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John Wynberg © 1994

EL RAPTO

La alarma de la estación de bomberos anunció las doce. Un hombre esperaba. Había seguido
a Kelly cada día, por dos semanas, cada vez que ella salía del colegio, y ahora esperaba,
sentado en el anden, el momento en qué ella se acercaría. “Si está despidiéndose de las
compañeras”, pensó, “no tardará en avanzar dos cuadras, comprar un helado, atravesar la
autopista y encontrarse conmigo”. Pero si él no estuviera allí, ella continuaría caminando seis
cuadras por cualquiera de las rutas que tomaba para llegar a casa, sin enterarse de que él
existía.

La primera vez, ambos distraídos, chocaron de frente, manchando sus ropas con helado de
fresa. Ella, sin decir nada, se puso furiosa y se alejó con pasos rápidos, casi corriendo. El
hombre recordó el breve contacto, las piernas medio ocultas por la falda de colegiala.
Demasiado delgada, el cabello castaño oscuro parecía que lo hubiera teñido hace tiempo.
Definitivamente no era del tipo de mujeres que aparecen en portadas de revista. “Y es una
niña”, se repitió varias veces. Por eso nunca sería aceptado. Quizá tuviera doce o trece años.
Él se estaba acercando a los treinta. ¿Qué dirían los padres? Imposible, pero inflamaba su
deseo. Tendría que ser suya, aunque fuera por un par de días, para que los años de soledad
quedaran olvidados. Perdido el trabajo, se estaba hundiendo en la depresión y nada más
importaba. ¿Por qué no raptarla al mundo infantil para enseñarle el dolor y el placer?

En su reloj, las manecillas dieron las doce y quince. A medida que la imagen se ampliaba
pudo distinguir una blusa blanca y la falda de cuadros azules con verde. Como si de nuevo
fuera a ser censurado por un helado, tuvo miedo. ¿Cómo violentarla? ¿Sería capaz? Le
temblaban los pies. Se agazapó detrás de la puerta del garage, al que daba su apartamento,
deseando que pasara lo más cerca posible. Pero cuando estuvo al frente, pasando como un
relámpago, creyó que ya era demasiado tarde. Alargó el brazo y la tomó por el hombro,
haciendo que se girase a mirarlo. Y sin esperar una palabra se abalanzó, golpeándole el
estómago y alzándola como a una niña, ya que aun con la maleta era liviana.
En dos zancadas estuvieron en el apartamento. Ella se debatió como un animal
desesperado hasta que él le puso el pañuelo con cloroformo en la nariz.
–¿Cómo pude olvidar el pañuelo? –maldijo.
Las cosas no salieron como había planeado. Recordó el helado en el andén y salió a
recogerlo, mirando a toda parte, en busca de alguien que estuviera observando.
Al regresar, admiró las piernas delgadas, ligeramente musculosas, suaves y cálidas al
tacto. Le arregló la falda a la niña y la organizó para que pareciera dormir por voluntad
propia. Llevó una silla del comedor a la pieza y, sudando, fue a la cocina para mirar el
termómetro pegado en la puerta de la nevera.
–¡Veintiocho grados! Es natural, no son mis nervios.
Se quitó la ropa y volvió al cuarto. Todavía temblaba.

Un cuaderno de Historia, con letra torcida y dispareja, decía ser propiedad de Patricia
González. Los demás poseían la manuscrita impecable de Kelly Roisé, estudiante de séptimo
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de El Sagrado Redentor. En las últimas hojas abundaban notas sin sentido, números de
teléfono, corazones rotos y diversos muñequitos. Además encontró en el maletín libros de
texto, lapiceros, lápices, un borrador, un sacapuntas y varias escuadras. Pero nada más
personal. Ni un colorete o espejo. Ni una toalla higiénica.
Se acercó a la cama y la miró detenidamente, apartando los cabellos desordenados que
cubrían parte del rostro y que llegaban más abajo de los pechos. No iba maquillada. Ni lápiz
de labios, ni polvo facial. El puente de la nariz que separaba las gruesas cejas albergaba la
pelucilla que la cubría por todo el cuerpo. La frente extensa, la nariz corta inclinada hacia la
izquierda, la boca amplia de labios carnosos, todo en ella le encantaba. La besó y al sentir el
cloroformo fue por una toalla para limpiarla.
Con la primera emisora de música americana al aire volvió al asiento, a un metro de
distancia, para contemplar el cuerpo juvenil de manos delgadas, demasiado pequeñas, y uñas
rosadas. En la blusa, dos manchas de sudor brotaban de las axilas. El promontorio donde se
alzaban los senos era apenas visible y se podía adivinar una cintura estrecha a través del
uniforme que culminaría en caderas aún no desarrolladas. Era perfecta para él. Gozaba con la
visión de las partes expuestas, sin prisa por conocer las que se le ocultaban.
Sacó las tijeras del nochero para cortar una cuerda de las cortinas. Centró a Kelly.
Separándole los pies, ató cada uno en los aros metálicos del borde inferior de la cama.
Levantándole los brazos, los ató en V a los círculos superiores. Apretó las manchas de sudor
y se llevo las manos a la cara. No había ningún mal olor perceptible que lo excitara, pero no
pasaría mucho para que lo hubiera. Entonces sería delicioso. La beso con lujuria, abriendo los
labios con su lengua, y amarró una pañoleta en la boca dormida.

En la nevera había lo suficiente para un bocadillo. No quedaba mucho más y no tenía dinero.
Destapó una Coca Cola y se sentó a almorzar.
Reclinado contra el espaldar de la silla lograba guardar parte de la barriga y parecer
atractivo como en otros tiempos. Su cara conservaba la expresión infantil con barba de cinco
días y arrugas al lado de los ojos vacíos. El cabello a ras y una constitución fuerte siempre se
los había agradecido al ejército. La nariz aguileña y la tez oscura era de lo que no estaba
orgulloso. Medía un metro ochenta, sobrepasando en más de treinta a Kelly.
–Podría ser tu padre. Me hubiera gustado tener una hija así para tirarmela todas las noches
–dijo, mientras terminaba la bebida directamente de la botella.– Vas a ver lo que te enseñará
papito.
Se acercó, dispuesto a explorar el cuerpo atado. Ella también estaba sudando. La camisa
del colegio comenzaba a volverse transparente. Tocó las masas de carne sujetas por un top y
aventuró la mano por la falda, bajo las bragas, donde la piel era más húmeda y resbaladiza.
Restregó la raja infantil sin vello púbico, explorando los labios firmes de la abertura jamas
penetrada y un dedo continuó hasta el culo, donde metió la uña. Después sacó la mano y se la
llevo a la nariz. Le encantaban los olores femeninos, pegajosos y cálidos, tan excitantes.
El pene dio muestras de vida pero no quiso desperdiciarla en un cuerpo inerte. Quería que
ella lo sintiera. Deseaba escuchar que gritaba el dolor de ser penetrada por primera vez y
sentirla arquearse, con las piernas intentando cerrar el paso. Por eso pensó en otras cosas. Por
ejemplo, en que estaría sucediendo en casa de ella, cuales serían las investigaciones de la
policía y las declaraciones de los compañeros de estudio. Se acostó boca arriba, tratando de
calmarse, seguro de que las preocupaciones le darían un poco más de tiempo para
enfrentarlas. Como la posición era incómoda, colocó su cabeza sobre el brazo de Kelly y las
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piernas en una de las de ella.

Kelly despertó al atardecer. Sentía nauseas y deseo de entrar al baño. Las imágenes violentas
del mediodía cayeron desde su memoria al intentar moverse y ser consciente del cuerpo que
dormía a su lado. Trató de esbozar lo que había sucedido. Tenía el gusto a tela en la boca y un
poco de saliva se desplazaba a través de su mejilla izquierda. Volteo la cabeza para limpiarse
y notó el rostro del hombre. Con miedo de observarlo sin que se diera cuenta, regresó su
mirada al techo. Tenía que dominarse. Sino él despertaría de inmediato.
El brazo y la pierna sobre los que él descansaba no los sentía. Movió sus extremidades
derechas para desasirse de las ataduras y logró que la apretaran más. Pero su cuerpo no quedó
tan tenso. “¿Cuanto he crecido mientras tanto?” Intentó sonreír. Nada podía hacer. De alguna
manera le gustaba estar secuestrada para cobrar un rescate. Lamentaba que sus padres se
fueran a preocupar, pero estaba segura de que con ayuda de la policía la rescatarían dentro de
poco o, en el peor de los casos, pagarían y el hombre la dejaría ir. Al fin y al cabo ella era
demasiado joven para gustarle.
Claro que existían los tipos cochinos que la desvestían con los ojos, diciéndole groserías al
pasar. Pero nada sabía de él, así que era mejor no mortificarse. Esperaba que no le interesara.
¿Pero por qué se había acostado desnudo junto a ella? Con deseos de gritar, pensó que no
serviría de nada. En las películas un trapo en la boca era un medio eficaz de mantener a los
cautivos en silencio. ¿Por qué no iba a funcionar? Permaneció inmóvil, sintiendo el sudor que
bajaba por sus brazos y piernas. Miraba la habitación, tratando de no pensar. No quería seguir
pensando, así que se imaginó dando una descripción del lugar.
“La habitación era pequeña y había una cama, una mesita de noche, una silla y un armario
empotrado en la pared. El suelo estaba cubierto por un tapete verde; roído en algunos puntos.
En las paredes, de color blanco azulado, no habían fotos ni cuadros. ¡Ni un cristo! Y al lado
derecho de la cama, más o menos a dos metro, estaba un baño cuya puerta se dividía en dos a
la altura de la mitad y permitía ver el interior cubierto de baldosines blancos sin dibujos, el
papel higiénico verde claro y que había una cortina plástica, también verde, con flores rojas.
Atada a la cama como estaba, bajo mis pies y a la derecha podía ver otra puerta, cerrada...”
Se detuvo. Un dolor opaco llegaba lentamente desde sus miembros oprimidos. Él se movió
y ella permaneció quieta, aguantando la respiración. “Que no se despierte. Que no se
despierte. Todavía no”, decía para sí, cerrando fuerte los ojos.
El hombre giró hasta quedar de lado, frente a ella, mirándola con incredulidad. ¿Cuanto
tiempo había dormido? ¿A que hora despertó ella? Se apoyó en su brazo derecho para
observarla mejor y Kelly comenzó a gritar.
–¡Auxilio! ¡Ayúdenme!
Sonidos ahogados, bajos y graves salieron a flote. Histérica, se movió en convulsiones
furiosas, haciéndose daño en las muñecas y tobillos. Él se arrojó sobre ella, sujetándole la
boca con ambas manos.
–Quédate quietecita y no te pasara nada malo –le susurró al oído.– No quiero hacerte daño.
Kelly siguió debatiéndose. El cuerpo sobre el suyo la mantenía prácticamente inmóvil.
Agotada por el esfuerzo, dejó de resistirse. ¡Todo con el fin de que él se bajara! Tenía miedo
de excitarlo.
–No entiendo. ¿No gritaras más?
Ella se demoro en comprender la pregunta y movió la cabeza en señal aprobatoria,
dudando de lo que haría.
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–Confiaré en ti, cariño. Más te vale no hacerme una mala jugada.


Kelly pensaba gritar con todas sus fuerzas cuando le quitara la pañoleta y temía no ser
capaz. Su garganta, dominada por el miedo, apenas podía articular algunas palabras.
–¿Qué quiere de mi? ¿Por qué me secuestró? Yo no le he hecho nada. Déjeme ir, por favor,
y no le diré a nadie.
–Tranquilízate. No te voy a hacer nada malo. Sólo quería conocerte. Tenerte a mi lado por
un rato. Tu me gustas. Eres una niña muy atractiva. ¿No te gustaría ser mi novia? Te puedo
enseñar muchas cosas y no tendrás que ir al colegio; ni hacer nada de lo que te obligan papá y
mamá.
–Quiero irme. Deje que me vaya. Yo no le he hecho nada malo. Suélteme, por favor.
–¡Maldita sea! ¿No me estas escuchando? ¡Deja de decir estupideces! –Probó calmarse y
mostrarse lógico.– Nadie te va a echar la culpa de lo que suceda. Y puedes pasarlo bien o mal,
según como quieras. Todo depende de que seas una niña complaciente conmigo.
–¿Por qué yo? Usted no me conoce. No sabe quien soy.
–Sí, Kelly. Lo suficiente como para saber que me gustas. Te he venido...
Para Kelly, él estaba loco. Lo mejor era seguirle la corriente. Quizá al final no le hiciera
nada. Podía ser sólo un tipo que se sentía solitario y quería conversar con una chica. Si, serían
cosas como esas, se dijo para tranquilizarse. No parecía aconsejable demostrar miedo ni
hacerlo enfurecer.
–...si te portas bien, podré desatarte.
Las palabras no le importaban. Sólo las acciones. Pero al final fue como si hubiera visto
una tabla en el mar, acabando de naufragar en medio de la tormenta. No le importaba lo que
él había dicho antes. Unicamente deseaba nadar hasta un punto seguro.
–Está bien, haré lo que desee. Pero prometa que no me hará daño. Podremos ser amigos
pero no me haga nada malo.
La voz se le iba al comenzar cada frase y el hombre que la miraba apenas podía entender.
Aburrido de intentarlo, pensó en ponerle de nuevo la pañoleta. Sin embargo le dijo “Así me
gusta” y comenzó a desatarla.
Lo primero que ella hizo fue unir sumisamente los pies, sintiendo desvanecerse en la
pelvis el entumecimiento debido a la prolongada separación. Su corazón latió de prisa,
esperando la libertad, sin permitirle definir lo que haría entonces. La primera mano se la llevo
a la cara, por instinto, para apartar el cabello que le cubría los ojos e hizo una mueca para
sacar uno de su boca. Así, cuando el hombre se levantó y dio la vuelta para desamarrar la otra
mano, ella pudo dirigir una mirada fascinada y temerosa al sexo de él. El pene le pareció
bastante grueso y del largo de una mano. Apartó la mirada y se incorporó. Tenía ganas de
sacarse la parte de las bragas que se le había enterrado en el culo. ¿Por qué él estaba
desnudo? No parecía excitado, ¿pero por qué se había quitado la ropa?
–Bueno, eres libre. Ahora quítate el uniforme. Me encantaría observar esa figura que
tienes.
Kelly se puso pálida.
–¿Puedo ir al baño?
–¿Qué vas a hacer?
Se quedó mirándolo. Esas cosas no se preguntaban. Pero como él no daba muestras de
comprender, confesó que tenía que orinar.
–Deja la puerta abierta.
De inmediato se deslizó por el lado contrario y caminó hasta el baño, sintiendo sus piernas
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tan consistentes como un flan. Creyó que iba desmayarse. ¿Qué se sentiría? Si era un
profundo sueño instantáneo, no deseaba experimentarlo allí. Quería estar presente a cada
momento. El suelo del baño, unos centímetros sobre la alfombra, la hizo tropezar. Y por
fijarse que en la ducha el desnivel desaparecía, resbaló.
–¡Estos zapatos! –juró, inclinándose sobre el inodoro.
La taza no tenía tapa ni la parte para sentarse. Era mortificante. Metiendo las manos en la
falda, se bajó las bragas hasta cerca de las rodillas para que no se notaran. Se sentó en los
fríos bordes, resbaló hacía el interior y quedó incrustada por su trasero. Miró la puerta,
temiendo que él se acercara. Estaba confundida. Dentro de poco tendría que desnudarse
frente a él. ¿Y luego qué? El se lanzaría sobre ella y la violaría. ¿Para que más le iba a pedir
semejante cosa?
–Dios mío, ayúdame –suplicó.
Su voz era un susurro apenas perceptible. No podía orinar. Bañada en sudor, temblaba y
tenía frío. La parte superior de la puerta estaba dentro del baño pero no podía ver la perilla de
la de afuera. ¿Cómo cerrar? Sin levantarse las bragas, se abalanzó sobre la puerta inferior. La
empujo hacía adentro y cerró la otra parte. Poniendo el pasador sus manos temblaban. Parecía
que se demoraba una eternidad, aunque hundir el seguro en la parte de arriba era más fácil. Se
subió las bragas y se recostó contra la puerta. Ya creía sentir la presión de él para derribarla.
El hombre en la cama volteo a mirar lentamente. Pasaron treinta segundos antes de darse
cuenta de lo sucedido. Nunca pensó que ella fuera capaz. Alcanzó el equipo de sonido. Con
todo el volumen, aun no le pareció suficiente para cubrir los gritos de una niña asustada y se
llenó de pánico. ¿Donde tenía la maldita llave del baño?
La música desconcertó a Kelly. Tanto que al comprender, las llaves del apartamento (que
no eran más de cuatro) ya habían sido encontradas dentro de un pocillo, en el mismo lugar
donde se guardaban las medias y calzoncillos.
–¡Aaaaahhhh! ¡Auxilio! ¡Me van a violar! –gritaba con todas la fuerza que podía
concentrar en su voz mientras se apoyaba contra la puerta, un dedo en el seguro, la otra mano
en el pasador, temerosa de lo que él haría si la agarraba.
El hombre introdujo una llave equivocada. “¡Maldición, esta gran puta no es!” Ensayó la
próxima y acertó, pero la puerta siguió sin abrir por más presión que ejerciera. Descargó su
peso en la sólida puerta. Kelly seguía gritando. No tenía sentido razonar con ella. Todo el
edificio estaría escuchándola. Los del piso de arriba ya habrían llamado a la policía. Deseaba
matarla. Fue a la cocina por un cuchillo e introdujo el filo por el resquicio entre la puerta y el
marco, tratando de forzar el seguro. Cuando cesó la música sintió la victoria. Tomó impulso y
empujó. El brazo derecho entró en el espacio conseguido. La rabia le permitió aguantar las
débiles mordidas. Ella no iba a conseguir quedarse allí. Dio con el cuello, apretó y Kelly, sin
aire, se dejo caer, tratando de respirar. Una mano la agarró del cabello y otra abrió la puerta
superior; y ambas la levantaron y la atrajeron hacia el hombre.
Al ser arrastrada, el borde de la puerta cerrada le raspó las piernas. Pero no pudo articular
ni un grito de dolor. Era una muñeca: pesada y sin vida. La presión y el dolor hicieron que
volviera sus sentidos a las piernas, por donde corría un liquido. Estaba orinando. No podía
evitarlo. Se dejo llevar hasta la mesa del comedor y el olor del cloroformo inundó su cerebro.

Por la estupidez cometida era tanto el enfado que no se dio cuenta de la falta de resistencia de
Kelly hasta que la arrojó en la cama para ir a bajar el volumen a la radio. El locutor
aumentaba su odio por la humanidad. Ya en nadie se podía confiar. El calor acrecentaba su
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irritación. El sudor le bajaba por la frente y detrás de las orejas. En el baño, el agua fría de la
ducha ayudó a calmarlo. Paso una mano por su entrepierna y la llevo a la boca de Kelly para
limpiar el cloroformo.
–Si tengo que volver a drogarla, quedara tonta. –comentó.
No sabía por donde comenzar. Trataba de dominar el deseo para disfrutar más tiempo del
placer de tocarla. Se inclino, sentándose en la cama, y coloco los pies de ella sobre sus
rodillas. Desamarró los cordones de los zapatos azules bien lustrados y quitó las medias
blancas. Los pies parecían grandes y poco sensuales. Los dedos eran largos y el dedo gordo
era menor que el siguiente. Chupó uno, esperando el sabor a talco. Pero no había ningún
sabor. Sólo un difuso olor, como el del las axilas, que no era desagradable.
Su lengua siguió el rumbo de la pierna hasta el sabor de los orines. Sus manos pasaron por
debajo de la falda, apretando los muslos mojados. Su tacto se deslizaba en la humedad,
sintiendo los diminutos vellos donde la piel era más suave y los músculos delicados.
Inflamado de deseo, desabrochó lo botones que se cerraban en la cintura, bajó la cremallera y
se tiró sobre Kelly.
Las manos se posaron en los pechos vírgenes y apenas pudieron sentir sus contornos.
Introdujo la lengua en la boca semiabierta mientras buscaba los botones de la blusa; pero
terminó jalando y los últimos saltaron. Entonces se retiró a contemplar la cintura estrecha, el
vientre liso, la bolita de carne que tapaba un ombligo del diámetro de su dedo meñique, y,
más arriba, las huellas sobre la piel de las costillas ocultas.
El top blanco, ajustado y sin encajes sería un fastidio quitárselo, así como el resto de la
ropa. Encontró el cuchillo donde lo había dejado caer y llevó el filo a la sedosa piel, guiando
la punta al centro de la prenda e ignorando la tentación de ver brotar la sangre.
Sin tocar los pechos descubiertos la hizo girar, dejándola boca abajo, y corto el uniforme
en jirones. Juntando las manos casi podía abarcar la espalda. Se deleitó con el trasero que se
levantaba natural, armonizando con la curva que la delineaba de lado. Las nalgas eran globos
suaves y bien torneados. Las bragas blancas, casi transparentes, no mostraban ninguna zona
oscura. Cortando la ajustada prenda su verga se alzaba, exigiendo la penetración.
Volvió a voltearla y le abrió las piernas para contemplar el pubis impúber. La piel era la
más tersa que hubiera tocado. Con el índice sintió la presión que ejercían los labios. La
entrada no sería fácil. Se tomó la verga, la dirigió al coño que trataba de abrir con la otra
mano y se dejo caer.
Bajó su mirada sólo entró el glande. Empujó con fuerza y cogió los labios, introduciendo
los dedos en la sangre, para abrir más. Lo hacía con tanta rabia que podía romperlos. Juntó
sus glúteos, dejo caer la pelvis hasta chocar contra la de ella y permaneció otro momento en
el tibio sexo. Apoyando los codos en la cama se limpió las manos en el sudor de los sobacos
de ella.
–¡Así te gusta, puta! ¡Putita mía! ¡Siéntelo! ¡Siéntelo! –gemía mientras sacaba la verga y
volvía a introducirla con violencia, rápidamente.
De chupar la boca y el rostro pasó a los círculos de canela oscura que formaban los
pezones. Los hizo girar en su boca. Lamió las tetas desde la base hasta la punta, mordiendo
leve y ocasionalmente. Y en el interior de la vagina terminó su ira, transportada por un chorro
de semen.
Volvió a dejarse caer sobre el cuerpo femenino y siguió atragantándose con los senos
mientras se decidía a salir del recinto sagrado. Un siglo después se incorporó con la verga
encogida, bañada por la sangre. Una manchita roja se extendía desde el sexo violado.
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Fue y se lavó con jabón, mojó una punta de la toalla y regresó a limpiar los destrozos,
depositando saliva en el clítoris como una oración para pedir perdón al himen roto. Retiró la
sábana, tirándola en un rincón junto a la toalla, y acarició a Kelly con ternura. Le pertenecía
más que nunca porque era el primer hombre en conocerla.
–Una de las cosas que ellas nunca olvidan –sentenció.– Lástima que estuviera dormida.

La habitación se encontraba a oscuras. No podía distinguir nada por el cansancio. Tenía frío y
gotas de sudor, como lágrimas, le bajaban por entre las piernas. “Quizá esté enferma”, pensó.
La vagina le dolía. Le ardía y sentía que adentro todo estaba deshecho. Sin embargo no se
alteró al pensar que había sido violada. Alguna vez tenía que perder la virginidad y era mejor
que hubiera sucedido sin sentirlo. Siempre había tenido miedo al dolor que representaba, aun
cuando estaba segura de que ella misma ya había rasgado su himen.
Los sentimientos desfilaban dentro, repitiéndose como caballos en un carrusel. Se sentía
sucia, satisfecha, sin valor, consciente de todo el universo, de su vida, inferior a una
prostituta, feliz y triste. Y se mantenía quieta, tratando de pensar, incapaz de intentar un
movimiento. Las sábanas se le pegaban a la piel. Las ataduras estaban tan tensas como la
primera vez. Intuía la presencia de David (le había colocado ese nombre porque, incapaz de
preguntarselo, creía que de hacerlo recibiría uno falso). No se atrevía a mirarlo. No lo odiaba.
Había trocado sus sentimientos en una lastima sutil por compartir la suciedad del pecado que
él cometió en su cuerpo. ¿Se había acostumbrado a estar atada? ¿Quería permanecer así,
esperando que la volviera a violar? No, pero tampoco le importaba demasiado. A ella nadie la
quería. Nadie la necesitaba tanto como el hombre a su lado.
Trató de adivinar la hora para pasar el tiempo. La habitación se inundaba de luz. El
amanecer se filtraba por las cortinas. En el rostro de David Podía notar los pelillos rubios de
la barba, las cejas y la nariz. Le parecía atractivo pero no acababa de gustarle la forma de la
nariz. Sin embargo cosas como esa nunca importaban demasiado. Si los hechos no hubieran
ocurrido como sucedieron, quizá le habría gustado salir con él al cine y permitirle en la sala
oscura que la besara mientras una mano (siempre aquellos animales perversos y juguetones)
exploraba bajo la blusa o falda.
Las cosas hubieran podido ser más suaves. ¿Pero no terminarían llegando a lo mismo? La
idea de que tenían que ocurrir así le dio un descanso. Su padre nunca le permitiría salir con
un tipo como ese. ¡A duras penas lograba que la dejaran ir a un baile con varias amigas! Los
chicos no se fijaban en ella, pero eso no la molestaba. Al menos trataba de creerselo. No era
la más hermosa del salón, pero a su manera resultaba atractiva y eran unos tontos los que no
se daban cuenta.
Había descubierto el placer de la masturbación un año atrás, poco antes de la primera
menstruación. Desde entonces lo hacía pensando en un hombre mayor o no pensaba en
ninguno. Que uno de sus compañeros o un joven de su edad le hiciera tales cosas le parecía
escandaloso y sumamente improbable.
Recordaba que empezó como un juego de baño para ver cómo estaban creciendo sus senos
y que sentiría cuando un hombre se los tocara y penetrara su rajita. Al poco tiempo vino la
sangre y se asustó creyendo que la había causado; que era un castigo divino por tocarse con
tan malos pensamientos. Y es que mamá apenas llego a mencionar la menstruación, si es que
alguna vez se sentaban a hablar de “cosas de mujeres”; convencida de que las niñas aprendían
eso por sí mismas y que no había que explicar cosas innecesarias antes de tiempo. Y entre
compañeras, por entonces, ni siquiera se mencionaba el asunto.
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Ahora se entregaba cada vez más al placer solitario, aun sin deshacerse del sentimiento de
culpabilidad por estar haciendo algo pecaminoso. ¡Y ahora tenía que pasar lo de David,
contra sus deseos! ¡Pero que tonta había sido! Al pensar en el episodio del baño la sofocada la
vergüenza. ¿Como habría reaccionado él si se le hubiera entregado dócilmente? ¿Y si le
pidiera que la dejara vivir con él? ¿O que le volviera a hacer el amor, esta vez despierta? Pero
nunca sería capaz de admitirlo ante él, ni ante nadie.
Pensó que él podría pensar que era una mujerzuela, pues no le parecía natural que una
mujer a su edad quisiera entregarse a un hombre. Por eso no podía quedarse quieta. No podía
permitir que él volviera a abusar de su cuerpo, aunque lo deseara. ¿Por qué? Porque no estaba
bien. Eso era todo.
Sus miembros se negaban a moverse. Todo consistía en no parar de desearlo. Lo sabía. Se
contrajo y juntó los dedos de las manos para que los nudos se deslizaran. No había espacio
suficiente. Tratar de liberar los pies sería más complicado. ¿Y de que serviría? Podría
sentarse. ¡Que consuelo! Se estiró, tratando de agarrar las cuerdas y logró una. Sujetándose a
ella hasta alcanzar el nudo en el barrote de la cama, intento imaginar su forma. ¿Cuantos
segundos le quedaba? El tiempo se deslizaba tan rápido por su cabeza que no le sorprendió
notar a David intentando salir de un oscuro sueño con palabras inteligibles.
–Quizá no este bien. –dijo, refiriéndose al estado de la cabeza.
Al sentir que él la miraba dejo caer el nudo y cerró los ojos.
–Sé lo que intentas. No te hagas la bella durmiente.
Kelly abrió los párpados, manteniéndolos bajos.
–¿Que pasa? ¿Ya no te gusto?
–Nada.
–¿Qué?
–No pasa nada.
David miró de arriba a abajo la desnudez de Kelly. Ella se puso roja, odiándolo por un
segundo, hasta que su rostro fue acariciado.
–Eres demasiado hermosa para avergonzarte. Te he admirado lo suficiente como para
pintarte de memoria.
La mano bajó por su cuello y descansó sobre uno de sus pechos. Su rostro transpiraba y
ardía. Trató de moverse, olvidando sus ataduras.
–Tienes unas tetas muy lindas. Cuando crezcan serán la perdición de los chicos de tu
colegio. ¿Te los acaricias en las noches?
Permaneció en silencio. Se estaba comportando como una tonta y no encontraba que decir.
–Deberías hacerlo –continuo David, sin esperar respuesta. –Así ayudaras a que se
desarrollen más rápido.
David dudó un instante y apartó la mano.
–¿Por qué no has gritado cuando despertaste?
Ella no sabía. No se había dado cuenta de que podía gritar. Y si lo hubiera considerado, lo
habría descartado sin saber por qué. No deseaba gritar. Prefería morir a ser salvada por un
extraño que irrumpiera en el apartamento y la viera desnuda y atada a una cama.
–A pesar de todo eres una buena chica. ¿Yo no te gusto?
–No.
–Mírame a los ojos.
Levantó la mirada, la sostuvo con toda su voluntad y volvió a bajarla cuando sintió la
mano sobre sus piernas. Por una reacción involuntaria trato de cerrarlas. Luego cesó en el
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intento, permitiendo que subiera hasta el sexo descubierto y se depositara en él. David,
atento, notó como cerraba los ojos y tragaba saliva cuando uno de sus dedos se internó en los
labios del coño, que se contraían, chupándolo con miedo e ignorancia. Adentro era húmeda,
cálida y sedosa. Kelly sudaba en exceso, como nunca antes lo había hecho.
Sacando el dedo, David colocó su boca en el monte de Venus. Depositó un beso, metiendo
la lengua en aquella otra boca. El dedo, tan húmedo que no le costaba traspasar un
minúsculo orificio, exploró las paredes del recto de Kelly como un prisionero en la oscuridad.
El dolor provocado por la intrusión inexperta fue velado por una oleada de placer que iba a
dar contra la rajita, rancia y dulzona para cualquier gusto. Kelly se arqueaba por el placer y el
temor de ser agredida. Su interior se derretía, se hacía liquido. Y se preguntó si había orinado
en la boca de David. Una vez más, trató de liberarse de las ataduras, con más desesperación
que raciocinio. Él le clavaba la lengua, resuelto, sin darse descanso para respirar otro aire.
Subía desde la base al clítoris, penetrando lo más que podía, intentado meterse en la grieta
inundada para ahogarse en líquidos cristalinos. El dedo índice en el ano permanecía enterrado
hasta la raíz. La otra mano le pellizcaba los glúteos y ayudaba a levantar la pelvis hacía la
lengua.
David mantuvo la intensidad de los movimientos hasta sentir a Kelly teniendo el primer
gran orgasmo de su vida. Satisfecho, enterró de golpe toda la longitud del pene en el coño
rubí y el grito fue apagado por sus labios, que cayeron sobre los de ella. Para Kelly el dolor
de la súbita penetración de un objeto tan grande en el coño no acostumbrado fue tan fuerte
como la primera vez que intentó con una zanahoria. Pero entonces se detuvo al notar trazos
de sangre en la hortaliza, fue a lavarla y se la comió en la cama. Ahora no podía detener el
daño. Las manos de David se aferraban como garras a sus pechitos, estrujando con rabia y
anhelo. Bajaban a las axilas, donde se detenían a sobar la piel desnuda de vellos, y regresaban
a los montecillos para que los dedos segaran sin compasión las cimas. Ya no tenía el control;
lo que le parecía más excitante en cuanto más miedo la llenaba por el dolor que él, quizá sin
ser consciente, le infligía.
La sensación de perdida y vacío desaparecía cuando él se hundía en ella. Entonces se
sentía colmada. La carne rellenaba su hoyo, llegando a tocar la boca del útero. De las clases
de educación sexual: “el coito es el ayuntamiento sexual entre hombre y mujer mediante la
penetración del pene en la vagina”. Pero si el pene era demasiado grande, ¿llegaba hasta el
útero? Parecía interesante. Quizá utilizara la pregunta en la próxima. En el colegio el sexo
parecía un juego serio: divertido si se le ponía malicia. Pero aquello era real (lo estaba
sintiendo) y más de lo que hubiera podido expresar; lo que no le había dejado intuir ningún
libro de texto. La primera impresión era el dolor, desconociendo el papel del placer. “¿Porque
conocemos el dolor antes que el placer?”. Sólo estaba segura de que sus pechos ardían al
contacto de las rudas manos. Nunca hubiera creído que sentiría placer ante tanta violencia
sobre su cuerpo. Antes, lo más salvaje que había soportado eran los castigos de su padre. Una
vez trató de encontrar placer en los golpes del cuero sobre sus nalgas y piernas, él se dio
cuenta y casi la mata a correazos.
Regresando al presente, el placer recorrió su cuerpo como un molusco. Apenas sentía la
lengua extraña sumergida en una mezcla de salivas en su boca abierta. Las babas resbalaban
por su barbilla, hasta el cuello. Desaparecido el asco, ni había pensado que el dedo extraído
de su culo estuviera cubierto de mierda o que el coño oliera mal a su lamedor. La punta de sus
pezones era insoportable. No los podía aguantar. Estaba cerca al limite, abandonados los
sentidos para dejarse arrastrar por el placer interior, como en la primera mamada. No era a
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ella a quien estaban violando porque como ser humano no existía. Sólo era coño, tetas, axilas
y las partes de manos y piernas donde sentía la presión de la soga que le impedía tocar a
David. Desde la lengua en su sexo había deseado empujarlo más adentro, arañar sus glúteos
ambarinos, clavar las uñas en la piel y enrollarlo con los pies para no permitirle salir; y
apenas podía subir la pelvis para adelantar la embestida.
David caía contra su vientre, aplastando los vellos en su raja desnuda. Acrecentaba la
violencia, la hacía regular y retornaba con nuevas energías, llevándola a la desesperación.
Regresó al dolor desagradable. La raja, inundada por un mar, volvió a ser presa del simple
dolor. Aguantó sin pronunciar queja alguna, esperando saciar el deseo masculino que no
había terminado de encontrar placer en su cuerpo, consciente de sus movimientos frenéticos y
grotescos como si no tuvieran que ver con ella.
Frescos chorros de un liquido espeso cayeron en las profundidades de su vientre. Cada uno
por separado, se unieron formándole un charco. Los movimientos exaltados cesaron. David
yació sobre Kelly, las manos sobre los brazos de ella. Kelly deseaba permanecer en esa
posición, inerte por varios días, mientras no tuviera ánimos de realizar el más mínimo
movimiento que demostrara vida. Entre la piel extraña y la suya, una capa de sudor permitía
que se pudieran deslizar, para abandonarse sin desearlo. Él cayo a su lado. Siguió sintiendo
como las gotas de sudor (suyo y de él, mezclados formando uno solo) bajaban por su
estómago, cuello, senos y piernas. La superficie de su rostro estaba fría como la de un
desierto en la noche. Y no únicamente por el sudor seco. Allí también estaba la saliva de
ambos; que la hacía sentirse más cochina y feliz. “¿Qué diría papá si pudiera verme ahora?”
Sonrió, cerró los ojos y se dejó estar. No tenía deseos de empezar una conversación. Tampoco
esperaba escuchar nada de David. Una palabra le hubiera parecido la cosa más extraña.
Hubiera tenido que pensar varios años para encontrarle significado.
Satisfecha, adormilada y sin ninguna preocupación por el placer que compartió con su
secuestrador, terminó de sudar el acto. La respiración entrecortada y palpitante se calmó
luego. Ella no tenía la culpa. Lo menos que merecía era gozar un poco, esperando el menor
dolor posible, mientras la rescataban. Segura de que por algún medio regresaría a la vida de
colegio, con sus padres y la certidumbre de que nunca existió un David, sabía que, de
momento, estaba en un mundo diferente. Y sí no podía imaginar el modo, al menos estaba
convencida de que nada quedaría que la hiciera diferente a las demás chicas de su edad. Ella
volvería a ser la misma estudiante indisciplinada en clase y soportable en familia, que se
masturbaba dos o tres veces por semana en un cuarto de paredes rosadas.

Para David el primer mundo, el del trabajo, reuniones sociales, fiestas de cumpleaños,
conversaciones en familia, donde vivía la gente normal, de donde había raptado a Kelly,
apenas había sido vislumbrado alguna vez por sus ojos y sabía que nunca sería aceptado en
él. El otro, el que le había tocado vivir, era el de la soledad y el resentimiento por no ser nadie
importante. En este último era casi un dios. “Casi” porque debía regir su comportamiento de
manera tal que no lo descubrieran. “Casi” porque dentro de poco vendría la policía y no
estaba en su poder el detenerlos. Se había equivocado al raptar a una niña. Tendría que pagar
por ello. Pero le fascinaba ser dueño de una vida. Su prisionera le pertenecía.
¿Qué sucedería cuando los acontecimientos previstos llegaran hasta ellos? ¿Podría
soportar una vida en prisión? “Primero me mataría”, determinó. ¿Pero qué sucedería con
Kelly? ¿Qué haría con ella? No lo tenía planeado. En cualquier caso poco podía importar
después de que estuviera muerto. La humillaría, le enseñaría a quien pertenecía. Estaba
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decidido a no ceder ante la ternura por la niña a la que un había hecho gozar y de quien había
gozado. Él había tenido que tomar su parte de placer. Era todo. Nunca lo habría conseguido
de no forzarla. Y por eso ella no merecía compartirlo. Si hubiera aceptado desde un
principio... Pero no fue así. Tuvo que Raptarla. Poner en juego su vida. No, ella sólo merecía
el dolor que sufrió cuando había deseado tener a alguien que lo escuchara y lo amara. Ella era
la mejor representación de todas las mujeres que alguna vez jugaron con él hasta
abandonarlo, que le echaron en cara cantidad de defectos que no poseía, que ni siquiera se
habían fijado en su apariencia y que habían gustado de él y luego dijeron que no querían
volverlo a ver. ¡En el fondo todas eran unas putas a las que había que pegar y forzar!
Entonces gozaban, se entregaban por completo. Había que saber como dominarlas. Kelly era
la mejor prueba.
“Maldita puta”, pensó, esbozando una sonrisa de satisfacción. Él había encontrado una
manera de gozar en la vida. Lastima que no la había planeado mejor. A tiempo de escapar,
estaba convencido de que lo atraparían al cabo de unas horas o de unos días. Prefería no
intentarlo. Esperaría al destino gozando de su poder. Convertirse en un violador que recorría
las calles al acecho de la presa del día tampoco lo tentaba. Ser un criminal buscado por la
policía, mucho menos. Había que aceptar que se encontraba en lo suyo. Nadie podría decir
que fue un cobarde que no supo lo que deseaba. Había obtenido lo que quería y no lo
abandonaría.
Con asco, escuchó como se regulaba la respiración de Kelly. Cuando se imagino
violándola no consideró la posibilidad de que ella pudiera gozar al mismo tiempo. Cuando le
dijo que gozaría y aprendería, pensaba en su goce y en que las lecciones ella las aprendería
con sangre y dolor. Las palabras no eran más que para ganársela y no hacer todo tan difícil.
Pero no podía aceptar que se la hubiera ganado tanto como para que ella gozara. Había
deseado gritos, vergüenza y odio. Y lo que acababa de hacer... Que estuviera atada no ayudo a
que fuera diferente. Había visto películas en que algunas personas ataban a sus amantes para
hacerles el amor. Y eso era, más o menos, lo que habían hecho. La palabra no cesaba de
repetirse en su cabeza. No podía comprender por qué terminaron haciendo el amor como dos
amantes más. Menos entendía como él se había dejado llevar por la ternura en algunos
momentos. ¡Si no servía de nada! Su padre siempre lo decía: “Al final, las mujeres siempre te
dan una patada en las pelotas y la espalda sin un adiós”. Sólo tenía que dejarla libre. Puede
que ella deseara permanecer a su lado por unos días (tiempo con el cual no contaba, pero
tampoco tenía importancia) y luego lo abandonaría. O lo mataría al primer descuido. “Así son
las mujeres: ¡Unas putas malagradecidas!”
Se levantó de la cama sin mirar a la exhausta Kelly. ¿Cómo hacerla pagar? La pregunta iba
y venía. La haría llorar, estremecerse de dolor y miedo. Haría que le rogara un segundo de
paz y se lo negaría. ¿Pero cómo? La verga colgaba y no estaba seguro de poder utilizarla lo
suficiente como para alcanzar los fines que anhelaba. Tenía que ser otra cosa. Caminó por la
habitación, dando vueltas; se acercaba a la ventana, miraba a través de la cortina y regresaba.
Una escoba le parecía demasiado. No había que exagerar de golpe. Fue y abrió la nevera.
Los pepinos eran en exceso grandes como para caber en un coño. Ni siquiera en su boca
cabrían. Y las zanahorias no eran lo suficientemente largas. Tenía que ser otra cosa. Encontró
tres salchichas. La mantequilla parecía una buena ayuda. ¿Valía la pena seguir adelante? El
trabajo de quitar las envolturas plásticas hizo que se lo preguntara. Lo que iba a hacer no
tenía sentido. ¿Para qué cuando ya se había ganado la confianza de la chica y podría gozar de
ella casi que con su consentimiento? ¿Pero quien podía asegurar que ella no gozaría de su
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idea? Se sentía impulsado hacerlo. Los motivos eran contradictorios y difusos.

Kelly abrió los ojos cuando David se levantó y lo miró de reojo dar vueltas por la habitación.
El pensamiento de que estaba molesto la turbó. ¿Había hecho algo mal? Trató de recordar. No
estaba segura de nada de lo sucedido. ¿Acaso se dio cuenta de su alejamiento en algunos
instantes, mientras el acto ocurría? Sintiéndose culpable, pensó la manera de pedir perdón,
prometiendo que la próxima vez mostraría sólo placer y participaría de buena gana en los
actos a los que él la obligara. Por eso al verlo regresar le regaló una sonrisa, sin comprender.
Cuando intuyó las intenciones se volvió temerosa. ¿Que sentiría? ¿Podía soportar otro cuerpo
extraño por más tiempo? No sabía. Nunca se había masturbado dos veces seguidas, aunque se
lo propusiera antes de empezar. Una vez que terminaba, el acto perdía sentido y sólo deseaba
permanecer inmóvil hasta el siguiente día.
–¿Estas bien? –le preguntó David.
–Sí –respondió, abandonando sus pensamientos.– ¿Qué va a hacer?
–¿Nunca te has metido una salchicha?
–No –mintió.
–Prueba estas. Son deliciosas.
–¿Puedo ir al baño? Creo que tengo que ir.
–¿Vas a cagar?
–No intentaré escapar. Si quiere, puede acompañarme y esperar junto a la puerta.
–No será necesario. Con el culo lleno gozaras más.
–¿No podríamos dejarlo para más tarde? De verdad, estoy muy cansada y necesito ir al
baño.
–Lo siento, niña.
Se calló. Le molestaba que la llamaran niña. Además tenía que admitir que aun le tenía
miedo. Todavía le pertenecía. Estaba a su entera disposición. No deseaba hacerlo enojar
negándose a sus deseos. Recién lo había prometido. Se mostró resignada, conteniendo las
protestas. Se sentía muy cansada para volver a sentir placer y quería descansar del vientre
antes que cualquier otra cosa. Realmente no deseaba que le metieran salchichas en ese
momento. Más tarde no le hubiera importado.
–Tendré que colocarte la pañoleta.
Kelly sabía que no sería necesario. Ella no gritaría. Pero quizá él quería asegurarse de que
no seguiría hablando de ir al baño. Algunos de sus cabellos fueron halados al colocarsela.
–¡Aaayy! –alcanzó a quejarse.
La ira volvió a invadir a David. “Ya se cree con derecho a expresar su inconformidad”,
pensó mientras ajustaba la pañoleta. Ella se había quedado muy quieta. La dejo para colocar
un cassette. La música tenía que calmarlo. Ningún grupo era lo suficientemente fuerte para
aumentar su rabia.
A las piernas de Kelly y tomando una salchicha, abrió el coño y la introdujo sin
problemas. Insatisfecho, la volvió a sacar. Tomó mantequilla con dos dedos y los clavó en el
culo desde el final del coño, bajando y hundiéndolos en la carne. Los enterró en el ano hasta
sentir la mierda. Kelly se arqueaba mientras metía los dedos una y otra vez. En el coño
introdujo uno de su mano libre. Luego dos y después tres, hasta abarcar la entrada.
Redoblando la violencia de las penetraciones, olvidó las salchichas.
La música retumbaba en el apartamento. Kelly lloraba. El dolor la acometía en espantosas
punzadas. Aterrorizada, comprendía que le podía hacer verdadero daño en sus partes íntimas.
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Tenía un miedo enorme al dolor que quedaría en ella. Trataba de permanecer quieta, pero no
rígida, acoplándose a la violencia para no ser despedazada. Moviendo la pelvis de acuerdo a
la dirección de los dedos, trataba de que no tocaran las paredes interiores. No sabía si estaba
gritando. Cinco dedos intentaron entrar y apretó los dientes. La mataría. La piel estaba
rompiéndose. Adivinó a David sacando sus dedos untados de sangre y mierda e
introduciéndolos en el coño que había bañado la otra mano. ¡Que cochinada! Era un animal al
que revolcaban en sus propios excrementos. Alcanzaba a oler sus propias axilas. ¡Asquerosas!
¡Y como la habían excitado antes!
Los sábados al mediodía, cuando aun estaba sin bañarse, sudorosa por haber barrido y
trapeado la casa mientras mamá estaba de compras en la galería, gozaba con las gotas de
sudor que bajaban por su cuerpo, internándose entre las bragas hasta dejarlas completamente
empapadas. Entonces se encerraba en su cuarto, se quitaba el sostén, ansiosa de maltratar el
cuerpo sudoroso; las manos pasaban por los sobacos, arañaba sus senos imaginándolos
grandes y firmes; se deshacía de la bata, quedando semidesnuda en la cama revuelta, se
cubría con una sábana para seguir sudando, bajaba las bragas a las rodillas, una mano
acariciaba la superficie de su zona íntima, introducía un dedo, lo sacaba y tocaba alrededor
del clítoris mientras la otra tiraba de sus pezones. Entonces el tiempo dejaba de existir; hasta
que terminaba exhausta, totalmente satisfecha, y se dirigía a la ducha para que todo estuviera
presentable cuando llegara su madre.
Recordó esos días y trató de convencerse de que era lo mismo. Pero no lo era. Sus partes
más íntimas estaban siendo lastimadas y no podía imaginar hasta donde llegaría el hombre
que abría su sexo con ambas manos para introducir la lengua sin compasión.
Una salchicha en el culo engrasado entró fácilmente. David empujaba hasta meterla
entera, se arrodillaba, se tomaba la verga y se dejaba caer, introduciéndola en la herida. La
investía con toda la fuerza de que era capaz. Mordía sus pezones mientras ella gritaba lo que
podía, hasta quedar sin aire. Y entre cada grito, ella volvía al dolor. Su cara roja, cubierta de
lágrimas, lanzaba suplicas de piedad en el vacío. Su cuerpo trataba de liberarse del que lo
poseía, del peso que lo mantenía sujeto contra la cama y los dientes que lo marcaban. David
apenas la sentía debatirse. Pasaba sus manos por debajo de la espalda y empujaba hacia su
boca, tratando de engullir los senos con la mandíbula entumecida. Le arrancaría las tetas. De
ella no quedaría nada. La destrozaría con sus dientes.
Con la boca llena de sangre y un seno destrozado, aun no había conseguido arrancar
ningún pedazo. Del nochero cogió la botella de Coca Cola y la introdujo en el agujero que
había expulsado la salchicha. Su verga se convirtió en una maquina de tortura sexual
implacable, destinada a todas las putas de la ciudad, folladas en Kelly.
La conciencia de Kelly pendió de un hilo. El dolor le era insoportable. Por momentos se
consideraba ajena al sufrimiento; tan lejano como el que queda después de pincharse un dedo
con una aguja. Luego podía sentir dolores nuevos, independientes de los anteriores,
producidos por golpes en su estómago, por el tótem moderno que se abría paso en su trasero y
por la mano que la maltrataba. Iba a cagar y no podía. Trataba de expulsar la botella y seguía
entrando. El anillo externo estaba destruido, la entrada completamente abierta. ¿Como podía
caber algo así en una parte tan pequeña? El dolor era intenso. Un liquido bajaba por sus
nalgas. ¿Mantequilla derretida, sudor, sangre o las tres? Su mente se apagaba. Se alejaba del
cuerpo, protegiéndose de la violencia de la que estaba siendo objeto.
David se retiró de los restos. La sangre lo mareaba. Sacó el pene y abandonó la presión en
la botella, que salió por sí sola. En el baño, se arrodilló frente a la taza del retrete. Vomitó lo
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poco que había comido. ¿Por qué lo había echado todo a perder? Tenía lágrimas en los ojos.
Se levantó para mirarse en el espejo. La cara estaba ensangrentada. ¿Qué había hecho?
Permaneció varios meses enquistado, en posición fetal, repitiéndose la pregunta.
Hacia el anochecer se sumió en el silencio. Como un sonámbulo, regresó a la habitación.
Al ver el cuerpo atado no pudo reaccionar. Le costo dificultad prender un cigarrillo. Sus
manos temblaban. Al borde, la cama también estaba mojada. De seguro ella se había orinado,
pero no recordaba la sensación. Quizá lo había hecho mientras él estaba en el baño. Se
resistía a creer que estuviera muerta.
Con curiosidad infantil, acercó la llama a una de las piernas. Kelly tenía que reaccionar, y
no lo hizo. Un rojo intenso quedó en la zona expuesta. Dio otra chupada al cigarrillo y lo
apagó en el sexo de ella. Un grito lo sacudió. La cama se sobrecogió por la fuerza de ella
contra las cuerdas. Los ojos de Kelly, abiertos al máximo, mostraron su vacuidad, sin ver que
David tomaba el cuchillo y lo clavaba en la garganta que ofrecía y desafiaba.
A partir de entonces todo se hizo frenético. La sangre bañó la habitación y David cayo
hacia atrás al sentir la quemazón en los ojos. Ciego, se levantó torpemente, invadido por un
dolor que trataba de contener con ambas manos. Tropezó con la silla y se arrastró, ignorando
los golpes. Siguió la pared hacia la derecha, hasta el marco de la puerta. Luego adelante, se
golpeó de lleno contra el armario. Entró en la ducha y el agua fría golpeó los párpados. El
dolor era tan intenso para abrirlos. Dejo correr el chorro y permaneció bajo él, pero el dolor
no cesó.
–¡Estoy ciego! –se lamentó.
Saliendo de la ducha se golpeó con la taza del inodoro. Maldijo una y otra vez, tratando de
aplacar la cólera. Con sus manos encontró la cabecera de la cama. Tanteó el rostro inerte
extrañamente seco al tacto. Quitó la mordaza y sacó el cuchillo del cuello. Siguiendo el
camino de los brazos, los deshizo de las ataduras y arrojó el arma a lo lejos, en la oscuridad.
La música se detuvo. Escuchó el ruido que producía al caer en la alfombra. Todo era invadido
por el silencio, como si el mundo hubiera desaparecido. Sólo existía el cuerpo de Kelly y él,
en una habitación que flotaba en el espacio.
–¿Qué he hecho, mi niña?
Besó los labios, de los que brotaba un riachuelo de sangre seca. Poniéndola sobre su
cuerpo, rodeó el cuello con sus brazos. Su mente medía el tiempo en un enorme reloj de arena
mágica que se dejaba caer a intervalos irregulares. Tenía consciencia de la imagen que
representaban ante el ojo de una cámara inexistente. Veía uniformados que irrumpían en el
silencio y se paraban alrededor, con las expresiones de asco y vergüenza de quienes asisten a
un museo de crímenes de cera. El dolor lo llevaba a la nada. Al volver, los testigos habían
desaparecido. Seguía mirando las paredes, sintiendo el tibio de la sangre. La certidumbre de
que todo se interrumpiría de pronto, que el mundo se volvería más frenético con golpes y
palabras, no lograba decidirlo a una acción. Sentía el renacer de un deseo carnal desvinculado
de la violencia y del placer. El pene se levantaba sin que él fuera culpable. Era algo ajeno.
Como tal, le extrañó la húmeda presión del ano de Kelly alrededor.
La verga penetró el cadáver con deseo propio, como una rata la madriguera. El asco o el
respeto por un muerto –que en otra ocasión hubiera podido sufrir– no tenían sentido. Todo
daba lo mismo. Disfrutaba de la calma y el silencio, de la suavidad de la piel contra la suya,
del sexo inmóvil y el último contacto. Tomó el cuchillo sin inspiración propia. No sabía que
iba a hacer y tampoco le importaba. Su brazo se derrumbó, indeciso. Como la lenta
comprensión de una lengua extraña le llegaba la idea del suicidio; que no podía aceptar.
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John Wynberg © 1994

Imaginó su muerte sin aun ser capaz de llevar a cabo el fin de tanta calma.
Las gotas de arena cayeron en su totalidad. La interrupción ocurriría de un momento a
otro. Esperaba tensamente, como un niño espera el castigo sin saber si la falta ha sido
descubierta. Su pene se mantenía erecto. Contó hasta cuatro y se detuvo por un dolor en el
vientre. El semen explotó, cortando su cuello. Apenas tuvo consciencia. “No es nada”, creyó
decir. Sus palabras no salieron. Para tocarse el cuello, soltó el cuchillo y se dio cuenta de que
ya no mandaba sobre su cuerpo. Devastado su mundo, estaba perdido. El pene se encogía. La
piel perdía el sentido de contacto con la cama, con los líquidos que lo bañaban y con el
cuerpo de Kelly.

John Wynberg
Julio, 1994

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