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EVEL5

Cada día es un alb

*& -ÍHÍ-

Colección «EL POZO DE SIQUEM»

40

Louis Évely

CADA DÍA ES UN ALBA

(2. a edición)

Editorial SAL TERRAE Santander

Título del original francés:

Chaqué jour est une aube © 1987 by Éditions du Centurión Paris

Traducción de Gregorio de Vahíos © 1989 by Editorial Sal Terrae Guevara, 20 39001 Santander

Con las debidas licencias

Impreso en España. Prinled ¡n Spain

ISBN: 84-293-0830-X Depósito legal: BI-1415-90

Impresión y encuademación:

GESTINGRAF C.° de Ibarsusi, 3 48004 Bilbao

índice

Preliminar

9

 

EL DERECHO A EXISTIR

El gusto de existir

17

Inventar la existencia

22

Comunicarse para existir

24

Despertar a sí mismo, despertar al mundo

28

Raíces

34

 

AMOR Y LIBERTAD

El amor lúcido

¡y quisiera amar a todo el mundo!

39

No me amo a mí mismo

41

Los jóvenes. El amor. La fe

44

El amor de los padres

48

La vida en pareja

¿El aburrimiento o las dificultades?

50

El primero de los mandamientos

.'

52

«La verdad os hará libres»

55

SUFRIR, MORIR Y RESUCITAR

¿Por qué el mal?

61

Atreverse a ser feliz en un mundo infeliz

63

Gozo y sufrimiento de Dios

65

«¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?»

68

Ofrecer los sufrimientos

¿qué sentido tiene?

71

La verdadera muerte

no es morir

73

¿Por qué callan nuestros muertos?

75

¿.Tienes ganas de resucitar?

79

CREER

ESPERAR

PERO ¿EN QUE DIOS?

La juventud

una esperanza

 

85

¿Qué Dios?

 

88

Dar

a luz

a Dios

94

¿Quién eres tú, Jesús de Nazaret?

 

97

Buscar

desear

 

100

La fe, una duda superada

 

103

«Nuestra poca fe

»

,

106

 

EL DIOS DEL EVANGELIO FELICIDAD Y BIENAVENTURANZAS

 

¡Hay que ser feliz de inmediato!

111

Las Bienaventuranzas, revelación sobre Dios

113

¡Dichosos los pobres!

115

¡Dichosos los mansos, porque poseerán la tierra!

119

¡Dichosos los que lloran, porque serán consolados!

120

¡Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia!

123

¡Dichosos los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia! .

126

¡Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios!

129

•|D\Aw,os tos qut, tobayari po-i \a •pía).

\¥l

¡Dichosos los que padecen persecución por causa de la justicia!

135

 

EL DIOS DE LAS COMUNIDADES CRISTIANAS

 

Dios Padre

 

139

Dios Creador

143

Dios Hijo

146

Dios, Verbo hecho carne

150

Dios Salvador

153

Dios Espíritu

155

Dios viviente en Jesús resucitado

161

 

COMO ORAR

 

Orar, aprender a respirar

 

167

Orar

171

Intercesión

175

Alabanza

180

- 6

DOCE ORACIONES

El nombre olvidado

185

Intento decir algo sobre tu silencio

186

No

te he reconocido

188

¿Quién eres tú?

189

Mi

vida

191

Más íntimo

193

En

tus manos

194

Meditando a san Juan

195

Señor, el que amas está enfermo

197

Al Creador

199

Padre nuestro

202

Alégrate

203

_ 7 _

Preliminar

Envuelto en la luz ocre de una tarde del verano de 1984, a con-

traluz, un hombre de cabellos blancos desciende hacia la casa que

él

mismo ha creado junto con Mary, su mujer. De silueta espigada

y

paso ágil y decidido, me resulta difícil adivinar su edad. Me da

la impresión de que está fuera del tiempo. Yo no había estado nunca con Louis Évely, que era para mí, como para muchos, el autor de unos libros que habían marcado a toda una generación. Habíamos acudido allí en busca de un lugar donde hallar verdad, silencio y oración, atraídos por la belleza de la región y la fama del nombre de Évely.

Nos sentamos a la mesa. Su mirada es chispeante, y su gesto vivo. Lo que me llama la atención es la sorprendente vivacidad de este hombre, que se entusiasma con lo que acaba de descubrir. Sale de su despacho rebosante de ideas, como quien desciende de la cer- cana colina con las manos llenas de flores. Hablamos, sin ningún

tipo de guión previo, de Dios, del deseo del hombre, del sufrimien-

to, de la felicidad

Siento que es un hombre habitado por la bús-

queda. Esperaba encontrarme con un viejo luchador un tanto cansado, y me encuentro con un joven que tiene ante sí el futuro

del mundo

Su mirada parece entonces adentrarse en el interior de sí mis- no. Se me antoja ausente. Tengo la sensación de que está escuchando profundamente. Me recuerda los árboles mediterráneos que nos ro- dean y que el viento, ya un tanto fresco, anima y llena de bullicio. Da la impresión de se r feliz en esta casa que, de acuerdo con su mujer, ha querido llamar Alba, el único nombre que le cuadra

a este descubridor infatigable. Aquí se detuvo hace algunos años, porque había llegado el momento de dar cuerpo, de dar corazón

y medita en vo z alta sobre él .

-

9

-

y carne a lo que para él resultaba cada día más esencial: crear un lugar donde vivir. Como si sintiera la necesidad imperiosa de con- centrar, en la paz y el silencio compartidos, lo más íntimo de su larga búsqueda. En estas páginas tenemos sus confidencias al respecto. Lejos de las modas, a las que él jamás se sometió, su reflexión se hacía, cada vez más, oración. Aquí están sus temas favoritos, tratados con mayor serenidad y sensibilidad que nunca: el hombre, el creyente, Dios. El hombre, que redescubre la felicidad; el creyente, al que iluminan las Bienaventuranzas de Cristo; y Dios, tan cercano y, sin embargo, tan oculto. No es difícil reconocer ahí las líneas de fuerza que han orienta- do el pensamiento y la acción de Louis Evely, de los que tantos de nosotros nos hemos alimentado. Y, sin embargo, ha cambiado su acento, que ahora es más interior y más contemporáneo que nunca. Al hilo de los días, alejado voluntariamente de los combates coti- dianos, vivía en el Alba como esos anacoretas que abandonan las tumultuosas ciudades en que se confunde la agitación con la acción. El verdadero combate se libra en el fondo del corazón del hombre y contra todo cuanto le impide latir ai ritmo de su deseo, que es deseo de Dios. Los temas tienen la suficiente flexibilidad como para no perder nada del valor de la vida, del tiempo de vivir, de la palabra del cuer- po, donde el amor se hace libertad. El sufrimiento, que él padeció con sonriente pudor durante la larga enfermedad que habría de aca- bar con él, poco a poco se le va haciendo familiar y fuente de una nueva profundidad. Su meditación se une, enriqueciéndola, a la de todos cuantos topan en su camino con el sufrimiento y la muerte. Pero no es en modo alguno una meditación solitaria; es más bien contemplación, porque en cada página están presentes Dios, Cristo y la multitud de los creyentes que se reúnen en las iglesias o que buscan por los caminos. Louis Evely fue, alternativamente, lo uno y lo otro, sin jamás renegar de nada, tejiendo con paciencia los hilos multicolores de su vida. El encanto de la edad madura, en el atardecer de la última eta- pa sobre esta tierra, consiste en entregar el secreto que explica y

-10 -

desvela'toda una vida. Aquí está el verdadero Evely, fraternal y exi- gente, humilde y colosal. Lo que nos emociona, de los textos que aquí hemos recogido, es escuchar unas palabras que podemos ha- cer tanto más nuestras cuanto que antes fueron palabras que él se murmuraba a sí mismo en el silencio. Por supuesto que no han perdido nada de la fogosidad, el vigor

y la belleza expresiva de un hombre habitado por la pasión de hacer

a los demás partícipes de lo que él creía. Nunca quiso dejar en paz

a quienes padecían la tentación de dormirse en trivialidades con- vencionales, y hasta el último día de su vida mantuvo esta actitud. Pero esta vez la fuerza se hace serenidad estremecida. La convic-

ción se abre al intercambio. La palabra pronunciada se hace invita- ción, no a escuchar, sino a hacer que en el lector se libere la palabra,

a fin de poder también expresarla. Tal es el sentido, además, de la casa abierta a todos, con la que él había soñado y que él mismo definía como un «área libre» cuando escribía: «¿No podría ser mi casa un signo de que tomarse

tiempo para detenerse, encontrarse en profundidad y buscar juntos

lo que da sentido a la vida, le es tan necesario al hombre como el

aire que respira?». Y esto es lo que descubre quienquiera que llega hasta aquí, pues así de fuerte es la vida cuando se toma la libertad de ser y expresar- se en el discreto y luminoso asombro del niño que cada mañana rena- ce a la esperanza que evoca el título de estas páginas: «Cada día es un alba»; cada día es un amanecer, y todo puede volver a empezar. Louis Évely murió en 1985. Sus últimas palabras nos invitan

a

vivir, cada cual a su modo y por su cuenta, «lo más verdadero

y

lo mejor de sí».

Palabras pacificadas, maduradas al término de un itinerario es- piritual que desemboca en la sabiduría de vivir. Palabras de vida perfectamente acordes con el tono de este libro.

He aquí una muestra, tomada de su diario

íntimo, que tiene el valor de un mensaje: «El derecho a existir».

Ultimas palabras

Jacques GUICHARD 23 de junio de 1987

-

11

-

El derecho a existir

Sensación de paz. El reloj del tiempo se ha detenido. Esos segundos, esos minutos que asaeteaban para precipitarme a mis trabajos y a mis búsquedas no tienen poder sobre mí esta mañana. Saboreo el instante

y siento que tiene más que enseñarme

que la suma de todos los instantes subsiguientes. ¿Por qué me he tomado tan pocas veces el tiempo y el derecho de vivir? Necesitaba justificar incesantemente mi existencia

con mi producción y con mi rendimiento,

a mis ojos y a los de los demás.

Mi existencia, en sí, no tenía valor:

no creía yo existir para los otros

y he acabado por no existir tampoco para mí.

Esta mañana tengo derecho a existir totalmente solo

y exclusivamente para mí.

Me arrogo el derecho a existir.

Y los seres y las cosas que me rodean

comienzan a existir con una existencia más densa:

también ellos comienzan a tener

el derecho a existir.

Somos un universo de existencias sólidas, reales,

igualmente importantes y respetables. Es como si el reloj de arena de la existencia

se llenara minuto a minuto de la cantidad de realidad que le hace estable.

Ya no es esa sensación de vacío la que hay que llenar

con actos, con palabras, con obras Saboreo la inmovilidad. Existo más sin hacer nada.

-

13

-

Descanso

sobre

mi

raíz.

¿ Y cuál

es esta

raíz ?

Siento

cómo

la existencia

brota

sin cesar

en

y el observar

este movimiento

basta para

mí,

ocuparme.

Confío

en

él

y

no

tengo

ya que

intervenir

 

ni

justificarme

por

existir:

él me

justifica.

Existir justifica

el

existir.

Es

bueno

existir.

No

tiene por

qué «servir» para

algo

el

existir.

No estamos

obligados

a servir para

algo.

Ante

todo,

tenemos

derecho

a

existir.

Me

parece

justificar

que he buscado

mi

existencia

incesantemente

sin haber

tomado

la conciencia

y el gusto

de

existir.

Hasta

ahora

me parecía

increíble

que se pudiera

peinar

el

tiempo

sin hacer

nada y no considerarlo

perdido.

ES tiempo

Mi tiempo

no se Vena mel'ienáo

cosas

en

se llena con la atención

que

con el gusto

que sé sacar

de

él,

porque

le

considero,

é).

le

presto,

porque

me considero

a

y porque

he vuelto

a

tomarme

EL DERECHO

A

EXISTIR.

LOUIS ÉVEL-Y Extracto de su diario Octubre de 1983

-14 -

EL DERECHO A EXISTIR

El gusto de

existir

El tiempo de vivir

El tiempo nos hostiga, nos desaloja de cualquier refugio y no nos deja respirar. No sólo el tiempo de los relojes, sino también un tiempo interior, una especie de balancín despiadado que nos arroja de un lado a otro, de una ocupación a otra, de un proyecto a otro, con la certeza extenuante de no haber acabado jamás. El curso del tiempo corroe nuestros trabajos y nuestros ocios.

Nuestra existencia está minutada, vigilada por un gran Reloj (¡an- taño se hablaba del «Gran Relojero» del universo!) indiferente e ine- xorable. Peor aún: el movimiento se acelera sin cesar; las horas, los días, las semanas, los meses y los años desfilan cada vez más aprisa, pa- san antes de que nos demos cuenta, y el tiempo parece acortarse a medida que tenemos más cosas que hacer. La carrera se precipita, en el último viraje, y al llegar caemos literalmente asfixiados. ¿Cómo escapar al tiempo? ¿Quién nos librará de él? Pero hay en nosotros algo más que tiempo. Hay momentos en los que nos vemos libres de él, momentos de eternidad, momentos en los que dejamos que reaparezca nuestra alma, en los que volve- mos a empezar a ser, en los que coincidimos con lo mejor de noso- tros mismos. El hombre se acuerda entonces de su destino esencial: ha sido

hecho para pensar, recordar, imaginar, soñar, crear

de asociarse a esa especie de contemplación apacible y feliz que es

el encanto de un hermoso paisaje, de identificarse con las maravi- llosas nubes, con el canto de un pájaro, con el olor de la hierba cortada, con «el ruido de los remos que reposan en el fondo de las barcas atracadas». Sucede así que nuestras facultades se liberan, y se nos devuel- ve la posibilidad de disponer libremente de lo que nos es más per-

Y es capaz

-17 -

sonal y, sin embargo, más inaccesible. Nuestra dimensión interior queda abierta, y penetramos en ella para efectuar infinitos descu- brimientos. El pasado retorna, vivo como un presente; el presente es inmóvil como el pasado, y podría vivirse en él para siempre. ¿No es la belleza más real que la vida, la oración más intensa que el trabajo, el amor más fuerte que nuestros deseos? ¿Y no hay una cierta clase de vida tan poderosa que desafía a la muerte? Nos hallamos a la vez en el tiempo y fuera del tiempo. Si estu- viéramos por entero en el tiempo, fluiríamos con él sin percatarnos de ello. Sin embargo, asistimos a su huida. Nos hallamos a la vez en la calle (para pasar) y en el balcón (para vernos pasar). No sa- bríamos que el tiempo pasa si nosotros pasáramos por completo con él, del mismo modo que no percibiríamos un desplazamiento si to- do se moviera simultáneamente a nuestro alrededor. El movimien- to sólo se percibe en relación a un punto inmóvil. Sólo tomamos conciencia del paso del tiempo si hay algo en nosotros que escapa a dicho paso. ¿Y cómo vamos a ser conscien- tes del tiempo si no es a partir de la eternidad? Nuestra verdadera morada está en otra parte; nuestro verdade- ro tiempo es el que saboreamos, el que pormenorizamos, el que se distiende infinitamente a nuestro antojo, el que es capaz de ence- rrar la eternidad en un instante. Podemos imaginar la vida eterna como la presencia ante noso- tros de todo cuanto hemos vivido, querido y amado a lo largo de nuestra existencia. ¿Tenéis con qué poblar esa eternidad? A la ba- nal pregunta «¿Tenemos de qué vivir?», habría que añadir: «¿Tene- mos de qué morir?»

El gusto

de

vivir

En nuestra civilización de «exterioridad», nos encontramos tan absorbidos por nuestras ocupaciones de producción, rendimiento y consumo que olvidamos degustar lo que se nos ofrece gratis: la vi- da, la naturaleza, el aire, el sol, las estrellas, el arte, las relaciones fraternas

-18 -

¿Tenemos el gusto de vivir? Muchas veces nos parece que tenemos que justificar nuestra existencia con nuestro trabajo. ¡Lo importante es no estar sin hacer nada! Pero ¿quién siente el derecho y el gusto de existir simple- mente, sin afanarse, saboreando la vida, maravillándose de vivir

y de todo cuanto vive a nuestro alrededor y que ya ni siquiera ad-

vertimos? ¡Cuántos seres ausentes de sí mismos, totalmente exte-

riorizados, absortos en sus tareas, viviendo «por poderes» la vida

de los demás para dispensarse de vivir su propia vida

!

Consideramos nuestra vida como un saco que llenamos con mil

Pero

el tiempo no se llena metiendo cosas en él. Se llena con la concien-

cia que somos capaces de tener de nuestra vida, con la atención que sepamos prestar a la vida, con el gusto y el respeto que sintamos por la vida. Nos hemos fabricado tantas prótesis que nuestro cuerpo ya no vive ni nos hace vivir: tenemos máquinas para escuchar, máquinas para ver, máquinas para transportarnos, máquinas para divertirnos sin hacer ningún esfuerzo, sin siquiera movernos. Podríamos arro- jar al trastero una buena parte de nuestro cuerpo, porque ya no nos sirve para nada. Si hay tantos contemporáneos nuestros que afirman que la vi- da, su vida, no tiene sentido y es absurda, es porque resulta imposi- ble encontrar ese sentido sin haber gustado y amado la vida, sin haber vivido la propia vida. La vida no tiene sentido fuera de sí misma si primero no tiene un sentido, un gusto en sí misma. Hay algo a la vez cómico y trágico en la manera en que los occidentales nos extrañamos por el apego a la vida que sienten los miserables de África, de Asia o de América Latina. Como nosotros hemos puesto nuestra razón de vivir en el «confort» y en la abun- dancia, nos compadecemos de los que carecen de ello, cuando en realidad somos nosotros los que inspiramos compasión, los verda- deros desdichados, porque hemos vaciado nuestra existencia de to- do lo que constituía su auténtico valor.

Esos seres de los que nos compadecemos y a los que conside- ramos una prueba de la injusticia de Dios y del absurdo de la vida,

ocupaciones, distracciones, desplazamientos, obligaciones

-19 -

podrían decirnos, como Jesús a las mujeres de Jerusalén: «No llo- réis por nosotros. Llorad más bien por vosotros y por vuestros hi- jos. Porque, si esto se hace con el árbol verde, ¿qué no se hará con el seco?»

Existir

a cualquier

edad

A la edad en que se les aparta de la vida activa, son muchos los hombres y mujeres que alcanzan el máximo de sus capacidades. Se hallan en plena posesión de sus facultades intelectuales y de ca- rácter, gozan de una riquísima experiencia y disfrutan de una salud a veces extraordinaria. Una encantadora anciana me decía: «¡Qué deliciosa es la ve-

jez

vencionalismos y del respeto humano y se ve libre de sus ambiciones

y, por lo tanto, dispuesto a acoger y a escuchar». Y añadía otra: «Exteriormentc, todo se encoge y se reduce; pe- ro interiormente, todo se ensancha». ¿Qué es la madurez, sino una sabiduría que nos permite sacar

.! Al fin se atreve uno a ser uno mismo, se ríe uno de los con-

partido de nuestras experiencias felices o desdichadas y soportar nuestras carencias gracias a la confianza en nuestros recursos inte-

riores?

Ciertamente, nunca se acaba de aprender; pero sí se acumula

una reserva de reflexión y de experiencia que permite interpretar

y utilizar lo que se va adquiriendo. Con frecuencia, a esa edad se recuperan los gustos, los gestos

y los pensamientos de la juventud, y en ocasiones se pueden hacer realidad ciertos sueños. Lo que en nosotros queda de invenciblemente joven es el cora-

zón. Escribe Romain Gary: «El tiempo no nos envejece; únicamen-

te

nos impone sus disfraces». Nuestro deseo de amar y de ser amados

es

más vivo que nunca, pues nos hemos hecho conscientes de que

poseemos una capacidad de amar que la vida no nos ha permitido expresar.

— 20 —

Nos hemos liberado de las antiguas timideces y del egocentris- mo de quien tiene todavía que «construirse» y «reservarse». Somos capaces de amar como nunca lo hemos sido. Es el otoño de la existencia, el momento de pararse a ver todos los colores, apreciar todos los olores, disfrutar todas las riquezas de la naturaleza y de la vida y, si hasta entonces hemos vivido un poco muertos, prepararnos al menos a morir vivos.

- 2 1

-

Inventar

la

existencia

Inventar la existencia, vivificar las relaciones, renovar el amor,

es tanto como crear una obra de arte cada

conservar viva el alma día.

, trar por ella protegiéndose de sus golpes a base de inconsciencia

Necesitamos distanciarnos de ella, verla con

una cierta perspectiva, para ser capaces de crearla y gustarla de nue-

vo. Dice Proust que jamás contemple) Noé tan perfectamente el mun- do como cuando lo vio a través del tragaluz del Arca. Entonces fue como si viera por primera vez la cumbre de una montaña, el vuelo de una paloma y una rama de olivo verde. Nada se hace tan inconscientemente como el morir. Basta con no hacer nada, basta con no asombrarse, basta con habituarse para

que muera una fe, un amor, un alma

¡y es tan fácil dejarse arras-

La vida es dura, acuciante, rápida

!

y de mediocridad

Podemos dejarnos morir

dulcemente. Si dos personas dejan de hablarse, pronto no tendrán nada que decirse; si dos personas dejan de escribirse con regularidad, no tar- darán en perder las ganas de hacerlo; si dos personas ya no se mi- ran, acaban por no verse siquiera. Para seguir amándose hay que volver a empezar cada día.

Kierkegaar d nos advierte : «Kl mayo r d e los peligros , qu e e s

el de perder el propio yo, puede pasar inadvertido, como si no tu- viera importancia; en cambio, cualquier otra pérdida —la pérdida

de un brazo, de una pierna

inmediato». La nobleza del hombre consiste en que sea consciente de la dis- tancia infranqueable que existe entre lo que él es y lo que hace; en que sea al mismo tiempo actor valiente y espectador crítico de su propia vida; en que quiera entregarse a cada causa y a cada ser co-

o de cinco dólares— se advierte de

-22 -

mo si fueran merecedores de toda su persona, y descubrirse a con- tinuación como si aún no hubiera dado nada. «¿Quién es el que hace las cosas que yo hago?»: he ahí lo que deberíamos preguntarnos incesantemente para no perdernos en el encadenamiento de nuestras ocupaciones. Exiliarse para reencontrar la verdadera patria; dejar de tocar

Verse a sí mismo

vivir a la luz de los sueños de juventud, escuchar el sonido que uno produce al impacto de la Palabra de Dios: esfuerzo doloroso y, sin embargo, momento bendito de nuestra existencia en el que deja- mos regresar al alma, en el que respiran todas las regiones de nues- tro ser, en el que reiniciamos la existencia como sólo se hace tras haber rozado la muerte.

¿Para qué sirve el existir? Únicamente para existir. Porque la

Son

existencia es gratuita, como lo es el arte, el amor, la oración

cosas que no se merecen, que no se conquistan, que no se poseen ¡Ah, si pudiéramos saborear la existencia como un don, tomar conciencia de esta creación continua, de esta profusión incesante

de ser y de vida, de

y tomarse tiempo para afinar el instrumento

esta dicha, de este asombro de existir

!

No tenemos que producir, merecer ni justificar nuestra exis- tencia, porque ella fluye en nosotros gracias a una pura generosi- dad que es presentimiento, signo y testimonio de Dios, primer acercamiento del Creador. Somos del mismo «ser» que él, y pode- mos decirle, como Mowgli a sus hermanos de la jungla: «Tú y yo somos de la misma sangre»; somos de la misma raza (Hech 17,28), de la misma familia; somos imagen tuya. Muchas veces me digo a mí mismo que somos unos seres dis- traídos por un exceso de riquezas, asediados por un exceso de sen- saciones, hastiados por un exceso de dones. He visto a personas mudas, ciegas o paralíticas que rebosaban de dicha de existir. Tal vez tengamos demasiadas ventanas, y tal vez deberíamos privarnos de algunas de ellas, vivir con mayor sobriedad, para te- mar conciencia de las cosas esenciales. ¡Dichosos los pobres que saborean lo que los demás no cono- cerán nunca: la fraternidad, el compartir, el amor, el cielo, el sol, *^i agua, el aire, la vida: todo lo que no se puede adquirir ni te pue- den airehatar!

23 -

Comunicarse para existir

Transmitir una verdad

La verdadera comunicación ha sido siempre algo tan temido como deseable. Los demás nos son a la vez necesarios y odiosos; su presencia nos acaricia y nos amenaza. Los demás son nuestros amigos, nuestros conciudadanos, nuestros colaboradores, nuestros correligionarios, nuestros hermanos en humanidad; pero son tam-

bién seres inoportunos que nos molestan, nos fastidian, nos agre-

den,

Tenemos que hablar, hablarles, para manifestar nuestra exis- tencia, para sentirnos confirmados en nuestro ser, para ser «reco- nocidos» por los demás. Hablamos para no morir. Pero una palabra verdadera nos entrega a los demás, nos descubre a nosotros mis- mos, nos obliga a cambiar, nos hace vulnerables y frágiles. Cono-

cer a otro es hacerse otro, es aceptar perderse y renacer, es quizá permitirse soltar lo que uno lleva en sí de más doloroso o de mejor

y que se oculta y se pudre. La «aventura» nos espera, a la vuelta de la esquina o al amor de la lumbre, en cada uno de los que se acercan a nosotros.

Y es que no se transmite una verdad como si se tratara de un objeto. En el terreno moral o espiritual, no hay ni rentistas ni men- digos; únicamente hay trabajadores. En mi opinión, el único criterio práctico de acercamiento es

nos provocan, nos juzgan

el

diálogo en profundidad. Todas esas subjetividades aparentemen-

te

amuralladas en sí mismas, cuando se hacen simples, sinceras,

amistosas y respetuosas las unas de las otras, permiten que a veces

se establezcan entre ellas un consenso, un acuerdo, una alegría y

una comprensión mutua que permiten a todos sentir que la cocien-

te

ha circulado en profundidad, que se está hablando de lo mismo

y

que el acercamiento mutuo es mayor que nunca.

— 24 —

Dialogar

En un grupo hay dos clases de «pelmazos de la comunicación»:

por una parte, los que peroran y confiscan la palabra; por otra, los que se callan y se mantienen en la «reserva». Para comunicarse hay que dialogar. El verdadero pobre al que alaba el Evangelio no es el que da (que es acción propia de un rico) ni el que recibe (que puede ser un aprovechado), sino el que comparte. Pero el diálogo no significa simplemente esperar a que el otro haya acabado de hablar para tomar uno la palabra. Dialogar es, an- te todo, escuchar; pero escuchar tan perfecta, tan atenta y tan in- tensamente que, sin querer, se lleve al otro a hablar en verdad, a decir cosas nunca dichas, a hablar al mismo nivel al que tú le es- cuchas.

Y cuando tomes la palabra, no será por necesidad de hablar,

ni será tampoco para decir lo que ya tienes preparado; será para

reflejar la profundidad a la que el otro te ha alcanzado. Todos tenemos ganas y miedo de expresarnos, P^Tias y miedo

de quitarnos la máscara con la que nos movem^ p0 r e j minido sin

temor a traicionarnos. Por eso, el que

quitarse su máscara para animar *\ 0 tro a que haga lo mismo. Lo de menos es que hable o que escuche; lo importante es que abando- ne sus defensas y se Comunique con el otro con la sencillez de los pobres que nada tienen que preservar.

come nzar por

dJ,' a i oga deb e

Nace eisí una extraña fraternidad en la que, cuanto más confía uno siys secretos, desvela su singularidad y entrega lo más íntimo

de sí, tanto más siente cómo el otro se reconoce en su confidencia y cómo ésta les libera a ambos de la oscuridad que les oprimía.

Y es que sólo se supera lo que se logra expresar; sólo se puede

reflexionar sobre lo que se tiene delante de uno y es diferente de uno; sólo se puede apoyar uno en aquello de lo que se ha liberado.

El famoso psicólogo Cari Rogers prescribe el silencio al psi-

coanalista, que en el mejor de los casos debe limitarse a decir: «¿Y

bien ?»

- 25 —

Ciertamente, hay que recomendar el silencio en proporción aná-

loga a nuestra impaciencia por hablar, por imponernos, por acon-

¡Y esto no sería poco! Pero la disciplina

que debe imponerse una verdadera comunicación es infinitamente más exigente: del mismo modo que para ayudar a un moribundo, de alguna manera hay que morir con él, así también para ayudar a alguien a soltar lo que lleva dentro encerrado y le encierra en sí mismo, hay que acompañarle intensamente a todo lo largo de su desgarrador esfuerzo. No hay parto espiritual sin dolor.

sejar, por apiadarnos

Bajo

la mirada

del

otro

El mayor servicio que puede hacerse a un ser humano es pro- ponerle una imagen de sí en la que pueda reconocerse y aceptarse. Nosotros no sabemos quiénes somos: no estamos seguros de nuestro ser ni nos sentimos contentos con nuestra apariencia. Cada encuentro con otro es una tentación de asemejarnos a él, de calcar nuestros rasgos sobre ¡os suyos, de liberarnos de nuestra inconsis- tencia refugiándonos, como el crustáceo llamado «ermitaño», bajo la máscara que d otro nos propone. Nosotros confiamos <¡. n q ue nuestro rostro ha de adaptarse a esa máscara, ha de animarse y elidirse a adherirse a ella. Pero, por desgracia, el injerto »o tarda en desprenderse, y la imagen que habíamos descubierto en nueot ro entorno (en una pelí- cula, en un libro o en un «comic») se diluye, y no s encontramos solos y desnudos como un insecto en época de rnuAq Con infinito respeto, debemos adivinar en cada ser •• im ano lo que puede llegar a ser, y atrevernos a creer en ello. Es lo que hacen los que se aman: se liberan mutuamente de lo^ límites que les imponía la familia; se despojan de la crisálida en que les había encerrado esa triste y cruel lucidez de los hermanos

y hermanas, y a veces de los padres, que te asigna un papel del que

ya no puedes salirte, que te petrifica en un determinado momento

o fase de tu evolución, para tener ellos la comodidad de poder iden-

— 26 —

tificarte así para siempre, desanimándote de cualesquiera intentos de superar dicha fase o momento. La persona que te ama tiene esa lucidez creativa y cálida que se atreve a contradecir las certezas de quienes creían conocerte per- fectamente, y desembrolla las líneas de tu futuro. Te proporciona esa divina sorpresa de sentirte responder a su llamada, crecer bajo su mirada y asemejarte cada vez más a la imagen que se ha hecho de ti. Cada cual adivina para el otro lo que ignora para sí mismo; cada cual se atreve a asegurar al otro aquello de lo que duda para sí. El papel de los artistas consiste en proponer a sus contemporá- neos las obras que les revelen el fondo de ellos mismos. ¡Cuan do- lorosa, desgarrada y descuartizada tiene que estar nuestra época para reconocerse en las desfiguraciones de nuestros pintores y esculto- res, en su encarnizamiento en destruir y recomponer el rostro hu- mano! Pero su verdad estalla con una fuerza expresiva que se aleja muy mucho, ciertamente, de los cánones de belleza establecidos por los siglos precedentes. Las filosofías y las religiones han prestado a los hombres du- rante mucho tiempo el servicio de suministrarles una representa- ción del mundo y un lugar en ese mundo que Íes tranquilice y íes satisfaga. Pero el mal que actualmente nos afecta a todos se debe a que esta imagen ha caducado, y es menester inventar otra. Por una parte, hay que descubrirle al hombre los instintos que siguen haciendo de él un animal poco evolucionado, capaz de idear masa- cres cada vez más ingeniosas y más amplias, y enseñarle a dominar dichos instintos; por otra parte, hay que despertar en él su aptitud para la inspiración, la confianza en el poder ilimitado de lo que le habita en lo más hondo de sí mismo, y la audacia de creer en su vocación a la justicia y al amor universales.

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Despertar a sí mismo, despertar al mundo

Este título supone que estamos todos dormidos y vivimos en una especie de embotamiento, inconscientes de nosotros mismos y de los demás.

De hecho, estamos ciegos y no vemos absolutamente nada. Haz la prueba de «mirarte» en un espejo y descubrirás cosas sorprendentes. Constatarás, por ejemplo, que nunca te has mirado de veras. Por supuesto que te has peinado y te has afeitado, o ma- quillado, día tras día, pero nunca te has «considerado», nunca te has mirado amistosamente. Cada uno de nosotros es para sí mismo el más extraño de los seres. Pero apenas somos capaces de ver mejor a los demás, a quie- nes «barremos» con la mirada, creyendo en seguida saberlo todo acerca de ellos. Incluso a quienes nos son más cercanos, ¿cuánto tiempo hace que ya no los miramos? A veces un extraño los ve me- jor que nosotros, y nos sorprendemos cuando nos lo hace ver. Además, estamos sordos y no oímos absolutamente nada.

Nos apre-

suramos a responder a los demás, creyendo en seguida saber lo bas- tante de ellos para hacerles callar.

Jamás deberíamos dialogar con nadie si no somos capaces de

¡y te

sorprenderá el tiempo que hace falta para que él se reconozca en lo

Y, por lo general, si lo consigues,

ya no habrá discusión, porque, en lugar de contradecirle, habrás entrado en su mentalidad y estarás en condiciones de completarlo. Vamos por ahí como sonámbulos, drogados de inconsciencia, de trabajo, de distracción, de ausencia respecto de nosotros mis- mos y de los demás. Recuerda cómo insistía Jesús en la necesidad de la vigilancia:

¡Cuántos menosprecios y cuántos malentendidos

!

repetir sus palabras de una manera que le satisfaga. Inténtalo

que tú crees que él ha dicho

!

«Velad, porque no sabéis ni el día ni la hora»; «¡Dichosos los sier- vos a quienes el señor, a su vuelta, encuentre velando!». Y cuando resucita a la hija de Jairo, dice: «La niña no ha muerto; simplemen- te, duerme.

— 28 —

Debemos comprender una cosa: no es más fácil despertar a un vivo que resucitar a un muerto.

La palabra griega «aletheia» se traduce por «verdad», pero lite- ralmente significa «salir del sueño».

Y para los hindúes, Buda es «el Despierto».

Despertar

a

mismo

Solemos considerarnos como seres simples, pero en realidad somos extraordinariamente ricos y complejos.

Nuestra memoria ha ido registrando todos los hechos de nues- tra existencia, aun los inconscientes. No hemos olvidado nada des- de nuestro nacimiento, e incluso, según Jung, disponemos de una conciencia colectiva que nos dicta las aspiraciones de la humanidad entera. En cada uno de nosotros existe toda la experiencia humana. «El hombre es una caracola donde resuenan todos los rumores del mundo» (Zundel).

El macrocosmos está en el microcosmos

¡Y todo ello ignorado, reprimido, inexplotado

!

Afortunadamente, disponemos de nuestras horas de sueño pa- ra beber en las fuentes primitivas, para hacer acopio de las energías fundamentales.

Conocerse a sí mismo es, evidentemente, la primera condición para conocer ajos demás, del mismo modo que la primera condi-

ción para amarlos es amarse uno mismo

mo a ti mismo!» Únicamente conoceremos de los demás aquello que se ha he- cho vivo en nosotros. Sólo haciéndonos «porosos», sensibles, aten- tos a los «rumores del mundo» y a nuestras riquezas interiores, lograremos entrar en consonancia, en connivencia con las riquezas de los demás.

«¡Ama a tu prójimo co-

Ahora bien, el resultado habitual de una «buena educación cris-

tiana» es una prodigiosa ignorancia de sí mismo. «¡No te escuches! ¡Olvídate de ti mismo! ¡Renuncia a ti mismo! ¡El Yo es abo-

rrecible!

»

-29 -

Pero estamos atravesados de deseos, pensamientos y reaccio- nes, y generalmente no podemos discernir si somos nosotros los que pensamos, sentimos y deseamos, o si, por el contrario, es nuestra educación, nuestro ambiente o nuestros condicionamientos los que lo hacen. Alguien decía ante un problema: «¡Me gustaría saber lo que yo pienso al respecto!» Hace falta mucho tiempo para distinguir entre lo que uno pien- sa y lo que le han sugerido que piense. ¿Hemos nacido de dentro o hemos sido construidos, formados, desde fuera? Hay que recuperarse, estar al acecho de las propias sensacio- nes, analizar los propios sentimientos, reformar los propios hábi- tos, para discernir lo auténtico de lo «fabricado». Cada una de nuestras ideas y de nuestras palabras no tienen más contenido verdadero que la experiencia, la andadura que hayamos hecho a su encuentro. Hay que despertar al propio cuerpo. El cuerpo es humilde. En cambio; el espíritu se imagina invul- nerable." El cuerpo es consciente de su dependencia con respecto a la realidad, de sus limitaciones, de su condición frágil, que enve- jece y que es mortal. La verdad del hombre es que únicamente es libre a través de una serie de dependencias aceptadas: dependencia de su tiempo, de su lugar, de su ambiente, de su familia, etc. El espíritu es orgulloso, porque niega sus limitaciones y pretende ignorar los «avisos» que le transmite el cuerpo y refugiarse en lo imposible. El cuerpo es el fiel guardián de nuestra historia, el depositario de nuestros archivos personales. El cuerpo lo ha sentido todo y no ha olvidado nada, y a quien sepa mirar con sagacidad le desvela lo que somos. Todo cuanto hemos vivido ha marcado nuestro cuer- po, se ha incrustado en él, por así decirlo. Cada sufrimiento de nues- tra vida ha provocado una crispación, un bloqueo, una barrera El cuerpo se ha curtido contra las agresiones, ha creado una serie de obstáculos nerviosos para defenderse. «Toda emoción reprimida se traduce en una contracción muscular» (W. Reich). De suerte que

-30 -

no hay progreso ni liberación espiritual sin que también el cuerpo se transforme: «Estás irreconocible» (incluso físicamente), te dirán los que te conocen, después de una «conversión». Y tampoco hay liberación del cuerpo sin que se produzca (o, al menos, se nos proponga) una liberación espiritual. A veces nos vuelve a la memoria, reanimado, un simple re- cuerdo del pasado: el malestar físico corregido o re-concienciado recuerda el hecho que lo originó. Pero el cuerpo entrega lentamente sus secretos. Una contradic- ción requiere tiempo para sanar. Es imposible obligar al cuerpo a hablar. Hay que respetar su ritmo. Necesita «bloquearse». Ante el anuncio de una alegría o de una desgracia, necesitamos tiempo pa- ra alegrarnos o para entristecernos de verdad: el tiempo que la no- ticia tarda en recorrer todas las provincias de nuestro cuerpo, y no sólo la «capital».

Y esto es algo que nadie puede hacer en nuestro lugar. Es nuestra sensación la que nos ilustra, no las explicaciones o interpretaciones que puedan darnos. Hemos sido educados para vivir del espíritu, para elevarnos por encima de la materia, para domar y mortificar la carne. Y, sin em- bargo, la primera necesidad y la primera tarea del niño consiste en construirse una imagen de su propio cuerpo, y únicamente toma con- ciencia de sí en la medida en que ha logrado habitar su cuerpo. Nosotros tenemos conciencia de existir porque sentimos nues- tro organismo, su peso, sus movimientos, sus operaciones, sus se-

La existencia se conquista; consiste en una progresiva

presencia a sí mismo y al mundo, pero esta presencia sólo podemos experimentarla a través de nuestro cuerpo. ¡Cuántas personas ignoran que lo que determina su buen o mal humor, su estado de satisfacción o su sordo descontento con la exis- tencia, es su tono muscular o nervioso! Sin duda alguna, la base de nuestro comportamiento la constituye la percepción del estado satisfactorio o insatisfactorio de nuestro cuerpo. La reconciliación con nuestro cuerpo es una condición previa a nuestra reconciliación con la naturaleza, con los demás y con Dios. Padecemos un «handicap» inicial, y es que todos nuestros ulterio-

ñales

-

31

-

res pasos estarán en peligro mientras no nos hayamos aliado con nuestro prójimo más cercano: nuestro cuerpo. Habitar el propio cuerpo, conocerlo por dentro, descubrir su presencia amistosa y servicial, coincidir con uno mismo: he ahí to- da una promesa de equilibrio y de alegrías.

Despertar al mundo

Esa mirada y ese respeto pueden extenderse al mundo entero. También las cosas, las plantas y los animales tienen un «interior», un principio de espíritu, una significación que les trasciende. Si los tratamos como simples cosas, corremos el riesgo de comportarnos también nosotros como unos simples. Si los consideramos como se- res vivos, animados, en tensión hacia el Espíritu, en vías de espiri- tualización, entonces nos estaremos considerando a nosotros mismos como seres espirituales. Aconseja Tagore que cuando paseemos por un césped, pense- mos que cada brizna de hierba está tan viva como nosotros mis- mos. Y así no tardaremos en hacernos extraordinariamente vivos. Cada animal es un misterio fraterno que trata de elevarse hacia ti y que a veces incluso te supera. Decía Konrad Lorenz que él ja- más lograría amar tanto a su perro como su perro le amaba a él:

«Mi perro daría su vida por mí, pero ¿sería yo capaz de hacer lo mismo por él? Jesús, que era un poeta, veía todas las cosas terrenas como sím- bolos y anticipo de las cosas celestes. Veía la vid, los sarmientos, los racimos y las uvas, y decía: «Yo soy la vid verdadera; mante- neos bien unidos a la cepa, para que os llenéis de savia y deis fruto abundante». Veía el agua, las fuentes, los pozos, le pedía agua a la Samaritana, y era únicamente para revelarle otra clase de agua, más verdadera, que se convierte en manantial que brota en el cora- zón de quienes la beben. Todos y cada uno de nosotros tenemos sed d e ese agua, de la que el agua terrenal es mero anuncio, inicia-

ción, promesa

de que, a pesar de lo malos que somos, podamos ser tan buenos

Veía a los padres y a las madres y se asombraba

-

32

-

para con nuestros hijos. Pero añadía: «Todavía no sois lo bastante padres ni lo bastante madres. Nadie conoce al Padre en quien toda paternidad, tanto en la tierra como en el cielo, tiene su nombre, su significación y su origen». «Hay otra clase de hambre, incluso en los que están hartos; hay otra clase de sed, incluso entre los que están ebrios; hay otra clase de necesidad, incluso en los que lo tienen todo. Hay en el hombre algo distinto de las apariencias, y yo he venido a revelarlo». Claudel afirma con dureza: «Los hindúes, con sombría obsti- nación, no cesan de repetir que todo es ilusión; pero nosotros, los cristianos, creemos que todo es alusión». El Universo está lleno de sentido, de alma, de espíritu; hay en nosotros y a nuestro alrededor una extensión infinita por explorar y unas increíbles riquezas por descubrir. ¿Quién sacará de nosotros lo mejor de nosotros mismos? ¿Quién nos permitirá desplegar nuestra tierna hojarasca, hasta ahora replegada por causa del frío que nos hace estremecer? Cada uno de nosotros está conectado a una Fuente, a un dina- mismo inagotable, y el sentido de nuestra vida consiste en que des- pertemos a esta dimensión de infinito y ayudemos a despertar a otros.

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Raíces

Todos nosotros estamos desarraigados

El hombre es un ser poroso que vive únicamente de intercam- bios, de inspiraciones y espiraciones; que no existe si no es integra- do en un medio, enmarcado por otros hombres, sostenido por unas estructuras y vinculado a una Realidad superior y misteriosa. No soportamos el aislamiento ni la exclusión; perder a los demás es tanto como perderse a sí mismo. El niño que se siente perdido se aferra a su peluche o aprieta en su mano su juguete preferido, tal vez una vieja canica, en un desesperado esfuerzo por no perder sus raíces. En el momento de la muerte, son muchos los que llaman

a su madre. Si fuéramos a morirnos hoy, ¿a quién recurriríamos nosotros? Yo he conocido a huérfanos de todo tipo: aquellos cuyo padre

había muerto y se sentían tan inferiores ante sus compañeros que

se inventaban un padre, buscaban un padre por todas partes, y ha-

bía que amarlos con el suficiente tino como para que aprendieran tranquilamente a descubrir en sí mismos (en fidelidad, semejanza y continuidad respecto de su difunto padre) esa raíz irremplazable. O aquellos otros cuyo padre les era desconocido; éstos tenían peor suerte: los otros padecían una mutilación «limpia», por así de-

cirlo; pero en éstos la herida estaba infectada por la duda, la sospe-

cha, la incertidumbre, la falsa esperanza, el rencor

de buscar, de cuestionarlo todo, de rebelarse, sin saber si debían esperar o temer encontrar lo que les faltaba. Pero el caso más doloroso era el de los «huérfanos morales»:

No paraban

los que sufrían por no sentirse amados por su padre, o por no poder amar o admirar a su padre, o por no poder descubrir su identidad o su diferencia respecto de aquel ser que se les escurría de entre las manos. Basta fijarse en los emigrantes: los de la primera generación se ven cruelmente desgajados de una inmensa parte de ellos mis- mos; los de la segunda generación intentan por todos los medios adaptarse al modelo ambiente. Pero los de la tercera generación se

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vuelven de nuevo hacia su pasado, hacen alarde de su diferencia y preservan su originalidad. Pues bien, todos somos emigrantes, todos estamos desarraiga-

dos: desarraigados de nuestro territorio o de nuestra patria; desa- rraigados de nuestra cultura en estos tiempos en los que todo cambia tan rápidamente; desarraigados de nuestro ambiente y de nuestro trabajo (parados o, simplemente, proletarios privados de responsa- bilidades, de iniciativa y de cualquier derecho sobre lo que hacen). Más aún: estamos desarraigados de nuestras religiones cadu- cas, de nuestras ideologías impugnadas, de nuestras convicciones

resquebrajadas

Cada día aparece un nuevo libro en el que algún «ex-\o que sea» reconoce sus errores, confiesa que se ha equivocado (e incluso, a veces, que ha mentido), reniega de sus pasados compromisos, relata

Somos unos pobres perdedores.

Y además, el hombre, al

igual que el árbol, tiene tanta necesidad de ramas que se eleven ha-

cia el cielo como de raíces que se hundan en la tierra, y únicamente alcanza su exacta envergadura cuando se despliega en una repre- sentación del mundo que le asigna su lugar propio, su deber y el sentido de su vida. Es terrible perder las referencias, vagar por el mundo sin pertenencia alguna, sentir que uno ya no está «conectado». Todos debemos ser capaces de crearnos una raíz «portátil», una raíz interior. Si hemos perdido el arraigo natural, debemos recrear- nos un arraigo personal. Lo cual sólo será posible si tomamos conciencia de nuestro mis- terio interior: ¡cuántas riquezas desconocidas y recursos insospe-

chados poseemos

desanima, a nosotros y a los demás, de buscar en profundidad. So- mos «icebergs» sumergidos en un noventa por ciento. Pero sólo la

conciencia de nuestro propio misterio nos abrirá al misterio de los demás, a la búsqueda paciente de su verdad oculta, al descubrimiento de nuestra fraternidad profunda. Porque, a pesar de todas nuestras diferencias, comulgamos en una misma raíz: ¡estamos todos habita-

dos por un tal deseo y una tal falta de amor

todas nuestras diferencias, todas nuestras dificultades de concilia- ción, consiste en hacerse lo bastante humanos para ser comunica-

sus decepciones, abjura de su antigua fe

!

Nuestra apariencia es una máscara que nos

!

El medio de superar

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bles. La unidad de la especie humana está hecha de ese deseo que nos hace vivir, con tal de que no nos saciemos nunca. ¡Extraño destino: echamos de menos nuestras raíces y, sin em- bargo, nos vemos incesantemente llamados al desarraigo! El éxodo

es un exilio y es, al mismo tiempo, una tierra prometida. «Dejará

el

hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer», dice Dios

a

Adán y a Eva. «Deja tu país, a tu familia y la casa de tu padre,

y

ve al país que yo te mostraré», le ordena a Abraham. Salida de

Egipto deseada y temida. En la transfiguración, Jesús hablaba con Moisés y Elias de su «éxodo», que debía verificarse en Jerusalén (Le 9,31).

¡ Y cuántos éxodos y desarraigos han podido resultar benéficos

para nosotros: nacimiento, adolescencia, matrimonio, sucesivos «re-

Nos gustaría sentirnos asentados, esta-

, refugios. ¿Seremos deportados o peregrinos? Nuestras experiencias de los diversos éxodos ¿nos han enseñado el miedo o nos han abier- to a la Esperanza?

y la vida nos desaloja de todos nuestros

ciclajes», retiro, muerte bilizados, tranquilos

!

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AMOR Y LIBERTAD

El amor

lúcido

El amor no se mide por las cualidades que poseían los enamo- rados en el momento de conocerse. No preguntes a tu hija o a tu hijo por qué están enamorados. Te darán todas las razones del mun- do, excepto la verdadera. Y es que «el corazón tiene razones que

la razón no entiende». Podrán ponderar su belleza, su inteligencia,

argumentos todos ellos para uso de quie-

nes no aman. Me atrevería incluso a decir que cuanto más se necesitan esas cualidades, tanto menos se necesita el amor. Si amas a alguien que tiene todas las cualidades del mundo, no has tenido que amarle mu- cho. Un amor que encuentra su objeto ya hecho, perfectamente pre- fabricado y universalmente apreciado, es un amor perezoso e infecundo.

La autenticidad de un amor radica en su capacidad de transfor- mación. Observa cómo ha cambiado tu hijo, o tu hija, desde que ama; permíteles que te confíen cómo se han atrevido a mostrarse

a la vez valientes y débiles, tiernos y enérgicos, humildes y orgu-

llosos, audaces y tímidos, vulnerables e invencibles

su carácter, sus dotes

:

desde que

aman de ese modo, y entonces empezarás a comprender que el amor es dichosamente ciego para ver lo que todos ven, pero es también prodigiosamente lúcido para saber lo que es capaz de suscitar en el ser amado. Por eso se ríe ante el asombro de todos cuantos creían conocer a la persona amada y le habían juzgado y condenado a no crecer más.

Y es que sólo crecemos cuando somos amados; sólo crecemos para aquellos que nos aman y creen en nosotros. Cada uno de noso- tros ha crecido en la medida en que ha sido amado, y ha dejado de Crecer cuando ha dejado de ser amado. La ilusión general consiste en creer que amamos tanto como el otro merece. Pero la verdad es que el amor únicamente se mere- ce porque se es amado. Tú no has dejado de amar porque hayas

-39 -

descubierto las limitaciones del otro; lo que has descubierto han si- do las limitaciones de tu propio amor, demasiado pobre y demasia- do débil para proseguir su obra de creación. Esta es la explicación de todas las desilusiones conyugales. Los esposos se han amado porque se creaban el uno al otro. Y dejan de amarse en el momento en que se limitan a «constatarse» el uno al otro, en el momento en que dejan de ejercer el uno sobre el otro ese extraordinario poder de transformación, de transfiguración y de resurrección que es su amor. Desean «conservar» su amor, en lugar de reinventarlo cada día. Creen conocerse, a pesar de haber experimentado cómo se rejuvenece, cómo se cambia y cómo se ha- ce uno irreconocible cuando ama. El amor que dormita ya no se siente ni se demuestra: se le puede dar por desaparecido; y, sin embargo, un simple beso del encantador príncipe siempre podrá despertar a la princesa dormida. Y en cuan- to este poder se ejerce, ambos experimentan de nuevo la maravilla del amor, incomprensible para quienes no aman, para quienes de- jan de amar. «¡No juzguéis y no seréis juzgados!» Juzgar a alguien significa juzgarse a sí mismo, porque es tanto como constatar la propia di- misión, el olvido de las propias responsabilidades. El mundo, la hu- manidad, es una inmensa masa que se viene abajo en cuanto deja de ser trabajada por el amor. Es fácil menospreciar a los demás en el estado en que se encuentran tras haberles nosotros abandonado. Pero, si comenzamos de nuevo a amar, ya no tendremos ninguno de los motivos por los que hemos justificado nuestro abandono. El único modo de transformar al otro o al mundo es sentirse responsa- ble de ellos. Efectivamente, el amor es dichosamente ciego para ver la me- diocridad de nuestra existencia, de nuestra persona, mientras no ama- mos ni somos amados. No nos juzga por el estado en que nos encontramos, porque sabe que cada uno de nosotros es, ante todo, lo que puede llegar a ser. Y es dichosamente lúcido para atravesar de parte a parte nuestras apariencias. Nos intuye, nos revela a nosotros mismos y nos resti- tuye a nuestro verdadero ser, al que únicamente él podía alumbrarnos.

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No me amo a mí mismo ¡y quisiera amar a todo el mundo!

De todos los seres humanos, los únicos que existen plenamente para nosotros son aquellos a los que amamos. Tenemos con quienes nos rodean el extraño poder de extenuar- los, de exterminarlos, o de hacerles vivir. Y ese poder también puedo ejercerlo sobre mí mismo. ¿Por qué no me amo? ¿Por qué me niego a mí mismo, me «bo- rro» del mapa y pido excusas por existir? ¿Por un exceso de orgullo que me hace menospreciar lo que no está a la altura de mis ambiciones? ¿Por una triste lucidez que me petrifica en mi estado pasado o presente, en lugar de dirigirme una mirada de amor que me reve- le lo que estoy llamado á ser? ¿Por una educación «cristiana» que insistía en el olvido de sí mismo, mezclado con la ignorancia de sí mismo y con la ausencia respecto de sí mismo? Podría admitirse el olvido de sí mismo después de haberse uno conocido y construido a sí mismo, después de haber sido uno un buen compañero de ruta para sí mismo, un colaborador amado, vi-

vo y fraterno

, No se puede dejar atrás sino aquello que se ha alcanzado. Hay algo peor que el narcisismo de quien no es capaz de salir de sí mismo: ¡el altruismo de quien jamás ha entrado en sí mismo! Antes de ser capaz de dar la existencia a los demás, es preciso haberse dado la existencia a sí mismo. Lo que interesa a los demás no son mis máscaras ni mi coraza, por muy deslumbrante que ésta pueda ser. Lo que en verdad les interesa es saber cómo he resuelto yo el problema de mi propia exis- tencia, lo cual puede ayudarles a resolver el problema de su exis- tencia.

¡pero no antes!

- 4 1

Y el problema de toda existencia es cómo poder reconocerse

lo suficientemente habitado e impregnado por Dios para poder so- portarse y estimarse uno a sí mismo.

La presencia ante sí mismo es idéntica a la presencia ante Dios:

ambas cosas acaecen al mismo nivel de profundidad, y la una con-

diciona a la otra. No puedes amar y respetar a Dios si no te amas y te respetas a ti mismo, porque tú eres la primera imagen de Dios. ¿Y cómo amar el original si no amas la copia?

Tú eres el primero de los dones que Dios te hace. ¿Y cómo amar al dador si desprecias el don? Le menosprecias a él cuando te menosprecias a ti; huyes de él cuando huyes de ti. Tú eres el primero de los «prójimos» que Dios te ha confía-

y te tratas con una frialdad, un rigor y una despreocupación

que no te atreverías a emplear con ninguna otra persona.

do

¡amas a tus hermanos como a ti mismo! Si

no has conseguido amarte y respetarte a ti mismo, vivir la presen- cia y el amor de Dios en ti, ¿cómo vas a dar a los demás testimonio de que Dios habita en ellos y les ama? No tienes más amor y más respeto por los demás que por tí mismo. Tienes sobre los demás el mismo poder de vida y de muerte que ejerces sobre ti mismo: ellos sólo existen si tú les amas; y tú únicamente existes si te amas a ti mismo. Al negarte la existencia a ti mismo, no se la das a ellos, sino que también a ellos se la niegas. Hay que existir para sí antes de poder existir para los demás. Como cualquier ser humano, también nosotros adolecemos de una mediocridad espantosa mientras no amemos y mientras no sea- mos amados.

Pero en realidad

Pero el único remedio, ante tan desalentador panorama, con- siste en ejercer para con nosotros mismos algo de esa bondad, de esa compasión y de esa admiración que Dios ha puesto en nosotros para ejercerlas tanto con nosotros mismos como con los demás. Quisiera amar a todo el mundo Pero ¿cómo es posible?

— 42 —

Ante ciertas miradas, en ciertos ambientes, me quedo «hela- do». Todas mis vibraciones vitales se paralizan. Me siento a una distancia de años luz y me quedo con mi pobre deseo de amor en las manos. Intenta sonreír en la calle a una persona desconocida, o trata de dirigir la palabra a quien va junto a ti en el autobús o en el me- tro: ante su gesto de displicencia o de enfado, seguro que te quedas mudo. Por otra parte, ¿por qué amar a las personas por las buenas, sin conocerlas? ¿Qué hay en ellas que pueda ser objeto de tal amor? ¿No será la satisfacción de una necesidad más mía que de ellas? Amar a las personas tal como son ¿es acaso un servicio que hay que prestar, a pesar de que tal vez sean ellas las primeras en sufrir por ser como son y lo que desean es que se las ayude a cambiar? Me parece que habría que sustituir el verbo «amar» por el ver- bo «creer»: no es posible amar a todo el mundo, pero sí es posible creer que en cada persona hay un rescoldo que reavivar, una libe- ración que favorecer, un espacio —tal vez escondido o ignorado— en el que es posible un encuentro gozoso. Esa fe, esa esperanza en cada uno, es mucho más sincera que un «amor» a priori e indiscriminado a cada uno. Habría que abor- dar a cada persona con una atención intensa, con una benevolencia fundamental —por más que lúcida— que no decida amarla sin más, sino que busque y espere con perseverancia la revelación del ser verdadero que hay en ella y que ni yo ni quizá ella misma co- nozcamos. Nada hay más desalentador que «constatar» a una persona. Su verdad no está ni en su presente ni en su pasado, sino en el futuro que le ayudemos a crear.

-43 -

Los jóvenes.

El amor.

La fe

La nueva generación (o al menos sus elementos más caracte- rísticos) tiene una serie de méritos que nos permiten esperar un fu- turo mejor. Dicha generación b-.\y :a un modo de existencia profundamente diferente del nuestro. Nosotros hemos vivido de trabajo y de creen- cia; nuestra razón para vivir la constituían la búsqueda de la subsis- tencia y la adhesión a una interpretación indiscutida del sentido de la vida. Hoy día constatamos una desvalorización del trabajo. Para los jóvenes (e incluso para los menos jóvenes), la felicidad no se en- cuentra ya en la profesión, sino en el amor. Ya no quieren vivir para trabajar, sino trabajar (lo justo) para vivir. La verdadera satisfacción, el sentido de la vida, reside, según ellos, en las relaciones humanas, en la comunicación, tanto física como espiritual, en la amistad, en la comunidad, en el amor. Poseen esa sensatez que muchos viejos no hemos tenido: pre- sentir que la felicidad no ha de venirles ante todo del éxito profe- sional, sino de la riqueza de su propia humanidad puesta en relación con la de los demás. Se encuentran, pues, ante la temible aventura de tener que apren- der a amar y fundamentar toda su existencia en ese sentimiento, tan difícil de discernir y de perpetuar. Esta aventura era conocida anta- ño con el nombre de «demonio meridiano»: el momento en que el hombre maduro constataba el escaso valor de sus logros profesio- nales y deseaba, al fin, vivir a toda costa, amar y ser amado por sí mismo. ¡La verdad es que este viejo demonio ha rejuvenecido muchísimo! Querer amar y ser amado: nada hay más natural ni más fácil, piensan los jóvenes; basta con seguir la inclinación del corazón.

- 4 4

¡Tremendo engaño! El amor es un aprendizaje, una ascesis, y se vive en medio de la incomprensión y a base de fracasos y con- flictos. «En el amor, los comienzos siempre son deliciosos; ¡por eso se intenta comenzar una y otra vez!» Y no se soporta el resto, que es lo más importante. Todos nos sentimos tentados de trasladar al amor los hábitos del trabajo (¡lo único para lo que hemos sido preparados durante

años!): la posesividad, por ejemplo: «Eres mío/a

Tengo un marido

Me perteneces

Tengo una mujer

»

Pero resulta que el amor es gratuito, y jamás se tiene al otro contra su libertad. La verdadera maravilla del amor consiste en que es un don recíproco, siempre inmerecido, sorprendente y nuevo; un encuentro que se vive como una fiesta.

Desearíamos al menos un intercambio cuasi-comercial, un ren-

dimiento suficiente: «¿Qué me das tú a cambio de lo que yo te doy? Después de todo lo que yo he hecho por ti, después de todo lo que

yo he sacrificado por tu causa

»

Pero el amor acepta no tener derecho alguno. Se embelesa con el don del otro y acepta considerarse nada y, no obstante, hacer do- nación de esa nada que para el otro resulta tan inestimable. En el amor, para recibir es menester abrirse; para acoger el don del otro es preciso darse a él con la misma totalidad con que se le desea recibir. Ciertamente, el peor enemigo del amor es el hábito de la socie- dad de consumo. Ya no se crea, ni se conserva, ni se repara: se cambia; nos encontramos en la civilización del «usar y tirar». ¿Es ésta la razón por la que los jóvenes ven con recelo el ma- trimonio? La verdad es que, al menos, tienen la modestia de no con- siderarse naturalmente capacitados para vivirlo. Las generaciones anteriores accedían al matrimonio con el convencimiento de que las estructuras sociales o religiosas iban a proporcionarles las fuerzas necesarias para vivirlo con éxito (las «gracias del matrimonio»). Hoy todo el mundo sabe que en el matrimonio, al igual que ocurre en una fonda de mala muerte, no se va a encontrar más que aquello que se ha llevado. Por eso los jóvenes se acercan hoy al matrimo- nio con muchísima prudencia, después de haber pasado etapas —a

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-

veces muy prolongadas— de relaciones sexuales a todos los nive-

les, después de haber vivido juntos e incluso después de haber sido padres o madres. Dudan de sí mismos, lo cual está muy bien, porque sirve para obviar el principal peligro del antiguo matrimonio: el de una estú- pida seguridad que hacía del matrimonio el término del amor, en lugar del comienzo del mismo. El marido se aburría, volvía a su profesión y a sus juergas con los amigos, cuando no a sus queridas,

y dejaba viuda a su mujer al día siguiente de regresar del viaje de bodas.

Hoy los jóvenes saben que su matrimonio ha de ser una crea- ción común, una atención recíproca, un reajuste incesante de sus conflictos, con el fin de inventar juntos su forma concreta de exis- tencia, sin modelos prefabricados ni «roles» estereotipados. En cualquier caso, ya no se resignan a ir muriendo el uno junto

al

otro sin esperanza y sin amor. Más vale reconocer que un amor

ha

muerto que no morir con ese amor. ¿Por qué va a tener que hun-

dirse el capitán con su barco, en lugar de salvar las vidas que puede aún salvar: la suya y las de algunos más?

La misma evolución se observa en los jóvenes con respecto a \afe. Ya no existe eso de una fe ya hecha, transmitida, hereditaria, «préte-á-porter», totalitaria. Los jóvenes quieren hacerse una fe a su medida, una fe perso- nal, y opinan que quien cree en todo no cree realmente en nada. Quien todavía es capaz de adherirse a todo el Credo («¡ vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos!») y a todo el Padrenuestro

(«¡

ha reflexionado demasiado.

.no nos dejes caer en la tentación!»), probablemente es que no

Sólo quien duda de algunas fórmulas tiene alguna probabilidad de creer verdaderamente en otras. La fe es relativizada: sólo yo puedo pensar lo que pienso, y nadie puede pensar en mi lugar —«Yo ruedo por ti si hace fal-

sólo yo puedo creer lo que yo creo. «O tienes tu fe o

ta

tienes la fe de otro». Ha pasado a la historia la fe evidente, absoluta y totalitaria. La fe se ha hecho una aventura, un descubrimiento, una búsqueda co-

»(!)—;

-46 -

mo el amor. ¿Tengo la seguridad suficiente como para soportar mis interrogantes y mis ignorancias? Quien no es capaz de soportar nin- guna duda no es capaz de soportar la fe. La característica del siglo que llega a su fin no ha sido la falta de fe ni el escepticismo ni el ateísmo, como suele afirmarse con demasiada frecuencia, sino precisamente un exceso de fe, una fe ciega, una fe fanática. Los nazis, los marxistas, los fascistas, los stalinistas, los maoístas, los integristas (¿quién de nosotros no ha sido algo de esto hace cincuenta años?), los cientistas, los jomeinis- tas y los nacionalistas (la peor herejía del siglo XX) creían con to- das sus fuerzas; creían muchas veces sin saber lo que creían; creían sin ver e incluso negándose a ver los campos de concentración y los «gulags». Ahora bien, la fe totalitaria no es más que una credulidad exas- perada, una falsa fe. Toda fe verdadera conlleva dudas, supone con- fesar que uno no lo sabe todo y que se equivoca a menudo; y esta duda es la medida del progreso posible. Aun cuando el objeto de la fe sea aparentemente infalible, yo jamás creo más que en lo que he percibido de dicho objeto, y hay mucho de mí mismo que se pro- yecta o se recupera en el impulso por el que me doy a otro. La nueva generación duda de la fe, duda del trabajo y duda del matrimonio, lo cual es la ocasión de un inmenso progreso, porque

algún día podrá creer en ello de una manera sana

, perpetúe nuestros errores, ya sea rechazando todo compromiso que no esté totalmente garantizado, ya sea comprometiéndose con la ilu- sión de que efectivamente lo está.

a menos que

Y nosotros

¿tenemos razones suficientes para creer en nues-

tro futuro y en el suyo?

- 4 7 —

El amor de los padres

Probablemente, jamás amaremos a nadie tanto como hemos amado y como tenemos necesidad de amar a nuestros padres. Ellos, y sólo ellos, son depositarios de una parte importantísi- ma de nuestro pasado. Ellos nos han marcado imborrablemente, y por eso podemos tener con ellos una armonía, unas afinidades y unas semejanzas que constituyen una especie de paraíso perdido y, por momentos (desgraciadamente breves), reencontrado. Por esa misma razón, también los detestamos como no detesta- remos a nadie, porque ellos pueden hacernos daño en un lugar de nosotros mismos adonde no pueden llegar los demás: en la raíz mis- ma de nuestro ser. Y sólo podemos perdonarlos cuando hemos sanado de las heri- das que nos han infligido. Pero es inútil que se las reprochemos y, sobre todo, que les exijamos que nos curen de ellas. Ellos son incapaces de darnos aque- llo de lo que hemos carecido y ser, a su edad, lo que no han sido nunca. Es menester ir a sanar a otra parte; es preciso encontrar a alguien que no pretenda siquiera reemplazarlos (ocupar el lugar de nuestro padre o de nuestra madre), sino que nos ayude a pres- cindir de ellos y a soportar nuestra carencia. Si nos quedamos con ellos, si permanecemos en la familia (co- mo instintivamente desean ellos, por un excesivo deseo de prote- gernos, y como trata de hacer el niño, para buscar refugio), exasperaremos el mal. Los padres acabarán destrozando al hijo, por- que están resentidos contra él, debido a su propia impotencia y al hecho de verle desgraciado y amargado a pesar de su presencia y su dedicación hacia él. Y el hijo acabará destrozando a sus padres, porque éstos le «niegan» lo único que él esperaba de ellos: poder liberarse de ellos. Una vez curados, volveremos junto a nuestros enfermos padres y podremos amarlos y soportarlos como nos habría gustado hacerlo cuando estábamos tan enfermos como ellos.

— 48 —

Entonces se establece un nuevo equilibrio, gracias al cual nos convertimos, por así decirlo, en los padres de nuestros propios pa- dres. Dejamos de ser acreedores de deudores insolventes y pasa- mos a ser los que les aportan un poco de vida y de alegría, los que tratan de introducirles en el mundo de hoy como antaño trataron ellos de introducirnos en su mundo. Y nuestras torpezas y errores nos hacen excusar los suyos. Pero para ello hay que haber hecho del propio ser algo lo bas- tante sólido como para presentarse ante ellos como vulnerable e inex- pugnable a un mismo tiempo. Vulnerable, porque uno se presenta sin armas ni armadura, sin agresividad y sin miedo; uno ya sabe y se atreve a confesar sus propias necesidades (que ya no son inex- tinguibles) y sus propias debilidades, porque se ha hecho uno lo bas- tante fuerte para reconocerlas y aceptarlas. E inexpugnable, porque uno habla ya desde un lugar en el que se atreve a ser él mismo, en el que no se compara ni se enfrenta a los demás, en el que uno es uno mismo y nada más que uno mismo, pero de pie y con soli- dez, aunque sea pequeño de estatura. Nada nos destruye, porque no pretendemos ser más de lo que somos (y, por tanto, nada hay que nos puedan arrebatar). Pero todo nos afecta, porque no nos de- fendemos. Sentimos de qué parte de quien nos golpea proceden los golpes, y sentimos también que hace daño porque él mismo padece el daño en sí, que sólo hiere porque está herido. También sabemos por qué somos tan vulnerables: son nuestras antiguas heridas cica- trizadas las que nos hablan, a la vez, del mal y del remedio. Dios tiene que ser alguien muy parecido a todo esto, infinita- mente vulnerable e infinitamente sólido, porque él es amor y por- que no hace otra cosa más que amar. Todo puede herirlo, pero nada puede impedirle amar. Quizá incluso se hace aún más amor con los golpes que recibe, porque él sabe mejor que nadie que esos gritos de rebelión y de injuria son en realidad gritos de socorro y de angustia por no ser suficientemente amado y por no poder amar, y que los golpes que él recibe hacen daño a quien los da. Dios es aquel a quien puedes hacerle todo el mal que quieras y que jamás ha de hacerte a ti mal alguno.

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La vida en pareja ¿El aburrimiento o las dificultades?

¿Cómo sería posible desear dejar de desear? Según dicen las revistas, los esposos deberían fusionarse en una perfecta armonía psicológica y, sobre todo, sexual. ¡Tendría que ser una unión carente de tropiezos y de sobresaltos! Pero la vida de pareja no está hecha para adormecer, sino para despertar. Sirve para sacar del corazón todo el amor de que somos capaces. La unión de dos personas es necesariamente conflictiva. Todos conocemos a esas parejas en las que ambos parecen tener los mis- mos gustos, las mismas opiniones, los mismos amigos, las mismas

distracciones

rencor, el miedo y la desesperación de dos seres forzados a morir juntos lentamente. El estado normal de cualquier sociedad humana es el conflicto:

las personas se afirman, se oponen y superan sus diferencias a base de negociaciones y concesiones. Y es que el conflicto no es la gue-

rra, sino todo lo contrario. Se hace la guerra porque no se soporta

el conflicto, porque se le quiere hacer desaparecer, de una vez por

todas, aniquilando al adversario. Los esposos se encuentran situados ante una opción decisiva:

o el aburrimiento o las dificultades. Si aborreces los conflictos, si lo que quieres es un cónyuge su- miso, dócil y apagado, no tardarás en conocer el aburrimiento de

una vida en la que no sucede nada, en la que no hay nada que decir-

se y en la que únicamente se espera que aquello se acabe. Pero si

aceptas los conflictos, las discusiones, los choques y los «reajus- tes», entonces seréis el uno para el otro el aguijón que despierta y estimula.

Nunca nos entendemos mejor que después de una buena expli- cación. Las reconciliaciones son, a menudo, mejores que la armo-

Pero, inevitable y solapadamente, se manifiestan el

50 -

nía sin fisuras. ¡Mientras haya roce, es que aún hay contacto! La

sal de la palabra, el choque de la oposición, los esfuerzos de adap-

tación

Eva nació del costado de Adán, de esa herida abierta en su flanco y jamás cicatrizada que le abre a toda la inquietud y a todo el sufri- miento del mundo. ¿Qué sería el hombre sin esa llamada, sin esa interpelación desgarradora, sin esa provocación a velar, pensar, amar y crear? ¿Y qué sería la mujer si su deseo no la condujera hacia el hom- bre para inventar con él esa «entente» siempre comprometida y siem- pre recomenzada, esa comunicación que es indispensable para ambos, pero de la que suele ser ella quien se preocupe y cargue con su responsabilidad? Al comprometerte en el matrimonio, no busques una «compa- ñía de seguros» que te garantice que tu mujer va a ser siempre dó- cil, no va a dejar de admirarte, va a estar siempre de buen humor y va a gozar de una perfecta salud, o que tu marido va a ser siem- pre atento y solícito, un brillante conversador y un caballero galante. El único seguro válido será tu resolución: voy a amarle tanto, voy a sufrir tan pacientemente, voy a perdonarle tan a menudo y voy a esperar de tal forma en él (o en ella) que acabará amándome como yo habré aprendido a hacerlo.

¡he ahí lo que os hará verdaderamente jóvenes!

Al casarte, ya nunca estarás tranquilo

,

¡pero seguirás vivo!

- 5 1

-

El primero

de los

mandamientos

Para los judíos, el primer mandamiento tenía absoluta prela- ción sobre el segundo, y ambos se practicaban por separado. Te- nían un acendradísimo sentido de la Trascendencia. ¡Jamás se habrían permitido mezclar a Dios con el hombre, lo sagrado con lo profano! La revelación de Cristo consiste precisamente en que invierte esta concepción: la Ley de Dios está subordinada al servicio del hombre. La única explicación de este escándalo es que Dios se ha hecho hombre, y que se le sirve mejor y de un modo más real en el hom- bre que en el cielo. Jesús inquieta y escandaliza a sus correligionarios, no porque niegue el primer mandamiento, sino por la forma en que lo cum- ple: al servicio de los hombres. No debemos olvidarnos jamás de preguntarnos por qué fue Cris- to condenado a muerte por las personas más piadosas y religiosas de su tiempo. Si se hubiera limitado a predicar lo que la mayoría de los cristianos actuales profesan (que hay dos mandamientos per- fectamente diferenciados: adorar a Dios y compadecerse de los her- manos), no habría suscitado oposición alguna. Lo que ocasionó la indignación de aquellas gentes fue el que identificara ambos man- damientos y afirmara que había que destruir el Templo, porque el verdadero Templo de Dios es el hombre, y el verdadero culto a Dios es el servicio al hombre, y que hay que saber transgredir la Ley, porque la única ley es: «Amaos los unos a los otros». Y lo verdaderamente extraordinario es que, al cabo de dos mil años de cristianismo, ¡muchos siguen escandalizándose del mismo modo! No debemos, pues, yuxtaponer ambos mandamientos si no que- remos quedar como disociados entre dos verdades que nos es me- nester unificar para vivir. Escribe el P. Congar: «El mayor obstáculo que los hombres de hoy encuentran en el camino de la fe es la falta

52 -

de unión que ellos creen constatar entre, por una parte, la fe en Dios

o la perspectiva de su Reino y, por otra, el quehacer terreno. Por

eso es urgente ver y mostrar la íntima relación existente entre am- bas realidades. En esto consistiría la respuesta positiva más eficaz

a las razones de la moderna increencia» (Chrétiens en dialogue,

p. XXXIII). Es una tentación perenne el tratar de buscar a Dios en sí mis- mo sin pasar por la dificilísima mediación del hombre; pretender disfrutar de unas relaciones «directas» con Dios olvidando la En- carnación, que transforma la relación con Dios en una relación de hombre a hombre. Yo mantengo que la mejor forma de amar a Dios es amar a los hermanos. Y el hecho de saber que los amamos con la inspira- ción y el amor mismo de Dios transforma toda nuestra visión de la vida. Ese amor que él nos infunde inagotablemente trasciende todo motivo «racional» para amar a los demás, porque es participa- ción en la vida misma de Dios. La «piedad» aspira a honrar a Dios como desearíamos ser honrados nosotros mismos. Pero Dios es el inspirador de nuestra fraternidad, no el objeto de la misma.

Dios no es alguien que está enfrente de nosotros, un interlocu-

Dios es más ínti-

mo a nosotros que nosotros mismos. Si fuera exterior a nosotros, ya no sería todo, ya no sería Dios. Dios no es objeto de amor; es Fuente del amor. ¿Es el amor de Dios distinto del de los hombres? Sí. ¿Es diferente? No. En mi opinión, no hay más que un único amor. El amor frater- no es amor auténticamente teologal: en esto consiste la originalidad

tor, alguien que responde a nuestras preguntas

del cristianismo, y esto es lo que le permite unificar nuestras vidas

y nuestra acción, en lugar de dividirlas y disociarlas en dos direc- ciones (¿qué tengo que dar a Dios y qué tengo que dar a los hom- bres?). La caridad fraterna hace mucho más que «probar» mi amor

a Dios: me introduce en el conocimiento, la experimentación y la participación de su ser, que es el amor.

Por supuesto que ambos términos siguen siendo distintos, en

el sentido de que Dios esfuente del amor, y fuente inagotable (Dios

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-

es el único ser cuyo amor se identifica con su esencia, que es el amor en sí), pero no en el sentido de que sea un término separado, porque entonces sería necesariamente el competidor y rival aventa- jado del hombre, y todo cuanto él distrajera y absorbiera de las ener- gías y el tiempo del hombre serían energías y tiempo perdido para los demás hombres. La relación de Dios con el hombre no es la relación del hom- bre con el hombre. Dios no es solamente otro; es otro de distinta manera de como los demás son otros para nosotros. No se trata, pues, de una relación «amistosa» o «personal» (Dios no es, eviden- temente, una cosa, ni una fuerza, ni algo infra-personal; pero tam- poco es una persona como nosotros: es pura relación al otro, es supra-personal). El gran error de la piedad consiste en buscar en Dios una amistad, una relación afectiva y hasta una relación «con- yugal» que permita prescindir del afecto humano. Dios no es un «ami- go», una persona como cualquier persona humana, sino la fuente de nuestro amor a los humanos, y está presente en nosotros en la medida en que nosotros amamos a los demás. Dios nos pide una relación de reciprocidad («amadme, porque yo os amo»), sino una relación de semejanza («amadme como yo os amo»). Y esto representa para mí el corazón mismo del cristianismo.

-54 -

«La verdad os hará libres»

Nadie posee la verdad, nadie la alcanza toda entera. ¿Es la ver-

dad para ti como algo que puedes apropiarte y definir y de lo que podrías hacer un inventario exacto y una descripción exhaustiva? ¿O es quizá como una persona a la que nunca terminas de conocer

y a la que no puedes dominar, sino que has de acercarte a ella con

una actitud de respeto, de acogida, de disponibilidad, de escucha,

con una disposición análoga a la de la oración? La verdad existe. Nosotros tendemos hacia ella, y nos acerca- mos o nos alejamos de ella; pero ninguno de nosotros es su pro- pietario. Hay una realidad objetiva, pero nosotros sólo llegamos a ella

a través de nuestra subjetividad. Vemos las cosas como con una es-

pecie de lentes deformantes. Ahora bien, aunque no poseamos toda la verdad, cada uno de nosotros, en determinados momentos, siente clarísimamente que está en la verdad, que está en contacto directo con lo real, que avanza hacia lo verdadero.

¿Puede la verdad liberarnos? Y nos referimos, ciertamente, no a una verdad filosófica, sino a una verdad de vida, a una revelación de verdadera vida. La revelación evangélica síes liberadora. Nos libera de las fal- sas imágenes de Dios: Dios no es un soberano que nos trata como

a subditos, ni un juez que nos trata como a culpables, ni un acree- dor que nos apremie como si fuéramos sus deudores. Dios es fuente infinita de generosidad. Dios es poder infinito de comunicación, de don, de difusión de sí, y aspira a llenarnos de El, a darnos todo cuanto El es y tiene. La verdad nos libera de las falsas imágenes de nosotros mis- mos: todos estamos llamados a ser como El. Estamos habitados por un dinamismo incansable de fe, de amor y de esperanza. Todo lo podemos en Aquel que nos conforta. «Hijo mío, tú estás siempre

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conmigo, y todo lo que yo tengo es tuyo». ¿A quién van dirigidas estas paternales palabras? Al avinagrado hermano mayor, al recal- citrante envidioso que se niega a entrar y alegrarse con su hermano «resucitado», porque, según él, ¡jamás ha podido comerse un cabrito con sus amigos! Entonces, ¿quién de nosotros se considera excluido? Estas falsas imágenes han hecho de nosotros sus esclavos, es- clavos inconscientes de nuestros miedos, de nuestro pesimismo, de nuestra torpeza, de nuestra pusilanimidad Somos tan esclavos que nos creemos libres; tan sordos que cree- mos oir; tan ciegos que creemos ver; ¡tan muertos que nos creemos vivos! Y sólo por comparación caemos en la cuenta de esa esclavi- tud inconsciente: ante un hombre libre como Jesús, un hombre ha- bitado por la fe, vemos la diferencia. Uno solamente ve su condición de esclavo por comparación con un hombre libre y liberador, que contagia libertad. Sólo sabemos de lo que carecemos cuando alguien nos lo da o, al menos, nos lo hace ver. Los fariseos se irritan ante la denuncia de su esclavitud que en- cierra la propuesta de libertad que hace Jesús. Ellos son esclavos de su pasado, se refugian en su árbol genealógico («hijos de Abra-

ham»), están en regla con las leyes

miento, la vida

aún son capaces de matar a quien les inquiete. Ese es el pecado del que les acusa Jesús: ser «hombres viejos»,

Rechazan el cambio, el movi-

Desean que nada se mueva. Están muertos, pero

negar el futuro, rechazar toda esperanza, decir que ya no van a cam- biar, que están demasiado viejos, demasiado acostumbrados, de- masiado incapacitados, o demasiado contentos consigo mismos, o

Se niegan a vivir, se niegan a na-

Niegan el poder creador y resucitador del Espíritu de Dios. Jesús conoce al Padre, que es amor y, consiguientemente, li- bertad y liberación total. Dios es el gran aventurero de los mundos:

a todo se atreve, todo lo arriesga, todo lo espera. La creación no es más que una inmensa apuesta de Dios, que espera siempre hacer de ella una obra magnífica. Y nos quiere a su imagen: «¡Liberaos de todas vuestras crisálidas! Sed como yo, inventad vuestras vidas, cread vuestras relaciones, atreveos a amar, vivir y obrar».

quizá demasiado descontentos

cer

- 5 6

Unos dicen: «No merece la pena intentarlo; seguro que fraca- ¿para qué voy a levantarme si he de volver a caer? Si no

voy a poder acabar, ¿para qué voy a empezar?» Y otros, que se saben habitados por un dinamismo inextingui- ble, se repiten: «No merece la pena quedarse tirado; al final, segu- ro que he de levantarme. Hay en mí una llamada a la que no podré resistirme siempre. Hay en mí una esperanza que jamás ha de de- jarme tranquilo. Hay en mí un amor que acabará por prevalecer. Entonces, puesto que, a pesar de todo, he de comenzar de nuevo a creer, a esperar y a amar, ¡más vale comenzar cuanto antes! ¡Más vale resucitar de inmediato!»

saré

-57 -

SUFRIR, MORIR Y RESUCITAR

¿Por qué el mal?

El tormento de las filosofías y la ambición de las religiones ha sido siempre responder a los grandes interrogantes de la humani- dad: ¿cómo explicar y cómo evitar el sufrimiento en esta vida (las enfermedades, etc.) y en la otra (infierno, purgatorio, reencarna-

.) y, sobre todo, ese supremo sufrimiento que es la muerte?

Cristo, por su parte, no pretende enseñar ni la causa ni la fina- lidad de la existencia del mal. Pero hizo mucho más que eso: mos- tró que el amor puede soportar y vencer al mal y a la mismísima muerte, y se atrevió a afirmar: «¡Dichosos los que lloran!» ¿Qué significa esta paradoja? Una cierta teología ha querido explicar el mal por el pecado del hombre. Esta era ya la opinión de los apóstoles ante el ciego de nacimiento: «¡Quién pecó para que naciera ciego: él o sus pa- dres?» Para todos los que piensan de este modo, ¡desdichados los que lloran! Su sufrimiento denuncia su pecado. ¿Puede haber algo peor? Una determinada escuela de espiritualidad, por el contrario, ha

tratado en vano de justificar y canonizar el sufrimiento por el per- feccionamiento moral que ocasiona, los méritos que hace adquirir

y la intercesión a que da lugar. Con una preocupación, digna de

todo respeto, por disminuir el escándalo del sufrimiento, algunos han llegado incluso a caer en el «dolorismo»: puesto que el sufri- miento es bueno y útil para uno mismo y para los demás, hay que buscarlo, cultivarlo y preferirlo. «O padecer o morir», decía santa Teresa de Jesús. Y así es como ha habido creyentes que, para bus- car el dolor, han hecho tantos esfuerzos como los paganos para evitarlo.

ciones

Pero, en verdadera doctrina cristiana, el valor de un acto no

es jamás proporcional a los sufrimientos que conlleva, sino a la ca

ridad que lo inspira. Cristo no buscó el sufrimiento; únicamente quiso

amar y aliviar a los que sufrían. Lo que le faltaba a la redención

- 6 1

-

del mundo, con anterioridad a él, no era una determinada cantidad de sufrimientos, de los que la tierra estaba verdaderamente satura- da, sino una revelación de amor. No. Es preciso reconocer que, si el sufrimiento sirve para ma- durar y «elevar» a algunos, lo cierto es que quebranta y destruye

a muchos más; que no hay proporción entre el mal y la falta, como

tampoco la hay entre la crueldad de los tormentos y el bien que de ellos se pueda obtener. En presencia de un mongólico, o de un be- bé monstruoso, o de un herido que aulla de dolor, o de un psicópata al que corroe la angustia, ¿quién se atreverá a hablar de la «bon- dad» o el «mérito» del sufrimiento?; ¿quién puede afirmar que tales pruebas son enviadas por Dios para nuestro bien? ¡Como si Dios se complaciera en torturar a sus hijos! ¡Como si Dios se vengara de sus enemigos!

La verdadera grandeza del cristianismo consiste en haber su- perado el sufrimiento a través del amor. Jesús reveló que existe un amor que es capaz de soportar el sufrimiento y que prefiere amar

y sufrir, antes que no sufrir y no amar. Todos hemos conocido a padres de hijos anormales que, siguien-

do a Jesús, han resuelto su problema simplemente a base de amor,

y cuya vida gira enteramente en torno a un ser perpetuamente ten-

dido en la cama y que de vez en cuando les recompensa con una sonrisa. Por desgracia, también hay sufrimiento sin amor; por supuesto que sí. Pero lo que no hay es verdadero amor sin sufrimiento. ¡Di- chosos los que lloran por amor a la justicia ofendida, a los pobres abandonados, a los enfermos mal atendidos, a los afligidos caren- tes de consuelo! ¡Dichosos los que en nuestro apresurado mundo no pasan indiferentes junto a la miseria! ¡Dichosos los que son com- pasivos y solícitos para con los demás y son capaces de reconocer a Cristo en el hambriento, en el vagabundo y en el encarcelado!

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Atreverse a ser feliz en un mundo infeliz

¿Cómo pueden conciliarse la conmiseración y la alegría? ¿Có- mo hacerlas cohabitar en el corazón? ¿Cómo soportar nuestra im-

potencia ante los egoísmos encontrados, ante el hermano que despedaza a su propio hermano, ante la angustia, ante la violencia y la contra-violencia rampante, ante las desavenencias familiares,

ante el hambre y las guerras en el Tercer Mundo

?

A veces me parece de un egoísmo verdaderamente cruel el dar gracias por la vida, por la salud, por la paz, por la belleza, por el afecto de los seres queridos Pero ¿es justo el reprocharse uno a sí mismo sus alegrías, el sentirse culpable por no sufrir continuamente con quienes sufren? Por supuesto que no podemos permanecer indiferentes ante el mal que hay en el mundo, pero el obligarse a pensar obsesivamente en el sufrimiento y la muerte de los demás es exponerse a morir uno mismo. ¿De qué les serviría a ellos que nosotros nos dejára- mos abrumar por semejante compasión?

Puede incluso haber mucho egoísmo en el hecho de compla- cerse en la tristeza, la desesperación y la culpabilidad, dispensán- dose así de hacer uno en su propio entorno lo poco que está en su poder y para lo que es absolutamente necesario conservar el equili- brio y la confianza. Hay «almas generosas» que pretenden persuadirnos de que so- mos responsables de todas las injusticias pasadas y presentes; pero, al reducirnos a la desesperación, nos impiden aliviar aquellas in- justicias con respecto a las cuales podríamos realmente hacer algo. Por otra parte, ¿no es una escapatoria el tratar de imaginar lo que sufren los demás, con el fin de negar la bondad de la vida? Aque- llas personas que son para nosotros motivo (o simplemente ocasión) para desesperarnos, tal vez son capaces de vivir y amar la vida, que

- 6 3

-

ellos experimentan en toda su radicalidad y en su simplicidad, mien- tras que quizá nosotros hemos perdido el gusto por la vida a fuerza de refinamientos y de lujos. Nos imaginamos que sufren por care- cer precisamente de ese «gusto por la vida» que marca la diferencia entre ellos y nosotros, o porque no han experimentado el verdadero sentido de la vida, cuando es precisamente el sufrimiento lo que muchas veces obliga a buscarlo. Cada cual debe hacer el mismo acto de fe en la vida, en sí y en los demás, y cada cual puede hacerlo, aunque no sea fácil para nadie. Nuestra desesperación no se debe a la desdicha de los demás, sino a nuestra propia inconsciencia o a nuestro propio desaliento. Como no tenemos fe en la vida, en la fuerza de vida y de amor que hay en nosotros, olvidamos que ellos sí poseen dicha fe, y que tal vez la viven y la reconocen mucho mejor. Creemos desesperarnos por sus sufrimientos, pero en realidad es por la debilidad de nues- tra esperanza. Decía el pastor Wagner: «Si resulta que hay centenares de he- ridos y tú sólo puedes recoger a uno de ellos, recoge al menos a ése. S¡ resuíta que hay miíes de aimas angustiadas y tú no puedes consolar más que a una de ellas, consuela al menos a ésa. No te dejes arrastrar a la inacción por el hecho de que no puedes hacerlo todo». Y a una visitante absolutamente abatida ante el espectáculo de la multitud de enfermos y agonizantes carentes de la ayuda necesa- ria, le decía la madre Teresa: «No piense usted en todos aquellos por los que no puede hacer nada, sino ocúpese únicamente de uno. El excederse de las propias fuerzas no conduce más que a no hacer uso de ellas». ¿Será preciso añadir que, evidentemente, lo que el individuo puede y debe hacer no basta? Es menester, además, unirse y ejer- cer un influjo colectivo sobre la opinión pública y sobre los gobier- nos, a fin de que dejen de encerrarse en su despiadado egoísmo.

-64 -

Gozo y sufrimiento de Dios

Jesús vino a enseñarnos el amor. La Redención se hizo a tra- vés del amor. Pero todo amor se vive y se expresa en una mezcla inextricable de gozo y de sufrimiento. No existe mayor gozo que el gozo de amar: de entregarse, con todo el impulso, toda la riqueza y todas las fuerzas que uno posee, a otra persona que, a su vez, te libera y en la que pones toda la complacencia que no puedes poner en ti mismo; de encontrar, al fin, el modo de hacer pleno uso de ti mismo en la difusión y comu- nicación de todo cuanto eres y todo cuanto tienes. Tal es el gozo del Padre, y tal es el gozo de Jesús: «Quien me ve a mí ve al Padre». Pero el amor es necesariamente vulnerable. ¿Cómo amar sin depender de la persona amada? Amar es tener la experiencia de una dependencia infinita en relación a aquella persona que es todopode- rosa con respecto a tu corazón; es poner toda tu felicidad a merced de otra persona; es aceptar incluso no ser amado (o dejar de serlo) y, a pesar de ello, seguir amando siempre. Amar es, inevitablemente, sufrir. Cuando Jacob sale victorioso de su combate con el ángel en el vado de Yabboq, recibe un nombre nuevo: Israel, es decir, «el fuerte contra Dios» (Gn 32,29). Nosotros somos el verdadero Is- rael: a partir de la crucifixión, Jesús demostró definitivamente que, a pesar de su vulnerabilidad, él era el más fuerte en amor. «El hombre que se rebela contra Dios —dice Tyrrell— se pare- ce al pájaro que, en medio de la tempestad, se lanza contra el acan- tilado. Pero Dios, en su compasión, se hizo carne para soportar él la violencia, en lugar de nosotros». Jesús crucificado es la increíble revelación del Dios verdade- ro: Aquel a quien puedes hacer todo el mal que quieras y quejamos te hará daño alguno. Una revelación que no hemos acabado de ad- mitir (quizá, ni siquiera hemos comenzado a hacerlo).

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O bien creemos en un Dios violento, cruel y colérico al que hay que aplacar con sacrificios, y entonces nos hacemos semejan-

tes al Dios que imaginamos (cruzadas, inquisición, guerras de reli- gión, intolerancia, caza de brujas y herejes, pogroms de judíos, etc.); o bien aceptamos la revelación de un Dios inocente, inofensivo, que ama incondicional y obstinadamente a quienes aún no le aman a él, un Dios que espera en nosotros para siempre, un Dios que jamás

se cansará de amarnos mejarnos a él.

,

y entonces también comenzaremos a ase-

*

*

*

El sufrimiento y el gozo son infinitamente menos contradicto- rios que la insensibilidad y el amor. El gozo y la alegría de Dios brotan del mayor de los sufrimientos: no hay mayor gozo, mayor sufrimiento ni mayor amor que dar la vida por aquellos a los que se ama. Tal es la única felicidad de Dios. Y la felicidad del hombre depende de una elección que nos es perpetuamente propuesta en esta vida e incluso —creo yo— en la otra: ¿Qué prefieres: amar y sufrir o no amar y no sufrir? No hay otra alternativa, y nos pasamos la existencia entera dudando entre lo uno y lo otro.

*

*

*

De Bonhoeffer son estas profundas palabras: «Sólo un Dios que sufra, sólo un Dios que sirva, puede ser de ayuda».

En su miseria, el hombre se ve tentado a inventarse un Dios que sea la compensación de sus propias insuficiencias y la realiza- ción de sus deseos. Como el hombre es pobre, imagina y desea un Dios rico. Como el hombre es débil, necesita un Dios que sea fuer- te. Como el hombre sufre, Dios tiene que ser invulnerable, impasi-

ble, insensible, inalterable

solidario, se complace en imaginarse un Dios solitario, autónomo, suficiente, independiente

Y como el hombre es dependiente y

— 66 —

Pero entonces el hombre se hace esclavo para siempre de sus más tristes ambiciones y de sus más ruines ansias: para «llegar a ser Dios» cree tener que hacerse rico, poderoso, temido, servido, autónomo, invulnerable, demoníaco Y llega la revelación cristiana y libera y salva al hombre reve- lándole a un Dios humilde, bondadoso, pobre, herido y miseri- cordioso. Esta es la Buena Noticia que hay que anunciar al mundo: para

hacerse como Dios, para «llegar a ser Dios», no hay que hacerse rico, sabio, fuerte, rebosante de salud y majestuoso. Basta con amar

y servir un poco más cada día. Puedes «hacerte Dios» sin más tar-

danza, en tu estado actual y al nivel en que te encuentras, haciendo^ te el último de todos y el servidor de todos.

Vosotros, los pobres, que habéis sufrido con vuestros fraca-

sos, con vuestros amores no correspondidos, con vuestros desvelos

y

sacrificios que otros han explotado o menospreciado, sabed que

el

propio Dios ha conocido el fracaso, la humillación y el sufrimien-

to. ¡Ni siquiera Jesús tuvo éxito en todo ni con todo el mundo! Pero

sí consiguió una cosa: mostrar a Dios a base de seguir amando, cre-

yendo, esperando y perdonando incluso en medio del aparente fracaso. Y esto pueden lograrlo todos los pobres, a pesar de los fracasos.

-67 -

«¡Dios mío, Dios

mío!,

abandonado?»

¿por qué me has

(Me 15,34)

¡El Hijo muere en presencia del Padre y sus legiones de ánge- les, que no esbozan ni el más leve batir de sus alas para salvarlo! «¿Dónde quedan los tiempos de tus primeras revelaciones, cuan- do yo me sentía tan lleno y tan habitado de ti que ya no sabía yo si hablaba desde el fondo de ti o desde el fondo de mí? ¿Dónde que- dan los tiempos asombrosos en que el mundo cambiaba a impulso de una simple plegaria, cuando al fin se hacía tu voluntad en la tie- rra como en el cielo? Tu creación volvía a florecer como el primer día, los enfermos sanaban, los hambrientos eran saciados, los muertos resucitaban y las multitudes acudían asombradas. ¡Al fin se establecía entre no- sotros el Reino de Dios! ¡Qué hermosos eran los tiempos de los comienzos, cuando yo veía cómo actuaba tu ternura de Padre! Yo sentía cómo brotaba en mí, cómo fluía de tu corazón al mío y hacia todos cuantos tenían necesidad de convencerse y convertirse a ella, y durante mucho tiem- po creí que bastaría con revelársela a los hombres para que el mun- do quedara transformado. No me cansaba de proclamar hasta qué punto eras tú mejor, más indulgente y más tierno de lo que nadie hubiera podido sospechar, y hasta qué punto había que confiar en que tú nos escuchabas antes incluso de que abriéramos la boca para pedirte algo. ¡Cuántas veces les habré dicho que ni un cabello de nuestra cabeza cae sin tu permiso; que ni un solo pájaro es olvidado por ti; que tú alimentas a las aves del cielo y vistes a los lirios del campo; que tú haces que luzca tu sol y caiga tu lluvia;

que tú sabes de qué tenemos necesidad

!

Yo he proclamado todas estas cosas, ¿y ahora tú te vas a ca- llar, Padre, y no vas a hacer nada viendo cómo crucifican a tu Hijo?

- 6 8

Acuérdate Recuerda cómo se entusiasmaban las multitudes al escuchar que todo era posible, que el mundo iba a cambiar y que las grandes pro- mesas iban a cumplirse. Liberadas de sus viejas resignaciones, las gentes oscilaban entre la conversión y la conquista. Habían estado muy cerca de creer en ello. Por supuesto que hubo decepciones, y hubo también encarni- zamiento por parte de mis adversarios, incomprensión por parte de mis discípulos, celo ciego por parte de algunos de mis partidarios

y maniobras interesadas por parte de los aprovechados de siempre Entonces me hiciste comprender que la salvación del mundo no se iba a producir de esa manera, sino que había que profundizar mucho más hondo, orar mucho más, retornar al desierto y buscar otras ovejas fuera del redil de Israel. Y todo ello me ha traído hasta aquí: ¡a la cruz! Estoy perdido, Padre. Ya no soy capaz de encontrarte a ti, a quien tan perfectamente he conocido y a quien tan insistentemente he predicado a los demás. ¿Dónde, pues, voy a reconocer ahora un signo de tu amor y

tu ternura en este mundo que se ha vuelto loco, incivilizado, caóti-

co, peor que nunca? '¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?'»

*

*

*

Pero, aun cuando Jesús ya no se sentía objeto de aquella ternu- ra, ésta seguía fluyendo de su corazón hacia los demás. Jesús se compadecía de la desgracia de las mujeres y los hijos de Jerusalén, fraternizaba con sus compañeros de suplicio, confiaba a Juan a los cuidados de su madre, y viceversa, y le pedía a su Padre que perdo- nara a sus verdugos. Fue entonces cuando descubrió un rostro distinto de Dios, un pobre rostro humillado, impotente y dolorido, pero siempre lleno de amor. Dios no era el Padre todopoderoso, el Creador dueño del mundo y de la historia. Dios era un amor humillado y fiel.

-69 -

Lo que sus largos ratos de tierna intimidad orante con Dios no le habían revelado aún, lo aprendía ahora de la atroz tensión de los acontecimientos, de la despiadada mano de los hombres, de la bru-

talidad de sus torturadores. Hasta entonces, jamás había sabido hasta qué punto Dios era Dios; no supo cómo amaba Dios mientras no amó como él en la cruz. Dios no gobernaba el mundo. No era Dios quien enviaba las catástrofes ni quien protegía de ellas; Dios estaba dentro, con no-

sotros, para permitirnos seguir creyendo, amando, esperando

Dios

estaba crucificado sobre el mundo, como lo estaba él sobre la cruz. Entonces se produjo una gran luz, y Jesús comprendió cuan cier- to era lo que él había exclamado, inundado de gozo, en el tiempo del asombro: «¡El Padre y yo somos una sola cosa! ¡Quien me ve a mí ve al Padre!» Esto nunca había sido tan sobrecogedoramente cierto como en aquel momento de la crucifixión. Y entonces supo que podía poner su espíritu en las manos de Aquel de quien él había sido la más asombrosa y verídica revelación.

— 70 —

Ofrecer

los

sufrimientos

¿qué sentido

tiene?

El mal, el sufrimiento moral o físico, cuando alcanza un cierto grado, cuando llega a absorber, aplastar y destruir, constituye un misterio injustificable. Ni siquiera el propio Jesús lo explicó, sino que se limitó a padecerlo. Lo mejor que podemos decir del sufri- miento es que no nos hace ajenos a Jesús. Antaño se nos animaba a buscar los sufrimientos y a ofrecérse- los a Dios, ¡como si a Dios le volvieran loco! Pero el sufrimiento es un mal, y no hay que ofrecérselo a Dios, como no se le ofrece un pecado. Con Dios únicamente se comulga por medio del amor,

¡a pesar del sufrimiento! Sin duda, esto es lo que quieren decir tan-

tas buenas personas que «ofrecen sus sufrimientos». Con ello quie- ren decir que siguen amando, que continúan creyendo y amando

a pesar de todo. ¿Cómo sería el rostro de un Dios que deseara que se le ofrecie- ran sufrimientos? ¿Y cómo podemos nosotros atrevernos a suponer que se complace en ellos? Fijémonos en Jesús durante su Pasión: no ofrece sus sufrimien-

tos ni busca deliberadamente sufrir. Jesús se queja («No habéis po-

dido velar ni una hora conmigo

»).

»),

busca alivio («¡Tengo sed!»),

protesta («¿Por qué me golpeas

?»),

trata de evitarlo («Si es posi-

ble, que pase de mí este cáliz

Pero sigue amando y ocupándo-

se de los demás con las escasas fuerzas y las pocas posibilidades que le quedan: habla y consuela a las mujeres de Jerusalén, se preo- cupa por su madre, convierte al ladrón, perdona a sus verdugos, conmueve al centurión

La única respuesta enigmática que da Jesús al misterio del Mal

es a propósito del ciego de nacimiento: «Es para que se manifiesten

en él las obras de Dios» (Jn 9,3). Esas obras de Dios, en mi opi- nión, son el amor de Jesús, el amor de quienes cuidan del ciego

y la

fe

y el amor

de éste.

- 7 1

-

Nuestros sufrimientos no se pierden por el hecho de que no los ofrezcamos. Pero, si seguimos amando a quienes nos rodean, a nues- tros compañeros de cruz, es porque hemos ido a buscar ese amor en lo más profundo de nuestro corazón, para que sea un amor ca- paz de subsistir y de irradiar a pesar del sufrimiento. Y ese amor tendrá una calidad y una eficacia absolutamente desconocidas para nuestro pequeño amor de gente sana y sin problemas. Dios es amor. ¡Ofrezcámosle nuestro corazón para amar como él!

— 72 —

La verdadera muerte no es morir

La muerte es la última prueba a que se ve sometida en la exis- tencia nuestra fe. Vivir es creer, o sea, dar crédito, aceptar esperar lo que aún no se ve y darle tiempo para que se nos desvele. En las decisiones más importantes de la existencia (escoger una

determinada profesión, elegir una determinada pareja, optar por una

) la razón

interviene, pero nunca nos basta con ella. Nuestros más meditados cálculos deben ser completados y sostenidos por una confianza que garantice debidamente el éxito. No se puede vivir exclusivamente de lo que se ve o de lo que se sabe; sólo se puede vivir de lo que se espera. Todos vivimos más del futuro que del presente. La fascinación del niño radica en la pro- mesa que representa. Al estrecharlo contra nosotros, estamos abra- zando aún más lo que ese niño ha de ser que lo que es. Un niño que no pudiera crecer, un bebé del que no pudiera es- perarse crecimiento alguno, perdería todo interés, sería una verda- dera catástrofe. En el fondo, un niño no vale más que por la esperanza que depositamos en él. Su valor constatable es nulo, en comparación con lo que ha de llegar a ser. Cuando decides traer un hijo al mundo, estás haciendo un inmenso acto de fe, estás abrién- dote a la esperanza.

Y el matrimonio es una apuesta muy parecida. ¿Quién puede garantizarte el éxito y la duración del mismo si no es el amor, que se define como «esperar en el otro para siempre»? Los esposos se aman en la medida en que se crean el uno al otro, en la medida en que esperan el uno del otro maravillas que nadie más podría pro- porcionarles.

determinada solidaridad, decidir traer un hijo al mundo

— 73

-

En la muerte, como en los esponsales, se nos pregunta: «¿Con- fías en ella o la rechazas? ¿Te abres o prefieres cerrarte? ¿Te re- pliegas sobre lo que tienes, sobre tus posesiones, sobre tu pasado, o te lanzas hacia el futuro?» ¿No te han convencido tus experiencias precedentes de que la vida tiene más recursos de los que tú podías sospechar? ¿Tienes acaso motivos para arrepentirte de la confianza que has depositado en ella? ¿No has tenido ocasión de confirmar infinidad de veces que has he- cho bien en creer en tu amor, en tener esperanza en tus hijos, en perseverar a pesar de los fracasos y en creer por encima de las apa- riencias? ¿Por qué vas a desdecirte de todo ello en esta última prueba? La muerte es una invención de la vida. No experimentarías ante ella

semejante angustia si, con tu rechazo, no contradijeras el movimiento mismo de la vida en ti. De ese modo, no haces más que desadaptar- te, impedir que brote y respire libremente tu fe. ¿Va a ser la muerte el primer acontecimiento de tu existencia que afrontes sin ninguna esperanza? La verdadera muerte no es morir, sino dejar de creer, dejar

,Y eso puede ocurrir a cualquier edad'.

de crecer, dejar de nacer

El que dijo: «Yo soy la Vida», te espera para estrecharte en sus brazos.

¿Aceptarás esa mano que se te tiende?

-74 -

¿Por qué callan nuestros

muertos?

Nuestras quejas con respecto a nuestros muertos se parecen a los reproches que le hacemos a Dios: ¿Por qué ese silencio? ¿Por qué esa inexorable ausencia? ¿Por qué ese abandono? Durante mu- cho tiempo, me ha escandalizado el hecho de que un Dios de amor pareciera separar tan cruelmente a quienes se aman. Si el amor es más fuerte que la muerte, ¿por qué le impide la muerte manifestar- se? Ese «gran abismo» del que habla Abraham en la parábola de Lázaro y el rico epulón es una despiadada invención, tanto más in- dignante si se admite el hecho de una Redención misericordiosa. ¿Cómo es posible que un Dios bueno, después de habernos dejado tan inermes y ciegos en un universo indiferente y frío, permita que se deshagan tan fácilmente esos lazos que hemos ido tejiendo como nuestra única protección contra la soledad? La muerte ha escanda- lizado de tal manera a las personas religiosas que éstas han preferi- do verla como una consecuencia del pecado del hombre, antes que aceptar que sea culpa de Dios. Pero resulta que la muerte es ley de la creación, ¡ley del Creador! ¿Lograrán las siguientes reflexiones arrojar alguna luz sobre este misterio? Estamos separados de nuestros muertos. Pero ¿acaso no sufri- mos idénticamente por estar separados de nosotros mismos? ¿No media la misma distancia entre lo mejor que hay en nosotros y nues- tra vida ordinaria, entre la verdadera oración y nuestros formula- rios recitados, entre el verdadero amor y nuestras pobres demos- traciones del mismo, que la distancia que media entre nosotros y nuestros difuntos y de la que tanto nos quejamos? ¿No es verdad que muy raras veces somos lo que querríamos ser? ¿No es verdad que muy raras veces amamos como desearía- mos amar? ¿No es verdad que muy raras veces está Dios presente como lo ha estado en determinados y afortunados momentos de nues- tra existencia? ¿No os parece que tan inadmisible como el hecho de

-

75

-

no estar ya cerca de nuestros difuntos es el que no lo estemos de

Dios, del amor, de la oración, de nuestro ser verdadero

Si el estar muerto consistiera en no poder ya vivir más que de lo esencial (de amor, de creación, de esperanza), y si el vivir se redu- jera a esa irrisoria facultad de poder embeberse en lo secundario y en lo fútil, en la despreocupación más absoluta, ¿cómo conseguir que se encontraran vivos y muertos? Si llamas por teléfono y no responde nadie, piensas que la persona a la que llamas está ausen- te. ¿No será que has marcado tu propio número? ¿No será que, en lugar de dirigirte a esa otra persona, estás replegado sobre ti mismo? ¿Conoces la definición de la persona importuna y molesta? Es una persona que me habla sin parar de sí misma cuando yo querría hablarle sin parar de mí mismo. Supon que consiguieras atraer a tus muertos a tu nivel, involucrarlos en tus intereses y asediarlos con tus preguntas y tus preocupaciones: ¿crees que su presencia te resultaría realmente benéfica, constructiva y transformadora?

?

Y si, por el contrario, ellos estuvieran perpetuamente disponi- bles para iniciarte en su intensidad de vida, hacerte partícipe de su fe y su esperanza y enseñarte de nuevo a amar como en otro tiempo fuiste capaz de amarlos, ¿no te quejarías de tener que separarte de infinidad de cosas para no separarte ya de ellos? En todos los tiempos y en todas las religiones ha habido hom- bres y mujeres que han dado testimonio de vivir en comunión con lo esencial. Y para no interrumpir esa comunicación con sus fallos, su cansancio o su incredulidad, han necesitado tiempo y esfuerzo. Pero han logrado suprimir la frontera a lo largo de la cual gemimos nosotros porque la consideramos infranqueable. Sólo nos hacemos humanos cuando somos capaces de dar la vi- da, cuando hemos descubierto lo que merece sacrificar dicha vida y cuando hemos tomado respecto de ella la distancia que nos permita valorarla en su justa medida y desbrozarla de todo cuanto es super- fluo. Pues bien, sólo nos unimos a los muertos después de haber re- corrido el mismo camino y haber realizado la misma elección que ellos: morir allí donde estamos excesivamente vivos, y nacer allí donde aún estamos muertos. *

#

- 7 6

*

Si los muertos están unidos a Dios, que es amor, ¿cómo no van

a ocuparse de nosotros y cómo van a ser insensibles a nuestro afec-

to? Orar por los muertos no es , evidentemente, intentar que Dios

sea más benévolo con ellos, sino pensar en ellos con amor. Para nosotros, un pensamiento de amor verdadero es inmediatamente ope- rativo, ya sean vivos o muertos los destinatarios de dicho pensa- miento. Estamos conectados, unidos a todos los hombres en Dios, que es amor y que ama a todos. ¿Podemos hacer algo distinto de lo que hace ese Dios al que deseamos con todas nuestras fuerzas asemejarnos y con el que queremos comulgar?

Si Jesús «descendió a los infiernos» «para anunciar el Evange-

lio a los muertos», «para predicar a los espíritus encarcelados, en otro tiempo incrédulos» (1 Pe 3,19-20), ¿podemos acaso no com- partir su ardiente deseo de redención universal, su amor a los vivos y a los muertos, «su intercesión perpetua por nosotros» (Heb 7,25)?

Habrá quien diga que ya tenemos bastante que hacer con los vivos como para que, encima, tengamos también que cargar con los difuntos. Y tal vez tenga razón: tal vez su carga sea demasiado pesada Pero hay otras muchas personas que se sentirían realmente cons- ternadas si ya no pudieran hacer nada por aquellos a los que aman, si se vieran totalmente separados de ellos.

Y hay también muchos que se encierran desesperada o egoísti-

camente en su pesadumbre, como los Apóstoles, a quienes les de- cía Jesús: «Ahora que me voy al que me ha enviado, ninguno de vosotros me pregunta: '¿Dóndevas?', sino que vuestros corazones se han llenado de tristeza por haberos dicho esto» (Jn 16,5-6). Esta- ban desolados porque iban a perderlo, pero eran indiferentes a su suerte.

Tal vez digan algunos que no sabemos nada del más allá, y que

es inútil y peligroso imaginar erque puede consistir otra vida. Pe-

ro

m o s de la vida y del amor de Dios; viviremos una vida de amor. L o cual basta para persuadirme de que habremos de ser separados.

Amar es seguir unidos, interesarse por aquellos a quienes se h a amado, dondequiera que les haya conducido su destino. Los

sí sabemos una cosa: que Dios es amor, y que nosotros vivire-

- 7 7

muertos se interesan por nosotros: Jesús está con nosotros «todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). El Padre, el Hijo y el Espíritu están en nosotros continua y establemente. ¿Podemos pensar que los muertos puedan estar al margen o desinteresarse de aquellos a quienes Dios desea salvar a toda costa? Todo amor verdadero es universal y operativo. La solidaridad

del mundo físico (si estornudas ¡se estremecen los astros!) no es nada en comparación con la solidaridad del mundo espiritual. «La Creación entera espera ansiosamente, con ardiente deseo, la mani-

festación de los hijos de Dios

, tud de la corrupción» (Rom 8,19-21). ¿Y no va la creación espiritual a estar en la misma actitud de espera y de solidaridad?

a fin de verse libre de la esclavi-

- 7 8

¿Tienes

ganas de

resucitar?

No hace falta preguntar a los cristianos actuales si creen en la Resurrección: creen en ella de una forma tan pasiva y rutinaria que es exactamente igual qué si no creyeran, porque, de hecho, no sir- ve para cambiar su vida en lo más mínimo. ¡Pregúnteseles, más bien, si tienen ganas de resucitar, si aman lo bastante a alguna persona como para desear vivir con ella para

siempre; si creen poder «llenar» una vida eterna

!

¿quién la desea realmente?; ¿a quién no le ins-

pira temor?; ¿quién se cree capaz de vivirla? Antaño nos daban lás- tima los pobres ateos, «que no creían en nada» y que no tenían más futuro que hundirse en la nada. Hoy, el aniquilamiento es conside- rado por muchos como una auténtica promesa de reposo y de paz después de las fatigas y las inquietudes de aquí abajo

Por otra parte, es cierto que la forma en que solía presentárse- nos el «cielo» no era precisamente como para entusiasmar a nadie:

postrarse en la contemplación de Dios y cantar eternamente sus ala- banzas, batiendo palmas o tocando la cítara, a mí, que no estoy do- tado para esas cosas, no me atrae demasiado, la verdad; prefiero ir a darme una vuelta en bicicleta El único motivo que permite soportar y desear una vida eterna es el amor. Los amigos dispuestos a aceptar la idea de una separa- ción definitiva no han estado nunca verdaderamente unidos; los es- posos que se aman únicamente para esta vida no se aman realmente; los enamorados que no tienen necesidad de eternidad sólo aparen-

tan amarse (a veces también aparentan necesitarse

nas que piensan que su existencia ha sido plenamente satisfactoria,

y que con ello les basta,,es porque nunca le han pedido gran cosa

a la existencia. El amor nos desvela un mundo nuevo que no se termina nunca de conocer; que es tan desproporcionado a nuestras actuales capa- cidades que todo amor verdadero sabe perfectamente que aún no sa-

La Eternidad

:

).

Las perso-

79 -

be nada del amor, que jamás ha expresado ni manifestado debida- mente su amor a la persona amada, y que necesitará nada menos que toda una eternidad para vivirlo como es debido. Cuando Jesús dice que «no hay mayor amor que dar la vida por aquellos a quienes se ama», está refiriendo —me parece a mí— su propia experiencia; cuando el amor es verdadero y vivo, siente uno que puede morir por aquellos a los que ama, porque se siente tan vivo y tan dichoso que tiene la seguridad de que la muerte no podrá acabar jamás con la clase de vida que uno ha comenzado a vivir. Un amor de esa naturaleza está dispuesto a afrontar la eterni- dad; no sólo tiene necesidad de ella y se siente capaz de vivirla, sino que ya ha empezado a experimentarla. ¿Tenemos nosotros ga- nas de vivir siempre de ese modo? Ahora bien, ¿cómo conciliar el interés apasionado por esta vi- da, por la humanidad actual y futura y por un mejor porvenir, con la fe en un más allá? Yo creo que la humanidad se encuentra todavía en sus oríge- nes, que apenas acaba de emerger de la animalidad. A escala cós- mica, somos todavía de los primeros ejemplares de la especie humana. Y nuestra tarea, el sentido de nuestra brevísima existen- cia, consiste en trabajar en la preparación de una humanidad verda- deramente humana, de un mundo en el que la voluntad amorosa de Dios se haga en la tierra como en el cielo. Y creo también que los muertos colaboran en esta inmensa obra continuadora de la Creación, y que ellos mismos se benefician de sus progresos. Hasta tal punto es así que las palabras del Génesis

—«Y vio Dios que era bueno

das a un inicial y mítico «Paraíso», sino en relación a la obra común de Dios y los hombres.

Cristo está con nosotros todos los días hasta esa «consumación de los siglos»; y si él está constantemente ocupado en la redención, la liberación y la unión de todos los hijos de Dios, «hasta que no formen más que un solo cuerpo», ¿podemos nosotros hacer otra co- sa que no sea colaborar en ello con todas nuestras fuerzas?

»—

tienen su justificación no referi-

- 8 0

Y es que el peor de los errores consistiría en imaginar un cielo lleno de personas ociosas que se desentendieran del mundo. Pasarse la eternidad sin hacer nada o, como mucho, contem- plando inmóviles la inmutable Majestad divina, se me antoja más una amenaza que una promesa. Contemplar «al Padre, que trabaja siempre, y al Hijo, que hace otro tanto de lo mismo» (Jn 5,17), debe llevarnos a imitarlos. El cielo ha de ser un lugar de trabajo, de creación, de aprendizaje un lugar tremendamente activo. ¡Nada de «descanso eterno»! Lo que hemos comenzado aquí aba- jo habremos de continuarlo siempre. ¿Acaso tiene límites la tarea de nuestro perfeccionamiento? ¿Acaso habremos de dejar algún día de aprender a amar, a crear, a expresar y desarrollar todas las ri- quezas que hay en nosotros y en el Universo?

¡ Ni siquiera me atrevo a afirmar que en el «cielo» no vayamos

a sufrir más! El sufrimiento es el plazo que transcurre entre el naci- miento de una necesidad y el momento de satisfacerla. Pero dice Bossuet que la felicidad celeste sólo será perfecta cuando se haya completado el número de los elegidos. Lo cual nos proporciona un muy considerable intervalo para trabajar, esperar, inventar, luchar

y sufrir. Pero el sufrimiento que se experimenta en una gigantesca obra de creación colectiva ¡es un sufrimiento que yo quisiera realmente experimentar! Y de este modo es como se concilian la certeza del más allá y un amor fiel y activo en el más acá.

;

- 8 1

-

CREER

ESPERAR

PERO ¿EN QUE DIOS?

La juventud

una esperanza

son

actos que se basan mucho más en un brote de esperanza que en cual-

quier tipo de razonamiento.

¿Qué seguridad puedes tener de que tu bebé va a ser perfecta- mente normal? ¿Qué garantías tienes hoy de que mañana será una persona sana, que vivirá muchos años, que amará la vida que tú

le has dado y que crecerá feliz? Cuando se piensa en la cantidad

de peligros a que está expuesto un niño, parece una insensatez arro-

Elegir una profesión, casarse, traer un hijo al mundo

jarlo en medio de semejante jungla. La única y verdadera certeza es tu esperanza, tu firme decisión

de velar por él y de trabajar día a día para conjurar los sombríos presagios: «Lo amaré tanto, le perdonaré tan a menudo, le soporta-

tan pacientemente, confiaré tanto en él, que acabará sabiendo amar

y

esperar mejor aún que yo».

¿Por qué no tener respecto del futuro del mundo la misma es- peranza que manifestamos hacia nuestros hijos? Los jóvenes reivindican hoy el derecho a la felicidad, y saben

que ésta reside, ante todo, en las relaciones personales (la camara-

dería, la amistad, el amor

Desean una vida armoniosa en la que

).

el

trabajo no sea tan sólo el medio de ganarse el pan, sino también

la

manera apropiada de hacer uso de sus capacidades e inclinacio-

nes; tratan de conciliar las exigencias de la vida familiar con las de su profesión, y algunos tienen incluso el supremo coraje de «mo- derar» su éxito profesional y rechazar ascensos, con el fin de con- servar mayor libertad para dedicarse a su mujer, a sus hijos, a sus amigos, a su cultura, a su compromiso social, a su oración

Comprenden que hay que saborear y apreciar la vida, y que

el niejor servicio que pueden hacer a quienes les rodean es ser ellos

mismos felices y equilibrados «en este mundo de locos». Sin duda que en todo esto puede verse, y no sin razón, un peligro de indivi- dualismo; y el peligro existe, pero no es inevitable.

-85 -

Ciertamente, a mí me da lástima que haya en nuestro tiempo

personas con una concepción de la vida que no incluya a la humani- dad entera. Un hombre moderno ha de sentirse solidario del mun- do, pues sabe perfectamente que los problemas políticos, económicos

y sociales que se plantea son de alcance planetario. ¿Cómo es posi-

ble, entonces, hacer que coexistan en nosotros el interés real por

la inmensa cantidad de sufrimiento que hay en el universo y la preo-

cupación por nuestra propia felicidad personal? ¡Cuántas personas evitan pensar en la infelicidad de los demás para no sentirse ago- biadas por ella! ¿Cómo saborear una buena comida pensando en quie- nes pasan hambre, o disfrutar de unas vacaciones acordándose de quienes trabajan en condiciones infrahumanas, o atreverse a ser fe- liz sin dejar de pensar en aquellos a quienes se tortura? ¿No es ver- dad que la única solución consiste en comprometerse sobre el terreno, en situaciones perfectamente concretas, para combatir la soledad, la miseria y la injusticia en la medida de nuestras posibi- lidades? Pero ambas dimensiones, la individual y la universal, no son inconciliables. Recientemente me preguntaba un joven: «¿Existe una vida, una vocación, superior a la de acumular el máximo posible de conocimientos para ponerlos al servicio de la humanidad? ¿Le es indispensable al hombre tener una vida de familia? Los grandes hombres no han vivido para sus familias, sino para la humanidad. ¿Acaso una mujer y unos hijos no constituyen un enorme obstáculo para dedicarse a la investigación y estar disponible para los demás?» ¿Cuál es la respuesta acertada? Personalmente, pienso que, si

queremos servir a nuestro tiempo, hemos de determinar cuáles son sus principales necesidades. ¿Y acaso son éstas la investigación cien- tífica, el desarrollo tecnológico o los descubrimientos médicos? No. El problema es que los hombres no saben ya cuál es el sentido de sus vidas ni para qué sirve vivir. Se les puede dar lo que se quiera:

automóviles, comodidades, frigoríficos rebosantes, salud a rauda-

les

Ellos se preguntarán en qué pueden emplear todo eso

seguirán estando insatisfechos. El gran servicio que hoy se le podría hacer a la humanidad con- sistiría en restablecer la comunicación profunda de los seres huma-

,

y

86 -

nos entre sí, con la naturaleza y con Dios. Volver a ser capaces

Hacer que el alma re-

cupere su dignidad natural, que es la de haber sido creada para pen- sar, recordar, meditar, contemplar, disfrutar del ocio o de la compañía de un ser querido

Escribía un contemporáneo: «Todo el mundo quiere proteger el medio ambiente. Pero ¿quién protegerá la dimensión interior? Nos esforzamos en preservar los espacios naturales. ¿Y el es- pacio interior? Queremos salvar a toda costa las especies animales. ¿Y la es- pecificidad humana? Lo que verdaderamente diferencia a unos hombres de otros es el haber o no vivido, reconocido y venerado alguna experiencia fun- damental del ser. La filosofía eterna no deja de repetir esta verdad desde hace milenios: hay en nosotros un lugar fijo e inmutable, una voz más alta y más afinada que la nuestra, y la verdadera aliena- ción consiste en estar separado de ese lugar y ser sordo a esa voz».

de amar, de admirar, de saborear, de orar

-87 -

¿ Qué Dios ?

El «totalmente Otro»

Es raro dar con un artículo o un libro sobre Dios que no con- tenga «slogans». Nada hay más cómodo para parecer profundo, por ejemplo, o para eludir una objeción, o para poner fin a una discu- sión, que decirle al interlocutor: «A pesar de todo, ¡Dios es el total- mente Otro!» Pero esta expresión se vuelve contra nosotros, porque, si Dios es totalmente otro (= distinto), ¿merece aún la pena pensar en él?

, entonces ya no hay que darle nombre alguno: todos valen y todos son igualmente opacos, y da igual si se le llama Injusticia, Cruel- dad, Violencia Si ni la ciencia ni la razón ni la filosofía ni nuestro lenguaje tienen nada que decir sobre Dios, entonces tampoco Dios tiene na- da que decirnos a nosotros, y podemos y debemos prescindir de él. ¡La verdad es que esos dichosos teólogos «arrojan al niño junto con el agua del baño»: nos arrebatan a Dios al mismo tiempo que nues- tras representaciones inadecuadas del mismo! ¿Cómo podría revelarse Dios si no hubiera nada en común en- tre su ser y el nuestro? ¿Cómo iba ese Dios inabordable a guiar nues- tra vida si fuera totalmente otro que el bien que yo busco o el mal que trato de evitar? Al hacerle tan inconcebible e inhumano, tan radicalmente ex- traño, nos quitan todo interés por él y nos lo hacen literalmente in- significante. ¿Cómo es posible que unos biblistas que saben que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios hayan desfigurado a ese Dios hasta tal extremo? ¿Cómo es posible que los defensores de la Encarnación hayan desencarnado a Dios, hayan exiliado al Emmanuel (Dios-con- nosotros) fuera de nuestro alcance?

Dios es totalmente otro que Padre, Amor, Fidelidad, Alegría

Si

-

88

-

Para el cristiano —para todo hombre religioso—, Dios está en nosotros, es más íntimo a nosotros que nosotros mismos y nos lla- ma a encontrarnos a nosotros encontrándolo a él. ¿No es evidente, pues, que Dios no puede ser ni radicalmente otro ni radicalmente semejante? Escribe el P. de Lubac: «Las ideas que nosotros nos hacemos de Dios son como las olas del mar, en las que el nadador se apoya para superarlas». La fe nos mantiene elevados hacia Dios, en actitud de acoger su revelación inagotable. Pero, si suprimimos toda imagen y toda idea, ya no tenemos dónde apoyar nuestro impulso y caemos con todo nuestro peso en el vacío. Dios no es Padre de la misma manera en que lo somos noso- tros, ni es Amor o Misericordia como podemos serlo nosotros; pe- ro esos conceptos, esas imágenes, son los últimos «trampolines» gracias a los cuales podemos aproximarnos a él. Purifiquémoslos incesantemente, sí, ¡pero no los abandonemos!

Dios-Amor

El amor no está hecho para ser amado: es horroroso amar al amor. El amor está hecho para ser amante. Dios desea mucho más que ser amado: desea invadirme y ani- marme de tal manera que yo consiga amar como él, amar con su amor. Estarás unido a Dios y serás semejante a él cuando le permitas

hacer en ti lo que le gusta hacer. ¿Y qué es lo que le gusta: amarse

a

sí mismo? No. Lo que le gusta es amar a los hombres. ¿Servirse a

mismo? No, sino servir a los demás. Dios no ha venido «a ser ser-

vido, sino a servir» (Mt 20,28). «No es servido por manos huma-

nas

el que a todos da la vida, el aliento y todas las cosas» (Hch

17,25).

La revolución cristiana consiste en que, con anterioridad a Je- sús, Dios y los jefes mandaban como dueños y señores, ejercían el poder y se hacían servir y hasta incensar; y Jesús, por su parte, reveló a un Dios manso y humilde de corazón, un Dios que ama

-89 -

sin necesidad de ser amado, un Dios que se hace el último y el ser- vidor de los hombres, un Dios a quien sólo se puede imitar sirvien- do y amando de modo gratuito. Pero, bajo la impresión de semejante escándalo, son muchos

¡He-

los cristianos que se han dicho: «¡Qué bueno es nuestro Dios

mos de amarlo, servirlo y honrarlo cien veces más de lo que se le amaba, servía y honraba antes de revelarse!» Y han dirigido hacia Dios todo cuanto Dios les había pedido que hicieran por los hombres.

El homenaje que hay que rendir a la fuente no es prosternarse delante de ella, honrarla, alabarla y cantarla, y menos aún darle de nuestra agua en compensación, sino dejarla que fluya en nosotros,

a través de nosotros, para que nos colme (a nosotros y a cuantos

dependen de nosotros) y para que Dios se convierta en fuente en

todos y cada uno de nosotros. «Quien tenga sed, ¡que venga a mí

y beba! El que cree en mí, ríos de agua viva manarán de sus en- trañas» (Jn 7,38).

!

Dios-Perdón

Desde siempre, los hombres han creído que el perdón de Dios sólo se obtenía mediante la penitencia, la oración, los sacrificios

y la mediación de los santos. Pero Jesús nos enseñó que Dios perdona gratuitamente. Dios

no tiene que «olvidar» nuestras faltas, porque él no juzga ni conde- na. Dios no es más que amor y perdón. Hay en él una capacidad infinita de acogida, y es penetrando en él como podemos encontrar nuestro lugar. Sólo en él encontramos la paz. Nos hace falta toda

la inmensidad de su amor para soportar la conciencia de nuestras

faltas, para soportar la presencia de los demás y para soportarnos

a nosotros mismos. Evidentemente, el obstáculo entre Dios y nosotros son nues- tras faltas, pero no, como solemos pensar, porque ellas vayan a alejar a Dios de nosotros, sino porque nos alejan a nosotros de él y nos impiden creer en su acogedora ternura. Adán trataba de ocultarse mientras Dios lo buscaba. Pero ocul- tarse de Dios es ocultarse de sí mismo. Todos tenemos una parte

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de nosotros mismos que tratamos de negar, que rechazarnos y odia- mos, que nos hace ir por la vida enmascarados, mutilados, ausen- tes —tanto para los demás como para nosotros mismos— en esa zo- na de nuestro ser en la que no hemos dejado entrar a Dios.

¡Nuestras faltas! ¡Estupideces, maldades, debilidades, vanaglo- ria, propensión a la mezquindad, susceptibilidades, venganzas, pre-

potencias

!

¿Cómo soportarse uno a sí mismo? ¿Ignorándose?

¿Tratando de olvidarse de sí a cualquier precio? ¿Comparándose a los demás? No. La única solución consiste en dejar que el perdón de Dios nos invada. Lo que te falta no es obtener su perdón, sino aceptarlo, abrirte a él. Lo difícil no es reconciliarle a él contigo, sino reconciliarte a ti con él y —más difícil aún— reconciliarte con- tigo mismo.

Eso es lo que Dios hace: reconciliarnos con nosotros mismos. Sólo hay un ser en el mundo capaz de soportarnos plenamente, y ese ser es Dios. Hay que ser Dios para amar a los hombres. Hay que conocer a Dios para amarse a sí mismo con la profundidad con la que él perdona. Hay que haber experimentado esa tremenda im- presión de saberse perdonado por Dios para descubrir que es posi- ble perdonarse a sí mismo. Y entonces, ¿qué es lo que falta para perdonar a los demás- • •?

Dios en acción

«¿Cómo piensa usted que actúa Dios en la historia?» ¿Cree usted que Dios interviene intermitentemente, abusando de su autoridad, a base de empujones, mediante decretos soberanos y correcciones continuas? ¿Cree usted que Dios ejecuta un plan (el «designio divino») en el que los hombres son meros instrumentos pasivos y que habrá de llegar infaliblemente a su término con el «advenimiento» decisivo de la Parusía? Para los cristianos que piensan de este modo, Dios comenzó por crear el mundo y al hombre; luego, mediante el don de la gra- cia, elevó al hombre al orden sobrenatural; más tarde le retira di- cha gracia, y después se la vuelve a dar. Escoge a un hombre, a

- 9 1

-

dejando que los demás

se las apañen como puedan. Revela unas cuantas verdades e impo-

y a

veces hasta matar) sobre cuyo verdadero sentido los hombres dis- cutirán y se enfrentarán a muerte mientras no sean capaces de escu- charlas en su interior.

En un determinado momento de la Historia, Dios decide la En-

carnación, del mismo modo que, unos siglos más tarde, habrá de

desencadenar el fin del mundo

cuantos milagros y apariciones! La felicidad y la salvación de los hombres dependen

un pueblo «elegido», una Tierra Santa

,

ne una serie de obligaciones (por las que es preciso morir

¡Y en el intervalo se producen unos

¡del grado

que tengan de información sobre estos acontecimientos históricos y de su adhesión a ellos! Consiguientemente, el objetivo del hombre piadoso consiste en lograr que Dios se ponga en acción lo más a menudo posible. Para

ello emplea la oración, con la que interpela a Dios y suscita su acti-

vidad: «Ten piedad dones a tu pueblo

Acuérdate

Ven

Dígnate aplacarte

etc.»

No aban-

Vuelve

, Desgraciadamente, no cae en la cuenta de que, si Dios pudiera

intervenir así, ello mismo le convertiría en responsable de todo cuan- to acontece de malo, y sería perpetuamente culplable de «no asistir

a personas en peligro». Semejante Dios no hace sino producir ateos, porque el propio

hombre sería mejor que él, y porque sería insoportable que alguien pudiera disponer de nosotros con tanta arbitrariedad. Esas capri- chosas ingerencias divinas le quitan al hombre las ganas de asumir

la responsabilidad del mundo, porque el recurso a instancias supe-

riores suple perpetuamente a su propia acción.

Otros cristianos, por el contrario, creen que la acción de Dios

es permanente, pero respetuosa. Dios nos inspira constantemente, y nosotros sólo le escuchamos a veces; Dios propone sin cesar, y nosotros disponemos a nuestro gusto; Dios nos ruega, y nosotros

le atendemos

o no. Dios solicita a todos los hombres y se da a todos los pueblos, pero son los hombres y los pueblos los que deciden.

-92 -

Dios habla a los hombres por medio de profetas, pero también le habla directamente a cada hombre en particular. Sin embargo, sólo unos cuantos «profetas» le escuchan, y sus palabras son peli- grosas si pretenden monopolizar la de Dios, pero son infinitamente preciosas si nos enseñan a escuchar la Palabra dirigida a todos. Dios no adopta a unos cuantos hijos, dejando huérfanos a to- dos los demás. Todos somos sus hijos, y él jamás renegará de nin- guno, aunque nosotros reneguemos de él. No hay que tratar de unir a Dios y al hombre a base de irrup- ciones intermitentes o de lazos artificiales. Dios y el hombre están unidos, aunque sin confundirse («juntos, pero no revueltos»), des- de siempre, y jamás han estado separados. Dios trabaja y se debate en el hombre, sin interrupción, para manifestarse en el amor y la reconciliación. Y nadie ha conseguido jamás ni arrojarlo de sí com- pletamente ni revelarlo en toda su integridad. Dios está encarnado, comunicado, unido (distinto, pero no se- parado) a cada hombre. Se trata de estar lo suficientemente atento

y disponible y ser lo bastante transparente como para que a través

de uno se manifieste su presencia. De esta forma, Dios queda justificado y la situación del mundo resulta comprensible, porque somos nosotros los responsables de ella. Todo se debe a la terrible resistencia que nosotros le opone- mos a la propuesta de Dios, ¡y no a la inercia de Dios ni a su resis- tencia frente a nuestros ruegos!

Orar no consiste en hacer que el Dios todopoderoso se ponga en acción, sino en escuchar su inspiración y transformar el mundo, en mover las montañas con la fuerza del amor y de la fe que él nos insufla. ¡Dejemos de orar a Dios para hacerle mejor a él! ¡Escuchemos

a Dios, que nos ruega para hacernos mejores a nosotros y a este mundo, que sólo nos tiene a nosotros para transformarlo!

- 9 3

Dar a luz a Dios

Cada uno de nosotros debe traer a Dios al mundo. Dios está encerrado, contenido, reprimido en todos y cada uno de los seres, y querría salir al exterior como un niño, como la vida Toda existencia es un laborioso alumbramiento: la historia de nuestras negativas y de nuestros asentimientos. Nada hay más na- tural que traer un hijo al mundo, ni hay nada más maravilloso y alegre. Y, sin embargo, nada se nos ha hecho más doloroso y más temible. El parto sin dolor es tan sólo una reeducación en lo espontá- neo, una técnica que redescubre lo más natural del mundo. Quere- mos cerrarnos, cuando debemos abrirnos; queremos reservar, cuando es preciso dar; nos ponemos en tensión, cuando es menes- ter distenderse. ¿Cómo podemos estar tan alienados de nosotros mismos? Lo mismo sucede con la fe, la esperanza y el amor: son conna- turales al alma y, sin embargo, ésta no cesa de combatirlas. Nos vemos incesantemente solicitados, por la más fundamental de las tendencias, a abrirnos, a confiarnos, a atrevernos a sembrar la vida y la alegría a nuestro alrededor, a crear esas maravillas de gracia y de armonía ante las que dan ganas de caer de rodillas. Y, sin em- bargo, nos contenemos y nos cerramos con todas nuestras fuerzas, reprimimos lo mejor de nosotros mismos y nos contentamos con «ir tirando», asegurándonos de arriesgar lo menos posible. Y es que, por una extraña coincidencia, traer a Dios al mundo significa traerse a sí mismo al mundo: sólo se nace dando la vida. ¿Cuándo nos daremos a luz a nosotros mismos? ¿Y cuándo anima- remos a los demás a hacer otro tanto? Sócrates pretendía proseguir el oficio de comadrona de su ma- dre, porque ayudaba a los hombres a dar a luz verdades que tenían en su interior sin saberlo. ¡Si pudiéramos liberar las cualidades que

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encierran, tal vez nuestros contemporáneos asistirían al nacimiento del Dios que llevan en su interior y al que se obstinan en reprimir! ¿Qué pruebas de paciencia, de confianza y de afecto deberemos dar

a los hombres de nuestro tiempo para que se decidan confiadamen-

te a ser buenos, para que corran el riesgo de abrirse, para que se atrevan de una vez a creerse llamados a vivir y a crear?

Dios tiene que nacer en este mundo, y todos nosotros tenemos la abrumadora y desconcertante responsabilidad de ser el padre y

la madre de Dios. Dios no ha nacido aún en inmensas regiones del

mundo, en innumerables seres humanos, en amplias zonas de no-

sotros mismos

propio Dios, y nosotros mismos somos las primeras víctimas de nuestro espíritu ahorrativo.

Para convertir y alegrar a los hombres de hoy, Dios no tiene otro rostro que mostrarles que no sea el nuestro. Dios no tiene más rostro que mostrarnos hoy que los que nosotros mismos hayamos transfigurado liberándolos de su tristeza, de su soledad y de su in- certidumbre.

A lo largo del Evangelio, Jesús se esfuerza por convencer a

sus discípulos y a sus interlocutores de que él es uno igual que ellos

(«Yo no puedo hacer nada por mi cuenta

permanece en mí es el que realiza la s obras»: Jn 14,10), y que ellos

son igual que él. Jesús se atreve incluso a decir: « aún mayores que yo» (Jn 14,12).

Tratamos de economizar la vida, la alegría y al

»:

Jn 5,30; «el Padre que

haréis

cosas

Al igual que entonces, también hoy nos dice Jesús: «Me ruegas

pero todo es posible para el que cree. No ten-

gas miedo; cree: eso es todo. A ti te toca hacer lo que me pides

y que te

ción tu s poderes , porqu e el milagr o puede n o se r más qu e una hui -

da de la vida y de mí mismo. El mejor de los

pobre dichoso y no rico dichoso, enfermo dichoso y no sano dicho-

so, perseguido dichoso y no vencedor dichoso

darte ahí suplicándome, ponte en molimiento, y se hará e n ti según tu fe(cfr. Mt 9,29). Es tu fe la que te ha de curar; las demás cura- ciones son inútiles: volverás a caer enfermo, a pesar de todo, si no dispones de la fuerza, la solidez y l a consistencia que proporciona

En lugar de que-

milagros e s el de ser

angustiadamente

,

ha sido concedido hac e y a mucho tiempo . Usa co n discre-

- 9 5

la te. Todo está ya en ti. Cuando creas verdaderamente en ti, no podrás negarte a creer en mí. Y cuando tú estés en mí y yo en ti, moveremos montañas

» Jesús es liberador, y no sólo nos libera de nuestros males, sino que también nos libera de él. Es él quien nos pone en pie, quien nos hace responsables, quien nos hace libres como él. Hace algo mucho mejor que salvarnos: hace que nos salvemos nosotros mis- mos y que salvemos a los demás. «Tu fe te ha curado». Cuando de veras hayamos tomado conciencia de la presencia en nosotros del mismo Espíritu que le inspiró a él, cuando hayamos logrado estar en profunda comunicación con nuestra Fuente interior, entonces pro- seguiremos su obra.

Dejemos ya de apelar a Jesús para hacer lo contrario de lo que él enseña. Si así lo hacemos, entonces habrá logrado confiarnos la responsabilidad de nosotros mismos, de los demás y de este mundo que, al igual que él, hemos de esforzarnos en salvar.

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¿ Quién eres tú, Jesús de Nazaret?

A esta pregunta, tantas veces formulada, Jesús respondería, sin lugar a dudas, preguntándonos a su vez: «Y tú, ¿quién dices que soy yo?» «¿Para qué quieres que te diga quién soy? Nunca seré para ti más que aquello que tú hayas sido capaz de percibir de mí; aquello de mí que tú hayas dejado penetrar y germinar en ti. Únicamente conocerás de mí aquello que seas capaz de vivir e irradiar. Nunca conocerás lo que no seas». Nos gustaría que nos dieran a un Dios o a un Jesús perfecta- mente definidos, etiquetados, garantizados de una vez por todas, en quienes pudiéramos creer sin necesidad de que nada cambiara en ellos y, sobre todo, sin necesidad de que nada deba cambiar en nosotros. Pero conocer de veras a Dios, o a un ser humano, significa acep- tar que debemos transformar la idea que nos hemos hecho de él; significa aceptar que jamás terminamos de descubrirlo; significa aceptar que nosotros hemos de transformarnos a la medida de nues- tros descubrimientos. ¿Nos atreveremos a poner seriamente en duda, aunque resulte doloroso, la concepción que tenemos de Dios, de Jesús y de noso- tros mismos?

*

*

*

¿Habéis observado que, en el célebre texto de Mateo (16,13-15),

Jesús hace dos preguntas a sus discípulos

La primera pregunta es: «¿Quién dice la gente que soy yo? ¿Qué habéis oído decir por ahí acerca de mi? ¿Qué os han dicho, enseña- do, inculcado o hecho creer en relación a mí?» Y la segunda es: «¿Y qué pensáis vosotros? ¿Tenéis una opi- nión personal al respecto? ¿Quién soy yo para vosotros y qué pinto yo en vuestra vida?»

y a nosotros?

- 9 7

-

A la primera pregunta hay una serie de respuestas teológicas:

«¡Tú eres la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, el Hombre-Dios, dos naturalezas en una sola persona, la Unión Hi- postática !»

Personalmente, pienso que, si le hubieran respondido de este modo, Jesús habría sonreído y, tal vez, habría apostillado: «Hay algo mucho peor que no conocerme: ¡creer que se me conoce!»

Y hay también una serie de respuestas más vulgares:

«Jesús es un modelo inimitable, posee todas las cualidades, es

el hombre perfecto

»

Bastante desalentador, ¿no es así?

«Jesús es el consuelo de nuestras soledades, el que llena el va- cío de nuestro corazón» (mientras no hayamos encontrado un amor que nos lo haga olvidar). «Jesús es el Dios todopoderoso que nos da seguridad en el peli- gro y que habrá de hacer por nosotros lo que nosotros mismos so- mos incapaces de hacer» Pero en este momento Jesús ya nos habría hecho la segunda pregunta:

«Y tú, ¿tendrás el valor de responder de ti mismo, de decir lo que piensas y lo que vives? Nadie puede pensar por ti; nadie puede creer en tu lugar. No repitas lo que otros te han dicho. ¿Qué dices tú, de veras, acerca de mí?» En este instante tuvo Pedro una iluminación, un impulso brota- do del fondo mismo de su ser: «¡Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo!» ¿Qué había ocurrido? Para hacer esta declaración, había sido menester que Pedro rom- piera con toda su educación anterior, con todo lo que su pueblo, sus doctores y sus autoridades esperaban: un gran jefe militar, el vencedor sobre las naciones, el que habría de «ejercer la venganza de Dios» (Is 61,2). Pedro había tenido que renunciar a las prome- sas de los profetas y a sus propias ambiciones personales. Lo que había ocurrido en Pedro para que llegara a decir aque- llo se lo explicó Jesús: «¡Magnífico, Pedro!, pero eso que dices no proviene de ti. Ha sido mi Padre, el Espíritu de mi Padre, quien te lo ha revelado».

— 98 —

Pedro se había dejado atravesar por un impulso del Espíritu. Por primera vez en su vida, Pedro había sentido en sí lo que Jesús vivía continuamente: la presencia y la acción del Espíritu. Había comprendido quién era Jesús dejándose por un momen- to configurar con él desde dentro. Sólo comprendemos a aquellos a quienes nos parecemos. Sólo conocemos de los demás lo que reconocemos por llevarlo ya en nosotros de alguna manera. Sólo conoceremos de Jesús aquello de Jesús que haya llegado a hacerse vivo en nosotros. Lo que determina la sim-patía es el hecho de vivir de la misma vida. No conoceremos más que a aquel Jesús en que nos hayamos convertido. Así se expresaba el místico Ángelus Silesius:

«No sabemos lo que es Dios: no es ni luz ni espíritu,

ni verdad ni unidad, ni lo que llamamos 'divinidad',

ni sabiduría ni razón, ni amor, voluntad o bondad,

ni cosa ni no-cosa, ni esencia ni sentimiento.

Es lo que ni yo ni tú ni creatura alguna aprenderemos jamás si no es con virtiéndonos en lo que él es».

Y en este momento sabremos hasta qué punto nuestra cercanía

a Jesús es mucho mayor de lo que jamás habríamos sospechado, porque viviremos su misma vida; y sabremos también hasta qué pun- to estamos más lejos de él de lo que jamás habría podido nadie con- vencernos, porque ese breve destello revela también el inmenso espacio de nuestra vida en el que tal luz no ha brillado en nosotros como brilló en él.

-99 -

Buscar

desear

Son muchas las personas que afirman hoy estar «en búsqueda»,

lo cual me parece muy bien. Pero muchas veces me entran ganas

¿desde dónde y hacia

dónde? Porque, si no tienes alguna idea de lo que buscas, jamás lo encontrarás. Y si desde el comienzo de tu búsqueda no has ad- quirido una serie de certezas que desarrollar y controlar, ¿con qué instrumento vas a buscar y cómo vas a reconocer las verdades que te faltan? Nunca dejaremos de estar «en búsqueda», pero esa búsqueda hemos de realizarla profundizando unas determinadas «verdades» que hemos percibido, unas certezas de las que hemos vivido, una serie de momentos de gracia en los que nos hemos acercado a lo real de tal manera que no podemos dejar de reconocerlo. La palabra «búsqueda» es muy ambigua, y tiene el peligro de orientar en direcciones equivocadas. Sólo se busca «lo que no está ahí». Pero ¿estás seguro de que lo que buscas «no está ahí»? Y en tal caso, ¿no deberías más bien aprender a discernirlo y a recono- cerlo, en lugar de buscarlo? No hay que buscar a Dios. Si lo buscas, jamás lo encontrarás, porque está dentro de ti desde siempre, y tú lo buscas fuera. Es él quien te llama, quien te «trabaja», quien solicita tu aten- ción. Si imaginas que eres tú quien sale en su búsqueda, estás invir- tiendo los papeles y alejándote de él. ¿Es Dios un ausente al que hay que descubrir en su escondrijo, o es una presencia y una acción que hay que constatar? Dios no s supera siempre, y no es en modo alguno la proyección de nuestras necesidades y de nuestras carencias: cuando conseguimos conocer- lo, sabemos que él puede oponerse a todas esas necesidades y ca - rencias y ser nosotros intensamente felices, a pesar de ver frustrado todo cuanto habíamos imaginado.

de preguntar a esas personas: en búsqueda

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El deseo de Dios no queda nunca colmado; cuanto más se ahon- da, más se aviva; cuanto más pronunciado se hace en mí, tanto más experimento que no me pertenece y que siempre habrá de superar- me. El mejor sentimiento de su presencia es el de una ausencia ca- da vez más viva. Dios es alguien que está en mí sin ser de mí. El deseo es la señal de la existencia de Dios y de su velada pre- sencia en el fondo de todos y cada uno de nosotros. La necesidad puede ser satisfecha: alcanza su objetivo y se lo incorpora. La necesidad y su objeto desaparecen simultáneamente una vez obtenida la satisfacción. En cambio, el deseo nunca se ve colmado, sino que renace y hasta se intensifica en cada encuentro con su objeto, el cual no pue- de ser más que una persona reconocida como tal, es decir, seme- jante y diferente a uno mismo e indefinidamente explorable. Quien deja de tener deseo es hombre muerto. Por eso es por lo que puede decirse que el hombre no está hecho para la felicidad (satisfacción de todos los deseos), sino únicamente para perseguirla. El deseo es nuestro pasaporte para la eternidad. Esta trascendencia del deseo revela la presencia en nosotros de una vida que supera a la materia y a la biología y exige ir más allá de todas nuestras conquistas, saberes y adquisiciones, orientándo- nos hacia una búsqueda sin fin, sin límites, sin muerte «Pero el agua no existe porque nosotros tengamos sed, ni hay alimentos porque nosotros tengamos hambre», podrá argüirse. Y así es. Pero yo pienso que no existirían la sed ni el hambre si no existieran el agua y los alimentos. ¿Cómo podrías sentir que estás deshidratado si no tuvieras experiencia alguna del agua? Pero mi argumento va aún más lejos: la existencia del deseo prueba la presencia en nosotros de una comunicación con el objeto de dicho deseo, que no es accesible en su totalidad. ¿Cómo podría- mos desear algo que no conocemos en absoluto? ¿Cómo podríamos saber lo que corresponde o se aproxima a dicho deseo si no hubié- ramos presentido ya algún indicio de ello? Dios nos sorprende siempre, porque es el más imprevisible y el más familiar, a la vez, de todos los seres.

-

101

-

La profunda «connaturalidad» que existe entre él y nosotros ra- dica en el carácter infinito de su ser y en el carácter igualmente in- finito de nuestro deseo. Por eso no hay nada que podamos conocer tan perfectamente como a Dios; y por eso quien lo encuentra lo reconoce instantánea- mente, a pesar de no haberle conocido anteriormente. Pero mientras no nos conozcamos ni nos observemos a noso- tros mismos, mientras no hayamos explorado nuestra dimensión in- terior, seremos incapaces de discernirlo. La «búsqueda» de Dios es una toma de conciencia de lo que vive y acontece dentro de uno mismo. La ignorancia de Dios proviene de una prodigiosa ignorancia de uno mismo. En muchas personas, Dios se ha evaporado en pro- porción directa a su propia inexistencia.

— 102 —

La fe, una duda superada

La verdadera fe se pone necesariamente en duda, busca, se cri- tica, verifica, porque sabe que nunca puede ser total. Ciertamente, merecería serlo si únicamente se tuviera en cuen- ta a Aquel a quien se dirige. ¡Pero hay que contar también con el sujeto de la fe! La adhesión a Dios, a Jesús, a una Iglesia, es siem- pre adhesión mía. Toda fe conlleva un coeficiente de incertidum- bre, porque soy yo quien cree. Yo proyecto sobre el contenido de mi fe tantos fantasmas, pre- juicios, ilusiones y falsas imágenes que me llevaría la vida entera descubrirlos y eliminarlos todos ellos. ¿Cuántas transformaciones ha experimentado ya mi fe? ¿Y cuántas tendrá aún que experimentar? Tomás no se había equivocado al creer en Jesús; todo lo con- trario: una experiencia fundamental le hacía entrever que nadie ha- bía hablado jamás como aquel hombre; que nadie había amado y perdonado como aquel hombre. Pero Tomás había proyectado en Jesús sus propias esperanzas y ambiciones, una serie de profecías mal comprendidas y un nacionalismo orgulloso, hasta el punto de que creyó perder su fe cuando lo único que había perdido eran sus ilusiones. La fe es una duda superada. Si no tienes ninguna duda sobre tu fe, ello únicamente demuestra que tus ideas, o las de tu ambien- te, coinciden perfectamente con las de Dios (las de tu «Dios»). Pero entonces es imposible saber si crees en Dios o únicamente crees en ti. Sólo cuando hay divergencia, cuando las ideas de Dios (o de Marx) no son las tuyas, cuando descubres que Dios tiene unas ideas un tanto extrañas, sólo entonces tienes por primera vez la ocasión (buena o mala) de hacer un acto de fe: creer en El y no en ti. La Esperanza es una desesperación superada. Mientras tus es- peranzas no se hayan visto frustradas, vas viviendo al nivel de tus ilusiones. Sólo cuando has perdido toda esperanza te haces capaz

-

103

-

de tener Esperanza y tienes que apelar a los recursos fundamenta- les de tu ser. El hombre de fe se ve tentado de incredulidad, del mismo modo que el hombre de esperanza se ve tentado de desespe- ración. El amor es un conflicto superado, una agresividad dominada, una decepción vencida. Mientras dos enamorados sienten el mismo

placer en estar juntos, es imposible saber si se aman el uno al otro

o aman únicamente su placer. Es a partir del momento en que no

tienen ya los mismos gustos, las mismas ideas, los mismos deseos,

a

partir del momento en que dudan si aún se aman, cuando tienen,

al

fin, la ocasión de amarse el uno al otro, y no su placer.

Pero en el terreno de la fe, la duda nunca se supera definitiva- mente, sino que renace en cada una de las etapas de crecimiento. Al fiarme, a pesar de mis propias opiniones, ¿doy un paso adelante

hacia la verdad o efectúo una regresión hacia la sumisión infantil? La única respuesta la constituye el método científico: hay que ad- mitir provisionalmente hipótesis de trabajo, que a menudo parecen contradecir las leyes establecidas o determinados hechos constata- dos, mientras no hayan sido verificadas. Tanto en la ciencia como

en la religión o en el terreno de la «praxis», únicamente se progresa por la fe: hacer preguntas creyendo que existe una respuesta. Algunas hipótesis se revelarán particularmente fecundas en res- puestas, aun sin quedar jamás totalmente probadas (la evolución,

Se

puede dedicar la vida a vivirlas, a experimentarlas, a llevarlas has- ta sus últimas consecuencias, sin dejar de controlar constantemente su exactitud a partir de sus efectos, y confrontándolas con otras hi- pótesis. Porque, aun cuando en sí mismas sean perfectamente exac- tas, puede que las hayamos mezclado con mucha «escoria» de nuestra propia cosecha.

la eficacia de la oración, la fuerza de un amor verdadero

).

Así pues, la verdadera fe es la capacidad de vivir con las pro-

pias dudas. Si no tienes ninguna duda, no tienes fe: estás en el te-

rreno de la evidencia

La fe es una mezcla de luz y de oscuridad: suficiente luz como para asentir y suficiente oscuridad como para negar; suficientes ra- zones como para poner objeciones; suficiente luz como para tole-

o en el del engaño.

-104 —

rar las propias oscuridades; suficiente esperanza como para soportar la desesperación; suficiente amor como para tolerar la soledad y

Si no tienes más que luz, te quedas varado en

la evidencia; si no tienes más que oscuridad, te atascas en lo desco- nocido. Únicamente la fe nos hace avanzar. Muchas veces preferi- ríamos movernos en la plena luz o en la más absoluta oscuridad. Pero la condición humana es caminar sin renegar, mientras nos ha- llamos en tinieblas, de lo que hemos visto y que volveremos a ver cuando nos hallemos en la luz. La fe descansa en una experiencia de verdad en la que se con- fía lo suficiente como para arriesgar por ella la propia vida o la propia búsqueda. Yo definiría mi fe diciendo: «Debido a lo que conozco de ti, confío en ti en relación a lo que aún no conozco (contra el fideís- mo, afirmo que hay que conocer para creer). Y debido a lo que ya he comprendido, confío en ti en relación a lo que aún no com- prendo».

las frustraciones

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«Nuestra poca

fe

»

Afortunadamente, estas expre-

siones se nos han hecho odiosas. No se tiene la fe como se tiene la cartera. No somos nosotros quienes tenemos la fe; es la fe la que

La fe se ofre-

ce, y nosotros nos resistimos o nos abrimos a ella, pero jamás po- demos tratarla como si fuera algo adquirido, como si fuera una propiedad de la que podamos disponer. La fe nos mantiene eleva- dos hacia Dios en la espera, la esperanza y la acogida de una reve- lación inagotable. Es una cierta percepción de la realidad de un mundo espiritual que jamás acabaremos de explorar. Jesús se extrañó y hasta se escandalizó de la falta de fe de aque- llas muchedumbres que acudían a él mendigando curaciones, con- tradiciendo así esencialmente lo que él quería darles. Jesús no vino a hacer milagros, sino a hacer saber a los hombres que son ellos quienes deben hacerlos, mediante una fuerza que supera con mu- cho al milagro. Esa fuerza colmará sus carencias mucho más que la salud, porque sabrán que están habitados, amados y animados por la vida misma de Dios. Aquellas gentes querían aprovecharse de la fe de Jesús para dis- pensarse ellas mismas de creer. Descargan sobre él su responsabi- lidad, y evitan ahondar en su interior para liberar la fuente, el nivel de la fe. Ahora bien, ¿qué es eso de «creer»? Es, ante todo, reencontrar la verdad de nuestro ser, la profundidad con que estamos unidos a la Fuente; es respetar la existencia en uno mismo de una Presen- cia inspiradora, y dejar que el Espíritu de Dios haga en nosotros lo que nosotros no somos capaces de hacer. Entonces todo resulta posible («Todo es posible para quien cree»), en ocasiones hasta el milagro; pero, sobre todo, resulta posi- ble prescindir del milagro, porque reposamos sobre un fundamento sólido. Tenemos lo necesario para soportar nuestros males sin tener que estar toda nuestra vida buscando a quien nos pueda librar de ellos.

Tener la fe, poseer la verdad

nos tiene a nosotros, aunque rara vez bien agarrados

-106 —

Nadie puede suplirnos en esta actitud esencial. Mal servicio ha- ría Jesús curando a ese niño si no fuera para iniciar a su padre en una fe que le permitiera, llegado el caso, soportar su pérdida. Jesús es liberador: quiere poner a las personas en pie y hacer- las responsables y libres como lo es él. Cuando «las haya sacado fuera» (Jn 10,3-4) de sus miedos y de sus dudas, se habrán conver- tido en sus hermanos, estarán en comunicación dichosa con él, vi- viendo de su misma vida, y «ellos le conocerán como el Padre le conoce a él y como él conoce al Padre» (Jn 10,14-15). La fe es saber que uno «ya lo ha recibido todo» («Todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obten- dréis»: Me 11,24); es saber «que tenemos ya conseguido lo que le hemos pedido» (1 Jn 5,15). Dejemos, pues, de gritar como pobres mendigos o como huér- fanos, porque somos hijos. Administremos nuestra herencia con res- peto, con discernimiento, con muchísimo cuidado, conscientes de lo fácil que es olvidarlo, despegarse de la realidad, dejar de creer en ello. Necesitamos constantemente que el Espíritu y el ejemplo de Jesús «vengan en ayuda de nuestra poca fe». Nuestra poca fe en nosotros mismos Son muchos los cristianos que tienen fe en Dios y, sin embar- go, desconfían totalmente de sí mismos. Por supuesto que saben que Dios los ha creado, los ama y los habita, pero ellos se empeñan en considerar sórdida la morada que Dios ha escogido para sí. Y el resultado es que Dios aspira a penetrar aún más en dicha mora- da, y ellos no aspiran más que a salir de ella. Esta aparente humildad es el sutil subterfugio que nos inventa- mos para aparentar que creemos, pero conservando intactos, en el fondo de nosotros mismos, nuestro ateísmo y nuestra falta de espe- ranza. Hemos encontrado la manera de no estar sin fe y de vivir, no obstante, sin que esa fe mueva nuestras montañas y ahuyente nuestro miedo. Si crees en Dios, si crees que él te inspira y te estimula ince- santemente a ser esa persona que él ama en ti, ¿cómo puedes no estar lleno de esperanza y de entusiasmo?

-

107

-

De hecho, no tienes más fe en Dios de la que tienes en ti mis- mo. No sientes más respeto por Dios del que sientes por ti mismo. Si tuvieras fe en Dios, deberías tener confianza en ti. Y si tienes fe en ti, ha de ser, en última instancia, porque tienes fe en él. Si la presencia y la inspiración del Espíritu de Dios no te trans- forman, si el beber en esa fuente no hace de ti un manantial de agua viva, es como si el Espíritu de Dios no habitara en ti; es como si no te hubiera sido dado el don de Dios. Casi desearía uno que algunas personas perdieran su falsa fe en Dios, para que se vieran obligadas a creer sin más, a creer de veras, a creer en sí mismos Dios no está ni por encima ni al lado de nosotros. Dios está en nosotros, y no tiene más que una manera de manifestarse: trans- formándonos. No conoces a Dios si no le dejas obrar en ti. Jamás conocerás más Dios que aquel en el que tú te hayas convertido. ¡Ja- más podrás saber lo que no hayas hecho, lo que no hayas vivido

y lo que no hayas sido! Lo único que conoces de Dios es lo que

hay en ti de divino. Tan sólo amas a Dios si te conviertes en lo que

él te propone que te atrevas a ser. No puedes amar a Dios más de

lo que te amas a ti mismo y a los demás.

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EL DIOS DEL EVANGELIO FELICIDAD Y BIENAVENTURANZAS

¡Hay que ser feliz de inmediato!

Nunca serás feliz si no aceptas el no serlo plenamente. La frustración es inevitable, y quien pretenda verse plenamen- te satisfecho se sentirá perpetuamente decepcionado. Incluso arrui- nará aquello que tiene, por despecho de lo que no tiene. No hay nada más destructor que la exigencia de una satisfacción plena. A fuerza de quererlo todo, no se tiene nada. El secreto de la felicidad consiste en no renunciar jamás a ella y, sin embargo, no reivindicarla total e inmediatamente. Si no eres feliz desde ahora mismo, tal como eres, no lo serás nunca, porque siempre te faltará algo que sólo la esperanza y el esfuerzo podrán garantizarte. El inactivo tiende a caer en el pesimismo y en el aburrimiento; sólo hay felicidad en la acción y en la voluntad. Si esperas la felici- dad de brazos cruzados, no llegará nunca. Si hablas de tus penas, éstas se multiplican. Si buscas razones para estar triste, acabarás inventando toda una filosofía de la desdicha. Saber soportar la soledad sin cerrarse a la comunicación; saber vivir consigo mismo, pero con el recuerdo y la esperanza de unas

relaciones felices con los demás

chazar el contacto, déTmismo modo que el mutismo consiste en re- chazar la palabra. El silencio, en cambio, es la meditación de una presencia o la espera de que madure una verdadera palabra. Recha- zar las frustraciones de la soledad significa rechazar las frustracio- nes de la comunicación.

En la juventud, el mundo nos parece demasiado pequeño para nuestra alma, y soñamos con crear otro a nuestra medida. Los años nos van enseñando el valor de la vida y las inagota- bles riquezas del mundo. Cuando se es joven, parece fácil morir. Cuando se acerca la muerte, se avergüenza uno de no haber sabido saborear y apreciar la existencia. Y es que nos apegamos a ella no

El aislamiento consiste en re-

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lanío por lo que ella hace por nosotros, sino por lo que nosotros hacemos por ella. Nos vinculamos estrechamente a ella por todo lo que a ella le dedicamos, los sacrificios que nos exige y los seres que nos confía. Y cuando logramos domeñar nuestro inmenso or- gullo, reconocemos que ella nos ha enseñado mucho y que noso- tros, en nuestra ignorancia, la menospreciábamos. El adulto vuelve a hacerse niño: ese niño que, muy frecuente- mente, no había sido nunca; ese niño que jamás supo ser. Pero, al fin, es niño por primera vez.

¡Dichoso quien revive la lozanía de la infancia en la paz de la madurez! ¡Dichoso el que sabe y, sin embargo, todavía es capaz de asombrarse! ¡Dichoso el que nunca deja de maravillarse! ¡Dichoso el que, a pesar de su pobreza, sigue amándose!

La juventud está prisionera. Todos nacemos en la esclavitud, obligados a pechar con una familia, un lugar, una época, una cultu- ra y una religión que no hemos escogido. ¡Y cuánto cuesta llegar

a «des-condicionarse» y crear la propia familia, el propio ambiente,

la propia cultura, la propia fe

!

La vejez, en cambio, es la edad de la libertad. Al fin se atreve

uno a ser uno mismo y se ríe de las modas, de los respetos huma-

nos, de las ambiciones sociales

y a quiénes ama. Se hace uno abierto y disponible a la belleza del mundo y a la miseria de los demás. Camina uno hacia su libera- ción. Ha conquistado el derecho a existir.

Uno sabe quién es, lo que quiere

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Las Bienaventuranzas, revelación sobre Dios

La irrupción de Dios en nuestro universo supone para el hom- bre una conmoción radical. El mundo de Dios es verdaderamente un mundo distinto, un mundo nuevo al que únicamente se accede

a través de un nuevo nacimiento. Sus valores son totalmente dife-

rentes de los nuestros: sus gustos que causan asombro, sus gozos

desgarradores, sus sufrimientos que llenan de dicha

bargo, el hombre tiene la singular impresión de que todo ello no le resulta del todo extraño. Todos sus hábitos se ven contrariados, pero su naturaleza se ensancha como si respirara los aires natales. Creado a imagen de Dios, siente cómo su ser verdadero se mueve

Y, sin em-

y respira por primera vez. La revelación de Dios es siempre una

revelación del hombre, un descorrerse el velo que le ocultaba a sí mismo de sí. Al aprender a conocer a Dios de un modo absoluta- mente distinto de como jamás hubiera creído, el hombre aprende

a reconocerse a sí mismo como jamás habría sospechado. Las Bienaventuranzas son la descripción de las costumbres di- vinas, de los gustos de Dios, de las obras que le causan placer. No hay que ver en ellas una especie de consejos dados al hombre para

que un día merezca alcanzar la riqueza, la satisfacción y el hartaz-

, una revelación de lo que la llamada y la presencia de Jesús produ- cen en el corazón de quienes lo acogen. No se trata de un futuro vuelco total de determinadas situaciones deplorables, sino de una sorprendente simultaneidad: en el Reino de Dios se vive feliz a pe-

sar de la pobreza, a pesar incluso de la aflicción, a pesar del ham-

, una fuente de vida que permite soportar y hasta llevar con garbo todo eso. Comienza uno a asemejarse a Dios, a comulgar en sus «espantosas» alegrías y en sus «deseables» sufrimientos, a entrar en el juego divino del «gana-pierde», del «quien pierde su vida la sal- va», del «quien se hace el último resulta ser el primero»

bre y la sed, a pesar de la persecución

porque se ha encontrado

go, la justificación, la venganza

sino que hay que ver en ellas

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Es Dios el misericordioso por excelencia; y el que ejerce la mi- sericordia se hace perfecto como el Padre celestial es perfecto (Le 6,36; Mt 5,48). Es Dios el que es pobre, porque es don, expan-

¡Dichosos los que acogen el

Reino de Dios, porque podrán ser pobres como Aquel que les abre sus puertas! Es Dios el que llora por sus desdichados y divididos hijos; es Dios el que tiene hambre y sed de justicia; es Dios el que es manso y artífice de la paz; y, sobre todo, es Dios el que, en Jesu- cristo, padece persecución por la justicia.

sión, difusión, comunicación de sí

Dios no es el Ser inmóvil, impasible, todopoderoso y «beato»,

sino una fuente de amor, de actividad y de vida que, en su movi- miento y en sus combates, arrastra a cuantos se confían a ella. La felicidad humana no radica ya en el descanso, la riqueza, la consi-

La felicidad pertenece a todos cuan-

tos se asemejan a Dios, a todos cuantos luchan y sufren con él para liberar y pacificar al mundo. Para ser dichoso no hay por qué salirse de la humanidad, ele- varse mediante dones excepcionales ni acaparar los medios del po- der y del disfrute; basta con haber experimentado esa «visita» de Dios al corazón que le permite a uno amar y servir como El. Durante mucho tiempo, la humanidad había imaginado su feli- cidad (y la de Dios) como la realización de nuestros deseos espon- táneos de descanso, de «confort» y de omnipotencia. La revelación de Jesucristo nos traza una imagen dinámica de la felicidad: se trata de una felicidad que se conquista, de un amor que se extiende pro- gresivamente, de una victoria que se obtiene en la aparente y más absoluta de las derrotas. Hay que haberlo vivido para creer en ello, y Jesús apela a la experiencia de sus discípulos: ellos lo han dejado todo y no les falta de nada (Le 22,35); han llorado, pero han sido consolados; se han creído solos, pero nunca han sido abandonados; se han descubierto salvados cuando se creían perdidos; han escu- chado palabras duras y han conocido momentos difíciles, per o las Palabras de la vida eterna siempre resonaban en sus oídos y e n su corazón, comunicándoles una intensidad de vida y de alegría que ya no podían dejar de preferir a todo lo demás.

deración, el prestigio, el poder

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¡Dichosos los pobres!

¿Dichosos los pobres? ¡Sí, si dejan de serlo! Pocos textos han sido tan mal comprendidos como éste, tan de- formados e interpretados de tan distintas maneras. Ya los propios evangelistas se dividen al respecto: Mateo hace de la pobreza una virtud espiritual («Dichosos los pobres en el espíritu»), mientras que Lucas se queda en el nivel económico y social («Dichosos vosotros, los pobres»). Si alguien quisiera comprobar la perplejidad que esta enseñan- za capital de las Bienaventuranzas produce en los cristianos, basta- ría con formular a cada uno de ellos la siguiente pregunta: «¿Qué prefieres: ser cada vez más rico o cada vez más pobre?» ¿Quién puede responder fácilmente a semejante pregunta? Quizá sólo pue- da hacerlo el ingenuo listillo que pretende conciliario todo: «Yo pre- fiero hacerme muy rico para poder dar mucho». Pero, si das mucho, ¡tienes muy pocas probabilidades de llegar a hacerte rico! Definamos la pobreza, para entendernos, como la ausencia o la escasez de los bienes necesarios para la vida, incluida la falta de los conocimientos y la libertad que permitirían obtenerlos. Declarar «dichosa» semejante situación es un insulto a los po- bres y una blasfemia contra Dios. Por el contrario, es preciso tra- bajar con toda el alma para que desaparezca tal escándalo. Cuando Jesús proclamaba: «Dichosos los pobres, porque de ellos es el Reino de los cielos», estaba anunciando que él iba a colmarlos de todos los bienes mesiánicos (¡que no son meramente espiritua- les!). Pero se ha querido entender que Jesús les animaba a seguir siendo pobres, ¡cuando lo que él les prometía era la liberación de la pobreza! La «Buena Noticia» anunciada a los pobres es su libera- ción, del mismo modo que lo que se anuncia a los ciegos es la recu- peración de la vista, a los cojos la posibilidad de andar, y a los sordos el oído (Mt 11,5).

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Se ha pretendido hacer una virtud y una dicha de lo que no es más que una lamentable situación económica. Se ha llegado a bus- car la pobreza, porque se creía que Jesús la aconsejaba. Pero la po- breza, en sí misma, rara vez conduce al amor. Y si es una pobreza buscada y pretendida, por lo general hace a las personas amargas, orgullosas y hasta hipócritas. El amor verdadero, en cambio, signi-

fica tal riqueza de vida y de relación que permite prescindir de mul- titud de cosas que, sin ese amor, parecían indispensables. No hay

que querer hacerse pobre; ¡hay que querer liberar hasta el punt<* de que deje de haberlos!

a los pobres

Y es que, en contra de lo que muchos creen, lo que se pide a los cristianos no es que sean unos seres desdichados y tristes. Quie- nes así lo creen únicamente han comprendido y se han quedado con la mitad de las Bienaventuranzas y, encima, con la mitad peor: creen que, para obedecer a Cristo, deben ser pobres, deben llorar, deben

ser perseguidos

Y entonces se dicen a sí mismos: «Está bien: me

privaré de todo lo que pueda y daré limosnas, alimentaré mis me-

Y en cuanto a lo de ser perse-

lancolías y padeceré hambre y sed

guido, tengo un jefe, una mujer (o un marido), una familia y una

suegra que no se lo desearía ni a mi peor enemigo

»

No debemos reducir las enseñanzas de Cristo a semejantes sim-

plezas. Cristo nos pide que seamos dichosos (pobres dichosos, per-

Sólo seremos signos de

seguidos dichosos, infelices dichosos

).

Dios, testigos de Dios, manifestación de Dios, si somos como El, si somos capaces de hallar nuestra dicha en medio de la pobreza, en la mansedumbre, en la pasión por la justicia y en medio de la persecución, porque ello demostrará que vivimos de un amor que nos permite soportarlo todo.

La peor interpretación de las Bienaventuranzas consiste en ha- cer de ellas una promesa para el más allá, un vuelco total de la si- tuación «el día del juicio»: sé pobre, hambriento y desdichado aquí abajo, y serás tanto más rico, harto y feliz en la otra vida

En tal caso, habría que abstenerse cuidadosamente de socorrer

a

los pobres y consolar a los aíligidos, porque podríamos poner

en

peligro su recompensa eterna. Más aún: ¡habría que hacer lo po-

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sible para que hubiera más gente desdichada y generalizar la mise- ria, para que el cielo esté más poblado! Y no es así. Para Cristo, los pobres y los perseguidos son di- chosos desde ahora, porque ya están viviendo algo del Reino.

*

*

*

Dos mil años después de Cristo, y en plena expansión indus- trial, la miseria es más aguda que nunca. Ni la predicación evangé- lica ni los descubrimientos científicos parecen haber mejorado notablemente la suerte de los pobres: pobres del Tercer Mundo que mueren de hambre y de todo tipo de enfermedades; pobres de los países en vías de desarrollo que carecen de trabajo; pobres de nues- tros países ricos, sub-proletarios, inmigrados, carentes de protec- ción y de techo y privados de los más elementales derechos Sin embargo, entre todas las razones para la desesperanza, han surgido recientemente dos motivos para esperar. El primero de ellos es consecuencia del progreso técnico: por primera vez en la historia, disponemos de los medios necesarios para proporcionar a cada ser humano los bienes indispensables para po- der llevar una vida propiamente humana: vivienda, vestido, alimen- tación, trabajo, educación e higiene. Hasta ahora, aun cuando la caridad hubiera prevalecido sobre el egoísmo, y el servicio al hombre sobre el deseo de lucro, habría sido imposible asegurar a todos los hombres el mínimo vital. ¡Los niños se multiplicaban siempre más rápida y más fácilmente que las subsistencias! Por supuesto que hoy no nos servimos aún de las gigantescas posibilidades que han sido o están siendo descubiertas; pero, si qui- siéramos explotarlas, nuestra generosidad se haría, al fin, eficaz. En el fondo, esto quiere decir que, por primera vez desde Je- sucristo, la evangelización del mundo se ha hecho realizable. Por- que, a escala planetaria, ya no hay redención espiritual posible sin

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«Hace falta un

mínimo de bienestar para practicar la virtud», decía santo Tomás de Aquino. Pues bien, somos nosotros los primeros en la historia en poder procurar ese mínimo a todos los hombres. El segundo motivo de esperanza para los pobres lo constituye el hecho de que está naciendo una conciencia planetaria y una soli- daridad mundial. Los modernos medios de comunicación y, sobre todo, el reconocimiento de la condición humana y fraterna aun de los pueblos más remotos, hacen que nos sintamos cada vez más in- teresados por su suerte.

«Mientras haya un solo hombre esclavo, yo no soy libre. Mien- tras haya un solo hombre que pase hambre, yo no puedo comer sin remordimientos. Mientras se le siga negando la dignidad humana al más pequeño de los hombres, se me está negando a mí». ¿No se oye ahí el más hermoso eco de las palabras de Cristo:

«Lo que hiciereis con el más pequeño de mis hermanos conmigo lo hacéis»? La verdadera pobreza no consiste en tener las manos vacías,

liberación económica, intelectual, social, política

porque hay manos vacías que están cerradas: manos que rechazan,

«Es-

toy soltero, y jamás conoceré el amor. Estoy viuda, y jamás cono- ceré la felicidad. Estoy casado, atado, encadenado, he perdido mi

libertad. Estoy sin recursos, y no puedo disfrutar de nada. Soy vie-

jo, y mi vida se ha acabado

No se condena al rico que tiene las manos llenas, con tal de que las mantenga abiertas para que los demás tomen de ellas lo que necesiten y para mantenerse abierto a todo cuanto la vida habrá aún de darle y de enseñarle. Poco importa que tengas las manos llenas si están abiertas; ¿de qué sirve que las tengas vacías si están cerradas? Estén vacías o llenas, lo esencial es ser siempre capaz de espe- rarlo todo, en conformidad con la generosidad y los recursos ina- gotables de la vida; en conformidad con el don de Dios, que no tiene medida.

que se repliegan, manos crispadas, agriadas, endurecidas

:

»

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¡Dichosos

los

mansos,

porque poseerán

la tierra!

Lo que verdaderamente manifiesta a Cristo son las Bienaven- turanzas, porque ellas expresan su espíritu, sus gustos, su carácter, y nadie puede revelarlos sin compartirlos. Dios es amor, y el amor no se adquiere con dinero ni se impone a base de temor, sino con dulzura y mansedumbre. ¡Dichosos los mansos, pues ellos verán cómo el amor se mues- tra en la debilidad! No hay mayor fuerza que atreverse a ser débil como Cristo en la cruz. El amor se manifiesta en la pobreza: cuando uno está con aque- llos a quienes ama, un establo puede parecer un palacio.

El amor se manifiesta

en la humildad: ante la persona amada to-

do el mundo es humilde y pequeño, todo el mundo queda fascinado, El amor se manifiesta en la mansedumbre. No le es fácil a Dios revelarse a los hombres sin excitar su co- dicia, atizar sus intereses y desencadenar su fanatismo o, por eJ con- trario, abrumarlos con su grandeza y paralizarlos de angustia y culpabilidad. Dios tiene que proceder muy prudentemente, muy mi- samente, muy humildemente, para que nosotros podamos recono- cer su rostro sin que el nuestro quede desfigurado; para conseguir entrar él en nuestra casa antes de que nosotros la hayamos abando- nado; y para que el encuentro se produzca en un clima de diálogo desprovisto de miedos y de agresividades.

Siendo como corderos en medio de lobos, seremos la verdade- ra revelación del Dios de mansedumbre: corderos que portan jso- portan los pecados del mundo. Aunque quizá preferiríamos ser como lobos en medio de corderos: ¡qué buen trabajo haríamos con unas

cuantas dentelladas!; ¡qué bien impondríamos la disciplina!; ¡qué

rendimiento le sacaríamos a nuestros trabajos apostólicos

Lo malo es que no tardaríamos en transformar a todos esos cor- deros en lobos como nosotros, mientras que, de la otra manera, aún tenemos una oportunidad de transformar a los lobos en corderos.

!

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119

-

¡Dichosos los que lloran, porque serán consolados!

y no es consolado; y son muchos los que llo-

ran y no han de reír jamás. El sufrimiento y el mal siempre serán un misterio que escandalice a la razón y ponga a prueba a la fe. Es inútil tratar de explicarlos apelando únicamente al pecado del hombre. Por supuesto que la responsabilidad de éste es grande, pero ya antes del pecado el mundo había sido creado de manera que incluyera la lucha por la vida y, consiguientemente, la muerte. ¿Cómo pudo Dios concebir y realizar un mundo así? Negar a Dios a causa del mal significa hacer el mundo mucho más absurdo aún. Es preciso quedarse con los dos extremos de la cadena, aun- que no se vea el modo de unirlos; hemos de admitir a la vez la ho- rrorosa realidad del mal y la extraordinaria presencia del bien y la belleza.

El mundo sufre

Más que una explicación, lo que Jesús nos ha ofrecido es un consuelo: nos revela que también Dios sufre el mal; que también Dios lucha contra el mal; que también Dios es misteriosamente dé- bil frente al mal, pero, a pesar de todo, lo supera y lo vence con toda la fuerza de su amor. Dios es aquel que ama lo bastante como para consolar a los que lloran, no transformando sus lágrimas en risas a golpe de vari- ta mágica, sino enseñándoles a amar como ama El, hasta lograr que su amor inunde todo sufrimiento.

*

Sería una auténtica cobardía y una indignidad taparse los ojos para no ver la miseria y la desgracia del mundo. ¡Dichoso, ante todo, el que es incapaz de ser feliz a bajo costo! ¡Dichoso el que sabe que el mundo está enfermo, que vivir es difí- cil y que el hombre está herido!

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El sufrimiento puede hacer que brote una luz; pero esa luz puede servir para rebelarse y endurecerse y, por supuesto, no conduce ne- cesariamente a la virtud, aunque sí desvela siempre una verdad. Los que sufren son personas avisadas, iniciadas, en medio de la inconsciencia de los que rebosan salud y bienestar. Saben que no están hechos para este mundo de pecado; que no somos de este mundo; que el mundo debe ser transformado, convertido, vuelto del revés. Si el mayor enemigo del hombre es la indolencia mental,

la inconsciencia alimentada, la distracción perpetua, es preciso re-

conocer que la muerte y el sufrimiento son los dos únicos obstácu-

los inevitables que le obligan a ponerse en tela de juicio, a reflexionar

y a preguntarse por el sentido de su vida y por la manera de eter- nizarla.

*

Pero la carga del sufrimiento, visto de frente, es terrible: no hay quien pueda soportarlo sin correr el riesgo de resultar aplasta- do. Lo propio del mal es escandalizar, o sea, hacer caer en un mal semejante o aún peor a quien se indigna ante él. Cuando los adoles-

centes descubren el lado feo del mundo, las debilidades de sus pa- dres o de sus maestros, su reacción, por lo general, consiste en odiar ese mal y, simultáneamente, originar un desastre que haga estallar

su furor y su debilidad, su incapacidad de soportar semejante peso. Sólo Aquel que ha creado el mundo puede cargar con el peca- do del mundo; sólo Aquel que murió en la cruz puede cargar con

la cruz. ¡Tratemos de no desviar la mirada ante el sufrimiento de

los demás! Arrojémonos a los pies de Cristo crucificado y oigamos cómo nos dice: «¡Ten confianza! Yo he vencido al mal, y hay en mí el suficiente amor como para justificar toda existencia, consolar toda desesperanza y purificar todo pecado». Pero necesitamos repetír- noslo muchas veces, escucharlo durante mucho tiempo, antes de atre- vernos a creer en ello.

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Nuestra tendencia natural es la de interpretar el sufrimiento co- mo un castigo, como una señal de enemistad por parte de Dios o, al menos, como una demostración de su indiferencia. La fe consiste en no disimular la extensión y la fuerza del mal, su fealdad y su injusticia, y apelar, sin embargo, a una redención que compensa todo eso, creer en la fidelidad y en la ternura del Padre «que a nadie deja en el olvido» (Le 12,6) y seguir luchando contra ese mal que nos subleva. Y es que de lo que más carecemos a la hora de afrontar el mis- terio del mal no es de explicaciones y argumentos, sino, sobre to- do, de una auténtica participación en la «cruzada» contra el mal y en la lucha por la liberación de nuestros hermanos; nos falta amar lo suficiente como para convertir a nuestros enemigos. La solución al misterio del mal no la tiene la filosofía, ni siquiera la teología; la solución radica en la acción de todos y cada uno de nosotros.

- 122 —

¡Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia!

¿Constituyen el hambre y la sed físicas la mejor disposición para experimentar y aceptar de buen grado el hambre y la sed de justi- cia? Aquéllas son un signo, un símbolo de éstas, pero ¿qué relación guarda este símbolo con la realidad? Del mismo modo que ocurre con la miseria, también el hambre y la sed pueden aturdimos, adue- ñarse de nosotros, agriar nuestro carácter, excitar nuestra codicia

Pero el hambre y la sed tienen, en rela-

ción a la hartura, la ventaja del movimiento, de la inquietud, y por

eso nos permiten más fácilmente abrirnos a un hambre y a una sed que superan con mucho al hambre y la sed meramente físicas; nos abren a un apetito ilimitado de rectitud, de santidad y de amor. ¿Qué relación existe entre el hambre del cuerpo y la del alma? ¿Es posible conciliar lo que dice Mateo —«Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados»— y lo que dice Lucas, que proclama simplemente: «Dichosos los que tenéis ham- bre ahora, porque seréis saciados»? Cuando reina la injusticia, cuando los débiles son oprimidos

y los poderosos abusan de su fuerza, todavía puede esperarse, a pe- sar de todo, que la situación cambie radicalmente. Pero —inde- pendientemente del hecho de que los oprimidos no tardan en hacer-

se opresores, y que los «malos», una vez despojados de su fuerza

y nuestro resentimiento

o

de su dinero, demuestran ser tan pobres hombres como los demas -

ía

mera aplicación de recompensas y castigos es una justicia muerta

que reconoce y consagra una situación de hecho, pero que no crea

valor nuevo de ninguna clase. Semejante justicia no tiene nada que pueda ser motivo de gozo para un alma apasionada y rebosante de amor. ¡Qué ruin satisfacción la de ver cómo se castiga a un malva- do, e incluso la de ver cómo se recompensa a un justo, como si

la recompensa pudiera añadir algo a la virtud!

— 123

-

No, en el momento de la retribución el hombre hambriento de justicia experimenta una profunda decepción. Presiente que existe un Juez que no se limita a juzgar, sino que hace mucho más: justifi- car, hacernos cambiar de nivel, situar, tanto a la víctima como al culpable, en un orden distinto al del salario: el del amor. La única justicia capaz de satisfacernos es la justicia de Cristo para con los pecadores: su misericordia que los sana y los levanta de la postración. Cuando el hombre es capaz de valorar su hambre como es de- bido, sabe que ésta no puede ser saciada únicamente con comida o con dinero, ni tampoco con venganza; sabe que su hambre le ha de llevar más allá de todas las metas imaginables, y que no hallará descanso mientras no haya descubierto la fuente infinita en la que podrá beber cuanto desee. La justicia individual o la justicia social, bienes naturales, no son tanto fines cuanto «trampolines» que sir- ven para dar impulso a una aspiración insaciable. La más violenta pasión del hombre es la pasión por el absolu- to, aunque no seamos demasiado conscientes de ello en nuestra so- ciedad, donde los productores deben hacer más esfuerzos para avivar necesidades que para satisfacerlas, y donde los gastos de publici- dad son a veces mayores que el costo del producto. Nuestra civili- zación de la abundancia confirma trágicamente las maldiciones que siguen a las Bienaventuranzas en el evangelio de Lucas. La hartura terrena ahoga la sed de Dios. Pero no desesperemos; probablemente, no se trata más que de una simple etapa. Puede que, en plena euforia de satisfacción y hartura, se pro- duzca lo que los ascetas se las ingeniaron para obtener mediante la privación y las penitencias: un irresistible salto hacia el absoluto. ¿Quién sabe si incluso la saciedad experimentada y superada no cons- tituye un trampolín más eficaz que la penuria? Es más fácil renun- ciar a lo que uno desprecia, porque lo conoce, que a aquello de l o que uno carece, de lo que ve disfrutar a los demás y de lo cual pue- de hacerse un ideal mientras lo ignore. El hambre de Dios puede desatarse bruscamente en nuestro mun- do como una epidemia; en cuanto unos cuantos hayan mostrado con su ejemplo que han encontrado lo que todos buscan sin saberlo,

- 124 —

serán innumerables los que se reconocerán en su hambre y en su desprecio de todo aquello con lo que tanto tiempo la han engañado. Jesús dijo: «Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba» (Jn 7,37). Hay que haber pasado mucha y muy profunda sed, hay que ha- ber experimentado la sed y los vanos intentos de apagarla, para sen- tirse emocionado por esta promesa y adivinar que quien la hace es capaz de cumplirla. Santos como Francisco de Asís o Carlos de Fou- cauld han manifestado en su juventud la fogosidad de sus deseos y de su audacia para satisfacerlos. Su sed humana les lanzó irresis- tiblemente hacia mejores fuentes. Su verdadera sed —tan desmedi- da que habían tratado de apagarla hasta en el lodo— era la sed del Dios vivo.

— 125 —

¡Dichosos los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia!

Perdonar es lo que llena de alegría a Dios. Nada le agrada tan- to como practicar su compasión. «Hay más alegría en el cielo por un solo pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión» (Le 15,7).

Lo que Jesús reprocha a los fariseos, al hermano mayor del hi- jo pródigo y a los jornaleros de la primera hora es el que no sepan alegrarse de la felicidad de sus hermanos y, sobre todo, que no se- pan compartir los sentimientos de Dios, la alegría que Dios experi- menta al manifestar el fondo mismo de su corazón en la gratuidad de su perdón. Un Padre de la Iglesia, comentando línea por línea el relato del

Dios al hombre y descan-

só», se pregunta: «¿Por qué ese descanso? Dios había creado los coros de los ángeles y no tuvo necesidad de descansar; había hecho

el cielo y la tierra, con todo cuanto contienen, y no se había cansa- do; había creado las innumerables especies de plantas y de anima-

Pero después

¡Ah

—exclama el comentarista—, ya lo tengo!: a los animales no se les puede perdonar, porque no son responsables; a los ángeles tampo- co, porque no pueden arrepentirse, ya que son totalmente íntegros en cada uno de sus actos. Pero el hombre y la mujer son esos seres extraños que nunca quieren verdaderamente lo que hacen ni hacen verdaderamente lo que quieren. Son unos seres, pues, a los que se puede perdonar, capaces de arrepentirse, a los que hay que conso- lar por haber sido tan malos. Y Dios descansó después de haberlos creado, ¡porque al fin había dado con alguien con quien poder mos- trarse Dios, con quien poder mostrarse Padre, a quien poder perdonar!»

Génesis, al llegar a las palabras «

hizo

les, desde la pulga hasta el elefante, y como si nada

crea al hombre, a un solo hombre, ¡y cesa en su trabajo

!

— 126 —

Dar es demasiado poco para Dios; pero per-donar, es decir, seguir dando a quien no da nada a cambio, ni siquiera las gracias; colmar de beneficios a quien le ofende y, sobre todo, acoger con

la mayor delicadeza y la más cálida ternura a quien vuelve a él des-

he ahí el don perfecto, el don en

su más alta expresión, la Bienaventuranza divina que Dios aspira

a compartir con nosotros. Lejos de dar a cada cual «lo que le es debido», lejos de «recom-

pensar a los buenos y castigar a los malos», nuestro Dios ha inven- tado esta paradoja del amor: «Amad a vuestros enemigos, devolved

Y, por increíble

que pueda parecemos, el propio Dios hace lo que nos ordena hacer

a nosotros: ¡ama a sus enemigos, sigue concediendo sus beneficios

a quienes lo ultrajan e incluso, en la cruz, reza por sus verdugos! Por eso la misericordia es el distintivo característico del cris- tiano, pero no porque su dificultad haga que sea imposible de prac- ticar por quienes no creen, sino porque crea una semejanza esencial entre Dios y el creyente. Dios es misericordioso, Dios es «el amigo de los pecadores», Dios tiene compasión de las multitudes, y los pobres son sus preferidos. Los que aman a sus enemigos, los que devuelven bien por mal, los que excusan a quienes les persiguen, son como el Padre, son los hijos de ese Padre que «hace salir el sol sobre buenos y malos y envía la lluvia sobre justos e injustos».

Y son dichosos como lo es él. Esa alegría que siente Dios en perdonar no conoce más que una

limitación: que aquel a quien él perdona se niegue a perdonar a otros.

pués de haberlo traicionado

:

bien por mal, pedid por los que os persiguen

»

Y

no se crea que Dios castiga esa negativa renunciando a practicar

su

misericordia para con ese desdichado. En lugar de ello, Dios si-

gue ofreciéndole su perdón. Pero, mientras espera que se abra lo

bastante a ese perdón como para ejercerlo también él a su vez, Dios

no tiene más remedio que constatar que ese ser sigue siendo imper-

meable a su influjo; que nada de lo que a él, a Dios, le constituye propiamente, ha logrado penetrar en aquel a quien no deja de ase- diar con sus gracias; y que hay una prueba decisiva de que el per- dón divino no ha producido en él el menor efecto, sino que ha sido inútil y estéril, y es que él, a su vez, no perdona.

— 127 -

Porque, tratándose de Dios, no hay lugar a mandamientos ar- bitrarios ni a sanciones inventadas. Las leyes de Dios son las de nuestra felicidad. Ni siquiera el propio Dios puede hacernos felices si nosotros nos negamos eternamente a amar. Dios no puede aso- ciarnos a su Bienaventuranza si nosotros no compartimos sus gus-

La única alegría de

Dios es amar sin medida; una alegría que experimentarán quienes acepten embarcarse en esa locura sin fin que es amar a la manera de Dios. La misión del cristiano en la tierra es vivir y proclamar la mi- sericordia de Dios. A esos innumerables hombres y mujeres solita- rios a quienes nadie ama y que, según creen, no tienen a nadie a quien amar; a esos innumerables seres agobiados de culpabilidad y abrumados por la sensación de impotencia, el cristiano debe re- velarles que existe un Dios que es amor, un Dios que les ama, un Dios al que ellos pueden amar y que, a su vez, puede hacerles ca- paces de amar a otros. No pocos creyentes se preguntan hoy qué es lo que les distin- gue de un ateo honrado y generoso. Pues bien, he aquí la respues- ta: ellos han conocido el amor que Dios les tiene y han creído en él. Y la prueba de la sinceridad de ese conocimiento y de esa fe es bien simple: se sienten tan arrebatados y tan felices que propa- gan dicho conocimiento y dicha fe hasta los confines del mundo. «¡Seréis mis testigos!»

tos, su carácter, su misericordia, su perdón

- 128 —

¡Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios!

Evidentemente, la limpieza o pureza de corazón no es la pure- za legal de los judíos ni el tabú sexual de los jansenistas. Un cora- zón limpio es un corazón sencillo, enteramente dedicado a Dios y a su Reino y que se deja «trabajar» y «podar» por la acción de la Palabra (Jn 15,3). La impureza del corazón afecta a quienes pretenden servir al mismo tiempo a Dios y a Mammón; a quienes únicamente miran por sus intereses fingiendo buscar el interés de los demás; a quie- nes aducen excelentes motivos para satisfacer sus vicios y hacen ostentación de virtud para procurarse una buena reputación a los ojos de los hombres. Jesús detestaba la hipocresía de quienes dicen y no hacen, así como la de quienes, incluso delante de Dios, se preocupan por el efecto que producen en la gente. El corazón limpio busca, ante todo, el Reino de Dios y su jus- ticia, y lo demás se le da por añadidura. Es un corazón que no está dividido, desgarrado, atraído por finalidades contrapuestas. La sim- plicidad de su intención es lo que da eficacia a su acción; y, como tiene la mirada puesta únicamente en Dios, entra con El en una co- municación fácil y gozosa: ¡Lo ve! «¡Ver a Dios! ¿Dirías que es posible? ¡No se puede ver a Dios

y seguir viviendo!» No se puede ver a Dios y seguir viviendo henchidos de orgu- llo, buscando afanosamente la utilidad y la distracción. No se pue- de ver a Dios dejándose acaparar y dominar por todos los amos a los que nos hemos sometido. A través de un cristal sucio no se pue-

de ver el día. Con un corazón agobiado de preocupaciones y de de-

seos egoístas, no se puede ver a Dios.

- 129 -

Pero un corazón libre ve a Dios, siente a Dios, gusta a Dios, ausencia o el silencio de Dios, de que se quejan tantos de nues- tros contemporáneos, no hace sino denunciar el hecho de que están ocupados y absortos en mil cosas e intereses que no son precisa- mente Dios.

El corazón limpio ve a Dios, porque es sensible a lo que le es querido: «Donde está tu tesoro, allí está tu corazón». «El esposo reconoce a la esposa por un solo cabello de su cue-

' dice e l Cantar de los Cantares. ¡Pero el indiferente le reclama

su carnet de identidad! En mil signos, imperceptibles para los de- mas, el corazón limpio percibe y acoge la presencia de Aquel a quien espera: en la fuerza que da la oración descubre la paz de su con- ciencia, y ello después de un sacrificio generosamente aceptado, des- pués de un período de ardorosa dedicación en el que percibe nítidamente que ha sido elevado por encima de sí mismo y que es tro quien ha hecho en él lo que él mismo se extraña de haber po- dido hacer.

Como hizo María, el corazón limpio considera los aconteci- mientos de su vida, los medita en su corazón y trata de descubrir en ellos los signos de Dios. Sucede que, muy a menudo, no com- prende de inmediato, pero está demasiado acostumbrado a su «hués- ped» como para desesperar, y sabe que más tarde comprenderá lo que de momento le desconcierta. Ha recibido suficiente luz como para soportar sus oscuridades, y sabe que no tardará en ver de nue- vo a su guía.

El corazón limpio posee la facultad de entender y gustar las cosas de Dios, porque Dios se hace visible al hombre de mirada impía. Adán conversaba familiarmente con su Creador a la hora e a brisa vespertina, y Moisés hablaba con Dios cara a cara, co- mo un hombre habla con su amigo. También para nosotros, si so- mos pobres, humildes y limpios de corazón, el Verbo se hace carne y habita entre nosotros.

n tle mpos de Jesús, los limpios de corazón se emocionaban an e su proximidad y se sentían atraídos por él, sin poder decir por que. Su corazón ardía en su interior cuando él les hablaba. Los que

-

130-

eran de Dios oían arrobados cómo resonaba en ellos Su palabra. Sus ovejas reconocían Su voz y se apresuraban a seguirle. Dios es tan visible como el amor. Cuando una persona ama de veras, se nota perfectamente, y todo el mundo reconoce que en él se transparenta el Espíritu de Dios. En la Iglesia primitiva se esco- gía para las misiones importantes a hombres muy llenos del Espíri- tu Santo. De los primeros cristianos decían los paganos: «¡Mirad cómo se aman!» Su amor era tal que hacía visible a Dios, y no se podía dejar de envidiarlos, de preferir la limpieza de su corazón, entregado a un único amor, a todo cuanto pudiera vivirse y disfru- tarse con los bienes de este mundo. Nada se siente ni se ve con mayor claridad que la presencia del amor en una comunidad o en una familia (y también su ausen- cia, desgraciadamente). No pidamos a Dios otra clase de manifestación. La que El ha elegido, sólo de nosotros depende percibirla e intensificarla. Limi- témonos a orar y a pedir el valor de saber irradiarla mejor y de eli- minar las pantallas y los velos con que la oscurecemos.

-

131

-

¡Dichosos los que trabajan por la paz!

Antaño solía traducirse esta Bienaventuranza diciendo: «Dicho- sos los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios». Pero la pa- labra «pacífico» no deja de ser ambigua; si es hermoso amar la paz, más hermoso aún es trabajar por ella, pero la antigua forma de tra- ducir la Bienaventuranza tenía el peligro de que se entendiera en un sentido egoísta y descomprometido: en el sentido de mantenerse al margen de los conflictos y los problemas para conservar la tran- quilidad. Esos «pacíficos» no merecen el nombre de hijos de un Dios que se encarnó y vino a meterse en la vorágine de las pasiones reli- giosas, sociales y políticas y morir crucificado en ella. El verdadero «pacífico» es el que hace la paz; el verdadero «pa- cífico» se pasa la vida, necesariamente, en medio de guerras, ro- deado de esos combatientes a los que desea reconciliar. ¡No es precisamente una situación de reposo absoluto! Además, hay «seguridades» bastante engañosas. La paz que pre- dica y construye el evangelizador es una paz que vuelve del revés la falsa paz del mundo. Es una espada que puede dividir a los miem- bros de una familia o a los ciudadanos de un mismo Estado y alzar

a unos contra otros. La paz cristiana quiebra los «desórdenes esta-

blecidos» y sólo se realiza en la justicia. Por eso es por lo que Cristo vino a traer a un mismo tiempo \apaz y la espada. Por supuesto que no empleó la violencia, ni qui- so hacerse con el poder, ni organizó acción concertada alguna para efectuar un cambio inmediato de las instituciones. Pero sí que pre- dicó y llevó a cabo la más decisiva revolución en la historia de la humanidad.

Ante todo y sobre todo, la revolución del Evangelio: Dios no

es un Amo que se hace servir. Es el servidor que a todos da la vida, el aliento y el alimento. Dios no nos ordena que le amemos como

si fuera un ídolo, sino que amemos a los hombres con su mismo

— 132 —

amor. A Dios no hay que honrarle con el culto de los templos, sino adorarle «en espíritu y en verdad» en la vida de cada día.

Jesús desacralizó todo lo que es sagrado para los espíritus na- turalmente religiosos y, sobre todo, para los hombres de su tiem- po: el culto, el sacrificio, el Templo, el ayuno, el sacerdocio, la

Y enseñó que lo único absolutamente sagrado en

este mundo es el hombre, hijo e imagen de Dios: habremos de ser juzgados no por nuestras prácticas religiosas, sino por el carácter de nuestras relaciones humanas. Jesús, además, añadió el gesto a la palabra: pasó por encima de las leyes y las tradiciones más sagradas de Israel y movió a sus discípulos a practicar aquella especie de «desobediencia civil», opo- niéndose abiertamente a las autoridades. Semejante revolución religiosa tuvo unas implicaciones políti- cas inmediatas. En aquella época, el poder religioso al que Jesús se oponía era también un poder político y judicial. Y resulta que Jesús se arrogaba el poder de modificar las instituciones; se ponía a sí mismo por encima de Jonás, de Salomón, de Abrahán y de Moi- sés, el gran legislador de Israel; y enseñaba con autoridad, no co- mo los escribas, sino como los jefes legítimos.

Pero son sobre todo las consecuencias a largo plazo de aquella revolución religiosa las verdaderamente importantes desde el pun- to de vista social y político. Hay que tener muy en cuenta que todos los «poderes» son solidarios; las autoridades civiles son sacraliza- das, porque son concebidas desde el modelo del gobierno divino y la jerarquía religiosa, que ellas mismas se encargan de garanti- zar. Al cambiar radicalmente la idea que la gente se hacía de Dios, Jesús cambiaba radicalmente el ejercicio de todos los poderes polí- ticos, sociales y judiciales. Al abolir la «religión» (conjunto de deberes para con Dios) y reemplazarla por la caridad (nuestros deberes para con los hom- bres, que son el verdadero templo y la verdadera presencia de Dios), Cristo revolucionaba no sólo las relaciones humanas, sino la no- ción misma de hombre. Llevará siglos el caer en la cuenta de que el jefe debe ser un servidor, que el valor de un hombre se mide por la calidad de sus

Ley, el Sábado

-

133

-

relaciones humanas, que el dinero es el peor de los amos y que de- be servir para ganarnos amigos que nos reciban en las moradas eternas. Cristo, pues, es un revolucionario, no en el sentido de que or- ganizara y realizara una revolución, sino en el sentido de que trans- formó los espíritus hasta el punto de determinar la transformación de todas las instituciones. Por supuesto que no es necesario ser cristiano para ser revolu- cionario, pero ¿se puede ser cristiano sin desear una revolución en un mundo en el que el hombre padece hambre y todo tipo de opre- sión, degradación y abandono?

-

134 -

i

¡Dichosos los que padecen persecución por causa de la justicia!

Jesús ya lo había dicho acerca de los pobres, y lo repite en re- lación a los que son perseguidos: de ellos es el Reino de los cielos. Los que padecen persecución son esa especie particular de po- bres que han sido hechos pobres por otros, los cuales les han des- pojado y maltratado. La violencia que han padecido hace su pobreza más dolorosa y más indignante. Pero Jesús les apacigua haciéndo- les ver la realidad que se oculta bajo las apariencias: aunque sea por la fuerza, han entrado en el Reino; aunque hayan padecido vio- lencia, lo que han hecho los violentos ha sido librarles de cuanto tenía el peligro de distraerlos o de seducirlos. Habrán podido arre- batarles sus bienes, su reputación y su salud, pero jamás podrán arrebatarles esa pasión por la Justicia que ha sido la causa de sus padecimientos. La persecución es el destino inevitable de cuantos tienen ham- bre y sed de Justicia, porque se les considera incómodos, dado que con su protesta y su contestación perturban la injusticia establecida

y apaciblemente imperante. Y esto habrán de pagarlo caro. Ya se

trate de la justicia de Dios o de la de los hombres, quien pretende establecerla resulta siempre incómodo. Y difícil será que no se in- viertan los papeles y se le acuse de perseguir él a quienes le persi- guen o de tratar de impedir que se persiga a otros.

Pero Jesús les invita al gozo y a la alegría recordándoles el in-

menso privilegio de qu e

del Reino, comparten los gustos de Dios y tienen a los Profetas co-

mo modelos y a Jesús como compañero de cruz. Y es que Dios es

el gran perseguido por causa de la justicia, el que ha precedido e

inspirado a todos los demás y en quien éstos pueden aprender a re-

conocerse, a aceptar sus sufrimientos y a sentir el gozo de haber comenzado a parecérsele.

son objeto: han accedido al modo de ser

-

135 -

Lo que debe hacerles dichosos no es una promesa para el futu- ro ni una garantía de que habrán de gozar de una revancha, sino la propia experiencia que han tenido: el impulso que les indujo a exponerse a ser perseguidos por causa de la justicia era una inspira- ción de Dios, una comunión en sus mismos sentimientos y una par- ticipación inmediata en su dicha y en su felicidad. ¿No prefieren infinitamente más ser perseguidos que persegui- dores, sufrir por causa de la justicia que beneficiarse de la injusti- cia? ¿Acaso no sienten que el estado en que se encuentran es el que habían escogido y esperado al decidir ser cristianos («¿Podéis be- ber el cáliz que yo he de beber?». «Quien quiera venir en pos de mí, que renuncie a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Por- que el que quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierda su vida por mi causa la salvará»)? Es de esperar y de desear que no caigan en la cuenta de todo esto únicamente en el más allá, sino ya desde ahora, porque viven de la vida misma de Dios y tienen la experiencia de las grandes cosas que Dios ha hecho con su po- breza y sus sufrimientos: los ha convertido en perseguidos dichosos.

136 -

EL DIOS DE LAS COMUNIDADES CRISTIANAS

Dios

Padre

Piensa qué clase de padre sueñas con ser; cuánta ternura y cuánta

dedicación sientes que eres capaz de tener para con tus hijos o los

que podrían serlo

(Mt 7,11).

El propio Cristo dice aquello de «Si vosotros,

siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos

¿Reconoces que Dios es mejor que tú o, por el contrario, pien- sas que es menos afectuoso, menos comprensivo y menos delicado que tú? Toda la Revelación, sin embargo, nos dice que Dios no es co- mo nosotros y que no hay que consultar a nadie para saber lo que Dios piensa de nosotros y lo que nosotros pensamos de El. Ni lo que pensaríamos de nosotros si nosotros estuviéramos en su lugar, si nosotros fuéramos El.

»

Creer que Dios es Padre, y creerlo profundamente con un acto

de fe, es creer que el amor será más fuerte en ti y a través de ti que todos los obstáculos que puedan oponérsele. Lo cual no signifi- ca que tengas que esperar a que los demás te amen: tendrías que

«Si amáis a los que os aman, ¿qué ha-

céis que no hagan los paganos?» Si únicamente amas a los que ya

han empezado a amarte a ti, si no saludas más que a los que te salu- dan, si únicamente escribes a los que te escriben, si tan sólo sales en busca de los que te piden que lo hagas, si únicamente das tu co-

entonces eres un pagano. «Pe-

ro yo os digo: amad a vuestros enemigos, orad por los que os

persiguen, bendecid a los que os maldicen

vuestro Padre de los cielos, que hace que salga su sol sobre buenos y malos y envía su lluvia sobre justos e injustos».

Te asemejarás al Padre a partir del momento en que ames a quienes «no lo merecen»; a partir del momento en que, más allá de tu propio orgullo, aceptes humildemente, al igual que Dios, to- mar la iniciativa.

Entonces seréis como

razón a los que parecen desearlo

esperar demasiado tiempo

,

- 139 —

¿Eres «iniciativa de amor» en tu barrio, en tu familia, en tu ca-

¿Tratas de acercarte a quienes se niegan a

hacerlo ellos? ¿Sueles dar tú «el primer paso»? ¿Creas amor? ¿Creas fraternidad? O, por el contrario, ¿te entregas a la simple tarea de justificar tu esterilidad apelando a la indignidad de quienes te ro- dean: «No lo merecen»?

Si esperas a que lo merezcan, has de saber que no lo merece- rán jamás. Para amar a tu hijo, ¿esperas hasta que haya dado mues- tras de ser digno de tu amor? Un bebé no tiene ningún mérito ni

te presta ningún servicio ni te da muestra alguna de afecto; un bebé no hace más que gruñir, gritar y ensuciar. Cuando unos adultos ha- cen eso en tu casa (y no pocas veces es lo que hacen: gruñir, gritar y ensuciar), no lo soportas. Eso no es lógico. Te dejas engañar por las apariencias: por unos cuantos kilos o centímetros de más, por

un poco más de pelo, por un poco más de lo que sea que dejarse llevar por las apariencias.

Esos adultos tienen tanta hambre y son tan incapaces de amar como ese bebé que tanta ternura, y con razón, te inspira. Al igual

que él, también ellos tienen una flagrante necesidad de ser desper- tados a la vida, a la fe, al amor. Entonces, en lugar de mandarlos al diablo, piensa: Creo en Dios Padre todopoderoso; creo que hay

sa, en tu profesión

?

Y no hay

en el mundo una omnipotencia de paternidad creadora; creo que ese poder me ha sido comunicado por Dios; creo que debo ser padre,

o madre, y que debo engendrar en la alegría a todas esas personas, tanto a mis padres como a mis hijos, tanto a los vecinos de mi calle como a mis compañeros de trabajo, tanto a los que menosprecian

mi amistad como a los que la esperan.

De algún modo, eres un poco padre, o madre, de todos aque-

llos a quienes tu presencia les despierta, de todos aquellos que se

han hecho sensibles a ciertas cosas que no habrían podido conocer

sin ti. Y debes tener la humildad de seguir desempeñando ese papel

junto a ellos, aun cuando nunca te hayan dado las gracias ni mues-

tra alguna de satisfacción por ello.

Dios es pobre. Dios es don. Dios es humilde. Porque es Padre. Y porque es Padre, es también vulnerable.

-

140

-

Un padre es sensible a la actitud de sus hijos. El Padre celestial es sensible a nuestras muestras de afecto, y le hacen daño nuestras negaciones y rechazos. La pasión de Dios, todo el sufrimiento de Dios, es la revelación de su paternidad, de su amor y del tremendo poder que ese amor nos da sobre El. Cuando alguien te ama, tú tienes poder sobre esa persona y pue- des hacer con ella lo que quieras: puedes llenarla de alegría o pue- des atormentarla. En el momento en que empezamos a pensar que no tenemos poder alguno sobre Dios, nuestra religión deja de ser la religión del Amor y es una religión muerta. Si crees que no eres capaz de hacer ni bien ni mal alguno a Dios, que Dios está «por encima de todo eso», indiferente a lo que tú puedas hacer o dejar de hacer, entonces tu religión es una religión muerta, lúgubre, poco más que un conjunto de obligaciones que se cumplen en balde, una serie de gestos que se nos exigen para nada, en definitiva. Pero, si crees que Dios es sensible a ti, que le causas placer

cuando acudes a su encuentro, que sufre si le abandonas

, ces todo adquiere sentido, entonces empiezas a creer en ese Dios que es Amor y que TE ama. Un padre impasible, un amor insensible, un amigo invulnera-

ble

tradicciones en los términos». Cuando Dios se ha revelado Padre, se ha revelado vulnerable. Y la pasión de Cristo nos ha hecho ver con toda claridad hasta qué punto tenemos el poder de herir, de cru- cificar, de torturar a Dios.

enton-

:

todo eso es de todo punto inconcebible. Son verdaderas «con-

Una omni-potencia de amor es una omni-debilidad: una pasibi- lidad, una vulnerabilidad y una inquietud infinitas. ¿Cómo podemos dudar de ello? ¿Acaso no estamos hechos a imagen de Dios? ¿Qué es lo que tantísimas veces nos hace impasi-

bles para con el prójimo, como si estuviéramos «blindados»? ¿Falta

?

de amor? ¿O exceso de egoísmo, de despreocupación, de dureza

Ahora bien, ¡Dios es amor! ¿No es a partir del momento en que uno es padre cuando se hace vulnerable? Mientras uro es indepen- diente, mientras sepa «mantener las distancias», mientras siga libre

— 141

-

de tales vínculos, uno se defiende estupendamente, se encuentra per- fectamente protegido. Mientras uno es joven, sufre poco, por mu- chos nubarrones de tristeza que puedan cernirse sobre uno. Y si los demás resultan demasiado desagradables, se les envía a todos a paseo. Hace uno un viaje y se libera, porque no está sujeto por nadie. Pero ser padre significa vincularse a alguien por la parte más frágil de nuestro ser y perder hasta el deseo de protegerse. ¿Quién querría ser insensible a una enfermedad, a una pena o a un fallo de su hijo? Puede uno llegar a endurecerse con respecto a sus pa- dres o a sus amigos, pero no es posible aceptar fríamente el hacerse insensible a los hijos. Con respecto a los hijos, todos y cada uno de nosotros estamos totalmente dispuestos a sufrir por ellos y con ellos. Eso es ser padre.

—142 —

Dios Creador

Decir que Dios es Creador es tanto como repetir que Dios es Padre. No habría sido Creador si no hubiera sido Padre. Es el ser Padre lo que le mueve a crear. Es el hecho de complacerse infinita- mente en su Hijo lo que le hace desear tener hijos; y es a imagen de su Hijo como crea el mundo. Su creación fue un desbordamien- to de amor y de complacencia.

Dios es Padre, Dios es amor, Dios es todopoderoso: ¡Dios es Creador! Quien no cree que su existencia es, a cada instante, efecto de una mirada amorosa de Dios sobre él, es un ateo, porque, aun cuando crea en un Dios, no se trata del Dios del Credo. El Dios del Credo es un Dios que ama. Se requieren horas de contemplación y de adoración para lle- gar a ver a Dios bajo esta luz. Se requieren horas de «exposición» a Dios para dejar de ser ateo, para que esa irradiación del Padre nos alcance y suscite en nosotros fe, semejanza, emulación. Se re- quiere una prolongada contemplación para dejarse penetrar por la certeza de que el Padre se halla entre nosotros como Pan para ser

comido («Mi alimento es hacer la voluntad del Padre»

es una fuerza capaz de comunicar fuerza, y de que es una Paterni- dad susceptible de despertar en nosotros el amor hacia el don. Para eso son esas vigilias, esas horas que pasas delante del Santísimo Sacramento: para que hagan realidad para ti las palabras de Jesús:

«Padre, he llevado a término la obra que me encomendaste

dado a conocer tu nombre a los que sacaste del mundo para entre-

gármelos

(Jn 17,4-8). Si no creemos, si no sentimos en nosotros esa alegría y ese re- conocimiento (re-conocimiento) hacia el Padre, que no cesa de crear- nos amándonos y de amarnos creándonos, si no nos resulta «buena» esa voluntad (bene-volencia) de Dios que nos hace existir en este

),

de que

He

Ahora han creído que eres Tú quien me ha enviado»

- 143 -

preciso momento, es que no nos hemos esforzado suficientemente en tratar de verle tal como es; es que no le hemos considerado ni orado lo suficiente; es que no nos hemos nutrido lo bastante de él:

es que no nos hemos expuesto suficientemente a la acción de su luz. «En cuanto a nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos co- mo en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos, conforme a la acción del Señor, que es Espíritu» (2 Cor 3,18). A Dios «nadie lo ha visto nunca». Pero cuando la pura luz divi- na ha chocado con la materia del mundo, se ha refractado en mil objetos, ha hecho salir de la sombra mil imágenes, mil reflejos de Dios. Dios se ha hecho visible. La naturaleza está llena, totalmente impregnada de Luz, de Espí-

ritu. Debido a esa luz y a esa «refracción», toda criatura tiene un sen- tido. Jamás conseguirán los sabios terminar de descubrir la inteligi- bilidad de la más mínima partícula de materia: hasta tal punto ha em- papado Dios la tierra con Su espíritu, con Su vida, con Su imagen,

«Sin El no se hizo nada de cuanto existe» (Jn 1,3).

La generosidad del Padre está «impresa» en la naturaleza. Por eso es por lo que el contemplarla debidamente nos acerca a El. Lo que nosotros tratamos de entrever en la inquietud, ella lo refleja en la alegría. Así es como los santos han sentido a veces esa extraordinaria fraternidad con la hermana agua, el hermano sol, el hermano fue- todos esos modestos y silenciosos adoradores cuya «vida» trans- curre en la contemplación del mismo Rostro que contemplaban ellos. La alianza con Noé es la confirmación y la renovación de ese acuerdo. El arco iris es el signo de una alianza entre Dios y la tierra entera. Todos los hombres están invitados a entrar en esa armonía:

con Su Verbo

hay un cierto conocimiento de Dios, una cierta invitación a entrar en alianza con El a través de todo cuanto es bello, de todo cuanto es bueno, de todo cuanto está debidamente ordenado en el mundo. «Lo que de Dios se puede conocer está manifiesto entre los hom-

bres: Dios se lo manifestó. Porque, desde la creación del mundo, sus (atributos) invisibles ('invisibilia', en latín) se hacen visibles a

través de sus obras

»

(Rm 1,19).

144 -

_

Y en el capítulo 17 de los Hechos de los Apóstoles se dice: «El Dios que hizo el mundo y todo cuanto hay en él, que es Señor del cielo y de la tierra, no habita en santuarios fabricados por mano

de hombres; ni es servido por manos humanas, como si de algo es- tuviera necesitado el que a todos da la vida, el aliento y todas las cosas. El creó, de un solo principio, todo el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz de la tierra, y determinó con exacti-

(24-26). Se trata de la alianza con Noé, de la pro-

mesa de que no volvería a haber otro Diluvio, sino que en el mundo imperaría un orden y una cierta regularidad providencial de las es- taciones. A causa de la Alianza. Gracias a la fidelidad de nuestro Dios. «A fin —prosigue el autor de los Hechos— de que todas las razas humanas buscasen a Dios, para ver si a tientas le buscaban

tud el tiempo

»

y le hallaban; por más que no se encuentra lejos de cada uno de

nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos» (27-28). La explicación que de los orígenes del mundo y del destino del

hombre da el Génesis (y nos propone el cristianismo) no opone lo carnal a lo espiritual, sino que, por el contrario, encarna esto en aquello. La carne tiene en sí misma una significación espiritual; el

cuerpo es signo, expresión, forma

del espíritu, del cual no está

separado. Lo concreto expresa el espíritu, en lugar de velarlo, en

la explicación cristiana del mundo. Lo que no se expresa, lo que

no se «figura» de ninguna manera, lo que no se hace realidad en

ninguna parte

vegeta y muere, o se desvanece en humo. En su-

blime humo

Nosotros debemos aspirar no al «reino de las almas», sino a

la

resurrección de la carne. Ese es nuestro futuro. Hemos de entrar

en

la Eternidad no como piadosos «vapores», sino conservando nues-

tro ser de hombres: espíritu + carne. El mundo es Dios hecho visible, Dios tomando figura en el mun-

do. Dios, luz oscura, es reflejado, manifestado en mil figuras que lo refractan; mil aspectos suyos toman cuerpo —«se hacen carne»—

a través del mundo y a través de nosotros. Dios es comunicable,

y lo hace a través de esas cosas que ha creado. Dios sigue querien- do la Creación y la ha reparado para que pueda seguir siendo ima- gen válida de El. La Redención es tan original como el pecado.

— 145

-

Dios Hijo

El Hijo es ese impulso de agradecimiento y de alegría, tan exac-

cuando se

tamente fiel a la voluntad de Aquel que lo envió que le ve a él, se ve al Padre (Jn 14,9).

«El Hijo no hace nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al

(Jn 5,19):

Padre: lo que hace éste, eso lo hace igualmente el Hijo

»

lo que les falta a nuestros hijos es lo que nosotros hemos omitido

mostrarles. A los padres que se quejan de sus hijos habría que res- ponderles con el Evangelio de Juan: «Yo no hablo ni actúo por mi

» La ma-

yoría de los padres son grandes hombres para sus empleados, para

sus obreros, para su secretaria, para sus colegas, quizá incluso pa-

«Cuan-

do vuelvo a casa, estoy exhausto. No puedo hacer más que sentarme

«lo que ve hacer al

padre, eso lo hace igualmente el hijo».

El Hijo se hizo matar para mostrarnos, para desvelarnos (para «revelarnos») al Padre a su verdadera luz. El Hijo se hizo matar para demostrarnos la bondad del Padre.

«Padre san-

toda

la vida del Hijo es alabanza, revelación del Padre. «¡Padre, que co-

nozcan la plenitud de mi alegría!» Su alegría es conocer al Padre;

y nuestra alegría, cuando escuchamos el Evangelio, debería con-

sistir en aprender en él

siste en otra cosa que en eso: en mostrarnos al Padre.

«Tanto tiempo estoy con vosotros ¿y aún no me conocéis?» ¿Aún no habéis comprendido nada? «Felipe, quien me ve a mí, ve al Pa-

dre». Esto es lo que debemos decirnos delante del Pesebre

lante del Crucifijo. Para que nosotros pudiéramos decir esto vino

él a hacerse matar en la tierra.

cuenta. Lo que he aprendido de mi Padre es lo que hago

ra sus habituales vecinos de tren o autobús

en un sillón y leer el periódico

»

Pero en casa

:

Entonces

«Te bendigo, Padre»

«Te doy gracias, Padre»

to, el mundo no te ha conocido, pero yo sí te he conocido

»:

a conocer al Padre. El Evangelio no con-

y de-

-

146 —

¿Por qué no vino el Padre en persona? Muy fácil. El Padre hi-

zo mucho más: nos dio lo mejor que tenía. «Tanto amó al mundo que envió a su Hijo». ¿Qué te resultaría a ti más duro: morir tú mis- mo o ver morir a uno de tus hijos? Basta con hacerse esta pregunta para comprender que, si para alguien fue duro el Calvario, fue, sin

que envió a su

duda, para el Padre. «Tanto amó Dios al mundo

Hijo», que aceptó sacrificar a su propio Hijo. Hay que pensar en ese amor y en esa crucifixión mientras se hace el «via crucis». Nun- ca debemos pensar en el Hijo sin pensar en el Padre: «Padre, todo

lo tuyo es mío, y todo lo mío es tuyo».

Nunca estaremos más cerca del Hijo que cuando dejemos de pensar en él de un modo demasiado diferenciado; cuando, «instrui- dos por su divina enseñanza», nos atrevamos a decir con él, en él

y por él: «Padre Nuestro

*

»

¿En qué pensaba Jesús cuando, a menudo solo (los apóstoles

habían quedado atrás enzarzados en su discusión favorita acerca

de quién de ellos sería el mayor: Me 9, 33-34), recorría los cami- nos de Galilea? ¿En qué se ocupaba su mente en los momentos de descanso, durante aquellas travesías en barca que le gustaba hacer con sus dicípulos al atardecer, después de una jornada de agotadora predicación? ¿En qué pensaba cuando se hallaba en lo alto de una colina, adonde le gustaba retirarse después de haber despedido in- cluso a los discípulos, «y, llegada la noche, estaba allí solo»? La respuesta es fácil, dirá alguno: Jesús pensaba en los hom- bres, en los pecadores, en su salvación, en todo lo que era preciso hacer para salvarlos No. Por extraño que nos parezca, no era en nosotros en quie- nes estaba ocupada la mente de Jesús. El objeto constante de su me- ditación, la orientación natural de su alma, el alimento que le sostenía, era el Padre. «Mi alimento —dice Jesús— es hacer la voluntad de mi Padre». ¡Y vaya si se alimentaba! (Por lo que respecta a nosotros, en gene- ral habría que decir más bien que eso nos abre el apetito). Ya en

se

-

147

-

el desierto, según dice el Evangelio, «cuando dejó de orar sintió hambre». Mientras oraba estaba alimentado. No le faltaba nada. Toda la vida interior de Jesús es una vida de respetuosa y afec- tuosa intimidad con su Padre. Antes de ser el hijo de María, antes de ser el hermano de los hombres, es el Hijo del Padre. El motivo por el que ya en el Pesebre irradia alegría desde su pobre lecho de pajas y ama aquella pobreza, es porque ésta le deja únicamente en manos del Padre. ¡Qué bueno es exponerse total y absolutamente a la voluntad del Padre! Con una audacia inaudita, el Hijo ha queri- do ser plenamente hijo para que se revelara hasta qué punto el Pa- dre era Padre. Es la fuerza de este movimiento filial la que lo retiene en el Templo a la edad de doce años. Había entrado, junto con los pere- grinos, en aquella atmósfera extraordinaria de entusiasmo, de fies-

ta y de fe. Había entrado en un lugar donde, por primera vez en su vida, se sintió en su casa, feliz, «repatriado». Al fin había encon- trado un lugar en el mundo en el que todo era como El: culto, reve-

rencia, acción de gracias, Presencia

totalmente fascinado. Allí se encontraba en paz, seguro, a gusto,

en su sitio

De manera que se quedó allí,

Y cuando fueron a buscarle, su respuesta no fue im-

pertinente, sino simplemente de asombro: «¿Y vosotros os habíais ido? ¿Habéis podido abandonar esta casa, en la que todo me habla de mi Padre, en la que se está tan a gusto con el Padre? ¿Por qué me buscabais? ¿Habéis podido creer que yo estuviera en otro sitio que no fuera junto al Padre?»

Y cuando, mientras predicaba, alguien viene a decirle: «Tu ma- dre y tus hermanos te buscan», él responde: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? En verdad te digo que quien hace la voluntad de mi Padre, ése es mi hermano, y m i hermana, y mi madre». Pensemos que, desde toda la eternidad, el Hijc trata de expre-

sarle al Padre toda su ternura, toda su admiración, todo su agrade-

cimiento

y aprovechó la circunstancia de vivir en la carne para

darle al Padre la mayor prueba de amor: «No hay mayor amor que dar la vida por aquellos a los que se ama». «Pero, para que el mun- do sepa que yo amo a mi Padre y que obro según el Padre me ha

;

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-

dice a los apóstoles al

abandonar el Cenáculo. Y en el momento supremo, cuando culmina en la cruz su mi- sión, también es hacia el seno del Padre hacia donde inclina su ca- beza: «¡Padre, en tus manos pongo mi espíritu!» Aprendamos de Jesús el modo de ser hijos. Aprendamos esa admirable síntesis de libertad y obediencia, nosotros que somos es- clavitud o rebeldía; esa síntesis de dignidad y modestia, nosotros que somos orgullo o ruindad; esa síntesis de ternura y respeto, nosotros que no sabemos ni respetar lo que amamos ni amar lo que respetamos. «Similes ei erimus quia videbimus Eum sicuti est». «No podemos dejar de asemejarnos a El el día en que lo veamos tal co- mo es: Hijo».

ordenado, levantaos, vamonos de aquí

»,

-

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Dios, Verbo hecho carne

«¡El Verbo se hizo carne!» «En él habita corporalmente la ple- nitud de la Divinidad» (Col 2,9). Si quieres sentir la conmoción ini- cial, el escándalo primitivo (y necesario) de esta manoseada fórmula, di, por ejemplo: «¡Dios se ha hecho mujer!», o bien: «¡Dios es mi vecino!» María Magdalena lo tomó por un jardinero, y los discípu- los de Emaús recorrieron varios kilómetros con El sin reconocerlo:

¡hasta tal punto era una persona normal! Ahí radica lo esencial del cristianismo: al Dios invisible, inac- cesible y trascendente sólo puede llegarse mediante un don gratuito de su parte, y ese don se ha hecho siempre, evidente y necesaria- mente, a la altura del hombre, de una manera humana, a través de realidades sensibles. La Encarnación significa conferir un carácter intrínsecamente sagrado a cada uno de los momentos de nuestra existencia y a cada una de las personas de nuestro entorno: Dios en lo banal; Dios en lo cotidiano, aburrido y fácil; Dios escondido hasta el punto de co-

dearse treinta años con la gente sin que nadie lo identificara

Algo

así como la actual presencia de Dios en un trozo de pan tan inerte, tan insignificante y tan ineficaz como los rebojos que dejamos so- bre la mesa, una vez acabada la comida, y que los niños, a pesar de la prohibición, emplean como inocuos proyectiles.

En treinta y tres años de vida terrena, Cristo no pudo expresar toda la caridad divina que le habitaba. Sólo pudo sufrir de un deter- minado número de maneras, y no pudo morir más que una vez. «Te- ned compasión de El —dice Claudel—, que no dispuso más que de treinta años para sufrir. Unid vuestra pasión a la Suya, pues sólo una vez se puede morir». Tened compasión de El, que no pudo ser ni padre ni madre, ni enfermo crónico, ni obrero en una fábrica ni minero, ni empleado, ni subproletario, ni deportado, ni minus-

válido

Durante los días de su vida mortal no conoció más que

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0 -

un estado de vida, no desempeñó más que un oficio, no vivió más que una vida. Tal vez habríamos comprendido al fin lo que es nues- tra profesión y nuestra vida si hubiéramos visto a Cristo desempe- ñar y vivir una y otra, respectivamente. Ahora bien, si no pudo dar su sentido eterno más que a los pocos gestos humanos que El divi- nizó en aquellos treinta años, entonces su muerte parece una terri- ble y absurda pérdida. Una encarnación tan breve parece un despilfarro inexplicable.

Pero Dios sólo se encarnó una vez porque debía encarnarse siempre. No nació más que una vez porque debía nacer siempre. No sufrió más que una vez porque debía sufrir siempre. No murió y resucitó más que una vez porque debía morir y resucitar siempre. Lo que le falta a la pasión de Cristo (y no sólo a su pasión,

sino también a su alegría, a su compasión, a su ternura

mos nosotros completarlo en nuestras vidas dándole a El esta nues- tra humanidad de cada uno de nosotros, para que pueda con ella recomenzar aquella vida humana que El tanto amó y en la que tan perfectamente alabó y honró al Padre, amó a los hombres, curó,

iluminó, consoló, alentó, sufrió

tas ocasiones para que se manifieste la caridad de Cristo.

),

pode-

Todos nosotros somos otras tan-

Cada día en la Iglesia, Cristo solicita y recibe esa extensión in- definida mediante el bautismo y la eucaristía y todos los demás sa- cramentos, que son la acción de su Cuerpo para construirse un Cuerpo. Así pues, la Encarnación no llegó a su fin con la Ascensión de Cristo. Jesús siguió siendo hombre. Un hombre sentado a la de- recha del Padre todopoderoso. A partir de la Ascensión, la Encarnación se ha extendido. La unión hipostática (dos naturalezas en una sola persona divina) si- gue siendo privilegio exclusivo de Cristo, el Verbo de Dios. Pero entre cada hombre y Cristo se establece una unión real por comuni- cación de la vida de Cristo. Esta unión, aun cuando respeta en cada hombre su propia personalidad, distinta de la persona divina que lo vivifica, es tan íntima, sin embargo, que Dios se encuentra ver- daderamente presente y accesible en cada hombre. «Si ves a tu her-

-

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-

mano, ves a tu Dios». A los ojos de la fe, es decir, para unos ojos suficientemente adiestrados y penetrantes, Cristo está presente en el más insignificante de los seres humanos. Jesús resucitado se ha hecho espíritu vivificante. Pero, ¡ojo!:

en este contexto, lo de «espíritu» no se opone más al cuerpo que al alma. El espíritu de Dios espiritualiza tanto el cuerpo como el alma. El abismo que debe franquear es exactamente el mismo: ¡el infinito! A Dios no le resulta más difícil espiritualizar un cuerpo que un alma. San Pablo habla de «cuerpo espiritual». Decir que Cris- to se ha hecho espíritu vivificante significa que se ha hecho capaz de incorporarse, someter y recapitular en sí a toda la humanidad. Significa que se crea un cuerpo universal al que El solicita con su gracia y anima con su vida. Significa que nos llama a todos a for- mar cuerpo con El. La encarnación de Cristo en una naturaleza humana concreta no hizo más que preceder y merecer su encarnación en la humani- dad entera, haciendo de El «el primogénito de una multitud de her- manos». Era preciso que Cristo padeciera y muriera (escapara a esta temporalización, a esta localización, a esta existencia limitada) pa- ra poder entrar en su «gloria» (para hacerse «espíritu vivificante», capaz de animar su verdadero cuerpo, capaz de comulgar y ser co- mulgado por toda la humanidad). La Encarnación es, pues, definitiva. La Redención habrá de rea- lizarse siempre por el mismo medio por el que comenzó: por el Cuer- po de Cristo. Aun hoy, Cristo sigue siendo hombre, no sólo porque su naturaleza humana glorificada se sienta a la diestra del Padre, sino porque dicha naturaleza humana no deja de incorporarse a otros hombres que la completen. «La vida histórica del Cristo histórico y la vida histórica del Cristo místico no son, pues, dos vidas distin- tas, sino una sola vida bajo dos aspectos, uno simbólico y ejem- plar, el otro simbolizado y real. ¡No separemos a la Iglesia y a Cristo, porque son una sola carne!» (H. U. von Balthasar).

- 152 —

Dios Salvador

La Redención es la re-unión (reunión de los hijos con el Hijo; de los hombres, hechos hijos, con su Padre del cielo; de los hom- bres, hechos hermanos, con sus hermanos terrenos) por medio de Jesucristo, «el mayor de muchos hermanos» (Rm 8,29). El deseo de Dios es: «Que ellos sean uno como Nosotros so- mos uno»: una sola unidad nos es posible, la del propio Dios. Es preciso que nos «sacrifiquemos».

«Sacrificar» no significa fastidiarse voluntariamente para agra- dar a Dios, como tampoco significa degollar una res en el matadero. «Sacrificar» es «hacer sagrado» (sacrum faceré), convertir algo

en sagrado, «de Dios»; consagrar

do por «pérdida», «privación», «destrucción»

¡Y nosotros lo hemos traduci-

!

Sacrificar alguna cosa es valorarla al máximo, es divinizarla,

¿Acaso podemos ha-

cer algo mejor por aquello que amamos que sacrificarlo! El sacrificio es el acto más gozoso y más «provechoso» del mun- do. Pero, debido a un medroso egoísmo, no nos hemos quedado más que con el lado pequeño de las cosas y hemos considerado más

la pérdida que el beneficio, es decir, que el aspecto por el cual, cuan-

)

es sacrificada, puede decirse que ha «perdido» su carácter profano. Todo sacramento es un sacrificio. Pensemos en el bautismo. Bautizar es consagrar, sacrificar a un niño. El bautismo es un sa- crificio: hace sagrado. Por el bautismo, tu hijo entra en el mundo de la comunión de los santos. Incorporado a Cristo, recibe de El una vida inmortal, infinitamente más preciosa que la que tú le has transmitido. En lo sucesivo, tu hijo pertenece más a Cristo que a ti mismo, vive de la vida de Cristo más que de la tuya. ¿Vas a llori- quear por ello y a quejarte: «¡Ya no es sólo mío! ¡Qué tristeza, Dios mío!»? Ese niño se ha hecho sagrado, y debes alegrarte de ello e inclinarte ante él. Debes «adorarle», porque en adelante es un tabernáculo vivo en tu propia casa.

hacerla amor, amarla mejor, respetarla más

do una creatura (objeto, privilegio, placer, actividad, persona

— 153 —

El pecado no se repara más que con el sacrificio. Lo que origi- nariamente era don e impulso se ha hecho restitución. Pero la ale- gría del retorno es incomparablemente más viva que la tristeza por lo que se abandona. Y la restauración es tan perfecta que despierta la inocencia, la integridad original. El sacrificio es, ante todo, un acto de alegría: «Para que el mundo sepa que yo amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado, levantaos, vamonos de

aquí

»

(Jn 14,31).

Es esta alegría a la que Cristo vino a llevarnos, la alegría de una restitución filial, la reintegración en la imagen de Aquel que nos ha creado a su imagen y semejanza. La alegría de Dios consiste en dar; la de la criatura, en darse. Como el Hijo. «Eucaristía» sig-

nifica acción de gracias, sacrificio de alabanza, reconocimiento filial. La Redención es toda ella obra de amor. Obra de amor del Pa- dre, que, lejos de exigirnos un tributo de padecimiento, nos ama tanto que nos envía a su propio Hijo para llevarnos a El. Obra de amor del Hijo, que nos revela —no porque sufre, sino porque ama—

el amor que habíamos perdido, y se lo comunica a quienes se abren

a él. Y obra de amor de los hombres, que, convertidos en hijos,

aman a su Padre y a sus hermanos con todo el amor con que ellos han sido amados. Pero, precisamente porque la Redención es obra de amor, se realiza en el sufrimiento. La fidelidad de amor engendra inevita- blemente el sufrimiento. Cristo en la cruz es la imagen de una obe- diencia y una fidelidad totales. El no buscó tan horrible sufrimiento, sino que luchó y se debatió contra él. Fue tan sólo su amor a su Padre, su entrega a la misión recibida de El, lo que le llevó al Cal- vario. La nobleza de la Pasión de Cristo proviene del hecho deque no fue un ejercicio de ascesis, una mortificación perfectamente es- tudiada, una mutilación voluntaria, sino simplemente una fidelidad de amor.

-

154 -

Dios Espíritu

Su persona

¿Quién es el Espíritu Santo? ¿En qué se diferencia de las otras personas?

Para comprender algo de lo que es el Espíritu de Dios, pode- mos recurrir a lo que hay de más valioso y más vivo en una familia:

el espíritu de familia. Una familia sin espíritu no es una verdadera familia. Pero cuando en ella está presente el espíritu, éste es algo más real y más vivo que cada uno de sus miembros, los cuales es-

tán como marcados, forjados por él, y —sean cuales fueren las di- ferencias individuales— se siente su presencia allí donde se encuentre aunque no sea más que un solo miembro de dicha familia. Basta con ver a uno de ellos para que, conociendo a otros miembros de

El

aire (spiritus) de familia, que se distingue así, intuitivamente, es

indefinible —«no se sabe de dónde viene» ni a qué se debe—, pero

es tan real que todos cuantos han aprendido a detectarlo son capa-

ces de verlo, en infinidad de ocasiones, donde los demás no ven nada.

Este espíritu suele superar en valor y en intensidad a la indivi- dualidad de las personas que lo tienen. Todas ellas resultan mejora- das, enriquecidas y caracterizadas por su pertenencia a tal familia. ¿Y cómo es este espíritu? Es un espíritu de amor formado a partir del amor gozoso, inventivo y creador que desciende de pa- dres a hijos en forma de cualquier clase de iniciativas, orientacio- nes, generosidades e impulsos; y formado también a partir del amor que asciende de los hijos a los padres en forma de respeto, confian-

Este intercambio se inten-

sifica de un modo natural. Cuanto más amor desciende de los padres

za, admiración, sano orgullo, alegría<