los cabellos y otras las uñas de Zipacná.

Cuando vieron esto los muchachos, dijeron: -¡Ya pereció aquel demonio! Mirad cómo se han
juntado las hormigas, cómo han llegado por montones, trayendo unas los cabellos y otras las
uñas. ¡Mirad lo que hemos hecho! Así hablaban entre sí.

Sin embargo, Zipacná estaba bien vivo. Se había cortado los cabellos de la cabeza y se había
roído las uñas con los dientes para dárselos a las hormigas.
Y así los cuatrocientos muchachos creyeron que había muerto, y al tercer día dieron principio a
la orgía y se emborracharon todos los muchachos. Y estando ebrios los cuatrocientos muchachos,
ya no sentían nada. En seguida Zipacná dejó caer la casa sobre sus cabezas y acabó de matarlos a
todos.

Ni siquiera uno, ni dos se salvaron de entre los cuatrocientos muchachos; muertos fueron por
Zipacná, el hijo de Vucub-Caquix.

Así fue la muerte de los cuatrocientos muchachos, y se cuenta que entraron en el grupo de
estrellas que por ellos se llama Motz, aunque esto tal vez será mentira.

CAPÍTULO VIII

Contaremos ahora la derrota de Zipacná por los dos muchachos Hunahpú e Ixbalanqué.

Ahora sigue la derrota y muerte de Zipacná, cuando fue vencido por los dos muchachos
Hunahpú e Ixbalanqué.

El corazón de los dos jóvenes estaba lleno de rencor porque los cuatrocientos muchachos
habían sido muertos por Zipacná. Y éste sólo buscaba pescados y cangrejos a la orilla de los ríos,
que ésta era su comida de cada día. Durante el día se paseaba buscando su comida y de noche se
echaba los cerros a cuestas.

En seguida Hunahpú e Ixbalanqué hicieron una figura a imitación de un cangrejo muy grande, y
le dieron la apariencia de tal con una hoja de pie de gallo, del que se encuentra en los bosques.

Así hicieron la parte inferior del cangrejo; de pahac le hicieron las patas y le pusieron una
concha de piedra que le cubrió la espalda al cangrejo. Luego pusieron esta [especie de] tortuga, al
pie de un gran cerro llamado Meauán, donde lo iban a vencer [a Zipacná].

A continuación se fueron los muchachos a hacerle encuentro a Zipacná a la orilla de un río.

-¿A dónde vas, muchacho?, le preguntaron a Zipacná.

-No voy a ninguna parte, sólo ando buscando mi comida, muchachos, contestó Zipacná.

-¿Y cuál es tu comida?

-Pescado y cangrejos, pero aquí no los hay y no he hallado ninguno; desde antier no he comido
y ya no aguanto el hambre, dijo Zipacná a Hunahpú e Ixbalanqué.

-Allá en el fondo del barranco está un cangrejo, verdaderamente un gran cangrejo y ¡bien que te
lo comieras! Sólo que nos mordió cuando lo quisimos coger y por eso le tenemos miedo. Por
nada iríamos a cogerlo, dijeron Hunahpú e Ixbalanqué.

-¡Tened lástima de mí! Venid y enseñádmelo, muchachos, dijo Zipacná.

-No queremos. Anda tú solo, que no te perderás. Sigue por la vega del río y llegarás al pie de un
gran cerro, allí está haciendo ruido en el fondo del barranco. Sólo tienes que llegar allá, le dijeron
Hunahpú e Ixbalanqué.

-¡Ay, desgraciado de mí! ¿No lo podéis encontrar vosotros, pues, muchachos? Venid a
enseñármelo. Hay muchos pájaros que podéis tirar con la cerbatana, y yo sé dónde se encuentran,
dijo Zipacná.

Su humildad convenció a los muchachos. Y éstos le dijeron: -Pero ¿de veras lo podrás coger?
Porque sólo por causa tuya volveremos; nosotros ya no lo intentaremos porque nos mordió
cuando íbamos entrando boca abajo. Luego tuvimos miedo al entrar arrastrándonos, pero en poco
estuvo que lo cogiéramos. Así, pues, es bueno que tú entres arrastrándote, le dijeron.

-Está bien, dijo Zipacná, y entonces se fue en su compañía. Llegaron al fondo del barranco, y
allí, tendido sobre el costado, estaba el cangrejo mostrando su concha colorada. Y allí también, en
el fondo del barranco, estaba el engaño de los muchachos.

-¡Qué bueno!, dijo entonces Zipacná con alegría. ¡Quisiera tenerlo ya en la boca! Y era que
verdaderamente se estaba muriendo de hambre. Quiso probar a ponerse de bruces, quiso entrar,
pero el cangrejo iba subiendo. Salióse en seguida y los muchachos le preguntaron:

-¿No lo cogiste?

-No, contestó, porque se fue para arriba y poco me faltó para cogerlo. Pero tal vez sería bueno
que yo entrara para arriba, agregó. Y luego entró de nuevo hacia arriba, pero cuando ya casi había
acabado de entrar y sólo mostraba la punta de los pies, se derrumbó el gran cerro y le cayó
lentamente sobre el pecho.

Nunca más volvió Zipacná y fue convertido en piedra.

Así fue vencido Zipacná por los muchachos Hunahpú e Ixbalanqué ; aquel que, según la
antigua tradición, hacía las montañas, el hijo primogénito de Vucub Caquix.

Al pie del cerro llamado Meauán fue vencido. Sólo por un prodigio fue vencido el segundo de
los soberbios. Quedaba otro, cuya historia contaremos ahora.

CAPÍTULO IX

El tercero de los soberbios era el segundo hijo de Vucub-Caquix, que se llamaba Cabracán.

-¡Yo derribo las montañas!, decía.

Pero Hunahpú e Ixbalanqué vencieron también a Cabracán. Huracán, Chipi Caculhá y Raxa
Caculhá hablaron y dijeron a Hunahpú e Ixbalanqué:

-Que el segundo hijo de Vucub Caquix sea también vencido. Ésta es nuestra voluntad. Porque
no está bien lo que hace sobre la tierra, exaltando su gloria, su grandeza y su poder, y no debe ser
así. Llevadle con halagos allá donde nace el sol, les dijo Huracán a los dos jóvenes.

-Muy bien, respetable Señor, contestaron éstos, porque no es justo lo que vemos. ¿Acaso no
existes tú, tú que eres la paz, tú, Corazón del Cielo?, dijeron los muchachos mientras escuchaban
la orden de Huracán.

Entre tanto, Cabracán se ocupaba en sacudir las montañas. Al más pequeño golpe de sus pies
sobre la tierra, se abrían las montañas grandes y pequeñas. Así lo encontraron los muchachos,
quienes preguntaron a Cabracán:

-¿A dónde vas, muchacho?

-A ninguna parte, contestó. Aquí estoy moviendo las montañas y las estaré derribando para
siempre, dijo en respuesta.

A continuación les preguntó Cabracán a Hunahpú e Ixbalanqué: -¿Qué venís a hacer aquí? No
conozco vuestras caras. ¿Cómo os llamáis?, dijo Cabracán.

-No tenemos nombre, contestaron aquéllos. No somos más que tiradores con cerbatana y
cazadores con liga en los montes. Somos pobres y no tenemos nada que nos pertenezca,
muchacho. Solamente caminamos por los montes pequeños y grandes, muchacho. Y precisamente
hemos visto una gran montaña, allá donde se enrojece el cielo. Verdaderamente se levanta muy
alto y domina la cima de todos los cerros. Así es que no hemos podido coger ni uno ni dos pájaros
en ella, muchacho. Pero ¿es verdad que tú puedes derribar todas las montañas, muchacho?, le
dijeron Hunahpú e Ixbalanqué a Cabracán.

-¿De veras habéis visto esa montaña que decís? ¿En dónde está? En cuanto yo la vea la echaré
abajo. ¿Dónde la visteis?

-Por allá está, donde nace el sol, dijeron Hunahpú e Ixbalanqué.

-Está bien, enseñadme el camino, les dijo a los dos jóvenes.

-¡Oh, no!, contestaron éstos. Tenemos que llevarte en medio de nosotros: uno irá a tu mano
izquierda y otro a tu mano derecha, porque tenemos nuestras cerbatanas, y si hubiere pájaros les
tiraremos.

Y así iban alegres, probando sus cerbatanas; pero cuando tiraban con ellas, no usaban el
bodoque de barro en el tubo de sus cerbatanas, sino que sólo con el soplo derribaban a los pájaros
cuando les tiraban, de lo cual se admiraba grandemente Cabracán.
En seguida hicieron un fuego los muchachos y pusieron a asar los pájaros en el fuego, pero
untaron uno de los pájaros con tizate, lo cubrieron de una tierra blanca.

-Esto le daremos, dijeron, para que se le abra el apetito con el olor que despide. Este nuestro
pájaro será su perdición. Así como la tierra cubre este pájaro por obra nuestra, así daremos con él
en tierra y en tierra lo sepultaremos.

-Grande será la sabiduría de un ser creado, de un ser formado, cuando amanezca, cuando aclare,
dijeron los muchachos.

-Como el deseo de comer un bocado es natural en el hombre, el corazón de Cabracán está


ansioso, decían entre sí Hunahpú e Ixbalanqué.

Mientras estaban asando los pájaros, éstos se iban dorando al cocerse, y la grasa y el jugo que
de ellos se escapaban despedían el olor mas apetitoso. Cabracán sentía grandes ganas de
comérselos; se le hacía agua la boca, bostezaba y la baba y la saliva le corrían a causa del olor
excitante de los pájaros.

Luego les preguntó: -¿Qué es esa vuestra comida? Verdaderamente es agradable el olor que
siento. Dadme un pedacito, les dijo.

Diéronle entonces un pájaro a Cabracán, el pájaro que sería su ruina. Y en cuanto acabó de
comerlo se pusieron en camino y llegaron al oriente, adonde estaba la gran montaña. Pero ya
entonces se le habían aflojado las piernas y las manos a Cabracán, ya no tenía fuerzas a causa de
la tierra con que habían untado el pájaro que se comió, y ya no pudo hacerles nada a las
montañas, ni le fue posible derribarlas.

En seguida lo amarraron los muchachos. Atáronle los brazos detrás de la espalda y le ataron
también el cuello y los pies juntos. Luego lo botaron al suelo, y allí mismo lo enterraron.

De esta manera fue vencido Cabracán tan sólo por obra de Hunahpú e Ixbalanqué. No sería
posible enumerar todas las cosas que éstos hicieron aquí en la tierra.

Ahora contaremos el nacimiento de Hunahpú e Ixbalanqué, habiendo relatado primeramente la


destrucción de Vucub-Caquix con la de Zipacná y la de Cabracán aquí sobre la tierra.

SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO I

Ahora diremos también el nombre del padre de Hunahpú e Ixbalanqué. Dejaremos en la sombra
su origen, y dejaremos en la oscuridad el relato y la historia del nacimiento de Hunahpú e
Ixbalanqué. Sólo diremos la mitad, una parte solamente de la historia de su padre.

He aquí la historia. He aquí el nombre de Hun-Hunahpú, así llamado. Sus padres eran
Ixpiyacoc e Ixmucané. De ellos nacieron, durante la noche, Hun-Hunahpú y Vucub Hunahpú, de
Ixpiyacoc e Ixmucané.

Ahora bien, Hun Hunahpú había engendrado y tenía dos hijos, y de estos dos hijos, el primero
se llamaba Hunbatz y el segundo Hunchouén.

La madre de éstos se llamaba Ixbaguiyalo, así se llamaba la mujer de Hun Hunahpú. Y el otro
Vucub-Hunahpú no tenía mujer, era soltero.

Estos dos hijos, por su naturaleza, eran grandes sabios y grande era su sabiduría; eran adivinos
aquí en la tierra, de buena índole y buenas costumbres. Todas las artes les fueron enseñadas a
Hunbatz y Hunchouén, los hijos de Hun Hunahpú. Eran flautistas, cantores, tiradores con
cerbatana, pintores, escultores, joyeros, plateros: esto eran Hunbatz y Hunchouén.

Ahora bien, Hun Hunahpú y Vucub Hunahpú se ocupaban solamente de jugar a los dados y a la
pelota todos los días; y de dos en dos se disputaban los cuatro cuando se reunían en el juego de
pelota.

Allí venía a observarlos el Voc, el mensajero de Huracán, de Chipi Caculhá, de Raxa Caculhá;
pero este Voc no se quedaba lejos de la tierra, ni lejos de Xibalbá; y en un instante subía al cielo
al lado de Huracán.

Estaban todavía aquí en la tierra cuando murió la madre de Hunbatz y Hunchouén.

Y habiendo ido a jugar a la pelota en el camino de Xibalbá, los oyeron Hun Camé y Vucub
Camé, los Señores de Xibalbá.

-¿Qué están haciendo sobre la tierra? ¿Quiénes son los que la hacen temblar y hacen tanto
ruido? ¡Que vayan a llamarlos! ¡Que vengan a jugar aquí a la pelota, donde los venceremos! Ya
no somos respetados por ellos, ya no tienen consideración ni miedo a nuestra categoría, y hasta se
ponen a pelear sobre nuestras cabezas, dijeron todos los de Xibalbá.

En seguida entraron todos en consejo. Los llamados Hun-Camé y Vucub Camé eran los jueces
supremos. A todos los Señores les señalaban sus funciones Hun Camé y Vucub-Camé y a cada
uno le señalaban sus atribuciones.

Xiquiripat y Cuchumaquic, eran los Señores de estos nombres. Éstos son los que causan los
derrames de sangre de los hombres.

Otros se llamaban Ahalpuh y Ahalganá, también Señores. Y el oficio de éstos era hinchar a los
hombres, hacerles brotar pus de las piernas y teñirles de amarillo la cara, lo que se llama
Chuganal. Tal era el oficio de Ahalpuh y Ahalganá.

Otros eran el Señor Chamiabac y el Señor Chamiaholom alguaciles de Xibalbá, cuyas varas
eran de hueso. La ocupación de éstos era enflaquecer a los hombres hasta que los volvían sólo
huesos y calaveras y se morían y se los llevaban con el vientre y los huesos estirados. Tal era cal
oficio de Chamiabac y Chamiaholom, así llamados.

Otros se llamaban el Señor Ahalmez y el Señor Ahaltocob. El oficio de éstos era hacer que a los
hombres les sucediera alguna desgracia, ya cuando iban para la casa, o frente a ella, y que los
encontraran heridos, tendidos boca arriba en el suelo y muertos. Tal era el oficio de Ahalmez y
Ahaltocob, como les llamaban.

Venían en seguida otros Señores llamados Xic y Patán, cuyo oficio era causar la muerte a los
hombres en los caminos, lo que se llama muerte repentina, haciéndoles llegar la sangre a la boca
hasta que morían vomitando sangre. El oficio de cada uno de estos Señores era cargar con ellos,
oprimirles la garganta y el pecho para que los hombres murieran en los caminos, haciéndoles
llegar [la sangre] a la garganta cuando caminaban. Éste era el oficio de Xic y Patán.

Y habiéndose reunido en consejo, trataron de la manera de atormentar y castigar a Hun


Hunahpú y a Vucub Hunahpú. Lo que deseaban los de Xibalbá eran los instrumentos de juego de
Hun Hunahpú y Vucub Hunahpú, sus cueros, sus anillos, sus guantes, la corona y la máscara, que
eran los adornos de Hun Hunahpú y Vucub Hunahpú.

Ahora contaremos su ida a Xibalbá y cómo dejaron tras de ellos a los hijos de Hun Hunahpú,
Hunbatz y Chouén, cuya madre había muerto.

Luego diremos cómo Hunbatz y Hunchouén fueron vencidos por Hunahpú e Ixbalanqué.

CAPÍTULO II

En seguida fue la venida de los mensajeros de Hun-Camé y Vucub Camé.

-Id, les dijeron, Ahpop Achih, id a llamar a Hun Hunahpú y Vucub Hunahpú. "Venid con
nosotros", les diréis. "Dicen los Señores que vengáis." Que vengan aquí a jugar a la pelota con
nosotros, para que con ellos se alegren nuestras caras, porque verdaderamente nos causan
admiración. Así, pues, que vengan, dijeron los Señores. Y que traigan acá sus instrumentos de
juego, sus anillos, sus guantes, y que traigan también sus pelotas de caucho, dijeron las Señores.
"Venid pronto, les diréis", les fue dicho a los mensajeros.

Y estos mensajeros eran buhos: Chabi Tucur, Huracán-Tucur, Caquix Tucur y Holom Tucur, Así
se llamaban los mensajeros de Xibalbá.

Chabi Tucur era veloz como una flecha; Huracán-Tucur tenía solamente una pierna; Caquix
Tucur tenía la espalda roja, y Holom Tucur solamente tenía cabeza, no tenía piernas, pero sí tenía
alas.

Los cuatro mensajeros tenían la dignidad de Ah-pop Achih. Saliendo de Xibalbá llegaron
rápidamente, llevando su mensaje, al patio donde estaban jugando a la pelota Hun-Hunahpú y
Vucub Hunahpú, en el juego de pelota que se llamaba Nim-Xob Carchah. Los buhos mensajeros
se dirigieron al juego de la pelota y presentaron su mensaje, precisamente en el orden en que se lo
dieron Hun Camé, Vucub Camé, Ahalpuh, Ahalganá, Chamiabac, Chamiaholom, Xiquiripat,
Cuchumaquic, Ahalmez, Ahaltocob, Xic y Patán, que así se llamaban los Señores que enviaban su
recado por medio de los buhos.

-¿De veras han hablado así los Señores Hun-Camé y Vucub-Camé? -Ciertamente han hablado
así, y nosotros os tenemos que acompañar.

-"Que traigan todos sus instrumentos para el juego", han dicho los Señores.

-Está bien, dijeron los jóvenes. Aguardadnos, sólo vamos a despedirnos de nuestra madre.

Y habiéndose dirigido hacia su casa, le dijeron a su madre, pues su padre ya era muerto: -Nos
vamos, madre nuestra, pero en vano será nuestra ida. Los mensajeros del Señor han venido a
llevarnos. "Que vengan", han dicho, según manifiestan los enviados.
-Aquí se quedará en prenda nuestra pelota, agregaron. En seguida la fueron a colgar en el hueco
que hacía el techo de la casa. Luego dijeron: -Ya volveremos a jugar. Y dirigiéndose a Hunbatz y
Hunchouén les dijeron

-Vosotros ocupaos de tocar la flauta y de cantar, de pintar, de esculpir; calentad nuestra casa y
calentad el corazón de vuestra abuela.

Cuando se despidieron de su madre, se enterneció Ixmucané y echó a llorar. -No os aflijáis,


nosotros nos vamos, pero todavía no hemos muerto, dijeron al partir Hun Hunahpú y Vucub
Hunahpú.

En seguida se fueron Hun Hunahpú y Vucub Hunahpú y los mensajeros los llevaban por el
camino. Así fueron bajando por el camino de Xibalbá, por unas escaleras muy inclinadas. Fueron
bajando hasta que llegaron a la orilla de un río que corría rápidamente entre los barrancos
llamados Nu zivan cul y Cuzivan, y pasaron por ellos. Luego pasaron por el río que corre entre
jícaros espinosos. Los jícaros eran innumerables, pero ellos pasaron sin lastimarse.

Luego llegaron a la orilla de un río de sangre y lo atravesaron sin beber sus aguas; llegaron a
otro río solamente de agua y no fueron vencidos. Pasaron adelante hasta que llegaron a donde se
juntaban cuatro caminos y allí fueron vencidos, en el cruce de los cuatro caminos.

De estos cuatro caminos, uno era rojo, otro negro, otro blanco y otro amarillo. Y el camino
negro les habló de esta manera: -Yo soy el que debéis tomar porque yo soy el camino del Señor.
Así habló el camino.

Y allí fueron vencidos. Los llevaron por el camino de Xibalbá y cuando llegaron a la sala del
consejo de los Señores de Xibalbá, ya habían perdido la partida.

Ahora bien, los primeros que estaban allí sentados eran solamente muñecos, hechos de palo,
arreglados por los de Xibalbá.

A éstos los saludaron primero

-¿Cómo estáis, Hun Camé?, le dijeron al muñeco.

-¿Cómo estáis, Vucub Camé?, le dijeron al hombre de palo. Pero éstos no les respondieron. Al
punto soltaron la carcajada los Señores de Xibalbá y todos los demás Señores se pusieron a reír
ruidosamente, porque sentían que ya los habían vencido, que habían vencido a Hun Hunahpú y
Vucub Hunahpú. Y seguían riéndose.

Luego hablaron Hun Camé y Vucub Camé : -Muy bien, dijeron. Ya vinisteis. Mañana preparad
la máscara, vuestros anillos y vuestros guantes, les dijeron.

-Venid a sentaros en nuestro banco, les dijeron. Pero el banco que les ofrecían era de piedra
ardiente y en el banco se quemaron. Se pusieron a dar vueltas en el banco, pero no se aliviaron y
si no se hubieran levantado se les habrían quemado las asentaderas.

Los de Xibalbá se echaron a reír de nuevo, se morían de la risa; se retorcían del dolor que les
causaba la risa en las entrañas, en la sangre y en los huesos, riéndose todos los Señores de
Xibalbá.

-Idos ahora a aquella casa, les dijeron; allí se os llevará vuestra raja de ocote y vuestro cigarro y
allí dormiréis.

En seguida llegaron a la Casa Oscura. No había más que tinieblas en el interior de la casa.

Mientras tanto, los señores de Xibalbá discurrían lo que debían hacer.


-Sacrifiquémoslos mañana, que mueran pronto, pronto, para que sus instrumentos de juego nos
sirvan a nosotros para jugar, dijeron entre sí los Señores de Xibalbá.

Ahora bien, su ocote era una punta redonda de pedernal del que llaman zaquitoc; éste es el pino
de Xibalbá. Su ocote era puntiagudo y afilado y brillante como hueso; muy duro era el pino de los
de Xibalbá.

Hun Hunahpú y Vucub Hunahpú entraron a la Casa Oscura. Allí fueron a darles su ocote, un
solo ocote encendido que les mandaban Hun Camé y Vucub Camé, junto con un cigarro para cada
uno, encendido también, que les mandaban los Señores. Esto fueron a darles a Hun Hunahpú y
Vucub-Hunahpú.

Éstos se hallaban en cuclillas en la oscuridad cuando llegaron los portadores del ocote y los
cigarros. Al entrar, el ocote alumbraba brillantemente.

-Que enciendan su ocote y sus cigarros cada uno; que vengan a devolverlos al amanecer, pero
que no los consuman, sino que los devuelvan enteros; esto es lo que os mandan decir los Señores.
Así les dijeron. Y así fueron vencidos. Su ocote se consumió, y asimismo se consumieron los
cigarros que les habían dado.

Los castigos de Xibalbá eran numerosos; eran castigos de muchas maneras.

El primero era la Casa Oscura, Quequma ha, en cuyo interior sólo había tinieblas.

El segundo la Casa donde tiritaban, Xuxulim ha, dentro de la cual hacía mucho frío. Un viento
frío e insoportable soplaba en su interior.

El tercero era la Casa de los tigres, Balami ha, así llamada, en la cual no había más que tigres
que se revolvían, se amontonaban, gruñían y se mofaban. Los tigres estaban encerrados dentro de
la casa.

Zotzi ha, la Casa de los murciélagos, se llamaba el cuarto lugar de castigo. Dentro de esta casa
no había más que murciélagos que chillaban, gritaban y revoloteaban en la casa. Los murciélagos
estaban encerrados y no podían salir.

El quinto se llamaba la Casa de las Navajas, Chayin ha, dentro de la cual solamente había
navajas cortantes y afiladas, calladas o rechinando las unas con las otras dentro de la casa.

Muchos eran los lugares de tormento de Xibalbá; pero no entraron en ellos Hun Hunahpú y
Vucub-Hunahpú. Solamente mencionamos los nombres de estas casas de castigo.

Cuando entraron Hun Hunahpú y Vucub Hunahpú ante Hun-Camé y Vucub Camé, les dijeron
éstos:

-¿Dónde están mis cigarros? ¿Dónde está mi raja de ocote que os dieron anoche?

-Se acabaron, Señor.

-Está bien. Hoy será el fin de vuestros días.

Ahora moriréis. Seréis destruidos, os haremos pedazos y aquí quedará oculta vuestra memoria.
Seréis sacrificados, dijeron Hun Camé y Vucub Camé.

En seguida los sacrificaron y los enterraron en el Pucbal Chah, así llamado. Antes de enterrarlos
le cortaron la cabeza a Hun-Hunahpú y enterraron al hermano mayor junto con el hermano menor.
-Llevad la cabeza y ponedla en aquel árbol que está sembrado en el camino, dijeron Hun Camé
y Vucub Camé. Y habiendo ido a poner la cabeza en el árbol, al punto se cubrió de frutas este
árbol que jamás había fructificado antes de que pusieran entre sus ramas la cabeza de Hun
Hunahpú. Y a esta jícara la llamamos hoy la cabeza de Hun Hunahpú, que así se dice.

Con admiración contemplaban Hun Camé y Vucub-Camé el fruto del árbol. El fruto redondo
estaba en todas partes; pero no se distinguía la cabeza de Hun Hunahpú; era un fruto igual a los
demás frutos del jícaro. Así aparecía ante todos los de Xibalbá cuando llegaban a verla.

A juicio de aquéllos, la naturaleza de este árbol era maravillosa, por lo que había sucedido en
un instante cuando pusieron entre sus ramas la cabeza de Hun Hunahpú. Y los Señores de Xibalbá
ordenaron: -¡Que nadie venga a coger de esta fruta! ¡Que nadie venga a ponerse debajo de este
árbol!, dijeron, y así dispusieron impedirlo todos los de Xibalbá.

La cabeza de Hun Hunahpú no volvió a aparecer, porque se había vuelto la misma cosa que el
fruto del árbol que se llama jícaro. Sin embargo, una muchacha oyó la historia maravillosa. Ahora
contaremos cómo fue su llegada.

CAPÍTULO III

Ésta es la historia de una doncella, hija de un Señor llamado Cuchumaquic.

Llegaron [estas noticias] a oídos de una doncella, hija de un Señor. El nombre del padre era
Cuchumaquic y el de la doncella Ixquic. Cuando ella oyó la historia de los frutos del árbol, que
fue contada por su padre, se quedó admirada de oírla.

-¿Por qué no he de ir a ver ese árbol que cuentan?, exclamó la joven. Ciertamente deben ser
sabrosos los frutos de que oigo hablar. A continuación se puso en camino ella sola y llegó al pie
del árbol que estaba sembrado en Pucbal Chah.

-¡Ah! , exclamó, ¿qué frutos son los que produce este árbol? ¿No es admirable ver cómo se ha
cubierto de frutos? ¿Me he de morir, me perderé si corto uno de ellos?, dijo la doncella.

Habló entonces la calavera que estaba entre las ramas del árbol y dijo: ¿Qué es lo que quieres?
Estos objetos redondos que cubren las ramas del árbol no son más que calaveras. Así dijo la
cabeza de Hun Hunahpú dirigiéndose a la joven. ¿Por ventura los deseas?, agregó.

-Sí los deseo, contestó la doncella.

-Muy bien, dijo la calavera. Extiende hacia acá tu mano derecha.

-Bien, replicó la joven, y levantando su mano derecha, la extendió en dirección a la calavera.

En ese instante la calavera lanzó un chisguete de saliva que fue a caer directamente en la palma
de la mano de la doncella. Miróse ésta rápidamente y con atención la palma de la mano, pero la
saliva de la calavera ya no estaba en su mano.

-En mi saliva y mi baba te he dado mi descendencia (dijo la voz en el árbol). Ahora mi cabeza
ya no tiene nada encima, no es más que una calavera despojada de la carne. Así es la cabeza de
los grandes príncipes, la carne es lo único que les da una hermosa apariencia. Y cuando mueren
espántanse los hombres a causa de los huesos. Así es también la naturaleza de los hijos, que son
como la saliva y la baba, ya sean hijos de un Señor, de un hombre sabio o de un orador. $u
condición no se pierde cuando se van, sino se hereda; no se extingue ni desaparece la imagen del
Señor, del hombre sabio o del orador, sino que la dejan a sus hijas y a los hijos que engendran.
Esto mismo he hecho yo contigo. Sube, pues, a la superficie de la tierra, que no morirás. Confía
en mi palabra que así será, dijo la cabeza de Hun-Hunahpú y de Vucub Hunahpú.
Y todo lo que tan acertadamente hicieron fue por mandato de Huracán, Chipi Caculhá y Raxa
Caculhá. Volvióse en seguida a su casa la doncella después que le fueron hechas todas estas
advertencias, habiendo concebido inmediatamente los hijos en su vientre por la sola virtud de la
saliva. Y así fueron engendrados Hunahpú e Ixbalanqué.

Llegó, pues, la joven a su casa y después de haberse cumplido seis meses, fue advertido su
estado por su padre, el llamado Cuchumaquic. Al instante fue descubierto el secreto de la joven
por el padre, al observar que tenía hijo.

Reuniéronse entonces en consejo todos los Señores Hun Camé y Vucub Camé con
Cuchumaquic.

-Mi hija está preñada, Señores; ha sido deshonrada, exclamó el Cuchumaquic cuando
compareció ante los Señores.

-Está bien, dijeron éstos. Oblígala a declarar la verdad, y si se niega a hablar, castígala; que la
lleven a sacrificar lejos de aquí.

-Muy bien, respetables Señores, contestó. A continuación interrogó a su hija:

-¿De quién es el hijo que tienes en el. vientre, hija mía? Y ella contestó: -No tengo hijo, señor
padre, aún no he conocido varón.

-Está bien, replicó. Positivamente eres una ramera. Llevadla a sacrificar, señores Ahpop Achih;
traedme el corazón dentro de una jícara y volved hoy mismo ante los Señores, les dijo a los
buhos.

Los cuatro mensajeros tomaron la jícara y se marcharon llevando en sus brazos a la joven y
llevando también el cuchillo de pedernal para sacrificarla.

Y ella les dijo: -No es posible que me matéis, ¡oh mensajeros!, porque no es una deshonra lo
que llevo en el vientre, sino que se engendró solo cuando fui a admirar la cabeza de Hun-
Hunahpú que estaba en Pucbal Chah. Así, pues, no debéis sacrificarme, ¡oh mensajeros!, dijo la
joven, dirigiéndose a ellos.

-¿Y qué pondremos en lugar de tu corazón? Se nos ha dicho por tu padre: "Traedme el corazón,
volved ante los Señores, cumplid vuestro deber y atended juntos a la obra, traedlo pronto en la
jícara, poned el corazón en el fondo de la jícara." ¿Acaso no se nos habló así? ¿Qué le daremos
entre la jícara? Nosotros bien quisiéramos que no murieras, dijeron los mensajeros.

-Muy bien, pero este corazón no les pertenece a ellos. Tampoco debe ser aquí vuestra morada,
ni debéis tolerar que os obliguen a matar a los hombres. Después serán ciertamente vuestros los
verdaderos criminales y míos serán en seguida Hun Camé y Vucub Camé. Así, pues, la sangre y
sólo la sangre será de ellos y estará en su presencia. Tampoco puede ser que este corazón sea
quemado ante ellos.

Recoged el producto de este árbol, dijo la doncella. El jugo rojo brotó del árbol, cayó en la
jícara y en seguida se hizo una bola resplandeciente que tomó la forma de un corazón hecho con
la savia que corría de aquel árbol encarnado. Semejante a la sangre brotaba la savia del árbol,
imitando la verdadera sangre. Luego se coaguló allí dentro la sangre o sea la savia del árbol rojo,
y se cubrió de una capa muy encendida como de sangre al coagularse dentro de la jícara, mientras
que el árbol resplandecía por obra de la doncella. Llamábase Árbol rojo de granada pero [desde
entonces] tomó el nombre de Árbol de la Sangre porque a su savia se le llama la Sangre.

-Allá en la tierra seréis amados y tendréis lo que os pertenece, dijo la joven a los buhos.
-Está bien, niña. Nosotros nos iremos allá, subiremos a servirte; tú, sigue tu camino mientras
nosotros vamos a presentar la savia en lugar de tu corazón ante los Señores, dijeron los
mensajeros.

Cuando llegaron a presencia de los Señores, estaban todos aguardando.

-¿Se ha terminado eso?, preguntó Hun Camé.

-Todo está concluido, Señores. Aquí está el corazón en el fondo de la jícara.

-Muy bien. Veamos, exclamó Hun Camé. Y cogiéndolo con los dedos lo levantó, se rompió la
corteza y comenzó a derramarse la sangre de vivo color rojo.

-Atizad bien el fuego y ponedlo sobre las brasas, dijo Hun-Camé.

En seguida lo arrojaron al fuego y comenzaron a sentir el olor los de Xibalbá, y levantándose


todos se acercaron y ciertamente sentían muy dulce la fragancia de la sangre.

Y mientras ellos se quedaban pensativos, se marcharon los buhos, los servidores de la doncella,
remontaron el vuelo en bandada desde el abismo hacia la tierra y los cuatro se convirtieron en sus
servidores.

Así fueron vencidos los Señores de Xibalbá. Por la doncella fueron engañados todos.

CAPÍTULO IV

Ahora bien, estaban con su madre Hunbatz y Hunchouén cuando llegó la mujer llamada Ixquic.

Cuando llegó, pues, la mujer Ixquic ante la madre de Hunbatz y Hunchouén, llevaba a sus hijos
en el vientre y faltaba poco para que nacieran Hunahpú e Ixbalanqué, que así fueron llamados.

Al llegar la mujer ante la anciana, le dijo la mujer a la abuela: -He llegado, señora madre; yo
soy vuestra nuera y vuestra hija, señora madre. Así dijo cuando entró a la casa de la abuela.

-¿De dónde vienes tú? ¿En dónde están mis hijos? ¿Por ventura no murieron en Xibalbá? ¿No
ves a éstos a quienes les quedaron su descendencia y linaje y que se llaman Hunbatz y
Hunchouén? ¡Sal de aquí! ¡Vete!, gritó la vieja a la muchacha.

-Y sin embargo, es la verdad que soy vuestra nuera; ha tiempo que lo soy. Pertenezco a Hun-
Hunahpú. Ellos viven en lo que llevo, no han muerto Hun Hunahpú y Vucub Hunahpú: volverán a
mostrarse claramente, mi señora suegra. Y así, pronto veréis su imagen en lo que traigo, le fue
dicho a la vieja.

Entonces se enfurecieron Hunbatz y Hunchouén. Sólo se entretenían en tocar la flauta y cantar,


en pintar y esculpir, en lo que pasaban todo el día, y eran el consuelo de la vieja.

Habló luego la vieja y dijo

-No quiero que tú seas mi nuera, porque lo que llevas en el vientre es fruto de tu deshonestidad.
Además, eres una embustera: mis hijos de quienes hablas ya son muertos.

Luego agregó la abuela: -Esto que te digo es la pura verdad; pero en fin, está bien, tú eres mi
nuera, según he oído. Anda, pues, a traer la comida para los que hay que alimentar. Anda a
cosechar una red grande [de maíz] y vuelve en seguida, puesto que eres mi nuera, según lo que
oigo, le dijo a la muchacha.
-Muy bien, replicó la joven, y se fue en seguida para la milpa que poseían Hunbatz y
Hunchouén. El camino había sido abierto por ellos y la joven lo tomó y así llegó a la milpa; pero
no encontró más que una mata de maíz; no había dos, ni tres, y viendo que sólo había una mata
con su espiga, se llenó de angustia el corazón de la muchacha.

-¡Ay, pecadora, desgraciada de mí! ¿A dónde he de ir a conseguir una red de maíz, como se me
ha ordenado?, exclamó. Y en seguida se puso a invocar al Chahal de la comida para que llegara y
se la llevase.

¡Ixtoh, Ixcanil, Ixcacau, vosotras las que cocéis el maíz; y tú Chahal, guardián de la comida de
Hunbatz y Hunchouén!, dijo la muchacha. Y a continuación cogió las barbas, los pelos rojos de la
mazorca y los arrancó, sin cortar la mazorca. Luego los arregló en la red como mazorcas de maíz
y la gran red se llenó completamente.

Volvióse en seguida la joven; los animales del campo iban cargando la red, y cuando llegaron,
fueron a dejar la carga a un rincón de la casa, como si ella la hubiera llevado. Llegó entonces la
vieja y luego que vio el maíz que había en la gran red, exclamó

-¿De dónde has traído todo este maíz? ¿Por ventura acabaste con nuestra milpa y te la has
traído toda para acá? Iré a ver al instante, dijo la vieja, y se puso en camino para ir a ver la milpa.
Pero la única mata de maíz estaba allí todavía y asimismo se veía el lugar donde había estado la
red al pie de la mata. La vieja regresó entonces a toda prisa a su casa y dijo a la muchacha:

-Ésta es prueba suficiente de que realmente eres mi nuera. Veré ahora tus obras, aquéllos que
llevas [en el vientre] y que también son sabios, le dijo a la muchacha.

CAPÍTULO V

Contaremos ahora el nacimiento de Hunahpú e Ixbalanqué. Aquí, pues, diremos cómo fue su
nacimiento.

Cuando llegó el día de su nacimiento, dio a luz la joven que se llamaba Ixquic; pero la abuela
no los vio cuando nacieron. En un instante fueron dados a luz los dos muchachos llamados
Hunapú e Ixbalanqué. Allá en el monte fueron dados a luz.

Luego llegaron a la casa, pero no podían dormirse.

-¡Anda a botarlos afuera!, dijo la vieja, porque verdaderamente es mucho lo que gritan. Y en
seguida fueron a ponerlos sobre un hormiguero. Allí durmieron tranquilamente. Luego los
quitaron de ese lugar y los pusieron sobre las espinas.

Ahora bien, lo que querían Hunbatz y Hunchouén era que murieran allí mismo en el
hormiguero, o que murieran sobre las espinas. Deseábanlo así a causa del odio y de la envidia que
por ellos sentían Hunbatz y Hunchouén.

Al principio se negaban a recibir en la casa a sus hermanos menores; no los conocían y así se
criaron en el campo.

Hunbatz y Hunchouén eran grandes músicos y cantores; habían crecido en medio de muchos
trabajos y necesidades y pasaron por muchas penas, pero llegaron a ser muy sabios. Eran a un
tiempo flautistas, cantores, pintores y talladores; todo lo sabían hacer.

Tenían noticia de su nacimiento y sabían también que eran los sucesores de sus padres, los que
fueron a Xibalbá y murieron allá. Grandes sabios eran, pues, Hunbatz y Hunchouén y en su
interior sabían todo lo relativo al nacimiento de sus hermanos menores. Sin embargo, no
demostraban su sabiduría, por la envidia que les tenían, pues sus corazones estaban llenos de
mala voluntad para ellos, sin que Hunahpú e Ixbalanqué los hubieran ofendido en nada.
Estos últimos se ocupaban solamente de tirar con cerbatana todos los días; no eran amados de la
abuela ni de Hunbatz, ni de Hunchouén. No les daban de comer; solamente cuando ya estaba
terminada la comida y habían comido Hunbatz y Hunchouén, entonces llegaban ellos. Pero no se
enojaban, ni se encolerizaban y sufrían calladamente, porque sabían su condición y se daban
cuenta de todo con claridad. Traían sus pájaros cuando venían cada día y Hunbatz y Hunchouén
se los comían, sin darle nada a ningunos de los dos, Hunahpú e Ixbalanqué.

La sola ocupación de Hunbatz y Hunchouén era tocar la flauta y cantar.

Y una vez que Hunahpú e Ixbalanqué llegaron sin traer ninguna clase de pájaros, entraron [en la
casa] y se enfureció la abuela.

-¿Por qué no traéis pájaros?, les dijo a Hunahpú e Ixbalanqué.

Y ellos contestaron: -Lo que sucede, abuela nuestra, es que nuestros pájaros se han quedado
trabados en el árbol y nosotros no podemos subir a cogerlos, querida abuela. Si nuestros
hermanos mayores así lo quieren, que vengan con nosotros y que vayan a bajar los pájaros,
dijeron.

-Está bien, dijeron los hermanos mayores, contestando, iremos con vosotros al amanecer.

Consultaron entonces los dos entre sí la manera de vencer a Hunbatz y Hunchouén. -Solamente
cambiaremos su naturaleza, su apariencia; cúmplase así nuestra palabra, por los muchos
sufrimientos que nos han causado. Ellos deseaban que muriésemos, que nos perdiéramos
nosotros, sus hermanos menores. En su interior nos tenían como muchachos. Por todo esto los
venceremos y daremos un ejemplo. Así iban diciendo entre ellos mientras se dirigían al pie del
árbol llamado Canté. Iban acompañados de sus hermanos mayores y tirando con la cerbatana. No
era posible contar los pájaros que cantaban sobre el árbol y sus hermanos mayores se admiraban
de ver tantos pájaros. Había pájaros, pero ni uno solo caía al pie del árbol.

-Nuestros pájaros no caen al suelo. Id a bajarlos, les dijeron a sus hermanos mayores.

-Muy bien, contestaron éstos. Y en seguida subieron al árbol, pero el árbol aumentó de tamaño
y su tronco se hinchó. Luego quisieron bajar Hunbatz y Hunchouén, pero ya no pudieron
descender de la cima del árbol.

Entonces exclamaron desde lo alto del árbol: ¿Qué nos ha sucedido, hermanos nuestros?
¡ Desgraciados de nosotros! Este árbol nos causa espanto de sólo verlo, ¡oh hermanos nuestros!,
dijeron desde la cima del árbol. Y Hunahpú e Ixbalanqué les contestaron: -Desatad vuestros
calzones, atadlos debajo del vientre, dejando largas las puntas y tirando de ellas por detrás de ese
modo podréis andar fácilmente. Así les dijeron sus hermanos menores.

-Está bien, contestaron, tirando la punta de sus ceñidores, pero al instante se convirtieron éstos
en celas y ellos tomaron la apariencia de monos. En seguida se fueron sobre las ramas de los
árboles, por entre los montes grandes y pequeños y se internaron en el bosque, haciendo muecas y
columpiándose en las ramas de los árboles.

Así fueron vencidos Hunbatz y Hunchouén por Hunahpú e Ixbalanqué ; y sólo por arte de
magia pudieron hacerlo.
Volviéronse éstos a su casa y al llegar hablaron con su abuela y con su madre, diciéndoles: -
¿Qué será, abuela nuestra, lo que les ha sucedido a nuestros hermanos mayores, que de repente se
volvieron sus caras como caras de animales? Así dijeron.

-Si vosotros les habéis hecho algún daño a vuestros hermanos, me habéis hecho desgraciada y
me habéis llenado de tristeza. No hagáis semejante cosa a vuestros hermanos, ¡oh hijos míos!,
dijo la vieja a Hunahpú e Ixbalanqué.
Y ellos le dijeron a su abuela

-No os aflijáis, abuela nuestra. Volveréis a ver la cara de nuestros hermanos; ellos volverán,
pero será una prueba difícil para vos, abuela. Y tened cuidado de no reíros. Y ahora, ¡a probar su
suerte!, dijeron.

En seguida se pusieron a tocar la flauta, tocando la canción de Hunahpú Qoy. Luego cantaron,
tocaron la flauta y el tambor, tomando sus flautas y su tambor. Después sentaron junto a ellos a su
abuela y siguieron tocando y llamando con la música y el canto, entonando la canción que se
llama Hunahpú-Qoy.

Por fin llegaron Hunbatz y Hunchouén y al llegar se pusieron a bailar; pero cuando la vieja vio
sus feos visajes se echó a reír al verlos la vieja, sin poder contener la risa, y ellos se fueron al
instante y no se les volvió a ver la cara.

-¡Ya lo veis, abuela! Se han ido para el bosque. ¿Qué habéis hecho, abuela nuestra? Sólo cuatro
veces podemos hacer esta prueba y no faltan más que tres. Vamos a llamarlos con la flauta y con
el canto, pero procurad contener la risa. ¡Que comience la prueba!, dijeron Hunahpú e
Ixbalanqué.

En seguida se pusieron de nuevo a tocar. Hunbatz y Huchouén volvieron bailando y llegaron


hasta el centro del patio de la casa, haciendo monerías y provocando a risa a su abuela hasta que
ésta soltó la carcajada. Realmente eran muy divertidos cuando llegaron con sus caras de mono,
sus anchas posaderas, sus colas delgadas y el agujero de su vientre todo lo cual obligaba a la vieja
a reírse.

Luego se fueron otra vez a los montes. Y Hunahpú e Ixbalanqué dijeron: -¿Y ahora qué
hacemos, abuela? Sólo esta tercera vez probaremos.

Tocaron de nuevo la flauta y volvieron los monos bailando. La abuela contuvo la risa. Luego
subieron sobre la cocina; sus ojos despedían una luz roja, alargaban y se restregaban los hocicos y
espantaban de las muecas que se hacían uno al otro.

En cuanto la abuela vio todo esto se echó a reír violentamente; pero ya no se les volvieron a ver
las caras, a causa de la risa de la vieja.

-Ya sólo esta vez los llamaremos, abuela, para que salgan acá por la cuarta vez, dijeron los
muchachos. Volvieron, pues, a tocar la flauta, pero ellos no regresaron la cuarta vez, sino que se
fueron a toda prisa para el bosque.

Los muchachos le dijeron a la abuela: -Hemos hecho todo lo posible, abuelita; primero
vinieron, luego probamos a llamarlos de nuevo. Pero no os aflijáis; aquí estamos nosotros,
vuestros nietos; a nosotros debéis vernos, ¡oh madre nuestra!, ¡oh nuestra abuela!, como el
recuerdo de nuestros hermanos mayores, de aquéllos que se llamaron y tenían por nombre
Hunbatz y Hunchouén, dijeron Hunahpú e Ixbalanqué.

Aquéllos eran invocados por los músicos y los cantores, por las gentes antiguas. Invocábanlos
también los pintores y talladores en tiempos pasados. Pero fueron convertidos en animales y se
volvieron monos porque se ensoberbecieron y maltrataron a sus hermanos.

De esta manera sufrieron sus corazones; así fue su pérdida y fueron destruidos Hunbatz y
Hunchouén y se volvieron animales. Habían vivido siempre en su casa; fueron músicos y cantores
e hicieron también grandes cosas cuando vivían con la abuela y con su madre.

CAPÍTULO VI
Comenzaron entonces sus trabajos, para darse a conocer ante su abuela y ante su madre. Lo
primero que harían era la milpa. Vamos a sembrar la milpa, abuela y madre nuestra, dijeron. No
os aflijáis; aquí estamos nosotros, vuestros nietos, nosotros los que estamos en lugar de nuestros
hermanos, dijeron Hunahpú e Ixbalanqué.

En seguida tomaron sus hachas, sus piochas y sus azadas de palo y se fueron, llevando cada uno
su cerbatana al hombro. Al salir de su casa, le encargaron a su abuela que les llevara su comida.

-A mediodía nos traeréis la comida, abuela, le dijeron.

-Está bien, nietos míos, contestó la vieja.

Poco después llegaron al lugar de la siembra. Y al hundir el azadón en la tierra, éste labraba la
tierra, el azadón hacía el trabajo por sí solo.

De la misma manera clavaban el hacha en el tronco de los árboles y en sus ramas y al punto
caían y quedaban tendidos en el suelo todos los árboles y bejucos. Rápidamente caían los árboles,
cortados de un solo hachazo.

Lo que había arrancado el azadón era mucho también. No se podían contar las zarzas ni las
espinas que habían cortado con un solo golpe del azadón. Tampoco era posible calcular lo que
habían arrancado y derribado en todos los montes grandes y pequeños.

Y habiendo aleccionado a un animal llamado Ixmucur, lo hicieron subir a la cima de un gran


tronco y Hunahpú e Ixbalanqué le dijeron: -Observa cuando venga nuestra abuela a traernos la
comida y al instante comienza a cantar y nosotros empuñaremos la azada y el hacha.

-Está bien, contestó Ixmucur.

En seguida se pusieron a tirar con la cerbatana; ciertamente no hacían ningún trabajo de


labranza.

Poco después cantó la paloma e inmediatamente corrió uno a coger la azada y el otro a coger el
hacha. Y envolviéndose la cabeza, el uno se cubrió de tierra las manos intencionalmente y se
ensució asimismo la cara como un verdadero labrador, y el otro adrede se echó astillas de madera
sobre la cabeza como si efectivamente hubiera estado cortando los árboles.

Así fueron vistos por su abuela. En seguida comieron, pero realmente no habían hecho trabajo
de labranza y sin merecerla les dieron su comida. Luego se fueron a su casa. -Estamos
verdaderamente cansados, abuela, dijeron al llegar, estirando sin motivo las piernas y los brazos
ante su abuela.

Regresaron al día siguiente, y al llegar al campo encontraron que se habían vuelto a levantar
todos los árboles y bejucos y que todas las zarzas y espinas se habían vuelto a unir y enlazar entre
sí.

-¿Quién nos ha hecho este engaño?, dijeron. Sin duda lo han hecho todos los animales
pequeños y grandes, el león, el tigre, el venado, el conejo, el gato de monte, el coyote, el jabalí, el
pisote, los pájaros chicos, los pájaros grandes; éstos fueron los que lo hicieron y en una sola
noche lo ejecutaron.

En seguida comenzaron de nuevo a preparar el campo y a arreglar la tierra y los árboles


cortados. Luego discurrieron acerca de lo que habían de hacer con los palos cortados y las hierbas
arrancadas.

-Ahora velaremos nuestra milpa; tal vez podamos sorprender al que viene a hacer todo este
daño, dijeron discurriendo entre sí. Y a continuación regresaron a la casa.
-¿Qué os parece, abuela, que se han burlado de nosotros? Nuestro campo que habíamos labrado
se ha vuelto un gran pajonal y bosque espeso. Así lo hallamos cuando llegamos hace un rato,
abuela, le dijeron a su abuela y a su madre. Pero volveremos allá y velaremos, porque no es justo
que nos hagan tales cosas, dijeron.

Luego se vistieron y en seguida se fueron de nuevo a su campo de árboles cortados y allí se


escondieron, recatándose en la sombra.

Reuniéronse entonces todos los animales, uno de cada especie se juntó con todos los demás
animales chicos y animales grandes. Y era media noche en punto cuando llegaron hablando todos
y diciendo así en sus lenguas: "¡Levantaos, árboles! ¡Levantaos, bejucos!"

Esto decían cuando llegaron y se agruparon bajo los árboles y bajo los bejucos y fueron
acercándose hasta manifestarse ante sus ojos [de Hunahpú e Ixbalanqué].

Eran los primeros el león y el tigre, y quisieron cogerlos, pero no se dejaron. Luego se
acercaron al venado y al conejo y sólo les pudieron coger las colas. solamente se las arrancaron.
La cola del venado les quedó entro las manos y por esta razón el venado y el conejo llevan cortas
las colas.

El gato de monte, el coyote, el jabalí y el pisote tampoco se entregaron. Todos los animales
pasaron frente a Hunahpú e Ixbalanqué, cuyos corazones ardían de cólera porque no los podían
coger.

Pero, por último, llegó otro dando saltos al llegar, y a éste, que era el ratón, al instante lo
atraparon y lo envolvieron en un paño. Y luego que lo cogieron, le apretaron la cabeza y lo
quisieron ahogar, y le quemaron la cola en el fuego, de donde viene que la cola del ratón no tiene
pelo; y así también le quisieron pegar en los ojos los dos muchachos Hunahpú e Ixbalanqué.

Y dijo el ratón: -Yo no debo morir a vuestras manos. Y vuestro oficio tampoco es el de sembrar
milpa.

-¿Qué nos cuentas tú ahora?, le dijeron los muchachos al ratón.

-Soltadme un poco, que en mi pecho tengo algo que deciros y os lo diré en seguida, pero antes
dadme algo de comer, dijo el ratón.

-Después te daremos tu comida, pero habla primero, le contestaron.

-Está bien. Sabréis, pues, que los bienes de vuestros padres Hun-Hunahpú y Vucub Hunahpú,
así llamados, aquéllos que murieron en Xibalbá, o sea los instrumentos con que jugaban, han
quedado y están allí colgados en el techo de la casa: el anillo, los guantes y la pelota. Sin
embargo, vuestra abuela no os los quiere enseñar porque a causa de ellos murieron vuestros
padres.

-¿Lo sabes con certeza?, le dijeron los muchachos al ratón. Y sus corazones se alegraron
grandemente cuando oyeron la noticia de la pelota de goma. Y como ya había hablado el ratón, le
señalaron su comida al ratón.

-Ésta será la comida: el maíz, las pepitas de chile, el frijol, el pataxte, el cacao: todo esto te
pertenece, y si hay algo que esté guardado u olvidado, tuyo será también, ¡cómelo!, le fue dicho
al ratón por Hunahpú e Ixbalanqué.

-Magnífico, muchachos, dijo aquél; pero ¿qué le diré a vuestra abuela si me ve?
-No tengas pena, porque nosotros estamos aquí y sabremos lo que hay que decirle a nuestra
abuela. ¡Vamos!, lleguemos pronto a esta esquina de la casa, llega pronto a donde están esas cosas
colgadas; nosotros estaremos mirando al desván de la casa y atendiendo únicamente a nuestra
comida, le dijeron al ratón.

Y habiéndolo dispuesto así durante la noche, después de consultarlo entre sí, Hunahpú e
Ixbalanqué llegaron a mediodía. Cuando llegaron llevaban consigo al ratón, pero no lo
enseñaban; uno de ellos entró directamente a la casa y el otro se acercó a la esquina y de allí hizo
subir al instante al ratón.

En seguida pidieron su comida a su abuela. -Preparad nuestra comida, queremos un chilmol,


abuela nuestra, dijeron. Y al punto les prepararon la comida y les pusieron delante un plato de
caldo.

Pero esto era sólo para engañar a su abuela y a su madre. Y habiendo hecho que se consumiera
el agua que había en la tinaja: -Verdaderamente nos estamos muriendo de sed; id a traernos de
beber, le dijeron a su abuela.

-Bueno, contestó ella y se fue. Pusiéronse entonces a comer, pero la verdad es que no tenían
hambre; sólo era un engaño lo que hacían. Vieron entonces en su plato de chile cómo el ratón se
dirigía rápidamente hacia la pelota que estaba colgada del techo de la casa. Al ver esto en su
chilmol, despacharon a cierto Xan, el animal llamado Xan, que es como un mosquito, el cual fue
al río y perforó la pared del cántaro de la abuela, y aunque ella trató de contener el agua que se
salía, no pudo cerrar la picadura hecha en el cántaro.

-¿Qué le pasa a nuestra abuela? Tenemos la boca seca por falta de agua, nos estamos muriendo
de sed, le dijeron a su madre y la mandaron fuera. En seguida fue el ratón a cortar [la cuerda que
sostenía] la pelota, la cual cayó del techo de la casa junto con el anillo, los guantes y los cueros.
Se apoderaron de ellos los muchachos y corrieron al instante a esconderlos en el camino que
conducía al juego de la pelota.

Después de esto se encaminaron al río, a reunirse con su abuela y su madre, que estaban
atareadas tratando de tapar el agujero del cántaro. Y llegando cada uno con su cerbatana, dijeron
cuando llegaron al río: -¿Qué estáis haciendo? Nos cansamos [de esperar] y nos vinimos, les
dijeron.

-Mirad el agujero de mi cántaro que no se puede tapar, dijo la abuela. Al instante lo taparon y
juntos regresaron, marchando ellos delante de su abuela.

Y así fue el hallazgo de la pelota.

CAPÍTULO VII

Muy contentos se fueron a jugar al patio del juego de pelota; estuvieron jugando solos largo
tiempo y limpiaron el patio donde jugaban sus padres.

Y oyéndolos, los Señores de Xibalbá dijeron: -¿Quiénes son esos que vuelven a jugar sobre
nuestras cabezas y que nos molestan con el tropel que hacen? ¿Acaso no murieron Hun Hunahpú
y Vucub-Hunahpú, aquellos que se quisieron engrandecer ante nosotros? ¡Id a llamarlos al
instante!

Así dijeron Hun Camé, Vucub Camé y todos los Señores. Y enviándolos a llamar dijeron a sus
mensajeros: -Id y decidles cuando lleguéis allá: "Que vengan, han dicho los Señores; aquí
deseamos jugar a la pelota con ellos, dentro de siete días queremos jugar; así dijeron los Señores,
decidles cuando lleguéis", fue la orden que dieron a los mensajeros. Y éstos vinieron entonces por
el camino ancho de los muchachos que conducía directamente a su casa; por él llegaron los
mensajeros directamente ante la abuela de aquéllos. Comiendo estaba cuando llegaron los
mensajeros de Xibalbá.

-Que vengan, con seguridad, dicen los Señores, dijeron los mensajeros de Xibalbá. Y señalaron
el día los mensajeros de Xibalbá: Dentro de siete días los esperan, le dijeron a Ixmucané.

-Está bien, mensajeros, ellos llegarán, respondió la vieja. Y los mensajeros se fueron de regreso.

Entonces se llenó de angustia el corazón de la vieja. ¿A quién mandaré que vaya a llamar a mis
nietos? ¿No fue de esta misma manera como vinieron los mensajeros de Xibalbá en ocasión
pasada, cuando vinieron a llevarse a sus padres?, dijo su abuela, entrando sola y afligida a su
casa.

Y en seguida le cayó un piojo en la falda. Lo cogió y se lo puso en la palma de la mano, y el


piojo se meneó y echó a andar.

-Hijo mío, ¿te gustaría que te mandara a que fueras a llamar a mis nietos al juego de pelota?, le
dijo al piojo. "Han llegado mensajeros ante vuestra abuela", dirás; "que vengan dentro de siete
días, que vengan, dicen los mensajeros de Xibalbá; así lo manda decir vuestra abuela", le dijo ésta
al piojo.

Al punto se fue el piojo contoneándose. Y estaba sentado en el camino un muchacho llamado


Tamazul, o sea el sapo.

-¿A dónde vas?, le dijo el sapo al piojo.

-Llevo un mandado en mi vientre, voy a buscar a los muchachos, le contestó el piojo al


Tamazul.

-Está bien, pero veo que no te das prisa, le dijo el sapo al piojo. ¿No quieres que te trague? Ya
verás cómo corro yo, y así llegaremos rápidamente.

-Muy bien, le contestó el piojo al sapo. En seguida se lo tragó el sapo. Y el sapo caminó mucho
tiempo, pero sin apresurarse. Luego encontró a su vez una gran culebra, que se llamaba Zaquicaz.

-¿A dónde vas, joven Tamazul?, díjole al sapo Zaquicaz.

-Voy de mensajero, llevo un mandado en mi vientre, le dijo el sapo a la culebra.

-Veo que no caminas aprisa. ¿No llegaré yo más pronto?, le dijo la culebra al sapo. -¡Ven acá!,
contestó. En seguida Zaquicaz se tragó al sapo. Y desde entonces fue ésta la comida de las
culebras, que todavía hoy se tragan a los sapos.

Iba caminando aprisa la culebra y habiéndola encontrado el Vac, que es un pájaro grande, al
instante se tragó el gavilán a la culebra. Poco después llegó al juego de pelota. Desde entonces
fue ésta la comida de los gavilanes, que devoran a las culebras en los campos.

Y al llegar el gavilán, se paró sobre la cornisa del juego de pelota, donde Hunahpú e Ixbalanqué
se divertían jugando a la pelota. Al llegar, el gavilán se puso a gritar: ¡Vac có! ¡Vac-có! [¡Aquí
está el gavilán!], decía en su graznido. ¡Aquí está el gavilán!

-¿Quién está gritando? ¡Vengan nuestras cerbatanas!, exclamaron. Y disparándole en seguida al


gavilán, le dirigieron el bodoque a la niña del ojo, y dando vueltas se vino al suelo. Corrieron a
recogerlo y le preguntaron: -¿Qué vienes a hacer aquí?, le dijeron al gavilán.

-Traigo un mensaje en mi vientre. Curadme primero el ojo y después os diré, contestó el


gavilán.
-Muy bien, dijeron ellos, y sacando un poco de la goma de la pelota con que jugaban, se la
pusieron en el ojo al gavilán. Lotzquic le llamaron ellos y al instante quedó curada perfectamente
por ellos la vista del gavilán.

-Habla, pues, dijeron al gavilán. Y en seguida vomitó una gran culebra.

-Habla tú, le dijeron a la culebra.

-Bueno, dijo ésta y vomitó al sapo.

-¿Dónde está tu mandado que anunciabas?, le dijeron al sapo.

-Aquí está el mandado en mi vientre, contestó el sapo. Y en seguida hizo esfuerzos, pero no
pudo vomitar; solamente se le llenaba la boca como de baba, y no le venía el vómito. Los
muchachos ya querían pegarle.

-Eres un mentiroso, le dijeron, dándole de puntapiés en el trasero, y el hueso del anca le bajó a
las piernas. Probó de nuevo, pero sólo la baba le llenaba la boca. Entonces le abrieron la boca al
sapo los muchachos y una vez abierta, buscaron dentro de la boca. El piojo estaba pegado a los
dientes del sapo; en la boca se había quedado, no lo había tragado, sólo había hecho como que se
lo tragaba. Así quedó burlado el sapo, y no se conoce la clase de comida que le dan; no puede
correr y se volvió comida de culebras.

-¡Habla!, le dijeron al piojo, y entonces dijo el mandado: -Ha dicho vuestra abuela, muchachos

"Anda a llamarlos; han venido mensajeros de Hun-Camé y Vucub Camé para que vayan a
Xibalbá, diciendo: 'Que vengan acá dentro de siete días para jugar a la pelota con nosotros, que
traigan también sus instrumentos de juego, la pelota, los anillos, los guantes, los cueros, para que
se diviertan aquí', dicen los Señores." "De veras han venido", dice vuestra abuela. Por eso he
venido yo. Porque de verdad dice esto vuestra abuela y llora y se lamenta vuestra abuela, por eso
he venido.

-¿Será cierto?, dijeron los muchachos para sus adentros, cuando oyeron esto. Y yéndose al
instante llegaron al lado de su abuela; sólo fueron a despedirse de su abuela.

-Nos vamos, abuela, solamente venimos a despedirnos. Pero ahí queda la señal que dejamos de
nuestra suerte: cada uno de nosotros sembraremos una caña, en medio de nuestra casa la
sembraremos: si se secan, esa será la señal de nuestra muerte. ¡Muertos son! , diréis, si llegan a
secarse. Pero si retoñan: ¡Están vivos!, diréis, ¡oh abuela nuestra! Y vos, madre, no lloréis, que
ahí os dejamos la señal de nuestra suerte, dijeron.

Y antes de irse, sembró una [caña] Hunahpú y otra Ixbalanqué; las sembraron en la casa y no en
el campo, ni tampoco en tierra húmeda, sino en tierra seca; en medio de su casa las dejaron
sembradas.

CAPÍTULO VIII

Marcharon entonces, llevando cada uno su cerbatana, y fueron bajando en dirección a Xibalbá.
Bajaron rápidamente los escalones y pasaron entre varios ríos y barrancas. Pasaron entre unos
pájaros y estos pájaros llamábanse Molay.

Pasaron también por un río de podre y por un río de sangre, donde debían ser destruidos según
pensaban los de Xibalbá; pero no los tocaron con sus pies, sino que los atravesaron sobre sus
cerbatanas.
Salieron de allí y llegaron a una encrucijada de cuatro caminos. Ellos sabían muy bien cuáles
eran los caminos de Xibalbá: el camino negro, el camino blanco, el camino rojo y el camino
verde. Así, pues, despacharon a un animal llamado Xan. Éste debía ir a recoger las noticias que lo
enviaban a buscar. -Pícalos uno por uno; primero pica al que está sentado en primer término y
acaba picándolos a todos, pues ésa es la parte que te corresponde, chupar la sangre de los
hombres en los caminos, le dijeron al mosquito.

-Muy bien, contestó el mosquito. Y en seguida se internó por el camino negro y se fue
directamente hacia los muñecos de palo que estaban sentados primero y cubiertos de adornos.
Picó al primero, pero éste no habló; luego picó al otro, picó al segundo que estaba sentado, pero
éste tampoco habló.

Picó después al tercero; el tercero de los que estaban sentados era Hun Camé. -¡Ay!, dijo
cuando lo picaron.

-¿Qué es eso, Hun Camé? ¿Qué es lo que os ha picado? ¿No sabéis quién os ha picado?, dijo el
cuarto de los Señores que estaban sentados.

-¿Qué hay, Vucub Camé? ¿Qué os ha picado, dijo el quinto sentado.

-¡Ay! ¡Ay!, dijo entonces Xiquiripat. Y Vucub-Camé le preguntó: -¿Qué os ha picado? Y dijo
cuando lo picaron, el sexto que estaba sentado: -¡Ay!

-¿Qué es eso, Cuchumaquic?, le dijo Xiquiripat. ¿Qué es lo que os ha picado? Y dijo el séptimo
sentado cuando lo picaron: -¡Ay!

-¿Qué hay, Ahalpuh?, le dijo Cuchumaquic. ¿Qué os ha picado? Y dijo, cuando lo picaron, el
octavo de los sentados: -¡ Ay !

-¿Qué es eso, Chamiabac?, le dijo Ahalcaná. ¿Qué ha picado? Y dijo, cuando lo picaron, el
noveno de los sentados: -¡Ay!

-¿Qué es eso, Chamiabac?, le dijo Ahalcaná. ¿Qué os ha picado? Y dijo, cuando lo picaron, el
décimo de los sentados: -¡Ay!

-¿Qué pasa, Chamiaholom?, dijo Chamiabac. ¿Qué os ha picado? Y dijo el undécimo sentado
cuando lo picaron: -¡Ay!

-¿Qué sucede?, le dijo Chamiaholom. ¿Qué os ha picado? Y dijo el duodécimo de los sentados
cuando lo picaron: -¡Ay!

-¿Qué es eso, Patán?, le dijeron. ¿Qué os ha picado? Y dijo el décimotercero de los sentados
cuando lo picaron: -¡Ay !

-¿Qué pasa, Quicxic?, le dijo Patán. ¿Qué os ha picado? Y dijo el décimocuarto de los sentados
cuando a su vez lo picaron: -¡Ay !

-¿Qué os ha picado, Quicrixcac?, le dijo Quicré.

Así fue la declaración de sus nombres, que fueron diciéndose todos los unos a los otros; así se
dieron a conocer al declarar sus nombres, llamándose uno a uno cada jefe. Y de esta manera dijo
su nombre cada uno de los que estaban sentados en su rincón.

Ni un solo de los nombres se perdió. Todos acabaron de decir su nombre cuando los picó un
pelo de la pierna de Hunahpú que éste se arrancó. En realidad, no era un mosquito el que los picó
y fue a oír los nombres de todos de parte de Hunahpú e Ixbalanqué.
Continuaron su camino [los muchachos] y llegaron a donde estaban los de Xibalbá.

-Saludad al Señor, al que está sentado, les dijo uno para engañarlos.

-Ése no es Señor, no es más que un muñeco de palo, dijeron, y siguieron adelante. En seguida
comenzaron a saludar

-¡Salud, Hun Camé! ¡Salud, Vucub Camé! ¡Salud, Xiquiripat! ¡Salud, Cuchumaquic! ¡Salud,
Ahalpuh! ¡Salud, Ahalcaná! ¡Salud, Chamiabac! ¡Salud, Chamiaholom! ¡Salud, Quicxic! ¡Salud,
Patán! ¡Salud, Quicré! ¡Salud, Quicrixcac!, dijeron llegando ante ellos. Y enseñando todos la cara
les dijeron sus nombres a todos, sin que se les escapara el nombre de uno solo.

Pero lo que éstos deseaban era que no descubrieran sus nombres.

-Sentaos aquí, les dijeron, esperando que se sen. taran en el asiento [que les indicaban].

-Éste no es asiento para nosotros, es sólo una piedra ardiente, dijeron Hunahpú e Ixbalanqué, y
no pudieron vencerlos.

-Está bien, id a aquella casa, les dijeron. Y a continuación entraron en la Casa Oscura. Y allí
tampoco fueron vencidos.

CAPÍTULO IX

Ésta era la primera prueba de Xibalbá. Al entrar allí [los muchachos], pensaban los de Xibalbá
que sería el principio de su derrota. Entraron desde luego en la Casa Oscura; en seguida fueron a
llevarles sus rajas de pino encendidas y los mensajeros de Hun Camé le llevaron también a cada
uno su cigarro.

-Éstas son sus rajas de pino, dijo el Señor; que devuelvan este ocote mañana al amanecer junto
con los cigarros, y que los traigan enteros, dice el Señor. Así hablaron los mensajeros cuando
llegaron.

-Muy bien contestaron ellos. Pero, en realidad, no [encendieron] la raja de ocote, sino que
pusieron una cosa roja en su lugar, o sea unas plumas de la cola de la guacamaya, que a los
veladores les pareció que era ocote encendido. Y en cuanto a los cigarros, les pusieron
luciérnagas en la punta a los cigarros.

Toda la noche los dieron por vencidos.

-Perdidos son, decían los guardianes. Pero el ocote no se había acabado y tenía la misma
apariencia, y los cigarros no los habían encendido y tenían el mismo aspecto.

Fueron a dar parte a los Señores.

-¿Cómo ha sido esto? ¿De dónde han venido? ¿Quién los engendró? ¿Quién los dio a luz? En
verdad hacen arder de ira nuestros corazones, porque no está bien lo que nos hacen. Sus caras son
extrañas y extraña su manera de conducirse, decían ellos entre sí.

Luego los mandaron a llamar todos los Señores.


-¡Ea! ¡Vamos a jugar a la pelota, muchachos!, les dijeron. Al mismo tiempo fueron interrogados
por Hun Camé y Vucub-Camé.

-¿De dónde venís? ¡Contadnos, muchachos!, les dijeron los de Xibalbá.

-¡Quién sabe de dónde venimos! Nosotros lo ignoramos, dijeron únicamente, y no hablaron


más.

-Está bien. Vamos a jugar a la pelota, muchachos, les dijeron los de Xibalbá.

-Bueno, contestaron.

-Usaremos esta nuestra pelota, dijeron los de Xibalbá.

-De ninguna manera usaréis ésa, sino la nuestra, contestaron los muchachos.

-Ésa no, sino la nuestra será la que usaremos, dijeron los de Xibalbá.

-Está bien, dijeron los muchachos.

-Vaya por un gusano dril, dijeron los de Xibalbá.

-Eso no, sino que hablará la cabeza del león, dijeron los muchachos.

-Eso no, dijeron los de Xibalbá.

-Está bien, dijo Hunahpú.

Entonces los de Xibalbá arrojaron la pelota, la lanzaron directamente al anillo de Hunahpú. En


seguida, mientras los de Xibalbá echaban mano del cuchillo de pedernal, la pelota rebotó y se fue
saltando por todo el suelo del juego de pelota.

-¿Qué es esto?, exclamaron Hunahpú e Ixbalanqué. ¿Nos queréis dar la muerte? ¿Acaso no nos
mandasteis llamar? ¿Y no vinieron vuestros propios mensajeros? En verdad, ¡desgraciados de
nosotros! Nos marcharemos al punto, les dijeron los muchachos.

Eso era precisamente lo que querían que les pasara a los muchachos, que murieran
inmediatamente y allí mismo en el juego de pelota y que así fueran vencidos. Pero no fue así, y
fueron los de Xibalbá los que salieron vencidos por los muchachos.

-No os marchéis, muchachos, sigamos jugando a la pelota, pero usaremos la vuestra, les dijeron
a los muchachos.

-Está bien, contestaron, y entonces metieron la pelota [en el anillo de Xibalbá], con lo cual
terminó la partida.

Y lastimados por sus derrotas dijeron en seguida los de Xibalbá:

-¿Cómo haremos para vencerlos? Y dirigiéndose a los muchachos les dijeron: -Id a juntar y a
traer. nos temprano cuatro jícaras de flores. Así dijeron los de Xibalbá a los muchachos.

-Muy bien. ¿Y qué clase de flores?, les preguntaron los muchachos a los de Xibalbá.

-Un ramo de chipilín colorado, un ramo de chipilín blanco, un ramo de chipilín amarillo y un
ramo de Carinimac, dijeron los de Xibalbá.

-Está bien, dijeron los muchachos.


Así terminó la plática; igualmente fuertes y enérgicas eran las palabras de los muchachos. Y sus
corazones estaban tranquilos cuando se entregaron los muchachos para que los vencieran.
Los de Xibalbá estaban felices pensando que ya los habían vencido.

-Esto nos ha salido bien. Primero tienen que cortarlas, dijeron los de Xibalbá. -¿A dónde irán a
traer las flores?, decían en sus adentros.

-Con seguridad nos daréis mañana temprano nuestras flores; id, pues, a cortarlas, les dijeron a
Hunahpú e Ixbalanqué los de Xibalbá.

-Está bien, contestaron. De madrugada jugaremos de nuevo a la pelota, dijeron y se


despidieron.

Y en seguida entraron los muchachos en la Casa de las Navajas, el segundo lugar de tormento
de Xibalbá. Y lo que deseaban los Señores era que fuesen despedazados por las navajas, y fueran
muertos rápidamente; así lo deseaban sus corazones.

Pero no murieron. Les hablaron en seguida a las navajas y les advirtieron:

-Vuestras serán las carnes de todos los animales, les dijeron a los cuchillos. Y no se movieron
más, sino que estuvieron quietas todas las navajas.

Así pasaron la noche en la Casa de las Navajas, y llamando a todas las hormigas, les dijeron:
-Hormigas cortadoras, zompopos, ¡venid e inmediatamente id todas a traernos todas las clases de
flores que hay que cortar para los Señores!

-Muy bien, dijeron ellas, y se fueron todas las hormigas a traer las flores de los jardines de Hun-
Camé y Vucub Camé.

Previamente les habían advertido [los Señores] a los guardianes de las flores de Xibalbá:
-Tened cuidado con nuestras flores, no os las dejéis robar por los muchachos que las irán a cortar.
Aunque cómo podrían ser vistas y cortadas por ellos? De ninguna manera. ¡Velad, pues, toda la
noche!

-Está bien, contestaron. Pero nada sintieron los guardianes del jardín. Inútilmente lanzaban sus
gritos subidos en las ramas de los árboles del jardín. Allí estuvieron toda la noche, repitiendo sus
mismos gritos y cantos.

-¡Ixpurpuvec! ¡Ixpurpuvec!, decía el uno en su grito.

-¡Puhuyú! ¡Puhuyú!, decía en su grito el llamado Puhuyú.

Dos eran los guardianes del jardín de Hun Camé y Vucub-Camé. Pero no sentían a las hormigas
que les robaban lo que estaban cuidando, dando vueltas y moviéndose cortando las flores,
subiendo sobre los árboles a cortar las flores y recogiéndolas del suelo al pie de los árboles.
Entre tanto los guardias seguían dando gritos, y no sentían los dientes que les cortaban las colas
y las alas.

Y así acarreaban entre los dientes las flores que bajaban, y recogiéndolas se marchaban
llevándolas con los dientes.
Pronto llenaron las cuatro jícaras de flores, y estaban húmedas [de rocío] cuando amaneció. En
seguida llegaron los mensajeros para recogerlas. -Que vengan, ha dicho el Señor, y que traigan
acá al instante lo que han cortado, les dijeron a los muchachos.
-Muy bien, contestaron. Y llevando las flores en las cuatro jícaras, se fueron, y cuando llegaron
a presencia del Señor y los demás Señores, daba gusto ver las flores que traían. Y de esta manera
fueron vencidos los de Xibalbá.

Sólo a las hormigas habían enviado los muchachos [a cortar las flores], y en una noche las
hormigas las cogieron y las pusieron en las jícaras.

Al punto palidecieron todos los de Xibalbá y se les pusieron lívidas las caras a causa de las
flores. Luego mandaron llamar a los guardianes de las flores. -¿Por qué os habéis dejado robar
nuestras flores? Éstas que aquí vemos son nuestras flores, les dijeron a los guardianes.

-No sentimos nada, Señor. Nuestras colas también han sufrido, contestaron. Y luego les
rasgaron la boca en castigo de haberse dejado robar lo que estaba bajo su custodia.

Así fueron vencidos Hun Camé y Vucub Camé por Hunahpú e Ixbalanqué. Y éste fue el
principio de sus obras.

Desde entonces trae partida la boca el mochuelo, y así hendida la tiene hoy.

En seguida bajaron a jugar a la pelota y jugaron también tantos iguales. Luego acabaron de
jugar y quedaron convenidos para la madrugada siguiente. Así dijeron los de Xibalbá.

-Está bien, dijeron los muchachos al terminar.

CAPÍTULO X

Entraron después en la Casa del Frío. No es posible describir el frío que hacía. La casa estaba
llena de granizo, era la mansión del frío. Pronto, sin embargo, se quitó el frío porque con troncos
viejos lo hicieron desaparecer los muchachos.

Así es que no murieron; estaban vivos cuando amaneció. Ciertamente lo que querían los de
Xibalbá era que murieran; pero no fue así, sino que cuando amaneció estaban llenos de salud, y
salieron de nuevo cuando los fueron a buscar los mensajeros.

-¿Cómo es eso? ¿No han muerto todavía?, dijo el Señor de Xibalbá. Admirábanse de ver las
obras de Hunalipú e Ixbalanqué.

En seguida entraron en la Casa de los Tigres. La casa estaba llena de tigres. -¡No nos mordáis!
Aquí está lo que os pertenece, les dijeron a los tigres. Y en seguida les arrojaron unos huesos a los
animales. Y éstos se precipitaron sobre los huesos.

-¡Ahora sí se acabaron! Ya les comieron las entrañas. Al fin se han entregado. Ahora les están
triturando los huesos. Así decían los guardas, alegres todos por este motivo.

Pero no murieron. Igualmente buenos y sanos salieron de la Casa de los Tigres.

-¿De qué raza son éstos? ¿De dónde han venido?, decían todos los de Xibalbá.

Luego entraron en medio del fuego a una Casa de Fuego, donde sólo fuego había, pero no se
quemaron. Sólo ardían las brasas y la leña. Y asimismo estaban sanos cuando amaneció. Pero lo
que querían [los de Xibalbá] era que murieran allí dentro, donde habían pasado. Sin embargo, no
sucedió así, con lo cual se descorazonaron los de Xibalbá.

Pusiéronlos entonces en la Casa de los Murciélagos. No había más que murciélagos dentro de
esta casa, la casa de Camazotz, un gran animal, cuyos instrumentos de matar eran como una punta
seca, y al instante perecían los que llegaban a su presencia.
Estaban, pues, allí dentro, pero durmieron dentro de sus cerbatanas. Y no fueron mordidos por
los que estaban en la casa. Sin embargo, uno de ellos tuvo que rendirse a causa de otro Camazotz
que vino del cielo y por el cual tuvo que hacer su aparición.

Estuvieron apiñados y en consejo toda la noche los murciélagos y revoloteando: Quilitz, quilitz,
decían; así estuvieron diciendo toda la noche. Pararon un poco, sin embargo, y ya no se movieron
los murciélagos y se estuvieron pegados a la punta de una de las cerbatanas.

Dijo entonces Ixbalanqué a Hunahpú: -¿Comenzará ya a amanecer?, mira tú.

-Tal vez sí, voy a ver, contestó éste.

Y como tenía muchas ganas de ver afuera de la boca de la cerbatana, y quería ver si había
amanecido, al instante le cortó la cabeza Camazotz y el cuerpo de Hunahpú quedó decapitado.

Nuevamente preguntó Ixbalanqué: -¿No ha amanecido todavía? Pero Hunahpú no se movía. -


¿A dónde se ha ido Hunahpú? ¿Qué es lo que has hecho? Pero no se movía, y permanecía callado.

Entonces se sintió avergonzado Ixbalanqué y exclamó: -¡Desgraciados de nosotros! Estamos


completamente vencidos.

Fueron en seguida a colgar la cabeza sobre el juego de pelota por orden expresa de Hun Camé y
Vucub Camé, y todos los de Xibalbá se regocijaron por lo que había sucedido a la cabeza de
Hunahpú.

CAPÍTULO XI

En seguida llamó [Ixbalanqué] a todos los animales, al pisote, al jabalí, a todos los animales
pequeños y grandes, durante la noche, y a la madrugada les preguntó cuál era su comida.

-¿Cuál es la comida de cada uno de vosotros?, pues yo os he llamado para que escojáis vuestra
comida, les dijo Ixbalanqué.

-Muy bien, contestaron. Y en seguida se fueron a tomar cada uno lo suyo, y se marcharon todos
juntos. Unos fueron a tomar las cosas podridas; otros fueron a coger hierbas; otros fueron a
recoger piedras. Otros fueron a recoger tierra. Variadas eran las comidas de los animales
[pequeños] y de los animales grandes.

Detrás de ellos se había quedado la tortuga, la cual llegó contoneándose a tomar su comida. Y
llegando al extremo [del cuerpo] tomó la forma de la cabeza de Hunahpú, y al instante le fueron
labrados los ojos.

Muchos sabios vinieron entonces del cielo. El Corazón del Cielo, Huracán, vinieron a cernerse
sobre la Casa de los Murciélagos.

Y no fue fácil acabar de hacerle la cara, pero salió muy buena; la cabellera también tenía una
hermosa apariencia, y asimismo pudo hablar.

Pero como ya quería amanecer y el horizonte se teñía de rojo, -¡Oscurece de nuevo, viejo!, le
fue dicho al zopilote.

-Está bien, contestó el viejo, y al instante oscureció el viejo. "Ya oscureció el zopilote", dice
ahora la gente.

Y así, durante la frescura del amanecer, comenzó su existencia.

-¿Estará bien?, dijeron. ¿Saldrá parecido a Hunahpú?


-Está muy bien, contestaron. Y efectivamente, parecía de hueso la cabeza, se había
transformado en una cabeza verdadera.

Luego hablaron entre sí y se pusieron de acuerdo: No juegues tú a la pelota; haz únicamente


como que juegas; yo solo lo haré todo, le dijo Ixbalanqué.

En seguida le dio sus órdenes a un conejo: -Anda a colocarte sobre el juego de pelota; quédate
allí entre el encinal, le fue dicho al conejo por Ixbalanqué ; cuando te llegue la pelota sal
corriendo inmediatamente, y yo haré lo demás, le fue dicho al conejo cuando se le dieron estas
instrucciones durante la noche.

En seguida amaneció y los dos muchachos estaban buenos y sanos. Luego bajaron a jugar a la
pelota. La cabeza de Hunahpú estaba colgada sobre el juego de pelota.

-¡Hemos triunfado! ¡ Habéis labrado vuestra propia ruina; os habéis entregado!, les decían. De
esta manera provocaban a Hunahpú.

-Pégale a la cabeza con la pelota, le decían. Pero no lo molestaban con esto, él no se daba por
entendido.

Luego arrojaron la pelota los Señores de Xibalbá. Ixbalanqué le salió al encuentro; la pelota iba
derecho al anillo, pero se detuvo, rebotando, pasó rápidamente por encima del juego de pelota y
de un salto se dirigió hasta el encinal.

El conejo salió al instante y se fue saltando; y los de Xibalbá corrían persiguiéndolo. Iban
haciendo ruido y gritando tras el conejo. Acabaron por irse todos los de Xibalbá.

En seguida se apoderó Ixbalanqué de la cabeza de Hunahpú; se llevó de nuevo la tortuga y fue a


colocarla sobre el juego de pelota. Y aquella cabeza era verdaderamente la cabeza de Hunahpú y
los dos muchachos se pusieron muy contentos.
Corrieron, pues, los de Xibalbá a buscar la pelota y habiéndola encontrado entre las encinas, los
llamaron, diciendo

-Venid acá. Aquí está la pelota, nosotros la encontramos, dijeron, y la tenían colgando.

Cuando regresaron los de Xibalbá exclamaron -¿Qué es lo que vemos?

Luego comenzaron nuevamente a jugar. Tantos iguales hicieron por ambas partes.

En seguida Ixbalanqué le lanzó una piedra a la tortuga; ésta se vino al suelo y cayó en el patio
del juego de pelota hecha mil pedazos como pepitas, delante de los Señores.

-¿Quién de vosotros irá a buscarla? ¿Dónde está el que irá a traerla?, dijeron los de Xibalbá.

Y así fueron vencidos los Señores de Xibalbá por Hunahpú e Ixbalanqué. Grandes trabajos
pasaron éstos, pero no murieron, a pesar de todo lo que les hicieron.

CAPÍTULO XII

He aquí la memoria de la muerte de Hunahpú e Ixbalanqué. Ahora contaremos la manera como


murieron.

Habiendo sido prevenidos de todos los sufrimientos que les querían imponer, no murieron de
los tormentos de Xibalbá, ni fueron vencidos por todos los animales feroces que había en
Xibalbá.
Mandaron llamar después a dos adivinos que eran como profetas; llamábanse Xulú y Pacam y
eran sabios, y les dijeron

-Se os preguntará por los Señores de Xibalbá acerca de nuestra muerte, que están concertando y
preparando por el hecho de que no hemos muerto, ni nos han podido vencer, ni hemos perecido
en sus tormentos, ni nos han atacado los animales. Tenemos el presentimiento en nuestro corazón
de que usarán la hoguera para darnos muerte. Todos los de Xibalbá se han reunido, pero la verdad
es que no moriremos. He aquí, pues, nuestras instrucciones sobre lo que debéis decir:

-Si os vinieren a consultar acerca de nuestra muerte y que seamos sacrificados, ¿qué diréis
entonces vosotros, Xulú y Pacam? Si os dijeren: "¿No será bueno arrojar sus huesos en el
barranco?" "¡No conviene -diréis- porque resucitarán después!" Si os dijeren: "¿No será bueno
que los colguemos de los árboles?", contestaréis: "De ninguna manera conviene, porque entonces
también les volveréis a ver las caras". Y cuando por tercera vez os digan: "¿Será bueno que
arrojemos sus huesos al río?"; si así os fuere dicho por ellos: "Así conviene que mueran -diréis-;
luego conviene moler sus huesos en la piedra, como se muele la harina de maíz; que cada uno sea
molido [por separado]; en seguida arrojadlos al río, allí donde brota la fuente, para que se vayan
por todos los cerros pequeños y grandes." Así les responderéis cuando pongáis en práctica el plan
que os hemos aconsejado, dijeron Hunahpú e Ixbalanqué. Y cuando se despidieron de ellos, ya
tenían conocimiento de su muerte. Hicieron entonces una gran hoguera, una especie de horno
hicieron los de Xibalbá y lo llenaron de ramas gruesas.

Luego llegaron los mensajeros que habían de acompañarlos, los mensajeros de Hun Camé y de
Vucub-Camé.

-"¡Que vengan! Id a buscar a los muchachos, id allá para que sepan que los vamos a quemar."
Esto dijeron los Señores, ¡oh muchachos!, exclamaron los mensajeros.

-Está bien, contestaron. Y poniéndose rápidamente en camino, llegaron junto a la hoguera. Allí
quisieron obligarlos a divertirse con ellos.

-¡Tomemos nuestra chicha y volemos cuatro veces cada uno [encima de la hoguera],
muchachos!, les fue dicho por HunCamé.

-No tratéis de engañarnos, contestaron. ¿Acaso no tenemos conocimiento de nuestra muerte,


¡oh Señores!, y de que eso es lo que aquí nos espera? Y juntándose frente a frente, extendieron
ambos los brazos, se inclinaron hacia el suelo y se precipitaron en la hoguera, y así murieron los
dos juntos.

Todos los de Xibalbá se llenaron de alegría y dando muchas voces y silbidos, exclamaban: -
¡Ahora sí los hemos vencidos! ¡Por fin se han entregado!

En seguida llamaron a Xulú y Pacam, a quienes [los muchachos] habían dejado advertidos, y
les preguntaron qué debían hacer con sus huesos, tal como ellos les habían pronosticado. Los de
Xibalbá molieron entonces sus huesos y fueron a arrojarlos al río. Pero éstos no fueron muy lejos,
pues asentándose al punto en el fondo del agua, se convirtieron en hermosos muchachos. Y
cuando de nuevo se manifestaron, tenían en verdad sus mismas caras.

CAPÍTULO XIII

Al quinto día volvieron a aparecer y fueron vistos en el agua por la gente. Tenían ambos la
apariencia de hombres peces cuando los vieron los de Xibalbá, después de buscarlos por todo el
río.

Y al día siguiente se presentaron dos pobres, de rostro avejentado y aspecto miserable, vestidos
de harapos, y cuya apariencia no los recomendaba. Así fueron vistos por los de Xibalbá.
Y era poca cosa lo que hacían. Solamente se ocupaban en bailar el baile del Puhuy [lechuza o
chotacabra], el baile del Cux [comadreja] y el del Iboy [armadillo], y bailaban también el Ixtzul
[ciempiés] y el Chitic [el que anda sobre zancos].

Además, obraban muchos prodigios. Quemaban las casas como si de veras ardieran y al punto
las volvían a su estado anterior. Muchos de los de Xibalbá los contemplaban con admiración.

Luego se despedazaban a sí mismos; se mataban el uno al otro; tendíase como muerto el


primero a quien habían matado, y al instante lo resucitaba el otro. Los de Xibalbá miraban con
asombro todo lo que hacían, y ellos lo ejecutaban como el principio de su triunfo sobre los de
Xibalbá.

Llegó en seguida la noticia de sus bailes a oídos de los Señores Hun Camé y Vucub Camé. Al
oírla exclamaron: -¿Quiénes son esos dos huérfanos? ¿Realmente os causan tanto placer?

-Ciertamente son muy hermosos sus bailes y todo lo que hacen, contestó el que había llevado la
noticia a los Señores.

Contentos de oír esto, enviaron entonces a sus mensajeros a que los llamaran con halagos.
-"Que vengan acá, que vengan para que veamos lo que hacen, que los admiremos y nos
maravillen. Esto dicen los Señores." Así les diréis a ellos, les fue dicho a los mensajeros.

Llegaron éstos en seguida ante los bailarines y les comunicaron la orden de los Señores.

-No queremos, contestaron, porque francamente nos da vergüenza. ¿Cómo no nos ha de dar
vergüenza presentarnos en la casa de los Señores con nuestra mala catadura, nuestros ojos tan
grandes y nuestra pobre apariencia? ¿No estáis viendo que no somos más que unos [pobres]
bailarines? ¿Qué les diremos a nuestros compañeros de pobreza que han venido con nosotros y
desean ver nuestros bailes y divertirse con ellos? ¿Por ventura podríamos hacer lo mismo con los
Señores? Así, pues, no queremos ir, mensajeros, dijeron Hunahpú e Ixbalanqué.

Con el rostro abrumado de contrariedad y de pena se fueron al fin; pero por algún tiempo no
querían caminar y los mensajeros tuvieron que pegarles varias veces en la cara cuando se dirigían
a la residencia de los Señores.

Llegaron, pues, ante los Señores, con aire encogido e inclinando la frente; llegaron
prosternándose, haciendo reverencias y humillándose. Se veían extenuados, andrajosos, y su
aspecto era realmente de vagabundos cuando llegaron.

Preguntáronles en seguida por su patria y por su pueblo; preguntáronles también por su madre y
su padre.
-¿De dónde venís?, les dijeron.

-No lo sabemos, señor No conocemos la cara de nuestra madre ni la de nuestro padre: éramos
pequeños cuando murieron, contestaron, y no dijeron una palabra más.

-Está bien. Ahora haced [vuestros juegos] para que os admiremos. ¿Qué deseáis? Os daremos
vuestra recompensa, les dijeron.

-No queremos nada; pero verdaderamente tenemos mucho miedo, le dijeron al Señor.

-No os aflijáis, no tengáis miedo. ¡Bailad! Y haced primero la parte en que os matáis; quemad
mi casa, haced todo lo que sabéis. Nosotros os admiraremos, pues eso lo que desean nuestros
corazones. Y para que os vayáis después, pobres gentes, os daremos vuestra recompensa, les
dijeron.
Entonces dieron principio a sus cantos y a sus bailes. Todos los de Xibalbá llegaron y se
juntaron para verlos. Luego representaron el baile del Cux, bailaron el Puhuy y bailaron el Iboy.

Y les dijo el Señor: -Despedazad a mi perro y que sea resucitado por vosotros, les dijo.

-Está bien, contestaron, y despedazaron al perro. En seguida lo resucitaron. Verdaderamente


lleno de alegría estaba el perro cuando fue resucitado, y movía la cola cuando lo revivieron.

El Señor les dijo entonces: -¡Quemad ahora mi casa! Así les dijo. Al momento quemaron la
casa del Señor, y aunque estaban juntos todos los Señores dentro de la casa, no se quemaron.
Pronto volvió a quedar buena y ni un instante estuvo perdida la casa de Hun Camé.

Maravilláronse todos los Señores Y asimismo sus bailes les causaban mucho placer.

Luego les fue dicho por el Señor: -Matad ahora a un hombre, sacrificadlo, pero que no muera,
dijeron.

-Muy bien, contestaron. Y cogiendo a un hombre, lo sacrificaron en seguida, y levantando en


alto el corazón de este hombre, lo suspendieron a la vista de los Señores.

Maravilláronse de nuevo Hun Camé y Vucub Camé. Un instante después fue resucitado el
hombre por ellos [por los muchachos] y su corazón se alegró grandemente cuando fue resucitado.

Los Señores estaban asombrados. -¡Sacrificaos ahora a vosotros mismos, que lo veamos
nosotros! ¡Nuestros corazones desean verdaderamente vuestros bailes!, dijeron los Señores.

-Muy bien, Señor, contestaron. Y a continuación se sacrificaron. Hunahpú fue sacrificado por
Ixbalanqué; uno por uno fueron cercenados sus brazos y sus piernas, fue separada su cabeza y
llevada a distancia, su corazón arrancado del pecho y arrojado sobre la hierba. Todos los Señores
de Xibalbá estaban fascinados. Miraban con admiración, y sólo uno estaba bailando, que era
Ixbalanqué.

-¡Levántate!, dijo éste, y al punto volvió a la vida. Alegráronse mucho [los jóvenes] y los
Señores se alegraron también. En verdad, lo que hacían alegraba el corazón de Hun-Camé y
Vucub Camé y éstos sentían como si ellos mismos estuvieran bailando.

Sus corazones se llenaron en seguida de deseo y ansiedad por los bailes de Hunahpú e
Ixbalanqué. Dieron entonces sus órdenes Hun Camé y Vucub-Camé.

-¡Haced lo mismo con nosotros! ¡Sacrificadnos!, dijeron. ¡Despedazadnos uno por uno!, les
dijeron Hun Camé y Vucub Camé a Hunahpú e Ixbalanqué.

-Está bien; después resucitaréis. ¿Acaso no nos habéis traído para que os divirtamos a vosotros,
los Señores, y a vuestros hijos y vasallos?, les dijeron a los Señores.

Y he aquí que primero sacrificaron al que era su jefe y Señor, el llamado Hun Camé, rey de
Xibalbá.

Y muerto Hun Camé, se apoderaron de Vucub-Camé. Y no los resucitaron.

Los de Xibalbá se pusieron en fuga luego que vieron a los Señores muertos y sacrificados. En
un instante fueron sacrificados los dos. Y esto se hizo para castigarlos. Rápidamente fue muerto el
Señor Principal. Y no lo resucitaron.

Y un Señor se humilló entonces, presentándose ante los bailarines. No lo habían descubierto, ni


lo habían encontrado. -¡Tened piedad de mí!, dijo cuando se dio a conocer.
Huyeron todos los hijos y vasallos de Xibalbá a un gran barranco, y se metieron todos en un
hondo precipicio. Allí estaban amontonados cuando llegaron innumerables hormigas que los
descubrieron y los desalojaron del barranco. De esta manera los sacaron al camino y cuando
llegaron se prosternaron y se entregaron todos, se humillaron y llegaron afligidos.

Así fueron vencidos los Señores de Xibalbá. Sólo por un prodigio y por su transformación
pudieron hacerlo.

CAPÍTULO XIV

En seguida dijeron sus nombres y se ensalzaron a sí mismos ante todos los de Xibalbá.

-Oíd nuestros nombres. Os diremos también los nombres de nuestros padres. Nosotros somos
Ixhunahpú e Ixbalanqué, éstos son nuestros nombres. Y nuestros padres son aquéllos que
matasteis y que se llamaban Hun Hunahpú y Vucub Hunahpú. Nosotros, los que aquí veis, somos,
pues, los vengadores de los dolores y sufrimientos de nuestros padres. Por eso nosotros sufrimos
todos los males que les hicisteis. En consecuencia, os acabaremos a todos vosotros, os daremos
muerte y ninguno escapará, les dijeron.

Al instante cayeron de rodillas, todos los de XibaIbá.

-¡Tened misericordia de nosotros, Hunahpú e Ixbalanqué ! Es cierto que pecamos contra


vuestros padres que decís y que están enterrados en Pucbal-Chah, dijeron.

-Está bien. Ésta es nuestra sentencia, la que os vamos a comunicar. Oídla todos vosotros los de
Xibalbá:

-Puesto que ya no existe vuestro gran poder ni vuestra estirpe, y tampoco merecéis
misericordia, será rebajada la condición de vuestra sangre. No será para vosotros el juego de
pelota. Solamente os ocuparéis de hacer cacharros, apastes y piedras de moler maíz. Sólo los
hijos de las malezas y del desierto hablarán con vosotros. Los hijos esclarecidos, los vasallos
civilizados no os pertenecerán y se alejarán de vuestra presencia. Los pecadores, los malos, los
tristes, los desventurados, los que se entregan al vicio, ésos son los que os acogerán. Ya no os
apoderaréis repentinamente de los hombres, y tened presente la humildad de vuestra sangre. Así
les dijeron a todos los de Xibalbá.

De esta manera comenzó su destrucción y comenzaron sus lamentos. No era mucho su poder
antiguamente. Sólo les gustaba hacer el mal a los hombres en aquel tiempo. En verdad no tenían
antaño la condición de dioses. Además, sus caras horribles causaban espanto. Eran los Enemigos,
los Buhos. Incitaban al mal, al pecado y a la discordia.

Eran también falsos de corazón, negros y blancos a la vez, envidiosos y tiranos, según
contaban. Además, se pintaban y untaban la cara.

Así, fue, pues, la pérdida de su grandeza y la decadencia de su imperio.

Y esto fue lo que hicieron Hunahpú e Ixbalanqué.

Mientras tanto la abuela lloraba y se lamentaba frente a las cañas que ellos habían dejado
sembradas. Las cañas retoñaron, luego se secaron cuando los quemaron en la hoguera; después
retoñaron otra vez. Entonces la abuela encendió el fuego y quemó copal ante las cañas en
memoria de sus nietos. Y el corazón de su abuela se llenó de alegría cuando por segunda vez,
retoñaron las cañas. Entonces fueron adoradas por la abuela y ésta las llamó el Centro de la Casa,
Nicah [el centro] se llamaron.

Cañas vivas en la tierra llana [Cazam Ah Chatam Uleu] fue su nombre. Y fueron llamadas el
centro de la Casa y el Centro, porque en medio de su casa sembraron ellos las cañas. Y se llamó
Tierra Allanada, Cañas Vivas en la Tierra Llana, a las cañas que sembraron. Y también las llamó
Cañas Vivas porque retoñaron. Este nombre les fue dado por Ixmucané a las que dejaron
sembradas Hunahpú e Ixbalanqué para que fueran recordados por su abuela.

Ahora bien, sus padres, los que murieron antiguamente, fueron Hun Hunahpú y Vucub
Hunahpú. Ellos vieron también las caras de sus padres allá en Xibalbá y sus padres hablaron con
sus descendientes, los que vencieron a los de Xibalbá.

Y he aquí cómo fueron honrados sus padres por ellos. Honraron a Vucub Hunahpú; fueron a
honrarlo al Sacrificadero del juego de pelota. Y asimismo quisieron hacerle la cara. Buscaron allí
todo su ser, la boca, la nariz, los ojos. Encontraron su cuerpo, pero muy poco pudieron hacer. No
pronunció su nombre el Hunahpú. Ni pudo decirlo su boca.

Y he aquí cómo ensalzaron la memoria de sus padres, a quienes habían dejado y dejaron allá en
el Sacrificadero del juego de pelota: "Vosotros seréis invocados", les dijeron sus hijos, cuando se
fortaleció su corazón. "Seréis los primeros en levantaron y seréis adorados los primeros por los
hijos esclarecidos, por los vasallos civilizados. Vuestros nombres no se perderán. ¡Así será!",
dijeron a sus padres y se consoló su corazón. "Nosotros somos los vengadores de vuestra muerte,
de las penas y dolores que os causaron."

Así fue su despedida, cuando ya habían vencido a todos los de Xibalbá.

Luego subieron en medio de la luz y al instante se elevaron al cielo. Al uno le tocó el sol y al
otro la luna. Entonces se iluminó la bóveda del cielo y la faz de la tierra. Y ellos moran en el
cielo.

Entonces subieron también los cuatrocientos muchachos a quienes mató Zipacná, y así se
volvieron compañeros de aquéllos y se convirtieron en estrellas del cielo.

TERCERA PARTE
CAPÍTULO I

He aquí, pues, el principio de cuando se dispuso hacer al hombre, y cuando se buscó lo


que debía entrar en la carne del hombre.
Y dijeron los Progenitores, los Creadores y Formadores, que se llaman Tepeu y
Gucumatz : "Ha llegado el tiempo del amanecer, de que se termine la obra y que
aparezcan los que nos han de sustentar y nutrir, los hijos esclarecidos, los vasallos
civilizados; que aparezca el hombre, la humanidad, sobre la superficie de la tierra." Así
dijeron.
Se juntaron, llegaron y celebraron consejo en la oscuridad y en la noche; luego
buscaron y discutieron, y aquí reflexionaron y pensaron. De esta manera salieron a luz
claramente sus decisiones y encontraron y descubrieron lo que debía entrar en la carne
del hombre.
Poco faltaba para que el sol, la luna y las estrellas aparecieran sobre los Creadores y
Formadores.
De Paxil, de Cayalá, así llamados, vinieron las mazorcas amarillas y las mazorcas
blancas.
Éstos son los nombres de los animales que trajeron la comida: Yac [el gato de monte],
Utiú [el coyote], Quel [una cotorra vulgarmente llamada chocoyo] y Hoh [el cuervo].
Estos cuatro animales )es dieron la noticia de las mazorcas amarillas y las mazorcas
blancas, les dijeron que fueran a Paxil y les enseñaron el camino de Paxil.
Y así encontraron la comida y ésta fue la que entró en la carne del hombre creado, del
hombre formado; ésta fue su sangre, de ésta se hizo la sangre del hombre. Así entró el
maíz [en la formación del hombre] por obra de los Progenitores.
Y de esta manera se llenaron de alegría, porque habían descubierto una hermosa tierra,
llena de deleites, abundante en mazorcas amarillas y mazorcas blancas y abundante
también en pataxte y cacao, y en innumerables zapotes, anonas, jocotes, nances,
matasanos y miel. Abundancia de sabrosos alimentos había en aquel pueblo llamado de
Paxil y Cayalá.
Había alimentos de todas clases, alimentos pequeños y grandes, plantas pequeñas y
plantas grandes. Los animales enseñaron el camino. Y moliendo entonces las mazorcas
amarillas y las mazorcas blancas, hizo Ixmucané nueve bebidas, y de este alimento
provinieron la fuerza y la gordura y con él crearon los músculos y el vigor del hombre.
Esto hicieron los Progenitores, Tepeu y Gucumatz, así llamados.
A continuación entraron en pláticas acerca de la creación y la formación de nuestra
primera madre y padre. De maíz amarillo y de maíz blanco se hizo su carne; de masa de
maíz se hicieron los brazos y las piernas del hombre. Únicamente masa de maíz entró en
la carne de nuestros padres, los cuatro hombres que fueron creados.

CAPÍTULO II

Éstos son los nombres de los primeros hombres que fueron creados y formados: el
primer hombre fue Balam Quitzé, el segundo Batam Acab, el tercero Mahucutah y el
cuarto Iqui-Balam.
Éstos son los nombres de nuestras primeras madres y padres.
Se dice que ellos sólo fueron hechos y formados, no tuvieron madre, no tuvieron padre.
Solamente se les llamaba varones. No nacieron de mujer, ni fueron engendrados por el
Creador y el Formador, por los Progenitores. Sólo por un prodigio, por obra de
encantamiento fueron creados y formados por el Creador, el Formador, los Progenitores,
Tepeu y Gucumatz. Y como tenían la apariencia de hombres, hombres fueron; hablaron,
conversaron, vieron y oyeron, anduvieron, agarraban las cosas; eran hombres buenos y
hermosos y su figura era figura de varón.
Fueron dotados de inteligencia; vieron y al punto se extendió su vista, alcanzaron a ver,
alcanzaron a conocer todo lo que hay en el mundo. Cuando miraban, al instante veían a
su alrededor y contemplaban en torno a ellos la bóveda del cielo y la faz redonda de la
tierra.
Las cosas ocultas [por la distancia] las veían todas, sin tener primero que moverse; en
seguida veían el mundo y asimismo desde el lugar donde estaban lo veían.
Grande era su sabiduría; su vista llegaba hasta los bosques, las rocas, los lagos, los
mares, las montañas y los valles. En verdad eran hombres admirables Balam Quitzé,
Balam Acab, Mahucutah e Iqui-Balam.
Entonces les preguntaron el Creador y el Formador: -¿Qué pensáis de vuestro estado?
¿No miráis? ¿No oís? ¿No son buenos vuestro lenguaje y vuestra manera de andar?
¡Mirad, pues! ¡Contemplad el mundo, ved si aparecen las montañas y los valles! ¡Probad,
pues, a ver!, les dijeron.
Y en seguida acabaron de ver cuanto había en el mundo. Luego dieron las gracias al
Creador y al Formador: -¡En verdad os damos gracias dos y tres veces! Hemos sido
creados, se nos ha dado una boca y una cara, hablamos, oímos, pensamos y andamos;
sentimos perfectamente y conocemos lo que está lejos y lo que está cerca. Vemos también
lo grande y lo pequeño en el cielo y en la tierra. Os damos gracias, pues, por habernos
creado, ¡oh Creador y Formador!, por habernos dado el ser, ¡oh abuela nuestra!, ¡oh
nuestro abuelo!, dijeron dando las gracias por su creación y formación.
Acabaron de conocerlo todo y examinaron los cuatro rincones y los cuatro puntos de la
bóveda del cielo y de la faz de la tierra.
Pero el Creador y el Formador no oyeron esto con gusto.
-No está bien lo que dicen nuestras criaturas, nuestras obras; todo lo saben, lo grande y
lo pequeño, dijeron. Y así celebraron consejo nuevamente los Progenitores: -¿Qué
haremos ahora con ellos? ¡Que su vista sólo alcance a lo que está cerca, que sólo vean un
poco de la faz de la tierra! No está bien lo que dicen. ¿Acaso no son por su naturaleza
simples criaturas y hechuras [nuestras]? ¿Han de ser ellos también dioses? ¿Y si no
procrean y se multiplican cuando amanezca, cuando salga el sol? ¿Y si no se propagan?
Así dijeron.
-Refrenemos un poco sus deseos, pues no está bien lo que vemos. ¿Por ventura se han
de igualar ellos a nosotros, sus autores, que podemos abarcar grandes distancias, que lo
sabemos y vemos todo?
Esto dijeron el Corazón del Cielo, Huracán, Chipi-Caculhá, Raxa Caculhá, Tepeu,
Gucumatz, los Progenitores, Ixpiyacoc, Ixmucané, el Creador y el Formador. Así
hablaron y en seguida cambiaron la naturaleza de sus obras, de sus criaturas.
Entonces el Corazón del Cielo les echó un vaho sobre los ojos, los cuales se empañaron
como cuando se sopla sobre la luna de un espejo. Sus ojos se velaron y sólo pudieron ver
lo que estaba cerca, sólo esto era claro para ellos.
Así fue destruida su sabiduría y todos los conocimientos de los cuatro hombres, origen
y principio [de la raza quiché].
Así fueron creados y formados nuestros abuelos, nuestros padres, por el Corazón del
Cielo, el Corazón de la Tierra.

CAPÍTULO III

Entonces existieron también sus esposas y fueron hechas sus mujeres. Dios mismo las
hizo cuidadosamente. Y así, durante el sueño, llegaron, verdaderamente hermosas, sus
mujeres, al lado de Balam-Quitzé, Balam Acab, Mahucutah e Iqui Balam.
Allí estaban sus mujeres, cuando despertaron, y al instante se llenaron de alegría sus
corazones a causa de sus esposas.
He aquí los nombres de sus mujeres: Cahá Paluna, era el nombre de la mujer de Balam
Quitzé; Chomihá se llamaba la mujer de Balam Acab; Tzununihá, la mujer de
Mahucutah; y Caquixahá era el nombre de la mujer de Iqui Balam. Éstos son los nombres
de sus mujeres, las cuales eran Señoras principales.
Ellos engendraron a los hombres, a las tribus pequeñas y a las tribus grandes, y fueron
el origen de nosotros, la gente del Quiché. Muchos eran los sacerdotes y sacrificadores;
no eran solamente cuatro, pero estos cuatro fueron los progenitores de nosotros la gente
del Quiché.
Diferentes eran los nombres de cada uno cuando se multiplicaron allá en el Oriente, y
muchos eran los nombres de la gente: Tepeu, Olomán, Cohah, Quenech, Ahau, que así se
llamaban estos hombres allá en el Oriente, donde se multiplicaron.
Se conoce también el principio de los de Tamub y los de Ilocab, que vinieron juntos de
allá del Oriente. Balam Quitzé era el abuelo y el padre de las nueve casas grandes de los
Cavec; Balam Acab era el abuelo y padre de las nueve casas grandes de los Nihaib;
Cahucutah, el abuelo y padre de las cuatro casas grandes de Ahau Quiché.
Tres grupos de familias existieron; pero no olvidaron el nombre de su abuelo y padre,
los que se propagaron y multiplicaron allá en el Oriente.
Vinieron también los Tamub y los Ilocab, y trece ramas de pueblos, los trece de Tecpán,
y los Rabinales, los Cakchiqueles, los de Tziquinahá, y los Zacahá y los Lamaq, Cumatz,
Tuhalhá, Uchabahá, los de Chumilahá, los de Quibahá, los de Batenabá, Acul Vinac,
Balamihá, los Canchaheles y Balam-Colob.
Éstas son solamente las tribus principales, las ramas del pueblo, que nosotros
mencionamos; sólo de las principales hablaremos. Muchas otras salieron de cada grupo
del pueblo, pero no escribiremos sus nombres. Ellas también se multiplicaron allá en el
Oriente.
Muchos hombres fueron hechos y en la oscuridad se multiplicaron. No había nacido el
sol ni la luz cuando se multiplicaron. Juntos vivían todos, en gran número existían y
andaban allá en el Oriente.
Sin embargo, no sustentaban ni mantenían [a su Dios]; solamente alzaban las caras al
cielo y no sabían qué habían venido a hacer tan lejos.
Allí estuvieron entonces en gran número los hombres negros y los hombres blancos,
hombres de muchas clases, hombres de muchas lenguas, que causaba admiración oírlas.
Hay generaciones en el mundo, hay gentes montaraces, a las que no se les ve la cara; no
tienen casas, sólo andan por los montes pequeños y grandes, como locos. Así decían
despreciando a la gente del monte.
Así decían allá donde veían la salida del sol. Una misma era la lengua de todos. No
invocaban la madera ni la piedra, y se acordaban de la palabra del Creador y Formador,
del Corazón del Cielo, del Corazón de la Tierra.
Así hablaban y esperaban con inquietud la llegada de la aurora. Y elevaban sus ruegos,
aquellos adoradores de la palabra [de Dios], amantes, obedientes y temerosos, levantando
las caras al cielo cuando pedían hijas e hijos
-"¡Oh tú, Tzacol, Bitol! ¡Míranos, escúchanos! ¡No nos dejes, no nos desampares, oh
Dios, que estás en el cielo y en la tierra, Corazón del Cielo, Corazón de la Tierra! ¡ Danos
nuestra descendencia, nuestra sucesión, mientras camine el sol y haya claridad! ¡Que
amanezca, que llegue la aurora! ¡Danos muchos buenos caminos, caminos planos! ¡Que
los pueblos tengan paz, mucha paz, y sean felices; y danos buena vida y útil existencia!
¡Oh tú, Huracán, Chipi Caculhá, Raxa Caculhá, Chipi Nanauac, Raxa Nanauac, Voc,
Hunahpú, Tepeu, Gucumatz, Alom, Qaholom, Ixpiyacoc, Ixmucané, abuela del sol,
abuela de la luz! ¡Que amanezca y que llegue la aurora!
Así decían mientras veían e invocaban la salida del sol, la llegada de la aurora; y al
mismo tiempo que veían la salida del sol, contemplaban el lucero del alba, la gran estrella
precursora del sol, que alumbra la bóveda del cielo y la superficie de la tierra, e ilumina
los pasos de los hombres creados y formados.

CAPÍTULO IV

Balam Quité, Balam Acab, Mahucutah e Iqui Balam dijeron: -Aguardemos que
amanezca. Así dijeron aquellos grandes sabios, los varones entendidos, los sacerdotes y
sacrificadores. Esto dijeron.
Nuestras primeras madres y padres no tenían todavía maderos ni piedras que custodiar,
pero sus corazones estaban cansados de esperar el sol. Y ya eran muy numerosos todos
los pueblos y la gente yaqui, los sacerdotes y sacrificadores.
¡Vámonos, vamos a buscar y a ver si están guardados nuestros símbolos!, si
encontramos lo que pondremos a arder ante ellos? Pues estando de esta manera no
tenemos quien vele por nosotros, dijeron Balam Quitzé, Balam Acab, Mahucutah e Iqui
Balam.
Y habiendo llegado a sus oídos la noticia de una ciudad, se dirigieron hacia allá.
Ahora bien, el nombre del lugar a donde se dirigieron Balam-Quitzé, Balam Acab,
Mahucutah e Iqui-Balam y los de Tamub e Ilocab era Tulán Zuiva, Vucub Pec, Vucub
Ziván. Éste era el nombre de la ciudad a donde fueron a recibir a sus dioses.
Así, pues, llegaron todos a Tulán. No era posible contar los hombres que llegaron; eran
muchísimos y caminaban ordenadamente.
Fue entonces la salida de sus dioses; primero los de Balam-Quitzé, Balam Acab,
Mahucutah e Iqui-Balam, quienes se llenaron de alegría: -¡Por fin hemos hallado lo que
buscábamos!, dijeron.
Y el primero que salió fue Tohil, que así se llamaba este dios, y lo sacó a cuestas en su
arca a Balam-Quitzé. En seguida sacaron al dios que se llamaba Avilix, a quien llevó
BalamAcab. Al dios que se llamaba Hacavitz lo llevaba Mahucutah; y al dios llamado
Nicahtacah lo condujo Iqui-Balam.
Y junto con la gente del Quiché, lo recibieron también los de Tamub. Y asimismo Tohil
fue el nombre del dios de los de Tamub, que recibieron el abuelo y padre de los Señores
de Tamub que conocemos hoy día.
En tercer lugar estaban los de Ilocab. Tohil era también el nombre del dios que
recibieron los abuelos y los padres de los Señores a quienes igualmente conocemos ahora.
Así fueron llamadas las tres [familias] quichés y no se separaron porque era uno el
nombre de su dios, Tohil de los Quichés, Tohil de los Tamub y de los Ilocab; uno solo era
el nombre del dios, y por eso no se dividieron las tres [familias] quichés.
Grande era en verdad la naturaleza de los tres, Tohil, Avilix y Hacavitz.
Y entonces llegaron todos los pueblos, los de Rabinal, los Cakchiqueles, los de
Tziquinahá y las gentes que ahora se llaman Yaquis. Y allí fue donde se alteró el lenguaje
de las tribus; diferentes volviéronse sus lenguas. Ya no podían entenderse claramente
entre sí después de haber llegado a Tulán. Allí también se separaron, algunas hubo que se
fueron para el Oriente, pero muchas se vinieron para acá.
Y sus vestidos eran solamente pieles de animales; no tenían buenas ropas que ponerse,
las pieles de animales eran su único atavío. Eran pobres, nada poseían, pero su naturaleza
era de hombres prodigiosos.
Cuando llegaron a Tulán Zuiva, Vucub Pec, Vucub-Ziván, dicen las antiguas tradiciones
que habían andado mucho para llegar a Tulán.

CAPÍTULO V

Y no tenían fuego. Solamente lo tenían los de Tohil. Éste era el dios de las tribus que
fue el primero que creó el fuego. No se sabe cómo nació, porque ya estaba ardiendo el
fuego cuando lo vieron Balam-Quitzé y Balam Acab.
-¡Ay, nuestro fuego ya no existe! Moriremos de frío, dijeron. Entonces Tohil les
contestó: -¡No os aflijáis! Vuestro será el fuego perdido de que habláis, les dijo entonces
Tohil.
-¿De veras? ¡Oh Dios, nuestro sostén, nuestro mantenedor, tú, nuestro Dios!, dijeron,
dándole sus agradecimientos.
Y Tohil les respondió: -Está bien, ciertamente yo soy vuestro Dios; ¡que así sea! Yo soy
vuestro Señor; ¡que así sea! Así les fue dicho a los sacerdotes y sacrificadores por Tohil.
Y así recibieron su fuego las tribus y se alegraron a causa del fuego.
En seguida comenzó a caer un gran aguacero, cuando ya estaba ardiendo el fuego de las
tribus. Gran cantidad de granizo cayó sobre las cabezas de todas las tribus, y el fuego se
apagó a causa del granizo, y nuevamente se extinguió su fuego.
Entonces Balam Quitzé y Balam Acab le pidieron otra vez su fuego a Tohil : -¡Ah,
Tohil, verdaderamente nos morimos de frío!, le dijeron a Tohil.
-Está bien, no os aflijáis, contestó Tohil, y al instante sacó fuego, dando vueltas dentro
de su zapato.
Alegráronse al punto Balam Quitzé, Balam Acab, Mahucutah e Iqui Balam, y en
seguida se calentaron.
Ahora bien, el fuego de los pueblos [de Vucamag] se había apagado igualmente, y
aquéllos se morían de frío.
En seguida llegaron a pedir su fuego a BalamQuitzé, BalamAcab, Mahucutah e Iqui
Balam. Ya no podían soportar el frío ni la helada; estaban temblando y dando diente con
diente; ya no tenían vida; las piernas y las manos les temblaban y nada podían coger con
éstas cuando llegaron.
-No nos causa vergüenza venir ante vosotros a pediros que nos deis un poco de vuestro
fuego, dijeron al llegar. Pero no fueron bien recibidos. Y entonces se llenó de tristeza el
corazón de las tribus.
-El lenguaje de Balam Quitzé, Balam Acab, Mahucutah e Iqui-Balam es diferente. ¡Ay!
¡Hemos abandonado nuestra lengua! ¿Qué es lo que hemos hecho? Estamos perdidos.
¿En dónde fuimos engañados? Una sola era nuestra lengua cuando llegamos allá a Tulán;
de una sola manera habíamos sido creados y educados. No está bien lo que hemos hecho,
dijeron todas las tribus bajo los árboles y los bejucos.
Entonces se presentó un hombre ante BalamQuitzé, BalamAcab, Mahucutah e Iqui
Balam, y habló de esta manera el mensajero de Xibalbá: -Éste es, en verdad, vuestro
Dios; éste es vuestro sostén; ésta es, además, la representación, el recuerdo de vuestro
Creador y Formador. No les deis, pues, su fuego a los pueblos, hasta que ellos ofrenden a
Tohil. No es menester que os den algo a vosotros. Preguntad a Tohil qué es lo que deben
dar cuando vengan a recibir el fuego, les dijo el de Xibalbá. Éste tenía alas como las alas
del murciélago. Yo soy enviado por vuestro Creador, por vuestro Formador, dijo el de
Xibalbá.
Llenáronse entonces de alegría, y se ensancharon también los corazones de Tohil,
Avilix y Hacavitz cuando habló el de Xibalbá, el cual desapareció al instante de su
presencia.
Pero no perecieron las tribus cuando llegaron, aunque se morían de frío. Había mucho
granizo, lluvia negra y neblina, y hacía un frío indescriptible.
Hallábanse todas las tribus temblando y tiritando de frío cuando llegaron a donde
estaban Balam Quitzé, Balam Acab, Mahucutah e Iqui Balam. Grande era la aflicción de
sus corazones y tristes estaban sus bocas y sus ojos.
En seguida llegaron los suplicantes a presencia de Balam-Quitzé, Balam Acab,
Mahucutah e IquiBalam. -¿No tendréis compasión de nosotros, que solamente os
pedimos un poco de vuestro fuego? ¿Acaso no estábamos juntos y reunidos? ¿No fue una
misma nuestra morada y una sola nuestra patria cuando fuisteis creados, cuando fuisteis
formados? Tened, pues, misericordia de nosotros!, dijeron.
-¿Qué nos daréis para que tengamos misericordia de vosotros?, les preguntaron.
-Pues bien, os daremos dinero, contestaron las tribus.
-No queremos dinero, dijeron Balam Quitzé y Balam Acab.
-¿Y qué es lo que queréis?
-Ahora lo preguntaremos.
-Está bien, dijeron las tribus.
-Le preguntaremos a Tohil y luego os diremos, les contestaron.
-¿Qué deben dar las tribus, ¡oh Tohil!, que han venido a pedir tu fuego?, dijeron
entonces Balam-Quitzé, Balam Acab, Mahucutah e Iqui Balam.
-¡Bueno! ¿Querrán dar su pecho y su sobaco? ¿Quieren sus corazones que yo, Tohil, los
estreche entre mis brazos? Pero si así no lo desean, tampoco les daré su fuego, respondió
Tohil.
-Decidles que eso será más tarde, que no tendrán que venir ahora a unir su pecho y sus
sobacos. Esto os manda decir, les diréis. Ésta fue la respuesta a Balam Quitzé, Balam
Acab, Mahucutah e Iqui Balam.
Entonces transmitieron la palabra de Tohil. -Está bien, nos uniremos y lo abrazaremos,
dijeron [los pueblos], cuando oyeron y recibieron la palabra de Tohil. Y no obraron con
tardanza: -¡Bueno, dijeron, pero que sea pronto! Y en seguida recibieron el fuego. Luego
se calentaron.

CAPÍTULO VI
Hubo, sin embargo, una tribu que hurtó el fuego entre el humo, y fueron los de la casa
de Zotzil. El dios de los cakchiqueles se llamaba Chamalcán y tenía la figura de un
murciélago.
Cuando pasaron entre el humo, pasaron suavemente, y luego se apoderaron del fuego.
No pidieron el fuego los cakchiqueles porque no quisieron entregarse como vencidos, de
la manera como fueron vencidas las demás tribus cuando ofrecieron su pecho y su sobaco
para que se los abrieran. Y ésta era la abertura que había dicho Tohil: que sacrificaran a
todas las tribus ante él, que se les arrancara el corazón del pecho y del sobaco.
Y esto no se había comenzado a hacer cuando fue profetizada por Tohil la toma del
poder y el señorío por Balam Quitzé, Balam Acab, Mahucutah e Iqui-Balam.
Allá en Tulán Zuiva, de donde habían venido, acostumbraban no comer, observaban un
ayuno perpetuo, mientras aguardaban la llegada de la aurora y atisbaban la salida del sol.
Turnábanse para ver la grande estrella que se llama Icoquih, y que sale primero delante
del sol, cuando nace el sol, la brillante Icoquih, que siempre estaba allí frente a ellos en el
Oriente, cuando estuvieron allá en la llamada Tulán Zuiva, de donde vino su dios.
No fue aquí, pues, donde recibieron su poder y señorío, sino que allá sometieron y
subyugaron a las tribus grandes y pequeñas, cuando las sacrificaron ante Tohil y le
ofrendaron la sangre, la sustancia, el pecho y el costado de todos los hombres.
A Tulán les llegó al instante su poder; grande fue su sabiduría en la oscuridad y en la
noche.
Luego se vinieron, se arrancaron de allá y abandonaron el Oriente. -Ésta no es nuestra
casa, vámonos y veamos dónde nos hemos de establecer, dijo entonces Tohil.
En verdad les hablaba a Balam Quitzé, Balam Acab, Mahucutah e Iqui Balam. -Dejad
hecha vuestra acción de gracias, disponed lo necesario para sangrares las orejas, picaos
los codos, haced vuestros sacrificios, éste será vuestro agradecimiento ante Dios.
-Está bien, dijeron, y se sacaron sangre de las orejas. Y lloraron en sus cantos por su
salida de Tulán; lloraron sus corazones cuando abandonaron a Tulán.
-¡Ay de nosotros! Ya no veremos aquí el amanecer, cuando nazca el sol y alumbre la faz
de la tierra, dijeron al partir. Pero dejaron algunas gentes en el camino por donde iban
para que velaran.
Cada una de las tribus se levantaba continuamente para ver la estrella precursora del
sol. Esta señal de la aurora la traían en su corazón cuando vinieron de allá del Oriente, y
con la misma esperanza partieron de allá, de aquella gran distancia, según dicen en sus
cantos hoy día.

CAPÍTULO VII

Llegaron por entonces a la cumbre de una montaña y allí se reunieron todo el pueblo
quiché y las tribus. Allí celebraron todos consejo para tomar sus disposiciones. Llaman
hoy día a esta montaña Chi-Pixab, éste es el nombre de la montaña.
Reuniéronse allí y se ensalzaron a sí mismos
-¡Yo soy, yo, el pueblo del Quiché! Y tú, Tamub, éste será tu nombre. Y a los de Ilocab
les dijeron: -Tú, Ilocab, éste será tu nombre. Y estos tres [pueblos] quichés no
desaparecerán, una misma es nuestra suerte, dijeron cuando designaron sus nombres.
En seguida dieron su nombre a los Cakchiqueles
Gagchequeleb fue su nombre. Asimismo a los de Rabinal, que éste fue su nombre que
hasta ahora no han perdido. Y también a los de Tziquinahá, que así se llaman hoy día.
Éstos son los nombres que se dieron entre sí.
Allá se reunieron a esperar que amaneciera y a observar la salida de la estrella que llega
primero delante del sol, cuando éste está a punto de nacer. -De allá venimos, pero nos
hemos separado, decían entre sí.
Y sus corazones estaban afligidos, y estaban pasando grandes sufrimientos: no tenían
comida, no tenían sustento; solamente olían la punta de sus bastones y así se imaginaban
que comían, pero no se alimentaban cuando venían.
No está bien claro, sin embargo, cómo fue su paso sobre el mar; como si no hubiera
mar pasaron hacia este lado. sobre piedras pasaron, sobre piedras en hilera sobre la arena.
Por esta razón fueron llamadas Piedras en hilera, Arenas arrancadas, nombres que ellos
les dieron cuando pasaron entre el mar, habiéndose dividido las aguas cuando pasaron.
Y sus corazones estaban afligidos cuando conferenciaban entre sí, porque no tenían que
comer, sólo un trago de agua que bebían y un puñado de maíz.
Allí estaban, pues, congregados en la montaña llamada Chi-Pixab. Y habían llevado
también a Tohil, Avilix y Hacavitz. Un ayuno completo observaba Balam Quitzé con su
mujer Cahá-Paluma, que éste era el nombre de su mujer. Así lo hacían también Balam
Acab y su mujer, la llamada Chomihá; y también Mahucutah observaba un ayuno
absoluto con su mujer, la llamada Tzununihá, e Iqui Balam con su mujer, la llamada
Caquixahá.
Y ellos eran los que ayunaban en la oscuridad y en la noche. Grande era su tristeza
cuando estaban en el monte que ahora se llama Chi Pixab

CAPÍTULO VIII

Y nuevamente les habló su dios. Así les hablaron entonces Tohil, Aviliz y Hacavitz a
Balam Quitzé, Balam Acab, Mahucutah e Iqui Balam : -¡Vámonos ya, levantémonos ya,
no permanezcamos aquí, llevadnos a un lugar escondido! Ya se acerca el amanecer. ¿No
sería una desgracia para vosotros que fuéramos aprisionados por los enemigos en estos
muros donde nos tenéis vosotros los sacerdotes y sacrificadores? Ponednos, pues, a cada
uno en lugar seguro, dijeron cuando hablaron.
-Muy bien. Nos marcharemos, iremos en busca de los bosques, contestaron todos.
A continuación cada uno tomó y se echó a cuestas a su dios. Así llevaron a Avilix al
barranco llamado Euabal Ziván, así nombrado por ellos, al gran barranco del bosque que
ahora llamamos Pavilix, y allí lo dejaron. En este barranco fue dejado por Balam Acab.
En orden fueron dejándolos. El primero que dejaron así fue Hacavitz, sobre una gran
pirámide colorada, en el monte que se llama ahora Hacavitz. Allí fue fundado su pueblo,
en el lugar donde estuvo el dios llamado Hacavitz.
Asimismo se quedó Mahucutah con su dios, que fue el segundo dios escondido por
ellos. No estuvo Hacavitz en el bosque, sino que en un cerro desmontado fue escondido
Hacavitz.
Luego vino Balam Quitzé, llegó allá al gran bosque; para esconder a Tohil llegó Balam
Quitzé al cerro que hoy se llama Patohil. Entonces celebraron la ocultación de Tohil en la
barranca, en su refugio. Gran cantidad de culebras, de tigres, víboras y cantiles había en
el bosque en donde estuvo escondido por los sacerdotes y sacrificadores.
Juntos estaban Balam Quitzé, Balam Acab, Mahucutah e IquiBalam; juntos esperaban
el amanecer allá sobre el cerro llamado Hacavitz.
Y a poca distancia estaba el dios de los de Tamub y de los de IIocab. Amac Tan se
llamaba el lugar donde estaba el dios de los de Tamub, y allí les amaneció. Amac
Uquincat se llamaba el lugar donde les amaneció a los de llocab ; allí estaba el dios de los
de Ilocab, a corta distancia de la montaña.
Allí estaban también todos los de Rabinal, los Cakchiqueles, los de Tziquinahá, todas
las tribus pequeñas y las tribus grandes. Juntos se detuvieron aguardando la llegada de la
aurora y la salida de la gran estrella llamada Icoquih, que sale primero delante del sol,
cuando amanece, según cuentan.
Juntos estaban, pues, Balam Quitzé, Balam Acab, Máhucutah e Iqui Balam. No
dormían, permanecían de pie y grande era la ansiedad de sus corazones y su vientre por la
aurora y el amanecer. Allí también sintieron vergüenza, les sobrevino una gran aflicción,
una gran angustia y estaban abrumados por el dolor.
Hasta allí habían llegado. -¡Ay, que hemos venido sin alegría! ¡Si al menos pudiéramos
ver el nacimiento del sol! ¿Qué haremos ahora? Si éramos de un mismo sentir en nuestra
patria, ¿cómo nos hemos ausentado?, decían hablando entre ellos, en medio de la tristeza
y la aflicción y con lastimera voz.
Hablaban, pero no se calmaba la ansiedad de sus corazones por ver la llegada de la
aurora: -Los dioses están sentados en las barrancas, en los bosques, están entre las
parásitas, entre el musgo; ni siquiera un asiento de tablas se les dio, decían.
Primeramente estaban Tohil, Avilix y Hacavitz. Grande era su gloria, su fuerza y su
poder sobre los dioses de todas las tribus. Muchos eran sus prodigios e innumerables sus
viajes y peregrinaciones en medio del frío y el corazón de las tribus estaba lleno de temor.
Tranquilos estaban respecto a ellos los corazones de Balam-Quitzé, Balam Acab,
Mahucutah e Iqui-Balam. No sentían ansiedad en su pecho por los dioses que habían
recibido y traído a cuestas cuando vinieron de allá de Tulán Zuiva, de allá en el Oriente.
Estaban, pues, allí en el bosque que ahora se llama Zaquiribal Pa Tohil, P'Avilix, Pa
Hacavitz.
Y entonces les amaneció y les brilló su aurora a nuestros abuelos y nuestros padres.
Ahora contaremos la llegada de la aurora y la aparición del sol, la luna y las estrellas.

CAPÍTULO X

Y ahora referiremos su estancia y su permanencia allá en la montaña, donde se hallaban


juntos los cuatro llamados Balam Quitzé, Balam Acab, Mahucutah e Iqui Balam.
Lloraban sus corazones por Tohil, Avilix y Hacavitz a quienes habían dejado entre las
parásitas y el musgo.
He aquí cómo hicieron los sacrificios al pie del sitio donde pusieron a Tohil cuando
llegaron a presencia de Tohil y de Aviliz. Iban a verlos y a saludarlos y darles gracias
también por la llegada de la aurora. Ellos estaban en la espesura, entre las piedras, allá en
el bosque. Y sólo por arte de magia hablaron cuando llegaron los sacerdotes y
sacrificadores ante Tohil. No traían grandes presentes, sólo resina, restos de goma noh y
pericón quemaron ante su dios.
Y entonces habló Tohil; sólo por un prodigio les dio sus consejos a los sacerdotes y
sacrificadores. Y ellos [los dioses] hablaron entonces y dijeron:
"Verdaderamente aquí serán nuestras montañas y nuestros valles. Nosotros somos
vuestros; grandes serán nuestra gloria y nuestra descendencia por obra de todos los
hombres. Vuestras son todas las tribus y nosotros, vuestros compañeros. Cuidad de
vuestra ciudad y nosotros os daremos vuestra instrucción.
"No nos mostréis ante las tribus cuando estemos enojados por las palabras de sus bocas
y por su comportamiento. Tampoco dejéis que caigamos en el lazo. Dadnos a nosotros en
cambio los hijos de la hierba y los hijos del campo y también las hembras de los venados
y las hembras de las aves. Venid a darnos un poco de vuestra sangre, tened compasión de
nosotros. Quedaos con el pelo de los venados y guardaos de aquellos cuyas miradas nos
han engañado.
"Así, pues, el venado [la piel] será nuestro símbolo que manifestaréis ante las tribus.
Cuando se os pregunte ¿dónde está Toril?, presentaréis el venado ante sus ojos. Tampoco
os presentéis vosotros mismos, pues tendréis otras cosas que hacer. Grande será vuestra
condición; dominaréis a todas las tribus; traeréis su sangre y su sustancia ante nosotros, y
los que vengan a abrazarnos, nuestros serán también", dijeron entonces Tohil, Avilix y
Hacavitz.
Apariencia de muchachos tenían, cuando los vieron al llegar a ofrendarles los presentes.
Entonces comenzó la persecución de los hijos de las aves y los hijos de los venados, y el
producto de la caza era recibido por los sacerdotes y sacrificadores. Y en cuanto
encontraban a las aves y a los hijos de los venados, al punto iban a depositar la sangre de
los venados y las aves en la boca de las piedras de Tohil y de Avilix.
Y cuando la sangre había sido bebida por los dioses, al punto hablaba la piedra, cuando
llegaban los sacerdotes y sacrificadores, cuando iban a llevarles sus ofrendas. Y de igual
manera lo hacían delante de sus símbolos, quemando pericón y holom ocox.
Los símbolos de cada uno estaban allá donde habían sido colocados por ellos, en la
cumbre de la montaña. Pero ellos [los sacerdotes] no vivían en sus casas durante el día,
sino que andaban por los montes, y sólo se alimentaban de los hijos de los tábanos y de
las avispas y de las abejas que buscaban; no tenían buena comida ni buena bebida. Y
tampoco eran conocidos los caminos de sus casas, ni se sabía dónde habían quedado sus
mujeres.

CUARTA PARTE
CAPÍTULO I

Ahora bien, muchos pueblos fueron fundándose uno por uno, y las diferentes ramas de
las tribus se iban reuniendo y agrupando junto a los caminos, sus caminos que habían
abierto.
En cuanto a Balam Quitzé, Balam Acab, Mahucutah e Iqui-Balam, no se sabía dónde
estaban. Pero cuando veían a las tribus que pasaban por los caminos, al instante se ponían
a gritar en la cumbre de los montes, lanzando el aullido del coyote y el grito del gato de
monte, e imitando el rugido del león y del tigre.
Y viendo las tribus estas cosas cuando caminaban: -Sus gritos son de coyote, de gato de
monte, de león y de tigre, decían. Quieren aparentar que no son hombres ante todas las
tribus, y sólo hacen esto para engañarnos a nosotros los pueblos. Algo desean sus
corazones. Ciertamente no se espantan de lo que hacen. Algo se proponen con el rugido
del león, con el rugido del tigre que lanzan cuando ven a uno o dos hombres caminando;
lo que quieren es acabar con nosotros.
Cada día llegaban [los sacerdotes] a sus casas y al lado de sus mujeres, llevando
solamente las crías de los abejorros y de las avispas y las crías de las abejas para darles a
sus mujeres.
Cada día también llegaban ante Tohil, Avilix y Hacavitz y decían en sus corazones: -He
aquí a Tohil, Avilix y Hacavitz. Sólo la sangre de los venados y de las aves podemos
ofrecerles; solamente nos sacaremos sangre de las orejas y de los brazos. Pidámosles
fuerzas y vigor a Tohil, Avilix y Hacavitz. ¿Qué dirán de las muertes del pueblo, que uno
por uno los vamos matando?, decían entre sí cuando se dirigían a la presencia de Tohil,
Avilix y Hacavitz.
Luego se punzaban las orejas y los brazos ante la divinidad, recogían su sangre y la
ponían en el vaso, junto a la piedra. Pero en realidad, no eran de piedra, sino que se
presentaba cada uno bajo la figura de un muchacho.
Alegrábanse con la sangre de los sacerdotes y sacrificadores cuando llegaban con esta
muestra de su trabajo:
-¡Seguid sus huellas [las de los animales que sacrificaban], allá está vuestra salvación!
-De allá vino, de Tulán, cuando nos trajisteis, les dijeron, cuando os dieron la piel
llamada Pazilizib, untada de sangre: que se derrame su sangre y que ésta sea la ofrenda de
Tohil, Avilix y Hacavitz.

CAPÍTULO II

He aquí cómo comenzó el robo de los hombres de las tribus [de Vuc Amag] por Balam
Quitzé, BalamAcab, Mahucutah e Iqui Balam.
Luego vino la matanza de las tribus. Cogían a uno solo cuando iba caminando, o a dos
cuando iban caminando, y no se sabía cuándo los cogían, y en seguida los iban a
sacrificar ante Tohil y Avilix. Después regaban la sangre en el camino y ponían la cabeza
por separado en el camino. Y decían las tribus: "El tigre se los comió." Y lo decían así
porque eran como pisadas de tigre las huellas que dejaban, aunque ellos no se mostraban.
Ya eran muchos los hombres que habían robado, pero no se dieron cuenta las tribus
hasta más tarde. -¿Si serán Tohil y Avilix los que se introducen entre nosotros? Ellos
deben ser aquéllos a quienes alimentan los sacerdotes y sacrificadores. ¿En dónde estarán
sus casas? ¡Sigamos sus pisadas!, dijeron todos los pueblos.
Entonces celebraron consejo entre ellos. A continuación comenzaron a seguir las
huellas de los sacerdotes y sacrificadores, pero éstas no eran claras. Sólo eran pisadas de
fieras, pisadas de tigre lo que veían, pero las huellas no eran claras. No estaban claras las
primeras huellas, pues estaban invertidas, como hechas para que se perdieran, y no estaba
claro su camino. Se formó una neblina, se formó una lluvia negra y se hizo mucho lodo; y
empezó a caer una llovizna. Esto era lo que los pueblos veían ante ellos. Y sus corazones
se cansaban de buscar y perseguirlos por los caminos, porque como era tan grande el ser
de Tohil, Avilix y Hacavitz, se alejaban hasta allá en la cima de las montañas, en la
vecindad de los pueblos que mataban.
Así comenzó el rapto de la gente cuando los brujos cogían a las tribus en los caminos y
las sacrificaban ante Tohil, Avilix y Hacavitz ; pero a sus [propios] hijos los salvaron allá
en la montaña.
Tohil, Avilix y Hacavitz tenían la apariencia de tres muchachos y caminaban por virtud
mágica de la piedra. Había un río donde se bañaban a la orilla del agua y allí únicamente
se aparecían. Se llamaba por esto En el Baño de Tohil, y éste era el nombre del río.
Muchas veces los veían las tribus, pero desaparecían inmediatamente cuando eran vistos
por los pueblos.
Se tuvo entonces noticia de donde estaban Balam-Quitzé, Balam Acab, Mahucutah e
Iqui Balam, y al instante celebraron consejo las tribus sobre la manera de darles muerte.
En primer lugar quisieron tratar las tribus sobre la manera de vencer a Tohil, Avilix y
Hacavitz. Y todos los sacerdotes y sacrificadores [de las tribus] dijeron ante las tribus:
-Que todos se levanten, que se llame a todos, que no haya un grupo, ni dos grupos de
entre nosotros que se quede atrás de los demás.
Reuniéronse todos, se reunieron en gran número y deliberaron entre sí. Y dijeron,
preguntándose los unos a los otros: -¿Cómo haremos para vencer a los quichés de Cavec
por cuya culpa se están acabando nuestros hijos y vasallos? No se sabe cómo es la
destrucción de la gente. Si debemos perecer por medio de estos raptos, que así sea; y si es
tan grande el poder de Tohil, Avilix y Hacavitz, entonces que sea nuestro dios este Tohil,
¡y ojalá que lo hagáis vuestro cautivo! No es posible que ellos nos venzan. ¿No hay acaso
bastantes hombres entre nosotros? Y los Cavec no son muchos, dijeron, cundo estuvieron
todos reunidos.
Y algunos dijeron, dirigiéndose a las tribus cuando hablaron: -¿Quién ha visto a esos
que se bañan en el río todos los días? Si ellos son Tohil, Avilix y Hacavitz, los
venceremos primero a ellos y después comenzaremos la derrota de los sacerdotes y
sacrificadores. Esto dijeron varios de ellos cuando hablaron.
-¿Pero cómo los venceremos?, preguntaron de nuevo.
-Ésta será nuestra manera de vencerlos. Como ellos tienen aspecto de muchachos
cuando se dejan ver entre el agua, que vayan dos doncellas que sean verdaderamente
hermosas y amabilísimas doncellas, y que les entren deseos de poseerlas, replicaron.
-Muy bien. Vamos, pues; busquemos dos preciosas doncellas, exclamaron, y en seguida
fueron a buscar a sus hijas. Y verdaderamente eran bellísimas doncellas.
Luego les dieron instrucciones a las doncellas: -Id, hijas nuestras, id a lavar la ropa al
río, y si viereis a los tres muchachos, desnudaos ante ellos, y si sus corazones os desean,
¡llamadlos! Si os dijeren: "¿Podemos llegar a vuestro lado?", "Sí", les responderéis. Y
cuando os pregunten: "¿De dónde venís, hijas de quién sois?", contestaréis: "Somos hijas
de los Señores.
Luego les diréis: -Venga una prenda de vosotros. Y si después que os hayan dado
alguna cosa os quieren besar la cara, entregaos de veras a ellos. Y si no os entregáis, os
mataremos. Después nuestro corazón estará satisfecho. Cuando tengáis la prenda, traedla
para acá y ésta será la prueba, a nuestro juicio, de que ellos se allegaron a vosotras.
Así dijeron los Señores cuando aconsejaron a las dos doncellas. He aquí los nombres de
éstas: Ixtah se llamaba una de las doncellas y la otra Ixpuch. Y a las dos llamadas Ixtah e
Ixpuch las mandaron al río, al baño de Tohil, Avilix y Hacavitz. Esto fue lo que
dispusieron todas las tribus.
Marcháronse en seguida, bien adornadas, y verdaderamente estaban muy hermosas
cuando se fueron allá donde se bañaba Tohil, a que las vieran y a lavar. Cuando ellas se
fueron, se alegraron los Señores porque habían enviado a sus dos hijas.
Luego que éstas llegaron al río comenzaron a lavar.
Ya se habían desnudado las dos y estaban arrimadas a las piedras cuando llegaron Tohil,
Avilix y Hacavitz.
Llegaron allá a la orilla del río y quedaron un poco sorprendidos al ver a las dos jóvenes
que estaban lavando, y las muchachas se avergonzaron al punto cuando llegó Tohil. Pero
a Tohil no se le antojaron las dos doncellas. Y entonces les preguntó: ¿De dónde venís?
Así les dijo a las dos doncellas y agregó: -¿Qué cosa queréis que venís aquí hasta la orilla
de nuestra agua?
Y ellas contestaron: -Se nos ha mandado por los Señores que vengamos acá. "Id a
verles las caras a los Tohil y hablad con ellos", nos dijeron los Señores; y "traed luego la
prueba de que les habéis visto la cara", se nos ha dicho. Así hablaron las dos muchachas,
dando a conocer el objeto de su llegada.
Ahora bien, lo que querían las tribus era que las doncellas fueran violadas por los
naguales de Tohil. Pero Tohil, Avilix y Hacavitz les dijeron, hablando de nuevo a Ixtah e
Ixpuch, que así se llamaban las dos doncellas: -Está bien, con vosotras irá la prueba de
nuestra plática. Esperad un poco y luego se la daréis a los Señores, les dijeron.
Luego entraron en consulta los sacerdotes y sacrificadores y les dijeron a Balam Quitzé,
Balam Acab, Mahucutah e Iqui-Balam: -Pintad tres capas, pintad en ellas la señal de
vuestro ser para que les llegue a las tribus y se vayan con las dos muchachas que están
lavando. Dádselas a ellas, les dijeron a Balam Quitzé, Balam Acab y Mahucutah.
En seguida se pusieron los tres a pintar. Primero pintó un tigre Balam Quitzé ; la figura
fue hecha y pintada en la superficie de la manta. Luego BalamAcab pintó la figura de un
águila sobre la superficie de la manta; y luego Mahucutah pintó por todas partes abejorros
y avispas, cuya figura y dibujos pintó sobre la tela. Y acabaron sus pinturas los tres, tres
piezas pintaron.
A continuación fueron a entregar las mantas a Ixtah e Ixpuch, así llamadas, y les dijeron
Balam-Quitzé, Balam Acab y Mahucutah: -Aquí está la prueba de vuestra conversación;
llevadla ante los Señores: "En verdad nos ha hablado Tohil, diréis, he aquí la prueba que
traemos", les diréis, y que se vistan con las ropas que les daréis. Esto les dijeron a las
doncellas cuando las despidieron. Ellas se fueron en seguida, llevando las llamadas
mantas pintadas.
Cuando llegaron, se llenaron de alegría los Señores al ver sus rostros y sus manos, de
las cuales colgaba lo que habían ido a pedir las doncellas.
-¿Le visteis la cara a Tohil?, les preguntaron.
-Sí se la vimos, respondieron Ixtah e Ixpuch.
-Muy bien. ¿Y traéis la prenda, no es verdad?, preguntaron los Señores, pensando que
ésta era la señal de su pecado.
Extendieron entonces las jóvenes las mantas pintadas, todas llenas de tigres y de águilas
y llenas de abejorros y de avispas, pintados en la superficie de la tela y que brillaban ante
la vista. En seguida les entraron deseos de ponérselas.
Nada le hizo el tigre cuando el Señor se echó a las espaldas la primera pintura. Luego
se puso el Señor la segunda pintura con el dibujo del águila. El Señor se sentía muy bien,
metido dentro de ella. Y así, daba vueltas delante de todos. Luego se quitó las faldas ante
todos y se puso el Señor la tercera manta pintada. Y he aquí que se echó encima los
abejorros y las avispas que contenía. Al instante le picaron las carnes los zánganos y las
avispas. Y no pudiendo sufrir ni tolerar las picaduras de los animales, el Señor empezó a
dar de gritos a causa de los animales cuyas figuras estaban pintadas en la tela, la pintura
de Mahucutah, que fue la tercera que pintaron.
Así fueron vencidos. En seguida los Señores reprendieron a las doncellas llamadas
Ixtah e Ixpuch
-¿Qué clase de ropas son las que habéis traído? ¿Dónde fuisteis a traerlas, demonios?,
les dijeron a las doncellas cuando las reprendieron. Todos los pueblos fueron vencidos
por Tohil.
Ahora bien, lo que querían era que Tohil se hubiera ido a divertir con Ixtah e Ixpuch y
que éstas se hubieran vuelto rameras, pues creían las tribus que les servirían de tentación.
Pero no fue posible que lo vencieran, gracias a aquellos hombres prodigiosos, Balam
Quitzé, Balam Acab, Mahucutab e Iqui Balam.

APÍTULO III

Entonces celebraron consejo nuevamente todas las tribus. -¿Qué haremos con ellos? En
verdad grande es su condición, dijeron cuando se reunieron de nuevo en consejo. -Pues
bien, los acecharemos, los mataremos, nos armaremos de arcos y de escudos. ¿No somos
acaso numerosos? Que no haya uno, ni dos de entre nosotros que se quede atrás. Así
hablaron cuando celebraron consejo. Y armáronse todos los pueblos. Muchos eran los
guerreros cuando se reunieron todos los pueblos para darles muerte.
Mientras tanto estaban Balam Quitzé, Balam Acab, Mahucutah e Iqui Balam, estaban
en el monte Hacavitz, en el cerro de este nombre. Estaban allí para salvar a sus hijos en la
montaña.
Y no era mucha su gente, no tenían una muchedumbre como la muchedumbre de los
pueblos. Era pequeña la cumbre del monte donde tenían asiento y por eso las tribus
dispusieron matarlos cuando se reunieron todos, se congregaron y levantaron todos.
Así fue, pues, la reunión de todos los pueblos, todos armados de sus arcos y sus
escudos. No era posible contar la riqueza de sus armas; era muy hermoso el aspecto de
todos los jefes y varones y ciertamente todos cumplían sus órdenes.
-Positivamente serán destruidos, y en cuanto a Tohil, será nuestro dios, lo adoraremos,
si lo hacemos prisionero, dijeron entre ellos. Pero Tohil lo sabia todo y lo sabían también
Quité, BalamAcab y Mahucutah. Ellos oían todo lo que proyectaban, porque no dormían,
ni descansaban desde que se armaron de sus armas todos los guerreros.
En seguida se levantaron todos los guerreros y se pusieron en camino con la intención
de introducirse por la noche. Pero no llegaron, sino que estuvieron en vela en el camino
todos los guerreros y luego fueron derrotados por Balam Quitzé, Balam Acab y
Mahucutah.
Quedáronse todos en vela en el camino y nada sintieron hasta que acabaron por
dormirse. En seguida comenzaron a arrancarles las cejas y las barbas; luego les quitaron
los adornos de metal del cuello, sus coronas y collares. Y les quitaron el metal del puño
de sus picas. Hiciéronlo así para castigarlos y para humillarlos y para darles una muestra
del poderío de la gente quiché.
En cuanto despertaron quisieron tomar sus coronas y sus varas, pero ya no tenían el
metal en el puño ni sus coronas. -¿Quién nos ha despojado? ¿Quién nos ha arrancado las
barbas? ¿De dónde han venido a robarnos nuestros metales preciosos?, decían todos los
guerreros. ¿Serán esos demonios que se roban a los hombres? Pero no conseguirán
infundirnos miedo. Entremos por la fuerza a su ciudad y así volveremos a verle la cara a
nuestra plata; esto les haremos, dijeron todas las tribus, y todos ciertamente cumplirían su
palabra.
Entre tanto estaban tranquilos los corazones de los sacerdotes y sacrificadores en la
cumbre de la montaña. Y habiendo consultado Balam Quitzé, Balam Acab, Mahucutah e
Iqui Balam, construyeron una muralla en las orillas de su ciudad y la cercaron de tablas y
aguijones. Luego hicieron unos muñecos que tomaron forma de hombres, y los pusieron
en fila sobre la muralla, los armaron de escudos y de flechas y los adornaron poniéndoles
las coronas de metal en la cabeza. Esto les pusieron a aquellos simples muñecos y
maniquíes, los adornaron con la plata de las tribus que les habían ido a quitar en el
camino y con esto adornaron a los muñecos.
Hicieron unos fosos alrededor de la ciudad y en seguida le pidieron consejo á Tohil: -
¿Nos matarán? ¿Nos vencerán?, dijeron sus corazones a Tohil.
-¡No os aflijáis! Yo estoy aquí. Y esto les pondréis. No tengáis miedo, les dijo a Balam
Quitzé, Balam Acab, Mahucutah e Iqui Balam, luego les dieron los zánganos y las
avispas. Esto fue lo que les fueron a traer. Y cuando vinieron los pusieron entre cuatro
grandes calabazas que colocaron alrededor de la ciudad. Encerraron los zánganos y las
avispas dentro de las calabazas, para combatir con ellos a los pueblos.
La ciudad estaba vigilada desde lejos, espiada y observada por los agentes de las tribus.
-No son numerosos, decían. Pero sólo vieron a los muñecos y los maniquíes que
meneaban suavemente sus arcos y sus escudos. Verdaderamente tenían la apariencia de
hombres, tenían en verdad aspecto de combatientes cuando los vieron las tribus, y todas
las tribus se alegraron porque vieron que no eran muchos.
Las tribus eran muy numerosas; no era posible contar la gente, los guerreros y soldados
que iban a matar a Balam-Quitzé, Balam Acab y Mahucutah, quienes estaban en el monte
Hacavitz, nombre del lugar donde se hallaban.
Ahora contaremos cómo fue su llegada.

CAPÍTULO IV

Estaban, pues, Balam Quitzé, Balam Acab, Mahucutah e IquiBalam, estaban todos
juntos en la montaña con sus mujeres y sus hijos cuando llegaron todos los guerreros y
soldados. Las tribus no se componían de dieciséis mil, ni de veinticuatro mil hombres.
Rodearon toda la ciudad, lanzando grandes gritos, armados de flechas y de escudos,
tañendo tambores, dando el grito de guerra, silbando, vociferando, incitando a la pelea,
cuando llegaron al pie de la ciudad.
Pero no se amedrentaban los sacerdotes y sacrificadores, solamente los veían desde la
orilla de la muralla, donde estaban en buen orden con sus mujeres y sus hijos. Sólo
pensaban en los esfuerzos y vociferaciones de las tribus cuando subían éstas por las
faldas del monte.
Poco faltaba ya para que se arrojaran sobre la entrada de la ciudad, cuando abrieron las
cuatro calabazas que estaban a las orillas de la ciudad, cuando salieron los zánganos y las
avispas, como una humareda salieron de las calabazas. Y así perecieron los guerreros a
causa de los insectos que les mordían las niñas de los ojos, y se les prendían de las
narices, la boca, las piernas y los brazos. -¿En dónde están, decían, los que fueron a
coger, los que fueron a sacar todos los zánganos y avispas que aquí están?
Directamente iban a picarles las niñas de los ojos, zumbaban en bandadas los
animalejos sobre cada uno de los hombres; y aturdidos por los zánganos y las avispas, ya
no pudieron empuñar sus arcos ni sus escudos, que estaban doblados en el suelo.
Cuando caían quedaban tendidos en las faldas de la montaña y ya no sentían cuando les
disparaban las flechas y los herían las hachas. Solamente palos sin punta usaron Balam-
Quitzé y Balam Acab. Sus mujeres también entraron a matar. Sólo una parte regresó y
todas las tribus echaron a correr. Pero los primeros que cogieron los acabaron, los
mataron; no fueron pocos los hombres que murieron, y no murieron los que ellos
pensaban perseguir, sino los que los insectos atacaban. Tampoco fue obra de valentía,
porque no murieron por las flechas ni por los escudos.
Entonces se rindieron todas las tribus. Humilláronse los pueblos ante Balam Quitzé,
Balam Acab y Mahucutah. -Tened piedad de nosotros, no nos matéis, exclamaron.
-Muy bien. Aunque sois dignos de morir, os volveréis [nuestros] vasallos por toda la
vida, les dijeron.
De esta manera fue la derrota de todas las tribus por nuestras primeras madres y padres;
y esto pasó allá sobre el monte Hacavitz, como ahora se le llama. En éste fue donde
primero estuvieron fundados, donde se multiplicaron y aumentaron, engendraron sus
hijas, dieron el ser a sus hijos, sobre el monte Hacavitz.
Estaban, pues, muy contentos cuando vencieron a todas las tribus, a las que derrotaron
allá en la cumbre del monte. Así fue como llevaron a cabo la derrota de las tribus, de
todas las tribus. Después de esto descansaron sus corazones. Y les dijeron a sus hijos que
cuando los quisieron matar, ya se acercaba la hora de su muerte.
Y ahora contaremos la muerte de Balam Quitzé, Balam Acab, Mahucutah e Iqui Balam,
así llamados.

CAPÍTULO V

Y como ya presentían su muerte y su fin, les dieron sus consejos a sus hijos. No estaban
enfermos, no sentían dolor ni agonía cuando dejaron sus recomendaciones a sus hijos.
Éstos son los nombres de sus hijos: Balam Quitzé tuvo dos hijos, Qocaib se llamaba el
primero y Qocavib era el nombre del segundo hijo de Balam-Quitzé, el abuelo y padre de
los de Cavec.
Y éstos son los dos hijos que engendró Balam-Acab, he aquí sus nombres: Qoacul se
llamaba el primero de sus hijos y Qoacutec fue llamado el segundo hijo de Balam Acab,
de los de Nihaib.
Mahucutah tuvo solamente un hijo, que se llamaba Qoahau.
Aquéllos tres tuvieron hijos, pero Iqui Balam no tuvo hijos. Ellos eran verdaderamente
los sacrificadores, y éstos son los nombres de sus hijos.
Así, pues, se despidieron de ellos. Estaban juntos los cuatro y se pusieron a cantar,
sintiendo tristeza en sus corazones; y sus corazones lloraban cuando cantaron el Camucú,
que así se llamaba la canción que cantaron cuando se despidieron de sus hijos.
-¡Oh hijos nuestros ! Nosotros nos vamos, nosotros regresamos; sanas recomendaciones
y sabios consejos os dejamos. Y vosotras, también, que vinisteis de nuestra lejana Patria,
¡oh esposas nuestras!, les dijeron a sus mujeres, y de cada una de ellas se despidieron.
Nosotros nos volvemos a nuestro pueblo, ya está en su sitio Nuestro Señor de los
Venados, manifiesto está en el cielo. Vamos a emprender el regreso, hemos cumplido
nuestra misión, nuestros días están terminados. Pensad, pues, en nosotros, no nos borréis
[de la memoria], ni nos olvidéis. Volveréis a ver vuestros hogares y vuestras montañas,
establecéos allí, y que ¡así sea! Continuad vuestro camino y veréis de nuevo el lugar de
donde vinimos.
Estas palabras pronunciaron cuando se despidieron. Luego dejó Balam Quitzé la señal
de su existencia: -Éste es un recuerdo que dejo para vosotros. Éste será vuestro poder. Yo
me despido lleno de tristeza, agregó. Entonces dejó la señal de su ser, el Pizom Gagal, así
llamado, cuyo contenido era invisible, porque estaba envuelto y no podía desenvolverse;
no se veía la costura porque no se vio cuando lo envolvieron.
De esta manera se despidieron y en seguida desaparecieron allá en la cima del monte
Hacavitz.
No fueron enterrados por sus mujeres, ni por sus hijos, porque no se vio qué se hicieron
cuando desaparecieron. Sólo se vio claramente su despedida, y así el Envoltorio fue muy
querido para ellos. Era
el recuerdo de sus padres e inmediatamente quemaron copal ante este recuerdo de sus
padres.
Y entonces fueron creados los hombres por los Señores que sucedieron a Balam Quitzé,
cuando dieron principio los abuelos y padres de los de Cavec; pero no desaparecieron sus
hijos, los llamados Qocaib y Qocavib.
Así murieron los cuatro, nuestros primeros abuelos y padres; así desaparecieron,
dejando a sus hijos sobre el monte Hacavitz, allá donde permanecieron sus hijos.
Y estando ya los pueblos sometidos y terminada su grandeza, las tribus ya no tenían
ningún poder y vivían todas dedicadas a servir diariamente.
Se acordaban de sus padres; grande era para ellos la gloria del Envoltorio. Jamás lo
desataban, sino que estaba siempre enrollado y con ellos. Envoltorio de Grandeza le
llamaron cuando ensalzaron y pusieron nombre a la custodia que les dejaron sus padres
como señal de su existencia.
Así fue, pues, la desaparición y fin de Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e Iqui
Balam; los primeros varones que vinieron de allá del otro lado del mar, de donde nace el
sol. Hacía mucho tiempo que habían venido aquí cuando murieron, siendo muy viejos,
los jefes y sacrificadores así llamados.

CAPÍTULO VI

Luego dispusieron irse al Oriente, pensando cumplir así la recomendación de sus padres
que no habían olvidado. Hacía mucho tiempo que sus padres habían muerto cuando las
tribus les dieron sus mujeres, y se emparentaron cuando los tres tomaron mujer.
Y al marcharse dijeron: -Vamos al Oriente, allá de donde vinieron nuestros padres. Así
dijeron cuando se pusieron en camino los tres hijos. Qocaib llamábase el uno y era hijo
de Quité, de los de Cavec. El llamado Qoacutec era hijo de Balam-Acab, de los de
Nihaib; y el otro que se llamaba Qoahau era hijo de Mahucutah, de los Ahau Quiché.
Éstos son, pues, los nombres de los que fueron allá al otro lado del mar; los tres se
fueron entonces, y estaban dotados de inteligencia y de experiencia, su condición no era
de hombres vanos. Despidiéronse de todos sus hermanos y parientes y se marcharon
alegremente. "No moriremos, volveremos", dijeron cuando se fueron los tres.
Seguramente pasaron sobre el mar cuando llegaron allá al Oriente, cuando fueron a
recibir la investidura del reino. Y éste era el nombre del Señor, Rey del Oriente a donde
llegaron. Cuando llegaron ante el Señor Nacxit, que éste era el nombre del gran Señor, el
único juez supremo de todos los reinos, aquél les dio las insignias del reino y todos sus
distintivos. Entonces vinieron las insignias de los Ahpop y los Ahpop Camhá, y entonces
vino la insignia de la grandeza y del señorío del Ahpop y el Ahpop Camhá, y Nacxit
acabó de darles las insignias de la realeza, cuyos nombres son: el dosel, el trono, las
flautas de hueso, el cham-cham, cuentas amarillas, garras de león, garras de tigre, cabezas
y patas de venado, palios, conchas de caracol, tabaco, calabacillas, plumas de papagayo,
estandartes de pluma de garza real, tatam y caxcón. Todo esto trajeron los que vinieron,
cuando fueron a recibir al otro lado del mar las pinturas de Tulán, las pinturas, como le
llamaban a aquello en que ponían sus historias.
Luego, habiendo llegado a su pueblo llamado Hacavitz, se juntaron allí todos los de
Tamub y de Ilocab; todas las tribus se juntaron y se llenaron de alegría cuando llegaron
Qocaib, Qoacutec y Qoahau, quienes tomaron nuevamente allí el gobierno de las tribus.
Alegráronse los de Rabinal, los cakchiqueles y los de Tziquinahá. Ante ellos se
manifestaron las insignias de la grandeza del reino. Grande era también la existencia de
las tribus, aunque no se había acabado de manifestar su poderío. Y estaban allí en
Hacavitz, estaban todos con los que vinieron del Oriente. Allí pasaron mucho tiempo, allí
en la cima de la montaña estaban en gran número.
Allí también murieron las mujeres de Balam Quitzé, Balam-Acab y Mahucutah.
Viniéronse después, abandonando su patria y buscaron otros lugares donde
establecerse. Incontables son los sitios donde se establecieron, donde estuvieron, y a los
cuales les dieron nombre. Allí se reunieron y aumentaron nuestras primeras madres y
nuestros primeros padres. Así decían los antiguos cuando contaban cómo despoblaron su
primera ciudad llamada Hacavitz y vinieron a fundar otra ciudad que llamaron Chi Quix.
Mucho tiempo estuvieron en esta otra ciudad, donde tuvieron hijas y tuvieron hijos. Allí
estuvieron en gran número, y eran cuatro los montes a cada uno de los cuales le dieron el
nombre de su ciudad. Casaron a sus hijas y a sus hijos; solamente las regalaban y los
regalos y mercedes que les hacían los recibían como precio de sus hijas y así llevaban una
existencia feliz.
Pasaron después por cada uno de los barrios de la ciudad, cuyos diversos nombres son:
Chi Quix,Chichac, Humetahá, Culbá y Cavinal. Éstos eran los nombres de los lugares
donde se detuvieron. Y examinaban los cerros y sus ciudades y buscaban los lugares
deshabitados porque todos juntos eran ya muy numerosos.
Ya eran muertos los que habían ido al Oriente a recibir el señorío. Ya eran viejos
cuando llegaron a cada una de las ciudades. No se acostumbraron a los diferentes lugares
que atravesaron; muchos trabajos y penas sufrieron y hasta después de mucho tiempo no
llegaron a su pueblo los abuelos y padres. He aquí el nombre de la ciudad a donde
llegaron.

CAPÍTULO VII

Chi-Izmachí es el nombre del asiento de su ciudad, donde estuvieron después y se


establecieron. Allí desarrollaron su poder y construyeron edificios de cal y cante bajo la
cuarta generación de reyes.
Y gobernaron Conaché y Beleheb Queh, el Galel-Ahau. En seguida reinaron el rey
Cotuhá e Iztayul, así llamados, Ahpop y Ahpop Camhá, quienes reinaron allí en Izmachí,
que fue la hermosa ciudad que construyeron.
Solamente tres Casas grandes existieron allí en Izmachí. No había entonces las
veinticuatro Casas grandes, solamente tres eran sus Casas grandes, una sola Casa grande
de los Cavec, una sola Casa grande de los Nihaib y una sola de los Ahau Quiché. Sólo
dos tenían Casas grandes, las dos ramas de la familia [los quichés y los Tamub].
Y estaban allí en Izmachí con un solo pensamiento, sin animadversiones ni dificultades,
tranquilo estaba el reino, no tenían pleitos ni riñas, sólo la paz
y la felicidad estaban en sus corazones. No había envidia ni tenían celos. Su grandeza
era limitada, no habían pensado en engrandecerse ni en aumentar. Cuando trataron de
hacerlo, empuñaron el escudo allí en Izmachí y sólo para dar muestras de su imperio, en
señal de su poder y señal de su grandeza.
Viendo esto los de Ilocab, comenzó la guerra por parte de los de Ilocab, quienes
quisieron ir a matar al rey Cotuhá, deseando tener solamente un jefe suyo. Y en cuanto al
Señor Iztayul, querían castigarlo, que fuera castigado por los de Ilocab y que le diesen
muerte. Pero su envidia no les dio resultado contra el rey Cotuhá, quien cayó sobre ellos
antes que los de Ilocab pudiesen darle muerte al rey.
Así fue el principio de la revuelta y de las disensiones de la guerra. Primero atacaron la
ciudad y llegaron los guerreros, Y lo que querían era la ruina de la raza quiché, deseando
reinar ellos solos. Pero sólo llegaron a morir, fueron capturados y cayeron en cautividad y
no fueron muchos de entre ellos los que lograron escapar.
En seguida comenzaron a sacrificarlos; los de Ilocab fueron sacrificados ante el dios, y
éste fue el pago de sus pecados por orden del rey Cotuhá. Muchos fueron también los que
cayeron en esclavitud y en servidumbre; .sólo fueron a entregarse y ser vencidos por
haber dispuesto la guerra contra los Señores y contra la ciudad. La destrucción y la ruina
de la raza y del rey del Quiché era lo que deseaban sus corazones; pero no lo
consiguieron.
De esta manera nacieron los sacrificios de los hombres ante los dioses, cuando se libró
la guerra de los escudos, que fue la causa de que se comenzaran a hacer las
fortificaciones de la ciudad de Izmachí.
Allí comenzó y se originó su poderío, porque era realmente grande el imperio del rey
del Quiché. En todo sentido eran reyes prodigiosos; no había quien pudiera dominarlos,
ni había nadie que los pudiera humillar. Y fueron asimismo los creadores de la grandeza
del reino que se fundó allí en Izmachí.
Allí creció el temor a su dios, sentían temor y se llenaron de espanto todas las tribus,
grandes y pequeñas, que presenciaban la llegada de los cautivos, los cuales eran
sacrificados y matados por obra del poder y señorío del rey Cotuhá, del rey Iztayul y los
de Nihaib y de Ahau Quiché.
Solamente tres ramas de la familia [quiché] estuvieron allí en Izmachí, que así se
llamaba la ciudad, y allí comenzaron también los festines y orgías con motivo de sus
hijas, cuando llegaban a pedirlas en matrimonio. Y así se juntaban las tres Casas grandes,
por ellos así llamadas, y allí bebían sus bebidas, allí comían también su comida, que era
el precio de sus hermanas, el precio de sus hijas, y sus corazones se alegraban cuando lo
hacían y comían y bebían en las Casas grandes.
-Éstos son nuestros agradecimientos y así abrimos el camino a nuestra posteridad y
nuestra descendencia, ésta es la demostración de nuestro consentimiento para que sean
esposas y maridos, decían.
Allí se identificaron, y allí les dieron sus nombres, se distribuyeron en parcialidades, en
las siete tribus principales y en cantones.
-Unámonos, nosotros los de Cavec, nosotros los de Nihaib y nosotros los de Ahau
Quiché, dijeron las tres familias y las tres Casas grandes. Por largo tiempo estuvieron allí
en Izmachí, hasta que encontraron y vieron otra ciudad y abandonaron la de Izmachí.

CAPÍTULO VIII

Después de haberse levantado de allá, vinieron aquí a la ciudad de Gumarcaah, nombre


que le dieron los quichés cuando vinieron los reyes Cotuhá y Gucumatz y todos los
Señores. Habían entrado entonces en la quinta generación de hombres desde el principio
de la civilización y de la población, el principio de la existencia de la nación.
Allí, pues, hicieron muchos sus casas y asimismo construyeron el templo del dios; en el
centro de la parte alta de la ciudad lo pusieron cuando llegaron y se establecieron.
Luego fue el crecimiento de su imperio. Eran muchos y numerosos cuando celebraron
consejo en sus Casas grandes. Se reunieron y se dividieron, porque habían surgido
disensiones y existían celos entre ellos por el precio de sus hermanas y de sus hijas, y
porque ya no hacían sus bebidas en su presencia.
Ésta fue, pues, la causa de que se dividieran y que se volvieran unos contra otros y se
arrojaran las calaveras de los muertos, se las arrojaran entre sí.
Entonces se dividieron en nueve familias, y habiendo terminado el pleito de las
hermanas y de las hijas, ejecutaron la disposición de dividir el reino en veinticuatro Casas
grandes, lo que así se hizo Hace mucho tiempo que vinieron todos aquí a su ciudad,
cuando terminaron las veinticuatro Casas grandes, allí en la ciudad de Gumarcaah, que
fue bendecida por el Señor Obispo. Posteriormente la ciudad fue abandonada.
Allí se engrandecieron, allí instalaron con esplendor sus tronos y sitiales, y se
distribuyeron sus honores entre todos los Señores. Formáronse nueve familias con los
nueve Señores de Cavec, nueve con los señores de Nihaib, cuatro de los Señores de
AhauQuiché y dos con los señores de Zaquic.
Volviéronse muy numerosos y muchos eran también los que seguían a cada uno de los
Señores; éstos eran los primeros entre sus vasallos y muchísimas eran las familias de cada
uno de los Señores.
Diremos ahora los nombres de cada uno de los Señores de cada una de las Casas
grandes. He aquí, pues, los nombres de los Señores de Cavec. El primero de los Señores
era el Ahpop, [luego] el Ahpop Camhá, el Ah Tohil, el Ah-Gucumatz, el Nim Chocoh
Cavec, el Popol Vinac Chituy, el Lolmet Quehnay, el Popol Vinac Pa Hom Tzalatz y el
Uchuch-Camhá.
Éstos eran, pues, los Señores de los de Cavec, nueve Señores. Cada uno tenía su Casa
grande. Más adelante aparecerán de nuevo.
He aquí los Señores de los de Nihaib. El primero era el Ahau-Galel, luego vienen el
Ahau Ahtzic Vinac, el Galel Camhá, el Nimá Camhá, el Uchuch Camhá, el Nim Chocoh
Nihaibab, el Avilix, el Yacolatam, el Utzam pop Zaclatol y el Nimá Lolmet-Ycoltux, los
nueve Señores de los de Nihaib.
Y en cuanto a los de Ahau Quiché, éstos son los nombres de los Señores: Ahtzic Vinac,
Ahau Lolmet, Ahau Nim Chocoh Ahau y Ahau Hacavitz, cuatro Señores de los Ahau
Quiché, en el orden de sus Casas grandes.
Y dos eran las familias de los Zaquic, los Señores Tzutuhá y Galel Zaquic. Estos dos
señores sólo tenían una Casa grande..

CAPÍTULO IX

De esta manera se completaron los veinticuatro Señores y existieron las veinticuatro


Casas grandes. Así crecieron la grandeza y el poderío del Quiché. Entonces se
engrandeció y dominó la superioridad de los hijos del Quiché, cuando construyeron de
cal y canto la ciudad de los barrancos.
Vinieron los pueblos pequeños, los pueblos grandes ante la persona del rey. Se
engrandeció el Quiché cuando surgió su gloria y majestad, cuando se levantaron la casa
del dios y la casa de los Señores. Pero no fueron éstos los que las hicieron ni las
trabajaron, ni tampoco construyeron sus casas, ni hicieron la casa del dios, pues fueron
[hechas] por sus hijos y vasallos, que se habían multiplicado.
Y no fue engañándolos, ni robándolos, ni arrebatándolos violentamente, porque en
realidad pertenecía cada uno a los Señores, y fueron muchos sus hermanos y parientes
que se habían juntado y se reunían para oír las órdenes de cada uno de los Señores.
Verdaderamente los amaban y grande era la gloria de los Señores; y era tenido en gran
respeto el día en que habían nacido los Señores por sus hijos y vasallos, cuando se
multiplicaron los habitantes del campo y de la ciudad.
Pero no fue que llegaran a entregarse todas las tribus, ni que cayeran en batalla los
[habitantes de los] campos y las ciudades, sino que se engrandecieron a causa de los
Señores prodigiosos, del rey Gucumatz y del rey Cotuhá. Verdaderamente, Gucumatz era
un rey prodigioso. Siete días subía al cielo y siete días caminaba para descender a
Xibalbá; siete días se convertía en culebra y verdaderamente se volvía serpiente; siete
días se convertía en águila, siete días se convertía en tigre: verdaderamente su apariencia
era de águila y de tigre. Otros siete días se convertía en sangre coagulada y solamente era
sangre en reposo.
En verdad era maravillosa la naturaleza de este rey, y todos los demás Señores se
llenaban de espanto ante él. Eparcióse la noticia de la naturaleza prodigiosa del rey y la
oyeron todos los Señores de los pueblos. Y éste fue el principio de la grandeza del
Quiché, cuando el rey Gucumatz dio estas muestras de su poder. No se perdió su imagen
en la memoria de sus hijos y sus nietos. Y no hizo esto para que hubiera un rey
prodigioso; lo hizo solamente para que hubiera un medio de dominar a todos los pueblos,
como una demostración de que sólo uno era llamado a ser el jefe de los pueblos.
Fue la cuarta generación de reyes, la del rey prodigioso llamado Gucumatz, quien fue
asimismo Ahpop y Ahpop-Camhá.
Quedaron sucesores y descendientes que reinaron y dominaron, y que engendraron a
sus hijos, e hicieron muchas cosas. Fueron engendrados Tepepul e Iztayul, cuyo reinado
fue la quinta generación de reyes, y asimismo cada una de las generaciones de estos
Señores tuvo sucesión.

CAPÍTULO X

He aquí ahora los nombres de la sexta generación de reyes. Fueron dos grandes reyes,
Gag-Quicab se llamaba el primer rey y el otro Cavizimah, e hicieron grandes cosas y
engrandecieron el Quiché, porque ciertamente eran de naturaleza portentosa.
He aquí la destrucción y división de los campos y los pueblos de las naciones vecinas,
pequeñas y grandes. Entre ellas estaba la que antiguamente fue la patria de los
cakchiqueles, la actual Chuvilá, y los de Rabinal, Pamacá, la patria de los de Caoque,
Zaccabahá, y las ciudades de los de Zaculeu, de Chuvi-Miquiná, Xelahú, Chuvá-Tzac y
Tzolohché.
Estos [pueblos] aborrecían a Quicab. Él les hizo la guerra y ciertamente conquistó y
destruyó los campos y ciudades de los rabinaleros, los cakchiqueles y los de Zaculeu,
llegó y venció a todos los pueblos, y lejos llevaron sus armas los soldados de Quicab.
Una o dos tribus no trajeron el tributo, y entonces cayó sobre todas las ciudades y
tuvieron que llevar el tributo ante Quicab y Cavizimah.
Los hicieron esclavos, fueron heridos y asaeteados contra los árboles y ya no tuvieron
gloria, no tuvieron poder. Así fue la destrucción de las ciudades que fueron al instante
arrasadas hasta los cimientos. Semejante al rayo que hiere y destroza la roca, así llenó de
terror en un momento a los pueblos vencidos.
Frente a Colché, como señal de una ciudad [destruida] por él, hay ahora un volcán de
piedras, que casi fueron cortadas como con el filo de un hacha. Está allá en la costa
llamada de Petatayub, y pueden verlo claramente hoy día las gentes que pasan, como
testimonio del valor de Quicab.
No pudieron matarlo ni vencerlo, porque verdaderamente era un hombre valiente, y
todos los pueblos le rendían tributo.
Y habiendo celebrado consejo todos los Señores, se fueron a fortificar las barrancas y
las ciudades, habiendo conquistado las ciudades de todas las tribus. Luego salieron los
vigías para observar al enemigo y fundaron a manera de pueblos en los lugares ocupados:
-Por si acaso vuelven las tribus a ocupar la ciudad, dijeron cuando se reunieron en
consejo todos los Señores.
En seguida salieron a sus puestos. -Éstos serán como nuestros fortines y nuestros
pueblos, nuestras murallas y defensas; aquí se probarán nuestro valor y nuestra hombría,
dijeron todos los Señores cuando se dirigieron al puesto señalado a cada parcialidad para
pelear con los enemigos.
Y habiendo celebrado consejo todos los Señores, se fueron a fortificar las barrancas y
las ciudades, -¡Id allá, porque ya son tierra nuestra! ¡No tengáis miedo si hay todavía
enemigos que vengan a vosotros para mataros; venid aprisa a dar parte y yo iré a darles
muerte!, les dijo Quicab cuando los despidió a todos en presencia del Galel y el Ahtzic-
Vinac.
Marcháronse entonces los flecheros y los honderos, así llamados. Entonces se
repartieron los abuelos y padres de toda la nación quiché. Estaban en cada uno de los
montes y eran como guardias de los montes, como guardianes de las flechas y las hondas
y centinelas de la guerra. No eran de distinto origen ni tenían diferente dios, cuando se
fueron. Solamente iban a fortificar sus ciudades.
Salieron entonces todos los de Uvilá, los de Chulimal, Zaquiyá, Xahbaquieh, Chi
Temah, Vahxalahuh, y los de Cabracán, Chabicac Chi Hunahpú, y los de Macá, los de
Xoyabah, los de Zaccabahá, los de Ziyahá, los de Miquiná, los de Xelahuh, y los de la
costa. Salieron a vigilar la guerra y a guardar la tierra, cuando se fueron de orden de
Quicab y Cavizimah, [que eran] el Ahpop y el Ahpop Camhá, y del Galel y el Ahtzic
Vinac, que eran los cuatro Señores.
Fueron enviados para vigilar a los enemigos de Quicab y Cavizimah, nombres de los
reyes, ambos de la Casa de Cavec, de Queemá, nombre del Señor de los de Nihaib, y de
Achac-Iboy, nombre del Señor de los Ahau Quiché. Éstos eran los nombres de los
Señores que los enviaron y despacharon cuando se fueron sus hijos y vasallos a las
montañas, a cada una de las montañas.
Fuéronse en seguida y trajeron cautivos, trajeron prisioneros a presencia de Quicab,
Cavizimah, el Galel y el Ahtzic Vinac. Hicieron la guerra los flecheros y los honderos,
haciendo cautivos y prisioneros. Fueron unos héroes los defensores de los puestos, y los
Señores les dieron y prodigaron sus premios cuando aquéllos vinieron a entregar todos
sus cautivos y prisioneros.
A continuación se reunieron en consejo de orden de los Señores, el Ahpop, el Ahpop
Camhá, el Galel y el Ahtzic-Vinac, y dispusieron y dijeron que los que allí estaban
primero tendrían la dignidad de representantes de su familia. ¡Yo soy el Ahpop! ¡Yo soy
el Ahpop Camhá!, mía será la dignidad de Ahpop ; mientras que la tuya, Ahau Galel, será
la dignidad de Galel, dijeron todos los Señores cuando celebraron su consejo.
Lo mismo hicieron los de Tamub y los de Ilocab ; igual fue la condición de las tres
parcialidades del Quiché cuando nombraron capitanes y ennoblecieron por primera vez a
sus hijos y vasallos. Tal fue el resultado de la consulta. Pero no fueron hechos capitanes
aquí en el Quiché. Tiene su nombre el monte donde fueron hechos capitanes por primera
vez los hijos y vasallos, cuando los enviaron a todos, cada uno a su monte, y se reunieron
todos. Xebalax y Xecamax son los nombres de los montes donde fueron hechos capitanes
y recibieron sus cargos. Esto pasó en Chulimal.
Así fue el nombramiento, la promoción y distinción de los veinte Galel, de los veinte
Ahpop, que fueron nombrados por el Ahpop y el Ahpop Camhá y por el Galel y el Ahtzic
Vinac. Recibieron sus dignidades todos los Galel Ahpop, once Nim Chocoh, Galel Ahau,
Galel Zaquic, el Galel Achih, Rahpop Achih, Rahtzalam Achih, Utzam-Achih, nombres
que recibieron los guerreros cuando les confirieron los títulosy distinciones en sus tronos
y asientos, siendo los primeros hijos y vasallos de la nación quiché, sus vigías, sus
escuchas, los flecheros, los honderos, murallas, puertas, fortines y bastiones del Quiché.
Así también lo hicieron los de Tamub e Ilocab ; nombraron y ennoblecieron a los
primeros hijos y vasallos que había en cada lugar.
Éste fue, pues, el origen de los Galel Ahpop y de las dignidades que existen ahora en
cada uno de estos lugares. Así fue su origen cuando surgieron. Por el Ahpop y el Ahpop
Camhá, por el Galel y el AhtzicVinac aparecieron

CAPÍTULO XI
Diremos ahora el nombre de la casa del Dios. La casa era designada asimismo con el
nombre del dios. El Gran Edificio de Tohil era el nombre del edificio del templo de Tohil,
de los de Cavec. Avilix era el nombre del edificio del templo de Avilix, de los de Nihaib;
y Hacavitz era el nombre del edificio del templo del dios de los Ahau Quiché.
Tzutuhá, que se ve en Cahbahá, es el nombre de un gran edificio, en el cual había una
piedra que adoraban todos los Señores del Quiché y que era adorada también por todos
los pueblos.
Los pueblos hacían primero sus sacrificios ante Tohil y después iban a ofrecer sus
respetos al Ahpop y al Ahpop-Camhá. Luego iban a presentar sus plumas ricas y su
tributo ante el rey. Y los reyes a quienes sostenían eran el Ahpop y el Ahpop Camhá, que
habían conquistado sus ciudades.
Grandes Señores y hombres prodigiosos eran los reyes portentosos Gucumatz y Cotuhá,
y los reyes portentosos Quicab y Cavizimah. Ellos sabían si se haría la guerra y todo era
claro ante sus ojos; veían si habría mortandad o hambre, si habría pleitos. Sabían bien que
había donde podían verlo, que existía un libro por ellos llamado Popol Vuh.
Pero no sólo de esta manera era grande la condición de los Señores. Grandes eran
también sus ayunos. Y esto era en pago de haber sido creados y en pago de su reino.
Ayunaban mucho tiempo y hacían sacrificios a sus dioses. He aquí cómo ayunaban:
Nueve hombres ayunaban y otros nueve hacían sacrificios y quemaban incienso. Trece
hombres más ayunaban, otros trece hacían ofrendas y quemaban incienso ante Tohil.
Delante de su dios se alimentaban únicamente de frutas, de zapotes, de matasanos y de
jocotes. Y no tenían tortillas que comer.
Ya fuesen diecisiete hombres los que hacían el sacrificio, o diez los que ayunaban, de
verdad no comían. Cumplían con sus grandes preceptos, y así demostraban su condición
de Señores.
Tampoco tenían mujeres con quienes dormir, sino que se mantenían solos, ayunando.
Estaban en la casa del dios, estaban todo el día en oración, quemando incienso y haciendo
sacrificios. Así permanecían del anochecer a la madrugada, gimiendo en sus corazones y
en su pecho, y pidiendo por la felicidad y la vida de sus hijos y vasallos y asimismo por
su reino, y levantando sus rostros al cielo.
He aquí sus peticiones a su dios, cuando oraban; y ésta era la súplica de sus corazones
"¡Oh tú, hermosura del día! ¡Tú, Huracán; tú, Corazón del Cielo y de la Tierra! ¡Tú,
dador de la riqueza, y dador de las hijas y de los hijos! Vuelve hacia acá tu gloria y tu
riqueza; concédeles la vida y el desarrollo a mis hijos y vasallos; que se multipliquen y
crezcan los que han de alimentarte y mantenerte; los que te invocan en los caminos, en
los campos, a la orilla de los ríos, en los barrancos, bajo los árboles, bajo los bejucos.
"Dales sus hijas y sus hijos. Que no encuentren desgracia ni infortunio, que no se
introduzca el engañador ni detrás ni delante de ellos. Que no caigan, que no sean heridos,
que no forniquen, ni sean condenados por la justicia. Que no se caigan en la bajada ni en
la subida del camino. Que no encuentren obstáculos ni detrás ni delante de ellos, ni cosa
que los golpee. Concédeles buenos caminos, hermosos caminos planos. Que no tengan
infortunio, ni desgracia, por tu culpa, por tu hechicería.
"Que sea buena la existencia de los que te dan el sustento y el alimento en tu boca, en tu
presencia, a ti, Corazón del Cielo, Corazón de la Tierra, Envoltorio de la Majestad. Y tú,
Tohil; tú, Avilix; tú, Hacavitz, bóveda de cielo, superficie de la tierra, los cuatro rincones,
los cuatro puntos cardinales. ¡Que sólo haya paz y tranquilidad ante tu boca, en tu
presencia, oh Dios!"
Así [hablaban] los Señores, mientras en el interior ayunaban los nueve hombres, los
trece hombres y los diecisiete hombres. Ayunaban durante el día y gemían sus corazones
por sus hijos y vasallos y por todas sus mujeres y sus hijos cuando hacían su ofrenda cada
uno de los Señores.
Éste era el precio de la vida feliz, el precio del poder, o sea el mando del Ahpop, el
Ahpop Camhá, el Galel y el Ahtzic-Vinac. De dos en dos entraban [al gobierno] y se
sucedían unos a otros para llevar la carga del pueblo y de toda la nación quiché.
Uno solo fue el origen de su tradición y el origen de la costumbre de mantener y
alimentar, y uno también el origen de la tradición y de las costumbres semejantes de los
de Tamub e Ilocab y los rabinaleros y cakchiqueles, los de Tziquinahá, de Tuhalahá y
Uchabahá. Y eran un solo tronco [una sola familia], cuando escuchaban allí en el Quiché
lo que todos ellos hacían.
Pero no fue sólo así como reinaron. No derrochaban los dones de los que los
alimentaban y sostenían, sino que se los comían y bebían. Tampoco los compraban:
habían ganado y arrebatado su imperio, su poder y su señorío.
Y no fue así no más como conquistaron los campos y ciudades; los pueblos pequeños y
los pueblos grandes pagaron cuantiosos rescates; trajeron piedras preciosas y metales,
trajeron miel de abejas, pulseras, pulseras de esmeraldas y otras piedras y trajeron
guirnaldas hechas de plumas azules, el tributo de todos los pueblos. Llegaron a presencia
de los reyes portentosos Gucumatz y Cotuhá, y ante Quicab y Cavizimah, el Ahpop, el
Ahpop Camhá, el Galel y el Ahtzic Vinac.
No fue poco lo que hicieron, ni fueron pocos los pueblos que conquistaron. Muchas
ramas de los pueblos vinieron a pagar tributo al Quiché; llenos de dolor llegaron a
entregarlo. Sin embargo, su poder no creció rápidamente. Gucumatz fue quien dio
principio al engrandecimiento del reino. Así fue el principio de su engrandecimiento y del
engrandecimiento del Quiché.
Y ahora enumeraremos las generaciones de los Señores y sus nombres, de nuevo
nombraremos a todos los Señores.

CAPÍTULO XII

He aquì pues, las generaciones y el orden de todos los reinados que nacieron con nuestros
primeros abuelos y nuestros primeros padres, Balam Quitzé, Balam Acab, Mahucutah e Iqui
Balam, cuando apareció el sol y aparecieron la luna y las estrellas.
Ahora, pues, daremos principio a las generaciones, al orden de los reinados, desde el principio
de su descendencia, cómo fueron entrando los Señores, desde su entrada hasta su muerte; cada
generación de Señores y antepasados, así como el Señor de la ciudad, todos y cada uno de los
Señores. Aquí, pues, se manifestará la persona de cada uno de los Señores del Quiché.
Balam Quitzé, tronco de los de Cavec.
Qocavib, segunda generación de Balam Quitzé.
Balam Conaché, con quien comenzó el título de Ahpop, tercera generación.
Cotuhá e Iztayub, cuarta generación.
Gucuniatz y Cotuhá principio de los reyes portentosos, que fueron la quinta generación.
Tepepul e Iztayul, del sexto orden.
Quicab y Cavizimah, la séptima sucesión del reino.
Tepepul e Iztayub, octava generación.
Tecum y Tepepul, novena generación.
Vahxaqui Caam y Quicab, décima generación de reyes.
Vucub Noh y Cauutepech, el undécimo orden de reyes.
Oxib Queh y Beleheb Tzi, la duodécima generación de reyes. Éstos eran los que reinaban
cuando llegó Donadiú y fueron ahorcados por los castellanos.
Tecum y Tepepul, que tributaron a los castellanos; éstos dejaron hijos y fueron la décimotercera
generación de reyes 50
Don Juan de Rojas y don Juan Cortés, décimocuarta generación de reyes, fueron hijos de
Tecum y Tepepul.
Éstas son, pues, las generaciones y el orden del reinado de los Señores Ahpop y Ahpop Camhá
de los Quichés de Cavec.
Y ahora nombraremos de nuevo las familias. Éstas son las Casas grandes de cada uno de los
Señores que siguen al Ahpop y al Ahpop Camhá. Éstos son los nombres de las nueve familias de
los Cavec, de las nueve Casas grandes y éstos son los títulos de los Señores de cada una de las
Casas grandes
Ahau Ahpop, una Casa grande. Cuhá era el nombre de la Casa grande.
Ahau Ahpop Camhá, cuya Casa grande se llamaba Tziquinahá.
Nim Chocoh Cavec, una Casa grande.
Ahau Ah Tohil, una Casa grande.
Ahau Ah Gucumatz, una Casa grande.
Popol Vinac Chituy, una Casa grande.
Lolmet Quehnay, una Casa grande.
Popol Vinac Pahom Tzalatz Ixcuxebá, una Casa grande.
Tepeu Yaqui, una Casa grande.
Éstas son, pues, las nueve familias de Cavec. Y eran muy numerosos los hijos y vasallos de las
tribus que seguían a estas nueve Casas grandes.

He aquí las nueve Casas grandes de los de Nihaib. Pero primero diremos la descendencia del
reino. De un solo tronco se originaron estos nombres cuando comenzó a brillar el sol, al principio
de la luz.
Batam Acab, primer abuelo y padre.
Qoacul y Qoacutec, la segunda generación.
Cochahuh y Cotzibahá, la tercera generación.
Beleheb Queh, la cuarta generación.
Cotuhá, la quinta generación de reyes.
Batzá, la sexta generación.
Iztayul, la séptima generación de reyes.
Cotuhá, el octavo orden del reino.
Beleheb Queh, el noveno orden.
Quemá, así llamado, décima generación.
Ahau Cotuhá, la undécima generación.
Don Christóval, así llamado, que reinó en tiempo de los castellanos.
Don Pedro de Robles, el actual Ahau Galel.

Éstos son, pues, todos los reyes que descendieron de los Ahau Galel. Ahora nombraremos a los
Señores de cada una de las Casas grandes.
Ahau Galel, el primer Señor de los de Nihaib, jefe de una Casa grande.
Ahau Ahtzic Vinac, una Casa grande.
Ahau Galet Camhá, una Casa grande.
Nimá Camhá, una Casa grande.
Uchuch Camhá, una Casa grande.
Nim Chocoh Nihaib, una Casa grande.
Ahau Avilix, una Casa grande.
Yacolatam; una Casa grande.
Nimá Lolmet Ycoltux, una Casa grande.
Éstas son, pues, las Casas grandes de los de Nihaib; éstos eran los nombres de las nueve
familias de los de Nihaib, así llamados. Numerosas fueron las familias de cada uno de los
Señores, cuyos nombres hemos consignado primero.

He aquí ahora la descendencia de los de Ahau-Quiché, siendo su abuelo y padre Mahucutah, el


primer hombre.
Qoahau, nombre de la segunda generación de reyes.
Caglacán.
Cocozom.
Comahcun.
Vucub Ah.
Cocamel.
Coyabacoh.
Vinac Bam.
Éstos fueron los reyes de los de Ahau Quiché: éste es el orden de sus generaciones.

He aquí ahora los nombres de los Señores que componen las Casas grandes; sólo había cuatro
Casas grandes:
Ahtzic Vinac Ahau se llamaba el primer Señor de una Casa grande.
Lolmet Ahau, segundo Señor de una Casa grande.
Nim Chocoh Ahau, tercer Señor de una Casa grande.
Hacavitz, el cuarto Señor de una Casa grande.
Cuatro eran, pues, las Casas grandes de los AhauQuiché.

Había, pues, tres Nim Chocoh, que eran como los padres [investidos de autoridad] por todos los
Señores del Quiché. Reuníanse los tres Chocoh para dar a conocer las disposiciones de las
madres, las disposiciones de los padres. Grande era la condición de los tres Chocoh.
Eran, pues, el Nim Chocoh de los Cavec, el Nim-Chocoh de los Nihaib, que era el segundo, y el
Nim Chocoh Ahau de los Ahau Quiché, que era el tercer Nim Chocoh, o sean los tres Chocoh,
que representaba cada uno a su familia.
Y ésta fue la existencia de los quichés, porque ya no puede verse el [libro Popol Vuh] que
tenían antiguamente los reyes, pues ha desaparecido.
Así, pues, se han acabado todos los del Quiché, que se llama Santa Cruz.