You are on page 1of 2

Hugo Blumenthal © 2007

VIDEOGAMIA
por Hugo Blumenthal

Un hombre asesina a su esposa porque ésta le es infiel en sus sueños. Más allá de la anécdota
para la que nunca han faltado razones, podría parecer simplemente un tanto exagerado por el
valor “real” que se le adjudica en nuestro medio a los sueños (y en general a toda forma de
representar lo “irreal”). Claro que ahí está el psicoanálisis pero también hace rato que aquí se
han instalado sus resistencias, como señala Derrida en uno de sus últimos libros (Resistencias,
1990). Entonces, ¿en qué contexto, bajo qué condiciones, pensar esa sobrevaloración de los
sueños de una esposa?
Ramón Montoya –supuesto habitante de esa realidad a la que todos creemos pertenecer como
si fuera una cuando en realidad (no) es ninguna; del que se dice que “los adelantos del mundo
moderno nunca le hicieron falta hasta que viajó a los Estados Unidos” como si la montaña no
fuera entonces a uno, transformándole la realidad en una cuestión tecnológica– será el asesino de
esta “historia que ocurrió”; asesino impremeditado en todo caso, pues si hay un culpable sería la
videogamia.
A Ramón, aunque “sentía pasión por la tecnología, el único objeto que le hacía falta era la
Máquina de los Sueños [...]” El posible por qué no es difícil de deducir: hasta el momento no
había tenido necesidad de la Máquina de los Sueños, porque su realidad sin ella contenía
cantidad de pequeños detalles para su atención que se le interponían suficientemente a ella. Sin
embargo esa realidad se le hace insuficiente cuando empieza a tener ciertos sueños de su
infancia, de vuelta al país de sus padres. Entonces la realidad, su realidad diaria, se convierte en
monotonía, en realidad devaluada frente a un nuevo componente. Ramón, entonces, recuerda
con su deseo la existencia de la Máquina de los Sueños, como posibilidad de aprehender o
apropiarse de ese sueño tan efímero en su realidad, e instaurarlo permanentemente en ella
aunque no sea más que por efecto de una repetición sin fin, de una grabación.
La Máquina de los sueños viene avalada por los comentarios de un amigo, como “más
maravillosa que el más poderoso de los alucinógenos. Es el sueño de los surrealistas hecho
realidad. Si Dalí [...] hubiera conocido la Maquina de los Sueños, hubiera enloquecido de
felicidad.” Es decir como posibilidad de vivir (en) otra realidad, una realidad aparentemente
constituida de infinitas posibilidades, sin mayores restricciones, cuando lo insoportable son los
límites reales del mundo a los que hemos sido arrojados, donde –a diferencia de los sueños– los
deseos pueden nunca realizarse.
Cuando instala la Máquina de los Sueños en su casa, a Ramón no le “viene” el sueño tan
esperado. Y cuando, hacia el final del día, vuelva a “tener” el sueño de su Perú natal, aparecerá
la dificultad previsible de la realidad, del sueño como lo imprevisible: Ramón no tendrá
conectada la Máquina. Habrá que cazar sus sueños.
Sin embargo, antes de darse cuenta de esto, tras la espera inicial, decide probar la Máquina de
los sueños en su esposa. Aparentemente se trata de un experimento inocente porque poco espera
encontrar, o en todo caso muy poco en relación con eso que en realidad va a encontrar en “el
misterioso mundo de los sueños” de su esposa. Ahí “Beatriz tenía una expresión desconocida
para Ramón. Y su cuerpo lucía [...] más joven, y la piel blanca de Beatriz se veía más tersa y su
cabello corto era [...] largo y abundante.” Allí ella es otra, y en ese mundo repleto de otros
hombres, Ramón parece no tener lugar.

1
Hugo Blumenthal © 2007

“Ramón apagó la videograbadora y sacó el casete. Contempló a su esposa y no pudo entender


cómo en ese mismo instante en el que aparecía tan apacible, ella regresaba de un orgasmo
agónico en el vagón desolado de un tren, en una ciudad desconocida.” “Sabía que no podía
juzgar a Beatriz por sus sueños, pero al mismo tiempo pensaba que los sueños eran parte
integral del ser humano y que si Beatriz tenía sueños eróticos con todos los hombres que la
rodeaban, era porque en el fondo lo deseaba, o porque formaban parte de su
realidad.” (subrayado mío)
La Máquina de los Sueños le permitirá a Ramón descubrir un cierto “contenido” para él
insospechado de un significante al cual él había “llenado” con su propia interpretación. Pone en
cuestión, precisamente, una parte de la obligatoria y necesaria “interpretación” que uno puede
hacer de otro. El desengaño es aparentemente más terrible por el hecho de que ese otro en este
caso resulta ser la esposa, la cual se supone que él, mejor que nadie, debe conocer. Aunque él
mismo cumple con esa posición siendo aparentemente el mismo para su esposa, la que ignora
esa otra parte “real” de él que son sus sueños.
Por tanto, los sueños muestran sus límites de individualidades incomunicables, donde sólo
existe el “yo”, y el otro no tiene verdadera cabida. Ese es el excedente de la otra realidad, lo que
excluye autísticamente (y no se dice en la propaganda de la Máquina de los Sueños y no es
pensado inicialmente por Ramón).
El asesinato de la esposa, por parte de Ramón, no debe ser pensado entonces como una simple
causa de los celos por culpa de un sentimiento de posesión. Si tenemos en cuenta el juicio de
valor implícito sobre esa otra de los sueños de su esposa, “[...] suplicante, ansiosa, impúdica y
muy bella”, contrapuesta, o en oposición, a la mujer real “pasiva, silenciosa, tímida”, de una
cierta “superioridad” reconocida en el sueño, sobre la realidad, entonces el asesinato aparece
como un acto de amor, o del mismo tipo de compasión que podría desear para él; pues no otra
cosa quería sino “prolongar su sueño hasta la eternidad”, prolongando (creyendo prolongar) de
esa forma a la otra que está en ese otro mundo que son los sueños de su esposa. Y en ese preciso
momento “en ese último instante, entre la vida y la muerte, Ramón Montoya vio por primera vez
su imagen en un sueño de Beatriz, se vio a sí mismo (?!) besándola en los labios, en los pezones
de los senos y luego entrando en el cuerpo inerte de su esposa, hasta que la imagen se extinguió
en el monitor y Ramón Montoya supo que Beatriz se había quedado en el sueño para siempre.”
Saber imaginario, mientras él queda, permanece cautivo de una triste realidad, abandonado,
excluido de momento de la aparente plenitud de los sueños pero aún con la posibilidad de soñar.

Hugo Blumenthal
Cali, 1998

Related Interests