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Hugo Blumenthal © 2007

La comunicación imposible, el deseo inaccesible


por Hugo Blumenthal

Andrés Caicedo en carta a Carlos Mayolo del 13 de enero de 1972 confiesa su imposibilidad de
lograr una comunicación con las mujeres. Imposibilidad que sentía como una exclusión, que
consideraba su mayor problema, porque le raptaba el objeto de su deseo para situarselo en un
lugar inaccesible, del que era consciente de su imposibilidad, negándole cualquier esperanza de
acceder al placer que imaginaba poder hallar tras su deseo satisfecho. Y es que, aunque mucho se
haya hablado “extraoficialmente” de la homosexualidad de Andrés Caicedo (pasajera y leve:
opinión basada en sus textos), su deseo estaba enfocado hacia cierto tipo de mujeres: la mujer
fatal, o devoradora de hombres; la niña burguesa marginal (que también contenía algo de mujer
fatal), que Clarisol representó tan bien para él; y, por último, una especie de mezcla entre madre y
hermana hacia la que (representada por Patricia) Andrés sentiría otra clase de deseo y mantendría
otro tipo de relación (descontando, por supuesto, a las mismas madre y hermanas de Andrés, de
las que en las nueve cartas publicadas por El malpensante no da pie para hablar). Deseo enfocado
hacia dos polos: entre la puta y la santa: el goce, la muerte y la pérdida de sí, o la seguridad y la
posibilidad de permanecer tal como es. Polos inaccesibles en la pureza femenina que recubría el
deseo de Andrés: inaccesibles por una diferencia esencial que Andrés descubría en la Mujer, y por
su pretendida incapacidad intelectual para comprenderlas (¡creía que los demás hombres las
comprendían!) y ser comprendido por ellas. Inaccesibles por una imposibilidad de comunicación
con la pureza de lo femenino que tanto le seducía y odiaba: la superficialidad promotora del
deseo, que busca el deseo masculino enfocado en su misterio (que es como se proponen), y sus
“actitudes morales” respecto a él, que lo sitúan como un hombre más –del que a veces ni siquiera
merece conquistarse su deseo (Andrés no se les proponía como trabajo fácil)– cuando lo que él
quisiera ser es el máximo valor, que con él la mujer objeto de su deseo no necesite más referentes
para asegurar su valor; y finalmente la maternidad, de la que Andrés reniega consciente de su
dependencia materna. Relaciones inaccesibles para conciliar ni en la ficción en la que se es Dios,
pero que Andrés recrea en ella para degradar a todos hasta la muerte (negativo de la maternidad,
cercana al goce), muerte que Andrés asume, reivindicando irremediablemente a la mujer que
exige se le sacrifique la vida.

Hugo Blumenthal
Cali, 1998