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La influencia de la religión y la política

Fecha Lunes, 17 noviembre a las 18:50:28


Tema Opinión

Opinión

Michael A. Galascio Sánchez (*)

• Existen innumerables ejemplos, que van desde el conflicto de Camboya hasta


Sudáfrica, Ruanda, Irlanda de Norte, Mozambique e incluso Bosnia, donde “la
paz” puede interpretarse como una tregua frágil, y por tanto, tutelada por fuerzas
represoras internacionales que marcan los límites, que la religión, ni las
estructuras políticas establecidas, pueden garantizar a través de sus modelos de
explicación de la realidad

Paradójicamente la religión parece tener un efecto poderoso tanto en


la escalada de conflictos como en la resolución de los mismos. El
papel que juega la religión como guardián de las fronteras imaginarias,
pero gigantescas, ha servido para convertirse en un elemento
constitutivo del “yo”, moldeando así, a la sociedad en que vivimos. De
alguna manera, representa el punto medio entre lo sagrado y lo
profano, lo bueno y lo malo, lo puro y lo impuro, lo limpio y lo más
sucio del alma, y así, sucesivamente marcando límites, que dependiendo de la zona
geográfica y contexto en donde una persona se encuentre, traspasarla, en ocasiones,
puede significar la muerte.

En este sentido, la política internacional ha intentado desarrollar unas herramientas


conceptuales, para abordar el tema del “fundamentalismo” religioso, una tarea, desde el
punto de vista de muchos, hercúlea.

Religión como problema y solución

La encrucijada a la que nos ha llevado la religión en el terreno intelectual, nos tiene


estancados en el análisis de la “religión y las relaciones internacionales”, que se ha
convertido en objeto de estudio por parte diversos Estados, fundaciones, grupos de
análisis geoestratégicos e incluso diversas denominaciones religiosas entre otros.

Después de la guerra fría, han surgido otros patrones de conflicto, con frecuencia
dominados por una dimensión etno-religiosa virulenta. No debemos, pasar por alto, los
distintos atentados en EE.UU., Londres, España y en otros países. Además, el avance de
la revolución islámica iraní, ha tomado por sorpresa a los artífices de las políticas y
analistas nacionales, que comienzan a cuestionar la naturaleza secular de la modernidad
imperante. Estas preguntas, sobre actual situación política mundial, han generado una
sensación de inestabilidad, que empaña la imagen del orden internacional moderno,
causando que aquellos antes cohesionados, pasen a estar simplemente, adheridos a la
idea de globalidad.

Ante ésta situación, en todos estos contextos, el potencial que tiene la religión como
“factor acelerador” de conflicto, nos resulta muy común, si observamos el desequilibrio
reinante en Oriente Medio. No somos ajenos, a que la problemática de la religión y la
política internacional es un problema latente, al que los mediadores deberán atender y
en ocasiones, incluir dentro de sus esfuerzos, en la interminable búsqueda por alcanzar
la paz (estabilidad).

Existen innumerables ejemplos, que van desde el conflicto de Camboya hasta Sudáfrica,
Ruanda, Irlanda de Norte, Mozambique e incluso Bosnia, donde “la paz” puede
interpretarse como una tregua frágil, y por tanto, tutelada por fuerzas represoras
internacionales que marcan los límites, que la religión, ni las estructuras políticas
establecidas, pueden garantizar a través de sus modelos de explicación de la realidad.

No obstante, no debemos descartar soluciones a través de mediadores religiosos, ya que


algunas respuestas seculares no han resultado ser, precisamente las más eficaces. Esta
situación, me lleva a concluir, que el efecto ambivalente de la religión sobre la política y
la vida social, nos presenta paradojas tanto prácticas como teóricas.

En primer lugar, desde la perspectiva práctica, nos encontramos con la paradoja de que
la religión parece ser la causa del conflicto, así como, su solución. Los efectos de la
religión en ambos sentidos, tanto exhortando a la sociedad a la paz como justificando la
violencia en defensa de lo “sagrado”, refleja la gran complejidad de la situación. Tal
ambivalencia, no es accidental sino intrínseca a la experiencia sagrada. Ya decía, una
cita coránica que “al cuervo hay que matarlo en el mismo huevo”.

Todo esto representa una enorme dificultad al intentar aplicar ciertas teorías científico-
políticas con la finalidad comprender, explicar y resolver los conflictos. No obstante,
hay quienes consideran que la religión no es, sino otra forma de racionalizar factores
distintos, como el interés material y los recursos energéticos, algo que hemos asumido
como las verdaderas causas, de algunos conflictos todavía abiertos.

Esta postura, nos puede conducir a un mal diagnóstico de la situación porque negarnos a
profundizar en éste aspecto, podría alejarnos de los verdaderos intereses detrás de
ciertas acciones de los estados dominados por líderes religiosos. En esta línea, debemos
considerar a la religión como elemento de análisis, ya que la misma, es fundamental en
la constitución de Comunidades cuyos agentes y estructuras han sido moldeados por ese
“yo”, que surge bajo estas poderosas influencias.

Tal vez, el fracaso del secularismo como alternativa simbólica a la religión es uno de los
grandes desafíos que enfrenta nuestra sociedad global, en su lento camino hacia
modernidad, ya que su perspectiva universal y transhistórica del mundo, ha sido incapaz
de sustituir a la religiosa, aún cuando algunas estructuras estatales han sido dotadas de
cierto carácter sagrado.

Finalmente, hay romper ciertas creencias políticas establecidas y ampliar el espectro


buscando nuevos métodos de análisis que consideren con seriedad éstos factores.
Reconozco que trabajar sobre estos nuevos constructos, su creación, su desarrollo es
difícil y tomará años. Sin embargo, en algún momento, habrá que comenzar.

(*) Licenciado en Ciencias Políticas, doctorando en Psicología de la Salud y Clínica