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Alejandro Del Valle A principios del siglo XXI la mayor parte de la población mun-
Alejandro Del Valle A principios del siglo XXI la mayor parte de la población mun-
Alejandro Del Valle A principios del siglo XXI la mayor parte de la población mun-
Alejandro Del Valle A principios del siglo XXI la mayor parte de la población mun-
Alejandro Del Valle
A
principios del siglo XXI la mayor parte de la población mun-
dial vive en ciudades y la urbanización continúa su marcha ascen-
dente. El escenario urbano se presenta como el resultado de un sis-
tema cada véz más complejo y sujetos a cambios permanentes.
Las ciudades son el corazón de la vida económica, social y cultu-
ral: la gente y las empresas convergen en las ciudades para inter-
cambiar bienes, dinero, información e ideas. Pero las ciudades, tam-
bién, expresan los problemas sociales de una población que se ur-
baniza cada vez más: aumenta el número de pobres, la criminali-
dad, el tráfico de autos se vuelve más lento y se eleva la contamina-
ción del aire.
INTRODUCCIÓN A PROBLEMAS Y
TEORIASDESOCIOLOGIAURBANA
El
presente texto constituye un manual introductorio a este cam-
po de problemas. Pensado para quienes recién se introducen en el
estudio de las Ciencias Sociales y, fundamentalmente para estudian-
tes de Trabajo Social la pretensión teórica de este texto es instalar el
debate y la discusión sobre temas que todavía no han recibido la
suficiente atención de los trabajadores sociales, o por lo menos, no
han sido percibidos como atendibles por algunos de ellos.
A
partir de pensar ala ciudad como el lugar de las relaciones so-
ciales —de sus problemas y conflictos— dentro una estructura so-
cial mayor de la que forma parte, el texto examina el proceso de
urbanización y se presenta modelos y explicaciones teóricas que
pueden ayudar a entender la vida urbana contemporánea.
Facultad de Ciencias de la Salud y Servicio Social
Universidad Nacional de Mar del Plata
Introducción a Problemas y teorias de Sociologia Urbana
Alejandro Del Valle

INTRODUCCIÓN A PROBLEMAS Y TEORÍAS DE SOCIOLOGÍA URBANA

Alejandro Del Valle

INTRODUCCIÓN A PROBLEMAS Y TEORÍAS DE SOCIOLOGÍA URBANA

Del Valle, Alejandro Hugo Introducción a teoría y problemas de sociología urbana /

Alejandro Hugo Del Valle; con prólogo de Alicia Ruskowski. - –

1a ed. Mar del Plata: Univ. Nacional de Mar del Plata, 2008. 270 p. ; 21x14 cm.

ISBN 978 -987-544-274-0

1. Urbanismo. 2. Sociología Urbana. I. Ruskowski, Alicia, prolog. II. Título CDD 307.66

Queda rigurosam ente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la fotocopia y el tratamiento infor mático.

Foto de Tapa: Angel Alfonso - Fundación ph15

http://www.ph15.org.ar

© 2008, Alejandro Del Valle

Primera edición

ISBN: 978-987-544-274-0

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723 Impreso en el mes de Noviembre de 2008 en Bibliográfika, de Voros S.A., Buenos Aires, Argentina.

INDICE

INTRODUCCIÓN

11

CAPÍTULO PRIMERO

17

El Surgimiento de la Modernidad y las Condiciones

del Análisis

17

Libertad, Naturaleza y Razón

23

La noción de Derecho y el orden democrático

26

El surgimiento del mercado y la cuestión social

30

El mercado como promotor de paz social

35

El mito de la paz social

39

El surgimiento del 'yo'

48

La sociedad moderna

54

CAPÍTULO SEGUNDO

61

Lo Rural y lo Urbano

61

Algunas definiciones teóricas

68

Dimensión y actividad

68

CAPÍTULO TERCERO

75

La Evolución de la Problemática Urbana en el Marco

de la Teoría Social

75

Los paradigmas de la teoría social

75

El marxismo: una teoría social al margen de lo

76

El esquema conceptual del materialismo histórico 78

El Estado y la lucha de clases

El hecho urbano

88

Weber y la sociología comprensiva

92

Sociología comprensiva y teoría de la

95

El capitalismo y la sociedad moderna

98

La sociología positiva:

102

112

CAPÍTULO CUARTO

115

Aportes de la Ciencia Social al Análisis del Espacio

 

115

Simmel y las formas de la vida

116

La Escuela de Chicago: La Ecología Humana

121

La ciudad y el extraño: el hombre marginal

129

Las teorías del desarrollo urbano

134

El urbanismo como modo de vida

138

CAPÍTULO QUINTO

143

Economía política de la ciudad y análisis Marxista 143

La escuela Francesa: Lefebvre

143

La vida cotidiana

147

La gentrificación

156

La Escuela Anglosajona

160

Teorías de la acumulación: Harvey y

162

El planteo de Manuel Castells

165

CAPÍTULO SEXTO

169

División internacional del trabajo y procesos urbanos

en América Latina

169

Dependencia y

169

La Urbanización en Latinoamérica: Teorías Y

Discursos

170

La Teoría de la Dependencia

171

La Teoría de Ciudad Mundial

176

Las ciudades latinoamericanas

180

La ciudad y la cotidianeidad en América Latina

187

CAPÍTULO SÉPTIMO

195

Pobreza, exclusión y marginación

195

Los estudios sobre pobreza

201

Desigualdad, Pobreza Y Exclusión

203

Pobreza y exclusión social

207

El problema de la exclusión social en América

Latina

214

CAPÍTULO OCTAVO

220

Los procesos de Estratificación social

220

La estructura social latinoamericana

230

La estratificación desde la perspectiva de la

estructura de clases

234

CAPÍTULO NOVENO

243

La ciudad como espacio de convivencia política

243

Continuidad histórica de la ciudad

245

BIBLIOGRAFÍA

249

En los inicios del siglo XXI asistimos a un mundo convulsionado donde los habitantes de este planeta intentan organizar sus vidas construyéndose y construyendo su espacio en un marco de crecientes dificultades y permanentes confrontaciones.

las

De

esta

m anera,

es

necesario

reflexionar

sobre

nuevas

dinámicas

sociales

que

van

emergiendo

en

el

marco

de

la

aceleración

de

los

procesos

científico-

tecnológicos y las nuevas configuraciones espaciales en un mundo altamente urbanizado, que refleja las fuerte disparidades socio- económicas y dificulta, cada vez más, las posibilidades de una reproducción humana más armónica.

Grandes son los dilemas, numerosos los nuevos problemas que van emergiendo con una velocidad sorprendente y por lo tanto este texto es oportuno para crear un espacio de debate crítico alrededor de las nuevas cuestiones urbanas.

Este libro constituye un manual sencillo para que los

estudiantes ligados al campo de las ciencias sociales puedan realizar lecturas e interpretaciones de los

fenómenos

urbanos

ligados

a

la

tradición

del

pensamiento

social

que

surge

con

la

modernidad

y

al

debate

de

ideas

que

se

instala

con

los

aportes

de

la

teoría marxista y los pensadores que instituyen una rama novedosa de la joven sociología, la sociología urbana. Desde el surgimiento y los desarrollos de la

Escuela de Chicago y toda la producción que, a lo largo

del siglo

XX,

se

ocupó

de

este

naciente

campo

de

problemas, el texto

elabora

un

hilo conductor que

permite introducirnos en las principales tesis, teorías y debates.

a algunas de las

principales problemáticas que enfrenta hoy el munod

urbano. Durante los últimos cien años, se ha registrado un crecimiento acelerado de la población urbana. La concentración de la población en las grandes ciudades y conourbanos no tiene precedentes en la historia del

Asimismo,

el

texto

nos

introduce

hombre.

Estos

procesos

son

acompañados

por

el

crecimiento

de

una

economía

mundial

cada vez más

integrada

y

basada

en

las

ciudades:

la

producción,

el

comercio

y

las

comunicaciones

así

como

las

grandes

innovaciones científico- tecnológicas se realizan en una red de ciudades cada día más interrelacionadas.

Por este motivo, pensar la ciudad como un hecho complejo y dinámico que expresa el avance del modo de producción capitalista en su fase de globalización a escala mundial, implica analizarla en sus mutuas determinaciones e interdependencias.

La abundante literatura e investigación en este campo, la confrontación de miradas desde diferentes disciplinas y saberes, el trabajo desde diferentes campos temáticos nos indican que prácticamente todo lo que atañe al ser humano ocurre en las ciudades.

Es altamente positivo poder acceder a un texto donde se realiza un amplio recorrido integrador desde perspectivas teóricas diversas y que son abordadas por el autor con sencillez pero también con extrema rigurosidad.

¿Es posible construir una teoría sobre la “ciudad”?; ante este interrogante el autor con gran honestidad intelectual intenta construir un abordaje crítico donde pone en cuestión el criterio de 'verdad' sobre el que las diferentes disciplinas intentan construir, de forma arbitraria, la interpretación de los procesos urbanos.

Éstos procesos, en tanto procesos sociales deben ser abordados en toda su complejidad donde el autor resalta que "el compromiso ético es ayudar a los demás en la solución de sus problemas".

Quisiera, por último, resaltar el esfuerzo teórico para proponer una mirada sobre la problemática urbana de América Latina ligada a las manifestaciones de un orden mundial injusto que impacta sobre la dinámica de los asentamientos humanos en esta parte del mundo y que fue objeto de numerosos abordajes desde el campo de las ciencias sociales y núcleos académicos e institucionales.

Las estadísticas de Naciones Unidas sobre los g randes desigualdades en el mundo resultan escalofriantes y ello, podemos observarlo en las condiciones de vida de grandas masas de población que habitan en las ciudades latinoamericanas. Desde fines del siglo XX se realizan numerosos llamados a los gobiernos para colocar como prioridad en la agenda internacional la lucha contra la pobreza. Y digo esto, no solo por lo que ello significa conceptualmente, sino por la magnitud de los compromisos que adquieren los países en cuanto a la formulación de políticas económicas y sociales para combatir la pobreza en las ciudades de nuestro continente.

En este contexto, pobreza es una condición humana que no está determinada exclusivamente por montos de ingreso. El nivel educativo, la expectativa de vida, la cantidad y calidad de la alimentación y las condiciones del entorno físico y social, son factores que determinan las condiciones de pobreza.

Las oportunidades de trabajo, el acceso a los bienes culturales y la libertad política son también aspectos que contribuyen a definir esta línea divisoria que profundiza los fenómenos de exclusión social que

padecen grandes contingentes de población que habita

los

núcleos

degradados

de

las

ciudades

latinoamerica-

nas.

En este marco, el autor, lleva adelante su análisis e interpretación de los fenómenos urbanos de nuestra América Latina. El agravamiento de los fenómenos de exclusión a partir del desarrollo de políticas neolibera- les que se implementaron desde la década de los 70 y que, bajo ningún aspecto, pudieron dar cuenta de la injusta distribución de la riqueza producida socialmente sino que tendieron a la profundizaron de las desigualdades poniendo en riesgo la sobrevivencia de la propia especie humana.

Hago votos para que este libro pueda se analizado y discutido por las nuevas generaciones de estudiantes en un contexto donde se derrumban viejas certezas omnicomprensivas dentro de un mundo que atraviesa fuertes conflictos yque poseen un fuerte impacto en la vida cotidiana de cada uno de los habitantes de nuestras ciudades.

Mucho dependerá de la percepción que demuestre la sociedad mundial para desentrañar los inmensos riesgos a que está sometida y de su capacidad para movilizar a los Estados y a sus gobernantes para promover profundas transformaciones, muchas de las cuales, chocan con estructuras de poder francamente adversas.

En ello está puesto el compromiso de aquellos que apostamos a “que otro mundo sea posible”

Alicia Ruszkowski

INTRODUCCIÓN

A principios del siglo XXI la mayor parte de la población mundial vive en ciudades y la urbanización continúa su marcha ascendente. Las ciudades se convierten en sistemas cada vez más complejos y el panorama urbano aparece en cambio permanente. La complejidad urbana y el cambio continuo son resultado de dos fenómenos aparentemente contradictorios. Por un lado, las ciudades son el corazón de la vida económica, social y cultural: la gente y las empresas convergen en las ciudades para intercambiar bienes, dinero, información e ideas. Por otro lado, las ciudades expresan los problemas sociales de una población que se urbaniza cada vez más: aumenta el número de pobres, aumenta la criminalidad, el tráfico de autos se vuelve cada vez más lento y se eleva la contaminación del aire.

Visto así, la intención de este libro es presentar, de un modo breve, un campo de problemas. El objetivo de componerlo, es modesto, ya que se trata de un texto introductorio cuyo lector imaginario es un público que no posee conocimientos profundos sobre las temáticas que se presentan.

Por otra parte, ha sido pensado para estudiantes que

se inician en la carrera de trabajo social. Considerando estas cuestiones, la pretensión teórica que persigo es instalar el debate y la discusión sobre temas que, a mi

recibido la suficiente

atención de los trabajadores sociales, o por lo menos,

no han sido percibidos como atendibles por algunos de ellos.

entender,

hasta la

fecha no

han

En las páginas que siguen, se examinará el proceso de urbanización y se presentarán modelos y explicaciones

12

teóricas que pueden ayudar a entender la vida urbana contemporánea. Aunque los ejemplos se toman de todo el mundo, el texto, se orienta, principalmente a las ciudades latinoamericanas y parte de asumir que la ciudad es el lugar de las relaciones sociales—de sus problemas y conflictos—de una estructura social mayor de la que forma parte.

Esta idea está presente en el análisis de los factores propiamente locales ya que las relaciones sociales llevan, implícitamente, a la cuestión del poder. Por ende, se al conjunto urbano como un todo y sus problemas, deben ser considerados en el marco de una economía política de la ciudad. El libro, no obstante, deja sin desarrollar temas de la sociología urbana sobre los que existe abundante literatura (movimientos sociales urbanos, migración campo-ciudad, sub- urbanización), porque es un manual de carácter introductorio.

El texto se organiza en nueve capítulos. El primero, se ocupa del mundo cultural en el que nació la ciudad moderna y analiza las principales transformaciones que supuso la emergencia del capitalismo. El segundo, analiza las diferencias entre lo rural y lo urbano en el contexto de las transformaciones de la modernidad, entendida, como fenómeno cultural. En el capítulo tercero, se analizarán las principales teorías sociales y como han buscado explicar el impacto de algunas problemáticas urbanas. Los capítulos cuarto y quinto, pueden ser comprendidos como una continuación del tercero, en el sentido, que se analizan diversas teorías y escuelas que centraron sus esfuerzos en el entendimiento del mundo urbano.

En el capítulo sexto, se analizan diversas teorías que han servido como marco general para el análisis de los problemas urbanos latinoamericanos. En el capítulo

13

séptimo, el texto se centra en el análisis de uno de los principales fenómenos urbanos de nuestro tiempo: la exclusión. En el mismo se repasan teorías y modelos que han intentado definir y estudiar el problema. Luego, el capítulo octavo, revisa diversos trabajos relacionados al estudio de la estructura social latinoamericana y sus transformaciones recientes, el objetivo es brindar herramientas teóricas y analíticas

para la comprensión

en Finalmente, en el último capítulo, se analizan las relaciones entre el Estado y los sistemas de bienestar existentes en América Latina.

Si bien el libro tiene un afán integrador, cualquier lector avanzado, podrá constatar que ciertos temas se encuentran ausentes en esta obra. La razón es sencilla:

el tema es vasto y el libro breve y, aunque no se niega la posibilidad de futuras ampliaciones, espero haber tratado a las temáticas propuestas con la sencillez y la rigurosidad como para hacerlas entendibles para el lector sin haber desvirtuado las ideas de sus verdaderos autores.

Asimismo, he intentado que los planteos den lugar a reflexiones y críticas actuales sobre las problemáticas urbanas por lo que el texto navega, en ciertas páginas entre la filosofía social, la sociología, la antropología, la economía y la historia. La explicación es simple, no creo que el trabajo científico, sea división real de lo real sino que simplemente es una abstracción conceptual que ha de ser comprobada. Se podrá argumentar que, ante el saber científico, la imagen que surge es la de un a sociedad conformada por regiones: clases, grupos, comunidades, organizaciones, etc. Ante este punto de vista, es útil recordar que el discurso ‘científico’, elevado a la categoría de discurso sobre lo real, lo único que tiende a hacer es ‘cerrarse sobre sí’ y tender a

actualmente se viven

de

los

procesos

de

cambio

que

nuestro

continente.

14

afirmar el poder de aquello que se encuentra establecido como ‘supuesto’ elemento fundamental de cada disciplina y que, solo en apariencia, se refieren a ‘cosas’ (realidades o situaciones) que son distintas.

Casualmente esa apariencia, es la que establece campos de actuación que, aunque son simbólicos, no por ello son menos reales en la medida que constituyen

e instituyen diferencias que nos separan y dificultan la acción interdisciplinaria.

Los científicos sociales que buscan definiciones ‘a priori’ de un objeto supuestamente propio, olvidan un hecho simple: toda realidad es el efecto de la interpretación que hacemos; la realidad es, en sí misma, una totalidad vacía que logra traducirse en una abstracción eficaz, en cuanto es interpretada.

La preocupación por la búsqueda de ‘autonomía’ ha conducido a las ciencias a abandonar al sujeto para

justificar su existencia. Digo, la existencia de la ciencia

y el saber científico. Así, por ejemplo, la psicología lo reemplazó por estímulos, respuestas y comportamientos. La historia, por determinismos sociales. La antropología, por estructuras.

Si aún hoy, existen quienes creen en la capacidad de sintetizar que posee la razón, recordemos que toda síntesis supone algo que la opere, que le dé existencia, alguna esencia que la trascienda y la subordine al devenir de su racionalización por ello, esta creencia acaba en la búsqueda por desentrañar la ‘apariencia’, ya que supone que existe alguna realidad definitiva pero como dicha realidad no aparece nunca; tiene que luchar también para lograr imponerla.

Claro esta, no ha sido la razón sino la capacidad crítica la que nos ha dejado avanzar en el entendimiento del mundo. En los últimos años, he defendido (cada

15

vez con más convicción) que es necesario oponerse a las demarcaciones demasiado rigurosas entre el trabajo social, la economía, la historia, la sociología, etc. porque nos hacen olvidar que en algún punto, como toda demarcación, son arbitrarias.

Fuera de las múltiples determinaciones históricas que se presentan de diversas formas en los procesos sociales, la ciencia social, abandona el terreno de lo social y avanza hacia la metafísica.

No existe una economía pura como no existe un trabajo social puro ni una sociología pura, etc. por lo que la división científica no se identifica nunca, por decirlo con Kosik, con la estructura de la cosa.

Si la razón se transformase en imperativo, es decir, si la crítica cediese su lugar, el lenguaje tendría como fin imponer la verdad, comunicar decisiones tomad as de antemano, juzgar y condenar y la explicación devendría en una tautología sumamente efectiva, porque daría lugar a opiniones que motivasen conductas concretas que reafirmen lo predicado por la tautología.

El lector podrá legítimamente preguntarse, entonces, ¿qué puede aportar este manual a la formación de los futuros trabajadores sociales? Poco. ¿Qué puede aportar este manual a la formación de una conciencia crítica como elemento clave de la formación de los futuros trabajadores sociales? Espero q ue algo.

Para quienes sentimos que toda verdad que se pretenda crítica ha de realizar, en primer lugar, una crítica de lo verdadero, es evidente que estamos bajo la exigencia de un compromiso práctico: combatir contra toda forma de pensamiento que atente contra la crítica y, al mismo tiempo admitir que cada vez que las formas no críticas se presenten, tenemos que estar allí para combatirlas ya que, como simples hombres, tenemos el

16

compromiso ético de ayudar a los otros en la solución de sus problemas. Esta es una obligación que, al mismo tiempo, le pertenece a todas las ciencias, y esto se debe a que la búsqueda del conocimiento, por el conocimiento mismo, acaba en el fetichismo.

De este modo, los lectores de este manual, no esperen aquí encontrar verdades ya que, no se trata de buscar la VERDAD sino de arribar a la verdad crítica. No existe ciencia social que tenga un método preestablecido ni un objeto definitivo ni una metodología específica que pueda ser aplicada como decálogo de preceptos (más propios de la escolástica que de la ciencia) y esto, se debe a que la actividad científica nos obliga a no ser una reproducción de lo supuestamente real en el pensamiento y, por ello, la crítica se nos presenta como la forma de romper los dogmas y superar los l ímites de lo concebible, como confrontación de la cosa con el concepto y; si en nombre de una pretendida validez científica acabásemos viendo las cosas solo del modo en que ‘ciertos’ métodos nos obligan a verlas sin confrontación alguna con lo real (es decir con el significado que le atribuyen los sujetos) es claro que no tendremos una imagen de las cosas como son sino que, además, tendremos una imagen totalmente falsa.

CAPÍTULO PRIMERO

El Surgimiento de la Modernidad y las Condiciones del Análisis Sociológico.

Se puede afirmar que el crecimiento de la vida en las ciudades ha sido un resultado de la extensión de las relaciones capitalistas. Al mismo tiempo, la reflexión y el estudio de lo social también. En este sentido, se puede realizar una afirmación de orden metasociológico: la sociología nace, es decir, se constituye como disciplina científica como resultado de un cambio social. Es el producto de la ruptura con la tradición encarnada en el ‘antiguo régimen’ y es también la crisis posterior de esta ruptura que en el plano sociopolítico se expreso en la doble revolución de los siglos XVIII y XIX. Por otra parte, estamos obligados a una segunda afirmación de orden epistemológico: la sociología es el resultado de la continuidad y de la tradición científica heredera del positivismo racionalista. Así, ruptura sociopolítica y continuidad racionalista son las condiciones en las que la sociología se hizo posible y, por esta razón mientras Comte, en el Curso de Filosofía Positiva acuñó la palabra sociología; en el mismo contexto, Saint Simón afirmaba: “ La verdad entera y desnuda que debe decirse bajo las circunstancias actuales reza así: el momento de la crisis ”

ha llegado

(Haber mas, 1987: 227).

La crisis que observaba Saint Simón, era el resultado de la aceleración de un proceso que se inició con la Revolución Francesa y la disolución del Antiguo Régimen pero fue también el proceso por el cual comenzó a establecerse un nuevo orden secular al cual

18

Tocqueville 1 e incluso Paine 2 caracterizaron como nacido de la igualdad natural entre los hombres.

En términos generales, el nuevo orden secular de la ilustración intentó dejar atrás a la sociedad feudo- estamental y, con ella, al mundo premoderno. Ese mundo, se concebía a sí mismo desde la desigualdad natural del hombre, por lo que, tanto el privilegio y el nacimiento eran los principios de ordenamiento social. No obstante, la noción de libertad del mundo medieval era la ‘libertad del gobierno doméstico’ que se encontraba en oposición con la noción de ‘libertad’ del mundo antiguo que se definía como ‘libertas’. Esta noción de libertas, era entendida como libertad política en un sentido positivo, es decir libertad ‘en y para’ el Estado y ha sido claramente expuesta por Shakespeare cuando en la segunda escena de Julio César con la sangre todavía en las manos, Marco Bruto expresa a la ciudadanía romana la razón del asesinato: “…no porque amaba a César menos, sino porque amaba a Roma más.

¿Preferiríais que César viviera y morir todos esclavos, a que esté muerto César y vivir todos libres? Porque César me apreciaba, le lloro; porque fue afortunado, le celebro; como valiente, le honro, pero por ambicioso lo maté… ¿Quién hay aquí tan abyecto que quiera ser

esclavo?

¡Si

hay

alguno,

que

hable,

pues

a

él

he

ofendido!

¿Quién hay aquí tan estúpido que no quiera

1 Ver al respecto la introducción de Furet (1981) a la Democracia en América. Allí sostiene que el pensamiento de

Tocqueville esta vertebrado por dos parejas de conceptos. En el plano sociocultural existen dos estados históricamente concebibles: la aristocracia, sinónimo de independencia y libertad individual y, en el plano político se vincula al gobierno local; la democracia, en cambio, es sinónimo de igualdad y se expresa por una creciente tendencia a la centralización del poder político.

2 Paine (1984:86) afirmaba “

men

are all of one degree

”.

19

ser

romano?

¡Si

hay

alguno,

que

hable,

pues

a

él

he

ofendido!

¿Quién

hay

aquí

tan

vil

que

no

ame

a

su

patria? ¡Si hay alguno, que hable, pues a él he ofendido !

Cabe destacar que la concepción republicana clásica de la libertas, como libertad política positiva es contraria a la idea de igualdad que se establece en la modernidad y, consecuentemente, radicalmente diferente a la idea moderna (liberal) de la libertad.

Obviamente, el universo normativo del concepto de ‘libertas’ nos puede sonar excesivamente extraño a nosotros porque somos modernos. En primer lugar, la igualdad, en el universo normativo clásico, es un privilegio político que solo puede tener el hombre libre, es decir, el ciudadano; en segundo lugar, la ‘libertas’ solo puede ser definida dentro del ámbito público y su sujeto es, en primer lugar, un sujeto político y no, el hombre.

Pero el entrar en el terreno de la modernidad, observamos que el liberalismo invirtió esta relación entre libertad e igualdad permitiendo que la primera pueda ser definida dentro del ámbito privado y, solo luego, de manera derivada la recibe el ciudadano.

En este sentido, pudo establecerse la idea moderna de igualdad, como ‘atributo natural’ y como elemento político-normativo clave. Por ello, se transformó en una parte esencial de nuestro horizonte normativo desde el cual, hasta la actualidad, la sociedad ha pasado ha concebirse a sí misma, más allá que las desigualdades crecientes, sobretodo en el plano material, se hayan transformado en uno de los elementos claves de las crisis que ha enfrentado la época moderna: la contradicción entre el ser (mayores y crecientes desigualdades) y el deber ser (igualdad).

20

lo

específicamente moderno es la i dea ‘prepolítica’ de la igualdad. Y aunque la filosofía clásica ya había realizado reflexiones en torno a esta idea 3 , lo que tenemos que destacar es que la idea moderna de la igualdad se apoya en una abstracción, a saber: la creencia de una naturaleza humana pre-sociopolítica sobre la cual esta igualdad será predicada por todo sujeto del derecho ya que su asiento preferencial se encuentra en la LEY.

La concepción de una ley universal fundada en la creencia de una naturaleza humana preexistente y la construcción del derecho como atributo natural de cada individuo, en tanto hombre, son las características principales del discurso liberal moderno. Y esos derechos fundamentales enunciados tanto por los revolucionarios franceses como por los

norteamericanos 4 s on el fundamento ideológico (liberal) sobre el que se desarrollará todo el constitucionalismo y el orden sociopolítico posterior hasta nuestros días:

La “

Derecho es, por lo pronto, según su devenir histórico y su esquema fundamental, una Constitución liberal, y

liberal en el sentido de la libertad burguesa. Su sentido

y finalidad es (

al abuso del estado

la protección de los ciudadanos frente ”

Por este motivo, podemos afirmar que frente al orden jurídico medieval, en el que cada individuo gozaba de

Arendt

(1988:

31-32)

ha

sostenido

que

moderna constitución del Estado burgués de

)

(Schmitt, 1982: 138).

3 Un ejemplo es la diferenciación que los griegos hacían en

torno a isonomia, igualdad ante la ley; isotimia, igualdad de respeto; isegoria, igualdad de palabra en la Asamblea. 4 En el primer caso me refiero a la ‘Declaración universal de

los derechos del hombre y

el

ciudadano’

(1789)

y,

en

el

segundo

a

la

‘Declaración

de

Derechos

del

Estado

libre

de

Virginia’ (1776).

21

privilegios nacidos de su status social o político; los liberales construyeron el orden jurídico de la modernidad en el que cada individuo, por su categoría de hombre, goza de derechos a partir de una abstracción eficaz de la idea de hombre. Así, tanto la igualdad como la libertad emergente encuentran su límite en el individuo mismo donde tienen su inicio y su fin y, en ellas, no existe la participación del estado. De allí que el principal problema de la concepción liberal del estado de derecho sea la legitimación misma del contenido del derecho y cuyo origen es extrajurídico – social, político, económico -.

Al respecto, Voltaire, como sostenía Luckács (1985:

38) encontraba esa fundamentación –legitimación- en la razón: “¡Quemad vuestras leyes y haced otras nuevas!

Y

(

aunque dicha ‘razón’, no podía fundarse en presupuestos racionales y desde una perspectiva epistemológica estaba condenada al fracaso 5 , el programa liberal avanzó y se consolidó para llegar a establecer la existencia de una igualdad formal entre los individuos.

Es claro, para nosotros, y luego de más de dos siglos de liberalismo que la igualdad formal no garantiza igualdad política ni social y esto se debe a que se apoya en el concepto de derecho de propiedad, al cual Marx

)

¿De donde tomar otras nuevas? ¡De la razón!

”.

5 Me refiero a fracaso en el sentido que no podía

fundamentarse racionalmente partiendo de la creencia de los derechos naturales. Tal como afirma Schmitt (1985: 174)

El

derecho liberal no quiere decir que éste no tenga un

contenido objetivo: es, muy al contrario, derecho positivo. Así tanto los derechos fundamentales del hombre como los

derechos políticos del ciudadano (

distinta

epistemológica de su

muy

hecho que no pueda justificarse en la ley natural el

)

otra

cosa

es fundamentación racional

la

cuestión

”.

22

interpretaba como: “

humano de la libertad

indudablemente, el pilar del constitucionalismo liberal moderno.

De allí, que la doctrina de los derechos fundamentales

del hombre se subsume a la división de clases y, la lucha de clases, sobre la que el marxismo ha hecho hincapié, es el resultado de este escenario: es la lucha por la materialización de éstos derechos fundamentales, es una

lucha política y social.

democratización de los derechos políticos – sufragio- y por la democratización de los derechos sociales – igualdad económica – y, por todo esto, no nos puede extrañar entonces que la modernidad sea el escenario de múltiples conflictos entre posturas reaccionarias y revolucionarias, en la medida que, el propio discurso liberal da cobertura normativa al reclamo igualitarista de los desposeídos 6 .

De este modo, el proceso de constitución de la modernidad es un proceso paradigmático: por un lado es la lucha política encabezada por la burguesía por el establecimiento de constituciones liberales tras la restauración y, al mismo tiempo, es la lucha, también política, de las clases populares contra la burguesía

la

aplicación práctica del derecho ”

(Marx, 1992: 45) y que es,

Es

la

lucha

por

la

6 Nietzsche (1993:121-122) expresaba este aspecto crítico de la

modernidad así: “

degeneración del instinto que late en el fondo de todas las necedades, es lo que hace que haya problema obrero. ( )

mejor dicho, la

La

necedad,

o

Con

imperdonable

aturdimiento

se

han

destruido

los

instintos

que

hacen

posibles

a

los

trabajadores

como

clase. Se ha declarado al obrero apto para el servicio

militar, se le ha concedido el derecho de asociación, se le

extraño que su Si se quiere el

)

ha

existencia le parezca una calamidad? (

fin, hay que querer los medios.

locura otorgarles lo que les convierte en amos

Si se quieren esclavos, es

otorgado

el

voto;

¿qué

tiene

de

”.

23

misma con el objetivo de trascender la igualdad formal hacia el terreno económico y social. Rosemberg (1981:

100) afirma que “

propiedad –y no tanto la forma de gobierno- empieza a ”

ser la cuestión política decisiva

propia burguesía la que abdicó, sobre todo tras su triunfo sobre la Comuna de París, de los principios liberales para abrazar una alianza con las fuerzas más conservadoras de Europa que dieron el apoyo político y económico indispensable para la expansión colonial.

Ante esta situación, el movimiento obrero sólo atinó

a recuperar el programa liberal del cual, lo único que

parece haber sobrevivido a los avatares del siglo XIX fue su concepción del estado de derecho por lo que, el comunismo, el anarquismo y la socialdemocracia aparecen hoy, ante nosotros, como los herederos de la Revolución Francesa de 1793 ya que ésta se expresó en el radicalismo de los jacobinos y tuvo su continuación post- termidoriana en Babeuf, Blanqui y, obviamente en Marx.

Y, por ello, fue la

partir de 1848: la cuestión de la

a

Libertad, Naturaleza y Razón

Retomando el concepto ‘liberal’ de la igualdad, según hemos visto, se puede afirmar que su apoyo es el supuesto de una naturaleza humana ‘pre-política’ cuya sustanciación sólo puede realizarse en el terreno normativo, en la LEY. En este sentido, el programa

liberal retomó los postulados ‘iusnaturalistas’ y concibió

a la LEY como absoluta universalidad dando lugar a la

construcción del derecho como atributo propio de cada individuo en tanto hombre.

‘derechos

fundamentales’ sea liberal, en el sentido que, su ‘télos’, no es la gloria del estado ni la potencia de la comunidad

De

allí

se

sigue

que

el

concepto

de

24

sino que es la ‘liberté.

liberté? El individuo aislado, la idea, aquel sujeto que no pertenece a ninguna clase ni género, sin sexo ni religión, en fin, el HOMBRE.

Si en el mundo clásico las libertades solo se podían

predicar sobre el ciudadano, que se encontraba sujeto a su comunidad política, por el contrario, el sujeto del liberalismo es sujeto de derechos fundamentales pero

esa

¿Quién

es

el

sujeto

de

es, ante todo, un sujeto abstracto ya que sólo en

ese

ámbito, los liberales podían definir y organizar universo de la libertad de todos los hombres.

el

De este modo, el principio ‘pre-político’ de la igualdad ha servido como orientación al principio normativo de la libertad, por lo que, el derecho de un individuo cualquiera a ejercer su libertad empieza y termina con el derecho, igualmente legítimo de cualquier otro individuo, a ejercer la suya. Por libertad, se entiende así, al derecho legítimo a que cada uno haga con su vida lo que desee, por ende, se trata de un derecho privado que sólo se vuelve público en la medida que suponga una trasgresión al derecho ajeno. Los derechos fundamentales e inalienables del hombre son derechos abstractos y ‘pre-normativos’ que definen esferas de libertad, a partir del establecimiento de una igualdad formal entre individuos abstractos, pero no dan garantías de igualdad política ni económica.

De aquí que “es un hecho característico de la esencia del derecho el que incluso una norma nacida contra derecho pueda ser norma jurídica, o sea, el que la condición de su origen según derecho no pueda asumirse en el concepto de derecho…” (Kelsen citado por Luckács, 1985: 38).

No nos detendremos en las conocidas relaciones entre el programa iusnaturalista y el racionalismo moderno no obstante, es necesario observar la ecuación entre

25

naturaleza y razón. Si la ley es universal, lo es porque es racional y si la racionalidad podía ser considerada, la esencia misma de la naturaleza humana y su vía de acceso para el conocimiento de la esencia última e inmutable de las cosas, entonces, también podía ser concebida en relación a la justicia, la ley y el derecho.

Al respecto, no solo todo el derecho natural podía

fundamentarse en la razón sino también todo el resto

del

derecho

positivo:

“…los

derechos

naturales

son

aquellos

que

pertenecen

al

hombre

en

virtud

de

su

existencia. (…) Los derechos civiles son aquellos que

pertenecen

sociedad. Todo derecho civil tiene como fundamento algún derecho natural preexistente en el individuo, pero para cuyo goce su poder individual no es, en todos los casos, suficientemente competente…” (Paine, 1984: 68).

Con estas reflexiones, queda claro que la idea de igualdad, tal como se construyó desde el orden moderno se presenta como una idea y una realidad deficiente y con consecuencias político –normativas. En primer lugar, el liberalismo ha fracasado en la construcción de una idea de bien común, lo suficientemente amplia y sólida como para que, junto con la solidaridad y el altruismo, puedan expresarse lo que podemos denominar intereses generales. En segundo término, la separación entre bien público y privado, sentenció la división del hombre como burgués y como ciudadano por lo que no se prestó suficiente atención al problema del orden político, en el sentido, de construcción de una comunidad política. La idea de la autorregulación social y la generación de beneficios públicos, por medio de la ‘mano invisible’, terminaron reconociéndose como un espejismo, es decir que, se aceptó que la mano invisible habría de ser constantemente vigilada sino no se deseaba la autoextinsión de la sociedad. Por último, y derivado de esto, la solución liberal, no solo no ha

al

hombre

por

ser

un

miembro de la

26

conseguido sino que, ha entorpecido la resolución del principal problema de toda comunidad política: definir desde un conjunto de principios las características de una ética social apoyada en alguna noción, más o menos sustantiva de bien común y solidaridad social.

La noción de Derecho y el orden democrático

Todo sistema político es un sistema de dominación y, con la modernidad; es decir con el establecimiento de Constituciones liberales, esta dominación ha tomado la forma del ‘derecho’ por lo que, su ejercicio, se realiza conforme a normas jurídicas. Esto es lo que hemos venido a denominar ‘estado de derecho’. Sin embargo, podemos afirmar que cualquier ordenamiento jurídico (incluso el medieval o el romano) da forma a algún ‘estado de derecho’ aún cuando el gobierno no se hubiere encontrado democratizado.

Sin embargo, desde Locke hasta Kant, se ha ido desarrollando un concepto de derecho que tiene como exigencia: la positividad y el carácter garant izador de la libertad propios del derecho coactivo. Por derecho coactivo, me refiero a que las normas se encuentran protegidas mediante la amenaza de sanciones estatales. Sin embargo, esa coacción, se apoya por lo menos en teoría, en un principio normativo, a saber: toda norma constituida se basa en la decisión (modificable) de un legislador político cuya legitimación nace del voto.

Es, en este sentido, que la democracia representativa se relaciona con la exigencia de legitimación, consistente, con la idea liberal según la cual un derecho establecido debe asegurar de igual modo la autonomía de todas las personas jurídicas.

Aquí reside la intima conexión que existe entre la teoría de nuestro ordenamiento jurídico y la teoría de la

27

democracia. Se puede afirmar que existe una dialéctica entre ordenamiento jurídico y democracia y, que es en el marco de esa dialéctica, donde el liberalismo dota de concreción política al ‘todos los hombres son creados iguales’ debido a que abraza la facticidad de la aplicación estatal del derecho con la fuerza fundamentadora de legitimidad de un procedimiento con pretensión de igualitario porque se apoya en la libertad.

Es en función de este supuesto de la libertad que se acepta la ambivalencia característica con la que el derecho se dirige a sus destinatarios y de los que a la vez espera obediencia. Esa ambivalencia deja, al buen criterio, el considerar las normas sólo como una limitación fáctica de la acción y permite manejar de modo estratégico las consecuencias calculables a las posibles transgresiones de las reglas, permitiendo a cada individuo la posibilidad de extraer las consecuencias de las leyes.

De este modo, el liberalismo acepto las normas jurídicas a la vez como leyes coactivas y como leyes de libertad y, a es a doble dimensión, pertenece nuestra comprensión del derecho moderno y la democracia.

En otras palabras, consideramos la validez de una norma jurídica como el equivalente a la explicación de que el Estado garantiza al mismo tiempo la aplicación fáctica del derecho y la creación legítima del derecho. El Estado garantiza, por un lado, la legalidad de la conducta, en el sentido, de un cumplimiento generalizado de las normas, que si es necesario es impuesto por medio de sanciones, así como, por otro lado, la legitimidad de la regla misma, que tiene que hacer posible en todo momento el seguimiento de las normas por respeto a la ley.

28

El problema central radica, nuevamente en el concepto de LEY. Para el liberalismo iluminista LEY es equivalente a ‘orden natural ’ y, por ende se pretende como inmanencia de la sociedad. Al respecto Hegel dirigió una parte de su crítica a la concepción de esta inmanencia como mediación de las voluntades particulares como un modo de salvar al derecho positivo de la temporalidad. En otras palabras, mientras fue posible apelar al derecho natural, fundamentado en términos religiosos o metafísicos, con la ayuda de la moral se supuso que podía contenerse el torbellino de la temporalidad en el que se ve arrastrado el derecho positivo, este había sido, en parte, el trabajo Kantiano sobre todo en la Introducción a la Teoría del Derecho. De tal modo, el derecho positivo temporalizado, en el sentido, de una jerarquía de leyes debía permanecer subordinado al derecho moral eternamente válido y recibir de éste sus orientaciones permanentes.

Pero la concepción liberal tanto del derecho como de

la Ley, es subjetivista, es decir, apoya la legitimidad en el concepto de voluntad general y reduce a ésta última a una ética de ventajas mutuas: “…muchas veces hay diferencia entre la voluntad de todos y la voluntad

Ésta se refiere sólo al interés común, la otra al

general.

interés privado, y no es más que una suma de voluntades particulares: pero quitad de esas mismas voluntades los más y los menos que se destruyen entre sí y quedará como suma de las diferencias la voluntad general…” (Rousseau citado por Althusser, 1967: 170-171)

Este es el fundamento del Contrato Social, a partir del cual la legitimidad del Estado pasará a fundarse en la idea de un acuerdo entre individuos sobre la forma de su convivencia, una forma de realización de los intereses particulares expresados en la ‘voluntad general’.

29

Es claro que para el liberalismo moderno, el individuo ‘espontáneo’ introduce la LEY por medio del acuerdo mutuo y, el contrato social, permite concebir al Estado como un instrumento de la sociedad civil y no, como en Hegel, como exterioridad de la Ley frente a la sociedad.

Ha sido, en ese sentido que consideré que la noción de derechos de la modernidad separó al individuo de las obligaciones morales impidiendo la construcción de una ‘ética colectiva’. En última instancia, el objetivo del derecho es otorgar a los individuos un espacio de acción en el que actuar conforme a sus propias preferencias por lo que hace valer el principio general de que está permitido todo lo que no está explícitamente prohibido.

Sin embargo, el carácter vinculante de las normas jurídicas no se funda en los procesos de formación de la opinión y del juicio o en normas consideradas desd e una ética colectiva sino en las disposiciones colectivamente vinculantes procedentes de las instancias que legislan y aplican el derecho; de este modo, la autonomía que en el ámbito moral se presenta como unidad, en el ámbito jurídico, aparece bajo una doble dimensión: como autonomía privada y autonomía pública. La primera, predica las libertades propias del individuo abstracto (del burgués); la segunda, la autonomía del individuo como sujeto público, como ciudadano; por lo que quedó sentenciada la escisión entre público-privado; esto es, entre interés público e interés privado; entre el hombre y el ciudadano.

Y si esta división no se presentó como problemática fue debido a que se especuló con la idea de la autorregulación social y la generación colateral de beneficios públicos. El laissez faire, generaría, a través del interés privado el beneficio público y por ello, el liberalismo no consideró ni considera como un

30

problema la tarea de resolver el problema del orden político, de la comunidad política. Y no ha sido hasta entrado el siglo XX que la teoría del derecho y la teoría de la democracia han tendido a dar respuesta al problema de la legitimidad de las normas públicas, y casi siempre lo han hecho mediante la referencia constante al principio de la soberanía popular asumiendo, de este modo, que el derecho se legitima como medio para asegurar, de forma paritaria, la autonomía pública y la privada.

Esto significa que la autonomía política de los ciudadanos toma cuerpo en la autoorganización de una comunidad que se da a sí misma sus leyes a través de la voluntad soberana del pueblo mientras que la autonomía privada toma cuerpo en los derechos fundamentales que garantizan el imperio anónimo de la LEY. En síntesis, se puede afirmar que, con el nuevo orden secular de la modernidad, se estableció una tensión constante entre la autonomía pública de los ciudadanos, frente a las libertades surgidas de una igualdad ‘pre-política’ de las personas privadas. Una tensión que se presumía podía ser zanjada por el mercado.

El surgimiento del mercado y la cuestión social

Resulta claro para nosotros que avance liberal del siglo XIX significó el desarmado del tejido social sobre el que se establecieron las relaciones feudales con sus derechos y obligaciones desiguales, para dar paso a la liberación del individuo de las relaciones económicas patriarcales, por medio de la destrucción de la mediación orgánico comunitaria que históricamente lo había protegido.

De

lo

dicho

hasta

aquí,

podemos

observar

que

el

individuo,

ahora,

se

encontraba

aislado,

libre

e

31

impotente pero podía parapetarse detrás

igualdad abstracta, frente a él emergía el nuevo estado. Es decir, crecimiento del individualismo y centralización del poder son, dos procesos concomitantes del siglo XIX y XX 7 ya que sin la

centralización

hubiera podido consolidar el moderno estado de derecho porque no habría contado con garantías institucionales para imponerse al paternalismo ni al poder de las familias locales.

Resulta paradójico, sin embargo, que el mismo liberalismo haya intentado constantemente poner límites al poder de dicho Estado mediante el uso del derecho pero, al mismo tiempo, haya pedido constantemente la autoridad del Estado para imponer coercitivamente los derechos de toda la ciudadanía como una forma de cubrir el vacío dejado por la ruptura del antiguo régimen, o mejor dicho, el vacío asociativo comunitario que terminará siendo el factor que producirá la crisis de la modernidad y que se tratará de cubrir por medio del análisis social 8 .

no

una

de

del

poder

estatal

el

liberalismo

Pero esto es sólo una parte. Decíamos, al comienzo de este capítulo, que se trató de una doble revolución y esto se debe a que la transformación de la modernidad no fue solamente de orden político e ideológico sino

7 Obviamente, la burguesía hereda la centralización del poder político de las antiguas monarquías y, en este sentido se produce una modernización de dicho estado. Un análisis detallado de este fenómeno se puede consultar en (Tilly, 1992), especialmente el capítulo IV. 8 Adelanto la idea que los clásicos de la sociología intentaron buscar respuestas en este camino: Durkheim se refirió a la ‘anomia’ al observar el paso de la solidaridad orgánica a la mecánica. Marx, se refirió a la explotación como el elemento que generador del conflicto y sostuvo que la crisis solo se podía resolver por la vía revolucionaria.

32

económico y fue así porque el mundo actual es heredero también de la Revolución Industrial y el desarrollo del sistema fabril.

El incremento de la productividad, la expansión imperialista y el proceso de división internacional del trabajo dieron fuerza al crecimiento y a la consolidación del mercado y con él, el valor de cambio se extendió más allá de las esferas de la producción y condujo a que el intercambio de mercancías terminase invadiendo las antiguas economías domésticas y destruyendo los sectores pre-industriales y agrarios.

Suponían los liberales que el mundo de los valores de cambio era un mundo autorregulado y que por obra de la ‘mano invisible’ y sin la intervención del estado, la economía regiría a la economía. Este proceso de ‘emancipación de la sociedad burguesa de la política’ (Marx, 1992) significa que la economía (y no el estado) debe regir a la sociedad y para que esto fuera posible tuvo que universalizarse la forma mercancía hasta convertir en valor de cambio aún ‘hasta los factores de producción, traba jo, tierra y dinero; asignándoles un valor de mercado correspondiente, salario, renta, interés’ (Polanyi, 1989).

Así, la desocialización de lo social (redes comunales, asociacionismo, etc.) y la mercantilización de la sociedad fueron y son, un solo aspecto de este proceso cuyo objetivo era que los individuos considerasen a sus relaciones sociales como medios económicos, de tal modo, que las principales motivaciones de la vida social fueran el interés y el beneficio.

Si éste proceso no se hubiere consolidado no podríamos hablar del capitalismo. La mercantilización del factor trabajo es, en efecto, el cambio decisivo ya que sin mercado de trabajo no hay capitalismo posible. La conmoción provocada por la creación de éste

33

mercado produjo que la cuestión social surgiese, paralelamente, con la clase obrera que, entre la abundancia material y el crecimiento económico, veía como se pauperizaban sus condiciones de vida.

Por ello, desde Bentham hasta Saint Just encontramos la necesidad de aumentar la confianza en la perfectibilidad del orden social y del progreso: “ la felicidad humana no se debe a la fortuna o el orden

natural de las cosas sino al modo en que se organiza la

sociedad.

Saint-Simon había sido revolucionaria; la del siglo XIX ’

debía ser reorganizadora

reorganizar a la sociedad y, para ello, tenían que encontrarse aquellos factores y las causas que producían la desintegración y el conflicto.

Pero si la burguesía sólo puede existir a condición de

revolucionar “

producción, que tanto vale decir, las relaciones de ”

producción y, por tanto, todo el régimen social

(1992: 250) por ello mismo sólo puede ser, en el terreno político, la clase más reaccionaria.

La transformación revolucionaria de la modernidad, había sido interpretada como el resultado de una liberación largamente esperada, como una victoria final de la razón sobre las fuerzas oscuras y el inicio de una nueva humanidad que comenzaría a controlar su propio destino por medio del uso del intelecto y de la ciencia.

La expansión industrial, el crecimiento del proletariado urbano, la explosión demográfica, la expansión imperialista y colonialista, el incremento de los conflictos sociales, etc. condujeron a una conclusión: la revolución no traía los resultados esperados y la desdicha humana continuaba sin poder ser suprimida. Se buscaron e incluso existieron tentativas por comprender la situación, diagnosticarla y

(Moya, 1970: 26). Debía

Y si ‘la filosofía del siglo XVIII, como decía

incesantemente los instrumentos de

Marx,

34

revertirla. Las críticas más radicales fueron contra el iluminismo de tradición liberal y la conclusión podía

resumirse así: “

de abstracción o de cálculo inteligente, o de clasificar y

analizar la realidad en sus componentes últimos, o en el sentido de una facultad capaz de desarrollar una ciencia empírica o deductiva del hombre, era una quimera de la ”

imaginación de los philosophes

Y el mismo Comte, tal como afirma Nisbet (1977: 85)

razón, en el sentido de la capacidad

la

(Berlin, 1992: 109).

retomó “

Bonal y Maistre ya que el rechazo positivista de lo metafísico estaba profundamente ligado al rechazo de la

idea liberal ilustrada que sostenía el derecho del hombre

a alterar y organizar sus instituciones sociales de acuerdo a su propia razón

De allí la creencia en el supuesto orden social regido

por leyes invariables que se ubican independientemente de toda voluntad. Por este motivo Marcuse pudo

afirmar que “

de difundir esta enseñanza como medio para establecer los límites generales de toda acción política. La acepción del principio de leyes invariables que rigen a la sociedad daría al hombre una disciplina y una actitud de obediencia ante el orden existente y prepararía su ”

la sociología ni del

‘resignación’ con respecto a él

adjudicó a la sociología la tarea

conceptos que habían sido desarrollados por

Comte

(Marcuse, 1998: 335).

No

existió

en

el

origen

de

pensamiento social, ninguna dualidad ya el pensamiento sociológico no se proyectó como afirma Habermas

(1987: 277): “

ciencia de oposición por Saint Simon, como ciencia de

estabilización según De Bonal

Es cierto, sin embargo, que la sociología ha nacido de una profunda crisis pero no por ello existió una versión progresista y otra reaccionaria. Habermas se equivoca al sostener la tesis que existe una sociología que nace de

en

dos versiones irreconciliables: como

”.

35

la revolución y otra de la Restauración porque no existieron en el terreno propiamente sociológico pensadores que, oponiéndose al ‘antiguo régimen’ apostasen por el progreso industrial. Antes bien, como intento argumentar, podríamos encontrar intentos por llevar adelante el establecimiento de un orden racional en el marco de la crisis que se observaba.

Comte asumió la tarea de intentar conceptualizar lo que sucedía, pero no fue e l único. Desde Saint Simón a Weber se puede obser var que la crisis se interpretó en términos de desequilibrio ‘disfuncional’ entre fuerzas que tendían a la integración social y fuerzas que tendían hacia la diferenciación. Saint Simon se refirió a ‘períodos orgánicos en contraposición a períodos críticos’; Comte a ‘estado teológico/metafísico en contraposición al estado positivo’; Durkheim a ‘solidaridad mecánica en contraposición a la solidaridad orgánica’; Weber a la ‘dominación basada en la tradición en contraposición a la basada en lo legal’

El mercado como promotor de paz social.

Lévy-Strauss, sostuvo que “los intercambios son guerras resueltas pacíficamente, y las guerras son el resultado de transacciones fallidas”. La riqueza de esta imagen nos recuerda la observación que Mauss (1971) realizó entre los maoríes. En éste grupo, por ejemplo, ‘manú’ es la ‘mano invisible’ que preside todos los intercambios y, al mismo tiempo, es el Dios de la guerra. En la mitología clásica, Herm1es es quien dirige los intercambios entre los hombres y para ello utiliza los mismos procedimientos que Marte –el Dios de la guerra- para resolver los conflictos. Por lo que aquello que éste último denomina ‘guerra’, para Hermes, es simplemente competencia.

36

Pero a pesar de éstas observaciones, interpretar a las relaciones económicas en términos de guerra pareciera remontarnos a un pasado lejano y que carece de utilidad para pensar a las sociedades y a las actuales relaciones sociales.

Por ello, éstas imágenes nos interesan mucho menos

de lo que, en realidad, tendrían que interesarnos y esto es así debido a que la ideología contenida dentro del

proyecto

de

la

modernidad

tendió

a

marcar

las

diferencias

entre

las

‘antiguas’

sociedades

y

las

‘modernas’

y, en esa búsqueda por difer enciarlas,

quedaron

escondidas todas las semejanzas que aún

subsisten.

Aunque la diferenciación de las actividades sociales

(economía, política, etc.) sea un rasgo característico de la modernidad, podemos afirmar que la institucionalización del mercado y la primacía de lo económico sobre el resto de las actividades ha enmascarado la primitiva relación entre guerra y economía. Subsiste, claro esta, esa relación cuando uno pronuncia la palabra ‘guerra’ y de allí que, ante ella, pensemos rápidamente en causas económicas, conflictos financieros o comercio entre países. El enmascaramiento se produce en ese plano, es decir, el conflicto se desenvuelve en un nivel político donde se

los

piensa

mismos términos, a los vínculos sociales; y el grado de diferenciación y separación de lo económico y lo social refuerza aún más esta tendencia que se intensifica por la independencia de la esfera económica.

Con esta observación, no negamos que han existido numerosos esfuerzos por indicar la inseparabilidad de las actividades económicas y productivas del conjunto de actividades y esferas sociales aunque resulta llamativo que, la mayor parte de éstos trabajos, hayan

en

países

pero

no

alcanza

para

pensar,

en

37

sido realizados por economistas –sobre todo de la escuela institucionalista- y no por sociólogos o historiadores, por ejemplo 9 .

Se puede afirmar que desde el pensamiento social han sido numerosos los estudios que se han realizado sobre la vida moderna. En casi todos ellos, se acentúa una característica del pensamiento de la época y se favorece, por decirlo de algún modo, una visión que resalta el anquilosamiento de las instituciones hipostasiando a la acción social, en esquemas epistemológicos (como el positivista, el estructuralista, el funcionalista, el sistémico) en los que tras el orden, no se vislumbra la acción; tras la sociedad, no se adivina el trato humano y; tras las instituciones, no existen otros protagonistas que los automatismos y las inercias reformulados como leyes y lógicas (de la historia, de la sociedad, de los códigos, de los sistemas) 10 .

9 Desde otras Ciencias Sociales se destacan los trabajos del

antropólogo Bataille, (1987) o Sahlins (1983) podríamos incluir también a Pierre Clastres.

10 A esto mismo me referí cuando sostuve que: “

el siglo XX, asistamos a la invasión de la ‘cientificidad clásica’ en las ciencias humanas y sociales ya se habría consumado la expulsión del sujeto de la psicología y se lo había reemplazado por estímulos, respuestas, comportamientos. Se habría expulsado al sujeto de la historia, se habían eliminado sus decisiones, las personalidades, para sólo ver determinismos sociales. Se le habría expulsado de la antropología, para ver sólo estructuras, y también se lo había expulsado de la sociología. Se puede incluso decir que, en determinado momento y cada uno a su manera, Lévi-Strauss, Althusser, Lacan liquidaron a la vez la noción de hombre y la noción de sujeto, adoptando la inversa de la famosa máxima de Freud. Que decía: “Ahí donde está el ello (das Es) debe advenir el yo”. Según la visión estructuralista y cientificista, ahí donde ”

(Del

en

Cuando

está el yo, hay que liquidarlo, debe advenir el ello Valle, 1997: 40).

38

Visto de este modo, podemos quedarnos con la apresurada impresión que la modernidad surgió como una ‘criatura que nació con parálisis’: es decir, nació encorsetada entre la reglamentación burocrática y mercantil y vino al mundo descreída y sin fe alguna que la alentase. Sin embargo, al profundizar en el alma de la sociedad moderna podemos observar que, detrás de su tendencia secularizadora y racionalizante, existió una fibra mítica que estimulaba sus actos y que, condujo a muchos a creer y, por ende, a errar.

Cuando líneas arriba, hablamos de ‘fracaso’ del proyecto o de crisis de la modernidad, es necesario aclarar que ni el fracaso ni las crisis, son privativas de los actuales modelos de sociedad. Antes bien, se trata de algo consubstancial a una realidad (de la que el hombre forma parte) en la que, como bien apunta el saber trágico, lo que siempre existe es una fractura, una falta.

Siguiendo esta línea argumental, podemos afirmar que la misma acción humana sólo y únicamente es posible

porque esa falta, que atraviesa la realidad del mundo y del hombre, facilita la visita del ‘daimon’ que se nos impone como necesidad y destino desatando nuestro actuar y, por lo mismo, encaminándolo fatalmente hacia

el

desatino:

“el

hombre

yerra

mientras tiene

aspiraciones”

decía

en

su

prologo

del Fausto Goethe

(1991: 116) y, es notable la influencia de esa idea en el pensamiento sociológico, por ejemplo, de Max Weber.

En éste último, son frecuentes las referencias al ‘daimon’ que, desde el fondo de la conciencia humana mueve los hilos de nuestras vidas sin saberlo. Al igual que el pathos mefistofélico que, a lo largo del Fausto, mueve una acción humana que cursa sin saber de dónde procede y a dónde va.

39

Es

probable

que

Weber

haya tomado esta imagen

goetheiana, entre otras cosas, para hacer manifiesto el tenor ambivalente que posee la acción del empresario moderno movida por el espíritu (daimon) del capitalismo. Así, el efecto final teñido de incertidumbre, zozobra y tedio con el que se cierra La

ética protestante y el espíritu del capitalismo es la

síntesis, el momento de cosificación que pareció definir

Como

la

modernidad es el reverso (trágico) de haber anhelado, de haber confiado en un ideal, en definitiva, de haberse inventado como mito su propia utopía.

Durante el siglo XIX Nietzsche (2000), defendía la tesis sobre el olvido como el principal factor de estabilización de las conductas, por medio de sanciones morales que generaban un individuo ‘impotente’; y más tarde, Adorno y Horkheimer (1994: 275) apoyaron la idea que ‘cualquier principio de estabilización (y de cosificación) de la sociedad se apoya en un olvido’. Se puede afirmar que el olvido, en el que se apoya el orden moderno, es el de su momento de creación, de su comienzo (ocultado por el paso del tiempo) pero también es el olvido que seguramente indica que habrá de tener un fin. En este sentido, la modernidad tuvo su utopía, la utopía de un mercado que traería la paz social, orden y progreso.

resultado, tenemos que la

al entramado institucional de una época.

realidad

axiológica

de

El mito de la paz social

En Las Pasiones y los Intereses Hirschman (1999: 71), analizó la fe que alentó a la sociedad moderna en sus inicios y sostuvo que ésta se apoyaba ‘en el mito del comercio/ mercado como mecanismo social pacificador de las conductas humanas’. Según éste autor, fue la

40

economía política la disciplina que encarnó a la voluntad economicista en la que el hombre occidental de la modernidad incipiente creyó ver el principio de la prosperidad humana y de la paz entre las diferentes culturas del mundo.

En este sentido, la modernidad cometió un error (trágico) al encantar la realidad, ya que intentó unir, en función de una imagen, los poderes irreconciliables que mueven el mundo y, en su afán por explicar los orígenes de la cultura capitalista/moderna, creyó con tal intensidad que se olvidó que se trataba, como toda creencia, de un acto de fe.

El resultado fue que, forzosamente, tuvo que terminar integrando su fe dentro del nuevo método científico para la interpretación del mundo. Para ello, hipostasió a la realidad para luego universalizarla e integrarla al conjunto de la cultura humana bajo su autoimagen racionalizadora y secularizadora (Kant).

Fue por medio de este proceso de encantamiento, que la modernidad se definió dibujando un horizonte ideal (el comercio) en el que comparece, como imagen más

emblemática, el individuo propietario que se caracteriza por una acción orientada hacia el intercambio económico e impregnada de disciplina, cálculo y

Aunque se trata de una disciplina que, al

austeridad.

mismo

de

instituciones especialmente significativas como el tiempo homogéneo, la ciudad, la técnica, el libre examen de la religión protestante y el dinero (entre otras).

Pero en su condición de mito experimentado por la sociedad, es decir, de horizonte de acción común y compartido, la modernidad necesitó y necesita antes que nada, de un consenso social para que pueda emerger como ideal y para que puedan establecerse las

tiempo,

necesita

para

su

desarrollo

41

condiciones políticas, económicas y morales que faciliten su realización en cada hombre. En otras palabras, no importa que la manifestación de este mito

tenga que ser, necesariamente, ‘individual por su objeto’ (Durkheim, 1987: 205) debido a que, no por ello deja de ser el encantamiento de la sociedad su condición de

posibilidad. En última instancia, “

de la sociedad de donde extrae todo lo que tiene de fuerza, pero no es a la sociedad a la que nos liga, (sino ”

que) es a nosotros mismos

Este ‘consenso social’ es el preliminar epistemológico de la modernidad; es el resultado del destino compartido por una época que insta a todo hombre (independientemente de su posición social, confesión religiosa, cultura y género), a realizarse como individuo propietario de su vida y de sus bienes; como ciudadano de una comunidad política (el Estado) a la que se adhiere libre y autónomamente a partir de decisiones que emanan de la soberanía de su conciencia.

indudablemente

es

(Durkheim, 1987: 205).

Se trata de un fenómeno de la historia de occidente al que Nietzsche (1992) sintetizó con la ‘muerte de Dios’, es decir, es el desmoronamiento del dominio metafísico (desde el que las sociedades tradicionales gestionaban el devenir del mundo y de los hombres) y que, cedió su lugar a un nuevo mito que agrupó y movilizó todas las esperanzas de una sociedad que comenzaba a surgir, la moderna.

Esta ‘nueva sociedad’ no supera la necesidad de iconos sino que antepone un icono nuevo, el hombre, y a éste nuevo icono le corresponde un nuevo escenario de interacción social, el mercado. Este es el punto de partida, es lo que podríamos denominar la base sociológica de la economía moderna y, para su desarrollo, se apoya en una narrativa simbólica que sacraliza la idea de ‘prosperidad del género humano’ a

42

partir de derivarlo de las emociones –pasiones-. Es

desarrolla

Adam Smith, y que a su entender “

relaciones de mercado en principio catalizador del lazo ”

social a escala universal

Por ello, la modernidad se concibe como “sociedad civil mercantil” (Smith, 1997: 55) en la que los encuentros sociales se orientan al intercambio de

mercancías en virtud del cual los individuos, desde el

ejercicio

autoridad exterior a su conciencia (Iglesia, Estado, etc.), dan salida a su interés económico al tiempo que, colateralmente, el orden social se robustece. La perspectiva productivista y comercial impregna, así, una forma de ‘ser’ y ‘hacer’ basada en el convencimiento

que “

hacia el bien, (y) posee un carácter moral que le es ”

especial

Pero aunque este consenso social pareciera dar a luz a una nueva fe colectiva, no por ello, el hombre deja de considerar la fragilidad y la vulnerabilidad de sus obras (por oposición a la consistencia y solidez de las del Todopoderoso ya inexistente), lo novedoso de la modernidad es que, esa fragilidad, es interpretada como la manifestación de la persistente e insidiosa presencia de las pasiones humanas (vanidad, ambición, envidia, etc.) en el trato social, y que hacen tambalear los ya de por sí débiles cimientos que sostienen el nuevo edificio social.

acción económica está por sí misma orientada

plena libertad y sin ninguna

conocido el análisis

de

la

‘simpatía’

que

transforma

las

(Mizuta, 1988: 114).

de

la

más

la

(Dumont, 1982: 87).

Sucede que, aunque suene perturbador, la modernidad sabe que (a pesar de las continuas naturalizaciones en que desembocan los actos humanos) ha de librar batalla con lo otro del orden: la ambivalencia (la indeterminación, la contingencia, el caos) que, terca y tenazmente se opone a desaparecer. Es precisamente la

43

constatación del caos religioso y político (la Guerra de los Treinta Años y la revocación del Edicto de Nantes) que rodea a la incipiente modernidad lo que crea las condiciones de un modelo social basado en la omnipotencia de un hombre que deposita toda su suerte

a la aplicación del método, el plan y el medio técnico para introducir previsión y orden en su entorno.

De allí, la trascendencia que comienzan a tener, en el quehacer del hombre moderno, l os medios como soportes técnicos que fascinan por evocar la seguridad ya perdida ante los imponderables de la existencia.

Este modelo de sociedad, cuya afinidad con los promotores del pensamiento liberal representado por A. Smith, J. Locke, D. Hume y otros es incuestionable, cree en el gesto productivista del individuo propietario como mecanismo que armoniza el beneficio económico y la consolidación del orden. En este sentido, si alguna pasión puede canalizar positivamente las tendencias

perversas de las otras pasiones, ésa es la de la búsqueda del enriquecimiento económico, debido a que éste apunta al potencial salutífero que transmite al orden social el continuo intercambio de mercancías de unos individuos que, a pesar del culto que se les profesa en esta sociedad, se saben necesitados de lo que producen “

otros.

los pueblos

y las culturas que han montado su estructura productiva

sobre una eficiente división del trabajo tienen

garantizados la prosperidad y el bienestar de sus

miembros

efectos fueron

En palabras de Adam Smith

sólo

”.

(1997: 40).

del

Esta

división

trabajo

(cuyos

atacados por Simmel)

a

nivel

de

la

acción

social,

se

sustancia en una “

gran

multiplicación

 

de

la

producción de todos los diversos oficios

(Smith:

1997: 41) y desemboca en una situación que va a servir para poner de manifiesto algo consubstancial a la vida

44

humana como es “

cambiar una cosa por otra (ya que) (…) cada trabajador cuenta con una gran cantidad de productos de su propio

traba jo, por encima de lo que él mismo necesita; y como los demás trabajadores están exactamente en la misma situación, él puede intercambiar una abultada cantidad de sus bienes por una gran cantidad o, lo que es lo mismo, por el precio de una gran cantidad de bienes de

propensión a trocar, permutar y

la

los

demás.

Los

provee

abundantemente

de

lo

que

necesitan

y

ellos

le

suministran

con

amplitud

lo

que

necesita él, y una plenitud general se difunde a través de ”

los diferentes estratos de la sociedad

41).

El modelo de sociedad que promueve la Ilustración escocesa sólo es comprensible desde la autonomía e irreductibilidad de los procesos sociales de intercambio económico ya que si las sociedades tradicionales – agrarias- conferían prioridad a la división de funciones sobre los intercambios sociales, la modernidad al modificar ese escenario, debe conceder más importancia a éstos últimos.

Esto constituye, por decirlo de algún modo, la revolución copernicana en el campo de las ciencias

sociales ya que la economía se libera de la cuestión de las necesidades que desembocan en un modo de

sociedad

intercambio de suma cero.

tradicional se concebía como un organismo natural, global y estático, en cuyo interior las funciones están distribuidas desde el principio y donde predomina una economía basada hasta entonces en el disfrute de unos bienes limitados y centrada en una justa distribución de la riqueza que ofrece la naturaleza (Aristóteles) y, por ello, sujeta a un férreo control moral.

el

intercambio se libera de la rigidez religiosa y moral de

(Smith, 1997:

No

en

vano,

la

Por

el

contrario,

en

la

sociedad

moderna,

45

antaño y, al mismo tiempo, se desvincula de las cuestiones de distribución para abrirse a las de producción, en el marco de un modelo de sociedad que se autoconstruye teniendo como referente directo a la dinámica de las prácticas humanas apoyadas en un tiempo ilimitado y abierto. El nudo gordiano de este proceso lo constituye el trabajo, ya que el nuevo modelo de hombre pasa de tener una actitud colaboradora con la naturaleza a sustituirla por mecanismos o procesos artificialmente diseñados por el hombre mismo.

Se trata de una nueva idea de trabajo que se ajusta con la creencia en las posibilidades ilimitadas del Homo faber sobre la que se apoyaba el nuevo antropocen- trismo que sustituyó al antiguo orden religioso.

El motor de la actividad económica ya no es la necesidad sino la sed de enriquecimiento individual que abre las puertas hacia el consumo superfluo como combustible del nuevo sistema capitalista. En este sentido, el comercio, el in tercambio económico y el mercado expanden su protagonismo y universalizan un modo de vida dinámico y en perpetuo cambio que se encuentra perfectamente simbolizado por la innovación

técnica (máquina de vapor y ferrocarril), y que tienden a una diferenciación funcional cada vez más acentuada y,

dan

inicio

a

un

movimiento

de

emigración

y

colonización

que

implica

la

movilización

de

la

propiedad y la aparición de nuevas necesidades, por medio del establecimiento de relaciones a larga distancia: colonialismo e imperialismo.

En este escenario urgen, como indicó Norbert Elías ”

móviles

el

(1993:

dinero, que afluyen a los centros urbanos donde la omnipresente vida financiera para expandirse necesita de un lenguaje universal, simple y preciso.

296)

medios

de

cambio

como

46

Por ello Simmel (2000: 316-330) lanzaba su ataque a éste aspecto de la modernidad en la medida que es el ejemplo de una sociedad que lucha frontalmente contra la forma, contra su quietud; en definitiva, contra el reposo de la vida dando espacio a un modelo de

sociedad en el que la economía del Homo faber, creador

y renovador de bienes y mercancías, ejemplifica la importancia dada al dinamismo y al rápido envejecimiento de las cosas.

Es precisamente este envejecimiento permanente de las mercancías lo que permite pensar en el desarrollo, la prosperidad y la armonía de la sociedad y la cultura humana en general. El comercio entre individuos y entre culturas diferentes, pasó a ser visto como el hilo que conduce a la autocontención emocional, al

refinamiento en los gestos, a la exquisitez en el trato, al respeto a la diferencia, al compromiso con lo pactado. Todos estos rasgos, además de favorecer la obtención de beneficio individual, fortalecen indeliberadamente el nomos cohesionador de la sociedad, apuntalan el orden

de la convivencia entre los individuos.

De hecho, no conviene olvidar que de las pasiones indoblegables que atraviesan la existencia humana, la economía tiende a fortalecer el rasgo predecible de

nuestra conducta individual ya que se trata de la pasión

menos voluble y

consistente

(Hirschman, 1999: 71). Por ello, el amor hacia el dinero, que el hombre moderno profesa en detrimento de otras pasiones nutre la estabilidad de un orden colectivo en el que la actuación de los individu os es previsible, constante y transparente.

Por tanto, la modernidad, en su estado inaugural encuentra en la economía racionalidad, progreso y prosperidad. El mismo desarrollo técnico que tuvo lugar en esos momentos, con un gran influjo en la

azarosa,

la

más

47

producción y en el transporte; el descubrimiento de América como un nuevo mercado, todo contribuyó a un proceso de difusión mundial de la cosmovisión moderna sustentada en la idea que el comercio acerca a las

culturas, permite conocer e integrar lo diferente y, con

ello, postular “

sólo un internacionalismo de las relaciones, sino el

resurgir de una antigua aspiración, el hombre universal

(“ya

agente

pujantes clases burguesas que promovían viajes ”

científicos comerciales por todo el planeta 1997: 231).

Sin embargo, a la par que emerge este nuevo mito social, se produce una profunda metamorfosis que

afectará a las formas de representación de lo real: la emergencia de la autoconciencia del hombre como artífice de su destino, coincide con la conciencia (manifiesta o latente) de la transitoriedad de sus construcciones institucionales. La añoranza de una consistencia de la que el mundo y la sociedad empiezan

a carecer se compensa con una proyección hacia el

futuro al que se pretende controlar y predecir.

Esta apuesta por anticiparse a los acontecimientos y

privar

ser

y

el

cosmopolitismo comercial que no es

hay

cosmopolitas”),

cuyo

otro

que

las

nuevas

(Marín,

no

hay

social

desterrados,

no

podía

al

tiempo

de

sorpresas y desórdenes sólo es

posible por el manejo de medios e instrumentos técnicos (ciencia, dinero, Estado) que estabilizan y uniformizan el curso de las cosas y hacen previsible lo que va a ocurrir.

Se trata de una lucha contra el tiempo. Precisamente

la fe que anima al hombre moderno no le permite ver

los obstáculos que, en forma de riesgo y contingencia, nacen de una infinidad de decisiones individuales. En este nuevo mundo, la función de los medios e instrumentos, consiste en igualar lo desigual, en

48

homogeneizar lo heterogéneo, en reducir la complejidad con el objetivo de predecir el futuro antes que tenga lugar. Así, por ejemplo, el medio técnico dinero, tan esencial para este mundo social envuelto en la pasión económica, facilita el cálculo sobre los (posibles) resultados futuros de operaciones económicas que han de decidirse en el presente porque ese medio técnico, dinero, no es sino la prolongación en el tiempo de la voluntad humana de remedar a Dios. Por ello, como aquel, determina la indeterminación en un mundo cargado de contingencia.

La omnipresencia de los medios y de los instrumentos supone, sin embargo, una paulatina (de)simbolización del mundo natural, supone el silenciamiento del lenguaje incorporado en los procesos naturales y el ocultamiento de las formas arquetípicas presentes en la materia. Es decir, la relación hombre-entorno natural se modifica, ya que la sobrevaloración del yo en sus aspectos cognitivos deriva en una visión cosificadora de un entorno a su entera disposición.

El surgimiento del 'yo'

En las sociedades tradicionales del ‘yo’ brotaban formas y figuras con las que, por semejanza, el hombre se autorrepresentaba el mundo con la ayuda de mitos; ahora, para ganar la batalla al tiempo y a la incertidumbre debe homogeneizar su realidad exterior despojándola de mensajes simbólicos q ue, por su imprecisión semántica, no encajan en los moldes expresivos con que empiezan a imponerse los signos o medios técnicos. Por ello Foucault, sostenía que la forma del saber de las sociedades pre-modernas, basadas en la semejanza y la similitud supone que “ el mundo está cubierto de signos que es necesario

49

descifrar y estos signos, que revelan la semejanza y afinidad, sólo son formas de la similitud. Así, pues, conocer es interpretar: pasar de la marca visible a lo que se dice a través de ella y que, sin ella, permanecería como palabra muda, adormecida entre las cosas ” (Foucault, 1989: 40).

En el escenario pre-industrial, el vehículo de

expresión era el símbolo que acogía la connaturalidad

a

éste, en la modernidad, aparecerá el signo, que servirá para profundizar el proceso de distanciamiento del hombre con respecto a lo real. Así, la fuerza está escrita sobre el cuerpo del león; la realeza, en la mirada del águila; la paz, en el vuelo de la paloma; la exuberancia de la naturaleza, en el rápido crecimiento de la vaca. Como vemos, la comprensión simbólica del mundo no puede, por tanto, atrapar y dominar la realidad porque su interpretación no tiene fin, una imagen lleva a otra, pero sin encontrar un discurso absolutamente fundacional.

entre

el

significante

y

el

significado;

por

oposición

El hombre moderno, como producto social y cultural, no puede dudar acerca de quién es, pero ese ‘no poder’ es lo que provoca que entre en crisis, de manera

constante y cíclica en distintos momentos de la histor ia. Esto sucede por el desarrollo de una lógica del lenguaje que lo único que busca es imponer la verdad, que usa el lenguaje no para crear sino para comunicar decisiones tomadas de antemano y para juzgar y condenar 11 ; de modo que, el pensamiento funciona como un código

vive bien si se tiene

Y esta

penal, como una tautología: “

dinero se tiene dinero y por eso se vive bien

tautología es sumamente efectiva porque suele dar lugar

se

”.

11 Esta idea es pe rfectamente resumida en el aforismo: ¡maldita metafísica del lenguaje! Jamás llegaremos a desembarazarnos de Dios porque todavía tenemos demasiada fe en la gramática.

50

a frases que motivan conductas concretas que reafirman

lo predicado por la tautología.

Así, los discursos se encuentran cerrados sobre sí mismos y no dejan lugar a dudas ya que tienden a

afirmar el poder de aquello que se encuentra establecido como elemento fundamental de cada juicio que, en el plano simbólico, da lugar a la constitución de espacios que, aunque simbólicos, no por ello son menos reales,

en

que separan seres que, en el fondo, no se encuentran tan separados porque lo único que culminan haciendo es vivir la propia ilusión. Lo común que ha generado la modernidad, es ese deseo, esa necesidad de no querer ver la realidad, aunque la realidad siempre persiste, está allí, trascendiendo el juego de necesidades, o si se prefiere, de interpretaciones. Sin embargo, para el hombre moderno, es inadmisible la idea de una realidad que es parte de un juego sin sustancia, sin final; por ello, por medio de la interpretación es necesario recubrir ese vacío con discursos que, se transforman en un juego de interpretaciones dentro de un campo semántico de luchas donde lo único factible es levantar las banderas de aquella ‘instancia superior’ en la que la humanidad, como ser genérico, puede poner sus ideales.

resultado

de las tensiones que provoca la noción de sujeto a las que es sometido el hombre real. La idea de ‘sujeto’ es susceptible de una doble interpretación: sujeto, como voluntad ontológica de ser (tal como lo ha venido

planteando el racionalismo desde Descartes en adelante)

De este

o sujeto como voluntad ontológica de estar.

modo, si pensamos al hombre como un ser de razón, se nos aparece como un ser soberano y por ende, responsable de sus conductas; si en cambio lo concebimos como sujeto psíquico se encuentra sometido y su existencia es absolutamente

la

medida

que

constituyen

e

instituyen

diferencias

La crisis sobreviene

constantemente como

51

irresponsable.

Libertad del espíritu o alienación de la

conciencia.

El surgimiento del hombre unidimensional, implica la aparición de un sujeto que pone su empeño en constituir su autonomía mediante el dominio de lo real y que no duda en usar la misma racionalidad y el mismo lenguaje para justificarse frente a los otros, y en ese mismo acto, interioriza el lenguaje y el discurso que él mismo intenta dominar y, al hacerlo moldea su propia conducta y termina agobiado por los propios ideales que se había construido. En suma, la modernidad vive ese compromiso con el mito del mercado porque la misma razón que creyó que la libraría atavismos metafísicos funciona como un instrumento metafísico, que domestica y constituye como sujeto, al mismo hombre moderno que, por ello mismo, acaba funcionando como consecuencia y no como oposición a la metafísica.

La crisis moderna ha de comprenderse, como el resultado del impulso desbordante de vivir y la tendencia racionalizante que obligó, al hombre, a suponer la existencia de un orden superior, de un ideal con capacidad suficiente para conjugar una síntesis de ambos términos antagónicos y heterogéneos. Y toda síntesis, llámese ‘yo’, ‘mercado’, ‘capital’, etc., supone algo que la opere, que le dé existencia, alguna esencia que la trascienda y la subordine al devenir de su racionalización. Esta es la doble lucha del sujeto contemporáneo, por un lado intenta desentrañar la mentira porque supone que existe alguna verdad definitiva; pero como dicha verdad no aparece nunca; tiene que luchar también para lograr imponerla.

La ‘totalidad’, se presenta como un efecto de la interpretación que se realiza de la misma; en sí misma es una totalidad vacía pero que logra traducirse en una

52

abstracción eficaz, en cuanto es interpretada. La idea

del mercado, culmina siendo la idea de un poder que no está encarnado en ninguna sustancia, pero su eficacia radica casualmente en esa capacidad de no encarnar. Es por eso que logra romper todas las fronteras entre aquello que es concebido y lo que efectivamente podemos llevar a cabo, permitiendo que aquello que los sujetos producen sea inconcebible desde un punto de

partida.

moderno, cerrado sobre sí, el sujeto es producto de un

poder siempre totalizador.

De allí que la modernidad no anuncia la muerte del valor sino que se lanza a la tarea de transformarlo. En este sentido, se puede afirmar que al ‘desencantamiento del mundo’ propugnado por Weber le precede, tanto ontológica como lógicamente, el encantamiento del yo (sujeto). El yo propietario, obsesionado por dominar a su antojo el devenir de lo real.

Se argumentará que el carácter calculador, la ‘semiologización’ del mundo, la disciplina en la conducta, etc. son rasgos que pertenecen a un gesto humano ya racionalizado, y es cierto. Pero no es menos cierto que le alimenta una pasión que se expresa de manera oculta, es decir, de forma desapasionada. No en vano, es fe e ímpetu lo que mueve las acciones de unos hombres que, bajo la forma de individuo propietario, potencian un comportamiento económico como mecanismo armonizador de los intereses y garante de la convivencia ordenada entre los hombres y las culturas.

Este argumento de la pasión moderna y de su forma austera de expresión, se verá con más nitidez en la explicitación de la religión protestante que predomina en ese ambiente cultural. Y es que con el advenimiento de la modernidad, el hombre interrumpe la forma hermenéutica de conocimiento y la sustituye por la

No

existen

fisuras,

ya

que

en

el

discurso

53

representación precisa de cuanto ocurre en el mundo

exterior. La diferenciación entre las palabras y las cosas desemboca en la construcción de signos (conceptos, fórmulas científicas, formas monetarias) que, sin connaturalidad entre el significante y el significado, produce que el pensamiento sienta que se corresponde con algo que se encuentra entre los hechos del mundo.

Y

por ello el hombre cree tener una imagen precisa de

lo

que rodea en ese momento.

Cada signo se hermana unilateralmente con un objeto de la experiencia, de modo que el orden natural puede reflejarse correctamente en el pensamiento tal como puede hacerlo un observador cuando se encuentra frente a un dibujo en perspectiva.

Ajeno a las formas que se dibujaban en la materia de las que, por similitud, el hombre tradicional extraía estímulos para la acción; el pensamiento calculador organiza el mundo. Para ello se dota de los signos, es decir, de los medios e instrumentos que le permiten

trabar contacto exitoso y eficiente con la espontaneidad del entorno. La obsesión del hombre moderno es el orden y sobre éste madura la hegemonía de los medios (como el dinero). Sólo desde él pudieron haber llegado a adquirir el protagonismo obtenido en los dos últimos

pretensión

siglos.

realidad,

dominadora,

todo ello contribuye al nacimiento

racionalizador de una cultura que, basándose en lenguajes técnicos dotados de precisión y univocidad, pretenden organizar la experiencia y alcanzar el futuro antes que éste se produzca.

es la semejanza la que une las palabras y las

cosas, es la utilidad. Así, por ejemplo, el soporte de las monedas que acuñan los estados modernos ya no significa nada y tan sólo sirve por su divisibilidad,

El

descrédito

la

de

la

materia,

la

de

expresión

semiológica

la

del gesto

Ya no

54

durabilidad, transportabilidad, etc. para ejercer como soporte material de monedas de curso legal que llevan el signo del Estado. No vale porque evoque la sagrada estabilidad del Ser, como en Grecia, sino porque es útil y hasta puede calcularse el valor de su fabricación. Es más, el proceso de paulatina desimbolización del oro se acentúa en el momento que los estados ya no lo utilizan para sus monedas y lo sustituyen por otros metales (menos valiosos) como el cobre y, más tarde, por el papel moneda y el plástico.

Estos soportes materiales del dinero, recordémoslo, representan oro. Pero abundan en mayor proporción que aquel, por lo que en realidad no significan nada sino que tan solo son más útiles en el manejo y en el transporte del dinero y, en definitiva, facilitan la realización de operaciones económicas a lo largo y ancho del planeta.

La sociedad moderna

Al ‘desencantamiento del mundo’ propugnado por Weber, le sucede un reencantamiento del yo que, necesariamente, se traslada al mundo y, más específicamente a los espacios de interacción social: al mercado, la fábrica, la bolsa; desde ellos, el individuo da salida a su ansia ilimitada de beneficio y contribuye al fortalecimiento del orden colectivo. Así, el simbolismo económico extiende su red hasta convertirse en el vehículo de expresión y de representación que dota de unidad y coordinación a esta forma de ser y hacer social que no apunta a un más allá del mundo, sino a su propia inmanencia.

Ciertamente, el yo ‘reencantado’, es el yo del hombre burgués y su aspiración es convertir al mundo fenoménico en algo previsible y homogéneo; como

55

homo faber su aspiración última es fabricarlo. Se

construye así, un universo cultural que mitifica lo sólido porque, precisamente, siente cercana la fragilidad de las cosas y ve el aumento de la ambivalencia por lo que

verdadera fe que creía en la

salvación del hombre aquí abajo gracias a un mercado ”

autorregulador

De allí la incidencia del impulso religioso que anima

la

capitalismo sirve, esencialmente, a la satisfacción de las

mismas preocupaciones, suplicios e inquietudes a las que daban respuesta antiguamente las llamadas religiones. Por ello incorpora, un modelo laico de religión que no promueve un paraíso fuera del mundo y alcanza autonomía frente a las condiciones religiosas que le vieron nacer al convertirse en religión subrayando la presencia de un ideal trascendente que lleva a actuar, al hombre, hacia un horizonte (inmanente) de salvación como es el de la riqueza económica.

El valor semiológico de iconos como el dinero, la mercancía, el trabajo, la ciudad, el proletariado, el burgués, etc. reside en que son condensaciones culturales de la nueva fe social donde la realidad se expresa en términos económicos.

La significación económica de la realidad es “monetaria” o convertida, por una parte, en una multitud de significaciones referidas a objetos concretos (los bienes producidos, los instrumentos de producción, etc.) y, por otra parte, en un a multiplicidad de expresiones “abstractas”, pero socialmente efectivas y activas (así, en la economía capitalista, capital, stock, trabajo, salarios, renta, beneficio, interés, son significaciones “abstractas”, tematizadas y explicitadas como tales por y para los participantes y cuya

corre a buscar “

una

(Polanyi, 1989: 223).

vida

forma

de

capitalista (Weber) porque el

56

de

esta economía).

En el contexto productivista y utilitarista de esta forma social, la dimensión cultural, tiende a quedar oscurecida o, mejor dicho, es absorbida por aquella dimensión económica que se sitúa en el mundo y con

cuyo esclarecimiento se relativiza la idea promovida y difundida desde ella misma: la necesidad material se constituye como la necesidad de las necesidades, la necesidad universal del hombre. En otras palabras, la cultura se economatiza (si es lingüísticamente posible

esta expresión): “

algo más que una lógica práctica de la eficacia material y algo distinto de ella. Es una intención cultural. El proceso material de la existencia física es organizado como un proceso significativo de ser social, que representa para los hombres, puesto que siempre están definidos culturalmente en determinadas formas, su ”

único modo de existencia

No obstante, todo el substrato imaginario de la sociedad moderna contiene diferentes condensaciones simbólicas que guardan, entre ellas, una afinidad electiva por coparticipar de un mismo gesto cultural. Son momentos que expresan el fondo cultural unitario del mito del mer cado y, cada una, y la adecuación entre las mismas, carece de sentido fuera de este marco simbólico.

Como se indicó, una de las significaciones culturales de este escenario social es la del individuo propietario, que encarna la deificación del hombre y su omnipotencia técnica. Esta figura cobra especial protagonismo bajo la forma de sujeto que se sujeta a sí mismo en lo tocante a decisiones políticas y cognitivas. En las primeras, el yo, decide desde la soledad de su conciencia, como garante de su libertad, la adhesión (o

explicitación

es

condición

fáctica

de

la

operación

la

producción, en consecuencia, es

(Sahlins, 1976: 169).

57

no) voluntaria a una comunidad política (el Estado) en la que el primado de la ley ha de velar por su vida y sus bienes. En las segundas, el yo, hace de su conciencia el eje indubitable del cual hacer derivar con garantías cualquier proceso cognitivo orientado a descubrir las leyes que rigen el devenir del mundo.

relevancia

simbólica hasta el punto que caracteriza a una

individuo,

Por

eso, si consideramos al surgimiento de la idea del yo como el inicio, a partir del cógito cartesiano, de la filosofía moderna hemos de notar que éste yo ocupa, de hecho, el lugar de Dios en el escenario de la historia. El yo, libre de las cadenas del pasado, pasa a convierte

en artífice de su propia biografía gestando día a día una obra, una empresa en la que busca inmortalizarse. La

esa

búsqueda pacífica de reconocimiento y distinción que antaño se libraba en el desafío y en la competencia ”

bélica entre los hombres

Frente a la vida feudal con sus lazos de sangre; en la sociedad moderna, la vida económica fortalece la obsesión individual por engrosar la lista de las celebridades sociales. Porque ahora, no tienen valor los azarosos precedentes familiares, culturales o sociales. Lo que brilla con luz propia es la autorrealización individual. Para esa autorrealización, la organización del futuro es nuclear, sólo el sistema, el plan, el cálculo, la abnegación, la austeridad facilitan el reconocimiento como llave de entrada en el Olimpo de la memoria colectiva.

esfera económica constituye el “

modernidad

difícilmente puede autopercibirse como sociedad.

El

yo,

por

que,

tanto,

por

el

adquiere

culto

que

máxima

rinde

al

escenario

de

(Veblen, 1974: 35).

Esta descripción encaja con la que comúnmente se ha difundido del burgués (Sombart), del usurero (Marx), del capitalista (Weber). Estas imágenes, son una

58

caracterización del individuo que hace del beneficio económico su vida, que parece no dejar nada sin atar, que aleja la sorpresa, acalla su espontaneidad y lleva el control de su gestión y de su vida hasta límites insospechados para dar muestras de una enorme desconfianza ante el resto de la sociedad hasta poner en peligro los vínculos de solidaridad con los otros, todo lo cual preludia la jaula de hierro en que se convierte una forma de vida que acaba desencantándose 12 y neutralizando ‘el proyecto emancipador’.

Esa neutralización es la que ha aparecido en los clásicos de la ciencia social al reflexionar en torno a la transformación ocurrida, por lo que, utilizaron expresiones como el ‘desencantamiento del mundo’ (Weber), la ‘tragedia de la cultura’ (Simmel), o el ‘mundo administrado’ (Adorno). Todas son, como se ve, expresiones que se refieren a una suerte de proceso por el cual, aquello producido por el hombre se emancipa y gana autonomía respecto de quien le creo para, al cabo, terminar dominando y marcando los ritmos del propio comportamiento humano.

el

filosofía

Es

mismo

moderna,

proceso

quedó

de

extrañamiento

expresado

con

la

que

la

separación

en

entre

sujeto

y

objeto

que

parece

insalvable

y

a

la

que

Nietzsche

le

dedicó

varias

reflexiones

ya

que,

más

que

auto expresión del sujeto- hombre, lo que queda siempre

12 En cualquier caso, identificar unilateralmente la conciencia moderna con la racionalidad medios-fines es un error, ya que ésta constituye el resultado fatal de un modelo de acción que, a fuerza de cuantificar y prever, se hace uno con el cálculo. En la conciencia (según el mito del comercio pacificador) anida la soberanía del individuo que decide desde sí y que da cuenta ante los demás de sus decisiones, alimentando con ello un espacio público que quiebra en la posmodernidad por la hegemonía de las mónadas privadas que navegan por la red virtual sin control político de ningún tipo.

59

es el vacío, la confusión y la incertidumbre que son el resultado y, a la vez, la expresión del fracaso del proyecto iluminista que proponía la llegada de la ‘mayoría de edad’ para el hombre por medio del establecimiento de un nuevo orden social apoyado en la razón.

60

61

CAPÍTULO SEGUNDO

Lo Rural y lo Urbano

En el capítulo primero, hemos visto como se fue consolidando el proceso de la modernidad, entendido como un proceso cultural y no sólo social y político. Ahora bien, desde que la sociedad industrial, es decir, la sociedad moderna, se definió como un proceso civilizatorio (en el sentido de preeminencia del orden social construido racionalmente), uno de sus conceptos fundamentales fue la urbanización. Lo rural siempre ha sido concebido, como una categoría residual para referirse a aquello que -aún-no-es-urbano. Del mismo modo que, desde que hace algo más de un siglo se inició la reflexión sociológica sobre las consecuencias de la Revolución Industrial, con su acumulación de masas de población en las ciudades (lo que vulgarmente se asimila al proceso de urbanización), la dicotomía rural- urbano, se planteó en términos de polarización y luego de oposición.

en

términos de sucesión histórica de etapas y, en consecuencia, de jerarquización: si la revolución industrial traía el progreso económico a las sociedades, la urbanización conllevaba el progreso social. Esta valorización no ha sido siempre explícita, pero ha estado, desde luego, latente en la teoría (al menos en Spencer, Durhkeim, Simmel, Töennies o Redfield

Así se hablase de solidaridad mecánica o solidaridad orgánica, de comunidad o asociación, de lo folk y lo urban y, aún cuando se manifestara cierta preocupación por el tipo de desórdenes sociales provocados por la

Desde

el

positivismo

se

ha

tratado

el

tema,

62

urbanización, se estaba poniendo en lo alto de la escala

a lo urbano y en

Desde sus orígenes, las ciudades, supusieron un avance hacia formas de organización social más democráticas, y basadas en el imperio de la LEY. Se ha atribuido repetidamente a Marx una frase que Weber rescató de la puerta principal de una vieja ciudad alemana: "El aire de la ciudad nos hace libres"(Weber,

1987:40).

Al mismo tiempo, la ciudad facilitó el proceso de acumulación de capital y una concentración demográfica que volvió factible al incremento de la creatividad social. Al respecto, se ha sostenido la tesis de que no sería, de hecho, la agricultura lo que explicaría la ciudad sino que, por el contrario, sería la ciudad, la concentración demográfica, la que explicaría el desarrollo de las sucesivas revoluciones productivas agrícolas (Jacobs, 1971).

En estos términos, la definición e identificación de lo rural y lo urbano ha sido relativamente simple. No obstante, el proceso de urbanización dejó de ser, hace mucho tiempo, un simple proceso cuantitativo, de acumulación demográfica en torno a una acumulación de recursos, para pasar a ser un proceso de carácter cualitativo. Así, se ha hablado de la urbanización como ‘modo de vida’ (Wirth) porque, ciertamente, ya no puede verse en términos de acumulación exclusivamente sino en cuanto extensión de estilos culturales, de modos de vida y de interacción social.

Es decir, lo urbano ya no está únicamente en las ciudades. Cuando se ha hablado de la urbanización del mundo campesino (Lefebvre, 1969), (Gaviria, 1975), (Baigorri, 1980b y 1983), se ha querido expresar ese proceso que se veía como de colonización cultural, y que no es, en realidad, sino la extensión del núcleo

lo más bajo a lo rural.

63

civilizatorio - capitalista e industrial durante los siglos

XIX y XX- a la totalidad del territorio social.

de este capítulo, la

urbanización es un proceso indisociable de la revolución industrial y el capitalismo: de forma que únicamente allí, donde las formas de intercambio y de relación no sean de tipo capitalista podríamos hablar tal vez de cultura rural, es decir preindustrial, y en este sentido precapitalista.

Pero "allí donde triunfan el intercambio de mercancías, el dinero, la economía monetaria y el

individualismo la comunidad se disuelve, es reemplazada

por la exterioridad recíproca de los individuos y el

'libre' contrato de trabajo" (Lefebvre, 1971:27.

no desaparición física del campesinado como grupo social (Barón, 1971), sino de la desaparición de una cultura resultado del proceso por el cual, el capitalismo "ha sometido el campo a la ciudad" (Marx, 1971: 336).

Asimismo, la desaparición, no es sólo por el efecto de la concentración demográfica, sino también por la ruptura de las relaciones sociales y de producción tradicionales. Entonces, ¿qué puede significar hoy esa polaridad rural-urbana, en un planeta donde se ha hablado ya de metrópolis, luego de megalópolis, y últimamente de ciudades-mundo? Cuando se plantea la existencia de cuatro o cinco ciudades-mundo que constituyen el auténtico centro económico e intelectual del planeta (Jones, 1992: 29-33), e incluso se plantea el surgimiento –más hipotético que real- de las tecnópolis, como quintaesencia de las ciudades-mundo (Castells- Hall, 1994).

Es claro que, actualmente, lo rural y lo urbano no son

Es decir, sobreviven como

categorías con vida propia.

la

Como

se

verá

a

lo

largo

La

urbanización

se

trata

tan

solo

de

64

‘supuestos’ campos científicos, como nominalismos:

sociología rural, sociología urbana, geografía rural, geografía urbana, ordenación rural, ordenación urbana etc.

El Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), por ejemplo, para censar y cuantificar a la población, habla de zonas rurales, zonas intermedias y zonas urbanas, sin otro criterio, como en casi todos los países, que el tamaño demográfico. Sin embargo, en las áreas metropolitanas existen municipios clasificados como rurales. En el entorno de todas las ciudades hallamos situaciones en las que, la definición podría llevar a discusiones inacabables; del mismo modo, que podríamos plantearnos hasta qué punto son urbanas, si tenemos en mente las tipologías de Hall, muchas de nuestras pequeñas ciudades, incluso capitales provinciales.

El problema no es menor ya que, la clasificación arbitraria dificulta seriamente, en la actualidad, la realización de análisis más afinados de la realidad social. En este sentido, tendríamos que hablar de gradaciones, de un continuo que iría desde lo más rural -o menos urbanizado- a lo más urbano -o menos rural-.

Sin embargo, resulta difícil fijar las variables que nos

permitan establecer

situar

empíricamente un objeto de investigación dado en una supuesta escala por lo que, desde Redfield hasta hoy la atribución de un mayor o menor grado de ruralidad/urbanidad se hace, básicamente, de un modo más intuitivo que científico.

Tal vez, uno de los déficits que ha esterilizado tanto a la Sociología Rural como a la Urbana es la desatención por la forma. Una y otra se han ocupado de estructuras; a lo sumo, de funciones; desaprovechando

esa

gradación,

y

65

así los avances de la Ecología Humana, como las apor- taciones de la Geografía.

Asimismo, el análisis de las formas de agrupación e interrelación social en el espacio puede ayudarnos a matizar esa gradación facilitándonos la construcción de vectores más estrictamente sociológicos que demográficos.

Por otra parte, tenemos que considerar que el proceso

de urbanización ha sido conceptualizado en el momento

que su finalidad no fue analítica sino transformadora y apareció, por ello mismo, bajo denominaciones, interpretaciones y valoraciones diversas. A las primeras observaciones marxistas sobre la dialéctica campo- ciudad, Kropotkin, desde el anarquismo, respondería a finales del XIX con su propuesta de equilibrio

ecológico: "Tened las fábricas y los talleres cerca de las huertas y tierras de labor, y trabajad en unas y otras alternativamente" (Kropotkin, 1972: 148). Paradójicamente, la propuesta sería asumida por los ordenadores rurales; primero, en Norteamérica, a partir

de la segunda década del siglo XX y que ha dado lugar

al surgimiento de la agricultura a tiempo parcial.

Por su parte, Kaustky, también advertía de la

necesidad de una "facilidad de relaciones entre el campo

la

civilización en el campo y para borrar el antagonismo cultural que separa a éste de la ciudad"(Kaustky, 1974:

225) y, atribuía a la industria ser el i nstrumento que permitiría -como ha ocurrido- la modernización del campo debido a que "…en las zonas que continúan siendo puramente agrícolas y que, a causa de lo inaccesible de su territorio o de la tozudez de sus habitantes, permanecen cerradas a la penetración de la industria, la población decae desde el punto de vista del número, de la fuerza, de la inteligencia, del nivel de

y la

ciudad",

como

base

para

la

"difusión

de

66

vida, y con ello se empobrece el suelo, y decae la explotación agrícola…"(Kautsky, 1974: 323).

En última instancia, el nacimiento de la propia Sociología Rural estuvo determinado, justamente, por este tipo de preocupaciones que se materializaron, a través de la Comisión para la Vida Rural creada por Theodor Roosevelt. En este sentido, la ordenación rural de la Sección de Población Agrícola y Vida Rural del Ministerio de Agricultura de los Estados Unidos perseguía justamente, desde 1919, la plena incor- poración ‘sin traumas’ de los espacios rurales que desde siempre, en los Estados Unidos, se rigieron por criterios capitalistas propios de la sociedad industrial. Así, no se trataba de una colonización por el capitalismo, sino por la civilización urbana.

A medida que esta colonización se producía, se extendían las preocupaciones que dieron lugar a una andanada de lamentos ante la pérdida de una Arcadia y fomentaron la defensa de la tierra contra el desarraigo del progreso mientras que otros, como bien afirma Costa (s/f: 191) clamaban contra "los pueblos que se duermen en medio del día, como las vírgenes fatuas, llegan tarde y con las lámparas apagadas a las puertas ya cerradas del peregrino, sin alcanzar a donde se celebran los desposorios del mundo antiguo con esta espléndida civilización moderna".

Luego de la segunda guerra mundial, desde el campo del urbanismo se habló de la necesidad que "lo mejor de la civilización urbana llegue 'a la tierra'", y se propuso el término de ruralística, complementario de la urbanís- tica, como concepto provisional hasta que se desarrolle uno urbano-rural (Bardet, 1963: 114 y 18).

Otros, en cambio, plantearon la importancia de lo agrario y distinguir a la agricultura como sistema productivo que, con las adaptaciones pertinentes a las

67

transformaciones tecnológicas, siempre será necesaria e incluso imprescindible, de la ruralidad.

En América latina, por ejemplo, el planteo de la

reforma agraria (no su efectiva realización) convirtió a los campesinos, durante los años 60 y 70 en sujetos del máximo interés. Aunque lo que se estaba planteando era la urbanización del campo, entendida como proceso civilizatorio; en otras palabras, como proceso de

espacios sociales rurales a la

modernidad ciudadana.

El resultado, paradójicamente, fue un contrasentido. Al tomar al campesinado como un sujeto histórico, se les consideraba como un objeto de val or y, como tal, a conservar. Las razones eran diversas. La influencia del marxismo (particularmente, a partir de los años '60, del maoísmo) hizo que muchos considerasen al campesinado poco menos que, como sujeto revolucionario que debería oponerse a la penetración del capitalismo.

incorporación

de

los

Por aquel entonces, los estudios antropológicos comenzaron a ponerse de moda y los sociólogos dejaban

de hacer sociología y se aplicaban a la etnología bajo la influencia del modelo de Eric Wolf, para quien los campesinos seguían estando "entre la tribu primitiva y

la

sociedad

industrial

(

),

ni

son

primitivos

ni

modernos"

(Wolf,

1975:

5).

A

pesar

de

esto,

la

evidencia mostraba que los campesinos se manejaban perfectamente con la modernidad de los complicados tractores y cosechadoras. No obstante, el trasfondo romántico dio por resultado que muchos se lamentasen que el capitalismo se lanzase a "insertar al campesinado cada vez más dentro de los mecanismos del sistema económico global y a modelar sus explotaciones de acuerdo con sus intereses" (Sevilla-Guzmán, 1979:240).

68

Algunas definiciones teóricas

la

determinación del límite inferior de lo urbano han sido

cuestiones ampliamente debatidas por los investigadores

y por los organismos oficiales de estadística. El

problema presenta dos vertientes muy distintas. Por un lado, está la cuestión de la definición teórica del hecho urbano en contraposición a lo rural y la enumeración de los rasgos esenciales de la ciudad. Por otro, la definición concreta utilizada en cada país para determinar con fines estadísticos lo urbano, y fijar el límite a partir del cual puede empezar a hablarse de ciudad como entidad distinta de los núcleos rurales o semirurales.

Desde un punto de vista teórico, las definiciones que

se han dado de lo urbano son de dos tipos. Por un lado se encuentran las que se basan en una o dos

Por otro,

características que se consideran esenciales.

se encuentran las definiciones eclécticas, que intentan dar idea de la complejidad de lo urbano sintetizando las diversas características previamente definidas.

Los rasgos que, con más frecuencia se han considerado para caracterizar el hecho urbano han sido, fundamentalmente, el tamaño y la densidad, el aspecto del núcleo, la actividad no agrícola y el modo de vida, así como ciertas características sociales, tales como la heterogeneidad, la "cultura urbana" y el grado de interacción social.

Queda

claro

que

la

definición

de

la

ciudad

y

Dimensión y actividad

El tamaño, medido en número de habitantes, se ha considerado con gran frecuencia como una carac- terística fundamental, aunque, en general, a un nivel

69

teórico, ha sido utilizada junto con otras características. Lo más frecuente es considerar la densidad de habitantes o de edificios. Estos criterios fueron utilizados de forma casi exclusiva, tanto por sociólogos como por geógrafos, en los primeros momentos del desarrollo de los estudios urbanos. Un ejemplo de este tipo de definición es la que, en 1910, propuso el sociólogo francés Maunier al definir la ciudad como "una sociedad compleja, cuya base geográfica es particularmente restringida con relación a su volumen y cuyo elemento territorial es relativamente débil en cantidad con relación al de sus elementos humanos" (citado por Ledruc, 1971: 3).

No obstante, los problemas comienzan cuando se quiere fijar la densidad, a partir de la cual, puede empezar a hablarse de ciudad como algo distinto a lo rural. La existencia de áreas agrícolas densamente pobladas, como es el caso de ciertas huertas mediterráneas o algunas regiones deltaicas de China, ha hecho que la cifra se eleve hasta más de 1.000 habitantes por kilómetro cuadrado. Asimismo, queda, sin resolver el problema de las áreas suburbanas, que pueden presentar densidades inferiores a esta cifra y a las que, sin embargo, gran número de autores no dudan en asignar caracteres urbanos.

Por otra parte, tanto la forma como el aspecto de la aglomeración han sido utilizados como criterio esencial. Un ejemplo es el planteo de Dörries cuando sostiene que una ciudad se reconoce "…por su forma más o menos ordenada, cerrada, agrupada alrededor del núcleo fácil de distinguir y con un aspecto muy variado, acompañada de los elementos más diversos…" (citado por Sorre, 1952: 182).

Las funciones económicas y concretamente el predominio de unas actividades no agrícolas es algo en

70

lo que coinciden numerosos autores a la hora de definir la ciudad. Se trata de un punto de vista formulado, en 1891 por Ratzel en su Anthropogeographie al considerar a la ciudad como "una reunión duradera de hombre s y de viviendas humanas que cubre una gran superficie y se encuentra en la encrucijada de grandes vías comerciales" (citado por Chabot, 1948: 15). La importancia asignada por Ratzel a las actividades comerciales tiene su complemento poco después en Richthofen, el cual, resalta las actividades no agrícolas, tanto comerciales como industriales. Para Richthofen, una ciudad es "un agrupamiento cuyos medios de existencia normales consisten en la concentración de formas de trabajo que no están consagradas a la agricultura, sino particularmente al comercio y a la industria" (citado por Beaujeu Garnier y Chabot, 1970:

30).

Aurousseau incluye, junto a la industria y al comercio otros servicios especializados por lo que la contraposición entre lo rural y lo urbano se formula explícitamente: "rurales son aquellos sectores de población que se extienden en la región y se dedican a la producción de los artículos primarios que rinde la tierra; los sectores urbanos, en cambio, incluyen a las grandes masas concentradas que no se interesan, al menos en forma inmediata, por la obtención de materias primas, alimenticias, textiles o de confort en general, sino que están vinculadas a los transportes, a las industrias, al comercio, a la instrucción de la población, a la administración del Estado o simplemente a vivir en la ciudad" (citado por Dickinson, 1961: 42).

Dickinson (1957), a su vez, caracteriza a las ciudades de la Europa occidental y de América del Norte como "núcleos de poblamiento compacto, dedicados principalmente a ocupaciones no agrícolas".

71

Una forma diferente de presentar esta definición funcional es la que insiste en el hecho que los ciudadanos no producen directamente sus alimentos. Así, Sombart considero a la ciudad "como un establecimiento de hombres que para su mantenimiento han de recurrir al producto de un trabajo agrícola exterior" (Sombart, 1932: 449).

Esta dependencia del exterior se vincula, necesaria-

desigual

mente,

que la ciuda d

con un espacio más

"organiza" por lo que "la ciudad, grande o chica, se abastece desde fuera, no se basta para su aprovisionamiento, y existe en función de una región más amplia a la que organiza, a la que sirve, para la que es el nexo de unión con el resto del mundo" (Casas Torres, 1957: 262).

Deffontaines y Brunhes (1926) sostuvieron que: "hay ciudad cuando la mayor parte de los habitantes pasan la mayor parte del tiempo en el interior de la aglomeración".

de

a

lazos

de

dominación

e o menos amplio

intercambio

al

En

síntesis,

es

claro

que

la

concentración

población y actividades en un lugar dado se refleja en la aparición de un paisaje, de una morfología y, este elemento puede servir también para caracterizar este fenómeno.

Al mismo tiempo, tenemos que considerar la existencia de unidades urbanas que rebasan los límites administrativos de municipio, así como de fenómenos de urbanización discontinua que se extienden por el espacio circundante de las ciudades, ha conducido en algunos países a la definición estadística de áreas urbanizadas de distinto carácter. Así, la Oficina Federal del Censo de los Estados Unidos distingue, desde 1950, por encima de los municipios urbanos las Urbanized Areas y las Standard Metropolitan Areas utilizando, para

72

ello, criterios precisos de población, densidad, actividad

e integración. Las Areas Urbanizadas se definieron para

todas las aglomeraciones que poseen una ciudad central

de 50.000 habitantes o más. Los territorios circundantes

a la misma for man parte del A. U. si poseen alguno de los siguientes caracteres: núcleos urbanos de 2.500 habitantes o más, contiguos a la ciudad central; los espacios contiguos de menos de 2.500 habitantes, si

poseen

una

densidad

de

500

viviendas

por

milla

cuadrada

(equivalente

a

2.000

habitantes

por

igual

superficie) o una concentración de por lo menos 100 casas y la densidad anterior; los núcleos situados hasta 1,5 millas por carretera del casco urbano principal; los espacios intermedios o contiguos con usos industriales, recreativos o de equipamientos e infraestructuras en relación con la ciudad (cementerios, aeropuertos, etc.).

En cuanto a las áreas metropolitanas (A.M.) definidas en 1950, incluyen una o más ciudades de 50.000 habitantes, "que constituyen -como dice la Oficina del Censo- una unidad económica integrada con un amplio volumen de viajes y comunicaciones diarios entre la ciudad o ciudades centrales y los espacios exteriores del área". Los condados (county) contiguos se incluyen si cumplen ciertos criterios de población, actividad e integración; a saber:

1. Cada condado debe tener 10.000 trabajadores no agrícolas, o 10 por 100 de los trabajadores no agrícolas en el A. M., o más de la mitad de su población resi- diendo en divisiones administrativas contiguas con una densidad de población de 150 o más habitantes por milla cuadrada.

2. Cada condado debe tener por lo menos dos terceras partes de su población activa total empleada en actividades no agrícolas.

73

3. Cada condado debe estar integrado económica y socialmente con el condado que posee la ciudad más importante del A. M. S. Un condado se considera integrado: a) si un 15 por 100 o más de los trabajadores que viven en el condado trabajan en el que posee la mayor ciudad; b) si el 25 por 100 de los que trabajan en el condado viven en el que posee la mayor ciudad: c) si las llamadas telefónicas desde el condado a la ciudad principal alcanzan una media de cuatro o más llamadas por abonado al mes".

Al margen de la morfología que pueda presentar el espacio urbano, uno de los principales aportes que ha realizado la sociología al entendimiento del hecho urbano consistió en la definición del mismo a partir del concepto de "cultura urbana".

Para concluir con este capítulo, es importante retener que la urbanización no es la proporción de población que habita en ciudades sino las influencias que las ciudades ejercen sobre la vida social del hombre. El

proceso de urbanización

es

más

amplio

que el

porcentaje de población

urbana

e

incluye

a

los

supuestos espacios rurales.

Esto se debe a que el

campo ya no es más -nada más- que los alrededores de la ciudad, su horizonte, su límite. El campesino no

trabaja

para

los

‘señores’

sino

que

produce

para

la

ciudad,

para

el

mercado

urbano

y,

como

ha

indicado

Lefebvre, “ellos saben que los negociantes de trigo o madera los explotan, no obstante, encuentran en el mercado el camino de la libertad" (Lefebvre, 1972:18).

CAPÍTULO TERCERO

La Evolución de la Problemática Urbana en el Marco de la Teoría Social

Los paradigmas de la teoría social

En

este

capítulo,

nos

centraremos

en

las

diversas

escuelas

y

teorías

que

han

buscado

un

modelo

de

interpretación

para

lo

urbano.

Pero

antes

de

concentrarnos en

esta

tarea,

es

necesario

realizar una

serie

de

reflexiones

en

relación

a

algunos

de

los

diversos paradigmas

que

existen

actualmente

en

el

campo de la teoría social.

En este sentido, el pluralismo que hoy existe en las ciencias sociales nos permite disponer de variadas

referencias teóricas para el análisis del urbanismo desde una perspectiva social. Sin embargo, “…el indefinido repertorio de sociologías particulares existentes, cada una de ellas desmembrada en varias corrientes metodológicas, remite a cuatro grandes paradigmas, cuya exposición resulta suficiente para desenvolverse en ciencias sociales y, desde luego, en el ámbito de los métodos. Estos paradigmas son el “durkheimniano, el neopositivista, el weberiano y el marxista” (Martín

Serrano,

1978:

10).

En las páginas que siguen,

dejaremos

de

lado,

el paradigma neopositivista, más

entroncado con las corrientes neoclásicas de la ciencia económica, para centrarnos en los otros tres.

Al respecto, tanto Marx, como Weber y Durkheim desarrollaron sus teorías a partir de la transformación

76

que el capitalismo venía experimentando en el mundo occidental y, esta transformación presentó, como uno de sus rasgos más significativos el enorme crecimiento de las ciudades. Sin embargo, lo urbano no fue considerado, en cuanto tal, como un fin fundamental de sus preocupaciones teóricas sino más bien, como la consecuencia o el efecto del funcionamiento global de la sociedad pero dada la importancia alcanzada por sus concepciones teóricas y metodológicas y, por su posterior influencia en las ciencias sociales, que desde comienzo del siglo XX trataban de interpretar el fenómeno urbano, en el siguiente apartado nos detendremos para analizar algunos de sus puntos de vista.

El

urbano.

El análisis marxista de la realidad social se apoya en dos principios. El primero, aunque no pueda ser considerado como exclusivo del marxismo, se refiere al carácter holista del conocimiento sobre lo social, de tal modo que, ningún aspecto de la realidad puede ser analizado de forma parcial sin una referencia a la totalidad de la cual procede. Esta forma de relacionar lo particular en lo general se encuentra integrada a una concepción dialéctica. Asimismo, el método dialéctico remite a una lógica, donde encuentra su fundamento la construcción de la ciencia social: “…La dialéctica propone un proceso de comprensión que permite la interpretación de los contrarios, incorpora contradicciones y paradojas y apunta a los procesos de resolución…” (Harvey, 1976: 15). Se puede afirmar que la concepción dialéctica implica una profunda diferencia con la primitiva idea del evolucionismo lineal que presuponía que, ni en la naturaleza ni en la historia

lo

marxismo:

una

teoría

social

al

margen

de

77

acontecen cambios repentinos y, que todo cambio acaecido en el mundo se realiza gradualmente.

Esto implica que, si la realidad es contradictoria y puede ser superada, el sujeto puede actuar, contribuyendo a su transformación. El segundo principio consiste en afirmar que la conciencia humana que, procede de la realidad es, la mayoría de las veces, falsa pero no por ello es irreal, por lo que “…la realidad esencial que la ciencia intenta descubrir puede resultar oscurecida por las formas externas, tal como la realidad se nos presenta en nuestra diaria experiencia. Por lo tanto, para Marx, la tarea de la ciencia es penetrar en las relaciones esenciales por encima de las apariencias (Saunders, 1981: 15).

El intento por construir un análisis científicamente fundado que sirva de orientación para los procesos de transformación social condujo a que el marxismo, al comprobar que la ciencia social formula conceptos, categorías, relaciones y métodos, que no son independientes de las relaciones sociales, tenga que fundarse a partir de estudios concretos. De este modo, el camino para superar el peligro de caer en la ideología sería tener presente que las categorías verdaderamente científicas tienen un origen histórico y, como tales, deben ser deducidas directamente de la praxis.

Se establece así un nexo entre teoría y praxis que concibe a la realidad en una dirección determinada con objeto de transformarla. A partir de estas dos referencias: concepto holista de la realidad social desde una perspectiva dialéctica y carácter ideológico de la mayoría de las construcciones teóricas existentes, se desarrolla todo el edificio epistemológico marxista. Su aplicación al conocimiento de la historia ha dado lugar al materialismo histórico.

78

El esquema conceptual del materialismo histórico

Uno de los conceptos centrales del materialismo histórico es el de ‘modo de producción’. Éste se refiere

a la manera en que una sociedad se apropia del

excedente. Se trata de un concepto abstracto que estructura los diferentes campos de la realidad social en torno a tres instancias: la económica, la jurídico-política y la ideológica. La primera, representa la infraestructura de la sociedad, mientras que las dos últimas integran la superestructura. La diferencia existente entre un concepto teórico como éste, cristalizado por la interpretación de la realidad, y los resultados de un análisis concreto en un contexto determinado, queda salvado por medio del concepto de ‘formación social’ que representa, para el marxismo, una realidad histórica determinada en cuya base económica coexisten varios modos de producción.

A su vez cada modo de producción se encuentra integrado por: las fuerzas productivas (representan una combinación determinada de los medios de producción y la fuerza de trabajo en un proceso de trabajo) y las relaciones de producción (que son relaciones de explotación en un contexto de lucha de clases). La visión marxista del desarrollo de la historia introduce momentos de ruptura, caracterizados por las dificultades de las fuerzas productivas para reproducir

el sistema social debido a las contradicciones de las

relaciones de producción que, en determinados momentos, ‘sirven de apoyo para el desarrollo pero, dado que las fuerzas productivas son más dinámicas, pasan a transformars e en un obstáculo’ (Marx, 1992:

352).

El análisis marxista de la sociedad moderna lleva

Por un lado, lo

concreto, aquello con lo que el hombre llega al mundo

implícita la crítica a la misma sociedad.

79

es su fuerza de trabajo, por medio de ésta, el ser humano transforma la realidad natural por lo que supone la interacción del hombre con el mundo exterior

y, como resultado de la misma, la fuerza de trabajo, da

lugar el desarrollo de la producción:

la naturaleza alimenta al trabajo, en cuanto que el trabajo no puede vivir sin objetos sobre los que actuar, así también le alimenta en sentido estricto, suministrándole al trabajador mismo los medios

para subsistir físicamente

Partiendo de esta reflexión abstracta sobre la relación hombre/entorno natural, Marx llega a la conclusión que éste –el hombre- se convierte en un sujeto de la naturaleza, que es su objeto. En el caso concreto del capitalismo la relación hombre /naturaleza se encuentra invertida por lo que el trabajador –sujeto- queda prisionero del producto de su trabajo –objeto - y

comienza lo que denomina un proceso de ‘ extrañamiento’. Este extrañamiento es la alienación y su ámbito de

la

desarrollo es la producción del trabajo: “

enajenación no se muestra sólo en el resultado, sino en el acto de producción, dentro de la misma actividad productiva. Si el trabajador no se enajenase en el mismo acto de producir, tampoco el producto de su actividad se le podría enfrentar

como algo ajeno. (

que ser extrañación activa, la extrañación de la

actividad, la actividad de la extrañación (

enajenación del objeto del trabajo no hace más que resumirse la enajenación, la extrañación de la

actividad

actividad misma, del trabajo

Lo

mismo que

(Marx, 1992: 94).

)

La producción misma tiene

)

En la

(Marx, 1992: 95-96).

producción

como

En

el

ámbito

de

la

alienante, el trabajo permite que el objeto de la producción, que es producto del trabajo, aparezca como algo ajeno al trabajador pero que a la vez lo esclaviza ya que éste pierde el control sobre los objetos que

80

produce. El producto del trabajo (objeto) aparece como algo extraño al trabajador (sujeto) ya que otras personas

se apropian de él, es decir, de sus energías y del trabajo creador que el obrero vierte sobre el producto en el proceso de producción. Así, en la medida que las mercancías se compran y se venden en un mercado que se encuentra fuera del control de quienes las han producido, el trabajo mismo se transforma en una mercancía más y pasa a convertirse en un medio y no en un fin en sí mismo por lo que el obrero considera a los demás hombres como simples medios mientras que él

del

mismo se considera como medio. “

hombre consigo mismo, no se halla realizada hasta que se expresa en su relación con otro hombre. Por tanto en la situación del trabajo enajenado cada hombre ve al otro tal y como él mismo se ve en el

el

resultado de la racionalización económica de las

relaciones sociales y trae consigo una ambivalencia: el trabajo capitalista aliena, pero a la vez contiene el

germen del hombre

conciencia de su especie, el

hombre confirma su

especie. Ya que “

la

relación

trabajo

En

el

(Marx, 1992: 101).

social,

la

plano

alienación

del

trabajo

es

como

ser

genérico

real,

o

sea

como

mismo

como

vida

social

del

modo

que

lo

que

es

la

especie

se

confirma

en

su

conciencia

existiendo

para

sí,

como

ser

pensante,

en su generalidad

De allí, que el trabajo posea un doble sentido como liberación y como alienación, como creador y como

mutilador, y el resultado de éstas ambigüedades es el mayor empobrecimiento del trabajador cuanto mayor sea la riqueza que produce porque esa riqueza no le

y

pertenece y se le opone como algo extraño a él. “

ciertamente el trabajo produce maravillas para los ricos, pero expolia al trabajador. Produce palacios, pero al trabajador le da cuevas. Produce belleza,

(Marx, 1992: 131).

81

pero al trabajador, deformidad y mutilación. Sustituye al trabajador por las máquinas, pero devuelve violentamente a muchos a un trabajo

brutal y convierte al resto en máquinas

1992: 95). La ambigüedad del trabajo, por su doble condición, será el fundamento para la elaboración de la teoría del materialismo histórico y la teoría del desarrollo social.

El materialismo histórico, parte de un hecho empírico

para

existencia de individuos humanos vivientes ” (Marx, 1992: 149). Éstos hombres, se encuentran insertos en un mundo materialmente condicionado y al que condicionan por medio de su acción que se define como un proceso de ‘creación, satisfacción y nueva creación de necesidades’ y es, en principio, una de las diferencias entre el hombre y los demás animales y, uno de los fundamentos para comprender al trabajo como ‘intercambio creativo entre el hombre y su medio ambiente natural y fundamento de la sociedad al cuál solo se puede arribar por medio del estudio empírico de los procesos concretos de la vida social que son, a su vez, los fundamentos de la existencia humana’.

que exista la historia se debe partir de “la

(Marx,

Entendida así, toda sociedad se halla determinada por

de los medios de vida con

que se encuentran - los hombres- y que se trata de

reproducir” y en la medida que esto ocurre se

reproducen los medios de existencia necesarios para la

las

condiciones materiales de su producción 1992: 148).

sus acciones

cotidianas vuelve a crear y reproduce la sociedad de cada momento y de esta lucha proviene lo que podemos identificar como estable de una sociedad y

(Marx,

actividad humana o dicho de otro modo “ ”

la

naturaleza misma

Por este motivo todo individuo, “

con

82

a

interminable

la

vez,

fundamento

de

(Marx, 1992: 150).

una

modificación

En el terreno cotidiano es donde el hombre crea y recrea la sociedad en la que vive, por medio de la producción. Ésta aparece como el primer hecho de la historia por lo que el concepto de ‘relaciones de

producción’ es un concepto clave, tal como dijimos, en la

la

producción, los hombres no actúan solamente sobre la naturaleza, sino que actúan también los unos

sobre los otros. (

contraen determinados vínculos y relaciones, y a

través de éstos vínculos y relaciones sociales, y sólo

a través de ellos, es como se relacionan con la naturaleza y como se efectúa la producción ” (Marx, 1992: 150)

La vida humana se halla determinada por: el

desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción que determinan el grado de división del trabajo y expresan diferentes formas de propiedad:

cada

también las relaciones de los individuos entre sí, en

lo

del trabajo

Estas tres dimensiones de la vida humana le dan, a la misma, un doble carácter natural y social 13 ya que implica, por un lado, la reproducción del género humano –procreación -, la producción de bienes para satisfacer sus necesidades y la acción de satisfacerlas con la consecuente aparición de necesidades nuevas – trabajo -.

etapa de división del trabajo determina

Para producir, los hombres

teoría del materialismo histórico debido a que “

)

en

tocante al material, el instrumento y el producto

(Marx, 1992: 151).

13 Por social se comprende a la cooperación entre varios individuos. Ver Marx, 1992: 161.

83

Bajo las relaciones capitalistas de producción, la sociedad se presenta como un campo de conflicto entre

quienes poseen el capital y quienes se ven obligados a vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario. Éstos últimos, los obreros, tal como lo hemos notado antes toman a su propia vida –su fuerza de trabajo- como una mercancía permitiendo que la explotación se reproduzca y con ella aumenten los beneficios de los

el

trabajo vivo sirva al trabajo acumulado como medio

para conservar y aumentar su valor de cambio ” (Marx, 1992: 317).

En otras palabras, el trabajo alienado consiste en la producción de bienes –no para sí- sino para el mercado, producción de mercancías. Cada mercancía posee un valor de uso, referido a la satisfacción de una necesidad determinada que se consigue con ese bien; y un valor de cambio, referido al valor que posee ese mismo producto cuando se destina al intercambio y no a la satisfacción inmediata de una necesidad. La diferencia es relevante cuando se intenta analizar el trabajo dentro de una economía de mercado debido a que todo valor de uso presupone una relación económica determinada y su valor se obtiene a partir de su relación con otras mercancías.

La teoría del valor trabajo parte de este presupuesto:

que algo tenga valor es preciso que se haya

para

fijado en él ‘fuerza de trabajo –trabajo vivo – ya que

(Marx,

de otro modo sería imposible producirlo

propietarios ya que el capital “

Consiste

en

que

1992: 301). El valor de cambio y su medida –el tiempo empleado por el obrero para la producción de un bien- son categorías indispensables para la comprensión del funcionamiento del mercado.

84

En su análisis sobre el capitalismo, Marx parte de

considerar el trabajo abstracto 14 ya que sostiene que en

el

” (Marx, 1992:

366). Esto significa que el valor de uso depende de la cantidad de tiempo que un hombre necesita para producir ese bien –tiempo de trabajo socialmente necesario -. Ahora, si el trabajo es, en una economía capitalista, un valor de cambio más, o sea, una

depende del tiempo socialmente

necesario para producirla o sea, por la cantidad de

productos que el obrero necesita para poder subsistir y

reproducirse:

siempre en los gastos de existencia y reproducción

del obrero

Es claro que un trabajador produce, en una jornada, más de lo que sería necesario para el coste de su subsistencia y reproducción y, este excedente es lo que denomina ‘plusvalía’ –trabajo productivo no remunerado -. Así, entre el trabajo socialmente necesario y el trabajo excedente lo que media es la plusvalía o simplemente la ganancia del capitalista. El trabajo es, entonces, la base a partir de la cual el capitalista reproduce y ejerce las condiciones de explotación sobre el obrero, es la fuente principal de explotación y, podríamos denominar trabajador a aquella persona que se vea obligada para subsistir a ‘vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario’ (Marx, 1992: 306-308).

coste de producción se cifra

mercancía, su valor

materializa trabajo humano abstracto

valor de uso de un bien se objetiva o

el

(Marx, 1992: 314).

14 Marx utiliza aquí el concepto de trabajo abstracto ya que se refiere a que ‘la fuerza de trabajo de la sociedad representada en los valores del mundo de las mercancías

figura

aunque consta de innumerables fuerzas de trabajo

individuales

(

)

como una sola fuerza de trabajo humana,

(Marx, 1992: 366)

85

En términos de la sociedad moderna “…el proceso que engendra al capitalismo solo puede ser uno: el proceso de disociación entre el obrero y la propiedad sobre las condiciones de su trabajo, proceso que de una parte convierte en capital los medios sociales de vida y de producción, mientras que de otra parte convierte a los productores directos en obreros asalariados…” (Marx, 1978: 608).

Este proceso histórico no se produjo de forma igual

pero

diferentes, se llegó al mismo resultado: la ruptura de todos los lazos feudales que ataban al hombre a la tierra, su transformación en mercancía en el nuevo orden económico y la progresiva concentración de los medios de producción en manos de los capitalistas. De esta forma, el nuevo obrero asalariado fue obliga do por la fuerza a convertirse en mercancía en el nuevo proceso de producción capitalista, a la vez que debería obtener en el mercado las mercancías necesarias para su subsistencia.

Pero ¿Cuál es el hecho esencial que diferenciaría al capitalismo de los modos de producción anteriores? Según los economistas clásicos, el gran desarrollo experimentado por las fuerzas productivas que ha dado lugar a la sociedad moderna, estaría ligado al progresivo incremento sufrido por la división del trabajo. La especialización y el intercambio ventajoso para todos los productores serían los factores claves que explicarían la creciente productividad y el desarrollo gigantesco del industrialismo. Sería, en palabras de A. Smith, una consecuencia del cambio, actividad inherente a la sociedad humana.

Para Marx, sin desdeñar estos factores, el hecho fundamental es la producción de mercancías, el valor de cambio. Puede existir división del trabajo sin que,

en

todos

los

países,

aún

con

modalidades

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indefectiblemente, ello conduzca a la producción de mercancías. No es e xtraño, entonces, que el nuevo régimen de producción aparezca como “un inmenso arsenal de mercancías” (Marx, 1978). De los dos valores que las mercancías encierran, Marx se

desentiende del valor de uso, para centrarse en el valor de cambio. Como vimos, en el régimen de producción de mercancías éstas son fabricadas para ser cambiadas,