Sie sind auf Seite 1von 1

Pequeos imberbes

Aquel da no dejaste de mirarte ni un instante en el espejo, no entendas lo que


estaba mal contigo, por qu no lucas como l, qu era lo que estaba saliendo mal,
te comas todititas las verduras tal como te deca mam, para crecer sana, fuerte,
bonita y, sobre todo, completita, pero t sabas que algo marchaba de forma
irregular.
Ya desde antes habas notado el padecimiento en tu hermano, pero estabas
convencida de que a ti no te pasara lo mismo, al fin y al cabo, l ya era mayor, t
an tenas oportunidad de salir bien librada, todo se resolvera con el pasar del
tiempo.
Eso pensabas hasta ese da en que te diste cuenta de que, en efecto, el mal era
congnito, y el factor de los das, meses y aos, no resolvera algo que tenan
arraigado en la sangre. El control y cura estaba en sus manos, y te decidiste a
resolver el problema tal como pap lo haca todas las maanas.
Si te faltaba un buen mostacho la nica razn era que te necesitabas una buena
navaja de afeitar, das antes habas escuchado a tu padre mientras les explicaba a
ti y a tu hermano lo importante que era tener un bigote bien acicalado, que ste le
daba gallarda y masculinidad, y que nada como una buena navaja para
conseguirlo; he ah la respuesta a tus preguntas, te brillaron los ojos y corriste
donde tu hermano para contarle el remedio.
l se convenci de que nada poda salir mal, que tenas razn y que nada perdan
con intentarlo, al fin y al cabo, pareca divertido y fcil.
Entraron a hurtadillas al bao, abrieron el botiqun de aseo de pap, sacaron la
espuma, la agitaron bien como un par de profesionales, la aplicaron
cuidadosamente, sacaron la hermosa navaja con empuadura de plata y
empezaron a retirar la espuma con el filo. Sentiste un ardor terrible en las mejillas,
pero siempre habas sido la clase de nia que no llora, la que aguanta, ya sabes t
que lo que vale la pena suele ser doloroso, terminaste y tu hermano segua,
rpidamente repitieron el procedimiento, pero l, que siempre ha sido una nena,
llor con fuerza, mam corri al auxilio, los descubri con la cara llena de
cortaditas sangrantes, se asust y cubri sus rostros con azcar para frenar la
hemorragia, eso s dola, pero an as era genial sacar la lengua y lamer el los
granitos dulces que llenaban tu cara.
No sabes cundo, ni en qu momento te quedaste dormida, tuvieron que pasar
muchas horas, quiz aos, para que encontraras la respuesta a tal enfermedad, y
an as, sigues anhelando tener el hermoso mostacho de tu padre.