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Veinte metros por debajo de Trafalgar Square, el tren se dirigía hacia el sur acentuando su ángulo de inclinación mientras se disponía a pasar por debajo del Támesis. Era la hora punta de una tarde de viernes extrañamente cálida para ser octubre. El vagón abarrotado olía a calor humano y a agua no precisamente de colonia, un compuesto aromático de perfume barato y axilas sudadas. Las ruedas chirriaban. Las conversaciones se entrecruzaban. El sonido rítmico de los auriculares llegaba de todas partes, como un coro de grillos invisibles. Molly Clearwater estaba a media distancia de las puertas del vagón, apretujada entre un casposo hombro masculino y una enorme mochila, agarrada de un asa metálica para no caerse. Entre los pies sostenía una maleta pequeña y gastada. Tenía un libro de bolsillo abierto a pocos centímetros de la cara, pero no estaba leyendo. «Una estúpida secretaria.» Así es como la había llamado Malcolm. Aquellas horrorosas palabras resonaban una y otra vez en su cabeza e, inconscientemente, levantó la barbilla y se echó un mechón de pelo hacia atrás, como una nadadora saliendo del agua. No era una «secretaria». Y lo que más le gustaría saber era cómo podías llamar estúpida a una persona con un excelente en lengua y literatura; aparte de una mención especial por su disertación (La novela gótica: de Radcliffe a Daphne du Maurier). La imagen de Malcolm, con su traje de marca y aquella sonrisita de superioridad al volante de su mono-volumen deportivo, leyendo el Men's Health, controlando sus inversiones, hablando por el móvil y con el pelo engominado la ponía enferma. Aquel tipo ni siquiera era capaz de escribir «Shakespeare» sin equivocarse. Le resultaba patético recordar lo contenta que se había puesto, hacía seis meses, por haber conseguido el trabajo. Se acabó vivir en el pueblo y que su madre la llevara a todas partes canturreando viejas canciones por el camino. Se acabó trabajar por una miseria en Bloom'n' Veg en Minster Episcopi, la ciudad más aburrida del mundo. ¡Era una señal del destino! Con Abigail, su mejor amiga, salieron a celebrarlo al Horse and Groom de la calle principal, y acabaron tan borrachas que Molly apenas podía pedalear para volver a casa. Abigail era esteticista (pero de las buenas) y había tenido una visión mágica del futuro de Molly: ropa cara, cortes de pelo con estilo, restaurantes de Notting Hill, bares del Soho, y hombres sofisticados cuya idea de salir una noche no era ir a un MacDonald's y darse el lote en el coche. La ascenderían, tendría su propio despacho, y viajes de trabajo. (¡Menuda ironía!). El puesto de trabajo era para el departamento de marketing, y en el anuncio se especificaba que estaban buscando a una persona creativa, con formación universitaria y facilidad de escritura. «Pon en práctica lo que sabes», le había dicho Malcolm Figg en la entrevista. A Molly no le importó que fuera una empresa farmacéutica en lugar de algo con más encanto. Lo importante era que tenía trabajo. En Londres. Había dado el gran salto, ahora venía lo bueno. Al principio, todo parecía una aventura increíble; tener que coger el tren cada día para ir a trabajar, recibir bolígrafos y clips de colores gratis y tener un fajo de tarjetas de visita con su nombre impreso. Decidida a triunfar en su primer trabajo decente, acataba todas las órdenes de Malcolm sin rechistar, por incomprensibles que fueran. Se levantaba de la silla cuando lo oía gritar: «¡Eh, tú, como te llames!», iba corriendo a la cafetería a buscar un capuchino, respondía a las llamadas diciendo que el señor Figg no estaba cuando estaba, y que estaba cuando no estaba, pasaba al ordenador páginas y páginas llenas de jerga médica escrita a mano, e incluso (cuando lo pensaba ahora se ponía mala), llamaba al taller para que le dieran día y hora al señor Figg para la puesta a punto de su adorado coche, un servicio completo. Bombardeaba a todo el mundo con preguntas inteligentes, y luchó mucho para que la admitieran en las Reuniones de Progreso, que se celebraban semanalmente a puerta cerrada y que, para su desgracia, resultaron ser un interminable catálogo de tareas que todavía nadie había hecho. También hubo momentos bochornosos, sobre todo en Semana Santa cuando le había dado al botón equivocado del ordenador y había enviado a toda la oficina una felicitación electrónica que le había enviado su madre, con margaritas que bailaban y un conejo cantando I just called to say I love you [Te llamé sólo para decirte que te quiero]. Y a lo mejor se había excedido con las referencias literarias en la nota de prensa del Trepazamine, aunque,

personalmente, seguía pensando que «¿Te atreves a comerte un melocotón?» era un titular descaradamente original para unas pastillas para la indigestión. Sin embargo, lo importante era que había trabajado muy duro, había puesto todo su brillante ingenio en cada tarea, por trivial que fuera, e incluso se había quedado en la oficina durante los meses de verano mientras los demás se habían ido de vacaciones, volviendo con aires de superioridad, morenos y con muchos álbumes de fotos. Hasta que por fin le llegó la recompensa, algo que sabía que sucedería. Hacía cerca de un mes Malcolm la había llamado a su despacho, una pecera de cristal. Apartó la mirada de su salvapantallas de los Simpson, la miró de arriba abajo, masticó en plan macho el chicle refrescante y dijo: —Hablas francés, ¿verdad? Molly, a quien la pregunta cogió desprevenida, lo miró tan desconcertada como si le hubiera pedido que le arreglara el carburador. —A menos que seas una vaca mentirosa —añadió Malcolm, agitando un documento que ella reconoció como su propio y exagerado curriculum. —Ah, francés —dijo Molly, intentando sonreír—. Oui. Bien sur. —Tengo una presentación en París —le explicó Malcolm—. Es una conferencia médica muy importante, el primer fin de semana de octubre. Normalmente me llevo a una chica de la oficina para que se encargue de todos los detalles sobre el terreno. No habrá paga extra, por supuesto... es una oportunidad laboral. Tendrás que llevar ropa elegante y hacerles la pelota a esa panda de médicos. Vamos por negocios, no de vacaciones. Si juegas bien tus cartas, cuando volvamos a lo mejor hablamos de un ascenso. Cuando se aseguró de que él (Malcolm) quería, en serio, llevarla a ella (Molly) a París (Francia), se habría arrodillado a sus pies y le habría besado el anillo de oro de sello. ¡Su primer viaje de negocios! Con todos los gastos pagados. Baño en la habitación, toallas esponjosas, mini bar, a lo mejor incluso tenía una de esas cosas con las que podías abrir y cerrar las cortinas mientras estabas en la cama en plan Cleopatra. ¡Y en París! Nunca había estado en París, y no es que no hubiera soñado con ir desde que a los catorce años leyó a Nancy Mitford por primera vez, pero era un lujo, y hasta ese momento los lujos no habían formado parte de su vida. Desde que tenía memoria, el dinero (o la escasez de él, mejor dicho) siempre había sido un problema. La mitad de su ropa era de Intermón, y el uniforme de la escuela siempre había sido de segunda mano. Era la única niña que llevaba la comida envuelta en papel (reciclado, por supuesto) dentro de una cesta de mimbre, en lugar de la caja de plástico con pegatinas de Disney que llevaban los demás («una manera de tirar el dinero», insistía su madre). Viajar quería decir ir en autobús o bicicleta, y las vacaciones eran en un camping o en una casa prestada fuera de temporada. Posiblemente, era la única chica de veintiún años de Inglaterra que no había ido más allá de la isla de Wight, y ahora iba a viajar hasta la ciudad más bella del mundo. Pensar que Malcolm la había escogido a ella la llenaba de orgullo y, a partir de aquel día, trabajó incluso más duro que antes, recopilando datos y recogiendo pañuelos de papel asquerosos que estaban en el suelo y tirándolos a la basura. Incluso se las arregló para ignorar la actitud tan grosera de Malcolm, las instrucciones contradictorias y los errores ridículos, pensando en París como un faro que se acerca y brilla más cada día. —No sé cómo aguantas a ese desgraciado —le comentó un día Fatima, del departamento artístico, con los ojos en blanco. Pero era fácil. Cuánto más gritaba Malcolm, más fuerte tarareaba ella: Me gusta París en primavera, me gusta París en otoño. Se compró una guía, practicó francés, se gastó un dinero que no tenía en ropa elegante, y limpió y planchó la ropa que tenía confiando en que pasara por el equipaje de una auténtica mujer de negocios. Fue a hacerse el pasaporte, y se hizo no menos de ocho fotos en la máquina del metro hasta que estuvo convencida de que el resultado encajaba en su nuevo estatus. Esa mañana llegó por fin el día tan esperado. Había llegado a la oficina duchada, con la manicura hecha, depilada, con el pelo limpio y alisado, las cejas depiladas y la maleta a punto. Encima de la mesa tenía un montón de carpetas de presentación listas para poner en cajas, y un paquete con programas de la conferencia, papeles del hotel, y el CD con los soportes visuales de la presentación, perfectamente etiquetado y que ella, para más seguridad, colocó en la maleta envolviéndolo con la bufanda de finísima pashmina de rebajas. A las cinco y media de la tarde vendría un coche a recogerlos para llevarlos al aeropuerto. Y aquella noche, ¡aquella misma noche!, estaría en París. —Dejen salir, por favor —dijo una voz por los altavoces del vagón.

Al parecer. con un niño pequeño en una mano. con las otras chicas que se había llevado de viaje había tenido éxito. orgullosa de ser una profesional. los ojos y la frente. Reconoció a Scylla y Charybdis. a lo mejor hasta había cumplido ya los treinta. Ahora. Nunca daba más de una libra. y las voces se alejaron. Molly escuchó. ya tenía más ojo. Cogió una toallita de papel y se secó la cara. ¿Qué había visto Malcolm para pensar que era una chica fácil? Inconscientemente. Molly Clearwater. Pero entonces no podría ir a París. Malcolm se había ido al bar de la esquina con su compañero de finanzas. En casa. llevándose consigo el maquillaje que tan cuidadosamente se había aplicado por la mañana. Mi marido ha muerto. Ayúdenme. no era una mojigata. a pesar de lo muy ridículo que le resultaba y. hombres con perros bonitos. De modo que. dejó la revista y abrió el grifo para lavarse las manos. ¿De manera que Malcolm pensaba que estaría «en sus bragas» antes de que terminara el fin de semana? Había ido por toda la oficina alardeando de eso. La cara redonda con los ojos azules y las cejas anguladas. para él ella no era más que un cuerpo para meterle mano. Las cosas empezaron a torcerse hacia la hora de la comida. Aun así. Al fin y al cabo. (Sabía. y después otra oleada de humanidad entró en el tren. la mujer pasó por delante de todos los imperturbables pasajeros hasta que Molly no lo pudo aguantar más. pero. Malcolm podía pensar lo que quisiera. como si así pudiera quitarse de la cabeza lo que acababa de escuchar. se esforzó en entender lo que decían a pesar del ruido del agua que brotaba de los grifos. Una oleada de desafío le recorrió las venas mientras cerraba la revista. la miraban desde el espejo. muchas gracias. en que estaban literalmente pegados los unos a los otros. de repente. conteniendo la respiración. y sólo a mujeres con niños. Ella. Gracias». Abrió el pestillo de la puerta con mano temblorosa. con el aliento apestándole a cerveza y le dijo que había conseguido dos entradas para mañana por la noche en el Crazy Horse Saloon. en lugar de eso. cuando Malcolm la llamó a su despacho por la tarde. Para una mujer inteligente y profesional era perfectamente posible enfrentarse a esto sola. decidió abrocharse otro botón. no era una chica fácil. aunque tampoco podían acusarla de irlos enseñando por ahí. heredadas de quién sabe dónde. En ese momento le habría bastado una sonrisa amigable. le dio todo lo que llevaba y le rogó a la madre que llevara al niño a casa de una vez. El único momento de tranquilidad fue cuando pudo esconderse en el servicio de señoras un rato hojeando la revista Glamour que alguien se había dejado. Las miradas condescendientes de los demás pasajeros delataron su reciente llegada a Londres. la falta de contacto le seguía pareciendo escalofriante. Todo este tiempo había trabajado a destajo. Se agachó para lavarse la cara. y en la otra una nota donde podía leerse: «Soy albanesa. o aclararse la garganta. apenas podía dar un paso por la calle sin que alguien tocara la bocina para saludarla o la parara para explicarle por qué su esponja victoriana había ganado el primer premio en el concurso floral. se iba a París y se acabó. Se le pasó por la cabeza decir: «Estoy aquí». experimentó la desagradable sensación de escuchar su nombre en voz alta. En cualquier caso. Molly se preguntó si soportaría un largo fin de semana esquivándolo. Malcolm era un imbécil. limpiándose una y otra vez las mejillas. Sin decir nada. y recordó las muchas veces que había deseado ser anónima. Y era viejo. Pero aquel vacío deliberado era sorprendente. A lo mejor debería acudir a Personal para presentar una queja por acoso sexual. No podía evitar tener unos pechos grandes. Casi había terminado el cuestionario (¿Eres una chica fácil? Descúbrelo en diez respuestas) y se estaba preguntando si habría perdido puntos al responder «no» a la pregunta «¿Te acostarías con un chico en la primera cita?» cuando. incluso en una situación como aquélla. No. haciendo un esfuerzo enorme para respetar a Malcolm como jefe. Era difícil hacer amigos cuando la gente nisiquiera te miraba a los ojos. y a cualquier músico callejero que le alegrara un poco el día. Siempre la había sorprendido cómo los londinenses se ignoran mutuamente. encogió las piernas y. al parecer. Sin embargo. por la guía. Mis hijos tienen hambre. y no se acostaría con Malcolm en la primera cita por la sencilla razón de que nunca habría una primera cita.Molly sintió que varios cuerpos desconocidos se apretaban contra ella para salir. con las mejillas ardiendo y los brazos apretados contra las costillas. Molly hizo una mueca y se apretó las sienes. nunca podría sentirse atraída por un hombre a quien no admirara intelectualmente. Se fue directamente hacia la hilera de lavabos. Se encogió de hombros. Recordó la primera vez que se encontró con una de esas mujeres con falda larga y pañuelo en la cabeza. Molly se mostró firme pero con educación. las dos viejas cotillas de recepción. por supuesto. Esperó hasta que la puerta se abrió y se cerró. colocó una mano sobre el escote abierto de la camisa. que el Crazy Horse era un club nocturno de París donde unas chicas pre- . por favor. Pero le daba rabia tener que hacerlo. y esta vez estaba seguro de que volvería a marcar. y había dejado a Molly con tanto trabajo que no había tenido ni tiempo de comprarse un bocadillo.

cada matiz y cada coma. Y. ¿Para esto había ido a la universidad. Me gusta París en primavera—. Le diste el visto bueno definitivo ayer. cuando vio que todo estaba bien. no puedo decir que todo este tiempo no me haya servido de nada. no tiene sentido.. pero ella sospechaba que allí había algo más que baile. sin pestañear. Colocó las manos encima del teclado y empezó a escribir. Se oyó un ruido seco cuando Molly cerró la carpeta entre las manos. Además. hasta que se giró. Molly. —¿Estás cuestionando mi autoridad? —Bueno. está como lo querías. Me gusta París en primavera. no vendrás a París. No me importa el informe. recalcando cada letra—. ¿Entendido? Me gusta París en otoño. sólo intento hacerte ver que. Quiero decir. —No pretendo llevarte la contraria. Al final.. cogió algo de la mesa y lo dejó caer de golpe. yo. por favor. volvió a su mesa y se sentó en la silla frente al ordenador. lo quiero al revés. Siento mucho haberle hecho perder su valioso tiempo con mis sugerencias para mejorar la eficiencia (por no mencionar el nivel cultural) del departamento. —¿Qué? —Molly se asustó tanto ante la idea de haberse equivocado que se olvidó de lo demás.. Las palabras habían salido de ella como la lava hirviente de un volcán. —No se queden frente a las puertas.. porque en realidad he podido reunir suficiente material para mi primera novela. «con buen gusto». respiró tranquila—. A partir de hoy.. me tomo las vacaciones que la empresa me debe. decía el libro. con los brazos cruzados y una estúpida sonrisa triunfante en la cara. —Yo soy el jefe.. sus ojos se cruzaron con los de Malcolm. —¡No soy estúpida! Me gusta París en invierno. renuncio formalmente como ayudante de marketing y. Gracias por abrirme los ojos. Cordialmente. empezó a pasar las páginas y. —Hoy —dijo. Lo que digo va a misa.. Creía que estaba modificando el informe. mirándola fijamente un buen rato. —Y. Casi sin saber lo que estaba haciendo. ni siquiera miró el informe que Molly le estaba enseñando. y se sintió fatal cuando notó que el pobre hombre la miraba nervioso y luego bajaba la vista por si llevaba alguna mancha.ciosas bailaban desnudas. Molly se dio cuenta de que había clavado la mirada en el dibujo de la corbata estampada de un señor. —Eres una virgen estúpida. creo que ha llegado la hora de buscar un trabajo donde se aprecie y aproveche mejor mi talento. La sección tres tiene que ir antes porque. —Notó que se empezaba a enfadar e intentó calmarse.. en lugar de los quince días de previo aviso. Acepté este trabajo convencida de que lo que se exigiría estaría de acuerdo con mis aptitudes literarias. me será imposible asistir a la conferencia de París. —¡No soy una virgen! Me gusta París en verano.. pero estoy segura de que podrá desenvolverse perfectamente bien sin la ayuda de una «estúpida secretaria».. cuando levantó la mirada del ordenador.. ¿recuerdas? Malcolm no movió ni un músculo. no tengo tiempo para sentarme a discutir con una estúpida secretaria.. Las secciones tres y cuatro están al revés —dijo. Estimado señor Figg: Aunque soy consciente del honor que supone trabajar para Phipps Lauzer Bergman. para que un subnormal como Malcolm la tratara así? ¿Ésta era su mejor opción: trabajar en el departamento de marketing de una aburrida empresa que gana dinero con el sufrimiento de los demás? El pecho le subía y bajaba dentro de la camisa abotonada. —¿En serio? —respondió él. Malcolm.) —Gracias por la oferta.. inexperta y estrecha. Cogió el ratón con la mano temblorosa y lo movió.. pero creo que tenemos una noción diferente de las atracciones culturales.. enseñándole las páginas—. En la parada de Embankment volvieron los empujones. Cogió la carpeta. —Lo que veo es a una de mis empleadas llevándome la contraria. —¡Pero no hay tiempo! Ya está todo preparado y en cajas. Mira —dijo. Estaba indignada. Pero no era así. Por mi parte. que la estaba mirando desde el otro lado del cristal de su oficina.. y que Malcolm debía de haber cogido de su mesa—. Todavía tenía grabada en el cerebro cada frase. Por lo tanto. Molly vio que era una de las carpetas que ella había preparado para la conferencia. y cualquier idiota adivinaría cómo podía acabar la noche. Molly Clearwater (Muy Honorable Licenciada en Filosofía y Letras) . francamente. a menos que hagas lo que te digo. Escuchaba el latido de su corazón en las orejas. seguro que ves.

Estaba harta de ella misma. una pareja paseando en góndola abrazada.. no podría permitirse seguir viviendo en Londres. Había hecho bien en defender sus derechos. Lo llevaba todo en la bolsa que tenía entre los pies: el pasaporte. Llevaba semanas practicando francés. y vio que casi todos ofrecían vacaciones de última hora a Mallorca. Seguro que Malcolm no le daría una carta de recomendación. Restaurantes con espejos art-nouveau y camareros con delantales blancos largos. Todo el mundo fumaba. sabían adonde querían ir en la vida. cuando en realidad no tienes padre. eso si Sal se acordaba de que se suponía que no tenía que volver. ancianos tocando el acordeón en las esquinas de calles adoquinadas. Miró a su alrededor. chica!». Pero no estaba en una película: era su vida. mujeres y amantes. Se preguntaba si habría alguien como ella en todo Londres. amantes besándose en los puentes. barcos por el Sena. y todas aquellas malditas plantas (cobertizos y alféizares llenos de plantas) que dominaban sus vidas desde Semana Santa hasta agosto y que les daban casi menos que una piedra. Hombres que se llamaban Jean-algo y que hacían una mueca a través del humo de sus Gauloises. Sal la Gorda. las guías que casi se sabía de memoria. Barcelona. La torre Eiffel. el sobre plastificado lleno de euros.. Sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas y tragó saliva para tranquilizarse. Arrondissement (ah-rohn-dees-mahn). ancianas vendiendo flores. Se tomaban en serio el arte y la literatura. pero habría sido maravilloso. se sentía una mojigata. los quería mucho a todos. No tenía trabajo. ¡oh. Todas tenían trabajo. Pasádmelo más por la cara. en lugar de eso volvía al diminuto apartamento que compartía con Sal la Gorda en Wandsworth. escapar de todo aquello. Y todo para nada. que en realidad no estaba gorda sino que era una chica rellenita a la que le gustaba embutirse dentro de piezas de ropa diminutas. las gallinas. había pasado toda su vida en una casa de campo perdida en el condado de Yokelshire con su madre. Aparte de la época universitaria. Incluso Malcolm Figg escarmentaría cuando la leyera. no!. Muy bien. su perra Alleluia. Sin un sueldo. pertenecían a algún sitio. Cerró los ojos con fuerza para minimizar la decepción.. Pero. la ropa nueva que se había comprado especialmente para la ocasión... ella que siempre había sacado sobresalientes y que sabía que podía ser brillante en algo.No dejaba de repetirse que era una carta fabulosa. Todo el mundo había estado en París. aunque sólo fuera una vez.» Obviamente. examinando las caras de esas personas. «Mis recuerdos de infancia se reducen a cestos de plantas colgantes. Mujeres delgadas con nombres como Chamal o Séverine. cuando tienes un préstamo estudiantil que devolver. Y lo que nadie entendía es que ella no era así. a su lado.» Porque aquello era lo peor de todo: no iba a ir a París. hablaba y hacía el amor con pasión y estilo. y todo el mundo se habría puesto en pie para aplaudirla. Ahora debería estar camino del aeropuerto. Había fotos de unas playas magníficas. . que hablaban con voces agudas y delicadas como campanas y llevaban caniches recién peinados. ¡Querían vivir vidas preciosas! «¡Pues yo también!». apasionada y digna de ser amada. pensó Molly. o en todo el mundo. Sal era una chica tan activa y extrovertida que ella. cuando no tienes un padre genial que te saque de apuros. querría no haberse montado tanta película con este fin de semana. En el cine habrían puesto una música de esas de «¡Vamos. o de la persona «responsable» que todos creían que era. ayudar a su madre y dar siempre las gracias. Por dentro era un espíritu libre y aventurero. Tuileries (twee-lur-ee). Volvía a estar como al principio. cerrando y abriendo la boca para mejorar la pronunciación. «Perfecto —pensó—. recoger sus cosas.. Venecia. como si se pudiera ser de otra manera cuando ayudas en casa o la familia se arruina. bebía. y quizás había exagerado un poco con el viaje de negocios. portarse bien. ¿por qué ella no? Sabía exactamente cómo sería. maridos. Se moría de ganas de hacer algo extraordinario. Detuvo la mirada en los anuncios que empapelaban las paredes del vagón. Esperar a que Malcolm saliera de su despacho. bueno. catedrales. aunque todavía no supiera en qué. En estos momentos. Molly fue consciente por primera vez de la realidad. una chica ocurrente y caprichosa. era la persona más olvidadiza que había conocido. —Próxima estación Waterloo —anunció una voz femenina impersonal. ¡Era tan injusto! ¿Por qué tenía que pagar ella por el mal carácter de Malcolm? Y había fracasado. apretar el botón de «Enviar» y salir de la oficina para siempre era toda una heroicidad. ¡Qué exótico! Molly miró la hora: las cinco y treinta y cinco. Tour Eiffel (tur-ei-fel). Estaba harta de trabajar duro. Cuando entrara por la puerta esa noche se sentiría una estúpida. tenían amigos y parejas. cuando tienes que aprobar todos los exámenes a pesar de morirte de ganas de salir con los amigos. Amsterdam.

En su vida no había aventura. pero podía resultar sofocante. Tenía veintiún años. botellas de laca de uñas y envoltorios de chocolatinas. Bueno. los comentarios de compasión. los mismos viejos carteles. y nunca la habría. [No. sino a Earlsfield. El metro redujo la velocidad.. soy yo. en cuanto la vio. El otro le había hablado en francés. una pareja de mediana edad con bastantes maletas caras. metió el ticket en la máquina y se dirigió hacia las escaleras mecánicas. Supongo que ya debes de estar en el aeropuerto y te habrán hecho apagar el teléfono.. Molly. Trístesse. por cierto. apretó unos cuantos botones y escuchó el mensaje con una expresión a medio camino entre el afecto y la exasperación. en medio del tráfico. cariño. No tenía dónde dormir. Guardó el móvil en el bolso. básicamente. Sal trabajaba en una biblioteca pública («¡hurra!. El corazón se le aceleró hasta que casi no podía ni respirar. Todo sucedió muy deprisa: choque de maletas. la misma aglomeración de gente para salir del metro y enlazar con el tren de cercanías con dirección a. Cuando llegó arriba. Molly cerró el libro y se disponía a guardarlo en el bolsillo de la maleta cuando vio la portada: una fotografía de una chica muy seria. euros y tarjeta de crédito. Se ve que si no los aviones se caen o algo así. Si se atrevía. y borró el mensaje. guau». Molly bajó los hombros. ponte un jersey. A su edad. amado e incluso muerto (y no precisamente por no haberse puesto un jersey en octubre). [¡Cuánto lo siento. Es posible que esa noche terminara así. giró a la derecha de forma automática y dobló el cuello para ver en la pantalla de información el andén y la hora del próximo tren a Earlsfield. ni «Bonsoír.La había encontrado a través de un anuncio para compartir piso en el Evening Standard y. Se detuvo en seco y se giró. Alleluia dice: «Guau. resignada. Pero no conocía a nadie. No miraba por dónde iba y. Te quiero. de repente. ni cafés. Eso quería decir que acababa de llegar de Francia. Octubre puede ser muy traicionero. paralizada con un aterrador y maravilloso pensamiento. Y va volvía a estar en el mismo viejo andén. soy mamá. Mademoiselle. la cálida seguridad de que habría otra oportunidad para ir a París. Hola. a los Campos Elíseos no. De París. Normalmente giraba a la derecha. tuvo buenas sensaciones. Tenían que dejarla crecer. para más perfección. Además. por el amor de Dios. El algodón era suave y agradable. ¿Y si se perdía? . Estuvo convencida de que con aquella chica grande y holgazana no habría peleas por los turnos de limpieza o para bajar la basura. Adiós. un fuerte aroma de colonia.» Molly suspiró. un alma literaria».] —Pas du tout. ya me callo. Adiós. tristeza. Muy bien. la indignación justificada. un leve gesto de disculpas y una voz masculina que dijo: —Desolé. ¡Ah!. chocó contra algo. pensó Molly). no. organizando su vida social por teléfono. y el título: Bonjour. Llámame y cuéntame cómo te está yendo. Mademoíselle». Aunque. no. ni Quartier Latín. Mille pardons. un hombre de negocios con el ordenador portátil. la ansiedad porque Molly había perdido el trabajo. se pasaba el día tirada en la cama en ropa interior de colores entre revistas. sólo quería decirte que te quiero y desearte que te lo pases muy bien. C'est ma faute. mientras ella la observaba con el paquete de sushi del supermercado en las manos. miraba la tele y se iba a la cama a leer. señorita. Vio a un grupo de gente que se metía en un ascensor de cristal que bajaba hasta el vestíbulo de la estación. Tenía pasaporte. Ha sido culpa mía. Buscó el móvil. El ascensor empezó a descender mientras Molly estaba allí. Ahora era incapaz de hablar con su madre: todas las preguntas. que debía de tener más o menos su edad. Cuando estaba a punto de marcar el ticket de salida. Libertad.] Molly dio diez pasos más hasta que se dio cuenta. y llevaba una maleta.¿me oyes? Y si hace frío. Y no vayas sola por la calle de noche. Nada de calles arboladas. agarró con fuerza el asa de la maleta y marchó decidida hacia la salida. «Hola. Un fin de semana entero de libertad. casi todas las heroínas literarias ya habían vivido. dos chicas con mochila. Molly se colgó del brazo la bolsa de mano. le sonó una llamada perdida. Lo siento. Nadie la esperaba en su piso hasta el domingo por la noche. pero hacia la izquierda había una señal: un logo con tres líneas onduladas y una estrella amarilla y una palabra: Eurostar.

¿Iba a quedarse allí. o era verdad que sólo era «una estúpida secretaria»? ¡Ni hablar! Si quería ser una heroína. de modo que cuando llegó a la taquilla salieron de su boca con absoluta normalidad. convenciéndose cada vez más. . aceptando las leyes del destino? ¿Iba a hacer siempre lo que los demás esperaban. tenía que empezar a comportarse como tal. Escuchó las palabras en su cabeza y las repitió mentalmente una y otra vez. en lugar de lo que ella quería? ¿Tenía identidad propia.Un escalofrío la recorrió de arriba abajo. —Para el próximo tren a París. Agarró con fuerza el asa de la maleta y se dirigió hacia el ascensor. por favor.

(Había estudiado los poetas de la guerra y había sacado un excelente. con poca ropa y mucho maquillaje. Al parecer. la miraban con gran interés. aunque un sospechoso trío de rubias. y ahora que estaba allí. («Puedo ver que es usted una mujer que necesita grandes atenciones. aquella frase era mucho más agradable que «Gracias por viajar con Southwest Trains». emocionada— llenos de gente francesa que comían cosas como ragoüty carne de caballo (¡pobres caballos!)». «pueblos franceses —pensó. había podido distinguir un paisaje llano que parecía no tener fin salpicado de torres de alta tensión que parecían robots negros gigantes. De vez en cuando veía luces a lo lejos. Molly volvió sobre sus pasos hasta el centro de la estación. que parecían perderse hacia una estación cavernosa que rezumaba un ligero aire de majestuosidad imperial. alguien le indicaría algún lugar barato y seguro. primero en inglés. Con la nariz pegada a los cristales de la ventana y las manos a los lados para bloquear la luz del vagón. No pudo evitar acordarse de la afortunada Linda de The Pursuit of Love. A su lado. Tabac. dejó la maleta y empezó a pensar qué podía hacer. Francia era diferente. media hora después. que debían ser pueblos. Las ruedas de los coches hacían un ruido extraño cuando pasaban por encima. con el pelo y los ojos oscuros. luego en francés. Los últimos pasajeros caminaban por el andén hacia la estación. Se giró para mirar a su alrededor. Pronto estaría allí sola con los borrachos y los vagabundos que estaban sentados en el suelo apoyados en las columnas. rodeado de cipreses.) Su mayor preocupación era encontrar una habitación para dormir esa noche. algo extraño que era delicioso e inquietante a la vez. un ruido adorable. La transición de Inglaterra a Francia le había parecido misteriosamente sencilla. al parecer. El reloj de la estación marcaba las once menos cinco. no era la oscura neblina de las estaciones de Londres sino algo más intenso. notando el peso de la maleta en el brazo. Al final. Molly podía oír el jolgorio y la alegría. casi sin darse cuenta. Lentamente. Así pues. una magnífica estructura de columnas y arcos y estatuas clásicas con toga. Había olvidado que en Francia era una hora más que en Inglaterra hasta que el personal del tren había anunciado la hora de llegada por el altavoz. se unió a ellos. con las chaquetas desabrochadas. Los demás pasajeros iban desapareciendo a una velocidad aterradora. a quien un apuesto duque francés rescataba en esta misma estación. un par de conductores de tren. El corazón se le . temerosa de quedarse rezagada. ella también sería diferente. Las persianas estaban bajadas y había un cartel colgado donde se leía: Fermé. con la palabra Nord grabada con enormes letras mayúsculas. Eso fue lo primero que pensó Molly cuando pisó por primera vez el andén de la Gare du Nord. y los demás salían de la estación con sus equipajes para ir a buscar el autobús o un taxi. Había unas farolas altas y ornamentadas que iluminaban la fachada de la estación. Encima de su cabeza había una gran estructura de cristal y hierro llena de luces y. Al otro lado del patio delantero podía apreciar un ancho boulevard lleno de señales luminosas: Café. a pesar de los nervios. experimentó una auténtica alegría cuando las luces de París la iluminaron. amablemente. A algunos los habían venido a buscar amigos o familiares y desaparecían en la noche. más allá. ¡Sería mejor que saliera de allí antes de que la tomaran por una prostituta! Salió a la calle y. ¿Seguro que no era obligatorio tener un lugar así en una gran estación internacional como ésa? Sí que lo era. más aromático. todo el mundo sabía adonde ir. pero había cerrado hacía dos horas. la voz dijo: «Merá pour votre fidélité». Había imaginado que habría una especie de oficina de turismo en la estación donde.» Le encantaba esa frase.) Pero aquí. la estación pareció muy grande y sombría. También vio un campanario iluminado.2 Olía diferente. Estaba junto a una gran plaza de adoquines ondulados que parecían olas. El tren de líneas elegantes con el que había llegado estaba parado en las vías. Ellos también parecían diferentes. y Molly se sintió muy pequeña. ¡Mierda! Molly cogió la maleta y se estiró la chaqueta del traje nuevo. y suspiró melancólica al recordar los poemas fúnebres de Wilfred Owen en honor a los soldados de la Primera Guerra Mundial que «murieron como ganado» en esta zona de Francia. cómodos en sus cuerpos. algo que hizo sonreír a Molly. no había duques. De repente. Todavía había un par de locales con las luces encendidas y con la puerta abierta. estaba en Francia y ya era de noche. Cuando se adentraron en el túnel en Kent estaba atardeciendo y. Incluso desde donde estaba. cuando llegó al edificio principal de la estación miró a su alrededor buscando algún cartel indicativo. el cielo. Brasserie. charlaban amigablemente en francés mientras fumaban un cigarrillo. y Molly.

—¿Taxi? ¿Taxi? —Molly se giró y se encontró con un hombre pegado a ella. allí estaba. y no porque no pudiera pagarlo sino porque tenía otro plan mucho mejor. ¿no? Pues era hora de utilizarlo. estaba mirando al otro lado. Alguien cantaba para sí mismo. No la atracarían. alguien lo abrió por ella y Molly entró agradecida en el vagón. No había mucha gente. République resultó ser una plaza enorme. pero inmediatamente pegó un grito cuando escuchó una bocina y vio un coche salido de la nada que no se la llevó por delante de milagro. mirando las señales con los ojos entrecerrados. sea que anunciaran detergente o suavizante para el pelo o ropa. Je suis dans París . Observó los carteles publicitarios que había al otro lado de la vía. lo primero que vio cuando llegó al andén fue a un hombre orinando contra la pared. una especie de nostalgia a la inversa. El trío de rubias ahora era un dúo. aunque le daba un poco de miedo ir buscando hotel sola. volvió a entrar en la estación. Su halagadora sonrisa dejaba expuesta una dentadura amarillenta—. Más segura. muchas gracias. pensó. Durante el viaje había localizado en la guía una zona de hoteles baratos que estaba sólo a un par de paradas de metro. y era de dos colores: blanco y verde menta. Empezó a caminar hacia el otro lado de la plaza. Le sorprendió que casi todos. vestidos con tonos blancos. Molly se preguntó si habría cometido un grave error («Chica inglesa asesinada»). con una estatua monumental en el centro e idénticas calles enormes que salían en todas las direcciones. y no como una provocación. Parecía limpio e iluminado.. Excepto al final del vagón. sólo unas sombras merodeando por allí. los asientos estaban dispuestos en grupos de cuatro mirando hacia delante y hacia atrás. pero Molly pensó que seguro que el metro no estaba a tanta profundidad como el de Londres. merci beaucoup. Tenía un cerebro. Molly caminó con decisión.. con la barbilla alta. abrió el mapa y empezó a mirar cómo llegar a la calle que buscaba cuando llegara a la parada. meter dinero en una máquina que te devolvía el cambio y un ticket (un pedazo de papel rosa muy pequeño. En la puerta había un aparato muy extraño que se tenía que desenganchar pero. Y si todos los hoteles estaban llenos? Pero no tenía otra opción. Le siguió otro coche.en Pa-rís? . afortunadamente. («Trágico accidente de tráfico: Minster Episcopi de luto. desentonando en cada nota. En realidad.») . Era una sensación de lo más extraña. marrones y negros. De hecho. El tren llegó bastante rápido y en silencio. ¿Taxi? —repitió. mostraran carne femenina en abundancia. especialmente por la noche.» Y. Pero ¿cuál? La estación parecía incluso más vacía que antes. pero se limitó a apartar la vista y fue a sentarse junto a un grupo de personas más normales en unos asientos de plástico de lo más extraños.. Miró a su alrededor con interés. cuyo conductor le dijo algo a gritos mientras se llevaba el dedo índice a la sien. «Por favor. Ah. sí. Bajó de la acera para cruzar por un paso de peatones. Molly salió corriendo.aceleró y se sintió invadida por una enorme. Era bajito y de procedencia árabe. que haya una estación de metro. —Non! —Molly apartó la maleta y dio un paso atrás—. calle Faubourg du Temple (¿Qué era exactamente un faubourg}). Sólo tenías que coger la línea y la dirección correctas. Pero la estaba esperando ahí fuera. Recorrió la estación con la mirada de arriba abajo. casi dolorosa expectativa. gesticulando y alargando un brazo hacia la maleta de Molly. y luego meter el ticket en otra máquina que abría el torno. intentando no perder los nervios. Y. lo que la ponía un poco de los nervios. la red de metro de París era tan lógica y clara como la de Londres. de repente. a continuación. una señal azul y blanca encima de unas escaleras que bajaban. y pudo mirar a los demás grupos de gente. que estaban fijados en la pared de azulejos. como en Londres. jóvenes en su mayoría. con el ruido de los tacones resonando por toda la estación. aparentemente amigables. No se subiría en el tren equivocado. apenas iluminada por las luces de los coches. intentando parecer alguien que no necesitaba un taxi.á París? Lo que sea. porque tenía ruedas de goma. sino como algo de lo más normal. no de lado como en la mayoría de metros. ¡Qué francés! Molly estaba emocionada. como si ya estuviera sintiendo las consecuencias emocionales de algo que todavía no había sucedido. lo sabía.. pero ahora ya era demasiado tarde. Dios mío. Tendría que ir con más cuidado. ¡Claro! Aquí conducen por la derecha. como una cuarta parte del de Londres). Así le daba la sensación de no llamar tanto la atención. Esteee. Sus pisadas resonaban mientras caminaba allí abajo por el túnel.

Por fin llegó a una calle larga únicamente iluminada por unas cuantas señales de hoteles colgadas de la pared. algo más sofisticado. Molly dejó la maleta. siempre que pudiera dormir en una cama y dejara de preocuparse. No se oía nada más. Molly consiguió hablar con un señor mayor que apareció en zapatillas y de quien aprendió su primera nueva palabra en francés: omplet. por fin tenía entre las manos una llave colgando de un pedazo de metal con el número de habitación grabado. Cualquier cosa que dijera el marido era contrarrestada por su mujer con grandes aspavientos. Costaba cincuenta euros la noche. Mademoiselle y je vous en prie. Después de la caminata y la tensión. Y. A aquello le siguió todo el papeleo de verificación del pasaporte. no una guía de París. —. sino algo más refinado. no. Pero. Después de que Molly repitiera dos veces si tenían habitaciones. quizás. pequeño y frágil que había visto en su vida. Cada dos minutos se paraba para cambiarla de mano y masajearse las doloridas palmas. un armario. Lo sentía mucho. Veía las estrellas. mirando a los lados. y no incluía el desayuno. se giró. sin aceituna. A fuerza de llamar al timbre. honestamente. uno de verdad.¿Hablas inglés? Molly aceleró el paso. o a lo mejor es que los franceses siempre lo hacían. Suspiró satisfecha. rellenar formularios. Respiró hondo. en inglés). Ella y su marido empezaron a hablar tan deprisa que Molly no podía seguirlos. al mismo tiempo sentía un hormigueo de vitalidad por todo el cuerpo. por adelantado. Abrió la ventana y se asomó. todo entre sonrisas e inclinaciones de cabeza. Una sombra se acercaría a ella. En los siguientes dos hoteles le dijeron lo mismo. Se cruzó con un grupo de escandalosos adolescentes. abrió la puerta y encendió la luz. Tolstoi. George Orwell tampoco se había dejado engañar por el extraño olor de la miseria. Pero ¿adonde? ¿Qué iba a hacer? ¿Y con quién? Se imaginó a sí misma en una de esas cafeterías llenas de espejos con una taza de café delante. —Ah. El suelo de madera crujía debajo de la delgada moqueta de color marrón.. Empezó a caminar. y ahora iba subiendo lentamente en el ascensor más viejo. «Muy seco —le diría con autoridad al camarero—. se fue hasta la ventana y descorrió las cortinas. Todo el mundo debía estar durmiendo. Molly sonrió y aceptó. con la cara cómicamente envuelta en la cortina. Al final. una estantería de madera barata barnizada. y una mesita de noche con un cenicero amarillo. al cabo de un rato. como Guerra y Paz. ¡Qué extraordinaire encontrar a una chica tan guapa e inteligente a la vez! . la mujer miró a Molly. El aire era dulce. Molly no pudo evitar fijarse.» (¿Era un olive o une olive? Maldita sea.) Leería completamente absorta un libro. Si les gustaban los animales.La maleta empezaba a pesar como si dentro llevara toda la Enciclopedia Británica. Tendría que compartir la salle de bain y les toilettes. Un martini. el hotel tenía que ser agradable. Se oía el ruido de la música a lo lejos y el rugir de una moto que pasó por la calle. No estaba mal. ¿Qué se había creído? Más relajada. como un cóctel. sobre todo cuando vio a un gran gato pelirrojo en el alféizar de la ventana. se quitó los zapatos y se dejó caer en la cama. entró en el vestíbulo y se dirigió hacia la recepción. buscando su habitación. — Sprechen Sie Deutsch? [¿Hablas alemán?] —le preguntaron—. frente a sus ojos. pagar el dinero y recibir la factura. sin embargo. aquel descanso era de lo más agradable. Con aceituna. pero le deseó buena suerte y le cerró la puerta en las narices. a Molly apenas le importaba dónde acabara. satisfecha de descubrir que su habitación daba a la calle y a una serie de extrañas ventanas de todas las formas en los últimos pisos de los edificios. Bueno. y con tanta precisión y cortesía que Molly se sintió abrumada con tanto merci. Si fuera un poco más valiente. Encontró su habitación. Allí había un hombre calvo con una chaqueta de punto viendo la televisión. estaba al final de un pasillo lleno de puertas. ¿no? El primer hotel estaba cerrado con llave. ¡Lo había conseguido! Ella sola. no necesitaba ver la habitación. el hombre frunció el ceño y dijo que se lo tenía que preguntar a su mujer. volvió con una mujer de unos sesenta años. claro que no. Abrió una puerta donde había un cartel que ponía Privé y. saldría y haría algo. que no se parecía en nada a full («completo»..París estaba allí. arrastrando los zapatos y embutida dentro de un vestido de flores que. En la guía decía que no se dejara engañar por las fachadas viejas y. Cuando llegó arriba y abrió la reja. El cuarto sí que estaba abierto y Molly empezó a albergar esperanzas. se la quedaba. No. estudió las manchas de color sepia de la humedad. Miró el techo fijamente. aunque aquella gesticulación no parecía maliciosa. no impedía que se le viera un trozo de las piernas llenas de varices entre el dobladillo y los calcetines de media. Había una cama de matrimonio con un cubrecama de flores. no de botella. Tenían una habitación pequeña en el último piso.

mirándose a los ojos. Molly se lo encontró asomado en el calcetín de Papá Noel. o sin nada.. notando el peso de esa carne. sólo iban al extranjero para beber y practicar sexo. toi! Seguramente. a veces. Después de colgar todo lo que pudo en los tres colgadores que encontró en el armario.. Tenía una clapa sin pelo. a la torre Eiffel y al Sacré-Coeur. Se pasarían la noche hablando de literatura y de la vida.. por ejemplo. incluso. le había enseñado a hacer saltos acrobáticos. eliminando cualquier resto de fantasía. Hora de irse a dormir. y la oreja torcida porque Alleluia se la había mordido cuando era un cachorro. Había gente a quien la cultura no le interesaba lo más mínimo. El corazón le dio un brinco. —Mais arrête. de niña de internado. Alguien estaba llamando a la puerta. y de dejar doblado todo lo demás en el estante de madera. Tonterías. Bertie conocía todos sus secretos. las francesas dormían con picardías de seda.. pero parecía terriblemente inglés. con la melena al viento. lo había escondido en un cajón). colocó la maleta encima de la cama y la abrió. la historia Dame. ajenos a las conversaciones triviales del beau monde que los rodeaba. Se refrescó las sonrojadas mejillas con las manos. También existía el romance mental. a la universidad (aunque. a los tres años. le preguntaba las tablas de multiplicar. Molly se tocó los pechos un momento. debido a un accidente con el Superglue. hasta que se subieran al deportivo descapotable y se perdieran por las calles de París. a pasar la noche a casa de alguna amiga e. Para tener a alguien que la distrajera era mejor no tener compañía. Molly le dio un beso en la nariz y lo dejó encima de la almohada. Arqueó la espalda y se levantó de la cama de un salto. mmm.Y ella levantaría los ojos y vería al francés más guapo que se hubiera podido imaginar. sí que tenía a alguien. En cualquier caso. Lo cogió por la cola y acarició su roída piel de tejón. ¡Bang'. No sabía por qué. Molly había llorado sobre él. Sólo porque se suponía que París era la ciudad más romántica del mundo.. se lo había llevado de vacaciones. inspirado por la belleza y. había encontrado a Bertie en un rincón de la maleta. El bueno de Berts. entre los zapatos. Una ráfaga de viento hizo volar las cortinas. Estaba contenta de descubrirlos sola. Tenía el pijama de algodón azul encima de la cama. no tenías que estar enamorada para disfrutarla: eso sería una definición muy limitada de aquella capital. Era como los hermanos y hermanas que nunca había tenido. Los ojos de cristal la miraron con la habitual expresión sonriente. . Escuchó el repiqueteo de unos tacones en la calle y una risa seductora. Estaban juntos desde que.

—Pero ¿adonde se ha ido? ¿Dónde están sus cosas? Mientras hablaba.) Después de unos interminables segundos. —Ha desaparecido con mis patines en línea. no son míos. sintiendo la brisa en el cuello. de un color demasiado negro para ser natural. Sydney —dijo. Molly abrió la puerta. ¿qué estás buscando? —repitió. como si eso lo aclarara todo. cielo. Y ahora me harán pagar un pastón por unos nuevos. —Exactamente. Por si acaso. muerta? Molly se imaginó en el banquillo de los acusados frente a un implacable jurado francés. ¿Acaso «cosas» sería un código para drogas? ¿Y si había alguna sustancia ilegal en su habitación? La policía la detendría. —¿Quién eres? —le preguntó. era obvio que esa chica no estaba loca ni quería estafarla. la interrogaría en francés y la meterían en la cárcel con lesbianas y locos. (Oh. A su madre le daría un infarto. Pero ya había abierto las puertas y estaba rebuscando por dentro. Bah. visibles por encima de unos pantalones de corte exageradamente corto. Ahora que había recuperado la razón. Cuidadosamente.. ¿Y tú? —¿Dónde está Janine? —¿Quién es Janine? —¿No está aquí? —¿No te has equivocado de habitación? —¿Me estás diciendo que se ha ido? —Digo que yo acabo de llegar.. Una chica alta con una cazadora desgastada la estaba mirando sorprendida.? . se quedó cerca de la puerta con una mano en el pomo. Dios mío. ¿cómo ha podido hacerme algo así? Se suponía que esta noche teníamos que salir juntas. —¿Algún problema? —¿Te importa si miro en el armario? —Hmmm. Molly se colocó junto a ella. mierda —dijo.3 Molly se quedó mirando fijamente la puerta. «Mais je suis innocente!» Nunca volvería a ver a Alleluia. por el amor de Dios. Los aros de las orejas y el pelo tan corto. La otra chica se fue hasta el centro de la habitación y apoyó las manos en los huesos de las caderas. ¿Qué era todo aquello? Molly sintió cómo todos sus músculos se relajaban. ¿y si Janine estaba ahí. Nadie sabría que estaba allí. —¿Y tú eres de. Era una voz potente.. —¿El qué? —preguntó Molly. —No me lo puedo creer. A Molly se le empezó a disparar la imaginación. quizás cinco o seis años mayor que ella. —No es culpa tuya. Y estoy pelada.. —Bueno. intentaba abrir más la puerta para cerciorarse ella misma. muy seca. sólo era una chica normal. con la esperanza de que aquello no fuer una estafa. Es una Ozzie [australiana]. —Lo siento mucho —dijo Molly. muy decidida y con un acento que no le sonaba. Es que. En la cara tenía una mueca de decepción. decidida y femenina.. —Molly.. Echó un vistazo a las pocas posesiones de Molly y apoyó todo el peso de su cuerpo sobre una delgaducha pierna. La chica se arrodilló en el suelo y miró debajo de la cama. pensando tanto en sus locas imaginaciones como en los patines. —¿Patines en línea? —repitió Molly. esperando que dejaran caer la guillotina. la chica se levantó y se sacudió las manos. Podríamos decir que los tomé prestados de la tienda donde trabajo. Desprendía tanta energía y tanta seguridad que Molly dio un paso atrás y la dejó pasar. ¿Quién podría ser? —¡Soy yo! —gritó alguien en inglés. le daban una imagen de aventurera. —¿Qué estás buscando? La chica musitó algo para sí misma y se estiró para buscar detrás de la ropa de cama de recambio.

—¿Llevas dinero? —¡Sí! —dijo Molly. —Bah. —¡Venga ya! —En realidad. —Soy demasiado confiada. —Hoy he dejado el trabajo —le dijo a Alicia.. nunca había salido de Inglaterra. poniendo los ojos en blanco y haciendo una mueca que resultaba incluso cómica—. —Alicia sonrió—. vendiendo una mezcla de modelos retro y los propios diseños de Zabi. ¿has estado en muchos países? —preguntó Molly. Éste era sólo uno de los muchos trabajos que Alicia hacía cobrando en efectivo. —¿Qué quieres decir? —Ya que Janine me ha dado plantón. Alicia trabajaba media jornada en su tienda de ropa. Molly estaba hecha un flan. hacer de camarera y trabajar en un bar. hacer lo que quiera y ser la persona que soy. . —Ella lo pronunció alisha. Cuando llegué a París viví aquí las dos primeras semanas. aunque quedaba claro que existía una gran rivalidad entre ambas. entre los que se incluían pasear perros. el olor amargo del orín y la grasa caliente de alguna crepería.. con un aire arrogante—. Entonces apoyó las manos en los muslos y se levantó—. cuidar niños. —¿Llevarme adonde? —Ponte unos zapatos. con algo de envidia. Molly asintió. Ahora duermo en la barca de un amigo. ¿no? —Sí. ¿no? —Sí. haciendo que Bertie saltara por los aires y fuera a aterrizar justo detrás de su espalda. —Y coge la chaqueta. Alicia se rió. caminando entre casas viejas y coches abollados y bajo balcones de hierro forjado. Iban a casa de alguien. Es tu primera noche en París. Molly olía la vainilla del tabaco. te llevaré a ti en su lugar. Y. Alicia se echó a reír y cayó en la cama. París es genial... Acabo de llegar con el tren desde Londres. —Pero.. mañana había pensado empezar por el Louvre. no seas aburrida. Automáticamente. —Dios. me refiero a ahora. De repente se dio cuenta del gran contraste que había entre aquella atrevida chica. —¿Esta noche? Molly se quedó en blanco. La chica australiana suspiró. que definía como la ciudad más genial de Europa.—De Melbourne.darse en París. En el vago mapa mental que tenía de Australia. Por eso estoy aquí. estaban bajo la brillante noche de París. —Estoy de acuerdo —dijo Molly. El aire era tan cálido como en verano. Y me he dicho. —¿Y qué planes tienes? —Bueno. La chica soltó una carcajada. Alicia estaba en la puerta. Libertad para ir adonde quiera. Había árboles por todas partes. —¡Bien hecho! —exclamó Alicia. enérgicamente—. Dime que soy gilipollas. casi sin respiración—. —¿Y quieres ponerte el pijama y meterte en la cama? —¡No! —Está bien. por supuesto. Alicia le siguió la mirada. impaciente. Nunca había estado aquí antes. ¿no te parece? —No lo sé. —Nada de peros. gracias. Ése es mi problema —dijo. La libertad es mi lema. como si la estuviera estudiando para ver si encajaba en algo desconocido. —Y sólo te quedas este fin de semana. avergonzada. Pues que empiece la fiesta. soy Alicia. ya se había puesto los zapatos y la chaqueta estaba en su mano. ¿Adonde iban? ¿Qué iba a pasar? ¿Quién era esa chica? Pero. con un acento tan agradable como el camembert fundido—. las dos ciudades estaban a un milímetro de diferencia. Alicia se giró y levantó el dedo índice. que había ido a la otra punta del mundo y que sabía ir en patines en línea. Por cierto. venga. Molly se mordió el labio inferior. con el traje de la oficina y un peluche como única compañía. en un tono de clara admiración—. Vamos. burlona. ¿qué demonios? Me voy a París el fin de semana. sonriendo. —Miró a Molly a los ojos—. —Entonces. así como los paseos en patines. sus ojos se desplazaron hasta el pijama y el neceser a los pies de la cama. esperando que Alicia no lo viera. —Miró a Molly de arriba abajo. —Eres gilipollas —dijo Molly. sin saber cómo. Cualquier cosa para poder que. una chica francesa llamada Zabi. de repente. —No. y ella. Esta noche.. Perder el control. Pero. Para vivir un poco. las luces y el bullicio de los pequeños cafés con sus innumerables sombrillas. y el murmullo del francés llevado por la brisa.

bajo el cual había dos hombres africanos turnando un cigarrillo sentados en sillas de mimbre. la barbilla alta. la Comédie Française. que daba acceso a un romántico y descuidado patio con bicicletas aparcadas sobre los guijarros y un gato que se movía furtivamente. que iba con la espalda recta. lo que trajo a la memoria de Molly a los espías durante la Revolución Francesa. —Es increíble estar aquí. aunque lo usó de forma irónica. Gallípoli. Holanda. Praga. ¿Y si estaban todos esnifando cocaína? ¿O discutiendo sobre Balzac? ¿O las dos cosas? Miró a Alicia. Me siento como Miranda en La tempestad. Los ingleses enviasteis allí a morir a miles de soldados australianos durante la Primera Guerra Mundial. Molly vio uno de esos quioscos que tantas veces aparecían en las fotografías: un minarete achaparrado del color de un bosque de pinos por la noche. Y después. Alicia le lanzó una mirada desconfiada. Alemania. con un pañuelo tricolor en la cabeza y una navaja entre los dientes. en Tullamarine no —dijo Alicia. ¿te acuerdas? —No es tan mayor. deteniéndose ante una puerta en forma de arco. —¿Y en Gallípoli? Ni siquiera estoy segura de saber dónde está.—Uy. ¿Quién más habría en casa de Zabi? ¿Serían terriblemente elegantes y sofisticados? ¿Le serviría su excelente francés para mantener una conversación en condiciones? Bonsoir. —En el cine. Molly iba observando escaleras secretas y arcos decorados como si fueran de plastilina.. Tullamarine debía ser donde Alicia se había criado. —La voz de Molly temblaba con la poesía—. y toda la mandanga. Le daba vueltas la cabeza y tenía la sensación de que podría pasarse horas andando. La luz de una ventana sin cortinas se filtraba a través de las pobladas hojas de un árbol. con un enorme depósito de agua.. Las calles cada vez eran más estrechas y oscuras. Italia. su único propósito era exhibir anuncios: Le Figaro. se convertía en lady Clearaater ayudando a Pimpinela Escarlata a pasar aristócratas hacia Inglaterra. burra. —¿Qué? —le preguntó Alicia. En un pequeño parque había varias fuentes plateadas.. Te va a encantar Zabi. Sonaba romántico. —¿Quién? —«¡Oh espléndido nuevo mundo. las islas griegas. a lo mejor. Lo único que recuerdo es que en el colchón del hostal había chinches y me estuve rascando toda la noche. —Tomaremos algo y veremos quién hay —dijo Alicia—. la Acrópolis—. en una zona de claro ocio nocturno. el Rijksmuseum. Je suis officier de marketing. Molly se imaginó una pequeña ciudad en una zona seca. todos los asquerosos países del Este. perfectamente alineados. dispuesta a asaltar la Bastilla. . con restaurantes modernos y locales con música latina. Todo el mundo sabe algo de Shakespeare. que tales gentes produce!». Luxemburgo. Había demasiadas cosas que ver. Fue en una estúpida excursión en autobús que hice cuando llegué a Europa. y cada vez había menos gente. Había árboles en ambas aceras. Molly sacudió la cabeza. —Ah. con coches que pasaban como balas en ambas direcciones. —¡Cuidado! —Alicia le dio un empujón con el codo justo a tiempo para evitar el regalito que algún perro se había dejado en la calle . Pero no le importaba. —¡Jolín! —A Molly se le pasaron por la cabeza todas las maravillas que Alicia debía haber visto: la Capilla Sixtina. pero no dijo nada. Si eliminaba aquel coche ¿pareado o el brillo de las luces eléctricas. Sus pasos resonaban en las paredes cubiertas de plantas trepadoras. De ahí es de donde Aldous Huxley sacó el título para su libro. Era como si su cerebro no funcionara del todo bien en Francia. Está más loca que una cabra. o quizás en Ciudadana Clearwater. Molly abrió los ojos como platos. pero no ahora. ¡Seguramente no tenía ni biblioteca! Ya convencería a Alicia para que se lo explicara. Al parecer. —No serás uno de esos cerebritos. París ya no la intimidaba.. Bélgica. —Por Dios. sí. Las farolas se escondían entre las hojas como si fueran globos. ¿verdad? —Bueno.. ¿no has estudiado historia? Está en Turquía. Volvieron a girar y se metieron en una serie de callejones. Con Alicia a su lado. Venecia. Se rió con ganas. dando zancadas como una reina guerrera. e intentó copiar esa seguridad despreocupada.. Acababan de girar hacia una calle más ancha. vale. iremos a otro sitio. —A Molly no le gustaba presumir—. no en la realidad. Mel Gibson. Je m'appelle Molly. ya sabes. —No. despreocupada—: A mí todo eso de la cultura no me va demasiado. ¿y qué hay en Luxemburgo? —Ni lo menciones. —Ya estamos —dijo Alicia. y las aceras estaban inundadas de mesas como si fueran barcos de recreo. decorado con cabezas de leones y coronado por una cúpula. y añadió. Molly. claro. Paris-Match. con una pieza circular de hierro forjado de caprichoso diseño a los pies de cada tronco. Hmmm.

—¿Cerveza o vino? —le preguntó alguien. Está hablando de la enfermedad de las vacas locas. Se oían voces animadas. Molly acarició el frío acero de la barandilla mientras subían. un señor mayor a quien Zabi presentó como su gurú y que iba vestido de blanco de los pies a la cabeza. así como la de la mechante Janine. con ojitos de pena—. Alicia le explicó a su amiga la presencia de Molly mientras entraban. Dice que es una obra de arte interactiva que algún día se venderá por mucho dinero. —Bueno. completamente aturdida.. chico loco!) y se acercó la copa a la boca. ¿no había muerto hacia 1963? Con una voz al menos una octava más aguda que la de Alicia.. los colocó alrededor de Alicia y le dio un entusiasta beso en cada mejilla—. Esperaba que su pobre país se estuviera recuperando. —Ven. Zabi tenía una expresión amable. Zabi le dijo a alguien que trajera bebidas. ¡y en francés! Sonrió a Didier (¡nombre loco. caminaron hasta una puerta cubierta de grafitos. ¿O todavía iban mal las cosas? —No demasiado —respondió Molly. Con grandes gesticulaciones. pero su francés era increíblemente fluido. poco iluminado. Por su parte. explicó la desaparición de sus patines en línea. cuyas íes. Por suerte. La pronunciación de Alicia no era demasiado correcta. Zabi le había cogido la mano y se la estaba estrechando. —Respira. todos fumando y hablando a una velocidad de infarto un idioma que parecía no tener nada que ver con el que ella había estudiado en la universidad. Debía medir metro y medio. Pasaron junto al gurú. ¿Ves? —y señaló su propio nombre. mientras ella gritaba y se reía. . —Dale un respiro —le susurró Alicia al oído—. un grupo de gente se había reunido a su alrededor para oír el drama de los patines. Gilbert era un chico de una belleza perturbadora. —La versión de Zabi de un libro de visitas —le explicó Alicia. Era chistosa. en verde lima. —¡Qué interesante! —respondió ella. a Didier le pareció un ejemplo del famoso humor inglés y también se echó a reír. que llevaba vaqueros negros de diseñador y fumaba como una chimenea. Francia había adoptado las medidas necesarias para que ninguna estúpida vaca británica entrara en el país. estaba vacía. que estaba intentando aplicar una de sus posiones en una de las chicas francesas. A continuación. le había estudiado cada milímetro de su anatomía y su ropa. tienes que conocer a Gilbert. Molly sintió una inyección de adrenalina. que estaba tendida en el sofá cubierto de pieles falsas. Bebió otro sorbo de vino. En la repisa de la chimenea había un buho disecado y un escorpión metálico colgado del techo. lo que le daba un aire de hada picara. una chica española que se llamaba Kiki y que diseñaba zapatos que eran para morirse. sin embargo Molly sintió que. respirando el olor a yeso húmedo y escuchando el ruido de los bajantes de agua. Molly se tapó la boca con una mano para disimular la risa. Alicia la llevó a una mesa llena de botellas. vache folie. mientras llamaba a la puerta con fuerza—. A Molly la saludó más gente: un par de seductoras chicas francesas. y antes de que Molly pudiera vocalizar un amable Bonsoir. En el interior. Tiene un puesto de verduras de cultivo biológico. acariciándole el pelo. Los franceses se suben al tren de la tecnología un poco tarde. respira —repetía. llevaba el pelo muy corto y una pequeña joya en la nariz. trabajando noventa horas a la semana.. una de esas empresas por internet. risas y música de jazz de fondo. Cuando llegaron al último piso. Mientras tanto. El gurú le había puesto las manos sobre el estómago. Él también ha perdido su trabajo. Y no soy estúpida. Oh. ¿Y quién es ésta? —Se giró hacia Molly. pues yo estoy aquí —replicó Molly.. había una escalera. de la terrible crisis. que no tenía ni idea de lo que estaba hablando. Afortunadamente. tenían estrellas naranja—. Molly estaba intentando averiguar lo loca que estaba la loca de Zabi cuando una chica increíblemente guapa. En una pared había un póster enorme anunciando un concierto de Johnny Hallyday en el 2000. Didier no se podía imaginar el horror de vivir en un país abarrotado de vacas estúpidas. con una minifalda blanca de encaje y mallas negras abrió la puerta. mientras Zabi no daba crédito y lamentaba el horreur de la historia. desafiante—. un chico negro tan elegante que Molly apenas podía apartar los ojos de él. Molly aceptó la copa de vino tinto que le ofreció un francés con el pelo recogido en una cola y que se presentó como Didier. Me he pasado dos años sentado frente a un ordenador. en lugar de puntos. —¡Alicia! Salut! —Abrió los brazos. ¿y ella? ¿Era de Inglaterra? Didier lo adivinó por el acento.Entre las paredes forradas de plantas trepadoras había una pequeña entrada. Bueno. por fin. —Soy un mártir de la nueva economía —le dijo a Molly. ¿te lo . —¿En serio? —preguntó Molly. Molly estaba de pie entre las dos. —Me encantan las rubias —dijo. vendedor de verduras biológicas. con un experto ojo clínico. La pequeña sala parecía llena de gente. comiéndome un bocadillo en la oficina. y luego se pegan unos batacazos muy sonados.

Molly entendió que no hablaban de asnos (ânes) sino de almas (âmes). Era cierto eso que decían que los franceses son unos intelectuales. Seguro que eran excedentes de la tienda. de repente. Había una cama enorme y un espejo con marco dorada apoyado en la pared.. —¡Genial! —dijo Molly. No podía ser todo de Zabi. mientras ella esperaba entre bastidores para nada. que estaba jugueteando con la falda. y colgadores y colgadores de ropa: cuero negro. Sólo los humanos pueden tener un asno. —Ssh. ¡puf! —Aplastó la colilla en el cenicero—. Molly? Al final. Gilbert sacó el móvil del bolsillo y se lo pegó al oído. meneando la cabeza. ¿cómo? ¿Dónde? ¿Y por qué? Pero. terciopelo color vino.. que había estado rebuscando entre los colgadores. Todo lo que puedo esperar ahora es un trabajo en un ministerio. Molly se la sacó por los pies. Estaba muy concentrada. no te lo vas a creer —dijo Alicia. mientras cruzaba la sala. —¡No puedo ponerme eso! Sin embargo. —Mais écoute. Muy confundida. le dio una pequeña charla sobre la fisiología de los canguros. Viajar realmente te abría la mente. Volvió a tener la sensación de que en el escenario se representaba una obra magnífica. Este club era famoso por los gorilas de la puerta (los physios). que antes preferiría morirse a desnudarse delante de la increíblemente chic Zabi. ¿no creó Dios la vida? ¿Por qué no puede un insecto.imaginas? Y. colores y drama. pero Zabi puede arreglarte. Sylvie. un maniquí de sastre con un estrafalario abrigo de centón. Pero Molly Clearwater no. pieles y sombreros. con una cosa resbaladiza roja en las manos. ¿Dónde estás? Perfecto. Se quedó boquiabierta ante el nivel de la discusión. y ella les respondía. Siempre era lo mismo. Se abrió una puerta y se encendió la luz. botas con hebillas. o incluso un tomate. La gente le hablaba en francés. —Zabi la hizo callar con la mano. que parecía un cinturón ancho. la dobló y la dejó encima de la cama. —¿Sabes? Eres una chica muy simpática. Pincha un disc jockey nuevo que está muy bien. con los ojos brillantes. —Chérie —gritó—. seguiría pareciendo una tonta. volvió a notar cómo aquellos dos pares de ojos la recorrían de arriba abajo. Vio que Alicia le estaba haciendo señales para que se acercara. La ropa de Molly estaba bien. —¿O éste? —Alicia colocó el colgador debajo de la barbilla de Molly. con los carrozas. Molly dio media vuelta y echó un vistazo a la habitación.. tenían trabajos increíbles e iban a los clubes de moda. Toma. —Zabi dice que podemos ir a un club —le dijo Alicia—. —Aunque hay un problema. —Alors. notó una mano en la espalda que la empujaba hacia la otra punta de la sala. —. que disfrutaban enormemente no dejando entrar a quien no cumpliera con sus caprichosos criterios en la vestimenta.. Pensó que. muy contenta. —Non! —insistía la chica—. —Cuando veas el cuarto de Zabi. ¿En qué estamos pensando? A Molly se le acumularon los pensamientos: que no hablaban en serio en lo de dejarle ropa especial para ir a un club. mientras hablaba. en realidad. —Zabi cogió a Molly por los hombros y la colocó delante del espejo—. mientras pensaba. Siempre eran los demás los que llevaban ropa bonita. Impotente. absorta en sus pómulos—. ssh. y que tenía un agujero justo donde debería estar la parte delantera. Casi sintió cómo la alegría se alejaba. seda blanca. que la confundió con Alicia. Molly descubrió que el problema era ella o. cinturones con tachuelas. con el tiempo. Le sacó la chaqueta a Molly y le apartó el pelo de los hombros. Francia podría convertirse en su refugio espiritual. Tenía la vertiginosa sensación de estar al borde de un precipicio. continuó Alicia. Tendré que comprarme un traje. Molly miró a Zabi. Zabi le hizo firmar en la puerta con spray violeta y plateado. Zabi echó un vistazo a la etiqueta. Todo era tan distinto a Minster Episcopi. —Me encanta este vestido —dijo Alicia. ¿Era el vino o realmente estaba sonando una música electrónica? Le pareció que era la Marsellaise. No había disertaciones sobre Balzac. . lazos vintage y ropa denim. Un tipo con gafas. Al momento. tener su propio asno? ¿Tú qué opinas. pero. muy bien para ir a casi cualquier sitio. Arreglarla. aunque sin querer se vio en medio de una acalorada discusión entre una de las chicas francesas y Didier el orgánico.. Zabi estaba con ella y. tenía la falda en los tobillos. mejor dicho. bébete una copa de vino. con luces. o incluso a Earlsfield. lentejuelas. no te preocupes. llena de humo. notó los expertos dedos de Zabi en la cremallera. por mucho que lo intentaran. A nadie le interesaba que trabajara en marketing. —¡Cuánto lo siento! —dijo Molly. nunca. preguntándose si se atrevería a saltar. que. Molly miró horrorizada el vestido con estampado de cebra. Molly se quedó sin respiración. Molly bajó la mirada hacia su traje mezcla de poliéster y la sonrisa de su cara se difuminó. su ropa. —Salauds! —dijo Zabi.

de modo que Molly no se estaba probando la ropa. Molly se puso de pie. Al final se puso una chaqueta ajustada de corte militar con los botones dorados. Tenía el pelo y la piel cubiertos de polvo dorado. y las cosquillas de las gotas de líquido en la piel. Molly estaba satisfecha.. dejó que le cayera encima. Lo colocó delante del pecho de Molly y suspiró: —¡Estoy inspirada! Pero sin sujetador. —No. fascinante. y los pechos como dos almohadillas de crema. Se pintó los labios de rojo carmesí.—La camisa también —ordenó.. Mientras. Al final. sino que la ropa tenía que probarse. balanceándose un poco con aquellos tacones. (A pesar de que era obvio que no era así. Volvió con un bustier de seda tornasolada en tonos bronce y oro. todo aquello le estaba pasando en un idioma extranjero. y mirando hacia arriba y con los brazos abiertos. («Une catastrophe. El bustier estaba frío y resbaladizo contra la piel desnuda. mirándola como si fuera un animal en una feria de ganado. Molly estaba encima de unos tacones de diez centímetros. estás fantástica. A continuación. Los pechos son bonitos. A lo mejor se puede hacer algo. Estás perfecta. Alicia —dijo por fin Zabi en el tono de un científico resaltando un fenómeno interesante a través del microscopio—. Cierra los ojos. esa diosa dorada. Le iba perfecta.») Con cada pieza de ropa. Sin ropa interior! No podía salir a la calle de aquella manera. encima. esto te sienta de maravilla». echó una nube de perfume en el aire. —¿Ves? —dijo Zabi. Las dos caminaron a su alrededor. Los franceses también tenían la manía de utilizar todos estos verbos impersonales (ilfaut. Ahora se estaba arreglando Zabi. esa extraña tan segura.. —Se oyó el ruido de un spray. on doit. —A ver. El francés era un idioma terriblemente impersonal: los pechos. el olor de laca. Molly se acercó. Molly se iba dejando llevar más por el narcisismo del momento. —Los ojos un poco más exagerados —dijo. Una figura familiar con sujetadores de algodón y bragas tipo faja la miraba desde el espejo. Tenía las piernas largas y esbeltas. delineándoselos con un lápiz—. Se produjo un silencio horroroso. Pero antes de que Molly tuviera tiempo de verse. como si ninguna de esas partes fueran suyas. Y las sandalias de cocodrilo. hasta que encontró una cinta de terciopelo que le anudó al cuello—. —Ya está —dijo.. la minifalda. donde había estado rebuscando accesorios. Tendrás que ir sólo con las medias. hablando consigo misma. A Molly le pareció algo estresante aunque también extrañamente emocionante. las piernas. aquí era plural: les fesses). el vestido de cebra no le quedaba nada mal. La experiencia más parecida que había vivido fue una vez cuando una dependienta larguirucha le había dicho: «Uy. Molly.) Sin embargo. El pelo. curvilínea y espectacular? La respuesta le llegó desde algún oscuro rincón de su cuerpo: «¡Yo!» . Y además. con una mirada de complacencia. Zabi le dio una chaqueta de terciopelo gastada del color de los granos de café. De repente. —¿En serio? —dijo ella. ahora se sentía entre profesionales. preparaos —dijo Alicia desde detrás de los colgadores. —Vaya. Alicia. la sentó en una silla y la enfocó con la luz de la mesa. la piel. Ya veo el resultado. -¿¡Qué!? —Date prisa o no veremos al disc jockey. A continuación le probó un conjunto negro muy ceñido. relajándose y sonriendo—. o quizá sí que podía. y le hacía una figura milagrosamente increíble. Una vez más. —Abrió un cajón y empezó a rebuscar. alerta roja —dijo Alicia. acariciando el suave tejido de la chaqueta y caminando hacia el espejo. Zabi estaba rebuscando entre los colgadores. el culo (que. se puso una minifalda de una piel dorada muy suave y cerró la cremallera. De hecho. Al final se había colocado una rasta violeta en el pelo y había encontrado un cinturón ancho lleno de tachuelas que se estaba colocando alrededor de las caderas—. Se abrochaba en la parte delantera. ¿lo veis? Rápido. —Chicos. Molly obedeció. señalando la evidente marca de la goma de las bragas en las caderas—. Molly empezó la ardua y vergonzosa tarea de quitarse las bragas. ¡Soy un genio! Vite. Y algo en el cuello. claro. Zabi dio una palmada. negro no —dijo Zabi. La siguiente opción fueron unos pantalones de raya diplomática con una camisa de chifón de color crema. hasta que Zabi lo rechazó con una mirada fulminante. vite! A los pocos segundos. La chica del espejo miraba a Molly con los ojos brillantes. ¿Quién era esa sirena tan sensual. Zabi la agarró de un brazo.). —¡Oro! —dijo—. non? ¿Y las piernas? —Agitó una mano en el aire—.

despreocupado. Cuando oyó un ruido metálico. con la ropa de otra persona. Podría ser una pose. donde fuera que desembocara. ¿Estaba bien? ¡Esta mierda de cacharro! Tendría que estar en el desguace. al menos. Disimuladamente. Veía otro puente un poco más lejor.. El semáforo se puso en verde.. el vino también había contribuido lo suyo. Al final. las columnas y las estatuas. ¿Era su corazón? «Dile siempre a alguien adonde vas y guarda dinero para el autobús de vuelta. Didier había puesto el freno de mano. Si aquello era el Sena. Se le ocurrió algo horrible. Didier tocó el claxon y. se asustó. Zabi le había susurrado nada más siniestro que «Merci» y le había dado un beso de buenas noches. y la incontenible emoción de estar en plena noche en el corazón de una ciudad que no conocía. y vender su cuerpo a algún jeque depravado y pervertido? Lo había leído en un libro. al otro. cuando llegaron al otro lado del puente y giraron hacia una calle muy concurrida.» Las familiares palabras de su madre le resonaban una y otra vez en la cabeza. que estaba canturreando y sacándole brillo a las uñas en la manga de su chaqueta. ¡Y sin bragas! ¿En qué demonios estaba pensando? Pero no había tiempo para pensar. Bueno. con gente que apenas conocía. las fuentes y los árboles. y en el cerebro. Le entró aire fresco en los pulmones. algo que a Molly le pareció muy siniestro. sino que eran las peticiones de Alicia de librarse de aquel olor a hongos. y la parada del metro tampoco estaba cerca. quería decir que estaban an a punto de cruzar hacia la orilla izquierda. tenía que empezar a trabajar en unas horas y necesitaba dormir un poco. evitó caer de rodillas. La miró desde las sombras. como ellas. Mientras tanto.) Se estaba mareando con aquel olor a almizcle. alargó la mano hacia la manivela y se empezó a quitar los zapatos para poder correr más deprisa. Didier ni siquiera se bajó de la camioneta. Molly miró a través de la ventana cómo París se desplegaba a su alrededor como una alfombra mágica. Y no había ningún embarcadero sospechoso. salían de fiesta. A un lado un muro lo separaba de las ruidosas calles y. meterla en algún barco en el Sena hasta.. como si fueran las velas de un enorme pastel de cumpleaños. donde había vivido Gertrude Stein y donde había muerto Oscar Wilde. Las sombras que había visto eran gente que. donde se atrevieron a publicar Ulises por primera vez. Molly se apartó. ¿Qué hacían ahora? La camioneta se desvió de la calle principal y se metió por otra más estrecha y oscura que bajaba directo hacia el río. Molly y Zabi se apretujaron en el asiento delantero. bueno. Por supuesto que nadie quería secuestrarla. Didier alardeó de que vendía doce variedades distintas. románticos áticos y clubes de jazz o. Las pintorescas calles estaban llenas de cafeterías abarrotadas de estudiantes. La camioneta se paró y Didier apagó el motor. estaban en un puente. ¿Y si no había ninguna discoteca? ¿Y si Zabi y Alicia formaban parte de una mafia internacional y todo lo que había pasado esa noche era un complicado plan para secuestrarla. Didier accedió a llevarlas en la camioneta. Molly oía un ruido muy intenso. y las luces y los edificios. así es como ella se lo había imaginado. —¡Es el Sena! —exclamó Molly. Zabi gritó. Allí abajo sólo había barcos y grupos de gente en la sombra. Molly se levantó. los barcos se mecían suavemente en aquel cristal negro. Allí fue donde Hemingway iba escribiendo por los bares y era tan pobre que no podía ponerse una estufa en casa. El corazón le dio un brinco. la puerta cedió y ella cayó al suelo.. decorado con parejas de farolas. . cruzando una superficie oscura que reflejaba las luces de la ciudad. Molly se agarró al asiento para no caerse con tantas curvas.4 Zabi dijo que el club estaba demasiado lejos para ir a pie. lo único que vio fue una estación de metro y un enjambre de edificios altos. y más teniendo en cuenta los tacones que llevaban. de repente. dirigiéndose a un sitio que no conocía. únicamente una preciosa explanada llena de árboles que seguían el curso del río. y que se paraban para ver cuánto dinero llevaban o para darse el lote. Y los golpes sordos que había oído no provenían de su corazón. Oscilando milagrosamente y haciendo gestos más propios de los monos. y Alicia noblemente. Zabi dejó de atender a sus uñas y se inclinó hacia él para susurrarle alguna indicación. se ofreció voluntaria a ir detrás encima de una caja de champiñones biológicos. (¡Doce! Molly no habría podido nombrar más de cinco. Miró a Zabi de reojo. escuchó a Didier y Zabi preguntarle qué había pasado. —Oui —dijo Didier. En realidad.

él la agarró y la estrechó entre sus brazos al tiempo que le daba un apasionado beso. —Invito yo —dijo Molly temerariamente. se dio cuenta de que se suponía que tenía que probarlo y dar el visto bueno. En un brevísimo espacio de tiempo estaban las tres sentadas en una pequeña mesa en la zona entre la barra y la pista de baile. pausadamente. sujetando el bolso con fuerza contra el estómago. eran expertos en conocer el carácter de la gente por sus rasgos. El suelo temblaba. —Tenemos que pedir una botella —le gritó Zabi al oído—. él la guiaba como Orfeo a Eurídice saliendo del Hades. sin impacientarse. Cuando llegaron arriba. donde la música sonaba a todo volumen y los focos de colores iluminaban todo el muelle. mientras intentaba borrar de su mente la imagen de su cuenta bancaria en números rojos. perfume y sudor. Molly. Notó cómo la brisa le subía por las piernas. de vuelta a la realidad. —Je suis australienne —dijo Alicia. El camarero sacó el corcho de la botella y le sirvió un chorrito de nada. Molly. ¿sería verdad que el amor era tan importante en esa ciudad? La pareja se separó y. Entonces notó que una mano la cogía por la muñeca y la apartaba de la multitud hacia una brillante y reluciente barra. olvidarse de todo lo que la hacía sentirse pequeña e ignorada. como si aquello fuera a servir de algo. con naturalidad. En la guía había leído que había que ir con cuidado porque había muchos carteristas. y educadamente le enseñó la etiqueta a Molly. Molly no pudo evitar girarse para verlos marcharse. Por un momento creyó que había perdido a Alicia y a Zabi. cadera con cadera. Si creen que tenemos dinero. a pesar de que estaban bloqueando el paso. Le lanzó una mirada entre coqueta y decidida y se puso a hablar con él en francés. por encima del hombro. Sus labios y lenguas se mezclaron a pocos centímetros de la cara de Molly. El ta-ca-tá de un sintetizador estalló en su pecho. ¿Cómo iba a volver al hotel? Si ni siquiera se acordaba de cómo se llamaba. un chico muy moreno que llevaba de la mano a una chica vestida de negro. Molly lo miró. más expuestas de lo habitual. Cuando llegó al barco. nos encontrarán una mesa. Zabi ya se había perdido entre el gentío. sintiendo que ésta temblaba por la música. le mostró la más inocente de sus sonrisas. Molly escuchó cómo el jazz se convertía en música disco. Señaló a sus amigas y las hizo acercarse para que las viera. mientras bajaba por la escalera metálica haciendo ruido con los tacones. De repente las invadió la música. olvidando que se suponía que era una chica acostumbrada a eso. ni manoseo. desconcertada. vamos a divertirnos! —dijo Alicia. cada uno con carácter propio. No hubo risas. Y quizá sí que sirvió porque. Se apartaron para dejar pasar a una pareja que subía por la escalera. invadida por una enorme oleada de vergüenza. es decir. enseñándoles fajos de billetes a los physios. y cómo el rap solapaba al rock. Molly apoyó un delicado tacón en la plancha. Zabi se abrió camino hasta el principio de la cola y saludó con un movimiento de cabeza al gorila. Ella asintió con la cabeza. Entonces. En la plancha se arremolinaba una multitud esperando entrar. sumergirse en ella. que envolvió a Molly como una ola.La discoteca estaba en uno de los barcos. uno de los muchos que se habían convertido en discoteca o restaurante. ¿Qué verían en los de ella? De repente sintió unas ganas desesperadas de entrar en ese sitio. se apartó y las dejó pasar. ni nada de eso. Molly se limitó a sonreír y a seguir a sus amigas. después de mirarlas de arriba abajo unos segundos. un nombre que Molly descubrió que no tenía nada que ver con su cuerpo o con el daño físico que pudieran infligir. rebuscando la tarjeta de crédito. Quería formar parte de aquella fiesta. con una torre totalmente iluminada. Vio que Zabi los miraba con respeto. El aire estaba lleno de humo y olía a alcohol. Un camarero con vaqueros y camiseta negra vino con una bandeja con tres copas y. sólo fue un beso tan intenso que a Molly se le erizaron todos los pelos del cuerpo. Estaban dentro. fue consciente del balanceo mientras seguía a Zabi y Alicia a través de una escotilla hasta una estrecha escalera de cámara. Se le acercó un hombre muy sonriente y le dijo algo que ella no entendió.. ¡ una botella de champán!. sino que era el diminutivo de physionomistes. Sin ninguna duda. hasta que llegaron a un viejo barco faro pintado de rojo. pasaron junto a Molly y desaparecieron. Cogió la copa. se agarró a la barandilla y las siguió. .. y se agarró la falda para mantenerla decentemente en su lugar. aquél era el lugar más de moda. Caminando decidida sobre aquellos tacones. —¡Venga. ¿Cómo podía quedarse allí de pie con la botella en la mano sin servir a las pobres Alicia y Zabi? ¿Es que los franceses estaban locos? Un mínimo movimiento del camarero con la ceja redirigió su atención hacia la copa e. agarrada a Zabi y a Alicia. La primera impresión fue que allí no cabía ni un alfiler. Los cuerpos estaban apretados en la oscuridad. un Goliat muy huraño que estaba a punto de reventar el traje negro que llevaba.

Molly se echó el pelo hacia atrás. Y la falda apenas le cubría la parte superior de los muslos. Pero la música era muy buena. A Molly le sorprendió que los franceses fueran realmente otra raza. como si le estuviera poniendo nota del uno al diez. Alicia la ayudó dándole unos golpecitos en la espalda. A los pocos segundos. Uno llevaba un sombrero de cowboy. Molly se giró hacia sus amigas y se refrescó con un poco más de champán. en lo que no estaba nada de acuerdo. detrás de la mesa de mezclas. llevaban vestidos negros minimalistas. Que ojalá ella no fuera tan alta. De repente. Oh. Indiferencia era la palabra. tímidos y.. Venga. notar la piel contra la tela mientras el cuerpo se dejaba llevar por la música. Era como si llevara una pantalla de lámpara. sino que más bien su sísmica fuerza de carácter la propulsó al otro lado de la Tierra. ese chico de allí tan guapo que estaba bailando con su novia. con ojos melancólicos. a Molly le habían quitado la chaqueta y estaba en la pista de baile. vio que aparecía una visión en blanco: el gurú de Zabi se quedó a su lado. Que ojalá Zabi dejara de menear la falda de aquella manera.se lo bebió de golpe y consiguió asentir con la cabeza antes de ponerse a toser como una desesperada. En algún momento. cruzando las piernas. levantaba las cejas como muestra de aprobación. ¿Quién se habían creído que eran estos franceses mirando así? Ya les enseñaría ella. yo no he venido a eso —dijo Molly.) —Bueno. los pendientes de Alicia. con los puños levantados. Y no tenían ese aire de despreocupación refinada que a Molly le parecía tan atractiva. —Estoy bien —dijo Molly. y la gente era muy guapa. se vio envuelta por un remolino de vestidos negros y camisas blancas. Cada vez que Molly lo miraba. él ponía música más marchosa hasta que todo el local volvía a estar enloquecido. Así es como debería ser su vida: color. Cada vez que Molly pensaba que si no se sentaba. ni siquiera se atrevía a quitarse la chaqueta. chicas —dijo Alicia. Llevaba una camisa de flores y unos enormes auriculares. brazos levantados y largas melenas. A lo mejor el otro se había pensado que era una puta. ¿Y si alguien se daba cuenta de lo que llevaba? (O de lo que no llevaba. tan rubia. Los chicos eran morenos y fuertes. —Sí. y no lo había hecho más de cinco o seis veces. En comparación. la siguieron mirando. Molly! —gritó Alicia.. y tenían aquella expresión de «no te metas conmigo». socorro. Sin embargo.. ¡Bum! Molly casi perdió el equilibrio cuando Alicia chocó su cadera contra la de ella. La repasó de arriba abajo y después le dedicó una seductora sonrisa. música. regordeta. medio cegada por los focos que no dejaban de ir de un lado para otro. cejas móviles y narices griegas. su escote parecía que estuviera totalmente expuesto. Zabi tenía razón: el disc jockey era muy bueno. ¡Uy! Un hombre la había pillado mirándolo.. otro empujón con la cadera. arregladas hasta la perfección. tan. —Mentirosa. vamos a bailar —dijo Zabi.Vio al disc jockey. Todo seguía el mismo ritmo: las botellas de la barra. sensaciones y libertad. A menudo se había dado cuenta de cómo los chicos caen en la trampa de pensar que una chica es atractiva sólo porque lleva ropa provocativa. Molly le sonrió. Alicia se había convertido en una persona súper cinética. tan australiana. Molly pensó que ojalá Alicia no fuera tan. Pero su famosa mirada fulminante pareció no funcionar aquí. unos diez minutos antes de llevársela a otra mesa. enseñémosles lo que tenemos. sonriendo. bueno. Nadie se había quitado la camiseta ni estaba vomitando por el suelo. . Por ejemplo. secándose los ojos y haciendo ver que estaba absorta en los que bailaban. los bajos de la falda de Cenicienta de Molly. Empezó a reflexionar sobre la ropa que le habían prestado. con aspecto de papilla de bebé. Desde arriba. Molly estaba casi segura de que la llegada de Alicia a Europa no fue a través de las convencionales líneas aéreas. La fabulosa criatura que había visto en el espejo de Zabi era ella. un gesto que le salió directamente del corazón. —¡Vamos. se sintió invadida por una oleada de confianza. los ingleses eran pálidos. como los ingleses. sino con una franca y casi profesional mirada de valoración que era totalmente nueva para ella. La cara le brillaba con una mezcla de sudor y felicidad. Las chicas eran delgadas y bien contorneadas. el pobre. se les acercaron. al otro lado del barco. no sólo otra nacionalidad. que hacía rato que daban vueltas alrededor de la pista. Objetivos para esta noche: ¿a quién queremos llevarnos a casa y comérnoslo para desayunar? —En realidad. y no de manera maleducada o lasciva. y movía la cabeza adelante y atrás como un faisán a la carrera. moriría. inclinándose sobre la mesa con los ojos brillantes—. energía.. se giró dándole la espalda y empezó a hacer'movi.mientos algo más exagerados para demostrarle que no necesitaba la aprobación de ningún hombre. ¡Pero funcionaba! Y llevar tan poca ropa era liberador. En lugar de darse la vuelta. ¡Aquello la ponía de los nervios! No era tan guapo. y el otro una camisa de lo más extraña con lucecitas.) Un par de chicos. Maldita sea. (Seguramente era demasiado viejo para bailar. A pesar del calor que hacía ahí dentro. aterrizando en París. meneando las caderas y golpeando el suelo con los tacones..

merci!» Qué fácil era ser coqueta en francés. ya se había ido. Cuando al final la música se relajó un poco y todos aplaudieron al disc jockey. recorriendo la barandilla con la mano. Y mucha sed. pensó. aunque ni siquiera sabía hacia dónde tenía que mirar. la Torre Eiffel. era delgado. observando las luces de la orilla derecha. Había una cuerda colgando de un gran sauce inclinado. Caminó hacia la parte delantera del barco. mientras llenaba la copa hasta arriba y se felicitaba por haber dejado la botella en su lugar sin ningún problema. y ardientes e intensos ojos clavados en los de ella mientras esperaba una respuesta a su pregunta. entonces. Está allí. Subió la escalera cantando: —I feel pretty. mientras daban brincos—. Qué extraño. dos chicos le pidieron para bailar. Estaba buscando la Torre Eiffel.. . No era segundo plato de nadie. Se giró y vio a un chico que había estado flirteando con ella en la pista y que ahora se iba ¡con el brazo por encima del hombro de su novia! El muy cerdo. en medio de aquella misteriosa y mágica ciudad. le dejó leer la nota a Alicia. y el aire cálido como en una noche de agosto en Londres. se detuvo y miró a derecha y a izquierda. ¡París! Estar allí. —No. Molly observó su perfil ligeramente iluminado por las luces del faro: frente inclinada. Te quiero. Le llegó un olor de tabaco afrutado. —Vete tranquila —dijo Molly. Lo frustrante de haber llegado por la noche era que no podía ver nada en condiciones. —Mais alors. oh so pretty. Sin poder articular palabra. un tubo dorado de energía líquida. con las estrellas brillando en el cielo. El aire fresco fue como si alguien le colocara una relajante mano encima de la frente. y después invitaban a pizza y refrescos. «Non. fumando. juegos en la orilla. La verdad era que empezaba a sentirse un poco mareada. Al coger la botella. En lugar de eso. a escasos metros.. Decidió subir a cubierta para refrescarse. Molly aún recordaba la sensación de vértigo en el estómago y el exquisito terror cada vez que se soltaba y se hundía más y más en las frías profundidades del río. «Podría vivir a base de champán». o a lo mejor fueron cuarenta. tra-la-la. Molly no estaba segura de si un viejo río sucio. —No había ni un ápice de celos en su voz. Y. por ejemplo. también. si es que quedaba algo de beber. tan nerviosa que por un momento olvidó todo su francés—. barba de ayer que oscurecía la zona entre la oreja y la mandíbula. Molly se rió tanto que tuvo que ir a la mesa para refrescarse con un poco de champán. Rompió la nota y la tiró por encima del hombro. en cualquier caso. Era la última vez que recordaba haber sentido una felicidad tan pura y verdadera. cuya ubicuidad en las fotos sugería que era visible desde cualquier rincón de París? Cuando llegó al extremo del barco. Se sentía llena de curvas y con mucho poder. Bailó con Alicia diez minutos. tan guapo que quitaba la respiración. y allí todos aprendían los movimientos de alguna agrupación juvenil o de «The Barbie Song». Los otros niños montaban fiestas en la piscina y los trampolines del centro de recreo. Por el camino. cuando volvió. El olor ácido y el verde del agua le trajeron un recuerdo a la memoria: la fiesta de su décimo cumpleaños que. —Mientras le indicaba la dirección correcta. Un ligero movimiento en la oscuridad la asustó. acariciando deliciosamente su piel.. con el lodo entre los dedos de sus pies. pelo oscuro echado hacia atrás. Tenía la cabeza como en una nube. Estaba apoyado en la barandilla. una voz dijo: —Vous cherchez quelque chose? (¿Buscas algo?) Molly sabía que estaba sonriendo incluso antes de verle la cara. Tardó unos segundos en acostumbrarse al cambio de ambiente. y la piel de gallina de los omoplatos le indicó que estaba a punto de ocurrir algo extraordinario. ¿Dónde estaba. y pestañas de adolescente. seguido de una hilera de números. gracias. Yo. desde aquí no se ve. o reservaban la discoteca del pueblo. retrasaron hasta las vacaciones de verano y que organizaron en un lugar precioso junto al río del pueblo. hamburguesas vegetarianas y malvavisco cocinado por su madre en una hoguera en el suelo sería lo suficientemente bueno para sus compañeros de clase. —Tenía un tono deliciosamente desdeñoso en la voz—.—Estamos locos —gritaron. tengo demasiado calor para ir a ningún sitio. veintipocos. Bueno. a mí nunca me pasan estas cosas. Era un ser tan maravilloso y deseable. —Molly. ya sabes. Luego se dirigió hacia el lado del barco que daba al río y se inclinó sobre la barandilla.. llegando tan alto y tan lejos como te atrevieras. Pero le encantó. Llámame. volvió eufórica a su silla. Apenas habían pasado unos segundos desde que se había sentado cuando alguien le dejó una nota en la mesa. Pero la fiesta fue todo un éxito. descubrió que volvía a estar casi llena.. bueno. La abrió y leyó: «Eres una mujer preciosa. detrás de la montaña de Sainte Geneviéve. sí —contestó ella. nariz recta. por alguna razón. se levantó y dijo—: ¿Te importa si me voy con el chico del sombrero de cowboy? He notado que me miraba. agitando la mano—.. Cogías carrerilla desde la fangosa orilla y pasabas por encima del agua marrón. Claude».

dándose la vuelta y caminando hacia atrás por la cubierta. Nunca he estado aquí. y sintió como si la hipnotizaran. Mientras bailaban. le soltó las manos. alucinado—. ¿En serio? Molly asintió. On danse? Ya estaban. En lugar de llevarla a la pista. lo sostuvo con los dedos pulgar e índice y lo lanzó al río—. Todo el rato. exactamente. la hizo girar. ¿Sola? Sí. —La observó en silencio un instante. estaba contoneándose junto a él. ¿Y los maravillosos hombres? —preguntó. pero lo había tenido que dejar.. porque era incapaz de expresar claramente. que ella sonrió. claro. Era como jugar a un juego lento. aunque su cuerpo daba saltos de euforia—. Tenía los dientes blancos y perfectos. para ver las maravillas de la historia y la cultura. Por un momento. una pequeña gentilhommière [casa solariega] a orillas del Loira. No quería que pensara que era una cabra loca que sólo salía de fiesta. Trabajaba en Londres. todo eso. Sencillamente iba a suceder. en francés—.. pareció que el chico se lo había creído. sintió una opresión de emoción en el pecho y en la garganta. hablaban. —¿Qué estás haciendo? —Nos vamos —dijo él. El arqueó una ceja. Así que había venido a París el fin de semana. mientras él la miraba fijamente a los ojos y ella observaba la movilidad de su boca y las cejas oscuras. ¿Adonde vamos? —¡A ver París! . nada especial. —La cogió de la mano y empezó a caminar hacia la plancha. Pero era una mujer preciosa. —Se estremeció ante su propia audacia. ¿Y él? Nació en París y había vivido allí toda su vida aunque. —Y yo Molly. Molly se estremeció. Exactamente. luego cogió el cigarrillo. aunque bromeando. y se acordó de decir que ella también había ido a la universidad. no le había pedido que bailaran y.. otra vez con aquel maldito pronombre impersonal. —¿Nunca? —dijo Fabrice. Problemas de dinero. —Las turcas. Pero luego vio la mueca en la cara de Molly y los dos se echaron a reír.. se las volvió a coger. para. ¿no? No. Puedo salir a divertirme a una discoteca y seguir siendo una persona inteligente. —¡Espera! —rió Molly. Molly —dijo él. —No sé bailar así —se disculpó. quand méme. La atrajo. —Ah. Cuando la canción terminó. la música era un sonido apagado. Hasta el verano pasado había estado estudiando arte en la universidad. Un trabajo muy interesante. om? —Le dio una calada al cigarrillo mientras entrecerraba los ojos por el humo—. Cuando sonreía. Al aire libre. A los pocos segundos. Molly observó cómo el cuerpo de él se movía debajo de los vaqueros y la camiseta. bueno. se colocó una mano encima del escote—. rozando las espaldas. —Es fácil. naturalmente. viens. su familia tenía una casa de campo. —Quel dommage! —susurró Molly. —Bonsoir. Bastante responsabilidad. la magnitud y urgencia de lo que quería. ella no le había dicho que sí. la alejó. aunque tenía amigas aquí. —¿Turista? Molly levantó la barbilla en señal de protesta ante aquella etiqueta. en la cubierta. y enrollándose y desenrollándose de sus brazos. Si encuentro alguno. Pero no se estaba despidiendo. los párpados se le curvaban hacia arriba de manera muy sensual. no tienen este pelo rubio tan bonito. lentamente. Quiero. He llegado esta noche. —No siguió. soy de Turquía. Ese tipo sí que dominaba el arte del atrevimiento. viajes internacionales y. —Alors. —Puede. quiero. silencioso y sexy. El chico se sacó un trozo de tabaco de la lengua. estrechándole la mano de manera tan formal. —Me llamo Fabrice —dijo él. la cogió de las manos y empezó a bailar con ella allí mismo. se lo acababan de decir en una nota.—No lo sabía —dijo ella. A dónde debería ir? ¿Qué tengo que ver? —¿Te refieres a «las maravillas de la historia y la cultura»? —¡Sí! No te rías de mí. ni siquiera para ella misma. ¿sabes? —De manera inconsciente.. igual que sus movimientos: una especie de jive lento que había visto bailar a otras personas pero que ella nunca se había atrevido a probar. pararon y se miraron. acercándose más—.. —He venido —dijo. —¿Eres inglesa? —No. Su cuerpo empezó a responder al ritmo. todavía no. — Háblame de París —se apresuró a decir Molly—.

Está viva. Como una mujer. enviaban latigazos de placer a los rincones más ocultos de su cuerpo. a través de las palmas de Molly. Todo estará cerrado. Debía tener un coche. Molly levantó la cabeza. Y era un estudiante de arte. París revela sus secretos por la noche. —Cogeré la chaqueta —dijo. no se puede cerrar una ciudad. Fabrice tenía unas llaves en la mano. respira. —En fin. como tú y yo. . Meterse con un extraño en un coche para pasear por una ciudad extraña sería una locura. Los ojos de Fabrice eran como chocolate deshecho. Fabrice se detuvo. Y sus dedos. —Molly sentía su respiración en la mejilla—.—¿¡Ahora!? —¿Por qué no? —Pero es de noche. Molly.

como si tuvieran una nave espacial encima. hasta que sus manos se encontraron debajo de sus costillas y sus pechos estuvieron apretados contra su espalda. por una rampa. El motor sonaba como un trueno. alejándose del río. El peligro era intoxicante. Era una mujer salvaje divirtiéndose en París. sino una moto. Tímidamente. ¿Era un parque? ¿Un museo al aire libre? No tuvo tiempo de descubrirlo porque Fabrice giró y siguió por encima del césped. con una cúpula igual que la catedral de St Paul de Londres. y le acarició la parte externa del muslo con la mano. A ambos lados de la carretera había estatuas metálicas irregulares. una iglesia muy sucia y vieja. Y guapo. Une femme sauvage. levantándose sobre el río rodeada de brillos dorados. casi como si flotara en el agua. —Oh. aunque no era ninguna nave. Volvió a poner en marcha la moto y tomó una calle que subía y bajaba entre zonas donde el césped estaba recién cortado. Tenía pelos en la boca. derrapando. de repente los bañó una luz casi divina. era terriblemente íntimo. Grrrrrr. En lugar de ello. Ahora habían salido de aquella calle e iban hacia arriba. ¿Viernes y medio? ¿París y medio? ¿Su vida y media? ¿Era posible que fuera la misma noche que había llegado a la Gare du Nord? ¿Y aquélla era ella? ¿Una chica sin trabajo que nunca había salido de su país. —¿Tienes miedo? —No —dijo ella—. se dirigieron hacia el río. —¡Yuuujuuu! —gritó Molly. De repente. Dio gracias. El suyo. La luz del faro de la moto iluminaba las columnas de piedra que había en el medio con una marca verdosa de las mareas. oscuras y desiertas. A Molly no le hubiera sorpendido ver la furtiva sombra de un monje en un callejón de ésos.. ¿eh? —sonrió Fabrice. un misterioso muro muy alto que le recordó el jardín secreto donde Cosette y Marius se habían prometido amor eterno en Les Miserables. y de vuelta otra vez a las luces del tráfico nocturno en la calle paralela al río. (Se había pasado un lluvioso e interminable verano absorta en ese libro. como músculos debajo de la piel. «En realidad. casas de varios pisos. —Gentille petite Anglaise —murmuró él. la reconoció enseguida. Allí delante había un puente. Señaló hacia delante. estaba la catedral de Notre-Dame. Con contrafuertes afilados como velas hinchadas y agujas como mástiles. y debajo un túnel. Fabrice frenó en seco. es amable —pensó Molly—. A pesar del enorme tamaño parecía frágil. Cuando salieron. Molly pensó. No era una estúpida secretaria. una de esas pequeñas máquinas con estribos anchos que subían hasta el manillar y una especie de maletero pequeño debajo del asiento. redujo la velocidad y se paró. manteniendo el equilibrio de la moto con una pierna apoyada en el suelo. Estar tan cerca. Fabrice alargó un brazo hizo apretarse más contra su cuerpo.5 El viento se le metía en las orejas y le subía la falda. parecía mucho más joven que el misterioso extraño del barco. mientras aceleraba por la explanada del río. En lugar de subir por donde había venido.. con la falda subida y las rodillas apretadas contra sus muslos. aunque no tenía ni idea de que estaba en una isla. —suspiró. Me encanta. peligrosamente cerca del agua. dejando atrás tiendas cerradas. . y escuchó el eco de su propia voz entre los muros del túnel. Molly se secó las lágrimas que tenía en los ojos por el viento y miró por encima de su hombro. le daba un aspecto de gladiador heroico. como si tranquilizara a un caballo. —¡Agárrate fuerte! —le dijo él. Molly apretó más los brazos alrededor de la cintura de él. las manos agarradas con fuerza a la chaqueta de piel. —Et voilá. En la superficie se distinguían con claridad las olas de la corriente. tomó una calle que bajaba y se metió en otro túnel. sino un gran edificio dorado. como si las hubiera esculpido una mano gigante a partir de un bloque de metal.» —Es fabulosa —le dijo. y mariposas en el estómago. seguro que fue algún barco de ensueño conjurado por Coleridge durante algún trance de opio. —No está mal. Fabrice encendió el motor y ya volvían a estar en marcha. Siguieron el curso del río por el empedrado. ¿Ahora a dónde iban? A lo lejos se oyeron las campanas de un reloj: la media. Allí delante. de donde Fabrice había sacado otro casco. Fabrice tocó el claxon y se metió en el túnel. Cuando salieron.) Las calles estrechas subían y subían. y que ahora cruzaba París con la mejilla apoyada en la espalda de un francés encantador? ¡Sí! No era una don nadie de provincias. No era un coche. Mademoiselle la Touriste.

Estaban muy cerca. Por un segundo pensó que la iba a besar. Simone de Beauvoir. Fabrice guardó los dos cascos en el maletero debajo del asiento y ató la moto a una farola con una cadena. le gustaba la idea. Las hojas de los árboles eran amarillas bajo la luz de las viejas farolas. El beso llegaría en el momento indicado. Había misteriosas galerías comerciales. Seguramente. Además. No se oía nada. para disimular. Al ser franceses. se pararon. —En cualquier caso. —Claro que sí —dijo ella—. Vámonos. No se oía nada. Además. había algo exuberante en las cúpulas doradas. rodeada de casas blancas y con un árbol en el medio. tampoco habría podido besarla allí. tan familiar y conocida como un amigo. con frontones y banderas. con aquellos arcos tan bonitos en lo alto de las escaleras y esos nombres tan exóticos. Al final.solitario en medio de una gran plaza. —¡No! —Vale. magníficos. estaba lejos. Desde donde estaban. los delicados dedos. Este es el Montmartre de verdad.. parecía un monumento a los grands hommes de Francia. había una silueta iluminada con luces doradas. Molly se giró. París le estaba abriendo su corazón. porque los cascos hubieran chocado. Aquí los edificios. égalité. excepto el rugir del motor de Fabrice mientras rodeaban el edificio y se detenían en la entrada. ¿No es preciosa? Oh. —Pero ¿no es un lugar muy turístico? —se apresuró a decir. Fabrice. Dejaron atrás varias estaciones de metro. —En Montmartre. Se quitó el casco y se sacudió el pelo. las columnas con volutas. Molly pensó en los grandes nobles con sombrero de copa y capas mirándose los unos a los otros a través de unos quevedos. no pudo evitar un suspiro. —¿Dónde estamos? —preguntó. Puso en marcha la moto otra vez y descendieron por una pendiente. Y recortándose sobre el horizonte. y había algo tan encantador en aquel tranquilo y recogido lugar que Molly tuvo la sensación de haber entrado en un mundo mágico. y una place detrás de otra del tamaño de Trafalgar Square. Fabrice apagó el motor y sacó la llave. Liberté. sabían que había un camino hacia el amor. que cada vez se veía más y más pequeña. le rodeó el pecho con los brazos y lo abrazó por detrás. gracias. un concepto tan sofisticado que era de agradecer. incluso en el enorme tamaño de las estatuas de los nobles (con sus nobles caballos) que le encantaba. llena de columnas. teatros con carteles en la puerta. y tienen hijos y salen a tomar una coupe rouge con los amigos. —¡Es la torre Eiffel! —exclamó Molly—. cruzaron a la orilla derecha por un puente que no reconoció y llegaron a una zona llena de avenidas triunfales. Y Molly sólo podía hacer una cosa: abrir el suyo a todas aquellas experiencias. bajándose de la moto. Cruzaron una avenida con una gasolinera en la esquina que apestaba y que todavía estaba iluminada con luces de neón. te lo enseñaré. algo frívolo en la metalistería y la cantidad desmesurada de árboles. Encima de las columnas había algo escrito.) Calle a calle. Luego se adentraron en un laberinto de calles muy estrechas. no te he traído aquí por esto. Fabrice quería llevarla a algún sitio especial. Mira detrás de ti. Estaban en una plaza pequeña y asimétrica. Empezaba a entender a los franceses.). monumentales. No habían dejado de subir ni un momento. Volvieron al río por un camino distinto. fraternité! (Sobre todo. las calles limpias se fueron deteriorando en un zigzag de calles indescriptibles. Gradualmente. Él giró la cabeza y le dibujó una sonrisa que casi la derritió. donde la gente vive y trabaja. hancha y ajardinada. Marie Cuñe. —¿Y qué pasa con las grandes mujeres? —¿Hay alguna? —bromeó Fabrice. pero eso no quería decir que fueran a actuar allí mismo. —Impulsivamente. se levantaban orgullosos. Era más guapo de lo que Molly recordaba.. Al mirar los hábiles movimientos de sus manos (el juego de nudillos. los huesos de las muñecas. —¿Estás cansada? —le preguntó él. —Por eso venimos de noche. Fueran adonde fueran. Ven. viejas tiendas de antigüedades con estatuas de esclavos nubios de tamaño natural. Molly echó el cuello hacia atrás para poder observar mejor la fachada. Molly observó la torre Eiffel.. Jugaban con la mirada. había una gran avenida.. Es como un pueblo. . fraternité. —Agitó la mano hacia algún lugar en la distancia—.. Molly frunció el ceño.. Sin embargo. hasta que al final desapareció en el horizonte. Una empalizada de barras de hierro negras enfatizaba todavía más aquella austera magnificencia. los turistas sólo quieren el Sacré-Coeur. Bueno.

Sólo estaban dando un paseo. No sabía que fueran una zona erógena. Fabrice la cogió por los hombros y le dio la vuelta. Molly observó cómo se lo colocaba despreocupadamente entre los labios. Mareada de tanto reír y por el contacto directo con Fabrice. del E. Pero a excepción de eso. bocadillo ( N . por supuesto. y algo sobre Napoleón. —Molly. —Et voilá —anunció él.)] fundaron el stupidisme. pero cogió lo esencial. helas!.)] en la sorprendente Exhibición Flageolet [Habichuela/Flautín (N. Dios mío. Más tarde colaboró con Huîtres [Ostras (N. Fabrice le explicó por qué a Montmartre lo llamaban el monte de los mártires. Pobres pies. aquí es donde vivieron todos los pintores—dijo Molly. deseando que aquello fuera verdad. elevada del suelo y embutida entre dos calles. —Se los colocó encima de las rodillas y empezó a masajearlos con suavidad. Incluso Fabrice se estaba riendo a carcajadas de sus propias bromas. delE. masajes franceses en . —Y aquí tenemos el estudio de Champignon [Champiñón (N. ¿Es que una mujer decente no podía dormir tranquila en su casa por la noche? ¿Qué le pasaba a la juventud de hoy en día? Fabrice le respondió en voz baja.La llevó hacia un tramo de escalera mientras buscaba un cigarrillo en los bolsillos de la chaqueta. —¿En serio? —dijo ella. Molly intentó pensar en algo para impresionarlo. Molly se dejó caer en el círculo de los brazos de él mientras caminaban haciendo el payaso por las calles. La giró hacia otra casa. Cuando Molly se quitó las sandalias. Fabrice puso los ojos en blanco y se rió. del E. y dejaron atrás casas cubiertas de hiedra.)]. descansan en el cementerio de Bouillabaisse. Fabrice la cogió de la mano y. y le enseñó la casa de una estrella de cine francesa que no le sonaba. De repente se abrió una ventana y se oyó un torrente de francés enrabiado.. A pesar de no ser más grande que un salón normal. intentando recuperar el aliento. Apuntó con el cigarrillo hacia una de ellas. del E. entonces. Nadie le había tocado así los pies nunca. Subieron por unas estrechas calles y bajaron por escaleras empinadas. Una mujer en camisón se había asomado a la ventana desde un segundo piso y estaba gritando como una loca. Pero. Molly estaba un poco avergonzada. Molly no entendía todas las palabras. El famoso bar donde el poeta experimental Croque Monsieur [Biquini. ¿eran los cubistas o los surrealistas? Sería terrible equivocarme. la más maravillosa lasitud se apoderó de su cuerpo. La llama le iluminó los pómulos y las pestañas. Sólo quería saber si a él ella también le gustaba. Deberían avergonzarse. donde se relajaron. que le iban pequeñas. sonriendo. acogía tres árboles.. haciéndola mirar una hilera de casas. que estaba un poco excitada? Falda de piel. Molly y Fabrice se miraron e intercambiaron sonrisas de culpabilidad. no era ningún crimen. Ahora están todos muertos y. Frunció el ceño cuando soltó la primera bocanada de humo.. —Para —dijo ella. Eres adorable. los. Dámelos.. jardines llenos de plantas e incluso un viñedo. que Fabrice dijo que producía un vino que parecía orina. impaciente—. al final—. Esperaba que no hicieran demasiado odeur. Al principio. —La ayudó a subir los escalones y la sentó en el banco. [Vino blanco ( N . la chántense Muscadet. Se detuvieron delante de una casa rosa con las ventanas cerradas. Si no se iban ahora mismo. En algún momento había oído el correr del agua de alguna fuente o algún riachuelo. llamaría a la policía. Era muy inteligente. Como Picasso y todos los. cruzando charcos de luz y la más espesa sombra entre árboles. sin ropa interior.)] antes de que ésta lo dejara por Roquefort. del E. pero lo que en realidad quería era mirarlo. —Y. Observa el complicado hors d'œuvre [Relieve/entremés (N. del E. la llevó calle arriba. un banco de hierro forjado y una fuente con una pareja besándose. Su voz le hacía cosquillas en la oreja mientras él le susurraba: —Fue en esta casa donde Cliché y Maladroit [Estereotipo y Desmañado (N.)] grabado encima de la puerta. —¡Ya basta! —gritó Molly. tú y tu cultura. aunque en aquel preciso instante no recordaba por qué.)] solía venir con su amante. hmmm. Fueron a parar a una plaza diminuta. —¿Podemos sentarnos un momento? —dijo Molly—. entre risas.)] de 1925. —¡Enamorados chiflados! —le respondió la mujer. —Claro.. La ventana se cerró. ¿O era ella. Me duelen los pies. él le hizo un gesto. todo estaba tan tranquilo que parecían ser las dos únicas personas sobre la faz de la Tierra. El aire frío le indicó que estaban por encima de la contaminación de la ciudad. Molly recordó que estaba totalmente en contra del tabaco. con gestos grandilocuentes—.. del E. inclinaba la cabeza y lo encendía con el mechero. al azar. Ven. caminando de puntillas de manera exagerada y con el dedo en los labios.

con una mueca—.los pies: ¿es que había algún gen picaro que no conocía? Se apoyó en el respaldo del banco en un estupor de lo más sensual. ¿verdad? —Es el sol. que le enseñaba la ciudad. No podía evitarlo. si quieres. —Bueno. señalando la estatua. escribió algo en la parte de atrás y se lo metió en el bolsillo de la chaqueta—. —¿Qué es eso de allí? —preguntó—. —¡No! —gritó. tonta. Estaba tan ocupada con sus pensamientos que no vio adonde iban hasta que Fabrice se detuvo. aunque volvieron . había una luz roja. Tenía razón. Cualquiera puede verlo. Fabrice se encogió de hombros. Vale. —¿Quiénes son? —preguntó ella. ella lo volvió a mirar. Claro que el día sería perfecto. se extendían las luces de París. Gracias. —Tenía boli pero no papel. y los fines de semana que vendrían. como si fuera un precipicio. parisino. —¿Quieres ir deprisa o despacio? —le gritó él. —Pero no mires detrás de ti —le advirtió Fabrice. pero llenas de los típicos recuerdos para turistas. —No lo sé. soñadora—. Él la miró a los ojos con aquella despreocupación tan típica suya. La luz de la moto iluminaba la distancia más próxima. —¿Qué? Ah. Claro que tenía suerte. en su fuero interno opinaba que era bonito. —Bajó los pies al suelo y se ató las tiras de las sandalias. Un bastardo de la arquitectura. Fabrice dijo que le venía de paso. Sin embargo. No es que Fabrice fuera exactamente suyo. Se veían cúpulas y agujas. hasta el Sacré-Coeur. y cómo se portaría Fabrice con Sal la Gorda cuando fuera a Londres. sí. bloques de apartamentos y rascacielos. Siguieron subiendo. en el horizonte. Molly se giró de inmediato. Había más tiendas. —Es horrible —dijo Fabrice. casi como el Taj Mahal. Se giraron para contemplar la maravillosa vista de París. Pero ella le gustaba. Era tan agradable no ser una turista. —Va a ser otro maravilloso día —le dijo él—. —¡Deprisa! —respondió ella. -¡Sí! La moto se inclinó en un ángulo de cuarenta y cinco grados y bajaron a trompicones la escalera a una velocidad espeluznante. Lo que sea. empezaría a llorar de placer en cualquier momento. sino tener a su propio francés. Ya se estaba imaginando qué pasaría mañana. ¿Qué haremos? Fabrice la miró. cuando creyó que había perdido a Zabi y a Alicia. ¿Estás en un hotel? ¿Un hostal? Después del susto que se había llevado en el club. Molly lo miró y apartó la vista pero. Tengo una idea. torres y campanarios. No tardaron nada en llegar hasta donde habían dejado la moto. con el río en medio como si fuera una gran serpiente negra. había memorizado el nombre y la dirección. tan pronto como Fabrice volvió a concentrarse en sus pies. claro. Y ahora —dijo—. —¿Mejor? —preguntó él. Ya era mañana. Enamorados chiflados. aunque el cielo ya empezaba a clarear. Llegaron a una parte plana. sabiendo que aquélla era la única respuesta posible. quizá. Molly asintió. A lo mejor era una fábrica u otra cosa que se estaba quemando. Si no vigilaba. A una cierta distancia. Estaban al borde de una plataforma de piedra. así que rompió un pedazo blanco y azul del paquete de tabaco. —¿Lo ves? —dijo. ganando velocidad. Molly cerró los ojos y se agarró con fuerza a Fabrice. voy a llevarte a casa. —Molly —suspiró él. hasta donde sus ojos alcanzaban. Pasaron por encima del adoquinado de las calles. Molly se subió al asiento y sonrió para sí misma cuando Fabrice puso en marcha el motor. Le maravillaba la curva del labio superior y cómo el pelo le caía en la frente. y pasado. ¿No había conocido a Fabrice? —Mi primer día de verdad en París —susurró. Molly dibujó una sonrisa secreta. Te lo escribiré. Si no estás ocupado. —Se sonrojó. perplejo. Quiero enseñarte una cosa más. A la izquierda. No será un fuego. Fabrice giró de golpe y equilibró la moto. Tienes suerte. cerradas. A ella le encantaba cómo pronunciaba su nombre—. Por supuesto. A sus pies y a su alrededor. del gris rosado al negro. y con un gesto de la mandíbula le señaló la vista que tenían delante. ¡y la torre Eiffel! Era fantástico. el Sacré-Coeur brillaba como un pastel de boda gigante. -¿Qué? Recorrió París de este a oeste con la vista. —Podemos hacer lo que quieras —le dijo Molly—. ¿no? Se acordó de la mirada que le había lanzado cuando había dicho «enamorados chiflados» y sintió un escalofrío de anticipación. —La miró y le dibujó una picara sonrisa—. —Bien. observando las preciosas manos de Fabrice apretando su carne. Molly vio que estaban justo delante de un tramo de escaleras de piedra hacia abajo.

el mismo sitio donde había salido del metro no debía hacer más de ocho horas. Molly se quedó en la acera.mer rayo de sol. Molly escuchó que alguien gritaba y abrió los ojos justo a tiempo para ver a un señor con una cesta de ostras. viviendo al mismo latido. La chaqueta se agitaba en el aire. que limpiaba las alcantarillas y el suelo. poder sentirle las costillas bajo las manos. con una pequeña sonrisa que Molly sintió bajo sus manos. langostinos frescos moviéndose en el hielo. Ya no le parecía grande ni tenebrosa. el pecho debajo de la camiseta apretado contra sus pechos. invadiéndole la boca con la lengua. Molly sintió sus dedos acariciándole las mejillas mientras le sacaba el casco. Era como el principio del mundo. cerca de la oreja de Fabrice. Había una pequeña tienda. salutl Los dos hombres se dieron la mano. Fabrice la soltó. convirtiendo las gotas de rocío en diamantes. En los laterales llevaba impreso un dibujo de una figura hu. Había camionetas grises aparcadas en doble fila. La atrajo hacia sí con fuerza. y colocándolas meticulosamente en su sitio. Su mundo se redujo a aquel cuerpo cálido que tenía entre los brazos.. Estaban respirando en el otro. Se estaba derritiendo. Molly asintió. Mientras Molly lo miraba. Le sonrió por encima del hombro y luego alargó un brazo para agarrarla por un codo y ayudarla a bajar. estrecha y tranquila. Au dodo. saboreando al otro. Fabrice apoyó la moto en un pedal y se bajó. flores. ¿cómo no la había visto? Un camarero con un delantal blanco y chaqueta negra estaba sacando las sillas a la terraza enfrente de un café. Molly? Eres preciosa. —Salut. de donde salían uvas. El sábado estaba empezando. con una sonrisa—. Justo cuando llegó a la esquina. Olía su piel y notaba la barba de dos días contra las mejillas. se asomó el pri. ya era de día. Vete a dormir. Al final. cálidos y exigentes. Tenía una cara tan asustada que a Molly le hizo gracia. La frase de debajo decía: Me gusta mi barrio. y la manera tan seria que tenía de agarrar el manillar. observándolo cómo se alejaba por donde habían venido. Pensó en Didier colocando setas en su parada. —¿Sabes. —No es cierto —susurró ella. ¡Recojo la caca de mi perro!» olly reconoció su calle. llegaron a una calle ancha y recta y se unieron al tráfico de la mañana. Le encantaban los ángulos de las rodillas y los codos. Al final. Quería quedarse así para siempre—. hacia dentro y hacia fuera. más grande y verde. Estaban parados en un semáforo en la plaza de la República.mana levantando triunfal una bolsa pequeña. pero. un pájaro no dejaba de cantar. sin ninguna duda. quitándoles el polvo con un trapo. —Hoy —le recordó. —Anda —dijo él. Molly apoyó la mejilla en la espalda de Fabrice y cerró los ojos. —¡Eh. Los quioscos de prensa estaban abriendo. —Y tu sonrisa —le acarició los labios con un nudillo. Le acarició el pelo con suavidad. La moto giró hacia calles más tranquilas. limpiándose la barriga. . De alguna parte le llegó el olor de pan recién hecho. Molly no tenía fuerzas para bajarse. el color ya empezaba a invadir la ciudad. Había un gato en a escalera de su hotel. con una palma a cada lado de la cabeza. —Es aquí —dijo. con el maletero abierto. Vio a un señor mayor con zapatillas que bajaba a comprar el periódico. Ella se quedó junto a él. En lo alto de un árbol. apretando más los brazos y hundiendo la cara en la chaqueta de Fabrice. Estoy muy cansada —dijo. Y entonces los labios de Fabrice se abalanzaron sobre los de ella. —Se la recorrió con un dedo. Ella notaba los muslos de él contra los suyos. el ruido de los coches. A Molly le pesaban mucho los párpados. escuchar el rugir del motor. Pobre Molly —dijo. Martin. Después había otro tipo de camioneta.a bajar dos tramos más. Pero cuando éste paró la moto. lechugas.. El cielo era de color gris perla. —Me gusta tu pelo. Y tu naricita inglesa. Bernard! —dijo. —Hasta mañana —dijo. vio que el hombre reconocía a alguien. tomates. Cuando abrió los ojos. hasta que Molly echó la cabeza hacia atrás y arqueó el cuerpo. —Me haces cosquillas. balanceándose—. —Arrête-toi—dijo él. como mantequilla.

Lahabía despertado. —No está. La práctica lleva a la perfección. en algún cajón de la mesa de Malcolm. —¡Molly. Pero eso. Malcolm dio un golpe con el teléfono en la mesa. Confío en no molestarte demasiado. Eso explicaría muchas cosas. Adiós. relajó los músculos de la cara. Malcolm Figg. El domingo al mediodía tenía que colocarse delante de cuatrocientos expertos médicos para la presentación del nuevo medicamento de Phipps Lauzer Bergman para las úlceras. hora inglesa. No tenía ni un pelo de tonto. y se había asegurado. como le habían recomendado en un curso al que había asistido no hacía mucho («Una sonrisa vende») y se preparó para ser encantador. A lo mejor Molly era lesbiana. que su discurso iría acompañado de las correctas imágenes de virus. había tenido una idea. pero necesito contactar con Molly por un asunto muy urgente. Respétate a ti mismo. había usado el móvil: rápido. zorra! ¿Eres tú? —Soy Sal. ¡Maldita sea! Apretó el botón de rellamada. ¡La muy guarra! La había llamado más de diez veces. barato. Colgó.. esperando una respuesta a su llamada. presa del pánico. un bostezo. se le hizo eterno. desde los logos de la empresa hasta las fotos de los laboratorios. ¿Había salido. caro aunque merecía la pena.. se había cortado el pelo y se había hecho la manicura. ¡Por fin! Oyó cómo descolgaban el teléfono y. Adiós. Mejor. Soy el jefe de Molly. Aunque el teléfono de la habitación funcionaba perfectamente. Se aflojó el nudo de la corbata. A primera hora de la mañana. Y no iba a dejar que una licenciada con un diploma en el culo le arruinara sus planes. —¿Quién es? No serás uno de esos pervertidos acosadores.) Volvió a apretar el botón verde. ja. sobre todo. Ya le había dejado tres mensajes. Soy Malcolm. Había conseguido el número cuando ya eran casi las once. o es que todavía estaba durmiendo. con efecto de madera de nogal. ja. Era la primera vez que lo elegían para algo tan importante. ¡Increíble! Había vuelto a colgar. ¿Es que la maldita no iba a coger el teléfono? No lo había descubierto hasta la noche anterior. Después de aquella vez que había dado toda una conferencia con la etiqueta de los calzoncillos Spurs enganchada en la bragueta. reconsiderando su estrategia. Sería la mejor conferencia que nadie hubiera tenido el placer de presenciar. sería mejor que fuera renunciando a su trabajo antes de que lo despidieran. y después dar la palabra a un distinguido grupo de científicos especializados en el tema. y los demás también te respetarán. mientras revisaba el material para la conferencia que Molly había preparado antes de su ridicula huida. Tan pronto como se había atrevido. casi a mediodía? Vale. secciones de tejidos. con los médicos. —¿Sí? —dijo una voz. órganos y mil historias más. Malcolm no había podido pegar ojo en toda la noche. No. mientras se daba vueltas en la cama. pero lo tenía apagado o saltaba el contestador. fue entonces cuando se dio cuenta de que el CD con los gráficos no estaba. con el CD. Lo siento. sin instrucciones en otro idioma y. No quería romper la nueva carátula que se había comprado a través de internet.. ¿verdad? —Ja. siempre se revisaba de arriba abajo delante de un espejo. Sin él. Siguiendo lo que había leído en el artículo «Consejos para triunfar» en la revista Men's Health. o lo que fuera. .6 Malcolm Figg estaba sentado junto a la mesa dorada que servía de escritorio en la habitación del hotel y golpeaba impaciente el lápiz contra la delicada superficie. -¿Sí? —Sal. Los detalles lo son todo. (El modelo «ejecutivo». todo estaba en orden. y aquello debía suponer un salto de calidad en su carrera en la empresa. Si la única manera de hablar con Molly era despertando a su compañera de piso. teniendo en cuenta que en Londres era una hora menos. no demasiado fuerte. Y eso le recordó que tenía que hacer algo. que tenía que estar junto a la solicitud de empleo.. Es un placer volver a hablar contigo. Cada minuto que pasaba significaba un nuevo nudo en el estómago. Estoy durmiendo.. Así había llegado adonde estaba hoy en día. había llamado a un joven colega de Londres y virtualmente le apretó las pelotas para que fuera a la oficina y buscara el teléfono de casa de Molly. -¿Sí? —¿Puedo hablar con Molly? Es urgente. Había revisado todo el material audiovisual.. confidencial. Había un espejo encima de la mesa. Con dos ges. pues así lo haría. se había comprado un traje nuevo para la ocasión. a las diez y media.

no se ha ido! —Uy. Fue al menú principal para ver cuál era su récord. —¡No! —Pues lo pareces. en algún lugar tranquilo donde pudiera ir a tomar una copa con los amigos. aunque no duró demasiado—. Dos ges. de eso no cabía ninguna duda. cariño. Cuando colgó. —Oye —dijo Sal. —¿Sabes una cosa. tengo un pintalabios. Malcolm tenía los pelos de punta y la espalda empapada de sudor. Las chicas siempre le hacían lo mismo. difícil decisión) y llevarse a casa a una rubia despampanante cuando quisiera. —Digamos que podría intervenir la policía. Ella ya lo sabrá. Cerebros como un espagueti girando en todas las direcciones. si no lo he recuperado esta noche. incluso mejor. —Ah. olvídate de la empresa. Carnaval Naranja. —¡No. —¿Farma qué? —¡Por Dios! Mira. sí. Puso en práctica sus ejercicios de respiración («Calma significa seguridad»). y lo perdí. con tapicería de piel y el equipo estéreo japonés que había visto en la revista FHM. No soy Molly. —Malcolm apretó la mandíbula. Es más. eso no podía negarlo. PLB Pharmaceuticals. Por ejemplo. Lo escribiré en el Yogue. Este fin de semana se ha ido a París. una ducha de esas con chorros de agua en todas las direcciones. perdona por la resaca. incluso más cualificada de lo que estaban buscando. o ser tratado con aire de superioridad por pijos idiotas con un lote de iniciales después de sus nombres. Seiscientos cincuenta y siete. Desgraciadamente. —Lo que pasó es que fue a por otro Vodka Red Ball. Era un chico listo. —Lo siento.. Hmmm.—Ya te he dicho que no está.. y necesito algo que ella tiene. ¿no? Sí. no soy ese Malcolm. —Pero Molly no trabaja los sábados. Sólo dile Malcolm. Algún día alguien descubriría su potencial. —Se oyó el ruido de las sábanas y un suspiro—. la verdad. se había perdido la sesión de control de la rabia. Tú haz que me llame y ya veremos.. Tendría su propio negocio y lo decidiría todo. Sobre el papel parecía muy brillante. ¿Tienes un bolígrafo a mano? —Estoy en la cama. Algún día tendría su propia plaza de aparcamiento y un coche enorme y brillante para aparcar en ella. y hacía horas extras. —Sábado. —¿Cómo? —Por no mencionar la violación de sus obligaciones contractuales. Maldita sea. ¿no? —No. —¡Espera! Me acabo de acordar. pero estaba tan nervioso que apenas llegaba a los trescientos puntos. Molly Clearwater había sido un error. la verdad. Lo siento. Yo estoy en París y ella no. de repente—. Malcolm tuvo toda su atención. —¿La policía? —Por un maravilloso segundo. —He dicho que podría. Tendría un «loft» con vistas al río. —De acuerdo. Bueno. y mucho menos permitiría que una secretaria frígida le diera con la puerta en las narices. Malcolm apretó los dientes. —A lo mejor fue en el Viva Tango. ¿Cómo te llamabas? —Malcolm Figg. presentaré cargos por apropiación indebida de propiedades de la empresa. ¿No serás el Malcolm que conocí en Scheherazade hace un par de meses? —No. le . —Ése es el problema. Malcolm puso su cara de Hannibal Lecter frente al espejo. —Bueno. ¿Puedo saber cuándo va a volver? —Pues no lo sé. salir a dar una vuelta con el descapotable (¿o sería mejor un todoterreno? Vaya. Intentó calmarse jugando al tetris en el móvil. Trabajaría si no. y una cama enorme desde donde vería deportes veinticuatro horas al día en el home cinema. Era un poco bruto. Me has despertado. moreno. si lo dices claro y despacio seguro que me acordaré. una casa con piscina en el campo. te voy a dejar un número («Toma la iniciativa»). liándolo. Nunca más volvería a inclinarse ceremoniosamente ante sebosos directivos. Pero no tenía iniciativa empresarial. O. Que me llame a este número.. Es muy importante que Molly me llame lo antes posible. guapo? No tengo ni la menor idea de lo que estás diciendo. mira. —Oye. Y me gustaba bastante. ¿qué día es hoy? Malcolm se tapó los ojos con una mano.

La regla de oro para las empresas farmacéuticas era presentarse a lo grande. Las empresas farmacéuticas. y se fue corriendo. Sólo necesitaba un poco de sabuarfer. Male». Malcolm miró los folletos. intentando borrar de su memoria las miradas que a veces le había lanzado Molly. Y sin ese CD. estaba claro. carpetas. ¿A quién le importa que el «si» conjunción vaya sin tilde y el «sí» adverbio lo lleve? Trabajar significaba divertirse un poco. Puso el teléfono en modo vibrador y lo metió en el bolsillo interno de la chaqueta. y se enfadaban. Malcolm haría el ridículo. la había contratado porque era guapa. Hora de irse. menos un remolino que tenía encima de la frente. se la repartió por la cabeza y se echó el pelo hacia atrás. Casi siempre se comportaba como un cervatillo asustado. Sola con él en París. se ajustó la aguja de la corbata y se perfumó con Tigre una última vez. Eso se podía hacer. Como mínimo. Sexy. la mataría. Normalmente. Por ley. En realidad. Le hubiera gustado verla suplicándole. que pagaban todo aquello. se aseguraría de que nunca volviera a encontrar trabajo en esta industria. Menudo circo tenía allí montado. los bolígrafos personalizados y los paraguas de regalo con el logo de PLB. se dijo Malcolm. como los halagos sobre su ropa (sobre todo esas blusas ceñidas con botones). A Molly le gustaba. y su empresa también. todos estampados con las palabras «XIII Conferencia Internacional de Gastroenterólogos». A sus jefes no les iba a gustar. Si alguna vez volvía a ver a Molly. todos esos trastos que tenía por todo el suelo deberían estar en su habitación. Y en cuanto a las referencias. El hotel estaba lleno de médicos de todo el mundo. «Estás guapo. lo tenían más claro: ésa era su oportunidad para «persuadir» a los médicos para que recetaran sus medicamentos. informes. había hecho todos esos trabajos extras para él. tan diminuta que apenas sabías qué era. Se paró frente al espejo. y algunos jóvenes innovadores dentro del mundo farmacéutico. Tendría que mantener una discreta charla con el concierge en recepción: darle un billete y preguntarle por les filies. y luego le montaba un número a él.anotaba los mensajes y se los presentaba muy bien. ¡Mierda! Mira qué pelo. lo que quería decir que hoy sería el día de suerte de alguna chica. dejar que llevara su coche al mecánico (seguro que se quedó impresionada por el motor turbo). ¿Por qué. hacer bien tu trabajo y conseguir ascensos. el número y la hora de la llamada. a cambio de fondos para programas de investigación y de hacer la pelota a los cerebritos que llevaban los ensayos clínicos. pero Molly tenía algo de fruta madura que lo ponía a cien. diciendo que si le daban la oportunidad lo podría hacer mucho mejor. con el nombre. ¿Qué les pasaba a las mujeres? Hacías mal una cosita de nada. Tenía dos entradas de las caras para el Crazy Horse Saloon esperándole. con la perspectiva de la mejor noche de su vida en el Crazy Horse Saloon. como ir a comprarle su café favorito cuando él se lo pedía o quedarse hasta tarde muchos días? Seguro que no había pasado por alto las señales que él le había enviado. las cajas con pegatinas para los nombres. Miró el reloj. se dijo. Todas esas operaciones podían suponer millones de libras de beneficios. seguro. básicamente especialistas y «formadores de opinión». usted ya me entiende. ¿qué iba a hacer con el tema de la compañía femenina? No había tenido tiempo de llevarse a otra chica de la oficina. pero siempre parecía que se quedaba en la superficie y nunca emprendía acciones por iniciativa propia. si no. y ahora ese viaje a París. Pensó que debajo de aquella imagen virginal se escondía una fiera. Los médicos hacían ver que estaban allí para hablar de las últimas investigaciones y leerse los interminables y aburridos informes que los demás presentaban sobre el intestino delgado (intercalando esas actividades entre comidas de seis platos y un amplio abanico de entretenimientos). No podía volver a la conferencia así. no veía la hora de ponerse frente al ordenador. Y odiaba cuando lo corregía. . Cogió la gomina. aparte de los jefazos de Phipps Lauzer Bergman y las demás empresas que patrocinaban la conferencia. y él mismo como postre. las rubias de ojos grandes no eran su tipo. Para nada. ¿De qué sirve contratar a una fea? Un hombre necesita mujeres atractivas a su alrededor. El único problema sería encontrarla. Mientras tanto. Debía estar con la regla. como si él fuera una mezcla de un loco escapado del manicomio y Atila. no se lo hubiera puesto difícil. Se lo debe a sí mismo. entre su experiencia y unas copas de más. como dicen los franceses.

Claro que no estaba enamorada. Molly caminó hasta el espejo que había en la puerta del armario y observó el reflejo pálido con manchas rosadas. Era ridículo. En la terraza de la brasserie de enfrente. un señor mayor cuidando con mimo y cariño los geranios. da igual. caminó por el pasillo hacia el baño. Y después se suicidaron. confiriendo un aspecto mágico a cada escena doméstica de los balcones: una señora azotando una alfombra que había colgado de la barandilla de hierro. Era tan feliz que iba a explotar. ¿ y qué? Hablar con Gavin le había resultado fácil. luchando contra la luz. Molly se asomó y observó los techos brillantes de los coches que estaban aparcados.. había tres chicas hablando sentadas a una mesa de metal. que había conseguido monopolizar la mitad de su tiempo en la universidad y arruinarle la otra mitad. sus ojos oscuros y el tacto de su lengua contra la suya. pero resultó que aquello no era amor. con sábanas y cubrecama en vez de edredón. decorado con unas preciosas y esponjosas nubes blancas. Con la llave en una mano y el neceser y la toalla debajo del brazo. y francés? ¿Y Fabrice? ¿Estaría tan contento como ella? ¿Estaría asomado a la ventana de algún ático lleno de plantas pensando en ella? Molly se giró hacia la habitación. por la sedosa piel de los pechos hasta llegar a los pezones. Decían que los hombres eran diferentes. ¿Cómo se supone que se sabía? ¿Cómo sería sentirse querida. ella misma ansiosa. subió hasta las costillas.. Abrió un ojo.. no después de una noche. que invadía su habitación con una luz amarilla. Lentamente. era otra. sin olvidarse de que correspondía al francés chande (caliente) y no al inglés cold (fría). Abrió los ojos como platos y el corazón le dio un brinco.. Mientras la intensidad del agua iba y venía. ¿Quién había sido el estúpido que había encendido la luz? Molly se giró y se tapó la cabeza con la almohada. con un moño gris en la nuca. detrás de todos aquellos tejados y chimeneas. el zumo de la tienda de al lado (spécialités chinoises et thaïlandaises). ¿Quién podía juzgar qué era el amor o cuánto tardaba en llegar? Como muy bien dijo Shakespeare: «Dime dónde nace la pasión. Cerró la puerta del baño por dentro. También había algo distinto en su cama. caminaba con una digna lentitud por la sombra. Con cuidado abrió el grifo marcado con «C». por un hombre? Le había dicho que era guapa. Molly escuchaba las voces y las risas. ¿En el corazón. Respiró hondo y echó la cabeza hacia atrás. La brisa cálida le acariciaba la piel. En absoluto. por fin estaba en la bañera de color amarillo con la manguera de la ducha encima de la cabeza.. era el sol. no de alguien con quien apenas podía hablar. e intentó mezclarla con la fría para conseguir no quemarse. por favor. Era rara. se envol. No quería levantarse. intensa y un poco rellenita con sus nuevos vaqueros Gap con margaritas bordadas en los bajos. no. Bueno. como si estuviera llena de arena. romántico. ¡París! ¡Fabrice! Se levantó de un salto.vió con las cortinas y la abrió.. Un escalofrío la recorrió de arriba abajo cuando recordó el olor de su piel. No era su habitación. Molly olía la acera caliente. o en el cerebro? Ta-ta-ta. ¿Qué estaba haciendo? ¿En qué estaba pensando? Apartó las manos de golpe. corrió desnuda hasta la ventana. y mucho menos con Gavin Thorpe («Soy un genio»).7 Oh. un perro blanco que iba de arriba abajo y ladraba a algo que había en la calle. el café recién hecho. Sólo sabía que nunca se había sentido así. El sol iluminaba las casas de enfrente. querida de verdad. una habitación de hotel. ¿Podía haber alguien tan guapo. ¡Estaba enamorada! Loca. El cielo era de un azul perfecto. con las persianas subidas. se acarició la curva de las caderas. Pero no era luz artificial. inteligente. ¡Era tan inocente en aquel entonces! . el pelo rubio enmarañado y la oscura mata de pelo entre las piernas.. etcétera». Una señora mayor vestida de negro. de acuerdo. se puso la bata y decidió que lo mejor era darse una ducha fría. con las bolsas de la compra llenas de hojas verdes. uno servía de cama calentita para un gato callejero. rígida. estaba Fabrice. Pero ¿y Romeo y Julieta? Se enamoraron a primera vista. y viceversa. que ya estaban duros.. Después de algunos dolorosos intentos. las clases de seminario con las sillas de piel. Ya casi era mediodía. Puede que conociera a Fabrice desde hacía unas horas. su cabeza viajó hasta el enorme campus en la montaña. En alguna parte. parpadeando para eliminar las manchas en la vista por la luz del sol. apasionada e irremediablemente enamorada.

claro. como algunos hubieran dicho. de la situación en Oriente Medio. resultó ser un graduado en Cambridge que estaba preparando la tesis doctoral sobre D. llevaba una moneda de oro de Sudáfrica. Molly se pasó las primeras semanas con la cabeza baja y trabajando duro. la tesis se llamaba La pluma y la serpiente: Androginia en las obras de D. Era demasiado mayor para ser estudiante. la contextualidad histórica tiene su propia validez crítica. El dinero fue otro obstáculo. Durante los siguientes cuarenta minutos hablaron de Orwell y las dictaduras. Aparte de un reducido grupo de amistades. como solía decir. Le hablaba de sus viajes a Nuevo México y por el sur de Europa «en el tren lawrenciano».Aunque no recordaba exactamente cómo o por qué. que llevaba un maletín viejo y gastado. los campos de concentración y el poder de la televisión. Estaba en la escalera de la biblioteca. Provisionalmente. Soñaba con un mundo distinto. un mundo donde se pudiera hablar de libros e ideas y no tener que preocuparse constantemente de llevar la marca de zapatillas deportivas de moda. todavía estaba en el complejo e increíblemente fascinante proceso de investigación). Siempre que viajaba. No le miró los pechos ni una sola vez. el no convencional). y hablar largas horas acerca de la . nunca fueron una guía real. tienes razón! —Se echó los rizos dorados hacia atrás. Es un razonamiento brillante. sentir la chispa de la intelectualidad. Molly levantó la cabeza y vio a un señor entusiasta con gafas agachado un par de escalones encima de ella. Molly no tenía ni idea de lo que él había querido decir con eso. intimidada por el tamaño del campus y horrorizada ante la idea del fracaso. —En realidad. según el diccionario de Molly) y una cena en su casa donde. Gavin le hablaba de la teoría crítica. Fue la mejor conversación que había tenido en su vida. ni corta ni perezosa—. incluida una en el norte. y casi el mismo esfuerzo lograr cumplir con toda la burocracia académica. Winston Smith es una especie de visionario que ve la luz. conocer otras mentes comprometidas. ni lo fue su madre. sirvió daube provençal (un estofado. Molly pronto compartió la convicción de Gavin de que sólo necesitaba traducir las ideas en palabras para aterrizar como una bomba en el panorama académico internacional. aunque no sin apuros. aunque la animaron un poco. a menudo levantando un dedo para señalarle las frases más destacadas. Estaba emocionada por no sentirse inferior en ningún sentido y poder ayudarlo en las tareas más sencillas. Lawrence. —Por supuesto. —¡Dios mío. mucho más grande que los cotilleos del pueblo y lo que habían dado por la televisión la noche anterior. del thatcherismo. Molly estaba maravillada. Todos esos eslóganes y normas y decir lo contrario de lo que piensas. pero estaba tan alucinada por el hecho de que la llamara «brillante» que ni siquiera se atrevió a preguntar. una estudiante de arte que dejó la universidad porque decía que era inútil. Fue duro aceptar que los otros estudiantes sólo querían emborracharse y enrollarse. Dio por sentado que debía ser un tutor. un «Krugerrand». ya colmaba todas sus expectativas. Aunque. En una ciudad grande lejos de casa. H. había ahorrado lo suficiente para pasar el primer año. Los profesores. Aunque todavía no estaba terminada (en realidad. estaba mucho más segura sin llamar la atención. vaya). Al teatro lo siguió una exposición de arte. Fue en un perfecto día de primavera a principios del segundo año. Lawrence. no a una de esas instituciones que imparten cursos como Tecnología Culinaria o Estudios de Turismo. a los once años Molly decidió que iría a la universidad. básicamente chicas. Es más. aunque después de conseguir un préstamo para estudiantes y trabajar todos los fines de semana y fiestas. cuando escuchó una voz que dijo: —Un libro excelente. Cuando le preguntó si quería acompañarlo ese fin de semana al estreno de una obra de teatro (le encantaría oír su opinión). me recuerda al gobierno de Blair —respondió ella. cosido al bolsillo de la chaqueta de safari por si la economía mundial se hundía de repente. con aire ceremonioso. aceptó sin dudarlo. La hacía escuchar ópera alemana y jazz de vanguardia. Y no lo hacía. H. disfrutando del sol y leyendo 1984 para la clase de Literatura y Política. revelando una frente de dimensiones considerables—. famosa por su departamento de inglés. Pero lo que a Molly le parecía tremendamente seductor era que un hombre mayor se la tomara en serio. Ni siquiera se le pasó por la cabeza la posibilidad de Oxford o Cambridge. un concierto de música barroca («determinadas tendencias estilísticas en los siglos XVII y XVIII ». hasta que conoció a Gavin. Quería aprender. la oferta de tres plazas en otras universidades. a una decente. ¿no? Una denuncia absolutamente cruda del estalinismo. Le había costado un gran esfuerzo conseguir las notas necesarias. con quienes estaba lo suficientemente relajada como para ser ella misma. Gavin no era guapo en el sentido convencional (o.

Al final del segundo año. ¿por qué no?. algo que hacía con una concentración de lo más odiosa y un lápiz envenenado entre los dedos mientras Molly se mordía las uñas. Odiaba la ópera alemana. viejo y egoísta. cuando no tenía mucho trabajo. la Molly inglesa. En cualquier caso.máscara psicosexual de hombres y mujeres y. en buena parte porque era consciente de que había invitado a Abi (que estaba estudiando Terapia de Belleza en la universidad de su ciudad) para impresionarla con su sofisticada vida universitaria. pero su relación no dependía de esas tonterías. te está convirtiendo en un ama de casa de mediana edad. todo a la vez. Gavin sólo le sacaba nueve años). Se acabó de repartir la crema por el estómago. Abi. La Molly deseable. recogió sus cosas y abrió la puerta. Molly se echó un buen chorro de champú en la cabeza y empezó a masajearse con fuerza el cuero cabelludo. que se reuniría con ella para desayunar en un café a mediodía. desviando la vista ante los anuncios de discotecas y fiestas. Cerró el grifo. Ya casi debían de ser las doce. ¡D. Se acababa de sentar en la cama para ponerse crema en las piernas recién depiladas cuando vio algo en el suelo que le llamó la aten ción: un bulto de piel dorada. herida y muy enfadada. intentando olvidarse de laimagen de ella misma cruzando el campus como Juana de Arco entre los incrédulos. Estaba tan convencida de que había elegido el Camino Superior que nunca se le ocurrió que a lo mejor el inferior pudiera ser más divertido. se colocó la toalla a modo de turbante y fijó los extremos. y se reconoció a ella misma con una vergonzosa claridad. vio el reloj . más o menos se había mudado a su piso. Entonces hizo una mueca. por no mencionar la colada? Al cabo de una semana había terminado con la relación. Se puso la bata. Decidida a salvar algo de las ilusiones que le quedaban. más adelante. imaginando que Fabrice le recorría con la boca el camino hasta el cuello. mientras cenaban algo que ella había comprado o. cuando había ido a buscar la chaqueta antes de desaparecer con Fabrice. aquella era la vieja Molly. el barco. También iban a fiestas. un caballero muy famoso? ¿Cómo es posible que alguien tardara tanto en no escribir una tesis? ¿Qué tenía de romántico hacer la investigación académica de alguien. ¡Dios mío!. A veces. había tenido el suficiente sentido común de explicarle a alguien lo que estaba haciendo. Pero en hombres había suspendido. Poco después tuvo la satisfacción de verle paseando con una estudiante de primero (tímida. para entonces ya estaba en el último año y tenía los exámenes encima. dejando a Molly desencajada. Sinceramente. Gavin se ofrecía para leer sus trabajos. Molly se puso en pie de un salto cuando. se dedicó en cuerpo y alma al trabajo y. se secó el pelo y se colocó encima de la alfombrilla rosa. ¿A quién le importaba si el nombre de Gavin estaba morfológicamente conectado con el de Gawain. la Molly francesa. miró a lo largo del pasillo por si había algún pervertido esperando por ahí. (La mentira de que compartía piso con otras chicas era para evitar que a su madre le diera un infarto. (El vocabulario de Abi nunca había sido demasiado extenso. H. y luego salió disparada hacia su habitación. porque ella había sido completamente feliz sólo con su madre. Recordaba haber encontrado a Alicia (¡con el sombrero de cowboy!) y haberle jurado que le devolvería la ropa de Zabi por la mañana y. La Molly coqueta. Con la bata cerrada hasta la barbilla. por auténtica fuerza de voluntad. Fue necesaria la visita de su amiga del colegio. Lawrence! ¡Venga ya! ¿Hay algo más anticuado? Abi volvió a casa antes de tiempo debido a una enorme bronca entre las dos amigas. consiguió un excelente por los pelos. ¿Cómo había podido cometer un error tan colosal y humillante? Seguro que algún psicoanalista habría sacado el tema de un sustituto del padre (aunque. se trasladó a una casa mixta de estudiantes de su edad e intentó divertirse un poco. y una cena para tres para sembrar la primera semilla de terror. Eres mil veces más inteligente que él. y una sandalia de tacón vertiginoso al lado. la ropa prestada. de repente. claro. Se despertó tarde.) Es aburrido. llevar a la práctica la investigación entre las sábanas de su sofácama. —Es un rollo. se sacó la bata y empezó a ir de un lado a otro de la habitación. y luego irse cada uno a su escritorio a trabajar. sonriente y halagada). Anoche. La fiesta de Zabi. Cuando se estaba poniendo las bragas. Aquello era un auténtico encuentro de mentes. y de qué manera. todo le vino a la memoria. cocinado. intentando peinarse.) Era una sensación increíblemente adulta poder hablar juntos por la noche. Por un instante se quedó con un hombro al aire. Sin embargo. Ésta era la nueva Molly. lo que demostraba lo chalada que estaba esa gente. En el mismo instante en que las palabras «aburrido» y «Gavin» aparecieron juntas en la misma frase. para ser sinceros. Se agachó. Molly se dio cuenta de lo aburrida que se había vuelto. vestirse y encontrar el reloj. Pero el hechizo se rompió. Moly.

llegó hasta la mesita y cogió el reloj.en el cenicero de la mesita. Soltó un grito de pánico. Ya llegaba cinco minutos tarde. Dando saltos por la habitación. con el peine entre los dientes y el pelo empapado mojándole la espalda. .

. las mejillas coloradas por las prisas. sí? —La sonrisita de Alicia implicaba que dormir no era precisamente lo que Molly había hecho. Fue extremamente. panecillo. hamburguesas y zumos le recordaron que estaba hambrienta. claro que no —dijo Molly.. Molly cogió el menú. Se oía el ruido de la cocina. Molly se apartó y volvió a mirar hacia las mesas. aquí! En una silla cerca de la ventana había alguien agitando los brazos como si estuviera guiando a un avión en el aterrizaje. y abrió aquellos ojos azules como platos. agachó la cabeza.. doy por sentado que debía estar buenísimo —insistió Alicia. Aunque supongo que aún deberías de estar.. los decibelios del local bajaron. aunque la clientela actual a la última y las camareras sexis con vaqueros moviéndose sinuosamente entre las mesas sirviendo cócteles y el Brunch tenían mucho de un ambiente bohemio muy chic. llena de mesas y bancos de piel marrón. guiñándole un ojo. seguían de pie... Únicamente porque una aceptara una invitación para ir a ver París de noche. y empezó a leer todos aquellos nombres extraños acompañados de cifras en euros.. y se acercó a la mesa. Además. tantas bandejas llenas de patatas fritas. —¿Ha elegido? —dijo una chica morena que se había acercado a ella con la libreta de los pedidos en la mano. Se quedó junto a la barra para poder admirar la sala de techos altos. Molly empujó la pesada puerta de la cafetería. eso es todo. este lugar había sido frecuentado por gente trabajadora.. con polo negro y los ojos muy pintados de negro. —Hmmm. Las bandejas se apilaban detrás de la barra. —¿Cómo fue? Anoche. acabando con un gracioso «merci». —Al menos. Está de muerte. avergonzada. té o champán. reencarnada en una Audrey Hepburn más masculina. correcto. y enseguida la invadieron unos seductores olores y el bullicio típico de un bar un sábado a mediodía. —¿Y? —dijo. sen. —Le enseñó a Molly las posibles combinaciones: café.8 Veinte minutos después. que hizo que Molly se quedara allí de pie momentáneamente intimidada. Me he quedado dormida. milagrosamente.tándose frente a Alicia y dejando la bolsa debajo de la mesa. zumos que sólo con leerlos se te hacía la boca agua. Estudia arte. multirracial y moderna (y todo en francés. mientras la gente miraba a Alicia y luego a Molly. en la primera cita no. je n'aipas. con esa sonrisa tan luminosa que tenía—. Este lugar estaba muy bien. Los vasos repicaban contra el mármol. bueno. por encima de todo. ¿Acaso «se largó» Heathcliff con Cathy? ¿Se podría decir que el señor Darcy era un buenorro? Obviamente. —Un camarero ágil como un bailarín la rodeó con una bandeja llena de vasos de cristal que. . —¡Molly! ¡Eh.. y pidió para las dos. casi sin respiración. apoyada en los codos. el girar de las cucharillas removiendo el azúcar en las tazas de café y. aunque no es que no lo hubiera pensado.. deseando que Alicia no se hubiera hartado de esperar y se hubiera ido. Molly frunció el ceño ante aquella descripción de los hechos. ensalada o huevos benedictinos. en Australia no sabían lo que era el romanticismo. —se detuvo para buscar el adjetivo adecuado— interesante —concluyó. las lámparas de araña y los espejos de la pared delataban que. —¿ Ah. claro). en la cama —dijo. que era cierto. Es muy inteligente. —¡Bueno.. —Si tienes hambre. pide el brunch —interrumpió Alicia—. Por un momento. ¿recuerdas? Te llevamos a una discoteca y te largaste con un tío buenorro. —No. Molly reconoció a Alicia. Molly cogió la servilleta de cuadros rojos y blancos y se cubrió la cara para esconder la delatora sonrisa que tenía en los labios.. una bolsa con la ropa de Zabi debajo del brazo y un mapa de París que se negaba a doblarse entre las manos. en algún tiempo pasado. no significaba que fuera la clase de chica que. Molly se enfadó un poco. ya has llegado! —dijo Alicia. —Excusez-moi. —Lo siento. con el pelo todavía mojado. un poco ofendida—. que saludó a su amiga. Cuando la camarera recogió los menús y se marchó. algo nerviosa. Alicia se inclinó sobre la mesa. Mademoiselle.. pero sólo un poco. lo siento —dijo. lo siento. —Fue muy.. je ne.. Recorrimos París en moto. tal fervor de conversaciones acompañadas de gesticulaciones y cigarrillos agitándose entre dedos de gente extremamente bien vestida. ya sabes. Las paredes de madera de color claro. —¿Y qué? —le respondió bruscamente Molly.

sabía que iba a pasar algo. —Te odio. —Metió la mano en el bolso buscando el precioso trozo de paquete de tabaco que él le había dado y se lo pasó a Alicia—. Alicia resopló. —Entonces. Aquí te las traje. —Pero en aquel momento sin tió una punzada de duda. las chicas recuperaron la compostura y se miraron la una a la otra como amigas. —Cállate —dijo Molly. entonces —dijo Alicia—. Molly ya casi se había recuperado cuando Alicia la señaló y dijo: —Fabriiiice. señalando a Molly con el dedo índice sin poder articular palabra hasta que ésta no pudo aguantarse más y también empezó a reírse a mandíbula batiente. —Et voilá. ¿Quieres que las saque y se las enseñe a todo el mundo? —¡Alicia! —susurró Molly. llegó la camarera con café y leche caliente en jarras de acero. ¡Guau! Suficiente para que cualquiera moje las bragas. luego sonrió. Alicia —consiguió decir Molly.—¡Ya me lo supongo! —Alicia soltó una escandalosa carcajada—. —¿Te lo has tir. cruzó la cafetería a todo escape y salió a la calle. angustiada. con Fabrice —se sonrojó al pronunciar su nombre en voz alta—. Al final. «Esta tarde. ¿no? —¡Estoy tan contenta! Cuando vi el brillo de tus ojos. —¿Qué? Es verdad. Molly se dio permiso para que la felicidad que la había invadido toda la mañana se abriera paso entre las defensas y se le reflejara en la cara. —¡Shhh! —Molly se sonrojó y miró de reojo las mesas de alrededor. cuenta. deja de hacerte la mojigata y explícame qué pasó anoche.» Molly contuvo la respiración.. Todavía no. Me enseñó la torre Eiffel. y al final estalló en una carcajada hilarante.. A lo mejor sabes dónde está. Ese meneo tuyo debajo del culo. Y eso que no llevabas. a Fabrice no le gustaba? ¿Y si no se le ocurría nada que decir? ¿Y si él no aparecía? Molly vio cómo la camarera se llevaba las magdalenas y dejaba en la mesa una bandeja con unos huevos benedictinos.. creo que voy a encontrarme con él. Alicia se había levantado y le estaba dando golpecitos en la espalda. en una especie de museo. —Alicia la imitó con expresión y voz de niña repelente—: «Mañana por la mañana iré al Louvre a empaparme de cultura». —Ya sabes. furiosa—. pero se atragantó y empezó a toser. —¿Con lengua? —¡Por el amor de Dios! —¿Lo vas a volver a ver? —Esta tarde. Venga. te besó? Molly asintió y se permitió otro largo y soñador suspiro. Todo el mundo la estaba mirando. Donde están los cuadros. ¿no? —¿Hmmm? —Molly. le dio un mordisco a una salchicha. no me lo he tirado! —Molly dio un golpe en la mesa. —Oh. después de todo..... A las tres y media. Se le saltaban las lágrimas. con la tos. ausente. Tenía razón. ¿Y si. Y las dos volvieron a reírse como unas desesperadas. Seguro que fue especial. la cara de Alicia había cambiado y ahora parecía furiosa. Bebió un largo y refrescante trago. —Bueno. ¿puedo saber si. ¿Y si la agarraba de los brazos. —¿Te lo has tirado? Molly intentó decir algo. un plato de magdalenas pequeñas y dos vasos grandes de zumo fresco. Sintió que tenía la cara ardiendo. . —Oh. —¡Maldición! En un segundo. Poco a poco fue recuperando la respiración y luego. —Mais quand mémel —dijo alguien con desagrado desde una de las mesas de alrededor. le arrancaba la ropa y. atrepellando la mesa y tirando al suelo los cubiertos. Se levantó. ? —¡No. Para tranquilidad de Molly. agitándose en las sillas y golpeando el suelo con los pies. no hay nada de raro en Fabrice. Habían quedado a esa hora. En realidad. Quieres explicármelo todo sobre él. ¿O es que siempre dejas colgadas a tus amigas para marcharte con tíos raros? —¡No! Además.? —Entonces. Ignorando a Molly por completo. —No es verdad. esperando que nadie comprendiese el inglés. Alicia se limitó a volver a su silla con una sonrisa enorme en la cara. Fue la mejor noche de mi vida. en esta bolsa. A mí no vas a engañarme. Incluso me dio un masaje en los pies. Y allí estaban las dos. devolvió casi la mitad del zumo en la servilleta. con las manos encima del estómago. Molly lo había pedido de frambuesa. Vimos el amanecer desde el Sacré-Coeur. riéndose—. mientras le ofrecía un vaso de agua. supongo que te perderás el rollo del Louvre.. saucisses y lonchas de beicon crujiente con una presentación exquisita. Alicia —suspiró—. Fabrice. entre sorbos. al menos.

. pero para gustos. —Y me preguntaba si podría. No tenía ningún modo de ponerse en contacto con él. y la camarera pensaría.. Molly se vio ante la encrucijada de hacer lo que quería (pasar todos los minutos posibles con Fabrice). Y entonces. mientras la esperanza y la felicidad desaparecían de su rostro. jamás.. Pero no habían pagado la cuenta. Aquí lo llaman balade. hacer una contribución para un nuevo par de patines para que no vayas. —Eres un cielo. Así que habían sido novios. eran novios. Se sentía terriblemente avergonzada por el comportamiento de Alicia. ya sabes. Molly miró la amigable cara de Alicia. Puedo deirte cómo llegar. ¡Pobre Alicia! Molly se hundió en la silla. ¡La voy a matar! Ha pasado por ahí delante con mis patines. quizás estuviera con Fabrice (en una postura parecida). que no le importaba. una posibilidad mucho más macabra hizo que dejara la taza de golpe en el plato.. pero bastante normal dentro de lo que cabe—. abatida por la trágica ironía de la historia. Molly estuvo a punto de sollozar en voz alta con sólo pensarlo y decidió ahogar las penas en un buen trago de café. sintiendo una pequeña punzada en el corazón—. obtengo una comisión por cada nuevo cliente que aporto —dijo Alicia. para que no vayas dejándome abandonada por los sitios. Fabrice nunca sería tan malvado como para ligar con otra chica (llamémosla Molly) estando comprometido. básicamente. dubitativa—. esos ojos sin malicia.9 Molly siguió con la vista a Alicia. La vida te pone a prueba constantemente. a los dos les gustaba salir por la noche. Habría . ¿Sabes qué puedes hacer? Puedes apuntarte a mi paseo en patines el domingo por la mañana.. Alicia hizo una mueca. él ya lo había superado. Iba demasiado deprisa y no he podido cogerla. —Alicia se sentó. la ropa. Alicia todavía tenía el trozo de papel. con la respiración entrecortada. Su conciencia habló alto y claro: —Hecho —dijo. Sobre. Alicia alargó el brazo y le apretó la mano. aterrada. ¿Qué es ese ruido? ¿Es tu móvil? —No puede ser. Pero no podría aceptar tu dinero. y sintió una oleada de remordimiento y vergüenza. Fue increíble. Y no se había dado cuenta de que el Fabrice de Molly era «su» Fabrice hasta que había visto su letra y sentido como si todo su mundo se derrumbara. ¿puedo darte las cosas de Zabi? Y dame mi ropa antes de que vayas por ahí enseñando mis bragas. pero ya la pillaré otro día. Fue genial. Se imaginó a Fabrice esperándola.. Solía pasar que cosas trascendentales se convertían en pequeños detalles sin importancia. Pensaría que no iba a ir. por encima del hombro—. un condón en francés es préservatif. ¿por qué? ¡Porque había reconocido la letra de Fabrice! De repente lo vio todo mucho más claro. Alicia y Fabrice habían sido novios. Además. —Lo siento —dijo una voz familiar. en serio. junto al plato. sonriendo. (Era algo perfectamente posible: los dos vivían en París. no. —¡Genial! Podrás venir conmigo para ir a toda velocidad en el gran hunkerama. Alicia había salido corriendo en el mismo momento en que Molly le había dado el papel. sino de todo: el piso de Zabi... más tranquila. ¿Qué había hecho? ¿Qué había dicho? ¿Se encontraba mal? Se levantó a medias de la silla. empezó a recoger los cubiertos y a ponerlos en su lugar. la discoteca.. Maldita Janine.. ¿eh?. —No. —Se sacó el papel del bolsillo del vaquero y lo miró—. ya estaba cogiendo el bolso—.. egoísta y desagradecida! —He estado pensando —dijo. bueno. no. Era como aquella escena tan brillante de La copa dorada. ¡Aquello era insoportable! Y nunca. no sabría adónde tenía que ir.. pero Alicia seguía enamorada de él. —Pero. bueno. ¿Por dónde íbamos? Ah. no.. eeeh.. —¿Otra vez? Por cierto. cuando la mujer se da cuenta de que su marido y su mejor amiga han estado. —Los principiantes son bienvenidos. dudando si seguirla o no. Puede que Alicia fuera un poco mayor para él. Aunque hubo algo que la dejó helada. volvería a verlo. Y nada de eso hubiera sucedido si no hubieras sido tan amable de invitarme. si el problema es el dinero. ¡Qué tonta había sido! ¡Qué estúpida. Además. y Molly no recordaba lo que había escrito. Por un momento. Allí estaré. y no hablo sólo de Fabrice. Si Alicia no volvía.. —No sé patinar.. Sin saber qué otra cosa hacer. sí. Ah.. la dirección. Desvié todas las llamadas porque así no tenía que pagar por recibirlas. —De repente Alicia se calló e inclinó la cabeza—. —Intercambiaron las bolsas de plástico y Molly empezó a buscar el móvil. mirando el reloj una y otra vez. los pendientes largos. no. —Molly se imaginó en el suelo con las piernas levantadas en medio de alguna elegante calle de París. Volvió a sentarse. Está bien. anoche.. o hacer lo que la lealtad y la amistad le dictaban. instintivamente. toma.) En cualquier caso.

Luego iremos a llamar. Recordó que. ¿Huiste con el dinero para tus gastos? —¡No! Yo sólo dimití. eres muy valiente.. No te lo puedes imaginar. Cómete las tortitas y háblame de este tal Malcolm.. —Nous retournez dans un minute. —A ver. Molly agitó la cabeza. ¿Por qué a la policía? —No sé —dijo Alicia. Perfecto. ¡Qué raro! —No es raro. —dijo Molly. se interpuso en su camino y las miró. Se pasa el día gritando. verá que soy yo. triunfante—.. Llámalo y se lo preguntas. —Molly se acordó de su sombría mesa con todos aquellos informes y recortes de prensa apilados y Malcolm por allí pululando.. Aquí tienen uno.jurado que lo había apagado en la estación. Alicia la miró. —Venga. arqueando una ceja.. —¡Algo sobre la policía! —exclamó—. creo. ¿Debería haber informado primero al departamento de Recursos Humanos? A lo mejor Malcolm estaba enfadado por la carta. o no haberse marchado antes. —¡Pero yo no tengo secretaria! —Pues tu abogada. Cinco minutos más tarde. —Molly estaba pegada al teléfono. tonta. La camarera. o tu representante. ¡Lo tengo! — exclamó. Grítale tú también. —Alicia giró la mano de Molly para poder ver el teléfono. Alicia. —Entonces dio un pequeño salto cuando al final lo entendió todo—. de repente mucho más seria. en la parte de atrás. —¿Quieres que lo llame yo por ti? Molly la miró sin saber qué decir ante aquella sugerencia. ¿podemos echarle un vistazo a su bolso?» —¿Qué habré hecho mal? —insistió. ¿no? —dijo Alicia. Según Sal. rociando la tortita con jarabe de arce con aire despreocupado—. y L cincuenta. una pesada mano en su hombro. mirando boquiabierta las letras en la pantalla.. ya han colgado. a ella se le hacía muy raro estar en una cafetería en París con el sol brillando y Fabrice dando vueltas por su cabeza y que. Ya se veía en el tren a Waterloo mañana por la noche. Por fin estaban en el último plato de aquel suculento brunch: dos tortitas crujientes con una fresa en el medio y totalmente cubiertas de nata. —Entonces. —Se inclinó sobre la mesa—. más tranquila—. No los desvían porque cuesta lo mismo enviarlos a cualquier parte del mundo.. De forma inconsciente. que decía así: «MLCLM [símbolo de cara enfadada] DIC K LLMR O POLICÍA. ¿qué has hecho? —le preguntó Alicia—. Yo siempre me escribo mensajes con mis amigos de Australia. De repente le pareció imposible que hubiese aceptado aquel trabajo de buenas a primeras. creo. Las dos analizaron el mensaje. Molly cogió el tenedor y se quedó mirando el plato. Me haré pasar por tu secretaria. de repente. Dimitir no podía ser un crimen. —Sólo a mi antiguo jefe. tengo cinco hermanos. o algo así. un grupo de policías uniformados esperándola. —Todos los hombres gritan. Decirle a alguien que tenía un bajo nivel cultural no era difamatorio. ¡Dios mío! ¡Malcolm! —Leyó el mensaje por tercera vez. Oh. ¿Qué más da? Molly se colocó una mano encima del corazón. ¡o llamaría a la policía! ¿Por qué? —Moly. señorita. como mucho. dame el teléfono. Alicia le hizo un gesto con la mano. M es mil. todavía absorta en el mensaje de Sal. frunciendo el ceño—. —¡No podría! —¿Por qué no? —Es tan desagradable. —No son números romanos. ¿Conoces a algún Malcolm? Molly abrió los ojos como platos. «Perdone. dejó el tenedor en el plato y suspiró.. Podrás escuchar. no es tu problema. Detrás de las letras había una hilera de números. . Sé de lo que hablo. Bueno. ¿de quién es? —Parece que es de Sal. Téléphone. mi compañera de piso. se viera trasladada de aquella manera a su vida de Londres. Pero no desde mi teléfono —añadió—. debería tener dos bolígrafos y una goma de la empresa. desde un teléfono público. La sola idea de hablar con Malcolm la aterraba. —Veamos. ¿verdad? —No lo entiendo —dijo. Molly siguió a Alicia entre las mesas hasta la parte de atrás. DND STAS? BSS SAL». Tiene mi número grabado. aquí llegan las tortitas. —Entonces. pero ahora ella también escuchaba el timbre—. Pero tengo un mensaje. Si ve mi nombre en la pantalla. Y todos esos números romanos.. déjame. Malcolm estaba muy enfadado y quería que lo llamara lo antes posible. pinchando la fresa—. A pesar de lo que decía Alicia. —Alicia.. con el corazón acelerado por los nervios.

Debía estar en una conferencia. A lo mejor puedo encontrar ese CD. ¿Y si Malcolm era tan desagradable que Alicia no lo soportaba y le acababa diciendo dónde estaban? Podría perseguirla. Una pausa. —¡Aja! —exclamó Malcolm. Alicia marcó y se despegó el auricular del oído para que pudieran oírlo las dos. —Le guiñó el ojo a Molly con mucho énfasis y volvió a compartir con ella el auricular. según tengo entendido —dijo Alicia. —¿Ah. aunque un poco distorsionado. añadió—: Tengo que atender esta llamada en. Esperaron. Entonces le oyeron. bueno. de fondo se oían muchas voces. Quiero que me lo envíe por correo urgen. que levantó las manos y encogió los hombros. y no quiero oír ni una queja por el precio. —Presupuesto. Alicia sacó una tarjeta de teléfono y la metió en la ranura. personalmente? —interrumpió Alicia—. —No. Molly asintió. sin ninguna duda. ¿podría ser un poco más específico? Nada. ¡Y ella podría perderse la cita con Fabrice! —¡Vamos. Molly leyó el número del mensaje de Sal. Ahora se acordaba de todo. ¿quién coño es usted para ir amenazando a la señorita Clearwater con llamar a la policía? Molly estaba alucinada ante la sangre fría de su amiga. toda de acero y con pantalla digital.. Molly miró a Alicia y a punto estuvieron de estallar de risa.. De acuerdo. señor Figg. Te veo luego. —Si nos ponemos así... —Oiga. Después de una breve pausa. nunca más trabajarás en esta industria! —estaba gritando Malcolm. —Cállese un segundo y escuche —lo interrumpió Alicia—. —Ex jefe. ¿cómo está? Soy la señorita O'Connell y le llamo en nombre de la señorita Clearwater. —Sí. Lo hizo a propósito. Molly está ahí. resulta que el CD ya está en París. —Señor Figg. bon —y la ceja volvió a la posición normal. Creo que no sabe con quién está hablando. Tengo a lo mejorcito de la medicina internacional en este hotel.te a París. aunque ahora con un poco más de respeto.. y en tono mucho más suave. Las chicas entraron juntas. lentamente. aunque se escuchaba una especie de eco. El que la va a denunciar voy a ser yo. despierta! —Alicia le dio un golpe con el codo. —Soy su jefe. me temo que con ese lenguaje no conseguiremos nada. Lo había olvidado. imperturbable—. ¿Dónde coño está? —Señor Figg. Alicia se apartó el auricular de la oreja y se olvidó de la pataleta de Malcolm. Las voces de fondo fueron desapareciendo. triunfante—. en otra habitación. Sudo de ir todo el día arriba y abajo.—Ah. sí? ¿Y qué se supone que ha robado? —Ya lo sabe. —. —¿Molly Clearwater? —Pronunció el nombre con tanta rabia que Molly incluso retrocedió—. Cuando volvió a hablar.. —¿Sí? Soy Figg. Escucharon el ruido de una puerta de vaivén y pisadas sobre baldosas. apareció: Patientez SVP. El mensaje de la pantalla ahora era: Numérotez.. era la cadena del váter. —¿Y quién coño es usted? Alicia arqueó una ceja. la muy puta. No pasa nada. podríamos decir que soy el responsable de la estrategia comercial dentro del mercado internacional. En la pantalla. daba señal. Molly se colocó el dedo pulgar entre los dientes. Represento a una de las principales empresas farmacéuticas del país. —¿Un enorme. Incluso Malcolm parecía impresionado. Molly se quedó boquiabierta. ¡y no tengo el CD! Al oír la última palabra a Molly se le escapó un grito. Entonces debe ser alguien muy importante. —¿Qué ha sido eso? —preguntó Malcolm—. ¡Era él! Hablaba en voz baja y en un tono excesivamente formal. —Señor Figg. aparte de disponer de un enorme. Se calló y se escuchó algo que. coge el teléfono ahora mismo o te. ? —repitió Alicia. Malcolm volvió a hablar. —¿Sabes de qué está hablando? —le susurró. en voz baja. —Le oyeron resoplar. —Hola. Dios. ¿verdad? Molly... Alicia no llegó a tiempo de tapar el auricular para que Malcolm no lo oyera. Alicia miró a Molly. —¡Y una mierda! —exclamó Malcolm—. Alicia puso los ojos en blanco y se volvió a colocar el auricular en la oreja. Había metido el CD con su estuche entre su ropa. Alicia se acercó el auricular para poder hablar.. a mi jefe pisándome los talones. Jerry.. escúcheme bien. Molly deseó haber ido al baño antes. El teléfono público resultó ser una de esas cabinas de diseño. .. Y entonces. como si hubiera girado la cabeza.. Y por eso necesito esos gráficos. —¿Cómo? ¿Usted.. Ahora empezamos a entendernos. —En el hotel —dijo—. por ladrona. Malcolm estaba agresivo. La señorita Clearwater está estudiando la posibilidad de presentar una denuncia por acoso sexual y renuncia forzada.

exploto. —Eres un cielo —dijo Alicia. pero Alicia lo tenía sujetado con fuerza. Molly tiró desesperadamente del jersey de Alicia. —Con Malcolm. como los monos. sacó la tarjeta y se giró.. Es para el Crazy Horse Saloon. tenía cosas más importantes que hacer.. Si no voy al servicio. Con resignación salió de la cabina. Lleva el pelo engominado y un anillo de sello. ¿verdad? Esa entrada tenía que ser para mí. —Alicia le lanzó una mirada traviesa a Molly. Molly le bloqueó el paso. señor Figg? —La voz de Alicia era dulce como la miel. Alicia sonrió. ¿no? —Bueno. Esa misma mañana se había preguntado si algún día llegaría a entender a los hombres. Lo sé por tu voz. —Sí. ¿verdad? Bueno. apretó la cara contra el cristal de la cabina y cerró los ojos. —¿Ah. se dio golpes contra el pecho. señorita marimandona? Porque es señorita. —Oh. pasándose la mano por el pelo—. Molly intentó tirar del cable. Yo soy una experimentada conocedora de hombres. de momento puedes empezar por llamarme Alicia. —Ahí estaba la risita entre dientes de Malcolm—. la —dijo Malcolm. y ahora resulta que tampoco entendía a las mujeres. Da la casualidad de que soy un experimentado conocedor de mujeres. horrorizada. sí? —dijo Alicia. Se pasó un dedo por el cuello. No. —Bajó la voz y miró a su alrededor—. y luego se apretó tanto el auricular contra la oreja que Malcolm apenas se oía. Silencio. —Parece divertido. Alicia.—¿Bromea? —Al parecer. —Abrió una puerta con la señal Dames —. Genial. seductora.. —Al menos. Sin embargo. —Me temo que no estoy en disponibilidad de hacer público su paradero.. Molly hizo como si se ahorcara y sacó la lengua. juguetón. —Qué coincidencia.. —¿Y dónde está tu hotel. serpientes y cosas así. exactamente. Es para el. ¿Qué pensaría Fabrice? Se escuchó un pestillo y Alicia salió. Si la cosa se te va de las manos. muy fuerte. Estoy seguro de que debes ser una mujer extraordinaria. —Vaya.. no. se quitó la chaqueta de punto para mostrar un escueto vestido rojo. —¿Esta noche? —dijo Alicia. el cerebro de Malcolm sí que funcionaba porque acto seguido preguntó—: ¿Quiere decir que Molly está aquí? Molly hizo grandes gestos con las manos diciendo que no. -¿Y? —¿No lo entiendes? Salen mujeres desnudas bailando. Se lo había comprado hacía unos meses. —¿Es eso lo que entiende por ser amable. no.. Molly. que había insistido en que aquel color cereza le sentaba muy bien.. Al final. por si necesitas llamarme. Ven. Y resulta que los dos estamos en París. Pero sea amable conmigo y podría hacer que tuviera el CD en el hotel dentro de una hora. No podía esperar a escuchar el corte que le iba a pegar Alicia.. —Puede que sea rubia y puede que no. Molly no se lo podía creer. Tendrás que esperar a verme para descubrirlo. —Sé manejar a los machistas. ¡no puedes hacerlo! Es un cerdo. con pieles. aunque nunca se había atrevido a ponérselo. Además. Cuando salió del servicio y se colocó delante del espejo. casi obligada por Abi. pero seguía escuchando la conversación. lo probaré. Alicia se limitó a darle la espalda y seguir hablando. y de un tejido elástico que marcaba el cuerpo (¿parecía gorda? ¡Malditas tortitas!).. Era muy escotado (¿demasiado?). me avisas. que retrocedió. Se iba a lavar las manos pero se paró junto a Molly. Ningún plan en particular. —¿En serio? Entonces. llévate el móvil. .. Recuerda que soy australiana. Malcolm. vaya. pero Alicia se lo impidió y le clavó el dedo índice. la. Alicia. colgó. —Alicia. Molly se dio por vencida y siguió a Alicia al servicio. ¿Qué tenías en mente? ¡Aquello se ponía cada vez peor! Molly alargó un dedo para cortar la llamada y se quedó de piedra cuando Alicia la apartó y le hizo una señal para que se quedara quieta. entremos.. Es un show erótico. —¿Y cómo quiere que hable. mi padre también lleva un anillo de sello. Alicia se lo estaba pasando bien con todo aquello. Te lanzará miradas lascivas y hará comentarios groseros. acariciándole la cabeza—. —. una voz aturdida que dijo: —Que me jodan. un espectáculo suena genial. —Sabes adónde quiere llevarte. Malcolm? Molly se aclaró la garganta. Molly ahora ya estaba dando saltos y señalándola. en las costillas. con mucho vuelo. ¡Qué asco! Molly hizo ademán de coger el teléfono. muy corto (¿demasiado?). Y luego. Molly la miró frustrada.

Alicia fue hasta el secador de manos y dejó a Molly allí sola. Abrió el grifo del agua caliente para evitar que su voz hiciera eco. Tenía cinco hermanos que gritaban. Alicia se siguió lavando las manos. Tengo que ir al piso de Zabi a devolverle esto y después a la tienda. —Me alegro. No hay ningún problema. ¿No tienes nada más moderno? Molly estaba repasando mentalmente su armario cuando Alicia miró la hora y la interrumpió. Y esa chaqueta debería pasar a mejor vida. Claro que iré. ¿Por qué no podía hacerlo ella? Entonces se avergonzó de sí misma.. una a una. Había conocido a Fabrice gracias a ella. Era mayor y más valiente y. ¿Y si me encuentro con Malcolm? —Y si te lo encuentras. —¿Yo? —Molly se quedó paralizada—. porque sabía que se estaba comportando como una niña. y Molly la miró y sonrió.—¡Guau! Vestida para matar. ya lo has oído. —Sí. lo harás. y le había hecho mucha compañía. Seguro que alguien me reconoce. Le he prometido que lo tendría dentro de una hora. será mejor que te vayas. No voy a llevarle el CD a Malcolm. ¿sabes? —Pero. Y era obvio que la cita iría infinitamente mejor si él no estaba preocupado por el estúpido CD. —No puedo —dijo Molly. Se me acaba de ocurrir una idea genial.. —Además. Alicia. . En un momento dado los dedos se tocaron. Pero la idea de entrar en el vestíbulo del hotel y enfrentarse a toda esa gente la horrorizaba. En lugar de eso. Y deja de darle vueltas. sólo es un chico. divertida. sólo tienes que dejarlo en recepción y marcharte. —Tienes razón —dijo—. Y ahora (Dios sabe por qué) Alicia quería conocer a Malcolm. agobiada sólo por la idea—. Igual que Fabrice. Algunas tenemos que trabajar. Alicia había sido terriblemente generosa con ella. y australiana. —Alicia la abrazó—. frente al espejo. Era amable. No lo haré. Molly El pobre está desesperado. —¿Te gusta? —Molly estaba tan nerviosa que apenas le salió un hilo de voz. Molly palideció ante tal herejía. —Aunque no estoy muy segura de los zapatos. Molly se colocó junto a su amiga y puso las manos debajo del aire caliente. Todos mis compañeros de trabajo estarán allí. ¿qué? Sólo es un chico. Ten compasión. se cepillaba las cejas y deseó que dijera algo. —El hotel de Malcolm está al otro lado del río. —Ni hablar. Me moriré de vergüenza. —Pero yo creía que tú. Molly la observó mientras se limpiaba las uñas. Alicia no lo entendía... y me gusta cumplir mis promesas. no puedo hacerlo. Si vas a llevarle el CD y no quieres llegar tarde a tu cita con Fabrice. —Alicia abrió un grifo—.

10
Los escaparates estaban llenos. En uno, ríos de diamantes y cascadas de perlas brillaban sobre terciopelo oscuro. En otro, torsos femeninos llevaban lencería de película de colores tan variados como lima o frambuesa. Molly pasó por delante de tiendas de trufas, caviar o verduras en miniatura envueltas en gelatina, también vio capullos de rosas y dalias de hojas de color bronce brillando con el rocío de la mañana, y pedestales de chocolate trabajados como si fueran de mármol y sostuvieran esculturas de piel de limón y violetas cristalizadas en miniatura. Vio abrigos de cachemir largos hasta los pies, y bolsos de piel tan suaves como la piel de un bebé, en escaparates de piedra caliza y cristal, y unas dependientas exquisitamente vestidas y peinadas que no hacían nada. De las etiquetas de los bolsos y la ropa vio colgar nombres de diseñadores que sólo había leído en el Vogue mientras esperaba el lavado y secado en Snipz, la peluquería más moderna de Minster Episcopi. Aquél era el territorio natural de los turistas norteamericanos y japoneses, buscando las señales de las tarjetas de crédito, aunque las mujeres parisinas les daban mil vueltas, siempre tan bien peinadas y maquilladas, morenas y con tacones, con un porte digno de una duquesa. En Francia lo llamaban lèche-vitrine, es decir, uno no miraba los escaparates, los lamía. Pero para Molly, la visión más impresionante, v la razón por la que se paraba ante casi todos ellos, era su propio re- flejo. La peluca de Cleopatra era idea de Alicia, y la habían sacado de la tienda de Zabi. Las gafas de sol las habían comprado juntas, cerca de la cafetería, a uno de esos vendedores ambulantes que tienen imitaciones de las gafas de marca; eran casi tan grandes como la máscara del Zorro, con los cristales completamente negros y la montura de color carey falso. Alicia también había insistido en dejarle unas botas negras hasta media pierna con cordones, y una de esas chaquetas vaqueras tan increíbles que parecía que la habían lavado con agua de mar, la habían dejado secar en el desierto y se había quemado un poco. Con el vestido rojo, quedaba un conjunto muy extremado. Escuchó lo que creyó que era una risita burlona, y se giró de golpe. Pero sólo era un perro, que asomaba la cabeza entre las asas del bolso de su dueña. —Mais qu'est-ce que tu as, mon petit bijou? —dijo la mujer, y le acarició la nariz con un dedo con la uña pintada de rojo carmesí. Molly siguió caminando, sin mirarla a los ojos. A pesar del disfraz, tenía la sensación de que todo el mundo la miraba, como si fuera desnuda. La peluca picaba. No veía el momento de terminar con toda esa farsa. Las exclusivas tiendas dieron paso a centros comerciales menos intimidatorios, con anuncios de rebajas pegados en los cristales. Se detuvo frente a una de esas tiendas y se levantó las gafas para consultar el mapa. Una calle más al norte, girar a la derecha y ya habría llegado. Era imposible perderse, porque el hotel era una de aquellas monstruosidades de principios de siglo construido para los viajeros más adinerados que llegaban a la estación de tren que estaba al lado, aunque ahora había visto reducida su categoría para poder alojar a las masas de asistentes a congresos y conferencias, y había tocado fondo con un «Bar María Antonieta» y franquicias de cadenas comerciales. Sin embargo, todavía guardaba algo de la grandeza de antaño en la entrada ornamentada, la escalera cubierta por una alfombra roja, y el botones con sombrero de copa en la puerta parando taxis. A Molly se le hizo un nudo en la garganta. Por enésima vez, verificó que llevaba el CD en el bolso, dentro de un sobre («A la atención del Sr. M. Figg, de Phipps Lauzer Bergman»). Sólo tenía que dejarlo en recepción y volver a salir. Con una última mirada de reojo a la imagen de ella que se reflejaba en las ventanas del hotel, levantó la barbilla, aceleró un poco el paso y, sin mirar a derecha ni izquierda, subió por la escalera y entró. ¡Mierda! El vestíbulo era enorme, como un salón de baile, y al menos tenía tres pisos de altura; estaba lleno de mármol, dorados y lámparas de araña de cristal, y tenía una escalinata muy ancha que subía hasta unas galerías laterales. Había mucha gente arremolinada frente a mostradores con señales de «Información», «Oficina de cambio», «Conserjería». Los ascensores no paraban ni un segundo. Los mozos iban y venían cargando maletas de un lado a otro. Un grupo de mujeres, con unos zapatos muy cómodos y pañuelos de seda al cuello, hablaban entre unas palmeras plantadas en macetas. Una pancarta enorme daba la bienvenida a los participantes al Congrés International de Gastro-entérologie.

Pero ¿dónde estaba la recepción? Molly avanzó un poco más, se puso nerviosa y giró a la izquierda. Frente a un escaparate de cristal hizo ver que había reaccionado tarde y se quedó fingiendo que admiraba unos pañuelos de Hermés mientras escudriñaba el territorio. No veía a nadie conocido. ¡Menos mal! Al final vio un mostrador de caoba largo y curvilíneo, con unas grandes lámparas de cristal y casillas muy pequeñas en la pared, y unos mozos con traje oscuro atendiendo a una hilera de gente con preguntas y dudas. Se acercó, y se quedó parapetada detrás de un jarrón de violetas hasta que fue su turno. —Oui? —le dijo un mozo muy delgado y con el pelo engominado hacia atrás, inclinando la cabeza en un gesto de educación. Molly se inclinó y le explicó su misión en voz baja. Se lo dijo en francés, pero su acento no engañaba a nadie. —Por supuesto, Mademoiselle —le respondió en inglés—. Me aseguraré de que lo reciba. Sintiendo que se había quitado un gran peso de encima, Molly empezó a rebuscar por el bolso. Y justo cuando estaba alargando el brazo para darle el sobre al recepcionista, el chico levantó la vista por encima de su hombro y, con una mezcla de alegría y sorpresa, exclamó: —¡Ah! ¡Monsieur Figg está justo aquí! Presa del pánico, Molly se escondió detrás de las flores y salió corriendo en dirección opuesta, con el sobre todavía en la mano. Miró a todos lados buscando una salida. ¿Dónde podría esconderse? ¿Qué tenía que hacer? De repente vio la espalda de un señor alto, con chaqueta gris, que salía hacia la calle. Se acercó a él corriendo y lo cogió del brazo. —Au clair de la lune, mon ami Pierrot! —farfulló sin aliento, como si hubiera encontrado a un amigo de la infancia. El señor se detuvo atónito. Debía de ser de mediana edad y bastante normal: camisa y jersey debajo de la chaqueta, en la que llevaba una chapa mal puesta. El señor siguió caminando y Molly apretó el codo contra sus costillas para que no la soltara. —Ma chandelle est morte. Je ríai plus de feu! —dijo, y soltó una carcajada. Su alocado comportamiento había bastado para cruzar la puerta y salir del vestíbulo. Ahora tenía delante un largo pasillo cubierto con una alfombra roja. Si Malcolm la estaba siguiendo, todavía podía atraparla. Sentía que la sorpresa inicial de su acompañante se estaba convirtiendo en enfado, y en cualquier momento podía montarle una escena. A la izquierda vio una puerta: mesas bajas, luces indirectas, felpa roja. —Le bar! —gritó, y arrastró al señor dentro. Allí él se soltó, se metió la mano en el bolsillo delantero de la chaqueta y miró a Molly con una mezcla de asombro y sospecha. El barman dejó de limpiar vasos y levantó la mirada viendo la tormenta que se acercaba. Molly cambiaba el peso del cuerpo de una pierna a la otra, en un estado de indecisión que le resultaba angustioso; quería esconderse, explicarse, estaba furiosa porque la habían tomado por una ladrona, y horrorizada ante la posibilidad de que la acusaran públicamente. Bajó la voz y, con un susurro, dijo: —S'il vous plait, Monsieur, excusez-tnoi. Je regrette, hmmm, beaucoup... El barman se había acercado a ellos. (Monsieur tenía algún problema? Se quedó mirando las piernas desnudas de Molly y las botas de fetichista. Se horrorizó al recordar aquella escena de Pretty Woman, cuando Julia Roberts es manoseada como si fuese una puta por el detective del hotel. Después de mirar a Molly, el señor hizo una señal indicando que todo estaba bien y le indicó a ella que se sentara. Había algo extrañamente irónico en su amabilidad, algo que a Molly le pareció bastante desconcertante. Con la sensación de que la habían pillado copiando y la llevaban al despacho del director, se fue hacia el rincón más oscuro y se sentó en una butaca. El señor se sentó delante de ella y cruzó los brazos. —¿Bueno, de qué demonios iba todo eso? —preguntó, tranquilamente en inglés. Molly lo miró, sorprendida. ¡No era francés! Por primera vez lo miró directamente a la cara. Ojos azules, un poco hundidos pero rebosantes de inteligencia; pelo castaño, entre el que asomaban las primeras canas; pálido, una boca que sugería que pasaba más tiempo riendo que serio; no sabría decir por qué, pero era sofisticado, aunque no vanidoso, a juzgar por su ropa. Molly reparó en la chapa. Con las gafas tan oscuras, no podía leer lo que ponía, aunque daba igual porque le parecía que estaba boca abajo. Pero seguro que había venido por la conferencia, incluso a lo mejor era un empleado de PLB. Sería mejor que fuera con cuidado. —Eres inglesa, ¿verdad? —le preguntó él—. A pesar de que recuerdas muy bien las canciones en francés de la escuela. —No. Soy... australiana —dijo Molly, con voz nasal. —¿En serio? Hablas bastante bien el francés. Creía que hoy en día los australianos estudiaban japonés. —Mi familia es originaria de Francia —improvisó ella. —Y eso explica, sin duda, tu magnífico pelo moreno.

Totalmente confundida, Molly se acarició el pelo y se encontró con algo que parecía la cola de un caballo afgano. Claro: ¡la peluca! Se pasó la mano entre los mechones, como si fuera lo más normal del mundo, y luego deseó no haberlo hecho, porque se había movido un poco. —¿Y qué te parece París? —le preguntó él. —Oh, es... muy hermoso. El señor arqueó las cejas, pero lo único que dijo fue: —Opino igual. Se quedaron callados. Molly se inclinó y dijo: —Oiga, siento mucho haberlo agarrado de esa manera. Debe haber pensado que estaba pirada... loca como una cabra. —Intentó imitar la alegre risa de Alicia—. Lo que pasa es que hay alguien en este hotel a quien no quiero ver. Pero lo he visto. Y tenía que salir de allí lo antes posible, y sin que me vieran. Sé que he sido muy maleducada y estúpida, pero... El señor se la quedó mirando, no como si no le creyera, pero desconfiando un poco. —¿Y a quién no quieres ver? —A un hombre. —¿Tu novio? —No, se lo aseguro. —¿Alguien más... oficial, quizá? —¡No! —¿Qué querría decir?—. Un hombre sin más. —Hmmm —dijo él, en tono escéptico. —Sé lo que está pensando —dijo ella, de repente—. Que soy una especie de prostituta que se cuela en los hoteles y... —¿Quieres tomar algo? —la interrumpió él. Molly vio que el barman se había acercado con la libreta. —No, gracias —dijo ella, en un tono seco. —Insisto. En fin de cuentas, tú eres la que me ha hecho entrar. —De acuerdo. ¿Tienen Tang de manzana? —le preguntó al barman. Este abrió los orificios nasales ante tal barbaridad. —Entonces, un zumo de naranja. Cuando se alejó un poco, Molly se inclinó y continuó, un poco indignada. —Le prometo que no quiero robarle la cartera, ni que me invite a una copa, ni que... bueno, ya sabe. Es obvio que piensa que soy una criminal peligrosa que se ha dado a la fuga, pero le aseguro que sólo estaba intentando entregar un paquete. —¿Un paquete? —¡Sí! El paquete que tengo que darle a ese hombre. —¿Al que no quieres ver? —¡Sí! No. —Molly suspiró ante aquel interrogatorio—. Quiero que lo tenga, pero no quiero dárselo yo en persona. Mire, si no me cree, lo tengo aquí, es esto. —Lo sacó del bolso y, con grandes gestos, lo dejó encima de la mesa, para volverlo a coger enseguida y darle la vuelta para esconder el nombre de Malcolm. —Entonces, ¿qué eres? Una especie de correo. —Bueno... —¿No serás una espía? Molly tuvo la sensación que le estaba tomando el pelo. Se giró y miró hacia el otro lado, sin dignarse a responder. Entonces se le iluminó la cara. —¡Qué guay! Mire eso. Le traían el zumo de naranja, con un gajo de naranja fresca, una cereza confitada, una pajita de esas que se doblan como uno quiera y una sombrilla de cóctel. Le sorprendió ver que su acompañante había pedido un whisky y que apenas estaban en las primeras horas de la tarde. A lo mejor tenía problemas con el alcohol. Bebieron un sorbo en silencio. El zumo estaba delicioso, pero cada vez que Molly se inclinaba para beber, se le resbalaban las gafas y tenía que levantar un dedo para volverlas a colocar en su sitio. —Espero que no te moleste si te lo digo —dijo él—, pero ¿tienes algún problema en los ojos? —No, ¿por? —No sé, he pensado que quizá querías quitarte las gafas. La luz que hay aquí dentro no es demasiado peligrosa. Después de pensárselo un rato, Molly le hizo caso. Al momento, se sintió más normal. El bar tomó vida, desde la alfombra con flores de lis hasta los espejos con marcos dorados del techo. Cuidadosamente, miró las mesas de alrededor y se giró para controlar la entrada. —Si entra el hombre que no quieres ver —dijo el señor—, ráscate la oreja y lo entretendré.

gracias. —No estarás metida en algún lío. así que sería mejor que se fuera. Supongo que.. ¿no? —No. Ya se lo imaginaba interrumpiendo una romántica escena con Fabrice para que tomara el acta de una conferencia o montara un pabellón—. Por alguna ra. —No. Se lo olvidó y le prometí que se lo traería. alguien. Se lo prometo. Además. pero no empalagoso. ahora sería multimillonario. No parecía un trabajador de Phipps Lauzer Bergman. —Eso es muy fácil. era agradable escuchar algo que no fuera francés. pero Malcolm no debía saber que estaba en París. Si hubiera sido inteligente y hubiera comprado acciones de las empresas farmacéuticas que venden esos medicamentos. Ni un anillo. Molly se fijó en sus manos: grandes y hábiles. Todas las horas de preparación para esa conferencia. Ahora que lo veía bien. A pesar de las malas experiencias en Phipps Lauzer Bergman. pero Molly vio el brillo de sus ojos y no pudo evitar sonreír. Debía de estar desesperado. Posiblemente. —¿Por qué? —le preguntó. —No diré nada. colocó un dedo encima del sobre. me aburro mucho. —¿Y le importaría mucho no decir que se lo he dado yo? —preguntó Molly. —¿Qué hay dentro? —No son drogas ni una bomba casera ni nada de eso. no. la historia con el CD. Molly lo miró esperanzada. no. Molly recordó que se suponía que era australiana. En el trabajo todo el mundo hablaba de los médicos como si fueran dioses caprichosos y engatusadores.. Debería haber escogido a alguien menos amable para su huida.. es todo lo contrario.. si quieres. Me apetece conocer al tal Malcolm Figg. La gente como yo desarrollamos los medicamentos con los que después la industria se enriquece. Tras unos instantes de confusión. ¿no podría entregarlo usted por mí? El señor se lo pensó. Molly arqueó las cejas por aquel comentario. Pero ¿qué? El señor la miró por encima del vaso de whisky. mucho menos importante. incluso ella empezaba a estar harta de sus mentiras. Porque no sé quién eres. Faltaban cuarenta v cinco minutos para ver a Fabrice. Soy médico. Se sonrojó y los dos se echaron a reír. El señor cogió el paquete. ¿no? —le preguntó él. todos con aquel aire de superioridad. inconscientemente. La verdad es que no suelo venir a estas conferencias. —Le dio la vuelta al sobre y señaló el nombre de Malcolm—. —Mucho marketing y poca ciencia. Molly sonrió. ¿no debería estar. De repente recordó que había quedado y empezó a buscar por los bolsillos de la chaqueta hasta que sacó el reloj.. listo para saltarle a la yugular. —Molly se retorció las manos. las páginas redactadas. no estaba tan mal. —Creía que estaría agradecido por poder conocer todos los medicamentos nuevos que se están presentando.. Ni siquiera tiene que decir que se lo ha dado una chica—sugirió. —Seguramente. bueno. Mire. juntando las manos. pero Molly todavía guardaba el sonido de la risa que le había provocado su comentario. Lo entregaré. es sólo un CD con información aburrida sobre una empresa farmacéutica. Pero ¿qué iba a hacer con el maldito CD? Alicia le había prometido a Malcolm que lo tendría «en una hora». Molly se mordió una uña. con las uñas limpias y limadas. y todavía debía de estar esperando. también? —No. ya sabe. —Entonces. y el plazo había terminado hacía un cuarto de hora. —Siempre que prometas que aquí no está la localización del arsenal nuclear australiano. en lugar de hacer ademán de levantarse. —Pero. Era de mala educación no presentarse. —De hecho. Acercó la boca a la pajita y . se lo acercó a la oreja y lo agitó. Puede comprobarlo si quiere. Era bastante gracioso para ser un señor mayor. era educado.Lo dijo sin inmutarse. Es que he quedado con. aunque un poco arrogante. y el señor se aburría mucho. Molly adivinó en la cara del señor que no acababa de entender toda la historia. como si Molly hubiera dicho algo realmente ingenuo. y pronto. —Perdón. —Está bien —dijo—. como si se le hubiera aparecido Dios para responder a todas sus plegarias. Se preguntó qué estaría haciendo en París. Molly frunció el ceño. —Lo movió con el dedo que tenía encima e. lo alejó unos milímetros—. aparte de tener que entregar este paquete. Es del departamento de marketing. Bueno. señalando la chapa. Y no puedo llegar tarde.zón. En persona. por eso estuviera en el vestíbulo. Molly se sintió un poco ofendida. —¿Trabaja en una empresa farmacéutica. Tenía que hacer algo. —¡Gracias. El hombre se echó a reír. La palidez y la ropa arrugada resultaban de lo más familiar entre tanto traje oscuro. en la conferencia? —dijo Molly. y entonces se dio cuenta de que la estaban observando.. ni aunque me torturen. Parecía convincente.. gracias! —dijo Molly.

allá adonde vayas. Los periódicos estaban llenos de historias de médicos que hacían más horas que un reloj. —Son pocas paradas —le dijo él—. si te sirve de algo. Una puerta giratoria con marco dorado muy brillante. cogiendo el bolso. Ahora que se fijaba. —Por allí —dijo él. No se veía ningún mozo. Acompañó al médico hasta la barra. claro. Sólo tengo media hora. Se giró y saludó con la mano. Quería llevarse un regalito de París. riendo impaciente. Yo volveré al vestíbulo. A lo mejor estaba cansado. Con el corazón que se le salía por la boca. —Saldré contigo —dijo el hombre. —Muchas gracias por acceder a entregar el paquete —dijo—. Sin embargo. mientras cogía el sobre de Malcolm y se levantaba—. Pásatelo bien. —¿Qué tal es ser médico? —preguntó Molly. ¡Fabrice! La moqueta del suelo estaba llena de medallones con la cara de reyes con nombres como Luis. Ya casi estaba en la calle. Debía de poner alguna cara rara porque. Entonces levantó la cara y lo miró desafiante. Llegarás a tiempo. y por el zumo. Y muy de vez en cuando. Molly los evitó dando saltos a gran velocidad. La emoción la inundaba. —Le ofreció la mano para estrechársela—. observó cómo pagaba la cuenta mientras escuchaba las instrucciones para salir del hotel y qué línea de metro tenía que coger. de repente: —Espero que él se porte bien contigo. —Adiós. Otra esquina. ¿No deberías marcharte? —Uy. Salieron del bar y se detuvieron. emocionante. luego a la izquierda y ya estás en la calle. Pero es lo único que sé hacer. Sin embargo. tiene razón —dijo ella. —Frustrante. —Se acabó el resto del whisky—. Ha sido un placer conocerte. él añadió. con una corona de laurel en la cabeza. Obviamente lo decía en broma y esperaba que él así lo entendiera y sonriera. Agotador. interesante. en lugar de eso. Al girar la primera esquina empezó a correr. Primero a la derecha. ausente. señalando el pasillo—. No podía creerse que hubiera estado hablando con un viejo médico sobre una estúpida conferencia mientras Fabrice la estaba esperando. mientras se soltaban las manos. . tenía que ser educada. así que se quitó la peluca y la metió en el bolso. —De nada. Molly tuvo que morderse el labio inferior para dejar de sonreír de aquella manera tan ridicula. Hay una entrada lateral que da directamente a la boca del metro. —Supongo que tienes razón —dijo. Algunas veces. Ya no podía más de excitación. haciendo un ruido muy gracioso al rebuscar entre los cubitos de hielo. pasando el peso de un pie al otro. —Molly ya estaba de pie. suspiró.sorbió lo que quedaba de zumo. pensando en voz alta. tenía muchas arrugas en la cara. Molly asintió. —Lo haré —dijo ella. —Ya sé por qué ha venido —dijo—. —Gracias. No había nadie. Molly empujó la puerta y salió a la cegadora luz del sol.

se fue hasta una butaca beige y se sentó. practicando una de sus técnicas antiestrés para directivos—. ¿Dónde estaba esa chica? Más concretamente. ¿es usted Malcolm Figg? . Apartó una de las hojas con un dedo. automáticamente. había ido al hotel para entregar un paquete. empezaba a darse cuenta.» Zorra atrevida. Se puso en pie de un salto y. ja. —Le diré lo que voy a hacer. su jefe. era imposible. Malcolm se inclinó sobre el mostrador. El segundero no dejaba de moverse. Malditos bailarines de ballet. Me esperaré allí cinco minutos más —dijo. bastante enfadado. Malcolm no podía dejar de mover el pie izquierdo. Miró su reloj. No podía ser Molly. ¿dónde estaba el CD? Se le acababa el tiempo. seguramente este crío había estado demasiado ocupado haciendo piruetas por ahí para darse cuenta. aguantándole la mirada al recepcionista para asegurarse de que había captado el mensaje.11 —Lo siento mucho. coja el sobre. En lo referente a la cama. y luego el derecho. El recepcionista había dicho que la chica tenía el pelo negro. Una hoja Figg. Malcolm jugó con el anillo de sello. Si metía la pata. Y nadie se acercaba a la recepción. Casi lo había tenido entre las manos. tiraba a la moqueta lo que iba encontrando. Monsieur Figg. No. Y esta vez. La presentación de Jerry era al día siguiente. desapareció. Hacerse fotos para el «Antes» y el «Después» no le había hecho mucha gracia. Con mi monograma. el derecho). chicas deseosas de. ¿Qué puede estar haciendo? ¿A dónde ha podido ir? —Ya se lo he dicho. o al menos una mujer extranjera. extendiendo las manos y exhibiendo otro de sus irritantes gestos gabachos. sobre todo desde que tomaba esas cápsulas que anuncian en la contraportada de una revista masculina. Malcolm iba muy bien enseñado. que cuelga tranquilamente de la rama. Pero ¿y la otra chica. cuando vea a la chica. ja. Mal? ¿Demasiados escargots? Muy gracioso. Seguro que no quieres tener problemas con un tipo que lleva gemelos Gucci de oro de veinticuatro quilates. —¿Qué te pasa. se abotonó la chaqueta y alisó la parte delantera. desabrochándose primero la chaqueta para evitar arrugársela. volvió a la butaca y se sentó. Pouf! Pouf no estaba mal. las caras de sorpresa de sus colegas contra las ventanas. fuera quien fuera..8 segundos!). me hace una señal y la entretiene. Vestido rojo y botas. preciosa y brillante. —¿Seguro que no la ha visto pasar? Ya debería haber vuelto. pensó Malcolm. frustrado.. un indicador de profundidad bajo el agua. Había preguntado por el señor Figg. El recepcionista había visto el sobre con sus propios ojos. había vuelto. Ella. Caminó hasta la maceta más lejana y la miró fijamente. o de verdad vendría por la noche? El ruido que hacían las botas le había gustado. Incluso había participado en el concurso. Se desabrochó la chaqueta.» Cerró los puños. Miraba al techo. pero había valido la pena ante la posibilidad de ganar un Lamborghini Diablo rojo (¡de 0 a 100 km/h en 3. Pero le estaré vigilando y. se rascaba las orejas con el dedo quitándose el cerumen y. mirando fijamente los labios brillantes y las flexibles muñecas del recepcionista. con su jefe y el jefe de su jefe. Comme ga. Alicia? «Puede que sea rubia y puede que no. Malcolm se imaginaba llegando al aparcamiento de la empresa. aunque no demasiado abultado. perfecto para un CD. a mediodía servirían bistec a la Figg. Era la tercera vez en los últimos diez minutos que había dejado su puesto en la conferencia para ver si esa chica. cuyas múltiples esferas y cuadrantes incluían una brújula solar. Muy guapa. Capito? —Oui. Malcolm se sacó el cuello de la camisa por encima de la chaqueta (primero el izquierdo y luego. Seguro que la chica conocía un par de trucos de los buenos. señalando unas butacas que había en un aparte del vestíbulo—. Malcolm lo hizo callar con una mirada a lo Clint Eastwood. nada de eso le tranquilizaba. Sin embargo. por favor. un calendario digital y la hora en Tokio y Nueva York. Monsieur Figg —dijo el recepcionista. Jerry. más grande que una carta. al recepcionista. ¿Le estaba tomando el pelo. Aunque la chica hubiera vuelto. Con esa actitud tan masculina de los cowboys a punto de desenfundar las pistolas. Pero él no tenía ningún problema con eso. aunque sospechaba que debía estar por alguna parte de París. «Soy una hoja —se dijo. la chica había sonado muy convincente. Una hoja grande. —Perdón. Joven. Pero entonces la chica había desaparecido. a escondidas. Entonces se dio la vuelta. Por teléfono. ¿Por qué? ¿Dónde? A Malcolm le dolían los ojos y las orejas le zumbaban por la tensión de toda aquella historia.

y traje de lino que parecía que nunca hubiera visto una plancha. Estoy esperando un paquete muy importante. debo advertirle que estoy esperando que me llamen para una entrega en mano en cualquier momento. —¿Está todo bien? —le preguntó.». cuando realmente podrían servir para algo. Se colocó el sobre encima de la palma de la mano y dijo: —Secretarias. y entonces se arremangó los pantalones y se sentó a su lado—. no iba a perder el control. refiriéndose al sobre.. por casualidad? —El médico sacó un sobre. y lo sostuvo entre sus dedos. —Me temo que sólo soy el mensajero.. puesto que llevaba su nombre escrito y. La sonrisa del médico casi le enloqueció. —Gracias —dijo secamente. —A Malcolm le falló el conocimiento de la fauna salvaje de la sabana. —Malcolm esperó a que el médico se sentara. —¿No será.Vio a un tipo alto mirándolo. por lo tanto. como le había dicho. ¿eh? —Soltó una risita—. directivo de marketing de Phipps Lauzer Bergman. —Es un honor. o sencillamente. Y entonces.. doctor Jonathan Griffin. precioso como una lámina de oro. —¿De dónde lo ha sacado? —Hizo ademán de cogerlo. era un mensajero? Médico o no. no dejan de cotillear en el lavabo de mujeres y quieren un ascenso a los dos minutos. Sólo quiero. ¡Figg era un ganador! El médico lo estaba mirando. Lo mejor era mostrarse tranquilo. Vio su nombre escrito a mano en el sobre. Verá. Malcolm se preguntó a qué estaba jugando ese hombre. y le echó un vistazo rápido: voz de pijo. . —¿Qué? Ah. pero están pensando. Pero eso no es importante. Me tendrá miedo. Un pequeño movimiento y el CD cayó en su mano. Considérese mi huésped. ¡Un médico! Malcolm vio la etiqueta con un poco de retraso. ¿verdad? Pelo negro. si hubiera querido. El hombre no le dejaba ver la recepción. —Por supuesto. Pero Malcolm era demasiado astuto para hacer algo así. —Me pregunto por qué. no quería que empezaran a correr rumores por la conferencia. —Se abrochó la chaqueta mientras eliminaba cualquier rastro de sudor de la palma de la mano. Tiene que ser así. en realidad leonas. —Se lo ha dado una chica. A veces puede parecer que están medio dormidos en el suelo. Yo soy un cabrón sin escrúpulos. Malcolm se quedó sin habla. «¡Sí!» Malcolm le dio la vuelta para ver la etiqueta. ¡Ja! Y encima ni siquiera ha tenido el valor de venir a entregármelo en persona. Malcolm clavó la mirada en la cara del médico. —Quizás antes le gustaría ver qué contiene. asintiendo. ¿Por qué no quería decirle quién era la chica? ¿Sabía algo. La muy estúpida dice que se le olvidó devolverlo. Cogió el sobre e intentó abrirlo. Ése es el trato.. que les traigan sin rechistar lo que necesitan para seguir protegiendo a la manada de los enemigos. Se levantó y sonrió. el sobre.. Mis jefes son unos cabrones sin escrúpulos. Figg estaba imparable. sin preocuparse por su manicura. al parecer de ninguna parte.. y luego se la ofreció—. doctor Griffin.. La chica podría aparecer en cualquier momento. Al final consiguió meter un dedo y romper el papel. vestido rojo. —Entrecerró los ojos y continuó en un tono confidencial—. ¿sabe? Necesitan que otros leones. pero la tensión ya había desaparecido por completo de su cuerpo. —Me llamo Griffin. pero sólo vio curiosidad. Como respuesta. —El mundo del marketing es muy complicado —confesó—. un departamento creativo es como una manada de leones —dijo. van y desaparecen con el material de oficina. No había nada de malo en hacerle un poco la pelota a un médico.. Malcolm Figg. Son fuertes y están hambrientos. Por eso usted es un león jefe —dijo Malcolm. sí. Pues claro que lo haría. Se hundió en el respaldo de la butaca. Por muchos nervios que hubiera pasado con toda esa historia de Molly y el CD. era suyo. éste. —¿Quién quiere saberlo? —respondió Malcolm. Ahora respiraba seguridad. ¿Podemos sentarnos un momento? — dijo. Los leones jefes son jefes porque han luchado mucho para llegar a lo más alto. —Supongo que eso es lo que se llevó —dijo el médico. creo que más bien será al revés —dijo el médico con frialdad—. modales exquisitos. —¿Un jabalí? —¡Exacto! Es muy rápido. ¿En qué puedo ayudarle? —Bueno. un. cacen para ellos. Tienen el cerebro como un colador. Sin embargo. el médico puso el sobre al alcance de Malcolm. haciendo un gesto hacia las butacas. Te vuelven loco. podría haberle sonsacado la información. Las leonas no van por ahí quejándose: «¿De verdad tengo que cazar dos gacelas hoy? ¿No bastará una cebra o un. acordándose de una charla que les dio un estadounidense con gorra de béisbol en uno de esos cursos para ejecutivos—.

no su padre —le espetó Malcolm—. Se giró para comprobar el efecto que había causado su actuación en el médico. gracias a Dios que lo encuentro. ¿cómo es que le habían traído el CD tan deprisa? Malcolm no pudo resistir reírse entre dientes. los interrumpió la melodía de Indiana Jones. No le gustaba que el león jefe le gruñera —suspiró—. ¿no es así? —Sólo sé que su hija es mayor de edad y que si quiere comunicarle su paradero.. Si Molly no estaba en París. El hombre estaba sentado casi fuera de la butaca. Enseguida estaré con usted. —Lo único que puedo decirle —dijo. Soy Fran Clearwater. Le bastó mirar entre sus dedos para confirmar que el médico lo estaba mirando—. —Por el amor de Dios. No ha vuelto a casa. Creo. como me había prometido. ¿no? ¡Oh. ha desaparecido. ¡Menuda familia! Jugueteando con los pies y lanzando miradas furtivas hacia el otro lado del vestíbulo.. en una actitud que sólo podía ser de admiración. No me llamó cuando llegó a París. —La tiene escondida en alguna parte. arqueaba las cejas. —¿Por qué no? ¿Qué ha pasado? ¿La ha molestado usted de alguna forma? —¿Que si yo la he. Malcolm miró triunfante al médico. ¿Diga? Aquí Malcolm Figg. Se puso la mano en la cabeza. mi pobre niña! —No estoy dispuesto a seguir discutiendo con usted. ¡Adiós! Con el pulgar apretó el botón para cortar la llamada. ¿Molly qué? Antes de que Malcolm pudiera contestar. Increíble. —¡Tonterías! —El grito de la madre a punto estuvo de dejarlo sordo—. jovencito.. no dude que lo hará. —Orgulloso. por favor! Me estoy volviendo loca. Aquello la hizo callar de golpe. Nunca desaparecería así sin decirme nada. en cuanto a profesionalidad. teniendo como tenía a un médico delante. aquella historia no le hacía gracia. y se puso de los nervios cuando lo único que percibió fueron unos ojos azules que lo miraban severamente. Malcolm estuvo a punto de hacer una reverencia. muy seco—. —Lo cierto es. y se sintió terriblemente satisfecho cuando vio que tenía toda su atención. —Por desgracia. —Ahora es la madre. —. Estoy muy preocupada por mi hija Molly. ¡Nunca! La típica madre. exagerando como los jugadores de fútbol cuando reclaman un penalti inexistente. Malcolm tapó el interfono con una mano. Se conformó con una sonrisa de agradecimiento y con hacer una pirueta con el móvil antes de volver a meterlo en el bolsillo. Espero que le baste si le digo que su trabajo no alcanzó el alto nivel exigido por Phipps Lauzer Bergman. señor Figg. Su compañera de piso me ha explicado no sé qué historia sobre. buscando su aprobación. Iba de un lado a otro. . esto no es asunto mío. no me ha acompañado a París y ya no trabaja para mí. A Molly le faltaba instinto asesino. Su león interior estaba rugiendo.. Malcolm metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta—. señora Clearwater. Nunca saben dónde están sus hijos ni qué hacen.. —¿Qué significa eso? —dijo la madre de Molly—Sabe algo. ¡ayúdeme.. Figg había vuelto a triunfar. —Totalmente chalada —le susurró al médico. —Al otro lado de la línea había una voz femenina—. y cuando esta mañana he llamado al hotel. que nadie ha visto a Molly desde que salió ayer de casa hacia su despacho. es que la última vez que vi a Molly fue ayer por la tarde. Malcolm esperó a que la mujer hiciera una pausa. señor Figg. debe estar muy equivocado. —¿Molly? ¿Se llama así? —El médico se inclinó hacia delante—. como no tengo nada más que añadir y mi tiempo es muy valioso. —Se levantó. me han dicho que allí no hay ninguna Molly Clearwater.? —Ante aquella versión de la historia. exactamente? —¡Le estoy pidiendo ayuda! Molly trabajaba para usted. —Oh. señalando al teléfono. Se iba a ir a París con usted y.. Malcolm se quedó boquiabierto. La voz volvió al otro lado de la línea. de repente. apretó un botón y se acercó el teléfono a la oreja—. Ex jefe. con la boca y los ojos abiertos.—Pero ¿su secretaria? —Pues no se adaptó a la ética de la manada. —¿Me está diciendo que después de todo está en París? —No le digo ni que sí ni que no. le dio un ataque de risa.. Conozco a mi hija. —Mi teléfono. que no está siendo sincero conmigo. en realidad. Su madre siempre le había dicho que habría hecho una buena carrera en Hollywood si los estudios de marketing no lo hubieran llamado antes. Y ahora. Nadie tenía mejor ojo para escoger un melón. señor Figg. En realidad. ¿Es que no tiene sentido de la responsabilidad? —Soy su jefe. miró al médico y puso los ojos en blanco. —¿Puedo preguntarle qué está insinuando. levantaba los hombros y daba golpes con los pies. De hecho. Puede que sea importante. En Bloom «n» Veg la tenían en muy alta consideración.

llos. . Ya estaba allí. 7. giró la cabeza como si esperara encontrárselo justo detrás de ella. o quedarse allí de pie. Escuchaba el nombre de Fabrice en el susurro de las ruedas y el chirrido de los frenos de los vagones del metro. Llevaba gafas de sol. como manos agitándose. Debía ser allí. después de la magia que había surgido la noche anterior. aunque se la echó un poco hacia atrás para medio exponer los hombros. las sombras de las hojas de arce en la acera parecía que la saludaban. ¡Y no lo era! ¿Se quitaba la chaqueta o se la dejaba puesta? En el metro hacía bastante calor y había sudado un poco. Desprendía un delicioso olor a sudor. Cada respiración era como un desvanecimiento. Francés. su aspecto a la luz del día no lo decepcionara demasiado. ¿Sería muy descarado aparecer enseñando medio cuerpo? (Casi podía oír a Alicia diciendo: «¿Bromeas?». estaba muerto. Miró el reloj y vio que todavía faltaban cinco minutos. vio una cola de gente. Se sorprendió de ver lo cerca que estaba e.) Al final. «Concéntrate. pero todavía no se sentía cómoda sólo con el vestido. con un sombrero que parecía una cacerola del revés. la emoción se apoderó de ella y se le activaron todas las terminaciones nerviosas. No todavía.12 «Actúa de manera normal —se dijo Molly—. pero le impedían ver su expresión. ¿no? Y la pequeña bailarina con la nariz hacia el cielo. Las gafas le daban un aspecto peligrosamente encantador. instintivamente. no sabía si comprar una entrada —o dos—. Una oleada de placer le recorrió el estómago y la espalda. del XIX . ¿Y Fabrice? No sabía si ir a la taquilla o no. o si había sido él. decidió dejársela puesta. de un policía a la sombra debajo de un gran portal en arco. Fue consciente de una ligera inclinación del asfaltado. sólo un peatón que cruzaba la calle. Cuando bajó la mirada descubrió que había cruzado los dedos con tanta fuerza que al liberarlos le quedaron marcas blancas en la piel. Seguramente. El cartel de la calle. Ya estaba en la calle de Varenne. Lo buscó en el mapa a partir de la flecha roja con el texto Vous étes ici.» Pero era imposible. En cualquier caso. ¿Quién era Rodin? Molly intentó acordarse de las clases de historia del arte.» Había un mapa de la zona junto a la boca del metro. Molly sacó el papel del paquete de tabaco del bolso y miró la dirección que Fabrice le había escrito la noche anterior: Musée Rodin.. Rezó para que. Y entonces lo vio. Estaba casi segura de que era un escultor. de modo que pareciera sexy mientras. se le refrescaban las axilas. Él apoyó las manos en los hombros de Molly y le dio un beso en cada mejilla. azul marino con las letras blancas. Empezó a caminar en dirección sur por una calle a la sombra de los árboles. pero de repente estaban el uno frente al otro. también. Mientras subía las escaleras y salía a la luz del día. dejándose llevar por la enorme alegría que sentía en su interior. El aire olía a tabaco y a atardecer. Eran las tres y media en punto. ¿o eso era de Degas? ¿Por qué no lo había consultado en la guía? Fabrice creería que era una chica ignorante y trivial. rué de Varenne. No se podía decir que llegaba tarde. Pero no había nadie. del característico olor a rosas de algún jardín cercano. Cuando giró a la izquierda. Sin embargo. con una entrada en la mano.. Le dolían los nudi. hizo que el corazón le diera un brinco. básicamente turistas. claro. Deja ya esa sonrisa tan estúpida. saludándola desde un banco de piedra al sol donde la había estado esperando. El pensador. ¡Qué romántico era encontrarse en un museo! Demostraba que Fabrice la respetaba como mujer inteligente y que no la veía como un simple ligue de una noche. ¿Le seguiría gustando? ¿Estaba guapa? —Salut. La calidez del sol le acariciaba el pelo. discretamente. eso era de Rodin. y la curva de la barbilla y el labio inferior de Fabrice quedaban a la altura de su frente. Ni rastro de Fabrice. una camiseta de manga larga por fuera de los pantalones. y la chaqueta de piel colgada de un hombro. muy francés. Veía su cara en la oscuridad de las ventanas y sentía sus dedos en el cuello cada vez que se abrían las puertas. quizá pintor. Molly No estaba segura de si ella se había adelantado unos pasos.

observó el escenario que la rodeaba. Así pues. y el pelo más largo. alejándose del camino principal y dirigiéndose hacia unos tejos muy bien recortados.. Ojalá pudiera verle los ojos. se limitó a seguirlo a una distancia prudencial. los nervios de los pies. —Me encanta este sitio —dijo. . Estaba construida con una piedra de color gris claro que la luz del sol teñía de color albaricoque. y una señal de Pelouse interdite protegía la perfección del césped. desde el interior del vestíbulo. los dos paseando de la mano por el jardín al atardecer. ya se veía viviendo con él en una casa así. cruzó la verja junto a él y. le dijo: . Era inútil esperar que le prestara atención. humildemente. y por el momento. o mujer —añadió. ¿Se decía así en francés? Entonces vio. ¿Conoces a Dante? —Claro. ella no tenía nada interesante que decir. Molly lo siguió. Además. —Rodin es un artista tremendamente interesante —continuó Fabrice. sobre todo después de haberse dado cuenta de su gran ignorancia. tenía la cara más ancha a la altura de las mejillas y más estrecha en la mandíbula de lo que ella recordaba. Quería encontrar algún comentario ingenioso que lo hiciera reír y. antes de subir las escaleras hacia el dormitorio. Molly vio que. Molly asintió y volvió a mirar la estatua. totalmente absorto. aunque ya era un poco tarde. sin pensar—. y la manera tan natural en que los nudillos le deformaban los labios al apoyar la cabeza en la mano. cortésmente. En la parte delantera también había un pequeño jardín. (Un híbrido de rosas: ¡cómo se burlaría su madre!) Fabrice se había detenido. —¡El pensador! —exclamó. El hombre estaba sentado. Le Penseur—dijo. Era de un tamaño aproximadamente más del doble del natural. donde. se accedía a un inmenso jardín en la parte posterior. Estaba rodeado de setos y parterres de flores en líneas paralelas. Se quedaron unos segundos en silencio. por primera vez. poder recuperar la intimidad de la noche anterior. quizás haciendo un picnic debajo de un árbol centenario (sería una gran cocinera). aunque sin demasiada convicción—. etcétera. con tanta belleza y espacio alrededor en el corazón de París. ¿sabes? Podría ser cualquier hombre. una pregunta tan trivial e infantil que quisiera no haber dicho nunca. —Me pregunto en qué estará pensando —se escuchó decir a sí misma. Miró a Fabrice y. con ventanales altos. Incluso se sacó las gafas de sol. Beatriz. Enfrente de ella había una mansión de dos pisos.. sonriendo y estirándose la falda. ¿Y si Fabrice fuera un gran artista?. Molly vio que tenía dos entradas. callada. Fabrice no se molestó en remarcar la obviedad del comentario. La familiaridad de la noche anterior había desaparecido. Éstas debían de ser las rosas que había olido desde fuera. muy bien proporcionada. hablando de su trabajo. De repente se le despertó el interés. Cada vez que vengo descubro algo nuevo. enorme y meditabundo. Existía una extraña tensión entre la introversión de la postura y la potencia física de la figura. Estaba caminando alrededor de la estatua. Fabrice estaba distinto: más alto. con tal pasión que liberó la imaginación de Molly. y menos de manera fluida. así. Un poco ofendida de que no hubiera hecho lo mismo por ella. —Pero es algo simbólico. Era muy bonita. Se lo imaginaba pintando en el estudio mientras ella escribía novelas arriba. con la mirada perdida. Molly se dio cuenta de que estaba frente a una inmensa estatua de bronce situada en lo alto de un pedestal. donde había varios turistas—. no para hablar y cogerse de las manos. un frontón central y dos torres iguales. unas letras enormes (que incluso un niño de cuatro años podía leer) grabadas en la piedra con el título de la obra. Pero Fabrice le respondió enseguida. u ofrecerse a pagarlas. Uno de los turistas retrocedió para enfocar con la cámara. incluso en las obras más famosas. su cabeza era incapaz de pensar en francés. Sin embargo. el miembro viril entre las piernas. La gente iba a los museos para ver las obras de arte. —¿Entramos? Cuando Fabrice señaló hacia las puertas. El infierno. Molly se fijó en los músculos de la espalda doblada.. —Representa a Dante pensando en sus poemas. comprometido con el esfuerzo creativo.—Salut —dijo Molly. Quería darle las gracias.

pero las líneas eran tan definidas que se distinguían claramente los dedos separados de la mano que tenía apoyada en las rodillas. como si aquella explicación estuviera fuera de su alcance o. Seguramente. Le enseñó un grupo de hombres. a ojos de los demás. incluso demasiado realistas porque. la presencia de Fabrice tampoco ayudaba a apaciguar el deseo. bien sur. Sin embargo. con una sonrisa burlona—. era poderosa. ¿No era curioso cómo un cambio en la perspectiva física podía provocar emociones tan distintas? Y ese par de manos. buscaba otra con las palabras: Mais. para asegurarse de cómo caería la ropa. Explícame lo que ves. y se oía el canto de los pájaros y se veían las plantas en todo su esplendor. en realidad. en sí misma. de cómo. de cómo veía sus obras rechazadas una y otra vez por ser feas. Además. y que su ignorancia convertía sus puntos de vista en mera subjetividad. y nadie reconoció que. más que eso. La cantidad de galerías y pasillos conectados entre sí le daban un poco de claustrofobia. y todo a una velocidad demasiado rápida para ella.—Habíame de Rodin. Vio el fuego en los ojos de Fabrice mientras él hablaba de su héroe. aparentemente diferentes. vocales líquidas y erres guturales. encogiéndose de hombros—. Rodin también había estudiado anatomía para comprender mejor la configuración del cuerpo humano (la acusación de que había moldeado una de sus estatuas copiando directamente modelos reales fue un grand scandale). —Pero ése —dijo Fabrice. Por primera vez en aquel día sintió una conexión entre ellos. A pesar de su decidida convicción turística de visitar el Louvre. euh. Era imposible observar tantos cuerpos en actitud amorosa y no excitarse. un par sino dos manos derechas? . sus obras casi siempre eran. Molly no pudo evitar mirarlo de otra manera. Al principio. incluso para las estatuas vestidas. Molly se hubiera venido abajo en ese mismo instante si no hubiera visto algo increíble por encima del hombro de Fabrice. La desnudez. —¿Ves? —le dijo. mientras señalaba. Cuando le dijo que Rodin solía hacer. perfectamente enmarcada por el verde de las hojas. una estatua femenina de mármol acurrucada durmiendo. No eran sólo cuerpos. había sido un genio hasta después de su muerte. —Pero Molly resucitó cuando vio la sonrisa de él.. No se hizo internacionalmente famoso hasta los últimos años de su vida. estaba dispuesta a adorar este museo. como una estatua de piedra que cobrara vida. Mientras caminaban hacia la casa. un estudio previo del cuerpo desnudo. Aquel discurso en francés fue demasiado para Molly. La escultura estaba distorsionada. es el destino del artista. del de ella. El sol proyectaba la sombra de la estatua sobre uno de los tejos. Fabrice la guió de una sala a otra. Nunca lo había visto. oui. cuerpos entrelazados en plena lujuria. Le encantaba lo mucho que expresaba con las manos y el movimiento tan sensual de sus labios cuando. ¿se había dado cuenta de que no eran. Los suelos eran de parqué pulido. Predominaban los desnudos: un torso masculino en movimiento. estaban colocados en ángulos distintos. que en realidad eran idénticos. —No es verdad.. aquellas figuras rebosaban pasión. algo peor. sencillamente. Él resopló. la calidad táctil saltaba a la vista de inmediato. incluso cuando ya era lo suficientemente famoso para que le hicieran encargos. fijándose en los huesos de las clavículas debajo de la camiseta y en las arrugas de los vaqueros a la altura de las caderas y los muslos. y en el mismo instante en que entró en la casa. Fabrice no entendía qué quería enseñarle. Tenía la sensación de que no era una persona visual. Ah. al empezar una frase. figuras volando. figuras suplicando. pornográficas. Hasta que su cara se iluminó. Pero captó el entusiasmo. —¡Mira! —exclamó. Al principio. se sintió un poco incómoda de mirar aquellas obras tan eróticamente explícitas con Fabrice. todo le parecía una caravana de consonantes precisas. mirando hacia el cielo y entrelazadas. Las esculturas estaban colocadas de manera que uno pudiera rodearlas y acercarse a ellas. Qué fascinante e instructivo observar una forma tridimensional reducida a dos dimensiones. explicándoselo todo con grandes gestos. Era fantástico. Fabrice le habló de Rodin: de cómo no consiguió entrar en la escuela de arte y se vio obligado a trabajar como yesero y peón en los edificios de París. en realidad. eran seres humanos captados en los límites de la emoción. no le costó demasiado. poco adecuadas o quedaban inacabadas. Tienes buen ojo para esto. Aunque no podían tocarse. Las ventanas estaban abiertas. Pero. Las espaciosas habitaciones eran una delicia en sí mismas. porque Fabrice lo hacía. y los hogares y las cornisas estaban diseñados con mucho gusto. aunque los dedos no acababan de tocarse. A Molly le costó un poco entender que aquello era mérito del escultor. la verdad es que los museos no eran los lugares preferidos de Molly.

El mármol estaba suave y pulido. mientras cogía la mano derecha de Molly y la colocaba junto a la de él—. Fabrice sonrió y Molly se estremeció. Es un hombre muy rígido. desesperada. Con los . —¿Y qué me dices de tu arte? —le preguntó ella—. En armonía de cuerpo y mente. Con la visión renovada. y otras dos situadas una a cada lado. Habían llegado al final de los limeros y estaban bordeando una laguna con una de las estatuas más estremecedoras de Rodin en el centro. Estaba bastante segura de que Fabrice tenía mucho talento. y todavía calentaba bastante para la época del año que era. En el otro extremo de la laguna. Es que es tan hermoso. Pero mira qué manos tan pequeñas tienes. Inconscientemente. Fabrice se alejaba para examinar con más detenimiento alguna obra. con el cabello tan rubio que parecía blanco. No quiere seguir pagándome la matrícula. era todo un genio. —Extendió la mano de Molly encima de la suya. El sol iluminaba desde el oeste. Mis amigos me dicen que estoy loco. se fijó en el brillo de sus pantorrillas y en la frágil estructura de sus tobillos. que tantas veces había visto en fotografías pero nunca a tamaño natural y en tres dimensiones. De vez en cuando. Molly vio una pequeña cafetería con mesas en el jardín. Recordaba que la noche anterior le había dicho que había dejado la escuela de Bellas Artes. Tengo que compartir habitación con otros chicos. se la encontró con lágrimas en los ojos. había unos bancos de madera. Ven. y una larga melena echada hacia delante desde la nuca y que revelaba una delicada oreja. mirando hacia la casa. —Le secó las lágrimas con los dedos y la cogió de la mano—. con una expresión más seria—. La casa. como si le hubiera dado la corriente. —¡Pero eso es muy injusto! Rodin también suspendió algunos exámenes. Ni siquiera me ayudaría con el alquiler de un estudio. A Rodin le pareció más estético no tener los mismos dedos de las manos los unos junto a los otros —explicó. y mira. —¿Estás llorando? —No —dijo Molly. Molly y Fabrice se sentaron a la vez y se quedaron disfrutando de las vistas en silencio. —Pero no dejaste la escuela por eso. suavizó la voz—. A lo lejos. —No tengo tanto talento. Lo que más me gusta es dibujar y pintar. a juzgar por la alegría de las niñas. Ahora veía cómo el pie de la mujer estaba apoyado encima del pie del hombre mientras él la atraía más hacia sí. mostrando cada detalle del cuerpo de la chica tendido en el suelo. Pero había una obra a la que siempre acababa volviendo: una mujer tendida boca abajo en el suelo. Dicen que no soy nada original. Pero eso ya está pasado de moda. Molly suspiró. en tono serio. Luego. Molly se encontró de frente con El beso. condenada a verter agua eternamente en un jarrón sin fondo. relajada. Es por mi padre. no se puede hablar con él. —Suspendí algunos exámenes. Salieron a la cálida luz del sol y pasearon bajo unos limeros. Pero no me gusta discutir con mi padre. se levantaba ante ellos. Un poco. girando la cara—. de repente. —Eso es verdad. un detalle tan tierno y sensual que Molly no pudo evitar conmoverse. En un texto adjunto se podía leer que representaba una historia mitológica sobre una mujer joven en el infierno. En una de las salas del piso de abajo. Molly apoyó la mejilla en las manos y se hundió en la lástima. Molly era plenamente consciente de la mano de Fabrice rodeando la suya. la escultura de una pareja desnuda que se está besando. Y sin calefacción. ¿no? —No —dijo él. —Pero ¿por qué? Fabrice se encogió de hombros. con la espalda ligeramente doblada. detrás de una gran extensión de césped impoluto (Pelouse interdite). a la sombra. tú mismo me lo has dicho. Había dos niñas pequeñas. El arte ejercía su propia fuerza emocional. La miró a la cara. e intentó imaginarse cómo habría reflejado Rodin los contornos de la carne y la complejidad de los huesos para captar todo lo que sentía por Fabrice. Molly se le encendieron los ojos de rabia. sobre todo el cuerpo humano. y los dos vieron que el dedo corazón de Fabrice era como tres centímetros más largo que el de ella. corriendo y jugando delante de ellos. ¿Tú también quieres ser escultor? Fabrice agitó la cabeza. Pero era difícil estar deprimida. simétrica. pero a Molly ya no le molestaba. posiblemente sus padres les habían prometido un helado. Molly. Molly se sacó la chaqueta y se apoyó. con el frontón central reflejado en el agua de la laguna.—Comme ga —dijo Fabrice. —Ah. Fabrice le respondía alegremente a todo lo que ella preguntaba. Cuando Fabrice volvió a su lado. vamos al jardín. y tan triste. en el respaldo del banco. Muy sucia.

provistos de cámaras de fotos. —Es una tragedia. Es un tacaño. —Me gusta tu vestido —dijo Fabrice—. ir y venir por los caminos de gravilla.. Pero no era verdad. —C'est vrai? —Fabrice se inclinó hacia delante para mirarla a la cara. ¿Dónde? . sintió como si alguien le estrujara el corazón. A lo mejor. Sus dedos jugaron encima del hombro de Molly. y con auriculares que iban explicando los pormenores del museo.) Molly abrió los ojos. —Como siempre que pronunciaba esas palabras. Molly lo compadeció. —Fabrice se levantó y la ayudó a levantarse—. Molly apartó la vista mientras luchaba contra una dolorosa confusión de sentimientos. No me gusta entrar en las iglesias. pero el significado quedó muy claro por cómo movió los dedos y silbó—. —¿Lo es? —Mi padre está muerto. unidos por la experiencia común de haber perdido a un padre. puños desesperados. y helada por su viejo y oscuro secreto. y más después de que él se hubiera sincerado tanto.. ¡Quería pintarla! Pero si su estructura ósea no era nada del otro mundo. Todos de negro. crees que soy un genio —dijo él. —Oh. Por un momento. capturados en la cúspide del éxtasis o la agonía. no áne. observaba a los turistas. Molly sonrió. De perfil era mucho más impactante. Fabrice se giró para perderse en la visión de la casa reflejada en el agua. Quiero pintarte. —Ven. —¡No te muevas! —exclamó Fabrice. Pero la urgencia de la voz hizo que Molly se girara hacia él de inmediato. Jumeaux de la tristesse. ¿Qué le estaba pasando? Debería avergonzarse de pensar en esas cosas en un momento como ése. dibujando figuras invisibles—. bocas abiertas de dolor. ¿Tendría que desnudarse? —Pero ¿cómo? —preguntó—. Seguro que tu padre no es así.. Ese color te sienta muy bien. también se sintió culpable. cogiéndola de la mano y apretándola fuerte. ha sido como si pudiera ver a través de tu alma. Yo. —Alors. —No lo sabré hasta que vea lo que haces. Molly se balanceó. El olor a incienso. Je souffre. absolutamente todo. muslos redondeados. —Está forrado de pasta. Sonaba tan poético. de estatua en estatua. —Movió la mano en el aire. —La rodeó con el otro brazo y la abrazó. en broma. Siempre mentía. Fabrice. En ese momento. era de lo más persuasiva.. Odiaba haberlo engañado. parecía mucho más emotivo en francés. Sólo piensa en sí mismo. Con una exclamación de amargura. con las espesas cejas en gesto acusatorio. tu cara. —Antes. Tú y yo —le dijo. —Molly le acarició el antebrazo con una mano. —¿Qué pasa? —preguntó ella. Ahora. La madre de Fabrice estaba muerta. Murió cuando yo tenía catorce años. ¿tú no? —dijo él—. Parecía muy afectado—... solemne—. Esos curas hipócritas. La imagen de ella y Fabrice. Mi madre también está muerta.. En francés era tan directo y claro. —Mi caso es distinto. y tan guapo que Molly se imaginó tomándole la cara entre sus manos y dándole un beso en el hoyuelo que se le formaba debajo de las mejillas. Molly sintió sus labios en su pelo—. Aquella frase conmovió.ojos entreabiertos. sintiendo sus músculos en tensión. Sintió que el pecho de Fabrice se hinchaba. Al cabo de unos segundos él se acercó y la rodeó con el brazo. Tenía la cabeza llena de imágenes de cuerpos de Rodin. Se clavó las uñas en las palmas de las manos. —Te has movido —dijo él. pechos que se ofrecían a las caricias. ¡Su alma! (Ame. ni siquiera para ver las pinturas. piernas musculosas. lo siento. con los andares típicos de herbívoros gigantes hambrientos. tu padre no puede pagar la matrícula. Todo. Molly vio en él una nueva intensidad que la asustó un poco. la luz. —Y tú también sufres —dijo él. —Bourré de fríe: no había oído aquella frase en la vida. Sus maravillosos y melancólicos ojos se fundieron con los de ella—. Se sintió inflamada por las cálidas manos de Fabrice sobre su piel. No lo negó. Le había mentido. —¿Murió cuando todavía eras un bebé? Molly hizo un ligero movimiento con la cabeza. somos gemelos de tristeza. y que no era merecedora de su compasión. Molly no respondió. Miró fijamente la gravilla. —Odio los funerales. —¿La echas mucho de menos? —le preguntó.. Era extraordinario. Yo nunca llegué a conocer a mi padre. Pobre Molly. —Sufro cada día.

pero Molly se resistía. —¿Me dejas? —le preguntó él. se apretó contra ella y la besó con pasión. la luz la deslumhró. .—Podemos ir al estudio. No está lejos. Molly notó que sus pestañas se tocaban. Fabrice se le acercó. Molly notaba sus dientes. Acercó un tembloroso dedo al dolorido labio inferior y asintió. —Fabrice tiraba de ella impaciente. Fabrice le recorrió la espalda con los dedos. Fabrice apoyó la frente en la de ella. intentando frenarlo para poderpensar. Había un horizonte verde que se movía. Cuando Molly volvió a abrir los ojos. Molly no dijo nada porque estaba sin aliento.

en caso necesario. tiene una araña en la azotea. ella quedaría inmortalizada. Fabrice también tendría su propia visión creativa que. mirándolos en silencio. respetuosa. latas de aerosoles. Al otro lado había una pequeña puerta. Al final consiguió abrirlo. extrañada. Las láminas de madera del suelo estaban llenas de polvo y manchadas de pintura. Tenía fresco en la memoria el ejemplo de Rodin. mezclando pintura y matemáticas. Allí también había otras prendas: batas blancas manchadas de pintura. Por un momento. y salchichas negras envueltas en tripa muy fina. latas vacías llenas de pinceles. y puede que lo fuera (aquel pensamiento la hizo cerrar los ojos y apretarse a él con más fuerza). Parecía brusco y absorto. Mi amigo Francois cree que el arte debe evitar la obviedad a toda costa. pensó Molly. al ver su interés—. Necesitaría valor. sólo unos cuadrados de cristal en el techo con pisadas antiguas. en la parte trasera de la moto. con los contornos de la cara femenina subrayados en negro y unos extraños números garabateados en los espacios en blanco. —Ven. y Molly lo siguió hasta el interior de un largo y estrecho ático. —Quítate la chaqueta —le dijo Fabrice. Parecía muy complicado. que la luz es mejor. Pero. un sofá-cama de hierro con colchón y unas almohadas cilindricas en un extremo. Vio que ya se había quitado la chaqueta y la había colgado de un clavo que había en la pared. como si sobrara. ahora eran mundialmente reconocidas. patos con todas las plumas. y unos exóticos pliegues de una tela sedosa de color azul que parecían un kimono de mujer. se tenían que sacrificar los escrúpulos personales para fines mayores.13 Junto a la entrada había una carnicería donde vendían conejos despellejados. carboncillos. Abrió la puerta. a veces. Luego se fue hasta la mesa y empezó a rebuscar entre sus cosas. —Aquí. No podía ser más romántico. Gracias a Dios. La abrió y se asomó. Cuando llegaron arriba. El mobiliario se reducía a cuatro caballetes. todavía poseído por una fiebre de impaciencia artística. Si resultaba que Fabrice era un genio. y una enorme mesa metálica llena de material de pintura: rollos de papel. por suerte. y un plátano ennegrecido que Molly estaba segura de que alguna vez había servido de modelo para un bodegón. . y un enorme cubo de basura en un rincón. posiblemente. dos sillas de madera. Había lienzos apoyados contra las paredes. el sonido quedó silenciado por el claxon de un coche). pero luego recordó que era una frase hecha. Pero no podía ser mojigata. Los peldaños de madera crujían debajo de sus pies. y mucho menos en Francia. Era una gran responsabilidad. Claro que debía usar modelos. gente normal como ella no comprendía. pero. La sola idea de las seductoras posturas que Fabrice le haría adoptar hizo que Molly jadeara (aunque. rodeado de botellas de cerveza vacías. un impermeable. Molly dio vueltas por la habitación. Molly corrió a ayudarle. Molly esperó mientras él. Fabrice estaba colocando el sofá-cama debajo de una de esas ventanas del techo. —Son las fórmulas químicas para cada pigmento —le explicó Fabrice. «Allá vamos». luchaba con un candado. y que quería decir algo así como «está más loco que una cabra». Por el camino. preguntándose cuáles serían de Fabrice. Fabrice sólo la cogió y la colgó de la pared. con una línea de puntos separando el lomo de las costillas. claro. Algo incómoda. tubos de pintura abiertos. Había uno que todavía estaba en el caballete. se había visto a sí misma dibujada como uno de esos carteles del cuerpo de un cerdo en la carnicería. Se sintió más aliviada al saber que aquel cuadro no era de Fabrice. Las voluptuosas posturas que antaño habían provocado un escándalo. Sin embargo. posar desnuda. No había ventanas. había decidido que estaba preparada para. que estaban colgados de un gancho por el cuello. Molly no pudo sacarse ese fuerte olor de la nariz mientras seguía a Fabrice por las escaleras y dejaban atrás pisos vacíos cuyas puertas de cristal opaco permitían que una luz grisácea iluminara los rellanos. Continuó su paseo y llegó hasta los lienzos. Molly estaba nerviosa. La cerró inmediatamente ante la visión de un lóbrego retrete y una palangana que ciertamente servía para limpiar los pinceles. Molly lo miró. Rápido. era de esperar. se había depilado las piernas aquella mañana.

Molly tragó saliva y caminó hasta el sofá.. —Perdón. ¡Cielos! Era un desastre: no era lo suficientemente bonita para que la pintara desnuda. mientras lo observaba mezclar los colores en la paleta. apoyó los pies en el colchón. Debería ser ella quien lo pintara. Molly se agachó para desatarse los cordones de las botas mientras volaba mentalmente al banco del museo. Debía de tener unos cincuenta años. ella también había viajado mucho por todo el mundo). Fabrice agitó una mano. Una vez descalza. —Levanta la mirada —le ordenó Fabrice—. Fabrice suspiró. . con las rodillas juntas y las manos en el regazo. perfecto. Relájate. se había tonificado casi de forma milagrosa y los kilos habían desaparecido como por arte de magia. pero él esperó su turno hasta que el grupo se fue disolviendo. que había muerto. Molly le preguntó cosas sobre Italia (obviamente.. —No me mires. ansiosa por saber qué le pediría que hiciera. Siéntate. —¿Así? —preguntó ella. le resultaba extrañamente familiar. Alguien le dio una copa de champán. No sé qué quieres. que me cambie? —¿Qué? —Fabrice la miró. no.. Su propio padre. Quítate las botas.. ¿Así está mejor? Vio en su cara que no estaba mejor. aceptando un premio. que era un ogro. —Molly cruzó las piernas y se inclinó un poco hacia atrás—. aunque había pasado muchos años en Italia y sólo volvía a Inglaterra en contadas ocasiones. claro. pero empezó a darse cuenta de que la conversación siempre acababa girando en torno a ella.. Por extraño que pareciera. El vestido le sentaba de maravilla. Era tan encantador. y entonces esperó que le vinieran a la cabeza todas las imágenes.. ¿En qué estaba pensando? En Fabrice.Fabrice ya tenía el caballete colocado y un puñado de pinceles en una mano. y un aire de elegante cultura que recordaba sus sofisticados orígenes europeos. no pudo evitar fijarse en un hombre que estaba detrás del grupo y que la miraba con admiración y mucha curiosidad. Jackson era inteligente y encantador. ¡Violeta! ¿Qué demonios iba a hacer con eso? Fabrice levantó la mirada y clavó la vista en ella con tanta intensidad que Molly no pudo evitar sonreír. exasperado.. bajo el sol. —Así no. triunfante. pequeño e íntimo. impotente—. —Lo siento —dijo. Se había subido las mangas hasta los codos y tenía el pelo echado hacia atrás. por supuesto. Molly se sentó en el extremo del colchón. aunque no tenía ni idea de cómo hacerlo. Sueña. Sonaba lejano y distraído. Se presentó: Jackson Carruthers. y Molly nunca había estado tan graciosa. Concéntrate en otra cosa. No voy a hacerte una foto. por muy buen artista que fuera Fabrice.. Compartir ese secreto significaría perder el misterio que creaba tanta adicción. nunca podría pintar lo que había en la cabeza de ella. Mientras hablaban. le gustaba pensar que. Y. Molly apoyó la mejilla en una mano y empezó a pensar en la mentira que le había dicho y en cómo habría sido explicarle la verdad. Ahora estaban en un restaurante. donde servían una comida exquisita. ni tampoco vestida. relaja la otra mano. Así. y entonces se acercó a ella. pero estaba tranquila y relajada porque estaba a la altura. ¿En qué estabas pensando en el jardín? Tenías una expresión preciosa. Era una ceremonia muy elegante. El rojo está muy bien. Obedientemente. se vio inmediatamente rodeada de amigos y colegas que la felicitaban. señalando el vestido—. y tenía unos ojos en los que Molly creyó detectar un indicio de tristeza. Resultó que él se dedicaba a lo mismo que ella. No. bueno. . le había dicho. Mientras se la acercaba a los labios. brillante y habladora como aquella noche. era alto y apuesto. Mientras charlaba con los demás. . Cuando bajó del escenario. Era increíble lo bien que se llevaban. ella se olvidó de todas las demás invitaciones y aceptó. Aunque Molly estaba segura de que no lo había visto antes. se estiró sobre un costado y colocó el codo lo más cómodo posible encima de una de aquellas almohadas cilindricas. era consciente de que la estaba mirando. A Molly no le sonaba de nada. Le brillaban los ojos. volvió a sentir que se conocían. Su padre. Se preguntó qué habría pasado si hubiera tenido el valor suficiente para explicarle a Fabrice la verdad acerca de su padre. Ya era demasiado tarde para sincerarse. «Sueña». con un distinguido pelo grisáceo. pero cuando le preguntó si la podía invitar a cenar en el restaurante de la esquina. aquello la aliviaba. Mira hacia la pared. tres mélancolique. la luz desde arriba hacía de su cara un maravilloso conjunto de líneas rectas y ángulos. ¿O quieres que. Estaba en el escenario de un gran auditorio. Molly ni siquiera podía mirarlo. impaciente—. Dejó que la mirada se le perdiera en ninguna parte hasta que la pared se convirtió en una superficie borrosa. En su madre. Con lo mucho que había trabajado para conseguir este premio. La inteligencia se reflejaba en su rostro. Los aplausos retumbaban en sus oídos. en el fondo.

En aquel momento tuvo bastante con aquella respuesta. —Eso está muy bien —murmuró Fabrice. Pero el mundo exterior era mucho más duro. era guapa. Molly sólo pudo asentir. Si no le importaba que se lo preguntara. Tenían sus juegos especiales. Le pidió. Su padre no la había buscado nunca. cuanto más le explicaba. Mamá y Molly. por casualidad. sus rituales domésticos y sus platos preferidos. cuando era obvio que nunca había salido de Minster Episcopi. por supuesto. y así es como empezó a inventarse cosas. Pero Molly no se lo creyó ni por un instante. Era un milagro que. Sin embargo. Le había encantado copiar los jeroglíficos de la pizarra y pintarlos en su hoja de papel brillante. poco a poco. por favor. A Molly le resultaba imposible admitir públicamente que no sabía quién era su padre. estaba en contra de la comida rápida y los paquetes de vacaciones en Tenerife. ¿qué importa el nombre? Nunca formará parte de nuestras vidas. cariño. Nunca estaría delgada ni ganaría un premio. ¿Es que no somos felices como estamos? Sí. Volvió a ver nítidamente la pared del estudio. que lo acompañara a Italia. trabajo. . la interrumpió en mitad de una frase. más emocionado estaba. Nunca había imaginado que sería tan fantástica y guapa. o ya haría mucho tiempo que la habría encontrado. Su madre utilizaba palabras cultas. Molly ya era distinta desde muy pequeña. —¿Por qué? —Supongo que porque le gusta. sus bromas tontas. fue entendiendo que muchos de los padres de sus amigas se habían separado. sintió una punzada de dolor en la muñeca que tenía doblada y suspiró. y luego la colgó en la puerta de la nevera sin más comentarios. Pero. Pero las demás ni. y unas piernas que nacían directamente de la barbilla. la profesora les dijo que todos iban a hacer una tarjeta para el día del padre. pero nunca había conseguido descubrir dónde vivía. En su primer año de colegio. Hablaba con él en secreto. Oía cómo el pincel se deslizaba por el lienzo. Quédate así. No necesitamos a nadie más. o un nombre que poner en la casilla paterna en Mi Árbol Familiar. Todo aquello eran tonterías. Y. y la Toscana estaba tan bonita en esa época del año. había dicho su madre. No lo sabía. Notó el viejo colchón debajo del hueso de la cadera. Al principio la habían pillado con mentiras estúpidas: la nueva bicicleta que su padre le enviaría por su cumpleaños. cuando Molly llevó la tarjeta a casa. Pero Molly percibió una extraña tensión en la forma de comportarse de su madre. tan diferente del de las otras madres. decir que había muerto.ñas sabían quién era su padre. divorciado o vuelto a casar. infancia. Y eso era lo que más le dolía: que no lo sabía. Se lo decían a sí mismas bastante a menudo. donde había dibujado una cara enorme con una gran sonrisa en forma de U. en realidad hasta tenía su encanto en un sentido bastante espeluznante. sólo unos meses. escuchaba Radio 4 en lugar de ver la televisión. y conducía una camioneta diesel llena de bandejas de plantas y tierra con una pegatina en el cristal trasero donde se leía: «Salvemos las lechuzas». entendía que su trabajo era importante. Sabían cómo se llamaba. De hecho. La había estado buscando desde hacía mucho tiempo. «¡Es precioso!». que hizo que nunca hubiera podido olvidar ese momento.Jackson quería saberlo todo: colegio. Enseguida aprendió que era mucho más fácil. El olor a aceite de linaza le hacía cosquillas en la nariz. Incluso si no lo veían. muy orgullosa. que nunca llegó. a pesar de su modo de vestir informal. M y M. Y lo más extraño es que. Molly siempre obtenía la misma evasiva sonriente. tan inocente que le hacía pensar que era una tonta por preguntar. Molly parpadeó. No era extraño que algún o algunos novios sustituyeran a «Papá». En un momento dado. el viaje a Disney world con él. A lo mejor había muerto. ni siquiera sabía que existía. con voz ausente—. ¿Y su madre se llamaba Francés? Atónita. tenían una ligera idea de cuál era su trabajo o dónde vivía. cariño. la hubiera encontrado esa noche. ¿cuántos años tenía? ¿Veintiuno? Se lo imaginaba. natural y descalza. —Oh. Por supuesto. Molly estaba aprendiendo a leer y escribir. Entonces la cogió de las manos y le dijo que era su padre. nunca pareció demasiado importante que Molly no tuviera quien compitiera por ella en la carrera de los Padres. Dentro de las cuatro paredes de su casa. Posiblemente. eran felices. la primera vez que preguntó: -—¿Dónde está mi papá? —Vive muy lejos. pero tenían que recuperar mucho tiempo perdido.

había perdonado a Blair por haber escogido la política en lugar de la paternidad. Gracias a él. sin saber cómo. Pero su abuela había muerto de cáncer hacía seis años. y lo mismo sucedió cuando cumplió veintiuno. ¿Estaría su padre en la cárcel. y reconocer a una hija bastarda no pondría en peligro la sucesión de las propiedades de los Montepulciano). y le había jurado que se llevaría su secreto a la tumba. que era una mujer preciosa y rica y que él está enamorado de ella. de piel dorada por el sol y casas de muñecas. El suelo crujió. Apenas la miró. (La escena en que se había colado en Downing Street. (Su madre se había negado a trasladarse a un lugar donde no pudiera sintonizar Radio 4. aunque. y en los datos paternos escribió: «Padre: desconocido». Siempre que leía la escena en la que Pip le explica a un moribundo Magwitch que su hija está viva. «¿Por qué no quieres decírmelo? —gritaba. y siempre con rabia y rencor. un supermillonario de Wall Street de asombroso parecido con Michael Douglas (demasiado ocupado para tener hijos. un guitarrista de rock de los años setenta con mucho talento y encanto (que murió trágicamente de sobredosis en el Festival de Glastonbury).) Cada libro que leía. sus imaginaciones eran cada vez más terribles. —Voila. a medida que se iba haciendo mayor. incluso la visita de un abogado que aclarara el misterio. Otras veces había sido el Conde de Montepulciano. ¿quién sabe?. ¿Es que no se sentía querida? ¿Es que no tenía las cosas que verdaderamente importan en la vida? Molly veía lo mucho que trabajaba su madre. Así eran los padres. Le parecía desleal y desagradecido pedirle más. basándose en la tenue razón de que más o menos tenía la misma edad. la había hecho llorar de emoción.. masajeándose el cuello. aunque por la mañana nunca recordaba su cara. a las que separaron de pequeñas. ella también fue dejándose llevar por la corriente del secretismo. lógicamente. Pero ella no quería esperar una revelación cuando estuviera moribunda y postrada en una cama. Y tampoco quería tener un padre en la cárcel. A lo mejor todos los hombres eran así. ya estaba casado. donde ella galopaba por las llanuras a lomos de un semental que nadie más podía montar. y su abuela se vio obligada a trabajar mientras su marido jugaba al gato y al ratón con los acreedores y seguía despilfarrando el dinero de la familia. Y. y lo leía una y otra vez. No tenía ni idea. que criaba caballos Appaloosas en un rancho de Estados Unidos. Jackson Carruthers era un nombre bastante ridículo. Fabrice estaba detrás del caballete. Y. con el ceño fruncido mientras observaba los dibujos. No lo sabía. Durante muchos años. y lo orgullosa que estaba de su independencia femenina. o Ricky Radical. —¿Qué? —Molly lo miró boquiabierta.) Durante el proceso electoral de 1997 incluso había fantaseado con la idea de que su verdadero padre fuera Tony Blair. —Había algo de irritación en su voz. una mezcla entre Max de Winter y d'Artagnan. ahora quiero pintarte. Se reunía con él en sueños. lo hizo a escondidas. Cuando a los quince años tuvo que enviar al colegio su partida de nacimiento. no iría por allí reconociendo hijas ilegítimas. Una o dos veces que se habían quedado solas. aun así. Había momentos en que era plenamente consciente de que todo esto sólo eran fantasías. e hizo que Molly pensara que preguntarle sobre aquello era falta de sensibilidad. Molly se giró. y nada. Quítate la ropa. cada película que veía y cada historia nueva que aparecía en los periódicos alimentaba su imaginación. Y tampoco tenía un abuelo a quién acudir: se había ido a Londres con otra mujer cuando la madre de Molly tenía diez años. en los años de adolescencia—. Molly estaba segura de que su abuela (la madre de su madre. su madre hizo como si fuera algo normal quedarse con ese secreto para ella. y veía toda la televisión que quería. que se le había quedado rígido. aunque Molly estaba orgullosa de él. Quítatela. cómo se las arreglaba para sacar adelante su frágil existencia. estaba muy romántico y misterioso. aunque al final descubrirían una sorprendente cláusula en su testamento). ella seguía medio esperando una carta o. y había otros en que se las creía a pie juntiñas. Se imaginaba cómo sería el día en que se encontraran. sin darse cuenta. —¿Puedo verlo? —Molly se sentó. percibió unas casi inexistentes pistas. o Doug Michaels.. estaba relacionado con Edimburgo (donde la madre de Molly había pasado alguna época de estudiante) y. su abuela había tenido que vender la casa familiar. como el de Robería en Los niños del tren? ¿Estaría viviendo en Estados Unidos con su hermana gemela. la intensidad de una mirada o una sensación extraña en el aire. —La ropa. cuyo exótico nombre había leído en una etiqueta de un vino (por desgracia. provocando tal infelicidad y problemas económicos que en su casa apenas se mencionaba su nombre. y su madre se vio expulsada de su paraíso particular de verdes praderas. . Despeinado y con las manos llenas de pintura. que le hizo contener la respiración. su favorito fue Tex. —No. lógicamente) sabía algo. Necesito saberlo. Molly no podía evitar un profundo suspiro. como en Tú a Boston y yo a California? ¿Aparecería algún día un marinero en el bar del pueblo preguntando por la señorita Molly Clearwater? Grandes esperanzas se convirtió en su libro favorito. y se inventaba nombres. Pero cumplió los dieciocho años. Ya está.por las noches.» Pero. con violentos sueños llenos de hombres enmascarados que aparecían de la nada.

con el otro. Quiero que te muevas. Se sentía desprotegida. Era extraño. perfecto. Desnuda. «¡Muchos! ¿Que me mueva? ¿Disfrutar?» —Mmm —murmuró Molly. pero no estaba tan mal. Y allí estaba ella. Estaré contigo enseguida. rápidamente se estiró hacia abajo. levantando la otra con fuerza. con los brazos caídos a los lados. diseñadas para que alguien las admirara. Seguía junto a la mesa. —No pienses en mí como hombre. haz lo que te apetezca. agitando un grueso bloc de papel en una mano mientras con la otra escogía carboncillos de una lata. Con Fabrice esperando. cruzó los brazos. ¡Uy. Al cabo de un segundo. no como un hombre mira a una mujer. El estaba cogiendo los pinceles. en un lavadero guarrísimo. y lo dejó allí. En la puerta había un colgador. y el suave sonido del carboncillo sobre el papel. —El cuerpo humano es bonito. ¡Fabrice ni siquiera la había mirado! Por suerte. Tienes que disfrutar de tu cuerpo.» Perfecto. y luego empezó a juguetear con los pies. —De acuerdo. las bragas. Una vez dentro. Gloria y Esmeralda.. Haz como si estuvieras dormida. —Está bien —dijo-—. como Dios. la entrepierna.» Levantó la barbilla. «L'art —se dijo—. —Ya estoy —dijo. Apretó los dedos de los pies contra el suelo lleno de polvo. —Esto es arte. Lahrrrrr. muy sensible a las caricias del aire en su piel. se peinó el vello púbico hacia abajo y con el dedo formó un tirabuzón con las puntas.Lentamente. y antes de pensar en lo que estaba haciendo. No te estoy mirando como hombre. ya se acercaba! Molly se quedó plana en la cama. Con una amplia sonrisa. apoyada en los codos. se quedó de pie. por último. Ojalá hubiera un espejo. y lo revolvió con un pincel. estar desnuda en un estudio francés con los ojos cerrados y con un hombre al que apenas conocía observándola. escuchó cómo Fabrice arrancaba la hoja del bloc y la tiraba al suelo. Dios —dijo Molly. se desabrochó el sujetador y lo dejó encima del vestido. si quieres —dijo él. señalando el lavadero. unas blancas que la lavadora y la secadora todavía no habían destrozado. la miró sin decir nada. Molly se levantó. desnudándome. luego la otra. tuviera las piernas pegadas desde la cadera hasta la rodilla. Siéntate. se dirigió hacia la puerta. como. —Baja las piernas —le ordenó—. Miró por encima del hombro para asegurarse de que no se le veía un culo inmenso. Por miedo a que todo se le agitara demasiado. Quiero hacer muchos bocetos. como un perro obediente. Lo miró a través del pelo. Pero ¿cuándo se había visto un cuadro de un desnudo con ropa interior? Molly se bajó las bragas y luego meneó las piernas hasta que cayeron al suelo. Allí estaban. casi de trabajadora social. Se masajeó las caderas y el culo para que las marcas de las bragas desaparecieran. —No. así. Te veo como artista. dubitativa. Después de lo que pareció un minuto. No podía desnudarse allí. Molly. Molly se aclaró la garganta. Después. no colgarían tanto. Fabrice estaba de espaldas a ella. mirando fijamente las baldosas de la pared. agitando un pie. con los brazos cruzados y las mejillas apoyadas encima de las manos. El artista siempre tiene que ser invisible e impersonal.. Pero aquello era Arte. ¿Qué estaba haciendo? «Estoy en París. Fabrice se detuvo como a un metro de ella. mejorar la técnica. . No es una pose formal. Cruza los tobillos. Sacó una pierna y. (¿Las otras chicas también les ponían nombres a sus pechos?) Gloria era la sexy.. No debemos avergonzarnos. Con un brazo se cubría los pechos y. y Esmeralda la reservada. —¿Y ahora? —dijo él. intentando encontrar el ángulo bueno. Podemos empezar así. —Hola. Aquello era muy extraño. —Pero ¿es que una no tenía derecho a quedarse en ropa interior? —Puedes cambiarte ahí dentro. pasó junto a él de puntillas como si. Otra vez al sofá cama.. una mirada muy intensa. —Ya lo sé —dijo ella. Si caminaba con la espalda recta. llenó una lata con una especie de líquido. cogió las bragas a la altura de las rodillas. Miró a Molly de reojo. Las dejó con el vestido y el sujetador. Cuando llegó al sofá-cama. Y. Los llevó a la mesa. con Fabrice mirando. agarró el vestido por la parte de abajo y se lo sacó por la cabeza. —Bien. dobló una pierna y agitó el pie en el aire. se ahuecó el pelo. entró y la cerró tras de sí. Respiró hondo. pero que posiblemente fueron cinco. de repente. asintiendo con la cabeza. Bajó la mirada. y entonces bajó la mirada y estuvo mucho rato moviendo el bloc. pero debo decirte una cosa. Molly hizo lo que él le pidió. salió fuera en actitud desafiante.

. . unas veces suave como el caminar de un gato. Lo más extraño era que casi se estaba acostumbrando a estar desnuda. tendría que girarse. El carboncillo cayó al suelo. Molly pasó el peso de una cadera a otra. Se había olvidado de meter la barriga. —Los movimientos de la mano sobre el papel empezaron a encallarse—. Se estaba quedando sin ideas para seguir dándole la espalda a Fabrice. sinuoso. los pechos. dándole la espalda a Fabrice. Entonces él se paró. Le dejó una mancha azul en la pantorrilla. Otra vez el sonido del papel. —suplicó ella... evitando los ojos de Molly. Al momento ya se había ido.¡Mierda. scratch. Mirando hacia arriba. ¿Cómo podía Fabrice comportarse como si ella fuera un interesante trabajo de hierro forjado? ¿No quería acercarse. Molly se rió. dudó un segundo.. colocó las manos detrás del cuello. Molly vio cómo su mirada se detenía en los pechos y no se movía de allí. —¿Por qué no? —Vio que tenía el bloc un poco más abajo que antes. Gavin nunca les había prestado mucha atención. Una pausa. oscuro y encantador. derramándose. —Enfin. los muslos. todavía de espaldas. Para un hombre. mirándola fijamente. suavizando la curva de la cadera. —Volvió a coger el bloc y otro trozo de carboncillo. y otras rápido y feroz como una zarpa. Molly. Y entonces. Cuando sus ojos se encontraban. dibujando las vértebras una a una. Se dijo que no era momento de ser tímida a estas alturas. Le quemaba la piel. Tenía los labios apretados y las cejas fruncidas... Esta vez. Lo veía mirándola. y luego arrancó el dibujo inacabado y se quedó mirándola desde su rincón junto a la mesa. ya sabes. arqueó la espalda y le sonrió. Por el rabillo del ojo se veía los pechos. cambió de lado las piernas y colocó bien las manos. ¡Pero era muy distinto! Ahora veía a Fabrice. otra posición! Se quedó un momento pensando y luego se apoyó sobre un costado. A Molly le estaba costando mucho estarse quieta. la encendían y provocaban un fuego interior en ella. Cuando uno ve un cuerpo tan sensacional. Levantaba la mirada y la volvía a bajar. Molly se preguntó si Fabrice habría echado una ojeada a su parte delantera. estaba mejorando su técnica. sólo un momento. chicas. Fabrice bajó la cabeza hacia el papel. —No me veas como una mujer —bromeó. —El nombre le salió del fondo del alma. Así que. en una clara actitud de concentración: sin duda. Oyó las deportivas de Fabrice crujir contra la madera del suelo. Molly tenía la extraña sensación de que podía sentir la punta del carboncillo sobre la piel. —Molly. tocarla? Sin esperar el sonido de la hoja. invadiéndola. Estiró los brazos lánguidamente. ¿Qué haría cuando tuviera que darse la vuelta? No sería fácil esconderlos. Bajó el bloc y se acercó a ella. Molly se sentó... otra vez el silencio. Le resbalaban por la piel. con el cuello sobre una mano. el pelo. emocionada ante su nuevo poder. con los pechos erguidos. otra hoja. —¡Espera! —No puedo. Volvió a dibujar. Scritch. Y entonces. Molly se sentía bajo una lluvia de estrellas.. un semicírculo allí (¿estaría dibujando a Gloria?). echó las manos hacia atrás y arqueó la espalda. y su respiración era cada vez más acelerada. Fabrice la miró. no puedes seguir moviéndote así. y la hoja al suelo. Con la espalda recta. «¡Un cuerpo tan sensacional!» Esas palabras la empaparon como un jarabe caliente.. Maldita sea. Sentía una libertad que hacía que quisiera estirarse como una gata y dejar que el aire jugara con las partes que normalmente estaban cubiertas de ropa. cuando terminara este boceto. Apenas se atrevía a respirar. Garabatos y garabatos. Hacía unos movimientos ágiles y seguros: una línea aquí. ajustando la postura.. aunque hacia delante. —Quédate así.. que salían de las costillas como dos montes de nata coronados por dos fresas. eh. y se decidió a mostrarse en todo su esplendor. A lo mejor Fabrice no se daría cuenta.. apoyándose en una mano y con la otra encima de los tobillos. detrás de las hojas de papel. no era de piedra. justo delante de la bragueta de los pantalones. exactamente como estaba antes. Dejó caer la cabeza.. después de todo. tan de sorpresa que dio un salto. —Fabrice. sintió la mano de él en la pierna. Sin embargo. Ya estaba. En cualquier momento. es bastante difícil. Volvió a escuchar el sonido del carboncillo. y con la otra escondiendo discretamente la oquedad que tenía en lo alto de los muslos. —La concentración. Molly se incorporó.

Con un suspiro. Molly se quedó quieta. Pero tenemos que hacerlo. Los músculos de la muñeca estaban tensos y se le marcaban todas las venas de los brazos. Estiró los dedos y le acarició la suave y tersa piel. —¿Qué? —Molly levantó la cabeza. para no perder el equilibrio. Molly se inclinó hacia él. ¡Pum! Acabó el dibujo. Dibujaba como si estuviera poseído. Recogeré los dibujos. Ahora la estaba mirando a conciencia. y con dos pasos ya estaba junto a ella. tiró el bloc al suelo. Molly se agitó. muriéndose por una caricia. casi rompiendo el papel. Pero no aquí. alargó una mano y se agarró a la cintura de los vaqueros de Fabrice. —La miró con unos ojos ardientes de pasión—. Era increíblemente excitante. Deprisa. Éste será bueno. Vístete.—Yo tampoco. alejándole la mano de los pantalones y acercándosela a la boca—. Le estaba tocando la piel con los nudillos. el mejor. Fabrice le recorrió la mejilla con el dedo pulgar y luego. Fabrice gimió. lentamente. —Vístete —le dijo. ¿Cómo se atrevía a decirle algo así? —Haremos el amor —le dijo él. . le colocó un dedo debajo de cada pezón. Puedo sentirlo. Le recorría el cuerpo con los ojos como si lo estuviera haciendo con una pluma.

se levantó. casi susurrando—. Fabrice abrió unas contraventanas que iban del techo al suelo y se apartó para que Molly saliera al balcón. Tan pronto miraba a Molly con una sonrisa como estaba frente a la ventana. y ella no se atrevía a ir sola por aquel lugar. que se reflejaba en el agua. Pero en ese mismo momento. —La soltó y volvió dentro—. estaba todo tan silencioso y tranquilo que se sintió como una ladrona. que venía de una «buena» familia. y convertía las alfombras persas en joyas. El espacio desconocido que había cruzado a ciegas resultó ser un elegante salón. —Pero creía que no te llevabas bien con él.. —¡Madre mía! —exclamó ella. que parecía que reflejaran sus ojos totalmente abiertos. Sus muslos apretados. se dejó caer encima de una almohada y. con un traqueteo fuerte y seco. que la llevaba de la mano. dándole un tirón a la camiseta. pero ahora sólo podía pensar en preguntas. Fabrice marcó un código en el portero automático. Ahí estaba el Sena. entró la moto y la dejó debajo de un cobertizo. No tenía ni idea de dónde estaban. Notre-Dame.. con las manos en los bolsillos traseros del pantalón. Al cabo de poco. candelabros de plata y vajillas de cerámica. mmm. El sol. a excepción de unos rayos de sol que brillaban en el suelo como lingotes de oro. mientras a Molly el estómago le daba saltos. A través de las hojas verdes amarillentas de los árboles.. En la orilla de enfrente había una hilera de casas viejas. —¿Dónde estamos? —preguntó ella. invitándola a mirar a su alrededor—. lo bastante grande para que entrara un coche tirado por cuatro caballos. Molly sólo quería apretarse contra su espalda. que quedaba por encima de los árboles de la calle. Y a su derecha. los dos estaban en un ascensor de acero y cristales oscuros. ¡justo debajo de ella!. Pero no está en casa. —Al fin y al cabo. obeliscos y agujas rozando las nubes. —La soltó y ella lo oyó andar a tientas. y puentes que atravesaban un agua oscura y verdosa. con los tejados grises y las ventanas redondeadas. He crecido con todas estas cosas. —Movió el brazo en un gran arco. Al verse privada de su mano. Olía a miel de abeja y tabaco de pipa. Molly se giró dentro del círculo que formaban sus brazos y lo miró. tan cerca que casi podía tocarla. Molly supuso que le estaba dando tiempo para acostumbrarse a aquel apartamento tan refinado. balcones ovalados. después de haberla ahuecado. Se ha ido a pasar el fin de semana al campo. como un torrente de diamantes. balcón junto a balcón. Molly también entró.. —¿Te gusta? —¡Es genial! —Echó la cabeza hacia atrás y la apoyó en su hombro. Notó que Fabrice la cogía por la cintura desde detrás y acercaba su boca a su oreja. mesas antiguas. Al parecer. —Se apresuró a añadir. observando el paisaje. ¿Es tu piso? —Espera y lo verás. Quería dejarle claro que no era cualquiera. Dentro. Las caderas de Fabrice agitándose entre sus manos cuando tomaban alguna curva. rodeándole los brazos con los suyos—. alucinada. cuando pararon junto a una entrada en forma de arco de piedra. y luego la llevó hasta un pasillo donde hacía mucho frío. pero él se había adelantado sin hacer ruido. Había dos grandes puertas de madera pintadas de verde. Marcó más botones y abrió otra puerta. otra vez. ante la alarma de Molly—. Cogía objetos y los dejaba en otro sitio. Pero ¿quién vive aquí? —Es el piso de mi padre. respirar su olor. El sabor de su pelo en la boca. mordisquearle el hombro. había perdido la capacidad de pensar y moverse. mientras la guiaba entre sombras de muebles. veía gente tomando el sol y pescando en la orilla.14 La habitación estaba a oscuras. Son tan mías como suyas. Había una gran chimenea de mármol. dondequiera que estuviera? ¿Es que no la iba a besar nunca? Fabrice parecía inquieto. Cuando llegaron arriba. Molly lo siguió. —¿Qué es esto? —dijo. ¿Y no le importa que traigas a tus. Fabrice sacó una llave y la metió en la cerradura de una puerta de paneles. y una librería llena de libros gruesos y antiguos. En cualquier otro momento hubiera sentido curiosidad y se habría acercado más. en las que se abría una puerta más pequeña. abrió la puerta. soy su hijo. ¿Qué hacían aquí? ¿Por qué no habían ido al piso de Fabrice. Molly se apretó contra Fabrice. Casi ni se había dado cuenta de que habían cruzado el río y estaban en una isla. ¡Cómo si a ella le importara! Pero los . Fabrice tuvo que sacarle el casco porque ella estaba inmóvil. El breve viaje en moto entre el tráfico de un sábado por la tarde sólo le había dejado algunas imágenes: fuentes que escupían agua a chorros. coronada por varias cabezas de animales. iluminaba antiguas vigas y grabados de yeso. amigas aquí? Fabrice se encogió de hombros.

Los franceses. —Frunció el ceño. —Levantó un hombro y jugó con un objeto que había en una estantería: un pequeño apagavelas de plata—. como los de Fabrice. eran mucho más civilizadas y vitales que la árida existencia que le esperaba al joven en casa. A tu padre deben irle muy bien las cosas. ¿A qué estaba jugando? Ella no quería beber nada. con gesto de desprecio—. Todo estaba muy claro: la madre amada. observando los detalles de una casa francesa: las puertas altas y estrechas. Es del siglo XVIII . con voz suave. para ver si eran de verdad. sonrió. si no. Fabrice la miró y. Era muy guapa. Y mi padre ni siquiera lo usa. por si necesitaba un recordatorio. porque se cayó un pétalo. Hoy en día. todo lo contrario a lo que estaba acostumbrada. y el cruel y despilfarrador padre. —Champán socialista. aunque estaba bastante guapa. con el pelo oscuro echado hacia atrás. qué poco sutil. Bastante famoso. Se preguntó cómo se sentiría Fabrice en casa de su madre. por lo que sabía. ¿Tan horrible era eso? Henry James tenía razón acerca de París: ponía patas arriba las propias ideas del pecado. El mensaje del libro era: «Vive todo lo que puedas. por ejemplo. ¿tienes hermanos? —Dos hermanas. la verdad. Mi padre se vendió nuestra casa de campo hace un par de años y yo me independicé para ir a la universidad. No. Miró los cuadros. y llevan una vie bourgeoise. que ignora a su hijo y lo echa de casa. leyó los títulos de los libros y tocó un ramo de hortensias azules increíbles. Era su madre. La segunda ya ha cumplido los treinta. Molly cogió el marco plateado y la miró más de cerca. Esto. era de mi madre. Las dos están casadas y tienen hijos. y la sociedad en la que se movía. En una pequeña mesa de marquetería había una fotografía de una mujer. las paredes forradas de tela en vez de papel. ¿lo entiendes? Molly se tomó un instante para descodificar la frase y luego asintió. Algunas cosas las trajo aquí. con los pómulos redondos y los ojos negros. en cambio. Su familia es muy rica. reforzada por este precedente.) Se vio reflejada en un espejo con marco dorado. Después desapareció. eran expertos en el amour. Pero son mucho mayores que yo. y resulta que al final se acabó convenciendo de que la mujer «libertina». de repente. ¿cómo podía recurrir a trucos tan vulgares? Se lo volvió a colocar en su sitio. No le extrañaba que Fabrice no le prestara más atención. demasiado ocupadas para preocuparse por su hermano. intentando hacer desaparecer el gesto de dolor de su cara. a juzgar por lo que había leído en Proust. dejando a Molly tambaleándose. con zapatillas por el suelo y pelos de Alleluia por toda la casa. Pero todavía llevaba la chaqueta. Qué directa debía ser. independientemente de lo que hicieran las demás chicas. Molly asintió para sí misma. ¡Y ahora no podía esperar! Aquella impaciencia la hacía sonrojarse. —Aunque. ventanas que se abrían hacia dentro y contraventanas que se abrían hacia fuera. entonces. Pobre Fabrice. Mira. Iba de un lado a otro de la habitación. lo quería a él. ella lo ayudaría a olvidar. muerta. Un gauche caviar. caminó hacia ella.franceses eran así. —Da igual —dijo Molly. Solía pensar que. supongo —dijo. que lo enviaron a París desde algún rincón terriblemente católico de Estados Unidos para rescatar a un joven de los encantos de una tentadora. No hacerlo sería un error». no. Tenía que seguir el ejemplo de Fabrice y prolongar el momento de la dulce expectativa. nunca se acostaría con un chico al que había conocido hacía menos de veinticuatro horas. en St-Louis sólo viven estrellas del rock y árabes multimillonarios. y otras las vendió. Se giró para marcharse pero. con las manijas alargadas. Suspiró con compasión. Se dedican todo el tiempo a la casa y sus maridos. Pero nadie puede vivir aquí con el sueldo de un arquitecto. aquel personaje de Los embajadores. colorada y despeinada. Le era imposible estarse quieta. pero en realidad le gustan las cosas buenas de la vida. Había dicho «nuestra casa de campo». . ¿A qué se dedica? —Es arquitecto. qué inglesa. —Es muy bonito —le dijo—. Si se dejara. (Y lo eran. estaba segura. Se la quitó y se bajó el escote del vestido lo máximo que se atrevió. las hermanas mayores. muy delgada y elegante. por muy malo que sea contigo. En Inglaterra también existen. Debe valer mil euros. aunque no tendría la poca delicadeza de preguntar. —¿Quieres beber algo? —Como quieras. le tomó la cara entre las manos y le dio un urgente beso en los labios. Mi padre cultiva ese aire bohemio intelectual. —El dinero es de mi madre. se volvió a girar. Lo escondió debajo de una revista. —Entonces. no en Minster Episcopi.

. Los ojos le bailaban debajo de las oscuras pestañas. —¿Te parece que soy divertido? —Mais non. Molly empezó a sentir que la sangre le subía a la cabeza. Fabrice. Las comisuras de los labios se le arquearon hacia arriba. como cuando alguien está al borde de un precipicio. su pelo oscuro mezclado con el de ella. Apenas podía . mordisqueaba y besaba. apretándole las caderas con tanta fuerza contra las suyas que perdió el equilibrio y echó la cabeza hacia atrás. al final. Su espalda sabía a ante caliente. Molly entrelazó los dedos en la espesa mata de pelo mientras notaba cómo él la lamía. jadeando. los hombros. se fueron convirtiendo en líquido de topacio. imitando su tono. Molly parpadeó. La tiró al suelo. dándose mucha importancia. Sentía su aliento contra su cara. el sujetador también desapareció. Ella se agarró a la parte trasera de la camiseta hasta que consiguió llegar hasta aquel trozo de carne que la había estado distrayendo toda la tarde. mirándose en el espejo con los ojos entreabiertos mientras seguía el ardiente rastro que sus dedos dejaban en su piel. entrando con dos copas altas con incrustaciones de oro y una botella en la mano. Con la botella inclinada en un ángulo de cuarenta y cinco grados. gatitas. ¿qué estaba pasando? Fabrice bajó la cabeza con un gruñido. porque con el movimiento el champán se había desbordado y le había manchado el escote—. A continuación. he pensado que yo no te gustaba —dijo ella. Entonces Fabrice la cogió de los hombros y la puso frente al espejo. acariciando las costillas. Estaba tan serio y tan guapo que Molly estuvo a punto de estallar de amor. Hola. con los ojos brillantes y la sonrisa otra vez en la cara. Con las botas y la petite culotte. Te lo lameré. —Está bien. con el tapón bien sujeto. hasta que éste se separó de la botella con un «¡ pum!» y un poco de espuma. Vio cómo los párpados de Fabrice se alargaban con la sonrisa que estaba dibujando con la boca. riendo. Fabrice se acercó. Los dos se quedaron mirando. acariciándole la curva del cuello. Sirvió el champán en las copas. El vestido. mirándola con intensidad. llevándose consigo el vestido. Molly notó cómo le quitaba la copa de las manos y oyó cómo la dejaba en alguna superficie plana. dejó la foto en su sitio exacto y se fue al otro lado del salón. —¿Y qué sabes tú de champán. Fabrice la agitó un poco. Cuidado con mi champán.. Sus labios le rozaban la boca mientras repetía: —¿Qué vestido? Las manos de Fabrice le apretaron las nalgas y empezaron a arremangarle la falda. ¿Te ríes de mí? —Claro que no. —Eres mala. —Pero ya era tarde. Le dio una copa a Molly. Dios mío. alejaron cualquier otro pensamiento de la mente de Molly. Él dejó la copa y la agarró por los brazos. pequeña inglesita? —¡Nada! —exclamó ella. Cuidado. ¿Así mejor? Molly se sacudió contra él. lentamente. cubriéndole los pechos y haciéndolos bailar. pero fue incapaz de mantener los labios quietos. Instintivamente. los brazos de Fabrice la rodearon. y le sonrió por encima de la copa mientras bebía. Sin saber cómo. —¡Champán! —exclamó Fabrice. —Antes. con una intensa mirada.Escuchó pasos que se acercaban y un tintineo. Iré con cuidado. —¡Para! —dijo Molly. —Muy buena cosecha —respondió ella. inocentemente. Molly vio sus dorados brazos alrededor de su blanca piel. —Mil novecientos noventa y seis —dijo. Fabrice los lanzó a un lado y la observó con unos ardientes ojos. —¿Qué vestido? —preguntó Fabrice. Primero fueron todo burbujas que. el musculoso cuello hasta que. con la intención de sucumbir a la curiosidad de caer por el cielo azul y brillante. fíjate. Ella estaba junto a él y observó cómo sus largos dedos sacaban el papel protector del corcho y desenroscaban el alambre que aseguraba el tapón. arriba y abajo. —Mira qué bien quedamos —dijo. adelante y atrás. Uy. tienes champán en los pechos. —Me gustas así —dijo—. Molly levantó los brazos mientras él le sacaba la ropa por la cabeza. —Molly intentó hacer una mueca. en el estudio. Fabrice bebió un sorbo. Fabrice bajó la cabeza y Molly se la quitó. entre risas—. Tiró y tiró de la camiseta. —Me gustan éstos —dijo. Rápidamente. Ella sintió cómo se las metía por debajo de la tela y las hacía subir por la piel. Fabrice dejó las copas en la mesa. La euforia le encendió el cuerpo. ¡Estaban flirteando! Molly se mareó por la sensación de peligro. Su sola presencia.

Hizo una pausa. Molly le devolvió los besos con todas sus fuerzas. Estaba serio. que llenara cada rincón de su cuerpo hasta que ya no pudiera más. Pasaron por un pasillo. —Nos llevaremos el champán —dijo—. la boca. con los ojos oscuros y misteriosos como un pantano. la nariz. quitó la colcha y se tiró en la cama. Se le clavaron los tacones de las botas en el culo. le cogió una mano y se la colocó en la bragueta de los pantalones. por el estómago. una puerta. los ojos. —Vamos a la cama —dijo él. En tu piel sabe incluso mejor. Se paró un momento y se agachó para coger algo. Sin dejar de mirarla. Fabrice dejó la botella en el suelo. Se echó el pelo hacia atrás para mirarlo. El le echó el pelo hacia atrás y le besó las mejillas. Ella notó el tacto rugoso de los téjanos contra sus piernas desnudas.respirar. ¡Era tan guapo! Molly se acercó al sedoso pelo del pecho y fue bajando. Cogió la cremallera con el índice y el pulgar. Cuando llegó al ombligo. mientras lo besaba y adoraba cada curva de su cuerpo. anhelando que él la quisiera. no! Se había olvidado cómo se decía condón en francés. Fabrice la guió por el salón. Rodeándola con el brazo por los hombros. hasta el estómago. Molly desabotonó el primer botón. hasta las bragas y se metió dentro durante un electrizante segundo. aunque ahora ya era demasiado tarde para quitárselas. Una de las manos de Fabrice bajó por las costillas. dispuesta a bajarla. . se incorporó hasta quedar sentada a horcajadas encima de él. arrastrando a Molly y colocándola encima de él. hasta que llegaron a una pequeña habitación con una cama enorme. ¡Oh.

Ella abrió la boca.. ¿o eran centímetros y no pulgadas? Ah. Dentro de media hora tenía que estar abajo tomando café y pastas con los doctores patrocinados por PLB y sus esposas. Por suerte. Alicia seguro que esperaba algo muy imperceptible. Y la cosa no acababa ahí. preguntó si Monsieur quería algo. que debajo de la bata sólo llevaban un liguero y la piel tostada al sol. Malcolm se la quedó mirando con los ojos en blanco («Escapa ahora. estaba de vuelta en la habitación del hotel con cinco cepillos de dientes y algo llamado Everest. en la sexta farmacia en la que había entrado había un hombre.15 Préservatifs: así es como los llamaban los franceses. Sólo había dependientas. justo lo que a él le gustaba. Malcolm recorrió todos los pasillos. con tubos de goma y bombas de succión. Malcolm hizo el gesto de lavarse los dientes. Se inclinó hacia él. No hacía falta ser lingüista para entender palabras como tonique. Pero ya eran casi las seis. Incluso había unos que se vendían como «perceptibles». Con una sonrisa. que resultaron ser caramelos mentolados. sí que estaba gorda. con un dibujo de una montaña con una bandera en la cima. ¿no? Evitando sus miradas inquisidoras. De una cosa estaba seguro: estos franceses eran todos una panda de hipocondríacos. por fin los había encontrado. Pero no podía pedirles condones. con una voz tan dulce como la de las sirenas. sino algo que tenía que aplicarse directamente en las partes íntimas. Su piel rezumaba suavidad gracias a un maquillaje aplicado de forma perfecta. sistemas digestivos alterados y algo misterioso llamado la grippe. gracias a imágenes de chicas desnudas en una bañera llena de espuma o acariciándose los muslos perfectos con algo parecido a un estropajo en forma de guante. Bond»). todo sudado por los nervios y el ejercicio. hígados dañados. se fue hasta el otro extremo del pasillo y se escondió detrás de la silueta recortada de una chica rubia que tenía el cuerpo lleno de electrodos.. («¡Excelente trabajo con el bazo! Supongo que eso se merece una sincera felicitación». Malcolm miró todas las cajas envueltas en papel de celofán. que veía continuamente en las estanterías. Media hora después. su habitación parecía más la oficina de una secretaria que la guarida de un . su cabello moreno quedaba recogido en un elaboradísimo moño. Escuchó el apagado roce de las medias. con una sonrisa rosada y brillante en la cara. parándose delante de cada objeto que no conocía. señora?»). Austero pero sexy. pastillas y polvos engañaban a una sociedad paranoica sobre espaldas desviadas. ¡Bárbaros! ¡Qué suerte ser inglés! Las cosas mejoraron ostensiblemente en la sección femenina. increíblemente jóvenes y muy puestas con una bata blanca de laboratorio. Los dibujos gráficos de las botellas. además. los ojos brillantes de fervor profesional y de buena salud. 89!». Había muchos productos un poco subidos de tono que anunciaban regimes y le corps gymnastique. vitamine. Se detuvo muy cerca de él. ¿La impresionarían los colores poco habituales? ¿Y los sabores? ¿O aquellos con «texturas» que a veces se anunciaban en la contraportada de las revistas de hombres? Estaba a punto de coger una caja de condones superglissage cuando escuchó que se acercaban unos zapatos de tacón. Una morena preciosa sólo llevaba una cinta de sastre estratégicamente colocada alrededor del cuerpo. dynamisme. Y. Pero ¿dónde estaban? Se suponía que aquello era una farmacia. así que también había comprado una caja con un surtido de condones (Sélection Exotiqué).recía algo entre un salón de belleza y una enorme consulta médica. la hora en que había quedado con Alicia. Rápidamente apartó la mano. Aquello le llevaría hasta las ocho. porque tenía la desagradable sensación de que algunos de esos remedios no eran una pastilla que uno se tragaba. Le recordaban a aquellas masajistas de las primeras películas de James Bond. desprendiendo un olor a perfume tan fuerte que Malcolm casi tuvo que girar la cabeza y. Casi no tenía tiempo para arreglarse para su cita ardiente. Pero era demasiado tarde. y una mujer increíblemente atractiva de unos treinta años lo miró de arriba abajo. «¿Le sirvo un poco más. con una atmósfera tan refinada y reverencial que le daba la sensación de que casi tenía que andar de puntillas. Jolín. a juzgar por su tono de voz. muy distintas a las arpías de cara chupada y los estúpidos recién licenciados que regentaban las farmacias en Boots. Nunca había visto tantos tipos de vendas ni esos equipos posoperatorios tan raros. Una inmaculada bata blanca estilizaba su figura desde el escote hasta las rodillas. no podía haber muchos interesados en eso. aunque más bien pa. el anuncio decía: «¡85. hygiénique. 60. y se quedó un poco decepcionado de ver los mismos que vendían en Inglaterra.

No era nada barata.» Había estado practicando con el último de Ferry Pratchett). otro excelente año para PLB. continuar la colaboración con la comunidad médica»). cogió la botella de exfoliante con aroma a agua de mar y se fue a la ducha.. desdobló la solapa y se la apretó contra la piel detrás de las orejas. mírate en un espejo de cuerpo entero») y caminar erguido («Con sólo cinco minutos a la semana con un libro en la cabeza bastará para que desarrolles una postura que te conferirá presencia.seductor. era que todavía no había abierto el CD de los gráficos. vacaciones. de enseñarles lo que era capaz. unos boxers blancos con una enorme cruz de San Jorge por delante y por detrás. confianza. coche. ¡Bingo! Encontró uno de esos anuncios en los que había una solapa con fragancia impregnada. Abrió la maleta y empezó a buscar hasta que sacó la revista que había comprado en el aeropuerto y empezó a pasar páginas. cuando había tenido una descomposición de vientre durante el viaje en autocar desde Estambul a la costa de doce horas de duración? Malcolm se enjabonó el pelo del pecho. Sin embargo. lo había leído en alguna parte. se acordó de aquel en el que un francés. Tenía quien se encargara de las tareas domésticas. Aun así. Miró el reloj. ¡Joder! Tenía que llamar a su madre. Arrancó la página. ¿no? ¿Qué podía ser mejor que la desternillante historia. ¡La botella de Tiger estaba vacía! No podría soportar otra pharmacie. y se abrochó la camisa. sin tonterías. pero si era buena para Mulder y Scully. la presentación iba a ser un éxito. Para calmar un poco el pánico que había empezado a apoderarse de él. y no podría llamarla más tarde. Mediante las técnicas de visualización. un alemán y un irlandés entran en un bar y se encuentran con una cabra detrás de la barra. porque estaría. no pagaba ninguna hipoteca que se le llevara la mitad del sueldo. y la previsión de heredar una bonita propiedad cuando su madre muriera. aunque era raro que le hubiera hecho tantas preguntas sobre Molly. Por suerte. como asegurarte de estar guapo («Antes de salir. Sólo le faltaban los zapatos y ya estaría. siguiendo los consejos que había aprendido en los manuales de redacción de discursos. sería tonto si dejara escapar la oportunidad de hacerse notar. A veces se olvidaba de las cosas. pero era lo mejor. aunque ya la tenía bastante bien enseñada. Los gastroenterólogos se encargaban de los problemas del estómago y los intestinos. pero siempre acababan saliendo muy caras. Malcolm se vio triunfante en la tarima. supuso que podría dedicarle un minuto a su madre.. pero ¿quién le aseguraba que esa estúpida no lo había mezclado con sus propios CD y resultaba que. quería recordarle que le tenía que planchar la camisa de Paul Smith para el lunes. Entonces. empezaba a sonar la banda sonora de Bridget Jones? Aquello sí que sería el final. por supuesto. con médicos de todo el mundo.» Después de lo mucho que había trabajado en esto. Había algunas ideas brillantes sobre cómo animar la charla: «Gánate a la audiencia con una buena anécdota personal». con el rugir de la ovación en las orejas. Se trataba de una conferencia internacional. cualquier intención de llamar a su madre desapareció cuando descubrió algo terrible. pensó mientras se secaba y apoyaba una mano en el espejo para recortarse el pelo del pecho (¡un consejo de belleza que reducía el olor corporal a la mitad!). colgó el traje. Iba a ser muy selectivo a la hora de escoger a la siguiente señora Figg. Lo único que le seguía preocupando. había decidido hacer algo distinto a la típica introducción («encantados de acoger. como tos tadas rebozadas o pudín de melaza. después. «Confianza. de modo que tenía que ser un chiste que todos entendieran. se abrió el . y las chicas. Le gustaba saber que estaba bien cuando viajaba. Male. El chorro de agua le aclaró las ideas. Los pequeños detalles también ayudaban. cogió la loción para fortalecer el pelo (la misma que usaban los actores de Expediente X. En primer lugar. ahora ya muy perfilada después de explicarla tantas veces en el pub de sus vacaciones en Turquía el año pasado. no tenía tiempo. además. y recibir las encajadas de manos de los cerebritos y escuchar sus tonterías científicas. ocupado. Teniendo allí a todos los jefes. Sí. 37 libras el bote. Aquello había sido muy fácil... comía cosas decentes... «Haz que la audiencia se sienta cómoda con un chiste. Y no es que no confiara en el doctor Griffin. todo modestia. y todavía no había repasado el discurso del día siguiente.. sobre todo si se peinaba y se echaba el aftershave al mismo tiempo. Con una sonrisa.. De vez en cuando le daba un fajo de billetes. Algunos de sus amigos se reían de él porque todavía vivía con su madre. a pesar de que no tenía nada más que hacer en todo el día. antes de descender. tuvo una idea brillante. también lo era para Figg). que luchaban por la igualdad y se pagaban lo suyo. pero necesitaba casi todo lo que ganaba para mantener su ritmo de vida: ropa. satisfecho.» Aquello ya había sido un poco más problemático. se desvistió muy deprisa. en plena presentación. Decidió bajar a la sala de presentaciones cuando estuviera vestido y comprobarlo en uno de los ordenadores antes de ir a los cafés. De modo que iba a desplegar un verdadero espectáculo. por ejemplo. Malcolm se puso los pantalones encima de los calzoncillos de la suerte.

una australiana tampoco las reconocería. pero más de una se había quedado boquiabierta al ver tantas tarjetas plastificadas. siempre podía huir. el último perfume. tuvo que simular una llamada urgente en el móvil. Se estremeció. Eran dos extraños en la misma ciudad. A lo mejor ella tampoco había descubierto el privilegio de acostarse con un inglés. peine de emergencia. la de miembro leal de Sainsbury y el abono del tren. y que creen que un caballo es algo que se come. no le costaría demasiado encontrar otra chica. Malcolm no quería encontrarse con una gorda con gafas. Si no le gustaba. la de Blockbuster. A menos que no se presentara. ¿quién sabe lo que iba a pasar? Pero estaba claro que el Crazy Horse Saloon podía darles algunas ideas para jugar más tarde. se miró por última vez en el espejo. . Al final. Malcolm se abrochó la camisa. muy caro. Además. como la de Alcohólicos Anónimos. Con lo guapo que estaba. ¿Y si era un cardo? El tipo de recepción había dicho que era guapa. lo sabía. Alicia alucinaría. Todavía recordaba la agonía de estar sentado frente a ella en un bar y ver cómo le temblaba la barbilla. Cogiendo el CD. como le había pasado una vez en una cita a ciegas. uno de esos de la boina que canturrean La Mer. Malcolm estaba nervioso: nunca lo había hecho con una australiana. pero era francés. Calvin Klein. Incluso había una o dos mujeres aprovechables entre las esposas de los médicos. Pero Alicia sería una bomba. Lo mejor sería darle un billete al conserje y quedarse escondido en el vestíbulo. pensativo. vigilando. Se dio unos golpecitos en los bolsillos para asegurarse de que lo llevaba todo: pastillas para el aliento. cartera muy llena de tarjetas de crédito. La verdad es que llenaba el espacio con otras tarjetas.segundo y tercer botón de la camisa y repitió el gesto. Miró la página. y la dejó llorando y quejándose de la tiroides.

Pero estaba demasiado bien para moverse. Empezó a bajar la mirada por las paredes forradas de tela. Intentó buscar aquel recuerdo tan dulce y escurridizo.. distraída. los vaqueros y los zapatos tampoco estaban. Molly nadaba en su felicidad. Besó el papel. sonriendo antes de ver lo que sabía que estaba a su lado. Y estaba desnuda. Molly lo leyó una y otra vez. Entonces se escuchó el grito de una gaviota y Molly volvió a la realidad. Aquí fue donde el famoso compositor Chopin. de cuerpo entero. Sobre ella había un cabezal de madera trabajada en forma de flores. se sintió como una reina sentada en su trono. Daba igual. luego brillantes. se preguntó.. lleno de corazones y signos de exclamación. sentarse en el muelle en noches como ésta. pero en alguna parte había pájaros cantando. «Levántese. cogió un trozo de papel que habían arrancado de una libreta y que estaba lleno de dibujos y texto. tirándose del pelo. No los veía. con Molly a su lado. caminó por encima de la madera pulida y abrió las contraventanas justo a tiempo para ver un barco de turistas un bateau-mouche) que se acercaba por el río. Molly salió de la cama. De la cabeza de Fabrice salía un «bocadillo». . Sir Fabrice.. Algún día le gustaría vivir en uno de esos barcos. cuando Luis XIII permitió que se construyeran casas. ¡Fabrice le había dibujado una especie de tebeo! En la primera viñeta estaba él con la cabeza en la almohada. Posiblemente. que tenían las barcas en su propio embarcadero. se había despertado cuando él había cerrado la puerta. pueden ver la He St-Louis. en la siguiente viñeta aparecía más enfadado. había algo en ella que le resultaba familiar. Pero. con otro bocadillo donde se veía un enorme paquete de cigarrillos que desprendía señales de urgencia. Después aparecía vestido. y se fijó en las casas que había en la orilla de enfrente. Soy Molly Clearwater. Un buen número de gente le respondió. Por la ventana entró una brisa que le erizó la piel. Se sintió abandonada. Molly se asomó a la ventana y saludó con la mano. enorme como un escarabajo gigante. en la chaqueta. Vio cómo brillaban: primero opacos. como una sirena. Tenía los brazos estirados y las piernas relajadas. pero estaba vacío (helas). Miró al suelo. los pájaros volvían a sus árboles. escuchó la voz de la megafonía: —. En la última viñeta se le veía en la cama con Molly otra vez. Qué raro que pudieran volar tan alto. disfrutando y acariciando cada parte de su cuerpo. Giró la cabeza. De repente. increíblemente alta en un cielo dorado. a su derecha. y oía cómo la gente caminaba por la calle. A continuación venían una serie de dibujos en los que se le veía buscando cigarrillos en los bolsillos del pantalón. sonriendo mientras pensaba en un cigarrillo. «¿Por qué».. Cuando lo miró con más detenimiento y lo leyó. ¿Qué era? No podía dejar que se le escapara. como si fueran cicatrices de una gran victoria. bostezando mientras se despertaba. Había puntos de luz en el techo. Si se levantaba para asomarse por la nube. ¡Qué bonito! Ahora se veía la cara de Fabrice. ¿No les parece preciosa esta ciudad?» Vio cómo el barco se alejaba. dibujó una sonrisa. Pero ¿qué era aquello que había debajo de la botella? Alargó el brazo. de golpe.. que marcaba las seis y veinte. En la siguiente se abría el plano para mostrarlo en la cama. excepto que faltaba algo. Una flecha señalaba su reloj. algo mucho más intenso captó su atención. podría ver qué clase de pájaros eran. con el pelo ondulado y un sinuoso cuerpo (¡ella no tenía los pechos tan grandes!). saliendo de la habitación de puntillas. A medida que se iba acercando. otra vez opacos. La luz que entraba por las aberturas de las contraventanas era anaranjada.» Se rió de su propia broma y se estiró lujuriosamente. fumando. los agradables sonidos de una ciudad que daba sus últimos latidos antes de que cayera la noche. Era un fuerte zumbido. como si se hubiera encendido una nevera gigante.16 Molly estaba en una nube. no tendría que esperar tanto. Y. bajo un cielo turquesa lleno de nubes rosadas. con un caparazón de cristal que protegía a decenas de personas. Todo daba igual. ¡Qué amables! «¡Hola! —quería gritar—. Colocó todas las almohadas juntas y se dejó caer sensualmente encima como si fuesen un plumón. al final encontraba un paquete (¡qué bien!).. con las piernas envueltas en la sábana. entre sonrisas y exclamaciones. dejando tras de sí dos estelas gemelas que brillaban con el reflejo de los últimos rayos de sol. ¡Era tan maravilloso! Encontró el reloj en la mesita de noche y vio que ya eran las seis y doce. ¡Pero Fabrice se había ido! Se sentó en la cama y recorrió la habitación con la mirada. distribuyéndose en formas maravillosas. vio una puerta y la silueta de una botella. más conocida como la Isla de las Vacas hasta el siglo X V I I . con geranios en la cubierta y una buena estufa dentro. abrió los ojos. olvidándose de que iba desnuda.

y estiró de la sábana hasta que tuvo suficiente tela para atraparla debajo de los sobacos. Sí. no lo estaría esperando debajo de la sábana. Entonces recordó la urgente lucha de miembros. abrumador. impasible. Me gustaría que se marchara. Se quedó un momento pensando en la palabra «amor». sus voces gritando y susurrando al mismo tiempo. —Ah. y. Escuchó un ruido. Esa tarde había hecho cosas que no había hecho nunca. cogió la botella de champán y se la colocó derecha entre los muslos y la foufoune (una palabra nueva para añadir a su vocabulario). la única figura paterna que había tenido. —Supongo que el inútil de mi hijo ha estado aquí otra vez —suspiró. con la mano todavía en la manija de la puerta. la cara de Fabrice sobre la suya. —Bueno. desafiante. Disfrutaría de algo que era capaz de dar y recibir tales cantidades de placer. Ahora sabía qué era el amor: irresistible. para defenderse. gritando y buscando desesperadamente la sábana—. se dejó caer en las almohadas en postura de abandono. debía rondar la cincuentena. para darle una sorpresa. una chica inglesa. ¿Cómo se atrevía a llamarle inútil?—. debía haberle dado una patada a la botella. a la vez que apartaba de una patada una bola de sábana que le aprisionaba el tobillo. —¿Está sugiriendo que Fabrice sería capaz de robar? ¿A su propio padre? Él se encogió de hombros. Con un grito. desinhibido. Sin duda. gracias. —Fabrice pensaba que usted estaba en el campo —le dijo—. De hecho. eso es todo. Molly retrocedió hasta dar con el cabezal. Se abrió la puerta y entró un señor al que no había visto en su vida. en tono acusador—.. Me ha hablado de arte. Molly se echó el pelo hacia atrás. La manija de la puerta giró hacia abajo. ¿Cómo se atreve a llamarle inútil? —gritó.y I like him! El hombre la miraba. Es inteligente. por lo que veo. Era bastante mayor. —¿Lo ve? —dijo Molly. —¡Un momento! —exclamó Molly. mientras intentaba taparse el culo con la sábana—. su acento le había parecido de lo más divertido. desesperado. Dígame. El hombre la miraba con unos ojos fríos como el hielo. —Se giró para marcharse. por favor. se quedaría así. ¿cuánto tiempo ha estado aquí Fabrice? ¿Debería contar las cucharas? Molly se quedó boquiabierta. En cualquier caso. y se colocó de cuclillas. —¿Qué quiere decir? La respuesta de Molly fue tan agresiva que se le salió un pecho por encima de la almohada. No es un inútil.Dejó las contraventanas abiertas y volvió a la cama. Con las prisas. Se lo colocó en su lugar inmediatamente. —¿De verdad? —dijo él. y sonrió. ¿Ya había vuelto? ¡Sí que había ido rápido! Se lo imaginaba corriendo por las calles. no parece ser muy considerado con usted. en la postura más provocativa que se le ocurría. Incluso le molesta que fume. Escuchó pasos. Y no me extraña que lo llame rigide. Ha salido a comprar cigarrillos. ha sido muy considerado conmigo. pero era muy guapo. Se equivocó. Je suis iciii. Cuando Fabrice volviera. Ésta es mi casa. saliendo a toda prisa del ascensor para volver junto a ella.. frunciendo el ceño—. ¡Es maravilloso! Me ha enseñado muchas cosas preciosas. con gesto altivo y mechones plateados que contrastaban con el pelo negro. —Me llamo Armand Lebrun. y soy el padre de Fabrice. ¿Dónde está? —Todo lo contrario. se estiró con los brazos detrás de la cabeza. Rápidamente. Nunca más volvería a avergonzarse de su cuerpo. con una almohada sobre los pechos. que se negaba a pagarle una educación a su hijo mientras él vivía rodeado de lujos. El padre de Fabrice puso los ojos en blanco. y otras que había hecho pero que hasta este momento no habían adquirido sentido. ¿por qué no puede un hijo entrar en casa de su padre? —Decidí volver antes. porque cayó de la cama con un ruido sordo y rodó hasta los inmaculados zapatos de aquel hombre. ¿Eso dice? . y amable. poniéndose de pie encima del colchón. con su preciada cajetilla de cigarrillos en la mano. No me extraña que Fabrice no pueda hablar con usted. —¡ Yuuujuuu! —gritó—. observando su cuerpo. Dam le liiit. ¡De modo que éste era el monstruo que le estaba arruinando la vida a Fabrice! El hombre con el que no podía hablar. Con cara de traviesa. había sido la puerta de la entrada. —¿Quién es usted? —preguntó ella. ¿Qué hace aquí? El hombre la miró resignado.

Medio minuto más tarde.. Le traeré el dinero en un minuto —dijo. Molly se envolvió todavía más con la sábana. Como mínimo. Se apretó más la sábana y le habló con toda franqueza: —Monsieur Lebrun. —Se le saltaron unas lágrimas de pasión—. se había acordado de que sólo llevaba suelto. Estoy de acuerdo en que no deberíamos habérnosla bebido. mademoiselle Clearwater. Tampoco tenía dinero y se vio obligado a hacer todo tipo de trabajos. —Insisto. y el champán era caro. ya sin la sábana. Y se murió antes de que se reconociera su genialidad. Pero cuando él sonreía. He visto los libros en las estanterías. me gustaría pagársela. con dignidad. sino un señorito mimado. que no es en absoluto lo que imaginé cuando la vi tendida en la cama con la botella de champán. Molly Clearwater. —Está bien. con estrellas de rock y gente así. Molly intentó bajar de la cama para coger el bolso pero. no. asombrado. —Por supuesto. —Molly —respondió ella—. Ahora sí que le sonrió. Por favor. Imagínese lo que se siente al tener un padre que no se preocupa de ti. y más el que debía beber este hombre. Y. además. —No sea absurda. Gracias —dijo. le recordaba a Fabrice. no reírse de ellos. —No. que te abandona sin dinero mientras él sale y se lo pasa en grande con. señalándole con el dedo. pisó la sábana y se hubiera caído de bruces al suelo si no se hubiera agarrado al cabezal a tiempo. Después de todo. —Asintió a su vez y se fue. —¿Estrellas de rock? —Fabrice ya ha perdido a su madre. se niega a pagarle las clases. Nadie. Y llevaba tanta colonia que Molly podía olería desde la cama. Pero ella no le seguiría el juego. de un viejo francés a una encantadora joven inglesa. Molly levantó la barbilla. uno de verdad que lo anime y lo quiera. mientras Molly estaba arrodillada en el suelo buscando las bragas debajo de la cama. Proust. La madera crujió al soportar su peso: otra herencia de incalculable valor. al final. Pero era el padre de Fabrice. Nadie es un inútil. Julián Barnes. desafiante. podría explicarle a este hombre sin corazón. Posiblemente. John Updike. —Molly se sonrojó—. y no uno que lo llame inútil. que adora la literatura.Molly captó una nota de duda en su voz. y decidió jugar esa baza a su favor. Y ahora. Y usted. tratar a su hijo con tanta crueldad? Él arqueó las cejas. Entonces se acordó de que había dejado el bolso en el salón—. ¿Quién. . usted es un hombre culto. ¿Es eso lo que quiere usted para su hijo? —¿Me está sugiriendo que mi hijo es un genio? Su desdeñosa sonrisa puso a Molly de los nervios. Se supone que los padres tienen que querer a sus hijos. —Parecía dolido. De hecho. —Con la cabeza bien alta. asintiendo—. Siento lo del champán. alguien llamó a la puerta. Los dos se quedaron en silencio.. -—Se agachó para recogerla del suelo y miró la etiqueta—. ¿Cómo puede una persona como usted. Necesita un padre. —¿Quién? —Rodin.. apretó los brazos contra el cuerpo y lo miró. quién era Fabrice. —Debo decirle. Permítame que se lo ofrezca como obsequio.. No le daba vergüenza defender lo que estaba bien. Ahora él arqueó las cejas todavía más. que obviamente estaba más preocupado por enriquecerse que por cuidar de su hijo. —Sí. al moverse. Balzac. lo único que hace es impedir que pueda demostrarlo. En su pueblo no lo dejarían entrar ni en el pub . no me gustaría que me acusaran de ladrona. se pondría mocasines beige y pantalones de pinzas para ir al campo? La chaqueta de punto le quedaba como una patada.. Y. bueno. El escultor. —Fabrice tiene mucho talento. —¿Es eso lo que. y Molly tenía el deber de hacerle entender el dolor que estaba causando. Una de las mías. A lo mejor podía lograr una reconciliación. si permite que me vista. Seguro que los demás se inclinaban a su paso cuando se sentaba con sus amiguitos de «izquierdas» para comer caviar y gastarse el dinero de su mujer muerta. no estaba acostumbrado a escuchar la verdad. Ni siquiera tiene un sitio decente donde vivir.? —¡Fíjese en Rodin! —dijo Molly. por lo que veo.. Era demasiado lista para dejarse engatusar de aquella manera. encima. —¿Le importa que le pregunte cómo se llama? —preguntó el padre de Fabrice. —¿Cómo puede reírse? No tiene gracia. estaba segura.

—Por desgracia. buscó en el bolso y. aunque su padre no se preocupara por él. dispuesta a enseñarle que. dobló las sábanas y la colcha y las dejó encima del colchón. desnuda y sin previa invitación. después. —La puerta se cerró otra vez. —La puerta se abrió unos centímetros y apareció una mano con la chaqueta. Mientras se vestía. —Eh. —empezó a decir Fabrice. estaba enfadado. con la cara muy seria. Siento mucho haberle. —Si va a vestirse. con la esperanza de que nadie lo hubiera oído.. Me da igual adonde vayamos o lo que hagamos. encontró el cepillo y empezó a deshacerse los nudos del pelo. el vestido y el sujetador. y entonces se acercó al padre de Fabrice y. Lo estaban echando de su casa. haciendo muecas de dolor y preocupación a la vez. Dudo que Fabrice pueda permitírselo. creo que necesitará esto. —No te preocupes —le dijo. Molly. —¡Ja! —exclamó Molly. —Ah. Tenía que ir a ayudarlo. intentó dejar más o menos ordenada la habitación.. No tengo hambre. Molly lo miró. sin embargo. Alargó un brazo para coger sus pertenencias. Molly pasó delante de él y se colocó frente a Fabrice. Se imaginó si hubiera sido al revés: que su madre hubiera vuelto sin avisar a casa y se hubiera encontrado ropa por el suelo y un chico francés desnudo en el dormitorio de invitados. a lo mejor a ella le gustaría algo más tradicional. ella sí que lo hacía. duchado y eso. le ofreció la mano—. y con la mayor destreza posible. Aquel hombre estaba amenazando a Fabrice. recordándole los deberes paternos que le había estado negando a su hijo. —Sí. —Supongo que ahora querrá hablar con su hijo —dijo. -» —De rien. .sa para el comportamiento arrogante e insensible del padre de Fabri. Necesitaba que Fabrice la abrazara y le dijera que todo iba a salir bien. —Pero. y la respuesta desesperada de Fabrice. Fabrice? —Oui. —Se giró hacia él y lo miró con ternura—. nerviosa. muy nerviosa. Pobre Fabrice. pero el lenguaje corporal era lo suficientemente expresivo. claro. salió corriendo por el pasillo hasta que llegó al salón.. muy educadamente. —No. Escuchó voces en el salón: la voz imperial de su padre. en el grupo de los restaurantes más caros—. La Coupole salía en su guía. que viniera a buscarla. Molly se sentía algo culpable por la intrusión. Molly caminó hasta la puerta pegada a la pared. con la botella entre las piernas. debajo de la peluca de Cleopatra (¡ojalá el señor Lebrun no la hubiera visto!). mientras pronunciaba aquellas palabras. Por supuesto. aquello no era una excu. No iba a permitirlo. Cuando hayas hablado con tu padre y yo me haya. O. —El padre de Fabrice se levantó. ¿Hein. El padre de Fabrice estaba en una butaca tipo trono. bueno. a medida que los gritos iban subiendo de tono. fumando un cigarrillo. —Molly levantó una mano—.. Entonces se giró hacia su padre. con el bolso colgando de la muñeca. Le acarició la mejilla y le sonrió. con la sábana hecha una bola y la colcha en el suelo. Podéis ir a LOrangerie. En ese momento los dos hombres se quedaron callados. le tomó la cara entre las manos y le plantó un beso en la boca. Mademoiselle. ¡Estaba muerta de hambre! Se aclaró la garganta. mientras que Fabrice estaba junto a la ventana. recalcando la última palabra. con los hombros caídos. no me cabe duda de que esta noche invitarás a cenar a Molly —interrumpió el padre de Fabrice—. Colgándose el bolso del hombro. descubrió que era un poco embarazoso que te encontraran en casa de otra persona. Él le estrechó la mano con la misma formalidad.—¿Mademoiselle? —¿Sí? —respondió.. oui —respondió él. Monsieur Lebrun. —Fabrice. Hablaremos después. y no podía quitarse de la cabeza la impresión que se debía haber llevado el señor Lebrun al verla en aquella cama. le hicieron ruido las tripas. molestado (¿era aquélla la palabra que buscaba?). En primer lugar. a modo de risa irónica. Espero que recuerde lo que le he dicho y actúe en consecuencia. como el Bofinger o La Coupole. Pero no entró. Parecía cansado y rebelde. en la esquina. luego los dos gritándose.. como si estuviera evitando un fuego. —Merci. No podía permitirlo. eh. ¿A las nueve? Fabrice la recogerá a las ocho y media.ce. escuchó que Fabrice volvía y esperó. Fabrice.. Haré la reserva. No te preocupes por mí. —¿Después? —repitió él. en señal de cortesía. Estaba muy raro aunque. Adiós. Necesitaba que le confirmara la magia de la tarde que habían compartido. Ahora que había tenido tiempo para pensar. Después. Podré encontrar el camino de vuelta al hotel sin problemas.

. Se encendieron las luces del penúltimo piso. Molly le devolvió la sonrisa. y que parecían personas tiradas en el suelo. y habían leído con la mirada los emblemas y las señales que ella era incapaz de decodificar. que ahora estaba iluminado por las farolas de la calle. con toda la educación que había recibido. Ha sido un placer conocerla. Era extraño pensar que incluso los analfabetos habían conocido alguna vez las historias de las divinidades esculpidas en la fachada. Ya se orientaría. Cuando salió al patio de la entrada vio que ya se había hecho de noche. lanzó una última mirada a Fabrice y se fue. y en silencio. Estaba oscuro. se imaginó la llama de las antorchas. los caballos sudando y dando coces contra todo. y pareció sonreírle con verdadera calidez.—No me ha molestado en absoluto. Por un momento. Molly se acercó y buscó el mapa en el bolso. Una sombra pasó por delante de la ventana. —Le sostuvo la mano un poco más de lo necesario. con los franceses. sintió la presencia de fantasmas del pasado. «Pont de la Tournelle». tenía la sensación de que iba en la dirección opuesta. porque sólo se oían sus tacones sobre el adoquinado del suelo. y ella saludó con la mano. Pero si era Fabrice. Vio unos arbustos decorativos que se le habían pasado por alto antes. pareció que todas aquellas reverberaciones del pasado también quedaban atrás. Más bien lo contrario. algo que ella. no sabía. pero primero quería admirar el edificio. ¿Dónde estaba? En el puente había una señal. los criados corriendo. ¿O era burla? Quién sabe. Cuando salió a la calle y la enorme puerta de madera se cerró tras de ella. no la vio.

con todos los gastos del fin de semana. Pommes mousselines. y dudaba de si podría pagarse lo suyo. No tenía ni idea de qué podía pedir. —¡Menudo tirano! —exclamó ella. Al parecer. por fin vería su piso.. Lotte á la créme de safran. No podía permitir que Fabrice se gastara un dinero que no tenía en algo tan estúpido como comida. ¿Le gustaría? Molly asintió. Molly lo miró. A los franceses se les daban muy bien aquellas cosas. pintade au cerfeuil. Ojalá a Fabrice no le importara que todavía llevara el mismo vestido rojo. «Menú du Jour». las cubiteras de vino. con las paredes azul verdosas decoradas con murales. con chaqueta negra y corbata blanca. el efecto del vestido y los zapatos ya no le parecía tan bien como cuando se vio en la habitación del hotel. pero si lo compartían sería más barato. «Menú Traditionel». Pero. Había un plato de marisco que podían compartir. . Aunque fuera un cuchitril. y tan bien distribuidos: «Menú Gastronomique». tino. De toda la ropa que había traído. sólo porque su padre le hubiera obligado a hacerlo... pericia—. presentados con tanto bombo y platillo. tenían ninguna duda de lo que valían. Salade de fenouil aux girones. todavía estaba chapado a la antigua y le había dicho que no podía llevarla a cenar con la camiseta manchada de pintura. y al menos lo había acompañado con un collar y unos zapatos negros de tacón que tenía. Pero le preocupaba la cuestión de saber. los collares y los pendientes. Le había explicado que su padre le había obligado a ponerse la camisa porque. con miedo de que él hubiera malinterpretado el silencio como una crítica. Después de todo. La idea de ver cómo uno de esos estirados camareros le devolvía la tarjeta en público le revolvía el estómago. como una gran estación de tren. a la que casi se le saltaban las lágrimas después de degustar aquellos placeres gastronómicos. ¡Y no había precio! ¿De verdad había gente tan rica que pedía sin importarle el precio? Ni el restaurante ni la elegante clientela. vio los brillantes zapatos negros que realizaban un impecable giro de cuarenta y cinco grados. sabía que en su tarjeta de crédito tampoco habría mucho. —Molly asomó la cara por encima de la carta.. Sin levantar la vista. Todo brillaba: los espejos. añadió para sí misma. Fabrice lo hizo retirarse con un gesto con la mano. Molly tenía la carta delante.. pensando en los juegos de cama que guardaba en la memoria. —Hay que mantenerlos a raya —le dijo él—. haciéndose invisible. los gemelos y las hebillas. en temas de vestimenta. Nunca había visto una lista tan detallada de platos. agradecida. ¿no? A Fabrice también le debía preocupar el dinero. vamos a pagar. parpadeando—. Un camarero iba hacia su mesa. non? —Exacto —asintió ella. impresionada por su actitud. Notó una presencia junto a ella. las bandejas de plata que desprendían deliciosos olores. era lo más apropiado.. Molly se volvió a esconder detrásde la carta. aunque ahora que veía los trajes de las otras señoras. con una camisa de seda rosa y el cigarrillo entre los dedos. los vestidos de lame y seda que las señoras llevaban con una sensualidad muy segura. estaría demasiado contenta como para fijarse. Era el restaurante más elegante al que Molly había ido en su vida. El marisco no le gustaba demasiado. —En serio. porque de plato principal pidió pies de cerdo. enfrente de ella. Los camareros iban muy elegantes. la comida no es nada especial —dijo Fabrice—. como entrante. La cara de susto de Molly se ve que le hizo mucha gracia. es perfecto. no le extrañaba que los ingleses hubieran tenido que importar la expresión savoir-faire —tacto. allí sentado en la butaca. Fabrice apagó el cigarrillo para leer la carta con ella.17 Anguille fumé. Esta noche estaba más guapo que nunca. e iban y venían por los pasillos con un porte estirado y a una velocidad casi inhumana. quién pagaría. no digamos lo de los dos. Pero l'ambiance es bastante agradable. aliviada.. —«O lo que no lleves». y varias columnas muy finas con capiteles dorados. exactamente.. —Fabrice. lo suficientemente alta como para esconderse detrás de ella y no ver a Fabrice mientras pasaba páginas y páginas de palabras desconocidas. No me importa lo que lleves. El comedor era enorme.

—Estoy de acuerdo en que los trabajos no siempre son interesantes. —¿A qué? —preguntó Fabrice. —Le tiró una concha en el plato—. —Ah. Al final. Para comer. entre otros crustáceos más pequeños. Molly lo miró. —¿Para qué? —Bueno. ¡Qué bien hablaba! Nunca se le había ocurrido que el egoísmo pudiera ser algo positivo. preguntándose si le pediría que se quedara en París con él. Pero todos los necesitamos. vieiras. Molly le explicó cómo había dejado el trabajo y se había plantado en París. —Un trabajo es una cárcel —dijo—. que se preocupara por eso. —Eres una heroína —le dijo él. llena de langostas. no dejarnos llevar por las exigencias del consumismo. Era una bandeja de tres pisos. Con algunas dificultades. Cogió una vieira. entonces. ¿Para qué? En ese momento trajeron un objeto extraordinario a su mesa y lo dejaron encima del mantel con mucha fioritura. comer. Fabrice cogió una langosta de la bandeja de arriba del todo y le arrancó la cola. faux-filet. tomándole la mano con las suyas—. escogieron el vino. No tenía muy . pero también encantador. ramas de perejil y pieles de limón en forma de flores. en el sentido más bonito de la palabra. prueba una. Y por arte entiendo literatura. había conseguido meter un gancho en una concha. —Me encanta esa historia —dijo. el inferior medía casi medio metro. pudieron hablar. —Una heroína en el paro. se sintió de lo más vulgar y estrecha de miras. sonriendo ante la pomposidad del idioma francés. pero ¿qué clase de bistec? ¿Contre-filet. y unos boles con un líquido transparente y caliente con trozos de limón (para lavarse los dedos y no para beber. Te dan la sensación de estar contribuyendo a algo. y al final preguntó cuál era el más barato. ¿A las cuentas bancadas de los ricos? ¿Al ego de los presidentes? ¿A la destrucción del planeta con la contaminación y el agotamiento de los recursos naturales? Esto está buenísimo. —Y no todos son aburridos. Algunos trabajos valen la pena. bavette} ¿Y cómo lo quería? ¿Lo prefería con sauce béarnaise o con sauce au poivre? A Molly le pareció una locura. —¿Un trabajo? —Fabrice frunció el ceño—. Espontánea. presentó una serie de herramientas de acero dignas de un museo. anguilas y choucrouté). Todos deberíamos seguir a nuestro corazón. y Molly se quedó maravillada y halagada por la reacción de Fabrice. Molly asintió. La vida debería ser así. de diversas formas y tamaños. pavé. dijo que lo que realmente le apetecía era un bistec con frites. aunque sólo un poco. —¿En serio? ¿Cómo? Pero él sólo la miró y chasqueó los dedos a un camarero que pasaba por allí. No lo habían comentado antes. ideas que enriquecen el alma y que no se pueden valorar en términos económicos. admirada. —No te preocupes por eso. El arte sólo contribuye a las ideas. toma. y ahora tenía ante sí una masa blanda y grisácea. encima de una cama de hielo picado. eso Molly sí que lo sabía). Es. tour-nedos. Exagerando. que podía hacer que cualquier cosa sonara a pura filosofía. Con rápidos y ágiles movimientos de muñeca. patas de cangrejo y ostras. Mañana puedes coger otro tren. Trabajar es lo que hace la gente sin imaginación. —Mañana tengo que volver a casa para encontrar otro trabajo —suspiró ella. romper el caparazón de color coral y sacar la carne. muy egoísta. El camarero volvió con más servilletas. Eres libre. a Roma o a San Petersburgo. danza. música. Impulsiva. pidieron la comida. —Se encogió de hombros y mojó la langosta en la mantequilla. —Eso no importa. He conseguido sacarle algún dinero a mi padre. y después de hacer que Fabrice le explicara varios platos muy complicados (entre los que había sesos. El mío te aseguro que no lo era.En cuanto a ella. sin capacidad de descubrir las grandes posibilidades de la vida. retándola a ver si se atrevía a hacer lo mismo. Por eso el arte es supremo. una salsera con mantequilla derretida. les trajeron la botella. como si fuera un trofeo de guerra. cogiendo un caracol pequeño—. Pone cadenas a la mente. Las demás langostas la miraron con ojos redondos y brillantes. para vivir. En comparación con él. se llevaron los cubiertos y les trajeron los de marisco y. etcétera. Ah. ¿Cuántos hombres importantes conoces que hayan realizado un trabajo convencional? A Molly se le quedó la mente en blanco cuando lo vio abrirle la tripa a la langosta con un dedo. les llenó las copas y se fue. al menos.

—Ah. —Bueno. «Un amigo»: Molly miró aquellas palabras con desconfianza. limpiándose la mantequilla que tenía en la barbilla—. Pero suena demasiado fácil. vendrá de manera natural. Ojalá no hubiera sido una llamada de socorro de Alicia que no había respondido. Alicia ya hacía dos horas que estaba con Malcolm.. Decidió enviarle un mensaje para asegurarse de que estaba bien. y sólo se fue cuando la llamaron «estúpida secretaria». Todavía tenía en la boca la sensación de aquella cosa que había escupido. agachada sobre bandejas de semillas mientras observaba los brotes verdes que eran su sustento. Tengo que ir al. ¿Y si no encuentras ningún objetivo noble y tienes que seguir haciendo tu vida hasta que aparezca? —No. que lo había hecho clavando el tenedor en la pulpa. Soy. ¡Oh! Tenía un mensaje.. el ruido de las bandejas. Ojalá dejaran de hablar y se fueran a la cama. Cogió el móvil y lo encendió. ¿Qué significaba aquello? ¿De quién podía ser? Miró al final del mensaje. Pero. nadie normal mandaría un mensaje así. era preferible trabajar por algo noble. dan. pero aquel número no le decía nada. porque coincida con tu visión de la vida. ¿Sería alguien francés? ¿O alguien que no quería desvelar su identidad. un traje vacío con los bolsillos llenos de estúpidos diplomas. aunque en francés sonaba más pretencioso. que por un cheque a final de mes. —Uno nunca debe trabajar por dinero. aunque se había esforzado mucho para conseguirla. ¿Era posible que todos los trabajos fueran degradantes? Echó un poco de zumo de limón a la carne blanca.. ¿Era malo? Fabrice había cogido otro molusco y seguía con su teoría sobre la nobleza del trabajo «de verdad»: —Mira la pintura. Estaba cansada. Ahora veía que aquello también era algo banal en el gran esquema del mundo. Pero no era de Alicia. más bien parecía goma. Un amigo. sé que tienes razón. ponte en contacto urgentemente. —No.. de repente. Fabrice. Aquellas palabras trajeron una imagen a la mente de Molly: la espalda de su madre. el triángulo de piel dorada del cuello. con la columna muy salida. contarlos una y otra vez. notaba que su cuerpo reaccionaba. Obviamente. ambos pensaban lo mismo. Lo mantuvo en la boca sintiendo que le venían náuseas. Mientras se lavaba las manos. Le encantaba ver cómo alguien vapuleaba a Malcolm de aquella manera. por algún motivo? Puso gesto de . —Figg —rió Molly. En cuanto pudo. —Hizo un gesto con la mano en el aire. —Su nombre da igual. Molly sintió una confusión en el pecho que no podía explicar. Apenas había dormido desde que había llegado a París. porque el valor potencial de cada semilla dependía de si florecía y crecía lo suficiente para poder venderla. —-Se quedó pensando un segundo. Cada vez que lo miraba y veía las oscuras elipses de las pestañas. por ejemplo. Molly se estaba peleando con una pata de cangrejo. «Molly: Asunto importante que discutir.» Pinchó el caracol y se lo metió en la boca. pero eso demostraba lo poco aventurera que era.. (¡Dios! ¿Cómo le debía estar yendo a la pobre Alicia con él?) Se alegraba de no haber mencionado su matrícula de honor. a lo mejor. «Cadenas a la mente. En realidad. Dejó la servilleta arrugada en la mesa y se levantó—. había algo forzado en aquella manera de escribir. Empezaba a estar un poco harta de oír hablar de arte. protegerlos. pierde el sentido y te ves esclavo de alguien como ce t y p e Pig.. Discúlpame. Fabrice. yo no soy artista. No te pueden comprar. En la privacidad del baño apoyó los codos en las rodillas. ¿No lo ves? Es mucho más puro. o a lo mejor ya lo había plantado. Caminó por el pasillo del restaurante mareada por las luces. No es nada. las conversaciones superpuestas y el clamor de sus propios pensamientos. sólo por la gloria del propio trabajo.. en cualquier caso. Si no. non. Si se comía otro marisco. como el arte. todo lo contrario. porque das a cambio de nada. Ella había rozado límites insospechados en PLB. regarlos. una mancha roja que se iba alejando y haciéndose pequeña. se tapó la cara con las manos y cerró los ojos.. No le extrañaba que no pudiera pensar. lo que Fabrice no entendía era que no todo el mundo era tan listo y tenía tanto talento como él. Molly. lo escupió discretamente en la servilleta. vio el reloj: eran casi las diez.. Fabrice. le vino una idea a la cabeza: —Pero los artistas se tienen que ganar.. Además. imitando a Fabrice. ¿Qué era? Sentada entre dos espejos. aunque hizo una pausa cuando. Los artistas no ganan.. Por favor. nul.buena pinta. preocuparse por ellos. El dinero no es importante.» Frunció el ceño. vomitaría. Servir al arte implica un trabajo y un esfuerzo mucho más grande y doloroso que el de un sirviente de verdad que limpia el suelo. es mucho más difícil. la única opinión que merece la pena es la de cada uno —concluyó Fabrice. Un amigo de verdad escribiría su nombre. Al menos. No era blando. —No lo sé. vio su imagen repetida.. Todo lo hacía con tanta gracia. los labios y los dientes perfectos.

(T. Malcolm: el que no era nada. ¿Qué crees que debería hacer yo? —Hein —En lo de encontrar un trabajo. no.. aunque después la desesperación se apoderó de ella—. no. añadió—: ¡Cena con Fab! Sta noxe. está bien así. diría que se los había comprado con el dinero que ganaba paseando perros y haciendo de canguro (aunque ya hacía tiempo que se lo había gastado). Ya sabes a qué me refiero. Todas sus amigas los llevaban. sino besos largos. —¿No habrás visto un billete de veinte libras. Para mi gusto. cariño? —le preguntó su madre un par de noches más tarde. A un adulto no le vendría de eso. No puedo volver a casa y vivir a costa de mi madre. y George Orwell fregando platos. pero tengo que pagar un alquiler. Bss Molly. su casa. donde quedaba con todas sus amigas. la cocina. vaya —dijo. mientras pronunciaba aquellas palabras se sonrojó al acordarse de la vez en que se encontró un billete de veinte libras entre los cojines del sofá en su casa y se lo quedó. donde tenía que estar. vivir en el piso de un amigo durante unos meses. Fabrice. y se volvió a meter el móvil en el bolso. Eres tan listo. Ya echaba de menos a Fabrice. nul. posiblemente ahora estaría metiéndole mano a la pobre Alicia.disgusto. ¡Toma!) Además. la bandeja de marisco ya no estaba. Sé que no es muy noble. —No. Molly se comportó como una adolescente despistada y le dijo que no. se negaba a comprarle. Ya se veía presumiendo de pantalones en la parada del autobús. Sin embargo. —Molly. pero esta vez la preocupación era demasiado grande para quedársela para ella. ¿Qué voy a hacer? Normalmente. —¿Dónde lo habré metido? —dijo. y no besos breves y furtivos. su madre intentaba no comentar los problemas económicos de casa delante de Molly. —Yo no. Había unos vaqueros de marca que quería con desesperación. En su lugar había un bistec enorme. Debía tener catorce años. —Encendió un cigarrillo. Fabrice. la cena estaba siendo fantástica. sin decírselo a nadie. egoístamente. Todos hacemos cosas así. acompañados de muestras de cariño carnales tan explícitas que parecía que. —Ah. S. al principio. —¿Cómo? La miró como si le estuviera tomando el pelo. pero siempre se puede conseguir dinero. ganar dinero. el recibidor. Su cerebro volvió a funcionar. en cualquier momento. sólo eran veinte libras. engatusar a tu papito para que te pague la cena —dijo. Cambiaría de tema. sin dudar de ella. ¡Hombres! Mientras borraba el mensaje y lo enviaba a la papelera. Ya estaba mejor. rebuscando entre la ropa sucia. Le pediré al camarero que te traiga otro. se moriría. pero lo dejaría encendido un par de horas más por si Alicia llamaba. Su madre. —Cogió el cuchillo y el tenedor y cortó un trozo de carne. Molly consiguió que la conversación girara a su alrededor—. se lo iban a montar allí mismo o arderían en llamas. ¡Tres veces! No podía soportar cosas como ésas. —Pues como casi siempre. mantenía una expresión seria. Seguro que había sido Malcolm. en medio de un plato blanco. con una risa nerviosa —. Al final. de color marrón rosado. Entonces empezó a escribirle un mensaje a Alicia: «Stás ok? Llam si m necesits. Si no tenía unos.» Vio cómo el mensaje se metía en un sobre y salía disparado hacia el ciberespacio. está demasiado hecho. intensos y con los ojos cerrados. y se dio cuenta de que ya no tenía más hambre. Bueno. Resulta que el dinero era para pagar un . mientras él le explicaba la historia de aquella vez que tuvo que devolver el magret de canard a la cocina tres veces antes de que se lo trajeran como a él le gustaba. que no estuviera en algún bolsillo. y sintió una oleada de triunfalismo. Cuando volvió a la mesa. Molly se la encontró buscando el billete por el salón. —¿Cómo? —repitió ella. y que su madre. Se arregló el pelo frente al espejo. ¡Qué fácil había sido! Además. mirando al bistec de Molly—. así poder tener su número y martirizarla con preguntas sobre el CD y el material de la conferencia. Siempre puedes vender algo. dejaría de hablar de arte. Puedes robar algo mientras nadie te ve. intentando engañarla para que le respondiera. —¿Te gusta así? —le preguntó Fabrice—. y estaba en esa época en que no te preocupas por los demás. el que había querido traerla a París para acostarse con ella. Pero a su madre sí. trabajar. —Después de un momento. Había visto al menos tres parejas besándose en el restaurante. volvió a lo que estaba haciendo. Eliot había trabajado de editor. Quiero decir. Si le preguntaban. Se estaba quedando sin batería. no seas tan inocente. Molly vio un hilo de sangre que se mezclaba con la guarnición de berro.. haría que se concentrara en ella.

con su carita de inglesa tan inocente. —¡Claro que no podré pintar! Si no tengo con qué comprar material. aunque luego todo volvió a la normalidad. Y no puedo permitirlo. —Una vez cogí algo —le confesó a Fabrice—. —¿Qué? —dijo ella. Sólo quería que su madre volviera a sonreír. ahora mismo. Molly se esforzó en no quejarse por nada y ayudar más en casa. Y en la escuela ahora había una nueva fiebre por unos determinados zapatos de plataforma. Es que sé que será un error. Molly se puso a buscar con ella. Conozco a un tipo que me dará bastante dinero por eso. —Es genial. vale —dijo ella. Parecía que el restaurante daba vueltas. pero no se atrevió a mirar a su madre a los ojos mientras le explicaba la historia de cómo lo había encontrado en el lugar más inesperado. levantando las manos para demostrar que no llevaba nada debajo de la ropa. —No puedo permitir que lo hagas. Sé que no me darán todo lo que vale. Te prometo que después me lo agradecerás. Al final «encontró» el dinero. sabiendo que el billete estaba entre las páginas de su diario personal. Molly cerró la cremallera. A mi padre le caíste muy bien. —¿Qué quieres decir con «no»? —Vio que la calidez desaparecía de su mirada. medio riéndose. Me vio saliendo así del apartamento —dijo. ¿a que sí? Seguramente no lo echará de menos hasta dentro de unas semanas. con aquella mirada cómplice. —¿Qué estás diciendo? ¿Devolverlo? ¿Es que no lo entiendes? ¡Lo hemos robado! —Sí.. —¿Qué objeto? —Te lo metí en el bolso mientras dormías. como un carrusel de rostros sonrientes. la escuchó echarse la culpa por ser tan despistada. —No —dijo. —¿Han terminado? —preguntó el camarero—. Molly intentó apartar de su mente lo que había hecho. o si no se la cortarían. ¡Es perfecto! Mi padre no podrá acusarme. ¡Dios mío! —El apagavelas —susurró. —¿Te pillaron? —No. la petite Sainte Molly. Te odiarás.. antes de que nadie la viera.adelanto de la factura de la electricidad. incluso disculparse con ella por no poder comprarle algo al salir de la escuela. con Fabrice en el centro. Me sentí fatal. No te estoy echando la culpa. torturada por la culpa. Vamos a devolver el. La crisis pasó. como si estuviera guardando un gran secreto. eso a casa de tu padre. Ya no quería los pantalones. No entendía de qué le estaba hablando. Fabrice alejó su plato. Eres una chica muy lista. él la estaba mirando y sonreía. claro. Era a finales de un mes muy malo. Fabrice le dio una calada al cigarrillo y sacó el humo por la comisura de los labios. —¿Todavía no lo has encontrado? —¿El qué? —El objeto del piso. uno de los clientes habituales del vivero se había retrasado con el pago y su madre se había quedado sin crédito. Molly dejó el bolso en el suelo otra vez y miró a Fabrice. Para su sorpresa.. pero se odiaba a sí misma y el pecho le quemaba como si hubiera tragado ácido. cerrado bajo llave. enfadado. —Alargó un brazo y le acarició la mejilla—. pero será suficiente para ir tirando una temporada. mientras esperaba que le explicara qué le hacía tanta gracia. —Ah. —¿Mi bolso? —Molly ya lo tenía en la mano y estaba buscando en su interior. Molly abrió la cremallera y miró qué había dentro. ¿Tomarán postre? ¿Queso? . Fabrice. por la instalación.. —No es verdad. y poder sonreír ella misma. —En el bolsillo pequeño. No podrás pintar. Vio cómo su madre se desesperaba. una sonrisa dulce y amable que hizo que se le llenara la expresión de afecto. Durante unos días. ¿Qué quieres decir? ¿Por qué soy lista? Pero él apretó los labios y le lanzó una mirada cómplice. ¿no es eso? —¡Fabrice! A través de una cortina de lágrimas vio una figura negra a su lado. rápido. Respiró hondo. ¿A qué cono estás jugando? Quieres una parte. Temblaba con sólo verlo enfadado—. Pero después te arrepentirás.

. Él se la apartó. Se abrió la puerta. no puedo. Fabrice se quedó junto a la moto. Sólo era un apagavelas. Venga. —¿Qué te pasa? Te he invitado a cenar a un buen restaurante. sé que estás enfadado. Molly vio luz en casa del señor Lebrun. y Molly sólo podía oír sus gemidos desesperados. Los labios de Fabrice se acercaron a su oreja. bonsoir. a la vez que se esforzaba por sonreír a todos los camareros que dejaban lo que estaban haciendo para inclinar la cabeza. Molly se tomó un tiempo. a los dos. Los domingos suelo ir al Café Balzac.. Ni siquiera es de mi padre. Podía volver a subirse a la moto y pasar toda la noche con él. en una esquina.. doloroso. Molly quedó como un pelele en sus brazos. mi pequeña cocotte. —Tonta —suspiró—. Pero saber que llevaba un objeto robado en el bolso le pesaba como una bola de hierro colgada del cuello. muy sonriente—. un estúpido apagavelas que nadie utilizaba. —Sólo he cogido una cosita. —No. ¿a que no? Encogió un hombro. para mirar al río—. —¡Espera! ¿Cuándo volveré a verte? ¿No querrás saber qué ha pasado? No puedes. Molly casi tuvo que correr para alcanzarlo. Me ha encantado. para decidirse. Fabrice puso en marcha el motor. mientras se acercaba a ella y la abrazaba—. ahora. Venga. Ensucia mi reputación. —Vamos un momento y lo miramos. —¿Tú no vienes? —No.. —Fabrice. Es sábado por la noche. algo sin importancia.. Cuando llegaron. mis sentimientos o tu conciencia impoluta? Su silencio les dejó claro. Ven conmigo. y despertarse a su lado con la luz del sol. Se había ido. Pero estaré contigo. —Y me gustas. —Es tu decisión. Fabrice dejo un fajo de billetes y salió del restaurante. Una vez fuera. pues sube. esperando a ver si volvía. Fabrice la soltó y se dio la vuelta. intentando sonreír. —Molly. o las dos. Encontraremos una manera de explicarlo: un error.. ¡por favor! No puedes dejar que suba sola. que ya había escogido. Daré la cara por ti. Lo rodeó con los brazos. —¿Y no podrías esperarme aquí? —No. no sé. todo estaba delicioso. Ya lo verás. Fabrice marcó el código. Pero tengo razón. furioso. Ya lo sabes. intentando transmitirle cariño y confianza. —Se metió las manos en los bolsillos y se giró.. es al revés. Tienes que escoger. un malentendido. —No. si tu veux. —Fabrice. —Intentó alargar una mano para acariciarle el brazo. no es verdad. ¿Qué te importa más. je t'en prie. Molly se retorció las manos debajo de la mesa. traicióname. Vamos a la cama —le susurró al oído. sintiendo su respiración en el cuello.. pero era como abrazar a una nevera. Se quedaron en silencio. desaparecieron. Por favor. —Entonces ven conmigo. era de tu madre —le recordó Molly. —Bueno. Molly se quedó al lado de la puerta. Te quiero Fabrice. Cuando les trajeron la cuenta. No quieres ser un ladrón. Sulpice. Bajaron de la moto en silencio. —No. —Je veux —dijo ella. Las luces rojas se alejaron hasta que. —La miró con pasión. notando que se le llenaban los ojos de lágrimas—. Cerca de la iglesia de St. Puedes venir.—La cuenta —dijo Fabrice. —Creía que te gustaba. y lo siento. —Hizo un movimiento con la cabeza.. Sí. Y ahora vas y lo echas todo a perder. echando fuego por la boca. Podía devolverlo mañana. —Mi padre no estará en casa. Molly se dio cuenta de que no se había quitado el casco. Bonsoir. sobre la una. —Merci —les dijo. Entonces notó la mano de Fabrice en el pelo. —Molly bajó la cabeza.

sonriendo. —¿Cómo? —preguntó Alicia. Además. —¿Qué es eso? —preguntó. ¿Tu perro? Espero que no muerda. todavía estaba un poco sorprendido. cuando llegaron al bar. Alicia parecía fascinada. —¿Eras tú la que ha traído el CD esta tarde? —le preguntó. Quería preguntarle a Alicia de dónde había sacado el CD. A veces soy muy tímida. —Dio un mordisco al aire. Su madre lo mataría. El tipo de recepción ni siquiera la reconoció hasta que preguntó por Malcolm. mientras estaba escondido detrás de una planta confabulado con el tipo de la recepción. Todos los hombres se giraban para admirarla mientras avanzaban entre las mesas hasta la que Malcolm había reservado. como por ejemplo. esta noche estaba en plena forma! Alicia se rió. con las piernas abiertas. ¡Dios. pero. incluso le había hecho algunas buenas sugerencias sobre un asunto que lo tenía muy preocupado: el día anual de salida del departamento. Tú no te das cuentas de la ilusión que me hace a mí. era una. Igual te cuesta creerlo después de cómo te hablé por teléfono. ¿Qué era? Una tigresa. Hay mucha más acción y los jugadores llevan esos pantaloncitos tan monos. ¡Adelante. perfecto.. —Lo miró con esos enormes ojos azules enmarcados en unas pestañas negras larguísimas—. No podía creerse su suerte. Poesía en movimiento. pero se había imaginado que el pelo negro sería más largo. podría añadir la factura a los gastos de «entretenimiento». si Molly estaba en París y por qué. pero lo más barato eran ochenta libras: ninguna mujer valía eso. —Eso espero. lanzándole una sonrisa picara. donde la había llevado primero para tomar un par de copas. No debía ser muy lista. Malcolm.. sin saber cómo. parpadeando. cerca del escenario. ¿sabes? ¿Había dicho fútbol? ¡Le gustaban los deportes! —Pero no es fútbol de verdad.» Eso es lo primero que pensó cuando Alicia entró en el vestíbulo del hotel. pero. —¿Por qué te fuiste? No me tendrías miedo.18 De muerte. Era como un bulldog en posición agresiva—. y la descripción que le habían dado de la chica que había venido a dejar el CD no incluía un mechón pelirrojo encima de la frente. (Tenía un plan muy astuto: si la llevaba allí. —Puede —dijo ella. Figg! No sabía por qué. una simple chica australiana. iba a emigrar. vestido ceñido de leopardo con un hombro al aire y una sonrisa que podría iluminar el estadio de Wembley. Alta. Grrrrr. Una criatura salvaje esperando que la domesticaran. —Jugó con los pendientes de aro—. de los que se hacía cargo la empresa. Esa chica valía el desorbitado precio que había pagado por la mesa. Malcolm le llenó la copa de champán. vaya! —Alicia arqueó las cejas. ¿no? —dijo él.. Es mi equipo. desconcertada. un buen culo. se planteó comprar la entrada para el Diner Spectacle. —¿Y qué hay de ti? ¿Tienes algún tatuaje secreto debajo de ese traje tan bonito? Claro que no. eso. se desvió hacia sus muchas responsabilidades en PLB. que un alto ejecutivo de Londres como tú me invite a salir. Resulta que Alicia había trabajado de agente turística en Grecia el verano pasado y sabía algunos juegos geniales. El era todo sonrisas. —¿Por qué no miras tú más tarde y lo averiguas? —¡Vaya. para el que le habían pedido que organizara algunos juegos para romper el hielo y que la gente sintiera que formaba parte de un equipo. Además. la chica había tenido la oportunidad de comer unos cacahuetes gratis en el bar del hotel. ¿Y por qué se lo diste a ese médico para que me lo entregara? —Ah. En Australia nos encanta el fútbol. Si hubiera sido un cardo. Se echó hacia atrás y le lanzó su mirada lasciva a lo Jack Nicholson. El último de cada fila tiene que pasar por debajo de sus .. —Malcolm sonrió. un tatuaje no sería apropiado para alguien de su posición. ¿no? —Mucho mejor. el de dividir al grupo en dos equipos y ponerlos en una fila. ¡y todavía tenían que salir las chicas desnudas! Por un momento. Malcolm notó cómo se le encendían las orejas e intentó aflojarse la corbata antes de recordar que no llevaba.. aprovechando la oscuridad para acercarse a Alicia y acariciarle el brazo. Justo como a él le gustaban. Aunque lo del tatuaje lo tenía un poco desconcertado. Pero no era un cardo. Ahora ella había pasado al ataque. atlética. se hubiera largado pitando.. —Desapareciste justo cuando yo estaba a punto de llegar —le recordó—. Si todas las chicas australianas eran así. Creo que te quedarían muy bien. Como se había acercado a ella corriendo antes de que volviera a desaparecer. —Cruzó las piernas. Una tigresa preciosa y sexy.) «No puede ser ella. —No.

Pero primero el espectáculo. Al sonido de una música militar. . el último hace el mismo recorrido. Eso le gustaba: optimismo. —No comparado contigo. gorros de pelo.. Malcolm. y resulta que era el móvil de Alicia. Se abrió el telón. La mayoría iban tan borrachos que ni siquiera podían encontrar su fila. —Malcolm se rió ante su respuesta tan ingeniosa. La vida no podía ser mucho mejor que eso. Malcolm intentó leer el programa. Por fuera parecía un club exclusivo. pechos desnudos y cantidades inhumanas de piel expuesta a los focos. Por dentro era como un pequeño teatro. energía. Todos iban dando tumbos por la playa. como narices rosadas oliendo el viento. Le exhibió su sonrisa más artificiosa. Era como entrar en una cálida cueva roja. son el escenario perfecto para veinte bailarinas esculturales que ofrecen el mejor espectáculo nudista del mundo». La sala se quedó en silencio. con una entrada muy discreta vigilada por un portero con uniforme. —Lo miró. se pusieron en fila recta y. Malcolm se quedó boquiabierto. Menos mal que había conseguido comprar condones. Pero no.. como le había explicado Alicia. Mírala. Un rayo de luz proyectaba las palabras CRAZY HORSE PARÍS en el telón. pensativo. con el palo pegado a la frente y sin levantar la escoba del suelo. otras contemporáneas. Malcolm estaba muy nervioso. Se le vino a la cabeza una imagen de Alicia dando vueltas a la habitación del hotel únicamente con el tatuaje. se pusieron de espaldas. in crescendo. qué bueno! Le lanzó una mirada a Alicia. ¿no crees? A Malcolm casi se le sale el corazón de la emoción y el miedo. Le temblaban las manos mientras leía el programa. después se giraron a la derecha y. El número estaba representado por un «ballet» llamado «Dios salve nuestra piel desnuda». gana. Pero supongo que se podría adaptar al espacio de un salón. que les da un chupito. algunas clásicas. ¿no? —dijo Alicia. —Pero nunca llegamos al final —rió Alicia—. —No estoy mirando la coreografía. pero con mesas pegadas al escenario y una barra al fondo. La miró y vio cómo sonreía mientras leía un mensaje de texto. al final. sobre todo con la arena que levantaron. Le había sorprendido un poco que el Crazy Horse Saloon no fuera en absoluto un salón. actitud emprendedora. Tenía delante a una leona (bueno. Se secó la frente y volvió a concentrarse en el escenario. Procurando no quedarse embobado. —En Basingtoke no hay mucha arena —dijo Malcolm. La iluminación suave. donde se informó que estaba a punto de ver una revista llamada Bromeando: «Doce escenas cortas. explicar un chiste y. ¿Era posible que hubiera dos clubes con el mismo nombre? Tuvo una pesadilla en la que estaba sentado viendo un espectáculo para intelectuales mientras las chicas se desnudaban en otra parte. preguntándose qué le parecería. la abundancia de terciopelo rojo y la temperatura caldeada le conferían una atmósfera muy seductora. sino un elegante edificio en una de las zonas más modernas de París (no muy lejos. Muy decente: no se veía un centímetro de carne por ningún sitio. ¡Le estaba encantando! La muy guarra. era Waltzing Matilda. ser dinamita pura cuando llegaran a la guarida por la noche. Malcolm compró un programa (¡diez euros!) y le dio una palmadita en el culo a Alicia antes de entrar. se preguntó si se habían equivocado. y le sirvió otra copa de champán. y nada más. Saludaron. Malcolm se imaginó lo que habría detrás y apretó las piernas. de modo que los culos parecían una hilera de deliciosas y maduras ciruelas. aun así. sólo una especie de mata moscas colgado de un cinturón que les tapaba las partes. ¡Joder! Se apagaron las luces. ¡Jo. —Claro que sí. Enseguida cogió su teléfono y lo apagó. sin ningún pudor. La fiesta se iba a celebrar en un hotel junto a la carretera—. empezaron a salir chicas al escenario con botas. guantes de piel hasta los codos. Entonces tiene que dar diez vueltas alrededor de una escoba. y después tenía que volver a su grupo y pasar de nuevo por debajo de sus compañeros. —Oh. y el primer equipo que termina. Por un momento. del túnel donde había muerto Lady Di). Malcolm. en este caso). lanzándole esa sonrisa sensual. tenía las entradas en el mostrador. —¿Alguien importante? —le preguntó. qué gracioso eres. que de vez en cuando se movía con los preparativos en el escenario. ¡Qué cuerpos! Piernas largas. Entonces escuchó una melodía que reconoció. Las chicas caminaron en varias formaciones. se giraron a la izquierda para que todos los pechos señalaran al mismo sitio. Se oyó un tambor. mientras aplaudían. —Alicia echó la cabeza hacia atrás y luego se le acercó para susurrarle—: Lo que quiero decir es que todo esto te da ideas. Cuando llega al principio de la fila. una tigresa) que podía traer a casa el búfalo que había matado. Fue muy divertido. —La coreografía es genial.compañeros y correr hasta el agente (o Malcolm.

Con su visita me ha dado usted la excusa perfecta para tomarme un coñac. mademoiselle Molly. después. gracias.. creí. antes de que la siguiera interrogando sobre la cena—.. —¿Es Fabrice? ¿Le ha pasado algo? —No. —Quiere decir el champán. no es un genio. es un regalo.. Estaba deliciosa. —Molly se quedó en la puerta. muy nostálgica con su vestido negro. Se oyeron unos pasos. pasar un momento? —Por supuesto. mientras subía en el ascensor. Pero. Él se giró. Se sentía muy sola. —Estaba trabajando —dijo él. —He sido muy maleducada. —Hablaste con el corazón. Me has hecho pensar. entrando en el salón—. aunque luego se relajó. Espero no interrumpir nada —dijo Molly. archivadores y una mesa para dibujar. A lo mejor es cierto que estoy muy ocupado con mi trabajo. tengo que confesarle algo. la verdad. mientras caminaba por el pasillo.. Pensé. Él la miró con sorpresa. delante de la puerta. Pero. No le dé más vueltas. Quiero decir. Tenía un lápiz en la mano. No se oía nada. eso era todo. en curiosidad. tiene que probarlo. Esta tarde. mientras él la convencía para volver a sonreír. —Metió la mano en el bolso y sacó el apagavelas. yo. La expresión de impaciencia de monsieur Lebrun se transformó en sorpresa y. Se imaginó en el Café Balzac. eh. Además. no es un Corot o un Matisse. mientras usted no estaba. agarrando el bolso—.. Fíjate en el Sargento Troy de Lejos del mundanal ruido. A lo mejor le he dado a Fabrice demasiado dinero y menos tiempo. así que llamó al timbre. —¿La comida estaba buena? ¿De verdad? Me alegro. Lo siento. un poco desesperada. Los hombres tenían un ego enorme. Monsieur Lebrun. El ascensor se paró. A veces no son demasiado cuidadosos con los quesos. Tendrían tiempo de sobras para hacer las paces como Dios manda antes de que saliera el tren. —Siento venir tan tarde. Y muchas gracias por darle dinero para la cena. nunca se sabe.. ¡Cualquiera diría que lo habían comprado en el supermarchél —Sus bonitas facciones se torcieron en una mueca. Al final. Las manos de Molly le pidieron disculpas.19 «Le gusto». Como el restaurante lo ha comprado una de esas grandes cadenas. Molly se quedó de pie... Y lo que más me saca de quicio es que tiene talento. pero no puedo quedarme. era una estancia muy distinta al resto de la casa. Vi la luz encendida. Sólo le había herido en su orgullo masculino. que dejó plantada a la mujer de su vida porque llegó tarde el día de su boda. Y no es que ella quisiera romperle el corazón a Fabrice. claro que no. Él se puso muy serio. luego se apartó para dejarla pasar y cerró la puerta—. Esto. y así no parecía tan perfecto como por la tarde. no. sin traicionar a Fabrice? Monsieur Lebrun era un tirano con mal genio. intentando reunir todo su valor. se decía Molly. ¿Le gusta? —No lo sé.. —Entonces. Había una puerta abierta con luz dentro. ¿Puedo. —No. pero seguro que mañana estaría arrepentido. Algo muy malo. Las luces del rellano se encendieron automáticamente. ruido de llaves y la puerta se abrió. Pero tenía que hacerlo. con pocos muebles y de madera clara: una mesa llena de papeles.. Está bien. ¿Qué iba a decir? ¿Cómo lo explicaría. —El champán. Cuando se veían amenazados en su ego se enfadaban y eso los hacía volverse crueles. acabaría perdonándolo. y luego vivió con el corazón roto hasta su muerte. Empezaba a sentirse mal —. En una ocasión me sirvieron un Reblochon que era una vergüenza.. de golpe.. y te lo agradezco. Por aquí. no recuerdo su apellido. aunque no me siento muy creativo. Ya se lo dije. el francés de Molly tampoco le permitía mantener grandes conversaciones. pero su trabajo tiene algo . Lo siento. Llevaba unos vaqueros negros y una camisa con las mangas medio arremangadas. —Miró por encima de su hombro hacia el rellano como si quisiera asegurarse de que venía sola. No podían evitarlo: eran así. bien sur. —No hemos pedido queso —dijo Molly. yo he cogido una cosa. y Molly se sintió como una criminal. —Ah. no. —No se preocupe. Monsieur Lebrun — continuó. por supuesto.

claro. Molly intentó explicarle la frustración de vivir en el pueblo y su deseo de hacer algo que la motivara. Es una lástima que un talento así se pierda. Y tu francés no está nada mal para una inglesa. aquello la llevó a Phipps Lauzer Bergman. una energía. Me pareció un poco raro que me trajera aquí. pero de ningún país. El problema es que. acabó explicándole el motivo de su viaje a París. qué la entusiasmaba y qué ambicionaba. poco a poco le iba calentando las venas. Sabe lo que quiere ser. todo —dijo.. Armand se había levantado para coger la botella de coñac. c'est l'amour. l'amour. Había estado muchas veces en Gran Bretaña. pero no cómo conseguirlo. elegantemente. —La manera en que inclinaba la cabeza y daba breves bufidos de indignación. Murió cuando yo era pequeña.. Me pregunto por qué aceptaste el trabajo. quería decirle que. y no sólo presumía. Ahora se reía de lo nerviosa que estaba cuando había llegado. No era el ogro que pensaba. no podría soportar vivir en el campo. desnudos. Me parece increíble. no para. Molly vio que su copa estaba vacía. Le sonrió. de hecho. Dime. Y. Era tan guapo. Era una paradoja interesante sobre la que tenía que reflexionar algún día... en las grandes ciudades (Londres. Al fondo. normalmente. Fabrice le ve a usted con tanto éxito y tanto trabajo. sin responder a la pregunta de Molly—. —Por cierto. Personalmente. En fin. Dime. todos quieren arbustos. Le parecía raro que un país con tanta inventiva y tantos arquitectos brillantes tuviera edificios tan feos.. Sí que presume un poco —añadió. sentía verdadera pasión por lo que se podía hacer cuando se tiene una visión. Edimburgo. ¿cómo conociste a Fabrice? Molly le dio una versión reducida del encuentro en el barco y de lo que habían hecho juntos. ¿por qué no me llevó a su piso? Al principio estaba un poco nervioso. Armand. el cómic tan bonito que le había dibujado.. pero le ha costado años llegar donde está. ¿a qué se dedican tus padres? —Mi padre está muerto. ¿no crees? —Yo creo que quiere hacer algo bueno —dijo Molly. mirando a Armand de reojo—. cuando acababan de bañarla. —La frustración pudo más que él y se quedó agitando las manos en el aire. No le importaba que Fabrice fuera un poco consentido y egocéntrico. el año pasado ganó un premio. pasmado. se puede decir que es jardinera. vio el espejo en el que ella y Fabrice se habían mirado. —Mientras pronunciaba esas palabras. aunque parecía que . qué libros le gustaban. aparte del aspecto.. pero no me importa.. y se encarga del huerto de una gran propiedad que está cerca de casa. y hace unos años obtuvo el título de diseñadora paisajística. Eso no es asunto mío. y echó de menos ese momento. está recibiendo comisiones por todo eso. por fin. —El francés de Molly no dio más de sí. quiero decir. Armand siguió haciéndole preguntas sobre la universidad. Por eso tiene las llaves. —¡Y dimitiste con toda la razón! Es un puesto de trabajo absurdo para alguien como tú. —Quizá Fabrice no sabe cómo trabajar —continuó Molly—. yo no. —Es que Fabrice se ha portado tan bien conmigo. —Merci beaucoup —dijo. y casi podía decir que se sentía muy a gusto con ese señor francés. levantando una mano—. de donde somos nosotras... Hoy me ha llevado al museo Rodin. Respondiendo a sus interesadas pregun-tas. sin decir nada —. —Eres una chica encantadora —dijo Armand—. A pesar de que no podía evitar estremecerse cada vez que bebía un trago. Armand se disculpó por no haber oído hablar de Minster Episcopi. Birmingham). Recordó cómo le cogió la mano en el barco. —Arrugó los labios como si acabara de probar un queso de supermercado—. que quieren imprimir la historia de cada petite amie en los periódicos. a sus problemas con Malcolm y a su actual situación de desempleo.. En Francia no le damos tanta importancia a esas cosas. los ingleses. no! —la interrumpió él. Alargó el brazo para que se la volviera a llenar.. claro.. Monsieur. —¡No. ha sido tan divertido. —Sí. tan. pero a veces la gente quiere algo con tantas ganas. lentamente—. y siguió comunicándose por gestos y con elaboradas frases como las definiciones del diccionario del doctor Johnson («ese árbol que tiene las ramas enredadas y que parece una pared de hojas»). de buenas maneras y mejor conversación.. Y mi madre. ¿qué sabes hacer? Mientras se iban bebiendo el coñac... —Aquella total indignación le recordó a Fabrice—. Parecía muy enfadado con usted. —Molly se sonrojó—. lo que le gustaba de él era su picardía. —Frunció el ceño—. Sé que puede sonar extraño. Ahora. sonriendo. cría plantas y las vende.especial.. Bueno. limeros y arriates vegetales. sacudiéndose el agua. le recordó a Alleluia. o elige algo tan tonto que no tiene la oportunidad de brillar. La gente puede tener tanto miedo al fracaso que al final no hace nada. furiosa. No somos como vosotros.. se dio cuenta de que también se las podía aplicar a sí misma—. Como mínimo. soñadora. como si quisiera demostrar algo. —Pues claro que puede venir aquí cuando quiera —dijo Armand. y se pregunta si alguna vez se le asemejará. pero no. cómo se reía de ella sobre su «cultura». no soy ese tipo de chica. Y.

. —Un poco. Mañana sería otro maravilloso día. Tengo que irme. Le encantaban los franceses. se lo aseguro. —¿De verdad? Mi madre no está de moda. de verdad. Estaría muy contento. sentada.. Y no te preocupes. Debería irse al hotel antes de quedarse dormida. No notó cómo Armand le quitaba los zapatos. el cristal tenía cierta tendencia a romperse. creo. Por desgracia. el aroma se percibe inmediatamente. del este de África. Molly. Y le encantaba Fabrice. Cerró los ojos y se imaginó explicándole que no había tenido ningún problema con el apagavelas. Lo siento. aunque no toda la conversación—. A lo mejor ya era mañana. —Pero se quedó allí. y a relajar los dedos. al final—. —Te prepararé un poco de café para despejarte. podía imaginarse el ahorro en el consumo de energía y el descenso de los niveles de contaminación. supongo que todavía debe ser joven. —Tu madre parece una mujer formidable. Obviamente. parpadeando. todo estaba más claro. —Insisto. Tiene cuarenta y dos años. —Pero ahora eso está de moda. La patronne es muy simpática. Se estaba desarrollando un tipo de cristal revolucionario lo suficientemente resistente como para construir edificios de oficinas con él. —Pero será mejor que me calle —dijo.. no.Armand la entendía—.. debido a la invención de materiales nuevos. Pero es que estaba tan bien en ese rincón del sofá que no podía ni coger fuerzas para levantarse. Molly echó la cabeza hacia atrás contra el respaldo del sofá y se quedó mirando el techo. ni cómo la colocaba en una posición más cómoda.. Quédate aquí. Un sabor excelente. Ahora que lo entendía mejor. Molly bostezó. ni cómo la tapaba con una manta. y que podría generar y reciclar su propio calor. . —No. mi madre se dedica a un tipo muy concreto y extraño de césped y a grandes plantaciones de la misma planta. —Volvió a bostezar—. —Oh.. Estás muy cansada. los granos están recién tostados. Giró la cabeza y la apoyó en el brazo del sofá. Si tiene tanta energía.. Armand se levantó. Por desgracia.. Empezó a respirar más pausadamente. Le encantaba París. Molly notaba que los párpados le pesaban más y más mientras escuchaba a Armand explicarle que la interrelación entre los edificios y el paisaje era mucho más importante ahora que antes. Lo compro yo mismo en una tienda de muy buena reputación en el sixième. pero lo seguía escuchando. —Molly no lo veía.

A Malcolm le gustaban fuertes. —No. Por un segundo. sacó un paraguas. ¡Dios! No se andaba con rodeos. sonriendo seductora. Todavía no. Pero necesitaba un permiso de trabajo. ¿Tú no? —Buscó entre las cajas de Phipps Lauzer Bergman. Malcolm. Alicia. Tenían todo el tiempo del mundo.20 —Estoy un poco mareada —dijo Alicia. —Las palabras se perdieron en su garganta. madame! —dijo. Hmmm. Alicia se apartó y Malcolm fue a parar de cabeza a la cama. Quince cero. invitándola a pasar delante de él. se sirvió un whisky del minibar y se sentó en el sofá de dos plazas que había junto a la ventana. dándole la vuelta.. —¿Qué pasaría si desabrochara este cierre? —¿Por qué no lo intentas y lo ves? Sin aliento. —Esa puerta. Es australiano. encontró la gorra del Crazy Horse que había comprado después del espectáculo y se la puso. Alicia pasó junto a él. —Ace! —exclamó Alicia—. pero no llegó a caerse. le quitó la camisa y la cogió con las dos manos como si fuera el capote de un torero. giró a Malcolm boca arriba. —¡Ole! —dijo Alicia. En Oz no hay nada parecido. y la embistió. soltó el paraguas. el tenista. pero luego ya se encendió la verde. su esclava. —Ha sido un espectáculo increíble —dijo ella—. porque si no. mientras meneaba la cadera bajo el brazo de Malcolm. inspirada por esas chicas.» Era tan buena como él. Se quitó los zapatos. Ella se tambaleó. intentando concentrarse. Él también estaba un poco mareado. —Tengo que ir a un sitio —dijo ella. Eh. Te estoy tan agradecida por haberme invitado. . —No. Perfecto. le bajó la bragueta y empezó a quitarle los pantalones. por el pasillo del hotel. Pensó en la conversación que habían tenido en el taxi. Malcolm le lanzó una sonrisa indulgente. Malcolm colocó los puños a los lados de la cabeza. Malcolm se peleó con el cierre. aun-que con el movimiento se desequilibró un poco. —Entrez. hacia atrás —dijo Alicia. Pareces Leyton Hewitt. ¿dónde está tu gorra? Muy animado.. y dio un golpecito en el sofá—. Al parecer. Era su juguete. Estoy muy acelerada.. Llevaba sujetador y tanga a conjunto. no le darían el visado y tendría que volverse a Australia. de modo que la visera quedara en la nuca—. Malcolm se puso de pie de un salto. La cogió por los hombros desnudos. con el dedo índice extendido. Y había la posibilidad de mucho más. Tiró la camisa. Malcolm giró el pomo y abrió la puerta. lanzándole una mirada insolente. Se escuchó la cadena del váter y. —Joder. «Sííí. Muy. A Malcolm se le estaba ocurriendo una idea brillante. ¿sabías? Malcolm empezó a dar saltitos y a hacer un saque con una pelota imaginaria. —¿Cómo de agradecida? —dijo él. la luz roja parpadeó. pero esta vez perdió el equilibrio y cayó encima de Alicia. Alicia le estaba desabrochando los botones de la camisa.. Cuando llegó a la camisa. al cabo de un segundo. Malcolm la miró mientras intentaba encontrar la llave en el bolsillo de la chaqueta y meterla por la ranura magnética. lo abrió e hizo una imitación bastante aceptable del número de «ahora lo ves. ahora no lo ves» del Crazy Horse—. como si fueran cuernos. Se le acumulaban las posibilidades. apareció Alicia. just singing in the rain. hasta que la vio moverse sinuosamente por la habitación. Cuando lo abrió. eres. I'm singing in the rain. Con un rápido movimiento. Malcolm se paró un momento para colgar la señal de «No molestar» en la puerta. con una sonrisa salvaje. Iba a ser una noche muy larga. siempre que encontrara un trabajo. Malcolm intentó otro saque. Siéntate. el vestido cayó al suelo. Alicia entró en el baño y cerró la puerta. que le rodeaba la cintura. Malcolm se desabrochó la chaqueta y la colgó en el respaldo de una silla. Alicia quería irse a vivir a Inglaterra. dejando a Malcolm desconcertado por un segundo.

mañana tengo que dar un discurso muy importante.. A ver. casi sin mover los labios.. Seré una buena secretaria. Sí. Voy. Russell Crowe también es australiano. A. —Espero que no estés haciendo nada que no le puedas explicar a tu madre —dijo ella. en calzoncillos y calcetines. —Cuando Ali. —Oye.. Alicia se lo volvió a colocar junto a la oreja—. Tenemos que. Cuando vio que sacaba un juego de esposas y que jugaba con ellas. casi murmurando. Fiel servidor del emperador César Lujurius —dijo. ¡Oh. mamá. Malcolm? —preguntó la señora Figg. mamá —dijo. suplicando. como si lo hubieran electrocutado. y el teléfono cayó en la cama. dejó que le levantara los brazos y los atara al cabezal de madera de la cama. mirándola con una mezcla de nervios y expectación. qué bonito! —exclamó Alicia. Malcolm miró al cielo con los ojos como platos. pero Alicia mantuvo el equilibrio. qué bien. Malky. Besitos —dijo.. . Malcolm la miró con pánico y placer al mismo tiempo.. en la comisura de los labios—.. Ni siquiera le tembló la voz cuando dijo: —Por supuesto. Se inclinó. Ya te lo dije. —Sí. irguió la espalda y levantó los brazos hacia el cielo. tenemos mucho trabajo. intentando parecer un hombre de negocios serio—. Sonó el teléfono. y con la revista de crucigramas abierta encima de la mesa. Alicia volvió a sentarse encima de él y le acarició el pelo. ¿qué tal te sienta París? ¿Ningún problema con las cañerías? —Estoy bien.. y fue bajando... hasta que se sentó encima de su abdomen. Alicia se arrodilló en la cama y se acercó a él a cuatro patas. mirándolos—. ¡Aquello no podía ser verdad! —A ver. Nadie le había hecho eso antes. Malcolm inclinó la cabeza. —Mi nombre es Maximus Pollaus. apretando sus pechos contra él. —He dicho. ¿Quién es un chico enfadado? —dijo. ¿Eso es la Cruz Roja? ¡Socorro! ¡Socorro! Necesito un médico urgentemente —dijo. y le puso el teléfono en la oreja. Sintió los labios de Alicia sobre los suyos. Malcolm! —dijo Alicia. en la mandíbula. Besitos. ¿te parece? —¡Guau. Echar. Seguro que estos australianos estaban acostumbrados a montar animales salvajes. bajando. —No.cia escuchó estas palabras. Buen. pictórico—. Empezó a acariciarle el pecho. Con una sonrisa sumisa. con las piernas cruzadas y las zapatillas en los pies. Sin mover ni un músculo. Buenas noches.. mamá — dijo. moviendo una espada imaginaria en el aire. Tendré que domarte un poco. fumando. —No te preocupes. —Malcolm se lanzó encima del colchón. besitos. eh. Un. Polvo! —dijo.. cuídate mucho. es. —Bueno. —Oh. Malcolm. Malcolm se giró. —¡Mierda! ¡Suéltame! Pero. mientras colgaba el teléfono—. —Sí. Me temo que estás muy excitado. no. —Le dio un cari. Malcolm se sacudió. Malcolm dio un brinco. mamá —dijo él. Ven y cógeme. está aquí. —¿Diga?. Bueno. señora Figg! ¿Cómo está? Malcolm empezó a patalear con fuerza en la cama.. saltando por encima del paraguas. —Hola.. —¿Qué estás haciendo. Su madre le había cortado el rollo. Hijo de Gruesus Pollaus.. Y que esa secretaria tuya te pida un buen tazón de chocolate. ¿por dónde íbamos? Malcolm se giró. —¡Ni se te ocurra cogerlo! —gritó. Malcolm. Agradecido por el piropo. es mi nueva secretaria.. Malcolm. cariño. ¡Y. ante su mirada horrorizada. ¿Quién es esa chica? Era como si Malcolm la viera: sentada en la mesa de la cocina. —Mi nombre es Maximu. A lo mejor saldría bien. Ja. Creo que ha llegado la hora de jugar a otra cosa. saltó de la cama y la persiguió. empezando justo debajo de la barbilla.. Ahora se lo paso.. ¿Puedo preguntar quién lo llama?.ñoso beso debajo de la oreja. mamá. con lo que te explotan en esa empresa. Es. Alicia alargó la mano y lo cogió. Malcolm gruñó.. dándole una sonora calada al cigarrillo. Ahora. El teléfono volvió a sonar. Se quedó allí. señora. ja.—¡Me gustan tus calzoncillos. Lentamente. con voz de Gladiador—. casi fuera de sí. suspicaz—. ¿Viste los bocadillos que te puse en la maleta? —Sí. ¿qué tenemos por aquí? —dijo Alicia. —Alicia lo miró muy seria y señaló la cama—: Estírate. corriendo por la habitación y agitando las manos. abierto de piernas y brazos. —Todavía no. decidió repetir su actuación. —No. —En el extranjero nunca sabes lo que te han puesto en el plato. titubeando. Estaba tan flacido como una vela sin viento. guau! —Está bien. me extraña que todavía estés vivo.. —¡Oh.. después de todo. buscando algo en el bolso.

metiéndola debajo de la tela mientras Malcolm intentaba resistirse—. Ah.—Dios mío. Malcolm.. ¿Puedo ayudarle en algo? —Ponía cara de concentrada mientras escuchaba—. poniéndose el vestido. Te lo dejaré aquí. Tú y yo vamos a hacer un gran equipo.. —Lo siento. Se abrochó el cierre y dio media vuelta. Malcolm. Toma: mi teléfono. —Tienes razón. Aquí —dijo. sonriendo—. Sé que vamos a trabajar muuuy bien juntos. Monsieur Figg está indispuesto y no puede salir de la cama. ¿Y si era Jerry? —Bajo enseguida —dijo. y colgó.. ah. Llámame cuando tengas una mano libre. Malcolm se retorció. No será muy difícil encontrarla. pero no puedo quedarme. bueno.. en realidad. sabes que no me gustan las palabrotas. ¡Tu chocolate! —¡No quiero chocolate! —exclamó él—. —¿Quién era? ¿Adonde bajas? Ahora no puedes irte. . ya veo. estarás libre dentro de muy poco —dijo Alicia. incrédulo. —Ah. —Ahora estaba escribiendo algo en un papel_. me temo que ahora no se puede poner —le guiñó un ojo—. ¿Quién?. Confía en mí. ¿servicio de habitaciones? ¿Podrían subir una taza de chocolate caliente? Sí. Pero ya estaba en el suelo. Tout de suite. casi me olvido. Bueno. para intentar soltarse. ¡Suéltame! No puedes dejarme así. y traigan una llave maestra. Malcolm gritó con furia. Hola. y luego empezó a tirar de las manos. sí. sí. Malcolm la miró. —¡Zorra! ¡Suéltame! —Shhh. —Descolgó el teléfono—. —Uy. mientras se levantaba y respondía—. —Alicia metió la mano en el bolso y sacó una llave plateada—. Tendremos que dejar nuestro jueguecito para otro día. ahora. Le lanzó un beso y se marchó. ¿Diga? Sí. ¿Dónde podría dejarla? —Sus ojos fueron a parar a los calzoncillos—. junto a la cama.. sí que estás solicitado —dijo Alicia..

Gracias por la manta. ¿Qué era aquel ruido? ¿Dónde estaba? Se sentó. Me está esperando. Apartó la manta y se levantó.. Armand estaba muy guapo con unos pantalones gris pálido y un polo. haciendo esfuerzos por respirar. La brisa era muy agradable. Ya vengo. desprendiendo un olor a colonia tan intenso que Molly estuvo a punto de marearse. vio la puerta que estaba buscando. Había dos humeantes tazas. así como la misma y extraña luz grisácea que parecía predecir la inutilidad de su búsqueda. —Soy Molly —insistió. con la voluntad de olvidarse cuanto antes de ese sueño. A pesar de que los detalles eran distintos. debió de quedarse dormida. una o dos veces al año. muy aturdida. como si llevara los bolsillos llenos de arena mojada. Era el de él. Molly ya olía el café que traía en una bandeja. De repente volvía a estar en la calle. puentes y barcos sobre el río. y cada paso le costaba un mundo. pase —dijo ella. Se apartó algo blando que tenía pegado a la cara. Cuando llegó a la otra orilla. Se despertó. y esperó a que se le calmara un poco el pulso. El ruido que oía era el móvil. Al final de un pasillo muy largo y monótono. clavando las rodillas. teñido de azul y dorado. llena de tablones y escombros. Dormir con la ropa de calle no le gustaba.. Por dentro era una sala tenebrosa e inacabada. Las formas que la rodeaban eran los muebles de la casa de Armand. Molly Clearwater. ¿Quieres que te lleve a algún sitio? . Era como si le hubieran pegado los ojos con cola. —¿Qué planes tienes para hoy? —le preguntó él—. —Muy bien. —¡Espera! —exclamó ella—. pero salía a chorros.21 ¡Rápido! La estaba esperando. y abrió las ventanas y las contraventanas y se asomó. Demasiado tarde. La escalera por la que estaba subiendo no tenía barandilla. Volvía de vez en cuando. Tenía la boca pastosa. Se dejó caer entre los cojines y soltó un suspiro de tranquilidad. Intentó abrir los párpados. frustración y desesperación siempre se repetía. y luego en un río que tuvo que cruzar nadando. No veía bien. Molly estaba en las calles de una ciudad desconocida. como una fuente. dejó de sonar. Armand se encogió de hombros. Daba igual. Antes de que entrara. —Sí. Se le alegró el corazón al contemplar la escena que tenía frente a sí: árboles y cúpulas. Se pasó las manos por la cara y se echó el pelo hacia atrás. El Sueño. intentó escurrirse el agua del pelo. pero nada. y una pequeña cesta con croissants y brioches. entre lágrimas de desesperación—. Tuvo que escalar con las manos y los pies. Molly intentó estirarse el vestido para eliminar las arrugas. Sólo era un sueño. Avanzaba muy lentamente. y traía consigo el repicar de las campanas de las iglesias. ¿Cómo iba presentarse con esa pinta? Ahora el edificio se erguía frente a ella. Pero ¿dónde la había metido? Buscó en el bolso. Otro maravilloso día. el muñeco de goma de Alleluia (¡así que lo había metido en el bolso!). ¡Pero eran tan empinadas! Había sido una desconsideración muy grande por parte del arquitecto diseñarla así. pero mientras buscaba el bolso. descalza. La calle asfaltada se convirtió en un desfiladero rocoso. El pánico se apoderó de ella. No puedo creerme que me quedara dormida. ¡Se iba! Molly llegaba tarde. que ahora era una enorme maleta llena de los objetos más extraños: la bata de laboratorio de la escuela (¿qué hacía aquí?). persiguiendo a una figura que se alejaba y se perdía entre la gente. Había un policía esperándola para revisar la documentación. —¿Molly? ¿Estás despierta? —Era Armand. Cruzó el salón. Se escuchó una sirena que anunciaba la salida del tren. —¿Has dormido bien? —preguntó él. con su imponente fachada y la escalera de piedra que subía hasta la entrada. un bol con terrones de azúcar. la horrorosa sensación de ansiedad. dejando la bandeja en la mesa. Pero le pesaban mucho las piernas. ¡Claro. porque se sentía sucia. ¡Deprisa! Tenía que llegar a tiempo. No podía llegar tarde. Estaba en su sofá. girándose hacia la puerta. era domingo! Alguien llamó a la puerta. abriéndose paso entre el gentío.

Los niños estaban impecables con zapatos de piel blancos. por favor. ducharse y cambiarse. Algunos conducen como verdaderos locos. mientras le daba otro mordisco al cruasán y se lo tragaba con un sorbo de café con leche. ¿Cómo podía perderse una llave? Su amiga era una joven. En Inglaterra. había mujeres con vestidos negros muy anticuados que caminaban agarradas del brazo. en lugar de eso. —Mais alors. se imaginaba lo que habría dentro de aquellas cajas: una tarta de frutas perfecta. una playa. Aquí. —Con un quejido por el esfuerzo. ¿verdad? —preguntó Madame. así que. posiblemente para ir a misa. No está demasiado lejos. Después de ver lo que había en los escaparates de las pdtisseries. Alicia. muy elegantes. Todas las tiendas pequeñas estaban abiertas. Se había girado hacia Armand con una sonrisa. —Bonjour. Con un chirrido de neumáticos. ¿Dónde puede estar? —Madame se encogió de hombros. se apartó y le señaló una casilla vacía que había sobre sus cabezas—. —No. A ella le parecía una idea genial. demasiado deprisa. exacto. Mirarlo ponía los pelos de punta. en cambio. —¡La llave no está! Mírelo usted misma. se subió a la acera y aparcó delante de una señal de prohibido aparcar. en un tono agudo que parecía habitual entre las mujeres francesas.. Le gustaba conducir por París.Molly mordió el crujiente cuerno del cruasán. el teléfono! Tenía un mensaje —le explicó—. y se sentía sucia y quería ducharse. incluso bailando en las terrazas al aire libre. Madame desvainaba judías. ¡Dios mío. La sorprendió mucho la cantidad de gente que había por la calle y lo elegantes que iban todos. grandes palmeras en tiestos. Armand giró por una gran avenida y luego tomó la calle del hotel de Molly. con las mochilas a la espalda. Mademoiselle —dijo.» Molly soltó un grito de pánico. hamacas. Vio a hombres y mujeres. cada verano. por el amor de Dios. con cajas de pastelería en las manos. las dejó a un lado y se levantó. Cuando Molly le señaló el hotel. cuando él apareció. El alcalde era un imbécil. ¡NO LLGUES TARD! T tngo k xplicar muxas cosas. Molly no sabía qué cara poner. acelerando entre los coches aparcados a ambos lados como si fueran muros de fuego. ¿Qué hora era? Se relajó al ver que sólo eran las nueve y cuarto. Madame lo entendía perfectamente. pantalones recién planchados. Se respiraba un bullicio muy agradable. convertir la orilla principal del Sena en una playa. Tenía prisa. parasoles. cuando se dio cuenta de que había algo que no iba bien. Bsos. y ya se estaba disculpando por las palabras subidas de tono que le dijo ayer. los cruces y los peatones. sola. intentando acordarse de lo que tenía que hacer—. con asientos de piel y aquel sonido del motor tan potente que a los hombres parecía gustarles tanto. —Sí. —A Molly le gustaba la formalidad de estas conversaciones. haciendo caso omiso de los semáforos. con miles de toneladas de arena sobre el pavimento. niños haciendo castillos de arena.. mientras el resto de París se desesperaba en los atascos de tráfico. Ella todavía estaba intentando encontrar la manilla para abrir. Era el más delicioso que jamás se había comido. haciendo oídos sordos a sus quejas. «T recojo n 1 hotl 10:30. El coche estaba aparcado justo delante de la puerta. Pero él insistió. . caminando alegres por las calles. Las calles de París son muy peligrosas. por favor. dulce y con sabor a mantequilla debajo de la gelatina marrón. —Bonjour. desgraciadamente. ir al pub. aunque. El gato del hotel estaba encima del mostrador de recepción. —Te llevaré. el paseo en patines en línea! Lo había olvidado. —Es la habitación cincuenta y ocho. sorprendida. ¿Le importa si miro de quién es? Encontró el bolso. Tenía que haber alguna garantía de seguridad. el domingo era un día para descansar. pero tenía que ir al hotel. —Molly agitó la cabeza. le abrió la puerta y la hizo bajar. —No. —No lo sé —dijo. sacó el móvil y apretó un botón con el dedo pulgar. los padres bebiendo. A lo mejor su marido sabía algo. La llave. lavar el coche. Detrás de él. todavía un poco aturdida. La última locura que se le había ocurrido era. o un pastel de chocolate con una red de azúcar glas encima. había salido un momento al mercado a comprar un pollo de Bresse. —Tengo que irme en cinco minutos —le dijo a Armand. Cuando vio a Molly. —Permetez-moi. claro. A lo mejor ayer salió y no la devolvió. con una mano siempre en el claxon. Estoy segura de que tiene otras cosas que hacer. Molly se giró para contemplar el paisaje a través de la ventana. Armand se acercó a ella. El coche de Armand era pequeño pero muy lujoso. siempre que las calles no estuvieran invadidas por ciclistas y esos patinadores chalados. Sólo los turistas iban por ahí con deportivas y ropa cómoda. con las porciones perfectamente colocadas en círculos concéntricos. dormido. vestidos preciosos con la pechera de nido de abeja y la falda larga hasta los tobillos. Madame. Armand se paró en seco. Conducía deprisa. ¡Oh. y meterse con el montaje de algún mueble fabricado en serie. reprimiendo un suspiro de impaciencia.

Mamá.. imaginándome unas cosas. que estaba de pie en el pasillo con una media sonrisa en la cara. sobre todo con una cucharada de vermut a media cocción. —Cogió la cara de Molly con las manos y le estrujó las mejillas—. Aun así. no le costó demasiado embaucarla con esas maneras francesas tan educadas. . impaciente. —¿Y? Quise venir de todos modos. Admito que. ¿de acuerdo? —¿Ah. —Por un momento. —Pero no con el trabajo. algo llamó su atención y se calló. te presento a Armand. Se abrió la puerta y apareció una mujer descalza. Se besó la punta de los dedos. Molly los interrumpió. claro. ¿No se da cuenta de que mi hija sólo tiene veintiún años? ¡Veintiuno! —¡Mamá! —Molly la agarró. y una falda étnica hasta los pies que Molly reconoció al instante. pero. Armand. Madame nunca lo había probado con vermut. ¿De verdad? El limón era lo tradicional. Encantada de conocerle. le dijo. la llave. El padre. aunque había oído a gente decirlo. Se le tensaron todos los músculos de la cara—. accedió a que Armand acompañara a Molly arriba para ver si la señora de la limpieza estaba en la habitación. Por supuesto. He pasado la noche en su casa. ¿y si alguien le había robado la llave. sí? —Haciendo caso omiso de la mano que Armand le alargaba. pero sin duda el vermut era mejor. Mi bebé. por el brazo. —Oh. ¿Y puedo preguntar por qué mi hija no durmió en su cama... —¡Mamá! —gritó. Cariño. Subieron juntos en el ascensor. el pelo rubio con mechas recogido en lo alto de la cabeza. y que es la primera vez que sale al extranjero? Sin duda. Le confesó que le había sorprendido mucho lo que Madame había dicho. Los pollos de Bresse eran los mejores. y le ofreció la mano a Armand—. lo único que he hecho ha sido venir a París un fin de semana. —Lo cogió del brazo y lo hizo entrar—. pero sé lo que está bien y lo que está mal. —¿Cómo iba a saberlo? No me llamaste.. la llave. había entrado y se había llevado sus cosas? ¡A lo mejor el ladrón estaba dentro en ese mismo instante! Se quedó de pie ante la puerta. arreglándola un poco. la madre de Molly levantó la cabeza y se le acercó.. —¿Cómo ha podido aprovecharse de una chica joven. unos pasos y alguien que giraba el pomo. ¿De dónde has sacado ese vestido? —¡No soy un bebé! Por el amor de Dios. —Dios. —¡Mamá. aunque era extraño porque ella tenía su propio juego.. cariño.. Lo siento mucho. ¡Sí. la jugosidad. sobre todo en el sur. parezco un poco antigua. Mi pequeña Molly. anoche? ¿La ha seducido? —Un mechón. No he pegado ojo en toda la noche. Molly se había dado cuenta de que las chicas dejaban la puerta abierta mientras estaban limpiando. que está lejos de su casa. Un hombre de su edad. su madre parecía descolocada.. Estaba histérica. muerta de vergüenza—. —Hmmm. que se había soltado. El sabor. y no me da miedo decirlo en voz alta. ¿qué lengua se suponía que tenía que hablar?—. Ese tal Figg me dijo que te había despedido. No hemos dormido juntos —le susurró a su madre al oído—. al parecer fascinado por el arquitrabe de la puerta de Molly. Nadie quería decirme dónde estabas. —Llame usted —le dijo a Armand. Ella prefería el limón. Como Madame no quería dejar la recepción. ¿entiendes? Me quedé dormida en su sofá y ha sido muy amable conmigo. Él estiró el brazo y llamó a la puerta. la llave! Era posible que la hubiera cogido la señora de la limpieza.¿Un pollo de Bresse? Armand se inclinó sobre la recepción. Ma mere. Es el padre de alguien que he conocido. Es mi madre. ¿dónde has estado? Estaba tan preocupada. —Lo siento mucho. Debería darle vergüenza. a lo mejor. —De repente. le cayó sobre la frente—. cállate! —gritó Molly. Molly escuchó un ruido. Palideció. así que se le encogió el corazón cuando vio que la suya estaba cerrada. —¡Pues claro que estoy viva! ¿Qué haces aquí? —Molly peleó por zafarse del abrazo de su madre. debía de haber sido eso. ¿Cómo iba a entrar? Peor. Gracias a Dios que estás viva. —Molly. Ahora debía de estar en la habitación. Molly se acordó de Armand. ¿Quién es ese hombre? —preguntó. —¿Por qué no me lo dijiste? —¿Por qué tenía que decírtelo? —¡Soy tu madre! Te quiero. No contestabas al teléfono. Al minuto siguiente estaba rodeada por el pelo y el aroma a jabón biológico de lavanda de su madre. Entonces soltó esa risa tonta que a los demás les parecía tan encantadora pero que Molly detestaba. El limón estaba muy bien. como un gallo que se enfrenta a un pavo real—. sí. desesperada.

Sería un placer enseñarle París. ¡Y tenía que hacer la maleta! ¡Y pagar en recepción! Tenía tantas cosas en la cabeza que estaba histérica. a modo de anuncio—. tengo que verte. así charlamos camino a casa.. —Oh. me voy a patinar. —Es una idea genial —dijo Molly. muchos más peligros. —Nadie —dijo ella. Ven. cariño. por favor. Te esperaré hoy en el Jardín de Luxemburgo. que estaré ocupada. Tiene veintitrés años. —Sin saber cómo lo había hecho. Importante. diciendo que ya estaba en route. me espera un domingo muy aburrido. Molly? —le preguntó su madre. agarrándola con una mano por el codo—. bueno. Era penoso. «Molly. —Estoy de acuerdo. con aquella camiseta vieja y encogida.. bla.. —Pero no tengo nada. esa tarde sólo tendría tiempo para Fabrice. Hacían una extraña pareja: Armand. esos patineurs atroces. pero. Se comportó como si el minuto previo nunca hubiera existido. ¡Pero si es muy joven! Ahora entiendo de dónde ha sacado Molly el carácter —añadió. Armand tenía a Fran acorralada en la ventana.. —Ah. boquiabierto. De repente. —Miraré si puedo cambiar mi billete para esa hora. tantas tentaciones. ¿Quién era ese chalado? Ni siquiera sabía dónde estaba ese jardín. Y después.. euh. La felicito. Molly los miró con el ceño fruncido. que nunca tenía un pelo fuera de lugar. .. Sin embargo. —Alors. Ya que estoy aquí. cada vez más efusivo—. tétu. Iré todo el día con el tiempo justo. para compensarle tantas preocupaciones. —Eso es muy. Fran. Molly tiene muchas cosas en qué pensar. sintiéndose ofendida por lo que estaban diciendo. pero si habla usted francés! —No mucho. —Podemos quedar con Molly más tarde. —Como iba diciendo.. a los dos. —Miró a Molly. ¿no podemos ir a dar un paseo y a tomar un café? —No. un hombre de mundo. Armand las había metido a las dos en la habitación y se había llevado a su madre junto a la ventana—. Fran —dijo Armand. —Hoy en día. llámeme Fran. Están destrozando París. Yo también me preocupo por mi hijo. Le encantaba verla. Además. ¿sabe lo que quiero decir? —¿Tozudo? —Exactement. y tenía que estar guapa para Fabrice. con un marcado acento francés: —¿Usted es la «matre» de Molly? Impossible. Me voy a patinar. dijo. Y. con un aspecto increíblemente saludable y esos pelos de loca. ¡Qué vergüenza! —Perdonad —dijo. eso es muy peligroso. Su madre se había traído la mochila. —¿Adonde vas? —preguntó Fran—. junto al estanque. La esperaré mientras se prepara. Tengo el coche aquí fuera.. mamá. de 3 a 4. Molly se preguntó si había chillado en voz alta. Por un segundo. Te juegas la vida sencillamente caminando por la acera. Quería a su madre. sí.. señora Clearwater. Mala suerte. Y luego he quedado con Fabrice. exasperada. —¿Quién era. y vio algo que antes no estaba ahí. Bla. El reloj marcaba las 10:19—. cautivándola con su amplio repertorio de gestos con las manos. los jóvenes no se dejan aconsejar. pero yo tengo que ducharme y vestirme o llegaré tarde. —¡Patinar! Pero. materialismo. Un chico con mucho talento. Pero yo no.» Molly suspiró. No parecían de Malcolm. en cuanto a mí. con quien Molly ha pasado algún tiempo este fin de semana. Se agachó para coger el neceser y la toalla. Pero no ahora. Aunque luego se dio cuenta de que era un mensaje en el móvil. con firmeza—. Cuando ellos eran jóvenes.. Miró el mensaje. con las cejas arqueadas—. Fabrice. borrando el mensaje. sumamente elegante.. ¡Tenía que darse prisa! ¿Qué se iba a poner? Después no podría cambiarse. Tengo que irme. Empezaron con la conversación típica de los padres: el mundo moderno. Un amigo. se sintió orgullosa. —Su madre sonreía como una adolescente. y su madre. había algo en esos mensajes. por favor. mamá. que parecía que venía del jardín. bla. Ve con él.Armand estuvo genial. Seguramente sería Alicia. ¡Fran.. Tiene una hija encantadora. Molly se moría de ganas de perderlos de vista. —Es lógico que se preocupe por su hija. —¿Haciendo qué? ¿No tienes ni cinco minutos para pasarlos conmigo? —El tren sale a las siete menos cuarto. Aceptando galantemente la mano de la madre de Molly con la mejor de sus sonrisas.

húmedas y arrugadas como un bebé recién nacido. En los puestos había unas imponentes mujeres con delantales blancos. si vuelves a hacer eso. en aquel vestíbulo enorme. donde asaban pollos. Molí. ya sabes. —No deberíamos reírnos —dijo Alicia—. Molly se acordó de algo. mientras masticaba una castaña—. en realidad fue fantástico. barras de queso enteras o camisetas que se deshacían al primer lavado. Mírame. obviamente. y no sabía adonde ir. Pardon! —Mira. —No pudo evitar sonreír al acordarse de la tarde del sábado. Les llegó un olor delicioso de una especie de horno vertical que había en la calle. llorando desesperada. caminando de puesto en puesto. Compremos unas cuantas. y pescadores con pantalones y botas de plástico. sin darse cuenta. Se miraron y se echaron a reír. tendido en la cama como una comadreja. Y los clientes. Sinceramente. —¡Pero es que se preocupa por todo! Sólo había estado fuera un día. Los árboles de tronco jaspeado daban sombra a las nueces. Molly hizo una mueca. en lugar de las madres empujando cochecitos y gritando: «¡Ryan. cuando el teléfono sonó otra vez y el tío de recepción dice que hay una señora Clearwater abajo que pregunta por su hija y que quiere saber si el señor Figg sabe algo de ella.. —Quita. por la misma calle que habían tomado para ir al piso de Zabi el viernes por la noche. No sabía si explicarle a Alicia la verdad de lo que había pasado después. —Deja las calabazas. Te quiere. aquí eran terriblemente amables. aunque ahora se había convertido en un mercado al aire libre lleno de unos productos tan suntuosos que Molly estaba alucinada. con Fabrice. que desprendía un delicioso olor dulce. que abrían el pescado con un cuchillo y que trataban de Monsieur o Madame a todo el mundo.. oliendo los melones. —Pero ¿por qué la enviaste a mi hotel? —le preguntó Molly. Molly. Sigue explicándome lo de ayer por la noche —dijo Molly. así que bajé para ver qué pasaba. golpeó en el brazo a un señor que estaba junto a un pequeño brasero—. pescado plateado que todavía daba los últimos coletazos encima del hielo picado. Mira qué calabazas tan grandes. como todo el mundo? Y. Ahora se lleva lo hippie. queso de cabra con corteza. manzanas picadas y carne congelada —que no pasaría una prueba de sanidad— en paquetes familiares. el mercado era un lugar donde los tenderetes eran coches con el maletero abierto. Y me encontré con aquella pobre mujer. que estaba convencida de que Malcolm te tenía prisionera en su habitación. Tu madre tenía un buen disgusto encima. por cierto. con la mochila y esa falda vieja. —Alicia abrió los brazos para enseñarle la chaqueta con flecos y las botas de cowboy y. ostras y flores. Podías comprar rollos de papel higiénico a granel. Era demasiado complicado. los tomates de rama estaban expuestos en cascada. Estuvo bien. palurdos campesinos vendían. —Venga ya. —Voilá —dijo. —Estaba preocupada por el dinero. Lo observaron mientras las tostaba hasta que adquirían el color perfecto.22 —Así que allí estaba. —Creo que tiene la misma ropa desde 1980. con una sonrisa. —Molly se colocó bien el pelo—. y las sandías. Molly todavía no se había recuperado de la historia de las esposas. luego. Le pedí por favor a Monsieur que me diera la llave de tu habitación. está asando castañas —dijo Molly—. Alicia tenía razón con lo de las calabazas: algunas eran tan grandes que Cenicienta podría montarse en una para ir al baile. te mato!». Y parecía tan guapa y dulce allí de pie. ¿por qué no puedes decir «follar». tú misma me dijiste que ibais a ir al piso de Fabrice a «ya sabes». las cogió con una espátula agujereada y las puso en un cono de papel. presionando con delicadeza las peras. —A mí me parece muy guay. No lo entendería. probando el queso o las aceitunas. a gritos. En Inglaterra. El equivalente parisino era un magnífico país de las maravillas. partidas por la mitad para poder observar mejor lo jugosas que estaban. Iban andando las dos hacia el punto de encuentro de los patinadores.. —¿Y Malcolm? ¿No estaba furioso por haberlo dejado atado de esa manera? . —Bueno. Además. Podría haber estado. Bueno. olían de maravilla. Ella le dio una moneda y cogió el paquete caliente. Uy. que apestaba a hamburguesas y donde reinaba la música country. Eres lo único que tiene. ofreciéndole el cono a Molly. con lemas impresos como «Acabo de echar un polvo» o «Barbie es una puta».. con unas ciruelas claudias y unos higos perfectos. ¿cómo fue? ¿Alguna marca de la pasión irrefrenable? —Le levantó el pelo y le miró el cuello. las uvas eran transparentes. cuando escuché Clearwater me acordé de ti. entre dorado y negro. ¡Joder! —interrumpió Alicia—.

algún rey. interrumpidos aquí y más allá por edificios color gris perla y salpicados de rojo por los geranios de las ventanas. Seguramente. En serio. verdes y violetas sacados de la paleta de Matisse. quiero decir. los australianos no cocinaban comadrejas en la barbacoa. No. hmmm. Menos mal que me voy a ir a Londres antes de que llegue el invierno. Deja de leer tantos libros. —¿Qué es eso? —preguntó Molly—. En Tulla solía pasar las tardes viendo los aviones despegar y aterrizar. como para mostrar lo que las rodeaba. Molly también se paró y se giró hacia atrás. Me preguntaba cómo te las ingeniaste para aprender todo eso en el monte. Y mientras ella vivió allí. Eres una chica guapa y alocada. una calle con árboles a ambos lados que parecían querer juntarse. Me ha llamado esta mañana para gritarme un poco. con las brillantes esloras reflejadas en el agua verdosa. con un cerebro del tamaño de Francia. y Alicia le devolvió el gesto. ¿y sabes una cosa? —Hizo una pausa—. con el mayor tacto posible—. En ese instante a Alicia le dio tal ataque de risa que tuvo que aguantarse en una farola y cruzar las piernas para no mearse encima. ¿tienes algún. vestida de amarillo de la cabeza a los pies. creo que le gustó. y mi apartamento es muy pequeño y no está en el centro. ¡Voy a Inglaterra! —¡No! Es genial. desembocaba en una plaza con una alta columna en medio. ¿verdad? —No. —¿Sabes qué. con petulancia—. mantenimiento de tractores. Alicia la rodeó con un brazo por los hombros. y quería saber si el monumento tenía algo que ver con la Revolución Francesa. cerca del aeropuerto. ¿Ves ese barquito viejo con una bici en la cubierta y la bandera australiana? —¡Qué romántico! —Sí. ¿A quién representa la estatua? Había visto una señal indicando la Plaza de la Bastilla. coronada por una estatua cuyos reflejos dorados resplandecían contra el azul del cielo. aunque esta vez quiere atarme él a mí. —Allí es donde duermo —dijo Alicia. —¿Qué monte? —Tu pueblo. catering. con naranjas. no. La escena del mercado era como un cuadro maravilloso. título o certificado? —Contabilidad. quiere conectar con su lado femenino. Relájate. —Venga. salvavidas. ja —dijo Molly. y algunos más que no recuerdo. . o como se llame. un poco ausente. aunque nunca decían que no a una cría de koala asada en papel de aluminio. pero. Dejaron el mercado atrás. hasta el día en que comprendí que si no me subía a uno. ahora tengo una empresa que quiere contratarme. mientras los franceses las miraban como si estuvieran locas—. y mucho menos con matrícula de honor. —Ah. sintiéndose una estúpida. aterrizar y despegar.. ¿no? —Aja—dijo Molly. Molly? Tienes que viajar más. telefonista. Alicia era genial. —Ja.. esperándote. Hacia el otro lado. pero no tenía ningún título. ya habla de la siguiente sesión.. —Molly la abrazó.. Te la has ganado. Sólo sé que cada julio organizan una fiesta genial en esa plaza. dispara. nunca saldría de Australia y seguiría viendo las cosas siempre iguales el resto de mi vida. Sé valiente. y que adquiría movimiento por una mujer negra que navegaba majestuosamente hacia ellas. Gracias a Malcolm. ¿Cuándo? —preguntó—. la verdad es que estaba bastante cabreado. —Te preocupa que no sepa nada de Shakespeare. Bueno. —No lo sé. primeros auxilios. en serio. si te gusta la humedad. Quiero preguntarte una cosa —dijo Molly. sereno y lleno de vida. ¿Cómo? ¿Y los problemas de visado? —Solucionados —dijo Alicia. confección de nóminas. ¡Y fíjate ahora! —Se paró y dibujó un arco con el brazo. dando pequeños gritos. y el mundo entero está ahí fuera. señalando con el dedo—.—Sí. Por primera vez pensó que quizá no había sido tan buena empleada como ella creía. si te soy sincera. Pero ese trabajo es de sentido común. el frío y las ratas. Más tarde le explicó que Tullamarine era un barrio a las afueras de Melbourne. no. ja. —¡Qué guay! Toma otra castaña. Seguramente. dubitativa—. Se tambalearon juntas. entusiasmada. no pudo evitar sentirse un poco molesta. Estoy segura de que tienes un millón de amigos en Londres. Ah. Había varios barcos pequeños anclados. Pero cuando Molly se enteró del trabajo que le habían ofrecido a Alicia. —Alicia se rió—. Tullmarino. sí. ¿Sabría escribir una carta sin faltas de ortografía? —¿Y crees que lo harás bien? —le preguntó. procesador de texto avanzado. cruzaron la plaza y caminaron por una calle paralela a una especie de canal perpendicular al Sena.

qué Mozart ni ocho cuartos. Y. Malcolm tardará un poco en arreglar todo el papeleo y enviarme una oferta de trabajo formal. Tenía la horrible sensación de que iba a hacer el ridículo. —Es genial —dijo Molly. O de nazi. Siguió a Alicia hasta el interior de un lugar oscuro. por lo menos. pero eso me parece de muy mal gusto. llegaron a una calle cerrada con una valla. Alicia dijo «hola» o «salut» a.. y. porque decía que era una manera ridicula de tirar el dinero. que se mantenían un poco apartados de los demás. acabando de abrocharse los patines. te dan un paquete de semillas de edelweiss gratis. Seguro que. sintiéndose como un simio gigante que acababa de celebrar un siglo de vida.—Bueno. Y dobla las rodillas —le dijo uno de los instructores. patines colgando de perchas. seguramente un antiguo garaje. gritando mientras rodaban calle abajo afirmándose en las paredes. agarrada a una farola. con una frente que parecía una lápida. los franceses estaban locos por los patines. Alicia era la encargada del grupo de habla inglesa.). que si quieres dormir en el suelo. Molly vio una señal gigante en forma de patín colgando de un edificio. antes de instalarme. un noruego un poco extraño. (The Sound of the Music (lit. mientras esperaban en un paso de cebra a que el semáforo se pusiera verde. me encantaría. Me muero de ganas de ir a Salzburgo para el tour del sonido de la música. sonriendo. muy sexys con trajes de piel ceñidos. o zigzagueando por la calzada. la película Julie Andrews. —Inclínate un poco hacia delante. Cada viernes por la noche. con las cámaras pegadas a la cintura en unas bolsas especiales. subiendo y bajando del bordillo sobre los patines con mucho estilo. Molly. Provista de una libreta. Mientras estaba sentada en el banco. en un par de horas. como los patos que van detrás de su madre. Maldijo a su madre por haberse negado a comprarle unos patines (todos los niños tenían un par). básicamente. Me refiero a El sonido de la música. —No te preocupes.. En la calle había un montón de gente probándose patines. Molly llevaba los patines. con el pelo largo y unos cien dientes entre ambos. a lo mejor. la peor. Un guía te lleva en un autobús por las localizaciones de la película. que incluía.. y tres chicas japonesas muy contentas. pero donde ahora había un mostrador. se exhibió en España con el título de Sonrisas y lágrimas. Se levantó. y le dijo a Molly que le pagara al chico del mostrador mientras ella iba a buscarle unos patines y a ver quién estaba hoy en su grupo. También había una pareja de italianos. Canciones al estilo tirolés. Molly tenía que admitir que la idea de cerrar una zona de la ciudad para que la gente pudiera divertirse era fantástica. Aparte de Molly. un casco y protectores en las rodillas y los codos. Al final. A Molly se le hizo un nudo en el estómago. de largo. Por el equipo de música sonaba una especie de rap en francés. (N. Molly era. fornidos. —¡Menos mal! Pensaba que nunca ibas a decírmelo. ¡No puedo esperar! De repente. todavía tengo que viajar un poco. ahora que los pies le crecían tan deprisa. un millón de personas. según lo prometido. en el extremo del banco. Además. y una milésima de segundo después las piernas le salieron disparadas hacia delante y se cayó. Le dolió muchísimo. Al final. se levantó y medio se dejó llevar. — ¿Te lo estás pasando bien? —le preguntó Alicia. sin preocuparse por los coches. del E. —¿Cómo? ¿Es que. o en el sofá. Alicia les hizo a todos una demostración de algunas técnicas básicas y una breve charla sobre seguridad. Todo el mundo canta las canciones. si quieres. —¿Cuándo crees que vendrás? —Dentro de un mes. a los no franceses. y luego empezaron a deslizarse por la calzada. unas . Según Alicia. y largos bancos donde la gente se los podía probar. El deporte nunca había sido su fuerte. «El sonido de la música»). y puedes hacer fotos. Lentamente. te puedes disfrazar de monja. pareces una profesional. vio a Alicia en la calle reuniendo a su manada. donde sólo estaban permitidos los ciclistas y los patinadores. te gusta Mozart? —Por Dios. Dentro de nada nos separaremos de los coches y podrás relajarte. como si fueran estrellas de cine venidas a menos que tenían que mezclarse con la gente de la calle.. había dos chicos de Estados Unidos. medio avanzó hacia la calle. se desenvolvía con eficiencia y una autoridad natural.. No parecía tan difícil. de culo.

Molly miró a un lado y a otro. Nadie la estaba escuchando. Mientras. Iba caminando y tambaleándose. —No te muevas —le dijo Molly. las mujeres cotilleaban agarradas del brazo.. ¿adonde vais? —gritó. Y lo peor era que parecía haber despertado el interés del hombre noruego. ¡Mirad! Hay árboles y gente. De repente. volviendo hacia la valla. —Esperad. —¡Desgraciada! ¡Vuelve! A continuación. Alicia. y la miró fijamente con aquellos ojos de chalado.da de cerca por Odmund. Los habitantes de la Atlántida eran pelirrojos (pestañeo y más pestañeo).. venía una chica con el pelo negro y los ojos rasgados. Vio unos arcos cubiertos de enredaderas. Janine ya había pasado la valla y se dirigía hacia un arco de ladrillos debajo de lo que parecía una vía de tren elevada. no podéis. y ella no quería infringir la ley.diez mil personas salían de un punto de la orilla oeste y patinaban varios kilómetros por París.. —Hola. en un lánguido gesto.. un grito interrumpió su pausada voz. confío en ti. o ahora. Una proporción bastante grande de irlandeses también eran pelirrojos.. —Esperaremos aquí —le dijo a Odmund.. que los habitantes de la Atlántida salían de sus viviendas marinas para mezclarse con los nativos? Molly se levantó.. mientras pasaba por su lado. orgullosa de haber po. Hmmm. no los pierdas. que no se despegaba de ella ni a sol ni a sombra. no. —¡Janine! ¡Mis patines! —le explicó Alicia a gritos.. Cuando llegó. la siguió.. Por favor —les suplicó Molly—. Venga. alborotados por aquella historia. pero ahora la habían reconvertido en un tranquilo paseo para las gentes de París. en serio. el reflejo de un estanque artificial. Lo siguiente que Molly escuchó fueron sólo retazos de su voz—.. Cuando hablaba. segui. Sacudía las piernas y tropezaba. paró en seco y empezó a subir unas escaleras de piedra. Necesitaban un espresso. Obviamente. Le empezó a explicar a Molly su teoría de que la isla perdida de la Atlántida estaba en alguna parte cerca de la costa de Irlanda. tenía la horrible manía de mirar hacia arriba hasta que quedaban en blanco. Detrás de ella. Molí. acababa de ver una señal con un patín y una raya encima. Muchas gracias. —Vale —dijo Molly. me llamo Odmund —dijo. que iba unos cinco metros por detrás. —Oh. No le gustaba la idea de subir esas escaleras con patines. empezó a subir las escaleras y llegó a una amplia calle asfaltada. en otra época había sido una vía férrea. El resto del grupo. —¡Alicia! —gritó Molly. con las japonesas detrás haciendo fotos de todo lo que veían a su paso. —No. Las madres paseaban empujando los cochecitos de los niños. —Pero su voz se perdió en el aire mientras los chicos se iban corriendo hacia las escaleras. aunque se le veía que no estaba cómodo. desesperada. La chica se giró y levantó un hombro. y un solitario hombre de mediana edad estaba quieto oliendo una rosa. Todos estaban mirando la persecución. Odmund se sentó a su lado. juntos. a pesar de que se suponía que tenían que ser celtas de pelo negro. A la cafetería. Quédate aquí con todos. Además. en una marea humana sobre ruedas. Molly vio que una chica con un jersey rojo pasaba por su lado a toda velocidad. ¿Se le había ocurrido alguna vez. No debemos.. asombrada. El único problema consistía en que la calle era de doble sentido. se agachó para sentarse en el primer escalón. —No es una vía de tren —dijo uno de los norteamericanos—. Molly no patinaba. La escena era tremendamente encantadora. ¿Qué debía hacer? Los italianos podían cuidarse solos. con árboles y flores a ambos lados. mientras agitaba las pestañas como si se fuera a desmayar. los bancos estratégicamente colocados para admirar las vistas de los tejados y los lejanos chapiteles. de modo que se fue hacia las escaleras. y no tenía ni idea de hacia dónde había ido Alicia.. . vamos a ayudar a Alicia. Quiere que nos quedemos aquí.dido al menos mantener a un miembro del grupo. no había ni rastro de los norteamericanos ni de las japonesas. mientras se acercaban—. se habían girado. Lentamente. persiguiéndola muy enfadada. Molly vio que la pareja italiana se iba hacia el otro lado. Pero. Prohibido patinar. Me gusta tu cuerpo. Agarrada a la barandilla. que aprendían a caminar.. en lugar de seguir por debajo. los amantes se acurrucaban. en un acento muy raro que hacía que las vocales sonaran llenas de aire—. levantando el dedo índice como si se lo dijera a un perro.. Tenía los ojos de ese color azul pálido típico de los locos y los místicos.

Se acercó a un banco y se sentó, derrotada. De las ocho personas que Alicia había dejado bajo su responsabilidad, no había conservado ni una. ¿Y si alguien se rompía una pierna y despedían a Alicia por negligencia? Se tapó la cara con las manos y cerró los ojos. «¿Conoces a Molly Clearwater? ¿La amiga inútil? ¿La estúpida secretaria? ¿La niña pequeña a quien su madre persiguió hasta París? Capacidad de liderazgo: cero. Habilidad con los patines: cero. Ah, por cierto, tiene un moretón en el culo.» Molly suspiró y abrió los ojos, parpadeando por la luz del sol. Al menos, podía practicar con los patines y, a lo mejor, se encontraba con alguien del grupo. Se levantó y se fue hacia la izquierda, hacia el estanque. «Inclínate, dobla las rodillas, los pies separados.» Empezó a avanzar, con mucho cuidado. No estaba mal. En realidad, lo estaba haciendo bastante bien. Si ibas rápido, era más fácil, y ahora parecía que llegaba a una pequeña pendiente. ¡Ooohhh! No tan rápido. ¿Dónde estaban los frenos? ¡Socorro! Había olvidado cómo frenar, ¡e iba directa al estanque! Lo que vino a continuación sucedió muy deprisa. Molly intentó girar para evitar el estanque, pero entonces vio a un niño pequeño agachado en medio de la calle, mirando una piedrecita del suelo. Al querer girar demasiado deprisa hacia el otro lado, perdió el equilibrio. Empezó a agitar los brazos en el aire. Al mismo tiempo, algo rojo salió de la nada. Molly sabía que se estaba cayendo hacia un lado, con las piernas abiertas y los brazos buscando algo donde agarrarse. Al final, encontró algo sólido, alguien chocó contra ella, giró y desapareció. Se escuchó un grito y una gran salpicadura. A cuatro patas, Molly descubrió, horrorizada, que había tirado a alguien al estanque. —Oh, Dios mío, lo siento. Pardon, pardon —dijo a la persona en cuestión, que estaba chorreando. Para completar la humillación, Alicia llegó justo en ese momento, gritando algo como «¡De... bala!». ¿Derríbenla? ¿Deténganla?... Cuando vio a los norteamericanos y las japonesas, creyó que Alicia los estaba instigando para que fueran tras ella. Una de las japonesas fue hacia ella como una bala, con los brazos en alto. Molly se estremeció, pero resulta que sólo quería hacerle una foto. Entonces Molly se dio cuenta de algo muy gracioso. Alicia estaba sonriendo. Mejor dicho, tenía una sonrisa de oreja a oreja. —¡De fábula! —repetía una y otra vez, con el triunfo y la admi- ración reflejados en los ojos—. ¡Molly, eres genial! ¡Has atrapado a Janine!

23

Molly estaba tan ansiosa por ver a Fabrice que, al subir las escaleras del metro, tropezó y cayó ignominiosamente sobre una alfombra de billetes de metro usados que la gente tiraba al suelo. Se levantó y se sacudió los pantalones: más moretones. ¿Y el pelo? Se paró en el re- llano de las escaleras para cepillárselo, aunque de poco le sirvió cuan- do salió a una calle ancha, con mucha corriente de aire. En el cartel decía: Boulevard St-Germain. ¿De qué le sonaba? ¿No se suponía que por allí se reunían los intelectuales? Ella sólo veía coches y turistas. Una vez que se hubo orientado, giró por una calle lateral, exagerando el brío de su caminar para demostrar (por si alguien la estaba mirando) que era casi una nativa: tenía un novio francés; bueno, un amante, que sonaba más adulto. Un amante guapo, sexy, encantador (casi siempre) y, por si fuera poco, artista. ¡Toma ya! Sin embargo, posiblemente todavía podría estar un poco enfadado con ella; no tenía que extrañarse por eso. Cualquiera se moriría de vergüenza si lo pillaran como ella lo había pillado a él aunque, a lo mejor, ella no había sabido manejar la situación demasiado bien. Se sintió algo inquieta. ¿Se había portado como una mojigata? A lo me- jor, bueno... seguro, Fabrice sentía que lo había traicionado y se había ido a chivar a su padre. Pero ella había hecho lo correcto, ¿no? Él entendería que lo había hecho por él, porque le importaba. Al pensar en cómo el pelo le caía en la frente, las caricias de sus ojos y sus delgados dedos acercándose a ella, Molly se moría de ganas de demostrarle cuánto le importaba. Llegó a una plaza, presidida por una iglesia de piedra blanca con dos pisos de columnatas y arcos, con unos campanarios de estilo italiano de los que brotaban hierbajos. Debía ser St Sulpice. Había una fuente enorme en medio de la plaza, con una pareja joven sentada en la piedra comiéndose unos bocadillos. El agua salía a borbotones de la boca de los leones y caía en cascada por unos escalones de piedra hasta unas vasijas doradas. Se veían arco iris en miniatura por encima del agua. Una vez más, Molly se quedó boquiabierta ante la magnífi- ca belleza de esa ciudad. Cada rincón tenía su encanto, y todos le embrujaban el corazón y los ojos. Pero ¿dónde estaba el Café Balzac? Fabrice había dicho «cerca» de St Sulpice. Empezó a caminar para dar la vuelta a la iglesia, por si estaba detrás de los árboles, y miró el reloj. Ya eran casi la una y media. Ojalá Fabrice hubiera sido más concreto. En un momento dado, vio su imagen reflejada en un escaparate (¡Yves Saint Laurent!), y se dio cuenta de que era la primera vez en todo el fin de semana que toda la ropa que llevaba era suya: vaqueros azul oscuro, su camiseta de manga larga favorita, de color rosa, y unas botas viejas de Marks & Spencer de ante negras. El contraste con los maniquís, que la miraban como quien se sabe poseedor de una elegancia natural, era innegable. Pero a Fabrice le gustaba tal y como era, curvas incluidas. Tenía un «cuerpo sensacional». Molly se repitió aquellas palabras, abrió el bolso, sacó un bote de colonia y se perfumó, por si acaso. Mientras echaba la cabeza hacia atrás para que no le entrara perfume en los ojos, vio un toldo blanco en la calle perpendicular, donde se leía Balzac. Más relajada, se fue corriendo hasta allí. En la acera había unas mesas redondas con sillas de madera, llenas de gente. A medida que se iba acercando, oía la animada conversación, y vio gafas de sol que la miraban cuando se detuvo para ver si Fabrice estaba allí. No lo vio. Entonces quiso entrar, pero se encontró con un camarero que le impedía el paso, con un sacacorchos en el bolsillo del delantal. Levantó una ceja, curioso. —Estoy buscando... Tengo un amigo. —Señaló al interior del café. El hombre se apartó y la dejó pasar. Dentro, el ruido de las conversaciones era mayor. Molly vio muchas mesas y mucha gente, se oían las patas de las sillas rascar contra el suelo, el aire estaba lleno de humo y olía a vino. En aquella penumbra, era difícil distinguir algo. Avanzó unos pasos, miró por las esquinas, a un lado y a otro. Una risa la hizo girarse y, de repente, reconoció un perfil. Con una sonrisa, empezó a caminar hacia él pero, de golpe, se paró, dubitativa. No estaba solo. Algo decepcionada, Molly vio que estaba con otras tres personas, una chica y dos chicos, todos hablando muy animados, como lo hacen los viejos amigos. Fabrice se encontraba sentado en la punta estrecha de una mesa rectangular, que estaba llena de botellas de cerveza, vasos, bandejas y platos con las migas de algún aperitivo. Estaba escuchando atentamente lo que le decía uno de los chicos, con cola de caballo, que obviamente le estaba explicando una historia. A Molly le daba un poco de apuro interrumpirlos, pero ver a Fabrice tan cerca, cada detalle de su cuerpo tan familiar, aunque no por eso menos excitante, la hizo decidirse.

—Hola, Fabrice —dijo, un poco nerviosa. Una a una, todas las cabezas se giraron hacia ella... la chica, los chicos y, por último, Fabrice. —Ah, Molly. Come va? —La saludó con un movimiento de cabeza—. Es Molly —les dijo a los demás—. Es inglesa. Ha venido a pasar el fin de semana. Todos le dieron la mano; la chica, mirándola de arriba abajo (Sylvie), un chico con gafas metálicas y perilla (Olivier), y el otro chico, el de la cola de caballo (Henri). —Bonjour —dijeron todos, sonriendo. Molly esperó que Fabrice les pidiera que le hicieran un hueco para poder sentarse a su lado, pero no lo hizo. Además, tampoco había ninguna silla libre. Se quedó allí de pie, durante un segundo que se le hizo eterno. Entonces, Olivier se levantó y volvió con una silla para Molly, que colocó en el lado opuesto a Fabrice, de modo que se sentó con Olivier a su izquierda y Sylvie a su derecha. —Muchas gracias —dijo, con la mejor de sus sonrisas, y se sentó, intentando disimular el nudo que tenía en la garganta. Fabrice, que estaba sentado al otro lado de Sylvie, continuó hablando con Henri. Quizá todavía estaba enfadado con ella. Pero era una buena señal que le hubiera presentado a sus amigos. Si se comportaba como si nada y se añadía a la conversación, pronto cedería. Ya hablarían más tranquilos cuando sus amigos se marcharan. Sylvie se giró hacia ella. —¿Así que eres inglesa? —Sí. —¿De Londres? —Sí. —¿Y has venido a pasar el fin de semana? —Sí. Molly intentó cambiar la entonación de los monosílabos. —¿Y hace mucho que conoces a Fabrice? —Nos conocimos el viernes por la noche. En una discoteca. Sylvie levantó una ceja y se giró hacia Fabrice. —¿Es eso cierto, Fabrice? ¿Fuiste a una discoteca? Los demás se engancharon a la conversación y lo bombardearon a preguntas. Daba la sensación de que se estaban burlando de él. A lo mejor no solía ir a discotecas. Fabrice se encogió de hombros, murmuró algo y sonrió. Molly también sonrió, aunque no entendía demasiado bien lo que estaban diciendo, e intentó buscar los ojos de Fabrice. «Siento mucho lo de anoche —quería decirle—. Todo está arreglado. Te quiero.» Pero él estaba mirando hacia abajo mientras sacaba otro cigarrillo del paquete. Ahora empezaron a hablar sobre las discotecas. Estaban bien, n'est-cepas? No, eran aburridas, no podías entenderte con nadie. Era mejor ir a un bar. ¿Y el baile? ¿Y el...? Molly se estaba perdiendo. Hablaban demasiado deprisa para ella, e introducían frases de su argot: Mais si c'est de la baile... Quel con! Había otras palabras que ni siquiera parecían francés. Se sintió como alguien que está sentado en una pista de tenis, siguiendo la bola de un lado a otro, sin entender las reglas del juego. Apretó los labios, en un esfuerzo por mantener una expresión de interés. Olivier la miró y se apiadó de ella. —Hablan en verían, ¿sabes qué es? Molly agitó la cabeza. Él le explicó que era una especie de jerga en la que se invertía el orden de las sílabas. Metro se convertía en tromé, o trome; una botella no era bouteille, sino teille-bou; su nombre, en verían, sería Lly-mo. Había nacido en los barrios de las afueras de París, posiblemente como un código para despistar a los demás, básicamente a la policía. Hierba, por ejemplo, como droga, no era herbé, sino beu-her. Pero ahora se había puesto de moda y todos los jóvenes de París lo usaban. —O de is-Par —dijo ella, intentando ser graciosa, a ver si Fabrice se daba cuenta de lo bien que se llevaba con su amigo. Esa cosa del verían parecía reflejar la pesadilla que estaba viviendo, en que todo parecía estar patas arriba. Ayer Fabrice le había hecho el amor como si fuera una chica preciosa y deseable. ¿Por qué la evitaba ahora? A lo mejor, le daba vergüenza ser cariñoso con ella delante de los demás, pero ¿por qué? A pesar de que intentaba

nadie se refería a ella. Se moría de ganas de cogerle la mano y acariciarle la suave piel del cuello. mientras Molly intentaba explicarle a ese chico francés los trucos del argot en inglés. él no. pero él apenas la miraba. interrumpiendo casi desesperada la conversación. Era difícil imitar el acento australiano en francés. como si le hubiera clavado algo en el culo. como para restarle importancia. Había algo que se le escapaba. pero nadie se reía. decídmelo —insistió Molly—. pero a veces bonne es una manera breve de decir. —Habíame más de ese argot inglés —le dijo Olivier. Al mismo tiempo. Se calló de golpe. de que explicar delante de Fabrice una historia sobre unos patines robados no era demasiado adecuado. Molly se dio cuenta de que Olivier no había pedido más bebidas. Me gusta saber estas cosas. -¿Y? Olivier respiró hondo. —Hoy me ha pasado algo muy gracioso —dijo. ¿cuándo volvía?. —Pardon —dijo el camarero. el cockney. Molly vio que Henri. como si esperara una respuesta a alguna pregunta. se acercaba a Fabrice y le daba un codazo. Molly los miró. Por fin podría hablar con Fabrice tranquilamente. Todos empezaron a moverse. con unos ojos oscuros impenetrables.» Aquella palabra resonaba una y otra vez en su mente.. con la cabeza agachada. Pero ¿qué estaba pasando ahora? Sylvie había cogido un papel de la mesa y estaba buscando algo en el bolso. —O. tenía toda su atención centrada en Fabrice. mostrando un falso interés. —Oh —dijo Molly. Ella misma también se dio cuenta. En serio. ¿Es bonne? Molly se sonrojó. Sin embargo. —A veces. y luego se empezaron a reír. que había vuelto para dejar algo en la mesa. como estaba muy confundida (la sorpresa. euh. a quien le estaba explicando el argot londinense. Sylvie miró a Olivier. aunque un poco tarde. Todos se quedaron callados. y con una sonrisa en la boca. se oyó que dijo «Soy buena» ( Je suis bonne). al menos. —¿Vais a algún sitio? —le preguntó a Sylvie. Molly oyó a Sylvie preguntar: —¿A Gabrielle no le gusta patinar. que le devolvió la mirada en silencio un buen rato.concentrarse en Olivier. Molly dio un salto. Obviamente. sino que había pedido la cuenta. como un caballo desbocado. —¿Es verdad? —le susurró—. la alegría. Con el brazo. estoy bien. El tal Henri.. Fabrice nunca. la desesperación por acertar en la respuesta. de repente. Mientras Olivier le decía algo al camarero. en vez de « j e suis bien». también? Los demás empezaron a hablar de esa tal Gabrielle. claro. Cola de Caballo. ¿He dicho algo gracioso? Sylvie agitó una mano. Siguió intentando buscar su mirada. la ofensa porque Fabrice no se había dado cuenta de que no había tomado nada todavía). como si hubiera sido su culpa. ¿dónde estaba?. De repente vio a un camarero que estaba junto a su silla. Fabrice la miró directamente y dijo: —¿Quieres otra copa? —No. para sacarla del apuro. y luego dijo en inglés: —Quiere decir follable. se giró hacia Sylvie y le preguntó: —¿Qué he dicho? Mi francés no es demasiado bueno. la historia de Janine y los patines parece que no les hizo mucha gracia. riendo y discutiendo con los demás. no. Incluso el camarero estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por no reírse. En voz baja. Por primera vez.. —No. que era un poco borde. sin acabarlo de entender demasiado bien. .. Les explicó lo gracioso que fue ver a la pobre Janine en el estanque y cómo Alicia la obligó a volver a casa descalza y con la ropa chorreando. eso es lo que quería decir porque. «Follable. golpeó al camarero. que seguía hablando. estaba haciendo una broma estúpida y chauvinista. ¡Gracias a Dios! Se iban. Miró a Sylvie. que prácticamente podía oler en su cabeza. que una chica es buena en la cama. aunque no en este caso.

entonces se giró y se sentó al lado de Fabrice que había encendido otro cigarrillo. Apartó la silla. id pasando —les dijo a los demás—. un clásico. acariciarle el pelo y abrazarse a él. ¡a un artista! ¿Quién eres tú para darme lecciones. —Gabrielle vuelve esta noche.. con la mandíbula tensa por el shock. claro que no. ya veo —consiguió decir.. se dio cuenta de que en su voz había un tono de desesperación—. Ponen una película polaca. Molly notó que una mano invisible le oprimía el cuello. —¿De qué? —Bueno. —¿Por qué no? Fabrice dejó el paquete en la mesa. Voy enseguida. «Una estúpida chica inglesa»: eso es lo que pensaba de ella. Molly se levantó para darles la mano a la manera formal francesa. curiosos.—Al cine. necesito hablar contigo. . —¿Sabes una cosa? Estoy un poco enfadado contigo. —Ahora sí que estaba enfadado.. Fabrice miró el reloj y soltó un petulante suspiro. —Encantada de conocerte. Molly. —Está bien. ¿qué esperabas? Tengo una vida. No me salgas ahora con que te he obligado a hacer algo que no querías.? ¿Por qué. Volvió a sentarse en la silla. Olivier.. jugando con el paquete de tabaco—. Ella habló con un tono pausado. n'est-cepas? Molly se obligó a asentir. —¿Y no podemos hacerlas juntos? —No. Sí. cuando dijo: —Pensé que podríamos hacer algo juntos antes de irme. —No hagamos un gran drama —continuó él—. quería hablar contigo. —¿Qué quieres? Dios mío. te llevo a mi estudio. —Enfin. —Sólo. ¿y tú qué haces? Me traicionas. Pero Molly vio que Fabrice también había sacado la billetera. bajó la mirada. —Fabrice. hein! Sólo una estúpida chica inglesa que ha venido a pasar el fin de semana y a buscar un francés con quien acostarse. puedo quedarme más días.. Molly retrocedió. de ti y de mí. Estaba agarrada con fuerza al respaldo de la silla. acariciándole un nudillo—. Hoy estás muy callado. Molly estaba conteniéndose tanto que apenas respiraba. si quieres. Somos adultos. persuasivo.. estoy ocupado —dijo él. Tú también tendrás a alguien esperándote en Inglaterra. Estaba dejando unas monedas en el plato. miró por encima del hombro de Molly. Sobre lo de anoche. Molly. te invito a cenar. Fabrice se echó el pelo hacia atrás. —Mira. muy dulce. —No. dando golpecitos en la mesa con la mano. casi desenvuelto. Tengo cosas que hacer. —Vio que los otros tres los estaban mirando. Te enseño París. Molly tragó saliva.. —Hola —dijo... enseguida. Le ardían los ojos. —¿Para qué? —gruñó él.. dando un golpe en la mesa—. —¿Gabrielle? ¿Quién. lo que Fabrice vio. naturalmente. —Ah. Todo.. —¿De nosotros? Molly hizo ver que no había notado la frialdad de su tono. Apagó el cigarrillo. —Molly lo miró a la cara. con la mirada fija en su regazo. Al parecer. Yo no. adiós. ¿no? —Aunque había intentado sonar lo más normal posible. pero él estaba tan distante que tenía miedo de que la rechazara y empeorara las cosas. decidida a dar una imagen de normalidad. lo siento. A Molly se le aceleró tanto el corazón que estuvo a punto de gritar. —¡Sí! —dijo. Lo que siempre había pensado. —Fabrice. Lo había hecho todo mal. lo enfureció. irritado. Yo. Intentaste decirme cómo tenía que comportarme. Molly quería darle un beso para que recuperara el buen humor. todavía estaba enfadado.. No tengo que estar en la estación hasta las seis y cuarto. Bajó la cabeza. intentando sonar calmada.. No se sentó hasta que los vio salir de la cafetería. O.. de nosotros. Disfrutad de la película. A mí. tú te quedas... la miró a la cara y. ¿Todavía estás enfadado? Fabrice no la miró a los ojos.? Pero sabía la respuesta antes de que él dijera: —Mi novia.

El también se levantó y se puso la chaqueta. —Fabrice. —Sí —dijo él. Molly agarró el bolso con todas sus fuerzas y caminó entre las mesas hasta que salió a la calle. Como pudo. lo miró a la cara. —Se levantó. ciao. si no te perderás la película. Tengo que encontrarme con alguien. dibujó una sonrisa. aunque le temblaban las piernas. y luego se marchó sin mirar atrás. haciendo ver que miraba el reloj. Era como si tuviera piedras en el pecho. La cogió por los hombros y le dio un beso en cada mejilla. Una vez fuera. acabo de acordarme de algo. —Será mejor que te des prisa.Con un enorme esfuerzo. Lo siento mucho. Alors. incómodo—. levantó la mano. .

Se sonó en él y lo tiró en una elegante urna metálica que. dos hombres concentrados en el tablero de ajedrez. una mirada seductora y ya están en el bote. una bonne. sobre todo.. Como casi siempre. chicos jóvenes con las chaquetas encima del hombro. parados debajo de un árbol que les diera sombra y perdiéndose en los ojos del otro. unas chicas con libros sobre las rodillas y las piernas desnudas expuestas al sol. su «relación» había resultado ser lo que siempre le pareció más repugnante: sexo sin sentimientos. un grupo de hombres estaban reunidos junto a una pista de bolos. Vio a gente corriendo. una oportunidad de una noche. guiado por un hombre mayor con un pañuelo atado al cuello. por su lado pasaba un pony. Posiblemente. «Sólo una estúpida chica inglesa que ha venido a buscar un francés con quien acostarse. conteniendo la emoción y los nervios con el ceño fruncido. Pero. ella sólo había sido un buen ligue. nunca había habido ninguna relación: ni conjunción de espíritu. ja. caminando por el borde. Para él. iba una niña pequeña. elevando esa relación hasta la categoría de amor. un polvo. Un halago. Había sido algo automático. Venga. El parque estaba vivo. besándose en los bancos. Molly estaba mareada y levantó la cabeza para respirar aire fresco. como si tuviera mucho frío. que rodeaban el parque. con una venda en los ojos con sus fantasías e ignorando todas las señales de peligro. había dejado volar la imaginación demasiado. Pasó junto a una mujer con leotardos que practicaba tai chi. Con las botas pisaba pedazos de sol que se filtraba entre las ramas. Encima. y los pies la habían traído hasta esas vallas de hierro negro. El ruido del tráfico se desvaneció.24 En el Jardín de Luxemburgo las hojas de los árboles habían empeza. paseando con los brazos enlazados.do a caer y cubrían todo el suelo. apoyadas en otra silla. incluso un policía. con sus puntas doradas. Se imaginó en un alto y soleado precipicio. Fabrice.. ¡cómo si a él le importara un comino que lo fuera! Pensar que se había desnudado para él en nombre del arte. Estas inglesas son pan comido. con su «cuerpo sensacional». No había planeado venir. escuchó las pisadas de unos tacones altos.» Debía de tener razón. ja. mareada de felicidad. ¡y luego le había dado un sermón sobre la moralidad! Seguro que se había reído de ella todo el fin de semana. Adiós. niños jugando. Tanta felicidad le dolía. serios como jueces. con todo lujo de detalles. Molly se fijó en las parejas. sentada toda orgullosa. pegados al cuerpo. lo crédula que había sido. Para su sorpresa. que se había deleitado una y otra vez con sus palabras. con una franja azul celeste a la altura del pecho y una gorra Charles de Gaulle. ni chispas de felicidad. ¡Estúpida. ni «gemelos en la tristeza». en este mismo instante le estaba explicando a su amigo Henri. se giró y vio a dos hombres jugando a tenis. Pero había sido muy cruel de su parte dejarla de aquella manera. di la palabra. Llevaba los brazos cruzados. hasta que Fabrice se limitó a alargar el brazo y darle un empujón. en primer lugar. pero sólo encontró un folleto del museo Rodin. Pero ella mantenía la cabeza baja para esconder las lágrimas que le rodaban mejillas abajo. Casi no sabía ni cómo había llegado. al parecer. alternando advertencias y felicitaciones. todas se van a casa el domingo por la tarde.. Parecía que medio París había salido a dar su paseo dominical: familias ruidosas. que había hecho el amor con él en el piso de un extraño. Se arremolinaban por el viento y crujían debajo de los pies de Molly mientras caminaba por un paseo de arena y gravilla. Y pensar en lo mucho que la había preocupado no ser lo suficientemente inteligente para él. estúpida! ¿Cómo se le había podido pasar por la cabeza que a Fabrice le gustaba. una historia de un fin de semana. había empezado a caminar como una sonámbula. Molly rebuscó en el bolso algo con que sonarse la nariz. y que rodeó hasta encontrar por dónde entrar. Los padres iban a su lado. Molly escuchó unos ruidos como de descorchar botellas. o que la quería? Para él. Caminó por una larga avenida bajo la sombra de los árboles. De hecho. mujeres mayores que se habían arreglado para ir a misa y a comer. era una papelera. Al otro lado.. De repente. tan densos y cercanos que formaban un muro de frondosidad verde. ja. Por suerte. . muy elegante con el traje azul marino.

no. le llamó la atención.. En realidad. es que ya no trabajo para Phipps Lauzar Bergman. «Te esperaré hoy en el Jardín de Luxemburgo. igual a la de este lado. cómicamente vivo.. otra avenida llevaba a un edificio cubierto por una cúpula. delante de una de las estatuas de mármol femeninas (reinas. —Hola —dijo Molly. Escuchaba risas. «Un amigo. ¿a qué viene tanta prisa? ¿Quién es usted? —Me llamo Jonathan. abejas volando de flor en flor. Era imposible no reaccionar ante aquel paisaje especialmente diseñado para el disfrute de los sentidos. o volvería a llorar. consciente de que debía tener los ojos rojos. cuyas manos marcaban las tres y veinte. el extraño al que se ha. muy artístico aunque. Molly recordó por qué había venido. Parecía que estaba intentando controlar alguna emoción muy fuerte. con tanta gen. lo siento. Estaba sonriendo. Molly miró al suelo. donde ondeaba la bandera francesa. —¿Molly Clearwater? ¿Eres tú? —La miró fijamente—. Hoy estás algo distinta.bía acercado cuando huía de Malcolm. respirando hondo y mirando a su alrededor. Bajo esa luz. A lo mejor era un loco o un pervertido. pero estaba demasiado lejos para ver con claridad. perfecto. aunque una sonrisa discreta. Iban a hablar del tiempo. decidida a decirle que no. señalando la avenida que iba en dirección opuesta al palacio. Lo que menos me preocupa ahora es la conferencia y. Cuando estaba a mitad de la escalinata. por favor. Todo lo contrario. tengo un día horroroso. jugueteando con un pie en la gravilla—. Todo está bien. Cruzó los brazos. Un amigo. que conducía a una enorme avenida con árboles a ambos lados. agua salpicando. —La miró dubitativo. vio que una figura se separaba del anonimato del grupo y se acercaba a ella. El lento y suave caminar por aquel paseo. Ven. Molly le dirigió una mirada fulminante. pero si se trata de ese maldito CD otra vez. Sobre un frontón decorado con ninfas voladoras había un reloj. —Pobre. donde los niños jugaban con barcos dirigidos y cuyos alrededores estaban abarrotados de gente tomando el sol. corriendo. como la luz al final del túnel. decorada con estatuas. No reconoció a nadie. uno al lado del otro. Pero entonces vio algo extraño en su expresión. ella llevaba esa estúpida peluca! Ya se habían reído de ella lo suficiente en un día. Caminaron en silencio. Molly se preguntó qué estaba pasando. —Bueno. era muy relajante. Todos esos mensajes. —Hace un día perfecto —dijo él. se lo prometo. Cuando vio quién era. un palacio que había a su izquierda. aunque ella no podía ni imaginarse qué era. tampoco tenía ninguna intención de cogerla del brazo o algo así. junto al estanque. A la derecha.» Empezó a bajar la escalera. Además. El sol le bronceaba la piel y lo teñía todo de aquel color dorado tan típico del otoño. Mire. no quiero saberlo.Más adelante. Pero ¿qué? De repente. al parecer. Vale. Le recordaba algo. . No era nadie misterioso. Pero en el ambiente flotaba una dulzura que la inundaba. ¿Estaría enamorado de ella? No había captado ninguna vibración en el hotel. Había algo familiar en aquel cuadro. Seguramente se había dado cuenta de que había estado llorando. Enfrente tenía un estanque enorme. y ahora. ¿Te importa si damos un paseo? —dijo él.» ¿Podía ser cierto? ¿Sería una broma? Caminó bajo el sol y se paró en lo alto de una ancha escalinata. siento mucho si le suena de mala educación. Molly lo miró. al mismo tiempo. Aceptó la propuesta con un gesto de la cabeza.. Recordó que había sido muy amable en el hotel. ¿Qué demonios quería? ¡La última vez que la había visto. —Se metió las manos en los bolsillos. —No.. leyendo o charlando en unas sillas metálicas verdes repartidas entre los árboles de hojas amarillentas y las palmeras africanas. Molly se sintió decepcionada y exasperada. por favor. ¿Por qué no? No tenía otro sitio adonde ir. Al otro lado del estanque había otra escalera de piedra. además. sino el médico del hotel. intentaba mantener las distancias. Molly se giró y puso los ojos en blanco. con una fuente brillando al sol. había un espacio mucho más amplio. —¿De qué va todo esto? —le preguntó—. a juzgar por sus coronas) que bordeaban la avenida por la que caminaban y que los miraban imperturbables desde sus pedestales. ¿De verdad quería encontrarse con alguien en ese estado? Se asomó para ver quién estaba sentado junto al estanque o caminando cerca del palacio.» Molly se acarició la cara con una mano. parecía bastante amable. Toda aquella zona estaba rodeada por una balaustrada de piedra. «Ven. y luego las sacó.. Jonathan Griffin. Molly pensó que debía estar nervioso por algo—.te alrededor no podía pasarle nada malo.. pero la compasión era lo último que necesitaba. de 3 a 4. parecía que las hojas de los árboles estuvieran bañadas de canela.

—Sí, magnífico —respondió ella. Él empezó a hablarle del parque: cómo Simone de Beauvoir jugaba aquí de pequeña, con un aro, que el viejo teatro de marionetas todavía existía y que acogía una réplica en miniatura de la Estatua de la Libertad. —¡Y colmenas! —añadió, con una sonrisa—. ¿Quieres que vayamos a verlas? Tomaron uno de los caminos laterales más estrechos, dejando atrás estatuas de leones y ciervos, poetas y figuras mitológicas; vieron árboles frutales, y él le explicó que envolvían los frutos con bolsas de tela para protegerlos de los pájaros. Aquí estaban las abejas. «Danger d'abeillesl» Los dos se miraron y sonrieron. Mientras paseaban, le hizo preguntas de cortesía, se podría decir. Si había estado antes en París. Qué le había parecido. Molly tenía la extraña sensación de que estaba buscando el momento oportuno para algo, pero no sabía qué. —Mire —dijo ella, al final, deteniéndose junto a una barandilla—. ¿Qué es esto? ¿Qué estamos haciendo? ¿Qué quiere? Vio cómo la sonrisa desaparecía de su rostro y, por un momento, se arrepintió de haber sido tan dura. Estaba claro que era un buen hombre. —Es que... Bueno, hoy no estoy muy sociable y... —¡Maldita sea! Iba a llorar otra vez. Se separó unos pasos y se agarró a la barandilla. Escuchó los gritos de unos niños, miró los colores llamativos de los columpios y los toboganes, y se dio cuenta de que estaba frente a un parque infantil. Él se acercó. —Lo siento. Ya sé que todo esto puede parecer muy extraño. Lo que pasa es que... —Hizo una pausa tan larga que Molly se giró y lo miró. Parecía nervioso, como si quisiera encontrar las palabras adecuadas—. No pretendo añadirte más preocupaciones —dijo—. Pero es que hace mucho tiempo que quería conocerte. —No puede ser. Si nos conocimos ayer. Y, por cierto, ¿cómo sabe cómo me llamo? ¿Y cómo consiguió mi teléfono? —Ah, me lo dio Malcolm Figg. ¡Malcolm! Lo sabía. Cualquier sentimiento de calidez que hubiera empezado a sentir por ese hombre desapareció. —Ya he tenido bastante —dijo ella, muy seca—. Ya no trabajo para Phipps Lauzer Bergman. Además, como mi jefe muy amablemente me dijo el viernes, sólo soy una «estúpida secretaria». —¡Molly! —la interrumpió él—. Te estás equivocando. No me interesa Phipps Lauzer Bergman o esa conferencia. Me interesas tú. Molly lo miró. —¿Yo? Pero... ¿qué tengo yo de interesante? —En mi opinión, todo. Ella agitó la cabeza. —Me ha debido confundir con otra persona. Yo sólo soy una chica inglesa muy normal que ha venido a pasar un fin de semana en París. Una tonta que ha metido la pata hasta el fondo. —Las lágrimas volvieron a asomar, y se tapó la cara con una mano. Pensó que, si se atrevía a abrazarla ahora, le pegaría un buen puñetazo. —Seguro que no es tan grave. —¿Y usted que sabe? ¿Qué le importa, además? No sabe nada de mí. —Molly caminó a su alrededor, mirándolo fijamente con los ojos húmedos y enrojecidos. Sabía que estaba siendo injusta, que él sólo intentaba ser amable, pero se sentía tan desgraciada que arremetió contra él. Él la miró con una expresión de angustia. —Bueno, en cierto modo, es cierto. Pero, por otro lado, sé bastantes cosas de ti. Sé que tu cumpleaños es el veinticuatro de mayo, por ejemplo. Sé dónde naciste. Sé que tu segundo nombre es Catherine. —Dios mío, ¿quién es usted? ¿Un detective o algo así? El movió negativamente la cabeza y sonrió. —Bueno, entonces, ¿cómo sabe lo de mi cumpleaños? ¿Es un pervertido que me ha buscado en internet, o quizás ha interceptado mis mails? —¿De verdad crees eso? —la miró a los ojos, tranquilamente. —No, lo admito. Pero ¿cómo sabe tantas cosas de mí? ¿Y por qué ese interés por mi persona? —¿No lo adivinas? Molly agitó la cabeza. Pero sí que le revoloteaba una idea por la cabeza. Una idea ridicula. Imposible. Se giró hacia el parque infantil y cruzó los brazos. El se quedó en silencio un rato. —A ver, deja que te lo explique de otra manera. —Respiró hondo—. ¿Quieres oír una historia? Molly asintió lentamente, con la mirada perdida en los árboles lejanos. —Había una vez... Hace mucho tiempo, una chica muy guapa y un chico más bien irreflexivo se conocieron y se enamoraron. Pasaron un verano fantástico juntos. A él esa chica le gustaba mucho. Pero cuando se terminó el verano, cada uno siguió con su vida. Él tuvo que irse a trabajar al extranjero y, aunque esa chica le gustaba

mucho, muchísimo, no pensó en ella tanto como debía haberlo hecho. Y lo que no sabía, porque ella no se lo dijo, era que estaba embarazada y que ocho meses después de que él se fuera, ella dio a luz a una niña. Él no lo supo hasta que la niña tuvo unos tres años, y por aquel entonces la madre no quería verlo ni en pintura. —Pero ¿y la niña? —Molly se agarró con fuerza a la barandilla—. ¿Ella tampoco quería verlo? —Eso no lo sé. No le dejaban verla. No sabía dónde vivía. —Podría haberla encontrado... —Entiendes lo que te estoy diciendo, ¿verdad? —¡No! Quizá. No lo sé. —Molly. Mírame, por favor. He esperado este momento tanto tiempo. Lo he soñado y me daba miedo que nunca llegara. Molly no sucumbió a sus ruegos y siguió con la cabeza baja, mirando al suelo, aunque no viendo nada, porque tenía los ojos llenos de lágrimas. El corazón le latía con fuerza. Su cabeza empezaba a albergar esperanzas. Estaba mareada, como si sólo pudiera mantenerse de pie sujetándose en la barandilla. —Ese chico. ¿Era...? ¿Es...? —Al final, lo miró—. ¿Eres tú? Él asintió. Molly vio que también tenía los ojos llenos de lágrimas, aunque seguía mirándola fijamente. —Y la niña pequeña eres tú. Molly, soy tu padre

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25

Molly dio un grito desgarrador y se giró, apartándose de él. No podía creer nada, y tampoco podía pensar. Le temblaban las piernas. Alargó un brazo para apoyarse en algo sólido y notó la corteza de un árbol debajo de los dedos. —Lo siento. Sé que es difícil. —Estaba justo detrás de ella. Por el rabillo del ojo, Molly vio que agitaba las manos en el aire mientras hablaba. —Estoy bien. —Pero era mentira. Se apoyó en el árbol, intentando recuperar la respiración. —Ven, siéntate.

La cogió del codo y ella se dejó acompañar hasta un banco vacío que había debajo de los árboles. Apoyó los codos en las rodillas y se inclinó hacia delante, con la cabeza caída, para respirar hondo. —¿Estás bien? —Se sentó junto a ella, aunque no demasiado cerca. Molly estaba mirando sus mocasines de piel negros. Sabía que estaba girado hacia ella porque tenía una pierna encima del banco. Debía estar un poco asfixiada, porque él se levantó y le dijo: —Te iré a buscar un poco de agua. No te muevas. Escuchó el ruido de sus zapatos en la gravilla. Al cabo de un momento, levantó la cabeza y vio cómo se acercaba a una especie de cabaña de madera, con la chaqueta al vuelo. Antes de entrar, se giró y la saludó con la mano, a lo mejor para tranquilizarla, o para tranquilizarse él mismo y ver que todavía estaba allí. Parecía una cafetería o un restaurante; era un edificio bastante pintoresco con el techo de tejas de madera y grandes alerones que le recordaban las casas de los leñadores en los cuentos de hadas. La gente que se veía por las ventanas, bebiendo café y comiendo tarta, tampoco parecían de verdad. Al poco rato, volvió a salir con un vaso de agua en la mano, intentando ir deprisa y, al mismo tiempo, que no se derramara. Molly lo vio acercarse... un extraño... su padre. ¿Podía ser verdad? De todos los hombres del mundo, de todos los padres con los que había fantaseado, de repente las opciones se habían reducido a un señor de mediana edad con una chaqueta de color canela y camisa azul que caminaba hacia ella. —Toma. Bébetelo despacio. —Se agachó para darle el vaso y luego se volvió a sentar a su lado, mirándola mientras ella bebía. Molly tenía el vaso agarrado con ambas manos y bebía a pequeños sorbos, intentando tranquilizarse. Al final, consiguió reunir el coraje suficiente para mirarlo y decirle: —¿Es verdad? —Sí, es verdad. —Tenía unos ojos amables y ansiosos. Ojos azules, observó Molly, como ella. Pero eso no quería decir nada. —¿Cómo estás tan seguro de que soy tu...? —dudó un poco. Le pareció demasiado atrevido decir la palabra en voz alta. —¿Mi hija? ¿Mi hija Molly? —Lejos de cualquier duda, su voz sonaba totalmente convencida, y feliz. Se rió y se pasó una mano por el pelo. Entonces se sentó de lado para mirarla fijamente—. ¿No es obvio? Molly apartó la mirada. Aquella intimidad tan repentina con un extraño era demasiado para ella. Para disimular su confusión, le siguió haciendo preguntas. —¿Y por qué me lo dices ahora? ¿Por qué aquí, en París? ¿Por qué no me habías buscado antes? —«¿Dónde has estado toda mi vida?», quería preguntarle. —Porque no sabía cómo encontrarte. Y por otra razón que ahora te explicaré. Estoy aquí porque, por casualidad, vi tu nombre entre los papeles de la conferencia. Phipps Lauzer Bergman me había invitado hace meses. Yo no pensaba venir. Soy muy desordenado, de modo que no les respondí; así que, hace unas semanas, me escribieron para preguntarme si venía, e incluían una lista con todas las personas que iban a acudir. Le eché un vistazo, sólo para ver qué médicos asistían, y ya estaba a punto de tirarla al cubo de la basura cuando vi algo que me dejó helado: Molly Clearwater. ¡No podía creérmelo! —¿Sabías cómo me llamaba? ¿Sabías que existía —He sabido de tu existencia los últimos diecinueve años. Pero no sabía dónde vivías o ni siquiera si estabas en Inglaterra. De repente, se me presentó la oportunidad de verte, de conocerte si..., bueno, claro, si eras tú. Pero Clearwater tampoco es un apellido tan común. No tenía ninguna duda. Y, ahora que te he conocido, me reafirmo. Molly sintió que sus propias dudas desaparecían con su confianza. Empezaba a albergar una estúpida confianza. Lo miró, sin poder articular palabra, casi sin poderse creer lo que estaba diciendo. —Te podría haber llamado al trabajo o esperarte enfrente de la oficina —continuó él—, pero para mí, poder conocerte, por fin, es increíble. Me aterraba la idea de entrar en tu vida de un modo que pudiera asustarte y que me rechazaras. Pensé que si nos encontrábamos en circunstancias normales, en territorio neutral, podríamos conocernos un poco antes de... bueno, antes de darte esta sorpresa. Antes quería saber qué tipo de persona eras, incluso, a lo mejor, saber qué sentimientos tenías hacia tu padre desconocido. —¿Así que, en cierto modo, sí que pensabas en mí? —¡Claro que pensaba en ti! Casi me vuelvo loco esperando que llegara este fin de semana y sin saber qué pensarías de mí. Me corté el pelo especialmente para la ocasión. Y me compré esta chaqueta. Sí —se apresuró a decir, mientras estiraba las arrugas de las mangas—, ya sé que no parece nueva. No sé qué le pasa a la ropa cuando me la pongo. Además, soy muy malo haciendo maletas. Pero te aseguro que la estreno hoy.

Es una realidad brutal que tenemos que afrontar. que Molly no pudo evitar sonreírle. en cualquier caso. me reveló que eras la chica que había estado buscando tanto tiempo. pisando hojas y pensando. Jugó con el vaso. Las emociones pasaban por su rostro como las nubes por el cielo azul. —Se calló. Pero me gustaría explicarte por qué. —Sigue —dijo. Se levantó. que estaban en el perímetro de la atracción.La miraba con unos ojos tan cálidos. Pero tu existencia ha sido vital para mí durante casi veinte años y. Los mensajes no te asustaron. Y. Camino por el parque con mi padre. Cualquier persona inteligente habría hecho lo mismo. —¡Estabas fantástica! Ingeniosa. . un poco raros. —Se puso de pie y casi se lo arrancó de las manos.. Empezó a sonar la música de un tiovivo. Me gustaría explicarte la historia desde mi punto de vista. Él sonrió. —Estuve a punto de no venir. vio unos caballos de madera. no quieres saber nada de mí. a lo mejor. por cierto. tú eres vital para mí. Estuve a punto de coger un avión y volver a casa. «Es mi padre. —Griffin. no sé qué te han dicho de mí. colgándose el bolso del hombro y con el corazón a punto de estallar entre las costillas. Y en cuanto conocí al tal Figg. café? Podemos sentarnos dentro. indignada. Luego se relajó—. Pero no demasiado. que subían y ba.. siempre había una constante: estaría impresionante. Bueno. pensó. Pero no le interesaba la chaqueta. bueno. Ahora ya eres adulta. Molly agitó la cabeza. descartando. —¡Me fui yo! —dijo Molly. Lo último que quiero es desbaratar tu vida. porque todavía no estaba segura de poder bromear con él. Posiblemente. —¿Ah. entendí perfectamente por qué querías evitarlo a toda costa. encantadora. dentro de poco. entonces todavía no sabía quién eras. si quieres escucharla. No había ninguna duda de que le importaba. Los niños se agarraban a las barras y sonreían a sus padres. Pero me dejaste preocupado. Me alegraste el día. o no ha. cuando ya era tan tarde? Molly apartó la mirada. Eso es lo que importa. y Molly sabía que estaba escogiendo. La miró. su versión de la historia es que te despidió. preocupado. valiente. Me dijeron que todavía no. —Yo también. La miró—. porque estaba muy deprimido de haber venido a la conferencia para nada. por la tensión en la boca y la dulzura en los ojos. Me he perdido tu niñez. —Será mejor que devuelva el vaso —dijo. A lo lejos. percibiendo su cambio de humor. si quieres. Por supuesto. no. cuando hubiera satisfecho la curiosidad. cuyos troncos parecían los barrotes de una cárcel. —Prefiero caminar bajo el sol. Molly podía ver en sus ojos el miedo que tenía a que se fuera y tuvo el impulso de hacerle daño. sonrojándose al acordarse. Molly se tocó el pelo. nervioso por no meter la pata. —Debía estar ridicula. De repente. conseguí tu número. —En cuanto llegué al hotel fui a recepción para ver si ya habías llegado. —No. misteriosamente disfrazada de australiana con peluca negra y acento francés. de todos modos. Se miraron.bría esperado todo este tiempo para decírselo. —Está bien —dijo Molly. Caminó a su lado hasta la cabaña. Molly. lo mucho que él había temido que no acudiera y lo increíblemente feliz que estaba porque lo hubiera hecho. con un punto de amargura. intentaré entenderlo. Si quieres que me vaya. ¿verdad? —No exactamente. porque fue él quien. Molly sabía que le había sentado mal. y me enteré de que habían cancelado tu reserva y que no ibas a venir. una sensación claustrofóbica se apoderó de ella y sintió que tenía que salir de debajo de aquellos árboles. ¿Cómo se atrevía a invadir su vida ahora. Jonathan Peter. Qué poco me imaginaba que el destino me iba a llevar a ti. Molly supo. —Aunque el tono de voz y la mirada eran firmes. Nadie puntúa ni escribe con todas las letras. gracias a él. has venido. editando las palabras.» —¿Quieres comer algo? ¿Algo para beber? —le preguntó él cuando llegaron a la puerta—. sin darse cuenta. A lo mejor lo había juzgado mal. Cuando bajé a cenar. ¡Ah!. pensé que igual estabas metida en un lío. ¡Esa horrible peluca! En las numerosas y variadas fantasías en las que conocía a su padre. se acordaría de que tenía una cita o que tenía que coger un avión. Se me cayó el mundo encima. volví a preguntar. —¿Has dicho Griffith o Griffin? No me acuerdo muy bien. Estarían en contacto. Aunque debo reconocer que siempre le estaré agradecido. ¿Un chocolate caliente? ¿Té. nervioso—. —Contuvo una sonrisa. ya iré yo. con la nariz roja.jaban. Eran. no? —Parecía extrañado. frunciendo el ceño por la intensidad de los pensamientos. ahora que nos hemos conocido. Había sido muy interesante conocerla. —Obviamente. Comprendo que.

—Miró a Molly. y se portó muy bien conmigo. En cierto modo. —Fue en el verano de la boda de la princesa Diana —empezó él—. Molly se lo imaginó veintidós años más joven: entusiasta. por fin. Bueno. e insistió en lo agradecida que estaba de que hubiera llegado tarde porque. y me había organizado varias fiestas de despedida a las que se suponía que tenía que asistir y que tuvo que suspender. Sé que no suena muy bien. Eso explica muchas cosas. podía venir en Semana Santa. Me acordé de que Frankie vivía en Shropshire. en realidad. Siempre había fiestas y otros espectáculos. entonces. Catherine. dejamos de escribirnos. nos escapamos a Skye unos días. así. —En cualquier caso. al final tuvimos que despedirnos. Y entonces. En casa de Catherine el fuego estaba encendido y. . Hablamos de que viniera a verme a California. puedo decir que llegué a conocer muy bien a Catherine. Explícame más. junto a él. ¿todavía está viva? Molly agitó la cabeza. llevamos el espectáculo al festival de Edimburgo. y hasta guapo. Formaba parte de un grupo de teatro cómico y. pero enseguida se dio cuenta de quién era y me dijo que algún día fuera a verla. le escribía prácticamente a diario. tenía un trabajo interesante. Pero mi nueva vida era muy emocionante y empecé a espaciar las cartas. que hacía los decorados para otra obra.. le había dado tiempo a descubrir quién era el asesino en el libro que había sacado de la biblioteca. No sé.. —Brando —dijo Molly—. —Siempre pensé que sabía algo de ti. había un perro muy peludo. Cuando llegaron al invernadero. Trabajaba o estaba de guardia prácticamente todo el día. bueno. porque tenía las mejillas caídas. pero nos lo pasábamos en grande.. Cuando llegué. lo hizo que tomara asiento en una enorme butaca y le dio una copa de jerez. de Lady Di. me iba a trabajar a Estados Unidos. La señora Clearwater. Frankie tenía una grapadora enorme en la mano. —Así es como llamaba a tu madre. Jugó con el pelo que tenía encima de la oreja—. con las cumbres espolvoreadas de nieve. joven. con las manos en los bolsillos y echando la cabeza hacia atrás. Frankie y Johnnie. —Hizo una pausa metió las manos en los bolsillos—. yo digo «dijo» pero. recibo una carta muy extraña de Frankie. —Suspiró—. Era una mujer encantadora. que adivinó que aquello le estaba costando mucho—. Además. siguieron caminando por el paseo que lo rodeaba. —Me quedé en Estados Unidos tres años —continuó—. Molly sintió que estaba nerviosa mientras esperaba que él hablara. y cada mañana iba al buzón para ver si me había llegado alguna carta de ella. Brando estaba junto al fuego y de la cocina llegaba un delicioso olor a cordero asado. Y así. Conocía a gente nueva. el primer día conocí a una chica preciosa con el pelo rubio y la sonrisa más bonita del mundo. Había un naranjo suspendido en el aire. había acabado los cinco años de la carrera de medicina. Así que busqué su número en la vieja guía. No se me ocurrió que Frankie tuviera alguna razón urgente para verme.. Estaba intentando colocar una figura recortable de Margaret Thatcher que se negaba a mantenerse de pie. ese año. y tanto movimiento en la ciudad que continuamente estábamos haciendo algo. supongo que todavía me sentía un poco culpable por lo de Navidad. Aquel contacto entre su querida abuela y su padre desconocido era increíblemente importante para ella. Molly vio a unos hombres con unas grúas que lo estaban transportando. Por favor. Aquella historia la estaba emocionando. que parecían todas iguales. bueno. lo intentaba. ¡Qué tiempos! Estuvimos disfrutando de un amor loco durante tres semanas. para protegerlo del frío del invierno. perdona la pregunta. Mi madre estaba especialmente furiosa porque. y no conocía a nadie. y ella también. Después de vivir en California. Fue bastante cautelosa. —Sí. Nunca más supe de ella.. Así que le escribí y le dije que en esas fechas estaba un poco liado pero que. y luego volví y empecé a trabajar en un hospital en Birmingham. Lo siento. —Sonrió. porque no me dijo adonde había ido o qué hacía. Bueno. unas semanas antes de Navidad. diciéndome que había pensado venir a California y quería saber qué estaba haciendo. un día. —Aquí se sonrojó un poco. Me pareció maravillosa. —¿Y fuiste? ¿Quieres decir que conociste a la abuela? —Molly no se lo podía creer. aquello era muy deprimente. De acuerdo. Mi vida avanzaba. Y.Tomaron un camino ancho que conducía a una especie de invernadero. incluso aprendí a hacer surf. No te diré que me rompió el corazón. le explicó que un frío domingo de invierno condujo hasta Shropshire y que llegó una hora tarde a comer porque se había perdido entre aquellas colinas. en un movimiento que Molly empezó a denotar como característico. bastante cerca. tiesto incluido.. pero la verdad es que una chica bastante atractiva llamada Kristal me había invitado a pasar las Navidades en casa de su familia en el lago Tahoe. había algo en su voz que me hizo pensar que era bastante urgente. —¿Frankie? —Molly arrugó la nariz. —Ah. Cuando terminó el festival. si quería. Éramos bastante malos. Les mentimos a nuestros padres y les dijimos que todavía teníamos que recoger y limpiar muchas cosas. —Murió cuando yo tenía quince años. Pero. como Marlon Brando en El Padrino. Yo tenía veintitrés años y. después del verano. Contestó su madre y me dijo que Frankie acababa de mudarse.

Recuerdo el camino de vuelta al hospital. Molly lo miró. y le pedí si podía dejarlo entre tus regalos de Navidad. claro. que lo sabían. Molly volvió a mirar la fotografía. Le enseñé a mi madre la foto.. —Las tuyas son más delgadas que las mías —dijo él. estaba apoyado en la nevera mientras ella buscaba las gafas. sonriente—. y más en esas circunstancias tan extrañas. Me quedé de piedra. Pero al volverla a ver. el pelo rubio y mirando a la cámara con una sonrisa magnífica. Se miraron mutuamente. —Y me dijo: «Lo que te voy a decir es un secreto. —¿La tienes aquí? —Siempre la llevo conmigo. pero tenía razón. —¿Una foto? ¿Mía. Molly fue totalmente consciente de aquel contacto físico. Tuve mucha suerte de que tu abuela fuera una mujer tan buena y generosa conmigo. cuando me paré en una estación de servicio a poner gasolina. y recuerdo que. su abuela y la madre de él (¡otra abuela!). —Llamé a tu abuela y le dije si podía verte o. quieres decir? —Sí. pero no podía imaginarme a nadie. la misma línea que veía. se tocó la ceja con un dedo. me quedé mirándola. habían hablado de cosas normales. no podía estarlo. en la cara que tenía enfrente. ni me dijo lo que tenía que hacer. Obviamente. con el limpiaparabrisas de un lado a otro como un loco y los copos de nieve cayendo en el cristal. de la solidez de un hombro masculino junto al suyo.Molly se apretó más los codos contra el cuerpo mientras lo escuchaba hablar. El abrió el billetero y sacó una pequeña foto con un margen blanco y las esquinas gastadas por el roce. y yo pensando: «¡Soy padre. Durante la comida. No me condenó. alucinado. aunque más acentuada. —¿Y qué hiciste? —le preguntó. Se sentaron el uno al lado del otro en el banco de madera. pero me preguntó si estaba seguro de que la niña era mía. continuó. Molly reconoció la foto del álbum familiar. de dos años y medio. —Y fue entonces cuando descubrí que tenía una hija. y menos a Frankie. me miró y dijo: «No sé lo que puedes hacer. Vamos allí y nos sentamos en aquel banco. Catherine me dio una foto. emocionada ante la visión de aquellas piernas tan cortas y aquella cara tan inocente.. Era extraño. sus dedos se rozaron. sabiendo que un hombre al que no conocía la había llevado encima todos estos años. qué pensaste? —Al principio no sabía qué pensar. Y había otras dos personas. —El fin de semana siguiente —continuó él—.. tan particular que mucha gente se lo había comentado. ¿Quieres verla? —Ya se había metido la mano en el bolsillo interior de la chaqueta. pero te aseguro que esas cejas son de los Griffin». su secreto iba saliendo más a la luz. Y ella era su hija. tener algún tipo de contacto contigo. —Se paró en medio del camino y se giró.. Fue como mirarse en un espejo. por aquellas carreteras oscuras y sinuosas. Quiero que me des tu palabra de que no abusarás de mi confianza».. boquiabierto. sobrecogidos por la potencia de esa pequeña prueba de herencia genética. impresionado por aquella solemnidad. y le envié una especie de muñeco. Casi de manera inconsciente. Molly asintió. desconcertante y aterrador. Era emocionante. Al final. Tú. se lo prometió. El. siguiendo la línea ascendente. Realmente era su padre. la misma que se repetía en la niña de la foto. se lo expliqué todo y le pregunté qué tenía que hacer. Molly Catherine. Cuando se la dio. mintiendo sobre algo así. con las manos en los bolsillos. ¡Dios! Lo recuerdo como si fuese ayer. fui a ver a mi madre. sorprendida. como un ala de vencejo. y se preguntó cómo pudo no ir a buscarla. A cada segundo. ni me insistió en que os diera dinero. soy padre!»... ¿verdad? Debo llevar como una hora mirándote las cejas. sintió escalofríos por toda la espalda.. Se quedó muy sorprendida. —¿Qu. observándola mientras miraba la foto por unos segundos que se me hicieron eternos. y luego volvieron al salón para tomar el café junto al fuego. nada de eso. al final—. confundido. En la foto había una niña pequeña con un peto rosa y una camiseta de rayas rosas y amarillas. de la mujer que ella había adorado. para que la puedas mirar tranquilamente. Me dijo que me fuera a casa y aclarara mis sentimientos. cariño. pero no le desagradaba. rodeados de petunias. lo que a Frankie le pareciera más adecuado. al menos. . aunque creo que en aquel momento yo ya lo tenía muy claro. absortos como dos enamorados. como mínimo. Ah. con tanto afecto y sentido del humor.

Tendrás que contentarte sabiendo que es una niña feliz.. siempre que prometas no ir a buscarla. prefieren cosas como conejos. Es de tu abuela. Fue una sorpresa volver a tener en las manos el papel gris perla que su abuela siempre había usado y ver aquella letra tan familiar. al final.» ¿No veía la necesidad? ¿Cómo se atrevía su madre a decidir por ella? ¿Cómo sabía lo que se sentía al ver a los otros niños en brazos de sus padres. Sentimental. —Molly. normalmente. Ahora me doy cuenta de que escogí un animal un poco raro. En cualquier caso. como un. Los niños. Pero es su hija. aunque se supone que ya soy mayor para tener peluches. Lo siento. —Es una persona. si te necesitamos. Fue un gesto patético. En fin. mientras le guiñaba el ojo: «No se lo digas a mamá». que sigan con sus vidas.. y sólo suya. te quería a ti!» Pero eso no lo podía decir en voz alta. tigres. Con mis mejores deseos. Pero. Molly cogió las hojas dobladas y las abrió. con una madre que la quiere y que hará lo que sea por ella. Cuando cumpliste los veintiuno. debes mantenerte alejado de ellas. no ve la necesidad de introducir a un extraño en su vida a estas alturas. muchos hijos adoptados reniegan de ellos. Molly es feliz y equilibrada. sí. —Pero ¿qué era aquel muñeco? ¿Lo recuerdas? —Sí. Todavía lo tengo. puedes imaginarte lo que significa criar a una hija sola.—¿Un muñeco? —Molly levantó la vista. Necesitaba hacer algo para que fuera real. al tener siempre la vista . —Se giró. Se enfadó mucho cuando le dije que te había explicado lo de Molly. será mejor que la guardes —le devolvió la foto. sobre todo a uno que está tan ocupado que sólo podría ver a Molly de vez en cuando. con una mueca. claro. pero la traje a París. Tomó una decisión m u y valiente al tener a Molly. Entonces. por ahora.. y luego de los veintiuno. ¿lo recuerdas? Molly asintió.. Egoísta.. pero. Sabía que tenía que ir con cuidado. —Normalmente no la llevo encima. esperando que me encontraría contigo.. Por la fecha. no me dijo nada. Él la miró. ya lo sabes. creyendo que era desprecio—. Todas esas noches que le había confesado sus secretos al oído. y Fran no ve la necesidad de introducir a un extraño en su vida a estas alturas. siento decirte que Fran se ha mostrado m u y firme en que no haya ningún contacto entre Molly y tú. que Fran siente que Molly es su hija. malentendiendo su repentino interés. vio que había escrito la carta hacía unos diecinueve años. «Feliz y equilibrada. Ni siquiera tú. estoy segura de que decirte la verdad era lo correcto. o decirme dónde podía encontrarte. sin pausa.. con la mandíbula tensa por la rabia. Será mejor que la leas tú misma. no un muñeco —dijo ella—. —¿Por qué nadie me dijo nada? —exclamó ella. Sentía un nudo tan grande en la garganta que no podía ni hablar. Y justo cuando había empezado. ¡Bertie! Se lo había regalado él. era demasiado cruel—. va y te encuentro en el lugar menos pensado. un médico que trabaja muchas horas al día. y quería comprarte algo más original para que lo recordaras mucho tiempo. No te pidió ayuda antes. pero lo entiendo. Catherine Clearwater Molly todavía estaba intentando digerir lo que acababa de leer. . te lo diré. —¿Como. y ha sabido sacar adelante a la perfección todo el trabajo que supone una niña pequeña. osos. y ahora entiendo por qué. cuando él dijo: —Siempre tuve el presentimiento de que tu abuela quiso hablarte de mí. y puedes ponerte en contacto conmigo cuando quieras. supuse que tenía libertad para intentar encontrarte. Ya sabes que Fran es una persona m u y orgullosa e independiente. Pero no estaba pensando tanto en ti como en mí. Sin embargo. sintiendo su pelo en los labios. Molly releyó la carta.. al ver al padre de Abi dándole un billete de cinco libras y diciéndole.. No todos los hijos quieren saber de sus padres biológicos. Creo que llegará un día en que Molly necesitará saber quién eres. y ahora no la quiere. estar de guardia cada día y tener que levantarte cada noche. lo siento. Se llama Bertie. «¡No quería un tejón. —Molly apenas se atrevía a decirlo—. pero te ruega que las dejes. Será un placer ponerte al corriente de los avances de Molly. En realidad. Él volvió a sacar el billetero y cogió una carta. No te guarda ningún rencor. No estoy de acuerdo con la decisión de Fran. Presiento que no eres el típico chico que rehuye sus responsabilidades. su compañero de tantos años. Me puse muy nervioso cuando se acercaba la fecha de tus dieciocho años. Toma. a ella y a Molly. apenado. pensando en su padre. —Ya lo sé —dijo. Ten por seguro que. tejón? —¡Sí! —Se puso contentísimo—. Querido Jonathan: Eh visto a Fran y he mantenido una larga conversación con ella. y debo respetarla. Jonathan. Catherine me dijo que te gustó mucho tu «regalo especial de Papá Noel».

por no valorarla. en lugar de eso. y entonces. Molly se fijó en el gran escote de la chica. ¡Grrrrrrr! —Se dio de golpes en el pecho. Mira a esa chica. Incluso este fin de semana me he comportado como una idiota. y no ella. Antes has dicho que tenías un día horrible. no sirvo para nada.. pasaban por su lado. Un par de mujeres jóvenes muy elegantes. medio avergonzada y medio encantada. pero es un error. con rosas. —Yo no quería traicionarle —dijo. con la cara dulce y confiada. Lo pilló por sorpresa. no. Agachó la cabeza. me ha despreciado. Puede que esté cometiendo un error al enamorarse del artista. sonrieron. Molly vio lo que ellas habían visto: a un padre bromeando con su hija. Sólo quería lo mejor para ti. Fue una sensación un poco extraña. De repente. voy a rugir. metí la pata en el trabajo. Todo el mundo me lo dice. con dulzura—. Mira. con cautela—. espero que llevaras casco. Algo que te haya pasado antes de conocerme. ¿Te puedo ayudar en algo? Si puedo. Molly sintió que se le hacía un nudo en la garganta.. —Eso no lo sabes. Molly se sonrojó. Sorprendentemente. —Sí. ¿No te he decepcionado? —¿¡Decepcionado!? ¿Decepcionado de descubrir que tengo una hija guapa y valiente. . —Uy.de su madre encima. —Conmigo. —Bueno. —¿Así que no crees que sea una inútil? —dijo—. Mamá me ha educado para ser así. me ha hecho sentir como una santa y una puta al mismo tiempo. con el pañuelo del cuello y el bolso a juego. Aquella amabilidad. díselo a tu viejo padre. aquel interés. sin que se desviara hacia una tercera persona? Todo podría haber sido tan distinto. —Avanzó un poco y señaló la estatua—. y yo no hago más que cometer un estúpido error detrás de otro.. Me parece que los demás van por la vida sabiendo exactamente qué hacen y por qué lo hacen. se la acercó a la mejilla. Pues déjame decirte que soy bastante rarita. así que se quedó un poco rezagado mientras guardaba la foto y la carta. sorprendidas por ese ruido tan incivilizado. Pero está muy enfadado. ¿Cómo se atreve ese Fabrice a pasearte en su moto y luego tratarte así? Por cierto. —No lo sé —susurró. te habría elegido a ti. se giraron. y cada vez que intento hacer algo diferente. aquella presencia masculina la hacía sentirse protegida y valorada. empezó a hablarle de Fabrice. —Molly dio una patada en la gravilla. Ella podría haber sido distinta. —¿ Por qué no me explicas qué ha pasado? —le pidió. y se la devolvió. me gustaría mucho. se levantó. Soy una mojigata. Se encontró con otra estatua: una chica joven ofreciéndose. Cuando llegó a su altura. para variar. —Demos un paseo. le dijo: —No seas muy dura con tu madre. al final—. Pensé que le estaba ayudando. titubeante. sí. Molly no pudo evitar sonreír. levantaron las cejas. De alguna manera. De hecho. Ésa soy yo —dijo. mirarme. Cuando oyeron aquel rugido. Él se colocó a su lado. Si hubiera podido elegir a la chica que me hubiera hecho ilusión que fuera mi hija. La gente demuestra su carácter a través de su comportamiento. —¿Estás triste por algo? —le preguntó él—. El débil es él. frustrada. que rebosa inteligencia e integridad? Estoy tan orgulloso que podría rugir. No me has visto en veintiún años. Y no sé qué calificativo es peor. y se salió del camino y pisó el césped. le estaba alegrando el día.. y ha hecho un gran trabajo. miró hacia otro lado.. me gustaría pegarle un buen puñetazo. Metí la pata en la universidad. no me pareces ni una santa ni una puta. De repente. hacer algo por mí misma. Molly abrió la boca para rebelarse ante el uso de una palabra a la que no tenía derecho pero. —Es que. ¡Claro que has hecho bien! Se avergüenza de sí mismo. en cuanto a ti. Ahora ya era demasiado tarde. y avergonzado debería estar. No entiendo nada. —¿De verdad? —le preguntó Molly. a un pintor libertino. recordando a su abuela con ternura. Y. —Es muy guapa —dijo él.. —Aquella convicción era muy agradable—. que dejaba ver sus poderosos pechos. se rió. en cuanto a mí. Ésa es la hija que tenías tantas ganas de conocer. De él no sé qué pensar. en la cara redonda. me refiero. no un pecado. ¿Crees que se la merece? Molly se acercó a la estatua y le acarició el pie. —Molly se detuvo y lo miró—. No tienes más que mirarte. señalándola con desdén—. Venga. Dobló la carta. el pequeño pie que asomaba por debajo de la falda del siglo XVIII—.

aleccionándola sobre los chicos y advirtiéndola sobre seguridad vial: ¡igual que un padre! Se quedaron allí en silencio. un interrogante gigante en mi corazón. Le gustaba su inteligencia. practicando mis golpes de golf. También es médico. segura de que ahora ya podía tomarle el pelo—. y allí estarías tú. . Su identidad era suya. Tres seres humanos que no sabía ni que existían. Me imaginaba curándote de alguna enfermedad. y mucho menos un idiota francés con una moto. —Yo también soñaba con conocerte —dijo ella. ¿De veras? —Pareció darle vueltas a la idea en la cabeza—. Pero me encantaría que los conocieras. —¿Y tus hijos no saben nada de mí? ^ —Todavía no. ¿Y si cambia el viento?»)—. Mamá y yo odiamos el golf. como un río frío y claro. También conocido como. al final. —Ojalá te hubiera conocido antes —dijo ella. Los agentes inmobiliarios lo llaman «Clapham borders».. haciendo cálculos... —Rory tiene trece años. Molly no se lo podía creer. la boca torcida. Molly lo miró. o un maravilloso secreto. incrédula.. Le estaba dando consejos. era natural que un hombre de su edad tuviera una familia. pensó Molly. Molly. ¿ Y si no les caía bien? —¿Sigues viviendo en Birmingham? —preguntó. Era un pensamiento liberador. llamarían a mi puerta. Sólo tú puedes decidir qué clase de persona eres: ni tu madre. Ni tu jefe. se colocó encima de la cabeza del pintor y se cagó encima de sus graciosos rizos. como si no acabara de creérselo. no voy a decirte que pensaba en ti conscientemente cada día. Y tres hermanastros. ni yo. en «Wandsworth borders». si Rory tiene trece años. —¿En serio? —preguntó él. y Charlie hará ocho la semana que viene. con los ojos brillantes—.. Sentía como si la puerta que había guardado bajo llave su secreto empezara a abrirse. también conocido como Tooting. —No. ¿no te lo he dicho? Llevamos muchos años en Londres.. ¿nunca pensaste en ir a buscarme? —Claro que sí... Aunque debo admitir que no me atormentó hasta que mi mujer y yo empezamos a tener hijos. algún día. Y... Claro.. Puede que tu madre te haya inculcado unos valores. Acuérda. un día salvaba a una niña en el mar y entonces descubría que era mi hija. es a la única persona a la que le he hablado de ti.—Perdona —dijo él—. Una paloma se acercó. —Mi mujer se llama Georgie. ¡que posiblemente los había visto nacer! Sintió celos. Molly pensó que las cejas no eran lo único que tenían en común.. Esas palabras fueron directas a su cerebro. A pesar de lo que dijera mamá. Soñaba que. y Molly volvió a verse reflejada. —Seguramente me has visto en el polideportivo.te de esto. mi opinión no es la que cuenta. Tres chicos que habían abrazado a su padre y jugado con él. Destroza el campo. —Miró hacia el cielo. con un padre que les había curado las heridas. Llevamos casados. dejémoslo con los pájaros. —Podríamos habernos cruzado por la calle sin saberlo —dijo ella. Al mismo tiempo. La gente lleva esos pantalones tan raros y sólo menean el culo. Pero siempre estabas ahí como un dolor lejano. —¡Golf! —Dios mío. —¿Retrato del artista como un poco de mierda? —dijo él—.. Molly. Ben tiene once. con la nariz arrugada. Aunque parezca gracioso. y con los que compartía genes. Quince años. Intentó calmarse. Molly miró a su padre y los dos se echaron a reír. Molly se quedó pensativa. que habían celebrado sus cumpleaños con él. ¡Caramba! —Se rascó el pelo que tenía encima de la oreja y sonrió. la abriría. se dio cuenta de otra cosa. ¡Qué tonto! «No tan tonto como creerse la hija ilegítima del Conde de Montepulciano». Fantaseaba con conocerte algún día por casualidad. heroicamente. Le gustaba pasear con él y sentir que eran uno. —Molly sonreía. eso fue una de las cosas que más nos unieron. —Pero si yo vivo al lado. Pero era bonito saber que él también había soñado con ella. Le pedí que se casara conmigo a la semana siguiente. en un impulso—. Me di cuenta de que debía quererla mucho para confiarle ese secreto. —¡Tu mujer! ¿Estás casado? ¿Tienes hijos? —Las palabras le salieron sin control.. y puede que yo te haya transmitido mis genes. —¡Earlsfield! —exclamó él. («No pongas esa cara tan horrible. aparte de mi madre. Vamos. Soñaba con que. Le gustaba su sentido del humor. Georgina sonaba bastante pijo. Molly. ¿tan malo es eso? —Bastante. contemplando la estatua y conectando con sus pensamientos.. a ver. como de jugadora de hockey hierba.. pero tu personalidad es sólo tuya. Georgina.

jugando con los barcos de madera. sentados en el asiento trasero de un Honda normal. A veces veían algún ciervo. Molly vio el reloj que había en el frontal del palacio y se sorprendió al ver que eran las cinco y cuarto. había una banda tocando. Se inclinó hacia ella. Te llamaré en .. —No tendremos que conducir —dijo—. —La llevó hasta un par de sillas vacías junto al estanque y.. ¿Las estatuas. su madre les hacía cantar canciones alegres para que se animaran. parándose para subir a los árboles. Molly suspiró: a ella le pasaba lo mismo. Quiero decirte algo. no dijo nada. Mira. y había una colisión entre la extrema formalidad y la alegría casi pagana que hacía reaccionar a los sentidos. me gustaría que pudiéramos quedar. jugaban con las tablas de multiplicar («Si encontramos cinco cestos con tres huevos en cada uno. —Sí. volvían a casa buscando setas. No tienes que decidir nada ahora. Aire fresco y un poco de ejercicio. En primavera veían prímulas y nidos de pájaros. —¿Sabes qué me recuerda? —dijo él—. en el pueblo se organizó una carrera desde la plaza del ayuntamiento hasta la carretera donde paraba el autobús. ¡Será divertido! Molly se ponía de los nervios. una vez sentados.. —Molly. para comer la semana que viene. Y la verdad es que era divertido. Mientras bajaban por la escalera. pero ahora que te he encontrado quiero conocerte mejor. Podemos acortar el camino por el bosque. En alguna parte. al otro lado del jardín. su madre llevó plátanos y un deforme pan de hojaldre casero hecho con harina integral. En los días nublados. Por el camino. claro. —Molly dio un patada a un montón de hojas. —La sonrisa de Molly se diluyó un poco al pensar en todos los cuentos que no le había leído. en la medida que tú quieras. las enormes estatuas de piedra seguían proporcionando una deliciosa sombra. —Tu madre es rara —le dijo un día un niño a Molly—. con los codos apoyados en las rodillas. Las otras madres fueron en coche. Me gustaría que formaras parte de mi vida. por si quieres hablar conmigo. una distancia de un kilómetro. es muy típico de mamá. cogiendo castañas.. En cualquier momento. por favor. y tuvo el valor de llamarme miedica. incluso se ven esos aros metálicos encima del césped.—No seas tan extremista. a quien su madre había mantenido alejado durante veintiún años? Cuando era pequeña. Recuerdo que en Skye se metió en un lago con el agua tan helada que me costaba respirar. ¿Sería algo desleal por su parte entablar una relación con este hombre. Habían vuelto a la escalera de piedra desde la que se dominaba el estanque. La fuente seguía lanzando un chorro de agua como el champán cuando sale de la botella. sintiéndose defensiva. y para que los niños se subieran en la parte de atrás y darles una vuelta.. Se quedó un poco desconcertada. pero me gusta.. cariñosa y enfadada con su madre.. Él se puso serio.»). las palmeras. Molly sólo veía figuras uniformadas y el reflejo del sol en los instrumentos. —¡Oh.. donde Molly había dudado si conocer a «Un amigo» y donde había estado a punto de dar media vuelta y marcharse. devolviéndole la misma sonrisa incrédula. Es increíble. con el cinturón atado y comiéndose una bolsa de patatas fritas.. Entiendo que tienes que pensar en muchas cosas y tienes que hablar con tu madre. —Y a Alexander y Pom con el traje de marineros. En lugar de eso. Quería ser como los demás. parte de mi familia. —¿Ya? —El tren sale dentro de una hora y media. Es como si viera a Babar y Celeste saliendo del palacio con las coronas y las capas color armiño. Llevaba botas de agua y un sombrero de pastor australiano. —Sí. —Siéntate conmigo un minuto. sintió que aquello le resultaba familiar. no! Tengo que irme. —Se metió la mano en el bolsillo y sacó una tarjeta—. los dos solos. más o menos. sé que es muy tarde para todo. bajo su escudriñadora mirada. el palacio con la bandera y todo el mundo divirtiéndose tanto. y antes tengo que hacer la maleta y. tenía que ser distinta. todo. por fin—. Alleluia podrá correr y nada de contaminación. Aquí tienes mi teléfono. ¿verdad? Molly asintió. y solía ir con la bici vieja para ir recogiendo cosas por el camino y metiéndolas en el cesto. —Era demasiado complicado explicarle la historia de su madre y Armand. como si Molly fuera una de esas estatuas del parque que hubiera cobrado vida milagrosamente —. sólo la miraba con asombro y alegría. Frankie siempre fue un poco puritana. Una vez más.? —¡Las historias de Babar! —exclamó Molly. la suya. Aparte de esto.. Molly nunca los vio como deberes.

Se levantaron. por ahora. A continuación. —Molly cogió la tarjeta. ¿Te acompaño hasta donde tengas que ir. —Como quieras. Y era real. No era como los miles de padres que había imaginado. se fundieron en un cariñoso abrazo. y Molly le dio la mano. Sonrió contra su chaqueta. así que sería mejor que se fuera acostumbrando. era un hombre normal: Jonathan Griffin. respondió: «No es un desconocido. con un número de teléfono escrito a mano en la parte posterior. Una parte de Molly pensó: «¿Qué hago abrazando a este desconocido?». Era blanca. Notó un poco de barriguita y pensó: «Las sesiones de golf no son suficientes». para bien o para mal. Y después. mirándose a los ojos. se detuvieron y se miraron. Lo estrechó con fuerza un momento.. —Está bien. creo. me gustaría llevarte a mi casa y presentarte a mi familia. bajo el sol radiante. sé que es muy gracioso. Molly miró su nombre escrito—. Pero era un buen hombre.. Era la primera prueba sólida de su padre. Pero una voz más alta y alegre. . dependiendo de cómo te sientas.. Jonathan está bien. o quizás otro día. no un sueño que desaparecía con el alba. esa tarjeta representaba un compromiso de cara al futuro. Jonathan era alto y corpulento.. ¿Qué te parece? —Bien. no una fantasía. dieron unos pasos.un par de días para quedar. tímidos y felices. Soy sangre de su sangre». pero ¿cómo debo llamarte? Él sonrió. o prefieres ir sola? —Sola. Se quedaron así un rato. Hmmm. —No sé cómo hacer esto —se rió él—. pero la guardó como si fuera un tesoro. Era posible que tuviera que abrazarlo más veces en el futuro. un futuro juntos.? —Alargó el brazo con una galantería algo avergonzada. como las de visita. Supongo que. Sí. Molly era incapaz de decir quién se había movido antes. Es mi padre. ¿Nos damos la mano. normal. y olía a ropa limpia. sintiendo las dos pieles juntas. sin saber qué decir y sin querer marcharse. Más que eso. era su padre.

—Mamá. pero no tuvieron la educación de hablar más alto. ¡y con todos estos botones! ¿Para qué sirve éste? Dos chorros de agua salieron disparados mientras los limpiaparabrisas se ponían en marcha.? Molly se mordió la lengua. cariño. La flauta mágica . ¿por fin has conocido a tu padre?. ¿Qué demonios creía que estaba haciendo...26 —¿Ahora por dónde? —Tout droit.. Fran! —¿O a la izquierda? —Non! —¡No! Mamá. y como la ventana del techo estaba abierta. evitando la mirada incrédula de Molly—. por el amor de Dios. Su madre utilizaba jabón. que resultó ser un edificio enorme de cemento y cristal que estaba frente al río. El coche de Armand giró con violencia. habían quedado en que Armand las acompañaría a la estación.. sólo. una insinuante fragancia de magnolia que no era exactamente desagradable. Sí... tan sensible. bueno. ¡qué casualidad! —dijo Molly... —¿Qué. tuvo que conformarse con los pedazos de conversación que le llegaban. «¿Cómo te ha ido el día. Armand le dio unos golpecitos en el hombro—. No era verdad. el punto de encuentro era la entrada de un instituto árabe. claro. Molly se subió al coche sin decir ni una palabra y cerró la puerta. No lo encontrarías nunca a menos que supieras que está ahí.. había sido idea de él. Y comía lentejas. y comer en un fantástico restaurante. Tardó unos diez segundos en reconocer a su madre. Volver juntas a Londres no es lo que había planeado. sonriéndole a Armand. acústica. —Separándose la mano del pecho. —Te burlas de mí. que llevaba una ajustada chaqueta de terciopelo verde y una camisa de seda blanca debajo. —Eso es a la derecha. Aparte de ir de compras «por el Marais». Molly llevaba unos diez minutos esperando cuando escuchó el claxon de un coche. Minster Episcopi era un poco aburrido.. ¿has bebido? —Sólo un poco de vino en la comida. Molly veía cómo se miraban. quería decir. pero. pero ahora se le acumulaban los reproches.. Molly le lanzó una mirada muy ofendida por el retrovisor. no caracoles. Armand me ha llevado a un pequeño restaurant du quartier. ¿no? —Attention. unas gotas mojaron la cara de Molly. Sigue al Peugeot azul. Dentro de poco tendría a su madre para ella sola durante tres horas. Fran? Ya conduces como una auténtica parisina. —Es tu coche. recto.. a veces. Molly? Oh.» Pero no. Armand. pero las producciones son muy buenas. con una rubia espectacular al volante. Dijo que su madre necesitaba más aventuras en su vida. Es tan rápido. Lo único que olía era perfume. Quizá. miró por la ventana y balanceó un pie. lanzando a Molly al otro lado del asiento de atrás y esquivando por poco a una pareja de turistas que estaban en un paso de cebra. Lejos de los turistas.. bla. en voz alta. La madre de Molly volvió a poner recto el volante y se dirigió a un puente en medio de una sonora pitada por parte de los demás conductores. bla. Podía esperar. Ahora tienes que ir con cuidado. ¿Ves el nuevo edificio de la ópera? Dicen que parece un hipopótamo en la bañera. . en el hotel. fuera lo que fuera.. inadecuada. —Muy bien. con una sonrisa. Siento mucho cómo te ha tratado mi despreciable hijo. ¿Y qué era ese rímel que llevaba. no perfume. Bla. habían ido a un jardín botánico. —Uy. Non. tan ocupada. que detuvo el coche junto a ella.. Me he vuelto un poco loca —dijo. Por la mañana. ¿Ves. dijo su madre. ¡He comido caracoles! —Sí. —Yo también he estado en un jardín. Molly se secó las mejillas y se acercó al oído de su madre. huelo el ajo desde aquí. aburrido? Era su casa. —Todo un detalle —dijo la madre de Molly.. conduciendo el coche de Armand? Al parecer. Ni siquiera Armand parecía compadecerse de la escasez de cultura en lo que él llamaba Minee d'heure Epice-corps-pts. —Yo solía. —Hemos ido de compras —dijo su madre. gran placer. ¡al Peugeot! Voilà. y como le pareció muy descarado asomarse entre los dos asientos. Cruzó los brazos. lo siento. Fran.. cariño? Con el rugir del motor de este fantástico coche no te oigo..

—¿Y. Nadie le ofrecería un puesto así en Londres.. alguien que envíe las invitaciones a los escritores. Además. casi como si Molly estuviera interrumpiendo algo. le lleve la agenda. pero la oficina está en Londres. Esperaba que Fran pudiera acompañarme a visitar el lugar la semana que viene y me diera su opinión.. —Y el pescado es excelente.. ¿Para qué necesitaba esa chaqueta nueva cuando tenía una parca? ¿Y qué demonios podía estar diciéndole a Armand. —Exactement. bueno. Al final.. Molly silenció a su madre con una mirada letal por el retrovisor. ni dinero. estarán bien. yo nado donde sea —dijo la madre de Molly. el corazón roto. en voz baja. hasta en un lago congelado de Escocia. ellos se callaron. mamá? ¿Y Alleluia? ¿Las gallinas? —Oh.. Armand sacó un trozo de papel del bolsillo de la chaqueta y se lo dio a Molly. Molly tiene su propia casa. ¿recuerdas? . Cuando uno vuelve al trabajo.. y con este tiempo tan magnífico. Incluso es posible que el agua todavía esté caliente para nadar. quiere organizar una especie de nuevo festival de literatura en. un nuevo centro cultural en Biarritz. que ya que estoy aquí. Es que pensé.. bien sûr. mamá? —dijo Molly. encantadora y honesta. claro. en la costa atlántica. Y.. Fabrice? ¿Te lo has pasado bien? ¿Cómo se atrevía a preguntar? ¡ La muy insensible! —Ya te lo explicaré en el tren —dijo. —¿Cómo ha ido con los patines. Recuerdo cuando estaba en Bloom «n» Veg. ¿Y si tuviera que llamar a Martin Amis? —¿Por qué no? Eres inteligente. Sólo van a ser unos días.«No era feliz. Aunque. me voy contigo. Sí. Y estoy seguro de que trabajas duro. además. cariño? —le preguntó su madre. —Mamá no come carne —apuntilló Molly. etcétera. se echó hacia delante hasta que.. Quería verme.. sorprendida. sí. un señor francés muy culto. Fran. mañana lunes.. su propia vida. primero a una y después a la otra.. —Preservar el medio ambiente —añadió su madre. ja. el tejado de la Gare Montparnasse y eso. —Hablando de trabajo. —Molly hizo una mueca ante aquel débil intento de entablar una conversación. Sería muy interesante que viera los jardines de París: el Pare de la Villete. aunque a nadie le importara. hojas de laurel y un soupçon de cilantro. ¿Por qué no puedes disfrutar de unas pequeñas vacaciones? En Biarritz hay un restaurante donde sirven carne de cría de jabalí asada con setas... —Sí.. pero. y se estaba recuperando de la revelación más catastrófica de su vida? Chasqueó la lengua y estaba pensando en una respuesta lo suficientemente mezquina cuando Armand dijo: —Mais quand même. Aquel egoísmo dejó a Molly sin habla. para que él le respondiera con esa atención embobada? Molly se aclaró la garganta. una gran amante de la literatura. he pensado en ti. —He invitado a tu madre a que se quede en Francia unos días —dijo Armand. apoyó los codos en los asientos delanteros y asomó la cabeza entre las de su madre y Armand. —¿Opinión sobre qué? —Molly estaba atónita. una señora inglesa con mucho encanto y talento. La relación entre la estructura y el espacio. —¿En mí? —exclamó Molly... ¡pero tú no le dejaste! No me extraña no saber nada de los hombres. parecía que tuviera veintidós años. —Sí. Está esperando que mañana la llames. —Ah. bueno. y se aclaró la garganta. cómo se llama. No me acuerdo. Molly.. con dulzura—. estoy trabajando en un proyecto. —Pero. El viento le agitaba la melena rubia. —La madre de Molly miró a Armand. Inmediatamente. Por cómo se estaba comportando. no me acuerdo. sonriente. ¿no. He hecho algunas llamadas y he pedido algunos favores. tengo una idea para ti. virtualmente. estaba arrodillada sobre la placa metálica del freno de mano. si me necesitas. —Paisajismo..» La risa de su madre la devolvió a la realidad. Sí que lo necesitaba. Bueno. Ha pensado en mí todo este tiempo. y no cuarenta y dos. verás. Armand las miró.. En el Soho y necesita una assistante. con mucho énfasis. No me extraña que mi vida amorosa sea un desastre. suspiró ostensiblemente y miró por la ventana.. —Aquí tienes sus datos. —¿Mañana? —Sí. risueña y despreocupada. ¿qué pasa con las plantas. —¿Ah. Una vieja amiga mía. sí? Ja. «¿Si me necesitas?» ¿Justo cuando no tenía trabajo. la arquitectura y la naturaleza. euh. Empezó a marearse un poco. —Bien. —Ah. haga las reservas de los hoteles.. Naturalmente.

las cucharas. Una noche se quedó trabajando hasta tan tarde que lo invitaron a cenar. —De ríen. en el semáforo. con el Coro del King's College en el tocadiscos (o quizá sonaba uno de los discos viejos de mamá: Blondie o Michael Jackson). «Inteligente. Se metió debajo de la sábana con Bertie. Jem les había hecho tortitas. con las herramientas encima de papel de periódico: botellas de tinta. era abiertamente seductora. parecían adolescentes. Molly intentó borrar de su memoria la imagen de pararse aquí. la seguridad de sus manos moldeando la madera.. sí. Molly estaba escandalizada.» ¿De verdad era así? No era lo que Malcolm pensaba. bebiendo. junto al café. gesticulando y hablando. Tenía doce años y era Navidad. se acordó de algo. A veces. el último quiosco verde. abrazada a Fabrice. Jem ha estado por aquí —decía su madre. se echó hacia delante y le dio un beso a Armand en la mejilla—. y donde después. Pero su padre había dicho que Malcolm era «absurdo». Impulsivamente. cuando llegaba de la escuela. pero no pudo evitar sentir una oleada de deseo y nostalgia. Y. ampollas de purpurina. y Molly había sido la gran triunfadora con una escalera de color. mientras lo hacía. —¡Oh. —Allez. su madre salía más («sólo voy al pub». asustada. con formas distintas pero deliciosas. unas estanterías en un hueco.. Jem estaba mucho más por casa.. después de todo.ba. Una de las cosas de las que Molly y su madre se enorgullecían era que hacían las tarjetas de felicitación y los regalos a mano. «una fiesta en el pueblo». Y ya volvía a estar en la plaza de la République. y se fue a la cama con veintiséis pasas en el bolsillo. cartulinas de colores y una caja llena de rotuladores. muy cansada. hablando. De repente. Después les enseñó a jugar al póquer. Fue una gran fiesta. a pesar de que ya estaba perfecto. mientras caían los últimos rayos de sol. ¿Qué te parece? Jem era el carpintero del pueblo. un recuerdo vivido y rico en detalles. O envolvían cajas de zapatos viejas con papel de regalo que había sobrado de otros años y las llenaban de trufas caseras. la gente rumoreaba que era un antiguo alumno de Eton.. con pasas en lugar de monedas. más alegre y con los ojos más brillantes. mientras se arreglaba el pelo. Molly volvió al asiento trasero para guardar el papel en el bolso. girándolas en el aire muchas veces mientras las cocina. arreglar una puerta que se había deformado por la humedad y no cerraba bien. qué lujo! —exclamó su madre. A Molly le caía bien su brusquedad. y se quedó dormida escuchando las voces y las risas de su madre y Jem. El verano anterior había ido a su casa a hacer varios arreglos. con su perro Kip. veía algo distinto en casa: una estantería nueva. Molly llegó a reconocer el sonido de su coche.—Sí. —Ah. no era una fracasada. Ahora Armand estaba presumiendo de los asientos delanteros con calefacción. sabía que la proposición había sido largamente meditada—. —Molly miró el papel boquiabierta. «voy a dar un paseo con Alleluia»). Muchas gracias. Armand. después competían a ver quién decoraba mejor las tartas: con árboles de Navidad. Aquella realidad la golpeó tan fuerte que se acercó a la ventana para mirar la que podía ser la última avenida. que siempre estaba muy atenta a los tonos de voz de su madre. —Mucho más especiales que comprarlos en una tienda —decía siempre su madre. últimamente. tan buenas que un año Molly se puso enferma y se retorcía de dolor en el suelo de la cocina después de haber relamido los boles. una tontería que a ella le parecía asquerosa. a pesar de que llevaba una vida al más puro estilo hippy en un terreno cerca de Spilsbury's Fields. hacían tartas juntas. Había hecho que Kip hiciera algunos números dignos de un circo. Fran! Tienes prioridad. A partir de aquel día. las ollas y las espátulas que habían usado. A lo mejor. A Molly no le parecía bien. bueno. algodón para la barba de Papá Noel. hablando. Bravo! Sinceramente. en un tono despreocupado. el cobertizo arreglado. Eres muy amable. que le lanzó una mirada que. pero en el coche de Jem sólo iban ellos dos. con las tiendas de campaña en la parte trasera y portándose como dos crios. —Había pensado que este año podemos invitar a Jem por Navidad —dijo su madre. Rápidamente.. En lugar de gastarse el dinero en «porquerías de plástico». Molly se dio cuenta de que. campanas. y se había mostrado muy orgulloso de ella por haberse enfrentado a él. sí? ¡Socorro! —Vite. donde había aparecido la noche del viernes. con un grupo de personas. Molly pesaba la fruta y mamá cogía el cuchillo grande para cortarla. la última cafetería con la clientela sentada en las mesas de la calle. Aquella noche estaban las dos sentadas a la mesa de la cocina. vite!. una de las mejores noches del año. se dio cuenta de que se iba de París. . claro. ma petite —dijo él. —¿Ah. encantadora y honesta. Aquel verano incluso la había dejado sola dos días para irse al Festival de Glastonbury. aunque Molly.. Había algo distinto en su madre. hojas de hiedra y trineos.

Molly sonrió. Puedes quedarte en mi piso. ¿ A ti no? —Claro que sí. esperó a que redujera la marcha para saludarla. Al poco tiempo se mudó. mami. impaciente—. —Apenas pasó un segundo hasta que Molly sintió la cálida mano de su madre sobre la suya. su madre respondió: —Mamá y Molly. le he prometido a tu madre que la llevaría a un concierto en la Sainte-Chapelle. al verla con Armand.. a contraluz. Su madre jamás volvió a mencionarlo. El motor se puso en marcha. supongo. Antes de que Molly pudiera abrir la boca. Fran? —dijo Armand. Sólo es una pequeña aventura. Un brazo de terciopelo se agitó desde la ventana. Aquel nuevo perfume se le metió por la nariz hasta el cerebro. Molly. mientras la abrazaba. No le gusta Kip. Unas lágrimas en el andén. ¿estás segura de esto? —dijo ella.Por eso. Es que me duele un poco por él. con cuidado. empezando la letanía familiar. desde la ventana—.. —¡Mamá! No habrás. Molly giró el muñeco y lo pegó en una cartulina roja.. agradable tener a alguien que me cuide. Conoce. una amante —susurró. El coche se alejó por la calle adoquinada. en respuesta a la pregunta de su madre. con los ojos muy abiertos. ya sabes. aquella noche. —Adiós. son unos brutos. cariño. suavizó la expresión y pellizcó la mejilla de su hija—. demostrando el tacto necesario para dejarla a solas con su madre. Molly todavía no podía creerse que fueran a dejarla allí tirada y se marcharan a un concierto. pero no fue así. Molly vio la misma energía. tendrá una.. pero es tan. pero no podemos acompañarte hasta el tren. mientras decía: —Jem? —Bueno. sí. en plena conversación. cariño. No te preocupes. Entonces lo alisó con el puño. Vio parpadear el intermitente izquierdo. cariño —dijo su madre. se volvió a meter en el coche. pero no antes de que Molly hubiese echado una mirada a las bolsas de tan buena calidad que llevaba dentro. Molly. en lugar de pensarlo y hacerlo todo sola. las mejores tiendas de lencería. echando de menos aquella comodidad y seguridad familiar. —Su madre le pasó una mano por el pelo. ¿verdad? —Vous venez.. lo aplicó a la espalda de un monigote con traje para la nieve. dejarse caer en sus hombros. —Mamá. —Armand se giró hacia atrás—. Tenemos que darnos prisa. la Navidad me gusta como siempre. y sintió el mismo instinto de apagarla. Ten cuidado con los taxis. pero es francés. tomándose su tiempo. Si lo intentaba. Ahora. —Claro que no —dijo. —Molly y mamá —dijo. Tenemos que darnos prisa o no llegaremos. nos acercamos a la estación. Parece que lo conocen en todas las tiendas. a Cornualles. Apenas tuvo tiempo de lanzarle a su madre una mirada de reprobación cuando Armand ya le estaba dando dos besos de despedida. Al final. Armand es muy agradable. Una o dos veces después de Navidad.. ¡Llevaba pantalones de piel! —Voilá. Fran. Molly la abrazó y cerró los ojos. —Vuelve pronto a París. completamente solo en esa tienda congelada. el coche estaba parado frente a la estación. y su madre sucumbiría a sus ruegos. Luego. hasta que desaparecieron por una callejuela lateral. —Armand dejó la maleta de Molly en el suelo y cerró el maletero. Su madre también había bajado del coche. Obediente. en voz baja y algo preocupada—.. Sé que es raro. Seguramente. con una sonrisa en la boca—.. —Levantó la mirada. sólo si a ti te apetece. —Una docena. ¿de acuerdo? Y.. Aquél fue el final de Jem. tendrás que perdonarnos. —¡Buena suerte con el trabajo! —exclamó su madre. uno en cada en mejilla. Excepto que aquella mujer no parecía su madre.. incluso. — Alors. salió y le abrió la puerta. luego el derecho. te sacaré la maleta del maletero. —Venga. mientras paseaba a Alleluia se cruzó con Jem su camioneta. todavía podía conseguir que su madre volviera con ella. Hasta pronto. . cogió un palillo con pegamento y. ni se comportaba como ella. Además. y se cruzó con la mirada nerviosa de su madre. Armand abrió la puerta. Siempre se esconde debajo del piano. con eso.. observando la felicidad con que su madre se subió al coche de Armand. Molly vio las dos cabezas. cariño. No te importa. las dos emocionadas y asustadas por el poder de esas palabras—. fue Molly la que se soltó y dio un paso atrás.. Pero notaba que su madre vibraba con una tensión y excitación que no tenía nada que ver con ella. —No creo que sea justo para Alleluia. dijeron. ofendida.

Todo parecía triste. Molly hizo un gesto con la cabeza. y a una torre tejida con hierro en el aire. a las pátisseries y las épiceries. ni una postal. «Vigilen su equipaje». y la verdad es que se lo tomaba con bastante calma mientras. en el reloj de la estación. y a su regordete marido. No tenía encanto. Cogió la maleta y entró en la estación. incluso su madre la había abandonado. a la aventura. Los nervios empezaban a aparecer entre los viajeros. Sólo había un policía en el control de pasaportes. a las mujeres con pañuelos. París. en Londres estaría lloviendo. y la que se había atrevido a enseñar los pechos. al rumor de pisadas en patios interiores. 27 La cola avanzó unos centímetros.» Dentro de nada estaría de camino a la oscura y conocida Inglaterra. así como la Molly Clearwater que había bailado en un barco con un vestido dorado y sin bragas. al romance. a las sombrillas en las aceras. apagado. Molly estiró su maleta y se sentó encima de ella. sólo un billete de tren en el bolsillo y un corazón roto en el pecho. a los geranios en los balcones. que verificaba los billetes y hacía pasar a los pasajeros hacia el control de pasaportes. Todo era tedio y confusión. no tenía nada que ver con el encanto del resto de la estación. con un sombrero de «Me gusta París». La zona de salidas del Eurostar. guapa —dijo una ronca voz de Lancashire. «El tren procedente de Abbeville acaba de llegar al andén once». —Perdón. ni estilo. rodeada de hojas secas.. En un acto reflejo. sólo una masa de gente y maletas apelotonados en una entrada muy estrecha. con una azafata de uniforme azul y amarillo. «El Eurostar con destino a Londres saldrá dentro de veinte minutos. y los nervios típicos de los billetes y los horarios. Los franceses se colaban . París se convertiría en un sueño. No tenía ni una foto del viaje. Ya se había empezado a hacer invisible. Adiós a los perros con abrigo. a los viejos pescando en el río. al diminuto piso compartido con Sal la Gorda. Alguien golpeó con su maleta la parte trasera de las pantorrillas de Molly. Así que éste era el final de su aventura. Nadie había ido a despedirla. con un pelo canoso típico de las viejas leyendas del rock que hubiese acabado de sufrir un desastre natural. los minutos iban pasando. Adiós a la alegría.Molly se quedó de pie en la entrada. Adiós. a los monumentos y las fuentes. Adiós a la luz del sol sobre el Sena. ni un triste recuerdo. como si fueran animales de una manada. a la chispa. La cola avanzó un poco y ella también lo hizo. «Está prohibido fumar». situada en un balcón debajo del techo. . girándose lo suficiente para ver a una mujer con chándal verde. Seguramente. Los anuncios de megafonía resonaban en la cabeza de Molly.

—Molly.» Molly tragó saliva y agitó la cabeza. mientras le cogía la maleta. Tenía las mejillas coloradas y la cara toda sudada. París se había terminado. C'est normal. hablar contigo. El señor «Me gusta París» levantó el pulgar y señaló el espacio que tenía delante.. Molly se lo agradeció con una breve sonrisa.. «Sólo una estúpida chica inglesa que ha venido a pasar el fin de semana y a buscar un francés con quien acostarse. observando la sensual curva del labio inferior de Fabrice. Sé que dije algunas estupideces. Sabía que tenía que venir y encontrarte. soltándose—. y lo siento mucho. se la llevó a los labios y la besó.. Dime que me perdonas. —Esto está mucho mejor. dime que me perdonas. los pómulos tan perfectos. —¡Fabrice! —¡Molly! ¡Gracias a Dios que llego a tiempo! Había venido corriendo.» Se iba a casa. qué guapo que estaba! El reloj de la estación marcaba doce minutos para la salida del tren. Apartó la mirada. Me he portado muy mal. En una mano lle. El ardor de su mirada hizo que Molly se girara otra vez. El pelo le caía despeinado en la frente. atónita.» Lo notó otra vez y se giró. apartando la mano de Fabrice. En la cara dibujó una traicionera sonrisa—. Estaba tan arrepentido y era tan apasionado e irresistible. Todo en él era fiero. guapa. ¿no? —¿Sí? —dijo Molly. no! Voy a perder el tren. señalándose el corazón—. urgente.. Molly veía cómo se le movía el pecho con la respiración. Ven. —Fabrice le agarró un dedo con uno propio y le balanceó la mano—. Fabrice la había herido. —¡Fabrice. Lentamente. —De acuerdo —susurró ella. —¿De qué? Fabrice se echó el pelo hacia atrás en un gesto lleno de pasión. Pero lo siguió como si la tirara de una correa invisible. La sonrisa de Fabrice fue como una lluvia de fuegos artificiales. En el cine no podía dejar de pensar en ti. Molly echó una ojeada a la cola. por favor. Estaba enfadado. ¿Qué quieres? Fabrice se inclinó y la miró a los ojos. Aquí —dijo.. —Todavía estás enfadada. «No hay ninguna necesidad de empujar. Te llevaré le chariot — dijo. Molly. humillado. ella levantó la cabeza. «Concéntrate. tan adorable. Molly notó que alguien la tiraba de la manga. tengo mucha prisa.. Prácticamente se precipitó hacia delante arrastrando su maleta trole. Mírame. llamándola. la había hecho sentirse imbécil e inútil. Llevaba la chaqueta de piel abierta. —Quiero decirte que lo siento. aquellos ojos aterciopelados. no sabía lo especial que eras.. —Ecoute. Fabrice había dejado sus cosas encima de la maleta. Molly bajó la mirada hasta el primer botón de la camisa. Molly. De verdad. Hasta ese momento. y los huesos de las caderas. . Él se acercó y apoyó una mano en la maleta. confundido. Ahora tenía a Molly agarrada por los codos y acorralada entre la pared y su cuerpo. No puedo hablar contigo así. la sacaba de la cola y se colocaba junto a la pared. muy agitada después del esfuerzo. Mira —dijo. —Perdona.. La cola había avanzado casi un metro sin que ella se enterara. Encontraremos un rincón tranquilo. físico. Agarró el asa de la maleta con fuerza. ¿Qué estaba haciendo? Aquello era una locura. lejos de esta gente. —Sé que te he hecho daño. Por favor. —Su tono de súplica sonaba a reproche—. Molly volvió a la realidad. Le cogió la mano. Era tan absurdo. —Esta tarde ha sido un tormento. indicándole que le guardaba el sitio. ¿puedes avanzar un poco? —le dijo la señora que tenía detrás. Mis amigos se estaban riendo de mí. por encima de la cintura de los vaqueros. encendiendo un fuego en su interior.vaba el casco con un paquete dentro. Pero cuando te hago daño me lo hago a mí mismo también.impunemente ante la ira silenciosa de los británicos. ¡Dios. pero no lo decía en serio. Molly le miró los dedos y era como si pudiera sentirlos en la piel. —¿Qué haces aquí? —Quería verte.

acariciándole la nariz con la suya. rozándolas contra su cuerpo. Quédate en París. en cualquier instante. La camisa era muy fina y olía a él. por qué era imposible que se quedara.. Pero lo único que pudo hacer fue dejar caer la cabeza en su pecho. pero por un día o dos no pasará nada. —¡No puedo! —¿Por qué no? —El tren. Se la podría haber arrancado con la boca. A Molly le pareció que.. intentando recordar por qué se iba a casa.. ¿Acaso no te gusto... En Londres. se iba a derretir. —Quédate conmigo. —Bof.. —Claro que sí. Y ahora no puedo dejar que te marches. me han ofrecido un trabajo muy interesante. —¿Acaso no nos hemos divertido? —Su aliento le hacía cosquillas en el cuello—. —Tonta —dijo. —El billete. ¿no? —Jugueteó con las caderas. Molly —le dijo—.? . Cerró los ojos. —Y.. —Alargó el brazo para cogerle la otra mano e hizo que lo abrazara y se apretó contra ella.—Tu vois? Ya ves qué fácil es hacerme feliz. Es importante. aunque sólo sea un poco? ¿Es que no te acuerdas de lo bien que estábamos en la cama. Fabrice.

—¡Fabrice! Eso es una maldad —dijo Molly. No tiene tus preciosos ojos azules. Le había dicho que tenía razón. no iba en serio. No eres serio. —Hizo un gesto con la mano encima del pecho que era clarísimo: Gabrielle era plana como una tabla de planchar. Molly. pero tú eres fuerte. —No tienes que estar celosa de Gabrielle. tus maravillosos pechos (les seins superbes).. ¿Quién era ella para desmentirlo. Eres una mujer. el cuerpo de Molly se arqueaba. como al zorro de E lPrincipito. La azafata abrió los ojos y le señaló el reloj.. lo que aquí llamamos la carte bleue. no por ti. —Se los miró sin disimular su admiración—. Molly suspiró. Por él. Él le hizo olvidar cualquier cosa que hubiera o no hubiera dicho con un gesto con la cabeza y le volvió a coger las manos.. Boquiabierta ante aquella idea. por mal que se hubiera portado? De manera inconsciente. todo este tiempo has tenido a Gabrielle? —Te lo juro. No. y estabas tan adorable que caí en la tentación. Recorrerían las calles de París juntos. Nadie era perfecto.. a hacer ver que te importo. aunque tuera por poco tiempo. una noche. soltándose una vez más—. claro que pensé que eras muy guapa. Pero entonces me llegaste al corazón y. Podemos marcharnos ahora mismo. nada especial. Ahora no puedes abandonarme..... Faltaban ocho minutos—.. ¿Qué importaba que él fuera débil? Y un poco vago. ¿Cómo puedes venir aquí a atormentarme de esta manera. no puedo —dijo. firme. Se imaginó alejándose de aquel ruido y aquella confusión. en aquella seductora cara. —¿Por? ¿Sólo porque te gustan mis pechos? —dijo Molly. y él la escucharía. darían rienda suelta a la pasión hasta que ella se quedara dormida encima de su pecho.. no lo sé. a reírte de mí. —Cambiaré. Podría tener a Fabrice. «¡Sí!» Mientras él se acercaba. Fabrice! —dijo. Mister Darcy había humillado a Elizabeth. Más tarde. Y un poco mimado. cuando todo este tiempo —era humillante tener que recordárselo—. en-fin. Fabrice. se acordaba. mirándola intensamente. Fabrice apoyó el antebrazo en la pared. Sólo un día más. —Olvídate del tren. con el cielo tiñéndose de rosa pálido encima de los tejados.. lo sé. Fuiste tú quien dijo: «¿Qué haremos mañana. Los últimos pasajeros ya habían llegado a la azafata.Sí. Y en el museo Rodin no tenía ni idea. Molly. —Bueno.. Molly apenas notó que la volvía a coger de la mano. Tengo la moto fuera.. Sólo es una chica. giró la mano y entrelazó los dedos con los de él. En el fondo. Era muy difícil resistirse a las súplicas en sus ojos y a esas palabras que salían de su boca. Me hiciste presentarme en casa de tu padre sola. tu preciosa melena rubia.. ¿no? . Miró la cola y vio que la pareja que llevaba detrás había desaparecido por el control de pasaportes. que los había hecho pasar y estaba mirando alrededor buscando más gente. Fabrice?». No me hace sentir lo mismo que tú. Gabrielle es. sucumbiendo. Y hoy te has comportado como si fuera una extraña. Molly levantó una tímida mano para llamar su atención. Molly. hacerte el amor.... —Me abandonaste —le recordó ella—. la garganta. en alguna oscura habitación. Ahora me has domado. aunque no pudo evitar una sonrisa. soltándole las manos—. Un día. ¡La admiraba! La necesitaba. Le apartó un mechón de pelo de la frente y sonrió. obligándola a concentrarse en él. Molly cerró los ojos mientras la mano de Fabrice le recorría la parte trasera de la oreja. Molly. Pero tienes razón. ¡No puedo pensar! —La voz de Molly desprendía angustia.. Molly. —Pero dijiste. —Fabrice. —¡No lo hago ver! —. —¡Pero estaba equivocado! Tienes razón. sino por mí. ¡Y mister Rochester intentó casarse con Jane Eyre mientras todavía estaba casado! Podría tener París. Ahora que te conozco. La primera vez que te vi en el barco. Luego ya veremos. Hablarían. el cuello. saliendo con Fabrice al aire fresco de la tarde.. ¿Cómo iba a olvidarlo? ¿Cómo se atrevía a recordárselo? —¡Basta.. no puedo pensar en ella. una hora. Verían fuentes y cafeterías. hiciste que quisiera pintarte. Por eso quiero que te quedes. Deja que te lo demuestre. sería una tontería no hacerlo. medio divertida. Casi era una obligación quedarse. Olvídate de Londres. valía la pena. ¡Había perdido su sitio! Eran las seis y treinta y siete. Soy débil.. respirarían vida y risas. Se montaría en la moto y se abrazaría a él con fuerza. ¿te quedas? —dijo él. medio exasperada. enfin. una noche más. Fue divertido darte una vuelta en la moto.. —¡Sí que lo soy! Écoute. entre Gabrielle y yo ya no hay nada.

Una azafata se asomó por una puerta y le cogió el billete. . otro. Se oyó un pitido. cómodamente sentado junto a la ventana frente a una humeante taza de té. —Vite. —Las puertas se cerrarán automáticamente en breves momentos —anunciaron por megafonía. El tren saldrá dentro de cuatro minutos. Molly. Molly notaba su aliento en los labios. Metió el billete en una máquina automática. —Si me lo hubieras dicho ayer —le dijo—. Con un suspiro de desesperación. Se acordó de su padre en el Jardín de Luxemburgo diciéndole: «Estoy tan orgulloso de ti que podría rugir». quizás un poco de agradecimiento. vite! ¡Tiene que darse prisa! Molly estaba buscando el pasaporte en el bolso cuando notó un brazo alrededor del cuello. una noche. esto es para ti. con las piernas separadas y las manos en los bolsillos. Molly levantó la cabeza y abrió los ojos. arrastrando la maleta. ¿Vienes conmigo? Los segundos pasaban. La imagen de un chico rebelde mirándola con fiereza e intensidad.. No le dará tiempo a llegar al suyo. Au revoir.. lo vio por última vez. Entonces los ojos de él se volvieron fríos.. —¿Por qué? —Porque. guapa —reconoció enseguida la voz del señor «Me gusta París».. Je t'embrasse. un día. —El tren está a punto de salir —le dijo la azafata. como si fuera un tesoro—. Su mujer le lanzó una maternal sonrisa. hasta que ya no lo vio. Mientras recogía las cosas. para mí. ¡Dios! No había nadie. Quieres quedarte. Pero. rabia. Porque. —Fabrice. pero tengo que irme. Él apartó el brazo y miró al suelo. Fabrice estaba tan cerca que tenían las frentes juntas. Fabrice —dijo. Ella agitó la cabeza. decepción. —Fabrice le dio algo—. —¿Y qué ha cambiado? —dijo él. —Me voy a casa. Incluso ahora se moría por un último y apasionado beso. hasta que llegó al andén. por favor. Lo sé. al final. Molly dio media vuelta y salió corriendo hacia el mostrador. —Molly cogió el asa de la maleta—. —¡Dos minutos! —exclamó la azafata. Y Elizabeth rechazó a mister Darcy hasta que él fue consciente de su propio carácter. sólo un hombre uniformado mirando el reloj y con una bandera levantada.. Pensó en la fotografía de cuando era pequeña que él había guardado con tanto mimo. ¡ Ya voy! —le gritó a la azafata—. La azafata se quedó con el billete y le frunció el ceño. ¿Quién lo dijo? Molly cerró los ojos. agarrándola del brazo—.» Pero Jane Eyre se esperó hasta que mister Rochester estuvo libre. has decidido venir a casa? —Sí —dijo ella. Unos segundos después las puertas se cerraron. Se apartó y se dio media vuelta. Molly —susurró él—. Molly se metió el paquete de Fabrice en el bolso.. el picor de una barba de tres días contra la mejilla y un furtivo beso en la comisura de los labios. —No lo entiendo.«Pasajeros del tren Eurostar de las seis cuarenta y cinco. despídete de mí —le rogó ella. dolor. intentando recordar. El tren empezó a moverse. Sé que me merezco más que eso. —Levantó la barbilla y lo miró a los ojos —. Veía caras que la miraban por las ventanas mientras corría por el andén en busca de su coche. Molly levantó la maleta hasta el tren. con una mano sobre su brazo. —¿Así que. lo siento. y se echó a llorar. —Toma. —Buenas piernas. Molly empezó a caminar por el pasillo en busca de su sitio. y después subió ella. casi como si le arrancaran la piel. empujó el torno automático y empezó a correr por un pasillo y a bajar escaleras. —se calló.. Vio cómo las distintas emociones pasaban por el rostro de él: incomprensión. «La gente demuestra su carácter con sus acciones.. —Suba en éste —le dijo—. un «ya veremos» no es suficiente. jadeando por la carrera. yo no. ¡Pum! Le sellaron el pasaporte.. Lenta y dolorosamente. —Al menos. te habría dicho que sí sin dudarlo. —Sí. Todos los demás ya habían subido al tren. Molly dio un paso. —Viens. lo colocó todo en la bandeja de los rayos X y pasó por el detector de metales. Adiós. Je viens. vayan al andén de inmediato. Soy la misma persona.

. ¡Podía llamarlo y preguntárselo ahora! No iba a hacerlo. Pero tardaron muy poco en volver a sus ocupaciones. fue consciente de las miradas divertidas de los otros dos pasajeros: una señora de mediana edad. si tenía hermanos. Tendría que haberse quedado con Fabrice. La sombra de duda que siempre la había acechado por fin había desaparecido. No. que era uno de los cuatro que había alrededor de una mesa de fórmica gris. A cada kilómetro. Gastó los últimos euros en un bocadillo de jamón y una taza de chocolate caliente. y no en forma de torres cuadradas como las que estaba acostumbrada a ver.. volvió al coche y buscó su asiento. que estaban al otro lado del pasillo. la semana siguiente. que tuvo que levantarse para dejarla pasar. ¿El numerito de la estación había sido otro juego. como aletargada después de la tormenta emocional de la estación. tecleando en el ordenador portátil. claro. aristocráticas vacas color castaño. como darle una vuelta en la moto el viernes por la noche? Molly masticó el bocadillo. así que Molly pudo seguir dándole vueltas a sus pensamientos. que se sentaba delante de ella. el Sacré-Coeur a lo lejos. París ya era historia. el romance. Se disculpó con una señora japonesa. En lugar de eso se había guarecido en el espacio para el equipaje situado entre los dos coches. Era extraño volver a hablar inglés. y la señora japonesa siguió su conversación con sus acompañantes. Molly se dio cuenta de que estaba hambrienta. Molly iba empapándose de los detalles de aquel paisaje: campanarios semejantes a sombreros de bruja.. delante de sus ojos. con la barbilla apoyada en la mano. ¿Qué sentía realmente Fabrice por ella? Aquella pregunta le resonaba en la cabeza y la atormentaba. . pensativa. Le daba un poco de vergüenza presentarse allí a estas alturas del viaje. quizás hasta tíos. No había ningún oscuro misterio ni ningún secreto vergonzoso. la atracción. como si tuviera la cabeza en otra parte. El horizonte subía y bajaba en suaves ondulaciones pobladas de álamos. observando las llanuras del norte de Francia a través de la fría ventana.. cada callejuela con motos entre el tráfico. una voz anunció. y tan triste. y un chico joven. Pero estaba tan guapo. Había algunas nubes que cubrían el opaco cielo nocturno. Francia desaparecía. Era increíble lo mucho que cambiaba su vida el simple hecho de saber quién era él. abuelos. y mantenía la cabeza apoyada contra la ventana para torturarse viendo cómo se alejaba de París. Molly estaba sentada. a su padre. Cubrió el vaso de chocolate con una tapa de plástico. Cada edificio o balcón. todo hacía que volviera a llorar. Sin darse cuenta. tías y primos.. Estaba orgullosa de sí misma por haber tenido el valor de marcharse. allí estaba el propietario de la voz. la sensación de que había algo especial entre ellos? Le habían pasado tantas cosas maravillosas en París.. que leía un libro. Aunque lo hizo lo más rápido que pudo. y se los llevó a una de las mesas vacías junto a una ventana. y al frente de una serie de mesas altas sujetas al suelo. las sombras se iban apoderando más del paisaje. ¿se lo había imaginado todo. ¡Mierda! Debería haberle preguntado a Jonathan. no. ya que desde el cruasán en casa de Armand no había comido nada más. porque el asiento de Molly estaba junto a la ventana. tenía una bola helada en el estómago que ningún chocolate caliente podría derretir. Había encontrado a su padre.. Se terminó el bocadillo y se cansó de estar de pie. postes de hierro junto a la vía del tren para sujetar la catenaria. Y ella se sentía tan mal ahora. Durante la primera media hora estaba demasiado alterada para quedarse en su asiento bajo la atenta mirada de los demás pasajeros. otro capricho. nunca habría funcionado. Una cosa tenía clara: nunca más se volvería a enamorar. Por el contrario: ahora tenía una nueva familia a la que pronto conocería. Entonces. amable y muy elegante con su chaqueta blanca. en lugar de las blancas y negras de toda la vida. pero saber que podía hacerlo era tan maravilloso que se agarró al borde de la mesa. tanto en inglés como en un francés con mucho acento. perdida. en el asiento del pasillo.28 Se estaba haciendo de noche. hermanastros. delante de la ventanilla de servicio.. Fabrice. justo cuando la ciudad se convirtió en bloques y naves industriales. Estaba desorientada. Los oscuros campos desaparecían rápidamente detrás del reflejo fantasmal de su propia cara. que el coche restaurante estaba abierto. Sin embargo. Se secó las lágrimas con las mangas de la camiseta y cruzó varios coches hasta que llegó al bar. Se lo preguntaría cuando lo viera.

Suspiró.. ¡Ooops! Se acababa de acordar de Malcolm. interesada. con toda seguridad. como si quisiera poner a prueba a esa nueva Molly. Pero le serviría de escarmiento por haber callado tan cruelmente y haberla sobreprotegido todos estos años. Se bebió el último trago de chocolate y se sentó muy erguida. se escondían hombres vulnerables y decentes. larguirucho y delgado debajo de una sudadera azul celeste. Molly se emocionó y. incluso de admiración. con ese sentimiento. Ya se las imaginaba.. Molly pensó en llamar a Armand esa noche y ver si su madre estaba con él. maravillada. estirada con las manos detrás de la cabeza era ella? El dibujo era erótico. sí! En el nuevo trabajo como assistante de la «vieja amiga» (jo. Por Molly. antes de subir para asegurarse de que Zadie Smith había dormido bien. su secreto hubiera salido a la luz. y haciendo todo aquello que Molly pensó que haría cuando viviera en Londres pero que nunca se había atrevido a hacer sola. Tenía una cara amable. no estaba sobreprotegida y reprimida y. con la mirada lánguida. la plus belle et la plus gentille de toutes les filies».. despreocupada. un detalle muy profesional que la hizo sonreír. «Le pregunté a mi padre. Era un dibujo de ella misma. así que el de Francia sería memorable.» La idea le pareció tan brillante y satisfactoria que se quedó mirando su reflejo en la ventana. cuando su madre se iba. saliendo por la noche a algún bar.. mi padre dijo. ¡Un festival literario! Tendría que conocer a todos los autores de moda y los gustos populares.. Cerró los ojos un momento. su madre también. Ahora sabía que todo aquello no era verdad. que se había quedado embarazada y sola y lo había dado todo por su hija. sino segura de sí misma.. También tendría que verlo. Lo había firmado y fechado. al tomar la decisión. muy alarmada y asustada de que. ¿Aquélla era ella? ¿Esa criatura sensual con el estómago redondeado y los pechos esplendorosos. Su madre se sentiría terriblemente culpable. la chica más guapa y cariñosa. Para Molly. miró al chico de la sudadera. Era un cilindro largo envuelto en una bolsa de plástico y sujeto con gomas elásticas. si Alicia insistía en aquella perversa atracción. ¿o acaso el dibujo se veía desde el otro lado? Sonrojada. Pero el corazón le daba brincos de alegría. No debió ser nada fácil. El chico de la sudadera la miró. debajo de la coraza de superioridad. quitó la bolsa y desenrolló el papel. sino deseable. pero mejor no hacer uso de él y olvidarlo para siempre. Las sacó.Alicia iría a Londres: algo más que tener en cuenta. Y de ahí toda la historia con Armand. con veinte años. Se acabarían las tonterías de ir a Biarritz: cogería el siguiente tren y volvería a casa. todavía mejor: «Papá. Además. ¿no sería una prueba de que era una adulta y ya no necesitaba protección? Además. no era tímida. Él sonrió. Molly tenía el derecho de llamarla. Con descaro. en sus manos. ¡Vaya! ¡Guerra y pazl Levantó la mirada.». vio a su madre de otra manera. Dónde estaba? ¡Ah. preciosa. Pero ahora tenía una amiga. ¿Qué leía... con delicadeza y afecto. aunque era gracioso que la etiqueta de «estúpida secretaria» ya no le doliera. pero también tenía carácter. revelarle aquella bomba en medio de su «pequeña aventura». Molly lo volvió a enrollar. algo sobre los cuerpos especiales de la policía. Molly resbaló por el asiento hasta quedarse prácticamente en posición horizontal para poder leer el título. Se fijó en el chico que estaba sentado en diagonal: veintitantos. Fabrice había captado su tímida rebeldía y el fuego en los ojos. de dejarla tontear con franceses o hacer cualquier otra cosa que le apeteciera. Unos ojos grises y divertidos la estaban mirando fijamente.. ¡desnuda! Más que eso. por fin. ¿ ¿Y su madre? Cuando Molly le explicara lo que había pasado se quedaría de piedra.. Ella miró hacia la ventana. Pero lo que más la emocionó fue la dedicatoria que había escrito en una esquina: «Pour M o l l y . con todo su amor. Con todos sus defectos. jo) de Armand.» Las palabras de su padre levolvieron a la mente. viviendo aventuras divertidas. se dedicó a ella en cuerpo y alma.. ¡Mierda! ¿Cómo había podido olvidarse? Se agachó y sacó del bolso el regalo de Fabrice. Sería un poco embarazoso. . intentando imaginar la chica que él había descrito: Frankie: guapa.. Y no era la única que se moría de ganas de escapar. Sería divertido pillarla en casa de un hombre. por ejemplo? Seguramente.. no era una mojigata. sentada junto a Will Self en el desayuno (o una «orgía oleaginosa». Se lo quedó mirando. Es más. para entonces ya tendría un nuevo e interesante trabajo.. Sí. como lo llamaría él). cabello castaño. no era regordeta. a las dos. voluptuosa. Las dos seguían ancladas a ese viejo «Molly y Mamá»... siempre le traía un regalo. Seguro que no es lo que hubiera querido pero.. o una de esas novelas sobre cómo. . —empezó a practicar mentalmente—. aunque sólo fuera un día. Fabrice no había sido un cínico: y la prueba estaba allí. lo cerró con las gomas y lo guardó. Si era capaz de dejar libre a su madre. le había abierto los ojos a una nueva visión de sí misma. Parecía perfecto pero ¿podría hacerlo? ¿Qué iba a decir en la entrevista? ¿Quién podría darle buenos consejos? «Se lo preguntaré a mi padre. Molly se imaginó en un fantástico hotel rural. «No seas muy dura con tu madre. .» No.

Las llevaba en el corazón. se levantó y fue al servicio para asegurarse. Molly se acercó a una ventana. Molly miró con serenidad por encima de la cabeza del chico y avanzó hacia su nuevo futuro. se miró al espejo. Abrió la puerta deslizante para entrar en su vagón. encanto. se le había corrido el rímel o se le había quedado un bigote de chocolate. Ay. entre un sollozo y una sonrisa. Ya no habría más disfraces. sería ella misma. para echar un último vistazo. Entonces. Fuera adonde fuera. Seguramente. Fabrice estaba en algún ruidoso café.. liberación y una sensación de posibilidades que le hacían hervir la sangre. Era muy guapo. impredecible. Ahora sabía quién era. fue como si la cabeza se le llenara de luz. con el sol reflejado en el río. absurdo. melodramático. ¡Qué tonta! Esas cosas nunca desaparecerían. FIN . aunque sólo vio la noche.»). No lo olvidaría nunca. hiciera lo que hiciera. Gabrielle. Se acabaron los vestidos dorados.. la invadió la tristeza al pensar en todo lo que había vivido y descubierto en París. las pelucas morenas y los vestidos rojos. en ese mismo instante. informal. escuchó que por megafonía anunciaban que en breves momentos el tren se metería en el túnel. Dios. alegría. Por un momento. con las lágrimas. Mientras abría la puerta.. Sacó su bolso de maquillaje. de repente. y todo lo que había significado para ella: belleza.. Se le hizo un nudo en la garganta. Después de peinarse. Había dejado el libro encima de la mesa. acariciando a alguna chica francesa mientras desmentía los rumores de una supuesta anglaise con la que lo habían visto el fin de semana («Mais écoute. París siempre estaría en ella. se acarició los ojos y se puso un poco de brillo en los labios y en los párpados. A partir de hoy. El chico de la sudadera levantó la vista. como si volviera a estar en el balcón de casa de Armand. pero muy guapo. Disculpándose con la señora japonesa una vez más.De repente.. Molly pensó que igual..