Sie sind auf Seite 1von 60

Juan Chambeaux nació en Santiago junto con la segunda mitad del

siglo. El autor es arquitecto. De la conjunción de profesiones de las


letras y los espacios, la literatura chilena ha producido muy buenos
poetas y narradores que han sabido apreciar tanto el mundo de las
ideas, el de los trazos, y el territorio en común.
Los tiempos que se viven dicen sólo especulaciones del futuro,
dificultan la visión del presente y reinterpretan constantemente
el pasado. La diversidad temática que se plantea en estos relatos
da cuenta de la época, pero también añade una búsqueda de
trasfondo por una respuesta que una los cabos sueltos que va
dejando este acercamiento al fin de siglo.

1
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
PROLOGO

El escritor es un productor de imágenes. el ensayo, la narrativa en general, la poesía, expresan,


traducen, discuten el mundo de una época determinada, o una parte de él, elaborando
imágenes.

Se hace necesario profundizar el concepto afín de dilucidar el trabajo del escritor hoy día. en un
ejemplo simple, veamos la complejidad del asunto que nos ocupa. el escritor plantea que la
acción sucede en una casa de campo de rojas tejas arcillosas, a la sombra de los álamos. el
lector tomará esta imagen y hará su propia traducción, rescatando casas de campo que él
conoció, verá en su imaginación el tejado de una particular coloración (más oscuras o rojizas
según su experiencia), y álamos de sombras tenues u oscuras, que no necesariamente han sido
descritas con precisión por el autor. este cotejo con su memoria que hace el lector para seguir
aquello que se le propone es particularmente llamativo en ciencia ficción, donde lo propuesto
siempre es comparado con lo que ya se conoce. asilas máquinas maravillosas, las novedosas
sociedades, los planetas de paisajes desconocidos, aquello "inexistente aún", extrañamente se
parece a lo que ya está. A este respecto, es suficiente leer obras de distintas épocas, para ver que
aquellas creaciones están plasmando y proyectando un sustrato de creencias en una imaginación que
aparentemente describe los posibles del futuro1. Esto es válido para todos los géneros.

Pero volviendo a lo nuestro, cuando hablamos de imagen, nos referimos más bien a un concepto
psicológico o filosófico, que a uno literario. Los autores modernos se han preocupado mucho de esto 2.
Sin embargo, no hay que olvidar que ya Epicuro hablaba de su sutileza. Hay una
característica importante de la imagen, esta "no es copia sino síntesis, intención y, por
tanto, tampoco es mera pasividad de la conciencia", como plantea Silo en su libro
"Contribuciones al Pensamiento". Aún más, él dice: "Preferimos entender a la Imagen
como una represen tación estructurada y formalizada de las sensaciones o
percepciones que provienen o han provenido del medio externo o interno".3

1) Rudyard Kipling, llenaba el cielo de dirigibles ("Con el Correo Nocturno"). Hoy, cuando la cibernética es nuestra
preocupación, vemos en el futuro máquinas maravillosas, computadores perfectos, robots más que
humanos. Nuestro temor a lo que viene y la despersonalización de la sociedad nos hace visualizar androides
que no son propiamente hombres, ni sólo máquinas.
2) La obra de Ludwig Binswanger, precursor en el tema de la espacialidad de la representación. También
Husserl. Sartre con La Imaginación. Silo, a su vez, enuncia que la imagen es una manera activa de estar la
conciencia en el mundo, que ese modo activo se conecta con una espacialidad interna y que las
funciones que cumple la imagen dependen de la posición que ésta asume en aquella espacialidad.
Anteriormente, Hume se refirió a la imaginación, así como Kant, atendiendo a la facultad de unificar la
diversidad.
3) Silo: Contribuciones al Pensamiento, Editorial Planeta, Buenos Aires, Pag. 22.

2
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
Los escritores trabajan con imágenes irrumpien do, para decirlo de manera dramática, en la
sicología de sus lectores. Estas imágenes provocan múltiples traducciones y contribuyen, como lo
mencionábamos anteriormente, a interpretar el mundo de una época. Para nosotros, mundo
cambiante este que vivimos e n las postrimerías del milenio, en que pocas cosas van
quedando ciertas, cuando ¡os mapas se trastocan de un mes a otro, cuando ¡as creencias que
se habían mantenido por mucho, se transforman de una plumada en lo contrario; un mundo en
que los valores se externalizan, ¡os contenidos se alivianan y ¡a moda, vana entre ¡as vanidades,
dicta historia, aparentemente.

Vale preguntarse esto de ¡as imágenes, y ¡o que producen cuando se lanza un escrito y cae en
otro que estructura, rearma, identifica, reelabora, en una época que no encuentra aún ¡a
sustancia del futuro.

¿Alcanza a medir e¡ escritor su influencia? ¿Intenciona la propuesta?¿Ve ¡a llegada de la imagen


más allá del para sí?

Se dirá que el objetivo de la obra es el para otro, que no tiene sentido si no llega a un lector,
pero, mientras no se converse el tema, queda la duda si ese para otro no termina en un para
sien definitiva.

3
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
LA MUJER QUE NO ERA

Alicia vivía con sus padres. Ella dormía con su hermana Catalina, cuatro años mayor. Cuando
cumplió doce la enviaron de paseo con unos tíos al campo. Por primera vez salía sola; la
aconsejaron para que se portara bien, no tuviera miedo, fuera una verdadera señorita y todas
esas cosas. Pasaron tres días, no más que eso duró el viaje. Los familiares volvieron
consternados.

-Tiene un comportamiento muy extraño esta niñita, dijo muy asustada la tía. Una noche no
durmió en la cama, y no sabemos dónde lo hizo.
Los padres pusieron cara de preocupación.

-íbamos a tomar desayuno y la llamé, apareció por las escaleras muy radiante. Cuando fui a
asear su cama, estaba como si no la hubiera tocado. Ella es muy chica para estirar las
frazadas y doblar las sábanas como una lo hace. Le pregunté si había ordenado el dormitorio,
reconoció que no. ¿Qué hizo durante la noche? ¿Dónde durmió? Después de la cena del día
siguiente la cosa fue distinta, porque estuvimos a su lado hasta que se acostó. La última vez
nos despedimos abajo, subió nuevamente sola. Nos encontramos al día siguiente en el
desayuno. Como esta situación se pareció a la primera en que no la habíamos acompañado, la
curiosidad me picó y fui hasta el dormitorio donde la cama, otra vez, estaba sin uso. ¿No tiene
dificultades esta niñita para quedarse dormida o algo así?

-En verdad, no. Todas las noches duerme con Catalina y no causa mayores dificultades.

-Sería bueno que la atendiera un médico. No es normal.

-A lo mejor su comportamiento tuvo que ver con que ha sido la única vez que se ha ido de viaje sin
nuestra compañía.

-Quizás -contestó no muy convencida la tía.

Y así quedó la explicación del hecho. Durante un tiempo sus padres la observaron,
encomendando a su hermana, compañeros o amigos que la vigilaran, tratando de que no
estuviera sola. Esto terminó olvidándose y a los dos meses nadie recordaba siquiera el viaje al
campo.

Alicia, diligente y servicial en su casa, era considerada del montón por sus profesores.
Evidentemente tenía un interés menor en el estudio. No andaba por los rincones, tampoco se la
recordaba llevando la iniciativa. En verdad parecía más bien indefinible. Se movía en una franja
no luminosa por cierto, sin embargo, difícilmente alguien podría decir que oscura. No le faltaba
chispa y nadie diría que le sobraba.

4
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
La segunda vez que su madre se preocupó por algo similar al paseo, sucedió a los diecisiete años
cuando estaba por dejar el colegio. La directora la mandó llamar sin adelantarle nada, salvo que
necesitaba hablarle. Nunca imaginó la señora el motivo de la conversación.

-He estado preocupada por su hija, y no he querido alarmar a nadie, aunque los hechos
pueden ser graves- la directora hablaba con solemnidad. -Hace un tiempo, me tocó escuchar un
grupo de niñas que hacían una investigación en que estaba incluida Alicia, y se quedarían trabajando
hasta el anochecer. Al poco rato vi a su hija con otro grupo, les prometía que estaría en la casa
de una de ellas para conversar y estudiar hasta la noche, pues un jo ven las iría a dejar una por una a
sus casas. Me di cuenta de la doble promesa de Alicia, no pensé que esto traería consecuencias,
más que para uno de los dos conjuntos. Sin embargo, al día siguiente pregunté por separado cómo
les había ido en el trabajo, y contestaron que bien. Entonces consulté privadamente por los
participantes y Alicia se repetía en dos. Intrigada pregunté más aún, en qué horario habían
trabajado, y ambos coincidían en el comienzo, entre cinco y cinco y media, y en el término, a las
ocho. Curiosa, inquirí por la hora de llegada de Alicia, en ambos había sido cercano a las cinco y
cuarto, y se había ido de las casas como a las ocho. Para que no se filtraran mis temores, no hice
comentarios de mis conclusiones hasta hoy, después de haber verificado que esto ha
continuado sucediendo. Alicia ha estado hasta entres lugares distintos al mismo tiempo, pero nadie
parece haberse percatado de esta extraña condición de su hija.

Un frío corrió por la espalda de la madre, los vellos de los brazos se le erizaron, el corazón le
palpitó con fuerza. Las palabras y la seguridad de la directora no podían ser puestas en duda.
Sentía que su hija dejaba de ser su hija, que se transformaba de pronto en un ser misterioso, un
monstruo, en nadie. ¿Quién era esa desconocida junto a la que había vivido todo ese tiempo, que se
desdoblaba tan fácilmente que podía ser dos, tres, y quizás cuántas, al mismo tiempo? ¿Acaso una
la verdadera, las otras falsas? ¿Cuál vivía en la casa?

Se fue como autómata, su vista más vuelta hacia adentro que afuera.

Decidió no comentar nada de esto ni siquiera a su marido, mientras no tuviera certeza de que las cosas
eran como se las habían contado. Sin embargo, cuando entró en la casa, Alicia hacía tareas en el
comedor y no pudo dejar de tener un estremecimiento. Le costó mucho sobreponerse y saludarla
algo tranquila.

-Te noto rara, mamá -le dijo Alicia.

-No es nada hija. Las preocupaciones. Y pensó que no podía ser cierto, a pesar de la evidencia; detuvo
un momento las imágenes que se revolvían en la cabeza, y se pilló ideando la forma de tocarla para saber
si era de carne y hueso. La abrazó, no teniendo claro si quería la comprobación, o si pedía por
favor que aquello no fuera cierto.

En los días siguientes su angustia aumentó. El desdoblamiento de Alicia era casi permanente, y ella

5
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
lo podía comprobar a diario en su propia casa. Al mismo tiempo que podía estar haciendo compras,
visitaba a alguna amiga. O mientras estudiaba en su dormitorio también lo hacía en el hogar distante
de alguna compañera. Se dio cuenta, además, que esto venía de antes. Un par de preguntas bien
hiladas y se iba reconstruyendo una historia larga hacia atrás. Pero estas dos, tres, cuatro, o quizás
cuántas Alicias, desaparecían, se escondían. Porque nadie, que ella supiera, las había visto juntas. Sólo
por probar, separó a las hermanas de dormitorio, bajo el pretexto de que ya estaban demas iado
grandes para dormir juntas, y deshizo la pieza de costura, aduciendo que lo más bien se podía coser
en el comedor. Allí instaló a Alicia y ella misma se dio el trabajo de hacer la cama, cuidando de dejar
escondidos entre las sábanas unos hilos cruzado s de lado a lado, de tal manera que, de
acostarse, aquellos deberían quedar al menos, corridos de su posición.

Ansiosa esperó la noche. A la mañana siguiente, en cuanto las hijas partieron, la señora se abalanzó
sobre la cama que estaba extendida "igual como la dejé", y fue echando hacia atrás las frazadas,
cuidadosamente, hasta llegar a las sábanas donde descubrió los hilos tal como ella los había
puesto. "Aquí no ha dormido nadie; de tal manera que Alicia desaparece cuando no la
vemos, y está cuando la necesitamos".

Lloró hasta que se dijo: "Pues bien, si no es la que pensamos, habrá que pensarla distinta". Y
toda la tarde se estuvo acostumbrando a tener una hija que no era.

Esperó a que llegara del colegio y le preguntó:

-¿Anoche cómo dormiste?

-Bien, madre.

-No recuerdas algo especial?

-No. Sólo que entré en el dormitorio y nada más.

-¿No recuerdas qué soñaste?

-No. Tal vez te pueda contar uno cuando dormía con mi hermana.

-¿Y no piensas que ayer, mientras ibas a comprar el pan, a la misma hora estabas en casa de
María estudiando?

-Lo único que recuerdo es que estudié con María, y que fui a comprar el pan.

-¿No sientes a veces que eres dos personas al mismo tiempo, y a veces tres? ¿Que estás en
varias partes a un mismo tiempo?

6
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
-No. Eso sería muy raro.

-Ya me imagino hija, ya me imagino.

"Esto se deberá saber, se dijo la señora, porque Alicia no es la que creemos, y nunca lo ha sido".

Comenzó una época de consternación, primero en la familia, luego en las amistades más
cercanas. Se hablaba a espaldas de la joven, pero cualquiera comprobaba que ella podía estar
en múltiples lugares y en ninguno. Y así todos se preocuparon, sufrieron, más por sí mismos que por
Alicia que parecía muy feliz; luego se fueron conformando.

La directora permitió, no habían razones explicables en contrario, que Alicia terminara su


enseñanza.

Después de eso, la joven se tranquilizó. Se volvió hogareña, no continuó ningún tipo de estudios,
y se dedicó por completo a las labores de la casa, ayudándole a la madre en todo, menos en
hacer su cama que nunca era usada por las noches. Al final, mantuvo solo un par de amigas, a las
que casi siempre visitaba a la vez, sin dejar de ordenar todo, por supuesto. "Esta mujer es
casi perfecta", comentaba el padre, cosa que a la señora ponía muy triste. "Cómo puedes decir
semejante tontera, si nuestra hija es una verdadera autómata que no tiene conciencia de
nada de lo que hace. Ni siquiera sabe cómo es, cuántas hay en ella. Si no fuera porque
tiene un cuerpo que ocupa un volumen y que e fectivamente come, limpia, lava, mientras la
miramos, diríamos que no es".

Cuando tenía veinticinco años se casó con un joven que frecuentaba la casa. Los padres le
advirtieron acerca de su hija en repetidas ocasiones, incluso dramatizaron la situación
inventando problemas que luego nunca ocurrieron. Pero no hubo caso de sacarse al
muchacho de encima.

-Me casaré con Alicia.

-¿Cómo puedes amar a alguien que es poco más que un robot?

-No sé si la quiero, en verdad. Sólo deseamos casarnos.

Aquella respuesta era la justa para dar el consentimiento. El matrimonio se efectuó a los dos
meses en una fiesta desganada, donde vino mucha gente pero nadie bailó. Todo estaba: los
novios de punta en blanco, la torta de cuatro pisos y muchos sabores, regalos; la llegada de los
recién casados; los aplausos de los invitados; el brindis; el vals; la alegría medida. Cuando los
agasajados se retiraron, inmediatamente lo hicieron las visitas. ¿Quién se quedaría a una
fiesta en donde la novia no sólo se casaba, sino que al mismo tiempo estaba en la casa de una
amiga que no había podido asistir a causa de un resfrío mal cuidado? ¿Dónde estaba la

7
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
exclusividad, el momento único que quedaría grabado para toda la vida, si la novia se dividía en
quizás cuántas partes? Así es que sucedió lo justo para que todo el mundo se enterara que
Alicia ya estaba casada, pero nada más.

Su madre no la echó de menos porque, como habría de suponerse, mientras atendía la casa
también la visitaba y de pasadita, iba al cine con una amiga.

En realidad, el esposo había adquirido una buena máquina. A medida que pasaba el tiempo
se fue encariñando (ella no exigía nada) como le había sucedido con su viejo auto, del que al
final de cuentas se deshizo porque el patio ya estaba demasiado lleno de chatarra. Vinieron los
hijos, dos varoncitos que no heredaron las costumbres de la madre. Ellos tuvieron mamá
exclusiva para cada uno, en todo tiempo y lugar. En algún momento de especial ira, llegaron a
recriminar a su padre por no alcanzar para ambos de la misma manera que ella. El se enojó
porque les dijo que él sí era, que no podían comparar sus vidas. Cosa que los hijos no
entendieron nunca, porque si nacieron con madre doble o triple, se acostumbraron desde el
primer día.

En la madurez, Alicia engordó, y con ella todas las Alicias se fueron quejando de cansancio. Se
hizo aficionada a las teleseries, y sin ningún pudor, seguía las dos que daban a igual hora los
canales, una en la tele del comedor, la otra en la del dormitorio, vistas por dos Alicias que comían
golosinas mientras en una pantalla el cojo maldito dueño de la fábrica trataba de seducir a su
empleada más bonita, y en la otra un ciego regio era disputado por las bellas.

Cuando los hijos se casaron, Alicia se apagó. Más de lo que cualquiera hubiera pensado. Los ojos se le
pusieron tristes y visitaba a las amigas sólo para dolerse de que las nueras no cuidaban a sus
maridos, que no la querían. Cuando cumplió sesentaicinco fue al médico. Le diagnosticaron
múltiples enfermedades, y no más de tres años de vida. Así es que de ahí en adelante se vio en
simultaneidad dos o tres Alicias sufriendo males de grueso calibre, soledades incompletables, vacíos
difíciles de llenar a esas alturas de la vida.

Cumplidos los sesentaisiete años murió en su casa, acostada; caminando rumbo al mercado para
comprar papas; donde una amiga.

-Aló, Pedro. Habla Guillermina. Alicia se ha muerto en mi casa. Estábamos tomando té cuando de
pronto se desplomó. -Hablaba una voz compungida.

-Ya sé. Acá también falleció. Por favor, vélenla ustedes porque te imaginarás lo que sucedería si
aparecen dos Alicias -dijo Pedro, cansado.

-Aló. ¿Don Pedro Norambuena?

-Le habla el cabo Espinoza de acá de la tenencia. Es complicado para mí darle esta noticia...

8
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
-como la voz del teléfono vacilara.

-¿Me quiere decir que mi esposa ha muerto?

-¿Ya lo sabía?

Colgó, esperando algunas llamadas más. "Por fortuna, se descubrió diciendo aquella noche, sólo
murieron tres".

En la tarde siguiente, tres cortejos diferentes se acercaron al cementerio, y, sin con fluir, se
dirigieron a tres tumbas distantes para enterrar a tres Alicia de Norambuena. Nadie lloró, todo
fue muy rápido. Dejar y partir. Un nieto muy extrañado preguntó:

-¿Por qué están todos apurados, como si la muerte de la abuela fuera un trámite no más?

-¿Quieres que griten y se lamenten?

-Tal vez.

-Para qué, si ahí no hay nadie.

9
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
GOMEZ, EL HOMBRE QUE TRABAJABA

-¿Por qué me dices que casi no existo? Desvalorizas lo que hago por la familia, por nuestros hijos,
por ti misma, por nosotros. Quieres conversar ahora, pero ya son las siete treinta y llegaré
atrasado a la oficina.

-¿No ves? ¿A qué hora llegarás esta noche?

-Temprano, a las ocho.

-Como ha sido estos días, como todo este mes, como desde hace años.

-¿Por qué dices eso?

-Porque hoy será como siempre. Llegarás después de la una, cuando los niños ya estén
durmiendo, cansado, pálido, con cara de tres metros, quejándote que debiste quedarte en la
oficina porque las cuentas no cuadraban, o tuviste una cena con no sé quién.

-Cuando eso pasa es cierto, no te miento.

-Y nadie ha dicho que no digas la verdad. La cosa es que nunca tienes tiempo para nosotros, ni
siquiera para ti. Ya no sé cuándo fue la última vez que hiciste algo por gusto.

-Es así. Si quieres mantener el liderazgo, no queda otr a. Por ejemplo en cuanto llegue a la
oficina tengo tres entrevistas programadas, a eso de las once me daré una vuelta por la Bolsa,
debo enterarme cómo están las acciones, nunca se sabe los días lunes, almorzaré con
González y Cotapos, tenemos el contrato del fundo.

-¿Qué fundo?

-¿No te había contado?

-Ni media palabra.

-Compraremos unas tierras para dedicarlas a la lechería, algo excelente si se mantiene el precio.
Serás medio dueña de quinientas vacas...

-Para lo que me interesa.

-.. .Por la tarde trabajo de oficina. A las siete me invitaron a una reunión de Veinte Estrellas, una
sociedad inmobiliaria que está construyendo como loca. Me ofrecen un cargo en el directorio.

10
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
Seguro que me quieren de puente con el banco, porque esto no se ofrece así porque sino más.
Ser director de Veinte Estrellas es algo muy importante.

-¿Hasta qué hora dura esa reunión?

-Hasta las diez a más tardar.

-¿Y después?

-Bueno, si la cosa del directorio va, hay que celebrar, y eso significa una comida.

-Ya me parecía. Tenerte aquí a las diez y media sería un milagro.

-Pero tú eres injusta. ¿Sabes qué consigo con la inmobiliaria con estar diez horas diarias en la oficina
viendo qué negocios se pueden hacer, dispuesto a atrapar cualquier oportunidad?

-Ni idea.

-Consigo tu auto full equipo, tus vestidos...

-No te enojes.

-El colegio de los niños...

-No me grites.

-Las vacaciones donde quieras.

-Donde tú quieras, querrás decir. El verano me dejaste sola y ni te apareciste por la playa.

-Cómo que no.

-iAh! sí. Estuviste el primero y el último día. Ambos durmiendo porque el trabajo había sido
terrible. iQué vacaciones son esas!

-¿Y cuando fuimos a Miami?

-Una maravilla. Subíamos al avión y recién me contaste que íbamos con González y compañía.
Allá se perdieron ustedes los siete días, porque resultó debían hacer unas importaciones, y
nosotras las muy brutas solas, llenas de cubanos que no nos interesan.

-¿No entiendes? Para poder mantenerse hasta donde hemos llegado se necesita estar

11
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
trabajando los trecientosesentaicinco días del año.

-Mira, ya ni me quejo por mí y nuestros hijos. Aprendimos a arreglarnos solos bastante bien. Más me
preocupa dónde está el muchacho lleno de ideales que yo conocí, el de la lucha por un mundo mejor, el
interesado en la música, en el ser humano, en aprender, las cosas no podían seguir así, decía. Donde
está ese de risa tan bella y franca. No tienes idea de tus gustos. Todo es comercio: usas tal ropa porque
Periquito la usa, vas al Municipal porque allí te verá no sé quién; veraneas aquí o allá porque está de
moda.

-Lo siento, aunque estés contra la puerta de entrada, debo irme. Faltan diez minutos para las ocho y ya
estoy atrasado.

El señor Gómez llegó tarde al trabajo aquella mañana de lunes. Atendió solamente a dos de las tres citas.
Fue a la Bolsa y compró un paquete de acciones sumamente convenientes. Al almuerzo concretó la
transacción por el fundo ganadero. En la noche, por mayoría absoluta lo eligieron socio de la
inmobiliaria Veinte Estrellas, una de las tres más grandes del país. Cuando llegó a su casa, todos dormían.
Besó a su mujer en la frente. Esta se dio vuelta y en medio del sueño masculló unas palabras. Al día
siguiente sería bueno verificar la venta que ofrecía Pérez. En la tarde no debía olvidarse jugar bridge con
Oyarzún y señora. Ya se le pasaría el enojo a María Teresa con el viaje a París que estaba pensando,
donde iría González y podrían aprovechar de traer lencería, grito y plata en esos momentos.

Pensó fugazmente si le gustaba el bridge. Por un segundo alcanzó a dudar.

12
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
YO TENIA

Yo tenia los cabellos apenas blanquecinos en las patillas, los ojos azules de tanto viento, las manos
gruesas de tanto tronco volteado, finas de tanta escritura. También tenía una mujer que venía
de Santiago y una hija nacida en la inocencia de estas tierras. Yo tenía muchos amigos y era
bueno para los asados. Yo tenía una casa con vista al océano y unas tierras con lomajes
suaves como muslos jóvenes. Yo tenía muchas cosas hasta ayer en que me trajeron a este
lugar más bien desolado. Me dejaron y se fueron. Sólo mi hija dio un vistazo hacia atrás, como si
me viera. Después que bajaron el estrecho cajón al centro de la tierra, me he quedado mirando al
mar por un millón de años.

13
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
MAÑANA MORIRAS

“Mañana morirás ¿Tienes todo arreglado?" decía la voz. Despertó sobresaltado.

Se vio incorporado en la cama, respirando forzadamente, las gotas bajaban por la frente.

No pudo dormir más. Tomó su ropa y se fue al baño. Eran las cinco treinta.

A las seis bebía una taza de café cargado. Tiritaba.

A las seis quince se fue a despedir. No entendieron su apuro. Salió de la casa. Quería
caminar.

Faltaban dos horas para entrar en la oficina.

Pasó frente al supermercado. Estaban encendidas sólo las luces de seguridad. Escuchó alguna
voz distante.

Apuró el tranco. Cada vez más veloz; era como si huyera. Terminó corriendo.

Cuando se cansó, se sentó al borde de la vereda y reconsideró la situación. Un simple sueño


lo tenía alterado, pero había sido tan real. ¿Si efectivamente mañana muriera? ¿Por qué un
sueño le había cambiado sus hábitos? ¿Qué hacía en la calle desierta, sentado al borde, a las siete
de la mañana, antes de aclarar?

De nuevo el sudor helado le mojó el cuerpo. Se incorporó mirando a todos lados.

Desconfiaba. Tal vez la muerte estaría a un paso, tras ese parachoques en medio de la calle. A
lo mejor escondido, un asaltante furtivo.

Cruzó y comenzó a correr nuevamente tratando de detener las ideas.

La corona de las montañas se aclaró y un resplandor se hizo hueco entre las negras nubes. Hacía
mucho frío.

Ingresó media hora antes al edificio. El portero le saludó extrañado, pero no hizo caso. Abrió la
puerta de la oficina y encendió la estufa. Faltaban aún veinte minutos de soledad para que
empezaran a llegar los compañeros.

Todo le pareció extraño. Los libros de cuentas, sin sentido. Los oficios atrasados, sin importancia.
Incluso el problema de Ramírez, del que había huido sistemáticamente, hoy día le parecía

14
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
urgente solucionar. "Ramírez, si no aceptas las condiciones deberás irte. Es cierto que somos
muy amigos, pero el trato fue distinto y no has cumplido". Pero si mañana moría ¿qué
importaba lo que hubiera hecho o dejado de hacer Ramírez? "Ramírez, me importa un
soberano bledo lo que hagas o no hagas en esta oficina. Te puedes quedar el tiem po que
quieras porque yo no te voy a molestar más. Mañana me muero". Se rió al imaginar la frase,
porque vio a Ramírez soltando una estruendosa carcajada y diciéndole

"Ya estás con tus huevadas, hombre".

Primero llegó la secretaria. Apenas se saludaron, pero al menos se sintió acompañado.

Al rato fueron ingresando los demás. Cada uno tomaba asiento, arreglaba papeles, comentaba
cosas del día anterior, trivialidades, la mujer, el marido, los niños, viste tal cosa en la tele, por
dios que estás callado.

Y de Ramírez nada.

Los llamados telefónicos, la cercanía de la llegada del señor Pérez a quien había citado, la
postergación del almuerzo con los representantes de la productora, hicieron que se fuera
olvidando de la pesadilla. Un olvido relativo, en todo caso, porque el estómago estaba tenso y las
pulsaciones le parecían aceleradas.

Y Ramírez no llega.

Eso lo intranquilizó nuevamente. ¿Le ha sucedido algo a este irresponsable? Es cierto que
siempre está atrasado, pero ahora se le ha pasado la mano.

Cuando apareció lo increpó por su falta de puntualidad. No ves que te estoy sujetando en
este trabajo. Hombre, le había respondido Ramírez, iba al médico primero, ayer te avisé.
Acuérdate de mi dolor de espalda. Qué pasa que estás tan tenso.

Dormí mal. Y no quiso contarle nada del sueño, hasta una oportunidad más propicia. Tal vez al
almuerzo.

El episodio de la madrugada desapareció por la contingencia urgente del día a día. Los papeles, el
teléfono, la cita para mañana...

¿Y si mañana amanezco muerto? De nuevo la misma historia.

Procuró almorzar con Ramírez pero se les colgó González. Salieron a la calle. Hacía frío. Estaba
malhumorado. No abrió la boca intentando que González se diera cuenta y se fuera a la misma
cresta. Pero González no se enteró y comió los tallarines como si tal cosa. Afortunadamente al

15
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
postre se fue a sentar con la Chepita. También Ramírez andaba detrás de ella; angustiado tuvo
que decirle: Quédate; quiero contarte un sueño que me tiene preocupado.

Cuando estaban en el café, el relato terminado, Ramírez le dijo: Ya estás con tus huevadas. Pero
no se reía como había imaginado. Necesitas descansar; tomas muy a pecho las cosas y se te
van a terminar pelando los cables.

Ramírez no creía que moriría al día siguiente. Si quería ser sincero, él tampoco.
Volvieron a trabajar.

La tarde se puso más liviana y hasta se encontró tarareando una canción. Sin embargo un vago
cosquilleo en el estómago no lo dejó tranquilo.

Cuando se despidió de su amigo, sintió que lo hacía por última vez. Es una tontera, pero
imagino que note veré más. Ramírez lo miró un poquito como a un bicho raro, dio vuelta la
espalda y se perdió entre la gente sin decir nada.

Se le apretó el corazón.

La casa estaba desierta. Sacó los cajones del estudio donde tenía guardados to do tipo de
cachivaches. Fue depositando su contenido en el piso: papeles, cuentas, herramientas, libros
.tarjetas, esquelas, cartas recibidas, cartas no enviadas, fotos, tornillos, gomas, lápices, tinta,
reglas, recortes de diarios, agendas de años anteriores, formularios para diversas cosas. Cayó un
cuaderno y se abrió en una página cualquiera.

"11 de Enero. Hace mucho calor. Este verano es muy lindo. Parece que la Nancy me quiere. No
entiendo cómo la gente se muere, cuando todo es tan bonito; pobre abuela. Me gustaría ser siempre
feliz. Chao diario".

Trató de ver algún indicio del año, pero por ningún lado. Debió haber tenido unos doce o trece.

La nostalgia lo invadió y no quiso seguir leyendo.

Recopiló las cosas; después de limpiarlas las fue poniendo ordenadamente en los cajones.

Llevó el cuaderno al patio y lo quemó. El humo se perdió en lo alto.

Era una noche quieta, estática, silenciosa, densa, llena de presagios. Se podría decir que
llovería, pero no habían nubes. Tal vez se verían estrellas inmensas, pero había pocas, distantes,
sin asunto.

A la tercera cucharada dejó la sopa. Para qué.

16
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
Miró el reloj. Quién lo creería, en una hora más sería mañana.

Terminó de lavar los platos. Subió al dormitorio. Se acostó, ordenando la ropa a los pies de la
cama.

Le habría gustado haber expresado a Ramírez que era su mejor amigo; le habría criticado el
desorden permanente, que se aplicara en lo que hacía, pero, en el fondo, que no cambiara. A
su mujer debiera haberle confesado el cariño inmenso que sentía.

A poco dar las doce cerró los ojos; debería haber dejado las cosas arregladas.

17
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
NO TODOS LOS TRONCOS SON CAFE

Un fuerte olor a verde y pasto, primavera, impresiona mis narices. Apenas inhalo el aire matinal y
llega hasta lo más hondo de mis pulmones. Di ría que las volátiles moléculas odoríferas son
bastante más densas de lo imaginado hasta este momento.

Estoy de espaldas sobre la hierba crecida en la tierra que se asienta sobre la roca dura, y no siento
nada, salvo los olores. Ni mis brazos, ni mis piernas, ni la posición en que quedó mi cuerpo. La
cabeza mira hacia arriba, esa porción de cielo frente a mí. Posee tantas tonalidades que se
me hace difícil nombrarlas.

No siento nada. '

Seguramente me golpeé en alguna parte de la columna inhibiendo las sensaciones de dolor y


posición del cuerpo, pero, cosa rara, quedaron intactas la visión y el olfato.

Puedo mover los ojos aun con la cabeza quieta, de tal manera que en el cambio de posición
de la vista está la posibilidad de dar por lo menos una vuelta en tera al mundo sin,
verdaderamente, molestar a nadie. Me he entretenido comenzando a mirar por la izquierda,
donde el cielo es más o menos blanquecino. En lo alto, el firmamento es de azul oscuro
denso, corpóreo. En el extremo derecho adivino una sombra lentamente alargada: debe ser
una roca que se proyecta, cuando el sol se acerca al centro de la bóveda celeste.

Me caí de la montaña, rodé muchos metros y quedé aquí. Nadie echará de menos en el hotel a
un viajero solitario que tomó su mochila para adentrars e un rato en el monte, sin
preparación, sin zapatones, sin abrigo. Se darán cuenta esta noche, cuando ya no esté:
dentro del cuerpo se prepara la muerte; lo vital ya está estropeado.

Y no me preocupa. Es como si fuera más libre ahora. A pesar de estar inmóvil transito por
todas partes. Cierro mis ojos, descubro la profundidad del negro; es como tener en la cabeza
una gran cavidad cuyo fondo nunca podré tocar. Sólo con cerrarlos, estoy listo para un viaje muy
largo. Por ahí uno verdaderamente encontrará lo que se llevó toda la vida buscando; por ahí
vendrán todas las respuestas a las preguntas ni siquiera formuladas, que esperan en ese pozo
negro, que está antes, mucho antes de las narices, y después, mucho después,
infinitamente después de los ojos. Los vue lvo a abrir, el cielo ha cambiado, ya no será del
mismo color o tono porque nunca más estaré. En el viaje de abrir y cerrar ojos, de mirar a
izquierda o a derecha está mi libertad, mi absoluta, mi definitiva libertad.

Voy a morir limpiamente.

Una vez me pregunté cómo sería morir golpeando fuerte, diciendo "ya está hecho", entrar por

18
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
la puerta ancha, y ahora me respondo, esta es la manera. No hay culpa ni pecado, sólo limpieza,
transparencia, jugar entrando o saliendo a voluntad.

Un hombre de campo me dijo: "¿Que los troncos son café? Yo trabajo por las noches, duermo de
día y le aseguro que los troncos son grises cuando se ven, plateados con hay luna llena, pero
café, nunca".

Así es la cosa. Porque el cielo es azul intenso para mí que estoy con la risa de oreja a oreja; pero es
también negro con la noche, triste con un llanto solitario, gris en invierno, blanco en verano.

Depende de la mirada.

¿Quién me viene a decir a mí que la muerte es terrible?

19
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
LA FOTO

En el café donde estoy hay una gran foto. En ella, una mujer de unos veinte años camina, varios
hombres la observan. Tienen distintas edades pero sus miradas, con una u otra intención,
convergen sobre ella. Lleva una falda ancha, el pelo tomado. Está preocupada, pues en dos
pasos más un viejo, atravesado en la acera, le cerrará el paso. A un costado, dos jóvenes en una
pequeña motocicleta, ríen, cómplices entre ambos. Atrás, cuatro o cinco se han dado vuelta
para mirarla, estáticos, sorprendidos por la cámara, retratados absorbiendo el aroma esparcido
por la joven a su paso.

La foto es en blanco y negro. Yo, en colores a cuarenta años.

Dejamos el café, pero no puedo menos que admirar aquello y me quedo de pie un rato,
mientras me esperan.

La foto tiene una leyenda que no viene al caso.

Yo pienso: el tiempo es cruel. Por ejemplo, la dama hoy debe ser una señora de sesenta años; el
viejo que entorpece el paso con toda seguridad está muerto; los jóvenes sobre la motocicleta
pueden estar calvos y ser rechonchos adultos.

Pienso aún más. ¿Cuántos de ellos están con vida? A lo mejor ninguno, ni siquiera el fotógrafo que acertó
a apretar el botón de disparo de una máquina ya desaparecida.

A cuatro décadas de distancia, observo la vereda y el pavimento de la calle bastante


deteriorados. Las casas, particularmente la puerta y la ventana marco de la escena, muy
envejecidas. Tal vez todo eso haya cambiado. Tal vez ya se destruyó, construyó y nuevamente envejeció
en cuarenta años...

Ese paisaje, que se me presenta mientras me esperan para salir del local, ya no existe; ni los
personajes, ni las paredes, ni la atmósfera. Incluso los parroquianos hemos confluido en este lugar por
única vez, y ahora nos desperdigamos por la ciudad, sin que esta azarosa reunión vuelva a
suceder. Observo, por ejemplo, al gordo sentado cerca nuestro: acaba de llegar acompañado de una
señora muy arreglada. ¿Cómo se llamarán? ¿Serán jubilados? ¿Dueños de una gran industria? ¿Gente de
comercio? Se ven pudientes. Y los cinco del fondo, todos jóvenes, dos mujeres y tres hombres bebiendo
cerveza mientras llega el resto del pedido. Me iré y ni siquiera sabré qué van a comer. Y aquel niño
mirando aburrido mientras la familia se avalanza sobre los platos. ¿Vendrá alguien en este momento a
sacarnos una desprevenida foto que será mostrada en cuarenta años más, yo de pie mirando a una
mujer en serios aprietos para pasar a un hombre viejo que le cierra el paso, admirado con su
belleza, hace tanto tiempo?

20
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
Aún me esperan, pero todavía me resisto a entender el transcurrir del tiempo. Enfrentando esta
foto, cada paso dado parece un paso de menos.

21
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
EL TIO POLICARPO

Solo yo me di cuenta cuando el tío Policarpo se puso a andar por las paredes. Una tarde de
verano el calor era insoportable a eso de las tres, y deambulaba por la gran casona que en
esa época ocupaba la familia en el barrio Poniente. Atravesaba de pieza en pieza tratando de ver
quién podía seguirme en alguna aventura. Nada. Todos dormían, y lo único que se escuchaba
eran ronquidos por distintas partes. Ese debe ser tío Manuel, esa otra la tía María, más allá don
Eustaquio. Cuando hube adivinado todos los sonidos nasales, las respiraciones entrecortadas,
los frotes de mandíbulas, me quedé escuchando atentamente un golpeteo. Eran pasos
irregulares, pero no sobre la tierra del patio, las tablas del piso de la casa, o las baldosas de la
cocina. ¿Tal vez eran golpes dados muy despacio contra una superficie blanda? ¿Quién? ¿Para qué?
¿Por qué? Me fui acercando muy lentamente a la cocina. Sin duda de allá vienen los sonidos,
no sé por qué tengo miedo. Me asusté y me fui lento. Todos los de la casa dormían. ¿Quién podría
ser? Las paredes de la cocina se movían levemente. Mierda, parece que está temblando. La
puerta estaba entreabierta, pero no me atreví a dar un paso más. De aquí no me muevo. Di un
salto atrás. (Cresta! Un par de piernas saltó por encima de la puerta, pero lo hizo como si la pared
fuera su piso, de tal manera que yo vi el entrepiernas de un pantalón oscuro, un poco gastado.

Un hoyito justo debajo de los huevos dejaba ver una porción de calzoncillo más o menos blanco. Me
quedé sin respiración intentando yo mismo no tener cuerpo, mientras no descubriera qué pasaba.
¡Ahora sí! Por qué me tocan estas cosas a mí justo cuando todos duermen. Poquito después lo vi más
allá en la pared contrapuesta, caminando de tal manera que su cuerpo quedaba perpendicular, y yo
podía ver su cabeza. Miren la peladita del tío Policarpo. En medio de ella tenía una tonsura natural de
la que no me había percatado nunca, considerando mi porte, harto más chico que él.

Porque era el tío Policarpo quien ahora miraba estirando el cogote, o sea viendo hada donde
estaba quien lo había descubierto. Hola tío. Lo saludé como si no me hubiera dado cuenta. El dio un
salto al piso, recuperando la postura que yo siempre le había conocido. Me miró fijo, duro, tal vez
dudó si yo saldría corriendo para gritar el portento del que había sido testigo. Se me acercó
silencioso, se agachó hasta mi porte y me preguntó qué había visto. Bueno tú caminabas por las
paredes. Intenté hacer un comentario lo más normal posible, como si andar paralelo a la tierra a un
metro y medio fuera corriente. Pero por dentro tenía pánico. Pánico y atracción. Quería saber cómo
lo hacía, quién era este tío en el cual nunca había reparado, y ahora se me revela ba como un
verdadero mago. Me dijo que yo no podría contar nunca que él había andado por las paredes
porque lo negaría y yo quedaría como mentiroso. Sí por cierto; no le voy a contar a nadie de esto.
Nos dimos una mirada de inteligencia y salimos juntos al patio, a respirar los treinta grados de
calor bajo los duraznos. Me miraba de reojo, yo lo miraba de reojo. Nos sentamos a la sombra del
corredor a escuchar el zumbido de las chicharras. Tienes un hoyo en el pantalón.

Otro día lo pillé dando unos tremendos saltos ¿Qué haces? Se veía divertido, desgarbado y largo
encuclillado. Quiero ser como los saltamontes. Miraba los bichos en el pasto mimetizados de

22
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
verde y ocre. De pronto, igual que ellos, daba un salto gigante quedando a la expectativa.
Como no tenía antenas, se ponía las manos en su cabeza, semejando cuernos movibles con los
cuales iba reconociendo las hojas y el peligro. Si cuando estaba concentrado me acercaba,
saltaba varios metros. Me daban ganas de atraparlo, pero tenía que moverme con cuidado.
Eso era difícil tratándose de un hombre saltamontes.

Antes de que llegara el invierno, volví del colegio con el viejo bolsón de cuero a cuestas y sus
tirantes colgando. Shhh. No me dejó continuar. Golpeaba rítmicamente el pavimento de la
cocina. Me acerqué sigiloso y mientras me agachaba, descubrí que hacía con las manos una
especie de danza en torno a una inmensa araña negra, inmóvil. Di un salto atrás. Cállate, la
estoy domesticando.

La amistad de este tío no era bien vista. No me gusta que te juntes co n él; está loco y lo
tenemos en la casa porque no tiene otro lugar para vivir. Decían que le fallaba la cabeza y
apuntaban a sus sienes girando el índice. Yo no entendía porque hacía cosas, no sólo cuerdas
sino francamente heroicas. En definitiva consiguieron que me avivara, y me juntaba con él cuando
no había peligro de ser vistos.

¿Cómo lo haces para andar por las paredes? Eso no es nada: lo interesante sería poder volar.
Imagínate ser como los pájaros; poder ir a la playa cuando se te ocurra; subir a la s montañas;
ser capaz de ver al otro lado de la ciudad, simplemente porque llegas tan alto como las
nubes. ¿Y puedes hacerlo? Se rió de buenas ganas cuando me contó acerca de la hazaña de
volar, y se subió al techo de la casa por la ventana de la cocina. Tuve que salir al patio para mirarlo,
se iba balanceando por las tejas para tratar de llegar a la cumbrera. Por fin, contrariado ante la
dificultad de subir por la pendiente resbaladiza, se sentó a mirar al palto vecino que estaba por lo
menos a unos diez pasos de distancia de la casa. Yo lo miraba embelesado. Seguramente se
mostraría a mí solo flotando en el aire. Ya me lo imaginaba llegando a la copa del árbol, cuando
apareció la Úrsula que con escoba en mano, descendió al tío. Bájate de ahí loco de mierda ,
estás corriendo las tejas. Total como tú no vas a subir a reparar el techo. ¡Ay cómo nos vamos a
llover este invierno! El tío Policarpo saltó y se escabulló por el patio. La Úrsula se enojó tanto que
anduvo detrás suyo toda la tarde, blandiendo una vara de sauce sobre su cabeza. Aquella
noche me costó dormirme, pensaba que de haber llegado después la Úrsula, yo habría tenido la
primera comprobación que los seres humanos podían volar, o al menos el tío Policarpo.

No sabía por qué, si era capaz de hacer ta ntas cosas maravillosas, lo trataban de esa manera.
Cualquier otro a su edad estaría trabajando, o por lo menos casado y con hijos; tal vez eso
causaba la molestia porque era cierto que comía como contratado y no producía nada.
Tampoco lograba entender por qué si conmigo conversaba de !o más bien, con los demás
guardaba absoluto silencio. Las visitas lo creían mudo, estúpido, tullido. Tío andan diciendo
que eres tonto y no te defiendes. No lo haré, ellos no saben. Pero qué hay que saber.

El invierno fue un desastre porque nunca se logró dar con todas las tejas corridas. Se llovieron

23
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
sin compasión la cocina y la pieza del lado, la de la Úrsula. Ahí empezó la guerra contra el tío. Ella
estaba tan picada que no dejaba oportunidad para hablar mal de él sobre todo a mi mamá, la
única que podía hacer algo contra el protegido de mi abuelo. Señora, y si se pone peligroso; o
si por una de esas locuras se mata; si le da por robar; si intenta hacerle algo a las mujeres, mal
que mal debe tener necesidad.

Con el buen tiempo pareció que la paz había vuelto a la casa, pero la intuición del tío me
demostró exactamente lo contrarío. Me aburría caminando por el patio y lo encontré al fondo.
Estaba silencioso, sentado en la tierra. Allí me hizo un extraño acto de magia. Extraño porque
hizo aparecer y desaparecer una bola de barro, sin que tuviera cómo ocultarla, l a polera de
mangas cortas, no le permitía esconder la bola en ellas. Tampoco movía los brazos, simplemente
abría la mano y la esfera estaba, después la cerraba, la abría nuevamente: ya no estaba. Mira
esta pelota es de tierra y agua, el material más antiguo que usó el hombre para hacer cosas.
Su forma es como la de los ojos; es la curvatura de la tierra; las estrellas y el sol también son así;
hay preguntas que han esta do desde el principio, y esperan respuesta. ¿Cómo volar por
ejemplo? volar, caminar por las paredes, o poder entenderse con los animales. Pero debes
tener en cuenta que las cosas están, luego no están, pero después, y esto es lo importante, de
nuevo aparecen. Hay quienes creen que las cosas nunca se recuperan, la Úrsula por ejemplo, y
otras como tú, que están seguros que volverán a encontrar. ¿Cómo haces? ¿Qué? Aparecer
la bolita. Me legaba su testamento y yo estaba pegado en la maravilla de su último truco.

Se lo llevaron al manicomio al día siguiente. Vinieron en ambulancia dos hombres de delantal


blanco, lo tomaron de los brazos y él, sin oponer resistencia, los siguió. Cuando pasó frente a mí
guiñó un ojo, desapareciendo tras la puerta de calle que se cerró de un golpe. Muchos años
después me contaron de su muerte, pero estoy seguro que antes voló desde alguna
techumbre a un palto, en medio de una tarde solitaria como pocas.

24
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
QUINTAESENCIA

Ni yo conozco el secreto de la botella. Con el líquido realicé algunas cosas admirables. Podía
dominar a las personas, saber sus pensamientos, o qué harían al día siguiente. Podía meterme
dentro de los otros, razonar y sentir como ellos.

Lo usé una sola vez y me dio la eternidad, pues por mi cuerpo nunca más pasó el tiempo.
Un gitano errante me la entregó. Se fue sin rumbo.

Por aquel entonces, cuando llegaban los vientos de Septiembre, los mayores encumbraban
inmensas cometas que por verdadera magia se mantenían en el aire. En esta tarea a los
niños solamente les estaba permitido mirar, o escasamente hacían de ayudantes menores.
Una tarde, después de muchos esfuerzos, entre tres logramos elevar una cometa balanceada en
los cielos al compás del viento. Estaba muy por encima de los rojos tejados de arcilla, y recortaba
sus rectángulos blancos sobre el maravilloso azul del cielo. Manejábamos el cáñamo entre
dos porque las ráfagas amenazaban con hacernos caer, cuando se acercó un hombre tirando un
burro colmado de bultos imposibles, medio al aire, medio empaquetados en sacos de arpillera.
Me quedé mirándole. Traía un rostro extraño como de admiración, de miedo, de astucia, qué
sé yo a docientos años. Dejé a mis compañeros con la cometa y le seguí. Golpeó en varias
casas, pero después de hablar le cerraban la puerta. Me lla maba la atención su indumentaria
antigua y me fui tras él, pensando que era un deschavetado. Finalmente se metió en una
casa de la Cañada, donde le dieron alojamiento.

Allí estuvo viviendo hasta su partida.

Me las arreglé para conocerle, encontrándolo casualmente en la calle. Nos dimos un choque tan
imprevisto para él como preparado para mí; soltó un saco donde llevaba unos cachivaches que
cayeron al suelo. Mirando asustado al interior, comprobó si algún alambique se había roto. Después
se calló abruptamente, escondiendo el secreto. No entendí de qué se trataba aquello, pero
mostré cara de inteligencia. El supuso que yo lo había descubierto. Por favor, no le cuente a
nadie de esto. Se le puede ir la vida a uno... ¿También tiene su horno? me preguntó. Arqueó
las cejas desconfiado y agregó que había viajado a este extremo del mundo huyendo, porque
en todas partes le habían acusado de brujo, y muchas veces había logrado salir con vida de pura
suerte. Me preguntó si yo tenía problemas con lo mío. Le contesté, intrigado como estaba: todavía
no. Se alegró, pero me dijo con mucha complicidad; debo armar lo mío porque el tiempo se
hace corto. Y si aquí no se sospechaba de nosotros, tenía que aprovechar, porque para él las
cosas nunca habían sido tan tranquilas como habían sido para mí.

Tuvimos algunos encuentros, yo evadiendo sus temas y a la vez intentando sacarle secretos,
pero nunca obtuve nada porque suponía que yo sabía y me hablaba de cosas desconocidas.
Nos encontramos en la plaza por casualidad, dio un tremendo salto por el susto cuando vio las

25
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
dos horcas pendiendo en el centro, a ambos lados del pilón de los aguateros, oscuras por la
sombra contra el cielo azul. Me clavó los ojos para ver si le había observado, pero miré hada otra
parte haciéndome el desente ndido. No bien el pobre se había repuesto de la impresión, me
preguntó qué hacían unos menesterosos hablando con otros tras las rejas de la casa de la
esquina; le conté que eran presos porque esa casa era la cárcel, e iban a identificar un muerto
aparecido en las celdas aquella noche; eso no era de extrañar, siempre había riñas y cosas así.
Como se trataba de gente pobre de la Chimba, o en de campesinos, los familiares venían a
reconocerlos. Aquello lo llenó de pavor, se despidió apresuradamente pe rdiéndose entre la
gente que iba al baratillo.

Aquello duró como tres meses. Un día de diciembre me dijo j sé que usted no es un hermano y se
propone denunciarme. JT eso ha buscado mi amistad. Qué pide para dejarme huir. o quedé
anonadado, no sabiendo qué contestar. Entonces me dio la botellita verde. Era un brujo,
estoy seguro: aquel -galo me permitió hacer todo aquello que he relatado.

Salvo una vez, nunca más lo vi, aunque en los docientos años me ha estado pisando los
talones. Pensar que fue extorsionado de la manera más estúpida, sin yo saber ni una sola
palabra de lo ocultado con sus alambiques, retortas, hornos, cisnes negros, soles, lunas
místicas, mercurio de dioses, plata y oro que son y no son.

Aquel regalo lo usé pronto, cuando me encontré frente a una escaramuza entre realistas y
patriotas. Hoy leo divertido en los libros de historia acerca de aquellos días. Los hechos fueron
muy distintos a como hoy se cuentan, menos gloriosos y personajes ahora importantes, eran
poco heroicos, casi desconocidos. Muchos ni supieron el uso que se daría a sus acciones. Desde mi
juventud viví peleas, no solamente contra los godos, sino entre los patriotas. Bandos con muertos...
Bueno, qué interés tendrá Ud. en esto, pero la memoria de pronto se me impone. Con mis
veinte años a cuestas, despreocupado de lo que sucedía, un día atravesé el campo rumbo a una
lechería, cuando la balacera se armó por el lado izquierdo mío, y se complicó cuando respondieron del
otro. A poco andar estaba en medio del fuego. Cruzaba un sembrado muy chico por esa época
del año, de tal manera que a pesar de echarme al suelo, estaba al descubierto. No trataba de
mirar a los contrincantes, porque aquello podía significar un tiro en la cabeza. El silencio vino muy
luego, pero en el aire se respiraba peligro. Seguramente las armas necesitaban recarga, lenta
operación. Estaba incómodo en la tierra mojada, tenía miedo, casi no respiraba. Intentando
cambiar la posición del cuerpo, rocé con mi mano el pantalón, tocando la botellita verde. Ya me había
advertido de no abusar del contenido, pero que me acordara de aquello cuando estuviera en
situación de peligro. Con el mayor sigilo la saqué, destapé, me la llevé a los labios apenas
humedeciéndolos. Al instante comenzó un ruiderío en mi cerebro. Sin embargo no eran voces mías
las que estaban en el centro mismo de la cabeza.

Usted piensa que soy un embustero, o tal vez un loco, pero lo que digo se ajusta a la verdad. Cosa suya si
cree o no. Ahora si me pregunta cómo sucedía todo eso, no tengo idea. El gitano tuvo existencia
real, como usted o yo. Y no se ha quedado tranquilo con el regalito hecho porque, para mí, que

26
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
ya me pilló, me persiguió decenas de años, sabiendo de su error, y yo ignorante, apenas
aprovechando algo desconocido. Varias veces me ha estado pisan do los talones. A lo mejor me
controla.

Debe querer saber cómo es eso de vivir sin término. A uno le pasa de todo. Primero no sabía que el
juguito aquel iba a producir tamañas modificaciones en mi cuerpo. Me servía para escuchar en la
cabeza de los demás, eso sucedió sólo en el momento de susto cuando la balacera casi me hace
desaparecer. Pero ese puro traguito permitió que no envejeciera, porque me casé, el tiempo
pasó, y la gente empezó a comentar porque mi cara seguía igual, casi de niño; el cuerpo estaba ágil
como siempre, y mi apariencia externa no variaba una milésima. Se acabaron los godos, las
revoluciones; mi señora, la Ana, engrosó, mis hijos crecieron, y yo tal cual. Me puse muy nervioso porque
debía tener como cuarenta y seguía de veinte. Ni siquiera mi mujer estaba tranquila conmigo. Un
día le dije que iba a viajar al sur por unos trabajos. Ella comprendió. "Mucho mejor. No vayan a
apalearte por brujo". Nunca supe si ella se dio cuenta que nos despedíamos para siempre. Me fui al sur,
a la Frontera, donde los milicos todavía echaban a los indios de sus tierras. Necesitaba olvidar
todo, llegar donde nadie me conociera. Comenzar una nueva vida. Todavía recuerdo mi entrada al
pueblito, apenas con un saco al hombro buscando donde alojarme. Me parecía al de los
alambiques, quien, al igual que yo en ese momento, había estado llegando a la ciudad huyendo
de su pasado de eterna juventud. Obviamente, el líquido verde servía para muchas cosas.

Por fin estaba en el sur, respirando a mis anchas. Me comí un pan con queso, lo único que restaba del
alimento preparado por Ana, y su último recuerdo.

Allá corté árboles, hice caminos para penetrar la selva, quemé bosques con los alemanes y
conocía una morena que me cautivó. Por un rato recordé a mis hijos que por en tonces debían
tener unos cuarenta años. Como no había registros nacionales, inventé un pasado cercano de
no más de veinte años y me casé.

Comencé de nuevo con los pañales, la alegría y el empuje de una edad no renovada. Aunque el
asunto de los chiquillos tampoco esta vez me cautivó demasiado. Rapidito volví al bosque, al
frío, a la lluvia. Meses me perdí de voluntario en la apertura de caminos, años tardé en volver a
la casa a asentarme, cuando los hijos ya estaban casaderos y se iban del hogar De los
cercanos, nadie me hablaba de la edad, un poco porque se hacían los lesos, un poco porque
suponían que en verdad yo envejecía. Al menos ellos me veían cada año más arrugas,
encorvaban imaginariamente mis espaldas, engrosaban mis huesos. Hasta que llegaba alguien de
afuera, y qué hace compadre para mantenerse tan bien, sus hijos se ven más viejos, hasta me
da susto, créame, la buena salud, casi parece un pactito con alguien por ahí; cuénteme la
verdad aquí entre nosotros, usted ni una cana, yo ya voy para los cincuenta.

Con hijos mayores ya era hora de irme. Me metí en los cerros a darle vueltas a mi vida.
¿Siempre estaría armando y desarmando hogares, corriendo por todas partes como un niño,
sabiendo que las ventajas estaban de mi parte porque cuando los otros se fueran

27
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
deshojando, yo todavía podía seguir con más ganas cada vez? A lo mejor habría de morir por una
casualidad o un accidente, pero mi vejez se veía lejos. Nuevamente debía huir. Me fui a las
montañas para descolgarme por el otro lado y no volver jamás. Antes de hacerlo me acerqué a
la morena, cuyos ojos ya no tenían la vida de cuando la conocí. Estuve a punto de confesarle todo.

-Voy a los cerros, está bueno el tiempo para subir.

-¿No te veré más?

-Creo que no.

-Me gustaría que volvieras a enterrarme. Resultó más sabia de lo que imaginaba.

Cuando partía, llegó la noticia a esos parajes llenos de neblina: estábamos en guerra. Subí con la
experiencia de la balacera aquella y apreté la botellita verdeoscura en el morral donde llevaba todo
lo que me iba a pertenecer de ahí en adelante, o sea, casi nada.

Al año siguiente se me ocurrió hacer una humorada negra, volver a ver a mis hijos en la capital.
Retorné tan pobre como siempre a una ciudad que había cambiado mucho. Los soldados
llegaban llenos de gl oria, desfilaban por todos lados hacían retumbar las calles. La sociedad
nuevamente se ponía en marcha.

Usted piensa que soy un mentiroso. Si tengo docientos años de eternidad ¿No es justo que ande
cuidando la magia, y con ello la vida? Siempre recuerdo la mirada de susto del gitano, ese temor
expresado en sus grandes ojos negros como la noche, profundos como un pozo sin fondo,
imperceptible en su llegada, fantasmal en su huida. Cuando todavía pensaba que era uno de los
suyos, me confidenció: Vaya a Toledo si quiere estudiar, Toledo, no lo olvide; los grandes sabios se
quedaron allí por mucho tiempo, en el encuentro de las dos mitades del mundo.

La gran ciudad estaba distinta. Me había acostumbrado al campo, a los bosques milenarios, al
silencio, al bullicio de la naturaleza, y llegué a la novedad de los trenes, a los amontonamientos,
a los gritos. Me movía por el lado de las sombras, pegado a los muros, esquivando carruajes,
intentando hacer una vida a partir de nada. Atravesé el río, pero la Chimba ya había desaparecido,
por lo menos como yo la conocía, y lo más fácil fue irme a unas parcelas cercanas a buscar trabajo en
el campo.

Laboraba de lunes a sábado y los domingos conocía esta nueva ciudad. Me gustaba pasear, ver las
casas, el teatro, las nuevas calles ocupando tierras que antes habían sido de cultivo. Volví con
una idea fija: saber en qué iba mi familia. Un hijo estaba en Santiago, el otro en algún lugar del sur. El
de acá se había hecho poderoso, conocido, todo un personaje. Tenía una gran barriga y enormes
mostachos, averigüé; la guerra lo había favorecido en los negocios. Le esperé un par de veces a la
salida del Municipal, donde iba a escuchar óperas. Hasta le tendí el brazo antes de subirse al

28
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
carruaje por si largaba una moneda. Mi mano continuó vacía, aún después que se perdió calle arriba.
Efectivamente estaba muy gordo, no se fijaba en nada más que en él mismo. A lo mejor si crezco,
pensé, me voy a parecer a ti. Perdí rápido interés en saber más de esta familia.

Le aburro con mi historia, parece. Sin embargo, voy a continuar. No me queda otra, ya verá
usted. ¿Le dije mi edad? Imagínese, docientos años. Mire, mire una persona de dodientos años,
que los ha vivido sin querer tener esta edad, sólo por una equivocación. Nací poquito antes de mil
ochocientos, en mil setecientos noventa y siete. No se ría; ni tiene idea de esto, de la felicidad y la desgracia
de vivir tanto tiempo, cuando el más viejo alcanza ochenta, cuando la familia es un tormento porque todos
envejecen, cuando hay que huir porque por la envidia o la extrañeza lo tildan de brujo, entonces mejor ser
anónimo, oscuro para no llamar la atención, no alcanzar a conocer a nadie demasiado bien,
porque si se encariña ya tendrá problemas cuando el tiempo pase por los demás. Llega el día,
demasiado pronto, y debe irse porque todos lo conocen, ven que el tiempo no deja marcas en
su figura pero pasa doblemente por ellos, se enferman, envejecen, mueren.

Después de ese encuentro no quise inventarme más familia; desde entonces he deambulado solo. Me
he entretenido en aprender los más diversos oficios, he viajado mucho por el país, tranquilo
hasta hace cuarenta años. Allí sucedió algo extraño. Yo era obrero en la construcción de un edificio.
Diez pisos eran toda una novedad; me paseaba por los andamios como si tal cosa, con la agilidad
de mis veinte eternos años a cuestas. Cuando llevábamos como cuatro meses de construcción,
llegó un supervisor nuevo, un hombre de ojos negros, espeso de cejas. No haberlo reconocido de
inmediato. El tenía las cuentas de los salarios, de los materiales, cuidaba las bodegas. Era estricto, pero a
mí me trataba con cierta deferencia. Buscaba de alguna manera mi amistad, me conversaba. Me
enteré que había indagado mi domicilio verificando la dirección. Mentí al respecto porque estaba en esa
empresa constructora como siete años, y me preparaba para desaparecer de un momento a
otro, pero todavía no me decidía porque realmente ese trabajo me gustaba. La cosa es que este
supervisor me cortó la pasada un día, cuando ya íbamos sa liendo. Se le había ido de la cara toda la
amabilidad:

-Su domicilio está falseado. Eso es inaceptable. No se entiende tratándose de un obrero tan
calificado como usted.

Después se suavizó; en ese momento yo pensé a éste lo conozco. Después de un instante


descubrí que era el gitano. Ni un pelo se me movió.

-Actualice de inmediato sus datos, me aconsejó casi dulcemente. No por casualidad había
entrado a trabajar a la construcción, pero él aún no sabía que yo lo había reconocido. Tenía al menos
esa tarde de ventaja.

Fuimos juntos, porque no se me despegó, a las oficinas improvisadas en el primer piso.

-¿Dónde vive?

29
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
Di el domicilio verdadero y sumé un teléfono de referencia donde yo pagaba por una pieza. Se quedó
contento y estuve por decirle si nos conocíamos en alguna parte. De ahí me fui directamente a la
estación de ferrocarriles, cuidando que no me siguiera nadie. Partí a la costa donde trabajé de
pescador hasta conseguir un poco de dinero con el que viajé al norte.

De ahí en adelante, ahora tenía cla ro, mi vida no estaba regalada; debía huir para siempre.
¿Por qué me habría seguido este gitano? Obviamente la botellita que me había inventado la
soledad al ser casi único en este mundo, era la respuesta. Tras esas cejas negras estaba el
mismo de otra épo ca. A lo mejor muchos estaban tras mío. Si querían el líquido se los
entregaría. ¿Pero si no se conformaban con eso?

En el norte conocí el desierto, el calor, el trabajo en los olivares, los mineros de los esplendores
idos. El temor no me dejaba dormir por las noches, me hacía tener pesadillas en el día,
alucinaciones, paranoia. Trabajé en muchas cosas por cortos períodos de tiempo. De pronto, sin
avisar, dejaba los trabajos, me cambiaba de casa o ciudad, abandonaba todo y comenzaba de
nuevo, varias veces en el año. Me preguntaba qué tipo de vida era esa, si durante mil años iba a huir
de los fantasmas. También viajé al sur, casi sin pasar por la capital: le tenía miedo porque como allí
había visto al gitano, todavía podía estar dando vueltas. Estuve apenas una noche, mientras
encontraba combinación. Me metí en el tren dos horas antes de la partida.

-No puede entrar a los carros tan temprano -me dijo un señor con una gorra roja y visera negra.

-No tengo donde quedarme. Mire, aquí está mi pasaje.

Con desconfianza me dejó permanecer adentro. Traté de dormir escondiendo la cara,


encontrándole a ese empleado un parecido increíble al de los alambiques. Sólo en los fiordos, en las
oscuridades lluviosas del sur, entre las islas desiertas y los temporales encontré un poco de sosiego.
La dura batalla contra los elementos me trajo la paz. Fui pescador de centollas, lobero, mariscador.
Cultivador de papas en tierra firme. Hice chicha de manzanas. Descubrí bosques milenarios y
hielos eternos llegando al mar.

¿Por qué usted me acompaña todavía? ¿Por qué se queda a mi lado escuchando mi relato, que
puede ser la invención de una cabeza afiebrada, de un loco arrancado del manicomio? ¿Qué
espera de mí, dinero acaso? No tengo un centavo, así es que pierde su tiempo. Yo relataré y
relataré. ¿Por qué no se va mejor? Bueno, si quiere quedarse...

Con el frío y la escarcha, el tiempo se me hizo eterno. Recuperé mi seguridad. Me arrimé a


una familia pobre, triste de perder tantos hijos en el mar; no preguntaron nada, y en medio
del silencio me acogieron. Inventé un nombre, un pasado. La vida de esa gente simple siguió
como si hubieran parido de pronto un hijo de veinte años. Sus caras continuaron llenas de tristeza
esperando, tal vez, que ahora yo, que había llegado recién, fuera el siguiente ahogado. Poca
gente se acercaba del exterior a esa neblina espesa, a los cántaros de agua que caían desde el

30
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
cielo plomizo, a la humedad pegada al cuerpo como una segunda piel. Algún representante de
las pesqueras venía a comprar el producto de la temporada, contrataba mano de obra:
Ninguno es el de los alambiques, me repetía al principio para convencerme, después de mucho
estudiar los rostros, verificar las actitudes, encontrar parecidos o diferencias, comparar el color de
los cabellos, la piel, los ojos. Casi siempre me escondía cerro arriba; desde ahí vigilaba los
pasos de los intrusos hasta que se iban. Con el tiempo, me olvidé de todo, de la persecución,
del peligro, del gitano. Me hastié del gris, del agua, de la soledad, de la familia postiza, de los
hermanos inventados, de los padres tristes.

Muchos anos después, me sería difícil decir cuántos, una mañana espléndida cargada de
colores vivos, con suaves nubes algodonosas, un calorcillo tibio en el aire, me subí a la lancha
que me llevó a la isla grande. Mientras nos alejábamos, la casa se achicaba y veía cómo los
compañeros de tanto tiempo, se hacían minúsculos. Ninguno miraba al mar a donde
estábamos. Cada uno en su afán, cortando leña, entrando y saliendo de la casa, como
demostrándome con su indiferencia que daba lo mismo que yo volviera o me fuera al mismísimo
infierno. A los tres días llegué finalmente al continente. Por primera vez en mucho más de
cien años sentía secretos hilos inexorables atrayéndome poderosamente. Me sentía muy débil.

Un tren moderno me devolvía a una velocidad enorme, íbamos tragados por la noche, y el
tracatrac de las vías me incomodaba no dejándome dormir. Estuve todo el tiempo con la
vista pegada a los vidrios, viendo cómo pasábamos miles de rayitas y manchas qu e debían
ser plantas. La temperatura subía en forma evidente, la transpiración bajaba por mis sienes a
cada rato. La indumentaria de la gente me extrañaba. El pelo se usaba más largo y también
más corto, las camisas de colores chillones, incluso para los hombres. Me parecían todos medio
maricones.

Cuando bajé en la estación era de día. Un caluroso día de Enero. Esto ya es historia conocida
¿no? Voy bajando, usted amablemente me dice ¿Le ayudo patroncito? Es una buena persona,
yo necesito de buenas personas. Me dejé llevar. Debo haber tenido una cara espantosa para
que haya querido ayudar a alguien tan joven. Entonces me dijo que nos fuéramos a tomar
tragos al bar y aquí estamos. Ya llevamos como ocho horas de conversa. Anochese. No sé qué
interés tiene usted en mí. Por qué me ayuda. Por qué me escucha si no entiende nada de lo
que le digo. Es imposible que se imagine el significado de ser eterno; de tener que apagar
cientonoventaycuatro velitas. ¿No dice nada? ¿No se extraña compartir con alguien que le puede
estar tomando el pelo? Mire, déjeme buscar en los bolsillos, mire, esta es la famosa botellita
verde. Una simple botella con un líquido adentro, del que he tomado apenas un sorbo en toda
mi vida, y ha producido tamañas transformaciones en mí. Esta botell ita. Ahora se interesó,
ahora le brillan los ojitos. ¿La quiere tener? Mírela, tóquela. ¿Qué le hace?

-La caliento en mis manos.

-¿Para qué?

31
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
-Para que pierda su poder.

-¿Qué?

-No se asuste. Es necesario que el brebaje pierda su poder. Dígame de qué le ha servido tener la
fuente de la juventud. Qué saca con repetir su vida de frustraciones, soledades,
incomprensiones, huidas, mil años más. Si ha llegado a usted ha sido por un error. El temor a
morir, a ser denunciado me hizo entregarle este tesoro. Y no tiene la menor idea para qué sirve.

-Quién es usted.

-Cámbieme el color del pelo. Ayer era negro. Auménteme las cejas, depiladas cuidadosamente para
que suavizaran la expresión. ¿No me encuentra parecido al camarero solícito de anoche? ¿Al
lanchero que lo llevó a la isla grande? ¿Al último liquidador de la pesquera?

32
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
ACERCA DE LA VISTA

Donde nací, la gente se junta en las esquinas esperando que pase el tiempo; así, dos o tres
amigos se sientan, observan, arman y desarman mundos; también a mí me gustaba quedarme
en el cruce de los caminos y mirar; todo lo conocía: la cantidad de piedras de la calle entierrada, la
forma y color del tarro que una vez estuvo y después ya nunca más, la nube solitaria sin huellas,
alguna carreta displicente de tránsito efímero, mujeres en edad de pintarse y de no pintarse la
cara con colorete, las cejas con lápiz, los ojos de café y negro, faldas al viento de amarillos,
rojos volátiles, celestes confundidos con el cielo, risas etéreas, miradas que volaban; todo se lo
llevaba el viento; de tal manera que lo que estaba a la vista no se iba con el tiempo, y lo que no,
pues todo lo contrario

y así fue por años

recuerdo haber estado varías veces con el oculista del lugar, pulidor paciente de lentes mientras
conversábamos y no conversábamos; cuando hablaba siempre terminaba diciendo "no te he dicho
lo más importante", uno se quedaba con ganas de saber qué era aquello, pero no había caso,
porque entonces se levantaba, se iba mascullando que se debía ver y no olvidarse, entonces
desaparecía del oído, después de la vista; así era siempre, enseñando lo imposible, y ese
aprendizaje era de muchos años, de pronto se entendía como una figura oculta siempre presente;
yo no entendía de qué hablaba ese oculista extraño, que de tanto hablar de ver y no ver, llegué a
pensar en una deformación de su profesión o me creía un potencial cliente, sobre todo al principio,
cuando recién lo conocí, pero en el grupo había algunos adelantados que se reían de mis temores,
de no encontrar sensato lo dicho, y por toda respuesta recibía "es que tú no ves", y otro, más
sacador de pica, "no ves lo evidente", mientras el oculista repetía sus comentarios, como si yo
entendiera todo, entonces nos quedábamos en silencio, o hablábamos de lo que acontecía en ese mismo
momento, delante de nuestros ojos, de nuestros ocho, catorce y a veces hasta treinta ojos,
considerando una vez que tuvimos veintisiete cuando se incorporó el tuerto Ramírez, pero duró
muy poco porque obviamente esto de ver no le convenía mucho, y se sentía mal con todos de a
pares de ojos buenos mirando cómo la vecina atravesaba, el camión que pasó más tarde,
treintaidós escolares salieron de la escuela, don Sergio cambió camisa y corbata, su zapato
derecho era levemente más oscuro, evidentemente tenía una pierna más corta que la otra, pero yo
no entendía esto de ver y mirar

así, por demasiado tiempo

mi ánimo decayó, me cansé a pesar del interés, y el oculista me contó que lo importante era lo
sucedido con uno mismo, el "operador" como decía, y por último, había mucha gente que no
existía, nadie, casi, existía, todos eran verdaderos fantasmas, porque estaban adormecidos
porque no habían creado, nada había nacido dentro de ellos, no eran operadores, y aun siendo, se
necesitaba mucho trabajo para despertar algo especial en uno, "eso"; como igual yo no

33
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
entendiera, un día el oculista trajo unos anteojos diciéndome (cuidado, son especiales, son
anteojos para detectar fantasmas!, me los mostraba pero no me dejaba siquiera tocarlos,
después me contó si se veían las personas no eran fantasmas, pero la mayoría no se divisaba;
entonces me los pasó y lo primero fue mirar a Carlos parado contra una pared, pero cuando me
puse los anteojos, solamente observé la pared pero ninguna figura humana, me dio un susto tan
grande que di un salto atrás y el oculista se rió "haz la prueba nuevamente", me dijo, miré a la acera
del frente donde había tres mujeres paradas conversando, pero en realidad eran sólo tres
fantasmas, porque ya no se veía a nadie, y entonces me dijo que si alguna vez me volvía a encontrar
con lentes similares, nunca estuviera frente a un espejo porque podría llevarme un susto más
grande todavía, aunque dudaba que alguien tuviera un instrumento como ese en ninguna
parte del mundo, le pregunté cómo los había conseguido, los había hecho a fuerza de mucho
entender y darse cuenta cómo era todo, me contestó tenían elementos comunes con cualquier
lente, pero nadie sabría cómo poner muchas cosas en unos anteojos, se debía ver y no ver al mismo
tiempo, si no, no había caso, y me puso por ejemplo lo de Carlos, él era el Carlos que yo
conocía, pero al mismo tiempo era un fantasma, lo que Carlos deseaba era Carlos, pero lo que no
deseaba también era Carlos, entonces me dijo que viajara, era importante hacerlo, y guardó los
lentes en una funda roja; fue la última vez que lo vi, quedé confundido y al día siguiente agarré lo
mío y sin despedirme partí; no he vuelto más. Después de eso, comprenderás, ya no es lo
mismo mirar a las personas como lo que son, sabiendo lo que no son.

34
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
SUEÑO

El hombre soñó que era un tigre. El tigre se durmió y soñó que era un pájaro. El pájaro soñó que era el
viento. El viento, en el reposo, soñó que era un hombre que escribía un cuento acerca de alguien
que dormía y soñaba. El hombre no pudo despertar. Había tantos durmiendo con él.

35
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
DESPERTAR

El hombre despertó y estuvo a los pies de la montaña. Despertó nuevamente y llegó a la cumbre.
Volvió a despertar y flotaba sobre el firmamento oscuro. Despertó definitivamente y se encontró
entrando en la Ciudad de luz, donde dicen que nacen los sueños y residen los despertares.

36
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
EL SABIO

Le preguntaron al gran sabio qué tenía su cuerpo que lo hacía tan diferente a los demás. Cómo era su
sentimiento que abarcaba tanto. Qué pensaba realmente.

El contestó:

Cuando tengo hambre, como. Cuando estoy contento, me río. Cuando tengo ideas, las digo.

37
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
LA LARGA NOCHE DE UN SUEÑO

Anoche soñé.

Había una multitud detenida, silenciosa. Gente de mi pasado y mi presente, pero también
estaban aquellos que conocería en el futuro. Todos fuera del tiempo porque en el espacio nada
sucedía. Sólo existían lo estático y el discurrir de mi conciencia. Ese solo hecho habría bastado para
que el tiempo se generara, pero en ese sueño no era suficiente.

Estaban todos vacíos con un gesto congelado; una acción inacabada en los músculos. Algunos se
habían quedado detenidos en medio de una carrera, a punto de saludarse, la mayoría
simplemente caminando, unos encontrados con otros en aparente airada discusión.

Suspendidos, apenas con presente, sin pasado ni futuro. Me dije: "Sin tiempo no hay nada, ni
siquiera este sueño".

Escuché a lo lejos el lento tam tam de un tambor: el rompimiento del silencio era el tiempo
mismo, el tam tam su medida.

Había comenzado.

El sonido se hizo inexorable, todos tuvieron vida. En ese escenario oscuro la multitud respiró y
continuó haciendo lo que desde siempre - nunca había estado ejecutando.

"Tengo una hora", pensé, pero no sabía qué hacer...

...

Mientras circulaban sin intención, el lugar se oscure ció. Un anciano se acercó decididamente.
Caminaba con dificultad arrastrando los pies, el pelo blanco, la mirada fija. Le grité:

"Padra Polas"

Porque le había reconocido al instante; me recorrió un frío por la espalda y pregunté:

"¿Acaso no estás muerto?".

- Te saltas el tiempo como si tal cosa -me respondió-. Así es como haces con tus obligaciones.
Nada termina como debe en tu vida.

Yo quería acercarme y no acercarme. El se había detenido a tres metros de distancia, que

38
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
también eran diez y a la vez el deseo de un abrazo fuerte.

- No nos veíamos hace tiempo.

- Demasiado -contestó con voz distanciada-. Ya va siendp la hora. Y no supe lo que quería
decir.

- ¿Cómo está Mamadre?

- Si no sabes tú, quien. Dijo con tono áspero.

Sentí mi desinterés por ella, la necesidad de volar solitario y el precio que habían debido pagar
otros. Sobre todo Mamadre. Entonces retrocedí mucho, los lugares cambiaron, Padra Polas
rejuveneció, yo me hice niño. Me enseñaba cosas con cariño: trazaba un plan acerca de cómo sería la
vida, me adelantaba los problemas en que me vería metido. Era un buen guía, de los mejores.
Sabio, cálido, fuerte.

En un momento Padra Polas me dijo: "Tenemos que adelantarnos". Y volvimos al escenario del
principio. Ya no fue más guía y me puse enfrente de él, casi como en actitud de lucha. Entonces yo
deseaba querer y pelear; Padra Polas quería abrazar. Se acercó, se apegó mucho a mí, se fue
resbalando, descendiendo lentamente al sueb porque estaba muerto. Quedó tendido de espaldas,
los ojos mirando hacia adentro.

- ¡Padra Polas, Padra Polas¡ -grité angustiado, pero ya no había oído para escuchar, ni tacto que
sintiera mis caricias.

...

El tiempo no había dejado de ser marcado por el tambor.

De aquel extranjero y oscuro lugar apareció Carlos, el de las flores. Venía etéreo, siempre
joven; compuestito, cimbreante, sonriente. Pero también pegado, arrastrado, triste,
preocupado.

Se acercó con una mano extendida, lejana, silencioso. Se había olvidado de hablar.

En cuanto lo toqué se deshizo en el aire, se transformó en colores y finalmente en nada. Di un salto


atrás, asustado.

"Ahora podría haber sabido quién fue este compañero de la infancia tan apegado y distante, tan
conocido, tan lejano".

39
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
Pero de Carlos ya no quedaba nada.

...

Caminaba lentamente, buscando apoyo con mis pies en una tierra que se movía como mar.
Sombras fantasmagóricas, cuerpos envueltos en sudarios, rostros semicubiertos, ojos esquivos, me
miraban pasar desde la penumbra. Me seguían. Perder a Padra Polas, a Carlos y tener ad emás
aquella compañía me erizaba los pelos.

Un bulto se distinguió, un par de ojos, los más hermosos, desaparecieron en la oscuridad. El corazón
dio un vuelco, en un instante creí reconocer. Más adelante, a mi derecha, el talle como espiga se
me insinuó rápido y lejano. Apresuré el paso pero en aquel lugar ya no había nadie. Después de andar
un tanto a la deriva, ella se me presentó en pleno, frente a mí, casi desafiante, risueña, amorosa.

(Era tres veces Rubimada!

Me alegré, corrí, grité. Ella extendió sus brazos para recibirme.

Antes de llegar a su lado me detuve bruscamente.

"¿Ahora te toca a ti?-pensé-. ¿Ahora tú deberás desaparecer a mi tacto mortal?".

Con insinuaciones me dijo que me acercara sin dudar, que me amaba como siempre, que la
estrechara, que nos fundiéramos ahí mismo. Pero yo estaba en el límite entre correr a sus
brazos y huir despavorido. En mi interior sentía el germen del exterminio, la duda, la división.
Todo lo querido era a la vez lo destruible. Todo lo deseado, una pérdida de tiempo. Todo lo
amado, la disolución del futuro. Pero, como tantas veces, sus insinuaciones me vencieron y en
medio de la angustia me aferré a su cuerpo, pero al llegar al beso, al robar esa boca, al querer
morder los labios... Rubimor, la tres veces Rubimada desapareció y el beso a ella destinado
terminó en el dorso de mi mano, el abrazo en mi propio cuerpo y mi deseo se perdió en la
desazón.

Cerré mis ojos, cerré mis oídos, cerré mi tacto.

...

Cuando los abrí la gente del pasado, la del presente y la del futuro estrechaban en torno mío un círculo; pero
se cuidaban muy bien de tocarme, siquiera rozarme con sus vestidos. Diez, veinte, cien, mil me
miraban con sus rostros descompuestos, sus caras grotescas y deformadas, sus ojos corridos, sus
narices quebradas, ridículamente torcidas, calvos, pelucones, negros, blancos, amarillos, cenicientos.
Sarcásticos. Seres marginales, medio animales, apenas humanos, en el borde mismo de todos los
abismos. Ululaban como espectros: "Míranos, míranos" y yo no podía cerrar los ojos; donde desviara

40
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
la vista aparecían cien cabezas esparciendo el aliento fétido sobre mi cara. Un grito salido de todas
las gargantas fue tomando cuerpo, primero silencioso hasta transformarse en un sonido
descomunal, disonante, ensordecedor.

De pronto se hizo silencio.

Se tomaron los rostros por la nariz, por las orejas y estiraron. Las caras se alargaron, se
deformaron, hasta que los pellejos, que no eran más que máscaras, se fueron desprendiendo
dejando al descubierto seres normales. Serenos. Bellos en su tranquilidad, pero
inquisidores, distantes.

"Midas, te debemos coronar y vestir de acuerdo a tu condición real", me dicen.

Entonces me hacen sacar toda la ropa, sin tocarme. Deben temerme por las muertes causadas,
pienso. Todo cuanto se me acerca se transforma.

Sobre mi cuerpo desnudo, con unas alargadas espátulas, aplican miel; alrededor del pecho me
instalan un grueso zuncho metálico que aprisiona mi respiración; una corona de serpientes vivas,
depositada con mucho cuidado, me va corroyendo las ideas.

Mi conciencia se nubla y dentro del sueño caigo en un profundo sueño.

Despierto incorporándome violentamente. Grito: - ¡Guía!, qué debo hacer.

...

Estoy sobre una cama de piedra, en una cueva bastante clara, sin ser luminosa. No tiene salida.

"Es el lugar de la Concentración -pienso- porque no es el del Encierro".

A mi lado, sobre un pétreo velador, hay un pedrusco del tamaño de una mano. Lo tomo mientras
se va iluminando y sufriendo sucesivas transformaciones. Termina convertido en un juguete de la
infancia ya olvidado. Lejanos veranos se agolpan a la memoria, dilatados calores, eternos días.
Tan distantes, tan presentes. Por aquel juguete me voy desplazando hacia Rubimada, Rubimor la rubia
de miel, la ojos de luna, la cara de noche, la de pelo negro. Sucesivamente tengo seis, siete, diez,
doce, quince, veintiún años. Rubimor, laRubimada, se va transformando también, pero igual sigue
siendo la misma.

Y de eso no me había percatado nunca: sigue siendo la misma... a pesar de los años lejanos
unos de otros, a pesar de las distancias, a pesar de la cáscara morena, blanca, rubia, azabache,
siempre ha sido la misma. Entonces extiendo los brazos, estiro los dedos a la de los seis, siete,
diez, doce, quince, sin alcanzar a tocar ese rostro reclinado sobre mí, pero que al mismo tiempo se

41
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
distancia. Casi me toca cuando ya es transparente.

...

...Estoy sobre una cama de piedra, en una cueva clara sin ser luminosa, recostado, "la cueva
de la Concentración", pienso. Y tomo nuevamente en mis manos el peñasco que se enciende.
Aparece la figura de Padra Polas cuando yo era niño, el primer recuerdo sobre su hombro,
abandonado a las caricias y a un dolor de oídos... Padra Polas cuando voy al colegio... Padra
Polas: ¿por qué no me explicas esto de la vida? Padra Polas: ¿por qué no me dices cómo se
juega al juego mayor?

Padra Polas se sienta sereno y comienza a develar el secreto que se va llevando el viento. No hay
caso, escucho atentamente pero no me llegan los sonidos. La ventolera transita entre nosotros
y se lleva todas las palabras. Entonces le cuento que no le escucho bien, pero Padra Polas se va
desvaneciendo sin poder entender lo que digo... Estoy en cama dura, en cueva clara,
recostado. Tomo en mis manos la piedra y antes deque aparezca la figura, ya sé que Carlos
vendrá a mi encuentro, sonriente, con su bolsón a cuestas y me nombrará en alemán. Ya no
tengo interés en repetir la escena; lo dejo pasar. Se vuelve por si estoy por ahí, pero no
aparezco. Pienso: ¿Cómo voy a pretender hablar ahora si te dejé morir?

...

Entonces la cueva se oscurece y pierdo toda referencia. Desde el espacio negro suena una
voz profunda:

"¿En qué has fallado que en aquel mundo te transformaste en Midas mortífero, destructor de lo
querido? ¿Qué no hiciste bien que en la caverna de lo íntimo no lograste asir lo deseado?".

...

...Estoy sobre una cama de piedra, en una cueva clara sin ser luminosa, recostado. "En la cueva de la
Concentración", pienso, mientras el tiempo se termina.

Entonces tomo el pedrusco que se enciende y dejo pasar las imágenes que se suceden vertiginosas,
circulares. Veo a Padra Polas maduro, luego anciano. A Carlos corriendo con pantalones cortos y la noticia
de su muerte. A Rubimada, la Rubimor rubia, morena, luna, naranja. Veo a Padra Polas, a Carlos, a
Rubimor. Veo a... sus figuras se confunden en torno a mi cabeza y una voz me dice:

"No tomes ninguna, déjalas que circulen, se independicen. Déjalas tomar su vuelo propio. Son tuyas y no lo
son. ¿Puedes verte a ti mismo?".

En cada una de las imágenes estoy yo. Con Padra Polas soy pequeño vengo del colegio mientras él llega de un

42
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
viaje lejano y alargado; también soy mayor, estudiante serio, complicado, distante. Con Carlos somos
compañeros, amigos, apoyándonos contra un mundo hostil, pero también soy un desconocido. Con
Rubimada tengo tantas edades distintas en lugares tan diversos...

"Ese que ves eres y no eres tú. Eres en tu recuerdo, pero en este momento no es real. Es y no es real.
Estás aquí, en la cueva de la Concentración... por algo has venido... pero Padra Polas y Carlos ya
se fueron, Rubimor cambia y es tan igual. Suéltalos. Deja que esas imágenes sean dueñas de sí
mismas, mira que el tiempo se acaba".

Entonces definitivamente soy espectador de una alucinante película que circula muy rápidamente;
los personajes se confunden: de pronto está Padra Polas conversando con Rubimada; luego
Carlos sale de paseo con Padra Polas y Rubimada les regala sonrisas a ambos, mientras corren por
un campo florido. Mi figura ya no está, actúan solos, se desenvuelven en su mundo
desarticulado sin mi presencia y comienzan a danzar tomados de la mano, cantan canciones
infantiles. Se van fundiendo en vistosos colores.

...

Mientras escucho el último tam tam y el tiempo se ha cumplido, salto a la luz que lo abarca
todo.

43
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
EL HACEDOR DE CASAS

Llego un mediodía caluroso de Octubre. Venía caminando con un saco de cuero a cuestas, los zapatos
polvorientos, un poco despeinado. Entró en silencio, casi sigiloso por el camino de tierra. Se
fue hacia la plaza. Yo estaba por ahí vagando, y a mi ojo perspicaz no pasó desapercibido
este afuerino. Se detuvo bajo el palto frondoso. Mi curiosidad pudo más que mi timidez, me
fui acercando, hasta que estuve a tiro de palabra.

- ¿Qué viene a hacer al pueblo?

- Soy un hacedor de casas -me contestó divertido.

- ¡Ah! Usted es un constructor.

- No. Mucho menos que eso.

- Hacedor de casas -me quedé pensando-. Entonces usted viene donde la María Alvarez-. Miré a
todos lados esperando que nadie hubiera escuchado que yo tuteaba a la bruja del pueblo.

- No. No le construiré a nadie conocido. En verdad ni siquiera sé si haré propiamente una


casa. Veremos qué necesita este lugar y después edificaremos. Y ahora dime, amigo
preguntón, ¿dónde puedo conseguir alojamiento?

...

Llamarle pueblo a aquello era mucho. Un caserío donde vivían trescientas personas, apenas con un
camino de entrada y otro de salida, solitarios ambos como sus habitantes.

Lo Abarca, en un valle olvidado, creado por la historia y no mencionado por causa del tiemp o
inapelable, nacido de filibusteros casuales que se vinieron a este continente a perder la memoria,
mestizar indios, sembrar lechugas y tomates. Todas las familias eran Alvarez por algún lado,
entroncados con alguno prolífico, el primero, venido en el barco zozobrado a destiempo.

Hace tres siglos, poco más o menos, un galeón español, pirata de profesión, encalló en las
costas de la todavía inexistente Cartagena. Los fieros ocupantes bajaron apresurados y por
más que trataron de salir de aquel lugar perdido de las rutas marinas, enfilaron finalmente
tierra adentro, cosa de unos diez kilómetros. Viendo lo encerrado de aquel valle perdido, lo
frondoso, tal vez, de los bosques nativos, armaron sus casas con lo que pudieron, hicieron
rústicos arados y se olvidaron hasta de sí mismos. Las armas se transformaron en herramientas, las
velas fueron géneros de sábanas duras como los siete mares, los mástiles, sólidas vigas para las
casas.

44
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
La localidad más antigua en muchas millas a la redonda, y la más desconocida.

Desde su formación, a las dos de la tarde no quedaba nadie en las calles polvorientas. La gente
desaparecía tras sus frescas puertas cerradas para dormir siesta y ni los fantasmas asomaban su
nariz en las esquinas.

...

- Encallamos, capitán. Nos hundiremos.

Todo desordenado en la cubierta, los toneles de agua desparramados, el mástil quebrado


por el impacto, peligrosamente balanceado sobre las aguas; los marinos, sin tino, corriendo
despavoridos, el cascarón inclinándose cada vez más.

- ¡Capitán! Hacemos agua. Hay que abandonar. ¿Dónde está el capitán?

- ¿Dónde está?

Y la tripulación se mueve sin saber qué hacer. Nadie toma la iniciativa, mientras la lluvia cae tenaz en
medio de la niebla persistente.

- La costa está cerca. Deberíamos alcanzarla antes de que nos hundamos.

- No es cierto, estamos en alta mar. Moriremos de sed y de hambre.

- ¡Sálvese quien pueda!

- ¿Y el capitán?

Nadie se acuerda de esos hombres navegando en el fin del mundo, ahora que su barco se acaba.

¿Y el capitán dónde está? ¿Dónde está el formador de esta tripulación de buscadores de oro fácil?
¿Dónde está el contagiador de sueños que hace un año conversó con cada uno y los convenció de
irse al Nuevo Mundo donde habían mil princesas esperando, donde la tierra era pródiga, y también el
mar, el tranquilo mar de aguas serenas y azules?

- ¡Aquí, aquí! El capitán.

Mientras el agua pasa todos los límites posibles, un cuerpo de ojos brillosos acostado sobre una tabla a
la deriva, mira mucho más allá, y saluda con mano muerta mientras se sumerge en el mar.

La tripulación se desliza en los botes, trepa en maderos flotantes e inicia la última navegación, la más

45
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
penosa hacia las costas desconocidas. Ya no llueve cuando tocan la playa de arenas negras. La niebla
apenas muestra bosques que llegan al mar, suaves lomajes hacia el interior. El silencio brota desde los
corazones de cincuenta hombres perdidos en la extremadura de todos los extremos.

Al mes, cuando el tiempo mejora y se ha tomado contacto con los pacíficos nativos, haraganes,
perdidos como ellos mismos, g e n t e de piel oscura que viven en familias numerosas, deciden
no ser nunca más gente de mar. Parten apenas mediodía rumbo al interior. Así se quedan
atrapados entre dos mundos. Los fantasmas del futuro serán alternativamente campesinos y mar/nos
de ancho mar.

¿Por qué se llama Lo Abarca si todos son Alvarez desde el tiempo de ¡os piratas?

...

Recién llegado, el hacedor se transformó en leyenda. Nadie sabía exactamente a qué había
venido, cuánto tiempo se quedará, cuál era su pasado. Sin embargo, no se había aislado.
Entraba y salía de las casas de los vecinos conociendo, preguntando, midiendo el silencio de las
respuestas.

Arrendó una pieza donde Pavez, el pobre. Quise saber por qué precisamente se había ido
donde él si allí no había comodidades, ni siquiera muebles, el piso era de tierra endurecida,
las paredes de barro sin pinturas.

- Lo único que hay -dije- son pulgas.

- ¿Quién tiene más necesidad -me preguntó- Pavez que es el último, o la María Alvarez, dueña de
la tierra?

A los dos meses desapareció de los lugares de reunión habituales. Se lo veía más por los
montes o en los caminos cercanos.

Una vez, mientras iba tras los caballos, me lo encontré mirando hacia las casas. Me acerqué a
saludarle. Sin molestarse en contestar, me dijo:

- En la formación de las ideas y emociones de la gente es más importante esa molienda de


trigo oxidada, que la empinada cuesta de Lo Abarca, aunque ellos piensen lo contrario.

Como no entendía, continuó:

- El lugar en que uno vive forma el pensar, el sentir y el hacer de la gente. El paisaje proporciona una
forma de ver las cosas, y una creencia acerca de la vida. Las leyendas de los pueblos de las selvas,
por ejemplo, se parecen entre sí, no importando las distancias o el tiempo. Lo Abarca está en

46
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
un hoyo. Para nosotros en la cumbre, los habitantes son como hormiguitas. La hormiga don
Mario sale de su casa, la hormiga Estela conversa con la hormiga Pepa.

Fuimos creando la historia presente del hormiguero, viendo qué hacía cada uno de los insectos;
llegamos a la conclusión que el afán propio de cada día se parecía enormemente al de otro, así
desde el nacimiento a la muerte.

- Lo Abarca es un hoyo, el pueblo sabe y siente estar en un lugar del cual es difícil salir. El mar está
a siete kilómetros y hay quienes no lo conocen. Esa pequeña molienda corroída les demuestra
que el tiempo pasa, y que las grandes tareas son difíciles. Están metidos en la imposibilidad.

- ¿A esto viene usted a los cerros todos los días?

-Sí-

- ¿Y cuándo va a construir?

- Primero hay que estudiar.

...

Tiempo después el forastero causó revuelo. Había comprado trescientos troncos secos en lo de
Pantaleón, una puerta ancha del tiempo de la fundación a Pérez, clavos donde Ramírez, vidrios
y otros materiales para co nstruir en otras casas. Parecía haberse empeñado en utilizar
elementos de cada una de las moradas del pueblo. A la larga aquello me pareció lógico, con
esa extraña razonabilidad que aprendí de este raro señor.

Montó su pequeña fábrica a los pies del cerro mayor, cortó los troncos haciéndolos tablas;
repasó, aceitó y barnizó la única puerta; limpió, pulió los vidrios y algunos los pintó con una
materia extraña que despedía fuertes olores; talló unas figuras en piedras, doce al final, y en
un tronco gigante que trajo en carreta de bueyes ahuecó la forma de un ser humano en tamaño
natural, de manera que uno podía pasar a través de él, caminando sin mucha prisa.

Por esa época fui a verlo al cerro. Apilaba materiales con mucho trabajo, e intenté ayudarle.

- ¡Ni por nada! -me dijo.

Como yo le mirara sorprendido, me explicó:

- En esta parte, la de la obra, el hacedor debe estar en completo silencio, total soledad y sólo
él en relación con lo que hace.

47
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
Entendí que me debía retirar.

- Mal que mal, has sido mi mejor amigo. Me gustaría hacerte un regalo; va a transformar tu vida.
Algo bueno que salga de aquí -se rió-. Ven a verme en tres meses más. Exactamente el quince
de Octubre, cuando se cumpla un año desde mi llegada. Recuerda, el quince de Octubre, un
día después del catorce que ya será muy importante. Tal vez te invite a entrar a la construcción.
Para ese entonces ya estará terminada.

Cada palabra estaba cargada; sus ojos chispeaban maliciosos. Lo perdía como amigo porque
había adquirido en ese preciso instante una dimensión infinita. Era el mismo pero no era, y nunca
más podría verlo como hasta ese momento. Sintiendo sus ojos en mis espaldas, bajé casi
corriendo.

Los primeros días estaba ansioso. Por las noches no podía quedarme dormido esperando el paso
del tiempo. Julio, Agosto, Septiembre... Al insomnio se unían pesadillas, despertaba
sobresaltado.

Eso duró un mes. Después olvidé todo, hasta al forastero trabajando allá arriba. En verdad, la mala
memoria se apoderó de todo el pueblo y no se habló más del personaje, como si nunca hubiera
existido. No lo recordé hasta el catorce de Octubre, el día más importante de mi vida, si no
hubiera existido el quince, como había dicho.

Desperté temprano ese día. Alguien me llamaba por mi nombre, suavemente. Abrí la ventana.
Pensé que el sonido venía del patio, pero no vi a nadie. Me vestí, salí afuera intentando no
hacer ruido. No encontré a persona alguna. Me metí de nuevo en la cama. Apenas cerrados
los ojos, escuché otra vez la voz. Era el forastero.

- ¿Dónde está? No le he visto a pesar de buscarlo.

- En la construcción. Está terminada.

- Eso es imposible. ¿Cómo oigo a tanta distancia?

- Me comunico directamente con tu cabeza. Levántate y anda hasta el río, báñate en él. No
lleves nada, aunque no volverás más a tu casa.

Me paré con sigilo. Cuando iba en el patio eché la última mirada atrás; luego me introduje en la
oscuridad y el silencio. Los perros, de quienes temí que ladraran despertando al vecindario, me
acompañaron hasta la salida del desierto pueblo. Sólo movieron sus colas y saludaron con
estornudos.

En el río me sumergí tres veces, según las indicaciones. Tiritando me puse las mismas ropas. No

48
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
debía probar bocado ese día; agua, apenas la necesaria, hacer esfuerzo físico. El resto del tiempo
me lo llevé subiendo y bajando lomas, recorriendo el valle, cuidando de no toparme con nadie.
Sólo al anochecer me acerqué al pie del cerro de la construcción. La luminosidad era difusa, caminé
con cuidado. La llegada al lugar convenido estaba llena de dificultades salté troncos dispersos,
pasé bajo ramas de árboles, me urtiqué con zarzas. Tratando de saltar una acequia, caí en ella por
mal cálculo; quedé pestilente, olor a barro podrido. Un enjambre de zancudos acudió
prestamente a mis brazos y a la cara que estaban al descubierto, multiplicándose las picazones.

- Es por acá -el constructor me llamaba orientándome; la sorpresa se había roto. -iQué hediondo
estás!- me dijo tapándose las narices con los dedos.

Mientras nuevamente me desnudaba para echarme unos cubos de agua fría y sacarme la
porquería, acotó:- No es necesario que te apures. Tenemos tiempo.

- ¿Tiempo para qué?

- Tú no hables. Contesta sólo cuando te lo pregunte. ¿De acuerdo?

- Sí, pero no entiendo.

- No es necesario.

Cuando terminé con el lavado m e acerqué a una fogata crepitante, de tibio calorcillo. Lanzaba
chispas al cielo negro.

- No te he dicho por qué te he invitado a esa construcción extraña, unos treinta metros cerro arriba.
Tal vez la más rara que hayas visto jamás. Nunca sabrás si lo que se hizo ahí fue una casa
estrambótica, una biblioteca, a lo mejor una iglesia de un culto hermético. Nada de eso o a lo mejor
una mezcla. Desde afuera es apenas un cubo gris de madera. Se entra por un extraño túnel con
unas inscripciones inentendibles. Una vez que penetras allí, todo puede suceder. Y cuando digo
todo, es todo. No me pidas explicación; no la daré. Para ver lo que pasa allí, primero debes aceptar
la invitación a entrar, después prepararte, y por fin, tener gusto por la aventura. Disponerse a un
cambio notable en la propia vida. Ahora yo te invito... puedes pensarlo, tómate un tiempo.

- Sí-dije de inmediato-. Acepto.

- Puedes arrepentirte luego, y ya sería demasiado tarde...

- Acepto.

- En tu lugar lo pensaría dos veces.

49
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
- Acepto. No pierdo nada.

- Entonces debemos conversar. Aprovechemos de separar lo que es de lo que no es.

Miré con cara de larga interrogación que no fue tomada en cuenta.

- ¿Qué tal te trata tu tía?

- Mas o menos; así tiene que ser, supongo. Ella por su lado, yo por el mío.

- ¿Y tus padres?

- Apenas un vago recuerdo de él. Yo estaba muy chico cuando desapareció de mi vida. Mi
madre... nunca he entendido por qué no me llevó con ella cuando se fue al sur.

- ¿Y de tu niñez qué?

- La vida igual a la de ahora. Siempre Lo Abarca. Amigos que se van a la ciudad. Tardes largas,
sobre todo cuando era muy chico. A la tía la recuerdo incómoda con mi presencia. ¿Cosas
importantes? Cuando me botó el caballo de Serafín; también me dio la peste y estuve a punto de
morir, dicen. ¿Mujeres? como todo el mundo -y me reí.

- ¿El futuro?

- No sé. Irme a la ciudad, quedarme.

- En cuanto sea la medianoche subirás solo. Te vas a encontrar con un túnel, por allí debes
entrar. Un poco más arriba llegarás a unas piedras talladas en el suelo. Písalas una a una, al final
habrás dado doce pasos. Si la oscuridad todavía te lo permite, míralas con algún detenimiento, no
demasiado porque no es eso lo que importa. Trata de entender su significado. Si no te dicen
nada, tampoco te preocupes. Cuando se acaben las piedras ya estarás adentro. Lo que
entonces suceda dependerá de ti, de tu vida pasada, de lo que descubras para el futuro. No discutas
los sucesos y tampoco tengas miedo, sería un error. Temer es una trampa que nos han fabricado
para imponernos ideas, sentimientos, formas de vivir que no son las deseadas. Concéntrate
solamente en el viaje.

Nos fuimos quedando mudos. Fijé la vista en el fuego y en la danza de las llamas. Era como si
mágicamente hubiera desaparecido el mundo, y tras la oscuridad circundante nada existiera, ni
siquiera el tiempo.

- Atiende -me dijo mientras se incorporaba-. Aprovecha este momento. Recuerda: aquí y ahora.
Nada más interesa:

50
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
Entonces escuché ranas y grillos; descubrí la suave brisa sobre hojas imaginarias; miré cómo el
humo se elevaba lento hacia los cielos; las estrellas distantes en una noche sin luna. Descubrí
también que no tenía miedo, sino una suave excitación; que mi mente buscaba otrasfogatas y
otras noches a pleno campo, pero que esta no se parecía a ninguna . El hacedor se había ido
hacia el lado oscuro, mis oídos lo habían seguido por una veintena de pasos hasta que había
desaparecido. Yo estaba solo en aquel lugar, a las puertas de no sabía qué y recordé la casa, mi
habitación, mi cama.

También a mi tía, e imaginé su cara cuando se dio cuenta de mi desaparición.

Sentí la voz fuerte a mi lado y me sobresalté. Había estado dormitando.

- Cuesta mantener la vigilia. ¡De pie! Son las doce y en medio de la noche, según los humanos,
ya ha comenzado un nuevo día. ¡Hora de subir!

Te detendrás en todos los lugares interesantes, buscando tu velocidad y tu tiempo .Cuando entres en
la construcción verás un mueble, medio ataúd, medio cama. Podría ser el equivalente del sarcófago de la
cámara real de la Gran Pirámide; no hagas caso de esta estúpida relación. Tiéndete un momento
allí. Cuando aflojes tu cuerpo y liberes la mente, el viaje habrá comenzado.

Sin preguntar nada subí por la ladera hacia los arcos que formaban el túnel. Allí estaban los
escalones. En el pórtico de entrada decía: "Los doce pasos". En el primero había esculpido un título en la
piedra, "La condición", y tenía, como todos los otros, cuatro dibujos, uno al lado de otro. Al principio
pensé en un relato cuya lectura era de izquierda a derecha, pero en verdad, por el tipo de
textura, más bien tenía relación en columna, correspondiéndose cada dibujo con el del escalón
superior. Sin embargo la secuencia se me perdía. La primera figura de la derecha representaba a
un hombre y una mujer separados, en la de más arriba, dos danzarines de espalda con una zona de
contacto a lo largo de la columna vertebral, en la tercera dos figuras humanas coincidentes en torno
a un eje, y en la siguiente una persona con las manos extendidas la derecha a una serpiente
negra, la izquierda a una blanca. ¿Qué relación podía encontrar? Como no las entendía me
demoré, pero en seguida, recordando lo encomendado, retomé el camino. La puerta, al final de
los escalones, era maciza, dura, tallada con muchas figuras, flores, trazos elípticos, circulares,
todo tipo de curvas sinuosas. Empujé y los goznes despertaron el sonido de los siglos. Sin saber
cómo, el recinto estaba tenuemente iluminado. No habría podido adivinar el largo, el ancho, ni su
altura. Me moví con sigilo, cada sonido se mul tiplicaba secretamente, deformado por cavidades
desconocidas para mis ojos.

Me acosté dispuesto a relajarme, tal como habían sido las indicaciones. Justo en el medio entre el
sueño y el estar despierto, en esa franja de extraño semisueño, comenzó todo. No podría decir
si lo que vi estuviera exactamente afuera, o la construcción poseyera la perfección completa y ella
contuviera ese extraño, complejo mundo al que accedí, pero tampoco podría asegurar si todo lo
vivido haya sido producto de mi imaginación. Rec orrí los espacios, los sufrí, los gocé; lo

51
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
tocado, tocado fue, y lo reído también.

Cuando me acostumbré a esa oscuridad, logré distinguir una mancha blanquecina frente a mí. Me
incorporé para mirarla mejor, pues me pareció que oscilaba muy lentamente hacia un lado y otro. La
mancha habló:

- Soy sin duda, el guía de estos lugares. Sin mí, correrías el peligro de perderte en intrincados laberintos.
Define mi cara, pon color en mi piel, acaba mis manos, modela mis uñas. Porque yo tendré el porte,
la tez, la prestar ¡da y la edad que imagines, pero deberás también saber que ningún rostro es el mío, ni
siquiera pertenezco al mundo de lo masculino o lo femenino. Tengo todos los físicos posibles, y me
muevo como el aire que no tiene forma. Me dicen de mil maneras, y no poseo nombre. Mi edad es
la del ser humano... Te equivocarás si me piensas como un espectro o un alma desatada de un
cuerpo. ¿Quién seré esta vez? ¿A quién me debo parecer o a quiénes?

En mi cabeza se compusieron y descompusieron imágenes, se crearon, se hicieron nada.


Finalmente unas fueron concordando con otras, superponiéndose, consiguiendo el volumen de
una persona de rara sabiduría, bondad risueña, y fuerte como roble.

Si bien yo me había sentido extraño en aquel lugar, ahora estaba lleno de confianza. Me levanté
en cuanto hizo un gesto.

- Ven, acércate. En nuestro viaje bajaremos por oscuros pasadizos, después vendremos a este
mismo punto de partida, y en seguida subiremos. ¿Ves esta tapa de madera en el suelo? Levántala
desde la argolla con todas tus fuerzas, porque lo de abajo se resiste a ser descubierto, pero tú
debes vencer. Llévate esta antorcha, tal vez esté muy oscuro.

En el piso, efectivamente, había una tapa de madera con una gran argolla metálica. Tiré con
todas las fuerzas; lentamente la fui deslizando a un costado, hasta caber por ahí para el descenso.
La oscuridad y la humedad de abajo no eran tranquilizadoras, pero la aventura teñía este viaje
de locos. Me deslicé sin pensar. Había una escalera algo endeble. Puse allí mis pies, y mientras cedía a
mi peso balanceándome tenuemente, fui bajando con temor de que lo desconocido me subiera
por las piernas. Diez escalones más abajo me encontré con terreno firme, duro, casi rocoso.
Agarré fuerte la antorcha y la encendí frotando un pedernal.

A mi lado estaba el guía, divertido con mi cuidado, aunque a mí no me parecía aquel un lugar para la
chacota.

La cueva era pequeña, de unos siete o diez pasos, casi claustrofóbica para mi gusto, sus
paredes impenetrables. Escuché la sonora voz del guía que preguntaba:

- ¿A dónde lleva este lugar?

52
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
- No sé. Mi voz produjo ecos cada vez más lejanos.

Varias veces repitió la pregunta, y todas di la misma respuesta al vacío. - No sé; no sé; no
sé... Hasta que se devolvió una respuesta confundida con mis propias palabras: la voz de un niño,
un estridente grito desgarrador:

- Sí... sé... no... sé... sí... sé...

El sonido se quedó suspendido en el espacio y en ese tiempo irreal.

Mi acompañante dijo:

- Ese es quien tiene esto detenido, debes ir tras él.

En cuanto di un paso todo cambió, transformándose aquello en un túnel inclinado; avancé


con mucho cuidado para no caerme por la pendiente. Las paredes estaban musgosas y
húmedas. Pisaba barro. Mi antorcha se oscurecía presionada por vientos que aparecían y
desaparecían de pronto. Cuando se apagaba, logré divisar a lo lejos el resplandor de una lámpara,
hacia la que me dirigí con determinación.

Debajo de la luz mortecina de una vela incrustada en la roca y protegida por un vidrio, había una carta
amarillenta. Presioné el vidrio contra la pared y fui empujando el papel, hasta que logré sacarlo. La
carta decía, escuetamente:

Pago del rescate = la unión de dos mundos. Este es el tratado de los siete sellos. Se deberá
usar para el libre tránsito de los de arriba hacia abajo y viceversa.

Después venía el relato de la vida de no sé quién porque las letras se iban haciendo ininteligibles.
Cuando escuché un sollozo lo guardé y continué mi camino en busca de esa voz lastimera. Donde
el túnel se ensanchaba en una cueva, llegué a destino. Asilo supe, por lo que vi allí. El guía estaba a mi
lado y me preguntó:

- Con medio secreto descubierto -señaló la carta- ¿estás dispuesto a entender la otra mitad?

- Sí, estoy listo.

Entré a un lugar débilmente iluminado con tres candelabros sobre una mesa. En ella, sentado
mirando hacia adelante, un anciano distraído. En un rincón un niño acurrucado, lloraba.

- ¿Qué le pasa a este niño?

- ¿Quién eres tú para preguntar? -respondió el anciano con la vista en el vacío.

53
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
- No sé, pero pregunto.

- Yo solamente lo cuido.

- ¿Y por qué no lo dejas salir?

- ¿A dónde iría una criatura como esta? No tiene casa ni destino. Está detenido eternamente en
los cuatro años, y de ahí no podrá avanzar ni retroceder.

Yo le miraba hecho un ovillo en el suelo. Su pena profunda me conmovía, y quería hacer algo.

- ¿Si intentara llevarlo conmigo?

- ¡Imposible! Sólo hay uno que tiene la llave y el secreto. Hasta ahora, nunca ha venido por aquí.

- Pero no puede seguir sufriendo de esta manera.

- Si tú fueras la persona, deberías traer el pago por su rescate.

Entonces recordé la carta y se la pasé.

- ¿Sabes cómo se llama este niño?

- No.

- Pirigüín.

- ¡Pirigüín me decían a mí cuando chico! –exclame extrañado.

- Entonces eres la persona, recuerda.

- ¿Qué?

- La carta habla de la unión de dos mundos y relata un cuento que no se entiende. Seguramente lo
conoces tú.

¿Un cuento? Aquello era demasiado extraño. ¿Cómo empezaba? ¿Cuáles eran los personajes? La
Tortilla corredora, Caperucita Roja, Alicia en el País de las Maravillas, relatos de piratas, historias de muertos
y aparecidos en los campos de Lo Abarca, una vez a un Alvarez se le alivianó tanto la carreta que se fue al
cielo... iba enumerando en voz alta, apretada, convulsiva y el anciano negaba con la cabeza, mientras el
niño de cuatro años gemía en el rincón. Me hinqué a su lado. Le comencé a hablar en el oído, lento y
cariñoso. Los sollozos se cortaron y quedó mirándome con ojos redondos, inmensos.

54
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
- A ver, Pirigüín, dime qué pasa.

- Se fueron y me dejaron... la estrellita.

- ¿Qué estrellita? ¿Quiénes se fueron?

-Ellos.

- ¿Quiénes ellos?

- ...la estrellita me la había dado mi papá, se olvidó, se la llevó para siempre.

Entonces fue como la certeza de un rayo dándome en la cabeza. Los recuerdos comenzaron a danzar
circularmente en torno mío: mi padre había salido de una vez de la casa, ni sé dónde vivíamos,
ciertamente no era Lo Abarca... Un padre de quien ni siquiera recordaba el rostro, ahora se
acercaba a mí para despedirse, yo lo abrazab a, abracé, abrazaré nunca jamás, y partió por
última vez, un padre de quien nunca más me hablaron, con cuya desaparición comenzó mi
soledad, la dureza de la vida, la lucha diaria a los tres años. En esos días me había regalado una estrella
azul, un simple recorte de cartón, pero era mía, era mi tesoro; él la tenía en ese momento en su
bolsillo, no supe decir "déjala, no te la lleves", desaparecieron juntos estrella y padre tras la
esquina. Corrí tras él, escuché el frenazo del auto, un golpe seco, un zapato volaba y caía,
describía curvas en el aire, se posaba en el pavimento duro, un zapato café lanzado al vacío,
estallaba en el suelo, un zapato único. La gente acudió. Alguien me tomó y me llevó a la casa.
Todos hablan apresurados, se van. Todos se van. Quedo en el recibidor de la casa antigua solo,
mientras le tomo el peso al silencio mientras lo escucho, un silencio cargado, un silencio que da
pánico. Me siento, me acuesto, me hago un ovillo como ese niño en la cueva, lloro preguntando
por qué me han dejado solo, qué ha pasado afuera, quiero mi estrella azul. Por qué nunca me
hablaron de esto, tal vez hubieran evitado mi soledad, mitemor. Tal vez habría sido más
sonriente, por qué nunca me dijeron.

Cuando abrí los ojos, el niño me miraba.

Le ayudé a incorporarse, mientras daba a entender que quería salir hacia arriba. El viejo me dijo
que era correcto, la deuda estaba saldada. Lo conduje un par de pasos y se me adelantó,
conocía el camino. "Allí va un niño rescatado", pensé.

Mientras estaba indeciso por el rumbo a tomar, el guía me animó:

- Mala cosa es dejar un viaje inconcluso. Y me mostró la pendiente rocosa, inclinada hacia las
profundidades.

Decidí descender, y hacer el trayecto lo más rápido que permitía el terreno en peligroso declive. El

55
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
agua musgosa de las paredes se juntaba en el piso, y varias veces resbalé, con el temor de ser
succionado hacia el abismo. El aire se iba entibiando. Después de mucho, el camino se puso recto
y el lugar se amplió. Una luminosidad difusa pro venía de adelante e iba poniendo las paredes
rosadas. A ratos se distinguían destellos de minerales en las rocas. Por fin, al fondo, vi el fuego
que se erguía por todas partes. Dudé y me senté a ver el espectáculo, mientras el calor se metía en mi
cuerpo. Estaba vestido de pastorcillo griego, apenas tapado por unos cueros de oveja blancos muy
lanudos. Todo me impulsaba a seguir, pero aún estaba indeciso. Desde atrás se me acercó una
figura. Era el guía a quien pregunté:

- ¿Por qué estoy en la duda?

- Tienes que prepararte para la fiesta. El tuyo es en verdad un bello traje, muy adecuado, pero
también te debes purificar -me indicó un arroyo que brota de la piedra, y en el que no había
reparado antes.

En cuclillas, bebí de las aguas cristalinas. Me pasó unas ramas de sauce para h acerme un
sombrero.

- Si has llegado hasta aquí, es porque eres sabio. Ellos se coronan con alegría. Ahora baja y súmete
en el fuego.

Entonces me acerqué al lugar. Estaba muy claro el límite del fuego. Justo antes de entrar alguien me
dijo:

- ¡Párele amiguito! -entre las llamas pude distinguir a dos duendecillos vestidos divertidamente como
arlequines, con trajes naranjas y amarillos. - Nosotros somos los cuidadores del lugar y nuestra
misión es impedir el paso de cualquiera. Sobre todo el tuyo. -Y se pusieron a reír.

- Debo pasar.

- ¿Y por qué te habríamos de dejar? Muestra tu entrada.

-N o tengo.

-Que se la busque. Sino, no hay pasada-hablaban entre ellos.

Trajiné mis ropas, y de nuevo apareció la carta. Se las mostré, triunfal.

- Lea el cuento.

- Pero si no se entiende -me defendí.

56
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
- Entonces, lea el cuento que no se entiende-. Y rieron de buena gana.

El texto se comprendía, pero de mi boca salían sonidos guturales que me provocaban mucha
vergüenza, y a mis interlocutores gran diversión, tanta, que se revolcaban en las llamas. Cuando no
podían más, uno me dijo:

- Tienes el papel al revés, por eso no te salen bien las palabras.

Di vuelta el texto, pero si bien ahora podía hablar, no lograba leer pues lo escrito estaba de
cabeza; eso volvió a causar la hilaridad de los arlequines.

- ¿Acerca de qué trata el cuento? -preguntó uno, tratando de ayudar con sonrisa maliciosa.

- Del amor -dije, pues recordaba haber visto la palabra un par de veces.

Entonces los duendecillos desaparecieron. Con un par de pasos estuve en medio del fuego delicioso
que me envolvía con sus figuras fantasmales danzando por todas partes. Mi cuerpo se comenzó a
mover casi con independencia de mis intenciones, y seguí el ritmo sinuoso de las llamas. Una figura
enigmática se me acercó. "Sin duda, una mujer", pensé, sin poder averiguar sus formas. Danzó
en mi entorno arrebatadoramente. Mi deseo era abrazarla, apenas tocarla, pero mientras más
esfuerzos hacía por acortar distancias, más ligeramente huía. En una vuelta lentísima, eterna, pues me
parecía que el tiempo había desaparecido, sin intentarlo siquiera, palpé el ruedo de su posible
vestido, y entonces desapareció. En ese caso consideré que lo del fuego ya estaba bien. Antes de salir
aspiré el calor, la luz, la vida que allí se respiraba llenándome de energía.

- ¡Sin mirar atrás! -el guía me esperaba a la salida de las llamas. - Ahora vamos en camino de
subida, no vuelvas la vista. Recuerda la leyenda de los que se convierten en sal cuando miran
atrás. Ahora es todo futuro, estás en la base misma.

Comencé mi ascenso reptando por la piedra musgosa y húmeda, arañando en la pared de roca,
alejándome del calor del fuego, pasando a las regiones sombrías. Por fin llegué al lugar donde había
rescatado al niño. El anciano, relajado, m e saludó con la mano extendida. "Alguna vez me
rescatarás a mí", me dijo. El lugar estaba más luminoso que antes.

Continué el viaje apurando el paso, pues ahora nada novedoso se esperaba de un lugar que
había sido tan importante en la bajada. Por fin llegué arriba, a la cámara del comienzo, el lugar de
la entrada.

- Debes ir por el camino del ascenso -me dijo el guía- pues el viaje ha de completarse. Ahora estamos
en el medio, si sales por la puerta que entraste te encontrarás con el mundo de lo cotidiano. Pero
debes marchar a lo inesperado, a lo nuevo. Ese es el mundo de arriba, de lo que todavía no llega.

57
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
Subí por una escalera en espiral circundando un solo espacio central. El ascenso era por un
largo cilindro, en torno al cual los peldaños se desarroll aban. No había aberturas, ventanas, ni
nada que se le pareciera. El lugar, alto, parecía no tener término. La baranda de pronto
desapareció, los escalones se estrecharon. Fui midiendo cada paso, calculando dónde poner los pies.
Adivinaba en la oscuridad el vacío que me esperaba si caía. A tientas, ni siquiera las paredes estarían
en el paso siguiente, pensaba.

Al final llegué a una cúpula de vidrio. La semiesfera me devolvió la imagen de una noche estrellada,
sin luna, millares de mundos pequeños y luminosos suspendidos en el espacio. Pegué la nariz al vidrio
curvo, maravillado por ese espectáculo. Recorrí la cúpula por dentro, siguiendo una cornisa circular, me
aferré a un orificio de mi porte en el cristal, que comunicaba con un puente de madera, atado co n
unas cuerdas a la construcción por un lado, y a una montaña por el otro. Con sorpresa descubrí
en la cima del frente la figura del guía que me había precedido, recortada contra el negro del
firmamento.

Salí del lugar y me aventuré en el puente. Se cimbreaba con cada paso. Una brisa misteriosa nació
entre el edificio a mis espaldas y el monte. Mientras dudaba si devolverme a lo seguro, apreté el
paso recordando la figura que me esperaba al otro lado. Sentía lo inexorable, el peligro, la
aventura, también el destino.

Cuando pasé, corría la cima unos veinte metros. El guía ya no estaba, pero no cabía duda que debía
esperar en ese lugar, no sabía qué, pero ni por nada improvisar.

...

Hasta aquí llega mi relato. Lo que después pasó no se puede contar no es traducible, ni me
alcanzan las palabras para decir lo sucedido cuando llegó el día y el sol salió, de los rayos por los
que subí, de lo que pasó en mi respiración cuando entré en él, sí, al sol mismo, del viaje
que después hice, cuando descubrí la noche transfigurada, el otro mundo, el volumen, la
percepción de que el espacio efectivamente "es", como nunca antes lo había percibido, y que
el tiempo también "es", pero distinto, muy distinto a como creía; tampoco serviría relatar el
latido, cuando el corazón pareciera que se va a salir, y actúa con total independencia, como si se
estuviera quemando, acelerado en una caja pendular, al medio del pecho, y el mareo, el
mareo en que el mundo gira, o la cabeza, o ambas cosas cuando uno es el centro de todo y al
mismo tiempo no existe de la manera habitual ni sé de colores que pudiera describir, porque
todo cambió, ni de sonidos traducibles, porque todo cambió, ni de sentimientos, pues no se
pueden expresar. Todo cambió, hasta la sensación de mí mismo. Ni podría rela tar las
comprensiones de ese momento, ni los descubrimientos, ni los encuentros de lo que creía
perdido par a siempre, porque, como digo, todo cambió, todo cambió, todo cambió,

TODO CAMBIO

58
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
y después vinieron los caminos desandados, fui haciendo el trayecto al revés, hasta llegar a la
montaña, luego a la cúpula, bajé por la escalera de espiral hasta la cámara de abajo, la de la
cama, que ahora sólo era un cómodo sofá, y salí afuera por la puerta y el túnel. Ya no estaba
el pueblo perdido llamado Lo Abarca, porque no era necesario, ni pisaba el ceno conocido
desde mi niñez, porque no era necesario,

ni respiraba el mismo aire, porque no era necesario,

ni lo hacía de la misma manera, porque no era necesario,

ni me inquietaban las cosas, porque no era necesario,

ni tenía pasado, porque no era necesario,

ni tampoco futuro, porque no era necesario,

ni tenía nombre, porque lo estaba cambiando, porque todos eran mi nombre y no me llamaba de
ninguna manera, porque nunca más sería como había sido y el futuro había que construirlo.

59
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)
Con estos relatos, JUAN CHAMBEAUX define varios mun dos, o bien uno diverso,
amalgamados en esta obra que recibe su nombre del octavo cuento, Quintaesencia.

En estos 14 relatos, que van del cuento corto de 5 frases hasta los de más de diez páginas,
se describen situaciones de fuerte suspenso, a veces imprevisibles en su culmina ción, o
francamente maravillosos.

La ficción se desarrolla en torno a una mujer que se mul tiplica, un hombre que no puede
dejar de trabajar, un extraño alquimista que guarda el secreto de la eterna juventud en una
botellita verde, alguien que realiza un viaje que cambia su vida, etc. Son escenarios, épocas,
condiciones muy distintas, incluso los giros que toma la narrativa varían de acuerdo a lo que
el autor desea expresar.

Esta obra, seguramente irrumpirá en el escenario de la literatura nacional, abriendo temáticas


de raro uso, fijando personajes extrañamente conocidos.

60
Quintaesencia, Juan Chambeaux (1992)