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Hugo Blumenthal © 2007

El erotismo de Georges Bataille


Por Hugo Blumenthal

La obra del escritor y filósofo francés Georges Bataille resulta ser, sin lugar a dudas, una de las más
inquietantes que se haya producido en occidente: novelas apenas comparables a las de un Marques
de Sade con un pensamiento heredero de Nietzsche y centrado en la risa, el éxtasis, la suerte y el
erotismo. Y si bien no es nueva en América Latina (desde los años sesenta se comenzó su traducción
al español y para entonces algunos escritores latinoamericanos ya habían sido influenciados por una
lectura directa) su difusión, o éxito, aun hoy sigue siendo marginal y circunscrito a cierto grupo de
intelectuales. Desgraciadamente, no parece haber complot moral por desenmascarar. Bataille resulta
excesivo y “demasiado imaginario” para sacarlo a relucir.
Otra de las razones es que Bataille se resiste a entrar en las etiquetas habituales: sus novelas
eróticas no son propiamente Novelas ni eróticas, sus poesías apenas se acercan a La Poesía “para
ofenderla”, sus ensayos a veces se confunden con un diario íntimo, sus obras entretejen el método
científico y métodos de meditación, a la sociología, la psicología o hasta la biología con filosofía y
poesía. Pero quizá por eso mismo, sus novelas ponen en escena al erotismo y sus libros abren un
espacio para intentar comprender aquello que no puede más que escapar a la más simple razón.
Bataille nos sustrae al hombre de una “noche” animal respecto al lado más oscuro de nosotros
mismos, por medio de un erotismo que en los momentos de éxtasis se confunde con lo sagrado, por
medio de una filosofía de los límites que nos identifican como seres humanos.
Sus novelas (Historia del ojo, Madame Edwarda, El azul del cielo y Mi madre, entre otras) son,
básicamente, historias de una búsqueda guiada por la angustia, donde ejerciendo un amor intenso
que ata y disipa sus individualidades los protagonistas se van convirtiendo en seres casi que divinos.
Sus personajes son como ángeles, en una búsqueda intensa por traspasar los límites y perderse en lo
Absoluto. No desarrollan ninguna sexualidad que podría parecer natural sino que por el contrario,
con una sexualidad violenta, ininterrumpida, desenfrenada, ponen de manifiesto que abjuran de todo
aquello que pueda considerarse normal, limitante. En sus relaciones, el otro es un objeto de sus
deseos, pero, en la medida en que sus deseos son imposibles de satisfacer, ese otro puede ser un
compañero de viaje, que les ayuda a mantener abiertas sus desgarraduras y los hace sentir vivos.
Desarrollan lo que Bataille denominó un “erotismo de los corazones”, utilizando sus cuerpos
cuando el deseo lo exige. Sin embargo la búsqueda no se centra en el cuerpo, o en los placeres de la
carne. El cuerpo, más que una dulce prisión, es el medio que posibilita traspasar sus límites.
El Marqués de Sade escandalizó a su tiempo con unos personajes desmesurados que se
justificaban con discursos “razonables”. Para Bataille el escándalo sigue siendo revolucionario pero
los medios para provocarlo han cambiado: se debe ser más sutil. Lo que Sade conseguía por
contraste, tendrá que hacerlo por la integridad desgarrada del ser humano. No habrán más perversos
e inocentes, en dos grupos aparte. Ambos estarán en cada uno. Por eso Bataille trabajó sobre
caracteres posibles, sin llegar a tipos psicológicos definidos, ante los que la ciencia nos ha enseñado
a no escandalizarnos. Sin proponer un nuevo tipo de novela “realista” o psicológica, no desecha por
ello las prohibiciones.
Por la educación, la vergüenza y el pudor son las manifestaciones más fuertes de unas
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prohibiciones dentro de nosotros mismos, que contienen a toda la sociedad. Por eso, los
protagonistas de las novelas de Bataille (que por lo general están entre la niñez y la madurez) se ven
obligados como rebeldes a combatir aquello que empiezan a notar en sí mismos, que ataca sus
deseos sin límites pero que a la vez posibilita la transgresión, el vivir en una diferencia excesiva y en
la búsqueda de la afirmación de una soberanía sobre sus cuerpos. El pudor también es necesario
para que el exhibicionismo –su contrario estructural– se muestre como valor, ya que sin la
prohibición de la cual es índice, sin la obligación de ocultar las partes bajas, el exhibicionismo
(desnudez, afirmación de la animalidad que todos poseemos) no sería transgresión, se ahogaría en la
noche indiferenciada del animal.
El juego de oposiciones entre prohibición (o interdicto) y transgresión es fundamental para
comprender la concepción del erotismo batailleana. En Teoría de la religión y El erotismo,
principalmente, Bataille expone cómo el trabajo ha forjado al hombre una conciencia mediada por
la utilidad, que el trabajo no sólo moldea al hombre sino que lo inserta en una economía, donde
debe pensar en base al mínimo esfuerzo, máximo provecho y beneficios, de donde surgen las
prohibiciones para mantener el orden, constituyendo de por sí los pilares de la sociedad. Sin
embargo, Bataille asegura que si bien el trabajo engendra al hombre y la prohibición lo instituye, el
sujeto pleno sólo se produce por la actualización constante de la contradicción que el hombre
mismo es. En otras palabras, por transgresión.
Transgresión es levantar las prohibiciones por un momento, sin buscar suprimirlas
definitivamente. Si no hay prohibiciones, si acabáramos con las prohibiciones, acabaríamos con las
posibilidades de transgredirlas, no habría nada que transgredir. Además, las prohibiciones son las
que permiten la acumulación de lo que va a ser derrochado en la transgresión. Pero lo contrario, una
pura prohibición, una economía de la prohibición llevada al límite caería en una absurda producción
por la producción, aniquilándonos como sujetos derrochadores para producir más de lo que
podríamos consumir.
Al plantear una economía del sujeto basada en el gasto –en gastar por gastar–, como única
medida posible para acceder al sujeto pleno, Bataille juega un importante papel en el pensamiento
moderno. Los personajes de sus novelas logran la unión por medio de sus cuerpos desnudos y
expuestos, burlando a una sociedad basada en la ocultación como medio de conservar despierto un
deseo (que podría confundirse con una simple curiosidad, que tendería en ciertos momentos bien
delimitados a la contemplación de su objeto descubierto). Para sus personajes, aquella ocultación
lleva a construir un falso goce, o aparente derroche, una aparente transgresión (inscrita dentro de la
prohibición y contemplada dentro de la economía social).
Las permanentes orgías en que se encuentran sumergidos los personajes batailleanos ilustran esta
teoría del gasto, diferenciando entre orgía normalizada y transgresiva. Para Bataille la explosión que
precede a la angustia asume, más allá de la satisfacción, un sentido divino y otro humano. Por
sentido humano es que la orgía puede integrarse en un orden de causas y efectos construido sobre el
trabajo. Como signo de un trastocamiento de los valores ligados al trabajo, al constituirse como
parte de una fiesta institucionalizada puede ser asumida como útil y necesaria, hurtándole su esencia
transgresora. La diferencia está entonces entre una orgía casi que exigida por la Prohibición, y otra
de reales elementos transgresores, que resultaría inquietante (aun como proyecto) para toda sociedad
basada en un ahorro constante. Por su carácter subversivo, la orgía transgresora es la única aceptable
para un Bataille que intenta devolver al hombre a su esencia contradictoria. Gasto y exceso sin
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límites, donde lo sexual no es más que un medio, un telón de fondo del teatro donde Bataille pone
en escena el exceso que constituye la esencia de lo humano.

Hugo Blumenthal
17 de octubre de 1996