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ENTREVISTA

Jean-Marie Gustave

´

LE CLEZIO

“Tengo más interés por los otros que por mí mismo”

Premio Nobel y aventurero de la literatura. Observador curioso y ciudadano itinerante. Sus libros reflejan los interrogantes de su vida, su búsqueda y sus ideales. Por Juan Cruz. Fotografía de Diego Zavala

S corre el riesgo, ante un tipo alto

guapo que además escribe muy bien, tanto que ha ganado el Pre- mio Nobel de Literatura, de creer

que estamos ante un hombre fatuo o dis- tante que usa la realidad como espejo de sus dones. Si esto pasa, uno corre el ries-

go de perderse a Jean-Marie Gustave Le Clézio, francés de Niza, donde nació hace 70 años, y que en 2008 ganó el premio más grande del mundo. Su origen es la isla Mauricio: de ahí proceden sus padres, que eran primos hermanos… Uno puede pasar por su obra, juzgarla de lejos, per- derse, por tanto, Mondo, un relato de una sencillez admirable, y perderse además

e

y

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una autobiografía emocionante, El afri-

cano. Este texto fue publicado por Adria- na Hidalgo Editora en Argentina; Mondo apareció en Tusquets (donde está prácti- camente toda su obra); en los dos, como en Desierto o en La cuarentena, se desli- zan aspectos autobiográ cos de Le Clézio que le arrancan a tiras esa supuesta piel de hombre distante. Desde que tenía 23 años es fotogra- ado como una celebridad; entonces ob- tuvo un premio importante en Francia, enseguida le editaron en todas partes, y él empezó a tener el aura de los exquisi- tos, pero también de los huidizos y solita- rios. Pero esa imagen es un espejismo

empezó a tener el aura de los exquisi- tos, pero también de los huidizos y solita-
JEAN-MARIE GUSTAVE LE CLÉZIO desde que se sienta en esta silla honda que le han

JEAN-MARIE GUSTAVE LE CLÉZIO

desde que se sienta en esta silla honda que le han puesto en el hotel más o me- nos inglés en el que le han alojado sus editores de Tusquets en Guadalajara (México), de cuya Feria Internacional del Libro fue invitado de honor en noviem- bre de 2010. Ahí Le Clézio es un hombre de mirada dulce y expectante; está termi- nando de escribir una conferencia, en español, idioma que domina; su mujer, Jenia, saharaui de Marruecos, le acaba de despedir en el saloncito del hotel, y él es- pera las preguntas. Sustituye su prisa inicial (“cincuenta minutos”, nos dijeron) por el olvido del horario, gentileza que nutre la conversa- ción. Su agente, Anne-Solange Noble, de Gallimard (donde está toda su obra en francés, menos El africano), nos ha dicho que el Nobel hizo que se intere- saran por él “desde idiomas muy pe- queños”, y esa referencia le agrada a Le Clézio, que ha vivido en África cuando niño, con su padre, médico en Nigeria, y que ha vivido en muchos lugares que ahora nutren sus libros. Nació en Niza, donde estaba su ma- dre en medio de la guerra; su padre era médico en África, y a pesar de sus es- fuerzos no pudo acudir a reencontrarse con la familia. A los ocho años, Le Clézio acompañó a su madre y a su hermano junto al padre, y de ahí nace ese emocio- nante librito que comienza así: “Todo ser humano es el resultado de un padre y de una madre…”. Ese comienzo y el latido solitario de Mondo, su relato so- bre un niño huérfano que encuentra co- bijo pero que siempre huye, son referen- tes que están en su mirada, así que cuando ya se sienta Le Clézio no es un hombre alto y guapo, sino un tipo senci- llo capaz de haber escrito (entre otras) esas dos maravillas…

Debe de estar usted muy contento, sien- do traducido a tantos idiomas peque- ños… Es un honor. No hay idiomas pe- queños, todos tienen su valor. Son an tiguos, son formas de pensar, expe- riencias. Son humanos.

Son como las personas. No hay personas pequeñas. Momo, por ejemplo. Ese niño va creciendo como la conciencia íntima del lector. Mondo, quise decir Mondo, no sé por qué he tenido este lapsus… Es un lapsus que me hace pensar en Anto- nin Artaud, uno de los pocos verdaderos poetas que hubo en Francia. Tuvo ideas mágicas que no tenían que ver con la realidad pero que son muy instintivas.

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En busca de otros mundos

En busca de otros mundos Jean-Marie Auguste Le Clézio nació en Niza (Francia) el 13 de

Jean-Marie Auguste Le Clézio nació en Niza (Francia) el 13 de abril de 1940, en los albores de la II Guerra Mundial. De madre bretona y padre inglés, la contienda impidió que conociera a su progenitor, médico en Nigeria, hasta los ocho años. Su viaje a África cambió la dureza de la vida de sus primeros años por el calor de un mundo abierto y generoso que ha marcado su vida y también su literatura.

Comenzó sus estudios superiores en la Universidad de Bristol y se licenció en Niza. Ha vivido en distintos y muy variados lugares del mundo, pero México y su periodo de cuatro años entre los indios de Panamá marcan su forma de entender y vivir.

Famoso desde los 23 años por su pri- mera novela, recibió el Premio Nobel de Literatura en 2008.

Creo mucho en el instinto. Es la mejor inspiración.

Mondo va surgiendo hasta que ya no es tan solo un niño huérfano… Me he pre- guntado, leyéndolo, si usted conoció a alguien así… No, aunque tiene partes mías, desde luego… Después de escribir esta novela corta encontré a un señor que había vivido esta experiencia. Era un gita- no huérfano nacido en Argelia y adopta- do por franceses. Un día se escapó, subió a un barco, llegó a Marsella y con nueve años trató de sobrevivir en la ciudad. Se escondía porque había muchos peligros. Él hablaba del peligro de los pedófilos, que yo no menciono en Mondo. Se tenía que esconder porque tenía miedo a la po-

licía y a los predadores. Era cineasta y cuando leyó esta novela decidió hacer una película. Me conmovió comprobar cómo esta historia, completamente in- ventada, había ocurrido en la realidad.

Mondo se encuentra con mucha gente humilde, pero benefactora… Un pesca- dor le enseña a leer, una vieja vietnami- ta le enseña a ser generoso… Se va en- contrando con una vida fantástica hasta que llega la ambulancia que se lleva a los desprotegidos… El mundo está lleno de predadores, pero también está lleno de gente generosa. Es el mila- gro de la sociedad humana. Siempre hay personas, especialmente mujeres, con corazones gigantescos… Así que en las historias que uno inventa o en la realidad hay siempre guras excepcionales. En las sociedades con mayores di cultades es donde se encuentra más gente dispuesta a dar su corazón, a abrirse para ayudar a los niños o a los que padecen.

En sus libros y en su vida parece estar buscando a esa gente que el niño encon- traba… Sí, porque eso forma parte de mi manera de ser, de mi historia. Creo que el haber nacido sin conocer a mi padre y haberlo encontrado muy tarde me ha lle- vado a la certidumbre de que el amor no se regala. Mejor dicho, que el amor se merece. Las situaciones que parecen nor- males, como tener un padre o una madre, no se otorgan sistemáticamente. Es algo que se gana, se debe merecer. Se gana porque todos los niños no viven estas si- tuaciones. Hay situaciones terribles en el mundo, seas rico o pobre. Debemos te- ner siempre este reconocimiento, dar gracias a lo bueno que nos ocurre.

En su obra se ve como si su vida de escri- tor fuera la reconstrucción de un instan- te. Encuentra a su padre en 1948, se ex- traña de que él sea como es, y usted se une a él como el Lazarillo o como Mon- do… Sí. La literatura me ayudó muchísi- mo, porque mis primeras emociones las encontré precisamente en El Lazarillo de Tormes. Su única ayuda en la vida es un ciego terrible, monstruoso, que es su único pariente. Y por n el niño y el terri- ble ciego forman una especie de carica- tura de la familia… En la literatura en- contraba yo lo que no encontraba en la vida… Nací en medio de la guerra. Por casualidad estaba en Niza, aunque era de origen británico, y la amenaza de la guerra se hizo peor en 1943, cuando los alemanes entraron a ocupar la ciudad,

reemplazando a los italianos… Los italia- nos no eran malos con la gente de las tierras que ocupaban. Pero los alemanes eran muy duros. Cuando entraron en Niza, mi mamá, mi abuelo, mi hermano

y yo tuvimos que escondernos en un

pueblecito de la montaña. Era como vivir en una cárcel porque no se podía jugar en la calle ni mirar al exterior. De pronto, en 1948, llegar a África, encontrar un mundo abierto, con gen te generosa, le- yendo libros, descubriendo sensaciones, fue el encanto de mi juventud…

En sus libros habla de la violencia que conoció, y del hambre. ¿Esa huella se queda para siempre? Sí. Además, mi abuela, que era francesa, tenía una gran imaginación y estaba llena de cariño. Fue como la leyenda de mi juventud, su fundadora. Tenía ánimo, coraje, odiaba

a los alemanes: lo exteriorizaba todo.

Fue casi un modelo literario para mí. Cuando escribo, pienso en ella. Inventó el antihéroe, un mono que vivía en una sociedad de humanos, que reaccionaba con codicia, con trampas, ante todo lo que le surgía en la vida. Creo que estas memorias de la primera juventud son esenciales para todos.

¿Y qué huella le dejó a usted la violen- cia? Son sensaciones que no se olvidan. Alguien me contó hace poco que percibió que en su casa se fue acabando el ham- bre cuando dejó de haber cocina de pe- tróleo y llegó la cocina de gas… No tengo en la memoria el petróleo, pero sí el fue- go que mi abuela encendía en este pue- blecito del cerro de Niza. El olor del humo de la madera que todo lo invadía. Es un olor que se mezcla con el frío, el te- mor a los alemanes y la falta de alimen- tos… Esta memoria de la pobreza es para mí la memoria de lo que faltaba en tiem- pos de guerra… Aún hoy, viviendo en una dimensión lujosa, uno puede viajar fácilmente a otros mundos porque en es- tos mismos momentos hay gente que vive el olor del petróleo o el humo de la madera, el temor, el frío, la guerra.

nes muy exageradas, pero también en otras situaciones ordinarias. Por ejemplo, estuve en Buenos Aires; fuimos a comer a

un restaurante que tenía una terraza, em-

pecé a comer las sabrosas carnes argenti-

nas cuando vino un niño muy pobre, se

paró, me cogió el tenedor y empezó a co- mer en mi plato. El mozo quiso echarlo, y le dije que no, que lo dejara. Se comió casi toda la carne y se fue.

No dijo gracias, no dijo nada. Casi con violencia:

una especie de ímpetu del hambre le hizo actuar así.

muy breve y no podía dejar de aprove- char este momento, dejar que las cosas se fueran solas…

‘El africano’ es una especie de cartogra- fía de su vida. Encuentra a su padre, del que usted luego parece una prolonga- ción. Él es como el Quijote, cruza llanu- ras para curar, cultiva paisajes y al nal

“CREO QUE ME IDENTIFIQUÉ CON MI PADRE HASTA TAL PUNTO QUE IMITÉ SU VIDA”

Mondo no era así. No, no lo era, pero podría serlo. Es

un interrogante también. El niño no co-

mía carne únicamente, su acto era en sí

mismo una pregunta.

Usted despide el texto de Mondo con una inscripción que incluye tan solo estas dos palabras: “SIEMPRE MUCHO”. ¿Por qué las eligió? Son palabras que a rman algo que hace falta, necesitan una res-

puesta y no saben bien lo que es. Por eso

no quise poner una forma interrogativa,

sino una especie de afirmación. SIEM- PRE MUCHO. Esta a rmación es a la vez

la prueba de algo que le hace falta siem- pre y le hace falta mucho. Lo que les fal- ta a los niños. La certidumbre de que su vida va a durar y de que va a durar mu- cho, porque se sienten frágiles, débiles,

y no acaban de encontrar lo que necesi- tan… Es el hambre de amor, el hambre

de vida, el hambre de sensaciones, de

memorias.

Hay un momento en que usted decide que indagar en ese periodo es más una voluntad humana que literaria. Sí. Em- pecé a escribir novelas o cuentos que eran más provocativos que otra cosa,

eran maneras de a rmarme como escri- tor, tratar de inventar un estilo, escoger

las palabras… Hacía listas de palabras

para luego escogerlas. Poco a poco, es- pecialmente después de vivir en la selva

de Panamá, vi que había otras metas en

de su vida se queda mudo, decide no ha- blar. Fue un modelo. Mi padre tenía las manos de un albañil. Unas manos muy fuertes. Además, cada vez que tenía un rato libre era para hacer algo con las ma- nos: para hacer un mueble de madera, para componer cosas. Era muy físico. Creo que me identi qué con él hasta tal punto que imité su vida. Después de acabar sus estudios se disgustó comple- tamente con el mundo de los médicos en Inglaterra, porque era muy elegante y no se sentía cómodo ahí. Se fue a un país muy salvaje, la Guayana británica, y cuan do pensé en experimentar algo fuerte en relación con la vida natural no fue en Guayana, sino en Panamá, pero era el mismo medio ambiente. Como él fue navegando por los ríos en piragua, yo compré una piragua y me fui nave- gando por los ríos de Panamá. Él encon- tró a los indios de Guayana, y yo quise vivir los mismos años que él vivió con los indios, pero en Panamá. Eran los mis- mos, son parientes… Después viví una vida completamente diferente. Me fui a vivir a México, pero no tuve la misma vida que él. Fui a un lugar pequeño, Ja- cona de Plancarte. Viviendo allí tenía la impresión de seguir el modelo de una manera imperfecta. Él había sido perfec- to, era perfecto. Yo era imperfecto, pero por ser imperfecto podía escribir.

 

la escritura que no eran solamente estilo

Pero hasta 2004 no cuenta la razón su-

¿Por qué eligió a un niño para explicar

o

manierismo, que había otras cosas de

bliminal que le lleva a vivir esa aventu-

la soledad como valor? Y como interro-

las

que solo podía ser el hilo conductor,

ra, cuando escribe ‘El africano’. ¿Por

gación también. La soledad de un niño

que algo tenía que pasar por mí. Podría

qué tardó tanto? Tenía que hacerlo por

que quiere entender el mundo, que se pregunta las cuestiones esenciales: de

parecer pretencioso, pero me sentí como el medio de comunicación entre algo y

escrito, no lo podía contar en palabras, como ahora lo estoy contando. Tenía

dónde vengo, quién soy, quién me va a

los

otros… Por eso cambié totalmente

que escribirlo. Decirlo me parecía impú-

amar, cuál es mi sitio en la sociedad, qué

mi

manera de concebir la escritura. Des-

dico, y ahora lo he dicho. Lo que está es-

voy a poder hacer… Estas preguntas to-

de

ese momento no me importaron tan-

crito tiene una fuerza que no tienen las

davía hoy son muy fuertes. Siempre per-

to

el estilo, sino decir lo que tenía que

palabras. Lo que estamos hablando se va

cibo estas preguntas. A veces en situacio-

decir: estamos en la tierra un periodo

a evaporar. Pero los libros sí quedarán.

en situacio- decir: estamos en la tierra un periodo a evaporar. Pero los libros sí quedarán.

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JEAN-MARIE GUSTAVE LE CLÉZIO

Los indios le enviaron a su padre, a tra- vés suyo, un mensaje: “Con todo lo que sabe, podría venir y nosotros le acoge- ríamos de nuevo”. Y su padre le respon- dió, con enorme melancolía: “Ahora no puedo, hace diez años sí”. Y en ese mo - mento, su padre tiene la edad que usted tiene ahora, 70 años. Imagino que a esa edad estaba muy cansado por la vida.

Imagino que a esa edad estaba muy cansado por la vida. do ser después de la

do ser después de la colonización. Las fuerzas de corrupción del dinero, los bancos, la explotación a nivel industrial, la importancia de la mano de obra…, eso es lo que ha hecho que el resultado sea una forma hipócrita de colonización. Pero por lo menos los países son inde- pendientes, eso es lo bueno. Pueden es- coger. El camino hacia la democracia es lento, pero confío en que

sea la meta última para lo- grar alguna forma, proba- blemente diferente, de la democracia que conoce- mos, en la que el ser hu-

mano pueda desarrollarse y las mujeres puedan esca- par de su condición de inferioridad en la mayor parte del mundo.

“ABANDONÉ UN MUNDO EGOÍSTA POR OTROS EN LOS QUE HAY MÁS COMPASIÓN”

No es cuestión de fuerza, porque era muy fuerte, pero sí había ya fragilidad en su mente. Era la vertiente pesimista de la vida, la que conduce a la muerte. Y antes de llegar a la muerte se quedó ca- llado, no quiso hablar más.

Habla de las lágrimas. Dice que a cierta edad, en ciertas circunstancias, “solo se pueden verter lágrimas”. Es cuando su padre escucha lo que pasa en Nigeria, violencia, desorden, muertes, hambre. Un enorme dolor. Mi padre estaba pega- do a la radio, escuchaba cómo la tragedia pasaba a través de él. Esta gente se moría poco a poco, una gente que quizá él amó más que a su familia porque escogió vivir allí solo. Morían por una especie de cons- piración de los Estados industriales por llevarse el petróleo. Creo que para él fue un momento terrible que posiblemente contribuyó a su pesimismo, a su falta de con anza y poco a poco a esa especie de autodestrucción que se impuso…

En África, su padre y usted vivieron las tremendas paradojas de esta civiliza- ción, la repugnancia por el mundo co - lonial… ¿Cree que la historia nos ha hecho mejores? Sí nos ha hecho mejores porque se acabó la colonización. Podría- mos decir que la colonización era el mal absoluto y que ahora estamos “en males relativos”. En ese sentido es una mejoría, pero a veces tengo di cultades para en- tender lo que está pasando porque, como testigo de los últimos momentos de la colonización, tengo imágenes muy fuertes en mi mente: gente que camina con cadenas por las carreteras, emplea- dos para la construcción de monumen- tos para gloria de los colonizadores… Ahora vemos una forma oculta de colo- nialismo. También existen la corrupción y la destrucción de lo que hubiera podi-

Usted es un testigo raro: un intelectual francés que abandona el confort de Pa- rís cuando ya era un escritor muy bien

considerado, y se va por esos mundos arrostrando peligros. ¿Qué le impele to- davía a esa rebeldía? Nací en una bur- buja de isla Mauricio en Niza; crecí en esa burbuja. Fui a París y me asustó la super cialidad. Me pareció tan fútil que no pude aguantarlo. Siempre he vivido en lugares donde la vida es más sencilla

y más fácil de entender. Especialmente

en el pueblo mexicano, donde he pasa- do quince años. Teníamos una casita en una calle empedrada. Un día pasó un anciano que no era de nuestro barrio y se cayó. Mi mujer le sacó agua, otros sa- caron frutas para que pudiera recupe-

rarse, le trajeron una silla… Estas cosas no ocurrirían en París. Una de las pocas veces que estuve en París con mi hija vi

a un anciano africano que se había caí-

do en el metro. Era medio vagabundo, pero llevaba el traje de soldado. Debía de ser uno de esos soldados que comba-

tieron por Francia y del que se habían olvidado. La gente no le ayudaba. Las cosas que ocurren en las ciudades son terribles. Alguien se puede morir en el suelo y la gente pasa por encima.

Usted habla de lo que su padre decía: el olor del miedo. Usted podía tenerlo, de niño, a los mosquitos, a las serpientes. Se supone que ese era un mundo duro, que las ciudades son más confortables. Yo creo que no he abandonado el mun- do confortable por un mundo duro. Al contrario, abandoné un mundo duro, hostil y egoísta por otros mundos que son para mí más suaves, en los que hay más compasión y sentimientos.

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¿Le ha cambiado a usted como ser hu-

mano este contacto con un mundo tan diverso y tan natural? Creo que toda mi vida he escrito el mismo libro. Una mez-

cla de confesión, de búsqueda, de idea-

lismo, de realismo, a veces de execra-

ción… Tengo más interés por los otros que por mí mismo.

Usted tenía la ensoñación de la isla Mauricio, de donde procede su familia.

Cuando ya se hizo realidad, ¿cómo fue?

Mi abuelo, mi mamá, mis tías me conta-

ron tantas cosas que cuando llegué allí

Mauricio resultó no ser realidad para mí. Isla Mauricio es la forma de una novela.

La novela empieza, alcanza una cumbre

y después se va acabando lentamente hasta el nal. Poco a poco descubrí que

en la isla viven un millón de personas con

muchas di cultades. Es como la gente de

México, que sonríe mucho, es muy ama-

ble, pero vive en medio de esos extremos de violencia, de crueldad… No se mueren

de hambre porque es una tierra generosa,

pero conocen di cultades enormes. Me cambió bastante. Me impresionó mucho.

Quiero evocar esta frase suya de ‘El des- conocido sobre la tierra’, 1977: “Escribir solamente sobre las cosas que se aman, escribir para unir, para reunir los frag- mentos de la belleza y después recompo- ner y reconstruir esa belleza. Entonces, los árboles que están en las palabras, las rocas, el agua, las chispas de luz que están en las palabras, se encienden, bri- llan de nuevo, se lanzan y bailan”. No voy a borrar ninguna palabra de lo que escribí entonces. Era como una intui- ción de lo que debía hacer el resto de mi vida. Espero seguir con esta confianza. Esa confianza es el regalo que me dan

los lectores porque responden. Aunque

los críticos lo tachen de ingenuidad.

Para mí es un elogio.

“A los 70 años se puede mirar y callar. Sin duda, verter lágrimas”. Ahora tiene 70 años. Ahí estamos, esa edad tengo.

los 70 años se puede mirar y callar. Sin duda, verter lágrimas”. Ahora tiene 70 años.
los 70 años se puede mirar y callar. Sin duda, verter lágrimas”. Ahora tiene 70 años.