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Obras de Marc Augé EL TIEMPO EN RUINAS

publicadas por Gedisa

Diario de guerra
El mundo después dellI de septiembre

Ficciones de fin de siglo

Las formas delolvido

El viaje imposible
El turismo y sus Imágenes MarcAugé
La guerra de los sueños
Ejercicios de etno-ficción

Los no lugares. Espacios del anonimato


Una antropología de la sobremodernidad

El viajero subterráneo
Un etnólogo en el metro

Hacia una antropología


de los mundos contemporáneos

Travesía por los jardines de Luxemburgo

Dios como objeto

gedi~
Símbolos-cuerpos-materzas-palabras

El objeto en psicoanálisis
Título del original francés:
Le temps en ruines de Marc Aubé
© Éditions Galilée, 2003

Traducción: Tomás Fernández Aúz y Beatriz Eguibar

Ilustración de cubierta: Alma Larroca

Primera edición: septiembre de 2003, Barcelona

cultura Libre
Derechos reservados para todas las ediciones en castellano

© Editorial Gedisa, S.A.


Paseo Bonanova, 91°-1"
La contemplación de las ruinas nos permite entrever
08022 Barcelona (España) fugazmente la existencia de un tiempo que no es el
Te!. 93 253 09 04 tiempo del que hablan los manuales de historia o
Fax 93 253 0905
correo electrónico: gedisacsgedisa.com del que tratan de resucitar las restauraciones. Es un
http: I/www.gedisa.com tiempo puro, al que no puede asignarse fecha, que
no está presente en nuestro mundo de imágenes,
ISBN: 84-7432-993-0
Depósito legal: B. 40707-2003
simulacros y reconstituciones, que no se ubica en
nuestro mundo violento, un mundo cuyos cascotes,
Impreso por: Romanyá/Valls faltos de tiempo, no logran ya convertirse en ruinas.
Verdaguer 1 - 08786 Capellades (Barcelona)
Es un tiempo perdido cuya recuperación compete al
Impreso en España arte.
Printed In Spain

Queda prohibida la reproducción parcial o total por cualquier


medio de impresión, en forma idéntica, extractada o modificada
de esta versión castellana de la obra.
Índice

El etnólogo y su tiempo 11
Las ruinas y el arte . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 21
«U na perturbación del recuerdo
en la Acrópolis» 33
El tiempo y la historia. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 41
«In the Mood for Lave» 55
Turismo y viaje, paisaje y escritura........ . 59
«Viaje al Congo» 95
Lo demasiado lleno y lo vacío 99
Paisaje romano . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. 117
El muro de Berlín. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. 121
París.. .. .. . . . . . . . . .. . . . . .. ... . ... . . . ... 137
El etnólogo y su tiempo

Los etnólogos suelen sentir la tentación de escribir


sus memorias (y, a veces, ni siquiera esperan a tener
una edad considerable). A decir verdad, en tales ca-
sos se han consagrado menos a sus memorias que a
la evocación de su primer desafío -a aquel raro mo-
mento de sus vidas en que todo quedó decidido, a
pesar, en ocasiones, de la trivialidad de las aparien-
cias y de las superficialidades de lo cotidiano, por
más exótico que fuera-o «Todo quedó decidido» es
una forma de hablar, ya que, hablando con propie-
dad, nada quedó «decidido» en aquellos comien-
zos; pero el momento en cuestión marcó la pauta y
ya no habría de ocurrirles nada que no llevase su
sello y que, de un modo u otro, no aludiese a él, ya
fuese en el plano profesional (como si las teorías

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generales no fuesen más que la extrapolación de y lejos), al margen de que duplica su obligada for-
una experiencia inicial particularmente intensa), ya ma de trabajar-no hay más remedio que volver pa-
fuese en el plano existencial, debido a que, hace al- ra escribir, hay que establecer una distancia entre el
gunas décadas, partir hacia algún lugar nuevo se vi- yo que se encuentra muy cerca de los otros y el que
vía como una opción vital, como una forma de com- va a describirlos-, es la misma que podría definir la
promiso, y tal vez hoy siga ocurriendo lo mismo. memoria? El recuerdo se construye a distancia co-
Michel Leiris había escrito un diario que trataba de mo una obra de arte, pero como una obra de arte
contar día a día el conjunto de sus impresiones, sus ya lejana que se hace directamente acreedora del tí-
fantasmas y sus conocimientos. Sin embargo, sólo tulo de ruina, porque, a decir verdad, por muy exac-
con el tiempo, transcurrido cierto lapso, habrían de to que pueda ser en los detalles, el recuerdo jamás
revisar Lévi-Srrauss, Balandier y Condominas sus ha constituido la verdad de nadie, ni la de quien es-
experiencias pasadas, confiriendo por ello a su rela- cribe, ya que en último término dicha persona ne-
to el estilo propio de las memorias y no el de los cesita la perspectiva temporal para poder verlo, ni
diarios, pese a que algunos pasajes de sus cuader- la de quienes son descritos por el escritor, ya que,
nos de campo apuntalen, en ocasiones, la compleja en el mejor de los casos, este escritor no es más que
arquitectura del conjunto. el esbozo inconsciente de sus evoluciones, una ar-
Es necesario regresar para escribir, al menos re- quitectura secreta que sólo a distancia puede des-
gresar a casa. Por consiguiente, entre «la experien- cubrirse.
cia» vivida sobre el terreno y la escritura se instau- Lévi-Strauss presintió el estrecho parentesco en-
ra una distancia doble: la distancia de uno mismo tre la etnología y la memoria (o el olvido) y, más
respecto de uno mismo (¿qué significa lo que he vi- allá, la analogía entre el recuerdo y la ruina. Y, cosa
vido y observado en caliente?), distancia que tiende muy notable, fue en un pasaje en el que convertía a
a confundirse con la que media entre los otros y la primera en una exigencia de método cuando se le
uno mismo, distancia que resulta no obstante bien impuso la segunda, como consecuencia de una es-
distinta debido a que esta última proviene de la teo- critura conducida por sus metáforas al punto en
ría de la «mirada distante». ¿Se ha tenido en cuenta que dejan de serlo y se vuelven más bien imágenes
alguna vez que la exigencia de «método» a la que de un concepto que no se osa expresar:
obedece el etnólogo (situarse dentro y fuera, cerca

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Arrollando mis recuerdos en su fluir, el olvido ha demás en las situaciones y los lugares más diversos,
hecho algo más que desgastarlos y enterrarlos. El revise, no lo que ha hecho (ya es demasiado tarde),
profundo edificio que ha construido con esos frag- sino lo que esa tarea le ha enseñado, las reflexiones
mentas da a mis pasos un equilibrio más estable, un que le inspira y los interrogantes que le plantea en el
trazado más claroa mi vista. Un orden ha sidosustirui- presente. El oficio de antropólogo (prefiero este tér-
do por otro. Entre esas dos escarpas que mantienen a mino al de «etnólogo», cuyo empleo, en los tiempos
distancia mi mirada y su objeto, los años que las des- que corren, presenta el nesgo de confirmar a cienos
moronan han comenzado a amontonar sus despojos.
lectores la ilusión de que existen individuos entera-
Las aristas se afinan; paneles enteros se desploman;
los tiempos y los lugares chocan, se yuxtaponen o se mente definibles por una pertenencia étnica y cul-
invierten, como los sedimentos dislocados por los tural que se les adhiere a la piel) tiene por objeto la
temblores de una corteza envejecida. Tal detalle, ínfi- actualidad. El antropólogo habla de lo que tiene
mo y antiguo, surge como un pico, en tanto que capas ante los ojos: ya sean ciudades o campiñas, coloni-
enteras de mi pasado sucumben sin dejar huella. zadores o colonizados, ricos o pobres, indígenas o
Acontecimientos sin relación aparente, que provie- inmigrados, hombres o mujeres y, más aún que de
nen de períodos y regiones heterogéneos, se deslizan todo ello, se ocupa de lo que los une o los opone,
unos sobre otros y súbitamente se inmovilizan con de todo 10 que los vincula, así como de los efectos
la apariencia de un castillo cuyos planos parecería derivados de estos modos de relación. Todo esto
haberlos elaborado un arquitecto más sabio que mi
constituye, en principio, el objeto de la antropolo-
historia.'
gía, de modo que, siempre en principio, si no tiene
telarañas en los ojos, el antropólogo puede verse
El presente libro no es ni un diario ni unas me-
abocado a comparar situaciones que, pese a la exis-
monas. Nunca he escrito un verdadero diario y ten-
tencia de diferencias evidentes, le parezcan ser sus-
go mala memoria. No, mi propósito es otro. Es na-
ceptibles de comparación debido a un aire de fami-
tural que alguien cuyo oficio, para decirlo de forma
simple, ha consistido en escuchar y observar a los lia imputable a la historia, a los actores que colocan
sobre el escenario o a las instituciones que hacen
intervenir. La actual globalización, pese a que tenga
l. Tristes Tropiqxes, Plon, 1955, pág. 45. [Versión castellana:
la originalidad de haber casi rizado el rizo y de con-
Tristes trópicos, traducción de Noelia Bastard, revisada por Eli-
seo Verón, Paidós, Barcelona, 1992, pág. 47. (N. del T)] cernir efectivamente a todos los habitantes del pla-

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neta, no debería sorprenderle: ha pasado una consi- de una era a otra. La prehistoria del mundo se ter-
derable parte de su vida observando su puesta en mina y comienza su historia. Los antropólogos han
marcha. En realidad, le debe su existencia: en las sido siempre, sin saberlo, los especialistas de los
colonias, y más tarde en los países de independen- comienzos, incluso en el caso de que los comienzos
cia reciente, de las zonas rurales donde se desplie- que estudiasen exhalaran aroma de muerte: al abo-
gan las operaciones de desarrollo a los barrios de lir de un plumazo la actualidad de lo que les había
chabolas de las periferias urbanas, de las aldeas ais- precedido, no se abrían al porvenir más que susci-
ladas a los campos de refugiados, de las misiones tando nostalgias inmediatas. A partir de ese mo-
católicas a las Iglesias de Pentecostés, de los altares mento, pudo suceder que, despreciando la atención
de fortuna donde se inventan cultos nuevos a las que afirmaban prestar al «hecho social total», los
mezquitas islámicas o islamistas, de los primeros antropólogos se mostraran más sensibles a la belle-
transistores a la televisión generalizada, no ha cesa- za de lo que se derrumbaba que a la amplitud de lo
do de seguir su avance ni de tratar de comprender que se anunciaba.
sus causas y sus efectos. Él ha sido, históricamente, ¿Qué tenían ante los ojos? Un erial de ruinas, a
después del militar y el misionero, uno de los pri- cuyo desorden contribuían al pretender reconstituir
meros signos de esa globalización, a pesar de que el plan de trabajo que las inspiró y la tarea de cons-
no siempre se haya percatado de ello, y del mismo trucción de la que no comprendían gran cosa. N o se
modo, hoy incurre en la creencia, reproduciendo el trata de que la búsqueda de las lógicas inconscientes
mismo error, de que no tiene nada que decir sobre o implícitas fuese en sí misma ilegítima, sino de que
ella y de que la globalización equivale al tañido de bajo ningún concepto podía presentarse como análi-
su hora postrera, cuando en realidad debería abrir- sis integral de una realidad actual. Para empezar, en
le los ojos respecto a lo que constituye su verdade- los años sesenta y setenta, para justificar su presen-
ra vocación y su auténtico objeto. cia sobre el «terreno», los antropólogos, que eran
Algunos antropólogos empiezan a comprender perfectamente conscientes del carácter incongruen-
por fin que su disciplina habrá sido en último tér- te, no contemporáneo, de su iniciativa, decían a sus
mino la disciplina del presentimiento, que los an- informantes y a sus interlocutores que querían «re-
tropólogos habrían sido los primeros observadores latar su historia». Esta afirmación -una media ver-
de la transición de un siglo a otro, o mejor, del paso dad o una media mentira- era, por lo general, bien

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acogida, pero la buena armonía descansaba a partir como el profetismo, el sincretismo o el mesianismo
de ese momento en un equívoco. -cosa que no les impedía, afortunadamente, gestio-
La necesidad de historia era algo que las personas nar su vida cotidiana del modo menos malo posi-
que iba a visitar el antropólogo experimentaban en ble, afán en el que se esforzaban, por su parte, los
la medida en que, proyectadas hacia un porvenir ini- aprendices del desarrollismo.
maginable y sometidas a la presión de agentes exte- Oscilando entre incertidumbres e ignorancias,
riores que tampoco lo imaginaban más que ellas, entre pasados muy compuestos y un porvenir des-
sentían la necesidad de identificarse cuando menos conocido,los antropólogos habrían podido encon-
con su pasado -sin perjuicio, como a menudo ha su- trarse en la situación en que se ven los arqueólogos
cedido, de poder reinventarlo de punta a cabo-. Con frente a sus excavaciones -algunos pudieron su-
todo, la oscuridad del presente y la incertidumbre cumbir a esa tentación- si las personas a las que ob-
del porvenir eran la razón de esa reinvención. servaban no les hubieran recordado, llegado el caso,
Por consiguiente, no había duda de que lo que que también ellos deseaban pensar en su porvenir,
tenían ante los ojos los antropólogos era una espe- sugiriéndoles incluso, por medio de los mil rodeos
cie de cantera en la cual procedían a levantar el in- de la invención mítica, del ritual o de la revuelta,
ventario de los mitos y los objetos perdidos, en la que no había más que un porvenir para todos, un
que se elaboraban (sin distinción entre observado- porvenir que debía compartirse. Éste es el punto en
res y observados) teorías interpretativas, secuen- el que se encuentran hoy los antropólogos. Situa-
cias históricas y episodios míticos. Pero no dejaba dos ante el vasto erial que abarca la tierra entera,
de ser una cantera. Esto significa que el porvenir, perciben bien que el inventario de las ruinas no es
por muy incierto que fuese, era su razón de ser. Con- un fin en sí y que lo que cuenta es la invención, a
vertidos en desarrollistas, los antropólogos se arries- pesar de que se encuentre sometida a terribles pre-
garon, en los años sesenta y setenta, a evocar este siones y a efectos de dominio que amenacen su
porvenir, a identificarlo localmente con el éxito de existencia. La humanidad no está en ruinas, está en
pequeñas operaciones tecnológicas, ya tuvieran un obras. Pertenece aún a la historia. Una historia con
carácter de cooperación o fuesen de otro tipo. Los frecuencia trágica, siempre desigual, pero irreme-
futuros beneficiarios del desarrollo echaban a veces diablemente común.
una mano, utilizaban cortocircuitos intelectuales

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Las ruinas y el arte

Cuando llegué al litoral aladiano, en Costa de Mar-


fil, corría el año 1965, descubrí con sorpresa unas
aldeas divididas de forma casi geométrica por la
mitad y en cuatro partes fácilmente apreciables so-
bre el terreno: una bicoca para el neófito que yo
era. Sin embargo, en jacqueville, la aglomeración
más importante del cordón arenoso que se exten-
día a lo largo de un centenar de kilómetros al oeste
de Abiyán, entre el mar y la laguna, en el extremo de
cada una de esas cuatro panes, frente al mar, del que
sólo estaban separadas por la playa y algunas hileras
de cocoteros, también me llamó la atención la pre-
sencia de ruinas. Ruinas: la palabra venía inmedia-
tamente a los labios ante las altas moradas de pie-
dra despanzurradas y medio derruidas que aún se

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veían sobresalir detrás de las cabañas de bambú de de los antiguos tratantes. La última vez que pasé por
la aldea. Estos «palacios» (era el término que se uti- Jacqueville, para asistir a los funerales de Philippe
lizaba para designarlas) habían sido construidos a Yacé, oriundo de esta ciudad, apenas pude adivinar
fines del siglo XIX y principios del xx para los jefes los restos de una o dos de ellas en el batiburrillo de
de linaje que organizaban el comercio de aceite de construcciones de cemento que había sustituido a la
coco. En aquel tiempo significaban su prestigio y geometría regular de la aldea de bambú.
su autoridad (ese prestigio no era escaso, ni esa auto- Había otras ruinas en la costa marfileña. En
ridad, y estos príncipes esclavistas, tras algunas fric- Grand-Lahou, una gran aldea situada más al oeste,
ciones, habrían de atraerse las simpatías de los co- en la desembocadura del Bandama, el cordón lacus-
lonizadores: uno de ellos fue jefe cantonal durante tre se estrechaba día a día como consecuencia del
años). En 1965, hacía tiempo que nadie se ocupaba brusco y violento empuje del océano (el pueblo fue
ya de esas ruinas: algunas tuberías medio enterra- reubicado más tarde en la costa firme del continen-
das en la arena daban testimonio de ese desinterés. te), y en esa franja se descomponían lentamente los
Con todo, al caer la tarde o a la tenue luz del alba, restos de un cuartel francés (muros de piedra, cu-
esas ruinas no carecían de dignidad, centinelas en- bierta de tejas). Una o dos familias habían encontra-
vejecidos que montaban una desusada guardia fren- do refugio en uno de estos edificios y en 1968 me
te al horizonte vacío en el que sólo se perfilaba, de acogieron en él durante algunos meses. Entonces
cuando en cuando, la silueta alargada de un petrole- aún se podía acceder al primer piso por una escalera
ro de paso. relativamente sólida. Estas construcciones tenían
Las familias a las que pertenecían no se ocupa- apenas sesenta años, pero su decrepitud aumentaba
ban de ellas. Habrían podido hacerlo, reedificán- la desolación de esa isla semiabandonada en la que
dolas o, al menos, consolidándolas: no faltaban al- no residían más que algunos pescadores, algunos
bañiles de talento en la región y, de hecho, pronto plantadores y dos parejas de libaneses. Una de ellas
iba a asistirse a la multiplicación de casas «sólidas», regentaba una especie de tienda de ultramarinos en
algunas de las cuales, más suntuosas que las demás, un edificio de cemento con techo de chapa por el que
sustituían a los «palacios» de antaño para representar me gustaba dejarme caer de vez en cuando porque en
otros prestigios y nuevas formas de autoridad. Sin ella podían beberse cervezas heladas y escucharse
embargo, nadie pensó en restaurar las mansiones las noticias en un aparato de radio. Allí fue donde

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una tarde, tras varios días de aislamiento, creí soñar En Grand-Bassam, al este de Abiyán, donde el
al oír que el general De Gaulle acababa de huir a Ba- domingo acudían gustosos los europeos para disfru-
den-Badén y que aparentemente no había ya gobier- tar de la arena, del sol y de los restaurantes, varios es-
no en París. Quise volver inmediatamente a Abiyán, tablecimientos comerciales iban cayendo lentamente
muy excitado ante la idea de comentar las noticias en ruinas por esta época. Algunas de estas construc-
con algunos amigos (de hecho, íbamos a armar en la ciones fueron «apañadas» más tarde por cooperati-
localidad, algo más tarde, nuestro pequeño Mayo vas. Al principio de mi estancia, fui a pasear una o
del 68). Pero la barcaza de la tarde había partido ha- dos veces por el antiguo cementerio europeo: algu-
cía tiempo y me quedé en compañía del dueño de la nas tumbas emergían aún de entre las arenas invaso-
tienda de ultramarinos y su esposa, una mujer toda- ras. El abandono le sentaba bien a este lugar, vol-
vía joven, ya entrada en carnes, cuyos hermosos viendo más perceptible acaso el paso del tiempo y el
ojos negros se empañaban de tristeza cuando evo- extraño destino de tal soldado o marinero de Breta-
caba su exilio en este rincón perdido: cuando daba ña muerto de paludismo o de fiebre amarilla en estas
nombre a su desdicha, tenía una forma de prolon- costas, hoy nuevamente abandonadas.
gar la última sílaba (Grand-Lahou ... ou ... ou) que El espectáculo de esas ruinas recientes constituía
me hacía pensar inevitablemente que aullaba a la una especie de enigma cuya existencia presentí de
Luna. Ésta, madrugadora por estas latitudes, daba inmediato. aunque sin identificar sus términos ni
un resplandor metálico a las palmas de los cocote- comprender su naturaleza. Su sombra, la sombra
ros y abría huecos de sombra en las ruinas que, por de una duda. me rozó, para después alejarse, bo-
la noche, parecían más imponentes. La otra pareja, rrarse, porque otras preocupaciones, más urgentes,
dos ancianos, parecían esconderse (¿esconderse de requerían mi atención. Si el enigma resurge hoy,
quién en esta soledad?) en el fondo de una cabaña después de más de treinta años, y si me vuelve tan
de chapa: la mujer no salía nunca. Yo me cruzaba de fácilmente a la memoria el recuerdo de los palacios
vez en cuando con su marido, que se arrastraba dan- aladianos, no es sino al término de dos recorridos
do pequeños pasos hasta el embarcadero. Como entrelazados cuya secreta afinidad comienzo a en-
no habían hecho fortuna, no podían considerar la trever. Andando el tiempo he visto otras ruinas o,
idea de volver al Líbano, y esperaban morir en ese al contrario, otras restauraciones. empezando, con
lugar. ocasión de esta misma estancia en Costa de Marfil,

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por El Mina y las demás fortalezas portuguesas de traba, como las ruinas, la huella del pasado y los es-
la vecina Ghana (la antigua Costa de Oro), bien tigmas de la derrota.
conservadas por los colonizadores ingleses y, más En los países en los que tradicionalmente traba-
tarde, por el ejército nacional. Llegué a conocer al- ja el antropólogo, las ruinas no tienen nombre ni
go de Grecia, fui a Egipto. Mucho más tarde, des- estatuto. Siempre tienen que ver con los europeos,
cubrí en México y Guatemala unas pirámides rodea- que en ocasiones son sus autores, con frecuencia
das por la selva, como los templos de Angkor de sus restauradores e, invariablemente, sus visitantes.
Camboya que Denys Lombard me hizo visitar cuan- Las religiones que a veces denominamos sincréticas
do dirigía la Escuela Francesa de Extremo Oriente. para sugerir que combinan diversas herencias na-
El otro recorrido, en paralelo, dio lugar a mi en- cieron en su mayoría del contacto con Europa en
cuentro con «visionarios»: en Costa de Marfil me todos aquellos continentes cuya colonización em-
entretuve en casa de unos «profetas» que pretendían prendió. Al igual que las ruinas, estas religiones no
luchar a un tiempo contra los brujos, curar los cuer- son el simple resultado de una sustracción, sino
pos sufrientes, evocar los tiempos nuevos y adaptar que presentan un conjunto de formas inéditas y
los mitos cristianos. En Togo, país que frecuenté evolutivas que no cesan de metamorfosearse en la
en los años setenta, los sacerdotes de los vodun se mirada de quien se demora en ellas. y al igual que
adjudicaban más o menos la misma tarea, a pesar de las ruinas, las vemos revelar también de forma pro-
que algunos de ellos prescindían de toda referencia gresiva su verdadera naturaleza, captar la mirada de
cristiana. Un poco más tarde, tuve ocasión de am- los otros, la de Occidente, y proponerle el espec-
pliar mi experiencia sobre los visionarios en Amé- táculo de su plasticidad y de sus colores: restaura-
rica del Sur, principalmente en Brasil y Venezuela: das, vestidas con un traje nuevo, estas religiones se
había adquirido la costumbre de conversar, como si Cantan y se bailan hoy en los diversos escenarios de
no pasara nada, con unos individuos, hombres o los teatros de Europa o de Estados Unidos, a me-
mujeres, que parecían considerar lógico que un ex- nos que, emprendiendo el viaje, los turistas desem-
tranjero se interesara en su poder de curación, en los barquen en los lugares mismos de su nacimiento,
dioses y en los muertos a cuyo encuentro salían casi subrayando con su mera presencia su naturaleza
todas las noches, en las potencias que les poseían y ambivalente -como en el caso, por ejemplo, del can-
se expresaban por su boca --en esa visión que mos- domblé brasileño.

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Cuando nos interesamos por la historia de Gre- ilustrados y de frecuentar París. Madrid, Florencia.
cia, no nos extraña que el arte haya nacido de la reli- Berlín o San Petersburgo: esa sinceridad es lo sufi-
gión. y jean-Pierre Vernant ha mostrado efectiva- cientemente fuerte como para que el aficionado
mente que la religión nunca fue tan necesaria como tenga sus favoritos. como algunos impresionistas,
en la época en que todos sus practicantes estaban ad- varios dibujos de Gaya. una Anunciación de Piero
quiriendo conciencia del carácter ficticio. puramen- della Francesca. Y la sinceridad crece si tiene la bue-
te narrativo, de sus mitos fundadores. Siguiendo este na fortuna de descubrir. aquí o allá, alguna obra an-
análisis. podría concluirse que el arte se construye tigua de mucho menor prestigio, por ejemplo, como
sobre las ruinas de la religión. Pero la experiencia et- a mí me ha ocurrido, algún san Antonio o algún ar-
nológica poscolonial permite ir aun más lejos y su- cángel típicos del barroco sudamericano como los
gerir que el propio arte. en sus diversas formas. es que pueden adquirirse en Ecuador o Guatemala por
una ruina o una promesa de ruina. y que. por ese un precio relativamente asequible, ya que han sido
mismo hecho. tal vez tenga siempre. para ser reco- introducidos en el circuito mercantil por razones
nocido como tal. necesidad de la mirada de Europa. diversas, pero, a veces, entremezcladas: robos en las
¿En qué sentido se encuentra el arte próximo de ruinas de conventos o iglesias derruidas por tem-
la ruina? El diccionario de francés Robert propone, blores de tierra, empobrecimiento de las clases bur-
para la palabra «ruina» o «ruinas», ya que lo más guesas, conversiones frecuentes a la Iglesia de Pente-
corriente es que el término se utilice en plural. la de- costés, más resueltamente iconoclastas. Este retablo,
finición siguiente: «Vestigios de un edificio antiguo, en mi salón, ya me resulta familiar. Le dedico con
degradado o derrumbado», y. en sentido figurado: frecuencia largas miradas. Me gusta por mil razones
«Lo que queda (de lo que ha sido destruido o de lo en las que intervienen la estética y, también, desde
que se ha degradado)». Me encuentro ante un reta- luego, la curiosidad, irremediablemente insatisfe-
blo antiguo cuya visión me causa cierta emoción: cha, de conocer su procedencia exacta, su fecha de
ésta puede tener algo de convencional, a tal punto el ejecución, sus idas y venidas, su historia en suma.
temor de parecer inculto o insensible puede intimi- Este cuadro no está degradado. Está materialmente
dar al aficionado poco seguro de sí mismo. pero, a intacto. Tiene buena apariencia. Y lo mismo ocurre
la larga, la sinceridad triunfa en quien ha tenido la Con la estatua del arcángel san Miguel, al que le fal-
oportunidad de leer un poco, de tener unos amigos tan varios dedos y la lanza con la que no obstante

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acaba de golpear al dragón satánico que se retuerce a quienes la contemplan hoy, jamás la contemplarán
sus pies. Aún tiene buen aspecto, unas buenas meji- con la mirada de quien la vio por primera vez. Lo que
llas sonrosadas y la mirada vacía y risueña que trans- hoy expresa la obra original es esa carencia, ese vacío,
mite una buena conciencia. esa distancia entre la percepción desaparecida y la
D n retablo, una escultura. Tienen bastantes años, percepción actual, una distancia evidentemente au-
y esta antigüedad forma parte de su encanto. Si me sente en la copia, que de algún modo carece de falta.
enterara de que han sido fabricados en época re- Si nos resultan placenteras las tragedias griegas, mu-
ciente, me sentiría decepcionado. No obstante, eso cho tiempo después de ese paso de la religión a la fic-
no restaría nada a su estética y, por lo demás, no ción del que nos habla Vernanr, cuando esa ficción no
tengo intención de venderlos. Sé también que, des- es ya la nuestra, no es en esencia porque, siendo eru-
de hace siglos, los temas de san Antonio con el ni- ditos, identifiquemos sus personajes y sus circunstan-
ño Jesús en brazos y de san Miguel fulminando al cias, o porque, siendo moralistas, encontremos en
dragón son estereotipos: generaciones de artistas ellas los abismos y los vértigos de las pasiones huma-
indios, en América Latina, no han dejado de repro- nas: es, de manera más profunda, porque nos hacen
ducirlos. Yo mismo he visto un gran número de sensibles, fugazmente, a la distancia entre un sentido
ejemplos en las iglesias de España y de América, en pasado, abolido, y una percepción actual, incompleta.
los museos, en las exposiciones consagradas al arte La percepción de esa distancia entre dos incerti-
barroco. La originalidad de cada obra es relativa. dumbres, entre dos estados incompletos. constituye
Todas copian un poco a otras. ¿Tendrían más méri- la esencia de nuestro placer, que se encuentra a igual
to las copias antiguas que las copias recientes? distancia de la reconstitución histórica y de la actua-
Más mérito, no. Pero no son de la misma naturale- lización con fórceps (Orestes y Antígona en vaque-
za. Los valores que refleja una obra antigua (los valo- ros, Egisto y Creonte con traje y corbata, etcétera).
res cosmológicos, pero también la estética que los La percepción de esta distancia es la percepción del
transmite, si es preciso con sus tics, con sus amanera- tiempo, de la evidencia súbita y frágil del tiempo.
mientas) no son ya valores contemporáneos: eso es lo que es borrada en un abrir y cerrar de ojos tanto por
que se ha degradado, eso es lo que ya ha dejado de ha- la erudición o la restauración (la evidencia ilusoria
blarnos. La obra habla de su tiempo, pero ya no lo del pasado) como por el espectáculo y la puesta al
transmite por entero. Sea cual sea la erudición de día (la evidencia ilusoria del presente).

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«Una perturbación
del recuerdo en la Acrópolis»

La carta que Freud escribió a Romain Rolland con


ocasión de su setenta aniversario es un texto extraño
en muchos aspectos.' Freud la escribió en 1936, sien-
do ya un hombre de edad, y en ella evoca con sobria
emoción el recuerdo de su padre. Recuerdo, olvido.
Ambos aspectos no cesan de imbricarse. Freud relata
una experiencia sucedida en 1904 y que, desde hace
algunos años, no deja de volverle a la memoria. Es el
recuerdo, justamente, de una perturbación del re-
cuerdo.

1. ..Una perturbación del recuerdo en la Acrópolis» (Cana a


Romain Rolland), en Obras completas, vol. XXII, Buenos Aires,
Amorrortu, 1976, págs. 109-221, traducción de José L Etcheverry.

33
Resumo muy rápidamente la experiencia en Freud, seguro de qu~ su mal humor de Trieste y
cuestión y el análisis que Freud propone. A suge- su idea súbita en la Acrópolis son solidarias, trata
rencia de un amigo, Freud y su hermano, que se en- de explicar entonces al primero.
cuentran de vacaciones en Trieste, cancelan una vi- Se trata en su opinión de un caso de «zu sebón
sita a la isla de Corfú y optan por encaminarse a um wabr zu sein» (demasiado bello para ser ver-
Atenas, donde nunca han estado. Al principio creen dad), una muestra del escepticismo que se experi-
que la cosa es difícil, se sienten indecisos, e incluso menta cuando nos sorprende una noticia demasia-
de mal humor, hasta el momento en que compran do buena.
sus billetes. El día de su llegada a Atenas, Freud se En algunas personas, lo que empuja al naufragio
encuentra por la tarde en la Acrópolis y una extra- es, de forma aparentemente paradójica, la realiza-
ña idea le viene a la cabeza: «¡Así que todo esto ción de un deseo o de una necesidad: estas personas
existe realmente tal como lo hemos estudiado en «fracasan por causa de su éxito». El rechazo inte-
el colegio!». Dicho de otra forma, reacciona como rior que ordena el mantenimiento del rechazo ex-
si, en el colegio, jamás hubiera creído en la exis- terior puede atribuirse al pesimismo (a la dubitación
tencia real de Atenas y de la Acrópolis. Y, desde sobre el «Destino») o a un sentimiento de culpabili-
luego, en el mismo momento, duda de esa duda, y dad, es decir, en último término, a dos materializa-
se extraña de ella, y también posteriormente no ciones del superyó en las que se ha depositado «la
cesará de sorprenderle. Y es que él sabe muy bien instancia represiva de nuestra infancia».
que, de hecho, nunca dudó, siendo niño, de la exis- Así se explicaría el mal humor de Trieste. Pero
tencia de Atenas. este mal humor se desvanece ante el espectáculo de
¿A qué se debe esta «perturbación del recuerdo-! la Acrópolis. La excesiva alegría que Freud siente
Freud propone una serie de hipótesis, hipótesis en ésta pudo haber provocado un «sentimiento de
que, por otra parte, son todas compatibles entre sí. extrañeza»: «Lo que aquí veo no es real». Para pro-
Podría decirse que, en su época de instituto, ha- tegerse de ese sentimiento, Freud produce un enun-
bía quedado convencido de la realidad histórica de ciado sobre el pasado. Sin duda, en el pasado había
la ciudad de Atenas, pero que su inconsciente no lo dudado de poder visitar Grecia algún día. Pero, una
había creído. La hipótesis, nos dice Freud, es im- vez en la Acrópolis, afirma haber dudado de su rea-
posible de demostrar. lidad misma.

34 35
De hecho, Preud, en su infancia, dudaba de llegar más que un eco muy debilitado. y por mi parte, yo
a ver algún día Atenas del mismo modo que dudaba sentiría la tentación de atribuir «el asombro gozo-
de «abrirse tan airosamente» camino en la vida: «To- so» (es su expresión) de Freud en la Acrópolis al
do sucede como si, respecto del 'éxito, lo principal contraste percibido entre la actualidad del momento
consistiera en llegar más lejos que el padre y como si que vive, del lugar en que se encuentra (una Acró-
siempre hubiese estado prohibido que el padre pu- polis en ruinas desde la que se percibe de cuando en
diera ser rebasado». La perturbación del recuerdo es cuando el rumor de la ciudad moderna), y la evi-
la expresión de un sentimiento de culpabilidad. Ade- dencia incierta del tiempo transcurrido: a una extra-
más, el padre de Freud no había realizado estudios ordinaria composición en la que el sentimiento del
secundarios. Al sentimiento de culpabilidad se une, tiempo puro entra en disputa con las evocaciones
en Freud, un sentimiento de piedad filial. más cultas y más construidas de la historia.
No hay nada que añadir a la demostración de El Partenón acaba de surgir en la cima de la Acró-
Preud, a no ser, tal vez, dos observaciones: ¿es indi- polis, nuevo como una memoria infiel en la que se
ferente que haya sido el espectáculo de una ruina lo hubieran venido abajo los múltiples pasados mezcla-
que haya desencadenado en él el sentimiento de ex- dos y extraviados de una multiplicidad de invasores;
trañeza (o de extraña familiaridad) y la expresión perennemente nuevo, como si su esencia consistiese
de una culpabilidad reprimida? Y, ¿se corresponde en aparecer derruido, de un blanco resplandeciente,
verdaderamente esta ruina con lo que Freud había siempre dispuesto a dejarse descifrar, interpretar,
aprendido en el colegio? contar; invariablemente presente, permanentemente
La Atenas y la Acrópolis de que le hablaban al nuevo y siempre más allá o más acá de la decodifi-
Freud que asistía al instituto eran la Atenas y la cación, de las interpretaciones y de los relatos; con-
Acrópolis históricas, que guardaban escasa relación denado a sobrevivir a las influencias que suscita -ob-
con el espectáculo que él tiene ante los ojos cuando sesión íntima y patrimonio de la humanidad.
las visita. Sin duda posee un conocimiento y unos Lo interesante es que, unos años antes, en 1930,
recuerdos de lo que era la vida ateniense en la época en El malestar en la cultura, Freud había abordado
clásica; en suma, no hay duda de que tiene cultura. la cuestión de las ruinas de una ciudad, pero ha-
Sin embargo, esos conocimientos y recuerdos no ciendo referencia a Roma, no a Atenas, y con la in-
encuentran en el espectáculo de la Atenas actual tención de subrayar en qué diferían éstas de la vida

36 37
psíquica, en la que «nada [...] puede sepultarse [...]; esto existe realmente tal como lo hemos estudiado
todo se conserva de algún modo y puede ser traído en el colegio!»?
a la luz de nuevo en circunstancias apropiadas [...]».2 Volney necesitó imaginar un genio todopoderoso
El visitante más culto, nos dice, podría encontrar en capaz de hacerle ver, bajo las apenas legibles marcas
Roma el muro aureliano casi intacto, pero única- de las ruinas, el resplandor de los imperios desapare-
mente hallaría algunos vestigios del recinto de Servio cidos. Sus meditaciones sobre las revoluciones de los
sacados a la luz por las excavaciones. Sólo mediante imperios, como sucede con todos los ejercicios de
la imaginación podría recomponer la configuración este tipo, más que inspirarse en el espectáculo de las
de la Roma quadrata. Incluso en el caso de que co- ruinas, lo trascienden o, de forma más simple, ha-
nociese a fondo la Roma de la República, no conse- cen abstracción de él: el paisaje de las ruinas y el
guiría localizar más que el emplazamiento de tem- hechizo que éste desprende no tienen nada que ver
plos ya desaparecidos, «ni siquiera [ubicaría] las con el «todo esto» del que habla Preud, a saber, el es-
ruinas auténticas de aquellos monumentos, sino [...] tado de una ciudad floreciente en un momento da-
las de reconstrucciones posteriores». Por el contra- do y preciso de la historia.
rio, si Roma fuera un ente psíquico, sería preciso
imaginar que todos los monumentos construidos y
desaparecidos entre la Antigüedad y el Renacimien-
to aún existen en ella, juntos e intactos: una repre-
sentación a fin de cuentas imposible, ya que no exis-
te posibilidad de superponer en un mismo espacio
la sucesión histórica. ¿Qué es pues lo que, siendo
niño, imaginó Freud cuando le hablaban de la Ate-
nas clásica? ¿y qué tiene ante los ojos cuando por
fin descubre la Acrópolis? ¿En qué consiste el «to-
do esto» que evoca cuando se dice: «jAsí que todo

2.•El malestar en la cultura», en Obras completas, vol. XXI,


Buenos Aires, Amorrortu, 1976, p. 70, traducción de José L.
Etcheverry.

38 39
El tiempo y la historia

Estoy en Tikal, Guatemala, y son las cinco de la


mañana. Por seguir los consejos de un guía que ha-
bía conocido el día anterior, me había presentado
en la entrada del parque cuando todavía era de no-
che. Y sin embargo, no era la perspectiva de asistir
desde lo alto de una pirámide, como me había su-
gerido, a la aparición del Sol por encima de la selva
lo que me había empujado a esa expedición solita-
ria. Era más bien la esperanza de encontrarme solo
precisamente en unos lugares que durante el día
son frecuentados por bastantes familias guatemal-
tecas y turistas extranjeros. No eran tan numerosos
como lo son en determinados puntos elevados del
mundo, pero su presencia apresurada y parlanchi-
na me había dado no obstante la impresión, refor-

41
zada por algunos carteles provistos de flechas indi- ños, los enamorados y, con mayor parsimonia, las
cadoras ~olocados en .l~s itinerarios principales, de madres de familia: ardillas, monitos y, también, ex-
estar,realIzando una VISIta previamente organizada. trañas familias de pisotes, mamíferos pelirrojos o
Habla comprobado, como otros, que los templos y pardos del tamaño de una liebre que estiraban en di-
los lugares de sacrificio se encontraban efectivamen- rección a la merienda de los niños o de los bolsos de
te en los puntos indicados en el mapa; hahía desci- los adultos su nariz alargada, húmeda y temblorosa.
frado, en un ~anual abreviado, las indicaciones y En la soledad del alba, los templos y las pirámides
l~s c?ment~nos que, al acaparar mi atención, ha- presentaban un aspecto ya casi familiar. Bonacho-
b.l:m ImpedIdo que me abandonara a la contempla- nes, indulgentes, dominaban los retozos de los ani-
CIOn de eso~ ~ugares. un poco al modo en que, en un malitos que, agitándose en todas direcciones a sus
museo, el VlSItan~e min~cioso, tras mucho descifrar, pies, daban la impresión de abandonarse al puro pla-
~ara no confundir los Siglos y los estilos, las etique- cer del juego, tan vivas eran sus disputas, tan bruscas
ntas adosa~as al soporte de las vasijas y las esculturas sus aceleraciones y sus frenazos. U na especie de zo-
que.~a venido a ver, deja finalmente que su deseo se rrito y una ardilla que llevaban un buen rato persi-
debilite y que su mirada se deslice, ya sin detenerse guiéndose me rozaron las piernas sin dignarse a diri-
en la superficie de las cosas. ' girme una mirada. Sentado en mi rincón, yo mismo
La selva, la apremiante y espesa selva de la q me había convertido en un templo o en una pirámi-
no ~ra p~Sl'bl e evad'Irse más que levantando la vista
ne de en miniatura, en un dios bondadoso, en un testi-
hacia la CImade los árboles, fina puntilla de hojas y go próximo y lejano a un tiempo. Durante unos se-
de ra~~s entrelazadas que la protegía del cielo como gundos, me vi invadido por el sentimiento animal
una f~hgrana de desigual transparencia, había sido de intimidad y de inmanencia del que habla Bataille
detenida, se la había hecho retroceder unos cuantos en su Teoría de la religión:* precisamente el mismo
metros de los monumentos, como en el claro abier- que me parecía transmitir la exuberancia de la fau-
to a la entrada del parque para construir el hotel . na que me envolvía sin prestarme atención.
" d mas Me levanté, rodeé la pirámide poéticamente de-
p~oxlm~ e su emplazamiento. La víspera había
vlst~ s~hr del monte bajo, casi acostumbrados, na- nominada «pirámide de los mundos perdidos» y me
da nffiIdos, a unos animales que se acercaban a por
". Traducción de Fernando Savater, Taurus, Madrid, 1986.
los trozos de pan o de galletas que les daban los ni- (N dd 7.)

42 43
deslicé bajo los árboles para tratar de vislumbrar a guna idea, ninguna imagen, como tampoco las te-
los monos aulladores, cuyo grito crecía, a intervalos nía de los miles de habitantes (10.000 en el centro,
regulares, como el rumor de un huracán antes de in- 100.000 en el conjunto de la conurhación) que, se-
terrumpirse de golpe ", Tras largos minutos de espe- gún dicen los especialistas, habían ocupado aquí un
ra, en un boquete abierto en la vegetación a unos espacio de una treintena de kilómetros cuadra~o~.
cien o doscientos metros, vi pasar de un árbol a otro El lugar que me fascinaba (templos, estelas y pIra-
sus siluetas extrañamente gráciles, unas sombras sú- mides, junto al claro del bosque) no tenía, ~or ta~­
bitamente mudas cuya fugaz visión me conmovió. ro, hablando con propiedad, ninguna existencia
Más tarde me pregunté sobre la serenidad que histórica, no me restituía ningún pasado: como tal
me había comunicado ese momento de soledad. La pasado era algo inédito (ya que las prim~ras exca-
selva tropical puede ser sucesivamente opresiva, se- vaciones databan de finales de los años cincuenta).
ductora o agresiva. Nunca es un oasis de paz. De Hacía mucho tiempo que la invasión de la selva h~­
hecho, apenas me había aventurado en ella y sólo bía certificado la muerte de la ciudadela desapareci-
muy rara vez había perdido de vista los monumen- da. Lo que emergía de ella aquí y allá, esa mezcla de
t~s que ella rod.eaba, estas ruinas singulares y esco- piedras y de naturaleza vegetal, no tenía más ~ue
gidas, y~ q~e, bien se sabía, una ciudad entera y mi- algunos años de existencia y no guardaba seme)~­
les ~e edificios permanecían ocultos bajo la inmensa za alguna, ni de cerca ni de lejos, con una reconsti-
cubierta vegetal. tución histórica.
¿A qué pasado me remitían esas ruinas? A un Contemplar unas ruinas no es hacer un viaje en
pasado maya sobre el cual distintos manuales me la historia sino vivir la experiencia del tiempo, del
h.a~bían d.ado al~n~ información, pero cuya dura- tiempo p~ro. En su vertiente pasada, la histor~a es
CIOn (casi dos milenios] me privaba de toda retcren- demasiado rica, demasiado múltiple y demasiado
- . Como se sabe, además, todos los reyes cons- profunda para reducirse al signo de piedra que ha
trU1~n sus monumentos sobre las ruinas de los que escapado de ella, objeto perdido como los que re-
hablan l:vantado sus predecesores, ruinas que, en cuperan los arqueólogos que reb~scan en sus cor-
lo sucesI~o, se convenían en el nuevo basamento. tes espacio-temporales. En la vertiente presente del
De esta CIUdad enterrada bajo la selva y dispersada tiempo, la emoción es de orden estét.ico, pero el es-
en el transcurso de los siglos no tenía por tanto nin- pectáculo de la naturaleza se combina en esa ver-

44 45
hacia lo intemporal. El tiempo «puro» eS ese tiempo
tiente con el de lo, vesngros
"" Su d sin historia del que únicamente puede tomar con-
contemplamos ti .' . ce e a veces que
sación de dich ,D
paisaje y extr.aemos de él una sen- ciencia el individuo y del que puede obtener una fu-
e
:~::::;;:n:~~ne~::::aisa)je' (cu::a:ne~:~';e~:~
a an vaga como mt gaz intuición gracias al espectáculo de las ruinas.
En abril de 1995, un año antes de dirigirme a
1
arra. tanto mas .. r
Guatemala Y a Tikal, arrastrado hasta Angko Vat
.
que llegamos a tener de
era al menos de
0,
elloses
1
]aesupermanen-
d a
, ti na muy arga du ""
conciencia
por Denys Lombard, había descubierto otro paisa-
permite di racron que nos je de ruinas sobre el que se atareaban numerosv't
me Ir por contraste e l ' , especialistas, Uno de ellos proponía la expresión
los destinos individ I e caracter efímero de
e la
d .
perpetua renov ""
ua es. on todo al
acton e a
dI' espectáculo
al
' «arquitectura dérmica» para referirse al palacio (el
mismo que Claudel ridiculizaba llamándolo de las
umrse también el senti . narur eza puede
totalidad que trasciend~1::0~ec~nfonante de una «piñas»), queriendo significar con ello que el con-
se funden-, el sentimiento d: 1:~tlll~S.~ en la cual
junto parecía haber sido más esculpido para ser vis-
to que funcionalmente concebido para ser habita-
o materialista del «u ad asepler ierd emnncaon
TI d panteísta
do. OtrO me hizo notar que los muros estaban mal
naturaleza, en e t id ' a a se crea», La
s e senn o anul '] 1 cOIlStrUidos, que las esculturas que imitaban en tram-
ria, sino también 1 . ' a no so o a histo-
. a tIempo. pantojo cortinas y ventanas también evidenciaban
L~s rumas añaden a la naturaleza al apresuramiento, como si hubiera quedado inscrita
ya historia pero que si iend go que no es
paisaje sin mirada si gue s~en ,o temporal. No hay en la piedra la precipitación del fin de un reino ame-
saje de las ruina ' In conciencia del paisaje. El pai- nazado. Yo, por mi parte, me atenía a mi primera
, s, que no reprod ~
uce m~egr~mente
impresión, la de un paisaje de tarjeta postal cuya
ningún pasado y que, desde el
mal, hace alusión a múlti 1 punto de VIsta inrelec- existencia verdadera, un poco al modo de Freud en
modo, doblemente t Ip ~es rasados y es, en cierto la Acrópolis, me extrañaba, como si no acabara de
d me orurmco pro la mi creerme que lo tuviera ante los ojos, al alcance de la
a y a la conciencia la dobl ?d ~one a a mira-
ción perdida y d e.evI encra de una fun- mano, y pudiera recorrerlo en todos los sentidos en
, e una actualidad ] lo que en poco tiempo iba a convertirse en una fa-
tuna. Es un paisaje que i rora aunque gra-
. que Impone 1 al miliaridad tan alegre como tímida: en esa época.,
signo temporal a a natur eza un n-
na de eli y, en r~spuesta, la naturaleza terrni- ningún turista frecuentaba los parajes Y yo me co
umnar su caracter histórico empujándolo
47
46
taba entre los escasos investigadores cuya presencia
día a sacar a la luz ~ag
era admitida; es más, en principio estábamos incluso f mentas del edif . y en un
1 IClO,
d ban y se clasifica-
protegidos por una pequeña escolta militar Cuya in- d t Je» se or ena
«solar de esmon a.. al te extraídas del con-
dolencia resultaba más bien tranquilizadora, Denys ' d VlSlOn men .
ban las pie ras pro uestas a cubierto de-
Lombard me había prometido Un momento míti- a
junto. Varias esculturas eran unas alambradas de
co: una noche sobre el Bayon para beber champán trás de unos sacos de a~ena y ~ Sin duda, yo era
aja luz de la luna llena. Disfrutamos de nuestro Ba- 1 ban mventanos.
espinas. Se evamba d unas excavaciones, desde
yen, del champán y de la noche, No hubo luna lle- b eloreroe ,,'
un «o rero», d d e este temuno se
na, sino el recuerdo de un día un tanto brumoso en
el que, por mi parte, había descubierto el Baphuon
luego, pero o
b
rec~ a secas a o qu
'terreno en el que se edi 1-
ifi
aplica al que trabaja en u¡n lo que se edificaba
Y su Buda recostado hecho con piedras tomadas de Natura mente, '"
ca alguna cosa. . t de restauracron.
Otras partes del edificio -el «templo del rey lepro- r con un mten o
tenía algo que ve " h bíamos llegado a eso:
so», en el que se había construido Un nueva muro toc aun no nam ind0-
Pero, de momen o:
sobre el antiguo-, y también algunos emplazamien_ ' íb mas u b icand o pasados e interrogan v
tos dispersos, bastante alejados, Cuya razón de ser aun esta a d i l " os destacar. .10 me
qu e e egmam if
nos acerca b e o . d 1 traba] aban, clasi l-
era incapaz de comprender, ya que no tenía medios dIO e os que .
encontra a en me d 1 do e imaginaban POSI-
para hacerlo, pero cuya elegante singularidad se im-
caban los elementos e uelk e en suma, trata-
ponía a la vista en la campiña desierta: la gran aveni- . .
bles exposiciones, de aque os qu , ban demasia . do
da y las esculturas de Banteay Samre, el estanque de l . mpo y esta
ban astutamente e ue. h ellas como para
CUatrofuentes de Neak Pean. En resumen, una va- b d eleccionar sus u .
acostum ca os a s . telectual minucio-
guedad temporal que sólo la lectura atenta de guías 1 roy ecto In 1
no encerrar o en un P d 1 la aparición de as
muy eruditas podía disipar, pero que se difundía f h d D es e u ego, d
samente ec a o. er la obra prácticamente e-
por el paisaje, ame los ojos del espectador ingenuo,
ruinas con el amanee h las sombras de la
Como una bruma poética y engañosa. La escenifica_ d .nadas oras o "
siena a etermr . " n espectacu " lo que pretendena
ción del porvenir inmediato (cuyos efectos, imagi- noche, constitura u " ero de adjetivos
no, deben poder medirse hoy sobre el terreno) aña- . nto un gran num ico»)
resumir muy pro
día matices a este retablo ya de por sí complejo. Lo ' al (emaraviilloso», «irreal» , «mágico» .
convencion es ibian incluso qUle-
que visitaba era una obra en construcción. Se procs; . . encanto peccI l b '
Y lmprecls~
nes trataban con e día a día. Lo que entonces se a na
cuyo
48

49
paso entre la presencia incierta
y las múltiples referencias del y tednaz del presente la historia al que es sensible el individuo que las
te, segú " pasa o era c1aramen_
n creo, el SentInllento del ti contempla, como si ese tiempo le ayudase a com-
obstante, ese sentimiento no se . empo puro. No prender la duración que transcurre en sí mismo.
manera tan sensible com 1~fIrmaba nunca de Camus escribió antes de la guerra la mayoría de los
naturaleza hacía gravitar rodo e Instante en que la ensayos que posteriormente quedaron reunidos en
toria para engullirla. o su peso sobre la his- Nupcias y en Elverano. La felicidad que siente en u-
El Ta Prohm es una eonstrucci ~ ., pasa, con el deslumbramiento de la primavera, guar-
y como estaba (es deci 1 on que se dejó tal da relación con la experiencia de un paisaje en el
ectr; ta y co b
se sacó a la luz) U . IDO esta a cuando que las ruinas de una ciudad romana próxima a Ar-
. nas Inmensas ib d
protuberantes minan '. cer as e raíces gel se mezclan tan íntimamente con la naturaleza
sus cnTIlento h d
muros, apuntalándolos d ' s y ora an sus que parecen fundirse y formar parte de ella: «En el
tiempo. Este eu y estruyendoJos al mismo matrimonio de las ruinas con la primavera, las rui-
se p d '
1enta y Ostensiblerpo a tcuerpo
emen bai 1 ~o uce, acamara nas han vuelto a convertirse en piedras y, perdiendo
Esta situación muest e. ,aJo e SIgno del tiempo. el lustre que les impuso el hombre, han regresado
" . ca, mas que cu 1" "
CIOn histórica, lo . a qurer explIca- de nuevo a la naturaleza».' Ha tenido que transcu-
el Ya Prohm en el estad- preCISO ver. Si se ha dejado rrir mucho tiempo para que les abandone su pasa-
sa oenqueestá . d
ra permitir que los furo . . es SlO uda pa- do: «[...] los muchos años han devuelto las ruinas a
plitud del traba}" d ros vIsI~antes midan la am- la casa de su madre». En un lugar al que le gusta ir a
. o e restauraCIón h b ' " pasar el día, Camus experimenta una voluptuosi-
necesario realizar que a ra sido
en otras zona S' b dad panteísta, tiene la intuición de una armonía car-
emoción de quienes d b s. 10 em argo. la
. escu ren esta e t - ,
nal con lo que le rodea. De forma un tanto similar a
entre pIedras y árbol d b x rana copula
'. esseeeant lo que le sucede a Rousseau mientras está a orillas
SentImIento de pura te alid es que nada al
sun"1"conjugación. mpor 1 adq ue expresa su del lago Bienne, Camus pierde en este lugar hasta el
Las ruinas existen por efecto d I '
les dirigimos S" b e a mIrada que 1. Noces, al que sigue, L'Été, Gallimard, colección ..Folio",
. . 10 em argo ent
tIples y su funcin Iid d ' re sus pasados mú]- 1972, pág. 13. [Versión castellana; Nupcias, en Obras, José Maña
"" na¡ a perdid 1 Guelbenzu (ccrnp.), traducción de Rafael Chirbes,Alianza, vol. 1,
percibIr de ellas es u . 1 a.. o que se deja
na especie de tiempo exterior a 19%, pág. 72; Y..Retomo a Tipasa .., El verano, en Obras, traduc-
ción de Rafael Chirbes, vol. 3, págs. 597 y 599. (N. del T.)J
50

51
sentimiento de la individualidad social, de la iden-
tidad. rá, en suma, expu lsado del tiempo puro en direc-
Con todo. el tiempo no queda totalmente aboli- ción de la historia. 1 .
do, ya que la presencia de las ruinas evita que el La experiencia que tiene Camus de ~sl rumas,Y
paisaje se abisme en la indeterminación de una na- d el tiempo es ejemp1aro Sabemos Por que1e espan f a
turaleza sin hombres. y tal vez sea ella la que. para- la historia venidera: estara• marcad a poraldará
e en renta- la
dójicamente, permita oponer más tarde a Camus, .
" 'o de aquellos a qUIenes ama, se s ara con
cuando regrese a Tipasa (en 1952, la historia está érdida de los paisajes de su Iinfanc~a.
rmen . N. o tile~.'
e y

cambiando en Arge1ia).las «colinas del espíritu» a p se ve capaz d e adoptar'una


no . conciencia
~ política,
. . _

de~~~~g~~::r~c~i::~~Uii~:~;~i;;~:::~~~:~
las «capitales del crimen»: «Vivo Con mi familia.
que cree reinar sobre ciudades ricas y espantosas, ;;,

h Ida que e saca de I~ historia y le lleva


construidas con piedras y brumas. Día y noche ha-
revlvlo. a menu¡do hacia
bla en voz alta, y todo se doblega ante ella, que no .
una u . hacia la única con-
se doblega ante nada: es sorda a todos los secretos». la conciencia del ncmpo puro, os en la ne-
Los «secretos» se encuentran en la Zona de Tipasa, " ia d 1 . Hoy nos encontram
CIenCIa e tIempo. 1 der a sentir el
en la Zona de las ruinas. del paisaje donde se entre- " di . I de va ver a apren
cesida Inversa. a . . d la historia.
mezclan el sol, los olivos, las piedras y el mar, en la . volver a tener conciencia e
zona del tiempo puro, cuando no abolido, que per- trempo para el que todo conspira para ha-
En un momento en . d ue el
mite escapar al tiempo que pasa, al tiempo de la ue la historia ha terrruna o y q .
historia (e Yo había sabido siempre que las ruinas cernos creer q ' l o en el que se escenifica di-
mundo es un espectacu . o ara
de Tipasa eran más jóvenes que nuestras obras en h fin debemos volver a disponer de tIe~p Pd
construcción o nuestros escombros»).2 Sin embar- creer en la historia. Ésa sería hay 1a vacaCI ón pe a-
COI ,

go, 10 que hay que vivir es la historia. el tiempo im- gógica de las ruinas.
puro de la historia. Camus, pese al deslumbramiento
de Tipasa, nunca podrá sentirse extraño a su familia,
la de las «ciudades ricas y espantosas»: nunca se ve-

2. <Retour ií. Tipasa.., en Noces, op. cit., pág. 164. [«Retorno


a Tipasa.., op. cit., loe. cit. (N. del 7:)1

52
53
«In the Mood for Love»

In the Mood [or Looe [Deseando amar], del reali-


zador Wong Kar-wai, o el vértigo de la ruina.
El amor posible pero no realizado comprueba
su verdadera naturaleza cuando se transforma en
recuerdo -un recuerdo prácticamente desprovisto de
contenido: emociones, situaciones ambiguas, roces-.
El amor -a distancia, declarado, convertido en algo
definitivamente imposible- se convierte en aquello
que nunca ha dejado de querer ser: un puro goce de
lo inactual, de aquello que en el fondo no es más
que un goce del tiempo puro, un goce nacido del
contraste entre el recuerdo de un amor que habría
podido existir, que podría haber extraído alguna
apariencia de sentido al no haberse realizado (eNo-
sotros no somos como ellos», dice la señora Charro

55
aludiendo a las relaciones sexuales de su marido con pite el pasado para proyectarse al futuro, aunque
la mujer del señor Chow, su «amante», en el senti- en este caso se trate de un antefuturo.
do del siglo XVII), y la constatación de su doble no De ahí el alcance del gesto simbólico consuma-
actualidad presente: al sustituir el escrúpulo psico- do infine (unas cuantas semanas más tarde en Cam-
lógico por el alejamiento geográfico, no tiene lugar, boya) por el héroe, el señor Chow, que confía su
literalmente, para existir y, sin duda, la idea misma secreto, no a la cavidad de un árbol, como quiere la
de la renuncia, que confería nobleza a la abstinen- tradición que él mismo había recordado anterior-
cia, habrá perdido así todo sentido. Otra historia mente a la señora Chan, sino a la cavidad de una
hubiera sido posible, pero simplemente no tuvo lu- columna de un templo derruido en Angkor. El es-
gar, y ya ha dejado de ser posible. La virtualidad pectáculo de estas suntuosas ruinas no despierta en
del amor se contempla de lejos, en el momento en quien las contempla ningún recuerdo propiamente
que, convertida en ruina, deja de ser una virtua- dicho. Por el contrario, le conmueve en lo más
lidad. hondo la evidencia de un tiempo sin objeto que no
Es preciso añadir que el deseo de ruina socavaba es el tiempo de ninguna historia.
desde el principio la tentación amorosa. Éste es el
sentido de lo que los dos héroes llaman el «ensa-
yo», en la acepción teatral del término. Represen-
t~n una primera vez una escena de separación que
figura en la novela de caballerías escrita por el señor
Chow, y, una segunda vez, para prepararse a ella, su
separación inminente. En ambos casos, la emoción
sumerge a la señora Chan: su emoción guarda rela-
ción con el hecho de que percibe en este «juego» la
verdad de su amor, un amor que amenaza ruina
desde el principio porque desde el principio ha si-
do concebido como la ruina en que habrá de con-
vertirse. Nunca habrá quedado tan bien ilustrada la
ambivalencia de la palabra «ensayo» -que sólo re-

56 57
Turismo y viaje,
paisaje y escritura

Si el turismo es hoy un objeto de reflexión particu-


larmente interesante es porque su desarrollo, espec-
tacular, es paralelo al de nuestra nueva modernidad.
A veces me ha dado por denominar sobremoderni-
dad a esta nueva modernidad debido a que me parecía
que prolongaba, aceleraba y complicaba los efectos
de la modernidad tal como fue concebida en los si-
glos XVIII y XIX. La sobremodemidad sería el efecto
combinado de una aceleración de la historia, de una
retracción del espacio y de una individualización de
los destinos. Estos tres factores son a su vez com-
plejos: si tenemos la sensación de que la historia se
acelera es porque, cada día, llegan a nuestro conoci-

59
miento nuevos acontecimientos. Si tenemos la sen- día a día una importancia creciente, y hay países
sación de que el planeta encoge se debe a las mismas que, hace algunos años, eran importadores de tu-
razones, pero, igualmente, al desarrollo de los me- ristas que hoy se han convertido también en expor-
dios de transporte, de la circulación de las imágenes tadores de turistas. La mayoría de los turistas, con
y, también, de nuestra toma de conciencia planeta- todo, pertenece a las zonas económicamente más
ria, una toma de conciencia que, a su vez, se halla li- desarrolladas del planeta, y una buena parte de ellos
gada a la exploración del espacio y a las inquietudes viaja a los países que los emigrantes abandonan por
ecológicas. razones económicas o políticas. Estos dos amplios
y en cuanto a la individualización de los desti- movimientos, el turismo y la migración, de carácter
nos, diremos que puede ponerse en relación con el explícitamente provisional el primero y aspirante el
sistema económico global y con las nuevas formas segundo a una larga duración o a la permanencia,
de consumo y de comunicación. definen la ambivalencia de un mundo en el que no
El turismo ilustra de manera ejemplar ciertos as- deja de aumentar la distancia entre los más ricos de
pectos de esta sobremodernidad: es evidente que le los ricos y los más pobres de los pobres.
afecta la nueva facilidad de circulación planetaria. No obstante, y mirándolo de cerca, nuestro mun-
La apenura del planeta entero al turismo se ve re- do es quizá menos móvil de lo que parece. La pro-
forzada por la circulación de la información y de fesión o la pobreza fijan una residencia a la mayo-
las imágenes. Incluso los países «cerrados» desde el ría de los seres humanos. En las zonas del globo
punto de vista político se abren en general al turis- tocadas por la violencia, pero que, en algunos ca-
mo. Los viajes, en suma, aparecen presentados como sos, siguen siendo un destino turístico, se constata
un «producto» más o menos elaborado que los in- la existencia de un gran número de refugiados, ya
dividuos pueden adquirir. provengan de un país vecino, ya se encuentren en el
Más allá de este ejemplo, el turismo representa y interior de un mismo país, como en el caso de los
reproduce un cierto número de ambivalencias y de «desplazados» de Colombia. Hoy, millones de in-
ambigüedades características de nuestra época. dividuos viven en campamentos.
La primera ambivalencia es la del mundo que ve Esta visión de conjunto, descrita sin duda a gran-
amplificarse simultáneamente el turismo y los gran- des rasgos, constituye el telón de fondo sobre el
des movimientos migratorios. El turismo adquiere cual se inscriben los recorridos turísticos, y si lo te-

60 61
nemos en mente logramos escapar a la ilusión que un planisferio muy particular, un mapa de ocios y
afirmaría que los viajes son necesariamente una fuen- de exotismo programado al cual se añaden algunos
te de experiencia y de saber. Con bastante lógica, han puntos relevantes más recientes. A escala planeta-
sido más bien concebidos y organizados para evitar ria' el museo de Bilbao y la pirámide del Louvre,
todo COntacto con los sectores más perturbadores como acontecimientos arquitectónicos, prolongan
de los países que atraviesan. una historia inmemorial que las excavaciones ar-
La segunda ambivalencia pertenece a un orden queológicas y las restauraciones enriquecen dí~ a
completamente diferente. El turismo, al igual que día. El mapa del turismo mundial hace malabaris-
otros fenómenos sociales, conjuga a su manera la mos tanto con el tiempo como con el espacio, y de
oposición de lo local y lo global. En los propios paí- Luxor a Palenque, de Angkor a Tikal, o de la Acró-
ses en los que es notable el impulso del turismo con polis a la Isla de Pascua, la idea de un patrimonio
destino al extranjero, la voluntad de atraer al lugar cultural de la humanidad va tomando cuerpo, pese
a los turistas nacionales y foráneos se afirma y se a que este patrimonio, al relativizar el tiempo y el
exhibe cada vez con mayor nitidez. Francia consti- espacio, se presente antes que nada como un objeto
tuye en este sentido un buen ejemplo. A pesar de la de consumo más o menos desprovisto de contexto,
forma de la red de carreteras, que los evita cada vez o cuyo verdadero contexto es el mundo de la circu-
más, hasta los menores pueblecitos tratan de resal- lación planetaria al que tienen acceso los turistas
tar sus tesoros. Por otro lado, las publicidades,los más acomodados desde el punto de vista económi-
reportajes escritos o televisados evocan el encanto co y más curiosos desde el pumo de vista intelec-
de los destinos más lejanos. Pese a que los franceses tual, el mundo en el que los criterios del confort o
viajan menos que algunos de sus vecinos, hay po- del lujo uniformizan lo cotidiano: de un confín a
cas familias burguesas que no hayan probado los otro del planeta, los aeropuertos, los aviones y las
encantos de California, de Tailandia o de las Anti- cadenas hoteleras ubican bajo el signo de lo idénti-
llas. Existe una literatura que sólo aborda el mundo co' o de lo comparable, la diversidad geográfica y
en función de sus capacidades de acogida turística. cultural.
A los ojos de los occidentales, la India, el Tíbet o el Lo que aquí se produce es ante todo una varia-
Sahara existen antes que nada por el turismo de aven- ción de escala. El turismo es como la política: hacer
tura y el excursionismo. De este modo, se esboza política consiste tal vez en que uno se ocupe de su

62 63
pueblo o de su barrio, pero puede ser también par- incluso parte de la definición de las vacaciones o
ticipar en la definición de los grandes equilibrios del permiso (<<Sólo nos vamos.dos sema~; nos ~a­
mundiales. Nuestro planeta se ha vuelto pequeño y mas a pasar tres días a Venecia, ocho días a la me-
esto estimula tanto el deseo de permanecer en casa ve», etcétera). .
como el de recorrerlo en todas direcciones. Hoy la imagen confiere su color ~:rt1cular a ~a
La tercera ambivalencia sería la de la ida y la vuel- tensión entre espera y recuerdo, tensión que c~~ -
ta, la del pasado y el futuro: de nuevo estamos aquí tituye, desde la partida, la ambivalen.cia,del VIaJe.
ante una ambivalencia que puede expresarse de for- Antes de la partida hay numerosas lmagenes".Se
ma espacial, pero cuya sustancia es temporal. Los muestran en tropel en las paredes de nuestras CiU-
viajeros literarios del siglo XIX abrieron el camino dudes, y. desde luego. en la televisión. En la.s agen-
en este terreno, en la medida en que, viajando para cias turísticas, los folletos, los catálogos e incluso
escribir, para contar su viaje. relataban el sentido los recorridos virtuales que, en pantal~a, pueden ya
que hace de él algo dependiente del regreso y de la hacerse en las mejor equipadas. permiten ver antes
mirada retrospectiva en la que habrá de construir- de ir para volver a ver. El viaje se parecerá pronto a
se. Desde la misma partida, se expresaban ya en an- una verificación: para no decepcionar, lo real debe-
tefururo. Algunas páginas de Chateaubriand o de rá parecerse a su imagen. .
Flaubert son en este aspecto muy reveladoras. Con No obstante. la fabricación de recuerdos SIgue
todo. es sin duda posible remontarse más todavía y siendo una parte importante, aquélla a la que con
considerar que los viajes de descubrimiento, inspi- frecuencia se dedica la mayoría de los que empr~~­
rados por la curiosidad científica o por el anhelo de den una actividad turística. Los aparatos Iotográfi-
ganancias, incluían la necesidad del regreso en la par- cos, las cámaras de todo tipo. cada día_ más pe~ec­
tida. cionadas y fáciles de manejar,.dese:npe.~an el mlsm~
Esta cuestión resulta aún más evidente con el tu- papel que la observación, la Imagm~ClOn Yla escn
rismo, actividad de ocio limitada en el tiempo. Las tura en los viajeros literarios del siglo XIX: al ser
vacaciones son un momento esperado. Sin duda ayu- proyectadas al regresar. 1as diraposa" ~~as y las se-
dan a mucha gente a soportar su vida cotidiana, su cuencias filmadas constituirán la oceston, no.de re-
vida de trabajo. asignándole un intervalo soleado. vivir el pasado, sino de relatarlo, de convertlrl? e~
Pero es un momento medido: esta medida forma narración, en historia provista de momentos algl-

65
64
dos y de peripecias. la ocasión de darle, a veces, una y en este terreno. nada pueden cambiar todas las
tonalidad mítica y de situar sobre el escenario a al- buenas intenciones del mundo: incluso a su pesar,
gunos personajes. el turista occidental, con su estuche en bandolera y
Esta fabricación de imágenes (y de recuerdos) con su cámara en el ojo, aliena tanto como se alie-
resulta tan acaparadora para algunos que podría na él mismo, y quienes se niegan a ser filmados por
decirse que viajan entre dos series de imágenes: las él o exigen que se les pague para dejarse retratar
que vieron antes de su partida y las que verán a su tienen una conciencia más clara que él del estado
vuelta (las suyas. aquéllas de las que se consideran de las relaciones de fuerza en el mundo contempo-
autores). El tiempo intermedio es el tiempo de la ráneo.
fabricación de las imágenes. Transcurre en un espa- El encanto de los destinos lejanos se debe en
cio que es a su vez intermedio. el de la estancia o la parte a la ilusión que nos induce a creer que viajar
caminata, un espacio en el que el viajero fotógrafo permite conocer a los demás. En la inmensa mayo-
o cineasta ve lo esencial de lo que ve a través del vi- ría de los casos se trata de una ilusión, y de una ilu-
sor de su cámara o de su pantalla de control. sión casi inevitable, que, por el hecho de recurrir a
En una época en la que el espacio público se en- la cámara, revela su naturaleza: aunque los otros
cuentra en buena medida invadido por la imagen, puedan ser, debieran ser, un objeto propicio para el
en la que el espacio público es tributario de la ima- encuentro, no sabrían ser un objeto de visita, como
gen. la «pulsión escópica» de quienes parecen soñar las fieras de Kenia o las cataratas del Niágara. La
con meter el mundo en su caja negra tiene el valor de cámara expresa entonces un malentendido más pro-
un síntoma. Con su actitud, proclaman su adhesión fundo del que ella misma no es sino una modalidad
o ~u su~isi?n a un mundo en el que la opinión pú- más. Aquéllos a los que se va a filmar no son a su
blica es incitada a formarse en la televisión. Dado vez más que una ilusión, una ilusión que responde
que sueñan con ser vistos por ella, reconociendo de al deseo de los visitantes: ilusión de lo pintoresco,
ese modo el poder que ejercen sobre ellos los caza- ilusión de tipismo. La verdad de esa ilusión vuelve
dores de planos, no deberían ignorar que, al esfor- a encontrarse en las estadísticas mundiales, pero
zarse en filmar el mundo. pretenden dominarlo do- también entre los emigrados, ilegales o no, o en las
:1
mi~ar .menos a aquellos a quienes filman p~r su situaciones de violencia de las que nos informa la
traje «t1pICO», por su exotismo o por sus bellos ojos. televisión episódicamente. Si sólo estuviésemos ani-

66 67
mados por el deseo de conocer a los otros, podría- que empuja a nuestros contemporáneos a dejarse
mos hacerlo fácilmente, sin salir de nuestras fron- seducir por una pura ficción?
teras' en nuestras ciudades y nuestros barrios. El éxito comercial de los parques en los que se
También se da el caso de que la ilusión sea cons- proponen simulacros del presente o de la histoó él
ciente, explícita y elaborada. El turismo se reduce ,. dee Ios
corresponde al esplntu os ti
tiempos, pero este eS'
entonces a la visita de una ficción poblada de falsos píritu de los tiempos se encuentra igualm~nte p:e~
otros, de copias. La cuarta ambivalencia del turis- sente en todos los aspectos y en todas las dimensic"
mo, que es también la de nuestro mundo en gene- nes de la actividad turística. El espíritu del tiempo
. . se
ral, es la ambivalencia de lo real y de su copia en el consiste, antes ql1e nada, en la preemmencla que
momento en que las copias son cada vez más realis- concede al presente sobre el pasado y sobre elfutu-
tas yen. que lo real se halla cada vez más penetrado ro, un espíritu de consumo inmediato que se aviep.e
por el simulacro y la ficción. muy bien con la conversión del mundo en espe~­
Las Vegas es tan célebre por sus reproducciones táculo. La transformación en espectáculo se man!"
de m?n~mentos europeos COmo por sus juegos. Por fiesta a otras escalas y de diversas formas: en el enlu-
consiguiente, uno va allí expresamente para ver co- cido de los inmuebles, en las ciudades embelleciJas
pIas, copias situadas, hay que decirlo, en un entorno con flores en la restauración de las ruinas, en los es-
, I ·1 . . es
particular que desde hace tiempo representa una es- pectáculos de «luz y sonido», en as I urrunacion ,
· . . "to
pecie de mito para numerosos visitantes. Los par- en los parques regionales, en eI ac~nd icionarme e-
ques creados por Disney imitan también lo real in- la protección de los grandes paraJes naturales, 1?
Y ., di ., dela
cluso en los casos en que lo remedan en un segundo ro también en la expresión me iante rmagcnes
··pto
o terc~r g~ado, ~ encarnar a personajes de cuentos actualidad, en la simultaneidad di e acontecmue .
vél
y de dibujos animados. Una ciudad falsa, una calle de su representación en la vida política, deporP
Y
falsa, unos comercios de verdad, un falso Misisipí, . .
o artística. Al Invitarnos a consiiderar a Ios polí ti.·COS
unos falsos personajes, unos empleados de ver- como actores o personajes, y al espacio público ~o­
dad, unos restaurantes de verdad y Unos hoteles de mo espacio del público en el sentido teatral del ter-
~erd~d: esta mezcla no está destinada de forma prio-
.
mino esta transformación en espectacu o ace
, I h que
, " pue
rrtarra a los niños, sino a sus padres. La cuestión la frontera entre lo real y su representación, e
que podemos plantearnos es la siguiente: ¿qué es lo . sea cad a díla mas porosa. Esupa
lo real y la ficción

68 69
transformación que tiene efectos perversos. El ma- no lugares refugio (Ios de los campamentos, los de
tiz le es ajeno: si la diversidad es su materia prima, la la migración, los de la huida) y los no lugares de la
trata siempre del mismo modo. Con el mismo len- imagen (de la imagen que sustituye a la imagina-
guaje, con el mismo estilo, de manera uniforme -un ción a través de los simulacros y de las copias).
poco como el modisto que, reuniendo a su gusto las Si nos quedáramos en esta visión pesimista. nos
piezas de un rompecabezas, confecciona siempre, veríamos abocados a pensar que todo viaje, incluso
en mayor o menor medida. el mismo vestido. en el caso de que conlleve el desplazamiento del
La uniformidad, en suma, es el precio de la di- cuerpo, es inmóvil en el sentido de que no mueve
versidad si ésta se aprehende de forma superficial. ni el espíritu ni la imaginación. Podríamos enton-
Ahora bien. este carácter superficial es a su vez con- ces avanzar algo más en el pesimismo y añadir que
secuencia de la globalización de las imágenes y de la el viaje inmóvil en el estricto sentido físico del tér-
información. El encogimiento del planeta guarda mino es a su vez imposible. porque nuestra imagi-
relación con el tratamiento «global- de las situacio- nación se encuentra saturada por las imágenes. Yo
nes, de las coyunturas y de los problemas. A pesar había sugerido en La guerra de los sueños" que los
de algunos amagos, el espacio planetario no es aún tres polos del imaginario (el imaginario individual,
un espacio público en el que pueda formarse una el imaginario colectivo y el imaginario de creación
opinión. En consecuencia. ese espacio se vuelve, un o, lo que es lo mismo: los sueños, los mitos y las
poco en todas panes. objeto de informaciones su- obras) debían permanecer relacionados. irrigarse
perficiales. Los acontecimientos cambian de senti- unos a otros, para sobrevivir. Y había expresado la
do según se aprehendan a escala local, nacional o inquietud de ver cómo hoy. poco a poco,la imagen
planetaria. Nosotros creemos saber algo del mun- sustituye a los mitos (a los mitos de origen o de
do y de los otros, pero este conocimiento se expre- porvenir. a los mitos religiosos o políticos) y a las
sa por medio de grandes abstracciones -la violen- obras (convertidas en productos de consumo y tri-
cia. la miseria. el subdesarrollo, la emigración- que butarias de una industria): ¿qué quedaría entonces
no resisten la evidencia concreta. local y momentá- de lo imaginario y de los sueños individuales?
nea del confort, del sol, de las playas y del paisaje.
Forzando un poco las cosas. podría decirse que el
;} Traducción de Alberto Luis Bixio, revisada por Margarita
mundo actual se divide en dos tipos de espacio: los N. Mizraji, Gedisa, Barcelona, 1998. (N. del T.)

70 71
¿Dónde queda situado el viaje en relación con es- se curaban de su melancolía yendo a Italia a con-
tos tres polos? Para abreviar, podríamos decir que templar las ruinas. El viaje era, sobre todo, de Cha-
inicialmente es un viaje de descubrimiento y que lue- teaubriand a Elaubert, ocasión y pretexto para la
go lo es de conquista de los otros, algo que Occiden- obra, para una experiencia de uno mismo obtenida
te ha ilustrado de forma muy particular al tratar de con el viento favorable de la desorientación produ-
colonizar el mundo: el encuentro con los otros , en cida por el cambio de país, una experiencia cuyo
este sentido, ha sido un fracaso, ya que, finalmente, resultado (novela, diario) procedía de un doble des-
la conquista ha tenido como objetivo su sometimien- plazamiento: un desplazamiento en el espacio, evi-
to o su asimilación. Este vicio inicial no ha sido eli- dentemente -pero este desplazamiento es relativo,
minado y algunas formas de turismo se hallan aún ya que la obra no se escribe, o al menos no se termi-
marcadas por un complejo de superioridad de los na, más que al regreso-, y un desplazamiento por el
turistas respecto a aquéllos cuyo país visitan. El ima- interior de uno mismo. Desde este último punto de
ginario del viaje de descubrimiento-conquista tenía vista, el viaje y la obra son idénticos: quien hace el
mucho que ver con determinados mitos colectivos viaje o quien escribe la obra no es ya, o piensa no
(el exotismo, el sueño colonial, el imperio) y con ser ya, exactamente el mismo antes y después del
los sueños de algunos individuos emprendedores Viaje.
(los grandes viajeros). No hace falta decir que, en el Sin duda, este sueño individual, ya sea el del des-
imaginario del viaje contemporáneo, este imaginario cubrimiento o el de la construcción de uno mismo
de descubrimiento-conquista no existe ya sino bajo por medio del viaje, no se encuentra del todo au-
una forma caricaturesca y reducida. De forma para- sente en la imaginación de quienes quieren despla-
dójica y cruel, tal vez no volvamos a encontrar el zarse por el desierto, recorrer el Himalaya, o hacer
sueño colectivo e individual más que en ciertos emi- frente a otros desafíos físicos. Sin embargo, en lo
grantes que, al prolongar el sueño americano, espe- sucesivo, todo conspira para cambiar la naturaleza de
ran transformar su vida huyendo a otro lugar. lo que puede entenderse por «conocimiento o descu-
Hay otra forma de viaje -ilustrada en el siglo brimiento del otro» y por «construcción o descubri-
XI~ por la categoría de los viajeros literarios- que se miento de uno mismo».
onenta más bien hacia eldescubrimiento de uno mis- La mayoría de los ritos que pueden observarse
mo. Los jóvenes burgueses franceses del siglo XIX en las diversas sociedades del mundo tienen como

72 73
objetivo el robustecimiento o la creación de una iden- es esencial, y no carece ciertamente de motivo que
tidad, individual o colectiva, y la hacen depender de la metáfora del viaje se asocie con tanta frecuencia
un encuentro y de un contacto con los Otros.La iden- en nuestros días a la actividad cibernética: se «na-
tidad se construye estableciendo una negociación con vega», se «viaja» por Internet. Esta insistencia del
diversas alteridades: los antepasados, los compañeros lenguaje revela quizá un malestar cuya naturaleza
de nuestra misma franja de edad, los aliados por ma- percibimos mejor si la relacionamos con los dos
trimonio, los dioses, etcétera. Lo que nos enseñan ideales del conocimiento del otro y de la construc-
los ritos es el carácter indisociable de la construc- ción de uno mismo, unos ideales tradicionalmente
ción de uno mismo y del conocimiento de los otros. asociados a la idea del viaje. Pero, por el contrario,
A veces ocurre que los ritos adoptan, ya sea con ca- ¿no nos está haciendo creer la ilusión ~e la comuni-
rácter metafórico o no, la forma de Un viaje, y no cación que los sujetos individuales exrsten, en for-
debe extrañarnos que, de manera recíproca, el viaje ma intangible, al margen del acto de comunicación
tenga siempre algo de rito. Si todo viaje sigue sien- que los pone en contacto? ¿No nos está haciend,o
do un tanto iniciático, quizá se deba a que toda ini- creer que intercambian informaciones para enn-
ciación implica una especie de viaje (fuera de uno quecer sus conocimientos sin transformarse, que
mismo, hacia los otros). Ahora bien, nunca hemos perseveran en su ser mientras se ahorra~ el cara a
estado tan próximos como hoy de la posibilidad cara y el cuerpo a cuerpo? En este sentido, l~ co-
real, tecnológica, de la ubicuidad. Las imágenes y los municación es lo contrario del viaje, por lo rrusmo
mensajes vienen a nosotros, tanto si somos sus des- que, idealmente, éste implica la construcción d.e sí
tinatarios directos como si no, y el cuerpo individual mediante el encuentro con los otros. La comuruca-
se dota progresivamente de prótesis tecnológicas que ción presupone lo que el viaje trata de crear: unos
muy pronto habrán de permitirle comunicarse sin sujetos individuales bien construidos. El horno com-
desplazarse, se encuentre donde se encuentre, con municans transmite o recibe informaciones y no
cualquier otro cuerpo del mismo tipo. Los teléfonos duda de lo que es, El viajero ideal trata de existir, de
móviles de mañana nos ofrecerán todas estas posi- formarse, y nunca sabrá realmente quién es o qué
bilidades. es. La práctica turística actual, en este sentido, de-
Por una vez, podremos gestionar la inmovilidad. pende más de la comunicación que del viaje. ~uan­
Pero ¿seguiremos siendo aún viajeros? Este punto do es de tipo cultural, incrementa el saber. SI es de

74 75
carácter deportivo, permite recuperar la forma -sin
no o malo, excitante o no, un encuentro que lleva
que en ningún caso se le asocie la idea de una trans- tiempo, que requiere un tiempo, y que desemboca
formación esencial del ser-o El ideal de la comuni-
a veces en identificaciones, en vínculos incondicio-
cación ~s la ~~tantaneidad. mientras que, por el nales establecidos al término de un viaje interior
contrano, el vrajero se toma su tiempo, conjuga los que el espacio del libro (líneas, páginas) materializa
tiempos, espera, recuerda. El turismo puede ser te- y al que ronda la presencia de los otros, más o me-
ma de un estudio, contribuir al decorado de una nos próximos (autor, personajes).
novela, pero el viaje es el análogo de la escritura Yo intenté distinguir hace algún tiempo' tres for-
que, en ocasiones, lo prolonga. El turista consum~ mas del olvido (el regreso, la suspensión y el comien-
su vida,.el viajero la escribe.Todo viaje es relato, re- zo) que me parecen hallar ejemplo tanto en la ac-
lato verudero y que contiene la promesa de una relee- tividad ritual como en la literatura novelesca. Es
tura.
significativo que estas tres formas del olvido estén
Ya la ~~versa.la metáfora del viaje, para evocar plenamente relacionadas con el desplazamiento en
la narracron, expresa su aire aventurero en el en- el espacio, con el viaje, pero que también puedan de-
c~entro Con los demás, en el encuentro con uno finir o poner en marcha las «configuraciones narra-
mismo, en una encrucijada de caminos, En el origen tivas» de las que habla Paul Ricceur,' En su esquema
de los grandes relatos épicos, hay viajes, vagabun- de las tres mimesis, la mímesis 2 está efectivamente
deos, recorndos y encuentros. Pero si todo relato es constituida por las «configuraciones narrativas»
viaje, se debe a que ha sido compuesto, creado, y a que expresan el mundo mediante relatos históricos
que, de su concepción primera a su elaboración fi- o mediante relatos de ficción. El imposible regreso
nal, se ha verificado un recorrido (el recorrido mis- al punto de partida del que nos informa la literatu- .
mo de la escritura que empuja al escritor a tratar de ra, el imposible regreso del que hablan tanto la os:
encontrarse, o de construirse, a sí mismo recurrien-
do a algunos
. . recuerdos,
. a algunos testimonios , a al-
1. En LesFormes de 1'00~bli, Payot, 1998. [Versión castellana:
gunas ImagmacIOnes y a algunas esperas que siem- Lasfrmnas del olvido, traducción de Mercedes Tricás Preck1er y
pre ~ardan relación con determinadas formas de Gemma Andújar, Gedisa, 1998. (N. del 7:)]
Ialteridad),. y también porque, leído y releído, el re-
2. Temps et Réat, Le Senil, 1983. [Versión castellana: Tiem1}0
ato constituye para todo lector un encuentro, bue- y narración, traducción de Agustín Neira Calvo, Ediciones Cns-
tiandad, 1987. (N. del 7:)]
76
77
sea como El conde de Montecristo, supone el olvido riencia de la felicidad, es también, y con mayor mo-
de todo lo que se ha interpuesto entre el momento de tivo, aquélla a la que aspira el autor que depura su
la partida y el del regreso. Ahora bien, lo que se forma para preservarla de los estragos del tiempo y
ha interpuesto, en la mayoría de los casos, son los dar a sus lectores futuros la sensación de hallarse
viajes, tanto para Ulises como para Edmond Dentes. ante un puro presente, un presente que transcurre
El regreso es una forma del olvido porque, de la sin pasar -página incesantemente leída y releída,
partida a la llegada imaginada como regreso al pun- melodía de un verso que siempre estuviera al borde
to de partida, las derivas de la memoria, las obse- de los labios-o El antes y el después que limitan la
siones de la venganza, de la espera o del deseo, los suspensión del tiempo los imaginamos con toda na-
encuentros, lo cotidiano, el envejecimiento, han eli- turalidad en términos de espacio y, de manera ejem-
minado el sabor exacto del pasado -ese sabor que plar, en términos de viaje: es la escala que precede a
el narrador proustiano recobra por un azar feliz y la nueva partida, tanto para el héroe novelesco que
que inmediatamente convierte en materia de su corre tras el amor o la muerte como para el lector
obra-o Tal vez haya algunos viajeros impenitentes viajero, aquel que, al detenerse en una etapa, inmo-
dispuestos a confesar gustosos que, si ceden con viliza su atención para abandonarse al placer in-
tanta facilidad al deseo de partir lejos y a la ventura, temporal de la lectura o de la relectura que nunca
es con la secreta esperanza de encontrar un día, por es una simple repetición.
sorpresa, una emoción y una sensación perdidas Del comienzo, ¿qué decir, sino que es la razón de
mucho tiempo antes, un instante de juventud o de ser de todo ritual? La forma del rito es la repetición,
infancia. Este tema del imposible regreso al pasado, pero su finalidad es la inauguración, la apertura al
en el que se mezclan los armónicos del viaje, de la tiempo, lo nuevo. El acercamiento de la partida, que
memoria y de la narración, atraviesa la literatura. confiere fugazmente su fuerza poética al más trivial
La suspensión, por su parte, supone esa imposi- de los viajes organizados, es también el instante ina-
ble detención del tiempo en pos de la cual se lanzan prensible en el que, en la página en blanco, se encuen-
a veces la novela y la poesía. Esta pausa -olvido tran a punto de aparecer unas cuantas líneas, líneas de
momentáneo del pasado y del futuro al mismo tiem- las que el autor no ha adquirido aún conciencia ver-
po-, esta tregua establecida entre el recuerdo y la dadera, o también el instante en el que, de esta mis-
espera, que obsesiona a Stendhal porque tiene la apa- ma página, pero ahora impresa, habrá de apoderar-

78 79
se más tarde un lector, descubriendo o volviendo a venir con todas las incertidumbres del presente.
encontrar en ella un conjunto de sensaciones que un Distinta de la reconstitución histórica, que fija en
instante antes aún se le escapaban. Viaje, narración y una imagen un momento infranqueable, y de la
poesía se definen a partir de esta «invitación al viaje» historia, que explica el pasado por sus consecuen-
a la que dio forma Baudelaire. julien Gracq,' para cias, la narración hace abstracción de todo lo que
evocar el sentimiento de inminencia que confiere de hecho ha sucedido entre el pasado que ella evo-
su particular intensidad a ciertos momentos de nues- ca y el instante presente: se adelanta, vuelve a en-
tra vida, emplea el término marítimo de «apareja- contrar en su pasado de ficción la multiplicidad de
miento»: la nave que «apareja» va a ponerse en mo- posibilidades que es constitutiva del presente.
vimiento de un momento a otro con un destino Hoy asistimos a un achatamiento del tiempo y a
conocido o desconocido para aquellos que, asis- una subversión del espacio que afectan a la materia
tiendo al espectáculo de su progresiva puesta en prima del viaje y de la escritura. Se ha podido decir
marcha, comienzan a imaginar, a temer o a esperar que la era de la modernidad ha suscitado la desapa-
alguna improbable peripecia. rición de los mitos de origen y que el siglo xx ha
Pensar la vida en pasado, en presente o en futu- causado la de las ideologías del futuro. Las tecno-
ro, es pensarla con el irrealizable deseo de recobrar, logías de la comunicación pretenden abolir las dis-
de detener o de inaugurar el tiempo. El viaje más tancias de todo tipo, eludir los obstáculos del tiempo
trivial participa de esta ilusión por lo mismo que se y del espacio, disolver las oscuridades del lenguaje,
propone a un tiempo como proyecto, paréntesis y el misterio de las palabras, las dificultades de la re-
recuerdo. Por esta razón, siempre existirá, en cual- lación, las incertidumbres de la identidad o los titu-
quier turista, un viajero que dormita y que se des- beos del pensamiento. En la sucesión de relevos
pierta de vez en cuando al ver un paisaje, porque que les proporcionan las diversas pantallas, las evi-
un vago recuerdo surge en él como un malestar ex- dencias de la imagen tienen fuerza de ley e instauran
traño y familiar. La narración, por su parte, guarda
la tiranía del presente perpetuo. Las imágenes son
relación con el pasado (eérase una vez ... -). pero
primicias, y tras ellas corre el turista, aunque, con
con un pasado inaugural que se abre sobre el por-
frecuencia, también lo hace el que escribe o el que
lee: desde este punto de vista resulta emblemática la
3. EnPréférences,JoséCorti, 1961. inversión cuyo desenlace conduce a que se escriban

80 81
novelas a partir de sinopsis de películas -escritura privilegiados. Tanto unos como otros constituyen
que se hace eco de unas imágenes que no ha hecho unos paisajes que hay que mirar desde el exterior, a
nacer y que se contenta con repetir, escritura-plagio, distancia (la cadena del Mont-Blanc, París visto des-
escritura-subtítulo, escritura-pleonasmo. de uno de los puentes del Sena), o que se consumen
La remisión de uno mismo a los otros y de los en el interior (la célebre trilogía «Sol, Arena, Sexo»,
otros a uno mismo, circunstancia que, idealmente, sin olvidar el excursionismo, la vela y otros despla-
constituye la definición tanto del viaje como de la zamientos de carácter más o menos deportivo ni las
escritura, se eneuentra amenazada por la ilusión de informaciones escritas o grabadas que saturan el
saberlo todo, de haberlo visto todo y de no tener ya espacio de los museos y de los monumentos histó-
nada que descubrir -se encuentra amenazada por el ricos).
reinado de la evidencia y la tiranía del prcsenre-. Y Las ruinas, restauradas o no, son a un tiempo
sin embargo, pese a que no tomemos conciencia de emplazamientos y monumentos, una especie de sín-
ello más que de forma efímera e intuitiva, hay en el tesis o de compromiso: constituyen el objeto de una
mundo que nos rodea, y en cada uno de nosotros, información muy documentada y se inscriben en
zonas de resistencia a la evidencia. El objetivo del un decorado que les es indisociable (el que encon-
viaje, el objetivo de la investigación literaria, debe- tramos en los carteles turísticos: arena del desierto,
ría ser, y es a veces, la exploración de esas zonas de selva tropical, colinas o penínsulas mediterráneas),
resistencia. Existen dentro de nosotros mismos y de modo que, paradójicamente, pese a que en tér-
fuera de nosotros mismos, y entre este interior y es- minos oficiales constituyan un punto de llegada
te exterior no puede excluirse la existencia de puen- que responde a 10 esperado por los visitantes de
tes que habría que sacar a la luz. tanto como se parece a la imagen que éstos tenían
El turismo es una de las formas más espectacula- de ellas, también son, en la mayoría de los casos, un
res de la ideología del presente, en la medida en que punto de vista desde el que se descubre otro paisa-
se ubica bajo el triple signo del planeta, de la evi- je, otros espectáculos (por ejemplo, la salida o la
dencia y de lo inmediato. El esparcimiento, el exo- puesta del sol sobre el mar o la selva). Las guías tu-
tismo y la cultura son sus tres consignas optimistas, rísticas proporcionan toda la información histórica
inocentes y catárticas. Los emplazamientos naturales deseable (me acuerdo de que para la preparación de
y los monumentos de la cultura son sus destinos las oposiciones a la École Normale nos aprendía-

82 83
mas páginas enteras de la «Guía Azul» por si se da- individuos cuyos destinos se cruzaron un tiempo y
ba el caso de que fuéramos interrogados, en historia después se vieron separados por la muerte o por la vi-
griega, sobre Delfos o la Acrópolis). Pero también da, una casa con dos siglos de antigüedad que hoy se
evocan (de manera sobria en las «Guías Azules», con ve arrasada para dejar sitio a una rotonda, un parque
mayor lirismo en los folletos turísticos) el cofre na- transformado en parcelas de terreno... La puesta al
tural que alberga esos tesoros. día de las ruinas, las decisiones que han conducido
Las ruinas, es extraño, tienen siempre algo natu- a poner de relieve talo cual parte, su distribución,
ral. Tal como sucede con el cielo estrellado, consti- incluso en el caso de que sea somera, no obedecen a
tuyen una quintaesencia del paisaje: en efecto, lo los mecanismos de la memoria espontánea, pero el
que ofrecen a la vista es el espectáculo del tiempo paisaje resultante tiene la apariencia formal de un
en sus diversas profundidades. No es un tiempo que recuerdo.
se mida en años luz, pero añade al inmemorial tiem- Todo paisaje existe únicamente para la mirada
po geológico los tiempos múltiples de la experiencia que lo descubre. Presupone al menos la existencia
humana y los enmarañados tiempos de la repro- de un testigo, de un observador. Además, esta pre-
ducción vegetal. Este desorden armonioso, atrapa- sencia de la mirada, que produce el paisaje, presu-
do en un instante por la mirada, posee algo de lo pone otras presencias, otros testigos u otros acto-
arbitrario del recuerdo. De un determinado ser res. Los paisajes que nos parecen más naturales
querido hoy desaparecido, guardamos el recuerdo, deben todos algo a la mano del hombre, y los que
difícil de fechar con precisión, aunque de vivacidad parecen totalmente independientes de la naturaleza
mayor que la de otros, de talo cual actitud en un se han dejado al menos abordar, consintiendo que
paraje, una casa, una habitación, un jardín, pese a nos aproximemos a ellos, por un conjunto de vías
que podríamos evocar otros recuerdos, unos re- de comunicación y de medios técnicos que permi-
cuerdos que nos vuelven a la cabeza si hacemos un ten, justamente, que los convirtamos en paisajes.
«esfuerzo de memoria». Sin embargo, espontánea- Para que haya paisaje, no sólo hace falta que ha-
mente, la memoria crea su cuadro favorito, siempre ya mirada, sino que haya percepción consciente,
el mismo, arbitrario, insistente, un cuadro en el que juicio y, finalmente, descripción. El paisaje es el es-
han quedado aglutinados, como si se hubieran uni- pacio que un hombre describe a otros hombres.
do para siempre, elementos de épocas diferentes: Esta descripción puede aspirar a la objetividad o a

84 85
la evocación poética, indirecta, metafórica. El po- de América que entrevió e imaginó Cbateaubriand,
der de las palabras es necesario cuando quien ha el desierto de los tártaros cuyo horizonte escruta
visto se dirige a quienes no han visto. Para que las Dino Buzatti, la Holanda que Baudelaire soñó con
palabras tengan el poder de hacer ver, no es sufi- rostro de mujer (<<En ella, todo no es sino orden y
ciente con que describan o traduzcan: es preciso, voluptuosidad ... »), la mujer que Verlaine evoca
por el contrario, que soliciten, que despierten la como un paisaje (<<Vuestra alma es un paisaje esco-
imaginación de los otros, que liberen en ellos el po- gido... »), son todas visiones interiores a las que
der de crear, a su vez, un paisaje. De ahí la sorpresa responde el eco de otras visiones en el lector.
y, con frecuencia, la decepción de los lectores de En la tradición europea de los últimos siglos, la
una novela al descubrir la adaptación que de ella ha escritura de los paisajes interiores arraiga en una
hecho el cine. doble experiencia del tiempo y del espacio. La pri-
En estos casos, una tercera persona y unas imá- mera guarda relación con la infancia, la segunda
genes materiales se deslizan entre el autor, que ha des- con la idea de frontera. Los territorios de la infancia
crito el paisaje con palabras, y el lector, que las ha y los paisajes que dejan en la memoria están hechos a
dejado discurrir en su interior. Sin embargo, entre la medida del niño: las dimensiones, las distancias
el lector y el autor no existe ningún malentendido. percibidas como espacios infinitamente grandes re-
Tanto el paisaje de uno como el del otro son paisa- velan después ser más pequeñas, más estrechas, más
jes interiores (el primero ha suscitado las palabras reducidas. De ahí la decepción experimentada por
que han generado el segundo). No tienen la menor quien, siendo adulto, trata de recobrar en el paisaje
oportunidad de llegar a compararse, y el lector, real sus recuerdos del pasado. El narrador prous-
además, sabe bien que el autor evoca un mundo tiano analiza esta decepción con motivo de un re-
muy personal, un mundo que habla de él a través greso a Combray, y es ese regreso el que debe ha-
de la descripción de un paisaje real o imaginario. El cernos comprender, en sentido inverso, no sólo el
paisaje que la lectura de ese autor hace nacer en él, milagro de la memoria automática, sino más aún
bien lo sabe, pertenece por tanto a ambos: a él, lec- el privilegio de la literatura que despliega y hace
tor, ya que es su imaginación la que responde allla- explícitos sus efectos fulgurantes. También a través
mamiento de las palabras, y al autor, puesto que es de ella, tal vez, se afirma el privilegio del cine, de la
él quien ha lanzado el llamamiento. Los desiertos «gran pantalla» sobre la que se proyectan unos pai-

86 87
sajes que. a los ojos de los espectadores. restituyen tenor (Arcoat). El interior comenzaba apenas a
algo del mundo inmenso y perdido de la infancia. unos cuantos kilómetros de las costas, pero el te-
Únicamente las ruinas. debido a que tienen la rreno cortado por los árboles y los taludes hurtaba
forma de un recuerdo, permiten escapar a esta de- la vista del mar hasta el momento en que se desem-
cepción: no son el recuerdo de nadie, pero se ofre- bocaba en la orilla.
cen a quien las recorre como un pasado que hubiera Hoy. la experiencia del descubrimiento progre-
sido perdido de vista, que hubiera quedado olvida- sivo del paisaje se ha convertido en algo cada vez
do, y que no obstante fuera aún capaz de decirle al- más raro y difícil. La ordenación del territorio, la
go. Un pasado al que el observador sobrevive. concentración parcelaria, la multiplicación de las
La experiencia de las fronteras, por su parte, po- autopistas y la extensión del tejido urbano amplían
ne en juego varias escalas y varios registros. La fron- el horizonte, pero eliminan los recovecos de un pai-
tera entre la ciudad y el campo, mientras la noción saje más fragmentado y más íntimo. Estas transfor-
de ciudad tntra muros tuvo sentido, ordenaba la per- maciones objetivas refuerzan las modificaciones re-
cepción de dos mundos contiguos, pero diferentes. lacionadas con el simple trabajo de la memoria.
Las oposiciones entre capital y provincia, y ciudad Están en marcha procesos que difunden la uni-
y extrarradio. también se encuentran muy presen- formidad y la conversión de las cosas en espectácu-
tes en la literatura, y corresponden a paisajes físicos lo, procesos que nos alejan tanto del paisaje rural
y mentales percibidos en sus diferencias específi- tradicional como del paisaje urbano producto del
cas. Sin embargo, entre la experiencia del espacio siglo XIX. Dos tendencias se abren paso: por un la-
que podíamos tener hace algunas décadas, y la que do, la uniformidad de los «no lugares» (espacios de
podemos tener hoy, existe una diferencia compara- la circulación, de la comunicación. del consumo) y,
ble a la que distingue al niño del adulto: aún no hace por otra parte, la arrificialidad de las «imágenes».
mucho, las fragmentaciones del espacio (setos. talu- La extensión de los no lugares viene acompañada
des) y la relativa lentitud de los medios de transpor- de acontecimientos arquitectónicos (la pirámide del
te imponían al descubrimiento del paisaje un ritmo Louvre, el museo Guggenheim...) firmados por ar-
progresivo y un paso atento. En la Bretaña de mi quitectos de fama mundial. De este modo se afirman
infancia, existía una diferencia, permanentemente y se exhiben notables singularidades, mientras que
reivindicada, entre la zona costera (Armar) y el in- las restauraciones y las iluminaciones fijan el paisa-

88 89
je de la ciudad. Los palacetes del barrio del Marais restauraciones efectuadas por los indios y por los
u otros «monumentos históricos» de París se con- franceses desembocan en resultados sensiblemente
vierten en objetos virtuales de la mirada de los tu- diferentes). La presentación que se hace de estas
ristas espectadores destinados a venir a contemplar- ruinas es como un fin en sí, en el doble sentido del
los un instante, al pasar. término: trata de convertir su presencia en un pre-
De carácter virtual, las restauraciones, al igual sente insuperable, en un espectáculo acabado -in-
que las reconstrucciones, las reproducciones y los cluso a pesar de que no pueda excluirse que, por la
simulacros, pertenecen al ámbito de la imagen: fi- ruptura entre tiempo e historia que corresponde al
guran en la imagen y están hechas a imagen de las espectáculo de las ruinas y por el carácter particu-
realidades lejanas o desaparecidas a las que sustitu- lar del paisaje en el que se mezclan con la naturale-
yen. Lo propio de la imagen, no obstante, es el he- za, las ruinas logren resistir siempre esa recupera-
cho de que no se vea aventajada sino por ella mis- ción al despertar en el espectador la conciencia del
ma, ella es, en sí misma, su propio pasado: el pasado uempo.
de la imagen no es el de su pasado histórico supues- Los no lugares y las imágenes se encuentran en
to ni el del original, es la imagen que sus espectado- cierto sentido saturadas de humanidad: son produ-
res ya tenían de ella. En este presente perpetuo, la cidos por hombres, y son frecuentados por hom-
distancia entre el pasado y su representación queda bres, pero se trata de hombres desvinculados de sus
abolida. relaciones recíprocas, de su existencia simbólica.
Las ruinas que va uno a visitar hoya los cuatro Son unos espacios que no se conjugan ni en pasado
confines del mundo tienden a convenirse también ni en futuro, unos espacios sin nostalgia ni espe-
en singularidades: su descubrimiento es, a su mane- ranza. Suscitan una mirada y una palabra; una mi-
ra, y tal como sucede con las creaciones contempo- rada para que pueda reconstituirse una relación mí-
ráneas, un acontecimiento arquitectónico mediante nima; una palabra que las integre en un relato. Se
el cual se reconoce y se identifica de forma sumaria parecen al decorado minimalista de las novelas de
una ciudad o un país. Las restauraciones transfor- caballerías (un desierto, un bosque, un castillo), un
man su singularidad en imagen, en la medida en que decorado que no existe más que en virtud de la mi-
las convierten en un espectáculo (un espectáculo rada del caballero andante que va en busca de otras
variable, por lo demás: en Angkor, por ejemplo, las presencias. Al igual que Don Quijote, nos arriesg a-

90 91
mos, si buscamos en ellos un sentido social, a equi- una media luna. Ferrer, sentado en un sillón, hizo un
vocarnos de época y a lanzamos al asalto de los mo- repaso de los demás accesorios: un teléfono de pa-
linos de viento. Sin embargo, Don Quijote tenía red, un extintor y un cepillo para limosnas... 4
razón. Sigue teniendo razón hoy. Los autores que
logren apropiarse de los espacios de la circulación, Los escritores se unen así a los cineastas cuyas
de la comunicación y del consumo, que logren dis- cámaras se demoran en los márgenes de la ciudad, y
cernir en los espacios de soledad (o de interacción, quizá también a todos aquellos que, destinados a la
pues son los mismos) una promesa o una exigencia soledad, la reconocen pero la rechazan: ancianos
de encuentro, en una palabra, los que logren des- que charlan con las jóvenes cajeras de los super-
cribirlos y escribirlos para otros, quedarán inscri- mercados para ganar (perder, dicen otros) un poco
tos en la filiación de quienes, desde joyce, no cesan de tiempo, desplazados o exilados que vuelven a le-
de repoblar los espacios de soledad. La empresa, vantar en sus campamentos o en sus cuchitriles un
por lo demás, está en curso, y desde hace dos déca- «marco vital». Todos tienen necesidad de tiempo,
das los nuevos espacios han invadido el universo no- de que se les conceda un poco de tiempo que les
velesco francés, dejean-Philippe Toussaint a Michel permita apropiarse del espacio, reconocerse y ser
Houellebecq. El resultado es una escritura irónica, reconocidos en él. Los hombres no pueden vivir
un tanto distante, un tanto fría, como los espacios de solos: tienen necesidad de lazos, pese a que a veces
que se apropia, una escritura deshilachada, un tanto se sientan prisioneros de ellos, se resignen a tener-
desesperante, pese a que niegue estar desesperada. los o quieran romperlos. TIenen necesidad de pai-
Échenoz y el «centro espiritual» de Roissy, que, sajes, ya para encontrarse, ya para perderse en ellos,
y por tanto necesitan también textos que confirmen
simétrico al centro de negocios con respecto al Mul- la existencia o recreen la imagen de esos paisajes. La
tistore, está situado en el subterráneo del aeropuerto, escritura enlaza las palabras y a los seres mediante
entre la escalera mecánica y el ascensor. La sala de es- las palabras, el lector al autor, y a los lectores entre
pera es más bien fría y está amueblada con sillones sí. Y en cuanto a los paisajes que alumbra, incluso
metálicos, expositores repletos de folletos en siete
lenguas y maceteros redondos con cinco especies de
4. Jean Échenoz,je m'en vais, Minuit, 1999, pág. 111. [Ver-
plantas distintas. En las hojas de tres puertas entrea- sión castellana: Me voy, traducción de Javier Albiñana, Anagra-
biertas aparecen estampados una cruz, una estrella o ma, 2000, pág. 83. (N. del 7.)]

92 93
en los casos en que el origen es indudablemente un
trozo del espacio histórico, renacen constantemen-
te de una lectura a otra. La escritura y el paisaje son
simbólicos: nos hablan de aquello que compartimos
y que, no obstante, sigue siendo, para cada uno de
nosotros, diferente.

«Viaje al Congo»

Vuelvo a leer el Viaje al Congo/ de Gide. Varias


cosas me llaman la atención.
En primer lugar, este viaje era simplemente evi-
dente. Había que hacerlo, como suele decirse. Gi-
de, al igual que Leiris un poco después, fuerza su
naturaleza, cede al atractivo de un desplazamiento
cuya razón de ser, en el momento de la partida al
menos, no ve con claridad, pese a que la necesidad de
testimoniar se vuelva, andando el viaje, más patente.
Gide, al igual Leiris, es introvertido, está atento a
las intermitencias del yo, y se muestra preocupado,
además, por su relación íntima con la religión pro-
testante. Desde luego, apenas tiene curiosidad et-

1. En Souvenirs el Voyages, Gallimard, colección ..Bi-


bliotbeque de la Pléiade-, 2001.
nológica, y es más bien sensible a la estética de los viajepropiamente dicho y su progresión; la redacción
paisajes, de las situaciones y de las siluetas. Sin du- de su diario, muy elaborado, y que muy raras veces
da, la presencia de un compañero a su lado aleja de abandona; y, por último, sus lecturas, de las que nos
él toda obsesión relacionada con el regreso y con habla su diario y que avanzan con el viaje. Barthes ri-
otro continente. El tono del diario sigue siendo, de diculizará un poco en sus Mitologías* la figura del es-
principio a fin, de una frescura que nos fuerza a la critor viajero que no para de releer a Racine, a Goethe
admiración -muy al contrario de lo que sucede con o a Bossuet mientras remonta el río Congo.
Malinowski e incluso con Leiris. Este vals de tres tiempos no resume por sí solo la
Frescura: frescura de quien, sin olvidarse de ob- relación sutil que mantiene Gide con el tiempo del
servar, de escuchar y de reaccionar, se deja atrapar a viaje. En su relato se siente a veces cansancio, un li-
su pesar por el encanto insidioso de la vida colo- gero aburrimiento, pero nunca impaciencia o nos-
nial, saborea la llegada al final de la etapa de la tarde talgia. El tema del regreso aparece en raras ocasio-
cuando ésta resulta un poco más confortable que la nes. Por el contrario, son varias las partidas que se
de la víspera, y se conmueve con el gesto de con- viven con alborozo, lo que es a fin de cuentas nor-
fianza de un niño. Ingenuidad, a veces, de quien se mal en un periplo de este tipo. Hay, sobre todo,
abandona al pensamiento de que los negros son ne- unos cuantos momentos de suspensión, momentos
gros por lo mismo que es verde la selva, asociando ajenos al tiempo, ajenos al periplo, que marcan de
la monotonía de los paisajes con la indiferenciación forma luminosa el conjunto del recorrido. Son mo-
de los seres: impresiones de un viajero que pasa y mentos de soledad, vividos al margen del campamen-
no tiene realmente tiempo, salvo algunas excepcio- to o del pueblo: cerca de una iglesia abandonada,
nes, para demorar la atención en los individuos. A huérfana de practicantes; entre los restos de un anti-
pesar de todo, durante un tiempo, se encuentra muy guo puesto alemán donde unos plantíos de tomates
lejos de la casa Gallimard, y aprende a distinguir lo aún siguen dando fruto; al pie de un fuerte medio
que, en la mirada de muchos otros, se confunde con derruido del sultanato de Gulfeí en Camerún don-
las evidencias de la trivialidad cotidiana: la miseria, de la huella humana, permanente, resiste el paso del
la violencia y la rebeldía. tiempo y la invasión voraz de la naturaleza.
De forma aún más particular me llama la atención
* Traducción española de Héctor Schrnucler, Siglo XXI, Ma-
el tempo de su relato. Es un relato en tres tiempos: el drid, 1980. (N. del T)

96 97
Un atardecer, por el camino de Babua,

a la caída de l~ tarde [... ] empecé a caminar, al azar,


por un. sendenllo
.. medio oculto por las h'leras.
b Me
cond UJObícasi. mmediatamente a un barrio de Bugnma .
qu:,ha la sido abandonado a la ruina [...]. La vege-
tacronde la selvahabía invadido los restos de esta al-
dea y a v~ces u~a planta trepadora de largas y her-
mosas hOJ:s cala y hacía de marco o de ribete para
estas extranas. paredes derruidas' resaltando 1anque-
. Lo demasiado lleno y lo vacío
za y la sonon~ad de sus tonos. Se hubiera dicho que
era una especie de Pompeya negra; y me entristecía
que .Marc no estuviera aquí y que la hora fuera de-
masiado a~anz~da para tomar algunas fotografías.
El siglo xx ha sido el siglo de las devastaciones, de
:ledad y slle.nclO. Caía la noche. Pocos espectáculos
las destrucciones Y de las reconstrucciones. Re-
: han emocionado más desde que estoy en este país
(pag. 441 de la edición francesa). cuerdo que al final de la Segunda Guerra Mundial
no se hablaba más que de reconstrucción. Creo re-
cordar los cálculos a que se entregaba una de mis
tías bretonas para determinar a qué tipo de villa
podía aspirar en la periferia de Lorient como com-
pensación por la pérdida de un apartamento en el
centro de la ciudad. Me gustaban las ciudades nue-
vas que surgían del suelo, las casas modernas con
cuarto de baño y calefacción central que se distin-
guían tan radicalmente de los viejos inmuebles de la
parte baja de la calle Monge, en París. Mis gustos
han cambiado, y aún ha cambiado más la calle Mon-
ge. Pero la reconstrucción, en aquella época, era,

99
98
junto a la música y laspelículas americanas, el símbo- sión de los conjuntos urbanísticos. También a este
lo de una vida limpia, moderna y brillante, el sím- respecto resulta ejemplar el derrumbamiento de las
bolo de la vida a la que yo aspiraba. torres de Manhattan: traduce un cambio de escala (to-
El antropólogo de principios del siglo XXI, por dos pertenecemos al mismo mundo, para bien y para
su parte, no puede ser sensible más que a los cam- mal) y el surgimiento de nuevas formas de violen-
bios de contexto y de escala que gobiernan hoy toda cia; es el fruto de la guerra civil planetaria. Añada-
descripción del espacio. La urbanización del mundo mos que, en un siglo que privilegia el estereotipo, la
va acompañada de modificaciones en lo que pode- copia o el facsímil, el acontecimiento de Manhattan
mos definir como «urbano». Estas modificaciones se convertirá sin duda muy pronto en el ejemplo
guardan, naturalmente, relación con la organiza- más demostrativo de lo que se podría llamar la pa-
ción de la circulación, de las migraciones y de los radoja de las ruinas. Paradoja que es preciso comen-
desplazamientos de población, con la organización tar: sin duda es en la hora de las destrucciones más
de la confrontación entre la riqueza y la pobreza, generalizadas, en la hora en que existe una mayor
pero podemos considerarlas, en sentido más am- capacidad de aniquilamiento, cuando las ruinas van
plio, como una expansión de la violencia bélica, po- a desaparecer a un tiempo como realidad y como
lítica y social. Y ello porque no hay duda de que es concepto.
la violencia lo que se encuentra en el origen de las El mundo de la globalización económica y tec-
remodelaciones urbanas y sobre todo de las obras nológica es el mundo del tránsito y de la circula-
de construcción que, en diferentes lugares del mun- ción -destacándose todo ello sobre un trasfondo de
do, dan a un tiempo testimonio de los enfrenta- consumo-. Los aeropuertos, las cadenas hoteleras,
mientos que generaron las ruinas y del voluntaris- las autopistas, los supermercados (añadiría de bue-
mo que preside las reconstrucciones: violencia de la na gana a esta lista las escasas bases de lanzamiento
guerra civil e internacional en Beirut, violencia de de cohetes) son no lugares en la medida en que su
la guerra mundial y del enfrentamiento entre el Este principal vocación no es territorial, no consiste en
y el Oeste en Berlín, violencia social en las periferias crear identidades singulares, relaciones simbólicas
parisinas; violencias surgidas justo en el momento y patrimonios comunes, sino más bien en facilitar
en que se piensa estar resolviendo las desigualdades la circulación (y, por ello, el consumo) en un mun-
sociales y la separación en guetos mediante la implo- do de dimensiones planetarias.

100 101
Todos estos espacios tienen un aspecto de déja- las estaciones de servicio, que también se transfor-
vu. y una de las mejores formas de resistir la sensa- man en complejos turísticos con restaurantes, co-
ción de extrañeza que vivimos al encontrarnos en mercios y espacios lúdicos para los niños. Todo ello
un país lejano consiste sin duda en refugiarnos en el configura un inmenso juego de espejos que, de uno
primer supermercado que veamos. Si tienen ese as- al otro extremo de las zonas más activas del mun-
pecto de déja-vu, es, desde luego, porque se pare- do, ofrece a cada consumidor un reflejo de su pro-
cen (aunque la iniciativa arquitectónica haya podido pio estado febril.
convertir en notables singularidades a algunos de En los espacios de lo demasiado lleno existe tam-
ellos), pero también porque, en efecto, ya los hemos bién una saturación de seres humanos. Las carrete-
visto, en la televisión o en los prospectos publicita- ras y las pistas de despegue se atascan. Las colas se
rios: forman parte del mundo colorista, tornasolado, hacen cada vez más largas. Las salas de espera, sean
confortable y redundante cuyas imágenes nos son o no confortables (es una cuestión de clases), nun-
propuestas por las agencias turísticas. Siendo re- ca se vacían. El mundo de la velocidad y de la instan-
dundantes, son también espacios de lo demasiado taneidad tiene a veces problemas para administrar
lleno, aunque, por otra parte, estos dos caracteres su propio éxito, salvo cuando un suceso de alcance
se refuercen mutuamente. Un gran aeropuerto co- mundial (la guerra del Golfo, el atentado de Nueva
mo Heathrow es un centro comercial famoso en York) llena de espanto y paraliza a una parte de los
todo el mundo. En los aeropuertos, la televisión es- consumidores, para.gran angustia de las compañías
tá presente en todas partes (con la notable excep- aéreas y de las profesiones vinculadas al turismo.
ción de Roissy). Las grandes cadenas hoteleras cir- Vivimos en el mundo de la redundancia, en el
cundan los aeropuertos y evitan que el pasajero «en mundo de lo demasiado lleno, en el mundo de la
tránsito» tenga que desviarse hasta la ciudad a la evidencia. Los espacios de paso, de tránsito, son
que prestan servicio. Los aeropuertos son, cada vez aquéllos en los que se exhiben con mayor insisten-
más, nudos de autopistas y de ferrocarriles. En los cia los signos del presente. Éstos se despliegan con
hipermercados más importantes se hallan presentes la fuerza de la evidencia: los paneles publicitarios,
todos los servicios, principalmente agencias de viajes el nombre de las firmas más conocidas inscrito con
y bancos. La radio y la televisión funcionan en to- letras de fuego en la oscuridad de las autopistas que
das partes, incluso a lo largo de las autopistas, en comunican con el aeropuerto (pensemos en el nor-

102 103
te ~e la circunvalación parisina), los ostensibles pa- respuesta la cuestión de saber dónde empieza la ciu-
lacios del espectáculo, de los deportes, del consumo dad y dónde acaba. Las propias ciudades, en Fran-
que, a la salida del aeropuerto, se apretujan contra cia, se repliegan sobre su «centro histórico» (la iglesia
la .c~udad, hacen ceder sus defensas y la penetran del siglo XVI, el monumento a los caídos, la plaza del
utilizando los pasos de los ferrocarriles de las au-
o , mercado), siguiendo el mismo movimiento que las
topistas o de los accidentes naturales (los ríos). La lleva a proyectar hacia el exterior sus zonas de acti-
(~ficha técnica» que tanto gusta a Rem Koolhaas, la vidad, pese a que se multipliquen las carreteras de
ficha técnica que subvierte la ciudad histórica es un
o , enlace y las rotondas que supuestamente permiten
espacio de lo demasiado lleno: ¿cómo extrañarse de al visitante curioso abandonar la autopista o la na-
que se desborde sobre la ciudad, de que la moldee a cional para acercarse a echar un vistazo. En ciertas
su propia imagen y la vuelva así conforme a su vo- ciudades sudamericanas, los poblados de chabolas o
cación global? los barrios pobres se infiltran a veces en las prox~­
Los espacios de lo vacío se encuentran estrecha- midades de los islotes centrales de la sobremoderni-
mente entremezclados con los de lo demasiado lle- dad, islotes que se defienden mediante sus barreras
no. A veces son los mismos, pero a distintas horas: electrónicas y sus guardianes. El vacío se instala en-
el aer~puerto por la noche o por la mañana, poco tre las vías de circulación y los lugares donde se vive,
después de su apertura, los aparcamientos subte- o entre la riqueza y la pobreza, un vacío que unas
rráneos cuando la afluencia es baj a, las baldosas veces se decora y otras ve';.es cae en el abandono, o
que.recubren la estación de Mentparnasse o las au- en el que hacen su madriguera los más pobres de en-
top~stas de la Zona de la Défense cuando la lluvia y tre los pobres.
el VIento las vuelven intransitables. El 00 lugar se Existen otros vacíos además de estos vacíos resi-
aprehende, según los momentos, como una satura- duales. Cuanto menos consigue definirse el espacio
ción de pasajeros o como un vacío de habitantes. urbano, más se extiende (y a la inversa, por supues-
De forma más sutil, lo lleno y lo vacío se fre- to). La ciudad se cubre de obras de construcción
cuentan. Eriales, terrenos improductivos, zonas apa- que responden a una voluntad de extensión (como
rentemente carentes de calificación concreta rodean en La Plaine-Saint-Denis, hacia Aubervilliers), de
la ciudad o se infiltran en ella, dibujando en hueco- empalme o reunificación, como en Berlín, en los al-
grabado unas ZOnas de incertidumbre que dejan sin rededores de la Potsdammerplatz, o de reconstruc-
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ción, como en Beirur. En las obras de construcción estos arrabales se unirán a los de Marsella, cosa que
urbanas, la evidencia de lo demasiado lleno se halla le alegra vagamente, añadiendo que si,a pesar de todo,
ma~zada, plegada (en el sentido en que se pliega un me gusta esta desolación y esta invasión del desor-
vestido) por el misterio del vacío. El encanto de las den (su choza, su jardín, una fábrica, un arroyo, dos
obras de construcción, de los solares en situación inmuebles, una casa de campo, un monte alto, tres-
de espera, ha seducido a los cineastas, a los novelis- cientos neumáticos), se debe a que tengo la certeza
tas, a los poetas. Actualmente, este encanto se debe, de que en este espacio se prepara una revelación, o al
en mi opinión, a su anacronismo. En contra de las menos su promesa. Constato en el fondo de sus ojos
evidencias, escenifica la incertidumbre. En contra turbios que ya no me sigue en absoluto. Me siento
un poco confuso: qué revelación, en efecto, qué pro-
del presente, subraya a un tiempo la presencia aún
mesa de la que nada sé, excepto -alli, ahora, sobre ese
palpable de un pasado perdido y la inminencia in-
muro situado enfrente de la estepa en la que espero
~ierta de lo que puede suceder: la posibilidad de un al autobús que nunca pasa- que terminará por cum-
instante poco corriente, frágil, efímero, que escapa plirse.'
a la arrogancia del presente y a la evidencia de lo
que ya está aquí. Las obras de construcción, en su Así es como, con toda naturalidad, los espacios
caso al coste de una ilusión, son espacios poéticos de lo vacío se describen en términos temporales. Al
en el sentido etimológico: es posible hacer algo en igual que las ruinas, las obras de construcción tienen
ellas; su estado inacabado depende de una promesa. múltiples pasados, pasados indefinidos que superan
Así es desde luego como lo entiende el poeta Jac- con mucho los recuerdos de la víspera, pero que, a
ques Réda, en Les Ruines de París: diferencia de las ruinas recuperadas por el turismo,
escapan al presente de la restauración y de la trans-
Vivo aquí desde el 36, me explica el anciano con formación en espectáculo: desde luego, no escaparán
cuyo perro acabo de cruzarme ahora mismo (uno de por mucho tiempo a esto, pero al menos seguirán es-
esos negros cobardes de las afueras que se largan a timulando la imaginación mientras existan, mientras
toda prisa sin tan siquiera responder a tu saludo, y puedan suscitar un sentimiento de espera. .
que te increpan tan pronto como se encuentran al
La arquitectura contemporánea no asptra a la
a~paro de ~u barrera), y me muestra toda la superfi-
eternidad, sino al presente: un presente, no obstan-
cie convertida en muros donde entonces crecía el tri-
go, la alfalfa, y le da lo mismo. Le vaticino que un día 1. Gellimard, 1977, págs. 115-116.

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te, infranqueable. No pretende alcanzar la eterni- trucción realizada de manera idéntica (ideada tras
dad de un sueño de piedra, sino un presente inde- la guerra en ciudades como Saint-Malo y Varsovia)
finidamente «sustituible». La duración de la vida y, de manera más general, las sustituciones, se en-
normal de un inmueble puede hoy estimarse, cal- cuentran en las antípodas de la ruina. Recrean una
cularse (como la de un coche), pero normalmente funcionalidad presente y eliminan el pasado.
se prevé que, llegado el momento, será sustituido El drama es que hoy aplicamos a la naturaleza el
por otro inmueble (un inmueble que puede tener trato que infligimos a las ciudades: «preservamos»
aspecto de ser el mismo, como sucede con algunos ciertos sectores, en beneficio del espectáculo; pre-
cafés parisinos, o que puede deslizarse tras la fa- tendemos sustituir una naturaleza mediante otra
chada conservada de una construcción más anti- (por ejemplo, repoblando los bosques), pero la na-
gua). De este modo, la ciudad actual es un eterno turaleza, como los hechos en otro tiempo, es testa-
presente: inmuebles que pueden ser sustituidos unos ruda: si se la maltrata, reacciona. Los glaciares retro-
por otros y acontecimientos arquitectónicos, «sin- ceden, los mares se desecan, los desiertos avanzan,
gularidades», que son también acontecimientos ar- las especies desaparecen. Antes que nada, cuando
tísticos concebidos para atraer a visitantes del mun- surge el accidente (por ejemplo, Chernobil), la na-
do entero. turaleza se encarga de multip licar y de difundir los
Ahora bien, durante algún tiempo al menos, los efectos de la imprudencia humana: el hombre des-
solares y las obras de construcción rebasan el pre- cubre que pertenece a la naturaleza cuando se ve
sente por sus dos costados. Son espacios en situa- obligado a escapar de las instalaciones que había
ción de espera que actúan también, de forma en concebido para dominarla. Demorémonos un ins-
ocasiones un poco vaga, como evocadores de re- tante en la ciudad de Pripiat, en Ucrania, fotogra-
cuerdos. Reabren la tentación del pasado y del fu- fiada por Yann Arthus-Bertrand. Como apagada
turo. Hacen las veces de ruinas. Hoy, éstas ya no por una bomba «limpia» (la que se encarga de eli-
pueden concebirse, no tienen ya porvenir, como si minar a los hombres sin afectar a los materiales), la
dijéramos, dado que, precisamente, los edificios no ciudad aparece reducida a su glacial geometría: ave-
se construyen para envejecer, coincidiendo en esto nidas entrecruzadas, perpendiculares dominadas
con la lógica de la evidencia, con la lógica del eter- por grandes paralelepípedos rectangulares de ven-
no presente y de lo demasiado lleno. La recons- tanas alineadas. Sin embargo, estas avenidas están

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desiertas y no hay nadie en las ventanas. Aparente- lítico-criminales, por su parte, pertenecen a la ac-
mente, no hay nada «en ruinas», todo está intacto. tualidad.
El pasado, aquí, tiene fecha. La evacuación fue de- Jean Hatzfeld ha escrito un libro" sobre la gue-
cretada de la noche a la mañana (un poco demasia- rra de Bosnia en el que principalmente evoca cier-
do tarde, según parece). Se sabe muy bien cuál era tos paisajes de escombros destinados a durar tanto
la función de estos espacios con forma de acuarte- como la guerra y, que, por esta misma razón, a pe-
lamientos, y esa función sería hoy la misma si no se sar de los horrores de que dan testimonio, no están
hubiera producido el accidente. Ruina no, pero sí completamente desprovistos, a los ojos de quien se
crisis o accidente, tal como hablamos de crisis car- tome el trabajo o tenga la audacia de dejar deambu-
díaca o de accidente cerebral; muerte súbita, impre- lar la mirada, del encanto que asociamos con los es-
vista. De aquí, tal vez, el sentimiento de que la ciu- pectáculos efímeros.
dad abandonada, cubierta por la nieve, la ciudad Sarajevo, 1992:
cuya vida se ha retirado dejándolo todo intacto,
nos contempla a través de sus miles de ventanas va- Es una bifurcación expuesta a los vientos y a los
cías, nos mira sin vernos, como un fantasma, y no francotiradores emboscadosen los pabellones, sobre
la colina de los bosques de alercesde Staro Brdo. Pe-
tiene nada que decirnos que no supiéramos ya. El
ro al llegar la noche, todo se vuelve inmovilidad en
tiempo, aquí, no escapa a la historia; la historia lo
este lugar en el que me gusta detenerme.
ha matado. El cruce delimita una ancha explanada triangular
Sólo una catástrofe, hoy, es susceptible de pro- se
que prolonga hasta la orilla por una superficie de
ducir unos efectos comparables a la lenta acción del almacenes destruidos, un homogéneo e increíble
tiempo. Comparables, pero no parecidos. La ruina, amontonamiento de hormigón, de hierro, de vidrio,
en efecto, es el tiempo que escapa a la historia: un bañado en un caduco olor a polvo. Con el correr de
paisaje, una mezcla de naturaleza y de cultura que los meses, los muros, los árboles, las aceras han sido
se pierde en el pasado y surge en el presente como asolados por los disparos de los tanques. A estos es-
un signo sin significado, sin otro significado, al me- combros se han añadido los restos de los inmuebles
nos, que el sentimiento del tiempo que pasa y que, circundantes, empujados por las palas y el viento, así
al mismo tiempo, dura. Las destrucciones realiza-
das por las catástrofes naturales, tecnológicas o po- 2. L'Air de la guerre, L'Olivier, 1994.

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como las bolsas de basura que la chatarra y los pe- Con bastante lógica en una época que sabe des-
rros han destripado poco a poco. Caminamos sobre truir, y que incluso se afana en ello de forma gene-
un tapiz de vidrios que rechinan, de piedras, de ro- ralizarla, pero que privilegia el presente, la imagen
dapiés con clavos y de cascotes. Entre los muros ro- y la copia, hay artistas que han quedado seducidos
tos, huele a plástico carbonizado mezclado con el
por el tema de las ruinas. No se interesan ya en
agradable olor del mantillo de hojas. El esqueleto des-
ellas al modo de los aficionados a las ruinas del si-
vencijado de un tranvía que fue rojo y blanco sigue
aún ahí; se convirtió en lo que ahora es en una fecha glo XVIII, que jugaban, por melancolía o por hedo-
muy precisa, la del tercer día del ataque lanzado por nismo, con la idea del tiempo que pasa; ahora lo
la artilleríafederal (pág. 12 de la edición francesa). hacen para imaginar el futuro. En los años setenta,
el terror nuclear impregnó el imaginario, y la agen-
Los escombros plantean inmediatamente proble- cia estadounidense Site concibió unos aparcamien-
mas de gestión: ¿cómo deshacerse de ellos? ¿Qué tos y unos supermercados con forma de ruinas que
reconstruir? Así fue como rápidamente surgió en prefiguraban la catástrofe que estaba por venir así
Nueva York la pregunta de si era preciso reconstruir como los vacíos que les seguirían. Anne y Patrick
de forma idéntica las Torres Gemelas o si se debía Poirier, hoy, en Francia, imaginan una ciudad del
sustituirlas por otra cosa (conservando, evidente- futuro, Exótica, que habría sido devastada por no
mente, algo del pasado, una alusión, una cita, un po- se sabe qué cataclismo: de hecho la fabrican con
co al modo en que, en Berlín, el campanario rajado materiales recuperados. Resulta significativo que,
de la Gedachrniskirche pretende ser un recordatorio para devolver el tiempo a la ciudad, los artistas ten-
del pasado). En cualquier caso, las destrucciones, te- gan necesidad de ruinas: cuando éstas escapan a la
rroristas o de otra índole, tienen fecha, y la funcio- transformación del presente en espectáculo, son,
nalidad perdida (para la cual se buscan «con la preci- como el arte, una invitación a la experiencia del
pitación propia de las catástrofes» soluciones de tiempo. Sin embargo, también resulta significativo
recambio) debe recuperar su lugar. Estamos lejos del que necesiten convertirlas, para imaginarlas, en un
tiempo puro que se desliza entre los pasados múlti- recuerdo venidero, que precisen recurrir al antefu-
ples y esa funcionalidad perdida, pero menos lejos turo y a una utopía siniestra, la de un desastre que
de la transformación en espectáculo que recupera habrá obligado a la humanidad a «evacuar la zona»
tanto los acontecimientos como las ruinas. y que, por consiguiente, es necesario representarse

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bien desde hoy mismo, por anticipado, para que suspendidos en el aire, retenidos por el docto equili-
tenga al menos algunos testigos. brio que los mantiene pegados a sus vecinos, mien-
Algunos grandes fotógrafos de la ciudad (pien- tras que otros, los de la cúspide, se hallan separados
so, especialmente, en Jean Mounicq, en Francia, y del conjunto y parecen haber sido proyectados a
en Gabriele Basilico, en Italia) intentaron aprehen- distancia en el instante del derrumbamiento. Sin em-
derla como una ruina, sorprendiéndola cuando se bargo, el conjunto es de resplandeciente acero, y ha
encuentra vacía de habitantes. París, Milán, Roma, sido compuesto de forma muy minuciosa, de modo
Venecia, se convierten, a través de su mirada, y a se- que el tirulo de la obra, tomado de Horacio, Exegi
mejanza de Pripiat, en ciudades desiertas. Sin em- Monumentum Aere Perennius, resulta doblemente
bargo, sabiéndolas vivas, vemos más bien en su se- ambiguo. En una primera lectura, el título es senci-
cuencia una serie de anticipaciones o de fantasmas llamente irónico (el derrumbamiento de la columna
-ciudades salidas de la historia pero no del tiempo, muestra suficientemente en qué ha venido a parar la
ciudades que podrían haber nacido de la visión de eternidad del monumento). Sin embargo, y a fin de
Proust o de Thomas Mann, de Freud cuando da cuentas, el verdadero monumento (la representación
vueltas en redondo por las callejuelas de una ciu- de la ruina) permanece, por su parte, intacto, y por
dad italiana, o aun de algún novelista venidero de mucho tiempo. De mapa que el título admite una
nuestra sobremodemidad urbana. lectura no irónica. El monumento es tan sólido co-
Todo sucede como si el porvenir no pudiera ima- mo el acero del que está hecho. Sobrevivirá a sus
ginarse sino como el recuerdo de un desastre del que autores. Simplemente, representa una ruina con for-
no conserváramos hoy más que el presentimiento. ma antigua, una ruina como las que ya no produ-
Sin embargo, estos juegos relacionados con el tiem- ciremos (salvo en el caso de que, por azar, cayera
po se prestan a diversas lecturas. Pensemos en otra una bomba sobre la Acrópolis), encarna una uto-
obra de los Poirier, de 1998. Simada en los jardines pía, una imagen del tiempo que hemos perdido y a
del Centro de Arte Contemporáneo Luigi Pecci cuya búsqueda no renuncia el arte.
de Prato, tiene la forma de una enorme columna de A decir verdad, tanto si representa un pasado fal-
templo clásico desplomada sobre el césped, a modo so (una columna romana de acero) como si encarna
de ruina gigantesca, de amontonamiento de bloques una utopía siniestra (una ruina por venir), la obra
cilíndricos entre los cuales hay unos que quedan juega con el tiempo, deliberadamente, tal como ha-

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ce, sin quererlo, la obra «de época». La percepción
que tendrían o que habrán podido tener los con-
temporáneos del estado inicial de la ruina construi-
da por el artista se nos escapa tanto más cuanto que
estos contemporáneos nunca existieron o nunca
existirán -no más que ese estado inicial-o La caren-
cia que expresa entonces la obra de arte no es ya la
de una mirada desaparecida, la de una mirada que
jamás conseguiremos restituir por completo, sino
la de una mirada inexistente. La carencia se hace Paisaje romano
ausencia. Hubert Robert y los aficionados a las rui-
nas del siglo XVIII imaginaban un pasado ficticio,
un fantasma que embrujaba de forma amable un
paisaje bucólico. Los artistas actuales imaginan En un entorno urbano, la investigación arqueoló-
un futuro no advenido aún. Unos y otros presien- gica se ve periódicamente confrontada a alternativas
ten (y los segundos con mayor intensidad aún) que difíciles, y al problema de su propia finalidad. Cuan-
incumbe al arte salvar lo que hay de más precioso to más rico es el pasado antiguo, más numerosos
en las ruinas y en las obras del pasado: un sentido son los interrogantes. Uno de entre ellos se refiere
del tiempo tanto más provocador y conmovedor al hecho de saber cuál es el pasado que hay que re-
por cuanto no es posible reducirlo a historia, por cuperar y restituir. ¿La Roma medieval o la Roma
cuanto es conciencia de una carencia, expresión de imperial, por ejemplo? Otro, vinculado al hecho de
una ausencia, puro deseo. que toda acción arqueológica pasa por un despan-
zurramiento del suelo y por una destrucción, es de
orden estratégico: ¿se desea sacrificar el presente al
pasado o el pasado al presente? ¿Las ruinas que se
saquen a la luz van a adornar la ciudad actual o, por
el contrario, será preciso destruir las construccio-
nes existentes para recuperar los signos del pasado?

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Roma, una vez más, resulta ejemplar. La arqueólo- como el escultor, no crea el nuevo paisaje, la forma
ga Andreina Ricci evoca las diferentes emociones nueva, sino vaciando lo demasiado lleno, retirando
que suscitan los recorridos del Corso Vittorio Em- trozos de historia de las capas aglutinadas?) y en
manuele II o los de la Via della Conciliazione y la los espacios periféricos (a los que se extendió la ciu-
Via dei Fori Imperiali.' En el primer caso, las demo- dad a expensas de las ruinas enterradas, respecto de
liciones efectuadas tras la toma de Roma para con- las cuales podemos preguntarnos hoy si el hecho
vertirla en la capital de Italia tenían una finalidad de sacarlas parcialmente a la luz no contribuiría ~ la
funcional: se trataba de demoler para reconstruir. En rehabilitación y a la urbanización de los barrios
el segundo caso, lo más reciente se sacrificó a lo más nuevos).
antiguo. El régimen fascista quiso convertir el mejo- La Roma actual es el resultado de una serie de
ramiento de los foros imperiales en una ilustración destrucciones, de reconstrucciones y de excavacio-
de su concepto de Italia y de la historia. La Via dei nes arqueológicas. A muy grandes rasgos, pode-
Fori Imperiali es un ejemplo de lo que Habermas mos distinguir el período de finales del siglo XIX y
llama «la utilización pública de la historia», una uti- principios del xx, período en el que lo q~e había
lización que en este caso relaciona a la Roma fascis- que hacer era convertir a Ro~a en una capital mo-
ta con la Roma imperial. derna, y el período comprendld~ entre 1~2~! 1943,
El arqueólogo al servicio de una política de la época marcada por la destruCCión de edl:lCloS que
ciudad puede inquietarse legftimamente por lo que databan de épocas diversas y en que el afan se cen-
se le quiere hacer decir, por lo que se le quiere ha- tró en realzar la Roma antigua y especialmente la
cer inscribir sobre el suelo. Y ello porque la dialéc- Roma imperial. En 2002, una exposición dedicada
tica de lo demasiado lleno y de lo vacío opera aquí a «Roma entre las dos guerras» permitió presentar
a toda máquina. En una ciudad como Roma, lo de- fotografías que ponen de manifiesto la amplitud de
masiado lleno se encuentra a un tiempo en las pro- las obras efectuadas durante estos dos períodos.
fundidades del centro histórico (¿qué época privi- Este juego de destrucción-construcción-y-pu~s­
legiar, qué épocas sacrificar, cuando el arqueólogo, m-al-día apunta explícitamente, pese a que los obje-
tivos últimos puedan variar de una époc~ o d~ u,n
1. Andreina Ricci, -Luoghi estremi della ciuá. Il progctro ar-
régimen a otro, a la constitución de u~ ~~nJunto me-
cheologico tra "memoria" e "uso púbblico della storia?», Archeo-
logía Medievale, XXVI, 1999, págs. 21-42. dito (ya que reúne monumentos, edificios y restos

119
118
que nunca hasta entonces habían sido contemporá-
neos), a la constitución de un conjunto «esculpido»
en la masa compuesta de la historia y colocado en
posición de contigüidad, como en una inmensa ins-
talación, respecto a partes más recientes de la ciu-
dad, o incluso -como sucedió entre 1937 y 1938 en
torno a la plaza Augusto Imperatore, que había sus-
tituido a todo un barrio medieval-, respecto de un
fragmento desplazado de la ciudad antigua.
Incluso en el caso de que sea a espaldas de los ar- El muro de Berlín
queólogos o de los políticos que quieren hacer una
utilización pública de la historia, el resultado es
siempre un paisaje, es decir, la reunión de tempora-
lidades diversas. Cuando en él se mezcla, como hoy Día 18 de agosto de 1961: Walter Ulbricht declara
en Roma, una presencia insistente de la naturaleza en televisión que, en lo sucesivo, un muro va a se-
(no sólo por los parques, los jardines, los claustros parar la parte oeste de la parte este de Berlín. Desde
y las colinas boscosas, sino también por los hierba- el día 13 de agosto, 69 de los 81 pumas de paso en-
jos y las amapolas que se cuelan hasta el corazón de tre el este y los sectores del oeste habían quedado
la ciudad, invadiendo los muelles del Tíber y los cerrados, luego, rápidamente, se habían cerrado otros
emplazamientos arqueológicos), se tiene la impre- cinco: al final del mes no quedaban ya más que sie-
sión (y todavía más, llegada la noche, cuando las te puntos de paso, uno de los cuales era el famoso
actividades se hacen más discretas y los transeúntes Checkpoint Charlie, reservado a los aliados y a los
más escasos) de contemplar una especie de inmensa diplomáticos.
ruina sin edad en la que el paseante inocente puede El muro, concebido para impedir el éxodo masi-
experimentar el puro disfrute de un tiempo que vo de los «que huían de la república». inaugura un
ningún monumento ni ningún emplazamiento lo- trágico período de tensión, (en el mismo Berlín. en-
gra retener cautivo. tre 1961 y 1989, hubo más de cien muertos al pro-
ducirse tentativas de franquear la frontera), que

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ha asediado durante largo tiempo el imaginario pasaporte para un viaje de unos diez minutos con
europeo. destino a la Friedrichstrasse, lugar en el que se en-
Las ciudades, las grandes ciudades, tienen una contraba el puesto fronterizo. Atravesábamos sin
relación particular con la historia. Ésta invade su pararnos estaciones cerradas, estaciones fantasmas
espacio por medio de la conmemoración, de la ce- como las que había en París durante la guerra.
lebración ostentosa de las victorias y de las con- El segundo recuerdo era más reciente. En 1994,
quistas. La arquitectura sigue a la historia como a me había reunido con Ernmanuel Terray en Berlín
su sombra, pese a que los lugares de poder se des- (donde escribió, después de una estancia de tres
plazan en función de las evoluciones y las revolu- años, sus Ombres berlinoises) y me había hecho vi-
ciones internas. La historia es también violencia, y sitar el este de Berlín, su patrimonio histórico, infi-
a menudo el espacio de la gran ciudad recibe de lle- nitamente más rico que el del oeste, y las numerosas
no los golpes. La ciudad lleva la marca de sus heri- huellas de la ex República Democrática Alemana,
das. Esta vulnerabilidad y esta memoria se parecen de la presencia soviética, del Tercer Reich. El muro
a las del cuerpo humano y son ellas, sin ninguna du- había caído, pero el este de la ciudad y su fría auste-
da, las que hacen que la ciudad nos resulte tan pró- ridad no tenían nada que ver con el desenfreno con-
xima, tan conmovedora. Nuestra memoria y nuestra sumista de la parte"'occidental, cuyo carácter era
identidad están en juego cuando cambia la «forma resueltamente provocador. Seguían existiendo dos
de la ciudad», y apenas tenemos problema para ciudades en la ciudad.
imaginar lo que pudieron representar las conmo- Berlín es en gran medida una ciudad experimen-
ciones más brutales de la ciudad para quienes, con tal: en ella se mide la fuerza del pasado y la del ol-
ella, fueron también víctimas. vido, las posibilidades y los límites del voluntaris-
Cuando volví a Berlín, cuarenta años después de mo, las relaciones entre la ciudad y la sociedad, así
la edificación del muro, tenía dos recuerdos en la como las relaciones entre la ciudad y el arte, ya que,
mente. El más antiguo databa de 1986 o de 1987, de las pintadas sobre el muro a la arquitectura agre-
dos o tres años antes de la caída del muro. Una tar- siva de la Potsdammerplatz, de la posmodernidad a
de había dejado, bajo la lluvia de otoño, a unos co- la cultura alternativa, la capital de la Alemania reu-
legas del oeste para ir a visitar en el este a otros cole- nificada es a un tiempo un laboratorio y un museo.
gas. Había tomado el metro con mi maletín y mi Ella es, por sí sola, una síntesis de la historia del si-

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glo que acaba de concluir y una testigo activa del biendo un progresivo cambio de ambiente: queda
que está esbozándose. algo de la atmósfera «alternativa», los tatuajes y el
Quería por tanto, dado que me decían que la ciu- piercing parecen la norma, abundan los cafés bara-
dad pronto quedaría físicamente soldada y que del tos. Sin embargo, tan pronto como se empieza a
antiguo patrón no quedarían en adelante más que subir hacia el norte para llegar a la célebre Pots-
algunos vestigios difícilmente reconocibles, verla dammerplatz, por donde pasaba el muro, cambia el
más de cerca. decorado. y entonces surge la sorpresa: vista desde
La primera cosa que había que hacer, desde lue- el oeste, la plaza aparece dominada, aplastada por
go la más fácil, pese a que se pareciese a una ginca- monumentos del más moderno estilo posible (verti-
ma un tanto estrafalaria, era salir en busca de los calidad vertiginosa, ángulos agudos, fachadas lisas).
restos del muro. Las escasas indicaciones que pro- El sector Mercedes- Benz, un monstruo de vidrio,
porcionaban las guías sugerían que estos restos ha- fue concebido por Renzo Piano. Los propietarios de
bían alcanzado la categoría de «lugares de memo- la zona (Sony, Mercedes, Synthelabo, Hyart...) se
ria», espacios de conmemoración de los que, desde exhiben sin vergüenza. Bien podríamos hallarnos en
Pierre Nora, sabemos que no forzosamente consti- Hong Kong, en Tokio o en Vancouver. Pero no es

tuyen el lugar de una memoria efectiva, de una me- el caso, y ello porque este acantilado domina una
moria aún con vida. Empecé por lo más evidente, el playa de solares erizada de grúas. Aún no se ha
Checkpoint Charlie, respecto del cual el cine y la producido la cicatrización, y, paradójicamente, es
literatura han alimentado en nosotros, incluso en el posible que en ningún sitio resulte tan visible la he-
caso de que nunca hayamos estado allí, una especie rida como en este lugar de arquitectura ostentosa.
de recuerdo. Fui a pie, bajo el glorioso sol de 21 de Una infobox suministraba, aún no hace mucho, in-
junio, desde Charlottenburg, barrio acomodado formaciones sobre las obras en curso y permitía
del oeste. Me había instalado no muy lejos de la contemplar por adelantado el paisaje futuro. Sin
Kurfürstendarnm, la famosa Ku 'Damm, una de las embargo, hoy sigue siendo difícil saber si el senti-
arterias comerciales más elegantes de la capital, pa- miento de «frontera» que aquí prevalece depende
ra conseguir apreciar el contraste y las transiciones. de la extensión de la obra de construcción o de la
De hecho, cuando se avanza hacia el este, por los enormidad deliberada, aplicada, casi excesivamente
barrios de Tiergarten y de Kreuzberg, se va perci- consciente, de lo que ya ha sido construido -un po-

124 125
co como si se hubiera levantado la Défense en la relacionadas con la historia del muro, objetos utili-
plaza de la Concordia para rechazar o negar la opo- zados en las evasiones de éxito y testimonios sobre
sición entre la orilla derecha y la orilla izquierda las acciones no violentas realizadas en el mundo en
del Sena. favor de los derechos del hombre. Durante dos días,
El Checkpoint Charlie está situado más allá de los autocares de turistas iban a ayudarme en mi bús-
la Porsdammerplatz, un poco hacia el sur. Toman- queda de los restos del muro. Cuando, con mi pla-
do la Leipzigerstrasse hacia el este, girando luego a no en la mano, pensaba estar acercándome al objeti-
la derecha por la Mauerstrasse (la calle del Muro), vo, a menudo encontraba uno o dos que, desde su
se accede a él de frente, tal como hacían los tanques aparcamiento, me indicaban el emplazamiento exac-
soviéticos cuando se encaraban a los tanques esta- to. Uno o dos, no más, porque el turismo no es en
dounidenses. El Checkpoint Charlie se ha conver- Berlín lo mismo que en París. La anchura de las ca-
tido en un lugar folclórico, y el célebre cartel que lles, la fluidez de la circulación y una demografía
allí se encontraba (<< You are leeoing the American relativamente limitada (tres millones y medio de
secror»), traducido a las otras tres lenguas implica- habitantes para una superficie ocho veces superior
das, ha sido representado en innumerables tarjetas alade París) la convierten, por lo demás, en una ciu-
l
postales. También proporciona el tema para algu- dad espaciosapor la que da gusto caminar; una ciudad
nas publicidades chistosas. Así, en la calle del Mu- casi desprovista de muchedumbres, a veces casi de-
ro, enfrente del edificio de L'Oreal, hay una pelu- sierta. Los turistas, con excepción de algunos esta-
quería que lleva el nombre de Hair Point Charly. dounidenses y de un puñado de franceses, eran casi
Esta calle desemboca en la Friedrichstrasse, en todos alemanes. Lo constaté en el Checkpoint Char-
medio de la cual sigue habiendo una garita militar lie, pero se confirmó más tarde. Y me pareció recon-
estadounidense (U. S. Army Checkpoint) protegida fortante, a fin de cuentas, que esta cuestión del mu-
por sacos de arena. Al llegar a la altura de este pues- ro -de su construcción, de su destrucción y de su
to, una turista estadounidense radiante y charlata- recuerdo- fuera considerada antes que nadie por
na fingía montar guardia en él para que su sobrini- los alemanes como un asunto suyo, a pesar de todas
ta la fotografiara. Había un autocar aparcado no las imágenes que lo acompañan y que, a la larga,
muy lejos, cerca del museo del Checkpoint Char- adquieren el aspecto de otros tantos estereotipos
lie, en el que pueden verse fotografías y películas internacionales, el aspecto de imágenes de Épinal

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de alcance planetario, desde el «Icb hin ein Berli- sa) en el camino de vuelta. Me apeé en Nordbahn-
»er» de John F. Kennedy en 1963 al violonchelo de hof (la estación del norte) para subir por la Ber-
Rostropovitch en 1989. nauerstrasse, que es uno de los puntos más relevantes
Al día siguiente llovía, así que me desplacé en del muro, por así decirlo, ya que allí se encuentran
metro. Cuando se sale hacia el norte en el S-Bahn, dos auténticos monumentos: el Memorial (lienzos
el ferrocarril urbano que es preciso diferenciar del de muro metalizados, paredes lisas y mates que si-
U-Bahn, el metro propiamente dicho, se atraviesan multáneamente prolongan y detienen una porción
las estaciones que se extendían a lo largo del muro. del muro original, blanqueada y como vitrificada,
La línea es a cielo abierto. A la derecha descubri- de cuya superficie se han borrado definiti~amente
mos solares industriales, vías abandonadas y obras los dibujos y las pintadas) y la nueva capilla de la
de construcción. todo ello en un desorden imposi- reconciliación, edificada en el emplazamiento de
ble de descifrar del que surgen de vez en cuando la antigua, destruida en 1985 para despejar.la zona
montones de hormigón más imponentes, ruinas de de tiro. Al salir de la estación, me perdí un mstante
algunos búnkeres desaparecidos y fragmentos ape- en la Gartenstrasse (la calle de los Jardines), trave-
nas identificables del muro. pese a que exista el ries- sía en la que también había muros con pintadas, y a
go de confundirlos con otros muros de origen in- lo largo de la cual había debjdo discurrir el que yo
cierto, pintados encarnizadamente, que cruzan el buscaba; después me introduje finalmente en la
paisaje de forma aleatoria, como para embrollar Bernauerstrasse (había localizado algo más lejos un
el juego y confundir la mirada del viandante de cu- autocar estacionado). Resguardándome de la lluvia
riosidad excesiva. Este no man 's land no precisa en el arcén de la carretera, percibí de pronto que
comentarios; más lejos, hacia el este, algunos in- me había arrimado sin darme cuenta al muro, al au-
muebles parecen dar la espalda a la vía. A la izquier- téntico muro, que se reconocía por su borde supe-
da nos hallamos casi en el campo, cosa que sucede a rior redondeado, y cuyas pintadas, a lo largo de
menudo en Berlín (he visto conejos de monte a dos una cincuentena de metros, habían escapado al tra-
pasos de la puerta de Brandenburgo), y la vista se tamiento radical que se le había aplicado en la zona
pierde en los ramajes azotados por el viento. del Memorial. Detrás de la carretera, hasta donde
Se tiene la misma impresión mixta (de afueras alcanzaba la vista y oculto bajo las ramas y el folla-
agradables, de descampado y de frontera impreci- je de los árboles que montaban guardia en apreta-

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das filas sobre las tumbas grises. se extendía el Ce- comentadas en alemán, sin traducción al inglés) re-
menterio de los Inválidos, en el que también pue- sulta particularmente impresionante. aunque no
den encontrarse algunos fragmentos del muro. y sea más que por el hecho de hallarse situada en el
que. en esa mañana lluviosa, contribuía al carácter corazón mismo de la capital nazi, cuya imagen trae
un tanto irreal del paisaje. de nuevo a la actualidad. El antiguo Ministerio del
En el interior del pequeño museo podía hallarse Aire de Goering se encuentra muy cerca, intacto. y
el despliegue habitual-tarjetas postales, recuerdos. actualmente está ocupado por el Ministerio de Ha-
libros, pelfculas-, y podían verse algunas fotogra- cienda. Goering, el Checkpoint Charlie, la Pots-
fías, entre las que se encontraba la de Charles Hernu dammerplatz y algunos turistas un tanto perdidos:
en actitud de recogimiento, foto tomada en 1984 el siglo se filtra entre los muros de Berlín.
frente al Memorial erigido en este mismo lugar. En Al anochecer, volví a coger el S-Bahn para ir, más
esa época, su visita no había escapado a la vigilancia al este. a observar el último vestigio que se señala a la
ya las cámaras de los Vopos, que, sin duda, no ima- consideración de los visitantes. Hice transbordo en
ginaban que habrían de contribuir de este modo a la Alexanderplatz (que. en la superficie. tiene una ar-
las retrospectivas venideras de la ciudad sin muro. quitectura muy estalinista. y en el subsuelo, una
A la vuelta. me detuve nuevamente en la Pots- muchedumbre muy mezclada que se aparta al paso
dammerplatz para completar mi búsqueda de la vís- de algunos skins en traje de batalla) para bajar luego
pera. No lejos del Checkpoint Charlie, en efecto, en Ostbahnhof {la estación del este). A la salida de la
hay un trozo notable de muro en la Niederkirch- estación. una calle llamada «de la Commune de Pa-
nerstrasse (y otro, muy pequeño, en una calle ad- ris» (supongo que ya tenía ese nombre antes de
yacente). El muro de la Niederkirchnerstrasse está 1989) baja hacia la Mühlenstrasse (la calle de los Mo-
adornado con frescos y pintadas, pero los autoca- linos), en la que se descubre, a lo largo de algo más
res que se detienen a su altura tienen otro destino: de un kilómetro, el lado este del muro. En la Müh-
la exposición «Topografía del terror», dedicada al Íenstrasse, la situación es un tanto particular: la calle
Tercer Reich, se halla instalada en su base, en ella- recorre el costado del Spree, el río de Berlín, a cierta
do del Berlín-Este, en las excavaciones que dejaron distancia; el Spree había permanecido abierto a la
al descubierto los cimientos de un antiguo edificio circulación y un inmenso terreno baldío se extendía,
de la Gestapo. La exposición de fotografías (todas y aún se extiende, entre él y el muro. Este último. en

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su cara este, no se hallaba cubierto de improvisacio- uno de los antiguos puntos de paso entre el este y
nes pictóricas: reinaba el orden, y el muro, además, el oeste de mayor celebridad). Crucé el puente y
se situaba en el extremo y al fondo de la zona prohi- volví a pie atravesando Kreuzberg. En los quioscos
bida. Sin embargo, en 1990, la porción conservada de periódicos, la prensa turca se hallaba tan presente
de la Mühlenstrasse fue confiada a distintos artistas, como la alemana. Mujeres con velo hacían las com-
que la decoraron. Se la llamó la East Side Gallery. pras antes de la cena. La lluvia había cesado. Algu-
Varias de estas pinturas han sido reproducidas en di- nas parejas, disfrutando de la escampada, bebían su
versos catálogos. Algunas de ellas aún se conservan cerveza al fresco.
en buen estado; otras se han degradado o han sido El tercer día, la víspera de mi partida, renuncié a
recubiertas por creaciones menos inspiradas: el van- mi gincama y me paseé al azar por Berlín, atrave-
dalismo no siempre es militante y sus manifestacio- sando sin duda varias veces y sin prestarle atención
nes no se interpretan con facilidad. Lo más notable la antigua línea divisoria. Un salto hasta el Char-
aquí, bajo el cielo gris de este atardecer de junio, era, lottenburg Schloss, el castillo de Federico 1 y Fe-
en resumidas cuentas, una sensación de soledad y de derico 1I, me permitió volver a encontrar por un
abandono. No me crucé más que con dos o tres gru- momento la elegante geometría de la época de la
pos de jóvenes, unos jóvenes que no dedicaban una Ilustración, la ligereza del siglo XVIII, aparentemen-
sola mirada al muro: formaba parte de un decorado te preservada en este lúgar en el que Watteau y los
que les resultaba en exceso familiar. Extraño decora- pintores franceses reinan como maestros en los apo-
do en verdad: en un lado de la calle, el muro, la gale- sentos reales. Aprecié en el Reichstag ese arte de
ría del East Side, más allá de la cual los tejados de acomodar las ruinas que tan bien se le da a la arqui-
Berlín-Oeste sólo se dejaban ver muy a lo lejos; en el tectura contemporánea. La cúpula de vidrio bajo la
otro lado, una acera hundida, invadida por las hier- que tienen su escaño los diputados ha encontrado
bas, con boquetes y terrenos baldíos en el alinea- su lugar, macizo símbolo de poder y de transparen-
miento de las casas abandonadas cuyas ventanas cia, en el corazón del palacio restaurado y a dos pa-
también habían permanecido amuralladas, como el sos de la antigua frontera cuyas huellas aún se adi-
espacio situado frente a ellas. vinan. Este mismo arte se manifiesta también en la
El muro terminaba en la esquina de la Mühlen- iglesia conmemorativa del emperador Guillermo,
strasse con el puente del Spree (el Oberbaumbrücke, cuya torre nueva parece estar apoyada sobre el an-

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tiguo campanario, quebrado, que se abre al cielo. trastes que son constitutivos del mundo actual. Sin
En e~tos sitios en los que el presente supera al pasa- embargo, en Berlín, estos contrastes se encuentran
d.o SIn aplastarlo, no hay duda de que se está di- injertados en un territorio cuyas heridas son expre-
ciendo algo de Berlín y de Alemania: algo de una sión de las locuras del siglo xx,
aspiración a la modernidad más moderna y más con- Berlín sigue siendo, como escribe Emmanuel Te-
s~mista de todas (dos de los mayores centros comer- rray, «el paraíso de las sombras». Ésta es la razón de
ciales de Europa están situados en las inmediacio- que, a pesar del aplomo que proclaman los inmue-
nes de la iglesia conmemorativa), aunque se trate bles de la Potsdammerplatz y de la continua activi-
de una aspiración que nunca es fácil, que nunca ca- dad de las obras de construcción, el sentimiento de
rece de matices o de remordimientos. Aunque los espera, y a veces de melancolía, que suscita la situa-
McDonald's no resulten en sitio alguno más natu- ción inacabada de la ciudad --como en esas afueras
rales y, por ello, más discretos que en Berlín, donde de Roma y de Lisboa que exploran las cámaras de
se funden con la arquitectura funcional de los nue- Nanni Moretti y de Wim Wenders- se sobreañada
vos barrios, las cervecerías en las que se consume a tal vez aquí a un temor vago y no razonado: el de
todas horas la cocina más tradicional son, a pesar que las locuras del porvenir, las locuras del siglo en
de todo, los restaurantes más frecuentados. el que acabamos de entrar estén a la altura de las que
El espacio de la ciudad está hecho a la medida de hoy tratamos de conjurar al conmemorarlas.
estos contrastes y de esta tensión. No creo que la
frontera entre el este y el oeste llegue algún día a
borrarse. Sin duda no esperó al muro para existir. Y
también sin duda, sería una simplificación imputar
todas las rupturas visibles en Berlín a la antigua se-
paración entre los dos Estados. Muchos muros, mu-
chas fronteras recorren las megápolis del mundo
act.ual, que separan de forma más o menos abrupta
a. r~cos y a pobres, a instalados y a inmigrantes, a
viejos y a jóvenes, a conformistas y a rebeldes ...
Encontramos, transpuestos en el espacio, los con-

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París

No sé si París sigue siendo la capital, o más bien


una capital, de las artes y del pensamiento (pues el
artículo determinado, en estas cuestiones, es tan pre-
tencioso como aproximado). Tengo la suerte de co-
nocer a algunos artistas, a algunos editores, a algu-
nos libreros, a algunos escritores, y encontrarlos a
veces en París, de trabajar en una institución donde
intelectuales de todo el mundo se dan cita un día ti
otro. Tengo también la suerte de dirigirme cada se-
mana a jóvenes investigadores, a discípulos ya for-
mados y llenos de entusiasmo y de interrogantes. Y
tengo, de cuando en cuando, el sentimiento, al cru-
zarme con la discreta silueta de tal o cual de ellos, en
el azar de una calle o de un cruce, de que siempre se
está tramando algo en París, algo que desde luego

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tiene que ver con la creación, con el pensamiento, las toca la melodía que sirve de tema central en Ca-
algo que no está circunscrito a un barrio en concre- sablanca, me emociono como si recordara haber
to, que no tiene asignada una sede (Saint-Germain- esperado la entrada de los alemanes en París alIado
des-Prés, Montparnasse o Montmartre), sin duda de Ingrid Bergmann y de Humphrey Bogan. Ésas
porque las cosas ya no ocurren así, suponiendo que son sin duda mis «ruinas de París»; una serie de cli-
realmente hayan sucedido alguna vez de ese modo, chés discontinuos y mal fechados que componen una
algo que se incuba, como decimos de las enfermeda- especie de monumento sin edad.
des, pero también de las crisis o de las revoluciones. Este París del recuerdo y de la ficción es el París
Evocaré aquí, sin más, un decorado, un escena- de mi infancia, y más tarde el de mi adolescencia)
rio y una intriga: el decorado que tengo ante los un París que a veces me vuelve a la imaginación du-
ojos, un escenario que busca personajes, unos per- rante el atardecer, o en el transcurso de alguna no-
sonajes que buscan autor, una intriga que se me es- che de insomnio) un París tangible) tranquilo, apa-
capa porque formo parte de ella, en mi modesto ciguador. No lo echo de menos. La ciudad de París
puesto, y a la cual sólo los historiadores de maña- no ha estado nunca tan presente en mí como hoy;
na, quizá, podrán dar un sentido. cuando vivía en ella) me llegaba a aburrir, me llega-
Si me hablan de la ciudad de París cuando estoy ba a angustiar. Este París que permanece en mí no
lejos de ella, los recuerdos y las imágenes que este es en realidad el Párís en el que correteaba antaño
nombre hacen surgir no son siempre los más recien- con impaciencia, esperanza o melancolía.
tes. En mí dormita un París íntimo, un poco borro- Es, antes que nada, el París de la guerra, el París
so a veces, de colores velados como los de una foto más tenso, ya que de 1940 a 1944 (cumplí cinco
antigua, de colores pasados, como suele decirse, uti- años en 1940) mi París era una ciudad guerrera,
lizando una palabra que en este caso resulta muy evo- una ciudad en alerta, de toque de queda y de noche
cadora, un París en color sepia, o en blanco y ne- oscura, de cortinas corridas, de inviernos gélidos,
gro, cuya imagen se mezcla con las que me dejaron aun más que ahora, y de veranos abrasadores. Era
algunas películas de los años cuarenta o cincuenta y también una ciudad de sótanos: descubrí las cata-
que se reponen todos los años, o casi, en los cines cumbas en los subsuelos de la calle Peuillantines,
del Barrio Latino. Permítanme una confidencia: en la esquina de la calle Ulm con la calle Claude-
cuando el pianista de la película La Closerie des Li- Bernard. En aquella época) los institutos también

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impartían las clases de primaria, pero el instituto buscan setas, porque eran excelentes imanes y por-
Montaigne alojaba al Estado Mayor alemán, y sus que mis compañeros y yo rivalizábamos en reunir
clases habían sido dispersadas por todo el distrito v: la colección más completa posible. Durante los com-
cursé mi décimo curso en la casa en la que vivió de bates de liberación, nos quedábamos encerrados a
niño Victor Hugo (lo atestigua una placa, creo), y cal y canto en casa, pero, por la misma ventana por
también creo recordar el nerviosismo de nuestros la que había observado el mágico espectáculo de
profesores cuando, metidos precipitadamente bajo los bombardeos, vigilaba la plaza Maubert, donde
tierra por causa de una alarma, los más intrépidos habían aparecido unos jóvenes armados. Me acuer-
de nuestro grupo parecían sentir la tentación de ex- do de los carros alemanes que surgieron a la altura
plorar las cavidades oscuras cuya existencia nos des- del metro Cardinal-Lemoine y que dispararon por
cubría la débil luz de las linternas en los confines del el hueco de la calle Monge (todos los cristales que-
estrecho emplazamiento en que estábamos agaza- daron hechos añicos), sin duda para vengar la muer-
pados. te de dos soldados caídos en una emboscada en la
A veces, durante la noche, las sirenas no habían plaza. Y también me acuerdo del desfile de los ca-
terminado aún de aullar su grito de alarma cuando miones que, durante unas cuantas horas, huyeron
ya, por el oeste, hacia Boulogne-Billancourt, se in- hacia el este por el bulevar Saint-Germain, aprove-
flamaba el cielo. El estruendo de la defensa antiaé- chando una tregua con la resistencia. Me acuerdo
rea instalada a dos pasos de nosotros sobre la torre de la segunda división blindada de Leclerc, que
de la Escuela Politécnica acompañaba a esos res- desfiló bajo nuestras ventanas, unas horas más tar-
plandores un tanto remotos y, a veces, cuando no de, para acantonarse en el Jardin des Plantes. Y ade-
bajábamos al sótano, he llegado a apartar la cortina más me acuerdo, desde luego, de la plaza situada
para seguir con la mirada los haces de luz que escu- frente a Notre-Dame, atestada de gente, y en la que
driñaban las profundidades del cielo en el furibun- la llegada del general De Gaulle se vio enturbiada
do fragor del cañoneo. por la descarga de fusilería de unos milicianos, lo
De la guerra y de París, las imágenes que conser- que desencadenó un gran pánico entre los civiles.
vo son discontinuas, pero claras. Recuerdo que en Conseguimos salir de los empellones, cruzar de
los Jardines de Luxemburgo buscaba los pedazos nuevo el Sena y ponernos a cubierto en el laberinto
de los obuses de la defensa antiaérea, como otros de callejuelas, en aquella época muy deterioradas,

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que separaban la calle Saint-Jacques de la plaza este territorio que se detenía al este por el lado de la
Maubert. Aún veo al soldado estadounidense que, plaza de la Contrescarpe, de la calle Mouffetard y del
sin dirigir una sola mirada a nuestra enloquecida Jardin des Plantes. Podría parecer que la relativa es-
galopada, apuntaba hacia los tejados su pistola ame- trechez de este espacio ha marcado mi vida (después
tralladora, de cuyo cañón se escapaba un hilillo de de todo, hice mis estudios en el instituto Montaigne,
humo. detrás de los Jardines de Luxemburgo, después en el
El único interés de estas evocaciones surgidas de instituto Louis-Ie-Grand, en la calle Saint-Jacques,
la memoria, pero sin duda también de la labor del y finalmente en la calle Ulm, detrás del Panthéon;
tiempo y de la imaginación, estriba en que dibujan actualmente imparto clases en el bulevar Raspail,
el cuadrilátero aproximado en cuyo interior me hi- enfrente del hotel Lutétia).
ce parisino y fuera del cual me siento siempre un Sin embargo, soy más bien un viajero, y este con-
tanto forastero; no exiliado (el término sería exce- finamiento inicial quizá tenga algo que ver. No por
sivo), pero sí de visita, de viaje, a la espera de un re- el hecho de que haya contenido durante mucho
greso hacia no sé muy bien qué origen. tiempo un deseo de evasión, sino, al contrario, por-
El centro de este espacio íntimo en el que ya no que ese deseo se manifestó muy pronto y encontró
vivo desde hace mucho tiempo es, por tanto, la pla- satisfacción en el propio París. Mis padres eran
za Maubert. Al norte, llega hasta Notre-Dame, a la buenos andarines y, desde mi primera infancia, re-
que tan agradable resulta acceder por la calle Ber- cuerdo largas caminatas. "Esas marchas tenían para
nardins. Al oeste, se extiende hasta el Odéon, ya mí algo de viaje, algo parecido a la sensación de ser
que era demasiado joven durante los años del exis- arrancado del universo familiar, algo de explora-
tencialismo para que Saint-Germain-des-Prés me ción: me enfrentaba a lo desconocido, y con una
resultara realmente familiar. Al sur, la calle Vaneau, mezcla de aprensión y de placer me aventuraba, es-
en la que vivieron mis abuelos durante la guerra, coltado, por los grandes bulevares, por Montmar-
Sevres-Babvlone (vi desembarcar en el hotel Luté- tre, por el bosque de Vincennes o de Boulogne, e
tia a los deportados que regresaban de los campos incluso por tal o cual barrio distinguido en el que
de la muerte) y Montparnasse (hacíamos cola, en residían algunos amigos de mis padres. En los dis-
verano, en la calle Départ para comprar billetes con tritos VII y XVI experimenté unas intensas sensacio-
destino a Rosporden) eran los puntos extremos de nes de timidez, aunque sólo más tarde comprendí

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que eran timideces de clase: mi territorio era an- misma forma. Tres París diferentes coexisten hoy
tes que nada un territorio social. De este modo, me en mi mirada y se ofrecen a mi exploración: el París
da por pensar que fue en el aprendizaje del espacio que no ha cambiado, el París transformado y el Pa-
parisino (repartido entre un interior y un exterior rís subvertido.
geográficos y sociales) donde se formó sin yo sa- Antes que nada, una precisión para eliminar toda
berlo mi sensibilidad de etnólogo. ambigüedad: no soy un nostálgico de París. No es-
La afición por viajar nació muy pronto en mí; y toy obsesionado por el deseo de revelar las huellas
la satisfice antes que nada viajando por París: nun- del pasado o por constatar su ausencia. Los recuer-
ca he dejado de cruzar la frontera entre mi territo- dos no me asaltan cuando cruzo los Jardines de Lu-
rio y otros territorios, y no dejo, a pesar de mis es- xemburgo o cuando cojo el metro en Maubert-Mu-
capadas más remotas, de renovar esta experiencia. tualité. Todos estos lugares son lo suficientemente
No es una experiencia sencilla; pone en juego una actuales como para conservar a mis ojos el sabor del
doble transformación. La mía, en primer lugar: si presente. Mis recuerdos, cuando siento su necesidad,
me defino como un viejo parisino, apostaría mu- los vaya buscar yo mismo; no les dejo que decidan
cho a que no tengo la misma mirada que tenía en la por mí, aunque a veces suceda, a pesar de todo, que
época en que mis recuerdos de infancia no eran re- surjan por sí mismos, sin avisar. Sin embargo, en esos
cuerdos. Después, la de la ciudad, cuya forma, se- casos es raro que estén asociados a mis recorridos pa-
gún sabemos, «cambia más rápido, ¡ay!, que el co- risinos del momento. Se trata más bien de instantá-
razón de un mortal». El verso que inspiraba a neas, de imágenes recurrentes, insistentes, en las que
Baudelaire las transformaciones del Carrusel se se ha fijado o congelado una actitud, una expresión,
aplicaría con tanta o más pertinencia al París de los y que constituyen una geografía alusiva y troceada.
últimos treinta años. De forma que, ante el París N o estando constituido ni por recuerdos ni por
actual, confrontado a mis recuerdos, me encuentro descubrimientos, el París que no ha cambiado, al
a veces en la misma situación que el visitante de menos a mis ojos, escapa, tal como sucede con las
Roma imaginado por Preud, que buscaría la Roma ruinas, a la historia. Este París está integrado por
quadrata o la Roma de la república sin poder en- mis ruinas, es una obra de arte intemporal que,
contrar el menor rastro de ellas. Dicho esto, no to- por esta razón, me proporciona el sentimiento de
do cambia, y todo 10 que cambia no cambia de la no existir más que para mí.

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Me encuentro en el puente del muelle de la Tour- que siempre he estado observando, un tanto ador-
nelle y contemplo Notre-Dame. A poco que pase mecido, los mismos paseos del Luxemburgo.
bajo el puente uno de esos mastodontes turísticos Camino por los muelles, sin demorarme dema-
que la gente se empecina en llamar, quizá por iro- siado en los puestos de los libreros de viejo. Del
nía, bateaux-mouches, tengo la sensación de que he otro lado del Sena, el Louvre. Dejo a mi derecha el
estado siempre aquí o, lo que viene a ser lo mismo, Puente de las Artes, abarco con la mirada el espacio
de que este retablo no ha cambiado, de que la casca- despejado de las Tullerfas, el ancho cielo situado
da de piedras que brota de las torres de la catedral por encima del Obelisco y de los Campos Elíseos.
nunca ha cesado de precipitarse sobre los árboles Me digo que París es una de las pocas ciudades del
del jardín, y de que sigue siendo el mismo pintor (un mundo que ofrece unos paisajes que son a la vez
pintor dominguero, desde luego, pese a que tam- tan naturales y tan urbanos. Paso voluntariamente
bién esté aquí durante la semana) el que ha instala- por alto la calzada que discurre a lo largo de sus
do el mismo caballete para lanzarse al asalto de una orillas, por la que desfilan los coches a toda veloci-
misma e imposible reproducción. dad. Aquí una vez más, con los ojos entrecerrados,
Me encuentro en los Jardines de Luxemburgo, a a costa de un ligero esfuerzo, ayudado a veces por
la sombra de los castaños. Unas cuantas reinas de un rayo de sol que me hace feliz, me digo que todo
Francia dejan resbalar su sonrisa pétrea sobre unos permanece en su sitio, y yo también. París me ayu-
chiquillos que no las miran. La geometría de los da a creer que existo.
macizos de flores y de los cuadriláteros de césped y sin embargo, París cambia, se transforma. Las
permanece impasible y suntuosa. Más abajo, los as- excavadoras y las grúas no paran de trabajar. Algu-
nos y los ponis pasan por los caminos llevando so- nos barrios ya no tienen el mismo rostro (Belleville
bre sus lomos a unos niños silenciosos. Me siento invadido por las torres de apartamentos y las gran-
en un banco o en una silla, entre sol y sombra, y no- des urbanizaciones). Otros parecen haber sido crea-
to la misma sensación que experimenté algunas tar- dos, o estar creándose, de punta a cabo. Aún no he
des de verano en la playa de Bretaña: la sensación terminado los viajes que me llevan al exterior de mi
de que nunca ha cambiado nada, de que jamás he territorio histórico cuando ya unas colosales obras
cambiado yo, de que la duración que fluye en mí de construcción han cambiado por completo las re-
no es ese tiempo que desgasta y que avejenta, y de giones que me proponía explorar. Al este, en la ori-

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lla derecha del Sena, el nuevo Ministerio de Hacien- del mundo, que obedezcan a una moda planetaria,
da y el Palacio Polideportivo de Bercy han acabado pero que no la creen, que se parezcan, en suma, a
con los espacios indefinidos, incalificables e incon- esas ciudades «genéricas» que «se parecen a sus ae-
clusos del mercado de vinos. Algunos descampados ropuertos» (Rem Koolhas). Hablo, naturalmente,
han resistido, pero la nueva urbanización está en como viajero poco deseoso de encontrar al final de
marcha. Hay jardines nuevos, que aún no conozco. mis excursiones parisinas un barrio de Sao Paulo,
Lo mismo ocurre en la orilla izquierda, con la de Tokio o de Berlín. Como si quisieran evitar es-
Biblioteca Nacional de Francia y el conjunto de in- tos efectos de la uniformidad, los barrios nuevos
muebles que empieza a proliferar junto a ella. El (la Défense, Bercy; Tolbiac) han sido concebidos
puerto sigue estando ahí (París es un puerto fluvial sobre la base de un acontecimiento arquitectónico,
importante), pero toda la serie de espacios un tanto de una obra como la Grande Arche o la Grande Bi-
desordenados que lo bordeaban, donde anidaban bliorheque, que, en teoría, confieren una personali-
unas barracas de funciones inciertas y unas cuantas dad al barrio. Se ha seguido la misma táctica para
casas endebles y viejas desde las que se debía percibir reorganizar algunos barrios antiguos (Bastille, Les
el Sena y las gabarras, se ve ahora obligada a entrar en Halles), y los más grandes arquitectos, de Piano a
vereda. Mañana tal vez se haya instalado definitiva- Pei y de Portzamparc a Chemetov, han estampado
mente allí un barrio elegante, como ha sucedido en el su firma en el nuevo París. El juicio en estas mate-
paseo del Sena, en el distrito xv, o en la Défense, ex- rias es difícil: hay que dar tiempo a la ciudad, y son
tramuros. ¿Qué tengo que decir? Nada, excepto que los paseantes del mañana los que podrán decir si
tengo por delante la tarea de volver a descubrirlos, París sigue siendo París pese a transformarse.
de recorrerlos de nuevo, como si el urbanismo mo- Siento más inquietud cuando, según me voy
derno, en París, no hubiera tenido otro objetivo acercando a mi territorio de origen y al deambular
que el de estimular y alimentar mi inclinación via- por él sin mantener no obstante ninguna vigilancia
Jera. particular --demasiado influido por la costumbre, la
Sin embargo, aún sigo teniendo un temor: que vida cotidiana y el placer del presente como para
estos nuevos barrios, con independencia de su éxi- entregarme al juego de las comparaciones-, percibo
to técnico o estético --que será sin duda desigual-, en sus calles la invasión lenta, insidiosa e irresistible
se parezcan un día a otros de cualquier otro lugar de la ciudad genérica que se infiltra desde la perife-

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ria a través de los boquetes abiertos por el ferroca- No sé cómo llamar a la segunda estrategia, una
rril. A lo largo de los recorridos que realizo ince- estrategia que aproxima aun más a París a Las Ve-
santemente por la ciudad, feliz de que siga siendo gas o Disneylandia: quizá le convenga el nombre
posible caminar por ella, me doy cuenta además de de «efecto Gershwin», debido a Un americano en
que la tarea de la subversión se encuentra más ade- París. Porque está claro que se trata de eso. Se quie-
lantada de lo que pensaba. En los distritos XV, XIII Y ren hacer las cosas de modo que París, para seguir
V, los inmuebles de finales del siglo XIX o de princi- siendo París, tenga que parecerse a la ciudad tal co-
pios del xx desaparecen uno a uno, remplazados por mo se la representaban y nos la representaban las
otros un poco menos feos y tristes que los de los primeras películas estadounidenses en tecnicolor.
años sesenta, de modo que una nueva clase de uni- De este modo, se han diseminado por la capital
formidad va sustituyendo a otra. No tengo nada que fuentes de tipo Wallace de las que ya no fluye agua
reprochar a esa uniformidad, excepto que le falte alguna, se han retrotraído al gusto de 1900 algunas
originalidad, que no diseñe un París nuevo, sino estaciones de metro, se han adoquinado algunas ca-
una ciudad comodín, sin pasado ni porvenir. llejuelas, se han remozado algunas estructuras: hay
La historia, no obstante, preocupa a los urbanis- que construir un decorado que los turistas puedan
tas y a los arquitectos. Para respetarla, utilizan al reconocer para situarse. Es un poco el papel que
menos tres estrategias complementarias. desempeñan los masai que visten el traje tradicio-
La primera es el efecto de fachada: se conservan nal para esperar a los visitantes en la entrada de su
las fachadas, pero detrás se desliza un conjunto más reserva: tranquilizan. En un mundo en el que la ima-
funcional. Ciertos cafés parisinos, entre los cuales gen es omnipresente, conviene que lo real se parez-
se encuentra La Coupole, han sido rehechos de es- ca a su imagen. Cuando me acerco hasta la plaza de
ta forma. Ya nada existe, pero todo se parece, más la Contrescarpe por la calle Mouffetard, abarrota-
real que el mismo natural, desembarazado de todas da de restaurantes exóticos y de transeúntes, me di-
las fragilidades e imperfecciones que el tiempo in- go que Hemingway tendría problemas para reco-
troduce en la piedra y el estuco. Es un poco como nocer la zona.
si en el Louvre no hubiese más que copias para per- y sin embargo, todo está aquí, reluciente como
mitir que los turistas identificaran con mayor faci- una moneda nueva. Todo o más que todo: la fuente
lidad a los autores. de estilo antiguo, en el centro de la plaza, es una in-

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vención reciente. Protegida por una pesada cadena un poco en todas partes, a las calles de apariencia
de buena pátina, es el toque de autenticidad dellu- tranquila. Sin duda, por último, habría aún mucho
gar. Me siento, espero, contemplo. Ya está, ahí lle- que decir sobre los itinerarios de creación, de tra-
gan. Los turistas tienen cámaras cada vez más per- bajo y de ocio en una metrópoli que, a todas luces,
feccionadas. Se extasían. Yo sonrío: «[Silencio! Se se mantiene intensamente activa. Hay que recono-
rueda». cer sobre todo que el paseante, a pesar de sus arran-
La tercera estrategia pasa por la restauración, la ques de cólera y de sus inquietudes, siempre expe-
luz y el espectáculo. A diferencia de Roma, donde rimenta placer al sentirse parisino. A pesar de los
la vida, en sus manifestaciones más cotidianas, pro- años, este placer, en lo que a mí respecta, procede
sigue su curso en el corazón del centro histórico invariablemente de una experiencia doble: en mi
(exceptuemos aquí a la Via dei Fori Imperiali), Pa- territorio de origen, de la experiencia de las fideli-
rís adopta los aires de una gran dama un tanto am- dades del cuerpo, de una costumbre que me guía de
pulosa tan pronto como se sabe iluminada por los un punto a otro, sin que me percate de ello, por iti-
focos. Concebido de una forma excesivamente evi- nerarios «programados», pero que lo hace no obs-
dente para ser visitado, el Marais ha perdido su vi- tante con algo de esa voluptuosidad animal de la
talidad pasada. No en balde se ha convertido París que habla Bataille para evocar lo que imagina ser
en el primer destino turístico del mundo. la sensación del pez en el agua o del pájaro en el ai-
Sin duda habría que matizar estas afirmaciones. re; y también de la experiencia, casi opuesta, en es-
Aún hay vida y ruido en las zonas protegidas. Ha- ta ciudad que aún se me escapa y que, desde hace al-
bría que hablar de los nuevos París y, por ejemplo, gunos años, se me escapa tanto más cuanto más se
del barrio de la République, donde los nuevos Gav- transforma, de lo desconocido, de la espera y de la
roche tienen antepasados árabes, bereberes o de otros curiosidad. Recuerdo, olvido. Sé mucho, no sé nada.
orígenes. Sin duda, habría que prestar atención a la
Mañana vuelvo a recorrer el camino. París es una
vida de barrio, siempre animada, a los mercados, a
metáfora inmensa.
todas las tonalidades irisadas de lo que a veces da
en llamarse «París Pueblos», a la movida* parisina
La conversión del mundo en espectáculo es, res-
que anima los distritos 1, 1I, XI Y XII, pero también,
pecto a sí misma, su propio fin; en este sentido,
". En español en el original. (N. del T) quiere ser expresión del fin de la historia, de la muer-

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te de la historia. Las ruinas, por su parte, aún dan Sin embargo, algunos optimistas piensan que el
señales de vida. Los escombros acumulados por la porvenir está aún por construir y que la historia del
historia reciente y las ruinas surgidas del pasado no mundo como tal, del mundo efectivamente plane-
guardan parecido. Hay una gran distancia entre el tario, no ha hecho más que empezar. La paradoja
tiempo histórico de la destrucción, que nos relata consiste en que esa historia comienza en el momen-
la locura de la historia (las calles de Kabul o de Bei- to en que quienes dominan el mundo desearían ha-
rut), y el tiempo puro, el «tiempo en ruinas», las cernos creer que ha terminado.
ruinas del tiempo que ha perdido la historia o que Para que sea efectivamente cierto que el nuevo
la historia ha perdido. mundo está aún por construir, no hay que entender
La historia resulta desalentadora cuando sus tar- esta afirmación de manera metafórica.
tamudeos la privan de sentido. La locura de la his- El urbanismo y la arquitectura nos han habla-
toria es una locura de episodios repetitivos. Los ho- do siempre de poder y de política. Sus formas ac-
rrores se repiten. Los progresos de la tecnología no tuales, la multiplicación de las zonas de miseria,
hacen más que amplificar sus efectos. La Primera de los campamentos de chabolas, de los subpro-
Guerra Mundial fue testigo de la masacre de millo- ductos de la urbanización salvaje que aparecen
nes de jóvenes, unos jóvenes de quienes seguimos bajo los brillantes almocárabes de las autopistas,
sin atrevernos a decir que murieron para nada, co- de los lugares de consumo, de los rascacielos y de
mo no fuera para crear las condiciones de una nue- los barrios financieros, de las singularidades y de las
va masacre veinte años después. Lo absoluto del te- imágenes nacidas de la transformación del mundo
rror y del horror se alcanzó con la Segunda Guerra en espectáculo, muestran suficientemente la cínica
Mundial, con los campos de la muerte y con las ar- franqueza de la historia humana. N o hay duda: son
mas de destrucción masiva. Hoy, los cementerios nuestras sociedades lo que tenemos ante los ojos,
de Normandía y la línea Maginot se han converti- sin máscaras, sin afeites. Y quien pretenda saber lo
do en lugares turísticos. A juzgar por cómo se con- que nos reserva el porvenir no debería perder de
centran las masacres y las destrucciones en el de vista los terrenos por edificar y los terrenos baldíos,
ahora en adelante Tercer Mundo, uno se dice que el los escombros y las obras de construcción.
nuevo orden mundial, global, no es sino la recu- Lo que nos cautiva en el espectáculo de las ruinas,
rrente figura del horror a escala planetaria. incluso en aquellos casos en que la erudición preten-

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de lograr que nos relaten la historia, o en aquellos en La belleza del arte depende de su dimensión his-
que el artificio de una escenificación de luz y sonido tórica: es preciso que el arte pertenezca a su época,
las transforma en espectáculo, es su aptitud para ha- que sea histórico hoy para resultar hermoso maña-
cernos percibir el tiempo sin resumir la historia ni li- na. La belleza del arte es enigmática porque siem-
quidarla con la ilusión del conocimiento o de la be- pre se nos escapará algo de la percepción primera
lleza, su aptitud para adoptar la forma de una obra de que fueron objeto las obras antiguas, y porque,
de arte, de un recuerdo sin pasado. La historia veni- a la inversa, no podemos percibir hoy en el arte
dera ya no producirá ruinas. N o tiene tiempo para contemporáneo la carencia que la habrá de horadar
hacerlo. Sobre los escombros producidos por las a la larga, en la andadura histórica, y que habrá de
confrontaciones que no dejará de suscitar, surgirán despertar la curiosidad irremediablemente insatis-
pese a todo obras de construcción, y con ellas, quién fecha de nuestros sucesores en el tiempo.
sabe, la oportunidad de edificar algo diferente, de re- Las ruinas son la culminación del arte en la me-
cuperar el sentido del tiempo y, yendo un poco más dida en que los múltiples pasados a los que se refie-
lejos, tal vez, la conciencia de la historia. ren de forma incompleta aumentan su enigma y
Podemos imaginar un mundo con seis o siete exacerban su belleza. La originalidad de nuestro
mil millones de artistas, pero no con seis o siete mil mundo planetario pasa por un desplazamiento de
millones de artistas que no se dedicasen a otra cosa este enigma, un desplazamiento que algunos artis-
más que a hablar de su inefable singularidad. tas contemporáneos han percibido.
La sociedad y el arte tienen el mismo destino. La belleza de los no lugares (de los aeropuertos,
Los hombres necesitan poder pensar sus relacio- de las autopistas, de los supermercados, etcétera)
nes recíprocas. Todos necesitamos poder imaginar no se debe a sus cualidades estéticas intrínsecas, sino
nuestra relación con los otros, con algunos otros al al cambio de escala que se expresa en ellos. Los es-
menos, y, para hacerlo, necesitamos inscribir esa pacios de lo codificado hablan de la ausenci~ de lo
relación en una perspectiva temporal. El sentido simbólico. En ellos nos sentimos solos, perdidos, y
social (la relación) necesita el sentido político (de en algún caso liberados o exaltados (libertad provi-
una idea del porvenir) para desarrollarse. Dicho sional, exaltación pasajera). Aunque también pue-
de otro modo, lo simbólico (la idea de la relación) de suceder que reconozcamos su imagen y volva-
necesita la finalidad. mos a encontrar en ellos los signos del consumo

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cotidiano: resultan excesivamente familiares, se en-
cuentran en cieno sentido demasiado llenos, mien-
tras que en otro sentido se hallan demasiado va-
cíos. La conciencia de la carencia se ha-desplazado:
a
alude menos a un sentido perdido que un s;iitiqo
que es preCISO recuperar.
Es en este punto donde confluyen la preocupa-
ción por lo social y el desvelo por la belleza.
Necesitamos una utopía de la educación y de la
ciencia que nos permita pensar que el porvenir del
conocimiento es el porvenir de toda la humanidad,
y no el de una minoría rica, ilustrada y dominante.
El espacio de esta utopía lo poseemos ya: es el
planeta. Y sus construcciones más significativas (las
singularidades y los no lugares) son el espacio vir-
tual de esta utopía: lo que les falta, hoy, es que logre
apropiárselos una humanidad sin fronteras.
Los no lugares poseen la belleza de lo que habría
podido ser. De lo que aún no es. De lo que, un día,
tal vez, tenga lugar.

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