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JUAN DE SOLÓRZANO Y PEREIRA:

PENSAR LA COLONIA DESDE LA COLONIA

ESTUDIOS INTERDISCIPLINARIOS SOBRE LA CONQUISTA Y LA COLONIA DE AMÉRICA

2

Pocos eventos han condicionado de una manera tan profunda y permanente nuestra historia como la con- quista y la colonia de América. En efecto, se trata de acontecimientos cuyas implicaciones se siguen mani- festando y que exigen reelaboraciones continuas para poder afirmar, configurar, complementar, corregir o alterar la propia comprensión general del presente.

Este volumen está dedicado al estudio de la obra de Juan de Solórzano y Pereira (1575-1655), oidor de la Audiencia de Lima, gobernador de las minas de Huan- cavelica, juez de contrabando del Callao y consejero de Indias.

Comité Editorial: Diana Bonnett, Felipe Castañeda, Enriqueta Quiroz y Jörg Alejandro Tellkamp.

JUAN DE SOLÓRZANO Y PEREIRA:

PENSAR LA COLONIA DESDE LA COLONIA

DIANA BONNETT / FELIPE CASTAÑEDA EDITORES

Heraclio Bonilla Rafael Díaz Martha Herrera Jorge Augusto Gamboa Mauricio Novoa Enriqueta Quiroz Paolo Vignolo

UNIVERSIDAD DE LOS ANDES

BOGOTÁ, 2006

Juan de Solórzano y Pereira: Pensar la Colonia desde la Colonia / Diana Bonnett, Felipe Castañeda, compiladores. Bogotá: Universidad de los Andes, Facultad de Ciencias Sociales, Departamento de Historia, Edi- ciones Uniandes, 2006.

pp. 284; 14,5x21,5 cm.

Autores: Heraclio Bonilla, Diana Bonnett, Felipe Castañeda, Rafael Díaz, Martha Herrera, Jorge Augusto Gamboa, Mauricio Novoa, Enriqueta Quiroz, Paolo Vignolo.

ISBN 958-695-218-5

1. Solórzano y Pereira, Juan de, 1575-1655 - Crítica e interpretación 2. América - Descubrimiento y exploraciones - Españoles 3. América - Historia - Hasta 1810 I. Bonnett Vélez, Diana, comp. II. Castañeda Salamanca, Felipe, comp. III. Universidad de los Andes (Colombia). Facultad de Ciencias Sociales. Departamento de Historia.

CDD 980.01

SBUA

Primera edición, mayo de 2006

© Diana Bonnett V. / Felipe Castañeda

© Universidad de los Andes. Facultad de Ciencias Sociales, Departamentos de Historia y de Filosofía. 2006 Teléfonos: 3394949 / 3394999. Ext. 2530/2501

Ediciones Uniandes Carrera 1 N° 19-27. Edificio AU 6 Apartado Aéreo 4976 Bogotá D.C., Colombia Teléfonos: 3394949 - 3394999. Ext. 2181/ 2071 / 2099. Fax: ext. 2158 Correo electrónico: infeduni@uniandes.edu.co / libreria@uniandes.edu.co

ISBN: 958-695-218-5

Diagramación electrónica y diseño de cubierta: Éditer Estrategias Educativas Ltda. Bogotá, tel. 3205119. ctovarleon@yahoo.com.mx

Impresión: Corcas Editores Ltda. Revisión de estilo: Santiago Jara Ramírez

Ilustración de portada: Hernán Cortes, Historia de Nueva España, tomo 2, Carvajal SA, Santander de Quilichao, 1989 Ilustración de contraportada: Emblemata centum, Madrid (s.n, 1651?)

Impreso en Colombia / Printed in Colombia

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en su todo ni en sus partes, ni registrada en o trasmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma o por ningún otro medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de los editores.

Í NDICE P RESENTACIÓN IX «N UESTROS ANTÍPODAS Y AMERICANOS »: S OLÓRZANO Y LA LEGITIMIDAD

ÍNDICE

P RESENTACIÓN

IX

«N UESTROS ANTÍPODAS Y AMERICANOS»: SOLÓRZANO Y LA LEGITIMIDAD DEL I MPERIO

1

 

Paolo Vignolo

I.

DE INDIARUM IURE: UNA OBRA-MUNDO

1

II.

MÁS ALLÁ DE LA ZONA TÓRRIDA

5

III.

QUAESTIO DE ANTIPODIBUS

10

IV.

EL POBLAMIENTO DEL NUEVO MUNDO

14

V.

MUNDUS INVERSUS ET PERVERSUS

20

VI.

ENDEREZANDO UN MUNDO AL REVÉS

24

VII.

EL MITO DEL IMPERIO UNIVERSAL

29

VIII.

CARLOS V Y EL RETORNO DEL DISEÑO IMPERIAL

33

IX.

LA REPARTICIÓN DEL MUNDO

38

X.

DE LAS ANTÍPODAS AL GLOBO REUNIDO

43

O BRA DE I MPERIO: COLONIALIDAD, HECHO IMPERIAL Y EUROCENTRISMO EN LA P OLÍTICA INDIANA

47

Rafael Antonio Díaz Díaz

I.

INTRODUCCIÓN

47

II.

AMÉRICA: CONTINENTE SIN CONTENIDO

51

III.

GUERRA JUSTA, JUSTICIA DIVINA E IMPERIO PROVIDENCIAL

59

IV.

ÁFRICA: FUENTE DE LA ESCLAVITUD

63

V.

LA SOCIEDAD COLONIAL DUAL: PUROS E IMPUROS O LA RETÓRICA

SOBRE LA LEGITIMIDAD E ILEGITIMIDAD

66

VI.

CONSIDERACIONES FINALES

71

PRESENTACIÓN ÍNDICE
PRESENTACIÓN ÍNDICE

LOS PIES DE LA REPÚBLICA CRISTIANA: LA POSICIÓN DEL INDÍGENA AMERICANO EN S OLÓRZANO Y PEREIRA

79

Martha Herrera Ángel

I.

INTRODUCCIÓN

79

II.

LOS HOMBRES, LAS BESTIAS Y LAS CIUDADES

83

III.

LA CIUDAD, EL ARCA DE NOÉ Y EL CUERPO DE LA REPÚBLICA

94

IV.

CONCLUSIONES

100

BIBLIOGRAFÍA

104

EL DERECHO DE RETENCIÓN DEL NUEVO MUNDO EN SOLÓRZANO Y PEREIRA COMO SUPERACIÓN DEL IUS AD BELLUM DE LA C ONQUISTA

109

Felipe Castañeda

I.

EL ASUNTO

109

II.

EL DERECHO DE POSESIÓN FRENTE AL DE ADQUISICIÓN

112

III.

LA COSTUMBRE FUNDAMENTA LA LEY

113

IV.

LA RETENCIÓN POR PRESCRIPCIÓN Y POR USUCAPIÓN

115

V.

LO JUSTO PUEDE SER ENEMIGO DE LO BUENO

119

VI.

EL FIN JUSTIFICA LOS MEDIOS

121

VII.

OBSERVACIONES CONCLUSIVAS

124

LA PRÁCTICA JUDICIAL Y SU INFLUENCIA EN S OLÓRZANO:

LA AUDIENCIA DE LIMA Y LOS PRIVILEGIOS DE INDIOS A INICIOS DEL SIGLO XVII

127

 

Mauricio Novoa

APÉNDICE BIBLIOGRÁFICO

148

LOS CACIQUES EN LA LEGISLACIÓN INDIANA: UNA REFLEXIÓN SOBRE LA CONDICIÓN JURÍDICA DE LAS AUTORIDADES INDÍGENAS EN EL SIGLO XVI

153

Jorge Augusto Gamboa M.

I.

LOS INDIOS AMERICANOS Y SU CAPACIDAD DE AUTOGOBIERNO

154

II.

LA PROTECCIÓN DEL CACICAZGO EN LA LEGISLACIÓN INDIANA

165

III.

LOS LÍMITES DE LA AUTORIDAD DE LOS CACIQUES

177

IV.

ALGUNAS REFLEXIONES FINALES

186

BIBLIOGRAFÍA

188

vi

P RESENTACIÓN ÍNDICE
P RESENTACIÓN ÍNDICE

J UAN DE SOLÓRZANO Y PEREIRA Y LA POLÍTICA FISCAL

191

Enriqueta Quiroz

I.

FISCALIDAD Y POLÍTICA IMPERIAL: A MODO DE CONTEXTO

194

II.

LA LABOR DE SOLÓRZANO

200

III.

ESTRUCTURA DEL LIBRO VI

203

IV.

LA CONTINUIDAD DE LA OBRA DE SOLÓRZANO:

A MODO DE CONCLUSIÓN

215

BIBLIOGRAFÍA

220

S OLÓRZANO Y PEREIRA EN LA GUATAVITA DE 1644

223

Heraclio Bonilla

I.

LA DOCTRINA DE SOLÓRZANO Y PEREIRA

223

II.

LAS CUENTAS DE GUATAVITA

232

III.

CONSIDERACIONES FINALES

239

BIBLIOGRAFÍA

242

J UAN DE SOLÓRZANO Y PEREIRA, EL SERVICIO PERSONAL Y LA SERVIDUMBRE INDÍGENA

245

Diana Bonnett Vélez

I.

DE SERVIDORES DEL ESTADO A SIRVIENTES DOMÉSTICOS

248

II.

SOBRE LA LEY: «QUE CADA UNO HAGA DE SÍ LO QUE QUISIERE»

252

III.

¿MANTENER O QUITAR LA SERVIDUMBRE?

HOMBRES DE ESTAÑO Y ORO

255

IV.

«EL PULPO MUDA COLORES SEGÚN EL LUGAR A DONDE SE PEGA»

260

V.

CONSIDERACIONES FINALES

262

BIBLIOGRAFÍA

263

I NDICACIONES BIOGRÁFICAS

265

vii

P RESENTACIÓN
P RESENTACIÓN

PRESENTACIÓN

La extensa obra de Juan Solórzano y Pereira 1 , producida en Amé- rica y España durante la primera mitad del siglo XVII, encierra múltiples posibilidades investigativas. Por una parte, permite ob- servar el vasto entramado de relaciones políticas, sociales y jurídicas conformadas por la corona española para administrar el Nuevo Mundo; por otra, refleja aspectos destacables de la tradición inte- lectual europea para intentar fundamentar ese proyecto colo- nial. Sin embargo, vale la pena subrayar, ante todo, que se trata no sólo de un intento, tanto reflexivo como omnicomprensivo, de dar cuenta de todo ese complejo fenómeno de generación, mantenimiento, impleme ntación y crítica de la Colonia, sino de un esfuerzo que se adelanta y se propone por alguien imbuído, comprometido e inmerso en el mundo colonial mismo. En efecto, en la persona de Solórzano se conjugan no sólo la experiencia del funcionario indiano, sino la del relativamente prestante consejero de Indias. Se trata de alguien que vivió suficiente tiempo en el Nuevo Mundo como para tomar distancia del Viejo y hasta para

  • 1 El conjunto de sus obras comprende: “Política Indiana. Sacada en lengua castella- na de los dos tomos del Derecho y Govierno Municipal de las Indias Occidentales” (publicada en Madrid en 1648, reimpresa en Amberes en 1703); “De Indiarum iure, sive de Iusta Indiarum Occidentalium Inquisitione, Acquisitione, et Retentiones Tribus Libris Comprehensam” (1629); “Memorial y Discurso de las razones que se ofrecen para que el Real y Supremo Consejo de las Indias deba preceder en todos los actos públicos al que llaman de Flandes” (1629); “Decem conclusionum manus in augustissimo totius orbis terrarum Salmanticensis Scholae Teatro” (publicadas en Salamanca en 1607); “ De Parricidii Crimene Disputatio. Duobus Libris comprensa” (1605); “El Doctor Ioan de Solorzano Pereira, Fiscal del Real Consejo de las Indias. Con los bienes y her ederos del Governador don Francisco Venegas, cabo que fue de las galeras de Cartagena. Sobre si se pueden seguir, y sentenciar contra ellos los cargos en que quedaron hechos al dicho don Francisco, aunque el aya muerto pendiente este pleito. Y generalmente sobre todos los casos en que se puede inquirir y proceder contra los juezes, y ministros difuntos, en visitas, deman- das y residencias” (publicado en Madrid en 1629); “Discurso y Alegacion en Dere-

PRESENTACIÓN

entrar en conflictos con él, pero que, a la vez, pudo generar un pensamiento sobre esta América desde el punto de vista del hom- bre de Estado maduro que se ocupa de las Indias desde la misma España. Así, a su obra no la anima ni la óptica del español no indiano que nunca ha puesto un pie «allende la mar océano», ni la del indiano que ya no encuentra propiamente apoyo ni reflejo ni reconocimiento en España, sino la de alguien que de una u otra manera logra sintetizar, obviamente a su manera, lo que sig- nifica ser, a la vez, el que coloniza desde el Nuevo Mundo coloni- zado y desde la España colonizadora. En pocas palabras y para proponer un hilo conductor y una hipótesis de trabajo, que tan sólo se pretende dejar mencionada, en su obra se concreta una propuesta de pensar la Colonia desde la Colonia.

Y esto es algo que un muy somero recorrido histórico de la vida de Solórzano puede ayudar a confirmar. Graduado en Salamanca, universidad a la que ingresa en 1587 y donde se familiarizó con el derecho civil y canónico, posteriormente se dedicó algunos años a

cho, sobre la culpa que resulta contra el General Don Iuan de Benavides Baçan, y Almirante Don Iuan de Leoz, Cavallero del Orden de Santhiago, y otros consortes, en razon de haver desamparado la flota de su cargo, que el año pasado de 1628 venia a estos reinos de la Provincia de Nueva España, dexandola sin hazer defensa, ni resistencia alguna, en manos del corssario olandés, en el puerto y bahia de

Matança, donde se podero dell y de su tesoro” (publicado en Madrid en 1631); “Por el Fiscal del Real Consejo de las Indias. En el pleyto con Geronimo de Fonseca sobre que se declaren por perdidas las treze barras de plata y dos trozos de otra, que se le tomaron y embargaron por descaminadas y sin registro, sin fecha memorial o discurso informativo iuridico, historico, politico de los derechos, honores, preemi- nencias, y otras cosas, que se deven dar, y guardar a los consejeros honorarios y jubilados y en particular si se le deve la pitança que llaman de la Candelaria ” (publicado en Madrid en 1642); “ Relacion del pleyto y causa que en Govierno Iusticia se sigue por los interesados, y dueños de barras del Peru, y en particular por Gregorio de Ibarra, y don Juan Fermin de Izu, cuyo derecho coadyuva el señor Fiscal, con los compradores de oro y plata de Sevilla Iuan de Olarte, Lope de Olloqui, Luis Rodriguez de Medina, Andres de Arriola, y Bernardo de Valdes sobre la apelacion y renovacion de tres autos proveidos por el Presidente y Iuezes Letra- dos de la Casa de la Contratación” (en él se encuentra un parecer de Solórzano fechado el 6 de julio de 1636); “Emblemata Centum, Regio Politica” (publicados en Madrid en 1653, Obras Varias); “Recopilacion de diversos tratados, memoria- les, y papeles, escritos en algunas causas fiscales, y llenos todos de mucha enseñança, y erudición” (publicadas en Madrid en 1676). Muchas de éstas fueron publicadas en “Obras Varias Póstumas”, publicadas en Madrid en 1676 y reeditadas en la misma villa en 1776. Véase al respecto http://www.solorzano.cl/biografia.htm.

x

P RESENTACIÓN

actividades docentes, antes de ocuparse de lleno en asuntos rela- cionados con el servicio a la monarquía. En efecto, fue nombrado oidor de la Audiencia de Lima, con el encargo específico de co- menzar a adelantar una recopilación general de las leyes de las Indias. Así, viaja al Perú en 1610. Siete años después fue nombra- do gobernador y visitador de las minas de azogue de Huancaveli- ca, donde permaneció un par de años que le permitieron tener contacto directo con el trabajo y la condición de los indios, pero también, con la importancia decisiva de la producción minera. Más adelante fue nombrado juez de contrabando en el Callao. Estas nuevas obligaciones le mostraron cuan difíciles y complicadas po- dían ser las relaciones entre América y la Madre Patria, y lo motiva- ron a preparar y a acelerar su regreso a España, que efectivamente se dio en 1627 tras 17 años de experiencia y de bagaje indianos. Empero, sus actividades públicas se mantuvieron: fue designado fis- cal del Consejo de Hacienda hasta llegar al cargo de consejero de Indias. Aproximadamente treinta años después, dedicados al ejer- cicio profesional e intelectual, murió en Madrid en 1655.

Los trabajos que se presentan en este libro giran alrededor de tópicos que contribuyen al conocimiento de la época, las institu- ciones, los hombres y los espacios estudiados por Solórzano. Si bien estos aportes no alcanzan a abarcar la totalidad del amplio espectro de asuntos abordados por el jurista, son una aproxima- ción a aspectos nodales de su obra.

Paolo Vignolo dedica su texto «Nuestros antípodas y americanos»:

Solórzano y la legitimidad del Imperio al tema de la constitución del imaginario propuesto por nuestro oidor de Lima para darle senti- do al Nuevo Mundo como colonia, a partir de un estudio centra- do principalmente en el primer libro del De Indiarum iure sobre el descubrimiento de las Indias. En efecto, América no se deja asimi- lar meramente como un lugar geográfico, que a medida que se va descubriendo, conviene ir conquistando, para así asentar las bases de su dominación. Esa otra realidad contrapuesta y complemen- taria es también algo generado por una mentalidad. Así, su senti- do y su existencia dependen también de la manera cómo se la logre inscribir e idear en función no sólo de una historia universal,

xi

PRESENTACIÓN

sino de una concepción integrada del orbe como un todo ordena- do, en la que España aspira a consolidar un papel predominante tanto en el ámbito político como religioso.

Rafael Díaz, en su artículo Obra de Imperio: colonialidad, hecho imperial y eurocentrismo en la Política indiana , fija su mirada en tres puntos que en Solórzano determinan y anudan el proyecto colonial, mediante la relación entre lo religioso y lo secular: una colonialidad entendida en términos de dependencia jerárquica entre pueblos; el hecho imperial basado en la necesidad de disol- ver las diferencias; y el eurocentrismo, producto de la hegemonía dominante.

Martha Herrera, en su escrito Los pies de la república cristiana: la posición del indígena americano en Solórzano y Pereira, centra su estudio en la Política Indiana para encontrar en ella la concepción de Solórzano acerca de los hombres, particularmente de los indíge- nas, en «contraposición a las bestias». Su interés se enfoca en la comparación del pensamiento de Solórzano con algunas expresio- nes del pensamiento amerindio, particularmente el de los grupos ette (chimila), con el fin de «cuestionar presupuestos implícitos de la tradición hispánica». Herrera afirma que la forma de legitimidad del ordenamiento de la sociedad colonial se basa en la afinidad que Solórzano encuentra en la tríada cuerpo–ciudad–república y que «los pies de la República», es decir los indígenas, permitieron a los españoles apropiarse de los recursos del territorio americano.

Continuando con el tema de la fundamentación la legitimidad del dominio español en América, Solórzano propone, por otro lado, algunos títulos de retención del Nuevo Mundo que no re- sultan compatibles con el derecho clásico a la guerra justa, del que también se podría haber desprendido una justificación de la Colo- nia. En efecto, sus argumentos al respecto tienden a presuponer una concepción positivista y realista del derecho, desde la cuál deja de importar si la adquisición bélica de América fue justa o injusta, si durante la guerra se respetaron los preceptos básicos del ius in bello, a la vez que se cuestiona seriamente que tenga algún sentido debatir sobre el asunto. Así, el derecho de retención de la Colonia se puede entender como una superación del derecho a la

xii

P RESENTACIÓN

guerra de corte ius naturalista de la Conquista, representado por pensadores como Francisco de Vitoria y Juan Ginés de Sepúlveda. Éste es el tema que trabaja Felipe Castañeda en su texto.

El trabajo de Mauricio Novoa analiza las ideas de Solórzano en torno a la condición jurídica del indígena americano, particular- mente los privilegios procesales que les fueron otorgados a éstos y que habían sido usados en el virreinato del Perú y en la Audiencia de Lima desde finales del siglo XVI. El trabajo señala dos privile- gios procesales incluidos en Política indiana a raíz de la condición «miserable» de los indígenas. Esta condición miserable era deriva- da del estado de gentilidad y pobreza en que éstos vivían; los pri- vilegios fueron la restitutio in integrum y la autorización de contratos por el protector de indios. Novoa también se preocupa por exami- nar la significación de estos privilegios en el contexto del pensa- miento jurídico de inicios del siglo XVII.

Jorge Gamboa, en Los caciques en la legislación indiana: una re- flexión sobre la condición jurídica de las autoridades indígenas en el siglo XVI , se propone dilucidar los tipos de gobierno tradicio- nal legitimados y reconocidos por la Corona para administrar las comunidades indígenas. El autor se pregunta por la incidencia de estas autoridades en el nuevo orden social instaurado, estable- ciendo los resquicios a través de los que lograron encontrar las oportunidades que el sistema les brindaba, para concluir que las

«condicion(es) jurídica(s) de los caciques ( las de los encomenderos».

...

)

fueron similares a

La contribución de Solórzano para explicar y señalar las bases de la administración y gobierno de la Real Hacienda en América, es el centro de la investigación de Enriqueta Quiroz, titulada Juan de Solórzano y Pereira y la política fiscal. Su estudio permite compren- der las continuidades en política fiscal desde la Casa de los Austrias hasta la de los Borbones. Para Quiroz, en contravía de lo que ha dicho la historiografía sobre el siglo XVII, la política estatal desde aquella centuria se propuso tomar «crecientes medidas de control y afianzamiento del poder imperial», con el objeto de definir una única política estatal en Hispanoamérica.

xiii

PRESENTACIÓN

Heraclio Bonilla se propone contrastar el texto de la Política In- diana y sus referencias a la encomienda, al trabajo de la población indígena y al tributo, en el contexto de lo ocurrido en Guatavita, es decir, en un caso particular contemporáneo a la escritura y a la difusión de la obra de Solórzano. De esta manera, el artículo se propone encontrar «la distancia entre la norma y la realidad colo- nial de la Nueva Granada», marcando, a partir de las diferencias regionales, los matices de la legislación.

Juan de Solórzano y Pereira, el servicio personal y la servidumbre indí-

gena, es el título del artículo de Diana Bonnett Vélez. Como su nombre lo indica, el hilo conductor de su texto es el recorrido histó- rico por el trabajo servil indígena y los tipos de argumentación usados por Solórzano para entender las razones en que se basaron sus transformaciones. La autora hace referencia a los diferentes tipos de trabajo coactivo vigentes en la época de Solórzano, a sus características y a las percepciones que éste tenía de cada uno de los tipos de pobladores en las colonias, desde la perspectiva de su relación con la servidumbre.

L OS EDITORES

xiv

«NUESTROS ANTÍPODAS Y AMERICANOS»:

S OLÓRZANO Y LA LEGITIMIDAD DEL IMPERIO

Paolo Vignolo

I. DE INDIARUM IURE: UNA OBRA-MUNDO

De Indiarum iure, de Juan de Solórzano y Pereira, se nos presenta, ante todo, como un intento grandioso de afianzar el dominio espa- ñol en el Nuevo Mundo, a través de la puesta en marcha de una «política indiana», como lo recuerda el título con el que la obra, adaptada y traducida al castellano, ha circulado por siglos en el mundo hispánico. Esta obra, culmen de un conjunto de reflexiones teóricas y doctrinales que se venían gestando desde el Medioevo tardío y, al mismo tiempo, herramienta político-legal para manejar los asuntos del reino, tuvo como fin explícito, según lo admite el autor mismo: «poder descubrir y adquirir y, una vez adquiridas, retener las provincias occidentales y meridionales de este así lla- mado Nuevo Mundo y sus reinos de dimensiones amplísimas». 1

Las discusiones alrededor del esfuerzo monumental de organiza- ción de un espacio colonial en tierras de ultramar han vuelto céle- bre este texto y han despertado mayor interés entre sus lectores, desde su publicación en 1629 hasta nuestros días. «El De Indiarum iure –escribe Muldoon– fue sobre todo un tratado legal que lidia- ba con el derecho de los castellanos de conquistar y retener pose-

  • 1 Juan de Solórzano y Pereira, De Indiarum iure (Libro I: De inquisitione Indiarum), Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2001, I, 1-5, p. 45.

PAOLO VIGNOLO

siones en las Américas. Era, en otras palabras, la aplicación del pensamiento tradicional sobre la naturaleza de la guerra justa a la situación en la cual se encontraba Castilla, a raíz del descubri- miento de las Américas». 2

La fama de esta obra (hoy en día materia exclusiva de pocos espe- cialistas) entre juristas, funcionarios, políticos e historiadores no se restringió a la temperie cultural del humanismo del siglo dieci- séis. Por el contrario, como nos recuerda Góngora, «gozó de un prestigio sin rivales en los círculos oficiales y legales en las Indias a lo largo de un siglo y medio». 3 Gracias también a la publicación de la Política indiana, que tiene un estilo «… jurídico por su conteni- do, barroco por su tiempo, clásico por su impecable castellano …» 4 , el pensamiento de Solórzano ha sido un punto de referencia im- prescindible para todos aquellos que, a los lados del Atlántico, se han interesado por el debate sobre el gobierno de las posesiones ibéricas en el Nuevo Mundo. La obra ha llegado, incluso, a des- bordar las fronteras nacionales: «… el trabajo de Solórzano siguió siendo una referencia obligada para resolver problemas de gober- nabilidad imperial hasta el comienzo del siglo XIX, cuando abo- gados en los Estados Unidos lo citaban en casos que surgieron a partir de la adquisición de la Florida por parte de España entre 1810 y 1818». 5

Desde esta perspectiva, podría parecer, a primera vista, que el pri- mer libro del De Indiarum iure (cuyos lineamientos generales ocu- pan los primeros ocho capítulos del primer tomo de la Política indiana) no es más que un pretencioso excursus erudito cuya fina- lidad es simplemente introducir, con un énfasis completamente barroco, el verdadero corpus de la obra. En otras palabras, esta

  • 2 James Muldoon, The Americas in the Spanish World Order. The Justification for Conquest in the Seventeenth Century , Philadelphia, University of Pennsylvania Press, 1994, p. 15 (traducción del autor).

  • 3 Mario Góngora, Studies in the Colonial History of Spanish America, Cambridge, Cambridge University Press, 1975, p. 62 (traducción del autor).

  • 4 Francisco Tomás y Valiente, «Prólogo», en Juan de Solórzano y Pereira, Política indiana (tomo I), Madrid, Castro, 1996, p. XXIII.

  • 5 Muldoon, op. cit., p. 9 (traducción del autor).

2

«NUESTROS ANTÍPODAS Y AMERICANOS»: SOLÓRZANO Y LA LEGITIMIDAD DEL IMPERIO

primera parte (la menos conocida y comentada) sería un mero ejer- cicio retórico, un prólogo prolijo previo a las argumentaciones jurídicas necesarias para poner en marcha una profunda reorgani- zación del Nuevo Mundo.

Sin embargo, otra lectura de este primer libro nos permite abrir interesantes horizontes en la interpretación del trabajo de Solór- zano. Detrás del «scholar-bureaucrat» 6 , obsesionado por el rigor argumentativo y la eficacia pragmática de sus aserciones, es posi- ble divisar el Solórzano hombre de letras consciente de la impor- tancia de los artificios del lenguaje y de la persuasión retórica en el arte de gobernar. Él mismo sugiere al lector prestarle atención a los que, a primera vista, parecen simples adornos estilísticos:

Y si por el contrario en algunos puntos hallares algo del ornato de buenas letras, no debes asimismo notarlos o despreciarlos como superfluos, pues el propio dote y fin de los árboles es llevar fruto, y vemos que quiso la naturaleza que éste se acompañe con hojas y flores, y lo mismo han de tener los estudios en sentencia de Justo Lipsio. 7

Si por un momento abandonamos el hilo de Ariadna de los razona- mientos jurídicos y nos entregamos al laberinto de citas clásicas, medievales y contemporáneas que comprenden, de manera aparen- temente disparatada, antiguas leyendas sobre un Oriente fabuloso y recetas para apreciar las virtudes del chocolate, eventos milagrosos y acontecimientos militares, querellas diplomáticas y disputas teo- lógicas, lo que va apareciendo, poco a poco, es, en la mejor tradi- ción humanista, una obra-mundo. La de Solórzano se nos presenta entonces como una visión grandiosa del orbe terráqueo, en particu- lar del Novus Orbis, capaz de movilizar un imaginario sedimentado a lo largo de siglos en función de los intereses de la Corona:

… no puede con razón juzgarse grande un libro que abraza la inmensidad del grande y espacioso orbe o mundo que llaman «nue- vo», y en que se pretende principalmente descubrir y enseñar al

  • 6 La expresión «scholar-bureaucrat» es de Muldoon, op. cit., p. 8.

  • 7 Juan de Solórzano y Pereira, Política indiana, t. 1, Madrid, Biblioteca de Autores Españoles, 1972, (Al lector), p. 19.

3

PAOLO VIGNOLO

antiguo no tanto su fertilidad y riquezas, como los fundamentos de la fe, piedad, religión, justicia y gobierno cristiano político que en él se ha entablado. 8

Tras las líneas de un tratado político-legal, podemos divisar la super- ficie historiada de un planisferio renacentista que con el pasar de los capítulos se anima con rutas hormigueantes de soldados, merca-

deres, misioneros

Así como las obras maestras de Ariosto, Shakes-

... peare, Cervantes, Rabelais, Burton o Bodin, el De Indiarum iure actúa como un «teatro de la memoria» en el que se proyectan imáge- nes de la historia de la humanidad entera, desde Noé hasta el siglo XVII. 9

Hombre de erudición impresionante, Solórzano logró generar un consenso amplio sobre sus tesis entre las esferas más influyentes del mundo católico, moviéndose en un doble registro. Por un lado, gracias a su desbordante conocimiento práctico y teórico, madura- do durante sus años de servicio a la corte española en Perú, erigió una poderosa defensa jurídica en contra de los enemigos internos y sobre todo externos que atentaban contra la seguridad del Esta- do español, y por el otro, alimentó una ideología imperial de gran impacto en el imaginario colectivo de la clase dirigente española que temía una resaca después de casi un siglo y medio de embria- gantes triunfos a escala planetaria.

Como político y hombre de estado, Solórzano sabía que no era posible manejar los asuntos económicos, administrativos y jurídi- cos del imperio español sin anclarlos en un sólido pasado mítico- histórico que estuviera bien arraigado en el relato bíblico y en la tradición clásica del humanismo. 10 Como jurista, era consciente de que se necesitaba rigor argumentativo y gran habilidad retórica

  • 8 Ibid., (Al rey), p. 8.

  • 9 Véase Frances A. Yates, L’art de la mémoire , traducción de D. Arasse, París, Gallimard, 1975.

    • 10 Algo parecido había hecho, pocos años antes, Francis Bacon en la Nueva Atlántida. La nueva ciencia, la obra de uno de sus máximos padres fundadores, se encuentra fundamentada en el primer gran mito de la modernidad, el mito de Utopía, alimen- tada de reminiscencias platónicas y de milagros cristianos. Así mismo, allá se expo- ne la nueva concepción británica de Imperio, en sus relaciones con las potencias

4

«NUESTROS ANTÍPODAS Y AMERICANOS»: SOLÓRZANO Y LA LEGITIMIDAD DEL IMPERIO

para archivar de una vez por todas el debate sobre la legitimidad de la Conquista, que podía debilitar a España frente a las preten- siones de las potencias rivales.

Pero Solórzano era, primero que todo, heredero de la gran tradi- ción humanista del Renacimiento. Por eso buscaba, tanto en la autoridad de los antiguos como en la experiencia de los moder- nos, los motivos imaginarios, las técnicas estilísticas y los recursos literarios para rechazar la leyenda negra que amenazaba con arre- batar el monopolio de España en las Indias y para reafirmar los derechos de la Corona sobre el Nuevo Mundo.

II. MÁS ALLÁ DE LA ZONA TÓRRIDA

El meollo mítico de toda la estrategia narrativa de Solórzano está en la idea de imperio universal que se fundamenta en una imago mundi aún anclada en la tradición. «El De Indiarum iure –nos recuerda Muldoon– aunque escrito en el siglo XVII, puede ser considerado la más plena expresión de una concepción cristiano- medieval de un orden religioso y social». 11

Las largas disquisiciones geo-políticas del primer libro son, en este sentido, los fundamentos sobre los que se apoyó todo el edificio jurídico construido en el resto de la obra. La metáfora arquitectóni- ca no es arbitraria ni gratuita: en la dedicatoria al rey, el autor com- para su trabajo con esos «tantos templos no menos magníficamente fabricados que con largueza dotados y enriquecidos», en donde las «leyes y costumbres son sus más seguras murallas». 12

rivales y en su manejo del conocimiento científico y tecnológico: los mercaderes de luz. Véase Francis Bacon, Nova Atlantide. Nova Atlantis. New Atlantis, Milán,

1995.

  • 11 Muldoon, op. cit., p. 11 (traducción del autor). Al respecto véase también Jaime Borja, Los indios medievales de fray Pedro de Aguado. Construcción de idolatría y escritura de la historia en una crónica del siglo XVI, Bogotá, Ceja, 2002.

  • 12 Solórzano, Política indiana, op. cit., (Al rey), p. 85.

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En el interior de esta grandiosa construcción, el autor dibuja un gran fresco de la época en alabanza y gloria de una monarquía cristiana que tenía como centro de acción la península ibérica y se extendía hasta el más recóndito rincón del globo. En efecto, a lo largo de la obra, el planeta entero es el escenario ideal para el desarrollo de la empresa expansionista: entre los dédalos y los meandros de las complejas estructuras del derecho y de la ley, se pone en escena el gran espectáculo barroco de la conquista del mundo por parte de los soberanos ibéricos. Solórzano es conscien- te de la necesidad, para reformar el Nuevo Mundo, de moldear las representaciones de estas tierras en el imaginario colectivo de su tiempo: «… es a las veces muestra de mayor artificio encubrir o aflojar algo los preceptos del arte y acomodarse a lo que pide o puede llevar el gusto del vulgo, haciendo que con estas sombras campée más la luz de la pintura». 13

El De Indiarum iure arranca con un excursus geográfico de respi- ro cósmico. 14 Para describir el globo terráqueo, forjado a imagen y semejanza divina, Solórzano privilegia la mirada aérea, el vue- lo ascensional, según una consolidada tradición que fue desde Eratóstenes hasta Macrobius, pasando por el Somnius Scipio de Cicerón:

… si el nombre de mundo lo restringimos a los elementos inferio- res, a saber, el agua y la tierra, que juntas forman un solo cuerpo esférico y que llamamos orbe terráqueo, consta que los antiguos lo dividieron más comúnmente en tres partes, a saber, Europa, África y Asia …

15

  • 13 Ibid., (Al lector), p. 17.

  • 14 En la Política indiana el espacio dedicado a descripciones geográficas es más redu- cido, pero el ritmo de la narración gana en vigor. Véase sobre todo ibid., I, I.

  • 15 Solórzano, De Indiarum iure, op. cit., I, I, 23, p. 53. Sobre el tema del vuelo alado véase también Paolo Vignolo, Clavileño y el Hipogrifo. Imaginarios geográficos en el Quijote y en el Orlando Furioso , Universidad de Salamanca en América (en preparación).

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Sin embargo, desde las primeras páginas, junto con la descripción de la ecoumene tripartita de la tradición antigua, se anuncia la presencia de un hemisferio Austral:

Habiéndose después hallado ésta que vulgarmente llaman Améri- ca, la comenzaron a contar por cuarta y a llamarla «Nuevo Orbe» o «Nuevo Hemisferio» con mucha razón por la inmensa grandeza de sus provincias, que aun con faltar tantas por descubrir, sobre- pujan las ya descubiertas a las de las otras tres partes juntas del mundo. Y por la diversidad de las costumbres y ritos de sus habi- tadores, diferencias de los animales, árboles y plantas que en ellas se hallaron tampoco parecidas a las de Europa. 16

Nos encontramos frente a una ekfrasis, una representación textual de un mapamundi del Renacimiento tardío, que divide el mundo en dos hemisferios separados y opuestos el uno al otro. Para des- cribir el primero, Solórzano se remite a un espacio geográfico de origen clásico en el q ue se ponen en escena tanto las fatigas de Hércules, Ofiris y Baco, como las hazañas de macedonios, romanos y portugueses o las historias edificantes de apóstoles y misioneros en Oriente. En los confines del Viejo Mundo hay tierras aún pobla- das por los seres fabulosos del imaginario antiguo y medieval. Gi- gantes y pigmeos, caníbales y brahmanes, tierras paradisiacas y tesoros fabulosos siguen siendo los rastros propios de esos marginalia que, sin embargo, tienden a desbordarse en un segundo planisferio, to- davía vacío en gran parte, donde se mezclan con elementos pro- piamente americanos en una asombrosa visión barroca. 17

Sin embargo, el énfasis acá ya no es, como en Mandeville, en lo monstruoso pliniano ni en las exorbitantes posibilidades de co- mercio de las riquezas de Oriente de los viajes de Marco Polo; Solórzano quería subrayar, más bien, las posibilidades de expan- sión del Estado español y de su misión civilizadora y evangelizadora que había sido desarrollada por «… tantos arzobispos, obispos,

  • 16 Solórzano, Política indiana, op. cit., I, III, p. 35.

  • 17 Sobre el bárroco de Indias agradezco a Francisco Ortega haberme facilitado su brillante escrito «Ayer se fue; mañana no ha llegado. Returns of the Barroque or the History of a Phantom» (en vía de publicación).

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prebendados y beneficiados de ellos, tantos sacerdotes seculares y regulares diputados para la doctrina y catecismo de los indios y sus misiones y conversiones …», además de «… todos sus ministros, virreyes, presidentes, gobernadores, corregidores, contadores y otros innumerables cargos …». 18 Nos encontramos frente a una multi- tud de clérigos y funcionarios que circulan en los dos mundos: es casi una dedicatoria del autor a los probables lectores de su obra.

Este mapamundi mental en el que se movía Solórzano, tanto en sus viajes como en sus especulaciones geopolíticas, está moldeado por la teoría de las zonas, piedra angular de la ciencia cosmográfica helenística. Pocos paradigmas científicos han logrado gozar de tan larga fortuna y duración: presente desde la tradición homérica, la teoría de las zonas entró a jugar un papel importante en el sistema aristotélico desde el que se perfecciona y se difunde a lo largo de más de dos mil años, durante los cuales campea sin rivales como la doctrina más acreditada en el campo de la geografía. 19

En términos contemporáneos, se trata de un modelo que trata de establecer relaciones entre territorio, clima y población. La Tierra es representada con cinco bandas horizontales: dos polares, don- de el frío intenso impide cualquier tipo de asentamiento humano; una ecuatorial, tampoco habitable a causa del calor tórrido; y dos intermedias, de clima templado, aptas para el desarrollo de pue- blos y civilizaciones. El conjunto de tierras conocidas se encuentra en la zona septentrional, mientras que la otra banda habitable –designada con el término antichtone o antípodas–, en el hemisfe- rio meridional. En la visión antigua y medieval ésta se considera inalcanzable, a causa de la presencia en la zona Tórrida de barre- ras naturales infranqueables como mares tempestuosos y desiertos extensos. 20

  • 18 Solórzano, Política indiana, op. cit., (Al rey), pp. 9-12.

  • 19 Gabriela Moretti, Gli antipodi. Avventure letterarie di un mito scientifico, Parma,
    1994.

  • 20 Véase Paolo Vignolo, «Nuevo Mundo: ¿Un mundo al revés? Los antípodas en el imaginario del Renacimiento», en Diana Bonnett y Felipe Castañeda (eds.), El Nuevo Mundo. Problemas y debates, EICCA I, Bogotá, Uniandes, 2003, pp. 23-60.

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A lo largo de toda la obra de Solórzano, cuya escritura está embe- bida de humanismo, los referentes a esta subdivisión del globo son innumerables. En el capítulo XI, por ejemplo, el autor cita al res- pecto a muchas auctoritas, entre otras a Plinio quien, después de describir bellísimamente la separación de dichas zonas, añade es- tas palabras: «Solamente hay dos que están atemperadas entre las abrasadas y las rígidas y ellas mismas no son transitables entre sí por el incendio del astro». 21

El hallazgo de la geografía de Tolomeo, en la mitad del siglo XV, confirmó a los ojos de los hombres del Renacimiento esta visión de la Tierra. En esos mismos años, sin embargo, se produjo un acontecimiento de gran trascendencia para la época: los portu- gueses, en sus viajes por las costas occidentales de África, se abrie- ron paso a través de la zona Tórrida y descubrieron que era habitable y que, de hecho, estaba habitada. 22 Así, el camino hacia las antí- podas se abrió:

Pues las muchas y seguras experiencias habidas en este último siglo evidencian que existen los antípodas y que todas las regio- nes del mundo, tanto las que pertenecen a las zonas glaciales como a la tórrida, no sólo son habitables, sino que de hecho están pobladas por el género humano y que incluso en muchos lugares, sobre todo precisamente bajo la zona equinoccial se

  • 21 Solórzano, De Indiarum iure, op. cit., I, XI, 33-36, p. 395. También téngase en cuenta: «Unos autores antiguos admitían, sin embargo, que jamás ha sido posible conocer dichos antípodas, y la situación de las tierras que habitaban y pensaban que eran de otra estirpe de mortales, no de la nuestra: porque, a causa del calor de la zona media interpuesta, que llamaron Tórrida, ninguno de los nuestros ha podido llegarse hasta ellos o ninguno de ellos hasta nosotros. Así lo expresó claramente Cicerón al decir que los que habitan una y otra parte del mundo están separados de tal manera, que nada entre ellos puede pasar de unos a otros …». Lo mismo enseña en otro lugar cuando dice: «El globo de la Tierra, que emerge del mar y está fijo en el lugar céntrico del universo mundo, es habitable y está poblado en los dos hemis- ferios alejados entre sí …» (ibid., I, XI, 33-36, p. 393).

  • 22 Solórzano, como siempre, tiende a destacar las hazañas de los españoles: «Los nuestros [los españoles capitaneados por Vasco Núñez de Balboa] iniciaron la navegación por él y llegó un momento en que, al cruzar la línea equinoccial y bajar al otro hemisferio, perdieron de vista las estrellas del septentrión y el polo ártico y en su lugar dieron alcance al antártico, que suele recibir también la denominación de Austral por el viento Austro …» (ibid., I, VIII, 27, p. 287).

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hallan regiones llenas de riquezas y muy agradables y del todo accesibles para ser pobladas y arribar a ellas. Sólo, pues, una mente del todo trastocada y loca puede poner en duda estos da- tos y dar más crédito a las razones filosóficas, con frecuencia engañosas, que a nuestros ojos ...

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El cambio de perspectiva tendría consecuencias revolucionarias en el proceso de expansión europea, a pesar de que la teoría de las zonas, a falta de una alternativa epistemológica creíble, no fue derrumbada de inmediato y estuvo sujeta a replanteamientos su- cesivos. 24 El trabajo de Solórzano se inscribió precisamente en este proceso fatigoso de búsqueda de un nuevo orden global. Siguien- do a Acosta, que a finales del siglo XVI había hecho una contri- bución decisiva a la tarea, afirma:

Con toda seguridad lo descubierto hasta ahora debe bastarnos para comprender que por esta otra parte se extiende una porción del orbe terráqueo no menor que el conjunto de Europa, África y Asia y que ambos hemisferios los antiguos pudieron impunemen- te negar o poner en duda. Y prueba lo mismo la afirmación de Tomás Bozio: Estas regiones de los antípodas recientemente des- cubiertas abarcan la mitad de todo el orbe terráqueo y de todos los seres que Dios ha creado para los hombres. 25

III. QUAESTIO DE ANTIPODIBUS

La cuestión relativa a las antípodas, lejos de ser una simple mues- tra de erudición humanista, juega un papel crucial en la argu- mentación de Solórzano. Desde Platón –inventor del término anti-podos que quiere decir, literalmente, anti-pies– las especu- laciones sobre tierras y pueblos al otro lado del mundo se movie- ron en un doble riel. Por un lado, eran el fruto de las especulaciones

  • 23 Ibid., XI, 39-44, p. 397.

  • 24 A este propósito véase Paul Zumthor, La medida del mundo. Representación del espacio en la Edad Media, Madrid, Cátedra, 1994, sobre todo los capítulos XI y XVI.

  • 25 Solórzano, De Indiarum iure, op. cit., I, IV, 55, p. 161.

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teórico-deductivas de la geografía griega: si la tierra es esférica, es posible designar un punto opuesto al del observador que está «pies al revés» con respecto a nosotros. 26 Por el otro, la imagen de una gente cabeza abajo y patas arriba contiene, en germen, las caracte- rísticas de inversión simbólica y de subversión del sentido común que estuvieron en la base de su fortuna literaria. 27

Solórzano, de igual manera que los grandes pensadores antiguos y medievales, explotó ambos filones para poner la quaestio de antipodibus al servicio de la ideología de la corona española. Sus conocimientos enciclopédicos le permitían moverse con agilidad entre Tolomeo y Lucrecio, Cicerón y San Isidoro, en busca de ar- gumentos para legitimar la conquista; pero los antípodas son mu- cho más que un topos poético, un motivo literario o una hipótesis científica; se trataba más bien de un poderoso dispositivo retórico que permitía generar mundos posibles a partir de un sistema con dos características cruciales: un conjunto bien rodado de reglas de inversión basado en la tradición aristotélico-tomística y una gran reserva de imaginario social. 28

Punto de conjunción entre el vasto imaginario del mundo al revés medieval, del cual no constituyen sino una parte, y las fabulaciones sobre los confines remotos del mundo, las antípodas fueron, des- de la antigüedad, un recurso para justificar la expansión imperial y a la vez un peligroso elemento de subversión del orden constitui-

  • 26 Vignolo, «Nuevo Mundo: ¿Un mundo al revés? Los antípodas en el imaginario del Renacimiento», op. cit., p. 23.

  • 27 «La utilización del vocablo como adjetivo –aclara Moretti– parece preceder de todas maneras su empleo como nombre propio: en efecto, en el Timeo no se habla de las antípodas ni como continente, ni como pueblo, sino como un lugar geomé- tricamente opuesto en el globo terrestre. Por otra parte, es cierto que en la obra platónica en su conjunto se encuentra una cantidad de sugestiones cosmológico- geográficas que van a influenciar profundamente la cultura posterior, y que estable- cen unas conexiones más o menos directas con el motivo de los antípodas …» (Moretti, op. cit. , p. 17-18 –traducción del autor–). Véase también Genevieve Droz, Les mythes platoniciens, Paris, Editions du Seuil, 1992, pp. 175-185. En la obra platónica véase Timeo 24d-25d y Critias 120e-121c.

  • 28 Esta hipótesis tiene muchas analogías con la de «capital mimético» de Stephen Greenblatt, Marvelous Possessions. The Wonder of the New World , Oxford, Clarendon Press, 1991. Véase sobre todo la introducción.

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do. En otras palabras, se trataba de una herramienta formidable, capaz de moldear, subvertir y trastocar las representaciones socia- les a partir de un vasto repertorio de mitos, leyendas y creencias sedimentado durante siglos.

Sus misteriosos habitantes, considerados inalcanzables hasta la mitad del siglo XV, se presentaban, al mismo tiempo, como pare- cidos y opuestos a nosotros: por razones de simetría, se considera- ba que en ese otro hemisferio la vida se daba en un contexto natural y climático parecido, lo que hacía razonable considerar los seme- jantes a sus pobladores; por vivir cabeza abajo, se los veía como gente estrafalaria con costumbres trastocadas, «inversas y perver- sas». Esta descripción sería el modelo narrativo a partir del cual se establecería el estatus del indio americano. 29

La doctrina de las antípodas generó una serie de problemas exe- géticos de ardua solución para adaptar la geografía grecorromana al relato bíblico que se impuso a partir de San Agustín sobre la elaboración del cosmos. La posible presencia de gentes al otro lado del mundo amenazaba los fundamentos mismos de la doctri- na cristiana, que estaban basados sobre las categorías fundamen- tales del pecado original y de la redención. 30 Tanto el origen común de Adán como el alcance universal de la palabra de Cristo eran incompatibles con la idea de barreras naturales insuperables entre el hemisferio Boreal y el hemisferio Austral. «San Agustín y otros Padres de la Iglesia no admitieron los antípodas, porque juzgaron

  • 29 Giuliano Gliozzi, Adam et le Nouveau Monde. La naissance de l’anthropologie comme idéologie coloniale: des généalogies bibliques aux théories raciales, 1500- 1700 , trad. A. Estève et P. Gabellone, préf. F. Lestringant, Théétète, Lecques,
    2000.

  • 30 Piero Camporesi escribe: «Ubicado en una posición intermedia entre lo alto y lo bajo, entre los dos extremos del bien y el mal, de la felicidad y de la abyección, entre el apogeo de la dicha y el abismo de la perdición, el mundo mediano, el orbis terrarum, lugar de refugio temporáneo por los vivos y centro de paso para las almas de los difuntos, depende de esta posición particular escogida por la insondable Providencia» (La casa dell’eternità, Milano, Garzanti, 1987, p. 15 –traducción del autor–). Esta concepción deja poco espacio para una polarización de la Tierra en dos hemisferios habitados e incomunicables. Las oposiciones fundamentales se orientan en un plano más metafísico que geográfico, en el triplex habitaculum del gran edificio construido por Dios.

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imposible que los descendientes de Adán hubieran pasado por el Océano a estas regiones.» 31

A pesar de aceptar la idea de la esfericidad de la Tierra y la teoría de las zonas, San Agustín se había negado a avalar la hipótesis –proveniente, a su juicio, de un razonamiento deductivo carente de prueba– de un hemisferio habitable opuesto y especular al nues- tro. Para él, la existencia, en un continente inalcanzable, de seres humanos excluidos de la descendencia de Adán y absolutamente ignorantes de la noticia de los Evangelios, ponía en tela de juicio la vocación ecuménica del Cristianismo. Por el contrario, la pre- sencia de monstruos y mirabilia en el remoto más allá no era in- compatible con los dogmas de la Iglesia de Roma.

Sin embargo, las exploraciones europeas de los últimos dos siglos desmintieron, a los ojos de los contemporáneos de Solórzano, la doc- trina agustiniana: en las antípodas se encontraban pueblos, ciudades e imperios, y los viajeros habían aprendido a navegar hasta allá. ¿Cómo conciliar las auctoritas antiguas con la experiencia de los modernos? Solórzano procedió de manera inexorable, primero demostrando (ta- rea fácil) lo absurdo de pensar la tierra como no esférica y luego, disculpando el «encumbrado ingenio de San Agustín» por su error de creer que los antípodas tenían que ser monstruos y no «hombres racionales, verdaderos descendientes de Adán»:

Pero entre nosotros, los que profesamos la fe católica, es absolu- tamente cierto y de todos sabido que todo el linaje de los morta- les, por cualesquiera partes del mundo en que se halle extendido, se ha propagado por descendencia de nuestro primer padre Adán, a quien Dios formó del barro de la tierra, para que fuera el padre de las tierras del orbe entero y recibiera el poder de todo lo que había sobre la tierra. (…) Agustín concluye que todo lo que algunos autores publican sobre gentes monstruosas carece de todo fundamento: Si las hay, no son hombres; y si son hombres, son de Adán. 32

  • 31 Solórzano, De Indiarum iure, op. cit., I, XI, 48, p. 379; I, XI, 22-24, p. 391.

  • 32 Ibid., I, IX, 1-5, p. 321.

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Como ya había indicado López de Gomara, San Agustín se equi- vocó porque seguía asumiendo la zona Tórrida como insuperable, a pesar de estar en lo correcto, desde el punto de vista doctrinal, por no transigir sobre la descendencia común de Adán, dogma central en la visión monogenética cristiana. 33

IV. EL POBLAMIENTO DEL NUEVO MUNDO

Si el otro hemisferio existía y era alcanzable, era imprescindible darle un nombre apropiado. Desde el primer capítulo, «que desig- na propiamente el nombre de Indias», la cuestión parece obsesio- nar a nuestro autor. La etimología, para un humanista de la talla de Solórzano, era un elemento revelador de la apropiación simbó- lica de las nuevas tierras de ultramar. Así como el bautizo para los hombres, y el requerimiento para las tierras –prácticas a las cuales el autor dedica varias reflexiones–, el acto de ponerle nombre a las provincias y pueblos de las antípodas de Europa era, de por sí, una forma de dominio que permitía defender los derechos de la Corona en las cortes, consejos, foros y tribunales.

De entrada descartó tanto el «falso e impropio nombre de Indias», como el de América, fruto, a su pareceer, de las astucias maquiavé- licas de Vespucio; pero tampoco resultaron convincentes otras pro- puestas fantasiosas, como la de llamar las nuevas tierras Antilianas, Amazonias, Orellanas, o de la Santa Cruz, a pesar de haber sido respaldadas por figuras prestigiosas como Acosta, Ortelio o inclu- so el mismísimo Tolomeo. Si acrósticos como Ferisabélicas o Pizarrinas, aunque «políticamente correctos», resultaban tediosos y poco sugestivos, expresiones como Islas Atlánticas o Atlántidas no soportaban un juicio riguroso, ya que éste implicaría dar por buenas las fábulas de Platón.

  • 33 La condena de la creencia en la doctrina de las antípodas, nos recuerda Solórzano, condujo al lamentable accidente de la condena de Virgilio, obispo de Salzburgo. Se trata de todas maneras de un error persistente, pues incluso el mismísimo Pico de la Mirandola, célebre por su erudición, siguió condenándola frente a Alejandro VI.

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Ni hablar de un término como Francia Antártica, acuñado para acreditar las pretensiones ilegítimas de los hugonotes franceses en Brasil. Más preciso habría sido algo como Colonia o Columbonia que por lo menos aludían a la hazaña realizada por Colón mien- tras estaba al servicio de los soberanos españoles. El término Orbe Carolino también habría podido ser adecuado, de no ser por su poca difusión. A raíz de estas motivaciones el nombre más conve- niente, en definitiva, fue Nuevo Mundo o Novus Orbis, Nuevo Hemisferio:

Entre los nombres que hasta hoy se han dado a nuestras Indias Occidentales, ninguno hallo más conveniente y significante de su grandeza que el de «Nuevo Mundo», en latín «Novus Orbis». No porque yo crea ni siga la opinión de los que dijeron que había muchos mundos, sino porque los antiguos dividieron en tres partes todo lo que conocían del ya descubierto, conviene a saber, África, Europa y Asia, como lo dije en el capítulo prime- ro .

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Aunque se afana en precisar, las palabras, como las monedas, de- penden de su valor de uso:

Éstas son las indagaciones cuidadosas que, entre otros, hemos podido hacer sobre la verdadera y apropiada denominación de estas regiones, que en el transcurso de esta obra no tendremos inconveniente en señalar con el nombre corriente y más conoci- do de Indias Occidentales o América. La razón está en que, si hacemos caso a Quintiliano, se tiene que usar la palabra, como una moneda, que posee una configuración pública y el uso co- rriente del habla es más poderoso que la propiedad de las pala- bras …

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Toda la argumentación etimológica, que en el De Indiarum iure llena más de diez páginas, se construye alrededor de exigencias geopolíticas. En primer lugar hay que celebrar las hazañas de los hombres al servicio de la Corona (Colón, Núñez de Balboa, Cor- tés, Magallanes) y desacreditar a quienes, como el florentino Ves-

  • 34 Solórzano, Política indiana, op. cit., I, III, 1, p. 35.

  • 35 Solórzano, De Indiarum iure, op. cit., I, IV, 58-60, p. 163.

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pucio, podrían usurpar sus méritos, con el fin de asegurar que otras potencias europeas no se insertaran en el juego colonial y amenazaran el monopolio ibérico.

En segundo lugar, se insiste en el cambio de imagen del mundo comprobada por la expansión, más allá de las columnas de Hércu- les, de los territorios portugueses y españoles. Nos encontramos con uno de los artificios más frecuentemente usados por Solórzano en su meticulosa justificación de la Conquista: la emulación de los antiguos por parte de los modernos que ha llevado a los reinos cristianos, gracias a la Providencia Divina y al progreso técnico, a superar a los grandes campeones del pasado.

«Las fatigas de Hércules, Baco y Ofiris», así como las hazañas de los ejércitos de Alejandro Magno y de los emperadores romanos, preconizan las empresas de conquistadores como Cortés y Pizarro que Solórzano relata con acentos épicos propios de los libros de caballería. 36 Así mismo, la actividad evangelizadora de los após- toles Bartolomé y Tomás en las Indias Orientales representaba la vanguardia de la gran empresa misionera de la España de la épo- ca, que señaló al jesuita Francisco Javier como héroe y mártir ejemplar.

En fin, el proceso de conquista se celebraba por haber construido una imagen global del orbe, en toda su redondez. Así como el viaje mítico de los argonautas había abierto las vías a la navega- ción y al comercio, marcando el fin de la Aurea Aetatis y el co- mienzo de la historia propiamente dicha, los navíos ibéricos lograron ir plus ultra, rompiendo, de esta manera, las fronteras del mundo clásico y abriendo paso a una nueva época en la que el cristianismo triunfante estaba a punto de envolver al mundo ente- ro. De Magallanes, por ejemplo, Solórzano escribe:

… una de sus naves, de que Sebastián Cano iba por piloto, llamada «Victoria», dio vuelta a todo el mundo, mereciendo que a él se le diese su globo por armas con una letra, que decía: «Tú fuiste el

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Véase Borja, op. cit., sobre todo la introducción y el primer capítulo.

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primero que me rodeaste». Y a ella hayan celebrado los escritores más que a la Argos. 37

Una vez aclarada la cuestión del nombre, el autor reseña el asunto del «origen de los pueblos descubiertos en las regiones del Nuevo Mundo, [preguntándose,] ¿cómo pudieron pasar a ellas?». Aun- que admite la existencia de las antípodas, queda por comprender cómo se poblaron de plantas, animales y, sobre todo, de seres hu- manos:

Con razón, pues, personas doctísimas suelen poner en duda cuál sea el origen de estos indios occidentales y meridionales y de qué manera, por qué camino, bajo qué guía han podido llegar pueblos tan numerosos a estas provincias separadas de las otras por casi todo el océano y, al parecer, totalmente ignoradas de los antiguos. En efecto, como dice admirablemente José de Acosta, no pode- mos pensar que haya llegado acá una segunda arca de Noé ni que algún ángel haya transportado volando por los aires a los progeni- tores de los pueblos indianos …

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Solórzano revisa las hipótesis principales al respecto. No se puede confiar, en absoluto, en las fábulas de los indios sobre sus propios orígenes, ya que son «simples sueños y delirios de enfermos» 39 de gentes bárbaras que no tienen escritura. Las especulaciones filo- sóficas sobre la Atlántida tampoco parecen dignas de confianza:

«esa narración de Platón es pura patraña». 40 Además, rechaza y condena, con vehemencia, la no menos estúpida y errónea opi- nión, basada en la doctrina de Avicenna, de que los primeros na- turales de estas regiones pudieron haberse generado de la tierra o de alguna materia pútrida mediante el calor del sol. 41

  • 37 Solórzano, Política indiana, op. cit., I, II, 6, p. 29. En una nota Solórzano cita: «Occeanum reserans Navis-Victoria totum, Hispanum Imperium clausit utroque Polo », (ibid., nota 46, p. 14).

  • 38 Solórzano, De Indiarum iure, op. cit., I, IX, 14-15, p. 323 s.

  • 39 Ibid., I, IX, 21, p. 327.

  • 40 Ibid. , I, IX, 55-56, p. 341.

  • 41 Ibid., I, IX, 37, p. 331.

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Esta idea, subversiva a toda luz, fomenta la opinión «necia, impía, y herética» 42 de quien piensa que se pueda generar y formar un hom- bre verdadero por arte de alquimia. Así mismo, carecen de todo fundamento las argumentaciones de quienes buscan los orígenes de los indios del Nuevo Mundo en las diez tribus perdidas de Israel, o «… en los fenicios o cartagineses, o en los romanos o italianos, o en los tártaros y chinos». 43 Si bien acepta que se trata de un problema de difícil solución, para el que «… más fácil es reprobar opiniones ajenas que proponer alguna propia que satisfaga» 44 , Solórzano propende por otra vía de salida moldeada a partir de la teoría de las migraciones sucesivas del jesuita José de Acosta:

Más parece que se llegan a la razón y verdad los que dicen que los primeros habitadores de estas provincias pasarían a ellas con naves fabricadas para este intento, como ahora lo hacemos los españoles y lo han hecho siempre los que han pretendido mudarse de unas regiones a otras transmarinas. O que cuando no intentasen pasar a él de propósito, pudo ser que navegando para sus comercios u otros fines a provincias vecinas se derrotasen con tormentas y arrojados por el océano, arribasen a algunas de las islas de estas Indias, y allí, poco a poco, fuesen poblando las otras; la cual opinión tiene por probable el padre Acosta y la siguen muchos autores. 45

La teoría de las migraciones sucesivas de Acosta logró generar, a partir de a finales del siglo XVI, un amplio consenso sobre un asunto trascendental: «La fe católica mantiene la paternidad de Adán sobre todo el género humano; y ahí se obtiene (…) una garantía de la unidad y universalidad del hombre». 46 Se cierran de esta manera decenios de debates ásperos e incertidumbre genera- lizada.

  • 42 Ibid. , I, IX, 40-41, p. 333.

  • 43 Ibid., I, IX, 55-56 p. 339.

  • 44 Solórzano, Política indiana, op. cit., I, V, 7, p. 53.

  • 45 Ibid., I, V, 18, p. 55.

  • 46 F. Javier de Ayala, Ideas políticas de Juan de Solórzano, Sevilla, Escuela de Estu- dios Hispano-americanos, 1946, p. 108.

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La idea de que los pobladores del Nuevo Mundo llegaron por el estrecho de Boering o por otros puntos donde las tierras emergidas casi se tocan, para luego difundirse por todo el continente, sigue siendo todavía una de las teorías más acreditadas en el campo cien- tífico. Su éxito en el siglo XVII se debió, en gran parte, al hecho de que permitía solucionar, al mismo tiempo, muchos problemas. Los teólogos y las jerarquías eclesiásticas abrazaron con entusiasmo la idea por ser una eficaz herramienta teórica en contra de la peligrosa propagación de teorías poligenístas. Los filósofos naturales encon- traron en ella una hipótesis creíble, a partir de la cual era posible emprender un estudio sistemático de la fauna y de la flora del Novus Orbis. Los sostenedores de la Corona, como Solórzano, por otra parte, no tardaron en considerar plausible la idea por motivos po- líticos, es decir, para demostrar la validez de la sujeción de los in- dios a Castilla.

Los habitantes del Nuevo Mundo, en sus vagabundeos migratorios entre un continente y otro, se volvieron nómadas, degenerando, así, sus costumbres, desarrollando prácticas «incivilizadas, vulga- res e inhumanas» 47 : canibalismo, incesto, idolatría. «Vistos a la luz del modelo aristotélico –nos señala Muldoon– las gentes de las Américas han caído lejos de su original forma de vivir en comuni- dades organizadas». 48

No se puede olvidar que la historia de la humanidad, en la con- cepción cristiana, es ante todo la historia de una caída: sólo a partir de la llegada de Dios, hecho carne, a la Tierra, se abre la posibilidad de la redención. Sin embargo, los pueblos americanos siguieron cayendo desde que fueron echados del Paraíso Terrenal, y sólo en tiempos recientes la actividad misionera de los ibéricos ha logrado llevar hasta allá la palabra salvadora de Cristo. La pro- longada dispersión por la faz de la Tierra y la caída a lo largo de todos esos siglos explica la degeneración de los habitantes del Nuevo Mundo, pero también abre las puertas de su salvación.

  • 47 Muldoon, op. cit., p. 71 (traducción del autor). Véase también Anthony Padgen, The Fall of Natural Man: the American Indian and the Origins of Comparative Ethnology, Cambridge, Cambridge University Press, 1982.

  • 48 Muldoon, op. cit., p. 71 (traducción del autor).

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V. MUNDUS INVERSUS ET PERVERSUS

Solórzano razonaba desde la óptica contrarreformista de la época:

«… se había restaurado, en toda su vigencia y con nuevos impulsos, el dogma del pecado original y la servidumbre y grandeza de la naturaleza caída, la necesidad de las obras para la justificación, el valor de la voluntad en la tarea de su destino trascendente». 49 Los indios, en su historia de desplazamientos, tomaron un camino tor- cido que hay que corregir.

Esta visión moldeó no solo la imagen de los pobladores, sino tam- bién la de las tierras americanas. En la descripción de la «Naturale- za y excelencia del Nuevo Mundo» se distingue el funcionamiento de lo que podríamos llamar el «dispositivo antipódico». Citando a Gomara y Acosta, entre otros, Solórzano describe tierras paradi- síacas donde se perpetúa una eterna primavera, «huerta de delei- te, alabanza del Temple», que hace recordar tanto el Edén perdido de los cristianos, como los Campos Elíseos y las Islas Atlánticas o Fortunadas de los paganos. Para los europeos, lo que se encontra- ron era un mundo de los orígenes aún no purgado por la interven- ción divina, un paraíso perdido que debía ser rescatado: «[Cristóbal Colón] vino casi a pensar que en ellas podía haber estado el paraí- so terrenal que muchos dicen estuvo plantado debajo de la equi- noccial». 50

Ese mundo podría ser mejor que el conocido, tan sólo si la civili- zación europea pudiera trabajar esa tierra inculta para volverla una viña del Señor, extirpando sus pecados abominables y reco- giendo sus frutos: «Verdaderamente hay autores que se la conce- den [la ventaja respecto al Viejo Continente], y yo los siguiera si este nuevo orbe estuviera tan cultivado, poblado y habitado como el antiguo». 51

  • 49 Ayala, op. cit., p. 108.

  • 50 Solórzano, Política indiana, op. cit., I, IV, 3, p. 42.

  • 51 Ibid., I, IV, 5, p. 42.

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La insistencia en sus maravillas y riquezas, pero también en los «frecuentes terremotos y montañas de fuego» que lo sacuden, se volvió un argumento en favor de la colonización y evangelización que se llevaba a cabo en medio de innumerables dificultades. El imaginario relacionado con ese mundo al revés permitió presentar el mundo precolombino como caótico y confuso: de allí se des- prendió la motivación moral para el despliegue de las fuerzas civi- lizadoras.

Una vez aclarado el asunto del origen y llegada de los indios y de la naturaleza del Nuevo Mundo, nos encontramos frente al eje de la construcción argumentativa: la prioridad del descubrimien- to. Solórzano, como de costumbre, lo enfrenta desde su oficio de jurista, al comenzar por enumerar los argumentos ab contrario:

«… son muchos, y muy graves los autores que, o porque así de verdad lo sintieron, o por quitar esta gloria a los españoles, quie- ren persuadir que hubo noticia de él y su grandeza, que aunque no tan distinta como la que después habemos tenido». 52

Solórzano procede a exponer las más variadas hipótesis de viajes ultraoceánicos de la Antigüedad, para luego demolerlas una a una. A pesar de su valentía y poder, los antiguos no conocían la navega- ción en mar abierto, ni la aguja de marear, ni el imán, ni el astrola- bio, ni la pólvora o la artillería, ni el origen del Nilo; problemas técnicos impidieron a griegos, tiros, fenicios, cartagineses y roma- nos semejante hazaña. «Por eso no tenían semejante noticia [de un Nuevo Mundo], o por lo menos práctica, ya que alguno o algu- nos filosofando la tuviesen especulativa». 53

Pero Solórzano sabía que en los foros de los tribunales y en las audiencias públicas se ganaban las causas y se convence al público y al jurado no sólo filosofando, sino sobre todo con hechos prác- ticos: «No hay que dar a los argumentos filosóficos más crédito que a los ojos». 54 Y desmontar los débiles hechos que demostra-

  • 52 Ibid., I, VI, 2, p. 61.

  • 53 Ibid., I, VI, 8, p. 63.

  • 54 Solórzano, De Indiarum iure, op. cit., I, XI, 42, p. 379.

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rían la llegada de los romanos al Nuevo Mundo no resulta en absoluto complicado.

Tanto el hallazgo de una moneda romana en Nueva España, como la presencia de escudos con el águila imperial en Chile –dos su- puestas «pruebas» de la presencia romana en el otro hemisferio– podrían bien ser considerados falsos, como se había demostrado en un caso de impostura parecido, develado por los portugueses en las Indias Orientales. En cuanto a la improbable asociación de la tierra bíblica de Ofir con Perú (donde Solórzano vivió dieciocho años), es probable que se trate más bien de Taprobana. Una vez expuestos los argumentos de la contraparte, el autor expresa su tesis: las supuestas llegadas de otros exploradores antes de Colón deben ser reputadas como inventadas «más por amor de novedad que de verdad»:

… tengo por mucho más cierto que no se tuvo ni halla en la anti- güedad rastro alguno que muestre ni pruebe que en ella se alcanzó ni aun pequeña o remota noticia del orbe de que tratamos; opi- nión que ha sido seguida por muchos más autores y no menos graves que la pasada, así españoles como extranjeros. 55

Por lo que concierne al anuncio de la palabra de Cristo en el Nue- vo Mundo, en cambio, no hay que descartar la posibilidad de que las Sagradas Escrituras hayan anunciado o profetizado el descu- brimiento, aunque con tal cubrimiento y oscuridad de palabras que muchas veces no se entienden hasta que las vemos cumpli- das. 56

La cuatro extremidades de la Tierra, sostiene Solórzano siguiendo a San Jerónimo, parecen preconizar las cuatro partes del mundo, así como ciertas oscuras profecías de Isaías. El mismo San Pablo, cuando refiere que el nombre de Jesús llegaría a ser adorado entre «todos los del cielo, tierra e infiernos», podría estar refiriéndose al Nuevo Mundo, ya que con la palabra «infiernos» pudo haber querido significar «nuestros antípodas y americanos» que estaban

  • 55 Solórzano, Política indiana, op. cit., I, VI, 7, p. 63.

  • 56 Ibid., I, VII, 1, p. 71.

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escondidos o sepultados en lo más bajo de tales abismos de mares y tierras que respecto a las nuestras, en toda propiedad, se llaman «infernas». 57

Acá, Solórzano contaba con una consolidada tradición literaria que él, sin lugar a duda, conocía bien: ya Servio, comentador de Virgilio, afirmaba:

… se puede llegar navegando a los antípodas, que están debajo de nosotros [inferi] como nosotros debajo de ellos. Por eso llamamos infiernos a lo que está bajo la tierra. Tiberiano dice también que los antípodas nos enviaron traída por el viento una carta con esa inscripción: Los de arriba saludan a los de abajo. 58

Superi inferis salutem: ellos son los de arriba, a sus ojos los inferio- res somos nosotros. La misteriosa misiva, que pone en marcha una típica inversión antipódica, había tenido cierta fortuna literaria en ambientes humanistas, gracias sobre todo a Petrarca.

A partir de esta vaga alusión de San Pablo a la palabra de Cristo que llegaría hasta los infiernos, Solórzano logró establecer un puente entre la visión virgiliana del otro hemisferio como morada de los difuntos y las exigencias de establecer unas pautas jurídicas sobre el trato a los indios. Con elegancia formal y gran despliegue retórico, sigue trazando poco a poco el retrato de «nuestros antípodas y americanos». En el Nuevo Mundo no se encuentra lo mismo que hay en el Tártaro ni en los Campos Elíseos de los antiguos, sino seres vivos, racionales y aptos para ser convertidos en súbditos de la Corona de Castilla y en buenos cristianos de la Iglesia de Roma.

Y sin embargo hay algo infernal en los moradores de esas tierras. El diablo, «príncipe de este mundo», parece haber reinado sin rivales en el otro, hasta la llegada de los cristianos. Es por eso que las naves aladas de los ángeles y las palomas de Isaías –que preco- nizan el nombre de Colón ( Colombo, quiere decir paloma en ita-

  • 57 Ibid., I, VI, 6, p. 90.

  • 58 Solórzano, De Indiarum iure, op. cit., I, IX, 39-44, p. 397. Véase también en este mismo volumen Rafael Díaz, «Obra de Imperio: colonialidad, hecho imperial y eurocentrismo en la Política indiana» y Gliozzi, op. cit.

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liano)– bien pueden ser consideradas profecías de los triunfos es- pañoles, aunque se trate de hipérboles poéticas y no de descrip- ciones factuales. En cuanto a los testimonios de testigos que se refieren a la costumbre de ciertos indios de vestirse como clérigos o al hallazgo de cruces en la Nueva España, es necesario, una vez más, tomarlos con cuidado: podrían ser imposturas de los indios o incluso artimañas del «demonio, simio de Cristo».

En el siglo XVII, el simio ya reemplaza a los monstruos plinianos en la representación de lo exótico lejano. El diablo imita a Dios, como el simio imita al hombre: no es casual que en el Nuevo Mun- do, poblado de simios, de demonios y de seres salvajes y bestiales, prolifere la idolatría, es decir, la veneración de falsas imágenes, de imitaciones demoniacas de lo sagrado. 59

Los antípodas remiten entonces a un mundo invertido a merced del demonio que, vale la pena recordarlo, se presenta ante todo como portador de falsas verdades y dedicado a disfrazar y pervertir ritua- les, hábitos y sermones auténticamente cristianos. Sí, porque ese Nuevo Mundo al revés está hecho a imagen y semejanza del Anti- guo, pero está trastocado por el poderío del Señor de las tinieblas:

sólo en tiempos recientes, la luz del Evangelio está empezando a lacerar la oscuridad del pecado en que viven sus habitantes.

VI. ENDEREZANDO UN MUNDO AL REVÉS

Los antípodas también permitieron establecer una relación metafó- rica entre cuerpo humano y cuerpo social, según pautas simbólicas bien arraigadas en la cultura de la época. En el pensamiento del Renacimiento tardío, la concepción de una monarquía universal como máxima aspiración política se conjugó con la idea de que había un complejo sistema de correspondencias, analogías y simpa- tías entre micro y macrocosmos: el cuerpo social se debía gobernar

59

Véase Carmen Bernand y Serge Gruzinski, De l’idolâtrie: une archéologie des sciences religieuses, Paris, Seuil, 1988 y Borja, op. cit.

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como se gobierna el cuerpo humano. Europa –o, por translación metonímica, una de sus regiones– se representaba a sí misma como cabeza, centro, caput mundi: una imagen recurrente en las alegorías manieristas, en las estampas populares, en la literatura, en los trata- dos políticos. El portugués Luis de Camôes, sólo para citar un ejem- plo entre muchos, en las Lusiades escribe: «Y apareció la nobre

España que es como la cabeza de toda Europa. La rueda fatal a

menudo gira a favor de su imperio y de su gran gloria

...

».

60

La lucha por la supremacía a escala mundial de los diferentes es- tados nacionales se traduce en una visión jerarquizada del espacio moldeada sobe la anatomía humana. La geografía moderna se construye a partir de un doble proceso: por un lado, se aplican categorías espaciales universales a lugares todavía fuertemente impregnados de particularidades irreducibles a un modelo único, y por el otro, se defienden pretensiones regionales en nombre de un idealismo universal. Derrida, al desarrollar las implicaciones etimológicas de la raíz cap, afirma:

En su geografía y en lo que se ha llamado a menudo, como en Husserl por ejemplo, su geografía espiritual, Europa se ha identi- ficado como un «cap», un punto de partida para el descubrimien- to, la invención y la colonización, bien sea como la avanzada extrema de un continente hacia el oeste y hacia el sur, bien sea como el centro mismo de este idioma en forma de cap, la Europa del medio, encerrada, recogida en su memoria. 61

Según esta ‘lógica capital’ –continúa Derrida, criticando las pre- tensiones expansionistas del Viejo Continente– lo que amenaza a la identidad europea no amenaza a Europa, sino a la universa- lidad a la cual ella responde, de la cual es la reserva, el capital o la capital. 62

  • 60 Citado en Yves Hersant y Fabienne Durand-Bogaert (eds.), Europes. De l’Antiquité au XXe siècle , Anthologie critique et commentée, París, Laffont, 2000, p. 88 (traducción del autor). Camôes también enmarca su descripción poética de Europa en una visión de la teoría de las zonas.

  • 61 Jacques Derrida, «L’ autre cap», en Hersant y Durand-Bogaert, op. cit., p. 517 (traducción del autor).

  • 62 Ibid., p. 525 (traducción del autor).

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Desde los primeros tiempos de la conquista del Nuevo Mundo ya estaban en marcha las dramáticas contradicciones entre expansión global y afirmación local, entre dominio universal y fragmentación particular.

Al mismo tiempo es necesario enmarcar al nuevo hemisferio dentro de esta metáfora organicista del poderío europeo. En Solórzano, la organización jerárquica de la faz de la Tierra a partir de un modelo centro-periferia tomado de la medicina, encuentra su apogeo en la visión de los indios como «pies de la república»: si España es desti- nada, por voluntad divina, a ser la cabeza del mundo, sus extensio- nes en el Nuevo Orbe no pueden ser sino las extremidades:

Porque según la doctrina de Platón, Aristóteles, Plutarco y los que le siguen, de todos estos oficios hace la República un cuerpo com- puesto de muchos hombres como de muchos miembros que se ayudan y sobrellevan unos a otros, entre los cuales, a los pastores, labradores, y otros oficiales mecánicos unos los llaman pies, y otros brazos, otros dedos de la misma República, siendo todos en ella forzosos, y necesarios, cada uno en su ministerio, como grave y santamente da a entender el apóstol san Pablo. 63

Es por ende parte de las leyes naturales que:

los indios, por ser vasallos y como pies de la República, tengan obligación de servir en los ministerios en común útiles para ella. 64

...

Los labradores son el hígado ó los pies, como dijo Plutarco escri- biendo a Trajano, que sustentan todo el peso de la República. 65

La cabeza del Imperio está en la Corona que se apoya sobre el trabajo de los nuevos súbditos, mano (y pie) de obra destinada al trabajo manual en las minas y en las encomiendas. Marta Herrera escribe:

… con la homología cuerpo-ciudad-república lo que el autor bus- có fue legitimar un ordenamiento de la sociedad fundamentado en la desigualdad que, además, no debía ser objeto de cuestiona-

  • 63 Solórzano, Política indiana, op. cit., II, VI, 6, p. 171.

  • 64 Ibid., II, XVI, 7, p. 275.

  • 65 Ibid., II, IX, 11, p. 205.

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miento alguno. Tal desigualdad, que se expresaba en dos niveles, el de la división del trabajo y el de la dicotomía gobernantes- gobernados, identificaba a los indígenas como los pies del cuerpo social. De esta forma justificó que fueran los responsables de sos- tener todo el peso del cuerpo social y, además, de producir el máximo de recursos que, en últimas, deberían engrosar las arcas de la ‘cabeza’ de la república, es decir, de la Corona. (…) En la Política indiana, Juan de Solórzano y Pereira formuló una estrati- ficación socio-racial de la población del imperio español, en par- ticular de la americana, que se articuló con la concepción que tenía de América como parte accesoria de la Corona, en la que sus vasallos establecían colonias y lugares de españoles, para confor- mar «un cuerpo, y un Reyno». Este proceso, según el autor, dio como resultado que las «dos Repúblicas de los Españoles, é In- dios, así en lo espiritual, como en lo temporal, se hallan oy unidas, y hacen un cuerpo en estas Provincias». 66

Sin embargo, los que tendrían que ser los pies de la República se portan al revés, como antípodas, como anti-pies. El Nuevo Mun- do, trastocado por el demonio, pone en peligro la salud misma del Estado. Hay que reorganizar la parte inferior del cuerpo social que no puede seguir «cabeza abajo y patas arriba». 67

Paraíso perdido a causa de una caída prolongada, tierra trastocada por temblores y terremotos, reino del demonio simio de Dios, cuer- po al revés que no obedece a la voluntad de la cabeza coronada: el Nuevo Mundo, para Solórzano, se presenta como un mundus in- versus et perversus, poblado por seres bestiales y salvajes que hay que educar y convertir a los preceptos cristianos. Hay que poner orden, tanto moral como legal, en este nuevo orbe trastocado por cataclismos nefastos y costumbres abominables.

La tarea del profesor salmantino se presenta como desmesurada, ya que:

  • 66 Martha Herrera, «Los pies de la república cristiana: la posición del indígena ameri- cano en Solórzano y Pereira», versión previa del texto publicado con modificacio- nes en este volumen.

  • 67 Véase Edwin Muir, Fiesta y rito en la Europa moderna, Madrid, Complutense, 2001 y Peter Burke, La cultura popular en la Europa moderna, Madrid, Alianza,
    1991.

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… los repetidos intentos recopiladores que tanto en la Metrópoli como en las Indias se habían llevado a cabo, de modo oficial u oficioso, no habían tenido por el momento el éxito que se espera- ba, dejando en un estado semejante el caos legislativo y jurispru- dencial que parecía ceñirse sobre el Nuevo Mundo, como un mal cuya solución era más deseable que factible. 68

El Nuevo Mundo se presenta como un orbe trastocado, no sólo a causa de la diferencia abismal de la naturaleza exuberante y difícil de domesticar de sus tierras y de sus gentes, sino también por el desorden normativo y la falta de «policía» que presenta esa parte del Reino. La imagen de un mundo invertido a las antípodas de la civilización, encuentra una ulterior confirmación empírica en el estado de sus leyes y de sus prácticas sociales.

Solórzano se enfrenta a la tarea hercúlea de reformar radicalmen- te las falacias persistentes del gobierno de las Indias, a través de una sistemática «[a]plicación del realismo sociológico a la proble- mática del Derecho, mediante una amplificación de la estructura formal de los dogmas tradicionales y una lenta labor de adapta- ción de la realidad, prestando significación jurídica a los princi- pios válidos de la experiencia». 69 Si bien la parte más consistente de su obra está consagrada a este esfuerzo, éste no sería posible sin una vehemente apología del dominio español en las Américas.

Por eso, Solórzano dedicó tantas energías al asunto de las antípo- das antes de sumergirse en la cuestiones relacionadas con la enco- mienda, con la posesión de tierras y con las condiciones legales de los indios. Su propósito era incorporar los acontecimientos de la conquista del Nuevo Mundo en la historia del mundo tout court, mediante el esbozo de una teoría del nuevo poder colonial, aún rudimentaria pero extremamente eficaz y basada en la unidad po- lítica del imperio cristiano.

  • 68 Ayala, op. cit., p. 45.

69

Ibid.,

p. 71.

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VII. EL MITO DEL IMPERIO UNIVERSAL

De todas las grandes corrientes imaginarias que alimentaron el imaginario relacionado con las antípodas, Solórzano privilegió el mito del imperio universal. Es cierto que, a menudo, encontramos menciones a tierras paradisíacas, a la añorada Edad del Oro e incluso sutiles referencias carnavalescas, como en la inscripción del loco cartaginés hallada cerca de las columnas de Hércules. 70 Sin embargo, Solórzano, funcionario imperial, vio a las antípodas sobre todo como una poderosa herramienta de propaganda ofi- cial. Para que el imaginario relacionado con el otro hemisferio facilitara el gobierno de las Indias, era necesario depurarlo para eliminar el carácter subversivo, el trastoque del sentido común y la inversión de los valores dominantes que lo habían caracterizado desde la Antigüedad.

El imperio universal, uno de los mitos políticos más persistentes en la historia de Occidente, tenía en cambio un impresionante potencial para moldear el imaginario de la época en defensa del control de Castilla sobre sus dominios. Solórzano, familiarizado con esta tradición literaria, va desarrollándola poco a poco a me- dida que teje cavilosas argumentaciones retóricas y que desenreda intrincados nudos jurídicos.

Las gestas de Alejandro Magno para la conquista de las tres partes del ecoumene, fueron un punto de referencia constante en los escri- tos de Solórzano. Se trataba del hito fundador de un nuevo horizon- te expansionista cuya aspiración era la conquista del mundo entero:

si la apatía y la insensatez de las tropas no hubiesen frenado sus proyectos, él [Alejandro] no habría retirado de allí sus armas sin

...

antes haber sometido todos los rincones a su Imperio. 71

  • 70 Solórzano transcribe un epitafio hallado supuestamente cerca de las columnas de Hércules: «Heliodoro, loco cartaginés, en el extremo del mundo mandó embalsa- marme en este sarcófago con el testamento. Para ver si alguien más loco que yo se llegaba hasta estos lugares para visitarme» (De Indiarum iure, op. cit., I, XI, 61, p. 403). Una sugestión carnavalesca se encuentra también en ibid., I, XI, 27: «Los que antaño se reían de que hubiera antípodas, hoy son ellos dignos de risa».

  • 71 Ibid., I, II, 16-22, p. 87.

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La figura de Alejandro se volvió, en los siglos venideros, un refe- rente que trascendía el contexto político-militar: sus empresas abar- caron prácticamente todo campo del saber, desde la exploración geográfica hasta las especulaciones filosóficas sobre el más allá, a través un florilegio de leyendas, fábulas y cuentos que van forjan- do las aún inciertas categorías mentales para una comprensión de lo que Borja llama el otro-allá. 72

A partir de Augusto, los emperadores romanos desarrollaron las extraordinarias potencialidades retóricas del mito nacido alrede- dor del héroe macedonio.

En efecto el estado romano –escribe Moretti– en su progresiva expansión va realizando una comunicación y una fusión entre los pueblos más alejados y aparentemente separados para los fines tradicionales. El destino de los romanos es extender su imperium sine fine , sin límites no sólo de tiempo sino también de espacio; este imperio, como es profetizado en la Eneida, termi- nará por extenderse hasta las regiones más remotas, más allá de los límites marcados por Hércules y llegará por ende hasta los antípodas. 73

La idea de un poder universal que se expandiera más allá de los confines últimos de la Tierra, se volvió parte de la ideología ofi- cial. Sólo la hegemonía incuestionable del águila imperial sobre la Tierra podía extender la pax romana a todos los pueblos para ga- rantizar, de esta forma, un orden social duradero y justo. 74 Como subraya Nicolet, en los panegíricos de los escritores latinos de la época imperial, el conocimiento geográfico se encontraba subor- dinado a la expansión militar: los confines del orbe tendían a co- incidir con las fronteras militares controladas por las legiones de Roma. El fenómeno se extiende al pueblo que se entera de la existencia de provincias y gentes desconocidas en la celebración

  • 72 Borja, op. cit., p. 31.

  • 73 Moretti, op. cit., p. 56 (traducción del autor).

  • 74 Es el caso por ejemplo de Messala y de Claudio, celebrados como triunfadores de los dos hemisferios a raíz de sus victorias sobre los bretones y la inminente expedi- ción a las antípodas. Al respecto véase ibid., p. 57.

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de los triunfos. En una muestra de poderío, que es también una forma de pedagogía de masas, desfilan por la ciudad en fiesta, como botín de campaña y sujetados al carro del triunfador, obje- tos exóticos, animales estrafalarios y guerreros en trajes bárbaros.

Más allá de las últimas guarniciones se abría la tierra incógnita de las antípodas, que el emperador de turno estaría a punto de inva- dir para culminar el proyecto expansionista de sus predecesores. 75 La inminente reunificación del conjunto del orbis terrestre bajo la dominación de la urbis romana, aunque contradictoria con res- pecto a la misma teoría de las zonas, es una extraordinaria arma retórica que gozaría de inmensa fortuna en los siglos por venir. El mismo Solórzano, citando a Juan Voerthuf, retoma el topos al pie de la letra:

… los portugueses, recorriendo una larga distancia desde los afros y numidas, avanzaron hasta las fuentes del Nilo y el mar Rojo y se metieron por un lado en el Ganges, por otro en el Eufrates, bajo la acción de Dios; como es de creer, e inspiración del mismo cielo, para gloria grande de su nombre y de su fama. Oh reyes merecedo- res del favor de todos, merecedores de imperar sobre los antípodas y sobre [la parte] opuesta del orbe en toda su extensión. 76

Roma, un siglo después de su caída, seguía siendo el punto de referencia de toda estructura estatal con vocación imperial. A lo largo de la Edad Media, Carlos Magno, Otone I, Federico Barbaroja y Federico II, tomaron al Imperio como modelo político ideal. La idea de un emperador capaz, gracias a su autoridad sobre la hu- manidad entera, de generar condiciones de orden, estabilidad y prosperidad social no sólo embebe a la propaganda oficial: las leyendas sobre Federico durmiente en la montaña son un ejemplo de cómo el imaginario popular también elabora el tema, en este caso con fuertes matices apocalíptico-escatológicos. 77

  • 75 Véase Claude Nicolet, L’inventaire du Monde. Géographie et politique aux origi- nes de l’Empire Roman, París, Fayard, 1988 y también Giuseppe De Matteis, Le metafore della terra: la geografia umana tra mito e scienza , Milano, Feltrinelli,
    1985.

  • 76 Solórzano, De Indiarum iure, op. cit., I, III, 4-5, p. 105.

  • 77 Véase Norman Cohn, The Pursuit of the Millennium, 1961.

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Por su parte, el cristianismo medieval desarrolló pretensiones uni- versalistas (o de universalidad) a partir del establecimiento de se- mejanzas de carácter formal con las disertaciones sobre la idea de imperio de las auctoritas antiguas:

El cristianismo –escribe Ayala– tuvo como consecuencia una re- novación trascendental: también él predicaba un imperio univer- sal, pero con raíces más profundas y con horizontes de mayor ilimitación. El Imperio de Cristo es absoluto y único, porque nada hay más allá de lo infinito, y por tanto trasciende a todos los seres y a todos los hechos. 78

Vocación ecuménica y vocación imperial se fundaban en una ideolo- gía que tendía a modelar la visión del mundo en términos etnocén- tricos. Si el centro geográfico-simbólico de la ecuméne es Jerusalén, «ombligo del mundo», su centro político es Roma, sede del vica- rio de Cristo. La palabra de Dios estaba destinada a propagarse desde allá hasta los cuatro ángulos de la Tierra, gracias a la obra de evangelización de los apóstoles y de sus continuadores, los mi- sioneros.

El Imperio cristiano aparece ya bajo dos signos distintos, el águila transmitida por la tradición histórica, y el signo de la Cruz. Apa- rece un dualismo de formidables consecuencias a lo largo de la Historia, porque la idea imperial excluye todo antagonismo in- terno. 79

  • 78 Ayala, op. cit., p. 142.

  • 79 Eleuterio Elorduy, La idea de imperio en el pensamiento español y de otros pue- blos, Madrid, 1944, p. 227.

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VIII. CARLOS V Y EL RETORNO

DEL

DISEÑO

IMPERIAL

Luego de un largo período de eclipses, en el que había sido un asunto limitado a las disputas entre príncipes germánicos, el mito del imperio universal resurgío con prepotencia, encarnado en la figura de Carlos V. En la época de Solórzano se celebraba ince- santemente su gloria que:

… apoyada como estaba en piedad y valor sólidos y Dios que favorecía su religiosidad, fue creciendo más y más cada día y alar- gándose hasta el imperio celeste, de suerte que pudo alguien dedicar a una estatua suya esta inscripción: Divino Carlos V Emperador, César a quien, tras haber vencido a un mundo, otro segundo le ha nacido y ha vencido a ambos y al vencedor de ambos; no pudo ya el arrojo avanzar Plus Ultra: vivió entre los Dioses, antes de aban- donar su existencia entre los hombres. 80

La propaganda de la monarquía española rescató la idea clásica del retorno a una edad de paz y justicia bajo un sólo soberano. Sin embargo, para la primera mitad del siglo XVII, el mito del impe- rio universal había sufrido profundas modificaciones. Su re-inter- pretación, por parte de un autor como Solórzano, se dio por lo menos en tres planos distintos: en primer lugar, Solórzano era bien consciente de las contingencias político-militares a las cuales tenía que enfrentarse a diario desde sus cargos públicos; en un segundo plano, estaba su formación y oficio de jurista que lo man- tenía actualizado sobre el debate intelectual de su época, en el cual participaba con creciente autoridad; y en un tercer plano, de importancia incalculable y no siempre tenido en cuenta, debe des- tacarse lo imaginario, cultivado por Solórzano a partir de su pa- sión desenfrenada por los libros.

Vista desde la situación geopolítica del siglo XVI, es evidente que la propuesta imperial surgida en 1519 ha demostrado ser poco más que una «monarquía virtual del mundo», sombra y espejismo de la anti-

80

Solórzano, De Indiarum iure, op. cit., I, IV, 50, p. 157.

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gua idea de imperio: un truco ilusorio basado sobre unas circunstan- cias afortunadas de políticas dinásticas, contingencias militares y jue- gos diplomáticos. 81 En la persona de Carlos V coincidieron, en un lapso de pocos años, la monarquía española y la tradición imperial del Rex christianus de la realeza germánica. A partir de ese enton- ces, el descenso de la idea de imperio, tanto en términos territo- riales como teóricos, fue rápido y definitivo.

Entre los jurisconsultos, la idea imperial también se había desgas- tado:

El mantenimiento de las tesis imperialistas tal como se había pre- sentado después del intento de Carlos I, era cuestión decidida- mente resuelta por la ciencia política. Desde el punto de vista de la pura doctrina teológico-jurídica, Vitoria le había asestado un gol- pe definitivo del que ya no podía reponerse. 82

Las tesis de Victoria afirmaban el derecho de España a proclamar sus conquistas en tanto reino autónomo y soberano, al precio de sustraer cualquier fundamento legal a la vigencia de una organi- zación imperial de las posesiones españolas.

Sin embargo, es en el plano que podría denominarse mediático, en donde la propuesta imperial estaba destinada a ejercer una influencia creciente. Como subraya Yates, justo en el periodo en que vive su última estación como proyecto político, el sueño im- perial alimenta, inspira y orienta toda la retórica política de la primera modernidad. En los albores del proceso de globalización que llega hasta nuestros días, encontramos la antigua obsesión del dominio del mundo entero , conditio sine qua non para volver a establecer una nueva Edad del Oro en la Tierra. El uso sistemáti- co de una retórica imperial por parte de la casa reinante española, está a la base de la construcción del nuevo discurso patriótico de los nacientes estados nacionales. A partir de Carlos V, papas, prín-

  • 81 Frances A. Yates, «Charles V et l’idée d’Empire», en Jean Jacquot (ed.), Les Fêtes de la Renaissance , París, Centre Nationale de la Recherche Scientifique, 1960, vol. 2, pp. 57-97.

  • 82 Ayala, op. cit., p. 147.

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cipes y soberanos retomaron el mito del imperio universal y su corolario, la conquista de los antípodas. 83

La idea de imperio no es viable en términos jurídicos; pero sí, en términos retóricos. De ahí la aparente ambigüedad de Solórzano, que Javier de Ayala reconoce:

Por lo que se refiere al concepto de ‘Imperio’ podemos notar las a veces, escasas simpatías en nuestro jurista; hay en su uso muchas reminiscencias clásicas y recuerdos del pensamiento medieval, o incluso en frecuentes ocasiones aparece usado simplemente como expresión de mando. En otras, cede Solórzano al peso del vocabu- lario político consagrado y antepone jerárquicamente el Imperio al Reino, si bien lo normal es la equiparación, y así nos habla del «Imperio o Monarquía de España». 84

El problema de fondo era una oposición implícita entre la legiti- midad de España en cuanto imperio o en cuanto reino y una plu- ralidad de estados soberanos: el primero se caracterizaba por su carácter ilimitado, mientras que los segundos tenían un límite te- rritorial. En cuanto jurista, Solórzano sabía que una doctrina de Imperio no era proponible ni ventajosa, ya que minaría las bases de una sólida teoría del Estado español, al exponerlo a los vaive- nes de la política alemana. Pero su frecuentación de la Corte lo hacía consciente de que era necesario defender las pretensiones imperiales del Reino y de que la única modalidad viable era ideo- lógica y su único campo de acción, territorial.

  • 83 En los triunfos renacentistas, por ejemplo, en los que con gusto escuetamente humanista se mezclaban rituales cristianos y ceremonias romanas, teatro sagrado y sugestiones paganas, el rey es magnificado, al mismo tiempo, como Cristo que entra a la nueva Jerusalén, como César triunfador frente a los bárbaros y como Hércules que empuja sus conquistas más allá de Gibraltar. La misma reina Elizabeth se hacía representar como una diosa griega entre las dos columnas hercúleas, mientras los navíos ingleses se dirigían hacia lejanas tierras de ultramar. Al respecto, véase Jacquot, op. cit., p. 17 y Vignolo, «Nuevo Mundo: ¿Un mundo al revés? Los antípodas en el imaginario del Renacimiento», op. cit., p. 36.

  • 84 Ayala, op. cit., p. 162.

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La vía de salida propuesta por Solórzano se articuló en una doble estrategia argumentativa. Por un lado, construyó su teoría del esta- do a partir de una crítica cerrada a la idea de imperio; por el otro, desarrolló una teoría a toda luz «imperialista», basada en tres ele- mentos fundamentales: el arraigo de las pretensiones expansionistas ibéricas en la tradición romana; la sujeción a un monarca único y universal como medio para alcanzar paz, justicia y prosperidad que no se logra con la pugna de príncipes plenamente soberanos; y la consagración definitiva de un dominio de hecho.

Si bien es claro en Solórzano que se debía privilegiar el fortaleci- miento del Estado español sin dejarlo a los azares de las disputas entre príncipes alemanes alrededor la corona imperial, también es preciso subrayar cómo el substrato mítico de la idea imperial, en su versión cristianizada, seguía siendo una poderosa arma retórica que no podía ser desaprovechada. La nueva monarquía universal hereda las ambiciones de extenderse hasta las más alejadas provin- cias del orbe, pero sin tener que depender de la vieja y decadente institución imperial, ni de la política romana:

Los Reyes de España, hablando absolutamente, no son feudatarios de la Iglesia, y exceptuada causa de la fe y la religión, en lo tempo- ral no reconocen como superior al Sumo Pontífice (…) y son más independientes de ella que los emperadores. Porque los empera- dores reciben la diadema del Sumo Pontífice y le prestan un espe- cial juramento de fidelidad (…), pero los Reyes de España, Francia y otros que son libres, no otorgan este especial juramento, si bien es verdad que por su eximia piedad y religión, al tiempo que son coronados suelen prestar juramento de defender virilmente a la Iglesia. 85

En otras palabras, Solórzano trata de conjugar una extrema de- fensa de la autonomía del Estado español con una visión imperia- lista de su expansión territorial. En el «Memorial y Discurso», escrito en 1629 afirma categóricamente que el Consejo de Indias, a diferencia del de Flandes:

85

Solórzano, De Indiarum iure, op. cit., III, I, 85, p. 294 s.

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… tiene a su cargo no solo el govierno de un Condado, o Reino, sino el de un Imperio, que abraça en si tantos Reinos, y tan ricas, y poderosas Provincias. O por mejor dezir, de una Monarquia la mas estendida, y dilatada que se ha conocido en el Mundo, pues comprehende en efeto otro Mundo, muchas vezes mayor que el que antes se avia descubierto, y poblado en Europa, África y Asia. Mediante el qual se puede oy dar por todo el Orbe una buelta en contorno, sin salir nunca de los terminos del feliz, y Augusto Im- perio de V. M. 86

En definitiva, Solórzano propone una concepción española de imperio de carácter nacional, vocación cristiana y bases estricta- mente territoriales:

El Estado viene a aparecer entonces como unidad política inde- pendiente y como poseedor de una aprobación tácita o expresa del Vicario de Cristo; puede por tanto, sobre sus propias bases, em- prender la extensión de la soberanía excluyendo de esta tarea toda otra competición. No es más que el imperio con todos sus rasgos y métodos, pero con una modalidad distinta que, en adelante, figu- rará en la médula de todo sistema imperialista: el principio de la expansión territorial ilimitada. 87

A que ayuda el parecer que el mismo señor Emperador le quiso afectar, pues hizo tanta estimación de esta conquista que añadió al escudo de sus armas las dos columnas de Hércules con la inscrip- ción del «Plus Ultra», como dando a entender que por el favor divino a su valor y fortuna no embarazaba, como a Hércules, el océano: antes más allá de sus términos le descubría y ofrecía nue- vos mundos en que ensancharse, porque no se afligiese con la estrecha cárcel de sólo el antiguo, como dicen haberle acontecido al gran Alejandro. 88

  • 86 Juan de Solórzano y Pereira, Obras póstumas, p. 365.

  • 87 Ayala, op. cit., p. 325.

  • 88 Solórzano, Política indiana, op. cit., I, II, 19, p. 33. La referencia es a los versos de Juvenales: «Unus Peloeo juveni non sufficit Orbis. Aestuat infelix angusto limine Mundi» (ibid., nota, p. 40).

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IX. LA REPARTICIÓN DEL MUNDO

La importancia del mito imperial en Solórzano se manifiesta ante todo en su visión estratégica de un escenario mundial en tumul- tuosa transformación. La insistencia en un mundo repartido en dos hemisferios muestra acá todas sus implicaciones. La trama sub- terránea del texto nos da la clave para comprender el cambio radi- cal de perspectiva que se está gestando.

Para describir las Indias Orientales, Solórzano elige a los portu- gueses como protagonistas absolutos de la acción civilizadora del Viejo Mundo. En el tercer capítulo del primer libro del De Indiarum iure cita, por ejemplo, una carta «… extraordinariamente hermosa y piadosa del rey de Portugal Juan III a su virrey en la India orien- tal»:

La flota portuguesa nos ha abierto el comercio al mar Índico; ha doblado desde el océano Atlántico el cabo más lejano de Etiopía con enorme esperanza, de ahí su nombre e inusitado ardimiento; con la compra masiva de perfumes ha extendido el mercado más allá de los vastísimos golfos Arábigo, Pérsico y Gangético hasta el Dorado Quersoneso y las últimas costas de China. 89

Luego, Solórzano analiza las Indias Occidentales, o más bien el Nuevo Mundo, contadas a partir de las asombrosas exploraciones y de las triunfales campañas militares de los españoles. Para cerrar la cuestión, aborda el tema crucial de la «(…) línea meridional con la que el Romano Pontífice Alejandro VI separó los viajes marítimos de castellanos y portugueses»:

[Alejandro VI] formó y tiró una línea que comenzase a correr Norte Sur a poco más de 300 leguas de las islas «Hespéridas», que hoy se dicen de «Cabo Verde»; y continuándola por su meridiano atravesó y dividió con ella el mundo por igual en dos partes, en tal forma que la que cae al oriente fuese de la Corona de Portugal, por la mayor antigüedad que pretendía en este derecho, y la del occi- dente o poniente a la de Castilla (…) De suerte que, dividiéndose

89

Solórzano, De Indiarum iure, op. cit., I, III, 4-5, p. 105.

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como se divide el mundo en 360 grados, vinieron a caber a cada uno 180; y esta división fue causa de los nuevos pleitos que des- pués hubo sobre las islas Malucas …

90

Así, a partir del tratado de Tordesillas, el orbe quedó repartido en dos grandes áreas de influencia: las fronteras orientales del Viejo Mundo eran el campo de acción de los lusitanos, mientras que para España estaba destinado el nuevo hemisferio occidental más allá del océano. A pesar de que surgieron problemas en las líneas de confín, la repartición del globo se mostró como un trato de interés mutuo; permitió, en efecto, dividirse los territorios del otro hemisferio y las rutas para llegar hasta allá. 91

La bula alejandrina está en el centro de la reflexión política y teórica de Solórzano, por lo menos por dos razones contunden- tes: en primer lugar, como muchos comentadores han destacado, el autor remite al tratado el origen de la legitimidad de la Con- quista. La bulas alejandrinas son fundamentales porque, según Solórzano, destacan la potestad del Papa como principal justifica- ción del Imperio.

Una vez defendida por Solórzano la humanidad esencial de los indios y concluido que seguirían, bajo una guía apropiada, las mismas pautas del camino de los cristianos europeos hacia una forma de vida civilizada y cristiana, la única posible justificación de las posesiones españolas en el Nuevo Mundo era asegurar la conversión religiosa de los indios. En términos de los argumentos que él mismo había apoyado, no había un fundamento militar, económico o político legitimo para justificar la Conquista. Los indios poseían un derecho natural al dominium en tanto a propie- dad y gobierno, y no significaban amenaza militar alguna para los europeos. Inocencio IV había expresado muy claramente que esas gentes, aunque infieles y hundidos en la oscuridad espiritual, no

  • 90 Solórzano, Política indiana, op. cit., I, III, 13-14, p. 38.

  • 91 Paolo Vignolo, «Mapas de lo desconocido: ficciones cosmográficas e imaginarios geográficos entre Edad Media y Renacimiento», en Autores Varios, Actas del curso de Historia de la ciencia. Celebraciones de los 200 años del Observatorio Astronó- mico Nacional, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia (en vía de publica- ción).

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podían ser sometidos a los gobernantes cristianos por la fuerza, a menos que el Papa lo considerase necesario para su salvación. 92

Es decir, sólo con un permiso pontificio era posible adquirir la tierra de los infieles: de ahí la importancia de la bula Inter caetera de 1493. La repartición del control sobre las nuevas tierras a las antípodas, bajo forma de duopolio imperial, era la premisa indis- pensable para el triunfo de una monarquía cristiana universal que dejara por fuera de la empresa colonial a herejes y extranjeros.

Sin embargo hay otra razón, más sutil pero no menos importante, que hace de Tordesillas el eje de toda la obra de Solórzano: el tratado permitió, en efecto, operar un cambio de paradigma en la imago mundi de la época. Poca atención se ha prestado a su inno- vación técnica en la forma de repartir el mundo, a primera vista inexplicable: el uso de un meridiano y no de un paralelo en la separación de las dos esferas de influencia. La verdadera novedad de la bula de 1493, en relación con los acuerdos precedentes del mismo tipo, es precisamente la decisión de trazar la raya en senti- do vertical y no horizontal, como había venido siendo hecho hasta el momento.

En el tratado de Alcôves por ejemplo –que en 1479 puso fin a la guerra entre Castilla y Portugal– la línea de demarcación está es- tablecida según una separación norte-sur para salvaguardar los intereses portugueses en Guinea. 93 Los acuerdos sucesivos, como el de 1481, habían confirmado esencialmente esta división hori- zontal que considera españolas a las Islas Canarias y bajo el domi- nio portugués todas las tierras y las islas descubiertas o por descubrir más al sur. Entonces, ¿por qué de golpe se empieza a aplicar una medición en sentido vertical y no horizontal? ¿A qué se debe un cambio tan repentino, considerando además que el cálculo del meridiano de referencia implica un nivel de incertidumbre y arbi- trariedad mucho mayor?

  • 92 Muldoon, op. cit., p. 96 (traducción del autor).

  • 93 Miquel Battlori, «The Papal Division of the World and its Consequences», en F. Chiappelli (ed.), First Images of America. The Impact of the New World on the Old, Berkley-Los Angeles-Londres, University of California Press, 1976.

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Se ha discutido mucho sobre el significado histórico de ese «pri- mer acto cosmográfico del Renacimiento», pero tal vez no se ha insistido lo suficiente sobre la paradoja inherente al hecho de di- vidir un hemisferio desconocido con una línea imaginaria que, además, nadie tenía idea de cómo trazar. Hay algo desconcertante en esta determinación de España y Portugal, que contaba con la bendición del Papa, de dividir por medio de un instrumento toda- vía inmanejable como el de la longitud, unas tierras completa- mente desconocidas. 94

Lo que estaba en juego era la dominación del Atlántico meridio- nal, esencial para la política de expansión portuguesa en África. En los medios diplomáticos y políticos era inmediatamente claro que, desde la empresa de Colón, una nueva ruta comercial hacia las Indias se estaba abriendo hacia el ponente. Era entonces ur- gente establecer unos acuerdos para evitar una concurrencia des- carnada, justo en el momento en que se trataba de consolidar los mercados y las rutas aún eran frágiles.

Una explicación posible tendría que ver con la exigencia de ajus- tar el modelo cosmográfico vigente hasta este momento con la desconcertante novedad de un nuevo orbe, que no encajaba con las especulaciones de las fuentes antiguas ni con las Sagradas Es- crituras.

Como vimos anteriormente, la cultura humanista dominante en los círculos de poder de la corte de Castilla, concebía el mundo según la antigua representación de un hemisferio septentrional, conocido desde tiempos remotos, y un hemisferio meridional, las antípodas, sobre las cuales no había sino leyendas y vagas especu- laciones. Sin embargo, la gran expansión europea en tierras de ultramar dio cuenta de una realidad distinta: a partir de la segun- da mitad del siglo XV, los portugueses descubrieron que tanto África como Asia desbordan en la zona Tórrida hasta el hemisfe- rio Meridional. Poco después, a los españoles se les apareció un mundo nuevo «con forma de corazón» que se extiende desde el

  • 94 Ibid., pp. 211-212.

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extremo norte hasta el polo Antártico. Si antes el problema había sido dividirse unas islas oceánicas, ahora el problema era repartirse el mundo de acuerdo con dos rutas: hacia oriente, según el rumbo abierto por Vasco de Gama hacia Calicut, y hacia occidente, como acababa de demostrar Colón.

La decisión de trazar la raya longitudalmente permite hacer fren- te a las nuevas circunstancias, gracias, y no a pesar, a su indetermi- nación.

El modelo reducido de la cosmografía o geografía universal –escribe Lestringant– aparecía propicio tanto a los sueños de los navegantes, como a las especulaciones de los príncipes y los diplo- máticos que eran libres de cortar el océano azul, de diseccionar, compás y escuadra en mano, el límite de áreas de influencia pura- mente teóricas. Tordesillas, en este sentido, fue el primer acto cosmográfico del Renacimiento. El Tratado, concluido el 7 de Julio de 1494 entre Portugal y España y ratificado el 2 de Agosto por Isabel de Castilla y el 5 de Septiembre por Juan II, cortó los dos imperios según el meridiano, línea directa trazada de polo a polo a 370 ligas al Oeste de las Azores. La cosmografía no se enreda con obstáculos. En la altura donde se ubica, borra todo relieve y elimina cualquier accidente del terreno. 95

El problema, solucionado en términos prácticos en el siglo XVII, seguía abierto a nivel geográfico. Urgía entonces encontrar una vía de salida a tan flagrante contradicción. Solórzano resolvió ju- gar en dos niveles, el del litigio legal y el de la ideología, de la misma forma en que había conciliado brillantemente la dualidad entre Estado e Imperio. Al tratarse de repartir las esferas de in- fluencia y la legitimidad de los títulos, invocaba pragmáticamente la bula alejandrina y establecía la repartición de las tierras de con- quista entre Indias Orientales, de los portugueses, y Occidentales, de los españoles, pagando el precio de amoldar de manera algo

  • 95 Frank Lestringant, L’Atelier du cosmographe ou l’Image du monde à la Renais- sance , Paris, Albin Michel, 1991, p. 14 (traducción del autor). Véase también Agustin Remesal, 1494: la raya de Tordesillas, Ciudad, Junta de Castilla y Léon, 1994, p. 146 y Bartolomé Bennassar, «Traités de Tordesillas», en Regis Debray, Christophe Colomb le visteur de l’aube, París, La difference, 1991, p. 97.

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«NUESTROS ANTÍPODAS Y AMERICANOS»: SOLÓRZANO Y LA LEGITIMIDAD DEL IMPERIO

arbitraria el asunto, como en el caso de Brasil. 96 En cambio, en el momento de evocar la naturaleza del Nuevo Mundo y de sus habi- tantes, se refería a la antigua teoría de las antípodas, basada en una dicotomía norte-sur.

La división según los meridianos, definida en Tordesillas, les ser- vía para cartografiar meticulosamente las áreas respectivas de in- fluencia de los estados católicos, mientras que la repartición de la Tierra en bandas horizontales, basada en la teoría de las zonas, les permitía reivindicar la vocación imperial de España. En la fisura entre praxis política y disciplina geográfica se iba insinuando una nueva visión del mundo que ambientaría su propuesta de un nue- vo orden global garante de la dominación a escala planetaria de la monarquía católica.

X. DE LAS ANTÍPODAS AL GLOBO REUNIDO

En este punto el círculo se cierra. Antes de pasar al grueso del trabajo, dedicado a proponer las reformas necesarias en la enco- mienda, en «las cosas eclesiásticas y patronato real», en el go- bierno secular y en la Hacienda Real de las Indias Occidentales, Solórzano concluye el primer libro del De Indiarum iure con una alabanza a «… la inmensa gloria y majestad que se han granjeado los reyes de España y sus gentes por el descubrimiento, explora- ción y conversión de este Nuevo Mundo». En el último capítulo, escribe:

… [unos autores] comparan a los reyes españoles con los chinos y prueban que los aventajan en el poder y majestad de su imperio,

  • 96 No es casual que Brasil sea casi ausente en el texto de Solórzano: el viaje de Cabral está incluido en la descripción de las expediciones portuguesas hacia las Indias Orientales ( De Indiarum iure, op. cit., I, III, 32, p. 110). Incluso el primer descubrimiento es atribuido a los españoles: «… fue descubierta y se comenzó a habitar y recorrer por los portugueses del modo y en las circunstancias que hemos dicho antes, si bien fueron Vicente Pinzón y Diego de Lepe quienes la habrían descubierto anteriormente por mandato de los reyes Católicos Fernando e Isa- bel» (ibid., I, VI, 59, p. 227).

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sobre todo después que se les ha acercado este Nuevo Mundo; lo comparan también con los romanos, cuya monarquía fue la más extensa de cuantas jamás existieron (…) y concluyen que la espa- ñola es más de veinte veces superior. Porque rodea y ciñe total- mente el orbe entero de tierras y se extiende desde el oriente hasta el occidente. De manera que puede uno navegar dando la vuelta al mundo tocando siempre tierras del imperio español. 97

El rey de España es comparado con un «poderoso, altanero sol» que «no anochece ni con el ocaso.», «[p]orque el nuestro [impe- rio] pasa al otro océano del Sur, nunca conocido por los antiguos, y da vuelta entera por todo lo que el sol gira». 98 En sus posesiones no hay hora del día ni de la noche en la que no se estén diciendo y celebrando misas, cantando salmos y alabanzas a Dios para re- cordar que cuando en unas partes de las provincias católicas ama- nece, en otras anochece o es hora de la tercia, la sexta, la nona, las vísperas o los maitines. 99

Solórzano, cultor de la imagen y él mismo autor de una hemblemata, sella su primer libro con la imagen memorable de un orbe reunido, verdadero emblema de la primera globalización. Desde un punto de vista político, esta reiterada celebración de un poder imperial puede sonar anacrónica: nostálgicas reminiscencias de un pasado glorioso que está a punto de ser borrado por los acontecimientos históricos. Téngase en cuenta que la Política indiana fue escrita en 1647.

Un año después, la paz de Westfalia cerró definitivamente cual- quier intención (o posibilidad) de proyecto hegemónico: «El Im- perio encontró allí su tumba y en su lugar se erigió una comunidad internacional integrada por naciones iguales en principio, pero siempre independientes de la doctrina dual de los poderes, propia de la Edad Media». 100 De ahí en adelante, serán las teorías mer-

  • 97 Ibid., I, XVI, 51-54, p. 591.

  • 98 Solórzano cita los versos en italiano de Bautista Guarini y Tomaso Stigliano: «… possente, altero sole», «… acui ne anco quando annota il sol tramonta» (Política indiana, op. cit., I, VIII, 10, p. 82 y I, VIII, 15, p. 83).

  • 99 Ibid., I, VIII, 19, p. 84.

    • 100 Ayala, op. cit., p. 321.

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cantilistas de Grotius y, más adelante, de los pensadores liberales ingleses las que establecerán las normas jurídicas internacionales para la afirmación de los dominios coloniales europeos: pronto el mar clausum del monopolio ibérico dará paso al mar liberum de las compañías mercantiles. 101

Pero a Solórzano no se le puede tildar de ingenuo: aunque tomó partido a favor de una visión conservadora en materia de derecho y decididamente reaccionaria en política, su gran acierto estuvo en la capacidad de moldear los imaginarios de su época. Paso a paso logró armar un discurso que está a la base de la legitimación ideológica de los nacientes estados naciones y cuyos efectos no cesan de manifestarse en nuestros días.

Aprovechando las coordenadas simbólicas ptolemáicas, Solórza- no se esforzó por distinguir tajantemente entre un norte civiliza- do y un sur salvaje. La zona Tórrida ya no impedía a los galeones ir y venir del Nuevo Mundo, pero todavía se levantaba cual infran- queable barrera cultural entre los indios bestiales y los europeos armados de sus adelantos técnico-científicos, de su poderío mili- tar y de su fe en el Dios único. Al mismo tiempo, jugando con la repartición estratégica del mundo entre oriente y occidente, el autor planteó las pautas a seguir en el proceso de apropiación física y simbólica del globo entre lusitanos y castellanos.

El diseño expansionista de las nuevas potencias europeas encontró en su doctrina una justificación sólida para expandirse indefinida- mente, más allá de toda columna de Hércules. Se trata de una visión embebida de sugestiones utópicas, como lo demuestran las frecuen- tes citas de Tomás Moro. A la par de su contemporáneo inglés Robert Burton, Solórzano invoca un reformador radical que ponga orden, con la cruz y con la espada, en un nuevo mundo a la merced de «… esos vicios bestiales y monstruos del espíritu». 102 La empresa civili-

  • 101 Ibid., p. 329.

  • 102 «We had need of some general visitor of our age, that should reform what is amiss; a just army of Rosy-cross men, for they will amend all matters (they say), religion, policy, manners, with arts, sciences, etc.; another Attila, Tamerlane, Hercules, to strive with Achelous, Augeae stabulum purgare [to cleanse the augean stables], to

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zadora de los españoles para volver a «enderezar» ese mundus inversus et perversus, encuentra en Solórzano su vate y su más deci- dido defensor.

Más aún, su celebración de un globo por fin reunido alrededor del Imperio, es una de las manifestaciones más contundentes de lo que de Certeau, siguiendo las huellas de Heidegger, considera el proceso fundamental de los tiempos modernos: «la conquista del mundo como imagen concebida». 103 Su obra-mundo, piedra angu- lar de la política oficial de la monarquía española, se vuelve «un lugar de verdad, puesto que en él se produce un discurso que comprende un mundo». 104

subdue tyrants, as he did Diomedes and Busiris: to expel thieves, as he did Hesione: to pass the Torrid zone, the deserts of Libya, and purge the world of monsters and Centaurs: or another Theban Crates to reform our manners, to compose quarrels and controversies, as in his time he did and was therefore adored for a God in Athens. As Hercules purged the world of monsters, and subdued them, so did he fight against envy, lust, anger, avarice, etc.; and all those feral vices and monsters of the mind.» (Richard Burton, The Anatomy of Melan- choly, London-Toronto, Holbrook Jackson, E.P. Dutton, 1932, p. 152).

  • 103 Martin Heidegger, Chemins qui ne ménent en nulle part, París, 1962, pp. 81-85, citado en Michel de Certeau, «Etno-grafia. La oralidad o el espacio del otro: Léry», en Francisco Ortega (ed.), La irrupción de lo inpensado, Cátedra de estudios culturales Michel de Certeau, Cuadernos Pensar en Público, Bogotá, Pontificia Universidad Javeriana, 2004, p. 180.

  • 104 Certeau, op. cit., p. 168. De Certeau se refiere por supuesto al texto de Léry. Sobre el concepto de comprensión del Nuevo Mundo véase también Mauricio Nieto Olarte, «La comprensión del Nuevo Mundo: geografía e historia natural en el siglo XVI», en Diana Bonnett y Felipe Castañeda (eds.), El Nuevo Mundo. Problemas y debates, EICCA 1, Bogotá, Uniandes, 2003, pp. 1-21.

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OBRA DE IMPERIO: COLONIALIDAD, HECHO IMPERIAL Y EUROCENTRISMO EN LA POLÍTICA INDIANA

Rafael Antonio Díaz Díaz

…la confrontación de la historia, esa Medusa del Nuevo Mundo.

Poco debía importarle al Nuevo Mundo que el Viejo de nuevo se aprestara a volarse a sí mismo en pedazos, pues la obsesión por el progreso no está en la psique de los recién esclavizados. He ahí el amargo secreto de la manzana. La visión del progreso es la locura racional de la historia vista como tiempo secuencial, de un futuro sujeto a dominación.

Derek Walcott 1 , «La musa de la historia»

I. INTRODUCCIÓN

Si se pudiese referenciar un tratado o un compendio que, con creces, diera cuenta de las prácticas, los discursos y las representa- ciones de esa ‘medusa de la historia’, a la que alude Walcott, y que se manifestó en el escenario de la confrontación entre el Viejo y el Nuevo Mundo, así como en la constitución discursiva y política de los imperios europeos de los siglos XVI y XVII, la Política indiana de Juan Solórzano y Pereira constituye, sin lugar a dudas, esa obra

  • 1 Derek Walcott, «La musa de la historia», en Fractal, año 4, vol. IV, nº 14, México, julio-septiembre de 1999, pp. 33-66.

RAFAEL ANTONIO DÍAZ DÍAZ

magna de referencia, esa exégesis de consulta obligada y esa suma de tradiciones intelectuales e históricas propias de la historia eu- ropea, y en particular, de la hispánica o castellana por lo menos hasta los siglos XVI y XVII.

Sumado a sus propiedades exegéticas, el talante del discurso y su función política han conducido a denominarla Obra de Imperio 2 , como acertadamente la califica Ochoa Brun en el «Estudio Preli- minar» para la edición en cinco volúmenes que en 1972 hizo la Biblioteca de Autores Españoles. En la base de tal calificativo se encuentra el hecho de que para Ochoa Brun, Solórzano y Pereira es «un jurista político al servicio de la política oficial de la España de Felipe IV». 3 Agregaríamos además que es un «historiador compilador» plegado rotundamente al proyecto ecuménico cris- tiano y a sus vertientes oficiales «historiográficas». No obstante, prima la apología política del príncipe, imprimiéndole a su discur- so y a sus posiciones jurídico-políticas un tinte marcadamente se- cular 4 que le generó, incluso, problemas con las máximas jerarquías cristianas. Al respecto y a manera de ilustración, Ochoa Brun re- fiere un episodio que nos llamó poderosamente la atención. So- lórzano y Pereira, en su obra De Indiarum iure , estructuró una fuerte defensa del Regio Patronato Indiano que rápidamente ge- neró un conflicto entre la monarquía española y Roma. En efecto, sobre la obra recayó una condena eclesiástica, ingresando parcial- mente al Índice de Libros Prohibidos de la Inquisición. Únicamente la intervención real y de altos funcionarios de la corte castellana hizo posible que el incidente no pasara a mayores 5 , pero éste mis- mo dejó en claro la tensión entre la Monarquía y Roma en el manejo y control de la actividad eclesiástica en los escenarios im-

  • 2 Ver el «Estudio preliminar» realizado por Ángel Ochoa Brun, en Juan de Solórza- no y Pereira, Política indiana, Madrid, Compañía Iberoamericana de Publicacio- nes, Biblioteca de Autores Españoles, 1972 (1648), I, p. xxxvi.

  • 3 Ibid., I, p. xli.

  • 4 Para Pagden, el imperio cristiano constituye, en esencia, una institución secular que motivó un control real/monárquico sobre las instituciones eclesiásticas. Ver, Anthony Pagden, Lords of all the World. Ideologies of Empire in Spain, Britain and France. 1500-1800, New Haven and London, Yale University Press, 1995, pp. 31-32.

  • 5 Solórzano y Pereira, op.cit., pp. xxxi-xxxiii.

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periales. Los principios de esa doble tensión se expresan cuando, de un lado, se expone como principio esencial la «voluntad y dis- posición Divina» para ocupar América, y de otro lado, el hecho de que los reyes de España recibieran la concesión de dominar el Nuevo Orbe, fruto igualmente de tal «disposición Divina». 6 Se ra- tifican estos principios cuando en la Dedicatoria 13 se alude a que la «religión, culto y veneración de las cosas Sagradas (son) el prin- cipal apoyo de los Imperios», por lo que la constitución de una razón imperial y la incorporación de nuevas poblaciones mediante el «descubrimiento» como base para los proyectos de predicación y propagación del «santo Evangelio» forman parte unívoca de «la razón de Estado de la Iglesia». 7

De todas maneras, es preciso establecer que la posición de Solórza- no, ratificada en la Política indiana, es la de una defensa vertical, sin concesiones, del Regio Patronato Indiano. Sin ambages, estipula claramente que no obstante la concesión establecida en las bulas alejandrinas, los reyes o príncipes católicos de España no están ni quedaron sujetos a ningún tipo de sumisión feudataria o de vasalla- je respecto de la autoridad del Sumo Pontífice. El «descubrimiento de las Indias» bien «lo pudieran haber hecho por sola su autori- dad», indicando que el príncipe no hubiera requerido o necesitado ninguna legitimidad procedente y necesaria del Papa. 8

Como era de esperarse, los poderes imperiales y sus soportes o contradictores discursivos se trenzaron, a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII en una discusión prolífica y exuberante que supera los límites y objetivos de este texto. 9 Al respecto queda claro que la posición de Solórzano, como veremos, es de la mayor radicalidad, particularmente en lo que tiene que ver con una peculiar historia ecuménica eurocentrada y con la representación de los poblado- res del Nuevo Mundo, y que por lo tanto, se confronta «desde la

  • 6 Ibid., lib.1, cap. 8, nº 9; lib.1, cap. 9, nº 4.

  • 7 Ibid., Dedicatoria XIII, lib. 1, cap. 7, nº 1.

  • 8 Ibid., lib. 1, cap. 11, nº 38-40.

  • 9 Pagden, op. cit. En este texto se desarrollan y analizan, de manera sugerente y brillante, las más relevantes connotaciones y confrontaciones argumentativas que tuvo tal discusión.

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otra orilla» a los presupuestos de Las Casas o de Vitoria. Por añadi- dura, no hay que olvidar que la Política indiana se produjo y se editó en 1648, más allá del siglo largo que representó la Conquista y casi un siglo después de haberse manifestado las discusiones de Valladolid, iniciadas en muchos sentidos por el famoso discurso del fraile Antón de Montesinos. Además, hay que tener en cuenta tam- bién que este jurisconsulto castellano vivió y conoció la realidad colonial en el Perú a lo largo de unos 17 años, y que precisamente la Política indiana puede ser considerada como una de las últimas, si no la última, de sus más importantes obras. Éstos son factores que no se deben olvidar cuando se trata de asumir una obra tan vasta, donde seguramente nuestro jurisconsulto se muestra polifacético y recursivo de acuerdo con los miles de temas que aborda y para los cuales trata de sumariar la tradición jurídica y allí fijar su posición, luego de poner en balanza los pro y los contra, por supuesto selec- cionados por él. La radicalidad imperial adquiere así una impronta política y discursiva sin atenuantes, especialmente la revelada y asu- mida en los dos primeros libros. Para comprender la posición radical de Solórzano, tomando en consideración las variables antes enun- ciadas, echamos mano de la tesis de las dos modernidades funda- cionales de la modernidad occidental esgrimida por Dussel. La primera modernidad (hispánica, humanística y renacentista), pro- pia del siglo XVI, cuestionaba los derechos de legitimidad del impe- rio español para conquistar y someter a América y a los americanos. Por el contrario, la segunda modernidad anglo-germánica (París, Londres y Ámsterdam), propia de los siglos XVII y XVIII, sencilla- mente ya no cuestionaría tal legitimidad, sino que se preocuparía por la eficiencia, «mediante un proceso de simplificación», en la administración del sistema mundo. 10 Sobre este modelo, nos parece procedente sugerir la hipótesis de que la Política indiana, al menos en el libro primero, ya corresponde a esa segunda modernidad, o que, por lo menos, empieza hacer tránsito de la primera a la segun- da ya más propia de la génesis del capitalismo como tal.

10 Enrique Dussel, Más allá del eurocentrismo: el sistema-mundo y los límites de la modernidad, en Santiago Castro-Gómez, Óscar Guardiola Rivera y Carmen Millán de Benavides (eds.), Pensar (en) los intersticios. Teoría y práctica de la crítica poscolonial, Bogotá, Centro Editorial Javeriano, Instituto Pensar, 1999, pp. 156- 157 (cursiva de Dussel).

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Pues bien, la discusión como tal confrontó los derechos de legitimi- dad imperial que podrían llegar a tener una u otra monarquía en América, y además, puso en consideración la validez o no del Papa en su labor de conceder determinadas áreas de dominio sobre la base de la promulgación de las bulas alejandrinas y, tema funda- mental, asumió el asunto de la condición humana o no de los habi- tantes americanos.

Tales confrontaciones, que no eran otra cosa que una puja imperial –y por lo tanto de estrategia política– por controlar territorios, po- blaciones y recursos, tenían, en nuestro criterio, un denominador común en términos de argumentación básica: la percepción de que los «naturales» de América, y aún de África, eran de calidad bár- bara y/o salvaje, habitantes de un inframundo dominado por el Demonio del cual sólo podrían ser redimidos o elevados de tales profundidades oscuras por la luz del cristianismo y por la acción religiosa –cualquiera que ella fuera– o civilizadora de Europa, la que indudablemente se erigía como paradigma insuperado e insu- perable del Nuevo Orbe constituido. Es en este ámbito en el que queremos detener o fijar nuestra mirada y lectura de la Política indiana , particularmente en el análisis de sus dos primeros libros.

II. A MÉRICA: CONTINENTE

SIN

CONTENIDO

La salvación y la redención de la humanidad constituyen axiomas transversales para comprender los procesos que configuran los dis- cursos constitutivos del imperio ibérico o castellano, en cuya base se identifican postulados como la pertenencia a una comunidad ecuménica y la implementación de procesos y prácticas de evange- lización como mecanismos que precisamente deberían conducir, mediante proclamas teológicas y teleológicas, a la redención y a la salvación. No obstante, el enunciado que se hace respecto de las poblaciones «naturales» para que ingresen a la «comunidad de Cristo» es de carácter ausente y excluyente, específicamente cuan- do se hacen evidentes las complejidades culturales, sociales y polí- ticas de las poblaciones americanas. Se aprecia de entrada la

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contradicción, establecida desde la discusión sobre el origen de los «naturales» y de su arribo a América, expresada en el hecho de que las calidades de inferioridad y de no-posibilidad, atribuidas por el discurso, constituyen a los indígenas lejos de la condición de ser miembros originales del género humano instituido por Dios, esto es, no miembros de la comunidad ecuménica. Y como vere- mos, esas mismas calidades los hacen merecedores no de la reden- ción, sino del castigo y la pugnacidad.

Como se supone, afirma Solórzano y Pereira, que Noé y sus des- cendientes no poblaron el «Orbe Nuevo», entonces se pregunta y se cuestiona sobre el origen y la descendencia de sus poblaciones y gentes. Ni los ángeles, ni el aire los trajeron, entre otras cosas porque con el diluvio murió todo el género humano, salvo los moradores del arca. En consecuencia, sería herético y contra las escrituras argüir lo contrario, esto es, que los «naturales» queda- ron a salvo en medio del diluvio. 11 Rechaza o, mejor, descarta cualquier teoría que pudiese «dar razón» de cómo llegaron estos naturales a sus tierras. Refiere el argumento de San Agustín para quien es «absurdo» suponer «… que algunos de sus descendientes pudiesen haber pasado á ellas, atravesando la inmensidad del Océa- no (…) no teniendo en aquellos rudimentos del Mundo modo, ni arte para poder navegarle». 12

Califica de «laberinto» el origen de los naturales y su llegada a Amé- rica. Además, de este «laberinto» tampoco se puede salir, ni aun in- dagándolo entre los indios, pues «como ni tenían letras, ni otras formas, en que poder conservar sus antiguas memorias», cataloga de «fabulo- sas y ridículas las noticias o tradiciones» que ellos expresan sobre o acerca de sus orígenes. 13 América queda sin posibilidad de origen conocido, a excepción del paradigma de la creación y del linaje adánico 14 que, por supuesto, son referentes fundacionales totalmen-

  • 11 Solórzano y Pereira, op. cit., lib. 1, cap. 5, nº 4-6.

  • 12 Ibid,, lib. 1, cap. 5, nº 9.

  • 13 Ibid., lib. 1, cap. 5, nº 10.

  • 14 Para Solórzano y Pereira «todos los que se hallaren en cualquier parte del Orbe, traen su origen, y descendencia de nuestro primer Padre Adán, a quien Dios crió y formó del polvo de la tierra», (ibid., lib. 1, cap. 5, nº 1).

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te ajenos y externos a una historia propia y particular de América. Sus cosmogonías míticas caen bajo un manto de sospecha y son negadas. No es plausible, ni creíble «en gente tan bárbara» que hayan sido «criados o nacidos» en el suelo del Orbe Nuevo, «ó que fueron hijos del Sol, ó salieron del Mar, ó de ciertas cuevas, lagunas, fuentes o peñas». Todo esto, por proceder de versiones de «gente tan bárbara», cae bajo el postulado del error y la mentira, ya que sus sacerdotes o «propagadores debieron de ser tan incultos y bárbaros» como los mis- mos Indios. 15 Negando toda posibilidad de registro o memoria, si al Nuevo Mundo hubiesen llegado habitantes del antiguo, de todas ma- neras «… traerían olvidado lo más, y después el tiempo les borraría lo que restaba, dejando a sus descendientes casi sin rastro de discurso de hombres, y solo con el aspecto, y figura de tales (…) que parecen salvajes». 16 Como si todo esto no bastara, reitera la maldición bíblica de Noé a su hijo Cam como el referente original que legitima la condición servil de los «naturales» y en general de los pueblos infieles y salvajes, quienes incurrieron «en la maldición que (Noé) les echó, cuando (Cam) descubrió su embriaguez», por lo que, en consecuen- cia, «padecen éste, y otros trabajos, y servidumbres, y se han quedado por la mayor parte de mediana estatura». 17

La formación de una comunidad ecuménica con claros visos de exclusivismo teologal implicó, en términos de como aparece formu- lada en la Política indiana, legitimar desde los discursos íntimos y asociados a los poderes imperiales, la expansión geográfica de Eu- ropa en un fenómeno tipificado por Mudimbe como una «saga sa- grada de proporciones míticas». 18 Ello bien se puede ilustrar cuando

  • 15 Solórzano y Pereira, op. cit., lib. 1, cap. 5, nº 11-12.

  • 16 Ibid., lib. 1, cap. 5, nº 13.

  • 17 Ibid., lib. 1, cap. 5, nº 35. Nos parece sugerente señalar que para el caso de África, Mudimbe refiere y analiza la representación geográfica griega acerca de la pequeña estatura de los africanos asociada a los pigmeos como hormigas, y por lo tanto, ubicados en el fondo de la clasificación humana antes de los simios. Mudimbe emplea para este propósito un referente iconográfico donde se aprecia al «gran» y corpulento Hércules molestado e incomodado, en medio de un apacible sueño, por una especie de ejército de pigmeos africanos asociado a pequeñas hormigas negras que emergen del fondo de la tierra. Ver: V. I. Mudimbe, The Idea of Africa, Bloomington and Indianapolis, Indiana University Press, 1994, pp. 1, 5.

  • 18 Ibid., p. xii.

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se indica que el Imperio y su religión ecuménica se propagan y se apropian de los confines de la «gentilidad» mediante «… saetas, y nubes volantes, ángeles veloces, rayos, caballos y coches apresura- dos». 19 En una perspectiva de prepotencia imperial, o igualmente en la que Guido Barona ha designado como una «geografía polí- tica de la sujeción» 20 , se plantea «la razón cósmica» de que las Sagradas Escrituras desde siempre habían anunciado el «descubri- miento» del Nuevo Orbe, como un hecho que se vincula íntima- mente «á la razón de estado de la Iglesia, y á la historia de la predicación y propagación del Santo Evangelio», por lo que, en consecuencia, los «términos» de la Iglesia de Cristo corresponden a «todos los del mundo, y sus Islas, Tierras y Mares». 21 Se configu- ra, además, un cuerpo discursivo de dominación ficticia, manipu- lación de la realidad no conocida e inherente a este tipo de geografía imperial particularmente presente y constituida en el discurso del poder. 22 En efecto, la América sin contenido supone entonces, territorios «desiertos e incultos», configurándose así una especie de «libertad natural», correspondiendo su dominio al pri- mero que los ocupe «en premio de su industria». 23 En la lógica del

  • 19 Solórzano y Pereira, op. cit., lib. 1, cap. 7, nº 18.

  • 20 Guido Barona Becerra, Legitimidad y sujeción: los paradigmas de la “invención” de América, Bogotá, Colcultura, 1993, p. 66.

  • 21 Solórzano y Pereira, op. cit., lib. 1, cap. 7, nº 1-2.

  • 22 Es por lo demás increíble y sorprendente, aunque comprensible en los términos en que lo venimos exponiendo, que a siete meses de la llegada de Colón al Caribe haya sido expedida, por Alejandro VI, la bula papal (mayo 4 de 1493) concediéndole a los soberanos de Castilla y Lisboa la concesión de jurisdicción de unas tierras no conocidas, o más propiamente, no dominadas ni física ni políticamente, en absolu- to, por los europeos, en un espectro espacial que, no obstante su generalidad, no deja lugar a dudas en cuanto a su intencionalidad y manipulación: ... « todos los Señoríos de las dichas tierras, Ciudades, Fortalezas, Villas, Derechos, Jurisdicciones, y todas sus pertenencias con libre, lleno, y absoluto poder, autori- dad, y jurisdicción» (ibid., lib. 1, cap. 11, nº 4). El texto completo de esta bula se encuentra en ibid., lib. 1, cap. 10, nº 23-24.

que sea de

  • 23 Ibid., lib. 1, cap. 9, n. 18. El simple acto de ver con ojos imperiales, como reza el título del libro de Mary Louise Pratt, constituye en esta representación un hecho de connotación imperial y política. Al respecto, Solórzano refiere que Núñez de Balboa iba tomando posesión “de lo que veía” (ibid., lib. 1, cap. 2, nº 4), lo que en sí supone un acto de ilusionismo político y de realismo imperial si lo colocamos en la óptica del público lector europeo de este tipo de obras. Pratt dice que en los ojos imperiales «… están presentes muchos elementos estándar del tropo impe- rial: la apropiación del paisaje, los adjetivos estetizantes, el amplio panorama

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designio divino y de la concesión papal podemos suponer que el jurisconsulto está pensando en el imperio ibérico como el primero en ocupar tales tierras en recompensa por todos los esfuerzos des- plegados para someter tierras y gentes, añadiendo así un factor más en la lista de razones que legitiman el dominio en todos sus niveles.

Las expresiones, en referencia a los indios americanos, de «remo- tos, y olvidados infieles» 24 plantean una tensión y una contradic- ción, ya que si todos los «términos» del mundo corresponden a la Iglesia de Cristo, los pobladores ignotos, remotos y olvidados son «infieles», colocándolos, mediante un procedimiento de negación y exclusión, al margen, y como veremos, en el fondo sombrío de la proclamada comunidad ecuménica.

El nombre Santo de Jesús, según San Pablo, entraña que a aquel «le adorarían, é hincarían la rodilla todos los del Cielo, tierra e infiernos», correspondiéndole a los habitantes americanos la si- tuación, el lugar y la nominación de «escondidos o sepultados en lo más bajo de tales abismos de mares y tierras», esto es, el sitio y la propiedad del infierno. 25 Junto a su condición de lugar en el «in- fierno», las calidades de estas poblaciones son las de ser «gente apartada, dilacerada, terrible, ollada, y que ha mucho que espe- ra». Tales poblaciones «ha mucho» que esperan pues dado que viven y habitan en el inframundo del infierno, sólo podrían salir de su ostracismo mediante la «luz», «la luz de la Fe» 26 del Evange- lio y así salir de su «gentilismo» o condición de infidelidad. 27

No existe acá ni un vaciamiento, ni un extrañamiento. Se opera un no-origen y se niega cualquier posibilidad de condición histó- rica o cultural en el ethos de las poblaciones nativas americanas. A

anclado en el contemplador, el veedor» que se materializan en la figura del «mo- narca de todo lo que veo». Ver: Mary Louise Pratt, Ojos imperiales. Literatura de viajes y transculturación, Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 1997, pp. 357-360.

  • 24 Solórzano y Pereira, op. cit., lib. 1, cap. 7, nº 3.

  • 25 Ibid., lib. 1, cap. 7, nº 6.

  • 26 Ibid., lib. 1, cap. 8, nº7.

  • 27 Ibid., lib. 1, cap. 7, nº 8.

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este propósito, Brading anota que para Solórzano y Pereira la historia de las Indias sólo comienza con su incorporación a la monarquía universal católica hispana, por lo que antes de este suceso el «pasado indígena no era más que una triste historia de barbarie, superstición y tiranía». 28 En efecto, en la Política indiana, por ejemplo, se pone en duda que los antiguos del Nuevo Orbe hayan conocido alguna noticia, creencia o práctica de Jesucristo, y si así fuera, estima que «… pudo el diablo sugerirlas á estos bárba- ros para más iludirlos y hacerse adorar de ellos con mezcla de muchos errores y supersticiones en figuras». 29 Pareciera haber acá una lógica correspondencia entre el lugar del inframundo y la pre- sencia del diablo como gobernante de esa esfera plagada de todos los vicios como la idolatría, los sacrificios, el canibalismo, la sodo- mía, el incesto, la embriaguez y la tiranía. 30 Más abajo apreciare- mos cómo la «impureza» atribuible y atribuida a los indígenas, a los africanos y a sus descendientes mestizos, proviene de estas pro- piedades negativas que, en todo caso, no son aplicadas por exten- sión a los «criollos» hijos de españoles y nacidos en América, cuando éstos aparecen como progenitores de todas las ramas posi- bles de mestizos generados en América.

El resultado de una América sin contenido y sin origen es que no posee sociedad civil, afianzando así el portento de la luz de la fe como principio y dogma para elevar a los antiguos a otras instan- cias: «… pues de más de la luz de la Fe, que dimos a sus habitadores (…) les habemos puesto en vida sociable, y política, desterrando su barbarismo, trocando en humanas, sus costumbres ferinas». 31 Y es precisamente sobre esta condición de no-humanidad y de no- contenido que se fundamenta la necesidad y la legitimidad de

  • 28 David A., Brading, Orbe Indiano. De la monarquía católica a la república criolla, 1492-1867 , México, Fondo de Cultura Económica, 1991, p. 253.

  • 29 Solórzano y Pereira, op. cit., lib. 1, cap. 7, nº 19.

  • 30 Ibid., lib. 1, cap. 9, nº 32-36.

  • 31 Ibid., lib. 1, cap. 8, nº 7. Véase el análisis crítico de Pagden acerca de la violencia consustancial entre los «naturales» frente a la violencia regulada de los europeos u occidentales: Anthony Pagden, La caída del hombre natural. El indio americano y los orígenes de la etnología comparativa , Madrid, Alianza, Sociedad Quinto Centenario, 1988, p. 42.

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ocupar sus tierras, así como de emplear todos los medios posibles– particularmente la «guerra justa» –para hacerlos entrar en razón y

abrirles las compuertas de la fe y la salvación, haciendo posible su ingreso a una humanidad proclamada. Apoyándose en Santo To-

más, dice «

que por sentencia, u ordenación de la Iglesia, que

... tiene la autoridad, y veces de Dios, se puede quitar a los infieles su dominio, prelación y gobierno, el cual con razón pierden por este delito, y se transfiere en los hijos de la Gracia». 32 Se introduce

acá la ambigüedad de que para argumentar la ocupación y el do- minio cristiano ibérico se reconoce que los «habitadores» america- nos poseían dominio, prelación y gobierno, si bien luego se iba a calificar este dominio político «nativo» como tiránico y déspota. La ambivalencia persiste y se ratifica cuando en otro lugar se con- cluye que en la mayor parte de los territorios americanos faltaban reyes y caciques «que los gobernaran», y si así fuera, «la mayor parte eran crueles y tiranos, sin dejar sucesión conocida». Por ello, concluye, los indios «se allanaron» al dominio de los españoles. 33 El señalamiento y la asociación entre tiranía política y ausencia de linaje no hacen más, en nuestro criterio, sino consolidar la per- cepción y la imagen de una América sin sociedad civil y política. Más adelante, señalaremos como el imperio cristiano, heredero de otros imperios, sí contiene la posibilidad, la condición y la pro- piedad de «tiranía perfecta», particularmente ante la doble per- cepción del indio pasivo y rebelde.

Ahora bien, la Gracia divina y ecuménica contra la animalidad y la irracionalidad constituyeron vectores discursivos definitorios que le dieron cuerpo al proyecto del sometimiento militar y a la imple- mentación de la esclavitud tanto en América como en África, re- conociendo acá la herencia filosófica e intelectual de la teoría aristotélica sobre la esclavitud. Al respecto, nos permitimos citar in extenso a nuestro jurisconsulto:

los que se hallasen de condición tan silvestre que no conviniese

... dejarlos en su libertad por carecer de razón, y discurso bastante

  • 32 Solórzano y Pereira, op. cit., lib. 1, cap. 10, nº 3.

  • 33 Ibid., lib. 1, cap. 11, nº 18 (cursivas nuestras).

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(…) como lo eran muchos en muchas partes. Por que los que llegan a ser tan brutos, y bárbaros, son tenidos por bestias más que por hombres (…) y en otras partes son comparados a los leños, y a las piedras. Y así según la opinión de Aristóteles (…) son siervos, y esclavos por naturaleza, y pueden ser forzados á obedecer á los

más prudentes: y es justa guerra que sobre esto se les hace. Y (…) se pueden cazar como fieras, si los que nacieron para obedecer lo rehúsan, y perseveran contumaces en no querer admitir costum-

bres humanas. 34

El Imperio se legitima por la no-humanidad del nativo, de los pobladores americanos,

… por ser ellos tan bárbaros, incultos y agrestes que apenas mere- cían el nombre de hombres y necesitaban de quien, tomando su gobierno amparo y enseñanza, á su cargo, los reduxese a vida hu- mana, civil y sociable y política, para que con esto se hiciesen capaces de poder recibir la Fe y Religión Christiana. 35

De acá se sigue a la ratificación de la argumentación propia de cronistas y escritores de Indias de todos los talantes, que consiste en asociar por oposición la virtud y el heroísmo de la conquista contra la tiranía y el pecado de la resistencia u oposición indíge- na. Pizarro es catalogado como héroe y el Inca Atahualpa como tirano. 36 Por lo tanto, es pecado y peca quien evite o no haga nada –pudiendo hacer– por «humanizar» a los gentiles. Y es vir- tuoso, justo y piadoso quien se encomia y «desvela» por llevarlos a conocer «la luz de la Fe» por cualquier medio, incluida la «gue- rra justa». 37

  • 34 Ibid., lib. 1, cap. 9, nº 20 (cursivas nuestras).

  • 35 Ibid., lib. 1, cap. 9, nº 19 (cursivas nuestras).

  • 36 Pizarro «fue recibido y tratado benignísimamente y honrado con el Hábito de Santiago (…) y con otras mercedes para sí y sus compañeros (…) concediendo Privilegios de Hidalgos a los que no lo fuesen». En tanto y en contravía se refiere al Inca como tirano y a sus territorios hechos despojos: «Atahualpa Inca, que tirani- zaba entonces aquellas provincias, en cuyos despojos, y en lo que después el hizo traer y juntar para su rescate», obteniendo Pizarro así un enorme botín. Ver: Ibid., lib. 1, cap. 2, nº 8.

  • 37 Ibid., lib. 1, cap. 9, nº 38.

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III. GUERRA JUSTA, JUSTICIA DIVINA

E

IMPERIO

PROVIDENCIAL

Dado que los indios entorpecieron, atacaron o «allanaron» las labores y proyectos de conquista, se excusa la imperfección que pueda observarse en la constitución del Imperio. En otros térmi- nos, «cuando los pueblos poseídos no contradicen» su conquista, entonces, «la tiranía se convierte en perfecta y legítima Monarquía» y para ello Solórzano se remite al modelo del imperio romano y a otras monarquías «mayores», hasta el punto de que tal práctica de poder y de constitución de dominio pertenece al ámbito del «de- recho común». 38 Para blindar al Imperio contra las críticas emana- das de los excesos cometidos por los españoles o por sus violaciones a las leyes y normas, se sienta el axioma de que «… todas las leyes admiten mayor laxitud; y en causas, que aún en sí pueden recibir dudas, y variedad de opiniones, quieren que se siga la que favore- ce á la posesión». 39

La defensa del Imperio contra toda contingencia moral o legal, se complementa con la obligatoriedad que tiene como deber el prín- cipe de retener y no soltar los territorios poseídos, a riesgo de cometer e incurrir en pecado, particularmente en el sentido de que tal dejación ocasionaría el retorno de los nativos a la idolatría y la apostasía, amén de que quedarían en situación de desamparo moral, con lo que el príncipe se colocaría en contravía de la mi- sión ecuménica y evangelizadora que le fue «prometida» a la Igle- sia. 40 Se enfatiza de manera concluyente que incluso en los «Reinos injustamente ocupados cesa la obligación de restituirlos», con lo

  • 38 Ibid., lib. 1, cap. 11, nº 19 (cursivas nuestras). Alvaro Félix Bolaños elabora un análisis sugerente, agudo y crítico sobre éste y otros fenómenos contenidos en la retórica de fray Pedro Simón referente a los indios pijaos (Barbarie y canibalismo en la retórica colonial. Los indios pijaos de fray Pedro Simón, Bogotá, CEREC,

1994).

  • 39 Ibid., lib. 1, cap. 11, nº 20. Solórzano era perfectamente consciente de las contin- gencias y las violencias fruto de la Conquista. Siguiendo al padre Joseph de Acosta refiere la calidad «negativa» de los europeos e hispanos que han llegado a poblar América, reclamándoles que «echaran de sí los grillos de la codicia, y otros desor- denados deseos, con que suelen embarcarse» (ibid., lib. 1, cap. 4, nº 4).

  • 40 Ibid., lib. 1, cap. 11, nº 22.

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que Solórzano y Pereira cierra toda posibilidad de admitir las de- mandas en ese sentido, provenientes especialmente del padre Las Casas, a quien tilda de «escrupuloso». 41

El reconocimiento explícito que hace de los vejámenes, excesos y violencias que han cometido los españoles en su afán de conquis- ta lleva a Solórzano y Pereira a consolidar lo que hemos denomi- nado el «blindaje» del Imperio y del príncipe contra todas las contingencias posibles. Nos parece que este blindaje se encuentra en estrecha intimidad con la constitución del imperio ibérico como tiranía perfecta. Igualmente, la guerra justa y el designio divino constituyen variables motrices que finalmente resuelven la tensión entre lo divino y lo humano o entre lo temporal y lo espiritual. «Es pecado dudar», argumenta, «de la justificación de la guerra á que Dios nos destina, pues en él no cabe injusticia». 42

Tratando siempre de no inculpar al Príncipe y a la Monarquía, se indican los ordenamientos que preceptúan sobre la necesidad de «avenir» a los naturales de manera pacífica y sin armas. No obs- tante, reconoce que los soldados «… excediendo los límites de las instrucciones, hacen siempre grandes violencias, vejaciones, y demasías á los Naturales». 43 Tales «quebrantos» se deben a múlti- ples causas no atribuibles al príncipe, como el hecho que las pro- vincias se encuentran «tan remotas y apartadas de sus Reyes». 44

Las violencias ejecutadas en aquellas «tierras de nadie» son atri- buibles a la responsabilidad de los indios, quienes provocaron «… ser guerreados, y maltratados; o ya por sus bestiales, y fieras cos-

  • 41 Ibid. , lib. 1, cap. 11, nº 23. No hay que olvidar, igualmente, la discusión que sostuvo Solórzano y Pereira con Vitoria, por ejemplo, siempre esgrimiendo una defensa férrea del príncipe, la monarquía y los correspondientes designios divinos. Sobre esto y otros aspectos relacionados, véase: Felipe Castañeda, «Los milagros y la guerra justa en la Conquista del Nuevo Mundo. Aspectos de la crítica de Solór- zano y Pereira a Vitoria», en Diana Bonnett y Felipe Castañeda (eds.). El Nuevo Mundo. Problemas y debates, EICCA 1, Bogotá, Universidad de Los Andes, CESO, 2004, pp. 119-154.

  • 42 Solórzano y Pereira, op. cit., lib. 1, cap. 9, nº 9 (cursivas nuestras).

  • 43 Ibid., lib. 1, cap. 12, nº. 21. Acá Solórzano cita la Real Cédula del 5 de diciembre de 1608.

  • 44 Ibid., lib. 1, cap. 12, nº 25.

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tumbres, o por los graves excesos, y traiciones que cometían», ade- más de sus vicios, borracheras, terremotos, graves enfermedades y pestes repetidas de viruelas. 45 La culpabilidad atribuida a los in- dígenas no solo es esgrimida para justificar la violencia desatada, sino que es empleada para reafirmar la legitimad del Imperio y, por lo tanto, la instauración del dominio colonial. En efecto, plantea que la concesión papal de soberanía imperial no debería ponerse en entredicho, 46 no sólo por el carácter divino y provi- dencial de la misión evangeliza dora, sino que, además, los «natu- rales» americanos impidieron ostensiblemente la labor de los españoles al:

no querer muchos Indios recibir de paz a los nuestros, ni oírles

... la predicación y legación Evangélica, que les llevaban; rebelarse contra ellos, y tratar de matarlos, después que ya los habían recibi-

do de paz, y estar muchos convertidos y bautizados; negarles el paso á otras provincias (…) [a]liarse con los nuestros voluntaria- mente los Indios de algunas (Provincias) para que los ayudasen en las guerras. 47

Los habitantes «naturales» de un continente sin contenido, debe- rían, por esta condición, poseer una propiedad «natural» que per- mitiera una actitud o una voluntad igualmente sin contenido, esto es, una pasividad congénita ante la ocupación de sus espacios, ante la violencia desplegada para tal fin, y ante la proclama de los nuevos y extraños dogmas. Si bien, precisamente, el reclamo de Solórzano contra los indios por sus acciones nos refiere la reac- ción y/o la resistencia de los indígenas contra la invasión, lo suge- rente es utilizar ese movimiento indígena como proclama de soberanía y legitimidad hispánica en América.

Más allá de la órbita terrenal, paradójicamente, el jurisconsulto secular, defensor acérrimo del príncipe, del Imperio y de la Mo- narquía, recurre o echa mano de lo divino como categoría explica-

  • 45 Ibid., lib. 1, cap. 12, nº 29-30.

  • 46 Ibid., lib. 1, cap. 11, nº 13.

  • 47 Ibid., lib. 1, cap. 11, nº 17.

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tiva no sólo, como ya lo hemos dejado señalado, de la designación providencial entregada al príncipe, sino del decurso propio de la Conquista y del establecimiento del dominio colonial. 48 Los exce- sos y las violencias contra los nativos corresponden, en consecuen- cia, a un designio divino, entendido más puntualmente bajo la forma de una ira y de un castigo emanado del cielo y dirigido contra los indígenas debido a sus pecados, tal como había sucedi- do en tiempos pasados en Roma y Jerusalén:

Todo lo cual parece, que más se puede, y debe atribuir á ira, y castigo del Cielo que á las tiranías, y vejaciones (…) [d]isponiéndolo Dios así quizá por sus graves pecados y antiguas, abominables, y pertinaces idolatrías. 49

Lo que se deja reafirmado en la Política indiana y en obras ante- riores de Solórzano es la falta de consideración o reparo ético de los medios utilizados en la Conquista y en la sujeción de los «na- turales», bajo la premisa de que colocar esas tierras en dominio y a sus habitantes en vasallaje forma parte del proyecto ecuménico de ampliar la comunidad de Cristo. Lo anterior supone traer la «gen- tilidad» al conocimiento de la fe y, por lo tanto, un esfuerzo de esa magnitud requiere el desarrollo de una «guerra justa», entendida mejor como una «guerra santa», la que además de lo señalado po- see una propiedad etérea y sagrada que es poner el «descubrimien- to» y sus hechos de conquista bajo la aureola del milagro. La calidad del milagro, en correspondencia con los designios divinos, justifi- ca de por sí la valía de recurrir a todas las acciones y a todos los medios posibles en el proceso de «develar» y reducir a los indíge- nas. 50 Cabe recordar acá el argumento según el cual se cae en pe- cado cuando se pone en duda la legitimidad de la Conquista y de

  • 48 Véase al respecto Brading, op. cit., p. 242.

  • 49 Solórzano y Pereira, op. cit. lib. 1, cap. 12, nº 32. Notas atrás Solórzano había establecido otra premisa, ésta de carácter ético y benevolente, para justificar los desmanes cometidos por los españoles, y es la de que «… estos excesos no han podido, ni pueden viciar lo mucho, y bueno que en todas partes se ha obrado en la conversión, y enseñanza de estos Infieles» (ibid., lib. 1, cap. 12, nº 10).

  • 50 Véase, Felipe Castañeda, op. cit., para apreciar un análisis en tensión entre los argumentos de Vitoria y los de Solórzano fijando su posición en relación con los milagros y la guerra justa.

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la necesidad de adelantar las «guerras justas», debido en esencia a que esa misión es una tarea encomendada a los españoles por Dios y «en él no cabe injusticia». 51 Posiblemente ello ayude a com- prender, en alguna medida, porqué se construye la analogía del conquistador como un héroe virtuoso y la del conquistado como un tirano pecaminoso.

IV. ÁFRICA: FUENTE DE LA ESCLAVITUD

Solórzano y Pereira encuentra en África o, por lo menos, en la idea que entonces se tenía de ella, un ejemplo apropiado para ilustrar la justificación de porqué los bárbaros deben ser esclaviza- dos y los argumentos expresados al respecto revelan ciertas repre- sentaciones externas y, diríamos, hasta «extranjeras» sobre las poblaciones africanas. Los bárbaros son esclavizados «… cuando los sabios y prudentes se encargan de mandar, gobernar, y corregir á los ignorantes», indicándose en la Política indiana, entre otros ejemplos, «… el de los Negros ó Etíopes, que se cogen, y trans- portan de la África y otras partes á las nuestras por los Portugue- ses». 52 Se trata de reproducir, una vez más, la concepción de la misión educadora y civilizadora del «imperio cristiano» como la vía que permitirá «humanizar» a los pueblos salvajes e ignorantes. Por ejemplo, Bancroft, reconocido escritor norteamericano del siglo XIX quien disertó sobre la esclavitud, propone la analogía entre esclavitud y redención, aspecto que fue posible sólo por los méritos atribuidos a los amos y esclavistas por «haber civilizado y mejorado al negro». En esta misma dirección, la esclavitud, según el mismo Bancroft, corresponde integralmente, desde el ícono de la redención, a «una parte del plan providencial», 53 esto es, al igual que Solórzano, al designio divino que justifica la política y

  • 51 Solórzano y Pereira, op. cit., lib. 1, cap. 9, nº 9.

  • 52 Ibid., lib. 2, cap. 1, nº 2-3.

  • 53 Citado por David Brion Davis, El problema de la esclavitud en la cultura occiden- tal, presentación de Jaime Jaramillo Uribe, 2ª ed., Bogotá, El Áncora Editores, Ediciones Uniandes, 1996, p. 23.

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los medios que están en la base de la construcción de los imperios, y por lo tanto, de su defensa moral.

Ahora bien, acogiéndose a las tesis de Aristóteles sobre la esclavi- tud, Solórzano vislumbra el trabajo y servicio de los esclavos como alternativa a la puesta en producción de las minas y de otros sec- tores de la economía colonial. Para ese efecto, establece una con- cepción y percepción de los esclavos y la esclavitud aún más radical respecto de los derechos que los europeos o españoles pueden tener sobre los indígenas:

Todavía es mucho más lleno el derecho que tenemos en los escla- vos que el que podemos pretender en los Indios; y según las dispo- siciones legales se juzgan por hacienda propia nuestra, y son comparados á los muertos, ó a los animales, y con menor injuria podemos servirnos de ellos para nuestros aprovechamientos, y comodidades, aunque se expongan á algún peligro; pues aún hay quien diga, que podemos matarlos, y que de tal suerte están nece- sitados á obedecer que deben posponer su salud y vida á la de sus amos. 54

Así, por un lado, la legitimidad sobre la dominación de América, la guerra justa para tales propósitos y la condición humana de los indígenas suscitaron en su momento una fuerte controversia. De otra parte, los derechos y títulos que europeos, musulmanes y africanos subsaharianos e sgrimieron para esclavizar o para no le- gitimar derechos de esclavización en el continente africano, pro- dujeron una larga controversia o batalla jurídica que se remonta probablemente al siglo X o antes, e igualmente propiciaron la con- vergencia de variados sistemas jurídicos en los escenarios de la diáspora sur atlántica. 55 En este sentido, la definición de esclavo asumida por Solórzano es una de tantas posibles acepciones y matices frente a la esclavitud y los derechos de esclavización que, al parecer, guarda algún nivel de correspondencia, analogía o, in- cluso, herencia intelectual con determinadas tradiciones y con-

  • 54 Solórzano y Pereira, op. cit., lib. 2, cap. 17, nº 23 (cursivas nuestras).

  • 55 Lauren Benton, Law and Colonial Cultures. Legal Regimes in World History, 1400-1900 , Cambridge, Cambridge University Press, 2002, pp. 49-59.

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cepciones musulmanas. Hacia 1378, el filósofo y cronista musul- mán Ibn Jaldún dejaba sentada la doctrina que justificaba la escla- vitud de los «negros» en los siguientes términos, tanto o más radicales que los propuestos en la Política indiana: «Ciertamente que la mayoría de los negros se resignan fácilmente a la esclavitud; mas tal disposición resulta (…) de una inferioridad de organización que les aproxima a la condición de los irracionales ». 56 De paso hay que advertir que en este tipo de discursos, términos como «indio» o «negro» suponen un acto de reduccionismo y de degradación de lo que de suyo es complejo y diverso, lo que evidentemente res- ponde a la concepción que Occidente y su versión radical euro- céntrica han tenido respecto de la diversidad y la diferencia culturales como signos o manifestaciones de inferioridad cultural.

Otras consideraciones y percepciones, como el libre albedrío o la guerra justa, vuelven a aparecer en Solórzano para intentar expli- car porqué se manifiesta la esclavitud en África. Así como blinda al príncipe en la cuestión del sometimiento de los pueblos ameri- canos, provee una suerte de «escudo» moral sobre el involucra- miento y la participación, directa e indirecta, de españoles y europeos en la esclavización de los africanos al aducir que «en esto vamos con buena fe». 57 El cuadro que apenas se «dibuja» sobre este fenómeno esta referenciando, indudablemente, una de las más notorias preocupaciones historiográficas sobre los proce- sos de esclavización y servidumbre en amplias regiones africanas

  • 56 Ibn Jaldún, Introducción a la historia universal. (Al-Muqaddimah), traducción de Juan Feres; estudio preliminar, revisión y apéndices de Elías Trabulse, México, Fondo de Cultura Económica, 1987 (1378-1382), p. 310 (cursivas nuestras). Reputado en algunos círculos académicos como el padre de la historia social, Ibn Jaldún revela igualmente la estructuración de un discurso que perfila al África subsahariana –particularmente la que se ubica al sur del Mahgreb– como un subcontinente sin contenido habitado en esencia por pueblos irracionales. En efecto, al clasificar y caracterizar los climas y su incidencia en el «temperamento» de las gentes, ubica a los pueblos «negros» en climas cuyos habitantes, entre otros rasgos, poseen costumbres que ... « irracionales. (…) los negros que pueblan el primer clima habitan las cavernas y las

se aproximan excesivamente a las de los

selvas pantanosas, se alimentan de hierbas, viviendo en un salvajismo cerrado y devorándose unos a otros». En fin, estos pueblos «… no conocen ningún principio espiritual; no tienen idea de ninguna instrucción, y, en todas sus condiciones, más se asemejan a las bestias que a los seres humanos» (ibid., p. 205).

  • 57 Solórzano y Pereira, op. cit., lib. 2, cap. 1, nº 26.

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que, entre otras dinámicas, tratan de establecer y comprender por- qué también varios miles de musulmanes fueron esclavizados y conducidos a diversos lugares en las Américas. 58 El argumento por el cual «en esto vamos con buena fe» lo explicita o justifica Solór- zano señalando «… que ellos (negros de Guinea, Cabo Verde y otras provincias y ríos) se venden por su voluntad, ó tienen justas guerras entre sí, en que se cautivan unos á otros, y á estos cautivos los venden después á los Portugueses, que nos los traen». 59 Si bien esto puede sugerir erróneamente un bajo perfil protagónico de los portugueses en los procesos esclavistas africanos o inducir una no-responsabilidad histórica europea en la trata, lo cierto es que revela un panorama complejo y sensible en torno a los procesos jurídicos, políticos, culturales y económicos que están en la base de la historia de la esclavitud en amplias regiones africanas.

V. LA SOCIEDAD COLONIAL DUAL:

PUROS E IMPUROS O LA RETÓRICA SOBRE LA LEGITIMIDAD E ILEGITIMIDAD

El mundo colonial como tal empieza a ser abordado en la Política indiana a partir del segundo libro y lo que allí se manifiesta es una continuidad retórica y discursiva con lo expresado en el libro pri- mero, si bien se plantean nuevos argumentos frente a temas pun- tuales como los servicios personales. Ante los asuntos que nos ha interesado destacar en este artículo, la sociedad colonial empieza a configurarse en los discursos hegemónicos –como el establecido en la Política indiana– de manera dual y prácticamente irreductible entre calidades humanas puras e incorruptas y las propiamente impuras, corruptas y viciosas. Evidentemente, la propiedad huma- na incólume corresponde al blanco, español cristiano, en tanto

  • 58 Sylviane A. Diouf, Servants of Allah. African Muslims Enslaved in the Americas, New York, New York University Press, 1998. La autora analiza de manera rigurosa la diáspora musulmana a las Américas y la manera cómo estos correligionarios de Alá y Mahoma instituyeron otro tipo de religión monoteísta en tierras americanas.

  • 59 Solórzano y Pereira, op. cit., lib. 2, cap. 1, nº 26.

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que la propiedad humana viciada de pecados y liviandades perte- nece al no español, sea éste indígena o africano y sus correspon- dientes derivaciones mestizas. Para ilustrar estas configuraciones duales nos concentraremos, de manera breve, en dos temas especí- ficos: los servicios personales y los criollos.

En el escenario colonial y fruto de su posición ante el tema de los servicios personales a que eran obligados los indígenas, Solórzano encuentra como alternativa recurrir al trabajo de un amplio espec- tro de sujetos coloniales empezando por los esclavos negros, pero incluyendo igualmente a negros libres, mestizos y mulatos. No deja de llamar la atención el hecho de que involucre de igual manera, en tales alternativas laborales, a los españoles. Sin embargo, en el fondo, su percepción al respecto tiende más a proyectar una so- ciedad colonial donde los más «rudos» y fuertes, si bien con me- nos capacidades racionales, deben ocuparse de trabajar, en tanto que a los más dotados de razón, es decir, los españoles, les corres- ponde el arte de mandar, gobernar y legislar. 60 Para morigerar la carga de los servicios personales en los indios propone, como ya advertimos, hacer uso de la mano de obra representada por ne- gros, mestizos y mulatos, «de que hay tanta canalla ociosa en las mismas provincias» 61 atribuyéndoles de esta manera, por analogía, cualidades negativas o peyorativas que bien pueden tener el senti- do de justificar y asignar un lugar en la sociedad y en la economía.

Es de alguna manera conocida la preocupación de Solórzano por la suerte de los indígenas compelidos a prestar servicios persona- les, como la mita, y a pagar tributos. 62 No obstante, su pragmatismo imperial en búsqueda de una eficiencia colonial lo hace ver un tanto ambivalente, aunque definitivamente coherente. Si bien, por ejemplo, es partidario de abolir el servicio personal de los yanaco- nas, indica que si son «detenidos fuera de sus repartimientos» no quedan exentos de «dejar de pagar el tributo». 63 De todas mane-

  • 60 Ibid., lib. 2, cap. 6, nº 10-11.

  • 61 Ibid., lib. 2, cap. 3, nº 11 (cursivas nuestras).

  • 62 Véase por ejemplo ibid., lib. 2, cap. 2 y 3.

  • 63 Ibid., lib. 2, cap. 4, n. 36. Su idea de abolir el servicio de los yanaconas se encuentra en ibid., lib. 2, cap. 4, nº 21.

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ras, la explotación indígena en las colonias mediante los servicios personales y la mita se justifica y se legitima por constituir ello una «razón de Estado» del Imperio, «aunque suceda que algunos (in- dios) enfermen ó mueran por ‘causa’ de los servicios y la mita», reiterando la asociación en el sentido que los trabajos duros les corresponde soportarlos a gentes «rústicas» como los indios y las bestias. A ello añade la calidad de inútiles dado que andan perma- nentemente borrachos, llenos de vicios y ociosos, por lo que se pre- cisa ocuparlos en cosas «útiles». 64 Por su parte, la obligatoriedad de la tributación se les demanda a los indios por su calidad de vasallos, por cuya razón deben pagar tributos al rey y a los españoles que han «hecho merced de ellos por sus servicios» llámense encomenderos o «feudatarios». 65 La opinión ambigua de Solórzano frente a los ser- vicios personales se ratifica, en nuestro criterio, cuando se analiza cuidadosamente el capítulo 6 del libro 2, donde definitivamente deja establecida la inconveniencia «para la república» de retirar, eliminar o prohibir los servicios personales, tipificando como un «mal necesario» los agravios e injusticias que por los mismos se pro- ducen en las personas y comunidades indígenas. De la misma mane- ra, se deja sentada la doctrina por la cual indígenas, negros, mulatos y mestizos son redimidos de su ociosidad y de sus vicios a través del trabajo y la ocupación; en otros términos, los mecanismos de explo- tación colonial son manipulados retóricamente para imbuirlos me- jor como medios de civilización y redención moral.

Producto quizá de su experiencia peruana a lo largo de 17 años, Solórzano desarrolló una férrea defensa de la población criolla, esto es, de los hijos de españoles nacidos en suelo americano, particular- mente en el tema crucial del derecho que, como tales, les asistía para acceder a los más variados cargos fueran estos civiles o religiosos. De la misma manera, dejó entrever tal posibilidad para mestizos y mula- tos, fijando una condición ética que sólo hace reafirmar su concep- ción dual de la sociedad colonial entre dos polos legítimos e ilegítimos, versión política de la dualidad ideológica puros e impuros. Es diciente que con este tema se cierre el libro 2, ya que se aborda un tema

  • 64 Ibid., lib. 2, cap. 15, nº 29, 38.

  • 65 Ibid., lib. 2, cap. 19, nº 1.

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capital y de extrema sensibilidad colonial como es el de la construc- ción y el acceso al poder tanto local como regional.

En cuanto a los criollos asevera que «… no se puede dudar, que sean verdaderos Españoles, y como tales hayan de gozar sus dere- chos, honras y privilegios, y ser juzgados por ellos», y establece que retienen y conservan todas las calidades de sus progenitores peninsulares. Resalta que en el pasado y en el presente se han destacado como «… insignes en armas, y letras, y lo que más im- porta en lo sólido de virtudes heroicas, ejemplares, y prudencia- les». 66 Refuta a quienes pretenden descalificarlos al rechazar que los criollos puedan «degenerar» en la tierra y en el cielo de las provincias americanas, llegando incluso a distanciarse de Acosta, su guía intelectual por excelencia, para quién, según Solórzano, los criollos «maman en la leche los vicios, ó lascivia de los indios, y de las Indias». 67

Su distanciamiento de Acosta, en este punto, no es absoluto ya que cuando entra a calificar a mestizos y mulatos los percibe, en esencia, como seres «defectuosos» en los que concurre el siguien- te conjunto de desviaciones:

Pero porque lo más ordinario es que (mulatos y mestizos), nacen de adulterio, ó de otros ilícitos, y punibles ayuntamientos, porque pocos Españoles de honra hay que casen con Indias o Negras, el cual defecto de los natales les hace infames, por lo menos infamia facti (…) sobre él cae la mancha del color vario, y otros vicios, que suelen ser como naturales, y mamados en la leche. 68

La mácula del color vario y su nacimiento infame son razones su- ficientes, además de los consabidos vicios y defectos, para postular el impedimento de que mestizos y mulatos puedan acceder a de- tentar cargos de alguna naturaleza e incluso que puedan ser reco- nocidos o contados como «Ciudadanos de dichas provincias». 69

  • 66 Ibid., lib. 2, cap. 30, nº 2-3, 14.

  • 67 Ibid., lib. 2, cap. 30, nº 9.

  • 68 Ibid., lib. 2, cap. 30, nº 21 (cursivas de Solórzano).

  • 69 Ibid., lib. 2, cap. 30, nº 20.

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Hay acá una falacia que se expresa en una clara manipulación retórica, cuando se trata de ocultar el hecho de que españoles y españolas constituyeron agentes activos en la generación de la progenie de mestizos y mulatos; por ello, Solórzano se cuida de no mencionar a los españoles, sino al «hombre blanco» como aquel que se mezcla con indios y negros. 70 No obstante, acá entra a cali- ficar al mestizo, pero no al «hombre blanco», alejando a éste de toda impureza posible. De todas maneras, se oculta la verdadera dimensión social y demográfica del mestizaje, algo comprensible porque un reconocimiento en esta vía hubiera significado el de- rrumbamiento discursivo de esa sociedad dual y antinómica. Ade- más, es de la mayor pertinencia advertir y recordar –como lo ha analizado una copiosa historiografía– que la cotidianidad de hom- bres y mujeres españolas, así como de la familia hispánica, estaba plagada de adulterio, amancebamiento y concubinato. La ilegiti- midad, en consecuencia, constituyó una poderosa arma ideológi- ca de connotaciones políticas en manos de las élites coloniales, máxime si se tiene en cuenta que, como apunta Milhou, «… du- rante toda la época colonial la tasa de nacimientos ilegítimos en Hispanoamérica fue, con diferencia, la más elevada de toda la cristiandad, excepto Brasil». 71

Así las cosas, se constatan la estructuración de una enorme per- plejidad y de una grave contradicción en el escenario de la tensión propia de las relaciones entre los sujetos coloniales: por un lado, españoles y españolas legítimos y puros que, al relacionarse con indígenas y negros –ellos mismos ilegítimos e impuros–, generaron un sector poblacional –cada vez mayoritario– de mestizos que car- gan el lastre de la mácula «del color vario pinto». A los progenito- res blancos les queda la legitimidad y a sus hijos mestizos se les endilga la ilegitimidad y una herencia espuria. De otro lado, re- afirmando esta sustancial ambivalencia, los mestizos ilegítimos van a alegar y a proclamar su progenie blanca y española con diferen-

  • 70 Ibid., lib. 2, cap. 30, nº 19.

  • 71 Alain Milhou, «Misión, represión, paternalismo e interiorización. Para un balance de un siglo de evangelización en Iberoamérica (1520-1620)», en Heraclio Bonilla (comp.), Los Conquistados. 1492 y la población indígena de las Américas, Bogo- tá, Tercer Mundo, FLACSO, Libri Mundi, 1992, p. 291.

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