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La reforma universitaria de José Antonio Caballero en

1807 (reinado de Carlos IV), y su acción política.

En el primer gobierno de Godoy, el ministro Caballero unifica por fin las


Universidades españolas. Al producirse la caída de Jovellanos como Ministro de
Gracia y Justicia, fue sustituido en su puesto por José Antonio Caballero, 2º
Marqués del Caballero quien, a diferencia del asturiano iba a adquirir una
posición firmísima en el Gobierno de la Monarquía.

Al principio, colaboró estrechamente con Urquijo, encargado de la


Secretaría de Estado, en la “política regalista”, incluso antirreligiosa y
cismática que estaba desarrollando éste; pero Caballero tuvo la habilidad de
que la caída de Urquijo no le arrastrara a él también, a pesar de ser generada
por la política antipapal, sino que más bien al contrario, su posición salió
decisivamente consolidada tras la crisis, consiguiendo incluso continuar hasta el
final del reinado de Carlos IV.

Su larga gestión fue beneficiosa para la instrucción pública, pues dentro


de los asuntos propios de su Ministerio, le dedicó una atención preferente.
Lograría, sobre todo, llevar a buen puerto la elaboración de un Plan general de
Reforma de las Universidades, consiguiendo así resolver lo que ni los
gobernantes de Carlos III pudieron, y que vió su luz en las postrimerías del
reinado, en 1807, circunstancia ésta que frustraría en parte, su aplicación
práctica.

El ministro Caballero remató toda su labor en pro de la instrucción pública


con un Plan General para todas las universidades españolas, consiguiendo la
finalidad última de este viejo sueño. Este “arreglo”1 o reforma de las
universidades perseguía dos fines claros:

o A) El primero de ellos era la supresión de todas aquellas


Universidades, que por sus escasas rentas, no podían sostener dignamente sus
enseñanzas. Se consideraba inútil todo otro intento de reforma que no partiera
de esta medida radical, como lo había demostrado el fracaso de las reformas
emprendidas durante el reinado anterior de Carlos III, no existiendo en el país,
además, ninguna necesidad de tantas Universidades, dado el escaso alumnado
que acudía, mal del que ellas mismas venían quejándose desde hacía tiempo. El
título de la Real Cédula que contiene el Plan es suficientemente expreso:

o B) Una vez lograda la reducción del número de universidades a otro


más razonable, el “arreglo” propiamente dicho de la enseñanza universitaria
estaba dirigido a lograr la uniformidad en una serie de aspectos importantes en
1
Referencia usual en aquellos años a los Proyectos de Ley.

1
los centros restantes, lo que tanto por las universidades, como por el Estado,
era deseado vivamente como única manera de sacar a los estudios del
estancamiento en que se encontraban, y proceder a una auténtica
modernización del modelo.

Para llevar a cabo la supresión radical de ciertas Universidades, el


ministro envió una circular a todas ellas, reclamando una información exacta de
las rentas con que disponían, y de acuerdo con las informaciones que fue
recibiendo, con un criterio firme, decidió la supresión de todas aquellas que
juzgaba con rentas insuficientes para poder mantener sus enseñanzas.
Naturalmente, todas las suprimidas eran “Universidades menores como las de
Toledo, Osma, Oñate, Orihuela, Ávila, Irache, Baeza, Osuna, Almagro, Gandía y
Sigüenza. Esta circular fue dirigida el 9 de setiembre de 1806 y decía:

Así pues, todas las Universidades españolas fueron consultadas


previamente, demostrándose la inexactitud de las afirmaciones del historiador
Vicente de la Fuente.

Todas las Universidades suprimidas quedaban incorporadas a efectos de


rentas, y otros a las que permanecían y por razones de proximidad geográfica.
Algunas no tuvieron energía suficiente ni para poder protestar. Sólo unas pocas,
como las de Sigüenza y Oñate, se atrevieron a hacerlo, pero Caballero se
mostró tajante e inflexible, y llevó a cabo las supresiones sin hacer caso de las
protestas, y lo que es más significativo, sin que éstas encontraran valedores
eficaces, que hubieran sido capaces de torcer esta realidad.

Para llevar a cabo la uniformidad de las universidades, se cogió como


prototipo, igual que en las reformas anteriores a la Universidad de Salamanca.
Sobre la intervención de esta Universidad en la Reforma, los historiadores han
dado las versiones más opuestas, desde Dánvila, que dice que los catedráticos
salmantinos opusieron una tenaz resistencia al Plan, atribuyendo a ellos el que
se retardara tanto su planteamiento, hasta la versión de De la Fuente, para
quien el Plan fue obra de los catdráticos más “volterianos” e “ilustrados” del
Claustro salmantino, a quienes les unía una gran amistad con Caballero, y a quien
nuestro ministro se dirigió con el encargo de que prepararan la reforma con la
advertencia:

“de que lo hicieran lo mejor, pero tener cuidado de no comprometerse”

frase ésta que a De la Fuente se la refirió uno de los descendientes de los


colaboradores del Plan. Es necesario tener en cuenta que en aquellos años se
produjeron denuncias contra diversas personalidades, acusadas de “jansenismo”
y de “volterianismo” ante una Inquisición todavía viva, y entre ellas al mismísimo
Jovellanos y al Obispo Tavira. Esta afirmación nos define un rasgo más de la
personalidad de José Antonio Caballero: además de su tenacidad, el empleo de
la prevención en unos años pre-bélicos.

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Aunque el Santo Tribunal no se atrevió a iniciar el proceso contra ninguno
de estas personalidades, sin embargo se coartó hasta cierto punto la libertad
de expresión y de difusión de ciertas ideas. Y dentro de esta situación, sobre el
Claustro salmantino pesaban ciertas sospechas por su ideología avanzada, de
aquí que se tratara de fomentar su intervención discreta.

El Plan Caballero, por su contenido, pertenece sin duda a la tendencia


ilustrada, como ya lo confirmaba su primer punto, referente a la “supresión de
Universidades”, pero también el resto de la reforma, que responde claramente
a esta ideología, aunque haya también en él ciertas concesiones al
“ultramontanismo”. Por ello Godoy, cuando muchos años más tarde escribe sus
Memorias,

El Plan, por su contenido, pertenece indudablemente a la tendencia


ilustrada, como ya lo confirmaba el punto primero de él, referente a la
supresión de las universidades, así como el resto de la reforma, que responde
claramente a esta ideología, aunque haya también en él ciertas concesiones al
ultramontanismo. Por eso, Godoy, cuando muchos años después escriba sus
Memorias, le presentará como una de las grandes obras de su gobierno:

El rey comenzaba lamentándose y reconociendo la carencia de fondos con


los que poder atender a la digna sustentación de los Catedráticos, y la falta de
unidad y de buen orden en los reglamentos de estudios, todo lo cual redundaba
en grave perjuicio de la enseñanza pública. De esta manera, parecía que el Plan
venía a resolver estos dos puntos de la enseñanza universitaria. Ambos tan
repetidamente planteados por las Universidades al Gobierno de la nación. Pero
desgraciadamente, el problema económico quedaba sin resolver: el Estado no se
planteaba aún en los debidos términos este grave problema, angustiado quizás
por una situación económica general muy mala. Pocas líneas más abajo del
planteamiento inicial anunciaba que el nuevo Plan realizaba la uniformización
científica de todas las Universidades, pero:

“dejando la parte económica a las particulares circunstancias de cada una, no


olvidando, empero, los salarios de los maestros, que han de ser decentes, no
obstante de procurar todos los ahorros posibles”.

Frase con la que claramente se eludía el problema, y colocaba a la nueva


reforma en trance inmediato de fracasar, pues está claro que no se podía
acometer sin medios con que llevarla a cabo.

Los reformadores pusieron toda su confianza en la uniformización


científica como solución única para todos los problemas. Para valorar
exactamente el prestigio de esta idea, no ya en el Gobierno, sino en las propias
universidades, tenemos el testimonio de un profesor de San Esteban, de

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Salamanca, el padre Rafols, al rector de Cervera, Lázaro de Dou, en vísperas de
esta reforma:

"Esta Universidad de Salamanca -decía el dominico- ha presentado una


infinidad de veces al Consejo y al Rey sobre la necesidad de uniformar
todas las universidades del Reino en orden a la duración del curso, número
de éstos, y rigor de la asistencia y explicación para obtener los grados
mayores y menores, cuya variedad en esta parte hace que los jóvenes
huyan de las Academias, donde se observan las leyes con rigor y sean muy
concurridas aquellas en las que sin aplicación, sin asistencia, logran en
pocos años sus grados. El Consejo lo ha mandado ejecutar alguna vez; pero
no habiendo cuidado de hacerlo ejecutar, sigue el mal con mucho perjuicio
de las ciencias. Por lo mismo, hará una cosa muy gloriosa y útil a la Nación
si logra esta deseada uniformidad y Salamanca se alegraría mucho de ello.
A mi parecer, la cosa es imposible no suprimiendo algunas Academias que
lo son sólo de nombre, y dotando a las que quedan, con salarios suficientes
a los catedráticos, suficientes a mantenerlos sin necesidad de que se
vayan a los destinos incompatibles con la enseñanza. El Gobierno puede
hacerlo sin gravamen del erario, uniendo a cada universidad algunos
beneficios simples”.

La uniformización de los estudios tenía, sin embargo para el Gobierno no


sólo un matiz estrictamente académico, sino que era el planteamiento adecuado
para lograr un fin que se perseguía también con esta Reforma. Se trataba de
mejorar la instrucción, pero para asegurarse de la idoneidad de los sujetos que
aspirasen a los cargos públicos, había por lo tanto un claro designio de hacer
una Universidad clasista, que posteriormente se acentuará aún más en los
proyectos liberales y que respondía a las influencias de las ideas de
economistas en boga, cuyos presupuestos llevaban a reservar la universidad
únicamente para una pequeña élite, necesaria para dirigirlo, mientras que la
gran masa de la población debería dirigirse a las “profesiones útiles”, y para
obtener formación en ellas no era necesario acudir a la Universidad.

Esta uniformización no era, sin embargo, total, precisamente porque al


utilizar como patrón a la Universidad de Salamanca, que tenía más cátedras que
las demás, y no arreglarse el problema de las rentas, tenían que encontrarse
limitadas necesariamente en sus afanes reformistas. El mismo Plan aclaraba
que, con respecto a los “Estudios preparatorios a las Facultades”, no se imponía
obligación alguna de adaptarse al modelo propuesto; y que por tanto, si no
tenían medios para costear la enseñanza de la latinidad, gramática, griego u
otras materias de esta clase, no las tendrían que instalar.

El desinterés que muestra el Plan por este tipo de enseñanzas se


encuentra motivado por el interés que sin embargo se daba a los Estudios
preparatorios, y a los de la Facultad de Filosofía: un contenido más científico y

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experimental que humanístico, de acuerdo a las ideas que proclamaba la
“Ilustración”.

Este mismo criterio “no uniformizador” se aplicó a los estudios de


Medicina, y con mayor amplitud. No sólo se obligaba a establecerlos, sino que en
donde existieran, “si por faltas de rentas, teatros, instrumentos y auxilios
necesarios no puede hacerse cual conviene”, estas enseñanzas de la Medicina y
la Cirugía se suprimirían, pasando las dotaciones de sus cátedras a mejorar las
de otras Facultades.

Pero no sólo en materias de estudios hacía salvedades el Plan a la


pretendida unificación, sino que también las hacía en materia de régimen de
gobierno. Permitía que continuaran las diversas particularidades de cada
Universidad, sin que se tuvieran que plegar al sistema-modelo de Salamanca.
Este aspecto más conservador del Plan se completaba con la autorización para
que continuaran los Claustros de doctores, pero en todas ellas debían de
funcionar los Claustros de Catedráticos para los asuntos que se atribuyeran a
su exclusiva competencia. Finalmente, una norma general venía a completar el
sentido de estos límites a la unificación: si algún capítulo del Plan resultaba
inaplicable a una determinada Universidad, quedaba exonerada del mismo.

Un resumen del Plan puede ser el siguiente:

 la Universidad que careciera de estudios de Gramática no estaba


obligada a establecerlos.

 Lo mismo ocurría con los de latinidad, griego, u otros de su clase,


pero donde los hubiera “se conservarán, aunque no los haya en Salamanca”.

 De igual modo los estudios de Astronomía.

 “donde por falta de rentas, teatros, instrumentos y auxilios


necesarios no pueda hacerse como conviene a la enseñanza de medicina y
cirugía” se suprimirían las cátedras existentes, pasando sus dotaciones para
mejorar las de otras facultades.

 El gobierno seguiría en manos del Rector o del Canciller, o de ambos,


donde así estuviera vigente.

Para lo mismo continuarán los “claustros generales”, “aunque en ninguna


dexará de haberle de catedráticos para las cosas que aquí se le comenten”.

 Si algún capítulo resultaba inaplicable a alguna Universidad, quedaba


exonerada de su aplicación.

A renglón seguido, venía el propio Plan salmantino con las disciplinas y


textos de gramática latina, los de lenguas, la explicación de aquello y la de esto;

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lo de filosofía y su explicación, medicina, leyes, cánones, teología, y por último
venían las reglas para mejor ejecución -71 en total- referidas a:

 la elección de rector

 la elección del claustro

 la abolición de las cátedras de regencia

 la duración del curso

 las faltas de asistencia, tanto de profesores, como de alumnos

 los tiempos del cursillo

 la designación de sustitutos

 el traje que han de llevar los estudiantes

 las visitas del Rector

 la cédula del curso

 la invariabilidad de los textos académicos designados

 los profesores de “Órdenes religiosas” explicarán sólo su escuela a


“sus colegiales”

 prueba de cursos

 jubilación de catedráticos

 “academia dominical” en todas las facultades

 Vacaciones, actos académicos y conclusiones. Exámenes. Propinas,


ejercicios, mejora de las bibliotecas

 Grados de: Bachiller, Licenciado y Jueces

 Los Cursos de los Colegios, Conventos o Universidades suprimidas


podrían incorporarse en las del Distrito Universitario correspondiente, pero
sólo las Universidades titulares podrían conferir los Grados, sobre oposiciones
a cátedras, Jueces de Concurso, étc.

 “teatros e instrumentos”

 Evitar juramentos ociosos.

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La personalidad política del ministro José Antonio Caballero

Hay que decir que se trata de una figura lamentablemente borrosa, poco
conocida, y en general, enjuiciada de un modo muy negativo por los
comentaristas que han escrito sobre su actuación política. Vamos a seguir en
este capítulo el libro “La España de las reformas. El reinado de Carlos IV”.2

Durante el reinado de Carlos IV predominaron claramente los militares en


el Ministerio de la Guerra, aunque el puesto tuvo una gran inestabilidad política
– 9 ministros en 20 años- de los que 5 eran teniente-generales del Ejército.

A Pedro López de Lerena (1785-1787) le sucedió el 1º Marqués del


Caballero, Jerónimo entre los años 1787 y 1790. Durante el Gobierno presidido
por el Conde de Floridablanca hubo un cambio en las Secretarías. El Conde de
Campo Alange, teniente-general Manuel de Negrete fue nombrado Secretario
del Despacho de Guerra. Del Ministerio salió Jerónimo Caballero
designándosele en 1790 “Decano del Consejo de Guerra”.

En 1794 vemos a Jerónimo Caballero integrando el Consejo de Estado, que


entonces estaba compuesto en su mayor parte por los Secretaros de Estado y
los exSecretarios: Godoy, Acuña, Llaguno, Jerónimo Caballero y Valdés, y
también por algunos militares como: Campomanes, el Conde de la Cañada, étc.

Al 1º Marqués le iba a suceder su sobrino por parte de padre José


Antonio, no sólo en los dominios territoriales en Salamanca y en el Marquesado,
sino en los Ministerios del Gobierno de Carlos IV, de quien se había hecho
confidente y asiduo consejero, repasemos un poco su trayectoria política:

En 1798, José Antonio ya se encuentra en Madrid como “Fiscal-togado de


Guerra”, y va a suceder en 1798 al célebre Jovellanos, cuyo paso por la
Secretaría de Estado de Gracia y Justicia no había sido muy exitosa, a pesar
de venir patrocinada por Godoy, quien con el tiempo se convertiría en un
acérrimo enemigo del ministro salmantino, como queda reflejado en sus
“Memorias”. Los autores Corona y Armillas indican que los tres objetivos de
Jovellanos, y en los que no pudo triunfar eran:

 la reforma de las Universidades

 la política religiosa “ilustrada”

 la reforma o supresión del Santo Oficio.

El ministro Caballero asumió la Secretaría de Gracia y Justica en 1798 en


un ambiente de frustración, y con los sectores más conservadores de la
Sociedad: doctores de las Universidades, estamento eclesiástico, la Inquisición

2
“La España de las reformas. El reinado de Carlos IV”, escrito por CORONA
BARATECH, E. y ARMILLAS VICENTE, José A. en Madrid, 1984.

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completamente enfrentados al estamento político, y al que tuvo que ganárselos
con prebendas y gran habilidad política, además, tenía muy pocos recursos: el
personal subalterno. Por ejemplo, la Secretaría de Guerra sólo disponía de 8
oficiales en 1798 y en 1805 de 18, número insuficiente para todas las labores y
reformas que se pretendía realizar.

La confianza depositada en José Antonio hace que desempeñe dos


carteras al mismo tiempo: entre 1801 y 1805 tiene que desempeñar
interinamente también el cargo de Ministro de la Guerra.

A José Antonio se le ha encuadrado dentro del “partido ultramontano”,


como el representante más destacado que tuvo en el Poder esta facción
reaccionaria. >Esto es debido en gran medida a la influencia muy especial que
tuvo Godoy con sus Memorias, haciendo culpable a este ministro salmantino de
todas las medidas que en dicho sentido tuvo que adoptar, afirmando que “a
pesar de sus intentos por expulsarle del Ministerio, estaba tan fuertemente
sostenido por aquel partido, que no pudo conseguirlo”, lo que dado el tono
general empleado por Godoy en la justificación, ofrecen muy pocos visos de
credibilidad tales afirmaciones.

Los autores Muriel, Alcalá Galiano, Pizarro y Caveda, también lo


consideraron un personaje retrógrado, opuesto al progreso, e incluso el último
de los autores citados llega a decir textualmente que era un “envilecido
fanático que aborrece todo linaje de progreso y teme y combate los buenos
estudios”. Sin embargo, todos estos juicios, demasiado influenciados por el
hecho de que fue a él, por causa del cargo que desempeñaba, a quien
correspondía dirigir la represión decidida por el Gobierno contra diversos
miembros del llamado “partido jansenista”, y de manera especial la de
Jovellanos, y por otro lado, el recrudecimiento de las medidas dirigidas a
detener la propaganda de la ideología revolucionaria, sobre todo la de la famosa
de 1802, que prohibía la introducción de libros en francés, son muy
superficiales, y no reflejan la personalidad política del ministro. Aquellos
hechos descritos fueron la consecuencia de una Política General, adoptada por
todo el Gobierno, y no de una actitud personal tomada por él.

Menéndez y Pelayo definía a José Antonio Caballero como “ruin cortesano,


principal agente de las persecuciones de Jovellanos y hombre que se ladeaba a
todo viento”, está clara la opinión que de él tenía.

El 2º Marqués del Caballero permaneció en Madrid, una vez se apoderaron


los franceses de la capital, y colaboró con el gobierno de José Bonaparte, quien
le nombró Consejero de Estado. Esta conducta le obligó a emigrar a Francia,
una vez fueron derrotados los franceses, regresando otra vez a España con el
“Trienio Constitucional”, muriendo poco después, en 1.821.

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Las circunstancias políticas son la causa de su aparente ultramontanismo,
pero su labor concreta en ciertos asuntos, como el de la reforma de la
enseñanza, y su actitud final de “afrancesado”, nos lo presentan como personaje
de ideología “ilustrada”, y de una rara habilidad política, que le permitió sacar
adelante reformas que otros, de mucha más fama que él, no consiguieron hacer
prosperar.

Debido a la pasión que se puso en el enjuiciamiento de Caballero, su Plan


ha sido juzgado, al ser una de las obras más importantes que dejó tras su paso
por el Ministerio, con el mismo apasionamiento.

Por unos, al exagerar el ultramontanismo del personaje, ha sido acusado el


Plan de padecer la misma tendencia. Así, el conde de Toreno dirá que con él,
Caballero y Godoy, lo que pretendían era establecer un sistema de opresión en
los estudios y contener el vuelo del pensamiento.

Pero juzgando con más imparcialidad años después, sobre todo ahora, a
partir de la obra de Gil de Zárate, fue alabado por todos los escritores de la
misma tendencia, que emitieron un juicio favorable sobre él, considerándole
como un claro precedente de las reformas Liberales. Cambio de posición que fue
acompañado por el que adoptaron los escritores tradicionalistas, que ahora sí,
pasaron a considerar al Plan Caballero como fruto del volterianismo y
despotismo ministerial, desenfocando y tergiversando su ideología. En este
sentido destaca especialmente por sus ataques contra Caballero, el clásico
historiador Vicente de la Fuente, quien califica al ministro como “el funesto
marqués de Caballero, que había metido estúpidamente a la Iglesia de España
en un cisma por su tiranía jansenista”.

La opinión de Godoy acerca del ministro Caballero

Tomado de sus “Memorias”:3

El triunfo inesperado del “ultramontanismo” al iniciarse el siglo XIX fue


obra, según Godoy, de José Antonio Caballero:

“uno de los mil leguleyos que […] se coló en el Poder […] agente de
perdición contra todo lo bueno, que jamás en su vida concibió un solo
sentimiento religioso […]”

A Caballero se le debe, en opinión del Príncipe de la Paz, la caída de los


ilustrados de Gobierno:

3
“La España de las reformas. El reinado de carlos IV”, escrito por CORONA
BARATECH, E. y ARMILLAS VICENTE, José A. en Madrid, 1984. pp. 505-590.

9
“su primera hazaña fue lanzar al ministro Jovellanos del lugar donde yo le
había traído y luego colocarle”

Y una mala provisión de cargos eclesiásticos:

“Poco amigo del clero, pícaro más bien que no devoto […], miró con enojo
[…] a todos los hombres que en su tiempo fueron colocados por su saber
[…] en las dignidades y en los primeros puestos de la Iglesia […], buscó
adrede ignorantes y antiguallas para llenar las plazas eclesiásticas.

Godoy, al mismo tiempo que se exonera de responsabilidades, acusa a


Caballero del nuevo poder que ha conseguido la Inquisición:

“Soltó la Inquisición, que dejé contenida a duras penas en el círculo


soportable de sus atribuciones religiosas…para utilizarla en provecho
propio sin que se sospechase el rey que sometía de nuevo al Tribunal las
regalías de la Corona. Creaba por esta vía una autoridad y fuerza real y
eclesiástica, una nueva visión entre el altar y el trono, con el objeto de
guardarse mutuamente contra los enemigos de la Iglesia y del Estado […]”

La idea de la privación de la sucesión al trono de Fernando VII parece


confirmarla Carlos IV en la carta dirigida a napoleón dándole cuenta de los
sucesos de El Escorial:

“La ley que le llama a mi hijo a sucederme debe ser revocada; uno de sus
hermanos será más digno de reemplazarle en mi corazón y en el trono”.

La llamada “conjura de El Escorial” de 1.808 (Godoy pertenecía al bando


de Fernando VII) y el proceso subsiguiente pudieran hacer admisibles estas
palabras a Carlos IV, que escribió según la minuta presentada por Caballero,
ministro de Gracia y Justicia. Carlos IV también pedía a Napoleón apoyo y luces
para resolver sus problemas.

El motín de Madrid de 1808 y el ministro Caballero4

Ya hemos visto anteriormente que José Antonio Caballero era ministro de


Gracia y Justicia del Gobierno de Carlos IV desde el año 1798, y que su
ascendiente en la Corte, llegaba a tal grado que era asiduo acompañante de los
monarcas, y preparaba sus minutas o escritos diplomáticos. Parece ser que en
los momentos decisivos del alzamiento contra los franceses su participación fue
importante (del lado de los españoles):5

4
“La España de las reformas”, E. Corona Baratech y José A. Armillas Vicente,
1984.p. 511.
5
“La España de las Reformas. Reinado de Carlos IV”, por E. Corona Baratech y
José A. Armillas Vicente, 1984. Pp. 511 y ss.

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“En el informe enviado por Lavauguyon a Murat se acusa al marqués de
Caballero de haber enviado una circular a los pueblos vecinos del real sitio
(Aranjuez) para que éstos se opusieran a la marcha del rey (Carlos IV ¿) a
Sevilla, lo que mueve una vez más a rechazar el presunto temor a la maniobra
napoleónica, por tratarse de una persona tan próxima a los monarcas como su
ministro de Gracia y Justicia, que les acompañaba en sus viajes…”

“No se hallaron noticias de quiénes fueron los agitadores de Madrid,


porque solamente el objetivo de derribar al privado podía ser ofrecido a la
masa, perdió luego su valor…, cuanto más que las consecuencias políticas y
militares de mayo de 1808 dieron salida impetuosa a nuevas
posibilidades…”

El episodio de la espada de Francisco I (1808)

“Así los hombres mas nulos y de menos valer comenzaron á dirigir la nave
del estado, cuyo rumbo siempre incierto y desatinado contribuyó á que
tantas veces se estrellara contra los horribles peñascos de los partidos.
Cuando apenas hubiera bastado un grande ingenio para luchar contra el
poder y la sagaz perspicacia del emperador, oponía la España la ignorancia
y el delirio á los talentos y la experiencia del hombre más grande del siglo.
En lucha tan desigual no podía menos Bonaparte de obtener todas las
ventajas, y aun cuando después compramos con nuestra sangre la victoria,
fue para librar los despojos á la rapacidad de las otras naciones, gracias á
la impericia y á la ingratitud.

La estúpida creencia que de los servidores de Fernando se había


apoderado, tan ciegamente los dominaba, que queriendo ganar al primero
las albricias el conde Fernan-Nuñez, adelantóse a los duques sus
compañeros cuando caminaban á cumplir su embajada, y encontrando en
medio del camino cerca de Tours á Mr. Bousset, prefecto del palacio
imperial, preguntóle si venia cerca la sobrina del emperador desposada con
el rey de España. Respondió el francés que ni una palabra había oído de
semejante sobrina ni desposorio; é interpretando el conde la respuesta del
prefecto por un rasgo de cortesano disimulo ó de ignorancia en tan
importante secreto, siguió vía recta sin perder su ciega confianza. Tal era
el papel que entonces representaba nuestra patria, que algún dia dictó las
leyes al mundo, y tales eran los ministros y embajadores que la
gobernaban. Y como si el destino se hubiera propuesto destruir en este
reinado hasta las reliquias de nuestras antiguas glorias, manifestó Murat
al ministro Caballero sus deseos de que le entregase la espada de
Francisco I, que desde la batalla de Pavía en 1.525 estaba depositada en
la armería real. Resintiérase el orgullo de Carlos V y de Diego de Avila y
Juan de Urbieta, al ver entregado el 31 de marzo de 1808 aquel
glorioso trofeo ganado por su sangre, y ahora con denigrante pompa

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puesto en las manos del enemigo por el caballerizo mayor marques de
Astorga6.

Murat, que por su parentesco con el emperador levantaba sus


pensamientos en alas de la mas desenfrenada ambicion, adivinó que su
augusto cuñado había resuelto allá en su mente el destronamiento de los
Borbones de España. Y como tenia deslumbrados los ojos con el resplandor
de tan hermoso solio y codiciaba su posesión, ansió verlo desocupado y
precipitó los acontecimientos con sus amaños é intrigas. Propuso pues á los
ministros de Fernando cuán satisfactorio sería para Napoleón el que
saliese a su encuentro el infante don Carlos, quien le halaría quizás á su
llegada a Burgos. Convino al momento la corte…”

Vemos por el texto, en qué mala posición deja el anciano monarca Carlos
IV a todos sus ministros. El ministro Caballero, uno de los principales, tuvo que
entregar la “espada de Francisco I”, y continuar en el gobierno hasta su
disolución…

6
Cita del libro: “Ap. Libro 2, núm. 26”

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