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La santidad: un atributo de Dios para Su pueblo

1. Base Bíblica: 1 Tesalonicenses 4:1-8


2. Objetivos:
2.1. Que al término de la Lección los participantes comprendan que
avanzar hacia la santidad parte de una decisión personal que nos obliga a
asumir compromiso en el proceso.
2.2. Que al término de la Lección los participantes comprendan por qué
mediante la obra del Espíritu Santo en nuestra vida, podemos avanzar en el
proceso de crecimiento en la santidad.
2.3. Que al término de la Lección los participantes hayan aprendido a
identificar la verdadera santidad, a partir de los pasajes bíblicos estudiados.
3. Enseñanza Bíblica:
Por siglos, alcanzar la santidad ha sido una preocupación de hombres y
mujeres, que buscan vivir en consonancia con lo dispuesto por Dios.
La santidad no es solamente externa, sino interna y reviste suma
importancia. Forma parte de la naturaleza de Dios y es imperativo que la
vivenciemos en todos los pensamientos y acciones de nuestra cotidianidad.
En la década de los 80 el autor Judson Corwal escribió: "Pero sigo creyendo
que la razón más poderosa de la impopularidad de la santidad es que es muy
mal comprendida…. La vida santa implica vida abundante. Es una remoción
de todo lo negativo, para ser suplantado por todo lo positivo de la
vida."(Cornwall, Judson. "Seamos Santos". Editorial Vida, 1980. Pg. 21)
Con la Lección de hoy iniciamos un detallado análisis al tema de la santidad
y cómo es posible lograrla y afianzarla en la vida del cristiano, razón por la
que no dudo en lo más mínimo que será una de las Series más apasionantes
en la que usted haya participado antes.
3.1. La santidad es un proceso de crecimiento personal y
espiritual
Cuando profesamos ser cristianos, debe haber coherencia entre lo que
pensamos, decimos y hacemos. En nuestra condición de creyentes estamos
llamados a marcar la diferencia en medio de la sociedad en la que nos
desenvolvemos. El apóstol Pablo instruyó a los cristianos del primer siglo
"respecto al modo en que deben conducirse y agradar a dios, así
crezcan cada vez más, pues ustedes conocen los mandamientos que
les hemos dado por la autoridad de nuestro Señor Jesucristo" (1
tesalonicenses 4:1º, 2, versión Aramea-Peshita).
No basta con conocer y pontificar sobre la santidad; es necesario vivir la
santidad. Dice el autor sagrado: "porque esto es la voluntad de Dios: su
santificación, y que se aperten de toda fornicación
..." (1 Tesalonicenses 4.3, versión Aramea-Peshita; Cf. 2
Tesalonicenses 2:13). Tenga presente que la santificación es un proceso que
opera en nosotros por la obra del Espíritu Santo: "...mediante la
santificación del Espíritu para que sean obedientes..." (1 Pedro 1:2,
versión Aramea-Peshita).
Avanzar hacia la santidad está asociado a controlar—con el poder de Dios—
las inclinaciones de la carne, que prevalece entre quienes no conocen a
Cristo; asumiendo su comportamiento honesto y de auténtico amor al
prójimo y actuando conforme a la voluntad del Señor ya que, como
aseguraba el apóstol Pablo: "...no os llamó Dios a inmundicia sino a
santidad" (1 Tesalonicenses 4:7, versión Aramea-Peshita). El apóstol
Pedro señaló, por su parte, que "...así como Aquél que los llamó es
santo, sean santos en toda su manera de vivir, porque está escrito:
"Sean santos, como también yo soy Santo" (1 Pedro 1:15, 16,
versión Aramea-Peshita).
Piense por un instante que el llamamiento de Dios a la santidad es para
todos los que los decidimos por Cristo. "Por tanto, amados míos, por
cuanto tenemos tales promesas, limpiémonos de toda inmundicia de
la carne y del espíritu, conduciéndonos en santidad, en reverencia a
Dios"
(2 Corintios 7:1, versión Aramea-Peshita).
Limpiarse, que es un término relevante en el versículo, parte de una
decisión personal. Nadie lo obligará a ser santo, es una decisión que usted y
nadie más que usted debe tomar.
3.2. El Espíritu Santo nos ayuda en el proceso de crecimiento en
santidad
La santidad no puede ser ganada. Es algo que encontramos en Dios y que
se aviva y afianza en nosotros por la obra del Espíritu Santo. Cuando
comienza a operarse en nosotros, se produce un impacto transformador que
nos afecta positivamente y también a la sociedad en la que nos
desenvolvemos.
¿Qué ocurre si no existe santidad en nuestra vida? Esencialmente dos cosas
que resultan igualmente lamentables. La primera, que no veremos a Dios.
Estaremos distanciados de Su presencia, y la segunda: no recibiremos
revelación de Su gloria.
Las Escrituras dicen de nuestro Padre celestial que es "fuego consumidor",
"llamas eternas" y que es Dios "celoso". (Cf. Isaías 33:14, Deuteronomio
4:24)
Aunque muchísimas personas quisieran experimentar la santidad en su vida,
temen serlo o sencillamente no saben cómo lograr la santidad. Es algo que
se alimenta al pasar tiempo en la presencia del Señor. Él nos ayuda y
fortalece, y desde la antigüedad llamó a Su pueblo a apartarse del mal:
"Porque yo soy Yahweh su Dios. Por tanto, conságrense y sean
santos, porque yo soy santo…. Porque yo soy Yahweh su Dios que
los hice subir de la tierra de Egipto para ser su Dios. Serán santos
porque yo soy santo."(Levítico 11:44, 15, versión Aramea-Peshita)
Cuando la santidad comienza a gobernar nuestra existencia, revelamos a
Cristo en nuestro ser. La santidad, que forma parte de la naturaleza de Dios,
se hace nuestra y es entonces cuando el Espíritu Santo puede fluir
libremente (Cf. Joel 2:28; Hechos 2.17). ¿Debemos colaborar en este
proceso? Por supuesto que sí, ya que en nuestro corazón debe anidad el
deseo ardiente de ser santos.
3.3. Es esencial aprender a conocer la verdadera santidad
La santidad no puede ser confundida con la religiosidad o fanatismo. Ese es
el gran error en el que incurren sinnúmero de personas que íntimamente
buscan ser santos, pero dado que dependen de sus fuerzas y no de Dios, se
dan por vencidas y experimentan una sensación de fracaso con mucha
facilidad.
Otro elemento que no ayuda, es la imagen de un Dios severo,
fundamentados en los relatos del Antiguo Testamento. Desconocemos la
gracia de nuestro Padre celestial expresada en su amado Hijo Jesús quien
dejó clara su misión al decir a sus discípulos y a nosotros hoy: "Porque el
hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había
extraviado."(Lucas 19:10, versión Aramea-Peshita). Él, Jesús—nuestro
Salvador—"mediante el cuerpo de su carne y por medio de su muerte,
para presentarnos santos, sin mancha e irreprensibles delante de
Él." (Colosenses 1.22, versión Aramea-Peshita).
Nuestro Señor Jesucristo está comprometido a llevarnos a la eternidad en
perfección y presentarnos ante el Padre celestial en santidad. Es un proceso
que fortalece en nosotros el amor, gozo y la paz que sobrepasa todo
entendimiento. Se evidencia en lo que pensamos. Es la verdadera santidad, y
debemos aprender a conocerla, desechando de nuestra vida lo que no honra
ni glorifica a Dios.
4. Preguntas para reflexionar:
a. ¿Qué debe caracterizar a los cristianos?
b. ¿Por qué el apóstol Pablo refirió el tema de la santidad asociándolo con
el crecimiento en la vida del cristiano?
c. ¿De qué manera nos ayuda el Espíritu Santo en la santificación?
d. ¿Para quiénes es el llamamiento a la sanidad?
c. ¿Cómo afecta la inmundicia el proceso de santificación?
e. ¿Cómo identifican las Escrituras a nuestro amado Padre celestial, de
acuerdo con Su naturaleza?
f. ¿A qué ha llamado Dios a su pueblo escogido?
g. ¿Por qué afirman las Escrituras que el Señor Jesús quiere presentarnos
santos y perfectos ante el Padre celestial?

Segunda Lección -
Pureza y santidad son inseparables
1. Base Bíblica: Éxodo 15:11
2. Objetivos:
2.1. Que al término de la Lección los participantes comprendan la
necesidad de comprender, asimilar y aplicar la santidad a su vida,
evidenciándola en todo cuando piensan y hacen.
2.2. Que al término de la Lección los participantes comprendan la
necesidad de consagrarse delante de Dios, incluyendo en esa consagración
sus pensamientos y acciones
2.3. Que al término de la Lección los participantes hayan aprendido cuáles
son los atributos naturales y morales de Dios y qué representa la santidad
en la naturaleza divina.
3. Enseñanza Bíblica:
El cristiano debe comprender y aplicar en su existencia el concepto de
santidad, que no es otra cosa que la separación voluntaria y consistente, de
todo aquello que va en contravía de los principios trazados por Dios y,
además, lo que nos separa de Su presencia. Cuando deliberadamente,
conscientes de lo que hacemos, nos apartamos de Dios, damos pasos hacia
el afianzamiento de la santidad en nuestro ser.
Un cristiano que se mueve en la santidad de Dios tendrá la fortaleza para
vencer la tentación y salir airoso en los períodos de pruebas. No lo hace en
sus fuerzas, sino en las de Aquél que todo lo puede. ¿La razón? Pureza y
santidad están estrechamente relacionadas, son inseparables.
3.1. Santidad es apartarse del mal y vivir para Dios
Ser santo no es algo imposible, como lo plantean quienes se encuentran
alrededor nuestro, para quienes apartarse del pecado resulta imposible. Es
posible en la medida en que nos movemos en la presencia de Dios. Santidad
en esencia es apartarse de la maldad. Forma parte de la naturaleza de
nuestro Padre celestial, tal como lo describe el profeta Samuel: "Entonces
dijeron los habitantes de Bet-semes: "¿Quién se puede sostener
ante el Señor, ante este Dios santo? ¿Contra quién irá cuando se
aparte de nosotros?." (1 Samuel 6.20).
La santidad que viene de Dios a nuestras vidas, produce transformación en
la forma de pensar y en la forma como actuamos, y algo más importante
aún, esa santidad es consistente, es decir, permanente y se refleja en
nuestra cotidianidad. El apóstol Juan lo describió claramente: "Pero si
vivimos en la luz, así como Dios está en la luz, entonces tenemos
comunión entre nosotros y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia de
todo pecado" (1 Juan 1:7).
¿Qué debemos consagrar a Dios? De acuerdo con la Biblia, consagramos a
Dios nuestra vida, nuestras posesiones—todo lo material—e incluso, los
territorios. Es así como oramos para entregar en Sus manos, todo cuanto
somos y tenemos.
3.2. La santidad demanda consagración en el poder de Dios
La santidad demanda nuestra consagración personal, absoluta. Es un
proceso. No en nuestras fuerzas sino en la fortaleza y poder que provienen
de Dios. Conforme vamos creciendo en las dimensiones personal y espiritual,
andamos en reverencia delante de Dios. Lo hacemos porque reconocemos Su
grandeza y majestuosidad.
El mayor anhelo de un cristiano consagrado es moverse en esa santidad:
"Purifícame con hisopo, y quedaré limpio; lávame, y quedaré más
blanco que la nieve. Aleja de tu vista mis pecados y borra todas mis
maldades. Oh Dios, ¡pon en mí un corazón limpio!, ¡dame un espíritu
nuevo y fiel!" (Salmo 51:7, 9, 10).
Observe cuidadosamente que la santidad, tal como lo describen las
Escrituras, y el propio rey David quien proclamó éste cántico está ligada a la
pureza. Son inseparables y logramos su materialización en nuestro ser en la
medida en que caminamos conforme a Su voluntad (Cf. Isaías 9:6)
3.3. Gracias al Espíritu Santo, afianzamos la santidad en
nuestras vidas
Llegar al conocimiento de la santidad que proviene de Dios y asimilarla, no
es posible en nuestras fuerzas como hemos visto. Sin embargo, es posible
con el poder y ayuda del Espíritu Santo, como lo describe el apóstol Pablo:
"Pero, como se dice en la Escritura: "Dios ha preparado para los que
le aman cosas que nadie ha visto ni oído y ni siquiera pensado. Estas
son las cosas que Dios nos ha manifestado por medio del Espíritu,
pues el Espíritu lo examina todo, hasta las cosas más profundas de
Dios." (1 Corintios 2:9, 10).
Tome nota de lo que enseña: Él, nuestro amado Padre celestial, tiene
preparadas para nosotros grandes cosas, y es por Su divino Espíritu que
llegamos a conocerlas.
Ahora, para que comprendamos un poco más por que la santidad está
vinculada de manera íntima e inseparable a la naturaleza de Dios, incluimos
el siguiente cuadro:

ATRIBUTOS DE DIOS
Omnisciencia, omnipresencia, omnipotencia,
Natural eternidad e inmutabilidad
es
.
Santidad, amor, justicia, misericordia, benevolencia
Morales
y rectitud.
Desde la antigüedad, los profetas describieron la santidad de Dios, desde su
mente finita y limitada: "Porque el Altísimo, el que vive para siempre y cuyo
nombre es santo, dice: "Yo vivo en un lugar alto y sagrado, pero
también estoy con el humilde y afligido, y le doy ánimo y
aliento."(Isaías 57:15) y también: "Y se decían el uno al otro: "Santo,
santo, santo es el Señor todopoderoso; toda la tierra está llena de
su gloria." (Isaías 6:3).
En un mundo en el que prima la maldad, es necesario recobrar el valor de la
santidad, reconociendo que Dios mismo, habita en la santidad (Salmo 99:9;
Salmo 20:6; Salmo 11:41).
4. Preguntas para reflexionar:
a. ¿Usted podría definir en sus propias palabras qué significa santidad?
b. ¿Por qué de acuerdo con las Escrituras la sanidad es apartarse del mal?
c. ¿De qué manera la santidad afecta nuestra forma de pensar y actuar?
d. ¿Por qué la santidad transforma todo nuestro ser y se refleja en la
cotidianidad?
e. ¿Por qué la santidad y la pureza resultan inseparables?
f. ¿Por qué razón es a través del Espíritu Santo como llegamos a conocer la
santidad de Dios?
g. ¿Cómo describían desde la antigüedad los profetas a la naturaleza de
Dios?

Tercera Lección -
Dios nos guía y fortalece camino a la santidad
1. Base Bíblica: Filipenses 2:6-8
2. Objetivos:
2.1. Que al término de la Lección los participantes comprendan la importancia no solo de comprender
sino de asimilar la santidad en nuestras vidas, sabiendo que es un proceso en el que Dios nos guía y
fortalece.
2.2. Que al término de la Lección los participantes comprendan la importancia que revisten la
vocación de servicio y la humildad en sus vidas, como parte de la santidad con la que caminan delante
del Señor.
2.3. Que al término de la Lección los participantes comprendan la grandeza de la comprensión y
compasión de Dios para con los pecadores, lo que lleva a que nos ayude a afianzar la santidad en
nuestra existencia.
3. Enseñanza Bíblica:
Para muchos la santidad se circunscribe a una serie de conceptos que tienen poca o ninguna relación
con aquello que deben vivenciar. Ser santo es movernos en la dimensión de la voluntad de Dios,
caminando en Su temor, que no es otra cosa que apartarnos de todo aquello que nos induce al pecado y
su materialización.
La santidad se construye, no en nuestras fuerzas, sino en las fuerzas que provienen de nuestro amado
Dios y Padre, quien nos guía y afianza.
Frente a la condición pecaminosa del hombre, la santidad e Jesús estuvo unida al amor porque fue
comprensivo y compasivo con el género humano. Aun cuando rechazaba el pecado, amada al pecado
(Cf. Mateo 5:17-20) La santidad del amado Salvador le hacía inmune al pecado. Igual con nosotros: ser
santos nos ayuda a sobreponernos a la tentación.
3.1. La santidad: del concepto a la aplicación personal
Cuando profesamos ser cristianos, debemos comprender que la vida cristiana tiene un componente
esencial: la santidad. ¿Qué significa? Apartarnos de todo aquello que impide una buena relación con
Dios. No significar irnos del mundo, porque sería una locura, pero sí experimentar una convivencia en la
distancia. Una cosa es vivir en el mundo y otra, bien distinta, contaminarse con el propio mundo y lo
que ofrece: la mundanalidad.
Cuando vamos a las Escrituras encontramos que en el mundo espiritual, los seres angelicales exaltan
por una eternidad la santidad de nuestro amado Creador: "Cada uno de los cuatro seres vivientes
tenía seis alas, y estaba cubierto de ojos por fuera y por dentro. Y día y noche decían sin cesar:
"¡Santo, santo, santo es el Señor, Dios todopoderoso, el que era y es y ha de venir!."
(Apocalipsis 4.8).
Si servimos a un Dios poderoso y santo, es necesario que vivamos en santidad—separados de todo
cuanto nos lleva a un estancamiento o revés espiritual—y que nos fortalezcamos en el poder de Dios
para afianzar la santidad en nuestra existencia.
El Señor Jesús tuvo un desenvolvimiento terrenal exento de todo lo que fuera contaminación, porque
Él mismo, era santo y vivenciaba esa santidad separado de todo lo que pudiera convertirse en pecado.
3.2. La vocación de servir y la humildad, fundamentos de la santidad
Un cristiano que vive la santidad, tiene dos fundamentos que le permiten exteriorizar en su ser al
Cristo que sirven: la vocación de servicio y la humildad. Cuando esos dos elementos están íntimamente
ligados a nuestra existencia, deseamos vivir para servir a Dios y a su creación más maravillosa: el ser
humano, y en segundo lugar, reconocemos que todos los pasos no son producto de los logros personales
sino porque Dios nos permite avanzar.
Los apóstoles en sus oraciones, de acuerdo con lo que enseñan las Escrituras, tenían esos dos
cimientos en su mente y en su corazón, de tal manera que sus oraciones siempre iban esa dirección,
como cuando pidieron fortaleza al Señor en medio de las persecuciones: "...que por tu poder sanen a
los enfermos y que hagan señales y milagros en el nombre de tu santo siervo Jesús". (Hechos
4.30).
Es más, en la propia vida del amado Salvador, encontramos su máxima expresión de vocación de
servicio y humildad cuando, siendo Dios, se hizo hombre para traernos redención: "...el cual: Aunque
era de naturaleza divina, no se aferró al hecho de ser igual a Dios, sino que renunció a lo que le
era propio y tomó naturaleza de siervo. Nació como un hombre, y al presentarse como hombre se
humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, hasta la muerte en la cruz". (Filipenses
2:6-8).
Es imperativo que nos preguntemos hasta qué punto hemos desarrollado, con ayuda de Dios, la
vocación de servir en nuestra existencia, y qué grado de humildad evidenciamos no solo cuando nos
expresamos y actuamos, sino cuando nos movemos en la intimidad, delante del Señor.
3.3. La santidad de Dios, que rechaza el pecado, está rodeada de comprensión y compasión
divinas para libertar al pecador.
Por su infinito amor para con nosotros, nuestro amado Salvador se hizo hombre. Comprensión frente a
la inclinación pecaminosa del hombre, a quien se le dificultaba la santidad, pero también compasión
para ayudarle a salir de esa situación, hasta el punto que el rey David escribió: "Nadie es comparable
al Señor nuestro Dios, que reina allá en lo alto". (Salmo 113:5).
Dios mostró Su amor al mundo al enviar a Su Hijo Jesús. Su santidad y humildad siempre ha estado
presente a lo largo de la historia del género humano, condición que los cristianos del primer siglo
reconocían plenamente (Cf. Marcos 15.39; hechos 2.27, 13:15).
En la propia vida de nuestro Señor Jesús encontramos que se puede vivir la santidad en un mundo
contaminado por el pecado. Es a través de Su Espíritu Santo que encontramos la fortaleza para poder
afianzar la santidad en nuestra existencia.
4. Preguntas para reflexionar:
a. ¿Por qué debemos pasar del concepto de santidad a la vivencia de la santidad?
b. ¿Por qué quienes profesamos ser cristianos debemos tener en alta estima la santidad?
c. ¿Qué importancia revisten la vocación de servicio y la humildad al vivenciar un cristiano la santidad?
d. De acuerdo con Filipenses 2:6-8, ¿qué hizo Jesús, nuestro amado Señor, por amor a la humanidad?
e. ¿De qué manera se expresa la compasión y comprensión de Dios para con el pecador?
f. ¿Cómo podemos tener la certeza de que los cristianos del primer siglo reconocían la santidad de Dios?
- Cuarta Lección -
Las dos clases de santificación: posicional y progresiva
1. Base Bíblica: Juan 16:8, 9
2. Objetivos:
2.1. Que al término de la Lección los participantes comprendan que reconocer la grandeza y santidad
de Dios, implica caminar en Su presencia bajo un temor reverente, que busca no trasgredir sus
principios y preceptos—enseñados en la Biblia—para nuestra vida.
2.2. Que al término de la Lección los participantes comprendan la grandeza del sacrificio del amado
Señor Jesús en la cruz, gracias al cual, no solo tenemos acceso al Padre, fuimos declarados sus hijos,
sino que además podemos avanzar en la santificación.
2.3. Que al término de la Lección los participantes comprendan en qué consisten la santificación
progresiva y la posicional, y de qué manera debemos asumir los cristianos ese proceso, en procura
del crecimiento personal y espiritual.
3. Enseñanza Bíblica
La vida cristiana está orientada al crecimiento. Es esencial. Se orienta en dos direcciones: la de
carácter espiritual y de orden personal. No es en nuestras fuerzas, sino en las de Dios que podemos
lograrlo. Gracias a la obra del Señor Jesús es posible que demos pasos firmes en ese camino. Él es
nuestro ayudador. Jamás olvide que la voluntad de Dios es nuestra santificación, plena y consistente, es
decir, que perdure en el tiempo.
3.1. La gloria y santidad de Dios quieren llenar su vida
Las Escrituras relatan que el día de la inauguración del templo de Jerusalén, en el tiempo de Salomón,
la gloria y santidad de Dios llenaron el lugar "de tal modo que los sacerdotes no podían entrar en él"
(2 Crónicas 7:2). Moisés, David e Isaías, son tres ejemplos de hombres que vieron la gloria de Dios y
reconocieron la Santidad del Padre. Sus vidas, en ese sentido, buscaban una estrecha dependencia del
Señor, porque sabían que era tres veces santo. Había en sus corazones un temor reverente. Desde
siempre, incluso recién terminada la creación en Adán y Eva, Dios quería mantener una íntima y
permanente relación con Su pueblo. Es el pecado el que nos distancia de Él.
Cuando Dios envió a Su hijo Jesús, se rompieron las ataduras a una vida de ruina, desgracia y
enfermedad. El amado Salvador lo hizo posible: "Pero cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a su
Hijo, que nació de una mujer, sometido a la ley de Moisés, para dar libertad a los que estábamos
bajo esa ley, para que Dios nos recibiera como a hijos. Y para mostrar que ya somos sus hijos,
Dios envió el Espíritu de su Hijo a nuestro corazón; y el Espíritu grita: ¡Abbá! ¡Padre! Así pues, tú
ya no eres esclavo, sino hijo de Dios; y por ser su hijo, es voluntad de Dios que seas también su
heredero" (Gálatas 4:4-7).
Cristo, nuestro amado Señor, nos justificó y abrió el camino para la santificación. Hizo tres cosas: nos
redimió, nos rescató y restauró. Ahora, en esa nueva condición que Él nos ofrece, podemos convertirnos
en verdaderos adoradores en Su presencia, como lo escribe el rey David: "…alabad el glorioso nombre
del Señor, adorad al Señor en su hermoso santuario" (Salmo 29:2).
3.2. Gracias a la obra de Cristo somos hijos de Dios y santos en Su presencia
Cuando el amado Señor Jesús murió en la cruz, eliminó la brecha que nos separaba de Dios por el
pecado, y sentó las bases para nuestro crecimiento personal y espiritual. Tras sufrir el suplicio en el
madero y hacernos libres del poder del pecado, nuestro amado Salvador pudo asegurar que la obra
redentora estaba concluida: "Jesús bebió el vino agrio y dijo: --Todo está cumplido. Luego inclinó la
cabeza y murió" (Juan 19:30, versión Reina Valera 1995).
Es por la voluntad de Dios que podemos dar pasos hacia la santificación y en el poder de Jesucristo,
quien nos ayuda. Podemos alcanzar altos estándares de santidad, caminando de Su mano: "Pero Dios,
en su bondad y gratuitamente, los hace justos mediante la liberación realizada por Cristo Jesús.
Dios hizo que Cristo, al derramar su sangre, fuera el instrumento del perdón. Este perdón se
alcanza por la fe. Así quiso Dios demostrar su justicia, y mostrar que si pasó por alto los pecados
de otro tiempo fue solo por su paciencia, y que él, siendo justo, también en el tiempo presente
hace justos a quienes creen en Jesús" (Romanos 3:24-26).
En la cruz se rompió el poder del pecado. Ya no podía, en adelante, tener dominio sobre el género
humano, si cada hombre o mujer volvía su mirada a Cristo. Producto de la redención, ahora somos
justos, gratuitamente. Es fundamental que haya fe en nuestra existencia.
No es por nuestros méritos, sino por la gracia de Dios que nos permite ser santos en Su presencia. Y en
Jesucristo, nos ofrece el camino para lograrlo, dando pasos cada vez más sólidos hacia el crecimiento.
El pasado quedó borrado para siempre. El problema estriba en pretender lograr la santificación por
nuestros esfuerzos, desconociendo que en la redención de Jesús, Dios olvidó nuestros errores, quitó el
castigo que merecíamos y nos permite sobreponernos al gobierno del pecado.
3.3. Avanzando hacia la santificación posicional y progresiva
La santificación tiene dos clases claramente definidas. La primera, es de carácter posicional y está
representada por el obrar del Espíritu Santo sobre los pecadores, como anotan las Escrituras: "Cuando
él venga, mostrará claramente a la gente del mundo dónde está la culpa, dónde la inocencia y
dónde el juicio. La culpa la mostrará en ellos, porque no creen en mí..." (Juan 16.8, 9). Es Dios
quien produce la transformación y nos llama a formar parte de Su pueblo escogido, cuando nos torna
conciente de los pecados cometidos y de la necesidad de experimentar transformación.
La segunda es la santificación progresiva. Es aquella que experimentamos los cristianos cuando, con
ayuda del Señor, crecemos en las dimensiones personal y espiritual. Si bien es cierto en la primera fase
Dios nos hace concientes del pecado y convence de la maldad, es Dios quien nos lleva al
arrepentimiento y nos lleva al crecimiento en la vida cristiana. Recuerde que usted y yo fuimos
creados, no para el estancamiento, sino para el cambio y el crecimiento.
4. Preguntas para Reflexionar:
a. ¿Qué hizo el Señor Jesús en la cruz?
b. ¿Por qué el pecado se constituyó en un impedimento para la santificación?
c. En su criterio, ¿qué es la santificación?
d. ¿Por qué gracias a la obra del Señor Jesús en la cruz Dios sentó las bases para nuestra
santificación?
e. Explique las razones por las cuales en la cruz se rompieron el poder y dominio del pecado.
f. ¿Por qué la voluntad de Dios es nuestra santificación?
g. ¿Podría describir qué significan la santificación posicional y la santificación progresiva?