Sie sind auf Seite 1von 114
Coleccién NARRADORES ARGENTINOS CONTEMPORANEOS dirigida por Osvaldo Pellettieri © 1981 EDITORIAL DE BELGRANO - Teodoro Garefa 2090, (2426) Buenos Aires, Repiblica Argentina, # T.E. 771-3485 ¥ 18-4767. # Hecho el depésito que fija la ley 11.723. Co \laboraron en cata primera edicién: Disefio de tapa: Pablo Barragén. Composicién y armado: Linotipia San Martin. # Correecién de pruebas: Artigas Suérez, @ Impresign: Del Carril Impresores. © Las tapas fueron impresas en la Tmpr ta de los Buenos Ayres S.A. con peliculas provistas por Foto. cromos Rodel. # Los trabajos de encuadernacién se realizaron en Proa SRL. @ Se utilizé papel 82x 118 Obra Voluminoso do 57 gs. y se imprimieron 2.500 ejemplares, @ Printed aiid: made in Argentine, @ Hecho e impreso en Ia Repdblica Argen- tina # C.D.U. 88-31, UNA CARAVANA VIAJABA LENTAMENTE al’ amangcer, los soldados que abrian la marcha se bamboleaban en las monturas medio dormidos, con la boca lena de saliva rancia; Cada dfa los hacian levantar unos minutos més temprano, segiin avanzaba la estacién, de modo qye dormfan durante muchas Jeguas, hasta que salfz eb sol. Los caballos iban hechizados, 0 ate- rrorizados, por el ruido ligubre que producfan los" cascos al tocar Ia Jlanura, no imenos que por £l con- traste de la tierra tenebrosa con la hondura diéfana del aire. Les parecia que el cielo se iluminaja dema- siado rapido, sin dale tiempo de disolverse a la noche. Del cinto les colgaban sables sin vaina; el paiio de los uniformes hab{a sido’ cortado por manos inhé- biles; en las cahezas rapadas, los quepis demasiado grandes los volvian pueriles. Los:que.fumaban no es taban més despiertos que los dems; levarse el ciga- rrillo a los labios, inhalar con fuerza, eran gestos del suefio. El humo se disolvia en la brisa heladz Los pAjaros se- dispersaron en la radiacion gris, sin hacer ruido. Todo era silencio, resaltado a veces por el grito lejano de un tero, o los resoplidos ansiosos, con una nota myy aguda, de los caballos, a los que ‘S6lo el adormecimiento de sus duefios les impedia echarse a correr hasta la disolucién, tanto era el CiisaR Ama espanto que Jes producia la tierra. Pero de aquellas sombras no salfa nada, excepto una liebre trasno- chada que hufa por la hierba, o una polilla de seis pares de alas, Los bueyes, en cambio, bestias de patas muy cor- tas a los que la media luz hacia parecer orugas conto- nedndose en un pantano, eran totalmente mudos y nadie les habia ofdo proferir siquiera un murmullo. Solo el ruido de! agua en el interior, porque bebian’ cientos de litros por dia; estaban lIlenos, intoxicadés de dgua. Cuatro yuntas tiraban de cada, carreta, grandes como inmuebles. Tan lenta era la marcha, y tanta la cantidad de fuerza empleada para mover- las, que se deslizaban con facilidad imperturbable. La falta de accidentes del campo contributa, y sobre todo e] didmetro desmesurado de las ruedas, de ma: dera roja, con una bola hueca de metal en el eje; que Ienaban dos veces al dfa con grasa de color de miel, Las primeras carretas tenfan toldos e iban lenas de eajas, todas las demas eran abiertas y una multitud heterogénea apifiada en ellas dormi- taba 0 movia con tedio los miembros encadenados, para mirar algiin horizonte vacio y remoto. Pero la luz sepia y bistre no siguié aumentando- indefinidamente. Llegado cierto momento comenz6 a decaer, como si el dia se rindiese a una noche de eterna impaciencia; y para completar el eustdro pron- to estuvo loviendo oscuramente. Los soldados se ct brieron gon los ponchos que llevaban enrollados en las sillas, con gestos no menos aletargados que la Il via indecisa que les mojaba las manos y hacia ‘subir- del pelo de los caballos un olor pengtrante..Los hom- bres y las mujeres de las carretas no se movieron, Apenas uno que otro alzaba la cara al agua suspendi- EMA, LA CAUTIVA 9 da para lavdrsela como un muerto, Y nadie hablaba. No tgdog. habjan abierto'los ojos. Poco a poco volvié ‘a claridad, y las. nubes se pusieron blancas. La falta de viento hacia irreal la escena del viaje. Al cab. de tres 0 cuatro horas'la Iuvia pesé como Yiabia: empezado, dejando el suelo cubierto de refle- jos, vuelto otro ‘cielo, y no menos temible para los pusildnimes caballos; ai final de la caravana se arras- traba una tropilla de doscientos lobunos de refresco, delgadisimos, de grandes cabezas expresivas y ojos cargados; ya habian debido sacrificar una gran, can- tidad de los que montaban, y seguirian haciéndolo, de’ modg que a todos los de la retaguardia les lega- ria el turno de ser utilizados: aturdidos y' casi ciegos como iban, el menor tropiezo o la mordedura iticcua de un sapo bastaban para inutilizarlos.. Por supuesto, y a modo dé justicia poética, se los comian. ‘Tan invariable era la configuracién de la parhpa que en‘el curso de toda la mafiana s6lo tuvieron que desviarse unos cientos de metros de la linea recta mareada por los baqueanos, para evitar el tnico aceidente: unas profundas cafiadas excavadas er el suelo quién sabe en qué antiguas perturbaciones geo- logicas, muros calizos de un blanco y pardo recién lavados por la Iuvia, en los que brillaban como el 6nix los huecos de las vizeacheras. De los bordes colgaban trémulos ramos de junquillos con las flores secas, y un gran chingolo solitario se sacudia la humedad de las plumas con aleteos vigorosos. Frente a las‘cortadas los soldados parecieron salir del entre- suefio. Uno de ellos, hirsuto y desalifiado, se adelanté César Ama hasta el teniente y pidié permiso para cazar vizea- chas para el almuerzo, El oficial se limité a encoger Jos hombros sin. ocultar Io poco que le importaba Jo que hicieran o dejaran de hacer. Hubo unos gritos, y una decena de soldados se desprendi6 de la tropa’en direccién a las barrancas. Lo imprevisto del galope puso en estado de horror supremo a los caballos, que agitaban las patas al azar en una parodia de carrera, las cabezas sacudidas y los ojos velados de lagrimas Pero afortunadamente para ellos, danque no lo sabigi, la caza se practicaba a pie. Bra una operacién vivaz y hasta colorida, dentro de los limites de neutralidad opresiva de la -escona general. El hombre acercaba la cara a la boca de una cueva y soltaba un grito seco. Las vizcachias, que a esa hora-dormfan profundamente, saltaban afuera sin pensarlo y eran degolladas de inmediato. Debian, trabajar a dos manos, con el sable y una daga que Mamaban “fac6n”, tanta era la cantidad de animales que brotaban de la profundidad, més dificiles de aleanzar una vez que salian al exterior, cosa que lograban cuando dos pasaban el umbral a la. vez; en ese caso las acuchillaban cuando iban trepando Jos murallones, las clavaban a la cal blanda, Los solda- dos sudaban corriendo y tirando tajos a los grandes roedores blancos, muchos de los cuales aparecian cargados con las erias, que se quedaban junto al cuerpo decapitado de la madre bebiendo Ja sangre. Notaron con satisfaccién que estaban gordas, ceba- das. Lag mas grandes legaban a medir un metro de largo, y alguna que se escurrié entre las patas de los caballos produjo la peor conmocin; ya el olor de la sangre, de notable intensidad, 16s habia predis- EMA, LA CAUTIVA - puesto al miedo. Tos perros innumerables que venfan con la caravana corrieron a la depresién ladrando como demonios. No se atrevian a morder més que a las heridas, y-mas de uno recibié un sablazo por error-o quedé descoyuntado.a golpes cuando inten- taba robar una presa. Como nunca les daban natla de comer, era un milagro que conservaran la vida, y més atin’ que persistieran en el viaje. Una vez que la tiltima vizeacha quedé tendida entre el agua y la sangre, las ataron en manojos por las colas; pero antes de montar buscaron las erfas, no mas grandes que un pufio en aquella época del afio. Sin matarlas, les abrfan un agujero en el vientre con la punta del cuchillo y aplicaban los labios. Con una sola succién se incorporaban el interior blando y tibio del animal, todo sangre y leche. El despojo, una mintiscula bolsa vaciada, se lo tiraban a los perros, que debieron, con- formarse con ellas y alguna cabeza. Entretanto la caravana se habia dlejado un par de leguas. Después del mediodia volvié a loviznar, y el teniente dio la voz de alto para el almuerzo. Al lado de las carretas, los soldados armaron semiesferas de papel embreado, para proteger el fue- 20; bajo la mirada desdefiosa de los convictos se ocuparon de cuerear las vizcachas con fantastic ha- bilidad, para ensartarlas luego en asadores de hierro y exponerlas al fuego unos pocos minutos; la carne era tan inmaculada como la del lenguado, pero de sabor agrio. -La dieta de Ja travesfa, charque y galletas, era igual para la tropa y los prisioneros, salyo que éstos recibian media racién. No tenfan motivo para deplo- rarlo, ya que no hacfan el menor gasto de energia y se pasaban el tiempo durmiendo echados unos con- Ciisar ARA tra otros en las carretas, En cuanto a los oficiales, su régimen no era distinto, pero acompafiaban pun- tualmente las colaciones con aguaridiente, y a veces se limitaban a beber. La tnica variacién de la rutina se producia cuando tropezaban con una bandada de fiandies o perdices, o alguna codorniz o una liebre cuya carrera se éntretenfa en interrumpir el teniente con un certero disparo. Mientras se calentaba el agua para el mate coci- do, tres auxiliares cortaron el charque en, cintas; luego procedieron al reparto a lo largo de las carre: tas; el estado de debilidad y embotamiento de los presos era tal que les repugnaba el esfuerzo de edmer ; a més de uno fue preciso obligarlo con, un puficta- zo a estirar la mano y recibir la galleta y el jarro en el que otro soldado echaba un chorro hirviendo del Ifquido verde. Los cuatro oficiales tomaron asiento en las caro- nas de respaldos altos que habfan tirado al suelo de cualquier modo. Indiferentes a la luvia, dirigian al vaeio miradas entre estipidas y maligrias. Desde ha- cia meses habian Wejado de tomar en cuenta la exis tencia de aquella sorda muchedumbre que dependia de ellos; se sentian planetas libres girando al azar en un limbo de aleohol y tiempo sin ocupar. Los cabos eran una decena, pero solian ser degradados, a veces siti manifestacién alguna, y de todos modos, se confundian con la tropa, en la que nada se age- mejaba ni remotamente a la disciplina militar. Ex- cepto con el teniente, no se respetaban. las formas, ¥ él mismo las consideraba un arcaismo frivolo, Eran. hombres salvajes, cada vez més-salvajes a-medida que se alejaban hacia e] sur. La razén los iba aban- EMA, LA CAUTIVA 13 donando en el desierto, el_sitio excéntrico dé la ley enla Argentina del siglo pasado. “Kutoridad suprema y aislada en la caravana, el teniente era un hombre joven, aparentaba unos trein- ta y cinco afios, y, hacia no menos de diez que vivia. en da frontera. Habia realizado varios de estos viajes desde Buengs Aires transportando carga humana, cada uno de los cuales, entre la ida y la vuelta in- sumia casi un afio. Tenia manos blancas y, fofas —s6lo de noche se quitaba los guantes—, el pelo ne- gro y aceitado, y al caminar producia una incdmoda impiesin de torpeza bamboleante por el ancho de Jas caderas, inadecuadas para sus brazos y piernas flaeos; en cambio era un excelente jinete, y €l nico que usaba ‘silla inglesa con cuerno. El mayor a sus érdenes era un viejo de largo pelo gris y uniforme desalifiado; los otros dos, sar- gentos achinados y taciturnos. E] teniente desenroscé la tapa de su cantimplora y tomé un trago de aguar- diente, Los demas lo imitaron con gesto mecénico. La bebida les era connatural. La lluvia persist{a, en un estado imperceptible. Desde los ‘horizomtes osci- ros provenian truenos, E] teniente’ sacé el reloj del bolsillo y lo estudié como idiotizado: las dos. ‘Al fin el auxiliar les trajo una vizeacha asida y una bolsa de galletas. No comieron tanto como bebie. ron, y todo el almuerzo transcurrié sin que pronun~‘ ciaran una sola palabra, El teniente no probé bocado, no hizo el menor gesto cuando le ofrecieron una presa y siguié fumando; era tan descuidado que la lluvia Je apagaba y deshacia el cigarrillo: lo tiraba y ar- maba otro sin protegerlo mas que al anterior. Bebié todo el tiempo, hasta vaciar la cantimplora cuya pro- visién habia hecho renovar dos veces en el curso de César AmA ~ Ja mafiana; ahora mandé a uno de los sargentos a que * la volviera’a lenar, y al recibirla de vuelta tomé un Jargo trago. Su actitud al menos tenia coherenci —éY el francés? —pregunté de pronto con voz turbia. Las palabras quedaron bellamente resaltadas en la extrafieza. Los hombres tardaron en sentir la pregunta, primero tuvieron que mirar el pasto mo- Jado, los huesos azules de la vizeacha, alguno clavé Ja vista en las:botas embarradas del teniente. Recién entonces miraron alrededor. La hilera de carretas detenidas se extendia varios cientos de metros, y todo era silencio y movimientos enviscados.. —Estaré alli —aventuré el mayor seffalando con la barba la dormida confusién de caballos. A él tam- bién lo sorprendié su propia voz. Mandé a buscarlo, aunque todo parecia inttil. Lo encontraron junto a un caballo tratando de hacer un colchén para la montura con cueros de vizcacha. Co- mo no habfan sido’ curados, en un par de dias ten- drfan un olor insoportable que infectarfa a la silla, permanentemente, y al caballo, pero no lo sabia. Traté de explicarle al sargento que no-tenia ham- bre. Pero después de una breve indecisién lo siguié, ereyendo que el teniente tendria algo que decirle. No quiso desairarlo, aunque odiaba la idea de tener que unirse a ellos. Los altos del almuerzo le resultaban indeciblemente melancélicos, y la Iluvia volvia casi insoportable el de hoy. El oficial ge limit a invitarlo a probar la eaza, El francés reprimié un suspiro de insatisfaccién. Tomé con dos dedos un muslo blanguisimo mojado de Iluvia y le dio un mordisco, No estaba tan mal como habia esperado: El sabor tenia algo del gamtio, EMA, LA CAUTIVA 16 algo del faisin. Tratando de no pensar enlas mira- das 4tonas que le dirigian siguié adelante, y con un trago ocasional de aguardiente aguado dio cuenta de todo un euarto. Pero no habfan transcurrido diez minutos cuando lo vomité estrepitosamente, en medio de los mareos més atroces. Estaba completamente blanco. Cuando ya no le quedaba nada en el estémago caminé un rato con los ojos cerrados y después traté de comer una galleta dura, también humedecida por la luvia, masticando concienzudamente. Pero hasta eso le. pro- ‘ducia nauseas, de modo que renuncié. Era, un ingeniero contratado por el gobierno cen- tral para hacer trabajos especializados en Ia fron- tera, hacia Ja que habia partido aprovechando la marcha de un contingente de convictos, pocos dias después de su desembarco. El cambio precipitado de ambiente hacia inevitable su desconcierto ante las condiciones irreales del desierto. No hablaba el idio- may ni lo entendia. Los hombres le parecian bestias, y su sociedad inhumana, Era pequefio y frégil, de unos treinta y cinco afios, con la cabeza demasiado voluminosa y una'gran barba asiria como se usaba en aquellos tiempos. Tenfa un traje azul, que alter- naba con otro gris, siempre con la chaqueta aboto- nada hasta el cuello. La intemperie le habia puesto’ roja la cara.y las manos, y las visiones del viaje le dieron un brillo perplejo-a sus ojos azules. Se prote- gia de la luz bérbara de la Hanura con gafas de cristal verde, pese a lo cual sufria de un permanente Horiqueo. Esta mafiana se habfa puesto un‘ capote para protegerse de la Iuvia, tan pesado que lo hacia sudar; a cada rato debia secarse la cara con un.pa- fiuelo, y escurrirse la barba disimuladamente, César Ata Cuando volvié a sentir bastante domini como para hablar, se dirigié al teniente, —Supongo que fue un error tratar de comer ese animal. : de si —Supongo que si —le respondié el otro con sorna, —Me revolvié enteramente. —Lo noté, Los soldados se comen los cachorrod erudos. ‘ Duval no pudg evitar un gesto de repugnancia, que provocé la risa despectiva de su interlocutor. —Tendré que conformarse con las perdices y e] / aguapampa, * La mencién' de 1gs perdices lo deprimié;.de todo el alimento que ofrecfa.la. pampa y las provisiones militares, esas avecitas eran lo dnico que admitfa su estémago, siempre y cuando estuvieran bien asadas; pero como carecia de toda habilidad.para atraparlas ge vefa sujeto al humor de los gauchos que en oca- siones dejaban pasar: grandes bandadas con indife- rencia, pues para ellos eran un plato inferior, y el . trabajo de pelarlas, por supuesto, los atraia menos atin, De modo que habia pasado, una y otra vez, una semana entera 0 més alimenténdose de galletas (la carne seca le daba asco de sélo olerla) y el horrible mate cocido que le producia edlicos y una intolerable urgencia constante de orinar. Se habfa sentado junto al teniente, hacia el: que sentia la m&xima antipatia; pero era el Gnico.con.el que podia hablar en francés, y pasaria mucho tiempo » antes de que lograse mantener una conversacién en castellano; cada vez tenia menos confianza en llegar a dominar la lengua, con tan pocas oportunidades de aprenderla en aquella soledad de seres brutales que EMA, LA. CAUTIVA 17 se comunicaban con, grufiidds, y sabfa que en la fron- tera.se hablaba un dialecto a medias indio, con ¢l que tendria que empezar todo de nuevo. Después de un momento, sin embargo, el teniente tuvo utia sonrisa algo menos malévola para darle, con éaleulada displicencia, una informacién que lo sobresalt6: —Esta ‘noche entraremos en Azul, y podrd har- tarse, —iCémo? Esta noche? —tartamudes Duval, amargamente consciente una vez mas de lo mucho que ignoraba de los limites del viaje, El fuerte’ de Agul era Ja titima parada, y aunque Ja venia espe- raido, desde hacia semanas, recién ahora se enteraba de que estaban tai cerca. Traté de moderar la exci- tacién froténdose las manos. Los dems oficiales se- guian distrafdos, como si no pereibieran las palabras en otro idioma. Esper alguna informacién suplemen- taria, que no se produjo. —wA qué hora legaremos? El teniente se limité a encogerse de hombros ¥ escupir. Sacé una pitillera con delgados cigarros de hoja y lo convid6, sin mirarlo a los ojos (nunca lo hacia). A través del humo que se disolvia en la llo- vizna, Duval lo estuvo observando con sincera eurio- sidad. Antes de partir alguien le habia dicho que el teniente Lavalle pertenecfa a una riquisima familia de hacendados, y habia estudiado en liceos franceses *e ingleses; informes que no lo habfan preparado, muy por el contrari, a una entrega tan intensa a las formas innumerables del salvajismo. En 61 era nota- ble una delectacién barbara que faltaba incluso en los soldados més primitivos, y quizis hasta en los 18 César AIBA . presos, ya no humanos. Desde’el principio habia, per- cibido un désarreglo morboso del énimo en su desin- terés absoluto por la naturaleza: no diferenciaba un ave de otra, ni un ratén de una liebre, ni el trébol de la verbena: una eeguera con su nota de demencia, una especie de manfa al revés que podia Nenar de horror a un acompajiante forzado. Aunque existia la posibilidad de que sug respuestas erréneas no fueran sino otro rasgo tortuoso de humor. Siguié fumando y bebiendo sin volver a prestarle atencién. Yl gris del cielo se habia. vuelto blanco, ¥ sobre el horizonte se vefan cruzar la atmésfera fran- jas oblicuas, amarillas de sol o azules de lluvia. Los soldados dormitaban, hartos. Duval salié caminando a lo largo de las carretas, tratando de sobreponerse ala debilidad que le habia dejado la descompostura. En todas las paradas le resultaba necesario caminar cuanto pudiera, aun cuando el cansaneio habia ido creciendo con el corer de los ‘dias hasta empaparle cada uno de los huesos. Caminar'era el Ginieo'antidoto a su ‘aleance contra la melancolfa que Je causaba el contacto permanente con los caballos, tan digtintos de los que. habia montado en Europa que por momen; tos dudaba que se tratase de la misma especie. La raza equina criolla era un contrasentido, una falla en el mundo animal, y de las muchas sorpresas que le deparé el viaje, ésta fue la mayor. Ya habia cam- biado tres veces de caballo, trocando los que morian ~ (uno se habfa extinguido entre sus pigrnas, por el sobresalto de una diminuta polilla bailarina) por otros no menos pusildnimes, masas distorsionadas de visceras y pellejos y crines secas ligados exclusiva- mente por el miedo. Ahora se alejé lo.mas que pudo EMA, LA CAUTIVA ' 19 de la caballada, miréndose las botas, y las matas de pasto. Le resultaban m&s Soportablés los bueyes, ‘aun que también eran monstruosos, demasiado cilindri cos y con las cabezas pequefias como la de una serpiente. ‘Por supuesto, habria sobrellevado con gusto estas excentricidades del nuevo continente, si se htbiera visto en ¢ompafifa menos inquietante... Eché una mirada de reojo a los presos, preguntandose emo so- portaban la inmovilidad. De s6lo pensarlo se Je tra- baban las piernas.’Apenas durante media hora, al crepiisculo, y bajo la més estricta vigilancia, los’ de- sencadenaban y les permitian salir de las carretas, pero la mayorfa preferfa quedarse donde estaba, Era sorprendente que viviesen después de tantas semanas de quietud vegetal, hacinados y casi sin alimentacié1i, Se preguntaba qué interés podia tener el ejército ‘en transportarlos costosamente a los fortines, si ya casi no vivian. Claro que ignoraba qué se hacia en aque- los Iimites del mundo. Y por otra parte esos desdi chados quizés tenfan mas resistencia de la.que podia deducirse de sus condiciones; segin el teniente, los motines eran frecuentes, razén por Ja que no relaja- ban un minuto el control sobre ellos, y lo iban ha- ciendo mas y mas severo a medida que se adentraban en la provincia. Nunca se acereaba a las carretas, y hoy el hedos que partfa de ellas era insoportable, como si la Huvia, hubiera liberado los eflavios més horribles de sus cuerpos martirizados y del fondo de sus perennes le- ‘hos, No obstante lo cual dormfan o miraban el vacio con ojos impasiblés. De pronto una mujer Je pidié un cigarrillo con voz ronca; sobresaltado, Duval simulé 20 César Ama no ofrla y en su confusién tiré a un charco el que estaba fumando. Los oficiales solian separar algunas mujeres por la noche y Hevarlas a sua recados. En el primer arroyo al salir de Buenos Aites les habjan hecho bafiar y cortar el pelo al rape, pero desde en- tonces las ini¢iativas higiénicas habian sido muy mitadas; él, por supuesto, se abstuva de todo con- tacto, En las carretas la promiscuidad era total, y como tantas otras cosas en el viaje, pareeia fluetuar entre lo permitido y lo prohibido. Pogo tiempo atras habia tenido lugar una demostracién especialmente cruél de la-inasibilidad de sus leyes; un hombre a pleno dia se acoplaba ruidosamente con un ser \inde- finido en una carreta, sin ocultarse, Iq que no era un espectéculo infrecuente ni mas desagradable que otros; apenas si sorprendia que alguien conservara Jas energias necesarias. Duval iba cerca y ni siquiera desvié la mirada. Estaba por talonear al caballo cuando vio el rostro hinchado y Ifvido. del teniente que pasaba junto a él, hacia la carreta. Era evidente que estaba en un mal dia, y aun asf actué con apética indiferencia, la misma que habria mostrado su vietima de haber tenido oportunidad. Inclinéndose a un lado en su silla inglesa, aferré al hombre por el pelo y de un solo tirén lo desenganché de su compafifa y Jo eché fuera de la carreta; el convicto quedé colgado cabeza abajo con una cadena en el tobillo esquelétivo. Duval, que habia ereido que con esa brutalidad ter- minaba el castigo, vio aténito’ eémo el teniente le cercenaba de un sablazo los genitales y el hombre se desvanecia bafiado en su sangre. Quedé en esa posi- cién hasta morir, y Lavalle sélo consintié en desem- barazarse del cadaver (le cortaron la pierna a ha- EMA, LA CAUTIVA 21 chazos) tres dias después, cuando el olor de la ca~ rrofia volvia irrespirable el aire a todo lo largo’ de Ja caravana, Ya se ponia el sol cuando uno de lds baqueanos que iban a la vanguardia levanté la mano para sefia- lar a lo Jejos el primer atisbo de las poblaciones de Azul. Duval, presa de una fatiga que ya desbordaba de su continente fisico, iba improvisando al ritmo de su cabalgadura una balada sobre el crepisculo, repi- tienda. palabras en su melodiosa lengua natal y pen- sande, como pensaba todos los dias a esa hora desde hacfa mas de un mes, que aquellos cambios de color en el cielo y las transformaciones de las nubes entre, digamos, las seis y las ocho, podrian servir de mate- ria a una especie de novels, siempre y cuando el autor se atuviera al realismo més xiguroso; esa no- vela, informe de colores, atmosféricos, de pasajes y flujos, seria la apoteosis de la futilidad de la vida. 2¥ por qué no? Una saga sumamente estiipida; el mundo ya estaba maduro para aceptarla, o en todo caso lo estaria cuando él terminara de escribirla: To- das las tardes prestaba una atencién apasionada’ a ese banal caos cotidiano, y sofiaba, Avido lector de novelas desde la infancia, sus favoritas habian sido las aventuras en sitios extrafios y salvajes, y ahora que él mismo se hallaba en un escenario asi, com- probaba que en el curso de las aventuras lo que cuenta es la repeticién exacta de los dias. “Las ave turas”, se decfa, “son las aventuras del aburri miento”. 2 César AMA Fue el tinicb que no vio nada, aunque tenfa bue- nos ojos; la direccién sefialada era precisamente el foco del poniente, que lo deslumbraba demasiado, Pero un par de horas.mas tarde, cuando el teniente_ dio 1a voz de alto, podia divisar hileras de chozas co- Jocadas en un rea al parecer interminable, Interrogé a Lavalle sobre una forma extrafia que asomaba del horizonte. Le respondié que era el fuerte, Pero debe ser gigantesco! —No tanto. Aqui se pierde el sentido de las pro- porciones. Acto seguido lo invité a cenar con él en Azul. Aunque sorprendido por la repentina cortesfa, aéepté con gusto y esperd a que ordenara la disposicién del campamento y los turnos de guardia, deberés que el teniente cumplia con notoria repugnancia. Salieron al galope, los dos solos, con las iltimas luces. Podia decirge que en aquel entonces Azul era una tipica poblacién del desierto: no mAs de cuatrocientos laneos, casi todos ellos aglutinados en un fuerte palaciego, y entre cinco y seis mil indios mansos que Jo hacfan todo mientras sus amos cultivaban un ocio poblado de ensofiaciones econémicas o militares. Los toldos nativos se dispersaban entre los arroyuelos afluentes de un rfo gris que se arrastraha hacia el sur, cuyas aguas no tomaban los blancos porque le encontraban un regusto salobre, de modo que sacia- ban la sed con vino y licores, con el resultado que era de esperar. En el centro se alzaba el fuerte, original- mente un cuadrado de empalizadas con mangrullos en las cuatro esquinas, y ahora desmedidamente esti- rado en todas direcciones por la necesidad de mis EMA, LA CAUTIVA 23 y més criados internos; su aspecto actual‘era el de una torre de Babel o mAs bien una heteréclita ciudad de juguete, con, chozas mintisculas colgadas’ de las murallas, panales amorfos de cuartos agregados en Jo alto, puentes y pasajes suspendidos por donde co- rrian los nifios, y las mujeres colgaban ropa de pre- carios cordeles. * Cuando logré apartar la vista de esa construccién fantéstica, Duval tomé concienca de que atravesaban Jos suburbios de Jos salvajes, muchos de los cuales estaban sentados pacificamente en el suelo con ciga- rros entre Tos dedos, y expresiones de la mas abso- luta indiferencia ante el paso de los dos extrafios. Era la primera vez que vefa indios, y le habria gus- tado examinarlos con més detenimiento, pero’ el te- niente iba como una exhalacién, y no quiso quedarse atrés. BE] fuerte no tenia portones. Entraron al paso por un, dédalo de barracas hasta dar con la comandancia, un imponente edificio de piedra con dos alas asimé- tricas. Un salvaje apostado en la puerta se hizo cargo de los caballos, que evidentemehte le causaban gracia, Lavalle se sacudié e} polvo del uniforme y se -quité los guantes. Altivamente le orden6 a un alfé- rea que lo anunciara al coronel. Un teniente, después de las formalidades, los condujo por largos corredo- res hasta una antesala casi a oscuras, donde los dejé esperando un minuto. En la oficina del comandante dos quingués de cristal rosado iluminaban el pesado mobiliario de caoba y bronees. El coronel Leal era un anciano pe- queiio, distinguido, de cabello blanco y rasgos tristes y bondadosos; abrazé al teniente, que lo llamé “tio”, y.se volvié ceremoniosamente hacia Duval, con quien, C#sar Ama en cuanto fueron presentados, comenz6 a hablar en yn francés fluido y sin acento. —Celebro infinitamente su visita, Aquf tengo tan pocas oportunidades de practicar mi francés... 1 —Que es inmejorable, puedo asegurarselo, ;Ha vivido en Francia? —Pasé largos afios en su querida patria, antes Por supuesto del advenimiento del tirano. Duval tuvo que reflexionar un instante para com- prender que se referfa a Bonaparte, Cautelosamente, prefirié cambiar de tema: —Pero.aqui, la lengua... —iEn efecto, amiguito! Nadie pronuncia la dulce lengua de Ronsard en la pampa. ;Por qué habrian de hacerlo? No veo un solo motivo aceptable. A veces yo mismo me sorprendo de no haberla olvidado. Si no fuera por los libros... y algunos de mis oficiales, felizmente instruidos... ;Pero ya podra constatarlo usted mismo! Allé en Pringles no tendré muchos interlocutores, y por cierto que mi colega Espina no serdi uno de ellos —terminé riéndose. Espina era el comandante del fuerte de Pringles, y Sobre su persona circulaban los rumores més alar- mantes, que habian Iegado a preocupar seriamente a Duval, pues una vez en la frontera estaria baja sus érdenes directas y exclusivas; lo pintaban como un ser semisalvaje, con sangre india en las venas, apasionado por el terror y tirdnico al grado méximo. E] coronel sirvié tres copas de cognac y convers6 un rato animadamente gon su sobrino, mientras Du- val, hundido en un gran sillén, se adormecia en una niebla de fatiga y torpor. A la pregunta de si querfa darse un bafio antes de la cena, respondié con una EMA, LA CAUPIVA ‘25 afirmacién casi incrédula. Le pare¢ia absurdo.. El mundo civilizado se le habia vuelto una quimera, pero el coronel hizo sonar una campanilla y le ordené a un auxiliar que lo condujera aun cuarto de Hiuéspedes y le preparara el bafio. El ingeniero siguié al criado como un mufieco, Esper6 fumando mientras se ejecus taban las Grdenes; después se quits la ropa para introducirse en el agua con un rictus de placer que ‘gra casi doloroso, Media hora después se secaba en- vuelto en un’ toallén blanco. Antes de vestirse se en- tale y perfumé con frascos que habia en el tocador; no sin sorpresa observé que abundaban los detalles femeninos, més all4 del empapelado rosa: quizds el cuarto habia pertenecido a una querida. Se eché -en Ja cama y dormité un rato hasta que vino el mismo siryiente para‘llevarlo al comedor. En la cena, ala que asistieron, ademas del coman- dante y el teniente Lavalle, otros dos oficiales, la conversacién se desarrollé en francés del principio al fin, Fueron servidos por criados descalzos, cuya ocupacién constante era renovar.las batellas de-cham- pagne, que se vaciaban como por arte de magia; cada vez que entraban o salian se agitaba la’luz dé las velas produciendo deliciosas escintilaciones de pala~ bras en'la cabeza del europeo, quien pasado un primer momento de perplejidad descubrié que s{ podia comer y beber en abunddneia, y no dejé de hacerlo ni por un momento. Disfrutaba de la velada, aunque sabia melancélicamente que el brillo de la conversacién y el arte consumado con que lo obligaban a ejercer una desdefiosa condescendencia de metropolitano no eran otra cosa que un espejismo que se desvaneceria en un abrir y cerrar de ojos. Después de todo, se decia, los buenos modales son una ilusién transpa- César Ama rente como el aire, y estos contradictorios atroces caballeros sélo existian en tanto eran'-representacio- nes del vacio inocuo de la estrategia, El teniente La- valle trinchaba un pato con instrumentos de plata, y de vez en cuando le lanzaba una mirada dificik de interpretar. ‘Se refan de sus desventuras gastronémiicas en la travesia, segin el relato pormenorizado del teniente. Duval también solt6 una carcajada, y mientras daba cuenta de una docena de ostras se preguntaba si no - habria sido un suefio, La anéedota, tan reciente, de la vizeacha, hizo Horar de la risa al coronel. —Yo también intenté comer una vez uno de esos ratones inmundos —le dijo—, y el resultado fue el mismo, ; | Hablaron de las comidas autéetonas. _ —Con los animales que cazan, decia uno de los oficiales residentes, los indios preparan platos més complicados de lo que podria esperarse de su pobreza. Pero a un blanco le es, diffcil habituarse, y si lo hace puede perder el sabor de la cocina convencional. —No perderia gran cosa, dijo Lavalle. Su tio lo contradijo: —Puede ser motivo de una eterna melancolia,, Hablaba como si lo respaldase una experiencia personal, Tenfa una buena dosis de misterio. Duval se pregunt6 a qué curioso azar‘responderia que esos eaballeros refinados y bon-vivants hubieran ido a parar al desierto. Pasado un rato, la conversacién volvié a asuntos de interés mas inmediato. El tenien- te, que hacia casi un afio que faltaba de Pringles, inquiria por las novedades, pero era muy poco lo que, podian decirle. Aun cuando todos lo -habfan visitado “EMA, LA CAUTIVA 2T sal menos una vez, los. oficiales de Azul tenian a aquel sitio por algo remoto e inaccesible, casi como los dominios indigenas. Adem4s, estaban bastante ocupados con sus propios problemas: dos meses atrés Azul habia recibido la visita inopinada de un ma- lén... Duval se sobresalté y presté ofdos al relato. Habian sido diez mil indios, en un ataque relampago ; vinieron de noche en su caballeria mis veloz, yal marcharse con todas las reses dejaron un millar de degollados y a casi todos los soldados sin esposas. Durante semanas se habjan visto obligados a sub- sistir de la caza y la pesca; recién ahora estaban reponiendo los rebafios. —i Qué indios eran? —pregunté Lavalle. —Desconocidos, Debian haberlos visto, pintados, emplumados... Todo un espectéculo, Por lo visto vinieron de muy lejos. Segin nuestros “niansos”, eran guerreros de Catriel, Jo cual es muy dudoso. Inmediatamente después del ataque, relaté Leal, envié una partida a Pringles, ‘suponiendo que podia haher sido devastado, por hallarse en la ruta obligada del malén, Pero no era ask No habian visto las’ co- lumnas, y a la partida ni siquiera se le permitié pernoctar en el fuerte, Demés esté decirlo, sus ofi- ciales no obtuvieron audiencia con Espina. —Como ven —coneluyé—, el reducto conserva su hermetismo. Por momentos pienso si no nos conven- dria a todos olvidarnos de'su existencia. .—Se me ocurre algo —dijo Lavalle—. ; No es po- sible que el corone! haya concertado una paz separada con Catriel? Leal se rié ruidosamente, CEsaR AIRA {No, de ningung manera! Ninguno de los caci- ques importantes, y Catriel menos que cualquiera de ellos, se tomaria la molestia, De hecho no creo que sepan siquiera que alli hay un fuerte, porque el bos- que mismo euyas puertas. se supone que protege, lo oculta, Las expediciones bélicas de los salvajes, para ganar tiempo, salen a la pampa muchas leguas antes ‘de Pringles. Volviéndose hacia Duval, procedié a darle -una explicacién suplementaria: —La disposicién de las dos Iineas de fortines, que le debemos a lag elucubraciones del inepto Alsina, ha sido tan torpe y tan excesiva y prematura que lo iinico que logramos fue crear entre ambas una tierra de nadie imposible de custodiar, en la que las hordas se mueven con toda comodidad. Se suponfa que la nueva Iinea, de la que Pringles es el punto central, volverfa obsoletos nuestros dispositives defensivos 'y permitirfa el asentamiento de colonos, pero no ha sido asf: seguimos recibiéndo tantos ataques como antes, y tan inesperados, mientras Pringles se vuelve cada vez mAs lejano, como un planeta que se apar- tara de nuestra drbita, ‘Tomé un trago de champagne antes de continuar: —De hecho, el fuerte deberia haberse derrumbado por el peso de las cireunstancias, y es lo que habria sucedido de no ser por Espina; sin él Pringles deja~ ria de existir en un instante. En aquel ambiente tras- tornado sus defectos han resultado virtudes: su de- senfreno y salvajismo lo preservan de la muerte vio- lenta que seguramente merece. Asimismo, dicen que es un notorio avaro, lo que estimula su iniciativa. Ha hecho tratos con algunas tribus y mantiene un Ewa, LA cavinva 29 -comercio muy activo; hasta nosotros, por ejemplo, llegaron una’ vez unas piezas dela famosa loza.blanca de os indios. Mas -atin: imprime dinero, coma.‘os catidillos de la Mesopotamia... En fin, todo se le per- dona en nombre de su aptitud milagrosa para sobre- vivir, aunque la utilidad que pueda tener para noso- tros esa supervivencid es mas que discutible, como Io prueba el malén que nos visit6 dias atras. El cuadro que se hacia Duval del personaje es taba recargado de matices sombrios. Se preguntaba cémo' seria trabajar para un individuo como aquel, omnipotente e impune. Ni siquiera sabfa cual habria de ser su trabajo, pues recibirfa in situ las instrue- ciones del fantéstico coronel. —iY qué saben de las condiciones de vida frunté el teniente—, ,han tenido hambrunas? —iEn Pringles? {No lo, creo! —se rié el coro- nel—. {Mas bien todo Io contrario! Aunque lo conozco muy poco, podria aségurar que Espina se privaria de cualquier cosa menos de la comida, Supongo que la necesita para mantenerse en movimiento, como” uxt cocodrilo’ necesita sus siestas en el barro: Y con el. bosque al alcance de la mano, por asf decirlo, tiene a su disposicién un aprovisionamiento ilimitado de caza menor y mayor, con el solo expediente de en- contrat (y ha tenido tiempo de sobra para hacerlo) uno de esos bolsones Ienos de jaguares y venados. Que los indios Je permitan irrumpir en sus cotos, es otra cosa. Pero Espina tiene muchos recursos. Pertenece a esa casta de barbaros opulentos, elo- cuentes en transformaciones de la fortuna, siemipre colmados aunque son un imén para la miseria. Hace unos afios —siguié dirigiéndose al francés—, poco después de la fundacién del fuerte, se corrieron his- 30° Ciisar. ATA : torias de antropofagia, naturalmente falsas y muy comunes en estas circunstancias, al punto que podria decirse que sin uno de esos mitos ninguna fundacion puede considerarse consumada. Una vez'le mandé al corone] un recorte del diario de Las Flores con su carieatura como Nabucodonosor pastando hierba Pero no se alarme, usted mismo podré desmentir dentro de poco toda la fabula; hoy dia supongo. que Espina débe preferir las charatas que les compra a los indios y que sus cocineros le rellenan con trufas, y ciruelas. —4No esta prohibido el comercio con los-indios? —La ley né tiene el brazo tan largo. Todo lo que se haga de aqui en adelante —hizo un gesto delimi- tatorio hacia el oceidente— no responde a ninguna autoridad, a ninguna legislacién. Pero, fijese qué cu- rioso..., no ereo que con su tréfico Espina violente ninguna orden, ya que lo hace con el dinero que él mismo imprime; de modo que para el gobierno central ese negocio es positivamente inexistente. Los criados volvieron a lenar las copas, en las que Duval ahogé su asombro, y el coronel cambié de tema: —No le envidio Ia suerte a esos desdichados ‘qué Mevan a Pringles —dijo suspirando. Se dirigia al francés—. Si las condiciones en que viajan Ie han parecido malas, espere a ver lo que tendran que so- portar los pobres diablos, hombres y mujeres..., salvo que leven alguna lo bastante atractiva como para el serrallo... ‘Miré interrogativamente a Lavalle, que nego con la cabeza: EMA, LA @AUTIVA 31, Ai sofiarlo. La habrian vendido en Buenos Ai- res a los estancieros. fstas son para la tropa, aunque vienen tan maltratadas y cargadas de hijos que no cred que ni siquiera los soldados se dignen aceptarlas. —n ese caso... no sobrevivirén mucho. Los car: gamentos de preéos a Pringles son incesantes, hemos contado uno por afio en los diez que lleva el fuerte, cdda uno con més de mil convictos, iy la poblacién de Pringles, hoy, no pasa de 300 blancos! Por supties- to, son criaturas a las que la sociedad ha vuelto defi-, nitivamente la espalda y no aceptarfa volver a ver .. Pero jpara qué mandarlos a una muerte tan acele- rada e improductiva, cuando seria més féeil, hacerlos trabajar o servir? Otra més de las tantas veleidades de nuestro estipido gobierno. ;No has observado al- gtin indicio de cambio? —le pregunté al sobrino, a quien sabfa bien relacionado con miembros del Es- tado Mayor. —Ai el més minimo. Creo que més bien preyalece Ja opinién contrayia. No me, extrafiaria que amplien Ia pena del destierro a otros delitos; menores ain. ~jHay mucha desereién? —pregunt6 Duval. El coronel prefirié darle una respuesta meta- forica: —Pasado cierto limite (tendré que habituarse, aqui siempre estamos hablando de limites y fronte- ras) todo es desercién, ya que nadie esté en su justo lugar. Después de los rollos de chocolate con helado se levantaron y fueron a la biblioteca del coronel a tomar el café, Estaban en sus cuartos privados, en Jos que habia querido agasajarlos por su parentescd con Lavalle, y como muestra especial de deferencia Cisag Ara hacia el huésped extranjero. Los muros cubiertos de libros encuadernados, algunos viejos dleos: de caza, Jos sillones de cuero y la luz velada creaban una at- mésfera insdlita de club inglés. Bl café estaba bien preparado, fuerte y aromético, pero a Duval no le sorprendié ver que todos preferfan lenar una y otra vez sus copas de cofiac. El coronel le indicé un asiento junto a su sillén. ~ —Quizés lo hemos asustado un poco con nuestra charla —le dijo confidencialmente—; pero no nos tome en serio, Nos aburrimo’, y pasamos el tiempo con habladurias, por lo que es muy probable que “hayamos: exagerado. En Pringles, a pesar de todo, encontraré ciertas comodidades de las que hacen agradable la vida. Todo és tan decadente... Podré disponer de cuantos sirvientes ‘desee, y de muchisimo tiempo libre, sea cual sea su trabajo. Su expresién se volvié sofiadora. —Y le aseguro que vale la pena el ocio en Prin- gles: hace ya ocho afjos que estuve’alli por primera y Ultima vez, y lo recuerdo siempre, el bosque para- disiaco, el Pillahuinco... No creo que haya en el mundo una regién de tanta belleza. La, tout n’est qordre, beauté, luxe, calme et volupté —terminé tra- zando un arco con el cigarro. El joven ingeniero no le respondié, ni supo qué debia pensar. Cuando se retiré, antes de la media- noche, descubrié que le habian tendido la cama con sbanas de raso, Le resulté diffeil conciliar el suefio “pajo techo y en una cama, y se despert6 con la pri- mera luz del alba aunque no se ofa el menor ruido. Se quedaron-todo el dia y la noche siguientes en Azul, cargando las provisiones para los treihta dias EMA, LA CAUTIVA 33 de viaje que faltaban atin. La tropa permanéei dcampada a una legua’ del fuerte, y desde la maiiana ‘2 la noche hubo yn paseo cohstante de curiosos mon- tados en caballos o calesas que iban a ver con sus _Propios ojos a los terribles presos camino de -la fronteya. Pero la visién de aquellos despojos era décepejoniante, pues varios meses de cadenas los, ha- ian reducido a los huesos. \_ El franeés almorz6 en compafiia del coronel, los dos solos esta vez, exceptuando los mortales soldados que les servian, con manos blancas y quebradizis, becadas terrosas y puré. Cautivaban su mirada dos cuadros idénticos en la boiserie, sobre la calva mi- niiseula del coronel, aunque no lograba concentrarse Jo. suficiente para decidir qué representaban. Traje- ron rodando un batidor de cacba, de donde sacaron el helado en una cughara de plata. La sobremesa se prolongé varias horas, el anciano hablando sin parar en sui francés anticuado, y goplando las copas. Ter- minaron adormecidos en, Jos sillones del gabineté, después de vaciar seis bofellas de champagne y una de cofiac —el gato del coronel iba a buscar los‘eorchos. que le arrojaban- Al fin, le pregunté si tenia interés en recorrer el asentamiento, y Duval dijo que nada le daffa mas gusto que conocer a los. indios. Leal retrajo las mejillas en una vaga sonrisa. —Serfa imposible no verlos, con lo que abundan. Pero no se haga muchas ilusiones, porque son bésica- mente tediosos. —Cref que me sorprenderian. —Todo lo contrario. Mandé6 lamar a un teniente francéfono y los pre- senté. Era casi un nifio, un rubio de piel transparente a4 Cesar AIRA y rasgos femeninos. El francés supuso que se trataria Ye otro vastago dela plutocracia enviado l campo {. completar su educacign, Hablaba gon voluble timidez. —,Maquinas o indios? —le dio a escoger, —Indios, por supuesto, repuso el ingeniero. Em- balos y poleas se han extinguido como los dinosau- rios. Quiero ver a mis semejantes salvajes. BI joven se rié. —¥a no son salvajes, desdichadamente —le dijo. Fueron a les tolderfas, montados ‘en sedosas y gilitas blancas. En el aire livido, se alzaban las mo- radag, muy Jejos unas de otras en una gran extensi6tt de terreno. ,La dispersién no Jas hacia mas vulne- rables ‘ante un ataque? En efecto, concedié el te- fente, pero eso no tenia la menor importancia, Los * Foidos eran demasiado pequefios, Ia vida demasiado amplia, Aunqie se hallaran todos reflejados en ‘la punta de una aguja, seguirian siendo inadecuados para el paisaje. ,Su disposicién guardaba algtin of- Yen? Aunque el joven lo negé, el ojo del francés, tjereitado en los trabajos topogréficos, creyé discer- nir un doble arco, siquiera vacilante, que fue descar- tado como ilusorio por el guia: la prueba, arguy6,. fora que eada vez que se produeia un malén, Jos indios se refugiaban en el fuerte y sus casas eran reducidas Sia nada, Al.salir volvian a armarlas en cualguier sitio. —A ese azar me referia —dijo el francés. —Se colocan a la ventura. Los palacios también se han edificado en un lugar casual. “EMA, LA CAUTIVA + 8B Lo distrajo la cantidad inusitada de perros, no menos que su aspecto curioso: peauefios como galgos enanos; con nn hociquito en punta, que podia-indicar una mutacién-en los, hébitos alimentarios por la ex- tineién, de los ratones americanos, de color gris claro y totalmente mudos. —1Cémo hardin para mantenerlos? —pregunt6. —Son frugales coma los angeles —respondié ‘el teniente—: un insecto, una brizna de hierba, no nece- sitan més. ‘Atrap6 uno para que Duval lo sopesara, no debia- pasar de los cien gramos, quizis menos, comprobé acarieiéndolo. S6lo esta ligereza les permitia mo- verse, pues no tenfan el minimo de fuerza en los misculog, y su mordedura, como le hizo probar, era tan ioctl como 1a succién de una mariposa. Tgualmente notable era la cantidad de nifios que corfan por todos lados, en grandes bandas chillonas, © arrastraban complicados -juguetes de papel: todos delgados, con el abdomen prominente y pelo negro lacio. Las voces, de timbre delicado, parecian, siempre lejanas, —Las mujéres no hacen més que procrear —de- cia el teniente, explicando de modo indirecto el efecto actistico—; si no las impregnan sus maridos lo hacen los soldados, que las estén visitando todo el tiempo. El flujo de los nacimientos es constante, continuo e ilimitado, y permanece en suspenso, sin desenlace, pues el comunismo de los indios hace imposible toda taxonomfa familiar... ;No es raro? Hasta el mo- mento nadie ha ideado el modo de sacar provecho de Ja situacién. —4Provecho? cv 36 * Cfisan AIRA No le respondié nada., Duval sintié un escalofrio en la espalda al tratar de jmaginarse la clase de ideas que un adolescente fantasioso podria concebir'en una frontera, desierta, increfblemente poblada. Los meca- njsmos de una prehistoria son demasiado atractivas; pens6, Quizés deberia haber visto las méquinas. De pronto, se habia dado cuenta de esto: aquel jovencito no tenia secretos, su ser entero se entre- faba con cquutides. al observador ocasional, y eso. era asi por la necesidad més fatal. ¥ podria recorrer eal Jnundo entero que no veria otra cosa: los serés hu- qmanos yo tenian misterio. Nunca lo habian tenido: eso los hacia humanos. En el preciso momento de st vida en que tuvo esa revelacién, sintié una gran sor- presa liberadora. Le sorprendia que no fuera nece- sario ir a Laputa o a Pringles en busca de orficulos. \ 1Qué gran futileza! La cena fue copiosa, y esta vez se realizé en el comedor principal del fuerte, con la. ‘asistencia, en uniforme de gala y guantes blancos, de la off ialidad en pleno, Hubo miisica interpretada por indios,- ¥ tina larga sesién de bebidas. Como el corone) dormia hasta tarde y emprenderian él viaje al amanecer, se despidieron alli mismo; Lavalle por unos pocos meses, ya que solfa viajar a la capital con despachos ; el ingeniero, en cambio, por todo el lapso de su con- trato, que era de un afio. . Nos verdmos de aqui a doce meses, entonces —dijo ef coronel Leal, y agregé—: para usted sera una experiencia inolvidable; lo creo con condiciones para sacar de ella las mejores ensefianzas. EMA, LA CAUTIVA 87 A la mafiana siguiente en unas pocas horas de marcha habian perdido de vista Azul y volvian a.en- contrarse en la soledad We la paripa, més lana y vaela que antes. El tinico alivio de la inmensidad, cada, dos o tres dias, estaba representada-agy algtin _omba gigante, siempre aislado, Los Smbied. eran plantas curiosas, deformadas por la atmésfera, seme> jmites a un baobab, aunque mucho més bajas, con grandes ramas fatigadas que se apoyaban en Ie tie- ra y hojas venenosas de un verde casi negro. , La travesfa seguia siendo absolutamente moné- tona, salvo que ahora se reforzaban las guardias de noche, pues estaban en territorio indio. En los dias mfg claro divisaban la Iinea azul de las montafias sobre el horizonte, y alguna vez ereyeron ver jinetes a 16 lejos, en el tornasol, pero desaparecian en cuanto los miraban, Una tarde soplé una brisa més fuerte jue las habituales (la regién no tenfa vientos, le sxplicaron) y como venfa del occidente, trajo un vago perfume de vegetacién, en el que los soldados decfan sentir el olor del Pillahuinco. El francés hinchaba los pulmones tratando de saturarse de los efluvios. Res- piraba y respiraba, metédicamente, y se justificaba diciendo que si no lo hacia moriria de tedio. La primavera se adelant6 pocd a poco. A veves se encaminaban por vastas alfombras de flores mi- nésculas rojas y amarillas, cubiertas de abejas, 0 bien sobre leguas de manzanilla que al ser pisada sol- taba un aroma embriagante; o pequefias violetas, tan numerosas que volvian azul todo el campo sin dejar ver la tierra, Ninguna hierba se alzaba més de diez © doce centimetros, con excepcién de algin cardo solitario con el penacho lila impregnado de polen en el que se tefifan los tébanos perezosos. 40 * Oisan Ara . impunidad, es decir de la libertad humana, algo- que en la vieja Buropa no le habfan ensefiado y que de- peria aprender en las selvas americanas, al precio de su disolucién. Como un éleriento més de la misma idea, estaba la mudez de los animales, que se acordaba.con todo lo demas; los hombres tampoco hablaban, el hastio del viaje habia agotado los pocos deseos de hablar que mostraban al comienzo; pasaban dias enteros sin dirigirse la palabra, sin que se pronunciara, una sola silaba entre los cientos de soldados y convictos. “Todo es pensamiento”, se decfa Duval. “] leiguaje no existe.” Se dejaba penetrar por esa serenidad inhumana, y luego la expulsaba con una idea: “Todo-es posible.” “$i el lenguaje no existe, todo es posible.” Todo me est& permitido.” En el curso de las largas horas de Iluvia y calma, €l chillido lejano de un ave oculta en los pajonales 0 en Io alto del cielo, el grito agudo de un tero o un chimango s6lo servian para hacer resaltar Ja firmeza silenciosa del paisaje. El hoiizonte permanecia vacfo, dia tras dia. Los soldados cabalgaban y cumplian sus deberes con su- prema indiferencia. Ya mucho antes de esta etapa ‘Duval habia renunciado a trabar amistades entre ellos; le habian parecido extrafios; ahora empezaba a comprender que también eso era necgsarid. Los sol- dados eran, ex convietos (como los que ahora Hevaban eneadenados en los carros) que habfan sobrevivido quién sabe a costa de qué concesiones a la existencia eri la frontera y habfan Negado a adaptarse a la inu tilidad de la vida militar, S6lo se ponian en movi- EMA, LA CAUTIVA aL mignto para atrapar algunas alimafias, bolear. fian- dées 0 desnudar a las trémulas maras; y.a veces aceptaban a.su lado a las presas, cuando el ‘ertiente Lavalle se encontraba.de humor como para permitir- Tes el didoso placer de escoger una para la noche ¥ hacia que las desencadenaran y gozaran en las sombyas. BI Silencio se manifestaba en todo, aparecia y desaparceia..., era blando como el aire, y a vecds rigido como una piedra. Duval respiraba, profunda- mente, respiraba como nunca antes lo habia hecho, con una especie de creencia incierta en Ja realidad Ja vida. En ese avatar del tedio del viaje, el inge- nierp se sorprendié de pronto contando sus respira- ciones. Le parecié haber dado con la utilidad més primitiva de los nimeros, y pensé que si lograba completar la cuenta de ese movimiento del aire deli- cado, lograria contar el niimero de la tierra y del silencio, y del miedo de los caballos,-y seguia rezando niimeros nubosos con el ritmo del pecho y de Ia ca- beza. En realidad habfa perdido la cuenta desde el principio, ‘aunque no por eso dejaba de sentir que se trataba precisamente de un céleulo. Era gu noyela, Més_ que_la acumulacién en el tiempo, le agkadaba consideratlaam célewlo-~de-la .unidad, uma precisa, lenta e inmévil divisién que realizaba con silenciés affiiGSf6ticos;" Ids ensofiaciones mateméticas que le haefan posible vivir en el aburrimiento trivial del desierto encontraban su campo natural en las mari- posillas de la respiracién, en esa constancia dupli- ‘cada, inhalacién y exhalacién. Cabalgando de frente al iiltimo sol del dfa, hizo. unas cuentas con el reloj en la mano. Buscaba la can- tidad; forzosamente aproximada, de sus respiraciones 42. César Ama desde que nacié. Se imaginaba la red de misculos _ muy precisos, de insecto casi, puestos en marcha una y otra vez para atraer y expulsar‘el aire. No seria diffcil hacer una m&quina que pudiera trabajar inde- finidamente de ese modo, gpero para qué serviria? Colocada por ejemplo en una de estas inmensas lla- nuras que atravesaban, donde quedarfa olvidada du- rante mil afios... Aunque m&s artistico, se dijo, seria dejar un representante de esa maquina, una piedra por ejemplo (cualquier cosa serviria), se la imagin6 ofionga, del tamafio de una rata grande... Por un instante casi pudo verla, vivida. Mientras fantaseaba de ese modo no era consciente, de .que seguia respirando, y después lo pensé, con una sonrisa, Pero ninguna de sus fantasias lo preparé para el suceso que tuvo lugar pocos dias después, una ma~ nifestacién del silencio, algo inquietante quizds, pero al menos quebré la monotonfa y le dio algo nuevo. en qué pensar. Una tarde avistaron a lo lejos, hacia el sur, un movimiento que hacia ondular una franja de tierra; no se levantaba polvo por la simple razén de que no Jo habja-en el suelo esponjado por las Iluvias. Todos parecian saber de qué se trataba, menos Dyval, que taloneé el caballo hasta ponerse a la par del teniente. —iLas perras! —decian los soldados. ‘ —jLes-chiennes? —le pregunté extrafiadisimo a Lavalle. E] teniente torcié la boca on un gesto de irrita- cién, —Otra de las contingencias ridiculas remanentes —le respondié de malhumor. Aquello parecia iimpa- EMA, LA CAUTIVA 1 cientarlo, pero con una especie de repugnancia can- sada. Bra.como si considerase a la llanura como un teatro de acontecimientos estdpidos, y éste fuera el que rebalsara la copa de su paciencia. Se trataba de una manada de otarias, uni'suerte de perras ‘salvajés, nada peligrosas, condescendié “& deeirle, siempre que se tomara un mfnimo de pre- cauciones. Duval volvié a mirar el horizonte. Debian de ser una cantidad considerable, Pero nadie se mostraba alarmado, excepto los caballos, que captaron muy pronto el efluvio de aquellos seres y temblaron més de lo habitual, Por lo visto, no se molestarfan en cazarlas (quizds no fueran comestibles). La manada seguia aproximdndose, y por la direccién que lleva- ban Duval caleulé que pasarian junto a ellos. Bra absurdo, pero no le importaba. Aquellas otarias no” temfan a los seres humanos. Se acercaban sin un solo ‘ruido; también ellas debian de ser mudas. Aunque si prestaba miucha atencién ofa un zumbido cascado y profundo, que quizés era producido por los pasos. Antes de media hora ya podia verlas: eran gran- des perras finas, semejantes a los galgos, todas de color gris, sin orejas, hocico afilado y largas colgs de ‘felino que levaban arrastrando lastimosamente. ‘Tenfan un paso desgarbado y avanzaban con pesadez paradéjica en seres tan etéreos; era coma si la tor- peza fuera una afectacién, casi un exceso de elegan- cia, ¢Cémo oirfan? Habia creido hasta ahora que todos los mamiferos tenfan orejas. Al fin estuvieron junto a ellas y pasaron a pocos metros de distancia. No los miraron. Una indiferen- César ATA EMA, LA CAUTIVA cia como la guya no se conduistaba de 18 noche a la de suctedad . cis Jona, Vistas de cerea, 1o que més amaba la aten- + y tenfacel cae cubria, sts rasgos eran negroides, ' cign eran los ojos. No tenfan parpades, y i pupila ‘Cuando deja corte erizado y grasiento. , flotaba en, évalo rosa sin iris; las Pec s ojeras a ron atrés ales perrag, sé sitti6 me: Goigantes les daban un aspecto aclaso, Se hubieran , Reset tan are aa aT raniate deble ngtar Gicho ojos de una vieja aleoh6lica, si no fuera porque um tage ¢ ese estado de Animo, pues lo convi is a cada uno estaba de Un lado distinto de la cabeza ¥ ago de cofiac. vid6 ‘con era imposible verlos al mismo tiempo. El, olor los : —