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La curiosidad

Estefanía Zárate Angarita

Me provoca su fascinación por la mala vida. Simplemente me resulta


interesante la gente apasionada y, nadie más apasionado que él. Yo sé que
detrás de su rudeza, de su manera de hablar tan altanera y del ejército que
cuida la barrera hacia su vida personal se encuentra un hombre dulce y
cariñoso. Pero como mala maña de nosotras las mujeres no es ese hombre
dulce y cariñoso el que me provoca hasta el último pelo del cuerpo, sino ese
hombre rudo y altanero. Es un típico cáncer; de personalidad impredecible,
aparentemente decidido, resistente, terco, sabio e intuitivo pero en realidad
sensible, sobre todo cuando quiere.

El día que lo conocí creó en mí la primera impresión que probablemente genera


en todo el mundo. Es un hombre imponente, diría que inseguro aunque
sobresaliente (no sólo por su altura sino también por su actitud), tal vez un
poco grosero y sin duda controlador. Sin embargo fue inevitable sentir algo
entre miedo y curiosidad. Como él mismo me dijo una vez mucho más
adelante: la curiosidad mató al gato… pero el gato tenía siete vidas y las podía
mal gastar por pura curiosidad.

Hasta el momento no sé cuál fue su primera impresión de mí. Tiene la facultad


de hacerte invisible cuando le da la gana. Y no sólo me hizo invisible ese día
sino la mayoría de los días que nos vimos. Va derechito para el quinto círculo
del infierno junto con todos los orgullosos y eso es algo de lo que puedo estar
segura.

Siempre he creído que los hombres son los seres más predecibles del universo
pero por alguna razón él no lo es. Todo lo contrario… nadie más impredecible.
Sí un día quería estar conmigo al otro no quería ni mirarme a los ojos y me
hacía sentir que odiaba no saber qué hacer. Mientras un lado de mi cuerpo
quería darle un beso, el otro lado sólo quería demostrarle todo mi odio y en el
cuerpo de él la mitad quería mostrarme toda su dulzura y la otra mitad toda su
capacidad de control; el lado de mi cuerpo que quería pegarle una cachetada
era el lado de su cuerpo que quería mostrarme su debilidad.

Jamás me imaginé que fuera un hombre de lágrimas fáciles. Pero ahora sé que
lo es y algo dentro de mí me lo decía a gritos. No sólo por aquel día que me
llamó a altas horas de la noche sin duda en busca de refugio o de consejo o
simplemente de unos oídos dispuestos a escuchar sino por la última frase que
oí de sus labios: “Me volví a soñar contigo. Te extraño, te necesito, necesito un
beso tuyo. TE QUIERO.”
El sexo era un plus. Mientras todo el mundo estaba abajo él aprovechaba para
besarme con fuerza y mi mano en su nuca sentía la intención que bajaba por
sus hombros hasta sus manos y de sus manos a mis piernas, eso intención que
me alzaba sin esfuerzo contra la pared.

Me molestaba la idea de tener que encontrármelo y saber que debía poner


toda mi concentración en interpretarlo, porque todos mis planes dependían de
con qué pie se habría levantado ese día. Estaba cansada de tener que
analizarlo para saber cómo actuar cuando estaba cerca de él. Y estaba cansada
de su actitud machista, creyendo siempre que las mujeres no podemos separar
lo sentimental de lo carnal. Para mí el iluso siempre había sido él desde el
principio pero me convenía que pensara lo contrario.

Una sola cosa me atraía, el resto me lo tenía que aguantar por esa sola
cuestión. A veces me sentaba a pensar con la cabeza fría y me daba cuenta
que todo era una pérdida de tiempo; pero normalmente no tengo la cabeza fría
ni los pies en la tierra como se lo dije a él.

La primera vez que fui a su casa me dijo que quería que las cosas mantuvieran
un bajo perfil y hasta el sol de hoy no he sabido qué me quiso decir. No quería
cogidas de la mano ni palabras de cariño (ni que hubieran existido en algún
momento), y era seguro que quería que todo se mantuviera en secreto. Pero ni
siquiera existía algo que mantener en secreto en aquel momento. Nadie supo
nunca que fui a su casa y por mi boca no se enteraron de nada (de lo nuestro)
de lo que pasó.

El día que me dijo que quería que las cosas se quedaran así y que tuviéramos
una relación sólo laboral me pregunté qué entraba dentro de ese paquete y me
di cuenta que no tenía ni idea qué quería decir con las cosas o lo nuestro o la
relación porque para mí nada encajaba dentro de esos términos. Para mí era
como una simbiosis; él ganaba algo que quería y yo ganaba lo que necesitaba.
Me gustaría saber qué era lo que quería porque seguramente el sexo era un
plus.

– Me soñé contigo.
– Buenos días, - me ofendía que no me saludara - ¿Sí? Y ¿qué te soñaste?
– Mejor ni le cuento. – su indecisión entre el tú y el usted son sólo una
parte de su bipolaridad.

Ese día me abrazó por los hombros, me encerró entre sus brazos y más tarde
en las escaleras se acercó a mi boca. No pensó que yo fuera a acercarme más,
casi rozándolo.

– Ponte a jugar con fuego y te lo juro que te quemas. – alguien dentro de


mí lo dijo, no yo. Fue un murmullo lento. Hoy no estoy segura si me lo
imaginé o lo dije en realidad.
– Ay mamita, sabe más el diablo por viejo que por diablo. – eran el tipo de
cosas que decía para recordarme la diferencia de edad.

Después de eso, cada vez que tenía una oportunidad sus dedos acariciaban mi
espalda y mi cintura por encima de la ropa, yo cerraba los ojos y mis labios
aprisionados entre los dientes esperaban su beso que llegaba sin prisa. Sólo
una vez nos vieron y nadie dijo nada.

– Me volví a soñar contigo. Te extraño, te necesito, necesito un beso tuyo.


Te quiero. ¿Tú me quieres?
– Yo te dije que no jugaras con fuego. - ¿Cómo se supone que debía evadir
esa pregunta?
– ¿Me quieres? – insistente como es él, volvió a preguntar. - ¿Cuánto me
quieres?

Un silencio corto que duró una eternidad me dio el valor para responderle con
la verdad.

– Mira, tú lo dijiste una vez, bajo perfil, ¿Te acuerdas?

Al fondo se oían ruidos, pensé que estaba perdiendo la señal del celular y las
cuerdas de una guitarra empezaron a sonar. Era una canción que yo conocía.

– Escucha. – su voz era otra, era la de un niño perdido. – Qué tiene tu


veneno, que me quita la vida sólo con un beso, y me lleva a la luna, y
me ofrece la droga que todo lo cura.
– Molina, no lo hagas. – él no me oía.
– Dependencia bendita, invisible cadena que me ata a la vida, y en
momentos oscuros, palmadita en la espalda y ya estoy más seguro.
– ¡MOLINA! – grité.
– Pon carita de pena, que ya sabes que haré todo lo que tú quieras, ojos
de luna llena, tu mirada es de fuego y mi cuerpo es de seda. – en ese
momento empezó a cantar bajito con la canción, me empezó a cantar. –
Tú eres mi verso, pluma, papel y sentimiento, la noche y yo y tú la luna.
– la canción siguió y él siguió cantándola para mí.
– Yo no te quiero Molina, no te quiero. – colgué.

El día que él no volvió, yo tampoco lo hice.