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CAPITALISMO, RECESIÓN Y CRISIS

Luis Paulino Vargas Solís1


Vicerrectoría de Investigación
Universidad Estatal a Distancia
lpvaso@ice.co.cr; lvargas@uned.ac.cr

El capitalismo mundial atraviesa una etapa excepcionalmente tormentosa, como no se veía


en muchos decenios. En principio, esto puede ser visto como la crisis del capitalismo en su
versión neoliberal. Ello se evidencia, con notable claridad, en el peso que adquieren, como
detonantes de la actual situación problemática, ciertas características definitorias del
carácter neoliberal de esta etapa de los últimos tres decenios. En particular las siguientes: el
desorden financiero, la especulación descontrolada y la insuficiencia de la demanda
relativamente a los excesos de capacidad industrial. Sin embargo, la resolución de estos
problemas pondría en cuestión, incluso de forma radical, los intereses que han liderado y
hegemonizado el capitalismo durante este período de dominancia neoliberal. Ello plantea,
entonces, contradicciones y conflictos de gran envergadura, alrededor de los cuales se
hacen manifiestas las verdaderas raíces, naturaleza y alcances de la crisis. Pero la magnitud
y significación de los problemas planteados, como asimismo las dimensiones del conflicto
que se abre, sugieren que, en realidad, esta podría ser algo más –quizá mucho más- que una
crisis del capitalismo neoliberal.

1. ¿Qué hay detrás de la actual crisis económica mundial?

Esta pregunta admite respuestas en niveles muy diversos y con grados de elaboración y
complejidad igualmente variados. De momento me concentraré en lo más inmediato. Desde
ese punto de vista, el asunto se sintetiza en lo siguiente: ha salido a la luz la dependencia
patológica respecto del crédito y la deuda, desarrollada por el capitalismo neoliberal de los
últimos 25 a 30 años. Claro que el crédito ha sido siempre de fundamental importancia para
el funcionamiento del sistema. Pero en este período ese mecanismo ha adquirido mucha
mayor importancia, y ha sido acompañado por un desarrollo hipertrofiado de la
especulación.

Es algo que se constata con relativa facilidad, especialmente en lo que atañe a este primer
decenio del siglo XXI. En los años 2001-2004, las tasas de interés en todo el mundo, y en
particular en Estados Unidos, cayeron a niveles extraordinariamente bajos. Esto propició el
endeudamiento, el cual, a su vez, impulsó el crecimiento económico. Aconteció así que el
1
Economista y analista social, Catedrático Universitario. Es investigador y profesor en la UNED. Autor, entre
varios más, de los libros “El verdadero rostro de la globalización (I). La globalización sin alternativas” y “El
verdadero rostro de la globalización (II). Los amos de la globalización” (San José: Editorial UNED, 2008).
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crédito y la deuda pusieron en marcha el auge inmobiliario como, más en general, el


consumo de la gente.

Por su parte, el desorbitado crecimiento de la construcción se hizo parte de una bola de


nieve que, rodando cuesta abajo a lo largo de los años 2002-2005, adquirió dimensiones
monstruosas. Me refiero a la colosal maquinaria de deuda y especulación financiera que
floreció montada sobre las hipotecas. Como por generación espontánea, gracias a la
“creatividad” de los expertos en finanzas y con base en más deuda, surgieron nuevos
instrumentos financieros, que asumían formas misteriosas, ocultas a cualquier control
público y de imposible comprensión para nadie que no fuese un experimentado conocedor
de los intríngulis de la alquimia financiera. Pero de este proceso de hipertrofia financiera
bebían no solo los especuladores, sino también la gente común y corriente, cosa que, en el
caso estadounidense, se evidenció con especial claridad, conforme la refinanciación de
hipotecas –aprovechando los precios al alza de la vivienda- se convirtió en motor
privilegiado para empujar el consumo de las familias.

Llegó el momento, sin embargo, en que se puso en evidencia el engaño de los créditos
hipotecarios concedidos a personas que no podían cumplir con las obligaciones adquiridas.
Pero, enseguida, ello también desnudó el resto de la mentira. Un castillo de naipes de
dimensiones siderales –creado por los magos de las finanzas- empezó a derrumbarse.
Fueron saliendo a la luz las inmensas pérdidas asociadas a esta ruleta especulativa y, con
ello, iban apareciendo, aquí y allá, enormes empresas financieras al borde del colapso.
Vimos entonces a las autoridades económicas de Estados Unidos y los otros países ricos,
ensayar todo tipo de respuestas en un intento por frenar la crisis financiera. Con muy pobres
resultados, evidentemente. En septiembre de 2008, y tras el derrumbe de Lehman Brothers,
el sistema financiero se paralizó y el crédito se secó por completo. De ahí adelante la crisis
financiera quedó definitivamente sobrepasada por la crisis económica. El acelerado
deterioro económico se resume fácilmente en un dato contundente: en tan solo los últimos
tres meses de 2008 la economía estadounidense perdió 1,6 millones de puestos de trabajo.

En el período 2004-2007 la economía mundial experimentó un auge extraordinario –con


tasas de crecimiento a nivel mundial en los alrededores del 4,9% a 5,0 % anual- cuyo
fundamento fue, sin duda, la maquinaria planetaria de deuda y especulación que se puso en
marcha desde 2002, y cuyo centro motriz principal estaba situado en el corazón mismo del
sistema, o sea, Estados Unidos. Desde los últimos meses de 2007 esa maquinaria empieza a
frenarse. A partir de septiembre de 2008 queda desbaratada. Los tres centros desarrollados
del capitalismo mundial –Estados Unidos, Europa y Japón- entran en recesión de forma
simultánea. Algunos países europeos –Irlanda, Islandia y otros de la parte oriental del
continente, Rusia incluida- se ven arrastrados en una situación de virtual colapso. La
recesión es aguda en países de la periferia de la Unión Europea -España, Grecia y Portugal-
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pero también ataca con fuerzas las mayores economías del continente. China e India –las
campeonas del crecimiento- enfrentan una ralentización sustancial. América Latina está
recibiendo impactos violentos. La crisis es mundial y de alcances por completo inusuales.
La posibilidad de una recesión aguda y prolongada no es descabellada. Es una amenaza
cuya semilla quedó sembrada en suelo fértil durante el especulativo auge mundial de los
años previos. Quizá podría ser frenada si logran acertar en paquetes masivos de estimulo
fiscal concertados a escala mundial. Pero esto tan solo estaría reiterando el mecanismo de la
deuda, si bien adquiriendo otras formas. Por lo tanto, dejaría elevadísimos costos de largo
plazo.

2. ¿Por qué el capitalismo ha recurrido, de forma tan patológica y


desproporcionada, al mecanismo de la deuda?

Posiblemente hay varios factores de significativa importancia que deben ser tenidos en
cuenta para contestar esta pregunta. De momento haré referencia al que quizá ha sido el
más importante en estos últimos años: ese ha sido el instrumento –aunque truculento y
ficticio- al que se ha recurrido para crear poder de compra y dar salida a la producción
masiva de las industrias a nivel mundial.

Es decir, hay exceso de capacidad productiva relativamente al poder adquisitivo en los


mercados ¿Por qué sucede eso?

Primero, una razón del lado de la demanda, que tiene que ver con los procesos de aguda
concentración de la riqueza y empobrecimiento de las clases medias que –con innegable
éxito- han sido promovidos por el neoliberalismo en todo el mundo. Acontece que, cuanto
más rico es usted, menor es la proporción de su ingreso que consume. Al otro lado, cuanto
más pobre lo sea, menos puede consumir. Se combinan así dos tendencias –poquitos ricos
cada vez más ricos y muchos pobres cada vez más pobres- que redundan en un solo efecto:
menor demanda a nivel mundial.

Segundo, una razón del lado de la oferta: la expansión descontrolada de la capacidad


productiva en todas las industrias. Ello se da bajo el influjo combinado de, al menos, los
siguientes procesos:

- la transnacionalización de las inversiones y la producción, que han hecho de China y la


India, y otros países de bajos salarios, usinas gigantescas

- la revolución tecnológica de los últimos decenios, que ha elevado sustancialmente la


productividad. Además, esto tiene un efecto que agrava los problemas de insuficiencia
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de demanda, ya que ha elevado de forma permanente los niveles de desempleo y ha


contribuido a precarizar agudamente el empleo.

Agreguemos que la sobreproducción es un problema estructural, inherente al capitalismo,


ya que es producto de su tendencia irrefrenable a la acumulación de capital y la elevación
de la productividad.

Por otra parte, la dogmática neoliberal, que glorifica y hace intocable la riqueza excesiva de
los muy ricos, no solo ha debilitado las políticas sociales de los gobiernos y, más en
general, las políticas destinadas a propiciar alguna mínima equidad en la distribución del
ingreso y la riqueza. Además ello ha creado el ambiente ideológico y político que ha
propiciado la especulación y ha soltado todas las amarras que podrían haberla contenido o
limitado.

El crédito, la deuda y la especulación proporcionaron una falsa salida. Frente a esto, la


situación actual, de colapso financiero y aguda recesión, marca un punto de no retorno: el
capitalismo está obligado a encontrar alternativas viables si es que quiere sobrevivir a largo
plazo. De otra forma, seguirá dando tumbos en un doloroso proceso de decadencia, que será
más destructivo justo porque seguramente tenderá a dilatarse a lo largo de mucho tiempo.

3. ¿Qué fuerzas han conducido a este capitalismo especulativo y


despilfarrador?

Tratar de contestar esto demanda hacer un poco de historia.

Los acuerdos de Bretton Woods (1944) crearon el Fondo Monetario Internacional y el


Banco Mundial, y establecieron el llamado patrón oro-dólar, en virtud del cual esta moneda
–la moneda nacional de Estados Unidos- pasó a ser, al mismo tiempo, moneda mundial.
Así, todas las demás monedas expresaban su valor en dólares y éste en oro. Regían, en
todos los casos, tasas fijas de cambio. Aquí el detalle esencial es el siguiente: esa función
dual del dólar dejaba sentada la posibilidad de que Estados Unidos pudiera tener los déficits
que le diera la gana en su balanza de pagos. Muy cómodo: serían “pagados” en dólares y, a
su vez, estos serían aceptados por el mundo entero que, a cambio de mercancías, estaría así
recibiendo papeles.

Y de cierto que los déficits hicieron aparición, ya desde los años cincuenta. Así, empezaron
a hincharse las masas de dólares que circulaban fuera de las fronteras de los Estados
Unidos, sin control por parte de ninguna autoridad monetaria nacional o internacional. Esto
dio lugar al desarrollo de los que, en su momento, recibieron el nombre de euromercados.
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A inicios de los setenta, estos desequilibrios externos que pesaban sobre el dólar, generaron
la que quizá haya sido la primera crisis financiera importante del capitalismo tardío o
maduro: el derrumbe de aquel patrón oro-dólar. Se dieron entonces dos cambios
sustantivos: se suspendió la convertibilidad dólar-oro de forma que, en adelante, aquél
quedó liberado de cualquier amarre o referente objetivo; y, además, se liberalizaron los
tipos de cambio entre las divisas principales, las cuales pasaron a fluctuar en los mercados
de forma más o menos “libre”.

Pero los desequilibrios externos de la economía estadounidense continuaron, agravados por


el financiamiento de las aventuras militares del imperio. Se agrandaban así las masas de
capitales expresados en dólares que circulaban a escala planetaria. Luego vendrían las crisis
petroleras (1973-1974 y 1979) que gestaron los llamados petrodólares, los cuales,
“reciclados” por los países petroleros en bancos del mundo rico, agregaron así más fuego a
esa hoguera financiera. En ese contexto surgió la crisis de la deuda externa latinoamericana,
la cual explota en los primeros años ochenta y da lugar a la penosísima “década perdida”.

Además, esa liberalización de los tipos de cambio que se da a inicios de los setenta,
inaugura un proceso que, de forma progresiva, a lo largo de varios decenios, conduce a la
liberalización creciente de los movimientos de capitales y de la especulación financiera en
todas sus formas.

Por otra parte, en 1974-75 y 1981-82 tienen lugar recesiones importantes de repercusiones
mundiales. En ese contexto se da el ascenso del neoliberalismo, favorecido por las
características que estas situaciones problemáticas asumen, ya que combinaban inflación
con recesión y alto desempleo. La ortodoxia neoclásica-keynesiana –dominante durante el
período posterior a la Segunda Guerra Mundial- recibe así un ataque furioso. Es
especialmente violenta la ofensiva contra el Estado de Bienestar y los derechos laborales.
Esa contrarrevolución política e ideológica se consolida con la llegada al gobierno de
Thatcher en Gran Bretaña (1979), Reagan en Estados Unidos (1981) y Kohl en R.F.
Alemania (1982). No olvidemos, desde luego, el antecedente temprano, salvaje y genocida,
de Pinochet en Chile.

Se inicia así la larga noche del reinado mundial del neoliberalismo, que luego se consolida
con la caída del socialismo real de la Europa Oriental a finales de los ochentas e inicios de
los noventas. La socialdemocracia se volvió neoliberalismo y, a su vez, los neoliberales
proclamaron el triunfo definitivo del libre mercado que, en realidad, era la proclamación de
la dictadura del capital transnacional. Para las clases trabajadoras y los pueblos del mundo
entero, ello implicaba una dolorosísima derrota.
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Entretanto, la revolución tecnológica de la informática, la microelectrónica, la robótica y


las telecomunicaciones, potencia el desarrollo –en especial hacia los noventa- de la así
llamada globalización, la cual toma la forma de amplios procesos de transnacionalización
de las inversiones y la producción y, con ello, la exportación de empleos desde los países
ricos, y el surgimiento de nuevos centros industriales en países de bajos salarios.

Esa revolución tecnológica también aporta un poderosísimo acicate a favor de la hipertrofia


financiera-especulativa. Los mercados de capitales quedan integrados en tiempo real a nivel
mundial y funcionan las 24 horas del día; los capitales financieros se vuelven ubicuos y
desarrollan un millón de artimañas para burlar y anular todo control público. También
ganan en “creatividad” y, con ello, en sofisticación. Va creciendo un calidoscopio de
nuevos instrumentos financieros, cada vez más opacos y complejos.

Y, con ello, las crisis financieras se multiplican. Desde la del sistema monetario europeo a
inicios de los noventa; la de México hacia 1995; la asiática en 1997. Y luego la rusa, la
brasileña, la argentina, la turca. También la burbuja de Internet en Estados Unidos (segunda
mitad de los noventa), directamente vinculada a lo financiero vía la especulación con los
valores accionarios en bolsa. Hasta desembocar en la crisis financiera reciente, gestada en
el centro rector de sistema e incubada en los créditos inmobiliarios, la cual ha devenido,
como sabemos, una tormenta económica gigantesca de alcances planetarios.

4. ¿Qué observamos al cabo de estos 30 años de dominio mundial del


neoliberalismo?

Primero, hay una acumulación progresiva de desequilibrios financieros de dimensiones


globales, los cuales se manifiestan principalmente como un inflamiento enfermizo de las
actividades financieras-especulativas, todo lo cual está directamente vinculado a la función
dual del dólar (moneda nacional y moneda mundial) y, por lo tanto, al papel de los Estados
Unidos como superpotencia hegemónica del capitalismo mundial. Los grandes
desequilibrios negativos de la economía estadounidense, son la fuente principal donde se
origina la liquidez que ha alimentado la especulación financiera a escala global.

Segundo, este es un capitalismo desalmado, según lo atestigua su ataque a mansalva –


aunque no siempre exitoso- contra el Estado de Bienestar, los derechos de las clases
trabajadoras y la estabilidad económica de los grupos sociales medios. La contrapartida ha
sido el enriquecimiento brutal de ínfimas minorías y el ahondamiento de los abismos
sociales. Es en este orden de cosas donde mejor se perciben las diferencias entre este
capitalismo neoliberal y su antecesor, el relativamente amansado capitalismo fordista de
posguerra.
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Tercero, este se un capitalismo que se volvió, en un mismo proceso, mucho más


despilfarrador y especulativo. Eso se manifiesta con crudeza en lo financiero, pero no solo
ahí. Quizá podría sintetizarse en un dato muy básico: esta forma de capitalismo ha olvidado
por completo las virtudes del ahorro y el conservador comedimiento del buen burgués. Es
un capitalismo descontroladamente angurriento, terriblemente cínico y corrupto.

La mirada de conjunto nos muestra un proceso de decadencia en proceso de agravamiento,


cosa que se visibiliza en lo ideológico y político, y en lo ético y moral. En lo económico
ello toma la forma de una fuga hacia el enriquecimiento fácil en la actividad financiera-
especulativa y, por lo tanto, como un hinchamiento enfermizo de lo ficticio. Por su parte,
los desarrollos productivos y tecnológicos –que privilegian la destrucción de empleos, el
debilitamiento de los Estados de Bienestar y la subversión de las normas democráticas más
elementales- dan lugar a una espiral consumista, despilfarradora y ambientalmente
devastadora.

Lo que se observa es un sistema que parece haber trascendido el umbral de su madurez.


Van saliendo a la luz signos claros de senilidad y descomposición. La involución se hace
manifiesta en muchos frentes a la vez. Así, se pasa de un capitalismo fordista que
garantizaba un mínimo de igualdad social y una dosis razonable de certidumbre en la vida
de la gente, a un capitalismo neoliberal que polariza la sociedad, lanza a la pobreza a
amplísimos sectores de la población e inocula grados exasperantes de incertidumbre e
inestabilidad en la historia vital de la mayoría de las personas. Es un capitalismo donde la
figura del burgués laborioso y ahorrativo (y seguramente mezquino), queda sustituida por la
del prepotente y despilfarrador ejecutivo –macho alfa incluso aunque sea mujer- que
domina la escena en las grandes bolsas de valores o en los despachos de las corporaciones
transnacionales. En el mismo proceso las finanzas, la especulación y la búsqueda de
ganancia fácil se convierten en el motor que mueve el funcionamiento sistémico en su
conjunto. Producir pasa a ser asunto poco elegante y hasta secundario, de modo que la
producción queda sujeta, de mil formas distintas, a los imperativos financieros, incluso a
través de la especulación en bolsa destinada a maximizar artificiosamente las ganancias
bursátiles. No obstante lo anterior, el sistema desarrolla, hasta el paroxismo, su capacidad
para innovar el consumo, el cual se convierte en una alienante carrera hacia el infinito, en
cuyo despliegue la crisis ambiental se profundiza hasta los límites de la catástrofe
planetaria.

El ciclo reciente, originado en la especulación inmobiliaria, marca un punto culminante de


estas tendencias. El hecho de que se gestara en el corazón mismo del sistema –Estados
Unidos- amplificó sus efectos a nivel mundial. Pero, además, fue al modo de una inmensa
telaraña que atrapó los sistemas financieros en una escala desconocida. Una burbuja mucho
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más grande ha dado lugar a un estallido mucho más estruendoso. No extraña, entonces, que
la recesión resultante sea mucho más aguda.

No hay vuelta atrás. Restablecer condiciones básicas de estabilidad será, para el


capitalismo, asunto terriblemente laborioso y complejo. El actual es, por lo tanto, un punto
de quiebra: es altamente improbable que el capitalismo logre restituir condiciones
aceptables de regulación sistémica si antes no logra introducir cambios sustantivos en las
modalidades de su funcionamiento de los últimos decenios, el cual ha estado centrado en lo
financiero, dominado por la especulación y caracterizado por el ahondamiento de los
desequilibrios sociales.

Ello marca la diferencia entre la recesión actual y la crisis de fondo, subyacente a esa
recesión.

5. La crisis es otra cosa

El actual desbarajuste financiero y la aguda recesión que lo acompaña son, entonces, una
manifestación episódica y aguda de la crisis. De ser correcta esta apreciación, ello tendría
una consecuencia importante: salir de la recesión no es lo mismo que superar la crisis.

Obama propone un paquete de estímulo fiscal, gigantesco y sin precedentes (US$ 825 mil
millones) que esencialmente persigue un objetivo: conjurar el peligro de una depresión,
frenar la recesión y, eventualmente, restablecer el crecimiento y disminuir el desempleo.
Aun cuando algunos componentes de esta propuesta tienen implicaciones en el mediano y
largo plazo –por ejemplo, la inversión en infraestructura y en tecnologías más eficientes
desde el punto de vista energético- en todo caso, no hay indicios convincentes en el sentido
de que haya un propósito claro de enfrentar los problemas fundamentales subyacentes a la
crisis. Por esa vía, y si las cosas van suficientemente bien, quizá en un plazo de dos o tres
años la recesión habrá pasado. Pero los factores que precipitaron el actual desastre seguirán
incólumes, con el agravante de que en el esfuerzo por salir de la recesión se habrán
profundizado los grandes desequilibrios de la economía estadounidense y mundial que son,
en buena medida, el origen mismo del desbarajuste.

Si persisten los problemas de fondo, igualmente persistirá el riesgo de nuevas situaciones


traumáticas. O sea, la crisis seguirá viva y el sistema continuará oscilando al borde del
abismo sin lograr restituir mínimas condiciones de estabilidad. Y como decía Krugman en
un artículo de meses atrás: la próxima vez la cosa podría resultar completamente
inmanejable. El problema es que tampoco Krugman –como en general ningún economista
neoliberal o neokeynesiano- ha propuesta una sola solución de fondo. Además, y a decir
verdad, la agudización de la recesión y la persistencia -no obstante el inmenso paquete de
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rescate de los US$ 700 mil millones- de gravísimos problemas financieros, sugieren
claramente que aún se está muy lejos de hacer manejable la situación actual.

6. Entonces ¿cuáles son las reformas mínimas que el capitalismo mundial


debería acometer para aspirar seriamente a dar por superada la
crisis?

Sin entrar aún a discutir los desequilibrios globales originados en el papel del dólar como
moneda mundial, en todo caso se identifican dos problemas morrocotudos que el sistema
debería lograr resolver satisfactoriamente: a) la sobreproducción a nivel mundial, que se
manifiesta en todas las industrias importantes; b) el sesgo financiero-especulativo que lo
domina integralmente y que agrava sensiblemente su inestabilidad y su carácter anárquico y
despilfarrador. A su vez, cada uno de estos dos órdenes de asuntos remite a un amplio
abanico de otros problemas que se despliegan en distintos niveles.

El problema de la sobreproducción, como es obvio, combina problemas de exceso de oferta


con otros de insuficiencia de demanda. El excedente de oferta hace manifiesta la expansión
de la capacidad productiva en todas las industrias relevantes a nivel mundial, incluyendo el
surgimiento de nuevos y poderosos núcleos industriales (como China). La debilidad de la
demanda está vinculada al ataque orquestado a nivel mundial, durante los últimos treinta
años, contra los derechos laborales, los salarios, el Estado de Bienestar y, en general, el
sector público.

Dentro de los parámetros propios del capitalismo y, por lo tanto, sin entrar a cuestionar sus
formas de desarrollo y funcionamiento, resolver estos problemas conlleva, de todas formas,
exigencias sumamente complejas. Veamos.

- En el caso del problema de la sobreproducción desde el punto de vista de la


insuficiencia de demanda (más adelante comentaré lo relativo a la sobreoferta)

Primero, habría que restituir el poder adquisitivo de los salarios (revalorizar la fuerza de
trabajo), cosa que, necesariamente, debería estar acompañada de un relanzamiento de las
organizaciones sindicales y de las normativas laborales.

Segundo, habría que recomponer las condiciones de empleo y salarios de los grupos medios
-con el objetivo de recuperar su capacidad de compra- y de rentabilidad y sostenibilidad de
las pequeñas empresas, a fin de reconstituir tejidos empresariales que tengan capacidad
para generar una distribución más equitativa de la riqueza y los ingresos.
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Tercero, también debería recomponerse el Estado de Bienestar y, en general, una


participación estatal más fuerte y significativa en la economía, no solo como fuente
generadora de demanda, sino también con el fin de recuperar niveles razonables de
certidumbre en la vida de las gente, un grado aceptable de legitimidad del orden social y un
redireccionamiento de la economía que prevenga, en un grado mínimo, los excesos
especulativos que la dominan.

Pero en cada uno de estos casos se choca con obstáculos asociados al despliegue de la
globalización durante los últimos decenios. Ésta no solo ha implicado exportar empleos
hacia países de bajos salarios y reubicar inversiones e industrias. También ha propiciado el
debilitamiento de las organizaciones sindicales, el desmantelamiento de los derechos
laborales, la privatización de empresas estatales, el debilitamiento de las políticas de
respaldo y fomento de las pequeñas empresas y la disminución de la fiscalidad de los
Estados y del gasto público. Por lo tanto, tratar de resolver el problema de la demanda,
implica poner en cuestionamiento todo este modelo de globalización (de expansión global
de los capitales) y conlleva, en consecuencia, entrar en directa colisión con los intereses del
capital transnacional que ha sido líder y principal beneficiario de esa globalización.
Obviamente éste no querrá aceptar de buena gana nada que considere lesivo para sus
intereses.

- En el caso de la hipertrofia financiera y especulativa

Como hemos discutido anteriormente, el crédito y la deuda –que alimentan la espiral


especulativa- ha sido una fuga al vacío, tratando de generar poder de compra para la
sobreabundante producción que satura los mercados. El colosal desbarajuste financiero y
económico actual frena en seco esta posibilidad ¿Podrá el capitalismo resolver de forma
perdurable sus problemas de mercados sobreofertados sin recurrir a ese pervertido
mecanismo financiero?

Una dosis mínima de sensatez aconseja que se introduzcan modificaciones sustantivas en


las formas de funcionamiento de los sistemas financieros. Ello incluiría no solamente
reformular y ampliar las regulaciones a escala nacional, sino introducir nuevos y amplios
mecanismos regulatorios a nivel mundial. Sobre todo, significa sistemas financieros donde
se restituya una dosis mínima de racionalidad, en vez de la actual demencia especulativa. Y
aunque a la luz de las traumáticas experiencias que estamos viviendo, esto pareciera ser
cosa evidente, no necesariamente estarán de acuerdo con ello los grandes intereses
financieros globales.

- El papel del dólar y la hegemonía planetaria de Estados Unidos


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Pero lo cierto es que el meollo del problema –y a la vez el asunto más controversial- tiene
que ver con la hegemonía global de Estados Unidos sintetizada en el dominio del dólar.
Esto ha incubado, en el largo plazo, gigantescos desequilibrios financieros que se hacen
manifiestos en la catástrofe actual y podrían generar, en el futuro, devastaciones peores.

Ahí ha nacido la liquidez en que ha estado sumida la economía mundial cosa que, a su vez,
ha sostenido y alimentado la hipertrofia financiera y especulativa. Hasta en el mejor de los
casos, estabilizar los sistemas financieros a nivel mundial y reorientar su funcionamiento
hacia un sendero de mínima sensatez y racionalidad, deviene un empeño de muy
improbable éxito en el tanto persistan los enormes desequilibrios gestados desde la
economía de Estados Unidos. Pero, por otra parte, corregir estos desequilibrios implicaría
cuestionar de forma directa el dominio estadounidense, particularmente en su faceta
económica, en el tanto ese papel dominante en gran medida se ha sostenido gracias al
subsidio masivo que el mundo entero les ha dado, mediante el financiamiento de sus
grandes desequilibrio y, por esa vía, mediante el financiamiento de sus excesos consumistas
y militares.

7. Medicación para los síntomas

Así pues, tanto en relación con las situaciones de insuficiencia de demanda y


sobreproducción como respecto de los que plantea el sesgo financiero y especulativo del
sistema, se reitera un mismo problema: el capitalismo necesita introducir cambios de
considerable envergadura, pero éstos colisionan directamente con los intereses inmediatos
del capital transnacional e, incluso, con los intereses geopolíticos de la potencia
hegemónica. El conflicto entre los intereses de largo plazo del sistema y los intereses más
inmediatos de las fracciones hegemónicas del capital, plantea un predicamento de
excepcional complejidad.

Este no es un problema técnico, sino político en sentido amplio, donde se ponen en tensión
fuerzas sociales, intereses, visiones ideológicas y proyectos políticos disímiles. Incluso,
aunque no haya de por medio ningún propósito revolucionario, esto desata un choque de
grandes proporciones. Dependiendo de la evolución que tenga este conflicto, podrían darse
reacomodos profundos del capitalismo mundial, los cuales impactarían todos los ámbitos
-sociales, políticos y económicos- y todos los niveles, incluyendo estados, organizaciones
regionales y multilaterales y mercados mundiales. Y, en verdad, es posible que la
sobrevivencia a largo plazo del sistema dependa de que tales reacomodos efectivamente
tengan lugar.
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Puede que prevalezcan las mismas fuerzas que han dominado durante los últimos decenios,
lo cual implicaría que, en lo esencial, las condiciones actuales continuarían vigentes y la
crisis sistémica seguiría en curso de agravamiento. O quizá podrían darse cambios de
notables alcances. Pero aún si esto último aconteciera, ello no garantiza a priori que los
resultados a que se llegue sean los que más convengan a la estabilidad y legitimación (a la
regulación exitosa) del sistema capitalista mundial.

De tal modo, el desastre financiero y la severa recesión actual son tan solo episodios agudos
que hacen manifiesta una crisis más profunda. En ese marco, las políticas aplicadas o
propuestas en Estados Unidos y los otros países ricos son al modo de medicinas que actúan
sobre los síntomas. Así, la Reserva Federal estadounidense y los otros bancos centrales
principales han emitido dinero de forma masiva y vienen asumiendo deuda por cuantías
gigantescas en un esfuerzo extenuante por frenar el colapso financiero. Otras políticas
trasladan los costos directamente al fisco, primero con el famoso rescate financiero de US$
700 mil millones y pronto con el paquete de estímulo fiscal impulsado por Obama. Más o
menos similar es el caso en Europa y Japón.

Se evidencian dos cosas. Primero, incluso si se logra frenar el colapso financiero total y
revertir la recesión sin que ésta se degrade en depresión, todavía quedará para el futuro un
costo muy alto: una deuda pública sustancialmente incrementada; enormes cargas
tributarias; presiones inflacionarias renovadas. Segundo, todavía no se propone nada
suficientemente claro ni comprensivo que responda a una voluntad seria por enfrentar las
causas de fondo de la crisis.

Es decir, el capitalismo está atrapado en las urgencias del momento, en tanto su visión de
largo plazo está oscurecida por los intereses inmediatos de las fracciones hegemónicas del
capital, en particular los grandes bancos y demás actores implicados en el negocio
financiero-especulativo, así como las gigantescas corporaciones transnacionales.

8. Sobreproducción: el sistema en curso de autocorrección destructiva

Hemos visto que dos de los factores clave que subyacen a la crisis –la insuficiencia relativa
de demanda y el sesgo financiero y especulativo prevaleciente a escala sistémica- exigirían
reformas que colisionan directamente con los intereses de esos grupos hegemónicos del
capital. Un tercer aspecto de la cuestión es el relativo al excedente de capacidad industrial
existente a nivel mundial. Ello lanza ríos interminables de mercancías a los mercados,
cuando, al mismo tiempo, la capacidad de compra está relativamente constreñida.

La recesión actual está empujando violentamente hacia una corrección parcial de esos
excesos de capacidad. Ejemplos claros lo aportan las industrias de la construcción, la
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automovilística, tecnologías de la información, aviación, comercio detallista, textiles, las


finanzas. Otras industrias se irán uniendo a este recuento siniestro. En todos los casos están
en movimiento procesos similares: a veces cierre de empresas; o violentos procesos de
reestructuración organizacional; o fusiones corporativas. En cualquiera de los casos se
recortan miles de puestos de trabajo y se producen cierres, totales o parciales, de plantas o
instalaciones.

No es un fenómeno nuevo. La historia del capitalismo está plagada de momentos de


destrucción como estos, donde masas gigantescas de capital –real o simplemente
financiero- desaparecen, trayendo consigo incertidumbre y angustia a la vida de millones de
personas que se quedan sin empleo. Después de un tiempo se reinicia la acumulación de
capital y renace la fiebre del crecimiento sin límites. El proceso actual seguramente será el
de mayores alcances desde los años treinta del siglo XX. Por su parte, las agresivas
políticas anti-recesivas en el fondo intentan frenar esa espiral de destrucción. De otra
manera sus alcances serían simplemente devastadores.

Supongamos que las políticas actuales –en ejecución o propuestas- tengan éxito suficiente
como para, al cabo de un período que podría durar varios años, frenar la recesión y
estabilizar los sistemas financieros. Sin embargo, las causas de fondo de la crisis –asociadas
a los desequilibrios financieros globales, la especulación financiera y la insuficiencia de
demanda relativamente a las tendencias a la sobreproducción- seguirán incólumes. Con un
par de agravantes. Por un lado, los costos enormes acumulados al cabo de una lucha tan
furibunda contra el actual desbarajuste. Pero además es posible que en de esta forma
queden puestas las bases para la próxima gran burbuja y el próximo estruendoso estallido.

No es difícil entender la razón. Hemos nadado en liquidez, originada principalmente en la


hegemonía global del dólar y los desequilibrios de la economía estadounidense, y la cual ha
sido, asimismo, el combustible que movía la locomotora financiero-especulativa que
condujo a este desastre. Ahora, intentando conjurar la catástrofe, vemos a los bancos
centrales, encabezados por la Reserva Federal, emitiendo dinero de forma masiva. En el
actual ambiente de pánico, esa liquidez se vuelve conservadora; se esconde o busca
refugios seguros, como es el caso, de forma destacada, de los bonos del tesoro
estadounidense. Pero cuando se estabilice la situación y las tasas de interés retornen a
terreno positivo, la caída de los precios de esos bonos podría desatar un derrumbe
catastrófico que, de darse, se traería consigo incluso al dólar. Ese podría ser el combustible
para el próximo episodio de demencia especulativa. Éste podría ser peor y, entonces, de
peores consecuencias.

9. Una crisis de largo plazo y sin salida a la vista


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Ese es, a grandes rasgos, el panorama en caso de que continúen prevaleciendo los actores e
intereses que han dominado globalmente durante los tres decenios de predomino neoliberal.
El capitalismo no habría resuelto su crisis y, con seguridad, las manifestaciones de
inestabilidad tenderán a agudizarse.

Un cambio en las correlaciones de fuerza que conduzca al predominio de otros intereses y


otras visiones ideológicas y políticas, es condición necesaria para superar esa crisis y
restablecer una regulación del sistema que lo estabilice por un período relativamente
extenso. Condición necesaria, sí, pero no suficiente, ya que, de todas formas, esa regulación
debería resolver satisfactoriamente los gravísimos problemas actuales. Es indudable que esa
no es una tarea fácil. Y ello por varias razones.

Primero, llevar adelante las reformas necesarias enfrentaría a los sectores más lúcidos del
capital –que, en general, serían posiblemente aquellos vinculados a los mercados nacionales
más que a la economía global- con esos otros, de vocación transnacional y financiera, que
han prevalecido durante los últimos decenios. Los primeros –sin duda los más débiles-
necesitarían establecer alianzas con grupos medios y clases trabajadoras a fin de poder
tener algún chance de hacer prevalecer sus propuestas de política.

El conflicto que esto abriría sería de dimensiones cataclísmicas y, con seguridad, pondría
en tensión los sistemas políticos del capitalismo. Aún bajo la hipótesis optimista de que
tienda a prevalecer la visión ideológica y política de los sectores proclives a una reforma
importante, en todo caso la magnitud del choque obligaría a fórmulas de transacción que,
hasta en el mejor de los casos, implicaría reformas incompletas, que extirparían algunas
semillas de crisis, pero dejarían otras vivas.

Una variante aún más compleja surgiría en el caso de una reactivación significativa del
malestar y la protesta popular, cosa que, eventualmente, podría arrastrar a los grupos
medios o sectores de éstos. Ello abriría un tercer frente relativamente autónomo respecto de
las dos grandes fracciones del capital en pugna. Esto podría adquirir manifestaciones aún
más complejas, si ese tercer polo de conflicto se bifurca a su vez en dos grandes ramales:
uno constituido por movimientos sociales progresista y otro –posibilidad nada
descabellada- que involucione hacia respuestas de derecha, de tintes neofacistas.

Si por otro lado se quisiera corregir los desequilibrios globales originados en los enormes
déficits estadounidenses, eso no podría hacerse de otra forma que no fuese sustituyendo el
dólar como moneda mundial por otra que –como propusiera Keynes en 1944- fuese,
efectivamente, una divisa mundial y no la moneda nacional de ningún país (o unión
económica) en particular. Pero, además, ello exigiría revolucionar a profundidad las
modalidades de funcionamiento de la economía y sociedad estadounidenses. Ésta tendría
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que hacer compatibles sus niveles de gasto con los de producción, y esto, a su vez, no solo
requeriría ajustes internos de grandes proporciones si no que, además, impactaría al
conjunto de la economía mundial que, por muchos años, ha tenido en Estados Unidos una
poderosísima maquinaria consumista que tritura gigantescas cantidades de mercancías
producidas por el resto del mundo.

De tal forma, como ha sugerido Wallerstein, hay indicios fuertes en el sentido de que el
sistema capitalista mundial está entrando en una fase crítica que, en el largo plazo, llevaría
a su sustitución por un sistema distinto. Y aquí, como es innegable, entra en juego no solo
las variables sociales, económicas y políticas –de por sí tan complejas- sino también la
pavorosa crisis ambiental. Es, digámoslo así, un momento histórico de desorden caótico
que abre distintas posibilidades de bifurcación. Cuál sea la vía que prevalezca y cuál,
entonces, la naturaleza y forma de funcionamiento del sistema que vaya a emerger, es cosa
imposible de saber a priori.

Pero, en cambio, la parte de la humanidad que tiene clara su convicción democrática y su


deber ante las generaciones venideras, también ha de saber que le corresponde luchar para
que esa sociedad futura sea radicalmente democrática; radicalmente igualitaria, justa y
libre; radicalmente ecológica. Un lugar donde el derecho a una vida digna para todos los
seres humanos, sea realidad vívida y cotidiana, y no una frase hueca en el discurso de los
demagogos y privilegiados.

San José, Costa Rica


31 de enero de 2009