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John Wynberg © 1996

LILITH

En un principio no pude distinguir si sus ojos eran verdes o azules, inocentes o insolentes,
francos o cautos, porque su sonrisa era tan enigmática y su cabello tan divino –sobre sus
hombros, sobre el cuero rojo de su chaqueta, se extendía cual manto de bronce bruñido, o
liquido con el que hubiera querido ahogarme después de vomitar toda su carne, que aguardaba
bajo blue jeans viejos y sucios, bajo su camiseta blanca insinuando senos pequeños, bien
formados. No pude, porque se dedicó a mirarme como si fuera yo quien no la reconocía esa
madrugada.
Ya en clases, lejos de ella, le imaginé catorce años (a su amiga, de tetas más grandes, buzo
azul y falda negra, le puse menos, por contraste). Lo difícil era imaginar qué hacían tan
temprano despiertas. Ninguna ostentaba una clara obligación y de los años que llevaba
repitiendo el ritual, caminando desde mi casa, no recordaba haberlas visto antes. En los
siguientes días, sin embargo, ya estaba tan seguro de ella como del sol. Encontrarla sentada en el
mismo lugar, siempre reconociéndome con su mirada, era suficiente. Aquella compañía no
necesitaba ser cuestionada ni alterada –al menos hasta aquel sábado, que no la encontré.
El lunes me acerqué –decidido– y exclamé algo referente al clima. Luego voltié a mirarlas
como si apenas me diera cuenta de sus presencias y buscara aprobación.
Ellas asintieron sonriendo. No dijeron nada.
La amiga sostenía sobre las piernas un cajón de madera con cigarrillos y dulces dispersos.
Para no perder la oportunidad le pedí una cajetilla de Kool y una de fósforos.
“¿Ya fumás?” me preguntó la otra, sonriendo.
“¿Por qué?” Meses atrás había empezado a fumar y me estaba acostumbrando a la misma
pregunta en relación a mi edad, pero podía referirse también a la hora.
“Por nada, olvidalo. ¿Me regalás uno?”
Le ofrecí la cajetilla abierta, fósforo encendido. Se veía más joven de lo que había imaginado.
Me aguanté preguntar. Si pensaba que era por el cigarrillo, parecería mojigato. Aunque no
tuviera dieciocho, tampoco me importaba su estado de salud para los próximos años. Con la
primer bocanada, surgieron las preguntas de rigor mientras su amiga guardaba silencio –quizá
porque había interrumpido una importante conversación tampoco me miraba con mucho cariño.
“¿Y... son amigas?” pregunté intentando hacer feliz a todo el mundo.
“¿Parecemos primas o hermanas?” respondió Lily, reprimiendo la risa.
El bus me excusó de decir lo que pensaba.

Así se inició nuestra amistad: con la silenciosa presencia de Carolina cual cuerpo muerto que
fuera necesario cargar. Al otro día ya me preguntaba cómo deshacerme de ella, y antes de que se
me ocurriera algo una ocasión llegó. El viernes apenas saludé Carolina se despidió.
“¿A dónde va?” le pregunté a Lily.
“No sé,” respondió impasible. “¿Te interesa?”
Sabía que no me interesaba, realmente. Habíamos llegado al punto deseado en que uno no
sabe qué decir. Debíamos inventar cualquier frase para gastar tiempo. Ese era mi caso y ella lo
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reforzaba con un mutismo semejante. Pensando en el tiempo que estaba dejando perder,
comenzaba a ponerme de mal humor.
“¿Yo te gusto?” exclamó de pronto Lily, y –antes de que yo pudiera exhalar una respuesta,
después de morderse suavemente el labio inferior, lo que me otorgaba para que pudiera asimilar
sus palabras–: “¿Querés acostarte conmigo?”
“¿Por qué?” logré articular, al fin.
“¿No es lo que querés?”
“Si quisiera, ¿te molesta?” dije por probar.
“No, ¡sería cheverísimo!” exclamó, quizá demasiado contenta.
“Pero no le vayas a decir nada a Carolina,” me advirtió.
“¿Por qué?” pregunté por provocarla. Era apenas lógico que no diría nada a nadie.
“No creo que vaya a gustarle,” objetó más para sí que para mí. “Podría contarle a mi papá...”
“¿Entonces cuando...?”
“¿El otro viernes?” susurró.
De despedida me besó ligeramente en los labios.

A partir del lunes siguiente tomé por costumbre llegar más temprano, para estar más tiempo con
Lily –y sin embargo nunca lograba verlas llegar. Por más temprano que llegaba –mi madre
tampoco me dejaba salir antes de las cuatro– ya estaban allí, esperando, como acabadas de
llegar.
“¿A qué horas llegaron?” pregunté uno de esos días.
“Ni idea. No tenemos reloj,” me contestó Carolina.
“¿Esperan a alguien?”
“A ti, siempre a ti,” se apresuró a responder Lily.
“A nadie,” desmintió Carolina. “Tampoco tenemos nada mejor que hacer.”
“Podrían estar durmiendo. Yo daría casi cualquier cosa por no tener que levantarme a estas
horas,” aseguré.
“¿Entonces por qué estás llegando tan temprano?” me embistió Carolina.
“No le hagas caso,” intercedió Lily. “Lo que pasa es que no nos gusta dormir demasiado.”
Observando las bolsitas azul oscuro bajo sus ojos opté por no hacer más preguntas. Le daría
gusto a mi curiosidad cuando estuviera a solas con Lily.

El viernes Lily estaba sola, sentada como de costumbre.


“¿Vamos a tu casa?” preguntó.
“Si querés...” consentí, aliviado de que no ambicionara un motel. “Pero tendremos que dar
una vuelta mientras mis padres salen y mientras la empleada termina de limpiar,” agregué sin
darle importancia.
“No hay problema. Tengo todo el día para ti.”
Caminamos dos cuadras por la quince, bajamos otro par. Los almacenes ya estaban abriendo.
“Entonces ¿no vas a ir al colegio?” me preguntó de pronto, de seguro por decir algo,
señalando mi maletín.
Negué con la cabeza y me reí por la dificultad para expresarme con palabras. Aunque no
hubiera sido su intención hacer una broma, ella rió conmigo, sin hacer más preguntas.
Entramos a una panadería –suficientemente amplia como para no parecer colmada a aquella
hora– y nos sentamos en una mesa del fondo, donde se veía menos gente. Pedimos Coca–Cola y

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pan para ambos.


Probé a averiguar algo más de su vida, pero las respuestas fueron tan breves y ambiguas –y
después permaneció tan absorta en su botella vacía– que opté por dejarla en paz y simplemente
disfrutar el momento. Al poco rato preguntó si podíamos irnos ya.
“¿Tenés prisa?”
“Apenas por conocer tu casa,” contestó sonriendo.
Sonreía siempre. Sonriente y cómplice, se veía encantadora hasta cuando pretendía seriedad –
y entraba de puntillas en mi casa así, sería, casi asustada, tomándome de la mano para que la
guiara, y luego en mi habitación se abalanzaba sobre todo, fascinada, examinando con
curiosidad, mientras yo redescubría mi vida –encadenada a todos los objetos que me
pertenecían– a través de sus ojos; y me embriagaba hasta el punto de hacerme perder mi usual
cohibición. Nos besamos, tomó mis manos entre las suyas y cuando intenté acariciarla bajo la
camiseta pidió que esperáramos hasta la noche.
“Entonces no podré verte,” objeté.
“Prendés la luz.”
“Pero entonces ¿cuál es la diferencia? ¿Por qué no ahora?”
“Es que me incómoda la luz... la luz del día. Me gusta más la noche,” trató de explicarme.
Sin pensar cómo iba a sacarla después, cuando llegaran mis padres, acepté. Ello significaba
pasar todo el día juntos. Ya habían dado las dos, así que dejé que la empleada pensara que había
llegado hace una hora y que no se había dado cuenta por estar encerrada en su cuarto, me serví
más almuerzo y regresé a la habitación.

Apenas deseaba cerrar los ojos acostado sobre una superficie agradable y me desperté
finalizando la tarde, sospechando que llevaba rato observándome –y voltié a mirarla lentamente.
Tampoco intentó ocultarlo, aunque agregó que acababa de abrir los ojos y que le agradaba
contemplarme durmiendo.
“Te veías tan... indefenso,” dijo.
“Estaba pensando que era verdad aquello de que no dormís.”
“Es verdad,” aseguró muy seria. “A veces cierro los ojos y sueño que duermo, pero no es lo
mismo.”
“¿No es lo mismo?” repetí, incrédulo.
“No, no creo.”
“Voy a darme una ducha,” aclaré, levantándome al fin de la cama.
“¿Puedo acompañarte?” brincó ella. “También me gustaría. Y si alguien escuchara el agua...
sería extraño que tomaras dos duchas en una noche.”
Mientras me explicaba, se iba desvistiendo. Estuve tentado a pedirle que me dejara hacerlo, o
que lo hiciera lentamente, pero la contemplé sin atreverme. Sin embargo luego abrazándola bajo
el agua helada me atreví a cogerle los senos mientras la besaba. Diestramente, y sin ningún gesto
de consternación, Lily hizo a un lado mi erección, poniéndola contra una de sus suaves y
húmedas piernas. Luego, ya enjuagada y seca, me paso la toalla y salió, desnuda, a esconderse
bajo las sábanas. En eso la empleada llamó a comer.
Feliz de verme regresar tan pronto con comida, Lily apenas si se cubrió cuando encendí la
bombilla. Y mientras comíamos, sentados en la cama, la sábana con que se cubría se le deslizó
por el hombro, dejándome ver uno de sus senos.
Lily no hizo nada para ocultar su desnudez. Siguió comiendo, indiferente a mis miradas.

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Me desperté de madrugada, sobresaltado. Ella estaba observándome, no sabía desde cuándo, y


aun no podía acostumbrarme. Entonces me pidió que comprobara que si la puerta estaba bien
cerrada y al volver a la cama me tomó entre sus brazos con un largo beso. Mis manos exploraron
su cuerpo, queriendo retener cada particularidad de su piel. Imagino que debía concentrarme en
sus senos, pero no podía evitar el surco entre sus nalgas y le advertí que se me habían acabado
los condones.
“De todas formas no puedo tener niños,” me aseguró. “Nacerían todos muertos.”
Y si bien yo no lo dije tan sólo por temor a eso –y aunque tampoco me quedaba claro si lo
creía apenas por su edad o por un pequeño accidente–, decidí hacerle el amor como fuera.
“¿Qué pasa? ¿Ya no te gusto?” me preguntó al oído, después de confirmar mi estado.
Intenté hacerle comprender que no era eso, que en realidad estaba cansado, pero ella no le dio
más importancia al asunto y se acostó boca abajo. Sintiéndome culpable, esperé a que se
resolviera en silencio. Cuando parecía que ya no fuera a ocurrir, temiendo que se quedase
dormida, le pregunté qué podíamos hacer.
“No mucho. Mientras no se te pare, no podemos hacer nada,” me reprochó. “Pero ¿por qué
no te hacés la paja? Porque se te ha de volver a parar, ¿no?”
Entré al baño y regresé con una medio erección. Consciente de que mis mejores esfuerzos
serían en vano, Lily comentó que podía acariciarla mientras tanto, si quería. Obediente, recorrí,
acaricié su espalda, bajando hasta las nalgas y la parte superior de sus piernas, sin indecencia, sin
ganas, hasta que me quedé dormido.
Al día siguiente contemplé mejor el cuerpo desnudo de Lily a mi lado. Gasté toda la tarde
adorándolo, lo que me permitió complacida. Cuando sentía frío se arropaba con la sábana, mas
parecía nunca desear cubrirse –ni siquiera con sus pantys.
“Me encanta estar totalmente desnuda porque me hace sentir toda la sensualidad de mi
cuerpo,” me confesó, y por lo mismo me instó a permanecer también desnudo. Así algunas
erecciones no se pudieron ocultar.
“¿Querés que te haga una paja?” ofreció una vez –aclarando inmediatamente que no le
gustaría mucho, y que lo mejor sería que me aguantara, para que por la noche no estuviera
cansado.
Al fin por la noche sus manos se apoderaron de mi sexo. Me masturbó suavemente,
preguntando si quería que me la chupara. Luego se acostó a mis pies y chupó tranquilamente,
subiendo y bajando, llenándose la boca con saliva, sin afanes, apretando ocasionalmente con los
dientes. Además de su boca en mi sexo, sentía sus senos sobre mis piernas y su cabello
esparcido por todo mi vientre. Pero al poco rato estaba tan excitado que no podía sentir más
placer y pensaba que Lily terminaría ahogándose, vomitando sobre mí, y sin embargo quería
cogerla por su rubia cabecita, obligarla a chupar con fuerza, violentamente, hacer como si
estuviera jodiéndola por la boca. Pero hice que se incorporara, que volviera a mi lado, para
instalarme en su interior y entonces mientras sus manos me servían de guía sus piernas se
cerraron sobre mi cuerpo –y volví a verme, una vez más, como en una película porno.
Por algo más de tres horas hicimos el amor. Una hora más o menos después, Lily estaba
dispuesta a cualquier cosa con tal de que siguiéramos. Empezó encarnando algunas compañeras
mías del colegio, luego a cualquiera que yo recordara haber deseado. Y me las representaba de
acuerdo a lo que le iba contando –de acuerdo a cómo hablaban, miraban o se movían, ponía en
mi escena el detalle o la situación por la que las recordaba, me las ofrecía indecentemente, para
violarlas en su cuerpo, para satisfacer aquellos deseos que no se habían podido satisfacer en su

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momento. Y así entre sus piernas, dentro de ella, acabé perdiéndome, extenuado ante todas sus
caricias, mi cuerpo cubierto de sudor sobre el suyo siempre fresco.
“Demasiado ejercicio,” me excusé dejándome caer a un lado.
Lily aseguró que había estado bien pero yo sentía que algo no había quedado satisfecho en
ella. Y sin embargo, invocando las horas anteriores, evocando la tarea, no encontraba error. Mas
como Lily seguía siendo agradable, procuraba no pensar en eso. Entonces prefería contemplarla,
acariciarla cuando creía que no iba a darse cuenta, besarla en lugares e instantes que menos se
pudieran esperar; aunque así despertara de nuevo ese deseo suyo que tanto me costaba satisfacer.

Sentada (desnuda) detrás del escritorio, Lily mantenía una revista a pocos centímetros de los
ojos. Fingiendo interesarme por el objeto de su interés, me acerqué, instalé mi lengua bajo uno
de sus senos –inhalando el placentero olor– y empecé a chupar vigorosamente, a morderle
ligeramente el pezón. Ella misma me llenaba la boca con su carne, o dejaba que yo seleccionara
una porción fácil de levantar con los dientes. Y bajo mis manos sus piernas sudaban, a cada
nueva mordida su cuerpo se estremecía –gemía y lloraba con una sonrisa en los labios, mientras
la piel se le iba volviendo roja, mientras la sangre bullía por debajo, como queriendo emerger a
la superficie.

II

Al regresar del colegio el martes y no encontrarla, cuando toda la mañana había pensado
encontrarla acostada, me asusté, temí que todo se hubiera terminado, y mientras la buscaba por
toda la casa, discretamente, susurrando su nombre por miedo a que alguien más pudiera
escucharme, aquel temor fue trocándose en alivio –hasta recordar que cuando sentíamos que
alguien se acercaba Lily corría a esconderse en el closet.
Encontré efectivamente allí sus pies bajo cantidad de ropa amontonada. La descubrí muy
quieta, triste, reprochándome que la hubiera dejado sola porque había sentido miedo.
“Pero ¿miedo de qué?” le pregunté en broma para tranquilizarla y quizá por ello mismo se
negó a responderme. Sólo después, en el transcurso de la noche, creí comprender que tenía
miedo de que la encontraran y vinieran por ella. Pero como se negó a confirmarme cualquier
cosa, y como pocas podían extrañarme ya de Lily... Aun excusando su deseo compulsivo de sexo
todo el tiempo, desde muy temprano se podía tener la sospecha de que no estaba bien de la
cabeza.
Hubo noches en que me insultaba porque no la dejaba salir, acusándome de tenerla
prisionera. Yo intentaba explicarle que era porque mis padres se encontraban en casa, despiertos,
por lo que no podía salir en ese momento, que lo podría hacer más tarde. Y aunque no escuchaba
mis razones, yo seguía repitiéndoselas como parte del juego –ya que Lily no gritaba sino que me
altercaba en voz baja hasta estar segura de que mis padres se habían ido a dormir, cuando yo
aprovechaba, continuando la farsa, para provocarla diciéndole que ya se podía ir, que con gusto
la acompañaría hasta la puerta, para que ella se quedara mirándome, moviendo la cabeza de un
lado a otro, despacio, me tomara de las manos y me pidiera con grave seriedad que la perdonara
y que le permitiera quedarse, que ella haría lo que yo quisiera.
Sin embargo yo estaba decidido a cuidarla y simplemente la dejaba quedarse, halagado por la
forma en que lo pedía, rebajándose para estar junto a mí. Sólo después, harto de repetir las
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escenas, le pedía que me dejara verla hacer sus necesidades en el baño, o que se dejara atar a la
cama, sólo para ver hasta dónde podía llegar, todo lo cual ella acataba en silencio, como si le
importara.
El viernes volví a encontrarla en el closet, pero antes de que le preguntara cualquier cosa me
contó que habían estado a punto de descubrirla, que los había visto rondar la calle por la
mañana, mirando las ventanas de las casas. Entonces ¿había tenido yo razón? Esta vez me
revelaba demasiado obviamente su secreto como para creerselo verdadero. Y aunque ella
presumía e insistía de que no se había dejado ver, aunque creía que al día siguiente no tendría
tanta suerte porque se podría averiguar por otros medios dónde se ocultaba exactamente, no
podía creerle. Pero no le discutí ni le recordé que no tenía clases sábado y domingo. Si quería,
podía irse inmediatamente, aprovechando que mis padres no estaban. A la empleada se le podía
inventar cualquier excusa en caso de que nos viera salir.
“¡Pero ahora no!” replicó Lily, más tranquila. “¡Puede que estén por ahí! Esperemos, por la
noche, o por la madrugada.”
“¿Y no te esperarán hasta entonces?”
“No creo, de seguro tienen otras cosas que hacer.”

Hicimos el amor como dos animales en celo –pues el colegio ayudaba a reponer mis fuerzas y,
por poco que fueran, siempre parecía excesivo contenerlas con Lily. Luego, como a las tres de la
madrugada, recordando que se tenía que ir, me pidió que la acompañara a coger un taxi –Lily,
quien recorría de madrugada muchas peores calles con Carolina. Pero era lo menos que podía
hacer por ella después de la semana que me había dado y hasta decidí acompañarla a su casa,
fascinado con la desierta madrugada. Además, acompañándola, tomaba la feliz precaución,
aunque hasta entonces inconsciente, de saber dónde vivía.
La casa quedaba a las afueras de la ciudad, y mostraba que era de clase acomodada. Lily no
me permitió acompañarla hasta la puerta. Nos despedimos, caminó hasta la entrada y esperó a
que doblara la esquina para tocar el timbre. Supongo. ¿Qué contaría entonces a quien le abriera?

Pasé el fin de semana descansando. A Lily le había faltado muy poco para matarme por
agotamiento. Apenas logré convencer a mi madre de que no estaba de hospital y a cambio le
propuse supervisar todas mis comidas –preocupación que ya consideraba anormal en ella. Luego
no me dejó ir al colegio por dos días. El miércoles tuve que insistir pero, igual, no vi a Lily ni a
Carolina; ni las volvería a ver en las madrugadas siguientes.
Estaba dudando de mi memoria cuando reconocí la casa. A la luz del día no era muy singular.
Parecía haber sido fabricada en serie, junto con otras muchas esparcidas por la ciudad. El sol
estaba insoportable. Toqué a la puerta. Una señora vino a abrirme.
“¿Está Lily?” pregunté, poco seguro de que fuera su nombre verdadero. La señora se quedó
mirándome suspicaz. Yo me quedé mirándola sin comprender.
“¿Era amigo de mi hija?”
“Algo así.”
“¿Algo así? ¿Y no sabía que murió? Ya hace un año.”
“Quizá está equivocado,” agregó después, viéndome tan mal. “Venga, le voy a mostrar una
foto.”
La acompañé a una habitación que –como dijo– no había sido alterada desde la muerte de su
hija. Desgraciadamente tendría que ver qué hacía con todo aquello –iba contándome– porque no

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podía seguir así. Ya había pasado un año. ¿Qué sentido tenía? Había que hacer cambios. El que
no cambia se muere –dictaminó al entrar– abalanzándose sobre los nocheros que coronaban dos
camas sencillas. Regresó con una fotografía enmarcada de Lily mirando al frente y con el
cabello corto, más joven. Luego me ayudó a volver a la sala y me acostó en el sillón para que se
me pasara el mareo. Al cabo de observarme un rato me preguntó cuándo la había conocido.
“Hace como tres semanas,” contesté.
“Ha de ser otra que se le parece y le ha dado por gastarle una broma,” aseguró.
Me invitó a que la acompañara al cementerio. Creía que aun no tenía suficiente y que todavía
faltaba encontrar una tumba abierta, sin cadáver dentro.
“No sabe lo contenta que estoy de que haya venido,” confesó en el bus, casi demasiado
alegre. “Desde que murió nuestra hija, Roberto nunca va a visitarla. Siempre me toca ir sola.”

(Por el monólogo que siguió me di cuenta de que conservaba una visión muy particular de su
hija, que no coincidía con la que yo había conocido; a no ser de que hubiera cambiado mucho
después de su muerte.)

La tumba de Liliana Rodríguez M. (Enero 14 de 1978–Mayo 23 de 1993) ya no estaba abierta,


pero algo brillaba sobre ella: la cadenita con la cruz que le había regalado a Lily y que un tío me
había regalado en una borrachera. A su alrededor, todo lo demás parecía normal.
“Pero, ¿qué es?” preguntó la madre, al agacharme a recoger la cadenita. Se la enseñé sin
explicarle nada y me la guardé.
“¡Vaya! ¡pero qué suerte!” exclamó. “Al menos le sirvió de algo acompañarme.”

III

No podía evitar pensar en Lily. El resto del mundo ya poco efecto provocaba en mí, como si
estuviera muriendo de antemano, o enloqueciéndome –aunque de una manera tan sutil que los
demás apenas podían darse cuenta. Pasaba las noches despierto y a oscuras esperando sentir a
Lily a mi lado, y me la imaginaba en el closet lista para salir a reclamar mi cuerpo, para llevarme
con ella.
Un día volví a ver a Carolina –y logré que admitiera haber conocido a una Lily. De mí apenas
se acordaba.
“¡Pero eso no importa!” repliqué. “¿Qué pasó con Lily?”
“Sí, sí, Lily. Hace años que no la veo.”
Como estaba tan decidido a saber la verdad, me contuve. No quería asustarla. Aceptó entrar
conmigo a una cafetería –a la misma que hace un año habíamos entrado Lily y yo. Allí conseguí
que admitiera poder estar equivocada en lo de los años.
“Bueno, bueno, pero es que Lily también había desaparecido un año antes,” explicó a manera
de excusa. “Nunca se me podrá olvidar, esa primera vez. Sufrí mucho, hasta que comprendí su
naturaleza nómada –como ella la llamaba.”
“Pero no te preocupés. Si tenés suerte, ya te encontrara,” me aseguró con extraña sonrisa y
mirada perdida, como mirando un lejano recuerdo a mi espalda.
Mientras ella analizaba el café con leche que había pedido para despejarle la cabeza –me
parecía enmarigüanada– le conté mi experiencia con la madre de Lily. Lo único que le llamó la
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atención fue lo de la cadenita.


“Muy original,” comentó para sí, y luego agregó divertida: “Pero ¿Lily muerta? Estará más
viva que nosotros dos juntos.”
“Pero ¿por qué iba a mentir su madre? ¡Además, yo mismo la acompañé a visitar su tumba!”
“Podría haber sido la de su hermana que...”
“Pero no mencionó ninguna otra hija.”
“No importa. Según Lily, ella estaba medio loca, no quería a la otra, a Liliana. Al morir
Liliana (parece que se suicidó pero no estoy muy segura) Lily tomó su nombre, se fue de casa y
justo entonces la conocí. Ahora... puede que la madre ni se acuerde de que tuvo otra hija, y
puede que visite la tumba de Liliana creyendo que la muerta es Elizabeth, y puede que...”
“¿Y la foto? No creo que pueda estar tan loca como para no reconocer que Liliana no es la de
la foto.”
“Roberto una vez me mostró una en que aparecían juntas. La verdad es que se parecían
mucho. Aunque no eran idénticas, se parecían mucho. Al menos en la foto, porque cuando me la
mostró... conociendo la historia, apenas si podía afirmar que la que conocía no era realmente
Liliana. Se parecía a su hermana más que a sí misma en la foto. Claro que la diferencia tampoco
era muy grande.”
“Entonces pudimos haber conocido realmente a Liliana,” fue mi conclusión.
“Si, si... o no. El problema no termina allí. Aunque desde que la conozco Lily se ha llamado
así, una vez si me dijo que se llamaba Elizabeth pero que prefería Lily –y todo porque al parecer
la mamá las llamaba a ambas con ese nombre y las veía como una sola. Así, Lily era como un
nexo entre ellas, que al fin y al cabo quizá no era ninguna –y el problema era que los castigos
por todo lo malo de esa hija imaginaria llamada Lily lo pagaba Liliana, mientras que lo bueno se
le recompensaba a Elizabeth.”
“¡Increíble!” exclamé después de un amplio silencio.
“Si ¿verdad? Personalmente, yo creo que son puros cuentos. Lily era muy mentirosa, y en
Roberto tampoco se puede creer.”
“¿Conocías a su papá?”
“El papá las abandonó antes de que nacieran. Roberto es el padrastro.”
“¿De ambas?”
“Si, eran gemelas, o mellizas. No sé. ¿Cómo se dice cuando nacen al mismo tiempo pero no
son idénticas?”
“Mellizas.”
“Bueno, de todas maneras no sé si eran mellizas o gemelas. Se parecían mucho. Quizá eran
gemelas.”
“¿Y qué hizo él con toda esa situación?”
“Bueno, supuestamente fue él el que abusó tanto de Liliana que la llevó a que se suicidara (si,
si, tenía que ser suicidio). Pero era apenas normal. ¿Por qué más se iba a casar con esa vieja? En
cambio con Elizabeth al parecer no intentó nada porque era la consentida de mamá. Quizá por
eso se volvió tan puta. ¿Sabías que es tan puta y lesbiana como yo?”
No se aguantó la risa.
“¿Y como murió Roberto?” pregunté con lo que suponía, para que no pudiera contemplar mi
turbación.
“No sabía que estuviera muerto,” replicó Carolina incómoda por el giro imprevisto,
sonriendo con un poco de amargura. Al ir a pagar la cuenta me preguntó casi tímidamente si

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acaso no quería acostarme con ella.

A los pocos años vi a una mujer muy bien vestida cogida de la mano de un anciano, entré al
restaurante que entraron y me senté a tres mesas de diferencia. Su cabellera era más espesa que
la de Lily, sus senos eran más graves y de su falda negra podía ver surgir unas piernas más
amplias y fuertes.
Al rato ella se levantó y yo la seguí. Al fondo, detrás de una pared, quedaban los baños.
Esperé al lado de la puerta de las damas, deseando que nadie más que ella fuera a aparecer.
Cuando salió se quedó mirándome.
“¿Te acordás de mí?” le pregunté.
“Para nada.”
Pronuncié su nombre, la clave secreta.
“Pero... yo me llamo Elizabeth.”
“Ya sé,” asentí exultante. “Carolina me lo explicó todo.”
“¿Carolina?”
Parecía desconcertada.
“La vi hace poco,” aseguré.
“La única de que me acuerdo se mantiene tan drogada que ya no puede ni contar un chiste.”
“Yo no la vi tan mal.”
“Quizá te la soñaste.”
“¿Y no te acordás de nos veíamos casi todas las madrugadas y que pasaste una semana entera
conmigo en mi habitación?” le reclamé suplicante.
“¿Y se supone que me tendría que sentir halagada porque me recordás después de todos estos
años?” me preguntó después de pensarselo un poco.
“Tampoco son tantos, ¡y ni se te notan!” la excusé. “Pero, ¿ahora andás con viejos?”
“Es mi papito,” me respondió, burlona. “Y tampoco está tan viejo. Es el trabajo lo que lo
tiene así, que no puede dormir por las noches.”
Se giró y siguió su camino, invitándome a que la acompañara. Como el viejo la esperaba a la
salida me apresuré a pagar lo mío. Una vez afuera alcancé a escuchar al viejo preguntando por
mí.
“Es un amiga,” dijo Lily. “¿No te la podés imaginar con la peluca, rubia?”

John Wynberg
Agosto,1996

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