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Hugo Blumenthal © 2007

Una idea loca


por Hugo Blumenthal

¿Cuántas veces la ingenuidad de un niño no nos ha deslumbrado con la profundidad de una de


sus frases? Pareciera a veces la inocencia que ignora nuestro saber contenerlo todo, y que con
los años todos fuéramos volviéndonos más estúpidos, apenas sí capaces de reconocer la
inteligencia de quienes nos siguen de lejos.
No hace mucho casi que al azar me fue dado escuchar una de esas frases aparentemente tan
profundas que parecía sacada de un cuento de Borges: “Todo hombre es inmortal hasta que
muere.” Cuando la escuché, esa pequeña frase me parecía contener la verdad máxima del
hombre. Al fin y al cabo, el tema no era para menos: la vida y la muerte.
La frase evocaba, para mí, en ese momento, la creencia del hombre en su inmortalidad
mientras nada viniera a probarle lo contrario. La muerte nos ha de llegar a todos, pero hasta que
no nos llegue pocos puedan aceptar la idea; hasta hay quienes al final de sus días se resisten a
creerlo. Pero ¿por qué esa terquedad en creernos constantemente inmortales? ¿Por qué esa
imposibilidad de aceptar un final inminente? La frase ya nada nos dice. Se ha limitado a
describir un hecho. No da razones. Quizá ya estamos pidiendo demasiado. Mucho más, en todo
caso, de lo que la frase nos puede dar.
Mas si miramos de cerca vemos que la frase ofrece muy poco en realidad, o casi nada. La
idea que contiene se basa en una contradicción muy lógica (o ilógica). Y es que en realidad la
frase no dice que todo hombre se cree inmortal –como se puede entender en un primer
momento– sino que es inmortal hasta que muere. Entonces ¿cómo así?
Apliquémosle un poco de razón lógica. La idea que nos dice la frase es que, mientras no
muera, el hombre es inmortal. Lo que es apenas lógico, pues la muerte es la prueba irrefutable
del error de quien la niega, la inmortalidad. Antes de morir, lo único que puede haber son
posibilidades de no morir, y por tanto de ser inmortal. Pero la prueba definitiva de la
inmortalidad es prácticamente imposible, ya que implica el fin del tiempo. Así, la inmortalidad
sólo puede ser una sospecha, una posibilidad que nunca se incrementa, invariable no importa el
tiempo, pues siempre se puede morir en el instante siguiente.
La muerte es quien tiene la última palabra. Mientras no se dé, nadie puede decir que alguien
sea inmortal, pues aun está viva la posibilidad de que muera y no sea inmortal. Si muere, pues
no es inmortal, sólo ha sido “inmortal” en el sentido de que no ha muerto mientras continuaba
viviendo.
La idea, por tanto, quizá no sea tan loca, pero sí un poco estúpida; y sin embargo de una
estupidez tan encantadora como el candor de los niños que podrían fácilmente enunciarla. Con
mucho sentido aparentemente, pero realmente con uno tan obvio que cualquiera podría
considerar estúpido enunciarlo. Ella no nos da casi nada. La admiramos porque nos permite
darle todo. Por lo general, su mayor sentido es el que nosotros le damos. Por tanto somos
nosotros los que gustosamente nos regalamos a ese tipo de frases. Adoramos altares ajenos, sin
saber muchas veces de nuestras ofrendas.

Hugo Blumenthal
Cali, 1997