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Doce Reinos

“Sombra de la Luna Mar de Tinieblas”

Doce Reinos “Sombra de la Luna Mar de Tinieblas”
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Parte I

Un amplio mundo oscuro. La chica se encogió en las sombras. Desde algún lugar llegaba el fuerte y claro eco de una gota de agua cayendo en la calma superficie de un charco. Una cueva, se imaginó al principio, excepto que ella sabía que no se encontraba en una cueva. La oscuridad era demasiado ancha, extensa y profunda.

Una luz roja apareció en la distancia. Las flamas se retorcían y parpadeaban, cambiando tamaño y forma. La conflagración fue aumentando, proyectando largas sombras en la profunda oscuridad, sombras de una horda innumerable de bestias, bestias que saltaban y

brincaban mientras salían del fuego. Monos, ratas, aves, todo tipo de especies de criaturas,

y no las mismas que se encuentran en libros para niños, con torsos demasiado largos, y pelajes de color rojo, negro y azul.

Daban vueltas rápidamente, se irguieron y rasgaron el aire con sus patas delanteras. Eso le hizo recordar a la chica esas festividades en los que la gente se auto flagela en un éxtasis de fervor. Pero después de bailar, enfocaron su atención en ella, el sacrificio que llevarían gustosamente al altar.

A cuatrocientos metros de ella sus locos intentos de morderla la golpeaban como un fuerte

viento. El monstruo a la cabeza de la masa abrió ampliamente sus fauces en un aullido de júbilo.

Ella no oyó nada.

Solo el sonido de una gota de agua rompiendo la calma superficie de un charco.

No podía apartar su mirada de las sombras que se abalanzaban. Cuando me alcancen, sabía más allá de la duda, me masacrarán. Rasgándola miembro a miembro, royendo sus huesos. Pero no podía moverse. No había refugio alguno, ninguna forma de defenderse. La sangre corría por sus venas, rugiendo como el océano en sus oídos.

En el momento en que miró la estampida se habían acercado cien metros.

Youko despertó sobresaltada. Se limpió el punzante sudor de los ojos, respiró hondo.

“Un sueño…” dijo en voz alta.

Oyendo su propia voz confirmó que efectivamente estaba despierta. No podía relajarse hasta que estuviera segura de ello. “Fue un sueño”, dijo nuevamente. Un sueño. Un sueño que la había estado atormentando por semanas.

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Youko dirigió su mirada a la habitación. Las pesadas cortinas tapaban la luz. El reloj en la mesita de luz le indicaba que ya casi era hora de levantarse. Ella debía, pero su cuerpo se sentía como un bloque de plomo, sus brazos y piernas como si estuvieran sumidos en alquitrán.

Los sueños comenzaron hace un mes. Al comienzo no veía nada más que la vacía oscuridad, no oía nada más que el agua caer. Ella estaba parada en un negro intenso, el terrible pánico crecía en su interior, desesperada por correr, correr a ningún lugar, porque estaba congelada.

Hace cinco noches se había despertado, gritando internamente, obsesionada con el rojo resplandor, las sombras cambiantes y la mancha negra acercándose inexorablemente. Por las últimas tres noches, había entendido la naturaleza de las abominables cosas que llegan del infierno.

Dos días. Les había tomado dos días a las extrañas bestias separarse de las sombras. Youko levantó su vieja muñeca de trapo y la apretó contra su pecho.

Estaban tan cerca.

En un mes habían cruzado la distancia del horizonte. Mañana o el día siguiente, estarían en su garganta.

¿Qué iba a hacer entonces?

Youko sacudió la cabeza.

Solo es un sueño.

Si el sueño regresaba una y otra vez durante otro mes más, aún era solo un sueño. Pero decir esto no calmaba el miedo de su corazón. Su pulso aceleró, sus latidos llegaban hasta sus oídos, su aliento quemaba su garganta. Se aferró a la muñeca de trapo como si fuera la vida misma.

Levantó su cuerpo de la cama. Se puso su uniforme de la escuela secundaria Seifuku, bajó las escaleras. No importaba cuan mal estuvieran las cosas lograba hacer las cosas habituales. Se lavó la cara y entró en la cocina.

“Buenos días”, dijo.

Su madre estaba en la pileta preparando el desayuno. “¿Ya estás despierta?”. Miró sobre su hombro mientras hablaba. Una mirada de preocupación cruzó rostro. “Te estás poniendo roja otra vez”, dijo.

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Por un momento Youko no tuvo idea de que estaba hablando. Entonces levantó su pelo de la frente. Por lo general trenzaba su cabello antes de entrar en la cocina. Se lo había peinado la noche anterior y ahora estaba sin hacer.

“¿Por qué no teñirlo? Solo para ver que pasa”

Youko sacudió la cabeza. Su cabello rozaba sus mejillas. Desde el principio su cabello había sido inusualmente rojizo para una japonesa. La exposición al sol y al agua solo lavaba más el color. Ahora su cabello llegaba hasta la mitad de su espalda. Las puntas eran tan claras que perecían rosas.

“¿Tal vez si lo recortaras un poco?” presionó su madre.

Youko no respondió. Agachó la cabeza, rápidamente ató su pelo en una trenza. Haciendo eso el tono se oscurecía un poco.

“Me pregunto de qué lado de la familia lo sacaste”, reflexionó su madre con un triste suspiro. “Sabes, tu profesor me hizo la misma pregunta. Incluso preguntó si eras adoptada. ¡Imagínate! También pensó que sería una buena idea si lo tiñeras”.

“Teñirse el cabello va en contra de las reglas”, dijo Youko.

Su madre se ocupaba con el café. “Entonces córtalo. Por lo menos no destacará tanto”. Dijo en su tono de preocupación, “la reputación de una chica es lo más importante. No debería llamar la atención ella misma, o darles razones a otros para cuestionar su carácter. No es el tipo de cosa que quieres que te pase, es todo lo que digo”.

Youko estudiaba en la mesa de la cocina.

“Sabes como la gente mira tu cabello y levanta la ceja. Detente en le salón de camino a casa al salir de la escuela y córtalo. Te daré el dinero”.

Youko se quejó en voz baja.

“¿Oíste lo que acabo de decir?”

“Sí”.

Youko miró al cielo gris del otro lado de la ventana. Era a mediados de Febrero. El cielo de invierno era frío, amplio y cruel.

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Capítulo 2

Youko frecuentaba un colegio secundario normal. A parte de ser una escuela privada para chicas, no era nada fuera de lo normal.

La escuela fue la decisión de su padre. A ella le había ido bien en la primaria y apuntaba más alto. Su consejero de primaria le había recomendado una escuela mejor. Pero su padre no cambió de opinión. La escuela estaba cerca de casa, y no tenía una reputación dudosa ni polémica. Se enorgullecía de ser estricta y tradicional, y eso era suficiente.

Al comienzo, incluso su madre estaba decepcionada con el rango de la escuela. Después de todo, había estado siguiendo los exámenes de práctica de Youko. Pero pronto concordó con él. Una vez que sus padres de ponían de acuerdo con algo no había no había lugar para el argumento de Youko.

Ella podría haber calificado para una mejor escuela un poco más lejos. Entre otras cosas tenía uniformes más lindos. Pero no le parecía bien hacer un alboroto basado en el estilo del uniforme, así que mantuvo la boca cerrada e hizo lo que le decían.

Como resultado, ahora en su primer año, tenía poco de lo que podía llamarse ‘espíritu escolar’

“¡Hola!”

Un trío de voces llamó a Youko cuando ella entró al salón. Las tres chicas la saludaban desde el otro lado del salón.

Una de las chicas se apresuró hacía ella. “Youko ¿hiciste la tarea de matemática, verdad? Déjame verla, ¿puedo?”

Youko se hizo lugar a su escritorio en la ventana. Retiró su tarea de la mochila. Varias chicas más se acercaron rápidamente y comenzaron a copiar sus respuestas.

“Eres tan buena estudiante, Youko. No hay duda de por qué eres la presidente de la clase”.

Youko sacudió la cabeza apenas conciente.

“No, ¡en serio! ¡Yo odio la tarea! Me entra por un oído y me sale por el otro”.

“Sí, a mí también. Cuando me pongo a pensar en ello, no entiendo nada. Es como ver secar la pintura. Me pone a dormir. Desearía ser inteligente como tú”.

“Apuesto a que ni siquiera tienes que resolver el libro”.

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“No, no en absoluto”.

“Realmente te gusta estudiar, ¿no?”

“No seas tonta”. Youko hizo como si el comentario la hubiera ofendido. “Es mi mamá, siempre está sobre mí”. Eso no era cierto. Su madre no era estricta en absoluto respecto a la escuela. Pero era mejor estar con la corriente. “Revisa mi tarea todas las noches”, mintió Youko. “No puedo soportarlo”.

Le verdad era todo lo contrario. En todo caso, Youko era quien molestaba a su madre. No era que su madre no se preocupara si tenía buenas o malas notas, simplemente no era una prioridad. “Si tienes tiempo para estudiar todo el día, entonces también tienes tiempo para hacer las tareas” Esa era su frase favorita estos días.

Y no era que Youko se preocupara por estudiar. La simple verdad era que la desaprobación de sus profesores la atemorizaba.

“Eso apesta, revisar tu tarea todas las noches”.

“Lo sé, lo sé. Mis padres también son así. Esperan verme estudiando cada minuto. ¡Ninguna persona normal puede tanto!”

“Totalmente”.

Youko asintió, aunque solo fuera de alivio por ya no ser el tema de conversación.

Detrás de ella alguien susurró extrañamente, “Es Sugimoto”.

La mirada de todas en la habitación se dirigió a la chica que acababa de entrar, y en el mismo instante desapareció. Una fría ola de distanciamiento mojó el vacío. Durante los últimos seis meses rechazar a Sugimoto se había convertido en el deporte del curso. Sugimoto la miró por un momento, como un venado atrapado por los faros, entonces se dirigió a donde Youko estaba parada. Se sentó en el escritorio a su izquierda.

“Buenos días, Youko”, dijo.

Saludó cortésmente. Youko comenzó a responder, solo como reflejo, entonces ahogó su respuesta. Una vez, no hace mucho, sin darse cuenta había intercambiado bromas con Sugimoto. Posteriormente sus compañeras habían juntado desprecio hacia ella.

Así que no dijo nada, actuó como si Sugimoto no estuviera allí para nada. Las otras chicas comenzaron a reír entre dientes. Sugimoto inclinó la cabeza pero no la mirada. Youko sintió la mirada posada sobre ella. Para esconder su disconformidad hizo una demostración de que participaba de la conversación.

Puede que ella sintiera pena por Sugimoto, pero ir en contra del resto la convertiría en la próxima ‘eso’.

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“¿Mmm… Youko?”

Youko pretendió no escuchar. Sabía que lo que hacía era cruel, pero no encontraba otro recurso.

Sugimoto persistió. “Youko”, dijo.

La conversación se detuvo. Cuando una del círculo alrededor de Youko dirigió su atención a la chica. Youko no pudo evitar encontrar la mirada de Sugimoto.

“¿Ter… terminaste la tarea de matemática?”

La timidez en la voz de la chica provocó otra risa al círculo.

Youko luchó por una respuesta apropiada. “Yo… más o menos, supongo”.

“¿Podrías dejarme ver, por favor?”

El profesor de matemática siempre asignaba a un estudiante para explicar la tarea del día anterior. Se le ocurrió a Youko que era el turno de Sugimoto. Miró al resto del círculo. Nadie dijo nada. Le respondieron con la misma dura mirada con la que veían a Sugimoto. Youko comprendió que estaban esperando a ver como iba a rechazar el pedido de Sugimoto.

Youko tragó el nudo de la garganta. “Yo… todavía tengo que revisarla por errores”.

El rechazo no impresionó a sus compañeras.

“Oh, Youko,” saltó una, “Eres una presa tan fácil”.

Una voz llena de desaprobación y reprocho. Youko se avergonzó internamente. El resto del grupo intervino.

“Tienes que ser más directa que eso, Youko”.

“Tiene razón. Alguien en tu posición no puede dejar lugar a dudas”.

“De otra forma terminarías rodeada por idiotas que no pueden tomar un ‘no’ por respuesta”.

Youko no tenía idea de que hacer. No se atrevía a traicionar abiertamente sus expectativas. Al mismo tiempo, Le faltaba la disciplinada indiferencia requerida para lanzarle a la chica el tipo de palabras que querían oír. Finalmente respondió con una nerviosa risa.

“Estoy segura de que…”

“¡Es verdad! Eres demasiado buena todo el tiempo. Por eso ‘quien nadie quiere oír’ siempre está molestándote”.

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“Pero soy la presidente de la clase”.

“Por eso tienes que mantenerte firma. Tienes responsabilidades reales, después de todo. No puedes distraerte con cada insecto que viene”.

“Supongo”.

“Eso es cierto”. Una delgada sonrisa se dibujo en su rostro. “Además, si le das tu notas a Sugimoto, las tomará todas… que feo”.

“Sí, no querrás eso”.

El círculo se disolvió en otra ronda de alegría viciosa. Youko se unió a la risa. Pero no antes de que notara que de la cabeza gacha de chica rodaran lágrimas por sus mejillas.

También es su culpa, se dijo a sí misma. Personas como ella no son elegidas por ninguna razón. Siempre hay una razón. La llevan consigo.

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Capítulo 3

Dentro de la infinita oscuridad no hay cielo, ni tierra. Sólo el profundo sonido de gotas de agua cayendo. En todas direcciones podía ver el débil brillo carmesí, las sombras retorciéndose, las extrañas bestias galopando hacia ella.

Los separaban menos de doscientos metros. Su tamaño hacía perecer que estaban más cerca. Había un mono entre la masa de fieras, su boca abierta en silencio, reía estridentemente, su pelaje brillaba con la luz roja… estaba tan cerca que con cada salto podía ver como se encogían y estiraban los músculos y tendones.

Ella estaba inmóvil, muda e inmóvil. Por más que intentara apartar la mirada solo podía ver la estampida. El olor a muerte era tan espeso en el aire que la ahogaba.

Tengo que despertar.

Tenía que despertarse del sueño antes de que llegaran a ella. Incluso aunque se lo repitiera, no podía pensar en ninguna forma de hacerlo. Si solo eso fuera suficiente, ya lo habría hecho.

Mientras que se quedaba sin hacer nada la distancia entre ellos se reducía nuevamente.

Tengo que despertar.

Una frenética desesperación la poseyó. El pánico corría por su cuerpo, arrastrándose por su piel. Tragó nerviosamente. Su corazón latía llevando la sangre hasta sus oídos.

¿Qué pasa si no puedo escapar?

En ese mismo momento sintió una presencia sobre su cabeza. Una aplastante sed de sangre cayó sobre ella. Sin embargo, por primera vez en su sueño se pudo mover. Miró arriba unas alas pardas y miembros del mismo color. Patas escamosas y garras afiladas. No tenía tiempo para pensar en escapar. El rugido de un océano llenó su cuerpo.

Gritó.

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“¡Youko!”

Huyó. No pensaba en como escapar. Su cuerpo simplemente cumplió el deseo. Deseó y corrió. Sólo después de parar miró el paisaje a su alrededor.

La mirada de sorpresa de su profesora, los ojo de sus compañeras.

Estaba parada algunos pasos detrás de su escritorio. Estaba en medio de la clase de inglés. Suspiró profundamente aliviada, entonces se enrojeció de vergüenza.

Una ola de risas llenó el salón. Se había quedado dormida. Los sueños la habían convertido en una insomne. Varias veces había cabeceado en la escuela. Pero las pesadillas nunca la habían visitado durante el día.

La profesora se dirigió hacia ella. Youko se mordió el labio. Por lo general no tenía problemas para llevarse bien con sus profesores, pero por alguna razón ésta era la excepción. Sin importar cuan complaciente y sumisa fuera Youko, su profesora de inglés seguía siendo obstinadamente antagónica hacía ella.

La profesora golpeó el escritorio con la punta del libro. “Acepto que un estudiante intente cerrar un poco los ojos de vez en cuando, pero esta es la primera vez, señorita Nakajima. ¿La próxima vez traerá una almohada? Odiaría pensar que nuestros incómodos escritorios le causaran tanta angustia”.

Youko inclinó la cabeza y regresó a su escritorio.

“Por supuesto, uno tiene que preguntarse ¿para qué cree que es la escuela? Tonta de mí, creer que los estudiantes deberían dormir en casa. Por otra parte, si encuentra las clases tan aburridas no hay necesidad para que se presente, ¿verdad?”

“Yo… lo lamento”.

“¿O está demasiado ocupada de noche para descansar? ¿Es eso?”

El comentario provocó un estallido de risas en algunas de sus amigas. Youko incluso escuchó una risa contenida de Sugimoto.

La profesora ocasionalmente tomó la trenza de Youko. “Su cabello ¿es este su color natural?”

“Sí”.

“¿De verdad? Una amiga mía en la secundaria también era pelirroja. Más que usted, incluso. Me recuerda a ella”. Youko sonrió para sí. “Durante su último año, terminó en los tribunales para menores y tuvo que abandonar. ¿Qué habrá sido de ella? Eso fue mucho tiempo atrás…”

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Más risas ahogadas estallaron en el aula.

“Entonces, ¿está lista para prestar atención en mi clase, señorita Nakajima?”

“Sí, señora”.

“En cualquier caso, es mejor que se quede parada por el resto de la clase, para ayudarla a mantenerse despierta”. Lloró un poco para sí, algo divertida a su mitad alegre, y se adelantó al frente del salón.

Youko se mantuvo parada al lado de su escritorio por el resto de la hora. Las risitas nunca cesaron por completo.

Su comportamiento en la clase de inglés fue debidamente informado. Esa tarde fue llamada a la oficina para un interrogatorio de su vida personal.

El subdirector era un hombre de mediana edad con el ceño fruncido permanentemente. Dijo, “De hecho un número determinado de profesores cree que usted está envuelta en algún tipo de, ejem, actividad extracurricular. ¿Puede pensar en algo al respecto que pudiese ser relevante a su reciente comportamiento?”

“No, Yo…” Youko buscaba una buena excusa. “Bueno… mis notas de mitad de año no fueron muy buenas”.

El subdirector mordió un poco el anzuelo. “Ah, sí, es cierto. Sus notas han bajado recientemente”.

“Sí”.

“Usted, por supuesto, entiende que quedarse estudiando a media noche solo será contraproducente si no puede prestar atención en clase”.

“Lo lamento”.

“No, no, no, no estoy buscando disculpas. Desafortunadamente, señorita Nakajima, la gente toma conclusiones apresuradas sobre las cosas más absurdas. Al ver el color de su cabello, y, bueno, usted sabe…”

“Estaba pensando en cortarlo hoy”.

“¿Sí?” Asintió en consentimiento. “Es duro, lo sé. Pero sin importar cuan desagradable pueda parecer a veces solo estamos actuando por su bienestar”.

“Sí”

Le estrechó la mano. “Bueno, eso es todo. Puede irse”.

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Youko respondió con una perfecta inclinación. “Disculpe,” dijo.

Detrás de ella un hombre levantó la voz.

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Capítulo 4

Le dijo, “La encontré”.

Su presencia fue acompañada por el suave perfume de mar. El subdirector lo miró con asombro. Cuando Youko miró detrás el hombre lo confirmó, “Es usted”.

Ella supuso que debía tener veinticinco años. Todo respecto a él era impresionante. Llevaba una tunica larga como una capa sobre sus hombros. Su cabello, con un brillo cual oro, tapaba un blanco rostro y llegaba hasta las rodillas.

Nunca antes lo había visto.

“¿Y quién es usted?” preguntó el subdirector.

El desconocido lo ignoró y en su lugar hizo algo aún más sorprendente. Se arrodilló a los pies de Youko e hizo una reverencia. “Lo que se busca ha sido encontrado”.

“¿Conoce a esta persona?”

Youko sacudió la cabeza. “No, no”.

Mientras se encontraban en medio de la confusión se puso de pie. “Debemos irnos”.

“¿Irnos?”

“Señorita Nakajima ¿qué significa esto?”

“¡No lo sé!”

Alrededor, el puñado de profesores y demás personal intercambiaron miradas curiosas. Youko lanzó una mirada de ayuda al subdirector, quien se irguió completamente. “Joven, usted ha traspasado los terrenos de la escuela. ¡Debo pedirle que se retire inmediatamente!”

El rostro del extraño seguía indiferente. Fríamente dijo, “No es asunto suyo”. Contempló la oficina con los mismos ojos. “No interfiera ninguno de ustedes”.

El imperioso tono de su voz tuvo el efecto de dejarlos sin habla. Giró a, la igualmente, sorprendida Youko. “Se lo explicaré más tarde. Pero ahora debemos irnos”.

“¿Qué estás…?”

Una voz, cercana, interrumpió su pregunta.

Taiho”.

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Elevó su cabeza como si su nombre fuese llamado. “¿Qué sucede?” le preguntó al aire. La preocupación oscureció su rostro.

Desde algún y ningún lugar la voz apareció de nuevo. “El enemigo está en las puertas”.

Una expresión feroz cambió su rostro apacible. Asintiendo en comprensión tomó a Youko por la muñeca. “Perdóneme”, dijo, “pero este lugar se volvió peligroso”.

“¿Peligroso?”

“No hay tiempo de explicar. Llegarán en apenas unos segundos”.

Youko se apartó de él, llena de un balbuceante temor. “¿Quiénes?” gritó.

Estaba a punto de preguntar nuevamente cuando la voz dijo, “Están acá”.

Las ventanas cercanas a Youko explotaron.

Cerró sus ojos y oyó un grito estridente. Los fragmentos de vidrio caían a su alrededor.

“¡¿Qué fue eso?!”

Youko abrió los ojos al oír la voz del subdirector. Todos en la oficina estaban llenos de vidrio. Un frío viento invernal proveniente del río más allá de la escuela entró precipitadamente. Llevando en su brisa la fuerte esencia de la masacre y del mar.

Los vidrios cubrían el suelo alrededor de sus pies. A pesar de estar más cerca de la ventana, estaba intacta.

“¿Cómo…?”

Antes de que pudiera darse cuenta de la situación, el extraño se dirigió a ella. “Como se lo advertí. Algo maligno viene”. La tomó del brazo. “Sígame”.

El pánico se apoderó de ella. Youko luchó, pero el extraño simplemente la arrastró. Cuando se tropezó y tambaleó, él colocó su brazo alrededor de sus hombros. El subdirector se paró delante de ellos.

“¿Es usted responsable por esto?”

El tono de voz del extraño adoptó una fría amenaza. “Usted es irrelevante. Apártese”.

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“No antes de que se explique, amigo. ¿Qué es lo que está haciendo con la señorita Nakajima acá? ¿Es algún tipo de asunto de pandillas?” Le lanzó una mirada acusadora a Youko, “¿En qué se ha involucrado?”

“¡No sé de que está hablando!”

“¿Y él?” dijo señalando al hombre.

Youko vio una conclusión mucho más aterradora dibujándose en los ojos del subdirector:

‘están en esto juntos’. “¡No lo conozco! ¡Lo juro!”

Se soltó y se alejó para quedar fuera de su alcance. Al mismo tiempo, desde arriba y más allá, la voz apareció de nuevo, esta vez con gran alarma.

“¡Taiho!”

La gente en la oficina se miró como para discernir el origen de la voz.

El extraño le frunció el ceño a Youko. “¡Tiene que ser tan obstinada!” Antes de que Youko pudiera reaccionar o responder, rápidamente se arrodilló a sus pies en súplica. “Su Excelencia, le prometo mi eterna lealtad”. Habló rápidamente, sin separar sus ojos de ella. “Le pido que acceda”:

“¿A qué?”

“¿No le es preciosa su vida? ¡Diga que lo permite!”

Demasiado aturdida como para considerar de manera coherente lo que le estaba pidiendo, y abrumada por la intensidad de sus palabras, Youko se encontró asintiendo a pesar de su pensar. “Lo permito”, dijo.

Lo que dejó a Youko completamente atónita.

Un golpe… y un coro de voces surgió en oposición. “¿Qué pasa con ustedes? ¿Están locos?”

Pasmada, Youko observó al hombre (a quien nunca había visto en su vida) bajar la cabeza en culto y tocar con su frente el empeine de Youko. “¿Qué estás…?” comenzó a decir pero se interrumpió en medio de la frase.

Sus sentidos se tambalearon. Sintió algo cruzar a través de ella. Su visión se volvió negra momentáneamente. Un ruido sordo como terremoto sacudió la habitación. El patio fuera de las ventanas rotas se convirtió en sombras de barro.

“¡Nakajima!” gritó el subdirector, su cara llena de rabia. “¿Qué demonios sucede?”.

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Capítulo 5

Un torrente de agua se estrelló contra el edificio, haciendo volar las restantes ventanas, formando una ola que barrió los pedazos de hielo de la habitación. Youko colocó sus brazos frente a su rostro. Una ráfaga de pequeños dardos golpeó su cabeza, brazos y cuerpo.

Sus oídos se cerraron a la violencia de todo. Ahora no oía nada.

La sensación de ser atrapada en una tormenta de arena se desvaneció. Abrió sus ojos. Había vidrio por todas partes. Los que se habían asomado por las ventanas ahora estaban tirados en el suelo en shock. El subdirector estaba en posición fetal a sus pies.

¿Se encuentra bien?, sintió la obligación de preguntar, hasta que vio que su cuerpo estaba salpicado con fragmentos brillantes. No se encontraba bien. Los demás estaban luchando a sus pies, gimiendo. Youko había estado parada al lado del subdirector sin embargo no había ninguna muesca o corte en ella.

El subdirector la tomó por el tobillo. “¿Por qué?” gimió.

“¡No hice nada!”

El extraño quitó la mano ensangrentada del subdirector de su tobillo. Él estaba tan sano como ella. “Debemos irnos” dijo.

Youko sacudió la cabeza. Si se iba con él ahora todo el mundo pensaría que ellos estaban juntos desde el principio. Pero el temor de permanecer allí la venció. Dejó que él la arrastrara. El enemigo está en la puerta. Eso no tenía sentido para ella. El horror de permanecer allí, entre los ensangrentados y heridos la asustó mucho más.

Salieron de la oficina y una vez que se cruzaron cara a cara con otro profesor. Gritó, “¿Qué sucede?” Sus ojos se enfocaron sospechando del extraño.

Antes de que Youko pudiese responder, el extraño hizo un gesto hacia la oficina. “Hay gente herida allá. Necesitan atención médica”. Se puso en marcha de nuevo, arrastrando a Youko. El profesor les gritó algo que Youko no oyó.

“¿A dónde vamos?”, preguntó. Sólo quería correr a casa tan pronto como pudiera. En lugar de bajar por las escaleras el extraño subió. “Este camino va a la terraza”, dijo entrecortada.

“Otros estarán usando las escaleras que bajan”.

“Pero…”

“A donde vamos ahora, el infierno nos seguirá. Será mejor no involucrar a nadie”.

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¿Entonces por qué me involucraste a mí? Youko quería gritarle. ¿Qué enemigo? ¿De qué estás hablando? Pero no tenía el valor de levantarle la voz.

El extraño, de un golpe, abrió la puerta al final de las escaleras y la arrastró a la terraza. Detrás de ellos venía el sonido del golpe entre el metal del suelo contra metal oxidado. Una sombra cayó sobre la puerta. Youko se forzó a ver, con alas de pardo rojizo, una boca abierta debajo de un aguileño, el veneno del pico de colores.

Un aullido de gato estalló de las anchas fauces. Cada una de las enormes alas de ave fue desgarrada por cinco garras.

Conozco estas criaturas.

Youko se paró, congelada como si estuviese atada de pies y manos. Con cada horrible chirrido el deseo de sangre de las bestias caía sobre ella.

En mis sueños.

Un atardecer manchaba el cielo nublado. A través de los pesados pliegues de las arremolinadas nubes desprendían el rojo resplandor de la puesta de sol.

La gran ave cual águila tenía un cuerno en el centro de su frente. Torcía la cabeza, batía las alas, golpeando el aire en un viento de mal olor. Como en sus pesadillas paralizantes, Youko no se podía mover. El ave se levantó de su percha, flotando hacia arriba, batió sus alas una vez más, escondiendo sus plumas y cayendo en picada sobre ella. Sus extremidades escamosas la alcanzaron, las afiladas garras se encofraban desde su cuerpo calloso.

No tenía tiempo para prepararse. Sus ojos estaban completamente abiertos. Y sin embargo

Incluso cuando sintió un golpe en los hombros, parecía imposible que las

no veía

garras de la criatura pudieran estar desgarrando su carne.

¡Hiouki!” El nombre hizo eco en el aire. Una fuente de luz rojo brillante brotó frente a sus ojos.

My sangre.

Salvo que de alguna manera no sentía dolor. Cerró los ojos. No veas, se dijo. Incomprensiblemente, parecía que la muerte debería ser más aterradora que eso.

“¡Aguanta!”

Fue tomada por los hombros y sacudida. Regresó en sí, abrió los ojos y vio al extraño mirándola. El muro de concreto era duro a su espalda, su hombro izquierdo clavado en la baranda que cerraba el perímetro de la terraza.

“¡No es momento para desmayarse!”

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Youko saltó alarmada. La colisión la había tirado por el techo. Un horrible grito de tormento. Tirado frente a la puerta la gran ave batía sus alas, avivando el ventanal de aire. Sus garras se clavaron profundamente en los surcos del hormigón mientras llevaba su cabeza hacia delante y hacia tras. No podía liberarse. Una bestia tenía su mandíbula atorada en el cuello del ave, una bestia que parecía una pantera de pelaje color carmesí.

“¿Qué…qué es eso?”

“Le advertí del peligro que nos esperaba”.

La separó de la valla. Youko se encontraba mirando fijamente a la bestia y al ave entrelazada en su lucha a muerte, luego miró al extraño.

Kaiko”, dijo.

La forma de una mujer se levantó de la superficie sólida en la que estaban parados, como una bañista que se levanta de la pileta. Sólo la mitad de su cuerpo apareció, un cuerpo cubierto de plumas suaves, brazos como elegantes alas. Tenía una espada envainada en una magnífica vaina. La empuñadura de la espada tenía incrustaciones de oro y perlas, y tachonada de joyas.

Le pareció a Youko nada más que un adorno frívolo. El extraño tomó la espada de la mujer y se la presentó a Youko.

“¿Qué…?”

“Es suya. Solo usted puede usarla”.

“¿Yo?” Sus ojos pasaron de la espada al rostro del extraño. “¿Por qué yo?”

Apretó el arma contra sus manos, su cara sin emociones. “No tengo gusto por la espada…”

“¡Pero dijo que me ayudaría!”

“…y no tengo talento con ella”.

Era más pesada de lo que hubiera imaginado. ¿Cómo demonios se suponía que se defendiera con esto?

“¿Qué te hace pensar que puedo?”, replicó.

“¿Morirá como un cordero que es sacrificado?”

“¡No!”

“Entonces use la espada”.

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Youko estaba perdida en el caos de sus pensamientos. No quería morir, no acá, no así. Pero tampoco quería tener intención alguna de cargar a la batalla agitando un arma sobre su cabeza. No poseía la fuerza ni la habilidad para hacer algo con ella. Las voces en su cabeza le decían que utilizara la espada, que no la utilizara, que la utilizara, que no…

Escogió la tercera opción. La tiró

El extraño gritó con ira y asombro. “¡Tonta!”

Ella le había apuntado a la cabeza del ave. La espada cayó por debajo de la marca, rozando la punta de un ala y cayendo a sus pies.

“¡Maldición!”. Haciendo una serie de clicks con su lengua el hombre llamó, “¡Hyouki!”

La pantera se desenredó de las horcajadas garras del ave. Se agachó, tomó la espada en la boca y corrió hacia Youko. Estaba claramente infeliz por tener que abandonar a su presa.

El extraño tomó la espada y le dijo a la criatura, “Espera aquí mi orden”.

“Como desee”, respondió inmediatamente la criatura.

Paciencia, dijo el extraño, en resumen. Se giró hacia la mujer emplumada. “Kaiko”.

La mujer hizo una reverencia.

En ese momento, la gran ave se liberó, cubriéndolos con grava y concreto. Giró en el aire. La bestia pantera se encaminó en el cielo detrás de ella. La mujer se levantó del piso dejando a descubierto piernas humanas y una cola larga.

El extraño dijo, “Hankyo. Juusaku”.

Al igual que la mujer, las cabezas de las bestias aparecieron desde el piso de la terraza. Uno parecía un perro grande, el otro un babuino. “Juusaku, Hankyo. La dejo a su cuidado”.

“Como ordene”. Hicieron reverencia.

El extraño asintió, le dio la espalda, se dirigió hacia la baranda y desapareció.

“¡Espere!” lo llamó Youko.

Sin siquiera preguntarle si o no, el mono la alcanzó y la apretó con el brazo. Ignoró las protestas, la levantó, saltó sobre la baranda y saltó en el aire.

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Capítulo 6

El babuino saltó de techo en techo, de techos a postes de teléfono, saltando de un lugar a otro con pasos firmes casi como si se lo llevara el aire. Este discordante medio de transporte, la llevo a las afueras de la ciudad y la costa del mar.

El mono liberó a Youko encima de la escollera, frente al puerto. En el tiempo que le tomó tomar un simple respiro, desapareció. Mirando hacia arriba y hacia abajo del dique para ver adonde se había ido, vio al extraño haciéndose camino a través de la espesura de tetrápodos de hormigón. Llevaba la lujosa espada.

“¿Se encuentra bien?” le preguntó el extraño.

Youko asintió. Se sentía mareada. Fue a causa del mandril y resultado del desencarnado remolino que se produjo a su alrededor. Sus rodillas se dieron por vencidas. Se sentó de golpe y comenzó a llorar.

El extraño se colocó a su lado. “Éste no es lugar para llorar”.

¿Qué sucede? Quería preguntarle. Podía ver que él no estaba de humor para explicaciones. Desvió su mirada de él, juntó las rodillas con sus temblorosas manos.

“Estoy asustada”.

Su reacción fue fría y abrupta. “Guarde esas emociones para más tarde. Están detrás de nosotros mientras hablamos. Difícilmente tendremos tiempo para retomar el aliento”.

“¿Detrás de nosotros?”

El extraño asintió. “No lo mató cuando tuvo la oportunidad. No hay nada que podamos hacer respecto a eso ahora. Hyouki y los demás lo alentarán, pero me temo que no mucho”.

“¿Te refieres al pájaro? ¿Qué era ese pájaro?”

“El kochou, querrá decir”.

“¿Qué es un kochou?”

El extraño le respondió con una expresión de desprecio. “Es uno de ellos”.

El vacío su explicación hizo que Youko se limitara a “¿Quién es usted? ¿Por qué me ayuda?”

“Mi nombre es Keiki”.

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No dijo nada más. Youko suspiró. Claramente había escuchado a los otros llamarlo Taiho pero no estaba de humor como para presionar en el tema. Sólo quería escapar e ir a casa. Su mochila y campera estaban en la escuela. No quería volver ahí, no por su cuenta. Y no quería ir a casa en ese estado. Se agachó en la rompiente perdida en sus pensamientos.

“¿Está lista?” preguntó Keiki.

“¿Lista para qué?”

“Lista para partir”

“¿Partir? ¿Adonde?”

“Allá”.

Nuevamente, ningún lugar, algún lugar. Youko no podía estar más preocupada. Keiki la tomó por el brazo, por enésima vez. ¿Por qué no se explicaba? ¿Por qué seguía arrastrándola a todos lados?”

“Espera un momento”

“Tuvo suficiente tiempo. No hay más tiempo que perder”.

“¿Dónde es allí? ¿Cuánto nos tomará?”

“Si salimos ahora, un día”.

“¡De ninguna manera!”

“¿A qué se refiere con eso?”

Su tono de voz la atemorizó. Ella solo había estado con la idea de ir con él por curiosidad. Pero no lo conocía en absoluto. Y un día entero. ¡Estaba fuera de toda posibilidad! ¿Qué dirían sus padres cuando llegaran a una casa vacía? Nunca le habían permitido viajar tan lejos por su cuenta.

“No puedo. Simplemente no puedo”.

Nada de eso tenía sentido. ¿Por qué seguía amenazándola, haciendo esas peticiones imposibles? Quería gritar. Sabía que él la regañaría si lo hacía, así que abrazó sus rodillas, manteniendo la boca cerrada y conteniendo desesperadamente las lágrimas.

Una voz familiar se escuchó al alrededor.

“Taiho”.

Keiki recorrió rápidamente el cielo con su mirada. “¿El kochou?”

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“Sí”.

Un escalofrío recorrió su espalda. El ave monstruo se acercaba. Keiki le dijo, “Necesito su ayuda”. La hizo parar, colocó la espada en sus manos. “Si aprecia la vida, entonces la usará”.

“¡Ya lo dije, no sé cómo!”

“Nadie más puede”.

“¡Eso no cambia nada!”

“Le concederé un Hinman”. Llamó, “Jouyuu”.

Y a su orden la cabeza de un hombre se elevó del suelo, un rostro pálido, ojos enteramente rojos. Cada vez se hizo más evidente que no tenía cuerpo bajo su cuello, excepto por las extremidades como las medusas.

Youko jadeó. “¿Qué es esto?”

La cosa se liberó de la tierra y se lanzó hacia ella. Trató de escapar. Keiki la agarró y mantuvo. La criatura se aferró a su cuello, fría y suave, y luego se hundió en su espalda. Gritó, “¡Quítamela!” Sacudía inútilmente las manos. “¡Basta, basta!”

Keiki aún la sostenía. “Está siendo irrazonable. Cálmese”.

Quería vomitar. Zarcillos como hilos de pasta fría serpenteaban alrededor de su cuerpo desde su columna vertebral por debajo de sus brazos. Se separó de él, quedando libre, rasgando su cuello y hombros llena de pánico, sin resultado.

“¿Qué es esto? ¿Qué hiciste?”

“Jouyuu la ha tomado como huésped”.

“¿Huésped?” Youko pasó las manos por su cuerpo. La repugnante sensación se había ido.

“Jouyuu conoce el camino de la espada. El conocimiento estará a su disposición. El kochou llegará pronto. Debe matarlo, y no solo ese, si va a escapar”.

“¿No solo ese?” Así que había más detrás de ella, al igual que en el alba roja de sus sueños. “Yo… no puedo. Ese Jouyuu, Hinman o lo que sea ¿dónde se fue?”

Keiki no respondió. Miró al cielo. “Ahí vienen”.

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Capítulo 7

En el momento en que miró por ella misma, detrás suyo, escuchó un grito. La espada estaba empuñada en su mano. No se dio cuenta al principio. Giró hacia el grito y vio la gran envergadura del ave mientras circaba y se lanzaba hacia ellos.

Gritó del miedo, dándose cuenta finalmente que no había ningún lugar al cual correr. El ave descendía más rápido de lo que ella podía correr. La espada era inútil. No tenía idea de que hacer con ella. ¿Confrontar a la bestia con eso? Era un pensamiento absurdo. No había forma de protegerse.

Las garras del ave llenaron su visión. Quería cerrar los ojos, pero no podía

Una fuente de luz blanca apareció frente a ella, seguida por un violento sonido de dos piedras chocando. Una pesada garra, brillando como el filo de un hacha, se detuvo justo frente a ella. La había detenido con la espada, medio hundida, la mantenía frente a ella y la sostenía con ambos brazos.

No tenía tiempo de preguntarse cómo lo había hecho.

Sus manos, como si estuviesen de acuerdo con ella, sacaron el resto de la espada. Con el mismo movimiento, cortó las patas del ave. Un cálido rocío de sangre roja la bañó.

En sorpresa solo podía pensar, no estoy haciendo esto. Sus manos y piernas reaccionaban de acuerdo a su voluntad, cortando las patas de los kochou mientras giraban sobre ellos en la confusión.

Más sangre llovió, empapándola. El cálido líquido caía por cu cabeza y cuello, empapando el cuello de su camisa. Se estremeció con repugnancia. Ella (sus piernas) se retiró para esquivar al ave.

El monstruo trepó hacia el cielo, se enderezó y apuntó contra ella. Ella cortó sus alas. Con cada movimiento sentía los fríos zarcillos moviéndose a través de ella.

Es esa cosa, el Jouyuu.

Sus alas cortadas, el ave lanzó un grito y se estrelló contra el suelo. Con un vistazo Youko capturó la escena. El Jouyuu estaba haciendo eso, ella lo sabía, estaba sacudiendo sus piernas y brazos como una marioneta.

El ave gigante se retorció de agonía, golpeando sus alas contra el suelo y arremetiendo contra ella. Sin pensarlo ni un segundo ella atacó. Esquivando sus ataques se atacó al cuerpo. Pronto estaba cubierta de sangre espesa. Todo lo que quedó fue la repugnante repercusión en sus manos, ya que en cada golpe se separaba carne y hueso.

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Gimió en disgusto, pero no podía detenerse. Hizo caso omiso de la sangre y hundió la espada profundamente en el ala del ave, tiró hacia fuera, rompiendo gran parte de ella. Giró sobre sus talones, quedando cara a cara con la chillona cabeza del animal.

“¡Por favor, detente!”

La gran ave agitó sus alas heridas pero fue incapaz de levantar su cuerpo del suelo. Rodeó las abatidas alas y apuñaló el torso. Cerró sus ojos por lo que estaba haciendo pero sintió cierta resistencia en sus brazos mientras la hoja se hundía en la grasa y los tejidos. Liberó la espada, giró, y abrió el cuello del ave.

La columna vertebral detuvo la marcha de la espada. Ella liberó la espada, salpicándose con la carne y el líquido, y cortó limpiamente la cabeza del cuerpo.

Sólo después de limpiar la espada con las plumas del ave que todavía temblaban, su cuerpo entero volvió a ella.

Gimió de angustia y lanzó la espada tan lejos como pudo.

Youko se inclinó sobre el borde de la escollera y vomitó. Llorando, se deslizó entre las extensiones de concreto de hormigón y se hundió en el mar. Estaban a mediados de Febrero. El agua estaba lo suficientemente fría como para partirla en dos. Pero su único deseo era lavar esa sucia sangre de su cara. Para el momento en que regresó en sí estaba temblando tanto que apenas podía arrastrarse por el terraplén hasta el espigón. De vuelta en tierra firma estalló en lágrimas. Lloraba de miedo y repulsión, lloró hasta que su voz se puso ronca, hasta que no hubo lágrimas dentro para dejar salir.

“¿Se encuentra bien?” preguntó Keiki.

“¿Si estoy qué?”

No había tono en la expresión del hombre. Dijo, “Ese no era el único. Más están viniendo”.

“¿Y?” Su cuerpo estaba entumecido. Su advertencia no la movió ni un poco. Levantando su mirada hacia él, ya no sentía miedo alguno de él.

“Son fuertes, implacables. Si voy a protegerla debe venir conmigo”.

“Olvídelo”.

“Está siendo tonta”.

“Quiero ir a casa”.

“Su casa tampoco es segura”.

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“No me importa. Tengo frío. Me voy a casa. Esos monstruos, son todos tuyos. Puedes tenerlos”. Youko lo miró. “¡Y puede quitarme este Jouyuu de mí!”.

“Todavía lo necesita”.

“No. Me voy a casa”.

“¡Mujer estúpida!” Explotó en una rabia que hizo que los ojos de Youko se abrieran por la sorpresa. “¿Le da la bienvenida a la muerte? No lo entiendo. ¡Si no quiere morir entonces debe venir conmigo!”

“¡Cállate!” le gritó Youko. “¡Cállate, maldita sea!” Nunca en toda su vida le había dicho eso a alguien. Una extraña sensación de euforia se movió en su pecho. “Hago lo que yo quiero y no quiero ser parte de nada de esto. Me voy a casa”.

“No está escuchando lo que le estoy diciendo”

“Me voy a casa”. De un golpe alejó la espada que se le estaba ofreciendo. “No recibo órdenes tuyas”.

“¡No entiende el peligro!”

Youko respondió con una leve sonrisa. “Bueno ¿si está bien conmigo, entonces qué hay contigo?”

Dijo en un gran gruñido, “Es todo para mí”.

Él asintió mientras ella pasaba. Antes de que pudiera reaccionar, dos brazos blancos la habían alcanzado y se habían apoderado de ella.

Ella se esforzó por mirar atrás. Era la mujer alada que al principio le había ofrecido la espada. Cubría los brazos de Youko, y forzó a la espada a entrar.

“¡Déjame ir!”

Keiki dijo “Usted es mi Señora”.

“¿Yo soy su qué?”

“Es mi Señora. Bajo cualquier otra circunstancia obedeceré. Debe perdonarme. Una vez que su seguridad haya sido asegurada entonces le daré cualquier explicación que desee. Si desea regresar a casa, también me esforzaré en llevarlo a cabo”.

“¿Cuándo rayos me volví tu Señora?”

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“No hay tiempo para eso”, respondió con una fría mirada. “Me encantaría ver a alguien como usted abdicar, pero esa no es mi decisión. No la puedo abandonar. Lo mejor que puedo hacer es evitar que más inocentes se vean involucrados. Si fuerza es lo que se requiere, entonces fuerza usaré. Kaiko, tómala”.

“¡Déjame ir!”

“Hankyo”, Keiki hizo señas. La bestia de pelaje rojizo emergió de las sombras. “Debemos salir de acá. Este lugar está bañado con la esencia de la sangre”.

Después apareció una enorme pantera llamada Hyouki. Aún agarrando a Youko, la mujer se sentó en el lomo de la bestia y colocó a Youko frente a ella. Keiki, por su parte montaba a Hankyo.

Youko le suplicó. “Por favor, no estoy bromeando. ¡Llévame a casa! ¡Quítame esto!”

“Él no representa ninguna molestia para usted, ¿no? Ahora que la poseyó completamente, no sentirá su presencia nuevamente”.

“¡No me importa si puedo sentirla o no! ¡Deshazte de ella!”

Keiki se dirigió a Jouyuu. “No te muestres haz como si no estuvieras allí”.

No hubo respuesta.

Keiki asintió. Youko apenas tuvo tiempo de agarrar los brazos de la mujer para mantener el equilibrio mientras la bestia se levantaba sobre sus patas traseras y saltaba hacia arriba. “¡Detente!” gritó.

La bestia pantera no le hizo caso. Escaló sin esfuerzo hacia el cielo, a nado de perro a través del aire y poco a poco aceleró. De no ser por el suelo que caía debajo de ellos, podría haber creído que no se movían en lo absoluto.

Como en un sueño, la bestia galopó más y más rápido lejos del suelo, revelando la última mirada a la ciudad debajo, envuelta en el crepúsculo.

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Capítulo 8

El cielo estaba cubierto por una fría y estrellada luz. A través de la superficie de la tierra

una constelación de estrellas trazaban las líneas generales de la ciudad.

La bestia pantera subió a la bahía como si nadara por el aire. La velocidad de su salida le robó el aire, sin embargo no lo sintió ferocidad y el viento esperado, por lo que tenía poco

sentido de la velocidad. Ella sabía que tan rápido deberían estar yendo solo por la velocidad

en la que el paisaje iba desapareciendo detrás de ella.

Sin importar cuanto rogara ninguno le respondía.

Y sin manera de comprobar el progreso, su miedo en ese sentido había disminuido, y en

cambio pasó a la naturaleza incierta de su destino.

La bestia pantera se dirigió al mar abierto. Ya no podía ver a Keiki montando su criatura voladora. Había prometido que ese sería un viaje largo.

Junto con su agotamiento, una profunda indiferencia se apoderó de ella. Se dio por vencida, dejó sus protestas. Y ahora que lo pensaba, ya que movía sus brazos no era incómodo. Los brazos de la mujer eran cálidos alrededor de su cintura.

Youko vaciló, luego preguntó, “¿siguen detrás de nosotros?” Se giró para ver a la mujer.

“Son una legión”. Sin embargo su voz era suave y de alguna forma tranquilizadora.

“¿Quién es usted?”

“Somos sirvientes del Taiho. Ahora mire hacia delante. No estará contento si se cae”.

Youko se enderezó de mala gana. Todo lo que podía ver era el cielo y el mar oscuro, la débil luz de las estrellas, y la débil luz blanca de las olas. Una enorme luna de invierno. Nada más.

“Mantenga firme la espada. Bajo ninguna circunstancia debe estar fuera de su posesión”.

La advertencia golpeó a Youko con un chorro de miedo. Solo podía significar que más batallas aguardaban.

“¿El enemigo?”

“Ellos nos persiguen. Pero Hyouki es rápido. No se preocupa”.

“Entonces…”

“Y asegúrese no perder la espada ni la vaina”.

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“¿O la vaina?”

“Vaina y espada son un par y deben mantenerse juntas. La joya de la vaina está ahí para su protección”.

Youko miró a la espada entre sus brazos. Una esfera azul marina del tamaño de una pelota de ping pon estaba atada al extremo ornamentado de la vaina.

“¿Esta?”

“Sí. Consérvala y vela por ti. Eso debería de ser suficiente”.

Youko tomó la esfera. La sensación se filtró poco a poco en sus manos. “Está tibia”.

“Les encontrará uso cuando esté herida, enferma o fatigada. La espada y la vaina son tesoros valiosos. No los pierda”.

Youko asintió. Estaba pensando en su siguiente pregunta cuando la velocidad gradualmente disminuyó.

Una luna blanca brilló en una aureola de agua oscura. La intensidad de la reflección ondulante a través de las olas crecía mientras descendían, casi como si la luna misma estuviese estimulando los anillos concéntricos en una alegre espuma. Más cerca pudo ver la superficie del océano se agitaba en una tromba.

Youko se dio cuenta de que la bestia pantera estaba a punto de sumergirse directamente en el anillo de luz al centro del remolino espumoso.

“¡No sé nadar!”

“No se preocupe”, dijo la mujer, afirmando los brazos alrededor de su cintura.

“Pero…”

No tenía tiempo de hacer ninguna otra objeción.

Se sumergieron en el remolino. Youko cerró los ojos, se preparó para el duro choque contra el agua. En cambio sintió… casi nada. Ni el rocío de las encrespadas olas, ni el frío toque del mar. Nada, sino una inmersión en la luz de plata, luz que se filtraba por las ranuras de sus ojos.

Algo así como una delgada gasa que rozó contra su cara. Abrió los ojos. Al parecer estaban dentro de un túnel de luz. No había oscuridad, ni viento, solo un resplandor que los envolvía de pies a cabeza, una aureola de luz de luna cortando las oscuras olas.

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“¿Qué es esto?” se preguntó Youko en voz alta.

Había un anillo de luz debajo de las patas de la bestia, mientras que había un sobre su cabeza. No podía decir si lo luz brotaba de arriba hacia abajo o al revés. En cualquier caso, cruzarían pronto.

Casi tan rápido como cruzaron el aro de luz se volvió a sentir el velo de gasa rozando el rostro. Con un salto salieron disparados sobre el agua. El sonido del océano regresó. Levantando su mirada, nuevamente tomó en su anchura la inmensidad del mar. Salieron de la aureola de la luna. Que tan lejos de la superficie no podría decirse. Todo lo que podía ver eran las cimas de las olas bañadas con la luz de la luna.

La superficie se revolvía en una espuma radiante, como si fuera manejada por un viento feroz. Las olas se levantaban a su alrededor en anillos concéntricos. A saltos sobre la bestia, Youko no podía sentir nada del huracán, solo un ligero viento cruzado. Las nubes se enturbiaban encima de las nubes. La bestia subía con más fuerza y trepaba al cielo. Pronto estuvieron tan alto como para ver, incluso, la luna reflejar en la tempestuosa mar.

“¡Hyouki!” gritó la mujer.

La alarma en su voz hizo que Youko se diera vuelta para verla. Siguiendo la mirada de la mujer, vio una multitud de sombras saliendo del remolino de la luna.

vu elta para verla. Siguiendo la mirada de la mujer, vio una multitud de sombras saliendo

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La única luz era la de la luna y su reflejo en el mar. Se acercaron a la extensa oscuridad de las nubes.

Un negro intenso.

No había ni cielo ni tierra. Y solo una profunda luz ámbar quedaba de la luna, una débil luz que bailaba y cambiaba como las llamas de una hoguera. Vio las incontables sombras y supo que venían por ella. Las criaturas salían de la luna roja como la sangre, los monos, las ratas y las aves, bestias de pelaje rojo, negro y azul.

Youko miró con asombra la visión ante sus ojos. Ya la había visto antes. Lo conocía. “¡Más rápido!” gritó. “¡Nos van a atrapar!”

La mujer negó. “Cálmese. Eso es lo que estamos haciendo”.

“¡Dios, no!”

La mujer empujó a Youko contra el lomo de la bestia. “Resista”, dijo.

“¿Qué está…?”

“Voy a tratar de obstaculizar su avance. Agárrese fuertemente, no suelte la espada”.

Segura de que Youko entendió sus instrucciones, soltó la cintura de Youko, saltó hacia atrás alejándose de ellos. Por un momento Youko alcanzó a ver una raya dorada cayendo de ella antes que fuera tragada por la oscuridad…

Youko no pudo ver nada excepto la envolvente oscuridad. Fueron golpeados por ráfagas de viento. Se pegó al lomo de la bestia.

“¿H… Hyouki-san?”, preguntó.

“¿Qué sucede?”

“¿Vamos a escapar?”

“Es difícil de decir”, respondió inescrutable. “¡Cuidado! ¡Arriba suyo!”, gritó.

Youko miró y vio un destello rojo.

“Un gouyu”. Hyouki giró sin previo aviso. Algo chocó su lado y cayó.

“¿Qué fue eso?”

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Hyouki continuó esquivando de lado a lado. De repente fue más lento. “Saque su espada.

Es una emboscada. Nos cortaron el paso”.

“¿A qué te refieres con emboscada?”

Mirando hacia delante a la oscuridad vio otra luz roja naciendo, vio como la horda iba hacia ellos desde las sombras.

“Oh, Dios”.

La idea de elevar la espada nuevamente la llenó con aversión. Al mismo tiempo, los fríos

tentáculos tocaron el interior de sus piernas. Con una fuerza que hizo sonar sus articulaciones y apretar sus rodillas contra el costado de la bestia. El gusano de hielo llegó hasta su columna vertebral. Su cuerpo, inconcientemente, se despegó del lomo de la bestia. Sus manos formaron un puño, sus brazos se prepararon para la batalla. Tomó la espada y guardó la vaina en el cinturón de la pollera.

“¡Basta!”

Extendió la espada con su mano derecha y con la izquierda se aferró al crin del animal.

“¡Por favor!”

Se acercaron los unos a los otros, rasgándose como tormentas que chocan. Hyouki cayó en

medio de la niebla y la espada de Youko cortó se hundió en la avalancha. No podía hacer nada sino gritar y cerrar los ojos. No solo era la muerte de seres vivos. Ni siquiera podía soportar las autopsias en la clase de biología. Su existencia no debería exigir tanta masacre.

La espada se detuvo. Hyouki gritó, “¡Abra los ojos! ¡Jouyuu no la podrá defender de otra manera!”

“¡No!”

La bestia echó para atrás la cabeza, dobló la espalda. Youko mantenía los ojos cerrados. No

iba a causar más muertes. Si cerrando los ojos calmaba la espada, entonces eso haría.

Hyouki giró abruptamente a la izquierda. Se golpearon duramente, una colisión como la de golpear una pared. Oyó el ladrido de un perro herido. Abrió los ojos y solo veía en negro. Antes de que se pudiera dar cuente de lo que había sucedido Hyouki se desplomó.

Sus piernas perdieron su agarre. Se lanzó al aire. Antes de que sus perplejos ojos cargaran contra una bestia como un jabalí. En su brazo derecho sintió el impacto de acero cortando músculo y hueso, oyó el rugido del monstruo, su propio grito.

Y después nada, Sin vista, sin sonido, sin sabor, tacto o pensar. Solo ella cayendo y

cayendo a través de la oscuridad infinita.

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Parte II

Youko se despertó con el sonido de las olas rompientes. Sentía el rocía del océano en su cara. Abrió los ojos y levantó la cabeza. Había caído en una playa de arena no muy lejos de la orilla. Una gran ola rompió contra la costa. El agua se movió por la playa, bañando sus pies.

Sorprendentemente, el agua no estaba fría. Youko yació en la arena y dejó que las olas la mojaran. El agradable olor del océano a su alrededor, un olor parecido al de la sangre. El mar estaba en sus venas. Es por eso que, cuando tapaba sus oídos, oía el ruido lejano del mar.

La siguiente oleada llegó hasta sus rodillas. La arena agitada en la marea le hacía cosquillas en la piel.

El profundo perfume del mar.

Miró sus pies. El agua que chocaba contra su cuerpo estaba manchada de rojo. Miró a las olas grises, el cielo, amplio y gris. Miró abajo nuevamente. El agua era de hecho roja.

Buscó su fuente. “Ah”, dijo.

Sus piernas. Las corrientes carmesí se lavaban de su piel. Se puso de pie. Sus manos y piernas estaban manchadas de rojo. Incluso su uniforme azul marino de la escuela Seifuku se había vuelto un marrón oscuro.

Sangre.

Gimió. Su cuerpo entero estaba empapado de sangre. Sus manos estaban negras y pegajosas con la sangre, así como su rostro y cabello. Gritó, cayendo y salpicando en medio de las rompientes olas. El agua se abalanzó en el barro gris, haciéndolo carmesí. Recogió agua en sus manos. El agua sangraba a través de las manos. Sin importar cuanto fregara las manos no podía cubrir el tono natural de su piel. La ola le llegó hasta la cintura. Una pileta de color se extendía a su alrededor, escarlata, bajo el cielo color carbón.

Youko levantó nuevamente sus manos a su cara. Delante de sus ojos, sus uñas se alargaron, y crecieron como afiladas garras tan largas como sus dedos mismos.

“¿Qué…?”

Dio vuelta sus manos. Había un innumerable número de grietas y fisuras por toda su piel. Un fragmento de su piel se peló, flotando lejos en el viento, y cayendo en el agua. Debajo de la piel había un pelaje rojo corto.

“No. No puedo creerlo”.

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Se pasó la mano contra el brazo. Más piel se perdió dejando a la vista pelaje rojo. Cada vez que se movía cambiaba el pelaje. Una ola la embistió. Su uniforme se destrozó como si fuera comido por ácido. El agua lavaba el pelaje y el océano se teñía de rojo.

Las garras en sus manos, el pelaje creciendo en su cuerpo, se estaba convirtiendo en uno de esos monstruos.

“No, no, no,” sollozó. Su uniforme terminó hecho pedazos. Sus brazos se doblaron como la pata delantera de un gato o un perro. La sangre, la sangre de esas criaturas, me convirtió en una de ellos. No es posible. Gritó, “Dios, ¡NO!”

En sus oídos no reconoció el sonido, solo el romper de las olas y el grito inarticulado de una bestia.

Youko abrió los ojos a un cielo azul pálido.

Le dolía todo el cuerpo. El dolor de sus brazos era insoportable. Levantó sus brazos y soltó un suspiro de alivio. Normal. Tenía manos humanas normales. Sin pelaje ni garras.

Suspiró para sí. Se había quemado el cerebro intentando recordar lo que había pasado. En un instante todo regresó a su mente. Estaba a punto de ponerse de pie pero sus músculos estaban tan rígidos que casi no podía moverse. Yacía ahí tomando un respiro y luego otro. Poco a poco el dolor disminuyó, algún tipo de movilidad regresó a sus miembros.

Se sentó, tirando una capa de agujas de pino fuera de ella.

Pino. Ciertamente se veía como pino. Miró a su alrededor y vio un bosque de pinos. Las copas de los árboles estaban cortadas, dejando en descubierto madera caída. Una rama debe haber caído de esos árboles.

Su mano derecha aún sostenía fuertemente la empuñadura de la espada. Así que no la había soltado después de todo. Examinó el resto del cuerpo y no encontró heridas serias, sino pequeños arañazos y golpes. Nada fuera de lo ordinario. Del mismo modo buscó en su espalda, sus manos se deslizaron por la vaina hasta el cinturón del uniforme.

Una luz flotaba en el cielo de la mañana. Oyó el sonido distante de las olas. Se preguntó en voz alta, “¿Qué clase de sueño fue ese?”

Volvió a ella, la encarnizada lucha con las bestias, su sangre empapada en ella.

Y el sonido de las olas.

Gimió para sí.

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Miró a su alrededor. Era antes de la madrugada. Un bosque de pinos cubría la costa. Estaba viva, y no había sufrido lesiones potencialmente mortales. Ese era el resumen de todo.

No le parecía que hubiese enemigos cerca. Nada sospechoso se escondía en el bosque. Tampoco había aliados. Cuando se habían metido en el remolino de la luna, la Luna se había colocado en lo alto del cielo nocturno. Era casi el amanecer. Por todo ese tiempo había sido una naufraga. Keiki y los otros deben haber perdido su curso.

Cuando uno se pierde, recordó para sí en voz baja, se supone que te quedes en el lugar.

Seguramente la estarían buscando. Keiki se había comprometido en protegerla. Si ella comenzaba a moverse por su cuenta nunca la encontraría. Se apoyó contra un árbol y tomó la joya atada a la vaina. Poco a poco, los dolores comenzaron a disiparse.

Que extraño. Pero realmente funciona. Miró de cerca de la joya. Parece una piedra cualquiera, aunque con un brillo pulido, un vidrio azul marino. Quizás era jade.

Aún tomando la piedra, se sentó y cerró los ojos.

Había pensado en tomar una siesta rápida pero se despertó con un cielo brillante de mañana. “Se está haciendo tarde”, señaló.

Pero ¿dónde estaban todos? ¿Keiki, Kaiko, Hiouki? ¿Por qué no habían ido a buscarla? Finalmente dijo, “¿Jouyuu-san?”

Si aún estaba dentro suyo no estaba reaccionando. No podía sentir su presencia en absoluto. En otras palabras, no iba a mostrarse a menos que comenzara a agitar la espada.

“Oye, ¿Estás ahí?”, preguntó nuevamente. “¿Dónde está Keiki?”

Sin respuesta. Nada. Había pasado a ser de gran ayuda. Levantó la cabeza nerviosamente. ¿Qué pasaba si Keiki venía a buscarla y la echaba de menos? Recordó el grito de dolor antes de caer. Había dejado a Hyouki atrás, rodeado por monstruos. ¿Había sobrevivido?

La inquietud pesaba sobre sus hombros. Se levantó de un salto, reprimiendo el grito de pánico en su interior.

Mirando a su alrededor vio a su derecha un claro en el bosque. Nada entre allá y acá le parecía peligroso. Al menos podía aventurarse hasta allá. Más allá del bosque había un campo en barbecho. El campo estaba cubierto con un matorral de arbustos aplastados contra la tierra. Más allá de los campos un acantilado se inclinaba sobre un mar negro.

Youko se acercó al borde del acantilado. Más cerca y era como estar en la parte superior de un edificio alto mirando hacia el borde. Lo que vio la asombró.

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No fue la enorme altura del acantilado. Fue el agua, negra como el cielo de noche, casi azul en su negrura. Incluso a la luz del amanecer el mar se veía como en la noche. Pero entonces, al seguir la cara del acantilado hasta al agua, se dio cuenta que el agua en sí no era negra. Estaba perfectamente claro. Qué tan profundo no podía imagina. El mar debe ser muy vasto, tan profundo, que ninguna luz lo puede penetrar en sus profundidades.

Entonces, desde dentro de las profundidades, vio un punto brillante de luz. Al principio no entendía que era, pero entonces había muchos más de ellos, los pequeños puntos de luz contra el ancho de la negrura como granos de arena. Juntos la luz recogía un débil resplandor del fondo.

Como estrellas.

El vértigo se apoderó de ella. Se sentó. Sabía lo que era. Había visto fotos de estrellas, nebulosas y galaxias. Debajo estaba el universo. Sus pensamientos la abrumaron. Ya no podía evitar la verdad frente a ella: no conozco este lugar. Este no es el mundo que conocía, ni el océano que conocía. Estaba en un mundo completamente diferente.

Oh, Dios.

“No puede ser verdad,” dijo en voz alta.

¿Dónde estaba? ¿Era este lugar seguro? ¿Peligroso? ¿Dónde debería ir? ¿Qué debería hacer? ¿Por qué me había pasado esto a mí?

“Jouyuu-san”. Cerró los ojos, y elevó la voz. “¡Jouyuu! ¡Por favor, responde!”

Solo oyó el rugido del océano en sus oídos. Ni un susurro del ser que la poseía.

“¿Qué se supone que haga? ¿No hay alguien que vaya a ayudarme?”

Ya había pasado una noche entera. Su madre debe haber estado muy preocupada por ella. Su padre debe haber estado furioso.

“Quiero ir a casa”.

Las lágrimas rodaron por sus mejillas. Ahogó un sollozo. “Quiero ir a casa”, dijo de nuevo. No podía contenerse. Abrazó sus rodillas, hundió su rostro en sus brazos y lloró.

Finalmente Youko levantó la cabeza. Había llorado tanto y por tanto tiempo que sentía un poco de fiebre. Llorar con todo le había hacho sentir mejor, pero solo un poco. Lentamente abrió los ojos. El océano se extendía ante ella como el universo.

“Que extraño…”

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Sintió como si estuviera mirando hacia abajo sobre un cielo atravesado por las estrellas, una noche estrellada convocada contra la serena oscuridad, las galaxias girando lentamente en el agua.

“Tan extraño y tan hermoso…”

En el tiempo en que Youko se calmó y logró recuperar su juicio. Miró distraídamente las estrellas en el agua.

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Capítulo 10

Se sentó allí mirando al mar hasta que el sol se elevó hasta lo alto del cielo. ¿Qué tipo de mundo es éste? ¿Dónde estaba?

Habían pasado por el remolino de la luna para llegar ahí. De por sí, eso solo era demasiado difícil de creer. En cualquier caso, capturar un rayo de luna como ese, parecía bastante improbable con la luz del sol poniente.

Luego estaban Keiki y todas las extrañas criaturas. Ninguna de ellas era de alguna especie de la Tierra. Deben de haber venido desde éste mundo. Eso era lo único que tenía sentido.

¿En que estaba pensando, trayéndola acá? Dijo que era peligroso, dijo que la protegería. Sin embargo, acá estaba. ¿Qué estaban haciendo? ¿Por qué los otros monstruos la atacaron? Era como salir de una pesadilla, la misma que había estado teniendo por el último mes.

Desde el principio, desde el momento en que lo conoció, nada había tenido sentido. Todo lo que sabía era: estaba perdida. Él salió de la nada, y la arrastró a éste extraño mundo sin pensar dos veces en las circunstancias de su vida. No era porque él la odiase, eso era seguro. Pero si nunca se hubieran conocido ella no estaría atrapada ahí, y no habría tenido que matar a todos esos seres.

Así que no era que ella lo extrañase. Simplemente, no había nadie más en quien pudiera confiar y él no había vuelto por ella. Quizás algo había pasado en la batalla con los monstruos que le impedía regresar con ella. Fuera cual fuera la razón, ahora sólo empeoraba las cosas para ella.

¿Por qué debo seguir con esto?

Al fin y al cabo no era su culpa. Era la de Keiki. Era su culpa de que los monstruos la persiguieran. El enemigo está en las puertas, dijo la voz en la oficina del subdirector. Pero eso no significaba que ellos fueran sus enemigos. No tenía motivos para hacerlos sus enemigos.

Y eso de llamarla su Señora. También había estado pensando en ello. Por ser su Señora los enemigos fueron tras ella y no él. Había tenido que utilizar la espada para defenderse, y terminó ahí.

Nadie la había hecho su Señora ni nada.

Había inventado todo eso. O había cometido un error, uno muy grande. Dijo que la había estado buscando. Uno pensaría que cuando alguien busca a su rey o lo que sea, no terminan así de mal.

“Entonces ¿a quién proteges ahora? Se quejó para sí. “Este es tu error no el mío”.

38

Las sombras se alargaron. Youko se levantó. Sentada quejándose de Keiki por no resolver nada. Mirando a su alrededor no pudo ver la brecha entre los árboles de la que había llegado. Lo que sea, se dijo, y se adentró al bosque. No tenía su abrigo pero no hacía tanto frío ahí. Debería ser un clima más cálido que en el que vivía.

El bosque parecía haber sido golpeado por un tifón, ramas rotas esparcidas por todos lados.

El bosque no era profundo, y cuando emergió se encontró en el borde de un amplio pantano.

No era un pantano sino un campo de arroz. Directamente frente a ella una calzada sobresalía del agua. Podía ver la parte superior de algún tipo de vegetación corta echada de lleno contra el lago fangoso. Más allá del los arrozales un pequeño puñado de casas formaban una aldea. Y más allá, las escarpadas laderas de las montañas.

No había postes de teléfono o líneas eléctricas. Ni antenas de televisión. Los techos de las casas eran de tejas negras, las paredes de adobe amarillo. El pueblo había estado rodeado por una fila de árboles. La mayoría fueron derivados.

Youko llevó la mano a su pecho. Con una gran sensación de alivio se adentró. No era la señal de las construcciones, o el extraño paisaje para el que más o menos se había preparado. Este podría ser cualquier parcela de tierra o cultivo re partido por los alrededores de Japón.

A cierta distancia vio las siluetas de personas trabajando en los campos de arroz. No podía

identificar ningún detalle, pero no se veían como monstruos.

“¡Oh, gracias a Dios!”

La exclamación salió sola de sus labios. Aún se estaba recuperando de la confusión por ver

el mar negro. Pero, finalmente, acá había algo familiar. Si ignoraba la completa falta de

teléfono podía pensar que era un pueblo japonés ordinaria.

Respiró profundamente. Decidió llamarlos y ver que pasaba. Odiaba la idea de hablarle a gente que nunca había visto. Ni siquiera sabía si hablaban el mismo idioma. Pero si quería ayuda no tenía muchas opciones. En parte para alentarse y parte para calmar los nervios, dijo en voz alta, “Les voy a explicar mi situación y si alguien vio a Keiki”.

Era lo mejor que ella podía esperar a hacer.

Youko regresó a la calzada que había visto antes y se dirigió hacia la gente en los campos. Mientras se acercaba a ellos se hizo evidente que no eran japoneses en lo absoluto. Había mujeres castañas y hombres pelirrojos. Muchos le recordaban en parte a Keiki. Sus rasgos y estaturas no eran caucásicos tampoco. Su rareza radicaba mayormente en el color de sus cabellos. Quítales eso y son bastante normales.

39

Sus ropas no eran muy diferentes a las vestimentas tradicionales japonesas. Todos los hombres tenían los cabellos largos y atados. Estaban rompiendo la calzada con sus palas.

Uno de los hombres elevó la vista. Al ver a Youko se la señaló a sus compañeros. Le gritó algo, pero ella no entendió. Los ocho o cerca, hombres y mujeres se dieron vuelta a verla. Youko los saludó con una leve inclinación. No se le ocurrió que ora cosa hacer.

Un hombre de cabellos negros se encaminó al banco de la calzada. “¿De dónde eres?”

Youko registró la pregunta con cierto alivio. Hablaban el mismo idioma. Casi tenía ganas de reír. No estaba tan mal como pensaba.

“Estaba por allá, en el precipicio”, respondió.

“¿El precipicio? Quiero decir, ¿Cuál es tu ciudad natal?”

Tokio, comenzó a decir, pero cambió. Quería explicar su situación, pero dudó que encontraran algo que creer. Mientras que se quedó pensado en que decir, el hombre preguntó de nuevo, “No eres de por aquí, ¿verdad? Vienes de más allá del océano, ¿eh?”

Era lo más cercano a la realidad. Youko asintió. Los ojos del hombre se abrieron. “Sí, fíjate. Una verdadera molestia, sabes, los de tu tipo, apareciendo de la nada”.

El hombre le sonrió, como si comprendiera algo que ella no. Comenzó a examinarla hasta que su mirada llegó a la espada que sostenía a su lado.

“Hey, ¿Qué tienes ahí? Parece importante”.

“Alguien… me la dio”.

“¿Quién?”

“Su nombre es Keiki”.

El hombre se acercó, Youko retrocedió un poco.

“Parece pesada. No te preocupes. Me haré cargo por ti”.

La mirada en sus ojos no la calmaba. Tampoco le gustaba la forma en que le hablaba. Llevó la espada contra su pecho y sacudió la cabeza. “Está bien. ¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar?”

“Esto es Hairou. Francamente, señorita, con una cosa peligrosa como esa, no querrá estar agitándola, especialmente cuando ni siquiera sabe dónde está. Entréguela”.

Youko retrocedió nuevamente. “Me dijeron que no”.

40

“Vamos, dámela”.

La fuerza de su demanda la hizo temblar. No tenía el coraje para decirle que no. Se la entregó de mala gana. Él se la arrebató y la examinó. “Sí, buen trabajo. El tipo del que la obtuviste debe haber sido adinerado”.

Los otros hombres y mujeres los rodearon. Uno preguntó, “¿Es una de esos kaikyaku?”

“Sí. Mira lo que estaba llevando. Debe valer una fortuna”. Trató de sacar la espada de la vaina. La empuñadura no se movió. “¡Así que solo es un juguete caro!” Rió y guardó la espada en su cintura. Se acercó a Youko y la tomó por la muñeca.

“¡Ay! ¡Suélteme!”

“No puedo hacer eso. Todos los kaikyaku deben ser enviados al gobernador. Son las órdenes”. Le dio un empujón. “Vamos. Y no intentes nada”. Alzó la voz a sus compañeros mientras la empujaba. “Hey, podrían ayudarme un poco”.

El brazo de Youko estaba herido. No podía comenzar a tratar de adivinar las intenciones de ese hombre, ni dónde la llevaba. Lo que más quería era librarse de él.

Inmediatamente así como el pensamiento cruzó por su mente una fría sensación se deslizó por brazos y piernas. Libró su mano de su opresor. Su mano, así como ella quería, alcanzó la espada en la cintura del hombre y la trajo de regreso junto con la vaina. Saltó lejos de él.

“¡La puta, cuidado! ¡Tiene la espada!”

“¿Qué? Es solo un adorno. Hey, niña, cálmate y ven con nosotros”.

Youko negó.

“¿Quieres ser arrastrada todo el camino? ¿Eh? Deja de hacer payasadas y ven acá”.

“De ninguna manera.”.

Más gente se reunió a su alrededor. El hombre se acercó más. Youko sacó la espada de la vaina.

“¿Qué demonios?”

“No se acerque más… por favor”.

La gente a su alrededor se congeló. Youko los miró y retrocedieron. Tan pronto como se dio la vuelta y comenzó a correr escuchó pasos detrás suyo.

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“¡No me sigan!” gritó, pero tan rápido como miró detrás para verlos venir, levantó la espada y su cuerpo se preparó para el combate. Su sangre rugió en sus oídos.

“Detente,” se gritó.

Se lanzó con la espada al hombre más cercano que cargaba contra ella.

“¡Jouyuu, alto!”

Era inútil discutir. La punta de la espada trazó un elegante arco en el aire.

“¡No voy a matar a más personas!”

Youko cerró los ojos. Por primera vez, el movimiento de su brazo se detuvo. Al mismo tiempo alguien desde un caballo, le arrancó la espada de su mano y la dejó casi inconsciente. Había lágrimas en sus ojos, más de alivio que de dolor.

“Chica tonta”. La lincharon, pero no fue muy difícil de soportar. Alguien la puso de pie y le ató los brazos a la espalda. No le importaba resistirse. Se dijo a sí misma, con Jouyuu, no hizo nada.

“Llevémosla de regreso al pueblo. Mejor llevemos la espada al gobernador también”.

Sus ojos aún estaban fuertemente cerrados, Youko no podía decir quien había hablado.

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Capítulo 11

Se llevaron a Youko por un estrecho sendero que serpenteaba a través de los arrozales. Después de quince minutos a pie llegaron a un pequeño pueblo vallado. Era la aldea que había espiado antes, un poco más que un puñado de casas. Acá, sin embargo, dispuesta en una valla que cuadraba, una robusta puerta.

La puerta se abría hacia el interior, revelando otro muro interna decorada con varios cuadros en diferentes tonalidades de rojo. Frente al muro, por ninguna razón aparente, alguien había dejado una silla de madera. Youko fue empujada más allá del muro hacia el centro de la aldea. Cuando llegó al muro rojo, una ininterrumpida vista de la calle principal se le abrió.

La escena despertó en ella tanto el sentimiento de familiaridad como el de extrañeza. La familiaridad provenían del parecido con la arquitectura general oriental… las paredes blancas, techos de teja negra, el distintivo tramado de las glorietas. Pero a pesar de ella, no sentía afinidad por el lugar, sin lugar a duda por la total falta de presencia humana.

Una serie de pequeños caminos se ramificaban hacia la izquierda y derecha de la calle ancha frente a la puerta. No veía ni una sola persona. Las casas no eran muy altas, pero todas estaban escondidas de la calle, detrás de una cerca blanca que eran tan altas como el alero. Había huecos en las cercas regularmente, permitiendo dar pequeños vistazos a las casas instaladas detrás de los pequeños jardines.

Las casas eran de tamaños uniformes, y se veían muy parecidas, a pesar de las pequeñas diferencias de su aspecto exterior. Podrían haber salido de una línea de montaje.

Aquí y allá, una ventana abierta, las persianas de madera entreabiertas con cañas de bambú. Sin embargo desde la calle Youko no podía ver a nadie. Ni siquiera un perro. Ni un sonido.

La ruta principal no estaba más allá de un centenar de metros, terminando en la plaza. Frente a la plaza había un edificio de azulejos y brillantes piedras blancas. Sin embargo, la decoración deslumbrante parecía poco más que una fachada. Las calles angostas interceptaban la plaza no más de treinta metros antes de llegar al muro del pueblo y quedar fuera de la vista.

En las calles no parecía haber ni un rastro de actividad humana.

Youko miró la plaza. Más allá del negro uniforme de los techos solo podía ver el alto muro del pueblo. Dando la vuelta pudo comenzar a ver la forma. Era algo parecido a una caja larga y angosta. Los límites del pueblo eran sofocantemente estrechos, no más de la mitad de ancho de su escuela. Era como estar dentro de un gran poso, pensó. El pueblo en sí estaba como enterrado bajo el agua, en el fondo del poso.

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La llevaron al centro de los edificios frente a la plaza. El edificio le recordó al barrio chino en Yokohama. Sin embargo, los pilares rojos, los muros afilados no le parecían menos superficiales que el resto del pueblo.

Entraron por un largo y angosto pasillo en el centro del edificio. Estaba oscuro y con la falta de personas. Después de una pausa para discutir algunos asuntos, los hombres la empujaron hacía una pequeña habitación y cerraron la puerta.

Su primera impresión de la habitación era que se trataba de una celda.

El suelo parecía estar cubierto con los mismos azulejos del techo, aunque muchos de los cuales estaban agrietados y rotos. Los muros de tierra estaban agrietados y manchados con hollín. Una sola ventana en lo alto del muro bloqueada con barrotes. Solo una puerta, la mirilla de celosía con barras. Mirando a través de la celosía pudo ver a los hombres de pie junto a la puerta.

Los muebles de la habitación consistían en una silla de madera, una pequeña mesa y una larga plataforma para un solo colchón. Una tela gruesa estaba atada a la parte superior de la plataforma. Obviamente estaba destinada a ser una cama.

Quería preguntar dónde se encontraba, qué tipo de lugar era, qué iba a pasar después, y miles de otras preguntas. Pero no tenía el valor de preguntarles a los guardias. Y claramente ellos no tenían el deseo de hablarle. Por lo que sin una palabra, se dejó caer en la cama. No había nada más que ella pudiera hacer.

Al pasar el tiempo, la presencia humana dentro del edificio se hizo más marcada. Fuera de la celda la gente iba y venía. Había cambio de guardias. La armadura de cuero azul, los dos guardias nuevos estaban advirtiendo a los policías o los guardias de seguridad. Youko contuvo la respiración, preguntándose que iba a pasar. Pero los guardias le dirigieron un par de miradas feroces y no dijeron nada.

Era más cruel de esa manera. Era mejor cuando algo… cualquier cosa… pasaba. Varias veces se había determinado a hablarles, pero no había encontrado el valor.

Las horas se prolongaron. Lo suficiente como para hacerla querer gritar. Después de la puesta del sol, y de que la celda quedara a oscuras, tres mujeres llegaron.

La mujer del pelo blanco a la cabeza de las tres vestía algo como lo que Youko había visto en los dramas históricos sobre la antigua China. Era bueno finalmente conocer a alguien, una mujer, no uno de esos sombríos hombres.

La mujer mayor les dijo a las dos que la acompañaban. “Ya pueden irse”. Depositaron los objetos que llevaban en la cama, se inclinaron y abandonaron la celda. Después de que se hubieran ido la mujer tiró de la mesa junto a la cama. Dejó la lámpara sobre la mesa. La lámpara parecía un candelabro de clase. Al lado dejó un balde de agua.

44

“Bueno, será mejor que se lave”.

Youko asintió. Lentamente se lavó la cara, manos y piernas. Sus sucias, ennegrecidas, y enrojecidas manos volvieron a su color original.

Para ese punto Youko notó lo difícil que era volver a mover sus extremidades. Era sin duda a causa del Jouyuu. Una y otra vez había forzado a su cuerpo a hacer cosas que apenas era capaz de hacer, y ahora sus músculos estaban desgarrados y rígidos.

Se lavó las manos y los pies lo mejor que pudo. El agua impregnaba los finos cortes. Iba a peinarse, deshaciendo la trenza. Fue entonces cuando se dio cuenta de algo verdaderamente extraño.

“¿Qué… qué es esto?”

Al desatarse la trenza su cabello cayó como olas. Lo miró. Sabía que su cabello era rojo, un rojo que se desvanecía en los extremos, casi blanqueados. ¡Pero no esto! ¿De dónde había venido este color tan extraño?

Era rojo, un rojo empapado en sangre, un rojo cambiado a un profundo color carmesí. Ser llamada pelirroja era una cosa, ¡pero no esto! No sabía como llamarlo, este tono imposiblemente extravagante. Un escalofrío la recorrió. Era el mismo rojo que el pelaje de la criatura en sus pesadillas.

“¿Qué sucede?” preguntó la anciana. Cuando Youko le indicó su cabello, echó la cabeza a un lado. “¿Por qué se preocupa así? No hay nada de malo. Un poco inusual, tal vez, pero bastante bonito”.

Youko sacudió la cabeza, buscó en el bolsillo de su uniforme y sacó un pequeño espejo. Sin lugar a duda, los mechones escarlata eran suyos.

Pero ¿quién era esa persona que la miraba? Por un momento no tuvo sentido. Tímidamente levantó las manos y las llevó a la cara. Lo mismo hizo la extraña en el reflejo. Era ella, se dio cuenta con asombro.

¡Esta no es mi cara!

Incluso teniendo en cuenta de que ese cabello podría tener su apariencia, ese era el rostro de alguien más. Su atractivo no era el problema. El problema era claramente que ese rostro… con su piel bronceada, sus ojos esmeralda… era el rostro de alguien más.

Youko gritó asustada. “¡Esta no soy yo!”

La anciana la miró con una expresión dudosa. “¿Qué no es?”

“¡Está! ¡Esta no es quien soy!”

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Capítulo 12

La anciana tomó el espejo del las manos de la distraída Youko y lo examinó calmadamente. “No hay nada de malo con el espejo que yo pueda ver”. Se lo devolvió a Youko.

Ahora que Youko lo pensaba, su voz también sonaba diferente. Se había convertido en una persona diferente. No una bestia o un monstruo, sino…

“Bueno, entonces, no te ves exactamente como solías”.

La risa en la anciana hizo que Youko se volteara a verla. “¿Pero por qué?” preguntó. Se examinó de nuevo en el espejo. Le dio una extraña sensación ver a una extraña en su lugar.

“¿Por qué? En realidad. No es algo que sepa”.

Con eso, tomó la mano de Youko y con un paño humedecido le secó las pequeñas heridas.

Cuando Youko examinó con más detenimiento el interior del espejo, podía comenzar a desentrañar los vestigios de sí misma que le resultaban familiares. Pero eran muy débiles.

Youko colocó el espejo boca abajo, decidida a no tomarlo nuevamente. Mientras no se mirara no importaría como se veía. Fuera verdad el espejo o no, no podía ignorar mucho su cabello, pero si pretendía que estaba teñido, muy bien podía pasarlo por alto. Eso no significaba que se hubiera resignado a cualquier otro aspecto de su apariencia, pero en ese momento no tenía el coraje de verse nuevamente.

La anciana dijo. “No puedo decir que conozca mucho de esto, pero pasa, eso he oído. Tarde o temprano te calmarás y te acostumbrarás”.

Quitó el balde de la mesa. Es su lugar colocó un tazón grande. Contenía algo como el mochi inmerso en sopa.

“Vamos, toma un poco. Hay mucho más que eso”.

Youko negó. No tenía hambre de nada.

“¿No vas a comer?”

“No quiero nada”.

“Pruébalo y dime. A veces es la única forma de saber si realmente tienes hambre o no”.

Youko silenciosamente negó. La anciana suspiró. Desde lo que parecía una tetera de barro se sirvió un poco de té.

“¿Usted vino de más allá?” Preguntó. Acercó una silla y se sentó.

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Youko levantó la mirada. “¿Más allá?”

“Del otro lado del mar. Viene del otro lado del Kyokai, ¿no?”

“¿Qué es el Kyokai?”

“El mar al pie de los acantilados. El Mar del Vacío, el mar tan negro como la noche”.

Así que se llamaba el Kyokai. Youko guardó esa palabra en su mente.

La anciana puso una caja con una piedra para tinta sobre la mesa y extendió una hoja de papel. Tomó un pincel de la caja y se lo entregó a Youko.

“¿Cuál es tu nombre?”

Youko dejó de lado su confusión, obedientemente tomó el pincel y escribió su nombre:

“Youko Nakajima”.

“Oh, sí, un nombre japonés”.

Youko preguntó, “Esta es China ¿no?”

La anciana inclinó la cabeza a un lado. “Este es Kou. Específicamente, el Reino de Kou”. Levantó otro pincel y escribió los caracteres.

“Esta es la ciudad de Hairou. Hairou está en Shin, un condado de Rokou. Rokou en una prefectura de Fuyou, la cual en un distrito de Jun. Jun es una provincia del Reino de Kou. Soy una de los más ancianos de Hairou”.

Su estilo de escritura solo era sutilmente diferente de la japonesa que conocía Youko. Incluso los caracteres chinos se veían muy parecidos.

“Eso es kanji, ¿verdad?”

“Si te refieres a lo que estoy escribiendo, entonces eso es. ¿Cuántos años tienes?”

“Tengo dieciséis. Entonces ¿cuáles son los kanji para Kyokai?”

“Es el Mar (kai) del Vacío (kyo). ¿Cuál es tu ocupación?”

“Soy estudiante”.

La anciana se detuvo al escuchar la respuesta de Youko. “Bueno, puedes hablar, y sabes de letras. Así que, además de la extraña espada que llevas ¿qué más estás llevando?”

47

Youko vació sus bolsillos: un pañuelo, un peine, un espejo de mano, una libreta y un reloj roto. Eso fue todo. Después de un examinar rápido, la anciana preguntó qué era cada cosa o qué significaba. Se tomó la cabeza y volvió a suspirar, y colocó todo en el bolsillo de su vestido.

“Um… ¿Qué me va a pasar?”

“Bueno. Eso lo deciden mis superiores”.

Estaban seguros de tratarla como criminal, pensó Youko. Pero la anciana sacudió la cabeza.

“No significa que hayas hecho algo mal. Es solo que todos los kaikyaku tienen que ver al gobernador. Así son las cosas. No hay necesidad de ir sacando conclusiones”.

“¿Kaikyaku?”

“Significa los visitantes (Kyaku) del otro lado del mar (kai). Dicen que vienen del este sobre el Kyokai. Dicen que del extremo más oriental hay un país llamado Japón. Nadie lo ha visto por sí mismo pero debe ser verdad, ya que muchos terminan acá”.

La anciana miró directamente a Youko, “A veces los japoneses son tragados por el shoku y terminan en nuestras costas. Como tú. Eso son los kaikyaku”.

“¿Shoku?”

“Se escribe con el mismo carácter que ‘eclipse’. Se trata de una tempestad, una muy grande, pero diferente de una tormenta. Está allí y, en un abrir y cerrar de ojos, ya no. Luego es cuando los kaikyaku aparecen”.

Luego agregó con una risa incómoda, “La mayoría de ellos están muertos. E incluso si viven no son muchos. Pero, aún así, los llevamos ante el gobernador. Hay mucha gente inteligente que sabrá que hacer contigo”.

“¿Cómo qué?”

“¿Cómo qué preguntas? Francamente, no lo sé. La última vez que un kaikyaku llegó a estas tierras fue en los días de mi abuela, y se dice que murió incluso antes de ser llevado a la prefectura marina. Eres una chica con suerte, llegando hasta acá sin haberte ahogado en el camino”.

“Pero…”

“¿Qué, niña?”

“Pero ¿Dónde estoy exactamente?”

48

“En el estado de Jun, ya lo dije. Acá”. La anciana señaló a la lista de nombres que había escrito.

“¡No es a lo que me refiero!”

Se giró hacia ella y le rogó a la anciana, quien la miraba perpleja. “Yo no sé nada de este Kyokai. No sé que reino es el Reino de Kou. ¡No sé nada de este mundo! ¿Qué es lo que sucede?”

La anciana no tenía respuesta a excepción de un suspiro.

“Dígame como puedo regresar a casa”.

“No se puede”.

La abrupta respuesta hizo que Youko retorciera sus manos. “¿No se puede?”

“Ningún ser humano puede cruzar el Kyokai. No importa cómo llegan acá, no hay vuelta atrás”.

La explicación no la satisfació en lo más mínimo. “¿No hay vuelta atrás? Eso es estúpido”.

“Es imposible”.

“Pero… Yo…” Las lágrimas brotaron de sus ojos. “Pero ¿qué hay de mi mamá y mi papá? No fui a casa ayer. Me perdí la escuela hoy. Tengo que ir a la escuela. Todo el mundo se va a preocupar”.

Fue un momento incómodo. La anciana desvió la mirada. Se puso de pie y comenzó a arreglar las cosas en la mesa. Dijo, “Probablemente será mejor que te acostumbres a como están las cosas”.

“¡Pero venir acá no era mi idea! ¡No tengo nada que ver con esto!”

“Eso es lo que todos los kaikyaku dicen”.

“Mi vida entera está allí. No traje nada conmigo. “¿Por qué no puedo irme a casa? Yo…”

Ninguna palabra más salió. Se echó a llorar. La anciana no le prestó atención. Dejó la habitación. Todo lo que trajo con ella se lo llevó, incluso la vela, dejando a Youko sola en

la oscura celda. El sonido de los pernos cerrando hizo eco en la oscuridad.

Youko gritó, “¡Quiero irme a casa!”

Pero era demasiado sobrellevar tal angustia. Se acurrucó en la cama y lloró. Finalmente lloró hasta el agotamiento.

Y se durmió sin sueños.

49

Capítulo 13

“Levántate”.

Youko fue despertada de su sueño. Sus párpados estaban pesados por el llanto. La luz del sol golpeaba fuertemente sus ojos. Fatigada y hambrienta la habían dejado pero aún no tenía ganas de comer.

Los hombres que la despertaron la ataron… no demasiado apretado… con una larga cuerda

y la llevaron afuera. Al salir del edificio había un carro esperándola afuera en la plaza, enganchado a un grupo de dos caballos.

La levantaron al carro. Desde ese punto de vista podía ver los alrededores de las plazas. Aquí, allá y en las esquinas una multitud de personas estaba reunida observándola.

¿Dónde, se preguntó, se había estado escondiendo toda esta gente? Ayer, el lugar se veía como nada más que las ruinas de una ciudad desierta.

Parecían orientales, aunque el color de su pelo era muy diferente. Con muchos de ellos reunidos se formaba un caleidoscopio humano. Cada persona tenía en su rostro una mezcla de curiosidad y odio. Realmente la veía como una criminal embarcando en un vagón policial.

En el instante fugaz entre que abrió los ojos y en que realmente despertó, había estado rezando de corazón para que todo esto fuera un sueño. El sueño se rompió por esos hombres que la arrastraron fuera de la celda.

No le habían dado la oportunidad de arreglar su vestimenta o apariencia. Su uniforme de escuela todavía estaba empapado con el olor a mar desde el momento en que cruzó por el remolino de la luna.

Otro hombre se subió al carro a su lado. El conductor soltó las riendas. Evaluando a ambos hombres, el único pensamiento de Youko fue, Dios, se moría por un baño, se moría por inmergir su cuerpo en el agua, lavarse con un jabón perfumado, vestir su pijama limpio e irse a dormir en su propia cama. Levantarse y comer la comida que preparaba su madre, ir a

la escuela, encontrarse con sus amigas, y hablar de cosas sin sentido que a nadie le importa.

Incluso se acordó de que no había terminado se tarea de química. El libro que había sacado de la biblioteca se había retrasado. Su programa favorito, que veía desde siempre, estuvo al aire la noche anterior y se lo había perdido. Esperaba que su madre lo hubiese grabado para ella.

Preocuparse de eso era inútil. Las lágrimas brotaron nuevamente. Youko apresuradamente bajó la cabeza. Quería enterrar la cabeza en sus manos, pero con sus manos atadas…

Será mejor que te acostumbres a como están las cosas.

50

No, no podía aceptar eso. Keiki nunca le dijo que no podía regresar a casa. No podía seguir así. No podía. Sin ser capaz de lavarse o vestir ropa limpia. Amarrada como una criminal, siendo transportada en el fondo de un sucio carro. Sabía que no era una santa, ¡pero no merecía ser tratada de esta manera!

Mirando hacia tras vio la puerta cerrarse detrás de ellos, recogió los brazos atados y se limpió la mejilla con el hombro.

El hombre a su lado (Youko supuso que sería Trenton) apretó su camisa contra su pecho y miró vagamente a la escena. “Um…” Youko preguntó tímidamente. “¿Adónde vamos?”

El hombre la miró con recelo. “¿Me hablas a mí?”

“Um, si… ¿adónde vamos?”

“¿Dónde? A la sede del condado. Vas a ver al gobernador”.

“¿Y después de eso? ¿Va a haber un tribunal o algo así?” No podía evitar la sensación de ser tratada como una criminal.

“Oh, van a encerrarte en algún lugar seguro hasta que decidan si eres una buena o mala kaikyaku”.

La franqueza de su respuesta hizo que Youko torciera la cabeza. “¿Una buena o mala kaikyaku?”

“Sí. Si eres una buena kaikyaku, te consiguen un guardián y te otorgan un lugar donde vivir. Si eres una mala kaikyaku se te envía a la cárcel, o simplemente te ejecutan”.

La

“¿Ejecutar…?”

reflexión

de

Youko

la

hizo

retroceder.

Un

sudor

frío

le

recorrió

la

espalda.

“Cuando aparece un mal kaikyaku todo se va al demonio. Si comienzan a ocurrir mala cosas y es por tu culpa, chau cabeza”.

“Cuando dice, cosas malas…”

“Me refiero guerras, desastres y el mismo infierno después. Si no se los mata rápido terminarán destruyendo el reino entero”.

“¿Pero cómo pueden estar seguros?”

El hombre soltó una risita. “Oh, enciérralos por un tiempo y lo averiguarás rápido. Te apareces y cosas malas comienzan a suceder, significa que eres una mala semilla, sin lugar a duda.” Hubo una mirada amenazadora en sus ojos. “Trajiste unos cuantos desastres contigo ¿no?”

51

“¿Qué quiere decir…?”

“Ese shoku que te trajo acá. ¿Sabes cuántas granjas quedaron enterradas en el lodo? La cosecha de Hairou este año va a ser un completo desastre”.

Youko cerró los ojos. ¡Oh, sí, eso! Pensó. Por eso la estaban tratando así. Para los aldeanos ella se había vuelto en un presagio de mala suerte.

La idea de la muerte la asustó hasta la médula. Y la idea de ser asesinada incluso más. Si iba a morir en un lugar extraño nadie lloraría por ella o la extrañaría. Sus padres ni siquiera podrían reclamar su cuerpo.

¿Cómo fue que llegó a esto?

De cualquier modo, no podía creer que este fuera su destino. Hace dos días había salido de su casa como cualquier otro día. “Hasta más tarde”, le había dicho a su madre. El día había comenzado como cualquier otro, debería haber terminado como cualquier otro. ¿Cuándo se arruinó todo?

Seguramente no debió haberse acercado a esos aldeanos. Debería haber sido más paciente y haberse quedado ahí en os acantilados. Debería haberles pegado a los que la trajeron aquí… o algo así, no ir a cualquier lugar con ellos en primer lugar.

Pero no tenía exactamente una amplia gama de posibilidades abiertas ante ella. Keiki le dijo que venía con él lo quisiera o no. Luego fueron perseguidos por esos monstruos. Había hecho todo para protegerse a sí misma.

Era como si hubiera sido atraída a algún tipo de trampa. En esa perfecta y ordinaria mañana la trampa ya había sido fijada. En las horas que siguieron la soga que elaboraron ya había cerrado. Para el momento en que se dio cuenta de que algo andaba mal era demasiado tarde, no había salida.

Tengo que salir de aquí.

Youko comprobó su creciente deseo de entrar en acción justo ahí y en ese momento. No había lugar para el fracaso. Si tomaba la oportunidad de hacer una escapada rápida no podría imaginar como la harían pagar. Tenía que tomar la oportunidad y salir corriendo de allí.

Ideas y pensamientos rondaron como un loco dentro de su cabeza a un grado que nunca había experimentado antes en su vida.

“Um… ¿cuánto tiempo tardará llegar hasta la sede del condado?”

“En carro, medio día”.

52

Youko levantó la cabeza. El cielo estaba azul, tan limpio como después de un huracán. El sol estaba directamente arriba. Tendría que hacer el escape antes de la puesta de sol. No tenía idea de cómo sería la sede del condado, pero sin duda escapar sería más difícil que la opción del carro con caballos.

“¿Qué hay de mis cosas?”

El hombre la miró con recelo. “Todo lo que un kaikyaku trae se confisca. Esas son las reglas”.

“La espada ¿también?”

El hombre la miró desconfiado. Youko lo tomó como advertencia. “¿Por qué lo pregunta?”

“Porque es importante para mí”.

Ella juntó suavemente las manos detrás de la espalda. “El hombre que me agarró, realmente la quería. Es realmente un alivio saber que no la robó”.

El hombre exhaló por la nariz. “Basura inútil. La vamos a entregar como se supone”.

“Sí, es solo un adorna, pero tiene que valer mucho dinero”.

El hombre la miró a la cara, luego abrió el saco de tela en las rodillas. La espada de joyas resplandecía de incrustaciones.

“¿Es un adorno?”

“Correcto”.

Teniendo así de cerca la espada la hizo sentir mucho mejor. Pero Youko, en cambio, se concentró en el hombre. Puso su mano en la empuñadura. Vamos, le insistió Youko, trate de sacarla, El hombre lo intentó, pero no fue capaz de sacarla. Keiki dijo que ella era la única que podría manejar la espada. Quizás era cierto que nadie además de ella podría, pero quería estar segura.

Puso todo su esfuerzo. La empuñadura no se separó de la vaina ni siquiera un milímetro.

“Por favor, devuélvamela”.

Se rió con desprecio a la petición de Youko. “Como te dije, va a las autoridades. Además, no te hará muy bien, que hay con el corte de tu cabeza. No importa cuanto desees buscar, no puedes ver mucho con tus ojos cerrados”.

Youko mordió el labio. De no ser por esas cuerdas, la espada sería suya. Quizás Jouyuu pudiera ayudarla, pensó. Pero sin importar cuanto tratase las cuerdas no cedía. Ni siquiera Jouyuu podía darle poderes sobrenaturales.

53

Buscando una manera de cortar la soga y tomar la espada, un destello de oro en el terreno le llamó la atención.

El carro entró a un terreno de montaña. Entre las hileras de árboles dispuestos cuidadosamente en el oscuro bosque reconoció un color familiar. Abrió bien los ojos. Al mismo tiempo Jouyuu mostró su presencia arrastrándose a través de su piel.

Había una persona en el bosque. Una con un cabello largo y dorado, cara pálida, vistiendo una túnica parecida a un kimono largo.

Keiki.

Mientras Youko susurró su nombre, una voz que no era la suya hizo eco en su cabeza.

Taiho.

54

Capítulo 14

“¡Deténgase!”

Youko se inclinó hacia delante y gritó, “¡Keiki! ¡Ayúdame!”

“¡Qué…!” El hombre a su lado la tomó por los hombros y la hizo sentar.

Youko se dio la vuelta. “¡Detenga el carro! ¡Alguien que conozco está por ahí!”

“No hay nadie que conozcas”.

“¡Estaba allí! ¡Es Keiki! Por favor ¡Deténgase!”

Los caballos desaceleraron la marcha.

La luz dorada ahora estaba más lejana. Pero la veía lo suficiente como para saber que había alguien ahí, y que a su lado había otra persona que vestía una capa oscura como la Parca, y que a su alrededor se habían reunido numerosas bestias.

“¡Keiki!”

Cuando gritó y saltó, el hombre se lanzó sobre los hombros de Youko. Ella cayó fuertemente sobre su espalda. Cuando levantó su cabeza nuevamente la luz dorada ya había desaparecido. Podía ver el lugar donde estuvieron, pero ellos ya habían desaparecido.

“¡Keiki!”

“¡Suficiente!” dijo el hombre duramente al agitarla. “¡No hay nadie ahí! ¡Deja de jugar con nosotros!”

“¡Él estaba ahí!”

“¡Cierra la boca!”

Youko se arrastró. El carro continuó. Youko echó un vistazo a sus espaldas. Por supuesto no había nadie ahí.

¿Por qué?

La voz que oyó en el instante en el que creyó haber visto a Keiki, estaba segura que fue la de Jouyuu. Por lo que debe haber sido Keiki. Ya había visto a sus criaturas también. Por lo que deben estar bien.

Pero, entonces, ¿por qué no me ayudaron?

55

Convulsionando por la confusión, dejó vagar su mirada. Pero no podía ver los cabellos dorados por ninguna parte.

En ese momento desde el interior del bosque se oyó un grito.

Youko intentó visualizar desde donde provenía el grito. Al igual que el hombre a su lado. Era el llanto de un bebé. Estaban escuchando el espasmódico llanto de un bebé.

El conductor no se inmutó hasta el punto en que siguió conduciendo. Les dirigió a los dos una mirada y agitó las riendas. Los caballos aligeraron el paso.

“Hey…” Su compañero señaló en dirección al llanto. “Pero es tan solo un bebé”.

“No importa. Escuchar a un bebé llorando en las montañas es una buena razón para mantenerse alejado”.

“Pero, aún así…”

El bebé comenzó a llorar como si lo estuvieran hirviendo, un grito fuerte y urgente que ningún humano podría ignorar. El hombre continuó buscando la fuente del llanto, inclinándose sobre un lado del carro. El conductor espetó, “No le prestes atención. He oído de hombres comidos por youmas por estas montañas, su aullido se oye como el llanto de un bebé”.

Youko se sintió tensa ante la mención de la palabra. Youma. Demonios.

El hombre frunció el ceño, mirando al bosque y luego al conductor. Con una dura expresión en su rostro, el conductor agitó las riendas nuevamente. El carro comenzó a saltar y balancearse a lo largo del camino montañoso. El bosque cubría el camino en ambos lados, sombreándolo en penumbra.

Por un breve momento Youko pensó que Keiki iba a salvarla, pero la presencia de Jouyuu se estaba haciendo más y más grande, y su cuerpo entero se estaba tensando hasta un grado alarmante. No había forma de que fuera así, sino estaría simplemente feliz de estar a punto de ser rescatado.

El lamento de la criatura, repentinamente se volvió más cercano y claro. Respondiendo a este, un llanto vino desde la dirección opuesta. Ahora el llanto estaba a su alrededor. Rodeando el carro, las voces agudas resonaron en el camino montañoso.

“¡Dios!” El hombre se puso tan rígido mientras miraba los alrededores. Los caballos del carro corrían a un ritmo cada vez desatento. El lamento se escuchó de nuevo, más cercano. No era el de un bebé. Ni el de un niño. Youko se estremeció, su pulso se elevó. La sensación la sintió impregnada en todo el cuerpo. Esta vez no era la presencia del Jouyuu, era más como el rugir del océano.

Youko gritó, “¡Desátame!”

56

El hombre miró a Youko y sacudió la cabeza.

“¿Si somos atacados tiene alguna forma de protegerse?”

Aturdido por la pregunta, solo pudo mover la cabeza.

“Entonces desátame. Y déme esa espada. Por favor”.

El anillo de gritos que rodeaba al carro se estaba cerrando. Los caballos estaban galopando al máximo. El carro saltó y saltó como si tratara de tirar a los pasajeros.

“¡Apúrese!” gritó Youko. El hombre hizo como si la golpeara. Fue entonces cuando ocurrió. Un gran estruendo. Ella fue catapultada en el aire.

Golpeó duramente el suelo, vagamente se dio cuenta de que el carro se había volcado. Aguantando la respiración, ahogando una ola de nauseas, levantó la vista para ver que los caballos y el carro habían volcado a un costado hechos trisas.

El hombre con el saco de tela había sido arrojado a una corta distancia de ella. Él se incorporó sacudiendo la cabeza. Aún tenía el saco bien aferrado al pecho. Los llantos sonabas desde el borde del bosque.

“¡Por favor! ¡Desáteme!”

Un caballo soltó un grito desgarrador. Youko lo vio con los ojos en pánico. Un perro negro, enorme, estaba atacando a uno del grupo. El perro tenía una mandíbula enormemente desarrollada. Cuando abrió la boca, parecía que la cabeza se dividía en dos. Su hocico era blanco. Un segundo después era carmesí. El hombre chilló.

“¡Desáteme y déme la espada!”

Él hizo oídos sordos a sus peticiones. Temblando, se puso de pie. Agarrando el saco, con la mano libre araño el cielo, y se cayó por la colina.

Cuatro bestias salieron del bosque, saltando por el aire hacia el. El hombre y las bestias se hicieron uno. Entonces las bestias se posaron en el suelo, dejando el duro cuerpo del hombre atrás.

No, él no estaba petrificado por el miedo. Le faltaba un brazo. Y su cabeza. Un rato después, el cuerpo cayó al suelo. Una fuente de sangre se desbordó manchando la tierra a su alrededor con una lluvia roja. Detrás de Youko, un caballo chilló, un relinche bien agudo.

Youko se refugió detrás del carro. Su hombro tocó algo, que la hizo comenzar a retorcerse. Era el conductor. Tomó las manos atadas de Youko. Ella vio que llevaba un cuchillo.

“No corras”, dijo. “Si nos vamos ahora, podemos deslizarnos a través de estos bastardos”.

57

Soltó las cuerdas que ataban a Youko y empezaron a bajar la colina, marchando ella frente a él. Una horda de bestias se reunió entorno al caballo en la cresta de la colina. Al pie de la misma otra horda estaba rodeando al hombre caído. Su único rasgo reconocible era su cabeza, que yacía unos metros más lejos.

Youko retrocedió ante la escena de masacre súbita. Le estaba pasando a otra persona, no a ella. Pero ahora su cuerpo se estaba preparando para la batalla. Avistó una piedra cercana y la recogió.

para la batalla. Avistó una piedra cercana y la recogió. ¿Qué se supone que debo hacer

¿Qué se supone que debo hacer con esta piedra?

Se enderezó, enfrentó el pie de la colina. Podía ver la pierna del hombre moviéndose en la síncopa del sonido de la alimentación frenética procedente de la nube peluda. Contó las piernas. Seis en total.

Youko se acercó a la manada. El llanto de bebé había cesado. El aire se llenó con el sonido del crujir de huesos y músculos. Uno de los perros levantó la cabeza repentinamente, su hocico estaba manchado de sangre. Como si los estuvieran llamando, uno a uno fueron levantando las cabezas.

¿Y ahora qué?

58

Youko cargó hacia delate en una pequeña corrida. El primer perro se le abalanzó. Ella lo golpeó de lleno en la nariz con una piedra. No lo suficiente como para noquearlo, pero lo suficiente como para hacer vacilar su cuerpo.

Esto no va a funcionar.

El grupo se retiró, dejando al descubierto la forma de lo que aún podía reconocerse como el cuerpo de un hombre.

Voy a morir acá.

Ella sería devorada como él. Sus mandíbulas y colmillos la desgarrarían en pedazos, en trozos de carne, y la devorarían.

Incluso cuando fue invadida por pensamientos tan desesperantes, Youko expulsó a los perros con las piedras y se echó a correr. Una vez que Jouyuu entraba en acción no había forma de pararlo. Lo mejor que ella podía hacer era quedarse fuera de su camino y rogar que el fin fuera rápido e indoloro.

Youko corrió, sintiendo cortes y dolores punzantes corriendo por sus piernas, brazos y espalda.

Mirando atrás para pedir ayuda, vio al conductor corriendo en dirección contraria, agitando locamente el cuchillo. Así como se escabullo en la maleza fue arrastrado a la sombra de los árboles.

Youko se preguntó por qué se dirigió así e inmediatamente se dio cuenta de que fue usada como carnada. Mientras que los perros estuvieran ocupados atacándola, él se escabulliría entre los árboles. Aunque no salió como él lo esperaba. Fueron tras él, en cambio.

Ella se estaba quedando sin piedras. Estaba a tres pasos del cadáver.

Una bestia se le acercó desde la derecha. Ella la golpeó en el hocico a puño libre. Otro hizo un corte en sus tobillos, se levantó y casi se le abalanza. Ella saltó. Fue golpeada en la espalda duramente, cayó delante y la cara se le enterró en el cuerpo del muerto.

¡Oh, asco!

No gritó. Estaba demasiado aturdida por ahora. Solo sintió algo de repulsión. Se enderezó, se puso de cuclillas, y se preparó. No pensó que sería muy bueno tratar de derribar a estos monstruos, pero, sorprendentemente, bajaron las cabezas y mantuvieron distancias. Sin embargo no podía seguir así por siempre.

Youko hundió la mano debajo del cuerpo buscando entre la carne destrozada. Era conciente de que en un segundo estuvo vivo y muerto al siguiente. Ella no tenía tiempo. Una vez que las bestias tomaran su decisión, todo acabaría.

59

Sintió algo duro en la mano. La empuñadura de la espada prácticamente saltó a la mano. Una inarticulada emoción la atravesó.

Había alargado su vida. Pero cuando intentó extraer la vaina, al la mitad se quedó trabada en algo. Se le había dicho nunca separar la vaina de la espada. Dudó, y no tenía tiempo para dudar. Desenfundó la espada. Con la hoja de la espada cortó la cuerda que ataba la joya y la apretó en la palma de la mano.

Los perros comenzaron a moverse. El primero cargó dentro de su campo de visión. Su brazo derecho se movió y la espada cortó.

“¡Ayaaaa!” Un grito inarticulado salió de su garganta.

Los perros venían desde ambos lados. Ella los cortó, abrió una brecha entre la multitud y se echó a correr. Ellos cargaron contra ella nuevamente. Youko golpeaba y corría, y Lugo, con todas las energías restantes en su cuerpo abandonó en lugar.

60

Capítulo 15

Youko se sentó contra las raíces de un árbol.

Bajando la colina había acortado el comino de las montañas. Aquí fue cuando finalmente sus piernas no dieron más abasto.

Usó la manga del brazo para secarse el sudor de su frente. El tejido de su uniforme Seifuku estaba pesado por la sangre. Youko hizo una mueca, se quitó la chaqueta y la utilizó para limpiar la espada. Sostuvo la hoja frente a sus ojos.

Recordó leer en su clase de historia que se podía matar a tanta gente con una espada japonesa antes de que la sangre espesa entorpeciera su eficacia. Estaba segura de que la espada se había dañado durante la pelea, y cuidadosamente pulió el metal hasta que no hubiera ni una mancha en el acero.

“Que raro…”

Raro era todo lo que podía sacar de la espada. Cuando la tomó por primera vez, le parecía pesada en mano. Pero ahora, libre de la vaina, era tan liviana como una pluma.

Después de haber restaurado el brillo de navaja a la punta afilada, la enrolló en la chaqueta. Se tomó un minuto para pensar su situación.

Había dejado la vaina atrás. Quizás debería volver por ella.

Nunca separes la espada de la vaina. Así se le había dicho, ¿pero era porque la vaina tuviera algún valor? ¿O era porque la joya estaba atada a esta?

La remera que llevaba bajo la chaqueta del uniforme estaba empapada en sudor. Se estaba poniendo fresco pero no tenía valor para ponerse la chaqueta bañada en sangre. Ahora que tenía tiempo para sentarse y pensar, realmente le dolía el cuerpo. Sus brazos y piernas estaban cubiertos de lastimaduras.

Había marcas de mordidas a través de las mangas de su remera. La sangre que brotó había manchado la tela blanca.

Su pollera estaba rota, sus piernas lastimadas con incontables heridas. La mayoría todavía estaba sangrando, pero comparado al daño que esos colmillos podían hacer… que quitaron la cabeza de ese hombre así… esas apenas eran cortes y magulladuras.

Nuevamente, raro. No había forma de que hubiera podido salir así. Pero ahora que lo pensaba, cuando estaban en la oficina del subdirector y las ventanas estallaron, todo el mundo se había lastimado a excepción de ella. Y cuando cayó del lomo de Hyouki hacia la playa sufrió apenas un poco más que golpes y contusiones.

61

Todo era muy raro, aunque teniendo en cuenta que incluso su condición física había cambiado, no era más extraño que cualquier cosa que le hubiera pasado.

Lo que sea, suspiró. Tomó unas cuantas respiraciones profundas. Notó que su mano izquierda todavía estaba cerrada en un puño. Enderezó sus dedos aún rígidos. La gema azul marina cayó. Cerrando la mano a su alrededor nuevamente era evidente que la joya estaba aliviando el dolor.

Sostuvo la joya fuertemente y durmió por un rato. Cuando despertó, todas sus heridas habían cerrado y sanado.

“Esto es muy raro…”

El dolor persistió una vez más, lo suficiente como para caer en lágrimas. Solo sintió una leve fatiga. Definitivamente no iba a perder la joya, la única cosa en la vida de la que estaba agradecida. Debe ser por eso que le dijeron lo importante que era no separar la espada de la vaina.

Se quitó el pañuelo del cuello de su uniforme y con la espada cortó una delgada franja de tela. Doblándola fuertemente enroscó la tela en la joya y la colgó en su cuello.

“Jouyuu”, dijo, enfocando su atención en su interior. No hubo respuesta.

“Tengo una pregunta. Di algo”.

Él no contestó.

“¿Qué se supone que haga ahora? Quiero decir ¿dónde debería ir?”

Ninguna voz le respondió. Ella sabía que él estaba ahí. Concentró sus pensamientos y su atención, pero no sintió ni un poco su presencia. Oyó algo así como el tenue rose de las hojas, pero todo lo que sintió fue silencio.

“¡Hey, un ‘izquierda’ o ‘derecha’ estaría bien por mí!”

Youko continuó con su monólogo. “Mira, no sé nada de este lugar ¿de acuerdo? Solo estoy pidiendo un consejo, eso es todo. Si me voy a cualquier lugar donde haya mucha gente, probablemente me arrestarán, ¿no? Y si me arrestan, pronto me matarán. Así que seguiré corriendo y se aseguraré de no cruzarme con nadie, ¿entonces qué? ¿Debería estar buscando una puerta mágica que me lleve de regreso a casa? No es probable, ¿eh?”

Olvidándose de lo que debía hacer, ni siquiera tenía idea de que hacer. No hacía mucho por ella misma quedándose sentada ahí, pero tampoco era como si tuviese algún lugar al cual ir.

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El anochecer caía rápido en el bosque. Ella no tenía ningún tipo de luz, nada que pudiera llamarse una cama. Nada que comer, nada que beber. Era muy peligroso acercarse a pueblos o ciudades, y deambular por el lo salvaje no era exactamente seguro.

“¡Todo lo que quiero saber es que tengo que hacer! ¿Al menos podrías darme una pista o dos?”

Como era de esperarse no hubo respuesta.

“¿Qué demonios sucede? ¿Qué le pasó a Keiki y a los otros? Estaba allá atrás, ¿no? ¿Por qué simplemente desapareció? ¿Por qué no me ayudó? ¿Por qué?”

Solo el crujir de las hojas le respondió.

“Te lo ruego. ¿No puedes decir nada?”

Las lágrimas brotaron. “Quiero irme a casa…”

Youko no podía decir que amara la vida que había estado viviendo. Pero ahora que fue separada de esa vida, la extrañaba tanto que dolía. Haría lo que fuera por volver a casa. Si pudiera ir a casa nunca volvería a dejarla.

“Quiero ir a casa”.

Mientras lloraba como una niña, se le cruzó un pensamiento. Se había escapado. Se había escapado de tener que ir a ver al gobernador, de ser comida por esos perros. Había llegado tan lejos y había sobrevivido. Abrazó sus rodillas al pecho.

Pero, ¿estaba en una mejor situación?

Si duele tanto…

Sacudió la cabeza, apartando esos pensamientos que brotaban en su mente. Era muy aterrador pensar en cosas como esa, pensamientos más persuasivos que cualquier palabra. Abrazó sus rodillas más fuertemente.

Fue entonces cuando, de repente, escuchó una voz. Una extraña y aguda voz, riendo como un anciano, riéndose de los pensamientos que ella tanto estaba tratando de resistir.

“Si duele tanto, ¿por qué? Todo podría terminar en tan solo un instante”.

Youko miró a su alrededor. Por primera vez, su mano derecha estaba en la empuñadura de la espada. El bosque estaba oscuro como la noche. Solo había luz suficiente para ver algunos árboles y arbustos.

63

Desde el medio de la noche llegaba un tenue resplandor, quizás dos metros más allá de donde estaba Youko, una delgada fosforescencia azul se irradiaba a través de la maleza.

Mirando la luz, Youko se quedó sin aliento. Era un mono, su pelaje brillaba como fuego fatuo. Solo se veía la cabeza, por la maleza alta. Miró a Youko, mostró los dientes y se echó a reír, una risa chillona que rompía los tímpanos.

“¡Si te hubieran comido todo habría acabado antes de que lo supieras!”

Youko sacó la espada de la chaqueta. “¿Qué… eres?”

El mono rió, con su risa chillona de nuevo. “Yo soy lo que soy. Niña tonta, huyendo, ¿no? Si te hubieran devorado, bueno, no tendrías esos incómodos pensamientos”.

Youko elevó la espada. “¿Quién eres?”

“Pero ya te lo dije, ¿no? Soy quien soy. Tu aliado. Pensé en decirte algunas cosas buenas para variar”.

“¿Cosas buenas…?”

Youko no se tragó ni una palabra de lo que le decía. Jouyuu no presentaba ninguna tensión o preocupación, por lo que pensó que no era un enemigo. Pero su extraña apariencia la convencía de que no era una criatura normal.

“No hay regreso a casa para ti, niña”.

Youko lo miró duramente. “Cállate”, ella le acercó la espada.

“Oh, no, no puedes ir a casa. Absolutamente y positivamente no. Porque no hay ninguna forma para que lo hagas, ahora, ¿acaso la hay? ¿Debería decirte algo bueno?”

“No quiero oírlo”.

“Oh, te lo diré de todas formas. Tu, niña, has sido realmente engañada.” El mono soltó una risa.

“¿En… engañada?” Se sentía como un baldazo de agua fría.

“Eres una niña muy tonta, ¿no? Era una trampa desde el principio, ¿no lo sabías?”

Su respiración se detuvo por un momento. Una trampa. ¿De quién? ¿De Keiki? ¿Una trampa de Keiki? La mano que sostenía la espada comenzó a temblar, pero no encontró las palabras para negar lo que el mono le decía.

“Lo supiste todo el tiempo, ¿no es cierto? Él te trajo acá y no hay vuelta atrás. Esa es la trampa ¿no lo ves?”

64

La perforante risa del mono atravesó sus oídos.

“¡Basta!”

Agitó la espada ciegamente. Las puntas de las hierbas bailaban con un sordo y seco zumbido. Por todo su temerario esfuerzo, la agitada punta de espada no logró alcanzar al mono.

“Ahora, ahora, no oír la verdad no cambiará las cosas ni un poco. Agitando eso de esa forma, bueno, vas a lastimarte”.

“¡Basta!”

“Y que fina pieza de trabajo que es, en efecto. ¿Por qué no darle un uso mejor? ¡Córtenle la cabeza! ¡Un trabajo hecho para ti!” El mono echó la cabeza atrás hacia el cielo y gritó histéricamente.

“¡Basta!”

Ella se lanzó pero el mono ya no estaba ahí, al alcance de la espada. Solo un poco más lejos, solo su cabeza sin cuerpo visible.

“Ahora, ahora, ¿realmente quieres matarme? Después de todo, si no hubiera estado ahí no tendrías nadie a quien hablarle”.

La cruda verdad de sus palabras la golpeó terriblemente.

“¿Te hice mal? ¿No me dirigí educadamente al hablarte?”

Youko perdía la paciencia, cerró los ojos.

“Oh, sí, pobre, pobre de ti, ser llevada a un sitio como este”.

“¿Qué debería hacer…?”

“No veo que haya algo que puedas hacer”.

“No quiero morir”. La mera idea era demasiada horrible de contemplar.

“Has lo que se te antoje entonces. Tampoco quiero que mueras, niña”.

“¿A dónde debería ir?”

“¿Importa realmente? No se puede, no cuando eres perseguida tanto por gente y youmas”.

Youko hundió la cara en sus manos. Las lágrimas brotaron.

65

“Así es, niña. Llora mientras puedas. Antes de que te des cuenta ya no habrán lágrimas”.

El mono se rió estridentemente. El sonido de su risa era lejano. Youko elevó la cabeza.

“¡Espera!”

No quería que la dejara. Puede que fuera un completo extraño, pero era mejor tener a alguien, cualquiera con quien hablar que estar perdida y sola en ese lugar.

Para ese momento levantó la cabeza para ver que el mono se había ido. Ella solo escuchó los chillidos de su risa a la distancia, resonando en la profunda y negra oscuridad.

66

Capítulo 16

Si duele tanto, podría acabar en un instante.

Las palabras del mono resonaban en el fondo de su corazón. Ella no podía sacarlas de su mente. Tampoco podía apartar la mirada de la espada que descansaba sobre sus rodillas. Ahí yacía, fría y dura, brillando a la luz apenas perceptible.

Si duele…

No podía alejar esos pensamientos. Sacudió su cabeza, la echó a un lado. No podía volver. No podía avanzar. Solo estaba sentada ahí mirando la espada.

Después de un rato la hoja comenzó a arrojar una luz tenue pero perceptible. Youko abrió bien los ojos. Lentamente, el contorno blanco de la espada surgió de la oscuridad. Youko la levantó y la sostuvo frente a ella. La espada emitía un brillo que deslumbraba en la noche. La ranura de hoja de doble filo era tan ancha como sus dedos. Youko se concentró en los colores que bailaban en ella.

Pronto comprendió que era una imagen de algún tipo que era proyectada por la espada misma. Al principio, creyó que era ella misma, pero se dio cuenta que no. Cuando vio más de cerca la hoja vio que era la silueta de una persona, de alguien trabajando.

Oyó un sonido familiar. El claro sonido del agua, una gota irrumpiendo la calma superficie. Mientras se concentraba, la proyección se volvió más clara. Las notas sonaban y la imagen tomaba forma, como las ondas que se dibujan a través de la superficie reflectante de un estanque suavemente animado.

Era una mujer, una mujer ocupada en una habitación.

Youko comprendió lo que estaba viendo. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

“Mamá…”

Era cierto. La persona a la que estaba viendo era su madre, y la habitación que estaba viendo era la suya. El empapelado con el patrón marfil sobre un fondo blanco, las cortinas vestidas de diseños de flores pequeñas. La colcha de retazos en la cama. Los muñecos de peluche en el estante. En su escritorio, ‘El Largo Invierno’ por Laura Ingalls Wilder.

Su madre caminaba sin rumbo por la habitación, tocando algunas cosas de aquí y allá. Fue a tomar un libro, pasaba la páginas, fue a abrir un cajón, tal vez para mirar adentro, pero se sentó en la cama y sus piró.

Mamá…

67

Su madre se veía cansada. La expresión en su rostro hizo que a Youko le doliera el pecho. Su madre realmente estaba preocupada. Habían pasado dos días desde que Youko se había ido. Ni un día había llegado tarde a cenar sin antes informarles sobre su paradero.

Una por una su madre tomó los muñecos dispuestos a lo largo del borde de la cama, y los acarició suavemente. Luego se recostó sobre la cabecera, junto a la muñeca y estalló en llantos ahogados.

Youko no podía evitarlo. “¡Mamá!” llamó, como si estuviera en la habitación con ella.

Tan pronto como habló la escena terminó. Youko pronto volvió en sí. Sus ojos se volvieron a enfocar. Todo lo que veía era la espada. La luz brillante se había ido, no podía ver nada en la espada. El sonido del agua cayendo había cesado.

“¿Qué fue eso?”

¿Qué rayos había visto?, se preguntó. Se veía tan real. Sostuvo la espada frente a ella nuevamente. Sin importar cuanto se concentrase, las imágenes no reaparecieron. Tampoco el sonido del agua.

El sonido de una gota de agua cayendo.

Recordó.

Era el sonido que había oído en sus sueños. Los sueños que se habían prolongado por un mes. El mismo sonido que los acompañaba. Esos sueños se habían convertido en realidad. ¿Pero qué hay de la visión que acababa de ver? Cuanto más lo pensaba menos lo entendía. Sacudió la cabeza. No, había visto a su madre porque deseaba desesperadamente volver a casa.

Miró en la dirección en la que desapareció el mono.

No puedes volver a casa. Era una trampa.

Si eso era cierto, todas sus esperanzas fueron en vano. Pero no fue una trampa, Seguramente, incluso si Keiki no hubiera sido capaz de ayudarla, eso no significaba que la hubiese abandonado.

No… no había visto su cara claramente. Puede que se hubiera equivocado. Quizás no era él.

“Eso debe ser”.

Se veía como Keiki, pero no lo era. La gente de por aquí tenía el pelo de diversos colores. Pensó que era Keiki por el cabello rubio, pero no había visto claramente su rostro. Y ahora que lo pensaba, la figura del hombre que había visto era un poco más chica que Keiki.

“Sí, sí, eso el lo que pasó”.

68

No era Keiki después de todo. Keiki no la hubiera abandonado de esa forma. Si tan solo pudiera encontrar a Keiki, estaba segura que podría regresar a casa.

Agarró firmemente la espada por su empuñadura. Una serie de sensaciones atravesaron su cuerpo.

“¿Jouyuu?”

Su cuerpo se irguió en acuerdo. Se quitó la chaqueta doblándola alrededor de la espada y la colocó a un lado, se preparó. “¿Qué es esto?” preguntó, sabiendo que no habría respuesta, examinó sus alrededores. Su pulso de elevó.

De delante llegó el sonido seco de algo abriéndose paso entre la maleza. Eso se estaba acercando. La siguiente cosa que oyó fue un aullido, como cuando un perro marca su territorio para todos lo que lo puedan oír.

Esos perros.

¿Los mismos perros que la atacaron antes?

En cualquier caso, estaba en una clara desventaja peleando en las sombras. Dio un vistazo atrás. Tenía que encontrar algún lugar con un poco más de luz. Se movió con pasos cuidadosos, basándose en los impulsos de Jouyuu para guiarla. Se puso a correr. Al mismo tiempo, detrás suyo, esa enorme cosa salió de la maleza y corrió tras ella.

Youko corría a través del bosque negro. Su perseguidor debería haber sido lo suficientemente rápido como para alcanzarla pero no era lo suficientemente inteligente. Mientras se lanzaba de árbol en árbol, podía oír su pesada masa golpeando de lado a lado, y el ruido ocasional mientras golpeaba duramente contra el tronco de un árbol.

Ella corrió hacia la luz, saliendo del bosque.

Se encontró en una terraza que sobresalía de la parte deforestada de la montaña, bañada en luz blanca de la luna. Por debajo de ella una ininterrumpida vista de una serie de montañas abiertas. Maldiciendo el no estar en un campo abierto, Youko se volvió hacia atrás y se armó de valor. Con un gran estruendo la enorme sombra salió a la luz.

Se parecía a un toro grande con un largo pelaje que hacía ondas al respirar. Le gruño como un doberman.

Ella no sintió ni pánico ni sorpresa. Su corazón se aceleró, su aliento quemó su garganta, pero cualquier miedo que pudiera sentir por esta bestia se desvaneció. Se concentró en los susurros de Jouyuu. Su cuerpo se llenó con el estruendo del mar. Sin embargo, no podía hacer otra cosa que pensar, Dios, odio llenarme de sangre.

69

Perdió noción del tiempo. La luna se elevaba en lo alto del cielo. La espada de plata brillaba a la clara luz de la luna.

Y entonces, bajo el cielo de la noche, se manchaba de negro. Llevó tres golpes más a las rodillas de la bestia. A medida que se acercaba y encestaba los golpes de gracia, vio ojos rojos brillantes reunirse a sus alrededores en la oscuridad.

Caminó solo por donde hubiera luz. Incontables veces hizo retroceder a los youmas atacantes.

Esas criaturas no podían soportar la luz del día. Por lo que se acercaron a ella una y otra vez durante la noche. Aunque no fue una batalla continua, la gema no podía detener su creciente fatiga. Para el momento en que la luz del sol apareció en el camino, ella estaba llevando la espada por el suelo y usándola como bastón. Caminar dolía como mil demonios.

Se volvía más claro y los ataques disminuían. Con los primeros rayos del sol cesaron completamente. Youko quería colapsar ahí al costado del camino, pero sería peligroso si alguien la encontraba ahí. Arrastrando los miembros dolidos llegó hasta unos árboles al lado del camino y encontró una parte de la tierra que estaba cubierta. Apretó la espada contra el pecho y cayó en un profundo sueño.

70

Parte III

Youko se despertó para la tarde. Caminó sin rumbo durante el día, pasó la noche luchando contra los youmas. Se durmió en medio de la maleza, comía lo que podía encontrar, nueces vallas. Pasaron tres días de la misma forma.

Youko estaba tan cansada que no tenía problemas en dormirse. Aunque el sueño no aumentó su hambre. No sentía como si se estuviera muriendo de hambre mientras llevara la joya, pero eso no la llenaba. Su cuerpo se sentía como si estuviera siendo roído de adentro hacia fuera por miles de gusanos.

Al cuarto día abandonó la idea de caminar sin rumbo ni dirección. Aún no sabía adonde ir. Había estado con la expectativa de que eventualmente encontraría lo que estaba buscando. Ahora tenía que hacer frente al hecho de que simplemente estaba andando en círculos. No iba a ninguna parte.

Ella tenía que encontrar a Keiki. Para hacerlo tenía que ir donde la gente. Pero una vez que averiguaran que era una kaikyaku la encerrarían y volvería a donde empezó.

Youko se miró. Realmente tenía que conseguir ropa diferente. Si solo pudiera cambiar su apariencia, la gente probablemente, de vista, no notaría que ella era una kaikyaku.

El problema era como conseguir ropas diferentes. No tenía idea de que usaban como dinero ahí, y además, no llevaba dinero consigo. Por lo que no iba a comprar nada. Hacer las cosas legalmente limitaba sus opciones. Por otro lado, podía amenazar a las personas con la espada y tomar su dinero.

La lógica de un cambio de vestuario surgió en ella con bastante rapidez. En realidad, robar a alguien era otra historia. Pero, vagar por las montañas por cuatro días la hizo cambiar de parecer. Tenía que permanecer con vida. Eso no significaba matar gente y robar a sus cuerpos. Youko se estaba acercando a los límites de dudar en hacerlo o no.

Desde la sombra de un árbol, Youko miró una pequeña aldea. La aldea era un conjunto de humildes viviendas hacinadas en el centro del valle.

Reuniendo su valor, abandonó la sombra de los árboles. Se acercó a la casa más cercana para echar un vistazo. En lugar de un muro, la casa estaba rodeada por un pequeño jardín. El techo era de tejas negras, las paredes de barro blanco desgastado hasta las tablillas.

No había vidrios ni ventanas. Los pesados postigotes de madera también habían sido dejados abiertos. Youko se acercó revisando los alrededores. Esos días, ella podría haber visto un conejo rabioso enfrente y ni siquiera pestañar, pero ahora, si no estaba cerrando la boca fuertemente, sus dientes hubieran tiritado.

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Youko echó un vistazo por una de las ventanas. Vio un suelo sucio y pequeño, una chimenea y una mesa. No se veía como una cocina normal. No vio a nadie ahí ni oyó nada fuera de lo ordinario.

Con pasos silenciosos se arrastró por la pared de la casa. Junto al pozo, se encontró con lo que llegó a ser una puerta de madera. Cuando la empujó, se abrió, aunque terqueadamente. Contuvo la respiración mientras miraba su interior. Luego llegó a la conclusión de que era una casa y que nadie estaba en ella. Lentamente, liberando el aliento, entró.

La habitación era de tres por tres metros. Los muebles eran modestos, pero se parecía a una casa. Cuatro paredes, algunos muebles, e implementos varios de la vida cotidiana. Sólo esto fue casi suficiente para llevarla a las lágrimas de nostalgia.

Tras una revisión más cuidadosa, la sala solo tenía unos pocos armarios. Fue a una puerta. Se abría a una habitación. Había solo dos camas en los extremos opuestos de la habitación. Un estante, una pequeña mesa y una gran caja de madera. Aparentemente solo había dos habitaciones en la casa.

Revisó para asegurarse de que la ventana estuviese abierta, entró en la habitación y cerró la puesta tras suyo.

En primer lugar, examinó los estantes. No encontró nada ahí. Después abrió la caja de madera. Una gran variedad de telas y tejidos estaban embalados en su interior. Un segundo vistazo le dijo que no había nada que pudiera usar. Una mirada alrededor de la sala, reveló que no había nada más que pudiera contener ropa. Con la expectativa de que en algún lugar debería haber algo para vestir, comenzó a revolver toda la ropa.

El cofre de madera era tan grande como un televisor de pantalla grande. Contenía pequeñas cajas que a su vez contenían una amalgama de cosas, sábanas y colchas, y algunas ropas de niños que sabía que no le entrarían.

No podía creer que no hubiera ni una prenda que le ándase. Mientras colocaba sus ojos en la habitación, otra vez, oyó la puerta principal abrirse. Youko literalmente pegó un salto al igual que su corazón. Echó un pequeño vistazo a la ventana. Ahora parecía estar a kilómetros de distancia. Se le haría imposible moverse hasta donde estaba sin atraer la atención de la persona en el otro lado de la puerta.

No entres.

Pequeños pasos suaves en la habitación contigua. La puerta de la habitación se movió. Youko no pudo. Se quedó ahí paralizada frente al cofre, con su contenido desparramado. Reflexivamente, tomó el mango de la espada, se detuvo.

Ella robaba porque era lo que tenía que hacer para mantenerse viva. Sí, sería fácil intimidar a las personas con la espada, pero si la intimidación no funcionaba, realmente tendría que usarla.

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Si tanto duele, podría terminar en un instante.

La puerta se abrió. Una mujer comenzó a entrar en la habitación, una mujer de gran envergadura y cercana a la mediana edad. Al ver a Youko se detuvo y comenzó a moverse violentamente, como si estuviera teniendo una convulsión.

Youko no tenía ganas de salir corriendo, ahora. Se quedó parada silenciosamente. Poco a poco, sus nervios se calmaron y se resignó a lo inevitable. Ella sería arrestada y conducida a la sede del condado, y seguramente ejecutada. Todo acabaría. Finalmente podrá olvidar para siempre su hambre y cansancio.

La mujer miró la ropa esparcida a los pies de Youko. Dijo en una voz temblorosa, “No hay nada que merezca ser robado”.

Youko esperaba que la mujer gritara.

“¿Era por la ropa? ¿Por qué necesitabas algo que vestir?”

La sencillez de la pregunta dejó a Youko demasiado desconcertada como para responder. La mujer tomó ese silencio como un ‘sí’. Se movió desde la puerta hasta la habitación. “Guardo la ropa por acá”. Se acercó a la cama cercana a Youko, se arrodilló y quitó la colcha, revelando un cajón debajo. “Esa caja de ahí es para cosas vieja que ya no necesito, para mi hija que murió”.

Abrió la caja y sacó un conjunto. “¿Entonces qué tipo de ropa te gusta? No tengo mucha más a parte de la mía”. Miró a Youko. Youko comenzó a volver en sí. Como no respondió, la mujer levantó un kimono. “Lástima que mi hija murió tan joven. Esa es la pura verdad”.

“¿Por qué…?” Espetó Youko. ¿Por qué no hacía sonar la alarma? ¿Por qué no corría?

“¿Por qué preguntas?” dijo la mujer mirando a Youko. Youko se quedó sin palabras. La mujer rió un poco rígida, dejando el kimono. “¿Vienes de Hairou?”

“Yo… um…”

“Ahí hay un gran alboroto de kaikyakus huyendo”.

Youko se quedó en silencio. La mujer esbozó una sonrisa irónica. “Mucha gente cabeza dura, eso es seguro. Dicen que los kaikyaku destruirán el reino. Los kaikyaku destruyen a diestra y siniestra, dicen. Un shoku ocurre y es todo culpa de los kaikyaku, dicen. Que cosas tontas que dicen”.

Examinó a Youko de pies a cabeza. “¿De donde vino esa sangre sobre usted?”

“Cuando estaba en las montañas, los youmas…” No pudo decir nada más.

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“Ah, fuiste atacada por los youmas, ¿no? Hay muchos de ellos últimamente. Parece que te las haz arreglado bastante bien”.

La mujer se puso de pie. “Vamos siéntate. Apuesto a que estas hambrienta. ¿Tienes algo de comer? Te estas poniendo definitivamente gris”.

Youko solo pudo dejar caer los hombros y sacudir la cabeza, no.

“Bueno, entonces, consigamos algo para nosotras. Voy a calentar algo de agua y vamos a quitar toda esa suciedad de ti. Podremos decidir que vestir después de todo”. La mujer recogió las cosas alegremente y comenzó salir. Regresó su mirada a Youko, quien todavía no se había movido de sonde estaba parada. “Ahora, ¿Cuál es tu nombre?”

Youko comenzó a responder. Ninguna palabra salió. Se dejó caer en rodillas, las lágrimas se derramaron por sus mejillas.

“Oh, pobre de ti. Está bien, está bien”. La mujer habló de un modo maternal, sus cálidas manos acariciaron la espalda de Youko. “Debe haber sido muy duro para ti estar allá afuera. Estarás bien”.

El peso, de todo lo que Youko había estado soportando, se desplomó a la vez. Los sollozos estallaron en su garganta. Se acurrucó en el suelo y lloró como si el mundo se fuera a terminar.

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Capítulo 18

“Bueno, entonces, ¿por qué no te pones esto?”

De pie, detrás de un biombo, la mujer le entregó a Youko un camisón. “¿Te quedarás esta noche? Puedes usar esto de momento”.

Youko inclinó la cabeza profundamente en gratitud.

La mujer consoló a Youko, que seguía sollozando. Luego preparó papilla de arroz con porotos azuki. Llenó una bañera con agua caliente y le preparó un baño a Youko. Después de que su hambre fuera saciada, Youko se baño con agua caliente y vistió ropas limpias. Estaba comenzando a sentirse como una persona real otra vez.

“Estoy muy, muy agradecida por todo lo que ha hecho”. Dijo Youko rodeando el biombo que la mujer había colocado alrededor de la bañera y volvió a inclinarse. “Lo siento mucho por todo”.

Después de todo, había intentado robarle a esta mujer.

Cuando la miró directamente, pudo ver que los ojos de esta mujer eran azules. Los ojos azules de la mujer se suavizaron y ella rió.

“Oh, no te preocupes. Déjalo como está. Ten algo caliente para comer. Toma también esto. Te ayudará a dormir. Ya he hecho tu cama”.

“Lo siento”.

“Como dije, no te hagas problema. Espero que no te importe, pero alejé esa espada tuya. Me ponía nerviosa”.

“Sí. Lo siento”.

“Oh, no es nada por lo que tengas que seguir disculpándote. Ahora, creo que no escuché tu nombre”.

“Youko Nakajima”.

“Los kaikyaku tienen nombres divertidos. Puedes llamarme Takki”. Le acercó una taza de té a Youko.

Youko la tomó y preguntó, “¿Cómo se deletrea su nombre?”

Takki hizo un bosquejo de los caracteres para ‘éxito’ (tatsu) y ‘esclava’ (ki) con el dedo sobre la mesa. “Así que, Youko ¿hay algún lugar al que tengas que ir?”

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Youko sacudió la cabeza. “No, ningún lugar en particular. Takki-san ¿Alguna vez escuchó sobre alguien llamado Taiki?”

“¿Keiki? No conozco a nadie con ese nombre. ¿Estás buscándolo?”

“Sí”.

“¿De dónde es? ¿Es de Kou?”

“Todo lo que sé es que es de por acá…”

Takki sonrió. “Bueno, esa apenas es información suficiente. De que reino y de qué provincia, al menos. Sino, es como buscar una aguja en un pajar”.

Youko bajó la cabeza. “El hacho es que, no sé nada de este lugar”.

“Así parece”. Takki bajó la taza. “Nosotras estamos en uno de los doce reinos. Específicamente en el reino del sudeste, llamado Reino de Kou”.

Youko asintió. “¿Y el sol se eleva por el este?”

“Por supuesto. Y esta es la parte más al este de Kou, llamada Goso. Hay montañas muy altas a diez días de camino a pie hacia el norte. Más allá está el Reino de Kei. Hairou está al este nuestro, por las costas. Siguiendo el camino principal puedes llegar ahí en cinco días”.

Lo que al principio le había parecido incomprensible, poco a poco estaba teniendo sentido. Estaba entendiendo que este lugar era un mismo mundo.

“¿Qué tan grande es Kou?”

Takki inclinó la cabeza hacia atrás en reflexión. “Cuán grande, me preguntas. Bueno, si tuvieras que caminar desde el extremo este de Kou hasta el extremo oeste, me imagino que te llevaría tres meses”.

“¿Tanto tiempo”, dijo Youko, sus ojos se abrieron. No podía imaginar lo que significaba caminar durante todo ese tiempo, pero entendía