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Pero...

¿puede una mujer de mi temperamento evocar serenamente en las cuartillas tan


divinos instantes de sus pasadas voluptuosidades? La sangre fustiga mis venas; arde mi
cerebro al conjuro de las rojas ideas y al ver ahora, netamente, con los ojos del recuerdo
mis encendidas e inconfesables lubricidades, frente al ancho espejo de mi tocador de
Viena, todo mi ser se revuelve y arde en llamas de matronil lujuria y...Si ofrecer mi mano
a sus besos, quedo siempre devotísima, X.