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PONZONA

EN LOS OJOS
Brujería y superstición en
Aragón en el siglo XVI

I N S T I T U C I ~ N«FERNANDO EL CATOLICO.
Excma. Diputación de Zaragoza
PublicaciOri núrnei-o 2.096
dr la Iristitucióri <<Fernandoel Católicon
(Excma. 1)iputacióii dr Zaragoza)
Plaza de España, 2.
50071 ZAKAGOZA ( k:spaiia)
Tíii.: [34] 976 28 88 78/79 - Fa:[34J 976 28 XX 69
ifc(ajc1pz.e~

FICHA CATALOGRÁFICA

[ TAUSIET, María

Ponzorio en los ojos. Rnljeriu y superstic.i(jn en Arngjn m PI s@o


XI% / M a r i a Tausiei.- Zaragoza : Institiición ~ F e r r i a n d oel
Cat<ílico~,
2000.

610 p. : il. ; 21 cm
ISBN 847820-547-0

1. Brujería-Historia-Aragón-S. XVI. 1. Tíl. 11. Instiiiición 4 e r -


narido el CaiOlico*, ed.

O María T'aiisiet.
O De la presente cdicióri: InstituciGri .<Frrnaiidoel (:atblico>>.

I.S.B.K.:84-7820-547-0
D q h i t o Legal: 2 2 . 1 36/2000

Preimpresiím: Ebrolibro, S. L. Zaragoza


Impresión: IJJSFueros, artes gráficas. Zaragoza.
--

IMPRESO EN ESPANA - UNIÓNEUR( )PEA


Para Antonio
Pam Luis
Este libro tiene su origen eri la tesis doctoral dirigida por el doctor
1). Eliseo Serrano Mar-tín y defendida en la I!iiiversidad de Zaragoia
el día 14 de junio de 1997 ante u n tri1,imal integrado por 10s doctores
D. Carrrirlo Lisón Tolosana, D. Ricardo García Cárcel, D. Jaime
Conireras Contreras, D. Gregorio Colás Latorre y U. Ángel Gari Lacriiz.
El tema de la brujería viene gozando desde hace tiempo de
gran éxito editorial en España. Es significativo qiie se trata de los
pocos temas d e los que se h a ido traduciendo la abundante
bibliografía extranjera existente. Los clásicos libros de Murray,
h/lontague, Frazcr, Summei-S,Levack, Cohn, Cardini, Schniitt,
Kieckhefer, Kussell, Barstow, Quaifc, Ginzburg, algunos de ellos,
como los tres últimos citados, con extraordinaria celeridad.
Incluso disponemos d e ediciones de algunas de las fuentes
referericialcs fundamentales como la obra de Castañega, Pedro
de Valencia, Martín del Río o Ciruelo. Ciertamente, continúa
habiendo vacíos. Nurica se ha editado en nuestro país, por ejem-
plo, la excelente recopilación de estudios sobre la brujería que
hicieran Ankarloo y Henriirigseri y que se publicó en Oxford en
1990. En cualquier caso, nadie puede negar que existe un merca-
do importante de libros sobre el tema que rlos ocupa.
La hisloriografía española ha sido ciertamente sensible al
interés de un tcma como el de la brujería y en los últimos años
hemos asistido a la proliferacihn de estudios sobre brujería en
los diferentes ámbitos rcgionales españoles. A los clásicos, con
mucha tradición bibliográfica detrás, como los estiidios sobre
Galicia (Barreiro, L,isóii) y vasco-navarros (Caro Baroja, Idoate)
se han ido sumando otras áreas geográficas: Asturias (Kodríguez
Vigil), Cataluña (T. L. de la Torre), Murcia y Castilla-La hlancha
(Blázquez, Cordente, Cirac), Mallorca (Amorós) y sobre todo
Cariarias (Fajardo Spíriola) , Andalucía (Gracia, Cororias Tejada,
Martín Soto) y AragGri (Gari I,acriiz, Tausiet).
La segiinda constante qiie quería destacar h a sido la servi-
dumbre respecto a la fuente iiiquisitorial y, en particular, las
relaciones de causas de fe, cuyas series más o rrierios continuas
sólo existen en el período 1560-1700. Ello ha significado la cir-
cunscripción del fenómeno exclusivamente a este siglo y medio
y, sobre todo, el olvido d e las derriás jurisdicciones. Sólo la
reciente tesis de Rafael Martíri Soto (Universidad de Malaga,
1999) ha explorado las alegaciones fiscales del siglo XVIII.
Por otra parte, un cuarititativismo demasiado rígido ha lleva-
do a defender la tesis de la presunta benevolericia hacia las bru-
jas en nuestro país. Desde las cifras de la represión inquisitorial
sobre brujas se ha hablado demasiadas veces de caza menor de
brujas en España y a partir de ello se han hecho reflexiones com-
parativas con otros países europeos que, desde una 6ptica carga-
da de nacionalismo espariol, han permitido pontificar sobre la
lección de raciorialisrno que nuestros antepasados habían dado a
sus coetáneos europeos.
La tercera constante ha sido la obsesión regionalista, a la caza
de la elaboración de presuntos modelos etnológicos dentro del
territorio español. Modelos que se han apoyado sobre todo en
las señas de identidad específicas de los incursos en las referidas
causas de fe y en las variantes de expectativas y recursos instru-
mentales puestos en juego. Los resultados han sido decepcionan-
tes porque las connotaciones comunes son muy superiores a las
diferencias y la diferenciación regional se convierte en algo pos-
tizo y artificial.
Las fronteras de los distritos iiiquisitoriales tienen qiie ver
muy poco con áreas dc diferenciación aiitropológica y la distinta
tipología de los comportainientos esta motivada por la variada
tipologia en la actiiación de la Inquisición segun los tribunales.
La variedad de las conducta es el fruto la mayoría de las veces
de la variedad de criterios jurisdiccionales de los propios inquisi-
dores.
El libro -que prologan estas páginas- de María Tausiet ha
combatido estos vicios qiie afectan a buena parte de la bibliogra-
fía sobre hechicería y brujería en España.
Digamos por lo pronto que la autora evita, en todo momento,
la mixtificación. Magia sería el concepto cultural previo al disciir-
so religioso. La magia cubriría, tal como señaló Caro Raroja, el
conjunto de recursos determinados par-a coriscguir fines extraor-
dinarios en la voluntad de dominio o control de la Naturaleza, a
través del principio de la simpatía o repulsión de unos objetos
respecto a otros. El discurso religioso de la Patrística altomedie-
val situó el tema en el marco de los ensuefios imaginativos. Sería
el raciorialisnio escolástico el que se plantearía formalmerite la
dialéctica iriagia-religión con el papel del demonio en ello y
entraría a forido en el debate razóri-fe, rcalidad-apariencia que
alimentará toda la doctrina bajomedieval. Surge entonces el cori-
cepto de superstición, lo qiie está sobre la inteligibilidad ordina-
ria qiie prorilo será identificada con la legitimidad establecida
por el poder eclesiástico. eL,o que está sobren, lo qiie debe creer-
se, lo que creen los otros. El concepto superstición es la interpre-
tación religiosa de la rnagia. Lo qiie para el pueblo era la Desgra-
cia, como dice Tausiet, para la teología era el Mal. Y lanzados los
juristas y teólogos a la codificación del mal, se delimitan los dos
clásicos conceptos de brujería y hechicería, en función de la
jerarquía de perversidad. La brujería se clistir-iguiría por el pacto
cori el diablo. La bruja, presuntamente, habría abandonado el
cristianismo, renunciado a su bautismo, rendiría culto a Satanjs
como a su Dios, se habría entregado a él en cuerpo y alma y exis-
te sGlo para ser instrunierito de hacer el mal.
Naturalmente con la iorrii~llaci0ndel estigma y la precisión
de las serias de identidad de las brujas, el discurso religioso ela-
borará toda una serie de descalificaciones y hundirá estas prácti-
cas en el infierno de la herejía. Y ahí están desde la bula Suprr
illi'urri speculo (1326) de Juan XXII al i2lallru.r il/lnll~ficnr.urn(1486)
pasando por el Dimrtorio de Einieric o la bula Surnvnis des'siderccntrs
affectibus de Irioccncio \TI1 (1484) para dar cuenta de la fijaciOn
eclesiástica sobre el tema.
Pero los conceptos dependen sierriprc de los criterios de
quien los elabora. Desde la óptica sociocultural, brujería y hechi-
cería no son territorios tan fácilmente delirriitables. Lo qne sepa-
raría ambos conceptos desde la mirada de sus productores y con-
suniidores era el uso o rio de ciertas técnicas para su efectividad.
El Iiechicero-hechicera usa objetos materiales y el brujo-bruja
no. Como dice Tausiet <<distinguir-hasta q u é punto alguien era
brujo o hechicero, sortílego, adivino, ponzoñero o saludador a
menudo tenía mucho 1115sque ver con circiinstaricias dctermina-
das relacionadas con la anirriadversión hacia los acusados qiie
con SUS propios hechos.. Efectivamente, esta es la clave diferen-
cial del discurso religioso o intelectual con respecto a la realidad
sociocultural. El primero elaboró un corpiis doctririal sobre los
conceptos rriicntras que desde la sociedad simplemente se persi-
guió a unos hombres y a unas rriujcres, nunca unas abstraccio-
nes. Yeri la elaboración doctririal de la teoría del mal que se hizo
desde los púlpitos y desde las universidades se i ~ i efijarido pro-
gresivamente este mundo de la superstición como un fenómeno
típico de inversión, deteniéndose en codificar las manifestacio-
nes briijeriles como si de una parodia a la inversa de la liturgia
cristiana se tratara. Lo dice Tausiet, con acierto: en la misa cris-
tiana intervenían el pan y el vino; en los rituales de las brujas se
usaban excrementos y orina. En la Iglesia cathlica, como decía
Martín de Castafiega, .besan los súbditos la mano a sus mayores
y señores espirituales y temporales, y al Papa le besan el pie en
señal de absoluta y total obediencia y reverencia, y a Dios en la
boca, en señal de amor [...] Pues para el Demonio, que es tirano
y señor que de sus subditos hace burla y escarnio, no resta salvo
que le besen en la parte y lugar más deshoriesto del cuerpo,). Así,
la tjmosa reverencia al Demonio (el beso en el culo) no tenía
otra fiinción que resaltar v acentuar la rrialignidad de los siipiies-
tos brujos. La aplicación d e ~ingüeiitospara volar también
encontraba su contrapartida en las unciones sagradas, como el
rriisrrio sacramento de la extremaunción. Si los místicos que se
habían hallado alguna vez en contacto directo con lo divino
podían aparecer estigmatizados, como signo de su participación
en la pasión de Jesiicristo, las brujas llevaban grabada en alguna
parte de su cuerpo una señal que el Diablo les hacía como signo
material del pacto. Y así sucesivamente con todo el resto de epi-
sodios que se suponía que tenían lugar en estas reuriioncs, juntas
o convcntículos demoníacos.
La descripci0n del sabbat que nos hizo el impresor Mongas-
tGri respecto a las brujas de Ziigarramurdi es imposible q u e
pudiera salir de las mentes de los propios participantes. El irnagi-
riario popular nunca pudo alcanzar las metas de la morbosidad
descriptiva de la intelectualidad del momento. Orgías sexuales,
danzas, vuelos, metamorfosis ... salen de la cultura popular pero
son distoi-sionadosy acomodados al imaginario culto que idcolo-
giza sobre el particular, elaborando el código de la contracultura
fundamentada cn la inversión de sus calores: *Las brujas -como
dice Quaifc- personificaban estos valores irivertidos y su cxis-
tericia y persecución afirmaban y fortalecían los supuestos mora-
les básicos de la sociedad». Mérito incuestionable, pues, d e
María Tausiet es saber delimitar la naturaleza de los conceptos
en función de su origen, y la precisión de las fuentes -cultas o
populares- donde se elaboran las mismas constituye uno de los
ejes básicos de este libro.
El segurido de los vicios clásicos de nuestra historiografía del
que queda exenta María Taiisiet es el de la servidumbre de las
fuentes iriquisitoriales. Lo había subrayado Henry Kamen en el
Congreso de Nueva York de 1983, lo plantea Francisco Fajardo
en su libro sobre la brujería canaria, pero ha sido Taiisiet quien
ha desarrollado a fondo la investigación sobre las otras jiirisdic-
ciones que se ocuparon del tcma, aparte naturalmente de la
Inquisición. Respecto a esta jurisdicción, la autora analiza las 84
relaciones d e causas de fe rriás los nucve procesos con los que
cuenta. De tales relaciones de causas, 32 lo fueron por brujería,
52 por supersticiones varias ( 1 3 clérigos riigrorriarites, 22 d c
hechicería masculina, 11 de hechicería femenina, 3 de supersti-
ción judía y 13 de superstición morisca).
Pero insistimos, n o agota sus fuentes en las tantas veces, eri
los últimos años, usadas y abusadas relaciones de causas. La justi-
cia eclesiástica, que en España ha sido muy poco estudiada (sólo
recuerdo ahora los estudios de Isabel Pérez Muñoz sobre el tri-
bunal eclesiástico de Coria o el de María del Juncal Campo Gui-
nea sobre el tribunal eclesiástico de Pamplona) es muy bien des-
brozada en sus siete tribunales aragoneses, tanto a través de las
constituciones sinodales, las visitas y mandatos como los,juicios,
por Tausict. Queda en evidencia una justicia menos controlada
que la de la InquisiciOri, más suave y más díictil. En total, son 42
los procesos de supcrsticiOn que la autora ha mirado (24 de varo-
nes y 18 d e mujeres). Sc constata, dentro de la tendencia a la
suavidad procesal, la scvcridad hacia la usura y el engaño o
impostura: la perializaciíh de los comportamientos picarescos, o
la distorsión de las expectativas funcionales más qiie el trasfondo
religioso del tenia.
La justicia seglar es, asimismo, rriiiy bien descrita en todo su
aparato procedimental a través d e los estatutos d e desafora-
miento. Once procesos son analizados (8 sentencias a rriuer-
te), lo que nos revela la dureza de esta,jurisdiccióri y la prolon-
gación en el tiempo de las condenas a muerte, e n contraste
con las otras jurisdicciones. Aquí se constatan penas de muerte
todavía a principios del siglo XVIII mientras que inquisidores y
eclesiásticos han puesto fin a la condenas a muerte ya en 1535
y 1536. Me temo, desde luego, que la muestra es pobre en rela-
ción al número de los procesos que a escala municipal debie-
ron dc incoarse. Los ejemplos de Vic o del Vallés Occidental
en Cataluria son expresivos de un níimero extraordinario de
procesos. E n cualquier caso, no es el cuantitativismo lo que le
interesa a la autora. L a críticas qiie suscitó la ponencia d e
Heririirigscn intentando cuantificar la caza d e brujas en el
recieritc Simpo~iumdel Vaticano desaniman a c i d q u i e r a a la
hora de fijar numéricainente el problema.
Del extraordinario análisis que hace la autora de las tres juris-
dicciones (larricntablemente, no entra apenas en la jiirisdicción
señorial que, corno ha demostrado Núria Sales para (htaliiña,
tuvo una iniportaricia trascendental) me parece dcstacable la
coniplicidad que la autora detecta entre las niisrrias, que supera
las tentaciories competitivas, la escasa furidanieritación teórica de
la persecución de las brujas (sólo el proceso a María Vizcarreta
en 1651 por parte del Justicia de Epila demuestra uri excelente
conocimiento de las Icgitimaciones intelectuales) y la patente
proximidad de los rasgos que caracterizan a las víclirrias de las
diversas.jurisdicciories.
A mi juicio, Tausiet defiiiitivanieritc entierra el mito del racio-
nalisrrio español respecto a las brujas. Y no sólo porque cuanti-
cativarricnte la caza de brujas se vea como un fenón-ieno más rele-
vante de lo que creíamos a la luz de las simples cifras d e la
r e p r e s i h inqiiisitorial. Hace tiempo que algunos historiadores
perisaban -o pensábamos- que <<la IecciOn de racionalismo
dada a Europa* -que hizo eiiiocioriarsc a más de uno, por lo
que significaba de presunta torna de la leyenda negra- el tema
de las brujas n o era tal. El supuesto -y discutible- menor
iiúiiiero de brujas procesadas en nuestro país lo que revelaría es
que en el sirigular proceso de la transición del feudalismo al
capitalisrrio -paralelo a la no menos singular transicibn del
paganismo al catolicismo sin pasar por el cris~iariisrrio- en Espa-
ña no cloniiriaríari los intereses pro-capitalistas de ruptura con la
tradición arcaica que habría en otros países europeos y cuyo cos-
te en Europa seria uria caza de brujas atroz pero que fuc la que
hizo posible el salto cualitativo hacia el triunfo de la burguesía
moderna. Tausiet derriuestra que no puede hablarse de raciona-
lismo inquisitorial. Es cierto que la Inquisición no torna gericral-
mente la iniciativa, es cierto que hubo tina general rrioderacih
represiva -siempre rrie ha llamado la atención que cuando se
habla de los célebres autos de Zugarramurdi sólo se niericioria el
talante de Salazar Frías y se ignora qiie, en cualquier caso, se
impiiso el criterio d e los otros iriquisidores Alonso Becerra y
Juan del Valle con un ~iioiitóride condenados a muerte corno
desenlace final-, pero Tausiet es sutil al subrayar que la Inquisi-
ci6n nunca intervino en el procesamiento de los promotores de
la caza de brujas. Es cierto que la Iriquisición creyó poco e n la
posibilidad de que los brujos y las brujas cometieran los nefari-
dos actos d e que eran acusados, esto es, la destr-uccióri de las
cosechas, el enveneriarriiento del ganado y las rriuertes d e las
criaturas pero la realidad es qiie, coino dice 'Tausiet, intentó
hacer confesar a las supuestas aliadas de Satán qiie realmente
habían cometido todos los daños de que se les acusaba. La confe-
sión ante todo, por encima de su propio escepticismo. El proce-
dimiento por encima de la propia presunta coriviccicin ideológi-
ca. <Dónde estaba el racionalismo d e los perseguidores de las
brujas en España? El propio concepto de racionalismo tantas
veces invocado como título orgullosarriente diferencial respecto
al irraciorialismo con el que se querriaron las brujas en Europa es
equívoco. Es racional lo que se explica racionalrrierite aunque
nos repugne la sensibilidad. La brujoinanía erripezí; a partir jiis-
tamente del discurso racionalista del siglo Xlll que intentó coni-
prender todo aquello que antes estaba situado en el territorio de
Fina-
la fe o de la magia, qiie buscó rebajar los techos de la irriab'
cióri en función del argumento supremo de la credibilidad. Fue
justamente en nombre de la razón (una razón corta, ciertamen-
te) en el que se condenaron las brujas.
La brujoriiariía se sustenta en los límites de la capacidad
racional. Se acaba asignando la condición de bruja a lo que se
resiste al análisis racional y sobre ello se desarrolla toda la argu-
irieritaci6n legitimadora de la persecución. ~ Q ~ i i é r i son
e s más
racionales, los que persiguen a las brujas o los que, como fray
1.iiis de Granada, se identifican con la rrionja de Lisboa y sus
supuestas apariciones qiie a la postre se demuestran irauduleri-
tas? El racionalismo acompaiiado de dogmatismo siempre ha
sido terrible. Me temo que la ingenuidad de los ilusos nunca ha
hecho tantos estragos.
Extremadamente raciorral, por otra parte, es la defensa del
monopolio de la iriterrriediación con el rriás allá, seriamente
cuestionado por el rnundo de la brujería y la hechicería. En el
mismo lado que los médicos científicos se situarían los clérigos
que verían en este mundo de lo esot6rico el desarrollo d e la
competencia francainerite peligrosa. Las.justificaciories teóricas
como las matizaciones penales (herejía imperativa o imprecativa,
latría o dulía ...) no son sino jerga racionalista y jerarqiiizadora
que permite la capacidad de discrirriiriar penalmente a plena
satisfacción de los jueces.
La última tentación de la que se wstrae la autora del libro es
el canto de cisne del iegionaliqmo que sería, por otra parte, tan
disciilpable en los tiempo que vivimos. Tausiet no hace aragone-
sismo. Ni siquiera ha intentado aproximarse a un presunto
modelo aragonés de brujería -me temo que si se ahondara en
ello nos saldría11varios modelos de brujería aragonesa-. Uno
lo agradece harto de tarita sublirriacióri de las diferericias geo-
gráficas, aunque no puede evitar el constatar algunas pcculiari-
dades como el escaso numero de encausados -recuérdese que
en Canarias son un total de 417 encausados y en el tribunal de
Granada en la época moderna u11 total de 578 ericausados-; un
pcso específico de la br~ijería(más de la tercera parte) en con-
traste con un ínfimo pcso específico en buena parte de Esparia;
iina polarización sexual muy definida: brujería femenina, hechi-
cería masculina con especialización funcional incluida: el terri-
torio del sexo en riguroso monopolio femenino y el territorio
de la ambición económica, en manos masciiliiias; y iina cierta
rriixtificacióri de los riiodelos montaiiés y mediterráneo, clásica-
mente esgrimidos, sin duda por la variedad de situaciones de
procedencia de las supuestas brujas o hechiceras/os. Sabido es
que en la montaña la romanización y el catolicismo tardíos, la
supervivencia del matriarcado, las grandes ausencias d e l-iom-
bres-iiiarineros o pastores, el colectivismo tribal ... condiciona-
ron realidades aritropológicas muy específicas frente a la socie-
dad del llano, abierta a lo foráneo, ecori611iicamerile
desarrollada con un sector secundario y terciario abundante y
una gran movilidad social.
En el Aragón de María Tausiet vemos casos de .brujería de
~nontaíianentendida corno masoquista delectación de desespera-
das soledades, de profundas arigustias íntimas al lado de proyec-
ciones exógenas según el modelo de stregu rriediterráriea: iridivi-
diialisrno, concepción popular del diablo, agudo sentido
funcional del quehacer bru.jeril. Vemos nigromantes de cultura
procedente de la Francia meridional y el tercerismo de alcahueta
de cultura en b~ieriaparte morisca. Vemos sabbat y vemos al dia-
blo cojuelo, vemos conjuros librcscos y hecliizos dorriésticos,
vemos desfilar al sexo, la salud y el dinero, por este orden, conlo
objetivos o expectativa de iina sociedad en la que, desde luego,
domiria el vitalismo al miedo, el Eros al Thaiiatos. El mestizaje
cultural -coi1 aburidante presencia de judíos y mariscos- es
evidente. De todos los clásicos dualismos que metodológicamen-
te han servido para trazar tipologías brujcriles el que, sin duda,
más le ha interesado a la autora ha sido el de género -masculi-
rio/femenirio- con u11 discurso que, en cualquier caso, reniin-
cia a las explicaciones del clásico discurso ferriiriista que de
Michelet a Ehrerireich o English se han venido emitiendo.
No es, sin embargo, el perfil de hechiceras y brujas lo que le
interesa más a María Tausiet. A la autora de este libro le fascinan
más las manifestaciones fenomenológicas que la identidad de los
encaiisados, quizá porque sabe que en el fondo el individuo pro-
cesado n o es sino un mero portavoz de ansiedades y requeri-
mientos de una clientela. Su análisis de las orgías perpetuas con
la precisión de los elementos provenientes de la ciiltura tradicio-
nal y los aportados por las elites intelectuales, su estudio sobre el
problerria del aojamiento, <.laporizona en los ojos» qiie da título
a este libro, con la interpretación del tema muy marcada por lo
que podríamos llamar guerra de sexos, un examen de los miedos
y terrores nocturnos ... constituyen lecciones magistrales de la
siritoniatologia hechiceril que serán referentes ineludibles de
cara al futuro.
Pero la gran aportaciím de María Tausiet, desde rni punto de
vista, en su tesis no es s6lo la aguda pormenorizaci6ri dcl inqiiie-
tante trasfondo aritropológico qiie se oculta detrás del esoteris-
mo brujeril, sino su mirada hacia la sociedad que hace posible y
que al mismo tiempo denuncia a las brujas y hechiceras. Dcspués
de habernos sumergido eri el imaginario que alimenta lo esotkri-
co, nos retorna a la realidad social. Se han dado muchas intcr-
pretaciones de la brujorrianía. Todas ellas pecaron de trasccn-
dentalismo. Evans Pritchard y (;aro Barqja partieron d e la
necesidad del sistema dominante de crearse chivos expiatorios,
contramodelos de la sociedad aceptable. La presencia de brujas
no seria más que la Wlviila de escape a la agresividad latente de
una sociedad que necesita un enemigo al que identificar, prime-
ro, perseguir, después. Trevor Roper situ0 el tema en el marco
de un Estado emergente que identifica rriarginación con reviiel-
ta. La brujería y la hechicería quedarían encuadradas dentro de
una hipotética disidencia qiie hay que extirpar.
Los historiadores culturalistas como Mucherriblcd plantearon
el tema en térrriinos de confrontación cultura oficial-cultura
popular. Las resistencias paganas de una sociedad poco o mal
cristianizada teridríari que se combatidas. Unas veces se las inte-
gra en el barroco ceremonial católico, las más de las veces se las
persigue.
Demasiada trascendencia, insi~timos.El modelo Taubiet es
hacer descender la br~ljorrianíaa lo cotidiano recuperarido la voz
de la clientela consurnidora que es al mismo tiempo la deniin-
ciarite. Se recorren los lugares de sociabilidad (la casa, el horno,
el lavadero, la calle, la taberna), se describen las costumbres
poniendo el acento en el papel de la irisolidaridad como punto
de partida que genera sentimientos de culpa y a la postre es
fuente de desmanes, en el triunfo de la apariencia frente a la r e a
lidad; analiza los tipos de coriflictos en juego (el infierno son los
otros, dice Tausiet) con especial énfasis en los enfrentamientos
conyugales y de padres-hijos, en la familia accidental (la rriitole
gía de las suegras queda bastante vcrificada) y en la difkil iriíe-
gración de los viejos, anormales siipenivierites al impacto de la
muerte tan normalizada en la demografia del Antiguo Régimen.
Brujería y brujomanía están, pues, miiy unidas y la razón de
arribas, a la postre, es la misma: el conflicto social eri el ámbito
cotidiano, doméstico. La hechicera es im producto de la cliente-
la y al mismo tiempo, su víctima. Surge para solucioriar proble-
mas, angustias, ansiedades, pero el cainisnio social acaba devo-
rando el propio invento. *Las ambiciones personales acababan
malogrando cualquier tipo de experiencia que requiriera de la
más mínima colaboración. Una vez más la realidad cotidiana,
guiada por intereses oscuros, volvía a imponerse sobre ese miin-
do imaginario, optimista y abierto a infinitas posibilidades que
representaba la magia para una buena parte de la población,..
No es, en definitiva, el control social del sistema tal como dice
Talcott Parsons o los sociólogos iimcionalistas lo que destruye la
brujería, es la propia sociedad la que quema su juguete <<en un
entramado de aciisaciones, crividias y recelos de que resultaba
miiy difícil escapar)).La tesis de María Taiisiet nos conduce a
reflexionar sobre el mismo problema a la hora de analizar las víc-
timas del Santo Oficio. Ciertamente, tengo la impresión que
hcrrios dado interpretaciones demasiado abstractas y genéricas
de la represión inqiiisitorial, en función de grandes conceptos
como Iglesia y Estado, detentadores del llamado sistcrria estable-
cido. Qilizá haya llegado la hora de interpretaciones nada estruc-
tiiralistas que asurriari la profunda desestructiiración de la socie-
dad del Antiguo Régimen y que expliquen en térrriirios
~riicro-socialesla actuación de la Inquisicih. El prodiicto-herejía
es un prmlucto inventado por el discurso eclesiástico y el político
de las élitcs dominantes, pero la asignación de la etiqueta hereje
dependerá más que de los criterios emanados desde el vértice de
la sociedad, de factores miiy vinculados a las tristezas y miserias
de la cotidianidad.
Si Jaime Contreras devalu6 el mito de la limpieza de sangre
reconstriiyendo el conflicto social de Sotos Y Riquelmes en Mur-
cia, Tausiet pienso que contribuirá decisivamente a que nos olvi-
demos del morbo de las prácticas briijeriles para centrarnos en
el lrasfondo que se oculta detrás del esoterisnio: una sociedad
pobre de medios y de ideas, dividida en múltiples fractiiras, dis-
puesta siempre a la denuncia del otro como manera de olvidar
su propia infelicidad.

Ricardo G M C ~CÁRCEL
A
Los últimos arios del siglo )í\Ifueron testigos en casi toda Eiiro-
pa de un aumento alarmante del número dr aciisados por delitos
de ¿rt-tijeria y .su~)mstición.AragOn no constituyó una excepción en
este sentido; es aquí, por el contrario, y especialmente en cl área
pirenaica, donde se localizan algunos de los primeros trsli~nonios
de la persecucií)n peninsular-, así como algunas de las más atroces
campañas contra lo que se consideraba una plaga que había que
combatir al margen de los fueros traclicioriales del reino. Dos cir-
cunstancias coritribuyeron de forma decisiva a agravar la sitiiación:
por un lado, su vecindad con las regiones de Béai-n y Gascogne
-donde era creencia común tanto que habitaban iiiriumerables
magos de reconocido prestigio corno que tenían lugar los más
terribles aquelarres-; por otro, el arraigo y la persistencia en tie-
rras más meridionales de una podcrosa cultura morisca. Ambos
fenórncnos se sumaron a las ya aburidaritcs manifestaciones de
carácter mítico-religioso al margen de la ortodoxia, todo lo cual
convertía al reino eri un marco propicio para la acción judicial.
En realidad, se trataba de sustituir los restos de viejas costmi-
bres y creencias, o incluso de formas de vida muy cercanas al
paganismo, por los valorcs emanados de la cada vez más aserita-
da aliari~aentre el altar y el trono. 1.0s recién creados estados
rnodernos deseaban imponer ahora su autoridad en ~ l r mimdo i
diversificado y complejo. N o obstante, los rní)viles de la persecu-
ción f~lerorinumerosos y a menudo contradictorios. Pese a la
imagen que se ha trarisniitido habitualmente, los representantes
del poder no fueron los únicos responsables de la qiie llegó a
conocerse como <.cazade brujas)?;de hecho, sin la colaboración
interesada de las capas populares resulta inconcebible cl 6xito de
una campaña contra dos delitos dificilmente identiíicahles.
Por un lado, el concepto de úrujená servía para designar a los
individuos malvados por antonomasia. Desde el punto de vista
de la Iglesia, el Mal tenía un nombre -Satán, el adversario de
Dios- y, por tanto, brujos eran quienes pactaban con él y de
tanto en tanto se reunían en su presencia para perpetrar todo
tipo de abominaciones. Sin embargo, desde la perspectiva de los
aldeanos qiie servían como testigos en los procesos por brujería,
los acusados eran los artífices, n o del Mal en un sentido leológi-
co, sino de la Desgracia. Esta no se hallaba personificada en un
ente sobrenatural, determinado y único, como único era el Dios
verdadero segím la doctrina cristiana. Por el contrario, se mani-
festaba en fenómenos concretos y múltiples como enferirieda-
des, impotencia, esterilidad, epidemias, catástrofes naturales, ctc.
Para la inmensa mayoría, tales adversidades se debían a la voliin-
tad de ciertas mujeres cuya sola maldad podía producir los efec-
tos deseados en quienes elegían corno víctimas.
La influencia y el poder atribuidos a las brujas se reflejaban
claramente en la doctrina de la fascinación, conocida comúri-
mente corno <.mal de ojo>>o <<aojaniierito?). La creencia e n la
capacidad de aojar se basaba en la suposiciOri de que las malas
intenciones, qiie inevitablemente salían al exterior a través de la
mirada, bastaban para provocar todo tipo de desgracias. BruJas
eran quienes tenían ponzoña en los ojos y, por tanto, no necesita-
ban valerse de ningún tipo de veneno o instrumento material
para lograr sus perversos fines. Metáfora por excelencia de la
brujería, la mirada ponzoñosa representaba la inalevolencia de
quienes eran capaces de cometer los más ominosos crímenes sin
esf~ierzoy, lo que resultó aún más peligroso de cara al enjuicia-
miento de las acusadas, sin dejar ningún resto o prueba material
de carácter objetivo.
También en el Béarn del siglo XVT el término <posoern
(emponzoñador) era sinónimo de *sorciern (brujo). No hay que
olvidar, sin embargo, que el concepto de brujería propiamente
dicho únicamente se aplicó a las mujeres. Nos hallamos en una
sociedad en la que la polaridad masculino/femenino simbolizaba
lo superior frente a lo inferior, no sólo entre los demoriólogos,
sino también entre los representantes de la cicricia de la época,
incluidos los médicos. Para la mayoría de los teóricos del siglo
XVi, cualquier mujer, por el solo hecho de serlo, reunía todos
aquellos valores opuestos al mundo civilizado que los hombres se
esforzaban por crear: la naturaleza indomable frente a la cultura.
Su debilidad y tendencia al vicio, se pensaba, hacían de las muje-
res presas fáciles de Satanás, quien se valía de ellas para trastocar
el orden divino. Prueba de ello es que en Aragón, el calificativo
de *brujon se reserví> para ocasiones muy excepcionales, casi
siempre relacionadas con abusos de carácter grave, Aun entonces
se mantuvo la tendencia a utilizar formas dimiiiutivas (ebrujón* o
«brujoten) que atenuabari la fuerza expresiva del término, ya que,
en uri sentido absoluto, brujas sólo podían serlo las mujeres.
Por lo general, los varones relacionados con la magia eran lla-
mados hechiceros o nigromarites, esto es, no tanto malvados por
naturaleza corno poseedores de ciertos conocirriientos y técnicas
adquiridos. No obstante, para los miembros del clero toda marii-
festacibn de carácter sagrado que se hallara fuera del control de
la Iglesia, esto es, toda super.rtición debía ser condenada como
una forma más de maleficio, ya que sc consideraba inspirada por
el derrioriio. Supersticioso era literalmerite lo que había sobrevi-
vido (del latín sufxrstare, cstar sobre) y para la Iglesia combativa
de entonces toda siipen4veiicia pagana era identificada con el
reino de Satanás. Bajo el término superstición Iiallaremos, por
tanto, una infinidad de comportamientos y creencias presentes
en la sociedad aragonesa del siglo XW: desde la llamada hechice-
ría (qiie, a diferencia de la brujería, comportaría el coriocimien-
to y el uso de ciertas técnicas para ser efectiva), hasta las más
diversas formas de curar o dañar (saludadores, santiguadores,
medicineros, herbolarios ...); desde las prácticas de los nigroman-
tes cultos, que recurrían a los coiiocirriientos astrológicos y las
tormas de adivinación procedentes de la Antigüedad, hasta los
1112srudimentarios conjuros de rnagia amorosa transmitidos de
generación en generación.
Si el concepto de supmslicicin era fundamentalmente religioso, el
de hijenú, por el contrario, remitía a una visión del mundo mucho
más antigua en la que el poder y la filerza de ciertos individuos
-esto es, su magia- bastarían para explicar todo tipo de fenóme-
nos extraordiriarios. No obstante, en el siglo XVI, la progresiva
extensión de la idea del pacto demoníaco había acabado por con-
vertir la brujería en una ~supersticiónnrriás. Con frecuencia, ambos
delitos aparecían confundidos en uno solo. Teniendo e11 cuenta
quc los dos se consideraban diab6licos en mayor o menor grado,
distiriguir hasta qué punto alguien era b r ~ q oo hechicero, sortílego,
adivino, ponzonero o saludador a menudo tenía niuclio más que
ver con circunstancias determinadas relacionadas con la animad-
versión hacia los acusados que con sus propios l-iechos.
Tanto la brr~+r.iu (crimen imaginario por antonomasia) como
la sup~ritirihn(el m i s ambiguo de los delitos) expresaban de for-
rria sinibólica miiclios conflictos q u e n o e r a n asumidos c o m o
tales ni social ni individualmente. Para intentar cornpreriderlos,
nuestro recorrido nos llevará de lo general a lo particular. Así, la
Primera Parte (Ortltn) estará dedicada al ariálisis d e las tres prin-
cipales institiiciones responsables d e la perseciicih: Inquisición,
justicia episcopal y justicia seglar. En la campaiia c o n t r a los
numerosos desordenes demoníacos (esro es, e n el sinibólico
combate entre Dios y Satanas, o entre las nuevas leyes y unas cos-
tumbres destinadas a desaparecer) el Estado y la Iglesia colabora-
ron por igual, aunque sus objetivos y ámbitos d e actiiacií~nfue-
ran diferentes e n cada caso.
A nivel estatal, la ,justicia iiiquisitorial, iristr~irneritopor exce-
lencia del poder real, fue fundamentalmente la encargada del
control político y social. Su obsesión por la herejía protestante y
por- las manifestaciones d e la cultura morisca así lo atestiguan. La
vigilancia estrictamente religiosa quedó al cuidado d e los repre-
sentantes de la justicia c$isco@l, cuyo ámbito territorial se reducía
a la diócesis. En teoría, la principal tarea d e los obispos consistía
en fijar iiii límite entre lo sagrado y lo profano, con el fin de pre-
servar y acrecentar el poder d e la Iglesia. Sin embargo, n o hay
que olvidar que la creación d e los nuevos obispados aragoneses a
finales del siglo X\!I obedeció también a móviles políticos, deter-
minada e n gran m e d i d a p o r el m i e d o a la influencia d e los
protestanres del sur d e Francia y a los inoriscos ya residentes. Por
lo que respecta a la jvstiria seglar, SLI cometido esencial consistió
en mantener el orden público e n las poblaciones. A finales del
siglo XVI y comienzos del X\iII, e n una época d e violencias y d e
todo tipo de desordenes, d e reyertas entre bandos, d e catástrotes
naturales y miseria, los juicios y condenas d e numerosas mujeres
acusadas d e brujería sirvieron sobre todo para desviar la aten-
ción de otros conflictos d e carácter eminentemcritc social.
La diferente personalidad d e las tres institiicioncs coiislitiiye
un hecho incuestionable. 1.0s jueces seglares, responsables d e u n
buen níimero d c condenas a la pena capital, llevaron a cabo la
represión más cruel. En el otro extremo, los obispos -cuyas scri-
tencias fueron por lo general bastante benignas- representaron
la cara más,justa de la persecución. No obstante, dichas difereri-
cias pueden resul~arengaiiosas si n o se tiene presente la comple-
rnentariedad, e incliiso corriplicidad tácita, existente entre los tres
organismos judiciales. Sólo así se explican, por citar algunos ejem-
plos, la utilización por parte de los jueces seglares de las ideas de
los teólogos acerca del demonio, la costiinibre de la wclajación al
brazo seglar., practicada por la Inquisicióri o incliiso, si apurarnos
la argumentación, la iriexistericia de juicios eclesiásticos contra los
excesos y desirianes cometidos por un buen nílniero de.jueces
seglares en sus campañas pirenaicas contra la bnijer-ía.
Pero, como veremos en la Segunda Parte (D?scirdenes), las acii-
saciones también sirvieron a los intereses del comím de las geri-
tes. De otro modo, nunca hubiera podido alcanzar tanto Cxito
una persecución iristitucional basada precisarriente en la colabe
racibn popular c.analizada a través de las denuncias lanzadas por
iinos contra otros. Los organismos ,j~idicialeseran í~tilesa
muchos individuos como instrumentos de los que valerse para
ejercer la vengariza contra sus enemigos o disfra~artensiones
con determinados vecinos o parientes con quienes la convivencia
había llegado a hacerse imposible. En realidad, tras la lectura
detallada de los procesos, podemos afirmar que el verdadero
protagonista de los mismos file el conflicto en cualquiera de sus
maiiifestaciories, ya fueran las riñas entre liabilarites de una mis-
rria localidad o los numerosos probleriias existentes en el serio de
la familia, ya los desacuerdos en el interior de la propia concien-
cia, patentes sobre todo en la culpabilidad proyectada en terce-
ras personas.
.Junto a la eriorriic diticiiltad para mantener relaciones perso-
nales satishctorias, las acusaciories contenidas en los procesos
revelan asirriisnio las condiciones de pobreza e insalubridad en
que vivía buena parte de la población. El recurso a lo imaginario
(ya fuera por medio de la consul~aa los profesionales que vivían
de la magia, ya mediante fantasías ancestrales corno la del viaje
nocturno a iin Más Allá repleto de manjares y delicias, o la de los
auxilios enviados por solícitos espíritus familiares) suponía, por
ericirria de todo, un intento de escapar a una realidad adversa.
~ á o smenos imaginarias, rriás o menos reales, las numerosas
denuncias que llenarán las páginas que siguen nos han obligado
a descender progresivamente hasta esferas difícilmente accesi-
bles: desde la vida comunitaria en lugares públicos corno calles,
hornos o tabernas, hasta el interior de los escenarios domésticos
donde se clesarrollarori los dramas más diversos; desde el umbral
de la alcoba hasta los lechos compartidos, doridc n o era raro qiie
las criaturas no deseadas perecieran asfixiadas <.pormano de
br~ijan.Ciertos relatos de carácter onírico (pesadillas, ensoñacio-
nes) en los qiie invariablerrieritc se narraban las luchas que los
testigmcreían haber mantenido cuerpo a cuerpo con las acusa-
das, nos hablan también del alcance simbólico que llegaron a
adquirir las tensiones entre miembros de una misma vecindad.
Este libro no habría sido posible sin el estímulo inicial de la
Dra. Isabel Falcón; sin la amabilidad d e un gran número de
archiveros y bibliotecarios y, en especial, de d ~ ~ ~ g i i sGil,
t í nque
resolvió muchas de mis dudas de transcripción paleográfica; ni
tampoco sin la disponibilidad del Dr. ,4rigel Gari, a quien agra-
dezco la generosidad con que siempre ha compartido sus conoci-
mientos. El apoyo del Dr. Eliseo Serrano, que me animó a
ampliar el campo de estudio y a abarcar las tres,jiisticias iinplica-
das en la persecución de los delitos exarninados, ha sido decisivo
para el resultado final. Agradezco también los valiosos consejos y
sugerencias de Mercedes hrtal, Inmaciilada Cantín, Matilde Can-
tín, Begoña Chaves, Dr. Jaipe Contreras, Fran~oisDelpecli, Car-
los González, Dr. Miguel Angel Motis, Dra. Christine Orobitg,
Miguel Ángel Pallarés y Hortensia k'agüe. Casi siempre desde la
distancia, la comprensión y el coraje de Angelines Carlés sin~ie-
ron para allanar miichos obstáculos. Por último, la paciencia y la
sabiduría d e Antonio Tausiet y Luis Gago, así corno su ayuda
constante a lo largo de diez años de investigaciones, exceden los
límites de cualquier agradecimiento.
ORDEN

Estatiiyrnos y ordenamos que quandoquiere que a


los Iusticia, Prior y Iurados [...] constare l...] que
en la dicha ciudad hay algunas personas amance-
l~adas,alcahuetas, briixaa, robadores d e la huerta
l...]y otras personas sospechosas d e mal vivir, el di-
cho Iusticia, de su incro officio, los pueda mandar
salir dr la ciiidad y sus terniirios, so pcna d e acotes.
LA «CAZA DE BRUJAS» EN EUROPA

FUNDAMENTOS DOCTRINALES Y MEDIDAS LEGALES


PARA UNA PERSECUCI~N

Pedro Cariisio'

El auge de los procesos por brujería y siiperstición detectado


en h a g ó r i duraiite la Edad h4oderna n o es un f e n í m e n o aislado:
se erigloba eri la gran perseciición europea que poi- sil iniisitada vi-
rulencia, nunca experirricritada hasta entonces, ha sic10 clenomi-
riada como <.cazade brujas)) por los l-iistoriadores que se han ocii-
pado del tema. Pero, <por qué se produjo exactamente e n aquel
momento? ?Acaso no existieron durante la Edad Media, y aun an-
trs, individuos dedicados a las práclicas que serían condenadas dii-
rante la época d e las persecuciories? i_Acason o f~rcronobjeto de
odios por parte d e sus coiivericirios, al igual que oociirriría e n siglos
posteriores? Tal y coiiio veremos en este capítulo, miiclio antes de
los siglos XVi y XVI1 ya Iiiibo quienes creyeron en la niagia, profe-
sioriales de la magia y conflictos, tanto de índole psicológica corrio
social, e incliiso económica, relacioriados con la magia.

Otto B K ~ \ ~ ~ N W (d.),
R ~ : ~&Y¡IL
R Pttn ( h t ~ ~S.].,
i . I < ~ J ~d. urfu.
( ~ ~vol.
I / I4,PFI-i-
burgo, 1Ierder. lXlJ6-1023, pp. 100-101.
Sin embargo, para que pudiera producirse un despliegue de ac-
tuaciones,judicialescomo el que t1n70lugar por esas fechas, fue ne-
cesaria la existencia de una legislación que lo arriparase. A su vez, las
medidas legales se basaron en conceptos que habían sido forjados a
través del tiempo por los irilelectualcs asociados al poder, eclesiásti-
cos en su mayor parte. De este modo llegó a crearse toda una doc-
trina acerca de la brujería y las siipersticioiies eri la que fbndamen-
tar una persecución encaminada, como tantas otras, a lograr un
control estatal sobre los cuerpos y las almas de los súbditos de aque-
llas inonarquias que luchaban por fortalecerse. No preteridcmos
resporisabilizar únicamente a las altas instituciones judiciales de la
persecución de que fueron objeto tarito br~ijoscomo supersticiosos.
Sin el apoyo de los rriierribros de las comiinidades rurales doride te-
nían lugar las acusaciones, dicha persecución nunca habría logrado
el éxito que tiivo en determinadas Lonas. Tampoco es nuestra in-
tención que se identifique la teoría (doctrina, legislación) con la
práctica (decisiones .judiciales) que, como veremos especialmente
en el caso de hagóri, coincidieron muy pocas veces. No obstante,
para corriprcnder el espíritu y el lenguaje de los iristrumentos o caii-
ces legales que sirvieron a la persecucion y para poder situar los p r c ~
cesos aragoneses dentro del contexto ideológico europeo, se hace
necesario trazar a grandes rasgos la evolucióri de la magia y de sil
considcración antes y despiiés de que el cristianismo se convirtiera
en religión oficial, hasta llegar a los acontecimientos que tuvieron
lugar sobre todo a partir de finales del siglo.l\\?

En el murido clksico, tanto en Grecia como eii Rorria, existía un


cipo de magia que se asociaba íntimamente a la religión establecida;
era la considerada benéfica, practicada por los sacerdotes de deter-
minadas divinidades para conseguir fines favorables a la sociedad,
como la lluvia en tiempos de sequía, la niejora de las cosechas, la
adivinación mediante oráculos, etc. En cuanto a la magia conside-
rada como maléíica, su ilegitimidad siempre se puso de relieve; rio
obstante, en el panteón grecorromano había bastantes divinidades
que arriparüban malas acciones, con lo cual las fronteras entre los
dos tipos de magia, y aun entre esta y la religión nunca estuvieron
tan claras como mas tarde pretendería el cristianismo triunfaritc2.
Idastres principales divinidadcs relacionadas con la magia rria-
Mica eran fenieriirias y representaban a la noche (Selerie, la diosa

' J u l i o Caro Baroja t r a n u n bi-cve panumrria de la magia durante la Anti-


güedad clásica eri Los Irr~~jc~s y \u mundo. Madrid. F.d. Alianza, 1982, pp. 17-63.
ra un csludiu iiiás detalladri del tcma piieclcn corisuliai-se:E. M S S O N1.0Lm<& .~,
d n m I'nnliq~iitbrrromninc: París, 1934; V. CIAFFI,
1.0 m@o n ~ l l alf,tfrmtu7(1r rirlln 7 i z l n di
luriar), la muerte (Hécate, soberana de las almas de los muertos) y
la naturaleza en estado salvaje, más tarde asociada también a la fe-
cundidad (Artemis -Diana, para los romanos-). Las tres apare-
cen, de hecho, invocadas en rriuchos textos literarios griegos y ro-
manos para realizar ciertos actos mágicos. Pero, con el tiempo, uria
de ellas, Diana, al ir ganando popularidad, tendió a concentrar los
atributos de los otras dos. No olvidemos que en su origen la Arte-
mis griega había sido,.jurito con su hermano gemelo Apolo, una di-
vinidad de la muerte. Apolo mataba a los horribres con las flechas
que disparaba su arco de plata; Arteniis daba miierte a las mujeres.
En época homérica se creía que las f-lechas podían causar una
muerte cruel o suave: así, se distinguía entre la muerte nat~iral,sin
enfermedad, y la violenta o producida por alguna dolencia. A Ar-
temis se la representaba en forma de bella cazadora, recor~iendo
montes y valles acompaiiada de ninfas. No tardó, por ello, en ser
corisidcrada diosa de la caza. En época posthoiriérica, al igual que
Apolo fiie suplantarido poco a poco al antiguo dios-sol Helios, Ar-
temis llegó a identificarse con la antigua diosa lunar Selerie.
Más tarde. LL\rteniis-Dianase asociaría con Hécate, la diosa de los
espíritus, ya que ambas tenían en comím, acleriiás de su íntima re-
laci6n con la muerte (Tknatos), el conociniiento de todo lo riece-
sario para practicar encantamientos o hechizos. Uno de los rasgos
principales de Hécate -4espuks atribuido también a Diana- era
que por la noche vagaba eri compañía de las almas de los difiintos
y toda suerte de fantasmas, particularmente cn las encrucijadas y
junto a las tumbas. Dicho cortejo o cabalgata nocturria sería más
tarde rriotivo de muchas disputas entre los que consideraban tal he-
cho como real y los que juzgaban que consistía tan sólo en una vi-
sión fantástica. La polémica se prolongaría hasta los tiempos de la
gran «caza de brujas., en los que prevaleci6 la primera postura,
dando carácter de realidad a lo que originariamente no fue sino un
mito de las religiones griega y romana, con características cornil-
nes, eso sí, a otros serriejantes pertenecientes a culturas diferentes
como, por ejerriplo, la de los antiguos p-manos'.
Además de las citadas diosas, fueron muy populares las lamiae
griegas y las striges romanas. Se trataba en ambos casos de genios o

' Véarise h d r é BERY,\RD, Sorrim> Grrc..\, París. Fayard, 1991 y Aiirie-Marie Ti.-
PET. L a m(/<@dnns la p o v w lr~tznu,París, Hcllcs Lettres, 1976.
núrrienes iabulosos que reunían características de mujer y de ani-
mal, cuyas actividades maléficas las hacían objeto de temor y u n re-
curso para asustar a los niños. Se<qínla leyenda, Lamia había sido
una joven hermosa, arriada por Zeus, pero Hera, celosa, la persiguió
y dio muerte a todos sus hijos. Desde critonces Lamia se rehgió en
una gruta y, por envidia de las otras madres, trató de matar a sus
criaturas devorándolas o chupando su sangre. A las lamias en gcrie-
ral se las ha imaginado cori cola de pez o de dragón, o cori patas d e
ave, entre otras rnuchas versio~ies.El mito pasG de Grecia a Koma y
después a la Edad Media, llegando hasta nuestros días, por ejemplo,
en ciertas zonas del País Vasco, tal y corno atestigira José Migiiel de
Barandjaranl. El término strix remite a iina familia de rapaces noc-
turnas, concretamciite la que hoy se llama familia de las estrígidas,
que comprende el bnho, el mochuelo y la lechuza. A las striges ro-
manas, mujeres-ave, se incorporaron las características maléficas de
las lamias, y unas y otras se asociaron al cortejo nocturno y volátil d e
Diana. Hoy en día, la palabra italiana utili7ada para designar a la
bruja es strqu, cuya raíz resulta indiscutible.
Claro está que, ,junto a las creencias e n todos esros seres míti-
cos, existieron tarribién mujeres de carne y hueso, curanderas y he-
chiceras (hobarine, maleficae), que practicaban un tipo d e medici-
na popular cri el que la magia era la protagonista; otras veces
utiliraban sus conocimientos y fama para actividades menos berie-
ficiosas, corno los envenenamientos o conjuros dirigidos contra
sus enemigos o los de sus clientes. Aunque n o eran idcritificadas
exactamente con los genios que hemos descrito, sí se consideraba
que guardaban alguna relación con los mismos. Numerosas obras
de la literatura griega y latina describían a estas hechiceras, aun-
que quizá la mas eiriblemática sea El nsno de oro d e Apiileyo, escri-
ta en el siglo 11 de nuestra era. El libro planteaba precisamente el
tema de la relación entre lo fantástico y lo real, ya que trataba d e
las metamorfosis o cambios de forma". I.ucio, el protagonista, se
transforma en asno por medio de u n ungüento, al igual que la
dueña de dicha pomada, la hechicera Panfila, tomaba la forma d e

' V&mse,por ejeniplo: Teóci-ito, Idilio\, 11, 10 SS; Horacio, Epoc/o.í. .i I; . S i / i w s ,


1, 8: Virgilio, b@ogcs, 8 y I:'nr!ido.4, 504 &a; Tibirlo, 1, 2, 4: Ovidio, Amorm. 1, 8, h . 7 -
lo', 2, 571 y i21~tc~nror[u.ris,7, 191; Sbiieca. J.Icdw, 670: I.cirano, 6, .507 y Pliriio, Hi.7-
tona ,\V~tud, 18, 8 ; 28. 6-7, 29.
" Sil títiiIo prirriitivo firc cl de las Aldnmorfotit de Lucio de Patras, ailriqcie des-
pués se hiciera mi? conocida con el título de El c m o & »m (Asirru,\ Azc~r?is), con VI
que la cita San i l g i d r r en cl ~igloK
un búho cuando así lo deseaba. <Existíaentonces la posibilidad de
que un ser humano filera a la vez un ser fabuloso? Apuleyo no da-
ba una respuesta al problema, pero sí resulta evidente la aso-
ciación que planteaba entre las famosas hechiceras de la región de
Tesalia y las .strigPs, tal y como leemos en el siguiente párrafo:
*Pánfila empieza a desnudarse por cornpleto; luego abre una
arqueta y de allí saca unas cuantas cajas; destapa iiria, y con la po-
mada que contiene se frota mucho rato con ambas manos, se iin-
ta todo el cuerpo, desde las iifias de los pics hasta la coronilla; ha-
bla con su lámpara muy detenidarriente en voz baja; agita con
leves sacudidas sus miembros. Y, iras un irnpcrceptible movi-
miento oridulatorio, apunta una suave pelusa que se desarrolla al
instante y se convierte en recias plumas; la nariz se Ic cncorva y
endurece; las iir?as se convierten en poderosas garras. Pánfila es
ya búho. Hace resonar. un graznido de dolor y para corriprobar su
nucvo estado, se pone a revolotear progresivamente; luego, lan-
zándosc al exterior, gana altiira y desaparece en pleno vuelo..'
Nos hallamos frente a una obra literaria y, por tanto, no po-
demos corisidcrarla como iin documerito fidedigno de las creeii-
cias de la gran masa de la población grecorromana, sino más bien
como una forma artística y sugerente de expresar la evolución
que sufrió el pensamiento y la filosofía de los habitantes del Im-
perio coincidiendo con la gran crisis, que ya se anuncia en tierri-
pos de Apuleyo. Era un momento en el que los contactos con las
religiones orientales aumentaban y elos venerables filósofos pita-
góricos alternaban con los nigromantes venidos de Rabilonia o de
Siria o de Egipto, magos con poderes para curar enfermedades
con ensalmos, para alejar plagas [...], arrojar los demonios de los
posesos, emitir profecías, y producir metamorfosis, como las que
presencia y sufre Lucio el Asno en la famosa novela..'
A partir del siglo 11 tuvo lugar una marcada progresión de lo
fantástico y lo increíble en ese gusto por la fabulación que se pu-
so de manifiesto en la obra de muchos autores. Ello coiricidií) con
la famosa y larga crisis del Imperio por las guerras contra ger-
manos y persas que cada vez presionaban más amenazado-
rarriente sobre las fronteras, las continuas luchas armadas entre
candidatos rivales al trono, las finanzas ruinosas, las pestes, la
disminucióri de la población, la depauperación de la agriciiltii-
ra, el aumento de la presión fiscal, etc. No obstante, a pesar de

' Apuleyo, A.~ini~.s


Aurms (trad. esp.. L l u n o (Ir oro, Madrid, Kd. Gredos, 1978,
p. 169).
' Carlos G;\nc.in (;ri.zi , 1.0s orig~rir\(Ir lu no?~ola,Madrid. b:d. Istmo, 1988, p. 02.
la creciente presencia de la magia -que siempre florece en
epocas difíciles-, ni entonces, ni tampoco en épocas anteriores
a la crisis, Csta fue perseguida por sil sola existencia. En líneas
generales, la magia se toleró en el mundo grecorromano salvo
en los casos en que atentaba directamente contra el poder. Fue-
ron muchos los emperadores enfurecidos por el terror de las
prácticas secretas dirigidas contra su persona. Ello si~pusoque
en el plano estrictamente jurídico toda rrianifestación mágica se
hiciera coincidir con el crim~n~nnia~tatis, idea que volvería a re-
cuperarse eri la Europa Moderna como uno de los medios para
justificar la gran persecución. La magia entendida como ame-
naza contra el orden existente se plasrrió asimismo en la atribii-
cióri generalizada de la misma a los pueblos extranjeros tenidos
por enemigos (todos lo eran para el Imperio Romano), y fue de
este modo como los romanos asimilaron los conceptos de magia
y barbarie. Pero, si en épocas anteriores las artes mágicas se ha-
bían asociado con los etruscos o los caldeos -entre otros pue-
blos-, a finales del Imperio, sobre todo en la época de las gue-
rras contra los persas, dichas artes se identificaron totalmente
con la ciencia de los nmgi, sustaritivo étnico en su origen que pa-
ra entonces servía para designar a los sacerdotes niazdeístas.
Tarnbién las comunidades cristianas de los primeros siglos de
nuestra era fueron consideradas sospechosas de conspirar en pos
del poder político, debido a su carácter secreto. Los cristianos re-
chazaban absolutamente la religión romana, cuyo culto era un cul-
to a la nación, ya que los dioses -incluido el propio erriperador,
que era adorado corno tal- desempeñaban el papel de guardianes
del Imperio. 41 negarse a manifestar los menores gestos de lealtad
hacia el emperador o los dioses de Roma, se los erripezó a ver c e
mo enerriigos y se los culpabilizó de catástrofes y pérdidas militares
bajo el pretexto de que con su presencia ofendían a los dioses, que
entonces retirarían sil protecciOn a Rorria. Con el tiempo, y a me-
dida que crecía su número en medio de la sorictdacl romana, f~ie-
ron objeto de difarnaciories muy semejantes a las que se lanzaron
siglos más tarde contra la pretendida sociedad de las brujas, esto es,
fueron acusados de *practicar orgías incestuosas, de niatar y comer
niños, de adorar a un dios-burro y a los genitales de un sacerdote.,)"
La situación cambiaría por completo con el triunfo del Cris-
tianismo, al transforrriarse en religión oficial del Imperio el año
381 mediante el Edicto de Esalóriica. A partir de entonces, los

" &Europa, Madrid, Ed. Aliariza, 1975,


Nusrnaii COHL?1.0s d~monin.s~fnmiliarus
p. 34.
nuevos enemigos, los n o cristianos -judíos o paganos-, fueron
acusados de los mayores rriales simplerneritc por el hecho de no
aceptar la nueva religión. Ya en la época de las primeras predica-
ciones, cuando el Cristianismo conienzó a extenderse por Orien-
te, la fuerza de los que se resistían a convertirse se había relacio-
nado con la magia, contra la cual, por supuesto, los apóstoles de
la nueva religión poseían armas superiores que los convertían en
vencedores. El viaje de Bernabé y Saulo a la isla de Chipre, que
aparece relatado en el libro de los Hechos, constituye una buena
muestra del talante y la actitud hacia lo que ahora se consideraba
magia por parte de los representantes de la nueva fe:
<<Atravesaronla isla hasta Pafos y encontraron allí a un mago
judío, profeta talso, llamado Bar Jesús; vivía con el procónsul Ser-
gio Pablo, hombre juicioso. El proc6nsul mandó llamar a Bernabé
y a Saulo, con deseo de escuchar el niensajc de Dios, pero Elimas
o el Mago (que eso significa el nombre) les hizo la c o n ~ r aintcn-
,
tando disuadir de la Pe al procónsul. Entonces Saulo, o sea Pablo,
lleno de Santo, le soltó mirándolo fijo: -Tú, plagado de
trampas y fraudes, secuaz del diablo, enemigo de todo lo bueno,
¿cuándo dejaras de torcer los caminos derechos de Dios? Pues
ahora mismo va a descargar sobre ti la mano del Señor, te queda-
rás ciego y no verás la luz del sol hasta su momento. Al instante lo
envolvieron densas tinieblas, y buscaba a tientas alguien que lo Ile-
vara d e la mano. Entonces, al ver aquello, creyó el procónsul, que
estaba inipresionado por la doctrina del Sefior.."'
Resulta evidente que lo que estaba en juego ei-a un combate
entre culturas diferentes: la que se impuso se identificó con Dios;
todas las demas, con el Diablo. Sin embargo, en la práctica hu-
biera sido imposible la conversión de las masas sin adoptar, al me-
nos hasta cierto punto, una postura dialogante. De hecho, la sus-
titución de lavieja fe por la nueva se caracterizó, más que por una
destrucción de los antiguos cultos, por iin cambio de sentido de
los mismos. A menudo se purificaron y consagraron los antiguos
espacios sagrados, confiriendo un sentido cristiano a los ritos tra-
dicionales, que se reinterpretaron y adaptaron a las exigencias del
nuevo ciilto.
En cuanto a la actitud de la lglesia hacia las creencias, que to-
davía perduraban, relativas a la diosa Diana y sil cortejo nocturno,
aunque k e r o n denunciadas, y aunque tanto la diosa como los
componentes de la cabalgata fueron identificados con demonios,
se pensó que se trataba de ~iliisionesy faritaseos., con lo cual se

10
Hechos d e los Apóstoles, 19, 6-12.
restaba importancia al tema de la magia y de la intervericióri del
Demonio, que se limitaría a engañar a sus seguidores haciéndoles
«ver. lo que no existía realmente. Un buen ejemplo de dicha ac-
titiid es el famoso texto conocido como Canon Episcopi,que se lia
conservado en dos ediciones de los siglos x y X1, aunque proba-
bleiiiente proceda de un capitular franco más antiguo. En el año
906 apareció incluido en uria colección de instrucciones destina-
das a los obispos y sus representantes; cien ahos más tarde volvió
a ser recogido con mínimas variantes por Bucardo, obispo de
Worms, en su Decreturt~,y riiás tarde circularía ampliamente por la
literatiira canónica. El texto, como indica su título, iba dirigido a
los obispos, a los que encargaba expulsar dc sus parroquias a bru-
jos y encantadores, y en la edición del siglo XI decía así:
«A fin d e que los obispo5 expulsen d e sus parroquias a bru-
jos y encaritadores. N o hay que callar que ciertas mujeres mal-
vadas, convertidas e n seguidoras d e Satanás (1 Tim. 3 , 15), se-
ducidas por las fantásticas ilusiones del demonio, sostienen que
por la nochc cabalgan sobre cierta bestia junio a 1)iana o Hero-
díadcs, diosa d e los paganos, y iiria gran niuliitud de mujeres;
quc recorren grandes clistariciiis en el silencio d e las noches pro-
fundas; que obedecen las órdenes de la diosa como si fuese su
seliora; que son Ilaniadas en determinadas noches para que Ic
sirvan.»"
Dicha edición añadía a las anteriores el nombre de Herodía-
des, la causante de la muerte de San Juan Bautista, según los es-
critos bíblicos. Ello significa que las antiguas creencias asociadas
a la diosa Diana de los romanos se reinterpretaban y reactiializa-
han adaptándolas a la cultura prcdominarite eri el momento.
Otras versiones posteriores citaban a la Holda germánica, cono-
cida también conio Perchta o Bensozia. Pero lo que nos importa
destacar ahora es que la brujería se consideró durante mucho
tiempo como una fantasía diabólica, a la que, aunque corideria-
ble, no había que conceder crédito alguno. Esta file la t.esis defen-
dida por San Agustíri, para quien muchos casos de magia no se ba-
saban sino en lo que llamó un wnsueño imaginativo??provocado
por el Demonio. Dicha interpretación fiie la que predominó du-
rante la Alta Edad Media, época durante la cual se siguió practi-
cando la magia, uria magia duramente condenada por las leyes ci-
viles, pero a la cual todavía no se prestó la atención que atraería
eri siglos posteriores cuando /a no sólo el poder civil, sino tarribiéri

" V&sc J . P. Mic:r\i;. Patrologk~ (;mwcilnlznu Citrtus (:ornl>lr~tus,Pa1-ís, 1844-


1864. CXL, cola. 831 SS.

34
el eclesiástico se unieron para corribatirla. t@ié factores coritribu-
yeron para que se produjera un progresivo cambio de actitud por
parte de la Iglesia hacia la riiagia y concretamente hacia sus mani-
festaciones más popiilai-es, esto es, la bi-ujcría y la superstición?
Hacia el siglo XIII, en una Europa mucho más urbana e inter-
comunicada mediante redes corrierciales, y con una cultura cos-
mopolita que florecía en las recién creadas universidades, fueron
principalmente dos los factores que infliiyeron en la nueva pos-
tura. Por una parte, cl auge de la magia ~ u l t a y,
» por otra, el éxi-
to quc obtuvieron ciertas herejías, entre las cuales destacó, por la
fuerza de su organización, la de los cátaros o albigenses. De eii-
trada, ninguno de estos dos hechos parece tener mucho que ver
con los cargos que después se irnpiitarían a las br~;jas,pero si ana-
lizamos ambos factores entenderemos la evolución que condujo a
la Iglesia a proceder contra determinados comportamientos prác-
ticamente ignorados durante siglos. En el fondo, el canibio de
actitud no suponía sino una manifestación rnás de la nueva situa-
ción político-religiosa: a medida que la Iglesia se volvía más inflii-
yente, se iba asentando y tenía menos que conquistar y más que
rriantener, trataba de lograr un control cada ve^ rnás delimitado
de todo cuanto pudiera oponerse a su poder.
La denominada miagia culta,, o a l t a rriagim, qiie general-
mente se distinguía con estos riorribres de la practicada en los am-
bientes riirales, alcanzó un gran desarrollo desde los siglos XII y
XIII en adelante, coincidiendo con la afluencia de textos proce-
dentes de Bizancio y el mundo islámico. Se recuperaba así un
conjunto de conocirriientos de origen oriental que habían sido ol-
vidados, tales como la numerologia, la astrología, la filosofia y ma-
temática griegas, la alquimia o la cábala. Muchos de estos saberes
se incorporaron al saber enseñado en las universidades y fiieron
aceptados conio uria h r m a de conocer y dominar el universo n a
tural. La idea básica sobre la qiie se fundaba dicha magia hereda-
da de los fil6sofos neoplatónicos, consistía en la corivicci6n de
que todo el universo se hallaba íntimamente relacionado entre sí
mediante vínculos por los cuales unos elementos se sentían atraí-
dos hacia otros, ya fiiera por similitud o por iiiia armonía espc-
cial. Segím Roger Bacori -uno de los más lúcidos defensores de
la también llamada <.magianalural), en el siglo XIII-, la magia re-
suelve el f~mcionarriicntodel cosmos eri la f6rmiila de la sim$atía
universal,es decir, en la cadena de correspondencias y semejanzas
entre el mundo terrestre y el murido celestial. Dicha coricepción
sc resumía en el famoso principio hermético scgíin el cual: ((Lo
que esta abajo es como lo que está arriba, y lo que esta arriba es
como lo que está abajo.." El antecedente de dicho principio es lo
que los griegos de la Alejandría del siglo 111 d. C. habían denomi-
nado eciericia de Hermes Triniegisto» (el tres veces graride) , que
venía a ser una enciclopedia de todos los conoci~riientosuniver-
sales basados en una observación de los hechos riaturales':'.
( h m o ciencia optimista y experimental que aseguraba un gran
poder sobre la naturaleza a sus practicantes, timo muchos seguido-
res; algunos de ellos tan conocidos como Alberto Magno, Kaimiiii-
do Lulio, Arnaldo de Villanova o Enrique Cornelio Agrippa quien,
siguiendo la línea de numerosos escritos en los que se relacionaban
los más diferentes objetos mediante supuestas afinidades - q u e hoy
resultan extrañas para nuestra mentalidad-, confeccionó prolijas
tablas de simpatías. Así, por ejemplo, al Sol le correspondían el oro
y el jacinto; a la Luna, la plata y la esmeralda; a Marte, el hierro y la
amatista; a.Júpiter, el estaño y el berilo, etc. De esta forma, relacio-
naba los cuatro elementos (Tierra, Fuego, Aire y Agiia) con los pla-
netas o cuerpos celestes, así currio con las piedras, metales, plantas y
animales. También, por supuesto, con el lior~ibre,aunque éste, en-
tendido como rriicrocosmos, como espejo dcl universo, como intér-
prete pridcgiado del *lagos*, poseería la facultad de convertirse en
lo que deseara, por ser punto dc encuentro de las fuerzas que rigen
el universo y tener aderriás conciencia de ellas. En palabras de Agriy
pa, q u i e n conozca las cualidades de los elementos y sus conibiria-
ciories, conseguirá operar maravillas y dominar la magia r1at~ral.n'~
No obstante, para lograr las prometida5 maravillas no bastaba
con conocer íhicamente el inundo material. El mago debía a ~ i -
mismo tener presente el mundo de los espíritus. Siguiendo la in-

" Tales palabras provienen de i i r i texto, conocido romo iiiblr~Grmrraldina


(Eibula Smoragrlincl), cuya referericia más antigiia sc ha halladci en un escrito dc
Dyabir Ihii Hayyin, del siglo VIII. Pero, aliizgar por sic estilo, la 7iihlcl L.s~nmcrlrlinn
cs de origen preislárnico y, puesto qiic ariiiorii~aperfectamente con el espísiiu de
la tradiciíiri hermética. no hay razón pam dildar de sil vinciilacióii curi Gsta. Para
una lectura del trxto completo, vease J. F. Rilsk\, 'iizbida Smnrn~rlzn«,IIeidelherg,
1926, o tamhiÍm la obra de Titiis BLK(.I<HAR~T, /\lrhi,rriie, que con el títiilo cic .Il-
guimio. S i p r ~ r a d ov imc~gmrld mundo, Iia sido tl.acliicida al castellano (Rarceloiia,
Ed. Plaza &,T;iri&,1971, pp. 233234).
I '4
Segíiri Titus Burckhardt, wabc piegiititar si e1 nombre dc Hcrrnes Tsirrie-
gistu debe atribuirse a un hombre o a una fiinción sacrrdotal hermética puesta b a
jo lo advocacióii de Hei-mes-Tliot>,.op. (11.. p. 253. Sobre este lema \+ase asiinismo:
W. S<.OTT y,]. A. Fi.i<cuso\ (eds.), Hrrmrtiro, 4 vals., Oxfor-d, 192436 (tl-ad. esp. a
partir de esta misma ed. del ~~Poiiiiariclres-, <.Lallave.,, v el ~~Asclepiov, en Hvrmrs
7iimrgii\lo. Trrs tralarloc, Madrid, 1980).
'' Eririqiie COKI'FIIO A(.KIPP.~,fi10~0/2í(orztltn. :lfr~@anatural, Madrid, Ed.
Alianza, 1992, p. 48.
terpretación rieoplatónica, entre los cultivadores de la magia culta
estaba muy extendida la creencia de que desde lo más perfecto (el
*Uno» plotiriiano, o Alma del niundo,>,o Arquetipo, o Dios, por
citar sólo algunos de los numerosos nombres con que era desig-
nado) hastü el último de los elemcntos que habitan el universo,
existía una escala .jerarquizada de seres intermedios. El hombre
cra uno de ellos, pero por encima se hallaban otros seres más es-
pirituales a los que se conocía como dnimo.nes. Para los griegos y los
romanos, venían a ser seres semidivinos, intermediarios entre
los dioses y los horribrcs, entre los cuales se iricluían las almas de
los difuntos. En la cadena de corresporidencias qiie servían para
unir el m~irido, jugaban iin papel f~iridamental.Según Agrippa:
*Pormedio d r esta cadena, cada cosa del iriiiricto inferior se co-
rresponde, según su genero, con su inmediata del rriimdo s u p c n o ~
del cielo rccibe la fuerza crlrste. llamada quinta esencia, o espíritu
drl rriiirido, o naturaleza inrdia; del mundo intelectual i.rcibe la
Puer-/.arspiritiial, o f ~ ~ e rviva,
z a que le transficrc todas sus cualidades.
: por íiltirrio, riel arquetipo recibr la fiierza de toda su perlerci<íri,
1
que le llega ii travks de esos intermediarios. ,híes como cada cosa
puede llegar tirsde el inundo inferior hasta las estrellas, de éstas a
las inteligencias, y de las inteligencias hasta el arquetipo. Dc esta lar-
ga cadena es de clondr procedc toda la inagia y la filosofia oculta.»"
Había, pues, quc conocer y distinguir tambikn a los dairnones o
demonios para conseguir los fines deseados. Todo se hallaba po-
blado por ellos, los había mejores y peores, y cada iino podía servir
para algo diferente, según sus cualidüdes inherentes. Para los culti-
vadores de la ciencia mágica rio poseían el carácter negativo y ma-
lefico que les fiie asignado por el Cristianismo oficial, ya que entre
los mismos se incluían tanto a los dioses y héroes del paganismo co-
mo a los ángeles de la tradición escritural. Fueron muchos los au-
tores que se ocuparon de clasificarlos, basándose por lo común en
el tratado De cla~rnonibusdel filósoio bizantino Miguel Psellos"', se-
gún el cual podían dividirse en seis especies: ígnea, aérea, terreria,
acuática, subterránea y liicíiuga. La mayor parte de quienes se de-
dicaron a su estudio, tanto cristianos como gentiles (Orígenes, Ra-
silio, San Agustín, Tertuliano, Lactancia, Giordario Bruno, Marsilio
Ficirio), coincidían en la opinión de qiie dichos espíritus poseían

15
Idrm, ihidpm, pp. 118-149.
Ili
El bizariho Miguel Psellos ( 1 018-1078) fue ruio de los iiifis iiiipor-taiiies fi-
lósofos de su época y autor de iiria obra enciclopkiica coiiipar-able a la de Alhrr-
to Magno o Toiiiás de Aquino. Su ti-atado L)t~I)u~monzDus alcan76 gran popularidatl
durante el Renariniicnto gracias a la traducción ric Marsilio Ficirio que se publicó
en Vcriecia en 1197.
tarribih una siistancia corporal muy ligera. Pero el problema de la
corporeidad demoníaca no llegó nunca a ser resuelto por la Igle-
sia, a pesar de debatirse en Concilios como el de Letrári y de ser
objeto de constantes disputas entre los teólogos.
En cualquier caso, uno de los requisitos más importaritcs para
el mago era nombrar aquellos seres con quienes quería ponerse
en contacto; los demonios venían a representar las dimensiones
ocultas del mundo, de ahí que darles nombre significara, de al-
gún modo, sacarlas a la liiz, traerlas a la existencia. Como en toda
magia -también en la deriorriiriada <<baja,,-, el poder de la pa-
labra se consideraba algo esencial. Segíh Agrippa, *en las opera-
ciones de magia se riecesita el nombre particular de las cosas [...]
toda palabra tiene su propio significado [...] y su nombre puede
obrar maravillas si se profiere en el lugar adecuado, en el mo-
mento justo y con cl rito correspondiente.^"
Los magos, por tanto, utilizaban a los demoriios para conseguir
sus fines, los invocaban con siis nombres para dominarlos y hacer-
los autuar y obedecer. Todo ello se realizaba en nombre de Dios, ya
que El había creado el universo y todos los espíritus que lo habita-
ban. La práctica de la magia, de hecho, se entendía como u11 largo
ejercicio de devoción religiosa. De ahí qiie antes de un coriuro o
invocación, el mago se preparase con un período de castidad, a y i -
no y oración. Y no sólo eso: también los iristr~irrieritosutilizados pa-
ra la opcracih -ci~l-iillos, vestimenta, cirios, pergaminos, etc.-
debían ser tilmigados, hisopados y consagrados. N o obstante, debi-
do al creciente éxito de dichas prácticas, que se vio favorecido por
su presencia en las universidades y cn las cortes reales, la magia co-
menzó a ser vista corno un sistema de creencias que rivali~abacon
el propuesto por la Iglesia oficial, con lo c i d no tardó mucho en
condenarse. Y para ello tuvo, asiinismo, que reinterpretarse.
Segúii Santo Tomás de Aqiiino, los magos se engañaban al
pensar que controlaban la situación: los demonios fingían obe-
decer porque les convenía, pero eri realidad eran ellos quienes
determinaban el resultado final. Ninguna operación mágica po-
día llevarse a cabo sin la ayuda demoníaca, y por ello era riecesa-
rio que existiera iin pacto implícito de colaboración entre el rna-
go y los demonios. Se pasó de considerar qiie el mago dominaba
a los demonios a afirmar qiie los adoraba. Al mismo tieinpo, cada
vez se iba concediendo mayor protagonismo a la figura de un es-
píritu del mal cuyo poder se alzaba sobre el resto, de ahí que el
Diablo -en singular- sustituyera cada vez más a los derrioriios
-en pliiral-; así, no tardó en hablarse, para referirse a la magia
ritual, de un verdadero culto al Diablo. A partir de entonces, las
sanciones no tardaron en producirse: en 1277, y a pesar de qiie
algurios componentes de la Iglesia no se mostraron riada conven-
cidos, el Papa, el arzobispo de Canterbury y el obispo de París
condenaron la magia ritual por diabólica; y en 1320, el papa Juan
XXII, obsesionado por el miedo a ser el blanco de conjuras teri-
dentes a eliininarlo por cualquier motivo, volvió a condenarla, es-
ta vez como herética, con el objeto de que también la magia ritual
pudiera ser perseguida por los iiiquisidores. h i n q u e , en la mayor
parte de los casos, nada o casi riada tuvieran que ver los ritos aso-
ciados a la magia culta cori los propios de la magia popular y las
creencias supersticiosas, la e v o l i ~ i h ndoctrinal y Icgal que se esta-
ba produciendo cori respecto a la alta magia influyó más tarde en
la doctrina y las leyes aplicadas a la brujería y la superstición.
Algo semejante podemos decir con respecto al segundo de los
factores que coritribuyeron a la gran persecución o <<caza de brii-
jaw: la lucha contra las herejías. Estas, que se manifestaron conlo
corrientes de pensamiento diferentes a los dogmas que la Iglesia
iba definiendo, y que desde los primeros siglos de existencia del
cristianismo habían concado con numerosos adeptos, no empeza-
ron a ser vistas como un peligro importante hasta mediados del si-
glo XII, coincidiendo con el establecimiento de los cátaros en el sur
de Francia. Arites de esa fecha, a diferentes grupos de herejes (ma-
niqueos, pelagianos, paulicianos, bogomilos, etc.) se les habían
atribuido, al igual que les sucediera a los primeros cristianos, las
aboriiiriaciones más viles: orgías sexuales con asesinatos de niños
y canibalismo, principalrriente. Sin embargo, la Iglesia, qiie du-
rante la Alta Edad Media perseguía, por lo general, más persiia-
dir que obligar, no tornó ninguna medida radical en su contra: la
excomiinión canónica era el anico modo de expresar sil condena
y el rechazo que le inspiraban estos grupos de disidentes.
A partir del siglo X11,con el auge de las herejías diialistas, que
intentaban dar una solución al problema del bien y el rrial, a las
aciisaciories anteriores se añadió la de rendir ciilto al Diablo. Y por
las mismas fechas llegó a aplicarse al hereje la categoría de traidor
o reo de lesa majestad divina, idea procedente del derecho roma-
no que sirvió para amparar todavia más la persecución legalIx.'ká

IX
En 1199, inecliari~ela decretal Vm;qr.r.nfi,in scvtium, Iiiocencio 111 hizo de la he-
rejía un nimm rr~c~ir\lntis,basánciosc cn el trataniieiito qiie el I>ci-echoRorriario con-
cedía a quienes se consicirraba que aieritaban contra la vida de los erriperadores.
en el siglo XIII comenzó una campaña, dirigida especialmente con-
tra los cátaros o albigenses, que habían ganado un gran número de
adeptos en el Languedoc y habían llegado a tener obispos propios,
de ahí que se consideraran a sí mismos como una Iglesia aparte de
la romana. En 1209, el papa Inocencia 111predicó una cruzada cori-
tra los albigenses; en 1215, el Concilio de Letrán pidió a todos los
príncipes seculares que aplicasen la pena de muerte a cualquier ti-
po de herejes y, finalmente, en 1231, el papa Gregorio IX y el em-
perador Federico 11 acordaron que el pontífice nombrase inqiiisi-
dores con poderes especiales para descubrir y destruir a los herejes
del Sacro Imperio Romano Germánico. Qiiedaba así constituida la
Inquisición medieval; en España se introdujo en 1232, aunque se
consideró innecesaria en Castilla y sólo hizo una aparición simbó
lica en Aragón, qiie por estar más cercano a los principales focos de
herejía, se pensó que debía ser mejor controlado que otras zonas.
En principio, las disposiciones doctrinales y legales contra los
herejes nada tenían en común con la magia, pero, como vimos, és-
ta llegó a asociarse en el siglo Xni' cori la herejía para poder facili-
tar su persecucibn. ?Bajo qué pretexto? @iik tipo de magia podía
considerarse herética y cuál no? No hay que olvidar qiie muchas
clases de magia seguían gozando de iin gran prestigio incluso en-
tre los mismos miembros y representantes de la Iglesia, y que no p c ~
día generalizarse la condena indiscriminada a la magia cuando la
propia Iglesia utilizaba en sus ceremonias litúrgicas un gran núme-
ro de fórmulas rituales y de símbolos propiamente mágicos. Por
tanto, el problema de distinguir la herejía en la magia resultaba un
tema peliagudo. Conlo bien ha señalado Henry Charles Lea: *De-
finir dónde comenzaba y terminaba la herejía en todo esto, deci-
dir entre Dresunto conocimiento de los secretos de la naturaleza v
auténtico recurso a los malos espíritus, no era fácil, y por común
consentimiento la decisión se hizo en torno a si en cada caso había
pacto expreso o implícito con el demonio..'" No obstante, la defi-
nición y el reconocimiento del supuesto pacto volvieron a ser de
nuevo decisiones arbitrarias. Corno si con ello se resolviera la cues-
tión. en 1398 la Universidad de París declaraba aue había oacto im-
plícito «en todas las prácticas supersticiosas cuyo resultado no se
puede esperar razonablemente de Dios o de la naturaleza.),"' En re-
alidad, se estaba dejando la puerta abierta para qiie iin buen nú-
mero de comportamientos de distinta natiiraleza pudieran perse-
giiirse a partir de entonces de manera incondicional.

19
IIeriry Charles LEA,Hi.~torind~ la Inqui.sitirin esfioñola,vol. 1I1, Madrid, Fiin-
dación Universitaria Española, 1983, p. 573.
PO
Idnn, zhidpm, p. 573.
La idea del pacto cori el Demonio alcanzó un gran desarrollo en
los tratados teológico-jurídicos de la época y llegó a ser la base de las
persecuciones .judiciales contra la brujería, especialmente a partir
del siglo XV, momento en que aumentó el riúrnero de procesos en
toda Europa. Sin embargo, tal idea suponía un filerte contraste con
la mentalidad campesina referida a la brujería. Para los habitantes
de los medios rurales, el brujo o bruja lo eran por sí misnios; sus po-
deres, ya fueran para curar, influir de modo positivo o dañar -esto
es, practicar makfin'ur+, radicaban en su persona, sin que fuera ne-
cesaria una explicación trascendente para acusarles en determina-
das ocasiones de pe judicar a sus semejantes. Es cierto que entre los
practicantes de la magia rural no dejaba de ser común la invocación
a ciertos espíritus, ya fueran expresión de fuerzas mágicas, antiguos
dioses paganos, ánima5 de los antepasados o incluso santos. Pero la
nueva versión eclesiástica, según la cual se definía la brujería preci-
sanierite por el pacto con el Demonio, debe relacionarse rnás con la
evolucih de la propia Iglesia que con el pretendido cambio de las
creencias y prácticas populares.
En el siglo XV, especialmente a partir de 1447, que h e la fecha
en que se puso fin al prolongado cisma con el acceso al trono pon-
tificio de Martín V, la Iglesia fue mostrando un progresivo autori-
tarismo. Los nuevos papas emprendieron el rearme político de sus
estados, se negó la doctrina del conciliarisrrio (que anteriormente
había atribuido un poder a los obispos que debía ser respetado iri-
cluso por los papas) y, en general, se empezó a perseguir sistemáti-
ca~nentecualquier coriducta o creencia que supusiera la menor di-
sidencia con respecto a un edificio doctrinal que no cesaba de
aquilatarse día a día, excluyendo todo comportan~ientosituado al
margen de las verdades admitidas como dogma. Como expresó
Franco Cardini con gran acierto: .Al acumular victorias, la Iglesia
había prolongado tanibién el frente de sus adversarios.." En con-
secuencia, se iriterit0 fortalecer el nionoteísmo que siempre había
caracterizado a la religión cristiana, pero al qiie nunca se le había
dado un cariz tan extremo. Y nada mejor para acentuar los rasgos
de un Dios f~iertey autoritario qiie resaltar la figura de un o p e
nente a su medida, el Diablo, quien, a pesar de sus numerosas ca-
pacidades (que los demonólogos no cesaban de detallar), acaba-
ba siempre por ser derrotado por el Todopoderoso. Si la cultura
popular siempre había tendido hacia el politeísmo (m'as o menos

" Franco CAKDINI, Magia, tmtjm'o y suf~mlit-iónrn rl Ocrid~ntrmrdimnl, Barce-


luna, Ed. Península, 1982, p. 71.
disfrazado en ocasiones bajo el culto a los santos), el crecierite ab-
solutismo eclesiástico no admitía rriedias tiritas: *O estás conmigo
-acatando todo cuanto te ordene-, o estás contra mí», venía a
ser el irierisaje lanzado de forma creciente a los fieles.
Dentro de esta evoli~iónpiiede comprenderse ~rie~jor la atribu-
ción de pacto demoníaco, no sólo a los magos cultos y a los herejes,
cuyas doctrinas podían suponer una fuerte competencia a las ense-
ñanzas de la Iglesia, sino también a cualquier conducta no coritro-
lada directamente por sus representantes. Para justificar la actua-
ción sobre los medios rurales, donde todavía quedaban tantos restos
de creencias paganas, tantas formas diferentes de interpretar lo sa-
grado, tantos ritos, tantos seres por quienes la mayoría de la pobla-
ción sentía iin respeto especial, mezcla de adrriiración y temor, se
llegó a inventar una nueva lierejia: la brujería, tal y como la inter-
pretaron quienes la defiriierori. Constituía ahora, en su opinión, un
sistema de ideas opuesto al cristianismo y basado en la ayuda de Sa-
tanás (termino que, en griego -oazavag- significa precisamente
e l adversario.). De este modo, la brujería 1lcgO a ser considrrada
como el crimen más grave de todos cuantos puede cometer el ser
hurriario. Tal afirmación se basaba siempre en la supuesta vincula-
ción con el Demonio por parte de quienes eran acusados de brujos.
Y la,justificaciónjurídica aducida era que la brujería reunía en uno
otros tres tipos de delitos: herejía (el más grave, por la alianza con
el Demonio), apostasía (ya que el brujo renunciaría a sii fe para sus-
tituirla por una nueva fe en el Diablo) y blasfemia (pues los ritos de-
irioriiacos coristituían la más grave afrenta a Dios).
Las nuevas concepciones acerca de la brujería, sínibolo ahora
de todas las maldades imaginables, f~ieroiidifimdidas a travk de
los numerosos tratados escritos a partir del siglo >íV por juristas y
teólogos expertos en derrionología, ciencia que alcanzó durante los
siglos XVl y XViI un notable desarrollo al hilo de la obsesión cre-
ciente por el Diablo. El más feroz e irifluyerite de todos ellos tile,
sin duda, el célebre iVíulle~~s muleficczrum («El martillo de las bri?jas,,,
cuyo expresivo subtítulo no dejaba dudas sobre la intención de sus
autores: .<Paragolpear a las brujas y sus herejías con poderosa ma-
za>>).El libro, escrito entre 1486 y 1487 por Jacob Sprenger y Hein-
rich Iristitoris (Kriirrier),dos inquisidores dominicos encargados de
combatir la brujería en algunas zonas de Alemania, pretendía ser
un tratado doctririal didáctico destinado a los perseguidores".

Jacob SPREKGER y' IIeiiirich INSTITI)KIS. i Z i l l / h ~m ~ / ~ f i c f l ~ nI.y'o11,


n l . 1584
(trad. esp., Bl vriartillo tlr lar lnujas. Pam golpirur a 1 1 ~ I~rujr~c
. y \zc\ hrwjias con podrrosa
maza. Madrid, Ed. Felmar, 1956).

42
Eri realidad, pasó a convertirse en la versión i<oficial~ de las
más recientes teorías de la Iglesia con respecto a la brujería, ya
que contaba con todo el apoyo del Papa. Inocencio VI11 liabía
promulgado una bula en 1484 en la que fijaba precisarrieritc los
poderes de los iriquisidores para reprimir lo que ya empezaba a
verse como una plaga. I m terminos cori que se refería a los actos
de los brujos destilan una coriviccióri tan firme en las aciisaciones
iorrriuladas que no es de extrafiar que dieran lugar a las crueles
persecuciones que tuvieron lugar después en las regiones citadas:
«Recienteinrnir tia venido a nuestro conocimieiiio, no sir1 que
hayamos pasado por im gran dolor, que en algunas partes de la. alta
hlcmania, en las provincias, villas, territorios, localidades y di6cesis
de Maycnza, Colonia, TI-ews,Saliburgo y Brcma, cierto número tle
Iwrsonrzs dcl uno y otro sexo, olvidando su propia salud y apartáii-
dosr de la fe católica, se dan a los drnioriios íricubos y súcubos, y por
sus encantos, hechizos, conjuros, sortilegios, crírrienes y actos infa-
mes, rlrsiruyeri y r r i a t m cl fruto en el vientre de las mujeres, gana-
dos y otros aniriiales de espccies diferentes; d e s t r i ~ nlas cosechas,
las vides, los hiirrios, los prados y pastos, los trigos, los granos y otras
plantas y legunibi-esd i la tierra; afligcn y atormentan ron dolores y
maks atroces, tanto iriirrior-es como cxtcriores, a estos inisriios
hornbrcs, mujeres y bestias, rrbario.; y animales, e impiden que los
hombres pucdan engendrar y las rriujrres concebir y que los inari-
dos ciirriplan el dcber conpgal con sus rriujeres y las mujeres con
siis maridos; con boca sacrílega reniegan d r la t que han rccibido
en el sariio lxiiitismo; n o temen cometer y prrprir-ar; a instigación
del enemigo tlrl g6rier.o humano, otros n~uchosexcesos y crírriencs
abominables con peligro de sus almas, desprecio de la 1)iviria Ma-
jcstad y peligroso escáridalo [te muchos.»"'
Parece claro que ya no se dudaba sobre la realidad de la bruje-
ría"". Si durante los prirrieros siglos de la Edad Media se había ha-
blado de ilusiones o ensueños imaginativos; si la infertilidad de los
ca~npos,la falta de fecundidad de las mujeres o las enfermedades se
h a b h i asociado a determinados genios o riíimenes, ya fueran restos
de divinidades paganas, hadas u otros sercs fantásticos, ahora, por el
contrario, se acusaba a seres de carne y hueso. Todos los atributos y
pautas de cornportarriieiito quc desde la Antigüedad habían carac-

':' IXclio príl-ralo,per~erieciriitea la birla Summis d o i d v r n t ~ l <ct//etlilrus.


,~ que
iue prorrii~lgadapor el papa Iiiocciici«Vi11 eri 1484,se halla coritriiido rn caG to-
das las rdiciories del ;2.lullru\ ntcr-./itcwum, tras cl íridicc.
'' Nos referirnos con ello a la postiri-a dorniriaii~e. Tmihi6ri hubo críticos qiir
atacaron los siipiicstm de la Iglesia pr-eteridiendoiritrodiicii-tactores m i s racioiiales
al negar la realidad de elementos talc~coino los vuelos O la&rrietamorfosis dc las hrii-
jas, pero siw voccs no S k i ori esciicliadas por lo geiicral hasti mccliaclos del siglo X1,'iI.
MALLEVS
MALEFICAS ET E A R V M
hzrefrm fi;un& conterens,

Ed?io nouiBima ,inlinitTs pene mcndis expurgah ; cuiqiic rccclfic F u p


Daxnonum & Complcmciirum arris cxorcilticz.
Y i r j k c mdirr,in quibus Pythonicw, ve1 diuinationizfueritfiiritn~, mwt# maiatw
kuitici cap. lo.

Z P ~ F D P X ~ ,
B O V R G E A TGgno
Sumptibus CLAVDII , ~ ~ Mercusjj
~ Galli.

Portada de una eclicióri (Iyori?1669) del il~'i(~llm~s


Mul~jrnrunzo«hlartillo de
Escriio rriirr 1485 ). 1 486 p(ir los dorriiriicosJacot) S~irerigei-y
las t>rujas~~.
Heinrich Institoris, f ~ i econcebido conio el perfecto maniial para
cazadores de brujas, lo que lo convirtió durante más de dos siglos en
fuente de inspiración de casi todos los tratados europeos de brujería.
terizado a la g r m caterva de espíritus malignos se transfirieron di-
rectamente a hombres y mujeres que comenzaron a ser aciisados de
violar, secuestrar y matar a niiios, provocar el mal tiempo, causar irri-
potencia v esterilidad, etc. Los ariliguos mitos habían encontrado el
h b i t o espacio-temporal favorable para su encarnacióri: cualquier
anciana que concitase los odios de un grupo de vecinos de su aldea
podía servir para el papel de bruja en la Europa del siglo XVI.
Una de las priricipales características del ~ ~ ~ U I I ~mZkI fSi m - u mera
la coiriplera identificación qiie sus autores establccian entre bruje-
ria y sexo femenino. A pesar de que todavía en los primeros cinco
capítiilos del libro se utili~abael término 1nalufic7~men su gériero
neutro, a partir del capítulo sexto, donde se pretendía justiticar el
porqué sor1 las mujeres y no los hombres las proclives a cometer ta-
Ics crímenes, se adoptaba directarriente el femenino muluJitzl. Así,
una vez sentado que las mujeres son más debiles, poseen menos fe
(según los autores, la misma etimología del nombre, jZmim, lo in-
dica ya que procede deje y minus), tienen uria lengua mentirosa y li-
gera, actiían con malicia, erigañari siempre y, lo más importante, son
víctimas de una pasión carnal insaciable, la obra acababa coriclil-
yendo, al estilo rriás propiamente escolástico, que la br~qeríaera un
asunto prcdominanteinente femenino:
«Podrían decirse r-riás cosas, pcro para quien es iriteligerite,
parcce bastante para enieritlrr que no hay nada sorprenderi~rrri
que entrc las mujeres haya nih brujas que cntrc los hombres. En
corisecucncia, se llama a esta herrjía rio de los brujos, sino de las
br-lijas,porcliie el nombre se toma de lo más irriportantc. Bendito
sea el Al~ísirrioqiie hasta el presente preserva al sexo masculino
de un ataqiir serriejantc: El que ha querido nacer- y sufrir en este
sexo le ha concedido el privilegio de esta exe1ici6ri.s'~
Partiendo de la base de qiie las brujas eran seres lujuriosos, en
tanto que mujeres y en tanto que pecadoras, resultaba facil FJ~IICU-
'
lar el supuesto pacto demoníaco, que aseguraba sus poderes iiiági-
cos, con la acusación de mantener relaciones sexuales con el Dia-
blo. También se coilteniplaba la posibilidad de qiie cualquiera,
varón o hembra, pudiera corisurriar el coito con los denionios que
componían la legión gobernada por Satán, el más poderoso de to-
dos. Se escribieron un gran nílmero de p5giilas destinadas a des-
cribir la naturaleza de dicho comercio carnal y se estableció una
distinción básica entre demonios sUcubos (capaces únicamente de
recibir el semen) e íncubos (encargados de depositarlo). Evidente-
mente, para que ello fiiera posible, era neccsario que también los
I.iorribres se prestaran a tal comercio. De cualquier modo, las cori-
tradicciones entre los misinos tratadistas eran moneda corricntc y
ciialquier argumento apoyado en la aiitoridad de im escritor anti-
guo que hubiera expresado algo mínimamente relacionado con el
tema valía para justificar las acusaciones más peregrinas.
t J n ejemplo de los muchos que podríamos mostrar, dada la
abundante literatura producida en torno a la cuestión, lo consti-
tuye el capítulo que el español Gaspar Navarro dedicaba a los ín-
cubos y súcubos en su obra Trihunml de sufimtición. ladinu. Para re-
solver el problema de la corporeidad de los demonios a la llora
de consumar el acto sexual con los humanos, escribía:
,.Es muy cicrto y averiguado qiie donde n o ay cuerpo no pue-
de avcr gcneraciori [...] y assi queda assentado que el demonio no
puede engendrar por su puro espiritu y carccer de cuerpo. Pero
este enemjgo mortal, como es tan astuto y crzgaL, suele (ornar un
cuerpo de hoinbre o muger muerta y cntrodiizir.se en el, y tener
acceso con una muger o hombrc [...] En una ocasion tomo el de-
monio el cuerpo de un hombre priricipal, luego al punto que fue
muerto, y llevo estc cuerpo por. e~paciode un año y mas, como si
Puera vivo, movicndolo y hablarirlo por su lengua, como si cstu-
viera informado de alrr~a~aciorial[...] Tambien puedc del ayre, o
de otros clemeritos, ti)ririar un cuerpo que sca palpable cori se-
mejanza de carrie.~~""
Los textos dedicados a describir los actos de brujería se multi-
plicaba~~ y, junto a la idea del pacto y las relaciones sexuales con
los demonios, se fueron desarrollando otras muchas, hasta com-
pletar toda una extensa mitología que pretendía trasponerse a si-
tuaciones reales muy variadas que nada tenían quc ver con lo que
se aseguraba en los tratados o se predicaba desde los púlpitos. La
construcci6n imaginaria que mejor resumía todo cuanto se afir-
maba sobre las brujas y sus aliados era el sabbat o aquelarre. Según
los tratadistas, los enemigos de Dios se reunían periódicamente
con el Diablo y celebraban un ritual contrario al Cristianismo,
perpetrando todo género de maldades una vez ratificada la íicleli-
dad al Pvlaligno por medio de relaciones sexuales con éste. Las
imágenes de lo que sucedía en el aquelarre variaban según los acii-
sadores pcro, en general, la iniciación ritual, comer, beber, la dan-
za y las actividades sexuales más pervertidas, incluida la zoofilia, el
incesto y la cópula con los de~rionios,constituían elementos co-

26
Gaspai- N.%\:AKKo.i'Tihu)z«l dr supmtl~cidnIndino..., Hiicsca, Pcdrn Blusón,
1630. fol. 20.

46
mimes. Además, se iricluía el canibalisiiio, los sacrificios de niños
de corta edad v la profanación de elerrieritos sagrados.
Todo cuanto la Iglesia quería combatir cn los comportamientos
de sus díscolos feligreses era exagerado hasta el niáximo y encori-
traba cabida en esa extrema parodia a la inversa de la liturgia cris-
tiana que constitiiía el sabbat. La inversión se aplicaba de modo ge-
neral y específico. En la misa cristiana intervenían el pan y el .vino;
eri los rituales de las brujas sc usaban excrementos y orina. En la
Iglesia católica, como decía Martin de Castariega, *besan los síibdi-
tos la mano a sus mayores y señores espiritualesy ternporales, y al Pa-
pa le besan el pie en señal de absoluta y total obediencia y reveren-
cia, y a Dios eri la boca, en señal de amor [...] Pues para el Denioriio,
que es tirano y señor qiie de sus súbditos hace burla y escarnio, rio
resta salvo qiie le besen en la partc y lugar más deshonesto del cuer-
po.." Así, la famosa reverencia al Demonio (el beso en el culo) no
tenia otra fiinción que resaltar y acentuar la nialigriidad de los su-
puestos brujos. La aplicücibn de ungüentos para vohr tambikn en-
contraba su contrapartida en las unciones sagradas, como el mismo
sacramento de la cxtremaiinción. Si los místicos qiie se habían ha-
llado alguna vez en contacto directo cori lo divino podían aparecer
estigmatizados,como signo de su participacion en la pasión de Jc-
sucristo, las brujas llevaban grabada en alguna parte de su cuerpo
una señal que el Diablo les hacía como signo material del pacto. Y
así sucesivamente con todo el resto de episodios que se suponía que
tenían lugar en estas reuniones, juntas o coriveritículosdemoníacos.
Idasdescripciones de las mismas fiieron aburidarites y diversas se-
gíln las zonas geográficas. En palabras de C;. R. Q~~aif'e,.<lasbrujas
alemanas mostraban inclinación a lo escatol6gico. Todos los des-
perdicios humanos -sangre meristrual, semen, heces, vómito, ori-
na y LIS- terlían propiedades mágicas [...] En Ginebra, las briijas
se especializaban en propagar la peste. En Inglaterra no existían
aquelarres y en Escocia eran diversiones campesinas en las que fal-
taban los aspectos horrendos. Comer, beber y bailar eran los ingre-
dientes principales y lo sexual era ima extensión de la obscenidad
normal de los carripesinos.»'VJna de las más completas descripcio-
nes sabbáticas que han llegado hasta nuestros días es española y tie-
ne su origen en el famoso auto de Ce de Logroño de 1610. Durante
los dos días quc duró, los acusados se extendieron mucho en sus

27
Martíii TIF (:,\SI ir<:^, iiaindu muy solil- hirv fnndndo de lus .suprrstitlono y hu-
rhizr&zs ... il%d., 1529). Madrid, Socicdacl de BiLilií>filos Espaiioles, 1946, p. 51.
28
G. R. QLLAIFE. Mr1,14iay rnult./iczo. 1.c~brujos y el fanotisrno r í h ' ~ G o Barceloiia,
.
Ed. Critica, 1989, pp. 78-79.
confesiones y se tardó un día entero en leer las sentencias. Entre
otros espectadores, se encontraba allí el impresor Juan de Mongas-
tón, quien al año siguiente publicó un resumen de dicho auto que
hacía hincapié en los aspectos relacionados con la brujería. El con-
tenido de su texto se hallaba con~pletanienteacorde con las convic-
ciones y actos de las autoridades iriquisitoriales y fue publicado, al
parecer, con afanes pedag¿&ico?". Una vez detallados ciertos aspec-
tos del acto, como el número de participantes, la procesión, los ser-
mones, etc., Mongastón continuaba diciendo:
«Y porque se tenga noticia de las grandes maldades que se co-
meten en la secta de los Bruxos, pondre tanbien una breve rela-
cion de algunas de las cosas mas notablcs quc apuntamos algunos
curiosos quc con cuydado las ibamos cscribicndo en e1 tablado, y
son las siguientes: Relacion de las cosas y maldades que se conie-
ter1 en la seta de los txi~xossegur1 se relataron eri sus writericias y
conlesiones.»."'
A partir de ahí nos hallamos ante uno de los mas impresio-
nantes relatos sabbáticos, cuyo resumen podría ser el siguiente: el
sabbat tiene lugar tres días a la semana, lunes, miércoles y viernes,
y a él acuden participantes de todas las edades. Los más ancjanos
se ocupan de buscar nuevos adeptos y enseñar a los jóvenes. Estos,
cuando consienten, son llevados por los brujos maestros ante la
presencia del Demonio, que tiene una apariencia monstruosa y es-
tá scntado en un trono; entonces, los novicios reniegan de la fe ca-
tólica, adoran al Diablo besándole en el culo y a cambio son seña-
lados por él en el cuerpo y en la niña de los ojos. Además, reciben
un sapo vestido q u e es un demonio en aquella figura para que sir-
va como angel de la guarda al brujo novicio que ha renegado.."'
Para renegar hay que haber llegado a la <(edadde discreción». Pe-
ro también hay niños en el aquelarre, que previamente han con-
sentido en ir a cambio de algunas golosinas. Su tarea consistirá en
guardar una gran rnariada de sapos que los brujos y el Derrioriio

I!i
Véase Manuel FLKSANDEZ NIETO(ed.), Procm a la hrujm'a. En torno al .4tlt0
&Fr dr Zugar~ovrmrdi.Logrovio, 1610, Madrid. Ed. Tecnos. 1989, p. 23.
loc br-z~j~s
~ I J
:<u
De eata Rrkicicír~exia~eridos gerriplares en la Biblivteca Nacional de Ma-
drid. l!rio sr cnciiriitra r n la sccción d c mariiiscritos, tiene la signatura 718. D-
118, está ericuadei-tiadojuri~ocori diversos rriariusci-itos g co~riieri~a en la p. 271
del tomo 1-11 qiic se ciiciirntra. b:stá iiiconiplrto, ya qiir Ir falta el íiltirno folio. El
otr-o, corripleto. corista de catorce folios y lleva la s i g r i a ~ i ~ ~ a 2248-71. La pi'c-
V/C\
scntc cita rst5 1-ccogidad e rstc iíltimo rjcmplar.
" l a s citas incluidas cn el prcwntc rcsiiincn han sido toniadas de la rdición
ya citada, publicada por- Manuel Fer-nánclez Nieto en Madrid, Ed. Ternos, 1989,
pp. 30-71.
han recogido por los campos para hacer venenos y ponzoñas. SG-
lo aciiden sin prestar su consentimiento las criaturas que todavía
no saben tiablar, y ello si quienes las acostaron no las santiguaron
o protegieron con agua bendita o reliquias. Entonces los brujos las
pueden sacar. de sus camas y les chupan la sangre o los ahogan.
Los sapos constitiiyen un elerricnto fimdamental. Por una par-
te, como heinos visto, se usan -junto con otros componentes-
en la fabricacihn de venenos para destruir frutos, animales y per-
sonas. Por otra parte, vestidos de paño o terciopelo, encarnan a los
demonios que acompañan a cada uno de los brujos. Estos los ali-
mentan y después los azotan con unas varillas para que se hinchen;
a continuación, los brujos los pisan o estrujan para que vomiten:
un agua verdinegra con la que cada brujo se untará la cara, manos,
pechos, 6rgarios gcnitales y plantas de los pies, antes de volar o c e
rrer hacia el aquelarre. hderriás, la marca con que el Demonio se-
ñala en la niña de los ojos a los novicios rio es sino a n sapillo que
sirve de señal con que se conocer1 los brujos iinos a otros..
F.1 aquelarre coriiieriza *como dos o tres horas antes de me-
dianoche* y dura hasta que es hora de cantar el gallo, despuks
de medianoche, que se vuelven todos a sus casas acompañados de
sus sapos vestidos.))Durante este ~ienipo,los asistentes danzan al
son de tan~borily flau~a;tienen relaciones sexuales unos con otros
<<sin consideracion a grados o a parentescos. y también con el De-
monio; azotan a los que habían dejado de ir a otros aquelarres, e in-
cluso van a azotar a sus casas a los que rio han ido; salen a los carni-
nos metamorfoseados en figuras de animales para espantar a los
viariclantes; van a las casas donde no se bendice la mesa antes de co-
rricr, o no se da las gracias después, y cometen todo tipo de destro-
zos; aciiden a los cementerios portando antorchas - q u e son hrazos
de riilios muertos sin bautizar- pala recoger restos de difiintos y co-
merlos después, o para utilizarlos como ingrediente de las ponzo-
ñas; dividen a los muertos en tres partes antes de comerlos: una la
asan, otra la cuecen, la tercera la comen cruda declarando los pa-
dres que han comido a sus hijos y los hijos a sus padres.; cliupari la
sangre y extraen el seso de los niños más pequelios, etc.
1.a inversión de la liturgia cristiana se n~anifiestaen multitud
de aspectos: los asistentes no pueden, en el aquelarre, nombrar a
Jesús ni a la Virgen ya que, si alguno lo hace, al punto se disuelve
la reuriiOn; en las vísperas de las principales fiestas del año litúr-
gico hacen solemne adoración al Demonio .<ytodos se confiesan
con í.1, y se acusan por pecados de las veces que tiari entrado a la
iglesia, misas que han oído, y de todo lo demás que han hecho co-
mo cristiarios, y de los males que, pidiendo, han dejado de lla-
además, acostumbran oficiar uria misa al Demonio qiie imi-
ta a la cristiana, sustituyendo cada elcmcnto por su contrario.
1.a fantasía sabbática ponía en esceria uri conjunto de acciones
que representaban las cualidades opuestas a aquCllas qiie la Tgle-
sia católica pretendía inculcar. Si bieri es cierto que no todos los
elementos pertenecientes al sabbat procedían dc las obsesiones
de los jueces sino que muchos de ellos -corno las orgías sexua-
les, la danza, el vuelo, las metamor-fosis- se hallaban arraigados
en la cultiira folklórica tradicional, la diabolización sí que consti-
tuía iin fenómeno totalmente nuevo. Alprios estudiosos relacio-
nan las exageraciones de los relatos sabbá~icoscon las pretensio-
nes didácticas de la Iglesia. Según G. R. Quaife, .el bien no podía
enseñarse por comparación con el bieri absoluto. El hombre n i m
ca alcanzaría unos ideales tan imposibles y ello le desilusionaría.
La sociedad sólo podía instruirse cómoclamerite [...] comparán-
dose con el mal absoluto: esto es, con la inversión directa de los
valores dominantes en ella. 1.a bruja personificaba estos valores
invertidos y su existencia y sil persecución afirmaban y fortalecíari
los supuestos morales básicos de la sociedad.^"'
Cria vcz completado el mito de la brujería y teniendo eri cueri-
ta que también eran condenadas otras conductas consideradas su-
persticiosas, el camino para la persecución se vio allanado por lo
que respecta a las posturas teóricas. Pero todavía era necesario al-
go mas para facilitar en la práctica la búsqueda y captura dc los
pretendidos aliados de Satán. El gran cambio legal vino de la ma-
no de los cambios doctririales, se prodijo por las mismas fechas y
corisistió cri una nueva forma de llevar a cabo los procesos crirrii-
nales. Si durante la Edad Media había predomiriado la forma acu-
satoria en el procedimiento crirnirial, eri la Edad Moderna ésta se
iba a ver sustituida por la forma inquisirorial. ;Qtié suponía real-
mente dicho cambio? ( h a n d o se sigue el principio acusatorio eri
la iniciación de un proceso, es el individuo que acusa quien debe
tomar la iniciativa y conducir el caso por siis propios medios, sin
el asesorarriiento de un letrado. Ello significa qiie el acusador ha
de hacer acopio de las pruebas que conduzcan a la condena y, si
finalmente no consigue demostrar su acusación, se arriesga a sii-
frir una pena tan severa como la que le hubiera correspondido al
acusado si el juer se hubiera convencido de su ci~lpabiliclad.Por
el contrario, en el procedimiento inqiiisitorial es el juez quien to-
ma la iniciativa para el descubriniierito dc la verdad judicial, con

32
G. R. QCAIFE, (.ii.,pp. 82-83.
$J.

50
Francisco de Gap, <<Mucho hay que chupar>>, Chpricho riiirri. 45. Lna de
las acusaciones clásicas atribuidas a las I)I-ujascra la cle c1iii~)arla sangre
y el seso d c las criatii~aaiiidefcnsas.
lo cual, quien acusa declina su resporisabilidad y, en ese sentido,
rriás que en acusador propiamente dicho se convierte en denun-
ciante. La irivestigacih o &iquisición)> (inquisitio) la lleva a cabo
la rriisma.jiisticia procediendo de oficio.
Como es natural, dicho cambio iio se produjo de un día para
otro. El origen de esta riueva forma de juzgar se hallaba en el Dere-
cho Canónico. Los jueces eclesiásticos habían seguido desde sicrri-
pre el principio acusatorio, heredero dcl Derecho Roriiario, pero
con el tiempo se adoptaron otros recursos procedentes del Derecho
Germánico, co~riolas ordalías, que se utilizaban para decidir sobre
la culpabilidad o inocencia de los reos cuando no se encontraban
pruebas tangibles. Así, por ejcniplo, el acusado podía ser arrojado
al agira y, si flotaba, significaba que el agua, como símbolo de la pil-
reza, rechazaba al criminal; hundirse se consideraba entonces iin
signo de inocencia. Existían también otros tipos de pruebas, como
la llarnada del *hierro candente» (judir;iumfnri mnden~is),segíin la
cual el acusado debía sujetar una barra de hierro al rojo vivo, o la
«prueba caldariajj ( n q z u w ~ r v m t i s )en
, la que había que sumergir un
brazo en agua hirviendo durarite un tiempo determinado. En arri-
bos casos, el miembro lastirriado era vendado luego por unos días y,
si uria vez quitadas las vendas no se ericontraba cicatriz alguna, el re-
sultado se corisideraba nilevarriente una prueba de inocencia. Entre
los aristócratas, las coritiendasjiiciicialcs se decidían más a menudo
mediante un combate o duelo. Se suponía quc quien moría era el
culpable, pues así lo habría decidido Dios. De ahí que diclias orda-
lias se denominarari también $ i i c o s de Dios),"'.
Hacia el siglo XIIl estas aritiguas formas de orclalía fiierori con-
denadas por la misrria Iglesia y se sustiiuyeron por otro procedi-
miento, la purificación canhica: se le exigía al acusado qiic jura-
ra ante Dios que era inocente mientras un número específico de
«corripurgantes>)-ayudantes de juramento- jiiraban a su vez
que el jurameriio era digno de confianza. Pero a niedida que las
visitas episcopales a las diócesis se fueron tomando más en serio,
coincidiendo con las siicesivas reformas pastorales que tuvieron
lugar desde mediados del siglo XV y sobre todo a finales del siglo
XVi, tras el Coiicilio de Trento, los obispos corrienzaron a recha-

:i:i
Para riii mayor coiiociriiiriito ctc las ordalías. véaiirc Kohert BARTI1.1 1 , 'lt-iril
by/ir12nnd w i t k i'hr mrdimol jiulirznI o n h : Oufirtl, (:laiv.ri<loi Pi-ris, 1986 r; &laLui-
sa LEDI:SMA. wkcrca de las ordalías y dcl duelo jridicial "dc csriido y l>asrim"cn rI
Ar-agón incdievalu, en i%tudio.\ pn homrnnjf>nl I h Anlonlo H r , l l r c i ~12.lirrtinri,
~ Zarago-
7x,Ed. Ciiivei.siclad dc Zarago~a,198(i, pp. 909-1006.
zar que los inculpados pudieran librarse por la mera periitericia
(purgntio ralloniru) cuarido carecían cle acusador. Eritonces los ca-
sos pasaron progresivamente a ser investigados por el juez, con lo
que nos liallamos ya ante el procedirriicnto inqiiisitorial que, eri
España, empezó siendo conocido como ~ ~ p e s q i ~ i s a ~ " ~ .
Dicho procediiniento fuc adoptado también por. lü justicia real.
Así pues, no debemos confiinclir el sistema iriquisitorial con la iris
titiición coniúrirricnte conocida co111o eIriquisición,>(Santo Oficio
de la Inquisición Espaiíola) . Los llarriados ~inquisidoresnpor anto-
riorriasia pusieron en práctica un método qiie no les pertenecía en
cxcliisiva, pero que dada la escenograíia, la propaganda y el boato
con que fue rodeado, llegó a corisiderarsc casi como privativo del
Santo Oficio. En realidad, el procedimiento penal inquisitivo, qiie
constituía iin arma autoritaria e intimidatoria siti igual, fiie aclop
tado tanto por la iglesia como por el Estado, especialmente en un
niomeritu eri que se buscaba el fortalecimiento del poder real fren-
te a la resolución de los conflictos entre las partes directamente in-
voliicradas. Como escribi0 Francisco Tomás y Vilicnte: <<No perda-
mos de vista que en el proceso inquisitivo el juez tiene por lo nienos
tanto de policía como de oficial administrador de,justicia.~:"
El cambio de procedimiento, de aciisatorio a inquisitorial, atectó
a Ia brujería de Somia xnuy directa. Ha); que tener. eri cuenta que ésta
era muy dificil, cuando no imposible, de probar. Mientras había
predoniiriado la forma acusatoria, habían sido muy pocos los que se
habían arriesgado a acusar a alguien de br~~jeríi"'. 2Lóino encontrar
pruebas de que la erifermedad de un pariente kiabia sido causada por
los 11echizc)s de una vecina? ;iCónio derriostrar qiie un niño liabía
muerto a consecuencia de un mial de ojo,),o que cierta torincnta de
p n i z o había sido provocada por los conjuros de alguien interesado
en los perjiiicios que ocasionaría? Ante la gran dificultad para pre-
sentar pruebas referidas a delitos semejantes, muchas de las riñas eri-
tre habitaritcs d r una niisma aldea que más de una vez se traducían
en imputaciones de br~?jeria, acababan por ser enterradas y transfor-

'3 1
\!í.asc,jcsiis LAI.IKDE I?i7rznrión Iii.\tóric.c~cd clmrcho rrfmñol, Karreloria,
AKAI)~A.
Kd. Arit-1, 1978, p. 883.

:ih
Sobre rsrc tcina, véase Normaii (;oH\, o$. ( d . , p. 213. Según dicho aiitoi;
<'Avcces había q~iieiiesasuiriíari los i-iesgos, coi1 rcsultados dciasti-oim; por ejerii-
plo. err Estrashiirgo: e n el aiio 1451, un honihi-c que liabia acusado a una mi!jcr
rlc mcclq'icinwi. corno n o fiie capa7 d c liiritlarrieiitar sir acusación, tiie al-I-estado,jii7-
gado por caliiiniiias y ahogado rri el río.. .
rriadas en odios duraderos o, en ocasiones excepcioiiales, se manifes
taban cri forrria de liricliarriieritos al rriargeri de la,justicia oficial. A
partir de la generalizaciOn del mCtodo iriquisitorial, los coiiflictos iri-
ternos de los aldeanos eilcontrai-on un cauce legal. (hialqiiiera podía
calurririiar a su vecino o acusar a sii enemigo de herejía o de brujería,
y librarse así de rriaiitciier uria disputa persorial. A pesar de que la re-
lación con Satank constituía la base del crin~<:nde brujería scgúri las
teorías doctrii-iales, n o era necesario clemostrai- que alguien había
pactado cori el Diablo (lo cual podía ser iina empresa bastante al--
dila); el jiiez mismo se cricargaba de rriariterier dicha acusación, que
aparecía invariablemente en boca del fiscal encargado del proceso.
Pero, ?quién o quiénes porlían actuar coino jueces ante tal crimen?
A lo largo del presente capítulo heinos seguido la evolución
doctrinal referida a la brujería y la supers~iciórieri geiieral, que n o
puede separarse de las medidas legales desliiidas a acabar con di-
chos comportamientos. Tanto al hablar de la ideología corno d e
las coriderias foriiiales o de la pi-,lctica,jiiclicial,la Iglesia ha sido la
gran protagoiiistci de nuestro relato. Ello n o significa que sólo los
jueces eclesi5sticos se encargaran de scritericiar los casos de bruje-
ría y supel-stición. Si bien los de siiperstición propiamente dicha
(criteiidida é s d~m i ~e r i t e e n su vertiente religiosa) fueron consi-
derados, en eti:<:to, coiiio iiii asunto de fe, los casos d e brujería
(que e n la realidad n o se distingiiían clai-anlcntc de los ariteriores)
irivolucraron tanto a la Iglesia como al resto de poderes píiblicos.
El Estado asimiló por lo general las posturas doctrinales d e la
Iglesia con respecto a la brujería g asumió las condenas contra és-
ta, resporisabilirái~dosetambién d e la pcrsccucióri. Iglesia y Esta-
d o -en iiombre de Dios y del poder- se unieron a la hora d c
acabar cori uri criiiieii que, tanto la una como el otro, considera-
ban extrcmadarriciite peligroso. No obstante, e n la práctica, la se-
paración d e jiirisdicciones se inantuvo. La justicia seglar y la ecle-
siástica actuaron d e manera simult;iiiea, pero por separado. ( h d a
cual decidía irideperidieri~errieii~e d e la otra, aunque casi siempre
se prestai-an aguda mutila. Pero la diversidad d e jurisdicciories n o
radicaba sólo e n esta division esencial. ( h m o veremos e n el capí-
tulo siguiente, e n las sociedades del Antiguo Régimen la justicia
se liallaba rriuy fraccioiiada y, con í'recuencia, eran varios los jiie-
ces con coinpetencia para Iiaccrsc cargo de un iiiisiiio cleliricuen-
te. Teniendo e n cuenta que todos se sentían amenazados por la
br~ijeriay que a todos correspondía legalmente su eliminación, la
abiindancia d e triburiales que se ocuparon de la misma n o clebe-
ría causarnos extrarieza alguna.
LOS AGENTES DE LA PERSECUCI~N:UN SOLO DELITO
PARA MUCHOS JUECEV7

Jerónimo Castillo de Bovadilla"

En las sociedades europeas del Antiguo Kégirrieri se coriside-


raba uriliriirrierrierite que el poder, cualquiera que f ~ i e r ala forma
que adoptara, pertenecía solamente a Dios. Según dicha concep-
ción, la ímica institución humana con capacidad legítima para
ejercerlo era la Iglesia, va que su función corisistía eri actuar co-
rno represericante d e Dios e n la tierra. Sin embargo, se hallalh ge-
neralmente admitido que la Iglesia transfería parte d e su dominio
a las autoridades temporales por razones de orden práctico. De
ahí que el poder d e los reyes encontrara su justificacióri e n la
trarisrriisióri divina, idea plasmada e n la célebre teoría del origen
divino del poder formulada por San Agiistín, la ciial sirvió como
fimdamento d e los regímenes absolutistas hasta los cambios pro-
ducidos a partir de la Kevolucióri Francesa. E n palabras d e Bos-
suet, uno de los principales defensores del absolutismo monár-
quico en Francia: « L a majestad es la imagen d e la grarideza d e
Dios reflejada eri la persona del príricipen"". A pesar d e ello, la

.Y7
y siiprrsricióii almi-cciaii casi sicmprr corisideradas conio iin deli-
Kt-i~jci-ia
to úiiico. dada la coiifiisiirii exisierite -iiiclitso por parle dc los riiisrrios jucces-
cnri-r bl-i!jos. hrchicrros, adivinos, sortílrgos, o cirrro tipo de ciiraiideros ciiyas ac-
tuaciories se liallal>aripr-oliibidas por la Iglesia. No olistaiik. nosotros distirigiiirc-
mos ambos coricrptos. c:n la mrdida de lo posible, a lo largo de iiiiistso estudio.

'iil
Jacqucs K É s r c . \ ~ . K o s i i . ~IJoli/iquo
~, /irr+ do) / ~ r o p m/~ci~-olr,\
( / e l'klytuw ~ u i n f ~
(trad. esp., I'ulílirci clrtluciílo dr //ro/~iarprrlaf)rc~.\dr 10 Srig7.adn E\tniuwi. Madrid.
1743, p. 11).
Iglesia nunca llegó a traspasar toda su potestad a los seriores lai-
cos, por más que éstos se considerasen defensores d e la cristian-
dad y actuasen e n nombre de Dios. Desde el principio se reservi)
la autoridad sobre ciertas parcelas y, por tanto, el derecho de jiiz-
gar las infracciones relacionadas cori las rriisnias. Además, los ecle-
.,
siasticos sólo podían ser juzgados por la propia Iglesia, salvo e n
los casos de homicidio. De este modo, podían distinguirse básica-
rricrite dos tipos d e jurisdicción: la seglar y la eclesiástica.
La jurisdicción eclesiástica se ocupaba, e n teoría, d e los asun-
tos propiamente espiritiialrs, a diferencia d e la jurisdicción se-
glar, cuyo ámbito d e acción se hallaba ligado a lo temporal o tran-
sitorio. No obstarite, e n la práctica, la 1glesia.juzgaba todo tipo de
delitos cometidos por sus rcpreseritarites: los superiores de las ór-
denes monásticas tenían competencia sobre el clero regular, y los
tribiinales episcopales, sobre el clero seglar. En cuanto a los dcli-
tos conietidos por el resto de la población, los límites d e la jirris-
d i c c i h eclcsiAstica n o se lialbbari cornpletaniente definidos y de-
pendían mucho de las costunibres locales. De cualquier modo, la
nóniina de asiintos que podían ser jiixgados por la Iglesia era cx-
terisisirria. Bueria niuestra cle ello son los ejemplos que Jerónimo
Castillo de Bovadilla aportaba e n su f'uliticu pnm Corr(:gidur.e~ ... La
introdiicción a los mismos decía así: (*Veamospor numero de ca-
sos [...] e n que cosas pueden los obispos y sus vicarios y otros jue-
ces eclesiasticos proceder contra legos y contra sus bienes,,'"'. La lis-
ta que seguía a continuaciim abarcaba materias tan diferentes, y
e n ocasiones tan ainbigiias, como la violación de la paz píiblica o
d e la iriniunidacl eclesiástica, el escándalo, la tiranía de los señores
sobre sus vasallos, el robo, el juego, la mentira -falsos clérigos, Tal-
sos liniosneros, falsas reliquias, talsos milagros, falsos pesos y rne-
didas, ialsos docuiiientos (la insistencia en la vigilancia del cn-
gaño revelaba una obsesión muy característica de la Iglesia por
reservarse el poder d e decidir sobre qué era lo auténtico), la si-
monía, el quebranto de juramento, el sacrilegio, el vender armas
a los ~eneinigosd e la fe. o ti-atar con ellos e n tiempo de guerra,
la usura, la inobservancia d e las fiestas religiosas, etc.
Pero junto a estos y otros delitos, reservados únicamente a la
justicia d e los eclesiásticos, existían lo que los.juristas de la época
denominaban res mixtae, esto es, asuntos e n los que se mezclaban
las facetas temporal y espiritual, o que atañían tanto a la Iglesia
como al Estado. 1.0s delitos que se considcrabari eriglobados deri-
tro de dicha categoría pertenecían al llamado rr&i /ion' (fuero
mixto) y podían ser jiizgados por todo tipo d e ~ribunalcs,ya frie-
ran seglares o eclesiásticos. Para evitar posibles conflictos, se re-
conocía que el derecho a juzgar tales crírricncs de dificil defini-
ción pertenecía al primero que iniciara e1 procedimiento. En
palabras del jurisca Castillo d e Bovadilla: «En los casos niixti Sori
en que el juez cclcsiastico y el seglar tienen,jiirisdicciori, perlerie-
cera el conocimiento al que drllos pi-eviniere la causa, lo qual se
corifirrria por una (hnstitiicion d e Pio V del a ñ o 1566>>4'.
Entre dicho gCnt:ro de delitos se encontraba la bri~jeria,así co-
mo otras formas d e practicar la magia o la adi\:iriacióii como, por
cjcmplo, la llamada astrologia jidiciaria. TarribiCri se incliiían la
blasfemia y comportaniien~ossexuales tales como el adulterio, el
amanceba~iiierito,la sodoirlía o el incr:sto. Por lo que respecta a la
magia y la br~ljería,arribas podían ser, pues, juzgadas por dos tipos
de tribunales: los episcopalcs, como representantes de la autoridad
espiritual, y los seglares, como representantes de la ~erripoial.Ya vi-
rrios cónio, en la práctica, los,juicios por dichos crírrieiics rio abun-
daron mientras prevaleció el procediniierito acusatorio. Pero desde
finales de la Edad Media, y sobre todo a partir del siglo XV, las co-
sas cambiaron con la gerieralizacií~ndel procedimiento inquisite
rial y con la creación d e un tcrccr tipo de ti-ibiinales que S~ierona
su vez de.sigriados con el nombre d e Santo Oficio cle la I~iquisicióri.
Los ~riburialesd e la Inquisición ejercían su autoridad corno de-
legados del Papa y, en principio, n o representaban sino otra facc-
ta rrris de laJiirisdicción eclesiástica. No obstante, eri la práctica
constitiq~eronuna nueva forma d e poder que se cricontraba a ca-
ballo entre la autoridad espiritual y la temporal. Dentro de Eiiro-
pa, la Inq~iisiciórinioderria sólo tuvo Cxito en algunos países y h e
precisamente en aquéllos dímde el papado colaboró de modo efi-
caz con la autoridad secular, especialmente Italia, Portugal y Espa-
ña. La Inquisición espaiiola sc caracterir6, m & que ninguna otra,
por su caricter político, ya que el Iriqiiisidor General era riorribra-
do por el Papa, pero a propuesta de los Reyes. Dicho inquisidor ac-
tuaba en todo el ámbito de la monarquía. de rrimera que la In-
quisición se convirtio en la única institucióri judicial comíin a
todos los reinos hispánicos, circuristaricia que hizo de ella un foi--
midable instrunie~itode uriificaci0ri en manos de la corona.
El hecho de que los inqiiisidorcs fireran nombrados a iniciativa
de los reyes coristit~lírzu11 desacato para los obispos y para los dere-
chos de la Iglesia misma, pues la furición del nuevo tribunal con-
sistía teóricarriente en perseguir la herejía, algo que los obispos Ile-
vaban practicando desde la oficialización del cristianismo. Si en un
principio el origen de las Inquisiciones medievales se había debido
a la desconfianza de los papas respecto a la sinceridad y eficacia de
los obispos para acabar con la herejía, la situacisn en la Edad M e
derna era muy diferente. Al menos en España, la iniitilidad episce
pal no podía mencionarse corno pretexto, ni en los años tinales del
siglo cuando Tiie fiindada, ni mucho menos después, tras las re-
formas cpiscopales realizadas por los niisrnos Reyes Católicos con
la eficaz colaboración de Cisneros. Así pues, como defienden mii-
chos autores, la fiiialidad de la Inquisición española, a pesar de su
naturaleza religiosa, fue principalmente política y social"'.
Pero, mas allá de las iriterpretaciones acerca de los furida-
mentos eri que se apoyaban los distiritos tribiinales existentes en
la Espaíía moderna, lo qiie si es claro es que sobre los delitos de
brujería g otras formas de superstición pesaban básicamente tres
formas de poder (inquisitorial, episcopal y seglar) que, aunque
coiricidentes en cuanto a la persecución de dichos crímenes, par-
tían de distirilos presupuestos y se encarriiriaban a oejetivos tam-
bién diferentes. <Porqué y para qué fueron juzgadas la brujería y
la superstición por cada uno de los poderes involiicrados?
1. En primer lugar, la Inquisición, tribunal creado especial-
mente para la erradicación de las herejías, consideraba qiie den-
tro de su ámbitojurídico se encontraba todo coniportaniieiito qiie
atentase contra los dogmas de la Iglesia; y la brujería, según las de-
finiciones de los más expertos dcmoriólogos, consistía precisa-
mente en renegar de Dios para a continuación pactar con el Dia-
blo. De ahí qire su corripetericia para la persecución de brujos u
otros supersticiosos se basase en la acusación de apostasía. Siendo
este el furidarrierito para qiie muchos inocentes f~ierancondena-
dos -como tendremos ocasión de comprobar más adelante-, di-
cha idea también sirvi6 para que, cuando no interesaba la perse-
cución de ciertos acusados, se considerase que al no desciibrirse el
delito de abjuración o apostasía, no era asunto que compitiera a
unos inquisidores ocupados en cuestioixs de mayor gravedad.

42
Véiéaiiw, cntrr otros, Angel Ai.<:-\i-i,<Hereja y,[c~-arqiiía. La poli.niica sobrt.
cl '~rihiitialde la Iiiqiiisici6li como drsacato y usiirpacií>ii dr. la jiirisdiccióti r p i s
cupal., eii.10~6Antonio ES(:LI>I.KO (d.), I'~tfilr<\juridiroc (IP LB Inquiric.ión q f ~ ~ i i o l r ,
Madrid, Universidad C.oriipliitiiisc. 1989, pp. 71-72: Ricardo C.AK(.~.A C~K .
.I;I ( 1.n In-
qzhir~cit~,Madrid, t'd. Aiiaya, 1990. p. 11; Hriii-y I i l \ i i : ~ , 1.0 Inquz~~ncín rspcirioln,
Karcrloria. Ed. Cr.ítica, 1985, p. 183.
Si en una primera etapa la persecucií,ri de la brujería, cntcn-
dida como herejía furidamental, corrió en gran medida a cargo
de los distintos tribiinales inqiiisitoriales extendidos a lo largo de
los reinos hispánicos, a medida que avanzó el siglo XVI los proce-
sos contra dicho delito fi~eroridecayerido. Ello reflejaba los inte-
reses de Liria iristituciOn cuyo principal cometido era, eviclente-
mente, el control político y social de los grupos o tendencias
considerados más peligrosos y llegí, uri rriorrierito en que desde
las altas instancias inquisitoriales, represeritadas por el llamado
Consejo de la Suprema, tanto la brujería como determinadas for-
rrias de supcrsticih pasaron a considerarse delitos menores cuyo
juicio debía corresponder, según expresión liabiiual, al ~ordiria-
rion, esto es, al juez que actuaba como representante del obispo.
Habilualrrierite se considera qiie el momento clave para el
cambio de actitiid por parte de la Inquisición española con res-
pecto al delito de brujería se sitúa en 1614, fecha eri que, tras cl
famoso auto de fe de Logroño realizado a raíz de la proliferación
de la br~geríaen el País Vasco, el (hnsejo de la Suprema decidió
aceptar las sugerencias de Alo11so de Salazar y Frías. El que fuera
apodado como a b o g a d o de las brujas>>*' había demostrado a ti-a-
vés de seis detallados iriforrries la irrealidad de la mayor parte de
las acusaciorics que se hallaban en el origen de tantas condenas
contra supuestos brujos y brujas. Su postura (*he tenido y terigo
por más que cierto que no lia pasado rii sucedií,, real y corporal-
mente, ninguno de los actos deducidos o testificados en este ne-
gocio~")fue asumida en términos generales por la Inquisicióri es-
paiiola a partir de entonces, como se demuestra eri las nuevas
instrucciones publicadas por la Suprcrrla y remitidas posterior-
mente a todos los tribunales regionales, admirable c l o c ~ i m e ~ l t o ~ ~
en palabras de Herii-y Charles Lea4'.
Pero a pesar del indudable mérito de dichas instrucciories,
que siiponian una postura racional y escéptica con respecto a la
brujería en un momento -comierizos del siglo X\!II- en qiie to-
davía muchos tratadistas se esforzaban en dar cuenta de los Cabu-
losos poderes de los supuestos aliados de Satán, los arguriieritos

-1:i
\'Case Gurtav HL\ NIS<;SFN, E1 ~~Lio~y(~do
d~ /a 5 triZ1ju~.L>ruj~rf(l710 \MIP 1nqili.ririóri
r~pntiola,Madrid, Ed. z21iariza, 1983. p. 9:W.
"' i'Casc ..1 .o5 cscl-itos dr Aluiiso Cala~arD , eii Manuel FI(KX.INDI:Z
Nii..ro (d.),
I'rutao a lu Irni~rría,Madrid. Ed. Trcrios. 1989, p. N.
'" Hciiry Chai-lcc 1 m, Hi5fo1indr IU Iriquzrzticiu r\/x~liola.vol. 111, Madrid, Fiiii-
daci6ii Viii\ersitxia Espailola. 1!)82, p. 629.
que aparecen en las mismas n o constituyen e n rriodo alguno una
novedad dentro d e la historia d e la Iriquisicióri española. La
lerancia. que reflejar1 hacia dicho delito se puede advertir ya a lo
largo de la centuria anterior y e n la mayoría d e los casos dicha ac-
titud, qiie tanto admirara a Lea por compar-ación con lo que su-
cedía e n otras regiones europeas, rio refleja sino un casi total de-
sinterés por parte del Consejo de la Siipi-en-iaante u n asunto cuya
irivcstigaci6n se consideraba tina pérdida del tiempo y d e las
energías necesarios para otras cuestiories rrias acuciarites. Los mis-
mos inqiiisidores establecía11 a veces una dikrencia entre briije-
ría y hechicería, criglobando dentro d e esta ultima a todo tipo de
curanderos y charlatanes qiie aplicasen oraciones y ritos no pres-
critos por la Iglesia o la medicina oficial. Tanto uria conlo otra se
consideraban e n principio derrioníacas, pero poco a poco se fiie
dyjarido ta111bií.n de dar importancia a los casos d e hechicería
(qx-occdcr en semejantes cosas l...] podria ser perjudicial al Sari-
to Oficio porque se impiden los negocios principales de heregia
por ocuparse d e cosas desca calidadn"'). Eri cuanto a los d e brilje-
ría, unas veces se corisidcraban indemostrables; otras, producto
de la demencia d e los propios reos.
Diirante el siglo X\rI se observa e n la corresporidericia entre el
Consejo de la Suprema y los tribunales regionales im constante ti-
ra y afloja cori respecto a la decisión d e enjuiciar o n o a brujos y
supersticiosos. Son los inqiiisidores provinciales quienes niariifiel
tan la voluntad de seguir persiguiendo unos crirrieries que, aun-
que tipificados como herejías, rriuy pronto dijarían de interesar a
quicrics llevaban las riendas d e la institución. <Por qué? Quizá por
el bajo nivel adquisitivo qiie caracterizaba generalrrierite a los
conder-iados, con lo cual las corifiscaciories n o podían ser muy
cuantiosas: q u i ~ apor la a u x n c i a de una verdadera organización
entre los acusados que siipusiera iin peligro real contra deternii-
nadas formas de poder: a pesar de tantas y tarilas páginas escritas
por los dernoriólogos e n torno a dicha organizacih (sectas d e
1 1 r ~ j sabbats)
o~ nunca se encontraron priiebas d e la misma; quizá
por descubrirse que, más que una ideología activa e n contra de los
dogmas d e la Iglesia, lo que liabía detris d e la brujería y la su-
perstición eran corirliict;~~, formas de vida, creencias mucho más
difusas que las que caracterizaban el pensamiento d e los herejes
recalcitrantes.

4,
Carta del Coiiwjo dc la Suprema al inquisidor ,jiiaii Gon7á1~7(1537).
AHN, Iriq., 1,ih. 322, fol. 118.
De todos es sabido que, e n Esp~zria,ni siquiera el combate d e
las herejías fue el priricipal cometido d e la Inquisicióri. MAS que
de herejías propiamente dichas hay que hablar d e supervivencias
de otras religiones, Ienórnerio rriariifiesto entre jiidaizantes y riio-
riscos, que fueron los dos grupos más perseguidos por la iristitu-
cibri eri pos de la unidad político-religiosa del Estado centr a 1'lsta
q u u e pretendía crear. La actividad d e la Inquisición española,
aunque no est~iviei-aexclusivamente centrada e n lo político, Leri-
día a controlar las creencias y comportamieritos que se conside-
raba qiie amenazaban clirectanierite el orden esrablecido. Deter-
minadas formas de supei.stici0n podían constituir u n peligro,
pero, por lo geiicral, sil erradicación, que se hallaba fuertemente
ligada a los esfiierzos misioneros d e cvangelixac.i6n, corría tani-
bién a cargo d e otra fuerza, la del clero ordinario, cuya cabeza vi-
sible se hallaba representada por el obispo de cada dibcesis.
2. La labor pastoral d e los obispos se vio fuertemente apoyada
en España por las nunierosas órdenes religiosas, que contrib~iye-
ron a lo largo del siglo XVI a cristianizar un país e n el que pcrvi-
vian muchos restos d e creeiicias pagarlas y donde gran parte de
los conversos seguía ponierido en práctica sus antiguos credos.
Además, la presencia del clero era todavía iriuy escasa eri amplias
zorias rurales; en palabras de Henry Karrieri: «Gran parte del Cris-
tianismo español era solarriente un barnim4'. Desde principios de
siglo, la Iglesia espaliola hi7o esfiierzos para extender su infliien-
cia, pero el impulso que i-ealrnerite cairibi6 el panorama religioso
del país se produjo a partir d e 1564, ciiando Felipe 11 impuso los
decretos del Loricilio de TI-entoy forzó a los obispos y a las órde-
nes religiosas a que se relorniarari sistcrriáticamente. I.as conse-
cuencias derivadas d e la Reforma católica iniciada e n Trento fLlc
ron numerosas y n o sólo afectaron a las élites eclesiásticas, sino
que irifluycron muy directamente e n la vida cotidiana de las po-
blaciones y de los individuos.
El principio furidanierital e n el qiie descansaban todos los
cambios era el de obediencia a la autoridad, lo que oblig0 a re-
forzar la disciplina e n todos los órdeiics. Se trataba d e reorgani-
7ar a todo el cuerpo eclesiástico de la manera nias efectiva, par-
tiendo de las altiasjerarquías para llegar hasta los lirzbitantcs de los
rriás alejados confines. Para ello e m iieccsario, en primer lugar,
un mensaje claro y, por tanto, íinico. De ahí la centrali~acióiid e
la liturgia, con todo lo que ello suponía con respecto a la elimi-
nación de variantes locales, tanto en la forma de celebrar la misa
como en las advocaciories de santos 11otras formas ciiltiirales que
hasta entonces se habían mantenido en vigor, sin que por eso se
considerasen f~ierade los ritos adniitidos por la Iglesia uriiversa14'.
En segundo lugar, era necesaria una reforma en la educacih de
las iiientalidades y las costuiiibres. Fue entonces cuando se impu-
so la obligación de que cri todas las misas dominicales el ofician-
te predicara un sermón; t a m b i h debía existir en cada núcleo de
población una escuela de catequesis para los iiiilos. En cuanto al
problema de la escasez de sacerdotes, se dispuso que en cada
obispado se construyera un seriiiiiario episcopal parü los aspiran-
tes al saccrducio que carecían de bienes econóinicos.
Por iiltirno, se liacía imprescindible reforzar la fimciOri del
episcopado como intermediario entre el pueblo y la Santa Sede.
La determinación concreta de las relaciones entre los obispos y el
papa fue una de las mayores dificultades del (hncilio tridentino.
No olvidenios que durante el Cisma había prevalecido la teoría
conciliarista, según la cual el concilio primaba sobre el papa y, en
corisecuencia, los obispos eran radicalmente independientes de
Gstc. La cuestión de la autonomía episcopal gener.6 aburiclantes
polGmicas durante el desarrollo de las sesiones conciliarcs. No se
llegó a ninguna foririulación teórica coricluyerite pero, desde cl
punto de vista práctico, el papa volvió a sil antigua posición: todas
las proniulgaciones de rcforrria terminaban siempre con la cláu-
sula .salva sempcr. Sedis Apostnlim auc.toritu~e(salvada siempre la au-
toridad de la Scde Apostólica) y además se dispuso que tanto los
obispos como el resto de poseedores de prebendas pastorales es-
tilvierari obligados a prestar jurairierito al sumo pontífice4". Pero
aunque, de esta forma, el episcopado se sumió de nuevo en una
mayor dependencia frente al papado, de hecho recibió una auto-
rio~níamayor en otro scritido. Como ya apimtábarrios, su papel de
intermediario entre e1 Vaticano y el bajo clero, que se hallaba eri

En 1568 y 1570, el Papa impuso la Misa y el Breviario romanos a todo el


muiido cat6lico. A ~ m q u eya eri 1571 e1 Niincin de Espana corri~iriitahaa Ro~iia
que -a excepci6ii de la caicdral de Toledo, doride se pcrmitió la coiiservacií>ridel
aiitiguo rito mo7árabe- t o d a las diócesis y órdrnes habían aciptado los cambios
ejemplo las de hlalloi-ca y Asturias. doride pcrvivíari hrrnas curiosas y locales
de decir la misa), el *nuevo rezado. no sc aceptó Ficilrlieritc. Todavía miicho
ricmpo despues se segiiiaii practicando los aiitigiios ritmlcs v persistía la devoción
y el culto dc los santos locales riiiís ai-raigados.
1'1
Iglrsia en la Ec1;id Modcriia y eri la actualidacl>,.
V&ise Williem NFI S S , <<La
eri Allxrt F.HRH.ARDy Willierri Nti.ss, H i t l n ~ i r rclv la Igl~,sia,vol. R. Madrid, b:d. Rialp,
19W2, pp. 188-190.
contacto directo con las capas populares, era esericial. Por ello el
Concilio hizo lo posible por devolver a los obispos la admiriistra-
ción real de sus diócesis. Hasta entonces muchos aspectos de las
rriismas habían sido controlados por otras instituciories de rango
inferior, como los arcediariatos, los cabildos catedralicios o, in-
cluso, determinados conventos. En lo sucesivo, todos ellos (los
frailes eri lo que respectaba a su actividad externa o pastoral) tcn-
dríari que someterse a la competencia y vigilancia del obispo.
La restanración de la autoridad y responsabilidad de los ohis-
pos se manifestó de niodo efectivo en varios hechos. Uno de los
más decisivos f ~ i ela obligacih de celebrar sínodos diocesanos
anuales bajo la dirección de cada obispo, a los cuales también dc-
bían asistir los frailes. Allí se elaboraban las llamadas (,'onstitucio-
nes Siriodnles, que fueron introduciendo los decretos tridentinos
para su aplicacióri directa en cada distrito. No siempre se curriplió
la periodicidad anual, pero sí fiieron más frecuentes que cn kpo-
cas anteriores. Lo mismo se puede afirrriar con respecto a las Vi-
sitas P a ~ t o r a l ~que
s , tanibiéri debían ser hechas por los obispos en
represeritacióri del papa al menos tina vez al ario. Aunque tarri-
poco se rrepet6 el lapso anual en la mayor parte dc los casos, su
níimero se increinentó a partir de 1565 y, por lo que podemos de-
ducir de la lectura de los registros de dichas visitas, sil eficacia en
lo referente a la vigilancia del estado de las iglesias y de la vida de
los feligreses fiie cada vez niayor.
La labor reformista católica se completaba rricdiante la activi-
dad de los Tribunales Episwpctl~~s. Estos debían jiizgar cualquier iri-
fracción contra las normas o coristituciones aprobadas en los sí-
nodos. Uno de los temas que rriás preociipaba era precisamente el
de la religiosidad popular. Si se pretendía conti-olai--ahora más
que niinca- cualquier rriariifestacih de lo sagrado, había que lu-
char contra la rriagia y la superstición. Mientras qiie la Iriquisicióri
había juzgado a brujos y supersticiosos como represeritarites de
una riueva herejía, los jueces episcopales lo hicierori dentro de sil
campaña con vistas a la eliminación de las coriductüs inmorales y
de la religiosidad mal entendida, o por lo menos entendida de mo-
do muy distinto al que propugriaba la Iglesia oficial. Como resul-
tado de todo ello, la br~tjeríay la superstición, qiie ya desde fina-
les del siglo XV aparecían alguna vez entre los delitos perseguidos
por la )rdicia episcopül, incrementar011 su presencia en los últi-
nios decenios del siglo XVl junto a otros coriiportarriieritos, a los
que también se comenzó a conceder niayor importancia a partir
de Trento. El amancebamiento, la prostitución, la homosexiiali-
dad (no olvidemos el cambio iadical que representó el Concilio
con respecto a la vigilancia de toda conducta sexual fuera del rna-
trirrionio canónico), la iisiira o las agresiones al clero tileron algu-
iios de los crínierics más perseguidos.
La actitud de los jueces episcopales no parecía, en principio,
muy distin~ade la de los inquisidores. hinbas justicias se valían dr
iin pt-ocedirriicntobasado eri el Derecho Carihico y tanto unos co-
mo otros echaban mano, en la presentación de los cargos por parte
del fiscal aciisaclor, de los tópicos elaborados por los dernonólogos
en ~oriioa la relación de los practicantes de la magia con el clemo-
nio. Yero, tras el ariálisis de los procesos emanados por sendas insti-
tuciones, se observa iin talante diferente a la hora dc consider-ar di-
chos crínienes. Quizás la diferericia más palpable a primera visla sea
que los.jueces episcopales coriccdían iina importancia mayor a1 con-
trol del propio clero. Destaca, asimismo, una relativa benevolencia
en los j~iiciosa legos. Aurique los obispos llevaron a cabo procesos
por hr~ijeríao superstición, en la mayor parte de los casos no eran
exactamente dichos cargos lo qiie más contaba a la hora de dictar
sentencia. Otros factores, que serán arializados más tr~rdeen lo re-
ferente a Aragóri, entraban en juego, poniendo de riianifiesto los
auténticos objetivos de lajusticia episcopal.
3. La tercera f~ierzacon poder legítimo para la p<:rseci~ión de
la brujería y la siipersticiúri era la justicia seglar. ( h m o expli-
carnos, los jiiristas de la época consideraban que había cierto tipo
de delitos mixtos cuyo enjuiciamiento corría a cargo tanlo de los
poderes eclesiásticos corno de los temporales. En realidad, esta
idea no era sino una expresión más de la intima colaboraci6n en-
tre la Iglesia y el Estado, ya qiie aiiibas instituciones se apoyaban
miitiiamente en la defensa de sus intereses. Por lo que respecta al
ámbito,judicial, así como la Iglesia se servía del brazo secular (por
ejemplo, para dar cilmpliniierito a las condenas a muerte que ella
misma no podía ejeciitar dirccrainente ya que, en principio, los
jiieces ecl<:siásticossólo podían castigar con penas espirituales y
jarriás provocar derrarriamiento de sarigrc:), el Estado utilizaba sil
poder político para cumplir fines estrictamente religiosos. Ello le
convenía ya que, como bien expresa Francisco Torriás y Valiente,
de este modo xcl rey absoluto reinaba también [...] hasta en las
mismas conciencias de sus síibditos.~~"'
El Estado absoluto protegía la fe cristiana y perseguía a quie-
nes atentaban contra ella. Por eso se ideritificaban corno delitos
riq~iellasconduelas que iban contra los mandamientos d i Dios, es

iil
1 \ ' I I . I F ~I t . El 1)rrrtho pmnl r l /o
Fi-aiicixw T o ~ 4 5 ~ nwnmq~iiucl/~.r»liitn(ti&\
X1% X7'IIj X17111). Madr-id. Ed. Ternos. 1999, p. 229.

64
decir, los pecados. Eri un sistema teocriitico, e n el que los teólo-
gos ociipaban puestos d e gran responsabilidad eri la vida política,
contaba más el jiiicio moral que la consideración más o menos
objetiva del daño social producido. Así, por ejernplo, la sodomía
estaba rcpiitada corno uno d e los delitos más graves. Tal compor-
tarriiento, es evidente, n o implicaba necesariamente ningún daño
a terceros, pero la Iglesia lo tachaba d e crimen contra naturnm, ya
que así se consideraba todo acto sexual que n o colaborase con la
creaciGri divina; aderriiis, en la Biblia se decía que Dios había cas-
tigado a Sodoma y la jiisticia temerla debía actuar segím la ley ex-
presada e n las Sagradas Escrituras"'.
Rlasierriar constitiiia tarribih iin grave delito, ya que suponía
tina oferisa directa a Dios y, por tanto, un crimen de lesa majestad
diviria. Asimismo, se consideraba un atentado contra Dios el he-
cho de practicar la adivinacióri, ya que dicha actividad se irirriiscuía
en iin ámbito -el del conocimiento del futuro- que sGlo a Dios
correspondía. Incluso los animales podían juzgarse como cidpa-
bles y oknsores d e la moral: poseemos testinioriios de procesos
contra las langostas protagoriistris d e algima de las ab~mdaritespla-
gas que asolaban perióclicamen te ciertas comarcas. Eri una d e las
causas contra dichos irisectos, la iricoada e n 1650 eri la abadía d e
Parrack que se hallaba sitiiada eri los montes del Escorial, se lia-
cia responsables a las langostas de la perdidlz de muchas limosnas
para las alrrias del Purgatorio, debido a las cat5strofes económicas
que su aparición había siipiiesto para los habitanles del término".
lambién se corisideraba culpables tanto a los animales como a
los seres huiiianus en los casos de bestialidad". E1 pecado de luju-

" VGase Fi-aiicisco TOMAS Y V I I . IN~I.L. <'Elcrimeii y pecado contra iiatitra., eri
Fraiicisco T o ~ i YsV ~ L . I ~ N81TdI.;, SVXObarrocoj o t m ~h ~ ~ m ~ q m i po rnw~t \w d ~ ~ n aMa-
~,
drid. Ed. Aliarira. 1990, pp. 33-5.5.

i3
Sobi-cel terna de la rrspoii~;1bili<lac1 rnonil ati-ihitidaa los animalcs. &se G. R.
($.wE; 1.n~Irruja\ J vl/i~nlno/i.\nrntri@oso, Barrcloiia, Ed. Crítica, 1989,
i2,fqi(~ rnrcl~<fino.
pp. 61-62 Según dicho autor, ..cerdos que liabían iiiatado a algún nitio ei-an sorrieii-
dos ;r i i i i juicio en toda regla. v. en cuanto a los casos de bt:stialidacl. .el animal solia
correr la rniviia suri.Le que el s <hiiiriario~~.
~ Uno de lo5 e,jeriiplos más impi-esioriaiites
par;i iiiirstr;i actual scwsihilitlad es qiiizás el i;\so de i ~ i fraric.6~
i que, cri iiiia fecha t;iri
urdía conio 17.50, <liiieacusado de coinrki l~estialidadcon iiiia biirra. Amigos del arii-
mal liicirruir coniparcrci a terligos que dcclai-al-o11qiie el compor-~ariiieiitode la Ix-
Ira era exrclcnte. El ~ri1)irrialaccptii estor trstiiimriioi y la 11urra f i ~ epircsta en liber-
tad. rU 1ioirit)re lo alioi-caron. ri« por h c s t i a l i ~ ~siiiod por cstnpr-o.,, L n a obi-n de
ubligada consulta sobre el rnisrno tema es la de E. P. ~:\:AM, I h cri»zinnlpmtre-i~Ii«nand
iol~i/nlf~itni\hrnrnf -fnnininlí (l%d., 1'306) I .oiicl~-es, Faher 8c Fahei; 1988.
ria cometido con una bestia era visto corrio uno de los crímenes
más graves, ya que suponía, según los tedogos, una clara ofensa
contra Dios por comportar un atentado directo contra sus leyes. Di-
cho crimen constituye un buen ejemplo para observar cómo, a pe-
sar del nulo daño social que tal coriducta acarreaba (no ocasiona-
ba perjuicios econOmicos, ni peligro contra la seguridad general, ni
ofensas a particulares), los poderes temporales se resporisabiliza-
ban también de su persecución. Durante los siglos corresporidieri-
tes al Ancig~ioRégimen, todo delito implicaba concurrentemente
ofensas a Dios, a la Kepública y a las víctimas individuales, en caso
de que las hubiera. Así, la práctica de la superstición, que en priri-
cipio afectaría solamente a la majestad divina, podia ser vista corrio
uri peligro público. En 1592, los Procuradores de las cortes caste-
llanas pedían remedio contra los qxcados,,, -errores. y delitos>,
cometidos en el reino .por la maldita arte de la quironiancia y otras
semejantes supersticiones levantadas por el demonio.^"
Así pues, cualquier conducta que acacase los furidarrieritos de
la Iglesia católica podía ser juzgada por los poderes laicos. Si ello
siicedía para comportamientos como los citados, lo era aíin con
más ~riolivoal tratarse de brujería, ya que nadie albergaba duda
algnna con respecto a la competencia de la justicia seglar para su
persecución. Primero, porque constituía una grave herejía y, por
corisiguie~ite,un delito de lesa majestad divina. Segundo, porque
se creía que dañaba los intereses del Estado (no olvidemos que se
acusaba a las brujas como culpables de catastrofes como pestes,
plagas, etc.); el Estado estaba representado en la persona del rey
y todo cuanto atentara coritr-a sus intereses se estimaba como le-
sivo contra su majestad, de ahí que fuera tambikn un delito de le-
sa majestad humana. Y, en tercer lugar, porque, segíin los denun-
ciantes, dañaba a víctimas concretas, ya que se suponía que las
brujas causaban muertes, eriferrriedades, impolencia sexual, etc.
La perseciición de la brujería por parte de la justicia seglar tenía
todos los argumentos en sil mano. Pero, ?quiénes fiieron en con-
creto los poderes ericargados de llevar a cabo dicho cometido?
;iQuí: organismos existían en nuestro país con autoridad para juz-
gar, además de los tribunales eclesiásticos tradicionales y la In-
quisición? No debemos olvidar que España era una comunidad
de riaciories y que, aunque existía un solo Estado, una sola Mo-
narquía y un solo soberano, había diversidad de reinos y de siste-

5.1
VCase Francisco TOMAS
Y VUIEYTE.
El Utrwh» j!ur~(il(16, la monarquía obsolu-
lo..., p. 224.

66
mas jiirídicos. Cada ~ r i a c i ó nse~ ~
hallaba coristituida por los ~ n a -
turales. de la zoria, esto es, por quienes habían (macidon allí y pe-
se a que rio existió una manifiesta voluntad de separación o inde-
pendencia del resto de los riúcleos que integraban España, sí que
1 hubo iin decidido iritcrés por mantener el propio derecho junto
a las instituciorics peculiares de cada reino.
Se ha discutido mucho hasta que punto se implantó el llama-
do (absolutismo))en la Esparia moderna. El término, derivado de
la expresión latina UD solutus, quería indicar que el príncipe esta-
ba exento del control de las leyes, pudiendo hacer respetar su vo-
luntad cuando así lo deseaba. Esta coricepción del poder; proce-
dente del Derecho Romano, pretendió imponerse en ocasiones
por algunos reyes hispáriicos. Ya Juan 11 de Castilla había afirma-
do en el año 1439, refiriéndose a las leyes de dicho reino: «Tan
grande es el derecho del poder del re): que todas las leyes e todos
los derechos tiene so sy, e no lo ha de los- -hombres, mas de Dios,
cuyo lugar tiene en las cosas temporales.. "' Yla rriisma idea seguía
presente en juristas posteriores, como Jerónimo Castillo de Bova-
dilla, para quien menospreciar al rcy equivalía a menospreciar a
Diosíti.Segíin dicha concepción, por encima de los organismos
encargados de la justicia en los diferentes reinos, podía prevale-
cer la decisión iridividiial del monarca, como representante de la
voluntad divina. Pero, como bien señala Henry Kameri, el pre-
tendido ~~absoliitismo~ espaiiol -sobre el que tanto se ha insisti-
do, principalniente en referencia al reinado de Felipe 11- no era
tal, ya que *la ley estatal o real no e n la siipreina de Esparla.. De
hecho, existían importantes esferas jilrisdiccioriales que se regían
por otros derechos y <<la Corona estaba obligada a respetar esas es-
feras distintas de autoridad., con lo que su capaciclad de actuü-
ción encontraba considerables obstáculosíí.
Además de la jurisdicción real (que en la práctica se Iiallaba
mu~7limitada por las instituciorics y el derecho propio dc cada rei-
rio o nación), existían tarribién otras: la militar; la hacendística, la
universitaria, la mercantil, etc., pero sobre todo la seílorial y la
municipal. Todavía durante los siglos XVI y XViI los señores kii-
dales seguían gozando de dorriinio ji~risdicciorial,actuando ellos
mismos como jueces de sus respectivos do~riiniosterritoriales.

53
Véase Francisco T o ~ i Ys V~.íi\r.ir:srr:,
Alonuol rlp Hi~loncrdel Uvrrrho b.'i'lpariol.
Madrid, Ed. Tecrios. 1983, p. 286.
56
.-
Jerónimo C A ~ T I Io uk Bmwii.i-\, y.cit., p. 225.
"' VCase Heni-y K w r . ~La
. /nqrrisi~.iórz t,sp«iLol(c..., p. 211.
Otra fuerte liereiicia de la epoca medieval era el dereclio local con-
suerudinario. Durante la Alta Edad Media las normas,jurídicas sólo
tenían vigencia en ámbitos espaciales muy reducidos: uria tierra se-
iiorial, una aldea, una villa, uria ciudad. Dichas normas, que co-
rriúri~ricntccran conocidas con el nombre de Sileros, se fiieron ex-
tendiendo con el tiempo a otros liigares a medida que avanzaban las
repoblaciones de cristianos que seguían a la reconquista de nuevos
territorios. Fue así corno llegaron a fi~rmarsetiieros cuyo ámbito es-
pacial era muy extenso, por ejemplo, los vigentes e n el territorio
aragonés qiie, basados fiiridaiiientaliiierite e n el fuero municipal
de Jaca, exteridier-ori su poder a lodo el reino a partir de 1247. Sin
e~nbargo,ello no significó cn todos los casos qiie se derogasen los
fueros municipales anteriores. En Aragón, por ejemplo, siguió pre-
valeciendo el derecho local sobre el general del reino.
Teniendo presente la pluralidad d e 1a.justicia seglar, podernos
volver a interrogarnos sobre qué orgariisrrios, d c eritrc los citados,
maiiifestarori un mayor iritcrks por perseguir los crímenes de brii-
jería y superstición. No hay apenas estudios e n profundidacl sobre
el tema referidos a nuestro país, pero sí contamos con algunas rio-
ticias al menos para Galicia, el País f i s c o , Navarra, Cataliiña ):
por supuesto, AragOn'H. En unos casos fiieron los jueces delega-
dos del rey quienes tomaron la iniciativa; e n otros, los mis~rios
concejos. En Galicia, e n la comarca d e Lage y Viriiarizo, e n La Lo-
ruña, el merino de Lage prendió eri 1611 a uria m ~ i j c dr e sesenta
años, pobre y vagabunda, a la que sometió a tormentos brutales
hasta que denunció a doscientos cómplices d e la .secta.. La In-
quisición, enterada de los hechos, exigiG que se remitiese su c m -
sa junto con las d e cirico mujeres más, acusadas también d e brii-
jcría. Aunque los inquisidores provinciales manifestaron su
desconfianza hacia las aciisadas (.Nos parece que n o es menor el
daño que el demonio tiene hecho eri este reino, e n esta materia,
que e n el de Naxwrra~),esperaron a recibir instrucciones del
(hnsejo d e la Suprema antes de actuar (<.Rogamosa V. S. a\-',isar-

ix
Srgíh Josk Drlrito y Piñiicla, que al 1ialil;rr de la pei-sec~icióride la hrnje-
ría eri Espana irisisw rri sil siiavidad con respecto a lo que siicidía cri otros paísci
por las niisnias tcchas, <<iiiay«rrigor tiivieroii los castigos en La Riyja ) Navarra,
tierr-;isclásicas del brrijisnio español desde tiempo lejario. Td1nbii.n firroii niiiy c -
x-ci-oscii ;\ragóii y (:araliina. Y no procedían del Sanw Olicir) ;illí. sino de loa tri-
biiii;~lesciviles. Los rriiiriicipios aragoneses irripusieron a los aciisados de hi-iljcria
pcnas tic pi-isiiiii. rol-iiiciitr)y iiiiierte. En Cataluña, qur por biis riiyros exc1uí;t de
rri~iciiascausas crirriiiialcs a la Iriq~iisici61i.el poder civil ahorcaba a totlas las sii-
piicstai brujas.,. (xí-asc.lost.L~ti.tiioY PI<LHA, 1.0 uitl(c r~1igio.wr.,\j~c~,i»l(~
bajo r.1 runr-
to I'PIzFP.Srrntos! prrnrlor~c,Madrid, Ed. Espasa Calpc. 1967, p. 217).
nos lo que debemos hacer e n este negocio.). Finalmente, el (km-
sejo orclerió que se suspendieran las causas. La misma actitud se
impuso eri otros procesos posteriores que tuvieron Iiigar e n Can-
gas eri 1626. Gracias a la intervención iriquisitorial se evitó, por
tanto, e n tierras gallegas, el clesarrollo de dos epidemias que hil-
bieran podido acarrear consecuencias i~icalculablcs,tal y corno
ocurrió cri Ziigarramurdi e n k c h a s muy cercanas"".
Los rriqor parte de los datos sobre la iritervcnción de lajusticia
seglar en el delito de brujería nos sori coriocidos a través de docii-
rncntos inquisitoriales, ya qiie por lo general éstos se han conserva-
do mucho rriyjor que los procedentes de otras justicias. M , por lo
que respecta al País Vasco, sabemos que e n 1528 el inquisidor ge-
riera1 Manrique orderií) al inquisidor de Calahorra .que fuera tanr-
bién a Vizcaya con plenos poderes para investigar; pues 10 pedían las
autoridades civiles, aterrori~adaspor los rriuchos daños que ocasio-
naban las brujas.. O que, en 1555, *la Suprema eiwió al tribunal de
Logroño dos i-iierrioriales, hechos eri pueblos d e Guipúzcoa, qiie re-
clainabaii una persecución de brujas, acusando a varias personas.,>""
No sori los únicos testimonios del gran iriterCs de la jiisticia por la
persecución. A lo largo de todo el siglo se repiten otros nuevos ma-
riif'estarido la rnisrria actitud, que se ve frenada e n tiiuchos casos por
la actuación de la Tnqiiisicióri. N o obstante, tarribi6n hubo casos en
que los jueces seglares actuaron sin corclzpisas. El proceso de Cebe-
rio, en Vizcaya, que tuvo Iiigar entre los años 1555 y 1358,y en el que
fiieron coridcnados a tormento diecisiete mujeres y cuatro hornbres
por brujería, constituye una d e las escasas rriuestras de la actuación
de la justicia seglar conservadas en el País Vasco"'.
No ocurre lo mismo e n Navarra. Allí los testirrionios sobre pro-
cesos seglares contra bi-ujas soii abundantes y se remontan, ade-
más, hasva el siglo xIlr. La mayor parte d e los conservados fueron
iilcoados por el Consejo Keal, aunque tarribi6n poseemos noticias
que nos hablan d e la actuación d e determinados coriccjos por su
cuenta, sin licencia real alguna. A la vista de los datos conserva-
dos, parece evidente que eran los pcquciios coricejos quienes irn-
pulsaban la persecución. Solamente en el siglo XVI, y antes de
1525 (Iierrios de suponer que a petición de tales concejos) fileron
apresadas mas de ciento cincuenta brujas por el Consejo Real, el
cual firmó en dicha fecha una sentencia absolutoria general.
Otros ejemplos, en los que aparecen me7cladas la justicia inquisi-
torial y la episcopal, nos hablan de la misma tendencia"'.
Cataluña constituye un caso especial en los estudios sobre brii-
jería y justicia seglar. Sin ser éstos muy abundantes, sí sor1 lo sufi-
cientemente significativos como para que podamos concluir que
allí los autén~icosencargados de la represión fueron los concejos,
los seiiores y, en dctcrnliiiados casos, los iriisnios vecinos. .Juan
Blázquez Migiiel habla de .una auténtica locura de caza de bru-
jas en Cataluña, calculándose que en poco más de veinte años
unas cuatrocientas personas, la mayoría mujeres, fiieron ahorca-
das por las autoridades muriicipales.~"" Sebastián Cirac Estopañán
insiste también en el abuso de podcr por parte de los concejos ca-
talanes en relación con el crimen de brujería"'. Antoni Pladcvall i
Forit"' cita ejemplos de justicia señorial y, según Níiria Sales"", al
menos en la comarca del Capcir, los verdaderos perseguidores
eran los vecinos de los distintos pueblos, apoyados eri ciertos c.n-
debinujws o saludadores que se jactaban de poseer poderes para
dctcctar quien era bruja y quién no lo era. A tal extremo llegó la
sitiiacihn en dicha comarca que el propio rey Felipe 111, en 1620,
escribió una carta al virrey del Principado en la que le decía:
<<Terigoe n t e n d i d o que hay g r a n cantidad de b r u x a s en csc
principado y particiilarinente e n los c o n d a d o s d c Rosscllón 7; Cer-

ti2
Véase Floi-encio I ~1..
W 1.0 l»-ujcr.NI
A I rn Mníiorm ~1 $7~1dorumrntm. Pamploriü,
Ed. Diputación Foral de Navarra, 1978.

ti4
Sehastiári (:IK\(: ~+:STOP,\"IAT. /,O\ p ~ o m o rILP hcrhir~riami la Inyuisi(ibn dr (.'(LA-
tilln 10 .\'u~r~n (I?il>unulrs dr Iblnloy Cuenm), Madrid, CSIC. 194% p. 255.
íií
I>icho autor estudia algunos d e los procesos por l x ujería llevados a cabo
entre 1618 y 1622 en las cornar-cas de Vic. I.oi agrnrcq d c dicha persecución fiie-
rori,jiirccs qcglarc-Sde diferentes baroriías y concejos (.<bar-oriiesd e la M i t ~ ade Se-
va i del Br-ulb, 'justicia del terme de Chhrcr~%. eprocilrador general del terme
d i Kiipit i Siisqiicda.~.etc.). \Téase Antorii PIA»K\.\I.I. r FOKT,<~Per.seciicii> de bl-iii-
xes a les corriar-qiies de Vic a priiicipis del ~ c g k XVII., M o ? i o p f f j ~rlrl
, ~ ,Víont.rmzl;, 1
(19%), pp. 93-16.i.
Mi
Núria S.~I.ES, <.Elhisbe cl'Alet i Ics hriiixrs drl Capcir.. f i r ~ r y u ~ s19 , (1987).
pp. 133-1 43.
daña, y avi6r~ioscconsiderado en la timria que se podría remediar
tan gran clario se ha ofrescido un iiiedio, que es conceder perdón
general a los que liuviescn incurrido en ese pecado, por ser tantos,
para castigai- a los que reincidiesen despuks ron rriapr rigor.»'"
Pero el mismo virrey parecía estar de acuerdo con la actitud
del rey, y también los obispos catalanes, que fueron consultados
con motivo de la carta. Segíh el obispo de Solsona, Fray Joan Al-
varo, aragonés g antiguo abad cisterciense de Veruela,
-Esta materia de brujas es dificultosísinm y quüntos ailtows es-
rribrri dellas lo dizen desta manera, particularmente un inquisidor
que, hxierido experiencia en una tiiujer-que ella misma había con-
fesado ser bruja, halló ser gran parte dillo falso, y que todo son eni-
bustes y eriilxlrcos del demonio para llevar-almas al infierno y bu';
ca para esto sujetos más débiles y flacos, que son las m~ijeres,y
ordinarianiente viejas, y todos los.jueces seciilare.;, querihdolo lle-
var jurídicamente, se engañan en muchas ocasiones, porquc por
miedo de los tormentos confiesan y muchas mueren sin culpa..""
Así pues, pese a que los estudios sobre brujería yjusticia seglar
en nuestro país son POCOS y apenas conocidos, bastan algunos tes-
timonios y datos, en ocasiones de sorprendente ferocidad, para
hacernos comprerider que, al menos en el norte de la península
-donde, por razones históricas, el poder real tuvo menos peso,
fue lajusticia tradicional (la local, señorial o mimicipal, basada en
los antiguos fiieros) la responsable de las coriderias más graves
contra brujos y br~gas.0 al menos lo iritentí), como podernos
leer en algunas causas procedentes de otras justicias. Ello rio sig-
nifica que tanto la Inquisición como los obispos no llevaran a ca-
bo también sil tarea; de hecho, contamos con abundantes testi-
monios de la persecución por parte de dichas instituciones.
El problenia de fondo se hallaba no tanto en el tipo de,justi-
cia encargada de cada caso (seglar o eclesiástica) corno eri el ori-
gen de las acusaciones y en la capacidad decisoria de los organis-
mos judiciales encargados de recogerlas. Uria buena parte de los
inquisidores provinciales g de los corriisarios episcopales perisa-
ba como pensaban los jueces locales causantes de algunas de las
peores masacres, pero su poder de decisión no se correspondía
en absoluto con el que tenían dichos jueces, que no habían de
consultar a ninguna instancia superior ni atenerse a otra ley que
la que ellos mismos dictaban, ya fuera por la presión de determina-
dos sectores de la población o, iricluso, por defender sus propios
intereses. A este respecto contamos con un documento excepcio-
nal procedente del ya citado obispo d e Solsolla, quien, al ser cori-
sultado acerca de los sucesos acaecidos e n Ca~rzlufia,escribio:
«Ha llrgado el excesso a. tal extremo q u e n o ha faltado letrado
que se l-ia concertado con algunos jurados d e las villas que. dán-
dole quince o veinte escudos, se r i i c a r @ a r i d e todo el proceso y
gasto, y, si llegaba la prueba q u r la aliorcarr, Ir dal~arilo coriveni-
do, y como la tierra d e suyo está tan cargada d r parcialidadrs y rria-
licia, con esto se ha aumentado más, porque h a n procurado unos
cori otros rrialiciosamcntc exarquearse y imfamarse deste delito.),""

Idabrujería -no tanto la superstición- coristituía un proble-


ma totalmente locali~ado.Aqu¿.llos que se sentían directamente
arrieriazados por ella o, al menos, involucrados d e algíin modo
por las consecuencias que podía acarrear; fueron quienes más sc
afanaron en su eliminación. En ocasiones, el origen d e la pcrsc-
ciicióii llevada a cabo e n deterrriiriadas comarcas podía encon-
trarse e n una verdadera .fobia popular>)conti-a ciertos individuos
-rriujcrcs e n la mayor parte de los casos- a quienes se cargaba
con la culpa de las desgracias que afligían a la corriuriidad. Por
eso,,jiinto a los tres tipos de justicia básicos analizados a lo largo
de estas paginas, n o podemos dejar d e considerar otro más, cuya
principal característica era sii actuación al margen d e toda ley: di-
cho sistema podría denominarse coiiio justicia popillar,,, ya que
suponía la asunción de lajusticia por partc d i algunos sectores d e
la población sin contar con ninguno d e los poderes establecidos
por las leyes, ni siquiera con los represeritarites d e lajusticia local.
1.a justicia popular podía manifestar la violericia acumulada
contra alguien corisiderado corrio b r ~ i j oe n grados muy diversos,
que iban desde el ataque a las propiedades d e la víctima hasta la
a g r c s i h tisica o, en casos extremos, la toma y captura del su-
puesto criminal, tras lo cual a veces se terrriiriaba e n un lincha-
niierito colectivoí". Los testimonios de tales comportamientos
son, como cabe esperar, mucho menos numerosos que los proce-

'" Scgiíii (;. R. Qiiaik. eii algiirias corriiirii<ladesvascxs. el p ~ i r t ~asesinaba


lo a
1.'1s .ric.usdas,
. «LIS ~ c ~ r t ~ ~ r aaprrotáiidolas
baii a inrdias y las al-racti-ahaiipor las ca-
Ilrs. 1.as arrojahan a cst;iiiqiics de aguas Iielatlaa u les propiriahm paliras. latigazos
y ai-afia~os..Dicho autor aporta también ejemplos dr +sticia popiilar. aplicados
a los Paíscc Bajos doiniiiatios por- Espaiia, duiiclc Jus cariipeairios ci-eíari quc resol-
\er el pi-oblerria de las aciisaciories de brujería ?ir el contcxro tlc la vcrigaiizr par-
ticiilar ci-a pi-ctci-ihlc;a i-eciii-r-ii- a la I r y i\í.asc C. R.QVAIFI:, o / ~d.,pp. 23P235).
deiitcs de las justicias oficiales, cuya mayor abundancia d e fueritcs
facilita u n estudio rriás &:rallado. No obstante, por las noticias
qiie aparecer1 e n algunos d e los procesos quc ser511 analizados e n
el presente estudio, puede deducirse, también para Aragóri. la
existencia iridiiclable cte dichas conductas violentas, uiias veces
controladas y o t r a alentadas por los orgariisrrios judiciales coln-
peterites".
La britjcría era u n asunto que preocupaba principalmente a
pequcrios iiíicleos de población y con frecuencia llegí, a corisidc-
rarse, antes que riada, como u n pi-oblema d e orden público, da-
da la violericia que solía acarrear contra los suplicsros brujos o
brujas. Las acciones varidálicas derivadas del enfrrnta~iiientoeii-
tre pcqiieñas facciones que se acusaban mutiiamerite d e brujería,
provocaban que los rriiis interesados e n resolver tales sitiiaciones
fueran los afectados más directamente por las mismas. Como bien
sabernos, iina acusación de brujería podía ocultar iáciliiieiite iori-
flictos de índole muy diversa que salían o 110 a la luz depcndiei~-
do de los sistemas iitilizados para investigar cada caso concreto.
Cuanto rricrior era la distancia con qiic cl juez encargado d e uri
reo conteiiiplaba la situación, rriayores posibilidades había de qiie
la subjetividad y el deseo dc. acabar rápidairieiile con cl problema
desempeiiaseri uri papel destacado e n la resolución del juicio.
Trataremos, por tanto, de leer entre liiicas y d e indagar cui1,es
fllerori en cada caso los aiitciriticos inhiles d e la persecucih. Es-
tos variaba11 e n iii~iciOridel tipo de institución resporisable de Ile-
varla a cabo; por cllo, al abordar cómo se persiguieron este tipo
de delilos cri cl Aragón del siglo XW, resulta impi-escindible pro-
ceder a un análisis iiicleperidieritc de los tres tipos de justicia que
1-cclamai-onsu corripeteiicia sobre los iiiismos.

" Uii claro e j e ~ ~ @de* ) aplicacibii de la .:jiistici;i polxilai-.b coiitra la t>ri!jci-ía


rii Ai-agiiii lo aporta Angel <;,\KI cri sic ai-ticiilo eLTiia Faniilia de hi-i~ioseii Ipii.5 rii
Iti45>,eii f'irinmc, 1 15 (1982), pp. 87-92, Segíiii nos iiif¿¿>inia e11I;I ~~elacibii
tlr <:iii-
sa contra Doiiiirigo blaríii. a(-iisarlod r Ixiijo eii 1615, él y sii iiii!jcr li;ihiarr hielo
presos aritrrioi-nicirtc pol- la jiisticia local. Pero las gciitrs coii~idiiatmiileiita5 c
iiiadecuada5 la5 irirdidas toiiiadas por la aiirori<ladJ decidiiroii rcalirai la,jii\iicia
por sil cueiita: a la iiiiijei- -la diei-ori dentro dc la rarcel i i i i arc;it>ii~a7otle qiic i ~ i i i -
rim, r: a uiiu de los hijos del inati-iriioiiio ..llaiiia<ioCometa 151-a&.por iiial iioiii-
bre [...] le dici-oii i i i i arcalxi/a~oen la veiita dc \'pies L... 1 y qite a iiiia hija tic tli-
clio reo la 1iavi;iii dado eii la riiidacl de IIiicsca [...] ;irotes agrios. \ I;i Ile\aioii a
curar al hospital de cliclia ciii<l;d,eri donde iiiiii-¡o.. No es tlc cxli-aííar,por taiito.
qiic iio hiibiei-a tirnipo para qiic I;i Iiiclui.\itiUii Ilc\.ara a cabo las tliligriici;i?, iie-
cesarias para.ji17gar al i-eo. A J I L ~ deS corisegiiirsc la iiili>rrii;tciGiiIi;hitual, cl ini-
mo Ihiiiiigo Maríii había niiiri-to cri el Hospital d c K ~ i e ' i tSciioi.;~
~i de (;ra(ia tlc
Zaragoza. adoiidc fiie ce~rid~iciclo tras eiifcmii:ii- gr;iveiiieiicc.
LA JUSTICIA INQUISITORIAL: ENTRE EL ACOSO Y EL
ESCEPTICISMO

UN TRIBUNAL CONTRA «MALDADES Y SACRILEGIOS,

C m de r~stostzenlpoe gourrnando la Zqbrila lnnotrnr7o ;Y y


nur\lm F;spaña los &es CatoRcos [. .], se restauro en rctr &no
d San/« o / J i ( 7 0 de la Tnquzslaon [.. / Porque con este medro San-
tztczn~ocr rme(Lioron parizsszmos ) rqbarnbies znconziznzentes que
la vepndad dr lo\ moro\ ~ u d l ocausaun, ~ cometzendo cada dza
zncre)hles rnaldadr\ 1 w s ~ l r p o0 7~ oprobio de Nuestta Santa Fer
cathohrn
Dicgo dc Espés'

En 1483, con el nombramiento de fray Tomás de Torquemada


como inquisidor general de los territorios perteriecicntes a la <:o-
rona de Aragón, se restauraba un triburial papa1 que ya venía fiin-
cionando desde comierizos del siglo XIII, pero cuyas actividades
habían decaído tanto a lo largo dcl tiempo que en realidad casi
podemos hablar de una iiueva creación. De eso se trataba en Cas-
tilla, donde a partir de 1478 comenzó a actuar rx novo, ya que eri
dicho reino nunca habían existido otros jueces eclesiksticos que

' (1~.la nudrul d t !:crrago) d w k la rvnirln de


Lkgn 1% EsvLs, H i > l o t i « rc.clrsia\li~~
Jrtu Chrislo. SvKor y I+dr.rnphr nupctro, hnxtn (4 año d~ 137.5, iru. conservado en el
AC1.S ric Zat-agoza, lol. 662.
n o fiieraii los diocesanos. El nucvo tribiinal venía impulsado en
csta ocasión por la monarquía espanola y, pese a que Roma seguía
siendo en íiltima instancia la responsable de sil fwlncionamiento y
los proceclinlnientos,judiciales continuaban basándose e n el Dere-
cho Canónico, los objetivos perseguidos ya n o tenían inucho que
ver con 10s [le la vieja inquisicióii rriedievalg.
El cor~ietidode los trib~malesinquisitoriales, tanto medievales
como modernos, consistía e n actuar contra las herejías. A partir
del siglo XII, éstas comenzaron a inquie~arrnás profundanierice a
111 Iglesia, ya que dcsdc los primeros tiempos del (:ristianisrno
sienipi-e habían existido corrientes d e pensatilniento diferentes
que convivían con las postiir-as más ortodoxas. Pero ciianclo la or-
ganización d e ciertos grupos disicierites llegó a sobrepasar lo me-
ramente doctrinal. los dirigentes eclesiásticos -buscando apoyo
en el Derecho Romano qiie poi- entonces estaba recuperándose
en toda Europa- aplicaron al hereje la categoría d e reo de lesa
majestad divina, es decir; d e tr.aicioi-. A partir de ahí podía ser juz-
gado incluso por los poderes seglares, a qiiienes se pidió colabo-
ración e n numer-osas ocasiones.
El principal motivo que había coriclucido a la creación de la iri-
quisici6n medieval había sido la creciente expansión de la here-
jía albigense, ciiyo centro d e irradiación, e n el Siir d e Francia, se
temía que traspasara las fronteras y alcari~aselas cierras que for-
iiiabari parte de la Cororia de AragOri. Dada la incompctcticia de
los obispos para acabar con los focos heréticos, el papa había apo-
yado la actuación d e iinos,jueces especiales, lo cual supuso e n la
pi5ctica uria ~ i s u r p c i ó r d
i e la aritigua.jiirisdiccih episcopal, que
hasta entonces había sido la íinica encargada d e perseguir toda
creencia o conducta que se desviase de la doctrina eclesiástica.
Muclios defensoi.es del nuevo triburial siguieron ~ltiliraricloel m -
tigno aargiimento de la inutilidad episcopal, como expresaba el ca-
tiónigo de la Seo d e Zaragoza, Diego cle Espés, para quien,
<<la\ociipiicioriis empero rriuclias y gi.a\.esde los obispos que
assi rri las cossas ierriporalra (.onio spiriiualrs s r lea oti.e<rri r r i
sus dioqessis [...] dieron nioiivo y caiisa a los siitiirrios t'oriiiticrs
Koriianos par-a solo los nrgocios d r la fer [...] instiiiiyrsrri
jueces ciertos y particulares, y llarnaron este sacrosanto magis-
trado officio de la Inquisici6n.-'
Pero resulta eviderile que la ineficacia episcopal no constituía
u11 buen pretexto en España, ni en la Cpoca de la creacióri de la
Inquisición, ni a comienzos del siglo XVI, tras la reforma a qiie
i~ieroriso~iietidoslos obispos con los Reyes CatOlicos, ni iiiuclio
rricnos una vez concluido el Concilio de 'I'rento, cuyas decisiones
pronto empekaron a ponerse eri práctica en las diferentes dióce-
sis españolas. $óino,justificar, entonces, la creación de la Inqui-
sicióri moderna en Arügóri? -Qué tipos de liercjías buscaba corri-
batir? ;Qué armas pretendía utilizar? Ya no se trataba, corno en el
siglo XIII, de rriicdo al enemigo exterior; ni siquiera piiede ha-
blarse de la proliferación de idco1ogí:is ílisiderites que agrupasen
a sectores marginales descontentos. Ahora el oejetivo a vencer sc
ericonrraba en pleno corazón de la sociedad y de la vida españo-
la. E1 concepto dc herejía, ampliado convenieriterricnte, sirvió pa-
ra llevar a cabo una purga social y no religiosa, ya que tanto los
judíos como los niusulirianes, que durante tantos siglos liabían
convivido pacíficarricnte con la población cristiana, llegarían a
caer bajo la jurisdicción inquisitorial, a pesar de pertenecer a otra
religión. El paso necesario para considerarlos herejes del cristia-
iiisrrio sería sil coriver~siímobligatoria -en 14532 para los judíos, y
en 1526 para los rriusiilmanes de AragOn-, tras la cual quedaban
abiertas las puertas para la persecución. Taiiibikri la brujería y la
supersticiím caerían bajo el control iriquisitorial por virti~dde
una definición extendida de Iierejía. Y no olvidemos que, corno
bien expresó IIugli K. Trevor-Ropcr: (<Enanibos casos, la niáqui-
na de la perscciición lile dispuesta antes de que sus fiitilras vícti-
mas estuviesen legalnieritc siijetas a ella..>'
Dcl mismo modo que ya en el siglo XIII se habían calificado de
<<hei-ejiasntodas aquellas conductas características de dctermina-
dos grupos sociales qiie la sociedad feudal cristiaiia rlo había po-
dido asimilar, así tarnbiéii a firiales del siglo XV y a lo largo de las
dos centurias siguierites fueron iilcluyéiidosc bajo dicho coriccp-
to los comportaniieiitos que podían hacer peligrar la alianza cada
vez más estrecha entre los poderes espiritual y terriporal. T(, evi-
deiitenieritc, toda diferencia cultiiral, corno expresión de pro-
fundas diferencias sociales, podía suponer una amenaza. Resulta
muy significativo ~ L I entre
C las razones qiie el ya citado Diego de
Espés daba para jiistificai- la necesidad del establecimiento de la
Inquisición en Aragóri, se Iiallaran incluidos dos relatos en los
que existía una relacih muy estrecha entre ciertos corriporta-

' Hugli. R. Tni..\'on l¿or,i K, I M i ~ r ~ ó rw/or»ln


i, J ,rrtril,in ,otrccl. B;wcelotia, t:d. Ai-
gua Vwgara, 1985, p. 9'2.
mieritos supersticiosos que habían sido protagoriizados por judíos
y musiilmanes. LTri número significativo de las supersticiones que
a partir de entonces persiguió el tribunal aragonés del Santo Ofi-
cio no f ~ ~ e r o n que las denominadas <(maldadesy sacrilegios))
otras
de los moros y judíos, es decir, sus costumbres y creencias por u11
lado y, por otro, las fantasías que algunos teólogos y predicadores
les atribuían para demostrar su interés por acabar con la sociedad
cristiana.
El primero de los relatos contaba cómo eri 1480 un grupo de
judíos conversos había comprado por treinta reales al sacristán de
La Guardia (Toledo) -que también era nuevo convertido- una
hostia consagrada paia, junto con im corazón de niño, hacer sur1
hechizo para que rahiassen los cristianos..' Dicha narración servía
de preámbulo a otra muy semejante, aiiiiqne más detallada y loca-
lizada esta vez en tierras aragonesas, que hacia referencia no a un
sacristán judeoconverso, sino a un alfaquí morisco, practicante
también de una 11iagia qiie pretendía basar su eficacia en la profa-
nación del sacramento de la Eucaristía. Segíin Diego de Espés,
.En Caragoc,.a,Cerca los aiios 1427 [... 1 una inuger a quien su
niaritlo la tratava mal se aconsejo con un alfaquin 1 ...] qiie remedio
o expediente le daria para siipor~ary reprobar la condiciori de su
marido. Dixo el moro [...] que ella le traxesse el Santissimo cuerpo
de Nuestro Seiior Jesiicristo que los cristiarios adoramos en la h o s
tia consagrada [...] esta mala hembra [...] re~iviofalsamente el San-
tissirrio Sacramento [...] cogio la Iiostia y pusola eri i i r i cofrecillo
[...] Dio la lmelia para casa del morisco [...] abrio la arquilla y vio
que la hostia se havia iransformado en uri riirio hermoso [...] el mo-
ro inalvado dixo que se bolviesse y lo quemasse todo, que el prove-
hrria por otra via, la enderrioriiada inuger hizo i i r i gr-aride luego y
pusso en rnedio de el la arquilla, aiiadiendo despues leria y carbon;
quemossc toda la arquilla y el cuerpecillo del niño quedo illeao y
iiiiriune del fucg-o rstarido en el muy resplaridecirnte, pareciendo
vivo rri medio de las asquas sir1 quemarse ni tiznarse.>$
La atribulada mujer, *ciega de y a , > ,acudiíi entonces a la mez-
quita del alfaquí y le relató *el daño que su consejo le habia cau-
sado,,. El Ic echó la culpa de lo sucedido ( q n e quien espinas
siembra no vaya descalco porque tantas veces va el cantaro a la
f~ieiiteque alguna vez se rompe,)) y acto seguido se dirib' rieron a
la Iglesia Mayor, donde ella se coriiesó y él dio noticia de lo que
había ocurrido. La segunda parte del relato abaridonaba los tra-
zos psicológicos y anecdóticos para centrarse en poner de marii-
fiesto lo extraordinario del milagro y el gran poder de la Iglesia:
*Mando rl ol~ispoque fuessen halla persorias graves, los qua-
les experimentaron esta verdad; hizo .juntar despues toda la gcn-
tc ccclesiastica y mas principal y predicando en prrsrricia de ellos
este milagro, llevaron en procession (cantando el Parigrlirigiia) el
saricio riifio en un plato de oro, y fue puesto cn el altar de S. Va-
lero, y iañiari las campanas sin manos de hombre. Entonces vis-
tiose el obispo para decir niissa del Saricio Sacramento y al ofer-
torio convirtiosse el niño en forma d e hoslia y el la sumio. Y dice
estc autor que despues supo como esta inugri- la liirio un rayo
yendo al campo.,>'
Mas a pesar del contundente final, que rio dejaba ninguna duda
acerca de la superioridad de la fe católica fiente a los ataques de que
era objeto, se creía coriveriierite el apoyo de un tribunal espccializa-
do como habría de serlo el de la lnquisicióri. Por eso, tras ambos re-
latos, el que fuera archivero de la Seo de Zaragoza continuaba:
((Pararemedio pues de estas maldades y oti-as iiiíiriidad de blas-
teriiiai con que de estos irifieles y malos cristianos entonces y ahora
Jesucristo Nucsuo Señor es okridido en los ojos de verdaderos cris-
tianos, se procuro por los sereiiissirrios Reyes de h a g o n , Don Hrr-
n a d o y Doña Isabel, assentar el Saiito Oficio de la I n q i ~ i s i c i o n . ~ ~ ~
De este modo quedaba viriculado el establecimiento del tribii-
nal de Aragón a la necesidad de acabar con un tipo de maleficios
procedentes de quienes ahora eran considerados los principales
enemigos de la fe. Ello anunciaba ya desde el principio el carác-
ter que la persecución iriquisitorial de la magia iba a adquirir en
nuestro reino, una pcrseciición que se iría ceritrando cada vez
más en las llamadas supersticiones o sacrilegios de los supuestos
herejes que en los comportarnieritos relacionados con la magia
propiamente dicha. Así, corno comprobaremos en las páginas
que siguen, a medida que avanzó el siglo X\,7 fue aumentando el
número tanto de moriscos como, c~~riosairieritc, de franceses en-
tre los coridcnados por superstición, situación que coincidió cori
el progresivo desinterés por uri crimen como la brujería que, en
teoría, seguía cortsideráridose como mucho rrias grave.
Durante más de dos décadas la Inquisicióri aragonesa tuvo un ca-
rácter itirierante: los inquisidores recorrían algiinas zonas del reino
propiciando las deriiiricias contra los coiiversos en colaboraci6n con
los obispos, pero dcspuks desaparecían sin que existiera un órgano
cle control exterior qiie perclurase. A partir de 1506 se inició un pro-
ceso de sedentarización, ya que Fernando el Católico orden6 qiie
en el reino cle :2r-agóri hubiera uiiicamerite un tribunal con dos in-
quisidores, con sede en el palacio de la Aljlifcria, una gran iortale~a-
palacio rriusulmana del siglo X1 situada a las afueras de Zaragoza!'.
Corno ha sefialaclo Wiliarii Illonter, i<I.aprimera condena de la In-
quisición espaliola por islamismo se produjo cri Aragón.~~"' Parece
casi una iroriía el contemplar cómo aquellosjueces se instalaron eii
el niás suntuoso palacio rriusulrrián al norte del T+jo acusando a
Cristóbal de Gelha de comer con los moros, cle usar uri nombre ára-
he ci~andohablaba con ellos o de rezar en una mezquita. Sin erii-
I~argo,la antigua residencia musulrriaria simbolizaba ahora algo
muy diferente: no ya la culluix que había habitado entre sus miiros,
sino la defensa frente a los numerosos ataques de que fue objeto la
institiición a lo largo de más de cincuenta arios desde su creacih en
1483. No en vario se había refiigiaclo en una fortaleza real lo qiie, a
excepción dcl trihiinal de Palernio, no fue niinca necesario en el
resto &: territorios pertenecieritcs a la Corona de Aragóri.
I m motivos qiie erifrcritaron al recién asentado tribiinal con los
naturales del reirio f ~ ~ r ode i i orden muy diverso. Jimto a la ya co-
nocida oposicih qiie la Inqiiisición provocó entre la noble~aju-
deocorivcrsa por la persecucióri a que tiie sometida desde el princi-
pio y junto al rechaso general de la inslilucióri debido al
quel~rantaniieritode los fiieros que coiriportaban los niétodos iri-
qiiisitorialcs, también los obispos sintieron que se les arrebataba
Ixiciia parte de sil poder. Ello cra cierto no sólo por los dclitos, que
ahora pasaban a ser de competencia coiiiparlida, sino tamhien por
la centralizacióri de la actividad inquisitorial en Zaragoza, lo cual su-
puso eliminar la participación en los procesos de los ordinarios de
las otras diócesis. 1-0s conflictos con el obispado de Hucsca fiieroii
especialmente graves; siis representantes llegaron incliiso a nego-
ciar clirec~arricnt<: con Roma con la pretensión de desligarse de laju-
1-isdiccióndel tribunal cle Zaragosa, pero nunca lo consiguieron, del
mismo modo que tampoco progresaron las pmpuestas para qiie Te-
riiel y AiiUbar-raciri se (icsligxan cle la jurisdiccióri de los inqiiisidores de

!' Ví.;isc Pilar s i \ ( .l H./ i . < i l ~ k i , í ~ p 7 t ! z n i i i i J n / '/i-i/nrnrrl


n jirritdir tión ~ r r q ~ c z ~ z t o r irl :
(111 Zcitoq~zi~,1íhRlh.lh. Tcsis tloctoral iiiCdita. Barcelona, Lnivcr.;idatl A i i ~ h o i n a .
1989, p. 31.
Valencia. Todos estos conflictos iiliposihilitaron una defiriicih cla-
ra de los límites del distrito iriquisitorial d e Aragóri, que siguieron
siendo confilsos a lo largo de la mayor parte del siglo >;VI.
Los límites de los distritos d e Aragóri y Valencia fueron con-
cretándose e n el último cuarto del siglo XVI a raíz de la erección
de los ohispados d e Teriiel y iilbarracín e n e1 ailo 15'77. Pero la vi-
gilancia inqiiisitorial se liallaba muy descuidada cn las comarcas
situadas al siii- d e la proviricia de Teruel y e n pleno siglo XMI aún
existían dudas acerca d e la adscripción d e ciertas localidades ara-
gonesas. Corno afirma Pilar Sáricliez López, <<todavíaa principios
del siglo ?<\TI,ni la Siiprenia rii los inquisidores d e Zaragoza sa-
bían dc que tribunal dependían Aliaga, Fortanrte, Pitarque y Vi-
llarroya d e la Sierra.>," Dicha situación n o constituía uria cxcep-
ción, pero para clarificar ~riejorqiik territorios pertenecieron
,jurídicamente al tribunal de Zaragoza podernos resumir afir-
rriando que desde principios del siglo )í\ilI cl distrito de Araghn
englobaba hásicarricnte las diócesis d e Ikrida, Huesca, Jaca,
Barhastro, Tarazona (excluida su zona castellana) y el armbispa-
do de Zaragoza; las diócesis d<: Teruel y hlbarracin qiieclaban al
margen y dependían del Santo Oficio de \'alenciai2.
I.as fronteras d e la Inqiiisición aragonesa n o coincidían por
tanto con las del rcirio, tal y como piicde observarse e n el mapa;
ello no coristitiiía ningún problema para uria iristitución cuyas
norrrias venían determiriadas poi- im consejo ccntral, la Suprema,
encargado d e coritrolar todos los tribunales del territorio espa-
Iiol"'. En palabras d e Henry Karricn:

" No obstante, pacr uii roiiocirriiciito <I<xdlatlod r laa froriteras del trilxirial ~ i i -
ragoraiio i-csulia otiligado referii-se a la ohr-a citada d e Pilar Siiichez 1.6pez. segúii la
cual: ~ E r rcsiiincii,
i dcsdc pi-ilicipios del siglo Xvii el distrito d e i\ragóii coiiipi-tdía
la sigiiiriitc áira: las di0ccsis d e Hiicscn, L.~?iitka,,bcay Eai-b;c\tri~,estas dos íiltimas
eiigiclas r r i 1571 a pai-tii- d c la tlcwrierribi-ación d e las dos aritrr-iores y de la iiicoqx-
ración d e lugares procedriites d e las ahadías txeritas d e Saii Jiiaii d e la Peiia, Moii-
teai-ag6ii y Saii \,'ictoriáii; I;r diócrsis de Taramiia, cxcliiida DLL L O I I ~castellaii;~:el ar-
zohis&o rlc Zarago~a,<lescoiiraiido Aliaga. Fortdriete, Piral-qiic, Villarroya d e los
Pinares, Liiiares d i Mora, Mil-avete, Pucrtoiniiigalho y (:astelvispal, así coino los i i i -
claves iio ai-agoiirscr d e Cortes en Navai-i-ay Olocaic e n Valciicia; lo.; arciprestazgos
de .Arira y la Valdoiisclla, iiicliiidos respectivamciite e n las diócesis d e Sigiieiiza y
Pamploiia: los 1iigai.c.s a r a p i e s e s d c la tlihx\is tle Crgell (Arcii, C:alaclr-unes, Casta-
ilesa. Galmsa, Moiitaiiaiia. Pcralta d r la Cal. Pilzári. Piii-i-y) Rocafort) y los tlc la aln-
día nirlliirr d c kger (Raells, Baltlclloii, (:mnpoi 12115, Chserras dcl Cas~illo,(:astilloii-
i-ay,Eaiaiiá. Esropiiiáii, k'ct v Firieariaa) (vease Pilar S.~\(:tit.z1,oi.i z, r,/,. d . ,p. 3.3).
.
j

i :i
.Aunque iio ptiede Iiablai-se d e ti ilmriales establcs debido a la iriultitiid d e

/ d r s d e q u e qiic<l;ii-oii rsiiil>leridos los priiiici~cirrii 1182 y


canil~iosqiic s~~í'riciori
*La marcada falta de respeto por parte de la Inquisición a
otras autoridades seglares o rclrsiásiicas se observa en que los dis-
tritos jurisdiccionales de la Inquisición cruzaban frecuentemcntc
las fronteras políticas [...] La Inquisición podía hacer esto porque
sil autoridad, a diferencia de la de la corona, cubría la totalidad
del trrriiorio espariol sin importar las fronteras.."
Dicha autoridad se reflejaba asimismo en cl procedimiento se-
guido por los tribunales regionales que, con escasas excepciones
derivadas de la personalidad de los jueces encargados de cada ca-
so, era el mismo para todos". De ahí las constantes advertencias
cnviadas por el Consejo de la Suprema a los inquisidores de cada
distrito para que cumplieran las instrucciones que iban acordán-
dosc. La irriposición de dichas normas no siempre resultó fácil,
como veremos con el problema dc la brujería en Ai-agón a través
de la correspondencia entre los inquisidores de Zaragoza y los
responsables de la Suprema. Pero antes de analizar la postura que
ambas partes adoptaron ante los delitos de brujería y supersti-
ción, es necesario trazar un breve recorrido por los métodos de
los que se valió la Inquisición para la bíisqiieda y captura de sus
víctimas. Y para hacernos una idea más aproximada de cómo f~1r-i-
cion6 el complejo erigranaje de la maquinaria inquisitorial en el
reino, nos referiremos asimismo a quienes se encargaron de su
puesta en marcha, desde los jueces hasta los llamados familiares o
delatores de oficio, pasando por aquellos cargos intermedios sin
cuya colaboraciOn rcsulta dificil comprender la famosa eficacia
inquisitorial de la que tantos testimonios se han coriser-vadohas-
ta nuestros días.

hasta la creación del tribiirial iriqiiisitorial de Madi-id eii 1630. scgiiri Jainir Con-
treras yJean Pirrre Drdieu (tqGeografia de la Iriqiiisición cspaiiola: la formación
, (1980). pp. 37-93), los triburiales perma-
de los distritos 1470-1820.,. ~ i s p o n i n40
nentes y las tecl~asdc sil rstablecimiento fueroii, eri Castilla: Scvilla (1482), Cór-
doba (1482), Toledo (1483). 1.lereria (1485), Valladolid (1488), Miii-cia (1 4X8),
Cuenca (1489), Las Palmas (15051, Logroiio (1 51 'L), (;ranada (1.526). Santiago
(1574) y h4adrid (1640); y rn Aragóri: ~ i r a ~ o (1482).
za Valerici~~ (1482), Barcelo-
iia (1484) y Mallorca (1488).
'" , In,yuisic.irír~rs$clfioln. Barcelona, F.d. (Xtica, 1985, p. 191.
H m r y K A ~ N I,a
15
Corrio destaca Ricardo Gai-cía (;árcrl, <cmrrrcemención la ausericia de la
jur-isdiccióii penal de la (hroiia de hragóri., sobre todo si se tierie en ciieiita <<la
heterogeneidad rir loq planteamientos periales castellaiios y ar-agoiieses, con una
inarcada dulcificación de la rior~riativaeri la Corona de Aragóri I-csprcto a Casti-
Ila. (véase Ricardo GAR(:IA j m i d a d m PI rzdo X7.% Ln Inqui.~iciónm
C . i ~ ( : t lHrr~jin
,
Ihlenciri, 1530-1609,B~arcelona.Kd. Pcniiisirla, 1980. p. 183).
Coilvencidos como estaban los inquisidores de hallarse en po-
sesión de la verdad y de la misión apostólica que el papa les había
encomendado, no escatimaron ningún medio a sil alcance para
conseguir el fin que les guiaba: la erradicación de la herejía. Pe-
ro no siempre era fácil localizar dónde se hallaba. Por eso, la pri-
niera tarea de todo tribunal consistía en llevar a cabo una inquisi-
ción o averiguación previa al despliegue,judicial que seguía, hasta
lograr la conversión o la condena de los inculpados. Como el San-
to Oficio era una institución nueva, g a diferencia de los jueces
episcopales no contaba con una red de representantes parro-
qiiiales distribuidos por todo el territorio, tuvo que arbitrar un
modo para conseguir e s t x presente en todos los lugares que se
encontraban bajo su jurisdicción.
En los prirrieros tiempos de la Inquisición aragonesa, varios in-
q u i s i d o r ~-acompaiíados
~ del personal suficiente para detener y
procesar a los reos «in situ,)- habían batido sirnultánearnente el
reino, dejando establecida una peqiiefia dotación de ministros en
las ciudades más importantes. Pero la posterior centralización de
la actividad procesal en Zaragoza supuso la pkrdida de la itine-
rancia del tribunal. Como coniperisacióri erripez6 a firncionar un
sistema de uisi~usque, en teoría, debían realizarse anualmente,
mediante el traslado de uno de los inquisidores a una zona del
distrito para recordar a los habitantes la presencia del Santo Ofi-
cio y propiciar las delaciones que la lejanía del tribunal dificulta-
ba. En la práctica, dicha periodicidad no se cumplió, ya que la
mayoría de los inquisidores intentaba retrasar la partida o eludir-
la, cuando no saltarse el turno establecido, lo cual provocaba f're-

16
P L ~ AL)zr-rc.loriz~m
Nicolaii l.:l~i.i<ic.~-FI-ancisco , znquisitomm, Avinóri, 197&
Roma, 1578 (trad. esp., 13 manual dr 10.c inljui.tidor.c~c.Karcelona, Ed. Muchriili, 1983,
p. 152).
cuentes discusiones que la Suprema debía ericargarse d e zanlar.
Casi ningíin inquisidor solía estar dispilcsto a pasar h e r a d e Za-
ragoza los cuatro incscs que establecía la norniativa e n un reco-
rrido itinerante plagado d e iricornodidades.
No obstante, poseenios tcstirrionios d e varias visitas rcali~adasa
lo largo del siqlo Xlil e n el distrito de Aragón" qiie sigiiicrori el
procedimient<: habitual, esto es, un inquisidor salía d e la Aljafei-ía
acompaliado de iin notario del secreto, un alguacil y un riiincio.
El notario, para tomar las dcclaracioiies tanto d e los <:spoiitárieos
como de los delatores; el alguacil, para proteger al inquisidor; y el
niiiicio, para servir de correo. Cuando dicho cortejo llegaba a un
lugar-, lo primero que: hacía era dirigirse a las aiitoridades seglares
y eclesiásticas y presentar sus crcdciiciales. Después se leía uri pi-e-
g6n dirigido a todos los habitantes; e n 61 quedaban convocados
para escuchar la lectura del ~ d i c t nqiie habitualinerite seguía al ser-
irión o al recitado del credo durante la misa dorriiriical, uno de los
escasos momentos d e la vida cotidiana e n que se cricoritraba reii-
nida la mayor parte d e la poblacióii. El edicto estaba constituido
básicamente por uria lista de herejías acorripaiiacla de la invitación
a denunciarlas, ya fiicrari propias o ajenas.
Eri los priiiieros tiempos de la Inqiiisición, los cdictos solían
ser llamados d e gracia., dado que ofrecían la posibilidad a los
denunciantes de confesar en un detcririiriado plazo -nor~iial-
mente de treinta o cuartilla días- y, en consccuericia, d e ser re-
conciliados con la Iglesia sin sufrir los castigos qiie, cri opiriióii de
los inquisidores, iiierecerian. Dicha práctica se impuso para csti-
millar las autodcriuricias (qiie aportaban uria iiiterrsarite infor-
riiacióri, ya que denuriciarse a sí mismo n o bastaba, ~ i i i oque ha-
bía que dar los iiombres d e quieiies participaban del iriisirio
error) e ir fariiiliarizando a la poblacibii con el concepto dc hc-
rejía y los nuevos metodos. Con el correr del tiempo, los antiguos
.edictos de gracia. tilerori siendo sustituidos por los llamados
e d i c t o s d e fe., que n o contemplaban gracia ni perdón alguiio y
qiie día a día iricorporalsan nuevos delitos, con lo que sil lectiira
solía alargarse cada vez rriás ya que, además, f~icroriiricorporáido-
se progresivamente todas aquellas costumbres tanto judías coiiio
moras que pudieran delatar a los posibles herejes neoconversos.
1.a llegada del inqiiisidor siiponía uria alteración considerable
en la vida sotidiaria d e los lugares afectados, pues implicaba un
delicado cxarricn d e conciencia por un lado y, por otro, un acica-
te para sacar a la 1117 antiguas rencillas entre los habitantes que,
de este modo, podían acusarse unos a otros y vengarse d e sus ene-
migos muy f5cilrrierite. Pero rio todas las deriuricias provenían del
odio; había casos en qiie lo que espoleaba las coiifesiones era el
temor a ser deniinciado por otro o, incl~iso,el propio temor de
Dios, al que siempre se invocaba como argurrierilo justificativo d e
cualquier acci6ii. El miedo era, por tanto, el primer rriktodo
psicolbgico utilizado por la Inqirisicibn para extender sii poder.
El segundo, como se pondrá de manifiesto al detallar las diferen-
tes etapas d e los procesos inquisitoriales, fue el secreto. Según
IIenry Kaitieri:
-El rasgo q u e distinguía a la Inquisición era su absoluto se-
creto, lo q u e la liacia niás propensa a los abusos q u e cualquier
otro trihunal [...] Inclnso las varias instrucciones d e la Inquisi-
ciíiri, auriqiie tiierori impresas, se distrihuyeron d e m o d o muy res-
N o es de extr-~liai.que, debido
iririgitlo y iio viiroii l a ¡ti/ ~>iil>licii.
a rsto. la ignoi-aiiria del piiblico sobre los iriiiodos y rocedi di-
niientox del tribunal hiera g i n r r a l . ~ ' x
Un proceso podía iniciarse d e tres maneras: tras iina aciisa-
ción de parte (en la que el acusador debía probar lo que decía),
tras tina delación o denuncia (efectuada a partir de sospechas sus-
citadas por el corriportarriieiito del acusado, aunque el denun-
ciantí. no aportase prueba algiina) o como resultado de iina pes-
quisa"'. En este último caso el tribunal actuaba ~=2.oJ7cí0, es decir,
por propia iniciativa. Corno yci explicartios eri capítulos antcrio-
res?el procedimiento acusatorio había ido decayendo pi-ogresiva-
mente a lo largo de la Raja Edad Media e n los procesos crimina-
les. Y en cuanto a la delacibn y la pesquisa, e n realidad veriian a
traducirse en lo mismo ya que, una vez presentada la denuncia, el
delator perdía toda su rcsporisabilidad y eran entonces los inqiii-
sidores quienes pasaban a asumirla. Además, debido a la práctica
del estricto secreto inquisitorial, se ocultaba tanto el rionibre del
denunciante conio los del resto de los testigos. Eritre estos últi-

10
S011r.c el prc~ccdirnivr~~~~ iuquki~wial,\ikuisr,Jeaii Pierrr D ~ N I I<<1,'11iq111- .~,,
sitioii e l le ( h i t . Xiialysc foi-iiirllcdc I:i pi-ocetliii-citiqiiisiior-i;dc(Y) caiisc rlc t'bin,
~ 10 C / L WI / I , t d / í : q ~ ~23
J F I I J I ! 01, c (1987). pp, 227-251; Miguel h g e l MOTI\ Do-
1nur.K y,José Eriricliie PAS.\M.\R l.\/.\no, eAiidisis mcrodológico tlcl proccso iiiqiii-
sitoiial desde tina pcrspcc~i\ajitríclico-for-rrial~~, eii \ Y J o r n c i d a \ clí. Afrlorlologi« .s«l~r~
J I I V ~ I Purngorwtrr\.
I Zar-agom, 1W3. pp. 137-450 y Ki-iitio.&.i i i . 1 K \ K.\K( HI. I . n t i l IJI-o-
rnos figuraba aquel ya que, pasado algíin tiempo, era convocado
para efectuar una deposición formal.
Una vez localizado el posible hereje se buscaba injiwmnción
coniplerrientaria, que era aportada por los mismos inquisidores o
por algunos comisarios que colaboraban con el tribunal salvando
así las distancias y los problemas de acceso a niuchos núcleos dc
población incliiidos en el distrito. Después solía tener lugar la 11a-
mada culificución, un exanlen de los hechos reprochados al de-
riuriciado por teólogos expertos (los calificadores), que eran los
encargados de determinar hasta qué punto dichas acusaciones
constituían o no una 1iere.jíía La calificación no era indispensable
y, de hecho, se omitía cuando se consideraba que no existía nin-
guna duda sobre la naturaleza del delito. A continuación tenía lu-
gar la fase denominada clamosu, puesto que suponía un llama-
miento forrrial al reo por parte del procurador fiscal, que asumía
el papel de acusador: El rriisrno fiscal redactaba una orden de pri-
sión contra el acusado, que inmediatamente era puesto bajo cus-
todia en las cárceles inquisitoriales. El arresto iba acorripariado dc
la inmediata confiscación de SLLS bienes. Por ello, la ejecución del
mandato de captura debía ser hecha por el alguacil, acompañado
del receptor y el escribano de secuestros, que era el encargado dc
hacer iina relación escrita de todas las pertenencias del reo e im-
pedía que éste llevara consigo objetos peligrosos a la cárcel.
Las prisiones iriquisitorialcs (es decir, el espacio físico donde a
partir de la detención los acusados habían de iniciar una nueva vi-
da) eran conocidas coino cárceles s ~ m t u s .Esto significaba que d ~ -
rante el tiempo que duraba el proceso los reos desaparecían para
el público, ya que Ics era prohibida toda comunicación con el ex-
terior, no pidiendo ser nunca visitados por parientes ni aniigos"".
También estaba prohibida en principio toda corriunicaci6n entre
los prisioneros. Sin enibargo, muchas veces fiie necesario alojar a
varias personas en una sola celda; en dichas ocasiones se intentaba
no agrupar a condenados por un niisnio delito para evitar posibles
intercambios de inforniacióii. El objetivo de los inquisidores era
conseguir la conversión de los reos mediante el aislamiento; ello
provocaba en la mayoría importantes alteraciones psicológicas que
iban desestructurando su personalidad, con lo cual sustit~lirlapor
iina nueva no suponía una tarea demasiado dificil". Todo el secre-

211
Vease Cecil R o T ~ I.n
~ , Iyzizcznón ~.cpa?ioln,Barcrloiia, t:d. Mai-tíiiez Roca,
1989, pp. 78-79.
2I
Sobre c1 Lema de la coriversibii la desestructuracióri dc la prrsonalidad,
véase el interesanrc <.pigrafr dr,Jcaii Piei-re DELULL,
«LTn lmage de cer.veau%>,eii
to y el misterio con que se seguían las diversas partes del procedi-
miento estaba encaminado, de hecho, a lograr un testirrioriio que
en la mayor parte de los casos era contrario a la voluntad que el
acusado había mariifeslado originariamente: nos referimos a la
confesión, que se consideraba la prueba por excelencia.
La prisión podía decretarse a cualquier hora y sin indicar al
reo por qué se le prendía. Hubo más de un caso en que el dete-
nido no supo el motivo de su ericarcelarnicnto y debió esperar
meses o incluso años antes de que su proceso se iniciara y pudie-
ra escucliar de labios del fiscal las acusaciones de que había sido
objeto. Teniendo en cuenta las largas escancias de algunos reos en
la cárcel, la deficiente alimentación, la falta de higiene, el trato re-
cibido por los carceleros y la edad avanzada de algunos presos, no
es de extrañar que muchos no vivieran para conocer los resulta-
dos de su proceso. No obstante, éste seguía adelante y en todo au-
to de le figuraban las efigics y los hiiesos de individuos que ha-
Kan fallecido (algunos por suicidio) durante su estancia eri las
rriazrnorras inqiiisitoriales. Pese a todo, hay que tener en cuenta
que no todas las cárceles eran iguales; algunos tribunales conta-
ron con excelentes edificios -entre los que destaca la Aljafería,
sede del tribunal zaragozano- cuyos calabozos, en corriparaci6n
con los de la justicia seglar y episcopal, presentaban unas condi-
ciones bastante aceptables. Prueba de ello lo constituye el hecho
de que no era extraño que los condenados por las otras jurisdic-
ciones hicieran lo posible para ser.juzgados por la Iriquisici6n con
la sola finalidad de ser trasladados a una cárcel más benigna"'.
Tras el eilcarcelainiento, la siguiente etapa de un proceso in-
quisitorial era la audiencia del reo, que tenia lugar a lo largo de di-
ferentes sesiones. IdaI~m'rnerav a que los inquisidores se ponían en
contacto con el preso (lo antes posible, en teoría no más tarde del
tercer día de estancia en la cárcel), éste era interrogado acerca de
su estado civil, profesión y lugar de residencia. Otros datos de su
biografía servían para conocer el nivel cultural y religioso que te-
nia; así, por ejemplo, se le preguntaba si se confesaba y comiilga-
ha anualmente y se le ordenaba que recitase el Credo, el Padre
Nuestro y el Ave María. A veces se le planteaban ya en la primera
entrevista algunas ciiestiones directamente relacionadas con el
dclito del qiie había sido acusado: como su Porrn~ilaciOnestaba en
manos del arbitrio de los inquisidores, existía una gran variedad
de interrogatorios.
Lo que n o variaba era la prlictica d e las nmonr~~ui-iones.
Basán-
dose supuestamente e n la recomendación bíblica de la correc-
ción fraterna2", la justicia eclesiástica es~ablecíala obligación de
requerir al reo por tres veces para quc dijera la verdad y confesa-
se su delito antes d e serle presentada la aciisacióri fiscal; dichas
moniciories o aclvertericias debían tener lugar eri días diferentes
para dar tiempo al aciisado a qiie recapacitase sobre su actitiid.
Pero n o olvidemos que e n muchos casos los reos n o tenían riiri-
guria idea acerca d e los cargos que pesaban sobre ellos cuando se
les planteaban las arrioncstaciones, con lo que éstas se convertían
e n otro medio mas d e intiniidacidn, reflejo d e un espíritu que ya
riada tenia e n comíln con el defendido en el Nuevo Testamento
al tratar del perdón de las oferisas.
El número de veces e n que se debía recibir e n audiericia al reo
quedaba al arbitrio d e los inqiiisidores aunque, cri principio, te-
nía que coricedcrse sii deseo de ser- escuchado siempre que lo so-
licitara. Ciiando el acusado estaba dispuesto a exponer su dclito
espontáneaniente, se le recibía en coniesión. Pero si esto n o ocii-
rría se pasaba al siguiente acto procesal: lu c~cusnciónjiwmnl )or,imr.
t~ cí~1j.ccnl.En ella aparecían detallados u n o a u n o los cargos cori-
tra el acusado eri u n lenguaje extremadanierite fornial y
estereotipado. La declaración del fiscal encargado del caso venia
a ser iin resiimen d e cuanto habían dicho los testigos y habían
averiguado los jueces por sí mismos e n relación con el delito o
los delitos d e que se tratase. No obstante, cualquier condiicta
que pudiera añadir alguna inforriiacibri sobre la condición de
mal cristiano del reo se aiiadía tarnbi6n corno agravante de la he-
rejía por la que se le acusaba. Normalmente, solía ser el docurncn-
to mejor escrito en un proceso; ello no quiere decir que fiiera el
más veraz pues, si lo comparanius cori las testificaciones corres
pondientes, observaremos la presencia de elementos nuevos o d e
interpretaciories que n(? tenían otro fiindairiento que la propia
ideología d e los jueces. Este era el escrito acusatorio qiie se leía al

'" -Si tu hermaiio Ilrga a pcc;ii: vrir y rcpitri<lelr.21 solas iír coi1 el. Si tc cs-
ciictia, hahrrís ganado a t u tierrnario. Si iio tc crciiclia. toiiia to<lavía contigo u n o
o dos, pira que todo asiirito qiictit. zanjado por la palabra de dos o trrs trstigos.
Si Irr dcsoye a ellos, díselo a la coniiiiiidad. Y si harta ;i la coiiiuiiidatl desoye. sca
para ti como el gentil y cl piih1ic;rrio.n M[. 18. 15-17.
reo para que diera sil respuesta a iodos los al-tíciilos que se le irri-
p~itaban.Para preparar dicha respiiesta o clef'eiisa, el acusado te-
nía derecho a valerse d e un abogado que le asesorase.
Siempre quc reo lo pidier-a, debía tener Iiigar el nornh-umirn-
to dr u n nhngado. Este se prodiicía, asirnisino, m& ~ c que z u n reo
negal-ia el delito de qile se le acusaba. Lo más frecuente era que c1
acusado eligiei-a, a silgerencia de los inqiiisidores, lino de los dos
o trcs I~tt-adosadscritos al tribiinal; en cualquier caso. el abogado
debía dar pruebas d e n o ser hereje rii infame y tenía que estar es-
pecialmente facultado para actilar en 109 triburidcs del Santo Oíi-
cin. Para preparar la defensa del reo. el abogado podía liablai. con
él, pero siempre e n presencia tic: los inquisidores y dcl notai-io,
que levantaba acta d e todo lo acordado. Eii realidad, el cometido
principal del abogado no era la defensa del reo sino, al igiial que
los inqiiisiclores, iriieiitar descubrir si su defcridido era ciilpable o
no cle herejía. Si lo consideraba inocente, utilizaba todos los me-
dios legales para probar su inocencia, pero si lo consideraba ciil-
pable hacía c~iarltocstaba e n su mano para lograr qiie corifesara,
se arrepintiera y pidiera la penitencia coi-resporidierite.
lJna vez instruidas las citadas diligericias, el proceso entraba en
m a nueva fasc en la qiie se traiaba dc probar lo que se había diclio
liasta entonces. N corriierizo de esta ,faw p r o h t o n n , las dos partes
(o sea, el procta.ador fiscal y el acusado) ticbíaii ratificar su a c c i h
anterior y demandar la publicaciói~ de las pruebas pertinentec;.
Nori~lalmente,en el Derecho Penal, al esta- en juego la vida del reo,
se exigía que las pruebas para demostrar la culpabilidad f~ierariah-
soliitamente claras, a diferencia de lo que potlia ocurrir en los pro-
cesos civiles. Pero en los delitos de brujería y siipersticih, debido a
la dificultad de encoiiirai. pruebas ii~ateri:rles,valían las pi-esiincio-
rics o indicios. En gericral, la prueba más utilizada era la testifical.
Aunque las (leclaraciones d e los testigos ya se habían produci-
do con anterioridad a esta etapa -gran parte de la información
previa a la acusaci0n fiscal procedía d e aqii6llas-, un testirnonio
no podía ser tormalmente alegado si no era ratiíicxio por la per-
sona de quien proveriía. La mtifircrc.ión ( 1 10s
~ t ~ ~ t i gsuponía
m qiic
cada u n o de cllos debía confiiiriar el contenido de sus tleclai-a-
ciones bajo.jiirainerilo, delante de1,jriez o d e un comisario, al rrie-
nos veinticuatro horas despuks de hahei-las proniiricixio. Al testi-
gu que vacilaba o contradecía la declaraci0n anterior, el
inquisidor podía castigarlo con cárcel y tormento; ello no sigriiíi-
caba que dichas declaracioiies se invalidast.ri, sino qiie finalnien-
te quedaba al arbitrio d e los inquisidorcs e1 decidir cuál de ellas
era la que consideraban iiiás ?justada a la verdad.
No existía un acuerdo total sobre cuántos testigos eran válidos
para probar una acusación, aunque en general predominaba la
opinión de qiie con dos era suficiente. Alg~iriostestigos se corisi-
deraban menos idóneos; tal es el caso de los enemigos, el cónyi-
ge o parientes (cuyos teslirrionios sólo se aceptaban en contra del
reo), los excoinulgados, los herejes, los menores de edad, etc."
Sin embargo, en determinados casos también sus declaraciones
podían ser admitidas. Los relatos de los testigos (que casi siempre
se limitaban a contestar uri cuestionario que variaba en f~mcióri
dcl delito que quería investigarse) no solían ser del todo espon-
táneos. '4 la ratificación de los testimonios seguía sii publicación,
quc llevaba aparejada la lectura al acusado de todo lo que los tes-
tigos habían manifestado sobre el.
Segíin el derecho comíin, en la publicación debían indicarse
los nombres de los testigos, para que el reo pudiera preparar nie-
jor SLI defensa. El misrrio Papa Sixto IV así lo había establecido
también mediante una bula del 18 de abril de 1482. Pero, como
bien es sabido, a pesar de todo, el secreto iriquisitorial se aplicó en
este punto con todo rigor, tal y corno se refleja en las iristrucciones
de los lnqiiisidores Generales, que terminaron consagrando la
práctica de silericiar los nombres de los testigos baslíridose en el
argumento de que así se evitaban represalias y venganzas. Pero
ello suponía una rricrma más para la deknsa del reo, al que tam-
bién se le ocultaban los elerricnros de las declaraciones testificales
qiie pudieran servirle para reconocer a alguno de los testigos.
En cuanto a la defp~~sudel rm -contrapeso de los testimonios
aportados por la parte aciisadora-, podía desarrollarse siguiendo
varias de las tjcticas legales disponibles que, en esencia, podían re-
sumirse en dos: apor.taciOn de nbonos, o sea, de testigos de abono en
favor del reo, o presentación de tnr/7,n.s,es decir, de argumentos, que
demostraran que los testigos de la acusación no eran fiables. Estos
eran los dos instrumentos más utilizados en el documento que el
acusado y su abogado aportaban como prueba de inocericia. Sor-
prendentemente para nuestra actual mentalidad, demostrar que el
reo no había conietido el crimen del que se le acusaba era el pro-
cedirriierito menos utilizado eri la defensa. Existía también la posi-
bilidad de alegar causas eximentes o atenuantes, como, por ejem-
plo, la minoria dc edad, el amor, la pasión, la borrachera o la locura.
Gerieralrricntc, una vez presentadas la aciisacion y la defensa, y
si el reo o el fiscal no hacían ninguna petición más, se consideraba
la causa concliisa y lista para ser sentenciada. Pero en determinadas
ocasiones (cuando existían algunas pruebas o indicios de qiie el
reo había cometido el delito de herejía y se negaba a confesarlo)
podía añadirse como instrumento probatorio el so~ri.etzmientoa lor-
twa. Esta solamente debía realizarse cuando se daban ciertas con-
diciones: que hubiera suficientes pruebas o indicios de que el reo
era culpable (pero en el caso de la brujería, la decisih dependía
totalmente de la subjetividad deljiiez), que se hubieran agotado to-
dos los demás rriedios para inducir a confesión al acusado (amena-
zas, promesas), que el acuerdo de so~rietirriientoa tortura filera
adoptado por los inquisidores y el ordinario del lugai; y que el tor-
mento se practicara eri presencia de este filtimo.
Los métodos de tortiira empleados por la Inquisiciori españo-
la no eran especialmente duros en comparación con los utiliza-
dos por las otras.justicias; en contra de lo que muchas veces se ha
pensado, se trataba de métodos tradicionales y poco originales.
Los tres principales fuerori la garrurha (qiie consistía en colgar al
reo por las miiñecas de una polea que había en el techo con pe-
sas, que podían variar, sujetas a los pies; la víctima se alzaba len-
tamente y luego se soltaba de un tirón para dislocar sus miem-
bros), la toca o tormpnto del agua (qiie obligaba al acusado a tragar
agua vertida leritarriente de un jarro, metiéndole una toca o paiío
por la boca hasta la garganta) y el potro (se le ataba a una ban-
queta con cuerdas que envolvían todo el cuerpo y que el verdugo
tensaba gradualrrierite de manera que mordían y atravesaban la
carne de la víctima).
Los manuales de inquisidores recorrieridabari prccaucih en la
aplicacih del tormento; había qiie tener especial cuidado en que
el reo no quedara inútil, tanto si resultaba inocente como culpa-
ble. Estaba prol-iibido repetir la tortura, salvo que posteriormente
aparecieran nuevos indicios; no obstante, podía continuarse un
tormento a lo largo de tres días, como si se tratara de un solo ac-
to. Tras el suplicio podían ocurrir dos cosas: que el acusado cori-
fesara o que no lo hiciera. En el primer caso, para que su confe-
sión se considerase válida, debía ratificarla al día siguiente. Se
suponía que esta era una forma de asegurar la verdad y la diber-
tadn del reo. Pero realmente no era así porqne, si éste, al verse li-
bre de la presión inmediata del tormento, se desdecía y negaba lo
confesado durante la tortura, podía ser torturado de nuevo y en-
tonces se consideraba que se trataba de una continuación de la
tortura anterior y no de una nueva.
Llria de las costumbres in5s valiosas para el historiador actual
era la priictica. que la Inyiiisición tomó d e la jiisticia seglai; de re-
al inqiiisidor y al obis-
gistrar todos los dí:tallcs d e la torti~ra.,Junto
po se hallalm siempre i i i i notario que iba levantando acta dctalla-
da de todo lo siicediclo, lo ciial nos acerca especialmente a la
psicología de los jueces y de las víctimas, coiiio teridremos ocasión
de comprobar en algiirio de los procesos estiidiados. 'Tras las dili-
gencias probatorias, e1 proccso quedaba .<listo para scntciicia~
aiinque, eri el caso de qiie todavía <:1 reo iio hubiera coiifesado,
antes de dictar seriteiicia el ,jilez debía haccr todo lo posible por
coiisegiiir la coiit¿.sióii. No olvidemos qiw 11110 de los oejetivos
priricipales del procedimiciito iiicjiiisitorial era precisaincrite oh-
tcricr el recoiiociiniento del delito poi. parte del reo cidpable.
Antes (Lc dictarse la sentencia definitiva, cl proceso había de ser
rxaiiiiiiado nilevamente por los inqiiisidorcs. el ordiriario del 111-
gar y los Ilainados ronsz~llort~s tlrl Santo Ojcio, q i crari
~ expertos en
Teología ) e n Derecho, tanto cari6riico como civil. Sii decisión o
voto rlr.jit~i/izlodebía ser iinini~iic.Eri caso de que esto n o ociiri-ic-
ra, el proccso se remitía al Coiisejo de la Siiprerria. No obstante,
con el tiempo, esta coiisiilta terminó por oinitirsc cri la Inquisición
espaiiola, ya qiie las senteiicias c r m elevadas directamente a la Su-
prciiia. LA srrt/eirc.in (I$ni/i7w debía ser ~.cclactadapor escri to y con-
tener todos los errores conSesaclos por r:l reo o que le hubiesen si-
d o probados. Todavía en esta etapa se i~ianteníael farrioso secreto
iriqiiisitoi-ial, va qiie tanipoco la seiiteiicia podía contener rii los
iioiribrcs de los testigos i i i las circiinstaiicias por las que el reo pii-
cliei-a dediicir sus rioirihies.
En caria smtciicia se cornl~iiiahaiitres tipos de penas: osfiritzrcr-
ks (al?jiir-aciíin,i-econciliacióri, penitencias clivei-sas);ro,-l,orclZrs (pi-i-
sióii perpetua, de5tieri-o, galeras, látigo, siispensión de fiincioiies,
relíijaci0i-i) y f i n m c . i ~ r . r r(coiifiscación,
~ multas). La sanción más tTe-
ciieiite era la nbjz~,nc.ióu,que iba acornpañ;ida de otros castigos, se-
gíiii la gravedad del caso. Su sentido era borrar con ella la sospecha
de l.icr.ejía o irifairiia en el reo. La alji~racióri,de aciierdo con la
gravedad del delito, se s~ibdiviclíaen tres tipos: ~zljuracióildr l m i , (Ir
.oriwi~rrltiy 7 ~ i o I f w ~Aurique.
~1. iina vez finaliiado el pr.ocesr,, el reo
Siiera sólo levemente sospeclioso de herejía (por iio Iiakr- piiiebas
legitirrias sino solaiiiente indicios Ietes) estaba obligado a aljiirar;
bien cri público, si la sospecha liabía sido píiblica (y entonces lo ha-
cia iin día festivo en la iglesia), bieii en privado (en el palacio del
ol~ispoo del inqiiisidor), si la sospecha había sido privada. Cori ma-
yor rrioiivo, los reos veliementcrricrite sospechosos o violcntarrierite
sospechosos debían asimisiiio abjiir-ar a~iiiqueno l~iihierasido pro-
I~aclosu delito. (hrrio bien ha expres;ido h4ichcl Fo~icaiilt,
<<Ladcinostraciíin en materia penal no obedece a un sistema
dualista -verdadero o talsr+, sino a un principio dc gradación
continua: un grado obtenido en la den~ostraciónformaba ya uri gra-
do de culpabilidad e implicaba, por consiguicntc, un grado de ras
tigo. Ti.1 sospechoso, conlo tal, merccia siempre deirr~ninado
castigo: no se podía ser inoccntcmente objeto d e una sospecha.^)"
Cuando la abjuracih era solemne iba precedida de un sermOn
del inquisidor; después, el reo, vestido con el sambenito -17oz co-
rrupta de saco b u i d d e , que era una vestimenta penitencial con
una cruz delante y otra detrás, se colocaba en un lugar bien visible
para todos los feligreses y tras serle leídas las herejías de que se Ic
acusaba, debía abjurar de todas ellas. Eri consecuencia, volvía a ser
admitido en el seno de la Iglesia, pero tambiCn tcriía que cuniplir
algunas penitencias. Las rnás comunes eran llevar el sambenito a
partir de entonces, pagar una multa pecuniaria que casi nunca su-
peraba los cien ducados, sufrir un destierro temporal, ser azotado
(lo niis frecuente era recibir de cien a doscientos azotes, al consi-
derarse que cuatrocientos ya podían ser mortales), ericarcelado o
pasar un tiempo remando en las galeras del rey; en cualquier ca-
so, la penitencia no excedía de dos o tres años.
Si la sospecha llegaba a concluir en herejía forrnal, el reo, siem-
pre que se considerase <.herejeconfidente arrepentido., era admi-
tido a ,reconciliación,. Esta también suponía la absolución y rcadrrii-
sión en el seno de la Iglesia mediante abjuración, pero las penas
qiie llevaba aparejadas eran mucho más duras que las anteriores.
Además del hábito y la cárcel (que la mayoría de las veces era
perpetua, con lo que la readmisión no dejaba de ser una ironía), se
decretaba la confiscación total de sus bienes muebles y raíces, así
como la inhabilidad para gozar de oficios, honores y dignidades.
Dichas penas fueron las que se aplicaron más frecuentemente a los
conversos, tanto del .judaísmo como del islamismo, que fiieron
quienes siifrieron la persecución inqiiisitorial con más cr~deza'~'.
El reo que, después de haber sido declarado hereje formal o
vehementeniente sospechoso, rciricidía tras su reconciliación en
los mismos hechos era considerado relapso y, al igual qiie los he-
rejes no arrepentidos, acababa sien* wlnjado al b r a secular,
~ ~ lo
que suponía su condena a muerte. Esta era ejecutada por la jus-
ticia seglar, puesto que la Inquisición, por ser iin tribunal ecle-

'5 hlichel Foi ( : \ I T T . Viglrcrg ccc.\l&r, Madrid, Bd. Siglo XXI, 1994, p. 48.
Y(,
Véase Mercedes G.4~c:i \ ARFNAL.,Inquisi(i6r~y morisco\. 1.o.r prorfwc del t r i b w
n d (Ir Curr~ca,Madrid. Ed. Siglo XXI, 1983, pp. 19-45,
siástico, no estaba autorizada por el Derecho Can6nic.o a llevarla
a cabo; sin embargo, ello no parecía coritradecirse con el hecho
de q u el~ Santo Oficio aceptase plenamente la responsabilidad
de dichas condenas. El castigo rriáximo era la rriucrte en la ho-
guera, pero los que morían realmente bajo las llamas erari una
pequvña proporción de los .relajados», pues qiiienes se arre-
pentían en el último momento eran antes estrarigulados y, ade-
más, miichos de los condenados a muerte lo hierori en efigie, es
decir que, ya fuera porque habían fallecido durante eljiiicio o
porque habían coilseguido huir, lo único que se quemaba era sil
irriagen. Evidenteniente, dicha costurnbre, que no existía en los
tribunales seglares -el Derecho Civil no conterriplaba la posibi-
lidad de dictar sentencia definitiva contra los ausentes-, ericori-
traba su hndamento en la publicidad y la ejeinplaridad dcl cas-
tigo, que era lo único que realmente se daba a conocer, en
contra de lo quc sucedía a lo largo de las difereritcs etapas del se-
creto proccdirniento que venimos describiendo. En palabras de
hlichel Foilcaiilt,
(<Elsupliciojudicial hay que co~nprenderloiarribi6n como un
ritual político. Forma parte, así sea en un modo menor, dc las ce-
rcmonias por las cuales se manifiesta cl poder [...] En las cere-
monias del suplicio, el person+jr pi-iricipales el pueblo 1 ...] Un
suplicio que hubirse sido conocido, pero cuyo desarrollo se man-
iiiviera en secreto, no liabría tenido sentido.^^"
Por íiltimo, no dcbemos olvidarnos de que, a diferencia de lo
que ocurría en la Tnquisicióri medieval, también la sentencia po-
día ser absoliltoria. Pero como la absolución completa sigriificaba
de alguna manera el reconocimiento de un error, era más fre-
cuente la suspensión del caso. El riúrnero de absueltos y, sobre to-
do, de suspensos fue creciendo con el paso del tiempo en todos
los delitos"'. Y la briqería coristitiiyó imo de los ejemplos más re-
presentativos, corno corriprobareinos al tratar de la evoluci6n en
la actitud de los inquisidores del tribunal de Zaragoza respecto a
dicho crimen.
jiA q u t nos referimos cuándo hablarnos de iin tribunal del
Santo Oficio? ¿Quienes lo iormaban y cuáles erari sus fiinciones?
En primer lugar habría que distinguir dos grandes categorías
dentro del personal iriquisilorial: oficiales y rniriistros. Los prirne-
ros recibían im salario fijo por su trabajo, micntras que los segun-
dos podían ser remunerados por alguria tarea concreta o actuar
voliintariamente. Segíln las instriicciones, entre los oficiales debía
liaber uno o dos inquisidort,~,que eran los jueces propiaiiieri~edi-
chos, aiinqiie e11 Zaragoza se llegaron a dar cita en algiinas oca-
siones hasta cuatro iriquisidores al rriisrrio ~ierripo"'.Noririalrrieri~e
se trataba cle,j~iristasque habían recibido una formación iiiiiversi-
taria y que antcriorrncritc habían va ejercido furiciorics cri la ad-
ministración episcopal de jiisticia. Siguiendo un orden ,jerárqui-
co, tras ellos se sitiiaba í:1 ji.wzl, cuya timciOn era actuar como
acusador píiblico; n o obstante, con el tiempo sería coilsiclerado
cada vez más importante, Ilcgando a nivelarse su salario y prc-
eriiirieiicias con los de los iriquisidores a rriediados del siglo XIiII.
Poi- debajo de dichos cargos se hallaban el resto d e timciona-
rios LI oficiales: los cliierentes rlotnizos (los rld s~creto,o secretarios,
que tomaban acta de las dcclaracioric~;e1 de secuestros, que regis-
traba los asuntos relacionados con el embargo d e bienes y la ha-
ciciida cn gciicral; el del juzgado, que debía hacer el iriveritario de
bienes confiscado a cada reo e n concreto); el rtceptor; adiuinistra-
doi- de los ingresos y los gastos; el o l p a r i l , encargado d e etrctuar
las cletericiories e n el distrito; el alcaide o carcelero; el nuncio o
mensajero, responsable del correo y de proceder a las citaciones;
el despuzwro, encargado d e la aliirieritacióri de los presos e n las
cárceles secretas; y, por fin, desempeñando labores relacionadas
(ic rriancra rriás iridirccta con el f~lricioriarriieiitoestricto de la jus-
ticia, u n rnkdiro, u n cirzya71o, arios cap~llarles,que cada día cele-
braban una misa cri la sala de audiciicia, y el portero. El riúrrici-o
de oliciales podía variar en hinción d e las necesidades pero, e n
cnalqiiier caso, jamás excedía la cifra d c veintiocho personas'"'. Así
pues, resulta claro que una buena parte del personal inquisitorial
se hallaba integrado por agentes n o retribuidos económiramen-
te. Erilre ellos des~acabarilos caliJi~zldowsy los c.o~ls?<llol.m, a los que
ya nos referimos al detallar las diferentes etapas procesales. Tan-
to urios coriio otros erciri teólog-os -con frec~le~icia rriierrihros de
órdenes religiosas-, y su función consistía e n proporcionar a los
jucccs una <:valuaciOri dcl grado de Iicrcjía d e los actos reprocha-
dos al aciisado, en el caso d e los calificadores o, en el d e los con-
sultores, eri erriitir uri juicio p r e h a la sentencia.
Sin embargo, la contribiición de los teólogos n o bastaba para
domir~ar1111 espacio tan vasto como era e1 abarcado por cada uno
de los distritos iriquisitoriales. Si, cn su vertiente estrictamente jii-
dicial, el Santo Oficio podía considerar-se en gran medida iina i n s
titiicióri autónoma, para las tareas d e vigilancia necesitó del auxi-
lio de otras fiierzas. Además d e la íntima colaboración con las
otrasjiisticias, que resulta patente e n u n buen níimero d e los pro-
cesos estiidiados, cada triburial tiivo que irriplicar directamente a
un gran sector d e la población para ser cfectiuo. De entrada, cual-
quiera podia y debía colaborar mediante el sistema d e denuncias
pero, además, la Iriqiiisición corito con una red d e agentes loca-
les qiie se encontraban distribuidos por el distrito y que cuniplian
tareas policíacas d e control d e la población. Unos cran los comi-
savios, sacerdotes localcs que esporhdicamente actuaban para los
diferciites tribunales, sobre todo en la rase iristrilctora, ya que re-
cababan información d e todo tipo, recibían las denuncias y las de-
claraciones d e testigos e incluso podían detener a un reo sin es-
perar a la orden d e prisión oficial. Pero junto a cstos clérigos, al
servicio d c los iriquisidores estaban también los fnmilium, colabo-
radores laicos cuya misión consistía e n escoltar al inquisidor, de-
nunciar a los herejes y proceder a su arresto'".
Desde principios del siglo XVI, la Inqiiisicióri de Zaragoza de-
sarrolló su aparato policial local hasta líniites desconocidos. Por
los censos elaborados a mediados de dicha centuria", sabemos
que los familiares empezaron a proliferar sin ningún control, a pe-
sar de la resistencia d e la noble~ride hragóri y la insistencia del
Consejo de la Supren?a para quc el tribunal rcdiljera el número de
sus ministros laicos. Estos sc concentraban fiindameritalmente e n
las grandes localidades y en las áreas donde la población era más
densa. Así, en el Pirineo y el pre-Piririco la penetración inquisito-
rial fue escasa, rnieritras que al sur del Ebro, donde se concentra-
ba la mayoría de la poblacióri morisca, la red se hacía rriucho más
riipida. La familiatura comportaba una serie de privilegios que
eran los que la hacían atractiva para qiiienes la aceptaban; entre
ellos podría destacarse el derecho a portar armas, d e lo cual se de-
rivaron conflictos con la justicia seglar, ya que los farriiliares n o
distinguían entre sil uso para el servicio del triburial y el iiso pri-
vado. Otro privilegio muy preciado era la exención de los tribu-
nalcs ordinarios en las causas civiles y criminales. Según Pilar Sári-
chez I.ópez,
«el rápido incremento de familiares que se dio en Aragón y en
otros reinos guardaría un cicrto paraleli&o con las ordeiaciones
masivas de coronados. Una gran parte de las personas que recibían
la tonsura lo único que pretendían era acogerse al fiiero eclesiásti-
co. Una vez tonsurados, sc qucdaban con las 6rderies menores y su
vida acostumbraba a distar bastante de las exigencias del ministerio
religioso.»":'
Además, los familiares se distinguían en el orden social por
otras prerrogativas: ocupar lugares preferentes en las iglesias, al
igual que los gobernantes municipales y los miembros de la rioble-
za; pertenecer a la cofradía de San Pedro Mártir de Zaragoza, de la
que solamente eran miembros los rriinistros iriquisitoriales,etc. To-
do ello hizo que muchos individuos se hicicrari pasar por familia-
res mediante la elaboración de cédulas falsas, unas veces para cvi-
tar ser detenidos por la justicia real, otras para obtener ventajas
sobre sus vecinos o simplemente para atemorizar a sus enemigos
amenazando con eriviarlos al Santo Oficio. Como veremos en mu-
chos de los procesos aragoneses por brujería y superstición, una de
las funciones que la Inquisición desempeñó en la sociedad espa-
ñola h e la de canalizar odios y disputas internas a través de imajus-
ticia que en principio estaba dispuesta a aceptar cualquier deniin-
cia siempre que apareciera disirazada de herejía. La Inquisici6ri no
era la única vía jurídica que permitía dar rienda suelta a los en-
freritamientos personales utilizando un procedirriiento aprobado
por la ley, pero sí fue quizás la más popular. A pesar de la mayor
dureza de los jueces seglares y de la presencia visible en las pobla-
ciories de los delegados de la justicia episcopal, casi sierripre que
alguien mencionaba la posibilidad de ser,jiizgado por algím com-
portamiento en relación con los dclitos de brujería y superstición
sc refería a la justicia inquisitorial y no a las otras.
La InquisiciGn parecía representar así la amenaza por excc-
lencia; incliiso en el interior de las relaciones familiares se utili-
zaba como recurso para la venganza. En uno de los testimonios
más atroces sobre la violencia cotidiana en el Aragón de finales
del siglo XV, el proceso iriquisitorial contra Juan Garcés, a quien
se acusaba entre otros cargos de practicar la astrología y la adivi-
nacibn, uno dc los testigos declaraba haber oído decir al rco di-
rigiindose a su mujer e hijastro: .Marranos, jodios, que yo vos fa-
re levar a la Inquisiciori>~,
a lo cual le respondieron: <<Si
nosotros
banios alla, 170s no qucdareis atras.>>"Como ha serialado Henry
Kameri al referirse al grado de aceptación quc la Inquisición tuvo
eri general entre la población, -el tribunal no fue un cuerpo ini-
puesto tiránica~nente,sino la expresión de los prejuicios sociales
que prevalecían en el seno de la sociedad.n'\A pesar de la oposi-
ción que generó en algunos sectores, sin el apoyo de toda esa in-
niensa mayoría de gentes que proyect0 en ella sus desdichas ): la
utilizó como un blanco de hostilidades y resentimientos, rio h a
bría podido rriaritericr su enorme eficacia durante tanto tiempo.

I.OS PROCESOS DE BKCJERTA Y SUPERSTICIÓN INCOADOS


POR EL TKiBUN.41, DE ZARAGOZA

Dzxcron el present depoiar~l?SIL hrrrnano: Léurnor, jtu tienes


t u @ en rsto que te acusan o no? Y r / / o T ~ J ~ U Sque
O no. -Pues,
?por qur tzmes mzedo? Y la vegada ella d i x o . -Yo no tengo cul-
pa, p r o w h e t que, sz presa so, q u e p ~ r h h50, 3 en todar manr
T U L yo mv en(omzmdo n Dzos y a vowtros.

Domingo Frrrrr'"'

Una buena prueba de la eficacia inquisitorial son los procesos


que el Tribunal de Zaragoza sustanció a partir de finales del siglo
XV en adelante contra los crímenes de brujería y superstición.
Nuestro estudio abarcará concretamente desde el año 1497 (fe-
cha en que fue incoado el primer proceso aragonés que se con-
serva por superstición) a 1610 (año simbólico, que coincide por
un lado con la expulsión de los moriscos del reino de Aragón y,
por otro, con el proceso de Zugarram~irdique provocaría un
cambio decisivo en la actitud de los iriquisidores con respecto a
los coridcnados por el crimen de brujería). Así como los casos de
brujería no presentan ningún problema en cuanto a su clasifica-
ci6n -en todos ellos el reo aparece calificado de brujo y se le acu-
sa de haber asistido al aquelarre-, b,?jo el concepto rriks ambiguo

R
1
PI-occso contra Juan Gürcés. Torre los Kcgros. 1497. AHPZ. C. 22-4, fol. 21.

Heriry KAMEN, »i,. Nt., p. 377.
:M
Proceso coiitr-a Narboria Darcal. Cenarbc. 1498. AHPZ. C. 23-1, fol. 3r.
d e superstición hemos incluido aquellas causas eri que se juzgan
coriductas que tienen que ver con la magia (nigroniaricia, heclii-
ceria, adivinación, iiivocación de demonios) o con lo que los rriis-
rrios iriquisidores denoniinan sup~isticion.e;\,refiriéndose casi siem-
pre a dctcrrriiriadas prácticas tanto religiosas conlo mágicas de los
rniisiilmanes o judíos recieriteiiieiite coriverticlos al Cristianismo.
I,a blasfemia era corisiderada por la Inquisición como un cleli-
to diferente; no obstante, hemos decidido incluir tambiGn la cau-
sa contra Tomás Ronifant, ya que mucstra ahiertarrierite el tipo de
relaciones que muchos de sus contemporííncos cstableciari con el
De~iioriio,protagonista al fin y al cabo de todos los procesos canlo
de br~ljeríacoino d e supersticibn. Nada niás contuntlcrite para
aquellos jueces que las declaraciones de este mei-cader oscense
afincado en Zaragoza, quien reconoció mediante confesión haber
manifestado con frecuencia: ~Keriiegod e la piitajoclia de la virgen
Maria y del putojodio,de Jesucristo y tomo al diablo por Selloi- y a
Dios por enemigo.^:" Esta, que podríamos definir como una clara
formulación de apostasía, era cii realidad la acusación que subya-
cía e n el resto de los procesos estiidiados pues, aunque n o siempre
se cosisiguieran pruebas tan diáfanas, todos los reos crari coritern-
plados corno aliados de Satanás e n mayor o menor grado y todas
sus actividades como resultado del pacto demoníaco.
Pcsc a que del período que nos ocupa sólo se han consr:rvado
niieve de los procesos iricoados por el Tribunal d e Zaragora por di-
chos delitos, conocurios la existencia de, al menos, 84 causas más
gracias fiindamentalmente a los rcsúrrieries coriocidos como rvkacio-
nrs da causa que el consejo de la Suprema ordenó redactar a todos
los tribunales provinciales a partir de 1540. Del totzil de causas loca-
lizadas, 32 fueron abiertas por brujería y el resto por diversos h' rerie-
ros de supcrsticiories. Ya q ~ estas~ e últimas compi-endían iin canipo
tan extenso y variado de prácticas y creencias, las hemos clasificado
e n cinco grandes apartados segúri el tipo de reos: clérigos n i g r e
mantes (13), hechicería masciilina (22) y ferrieriiria (11), supersti-
ciories,iudaicas (3) y supersticiones moriscas (13)": La primera con-
clusión que resulta obvia a la vista de dicho conjunto dociirrierical es
que la iiirrierislz riiayoría de los procesados por brujería fiicrori rriu-
jeres; sólo dos de los 32,juzgaclos por dicho delito craii hombres. Eri
cuanto a los a c ~ ~ s a d opor
s superstición, predominaban clararricrite
los varones (41 tic los 62 reos j u ~ g a d o spor superstición).


Proccso contra 'Tomás Donifaiit. Zai-agom. IWS. AHPZ, C. 28-1, tols. 4 SS.
'"kkia claificaci6ii tan d o 131-ctcrittcrrsaltar c1 elenieiito dcfiriidor de ca-
da reo qiir corisidrrainos mas relevatitc (así, por -jerriplo. sil coiidicihi tic cle~-i-
Analizaremos e n primer lugar los escasos datos que nos apor-
tan las referencias a los procesados como brujos por el tribunal
zaragoLario. Casi todo lo qiie sahenios de ellos, con excepción d e
Narbona Darcal y Dominga Fer-rer (*La coja))),cuyos procesos se
han conservado hasta hoy, se rediice a la sentencia. Resulta muy
significativo que, así como e n los,juicios incoados a finales del si-
glo )í\i y diirante la primera niicad del X\/1 (concretamente hasta
1535) cl destino d e los corideriados por cste delito acabó siendo
invariablemente la lioguera (se trataba de myjereb e n todos los
casos), a partir de la segunda mitad del siglo )í7.7 la situación cam-
bió por- corripleto y una buena parte de las causas de las que te-
ricmos noticia terminb bien con la absoliición de los reos, bien
con la suspensión del proceso por falta d e pruebas.
Aparte de lo mucho que pueda decirse acerca de la cvoliición de
la actitud inquisitorial con respecto al delito dc brujería, y sin negar-
lo qiie la mayoría d e los liistoriiidorcs se ha esforzado e n poner de
manifiesto, esto es, que España fiie lino d e los países donde antes se
acabó con la caza de brujas gracias al creciente cscepticisino y a la
teiriplanza qiie los inquisidor-es niostraron hacia dicho delito, lo
cierto es que ya desde el principio de la perseciición inquisitorial de
la brujería se advierte, al menos e n el tribunal de Zaragoza, un he-
cho decisivo: la presencia cleterniinante de la justicia seglar. De nin-
gún modo resulta casual que e n la r n q o r parte de los,juicios inqiii-
sitoriales aparezcan consignadas referencias a las olas persecutorias
provenientes de los poderes miinicipales. Era muy frcciiente qiie,
junto a las avrrigisaciones hechas por la Inquisición, se incluyera el
proceso seglar al que pr-e\iarricritc había sido sometido el reo, o por
lo menos algunas de las testificaciones resiiltantes de las pesquisas
reali~adasaritcriormen te por las autoridades laicas.
Ya desde el prirricr momento se tiene la irripresi0n d e que h e -
ron muy pocas las veces e n que la Inquisici6n tomó realmente la
iniciativa e n la persecucióri de la brujería, limitándose más bien a
hacerse cargo de i i r i estado d e alarma que proverlía de hiera de
la institución y qiie reflejaba otros iniereses. N o obstante, con el
tiempo, la colaboración del triburial con los poderes seglares fiie
debilitái~dosey los casos d e br~ijeríafiieron, por una parte, rnu-
cho menos frecuentes y, por otra, se considerarori cada vez como

go. si15iiicliiia<-ioiie~ji~tlairaiites o sil ;iprnuiiii;icióii a prá(licas rriiisiiliriaiias). Iki-


da la coiifiisi6ri rci-iiiirioI<i~it;i 1-eiiiaiicr rii la <.pocaen rrlacióii con tbiiniiios c u
nio hrthirurk. , r ~ p r \ l / t i ó ~oi ~ ~ z ~ p m c z n , iin
i n . hcrn(us I>aado i i i i r s t ~clasiíicacií>ri
i rii
dicho género rlr calificaciones aiiio rii aspecto5 corno la tipologia social o c1 arso
rlc loi acusatlor.
menos graves. Aiin así, no llegG a adoptarse una posición radical
que supusiera iin abandono definitivo de la jurisdicción sobre di-
cho crimen. Corno veremos más detalladamente al tratar de la ac-
titiicl de los jueces, la postura de la Inquisición hacia la magia en
general rio llegó a ser nurica del todo clara. Así, por ejemplo, du-
raritc la segunda mitad del siglo XW la brujería pareció desapa
recer dentro del orden de preocupaciones de los inquisidores
aragoneses. Segíln Wiliam Moriter,
<<en ningún li~garfue tan clara la situación de la brujería corno
delito olvidado como lo estuvo en Aragón [...] solamente una bruja
corriprecio entre mis de dos mil prisioneros en los autos públicos
de Zaragoza celebrados entre 1550 y 1600 cuando, aderriis, este tri-
bunal era, sin duda, el inás activo de todo el sistema españo1.n"'
Pero ello no significó que el tribunal tornase una decisión firme
con respecto al delito piiesto que, desde comien7os del nuevo siglo,
comenzaron a aparecer en los resúrricnes anuales nuevos casos de
brujería. AS^, por ejemplo, en 1609 Isabel Alastr uey, una mujer de
la localidad oscense de Sesa que había huido de su pueblo por te
mor a un desafuero contra brujas (nuevamente la presencia de la
justicia seglar), acabó siendo condenada por el tribunal zaragoza-
no ..a que en auto publico de la fe se le leyese su sentenzia, abjura-
se de vehernenti y fuese desterrada de el districtii por tiempo y e s
pacio de diez años, y en ~ i e nazote
t s.^"' Es cierto que los tiempos de
la quema sistemática de brujas habían quedado akás; sin embargo,
ciertos casligos ejemplares continuaron aplicándose a algunas jui-
gadas como tales todavía mucho tiempo después, lo que muestra la
ambigüedad de la Iriquisición hacia dicho delito.
Dentro del capitiilo de las supersliciories, el comportamiento
mas perseguido por el tribunal de Zaragoza fue la hechicería. He-
mos dividido cn varios apartados a los procesados por este crimen
porque, a diferencia de los cargos contra brujas y brujos, (identifi-
cados siempre con la provocación de etectos negativos y centrados
en las supuestas relaciones y reuniones de los acusados cori el De-
monio -en singiilar-), bajo los téi-rriinos hechiccría, sortilegio o
nigromancia se englobabari prácticas de índole muy variada. Una
primera clasificaciOri nos lleva a distinguir entre la hechicería fe-
menina y la masculina. Ambas compartían aspectos tales corno el
recurso a determinados espíritus, que casi sierripre aparecen nom-
brados corrio derrioriios -en plural-, o la búsqueda del éxito con
la ayuda de la magia y, en ocasiones, también de la adivinación. Pe-
ro así como en los procesos iricoados contra hechiceras prcdomi-
naba la magia amorosa, en los incoados contra hechiceros la bíis-
queda de riquezas constituía el principal objetivo tanto de los reos
como de los clientes que acudían en busca de sus servicios.
Fueron muchos más los hombres ,jiizgados por hechicería que
las mujeres perseguidas por la misma acusación. Si a ello añadimos
el grupo de los que hemos dado en llamar c1higo.í n,igronmn,te.\ la
proporción aumenta considerablemente a favor de los varones. Las
diferencias entre los hecliiceros laicos y los pertenecientes al clero
no eran muy grandes. Tanto unos como otros se valían para sus ex-
perimentos mágicos de objetos sagrados y eran muchos los casos en
que los reos seglares habían aprendido de algíin clérigo. El motivo
principal para incluirlos en apartados diferentes ha sido poner de
manifiesto la f ~ ~ e rpresencia
te del clero en este delito. Como com-
probaremos al analizar los procesos contra la magia incoados por
la justicia civil, la supcrsticih era un tipo de crimen que sólo la
Iglesia se encargaba de juzgar, lo cual se comprende mejor si tene-
nios en cuenta que una gran parte de sus rriariifestacioncs no eran
sino derivaciones de la propia religión, aunque, eso sí, interpreta-
das en un sentido diferente del propuesto por la Iglesia oficial.
Otra característica que diferenciaba los procesos contra he-
chiceros varones era la alusión al uso de libros especializados que
iricluíari fbrrriulas y conjuros; por el coritrario, en las causas con-
tra hechiceras no se mencionaba ningíin tipo de literatura donde
pudieran hallarse las expresiones utilizadas por dichas rnujercs
para sus operaciones mágicas, qiie solían recitar basándose íini-
cainente en la memoria. Por fin , hay qiie serialar también la pre-
sencia singular entre los hecliiceros, tanto clérigos como laicos,
de extranjeros, procedentes en su mayoría del siir de Francia y en
especial de Béarn. Ello revela la obsesiori del triburial zaragwario
por esta tierra cercana, qiie era unánimemente considerada como
un foco irradiador del temido protestantismo y, en general, de to-
do tipo de herejías. La presencia de hechiceros procedentes de
Béarn se hallaba además asociada a otro importante elemento de
la hechicería niasculiria: su frecuente relacih con oficios artcsa-
nos qiie no implicaban una vinculación obligatoria con la tierra
de origen corrio, por ejemplo, cubero y fustero, o cori oficios dc-
cididamente irinerantes como los de mercader y soldado.
En cuanto a las condenas de la Inquisición zaragozana por he-
chicería, no puede liablarsc, corrio ocurría con la brujería, de una
evolución de mayor a menor dureza. Desde los comienzos de la
existencia del tribunal se dictaron todo tipo de sentencias, desde
la absolución y la suspensión, pasando por la abjuracih y la re-
conciliación, hasta la relajación al brazo seglar. Con respecto a cs-
ta última, y por las noticias que conservamos, la última condena a
muerte se decretó eri 1537 y fue contra un tal mosén Joan Omella,
alias Blanca, del que solamente sabemos que era vecino de Zara-
goza y había sido~juzgado,como tantos otros clkrigos aragoneses,
por crimen de nigromancia. Dicha fecha coincide casi con las úl-
timas condenas a miierte del tribunal por brujería, que tuvieron
lugar en 1535, uiia contra Dominga ((1.acoja*, de Pozán de Vera
(Huesca), y otra contra Catalina de Joan Dícz, de Salinas de Jaca
(Huesca). Los tres ejemplos pueden considerarse rriodclos repre-
sentativos de los condenados por dichos crímenes: la liecliicería
era un fenómeno fimdamentalmente urbano y muy relacionado
con el clero, sobrc todo tratándose de hechicería masculina, que
numéricamente era la que predominaba. Por el contrario, la bru-
jería era casi excliisivamente femenina, rural, y predorriiriarite-
mcntc pirenaica, si atendemos al origen de la mayor parte de las
reas juzgadas por la Inquisición aragonesa.
Una buena parte de las acusacioncs dc supersticih se dii-igie-
ron contra los nuevos convertidos, canto del Judaisriio corno del
Islam. La preocupación por los conversosjudaizarites se iriaiiifes-
tó principalmente a fines del siglo ?n: y principios del XM, y a esa
época pertenecen tres de los procesos conservados en Aragón en
los que, junto a las acusacioncs de supersticih, tigiiraban otras
que pretendían demostrar la adscripcibri de los reos a la religión
hebraica. Sin embargo, poco a poco, a medida que la expulsibri
se iba viendo como algo mas lejano, todo lo relacionado con el ju-
daísmo fiie dejando de inquietar a los defensores de la fe. A par-
tir, sobre todo, de la segiinda mitad del siglo XVI la Inquisición
aragoriesa situó clararrierite el nuevo erieniigo a combatir entre
las filas de los rrioriscos, muchos de los cuales fuerori juzgados rio
solamente por seguir practicando su antigua religión sino tam-
bién por hechiceros y supersticiosos. Cualqiiier signo que rela-
cionara, siquiera mínimamen te, a un aciisado con las costiimbres
propias de las culturas judía y musulmana (trabajar en domingo,
no hacerlo en viernes o sábado, comer tocino durante la Semana
Santa o la Cuaresma, etc.) servía de abono a los cargos por su-
perstición ya que, de hecho, toda pervivencia de dichas cultiiras
era definida como tal. Tanto los moros como losjiidíos habían go-
zado cn España a lo largo de la Edad Media de una fama de m a
gos que ahora le resultaba de gran utilidad a la Inquisición para
otorgar un carácter denioníaco a una persecución que, a dife-
rericia d e la efectuada contra la magia de origen cristiano, fue
siempre irriplacable.
La lucha contra los restos de cultilra morisca fue especial-
mente dura e11 Aragón. Ello i.esulta palpable e n las condenas con-
tia los moriscos,juzgados por siipersticióri, la rnayoria d e los ~ L M -
les hubieron prirricro de pasar por diversos tormentos aritcs d e
ser recoriciliados. Las penas contra los moriscos eran más graves
que las perias contra los ci-isiiarios viqjos que habíari cometido de-
litos semejantes. hí, por ejemplo, en 1593, un tal Pedro Chane],
vecino d e Crrea de JalOn, que había sido ac:ilsado de <.haverteni-
do libros nioricgos y dado noriiiiias que coiitenían aqoras d r mo-
ros a lres o quatro personas,,, además d e haber comprado un es-
pejo [...] para invocar demonios>>, h e torturado y condenado por
el tribunal zaragozano a hkbito y cárcel por seis años que clchería
cumplir Neri las galeras d e ~ L rriagestad,
I d e galeote al remo sin
sueldo.,," Parecida suerte correría e n 1606 Nejo (hbello, hahi-
tante de María d e Hucrva, quien por curar con la ayuda d e cier-
tos conjuros que tenía .<en un libro moriego)>fue coridcnado a
q ~ i a t r oaiios d e galeras, diez ducados y cient aqotcs.~"
Las pcnas para los cristianos viejos acusados de nigromaricia
por las mismas fechas (salvo las impuestas a los de origen bcar-
nés, que eran tratados exactamente igual que los rrioriscos) eran
iiiconiparablcmente nlás suaves. Un tal fray Pedro PCrez, monje
del corivcnto d e Nuestra Scnora d e Piedra, que había sido acu-
sado en 1598 por buscar tesoros mediaritc invocaciones a los de-
nlonios, fiie coridenado a r e c l u s i h por cuatro años eri otro mo-
nasterio d e la misma orden, que terminó siendo el de Veruela4'.
Yel castigo d e Antoriio Carrasco, que liabia sido j w g a d o por cu-
rar sin licencia y liallarse e n posesión de iin libro d e conjiii-os,
consistió e n seis meses d e destierro d e Zaragoza y d e Fragal'. Si
bien es cierto que, dada la f u e r ~ a<:o11que se iiiarituvo la cultura
morisca en Aragón, niuckias d e las creericias y conductas consi-
deradas supersticiosas podían iácilnieritc localizarie entre cste
grupo d e nuevos convertidos, tarribiCn es verdad que la gran pro-
porción d e hechiceros nor riscos con respecto al total de los,jiiz-
gados como tales a partir d e mediados del siglo XVI, así como la
gravedad d e las perias qiie les iuerori irripiiestas, revela uria ve7
más los auténticos objetivos de la persecución inquisitorial. Al
Santo Oficio le interesaba por encima de todo garantizar un con-
trol político que se hallaba indisoliiblernerite unido al control so-
cial y cultural. No olvidemos la obsesión de Felipe 11 por la posi-
ble conspiración morisco-bearnesa que interitaría acabar con el
Estado católico que tan ardientemente defendía, obsesión que
aparece claramente reflejada en la forma de juzgar la magia por
parte de la Inquisición aragonesa. Se trataba de un delito que, de
entrada, nada tenía que ver con la política; sin embargo, la gra-
vedad de las condenas dependía mucho niás de la pertenencia
del reo a alguno de los dos partidos enemigos que de la inipor-
tancia del delito en sí mismo.
h lo largo de este rápido recorrido a través de los más de no-
venta encausados de los que tenemos noticia, hemos podido de-
ducir algunos datos significativos acerca de su origen, de su sexo,
de la mayor o menor dureza de las sentencias segun los crímenes,
de las etapas de mkxima intensidad en la persecucibn, etc. Pero
no sólo nos interesan las conclusiones estadísticas y tipológicas ex-
traídas a partir de ima serie (en este caso, la integrada por todos
los que fueron juzgados por brujería y siipersticibn en el tribunal
de Zaragoza entre 1497 y 1610); existen aspectos que íiiiicamen-
te podemos apreciar por medio de la lectura detallada de los pro-
cesos que se han conservado completos. El acceso directo a los
mismos nos es de gran utilidad, sobre todo si tenemos en cuenta
qlle la mayor parte de los papeles primitivos se ha perdido y que,
a pesar de la gran riqueza docurricntal de los arcliivos inquisito-
riales, los testimonios originarios que nos han llegado son muy
pocos en comparación con los que reflejan la iritcnsa actividad
burocrática que generó la propia institución inquisitorial.
Si comenzanios por un análisis formal de los nueve procesos
originales, observarnos cómo todos ellos contieiien en primer lu-
gar la llamada formal al reo o clcimosa, seguida de la correspon-
diente orden de arresto y confiscacih de bienes. A partir de ahí
van sucediéndose una a una las diferentes etapas procedimenta-
les que ya referimos en el capítulo precedente. En riingím caso se
transcribe el origen del pleito, la denuncia inicial que ocasionó la
actuacih judicial. Pero si en las relaciones de causa ésta continúa
siendo un misterio, en los procesos completos, gracias a la deta-
llada reproducción de las declaraciones testificales, acaba por ave-
riguarse el verdadero motivo de las acusaciones. Dejando de lado
los dos juicios por brujería, cuyo origen se encuentra en ambos
casos en la persecución previa por parte de la,justicia seglar, en
los sictc procesos restantes podemos deducir sin dificultad quién
o quiénes provocaron la actuación de la Inquisicióri.
LJna vez leidas en profundidad todas las causas, se tiene la ini-
presión de que a la hora de ser juzgado importaba muy poco el ha-
ber manifestado coniportarnientos o creencias con componentes
mágicos, compartidos por aquel entonces por la irirnensa mayoría;
más bien parece que lo qiie realmente decidía la actuación judi-
cial, (al margen de la persecución de determinados grupos socia-
les como los rnoriscos), era la enemistad que el reo suscitaba entre
quicncs, uria vez desencadenado el juicio, se convertían bajo la
forma de testigos en sus auténticos vengadores. A Tomás Boriifarit,
al que ya conocemos por sus expresivas blasfemias, lo había aciisa-
do su propio suegro tras echarlo de su casa escandalizado ante sus
afirmaciones herkticas, y no sabemos si quizá tarribien por algún
otro motivo. El mismo reo confesaba qiie, al igual que otros mu-
chos zaragozanos, había renegado en momentos de ira (normal-
mente cuando iba perdiendo en el juego o al reiiir con su mujer),
pero que desp~kw.sedaba con la mano y puiio en el rostro, y Ilo-
rando rogaba a Dios qiie le perdonas se.^^"
Otra habitante de Zaragoza, Catalina k n a r -más popiilarmen-
te conocida corno la Amara-, famosa hechicera del barrio de San
Pablo de dicha ciudad, pudo haber sido denunciada por uria de sus
clientes qiie, desesperada al no conseguir los favores amorosos que
esperaba de un clérigo por medio de los hechizos que la Aznara le
liabia enseriado, había amenazado con matarla según confesión de
la propia acusada. No sabemos si sería cierto que, tal y como atesti-
guaba la reo, a m a noche [...] la Valconchara vino a sil casa [...] y le
dixo estas palabras: <<Mirame Aznara, por Santa Maria, qiie tenia
propuesto de pasar os uria navaxa por la gola y degollar os sino ubie-
sedes fccho lo que yo queria~"';en cualquier caso, la violencia
existente entre ambas parece haber sido el verdadero motivo de las
acusaciones, y no el rechazo de sus prácticas de hechicería.
A la vista de los docunientos, resulta evidente la instriimentali-
zación de la Inquisición para las riñas entre enemigos. Florericia de
Varo había sido acusada de practicar ciertos ensalmos judaicos y
otras fetillerías o supersticiones por quienes la habían atemorizado
diciendo: <<nosotros os farenios abaxar y os faremos meter en lugar
que non saldreym. Como consecuencia de ello hacía ya tiempo que

45
Proceso conti-a Tomás Bordant. Zaragoza. 1501). AHPX. (:. 'LX-1, fol. 3.
'" Proceso contra Catalina Aznae Zaragoza. 151 1. NIPZ. C. 28-6, fol. 21.
la acusada <criuriquacozia eri el fortio d c los nombrados [...] corno
antes de las dichas malenconias y riiiya solia hazer algunas vezes.),"
La aciisación de practicar la magia coristitiiía una excelerile excusa
para derribar al contrario por medio de la justicia ciiarido rio se cn-
contraban olros pretextos más sdidos. Si no hiera por las detalladas
lestificacioncs que aparecen en el proceso a Jiiari Garcés, a quien se
j17gÓ entre 1497 y 1499 por nigromante y astrólogo, aderriis de ju-
daizante", podríamos I l e ~ a rficilrrieritc a coiicliision<:s crrOneas
acerca de sus capacidades niiigicas y de sii conocimiento de los ciier-
pos cc1cstí.s. N o obstante, a medida que avanza la lectura de los más
de doscientos folios que integran el proceso que le fue iilcoado, va-
mos cobranclu coriciericia de que, una ver riiás, nos encontramos
arile im enfrcritarriicnto entre grupos irreconciliables.
Se trataba en aqiiella ocasion de tina auténtica giierr-a civil de-
clarada en la localidad tiiroleiise de Torre los Negros entre dos
bandos de familias ricas que, como era cost~irribree n aquella épo-
ca, habían llegado incluso a contratar rnatoncs d e oficio (se habla
d e veirite gasconcs) para eliminarse miitiiamente. Tras sucesivos
intentos fallidos de todo tipo (piiñaladas, incendios), Aria1 de
Tri?jillo, el principal acusador -e\ideiiteiiicritc tarribih el d e
riuiiciarite e n este caso- se había hecho pasar por ministro d e la
IriquisiciOn obligando a testificar e n contra d e su enemigo .Juan
(;arcés a ciertas mujeres del pueblo. Teriieriilo e n cueiiia la per-
tenencia del acusado a una de las farriilias niks ricas del Iiigar, se
piiede corripreridcr que fuera sencillo encontrar gentes dispiies-
tas a decir lo qiie Artal quería bajo soborno. Muchos d e los tesii-
gos d e la íiciisacióil eran deiiclores del reo y testificaron cri su
contra con la esperarira de ~ i tcricr
o qiic pagarle nunca, tal y co-
rno prorrictía su principal enemigo y caiidillo del bando contra-
rio bajo sil disfra7 inqiiisitorial.
El motivo central de los eillientamieriios se hallaba dirccta-
mente relacioiiado con u11 probleriia d e iiria I-icrcncia. El acusa-
clo, Juan C;arcCs, haKa rccibido a la rriiiei-te de su padre el usu-
fructo de iin molino harinero del que esperaba liaber llegado a
ser propietario. Pero, e n sus íiliirrios afíos de vida, estando ya miiy
viejo, el padre se habría dejado influir por el cura del lugar, iiiás
cercano al bando d e los Artal, quien le acorisejaba que traspasa-
se dicha propiedad a manos del marido d e la hermana d e Artal,
como así ocurrió. La fairiilia de los Artal intentaba ahora que los lii-
jos del acusado abandonasen el molino, pero éstos no queríari irse.
Tras el recurso a varios métodos violentos, parece que la Inqiiisi-
ción se biiscó, una veL más, coriio una posible arma -quizás la más
eficaz- para acabar cori uria sitiiaci6n qiie sólo podía deciclii-se
mediante la iritcrvcrici0n de algíin factor -jerio a las ya rnedidx
fuerzas dc ambos contenclientes.
El acusado reunía dos cal-acterísticas que bicn podían api-ove-
cliarse por SUS cricmigos para hacer oir su causa ante los iriquisi-
dores. Por un lado, su afición a las ciencias ocultas, con especial
preí'erencia por la astrología, lo que, tal y como había declarado el
rriisrrio Juan Garcks, le había llevado a liablar a sus vecirios de la
existencia d e días aciagos para r e a l i ~ a rdctc:rminadas ceremonias.
Por otro, SLI especial relación con el cura coniesor cle la localitlad
-el mismo que aconsejara a su padre el carribio de heredero- lo
liabía apartado en algiiria rricdida d e la Iglesia, pues había dejado
de confesar y comiilgar con la frecuencia debida desde que fuera
desheredado. Ambas acusaciories figuratmi <:n la demanda criini-
rial presentada por el fiscal, lo que a primera vista convertía al reo,
sin lugar a diidas, e n un hereje. Incluso podiari alcgarst: priiebas
de su falta d e ortodoxia, puesto que en más de i ~ n aocasión se le
liabia oído decir q u e era loco el que corifesava trda la verdad a
los clerigos.~'"En cuanto a las acusacio~iesde astrólogo y adivino,
poseía dos lit~ros,e1 lino titulado Lilm d~ las sign$/it.angns de los eclip-
. x c - dp los tr.upno.r y el otro conocido sirripleriicntc como I,urmr'o, el
primero liabia sido calificado por el fiscal de .libro de nigronian-
tia* y, corrio bicn sabemos, la simple posesión de uno de ellos se
coiisideraha motivo suficiente para ser co~ideriado.
Poclríanios seguir aportarido cjimplos que pusieran d e niani-
ficsto la decisiva iniportancia d e la aceptación social de uri reo a
la hora de ser llevado a la Iriquisicióri. La gravedad de las aciisa-
ciorles de que era objeto dependía, mucho más que de su viricu-
1.aci61i
.. con el mundo d e la magia o la supersticióri, de la rclaci6n
con sil entorno rriás irirriediato. Esta circiinstancia, qiie solainen-
tc r<:siiltaperceptible a través de la lectura d e los escasos procesos
coinpletos que se han coriserwido, piicdt: observarse asimismo e n
los procesos iricoados por las otras justicias, como tentireinos oca-

'!' S . A H P L (:. 22-1, fol. 10.


Proceso coiitrajoaii ( h i - u ' s . libr-i-i. 10s N C ~ I . O1497.

109
sibn de corriprobar: Pero, volviendo a los nucve procesos inquisi-
toriales contra la brujería y la superstición, hay que destacar, ade-
rriás de la denuncia implícita, otra etapa procesal de gran interés
que tampoco aparecía reflejada en las relaciones de causa: el du-
cutnento de abjuración.
No siempre se conserva dicha pieza, que en ocasiones resulta
esencial para conocer aquello que los inqiiisidores consideraban
lierético en relación con el delito dc que se tratara. En la mayor
parte dc los procesos lo único que se consigna es la obligación de
abjurar junto a la penitencia correspondiente. Normalmente, la
abjuración consistía en que el reo reconociera públicaiiiente ha-
ber cometido los delitos por los que había sido condenado y ju-
rase que nunca más los volvería a repetir, haciendo mención ex-
presa de la voluntad de cumplir las penitencias que el tribunal
considerara que debía inipoiierle. Así sucedió en la causa contra
Tomás Bonifant, quien rehiisb toda herejía en general en estos
términos:
~anathcmatizoy abjuro generalmente toda specic de heregia e
apostasia que se Ievariie contra nuestra santa fe catholica e ley
cvangelica de riiresiro redemptorJesu Christo e iglesia ronrana..'"
Más tarde continiió detallando el contenido de sus blasfemias,
así como las circuristaricias en que habían sido pronunciadas o
siniplemente pensadas (algunas vczes rio lo dezia con la boca y
lo dezia con el corazon>.):
<<eseñaladamente abjuro aquella heregia o palabras hcrcticales
nefandissimas de que soy havirlo por vehemente sospechosso por
quanto por m i propia conlesion consta: estando jugando y ririyen-
do con rrii rrr y e r por muchas vezes y en diversos Iiigares proriimcie
estas palabras: reniego de la puta jodia de la virgen Maria.."
En casos como éste, la abjuración no ariadía nada que no se
supiera ya; en realidad no era sino un resurrieri de cuanto se ha-
bía averiguado a lo largo del proceso, todo lo cual debía ser re-
chazado solemnemente por el reo, sin más. No obstante, en el
proceso incoado en 1510 contra Pedro Bernardo, un mercader
~ f l o r c n t í nestablecido
~ en Zaragoza, se inserta un docurriento de
abjuracibri especialmente interesante ya quc, tras el relato de los
cargos y de las circunstancias en que se produjeron, se nos rriues-
tra una verdadera síntesis de la doctrina oficial que la Inquisición

511
Prr>cesu contra Tomás Konifant. Zaragoza. 1509. AHPZ. C. 28-1, fól. 1 Ir.
íI
Ihidrm. fol. 1lv.
debía aplicar en los procesos contra todo género de supersticio-
sos, y especialmente en aquellos en que el Demonio se convertía
en el eje principal.
El reo había sido acusado de nigromántico, sortílego e irivoca-
dor de demonios; una vez más, una cuidadosa lectura dc las actas
revela claramerite que nos hallamos ante otro ejemplo de denun-
cia solapada, proveniente en esta ocasión de alguien muy cercano
al acusado: el clérigo con quien el florentino había aprendido to-
das las artes mágicas que lo conducirían finalmente a acabar sus
días en la cárcel, un gascóri conocido como mosén Pedro. Dicho
clérigo -al que inspiraba timdamentalmente iin ansia de ven-
gan7a hacia qiiien había sido su colaborador- se había concerta-
do con un tal Rainiundo de Janias, que se hacía pasar por oficial
de la Inquisición, para juntos aprovecharse del mercader. Ambos
habían amenazado a Pedro Bernardo con denunciarlo si no les da-
ba lo que le pedían. Cuando el acusado se negó a ello (<<que rlo les
daria mas porque no tenia riada, que todo era de su hermano,))=,
intentaron quc la Inquisición se hiciera cargo del caso, lo que fi-
nalmente consiguieron, aunque no sin esfiierzos.
Instigado por mosén Pedro, Raimundo acudió a la Mjafería y
habló con el fiscal de la Inquisición diciendole que, si t~ivicrapo-
der para ello, 61 podría apresar a uno que hacía invocaciones a los
diablos. El fiscal, sin mostrar mucho interés por el asunto, res-
pondió: *Cosas son essas que tocan al ordinario sino que ya se
fallasen en la obra, y assi seriar1 cosas leves, pero, con todo, lo ha-
blare con el inquisidor para que os otorgue un poder si le parecie-
re.» El inquisidor, que estaba enfermo, se desentendió del caso y lo
remitió a un tal maestre Pascual, fraile de la orden de Predicadores,
Este, por fin, .<aunquetuvo la misma opinion del dicho fiscal, otor-
go comission y poder. a Rairriurido «dandole fuer~asde alguazil
para las dichas invocaciones et sortilegios.»Una noche, Raimundo,
acompaííado de tres hombres y guiado por mosén Pedro, se pre-
sentó en casa del mercader, pero, aunque encontró abundantes
pruebas de su afición a la nigromancia (entre ellas <<un libro de
alquimia y de otras cosas, chiquito, en pliego menor,,), y a pesar
de que el mismo Pedro Bernardo confesó .que dizieridose ciertas
palabras en la forma que esta aqui, que se puede sacar oro y pla-
ta de la mar),, no se atrevió a tomarlo preso, ya que *no se fallava
en la obra, visto que no havia visto sino el aparejo y no res en fe-
c h o . ~No obstante, contó lo sucedido al inquisidor y éste, una vez

7"
Proceso contra Pedro Bernardo. Zaragoza. 1510. AHPL, (l. 28-5. tol. O.
restablecido, [(maridopublicar uri edito e n la Scu d e Caragola, que
quien supiesse cosas de invocaciones de demonios y de sortilegios
y de adevirios o otras cosas, que lo viniesse a notificar al iriquisi-
do^"'. Así, de este modo, y tras diversas insistencias, el florcritirio
Pcdro Bernardo llegó a ser apresado, juzgado y, finalmente, cori-
denado a cárcel perpetua por el triburial zaragozano.
Dicho cjeiiiplo nos mueslra miiy bien la ambigiiedad de los in-
quisiclores ante los casos de superstición. No siempre existía una
postura clara de iriterés o rechazo. Pero si, como hemos visto eri el
clérigo gascón ); sil aliado, alguien manifestaba iin especial empe-
iio por dcriunciar a otro, el tribunal contaba con los medios y con
IajustificaciOn doctrinal siif cienles para proceder. Tanto es así que
del desinterés inicial hacia Pedro Bernardo se pasó, sin termino
medio, a su condena perpetua. <Cómoexplicar este corilraste? Una
de las rzuories podría hallarse en la excesiva rigidez a la hora de re-
conocer yjuzgar cada una de las herejías que se hallaban definidas
como tales y que el Santo Oficio debía combatic La siipeistición
era una cle ellas. Su perseciición rio se consideraba e n absoluto
prioritaria: para ello estaba el ordinario, es decir, el obispo; él se en-
cargaba d c velar por la vida religiosa de sus feligreses y era quien
debía atender aquellos casos í:ri que ésta se manifestaba de torrria
desviada. Pero, aiin así. la InqiiisiciOri también podía juzgar los ca-
sos de superstición. Dado que sil tarea se corisideraba superior, so-
lamente debía ocuparse de aquéllos en los que el Diablo figurase
cri un primer plano, de aquéllos e n los qiie e1 pacto demoníaco
fiiera patente y, por tanlo, pudiera hablarse sin ningún género de
dudas de la existencia dc apostasía, la mayor d e las herejías. Pero la
presencia del Diablo constituía evidentemente una cuestión tolal-
mcrile arbitraria. Como afirmó el Iiistor-iador Hciiry Charles I z a ,
<<Esque por erliorices al oirinipr-esente demonio se le echaba
la culpa dc iodo [...] Así se puede comprender que la defiiliciíh
de pacto [... 1 Ilegai-a a anipliarse hasta coiripreridrr lodo acto qiie
pudiera scr cliisificado corno siiprrsticioso: todas las viejas cura-
ciones por rriiijercs, todos los iradicionalcs usos y creencias que se
habían ido acuiiiiilando a ~ravbsde cr¿dulas generaciones adoc-
trinadaa rri poner su coritiariza en fr-ases iriiriteligiblcs y acciones
sin seii~ido;cualquier- efecto superior a los que i~aturalrrreritepue-
den pi-oducirse, si no ei-a atribui1)lr a Dios, por tirerra tenía que
explicarse por- u r i pacto con el deriionio.»"
El hecho de que circuilstancias tan diferentes fuesen incliiiclas
bajo la ambigua clasificación de superstición era uno de los rrioti-
vos por los que el Santo Oficio prestaba oídos sordos a muchas de
ellas ante la extrema coiifusi6n que había en torno a este delito.
Sin erribai-go, uila veL que la niaquiriaria de la Inquisición entra-
ba en tuncionarriiento, lo más probable era que siguiera adelan-
te, pues para probar la intervcnción del Demonio cualquierjiwti-
ficacióri era válida y además toda una ciencia derrionológica
servía de apoyo en los casos de necesidad. &\sí, por ejemplo, si se
tra~abade invocadorcs de demonios, entre los que se contaba el
rriei-cader Pedro Bernardo, el i2lanual de inquisidows reconocía
tres tipos: los que rendían a los diablos L I I ~culto de latría, quienes
les prestaban un culto dc dulíay aquellos que simplemente los iri-
vocabaní'.
El documento de abjin-ación que el mercader Pedro Berriardo
hubo de leer antes de ser reconciliado encontró sin duda inspi-
ración eri las palabras dc dicho inariual, aunque, cal y como po-
dernos advertir en las siguientes líricas, no se liniitaba a repetir los
contenidos del tratado, sino que constituía una versión personal
de los i~iquisidoresencargados del caso:
Konfiesso que la invocaciori y adoracion latria y todo sacriti-
cio sr ha de fazer y dar a nuestro creador y Santissirria Trinidad, y
la adorücion dulia a los santos y goverriadores assi eclesiasticos ct)-
mo seculares. liaviriido resoeto al creador aue los ha creado v e n
cuyo riorribre son santos y excrcitan la govektcion; y digo q& el
diablo ni es santo ni amigo de dios, antes esta obstinado en culpa
y malicia y iio tiene ofíicio ninguno en esle mundo de governa-
cion por dios, mas es siervo y cativo y falsador y enganyador de ria-
tura humana, e que darle niiigiria honra, sacrificio o adoraciorr,
latria o dulia o iIi\w.arlc es he&co y condenado por la Santa iiia-
dre
Tras la coniesiGri y el jiiramerito de no volver a repetir los crí-
menes coine~idos,Pedro Berriardo volvió a ser integrado en el se-
no de la Iglesia y, en corisecuencia, se decretó su absoluci6n. En
palabras de los propios inqiiisidores,
<<Porqueveemos agora el dicho Pedro Bernardo havrrse re-
pcntido de los dichos criniiri~sde heregia por el cometidos y tia-
ver confessado \; abjurado aqiiillos, en quarito ver y conocrr po-

.-
!I I
Nicolaii t:izit-~i<:~Francis<-o
Pk.\A, dr lo, r ~ i p i s r d o r ~ \liar-ccloria.
ninrz~~nl ,
Ed. Mucliriik, 1983. pp. 80-83.
76
Procc:so coriira Pedro i3erii;rrcIo. Zaragoza. 1310 . AHI'Z. C. 28-5, f'ol. 30.
demos con verdadero coraCon y entera voliiriiad, y querer ser res-
tituydo y reunydo al gremio de la santa madre iglesia, queriendo-
le recebir con misericordia, at~solvrriios[...] al dicho Pedro Ber-
nardo de la excorriuriiori eri que ha incurrido.."
No obstante, el perdón de los pecados quc el tribunal de la In-
quisición otorgaba a quienes declaraban haberse arrepentido, Ile-
vaba consigo también su pcriitencia. Al igual que en el sacramento
de la confesión, pero a una escala mucho mayor; se consideraba ne-
cesario que el pecador, en este caso el reo, purgase sus culpas, dio-
ra delitos, mediante un castigo adecuado. Finalmente, y a pesar de
la absoliición, Pedro Bernardo fue condenado a cárcel perpetua
aderriás de otras penas, entre las que figuraban la posible confisca-
ción dc sus bienes, la imposibilidad de obtener ningtin beneficio ni
oficio píiblico y la prohibici6ri de portar consigo signo alguno de
ostentación tales como oro, plata, pcrlas, ámbar, corales o piedras
preciosas.
Para comprender un caso como el de Pedro Bernardo, quien,
como tantos otros, más que perseguido por la justicia inquisitorial,
puede decirse que cayó en sus redes de modo casi fortuito, hay
que tener en cuenta varios factores. En primer lugar, que la In-
quisicibri tenía competencia por encima de cualquier otro tribu-
nal sobre los delitos de superstición; en segundo lugar, quc sc apo-
yaba en una detallada y extensa casuistica doctrinal, de manera
que casi cualquiera podía encajar en alguno de los delitos descri-
tos; y en tercer lugar, que la extrema popiilaridad del Santo Oficio
hizo de él un instrumento para las riñas y enfrentamientos perso-
nales de una buena parte de la población. De cualquier modo, la
ultima palabra la tenían los inquisidores; por ello, conocer su irlee
logía y su forma de actuar con respecto a los crímenes de brujería
y superstición resulta esencial si queremos entender los auténticos
motivos de las acciones jiidiciales que sirven de fundamento a
nuestro estudio. A través de los procesos que nos han llegado es
posible entrever en gran medida la postura de quienes tenían en
sus manos la posibilidad de decidir sobre las vidas de los reos con-
denados por delitos relacioriados con la magia, pero contarnos
además con algunos documentos -en su mayoría procedentes de
la corrcspondericia mantenida entre cl Consejo cle la Suprema y
los tribunales provinciales- que nos hablan de manera más di-
recta sobre los móviles de aquellos ,jueces, responsables de una
persecución que no siempre se caraclerizí, por su coherencia.
LA ACTITUD DE LOS INQUTSIDORES

En /LISC ~ I L S de
~ S bn*jas es necessario yr con nwi p~circurzs-
pwtion pvr rlrr g-~cln,imiedad que ay de opiniones escritas, 11n~uchas
mas por- C M T ~ U s(~c(1dus
~C de la expoiencia de estos tiempos.
Isiclro de San Vicente'"

El historiador de la brujería y, en general todo historiador,


puede sentir la tentación de buscar uria línea euoliitiva en el dis-
currir de los acoritecirriicntos y de las ideas que los hicieron po-
riersc en marcha. En cuanto a la persecución de la brujería y la
superstición por parte de la Inquisición espariola, sc acepta ya
como iin hecho indiscutible que esta institilción mantuvo una
postura escéptica cncomiablr en comparación con .la irracional
ferocidad que prevalecía en otros lugares>>, según expresibri del
famoso estudioso Henry Charles Lea"'. Dicha posición se acentuó
con el tiempo, corno bien qucd0 demostrado tras el auto de fe de
Lograrlo, el cual dio Iiigar en 1614 a unas nuevas instrucciones so-
bre materia de brujas que incidían aún niás que todas las anterio-
res en la necesidad de reunir uria información lo más detallada
posible antes de dictar sentencia en los juicios por brujeríah".
La teridericia hacia un mayor escepticismo con respecto a los
crímenes relacionados con la magia puede observarse asimismo
en las causas incoadas por el Tribunal de Zaragoza. ( h m o ya se
vio en el capítulo anterior, las últimas condenas a muerte por bru-
jería y superstición (hechicería) se prod~ljeronen 1535 y 1537,
respectivamente. No obstante, exceptuando el hecho del aban-
dono de la pena capital (debido sin duda alguna a la intervención
decisiva del Consejo de la Suprerria y no al convencimiento de la
totalidad de los iriquisidores provinciales), no puede hablarse pa-
ra e1 tribunal aragonés de una actitud progresivamente bcnevo-
lente, ni miicho menos orientada a la desaparicih de la jurisdic-
ción sobre dichos delitos.

3'1
IIeiiry Charles LEA. Hictorra d~ In Iwpiaic-irir? crpnriokc, w l . 111, Madrid, Ed.
Fiiiidación Lliiiversitaria Española, 1983, p. 604.
M
VCasr la llarriada Instrucrion .m/n-P/*I mntrrin dr />rim-os, eii AHN, S e t c i h Iii-
quisirión, I.ih. 1231, fols. 638-64.3. Vlast. asirriisrrio Gustav IIE~.NSMFN, I:'I o/>ngah(16,
las Drujns. BrulPní, rinsca u Inquisincin c\f~n,iofo,Madrid, Ed. Aianza, 1983, pp. 396327.
Lo que sí se rriariifestó desde el principio con respecto a los
mismos tiie iiiia situación de incertidiimbre que permaneció inal-
terable a lo largo de mucho tiempo. En consec~iericia,fueron mu-
chos los vaivenes y las coiitradicciories que p~iedeiiobservarse
tarito detrás d e los procesos corno cil los escritos que se dedica-
ron al tenia. Ello dio lugar a una actiiación judicial que oscilaba
entre el acoso y el escepticismo ya que, d e vez en cuando -y a pe-
sar de las numerosas advertericias ): llamadas a la rrioderacióri en
el juicio de dicho géricro de delitos- tanto la briyería como la
supcrsticiím seguían sirviendo d e excusa para asediar a ciertas
personas, cuya caída e n desgracia solía interesar por motivos muy
diferentes a los que comíinmerite aparecían en los arlículos cori-
tenidos e n la acusacibri del fiscal ciicargado del caso.
Esta falta de cokicrcncia entre unas y otras causas, la ausencia
misma de una política encaminada hacia un tratamiento concreto
de los delitos d e brujería y silpersticibn, encontraba sil fundamen-
to e n el ambiente icleológico de la época. A lo largo d e los siglos
y XViI se mariti~vouna ardierile polerriica entre quienes defe~i-
díari la realidad de los actos de brujería y quienes los atribuían a la
imaginación. Para los primeros, la presencia del Demonio en la \i-
da de cada día era un hecho indiscutible y por tarito n o les era di-
ficil asociar toda acción exlraordiriaria, fuera o rio rrialéfica, con la
iritervericióri directa de Satán, lo cual servía de justificación para
ciialqiiier condena. Para los segundos, muchos de los relatos de-
moníacos n o eran sino fi-iito de una iaritasía desbocada que podía
deberse a estados psíquicos derivados d e alguna eriferrriedad o a
seritirriieritos poderosos como el miedo. Otra explicación era que
dichos estados ilusorios fiieran provocados por el mismo Demonio
para confundir a ciertas personalidades débiles y acrecentar de este
modo sii poder sobre ellas. En cualquier caso, riuricrz se cuestioria-
ba la irifluericia derrioriíaca y, aunque un sector de la cultiira oficial
se inclinaba a dudar acerca de la presencia d e Satanás e n los actos
mágicos, nadie se atrevía a negar por completo su existencia.
Así, bajo los argumentos esgrimidos por los partidarios d e arri-
bas posturas existía i i r i coriseriso fundamental que impedía tomar
una decisión radical con respecto a los crímenes d e magia. De ahí
quc las acusaciones de brujería y siipei-stición siguieran sirviendo
durante m u c l ~ otiempo para condenai- a biien núniero d e gentes,
muchas de ellas víctimas d e los odios y rericillas d e su entorno
rrilís irirricdiato, a pesar d e los pasos dados por el coiisejo central
del Santo Oficio para que n o se cometieran abusos e n este senti-
do. Un biien ejemplo de la indefinición ideológica que caracteri-
zaba la actitud d e rnuchos jueces fue la fmiosa reuriióri de Gra-
nada de 1.526. Ante la contilsión existente entre los responsables
de los diferentes tribunales proviricialcs a la hora d e juzgar a los
acusados d e brujería -recientemente habían sido condenadas
cuatro br~kjase n Navarra sin apenas pruebas-, el coiisejo d e la
Suprema decidió reunir a diez personas doctas (entre quienes
se ericoritraba cl fiitiiro inquisidor general Feriiarido d e LJaldCs)
para que dieran su opinión sobre algurias ciiestioncs que habrían
de determinar las futuras actuaciories judiciales relacionadas con
la brujería. La cuestión central d e la reuriiím n o tenía nada qiie
ver ron la práctica judicial; por el coritrario, se trataba d e una pre-
gunta totalmente ideológica: ;iban los brujos a reiinirse con el
Demonio al aquelarre real o irnaginariamente?
Como es bien sabido, la rcspiiesta fue afirmativa por una rria-
yoría de seis votos, a pesar d e lo cual los partidarios d e la segun-
da postura, entre ellos el citado Valdés, se esfor~aroripor rcdac-
tar unas instrucciones para los S~ituroscasos de brujería que
obligaban a hacer averigiiacioiies muy detalladas antes de conde-
nar a n i n g í ~ nreo por cliclio delito. Quizás las dos decisiones qiie
más influyeron e n la actitud d e los jiieces provinciales hacia los
casos de brujería a partir d e entonces fiieron, por u n lado, la
proliibicióri de corifiscai- los bienes d e los acusados por este deli-
to riada rriás comenzar el juicio (lo cual eliminaba uri importante
alicierite para la persecución) y, por otro, la obligaciím d e c o ~ i -
sultar los casos a la Suprema antes d e la rxlajación al brazo seglar.
A pesar de la gran credulidad por parte de la mayoría de los in-
quisidores con respecto a las acciones de las brujas tal y como se
manifiesta eri tan extraordinario clocumeiito (uno d e los párrafos,
por ejemplo, recomendaba a los,jueces corifiar eri q u e n o les piie-
den liazer daño ninguno las dichas briixas)~'"),dichas instruccio-
nes supusieron uri avaricc y poco a poco, especialinente duraritc
la década de los arios treinta, consiguieron variar el panorairia d e
la persccuciím en los distintos tribunales, al irse vericiendo la re-
sistencia natiiral de los iriquisidores provinciales a incorporar las
novedades que incluíari. El cambio más patente observado eri el
Triburial de Zaragoza tiie, sin duda alguna, la supresi6ri total de la
aplicación de la condena a muerte, y ello n o sólo en los casos de
brujería, sino también e n los d e Iiecliiccría. No obstante, la impo-
sición de tal perla dependía directamente de la actitud de la Su-
prerria; al margen de dicha decisión, es posible rastrear tanto en
los procesos como en la correspondencia de dicho consejo con los
inquisidores provinciales la airibigücdad y las contradicciones a las
que ya nos hemos referido en otras o 'cslones.
~ '

Al repasar los libros de cartas que el llamado <<consejo de la ln-


quisición~envió a los tribiinales provinciales durante el siglo XW,
nos encontramos con que la primera noticia importante relacio-
nada con la brujería aragonesa se refería al Pirineo, coricreta-
mente a las áreas de Jaca y Ribagorza. Ante el gran numero de
acusaciones provenientes de los pueblos pertenecientes a dichas
comarcas, y ante las dudas acerca de la veracidad de dichas acu-
saciones manifestadas por algunos inquisidores, la Suprema deci-
di6 publicar un Edicto de Gracia en 1521 que ofl-ecía la posibili-
dad de paliar la psicosis de brijería por medio del perdón de
quienes confesaran por sí ínismosser brujos en un plazo de seis
meses. El docunierito, dirigido <<a los broxos y broxas de,Jacay Ki-
bagor~a., hacía alusiOn al problema en los siguientes tkrrriinos:
<<Queriendousar con ellos de cltwiericia [ ...] tengan un plazo
de medio ano para confesar y [...] sean exentos y librcs de toda
ronfiscacion y que los dichos inquisidor-es los disuelvan de todas
las p ~ n a s ycenwrds cn que abian incurrido.~~"'
Resulta cuando menos paradójico que la forma de hacer frente
al problema de la obscsih por la brujería no fuera luchar contra
la misma, negando la posibilidad de que los brujos y brujas come-
tieran los nefandos actos de que eran acusados, esto es, la destruc-
ción de las cosechas, el enverienamiento del ganado y las muertes
de criaturas, fi~ridamcntalmente.Por el contrario, la Inquisición in-
tentaba combatir la brutalidad de las gentes y de la justicia seglar
(que era quien recogía la mayoría de las quejas y ponía los medios
para facilitar la eliminación de los supuestos brujos) haciendo cori-
fesai. a los supuestos aliados de Saíziin que realmente habían come-
tido todos los daños de que se les acusaba. Podría, por tanto, ha-
blarse de moderación, mas no precisamente de racionalismo en la
postura de la Suprema hacia la brujería. En cuanto a la actitud del
tribunal de Zaragoza, vale la pena recordar que, a pesar del edicto,
tan solo iin año mas tarde, en 1522, fue condenada a muerte en la
hogiiera por bruja una,jacetma, Sancha de Arbiiés, quien proba-
blemente rlo confesó aquello que los inquisidores pretendían.
Poseeriios tambiGn noticia del énfasis con que el Tribunal de
Aragón dcfendió su preeminencia sobre o t r a justicias a la hora
de ocuparse de los asuntos relacior-iados con la brujería, delito
que, pese a las dndas que pudieran plantearse en relación con sil
carácter real o imaginario, continuaba catalogado como una gra-
ve herejía en tanto que era considerado como la peor de las apos-
tasías. En 1524 IlegO a oídos de la Suprema <<que en las montañas
de Jaca, specialmente en el lugar de Abay,,, el prior del Monaste-
rio de San Agustín de IIuesca procedía contra ciertas mujeres ~ i r i -
culpadas de bruxas,>,y que ya había q u e m a d o algunas., debido
a lo cual se pedía a los inquisidores de ihagón que reasumieran
los procesos ya incoados y administrasen .justicia conforme a de-
r e c h o ~ya
, que el dicho prior no poseía (<lascalidades que se re-
quieren para cal cargo,,, es decir, que no tenía competencia algu-
na para erigirse en juez"'".
1-Ierriosde suponer que la consiguien~eactuación de la Inqiiisi-
cióri frenaría una vez más la situación de piiriico colectivo qiie todo
el área pirenaica estaba sufriendo debido a la desmedida prolifera-
ción de acusaciones de brujería que implicaban a gran parte de la
población de aquellos valles. Sin embargo, este tipo de interveri-
ciones inquisitoriales no parecía dirigirse únicamente a evitar fero-
ces persecuciones o a impedir qiie quienes no tuviesen facultad pa-
ra ejercer la justicia lo hicieran por su cuenta, sin consideración a
la ley. La jurisdicción sobre la brujería seguía interesando a la 111-
quisición por sí misma; ello se demuestra por la confluencia con
otras justicias como la episcopal, que en teoría tenía toda la potes
tad parajuzgar los ci-írrieriesde herejía y cuyos métodos de actua-
ción eran, por lo general, más moderados qiie los de la propia In-
quisición. En la practica, más de un obispo hubo de sorricterse al
poder superior del Santo Oficio y renunciar a juzgar determinados
procesos que él mismo ya había iniciado. Buen ejemplo de ello lo
constituye la carta dirigida por el consejo de la Suprema en 1.531 a1
obispo de Santo Ailgelo para que paralizara ciertos procesos por
brujería y los traspasase al tribunal inquisitorial de Zaragoza:
(<MuyKevererido y Magnifico Señor: Los Inqiiisidoreh de k a -
gon han rsrriio a este consejo quc Vuestra Merced se eriirrrriete
en conocer de las causas y negocios quc tocan a la materia de las
bruxas en que hay cririieri de eregia y apostasia [...] y que no les
ha querido entregar una persona que por su mandado esta presa,
lo qual ha pai:ecido en este corisrjo cosa muy nueva, y porque los
iriquisidorcs sicmpre han acostuinbratlo de coriocer de las causas
donde se prcticndc de que hay criineri [Ir heregia y apostasia o
sospecha della [...] pedirnos a Vuestra Mrrcrd [...] no sr entre-
meta de aqui en adelante en causas de las dichas bruxas dondr
hoviere crimen de heregia y apostasia o sospecha del la.^"'
Doce folios niás adelante, figuraba e n el rriisrrio libro d c cartas
la siguiente ario~acióri:
.No f ~ mcncstcr
~ c cnbiar nuestra letra al obispo de Santange-
lo por haveros ya entregado la muger qiie tenia prexa por bruka
y scr-it» con offrecimicntos de hazcr lo que pudicre en favor del
Santo Offiriio.»"
Parece, por tanto, que la Inquisición era considerada por el
conjunto d e la sociedad, iricluycndo el resto d e poderes con com-
petencia para jiizgar, como u n tribunal especial~iientecapacitado
para hacerse cargo d e los asuntos relacionados con la brujería.
Los mismos inqiiisidores, convencidos de su misión, reiviridica-
ban la jiirisdicción de dichos casos, aun cuando después la reso-
lución final no f ~ i e r aotra que la absolucibn o el sobrcscimicnto
de aquellos procesos en los que no se hallaba ninguna prueba. A
veces, la unica constancia cierta era que los auténticos causantes
d e las confesiones de brujcría habían sido determinados jueces
seglares quienes, por medio d e las mismas, habían pretendido eli-
rniriar por la vía más rápida un problcnia quc tantas tensiones
provocaba en un gran n í ~ m e r od e municipios. En 1591 fueron
juzgadas por la Inquisicióri aragonesa cuatro rri~ichackiasacusadas
de brujería. Las cuatro habían sido previamente procesadas por
la justicia seglar, lo cual explica una vez más el verdadero origen
d e la persecución iriquisitorial de la brujcría e n AragOn. El resu-
men d e la causa seguida contra iina de ellas decía así:
«Maria Satriiiier, dorizella de quirize años, cristiana viga. Por-
que coiifrsso ante lii jristicia seglar- que habia sido hriixa y renc-
gado de nuestra santa fe cailiolica. Y pressa, corifrsso lo riiis~rioy
que no lo hmia hrc-lio de corac,.ori.Votose a tormento sobre la in-
trriciori y, en ri, dixo que todo lo que h v i a confessado era men-
tira, y lo liavia dicho porque el justicia de su lugar, ante quien ha-
via tiecho la dicha confession, la dczia que si no dczia que era
bruxa y qiie liavia renegado de la fe, le daria tormento, y viendo
rl verdugo delante de si, lo dixo, y despues no oso dczir otra co-
sa, poi-que no se le diesen. Hi/ose aver.igiiac,.i»rlde que paso asi
romo ella lo havia dicho, y qiie sir1 liaver testigos ni informacion
para podrr-Ir dar. toimerito se le quisieron ciar; y porque c n la di-
rtia iriti)r.rriac.iori q u e el justicia nos crnhio n o constava q u e le
ihieseri dacio torrrierito. Fue presa. Absuclta.~""

Ante la proliferación d e casos coiiio éste, podría pensarse que la


postura de la Inquisición ante la brujería corisistió 111k cri defender
a los supuestos brujos de sus enemigos que en persegnirlos activa-
mente, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XW. Sin
embargo, hay que tener e n cuenta que la única defensa consistía eri
l l e ~ a ar cabo una serie de averiguaciories que soliari coricluir en la
inexistencia del crirrieri que cstaba juzgandose. En realidad, la Tn-
quisicióri continuaba buscando los rastros d e diclio criinen y, lo que
quiias es más importante, nunca intervino en contra de los prorrio-
tores de la *caza de briijaw. Pese al gran número de rniiertes injiis-
tas a rriarios de las autoridades srglai-es de las que tenemos noticia
gracias a propios dociiinentos iilqiiisitoriales, el Santo Oficio se de-
sentendió del problema y se limitó a averiguar ciertas circiiristaiicias
como, por ejeiiiplo, 4 hazeri iirigiicntos y con qiie los haien y 1 ...]
si los tienen verdaderamente y si iisan dellos y para que efrecto.2"'
Se suponía que la brujería era una agresión, pero los autéiiti-
cos agresores, aquellos que acusaban y quienes recogiari sus acii-
saciories y actuabari en coiisecucricia, quedaron a salvo. Rien e i
cierto que, con el correr del tiempo, el Santo Oficio f ~ i eprogre-
sivamente dejando de colaborar con los poderes seglares e n la
perseciición. Pero de vez e n cuando volvía a hacerlo, demostran-
do una actitud miiy similar a la manitestada durante las primeras
dkcadas de su existencia. En 1603, cuando parecía que la brtijería
ya no interesaba al Tribunal de Zaragoza, se j w g ó a Isabcl Alas-
triiey, inás conocida corno la Luca, uria anciana que había huido
de Sesa <.portemor d e un desafilero qiie se fa7ia contra brujas e n
el diclio lugar-"' y que fi~ialnienteacabó siendo condenada coino
bruja por los inqriisidoi-es de Zaragoza.
En resumen, podría afirmarse que la persecucióri d e la brujc-
ría en el Tribunal de Zaragoza evoluciorií) en algiln sentido ya
que, de hecho, el riúrrici-o de condenas fiie dismir~iiyencloa lo lat-
go del tiempo. Pero n o existen testimonios de u n cambio d e ;zc-
titiid prof~indo;para que éste hubiera teriido lugar habría sido
necesaria toda una redefiriicióri que 110 se prodigo en ningíin
nionieiito. Muy al contrario, la brujería sigui6 reputándose como
el peor de los crímenes frente a otros delitos como, por ejeniplo,
el de hechicería, al que teóricamente los inquisidores no concc-
dían excesiva importancia, hasta el punto de que en más de una
ocasión llegó a considerarse que había que rechazar y traspasar a
los triburiales episcopales todos aquellos procesos a hechiceros en
que no pudiera demostrarse la existencia de apostasía. A este res-
pecto resulta muy interesante una carta enviada por el consejo de
la Suprema en 1537 al inquisidor Juan (~onzálcz,según la cual:
.En este coriscjo se vio el processo de mosen Valcro [...] Por
la inforrriaciori que precedio a la captura aqui n o le mandarerrios
preridcr porque no se averiguaron hcchicerias que wpieseri a
hcrrgia tnaniíiesta, y el fundamento qiie nos escrevis por donde
en essa Inquisicion se haze, dizictido que es cosiiitribrr de pro-
ceder en semejantes cosas, no nos satish/.e iari rnteramente co-
mo querriamos, porque esta costumhrr es contra derecho y en
esto se haze perjiii~ioal ordinario en quitalle su jurisdiccion, y a
las partes se ham agravio trayendoles a juyzio mas streckio y de
mayor- irifiirriya y donde tienen menos aparejo de defenderse
pues no se les dan los nombres de los testigos y podriii srr prrju-
tlirial a nuestras consciencias haziendo cosa de iriquisicion lo
que no lo es.^^""
Pero, <qué era -cosa de Inquisición>> en lo relativo a la supcrs-
tición? Al contrario que para la brujería, sobre la qiie en teoría no
existía ninguna duda, para el resto de supcrsticiories no había un
acuerdo completo. En opinión del inquisidor Isidro de San Vi-
cente, y tal y como aparecía expresado en el capítulo de sus ins-
trucciones titulado .<Delas hechiceros, adivinos, invocadores de
demonios y supersticiosos~,todo comportamicrito supersticioso
debía ser jiizgado y corideriado por el Santo Oficio:
(.Hayotro genero de gentes que usan d r algunos hechizos y co-
sas supcrsticiosas, que rio llegati a ser her-eges apostatas como las
bruxas [...] r-stas rriereceri 200 azotes y destierro, y algunas, que ab-
juren de levi, y pilla esrai-miento, que salgan a auto publico.,>"'
Tarr1bit.n para el inquisidor general Luis de Aliaga los casos de
superstici0n eran asunto de la Inquisición. Así lo dekndía en una
interesante carta escrita eri 1620 a su hermano, Isidoro de Aliaga,
arzobispo de Valencia, a propósito de una disputa en torno a las
corripetencias de la justicia episcopal y de la iriquisitorial:
Es cosa asentada en tlrrecho que los que usan mal o hazen in-
jurias a las ynagriies d e riurstr-o Seiíor y de sus santos y a todas las
bestiduras, palabras y cossas sagradas, rrieiclaiidolas en los sortc-
lcgios y en otros quales quier maleficios, siendo como sor1 todas
estas cossas tan inferiores a los Santos Sacramentos, ron todo is-
s o los que las hazcn quedan sospechosos en la fee y el Santo Of-
ficio de la Iliquisicion procede contra ellos7'.

Pero no todos los inquisidores pensaban de igual modo; en el


proceso a Pedro Bernardo ya vimos cómo la primera reacción del
fiscal a quien se solicitó que se encargara del caso había sido re-
cliarar el juicio de las invocacioiies demoníacas realizadas por el
mercader, pues dicho coinportamiento era algo que, en princi-
pio, no era corripetericia de la Inquisición ((<cosasson essas que
locar1 al ordinario sino que ya se fallasen en la obra, y assi serian
cosas leves.»)í".
Ante la coexisteiicia de opiniones tan diferentes, es posible
aventilrar la hipótesis de que la persecuciOn de las «supersticio-
nes- llevada a cabo por cada tribunal constituía un fiel reflejo de
los objetivos generales de dicho tribunal. Sin olvidar el irriportan-
te papel que jugó en muchos casos la presión popular sobre la ac-
tuación inquisitorial, hay que tener en cuenta qiie las creencias y
los corriportarriieritos que terminaban siendo juzgados -y sobre
todo condenados- eran los considerados co~riomás peligrosos,
ya que se dejaban a un lado iriuclios otros casos repitados como
una pérdida del ~ierripoy las energías qiie debían dedicarse a
cuestiories niks acuciantes. 1,a destacada presencia en Aragbri de
reos moriscos y franceses c o n d e ~ ~ a d por
o s delitos de superstición
a partir de mediados del siglo XVi resulta, por tanto, altamente
significativa. Su persecución se relaciona estrecliamente con las
principales preocupaciones políticas del momento, lo que nos
muestra, una vez más, el talante de u n tribunal de la fe y de las
costumbres para el que la defensa de los intereses absoliitistas del
Estado constituía un objetvo quizás solapado, pero indiscutible.
LA JUSTICIA EPISCOPAL: UN FRENO CONTRA LOS ABUSOS

LOS OBISPOS Y SLT 1'ERRITOKiO

A ciiiereiicia d e la.justicia inquisitorial, la i q x e s e r i ~ z d apor los


obispos hiiiiclia siis raíces cn los primeros siglos de nuestra era; ya
en cl siglo 11 sc había creado i ~ r i aprimitiva organizacih eclesilís-
tica que dividía el territorio d e la cristiandad e n provincias o
dikesis. Al frente dc cada una d e ellas sí: hallaba un obispo qiie
sólo estaba obligado a resporider d e su a c t u a c i h ante el Papa,
como-jefe d e la Iglesia universal. La iridependericia d e los obispos
h e acrccentándosc a lo largo de la Edad Media; ello supuso qiie,
aclerriás de su papel c o ~ i i ovigilanles de la moral d e las comunida-
des qiie les liabian sido cricomeridadas (el término obi.spo procc-
d e del griego enlo~orogy significa insjwtor), auriascn en su per-
sona otros poderes, actuando e11 deterrninaclos aspcctos como
auténticos señores eri su territorio, siliiación que, a pesar de los
cambios iritrodiicidos e n el concilio tr.identino, sc mantuvo tam-
bien durante toda la Edad Moderna.
Aiiriqiie solarriente fuera en el ámbito de lo espiriti~al,los obis-
pos coi~centrabanlos tres poderes básicos: legislativo, ejecutivo y
judicial. Eri virtiid del primero cstabari autorizados a redactar
ayiicllas iiorrrias por las que debían regirse los ficles pei-lene-
cieritcs a su di0t:esis; eran estas las llainaclas m n . ~ t i t u c i o ~~mi ~ l v d d f , ~ ,
qiic tanta iriformacií~riaportan al historiador, debido al detalle
con que se regulal~anrniiclias actividades d e la vida cotidiana. El

-,
i
Proct.so conrr;r,liiari Foiitán. Hiiesca. l(i.iJ. ,WH. I.cg. i 7 ,
i
11' 1069. fol. 1.
poder ejecutivo se manifestaba por las brdeiics que, en caso de no
obedecerse lo establecido e n diclias constitz~cion~c,eran dirigidas
tanto al clero como al pueblo eri general. Estas solían conocerse
con el nombre d e ~rrccndaiosv se hallaban completamente liga-
das a la labor d e inspeccibri desarrollada e n las uisiías~ustorales,
diirante las cuales pretendía llevarse a cabo uri control cxhaiis-
tivo d e todas las cuestiones referidas a la orgariiracih
- eclesial
de cada diócesis. Por íiltimo, corresporidía asimismo a los obispos
juzgar el curriplirriicnto d e las leyes y irmidatos elaborados por
ellos rnisiiios, es decir, todo cuanto se corisidcraba directanlente
relacionado con la religihi. Pero, como ya vimos en p;íginas ari-
teriores, la nbmina d e asuntos jii~gadospor los tribiinales episco-
pales podía llegar a ser larguisiiria, ya que la Iglesia riiariifestaba
su presencia e influencia eri casi todos los aspectos de 112 vida de
las poblaciones, doride rio existía una separacibii clar'i entre lo re-
ligiow y lo civil.
Desde la iriisrria c r c a c i h de la institiicióri episcopal venía de-
noniinándose al obispo jurz nrdinnrio de s ~ diócesis i o, en ocasio-
nes, solarrierite or-din,nt7o,término qiie, qukrlis mejor que ningún
otro, sugería lo admitida que se hallaba la jurisdicci6n episcopal.
Tal aceptación file una d e las causas tiel rechazo d e algiirios sec-
tores hacia la Tnqiiisicióii, uri riuevo tribiinal eclesiástico cuya ju-
risdicción si que era exlr(~ordinnria,aiinqiie finalmente acabara
por imponerse sobre la episcopal gracias al apoyo proporcionado
por la iiioiiarqi~ía.Las actitudes d e rechazo hacia el Santo Oficio
se habían manifestado desde la misma fecha d e sil flmdación; con
el tiempo, la oposición había logrado ser acallada, pero a partir de
la segunda rriitad del siglo XVIII volvería a recrudecerse. Así, para
el escritor (;aspar Melchor d e Jovcllanos, la jin-isdiccibii d e los
obispos era <<mas natural, más autorizada, mks grata y respetable al
pueblo y más llena d e hiiniariidad y mansediimbre, como eriiaria-
da del poder que les ha dado el Espíritii Santo..'' En uno de sus
disciirsos, e n el que, corno tantos otros iliistrados -ciitrc ellos,
Voltaire-, atacó a la Iriquisición por considerar que suponía una
iisurpacióri de los derechos judiciales perteriecicritcs a los obispos,
aparecen definidos con bastante claridad los objetivos qiie desde
antiguo habíari venido guiando a la iristitución episcopal:
*I,os obispox, ayidadoa de s u s vicarios generales, dr s u s cabildos
y del respctahle cuerpo dr pki-rocos, podrían extendei- la vigilaricia
hasta los últimos rincones dc sus diócesis, perseguir la impiedad en
sus guaridas y aplicar los remedios riiás pronios y eficaces.."
Pero la realidad de fines del siglo XITy comienms del XVl se ha-
llaba muy lejos del ideal cxpres~idopor.Jovellanos. Como es bien
sabido, la Iglesia había atravesado una grave crisis a finales de la
Edad Media; la rriayoría de los obispos eran cort.esanos norribrados
por motivos políticos y rio residían e n su cliócesis ni la visitaban ja-
más, aunque sí se aprovechaban de las rentas procedentes del
diezmo. Lo mismo podía decirse de los beneficiarios ericargaclos
de las parroquias, quienes preferían la vida cómoda d e las ciuda-
des y encargaban el cuidado pastoral a u n clero mal pagado quc
intentaba aprovecharse d e la situacióri veridierido los sacramentos
y que era eje~riplo,con mucha fsecuencia, de una gran relajación
y brutalidad eri sus costumbres. La embriaguez, el concubinato y
la violencia eran comportarriieritos habituales entre una gran par-
te de los clerigos rurales; éstos deserripeñaban sus tareas como si
se tratase de un oficio más, aunque con el agravante d e n o estar
preparados convenientemente para ellas, pues por lo general no
recibían formaciGri alguna, ni teológica, ni pastoral, ni siquiera li-
túrgica. Muchos de los presbíteros rio sabían latín y recitaban tex-
tos que no comprendían como si d e f6rniulas rriágicas se tratase.
La Iglesia de España, gracias a los intentos de reforma del Car-
denal Cisneros, corioció cierta mejora a comienzos del siglo XVí en
lo concerniente, sobrc todo, a la restauración d e la disciplina y a la
renovación de las universidadcs. Eri teoría, el nombramiento d e los
obispos por parte de los Reyes Catolicos iba a obligar a estos a resi-
dir en sus scdcs y a que se foiiientara la enseñanza del clero. No
obstante, esta .reforma)), que tantos elogios ha recibido, n o fue tan
eficaz como la historiografia ha solido mariterier. Buen ejemplo de
cllo lo coristit~iyeel hecho del nombramiento por el rey Ferriarido
el Catdico d c su hijo natural Alfonso, d e nueve años, para la sede
de Zaragoza. En palabras dcl historiador Henry Kamen,
*Eri la Iglesia española del siglo >;VI eran corrientes los exil-e-
e nos de riqueza y pobreza, los clérigos carerites de fi>rmacióny los
abusos de la condición clericizl, todo lo c.iral silbraya el hecho de
que no se había procedido a riirigirria reforma importante. Hasta
fines del reinado de Felipe 11 no se hizo ningún csf~~crzo decidido
por reestrucrrrrar y dar nuevo vigor al catolicismo español.>>"'

75
Idem, ibidem, p. 334.
-i l.l
Hctiry KZMF\. TInn ~ o c z ~ ( l a conjlicliwn:
d E+uñ(~, 14691 714. Madrid, Ed.
..lliariza. 1989, p. 288.
La verdadera reforma empezó a tornar cuerpo a partir de la
promiilgación de los decretos elaborado? en el Concilio de Treri-
to (15451563). Para que la divnlgación de las recién creadas Ie-
ves f~ierarriás efectiva. Felipe 11 i h ~ i i l s óla f~mdaciónde nuevas
sedes episcopales por toda la península. En Aragón se erigieron
los obispados de Barbastro yJaca en 1571, y el de Teruel en 1577,
a lo que hay que aIiadir en el mismo año .la desrnenibraciGn del
obispado seg6rbe-Albarracín, que quedG transformado en dos
diócesis diferentes. Hasta entonces la corifiguración geográfica
de la iglesia aragonesa había tenido muy poco que ver con los 1í-
mires políticos. A lo largo de la Edad Media y hasta las ultimas
décadas del siglo XVI, en el reino de Aragón existían obispados
aragoneses qne englobaban territorios que no lo eran, y obispa-
dos foráneos que, a su veL, incluían territorios de Aragón. IIubo
algiinos interilos de ajustar los límites eclesiásticos a l o s civiles,
pero no prosperaron ya que se toparon con la oposici6n de algii-
110s obispos por el miedo a perder parte de sus territorios, y con
ellos, las rentas asignadas a los rriismos.
El cambio más importante prodncido durante la Edad Media
con respecto a los obispados aragoneses fue la creación eri 1318
de la metrópoli cesaraugustana, qiie hasta ese momento había
pertenecido a la provincia tarraconense. El arzobispo de Zarago-
za tuvo a partir de entonces como diócesis sufragáneas -es decir,
dependientes- las de Huesca, Tara~oria,Pamplona, Calahorra-
La Calzada y Albarracín-Segorbe (excepto esta íiltima, qiie de-
pendía de Toledo, todas las derrih habían estado ligadas hasta en-
tonces a Tarragona). Dicha situación se mantuvo sin variaciones
hasta el momento en que se erigieron las nuevas sedes episcopa
les. Cada una de ellas surgió por motivos diferentes, como vere-
mos a coritiriuacih.
La diócesis de Barbastro h e fruto de las irinurrierablcs peti-
ciones y pleitos que su población planteó a lo largo de varios siglos
hasta conseguir contar con un obispo propio. Desde principios del
siglo XIII estaba totalmente arraigada entre sus habitantes la con-
vicción de qiie la ciudad había tenido rango episcopal en los siglos
XI y X11. De ahí que la lucha comerizase contra el obispo de Hues-
ca, de quien dependían en aquel momento. El 16 de junio de
1289, el clero, losjurados y todo el pueblo de Barbastro habían he-
cho un compro~~iiso solemne por el que se obligaban bajo jura-
mento a rio pactar con el obispo de Huesca y a conservar todas las
libertades y privilegios de la iglesia barbastrense. En 1.317, fecha en
que el rey Jaime 11 presentó al papaJuan XXII un plan de rees
tructuración de los obispados de su reino, Rarbastro estuvo muy
ccrca de conseguir su propósito. Pero, como sabemos, al año si-
guicrite solamente se creó la metrópoli zaragozarla. Tras una mi-
ni~ciosaiii\;estigación encargada por el papa Juan XXII se había
llegado a la coiiclusión de que Barbastro jamás había sido obispa-
do; la confusión provenía d e quc durante los siglos X1 y XII los
obispos de Roda d e Isábena-Lérida y los d e Hiresca habían rcsidi-
d o en la ciudad de Barbastro con bastante frecuencia.
A pesar d e n o tener razones históricas a SLL favor, Barbastro ja
~riásrenunció a siis preterisiories. Diirante los siglos XV y XVi hii-
bo otros intentos que tarribi6ri fracasaron hasta que, con la subida
al trono de Felipe 11. la situación empezó a ser fworable porque
los intereses de Barbastro coincidían ahora con la política religio-
sa del rey. Eri las cortes de Monzóri d e 1564 ya se abordó el tema
de la e r e c c i h de nuevos obispados cri Aragón. Entonces volvió a
surgir la peticiOii de creación del obispado d e Barbastro, peticióri
cli~eFelipe 11 elevó al Papa. Este solicitó información sobre aque-
llas tierras y scgíiri el relato efectuado por el fabriqiiero de la Seo
zaragozana en 1566, don .Juan Pérez de Artieda, a quien fue en-
cargada la visita de inspección, parecía tilera d e toda duda que se
hacía necesaria la presencia de un obispo para combatir la signo-
rancia en las cosas de religiorin, la .falta d e doctrina
-- y d e pasto es-
piritiiab o .<lassupersticiones y liechi~eriasn".Uno d e los párrafos
de dicho iiiforrrie se refería a la sitiraciím d e abandono cri que se
encontraban los valles pirenaicos de Bielsa y Gistaín, que por eri-
torices pertenecían al obispado de Lerida, y que Barbastro recla-
maba como zona d e influencia del obispado en que pretendía
convertirse:
<<!\y iriiicha rudeza c ygrior-aricia r n las cosas de religion en las
diclias montañas y mueren los iiias sin el sacramerito de la co11-
tirriiacion [...] los obispos, poi- la aspereza de la tierr-a, suben tan
pocas vezcs que ay testigos que deposan que eri los iiempos de los
que oy viven no iiy rriemoria que haya subido el propio obispo a
visitar la val d i Venasque y Gistain.~"
Otro interesante pári-ati) advertía del peligro d e irifiltración
de herejías procedentes de la cercana Francia:
«Los pueblos d i las dichas montañas tarl \w-iriosde Francia se
podrian, lo que Dios no pei-mita, inficionar con mucha facilidad
del veiierio que ay en dicho reino de tantos errorcs y eregias, iua-
uor-rriiriir siendo tan grande el ir-aioy coinunicacion que ay entre

--
iI
Aricoriio D I ~ K ZGN[ . ~ I o I-<LTii
. . iirfurinr dcl iiglo XVi sobre rl ohisyxido d r
u . ( l<l.jT),pp. 273-295.
Hiicsca>,.Rwi.\ln . A y m . ~ ~ l32
7s
I / l f w l , ; b ¿ ~ l l ~p.
l ~ l280.
,
ellos y confrontando por cspecie de dom o quinze leguas los pue-
blos dc un reyno y del otro.>>?"
El informe era f-iancamente favorable a Barbastro; no obstan-
te, no fue accptado en Roma por defecto de citación y porque las
pruebas no eran convincentes. 1.a ansiada erección del obispado
tuvo que esperar al año 1571 y si firial~~icnte se consigui6 fue gra-
cias al decidido interés de Felipe 11 por controlar el Area fronte-
riza del norte de la Península a través de la cual podía filtrarse la
tan temida herejía protesvaritc. Esta fue tarribikri la razón que im-
pulsó la creación del obispado jacetario.
La ciudad de.Jaca había sido, más aún que Barbastro, residen-
cia habitual de los obispos de IIuesca durante el siglo X1 hasta
qiie, una vez conquistada IIuesca en 1096, se trasladó allí la sede
episcopal. con Hiiesca la dignidad catedralicia, titu-
lándose *oscensis et jacensiw, pero nunca había llegado a ser
obispado independiente. En 1566,junto con el informe de Juan
Pérez de k t i e d a , el rey Felipe 11 envió al Papa una petición per-
sonal en la qiie exponía los dos motivos por los que recomenda-
ba la creación de la nueva diócesis, esto es, la ausencia de clero
instruido y el temor a la herejía:
<<BratisimoPadre. 1 lav en cl reino d r Ar;igon dos iglesias ca-
irtlralei, la oscense y la jacetana, unidas entre si, cuyas diocrsis
inicien 75 leguas de latitud y 93 dc longitud, y esta la mayor parte
en los Montcs Pirineos, qiie dividcn cl reino de Aragon del reino
de Francia y del Principado cle Rearnc, y por la amplitud de la
diocesis y lo aspero y quiza esteril de sil tcrreno, nunca o raras ve-
ccs es visitado por el obispo, de donde se sigue que los clerigos
son cn su inayoria idiote y poco instruidos en la fe catolira, y los
habitantes rudos y casi totalmente igno~antes,lo cual, por la ve-
cindad de los hcrejes es niiiy peligroso.>.""
Realmente, la necesidad de predicadores p de instruccióri exis-
tía ya desde hacía mucho tiempo. El verdadero motivo para la
creación de las dos nuevas diócesis era evidentemente político, ya
que el miedo a la here-jía protestante fue el authtico instigador
que llevó a tejer la nueva red que a partir dc entonces se cerniría
sobre la vida de los habitantes tanto de la diócesis de Barbastro
como de la de Jaca. Se trataba de una estrategia política qiie se
manifestaba asimismo en los cambios producidos al siir del reino,
es decir, en la creación del obispado de Tcriiel y en la separación
de Albarracín y Segorbe en dos diócesis difercrites. En ambas LO-
nas existía un claro predominio de población morisca, lo que
constituía una de las más graves preocupaciones de Felipe 11, ya
que su principal temor consistía en creer que iba a producirse
una conspiración conjunta de bcarneses y moriscos en contra del
Estado católico que él defendía".
El obispado de hlbarracín había sido creado en 1172; en 1245
se unió al de Segorbe al ser reconquistada la ciudad en 1245 y res-
taurada su sede episcopal dos años después. Así permaneció has-
ta el año 15'77, en que Felipe 11 decidió pedir al Papa qiie fueran
desmembradas ambas diíkesis. 4 partir de entonces, Segorbe pa-
sí), como sufragánea, a depender de Valencia, mientras que Alba-
rracín quedó vinculada a Zaragoza. De este modo pasaba a estar
mejor controlada la numerosa poblaciGn morisca que habitaba
en ambas zonas. Esta h e tambien la causa de la creación del obis-
pado de T e r i d en el mismo año, cuya erección se quiso justificar,
como en otras ocasiones, por la falta de clero en dicha regibri, de-
bido tarito a la gran extensión territorial de la diócesis cesarau-
gustana corno al hecho de qiie Terucl se Iiallaba eri un extremo
de dicha diócesis.
Después de dichos cambios, la geografia de las diócesis arago-
nesas a finales del siglo X\ri casi llegó a coincidir con las fronteras
políticas del reino. No obstante, como puede comprobarse en el
mapa, aun quedaba una parte del territorio aragonés incluido en
tres dií~cesisforáneas: Pamplona, Sigüenza y Tortosa, cada una de
las cuales dependía de una metrópoli diferente". Como quedo
apuntado al comienzo del capítiilo, todavía en plena Edad Mo-
derna (y a pesar de la poderosa influencia del Concilio de Tren-
to y de la política de reyes corno Felipe 11 en el gobierno de la
Iglesia), cada obispo gobernaba como un scfior en el territorio de
su diócesis. Ello significaba qiic tanto las disposiciones acordadas

HI
S e g ~ í ~Antoiiio
i Domingirez Orliz y Kcriiard Vicenr, sil iiiqiiietud era
liiiidada. Ur~ossilos más tarde, corici-etamerite el 23 rlr enero de 1582, fue dete-
nido poi- los iriquisidoi-rs d e 2aragor;i ): el obispo de Segor-he cii Caudirl (piirblo
ialeiiciariu al noroeste d e Segorbr), un rriorisco aragonés Ilairiaclo %arnarriidillo,
lo cual pcrinitiíi desrnoiitar <<una wrdadci-a red de coiiiiiiiiraciories claiide+ms
cuyo centro sy encontraha en AragOn y cuyas ~aiiiificacionesse extendían a Cas~i-
Ila, Beai-rir y Mrica del Norte,,. 121 ario sigiiiriite, eri rriarzo dc 1583. la Iiiquisicih
dc lk1eiici;i drsciibrió a su vrz iiiia coiispiraciíiii eii la que estabari implicados rrio-
riacos y hrarneses (véaii Antonio DOMIM.[W:% ORTIZ y Beriiai-d VI<I.YT,Historia rlp
1n.s rnonsc.o,\. Ildo v trr~gzdz«d? WI(I m i m r i a . Madrid, b:d. 12liaiiza, 1984, pp. 62-63),
8"
hmploiia VI-% ~iitragáiieaalior-a dcl arzobispo d e Kiirgos, Sigiieriza scgiiía
drperidierido clc la metrópoli tolcdana y Torinsa, d r la de Tarragoria.
eri los sínodos pro\iriciales como el criterio seguido a la hora de
juzgar a los infractores era distinto en unos obispados y otros.
Mientras que la Inquisición aragonesa concentró su actiiación
en su único tribunal con sede en Zaragozi, la actividad de la jiisti-
cia episcopal sc dividió a partir dc las í~ltimasdécadas del siglo m1
en siete tribunales difererites. 1.0s procesos errianados de dichas
cortes cpiscopales, así corno otras noticias sobre la prrseciición de
la brujería y la siipersticiGri llevada a cabo eri cada una de las d i 6
cesis, constituyen la base principal de nuestro estudio. Pero antes
de detenernos en el ariálisis de los docurrienros centrados en di-
chos delitos, intentaremos trazar el recorrido seguido por los de-
legados episcopalcs para conseguir localizar a los autores de los
entonces llarriados .pecados públicos». Dicho iliricrario nos con-
ducirá desde las coiistituciories sinodales, a tra& de las visitas y
mandatos, hasta desembocar en el enjiiiciarriicnto de aquellos iri-
dividuos cuya conducta fiie objeto de una irivcstigación detallada
con vistas a la imposicióri de un castigo acorde con la supuesta gra-
vedad de siis acciones. Todo ello 110suponía sino la plasmaci6n de
la originaria labor episcopal de vigilancia o control de la diócesis,
Iabor pastoral que, como veremos en el capítulo que sigue, se acre-
centaría sensiblemente conio coriscciiencia de la Contrarreforma.

EL CONTROL DE LA DIÓCESIS: DEI. SÍNODO A LOS


TRIBUNALES

1,o.r I q e , ~.wn rugkls por las c-unluv se goi~iernnel mundo, y


unn medido de 1 o ~nccionus k u ~ n a n n para
s rl hurn obrar: Y assi,
s u r i ~de poco provecho el esfnbkcerlm en la Sinodo si no apli-
casemos todos lo5 medios paro sir observancia.
Sínodo de Barbaatrox'

La priricipal función de los obispos - q u e metafóricamerite


eran denominados también pastores- consistía en cuidar de que
ninguna oveja del rebaño hrmado por los fieles de su dióccsis es-
capase fiiera del redil construido por la Iglesia. Este cuidado o cu-
ra ~s@ritztal,se expresaba en primer lugar mediante la redacción

R'I
Sinodolr,~del obisi,l,«rlodu Bnr11ast1-o.1651. Zaragoza. BUZ. D. 21-
~~uuslilu&n~.s
120, fol. l.
de aquellas leyes qiie clebíari observarse eri el territorio encorrieri-
dado para sil gobierno. (;a& diócesis contaba con sus propias
coristituciones: éstas se aprobaban en los sínodos proviricides que,
prcsididos por el obispo, 1-eiinían periódicamente a los priricipales
representantes del clero, tanto secular como regular, para decidir
sobre las normas qiie regirían la \,ida de los Seligreses.
Aiinque se han coi-iservacloalgunas de las c~ot~stitztrion~c
sinoda-
1p.saragonesas de finales del siglo XV y primera rriitad del siglo
X\,T, la mayoría de las que kiari llegado hasta nosotros pertenecen
al período posterior al ~ériiiinode las reuriiorics del Concilio de
Trento. Fue entonces cuarido se irripuls6 la tarea pastoral d e los
obispos eri toda la pcníiisula, precisamente mediante la promulga-
cióri de los decretos tridentinos, que quedaron plasmados en las
constituciones aprobadas en cada diócesis. El contenido de las mis-
mas file repitiéndose, sin apenas variaciones, a lo largo d e todo el
siglo siguiente, lo c i d c o a d p v ó a la progresiva y coritiriuada ex-
tensión del espíritu contrarreforrriista. Si hubiera qiic destacar al-
go en estas leyes eclesiásticas seria, sin lugar a dudas, el fuerte ein-
peiio por establecer uria separacií)ii (por aqiiel entonces casi
imposible, dadas las teridericias más arraigadas de la religión po-
pular) entre los árribitos d e lo sagrado y lo profino. Eviclentemen-
te, el oejetivo era conseguir el control de aquellos aspectos consi-
derados sagrados. No puede decirse que dicha pretensión se
consigiiiei-a, ya qiie las resistencias a la religiim oficid todavía eran
muy fiiertes: basta con desenipolvai los dociirriciitos en qiie apai-e-
cen expresadas la opinión o las costiiriibrcs d e las clases popiilares
para darse cuenta del gran abismo cxistcnte enti-e lo qiie la Iglesia
predicaba y la religióri vivida por la inmensa mayoría.
N o obstrzrite, a pesar dc que diirante mucho tiempo siguió
practicáridosc <:l juego en el interior de las iglesias; d e que n o to-
dos los sacerdotes vestían la ropa talar; d e que, e n caso d e peligro,
las comadronas bautizaban a los recibn nacidos aun rio contando
con la autorización del obispo; de que eran riurrierosas las parejas
que convivían bajo el misnio techo sin liabcr cumplido con los re-
quisitos matrirrioriiales acordados en 'l'rento, etc., es decir, a pesar
de que la Iglesia rio lograba imponer sobre sil grey el dominio al
que aspiraba, lo cierto es que la infliiencia d e los nuevos decretos
trideriti~iosempezó a sentirse como una presión creciente que se
rriaiiifcstí) sobre todo e n el adoctrinarniento d e grandes masas de
poblacióii. ( h n o asegiira el historiador 1Ienry krrieri, .<amedia-
dos del siglo >;VI una gran parte d e los cristianos viejos [...] n o co-
nocían el Credo ni otras oraciones básicas de la Iglesia; a fines del
siglo XVII esa ignorancia era iriapreciablc.>~"'
Una de las Coriilas qiie adoptó el adocti-iiiamicnto postridentino
dentro de la canipaiia contra esa religiosidad popiilar qiie n o esta-
blecía una disliricióii clara critrc lo sagrado y lo profano (todo lo eri-
canii~iadoa la supcr\-ivcricia se consideraba d e algíln moclo sagrado,
p toda la cultura popillar se hallaba básicamente construida parci fa-
vorecer la supervivencia) fiie la liicha contra la Ilaiiiada sz~íJmtzción.Era
Cste un termino qiie la Iglesia había utili~adodesde antiguo, cuyo uso
se fiie ampliando v exteiiclierido cada vez más para referirse a
creencias y comportamientos muy diversos, ya que a finales del siglo
XVI incluía tanto a hechiceros, curanderos o adivinos como a qiiie-
nes ponían su confianza en los consejos dados por los niisnios. Tam-
bién se consideraban supersticiosos los clérigos que se apartaban
del ritual ordenado por la Iglesia. En realidad, esta intentaba nio-
nopolizar todo knómcno que rozara la sutil frontera con lo sobre-
natural, lo maravilloso o, simplcrrierite, lo extraordinario mediante
su sacralización, lo cual implicaba la apropiación de dicho tipo de
fenbrrierios, así como la traducción de una sigriificativa parte de la
realidad al lenguaje eclesiástico. En sil afán por hacerse con el con-
trol y la adrniriistración de lo sagrado, cualquier muestra de poder
excepcional que no se hallase en manos de los representantes de la
Iglesia, o qiie fiiera intcrprebda por éstos de forma dikrente, coris-
tituía una suerte de competericia que intentaba frenarse mediante
su prohibición y su calificación corno supersticiosa.
En las constitiiciones sinodales de la mayor parte de las diócesis
aparecía incluido un capítulo titulado De ~ortzlC@sen el que se de-
nunciaban las rriás variadas formas de siipersticih. N o siernpre se
repetía el mismo texto; cada sínodo provincial hacía hincapib eri a s
pectos diferentes, aunque siempre deritro del rechazo de cuanto se
hallase relacionado con lo que hoy en día incluiríarrios dentro de
la magia. 1Jn ejemplo de dichos capítulos, en el que se incidía e s
pecialmente sobre la importaricia de la supervisión eclesial para
distirig~iirentre lo qiie era supersticioso y lo que no, es el Titulo
XXYIIJ de las Conslili-cc.io.nesS i n o d u h del nhi~pndode Tmud (le 1627:

r i mina,^, las exhiban, y no curen por ~n.snlmo.c,ni


Lo.r que t u ~ l i r r ~no
usen super-sticion, n i maneras de adevinal:
Mandamos que ninguna persona, de cualquier calidad que
sea, haga nominas ni las trayga consigo; y quien las tuvierc no use
dellas hasta quc por Nos o riuesiro Vicario General scan vistas, y
las exhiba dcntro de q u i n ~ etlias, so pena de excomiinion mayoi;
y de diez cscudos; y teniendo, como se ha visto tencr, alguna cosa
dc supcrsticiori, o caracieres no conocidos, o que provoqiirri a ri-
sa, sc rorripan. Y so la mesrna pena, mandamos que riirigimo cure
con erisalinos, no siendo primcro vistos y exanririados por Kos o
riuestro Vicario General; ni iisc encarita~rieriLos,adevinancas ni
agurerias o hechizcrias, o de supersiicion alguna, so las penas del
Derecho; y so las mcsnias, riirigirrio los vaya a consultar, ni para sa-
ber lo que csta por venir ni sobre cosas hurtadas..''

xi
Sinodola ( I d Obis~~(/cdo
O'~~r~slilucionrt tlr ii)ru~/(I627), Zaragoza, Pedro Ca-
harte. 1628. Biblioteca LTriiversitai-ia rir Zaragoza (BUZ). D. 25-19, rol. 248.

184
Dicho capítulo constituía la,jiistificación teórica para la perse-
cución jiiclicial de la supersticibri en cada diocesis. Pero, al igual
que vimos al hablar de la Inquisición, para que la actividad de los
jueces fuera efectiva se hacía necesaria la colaboracibn del pue-
blo. La justicia episcopal se ayudaba de comisarios, que no eran
otros que los párrocos de determiiiadas aldeas; a diferencia del
Santo Oficio, no coricaba con un cuerpo especial de espías como
eran los llamados jamiliarts, pero todo cristiario estaba obligado a
denunciar a quienes hubieran ido en contra de alguna de las le-
yes aprobadas en el sínodo provincial. Para divulgar entre la po-
blación el contenido de las constitiiciones se redactaba un edicto,
el llamado Edicto de los Pi~cudos,que debía scr publicado cada año
el prirrier domingo de (haresma. Este era el período que la Igle-
sia consagraba especialmente a la periitericia. Según el edicto del
obispo de Barbastro, Doii Íñigo Royo,
«En todo tiempo, y particularmentr en rsie Santo de la Qia-
resma, que para cllo principaln~enteinstituyo la Iglesia Koniana, t<b
dos tierieii obligacion dc confessarse, y arrepentirse de sus prcados,
ha~ieridopenitencia dcllos. Y como los publicos sean mas gravrs
[...] y asiriii~rriocausan escandalo [...] y a Nos, como a pastor, [...]
toque y obligue m i r a por la salud dc nucstras obejas [...] castigan-
do los pecadores inrorregibles y rebeldes y obstinados, [...] porque
podamos aplicar el remedio en lo que hwiere necesidad: A vos los
sobredichos y a cada uno de vos dezitnos y extior-tiirnosy amoncs-
tamos quc todos los que supieredeis o Iiiivirrrdrs entendido algu-
na de las cosas infra.escritas [...]las manifesteis ante
11corihiuacibri seguía una lista de todo aquello que los fie-
les dcbían denunciar. Gracias a los edictos es posible conocer el
tipo de cuestiones que rriás preocupaban a los obispos, ya qiie
eran avisos dirigidos al conjunto de la población. i1 diferencia de
las constituciones sinodales, donde se detallaban todos y cada
uno de los aspectos de la vida cotidiana que debían ser regulados
por la Iglesia, los edictos se limitaban a resaltar los comporta-
mientos qiie merecían especial castigo. Entre Cstos figuraban
siempre el amancebamiento, la blasfemia, la usura y, no siempre,
pero sí muy a menudo, todo lo que se eiiglobaba bajo el tCrmino
superstición.
Las coridcnas de tales pecados, cuya gravedad consistía priri-
cipalmente en el hecho de ser corisiderados públicos y por ello
motivo de gran escándalo, no sólo figuraban en las constitucio-
nes sinodales y en el edicto que se daba a conocer anualriiente.
Otro medio utilizado para promover las denuncias de los misrnos
era la lectura del llamado Edicto de Irisita; como el mismo nombre
indica, sii publicación tenía lugar durante las ijisitas pastorulrs
que el obispo estaba obligado a hacer a su diócesis c.ada arlo,
aunque realmente -la1 y como ocurría con las visitas inquisito-
riales- dicha periodicidad no se cumplía casi nunca. Tampoco
era siempre el propio obispo quien efectuaba personalnierite la
visita, sino que en ocasiones actiiaban en sil norribre los llamados
vi.~itadores,los cuales eran nombrados jueces delegados por las
numerosas atribuciones qiie tenían asigriadas. Antes de recorrer
la diócesis, acoinpaiiado de un fiscal, un nola-io y un rinncio, el
visitador-recibía el itinerario a seguir de nianos del obispo; en él
figuraban algunas anotaciones referidas a ciertos pueblos en los
que había que hacer una iiivestigaci6n detallada de algún aspec-
to concreto. La visita era aniinciada previamente en cada lugar
mediante dos cartas del obispo: una estaba dirigida a los curas y
capítiilos, y otra, a los jiir-ados. El objetivo de la misiva enviada a
los eclesiásticos era que tiivierari preparados todos los materiales
de la Iglesia qiie iban a ser irispeccioriados. En cilanto a los.jura-
dos, su fimcióri era la de anunciar la visita al pueblo para que
i ~ l e r aprovisto el hospedaje y todos se hallaran dispuestos a estar
en la iglesia cuando el visitador llegara y leyera el edicto.
,:En qué consistía exactamenLe la visita pastoral de una pobla-
ción cualquiera? Hay que tener en ciienta qiie a lo largo del siglo
XV1 las visitas fueron haciéndose cada vez r r i h prolijas, tal y como
reflejan los textos que se han conservado y que dan cuenta de las
rriismas. Aun así, todas ellas constaban básicamente dc la lec~ura
pílblica del edicto; la visita de las iglesias, hospitales, ermitas y ora-
t o r i o ~de las casas particlilares; y, por último, la llamada zirita serre-
ta, que es la que a nosotros más nos interesa por sil r-eperciisióriju-
dicial, ya que no era sirio una autkntica iriquisici61i o investipcióri
acerca de la vida de los habitantes del lugar. El medio ~ltilizaclopa-
ra lograr la información deseada cra la insistencia sobre la obliga-
ciGn que todos tenían de denunciarse unos a otros Dar el bien d e
la Iglesia; transmitir dicha idea era el principal corrietido de los
Ediclos de V i d a . Según el qiie h e leído en la diócesis de Tarazona
en 1548,
*Los peccados pirblicos corriiinnlenii son e deven ser extima-
dos por mas graves e muy peligrossos, y i r 1 mucho mas daño y de-
trimento de la consciencia del prelado si disirnula ? no hace toda
su devida diligencia en los corregir y castigar: Por ende, asi por
descargo de niiestra conciencia como por lo que toca al bicn y sa-
lud espiritual d e nuesiras almas y conscicncias, lo que debeys y
sois obligados a dezir es L.. ]
La priiriera parte del edicto se dedicaba a repasar la vida d e los
clérigos; había qiie aciisarlos e n caso d e quc n o ciirnplieran bien
con su ministerio, o si daban nial ejemplo con sil coinportamieri-
to. A continuacióri se hacia mención de los seglares, incidiendo
especialrrieritc sobre si sabían de alguno que hubiera cometido
delito de herejía, siiperstición, sacrilegio, blasfcmia, amanceba-
miento o usura. El párrafo dedicado a la siiperstición decía así:
~ E s s oiriisriio si sabeys de algunas personas hechizrrias, erican-
taderas, agoreras, soriilegas o quc saben y usan hazer ligatiiras, riia-
lcficios, encantainientos, conjuros, cnxalnios, santiguando de rrial
dc ojo o cortando el h a ~ oo, segando ia rosa, o mal de culehrilla, o
encomendando el ganarlo y las citi-a.;cosas perdidas y entrando rri
cercos usando d e adevinos, prokriericlose a dczir las cosas perdidas
o qiie estan por vcnir. O si sabeis d e alguno.; que tengan algunos li-
bros d e corijiiros, supersticiones, heregias, o qirr esteri reprobados
en derecho o poi. la iglesia, o que traFn algunas iiorriirias breves al
cuello, o en oiria parte, las vcngais exhibiendo e riiosiraiido para
que sean visras y exainiriadas, y si son buenas catholiras o no.,,"
El mencionado edicto tuvo éxito; tal y como piiede leerse e n
las anotaciones sobre la visita pastoral d e aquel aiio, tras su lectu-
ra fueron presentadas varias denuncias contra una riiujrr; Catali-
na la Milanesa, que fue acusada de hechicería y de brujería (co-
rno sabemos, la distinción entre ambas era solamente percibida
por los expertos tratadistas que se ocupaban clel terna y n o por el
grueso d e la poblacióii). Según constaba en la deriuricia presen-
tada por el agujetero Juan Miinnoc, Catalina había practicado la
rriagia amorosa (4htlielina la niilaricsa [...] havia hecho cierta
echiceria a la muger clel dicho sastre para hazer venir dicho su
marido que estaba abseriten); por sil parte, Garcia de Alniacari, tr-
jedor de liemos, manifestó haber sido curado (erisalrriado) poi- la
acusada d e dolor d e muelas y, a tenor d e las declaraciones d e Pe-
dro de Elvira, se hallaba corriímrrieritc admitido que Catalina era
xensarmadera publican. Hasta ahí las acusaciones d e hecliiccría.
Pero, adenilis, el rnismo Juan Munnoc aseguraba,
q i i c Joan Peres, yerno de la dicha p l i a n a , dixo y conleso a ri-
te deposantc que una noche. estarido r r i Agreda, ya que se queria
acostar, lo hizo vcnir su suegra a esia ciudad con una hcchizeria, y


Edicto de visita dcl ohispo d e Tai-a~oiia,,Jiia~i Goiizález dc Miiii6hrega. 111-
cluida cn la visita pasroral del aiio 1548. ALYI', (1. 7, 1 .cs. 5, 11226,
hls. 3-6.
'"biduni. fol. 5.
que lia\,iavenido cn aire, sin tocar pies eri suelo [...] y que se lo con-
to a ellos y le.; dixo esto: la bellaca de mi suegra lo ha hecho con sus
artes, que y o la tengo por una grande broxa y liechizera.~~""
Así pues, como decíamos al principio, la italiana era acusada
no sólo como hechicera, sino también como bruja. Ello revelaba
la mentalidad de la gran mayoría, para quien dichos adjetivos
eran utilizados más como insultos que como definiciones propia-
mente dichas, y para quien la posibilidad de realizar hechos con-
siderados tan extraordinarios como curar o conseguir cl amor de
alguien, se asociaba facilmente a prodigios tales como el de poder
volar o hacer volar a otros.
1)csconocemos lo que ocurrió después. Acerca del paradero
de (htalina sólo se conservan las denuncias, así corno una breve
mención a la intervención del Santo Oficio, por lo qiie supone-
mos que f ~ la~ Inquisición
e quien acabó por hacer-se cargo del
caso. De cualquier modo, edicto y denuncias eran dos hechos iri-
separables. Tal y como ocurría ante la lectura de los Edictos de
Gracia inquisitoriales, eran muchos los que corrían a autode-
nunciarse aritc el obispo o sus represeritaritcs tras la lectura del
Edicto de Visita, antes de que otros vecinos lo hicieran, espe-
rando así ser perdoiiados y no incurrir en la ternida excomii-
nión. En otros casos, el poder de la fama pública era tan fuerte
que, más que como una acción voluntaria, la autodenuncia podía
llevarse a cabo como una reacción ante el temor de un castigo in-
minente, tal era la influencia y la autoridad que la Iglesia demos-
traba ejercer sobre la conciencia de muchos de sus fieles. Un
buen ejemplo de la actitud descrita es el testimonio de la corifc-
sión de amancebamiento hecha por Jaime Pérez en 1594 ante e1
arzobispo de Zaragoza, Alonso Cregorio, quien por entonces se
hallaba realizando personalmente la visita pastoral a la diócesis:
<.Epila.A quinze dias del mes de septiembre de mil quinicn-
tos noventa y quatro alios, estando su Señoria Ilustrisinia eri visi-
ta de la villa de Epila, anie la presencia de su Ilustrisiina wrripa-
recio Jayrnc Perez, vezino del lugar de Urrea de Xalon, el qiral,
sierido preguntado por su Ilusirisirria cerca dc lo que se ha reve-
lado c«riforrne a los edictos de visiia que se publicaron en la pa-
rrochial de dicho lugar de Urrea de Xalon de que csta infamado
con Pascuala del Cosao [...J dixo qiie es verdad que entre los dos
ha avido amistad dr ires arios desta parte. y que de la amistad que
entre los dos ha avido hii riascido un niiio [...] y que en el lugar
estan escandalizados destr negocio y se rriurrriura del, y quc esta
aparejado de enmendarse de aqui adelarite.~~'"'
Tras la comparecencia de los infractores, lo 1112~común era
que cl obispo, o el visitador en su noiiibre, expresara solcrrinc-
mente la prohibición de repetir el corriportarriicnto denunciado.
Dicha actuación se conocía como mandato o n m ~ d n m i ~ n t así,
o ; los
mandatos constituían una fase intermedia entre las coristitucio-
nes siriodales y los procesos judiciales, los cuales se iricoabari so-
lamente en los casos en qiie se hubiera hecho caso omiso del
mandato episcopal o en aq~kllosconsiderados especialmente gra-
ves. En el ejemplo anterior,
%SuIlustrissima le mando que, so priia de esco~riuriiony de
cien ducados para gastos fiscales y de guerra coritra infieles por
cada vez quc contravinicre a lo que aora se le nianda o parte de
ello, rio entre en casca dc la dicha Pascuala del Cosso, ni de Iiigar
que ella entre en la suya del, ni dcbajo de un cubierto ni otro lu-
gar sospechoso, ni la Iiable a solas en piiblico, ni en secreto, ni la
envie recados, ni aya entre ellos otra corriunicacion chica ni gran-
de, para que cese el escandalo que dello resulta [...] el qual acep-
to de muy buena gana este dicho niaridato.*'"

Desde nuestro actual punto de vista, este tipo de actuación


episcopal significaba un férreo control sobre la vida privada de
los afectados. Pero debemos tener en cuenta, por un lado, que el
concepto de vida privada rio existía tal y como hoy lo entencle-
mos, y por otro, que la fórmula de los mandatos constituía en
realidad por parte de los obispos un medio de ejercer su derecho
ajuzgar sin recurrir desde el primer momento a la formación de
procesos judiciales. Por el contrario, los mandatos otorgaban a
cuantos transgrcdían las leyes eclesiásticas un margen de con-
fianza desconocido en otras instituciories.ji~diciales.
Refiri~ndonosde riuevo al problema de la superstición, cono-
cemos solamerite dos ejerriplos en los que aparecen denuncias o
corriparecencias de acusados por dicho delito acorripañadas del
mandato correspondiente. Sin embargo, el hecho de qiie un
asunto que, eri opinión de los demonólogos del momento, cons-
tituía un problema tan grave, pudiera ser resuelto por una simple
recoiivencióii, en priricipio es motivo suficiente para llamar nues-
tra atención. 1.0s mandatos constituían uria arrieriaza, pero a la
vez, tal y conlo hemos visto, una forma de coiicedcr el perdón, lo
que, ya de entrada, aniincia uria actitud condescendiente respec-
to al delito d e la que nos ocuparemos con más detalle cuando
analicemos los procesos judiciales e n el capítulo siguiente. Las
dos denuncias por supersticióri citadas tenían relación directa
con la visita del obispo Alonso Gregorio a la arcliidiócesis de Za-
ragwa. Según la primera d e ellas (que figuraba justamente a cori-
tinuación d e la confesión d e +mancebamiento a la que ya se ha
hecho mericióri) tambihi e n Epila, el quiricc d e srptiernbre de
1594, es decir,
<<El mrsiiio dia, incs, ano y lugar [...] corriparecio pcrsonal-
mente h n a la Avengala, vecina del Iiijiar de l!rrea de Xalon, la
qual, por temor dr las censuras del Edicto de la Visita 1 ... 1 dixo
que Anna la Ferrera, viuda, 1 ... 1 es hccliizera [...] 2'
Ante ello, el oficial del arzobispo hizo coniparecer a la acusa-
da, tras lo cual,
<<hizo
mandamiento qiir so pena de cxcomunion y destierro
desir Al-<obispadopor diez arios, y de veinte csciidos [...] no ussr
ni haga ningunos hcchizos, ni enseni a riiriguiia pcrsona aora ni
en tiempo alguno a hazcr dicho oficio d r Iiecliizera. Prcsentr la
dicha Ana la Fer-rera,la qiial acepto el d i c h o rriaridamicnto y pro-
metio no conira\rriii. etc.>,'"
Quizás lo mas interesante de todo sea que en el niargeri iz-
quierdo del plirrafo anterior figuraba uria breve nota: <cDixoel vi-
cario a 4 d e X" 1396: Es cosa de poca c.onsideracion.* Estas cinco
palabras revelaban iina actitud real ante los asiintos relacionados
con la magia que veremos repetirse e11 un buen riúiricro de pro-
cesos y que se hallaba bastante alejada d e la postura teórica traris-
mitida por las coristi~ucioncssinodales de cada diócesis.
El segundo ejemplo se refiere a la localidad turolense de Hí-
jar, ciiya,jiii-isdiccióii, como ya dijimos e n el capítulo anterior, co-
rresporidía por entonces al arzobispado de Zaragoza. En esta oca-
si611 desconoce~riosel origen de la denuncia que, evidentemente,
fue por hechicería, pero, a cambio, contamos con una detalla<ia
información acerca del interrogatorio for.rriiilado a la acusada,
iiria mujer llamada María Lázaro, cuyo oficio era el d e coniadro-
na. Dicho docurrierito nos habla clirectarrieri~ed e la forma e n que
este tipo d e acusaciories eran recibidas por los encargados d e la
jiisticia episcopal:
«A 23 rde nobienlbre riel ario 1597, en la villa de Ixx, dicho Se-
rior Olíicial inai-ido llamar ante si a Mal-ia Lazaro, comadre, habi-
tante en dicha villa, a la qual interrogo por las preguntas siguien-
tes. Prinierameilte quanto lia quc vibc en dicha villrz, y dixo que
toda su vida. Preguntada que cuanto ha qiie haze officio de coriia-
dre, resporidio qur a 4 iiños. f'rrgiiriiatla si riir-a algunas erilrrme-
tlaclis, resporidir) qire cura de nial de peclios y hertolas a los niños.
y q i ~ easiiinisriio,
, usa de una oracion para curar oti-asenfermedades
mediante la divina gracia. Preguntada diga las palabras que dize,
respondio corno se sigue: Jcsiis nacio, Jcsus murio, Jcsus resucito,
assi como esto cs verdad, lo libre dcstc daño y mal. Santa h a pario
una Virgcn. y la Virgcn a Niicstro Señor. Pregiiritada si liaze algu-
nas scñalcsjuntainerite con esto, respondio que tan solarrirrile ttr
ca con la rriario el lugar- doride tit.rie e1 ~rialo el rloloii I'rrgiiriiada
si aplica jiiriio con esto algiirias niedicirias, respondio que no, inas
de qur tiene tlebocioi-i en las dichas palabras y que con ellas se sir-
be Dios de dar saliid a los enfermos a quien las dizc. Prcguntacla si
crehe que por oti-as palabras seni~jantcsde dcbocion daria Dios de
la mesnm inanera salud a quien cura. aunque no f ~ ~ e s clanmesirla.
respondio qiic cnticndc que de la rncsma manera ciiraria con otras
palabras. aunque la resporidieiite tiene de1)ociori i r i las qiir tia rr-
ferido. Pregiiritad;i si ari c-iirido siempre los erifrririos liahirrirloles
dicho las palalxas qiie ha rrlrr-ido, respondio que con la divina gra-
cia sirriipre los ha hallado buenos despues de haberles clicl-io di-
rlias palabras. Preguntada si ha llebado interese por curar de la n m
nera arriba dicha, respondio que no. en ninguna n1a11era.n'"
Debido a la fiicrtc iricitacióri a la deriuricia q u e caracteri~abalos
edictos episcopales, la justicia eclesiástica ordinaria t a m b i h prctcii-
dió utilizarse corno 1111instrumento d e las rencillas personales. Sin
embargo, los resultados n o fiieron tan satisfictorios para quienes
querían vengarse d e sus erieniigos como los obtenidos por medio d e
otro tipo d e tribunalcs. E n primer lugar, porque las acusaciones di-
ficilinente ciilminahan e n prisión y juicio, y m u c h o menos e n con-
denas severas; y, e n segundo lugar, porque, n i k q u e la simple
coristatacióri d e las acusaciories, interesaba a los representantes epis-
copales la averigiiacih acerca d e la religiosidad d e los acusados y d e
los móviles q u e los liabian llevado a actuar. IJna d e las ci~estiones
que más preocupaban los,jueces episcopales e n relación con el de-
lito de superstición era 1;2vigilaricia d e los posibles engarios y abiisos
económicos pi-ovenieiites d e quienes tenian fama d e hccliiccros, lo
ciial ya se advertía e11 el interrogatorio anterior, así como en el man-
dato siibsi<piente:
«Y con esto 1 se reficrc al interrogatorio] dicho Seiior Official
le hizo iriandaniierito que no use dc ensalmos ni hecliicerias para
curar, y siempre que por su deboriori tlixew las palabras que ha re-
ferido a algun enfermo, lo aga de balde y por amor de Dios, y sin
dar a rriterider que, por dccirlas assi o por otra causa, de parie sil-
ya cura. so pena de ciriquerita ducados y otra penas arbitrarias,
presente la dicha, la qual acepio dicho ~riaridato,ex quibus, C ~ C . - ~ '
El último resorte para el control de los fieles lo constituían los
procesos judicides. El proccdimiento seguido por los obispos no se
diferenciaba apenas del practicado por la Inqiiisicióri. Por ello,
herrios creído innecesario dedicar un capítulo a la descripcií~n
del mismo. Tanto los inqiiisidores como los obispos se basaban en
el Derecho Canónico, con lo que básicarrierite la estructura dc los
procesos seguidos por ambos era la misma. Según el Estilo Y modo
de procedo- m el Conszsto~ioEclessiaslita 3; Metropolitano de la í h d a d de
(,'arngnp, ex los procesos mas ordinmios que por el se Ilman ..., la forma
de instruir iin proceso crimiiial era la siguiente:
<<Este processo a veces se inchoa por via de apellido, y en tal
caso se da el apellido, y el que lo da jura que es verdadero, y no
fingido, y firma las costas &c. y el j u e ~se rriarida informar sobre
el, y rl actor tiaze el c u m constet; y si ay sufficiente probarica, el juez
provehe la capciori; y presso el reo, cl accusante le haze su de-
manda criminal, y,jura que es verdadera y no fingida prout s u p r a y
se assigna a interrogar al reo. O si no, se concede cit.dcion crimi-
rial, y aq~irllaintimada y reportada, y dadas las tres gracias, si el
reo no cornpareze, se excorriulga cunt toto c u r m m ecdesiae y se pasa
adelante contra el haziendo las iritirrias necessarias a las puertas
del consistorio, y se le haze su processo de absericia.
Si comparece, se Ir da la demanda, y jura el accusante que es
verdadera y no finigida &c, y se asigria al acusado a ser interroga-
do, y avicndolo interrogado, el actor haie fe de la intcrrogacion,
que r b loco litis rontestationis, y se le asigna a actor a provar, y se le
dan quz~~c-letim (ii~.s pro omnibus dilntionibus; y treynta por las tres
prorrogaciones, diez por cada una y decern ex. oficio. Y despues de
aver provado, y publicado el accusado, se le desigria al accusante,
o actor, il coritradezir quoad aúiectn testium, C+ i n s ~ u m r r ~ t o r u rt n m
tum, y se le conceden para rlar su cedula dos dias pro quoliúet test?
~ z t o11quinderirnprn ornnilnis dilaticvnibus, y otros quin-
& i ~ ~ s t r z ~ r n e&c.
/e pro o~nnibz~spro~t-ogationihus, y en este contradiciorio puede abo-
nar sus testigos. Y cle~purs,el accusado puede dar abonatorio de
sus testigos, y se le asigna un termino breve. Y ultiiriarriente se as-
signa a las partes a renunciar y coricluyr u1 s11pra.s""
Dicho texto no era sino un resumen muy abreviado de las di-
terentes etapas de una causa criininal, que hacía especial hinca-
pié en los plams de que disponía cada una de las partes antes de
dictarse la sentencia definitiva. El ofiellido era la llarnada formal al
reo, que la Inquisición denominaba clamosa. La calificación inqni-
sitorial no existía corno tal, aunque también se hiciera un examen
detenido de los hechos. En cuanto al resto de las etapas procesa-
les, no existía ninguna diferencia con respecto a las que corripo-
nían una causa inquisitorial; con la excepción del secreto practi-
cado por el Santo Oficio, el procedimiento utilizado por ambas
instituciones era practicamente el mismo. No obs~ante,por lo ge-
neral se hallaba admitido que la justicia episcopal era mas suave
que la inquisitorial. El mismo tribunal de la Inquisición así lo re-
conocía, como ya pudimos ver en la carta que el Consejo de la Sii-
prema enviara en 1537 al inquisidor Juan Gorizále~.En ella se
comparaban ambas jiirisdicciones, calificando a la inquisitorial de
+yzio mas strecho y de mayor infamya, y donde tienen [las par-
tes] menos aparejo de defenderse pues no se les dan los nombres
de los testigos.,)'"Aunque la ejecuci6n de las sentencias episcopa-
les se hacía también en público, el conjunto de la sociedad consi-
deraba que la deshonra que los castigos de los obispos acarreaban
era menos grave que la que llevaba aparejada una condena a ma-
nos de la Inquisición.
La dureza de las sentencias decretadas por los jueces episcopa-
les variaba dependiendo de la consideración de la gravedad del
delito, pero no existía la gradación inquisitorial que establecía una
separación entre los sospechosos leves, vchcmentes o violentos.
Una de los rasgos más característicos de la justicia episcopal, por
lo que hemos podido comprobar en los procesos analimdos, era la
frecuencia con que muchos juicios quedaban sobreseídos tras con-
siderarse que faltaban pruebas suficientes para poder pronunciar
una sentencia definitiva. Segíln constaba en las constituciones si-
nodales del arzobispo de Zaragoza, Antonio Ibáñez de la Riva, ha-
ciendo referencia a los llamados processus de causas criminales,
*Otro si, porque en muchas de estas causas importa al biien go-
vierno dc la Diocesi que se dilate la Sentencia, o que rio se pronini-
cie, sitio qiic qiiederi los Processos suspensos, no tengan obligacion
nuestro Vicar-io General, y denias Ministros, de pronunciar en di-
chos Processos Criminales, sirio qiiiirido les parecierc ser preciso y
ncccssario o conveniente a la r m a adniinist~acioride la ji~sticia.~~"~
Oii-a prueba del interGs por ((la recta administración d e la,jus-
tician, era la frecuencia con que las sentericias se dilataban. De he-
cho, muchos procesos se alargaban durante meses y meses en bus-
ca d e testimonios que pudieran arrcjar luz sobre los hechos. Ello
resulca especialmente aplicable a los juicios por brujería y supers-
ticiOn ya que, en opinión de los obispos, eran deliios de dificil avc-
1-igiiación.La justicia eclesiástica por lo general, y muy particiilar-
mente la episcopal, n o mostraba ninguna prisa por la resoliicióii
de las causas que iniciaba; muy al contrario, recomendaba calrria y
sosiego a la hora de decidir. Tal era la principal recoirieridación de
la constitiicióri siriodal del arzobispo d e Zaragoza, Juan d e Ce-
brián, dedicada a establecer- cómo debían juzgarse dichos delitos:

Les encargainos granrlrnieriir q1ie exatrii~iensi ay Brujas, Hc-


chiceros o Supersticiosos, advii-iieritioqiit., vorrio son delictos quc
siempre se cometen de noche y en serreio, s o n m u y dificultosos
dc averiguar y bastan, segun derecho, congetiiras r indicios vehe-
rrierites para castigarlos. Y hecha informacion de los dichos delir-
i o s , rrrriiiirari 10s reos y proccssos a Niicstro Tribunal, para que se
exaniinr con rspacio la causa, guardando los tiempos y terminos
de los <:riniinrsy lo dispuesto e11 los Sagrados canon es.^^""
En cuanto a la coiiiposicióri de los triburiales episcopalcs, al
igiial que decíamos al hablar de los iriquisitoriales, hay que hacer
una primera distiricibn entre los jueces y los ministros ti oficiales.
Aiirique era el obispo o arzobispo quien poseía el derecho a j u ~ -
gar-, delegaba en el llamado uicario gmurccl o $nvvisor, el cual estaba
obligado a pedir conse-jo al obispo e n los migocios arduos-, así
corno e n las causas de inmunidad y en las criminales""'. Al,juez, o
vicario general del obispo, le seguía, e n orden de irriportaricia, cl
visitador, quien, corno ya dijimos, era nombrado juez delegado en
aquellos liigares donde se ericoritraba realizando la visita, piidieii-
do resolver litigios y atender a las denuncias que se presentasen
coriio si del propio obispo se tratara. h continuación se situaba en
el orden jerárquico el promotor o $?-ocuradmfiscal cuya furicih, al
igual que la del fiscal inqiiisitorial, era la de actuar corno acusador
público. Su papel se veía coritrastado por la figura del llamado u b u
gado y procurador de pobres, encargado de defender y patrocinar *las
causas de los pobi-es, viiidas y huerfarias, que no tuviereri con que
defenderse*"". En realidad, tal y corrio se advierte tras la lectura de
muchos procesos, éstos no consistían más que eri un prolongado
debate entre el fiscal y dicho abogado o procurador. Por debajo de
dichos oficiales estaban los llamados notarios d~ la curia eclesiastictz,
los nuncios o algunciks, encargados de las prisiones episcopales, el
alcaide o rnrcelmo, y otros cargos secundarios.
A pesar de que tanto los procecliriiieritos judiciales corrio la
composición de los tribunales episcopalcs e inqiiisitoriales eran bá-
sicamerrte los rriismos, hay que tener en cuenta que la justicia epis-
copal estaba mucho menos centralizada que la iriquisitorial: todos
los iriquisidores dependían en íiltimo término de las decisiones
que acordaba el Cons-jo de la Suprerna. A ello podr-ía objet.arse
que tanibiéri los obispos se hallaban supeditados a la voluntad pa-
pal y a lo dispuesto en los Concilios. Sin embargo, el control de los
tribunales episcopales rio era tan directo como el de los inquisitc-
riales; co111o ya dijimos, el obispo actuaba en su territorio cn mii-
chos aspectos como un auténtico señor. Además, el riúmero de d i 6
cesis cn el territorio peninsular era mucho mayor que el de
distritos irrquisitorialcs; ya vimos cómo, por ejemplo, en h a g ó n ,
existía solarriente un tribunal iriquisitorial con sede eri Zaragoza,
mientras que los tribiinales episcopales eran siete a finales del siglo
m. Como consecuencia dc la descentraliiacih de la justicia epis-
copal, hallaremos diferentes criterios en cada una de las diócesis a
la hora de,juzgar los mismos delitos y también seremos testigos de
tina mayor variedad en las formas procesales dependiendo de los
triburialcs. Pero dicha variedad no era Cr~ltosoLamente de la exis-
tencia de múltiples centros de decisión; como comprobarenios a
contin~~ación, se producía asimisrrio en el interior de cada tribii-
nal. Uno de los principales rasgos de la justicia episcopal era pre-
cisarnente su ductilidad: cada proceso era diferente en función del
caso concreto del que se ocupaba y de sus características peculiares.
Mientras que la mayor parte de las rioticias que poseeerrios sobre
la justicia iriquisitorial proceden cic los resíirnenes o relaciones de
causa redactados por los mismos inquisidores, las fi~entespara el c e
riocimiento de la justicia episcopal provierien directamente de la
actuaciónjiidicial original, ya que se hallan constituidas por los pro-
cesos, cn su mayoría coinpletos, qiie fucron incoados por los repre-
sentantes cle lüjusticia en cada diócesis. Se trata, por tanto, de un iri-
gente conjunto documental que puede abordarse desde sriuy
difereritcs puntos dc vista. Los procesosjudiciales eri general, y muy
especialmente los procedentes de la justicia episcopal, coristituyen
un excelente medio para conocer la mentalidad, las costumbres e
incliiso los sentimientos de sus protagonistas. Dichos aspectos serán
materia de reflexión en la segunda parte de este estudio. Por cl mo-
merito, nos liniitaremos a analizar aquellos rasgos relacioriados de
modo más directo con la persecucih a través de los datos que nos
proporcionan los textos qiie han llegado hasta nosotros.

LOS PROCESOS DE BRUJERÍA Y SIJPERSTICTÓNINCOADOS


POR LOS OBISPOS ARAGONESES

Según la solernric bula coricedida por el Papa Sixto 17, los obis-
pos, al igual que los inquisidores, debían ocuparse de modo muy
especial de la pcrsecucióri de todo tipo de supersticiones. La tri-
ple labor ericomendada consistía en indagar acerca de las mis-

11r2
Bula Codi rl I h r c ~ otorgada
, por e1 Papa Sixto V cn 1585 contra la astrolo-
gía y la superstición. En palabras dcl historiador Herrry Charlcs Lra. <<enclln de-
nimciaba la astrología y todas las clerriás clases de adivinaciiiri, todos los ericanta-
riiientos mágicos. la itivoraciiiri y consiilta al demonio, el abuso de loa sacrarnciitoa,
cl pr-elesidido apresa~riieritodc deirionios c11 anillos. espejos p redornas, la obte~i-
cióri de rcspueslas de mujei-esdenioniacas, lisifáticns o fariáticaí; y orderiaba a todos
los prelados, obispos e inquisidor-eaperseguir diligentemente y castigar a los culpa-
bles.>>1,a bula rlo fue hirn acogida poi- la Iriquisicióri, quizás por temor a la conipr-
mas, instruir procesos en su contra y finalmerite aplicar un casti-
go a los culpables de practicar lo que aparecía definido como
«dañadas, vanas, eiigariosas y perniciosas artes y sciencias,,"". No
todas las fases prescritas por el pontífice se cumplieron, sin em-
bargo, con igual celo. Por los tes~irrioniossobre la actuación de
los obispos en territorio aragoriis sabemos de la diligencia en la
bíisqiieda de intormación, del menor interés por el procesa-
miento y de la casi inexistencia de castigos proporcionados a la
supuesta gravedad de los delitos descritos.
Sin descartar la posibilidad de que en el fut~irose hallen nuevos
procesos, los localizados eri Aragón hasta el rriorricnto son tan esca-
sos corisiderando la exterisi6n del territorio y el amplio límite tern-
poral al qiie nos referirnos, que hemos decidido incluir tarribih en
nuestro estudio los incoados a lo largo del siglo X\íII puesto qiie,
además, la casi totalidad de los rriisnios se enmarcar1 dentro de las
dos primeras décadas de dicha centuria. Con todo, la suma total de
procesos es de cuarenta y dos, cifra incomparablerriente menor que
la arrojada por las causas provenientes del Santo Oficio. Sólo entre
1497 y 1610, sabemos de la existencia de riovcnta procesos iiiquisi-
toriales y el elevado riúmero de los niisrrios constituye uno de los
principales motivos para excluir del presente trabajo los correspon-
dientes al siglo XWI. A q í como poseerrios abundantes noticias de la
persecución de la brujería y la superstición por el tribunal inqiiisi-
torial de Zaragoza a lo largo de todo el siglo X\l (y aun desde fina-
les del XV), la justicia episcopal concentró su actuación en las últi-
mas dicadas del siglo XlrI y comienzos del XViI, lo que coincide con
el niayor auge de la «cara de brujas. en el resto de Europa. Sólo he-
mos hallado un proceso episcopal anterior a 1560: el abierto en
1308 contra.Juari Gabriel por hechicería, sortilegio, riig~ornanciae
invocación de demoriios. Ello no debe extrañarnos si tenemos en
cuenta que, así corno la Inquisición había resiirgido cori fuerza a fi-
nales del siglo Xl;, la organizacióri diocesana se encontraba muy des-
cuidada en toda la península hasta que la recepción de los decretos
tridentirios imprimió u11 nuevo dinamismo a todas las actividades re-
lacionadas con los obispos, entre ellas la,judicial.
Otru hecho que sorprende a la vista de los procesos es la irie-
xistericia de causas procedentes de los Obispados de Jaca, Tarazo-

tcncia de lajusticia cpisropal, y por- ello sil publicación eii castellano sc posteigi, tias-
ta 1612 (vrasc Hriir-y Charles LFA.Hi~toriu(IP la Inyuiciticin c~.~,fml,arjrilu,
vol. 111, p. .577).
No obstante, en el Obispado dc Tararoria sc conserva iiiia versión mariii.;crita y fe-
chada a 10 de octiibr-e de 1586. lo qiic rriiics~r-ariria vez m i s I ; i pi-eucupacióri d r los
ohispos ar+yneses por cste géiier-o de delitos (véase ADT, C. 7, Lig. 7, n5).
LOS
VCase la Bula citada.
ria y '1Crisel. cuanto al tribunal de la sede jacetai~a,iin motivo
liipotktico que podría explicar dicha ausencia es el gran interés de
la justicia seglar por. la perseciicióii de la brujería en aquella zona,
así como la rapidez con la qiie actii6. Como tendremos ocasión de
comprobar eri la relación d e los procesos instruidos por los jueces
seglares eri Aragón, la mayor parte d e ellos tuvieron l ~ ~ g en a r lo-
calidades pirenaicas deperidieritcs d e la diócesis d e Jaca. No obs-
tanle, aunque dicha explicaci0n fiiera válida, n o sería suficiente ya
que, en primer lugar; los datos sobre la actuación de la jiisticia se-
glar son muy incorripletos (con toda seguridad, además de los cori-
servados, f~serorirriuchos más loi procesos seglares incoados eri
Aragón por brujería) y e n segundo lugar porque, por lo general,
la jiisticia d e los obispos solía ocuparse más de delitos relativos a
las supersticiones en u n sentido arriplio que d e la brujería propia-
mente dicha. cualquier caso, n o seria clescabellado pensar en
un desiriter6s real de los obispos jacetanos por la persecución de
dichos delitos teniendo e n cuenta la actuación judicial de otras
diócesis como Albarracíri o Barbastro, donde solarriente se han ha-
llado en ambos casos tres causas en el lapso de dos siglos.
Por lo que respecta a la diócesis d e Tarazona, n o hemos eri-
coiitrado rlirigún proceso, pero sí uria copia manuscrita de la bii-
la ya citada que Sixto V prorriulgó en 1586 e n contra d e la astro-
logía y la siipersticiór~.Contamos aderriás con la denuncia de
(Iatalina la hGlariesa, qiie e n 1348 fbe acusada de hechicería por
varios vecinos al visitador del obispo de Tarazona, auriquc final-
rrierite terminó siendo juzgada pc,r el Santo Oficio"". Ello revela
a primera vista uri rriayor interés por la información y el cuidado
pastoral que por la activiclad,juclicial. A diferencia d e las otras jiis-
ticias (iriquisitorial y seglar-), cuyo único fin consistía cri juzgar, la
carea principal de los obispos estribaba e n la predicación y el
adoctrinaniieiito, y por ello no siempre la iriforrnación acerca de
los pecados o delitos cometidos eri su diócesis tenía como rcsiil-
tado el enjuiciamiento de los afectados.
Eri cuanto a la diócesis turolense, según el Edicto dr lo.c P m ~ d o ~
de 1588, que figuraba e n las Constitucioiies Sinodales de 1627,
era obligacióri para todos los fieles acudir al obispo, vicario gcne-
ral o visitador «si saben que algunas pcrsonas inducidas por cl De-
monio sean Rriixas, o IIechizcras, y traten y usen dc hechi7erias,
supersticiones y ericaritaiiiientos, con obras o palabras, e n gran

1111
1.548. IZDT
Visila pastoral dcl ohispo d o n , J i i a r i Goiizálrr d r Mtiii6hr.e~;~
C. 7 , k g . 5 , n u 26. k~l.76.
desacato d e la honra d e Dios.>>"'"
Pero a pesar de la preocupación
por el prublcrna manifestada por los prtlados tiirolenses, n o he-
rnos hallado hasta el momento riirigún testimonio d e la persecii-
ci6n e n todo el obispado. Hemos de deducir, por tanlo, que la ac-
tividad de la justicia episcopal en relación cori los delitos de
brujería y superstición debió de ser rii~icfiomenos intensa qiie la
llevada a cabo por la Inquisicióri y por la justicia seglar.
A diterericia de los procesos iriqiiisitoriales, en ninguna d e las
caiisas episcopales apartce mención alguna a supersticiones jiidai-
cas y auriqile tres de los reos eran nioriscos, dicha circiinstancia no
pareció influir en el ánimo de los jueces a la hora de dictar serileri-
cia. Ello revela el distinto carácter de la persecución episcopal con
respecto a la inqi~isitorial:evidentemente, el Santo Oficio se hallaba
más ericarriinado a conseguir deteriiiiriados objetivos de índole po-
lítica y social que propiamente religiosos. Otra diieseiicia serisible
en comparación cori las causas inquisitoriales es la iniposibilidad de
establecer uriri clasificación qiie divida a los reos por brujería de los
juzgados por otro tipo de supersticiorics. Si bien es cierto que en al-
gunos procesos episcopales aparecen aciisaciones de br~ijería,estas
no siempre se corresponden con el prototipo clásico qiie incluía
pacto cori el demonio y asistencia al aquelarre. Por lo general, las
rriiijeres aparecían deno~riiriadascomo brujas y hechiceras, rriieri-
tras que los hombres eran calif cados íinicaniente de hechiceros o
nigroinarites. No obstante, ello no significa que los hombres nunca
fueran considerados brujos. Dicho tbrrriino, que aparecía aplicado
más bien conlo un insulto, se reservaba para ciertos iridividuos con-
siderados daiiirios por toda la comunidad. Eri resumen, podeinos
afirmar que, aunque en determinados casos se hiciera uso del tér-
rnirio hujmia, la mayor parte de los procesos episcopales no f~ierori
iricoados por dicho crimen e n uri sentido estricto, sino por el de su-
pmtición, que poseía coiiriotaciones mucho más aniplias.
Al igual que ocurría en las cansas inquisitoi.ialcs por siipersti-
ción, el riíiiiicro total de procesos iricoados a varones (23) es sii-
pesior al de caiisas contra rniijerrs (18). Dichas cifras son relativas
si tenemos e n cuenta que, así como las aciisaciones contra varones
eran por lo corriúri individuales, una acusaciGii contra tina mujer
llevaba consigo c.on frecuencia rrik y rriás aciisaciones contra otras
niiijerrs relacionadas con aquélla, ya fiiei-a por vínculos fiirriiliares
o de simple aniistad. Ello acrecienta el núniero de reos femeninas,
pero no el de casos o de situaciories conflictivas. Un buen ejemplo
de ello fueron los graves enfrentamientos que tuvieron Iiigar en
1.591 en la localidad turolense de Peiiarroya de Tastaviris; corno
consecuencia de los rnisnios fueron iricoados cinco procesos a
otras tantas mujeres, cuatro dc ellas pertenencientes a la misma fa-
rriilia y acusadas de brujas y hechiceras. Siis juicios h e r o n final-
mente sobreseídos, pero arrojaron un total de más de 550 folios
repletos de investigaciones por parte del tribunal del arzobispo de
Zaragoza sobre un conflicto que afectó tanto a hombres corno a
mujeres, aunque sólo estas íiltimas figurasen conio acusadas.
Una parte significativa de los varones,juzgados por superstición
pertenecía al clero. Así, por ejemplo, cirico de los sicte reos apresa-
dos por tal delito eri cl Obispado de Huesca eran presbíteros. Como
ya señalamos al hablar de la Inquisición, ello se explica por la supe-
rior formación cultural de dicho colectivo, su farriiliaridad con lo sa-
grado y, lo que quizá h e r a más iniporrarite desde cl punto de vista
de la justicia episcopal, la posición de poder que les proporcionaba
el cargo quc dcsempeiiaban. En ciertas ocasiones, el motivo para la
persecución de los eclesiásticos h e irenar los posibles LISOS sobre
el resto de la población; en otras, controlar una actuación que mii-
clias veces no sc diferenciaba en nada de la .<religiónsupersticiosa)>
del pueblo, y como la consideral~anlos obispos.
Aparte de dichas observaciones sobre los reos y la cronología
de la persec~ición,y aparte de la actitud de los obispos (para la
que reservarnos un capítulo específico), no es mucho más lo que
puede generalizarse sobre la persecución episcopal de la brujería
y la superstición en el territorio aragonés. Corno ya apuntábamos
anteriorniente, uno de los priricipalcs rasgos de la misma consis-
tía precisamente en su variedad y en la capacidad de adaptación
a cada caso concreto. Dicha variedad puede advertirse ya en el
origen o punto de partida de las causas crirriiriales. La mayoría de
los procesos se iniciaban a partir de nna denuncia o delación; así,
en el incoado a Francisca Castán, uno de los testigos declaraba
que un enemigo de la acusada,
ehahia venido de propossito [...] a esta ciudad de Caracoca
[...] a deriimciar y dar queja contra la dicha Francisca Castan, y
que habia procurado la prendiessen y que eiiiibirsse presa, corrio
de presente lo esta en las carceles arcobispales [...] para salir con
ello se habia gastado inuchos reales.*"'"

10ti
Proceso contra María Tolóri y Fraricisca Castán. Peiiaflor. 1609. ADZ, C. 5-
10, fol. 2M-i
A pesar de que los encargados de la,justicia episcopal actua-
han de oficio, realizar una denuncia costaba dinero. En opinión
del abogado defensor de Pascuala García, Pedro Guillén y sus
allegados (conocidos como los Giiillenes) habían tramado toda la
persecución, incluidas las acusaciones de brujería y licchicería.
Para ello habían buscado al notario de la curia, que llevaron al
pueblo para que tornase información, el cual no había querido
proveer nada sin que le diesen fianzas para pagar las costas del
proceso, que dichos Giiillenes aportarían. Según uno de los tcsti-
gos que declararon en defensa de la acusada,
« ( : o r n o 10s dichos Guillcncs son poderosos y ricos, se ajuntari
y hacen im ciivrpo coritra qualquierc persona a quien conciben
odio y mala volimiad, especialeniente si cs pobre.,>'"'
Pero tales denuncias (que coincidían con un tipo de compor-
tamiento qiie ya vimos al hablar de los procesos inqisisitoriales)
no eran el único medio por el que podía iniciarse una causa epis-
copal. Se conservan dos procesos, completamente diferentes eri-
trc si, cuyo origen, en palabras deljuez, fue uria reuelarión, que no
acusación. En el primero de ellos, incoado en 1591 por el arzo-
bispo de Zaragoza a Pedro de Salanova por hechicero, riigro-
rnante y ~upersticioso"'~, su propia riiyjer había acudido al palacio
episcopal para declarar que él no trabajaba y que era ella quien
le mantenía (adobando *calcas a la puerta de Toledon), que él
era bearnés y dc su tierra se había traído ..unos polbos [...] para
caminar [...] qiie le parecia eran de la yerba falagucra [...] que tie-
nen estos polvos una propiedad, que tocando a la muger en la
mano cori ellos sc ba la muger tras del hombre>),que adivinaba
por rricdio de un espejo (-que hay un espego en esta ciudad que
lo ha visto el y se ha mirado alli en donde se vcc todo lo que cada
uno haze, aunque este fuera de aqui, y que en su tierra hay otro es-
pejo como este.>)y que sc dedicaba asimismo a buscar tesoros cori
la ayuda de ciertos papeles. Según la esposa, su riiarido no sólo era
vago y hechicero -dos de las peores acusaciones en la época-,
sino que además la engaií;zba ( q u e en la presente ciudad vive
amancebado con una muger valenciana,,), e iricluso podía corisi-
derarsc un hereje ya que, según los términos de la reuelacion,
<<tiene
por cirrro qiie r i o sabe las oraciones porque nunca se
las a oydo dezir y que algunos diaa liaze como que esta malo y de-

Iilí
Proceso contra Pasciiala García y scis iriujcrcs más. Hri-rrn tlr los Nava-
rros. 1572. Al>%,C. 48-12, Sol. 1 7 3 ~ .
IOX
Proceso coritra Pedro de Salaiio~a.Zarago7a. 1591. ADZ, C. 37-20.
xa de oyr iriissa algunos dias de fiesta, y mas, le dizc a esta r e s
pondiente que si se va a confcssar, ansi que lc absuelva el confcs
sor, no por esso queda perdonada y absuelta si el marido no le ab-
suelve, assi que ha de venir de rodillas a pedir al marido perdon,
y entonces queda absuelta.»""'
Hasta ahí podría afirmarse que, salvo el hecho de denominar
rwelación a unas acusaciones que evideriterrierite eran fruto del
despecho, el proceso no se diferenciaba de muchos otros. No obs-
tante, la resolución del coriflicto tomó uri cariz bastante original.
Sin qiie mediasen otros testimonios fuera de los aportados por los
dos niieriibros del ~rialrirrioriio(más tarde fue iritcrrogado el pro-
pio Pedro de Salanova, qiie negó buena parte de las inciilpacio-
nes), el juez decidió eludir la sentencia y trasladar terriporalrrieri-
te la responsabilidad del perdón de dichos delitos a dos fiadores
que jurarori restitilir al acusado cri el plazo de un mes bajo pena
dc cincuenta escudos. Finalmente, como si de una comedia del
Siglo de Oro se tratara, anibos esposos se preserivaron arile el tri-
bunal, se reconciliaron y comprometieron a llevar tina nireva vida
a partir de entonces:
.Et cum his, ante el dicho Señor Oficial, parecieron el dicho
Pedro Salanova y María García y prometieron de vivir de oy ade-
lante como buenos y verdaderos coiquges, viviendo como tales y
hebitando entre si riñas y diserisioties y ad iti virerri ei vicwersa sr
perdonaron de todas las irijitrias Iiasiii el presrriir dia de oy, ex
qilibiis, eic.nl'"
La segunda de las rpuelan'unrs provocó en 1398 el enjuiciamiento
de uri saludador o saritiguador con dotes de adivino, quien ya en
1584 había sido advertido mediante un mandato del arzobispo de
Zaragoza de que si continuaba con sus curaciones ilícitas recibiría
corno perla, aderrias de la obligada excomunih, el pago de una
multa de 50 ducados y 200 azotes. Dicho mandato se produjo con
motivo de la visita del arzobispo Aloriso Gregorio a la localidad tu-
rolense de La Peña del (lid, que se hallaba incluida dentro de los li-
mites del arzobispado. En 1398,y como consecuericia de una nueva
visita pastoral (en esta ocasión a La Alrriuriia), uri kiorribre que que-
ría asegurarse de si su mujer era o no bruja, había confesado haber
acudido varias veces a La Peiia del Cid en busca de los corisejos del
adivino, cuya fama había llegado a sus oídos desde Blesa. Así, según
constaba en el proceso qtie finalmente le h e incoado al saliidador,
*I'.sterevclantc es casado en [...] Viicaya cori Catalina Lopez,
teniendo sospecha dc si era bruxa, porque de su madrc della se
drzia qrir l o era, para saberlo, estando en Klrsa y diziendole al-
gunas gentes que i i r i hombre de La Peña del Cid que se llama Jai-
me Royo ei-a adivino, fiie alla y Ic conto su intriiio.~~"'
Tarripoco en esta ocasión se trataba de una denuncia propia-
rnente dicha, sino más bien d e la contesión ante los represeritliri-
tes eclesiásticos de iiri estado d c perplejidad que Iiabia llevado al
mismo rmelcmte a dcpositar su confianza primero eri un saliidador,
cuyas prácticas eran condeiiadas por la Iglesia, y despues e n la m i s
rria Iglesia, ya que tras la corifesibn o rrn%nleln~ión
había expresado su
deseo de <.saber lo que esta obligado hazer e n coricieiicia~~.""
Eran miiclias las formas e n que podía iniciarse irn proceso
episcopal. En el incoado el ario 1591 a Domingo Agiiilar, el ori-
gen h e la cornpareceiicia del propio Domingo ante el r-epresen-
tante del arzobispo pidiendo una licencia para curar: No sólo le
fiie denegada sino que, tras ser interrogado acerca de sil manera
de actuar con los enfermos, su modo d e curar se declaró <<vano,
supersticioso y contra religibri y prohibido por todo el derecho di-
vino y humano y [...] invencion del diablo y muy perniciosso a la
Republica,,, motivo por el cual Domingo acabó siendo condena-
do a someterse a la vergüenza pública en la iglesia parroquia1 de
Caspe, rezar u n rosario y pagar iina limosna"".
En cuanto a la fase probatoria, aunque por- lo general la justicia
de los obispos se basaba principalniente e n las declaraciones testifi-
cales, todavía persistían e n pleno siglo XVI pruebas irracionales" ' ta-
les como la llamada corripurgación canónica"'. Dicha prueba con-

11 1
Pi-oceaci coiitm Domingo Agiiilar. ( h p e . 1591. ADZ. C. 31-15. fol. 4. Vi,;\-
se tariibitn María ' h i sii I , -L>oiiiirigo Agiiilar, un hrc-hic-ri-o
raspolino procesado
por la justicia cpiscopal a finales dcl sigo ><VI*,(:LL/&IIIO (h/)»/ino\,17
d~i-~'st~idzo\
(1992), pp. 57-68,

1l i
Pedro DL LOS Á\(.FI.FS,eii sil oh;i Comn/,~ndiodrl o d t w j~rrlitiriljp r i t l i c c r d p l
tnhunol /lC ) . d i ~ i 0 ~L(.>. (Barceloria, 1702),dcdicah;~1111 capíliilo titiilado <,Dela piir-
gacioii caiionica., a ritr tipo d e prucba. Eri 61 contraponía lo qiic toiisidrr;~l>a iina
epurifiracióii del dcliion coii otras priichas ii-r;\ci(~~rialrs. Segíiri 511s propias pala-
sistía en que el sospechoso jurase sobre los Evangelios que nunca
había conietido el delito del que se le acusaba y que uri riuiriero
determinado de compurgadores jurasen a su vez creer que cl
reo decía la verdad. Los conipurgadores debían ser católicos,
probos y de la misma c o n d i c i h social quc el reo"". En 1536, los
presbíteros Miguel Raro y Jimeno de V í i ~habían sido acusados
en el valle de Broto, donde cumplían sil ministerio, de m s ~ ~ r e r o s ,
conciibinarios, perjuros, jugadores, reriegadores, et de broxeria
et poricoriyeria.. El asunto se resolvió sin ayuda de testigos rii de
otras pruebas eri la iglesia parroquia1 de Broto mediante el jura
mento de doce clérigos que, urio a uno, declararon a los acusados
«inmiines, inocentes y sin culpa alguna [...] en los dichos crime-
ries de bruxeria y p ~ n z o q a r i a . > ~ " ~
La criorrrie variedad patente en los procesos episcopales ara-
goneses sc advierte sobre todo si coiriparariios los incoados en
una sede del tamaiio y la irriportaricia del Arzobispado de Zara-
goza con los procedentes de otros tribunales establecidos en dió-
cesis rriás liuiriildes corno, por ejemplo, la de Rarbastro que, al Iia-
ber sido creada eri fecha tan tardía corno 1371, evidentemente
contaba con una tradición judicial rriucho rrieiior. Resulta de gran
iiiterks a este respecto la lectura y comparación de uno de los jui-
cios tramitados por la sede barbastrense con cualquiera de los
procedentes del tribunal ccsarauguscario; nos referimos concreta-
mente al proceso de 160'7 contra Joan Urlliac, uri francés afinca-
do en Farilo (Huesca), por practicar la adivinacih y haccr cori-
jiiros prohibidos. Dicho proceso puede ser consideraclo ejemplar,
ya que se resume en nn documento brevísimo (consta sólo de
ocho folios) y a la vez completo: conocernos el origcn de la causa
(una visita del obispado), aparecen cimtro testigos, un interroga-
torio al reo y la sentcricia.

bras: .Entre las excepciories del Reo porieri los Doctoi-es la piirgacion o piiritica-
ciori del delito L...] N o hago iiiencion d i la purgacioii que Ilarriari vulgar, iiiwri-
rada por el vulgo, como es el poriei- la riiaiio subre un yei-ro ai-dicndo y scinrjan-
Les; porqiir estas las repriicha cl 1)crccho por sir. unas, contra toda biieria ruori,
y otras, supersticiosis. La Carioiiica fire institliida por los yagrados Canories para
purpi.sr el Reo dc la infamia, e indicios que contra el tiari resultado de la iiiiur-
niacion.n (p. 226). IIe ahí la justificacióii para tina cortiiirihrc ii-racional qiie toda-
tía seguía iiiaiitcriihdosc por los tribunales eclesiásticos eri plerio siglo X17.
116
Vease Aiitoriio PÉi<ilzR l i ~ r í n . -La
, cloctriiia jiiridica y el proccso inqiiisito-
1-ialn,eii,[osé Antonio t:s<.rnpno (ed.), Pnfilr.7 ((IP la Inquzsicicin ril,(~riol(~,hladr-id, Ecl.
Ciiiversidad Conipluteiise. 1989. p. 317.
I l i
Proccsn contra Miguel Raro y,[imerio d c Víu. B r o ~ o 1532. . ADH, 1190223,
fbls. 15 y 21.
Quizá lo primero que llama nuestra atención es que fuera re-
dactado íntegramente en castellano; ello lo diferencia del resto de
procesos a los que nos lierrios reterido hasta ahora -tanto inqui-
sitoriales como episcopalcs-, que se valían del latín, al menos en
las partes correspondientes a las fórmulas jurídicas que debían in-
troducir cada nueva fase del juicio. Dichas fórmulas se ohviaron en
este caso. Pero no solamente desaparecieron las formiilas latinas
propiamente jurídicas, sino también otras, escritas en romarice,
que figuraban en la mayoría de los procesos estudiados como, por
ejemplo, las que se ocupaban del supuesto pacto o vasallaje con el
demonio, un recurso característico de las causas por brujería y su-
perstición que, en la incoada a Joan Urlliac, se vio reducido a la ex-
presión .hacia cossas que se sospechava eran con ayuda del de-
monio.>~"Wada de lo que aparece en esta breve causa parece
haberse dicho con anterioridad. Tanto la scncilla redacción como
la falta de mención a ciertas etapas procesales (aciisación fiscal,
clamosa, amonestaciones, elc.) contribuyen a l-iacernos pensar
que nos encontramos ante la esencia de lo que constituía una cau-
sa episcopal, esto es, ante la estructiira o el esqueleto de un pro-
ceso en lenguaje coloquial, algo que no lierrios Iiallado entre las
causas judiciales procedentes de otras iristituciones.
No podemos terminar este capítulo sobre los procesos episco-
pales sin hacer alusión a la existencia de algunas tjses judiciales de
gran iriterbs, que tampoco hemos descubierto en el resto de los
procesos conservados. Nos referimos principalniente a los inverita-
r i o ~de bienes, por un lado, y a las llamadas costas, por otro. La lis-
ta detallada de los objetos confiscados a un reo en el momento de
su detención no sierripre se incluía en todos los procesos. Sil pre-
sencia pudo ser un rasgo característico del T~ibunülde Zaragoza,
ya que Uriicarriente consta en tres de las causas tramitadas por di-
cho arzobispado"!'. Entre los objetos consigriados (muebles, ropa y
otros bienes) figiiraban a veces algunos relacionados estrechamen-
te cori las acusaciones formuladas al reo. Así, por ejemplo, eri el iri-
veritario de Pedro de Salariova se incluían tina espada, una daga,
papeles escritos y sortijas: ?se trataba acaso de elementos utilizados
para trazar círculos mágicos que ayudasen al acusado a conseguir
10s tesoros que aridaba buscando? Una pregunta muy semejante

118
Proceso contra Joan Lli-lliac.Farilo, 1607. ADB. Lcg. 34" f'd 1
'lY Nos rcferiinus a las causas iricoadas por cl Ti-ibuiial del Arzobispado dc
Zaragoza coiitra Pedro d c Salariova (C. 37-20), Catalina Gallego ( C . 28-32) c Isa-
be1 Gomhal ( C . 4427).
podriariios plantearnos con respecto al cordón cle San Francisco o
a1 rosario perteriecientes al iriverilario de Catalina Gallego, objetos
religiosos que fAci111ieritepasahari a coiivertirse e n protagonistas de
unas ciiraciones qiie los jueces consi(icraror1 supersticiosas y abusi-
vas, sobre todo teniendo en c i ~ n t alas tasas exigidas a los pacicri-
tes. Segíin las declaraciones d e varios testigos, (htalina ciiraba con
un rosario e n la mano y midiendo la zona daiiada bien a palmos,
bien con trozos d e cuerda. También liguraba iin rosario entre los
objetos secuestrxios a Isabel Gornbal; del inventario de sus bienes
podríarrios destacar deterrriiriadas sustaiicias corno polvos de al-
mizcle envueltos e n un papel, hojas de Iiicrbab~ieriaguardadas en
el fondo de una manga, piedra imán, cabellos humanos, tina higa
de azabache, iin pedazo de cuerno, etc.""
Otro documento de gran valor qiie, al igual que los inventarias,
sólo se conserva en algiiiios de los procesos procedentes del tribu-
nal cesaraugilstano, es el que reflejaba los castos o rmtns que oca-
sionaba cada causa. Uno de los mandatos presentes e n las Consti-
tuciones Sinodales del Arzobispado d e Zaragoza de 1698 decía así:
<<Que en todos los Processos. al tiri de ellos, se eicrivari las ros-
tasque las partes deviereri pagar locaritis a la bscrivania y lkrr-
chos de Seritericia...
En el Arancel de los Derechos n o puede sehalarse cantidad fija
por las cediilas o peticiones que dan los Fiscales o (kmsindicos,
qxies a estos se les deve satisfazer por las partes litigantes, segiin
el mayor O 111erior trabajo que e n su iormaciori y p r o s e c i ~ i o nde
la Causa li~iviereiipuesto.>>"'
No obstante, la niayoría de los procesos que han llegado hasta
nosotros carcceri de dicho dociiiiieiito, lo que q ~ ~ iindique
~ á s que
antes de finales del siglo XWI todavía n o era de obligatoria apari-
ción. Tal y como se expresaba en dicha constituciOn, n o existía
una cantidad fija para ninguna de las etapas procesales, ni siqiiie-
ra para pagar- al fiscal o al abogado defensor, ya que sus salarios,
corno el resto d e los gastos, clepenclían de las diligencias que la
c~ziisahubiera ocasionado.
Cn buen cjcrriplo d e costas procesales son las corresporidien-
res a1 proceso contra Isabel Gorribal, ta11ibiCri conocida corrio Isa-

1'20
Sobre las I i i ~ a sdc a ~ a b a c h ry los ciiri-nos d r ;iriiiii;il, v k i w C:oiicípci<iii
c ~ \ i\.fi~wo (1~1Puvhlo I < . p f ~ f i o lMadrid.
.Al \ K ( . ~ > uK ~ C I A N(,. i ~ I f j ! o pdv r ¿ » ! ~ t ~ v l du! , Ed. hfi-
~iister-iode Ciil~iii-a,1987, pp. 27-28 y 33-34.
bcl de Ribache"?. La tramitación de su causa liabia supuesto iin
total de 624 siieldos'", ilna cifra bastanle alta teniendo e n cuenta
que el costo de miichos procesos n o excedía los 100 s~ieldos"~. Di-
cha cantidad se clistribuy6 del siguiente modo:
(<Experisahir1 proccssu procuratorih tiscalis c o n t r a Elissabetani
Bihache.

Et p r i m o ohlata ...........................................................................
Apellido .. .......................................................................................
Deirlairda .... ...................................................... ...... .....................
InPorinaciori s u m a r i a .................................................... . . .....
3 interi-ogacioriix rriu!; largas ............................................ .
Secuestro q u e se liiio de n o c h e ........................................
Picras testiuin d e l a plrriaria ...............................................
Recepciones d e tesiigos ............... ... ....................................
Pir/as proccssus ........................................... ..........................
Sentencia .......... ........................................................ .................
Nirntiis ................................................................................... .....
Intima .... ............................................ .

(;itaciories d e tcstigos ........................................ ....................


Salariurn procuratoris fiscalis .. ................
,Un u n c i o que fiie a Sariiiena .. . .....
D e eseciitiir la sentencia a los c o r r e d o r e s ................. .
Item a los n u n c i o s ...............
Al vcrdiiqo .................................................................................
A1 n o t a r i o ...................................................... . ..............................
D e pintar rl saiil>t.nito y c o r o r a .........................................

1Y2
);i cii 1597 (es dccii; oclio años
Dicha rriiijer. iiiorisca, Iiahia sido jii~gacl;~
antes) por el tritiiirial iiiquisi~i>rial
(le Zaragoza aciisxla de -irivucacií>iidc derrioiiim
hrrliireriaan. Su castigo había roiiistido eiiioiices ? i r ~.recoricilia~ioiicii I'c~rmiaeri
auto publico d r fkc con coriliscacioii <lebienes. Iiahito y carzrl cri Garagoca por (p1-
tro aíios, y en yieri acotes por las calles piililiras.. (AIIN. Inq. 1.ih. 990, h1. 1.5~).
123
En 2\ragó~i.rlui-ante los ,iglos XVI y X\TI. 1 libi-a 0 ihc iido equivalía a 'LO
suelrlos v i r r i siieldo, a 20 diiiíxros (vCaie (;iiiller rrio Kr.nohi>o \%YTI ziii.ins. <cNii-
rriisiiiática atagcincsa (-11 la Edad Modcrria~~. eii /.o mont&r c t r u , p n ~ rZaragoza,
. t.d.
Institiiri611~ F ~ i m a i i dcloCht6lico.. 1984).
1 24
Para hacernos iiiia idea aproxii~iadadc lo qiii. tlitlia cari~idadpodía s i g
nificar cii tbriiiirios realrs. ~lirernosqiic r.11 1571, segíiii consta (-11 I:i dcclar-aci611
de uno de los testigo? e11 el pioct.so a Pascuala Gai-ri;i (.L\DZ,C. 12-12. fol. Ih..),
100 siicldos eran el equivalente al pi-ccio de un ~isiio.
Al cabo de guaita y riimcio .................................................. 20
A el dueño del borrico ......................................................... 2
260
(j24,,'21

Las costas procesales nos sirven para completar datos que a ve-
ces no figurar1 en los procesos. Así, en nuestro ejemplo, una vez
hecha pública la sentencia, Isabel se había negado a cumplirla, siis
palabras habían sido exactamente q u e no consentia en ella.. En
la sentencia -una de las rriás duras dictadas por la,justicia episce
pal, conlo veremos en el siguiente capítulo- quedaban especifi-
cadas una a una las penas que la condenada debía cumplir, esto es,
xdozientos azotes por las ralles publicas y acostumbradas de la
presente ciudad y que lleve en su caveia iiria coroza que mani-
tiehte su delito y assi mismo la desterramos perpetuamente dc la
presmie ciudad y su arcobispado, y no lo quebrariir s o pena de
carcel perpeiiia, y qiie sera castigada como incorregible reiierita
misericordia en rrspecto de los azotrs, y mas le condenamos en
las costas processales cuya tassacion nos rcsscrvamos.J"'
Gracias a las costas podenlos estar seguros de que dicha sen-
tencia se ejecutó ya qiie no sólo se especificaba su cumplimiento
de modo explícito, sino que figuraba el precio que había costado
pintar el saniberiito, la coroza e incliiso el alquiler del burro en el
que fue pascada por las calles de Zaragoza para hacer pílblica su
vergiienm y servir de ejemplo disuasivo al resto de la población.
Al igual que ocurría con otras etapas procesales, la resoluciGri
de los procesos episcopales era muy variada. Muchos de ellos que-
daban sobreseídos"'; también había casos, como el dc Pedro de Sa-
lanova, que podían acabar con la recoriciliaci6n de los afectado^"^;
otros, aunque sentenciados, imponían castigos tan leves conlo oír
una misa, pagar una limosna y rezar un rosario""; algunos -los me-
nos- señalaban sentencias más duras, corno el destierro, el pago
de las costas procesales, los azotes, el servicio en galeras, etc. En
ningún caso se condenaba con la pena de muerte, ni directa rii in-

125
PI-ocesocoiitr-a Isabel Gombal. Zaragoza. 1605. .;U)Z,C. 41-27, fols. 112-113.
126
I h i d ~ m .fol. 34.
127
Por ejemplo, los cuatro procesos por hri!jcría iiicoados eri Peiiarrop en
1591 (:lDZ. C. 18-17; C. 31-34; C. 37-40 y C. 7430).
128
Proceso coiilfii Pedro de Salanova. Zaragom. 1591. ADZ, C. 37-20.
1%
Proceso contra 1)omingo Aguila~iCaspe. 1591. ADZ, C. 31-15.
directamente (esto es, mediante la relajación al brazo seglar, que
era el recurso utilizado por el Santo Oficio). Puede decirse que, cn
general, predominaba la herievolencia, sobre todo eri comparación
con el resto de iristitiiciones jiidiciales. Como ya adelantamos en el
capítulo arilerior, la propia Inquisicióri reconocía ser más dura que
los obispos en susjuicios. Un ejerriplo bastante significativo de la re-
lación existente entre las dos instituciones, así corno del reconoci-
miento y la colaboracióri que en ocasiones se produjo entre ambas,
lo constituye el proceso contra Cataliria h r i a n
Dicha mujer, habitante del barrio de San Pablo de Zaragoza y
más conocida como la Amara, había sido procesada por la Inqui-
sicion en 1511, acusada dc practicar la hechicería. N o obstante, y
quizá tras considerar que no se trataba de un caso tan grave como
en un priricipio pudiera parecer, se decidió finalmente remitir la
causa al ordinario, esto es, al arzobispo de Zaragoza, cuyo Vicario
General fue el encargado de interrogar por quinta vez a la reo,
que dijo arrepentirse de todo aquello de lo que había sido acusa-
da p de cuanto ella misma había confesado. La solucióri definiti-
va dada por la justicia episcopal ni siquiera puede considerarse
exactamente una sentencia; en el proceso figuraba bajo el título
de (<penitericia».Esta consistió en q u e la dicha h n a r a haya de
dapriar siete sabados y en aquellos visitar las yglesias y capillas de
Nuestra Señora del Pilar [...] en cada un dia dellos de los siete sa-
bados en recuerdo dc sus pecados., tras lo cual se la dio por libre
de la cárcel. El documento notarial añadía además: *por quanto
aquella es pobre y miserable persona, la dio por libre de las cos-
tas que se han fecho en este proce~so>~"~'.
La clemencia dc los obispos se niariifestaba en mídtiples as-
pectos. A pesar de las iiisisterites condenas de la si~persticióri,que
no dejaban de repetirse en las coristituciones de todas las diócesis,
predominaba una actitud indulgente en el momento de imponer
sentencia a la mayor parte de los reos. Otro interesante ejemplo
que nos sirve para acercarnos un poco mas a la mentalidad de los
obispos eri su fimción de.jueces es el de Francisco Nonso, un cil-
randero morisco juzgado eri dos ocasiones por el obispo de Alba-
rracín: la primera, eri 1593, acusado de heckiicero y supersticioso,
y la segunda, dos años más tarde, por reincidente. En palabras de
los niismosjueces, se había usado con él de mucha <<benignidad,,.
Tal era la sentencia correspondiente al primero de los procesos:

150
Procrso contra Cataliiia Azriar. Zaragoza. 1.51 1. AHF'Z, C. 28-6, fols. 49-50
VCase ivq~u*El oficio de tcrcrria: hccliicer-asy alcahiietaw.
4 t t c n d i c n d o los rrirriios del presente proccsso y la corifes-
sion dc Francisco Aloriso, acusado, aunque su culpa es grave y
consideradas las calidades que en el concurren 1 ...] corisiderada
su contricciori y biien proposito y enmienda que prorrieie y el san-
to tierri1)o de la sagrada passion, usando con el de iiii~chabenig-
nidad, lo condernnainos a qiic sea llevado soljre 1111 asno a la ver-
giirriqa, sin capa y bonete, por las ciilles acostiiinbradas desta
riudad, y a destierro de dos alios del presente obispado con con-
rninacion, si quebrantare el dicho destierro o siempre que volvie-
re a hazcr o dar riorriirias o a intentar de ningun gcncro de curas
[...] lo conderririairios desde agora por entonces en pena de do-
cientos a<otes y de ti-es años de galeras, c asi rriisrrio lo coridein-
narrios e11 las costas.^^'^^'
12 nuestros ojos dicha scntcricia bien podría considerarse, a pe-
sar de la benignidad altidida, diira o incluso injusta. No en vano,
y a pesar de la suavidad de la justicia episcopal en co~riparación
con la de otras instituciones, e11 algunos procesos los obispos no
hicieron sino utilizar uria posición de privilegio para apartar,
coino inmorales, a quienes no se doblegabari a lo establecido por
la Iglcsia. La competencia qiie los ciirandcros hacían a los minis-
tros eclesi5sticos y la amenaza al orden establecido que su activi-
dad podía suponer, eran dos de los niotivos por los que, en nues-
tra opinión, se llevó a cabo una persecución casi siempre
injustificable. No obstante, ello no ociirri6 siempre de este ino-
do: de lo qiie no cabe riiiiguria duda es de que cuando Fraricisco
-tras dos años en los quc no tiabía dejado de ejercitar sil profc-
siOri- fue nuevamente juzgado, los jueces hicieron prevalecer la
misericordia y 112 ~~benigiiiclad~ sobre ciialqiiier otra corisidera-
ción. Segíin constaba cri el segiirido de los procesos, y refirihdo-
se al obispo de Albarracín, ecl rriuy Illustre y Revereridissiino Se-
rior Don Martiri Terrern:
<<Attendido y considerado que tenga prcso a Fraricisco Aloriso
por aver- coritra~enidoa la sentencia en cl proceso iriseria, eii la
qual seriteiiria avia conminacion de dozientos acotes y tres arios de
galrras, y dicho Francisco Alonso sea viejo y tenga cimtro hijas pe-
qiieñas, que si lo echase a galeras se rrioririiiri de hambre, que, por
tanto, por dichos rcspcctos y otros a sil sriioria I->ienvistos, suspcn-
dio el efecto dc la execuciori de dicha sentencia de los dozicntos
acotcs y tres alios (le galei-asy de nuevo le mando a dicho Francisco
Alonxo que, so pena de otros dozientos aqotcs y de seis anos de ga-
leras y de ciento cinquenta esciidos aplicaderos a ai.biLrio de su se-

1.31
Proceso contra Fr;i~icisccil o i i s u . Albarraciii. 1.33. ADA, Lig. Y ,ri" 47,
fols. 3.5-31;.
ñoria, rio trate mas en curar dichas criatii~as,ni grandes, de riingun
genero de curas, ni de iioniina, ni haga cosa chica ni grande.*"'
Las amenazas de la justicia episcopal eran con frecuencia más
convencionales que reales y, aunque en aquella ocasión volvieron
a formularse con dureza redoblada, era evidente que nunca iban
a ponerse en práctica, dadas las circunstancias personales del reo.
Corno ya hemos ~nanifestadoa lo largo del capítulo, la benevo-
lericia de los obispos cn relación con los acusados dc brujería y su-
perstición fue muy grande por regla general. Sin embargo, hubo
dos aspectos -íntimamentc relacionados entre si y, a su vez, con
deterrriinadas prácticas mágicas- hacia los que mariifestaron una
especial severidad: nos referimos a la lisura y al engaño. En las p5-
ginas que siguen trataremos de demostrar cómo tales coriductas,
antes que la ,su@rsticid?i o la b7-ujmiu propiamente dichas, fueron
las que la justicia episcopal persigui0 y conden6 con más celo
consider5ndolas, no sin acierto, como una forrna de abuso y des-
potismo sobre el resto de la comunidad.

1,el raiz de todos los rncrles rs la avaricia.' "'


Quu lo\ obzspos ordmnrzoc lotales cuzden 1077 esrrupuloszdad
1,eitén obLgczdos a remover t w f n t o ha zntrodutdo In avanrla,
que es una rspvtze de ldolntna o urrnerencza que cc/)rnasse puede
hallar separado dr la ~ m p e d a do lec tz~pmstmón,falw irnltndora
de la pledad verdadmz
Concilio de I'renro, Sesión 22' "
Pretendv rl (l~tnonio[...] co*lmhazw con sus rmhustes y apa-
riencia la ,pantluza Magestad dr Dios [... 1 se haze aclomr de los
infilizrs y riegos qup se dexan de el rngatinr [...] y a.mi .\on opue,~-
lo.\ los Profetas de Dios y ellos rovno la V'id(ui Y m e d r a . E.s^vlosson
los hrrhizpros JJ matqc«.s l...]
Luisa María de Padilla' ''
L a actitud de los obispos aragoneses con respecto a la magia,
co111o en general la de los sectores sociales más cultos, evolucionó
a lo largo del siglo ?iW de forma considerable. Aunque en las
constituciones sinodalcs no dejaran de repetirse las condenas
contra toda forma de superstición, la estirriación de lo que ésta
significaba file cambiando desde la creencia cri los poderes nialé-
ficos de quienes habían pactado con el demonio hasta la sospe-
cha de que cuanto hacían la mayoría de los acusados se hallaba
envuelto en una aureola de falsedad. ( h r i o ya sabemos, el iiú-
mero de procesos incoados en Angón por dicho crimen aume~itó
a finales del siglo XVi y coinienzos del XWI; no obstante, ello tenía
más que ver con la política de control religioso impuesta desde
Trento que con la obsesi6n por la magia propiamente dicha.
Resulta muy significativo que en 1495 el arzobispo de Zaragoza
enviara una carta dirigida a los justicias de varias localidades cerca-
nas a Jaca ordenándoles que hicicran procesos contra mnichos
hombres c rriugeres bruxos que viven corno malos christianos e que
rnatan muchas personas e ganados con hechizos e muchas otras
malas artes.>>'"'7'ari tajante afirmación provttnicrite del poder cpis
copal no vuelve a repetirse en ningurio de los documentos hallados
por nosotros. En 1557, por e1 contrario, según una carta destinada
en esta ocasión al presbítero c~icargadode .la cura de las almas de
los parrochianos del luaar de la Valmadriz~),el problema apenas
preocupaba. Si bien es cierto que en las montañas la creencia en la
brujeria se hallaba mucho más extendida que en el llano, parece
bastante revelador el hecho de que el arzobispo de Zaragoza dele-
gase en un presbítero la absoliición de algunos de los casos que, se-
gíln la tradición, les estaban reservados solamente a los obispos'".
Entre dichos casos (que se consideraban mlis graves que los peca-
dos habituales y, por tanto, de r r i h difícil absolución), se encontra-
b a la
~ práctica
~ de ehechizerias. y d aver consul~adoadivinos))"'.

1:+ti
~Coinissionpara pt-occssar laa br~ixas,>, larazona, 25 de agosto de 1195,
r o Arlm C¿~rrrirrzr.s(1Igl-Xj), ADZ, fols. l33v:l Y4r.
en l l ~ g i ~ l (/e
'' Sobre los casos ciiya absoliici61i estaba reservada a los obispos, vtase <<De
los casos reser-vadosn de Mar-tín I ) F ilzr11ICLrET.4 NAVARRO, en SLI 4'bfm1id (ir r o n f ~ s e
re> y pnitrnlr.~,Salarriarica. 1556, pp. 757-780. Segírri dicho autor, *caso reservado
cs pecado c i i y ~ahsolucioii esta vrdada por- derecho hnmaiio a1 presbyrrro [...]
Que riiiigim caso ay reicrvado al Papa poi-qiie dizc San Antonio que riinica leyo
pecado alguno tan enorme, del cual no pueda ahsolvci-el obispo r...]
y sobre qua-
les son los casos r-esermdos a el, tiay. gran
.
contienda crirrr ICIS doctores..
I:>iH
.Cura y rasos pala regentes,,, Zarago~a,27 rlc febrero dc 1557, r n &@stru
(1eAcfo.cComzinn. (1554li58). ADZ, rol. I %v.
~ c c h i z e r o s,y fuperiticio-
Tos, familiares amigos
de Me11tira.
CAP. X XV I I L
RETENDE el demonio
conier~15do18 hberuia
que le arrojo del ciclo
al infierno, coiitrahazer
:on t i ~ s embultes y apariencia fa
~randczay Magefiad de Dios,y co
"0 mona h y a imitar las ceremo-,
liar .i culto de la Iglelia fama; y

¡
imdo que no le es pofiiblc vfur
(como quifiera} la Deidad, Te
adorar de los infelizes y cie-
OS que fe dexan de el engan'ar, da-
-

página prr ieriruentc al tiatado de 1 uisn María d r I'adllld


Elugzos de la vrrtlad e mvectrva contra l// m m t m (Zaragoza, 1640)
No obstante, el documento que nos habla con mayor claridad
de la actitud hacia la magia por parte de la Iglesia aragonesa es
una interesantísima carta que fue enviada en 1576 por el cabildo
de la Seo zaragozarla al procurador en Madrid, encargado de tra-
mitar- en dicha ciudad diversos asiintos, como los relacionados
cori el rey o el nuncio del papa en España. Por los th-rriinos de di-
cha carta se deduce que el procurador había redactado 1111 nie-
rnorial para el rey exponiendo algiinos problemas coileernientes
al gobierno de la archidiGcesis. En un momento dado, y sin que
a dichas palabras se les otorgara rnás importancia que al resto de
las ciiestiories tratadas anteriormente, se decía:
(<Elmcrriorial para su Magestad esta rriuy acertado. aunque si
Vi~cstraMerced no lo ha dado, podra quitar. del lo de las bruxas,
porque eri rsir Arcobispado no se eritiende que las v.^^':"'
Así pues, el cabildo de la catedral cesaraugustaria -que por
entonces representaba la voluritacl del arzobispo, ya que la sede se
encontraba vacante tras la muerte de Don Hernando de Ara-
gón- entendía que no había brujería en el Arzobispado de Za-
ragoza. Dicha atirmacióri parece contradecirse cori las inciilpa-
ciories de brujería incluidas en las denuncias que los fiscales del
Arzobispado presentaron en fechas rriuy próximas a aquella. Sin
embargo, una lectura atenta de los procesos nos lleva a pensar
que, en realidad, y a pesar de las estereotipadas acusaciones de
pacto de~noníaco,los jueces cpiscopales ya no creían cri la niagia
-y, por tanto, en las brujas- coino algo trascendente, es decir;
como algo relacionado directamente con el rriundo sobrenatiiral.
Eri lo que sí creían era en uria niagia entendida como ilusión o ar-
tificio y eri la utilización ilícita de lo sagrado por parte de q~iieries,
en nombre de Dios, solamente biiscabari satisfacer sus propios in-
tereses. Como bien expresó Michel Foucault,
4:oncebida dc esta rriarie~a,la niagia se encuentra vaciada de
iodo sil sacrilegio c f i c a ~ya rio prolana, s d o engaña. Sil poder es
de ilusión: en el doble sentido de que carece de realidad, pero
también dc que ciega a quienes no tienen el espíritu recto ni la
voluntad firme [...] Liberarla de sus poderes sagrados, ya no tienc
más que iritericiories maléficas: una ilusióri del espíritu al servicio
dc los desíwdrries del c o r a z ó n . ~ ' ~ "
Una buena parte d e las aciisaciones de brujería y siiperstición
contenidas e n los procesos estiidiados incidía e n la denuncia d e
los diversos ahiisos cometidos por los encausados. Muchos uti-
lizaban su fama d e brujos o hechiceros para aprovecharse del
temor qiie sus poderes infiindían e n una poblaciíh inclinada a
creer con facilidad e n prodigios y encantamientos. Dichos abusos
o excesos en el uso del poder bajo cualquiera de sus formas coris-
titilían, al igual que hoy e n día, circimstaiicias agravaritcs a la hora
de juzgar iin delito. No es de extrañar, por tanto, que la justicia
episcopal hiciera especial hincapié e n los mismos al enfrentarse a
un crimen como el de la siiperstición, ya que ésta se consideraba la
expresión por aiitorioiiiasia dcl engario y el abuso (tanto abuso co-
mo c~busióneran entonces sinóriirrios cqiiivalentes a su/msliciún) l " .
El proceso iricoado por el obispo d e IIuesca e n 1549 al pres-
bítero Juan Ceresuela por hechicería, usura, aniaricebamiento y
estupro, enti-e otros delitos, constituye iin buen ejemplo d e la re-
lación existeritc a menudo entre dichas acusaciones. Segím el ter-
cero de los artículos d e la demanda presentada por el fiscal,
~ J o h a n n ede
s (kresuela [...] h i t erat et est horno rriale farnc,
malr vite, irihonestc conversationis, irsiirai-ius,nigromantico, he-
chicero y que usa de actos siipersticiosos. dcsatador de mi!jrres
atadas [...] et iiiiiltirrri riocivus rci pub1ice.d"
En aquella ocasión, la mayor parte d e los cargos incidían en
los abusos de tipo sexual. Los tres artículos siguientes eslahan
dedicados a describir en qué consistía exactamente su fama d e
((desatador,,:
*Ha corro~npid~) dr hecho muchas virgines del dicho liigx y de
los otros lugares cii-riirrvicirioscomittendo y perpetrando stupro, de
las qiialrs alguna o alguna dellas eran parieri tas suyas y en grado iil-
debido dc consanguinidat o de af'finidat [...] mala malis aciririulari-
do habuit copulani cariialem ciiin mulieris aronjiigaiis et viduis [...]
ha usado et usa dc ciertas coniposicionrs illiritas y rcprovadas para
atraer assi las mujeres para qiie lo quieran bien y se enamorrn de el
para mucho mejor usar- dellas a su propia v o l u ~ i t a d . ~ ~ ~ ~ '
La deniincia de abusos sexiiales no constituía en modo algu-
rio una excepcióri; también otros clérigos procesados por brujos
que, como el, se encontraban en el valle pirenaico de Broto, ha-
bían sido acusados pocos años antes de solicitacibri y arriariceba-
iriieiito'". No obstante, este género de inculpaciones no era muy
frccuerite en los procesos por brujería y superstición. Idosabusos
más frecuentemente asociados con las actividades mágicas eran
de orden económico. Segíin el octavo artículo de la derriarida
presentada por el fiscal contra el presbítero,
.El dicho reo capto y ciiriiirioso fiie era y es logrero y usurero, y
da trigo, clirirros y oiras cosas con que le restituyan y paguen aliquid
ultra hrierii, contra las leyes divina, canonica y civil, con animo y in-
iericiori de cometer y perpetrar usura y logro rnaniffcsto y d e incidir
en las penas graves contra los tales usurcros y l o g r e r o ~ . * ' ~ ;

Para comprender hasta qué punto podían llegar a entrelazar-


se las acusaciones de brujería y superstición con determinados
abusos económicos, nos es imprescindible rclatar el caso de otro
presbílero, Jimerio de Víu, que también ejercía sil ministerio en
el valle de Broto y que fiie calificado de ~ b r u x o nmaleffico,
, sor-
tilego, ponconyeso, nigromantico y usurero.nl'" Se trata de uno
de los escasos procesos por brujería conservados en LL\I-ag' rori en
donde se menciona la participación del reo en aquelarre, el con-
trato con Satanás por medio del beso en el trasero, el vuelo o tras-
lado hasta el lugar de la junta, las palabras ~riágicasque debían ser
proriuriciadas para que dicho traslado hiera ekctivo, el cmplaza-
miento donde teriíari lugar las reuriiories del clérigo y sus cóm-
plices con el demonio e incluso la corriposicióri de los ungüentos
con que se iintaban antes de partir. Dichos atributos, aunque in-
frecuente~en los procesos aragoneses que conservamos, forma-
ban parte de un estereotipo cultural y coincidían en muchos de-
talles con los formiilados contra otra rea a la que ya citamos al
tratar de la justicia inquisitorial: Narbona Darcal, de Ccriarbe
(una localidad situada también en los Pirineos y no muy alejada
del valle de Rroto). ,;U igual que en el proceso incoado contra
Narbona, Jimeno fue denunciado por acudir al aquelarre, provo-
car eriferniedacles y hacer ladrar ea muchas mujeres y hombres

1 d4
Un\ i-cti.rimos a Migiiel Raro y,Jimerio de V u , que e~crcíairsu iiiiiii~tei-io
en Liiiás de Broto y Biiesa, tloa lucaliclader mi~ycci-caiias a Kiri-gas6 y pertene-
cientes asirnisiiio al vallr dr Kroto.
11,
Cesrsucla. Bilrgase. 1349. AL>H, l.rg. 9. n" 2161. fol. 6.
Proceso coii~i.a,Juari
1 llli
Pi-ocrso rontra Jirnerio de Víii. Ihiás de Bsoio. 1548. ADH. Leg. 2 , n"
1721. fol. 5v.
como si fuessen perros.. Otra a c u s a c i h muy repetida e n los pro-
cesos por brujería era la d e causar mal tiempo; también ésta fue
lanzada contra Jimeno (.invoco al diablo, por donde vino hun
viento y tempestad tan rezios con huri turbillirio tan grande que
se llevava los honibres que halli stavan.))).
Hasta aquí e1 arquetipo. Por los datos que conocemos, el reo
bien podría haber sido sujeto pasivo d e una campana dirigida con-
tra él por determinados enemigos que buscasen su caída e n des-
gracia. Sin embargo, bajo las violentas palabras de los testigos que
declararon c n su contra (resiilta muy significativo que nadie testi-
ficase a sil favor), fiieron apareciendo, uno tras otro, una serie de
abusos de todo tipo que pueden servir d e explicación a muchas de
las acusaciories. Además de las insinuaciones que hacía a las mil-
jeres que acudían a confesarse con él (.ha confessado a niiichas
[...] y en la confession induzia a la que le parescia bien para que
se hechasse con el.), se decía que estaba arriaricebado con la niu-
jer de otro, con quien se había repartido n o sOlo dicha mujer sino
tambirn la hacienda y los hijos d e ambos. De todos modos, frieran
o no ciertas tales aíirmaciories, la mayoría de las páginas del pro-
ceso se dedicaban a describir sus interesados negocios, así como
las extralimitaciones cometidas con los habitantes d e Linás de Bro-
to y otras poblaciones vecinas. El décimo articulo d e la denuncia
presentada por el fiscal recordaba al redactado contra el presbíte-
ro de Burgasé, al que anteriormente nos rekrimos:
<(Eldicho reo capto y crinlinoso fue era y es usurero y logrero y
[...] ha cinprcstado a muchas y diversas personas dineros, trigo, la-
na, ): otras cosas con que cl dicho deudor le huviesse a dar cierta co-
sa ultm f¿)r.terriy assi al tiempo de la pascua rcsccbbia cl dicho reo y
capto el dicho logro [...] ha tenido ): tiene tal industria en cometer
usura a fin que no venga a noticia de tuesta merced, seiior juez, ni
de otros officiales ecclesiasticos, que concierta con el que recibe del
dicho reo y capto la cosa emprestada que, ami la cosa emprestada
como cl logro, sc sume todo al principio, y que de todo,jiintoha he-
cho hazer cartas de encoinienda fingiendo que todo era depositado
o erriprestiido y era todo el contrario ct ansi es
Segun el demandante del juicio, u n tal García M a r t í n e ~ cier-
,
to molinero había firmado un pacto con 61 asegurándole que en
el plazo de un año construiría un molino harinero e n una locali-
dad muy cercana llamada Ayerbe de Broto. En el contrato se es-
pecificaba que el molino debería alirneiitl-irse con las aguas del río
Ara. García, por su parte, se había comprometido a qiie, en caso
de qiie funcioriase, pagaría al molinero mil doscientos sueldosja-
queses. Pero viendo el molinero que, tras coristruir el molino, no
conseguía que entrara el agua, decidi6 renunciar al pacto. En-
tonces, enterado mosén Jimcno de lo que ocurría, compró el mo-
lino al moliriero asumiendo los términos del contrato. A partir de
entonces era 61 quien debía encargarse de llevar agua al molino
si quería recibir los mil doscientos sueldos prometidos. Según el
relato de García, un día antes de qiie se cumpliera el año pacta-
do se produjo una gran tempestad con fuertes vientos y torbelli-
nos, lo qiie provocó una inundación que hizo que la acequia del
molino se llenara y éste pudiera moler. La reacción de cuantos lo
vieron -según los relatos de los testigos- frie de horror y e s
parito. En palabras de Martín de Huertolas,
«vim una tempestad y iin tiirbellino tan grande que [...] se es-
panto en grande manera de verlo y assi rriesrno vio todos los otros
rniiy espantados dc la cosa que habia acaecido y luego el dicho
inosaen Xinieno los llebo al dicho molino para ver si inolia, y \¡e-
ron que iorneri~oa moler con la multitud de la dicha
(llaro qiie aquello, según la declaración dc otro de los testigos,
*duro poco y luego se paro y nunca mas ha molido.. La opinión
general era que rnoskn Jimeno había causado con sus artes rriági-
cas aquella tormenta por sil propio interés (.<todosdixcron al
tiempo que lo vieron que debia haber parado algun barando [nii-
be] n). Hasta hubo quieri -como confesó Blas Ferrer- .espan-
tado de la cosa como abia sido, quiso dar de puiialadas al dicho
rnossen Ximeno de Viu creyendo, corno estaba puesto en tjma de
bruxo, lo habia echo con arte del diablo.. El presbítero, sin duda
alguna, concitaba la violencia de muchos de sus feligreses. Según
otro testimonio,
<(eldicho inossen Xiineno im dia, estando los dos en la carni-
ccria de la misma villa le toqiio al dicho Johan de las Canales con
su mano cn el braco encima la. ropa, y qiir Iiiego ki.abia adolecido,
y que tubo fantasia, por quanto [...] el dicho niosseri Xirrieno es-
taba en fama de bruxo, que le l~iibiessetocado con alguna rriede-
ciria, y creyendo10 assi dizc este deposante que lo quiso kiairr rna-
tar el diclioJotian de las Canalcs.~''"
Talcs arrebatos de ira encontraban su f~indarrieritoen el com-
portamiento del clérigo. Por lo que respecta al relato del molino,
pese a que éste nunca más volvió a moler, . J i ~ ~ i e nconsiderando
o,
que el contrato se había cumplido, pidió los mil doscien~ossuel-
dos a García, qiiieri arguyó que sólo los pagaría si se cuniplían los
t6rminos de la capitulación, esto es, ehazer dos muelas conti-
nuas.. Entonces Jirnerio, titiliando sus influencias, consiguió que
Garcia (%mancebode poca hedatn) tiiese juzg-ado y condenado a
pagar novecientos sueldos. Corno García no tenía hastante clirie-
ro en efectivo,
'<pagoqiiatrocientos y veinte sueldos jaqiicses y se obligo a cen-
sal cn XXIIII sueldos de pension por los cjriatrocirr~tosy ochenta
sueldos que restaba a deber- fksta curnplimierito de 10s nuebrcien-
tos sueldos jaqueses, y de aquellos ha pagado diez y iiucbe aiiyos
aniiales al niossen Xirncno rir Viu, y agora los paga a rriosseri Mi-
guel de Rai-o porque el mosseri Xi~nrriode Viii se los vendio.nl."'
Así pues, resulta evidente que tanto mosén Jimerio como mo-
sén Miguel eran dos grandcs negociantes o, como se decía por
aquel entonces, dos perfectos lvgreros o ilsureros. Ambos eran
calificados por las gentes del valle de *briixories)i,y.juritos habían
sido llevados a juicio doce arios antes tambiCn por usura y bruje-
ría, entre otros delitos1". Que dos hombres fueran acusados de
brujería constituye una excepción ya que, salvo otros dos detiuri-
ciados en 1610 a la Itiquisicióri por dicho delito1""el resto de los
varones aragoneses relacionados con la magia fueron juzgados
por cargos conside~adosmenos graves (nigroinaricia, hechicería
o silperstición). Como sabemos, el término brujería -reservado
casi siempre a las mujeres-, se relacionaba con los peores males
concebibles y la mitología que lo acompañaba (pacto con el de-
nionio, asisteiicia al aquelarre, vuelo mágico, etc.) constituía la
expresibn imaginaria del inmenso poder maléfico atribuido a los
protagoriistas de dichas fantasías. Puede explicarse la asociación
de tales mitos con los dos clérigos del valle de Broto si coilsidera-
mos la sensación de explotación que tenían muctios de los habi-
tantes del valle. Ello no significa, como veremos en otros casos,
que existiera siempre una correspoiidencia eritre la atribuciOn
del rrial y el rnal realizado. Muchos (y muclias) de los acusados
por briqería fiierori simples víctimas a quienes se culpó de desgra-

151
Pruceso c ~ r i ~ r Migiiel
.a Raro y Jiriiciio de \'íu. Bucsa y I .iiisia de K r o ~ o .
1536. ADH, ii" 2023.
($2
Nos referinius 21 García hlartíiier deJarque y a Jiiari García d r Tiergn, cii-
yas rclacioncs de causa se coriticiieri en el lihro 991 (AHN, liiq.. fols. 146 155).
cias qiie nada tenían qiie ver con su intervención. No obstante,
gran parte de los procesos episcopales fueron incoados contra iri-
dividuos que, de una u otra forma, habían estafado a sus vecinos.
La asociacih usura-magia se pone de manifiesto en un buen
número de los procesos episcopales por brujería y superstición.
Ninguno de los que citaremos niás adelante constituye un caso
tan ejemplar de dicha alianza como las causas incoadas a los tres
clérigos del valle de Broto. En ellas se advierte cómo los acusados
~itilizaronel temor de los demás a sus poderes riiágicos, no sólo
para sacarles dinero, sino incluso para efectuar prestanios y co-
brar- intereses, que era la definición de usura propiamente dicha.
Sin embargo, el término usura servía t a m b i h para designar un
comportamiento más amplio. No estará de más recordar- aquí las
dos definiciones que Luis de Molina aportaba en su Tratado sohe
los préstamos y la us7rrn. Según la primera de ellas,
*Parece que usura sigriifico prirncramrrite el uso 1 ...] Ydr aqui
se traslado el nombre para signilicar lo que con el iiso de una co-
sa se almienta corrio fruto de ella [...) Segiiri estos sigriificados, la
palabra iisiira no es nombre pcculiai- de un vicio l...] sino que l...]
se ha tornado esta palabra para significar la ganancia que procede
del prestarrio [...] (:orno quiera que esta clase de ganancia [...] sea
mala [...] se sigue, cirrtamen~r,que coristituye oljeto de vicio y pe-
cado. La usura t...] es ilicita o irijusta eri cuanto qiic l...]se toma
como algo debido y no entregado por propia voliintad. Pero la
gratitiicl o generosidad, aunque nazcan de prestarno como causa
motiva, se conceden de forma voluritaria y libre.-'"''
No sólo era usurero quien prestaba con interés; en realidad
cualquier intercambio ecoiiótriico injusto, esto es, cualquier in-
ter cambio en qiie no se guardara la igualdad en las prestaciones
se consideraba usurario. En opinión de Luis de Molina,
«La definicioii l...] se toma en sentido amplio, es decir, eri
cuanto se extiende no sólo al prestarrio forriial y verdadero sino
iarribien al virtual. Porque si algiiien wndiere a credito rrias caro
qiir lo exigido por el precio-justo riguroso, recibiendo la difcren-
cia o incremrnto por el retraso en el pago, como se presi<nie que
suelr suceder; el contrato de corripraventa seria iisurario.,,'"

Ii 9
I.iiis i ) hloi.i\
~ 1, =Sobre la iisiira: dctiiiicion y clases dr miiras, rii 'lisiado
s « hlos p1Alamo.5y la usnro. <:iieiica,1597 (véasc la edición iiioderrii7ada de Fran-
cisco G6tnc7 (hnacho pi~blicadapor el Instituto dc Eaiudios Fiscales, Madrid.
1989, pp. 37-38.)
Iil
Idtm, ibzdrnz. pp. 40-41.
Uno de los conceptos más frecuentes en la Cpoca era el de jus-
to precio. Según el rriisrrio, los bienes intercambiados en cualquier
trato humano debían ser equivalentes, de modo qiie no pudiera
existir abuso por ninguna de las partes. El poslulado de equiv-a-
lencia se interpretó durante mucho tiempo como exigencia de la
moralidad. Molina argumentaba que la coinpraventa se había in-
troducido para utilidad común de los individuos, ya que 11ad le
' es
autosuficiente hasta el punto de estar en condiciones de prescin-
dir de los bienes y servicios qiie los demás pucdcri proporcionar-
le. Pero nunca la utilidad común debía gravar a uno más que a
otro, pues el Derecho Natural exigía no hacer a nadie lo qiie no
se deseaba que le hicieran a irno mismo".'.
Otro interesantísimo concepto acuñado también por Luis de
Molina era el de la ~estimacióricomún*. Para llegar a un acuerdo
sobre cuál debía ser el pr~ciojusto,las dos partes debían poseer la
rriisrria información, una inhrmacibn objetiva y coniíin que no es-
tableciera diferencias entre unos sujetos y otros. Ello quería decir
que si una de las partes engañaba a la otra, el contrato pasaba a ser
usurario inmediatamente. Entre otros ejemplos, el autor citaba el
de quienes, deseando vender su asno, le colocaban rriercurio en las
orejas con el fin de hacerle parecer menos viejo a los ojos del corn-
prador, o el de los comcrciarites que, deseando vender su vino, en-
gañaban al comprador diciéndole que se trataba de un vino con
rriás años de los que realmente tenia, etc. Todo sujeto nial irifor-
mado podía ser engañado y de ocurrir esto, la transaccih econó-
mica era, efectivamente, fraudulenta. Uno de los aspectos que más
preocupaban a Molina era el de la libertad del individuo. Si uno
no poseía la información suficiente a la hora de contratar un servi-
cio de otro, no estaba actuando voluntariamente p por tanto, po-
día ser facilrricrite eslafado. Sin abandonar dicho argumento, cada
vez que alguien se movía por la fuerza, el miedo o la iliisión, po-
día ser estafado (lo cual era moneda común en muchos de los pro-
cesos por superstición). En realidad, dichas ideas, aiinque formu-
ladas quizás mejor que nunca, no eran sino 1111 compendio de lo
que había sido el pensamiento monetario de la filosofía escolásti-
ca medieval y expresaban una forma de entender la rrioralidad en
la economía que desaparecería totalmente a partir del siglo XVIlI.
Como bien supo expresar Francisco Góniez Camacho,
«A partir del siglo X\TI [...] se defiende la eqiiivalrricia como
exigencia de la racionalidad (equilit~riorcoiióriiico) y no de la
moralidad l...]a pariir dc entonces no se hablará ya de precio jus-
to sino de prccio de equilibrio. I'rr-o esto sólo significa que a par-
tir del siglo X\'iII el paradigma drl justo precio había sido susti-
iuido por rl paradigina liberal del librc mercado y, con ello el
p)stt"ado de rquiralencia había perdido su diinerisiím moral.»""
Fue entonces cimiido algunos teóricos, entre ellos el cClebre
Adam Smitli, defendieron una v i s i h optimista de la nueva ideo-
logía, según la cual podía confiarse e n uria mlailo irivisible>>que
arnionizaría los intereses individuales (para Siriith, i m a organiza-
ción feliz d e la econoniia se logra cspontárieamente e n toda so-
ciedad doride el horribre pueda actuar bajo el impulso d e sil in-
terés personal). Pero la visión de los escolásticos medievales y de
quieries, como Luis de Molina, seguían creyendo e n la usura en
1111 sentido amplio, n o era tan optimista; e n absoluto confiaba11
en una .mano iiivisible~c a p u de reconciliar los intereses iridivi-
diiales. Por el contrario, insistían e n una realidad inLis evidente: la
de que, con demasiada frecuencia, ~cilcsintereses entraban en
conflicto y qile sólo podían resolverse medianle el recurso a la ley
y la conciericia.
Pero, aparte de la moral de cada cual, jcxistían leves qiie cori-
siderasen la usura como un crimen? Las condenas de ésta se apre-
cian en la Penírisula Ibérica sobre todo desde principios del siglo
XIII. En el Lirnbito del Derecho Canónico, tuvo una gran influen-
: ~ (hegorio I>i e n 1234. Por lo que
cia la recepción de las i l ~ c r e t u kde
respecta a las leyes civiles, en la Cor-orla d r Castilla aparecía prohi-
bido expresamente el préstamo a interés ya e n las Parlidas, mien-
tras que e n la Corona de Aragóri fue el rey Jaime 1 quien elabor-6
disposiciones teiidentes a la erradicación de la iisura en todos sus
territorios. No obstante, e n el reino d c Aragón, riunque e n gene-
ral estaba prohibido el llamado ~pricstamopor razon d e logros,,,
tcrininó por permitirse durante los siglos XIV 7 XV una usura cori-
trolada a los ,judíos1". No olvidemos que ya desde finales clc la
Edad Media la vida econbrnica d e toda Europa había empezado a
cambiar cori el florecirriicnto d e las actividades bancarias, y qiie e n
el siglo X\!í los descubrin~ientosgeográficos acentuaron todavía
más el desarrollo de un incipiente capitalismo. Todo ello h i ~ qiie o
las reglas antiguas e n materia de usura comenzaran a resultar es-
crechas para muchos. Fue entonces ciianclo se avivo el forcejeo en-
trc la realidad económica y la ideología más estricta, y tanto las le-
yes civiles corno eclesiásticas se vieron obligadas a modificar sus
apreciaciones sobre la justicia d e ciertos actosi-".
Sin embargo, a pesar d e que en el siglo S V I ya se reconocía la
prodilctividad del dinero y de que los mismos representantes d e la
Iglesia estahan empezando a precisar raciorialrriente los elementos
objetivos qiie determinaban el interés de los pr¿.starrios, la actitud
básica hacia el significado d e la lisura e n su sentido rriás arriplio iio
ca~nbió.Las definiciones medievales d e la misma habían incluido
todos aquellos casos eri que, e n las relaciones ecoiiómicas, se olvi-
daba la guarda de la justicia y d c la igualdad eri las pres~aciories.
Así, por ejemplo, según San Ambi-osio, eiisiira es recibir mas d c lo
que se ha dado,> (usu'ru es1 p h ~ saccip~requnm dore) y e n opini6n de
San J e r h i m o , <(sellama usuia y exceso, cualquiera que sea éste, si
se percibió más de lo que se dio,) (usurtlm appella?-i et super abzcn-
daritiurr~p i d q u i d i l h d est, si nb eo qu,od dedmit plus nrr~perit)l.'".
La preocupación por las distintas formas de iisiira se manifes-
tí) en Aragóri por parte d e los obispos a lo largo d e toda la Edad
Moderna. Muestra de ello son las coristituciories siriodales d e las
distintas diócesis, e n las que aparecía siempre un capitulo titula-
do <<Deusurisn, así corno la existencia de un representativo níi-
mero de procesos crirriiriales contra usureros incoados por 1a.jiis-
ticia episcopal""'. Dicha p r e o c u p a c i h se advierte asirriisrrio e n
una buena parte d e losjiiicios siistanciados por brujería y siipers-
ticióri. Resulta muy significativo que d e las treinta causas por di-
chos delitos correspondicntcs a los siglos XVi y XWI que se con-

1 i'?
lirio de los teíiricos en rlitieries iiicjor sr. advitlr-leel pir~gi-esivocaiiibio de
postiira fiie Mai-tiii tlc A+lciirra (1492-1 W6), qiiicii, adeniás del capítulo que de-
dicaba a la usura eii su i k m l a l dr I«I~/P.\(JI-~, ;pvriilriilr.~.escrihiíi dos ti-atados mis
dedicados al terna: (,'on11wl».17» rotol~itnrjod~ niinlNoc (Salamarica, 15.56) y íhrn~izlntlo
W Y O ~ U ~ Orlz
~ Ous~<ra.s (Salarriarica, 1 3 6 ) . ..\iiriq~ieeri sris priirirros años kpilicitet;i
liahía clcf'ciiriido la coiiccpcióii nicdicval. mariteiiieiido criterios iriuy restrictivos
sobre la iisura y el créclilo, poco a poco fue cariihiaiido de opinión al wi. testigo
dc la ribida ric prccios qiic tiivo como cotiseciieiicia irimediatü la llegada de rrie-
tales preciosos pr-ocedeiites de Arriéi ica. Otros auwres que, como él, se ocupirrori
del tr.iiia iiiiciaiido i ~ i iiiiicvo pcnsamimto cc-orióinico en España fueron Tomás
de Mercado (Sumincl dr 1 1 - c h c ;c.onlrc~/»\,Sevilla. 1571) o Doiiiirigo de Soto ( L k Iu\ti-
tia rt Iirrr, 1iln-i ~ l i ~ u ~Salairiaiica,
rn, 1553).
ii'l
Vt.;ise,Jaccliieb 1.i; GOI.F,IA h o h ?; LL iiicla. Ií(o~loiní(iy wli~+k on 111 b,d(rfl A ~ P
dirr, Karcrloiia, b:d. G(disa 1987, p. 37.
l(,ll
Solaiiic.iite en el Arzobispado de Zai-;ig»m y cii e1 pci-iodo coiiiprciidido
ciirrc 1500 y l62.i se conservan un total de setenta proccsos por delito de usura
(véase ADZ, l a ar.cci<iri,2' s x i r ) .
servan en el Archivo Diocesano de Zaragoza, solamente diez de
ellas conserven la sentencia. Hemos de suponer que una buena
proporción de tales juicios acabaran siendo sobreseídos, tenien-
do en cuenta la ideología de los jueces acerca de la brujería. En
cuanto a las diez causas que iueron sentenciadas, siete de ellas ha-
cían hiricapié en la usura y el engaño, así co111o en la corisidera-
cióri de la magia como una forma dc impostura.
Cno de los casos que mejor representa la posición de los obispos
hacia el problema de la brujería y la siiperstición es el proceso in-
coado en 1605 por el tribunal del arzobispo de Zaragoza a Isabel
Gorribal (tarribiéri coriocida como Isabel Bibackic, atcndicndo al
apellido de su marido). La reo había sido ya juzgada en 1597 por la
Inquisición por *haver sido mora diez meses o un año y haver he-
cho ceremonias de tal), y por haber irivocado a los derrioriios, cori-
cretamente a [(Sathanas,Barrabas y Berzebw. Su castigo había con-
sistido en ser reconciliada «en auto publico de fee con confiscacion
de bienes, habito y carzel en (hragoca por qiiatro años, y en cien
aGotes por las calles publicas.^^"" La sentencia del tribunal del arzo-
bispado cesara~igustaiiorio iba a ser menos duia, ya que firialrrierite ,
fuc condenada a recibir doscientos azotes, al pago de las costas y a
destierro perpetuo de dicho ,arzobispado. Sin embargo, esta vez las
aciisaciones fiieron muy diferentes. Mientras que la Iriquisicióri ha-
bía puesto de relieve su coridicibri de rriorisca, los jueces cpiscopa
les incidieron en el fi-aude en que consistía su oficio de hechicera.
El tercer artículo de la demanda presentada por el fiscal decía así:
< Q u eIsabri Bibachr es crisiiana riiieba, digo riiiet~iicoribertida
[...] y es echicera y supersticiosa envayiera desla manera que a II~II-
chas personas, assi hombres como mugeres de la presente ciudad
como fuera della los lleva engañados y entretenidos, prornetiendo-
les dar rcmcdios cchizos para todas las cossas que las dichas perse
mas les piden, llevandoles por dichos cchizos gran suma de dineros,
daridoles a eriterider que con los dichos echizos haran sc casscn,
amen o aborrwcari a las persorias que se les piden y hiziendo se los
creher que con lo que ella les da saldrari cori su iritrrito.~~""
El octavo artículo de dicha demanda volvía a insistir en los
abusos cometidos por la acusada. Según éste,
«a empobrecido a algimas personas daridoles a eriterider eran
berdaderos sus echizos v einbe1rros.-""

llil
AHN, Iriq., Lib. 990, lol. 1J.
1 h:!
Proceso contra Isabel Gombal. Zaragoza. 1605. ADZ, C.41-27. fol. 11
l i,:4
I b i d m , tol. 13.
El resto de los veinte artículos que, en total, componían la de-
manda estaban dedicados a describir en detalle las distintas acti-
vidades de la acusada. N o obstante, todas ellas aparecían resumi-
das en la petición formulada por el fiscal al vicario general del
arzobispo, por la que le rogaba se mandase informar sobre,
«dichos embustes, devinarriientos, coechos, irnbiistes y d e los
c c h i ~ o ds e las norriirias y irigueritos y bevidas y polhos para llevar
rribaydas las gentes, y de liazerse adivina diziendo sabia lo que se
liazia.sl"'
Así pues, Isabel fue corisiderada prirlcipalmeiite como una
embustera. Su magia, segíin los jueces, consistía en erigariar a las
gentes. De ahí el calificativo de embnidwn, derivado del verbo m -
hai?; equivalente al actualmente más usado embaucar; sinónimo a
su vez de ~mb~kcnry, en cierto sentido, también de ernbelescw. To-
dos estos términos definían miiy bien la apreciacih de la magia
por parte de los obispos y se repetían frecuentemente en los pro-
ccsos incoados por los tribunales dependientes de su autoridad.
En 160'7 fue juzgado por el tribunal cesarauguslano Francisco
Quintana, iin curandero de Alcañiz (Teruel) al que se acus6 de
4iechicero y embaucador.. Segun el segundo artículo de la de-
manda presentada por el fiscal,
<<Usa ensalmos y oraciones diciendo miiclias palal~rassupers-
ticiosas y mezclando niuchas palal~rasrrialsoriarites y sopechosas
[...] d e tal rriariera que t ~ a ea rririchas gentes desta villa, assi a
liorribres como rriiigeres, einbaiicadas y erigariadas, liaziendoles
gastar. rnucha ha~icrida.~~"'"
El hecho de que los acusados obligaran a sus vecinos a pagar-
les demasiado por sus servicios era muy frecuente en los procesos
analizados. Aunque en ninguno de los incoados en el Arzobispa-
do de Zaragoza se hablase de préstamo con interés ni se mencio-
nara directamente el logro y la usura, conio I-labia sucedido con
los clérigos de Broto, la denuncia de los abusos económicos co-
metidos por los reos venia a ser una constante en muchas de las
causas por brujería y superstici6ri. Un buen ejemplo de este tipo
de abusos -reconocidos en esta ocasión por el niisrrio acusado
en el interrogatorio al que fiie sometido- lo constituye el proce-
so contra Juan Blaric, un gascóri que vivía en Zaragoza y que ha-
bía sido denunciado por embrujar a varias personas. Segun varios

ltrl
It~idcrn,tol. 'LO.
165
Proceso contra Francisco Quintana. Alcañiz. 1607. ADZ, C. S14. fol. 4
de los testigos que declararon en sii causa, usaba el oficio de en-
salmador y saritiguador, y se valía de hechicerías y brujerías. Gra-
cias al propio reo conocemos su forma de «curar.. Una vez le ha-
bían llevado un niño enfermo y 61 había pedido para sanarlo un
trozo de candela y cincuenta reales; después había partido la can-
dela en cinco trozos y distribuido el dinero en cinco montones,
<'y dio a entender a los que alli estaban qiir de aquella inane-
ra curaria, y qur assi, de allí a poco mato dichas candclas y se Ile-
bo los dinero s.)^""'

Los jueces encargados del caso no manifestaron niriguria dii-


da sobre la interpretación de sus intenciones: Juan fue condena-
do por usar del oficio de ensarmador maliendose de cosas su-
persticiosas solamente por sacar- y llebar dinero por ellas.. Así
pues, a pesar de las aciisaciones de brujo y hechicero forrriuladas
por los testigos, el supuesto hechicero y adivino acabó siendo san-
cionado por timador. Otras veces eran los mismos testigos qiiie-
nes incidían en los engaiios de los que habían sido víctimas. Se-
gún un vecino de la localidad de Montalbán, el acusado Jairnc
Royo, que había sido calificado por los.jueces de #hechicero, en-
gañador y adcvinadero,,, era,
<<unhombre que cura con erixalnios, saniiguaciones y se hiize
adrvino, y con estas y otras rnuclias cossas lleba engañadas a inu-
chas gentes y les Ileba dincros y otms dadivas, y qiie no ssabe que
sean de riingun efrecio sus cnxalinos Y cluc [...] este tistigo lo c.. ]
tiene todo por engaiio y filscdades.~"'í
Quienes, como Costanza Rosa, acusada de Iicchicera por. el
Tribunal de Zaragoza e11 1581, tenían muy claro que la rnagia a la
que recurrían rio tenía otro objetivo que proporcionarlcs un ine-
dio de subsistencia, podían incluso amenazar con la llegada de
&ruxas~,una iornia más de aniedrcntar a quieries no confiaban
del todo en sus poderes (.que vendrian las bruxas y la rriatarian,
que ella lo sabia bien.). Con vistas a corisegiiir clientela, todo va-
lía. Para muchos, la magia era un negocio en el qiie siempre h a
bía ~ L I Ctener presentes a los corripetidores. Segiln el cuarto ar-
lículo de la demanda del fiscal, e l l a [Costanza] enteirdia bien de
ciirar seniejantes enferniedades, con tal que no lo entendiesseri
otros mas de los que andaban en el riegocio.~"~"

I lili
Procro contraJuan Blaric. Zaragwa. 1584. ADZ, C. 26-3, Cols. 6r. y v.
lf,í
Proceso con tm,Jairrir Royo. 1.a Peiia del Cid. 1.598. ADZ, C. 7W29, t'ols. G y 8v.
1 hh
Proccso contra (hstanza Rosa. Zarago~a.1581.ADZ, C. 27-35, fols. n>vv iv.
Los testinionios de los abusos económicos cometidos por los
reos son muy numerosos. Aparecen no sólo entre las páginas de
los procesos del Arzobispado de Zaragoza, sino también en los in-
coados por otras diócesis. Así, por ejemplo, en cierta ocasión una
mujer había manifestado sus dudas a Francisco Alonso (juzgado
por el obispo de Albarracín por hechicería y superstición) en re-
lación con la enfermedad de un hijo suyo; ante ello, el acusado ha-
bía respondido defendiendo sus intereses de furnia contundente:
.Esta testigo le pregurito que si duraria mucho la enfermedad
de su 1iiJo. I,e replico el dicho Francisco Aloriso qiie segun le pa-
gasrn, asi alargaria o acortaria la ciira.~~'"''
En consecuencia, la reacción de la madre había sido la provo-
cada por el acusado,
<<Esta testigo le tlixo: Francisco Aloriso, curadrrie rrii hijo, que
aiiricil1e mi marido no os pague, yo os pagarc.si''
No será necesario aducir más pruebas para llegar a la conclii-
sión de que, considerada desde este punto de vista, la magia que
aparece en los procesos bien podría identificarse con una forma
más de la picaresca característica de la época. Pero dicha perspec-
tiva solamente predominaba entre los jueces eclesiásticos, espe-
cialmente entre los episcopales. La mayor parte de la población, si
bicri a veces reconocía haber sido engañada, niariifestaba por lo ge-
neral un estado de incertidumbre, cuando no una creencia firme
en los poderes extraordinarios de los acusados. La vacilación a la
que nos referimos resulta patente en uno de los testigos que decla-
raron en el proceso contra Jaime Koyo. Chnzalo del Campo - q u e
así se llamaba el testigo- dijo que una vez se había encontrado
con el reo <<y luego se hallo tronchado, sin poder dar un paso de-
lante ni atras,,, y qiie después había estado muy enfermo y siempre
había tenido por cierto que había sido hechizado. Sin erribargo, él
mismo confesaba a continuaciOn que «todo esto es engaño, enve-
leco y que lleva a las gentes muy engañadas.>>"'En su declaración
se transmitía una gran indeterminación, ya que el testigo asegura-
ba creer eri los hechizos y a la vez desconfiaba de ellos. ¿Se trataba
de magia o de engaño? De cualquier modo, había decidido decla-
rar contra el reo y, por si acaso, acusarle en ambos sentidos.

11;')
Proceso contra Franciscn Alnnso. Alharracíii. 1593. ADA. Lig. 2" 11-47,
fol. 49.
170
lbirlrrn, fol. 49.
Iil
Proceso contra Jaime Royo. La Pefia del Cid. 1598.ADZ. C. 7&23, fol. 10.
Una parte muy considerable de la población se hallaba dis-
puesta a creer a pies.juntillas en cualquier fenómeno extraordina-
rio, procediera de Dios o del Diablo. Dos de los procesos incoados
por el tribunal del Arzobispado de Zaragoza ejemplifican muy bien
dicha disposición de ánimo y derriucstran cómo la.justicia cpiscm
pal juzcaba con especial dureza a quienes intentaba11aprovecharse
de la ingenuidad de las gentes, ya hiera eri asuntos relacionados
con la riiagia o con la religión. El prirncro de dichos procesos,
abierto en 1591 contra Cataliria Gallego por brujería y hechicería,
acabo convirtiéndose eri uri rnedio a través del cual muchos p i d e -
ron denunciar los abusos de una mujer que, utilizando el miedo
generalizado a las brujas, había conseguido explotar econórriica-
inente a buena parte de sus vecinos. (htalina vivía en Marichones,
una pequefia localidad cercana a Daroca, y tenía fama de bruja y
hechicera. Quierics la conocían la temían hasta el punto de traba-
jar para ella gratis y no cobrarle riada de lo que les debía. Según
uno de los testigos que declararon eri cl juicio,
<<dichaCatalina (;allego esta en tal repiltaciori que nayde la
quiere dcscomplacer y todos la tcrncn por el mal qiir han conce-
bido les puede hazer, y qiir ella n o da en el Iiorrio la poya al jus-
to de lo quc massa, y que con todo csso no se la ossaii pidir; ni las
pechas que le caven de las cofidrias, ni otras cosas [...], y que
qualqiiirr-e cosa que pida se la conceden, mas por temor qur por
hazerle pla~er:-"'
Otro testigo aseguraba,
..que la dicha Catalina Gallego ha hrclio dos piezas de paño
dando a hilar la lilria a diversas mugeres, a qiiiil dos libras, a qual
una, y a otras, tres o qiiatro, y ha visto este deposante que a nayde
a pagado ni le han ossarlo pidir kn paga por su travajo, y assi mcsnm
diie qiie este deposante y oti.os de Villafcliche y Mancliones, por di-
cho temor quc lc tienen a dicha Catalina Gallego, le han ayudado
a trillar la mies quc tenia [...] y que a este dcposante no Ir ha pa-
gado y a los derrias, quc tanpoco lrs lia pagado, y aun lla visto rste
deposante se liilelgan dc travajalle su ha~ieridadc valde a trueqiie
que no les haga rrial, y qiie cl deposante, por- esse mismo temor y
miedo que le ha tenido y tiene a la dicha Catalina Gallego, las mas
noches qiie pasa a casa deste deposante, que es la tienda, a encen-
der el candil, se lo ha de rricliir y inche de azeite, y no le osa negar,
lo qilal tia hecho este deposante muclias y divcrsas vezes siendo, cw
mo es, pobre, y comprandolo el para rl servicio dc dicho lugar.»'"

172
(1. 28-32, id. 16v.
Proceso contra Catalina Gallrgo. Maiicliories. 1391. .O%,
1 73
, 24.
I h d ~ mfol.
Quien rio era, ni mucho menos, pobre era la acusada, tal y co-
mo se pone de manifiesto al leer el inventario de sus bienes que
aparecía incluido en las actas del proceso. Ella decía que lo que
cobraba por sus curas lo destinaba a la Iglesia, puesto que lo gas-
taba en misas y en luminaria, y que, por tanto, según una expre-
sión suya, si le daban, para ellos barbechaban. No obstante, la opi-
nión de los testigos era muy diferente (miriguno sabe que lo que
reune lo gaste ni distribuya en las dichas obras pias, antes en com-
prar hazierida, corrio corista haverla comprado estos años..) En
cuanto al parecer de los jueces, nada mejor para resumirlo que el
tercer artículo de la demanda fiscal, según el cual,
([por m m ~ de
i tiairr las dichas curas se hazc muy bicn pagar
la dicha Catalina (;allego, y rio ha cluerido rii quiere hazellas sin
que le paguen muy bien, aunque sean de persorias p011r.r.; y rie-
cessitadas, por lo qual ha causado sospecha eriirr rriiichas perso-
nas cristianas que el hazer dichas curas no deve ser por gracia par-
ticular quc tcnga dc Dios, sino por comparticipacion y tmto del
derrioriio.~~"'
Nuevamente eilcontranios a los represeritarites del obispo aso-
ciando magia y usura. Los usureros andarían de la mano del De-
monio, al igual que los brijos. Por el contrario, mostrarse des-
prendido podía ser interpretado como una seiial de la gracia
divina.
El último de los procesos citados en este capítulo revela hasta
qué punto la justicia cpiscopal se hallaba preocupada por frenar
cuantos abusos pudieran derivarse de la creencia de las gentes en
los poderes extraordinarios de niuclios erigatusadorcs. El reo al
que nos referirerrios a continuación no fue aciisado esta vez por
brujería o supcrsticií>n,sino como hereje y embaucador. Pero, en
cualquier caso, la única dikrencia existente entre él y quienes
eran juzgados como hechiceros radicaba en que, así conlo éstos
abusaban del miedo que sus coriterriporárieos sentían hacia la ma-
gia, él preteridía aprovecharse de la buena fe y la ingenuidad ge-
neralizadas en materia de religión. Dicha pretensión, a todas luces
evidente, acabaría siendo castigada por los jueces del arzobispado
todavía con mayor dureza. Tal y corrio aparece relatado en el pro-
ceso, un buen día de rriediados de marzo de 1561, en Qiiinto de
Ebro (Zaragoza), y más concretamente en casa del tabernero, se
presentó iin mancebo de unos ceintid6s o veintitrés años pidien-
do cinco ducados y diciendo que venía de parte de Juan de Dios.
El rriuchacho aseguró a la mujer del tabernero que los cinco dii-
cados debían ser bautizados y bendecidos en cinco pilas bautisrria-
les diferentes, tras lo cual Juan de Dios volvería y reintegraría el di-
nero a sus primitivos dueños. Con él vendría *ariapaloma blanca
en señal del spiritu santo., que mostraría el lugar donde se lialla-
ba un tesoro consistente en cinco sortijas, una de las cuales debc-
ría ser entregada al muchacho para que la llevase a Santa Catalina.
l
El joven reo, llamado Carlos hlilanés, era 1111 peregrino de los
1 muchos que abundaban por aquel entonces. Había nacido en Lodi,
muy cerca de Milári, y tras ser expulsado de la casa paterna, liabia
trabajado corrio aprendi7 en diversos oficios. Primero, en Milkn, con
1 un sastre y con un mercader; después, en Lodi, con uri letrado. h,fás
tarde había iniciado el carriino de Santiago, y eri Lerida se había eri-
contrado con un tal Juan de Dios, d e riacion romano., el cual iba
acompañado de doce peregrinos rnás, que representaban los doce
apóstoles de Cristo. Todos ellos le dijeron q u e sabia poco del mun-
do, pues no llevava dineros, que si el supiera del mundo, inas dine-
ros llcvaria~"".El que se hacía llamar Juan de Dios, q u e era el priri-
cipal de todos,>,le había recomendado ir a Quinto de Ebro y pedir
el dinero del modo ya relatado. En palabras textuales,
.le dixo qile rrari dozc peregrinos que se representan los do-
l e apostoles de Cristo y le dijo: id a u11 lugar que se llama Quinto,
y ay id a casa del tavei-nrro y dezidle que, poi- serias que a estado
alli Jirari de Dios, que os de cinco ducados, y si no os qiiisicrc cre-
hei; io~rialdedc la mano g drspiies del pulgar de la niario derc-
clia, porque ya yo hc estado con el.>>''"
Según el testimonio del tabernero, todo lo anterior era cierto
y, efectivamente, n o hacía mucho más de una semana que había
estado allí el Ilnrriado Juan de Dios, diciéndole,
<<que aquella casa r m rniiy antigua y [...] algunas animas po-
driari andar en pena, y que para csso seria bien d r i r cinco missas
por las animas del purgatorio de las cinco I l a g a ~ . ~ ~ ' ~ '
Al principio el tabernero había puesto en duda sus sutiles
amenazas y tras escuchar sil historia le había preguntado:
-<Como es esso qiir quiere dczir Juan de I)ios?~~'"

I íi
Proceso contra (:arlo.: h4ilariGs. Quinto ric Pbro. 1561. ADZ, C. 2-1, tol. 3.
1 íi>
//);(~OIIL, S d 3v.
177
Jbzdrm. fol. 4.
178
Jhd~nt.fol. h.
Pero finalmente había accedido a dar el dinero que le era pe-
dido para pagar las supuestas misas, no sin antes oír dos íiltirnos
argtmxntos quc, par lo que parece, habían sido definithos para
convencerlo,
«el le dixo: porque me cr-cap, veys aqiii que junto a la nioñe-
ca tengo un crucifixo de carne en cl niesmo 1)r.aci.oy [...] le dixo
a este deposanle qilc le enbiaria a sii casa un romero que escu-
briria i i r i gran bien eri servicio de Dioh y de Nuestra Sefiora, y por-
que crrays que yo lo erribio, os toniai-a de la mano y del pulgar, y
con esto se f ~ ~ c . * ~ " '
A pesar del descoriocimiento del tabernero, la historia de Juari
de Dios y los doce peregrinos no era una inverici6n original sino
que, muy al contrario, se tr-ataba - e n expresih de Julio Caro Ra-
roja- de un arquetipo legcndarioIX".No era la primera vez en la his-
toria que iin individuo simulaba de forma inas o menos consciente
ser un personaje imaginario -o real, pero ya muerto hace arios o
incliiso siglos. Cada época tenía sus personajes preferidos, que eran
fingidos por iin número considerable de impostores. Desde media-
dos del siglo XVi y a lo largo del XWI hiibo quienes se hicieron pa-
sar ante una masa crédiila por xcl viejo y eterno zapatero que asistió
a la Pasión de (h-isto sin piedad, y al que sin piedad trató la I j e n -
Como afirmaba Sebastián de Covarriibias, dicho personaje
era conocido tarrihih como «Juan de Espera en Dios» o :Juan de
Voto a Dios.. En sil opinión, recogida de varios autores diferentes,
podía tarribih referirse a San Jiian Evarigclista, quien según dicha
versi6ri todavki andaría por el mundo buscando a Jcsiicristo:
<<Tairibienesta recehido en el vulgo qiie hay iin Iionibre, al
qual Ilariiari Juan de Espera en Dios. que tia vivido y vive iriuchos
siglos y que lodas las vezes qur ha menester- dineros halla cinro
blancas en la bolsa. Todo esto es burla. Sin embargo, de algunos
honibrw se halla avri- vivido algunos años mas de los ordinarios
[...] iLluclios autores hazen mencion de un Juan de Estampas, que
vivio nias de trezientos arios [...] El maestro Alexo de Verirgas, h a
blando rir este Juan de Espera en Dios o Juan de Voto a Dios, di-
zc que puede tener este fimtlarncnto, que el modo de hat~larsc
entienda Juari devoto a Dios, y que sea SanJiiari evangelista.^"'

1x0
V6ase.Jiiiio CARO K,IKc)J%,<<Elfalso jiidio i r i-arite coriio per-suiialidad mi-
~ IMadrid.
gira*,eri Vidas m/<gicns P I ~ I ~ U Z S ZwCl .Z 1. , Ed. Círculo de Lectores, 1090,
pp. 380-393. Id., Dr los nwprtiprn y lfywlnc, Madrid, Ed. Istrrio, 1991.
Así pues, no todos los eruditos se ponían de acuerdo sobre la
verdadera idcritidad del personaje. Sin embargo, de lo que no ca-
he ninguna diida es de que era muy popular por aquel entonccs
y de que a lo largo del siglo XVl fueron varios quienes anduvieron
por la Periínsiila haciendose pasar por él. Otro que había queri-
do beneficiarse de la leyenda acerca de (yJuande Dios» había sido
un tal Antonio Rodrígiiez, a quien conocemos por haber sido jiiz-
gado en 1546 por la Inquisición de Toledo, y sobre el cual ya es-
cribiera Marcel Bataillon'"'. Muchos de sus rasgos coiricidían con
los de Carlos Milanks: al igual qiie éste, era u11 mucl-iacho de unos
veinte anos que había vivido con un sastre, en su caso tras qiie-
darse huérfano a muy temprana edad. Eii el curso de sus prirrie-
ras andanzas corno vagabundo se había asociado con un francés
que decía ser peregrino a Santiago y tener grabada en una parte
del cuerpo una misteriosa rueda de Santa Catalina. Dicha santa,
que también aparecía en nuestro proceso como destinataria de
parte del tesoro que se suponía iba a ser hallado, tenia un gran
protagotiisrno dentro de la leyenda. Se decía que su cuerpo csta-
ba enterrado cri la cima del mítico rrionte Sinaí y quc .Juan de
Dios» era uno de los d o c e de Santa Catalina del rrionte S i ~ ~ a í . > ) ' ' ~
Como veremos más adelante, la rueda de Santa Catalina -un re-
cuerdo del iristrumento con cuatro ruedas con el que pudo ser
niartirizacla hacia el siglo IV de nuestra era- también se coriside-
raría una scfial de los poderes extraordinarios de otro tipo de in-
dividuos llamados saludadores'"'.
Pero, volviendo a la historia de Carlos Milan&s, cuando el
muchacho llegó a la casa del tabernero, tal y como le había iri-
dicado el supuesto «Juan de Dios», se encontraba allí solamente
sil mujer; La reaccion de ésta no fue exactamente la esperada:
mostrando más desconfianza que su marido, al serle pedidos los
cinco ducados contestó: e k ó so); miiger y no los tengo ni os quie-
ro dar nada, mi rriarido os respondera cuando venga.. Entonces
el joven se fue, tras prometer que volvería a las diez de la mafia-
ria del día siguiente. Ese mismo día marido y mujer comentaron
lo sucedido y decidieron ir a corifesarlo al vicario de la locali-
dad, el cual, tras oír el relato, no albergó riiriguna diida acerca

1h:i
y E.\/~aCci.fistslrro'ioc t o h la I~i,\/or?ccr q t i r i t u o l dvl sz-
Marcrl BAI;\IIi O N , l<m.~>rio
@o .XTZ Mt.xico-Rilciios i\ircs. Ed. F o n d o rlc Cultura Ecoricírnira, 1966.
1x4
,liilio C ZRO BAROIA,li'dnr wuig-irns.. ., p. 386.
1X í
Vease z~lfi-a virtud tlc loi saludado res^^.
de la falsa identidad del peregrino, <.y assi lo prendieron y tra-
xeron preso a Caragoca a la carcel del Seiior A r c o b i ~ p o . ~ ' ~ "
La sentencia proriuiiciada coritra el iiripostor fue la más dura
de todas las correspondientes a los procesos episcopales analiza-
dos eri este trabajo. Tras sufrir varios tormentos, fue condenado
a diez años de galeras, además de recibir doscientos azotes y pa-
gar las costas procesales. Al igual que vimos en el proceso inqiii-
sitorial coritra Pedro Bcrriardo Florcritíri (que actuaba instigado
por un clérigo hearnés conocido como mosén Pedro), el verda-
dero inspirador de los embustes no fue juzgado. Su lugar fue
ocupado por iin inocente qiie también había pretendido enga-
ñar, pero de una forrria rrierios premeditada y cauta que la de su
mentor. Sea como fiiere, el hecho de que los jueces del Arzobis-
pado coridenaran con penas mayores a quienes intentaban apro-
vecharse de sus semejantes que a quienes tenían fama de brujos
o liecliiceros, revela con claridad sus auténticas preocupaciones.
El afán por contener las injusticias relacionadas con los abusos
económicos de ciialquier tipo, iueran éstos perpetrados median-
te el recurso a la niagia o a la religión, bien puede considerarse
una muestra de la pervivencia de aquella antigua visión de los in-
tercambios de bienes defendida con tesbri por los filósofos esco-
lásticos'". Dicha forma de pensar, a pesar de continuar viva en
los escritos de algunos tratadistas como Luis de Moliria, ernpeza-
ría a desaparecer muy pronto. 1.a nueva idelogía, cada vez más
cercana al capitalisriio, se nlariifestó asiriiisnio en el cambio de
actitud hacia los pobres que progresivamente fueron perdiendo
su carácter santificante para adquirir, por el contrario, un perfil
crecientemente amenazador.
Tal y como hemos comprobado a lo largo de este capitulo, en
la mayoría de las transacciones llevadas a cabo cntrc los reos y
quienes foririabari parte de su entorno, quedaban violados todos
y cada uno de los conceptos clave de la doctrina inedieval acerca
de la usura. Ni la información era objetiva, dado qiie con dema-
siada frecuencia los testigos confesaban guiarse por cl temor o la

I$li
Procrso contra Carlos R.1ilaiii.s. Quinto dc Ebro. 1561. ADZ. C. 2-1, fol. 5.
187
Visivii que recuerda a los conceptos aiitropológicos de reciprocidad= o
*intercambio recíproco.. acuiiados por Marviti I-Iarris, así como a los estudios so-
bre e1 don y e1 cotiii-adíiii de Marcel Maiiss. léanse Marviti Harris, N u ~ 5 t ~ r,spr<io,
cl
XVadrid, FA. Alianm, 1991, p. 341 y Marcel Mauss, .<Ensayosobre los dones, moti-
en .Sorinlo@'a y antr-oi,olopíz,
\o y forrria dt.1 carribio cii laa aocicda<les prirrii~ivas~~.
Madrid. brl. Irrnos. 1971, pp. 153-258.
ilusión; ni existía una estimación comíin por ambas partes; ni,
con demasiada frecuencia, los acusados exigían por sus servicios
una cantidad proporcionada (el +sto precio»). Sin embargo, el
hecho de que los jueces delegados de los obispos demostraran
un empeño especial por intervenir en aquellos casos en que la
magia constituía una forma más de impostura no iniplica que to-
dos los acusados fueran conscientes o responsables del temor y
las reacciones que provocaban entre quienes convivían cerca de
ellos. Co~rioya adelantamos en páginas anteriores, muchos de
los juzgados por delitos de brujería y superstición (y en especial
muchas de las mujeres a quienes se acusó de brujería) no fueron
sino víctimas propiciatorias a quienes culpar de catástrofes y des-
gracias personales a las que no se encontraba una explicación na-
tural.
No faltan algunos e.jemplo de individuos injustamente acii-
sados por sus vecinos como brujos y hechiceros ante los triburia-
les episcopales (sus procesos fueron sobreseídos casi siempre),
pero donde abundan preferentemente es en los documentos
procedentes de la tercera de las iristituciories que analizaremos
en nuestro estudio. La justicia seglar se encargó de la persecu-
ción de un crimen que se consideraba que atentaba no sólo con-
tra Dios sino también, y de forma muy especial, contra el buen
estado de la res publica. Como veremos en el capítulo siguiente,
la persecución llevada a cabo por los,jueces seglares se caracteri-
zó por ser la más rápida y despiadada ya que, a diferencia de la
protagonizada por las instituciones eclesiásticas, su objetivo no
consistía en investigar acerca de la verdad o la falsedad de las
acusaciones, ni en castigar los posibles excesos cometidos por los
acusados, sino que se reducía a mantener un determinado con-
cepto de orden público, aunque fuera a costa de las vidas de mu-
chos inocentes.
LA JUSTICIA SEGLAR: DE LA LEY AL DESAFUERO

A l ~ n d ~ d nlar mitomedad, nt?oczdnd) t r ~ i u l ~ l ndr


t l 105 dehtos.
no se gwirde o r d m , 2 T I pase a ru castzgo su? la> ~ o l í . m r ~ w / n ~ l r ~
o i d ~ n a n a s s, a h d a sola la rirrdnrl drl hecho.
Pedro Boada1*'

En el siglo ?iTrI existía la posibilidad d e opcar entre dos dife-


rentes formas d e ejercer la justicia e n el ámbito d c lo penal: una,
conocida como ordinaria, y otra, denominada sumaria o mtraoidi-
naria18!4. Esta última constituía u n recurso que podía utilizarse e n
aquellos casos e n los que se pretendía una niayor rapidez y efica-
cia en el castigo d e deterrriinados crímenes. No olviderrios que,
tras la recepción del Derecho Korriario e n Europa a partir del si-
glo XII, los procedimientos judiciales habíari ido tecnificándose
hasta el punto de resultar e n exceso lentos y farragosos. En reali-
dad, dicha evolilciím irriplicó para el reo u n acrecentarriierito de
sus garantías procesales, ya que el estricto cumplimiento de los
plazos asigriados a cada una d e las partes le permitía -al menos
teóricamente- preparar una mejor defensa.
Como sabemos por los procesos eclesiásticos que herrios estu-
diado en capítulos anteriores (rio e n vario el Derecho (hnónico
se inspiró directamente e n el Korriano), el procedimiento penal
ordinario se dividía e n tres fases: una d e iriiciación, el llamaclo jiii-
cio plenario y la seritencia. La primera fase debía ocuparse de
aclarar las circunstancias del delito, asegurar el resultado del pro-
ceso con medidas cautelares y preparar las posturas de las partes
que rriás tarde debatirían e n el juicio plenario. A esta etapa co-
rrespondían la petición d e iniormación, el mandamiento de pri-

l hq
Vksc l.11is IIF. MIR\NDA,Ordinis jurl~ciuri~ rt dr modo p~orrdmdi171 rou.u\ c-t-i-
winalibus. tam in joro err1tj;riasliroqitrrm in snwulm7 qitnndi.í, Salaniarica. Aticli-va.\Re-
riaiit, 1601, pp. 349-:348.
sión del acusado, el embargo y secuestro de sus bienes, así como
la primera audiencia ante el j ~ i eque
~ , podía desarrollarse a lo lar-
go de varias sesiones.
Dentro del llamado juicio plenario se incluían, en priinei- lugar,
la acusación formal o demanda criminal y la respuesta del reo. A
coriliriuacióii se abría un período probatorio eri el que cada una de
las partes disponía de un plazo que, no obstante, podía ser prorro-
gado por el juez a petición de cualquiera de ellas, siempre que no
excediera el máximo de seis meses. Durante el tiempo asignado,
arribas partes preseritabari uri escrito doride, aderriás de la lista de
los testigos que deseaban que el juez tiiv~eraen consideración, fi-
guraban las preguntas conforme a las cuales debían recibirse sus
declaraciories. Todo testimonio debía ser ratificado y publicado
(aiinque, como sabemos, la Inquisición omitía este importante re-
quisito). Una vez que las declaraciones testificales habían sido tras
ladadas y conocidas por las dos partes, éstas volvían a redactar otro
escrito en el que contestaban a las pruebas del contrario y, en caso
de que el acusador estirriase que rio había habido suficientes prue-
has, pedía en su escrito que el reo fiiera sometido a tormento. Me-
diante la tortura pretendía Sorzarse la coniesión de culpabilidad
por parte del acusado, puesto que esta se corisideraba la prueba
por excelencia. Pero, fuera o no aplicado dicho procedimiento, ya
entonces se consideraba que el juicio estaba listo para sentencia.
Esta etapa solía ser breve en coriiparacióri con las anteriores, ya que
dependía úriicarrierite del fallo personal del juez'!"'.
Tales eran, formuladas de forma muy concisa, las caracterís-
ticas de un sistema, el sokmn,is ordo iudirinv-ius, que, en opinión de
más de unjurista, había llegado a anquilosarse de forma que, con
su rigide~y parsirrioriia, impedía la resolución de ciertos casos
considerados particiilarmente graves y peligrosos"". Entre estos

lll0
Eri AragOri, tal y como ha observado Miguel Arigel Motis, *el proceso cri-
minal ordinario [...] se rige por lo clispiicsto cri el fiicro "De modo Xr fi~rinapro-
cederidi iri criniiiiali", promulgado por Ferriaiido 11 en las Cortes de Monzbri de
1510, cl cual espcrinicntará adiciones de niciior ciiantía eri las iuontisorienses de
1512 l...]y mis tarde por el Eriiperaclor Carlos 1, en las cesaraiigiistaiias d e 3528.
Eii sil articiilado sr tiitelari iina serie de formal ida di,^. plazos y fasrs irrcniiriciahlcs
que el J U C L 11 Oficial r e ~ i oque coiioLca eii la causa lia de observar iiidefectible-
iiiciirc~~ ( v h r Migiirl Angrl kioris I ~ ) I . . \ D F R y YI-aiicisro,Javier M o r l s I ~ I . ~ \ ~ ) F R ,
.<El parricidio entre córiyuges e11 Ar-agóri eii el siglo XVI: dogrriática y jurispr-u-
dcncia,~.l.;/ rui.jo. h'ríGílo dr Eítiidioc Hi.ctóricor y Snrinlrí, 1 ( 1 W 5 ) , pp. 16-1 7).
141
Vbaae Víc~oi- FAIREN GLIII.I.~N.
El liii(.iu utdi~~(irio
Y 10s pkriwius tcípi(lu~( 1 ~ dv-
s
Ji.rto.7 rn /a rfrrprión d f / íhrwho í'r~mtrt/mmrin; $ir\ r n u m í y rnnrw7lrnn'oc rn dortrinrz y
Irgi\l~ic.iónc~lz~cdrs), Bai-celoria. Ed. Boscli, 1953, pp. 79 S S .
sc encontraban los llamados delitos ati-ores, cs decir, <aquéllosque
implicaban mayor atentado contra el orden político, económico
o religioso y, en conseciiencia, aquellos cuyo castigo convenía ase-
gurar más que riingíiii otro.,>'"-Evideiiterriente, la atrocidad no
cra sino una apreciación ambigua y subjetiva, de ahí quc, segun
las épocas, fueran diferentes los crímenes englobados dentro de
dicha categoría. En 1497, los Reyes Católicos equipararon el deli-
to de pecado nefando con los de here-jía y lesa majestad, y duran-
te el reiriado de Felipe nT fueron perseguidos como delitos atro-
ces tanto las alteraciones en el precio de cambio de monedas
como los hurtos y las actividades de bandidos y salteadores. En
Aragón ya desde corriierims de la Edad Moderna la brujería y la
hechicería se incluyeron también dentro de la clasificación de
atroces. En la práctica, ello significaba que a la hora de demostrar
la comisión de tan graves delitos, eran exigidas muchas menos
pruebas que para el resto de los crírriciies, favorecihdose así las
sentencias condenatorias.
Pero además de los delitos atroces, existían los denominados
delitos notorios. Mientras que el razonamiento para acortar las ac-
tuacioiies procesales en el juicio de los prirrieros había sido su pe-
ligrosidad y la necesidad de imponer una condena rápida, .en los
delitos notorios se cuestionó incliiso la propia razón de ser del
proceso.^""' Si tanto la comisión del delito conio su autor se con-
sideraban notoriamente manifiestos, cn tal caso no había ncccsi-
dad de averiguar nada, sino de castigar cuanto antes lo que para
nadie admitía la menor duda. Paradojicamente desde el punto de
vista de nuestra rrieritalidad actual, tarnbiéri los casos de brujería
y hechicería quedaron englobados en dicha categoría a pesar de
(o, más bien, debido a) la imposibilidad de demostrar la ciilpabi-
lidad real de los acusados.
La atrocidad y la notoriedad de los delitos podían dar lugar,
por lo tarito, a un tipo de justicia suniaria o extraordiriaria cuya
cxprcsión más habitual quedaba recogida en la célebre cláusula
&mnpLirit~r et de plano nr sine estrepitu et figura iudirii>)(.sumaria-
mente y de plano, sin estrépito y figura de,juicio~)'"? Sin enibar-
go, ninguno de los juristas de la época ofrecía uri esquema claro

I!JY
María P.iz Ai.or\.so, I<lpi-or.rw~
p c n d rn í h t i l l n (sighí ZiliI-XL'IIl), Salainaiica,
Ed. Liiiversidad tlr Salairiaiica, 1982, p. 302.
del tipo de proceso sumario que debía seguirse en los casos espe-
ciales, con lo cual cada juez acababa por decidir a su arbitrio el ti-
po de actiiacioiies a desarrollar en cada circuristancia concreta.
Los procesos seglares que se han conservado en Aragón contra
delitos de brujería y hechicería fueron iricoacios por diversos jiie-
ces locales; como escribiera Francisco Tomás y Valiente, {(enAra-
gón, el Derecho especial o local prevalecía sobre el general del
reino.."" No hay que olvidar qiie ni siquiera la promulgaci0n en
1247 de los Ilainados Fz~erosr l Aragún,
~ que teóricaniente eran vá-
lidos para todo el ~erritorio,supuso la derogación dc los anterio-
res fi~erosiiiuriicipales'"? Ko obstante, también el Derecho Ro-
mano fue penetrando eri el reino por vías indirectas, ya que se
acababa recurriendo al mistno, bien para colnplelar lagunas de
los f ~ ~ e r obien
s , para interpretarlos.
Bucna muestra de la fiisióii entrc los dos tipos de justicia, la al-
~oriiedieval,presente en los fueros miiriicipales antiguos, y la pro-
pia de la Edad Moderna, que incorporaba las ideas del Derecho
Roiiiario-Canónico, son los juicios aragoneses incoados por delito
de brujería y hechicería a lo largo de 10s siglos XVI y XV11. Basados
todos ellos en diferentes estatutos de desdoramiento, que eran
aprobados por cada concejo o por una junta que reunía a varios
concejos, dichos procesos ejernplifican m u y bien la elección de un
tipo de justicia extraordinaria aplicada a crímenes considerados
de especial gravedad. Ciia forma de siiilplificar las causas consistió
en imitar-los antiguos procesos. En palabras de María Paz Alonso,
&e vuelveri entonces las miradas con iiosiillgia hacia el serici-
Ilo proceso aliorriedicval qiie, aiiri inaceptable I>ilr-ala mentalidad
cit. los hombres d e Derecho d e la Baja Edad Media, tenía u n a cua-
lidad quc entonces .;e estimaba tliticilmci~teconipatiblc con la
terniticación y c o n i p l ~ j i d a dinherentes al avance d i la ciencia ju-
rídica: sil sencille~,su r.i1pidc7.»""
Pero, además de la sencillez v ld rapidez, ?qué otros rasgos ca-
r acterimban los procesos celebrados durante la Alta Edad Media?

I!lb
1.a obra titulada F~rívor(Ir .$>crgin y conotida asirnisino como í,iírlzgo ~olu
H u r w i fue proiiiiilgada como Drrcclio jiriieral dcl rciiio eii las (Jortc~de 1217,
que ~r ccletxar-oiien Hiirsca, y fue encargarla por el reyJairnr I a i i r i jurista de sir
roniiaiiza, don Vidal t k Canellas, obispo de IIuesca (vi-aseP. S;\\;\i.i. y S. PENLN,
I.Um(; O/IW71i11i(im y A(Io.7 111, (,'III.(P dd !(elno d~ / \ m @ r l ; Zaragoza. 1 866).
En primer lugar; la priuatización o, lo que es lo iiiisriio, la reduc-
ción de los coriflictos al ámbito de los intereses individuales (el
juicio se entendía como una forma más de ejercer la venganza
privada). Esto se traducía en que iin proceso podía iniciarse úni-
camente a instancia de parte, o lo que es lo mismo, niediarite la
acusación de un particular. En principio, nada tenían que ver con
dicha torniiila las causas por nosotros estudiadas, ya que todas
ellas furron iniciadas por voluntad del juez y, en consecuencia, si-
guiendo el procedimiento inquisitorial, cuyo uso eiripezó a ex-
tenderse junto con el Derecho Roniario. Sin embargo, la privati-
zacibri sigui6 caracterizando en gran medida la justicia de tipo
extraordinario todavía mucho tiempo después de la Edad Mo-
derna. En teoría, el nuevo procediniierito había supuesto un
cambio de ideología con respecto a la valoración de los delitos:
((frente a la idca dc delito como acto que afecta exclusiva-
rrierite a la persona ofendida, sc fiie abriendo paso la considera-
ciíjri de que todo delito atenta contra la comunidad en su con-
jiinto y, rri corisrciirrlciii, su represión debe ectar garantizada por
el poder rrprrsrntante de la rriis~ria.~~"'~
N o obstante, en la práctica se produjo una mezcla entre las
ideas de venganza individiial y social. Ello quedó plasmado en un
procedimiento que, más que propiarriente inquisitivo, podría
considerarse mixto, ya q ~ i clos particulares seguían teniendo un
gran protagonismo. Aunque iin proceso se iniciara de oficio, en
cualquier momento podía ser requerido el individuo ofendido
(que solía coincidii- con el deiiuriciaritc) para actuar como testi-
go, es dccir, para probar aquello que le afectaba personalmente.
Otro peligroso síntoma de privatización, que emparentaba los
procesos desaforados con los altomedievales, era la enorme capa-
cidad de decisión de los,jiieces. El excesivo margen de arbi~rio ju-
dicial facilitaba que éstos pudieran hacer del proceso una cues-
tiGri propia, es dccir, una forma de promocionarse o de ascender
profesionalmente aprovechando la fama de jueces duros en el
castigo del delito. Si teneinos en cuenta, adernlis, que en uri asun-
to como el de la br~gería-tan íritirriamcnte condicionado por las
relaciones intcrpcrsonalcs- sólo un juez imparcial podría hallar-
se en condiciones de dilucidar los entramados de odios y acusa-
ciones, y que la represión seglar se llevó a cabo porjucccs locales,
es decir, en rriuclias ocasiones, por vecinos de los mismos reos,

l<lh
María Paz A.o\so, »p. cil., p. 91.
comprenderemos mejor la fjcilidad con que tantas victirnas fue-
rori conderiadas a la pena de muerte, con el asentimiento dc una
buena parte de la poblacibri.
Otras dos características propias de la justicia altoniedieval
eran la oralidad y la publicidad. Esto quiere decir que las actua-
ciones procesales se llevaban a cabo de viva voz y en lugares pú-
blicos, a los quc podían acceder iodos quienes desearan ser ies-
tigos del acontecimiento. Dichos rasgos pertenecen en cierta
medida a los procesos por brujería que estudiamos pues, aunque
se pusie~aripor escrito (al menos los que han llegado hasta nues-
tras manos), todos ellos habían sido precedidos de un pregón
público por las calles del pueblo. El pregbri venía a clesempeílar
el mismo papel.
que
.
los edictos en la justicia eclesiástica. Así, si la
lnquisicií>n, antes de proceder, publicaba un Edicto de Fe y la jus-
ticia episcopal, un hdicto de Visita, la justicia seglar hacía un lla-
mamiento o p r e g h , coniúrirrierite conocido en Aragbn como
Ca,rtel de Voz de Crida'"!l.
Naturalmeiite, la finalidad de los edictos era que fueran di-
vulgados entre todos los habitantes de una población y por eso
se leían en la iglesia durante la misa dominical. Sin embargo, su
asociación con la idea de publicidad rio era tan directa como la
de estos pregones, que más que dichos (edicto deriva del verbo la-
tino dicere y significa dicho), eran gritados (de ahí la expresi6n vo*.
de Mdn o @da). Por o t ~ aparle, encontramos abundantes testi-
monios de juntas concejales no sOlo en los interiores de ciertos lo-
cales (<<en la sala de las casas comunes,,""', adentro de la casa co-
mun dcl fornw""), sino también al aire libre ( e n los bancos
concejales de la plaza."", Neri el cirneriterio, siquiere fossal de la
yglesia p a r r o q ~ i a l ~ ".en
' ~ ~el, pradiello del lugar del Ruri~"'",etc.).

200
Estatiiios c k desafi~rariiierltocontra la hrujrria d r Castillazuelo (IGOI)
AHPH, prot. 3850. iiot. Luis Gregeii~aii,fol. 1.
Y01
Estatutos ric dc.;atoramicnto contra la brujería de PozÁri de Ver-o (1534).
Iricluidos en el proceso coritr-aDurriiriga Ferrer, =La Coja.. , W P % . (:. 31-2, fol. 43.
'>O?
E~latutosy 0"-dinczrion~.~
(IP Cmpr (1545). AHN. SecciGri Órdenes Militares.
I.eg. 245, n" 15, fol. 1.
"" Statuto d a In !)al d',iyw (1550). AHPII. Prot. 8146, riot. Or-arite, fol. 24.
lunto a la privutizución., la omlidad y la publicidad, un cuarto ras-
go definía, quizás mejor que ningtín otro, los procesos altome-
dievales: sil formalismo. Nos referirnos a que, en el momento de
juzgar, eran necesarias determinadas solemnidades externas cuya
finalidad no era sino la o b t e n c i h de una verdad puramente for-
mal. No se pretendía descubrir una verdad objetiva, o al menos lo
rnh objetiva posible, sino que en la resolilcih de un juicio bas-
taba con que se cumplieran ciertos requisitos para cada caso con-
creto. Estos valían como pruebas, aunque no se corresporidicxin
racionalrrierite con los hechos. Las pruebas utilizadas (pruebas
irracionales desde nuestra perspectiva actual) dependían directa-
mente del conjunto de creencias y del simbolismo que irnpreg-
naba todas las manifestaciones de la vida social. Buena prueba de
ello era la costumbre de poner a Dios como juez y testigo. De ahí
que las ordalías o .juicios de Dios,>se aplicaran como uno de los
principales medios para descubrir la supuesta verdad que se per-
seguía. Un ejemplo del valor que todavía poseían en plena Edad
Moderna en Aragón tales sistemas de pruebas son los Ft~mo..r de TP-
ruel que, a diferencia de otras leyes locales que ya habían eiiipe-
zado a perder su vigencia en el siglo XiIi, sigiiieron aplicaridose
hasta 1598. En ellos, una de las formas contempladas para *sal-
var» a las acusadas de hechiceras, alcahuetas y prostitutas era la
prueba del hierro candente o caliente:

De rnuger ligadrra ide hombre que ligara por echiros, r de


mugcr erbolera, hechirrr.a, alcauera o puta con 5.
Otro si, muger que bestias o Iiorribres o otras cosas ligara, e
provado le sera, sea quemada, sino, salvese por el f ~ i c r ocon el
liirrro caliente y csblanquiente. Si por vrrit1ir.a el varon ligador
fuere, e provado Ir fiicre, esquilado sea en cruzes e acotado sea
echado de la ciudad. Ei si riegare, rcsponda a su par.
Otro si, toda muger que rrholera hiere, o cchizera y provado le
sera, sea qucmada, o salvese por el hierro caliente. Qual en este ca-
so, toda muger dcve tomar el hierro srgiiri hiero. En ningun otro
caso Iriuger deve llevar el fierro, si no fiiere mediariera o alcahue-
ta, o que sea [alputa que con 5 varones sea Iornicada e provada.*"'"

Aunque no hemos encontrado testimonios de la utilización de


dicha prueba en ninguno de los procesos hallados liasta el rrio-
rrierito, no hay que olvidar que, tanto el valor atribuido al jura-
mento (siempre formulado en nombre de Dios) como la impor-
tancia concedida a la fama pílblica, suponían la vigencia de dos sis
tenias de pruebas ir-racionales que continuaron r*tiliz5ndose a lo
largo de toda la Edad Moderna. La validez del juramento encon-
traba su fiindamcnto en la creericia y la certeza de que el perjuro
sería castigado en el más allá: ello impedina a los hombres jurar en
falso. Eri cuanto a la importancia concedida a la fama, era ésta una
idea antiquísima relacionada con la idea de la trascendencia públi-
ca del pecado. Todavía en pleno siglo X\7, todo juez, para poder
actuar de oficio, debía constatar la existencia de la llaniada $$'fa-
matio (rumor público innominado y condenatorio), y ello aun cn
el caso de haberle sido presentada una denuncia concreta. Como
bien podemos suponer, el riesgo más grave era que se llegaran a
confundir notoriedad y fama comíin, esto es, evidencia de haberse
cometido un delito y miirmiiración acerca del mismo. de los
furidarrieritos del éxito de la llaniada <<caza
de brujas,, consistió pre-
cisamente en dicha identificación, dada la ft~erzade la fama píibli-
ca y de su importancia en el sistema judicial del rriorriento.
Los procesos incoados en Aragón contra los dclitos de brujería
y hechicería constituyen un modelo ejemplar de la ligazón que se
prodijo entre los sistemas de justicia característicos de la tempra-
na Edad Media y los introducidos a partir del siglo XIII en aclelan-
te. Dicha mezcla pudo producirse debido a la gran libertad jurídi-
ca de que gozaron los municipios aragoneses hasta el siglo xviii,
una libertad que Ics llevó a imalidar las leyes generales del reino
cada vez qiie se consideró que determinados crírrieries debían ser
jugados de forma extraordinaria para facilitar su reprcsih. Tal y
como reflejan en sus actas los llamados estatutos de desafora-
miento, la existencia de brujas y hechiceras representaba uno de
los problemas más graves para los gobernantes aragoneses; tan
grave y difícil de soliicionar qiie llegó a provocar la supresión de
todos aquellos derechos de que gozaban dichas reas en Aragón y
que se hallaban contemplados en los fueros generales. En las pá-
ginas que siguen veremos en quhonsistían dichos derechos, así
corno cuáles fuerori los motivos para abolirlos adiicidos por los po-
deres encargados de una represióri que corisiguió ponerse al mar-
gen de todo iin sistema legal de gran prestigio y plenamente vi-
gente. Como expresa la fórmula «Standum est Chartaea'oti, el

Zllh
Sobre el principio &aiidiini cst (:liartacn, vCasr el mapífico trabajo de
titdado,Joc~quln&)\la y d&rchu urfzpnir, Zaragom, Ed.
I i í i s I>FI.(:.~»o E(:HCV-\KKIA
Facultad de Derecho, 1978.

192
mismo Derecho aragonés contemplaba la posibilidad de que en
determinadas circunstancias la voluntad de unos pocos pudiera
llegar a prevalecer sobre cualquier ley general ya escrita, dando lu-
gar en muchas ocasiones a abusos de poder como los que veremos
en las páginas que siguen a coritiniiación.

«!?A(:TOS ROMPEN FUEROS, PACTOS QLITLWJFUEROS,,

Nos desafmamo, para que [. ] con ~n\lancrno szn znstannu


de parte, mformando su anzmo pubhtamentr. o secreta, puuda ser
) slalmrqrlo y mandadopro(uhu contra [ ..] los cnrnrnes de bru-
x m a , poconaa, hechlzma o enmbolamzer~toi~~

A través de los distintos estatutos de desaforamierito contra el


delito de brujería que se han conservado en Aragón, podemos
llegar a conocer de forma bastante aproximada las etapas del
procedimiento seguido para la localización y el posterior enjui-
ciamiento de quienes eran acusados de brujos y hechiceros. Di-
chas fuentes, a diferencia de las eclesiásticas, rio constituyen un
cuerpo tan completo y detallado como las instrucciones iriquisi-
toriales o las constituciones sinodales, donde cada fase de la per-
secución aparecía completamente definida. Al tratar de la justi-
cia seglar tenemos que basarnos en datos iricornpletos, parciales
y dispersos. Sin embargo, y a pesar de la variedad que se observa
cn muchos aspectos, los elementos comunes son tantos que per-
miten trazar una descripción de lo que podríamos considerar el
método de la justicia seglar aragonesa para la persecución de la
brujería y de otros delitos afines a la misiiia.
El primer paso para iniciar uno o varios juicios por brujería
era la redacción de unos estatutos en función de los cuales la
zona afectada por lo que a menudo se consideraba una terrible
plaga quedaba al margen de los fileros en todo l o relacionado
con dicho crimen. La capacidad normativa de las entidades loca-
les era iin derecho rcconocido por los mismos ft~eros,ya que se-
gíin los misrrios,

207
Eslatutos de drsatoraniieri~ocontra la hri~jeríadel valle de Trna (1525).
AIIPH. Plirgo siiello e11 el I,i/m d ~ rrqimirnlo
l dr 1 1 cura (LP doo lhningu (;uzll&, fol. 2.
«a qualcsqiiiere universidades del reino les es licito y perrriiti-
clo el estatuir y ordenar de las cosas conccrriienies a su brieri gm
vierno y el imponer aquellas penas que les pareze convenierites
para consegirir- el fin de los estatutos y ortlcnaziones que rstable-
ccn.,,2n'

Para poder aprobar unas leyes nuevas, era necesario que se reu-
nieran los representantes del concejo o concejos en los que iban a
ser aplicadas. La corwocntoi~iczde dicha rennióri debía ser hccha por
el denominado corredor p~ihlic?"', el cual leía un llamamiento o
pregím, en ocasiones acompaiiado por el sonido de determinados
instrumentos, lo que contribuía a dar al acontecirnicnto un carác-
ter más solemne. Muchos de los estatutos comenzaban rriencio-
nando este importante requisito, co111o podemos comprobar le-
yendo el comienzo del .Estatuto contra los broxos y broxas y
liechizeros y hechizeras y contra los complizes en dichos casos. re-
dactado por el concejo darocense en 1592:
«In Dei nomine, sca a todos nianifiesto que llamado, corivrr
cado, corigrrgado y ajuriiado el concejo general y universidad
[...] de la ciudad dc Danjca, por mandado de los scñores justicia,
officiales y conscjo de la dicha ciudad y por llamamiento de Joan
Arrihel, nuncio y corredor publico de la dicha ciudad, el qual tal
fe y relacion hizo a mi, Pedro Mariente, notario 1 ...] de [...] haver
Iliiriiado y convocado el dicho general conccjo por los lugares pii-
ldicos y acostiirribrados dc dicha ciuclad a son de trompeta y a voz
de grida..""
De modo rio muy diferente, aunque en esta ocasión, <<ason de
campana., y no de trompeta, se reunían en 1628 los represen-
tantes del valle pirenaico de Ansó:
<<I.lainado,conl>orado, congregado y ajuntado el conccjo,
jiiriia general y universidad dc la villa y valle de Ariso por manda
miento de los liigartenientc de jiisticia y jurados abaxo nombrii-
dos y por ilarriamiento y piibliro pregon de hlateu Aznarez, co-
rredor publico de la dicha valle, el qual tal ffe y r e l a ~ i o nhizo y
haze a mi [...] de [...] haver llamado y conbocado el dicho con-
cejo a son de campana y con voz de pregon publico.~'"

YO3
Arcliivo del Valle de Aisa, 41.5. Texto citado por Geriaro LAM,\R<.A eii El iia-
Ile d~ Aiw. Historic~dr itnn r.onzunid«(lpirmnirn. Zarago~a,Ed. Mira, 1993, p. 64.
XN
Sobr-ela figura del cnr-rr.cl»rf)iihliroeri los niiinicipios aragoiicrcs. véase Ge-
rnro I . I ~ I ~ of).
~ A(;l.,
, 11. 63.
'lo Estatutos de desafoi-aniiciitocoritr-a la brujrría de Daroca. (15%). :lrcliivo
Mliiiicipal de Darora. Kstatiltos de la coiniinidad de Daroca (SS. XIVX\'i), fol. 547.
21 1
Estatiitos de desaluramiento coi1Li.a la hrijería del valle dc Ans6 (1628).
Archivo Municipal dc Ansó. pro^. 1628, not. Miguel Lópcz. fol. l .
Tras la coristataci0n d e la convocatoria, seguía una ltita ron los
nombres de quiensi .SP h,nllaban p~c.sentesm la junta. En Ansó, y para po-
ner coto a los problemas que ocasionaban los brujos, se congrega-
ron en 1628 unas 50 personas, teniendo e n cuenta a los «oficiales.,
los vecinos de Ans6 ( M ) ,los d e Fago (2), los dos testigos, el notario
y el corredor pí~blico.Según la fórmula consagrada, podían delibe-
rar «los presentes por los ausentes,,, todos iinániines y conformes"'.
A partir de ahí las diferencias entre iinos estatulos y otros se acre-
cientan. Por lo general, la mayoría continuaba ofreciendo una exfio-
sición de los motivos que habían obligado a los concejos a adoptar tan
duras medidas. Pero, aunque casi todos los estatutos incidían e n las
desgracias naturales (muertes, enfermedades, malas cosechas)
causadas por los brujos, pueden advertirse algimos interesantes
matices que reflejan las principales preocupaciones de cada riú-
cleo dc población. La lista d e acusaciones aparecía casi siempre en-
cabezada por la fórniula atcndientes y consideraritcs?).Un ejemplo
representativo y compendiado de lo que dicha enumeración solía
incluir lo constituyen los denominados &statutos y desafueros con-
tra las hechixeras y bruxas [...] del justiciado d e Cia.:
&iteridirrites y considerantes los niiickios daños y excesssivos
daños que la dicha Wlla y lugares vezinos y irrrriirios dcl dicho,jiisti-
cimgo de Gia padecer1 y sospechan verisirnilnierite que vicnen por
las vulgarmente Ilaniadas tiechizcras o hechizeros, ljruxas o bruxos,
rrialeficas, mezineras o sortilegas, siquiere fetilleras, por cliianto se
presiirne y crche realmente que en dicha villa y Iugarrs del dicho
,jiisiiciadode Gia hay miichas briixas o brusos o hechizeras las qua-
les, p o s p ~ s t oel amor y temor de Dios y de la justicia, han prrpe-
trado y perpetran de cada dia homicidios de personas grandes y pe-
queñas matando ganados gruessos y inenudos, dampnifficandolrs
los arboles y Pructos de la tierra y haziendo otros daños cn personas
y bieries y cosas con yerbas y polbos ponzoñosos y ungiirntos vcnc-
nosos y otras cosas aptas para Iia~err r i d con sugestion diabolica y en
gravissirno &ario dc los habitadoi-es de dicha villa y lugar es.^""
Unas líneas más adelante dichos dariosn eran enumerados
nuevamente, aunque esta vez de modo más específico:
-.(:o11 SU diabolica arte de brirxeria o hechizeria liari rriuerto,
hecho inaiar o morir faran personas grandcs o pequeñas, gana-
dos gruessos o rrienudos [...] han ligado o ligaran o ligar farari a
qualesquiere personas L... 1 liar1 impedido, iinpidiran o hecho im-
pidir que marido y niuger carrialrrirriie se piledan conocer, o que
alguna muger no se piietla preñar, o los partos de las mugeres
han darripriif'ficatloo danipnifíicaran, o han destruydo o destruy-
rari los arbolrs frutales [...] o a los dichos animales han hecho o
tara11algilrios dolores procurandoles torcones.n"4
El primer aspecto que nos llarria la atención tras la lectura de
dichos m i o t i v o s ~es la variedad de nombres con que eran desig-
nados los brujos. A diferencia de lo que ocurría en los documen-
tos d e la justicia eclesiástica, donde la división entre los conceptos
d e brujería y hechicería era f~indamerital(recordemos que los in-
quisidores consideraban la hechicería un crimcri rrieiior y que,
por ello, se habló e n más d e una ocasión d e la especial facultad
de los obispos para juzgarlo), e n los estatutos locales ambos tér-
minos aparecen como sinónimos o, al mcnos, como variantes de
u n mismo comportamiento. Era ésta la concepción popular, que
n o coiriparlía las sutilezas clericales que distinguían la apostasía
(propia de los brujos, que habrían renegado de Dios) d e la sim-
ple herejía (propia d e los hcckiiceros, cuyo pecado consistiría en
practicar la superstición).
Los diferentes nombres con que los estatutos designaban a
aquéllos contra quienes debía aplicarse lajusticia extraordinaria no
eran otros que los utilizados por quienes habitualmente los con@
cían y trataban, tal y como podemos comprobar por algunas de las
testificaciones incluidas e n los procesos. Junto a los sustantivos o
adjetivos de cariicter general, tales como Irr~jo( o Iwuxo) , h,~chirmo( o
,fetiLho), o mnkjco, el resto hacían alusibri bieri al poder d e adivi-
nación que, con frecuencia, se atribuía a los acusados (sortikgu no
es sino un compuesto d e los términos latinos son y Zcgmc, esto cs,
leer o conocer la suerte), bieri al conociniiento y la iitilización de
hierbas, medicinas o venenos (erboleros, metzin~ros,pvr~zoñmos).
En cuanto al género usado para referirse a los crirriiriales, re-
sulta llamativo que e n más d e u n a ocasión los estatutos comcn-
zaran citando a hombres y rriujeres por igual (bruxos y bruxns)
para acabar -de una forma que pudo ser inconsciente, dada la
voluntad manifestada e n iin principio d e mencionar arribos se-
xos- reduciendo dichas citas íinicamente al genero femenino
en la mayoría d e los párrafos. No e n vano, a pesar de las alusio-
nes a varones, todos los reos por brujería d e la justicia seglar ara-
gonesa d e los que poseemos noticia fiieron mujeres. Un buen

21 t
Ihrlrm. fol. 4
-
Portada del rriariuscrito que coritierie los IGtstntutos ( l ~ s r ~ j i ~ f i rcontrcc
r r o ~ h5 hp-
thizerus y úruam, aprobactos por la villa y lugares prr-teriecierites al ,jiwticiaLgo
de Chía eri 15!42 (Arctiivo IXocesario d e Karbastr-o,ri" 15, td. 2).
cjeriiplo de este contradictorio fenómerio son los estatutos apro-
hado; cri Carne en 1545. Eri la uarte dedicada a describir losko-
tivos que habían condiicido a su redacción (((algunasjustasy ra-
zonables causas rriovientew, según constaba en el docurrieiito) se
hablaba de,
=algirnaspersonas, arisi hombres como rriiigeres que con invc-
cxiori y ayuda dcl dial~lo,violentamente o con ffirerza de encanta-
rriientos, palabras, yerlm y ponzoñas o otrarnente ussando, corrio
los que vwlgarmerite son llamados broxotrs o bruxas [...] han rriuer-
to a muchas y diversas personas [... 1 y hzen cossas dc briixas.~~""
Es decir; que aun en el supuesto de que filerari hombres qiiie-
ries practicasen el iiialeíicio, su actividad seguía siendo conside-
rada corno propia del sexo femenino: <(cosasde brujas)).Crias pá-
ginas más adelante, los redactores del estatuto parecían haber
olvidado sus primitivas acusaciones contra varones, ya que afir-
maban directamente que en la villa y términos dc Crispe había ha-
bido y seguía habicrido,
malcficas, wneíicas, homicidas, nigrornanticas y eri-
<<bi-oxas,
cariiaderas y npcdreadrras y dilapidaderas de terminos y carripos
y de huertos de los \x=cinosde la presente vi1la.n""
Cada comarca buscaba el origen de sus peculiares desgracix
en la acción personal de ciertos seres ericargados de dañar a los
vecinos que la poblaban. En la villa y terminos de Caspe sc hizo
especial incidencia en las dificiles condiciones rrieteorológicas
(tempestades de granizo, fiindameritalriiente), así corrio en las di-
versas plagas que, cada cierto tiempo, asolaban la región. Tras la
menciOri de los consabidos homicidios de personas y animales cu-
ya constancia nunca ialtaba, cl estatuto continuaba,
&ambicn se han seguido apedrearnientos, anublaniienios. en-
ropmicntos. engilsanamientos y perdirnientos de muchos campos,
panes y fructos de los vecinos y moradores de la preseriie villa.^^"'
I,a roya (un hongo parásito, con aspecto de polvo amarillo,
que a veces se forma en algiinos cereales y otras plantas) debía de
ser especialmente frecuente en aquella comarca, ya que no apa-
rece citado en ningún otro estatuto. Así pues, cada población iba
incorporando al mito de la brujería todos aquellos problemas
que le afectaban particiilarmeri~ey no sólo aquellos estereotipos
más extendidos, como la provocación de tempestades o la abun-
dancia de muertes y enfermedades. Por algunos estatutos, como
los aprobados eri Castillazuelo en e1 año 1601"'", conocemos in-
cluso el nombre con que eran designadas en ciertas localidades
algunas de las enfermedades rriás corrientes e11 la época pues,
junto a acusaciones tan comunes como las de matar y dañar a per-
sonas y animales, impedir los partos de las miijeres o la cópula
carnal de éstas con sus maridos, los citados estatutos hacían res-
ponsables a las brujas de los ..gratillones, siquiere papos.), Los
(.papos., también llamados .papas», eran la manifestación de una
de las dolencias rriás extendidas y diflciles de curar por aquel en-
tonces, el escrofdismo, un estado de debilidad general que se
manifestaba principalmente en la inflarnación de los ganglios, es-
pecialmente del cuello. Aunque en los estatutos de desaiora-
miento no era del todo habitual la mencion de enfermedades
concretas, encontramos otro ejemplo de lo que bien podríamos
considerar una de ellas en el llamado ~Statutode la bal d'Aysa,,,
aprobado en 1530 y vuelto a ratificar en 15'75, según el cual se cle-
bía proceder,
«contra las personas o persona que iisaren de arte de bruxc-
ria, arte magica, fctillos et otros hechizos, et que con dicha bru-
xeria et otros hcchizos hobierrii perpetrado o perpctraren dende
adelante homicidios, rriirerirs y hobieren hecho y haran cori di-
chas artes ladrar. las prrso~ias.»~'"
Como demuestran los procesos que, basados en los presentes
estatutos, fueron incoados contra varias mujeres por brujería, la
acusación de provocar lo que se denominaba como ((mal de la-
dran se repitió a meniido entre los habitantes de las poblaciones
del citado valle de Aísa. Dicho comportamiento se hallaba muy ex-
tendido tarribién entre los liahitantes de las comarcas pirenaicas
de otros valles cercanos, siendo considerado por sus gentes como
un claro síntoma de posesión diabólica provocada por embruja-
miento. No son muchas las menciones al Diablo dentro de los es-
tatutos; sin embargo, su presencia constituye siernpre el telón de
fondo de las acciones imputadas a los brujos, así como la justifica-
ción última para la redaccih de las nuevas leyes. De wigestion
diabolica,, y diabolica arte de briixeria o hecllizeria~,hablaban
los referidos estatutos de Chía"" y, según los de Caspe, todos los
rriales provocados por los brujos eran hechos -con invocación y
ayuda del diablo."'. Pero quizas el ejemplo que mejor reflejaba la
idea de la lucha contra las fberzas diabólicas era un párrafo in-
cluido en los estatutos darocenses de 1592, segíln el cual la seini-
lla de Satanás se encontraba tan arraigada que sólo unas leyes y
castigos especialniente duros podrían ser capaces de extirparla:
.<Attendicntesy considerantes los grandes daños e inconve-
nientes que de algunos aÍios a esta parir han acaecido y han ydo
creciendo assi en las personas como en los ariirnales [...] y para
prevenir a tanio daño y al servicio que a Nuestro Señor Dios se ha-
ra en que las tales gentes que cn cxercicio tan diabolico handan
sean castigados y pugnidos y obrar a que este pecado y ofkrisa
quc a Dios Nuestro Seiíor se I i u e no se v a p estendiendo y los da-
iios aumentando, pues es cierto que, como obra del diablo y se-
milla suya la sembrara si con casiigos exemplarcs y terrores no se
a~axase.»"'

No podía encontrarse iina,justificación más adecuada para las


crueldades a que dieron lugar los desafueros, que el combate
contra un poder tan desmesurado como el del Diablo. Castigar el
crimen de brujería de forma rápida y ejernplar, es decir de la ma-
riera más feraz posible, era, por tanto, la mejor prueba de soirie-
timiento y servicio a un Dios al que se imaginaba en perpetua lu-
cha con su adversario. La figura de Satanás servía como bandera
siempre que quería terminarse cori cualquier comportariliento
considerado antisocial. Coino expresaron los vecinos de la peque-
fia localidad pirenaica de Pozán de Vero en 1534, cuarido deci-
dieron desaforarse para perseguir a los brujos sin impedimento
alguno, la brujería constitutía un daño no sólo contra Dios, sino
tambikn contra la república, identificando la misnia cori el E s t a
do o la sociedad civil,
~Attendientcsy considerantes el grari deservicio que a Nues-
tro Señor Dios sc hazc en el dicho lugar y otras partcs por no ser
castigados los crirnincs de bruxeria y nieizirieria, sortillcria y pon-
zoiieria, en grari vilipendio y daño de la cosa piiblica, a los quales
crimines castigar y reprimir impiden los fueros.»'":'
En realidad, el verdadero niotivo dc tanto rigor no era otro
que imponer el orden en las poblaciones alteradas por los en-

2-2
E~lnluloro?ztru los Í7roxo.r g hroxo.\ hrrhiwro~y hrrhzzms i: co?zlrn los rompíires
en dzrhos rasos..., fols. 347-348.
PB:<
t:statictos corilra la briijería de Pozán dc Vei-o (1534). Iricluidos en el pro-
crso contra Domiiiga Fcrrcr, <<LaCoja,).AHPZ, C. 31-2, fol. 43 v.
frentamientos y violencias d e todo tipo, los cuales se agudizaban
por la convicción d e que determinadas personas eran las causari-
tes de los males d e origen desconocido. Una vez encontrados los
chivos expiatorios a quienes culpar de las desgracias que atañían
a toda una comunidad, cl medio más Tácil de contentar a la gran
mayoría y restablecer la calrria era acabar con quienes habían si-
do señalados para el papel de víctimas propiciatorias. ( h m o si d e
un ritual pagano se tratara, su sacrificio se elevaba a Dios, se lo-
graba una victoria 1115s sobre el Maligno y el pueblo quedaba sa-
tisfecho. Scgún los estatutos aprobados en la villa pirenaica d e
Amó en 1628, elos delictos), d e brujería y hechicería eran .tan
enormes y feos y tan e n offensa d e Dios Nuestro Señor y clario rio-
table de las gentes,,, quc debían ser castigados de la forma m5s rá-
pida posible para poder v i ~ i r*con paz y sosiego.,,""
Junto a la exposicióri d e los motivos que pretendían jnsriticar
la represih, resulta especialrnenle iritcrcsante la d~claraciónde los
precqbtos o desafueros propiamente dichos. Su prorriulgación sii-
ponía una «suspensión d e los derechos y libertades., como d i r í a
mos hoy e n día. Aunque los desafileros eran diferentes unos de
otros (algunos estatutos, con10 por ejemplo los de Chía, derrios-
traban una mayor humanidad para el contexto d e la época), to-
dos cllos coincidían e n facilitar las pruebas que normalrnerite liu-
hieran sido necesarias para imponer unas coridenas que podían
llegar hasta la pena d e muerte. Como ha escrito Francisco Tornas
y Valiente,
«Era ésta una de las argucias más importantes y temibles de la
legislación penal; cuando el rey ya no puede aimieiitar la rcpre-
sión agravando Vas penas por ser éstas las iniíxirrias posibles, faci-
lita las coridrnaiioncs .ayudando a la proI>ariqa~>, csto es, autori-
zando expresamente estas llamadas qxurbas pr.ivilegiadas».Así,
como escrilió kltairc refiriéndose a i i r i proceso celebrado en
Toulouse, '<huitrumeurs qui no sorit q u ' u n echo d'un bruit mal
foridé. peuvent devenir une preuve complctc.»'"

En efecto, tanto el rey como los pequeños concejos que se ponían


bajo su protección y actuabari en su nombre (xporienios y dejamos
de poder y iriarios del Rey Nuestro Senyo~;su lugarteniente gene-
ral en el Regno d e Aragori rigiente el oficio, la goverriacion y [...]

e24
Estatutos dc dcsalor-airiierilo contra la brujcria dcl wlle de Aria6. 1628. Ar-
chivo hliiiiicipal de Aris6, prot. 16'28, iiot. Miguel L ó p e ~fol.
, 10.
toda la jurisdiccion civil y cri~~iirial
de la dicha Val»'"" pddíari llegar,
en las situaciones consideradas de excepción, a tomar la decisih de
apresar a ciertos criminales sin otro requisito que la sospecha de su
culpabilidad. Ni siquiera era necesario que hubiera sido presentada
uria denuncia: la sola voluntad deljuez era suficiente para iniciar las
causas. Corno quedaba claramente expresado en los estatutos, a par-
tir de ahí el camino hasta la máxima condena ya no encontraba nin-
gún obshculo. Tras la fbrrriula que daba total libertad aljuez (.con
instancia y sin instancia de parte, solaiiiente su animo inforr~ian-
do))),éste veía abierta la posibilidad de aplicar la tortura cuantas vc-
ces deseara, de utilizar pruebas irracionales corno la coiiipiirgación
y en resumidas cuentas, de hacer cuanto le viniera cri gana. Según
los citados estatutos del valle de 'km,
jiiez ordinario de la dicha val [... 1 pueda y deba proceyr y
<<el
mandar procelier a capcion de qiialrsquiere delinquentes reos o
cidpaliles d e los dichos crirnirirs [...] fjsta difinitiva seritericia y
execucion della inclusive, y aqiiellos oydos y defendidos o no oy-
dos ni defendidos, y sierripre que visto le sera sentenciar y niandar
ser puestos en tortura y turmentos, y alli, aturrrieritados assi et se-
gunt y t a n t a w / r s y a los fines y efectos que visto le sera, o aque-
llos ser corripurgados, y a las personas que le pareziere elegir, y di-
cha conipurgacion y otras cosas que visto le fuere et encerqua a la
puniciori y castigo de los dichos cr-irnirirs, y qualquiere de ellos
sentenciar y Pazer [...] y en todo tierripo, ora e l u p r e cada e quari-
do le parecera [...] a muerte corporal y execucion d c aquella en
fuego, forqua, o como visto Ir sera.»?"'
Una vez situados al margen de los fueros, los concejps delega-
ban en el jiiez pertinente toda su capacidad decisoria. Este podía
cclebrarjuicio en día feriado y rio feriado, de noche o de día, sin
importar la hora, en el lugar que le pareciere, con abogado o sin
él. Segím los estatutos de Daroca,
<(Endichas causas I...] el dicho concejo pueda procetier or-
den de f ~ ~ e servado
ro o no servado, la parte presente o ausente,
en dia feriado o no feriado, en pies o asentados, eri el lugar acos-
tumbrado o no acostimihrado, de dia o de noche, en qualquiere
manera que qnerran e visto les sera.^^"'

2 215
Es~atiitmde dc~saforamiriitocor1Li.a la Ixujcrin del valle de Teria. Sallcii~
de (&llego,1525. AHPH, pliego siiclto cri el Libro (Icl r @ ~ n i ~ n ltlc
o l n rnsn dr d o n Tlo-
mirlgo Guill6ri. fol. 1 .

'?Y
L s t n f ~ r t orontrn los br-uxo\ y bruxnc y hrchizrro.í y h ~ r h i z ~ rymm l r a los tonLji1ict.r
cn dichos msob.. .. fol. 3481:
La libertad del juez podía llegar hasta el extremo de.juzgar sin
estar obligado a incoar proceso. Tal y como declaraban en 1530
los representantes del valle de Aísa,
«Que suniariamente y sin cstrcpitu t...] su alcayde o lugarte-
niente o rornissario de aquel puedan procchcr y procean contra
los que cornriiierori l... 1 los dichos delictos [...] cncara sin hazer
proceso alguno si tiwer. rio 10 qui~ieren.>>'~!'

Evideriterrientc, dichos comportamientos suponían un grave


atentado contra los fileros del reino. Según éstos, no podía irii-
ciarse un proceso sin instancia de parte ni tampoco aplicarse la
tortura (dos de las priricipales riovedades contenidas en los esta-
tutos)""'. Pero además, como ha puesto de manifiesto Manuel Go-
mez de Valenmela en referencia a los aprobados en el valle de 'k-
na, también quedaban implicados otros preceptos forales como,
por ejemplo, el Fuero 137 &e ludices», que prohibía celebrar jui-
cios y dictar y ejecutar sentencias de noche o el <<Deinanifesta-
tionis personariimc, etc. Una de las características de los nuevos
preceptos desaforados que rriás llarria nuestra atención y que ma-
nifiesta la extrema dureza de los mismos era su carácter retroacti-
vo. Tal y como se expresaba en los estatutos caspolinos, las nuevas
leyes podían y debían aplicarse tanibiéri contra quienes hubieran
delinquido con anterioridad a la confección de las mismas:
<<Por la fforma y mancra e n la presente ordinacion y estatuto
coiiteriidos, se proceha contra los acusados d e los delictos sobre-
dichos, n o solarrierite por los delictos qiic d e aqui adelante se co-
meteran, pero aun por. los corrietidos ante dc la conffection y pu-
blicacion de la presente hordiriaciori y estatuto..""

La importancia concedida al efecto retroactivo quedaba clara-


mente expresada por- el orden con qiie aparecía redactada dicha
cláusula en todos los estatutos. En primer lugar se hablaba de
quienes habían cometido los crímenes en el pasado, y en segun-
do luga~;de quienes lo podrían hacer en el futuro. No olvidemos
además qiie, dada la validez de la lama pública para la persccu-
ción de los delitos de brujería y hechicería, rii siquiera era nece-
sario que tales delitos hubieran sido consumados realmente, sino

Y29
Slalulo (le ln bnl d' ..lysa.... fol. 22
290
Existían dos prrcrpro tórales que pr«hil>íaiiambos pr-ocedirriieritos: el
Ilaiiiaclo .<Deproliibita iriqiiisitioiie,~. por un lado. y los *De officio canccllai-ii do-
rnini regis., el quinto dc los riwlcs prohibía la tortura durante la irislr ucciOri dvl
sumario y coiriu ~rietodode iiilerrog¿atorio.
que bastaba con que existieran rumores acerca de ello. Segíln los
estatutos del valle de h s ó ,
siempre y cuando se t~ibicrcsospecha y Iiiibierr t h i a piibli-
ca que se crea ser verdadera y no fingida de algiiria persona o per-
sonas de qualquiere estado o calidad qiir sean, assi hombres co-
mo mugeres, de liavei. corririido los anos pasados o cometeran de
oy adelarite los drliitos inti.asrriptos [...] piiedan ser presos.>>'"'
De este modo, los estatutos contra los tan temidos delitos de
brujería y hechicería, aparecían redactados en un lengiiaje que
pretendía abarcar una totalidad iiriposible de ser expresada
con los términos y los tiempos vcrbalcs utilizados habitualinen-
te. Como afirmaba Mircea Eliade refiriéndose al ((tiemposagra-
d o ~existe
, una diferencia de estructura entre el tiempo mágico-
religioso y el tiempo profano. Según dicho autor,
«En religión, corno eri rriagia, la periodicidad significa ante
todo la utilizaci6ri iridetiriida de irri iirrripo mítico hecho presen-
te. Todos los r-iti~alesiirnrri la propirdad de ocurrir ahora, en es-
te in~iariie.nfl"
Aunque, en sentido estricto, los estatutos dc dcsaforarriiento no
constituían ritual alguno por sí mismos, puede considerarse que ser-
vían para propiciar un aricestral rito de carácter expiatorio en aqiie-
llos Iiigares en los que llegaban a ser aprobados: la eliiriiriación de
los señalados como enemigos de la fe y de la comunidad. Sólo des-
de este punto de vista es posible comprender ciertas expresiones lin-
güística~como las pertenecientes a los estatutos de Chía,
<<Han muerto. hecho matar o morir faran 1 ... 1 hari ligado o li-
garan o ligar faran [...] han inipediclo, irripidii-ar~o hecho irripe-
dir que marido y muger carrialrrieritr se piietlari conocer [...] o
los partos de las rriuger.es liari darripnifficado o dampnifficaran, o
han destriiydo o drsiruyran los arboles
Podemos imaginar que la suprcsi6n de tantos obstáculos jurí-
dicos y la gran libertad que concedían los desafueros a los perse-
guidores de la brujería ocasionaron forzosamente gran n6mero
de abusos e injusticias, de venganzas personales y de situaciones
de histeria colectiva. Pese a ello, la mayoría de los estatutos daban
rienda suelta a los jueces para actuar sin freno alguno. Sólo he-

<,,
<
-'"Estatiitos de decaforamiento contra la brujería del valle de Ariaí,. 1628. Ar-
chivo Miiriicipai de Aiis6, 111-ot.1628. r i o t . Migiicl I.ópc7, tol. 97.
nios liallado un ejemplo, el estatuto del valle de Chía, donde el li-
bre arbitrio de aquellos aparecía limitado en ciertos aspectos, lo
que comportaba ciertas garantías para los reos. Tratáridosc de un
desahero contra la brujería, el estatuto comenzaba facilitando al
juez la prisión de <<las personas de las tales bruxas o hechizeras o
hechizeros y fetillerosm para, de cstc modo,
-proceder a capcion de las personas criniinosas [...] sin ob-
servar ningur-ia snlernriidad jiiriciica o toral del presente Rcyno de
Aragon y pueda sacar los tales delinqiieritrs de qiialquier-e lugar
cluar~toquiere sea privilegiado; la capcion y extraction no se pue-
da emparar- ni difkrir por riirigiina firma de derecho dc qualquie-
re iiatura sea.,,"'
Una vez presos, las tjcilidades para el procesamiento no eran
menores,
<<sepueda proceder y sra procrvtlo por- su rriero officio y por
via de inquisicion o a instancia de los dichos siridicos y pr.ociir.a-
dores l...]
sin riiydo ni figura de judicio, en scripto o sin el, de dia
o de noche, en dia kriado o iio feriado, solo el hccho de la ver-
dad mirada, Iiasta sentencia diffiriiiiva.~~":"'
Eri cuanto a las pruebas, en teoría valía cualquier testigo:
d t e m cstatuymos y ordenamos que contra los talrs clrliti-
querites se puedan recibir qualcsquiere testigos, y sean habiles
para testificar qualesqi~ierepersorias, hombres o mugcrcs, [...]
aunque sean participes y consorcios o corir-reos del rriesrno cri-
men.»':"

Sin embargo, había que procurar quc kstos fueran secretos ( a


fin de evitar scandalos y enemistades)))y, sobre todo, averiguar si
eran enemigos de los acusados (<<se interrogue si los tales iriculpa-
dos tienen algunos enemigos en el lugar por renzillas~).Los reos
tenían derecho a defenderse, ya fuera por ellos rriisrrios o median-
te un abogado. El tormento estaba autorizado, pero se insistía es-
pecialmente en que, en el transcurso de los interrogatorios formu-
lados durante la tortura, no se preguntase a los acusados por delitos
concretos sino que se hiciera una encuesta general, para no obli-
garles a confesar falsedades y poder saber mejor q u e passa en ver-
dad.. Los procesos en ausencia estaban autorizados, pero si, una
vez incoados, se presentaban los reos, había que escucharlos. Eri

2:i.i
Ibidrm, fol.5.
Y%¡
Ihidrni, fol. 6.
237
Ihidrm. fol. f .
cualquier caso, éstos se hallaban obligados en Chía a pagar las cos
de 4u proceso, fiieran o no culpables.
La previsión y el realismo del estatuto llegaban hasta el punto
de contemplar la posibilidad de que -debido a la gran cantidad
de brujos que se esperaba procesar- faltaran cárceles para al-
bergarlos. También podía ocurrir que, si todos se encontraran
juntos en un misnio lugar, «se podriari conjurar e ariyniar para ne-
gar la verdad, o tanibih, pudicndose hablar, inculpar algunas
personas indebidamente, con perdi~ionde sus almas.,, Por ello, y
en aras de lograr iina justicia más eficaz, se autorizaba a hacer,
qualesquirre carrrles rlr qiialesqiriere casas privadas, castillos
y fortalezas de Gia, las quales para dirlio rfferio sean Iial~idaipor
cai-celescoinunes, sin caher ello en pena ni caloriia al gima.^"'
La últinia de las advertencias nos lleva a pensar que no era la
primera vez que se elaboraban unos estatutos semejantes, ni tam-
poco la primera que se juzgaban dichos delitos. Al igual que cuan-
do se trataba de crímenes de brujería, la cláusula a la que nos re-
ferimos se hallaba redactada en pasado y cri futuro. Muchos
liabíari debido de ser los abusos cometidos contra mujeres acnsa-
das de brujas en otras ocasiones, para llegar a ordenarse lo que a
continuación se exponía:
estatuyrrios y ordenamos que los presentes estatutos ha-
<<Iteiri
yan lugar iairibirri [...] coriira qiiiilesqiiiere carceleros, guardas g
otras personas que han conieiido y rorrirterari adulterio y forrii-
cacion con qualesquiere mujeres que estaran prrsas por r a / m de
los dichos criinines y delictos, o que carnalme~iteroriocerari
aquellas, los quales puedan y hayan de ser castigado s.^^""'
El problerna de la br~ijeríano constituía, por tanto, un proble-
rria aislado sino que arrastraba consigo otros muchos, y de ello eran
plenamente conscientes los encargados de su represión. Precisa-
mente, iina de las sitiiaciones más graves que podían plantearse
(aparte de las derivadas de la enorme cantidad de abusos a que los
desafueros daban lugar) era la venganza en las personas de los de-
nunciantes o aun de los mismos jueces. No olvidenios que buen
número de las acusaciones de br~ijeríaeran formuladas por los
enemigos de los supuestos brujos y que muchas poblaciones se en-
contraban divididas en dos bandos opuestos, con lo cual la aper-
tura de un proceso por briijería, dadas las facilidades que existían
para hacerlo, era un «excelenten mcdio de provocar una auténtica
guerra civil entre los habitantes de tina aldea o de todo un valle.
En previsión de dicha amenaza (y evidentemente, aunque no
quedara formulado, en recuerdo de lo que otras veces habría ocu-
rrido ya), muchos de los estatutos iricluíari cláusulas que hacían
extensibles los desafueros a otros crímenes derivados de la propia
represión de la brujería. Los junteros del \ralle de Tena, por ejem-
plo, kiicierori redactar una disposicióri por la cual se ampliaba lo
establecido contra los brujos a quienes co~netierarihomicidio o
incendiaran después las propiedades de los delatores. En pala-
bras de Manuel Gómez de Valenziiela,
«Ello revela que los jiinirros rrari ronscientes de los extremos
a que podían llegar sus ro~ivecinos,<(hombresaltos, robustos, agi-
Irs, tiiertes y naturalmente iracundos», como un siglo después los
caracterizara mosén Vizencio Blasco de Lanuza, que por ser sa-
Ilentino debía conocer bien a sus paisanos.>)'"'
La disposicióri a la que nos referimos se formuló en los si-
guientes términos:
sltern. Porque proviendo a debido castigo de los susodichos
crimines, por ser en tanto numero los dclinqucntes y parientes de
aquellos, se espera scandalo cn los dichos pueblos, por lo que los
dichos delinqucntcs y parientes dellos coritra los Jiiezes, (:oriseje-
ros, Notarios y otras persorias que eri el rxrrririo de la justicia en-
tenderan en crinieri de horiiiridio y oiros criiniiies delinquir
aterriptarari, por tanio ei aliis, estatuimos y ordenamos que los di-
chos sefiorrs Key, Lugarteniente General suyo, Gobernador Ge-
neral de Lkagonrigiente el officio de la gobernacion, Justicia Or-
dinario de la dicha Val y sus lugares [...] puedan y deban proceher
desaforadamente contra qualcsquicre reos y criniinosos aciisados
e culpables de crirtieri de homicidio por qualquiere causa o ra-
zon, con ballesta, Im(-a, spada, piinyal, piedra, palo o tocho o en
qiialqiiiere oira manera, y no con dicha arte de poconeria, bro-
xeria o hrcliizeria o e n e r b o l a ~ n i e n t o s . ) ~ ~ ~ '
Quizás, para nosotros, lo más sorprendente de dicha cláusula
sea el paralelismo que establecía el estatuto entre quienes mata
bari con armas materiales (ballesta, lanza, espada, puñal, piedra,
palo, etc.) y los brujos o hechiceros, de quienes se pensaba que,
aunque en ocasiones se valieran de hierbas o venenos, podían ser

240
Mariiicl G ~ M LDELVAL~ N Z L L I . Ay".
, rit., p. $15.
Y11
Estatutos de desaforarriierito coritra la br ujt.r.ía del valle de Teiia. 1525.
AHPH. pliego suelto e n el I . i h d d rqjmirnto dr lo r o t a rlr don D o n l i n p GuillYn.
fol. 3.
capaces de matar sólo con la iritericióri. La equiparación entre
dos formas tari diferentes -y aun opuestas- de ejercer la vio-
lencia cxplicaba la muy frecuente y estrecha asociación existente
entre las leyes dirigidas contra brujos y contra bandoleros. En rea-
lidad, el auténtico oficio de estos últimos era cl de ladrones, pero
la crueldad de sus proccdirnientos hacía que fueran juzgados de
forma especialmente dura. En Aísa, el estatuto aprobado eri 1530
debía aplicarse contra br~ljosy hechiceros, pero también,
«conira los latirones, salteadores d e caminos ct contra los que
hizieren o comettirreii irayiion contra otro o otros por interres-
se o en otra qualquiere manera con q u r d e la dicha traycion se si-
giia danyo de muerte corporal, niutilacion d e rriierribr~o,ffiirto o
saltear de camino s.^"'?

Según los esvatutos de desaforamiento del valle de Piiértolas,


éstos habían sido aprobados conjuntamente,
*por causa d e los muchos bruxas e bruxos, ponzoiiyeros e
p~nxoriyeras,malefficas e malefficos, ladrones y ladroilesas.~~?""

Tanto los bandoleros como las brujas teriíari su sede principal


en las montañas, o al rrierios ésa era la idea transmitida por los res-
po~isablcsdel gobierno de las principales ciudades. En Zaragoza,
en 1584, se decidió,
«que para remediar las muchas muertes y daños de diversas
criaturas y otras personas que, segiiri dizeri, ha havido en la ciu-
dad de poco tiempo a esta parte, por racori y cama de las bruxas
que d e la montaña y otras partes han huydo Y Iiari venido deste-
rradas y residen en la ciudad, se hiziesse un estatuto por- el qual
se provea que las tales br~ixassean acusadas, castigadas y drste-
r n t h s , y que contra ellas se proceda criminalmente con graves y
rigiirosas perias.nU'

El estatuto solicitado se aprobó dos años después""'. Eri él ya


no se hablaba solamente de brujas sirlo de «brujos y brujas, pon-

N?
Estatutos de desaforamirrito coiiti-a la brujería del valle dc Aísa. 1530.
AHPH, prot. 81 46, rior. Orante, fol. 24.
5.13
Esta~u~os del valle de Piiértolas contra la hrujct-ía. Piitrtolas. 1571. AHPH.
Prot. 1 1.173. Not. Pedro Cliinerite de Bes~ué,fol. 2,
2 14
AMZ. Libros de actas. 34 0-30. Septiemhrr dc 1584, t01. 65v.
L'li
Véase *Estatuto hrcho a scys d e Dezieiiilxe dc ~ i i i qliiriieiitos
l oclierita y
íeys, co1iti.a las Brujas y Heclii~eras~~, eri Rrcopzlnrion dr loí ntatutor dp /a riudnd d p
Zuragow por los ,(;Pñor~t111ruljo.í,i:npiiol y (;om~jo,ron porln dr ~ . h c r l l upnrr«l. O'o~zfir-
rnaclot J drrt-~lnrlmrl firimrro dr U m i n n h r dr 1635, Zaragoza, Hospital Kcal y (kncral
de Nuestra Señora dc (kacia, 1635.
~RECOP~LACION
{DE LOS ESTATVTOS~
@ D E L A C I V D A D DE

* POR LOS SENORES IVRADOS, 5@


.S3 ZARAGOZA.
4%

4CapitoI y Confejo,conpoder de Concello


eneral. Confirmadosy decretados e1 pri %
-8 g
$3 mero de Dezicmbrede r 63 5,

Portada de la Recopilacion de los E r t a h c h de la ciudad de Zn.r(~,q~~ztr


(Zaragoza, l b % ) , donde aparecen incliiitios varios desafueros contra
brujas, en vigor desde 1586.
zoñeros y porizoñer-as.. No obstante, como de costumbre, los
testimonios que se han conservado acerca de quienes fueron
juzgados a raíz del mismo se refieren solamente a m u j e r e ~ " ~La.
característica ~ n á speculiar del estatuto zaragozano era que no
solamente se coricedían facilidades para juzgar a los brujos ~ b r e -
vemente, sumaria, y de plano, sin estrepitu, ni figura de juyzio, no
servada solemnidad alguna foral~'", sino que se facultaba a los ju-
rados de la ciudad para echar a cuantos estuvieran viviendo en la
misma habiendo sido juzgados por brujería antcriorrrierite, así
como a todos quienes, aun sin haber- sido procesados por brujos,
estuvieran infamados por dicho crimen:
<<Porquea nuestra noticia ha llegado que se recogen en esta
Ciudad niiichas d e las sobredichas persorias l~riijasy hechizeras.
que vienen huydos de otras partes rri glande daño desta Repu-
blica [...] puedan ser expelidos y echados [...] q a i i d e baciar y sa-
lir d e la presente Ciudad, barrios, aldeas y terminos della [...] siri
que otra cosa, ni rrias informacion, ni liquidacion eri ello sea rir-
cessaria, con escritiira o sin ella..>"*
La misma situación se rcpitiG en Huesca en 1587, tal y como
reflejan las ordinaciones de la ciiidad. 'Tanto los bandoleros como
otras personas difamadas, entre las que se encontraban las brujas,
debían abandonarla, estableciéndose castigos para quienes los
acogieran:
«Por quariio la ciudad d e Hucsca esta muy propinqua a ias
moritaiias, donde a veces, por la fragosidad d e la tierra, se reco-
ger) riitichos delates y vandoleros, y d e ay baxan a lo llano a co-
rrirter delictos, por tanto [...] estatuirrios y ordenamos que per-
sona alguna [...] n o pueda acoger ni receptar en la dicha ciudad
ni sus terminos delates algunos ni personas que sean vandoleros
publicos [...] Iterri, porque d e la conversacion d e las persorias
disfamadas riirigiin buen Iructo se espera, cstatuyrrios y ordena-
mos qiie qiiarido quiere que [...] constare [... ] qiie eri la dicha
ciudad hay algunas personas amancebadas, alcaliiieias, bruxas,
robariorei dr la huerta y mugercs aprofanadas [...] el dicho,jus-

246
AMX. Un.tfor&lo y borrc<do~clr l u ~c~rlosy m w t o r hrrlros n ~ i lo.<
t ~s~ñore.~,lzircrclor
cn loc a ñ o , 1590, 1591, 1592- 1Y93. 34 R30, fols. 60-63. A ~rav6sde dicho clocii-
rrieiilo sabemos d i lo$procesos por t~rujeríaiiicoados en 1591 a dos mujeres, Mag-
dalena Ortiz y María de 151. Dichos pi-occsos tenían su origen e n los estatutos de
drdoraiiiieiito ya que. tal y como se advierte en el propio dociimcnto, fueron hc-
chos aprosiguierido r n ello estatiitariamciite,..
24;
de desaforarriieri~ocontra la brujct-ía dc Zaragoza (1586). eri Rv-
F,'.~tatiitos
ropilnrion dr lus rc.//r/ulosde lrt riurlori ( i r Z m g o z n..., fol. 293.
ticia d e su mero otticio los pueda rnaricbar salir d e ciudad y sus
ierriiinos.~~""
i(:iid era el pen'odo de 7 ~ i g e r ~para
i u estas leyes? Teniendo en
cuenta que todo desaforamierito constituía una situación excep-
cional, algunos de los estatutos señalaban un tiempo específico
durante el cual se consideraban efectivos, advirtiendo especial-
mente de su irivalidez una vez transcurrido el período acordado.
,4si, por ejemplo, el concejo de Caspe decidió en 1543 que,
e l presente iiiirhtro estatuto y drsriforamiento y el estatuto
arriba calcndado tengan y hayan lugar eri las personas de dichas
broxas o acusadas de los delitos susodichos y hayan de durar y tlu-
ren [...] p r tiempo d r dos anyos y no mas [... 1 y cumplidos di-
chos dos ariyos, que los dichos statutos y ordiri~cionesy desafora-
mientos siisodichos, y todas y cada una cosas en rllos contenidas,
sean cosas irritas y vanas y de ninguna cfficacia y valor; como si fe-
chas no f~~essen.»'~"
No obstante, kste no era el corriportamiento nias habitiial. Muy
al contrario, por lo general se daba por supuesto que hasta que otra
niieva,junta del concejo o concejos afectados rio se reirniera para re-
vocarlos, los estatutos de desatoramiento, como ciialqiiier otra ley,
seguirían en vjgor indefinidamente. De este modo, en niuchas zo-
nas, especialmente eri la mayoría de los valles pirenaicos, constitu-
yeron una amenaa permanente para muchas personas. En .i\nsó,
en 1628, los representantes del valle se expresaban al respecto sin
ambages: «Este estatuto hazerrios añadiendo adaquel y queremos
qiie este dure todo el tiempo que aquel durare o hasta qiie la valle
revocare este e s t a t ~ t o . Ello
~ ~ "no significó que no se dieran intentos
de revocar los estatutos por parte de deterrriinados sectores de la po-
blación. Sin embargo, los disconiornies constitiiian una minoría a
juzgar por las diversas ratificaciones de estatutos antiguos que se
coriseruan'~'. Una de las pruebas niás evidentes de la inlpotencia de

249
Ordinncionr, del ic;qimirnto clr lo m u y illu.ii~-ry nniiyiissirnn (imlad d r Hurtrn,
Huesra, ,Juan Perez de Valdiviesso, 1587, fols. 11(5-1 17.

2.5 1
P:statiito5 de desaforamicnto coritra la brujrría del ralle de r2nsó. 1W X . Al--
chivo Municipal d r .Amó, prot. 1628, not. Miguel I i p e z . fol. 47.
2VY
Así. por ejemplo, qegírii Manuel Gknez de \'alciiz~~ela (o@ rit., p. W ) , en
la? localidatles perteiircierites a dicho vallr, los desafiieros contra la bwjeria si-
guieron vigiiites dur-aiite los siglos X\'I y X\,TI. ~iderriásdel e s ~ i t u t ode 1525, que-
da coilsraricia de otro rie~aí'c~rarriientoen 1558 y CII el archivo d r Casa I.iicas, en
Panticosa, sc conser-van aiitos d r proceso5 sustanciados coiilorrrie a otro cstatiito
de desaforarriiento dcl valle. promulgado cii 1691: Otro ejemplo de la perma-
nencia d r diclio tipo de leyes r i cl roceso so contra Agiieda R u i ~ en , el c i d se iii-
quienes no se sentían en absoluto satisfechos con la dureza de tales
estatutos es un interesantísimo e inusual documento datado en abril
de 1575 que lleva por titulo «(:ontirmaciori»y que ratificaba lo a p r e
bado en el llamado ~Statiitode la bal d'Aysa)),cuya redacción, como
sabemos, se remontaba a 1530. Tras ser reunida la junta general de
valle, se inforrnG que veinticuatro de los presentes, ciqm norribres
aparecían citados uno por uno, habían querido,
*revocar u n instrumento publico d e staiiitos y desaffueros de
la dicha valle para la biieria expedirion d e la ,justicia d e aquella
hechos, y para cori rrias tacilidad y ¡->revedad poder castigar los
bruxos, hruxas, ladi.orirs y traydores d e dicha valle, los quales f ~ i e -
ron ffeclios e n la dicha villa d e Avsa a ocho dias del mes d e abril
aIio rriil quinientos y trenta..""

Ahora bien, se añadía:


*Por quanto seria muy grande iricorribiriirnie el revocar aque-
llos y la tal revocacion se ha hecho coriira serie y tenor d e los di-
chos y prccalendados statutos y rri muy grande d a ñ o y detrimcn-
to d e la dicha valle y sin giiardar la Porma e n aquellos cstatuyda,
deve d e ser riulla [...] y por tanto protestando ahora d e nuelm,
corifirrriaron dichos statutos con todas y cada u n a cossa eri aque-
llos contrriirlas [...] desde la primera linca hasta la ultirria.>>""

No obstante, al final de la «confirniaci6rin se hacía constar la dis-


conformidad de quienes habían querido revocar el estatuto (dos
quales, protestando y no consintiendo en la dicha confirmaciori, di-
xeron que [...] persistian y persistieron en la dicha revncacion»). A
partir de ahí no contamos con mks noticias. Sin embargo, podemos
imaginar sin mucho esfuerzo los graves enfrentamientos entre los
familiares afectados directamente por las recientes condenas de
cuatro mujeres acusadas de brujería unos meses antes y los partida-
rios de dicha represión. Tres de ellas habían sido castigadas con la
pena de muerte, y la cuarta, con diez años de destierro fuera del vd-
lle"'. Por los apellidos de las reas v de quienes figuraban en la lista
como contrarios al estatuto, resulta fkcil deducir los lazos de paren-

\ocabar1 los estatuto5 clc dcsaforarniciito contra la brujería que tiabíari sido apro-
bados rn dicha villa entre 1539 y 1575.
2í.Z
Coiifisrriación de 1 0 4 e~tatiltosd r drsaforamiento coiitra la br~ijeríadel va-
Ilc dr j s a . 1.575. AHPII. prot. 8146, riot. Onrile, Col. 541:
"4
Ihdcrn, fol. 3 4 ~
Pi.7
Nos referirnos aJuliaiia Berniiés, María 1 .Ópr7, Aiitonia Sárichez y Orosia
Wlíu, ciios procesos tiirrori iricoados eritre octiibre y riovit.rrihre dr 1574 antc cl
alcalde de la villa y valle de Aísa, por delito de brujci-ia, rii virtiid de los estatutos
de desaforariiieiito apl-ohadosrii 1.530.
tesro que los ligaban, así como los sentimientos albergados contra
los defensores de tari feroz r epresibri.
Los enfreritarriieritos entre ambos grupos eran favorecidos
por otro precepto más, al q u e todavía n o hemos hecho refereri-
cia. No en todos los estatutos, pero sí e n algunos tari represen-
tativos como los del valle d e Teria, se hacía mencion a la labor
de iiivestigacióri o inquisición que debía ponerse e n marcha ca-
da cierto tiempo para proceder a la captura d e cuantos pudie-
ran resultar sospechosos d e cometer algunos d e los crímenes
contenidos e n los desaf~leros.La búsqueda de víctimas fomen-
taría las rencillas y los odios, proporcionando a miiclios d e los
habitantes del valle todavía más motivos para creer e n la rriala fe
de algiinos d e sus vecinos y para acusarlos corno responsables d e
sus muchas desgracias. El argumento aducido e n los estatutos
para justificar las investigaciones era, n o obstante, exactamente
el contrario, esto es, la defensa d e aquellas personas que, quizás
por temor, n o se atrevían a revelar la identidad d e los si~puestos
brujos:
dtcm. Estatuimos, y por quanto por estar la gente tan aterrio-
rizada y subjccta a los delinquentes que nadie osa arciisarles ni
a x r testirnonio contra cllos, por tanto et seii aliis, que de Dos en
dos ariyos, o ante y siempre quc parccera, y comencando en este
ariyo o cl~raridoa1 Juez y Consejeros parcccra, el Juez, o su Lu-
garteniente, sean obligatlos [... 1 por todos los lugares de la Val y
en cada uno dellos, recibir y torriar testimonios mcdiantc jura-
mento solernpne, e assi, para irifi)rrriar-su ariirrio [ ...] todos los
ombres y mugeres, casados y casadas, viudos y viudas de los dichos
Iiigarcs y de cada uno dellos, a no quedar riingiirio [...] ayari de
posar todo lo quc sabran contra qualesquiere personas en et ier-
qua los dichos crinlines de pon~oneriao enerbolamientos e cori-
tra broxos, pocorieros e poyorieras..""
Dicho procedimiento nos recuerda las visitas de distrito irripul-
sadas por obispos e iriquisidores. La rriayor diferencia con respec-
to a aquéllas radicaba e n las terribles conseciiencias que ciertas
acusaciones y rumores expresados bajo la forma d e testimonio po-
dían traer consigo al caer e n niaiios de la j~lsticiaseglar. Como n o
siempre se consideraba fácil reconocer qiiién era bruja y quién no,
1legG a crearse la figura del llamado .conocedor de brujas.: u n in-
dividuo que recorría las aldeas de ciertas comarcas deterrriiriando,
en base a indicios corripletarnerite irracionales, qué mujeres eran

Yíh
k'statiitos de desaf'oramierito coiitra la brijería del valle d e Teria. 1525.
AHPH. Pliego suelto en el Liho d ~ ~ lP ~ Q ~ Z P [LP
I I In
~ Orntn dr don 1)omingo ((:uillh,1O1. 4.
brujas (y, cri consecuencia, debían ser entregadas a la justicia) y
cuáles no'"'.
Tras la exposiciOri de motivos y la enunieración de los preccp-
tos, la mayoría de los estatutos de desaforamicnto contra la brii-
jería concluían, al igual que las leyes ~noclernas,con uria relación
de las loariones, adveruciones y ratijicarione;\ necesarias para garanti-
zar la validez de lo contenido en los documcritos, así como su ca-
rácter dc leyes dispuestas para entrar en fimcioriainiento nada
rnás ser promulgadas. Casi siempre eran los mismos redactores de
aquéllas quienes, firialnierite, volvían a ratificarlas (i<Etcon esto
nosotros, todos los arriba nombrados, con la conformidad ya di-
cha [...] fazerrios y firmamos, loanios y otorgamos los suprascrip-
tos statutos.»'"" Pero, en ciertos casos, las nuevas disposiciones,
aunque concebidas por los justicias y jurados de las localidades
afectadas, eran aprobadas por un órgano de poder superior al
que detentaban los representantes de dichas localidades. En el va-
lle de Tena, la labor de loar y ratificar los estatutos corrió a cargo
del rriismo rey. En 1525, la voluntad regia respecto a los crímenes
de brujería aparecía clararrierite expresada a través del liigarte-
niente general del valle:
<<Efecho y firmado el dicho cstatuto y rosas en el contenidas, el
dicho Juan del L'iieyo [...] suplico al dicho niuy 1llusti-e Selior Lu-
garteniente (hiera1 le pluguiesie loar y approbar cl dicho estatuto
y todas y rada unas cosas en el [...] contenidas y en ellas y cada una
dellas interponer y dar su auctoridat y decrcto. Yel dicho Muy Illus-
tre Selior Lugarteniente (;rrirral de las dichas caiolicas Magestadcs,
y eri su nombrc, voz y lugar, viendo que el dicho estatuto y cocas
siibscriptas eran en servicio de Dios y de las dichas hlagestades l...]
y r n bien universal dr la dicha Val, y tw favor de la Justicia, de sii
scierta scicntia, tlrliheradamente y corisiilta, y por la ~ k aL4uctoridat
l
de las dichas Magestades, loho y approl->oel dicho estiitr~io.~~~""
Otro ejemplo de la plurlilidad de poderes y voluntades que se
daban cita en Aragón en la Edad Moderna es el de las loaciones de
los estatutos y ordinaciories de Caspe aprobados en 1545. Dicho
concejo pertenecía a la Orden Militar de San Juan de Jerusalén y
por ello dependía del llamado Duik y rom~ndndorasignado para gc-

," j
Sohre la figura de los llamados <amocedoresdc brujas., o saliidacloi-cs,
véase injr(1 ..Idavil-tiid dc los saludadoi-rw.
,> - ,
-'lh b:statutos de tlt-sahamicrito coritr-a la hriijrría de Chía. 1592. ADB. N" 1.5,
fol. 13.
Pí!i
Estatutos de desatoramiento corilra la briijcría del valle de Tciia. 1.535.
AHPII, Pliego suclro cri el I , i h dd rrgirnimto /IP la m s c ~(Ir cluri L)omingo í;ziillGn. fol. 6.
bcrriar la encomienda de eCaspe y sus terrriirios y territorio de Chi-
prana.,,""' Aunque, en una primera fase, los estatutos fiseran loados
y aprobados por los propios redactores, esto es, por los represen-
tantes del concejo (.todos los arriba rionibrados [...] loharon y
aprobaron, ratificaron y confirmaron,,), poco tiempo dcspuks, fue
el mismo baile quien los confirmó de la manera qise sigue:
sC:asi todos los arriba nonibrados y otros riiiichos vrzinos y ha-
bitadores de la dicha villa comparecimos y fuimos personalmente
constituydos ante la presencia del niuy reverendo señor Fray Gar-
cia Cortes, cavallcro de la hordcn y milicia del Scnor Sant Juan de
Jcrusalcm, vaylio dcl vayliajc de la villa de Caspe [...] al qual 1 ...1
yo, dicho Blas Poriz, notario 1 ... 1 publique los dichos statutos l...]
de palaha a palabra, desde la prirrie~aliiiea hasta la ultima, de
aquella alta et inteligible voi [...] et el dicho sefior Fr-ay Giircia
Cortes, vaylio susodicho, dixo [...] qur lohava y aprovaba, rarifi-
cava y confirmava los dichos et suso inhscriptos statutos de de-
saioran~iento.~~"'"
Como ya señalamos eri paginas anteriores, una de las priricipa-
les características de la justicia altomedieval, qiie todavía se man-
tenía en pleno vigor en muchos lugares durante la Eclacl hloder-
na, era la oralidad. Una voz (alta e inteligible., conio la citada eri
el dociimento anterior, era la iitilizada no sólo para autenticar do-
cumentos, divulgar las novedades entre las gentes o llamar ajiiicio
a los culpados de algún crimen, sino tanibién para promulgar es-
tatutos cruclcs y desaforados como los que se idearon para acabar
con la plaga de las brujas. Estos, una vez ratificados, eran leídos
públicamente en fuerte voz por el corredor o pregonero para que
todos los habitarites de los pueblos afectados supieran que no s 6
lo existía un terrible mal que debía ser atajado, sino que los re-
presentantes del poder ya habían puesto los medios para conse-
guirlo. No obstante, nada podía hacerse sin la colaboración de
todos; éste ei.a q u i ~ á el
s iiiensaje que escondían aquellas leyes, im-
pulsoras de una de las niás feroces pcrsccucioncs habidas cri la his-
toria. A pesar de la escasez de testimonios que poseemos en Ara-
gón acerca de los procesos incoaclos por la ,justicia seglar, los
rastros que liari quedado nos bastan para corriprerider el grado de
crueldad alcanzada, así como la gran responsabilidad qise en ella
compartieron todos los estratos de la sociedad.

2611
E s l a ~ u ~ o<Ir
s ~lrsafurariiieiitucorima la 111ujería (Ir C a q x (154-5).AHN.
Sección Ordenes Militares. Leg. 245. ti" 1.7, fol. 1l .
?'' Ibidrm, fol. 29.
LOS PROCESOS DE BRUJERIAY SUPERSTICI~NINCOADOS
POR LOS JUECES SEGLrUXES

Respondit et dixit que dLc no .v/zOe quien Le qi~rrrindPffPnsa<


J que el tiempo m corto, y que romo e m P.VIO, ~ I L Y( m i h,nlrinn,de
pnssar estas cosas lan adelante sin tewr con que lu poder probar
cosa ninguna.

¿Que sucedió tras la proiniilgación de los diferentes estatutos


de desaforamiento contra la brujería y la hechicería? ?Existió en
la realidad uria correspondencia entre la actuación contra di-
chos delitos y lo que las nuevas leyes augiiraban? ¿Fueron tantos
los desafueros y excesos cometidos como los permitidos? Por las
noticias que han llegado hasta nosotros, podernos responder a
las dos últinias cuestiones sin duda alguna que sí. Sólo hemos lo-
calizado hasta cl momento once procesos completos proceden-
tes de la justicia seglar, pero son muchas y, sobre todo, rriiiy sig-
nificativas, las referencias presentes en otros documentos que
nos hablan de uria persecución feroz. Además, como se explicó
en el capítulo anterior, ni siquiera se consideraba necesaria la
apertura de iin proceso .judicial para condenar a alguien por
brujería o hechicería: en virtud de muchos de los nuevos estatii-
tos, los jueces también podían dictar sentencia directamente si
así lo creían conveniente.
En Aragón, y durante toda la Edad Moderna, la accibri de lajus-
ticia seglar contra la brujería y la hechicería estuvo indisociable-
mente ligada a los estatutos de desaforamiento. Estos, unas veces
aparecían íntegramente transcritos dentro de las actas de algurios
procesos; otras, simplemente se nombrabari como argumento justi-
ficativo de los misnios: en cualquier caso, su recuerdo nunca falta-
ba, ya que constituían el fimdamento de tina perseciición de carác-
ter totalmente extraordinario. Además no era extraiio que, antes de
la redacción de los estatutos, hubiera ya desigriadas una o más vícti-
mas a las que aplicárselos; de ahí el corto tiempo que solía mediar
entre la fecha de aprobaci6n de las nuevas leyes y la fecha en que
daban comienzo las actuaciones procesales contra las personas cu-

YOY
PI-occso conti-aDoiiii~igaFerreri Porári de Verv. 1534.AIIPZ, C. 31-2,fol. 6%.
yas conductas encajaran dentro de los supuestos coriterriplados por
aquCllasL'".
Una de las principales características de la persecución lleva-
da a cabo por los~jiieceslocales era precisamente su rapidez. Para
el historiador acostumbrado a la lectura de los procesos eclesiás-
ticos, que en ocasiones podían llegar a prolongarse por espacio
de dos o incluso hasta tres años, la presteza con que los represen-
tantes de la justicia seglar resolvían unas causas contra los misrnos
delitos resulta, cuando rnerios, sorprendente. Corrio bien sabernos,
el motivo esencial para que los procesos eclesiásticos se alargaran
con tanta frecuencia era la bíisqiieda de pruebas que condujeran al
descubrimiento de una verdad lo más transparente posible. Ello su-
ponía que el juez debía aceptar una detallada defensa hecha por el
abogado del reo, lo que provocaba una nueva acusación por parte
del fiscal que, a su vez, podía derivar en una nueva defensa y en otra
respuesta del acusador; de modo que, sólo despuks de rnucho tierri-
po, llegaba a corisiderarse la causa vista para sentencia.
Por el contrario, en los procesos contra la brujería y la hechi-
cería incoados por los jueces locales no se pretendía averiguar si
el reo era o no culpable, sino condenarlo cuanto antes. Las faci-
lidades probatorias que los estatutos autorizaban para acelerar la
condena se reflejan en los procesos qiie nos han llegado a través
fundamentalmente de dos aspectos: el tipo de testificaciones y el
recurso a la tortura corno forma de presión para forzar la corife-
sión de los acusados. En cuanto al tipo de tezt~zcacione.~, era ca-
racterística común a todos los procesos seglares analizaclos la ine-
xistencia de testigos aportados por la defensa. En realidad,
aunque en alguna ocasiGri se citara la posibilidad de quc los reos
pudieran defenderse, ello no ocurría salvo en rarísimas excep-
ciones"". De este modo, todos los testimonios hablaban en contra
del reo. Las acusaciones eran casi siempre las mismas; existían

?i>:i
Así, por +inplo, los esraui~osde Amí) fiierorl aprobados el 26 de julio de
1628 y, al día sigiiiente. los cuatrojurados de la villa liiciri-on maiidainirnro al pro-
cilrador d r k t a para qiie aciisal-aa J u m a de Liiar; veciria de Fago, por ~hi-uja, Iie-
clii~era,aortilega, fitillera, malefica, honiicida. y hawr riisriiado dicho otticio a
otras personas, y otros delictos tocanles a la brugeria, coiifor rrie el lerioi- de dichos
atatulos de la valle^^. Dicho comportamiento no cra rxcliisivo d r Alisó; otro +ni-
plo caractri-íctico es el proceso contra Doiiiiiiga Ferrer, que fue iricoado eri octii-
bre de 1534, pocos días después de haber sido aprohados iiiios rstatiitos rlcsato-
rados contra la hriljería eii la villa de P O L ~deI I Vera, CII la c i d 1.esidírila iicii~acla.
261
Una de estas excepciories la constituye el proceso contra &giiida Kiii7,
que fue iiicoado rn 1604 ante el justicia y juez ordiiiai-io de la villa de Bolea
( M P H . C. 1211,11" 8).
muy pocas diferencias entre unas declaraciones y otras dentro de
un mismo proceso, e incluso también entre las contenidas en di-
ferentes procesos. Casi todo cuanto afirmaban los testigos res-
pondía al estereotipo expresado en los estatutos, según el cual las
brujas-eran las causantes de las muertes y eriferrricdades, tanto de
personas corno dc animales. El simple contacto fisico con la su-
puesta bruja ya se consideraba rnotivo suficiente para acusarla, tal
y como expresaba uno de los testigos que declararori en el pro-
ceso incoado en el valle de Aísa en 1574 contra Juliana Rernués:
<.Estando este deposanie i i r i dia al f ~ ~ c geno casa de la dicha
jiiliaria Bernucs, le f ~ a~tocar
e la una rodilla a este deposante con
sus marro.;, y hasta quatro o cinco horas se sintio un frior muy
grandr por. la rodilla arriba hasta la cabeca, de tal manera que se
fullo sin poderse d e r de su persona y der1ir.o de quatro dias vino
en articulo.inoriis.~."'í
El niisrrio testigo explicaba que liabia tenido que permanecer
en cama durante cierto tiempo debido a la enfermedad y que la
acusada, enterada de ello, había ido a visitarlo:
%Llegoa voz dc la dicl-ia~JuiianaKrrriues y passo por entre
gente y gente corno pudo hasta que llego a la cahcccra de su ca-
ma, y luego le quiso assir de la mano izquierda y este dcposante
la aparto porque rio se la tocasse y la pino baxo la ropa discndo-
lc cl deposante que se quitasse, que se iba a morir, a lo qiial le rcs-
pondio muy en secreto que no se cnojasse, que por- iodo bieri su-
yo habia llegado ha): y en acal~andodc dezir esto, le bolvio a
echar la mano y le cogio el b ~ a c odrecho y se sacco un paiio de
narices y le limpio el sudor de la cara y pechos, y en la hora, de
poco en poco, se sintio este deposarite mejor, por lo qual crehe y
tiene por muy cierto que ella le dio el nial y se lo quito.~"'"
Evidentemente, nada de lo relatado constituía prueba alg~ina
dc la culpabilidad de la rea. N o obstante, y a pesar del escaso poder
de coiiviccióri de los argumentos aportados por el testigo, concie-
ne tener en cuenta que su declaracióri era una de las más <<razona-
das*, en comparación con las pertenecientes a la mayoría de los
procesos seglares. Era una idea bastante ar~aigadapensar que
quien puede o sabe curar, también puede o sabe cómo provocar el
mal, y viceversa, lo cual podía constituir un argilmento con cierta
lógica intcrna, aunque no sienipre se correspondiera con la reali-
dad. Normalmente, los testigos se liinitaban a exporicr que deter-

26.5
PI-occsoc o i i m Jiiliaria Bertiiiés. Siniii-s. 1574. AHPH. C. 1191, ti" 6 , fol. 2 4 .
?(iii
Ibidrm. fol. 24v.
Portada del proceso contra Juliana Bernués, condenada a muerte por
brujería ante el alcalde de la villa y valle de Ksa en 1574 (Archivo
Histórico Provincial de Huesca, c. 1191, n") .
minada persona habia matado a sus hijos o sus animales, sin buscar
ninguna relación entre los nialeficios y los posibles conocimientos
médicos o capacidades ciirativas de la persona a quien se acusaba.
La mayoría de los testigos declarabari únicamente d e oídas)).
Resulta verdaderarricritc sorprendente comprobar cómo algunas
mujeres podían llegar a ser condenadas hasta la pena de muerte sin
otra prueba que la aportada por deposiciones como las contenidas
en el proceso contra María Lóper. A la pregunta formiilada por el
juez acerca del cirarto articulo de la acusación fiscal según el cual,
&a dicha María Loprl, rea y criminosa infrascripta, spiritu
diabólico incitada y coiirnovida 1 ...] es y ha sido bruxa, ecliizera y
maliíica cornriirritlo, corno de hecho ha cometido, inuchos y di-
versos gkirr-os de liorriicidios y ha muerto muchos animales, ro-
r-roinpierido rriiiclios y diversos sembrados y ar-bolrs; ernporip
riarido muchas y diversas personas y adaquellas darido veiirnos.)~'"
uno de los testigos interrogados respondió,
.(que de todo el tiempo qiie el drposariie se acuerda conocc
muy bien a la dicha Mal-ia Lopez rri el arliculo riorribrada, la qual
sicmpre ha oydo y entendido assi eii el lugar de Sinucs como por
toda la val de Aya, de I I I I I C ~ ~yS fjdedignas personas cuyos noin-
bres no se acuerda, ser- y que era bruxa, malefica, hechizera y tal
qual en el dicho articiilo se contiene.,,"'"
Era esva una prueba de la importancia concedida a la indeter-
minada fama pública. La fórmula ((haoído y entendido. se rcpe-
tía incesantemente en boca de niuclios testigos qiie nada tenían
que alegar en contra de las acusadas salvo ciertos runiorcs cuya
procedencia se desconocía (aiuclias v fidedignas personas cuyos
nombres rio se acuerdan).Junto al contenido de los testimonios,
ha): que destacar asimismo la identidad de algiinos de los testigos.
En el proceso iricoado ante el justicia de Jaca contra Joana .La
(:lira)),una vecina de Villanúa a quien se acuso en 1590 de todos
los crínieries contenidos en los estatutos de desaforarriiento que
la villa había aprobado en 1575, uno de los testigos que declara-
ron en su contra era el mismo acusador fiscal quien, según sus
propias palabras, había hablado .<pordescargo de su conciencia y
en virtud del prcgon,>"'".El hecho de aceptar conio testigo al acu-

Lb¡
Proceso contra María Lóper. SiiiiiCs. 1.574. IZHPH. C. 1191, 11" 1. fol. 3.
2l>h
I t i d ~ nfol.
~ , 17.
?W
Piocrro coritra J o m a <<I.aCuran. Villariíia. 1.590. AHPH. C. 1300, 11' 23,
fol. 2.1.
sador que actuaba d e oficio es una seiial inequívoca del escaso o
nulo interés d e los encargados d e la justicia por recabar una in-
formación objetiva que pudiera servir d e prueba a unas acusacio-
nes que nunca acababan d e ser dcrriostradas.
La falta d e irriportaricia concedida a los testimonios se obser-
va asimismo en el modo e n que era redactada la petición criminal
de este tipo de procesos. A diferencia de los iricoados por obispos
o inquisidores, e n los que dicha demarida o peticibri crirriirial prc-
sentada por el fiscal venía a ser cscncialmente un resumen d e la
informacion proporcionada por los testigos (con la salvedad d e
dos o tres ideas referidas a la intervención demoníaca o al carác-
ter herético de las acusaciories), las peticiories crirriirialcs d c los
procesos seglares se correspondían con lo contenido e n los esta-
tutos de desaforamiento y n o con lo declarado por los testigos. ibí
pues, dichas peticiones podían ser redactadas antes d e oii los re-
latos que contenían las respuestas de los testigos, las cuales, por l o
derriás, n o solían aportar ninguna novedad de carácter sustancial
a lo que ya aparrcía expresado e n tales desaheros.
Es muy posible que una proporción sustancial d e las causas
procedentes d e la,justicia seglar se piisiera por escrito siguiendo
un forrriulario fijo, d e forma que lo finico que variara entre unas
y otras tilera el nombre d e la acusada y poco más. Dicha sospecha
se confirma e n aquellos casos e n que se juzgaron varias mujeres
al mismo tiempo, lo cual sucedib muy a menudo, ya que la bruje-
ría se consideraba una especie de plaga que de tanto e n cuando
asolaba a una comarca, para desplazarse después a otra. Sólo así
se explica la prontitud con que eran resueltos rri~iclioscasos. Uri
ejemplo d e eficacia burocrática son los procesos incoados contra
dos mujeres del valle de Aísa, que fueron acusadas de brujería en
1574. Sus procesos se iniciaron casi al mismo tiempo. La deman-
da criminal contra Jiiliana Bernués -a quien ya conocemos por
las acusaciories formuladas coritra ella por uno de sus vccinos-
fue prescritada el día 4 de octubre d e 1574, y el día 1ñ de aquel
mismo mes el juez ya había dictado su sentencia de muerte. Los
términos e n que se redactó coiricidíari uno a urio con la seriteri-
cia dictada coritra otra rriujer que vivía en la misma localidad: Si-
n u k , una aldea perteneciente a la junta general del valle de Aísa.
Antonia Sánchez fue acusada por el fiscal el 6 d e octubre, dos días
después de que lo fuera Juliana, n o obstante lo cual fue coride-
nada a muerte el rnisrrio día 15. Ambas sentencias decían así:
<ghesuChristi nomine invocato.
Nos Bernardinus Avarca alcaldus sive jiidex ordinarius ville et
vallis de Aya pro domino nostro rcgc. Attcntis contcntis in prc-
senti processu et aliisjustis et considerabilius causis et rationibus,
de quibus animus mcus ad plcniim cxtitit satisfactus, de consilio
consiliariorum in vim dictorum statorum per me nominatorurn
et diputatorum, coiiderripriarriiis 1 nomhr~de la acusada] acciisatam
ad niorterri natiiralerri ita ut siioa firiiat ultirrios extrerrios et riatii-
ralrs dies Xe in expensis ei darnpriis qi~ariirriiaxaiioriern et liqlii-
dationem nobis in posterim resrrvainus.n2'"
La ejecución de la pena n o se hizo esperar en ninguno de los
dos casos. Juliana fue ajusticiada al día siguiente y Antonia cuatro
días más tarde, según se constata en sus respectivos procesos.
Nuevaniente encontrarnos la niisnia fórmula para ambas acusa-
das: la miierte en serie no requería de mayores invenciones. Se-
gíin hacía constar el notario, una vez desempeñada su r ~ ~ n c i óden
testigo ocular de los acoiiteciriiieritos,
~ D i decima
e sexta mensis octobris anni MDI.XXITT1 apiid dic-
tain villarn de Aysa ri iri carrrre coniimi eirisderri irisiarire dicto
procuratorem de inandamiento dicti doininus iudicis Iuii rxecii-
ta dicta sententia et iuxta eius serieni coiitinenciarn et tenorem
dicta Juliana Bcrniies fuit mortua pro ut ego notarius cause pre-
sentis et teste infrascripti eam occulariter mortucm vidimus et
dictam sententiam in eam execiitari et reste executioni mandarc
ex quibiis etc.,>"'
Junto al tipo de testificaciones, la segunda vía para facilitar las
condenas fue el recurso a la tortura. Uno de los motivos que dieron
lugar a que muchas localidades se dcsaforaran antes de perseguir
el crimen de brujería file precisamente la pretensión de legalizar
la posibilidad de atormentar a los reos, lo cual estaba ~errriinante-
mente prohibido por los fueros del reino. Según los rcunidos en
concejo en la localidad de Pozán de Vero, no podrían castigarse
como merecían .los crimenes de briixeria y metzineria, sortilleria
y ponzoñeria* mientras dichas leyes no fueran abolidas:
«A los qiiales crirrienes castigar y reprimir impiden los f~icros
del presente reyrio de hi-agon provientes que inquisicion no pue-
da ser hecha por jiiei alguno y que no se pueda procelier sin ins-
tancia de parte y en ciertos terminos, iriodos y t i > r i ~ i yi ique
~ no se
pueda dar tortura por medio alguno por juezes seglares.»"'

?íO
Proceso contra Jidiaria BcrriiiCs. SinnCs. 1574. AHPH. (:. 1191, 11" 6, f d .
10. Proceso conira Ariconia Sáncliez. Siiiuks. 1574. AHPH. C. 1191, ri" 5, fol. 9 v.
27 l
Proceso coritraJiiliaria Bernués. Siniiés. 1574. AHPH. C. 1 191, 11" 6, fol. 11.
272
F.~tatiitosde desaloran~ieiitode Pozán de Vci-o contra los ci-ínieries de
brujería y hechicería. Se hallan contenidos en el proceso contra Dominga Fcrrci;
'<IaCqja.,. Pozán de Vero. 1534. AHPZ. C.31-2, fol. 41.
Como aparecía contemplado por el Derecho Canónico, los
jueces eclesiásticos sí podían valerse del tormento corno medio d e
prueba, siempre que se cumplieran ciertas condiciones. Sin em-
bargo, n o poseemos muchos testimonios d e su utilización e n los
procesos contra br~ijosy supersticiosos. Por lo que respecta a la
justicia cpiscopal, sólo hemos hallado cuatro casos e n los cuales se
cite dicho recursoui y, eri cuanto a la InquisiciGri, a pesar de que
en varias relaciones d e causa se especifique %fueatormentado.,
no parece que, hablando e n térnlinos relativos, dichos tormentos
fueran rriuy graves. En 1609 fue procesada por la Inquisición de
Zaragoza María Romerales, una mujer de sesenta y tres años acu-
sada de bruja y hechicera a quien, tras negar repetidamente todos
los cargos formulados contra ella, se practicó el método de tortu-
ra acostumbrado, que n o era otro que el d e la garrucha. Por el
testimonio contenido eri la relación de su causa, parece que el
juez fue hasta cierto punto misericordioso y que tuvo e n cuenta
su débil estado:
~Executoseel de la garrucha y, teniendola de pimtillas sobre
la picdra, se desmayo y se mando sentar en el banco y, abiendo
vuelto cn si, dijo que no tenia que dccir por el caso rri que esta-
va, y por wr s~~bjectoflaco y viejo y tener asma, se suspendio e1 tor-

Sin embargo, lo más i11teresant.e para nosotros es la nota que


figiiraba al margen izquierdo del citado párrafo: ( Q u e e n estas
causas no se suele dar tormento..
En cuanto a la frecuencia con la que los jueces seglares se va-
lieron de la tortura conio instrumento para obligar a confesar a
los acusados de br~ijería,n o poseemos tantos datos como los que
nos brindan los documentos proceclerites d e la justicia eclesiásti-
ca. Sólo en uno de los once procesos conservados se mencioriari
los tormentos que le f~ieroriirripucstos a una m ~ ~ j acusada
er de
nmalefica, broxa y rnetziriera~~"'.Pero, tratandose d e la justicia se-
glar, el hecho d e quc e n los diez procesos restüntes n o se aplicara
tormento alguno, n o debe interpretarse como u n signo d e bene-
volencia, sino todo lo contrario: muchos jueces locales condena-
ban a muerte directarnerite y ni siquiera se ~nolestabanen tortu-

273
Nos referimos a los pi-ocesos iricoados por c-I O-ihiinaldel Ai- obispado
de Zaragoza contra Carlos blilanés (1.561) , Pascuala García ( 1576). Isahcl (hi-ay
(1591) e Isabel Gooihal (1605).
Y74
AHN. Iiiq. lib. 991, fol. 136.
27.5
Proceso contra 1)oriiinga Frr-rei: Poziri de Vero. 1534. 4HPZ. C.31-2.
rar previamente a las reos durante los interrogatorios, ya que és-
tos eran eludidos al rio pretenderse averiguar ni probar riada, si-
no solamente acabar con ((elnial de las brujas. cuanto antes y del
modo más ejeniplar.
Pero, a pesar de las facilidades que concedían los estatutos pa-
ra imponer sentencia sin necesidad de demostraciones, también
había casos en que los jueces seglares decidían presentar alguna
prueba, además de las aportadas por los testigos de cargo. Se pre-
tendía, sobre todo, conseguir tina coiifesión lo más detallada po-
sible cle haber practicado la brujería qiie saliera de boca de las
misnias aciisadas, lo cual no era empresa fácil. Entonces se recu-
rría al tormento como medio de arrancar unos rekitos que mas
tarde acababan incorporándose a la mitología de la brujería, lo
cual, sin duda, provocaba en las ya crédulas nientes de los testigos
de aquellos hechos una confusión entre los dominios de lo fan-
táslico y de lo real aíin mayor de la ya imperante.
Aunque la escasez de testimonios no nos permita afirmarlo
con rotundidad, podemos estar prácticamente seguros de que los
responsablcs de la,justicia seglar practicaron el tormento con ma-
yor crucldad que el resto de justicias. Un ejemplo claro es el pro-
ceso contra Dominga Ferrer, ((IdaCojan. Se trata de un dociimeri-
to íInico eritrc todos los conservados en relación con la brujería y
la s~ipersticiónen Aragón en el siglo XVi. En primer lugar, por la
precision y fidelidad con que en 61 se relatan las diferentes etapas
del interrogatorio bajo torrriento al que fue sometida la acusada
y, en segurido lugar, porque no conocemos nirlgím otro testimo-
nio de la confesión de una supuesta bruja de haber matado por
su propia voluritad tanto a personas como a animales, así como de
haber asistido al aquelarre en compañía del Dernonio. Tras escu-
char por dos veces las negaciones de la acusada con respecto a las
acusaciones formuladas contra ella, el justicia de Pozán de Vero
ordenó qiie Dorninga Ferrer sufriera tormento, ((a fin y efecto
que los delictos de los quales ella es acusada plenamente, por su
mesma confesion se no sin anles volver a recordar
que en dicho proceso se renunciaba a los fueros, privilegios, ob-
servancias, usos y costumbres del reino de Aragóri. Así, el 22 de
diciembre de 1534, Domiriga fiie conducida ante el lugar donde
se hallaba preparada la garrucha y allí el juez le preguntó si que-
ría corifesar:
=Etpost illico actum, quasi contino, dicho rriestre Anthon [...]
puso una carrucha con su cuerda donde se habia de dar la tortu-
ra ct, puesta aquella, hie trahida ay la dicha Doirienica la Coja
presa. Et [...] luego que la dicha Domenica hubo visto el aparejo
que ay staba hecho, dictus dorriiniis iustitia dixit eiderri Ihmeni-
ce qiie si volebat aliquid dice re.^^"'
Ella respondió que rio se le aplicara el torrriento, qiie diría la
verdad. A partir de aquel momento comerizó un nuevo interro-
gatorio, en el margen de cuya trariscripciOn se hicieron constar
las siguieritcs palabras: «Aquí es el principio de las confesiones de
Dorrienica la Coxa,,. Se le preguntíi si había niatado a una serie
de animales (elas mulas de mossen Martin., <<las millas de Salva-
dor)))y personas ( 4 a nuera de Anthori Cortes., <<mossenJohan»,
«inestre Luis, medico*, etc.). Al principio respondió que no; des-
p u k dijo que sí, que había causado la muerte de algunos de ellos
con diversas mezclas y pociones, coriteriidas en alimentos como
pan o tortas, eri las cuales introducía rejalgar o arsénico mezcla-
do con restos de carne de sapo:
<<Fue preguniada que que metzinas habia en la dicha torta. Di-
xo que de las que ellas acostumbran de poner para matar. Fue
preguntada que de que las f'nzen. Dixo toman los sapos y los des-
siiellari y secan la carne dellos y fazen della polbos y que estos pol-
bos niexlados con arsenic son para luego matar, y si los dar1 a so-
las no niaran tan ayna.rY7'
A continuación se le preguntó .si era bruxa y si había presta-
do homenajes al diablo, y que quien le había demostrado aque-
llas cosas.. Dijo q u e ella no era bruxa ni sabia nada, ni había
prestado homenajes al denioriio, ni había renegado.. Entonces
comenzó la tortura:
eDictus inagister.h t h o n i u s [...] le halo la una mano con cier-
tas cuerdas a una soga que pasaba por la dicha carrucha, y le pu-
so una piedra a los pies, y assi la puso en alto de iiria bara de me-
dir año poco mas o inerios, y estando assi la dicha Dorrienica fue
preguntada por el dicho Señor.Justicia que dixesse la verdat, ella
si era briixa o no, si habia muerto [...] el dicho mestre 1,uis rrie-
dico y otros de que se tenia osp pecha.^^?^"
Dominga negó todo. Td y como se relataba el proceso, des-
pués de aquel primer iritcrrogatorio bajo tortura, fue descolgada

977
Ihitlrm, fol. 74.
278
Ibid~m,fol. 7fi.
"O
Itiidcvn. fols.77v. y 78.
por el verdugo, el cual le dio una camisa limpia, le afeito los ca-
bellos, le dio a beber agua bendita y le eclib una parte de ella so-
bre la cabeza. Sin más dilación, fue alada nuevamente:
«La t o r n o a hatar las niarios para tras y la hato a la m i s m a so-
ga y le puso la riiisma piedra a los pies, y assi la siibio e n la misma
altllra.

Una vez en alto, Dominga pidií, que la bajasen, asegurarido


que entonces diría la verdad. En otro margen del proceso se leía:
donfessio in tortura*. Las afirmaciorics contenidas eri los párra-
fos siguientes bien podrían haber. sido extraídas de alguno de los
numerosos manuales contra la brujería, cuyo uso se hallaba tan ex-
tendido entre los predicadores de la época. Dominga confesí, ser
bruja desde hacía cuatro aiíos y lorrnar parte de una .<compañía>>
junto con otras dos mujeres conocidas como Beriedeta *La Pique-
ra,>y Gracia &a Nadala),. Esta última era quien 1a había persuadi-
do para convertirse en bruja y quien la había conducido al aque-
larre, que tcnia lugar en las eras de Tolosa. Para llegar hasta allí,
todas ellas se frotaban los sobacos con cierras unciones y después
decían: «Fulla sobre fillla a las eras de Tolosa sea lugo alla.."'
Viendo que Dominga se hallaba dispuesta a confesar cuanto el
tribunal deseaba oír, el justicia ordenó que fuera desatada y vestida
y que fuera conducida a otra estancia del edificio donde pudiera
sentarse y calentarse junto al fuego. Allí continuaron los interroga-
torio~y las confesiones. Evideritcmente, todo lo que Dominga dijo
después se hallaba condicionado por el miedo a una nueva tortii-
ra; sin embargo, a partir de aquel momento sus afirrriaciones h e -
ron consideradas como econfessio ex tortura>>, tal y como figura en
una nueva anotación situada una vez más en el margen izquierdo
del proceso. El motivo central de las confesiones continuó siendo
la descripción del aquelarre, al que tanto (hacia .La Nadala,, como
ella misma acudían cabalgando scn sendos sarrriientosfi.Una vez
llegadas allí, rendían (<loshomenajes al diablo, que staba ay como
hombre, salbo que tenia unos muy grandes cornacos, que quiere
dezir cuernos.. El relato de Doniiriga se iba liil.a~idocon las pre-
guntas del.juez. Este le preguntó cómo prestaba ella los homenajes
al Diablo y qué era lo que ambos se decían. La acusada entonces
describió la primera vez en que Gracia «La Nadala. la condujo an-
te el Diablo para presentarla coi110 nueva vasalla y lo que ocurrió
después:

2Xii
IhDidem, fol. 78.
28 I
Ihidrvz, fol. 78v (véasr infin '<Laorgía prrpetuaw)
«Que la dicha Gracia la Nadala rlixo al diablo: Señor, veos
aqui que os iraigo una vassalla, y que el diablo resporidio: Sea
bien vcnida la vassalla, y que luego la presentc respondieritc. en
lugar- de homenajes, Ic beso rri el culo al diablo, y que el diablo
la toino lucgo y la cabalgo, y qiie tenia el fuso de fierro niil): fino,
y que le dio cinquo sueldos, y qiic la dicha Gracia dixo a la pre-
sente respondiente que aquellos ciriquo sueldos, quc los esmer-
c a s e luego, si no que no le aproverliarian, y que ella los esinerco

Dicho relato no era ~ n h sque la clásica escena de vasallaje que


todos los neofitos en la brujería debían prestar al Diablo aritcs de
convertirse en verdaderos siervos suyos, siempre dispuestos a ha-
cer t.1 mal. No obstante, a pesar de la brutalidad de sus anteriores
confesiones, resulta ciiriosa la resistencia de Dorninga a recono-
cer en su totalidad lo que ella misma estaba ~iarrando,esto es, el
propio acto de vasallaje, ya que segím sus propias palabras nunca
había renegado dc Dios, resistiendo Iieroicamenle a quienes la
habían instado a ello. Parece como si todo lo relatado con an-
terioridad n o tuviera demasiada importancia y e1 mal se cifrase
íinicanicnte en la afirmación de descrei1riicnt.o. Da la impresión
de que la acusada f k r a corisciente de las sutilezas dc los teólogos
ya que, como bien sabemos, para éstos la persecución de la bru-
jería se justificaba verdaderamente por el crirricn de apostasía:
<cEtcon esto dize ser verdat que, as5i la dicha Gracia como el
diablo, le dixeron a la dicha Domenica que renegasse de Dios y
qiie tornasse al diahlo por seiior, y que la dicha Gracia va habia re-
negado, y que ella no dudasse de renegai; y que la pr-rsentc res-
pondiente no quiso rencgar, por mucho que Ir
Sin embargo, el juez coriseguía que Dominga respondiera a
todas sus expectativas. Se le preguntó cuántas veces había ido a las
eras de Tolosa, y contestó que tres o cuatro, y en cuanto a la cues-
t i h de 4 era muy largo el ziiardo o miembro con qiie el demo-
nio las cabalgaban, Dominga respondió q u c ella no tiabia toma-
do la medida del zuardo mas que, a su parecer, que tenia un
palmo y quatro dedos poco mas o menos de largo.))Tras serle for-
muladas unas c.iiantas preguntas nias, fiie abordado de nuevo el
asunto clave, no sin que el nocario encargado de poner por escri-
to cuanto ocurría, apostillara que en a q ~ momento
d Domiriga se
encontraba ecalentandost. a su plazer, f k r a de la tortura y sin te-
mor della.. Fue entonces cuando,
*El dicho señor justicia le pregunto dixesse la verda(: si habia
renegado o no, porque el no podia creher q u r el diablo pudicsse
haber con ella participarion ni h w r r aquellas bellaquerias que
ella de la parte de arriba habia corifesado, iii que le pudiesse
aceptar los homenajes, sino que hobiesse i - ~ n e g a t l « . ~ ~ ' ~ ~
Dominga se resistió varias veces a contestai; pero el juez conti-
nuó insistie~ido.En un rnomento dado, quisiendo fablar la dicha
Domenica, se le vino a cerrar la gola; ftlele dada agua bendita a
beber y fuele con el hisopo sparzida por la cara.. Tras dicho ce-
re~lionial,la acusada acabó confesando haber renegado de Dios e
incluso haber pisado *una cruz en tierra, en vilipendio de la fe de
Cristo.. A instancia del juez, Dominga iba relatando todas y cada
una de las abominaciones que los tratados clenionológicos atri-
buían a la secta de los brujos, sin dejar fuera riingíin detalle. LTna
de las acusaciones más fi-eciientes contenidas en dichos tratados
era la de que los brujos no podían ver el «corpiisn en la Iglesia. El
juez interrogó a Dominga sobre dicha cuestión y ella aprovecho
entonces la pregunta para asegurar que mientras fue bruja no lo
vio, pero qiie desde que había dejado de serlo, lo liabía vuelto a
distinguir claramente. Entonces preguntó el justicia cuánto tiem-
po hacía que había dejado de ser bruja, y ella dijo que cuatro o
cinco años «porque veya que no medraba starido y perseverando
en aquel officio~.Sin embargo, a pesar de la lógica que la aciisa-
da intentaba imprimir a su discurso, éste se resentía por la falta
de coherencia entre unas afirrriaciosies y otras. Era obvio que im-
provisaba pretendiendo defenderse, al principio, de la tortura fí-
sica, y más tarde, de una inminente condena. Así, el jue7, como
quien ya lia conseguido acorralar a su presa, le dijo:
«Que romo podia ser lo que ella dezia, que arriba hahia dicho
que n o }labia sino quatro años que era bruxa y andaba eri aquc-
Ila arte y assi misrrio confessaba rriuertes que liabia mas de diez
años que las hahia hecho, y aquí dezia que liabia ya quatro o cin-
qun aiios que se Iiabia dcxado de ser bruxa, que romo podia ser
aquello.^'"'
A lo que la acusada repuso que estaba cansada, tanto del tor-
mento como del interrogatorio, y que la dejasen dormir y des-
cansar para poder pensar *en lo que liabia de clezir y responder:.
Al día siguiente, según consta en las actas del proceso, Dominga
decidió reordenar su relato e intentó sostener sil propia defensa
apoyiridosc e n la narración, nuevamente imaginaria, de su su-
puesta reconversión a la fe. Es muy posible que las palabras que
proniinció n o se akjarari aperias de la transcripción hecha por el
notario:
&cñor Justicia, yo ayer staba cansada y cori la tatiga rio staba
en nii, y dixe quc habia quatro aiios que y o era brirxa y liabia usa-
do la broxeria, y quc habia quatro o cinquo años que rrie liabia
dexado drlla. Eri esta noche, Señor Justicia, yo he pensado en lo
que toca a descargo de mi anima, y en lo quc passa en hecho de
verdat y, nmudando lo que ayer- dixe iriconsideradamcnte, ahora
cn lo que de verdat passa, digo y contiesso l...]
A continuación desgran6 la historia, ya conocida, de cómo Gra-
cia *La Nadala), la había convencido para hacerse brwja y como
había entrado e n contacto cori el Derrioriio, etc.; a todo ello aña-
dió que, aprovechando que cn la pasada Cuaresma habia llegado
a Posári un fraile de Huesca, ella se había confesado con él, arre-
piriticndose d e todas las ofensas infligidas contra Dios e n el pasa-
do. A partir d e aquel monierito, había vuelto a ver el Santísimo Sa-
cramento durante la celcbracion de la al igual que el
resto de los fieles. lJna ve7 dicho esto, Dominga no tuvo reparo
ninguno en confesar nuevamente todo cuanto el juez le inquirió
acerca del período d e su vida e n que había sido brnja y, especial-
mente, acerca d e los crímcncs que entonces había cometido. Plari-
teada por segunda ve7 la cuestión de los cómplices ( 4 ella corios-
cia o habia conoscido algunas otras rriujercs o hombres qiie
fuessen bruxas, poncorieras, metzineras, bruxos, poncoileros o
metzirieros.), Dorninga confesó haber conocido solamente a cua-
tro brujas más, aparte d e ella misma, .pero que habia rriuchas, in-
finitas.. El resto de los diálogos. entre el dicho justicia y la acu-
sada arrojaron como resultado el recoriocimiento por parte de
Dominga de todas y cada una de las acusaciones qiie le habían si-
do forrriuladas a lo largo del proceso. Como balance final, la reo
habría sido la causante directa, a juzgar por sus propias confesio-
nes, de la muerte de catorce o quince cabras, una mujer, cuatro ni-
ños p una n i k i de dos aiios.
h lo largo d e sus proliJas confesiones, Dominga respondía y
amplificaba todo lo que e1,juez esperaba oíi; d e modo que las in-
tervenciones del Diablo y las exageraciones maléficas constituían
el centro de todos sus relatos. Así, por ejemplo, cuando ella y Gr-a-
cia %LaNadala. iban a matar a los niños, era el Diablo quien les
abría la puerta de las casas (4uerori las dos, y el diablo cori ellas,
y les abrio la puerta de la casa y que entraron en ella.) p en el ca-
so de que no concibier.ari otro modo más fácil de matar a las cria-
turas, las queniaban, devolviéndolas luego a su cima («tomaron el
dicho nifio [...] y lo lebaron a la coziria y [...] Gracia la Nadala [...]
puso el dicho niño junto cori las brasas a asar la tripica.~).Si to-
das aquellas terribles confesiones fueron hechas por Dominga
con el ánimo de coriscguir ser juzgada r r i k benévolamente, su iri-
tencióii no se vio cumplida. N igual que la mayoría de las muje-
res procesa"ds por los.jueces seglares por delito de brujería, aca-
b6 siendo condenada a la pena capital. Pasado algún tien~po'~', su
causa pasó a niarios de la Inquisición, pero esta limitó su actua-
ción a L i r l nuevo interrogatorio que no añadía nada nuevo con
respecto a los anteriores, y a la imposición de una sentencia cuyo
fin consistió en la ya conocida *relajación al brazo seglar.. Aqué-
lla fue la últirna coridcna a muerte por delitos de brujería y su-
perstición por parte de la Inquisición de Aragón de la c~ialtene-
nios constancia.
Sin embargo, los responsables de la justicia seglar continuaron
todavía durante mucho tiempo después castigando con la pena ca-
pital los delitos de brujería y hechicería. Ocho de los once procesos
que conservamos concluían con sentencia de muerte para las acu-
sadas"". El medio que la mayor parte de los jueces seglares iitiliza-
han para la ejecución de los condenados a muerte en Aragón era la
horca. Salvo en Teruel, Albarracíri y algunas otras aldeas cercanas
donde, s e g k sus fueros, atoda muger que erbolera fuerc o hechi-
zera. debía ser quemada"", el resto de localidades castigaban con la
muerte en el patíbulo a aquellos nialhechores considerados más pe-
ligrosos, entre los cuales, como bien sabemos, se encontraban las

2x7
Coiicrrtarrierite, el día dos de enero de 1535, .el Rcvcrcnclisiriio Seiior
l h i i Tristari Calrctc, obispo de I.~igoe inquisidor conti-a la Iieretica y apostatica
pravcdat en todo el revrio de Aragoii [...] vista por el una carta misiva ciibiada p o ~
rriosaeii Ilieroninio Sobies, Comisario del Santo Otticio en la ciudat d e Barhastro
[...] por quanto Iimia sabido que el Iustitia del lugar de P o ~ a i dr i Vcro tenia pre-
sa una mujer por broxa Ilaiiiada Doiningza la Coxa. y Iiavia s a l d o qiie aquella
Iiavia coiitcsado Iiaver lieclio pacto con el diablo y Iiaberle adorado [...] nianclo
ti-aer 1;i dicha Domenica a ~ i poder-
i y carceln ( ~ h z r l r ~fols.
i . 1 15-1 16).
?XK
Sc trata de lui piocesos iiicoados coi1ti.a Dorriiri~aFerrer, Juliana Kri-iiciés,
María I h p e ~Antoiiia
, Sáiicliez. Jiiana e1.a (:lira., Moritserrat Ma-
Cáiichc~.,J~iaiia
yayo y Mal-ia Vircari-rta.
2hq
Surria dr losfii~rosrk. Ior rirdmir.~de S ~ ~ r r !2'iciiia
la di. Alhnr.rozin y dr 7 i 7 2 ~ 1 de
,
la S rom ~ i n i d o d ~rl?
~ . Int
r (~ltlrrrcclr (lzrhns ciurlod~t,jl dr lri villa de :llosqu~rzirln,r rlr oimr
i~illrrsrorrzv&rcis. Valencia. J o r g c Co~tilla,1331, fol. 102.
brujas. La for mula utili~adapor el acusador fiscal en el momento de
pedir dicho castigo para las reas solía ser siempre la misma:
<<Dictus procuratoris iiorriiriil>iisqiiil~iissupra petit, suplicat ct
rcquerit per vos, dictum dominen1 iudirrm [...] proriiincknri ~t
condcmnari candem pro dictis criminibus, iilxta frriorem dicto-
riirri statutorum ct ordinacionem, ad penan1 inortis riatirralis, vi-
dclitiir, ad in forcandum in furca alta cum capistro canapi in co-
Ilo diter; quod ipsa ihi silos fincat extremos et naturales dies.nn"
Una vez más hay que incidir e11 la decisiva irnportaricia de los
estatutos de desaroramierito para todos los aspectos relacionados
con 1a.justicia seglar aragonesa y la brujería. (;acia vez que, dentro
de un proceso, se daba un nuevo paso tendente al castigo d e dicho
crimen, volvía a recordarse que no era sino e n virtud de los dcsa-
fueros. Por lo general, gi-acias a las nuevas leyes, ciialqiiier tipo de
corideria era llevada a termino sin ningíin impedimento. Corno ya
se ha apuntado en este mismo capítulo, e n la mayoría d e las cau-
sas ni siquiera intervenía u n abogado deferisoi; con lo que la sen-
tencia era dictada e n un p l u o muy breve a partir del inicio del jui-
cio. Quizás por ello resulte más destacable el único proceso seglar
conservado e n el que, excepcionalriiente, el procurador desem-
peñó su cometido a la perfección, iriteritarido por todos los me-
dios posibles salvar a la acusada y protegerla d e todos los ataques
de que había sido objeto. El 1 d e abril de 1604 el así denominado
«consejo de los justicia, vavle,,jurados y corisejeros de la villa de Bo-
lea. decidió acusar cri~riirialrrieritea Agucda Ruiz por <<serciilpa-
ble y haver corrietido los crimines de briixeria, liechiceria y otros
crimines contenidos y expresados en los dichos estatutos.,, Segun
constaría más tarde e n la acusacióri presentada por el fiscal, la acu-
sada, wezina y habitadora d e la dicha villa», había ido .de noches,
cori rriucho secreto y artificio a divcrsas cassas de dicha villa. y, con
sus hechizos y ponzoñas, había matado a *muchas y diversas per-
sonas)),cuya identidad era desvelada e n varios casos. TarribiCn se la
consideraba causante de la niiierte d e (<rriuchosy diversos anima-
les y ganados, assi gruessos como menudos. y d e otros miuchos y
diversos daños.. Por tanto, el acusador fiscal pedía al juez, al firial
de su demanda criminal, «pronuncie seritericia y condene a la di-
cha Agueda Ruiz, rea y crirniriosa sobredicha a muerte natural, es
a saber, a liaorcarla en ia horca publica de dicha villa.^'"'

290
Proceso contra María López. SiniiCs. 1571. AHPH. C. 1191. 11"1, fol. 2.11.
'!"Prnccso contra Ágiieda Riiir. Bolva. 160'1. AHPII. C. 1211, ri" 8, fols. 36-
37, 47, 51, 56v-37r y 59v.
Hasta ahí el documento rio aportaba ninguna novedad. Casi un
siglo más tarde, nos parece estar leyendo el mismo proceso que le
fuera iricoado a Dorriinga .La Cojan o a otras muchas que, al igual
que ella, acabaron entregando su vida a rrianos de la justicia. Sin
embargo, esta vez las cosas dieron un giro radical debido a la in-
terposicibn de la &rria de derecho. o (jiirisfirnia,, que lino de los
mie~ribrosdel concejo, actuando como abogado de la acusada, pre-
sentí>ante elJusticia de Aragón nada más conocer el rriandamien-
to aprobado para iniciar el proceso. Toda .jurisfirr~ia»obligaba al
Justicia de Aragón2=a expedir al juez de la causa contra la que se
presentara una &hibición~ por la cual el proceso no podía prose-
guir o, en su caso, siquiera iniciarse, mientras no se aclarara si se Iia-
bía procedido o se iba a proceder contra fiiero. A pesar de los iri-
tentos del concejo por explicar q ~ i ela villa se había colocado al
margen de los fueros en lo que tocaba a algunos crimenes, y entre
ellos el de brujería, dicha inhibición fiie expedida igualmente, lo
que supuso un alargamierito del proceso, en contra dc lo que solía
ser habitual en casos semejantes. Los principales argumentos prc-
sentados por el ilustrísimo doti Martín Batista de I'anu~a,quien,
además de ser justicia y.jurado de la villa de Bolea, formaba parte
del consejo del Justicia de Aragón, habían sido los siguientes:
*Que la dicha Agueda Kiik [...] ha sido y es rcgnicola del prc-
serite Reyno de Aragon, la qual como tal ha gocado y goca, pue-
de y debe gocar de todos y cada unos f ~ ~ e r olibertades,
s, prelie-
minrricias, gracias y prerrogativas a los regnicolas del presente
Reyno de Aragon concedidas.
Item diie quc la dicha Agucda Ruiz [...] ha sido, fue, era y es
infancona e hidalga de gerieracion, prosapia y linaje de irifanco-
ries c hijos de algo notorios y de solar conocidos por recia linca
niasciilina descendiente [...] y rorrio tal infan~oria[...] ha g o ~ a d o
y goqa l...] de todos y cada uno pribilegios y cxeirrptiones, liber-
tades, franquezas e irirriunidades que los infancorirs e hijas de al-
go [...] del presente Keyno et aliis suelen y acostiinibran gocar y,
como irifancona e hija de algo, nunca en toda su vida pago ni co11-
tribiiyo [...] en las sisas, lezdas, peajes, portajes, ~riaravcdis,ni

2!)?
1.a iiiagia~~aturapcrsorial de1 Justicia de k a g ó n era una iristitución jicli-
cial de carácter singiilar-ísimo eii cl niarco de la Fkpaiia riioderria. Su origen se
hallaba cii la peculiar ediiciori de la Curia real que. si bici1 eii Castilla había cle-
riwdu eii la c r e a c i h dr uii 7 n b u m l de ki C u r t ~ con
. carácter colegiado y perma-
iieute. en A r a g h dio lugai- a la coristituci6ii de iin juez o qjiisticia~~ ericargado de
iiiigar- las causas dc los r~oblesy la<suscitadas entrc Cstos y el rey. Pcro. ya desde
rriediados del siglo Xn7. dicho j u e ~asumi6 la fiiricií>iide intcrprelar y declarar el
I-icto seiitido de las leyea y coit~imbresdel país (fiicros, usos, libertades) y h de
impedir, poi- vía procesal, la violacióri o qiirbraritarriiento dc las mismas.
o ~ r o sderechos Reales ni vezinales que las pecheras y de condi-
ciones y signo servicio en la dicha villa de Bolea y eri el presente
Reyno respectivaniente suelen y acostumbran piigar; pechar y
contribuy [...]
Item dixo que de fuero, »bserhiincia, usso y costumbre del
presente Reyno de .2ragon, qualesquiere juezes y officiales [...] a
los infanconcs estan obligados a giiardarles 1 ...] los f ~ ~ e r yo sob-
servaricias del presente Reyno de Aragon [...]y no [pronuncznr.ren-
tencin] conforrrie los estatutos y ordinaciones de las dichas ciiida-
des, villas y lugares del presente Reyno de h a g o n . ~ ~ " " '
Por si todavía no fiiera suficiente con lo ya apuntado, dicho
procurador, una vez enterado de las intenciones abrigadas por los
integrantes del coricejo, continuó su defensa haciendo referencia
a un punto delicado y esencial que ante todo q~ieríadejar bien da-
ro: la estricta prohibición contenida eri los fberos de dar tormen-
to a los habitantes del reino, y especialmente a los infanzones:
«Iterri dixo que [...] conforme a fuero, obserbaricia, usso y cos-
tumbre del presente Reyno de hagan, n o se puede dar torrrien-
to a nadie, ni piiede ser atormentada ninguna persona, y niuckio
menos la principal de dicho procurador, siendo como ha sido y es
infancona e hija de algo, por riirigun crimen por aquella conieti-
do, exceptado el crimen de falso nioriedero [...]
A noticia de la dicha principal de dirho proc~iradorha llega-
do qiie vosotros 1 ...] quereys y entendeys, en virtud y fiierca de lo
estatutos y ordiriaciones, acusar y proceder crirriinalrrieritt. contra
dicha principal de dicho procurador y, so pretesto de cierto.; pre-
tensos delictos, y qiie iio son y tocan al dicho de Ialsario de rrio-
neda, atorinentarla y darle tor-tura y tormento contra todo fuero,
justicia y razoii [...] y conio a nos y a riuestro officio toque y com-
peta ministrarjusticia a los que la pidrri y desliazer agrabios y pro-
venir que no se hagan [...]
Por ende, de parte la Magcstad Real del Reyno [...]a \,osoti-os
[...] decimos y, de rorisejo de los demas señores lugartenirrites
del dicho Señor.Justicia de Aragon, nuestros collegas y compaiir-
ros, INHIBIMOS que de vuestros irirros officios [...] no permitais
[...] atormentar [...] a la dicha principal del dicho procurador
[...] ni en virtud ni fuerca de vuestros aserios estatutos [...]no le
hagays, ni t i a ~ e hagays,
r ni mandeys, processo o processos algunos
ni procedirriiiritos desaforados ni perjudiciales a la arriba fir-
mante, y si en algo contra lo sobredicho hubiereis procedido o
mandado. in contirienti l o ] ...] anul1eys.i"'

293
Kiii,. Holca. 1604. AHPH. C. 121 1. 11"8 , fols. 95-41.
Proceso ~ontra.~~ugiicria
"' Ibid~m,tols. 4144.
El proceso siguió adelante aunque, de conformidad con la
*inhibición>>, no se aplicó ningún tormento, así como tampoco
ningiino de los desafueros contenidos en los estatutos que la villa
había aprobado para acabar con la brujería. Eri consecuencia, la
acusada, haciendo uso de los derechos que poseía cualquier de-
lincuente al ser juzgado, fue defendida por un procurador, y el
.juez hubo de oír a varios testigos presentados por aquél cn su des
cargo. Sin embargo, finalmente la sentencia terminó siendo con-
denatoria: el 26 de novierribre de 1605, más de ur; año y medio
después del inicio de la causa, el-juez decretó que Agueda saliera
desterrada de la villa de Bolea y sus terminos por un plazo de dos
años. Eritonces, el procurador quc la defendía, no consintiendo
en dicha proniinciación, apeló contra la misrria ante el,]usticia de
Aragón. Esta es la ultima noticia que poseemos sobre el paradero
de la acusada. Fucra o no aceptada la apelación contra la senten-
cia pronimciada por el justicia de Rolea, de lo que sí podemos es-
tar seguros es de que, gracias a la intervención delJusticia de Ara-
gón, Agiieda Ruiz pudo salvar su vida y no morir en la horca cal y
como una buena parte de sus convecinos hubiera deseado.
Pero, por las noticias que nos han llegado, la rriayoría de quie-
nes eran acusadas corrio brujas ante la justicia seglar acababan
siendo condenadas a muerte sin remisión. Mientras que, segíin
todos los indicios, la Inqiiisición condenó a la hoguera a la dtima
acusada por brujería en 1535, los resporisablcs de 1a.justicia seglar
siguieron enviarido a la horca a un buen número de mujeres du-
rante los siglos XVi, XVII y, quizás también, durante buena parte
del siglo XViII, tal y corrio se deduce a partir de la existencia de
estatutos de desaforaniiento contra la brujería aprobados en una
fecha tan tardía corrio 1702'"". A pesar de que nos sea iniposible
conocer las cifras de fallecidas, debido a la gran cantidad de do-
ciiiiientos que se han perdido o que aún no sc han en~oritrado"'~,

2Ll5
Nos rckriinos concrctainentr a las Ohdiviarionn r p & de 1« r i u d d (ir ' ~ I U -
zon«, Zaragoza, Francisco Kcvilla, 1702. Scgíin dichas leycs, la ciudad d r 'l'arazoria
reniiiiciaha expresamente a los fueros, usos y observancias del reino dc h i a g h en
la pcrsecucií>xi de cicrtos drliricueritcs. eritre los cuales se encontraban los <<hrii-
jos y brujas, Iiechizcros y liechizeras.. de iiiodo qiic podíari ser,juzgados .<enfra-
giiancia y sin clla, con apellido o sin el., eeii qiialquiere dia~iiriclicoo n o jnridi-
co, y en cualquiere llora. aiiiique sea de noche, y en el pucsto y lugar que pai-ecera
al Justicia y Lugartenirritc de Justicia cn su caso,,, los ciiales podían d a i - seriten-
cia sin reniirir el Prorc~soa la Real Aiidicricia y Consejo Criminal del prrsenrc
Kcyno, y sir] comiinicar.lo con prrwiia alguna,, c .iiuporier las peiias que les pa-
recer.'~,basta la de iiiiierten (fols. 157-158).
?<N>
A mcdida que se drscnbreri nuevos toridos dociimcntales en el área pire-
naica, van salierido a la Inz referencias constmtes a las iiiiirierosas condenas dicta-
podemos sin miedo a equivocarnos que fiieron varios
cientos las mujeres que perdieron la vida e n i b a g ó n a manos d e
la justicia seglar por delito de brujería.
Dos de los testimonios docurrientales rriás irriprcsioriarites eri
relación con dichas muertes se refieren al Pirineo. El primero de
ellos procede d e la localidad de Laspaúles. Hace unos-años se ha-
llaron en el campanario d e su iglesia varios legajos pertenecientes
a la Edad Moderna, entre los cuales figuraba una lista d e las mu-
jeres que habían sido presas y juzgadas por el entonces llamado
Consell de Laspaíks. En el siglo XVI se denominaba así la aso-
ciación formada por seis aldeas contiguas: Sentpere, Vilaplana,
Suíls, Arcas, Aliris y Villarue. Todo cuarito sabernos es que eritre
los días 19 de febrero y 29 de abril del a ñ o 1593 fileron presas y
azotadas por los encargados de la justicia del valle veinticuatro
mujeres acusadas de brujería; una de ellas consiguió escapar d e la
cárcel y dos fueron finalrnerite liberadas, pero las veintiuna res-
tantes perdieron la vida en la horca. N o p&ernos constancia al-
guna de los procesos que, supuestamente, les fueron incoados; lo
que sí es claro es que n o pudo llevarse a cabo ninguna investiga-
ción seria de los hechos si tenemos e n cuenta el breve lapso de
tiempo que medió entre el encarcelamiento y la ejecución. Segíin
uno de los escuetos párraros conservados:
«.4 derioii de t e b r e r o del airi aol~reditforeri presas las p i r s o -
iias de Aritona UeIrnas y Maria de Joao Porrer- y Aritona dt- Mo-
rango de Sentpere y Margalida de Seri, alias d e Moranjo, y Mar-
galida.Jeneta, alias de .Toa Reals de Soyls, y Gisabel Arcas d'AIins
per bruyxas, y perderen la bida a cuatro de marco de layn sobre-
dit Margalida de Sen, Antona Moranjo, Antona Delmas, y Marga-
lida Jcncta y hlaria de Joa Portcr forcn asotadas lo matcyx dia.-"!"

das por lajusticia seglar contra rri~ijeresacusadas de brujas. De forrria uiás o rrierios
iridirecta. sabemos de otros cuatro procesos abiertos por los junteros del valle de
Tenaentre la última década del siglo XVi y las dos primeras del XVII, ya que se cori-
scrva constancia dc la absnliición coiicedida cn 161 l por cl 'Ii-ibiinal drl 1)csat'oi-a-
miento a dos iinijeres aiiulaiido la setilericia por la que habían sido destei-radas del
all le (AHPH. Prot. riot. de Juari GuillGri, fols. 144146 y 183\,.-184).Tarribií.ri 110s
consta la declaración de inocencia fallada en 1625 a favor de otra m~ijerjuzgada
antrriormriitr por hrilja. Otra iiitrrrsaiirc rrtri-riicia r i la coiitriiida r n rl docii-
mento de reve~idiciónde i i i i canipo que le liabia sido confiscado a una ni~!jer por
los costos de un proceso por br ujer ía iiicoado con anterioridad a 1626 ( L b ( hivo de
Casa Lucas, eri Panticosa. Prot. riot. de Juan Navarro. fols. 186-189). Vease Manuel
GÓWEZDE V ~ . E N L I . E rld w~llrrlr i>no (.\zglo.YL'iI). Zaragoza, Ed. Li-
~ . IIDori~nirnto.\
AI
hrrria (;riiri-al, 1995.
"' Dorriirigo Svsi.4~ARMEEÍGOI., Futsimil dr marrurtrilos dr Imp«úlr\ drl tiglo
XVl. vol. 1, Hiirsca, 1)ipiitacióii Provincial d r Hiirsca, 1989, p. 190.
La lista de las apresadas, que no transcribinios por la monotonía
con que se sucedían los nombres de todas quienes, corrio indicaba
el documento, qxrderen la Inicia),, continuaba hasta completar el
número de veintiuna. Otra interesante relacibn era la referida a los
gastos qiie acarrearon las ejecuciones; por ella sabemos q u e plan-
tarem las forcas a la sera de Scnt Roc* y que d o dia que hofegaren
las broyxas c.. ]
doriaren a beiire als capelaris a la casa de la bi1a.n""
Así pues, el mismo día que las acusadas corrio brujas eran ahorcadas
en una de las eras sitiiadas a las afiieras de la principal localidacl del
valle, los clérigos de la zona celebraban el suceso bebierido en la ca-
sa de lavilla, tras ser invitados por el concejo. Dicha imagen nos trae
a la niernoria las tiestas para la expiilsióri de los n d o s espíritus, así
coino ciertos ritos expiatonos que, ya fuera ocasional o periódica-
mente, se desarrollaban entre ciertos pueblos primitivos con la in-
tención de sacar fuera del ámbito civilizado a las f~ierzasdel rrial. En
palabras de Jarries Geoi-geFrazei;
«Lo5 intentos públicos para expeler los rrialcs acurriulados (le
una sociedad entrra puerieri clasificarse en dos clases, segUn que
los demonios cxpiilsados sean inmatei-iales e invisibles o esten cor-
poreizados en un vehículo material o víctima expiatoria [...] La ex-
pulsión de los demonios, ocasional en un principio, tiende a ha-
cene periódica. Llega a considerarse rleseable Iiacer una limpia
g e n r i d de espíritus malignos a frcl-ia fija, iisualnierite una wz al
año, para que la gente pueda gozar de una nueva vida, libre de to-
das las influencias maligna^ acumuladas largarriente a su alrededor
1 ...] En la cristiana Europa, la vieja rostumbrr pagana de expulsar
los poderes del nial en ciertas Cpocas del año ha sobi-evividohasta
10s tiempos modernos. Así, en algunos pueblos de Calabria se inau-
g1ir.a el mes de marzo con la expulsión de las briljas.."'"
Dicho autor continuaba refiriéndose a los ritos y ceremonias
que todavía persistían a coniien7os de este siglo y qiie reproducian
sirnbólicarriente aquello que real y materialmente había ocurrido
unos siglos atrás. Así, por rjeniplo, en el Tirol cada primero de ma-
yo se repetía hasta hace muy poco tiempo el ritual denominado
quemar las brujas*; durarite los días previos a la celcbracióri, los
liahitantes de las aldeas participantes recibían una absolución ple-
naria dc la Iglesia y además 1i1npiabai-iy fumigaban ciiidadosameri-
te sus casas con bayas de enebro y ruda. Al llegar el día de la fiesta,
con todo el estrépito qiie eran capaces de provocar (tocando las

?!3!1
James Georgc FKYLEK, 1.0 r n ~ n nilor*rdn. 12fi1g'nJ rvlz,pón Ciudad dr Wxico,
Foiitlo dt. Cultiii-a Econbniica. 1951, pp. 622-(32.
carnparias, golpeando cacharros y calderos, soltando perros, gri-
tando. etc.), exclamaban: .;Huye bruja, huye de aquí o te irá
mal!»:""'A diferencia de otros ritos cuyo origen histórico se adivina,
pero se encuentra tan alejado que apenas se reconoce, eri el asun-
to de las condenas a miierte por b r ~ ~ j e rla
í adistancia temporal en-
tre el mito y la realidad era muy corta: cuatro siglos, en ocasiones
tres, o incluso dos. Quizás sea este el motivo por el que nos seriti-
mos sobrecogidos ante acontecimientos tan ajenos a riues1r.a actual
sensibilidad que, no obstante, siicedieron anteayer.
El segundo de los conjuntos docunieritales que muestra cuán
cruel llegó a ser la persecucióri seglar de la brujería en Aragón, y
más concretamente eri ciertos valles pirenaicos, nos liabla de va-
rias muertes que tuvieron lugar en el valle de Tena durante la se-
p i d a y la tercera décadas del siglo XVi. A través de varios testi-
monios recogidos casi al azar podemos hacernos una idea de la
posible i~iagriitudde la campaña contra las brujas en dicha re-
gión. Cuando, en 1529, el Justicia del Valle preguntó a Juan ( h a -
Ilart, vecino de Panticosa, que había sido condenado a muerte
por delito de robo, si deseaba hacer testamento antes de morir,
éste respondió q u e el no tenia bienes [...] porque el tierripo que
su padre hordeno, dexo en sil testamento a rriossen Domingo
Guallart, hermano suyo y enipues a hotra parte, cuando se fazia
justicia de la briijeria.. Seis arios después, «en virtiis del Estatuto
Desaforado fecho por la dicha Val» fueron condenadas .a rriucr-
te corporal» dos mujeres del valle: María de Pucy y María Sorro-
sal. El documento referido a esta última resulta estremecedor.
Se trata de un testinioriio notarial que relata lo sucedido en el
cementerio de la localidad de Sallent de Gállego, cuando el iri-
fanzón Juan Martón protestó ante el lugarteniente del justicia
porque SLI rriujcr, ejecutada en virtud del es~atutode desatilero,
había sido ahorcada a pesar de encoritrarsc embara7ada, con lo
ciial habían matado asirriisrrio a la criatura que llevaba en su vien-
tre. No sólo el notario y el dicho Juan Martón se liallabari prc-
sentes, sino también los representantes del concejo, que se ha-
bían reunido en torno a la tumba de María Sorrosal para ser
testigos del agravio cometido contra el infanzón. Según constaba
en dicho docurricrito, [ e l Magnífico Joan Martón [...] dixo tales o
semejarites palabras,>:
N Q Lsiendo
I~ rapia la qiiondam Maria Sorrosal, mujer suya
[...] ct en cerqua los rriniiries de biixeria c ponconeria, entre

XHi
Itnrlrnz, pp. 632-633.
r r defrrisión de su pcrsona [...]
otras cosas, que dicha su ~ i i u ~ jrri
habia allegado ser prenyada [...] e no osmite aquello, haver cxe-
ciitado en ella scntentia de muerte, el cuerpo de la qiial sinse ani-
nia e rriwrta alli iazia, ensima de una piedra, siqiiier i u r r i l ~ . ~ ~ " "
Dichas afirmaciones no eran sino cl preámbulo para el recono-
cimiento que el viudo pretendía y que tuvo lugar a continuacióri:
«E pretendiendo entre otras cosas tiaverse echo agrabio a di-
cha su rnujer [...] habia fecho abrir aquella por el costado ez-
quierdo, pero no reconoscida segund combenia si era preripda
[...] habia rogado a los infrascriptos jurados, le toquasen e junta-
sen concejo del dicho lugar- como assi lo habian fecho [...] Por
tanto [...] rogo a Sancha 12acorre 1 ...] que rcconosciesse segunt
devia cl cuerpo de la dicha hlaria Sorrosal 1 ... 1 Et cn continente,
dicha Sancha Latorre l...] puso las niarios deritro el cuerpo de la
dicha Maria Sorrosal que, como dicho es, por y eri el costado cz-
quierdo ya abierta sraba l...] y a ojo y vista de todos Pendio con un
cuchillo la madriguera de dicha Maria Sorrosal y saquo de dentro
una creatura ya formada, pero sir1 ariirria ni spiritu, y cn la que to-
dos juzgamos scr varon, y la puso en iui plato.."o'
Tras la extraccióri del feto, se organizó una procesión por las
calles del pueblo que se dirigió desde el cementerio hasta la casa
del lugarteniente del justicia; en ella participaron todos quienes
habían asistido al acto anterior:
«Ei en continente, el dicho mesmo dia, Pecho lo susodicho
[...] el dicho Jo.an Marton, yo, dicho Joan Guilleiii, @tarrirnLe
con los arriba nombrados testimonios y otros asistentes susodi-
chos e la dicha Sarictia I.atorre, andamos personalmente a la
puerta principal de las casas de la continua residencia del dicho
Señor Lugarteniente de Justicia siiuadas eri dicho lugar, y siendo
e lista de ansistente.~]Uoan Marton] dixo quc pa-
alli presentes [ ~ i g u la
ra deniostracion del agrabio que le habian Pecho [...] contra la di-
cha sil mujer 1 ...] les hacia e hizo ostension e rlenios(raciori de la
susodicha creatiira ya formada, y varon, que en dicho plaio dicha
Sancha Latorre en sus rrianos tcnia.~~""'
A continuación se transcribía el diálogo habido entre el in-
fan7ón y el liigarteniente. Según aqukl, dicho lugarteniente *ha-
bia muerto corno orriicidio, mala y falsamente, dicha creatura.,)
No obstante, corno podemos imaginar, a pesar de la dramática y

'"" VGase Manuel G 6 v r nr; Ui t \ ~ u t i Doi.umni1u.s


~ , rlrl unlk dr fino (\$o
X V I ) , Zaragoza, Ed. Librwía Gt-rieral, 199" pp. 82, 101-10.5 y 12'1.
"" Ibidrm, pp. 101-102.
303
Ibid~111,p. 102.
turbadora puesta e n escena que vio desfilar ante sus ojos, el m5-
ximo representante d e la justicia permaneció imperturbable y,
amparándose e n los estatutos de desaforamiento, dio por con-
cluido el asunto:
«A lo qual dicho Señor Iugarirriierite respuso que [...] no in-
tcrprctaba haver hecho acerqua lo si~sodictioagrabio alguno,
porque accrqua ello habia echo iusta tenor del Estatuto Desafo-
rado ei aliis, lo qual en tal caso para su desculpa poner e insertar
inandaba.»'"'"
No será necesario insistir todavía más e n la decisiva importan-
cia que para la persecución de la brujería en Aragón tuvo la gran
autonomía d e los municipios. Los principales agentes d e la rc-
presión eran los poderes locales. Como ya escribió Hugh R. Tre-
vor Roper e n referencia a la campaña que por las niisrnas fechas
estaba teniendo lugar e n los Alpes,
«Un gobierno central fiierte podía controlar la caza de brujas,
mientras que la libertad popular a rr~enudola dcjó crccer libre-
mente [...] Al norte de los Alpes la libre competencia cntrc obis-
pos, abades y pequeños aristócratas, cada cual dentro de su pro-
pia jurisdicción, mantuvo encendidas las hogueras.*'"'"
La segurida característica que define la persecución seglar d e
la brujería aragonesa es sil mayor presencia e n las regiones mon-
tañosas, y especialmente e n los Pirineos. Aunque también fileran
aprobadas leyes contra la brujería e n otras comarcas y aunque,
como ya vimos, las grandes ciudades se dispusieran a sacar d e sus
territorios a quienes eran consideradas como brujas, la mayoría
de los testimonios conservados se refieren a las acciones llevadas
a cabo contra la brujería eri las zonas altas. Hemos d e relacionar
dicha circunstancia con cl aislamiento d e los pequeños núcleos
de población que e n ellas se situaban, lo que sin duda alguna pro-
vocaría mayor tensión e n unas relaciones sociales muy cerradas y
replegadas sobre sí mismas. Desde muy antiguo se han barajado
otras posibles razones para dicha asociüciím y se h a hablado d e la
influencia que una naturaleza poderosa puede ejercer sobre la
imaginación d e sus habitantes. Pero, corno expresó el mismo
Hugh R. Trevor Roper; estas explicaciones n o son suficientes en
sí mismas. En opinión d e dicho autor, la diferencia social es la
que decide:

304
Ibidem, p. 103.
:405
Hugh R. TKEVOK ROPEK,«La cxza de brujas en Europa en los siglos XVI y
XVII., en Rvl@on, rejormaj romhio ionol, Karcclona, Ed. .4rgos\kr-gan, 1985, p. 151.
*En la Edad Media, los horribres de las rrioritañas se diferen-
ciaban de los tionibrea dr las Ilarinras eri s u organiiacióri social, p
por lo tanto iariibikn se diferenciaban en aquellas costumbres,
niodrlos y creencias que se desarrollan a partir d e la organizacih
social, y con el paso d e los siglos, la consagran. Casi podemos de-
cir que sus civilizaciones eran diferente^..'^"^
Realmente, eri los aislados y ásperos valles rrioritañosos, la civi-
lización cristiana nunca había arraigado tanto como en la llanu-
ra. En ese sentido, se trataba de una cultura diferente; no obs-
tante, la persecución que tuvo lugar en los Pirineos aragoneses no
fue debida tanto a que las brujas, con sus ritos aricestrales, repre-
sentaran en sí mismas un modelo de disconhrmidad, como de-
fendía Trevor Roper, sino a que se les asignó el papel de culpables
de un descontento social generalizado. Este parecía ser más p r e
fiindo en las zonas montañosas y, sobre todo, se manifestaba con
mayor violencia que en otras regiones, no sólo en la obsesión por
la brujería, sino también en otros órdenes de la existencia coti-
diana.
La tercera característica que conviene resaltar una vez más es
el protagoriisrrio absoluto de las mujeres como víctimas de las ac-
ciones persecutorias provenientes de la justicia seglar. No conser-
vamos ni un solo testimonio en el que un varón fuera acusado de
los crímenes contenidos en los estatutos, a pesar de que en ellos
apareciera contemplada siempre dicha posibilidad. Ello puede
explicarse por el carácter mítico de una persecucion que no se ba-
saba en hechos reales, a diferencia de la llevada a cabo por los
obispos o -a partir sobre todo de mediados del siglo XWI- por
los inquisidores. Como de lo que se trataba era de elirriiriar uria
fantasía, un personaje simbíilico, una idea al fin y al cabo, y no de-
terminados comportamientos delictivos susceptibles de ser com-
probados, las acusaciones siempre acababan yendo a parar a las
mujeres, quienes, consideradas desde antiguo como proclives al
mal, encarnaban a la perfección el papel de siervas de Satanás.
Finalmente, 1. que destacar el carácter de .plaga social. asig-
nado a la brujería. Ninguno de los órganos de representación del
poder quedó al margen en el combate contra lo que llegyo' a cori-
siderarse una de las peores lacras de aquel entonces. Aunque fue-
ron los jueces seglares quienes se encargaron de llevar a cabo la
persecución más *eficaz., también las instituciones eclesiásticas
participaron en la represibri. Eri el capitulo siguiente iriostrare-
mos algunos ejemplos de las relaciones que mantuvieron los di-
ferentes organismos judiciales entre sí y del apoyo que se preqta-
ron unos a otros. Sin que llegara a plantearse una colaboración
permanente y organizada, sí puede al nienos hablarse de cornpli-
cidad entre todos aquellos jueces encargados de hacer frente a
los crírnenes de brujería y superstición, a pesar de que, como sa-
bemos, las diferencias entre la actuación de unos y otros fueron
realmente notables.

«EN SERVICXO DE DIOS Y DE LAS DICHAS MAGESTADES..


LA COMPLICIDAD ENTRE LOS ORGANISMOSJUDICIALES

Vzrndo que el dzrfzo estatuto y (mas subsntus eran m rrrnntzo de


Dzos y d~ l a s dzchas Magatncles [ ..] 3. rn h r n unzvmal de la dzrhn
%'al, y a faunr e!,( laJustzna f...]loho y ap-olm el dzcho estatuto"".
Postposado todo unto?; temo?; buena o rnalu voluntad, trnza-
do respecto solamrnir al serínczo de Daos p drl ro, que los delzctos
Z Í paz y soszeg~"'~.
lean castzgados sepuedn ~ J Z ~ Jcon

El carácter peculiar de la persecución llevada a cabo por los re-


presentantes de la justicia seglar en Aragón no suponía que los va-
lores defendidos por los principales agentes de la represión fueran
distintos de los que predicaba la Iglesia católica. De hecho, como
claramente expresaron en más de una ocasión los redactores de los
estatutos de desaforamiento, el castigo de las brujas debía procii-
rarse por dos motivos: no sólo por el bien de la res publica, sino tam-
bién en servicio de Dios. Si la autoridad de los jueces eclesiásticos
procedía, en últirrio término, del Todopoderoso, la de losjueces se-
glares no buscaba su justificación en un origen diferente, al menos
en lo que se refiere a los delitos pertenecientes al denominado f~ie-
ro mixto, entre los cuales se encontraban la brujería y la supersti-
ción. Losjueces locales, responsables de las matanzas que ya cono-
cemos, actuaban en nombre de Dios, idea que solía constatarse
repetidas veces a lo largo de los procesos incoados por aquéllos.

307
Estatutos de desaforainieiito contra la brujería del valle de Tena. 1.525.
AHPH. Pliego suelto en el Libro dvl r ~ g i m i m t o&la cuxc de don Domingo (kdlkn, fol. 5.
308
Estatutos de desaforamiento contra la brujería dcl valle de Arisó. 1628. Ar-
chivo Municipal de h s 6 , prot. 1628, not. Miguel Lóper, fol. 3.
Según la sentencia proriunciada por el justicia de Jaca en 1590
contra Montserrat Mayayo, una mujer de VillanUa acusada de
bruja que acabó siendo condenada a la pena capital, la decisión
final del juez había sido tomada por inspiración divina:
~ < S oThadeo
s de la Sala, Infancori, Ciudadano, Justicia y Juez
ordinario de la Ciudad de Jacca y de sii tiistritu, territorio y jiiiis-
diction [...] Attendido y considerado los inrr-itos del presente pro-
ressu y las confessioriri fechas en el por- Moritserrada Mayayo,
prrsa y acusada y [...] ieriiendo a Nuestro SrÍior Dios delante
nuestros ojos [...] del qual iodo recto juizio procede, Proniincia-
mos, Senirririamos y por esta, riuestrri diffinitiva seniericia, con-
drmimnms a la dicha Montserrada Mayayo [...] a muerte natural,
de tal manera «iir s u s dias extremos v riatiirales fenezcan., v, eri las
expcnsas por nos íilxaderas. Assi lo Prorii~riciitmosNos, e1,juez so-
l~rrdicho.~>"'"
Por paradójico que pueda parecer; fueron fllndainentalrrierite
los jueces seglares, y no los eclesiásticos, quienes llevaron a la
práctica, niediante sus particulares ((cazasde brujas., el secular y
mítico combate entre Dios y cl Demonio que por las mismas fe-
chns un hilen número de demonólogos se afanaba en describir
hasta el último detalle. Si las bases doctrinales habían sido apor-
tadas por los teólogos, las .pruebas. materiales quedaron en ma-
nos de los encargados de hacer justicia fiiera del ambito eclesiás-
tico. Así, todas las fantasías acerca de la brujería que la mayor
parte de los tratados de la época daban por ciertas, aparecían a sil
vez en los procesos seglares como cargos e, incluso, como prue-
bas de la culpabilidad de las acusadas. De esta manera, el mito se
cncarnaha y acreceritaba debido a la falta de crítica de Lirios jue-
ces que aceptaban como válidas cualesquiera acusaciorics en con-
tra de las supuestas hriijas con tal de acabar con ellas.
M ~ ~ c lmás
i o qiie en los procesos incoados por los jueces episco-
pales o inquisitoriales,cl estereotipo de la brujería se plasmó eri Ara-
gón con todas sus características eri los procesos seglares. Así, el
aquelarre, la señal que el Diablo imprimiría a sus adeptos, el llama-
do aiialeficio de taciturnidadn qiie impediría que las acusadas pu-
dieran expresarse libremente ,ante el juez, las aciisaciones de infjn-
ticidio, la asociacih entre el oficio de comadrona y el pacto con el
Diablo, etc., todo cuanto formaba parte del mito de la brujería, ve-
nía a ericontrar su máxima expresih entre las páginas de las causas

:4iil!i
Piocrso contra Mniitsrrrai blayayo. Villariíia. 1590. AIIPH. C . 1300-24,
fol. 16.
desaforadas iricoadas por los diferentes jueces locales del reino. 4
juzgar por los testimonios que poseemos, eran &tos los más iritere-
sados en justificar la perseciición mediante el recurso a las autori-
dades eclesiáticas en materia d e brujería y siiperstición. Ninguno de
los procesos iriquisitoriales o episcopales coriservados incluye entre
sus páginas una sola referencia a los tratados dcmonol6gicos de la
epoca; sin embargo, e n el proceso incoado e n 1651 por el justicia de
Epila (Zaragoza) a María Vizc,ureta, la mención de varios de dichos
tratados resultó deternii~iaiitepara la decisión final deljuez. Según
el encargado de redactar el resurrieri de dicha causa,
&a dificultad dcstc proccsso consistc en averiguar si del hc-
cho rcsultan bastantes mcritos para la pena ordinaria, y para nia-
yor claridad pondre con distincion PI cargo, la prowznca y la Alrgn-
cion en Drecho 1 sic].m ""
Podenlos imaginar e n qué consistieron las dos primeras partes
del proceso, esto es, las que aparecían denorriiriadas c o ~ n oc u ~ y oy
prouanza. Eri arribas se daba curriplida cuerita de todas aquellas
acusaciones que podían serle atribuidas a una bruja: muertes, en-
fermedades y todo tipo de desgracias. Las íinicas ([pruebas. pre-
sentadas fueron las declaraciones de varios testigos que asegura-
ron haber sido damnificados por la rea. En cuanto a la llamada
alegación en derecho (que, por lo general, era un escrito extraordi-
nario del abogado e n deiensa del acusado), n o f ~ i esino u n aña-
dido más para favorecer la perla d e rriuerte que, final~rierite,aca-
bó sikndole impuesta a la aciisada. El alegato hacía un repaso a
través de la extensa bibliografía referida a la brujería y, entre otras
autoridades e n la materia, aparecían citados Jacob Spreriger y
Heinrich Iristitoris, autores del famoso Malleus maleficarum'"',
Franciso de Torreblanca"" y el jesuita Martín del Río."'.
Así pues, la justicia seglar busc6 un apoyo teOrico para llevar a
cabo su acción contra la brujería e n la doctrina eclesiástica, v es-

:ill
Jacob S P R ~ \ ( , Fy RHciiirirh I N S T I T ~ R I S . Mnllvur 7nolrfimril?n, Lyori, 1584
(trad. esp., El rncurillu (Ir I(IAtn ujua. I'crric gulpmr a lns h u j a ~ J ~ L Jhrrc@s c.on podrru\rc
mam, Madrid, Ed. Felmar, 1976).

111
Martín u t i Río, L)i.~qzii.sitW/~urn
mqirnrirrn, Lovaiiia, 1599 (existe una ti-a-
ducción al castellano del segundo libro &estas Disquiszn'onvc mcigirar:Jesús h f o > : ~
(rd.), La magia dcwoninrn, Madi-id, Ed. Hiperióii, 1991).
pecialmente en la idea de Dios y el Demonio. Podernos plantear-
nos si, a su vez, los representantes de la lglesia apoyaron la feroz
perseciicióri de los jueces seglares activamente, o si solamente
consiiitieroii en ella, ya qiie 110 poseemos ninguna prueba de qiie
interfirieran en la misma. Aurique los teslirrionios que revelan las
relaciones mantenidas entre unos y o ~ r ojueces
s no son muchos,
sí poderrios considerarlos bastante significativos. Uno de los rriás
contundentes es el que se contiene en el proceso incoado en
1574 por el alcalde de la villa y valle de Aísa contra Aritonia Sán-
chez de Siriués, por bruja, maléfica y hechicera. Como );a seiiala-
mos en el capítiilo anterior, Antoriia terminó siendo condenada a
muerte en la horca, siguiendo la costiiinbre autorizada por los es-
tatutos de desaforamiento aprobados para el valle. Pero lo que
más nos interesa deslacar es que uri representante del Santo Ofi-
cio, concretamente uno de sus comisarios presente en la zona,
anotara en el proceso de sil puño y letra:
.Yo, el licenciado Tr~illo,Comissario del Santo Ot'ticio, he vis-
to este procrsso hasta esir lugar, y lo rernilto al Selior Bemardino
Abarca, j u e z de la val dtAyca.>>"'
Dicho párrafo que, quizás e11 una primera lectura, podría pa-
recer una declaración demasiado ambigua, en realidad escondía
por parte de la Inquisición una posición de claro apoyo en la som-
bra a la persecución y a las matanzas efectuadas por los jueces lo-
cales. En aquella ocasión, el Santo Oficio no quiso hacerse cargo
del asunto y lo ~rerriitió. a1,juez del valle. El comisario declaraba
<<haber visto,, sólo una parte del proceso, pero aqiiélla constaba
unicanientc de diversas acusaciones v testimonios en contra de la
acusada, no conteniendo nada en favor de la riiisrna. Era eviden-
te que la sentencia sería condenatoria, corno de hecho lo fue.
Otro testimonio significatiro de la actitud de cierto sector del cle-
ro en relacih con las persecuciones de la justicia seglar es el tex-
to va citado en el capítulo anterior a propósito de las veintiuna
ejecuciones de mujeres acusadas de brujería rn la localidad de
s el año 1592. Corno sabenios: el mismo día en oiie las
h s ~ a ú l e en
acusadas fueron ahorcadas, los clérigos (<(capelaris,>) del valle no
sólo no se opusieron a la matanza, sino qiie la celebraron be-
biendo en la llamada «casa de la hila*"".

3 1-1
Proceso contra Antonia Siíiichez. Siniiés. 1374. AHPH, C. 1191-5. fol. 25.
: I5
VGase Domiilgu SLWAS (IPI m j ~ m i drl
~\RzIF\c:OI,,Ii(mhnild~m n m i r o f l o ~ l ~ a-
~
glo cXL'l,vol. 1, Huesca, Dipiitaciini Provincial rlc Hiicsca, 1983, pp. 91-92.
Yero el doc~imeritoque nos habla qiiirás más directaniente de
la postura de los representantes de la Iglesia con rcspecto a las
persecuciories de los jueces seglares es una carta en la que el en-
lorices arzobispo de Zaragoza, don Alonso de Asagón, orderiaba
a los justicias de varias localidades pirenaicas que se encargaran
de hacer procesos contra los ..hombres e riiujeres b r u x o s ~qiie allí
moraban. A pesar de la mención obligada a ambos sexos, en el
rriargen dcl docimento figuraba la anotaci6n: Comission para pro-
cessar 1a.c lrruxns, con lo cual circunscribía desde el principio los
posibles deliricuerites al género femenino. El texto que a conti-
nuación trariscribimos completo decía así:

E'.ar<ol>ispo,
.. lugarteniente general, etc.
A los amados y fieles del Rcp mi Seiior, lo~~jiisiicia.;,
jurados c
otros ofticiales, concqjos et singulares personas de la ciiidat, va-
Ilei, \;illas c lugares de Jacha, Anso, Echo, Aragucs, Rorau, Arvues,
Aysa, Valcevoller-a,Cenarbrc, Acuinuer e de la carral de Vcrdum.
Salud e dilection.
Por quanto Nos tenemos relaciori q u e en cstas dichas, ciudat,
valles, villas e lugares hay muchos hombres y rnujeres bruxos que ~ 4 -
ven como malos ctir-istianos e que matan muchas persorias e p n a -
dos con hechizos e muchas otras rrialas artcs, de que se sigue de-
servicio muy grande a Nuestro Selior e peligro dc las almas de las
tales personas. E porquc nuestro desseo es que el dicho crimen y
error sea coi-rrgido y stirpado dcl todo coino mieriilm) del diablo.
Por cnde, vos encarganim y rriaridamos suechamente qiie, luego
que esta vos scra presentada, ragays procuradorcs cn cada una val,
ciudat, villa e lugar dc los susodichos e, a instancia de aquellos, los
juezes a quienrs se rnaridara, fagan sus pi-ocessos y recihari infor-
inariori de lo susodicho segund el h e r o y ley deste Reyno permite,
e aquellos (lue verdadcrainente se fallaren ser. br-uxosy hcchizeros,
castigaran devidariierite y segund por ,justicia hllarari poder y dc-
versc fazer a fin que los rnalos christianos y que no biven segurid la
ley evarigelica pcrmite, sean castigados segiind sus meritos.
Guardando vos attentaincnte de fazer lo conirario eri rnancra
alguna, por quanto el servicio de su alteza teneys caro que en la
yra e indignation no dessrais iricur-rir.
Daiis eri Taragona a XV de agosto de MIIIII,XXXX\J%ños.
Don Alonso d r Arilgori.
Gil Spañol, sccretarius [ r ú h i c i r ] » ""

916
ADZ. Registro de Actos coinrtries (1491-1496), fols. 133~-1%.
A tenor de dicho documento, más qiie de apoyo de la Iglesia a
la actuación de la.justicia seglar, habría que hablar de encargo efec-
tivo. Desp~ksde haber visto la relativa tolerancia de la justicia epis
copal aragonesa hacia los delitos de briijería y superstición, podría
sorprendernos un mandato como éste. Dicho documento está fe
chado en el aiio 1495 y, como ya seiialarrios en el capítulo dedica-
do a la justicia episcopal, unas dCcadas mas tarde, concretamente
en 1567, el licenciado Rlasco de Vera escribiría qiie <<en este Arco-
bispado no se entiende que las aya>>, refiriéndose a las b~-ujts"'.
$uál era entonces la actitud del Ar~obispadode Zaragoza y, en ge-
neral, del clero aragonés con respecto a la brujería y la siipersti-
ción? ;Acaso cambió radicalmente en menos de un siglo?
El aparente contraste entre ambos documentos, así como en-
tre la acción de la justicia episcopal y el citado rriaridato, podria
explicarse, por una parte, teniendo en cuenta la arraigada creen-
cia según la cual las brujas se hallarían localizadas principalmen-
te en las montañas y, por otra parte, por una posible evolución en
la actitud del clero. Pero, aunque ambos factores llegaran a plan-
tear una coritradiccibri en la postura dcl arzobispado, hay que
destacar, en cualquier caso, el hecho de que apenas se conservan
procesos por brujería incoados por la justicia episcopal en Ara-
góri hasta finales del siglo XVi. A ello hay que añadir quc tambih
cra creencia admitida que muchas mujeres oriundas de las tierras
altas, alarmadas ante la persecución, habían emigrado a la Ilanu-
ra, con lo cual, según la mentalidad de los conte~nporáneos,lia-
bría brujas eri todas partes.
Todo lo anterior apoya la tesis de que, a pesar de que la justicia
eclesiástica -y, en especial, la episcopal- fiie mucho más suave que
la seglar respecto a los crímenes de brujería y superstición, la Iglesia
no se opuso a las acciones llevadas a cabo por los jueces seglares; cs
más, hubo ocasiones en que éstas se desencadenaron por orden del
arzobispo"" En las actiiaciones concretas de cada tribunal, subyacía
un acuerdo tácito acerca del papel que a cada uno le correspondía

'317
Rq+/rum r/ii~/olc~riicrri.
rnisscrrim ri c~c.c.r//ntirtn ei c c ~ f d i í l o\~dz.\~ ( L P \ I L I - ( L A ~ < \ ~ ( ~ ~ ( I P
i n t z , p z (Libro de cartas de 1567-1580). Sin Soliar. Carta ron fccha 2%-X-15%
318
No olviderrios que el priinrr pr-oceso por brujería del Santo Oficio que se
conserva en Espaiia fue incoado contra Narboiia Darcal. hahitantc d e uiio dc los
valle.; pirenaico.: citados en la carta enviada por el arrobispu [le Zarago~aa los en-
cargados de lajusticia seglai-. I k h o proceso, en e1 ciial sc cita otro aiitcrior ahicr-
to por- la justicia ordiriaria 11r~abapos Ceclia t.1 añu 1498, con lo que e\ideiite-
mente fue fruto del encargo eclesiástico rnericionado. Así, en aqiiclla orai6n
coiifluyeruii las 11-esjusticias: epibcopal. seglar e inqiiisitoi-ial.
jugar en la persecucióri. A pesar de los problemas d e competencia
que en deterrriinados casos pudieran plantearse entre unos y otros
jueces al hacer frente a un mismo delito, los teslirrioriios conserva-
dos permiten deducir que, caso de existir dichos problemas, éstos
serían rm~yescasos, ya que la Iglesia aprobaba las perseciiciories de
la justicia seglar, no teniendo ningún interés especial eri arrogarse
el derecho a llevarlas a cabo, salvo en ocasiories rriuy concretas.
Las instituciones d e poder de la sociedad aragoricsa d e los si-
glos XVi y W I I actuaron frente al problema de la brujería y la su-
persticibn como si d e un solo cuerpo se tratara. Cada u n o de sus
órganos poseía una fimción determinada de iriodo que, mientras
que la justicia seglar se caracteri~abapor sus métodos rápidos y
eficaces, la justicia eclesiástica -cuya actuación quedó dividida
en dos frentcs- contribuía a legitimar y a completar a su rriarie-
ra el combate contra las fuerzas del Mal. A ~ ~ r i q ulos
e tiempos d e
la sociedad feudal dividida e n tres órdenes que describiera Adal-
beróri de Laóri e n el siglo X quedaran ya muy lejanos, siis palabras
acerca de la ficiudad d e Dios. bien podrían aplicarse a los tres or-
ganismos responsables d e la persecución que rios ocupa:
« L o s trrs Ortleries viven juntos y no sufrirán tina separación.
Los servicios de rada u n o de estos 6rdcncs permiten el trabajo de
los ou-os dos. Y rada iirio, a su vei, presta apoyo a los demás. Mien-
tras esta ley ha estado en vigoi; el ~iii~ritlotia estado en paz.» "!'
Por quanto somos informados que quando van eii
las processiories [...] no caiilari i van hablando i no
con aquella decencia que conviene i, llegados a la
iglesia donde van, se sallen [...] irilzndamos que
[...] vaian con buen orden i cantando i con ilquel
decoro q u r es razon i, llegados a la iglesia donde
van, ninguno se salga, i el que se salliere, tcnga pe-
na de un sueldo.

L'ilzta Pastoral a Darora, 1565


Al>%. Lzbro de V/\itns (1365-1574)
EL RECURSO A LO IMAGINARIO

CONFLICTOS ENMA!3CARADOS

En la primera parle de este estudio nos henios centrado en el


análisis dc la persecucibn institucional de que fiieron objeto los
aciisados de brujería y superstición. Desde finales del siglo X\i to-
dos los representantes del poder coincidieron en considerar delic-
tivos tales corriportarnicntos dc forma unánime, aunque luego, en
la práctica, cada organismo judicial actuara siguiendo criterios di-
ferentes. A nivel estatal, fue la Inquisición la encargada de enfren-
tarse a los milevos criminales,); a nivel regional, los obispos, y, en
un espacio más limitado, los justicias locales. A pesar de ser la Igle-
sia la principal suministradora de la ideología que justificaba la re-
presión, vimos cómo ésta fiie llevada a cabo fiindanientalmente por
la justicia seglar, cuyo ámbito de actuación era el más reducido: un
valle, una comarca o, en ocasiones, una sirriple aldea.
En esta segunda parte nos proponemos descender a espacios
todavía mas íntimos. El origen de casi todas las aciisaciones de
brujería y superstición se hallaba relacionado con conflictos con-
cretos de muy diverso c a r i ~rivalidades
: por el control del poder;

El pcin cchujr, Madrid, Ed. Moridibbrica, 1986. p. 7.


Piei-o CAMPOIIESI,
tensiones perrriarierites eritrc vecinos de una localidad; desavenen-
cias y choques dentro del níicleo familiar; riñas e incompatibilida-
des en los distintos tipos de relaciones interpersoriales e, incluso,
clesacuerdo y pugna de coritmrios eri el iritcrior d e la propia
coriciericia. Muchos d e dichos conflictos solían aparecer enmas-
carados bajo diferentes enfermedades, síntomas d e impotencia
sexual, pesadillas noctiirilas o diiirnas, etc., ferióirieiios que con
irecuencia eran atribuidos a la acción de brujos o hechiceros.
Desde rriuy antiguo, la forma de escapar a una realidad cotidiana
plagada d e obstáciilos -no sólo por las condiciones materiales
de la existencia, que para la mayoría eran muy duras, sirlo sobre
todo por las dificultad para iriariterier rclacioní:~humanas satis-
hctorias- había sido el recurso a lo imaginario, al mito.
Ningíin mito mks íitil para el conjiinto de la sociedad que el
d e la I W I ~ ~ P TEra
~ I I éste
. -a diferencia del coricepto siipcrstición,
que sólo servía a los intereses de la Iglesia- uri térrriirio utilizado
por todos para expresar el rechazo ante situaciones propias que,
d e este rriodo, eran proyectadas en iin sujeto ajeno. Acusar a al-
guien de practicar la magia era una forma irracional de excusar-
se uno mismo, así corno d e elirriiriar todo cuanto interfiriera cn
la corisecucibri de los propios intereses. Muchas de la afirmacio-
rics rcfcridas a la brujería o a la siipersticion qiie se contienen en
las fiientes d e qiie nos valemos n o eran sino una explicaciori sirri-
bólica d e conflictos sociales, e incluso personales, que n o aca-
baban de ser adrriitidos. Como bien expresaron R. Luneau y L. V.
'Ihomas a propósito de los Nawdeba del norte d e Togo:
.Ante todo, la brujería se corivirrte en uri iristriirriento de libe-
ración de las pulsiones. Los conflictos iiirvitablrs rri ima cor~iirrii-
dad dondc predominan las relaciones interper-soiiales cotidianas
se resuelven dircctamcnte por la violencia o por vía institiicional
(justicia). Si. en caso de rechazo sistemático, las tensiones no Ile-
gari a expresarse, se vuelve incvitablc una derivación hacia lo ima-
ginario. I k ahí la ariti-iristitiiciOn,o institución al revés, d e la bru-
jería, gracias a la cual los conflictos se emplean para expresarse cn
relaciones siinh6licas nirdiaritr aciisaciories.>>'
Uri ejerriplo muy representativo d e acusación d e brujería, en
donde aparecía expresado simbólicamente iin suceso real extre-
rriadarricntc dificil de asumir, es una afirmación referida a las
rriuci-tes de criaturas ahogadas, tan frecuentes e n el siglo XiiI. La
costumbre d e atribuir a la acción de la br~ljeríalas d e f ~ ~ n c i o r i e ~
infantiles tenía que vcr directaniente, tal y como dediicimos por
los numerosos testimonios que nos liari llegado referidos a dicha
práctica, cori el hecho real de que muchas madres mataban a sus
criaturas deliberadamente, aunque d e una forma que pretendía
ser lo menos consciente posible: mediante el aplasta~riieritode los
niños dentro d e la cama, cuando ellas se hallaban dormidas o bo-
rrachas. Según la afirmación a la que nos referirnos, cuya expre-
sión rimacla sin diida contribuyo a sii fijación corno sentencia ad-
mitida por el conjunto d c la comiiniclacl:
«I.ax l~roxasde las cubas
ahogan las criaturas.*'
Dicha fórmula n o era sino la traslación, en l m g ~ i a j emetatori-
co, de una realidad implícita que nadie estaba dispuesto a aceptar:
que las madres, en~briagadas,eran e n muchos casos las responsa-
bles directas de la muerte d e sus propios hijos. Pero dicho cjem-
plo nos sirve también pala poner de relieve otro de los rasgos ca-
racterísticos del mito de la brujería. Es cierlarrieiitc representativo
de la inerilalidad popiilar el plural ebroxas,, que aparece en la seri-
tencia. Pcsc a que la cita está entresacada d e iiiia causa crirriirial in-
coada contra tina niujer real, Pasciiala Garcia, y pese a que dicha
causa contenía acusaciones completanierite personalizadas, toda-
vía se niariteriia, en pleno siglo XVI, al igual que e n otros procesos
aragoneses, el plural b u j u s e n boca de algiinos de los testigos que
fueron llamados a declarar e n contra d e la acusada.
Como ya se explicó e n el capítulo dedicado a los f~indameiitos
doctrinales de la .<cazad e brujas*, duraritc mucho tiempo éstas se
habían considerado por encirria de todo como iiiios seres fantás-
ticos. Solamente a partir d e los siglos X1V y XV, gracias al empuje
derivado de las acluaciones judiciales, fueron e ~ i i p e ~ a r i daoen-
carnarse e n personas reales a quienes poder persegiiir y eliminar.
Según José Miguel d e Barandiarári, las leyendas antiguas de ge-
nios, de lqmias y de brujas eran tan abundantes que,
-En un clirria de este genero, en este i«rbellirio dc númenes,
sobraban irnágmes rrerriebundas -las de las bri?jas- para que,
llegado el momento propicio, a impulsos de las pasiones políticas
y de los odios de clases y de trrnilias rivales, fueran proyectadas
por los terroristas y desaprrrisivos delatores de la época coriira sus
advr~sarios. ,,4

Proceso contra Pasciiala García. Hrrrera de los Nav:ii-ros. 1.562. ADZ. C. 42-
12, Fol. 16XV.
' osé bfiguei DE B . A K A \ D I A K~ ~ \u, j r ryi a/ n x j a s . ~>~1zrnonim
r(,(ofifdo.sr n YI ~uis
Vasco, San Srba~tiáii,Ed. Txei-toa. 1989, p. 19.
Bajo el término bruja tenían cabida personajes o genios le-
gendarios de muy diversos caracteres. En palabras del antropólo-
go Ranlon Violant i Simorra,
[...] , que apare-
<<I,asm n a s , lavanderas, lamias ...] c.nr.c~ri/or-iu.~
cen mezcladas muchas veces ron li~sImijas y con las costumbres y
poderes relativos a Gstas, son siipri-vivencias de los antiguos níi-
menes o espíritus verierados en las Cuentes que, más tarde, por in-
fluencias nórdicas y célticas, primero, y latinas, despu6s, fueron
personificadas, corrio otros genios de la Naturaleza, en divinida-
des protectoras del hombre [...] Unas veces se peinan, otras lavan,
hilan, cantan. danzan, y en algunos casos difiiricleri riiales, como
las brujas, hasta el extremo d e qiie se coiif~indenmuchas veces
unas y otras.,, '
Así pues, la brujería era uria metáfora qiie no siempre se ha-
llaba identificada a nivel popular con determinados delincuentes,
tal y como la ideología doniinante pretendía. Son abundantes los
testimonios en los qiie se habla de las b.rujcls coino un colectivo
misterioso e indefinido y, desde luego, no asociado a ninguna
persona concreta (.<lasbriixas le havian ecliado niedecinas por las
orejas.; *las briixas la rriatarian.; «las broxas por filerca Ic hazeri
cierto mal de noche quando duerme),). En dichos casos, evi-
dentemente, la utilizacih del concepto ..brujería. expresaba un
conflicto conipletamente distinto de los que solían esconderse
detrás de las acusaciones contra ciertos sujetos odiados o recha-
zados por buena parte de la comunidad.
Bajo el concepto .s~~p~rsticiónsubyacía asimismo otro tipo de
lucha: el combate permanente contra toda manifestación de lo
sagrado que se hallase f k r a del control de la Iglesia oficial. En
este caso, se trataba de un conflicto que tenía lugar únicarriente
entre el clero y el resto de la población. No todos aquellos que
juzgaba la Iglesia corno supersticiosos eran considerados por la
gran mayoría como criminales; por el contrario, con frecuencia
gozaban de una gran popularidad como curanderos o adivinos,
y precisamente era por ello por lo que acababan siendo perse-
guidos, ya qiie los representantes eclesiásticos interpretaban su
exito como un desafío, dada la competencia que suponían mas
actuaciones cuya funcibri social, al fin y al cabo, no era dcrriasia-
do diferente de la eclesiástica. Ademas, tanto obispos como in-
quisidores jwgaban tambit.11 como delitos de superstición cicr-

'' Ramón \ 7 i ' i o l ~i~SI\IOKKA,


~ pcpflñd. /'ido, Wx, rmtuml>r~~,
i?/f'innn(r, y 0,~-
trrrnrif~~
Barceloiia, Ed. Aita Fiilla, 1986. p. 523.
dirione~tlr 211m (ull~irarnilmnria quf d~s(~~nr<.c.r,

254
tos comportamientos compartidos por el conjunto de la comu-
nidad, que la Iglesia, dentro de su campaña de conquista espiri-
tual, pretendía combatir y eliminar de r a í ~En
. realidad, el con-
cepto superstición no se hallaba bien definido, ya que servía a la
Iglesia para aplicarlo siempre que le convenía prohibir algo; sii-
pcrsticioso era, como decía un curandero de .4lbarracín (Te-
ruel) en 1593, «todo aquello que la Santa Iglesia tiene reproba-
do y condenado por pecado.>>"Dicha sentencia reflejaba la
extrema variedad de las conductas prohibidas: desde aquellas
que la Iglesia interpretaba como rivales hasta cualquier muestra
de religiosidad qiie se alejara del temor y el respeto que la reli-
gión oficial pretendía imbuir (no ol\ideiiios qiie la risa y la sii-
persticióri se hallaban indisolublcmcntc unidas para la Iglesia);
también eran considerados supersticiosos los restos de antiguos
ritos paganos y, por supuesto, las inanifestaciones culturales de
judaizantes y mariscos.
Brujería y superstición ericubríari conflictos muy diversos, cu-
yos alejados caminos confluían en u11 punto: ambas, en opinión
de la Iglesia Cat61ica, eran iiistrumentos diabólicos. Si las brojas
servían a Satanás en virtud del pacto firmado con Él, todo ciian-
to hacían los supersticiosos no era sino <<irivericiGn del diablo..'
No obstante, y a pesar de los continuados esfuerzos de la Iglesia
por alumbrar una sola figura que representase el mal -el Adver-
sario, el Oponente del único Dios verdadero-, las manifestacio-
nes de lo demoníaco eran tan variadas corno diversa era la cultu-
ra popular qiie se pretendía imiTormar desde las instancias del
poder. Aunque la figura del Diablo, al igual qiie la de la bruja, ser-
vía a todos para expresar ciertas rcalidadcs difícilmente asumi-
hles, el modo en qiie la cultura popular interpretaba dicha ima-
gen contrastaba sustancialmente con la visión transmitida por los
teólogos. En palabras de Piero Camporcsi:
*Los estatutos cognoscitivos de una cultura pobre difieren d r
los elaborados por las elites intelectuales, aun cuando las esferas
de contan~inación,las sugerencias y las interferrncias entre u n a y
otra puedan ser inúltiples. La hago rnunth r l a b o ~ a d apor las re-
presentaciones nieri~alespopulares [...] divrrge del rriodelo clksi-
co iitiliiado por drr3ci y littl'ari, así como las categorías lógicas t...]
se rriuestrari diferentes. La imagen dcl mundo, vista dcsdc abajo,

"Proceso contra Fi-aricisco Aloriso. Albarracín. 1593. ;U):\. N" 47, fol. 33r
Procrso contra 1)oiniiigo .4giiilar. ( h p c . 13131. ADZ. C. 31-15, Sol. 4.
se perfila incier-w [...] y poco hornogenea [...] El orden natural y
divino se descoiirpone y se altera.**
El recurso a lo imaginario era un arma que cada cual utilizaba
en su propio provecho. La Iglesia intentó, sin Gxito, iniponer una
figura diabólica terrorífica para inspirar temor y, por medio de él,
ganar terreno a otras creericias que se hallaban fuera de su con-
trol y podían hacerle la competencia. Yero, a su vez, la cultura pc-
pular contaba con unas imágenes de lo diabólico que actiiaban a
favor de quienes se servían de ellas y rio en su contra, como se
pretendía desde el exterior. En las páginas que siguen interitare-
mos dar a conocer ciiáles fueron dichas imágenes en el Aragón
del siglo XVi y cómo se desarrolló 1ü dialéctica entre ambas con-
cepciones.
TODOS LOS DEMONIOS

2 Quiin diablos suspira aquí? f...] 2Familiar eres? [...J iEres


dernmioplpf~qo o de 10s de nombre? [...] iEres Lua@-? [...] iEres
Satanás? f...] iEre.7 Ber~:e/ní?L...] ih'res Harrubh, Belial, Asta-
rot? [...] Esos son demonios de rntzyorps oiu$aiion,ev -le rpcjpon-
dió la voz-: demonio, más por menudo soy, aunque me meto en
todo: yo soy las pulgas del infierno, la chisme, el enredo, la usu-
m, la mohatm; yo t&je al m&do la zarabanda, el déligo, la cha-
cona [...]; yo in71enté las pmdorgas, las jácara, las papalatas,
f...] y, a l j n , yo ,me lla'rno el Diablo C:oj~elo.

En los siglos que corresponden a la Edad Moderna, en un


mundo que, para buena parte de las gentes que lo habitaban, se
hallaba todavía poblado por un gran número de divinidades, es-
píritus, genios, duendes, etc. (demonios o Gazpovq, segun la cori-
cepción griega), la principal pretensión de la Iglesia triunfante
fue imponer la,noción de un único Dios, con poder para go-
bernar cuanto El mismo habría creado. La segunda tarea con-
sistió en delimitar lo más claramente posible los terrenos del
bien y del mal, ya que -a diferencia de los dioses pertene-
cientes a otras culturas, que podían aunar conceptos contra-
puestos-"' el Dios de la cristiandad occidental debía represen-
tar solamente ciertos valores escogidos cuidadosamente. Así, la
figura del Diablo como señor, a su vez, poderoso, gobernador
de las innumerables legiones de demonios que le estarían so-
metidos, se hacía necesaria para ofrecer iin esquema del mundo
ordenado y completo".

Luis lJÉ.~ez
De GUEVARA,
l<lDiahloC"j:~~rlo
(1e cd., 1641) , Madrid, Ed. Cátedra,
19x9, pp. 73-74.
'"Véase la aportación de Mircea Eliadr accrca dc los mitos dr la polaridad en
silohra fiatado d~historia de las religiune~.M»rJologz'ay (Linurnicade lo sagrado, Madrid,
Ed. Cristiandad, 1981, pp. 417-419. Segíin dicho autor, «un número considerable
de tradiciones míticas habla de la ~fraterriidadneutre dioses y demonios. y exis-
teti dioses, como Varuna, que revelan *la biiinidad divina, la coincidencia de los
rontrarios, la totalizació~ide los atributos en el serio de la divinidad.,,
" V&uise Eugenio TR~AS, i r m h r l p las i&oloph~y otros textos afines, Barcelona,
Ed. Pcnínsiila, 1987, pp. 204206, y Keith THOMAS, R~ligiun«nd Lhe Derlzne o f M a p ~
Luridres, Periguiri Books, 1981, pp. 559469.
Al monoteísmo propugnado en el concilio de Trento no le
convenía la accptaciíh indiscrirriiriada de la iriniensa caterva de
seres imaginarios conocidos comfinmente como demonios, que
podían referirse tanto a númenes benéficos como inaléficos. Al
Dios victorioso de la Coritrarreforriia le resultaba imprescindible
la figura de un enemigo con quien medirse en térniinos, casi, de
igualdad, un rival con quien luchar y al qiie, finalmente, vencer.
Según el doctor Gaspar Navarro, natural de Aranda del Moncayo
(Zaragoza)y canónigo de la iglesia de Montearagón, situada a po-
cos kilómetros de Huesca,
#Los antiguos tuvieron en tanto este nombre, daemon, que
crcian que todo lo que se incluye en este mundo inferior estava
sujecto a los cuerpos aereos, a qiiieri 1 es 1 ellos corriprehendiari de-
baxo deste riorribre, aunque no dexaroii de atribuyrlo, y usarlo,
assi en buen sigriiticado corno rri malo. [...] Mas erilrr los ci-isiia-
nos este rionibre es tan odioso [...] que oyrle nombrar nos causa
espanto, porque debaxo deste nombre se entienden y compre-
henden las malicias de aquel que llamamos Satanas, que es el que
nos persigue. Y es tan perverso que ni puede hazcr bien, ni de-
zirlo, ni imaginarlo, sino debaxo de presupuesto qiie tiene de en-
ganarnos todas las vezes que con el se trata.>>"
Así pues, el Demonio de los cristianos debía ser uno (Satanás,
el Adversario) y perverso. Sin embargo, en contra de lo que la
Iglesia predicaba, y de ac~icrdocori los testimonios que nos ofre-
cen los procesos aragoneses por brujería y superstición, la gran
mayoría continuaba recurriendo a una gama muy variada de dia-
blos o demonios,según dos de las denoniiriaciories niás extendidas
en los siglos x V i y XVIi. Una de las principales características de
la religión popular era precisamente su marcada tendencia al po-
liteísmo, de modo qiie, al igual que se creía firmemente en la pre-
sencia activa de las almas del purgatorio en la vida cotidiana, o se
concedía gran importancia a los santos (cori quienes la mayoría
entraba en contacto de un modo más directo y personal que con
el Dios todopoderoso diseiiado por los teólogos), así se entabla-
ban también relaciories con otros espíritus, que los representan-
tes de la religión oficial identificaban directamente con fuerzas
malignas''.

12
n l mp~rstirionladiwn .... Hiiesra. Pedro Bliisóri,
Gaspar ~-;\\/AKKo, i n h u ~ ~ dc
1630, p. 21.
'"'éailse Robert ~ ~ L I : H ~ MFKo ,I (:u/t11rt/opi~1(1ir(>~t
(1zlt11w(LPS dit?s ( / ( z nla
~F~IL-
ce moderne (m'-.WllI+ szMe), París, Flammariori, 1978 y Peter BL'RKI:, I.n cultura pw
pular en la ,!?7:11~0,fIn Madrid, Ed. Alianza, 1991.
vrrod~rr-rzn,
Aunque el trato y comunicación con los espíritus deinoriíacos
se hallaba nnly generalizado, buena parte de las noticias que po-
seemos acerca de los niismos procede de quienes fueron acusados
como brujos o siipersticiosos. Ello no significa que el resto de la
poblacion no compartiera las fantasías de los perseguidos. Eri opi-
nión del historiador Robert Muche~nbled,en cierto sentido, to-
dos eran un poco brujos:
«los canipesinos creían que todas sus dificultades provenían
d i la acción incesante en este n ~ u i i d odc fuerzas oscuras, de al-
mas, de demonios -por eniplcar la terrriinologia cristiana. A sus
ojos, riada era ~matura1~~- y todo acontecirniento, firera o no be-
néfico, se explicaba por la intervención de esas fuerzas. Pero ellos
no pretendían luchar sin tregua contra el Diablo, como lo hacía
la Iglesia. Ellos estaban preocupados más bien por elestableci-
miento de un equilibrio mágico siempre inestable [...] Todos, en
resumidas cuentas, eran un poco brujos..>'.'
El bagaje ideol6gico de los reos por brujería o superstición no
constituía una peculiaridad propia, sino que formaba parte del con-
junto común de creencias imperantes a finales del siglo XlT. Se en-
contraba profundamente enraizado en las mentalidades y traducía
una forma de enteiider el mundo muy extendida, segun la cual lo
sobrenatural y lo real se interferían constaritcmente siri apenas dis-
tinción. Esta era también, de alguna manera, la coriccpción de la
Iglesia, aunque con la salvedad de que sus representantes se ericar-
gaban de decidir cuáles debían ser los elementos sobrenaturales a
los que se podía recurrir, y cuáles los supersticiosos y los condenados.
Sin embargo, para muchos de los jilxgados en Aragóri como
supersticiosos no existía ningiina iricompatibilidad entre los po-
deres de Dios y del Diablo de los tcologos; dicha interpretación,
aunque heterodoxa, se hallaba propiciada de algfín modo por la
misma Iglesia, ya que la mayor parte de los demonólogos se afa-
naba en describir hasta el mínimo delalle los atributos del De-
monio para fiindamentar mejor la presencia de cuanto considc
rabari ilícito. Tan grande era la importancia concedida a Satanás
' co-
por dichos tratadistas que no es de extrañar que más de al$run
nocedor de sus disquisiciones cayera en la tentación de pedir los
favores infernales,junto con los del mismo Dios'". Según el resu-

14
Robert MIl(:HEMAI.EI), Sorrikre,\, p r l i r r ~t soc~rl6( ~ U X1U ~t 17 s i i ~ / v c ,París, h a -
go, 1987, p. 152.
I í
Acerca dc los poderes atribuidos al l)enioiiio, vease María T:\r s i r i , <<La
imagen dcl sabbat en la Pkpaña de los siglos XVi y XVII a ~ravésdc los tratados so-
hrr hi-ujcsía y siipcrsticiím~.Hisforw w z n l . 17 (l9%), pp. 10-1l.
inen del proceso incoado por la Iriquisicióri a mosén Martín de
Sosín, presbítero de la iglesia d e la villa de Zuera (Zaragoza), di-
cho clérigo proniinciaba sus conjiiros para dotar d e poder rriági-
co a los objetos d e los que se servía solicitando al rnisrrio tierripo
el auxilio d e Dios y el del Diablo, sin hacer ninguna distinción en-
tre ambos:
<<Yotc consagro, yerba valerima, en el noriibrr del Padre y del
Hijo, y del Espiriiii Santo, y por Satanas, que hagas lo que tc pido.."'
A pesar d e dicho ejemplo -que, al fin y al cabo, encajaba den-
tro del esquema rrianiqueo defendido por la Iglesia oficial-, la
gran mayoría d c los corijuradores dirigían sus invocaciones a iin
sinnúmero d e espíritus, a algunos d e los cuales conocían y Ilama-
ban por su nombre. Pedro Solón, un morisco d e A l f a n i h (Zara-
goza), fue acilsado e n 1581 por el Trib~inald e la Inquisición d e
haber hecho comparecer a < m a sde sesenta derrionios~,entre los
cuales se encontraban Satanás (como u n o más), Berzebíi, Barra-
bás y Fogón. Según el Santo Oficio aquello era (<contirmaciondel
pacto exprcsso cori el derrioriio~~",lo cual nos remite, de nuevo, a
un género d e rediiccionismo que transformaba cualquier mani-
festación dernoniaca de carácter plural en el Diablo sirigulari~ado
por los representantes d e la Iglesia.
Entre la poblacióri rriorisca residente e n Aragón era muy ha-
bitual el recurso a las potencias irifernales. Eri 159'7, el tribunal in-
quisitorial d e Zaragoza ordenó que fiieran castigadas tres mujeres
«por irivocaciones de demonios y hechicesias, y reconciliadas por
moras.. Una de ellas era Cáridida Gonibal, una nueva convertida
oriunda de Benagiiasil (Valencia) quien, según algunas de las tes-
tigos que declararon e n su causa, .haviendole consultado el se-
medio que teridriari para que los hombres las quisiesen bien, les
aconsejo invocassen a los dernonios.~Isabel Gombal, hermana de
la anterior, llegó a confesar bajo torrrierito que había invocado <<a
Salhanas, Barrabas y Berzebiw, mientras que Blanca <<La Peana.,
otra morisca natural d e Calanda (Teriiel), decía ver (alos demo-
nios a quienes havia Ilarriadon e n u n espejo".
Seis años despuks fue corideriada como liechicera por el mismo
tribunal Ana Ruiz, una zaragozana de treinta aííos, la cual confesó
ante el j u e ~que c can di da Gombal, morisca, le havia ensefiado las
dichas echizerias.~'"No olvidenios que uno de los aspectos más in-
teresantes y complejos de la religiosidad de los moriscos a finales
del siglo XVi era precisamente la creencia en los demonios. Ahora
bien, como afirma Luis García Ballestcr,
<<elmito diabólico tenía u n significado distinto rri la irtente de
u n inquisidor y e n la d r i i r i morisco. Ambos aceptaban el mito co-
rno u n a realidad, pero la clisiirita proccdcncia cultural d e arribos
-el inquisidor partía d e uria concepción escolástica d e pacm u
invocación. y cl morisco hundía su creencia c n las tradiciones es-
piritistas judaicas y del neoplatonisirio alrjandrino- hacía que
hablaseri distinto lenguaje.."'

Para los miisiilmanes, la creericia en los innumerables espíritus


que regían el mundo no era incompatible con la fe en Alá, a quien
se suponia que dichos espíritus servían. FIay que tener en cuenta,
además, qiie a partir del siglo XV, a rricdida que fue desaparecieri-
do progresivamente en todo el territorio peninsular la clase reli-
giosa dirigente e ilustrada, el rico mundo de creencias populares
de los nuevos convertidos se file ampliando mucho más, ya que no
existía la vigilancia ejercida traclicionalrnentc por las escuelas c e
ránicas. Todavía en 1494 f~rricioriabaen la morería de Zaragoza
una de dichas escuelas, en la que se ciirsaban estudios regulares de
diversas materias. Segíln Jiilián Ribera y Tarragó,
.En la última década del siglo X1' había u n a enseñanza regii-
lar. d e teología, filosofía, medicina y astronomía e n lengua árabe
e n la iriadraza d c la morería d e Zaragom, con u n a irradiación cul-
tural que se extcndía por todo el reino d e .Arag6n.>>"
A lo largo del siglo XW se prohibió el uso del árabe y, poco a
poco, la cultura ~rioriscallegó a constituirse en uri mundo cerra-
do y a la defensiva, donde, además de los ritos practicados en la
clandestinidad, proliferaban creencias en seres imaginarios cada
vez más heterogéneai". Así, por ejemplo, una de las variedades

1 <)
Ilidrm, fol. 208r.

21
Vkase,Juliái~KIRFR.\
\ T w ~ ~ t&iipersticiones
l , moriscaw, cii I>i.swtnriona
y Ofnisrulm, wl. 1, Madrid, Irriprenta de Estaiiislao Rilaesti-e, 1928, pp. 493-527.
" Sobre la niagia morisca, véame asirriiarrici los trabajos dr Aria IABAKT.~,
*Ecos dc la tradici6ii rri5gica del <<Picatrix>s cti rik-tosinot-iscosn,en i i ~ t o s prtdm
y
~ o h clstronomia
r e ~ p ñ o l nPIZ (4 ~ i g l oHII. Biircel~~ia.1981, pp. 101-109: «Super-s~iciu-
rics moriscas~,Atnny. 5-6 (1982-83).pp. 16-190 asi coino la edición del Lzlm dp
dic/~osrn«mvillo.ror (iZli.\r~lN?ir»rnon'sm dr, m q i u y «rlzvznnrión), i i r i maiiiiscrito halla-
do rn Alnionacicl de la Siei-ra (Zaragoza) dc finalcs del siglo X\"i o comienzos del
demoníacas invocadas por Isabel Gombal en sus conjuros de ma-
gia amorosa, junto a los ya mencionados Barrabás, Bercebú y Sa-
tanás, era la llamada d a b l e s a n :
<<[.adicha l a b e l Gorribal 1 ... 1 le d i x o 1 ... 1 q u e dixesse: este of-
f i e ~ r oa B a r ~ a l ~ ays ,o i r o a Krrcebii, y o t r o a Satiirias, y el o t r o al
diablo y diablrssa, y o i r o a codos los tiernoriios.~~"

La versión femenina del diablo n o era patrimonio exclusivo


de la población morisca. En 1603, la Inquisición de Aragón apre-
só a un ganadero gascón conocido como Guilléri de Tolosa, que
vivía en Torres del Obispo (Huesca), al quc se acusó, entre otros
cargos, de n o respetar la (hiaresma, hablar mal de las bulas y del
clero, y encomendarse al diablo y la diablesa para alejar a los lo-
bos del ganado. Según los testigos que declararon eri su contra: