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ABUSO SEXUAL INFANTIL

Lic. Juana Berezin de Guiter

Sumario

A través de la historia de Leandro, un paciente que había padecido hasta el comienzo de la


adolescencia una victimización sexual e incestuosa, se inicia el abordaje del tema. Se narran
características personales de su familia y se intenta describir el perfil psicológico de sus padres
y su único hermano.

Se evidencia cómo el motivo de consulta manifiesto aparentemente no tenía que ver con el
abuso por él sufrido, y finalmente se describen las consecuencias (especialmente respectivas a
su sexualidad) que esto le acarreó, así como el grave daño psíquico resultante.

Se continúa lo anterior con "Introducción" donde se comenta el concepto de "trauma" y las


características específicas de lo que se considera "abuso sexual", y "abuso sexual incestuoso".
Se desarrollan las diversas peculiaridades de los actos abusivos y cómo estas experiencias
afectan a los niños.

Luego el trabajo se refiere de lleno al comentario de diversas aproximaciones


metapsicológicas, y es así como con aportes de distintos autores (D. Anzieu, S. Ferenczi, Lévy-
Strauss, etcétera) se intenta encontrar respuestas teóricas útiles para ampliar la comprensión
de los problemas que sufren las víctimas.

Finalmente, en la última parte se incluyen consideraciones que hacen a los alcances sociales
involucrados en el tema, como "facilitadores" importantes que influyen, destacándose la
importancia de profundizar el estudio y la investigación desde el enfoque psicoanalítico.

Historia de Leandro

"Paidofilia"
Ojos grandes y rulos.
No sueña,
duerme una pasión despierta.
No habla,
repite una historia muda.
No juega,
vive otra vida.
Canción de una promesa que agoniza
en las teclas de un piano
sin sonido.

Una mañana de agosto una voz femenina que pregunta por mí me pide una entrevista. Dice
que quiere, de acuerdo con su novio, consultarme por la posibilidad de realizar juntos una
"terapia de pareja". Agrega que se llevan muy bien en general, pero que necesitan ayuda para
resolver "un problema puntual, siempre el mismo, el único por el cual pelean".

Accedo, y es así que en la primera entrevista encuentro dos jóvenes (ella 27 y él 31 años)
agradables y cordiales.

Se sientan tomados de la mano, me cuentan que son universitarios, que sólo les faltan "8
finales" para recibirse. Estudian y trabajan juntos lo que pueden, hace aproximadamente dos
años y medio que están en pareja y quieren casarse lo antes posible (para lo cual tratan de
juntar todo el dinero posible). Lo único que quiebra sus proyectos es la pelea por un tema
puntual. Dice Mirta, la novia: "La mirada de Leandro. No soporto (delante mío) la forma en que
mira otras mujeres. Es una mirada insistente, larga. No lo puedo tolerar, lo siento «una falta de
respeto» hacia mí. Por más que hablamos de esto, por más que le muestro a él lo intolerante
que esto me resulta, no lo modifica. Yo no pienso que él tenga otra mujer, ni que me sea infiel.
Es sólo la forma en que mira, como si yo no estuviese a su lado. A pesar de que dice que se
esfuerza por no mirar, por no provocarme, lo reitera casi siempre".

Después de esta primer entrevista, los veo semanalmente, 3 o 4 veces más. Luego decido
plantearles que, a mi juicio, lo más indicado es terapia individual para cada uno por separado.
Tomo esta decisión en base a consideraciones que pude hacer a medida que se desarrollaban
los encuentros y comprobaba, sobre todo en Mirta, una historia personal infantil plena de
hechos traumáticos y una situación actual (la terapia con Leandro presente) que dificultaba la
libre expresión de sus conflictos. A pesar de que Leandro también narraba acontecimientos
"difíciles" de su vida, parecía (o trataba de aparentar) haberlos superado, sobre todo porque
había hecho "terapia" (dijo aproximadamente de los 22 y medio años hasta los 25).

En este punto me era bastante claro que Mirta necesitaba análisis individual y podía discriminar
muy bien por qué causas. En cuanto a Leandro, en principio le propuse "algunas entrevistas
para entender mejor lo que le pasaba a él". Aceptó inmediatamente (a Mirta la derivé a una
colega, por pedido de ella).

Leandro empezó a venir "sólo" una vez por semana (adujo que no podía más por motivos
conómicos). En la primera sesión el tema giró principalmente sobre las dificultades de Mirta y
su intolerancia y desconfianza por algo tan sin importancia para él como esta cuestión de las
miradas. Dijo sentirse observado y perseguido por ella y que había oportunidades en "que ya
no sabía como mirar", porque descontaba la reacción airada de Mirta.

La segunda sesión se centró sobre su propia familia. Describió a sus padres, con quienes
convivía en un pequeño departamento de dos ambientes (no tenía dinero para vivir solo, como
quería, porque tenía que hacerse cargo económicamente y por completo de ellos), como dos
personas de edad avanzada y sin recursos, dependiendo totalmente de él, ya que su único
hermano mayor (de 39 años, casado y con un hijo de 8 años) no sólo no compartía esta
responsabilidad, sino que casi no los visitaba, manteniendo con los padres una relación
absolutamente distante (esto desde la adolescencia, inclusive). Con él, Leandro directamente
no lo veía (habían peleado justamente por estas diferencias).

También me describe a los padres. Dice que la madre siempre se preocupó mucho por sus dos
hijos, tratando de ayudarlos en cualquier dificultad. Se mostraba solícita y amable con ellos.
Pero en cambio los rechazaba físicamente: no los besó o abrazó nunca, impedía totalmente
cualquier tipo de acercamiento o contacto físico con ella. Nunca, dice Leandro, recordó una
caricia. Era absolutamente fría y distante en este tema. El padre en cambio, en este sentido,
era todo lo contrario. Él también sufría el "abandono físico" al que la madre los condenaba,
pero él con los hijos era extremadamente cariñoso, sin retacearles mimos y caricias. Acá
Leandro dice que tal vez ya era "demasiado", se ponía "baboso": "hasta hoy en día esa actitud
de él me genera rechazo, no lo soporto, apenas se acerca lo echo con violencia, lo paro; él se
entristece y obedece, pero a mí no me importa".

Tercera sesión. Vuelve a hablar sobre el padre y su modalidad de caricias y aproximaciones


físicas. Estimulada por esto, yo lo indago y termina confesándome, muy triste, la real historia de
su infancia: la madre era indiferente, fría para el contacto físico (si bien proveía sus
necesidades básicas externas y era amable en el trato con él). El padre, "desde que tengo uso
de razón y sólo cuando estábamos los dos a solas, me tocaba". Hasta aquí me dijo que no
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hubo tocamiento de la zona genital y anal). ¿Dónde lo tocaba por ejemplo? En los muslos;
todo, al parecer, se reducía a un manoseo. "Me tocaba y acariciaba todo el cuerpo, lo hizo
siempre, hasta que yo tuve alrededor de 14 o 15 años y comencé a impedírselo. Lo rechazaba,
le gritaba, se lo prohibí. Y desde entonces no sucedió más. Hasta el día de hoy, cuando creo
que se me aproxima demasiado, «lo paro en forma drástica»; hay días que lo odio tanto, que
no quiero volver a mi casa".

Al día siguiente a esta sesión me llama por la mañana y me dice: "No puedo esperar hasta mi
próxima sesión la semana que viene. Necesito verte el lunes (era un viernes); no, mejor dicho,
¿no tendrías por favor una hora, hoy mismo?". Lo noto sumamente angustiado. Convenimos en
un horario para ese mismo día. Cuando viene, me relata lo siguiente (cuarta sesión): "Tengo un
grave problema, después de todo lo que hablamos en la sesión de ayer me angustié mucho y
te lo quiero contar. Te acordás que te dije que estuve en terapia hasta los 25? Bueno, en ese
tiempo, mientras me analizaba, yo tuve una novia... Qué te puedo decir, espectacular, por lo
hermosa (era como una modelo). Yo estaba loco por ella, duramos casi 3 años, pero se pinchó.
Resulta que ella se estaba divorciando, y estaba «reenquilombada». Parece que el «ex» la
seguía, había lío. Bueno, la cortamos, pero quedé muy mal. Fue ahí que tenía tanta angustia y
«depre», que empecé (en general lo hago sólo cuando estoy triste o «bajoneado»). Voy a la
zona de los travestis, es conocida, me «levanto uno» y se lo hago. Eso sí, no puede ser sino un
tipo vestido de mujer y aceptar no sacarse la ropa (jamás podría con un hombre vestido como
hombre). No tengo que verlo desnudo. Lo penetro por atrás, a veces me hago «que me la
chupe» él a mí (yo a él, no me gusta). Lo hago porque no puedo resistir el impulso, aunque sé
que después me voy a sentir muy mal, es algo que no puedo impedir. Me desespera hacerlo,
no quiero. Además a mí me gustan las «minas» (adoro a Mirta, quiero casarme con ella). El
placer que tengo con el travesti representa apenas un 10% del que tengo con una mujer
(Leandro tenía capacidad de erección, penetración y orgasmo normales). No sé por qué me
pasa esto, intuyo que es una forma de castigo. Lo único que sé es que quiero curarme, la
quiero cortar, esto es anormal. Me tortura pensar que si no me curo, se lo podría hacer a un
hijo mío, ¡me muero! Cuando me sucede, para mí es algo «irreal», estoy como en estado de
trance. Cuando termina todo, al salir siento que entro otra vez «en la realidad»".

Acordamos intensificar la frecuencia semanal. Pareció irse más tranquilo. Mi presunción


diagnóstica en ese momento con respecto a su sexualidad fue la de que si bien en Leandro
predominaba la tendencia heterosexual como la más fuerte y precisa, la necesidad del acto
sexual con un travesti revelaba también una tendencia homosexual que debía expresarse
simultáneamente con una condición fetichista: el hombre debía vestir ropas femeninas.

Empezamos el análisis. Muy tempranamente (y porque surgió en el material) le interpreté un


significado posible de la escena con el travesti (irán surgiendo posiblemente otros). Él,
Leandro, ejecuta un deseo de venganza contra el padre: cuando penetra analmente a su
partenaire, siente inconscientemente que le hace lo que su padre le hizo a él, realiza
activamente lo que en su infancia siente que le hicieron padecer pasivamente.
(Simbólicamente, la penetración).

A la sesión siguiente me dijo que esta interpretación lo había aliviado notablemente, que no
sabe por qué, pero le pareció, con fuerza, que era así, "le cerró". Los días posteriores no tuvo
necesidad del travesti, incluso fue a la zona donde se lo encuentra y "ni se tentó". Empezó a
tener esperanzas. Este análisis, en la actualidad, está comenzando. Confieso que mi
contratransferencia también está empapada por un sentimiento análogo al de Leandro: yo
también tengo "esperanzas".

Introducción

"Paidofilia"
Los dedos temblorosos de la angustia
voraces de vorágine secreta,
han rasgado sin ternura,
la seda ingenua de su boca.
Un secreto ha persuadido
la vulnerable inocencia
de la rosa prohibida.

Los niños que han sufrido abuso sexual fueron sometidos a una acción violenta y masiva
ejercida sobre un Yo débil en proporción al estímulo, que superó sus posibilidades de dominio,
control y evacuación adecuada, es decir, acusaron el impacto de un trauma. En ellos
comprobamos en una gran mayoría de casos que, por la acción violenta, las pulsiones de vida
y muerte perdieron su combinatoria, su fusión, y la pulsión de muerte, al proseguir su accionar
sin estar moderada por la libido, entra en el camino de lo que Freud llamó "compulsión de
repetición demoníaca", la que tiende a desorganizar la unidad del aparato psíquico. El Yo es
condenado así a repetir la situación traumática, muchas veces indefinidamente, debido a la
necesidad, por un lado, de metabolizar este impacto para organizarse nuevamente y volver a
funcionar según el principio del placer. También la necesidad de dar curso a la angustia que
faltó o fue insuficiente durante el transcurrir del trauma contribuye a la supervivencia del mismo.

La experiencia del abuso es tanto incestuosa como victimizante cuando el compañero de un


niño es mucho mayor que él y un miembro de su familia. Consiste casi siempre en tocar los
genitales, la masturbación y la exhibición (raramente incluye el coito). "El contacto (Freud,
"Tótem y Tabú") es el comienzo de toda tentativa de apoderarse de una persona o una cosa,
dominarla y lograr de ella servicios exclusivos y personales". "La gran disparidad que existe
entre el tamaño físico y la sofisticación social entre adultos y niños es tal que, inherentemente
hace traumático el encuentro sexual entre niño y adulto. La evidencia antropológica sugiere
que el tabú del incesto es universal".

El hecho de que la mayoría de las víctimas infantiles no reporten sus experiencias a nadie, aun
a sus padres, es una poderosa evidencia de que este hecho está rodeado por el conflicto. Aun
niños muy pequeños perciben las experiencias sexuales como tales y las reconocen
espontáneamente. Se dan cuenta de que la actividad es diferente (Tabú), involucra
sensaciones viscerales y que debe hacerse a escondidas y no ser mencionada.

No es posible que un niño verdaderamente consienta una relación sexual con un adulto. Esto
sería válido también para una situación donde se diera el sexo entre analista y paciente. Es
decir, podemos hablar de victimización cuando las condiciones de un genuino consentimiento
no son posibles en el momento en que se da la situación.

Las sensaciones de los niños en el momento del abuso no son expresión de pasiones sexuales
o deseos del tipo que tienen los adultos. En general, son parte de una confusa inundación de
sentimientos, generalmente empequeñecidos por el sobrecogedor sentimiento de culpabilidad,
impotencia, ira o miedo. De hecho, el placer que puedan sentir intensifica lo negativo de la
experiencia.

Aproximaciones metapsicológicas a la comprensión del abuso sexual infantil, a partir de


un caso clínico (historia de Leandro)

"Paidofilia"
La calesita que gira ensimismada,
presa de su órbita ilusoria,
no mira la sortija que seduce
el primer pájaro de la aurora.
No escucha la ronda, espacio abierto,
detenida en el umbral de su deseo.

Didier Anzieu: "Una prohibición del tocar"

Este autor aduce varias razones que confirmarían la hipótesis de una prohibición del tocar. Nos
recuerda que Freud no descubrió el psicoanálisis (el dispositivo de la cura, la organización
edípica de las neurosis) hasta que implícitamente en su práctica llevó a cabo tal prohibición (sin
formular, no obstante, la teoría).

Dice Anzieu que las primeras prohibiciones del entorno familiar se refieren a los contactos
táctiles: apoyándose en estas prohibiciones exógenas, se constituye la prohibición de
naturaleza interna, así no única, sino doble.

Renunciando a esta doble prohibición del tocar, a la primacía de los placeres de la piel y luego
de la mano, se logra la transformación de la experiencia táctil en representaciones de base que
mantienen una referencia simbólica al contacto y al tacto (uno de los hallazgos freudianos fue
comprender que la investigación psicoanalítica sobre la importancia de las zonas erógenas sólo
puede ser mental y simbólica).3
Así, el papel estructurante de la prohibición del incesto sólo pudo hacerse explícita después de
que la prohibición del tocar fue implícitamente reconocida; esta última, como acto de violencia
física o de seducción sexual precede, anticipa y hace posible la prohibición edípica, que impide
el incesto y el parricidio. ¿Cuáles son, según los modos de organización de la economía
psíquica, los efectos de las estimulaciones táctiles: restauración narcisista, excitación erógena,
violencia traumática? Si conectamos estas preguntas al problema del abuso sexual, podríamos
inferir la patología que desencadena tal estimulación si es precoz y en un contexto inadecuado.
Anzieu se pregunta: ¿En qué casos la iniciación de semejantes juegos puede ser perjudicial?

Lo táctil es fundador, a condición de que se encuentre prohibido en el momento necesario. Los


niños abusados, que son conducidos a la transgresión de este enunciado, nos hacen pensar
que la victimización sexual que padecen se traducirá inevitablemente en victimización psíquica.

En el caso de Leandro, vemos que sólo cuando le puede expresar al padre su rechazo en
forma verbal, se libera externamente de él (aunque aún no internamente).

En principio intentó organizar la experiencia traumática en un orden lógico comprensible (la


verbalizó: pudo, con su voz, negarse), lo que tuvo como complemento, si bien no todavía la
proscripción del actuar, sí la más específica del tocar.

Otro tema interesante es el motivo de consulta que trae la pareja de Leandro, su "mirada" a
otras mujeres. Anzieu nos dice que evolutivamente el bebé pasa por las siguientes etapas,
como foco de atención del adulto:

1) La mirada prolongada del bebé fija en la mirada de la madre (Leandro, posiblemente, "no fue
mirado, no fue visto" por una madre fría, distante).

2) A posteriori la atracción del adulto se tramita a través de los contactos corporales (aquí
Leandro sufre fallas de las funciones parentales: por exceso — el padre— y por defecto — la
madre— ).

3) Por último se producen las vocalizaciones (silencio cómplice, la condición del "secreto" en un
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abuso).

La prohibición edípica (no te casarás con tu madre, no matarás a tu padre) se constituye por
derivación metonímica en la prohibición del tocar. La prohibición del tocar prepara y hace
posible la prohibición edípica, proporcionándole su fundamento presexual. El que Leandro
fuera abusado de una de las maneras más típicas (sometido por un adulto), nos lleva a
reflexionar sobre las dificultades, fracasos, contracargas pulsionales o sobrecargas pulsionales
que pudo o no vencer para contrarrestar el daño psíquico. La prohibición del tocar concierne
(como la edípica) a las dos pulsiones fundamentales: las agresivas y las sexuales "no toques
los objetos inanimados que podrían romperse o hacerte daño; no ejerzas fuerza excesi
va en el cuerpo de los demás (prohibición que protege al niño de la agresividad, propia y
ajena). No toques con insistencia tu cuerpo o el cuerpo de los demás en zonas sensibles al
placer, porque te desbordaría una excitación que no estás en situación de comprender y
satisfacer (proteger al niño de la sexualidad, propia y ajena)".

En los dos casos, la prohibición del tocar (masturbar y ser masturbado) pone en guardia contra
la desmesura de la excitación y su consecuencia, el desborde de la pulsión.

La prohibición del tocar contribuye al establecimiento de una frontera entre el Yo y el Ello,


porque construye la represión. La prohibición edípica remata el establecimiento de una frontera
entre el Yo y el Superyo, consolida la represión y permite la internalización de los padres
protectores. Toda prohibición es un límite que separa las regiones del aparato psíquico dotadas
de cualidades psíquicas distintas. No permanezcas pegado al cuerpo de tus padres, asume el
tener un cuerpo separado para explorar el mundo exterior: tal parece ser la forma más primitiva
de la prohibición táctil. Toda prohibición está caracterizada por su bilateralidad: se aplica tanto
al que emite las prohibiciones como a su destinatario. Cualquiera que sea la vivacidad de los
deseos edípicos, incestuosos u hostiles, despertados en los progenitores con ocasión de la
paulatina maduración sexual de sus niños, no deberán realizarlos con éstos. De la misma
forma, para que la prohibición del tocar ejerza su efecto de reestructuración del funcionamiento
psíquico (ya que es estructurante ser "tocado", en el tiempo y espacio adecuado, y luego debe
hacerse la reestructuración a través de la prohibición), debe ser respetada por los padres y
educadores. Las faltas graves y repetidas constituyen un traumatismo acumulativo que a su
vez produce importantes consecuencias psicopatológicas.

En este sentido, Leandro sufrió un déficit considerable respecto a la función materna: careció
de una madre con capacidad para "tocarlo en el espacio y tiempo adecuados", es decir, una
madre que le ofreciera suficiente sostén afectivo. Esto daría lugar a plantearse hipótesis como:

1) ¿Pudo esta madre "mirar para otro lado", es decir, no registrar lo que el padre le hacía a su
hijo, incapaz de conectarse con él y así poder protegerlo?

2) ¿Hubo, inconscientemente desde luego, "un consentimiento tácito" para el abuso paterno
como manera de compensar a su marido por la gran distancia física y la falta de contactos
sexuales que le imponía a éste?

También, por supuesto y de manera flagrante, el padre fue incapaz de ofrecer al hijo la
posibilidad de reestructuración del funcionamiento psíquico, ejerciendo la prohibición.

Reflexiones

"Un solo instante separa a Narciso del eco. Ya cese la distancia, ya concluya el tiempo: el
deseo de amor es deseo de muerte, mi doble es mi semejante, mi semejante es mi doble".

Ortigues, Le discours et le symbole

Desde el origen el niño debe encontrar una restricción en su búsqueda de un goce del otro,
restricción a la vez necesaria y fundadora. A partir de allí podrá separarse de la captura
fascinante del doble narcisista, constituirse como otro, fuera del enfrentamiento letal con lo
mismo del doble.

El inconsciente muestra que el deseo está "enganchado" a la prohibición (Lacan). Es la


"asunción de la castración" la que crea la falta que abre al deseo. Cuando se plantea la
problemática del deseo, ésta conlleva simultáneamente la relación que el deseo mantiene con
la ley.

La continencia parental se ofrece como soporte del material arcaico en el que se origina la
naturaleza de la agresividad humana. Si no se la preserva, el niño queda solo con su mundo
fantasmagórico. Cuando bruscamente falta este continente para su angustia, comete pasajes al
acto (caso de Leandro). "Lo que los adultos deben ser capaces de sostener en su relación con
los niños es la pregunta de éstos: ¿qué quieres de mí? Porque a menudo ésta es la trampa que
dificulta al niño en su relación con el otro" (Maud Mannoni).

Con respecto al daño psíquico precoz que sufren los niños abusados, no todos ellos (como
ante cualquier otro trauma) tienen la capacidad de superarlo.

Algunos, pese a sus dotes, no logran "producir" (es decir, recrear la experiencia inicial de
desamparo a través de mecanismos sublimatorios), ni tampoco consiguen liberarse de lo que
fue tempranamente destructor para ellos (la experiencia de abuso).

Otros logran transponer el terror merced a un deseo de reparación, y otros, por último, siguen
prisioneros del trauma sufrido, repitiéndolo monótonamente (Leandro). Al no haberse reservado
un lugar para la fantasía, lo "fantástico" irrumpe (falta otra escena para que pueda desplegarse
un juego, diría Winnicott). Sería el caso de Leandro, donde se ha instalado un modelo en el que
el sujeto busca refugio (escena con el travesti). En el interior de este refugio se construye un
mundo omnipotente no referido a ninguna realidad. Esto sucede porque cuando fracasa el
dominio de la angustia, no puede establecerse una reinvestidura de la libido de objeto. Si el Yo,
efectivamente, no lo consigue, sólo encuentra solución en el suicidio o la manía o en las salidas
regresivas de una anti-vida (esto último, Leandro "saliendo a buscar travestis").

Leandro no pudo sostener totalmente al padre en el nivel simbólico, de modo que estableció
una relación imaginaria, que sólo pudo inscribir parcialmente en una dialéctica triangular.

De esta manera, es probable que Leandro haya podido vivir "compensado" hasta promediar los
25 años, edad en que por determinadas circunstancias (ver historial), se "descompensa":
comienzan sus actuaciones perversas; se ha identificado con el objeto del deseo del otro,
pasivamente sujeto al abuso paterno. Es el registro de su captación imaginaria: el Yo es su
doble (identificación con el padre a través de la identificación con el objeto de su deseo).

Al respecto, Ferenczi afirma que el niño abusado responde al displacer súbito, no con defensa,
sino con identificación e introyección del agresor. Como resultado de esta identificación, el
agresor desaparece en cuanto realidad externa y se torna intrapsíquico en lugar de
extrapsíquico; no obstante, lo intrapsíquico es sometido al proceso primario en un estado de
ensueño, cual es el trance traumático. Parecería válido aplicar estos conceptos para entender
cómo vive Leandro su acto perverso: "Cuando me sucede, para mí es algo «irreal», estoy como
en estado de trance; sólo al salir siento que entro otra vez en la realidad". Leandro "aprendió" a
vivir una situación de ternura con sufrimiento, de modo que su sadomasoquismo expresa
sentimientos ambivalentes (amor y odio) al objeto.

Leandro no tuvo (como todos los niños víctimas de abuso incestuoso) el acceso al orden
simbólico de la familia: no pudo "saber" quién es él y cuál era su posición exacta, inmerso en
una promiscuidad que le impidió acceder a los signos de reconocimiento del lugar del padre y
el lugar del hijo.

Entonces "el incesto equivaldría a la confusión de la edades, a la mezcla de las generaciones,


a la desorganización de los sentimientos y

al trastocamiento brutal de todos los roles, en el preciso momento en que la familia representa
un agente educativo de fundamental importancia. Ninguna sociedad podría existir en
condiciones semejantes". (L. Strauss).

En el caso del niño abusado, cabría agregar: su aparato psíquico no podría salir indemne en
condiciones semejantes.

Algunas consideraciones sobre los alcances sociales del abuso sexual infantil

El peor esclavo es el que no lo sabe.

Nietzsche

El historial elegido para ilustrar este trabajo configura un diagrama particular de la desdicha en
que la supervivencia de un niño estuvo fuertemente condicionada por los lazos de parentesco y
también por la posibilidad de no haber podido disponer de sostén afectivo por parte de su
madre. La investigadora Edith Badinter, que ha trabajado sobre las atribuciones de la función
maternal, escribe algo que vale la pena recordar: "Las funciones de madre, padre e hijo son
determinadas por las necesidades y los valores dominantes de una sociedad".

Badinter cree que el concepto actual de maternidad responde, con escasas modificaciones, a
los valores que universalizó la Revolución Francesa, al culpabilizar a la madre por la vida de
sus hijos.

En los destinos casi siempre trágicos de los niños abusados interviene (no corresponde omitirlo
si queremos tener una visión lo más completa posible del problema) una sociedad montada en
exclusividad sobre los valores económicos y en la cual cooperan todavía en forma nada
despreciable los condicionamientos socioculturales de la femineidad.

Cuando la violencia avasalla los hogares y las instituciones, distintas expresiones de la


enfermedad psíquica se transmiten de generación en generación y se originan continuamente
situaciones que destruyen a los más débiles: los niños.

Los relatos de madres cuyos hijos fueron víctimas de violencia indican en su mayoría que su
incapacidad para protegerlos tuvo más que ver con conflictos personales que con el consenso.
Así como todavía ofrece dificultades establecer un perfil del ofensor, lo mismo ocurre con las
madres: hay muchas fuentes de diferencias entre ellas: la clase, raza, edad, la aptitud y la
orientación sexual en particular (por ejemplo, la experiencia de la dependencia económica con
respecto a los hombres atraviesa las clases).

Una práctica basada en dar poder (responsabilizar a las madres) también requiere una
interpretación de las fuentes transversales de opresión que contribuyen a la forma que asumen
las relaciones de poder en circunstancias específicas.

Nos sería tal vez útil averiguar por qué cada época histórica va articulando de manera distinta
las relaciones entre sexo, dinero, poder, cuerpo, explotación y placer. Pero la pornografía
infantil es un tema diferente: me refiero al fenómeno presente de fácil acceso a la misma: la
encontramos en los quioscos de revistas, los videoclubes o en cualquier calle de cualquier
ciudad del mundo. Actualmente el uso irrestricto de la computadora ofrece programas donde
abundan desnudos e imágenes de sexo explícito en las que participan chicos de ambos sexos
(por ejemplo, una escena de sexo oral practicado por una nena de 6 años de edad: "el lado
oscuro de la globalización").

No se trata de intentar ejercer una censura (amenaza siempre latente como única vía de
solucionar un problema) que casi siempre suele distraer la mirada y ponerla sobre el objetivo
equivocado. Se trata en todo caso de encarar la pornografía infantil como un hecho
indiscutiblemente delictivo que debería conducir a una investigación, por ejemplo, sobre el
origen y el autor del material pornográfico. Porque este es un tema diferente, que
habitualmente involucra varios delitos: secuestro, violación, estupro, esclavitud, y a veces, en
proporción considerable, el asesinato de los chicos.

Lo que le otorga a este problema de la explotación del otro un carácter específico, es que en
este caso ese otro es mucho más indefenso (en este punto habría que considerar la incidencia
de toda la gama de la explotación religiosa, la "iniciación" en las sectas, etcétera).

El conflicto es muy trágico, pero al mismo tiempo prácticamente imposible de eliminar, porque
la prostitución infantil es hecha por la gente que está generalmente más cerca de los chicos: a
veces son parientes cercanos e incluso sus propios padres.

Y acá se combina la patología familiar con las necesidades del mercado, que busca lucrar con
las fantasías que provocan las relaciones tabú (el abuso perpetrado sería la expresión, a nivel
individual, de una fantasía universal del adulto tentado a infringir la Ley y el Ideal, a satisfacer lo
reprimido, a la manera de otras fantasías universales: el homicidio, el canibalismo, el incesto,
etcétera).

UNICEF calcula que hay 2 millones de niños sometidos a la prostitución en el mundo:


¿podríamos imaginar nosotros en este momento cuántos niños en el mundo están siendo
sometidos a algún tipo de ultraje sexual? Como psicoanalistas, ¿podríamos inferir la intensidad
de las consecuencias y las circunstancias que facilitan y determinan este flagelo en todas sus
variantes? La respuesta es: todavía no. Pero en la medida en que el psicoanálisis pueda
aproximarse cada vez más al estudio del problema, y en la medida en que nos preocupemos
por incrementar las políticas de detección y prevención, estaremos más cerca de una
respuesta positiva.
Bibliografía

1. Freud, S.: "Pegan a un niño".

2. Freud, S.: "Fetichismo".

3. Freud, S.: "El Malestar en la Cultura".

4. Freud, S.: "Tres ensayos para una teoría sexual".

5. Freud, S.: "Tótem y Tabú. El horror del incesto".

6. Finkelhor, David: "Abuso sexual al menor".

7. Mannoni, Maud: "Amor, Odio, Separación".

8. Khan, Masud R.: "Cuando llegue la primavera" (Pensamientos).

9. E. Romano: "El concepto de objeto fetiche", en: Baranger, W. y col.: "Aportaciones al


concepto de Objeto en Psicoanálisis".

10. Ferenczi, S.: "Confusión de lenguas entre Adultos y el Niño".

11. Lévy-Strauss, C.:"Estructuras elementales del parentesco".

12. Guiter, Marcos: "El trauma y su relación con lo inconciente"

13. Anzieu, D.: "El Yo Piel" (La doble prohibición del tocar).

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