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I.

QUIÉN ES LA PERSONA

1. Atrévete a esculpir tu propia estatua

La gran obra de nuestra vida es nuestra propia per-


sona. No lo es todo aquello que podamos crear, aque-
llas experiencias que podamos vivir, aquellos encuen-
tros que podamos realizar. Y mucho menos aquello que
logremos disfrutar o tener.
Pero si bien mi propia persona es la gran obra de mi
vida, no es ella su fin, porque la persona es constituti-
vamente llamada. Ella no es su argumento sino que su
vida es llamada a realizar un sentido, unos valores,
unas posibilidades. La vida de la persona es llamada y
su responsabilidad es la respuesta.
En efecto: la persona no es el fin de sí misma: no es-
tá clausurada en sí, ni en su exclusiva felicidad. Su fi-
nal está más allá de ella. Tanto es así que la persona se
construye como tal en la medida en que se descentre,
en que su vida sea desvivirse por otros en la realiza-
ción de un horizonte de sentido. La vida de la persona
es realización de un sentido que va descubriendo y que
está más allá de sí.
Pero esto no es una hipótesis ni una teoría: es una
experiencia de toda persona. Toda persona se percibe a
sí misma como siendo alguien (y no una cosa o un me-
ro individuo más). Y somos alguien en la medida en
que actuamos como alguien en la realización de la obra
que somos, de la llamada que somos. En este sentido
somos actividad, fuerza, creatividad. Somos «ener-
geia»: actividad.
14 XOSÉ MANUEL DOMÍNGUEZ PRIETO

Pero somos energeia en la medida en que vamos ha-


ciendo emerger toda la riqueza que hay en nosotros o
vamos haciendo fructificar toda la riqueza que vamos
adquiriendo a lo largo de la vida: somos un conjunto de
capacidades. Somos dínamis: potencialidad.
Nuestra propia identidad, lo que somos cada uno, se
manifiesta en una constelación de capacidades, físicas y
psíquicas. Así, nuestras capacidades son lingüísticas y
comunicativas, destrezas manuales, intelectuales y abs-
tractivas, capacidades de relación, capacidades afecti-
vas (capacidad de apertura, de llegar al otro, de amabi-
lidad, de ternura, generosidad, perdón, tolerancia,
conocer las propios afectos, saber expresarlos, saber
controlarlos, saber conocer los afectos ajenos, saber re-
solver conflictos...), capacidades de acción (capacidad
de organizar, gestionar, estructurar, gobernar), capaci-
dades artísticas (plásticas, musicales, corporales, visua-
les), capacidades físicas y psicomotoras, capacidades
fisiológicas, capacidades morales o de gestionar la pro-
pia vida, Pero también somos cuerpo, un temperamen-
to, lo que nos ha dado la educación, el entorno personal,
unas personas significativas. Ante todo, somos porque
hemos sido amados. Por tanto, en primer lugar, somos
don. Recibimos un material en bruto. Pero luego cada
uno tiene que esculpir su propia estatua: cada uno tiene
que acrecentar sus conocimientos, adquirir dominio de
sí, prudencia, fortaleza, templanza, humor, amabilidad,
generosidad, magnanimidad.
Por esto el resultado final depende de lo que uno
hace con lo que ha recibido y no tanto de lo que ha re-
cibido. No somos lo que señalan estos dones, posibili-
dades y capacidades recibidos sino lo que permiten es-
tos dones, posibilidades y capacidades: somos lo que
queremos ser en función de lo que estamos llamados a
ser y podemos ser.
PARA SER PERSONA 15

Pero no sólo somos creatividad, actividad, potencia,


capacidad. También somos finitud, limitación. Nues-
tras fuerzas y capacidades son limitadas. Nuestro tiem-
po es limitado (lo cual no debe ser motivo de angustia
sino de tomar conciencia de la responsabilidad ante ca-
da opción, ante cada momento de nuestra vida). Somos
homo sapiens y homo faber pero también homo pa-
tiens: hombres sufrientes. Cargamos con la culpabili-
dad, con el sufrimiento y con la muerte. Y siendo esto
nuestra limitación, también supone un reto: el reto de
realizarnos en el sufrimiento, trocando el sufrimiento
en tarea personal, la culpa en ocasión de crecimiento y
conversión, la muerte en toma de conciencia de la fu-
gacidad del propio tiempo, de que cada día es único, de
que cada ocasión es irrepetible.
El gran reto de la persona no es, por tanto, el ilus-
trado «atrévete a saber», ni el hedonista «atrévete a dis-
frutar». Ni el economicista «atrévete a tener». El gran
reto que se me presenta como persona es «atrévete a
esculpir tu propia estatua».

2. Persona es aquél que no es cosa

Cualquier persona es indefinible porque sólo se pue-


den definir las cosas y la persona es justo aquello que
no es una cosa ni puede ser tratada como tal. Somos un
«quien», no un qué. No somos algo etiquetable que po-
damos decir de una vez para siempre que es. Pero esto
no significa que no podamos acercarnos descriptiva-
mente a decir quienes somos. Y para ello vamos a in-
tentar partir precisamente del hecho de que la persona
es lo que no es una cosa, un mero objeto. Si aceptamos
esto, podemos aceptar también que la persona:
16 XOSÉ MANUEL DOMÍNGUEZ PRIETO

– Nunca puede ser utilizada, nunca puede ser un


medio sino un fin en sí. Y esto significa que la persona
tiene una dignidad y merece un respeto absoluto al
margen de su edad, condición, coeficiente intelectual,
género e, incluso, actuación moral. Tanto Teresa de
Calcuta como Hitler tienen la misma dignidad perso-
nal, aunque no la misma dignidad moral. Como perso-
nas son igualmente respetables pero moralmente la se-
gunda es reprobable. Y es que toda persona es dueña de
su vida. Precisamente en este «ser suya» radica su dig-
nidad. Por eso no debe ser tratada como cosa.
– Que la persona es una realidad que es suya no sig-
nifica que lo sea en plenitud desde el primer momento:
lo va adquiriendo libremente, mediante el dominio de sí,
por la integración progresiva de todas sus dimensiones.
– Que la persona no sea cosa significa que tiene un
valor absoluto y, por tanto, la persona es la fuente de to-
do valor. Esto no significa que la persona sea el Abso-
luto, sino que tiene valor en sí, un valor absoluto, res-
pecto de cualquier otra realidad material o social y que
jamás puede ser considerada como parte de un todo.
– Que la persona sea justo lo que no es cosa impli-
ca que, frente a lo ya acabado o construido, la persona
es un ser inacabado. Tiene que construirse: siempre
puede crecer, mejorar, dar-de-sí (o empeorar y degra-
darse). Por tanto, no es conceptuable, etiquetable, no es
sometible a categorías cerradas y definitivas. Concep-
tuar a una persona o etiquetarla, llamándole, por ejem-
plo, «vago», «inútil», drogadicta» resulta una gran in-
justicia porque supone cosificarla, clasificarla, no
admitir que pueda cambiar. Por eso, hay que tratar a
las personas no como son sino como quisiéramos que
fuesen, no por lo que son sino por lo que están llama-
das a ser.
PARA SER PERSONA 17

En efecto, de las cosas ya sabemos qué son y para


qué son. Pero las personas somos un quien, y estamos
en continua autocreación. De la persona no está escri-
to quién va a ser. Y aunque de hecho está condiciona-
da por su propia biografía anterior, por sus circunstan-
cias, por su estructura genética, su familia, su
educación, situación económica, etc., nunca está deter-
minada y le queda siempre la responsabilidad última
sobre su futuro. Justo aquello que le condiciona (su
cuerpo, su temperamento, su educación) es precisa-
mente lo que le posibilita como persona. Por eso, la
persona tiene que decidir quién quiere ser. La persona
es una tarea para sí misma. Cada persona es, en pala-
bras de Plotino, responsable de «esculpir su propia es-
tatua», de construir su personalidad, biografía y modos
de relación. Y, en todo caso, lo que esto significa es que
para que emerja la persona en plenitud, no basta con
esperar de brazos cruzados: la persona tiene que for-
jarse a sí misma (a partir, eso sí, de lo que ha recibido).
De modo que la persona, siendo lo que es, es también
lo que está llamada a ser. Desde esta perspectiva es
desde donde cobra todo su sentido el imperativo de
Píndaro: «llega a ser lo que eres» o, mucho más preci-
so y personal, el imperativo de Fichte: «llega a ser
quien eres». Y ¿quién es este que quiero ser?: «el tú di-
ferenciado personal e irrepetible que llevas dentro y
que merece ser plenificado y perfeccionado. Uno se
hace más humano si asume el deber de llegar a ser el
que podría ser»1.
Sin embargo, esto no significa que seamos autosu-
ficientes. La persona tiene que hacer su vida pero apo-
yada, sobre todo, en las otras personas. Los otros son
lo que permiten, posibilitan e impulsan a la persona a
1. Díaz, Carlos: Las claves de los valores. Eiunsa, Madrid, 2001.
18 XOSÉ MANUEL DOMÍNGUEZ PRIETO

ser quien está llamada a ser. Y cada uno crece, además,


en la medida en que ayuda a otros a ser quienes están
llamados a ser.
Frente a las cosas que son realidades cerradas en sí, es
la persona una realidad abierta: a sí misma, a las cosas, a
las demás personas y a la Persona. Pero no sólo está
abierto a, sino lanzado y orientado hacia aquello a lo que
está abierto. La persona es, por ello, diálogo: ser «yo» es
una forma abreviada de decir ser «yo y tú». La persona
es un ser necesariamente comunitario (aunque no se ago-
te ni se pueda disolver en lo comunitario o social).
La persona, como ser individual, es una unidad
inescindible. Esto significa que no es un miembro de
una clase sino plena singularidad, insustituible, irrem-
plazable y única: ningún otro puede vivir, ni querer, ni
sentir, ni morir por mí mismo. Cada persona es una no-
vedad absoluta.
La persona es aquel ser que puede decidir quién
quiere ser más allá de sus limitaciones biológicas, psí-
quicas o sociales. De esta manera, el ser humano es
aquel que es capaz de construir su propia realidad. No
a partir de la nada, sino justo sobre aquellas dimensio-
nes que condicionan la realidad personal, porque lo
que le condiciona es también lo que le posibilita.
La propia persona es deseo de Absoluto, nostalgia
de Absoluto. Frente a la cosa, que es mera facticidad,
la persona es inquietud radical, y esta inquietud es bús-
queda de Absoluto. Búsqueda que comienza en su pro-
pio interior. Lo que nos acerca al Absoluto no es la in-
teligencia sino la experiencia de la propia existencia
como anhelo. Y la persona es deseo, porque siendo lo
fundante, es decir, lo más íntimo, es también lo más
trascendente. Es un ‘Tú’ íntimo y, a la vez, lo radical-
mente otro.
PARA SER PERSONA 19

La persona es un ser paradójico: es un absoluto,


pero necesita de las demás personas; es corporal, pero
trasciende lo corporal; es algo existente, pero está en
construcción; es algo clausurado en sí, pero abierto; es
suyo, pero tiene que ir autoposeyéndose; posee una in-
timidad única que debe construir y llevar a plenitud,
pero sólo se realiza saliendo de sí y viviendo la comu-
nidad; es libre para optar por su unificación y plenitud,
pero puede optar por su desintegración y empobreci-
miento; hace el mal que no quiere y no hace el bien que
quiere, etc. Así las cosas, la persona es un ser perma-
nentemente en conflicto, en tensión. Lo cual es justo lo
que le hace crecer: únicamente no está en conflicto
quien se ha anestesiado, quien se ha dormido.

3. Los dinamismos de la persona

Mientras que a las realidades físicas sólo las pode-


mos conocer a través de sus fenómenos externos, a la
persona la podemos conocer «por propia experiencia»
y por experiencia interna. Podemos «comprender» en
carne propia lo que es una persona. Podemos tratar de
entender a qué responden sus más íntimos anhelos, qué
es lo que la persona realmente quiere.
Por otra parte, la observación del ámbito físico nos
ofrece cómo las cosas actúan de hecho. Pero la inves-
tigación antropológica, o la más común reflexión sobre
mi experiencia de ser persona, nos ofrece no sólo có-
mo de hecho suceden las cosas en las personas (cues-
tión que sería objeto del análisis sociológico) sino co-
mo están llamadas a ser. Más allá de la mera facticidad,
podemos entender a qué «ley interna» responden los
avatares de las personas. No se trata de decir cómo de
hecho las personas se comportan o cuáles son los mo-
20 XOSÉ MANUEL DOMÍNGUEZ PRIETO

tivos concretos por los cuales se deciden a obrar, sino


qué es realmente lo que, en el fondo, mueve a las per-
sonas a actuar y a ser. Y para poder mirar a los demás
empecemos haciendo el ejercicio de mirar hacia noso-
tros. Pero para ello, más allá de teorías, necesitamos
asomarnos al acontecimiento de nuestra propia reali-
dad personal, a nuestra propia experiencia: el Aconte-
cimiento será nuestro maestro.
Pues bien, desde una experiencia elemental e inme-
diata, somos capaces de llevar a cabo varias constata-
ciones: La persona está llamada a la plenitud, existe en
ella un deseo de plenitud; por otra parte, esta plenitud
sólo es posible en la apertura y el encuentro con los
otros; en tercer lugar, se descubre un sentido radical,
global, que puede orientar la vida de la persona en su
hacerse plena.

3.1. La persona es deseo de plenitud


La esencia de la persona es dinámica y el dinamis-
mo más íntimo de la persona es el de crecer hacia su
plenitud, dar-de-sí, aspiración a existir en plenitud o vo-
luntad de ser. La persona es enérgeia que sólo tiene su
cumplimiento en su plenitud, en ir a más sin medida.
Hay en toda persona un deseo más allá de todos sus
deseos: el de alcanzar su plenitud. Más allá de los de-
seos particulares, de los deseos naturales y los promo-
vidos socialmente, la persona tiene un deseo: el deseo
de plenitud, de algo más grande, de ir más allá de sí
misma y sobrepasarse. Y este deseo se desea aún sin
tener clara conciencia de él. Prueba de ello es que toda
persona aspira siempre a más y que resulta difícil que
alguien esté ya conforme con lo conseguido en algún
ámbito de su vida. Quien tiene amigos quiere serlo de
PARA SER PERSONA 21

más, quien tiene dinero quiere más, quien sabe quiere


saber más y quien se domina quiere dominarse más.
Por otra parte, es experiencia de todos que la satis-
facción de los deseos nunca calma el deseo. Los dese-
os cotidianos son como el horizonte: cuanto más nos
acercamos a él, éste se aleja más. Y lo que creíamos
que nos iba a colmar (un viaje, un objeto, una posesión,
un reconocimiento, un aplauso o un poder) al cabo nos
deja más insatisfechos de lo que estábamos. Por eso, el
deseo radical del que hablamos «nace por encima de
todo lo que le pueda faltar o satisfacerle»2.
En realidad, sucede que la persona misma es deseo.
Por eso nunca puede ser quietud: el deseo es inquietud,
pregunta, es búsqueda. Lanza a la persona a la búsque-
da de aquello que le puede dar un sentido.
Por otra parte, este deseo de plenitud lo es de equi-
librio pleno, de unificación plena. Se trata del deseo de
vivir unificada y equilibradamente todas sus dimensio-
nes: corporal, intelectual, afectiva y volitiva. De vivir
unificadamente el cultivo de su intimidad con el de la
realización de su apertura mediante el encuentro.
De esta manera, este deseo de plenitud se concreta-
rá para cada persona en una orientación esencial en su
vida. No es su realización lo que en última instancia
busca la persona. La búsqueda ciega de realización y
éxito suele dar lugar al estrés o a comportamientos ob-
sesivos y compulsivos en el ámbito laboral. Por otra
parte, «las personas que buscan la autorrealización di-
rectamente, separada de una misión en la vida, de he-
cho no la logran3. En realidad la realización de la per-
2. Lévinas, Emmanuel: Humanismo del Otro Hombre. Caparrós, Ma-
drid 1993, p. 42.
3. A.H. Maslow: Comments on Dr. Frankl's Papers, en A.J. Sutich y
M.A. Vich (dir): Readings in Humanistic Psychology. Free Press, Nueva
York, 1969.
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sona no es meta sino consecuencia: «el hombre, en úl-


timo término, puede realizarse sólo en la medida en
que logra la plenitud de un sentido en el mundo». La
autorrealización es un efecto espontáneo, resultado de
la realización de valores y cumplimiento de un sentido,
de su propia vida en tanto que llamada. Sólo es exis-
tencia plenamente humana la que se trasciende a sí
misma. Si busca directamente su realización, está lla-
mada al fracaso. Por lo mismo, «lo que el ser humano
quiere realmente no es la felicidad en sí, sino un fun-
damento para ser feliz»4. «La felicidad no sólo es el re-
sultado del cumplimiento o realización del sentido, si-
no también, de manera más general, el efecto indirecto
de la autotrascendencia»5.
En efecto, la felicidad y el placer son esquivos si se
procuran por sí mismos dando lugar a diversas neuro-
sis. La clave de la felicidad está, por tanto, en no bus-
carla por sí, en no buscarse a sí como meta sino en vi-
vir hacia algo o alguien con olvido de sí 6. La vida sólo
se vuelve sobre sí cuando ha fracasado o ha frustrado
la búsqueda de sentido.
Pero aunque la persona percibe o experimenta, más
o menos conscientemente, este deseo, también percibe
una carencia, una privación. Se da cuenta de lo que no
es, de lo que le falta, de sus limitaciones, de sus impo-
tencias, de que hace el mal que no quiere y no hace el
bien que quiere hacer. Por eso, su vida es inquietud y
dolor: percibe la distancia entre lo que es y lo que está
llamada a ser. Sin embargo, la inquietud, el dolor o tris-
teza no son la última palabra: el deseo trae consigo una
promesa de plenitud. Por eso, la persona es esperanza
4. Frankl, Viktor: El hombre doliente. Herder, Barcelona 1994 p. 11.
5. Frankl, Viktor: La voluntad de sentido cit. p. 245.
6. Frankl, Viktor: El hombre doliente cit. p. 65.
PARA SER PERSONA 23

de plenitud. Y, como tal, su vida puede ser felicidad in-


coada, alegría 7.

3.2. El encuentro con los otros


Descubrimos, en segundo lugar, que todo creci-
miento hacia la plenitud sólo ocurre en el encuentro
con los otros, en tanto que son impulsantes, posibili-
tantes y apoyo para la plenitud de la propia persona. Y
en esto consiste la segunda constatación: el descubri-
miento de la esencial apertura a los otros y al compro-
miso con ellos. Nadie es creativo y crece si no se sien-
te cautivado por un valor, un ideal, o, sobre todo, por
alguien que le lance más allá de sí, engrandeciéndole.
En realidad, todo valor y todo ideal siempre son reci-
bidos de alguien en quien se cree y al que se ama. Y na-
die puede ir a más si no es apoyado en otros. Desde lo
íntimo se descubre la necesidad de la relación con los
demás como esencial (de hecho, nadie comienza a ser
yo sino a ser yo-tú). Para el crecimiento de la persona,
el dinamismo de ir a más se abre y modula en función
de aquel con quien ocurre el encuentro. En todo caso,
se descubre que no cabe ponerse en marcha hacia la
propia plenitud si no es a través de la relación. La ex-
periencia del otro como imprescindible para que yo
llegue a ser yo es tan primigenia como la tendencia a la
plenitud.

3.3. El sentido existencial


Lo tercero que constatamos es que la propia vida, y
cada circunstancia dentro de ella tienen un sentido, tie-
nen siempre un para qué que se puede descubrir. La ta-
rea de la vida es descubrirlo y, luego, comprometerse
7. Cfr. Domínguez Prieto, Xosé Manuel: Sobre a alegría. Espiral
Maior, A Coruña 1995.
24 XOSÉ MANUEL DOMÍNGUEZ PRIETO

con él. El sentido es la respuesta al deseo. «El deseo es


el movimiento fundamental, la pura manifestación de
la pasión, la orientación absoluta»8. Se trata de un ho-
rizonte de valores, de un para qué, que cada uno tiene
que descubrir. Para realizar su plenitud, la persona ha
de encontrar un horizonte hacia el que oriente su creci-
miento. Lo que desea la persona, más allá del placer, la
riqueza, el poder, es un sentido desde el que poder ca-
minar hacia su plenitud. Pues bien: el sentido es aque-
lla orientación, aquel «para qué» que se descubre como
camino para ir más allá de uno, para ir de uno mismo
al otro, hacia la plenitud, hacia la radical superación en
uno mismo.

3.3.1. El sentido es la respuesta a los dones recibidos


Reconocer lo recibido, y responder agradecido, es
lo que hace a la persona creativa, lo que permite extra-
er lo mejor de ella misma. Es el resultado de acoger las
posibilidades más posibilitantes y realizarlas. Y esto es
fuente de crecimiento y de alegría, de dar de sí. Y esto
es así porque la persona es respuesta a la llamada en la
que cada uno consiste. Lo que cada uno es constituye
llamada para la vida como respuesta. Esto significa que
la llamada supone haber sido amado: soy amado luego
existo9. Y por el amor he sido llamado a ser y a ser yo.
Por tanto, mi vida es la alegre respuesta a ser quien es-
toy llamado a ser10.
8. Levinas, Emmanuel: Humanismo del Otro Hombre. Caparrós, Ma-
drid 1993, p. 43.
9. Cfr. Díaz, Carlos: Soy amado, luego existo. Desclée de Brouwer, Bil-
bao 1999. Volumen I: Yo y tú.
10. Sobre la vida de la persona como respuesta a la llamada se puede
consultar Chrétien, Jean-Louis: La llamada y la respuesta. Caparrós, Ma-
drid, 1997.
PARA SER PERSONA 25

Pero este sentido nunca procede de las necesidades,


de la atención de la persona sobre sí, sino de una expe-
riencia de sobrepasamiento. Es un sentido personal
(por tanto, subjetual) pero no subjetivo, es decir, no de-
pende de la imaginación, o de la voluntad o de la inte-
ligencia personal.

3.3.2. El sentido se puede descubrir: no se inventa


Lo que hay que inventar es el modo en que el pro-
yecto vital responde a ese sentido, es decir, la manera
en que llevo a cabo en mi vida aquello que he descu-
bierto como valioso, como iluminador del resto de mi
vida. Pero sólo es posible desde el descubrimiento de
la propia vocación, del signo personal que orienta acer-
ca de quién está llamada a ser cada persona y cómo ser-
lo en cada situación.

3.3.3. El sentido tensa la vida


No es eliminando tensiones y responsabilidades si-
no aumentándolas y asumiéndolas como la persona se
fortalece y crece. Decíamos que la persona es una tarea
para sí misma. Pues bien, ser persona, dice Frankl,
«significa hallarse permanentemente confrontado con
situaciones de las que cada una es al mismo tiempo don
y tarea. La tarea de una situación consiste en realizar su
sentido. Y lo que al mismo tiempo nos da es la posibi-
lidad, mediante el desempeño de dicha tarea, de reali-
zarnos a nosotros mismos»11. La persona está así lla-
mada a hacerse cargo de sí, responsable de sí misma.

11. Frankl, Viktor: La presencia ignorada de Dios. Herder, Barcelona


1995, p. 108.
26 XOSÉ MANUEL DOMÍNGUEZ PRIETO

3.3.4. La triple fuente del sentido


El sentido existencial se puede encontrar, en una tri-
ple dirección12:
– Desde la creatividad, es decir, desde el ejercicio
de la propia vocación, desde las propias ocupaciones y
trabajos, en las tareas que se desempeñan a favor de los
demás. Encontramos, pues, un sentido en toda aquella
acción en la que desarrollamos nuestras potencialida-
des, nuestra orientación esencial de la acción, nuestras
fuerzas, conquistando metas y objetivos. Todo aquello
que depende de nuestra voluntad y en lo que nos ex-
pandimos.
– Desde las vivencias de la apertura a otros, es de-
cir, desde la apertura al amigo, a la pareja, a la familia,
a la comunidad. De entre ellas, la apertura a la Persona
será una fuente privilegiada de sentido. Será el Sentido
del Sentido, por cuanto que es fundamentante. En ge-
neral, se trata del hecho de encontrar un Sentido en to-
da experiencia de amor y en aquellos ámbitos en los
que se produce el encuentro fructífero entre personas.
– Desde la experiencia de la pasividad y el dolor.
«No hay ninguna situación en la vida que realmente ca-
rezca de sentido. Esto significa que los aspectos apa-
rentemente negativos de la existencia humana, y en es-
pecial esa tríada trágica en la que se incluyen dolor,
culpa y muerte, pueden también llegar a transformarse
en algo positivo cuando se afrontan con la postura y ac-
titud correctas»13. Se trata de todo aquello que nos ocu-
rre sin nuestra voluntad y que nos limita. Es todo aque-
llo negativo que aparece en nuestra vida: accidentes,
enfermedades, dolores, las inferioridades físicas, psí-
12. Cfr. Frankl, Viktor: La voluntad de sentido, cit pp. 33-38, 247ss; El
hombre doliente, cit p.21, 63ss, 72-73, 249ss; El hombre en busca de senti-
do, cit pp. 108-113; En el principio era el sentido, cit pp. 44-45.
13. Frankl, Viktor: Ibi, p. 110.
PARA SER PERSONA 27

quicas o morales, las heridas físicas o psíquicas, los de-


fectos agrandados más o menos voluntariamente. En
una palabra: el misterio del mal. Pues bien: en el sufri-
miento, en el dolor, en el mal, en la culpa y en la muer-
te, es posible encontrar un sentido: es posible transfi-
gurarlo y trascenderlo, situándonos más allá de la
resignación. Es posible tomar una actitud creativa y de
crecimiento en las experiencias de dolor, sufrimiento,
muerte o culpa. Hace falta, eso sí, trascender la situa-
ción, abrirse a un sentido que ilumine la pasividad. Y
la experiencia nos muestra que crecimiento personal y
alegría son también posibles en estas circunstancias
(incluso, son una fuente privilegiada de crecimiento y
alegría). ¿Cuántas veces una enfermedad o el cautive-
rio han sido decisivos en el desarrollo de lo más valio-
so de una persona? En estas circunstancias que no pue-
de cambiar, la persona es aquel ser que puede
«convertir un sufrimiento en un logro»14. El sufrimien-
to se le presenta como tarea, como una responsabilidad
personal: «no hay nada en el mundo que sea tan capaz
de consolar a una persona de las fatigas internas o las
dificultades externas como el tener conocimiento de un
deber específico, de un sentido muy concreto, no en el
conjunto de su vida, sino aquí y ahora, en la situación
concreta en la que se encuentra»15. De este modo, la
persona puede crecer, madurar, porque el sufrimiento
supone una invitación al crecimiento, a una mayor li-
bertad interior. Todo depende de la actitud que se tome.
De esta manera, su tragedia personal se puede conver-
tir en triunfo. Sólo hace falta adquirir la capacidad de
sufrimiento16, es decir, de ir más allá de él. Por eso, «el
sufrimiento hace al ser humano lúcido y al mundo diá-
14. Frankl, Viktor: La voluntad de sentido, cit. p. 33.
15. Frankl, Viktor: En el principio era el sentido. Paidós, Barcelona
2000. p. 35.
16. Cfr. Frankl, Viktor: El hombre doliente, cit. p. 250.
28 XOSÉ MANUEL DOMÍNGUEZ PRIETO

fano»17. No quiere decir esto que el sufrimiento sea ne-


cesario para encontrar sentido, sino que el sentido es
posible incluso en el sufrimiento inevitable.

3.3.5. ¿Qué sucede si no se encuentra, se rechaza o


se ignora el sentido?
Cuando se carece de un sentido global para la vida,
aparece la enfermedad psíquica más extendida: la neu-
rosis por ausencia de sentido. Consiste en una radical
frustración existencial. No se trata de una neurosis psí-
quica sino espiritual, que afecta a lo más íntimo de la
persona. No procede de conflictos instintivos ni in-
conscientes, sino de una angustia espiritual. Pero, ade-
más, existen otras trágicas consecuencias.
Las consecuencias constatables del vacío existen-
cial son variadísimas: unas afectan a las actitudes ante
la vida y otras son psicopatológicas. Entre las primeras
destacan el hedonismo compulsivo, el conformismo, y
el totalitarismo. La búsqueda compulsiva de placer es
resultado de la insatisfacción existencial. Pero también
es hacer lo que hacen todos como lo único que se pue-
de hacer (conformismo) o hacer lo que hacen los de-
más, dejándose guiar ciegamente la persona por las di-
rectrices de la mentalidad dominante (totalitarismo).
Entre las segundas, lo que denomina Frankl la «tríada
neurótica»: adicciones, depresiones, agresividad.

4. La vocación

4.1. Qué es la vocación


Decíamos que cada persona está llamada y orienta-
da esencialmente a la plenitud. La vocación es el mo-
17. Frankl, Viktor: Ibi, p. 255.
PARA SER PERSONA 29

do en que cada uno, de modo concreto en su vida, ex-


perimenta y realiza la llamada a la plenitud. Porque la
vocación, ante todo, es vocación a ser persona en ple-
nitud. Es esta una vocación formal que cada uno tiene
que concretar mediante una respuesta concreta, me-
diante un proyecto.
La persona se descubre a sí misma, poco a poco, co-
mo un ser que está llamado a mucho más que simple-
mente mantenerse en la existencia. La persona no está
hecha para mantenerse en su existencia, para mantener
un equilibrio homeostático, para estar tranquilo en el
sillón viendo pasar la vida, sino para crecer. Y para ello
debe estar en «tensión» creativa. El ser humano, para
poder ser tal en plenitud, no huye de las tensiones sino
que las necesita para crecer. Es justo la ausencia de ten-
sión lo que le neurotiza y destruye. ¿Cómo lograr esa
tensión? Desde el compromiso con el horizonte de va-
lores descubierto, es decir, desde tareas que tengan
sentido, desde situaciones que tengan sentido, desde
encuentros que tengan sentido. Desde un sentido la
persona es capaz de enfrentarse creativamente a las di-
ficultades. «Considero un concepto falso y peligroso
para la higiene mental dar por supuesto que lo que el
hombre necesita ante todo es equilibrio o, como se de-
nomina en biología “homeostasis”; es decir, un estado
sin tensiones. Lo que el hombre realmente necesita no
es vivir sin tensiones, sino esforzarse y luchar por una
meta que le merezca la pena. Lo que precisa no es eli-
minar la tensión a toda costa, sino sentir la llamada de
un sentido potencial que está esperando a que él lo
cumpla. Cuando los arquitectos quieren apuntalar un
arco que se hunde, aumentan la carga encima de él, pa-
ra que sus partes se unan así con mayor firmeza. Así
también, si los terapeutas quieren fortalecer la salud
mental de sus pacientes, no deben tener miedo a au-
30 XOSÉ MANUEL DOMÍNGUEZ PRIETO

mentar dicha carga y orientarles hacia el sentido de sus


vidas»18.
Desde su sentido existencial, la persona opta entre
las posibilidades que se le ofrecen: estudio, encuentro
con otras personas, atender a alguien, descansar, hacer
deporte, formarse, dominarse, comprometerse con un
grupo o en una acción voluntaria, trabajar, perdonar,
hacer una compra, etc. Pero en esas posibilidades no
sólo elige opciones sino que se elige a sí mismo, se de-
cide a sí, su propia figura. En este sentido, las circuns-
tancias y situaciones en las que se encuentra son, a la
vez, un don y un deber. Son un don en tanto que posi-
bilidad. Pero también son un deber en tanto que son
posibilidades que de modo efectivo posibilitan su ple-
nitud, en cuanto que esas posibilidades reclaman la re-
alización del sentido. Y, realizando sus posibilidades,
la persona se realiza a sí misma. La persona, por tanto,
se descubre llamada a perfeccionarse. El modo concre-
to en el cuál descubre que puede ir perfeccionándose
constituye, si quiere, la ley de su obrar, su canon bio-
gráfico.
Pero que la persona esté llamada a desarrollarse en
cierta manera no significa que necesariamente lo haga:
media, en todo caso, una opción de su libertad. Para ir-
se conquistando, la persona debe vencer la tendencia a
la costumbre, a la pérdida continua de tensión. Debe
mantener su capacidad de reacción, su exigencia de
plenitud.
Esta llamada se realiza desde el fondo de sí, desde
lo más profundo de la persona, y se manifiesta en el en-
tramado estrictamente personal de las potencias, cuali-
dades, capacidades, relaciones de cada persona así co-
mo en una orientación esencial de la acción. Esta
18. El hombre en busca de sentido. Herder, Barcelona 1991, pp. 104-105.
PARA SER PERSONA 31

orientación esencial de la acción se vive como inclina-


ción, como aspiración, como orientación personal.
Porque, en efecto, cada persona aspira a ejercer lo
esencial y definidor de ella misma.
Es una llamada a ocupar un puesto único dentro del
universo personal, que da significado pleno y último a
la vida de cada persona. La búsqueda y progresiva to-
ma de conciencia del sentido último, que va más allá
de lo profesional, de los intereses, del éxito, es pieza
clave en el crecimiento personal.

4.2. Crecimiento personal y vocación


El crecimiento de la persona tiene que ver con la
conciencia progresiva de esta orientación esencial de la
acción, de esta vocación, de esta identidad propia y es-
pecífica de cada uno.
La persona sólo se despliega desde la toma de con-
ciencia de su vocación. Y esta sólo se encuentra, como
dijimos, en un proceso de interiorización. Desde ella
cabe la posibilidad de volver al exterior sin correr el
peligro de quedar encerrados fuera de nosotros mis-
mos. Por otra parte, hay que salir de la interioridad pa-
ra mantener la interioridad, hay que abrirse a la comu-
nidad para mantenerse la persona. Pero no basta con
conocer los valores para crecer: hay que comprometer-
se con ellos. Por ello esta vocación cobra todo su sen-
tido desde unos valores a los que la persona se adhie-
re. Existir es decir «sí» a esta vocación, a estos valores.
Y esto comporta, muchas veces, decir que «no»: aceptar
límites, rechazar posibilidades, protestar, alejarse. Vivir
es elegir. En algunos momentos de mi vida, elegir algo
o a alguien supondrá automáticamente dejar otras cosas
u otras compañías. Desde mi vocación elijo y desecho,
afirmo posibilidades y niego otras. Edificar es sacrifi-
32 XOSÉ MANUEL DOMÍNGUEZ PRIETO

car. Y se elige desde la vocación. Desde la vocación, só-


lo desde ella, es posible renunciar, romper, decir «no»,
por muy desgarrador que sea, sin que suponga mutila-
ción, porque se elige desde una plenitud incoada.
Desde su orientación esencial de la acción, desde
los encuentros con las personas y la Persona, la perso-
na encuentra su sentido. Y esta búsqueda del para qué
de la propia vida es de grandísima importancia porque
su descubrimiento y ulterior experiencia:
– Unifica la vida, la ordena, integra todas las di-
mensiones. La vocación, es lo que procura a la persona
la unidad de su ser, una unidad presentida, nunca per-
cibida. No es identidad abstracta, ni dada para siempre,
no es evidente ni innata. Se trata de una identidad que
se va sugiriendo, descubriendo, si se está en silencio a
la escucha. Se experimenta a tientas, a oscuras, sin po-
der tener nunca la certeza de conocerla definitivamen-
te. Es una llamada silenciosa.
– La pone en camino de plenitud y le da su pleno
sentido. Hace que la vida de la persona tenga una enor-
me fecundidad y creatividad,
– Permite que sea una persona capaz de compromisos
fecundos, de asumir deberes con sentido positivo (en re-
habilitación de adicciones lo primero que se busca es un
sentido para la persona, es decir, armarla moralmente).

5. Condiciones para el crecimiento de la persona

El crecimiento es la realización o actualización de


los dinamismos esenciales de la persona. Supone una
maduración de la persona, un mayor orden interno,
creatividad, libertad, responsabilidad, apertura y auto-
nomía. Mas lograr esto es tarea para toda la vida. Y to-
dos conocemos múltiples ejemplos de personas que,
PARA SER PERSONA 33

hasta el final, han estado esculpiendo su propia estatua:


Jünger, escribiendo filosofía hasta los 100 años, Cer-
vantes escribiendo su última novela en el lecho de
muerte, Torrente habiendo dedicado la última tarde de
sus ochenta y ocho años de vida a trabajar en su nove-
la. Los ejemplos permitirían llenar más páginas que las
que puede ofrecer este libro: Zubiri, Laín Entralgo, Ka-
rol Wojtyla, Teresa de Calcuta, Jehudi Menuhin, Alber-
ti, Goethe, Bach, Bernard Shaw, Viktor E. Frankl, etc.
Crecer es ser-más, es dar-de-sí. Y esto concierne
por igual a la inteligencia, a la voluntad, a la afectivi-
dad, a las relaciones personales y al cuerpo. En la me-
dida en que todas estas instancias funcionen ordenada-
mente y ajustadas a la realidad, se da un crecimiento.
¿Cuáles son las condiciones para un crecimiento inte-
gral de la persona?

5.1. El autoconocimiento
No basta la experiencia: hay que reflexionar sobre
ella. Prueba de ello es que las personas con más «ex-
periencias» no suelen coincidir con las personas con
más madurez. Sólo reflexionando sobre mi propia vida
puedo llegar a conocerme y a madurar.
A través del autoconocimiento y la reflexión la per-
sona va conociendo su propio sentido vital, su orienta-
ción vital. Y esto a través de una serie de indicios: a tra-
vés de la imagen positiva de sí, a través de sus
opciones importantes, de su propio itinerario personal,
a través de lo que se ve capaz, a través de las personas
que le marcan (efecto espejo), de las ilusiones y aspi-
raciones profundas, de cuáles han sido sus experiencias
gozosas. Pero también a través de lo que ven los otros
de mí: esencial para mi autoconocimiento es la correc-
34 XOSÉ MANUEL DOMÍNGUEZ PRIETO

ción de quien me quiere y la alabanza del sabio res-


pecto de lo que aprecia en mí como valioso.
Desde el conocimiento de mis dones y carencias se
manifiestan aspiraciones, intuiciones, invitaciones in-
teriores o imperativos para realizar determinadas ac-
ciones, a tomar opciones o actitudes.

5.2. Un ambiente personalizante y relaciones


personalizantes
La persona crece cuando vive en un ambiente per-
sonal y personalizante. Este ambiente personalizante,
como veremos, tiene la estructura de comunidad. Sólo
en este ámbito es posible el encuentro y el diálogo con
otros. Sólo de este modo la persona se capacita para
una serie de actos que son los propios de la persona en
su relación con los demás:
– Salir de sí, es decir, hacerse disponible para los
otros, capacitarse para liberar a otros liberándose uno
mismo.
– Comprender al otro, es decir, ponerse en su pun-
to de vista.
– Tomar al otro sobre sí.
– Darse al otro, con generosidad, con gratuidad, sin
medida, más allá de los instintos centrípetos.
– Ser fiel al otro.

5.3. Vivir unificados desde el sentido existencial


Se trata, por tanto, de vivir desde aquello que cada
uno descubre como lo más valioso, desde aquello a lo
que está llamado, desde su vocación. El deseo esencial
que dinamiza toda persona es siempre un deseo de sen-
tido. Así las cosas, descubre la persona que busca algo
absoluto, pues nada finito, ninguna cosa, objeto, pro-
yecto personal o colectivo, responden a su deseo, a su
PARA SER PERSONA 35

sed de sentido. Quien hace de su cuenta corriente, del


fútbol, del Estado, la nación, el equipo, el grupo, la ra-
za o sus posesiones su absoluto, introduce un desorden.
Comprobamos que el culto al cuerpo produce desmo-
ronamiento físico y psíquico, el culto al dinero, mise-
ria; el culto al poder, la guerra. Pues bien: en general,
toda idolatría atomiza y disuelve a la persona. Sólo
descubrir y ejecutar el sentido existencial unifica.
Todo lo demás que hay en la propia vida también
puede ofrecer un sentido parcial y finito (mi trabajo,
mis diversiones, mis viajes, mis pequeñas metas). Pero
todo esto, si no se abre a un sentido más amplio, cierra
y abisma a la persona en sí. Ideologías, técnica, cien-
cia, economía, deportes, nunca tienen la capacidad de
proporcionar un sentido único y totalizante. Sin em-
bargo, tienen cierta capacidad para orientar la vida, por
lo que siguiendo uno de estos sentidos se puede dar la
impresión de que se tiene una vida repleta, rebosante,
llena, compacta y coherente: todo confluye en el se-
guimiento de ese sentido parcial tomado como absolu-
to. La libertad se compromete en este sentido. Sin em-
bargo, la experiencia personal de quien hace esta
opción es la de ser un «prisionero» de su circunstancia,
a la que sirve. Trátase de un esclavo del trabajo, de su
proyecto o negocio, de su idea o ideología. Esclavo vo-
luntario, consentido, pero esclavo, sometido, alienado,
cerrado a sí y a la trascendencia (aunque gire todo en
torno a sus intereses). No obstante, también en estos
queda siempre una raíz de anhelo de plenitud y de uni-
dad. Pero no de plenitud reducida a un ámbito ni uni-
dad de acción, sino plenitud y unidad personales, inte-
grales. Intuyen que hay un abismo entre lo que quieren
y lo que son capaces de querer: la llamada a la plenitud
36 XOSÉ MANUEL DOMÍNGUEZ PRIETO

es inextirpable. Por este resto de deseo siempre es po-


sible un cambio de vida.

5.4. Ejerciendo la libertad

5.4.1. Qué es la libertad


La libertad como capacidad de opción y capacidad
de autorrealización no es algo con lo que se nace: se
trata de una conquista. Se puede ir ganando, pero tam-
bién perdiendo. Y es así porque la libertad es la mani-
festación del autodominio de la persona: en la medida
en que la persona va siendo efectivamente suya, au-
menta su capacidad de opción, de dominar en sus im-
pulsos y motivos, en sus actitudes ante la adversidad y
en sus afectos y, por tanto, de ser la autora de su vida.
Por tanto, la libertad es una cualidad de la voluntad:
La libertad es la cualidad de los actos voluntarios en
tanto que pueden decidir entre diversas pretensiones,
tendencias y posibilidades.
No es, pues, una potencia abstracta, sino una cuali-
dad de la voluntad que se puede ejercer y aumentar, o
no ejercer y disminuir (aunque, en el peor de los casos,
la persona siempre puede ejercer un mínimo de liber-
tad: siempre puede arrepentirse y cambiar el rumbo de
sus elecciones, por muy habituado que esté a no hacer-
lo. La atrofia de la libertad nunca lleva a su desapari-
ción). Aún la persona más adicta posee un adarme de
libertad que le permite, por lo menos, pedir ayuda a
otros para comenzar a salir de sus ataduras.
De todas maneras, siendo rigurosos, tenemos que
decir que la libertad es un acto de toda la persona. No
sólo es libre la voluntad: lo es la inteligencia, el cuer-
po, la afectividad... Si una de estas instancias no es li-
bre, no es posible una voluntad libre. Incluso cabe que
PARA SER PERSONA 37

la propia voluntad sea una esclava de la inteligencia


(intelectualismo), de los afectos (sentimentalismo), de
las masas sociales o de la mentalidad dominante (con-
formismo).
5.4.2. Cómo se ejerce la libertad
Para ejercer su libertad, cada persona reorganiza las
tendencias y motivos de modo que éstos serán «sus»
motivos y «sus» preferencias. La libertad acontece en
el dominio de sí mismo. Por ello no existe la libertad
como potencia sino como modo de ser de los actos: hay
actos libres. Estos actos libres no se ejercen «a pesar»
de las tendencias inferiores. Es, por el contrario, un ac-
to de determinación que la persona produce llevado a
él por ciertas tendencias. Así, en un momento determi-
nado pueden reclamar su atención una tendencia que
me pide descanso tras un duro día de trabajo, pero otra
a que atienda a un familiar que me necesita. Pues bien:
no importa cuál de estas dos tendencias sea la más
fuerte. Seré yo quien decida a qué tendencia quiero dar
preponderancia.
Aún más: La libertad no es algo simplemente per-
mitido por las tendencias inferiores sino exigido por
ellas. Por eso, igual que no hay voluntad al margen de
las tendencias no hay libertad al margen de la natura-
leza. La persona se hace libre moldeando sus tenden-
cias naturales, es decir, adquiriendo una segunda natu-
raleza: adquiriendo un conjunto de virtudes Las
virtudes son hábitos de comportamiento que fijan unas
formas de comportamiento que hacen más libre a la
persona, más dueña de sí, más liberada. Pero esta libe-
ración no supone el abandono de lo que se libera, sino
su inclusión en un proyecto creador. Así, un pianista
es más libre (y creativo) por el teclado en la medida en
que haya pasado muchas horas al día durante muchos
38 XOSÉ MANUEL DOMÍNGUEZ PRIETO

años sometiéndose a ejercicios mecánicos y repetitivos


para lograr dominar ciertos movimientos, con preci-
sión y rapidez. Mediante estos ejercicios, el pianista
adquiere hábitos de movimiento en sus dedos que le
permitirán, más tarde, interpretar música con libertad.
Y lo mismo podríamos decir de un atleta o un bailarín.
En todo caso, la decisión consistirá, entonces en dar
vigencia a unos impulsos por encima de otros, a unos
motivos sobre otros. Toda decisión supone un reajuste
de las propias tendencias. Pero para que se den estos
hábitos o estructuras que van liberando, que van po-
tenciando la libertad, es necesario que la persona co-
nozca su sentido vital, el horizonte, el para qué de su
proyecto vital, su vocación. Si no hay un para qué, no
surge el cómo. Del mismo modo, el pianista se somete
a unos ejercicios mecánicos no por masoquismo sino
para poder intepretar una fuga de Bach o una Sonata de
Haendel, es decir, una realidad con sentido.
En fin, para activar la libertad y ponerla en disposi-
ción de que la persona opte por lo que le plenifica, an-
tes debe conocer su dignidad de persona y los dina-
mismos de la persona. Descubierto este proto-valor y
los valores que dimanan de él, la persona estará en dis-
posición de percibirlo como deber, como algo que im-
plica su vida, confiriendo así fuerza a su decisión.
5.4.3. La libertad-de
Ante todo, la libertad es libertad-de las tendencias
internas y de los condicionamientos del ambiente. La
persona, por su inteligencia, es capaz de tomar distan-
cia de la realidad y poder estar por encima de sus sus-
citaciones. No significa esto que anule sus impulsos,
suscitaciones y condicionantes naturales (como afir-
maban calvinistas y otros protestantes), sino que es ca-
paz de, sobre ellos, situarse frente a ellos. La libertad
PARA SER PERSONA 39

nunca es pura espontaneidad, pura capacidad neutra de


elección (como defendían Pelagio o Sartre), sino capa-
cidad a partir de unas coordenadas naturales en las que
estamos. Pero, a partir de ellas, la persona puede optar.
No somos, por tanto, lo que la vida ha hecho de noso-
tros sino lo que hemos hecho nosotros con lo que la vi-
da nos ha dado. Del mismo modo que un experto pa-
trón lleva su velero por donde él quiere, haya viento a
favor o en contra, la persona que se va poseyendo, ten-
ga «viento a favor» o «en contra» lleva su vida a don-
de quiere.
Por otra parte, constatamos que toda persona aspira
a liberarse de todo lo que asfixia su desarrollo, de todo
lo que impide su perfección. Y, en verdad, no existe li-
bertad si no libera: la libertad es, en primer lugar, ca-
pacidad de liberar y liberarse. Este ha sido y es el mo-
tor de muchas revoluciones personales y sociales. El
sometimiento y la esclavitud sublevan e invitan a su
superación.
Sin embargo, esta libertad puede absolutizarse e
instalarse la persona en una negación de todo vinculo,
de todo sometimiento y dependencia, de toda relación,
de toda pertenencia. Pero en este momento, esta liber-
tad ha perdido su razón de ser. Así ha ocurrido con el
neoliberalismo.
5.4.4. La libertad-para
Pero con lo dicho no tenemos totalmente descrita la
libertad, pues ésta no puede ser mera indefinición, me-
ra indeterminación o espontaneidad. La libertad-de tie-
ne un sentido, una determinada orientación: la capaci-
tación para la realización de la persona. Además de la
libertad-de, la libertad también es libertad-para la au-
toposesión para la autoconstrucción, para responsabili-
zarse de la propia vida y vivir unos valores. La libertad
40 XOSÉ MANUEL DOMÍNGUEZ PRIETO

sólo es tal si es libertad para el compromiso. Es, por


tanto, capacidad de preferir, de comprometerse, de ad-
herise. ¿A qué? A aquello que da sentido a la propia vi-
da y a los valores que dimanan de ello. Somos libres-
de para poder ser libres-para. El que vive sólo para sí
mengua como persona en lo afectivo, en lo intelectual.
El que no se compromete con valores y con personas,
queda personalmente tullido.
5.4.5. Libertad como capacidad de comprometerse
con lo valioso
Las cosas y las posibilidades, al presentársenos, no
lo hacen de modo indiferente, sino que estimamos unas
como mejores que otras (respecto de nuestra plenitud,
de nuestro desarrollo). Por eso mismo, la libertad es un
poder orientado a la realización de lo valioso para la
persona. La persona está orientada, ob-ligada a aquello
que le hace plena y feliz. Pero no está determinada a
escoger lo que realmente le va a hacer crecer. He ahí el
conflicto: está orientada a lo que le hace plena pero es
capaz de decidir lo que desintegra a la persona. La
amistad me construye, pero puedo elegir el repliegue
solipsista en mí; la fidelidad a las promesas hechas o la
laboriosidad me llevan a más, pero puedo optar por la
infidelidad y la pereza.
Además, esta adhesión, este compromiso, no sólo se
puede tomar con la propia vocación, sino con otros va-
lores, actividades o proyectos que no dimanan de esta
vocación. Incluso cabe el compromiso con antivalores.
Pero si esta adhesión elimina toda apertura y va contra
la propia dignidad y la de otros, la persona termina sien-
do esclava de aquello a lo que se adhiere, lo cual termi-
na por tomar consistencia de ídolo, de absoluto. Es la
postura de la persona que se toma a sí o a sus deseos, o
a su proyecto voluntarista, como medida de todas las
PARA SER PERSONA 41

cosas. O de quien se adhiere a unas ideas, o al poder, o


a una empresa, o a la competitividad, la productividad,
a unas siglas, o a una comunidad, como si fuesen el ab-
soluto. En estos casos, la persona termina sacrificada –y
no plenificada– por aquello a lo que dice servir.
En conclusión: toda opción que se hace comprome-
te la libertad: o hace a la persona más libre, más dueña
de sí, o más atada a las suscitaciones interiores o exte-
riores. Las opciones, si crean hábitos positivos, liberan.
De lo contrario, empobrecen y esclavizan. En todo ca-
so, gracias a la misma libertad, por muy comprometida
que esté mediante el establecimiento de hábitos de
comportamiento, siempre es posible el cambio radical
de rumbo, una ruptura: la conversión o la apostasía.
En estas opciones se pone en juego todo el destino, la
orientación y consistencia del futuro. Poder cambiar
siempre de rumbo, de orientación vital, es la prueba de
que la libertad nunca está plenamente alienada ni com-
prometida. Siempre es posible cambiar.
5.4.6. La libertad no tiene su sentido en sí
La libertad no puede ser el término de una conquis-
ta. La libertad tiene un sentido bien preciso: la capaci-
dad de optar por la plenitud, la capacidad de realizar-
nos. La persona es aquel ser que desea la plenitud. Este
deseo nace naturalmente en él. Pero esto, que es a lo
que está ligado, ob-ligado, no le obliga a actuar en de-
terminado sentido: la persona tiene que elegir las ac-
ciones, las opciones y posibilidades que le lleven a esa
plenitud. Ella es la que ha de dar libremente el paso
que le conduce de lo que es a lo que está llamada a ser.
Y esto siempre supone tomar un camino y dejar otros,
una elección y muchas renuncias. Y, además, un ries-
go: la persona está llamada a correr el riesgo de la li-
bertad.
42 XOSÉ MANUEL DOMÍNGUEZ PRIETO

Correr este riesgo no supone, en absoluto, quedar


sin vínculos, sin ataduras. Lo que está en nuestra mano
es decidir a qué queremos entregarnos. Por eso, la vida
de la persona termina valiendo lo que valen las fideli-
dades a las que se entrega.

5.5. Ejerciendo la responsabilidad


La responsabilidad es la otra cara de la moneda de
la libertad. Porque ser libres supone tener que respon-
der de nuestros actos, de nuestras elecciones. En este
sentido, el deber es la experiencia de la responsabilidad
ante uno mismo, los demás y los valores que se descu-
bren como tales. La persona crece al hacerse responsa-
ble de sí y de lo que hace, al tomar las riendas de sí. Por
eso decimos que la persona es una tarea para sí misma.
Pero, como es libre para hacerse y actuar, la persona es
responsable de lo que haga de sí y de lo que obre.
La responsabilidad supone enfrentarse creativa-
mente a las circunstancias de la vida y asumir los pro-
pios actos y las consecuencias de los propios actos. No
hacerse cargo de la propia vida ni querer comprome-
terse deja a la persona en situación de irresponsabili-
dad. Y, precisamente por no quererse hacer cargo de sí
y de lo que encuentra en su vida, mira como fatalidad
todo cuanto le sucede, adoptando una actitud de con-
formismo y sometimiento a la mentalidad dominante,
de pasividad e individualismo, de relativismo e indife-
rencia. Cae así en la situación de desmoralización de la
que hablamos al comienzo.
La responsabilidad supone, por tanto, la capacidad
para tomar las riendas de la propia vida. Y esto siempre
es posible, se haya hecho con ella lo que se haya hecho.
Se trata de asumir abiertamente méritos y errores, cul-
pas y éxitos, sin evadirse, sin negar nada. Se es respon-
PARA SER PERSONA 43

sable, sobre todo, ante uno mismo. Y se es responsable


para asumir lo hecho, y para perdonarse, y para acep-
tarse, y para mejorar a partir del momento actual.
Quien cree que nada pueda cambiar, se conforma y
acomoda, se aburguesa y pierde tensión vital. Su pro-
yecto vital se diluye. Sólo quien se responsabiliza de sí
no se conforma con lo que es y proyecta el camino ha-
cia su plenitud.

6. ¿En qué consiste la madurez personal?

Cada persona está llamada a hacer su propia vida, a


construir libre y voluntariamente quien quiera ser. Pe-
ro puede hacerlo de acuerdo con su propia realidad,
con lo valioso que descubre, de modo libre y racional,
o dejando que sean otros u otras instancias quienes im-
pongan a la persona sus criterios y principios. En el
primer caso decimos que la persona es autónoma. En
el segundo, heterónoma.
La persona autónoma es la que, de modo reflexivo,
actúa y elige lo mejor para crecer como persona respe-
tando su dignidad y la ajena. Vive libre y responsable-
mente.
La persona heterónoma es la que se deja llevar por
la voluntad ajena, o por sus impulsos o por la mentali-
dad dominante, o por las normas, de modo acrítico e
irresponsable.
Lo cierto es que cuando somos niños, necesitamos
que otros nos den esas pautas de actuación, que nos
ayuden a ser, porque ni nuestra racionalidad ni nuestra
libertad son aún maduras. Pero esta heteronomía debe
ir dejando paso a la autonomía a medida que van pa-
sando los años. De esta autonomía, en tanto que ejerci-
cio de la libertad-de y libertad-para depende la madu-
44 XOSÉ MANUEL DOMÍNGUEZ PRIETO

rez de la persona. Pero todos nos preguntamos alguna


vez en qué consiste la madurez personal. Profundice-
mos en ello:

6.1. ¿Por qué rasgos se caracteriza una persona


autónoma?
– Una persona autónoma está abierta a sí misma,
por lo que es capaz de gran autoconocimiento. Es rea-
lista y se acepta como es y se quiere, aunque no se con-
forma con ello, sino que busca su plenitud.
– Vive desde un sentido vital: desde su proyecto vi-
tal y vocación. Sabe dar razón de sus ideas y opciones
desde dicho proyecto. Y desde él orienta su vida. En él
tiene un criterio para juzgar lo que le acontece.
– Vive con actitud positiva, con esperanza y con hu-
mor desde su sentido existencial.
– Es dueña de sí. Por su autodisciplina, fortaleza,
paciencia, autocontrol, es capaz de vivir desde sí para
los demás.
– Vive integradamente todas sus dimensiones
(cuerpo, inteligencia, afectos, voluntad, relación con
los demás).
– Actúa reflexivamente, sin precipitación, sin im-
pulsividad, eligiendo lo mejor en vistas a su creci-
miento personal y el de los demás.
– La persona se vuelve más creativa, fecunda y efi-
caz. Es cada vez más comprometida, realista, libre y
responsable.
– Aunque no actúa dejándose llevar por los demás,
está comprometido con otros. Es decir, actúa desde
ella, no desde lo que esperan de ella. Pero sale de sí
misma para ponerse en el punto de vista de los otros.
– Está, por tanto, abierta a los demás como perso-
nas, estableciendo con ellos relaciones de encuentro.
PARA SER PERSONA 45

– Está abierta a la Persona como auténtica respues-


ta al sentido profundo de su existencia y al sentido de
los acontecimientos de su vida.

6.2. ¿Por qué rasgos se caracteriza una persona


heterónoma?
– La persona heterónoma e irresponsable es aque-
lla que se deja conducir o guiar en su actuación y deci-
siones, sin someterlas a su propio juicio o discerni-
miento, y sin tomar las riendas de sí misma.
– Por sus impulsos, por su capricho, por sus senti-
mientos o ideas preconcebidas.
– Por las normas y valores recibidos por la autori-
dad de otros (amigos, medios de comunicación, fami-
lia). No actúa conforme a ellas porque le atraigan sino
por temor al castigo o por temor al remordimiento o
culpa (autocastigo).
– Por la tradición cultural a la que se pertenece, sin
analizarla críticamente.
– Por la mentalidad dominante en la sociedad (que
impone unos gustos, actividades, trabajos, valores) sin
someterlo a los propios criterios.
– Además, la persona moralmente heterónoma bus-
ca vivir sin tensiones. No se compromete para no tener
que dar cuentas. No se responsabiliza de nada, ni de sí
mismo. No reconoce deber ninguno. Sigue las normas
para evitar tensiones. Estas normas e impulsos que si-
gue escapan al control del sujeto.
– Busca no tener que decidir, busca recetas: busca
seguridades. No descubre los deberes como propios si-
no como algo impuesto. Es incapaz de valorar la bon-
dad o maldad de algo sino sólo su conveniencia o in-
convenciencia. Por eso tiene una gran incapacidad para
decidir por sí.