You are on page 1of 7

Hugo Blumenthal © 2007

VALMONT Y EL DONJUANISMO
Por Hugo Blumenthal

El vizconde de Valmont se aburre en sociedad. Noble y con una buena renta, Valmont no encontrará
oficio interesante, digno de ser desarrollado por él. No mucho puede parecerle interesante y digno a
la vez, hasta que descubre un medio de entretenerse que reúne ambas cualidades a la vez: el poder
jugar con una sociedad que no le ha dejado ninguna otra posibilidad. Y es que en materia de juegos,
¿qué puede haber de más interesante que las personas, o tan digno como volverse contra lo que
intenta fijar nuestra existencia?
La señora de Volanges, uno de sus más acérrimos críticos, escribe
El señor de Valmont, con un nombre ilustre, una gran riqueza, y muchas cualidades
amables, ha conocido muy pronto que, para dominar en la sociedad, basta saber manejar
con igual destreza el elogio y la sátira. Nadie le aventaja en ambas cosas; seduce con la
una, y se hace temer con la otra. Ninguno le estima, pero todos le acarician. (Carta
XXXII)1

Y en efecto, esas llegan a ser las mejores armas de Valmont, las cuales aprenderá a manejar con
gran destreza. Si no consigue con ellas una verdadera estima, ¿qué más da? Obtiene caricias, que no
dejan de serle divertidas sabiendo que quienes las otorgan lo hacen más o menos sólo porque él lo
desea. Así, goza del poder de ver cómo los demás, en relación a él, no son más que una creación
suya; marionetas que puede mover a su antojo para salir de su aburrimiento.
Por eso busca hacer conquistas y las asume como su destino.2 Conquistar a una nueva mujer es
como obtener un nuevo juguete, y es necesario tener una meta. Conquistar por conquistar, sin creer
que se desea el objeto, vuelve absurda la acción y la imposibilita. Lo no quiere decir que sea
necesario que se desee realmente el objeto, tan sólo que es necesario creer que se lo desea. Sin el
propósito de ganar algo, sea lo que sea, es inimaginable el juego. Es inimaginable sin fin y sin
reglas, sin propósitos definidos. Por ello Valmont asume como su destino a la conquista, con su
aparente objeto al final, pues le da forma al juego que ha elegido para llenar su existencia. Así la
conquista se vuelve el propósito y la mujer lo que se puede ganar (aunque, como en el ajedrez, al
final no se gana nada, lo que importa es jugar).
Como buen jugador que llega a ser, Valmont puede llegar a considerar que “en realidad valdría
bien poco si no vale la pena de ser solicitado” (Carta LXX) y decir luego que: “El partido más
difícil o más alegre es el que tomo siempre; y nunca me echo en cara una buena acción, con tal que
me ejercite o me divierta.” (Carta LXXI). Y es que ha jugado ya tanto en el momento en que
empezamos a leer sus cartas, que un partido fácil le aburre. Lo más seguro es que no sea más que la
repetición de un partido ya jugado. Sin embargo puede volverlo a jugar si cree que, como dice,
puede volverlo a divertir, o si considera que al menos le servirá de ejercicio. Esto porque Valmont

1 Todas las citas en las que no se indique lo contrario provienen de Las amistades peligrosas de Choderlos de Laclos.
Inmediatamente después de cada una de estas citas se encontrará el número de carta.
2 “[...] el hacer conquistas es nuestro destino.” (Carta IV).

1
Hugo Blumenthal © 2007

no busca sencillamente lo nuevo. No es tan exigente. Sabe que si lo fuera, terminaría aburriéndose.
Valmont, quien dice que “[...] sólo me gustan ya las cosas estrafalarias, sin saber por qué” (Carta
CX), sabe en cambio que lo nuevo, lo completamente extraordinario, no es tan fácil de hallar. Y
sabe también que toda mujer tiene siempre, hasta cierto punto, algo de nuevo, algo de propio, algo
de diferente que la distingue de las demás mujeres y que por lo tanto distinguirá su conquista de los
demás partidos.
Para Valmont una conquista es una campaña militar, una guerra contra la moral impuesta a las
mujeres.3 Se explaya sobre ellos en su carta del 29 de octubre a la marquesa de Merteuil:
No es ésta, como en las demás aventuras mías, una simple capitulación más o menos
ventajosa, y de la que es más fácil aprovecharse que engreírse; es una victoria completa,
comprada por una campaña penosa, y ganada por sabias maniobras [...]
He obligado a combatir al enemigo que sólo trataba de ganar tiempo; he elegido, por
medio de sabias maniobras, así el terreno como las disposiciones [...] (Carta CXXV).

Por ende nos damos cuenta de que el conde de Valmont es un guerrero incansable que se aburre
con las batallas ganadas y sale a buscar nuevas batallas. Batallas contra lo femenino, en las cuales se
trata que las mujeres, manteniendo sus prejuicios, no puedan resistirse a él. Así lo manifiesta en
repetidas ocasiones.
¡Qué delicia ser, alternativamente, el que cause y el que vence sus remordimientos!
Lejos de mí la idea de desvanecer las preocupaciones que la atormentan, y que han de
hacer mayor mi triunfo y mi placer. (Carta VI)
O “No es bastante para mí el poseerla, quiero que ella misma se me entregue.” (Carta CX). Valmont
quiere afirmar que es más fuerte el deseo que puede causar que lo que la moral podría contener.
Entre una moral más fuerte y convencida de su fuerza encuentre, más se siente atraído a atacarla, a
conquistarla.
En contraste Oliverio, en “El lado oscuro del corazón”, no le vería la gracia a una complicada
conquista en que tenga que combatir contra muchos prejuicios; porque él lo que más desea es
poseer. ¿Cómo amar sin poseer? Esto le parece imposible, y sufre por ello con la mujer que se le
resiste a la posesión (porque ella es de todos y de ninguno, porque no es más que dueña de sí misma
y es prácticamente imposible que ya pueda desear pertenecer a un hombre). Don Juan y Valmont no
desean poseer por siempre lo conquistado, y el amor para ellos no es más que un nombre, una
excusa (como las mujeres) para gozar.4 Oliverio es quien realmente busca a La Mujer, con una idea
fija de cómo tiene que ser ella. Don Juan toma lo que venga, lo que se le presente en su camino, en
su existencia, lo acepta gustoso y lo abandona cuando ya no le encuentra gusto. Oliverio en realidad
no disfruta con ir de una a otra mujer. Si lo hace es por necesidad, para encontrar a “la que vuela”, a
la única, después de la cual podrá vivir tranquilo. En cambio Don Juan no busca nada tan concreto

3 “A las mujeres les enseñan a decir no; el oponer resistencia confirma su feminidad. En el baile sexual obligado, el
hombre, siempre ansioso, da un paso adelante, y la mujer, siempre poniendo límites, un paso atrás”. Michel S.
Kimmel. “El sexo de consumo”. El libro de la sexualidad. Bogotá: El Tiempo, 1995. Pp. 209. Es a este tipo de moral
a la que me refiero, a la vieja moral de lo femenino.
4 Aquí toda referencia a “Don Juan” se basa en la obra de Max Frisch Don Juan o el amor a la geometría, obra teatral

que respeta y destaca magistralmente las motivaciones del Don Juan mítico.
2
Hugo Blumenthal © 2007

como eso, simplemente goza.


Pero, ¿por qué dirigir los esfuerzos precisamente contra La Mujer? La feminidad atrae tanto
como una tierra inhóspita que se cree que nunca se acabará por conocer. Es como la fascinación del
hombre por el sexo femenino,5 por penetrar todos sus agujeros esperando encontrar dentro el goce
eterno;6 logrando, a lo más, un placer momentáneo, que se agota, pero que siempre parece seguir
existiendo como posibilidad en otras mujeres (¿o por qué no?, después de un intervalo, en la misma
mujer).
El momento más seductor de una mujer, el solo que puede producir aquel encanto de
que se habla siempre y que tan rara vez se experimenta, es aquél en que, estando ya
seguros de su amor, no lo estamos aún de sus favores... (Carta XLIV).

Esto también fascina a Valmont de lo femenino, esa seguridad que parece imposible conseguir
respecto a las mujeres que aun no se han entregado a su conquistador. Pero Valmont no desea poseer
lo femenino ni la Belleza, propósitos que usualmente se le adjudican a Don Juan. Valmont no
colecciona, no conserva los objetos ganados en sus conquistas porque lo único que le importa son
las conquistas en sí mismas. La conquista es en realidad sin objeto final para Valmont. Si algo
busca, son quizá sus límites, aunque sin desear encontrarlos, porque de hallarlos se encontraría en
una posición en que tendría que reconocer su mortalidad y su normalidad, reconocer que es como
los demás, que tanto detesta porque se cree superior.7 No se trata de que Valmont esté buscando
límites a su libertad, sino límites a su ser. No se trata de reivindicar su libertad, porque ella no es un
valor para él. La libertad no es más que una parte del juego, que lo hace posible.
Valmont no colecciona aventuras, las disfruta, se aprovecha y las abandona. Unas de vez en
cuando pueden darle un poco más, la mayoría se secan por completo la primera vez. Y es
precisamente porque desea aprovecharlas al máximo que se burla de las mujeres, que hace públicas
sus aventuras para obtener otro tipo de victoria ante su sociedad. Victorias que le sirven para
alimentar su ego, el poder de un ego enorme que siempre necesita de más alimento; ego que ha
acabado casi por completo con su superyo y la conciencia moral que pudiera tener.8
Como consecuencia del poco desarrollo del superyo, Valmont parece no poseer interioridad. Es
superficial e intenta mantenerse así por todos los medios, aun contra sí mismo, del poco superyo que
posee. Prueba de ello es cómo se resiste a creer que pueda haber sido victima de su propio juego, de

5 “El animal negro al que don Juan enfrenta es el poder natural del sexo, pero al que, en contraste con el torero, no
puede matar sin darse muerte a sí mismo.” Max Frisch. Op cit. Pp. 210.
6 El goce es aquello que “no proyecta acaparar una voluntad sino a condición de haberla atravesado ya para instalarse

en lo más íntimo del sujeto al que provoca más allá, por herir su pudor”. Jacques Lacan. Escritos. Pp. 343.
7 Para la muestra, dos botones: “Confieso que me lleno de indignación cuando pienso que ese hombre, sin razonar, sin

tomarse el menor trabajo, siguiendo tontamente el instinto de su corazón, halla una felicidad que yo no pueda
alcanzar.” (Carta XV) y “[...] a lo menos hablo con quien me entiende, y no con autómatas a cuyo lado vegeto desde
esta mañana. A la verdad, cuanto más veo, tanto más inclinado estoy a creer que no hay en el mundo vmd. y yo que
valgamos algo.” (Carta C).
8 Sin duda alguna, cualquiera que juegue al don Juan es un narciso, que no podría salir de su mundo imaginario, en

cuanto a lo que busca en los demás es una confirmación de sí mismo. El verdadero don Juan no puede entrar en esta
categoría, pues si participa de algo sería más de los simbólico que de cualquier otra categoría, en cuanto disfruta el
mundo en su diferencia; y su anormalidad se encontraría más por el lado de la inconstancia.
3
Hugo Blumenthal © 2007

haber terminado realmente enamorado de la presidenta de Tourvel, llegando hasta a burlarse de ella
con el solo fin de demostrarse que no la ama.
[…] si he tenido algunas veces, cerca de esta admirable mujer, momentos de debilidad
que se asemejaban a esta pasión pusilánime, he sabido siempre vencerlos y volver a mis
principios [...] ¿Me dejaré dominar, en mi edad, como un estudiante, de un sentimiento
involuntario e incógnito? No, es necesario ante todas cosas combatirle y sondearle.
(Carta CXXV).
Aquí vemos además como su yo se impone, ridiculizando cualquier sentimiento involuntario. Y
por ello, aún cuando siente el dolor por su traición, intenta seguir creyendo que es otro el motivo,
transfiriendo la causa a la condesa de Merteuil.
Asimismo, Valmont parece ignorar la interioridad de los demás, sus necesidades y sus deseos.
Para él, el otro sólo existe en la medida en que participa, para bien o para mal, en su camino hacia el
goce. Las mujeres no son seres autónomos que sea preciso conseguir sino partes de su propio
universo, que quiere poseer agotándolas en su conocimiento. Las mujeres no son objetos para
Valmont, como si lo son para los libertinos de las novelas de Sade. Las mujeres son pretextos para
gozar. En Valmont ellas no tienden hacia la divinización, como tenderían en cualquier buen amante
del amor cortes, sino a la glorificación del seductor.
Oliverio es demasiado interior, tiene demasiada interioridad, un superyo que fácilmente hace que
se lo identifique como neurótico, lo que no le permite gozar sencillamente con cualquier mujer. Por
lo mismo, puede imaginar y reconocer la interioridad de los demás, por lo que Oliverio puede tener
amigos, mientras que Valmont no. Para Valmont, cualquier hombre es un rival. Para Oliverio, un
hermano de causa, aunque con las mujeres tenga sus límites. Límites a partir de los cuales, si una
mujer no llega ni a acercarse, él las considera sencillamente sin interioridad que valga la pena tomar
en consideración y las deshecha sin tener luego demasiados remordimientos. Y es que las mujeres
son para Oliverio posibilidades de encontrar su media naranja, para sentirse completo. A Oliverio le
asusta la soledad, su conciencia sufre al verse a sí mismo “tan solo”. Y por ello se ve obligado a
divinizar a las mujeres que no ha logrado aun poseer (para mantener la esperanza), aunque esa
divinización no dura cuando cree haber logrado poseerlas sin encontrar en ellas lo que estaba
buscando y que le hace falta. Curiosamente, la que logra mantener su idealización es la prostituta
que no desea ser idealizada (porque tiene miedo de volver a tener esperanzas que puedan ser rotas).
Y la logra porque es ella a quien puede poseer cada vez que quiera con algo tan carente de
importancia aunque no menos fácil de conseguir como lo es el dinero, y sin embargo siempre queda
con la sensación de no haberla poseído, porque no logra transformar su vida por la de él.
Así, las cosas parecen presentarsele más complicadas a Oliverio. Para Valmont o Don Juan una
mujer se posee o no se posee. Es bastante fácil porque apenas se interesan por las prostitutas, por las
que no oponen resistencia a la posesión de sus cuerpos, y menos aun se interesan por poseer el ser
de las mujeres. Pero Oliverio, ¿cómo puede estar seguro de poseer el ser de una mujer que no le
opone demasiada resistencia a la posesión de su cuerpo?
Valmont cuestiona que
Introducido y presentado en la sociedad, joven todavía, y sin experiencia; pasado, por
decirlo así, de mano en mano, por una multitud de mujeres, que todas se apresuraban
con su facilidad a no dejar lugar a una reflexión que conocían debía serles poco
favorable, ¿tocaba a mí dar el ejemplo de una resistencia que no hallaba en parte
4
Hugo Blumenthal © 2007

alguna? [...] ¿Qué otro medio, si no es un pronto rompimiento, puede justificar una
vergonzosa elección? (Carta LII).
Y a pesar de toda la hipocresía e ironía de esta carta, este pasaje al menos contiene una verdad
bastante creíble. Las mujeres no son menos culpables en la realización de un seductor. No está de
más imaginar que ellas también se aburren de la rutina de todos sus días; de sus esposos siempre
ocupados en asuntos de negocios, cenas o salidas de caza; de su familia noble siempre cotilleando
sobre las virtudes morales de tal o cual otra persona; de sus criados, que encuentran siempre en todo
lugar. Las mujeres lo desean tanto como les asusta la idea de llegar a ser seducidas, y aun contra sus
principios morales, proponen más de una vez los medios para que el seductor pueda obrar.9
Para las mujeres, lo que hace irresistible a Valmont (como a Don Juan u Oliverio) es su
espiritualidad. Esa fingida espiritualidad masculina que las adula y les deja saber al tiempo que ellas
no son tan importantes, de que hay otras muchas que podrían ocupar su lugar. Y las mujeres,
enfrentadas con la envidia al resto de sus congeneres, son llevadas, una a una, a intentar demostrarle
que son La Mujer, que no es una cualquiera. Lo que las lleva a su perdición, pues de todas maneras
ellas nunca dejan de ser más que episodios para Valmont, aunque por una fatal ironía esos episodios
terminan por engullir completamente la existencia del Don Juan. Por eso Valmont, como Don Juan,
no tiene interioridad: porque derrocha su ser en las mujeres, y como son muchas... al final no queda
mucho de él en ninguna. Y por eso sufre Oliverio, porque el quiere ser.
Valmont, como Don Juan, es atractivo no tanto en el plano físico como en la imagen que le
otorga la experiencia y el coraje que tiene para asumirla. Parece además que por su físico casi
femenino estuviera amenazada su virilidad, mas ellos no se preocupa en absoluto. El segundo
porque es la misma representación de lo que es viril, y Valmont porque está absolutamente
convencido de ser el segundo. Lo que no es el caso de los interpretes menores, como Oliverio, en
los cuales es un motivo que los consume y los mantiene activos.
Valmont podría ser que tuviera miedo a no ser capaz de retener sus conquistas, porque sabe que
tarde que temprano llega el tedio, de que a la mañana siguiente ya todo no será lo mismo, de que la
lucha tiene menos encanto sobre todo si el enemigo ya se cree y comporta por entero rendido. Pero
esto último lo sabe bien, y por eso el temor de lo primero nunca lo toca, porque nunca ha
considerado la posibilidad de que sus conquistas deban durar. Y si alguien como la condesa de
Merteuil puede seguir gustándole demasiado, tanto como posiblemente le gustaba la primera vez, o
quizá más, ya que la conoce, es también (como en el caso de Oliverio) porque en cierta forma ella
nunca se rindió y porque él difícilmente puede considerar que alguna vez la tuvo, aunque fue por
decisión de ella que no podía haber un día siguiente juntos; porque ella previó lo que se avecinaba y
actuó de la única manera posible en que sabía que podría mantener su encanto sobre Valmont.
Por otra parte, Valmont tiene necesidad de fingir, y esa necesidad le hace llegar hasta a la
autonegación, con tal de mantenerse en su papel de “Don Juan”. Pero Valmont no es Don Juan,
porque al final termina deveniendo, transformado, aunque la tragedia lo acompañe, ni es un pequeño
donjuán de los que usualmente conocemos. Valmont interpreta a Don Juan y lo interpreta
magníficamente hasta el final, hasta cuando se da cuenta de que no tiene sentido. No importa que no

9Claro que no todas serán así, pero Valmont bien pudo haber empezado con las otras, y luego, de una a otra, encontrar
que poseía también el poder de elegir, y que entre más difícil fuera la conquista elegida y lograda, más mérito tendría
ante sus propios ojos y ante los demás.
5
Hugo Blumenthal © 2007

haya podido reconocer ante sí mismo que realmente amaba a la presidenta de Tourvel, o a cualquier
otra mujer.10 Ya comenzaba a intuir que esa gran representación, que había sido toda su vida, era
absurda.11 En cambio don Juan nunca llega a ser incomodado por tal intuición. Llega al infierno
siendo él mismo, sin arrepentirse de nada, tomando el infierno no como un castigo, porque él no
puede tener conciencia de culpa, sino como su destino.
En cuanto a la fama, Don Juan no desea la gloria de su fama como cosa en sí. Eso es algo
accesorio. El simplemente va de una a otra batalla, sin preocuparse de la fama que viene aparejada
con ello. A Valmont si le importa, y si alguna vez lo desdeña, allí está la condesa de Merteuil, un
soberbio Don Juan femenino,12 para recordarle que
[…] si una vez deja perder la idea de que no se le resiste, bien pronto le resistirán más
fácilmente; que sus rivales van a perder el respeto que le tienen, y se atreverán a
combatirle: porque, ¿cuál de entre ellos no se cree más fuerte que la virtud? (Carta
CXIII).
Pero no hay que olvidar que don Juan es un ser imposible, un ser absolutamente ficticio. La única
manera en que podría ser considerado real sería en un hombre mitificado por su sociedad, al que le
ha sido impuesto cargar con el ejemplo moralizante estando él, por ello mismo, excluido de esa
moral. Y en gran parte por está posibilidad es concebible Valmont, a quien vemos como un Don
Juan no tanto por la cantidad de conquistas o su manera de hacerlas de las que somos testigos
directos que por los comentarios de la señora de Volanges, que en ese aspecto bien representa a su
sociedad. Valmont disfruta de su fama, y no hace nada por disminuirla. Al contrario, le satisface
aumentarla por cuanto terror y fascinación percibe de la sociedad que tanto detesta.
Valmont y Don Juan manejan una economía del gasto, pero, a diferencia de los personajes de las
novelas de Bataille, no tienen ni la más leve intuición de ello y por lo tanto difícilmente pueden
concebir la existencia de límites mucho más fuertes que pueden ser traspasados con una sola mujer.

10 La mejor testigo de los más verdaderos amores de Valmont es la marquesa de Merteuil, quien se los presenta de
manera que lo enfrenten a la naturaleza que él se ha propuesto ser. He aquí sus palabras: “Cuando nos amábamos,
pues creo que nos amábamos, era yo feliz; ¡y vmd., vizconde! [...] ¿Pero, a qué ocuparnos todavía de una dicha que
no puede volver? [...] Por lo pronto yo exigiría sacrificios que vmd. no podría o no querría hacerme, y que quizá yo
no merezco; en segundo lugar, ¡cómo fijar a vmd.! ¡Cómo lograr hacerle constante!” (Carta CXXXI) y respecto a la
presidenta de Tourvel, “vmd. no deja por eso de profesar amor a su presidenta; no ciertamente un amor muy puro, ni
muy tierno, sino aquel que puede vmd. tener; aquel, por ejemplo, de hallar en una mujer las gracias o cualidades que
no tiene [...]” (Carta CXLI); “Si, vizconde, vmd. amaba mucho a la señora de Tourvel, y aún la ama; la quiere vmd.
como un loco: pero la ha sacrificado bravamente, porque yo me divertía en avergonzarle. Vmd. hubiera sacrificado
mil antes de sufrir una burla.” (Carta CXLV).
11 “La conquista o el juego, el amor innumerable, la rebelión absurda son homenajes que el hombre tributa a su

dignidad en una campaña en la que está vencido de antemano.” Albert Camus. El mito de Sísifo. 3a ed. Madrid:
Alianza, 1985. Pp. 125.
12 La marquesa de Merteuil representa a su vez un Don Juan femenino, cuyo comportamiento se rige por una

masculinización de los medios del deseo. Su caso, sin dejar de ser interesante, es ligeramente diferente al del Don
Juan por entero masculino, por lo que apenas es mencionado aquí. Para un análisis de sus motivaciones, es
esclarecedora su carta del 20 de septiembre al vizconde de Valmont (Carta LXXXI).
6
Hugo Blumenthal © 2007

Como Don Juan, persigue sus batallas más por cantidad que por la calidad, si así puede decirse.13
No desea hacer una carnicería, violar monumentosvalores sagrados o destruir la ciudad. Apenas ve
ganada una batalla, va a buscar otra.
Así para Valmont como para Don Juan, que sólo buscan la cantidad de los goces, sólo cuenta la
eficacia de los medios. Lo mismo pasa con Oliverio, que puede repetir un poema a cada nueva
mujer que desee conquistar. Poema que desea agradar y a la vez exige, que perdona y condena, que
condiciona como la misma muerte que lo persigue.

Hugo Blumenthal
Cali, Noviembre 1995

13 “[...] la creencia en el absurdo equivale a reemplazar la calidad de las experiencias por la cantidad. Si me
convenzo de que esta vida no tiene otra faz que la de lo absurdo... entonces debo decir que lo que cuenta no es vivir
lo mejor posible, sino vivir lo más posible.” Albert Camus. Op. cit. Pp. 82. Así, el don Juan terrenal no podría existir
más que asumiendo el absurdo de la existencia.
7