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Norte/Sur

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Norte/Sur

Primera co-edición cartonera (versión Norte)

Alfonso Carballo, Aldo Cicardi, Lauri García Dueñas, Lulú Lecona,

Aurelio Mexa, René Morales Hernández, Daimary Moreno, Julio Serrano Echeverría, Claudia I. Solórzano.

(CC)

(CC)

Kodama Cartonera

Tijuana, B.C. http://kodamacartonera.tumblr.com

(CC)

México, D.F. http://laverduracartonera.blogspot.mx

(CC)

La Verdura Cartonera

Cohuiná Cartonera

San Cristóbal de las Casas, Chiapas http://cartoneracohuina.blogspot.mx

Edición: comités editoriales de Kodama, La Verdura y Cohuiná Diseño: Aurelio Mexa Logo de Kodama: Careli Rojo, a partir de un personaje de Mononoke Hime creado por Hayao Miyazaki (Studio Ghibli, 1997).

Los kodama son espíritus del bosque en la mitología japonesa. Su nombre puede signicar “eco”, “espíritu de árbol”, “bola pequeña” o “pequeño espíritu”. En la película de Miyazaki, los kodama sólo se maniestan cuando el bosque es puro y, al ser contaminado por el hom- bre, mueren y caen de los árboles como hojas fantasmas.

Esta obra está protegida bajo una licencia Creative Commons Attribution- NonCommercial-ShareAlike 2.5 México. Algunos derechos reservados.

Commons Attribution- NonCommercial-ShareAlike 2.5 México. Algunos derechos reservados. Hecho en México / Made in Mexico

Hecho en México / Made in Mexico

MAPA Sur Una visita a Maximón 7 Julio Serrano Echeverría De La línea blanca 9
MAPA
Sur
Una visita a Maximón
7
Julio Serrano Echeverría
De La línea blanca
9
René Morales Hernández
Balada del inmigrante
11
Alfonso Carballo
Centro
La ciudad de los alambres rotos
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Lauri García Dueñas
Domicilio Conocido
19
Lulú Lecona
De follaje rojísimo
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Aldo Cicardi
Norte
Dialogía del sonido
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Daimary Moreno
Stupid California Sun
Aurelio Mexa
40
Tijuana en el exilio
Claudia I. Solórzano
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Los Autores

Alfonso Carballo (Tehuantepec, Oaxaca, México, 1979). Firmante del movimiento posco- rrientista de poetas oaxaqueños. Dirige el tour de Poetas Jóvenes en el Istmo. Su bitácora electrónica es alfonsocarballo.blogspot.com.

Aldo Cicardi (1986). Huésped sin hospedaje, viajero sin rumbo: a mitad de camino entre la Ciudad de México y el inerno. Escribo como continuación orgánica del ser que habito y busca, busca sin cansarse de encontrar.

Lauri García Dueñas (San Salvador, 1980). Escritora y periodista salvadoreña que vive en México. Ha escrito poesía, cuento, novela corta y teatro. Ha incursionado en la poesía en voz alta, el slam, la video instalación y algunas colaboraciones para cortometrajes cinematográ- cos. Desde 2010 es maestra de Escritura Creativa en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Una de las tres fundadoras de Espacio Cartonero, que trabaja para fomentar las pu- blicaciones cartoneras de Iberoamérica.

Lulú Lecona (Ciudad de México, 1986). Tijuanense de corazón re-adoptada en la gran ciu- dad. Estudió Comunicación en la Universidad Iberoamericana Tijuana y se diversicó en el amplio mundo del multitasking para encontrar el camino a la investigación, que es lo que nal- mente la hace más feliz. Ha colaborado con La Verdura Cartonera en el libro La Esquina a Os- curas (2010), relatando los horrores (imaginarios) que la hicieron adorar la capital mexicana.

Aurelio Mexa (Ciudad de México, 1985). Participó en la novela colectiva Los valientes cere6rales y las ores 6inarias 6ajo el ArcoIris perpetuo y es autor del poemario Sombra (inédito). Ha publica- do en las antologías del D.F. y Tijuana de Somos poetas, ¿y qué?, editadas por (H)onda Nómada, y en las revistas Frontera-Esquina (Tijuana) y Radiador (D.F.).

René Morales Hernández (Ocozocoautla de Espinosa, Chiapas, México, 1981). Publicó los libros El bestiario del perro (2009), RadiografÌas (2010) y Notas sobre el n del mundo (2011). Su obra se ha difundido en varias antologías, del mismo modo también se han traducido al francés y al inglés.

Daimary Moreno (Tecate, B.C. 1983). Es dramaturga, ha participado en montajes como “Malas palabras” y “La fábrica de los juguetes”. Editora de la antología Corto-teatro. Drama- turgia joven de Baja California (Kodama Cartonera, 2011). Obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia Wilberto Cantón por la obra de teatro documental Are you bringing something from México?

Julio Serrano Echeverría (Quetzaltenango, Guatemala, 1983). Escritor y productor audio- visual. Terminó sus estudios de literatura hispanoamericana en la Universidad de San Carlos. Becario de la Fundación Carolina y de la Residencia para Artistas de Iberoamérica FONCA- AECID. Es uno de los directivos del Festival Permanente de Poesía de Quetzaltenango. Ha participado en diversos festivales y lecturas de poesía en España, Estados Unidos, México y Centroamérica. Coordina el proyecto editorial Libros Mínimos (www.librosminimos.org) desde donde publica literatura centroamericana para descarga libre. Publicó los libros Las palabras y los días (2006), TRANS 2.0 (2009), Fractal (2011) y Actos de magia (2011).

Claudia I. Solórzano (Tijuana, 1984) es licenciada en Lengua y Literatura de Hispanoamé- rica por la UABC. Ha publicado en antologías como Tijuana es su centro (Kodama Cartonera, 2011) y fue becaria del PECDA en la categoría Jóvenes Creadores 2008-2009 por su novela inédita Entre las sombras. Fue miembro del consejo editorial de la revista Magín Minicciones.

SUR

Sur

Una visita a Maximón

Julio Serrano Echeverría

Zunil es un pueblo maya-quiché del occidente de Guatemala, para poner alguna referencia, está a cuatro horas de la capital del país y a un poco menos de dos horas de la frontera con México, la Frontera Sur, que le llaman. El poblado es particularmente bello por la geografía (rodeado de verdes montañas), por la arquitectura (tradicionalmente las casas eran de adobe y techos de teja de barro; hoy, gracias a las remesas, el pueblo cuenta con gigantescas casas de por lo menos tres pisos, cons- truidas con block y con cualquier cantidad de colores, formas y texturas) y una imponente iglesia colonial con uno de los retablos más hermosos de la región. A los gringos les fascinan sus colores, su mercado, mujeres indígenas hablando quiché, las callecitas de piedra, en n, todo un coctel para el turismo buena onda. “¿Mire, no sabe por dónde anda Maximón ahora?”, pregunto a una señora del pueblo que con bastante indiferencia sigue su camino. “Es mejor preguntar en la cantina”, le co- mento a mi amigo salvadoreño a quien traigo a Zunil para que conozca a este hermano, a este tata. “No sé decirte si llamarlo Maximón o San Simón, ni sé qué decirte de sus orígenes ni de su simbología profunda, pero intuyo que es la solución a muchos de nuestros problemas”, le amplío a mi compadre, que sigue sin entender bien de qué va la cosa. Y es que, efectivamente, Maximón es difícil de explicar, la referencialidad occidental se queda corta y la maya puede que también, porque en realidad es otro mágico resultado del sincretismo, es una especie de santo y anciano maya, un piadoso interventor ante Dios y a la vez un sabio anciano que nos da consejo, que nos acompaña y nos cuida, “está entre tu nahual y Jesús”, como me trató de explicar una amiga. Su representación varía según el lugar (hay varias en el territorio guatemalteco) pero esta, la de Zunil, es la de un hombre maduro, sentado en una silla (humilde trono), con unos lentes de gota oscuros, un pañuelo atado a la cabeza y un sombrero, traje, corbata, camisa blanca y guantes negros en las manos. Decir que es un muñeco de madera es un poco incó- modo, pero podría ser una forma de describirlo. A su derecha, la vara, símbolo de poder y sabiduría. El Aj Mam, también se dice que le dicen, o sea el abuelo de la vara. Con cierta periodicidad Maximón cambia de casa, la cofradía encargada de su cuida- do se encarga de moverlo, esta vez está en una casa de cuatro niveles, vacía. El primer nivel es para él, su espacio, y en el segundo hacen las ceremonias, que podríamos entender desde los

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Sur

ceremoniales mayas. Por ahora estamos en el cuarto de Maximón, iluminado por la mezcla de luz natural, luces eléctricas blancas y luces de velas. Ese día una familia rodea al abuelo (yo personalmente lo percibo como una especie de tío, el tío que siempre está ahí, duro y solidario, arrecho), familia mestiza, cinco hijos y la madre. Ella, sacerdotisa y protectora, toma a cada uno de sus descendientes y les limpia con un manojo de ruda, la hierba de la limpieza por excelencia. Se las pasa por todo el cuerpo con movimientos rápidos y bruscos hacia el exterior. “Fuera, que salgan”, se escuchan las peticiones de la señora que se mezclan con pequeñas risas, sobre todo cuando las ramas golpean la entrepierna. Al terminar la limpia, toma la vara del altar y cubre el espíritu de sus herederos haciéndoles varias cruces por todo el cuerpo y asegurándose que la vara pase rápidamente por todo el contorno: pincel espiritual. Durante todo el rito cada uno sostiene una pequeña botella de aguardiente que al nal destapan para que la madre beba un sorbo y se los escupa encima como fuego líquido, pureza etílica. Al terminar, la hija mayor repite el ritual con la madre. Luego toda la familia, como un coro de ángeles, sostiene una vela en la mano que cada uno coloca en las piernas de Maximón, después ofrendan lo que quedó de su octavo de aguardiente y recuestan al abuelo para verterle el trago en la boca. Durante este tiempo, mi amigo y yo observamos el rito con una bastante ingenua devoción. Entonces dos señores hacen su aparición en el salón, camisas blancas, bigotes espesos, barrigas experimentadas y hebillas brillantes; botas, claro está. Esperan en silencio su turno. La familia termina y mientras la madre levanta sus implementos ellos empiezan a ocupar su lugar, el más joven saca dos mazos de cartas de la baraja española, y cuatro latas de cerveza. La madre se indigna y no duda en espetarles, “a él solo le gusta la Indita” 1 , re- riéndose a la marca del aguardiente que levanta con su mano, enseñándoles. El guía de la ceremonia responde en un claro acento mexicano “es que no supimos donde comprarle”, prolongando la e nal. Ella ríe y pregunta de qué parte de México, “Tapachula”, ambos.

1 La Indita es el sobrenombre de un aguardiente muy traidicional que tiene en su etiqueta una indí- gena de origen quiché, por su vestimenta.

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Sur

De La línea blanca

René Morales Hernández

ii

(TARDE DE EJECUCIÓN EN LA FRONTERA)

He aquí la justicia la muerte de la bestias de lujo un coágulo de sal la línea blanca el sonido rojo y cortante del anzuelo de plomo cayendo sobre la hierba

He aquí la justica la gritadera de las hembras el matadero y sus riñones el silencio de los caballos el viento el silencio que ahora se apodera de la noche

ix

Para Marvin GarcÌa

Un día mi país no será más que un barrio sin asesinos en donde no seremos los mismos lo repito: “no seremos los mismos”

Un día mi país no será más que un barrio rojo y calmado como un matadero después del mediodía

Un día mi país no será más que un barrio dormido a la mitad de otro tiempo en donde no todo está perdido

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xiv

Sur

(non nis poema)

Dios es la manera más noble de llamar a la venganza

es la navaja limpia entrando hondo en la carne virgen es la sangre goteando por esas balas benditas

es el silencio más oscuro es México y sus 56 mil muertos que bien caben en esta frase Dios, lo repito:

Es la manera más noble de llamar a la venganza

xviii

Cuando vengan por mí como por cualquier otro inocente

y me peguen un tiro en la nuca

para después desmembrarme y quemarme en ácido con la intención de no dejar ni un solo rastro de mi existencia

o

en su defecto cuando vengan por mi como cualquier otro

y

me pateen hasta reventarme los riñones

para después irme a tirar a algún terreno baldío con la intención santa de que sea devorado por los animales

recuerda que te amo y que perdono a mis captores

a la bala casta venga de quien venga

esto porque yo sé lo que es vivir enojado en este país en donde el futuro es sinónimo de engaño

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Sur

Balada del inmigrante

Alfonso Carballo

¿Que quién se llama Gonzalo González apiñándose a la vida en la ciudad del jazz y del dólar?

¿Que quién anda sin permiso de nadie tarareando a José Alfredo Jiménez en los suburbios de Chicago?

Una y otra vez

la algarabía viene

en un grito sordo.

Y oigo cláxones, pitos y trombas

en medio de una multitud de voces

babélicas y sonoras.

Mientras ma’ le dice a Gonzalo que Gonzalo recuerda lo que díjole ma’:

Con dinero y sin dinero José Alfredo Jiménez

“no vaya pa’l norte mijo mire que allá los chulos le pueden dar de palos y dejármelo en cama y sin comer varios días que haría vos con el estómago vacío sin nabo ni pollo ni frijoles con tortilla que la vida está re’dura sortearla allá no ve las noticias que a diario el televisor ese nos mete en la cabeza y vos no entiende pue’ le digo que el tráco y los rascacielos esos no se igualan a la vida tranquila de estos jacales pero a honra mucha más si se le sacude el polvo a los enseres y patio con lluvia y todo pero mijo ay por amor de Dios no vaya pa’l norte y mejor cante conmigo:

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Sur

“Trópico cálido y bello Istmo de Tehuantepec m˙sica de una marimba maderas que cantan con voz de mujer. M˙sica de una marimba maderas que cantan con voz de mujer”.

Son las seis de la mañana. Y alguien más trazó un laberinto en los rascacielos que ahora duermen en los grandes suburbios de Manhattan.

Mientras Gonzalo vía online (después de pronósticos e imágenes de mujeres portentosas y orgasmos publici- tarios) observa cómo los noticiarios casi cantando -a manera de hip hop o corrido mexicano- narran alguna escena del transcurrir diario de su México lindo y querido:

“En tanto, en este sur de México / ciudad Ixtepec simula un rascacielos gigante / parecido a una bestia ferroviaria / que transporta sueños y vidas / provenientes de la hermana Cen- troamérica… / acá, según cifras de la Comisión Nacional de Derechos Humanos / los chulos también acechan / los chulos también acechan…”

—Ay, como un pájaro que tiembla el buen Gonzalo, a veces canta en dirección de sueños y furgonetas.

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CENTRO

Centro

La ciudad de los alambres rotos

Lauri García Dueñas

Es de noche la ciudad aún duerme sus párpados de calles iluminadas hombres vestidos de naranja barren la huella de millones de seres que antes caminaron su propio peso las cúpulas de los edicios persisten en su sinuosidad gris la luna llena aparece redonda al lo horizontal de la espera suena el ejército de vasos en las cantinas la música se multiplica.

El ventilador crece en sus aspas rompe el polvo y mi cuerpo dibujado en el colchón pasan las hojas de una lectura que no suma letras ni sentido marcás mi número y me descuelgo los cinco pisos de un edicio antiguo viejo, como esta necesidad de vos golpeando la roca.

Los adoquines sienten en sus encías el paso de los neumáticos los rótulos de las calles con nombres de repúblicas me llevan hasta el lugar común donde nací.

Hace calor el mismo que duerme en las alcantarillas y sus hombres de lodo en la avenida principal, los gendarmes miden el alcohol para que no rebalse en heridas de metal

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Centro

y no manche el asfalto de sangre. Pero la sangre es incisiva y rompe los diques cuando el deseo perpetúa la rabia.

Llega la hora de la muerte negra que nadie busca.

Adentro descansan escuadras, lápices, papel ropas, máscaras, medicinas las orillas de todas las cosas que venden las tiendas cuando es de día.

Pero es esta noche la noche de todas las cosas que podrían multiplicarse hasta anudarse en miles de conversaciones absurdas que separen a los amantes y dejen las bancas vacías.

En la mesa intentamos recuperar de nosotros ese hilo indestructible esa relación simbiótica pero las cabinas de teléfono son más pequeñas que tu porte.

No llama nadie o todos llaman la sangre -esa sangre que también se derrama- hace que mi función cerebral vuelva nuestra plática ilógica la lógica es la ciencia que surgió con la Razón Iluminada

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Centro

pero qué más da si es noche de luna encrucijada las mareas crecen la ciudad cobija a todas las presas y sus victimarios sádicos y vos sos un náufrago que agoniza entre kilos de Nada y toneladas de plástico acumulado en las banquetas.

En el Dos Naciones bailan voluptuosas cheras menean las caderas en disimulada alegría vital ellas son las únicas felices en medio del desorden cáustico que nos atañe.

Pequeñas cucarachas se reproducen en explosiones de huevos las ratas corren a un lado de las tiendas de veinticuatro horas.

Veinticuatro horas no son sucientes para el Distrito Federal.

A esta hora, las ores muertas guardan silencio brillan con el último amarillo de este mundo.

Si los mariachis tocaran todas las tristezas de la humanidad yo les pagaría la última canción de una isla lejana en la que intenté olvidarte pero no pude.

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Centro

Habrá que acompañar el andar de los semáforos de prostitutas y travestis que ofrecen su turgencia sin escafandras de botellas vacías que ruedan por el Eje Central.

Habrá que esperar que los faroles se retuerzan de luz que el bulto del sexo escondido entre elásticos haga crujir la tierra que caminamos.

Yo tendré que esperar.

La mendiga sin ojo no aparece en escena duermen en los portales los cadáveres vivientes de la especie orillados a la mugre que forjamos los demás:

cotidianos orgullosos de nuestro comportamiento y propiedad.

En la calle Violeta de seguro el sastre estará pervirtiendo a su ayudanta rezándole a la Santa Muerte por otra oportunidad.

El Viaducto es el río sonoroso de los vencidos que recién llegaron a casa y pretenden cerrar la puerta al miedo que persiste en gotas.

Dentro de esta historia cabrían todos los kilómetros cuadrados de suburbios diseñados en agonía

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Centro

de ciudades dentro de otras ciudades de parques sombríos a cualquier hora de helechos que truenan cuando otros cuerpos invaden.

Pero no es tiempo de poemas épicos la pluma no alcanza a extender su insólita red de carne carne que avería la perfecta inclusión del verso.

Éste es sólo el cuento incompleto que te hice cuando horas después la temperatura bajó como cae el vértigo en los hombros cansados de los insomnes.

Nadie llama o todos llaman.

Y vos abrazaste mis formas envueltas en tela pequeña rozaste las piernas de estas calles vacías trepamos los cinco pisos quebramos la cama nos comimos casi en el piso dormitamos el dulce hedor del sexo y sus monumentos

hasta ver parir la madrugada con sus alambres rotos.

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Domicilio conocido

Lul˙ Lecona

Centro

No ser “ni de aquí ni de allá” puede resultar en crisis severas de identidad, en migrañas y, sólo en ciertos casos, indigestión. Comienza con una desesperada búsqueda por apropiarse de un espacio para luego tornarse en un intento infructuoso de volverlo suyo, de cambiarle el nombre, de retocarlo para sentirse como en casa. Tal sucede cuando uno piensa en una urbe devora-gente, donde ya no se sabe de dónde va a llegar el siguiente golpe. En cualquier lugar delimitado hay un punto donde se intersectan todas las latitudes, llámense éstas norte, sur, este

o el otro. Al ser el punto en que se encuentran las diferentes cosmovisiones, de pronto se tiene la sensación de entrar a una gran licuadora donde con una ligera mezcla, voilá, te encuentras con expresiones prestadas del estado vecino, guisos que intercambian sazones y copias que no precisamente terminan por captar elmente el producto original de procedencia extranjera. Usted está aquí: en el punto de reunión ante la gran catástrofe. ¿Cuál? Hombre, usted elija que aquí tenemos de todo: hambre, inseguridad, desempleo e injusticia son sólo algunas de las especialidades. Las voces se unen en un grito que en escala de Ritcher hace que retiemble en sus centros la tierra. Un día soleado y el tráco a la normalidad. El agujero negro, emanado del diminuto ombligo que devora todo, encuentra sin querer a la provincia en su paso. Un incauto que viene del sur de pronto deja su alma vagando en urbes gigantescas; alguno otro del norte encuentra la sanación holística en tierras mágicas, lejos de los malls gringos y Disneylandia. En el etcétera, muchos algunos encuentran imposible salir del laberinto en el que se acaban de meter; un laberinto donde día a día queda menos clara la delimitación de territorios y jurisprudencias, excepto cuando se necesitan colgar milagros o echar bolitas. En este escape y punto de fuga, existe posibilidad y transición. Nada queda inmóvil pues el vecino que viene atrás exige que la la avance. De pronto la adrenalina diaria no está en esquivar balas, sino en alcanzar lugar antes que nadie. El llegar primero que el otro para que no gane el puesto por el que se contiende, que no se acabe el agua fría en la tienda ni

la caliente en la regadera, que no toque tanto tráco porque “ya somos demasiados”

tencia que impulsa la ley del más fuerte, del más chingón, donde hasta cada bocanada de aire limpio está en juego.

todo ello es el reejo de la compe-

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Centro

De pronto este caos es un cuento de nunca acabar. Se saturan los espacios y aumentan los niveles de estrés y mal humor, hasta que eso termina siendo ruido de fondo durante un tiempo indenido antes de recomenzar el ciclo. Enjuague y repita. Pocos abandonan la lucha campal que día a día se presenta, pues no han encontrado el hilo con una buena car- nada que los saque de estas corrientes peligrosas. Otros no han encontrado razón sólida para buscarlo. Desde las islas lejanas del centro, esta masa amorfa toma la silueta de una sirena que invita a distraídos nave- gantes a su lado, a la deriva, desorientados y confundidos. Aquellos que buscan perderse de su embrujo, nadan hacia las aguas más lejanas, allá por el río Bravo. Otros deciden quedarse en su isla y convertirla en algo único e impresionante. Pero este laberinto de calles que vuelven a llamarse de la misma manera no siempre es maravilloso. Las leyendas urbanas recurrentes lo convierten en motivo de desdén de algunos y el ‘centralismo’ se vuelve el villano para otros. El centro es el sur del norte. Algunos de esos vecinos más alejados de Dios y más cercanos de Estados Unidos voltean con desprecio a ver a quienes vienen del sur. Pero a veces también el centro promete ser el norte del sur. La moneda se voltea y de pronto el centro es poten- cia y, al mismo tiempo, no quiere saber de las regiones que se vuelven casi anexas a los territorios centroamericanos. Para sur y norte de pronto en el centro son “Chilangos” todos, aunque sean del Estado y no del Distrito; “chilangos” aunque el signicado se haya perdido en algún mensaje embotellado sin posibilidad de traducirse. Porque los chilangos se creen que la saben de todas todas. Porque son todos nacos, le van al América y llevan un San Judas a todos lados. Porque son feos y punto. Y el perro se vuelve a perseguir la cola sin llegar a ningún lado. Ese centro desdeñado, que paradójicamente está abierto a todos pero que rechaza a muchos, tampoco quiere al norte porque es muy arrogante, porque hablan golpeado y en “espanglish”. Todos vienen a llevarse sus trabajos, sus programas de benecios, sus cupos en las escuelas. Con lo que no cuenta el centro, ni el norte ni el sur, es que el territorio es eso solamente: territorio. Porque el centro no está sólo en ubicación geográca. Está en el corazón, donde la vida es distribuida por distintos torrentes hacia el resto del cuerpo para regresar siempre a su punto de origen. El centro se conforma de seres otantes, andantes y emergentes. Se llena de semillas de distintas procedencias para tener un panorama exquisito de color y sabores. Y sigue recibiendo sin cuestionamientos iniciales a quienes decidan recorrer el laberinto porque muchos ingresaron a él de la misma manera. Con una cabeza llena de ideas y costumbres, y un corazón deseoso de cantar lo que aprendió desde otras latitudes. El centro no existe pues es un espejo hacia todas las direcciones.

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De follaje rojísimo

Aldo Cicardi

Centro

(Escenario vacío. El piso debe estar cubierto de algún material como papel o tela ya que se irá pintando conforme los personajes van chorreando más sangre articial, ya sea que vienen empapados de ella desde afuera de la escena, o traen pegadas a la piel pequeñas bolsas con pequeños oricios que dejarán uir de manera controlada la mezcla, para que el ambiente vaya mutando, apoyado con iluminación, de tal forma que al nal el color rojo sea predominante en toda la escena, pero de manera arbitraria y condicionada por el trazo escénico. Vemos desarrollarse una procesión póstuma, lenta y solemne. Poco a poco de entre el tumulto sale C oz tambaleándose, viste de rojo

y su ropa chorrea sangre articial o un líquido de un color rojo intenso. Va hacia el centro en donde se planta meciéndose de pie. Debe de dar la impresión de desvariar.) C oz : Escucho tu nombre en la penumbra. Lo pronuncias como si fuera el mío y eso me hace confundir cada que con tu rasposa voz preguntas: “¿Qué nos separa de los muertos?” Y dejas caer la hoja viva del árbol muerto. Entonces un latido muy por debajo del pecho, un recuerdo, una imagen de quien nos ama, nos hace estar vivos de repente en el lujo de beber la cerveza hasta el fondo y después eructar. Ajenos… (Coz cae de súbito como si la fuerza en todo su cuerpo desapareciera de repente. Entran N orte y Sur por lados contrarios, a diferencia de

C oz ellos no chorrean sino que debe dar la impresión de que en algún momento de la acción comienzan a sangrar lentamente. Esto se puede

solucionar pegando a la piel bolsas de plástico con la mezcla que se utilizará y pincharlas con un aller en el momento que se crea más ade-

cuado para lograr el efecto. Los dos personajes corren hasta el centro el uno contra el otro y se encuentran con el cuerpo frenando bruscamente

y girándose de inmediato. S ur queda inmóvil respirando agitado mientras N orte camina lentamente reexivo y al llegar a un punto lejano se voltea y contempla el cuerpo.) S ur : No lo digas. (Al unísono.) Norte y Sur: Está muerto.

(S ur gira y agachándose examina el cuerpo palpando el aire cual si tocara el cuerpo.)

Sur: Coz, amigo, ¿me escuchas?

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Centro

Norte : Pierdes tu tiempo, chiquillo. Sur : Pero… ¿Qué pasó? Norte : Mejor vámonos. Este lugar me da escalofríos. Sur : Es nuestro amigo, no podemos dejarlo así como así. Norte: Si tú no puedes, yo sí. (Inicia mutis.) Sur : Lo menos que podríamos hacer es proporcionarle un entierro. Norte : (Se detiene, sarcástico.) Sí, claro. Tú comienza a cavar en lo que yo preparo el cuerpo. ¿No quieres también que le haga una autopsia?

S ur : No juegues, Norte. No es el mejor momento. Norte : Mira, no deberíamos precipitarnos. Tal vez si llamamos a alguien. Sur : ¡No! ¿Qué dirían si van y revisan el apartamento? Verían las fotos, captarían el amargo olor a sangre que despiden las paredes. ¡Pensarían que estamos locos! Norte : Tienes razón. Mejor hay que salir de aquí, Sur. Sur : Vete tú si quieres. Yo no pienso dejar su cuerpo así, es mi amigo. Norte : (Amargamente.) Era.

(S ur no presta atención a N orte y toma el cuerpo por las extremidades tratando de arrastrarlo sin mucho éxito pues parece de un peso

inverosímil. La imagen debe de ser totalmente patética provocando así en N orte una risa que, desde lejos, tratará de ocultar agachando la cabeza. De pronto el cuerpo comienza a moverse solo y S ur retrocede asustado mientras N orte vuelve a enderezar la cabeza para no perder detalle desde su lugar. El cuerpo realiza movimientos torpes, desganados y a veces entrecortados. Intenta pararse pero le aquea la fuerza en las piernas, haciéndolo caer en repetidas ocasiones hasta que logra sentarse en una posición grotesca, ante el asombro de los otros dos.) C oz : ¿O es entonces vivir sólo el placer egoísta de sentir que el fuego persiste escondido en los corazones? ¿De creer en mentiras rancias? (Sarcástico.) No puedo aceptar su oro, señor, ya estoy desligado de los placeres banales, de las prostitutas sociales, del ron con coca-cola… Quizás debería ser la masa, seguir a la masa, ir a encontrar a Dios realizando milagros en la entrepierna de la vecina, ¡buscar el Edén en los connes misteriosos del olor a metal en la sangre! Norte : No hablemos de religión. Sur : ¿Qué es lo que está pasando, Norte? (Al no obtener respuesta.) Coz, amigo, ¿qué tienes? C oz : (Sin prestar atención a S ur.) Digo Dios como pronuncio un desganado “buenos días”. Con la misma carencia de sen- tido que conlleva el primer “mamá”. No divago, sin embargo, en cosas inexistentes. No entro aún en terrenos propios del limbo y esas fuentes tuyas que

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Centro

Norte : (Interrumpiéndolo.) Pronuncias más de lo que entiendes y a pesar de todo eres necio. C oz : ¿Cómo podría algo que no existe cambiar constantemente el curso de la historia; de la humanidad? Norte : (Con tono de obviedad y hartazgo.) Es de las cosas que demuestran de nuevo la debilidad humana. C oz : No, no esta vez, amigo. Las cosas existen porque de una u otra manera se maniestan. Los perros chillan, los barcos naufragan y las estrellas titilan antes de desaparecer. Es así como sólo un pensamiento que se manieste a través de una masa que siga ciegamente esa idea puede otorgarle existencia hasta a las imaginaciones más descabelladas. (Cam- biando el tono.) Convirtiéndolo así en algo que no dejará de existir hasta que el último de esos borregos muera. S ur : Coz… amigo, vamos a casa. C oz : ¿Casa? (Se queda pensativo un momento pero termina soltando una pequeña carcajada.) Sí, a ese hoyo con su olor a sangre en las paredes y los gritos que desde antaño rebotan en los pisos sucios cargados de… (La actitud se convierte en un patético lamento nostálgico.) De soledad. S ur : No, a casa en donde Norte, tú y yo vemos películas, en donde pones el disco de blues y sacamos el mezcal barato, en donde nos enseñas con gentileza los ocios de la fotografía… A nuestro hogar. C oz : Esa es tu casa. La casa que te has querido inventar sobre la triste realidad del apartamento oloroso y obscuro. / (Comienza a respirar dicultosamente, haciendo mucho ruido.) Y pensar que ahora que traté de evocar recuerdos agradables de ese lugar, sólo para intentar complacerte, Sur, sólo encontré en mi memoria imágenes de sangre. ¡De todos aquellos a los que acribillamos! S ur : Pero Coz… C oz : ¡Cállate, déjame! ¿O acaso vienes para llevarme de nuevo a las calles, donde podemos cazar furtivamente un inofen- sivo transeúnte, que nos regale un par de muecas de horror por ser destazado? Norte : A nosotros no nos quieran ensuciar con eso. Todo lo hiciste bajo tu propia voluntad. Es toda la contaminación que te generó ese trabajo que tienes de fotógrafo amarillista. Tus ojos fueron violados por tantas imágenes prohibidas que al nal no podías otra cosa que desear más. Más sangre que pasara por tus ojos… Es tu perversión. C oz : ¿Y qué hay del obscuro y grave: “Sí, vamos… Corta, ahí. Entierra el machete más, más profundo… ¡Mira cuánta sangre! Ahora, tómale fotografías ahora”. Norte : (Elevando la voz sarcástica.) Sea todo por el arte. C oz : Las fotos… (Distante, como si quedara solo en escena.) Me llamaron muy temprano para que fuera a tomar fotografías hasta un municipio del Estado de México en donde parecía que la ciudad se acababa a ratos y el paisaje retomaba la belleza que en tiempos pasados le era innata. Al llegar al lugar todavía no se presentaban las autoridades, por lo que

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Centro pude entrar a una modesta casa, de un piso, tres habitaciones a lo mucho. Una de ellas con las paredes, el techo y todo manchado de sangre. Como si un globo relleno de este líquido se hubiera reventado violentamente. Cuando María llegó a su casa, preguntando en voz alta el nombre de su hermana Dulce, pensó que esta se encontraría dormida. Pero al llegar al

cuarto pudo ver lo que yo vi, lo que fotograé y lo que todos verían al otro día en primera plana. Su hermana en la cama,

o lo que quedaba de ella, con el rostro desgurado por el escopetazo que se metió directo en la cara con la Remington

11-87 del padre, quien aún se encontraría trabajando. La escena contenía una belleza indescriptible, todas las motas de sangre en la pared (no hacía falta una sola) daban la impresión de representar el follaje de un árbol rojísimo, tal vez otoñal, mientras que una línea gruesa y carmesí formaba el tronco que se conectaba a su vez con lo que quedaba del rostro y carne deshecha. Al otro día, según tengo entendido, vendimos todos los ejemplares. Sucedió además algo curioso. El

repartidor que fue a rondar la zona en que ocurrieron los hechos (puesto que siempre el morbo mueve más que incluso

la fe) le vendió todos los periódicos que llevaba a un solo hombre. El vecino…

Sur : Pero por qué evocas esto ahora; como si lo soltaras antes de cruzar un umbral… Norte : Ya ha desangrado en luz. Ahora viene el solo de saxofón en este blues. C oz : Un cielo rojo como la vida y adornado por blancas y tempranas centellas. Extendiéndose innito y despreocupado ante un revólver y un hombre que lo tiene pegado a la sien. Todos los dioses y sus ojos de estrellas de testigos. Un hielo de plomo deshaciendo la paz… Norte : Obscurece. Si quieres que cada uno pueda continuar su camino, sería mejor que comenzaras la despedida. S ur : ¿Qué dices, Norte? Norte : Le prevengo a nuestro amigo que no voy a resignarme a la incertidumbre, a sus estupideces… sus niñerías… a lo inevitable. S ur : Nada tiene sentido, por favor dime qué pasa, qué está consumiendo a Coz. Norte : Si no sientes lo mismo que yo es porque estás destinado a perderte. Al ver a Coz muerto no pude más que enfa- darme pues fue como verme a mí mismo deshecho, me cayó la muerte como el balde de agua que no quise aceptar cuando entramos en este lugar desde el primer momento. S ur : ¿Quieres decir que no estamos…? Norte : (Sarcástico.) ¿En Kansas? Estamos muy lejos del hogar, Sur. (Cambiando de tono e interlocutor.) Ahora tú, te exijo la explicación que a sabiendas has venido a dar. Sur : Aún podemos salir, debe haber alguna manera. Norte: ¿Es posible que aún no te hayas dado cuenta? Tú y yo compartimos el destino, cualquiera que sea, de Coz. Esta-

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Centro

mos ligados a él más que por una amistad. (Cambiando el tono.) Coz, siempre tímido y buscando estar por debajo de los demás, se pasó la vida sumergido en sus imaginaciones sin darse cuenta de que fuera de él se extendía un mundo áspero

y sin compasión. Cuando notó esto todo se desarrollaba alrededor de él sin que su existencia importara, como si fuera

un fantasma. Quiso hacer amigos con frenética desesperación. Buscaba en los saludos de la gente una palabra de más, algo que fuera la clave para seguir una amena conversación que concluyera en amistad. No lo consiguió. Sólo ganó lástima hasta de sí mismo que, sabiéndose incapaz, optó por darnos una vida arti- cial a ti y a mí. No existimos. Antes me daba por pensar que quizás teníamos algo de ser, pero ahora me acabo de dar cuenta de que ni siquiera eso nos quedó. S ur : ¿No somos nada? Mera imitación de existencia reinventada una y otra vez dando siempre el mismo resultado. Sa- biendo que lo que digo no soy yo, ni lo que hago, ni lo que pienso. N orte : Vasijas que contienen aire que no se puede comprender a sí mismo. ¿Entiendes ahora por qué necesito saber cómo fue que estúpidamente terminó su vida, mi vida? Es una clase de desahogo perverso que necesito para aliviar el tiro de gracia que traigo en mi alma inexistente. S ur : (Entre horrorizado y amargamente sorprendido.) Eso quiere decir que al n se suicidó… y con eso nosotros… Norte : Anda. Termina esta tortura que es peor a cualquiera de los inernos a los que te vayas a ir, o nos vayamos… Asesinabas a las personas pensando en que les hacías un favor liberándolos de la triste vida que llevaban vagabundeando por el mundo sin darte cuenta de que era una frustración pues tú eras el peor y nunca habías tenido el valor de hacerte ese mismo favor a ti. La vida no es un juguete con el que te puedas divertir y cuando te aburres mandarlo todo a la basura. C oz : Cállate. Norte : Es algo serio aunque tú encuentres en la muerte una excusa para canalizar tu miseria, para compartir tu soledad con la de los muertos.

C oz : Está bien. Prepara tu ansiedad para que escuche esta última neblina. (Silencio) Siempre después de tomar una foto- grafía me gusta comer un caldo de camarón. Ese día, con mis alas de cielo rojo a cuestas, fui a un establecimiento que estaba como a dos cuadras de la casa del gran roble lapidario. Me gusta el caldo de camarón desde que era niño e íbamos

a la playa y siempre, al llegar, lo primero era ordenar uno de esos platos de sabor a mar… Siempre me gustó tanto el

mar. Le encontraba similitud con la sangre que es un torrente que derrama tanta vida, olor a metal, el mar innito del que no puedo ver n con su olor a sal y el caldo de camarón que era rojo y caliente sabía a felicidad. Como si fuera una trinidad indispensable.

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Centro Ese día los camarones no estaban tan buenos y me entretenía más en mirar el rojo caldo como si viera a mi sangre revolviéndose para ir dándome vida. En eso mi siempre perverso inconsciente notó a una pareja que se encontraba som- bría: ella llora y a él se le nota el no saber consolarla. De pronto se regresa todo como una película y miro a esa misma chica apurándome en la recepción de la casa con el roble. “Supongo que ella sí lo quería” me digo lascivamente y vuelvo a los camarones en lo que escucho: “Es que no puede ser. Esos amarillistas, ¿qué se creen? ¿Que porque el abuelo es dueño del periódico se pueden hacer de la noticia? No tienen respeto por el dolor, no tienen corazón. La muerte no es un producto”. Sentí pena y lástima por mí mismo. Me vi egoísta masticando un sentimiento y con una cámara en la que cabía tanta estupidez humana. Norte : (Desde este momento debe parecer que los tres actores sufren del mismo delirio y son uno mismo, alternando textos, mimetizando sus acciones, tonos de voz y actitud corporal.) Me fui y todo el cielo me comenzó a llorar gruesos goterones en la espalda. Yo decidí no correr como toda la gente y me empapé de pensamiento y de una especie de ira que se iba haciendo mayor a medida en que la lluvia amenazaba con ser tormenta. Llegué al apartamento y noté un recado en la puerta que decía “Loco (dos puntos) no queremos contagiarnos todos en el edicio. Limpie su apartamento que apesta a podrido como usted (punto)”. Anónimo, mascullé. Al entrar me convencí de lo que por n iba a hacer. El suelo pegajoso, el olor, las paredes que parecían gritos, las copias de fotos violentas por todo el lugar y, sobre todo y más que todo, la soledad del eco de la puerta al cerrarse, todo ello me dio la razón. Ahí comenzó denitivamente el delirio. S ur : ¡Qué palabra: “delirio”! Norte : Me abalancé contra lo que pude pateando, golpeando, rompiendo y me abrí paso hasta el machete bajo el que tantas vidas se convirtieron en fotos. En él vi por última vez reejada mi cara y como cada mañana no me reconocí. Me devolvían la mirada unos ojos poseídos por un fuego secreto que parecía decidido a lamerme la cara con sus siete lenguas. Coloqué el tripié y sobre él la cámara que me seducía como un cíclope. Me desnudé ante su privacidad, sabiendo que es ella quien nunca me juzgó y se atrevió a mirar la vida a mi manera: aceptó el reto de volverse loca conmigo. S ur : Así comencé a trazar pequeñas líneas por todo mi cuerpo que al principio se abrían en delgadas franjas rojas e iban pintando mi blanca piel. Acaricié la fría hoja por todo mi cuerpo hasta que me percibí rojo. Miré hacia abajo y vi los pies rojos, en medio el sexo oculto entre la maraña de pelos con sangre que ya comenzaba a ser costra, más arriba el vientre brillante y rellenando rápidamente en sus huecos blancos con ese rojo intenso. La brisa fue entonces mucho más fresca que nunca. El ardor era como una ola que iba y venía… Una ola, al ritmo pasivo del mar. Entonces me imaginé a mí mismo como un camarón. Todo rojo y por dentro blanco, sintiendo este ardor que llegaba y se iba con su ritmo marítimo. Me reí; me reí todo lo que pude antes de que me interrumpiera el llanto amargo pues ya tenía el machete con las dos

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Centro

manos. Si quería ser un camarón devorado por su destino debía comenzar por quitarme la cabeza para ser comestible. Programé el reloj de la cámara para diez segundos y esperé. C oz : Fueron los diez segundos mejor aprovechados de mi vida. Viví de nuevo cada una de las visitas a la playa y las dis- fruté como nunca. Sentí que todas las fotografías se voltearon a verme y supe que era el momento. Atesté el golpe con todas mis fuerzas directo al cuello. (Al decir esto cae muerto al piso como si reviviera la acción.) Norte : Ingenuo, creyendo que todas mis fuerzas serían sucientes para hacer rodar mi cabeza. Al menos sí lo fueron para terminar patéticamente mi vida. Escuché el clic de la cámara muy lejano mientras caía salpicando todo de vida y mientras ante mí se abría el cielo rojo con sus centellas y un bautizo de llamas: el delirio. Sur : Delirio, delirio, delirio. Tiene algo escondido esa palabra. Norte : Como desaparecer. (Silencio prolongado en el cual S ur y N orte se van esfumando en acciones delirantes y difusas, a veces parecen niños y otras son muy grotescos, van perdiendo la intensidad hasta que se pierden de vista. C oz se pone de pie, da la impresión de que fuera la primera vez que lo hace, las piernas le fallan y a veces tiene que volver a comenzar desde el piso. Ahora está mucho más perdido y todo en él es lejano aunque debe dar la impresión de que vuelve a ser niño y el tiempo va hacia atrás a una velocidad tan estremecedora que pronto él no existirá nunca más.) C oz : ¿Vamos a la playa? Sabes, a mi me gusta mucho el mar, es tan bonito. Cuando sea grande quiero vivir junto al océano y así todos los días me voy a comer muchos camarones. Es que haciendo eso soy tan feliz. ¿Sabes? Hoy soñé que vivía en el fondo del mar, y todas las mañanas nadaba; en las tardes no porque me iba con mis amigos a seguir al sol hasta donde duerme que debe ser muy abajo, casi en el fondo del mundo… (Fade out mientras sigue hablando y delirando. Telón.)

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NORTE

Dialogía del (((sonido)))

Daimary Moreno

Norte

Los “genios” NUNCA serán reconocidos en su tiempo, por ser la fuente que al vibrar genera el sonido de aquello que desde otra latitud vibra a menor frecuencia, sin reconocer al “genio” como su origen.

(Mujer 1 y Mujer 2 sentadas sobre una banca de una estación de ferrocarril ubicada en la zona fronteriza de Baja California.)

Mujer 1: Es una vulgar mentira que aquí en frontera todos queremos vivir al otro lado. Yo ya voy para los 30 y a pesar de tener residencia americana te voy a ser sincera, nomás me dan ganas de hacer vida allá, cuando me siento miserable y pienso equivocadamente que por pisar calles sin hoyos, edicios monumentales o centros comerciales en los que me siento apapachada porque hacen las cosas por mí mecánicamente, voy a ser más digna. Mujer 2: Yo nací aquí y a veces me dan ganas de irme pero luego me entra la melancolía y termino quedándome. Mujer 1: ¿La melancolía o el miedo? Mujer 2: La melancolía, desde luego. Mujer 1: ¿Qué no son los mismo? Mujer 2: Claro que no, la melancolía es esa tristeza nacida casi siempre de recuerdos memo-

rables. (Separando enfáticamente las sílabas.) Me-mo-ra-bles, me-mo-ria. ¿Te suena? A ti que tanto te gustan las palabras. El miedo es algo muy diferente, morra.

si tienes tan claro

Mujer 1: (Riéndose burlonamente.) Te falto decir: Memoría. (Pausa.) A ver el miedo, explícamelo.

Mujer 2: Ni yo misma lo entiendo. Mujer 1: ¡Qué respuesta más huevona la tuya! Mujer 2: Es bueno no tener respuestas para todo. Además las cosas son más sencillas. Mujer 1: (Arrogante.) Detrás de tu melancolía hay un miedo. Es evidente. Mujer 2: (Sarcástica.) Ustedes los psicólogos siempre encuentran el punto, ¿no? Mujer 1: Vivimos buscándolo que es distinto.

¿por qué tengo que verle las tripas a todo para que mi existencia valga la

pena? A veces basta sentirla.

Mujer 2: A ver

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Norte

Mujer 1: El que siente mucho piensa poco, acuérdate. (Sarcástica.) Además si a esas vamos de un tiempo para acá, aquí hablar de las tripas de la gente ya es charla de sobremesa, no tocar el

tema es casi, casi como

rebosante. (Pausa.) Mujer 2: ¡Qué gráca! Mujer 1: Oye Mujer 2: ¿Qué? Mujer 1: Y a todo esto, ¿nos van a dar de comer en el tren? Mujer 2: Creo que sí. Mujer 1: ¿Qué? Mujer 2: No sé. Vino, quesos, chorizo, algo así. Es lo que se acostumbra, ¿no? Mujer 1: Sólo espero que no nos salgan con tapioca Mujer 2: ¿Tapioca? Mujer 1: ¿Qué no es un tour para ancianos? ¿Qué te sorprende? Mujer 2: Lo bueno es que son gringos, más prudentes y reservados, ¿no? Mujer 1: ¡Ah, esa no me la sabía! ¡Peor aún entonces! Como si no fuera suciente calvario lidiar con viejos además son gringos. (Pausa.) Oye y a todo esto, ¿cuál es tu plan? (Con burla.) ¿Tomar vino con algún viejo rabo verde o qué? Mujer 2: No tengo un plan. (Mujer 1 se levanta y camina un poco, se muestra un tanto inquieta. Fuma. Permanecen en silencio por algunos momentos.) Mujer 2: ¿Sabes? Últimamente me ha dado por pensar que la culpa de todo la tiene la tierra. Mujer 1: (Asombrada se acerca a Mujer 2. Continúa fumando.) ¿La tierra? (Mujer 2 toma su guitarra y comienza a tocar una melodía mientras habla.) Mujer 2: Sí, la tierra. Tú y yo nacimos en tierras nómadas y aunque permanezcamos toda la vida en el mismo lugar viviremos siempre con las ganas de abandonarlo. La tierra seca hace difícil que se viva bien. Las tierras fértiles en cambio le dan a uno más arraigo. Desde antes de que llegaran los españoles era claro que aquí dar con buena vida no iba a ser fácil. (Pausa.) Lo que pasa es que los seres humanos nacemos con esa apetencia de migrar y en tierra seca el asunto se intensica. Mujer 1: No te creas, las tierras áridas tienden a dar más arraigo que las fértiles. De la tierra húmeda se arrancan más pronto las raíces. Intenta sacar una raíz de un terreno árido y de uno húmedo, luego me platicas cómo te fue. Mujer 2: ¿Te acuerdas la vez que toqué en Guanajuato? (Mujer 1 asiente con la cabeza.) Mujer 2: Esa vez me di cuenta que cuando abandono esta península y bajo al sur regular-

mente me viene una sensación de ahogo. O por lo menos eso sentí dos semanas después de estar allá. Mujer 1: ¿Por qué?

no preguntar cuándo pasa el de la basura teniendo el bote enfrente

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Mujer 2: No sé, será la necesidad de transgredir límites. En el sur lo distinto se siente lejos, para donde voltees ves puro México. México a diestra y siniestra. México por todos lados. Aquí por lo menos tenemos la polaridad al alcance de la green card. Mujer 1: (Riéndose.) Transgredir límites aunque sean territoriales, ¿no? Mujer 2: Sí, aunque sean territoriales. Mujer 1: Cruza mil fronteras si quieres, cuando termines seguirás siendo la misma. Las diferencias entre el norte y el sur son temporales, piensa en eso. Mujer 2: Una vez me dijiste que en el norte se sitúa la fuerza y la consciencia. Mujer 1: (Riéndose.) Sí, y si no mal recuerdo te lo dije porque te dio por cruzar la frontera 10 veces al día por tus ataques de ahogo. Mujer 2: Cruzar nos hace otros. Mujer 1: Cruzar nos deja siendo los mismos sólo que en otro espacio al que regularmente se entra a destiempo. Mujer 2: Es imposible entrar a un lugar a destiempo, morra. Mujer 1: Claro que no. Mujer 2: Es más, es incluso ególatra medir el tiempo a partir del “Yo”, me extraña que tú siendo psicóloga lo digas. Mujer 1: Ahí lo que tú estás haciendo es comparar. Mujer 2: ¿Comparar y medir no es lo mismo? (Se acerca un eMpleado de la eStaCióN a la banca de Mujer 1 y Mujer 2.)

eMpleado de eStaCióN: ¿Destino?

Mujer 1 y Mujer 2: Tijuana. eMpleado de eStaCióN: Sus boletos, por favor. (Ambas muestran los boletos.) El tren viene retrasado, revisión militar de rutina en la estación, no tarda en llegar. (Se retira.) Mujer 1: (Dirigiéndose a Mujer 2.) ¿Ves cómo no es tan descabellado pensar en el destiempo a partir del “Yo”? Mujer 2: ¿Y eso a qué viene? Mujer 1: Aquí cada quien trae un tiempo único y eso hace la similitud y la diferencia y

(Enfáticamente.) El re-trazo de nuestro viaje, lo que se traza dos veces pues.

para muestra

(Riéndose estrepitosamente.) ¡La palabra es el diccionario que dios dejó a los hombres para re- entender al universo! Mujer 2: (Riéndose.) ¡Panetaria de pacotilla! Hablas de síncopa y generalizas. Para algunos la palabra; para otros no, morra. Mujer 1: Según la Real Academia Española la síncopa es el “enlace de dos sonidos iguales, de los cuales el primero se halla en el tiempo o parte débil del compás, y el segundo en el fuerte”. Un uni-verso en distintas latitudes, lo mismo pero diferente. (Riéndose con presunción.) La palabra se encuentra desde luego en el compás fuerte. Mujer 2: Como si la fortaleza hiciera la grandeza

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Norte

si golpeas una tabla rectangular el movimiento de

ésta será más fuerte en el lugar en el que fue recibido el golpe que en el otro extremo, ¿estás de acuerdo? Mujer 2: Sí. Mujer 1: Entonces coincidirás también en que del primero nace el segundo y que por lo tanto tomando en cuenta que lo primero fue el verbo, la grandeza de la palabra queda más que comprobada, ¿o me equivoco? Mujer 2: Sólo te voy a decir dos sustantivos: abeja - hormiga. ¡Descífralos! Mujer 1: (Despectiva.) ¡No cambias! Contigo aquello de que lo primero fue el verbo se vuelve plática de verduleras. Mujer 2: (Colocando la guitarra a un costado de la banca.) ¿No será que tú aún necesitas de la palabra para entender lo que yo por disposición evolutiva asimilo de manera natural? (Se escucha el sonido del tren. Mujer 1 se sobresata tras escuchar el ruido, se levanta rápidamente y obseva si ha llegado su tren. Mujer 2 la observa.) Mujer 2: (Riéndose a carcajadas.) ¡Mira quien vibró ahora en un compás más bajo! Mujer 1: (Al escuchar el comentario de Mujer 2 se da media vuelta y la observa.) ¿De qué hablas? Mujer 2: (Sarcástica.) De la palabra. Mujer 1: (Caminando hacia la banca.) Hazte la simpática, ya sé por dónde vas. Mujer 2: ¿Viste cómo te hizo vibrar el tren, sí o no? ¡Más allá de la pa-la-bra están las vibra- ciones, morra! Mujer 1: Si a esas vamos, primero vibró el tren, luego yo al escucharlo y al último tú al reírte de mí.

Mujer 1: (Interrumpiedo a Mujer 2.) A ver

Mujer 2: Desde luego, el asunto es cíclico. Mujer 1: (Sarcástica.) Y entonces, ¿quién vibró a menor frecuencia? Mujer 2: No sé, ¿tú? Mujer 1: (Sarcástica.) ¡Vamos! ¿Cómo yo? ¿Cómo yo? Si tú fuiste la última en reaccionar. Mujer 2: No sé, tú dime. Me interesa saber. Mujer 1: (Arrogante.) Pues tú, tú vibraste a menor frecuencia por haber sido la última en reci- bir el impulso de la fuente de vibración producida por el tren. Mujer 2: Pues si a esas vamos morra, no sólo fui n sino también principio porque de mi risa surgió tu palabra. En los movimientos vibratorios se origina la existencia en general, desde ahí puedes entender no sólo el norte y el sur sino el uni-verso entero. Somos un mismo so- nido sobre distintas latitudes, recuerda que el universo actúa siempre en círculos. Mujer 1: Ustedes los músicos todo lo quieren argumentar con el sonido. Mujer 2: (Riéndose.) Y ustedes los psicólogos concatenan en las personas hasta la mierda del pájaro que ensució el vientre de su madre mientras las gestaba. (Entra nuevamente el eMpleado de la eStaCióN.) eMpleado de la eStaCióN: Señoritas, disculpen que las moleste pero el tren que estaban por abordar no va a poder llegar. Si me acompañan a taquilla les haré entrega de su dinero, les

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Norte

pido una disculpa. Mujer 1: Pero ¿cómo así, señor? Tenemos más de una hora esperando, alguna explicación nos tendrán que dar. eMpleado de eStaCióN: No cuento con más información señorita, lo siento. El tren fue detenido por militares, es todo lo que sé. Mujer 1: Pues exijo que se me dé una explicación, joven. eMpleado de eStaCióN: Si gusta venga mañana temprano y pregunte por el señor Plumeda, él podrá darle mayores detalles, por lo pronto lo único que yo puedo hacer es hacerles en- trega de su dinero. M ujer 2: (Dirigiéndose a M ujer 1.) Ve tú, yo te espero aquí. (Mujer 1 sale de escena acompañada del eMpleado de la eStaCióN. Mujer 2 comienza nuevamente a tocar la guitarra. Momentos después se escucha un tren que llega seguido de un par de balazos. Mujer 2 cae repentinamente al suelo sobre su guitarra. Entra un Militar, se acerca a Mujer 2 quien yace en el suelo, mueve cuidadosamente el cuerpo de ésta para quitarle la guitarra. Mujer 1 entra a escena alarmada por el ruido que acaba de escuchar. Mira a Mujer 2 sobre el suelo y al lado de ella al Militar.) Militar: (Dirigiéndose a Mujer 1.) ¿La conoce? Escuché un ruido muy fuerte y vine a ver qué pasaba (Oscuro.)

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Stupid California Sun

Aurelio Mexa

Norte

A diez años del 11-S

The Nineteenth Century dislike of realism is the rage of Caliban seeing his own face in the mirror. Frase pintada en una pared de la garita de San Ysidro, lado mexicano

Esto es lo más cerca que estaré de habitar dos lugares al mismo tiempo:

*** 6.30 am. Salgo tarde de Playas de Tijuana. Tomo el primer camión que pasa; a lo lejos, San Diego se ve sumida bajo una neblina color violeta y rojo, mientras el sol comienza a aparecer por el este. Un viejo se sube y dice: To San Diego? El camión no va para La Línea, pero el viejo no entiende el español que le receta el chofer: Centro, Plaza Río. El otro usa su voz de abuelo para provocar lástima: Not San Diego, San Ysidro border? El chofer se niega a responderle en inglés. Un pasajero por n se apiada y le dice: Not the border, el viejo cambia su semblante y responde con un seco What? El pasajero repite lo que dijo y el viejo vuelve a su papel: Where are you going? I’ll go there, paga su pasaje (lo único que el chofer sí le tradujo), se sube y se pone la capucha de la sudadera. Yo me bajo en el Centro y tomo otro camión rumbo a la Línea. Dos rectas descendentes donde el ujo de una desvía a la otra donde el amasijo de montañas y nubarrones se convierte en el sol más sospechosamente amarillo. Ayer me enteré de la existencia del manuscrito de Voynich, escrito en el s. XV o XVI en un lenguaje y una grafía aún desconocidos, con imágenes de mapas estelares, plantas no iden- ticadas, mujeres en sustancias viscosas, interactuando con lo que parecen ser tubos. A lo mejor ese manuscrito, como el Codex Seranianus o las pinturas rupestres de los Wandjinas en Australia, nos dicen más sobre nuestro propio mundo que de los que describen, quizá esa es la función de todo texto, en voz o en papel o en piedra: túnel de espejos, mise en abyme. Tal vez toda línea es un texto.

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Norte

Saliendo de Playas la neblina se va disipando lentamente, veo la urban skyline de San Diego en el cañón que se asoma antes de llegar al Soler, y al apacible y cotidiano helicóptero que

recorre el Border Field State Park. A veces lo escucho cuando salgo a comprar la despensa, y es el único recordatorio en la lejanía de que esto es una zona de guerra. Operation Gatekeeper at work, disculpe los inconvenientes que le pudiera ocasionar. Desde aquí se pueden ver los carros de la carretera I-5 a gran velocidad… Aún no he lo- grado ver el trolley*** 7.10 am. En tierra de pesos ciegos, el dólar tuerto es rey. En las casas de cambio ha bajado diez centavos y si hoy hubiera cambiado mis mil pesos tendría un dólar más que nadie me regala ¿o en verdad nadie me lo regala? 7.15 am. Llego a la garita y en mi cabeza T. S. Eliot (un gringo que irremediablemente bus- caba negar serlo) cambia la letra de “The Queen is Dead” de los Smiths, y en la parte donde Morrisey decía:

Oh, has the world changed, or have I changed? Oh, has the world changed, or have I changed? Eliot canta en inglés un verso de Dante:

I never thought they were so many

I never thought they were so many

Y eso que no hay tanta la, como siempre algunos se meten, no sólo mexicanos (ya tan

acostumbrados a la opresión que no pierden la oportunidad de obtener alguna ventaja a

costa de sus semejantes) sino también gringas que ostentan su pasaporte azul como si por eso tuviéramos que cederles el paso. Es mentira que todas estas personas tengan la tarjeta SENTRI, a quién creen que engañan, sólo a sí mismas. A veces caigo en su juego, y cuando

ya casi llegamos al punto de revisión rebaso las las de la izquierda, por donde se cuelan casi todos. ***

Trolley

La sombra de mi mano cubre todo lo que atraviesa, se desbarata en un arbusto, se inclina y se hace larga en las colinas En la maleza y los eucaliptos along the trolley tracks, en la tierra y las ortigas me doy cuenta que las Californias son una sola, pese a las planeaciones urbanas desiguales, pese al estuario y a las cortinas naturales e inducidas. So you think you’re a genuine California girl Las ciudades ajenas huelen a lo que nunca seré. ***

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El vagabundo es el otro yo del turista Zygmunt Bauman

8.16 am. Casi todos hablan español en la parada del camión en la calle Octava de National City. El chofer que antes trabajaba en un puesto aduanal deja subir sin pagar a un viejo que recogía mierda de perro entre los árboles alrededor y la arrojaba compulsivamente a los botes de basura. No sé si es esquizofrénico o está borracho or if he’s just showing off, he mumbles unintel-

ligibly and speaks in Spanish, se suelta a reír a carcajadas, dice que no, hace gestos como si dijera:

“Entiendo”, unas señoras que se sentaron a su lado interrumpen la plática cuando empieza

a agitar los brazos, apuntar a guras en el aire, hablar en inglés, pero en Euclid se baja y más gente sube, parece que todo ha vuelto a la normalidad, sólo parece. Los viajes anormales siempre dejan más enseñanzas. ***

San Diego Sandals

…una misión primordial de las fronteras es servir como ltros selectivos, que permiten pasar ciertas cosas y no otras, así como controlar la velocidad con que algunas de ellas pasan. Michael Kearney

Salgo de Tijuana como quien escapa de una concha de vapor

y todo para que tres pasos dentro de San Ysidro mi chamarra se convierta en artículo anti- cuado mis botas y pantalones más prendas de turista que las bermudas y sandalias que hacen de uniforme a las fraternities y sororities *** I know I’m the same as you. I’ve been subconsciously thinking about you for years and we are but parallel curves of a big circuit ***

Variación en torno a Stuart Hall y Jacques Derrida

…y las palabras más injustas sacaron palos y golpearon a las demás:

blanco/negro

gringo/alien

hombre/mujer

toda frontera es una paliza ***

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Norte

Pronunciamiento en SDSU

Could’ve been elsewhere, suit yourselves

Stop calling yourselves Americans esa será la última trinchera de la desigualdad búsquense un nombre propio y dejen de chingarnos a la fuerza All Gringos who have never been abroad are ightless birds,

all who only speak their local English version are less American than the aliens who counter-invade their country, “pues si a siglos nos vamos somos más americanos que hijo de anglosajón” (Tigres del Norte + Zach de la Rocha)

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Against all diseases—the rendering of the body For the body is the most powerful weapon the most equivocal torment the most effective addiction the most authentic ag the most monstrous beauty the most dangerous trap the most ambiguous pain-killer the most complex strategy

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I never felt like I t here I mean I smile and say hi, and join formal conversations, but when the ring bells or time is up I just stand up, drop the cliché and go home thinking

or sometimes reading mostly on my own

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How can’t you see if standing at the corner and the backyards of your glory playground I have devised it all? …y con lujo de detalle my friend

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SHUT UP GRINGO NOBODY ASKED YOU *** Los tijuanenses dicen que lo más bonito de su ciudad es San Diego (aunque parezca esceno- grafía de cartón-piedra). Yo creo que es al revés: los niños de la calle de Tijuana, sus junkies y prostitutas son lo más bonito que tiene San Diego, las más altas creaciones del American Dream depositadas en huevos podridos de esperanza. Ya desde Beyer Boulevard se ve mi casa en Playas yo lo sé sólo me falta encontrarla. Llego a Tijuana y tomo el camión. Volteo hacia la Línea: una marea de luces se abalanza sobre la montaña y en la cima, un océano de oscuridad cortado de tajo. *** 6.00 pm. Para no sentirme tan oprimido como las obreras de las maquiladoras, me tomo una cerveza al llegar al centro de Tijuana, y la rockola toca “Mi vida” de Manu Chao. *** 6.40 pm Al nal de la carretera a Playas de Tijuana el atardecer se extiende por la costa los rojos y violetas se mezclan con una pincelada de neblina mientras los anuncios comienzan a encenderse.

Y aquí estamos, dos mundos más desiguales y emparentados como el primo rico y el primo pobre pudriéndonos bajo el mismo stupid California sun (eso sí, unos más rápido que otros)

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Tijuana en el exilio

Claudia I. Solórzano

Son pocas las veces que considero creíbles las anécdotas que me cuenta mi madre sobre su infancia. Me habla de una Tijuana tranquila donde se podían dejar las puertas abiertas de la casa, las bicicletas en la calle, y era posible caminar por las noches en la ciudad sin correr ningún tipo de peligro. Igualmente me parece extraño que esta esquina olvidada del planeta haya servido como refugio para exiliados españoles. Su infancia la vivió en una privada de la calle 7 a y Niños héroes. Sus vecinos más apre- ciados eran la familia Aragón, que estaba conformada por Fernando el jefe de familia, Lola su esposa y sus cuatro hijas, cuyos nombres han quedado en el olvido. Ellos habían llegado a México en 1952, huyendo de la opresión Franquista que amenazaba con aprehender a Don Fernando por haber entregado panetos de tintes rojillos durante su juventud. Él trabajaba para una empresa panadera durante esa época, el hijo de su jefe fue fusilado y castrado junto con un grupo de amigos suyos. Gracias a su discreción y buena suerte pudo vivir sin proble- mas en España hasta nales de los cuarenta. Su buena racha terminó cuando creyó prudente comentar sus ideas políticas a un compañero de trabajo. Los pardos de franco no tardaron en atosigarlo y molestar su familia, hasta que decidieron huir hacia Portugal, luego a Venezuela, para terminar en nuestro país y, por azares del destino, aparecer en la bella “Tijuas”. Durante esos años mi abuelo era dueño de una carnicería llamada Belmont, ubicada entre calle 3ra y Mutualismo, según cuenta la historia era famosa por su buena selección de carnes. Los Aragón, aparte de ser muy buenos clientes, eran amigos de la familia. Mi abuelo Alfredo y Don Fernando disfrutaban de ir a ver a los galgos correr todos los domingos, apos- tándole módicas cantidades de dinero al animal que tuviera el nombre más curioso. Nunca ganaban nada, pero el gusto nadie se los quitaba. De regreso siempre pasaban a la casa de Alfredo para tomarse un café y celebrar la ya anunciada derrota del pobre animalucho que no fue lo sucientemente veloz para atrapar a la liebre mecánica. Platicaban de deportes, situa- ciones cotidianas, pero nunca sobre política, aunque de vez en cuando hablaba de la madre patria con una melancolía desgarradora. Los temas bélicos estaban a or de piel, recordemos que durante los sesenta las diferencias entre la Unión Soviética y los Estados Unidos estaban en su cumbre. San Diego era buen candidato para ser atacado, ya que ahí se encuentra la base naval más importante de toda la costa oeste; una bomba no distingue territorios enemigos de neutros. Claro que, para temas tan serios nunca faltaba quien encontrara graciosa la idea de

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una bomba atómica, tal era el caso de Gilberto, otro vecino de la privada que gustaba de pa- searse en su bicicleta por las tardes gritando que los rusos ya venían en camino, parecía una versión muy moderna de Pedro y el Lobo, muchas veces sus falsas predicciones llegaron a espantar a muchos, aunque pasado el tiempo ya nadie le prestaba atención. La casa de los Aragón era la más singular de la privada, por ser la más pequeña y siempre relucir de limpia. Todo lo que estaba a cuidado de Doña Lola se cubría de un aura inmaculada, desde su trapeador blanquísimo hasta los trajes de su esposo que hacía algunas décadas habían pasado de moda, pero que ella cuidaba como si fueran el último furor, junto con algunos sacos y suéteres de sus hijas que, cuando ya se veían muy gastados no hacía mas que voltearlos, las costuras eran casi invisibles. Un día el señor Aragón decidió ir a las carreras de galgos sin mi abuelo, y apostarle al animalito de nombre más decente, probablemente lo hizo para salir de la rutina, dar algún pequeño cambio a su vida; muchas veces este tipo de cosas las hacemos sin esperar que nada maravilloso suceda, así como Don Fernando nunca esperó ganar la carrera. La canti- dad que ganó mi madre no la recuerda con exactitud, lo que sí se le quedó muy grabado es que todo estrenaron ropa por todo un mes, y que invitó a mis abuelos y sus seis hijos a comer a un restaurante. Fueron pocos los meses que permanecieron en Tijuana después de que ganó en los galgos. Don Fernando y Doña Lola decidieron que era mejor mudarse a Estados Unidos, probar nuevas oportunidades en un país primermundista, así que la familia Aragón empacó sus pulcras pertenencias y de dirigió a un nuevo horizonte, esperando ya asentarse en un país ajeno, muy ajeno a aquella España fascista pero aún cercano a un México que les brindó asilo.

Después de su partida, aquella privada de la calle séptima no volvió a ser la misma, faltaba ese trapeador blanco, las chicuelas rubias que se dirigían a la su escuela muy arregla- das todas las mañanas, esos saludos gritones de Don Fernando y los piropos que le daba a las niñas Doña Lola. Un silencio absoluto invadió a esa parte del antiguo centro de Tijuana, hasta Gilberto dejó de anunciar la cticia llegada de los rusos.

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Los Autores

Alfonso Carballo (Tehuantepec, Oaxaca, México, 1979). Firmante del movimiento posco- rrientista de poetas oaxaqueños. Dirige el tour de Poetas Jóvenes en el Istmo. Su bitácora electrónica es alfonsocarballo.blogspot.com.

Aldo Cicardi (1986). Huésped sin hospedaje, viajero sin rumbo: a mitad de camino entre la Ciudad de México y el inerno. Escribo como continuación orgánica del ser que habito y busca, busca sin cansarse de encontrar.

Lauri García Dueñas (San Salvador, 1980). Escritora y periodista salvadoreña que vive en México. Ha escrito poesía, cuento, novela corta y teatro. Ha incursionado en la poesía en voz alta, el slam, la video instalación y algunas colaboraciones para cortometrajes cinematográ- cos. Desde 2010 es maestra de Escritura Creativa en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Una de las tres fundadoras de Espacio Cartonero, que trabaja para fomentar las pu- blicaciones cartoneras de Iberoamérica.

Lulú Lecona (Ciudad de México, 1986). Tijuanense de corazón re-adoptada en la gran ciu- dad. Estudió Comunicación en la Universidad Iberoamericana Tijuana y se diversicó en el amplio mundo del multitasking para encontrar el camino a la investigación, que es lo que nal- mente la hace más feliz. Ha colaborado con La Verdura Cartonera en el libro La Esquina a Os- curas (2010), relatando los horrores (imaginarios) que la hicieron adorar la capital mexicana.

Aurelio Mexa (Ciudad de México, 1985). Participó en la novela colectiva Los valientes cere6rales y las ores 6inarias 6ajo el ArcoIris perpetuo y es autor del poemario Sombra (inédito). Ha publica- do en las antologías del D.F. y Tijuana de Somos poetas, ¿y qué?, editadas por (H)onda Nómada, y en las revistas Frontera-Esquina (Tijuana) y Radiador (D.F.).

René Morales Hernández (Ocozocoautla de Espinosa, Chiapas, México, 1981). Publicó los libros El bestiario del perro (2009), RadiografÌas (2010) y Notas sobre el n del mundo (2011). Su obra se ha difundido en varias antologías, del mismo modo también se han traducido al francés y al inglés.

Daimary Moreno (Tecate, B.C. 1983). Es dramaturga, ha participado en montajes como “Malas palabras” y “La fábrica de los juguetes”. Editora de la antología Corto-teatro. Drama- turgia joven de Baja California (Kodama Cartonera, 2011). Obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia Wilberto Cantón por la obra de teatro documental Are you bringing something from México?

Julio Serrano Echeverría (Quetzaltenango, Guatemala, 1983). Escritor y productor audio- visual. Terminó sus estudios de literatura hispanoamericana en la Universidad de San Carlos. Becario de la Fundación Carolina y de la Residencia para Artistas de Iberoamérica FONCA- AECID. Es uno de los directivos del Festival Permanente de Poesía de Quetzaltenango. Ha participado en diversos festivales y lecturas de poesía en España, Estados Unidos, México y Centroamérica. Coordina el proyecto editorial Libros Mínimos (www.librosminimos.org) desde donde publica literatura centroamericana para descarga libre. Publicó los libros Las palabras y los días (2006), TRANS 2.0 (2009), Fractal (2011) y Actos de magia (2011).

Claudia I. Solórzano (Tijuana, 1984) es licenciada en Lengua y Literatura de Hispanoamé- rica por la UABC. Ha publicado en antologías como Tijuana es su centro (Kodama Cartonera, 2011) y fue becaria del PECDA en la categoría Jóvenes Creadores 2008-2009 por su novela inédita Entre las sombras. Fue miembro del consejo editorial de la revista Magín Minicciones.

MAPA Norte Tijuana en el exilio Claudia I. Solórzano 42 Stupid California Sun Aurelio Mexa
MAPA
Norte
Tijuana en el exilio
Claudia I. Solórzano
42
Stupid California Sun
Aurelio Mexa
40
Centro
Dialogía del sonido
Daimary Moreno
35
De follaje rojísimo
29
Aldo Cicardi
Domicilio Conocido
19
Lulú Lecona
La ciudad de los alambres rotos
14
Lauri García Dueñas
Sur
Balada del inmigrante
11
Alfonso Carballo
De La línea blanca
9
René Morales Hernández
Una visita a Maximón
7
Julio Serrano Echeverría

Norte/Sur

Primera co-edición cartonera (versión Norte)

Alfonso Carballo, Aldo Cicardi, Lauri García Dueñas, Lulú Lecona,

Aurelio Mexa, René Morales Hernández, Daimary Moreno, Julio Serrano Echeverría, Claudia I. Solórzano.

(CC)

(CC)

Kodama Cartonera

Tijuana, B.C. http://kodamacartonera.tumblr.com

(CC)

México, D.F. http://laverduracartonera.blogspot.mx

(CC)

La Verdura Cartonera

Cohuiná Cartonera

San Cristóbal de las Casas, Chiapas http://cartoneracohuina.blogspot.mx

Edición: comités editoriales de Kodama, La Verdura y Cohuiná Diseño: Aurelio Mexa Logo de Kodama: Careli Rojo, a partir de un personaje de Mononoke Hime creado por Hayao Miyazaki (Studio Ghibli, 1997).

Los kodama son espíritus del bosque en la mitología japonesa. Su nombre puede signicar “eco”, “espíritu de árbol”, “bola pequeña” o “pequeño espíritu”. En la película de Miyazaki, los kodama sólo se maniestan cuando el bosque es puro y, al ser contaminado por el hom- bre, mueren y caen de los árboles como hojas fantasmas.

Esta obra está protegida bajo una licencia Creative Commons Attribution- NonCommercial-ShareAlike 2.5 México. Algunos derechos reservados.

Commons Attribution- NonCommercial-ShareAlike 2.5 México. Algunos derechos reservados. Hecho en México / Made in Mexico

Hecho en México / Made in Mexico

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