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Hugo Blumenthal © 2007

SOLEDAD Y DESEO DE ESCRITURA


por Hugo Blumenthal

Si pretendo definir mi deseo, y más aun, suponiendo que realmente parte de mi deseo sea por la
literatura y apenas pretenda justificarlo, siento su confesión como una inevitable traición, que las
palabras no alcanzan su verdad. Si culpo de mi deseo a la soledad, siento su puesta en escena como
una obscenidad. Y sin embargo, una parte de mi verdad queda enunciada. Retomo entonces parte
de esa parte que me resulta imposible conciliar en mi palabra inmediata, en mi habla, esperando
lograr un mejor acuerdo por medio de esta escritura. La otra parte no la con(s)ciento. Quizá ni
pueda.

¿De qué hablamos cuando hablamos de soledad? Si tenemos en cuenta que todo ser humano está
solo, que la soledad va aparejada esencialmente al concepto de individuo y que por tanto todos
morimos solos, que nadie puede acompañarnos en la muerte, la palabra parece increíblemente vacía.
¿Contra qué oponerla? ¿Existe realmente su contrario, la compañía? Aunque parezca tautología, en
un sentido social parece que si. Lo cual nos lleva a dos tipos de soledad, a dos sentidos o referentes:
una, la soledad esencial del hombre como individuo; otra, lo que él puede creer que es soledad, que
es ausencia de compañía, teniendo la compañía como posible estado que anula esa conciencia de
soledad. En este último caso la soledad adquiere su sentido primario, pues, aunque esencial, lo otro
apenas puede ser consciente por reflejo. Al ser el lenguaje social, todo sentido de la soledad está
mediado por su sentido social. Sin embargo no es necesario que la sociedad en bloque nombre al
solitario. De pertenecer como mínimo a su comunidad de lenguaje él puede designarse a sí mismo, y
por lo general lo hace antes de que la sociedad pueda reconocerlo (a veces la sociedad, entendida
aquí simplemente como los otros, nunca logra reconocerlo). Lo que nos lleva a que lo que se
entiende por soledad, por el “estoy solo”, está rodeado, aparentemente más que cualquier otra
palabra, de una gran subjetividad; que la misma sociedad esta dispuesta a reconocerle al que la
enuncie. O sea, en definitiva se está solo si se cree estarlo (aunque se esté rodeado de gente que crea
estar acompañándolo), no cuando no se cree estarlo (aunque no haya nadie alrededor. En tal caso la
palabra sería vacía para el sujeto, nombraría apenas una realidad exterior para los demás: “Él, para
nosotros, está solo.”). El requisito obligatorio quizá sea la buena voluntad del sujeto para reconocer
“su realidad”.
Pero ¿por qué alguien podría (¿querría?) pensar que está solo, aun rodeado de gente? La
conciencia de la soledad se le da al sujeto de pronto, no es posible predecirla minutos antes, ni es
intencional. Se da de pronto, demasiado tarde, como un exilio cuyos límites (¿dónde ha comenzado,
dónde se podría terminar?) son imposibles de precisar.
El síntoma de la soledad es la incomunicación. El sujeto tiene la impresión de que los “discursos”
que se le dirigen le son insuficientes, como si no se le dirigieran realmente a él; pero no por culpa de
los otros sino por una incapacidad suya para seguir identificándose con el receptor que se espera que
él sea. Todo mensaje pasa entonces por encima de él, llegándole apenas su silencio, su soledad. Este
síntoma se ve además agravado cuando el sujeto compara su situación con la de sus anteriores
“semejantes”, con la situación que cree darse entre los otros, que aunque no pasen de pequeños
grupos parece que aun mantienen cierta cohesión comunicativa como una relación intersubjetiva
aparentemente “normal”. Y si, por un arrebato de optimismo, el solitario cree poder sumarse a los

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otros arrojándoles sin más su palabra, luego, inmediatamente después, está condenado a pagar su
osadía en el infierno de una mayor soledad por la inevitable sospecha de que su mensaje (con la
conciencia posterior de que algo preciso dijo) no pudo más que no ser escuchado.
Claro está que las experiencias de la soledad varían (en intensidad, duración, significado, etc.), y
existen sujetos que ni con una lejana conciencia llegan a experimentarla. Y sin embargo todo el
mundo es impulsado a hacerse con medios para evitar, aniquilar o sofocar la soledad; porque,
aunque algunas “filosofías” antiguas y orientales la consideran un ideal, la sociedad occidental está
lejos de considerarla un estado de gracia (su celo neurótico por erradicarla resulta por lo demás
sospechoso). Mas, sin ser pesimistas, se puede encontrar algo positivo en aquella figuración
occidental de la soledad: que impulsa a buscar más allá de lo que aparece como inmediato,
haciéndole desear al sujeto encontrarse tan sólo en proceso de formación (lo contrario, pensarse
acabado e inalterable, sería aceptar la infeliz soledad occidental). La soledad incitaría entonces a
“buscarse” a sí mismo y a “perderse” en los otros. Es decir, a escribirse. Recrea el deseo de escritura:
de escribirse, ser escrito, leerse y ser leído. Escritura que puede llevarse a cabo hasta con el acto más
insignificante porque, incitada por la soledad, la escritura no es más (quizá) que deseo de vida
realizándose.
En un sentido restringido, respecto a la lectura literaria (una de las formas más fértiles de la
escritura, ya que a través del lenguaje -esencia de lo humano- recrea mundos, que pueden
significarle al sujeto lector una mayor abertura de su mundo, enseñándole posibilidades de vida, y
una mayor libertad respecto a sí mismo), la soledad es casi indispensable para incitar a superar el
esfuerzo inicial que implica leer. El esfuerzo se supera por lo que inconscientemente el sujeto cree
encontrar más allá: una salida a su soledad, a su tedioso mundo, cercado generalmente por la
incapacidad de percibirlo en todas sus posibilidades (posibilidades que todo texto permite, como
mínimo, por contraste con el mundo del autor); salida también posible por la compañía prestada
(mientras dura la lectura) que parecen ofrecer personajes y autores como si fueran amigos, etc.
La soledad parece entonces espolear a la lectura, aunque no todas las personas llegan a la lectura y
la escritura en un intento por escapar de momentáneos (y a veces hasta prolongados) estados de
relativa soledad. Asimismo, tampoco es obligado el paso de la simple lectura a la escritura (tomadas
en términos restringidos, como funciones particulares). Y la escritura sin previas lecturas, aunque
posible, resulta poco prometedora: por la “cerrazón” de mundo que augura, como por la seguridad
de que su autor terminará revolcándose en su soledad (por no haber diálogo escritural con otro, sino
un ingenuo monologo consigo mismo).
Pero así como la soledad puede conducir a la lectura, la lectura puede llevar a la escritura,
haciendo consciente un deseo de escritura; bien sea por el deseo de hacer algo más en “literatura”
que el mero acto básico de leerla, o por el deseo de realizar los propios libros aun no descubiertos en
toda la particularidad de quienes los sueñan... o por cualquier otro deseo, que señala asimismo un
deseo de encontrar salida a la soledad. La diferencia respecto a la lectura es que se pasa al otro lado
de la búsqueda de una comunicación diferida por la palabra (texto). El deseo de ser comunicado por
un otro para unirse a él se invierte, y cede el paso al deseo de comunicar, de darse a conocer para que
sea el otro quien se una a él. Sin embargo, la forma de la comunicación por medio de la escritura
(literaria, se entiende) no puede ser más ilusoria; pues si alguien lee un libro que le gusta puede
sentirse unido a su autor, pero ¿si escribe y publica con quién puede unirse? O en otras palabras,
¿qué comunicación puede lograrse con el público (que nadie podría representar, puesto que siempre
es también alguien más), si este irremediablemente permanece desconocido? Y si quien escribe pone
de manifiesto su diferencia ¿entre mayor sinceridad no habrá mayor soledad?
¿Se tiene entonces entre soledad y deseo de escritura un círculo vicioso? Vicioso, tal vez, pero el

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círculo nunca se completa, el punto de llegada nunca es igual al del comienzo porque el círculo se va
abriendo, ensanchando, abarcando lo humano y haciéndole creer al sujeto que sale con ello de su
soledad (y como vimos, en materia de soledad la creencia individual es lo que cuenta). Acercamiento
(ficticio) entre el individuo y los otros, como el que se da en la escritura respecto al público lector
por medio de la crítica, ventas, cartas de lectores, etc. Es decir, una abstracción de comunicación y
compañía, lo único que se puede llegar a tener y creer.

Hugo Blumenthal
Cali, Abril de 1997