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John Wynberg © 1996

PEQUEÑA LILY

No pude distinguir si sus ojos eran verdes, azules o qué, si desbordaban inocencia o
insolencia, franca o cautamente, porque su sonrisa era enigmática y divina, y porque sus
cabellos se extendían sobre sus hombros, cubiertos por su chaqueta roja, como un manto de
bronce bruñido, liquido con el que hubiera querido ahogarme, así como vomitar de tanto
consumir la carne que aguardaba bajo sus blue jeans viejos y sucios y su camiseta blanca,
insinuándome senos pequeños y bien formados. No pude, porque se dedicó a mirarme como
si fuera el que no la reconocía en esa fría madrugada, porque rojo e incómodo con mi
uniforme sudaba fingiendo desinterés.
En clases le pondría catorce años, y a su amiga de buzo azul y faldita negra, de senos más
desarrollados, le conjeturaría menos. La dificultad, en primer lugar, radicó en imaginar qué
estarían haciendo tan temprano despiertas. Ninguna de las dos ostentaba una clara obligación,
y de los años que llevaba repitiendo el ritual, caminando desde mi casa, no las recordaba.
Pero como cada día me sentía mejor, en la certeza de volverla a ver, dejé de hacerme
preguntas, tan seguro de ella como del sol. La felicidad que me proporcionaba encontrarla
sentada en el mismo lugar, con la misma ropa, siempre reconociéndome con su mirada, era
suficiente. Aquella compañía distante de varios minutos por mañana no necesitaba ser
cuestionada ni alterada. Lo último, indudable para mí hasta el primer sábado, que no la
encontré, por los dos días de tormento que pasé tendido boca arriba en mi cama, con mi ser
desgarrado en impotencia.
El lunes estaba decidido. Mirando alrededor, me acerqué y exclamé algo referente al
clima. Luego voltié a mirarlas como si apenas me diera cuenta de sus presencias y buscara
aprobación.
Ellas asintieron sonriendo, pero no dijeron nada.
La morena sostenía sobre las piernas un cajón de madera con cigarrillos y dulces dentro.
Para no perder la oportunidad de conocer a su amiga le pedí una cajetilla de Kool y otra de
fósforos.
“¿Ya fumás?” me preguntó la rubia mientras su amiga reunía la devuelta.
“¿Por qué?” respondí dudando de si se refería a la hora. Meses atrás había empezado a
fumar. Estaba acostumbrado a la pregunta en relación a mi edad.
“Por nada,” dijo. “¿Me regalás uno?”
Le ofrecí la cajetilla abierta y un fósforo encendido. Se veía más joven de lo que yo había
imaginado. Sin embargo me aguanté la pregunta. Si pensaba que era por el cigarrillo le
parecería mojigato, aunque tuviera dieciocho y a mí no me importara.
Apenas hubo expulsado la primer bocanada de humo me invitó a que me sentara junto a
ellas. Accedí complacido y empezaron a surgir las preguntas de rigor, al principio
tímidamente.
La mona se llamaba Lily, y su amiga Carolina. Esta última, guardando silencio, quizás
aburrida, o porque le había interrumpido una importante conversación, no me miraba con
cariño.
“¿Son amigas?” pregunté intentando incluirla en el génesis de nuestra amistad.
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“¡Claro!” respondió Lily, reprimiendo una sonrisa. “¿Qué más podíamos ser? ¿Parecemos
primas o hermanas?”
El bus del colegio me sirvió de excusa. Apenas me despedí, y mientras me alejaba alcancé
a escuchar que Lily preguntaba si nos volveríamos a ver.

Así se inició nuestra “amistad”: con la silenciosa presencia de Carolina cual cuerpo muerto
que fuera necesario cargar. A los pocos días ya me estaba preguntando cómo deshacerme de
ella, para lograr un momento a solas con Lily. Pero antes de que se me ocurriera algo la
ocasión llegó por sí sola. El viernes, apenas me senté, Carolina se despidió.
“¿A dónde va?” pregunté a Lily.
“No sé,” me respondió impasible, con la actitud de quien no espera nada a cambio. “¿Te
interesa?”
Sabía que no me interesaba, realmente. Pero ¿habíamos llegado al punto de no saber qué
decir, teníamos que inventar cualquier frase para gastar tiempo? Ese era mi caso, y ella lo
reforzaba con un mutismo semejante. Pensando en el tiempo que estaba dejando perder
comenzaba a ponerme de mal humor.
“Décime algo,” exclamó de pronto Lily. “¿Yo te gusto?” Y antes de que yo pudiera exhalar
una respuesta, y después de morderse suavemente el labio inferior, tiempo que consideré me
otorgaba para que pudiera asimilar sus palabras: “¿Querés acostarte conmigo?”
“¿Por qué me lo preguntás?” logré al fin articular.
“Me pareció que era lo que querías.”
“Y si quisiera, ¿sería malo?” sugerí casi sin poder respirar.
“Sería grandioso, pero tendrías que pagarme.”
“¡¿Pagarte?!” exclamé, horrorizado ante tal sacrilegio.
“Por favor, no lo malinterpretés,” me suplicó. “A mí me gustás y me gustaría tener algo
contigo, pero necesito dinero.”
“¿Cuanto?” pregunté cambiando a un tono más amable, casi cómplice, para que no se
diera cuenta de cuánto me afectaba. Quería darle confianza, aunque no la necesitara. Estar
seguro de que no se fuera a echar atrás, de que no la iba a perder.
“¿Treinta?” balbuceó indecisa.
Accedí inmediatamente. Era inconcebible regatearle, aunque sobrepasara mis excedentes
de un mes. Además, si me lo pedía, yo hubiera sido capaz de darle todo lo que tenía. Y
aunque luego me abandonara, la única manera en que hubiera podido pensar en ella como
puta hubiera sido viéndola pedir dinero a otro.
“Pero no le vayás a mencionar nada a Carolina,” me advirtió antes de despedirnos.
“¿Por qué?” pregunté por provocarla. Aun tenía miedo de que cualquier cosa pudiera
hacerme perderla, y era apenas lógico que no diría nada a nadie.
“Porque no creo que vaya a gustarle,” objetó más para sí que para mí. “Y podría contarle a
mi mamá...”
“¿Entonces cuando?” dije para contener sus preocupaciones, esperando que me diera
tiempo para reunir el dinero.
“¿El próximo viernes?” susurró, y me besó ligeramente en los labios a manera de
despedida.

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A la semana siguiente, en tanto que iba consiguiendo el dinero, tomé por costumbre llegar
más temprano, para estar más tiempo con Lily. Sin embargo nunca logré verlas llegar.
Siempre estaban allí, esperando, como acabadas de llegar.
“¿Desde qué horas están aquí?” pregunté uno de esos días, no más llegar.
“Ni idea, porque no llevamos reloj,” me contestó Carolina. “Creo que no mucho.”
“¿Y qué esperan?”
“A ti,” se apresuró a responder Lily.
“Nada,” desmintió su amiga. “Es que no tenemos nada mejor que hacer.”
Ninguna parecía sincera, así que decidí intentar por otro lado.
“Pero podrían estar durmiendo. Yo daría cualquier cosa por no tener que levantarme a
estas horas.”
“¿Entonces por qué estás llegando tan temprano?” embistió Carolina, enfadada con mi
insistencia.
“No le hagas caso,” intercedió Lily. “Lo que pasa es que no nos gusta dormir demasiado.”
Observando las bolsitas azul oscuro bajo sus ojos opté por no hacer más preguntas. Le
daría gusto a mi curiosidad cuando estuviera a solas con Lily.

***

El viernes Lily, no más verme, lo primero que me preguntó fue si había conseguido el dinero.
Estaba sola, sentada en el lugar de costumbre. La tranquilicé con una ligera expresión. Me
había costado reunirlo (con muchas economías en mis gastos y viejos libros de texto que
conseguí vender en una librería de usados), pero lo tenía.
“Fresco, luego me lo das,” dijo al ver que hacía un gesto para sacar mi billetera. “¿Vamos
a tu casa?”
“Si querés...” consentí, aliviado de que no ambicionara a un motel, que me tocaría pagar,
junto con el taxi. “...pero tendremos que dar una vuelta mientras mis padres salen y la
empleada termina de limpiar,” agregué como sin darle importancia.
“No importa,” aseguró Lily empezando a caminar a mi lado.
Caminamos dos cuadras por la quince y bajamos otro par, camino a la Plaza de Caicedo,
único lugar que se me ocurría para pasar algún tiempo sentados.
Algunos almacenes ya estaban abriendo.
“Entonces ¿no vas a ir al colegio?” me preguntó de pronto, de seguro por decir algo,
señalando mi maletín.
Negué con la cabeza y me reí por la dificultad que encontraba para expresarme con
palabras. Y aunque no hubiera sido su intención hacer una broma, ella rió conmigo, sin
preguntar por qué reía yo.
En la trece entramos a una panadería lo suficientemente amplia para no parecer colmada a
aquella hora. Nos sentamos en una mesa del fondo, donde se veía menos gente, y pedí un
desayuno para Lily y un café para mí. Luego, para ahogar el silencio entre nosotros, intenté
preguntarle por sus padres y por lo que hacía, pero las respuestas fueron tan breves y
ambiguas –y después permaneció tan absorta en su desayuno– que opté por dejarla en paz.
Apenas terminó de comer preguntó si podíamos irnos ya.
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“¿Tenés prisa?” pregunté ligeramente molesto con la idea.


“Sólo por conocer tu casa,” respondió, sonriéndome.

Se veía encantadora, sonriente y cómplice. Y más cuando pretendiendo seriedad entraba de


puntillas a mi casa y me tomaba de la mano para que la guiara, como luego en mi habitación,
abalanzándose sobre todo, fascinada, examinando con curiosidad. Yo era feliz,
redescubriendo mi vida a través de sus ojos. Mi vida, encadenada a todos aquellos objetos
que me pertenecían, me embriagaba entonces hasta el punto de perder mi usual cohibición.
Nos besamos y ella tomó mis manos entre las suyas, mas cuando intenté acariciarla bajo la
camiseta me pidió que esperáramos a la noche.
“Pero entonces no podré verte,” objeté.
“Prendés la luz.”
“Pero ¿por qué no ahora? ¿Cuál es la diferencia?”
“Es que me siento incómoda... a la luz del día,” intentó explicarme. “Prefiero la noche.”
Acepté su capricho, que significaba pasar la tarde juntos, sin imaginar cómo podría sacarla
cuando llegaran mis padres; y consciente del tiempo, advertí que ya habían dado las dos.
Dejé que la empleada pensara que había llegado hace apenas una hora y que no se había
dado cuenta por estar encerrada en su cuarto. Me serví más almuerzo y junto con un vaso
lleno de jugo subí a mi habitación.
“¿No podés repetir?” me preguntó Lily cuando regresaba con otro vaso de jugo.
“¿Almuerzo?” sondeé. “¿Todavía tenés hambre?”
“No para mí, sino para vos. ¡Casi no comiste nada!”
“Generalmente como muy poco,” la tranquilicé. “Por eso también resultaría extraño que
deseara repetir.”

Nos acostamos en mi cama. Yo no deseaba más que cerrar los ojos, acostado sobre una
superficie agradable, y me desperté finalizando la tarde. Abrí los párpados y me giré
lentamente. Al ver a Lily sospeché que llevaba rato observándome. Tampoco intentó
ocultarlo, aunque agregó que también acababa de abrir los ojos a que le agradaba mirar a la
gente dormir.
“Te veías tan indefenso,” dijo.
“¿Como un bebe de pecho?” bromeé. “Estaba pensando que era verdad aquello de que no
dormís.”
“Pues es verdad,” me aseguró, seria. “De vez en cuando cierro los párpados y sueño que
duermo, pero no es lo mismo.”
“¿No es lo mismo?” repetí incrédulo.
“No, no creo.”

Por horas me hizo toda clase de preguntas, que yo respondía abiertamente y me eximían de
intentar imaginar otras para ella. Y me sentía bien así, no porque no me importara su vida
pasada sino porque simplemente gozaba de su compañía. Además porque, con que me
preguntara, dábamos la impresión de estar sosteniendo una conversación; pero cuando me di
cuenta de que por lo mismo empezaba a verla como a una amiga, con la que no me podía
imaginar haciendo el amor, me levanté y me dirigí al baño.
“Voy a darme una ducha,” aclaré.
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“¿Puedo acompañarte?” saltó ella. “También me gustaría, y si alguien escuchara el agua...


sería extraño que tomaras dos duchas en una noche,” explicó finalmente, más animada con la
idea de lo que yo me había mostrado. Y mientras hablaba, se iba desvistiendo.
Tentado a pedirle que me dejara desnudarla, o que al menos lo hiciera lentamente, la
contemplé sin atreverme, seguro de disfrutar de la visión de su divinidad apenas
permaneciera un momento inmóvil. Pero luego, abrazándola por su propio deseo bajo el
chorro de agua helada, me atreví a besarla y a tomar uno de sus senos entre mis manos.
Entonces, sin ningún gesto de consternación, ella hizo a un lado mi erección, poniéndola
contra una de sus piernas, suave y húmeda... y así estuvimos besándonos hasta que decidió
coger el jabón, y luego, enjuagada y seca, me devolvió la toalla y salió desnuda a esconderse
bajo mis sábanas.
“¡Casi que no!” exclamó apenas la empleada me hubo llamado a comer. “Ya tenía
hambre.”
“Pero mis padres deben estar abajo,” intenté explicarle, más o menos resignado, sin querer
desilusionarla. Hubiera preferido no bajar, quedarme tranquilamente con ella bajo las
sábanas.
“¿Y...?”
“No creo que me permitan subir la comida.”
“¿Por qué no?” preguntó sorprendida.
“No sé, pueden querer que les haga compañía. Pero si no puedo subir te traeré algo
después de que se hayan acostado.”
“¿Y a qué horas podría ser eso?”
“A las once, más o menos.”
“¡Que consuelo!”
“Veré que puedo hacer,” le prometí de corazón.
Feliz de verme regresar tan pronto, apenas se cubrió cuando encendí la bombilla. Después,
mientras comíamos sentados en la cama, la sábana se le deslizó por el hombro, dejándome
ver su seno izquierdo. Pero entonces no hizo nada para ocultar su desnudez. Siguió
comiendo, indiferente a mis miradas.

En la madrugada me desperté sobresaltado. En la oscuridad, ella me observaba. No supe


cuanto llevaba así, pero creí que podría acostumbrarme.
“¿Soñaste?” me preguntó.
“No estoy seguro. Es difícil de describir con palabras,” confesé, y para terminar con el
asunto decidí mentir, contándole que había soñado que mi madre subía, abría la puerta y nos
encontraba haciendo el amor.
Asustada, me pidió que comprobara que la puerta estuviera bien cerrada, para luego
tomarme entre sus brazos y darme un largo beso.
Le seguí el juego. Mis manos exploraron su cuerpo, queriendo retener en las yemas cada
particularidad de su piel. Imaginé que debía concentrarme en sus senos pero me interesó más
el surco entre sus nalgas, que recorrí una y otra vez. Lily me acariciaba con sus manitas. Le
advertí que no tenía condones y me aseguró que tampoco importaba, puesto que no podía
tener hijos. Y si bien yo no lo dije tan sólo por temor a eso (y aunque tampoco me quedó
claro si lo decía por la edad, por un accidente o por qué), me decidí a hacerle el amor. Pero
aun así tenía miedo, aunque no sabía exactamente a qué, y no lograba superarlo.
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“¿Qué pasa?” me preguntó cerca al oído después de pasar sus manos por mi sexo para
confirmar mi estado. “¿No te excito?”
Intenté hacerle comprender que no era eso, que en realidad estaba asustado, quizá porque
era mi primera vez. Ella no le dio más importancia al asunto y se acostó de espaldas al techo.
En silencio, esperé a que tomara alguna determinación, pero como parecía que nunca fuera a
ocurrir, y temiendo que volviera a quedarse dormida, le pregunté que qué podíamos hacer.
“No mucho,” respondió aburrida. “La culpa la tenés vos, y mientras no logrés una erección
nada podemos hacer.”
Ante mi insinuación de que ella podría hacer algo al respecto aseguró que no sabía qué
más se podía hacer.
“¿Por qué no te masturbás?” se le ocurrió al fin. “Porque se te ha de parar a veces, ¿no es
cierto?”
Pero poco resulta con la esperanza de conseguir una erección en vez de una idea excitante.
Intentaba concentrarme en provocantes cochinadas y por debajo seguía descubriendo la
trampa. Furioso, entré al baño furioso y regresé con una medio erección, pero Lily aseguró
que no serviría.
“Mientras tanto,” me dijo, “podés acariciarme, si querés.”
Paseé mi mano derecha por su espalda delicada y ligeramente musculosa, bajando hasta
las nalgas y la parte superior de sus piernas sin obscenidad, hasta darme cuenta de que se
había quedado dormida.
Al día siguiente, domingo, logré contemplar mejor que el anterior la hermosura del cuerpo
desnudo de la mujercita a mi lado, y gasté la tarde adorándola, lo que me permitió
complacida.
Cuando sentía frío se arropaba con la sábana, mas nunca parecía desear cubrirse, aunque
fuera sólo con sus interiores.
“Me encanta estar desnuda. Me hace sentir toda la sensualidad de mi cuerpo,” confesó
mientras charlábamos espaciadamente, y por lo mismo me instó a permanecer también
desnudo. Así, tuve algunas erecciones que no pude ocultar, pero que ella tampoco se prestó a
satisfacer.
“Si querés te puedo masturbar,” se ofreció sólo una vez, aunque aclarando inmediatamente
que no le gustaría a la luz del día y que lo mejor sería que me aguantara para que por la noche
no estuviera cansado.
Pero ya en la noche sus manos se apoderaron de mi sexo con firmeza y me masturbó
suavemente mientras me preguntaba una y otra vez que si deseaba que me la chupara. Luego
se acostó a mis pies y sentí sus senos sobre mis piernas, su boca en mi sexo y su cabellera
esparcida por todo mi vientre. Y chupó tranquilamente, subiendo y bajando, llenándose la
boca de saliva, sin afanes, apretando ocasionalmente con los dientes, y al rato mi pene estuvo
tan erecto que ya no pude sentir más placer y pensé que, de ella seguir, terminaría
ahogándose y vomitando sobre mí. También pensé en cogerla por su rubia cabecita y
obligarla a que chupara con más fuerza, violentamente, hacer como si estuviera jodiéndola
por la boca, pero no me decidí ni a pedirselo. En vez de eso hice que se incorporara y
volviera a mi lado para instalarme en su interior. Entonces, mientras sus manos me servían de
guía, sus piernas se cerraron sobre mi cuerpo; y pronto me sentí como si estuviera “actuando”
en una película porno.

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Calculo que esa primera vez hicimos el amor por algo más de tres horas. Luego, una hora
más o menos después, al volver dentro de sus piernas, tuve que recurrir ya un poco más a mi
imaginación. Y una tras otra Lily encarnó actrices, compañeras inaccesibles del colegio, a una
maestra en particular... todas en las más indecentes posiciones que se nos ocurrían, para
violarlas con rabia en su cuerpecito. Así dentro de ella acabé perdiéndome, mi cuerpo
cubierto de sudor sobre el suyo tan fresco como el de un cadáver.
“Demasiado ejercicio,” me excusé al caer a su lado.
Lily me aseguró que había estado bien y de premio me dio un beso. No creí merecerlo,
pero casi tampoco me importaba. Ya un tanto decepcionado, sentía que algo no había
quedado del todo satisfecho en mí. Rememoraba los minutos anteriores como gastados en una
tarea cumplida y nada más. Sin embargo su compañía aún me era agradable. Me gustaba
mirar su cuerpo desnudo, acariciarla cuando parecía que no iba a percibirme, besarla en los
lugares e instantes que menos pudiera esperar, aunque lo aceptara todo con aquella
indiferencia felina tan suya que me dolía hasta el fondo. Pero, ¿hubiera sido yo más feliz si
ella hubiera aceptado todo con más pasión? La verdad era que yo tampoco sabía qué otro
comportamiento pedirle, y tampoco deseaba que se fuera.

Sentada desnuda detrás de mi escritorio, Lily leía una revista que mantenía a pocos
centímetros de sus ojos. Me le acerqué fingiendo interés e instalé mi lengua bajo la base de su
seno izquierdo, al principio aspirando simple y suavemente su sabor por temor a ser
interrumpido, luego continuando sin problemas, chupando vigorosamente y mordiendo
ligeramente el pezón. Ella misma unas veces me llenaba la boca, otras dejaba que yo
seleccionara una porción fácil de levantar con los dientes, y a cada nueva mordida su cuerpo
se estremecía, sus piernas sudaban bajo mis manos. Y mientras tanto, mientras gemía y
lloraba con una sonrisa en los labios, la piel se le iba volviendo roja, la sangre bullía por
debajo, intentando salir. Asustado, le pedí perdón y fue como si no me escuchara.
Avergonzado, regresé a seguir contemplándola desde mi cama.

***

El martes, al regresar del colegio y no encontrar indicios de su anterior presencia me


confundí. Unas horas antes había estado completamente seguro de que iba a encontrarla
acostada, o fisgonéando en mi escritorio. Mientras susurraba una y otra vez su nombre –por
miedo a que alguien más pudiera escucharme–, la busqué debajo de la cama, en el baño y en
otros lugares. Mi angustia iba trocándose en alegría, hasta que recordé que a veces, cuando
sentíamos que alguien se acercaba, Lily corría a esconderse dentro del closet empotrado en la
pared. Allí encontré sus pies bajo cantidad de ropa amontonada. La descubrí rígida, casi triste,
reprochándome que la hubiera dejado sola. Había sentido miedo en mi ausencia, dijo.
“¿Pero miedo de qué?” pregunté en broma para restarle importancia a lo que fuera y así
tranquilizarla.
Ese mismo día se negó a darme una respuesta, pero después pude darme cuenta de que
tenía miedo de que alguien, o varias personas, para ser más exactos, la encontraran y vinieran
por ella; aunque siempre se negó a decirme exactamente quiénes, refiriéndose a ellos

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simplemente como “ellos”, por lo que entonces pensé que tampoco ella lo sabía con
seguridad. Lo más plausible bien hubiera podido ser la muerte, en plural.

Ya muy pocas cosas podían extrañarme de Lily, o al menos así lo creía. Desde la primera
noche sospeché que no estaba del todo cuerda, pero yo ya lo estaba menos aún, decidido a
cuidarla, considerándola mi niña y mi amante.
Hubo momentos en las noches en que me insultaba porque no la dejaba salir, acusándome
de tenerla prisionera. Yo intentaba explicarle que era sólo porque mis padres se encontraban
en casa, despiertos, por lo que no podía salir en ese preciso momento, pero que lo podría
hacer más tarde. Y aunque ella no escuchaba mis razones, seguí repitiéndolas porque me
parecían parte del juego. Y es que Lily no gritaba sino que altercaba en voz baja, y cuando
estaba segura de que mis padres se habían ido a dormir se calmaba. Momento que yo
aprovechaba, continuando la farsa, para entrar a provocarla, diciéndole que se podía ir, que
con gusto la acompañaría hasta la puerta. Eso para que luego ella se quedara mirándome –o
moviendo la cabeza de un lado a otro, despacio–, tomara mis manos entre las suyas y me
pidiera, con una grave seriedad, que la perdonara y le permitiera quedarse, que ella haría todo
lo que yo quisiese.
Al principio simplemente la dejaba estar. Me halagaba que me lo pidiera, que se rebajara
para estar junto a mí. Luego, harto de repetir esas escenas, empecé a pedirle “cosas” para ver
hasta dónde podía llegar: que me dejara verla hacer sus necesidades en el baño, que se dejara
atar a la cama, etc. Deseos como aquellos, que ella satisfacía en silencio, como si le
importara, y que a mí me dejaban exhausto.

El viernes volví a encontrarla en el closet. Apenas me vio se arrojó en mis brazos. Habían
estado a punto de descubrirla, afirmó. Los había visto rondar la calle toda la mañana, mirando
las ventanas de las casas. Y aunque presumía de que no la habían visto, estaba segura de que
al día siguiente no tendría tanta suerte. “Ellos” podrían averiguar por otros medios dónde se
ocultaba exactamente.
No intenté contradecirla ni recordarle que no tenía clases sábados y domingos.
Simplemente le dije que si quería podía irse de inmediato, aprovechando que mis padres no
estaban. A la empleada se le podría inventar una excusa en caso de que nos viera.
“Ahora no,” me dijo más tranquila. “Puede que aún estén por ahí. Esperemos a la noche, o
a la madrugada.”
“¿Ellos no esperaran hasta entonces?” pregunté.
“Tienen otras cosas que hacer,” replicó sin vacilar.
En la noche hicimos el amor como dos animales en celo y en la madrugada, entre las dos y
las tres, recordando de pronto que se tenía que ir, me pidió que la acompañara a coger un taxi;
lo que en un principio me hizo gracia, viniendo de alguien que había recorrido varias de las
peores calles de Cali en las madrugadas, con una amiga. A pesar de que estaba agotado,
consentí. Era lo menos que podía hacer después de la semana que me había dado
prácticamente gratis.
La calle, como mi casa, la descubrimos desierta. Fascinado con la solitaria madrugada
decidí a acompañar a Lily hasta su casa. Encontramos un taxi en la quince y me monté con
ella, sin decirle nada. Mas cuando me estrechó la mano tuve la certeza de amarla.

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Acompañándola, felizmente había tomado una previsión, aunque hasta entonces inconsciente,
para saber dónde vivía su familia y poder volver a verla algún día.
La casa quedaba casi a las afueras de la ciudad y se veía que pertenecía a una familia
acomodada. Quizá por eso, pensé, me agradeció el haberla acompañado, caminó hasta la
entrada y esperó a que dobláramos en la esquina para tocar el timbre. Yo sabía que no tenía
llaves. Pero, ¿qué iban a decirle en su familia? Regresé a mi casa pensando en ello e
intentando memorizar su dirección.

El sábado y el domingo los pasé descansando, ya que a Lily le había faltado poco para
matarme de cansancio. El lunes fui al colegio con poco trabajo hecho, y no la vi, ni a ella ni a
su amiga, lo mismo que en las madrugadas que vinieron. En las noches lograba convencerme
de que la vería al día siguiente, así que era mejor esperar. No quería que fuera a pensar que
me estaba volviendo loco por verla. Pero dolorosamente pasaron dos semanas y al fin me
decidí a buscarla. Un martes, en vez de ir al colegio, tomé otro bus. Uno que me llevó hasta
un punto por el cual recordaba haber pasado esa madrugada. El resto lo hice a pie.
Ya estaba dudando de saber a dónde iba cuando reconocí la casa, que a la luz del día no
era muy singular. Parecía haber sido fabricada en serie, junto con otras muchas viviendas
esparcidas por la ciudad.
Eran las nueve. El sol estaba insoportable. Toqué a la puerta y una señora vino a abrirme.
“¿Lily está?” pregunté dándome cuenta de que no estaba seguro ni de que ese fuera su
verdadero nombre.
“¡¿Para qué?!” demandó la señora, inspeccionándome con la mirada, visiblemente
interesada.
“Me gustaría verla.”
“¿Es una broma?”
Me quedé mirándola, sin comprender.
“¿Era usted amigo de mi hija?” me preguntó después, un poco menos desconfiada.
“Algo así,” contesté haciéndome a la idea de que se había ido al extranjero.
“Qué raro. No lo conocía,” explicó, y después de pensarselo me invitó a seguir y me hizo
sentar en la sala.
Al cabo de un otro buen rato de observarme en mi incomodidad me preguntó que cuándo
había conocido a Lily. Imaginé que se había fugado de casa, o que la habían echado, pero no
me atreví a preguntar. Esperaba más indicios.
“Hace como tres semanas”, respondí seguro de que con ello no ponía nada en peligro.
“¡Pero eso no es posible!” me aseguró la madre de Lily. “Usted debe estar equivocado.
¡Liliana murió el año pasado!”
La sangre abandonó mi cuerpo, quién sabe para ir a dónde, y el suelo se abrió a mis pies.
Si algo me sostuvo, fue el vacío.
“Pero no se ponga así,” me suplicó la señora. “De seguro usted está equivocado. Le voy a
mostrar una foto de ella.”
La acompañé a una habitación que –como dijo– no había sido alterada desde la muerte de
su hija. Lastimosamente –me contó entretanto– ya tendría que ver qué hacía con las cosas que
la ocupaban porque no podía seguir así. Ya había pasado un año. ¿Qué sentido tenía mantener
intacta una habitación que nadie utilizaba? Había que hacer cambios.

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“El que no cambia se muere,” dictaminó al entrar y se abalanzó sobre uno de los nocheros
que coronaban las dos camas sencillas. Regresó a mi lado con una fotografía enmarcada: Lily
con el cabello corto, algo más joven. Luego me ayudó a volver a la sala y me invitó a
acostarme en el sillón mientras se me pasaba el mareo. (Me recuerdo balbuceando que era
Lily, y la impresión de que ella me miraba como si estuviera delirando). Mas cuando me hube
repuesto me invitó a que la acompañara al cementerio. De seguro no pensaba que yo hubiera
tenido suficiente. Faltaba encontrar la tumba abierta, sin ningún cadáver dentro. Pero acepté,
porque tenía que estar seguro de conocer la verdad.
“Después de todo, no sabe lo contenta que estoy de que allá venido,” me confesó en el
bus, casi alegre. “Mi esposo trabaja, y desde que murió nuestra hija nunca ha ido a visitarla.
¡Desde el día del entierro! Siempre me toca ir sola...”
Como pude ir dándome cuenta, su monólogo encerraba además una visión muy particular
de Lily, que no concordaba con la que yo había conocido. A no ser de que su hija hubiera
cambiado mucho después de su muerte.

El cementerio quedaba al otro lado de la ciudad. Me sorprendió que el bus llegará hasta allí y
siguiera, perdiéndose de vista en el campo abierto. Caminar entre sus tumbas acentuó la
impresión de lo efímera que era mi vida. Y como nada me importaba, apenas me afectó
tropezar con la chaqueta de Lily a un lado de su tumba. Todo lo demás parecía
completamente normal. La madre de Lily resolvió que alguien debía haber robado la
chaqueta del cuarto de su hija, así que por lo menos pude pretender que no había sido
sepultada con la misma ropa con que yo la había conocido.
Sin responder a su requerimiento de palabras, mucho antes de llegar al centro le anuncié
que la próxima era mi parada. Estaba resuelto a bajarme en cualquier lugar para deshacerme
de ella, y decidido a olvidar su casa, a la que había entrado Lily para convertirse en un
fantasma de mi memoria. Me preguntó entonces si acudiría a la policía. Yo prefería dejar todo
como estaba, así que se tranquilizó. Por último me regaló la chaqueta, alegando que no
deseaba volver a guardarla.

***

Por los meses siguientes no pude evitar pensar en Lily. Invadido por la tristeza, era como si
estuviera muriendo de antemano. El mundo que me circundaba pocos efectos hacía en mí.
Creo que estaba enloqueciendo, de manera tan sutil que los demás ni se daban cuenta. Pasaba
las noches acostado a oscuras, mirando el techo, esperando volver a sentir su fría piel a mi
lado. Por momentos creía sentirla dentro del closet, preparándose para salir a reclamar mi
cuerpo, para llevarme con ella. Mas una madrugada, en mi recorrido a tomar el bus del
colegio, volví a ver a la amiga de Lily, cambiada aunque reconocible. Corrí detrás, interrumpí
su camino y a fuerza de repetir el nombre de Lily logré que admitiera haber conocido una. Lo
mismo me costó ser reconocido, debido a lo cambiado que estaba.
“Pero ¿desde hace cuánto no sabés nada de Lily?” le pregunté.
El número de años que me dio era tantos como desde que las había conocido más uno. Me
contuve para no agredirla. Ya que estaba tan decidido a saber la verdad, no sería ella quien me
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John Wynberg © 1996

la iba a ocultar, pero tampoco podía asustarla y dejar que se me escapara. Aceptó entrar
conmigo en una cafetería, la misma a la que había entrado con Lily hace un año. También
logré que admitiera que posiblemente estaba equivocada por un año de menos en sus cuentas
ya que ella estaba con Lily cuando la conocí.
“Puede ser porque Lily también había desaparecido un año antes,” me explicó a manera de
excusa. “Eso si nunca se me podrá olvidar. Entonces sufrí bastante, hasta que terminé por
comprender su naturaleza nómada, como le gustaba llamarla.”
“Así que no te preocupés. Si tenés suerte, ella te encontrara,” me aseguró, y mientras
analizaba su café con leche consintió en que le contara mi experiencia con la madre de Lily.
Sólo se le hizo raro lo de la chaqueta.
“¿Por qué habría de querer abandonarla así?” preguntó para sí. Y luego agregó divertida:
“¿Pero Lily muerta? ¡Qué va! Estará más viva que nosotros dos juntos.”
“¿Entonces por qué su madre me dijo que había muerto?” pregunté, molesto con la idea de
que pudiera estar por allí, viva y con otra persona. “¡Además, yo mismo la acompañé a visitar
su tumba!”
“Podría haber sido la de su hermana.”
“Pero ella no mencionó a ninguna otra hija,” objeté.
“Según Lily, su madre estaba medio loca. No quería a su otra hija, a la que Lily llamaba
Lily y que en realidad se llamaba Liliana. Al morir Liliana (me parece que se suicidó),
nuestra Lily tomó su chaqueta y su nombre y se fue de casa. Creo que fue justo entonces
cuando la conocí, y me costó no poco trabajo conocer su historia. Ahora, puede que la madre
ni se acuerde de que tuvo otra hija. Puede que fuera a visitar a Lily en su tumba pensando que
era Elizabeth la muerta. Por eso te cedió la chaqueta, porque no significa nada para ella.”
“¿Pero está tan loca como para no reconocer que Liliana no es la de la fotografía que me
enseñó?”
“Desde que la conozco Lily se ha llamado así. Una sola vez dijo llamarse Elizabeth, pero
que prefería Lily. Su madre las llamaba con ese mismo nombre y las veía como una sola.
“Lily” era como un nexo entre la una y la otra, que al fin y al cabo no era ninguna,” siguió
contándome Carolina, ya menos animada con la historia e ignorando mi pregunta. “El
problema era que las consecuencias de lo malo de esa hija imaginaria llamada Lily lo pagaba
Liliana, mientras que lo bueno se le recompensaba a Elizabeth.”
“¿Mencionó algo respecto a su padre?” la atajé, cansado y perdido a medias en su relato.
“Ah, sí, que abusó tanto de Liliana que la llevó a la muerte,” dijo como si se tratara de un
oscuro e importante secreto. “Con Elizabeth al parecer nunca lo intentó ya que era la
consentida de mamá. Pero precisamente por eso, como penitencia, para emular aquella falta,
en adelante ella como Lily se dejó hacer de cuanto hombre o mujer la deseara.”
“Pero ¿sabías que era tan puta y lesbiana como yo?” terminó diciendo, sin aguantar la risa.
“¿Y como murió su padre?” me apresuré a preguntar con lo que tan sólo suponía, para que
no pudiera contemplar mi turbación. En realidad no sabía por qué preguntaba por él, pero en
ese momento fue lo único que se me ocurrió.
“No sabía que estuviera muerto,” replicó Carolina, quizá incómoda por ese giro
imprevisto. Al momento volvió a sonreír con un poco de amargura y al levantarme para ir a
pagar la cuenta me preguntó casi que tímidamente si acaso no quería acostarme con ella.

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John Wynberg © 1996

Un día vi a una mujer tal como intentaba imaginarme a Lily en aquel momento: muy bien
vestida y cogida de la mano de un anciano. Entré al restaurante que ellos entraron y me senté
a tres mesas de diferencia. No había crecido demasiado. Su cabellera era más espesa, sus
senos eran más graves y de su falda negra podía ver surgir sus piernas amplias y fuertes. Sólo
su rostro desentonaba, apagado, como aburrida o con sueño.
Estaba seguro de que se trataba de ella. Mi corazón latía desbocado, perdiendo el ritmo,
como hace tiempo no lo hacía. También sentía frío y me sudaban las manos, pero eso ya era
de todos los días.
Al rato se levantó. La seguí. Al fondo y detrás de una pared quedaban los baños. Esperé
cerca a la puerta del de damas, deseando que nadie fuera a interponerse. Necesitaba verla a
solas.
Cuando salió, se quedó mirándome.
“Lily, ¿no te acordás de mí?” le pregunté, pronunciando su nombre con amor, como si se
tratara de una palabra sagrada o una clave mágica.
“No... para nada. Además me llamo Elizabeth.”
“Ya sé,” asentí exultante. “Carolina me explicó todo.”
“¿Carolina?” Parecía más desconcertada.
“La vi hace como un mes,” le aseguré.
“No conozco a ninguna Carolina,” dijo.
“Pero ¿no te acordás del estudiante que te veía en las madrugadas, en la quince, y en cuya
habitación pasaste una semana entera?” le reclamé suplicante.
“¿Por qué?” me preguntó después de aparentar pensarselo un poco, ya menos interesada.
“¡Debe de haber sido hace años!”
“¡Pero yo te he estado buscando desde entonces!”
“¿Y se supone que me tendría que sentir halagada?”
“¿Es porque ahora andás con viejos?” le eché en cara, furioso.
“Es mi padre,” me respondió, fría. “Si te conocí, sería cuando era más joven. Entonces
hacía lo que me daba la gana, y lo sigo haciendo, pero ahora nada de eso me obliga a nada.”
Se giró y siguió su camino. El viejo la esperaba a la salida. Me apresuré a pagar lo mío.
Una vez afuera alcancé a escuchar la voz del viejo preguntando por mí, quizá una vez más.
“Pero si ya te dije que no sé,” exclamó ella, enfadada. “Un pendéjo que cree conocerme.”

Y eso que yo sólo quería que me reconociera, confirmar las palabras de Carolina, asegurarme
de que no me había enloquecido de repente. Así que no era Lily, mi pequeña Lily. No era
Ella. No podía ser. Por eso la sigo buscando y voy al cementerio a charlar con su hermana.
He tenido suerte y no me he vuelto a encontrar con su madre.

John Wynberg
Abril, 1996

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